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Parte II

El marco espacial y la dinámica de su transformación

JOSÉ VICENTE MATELLANES MERCHÁN

U na vez valorada la plataforma comendataria de la Orden de Santiago en la Submeseta Sur, estamos en condiciones de abordar uno de los temas más interesantes y difíciles de nues-

tro trabajo, el análisis espacial. Interesante porque para nosotros su- pone un auténtico reto, metodológico y científico abordar un tema que, si bien, ha sido estudiado con profusión en el ámbito del norte peninsular e incluso en la zona de la Transierra y las Extremaduras, es un tema virgen en lo concerniente a la Submeseta Sur, aunque es cierto que una primera aproximación fue desarrollada por nuestro compañero E. Rodríguez-Picavea, éste se centró casi en exclusividad en la definición de unidades productivas 1 . Nuestro propósito, sin embargo, es dotar al estudio del espa- cio de la característica de sujeto histórico, como hemos creído de- mostrar en capítulos precedentes. En este análisis de las categorías te- rritoriales nuestro planteamiento es deudor de la obra de García de Cortazar, quien fue el auténtico impulsor de este tipo de estudios en España 2 y que ha tenido una gran continuidad en los trabajos de sus

1 E. Rodríguez-Picavea, La formación del feudalismo, fundamentalmente , págs. 15-22 y 203- 211. Con un enfoque económico también es conocida y clásica la obra de J. González, La re- población, vol. II, págs. 270-308. Desde otros enfoques esta zona ha merecido la atención de los trabajos de M. Corchado, en general citados y de forma particular “Toponimia medieval de la región manchega”, VII Centenario del Infante don Fernando de la Cerda, Ciudad Real (1976), págs. 29-106, y los estudios sobre el Campo de Calatrava, Estudio histórico- económico-jurídico del Campo de Calatrava, 3 vols., Ciudad Real, 1982-1983-1984 y el de- dicado al Campo de Montiel, Avance de un estudio geografico-histórico del Campo de Mon- tiel, C. Real, 1971. Por otra parte existen trabajos clásicos sobre el estudio de la organización social son los recogidos en la obra genérica Organización social del Espacio en la España Medieval, La Corona de Castilla en los siglos VIII a XV, Barcelona, 1985, que dirigida por García de Cortazar, incluye una análisis de nuestra zona “Del Tajo a Sierra Morena”, pero se trata de un visión muy general que no profundiza en aspectos espaciales y se limita a constatar generalidades. Sin embargo su autor E. Cabrera se planteó en el año 1991 un estado de la cuestión sobre el particular, vid. “Conquista cristiana y repoblación de Extremadura y Castilla La Nueva. Estado de la cuestión”, Actas del Coloquio de la V Asamblea General de la Socie- dad Española de Estudios Medievales, Zaragoza, 1991, págs. 101-120. 2 Su trabajo La sociedad rural en la España Medieval, Madrid, 1988 es una autentica obra de referencia obligada para todo aquel que pretenda un acercamiento al tema. En ese mismo año se publico un artículo en el que ponía las bases de su propuesta metodológica, “Organización social del Espacio: propuestas de reflexión y análisis histórico de sus unidades en la España medieval”, Studia Histórica, vol. VI (1988), págs. 195-236.

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discípulos 3 y de otros autores que desde el análisis de la sociedad del norte peninsular han aportado un importante bibliografía sobre el particular 4 . La necesidad de la arqueología para la Historia Medieval es una iniciativa en la que también somos deudores de las propuestas metodológicas del grupo liderado por M. Barceló, que ha introducido en muchos de nosotros la inquietud por nuevos enfoques a la hora de abordar el estudio de la Edad Media 5 . Pero es quizás la deuda contraída con mi director Carlos de Ayala, con el que he mantenido agrias disputas sobre el particular la más importante. Su magnífico estudio sobre la evolución de las cate- gorías territoriales en León, es un referente ineludible para encarar este estudio. Es cierto, que sus conclusiones y planteamientos se cir- cunscriben a una realidad geopolítica substancialmente diferente de la que pretendemos valorar, pero la profunda discusión de sus plan- teamientos ha sido la base de una posición de partida uniforme aun- que diferencial por el ámbito de estudio y sus peculiaridades 6 . Estas lecturas y el trabajo desarrollado en colaboración con ar- queólogos y geógrafos en el análisis de las encomiendas, nos lleva a plantear este capítulo por una doble necesidad: una que cada socie- dad genera una determinada organización del espacio, para nosotros es un objetivo comprobar cual desarrolló la microsociedad feudal, orga- nizada por los santiaguistas que nos permitirán establecer claves ex- plicativas de la sociedad feudal castellano-leonesa en los siglos cen- trales de la Edad Media; La segunda necesidad tiene que ver con que a partir del análisis de las huellas dejadas en el espacio por una socie- dad, estaremos en condiciones de profundizar en su conocimiento de una forma más global.

3 Por citar dos trabajos muy importantes de sus discípulos, E. Botella, La serna: ocupación, organización y explotación del espacio en la Edad Media (800-1250), Santander, 1988 y C. Herrera, La formación de la sociedad feudal en Cantabria, Santander, 1990.

4 Gran parte de las aportaciones son citadas por el prof. García de Cortazar en su artículo de Studia Histórica, pág. 197, n 2, pág. 212, n. 29 y pág. 219, n. 38, entre otras.

5 Las limitaciones de la información escrita que él denuncia, entre las que cabría citar su par- cialidad por ser emitida por los vencedores, lo enriquecedor de los análisis espaciales y/o ar- queológicos, son ideas que nos impactaron haciéndonos ver que es imposible analizar cual- quier hecho histórico sin conocer sobre el terreno la realidad espacial de las huellas que ese proceso nos ha transmitido. vid. M. Barceló y otros, Arqueología Medieval. En las afueras del “medievalismo”, Barcelona, 1988.

6 Carlos de Ayala, “Relaciones de propiedad y estructura económica del reino de León: los marcos de producción agraria y el trabajo campesino (850-1230)” en El reino de León en la Alta Edad Media, León 1994., págs. 133-408.

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Nuestro análisis partirá de un doble enfoque espacial: uno pretende la definición de las unidades de articulación espacial (villas, aldeas, solares, collaciones, castilllos, etc.) y otro analizar las unidades de organización de este espacio (las encomiendas). Ambas se verán complementadas con una valoración de las actividades económicas y las unidades de producción desarrolladas al que uniremos el estudio de las vías y centros de distribución y comercialización de la produc- ción de los señoríos santiaguistas. En nuestra valoración espacial nos fijaremos en los datos aportados por la toponimia, a la que dedicaremos un apartado, como elemento clave para entender determinados procesos poblacionales y de ocupación espacial. Los datos sugeridos por la arqueología y la geografía física han sido valorados en el análisis de las encomiendas, no obstante serán un referente en nuestra conclusiones. Pero nos centraremos en lo que es el núcleo de nuestra investigación, la docu- mentación conservada en muchos casos parcial y escasa pero que aporta datos cuando menos sugerentes. Los fueros juegan, una vez más, un papel de primer orden en la compresión de la concepción espacial, no es necesario insistir en la importancia de estos textos para el desarrollo de este tipo de estu- dios 7 . Concretamente los fueros santiaguistas se van a preocupar de una ordenación y jerarquización del paisaje. La preocupación de la familia de los fueros conquenses por la conservación y protección de los montes, procurando regular sus abundantes rentas, así como la profunda regulación en el de Uclés y el de Usagre, por aspectos espa- ciales son ejemplos de esta preocupación espacial de la Orden de

7 La tradición foral castellana nos ha dejado importantes muestras de esta realidad, en el Libro de los fueros de Castiella, Ed. facsimil, Barcelona, 1981, el prof. Galo Sánchez, rescata un texto de gran interés para comprobar la importancia de los fueros en el análisis espacial. Por ejemplo el art. 161, se dedica al omne que deçepa monte con açada, este artículo manifiesta la importancia que los contemporáneos dieron a aspectos relacionados con los bienes comuna- les: quien de çepare monte con açada, a sesenta sueldos en calonnia. Et sy fisiere camynado en monte e fuere preso en monte o viniendo en la carrera e fuere alcançado delas eras de la villa fuera con el camynado, deve ser preso e perder quanto tiene. Et sy serrar con sierra en

el monte arbol e fuere preso, deve ser preso por ladron

este documento nos define los es-

, pacios de un lugar, sus limites y denota una clara preocupación por el respeto de los bienes naturales. Pero este texto va más lejos, algunos de sus artículos se fijan en la construcción de las casas y en sus disposiciones higiénicas, el art. 154, se preocupa delos que moran unos çer- ca de otros commo deve vedar cada uno el agua de su teiado por su canal. o el art. 147 que dispone como se deben realizar las ventanas de las casas: de commo deve omne faser finiestra en su casa auyendo otro omne otras casas o trascorral aladanno, como vemos se nos muestra

un ámbito urbano de aglomeración de casas que el fuero pretende regular.

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Santiago 8 . La legislación foral es el elemento esencial de la territoriali- zación del poder santiaguista.

A.1. Fundamentación territorial del señorío

A.1.1. Naturaleza y definición de las unidades territoriales de referencia En este apartado deberíamos comenzar por distinguir dos ámbitos uno rural y otro urbano. Ciertamente resulta complejo dife- renciar estas dos realidades en nuestra documentación, ya que, mu- chos de nuestros lugares de estudio sufren una evolución desde un marco rural hacia espacios cada vez más urbanizados. Existen diver- sos ejemplos: el primero de ellos sería Dos Barrios. En 1154 aparece como illa villa que est in termino Toleti, ultra flumen Tagi, incluye mon- tes, fuentes, prados y pastos. En principio estamos ante una clara identificación terminológica entre villa y aldea, ya que, este lugar en este momento es una aldea del término toledano que le sirve de mar- co administrativo-territorial de referencia (el fuero toledano sirve pa- ra establecer las caloñas en Dos Barrios) 9 . Dos Barrios es inicialmente un marco rural que va a evolucionar hacia una conformación más ur- banizada. En 1201, Pedro Martínez de Ocariz, lo dona a la Orden. En esta donación se incluyen collados, solares, términos, prados, aguas, bosques y dehesas 10 . Estamos ante una realidad mucho más articulada, Dos Barrios, tiene ahora identidad propia, cuenta con su término —no se alude ahora a su dependencia administrativa con Toledo— y se ha dotado a este lugar de elementos de articulación, los solares que, como ha se- ñalado C. de Ayala , se conforman como la explotación campesina de carácter familiar que se corresponde con una unidad fiscal generado- ra de renta. Estos solares que son asimilables a un hábitat rural o ur- bano incluyen la casa del campesino, las dependencias anejas para la explotación familiar, parece muy probable que un huerto y por últi- mo, una participación en la utilización de ese ámbito no individuali- zado que ya aparece estructurado en dehesas 11 .

8 Vid. J.V. Matellanes, “Expansión de un modelo”, pág. 198. 9 J.L. Martín, Orígenes, págs. 193-194, nº 23. 10 vid. Apuntamiento, fol. 15r. 11 Sobre la definición de solar es muy ilustrativo lo aportado por C. de Ayala, “Relaciones de propiedad y estructura económica”, págs. 324 y 326. Esta relación entre la vecindad y la posi- bilidad de explotación de la reserva comunal o los espacios no individualizados, aparece cla- ramente en el fuero de Cuenca: non aya ninguno dehensa (de yerva) si non aquel que oviere

casa poblada por todo el anno, poniendo al derredor cinco çéspedes en la cabeça

(se de-

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En 1210, otra evidencia documental, muestra la existencia en Dos Barrios de casas y solares sobre los que tienen jurisdicción las he- rederas de Pedro Martínez de Ocariz. Se pone de manifiesto esa par- ticipación de los solares en las zonas no individualizadas, se dice que se reciban estos con sus raciones de barbecho y sembradura, aparece igualmente una dehesa señorial y se alude a la serna como explota- ción intensiva de cereal. El ámbito productivo y la estructuración te- rritorial de los productores se halla plenamente definido. Encontramos en este texto una evidencia muy interesante, es la diferencia que se hace entre solares y casas, ésta confirma una ten- dencia a identificar domos con casas debido a que la constatación del solar como suelo, como unidad productiva familiar por excelencia, explicaría esta diferenciación de concepto y término. La casa es la re- sidencia propiamente dicha, mientras el solar es un referencia de producción y fiscalidad 12 . El último testimonio sobre Dos Barrios nos lo muestra plena- mente articulado en 1242 13 . En este momento se le otorga fuero por la Orden y asistimos a la constitución de la célula organizativa por an- tonomasia de los santiaguistas: la encomienda. Este marco de referen- cia se constituye una vez articulado perfectamente el territorio, que se pretende organizar desde una visión jerarquizada del espacio que analizaremos en capítulo aparte. En este momento se establece en este zona del Tajo, una clara identificación entre heredad y villa, ya que incluye, casas y zonas productivas en su seno, se trata de un marco de hábitat y producción individualizado frente a los espacios colectivos de atribución comu- nal 14 .

a) Los primeros marcos referenciales Biedma resulta un ejemplo sugerente de lo que J. Gautier- Dalché ha definido como los inicios del proceso urbano en nuestra zona, la existencia de un castillo y un dominio rural 15 . De hecho un documento de donación datado en el primer cuarto del siglo XIII, nos

fine la forma de la dehesa), et la aldea que a lo menos no oviere tres cavalleros non aya de- hensa ninguna: et el coto de todas las dehensas tal sea como el de la dehensa del conçeio, Ureña, Fuero de Cuenca, cap. XLIII, rúb. V.

12 Estas identificaciones han sido verificadas para León por C. de Ayala, ob. cit., pág. 313.

13 vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 391-393, nº 185.

14 Una vez más encontramos una similitud con los ejemplos leoneses, vid. C. de Ayala, pág.

311.

15 J. Gautier, Historia Urbana, pág. 124.

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presenta este lugar como un castrum, que incluye hereditatem, prados, viñas, huertos, aceñas, molinos, dehesas de conejos y de río y el do- minio sobre hombres 16 . Este castillo incluye un numero indeterminado de aldeas que engloban diferentes actividades productivas relacionadas casi en ex- clusividad con el Tajo y su explotación hidráulica. En este caso la he- redad es asimilable al entorno aldeano de este castillo que sin duda actúa como elemento organizador de este territorio rural. En este mismo documento se contrapone la situación de Villarubia, donde se donan pastos, montes, viñas, villanis y lo más importantes hereditati- bus tam de cultis quam de incultis, en este caso parece muy clara y evi- dente la relación entre heredad y solar, como unidades de produc- ción.

Este documento evidencia la polisemia de los términos en la plena Edad Media, por que al tratarse de un prestimonio vitalicio se señala que predicte hereditates remaneant Ordini cum omnibus bonis ad domus pertinentibus tam mobilibus quam immobilibus, es obvio que aquí heredad representa una realidad de hábitat rural perfectamente asi- milable a villa o aldea que comprende una realidad de casas (domos) que representan el hábitat y no la explotación ya que incluyen pan, vino, ovejas, bueyes y sarracenos (suponemos esclavos). En 1242, am- bos lugares son entregados de nuevo en prestimonio aunque aquí aparecen como vilas, su articulación ha debido cambiar, aunque más organizadas, sin duda, su realidad espacial sigue vinculada a un ám- bito rural relacionado con la explotación de los recursos hídricos del

Tajo. El caso de Segura completaría esta variedad de situaciones. En Segura se dona por Fernando III, la villa de Segura, con su castillo y con todos sus términos que se delimitan por negación en relación a los grandes concejos de la zona: ab ista donatione excipio villas, castra, turres seu munitiones ad regnum Murcie, pertinentes et terminos sive mu- nitiones que concilia de Riopal et de Alcaraz tenent et ad ea pertinent. Simi- liter excipio villas, castra, turres seu munitiones et términos pertinentes ad regnum de Jahen, et omnia que concilia de Baecia et de Ubeda tenent et ad ea pertinent 17 . Con estas limitaciones se entrega en Segura la villa integra con sus gastos e ingresos, montes, sierras, fuentes, ríos, prados y pastos y con todos sus términos y derechos que a la villa pertenecen.

16 M. Rivera, La Encomienda, págs. 334, nº 117.

17 Pub. J. González, Fernando III, págs. 248-250, nº 700.

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Este documento nos facilita importantes informaciones: en este caso la villa aparece como una entidad claramente rural, poco o nada urbanizada y cuya articulación es aún muy cercana a ese ámbito que hemos definido para encuadrar el término castillo. La sierra apa- rece como elemento fundamental de explotación, junto con otros re- cursos naturales, hecho que la identificaría más como ese embrión articulador que como una realidad acabada. Es más en este texto se alude a tres marcos de referencia villa, castillo y término, cuyo valor espacial es bien distinto. El castillo en nuestra opinión, carece en este documento de un valor de articulador espacial destacándose únicamente su importan- cia defensiva que se constata en la zona al aludirse también a torres y fortificaciones en diferentes lugares. La frontera marca aquí la arqui- tectura de la zona. La idea más sugerente es la vinculación entre villa y términos por un lado y por otro la relación entre términos y derechos. Es decir, el término, alude a un espacio de control efectivo de la villa, mucho más especifico que alfoz, además implica el cobro de unos derechos 18 . En la confirmación posterior del infante don Alfonso en 1243, se con- creta aún más la realidad espacial de Segura, es con todos sus térmi- nos nuevos y antiguos y con los castillos —realidad espacial primige- nia de muchas zonas como tendremos ocasión de comprobar— con sus términos. Se incluyen en la donación elementos de articulación espacial, castra que engloban unidades productivas, tierras, viñas, montes, fuentes, sierras —exclusivas de la zona—, ríos, molinos (molendinis), pesquerías, prados, pastos, dehesas, montazgos, salinas, portazgos y entradas y salidas. El texto alude además que se entrega la villa con todas sus aldeas las pobladas y las que se poblarán (populatis quam populandis), lo que implica que se está llevando a cabo una importante labor de organización social del espacio 19 . Segura de la Sierra experimentó al menos documentalmente una evolución muy rápida. En 1246, se le otorga fuero, paso previo a su definitiva organización como encomienda, pero en este texto se nos presenta la villa de Segura, como una zona con un alto grado de

18 Aunque J. Gautier, utiliza un esquema de análisis muy parecido pero para el ámbito urbano, sus sugerencias son de perfecta aplicación aquí, el plantea que el término es la parte del terri- torio donde ejerce realmente su jurisdicción la ciudad, y resalta la ambigüedad y lapsitud que son inherentes a la palabra alfoz, frente a la concreción jurisdiccional vinculada al término, Historia urbana, págs. 335-336. 19 M. Rivera, La Encomienda, págs. 402-403, nº 194.

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urbanización, se cita de forma textual el cuerpo de la villa, y aparecen en su interior tiendas, hornos y mercados que delatan este mayor grado de consolidación urbana. En el documento analizado se alude, a dos nuevas realidades, por otra parte, muy extendidas en la zona, me refiero a las quinterías

y torres. En mi opinión las quinterías tienen un fundamento urbano 20 ,

mientras las torres son un referente rural de cortijos que luego valora- remos con extensión. En definitiva, Segura en poco tiempo se urbaniza y se aleja de su contexto rural, dando lugar a un proceso de jerarquización espa-

cial que ya aparece en el fuero. El diferente trato fiscal entre los habi- tantes del cuerpo de la villa en relación con su entorno aldeano muestra esta realidad. Un ejemplo muy significativo de esta transición de un castillo

y su entorno, a villa es la concesión de Fuentidueña a sesenta pobla-

dores 21 . Se dispone en este documento que se labre y repare el castillo

y que en él se acoja al maestre. Este recinto amurallado se halla inde-

pendizado de su arrabal, donde se realiza el mercado semanal y que suponemos integrado en este entorno cuyo elemento articulador es un castillo. En opinión de J. González estos arrabales aluden a un espacio no murado, que se inserta en la villa mediante su apoyo en la cons- trucción y mantenimiento de su muralla. Sus moradores no entran en las elecciones de los cargos concejiles de las collaciones de las villas, pero disfrutan de los mismos derechos civiles 22 . En Fuentidueña se produce una racionalización del hábitat y de la producción al no permitirse más habitantes dentro del castillo que los sesenta iniciales, el resto irá a los arrabales. Curiosamente en el documento se dispone que en el futuro este lugar sea una villa y que tengan un concejo sobre ello. Es posible, a partir de estas informa- ciones, establecer una evolución de captación espacial, conformada inicialmente por un castillo y su entorno aldeano o de arrabales para con el tiempo conformarse en algo más organizado, una villa, donde aparece un órgano de poder autónomo que regula el espacio de la misma.

b) Los núcleos urbanos.

20 En ellas podrán hacer los caballeros que las posean hornos, si lo desean. En función de esta información serían asimilables a casas (unidades de hábitat en sentido amplio).

21 M. Rivera, La Encomienda, págs. 464-466, nº 245.

22 J. González, Repoblación, vol. II, pág. 237.

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La Orden desarrolló núcleos urbanos de gran importancia. Sin duda no se trata de grandes ciudades como han señalado algunos autores 23 , pero si de un entramado urbano muy significativo, desa- rrollado en Montánchez, Uclés, Ocaña, Usagre y en la única civitas en territorio santiaguista, Mérida. La característica de las ciudades desa- rrolladas en territorio de la Orden, es que responden a una iniciativa particular de los santiaguistas. Son creadas por éstos, aunque sobre claros precedentes hispanomusulmanes e incluso romano, pero no son el fruto de un proceso evolutivo de tiempos históricos, siempre con la excepción de Mérida 24 . El ejemplo sin duda más significativo es Uclés. Este lugar ha sido estudiado con detalle y profundidad por la prof. M. Rivera 25 . Disponía de un castillo y una alcazaba o fortaleza de la que se con- servan restos, el cuerpo de la villa, en torno a la iglesia de Santa Ma- ría, se encontraba dividida en el siglo XIII, en seis collaciones o ba- rrios presididos por su parroquia (elemento de organización social del espacio 26 ). Las advocaciones son diversas, una al apóstol S. An- drés, una segunda a un santo de origen oriental San Nicolás, otra de- dicada a la virgen Santa María , otra a la Trinidad y las restantes al apóstol San Pedro y Santiago. Por tanto el santoral no nos informa de una repoblación norteña, si exceptuamos al apóstol Santiago, cuya relación con los santiaguistas es evidente. Podríamos estar ante un indicio de esa creación urbana que caracteriza la zona, en base a una advocaciones “autóctonas”. Su conformación urbana, no es anterior a los inicios del siglo XIII. Contaba además con dos arrabales el barrio de Estremera y el

23 E. Cabrera, “Del Tajo a Sierra Morena”, pág. 133, se sitúa más allá de las opiniones de J. González y expresa que únicamente Toledo y Mérida son referentes urbanos a tener en cuenta

24 Para J. Gautier-Dalché, Uclés y Ocaña son prototipos del modelo urbano que prevaleció en la zona y que creó la Orden, vid. Historia urbana, págs. 124-125. Conviene destacar la im- portancia de Uclés (Uklis), dentro de la Kura de Santaveria como ha destacado Almonacid Clavería, J. A., “La Kura de Santavería: estructura político-administrativa, I Congreso de Historia de Castilla-La Mancha, V, C. Real, 1988, págs. 145-152. vid también M. Rivera, La

Encomienda, págs. 35, n. 3. Torres Balbas, L. Ciudades Hispanomusulmanas, 1973, 2 vols., destaca el papel de Uclés como ciudad de nueva fundación en época islámica, donde existía una mezquita mayor y unos baños que recibían agua de una fuente en lo alto de la ciudad, a diferencia de otros autores el habla de Uqlis, como la capital de un distrito en el de Santabari- ya (Santaver) y no de una cora, vid. vol. I, pág.- 58.

25 M. Rivera, La Encomienda, págs. 38-57.

26 Su importancia como elemento articulado ha sido puesta de manifiesto, eso sí, para un há- bitat rural bien distinto del de Uclés por el prof. G. de Cortazar, La sociedad rural, pág. 90-

95.

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del Collado. En opinión de la prof. Riveras, no es posible afirmar una discriminación de los habitantes de los arrabales en relación con el resto de los habitantes, plantea que en 1228, fue juez de la villa de Uclés un habitante de la collación de Santiago, situada en el barrio de Estremera 27 . Uclés, dispuso de una amplio término, compuesto por un im- portante número de aldeas, no documentándose la utilización de la palabra alfoz 28 . La autora delimita un impresionante espacio que en nuestra opinión y como hemos puesto de manifiesto al estudiar las encomiendas, no se corresponde con la realidad de la zona. En conse- cuencia, identifica erróneamente el término de Uclés, con la extensión de las posesiones del priorato, y si bien es cierto que Uclés mantuvo una hegemonía administrativa sobre la zona del Tajo, en ningún caso su concejo monopolizó este territorio de forma jurisdiccional ni si- quiera desde la conformación interna de la Orden. Ocaña es otra realidad urbana, cuya conformación en enco- mienda y concejo independiente y autónomo cuestiona en si misma la extensión del término de Uclés, propuesto por M. Rivera. En 1250 aparecen en Ocaña tres unidades de ordenación espacial, su castillo, marco inicial de articulación y posible referente espacial del poder; la torre cuya vinculación con los espacios productivos es más que posi- ble, sobre todo si atendemos a su generalización y vinculación a los cortijos en Montiel y Segura; y por último la villa . En ningún mo- mento se alude al término, con lo que suponemos que estas tres cate- gorías conforman los referentes de poder, producción y organización del espacio de Ocaña 29 . Muy pronto se define la realidad espacial de Ocaña como un ámbito de clara tradición urbana, donde encontramos conformada su realidad urbana mediante cuatro collaciones con sus correspondien- tes parroquias Santa María, San Pedro, San Juan y San Martín 30 , cuyos alcaldes respectivos y representantes aparecen en la firma del docu- mento fechado en 1251 31 .

27 vid M. Rivera, La Encomienda, pág. 42

28 Ibid, pág. 44.

29 J. González, Fernando III, vol. III, págs. 385-387, nº 808.

30 Esta advocación relacionada con un mártir guerrero, bien podría indicar el carácter fronteri- zo y guerrero de la localidad o el barrio en cuestión. Esta adovocación también se encuentra muy relacionada con la repoblación de francos en otros lugares y esto podría suponer otra hi- pótesis interpretativa.

31 A.H.N., Uclés, carp. 243, vol. I, nº 15., De Manuel, Memorias, págs. 528-530.

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Este contexto urbano se ve complementado con una definición del término de Ocaña, ya que mediante este instrumento se dota a la villa, de un serie de aldeas y lugares que conforman su término, como señala el documento. El mayor grado de jerarquización de Ocaña so- bre su ámbito aldeano queda latente, ya que, serán los aldeanos los encargados de satisfacer el yantar al maestre cuando visite la villa. El ambiente urbano de Ocaña, se caracteriza por lo que J. Gautier-Dalché insiste en llamar aglomeraciones, cuando se refiere a espacios urbanos. La venta de unas casas en la collación de San Mar- tín en 1312, nos acerca al urbanismo de Ocaña 32 , casas muy cercanas unas a otras, con patios internos que centralizan la vida cotidiana de estas corralas. Existen lugares de almacenamientos como bodegas, y plazas que conforman una realidad urbana muy compleja 33 . Estas ca- sas tienen una dimensión productiva, se entregan con entradas y sa- lidas además de todas sus pertenencias, se supone bienes muebles. Al estudiar esta encomienda, nos planteábamos, una certeza documental como posible indicio de una realidad urbana. Nos refe- rimos a la presencia de una importante comunidad de judíos en Oca- ña, que debemos relacionar con la presencia de otras de similar signi- ficación en Uclés y Dos Barrios e incluso en Montiel. Es posible aventurar que existe una estrecha relación entre la presencia docu- mental de comunidades judías y una realidad urbanizada . Estos grupos no se constatan en los espacios más ruralizados, por lo que parece posible establecer una relación entre ambas realidades. Usagre es otra importante realidad urbana de los señoríos santiaguistas, la información sobre este lugar es escasa, ni siquiera llegó a conformarse como una encomienda debido a su pertenencia a la mesa maestral y únicamente disponemos de su fuero que es de gran riqueza y permite un análisis de la composición urbana de de- terminados lugares de la Orden. En Usagre encontramos una regulación espacial exhaustiva; En primer lugar se entrega al concejo la totalidad del lugar de mojón a mojón, regulándose los espacios no individualizados: Todo home, que

32 A.H.N., Uclés, carp. 243, vol. I, nº 20. 33 Esta complejidad sin duda va acrecentándose con el paso del tiempo, en 1342, constatamos una realidad urbana muy significativa en Ocaña, vid. Bullarium, pág. 309. Dentro de estas vi- llas como veíamos existían zonas de almacenamiento de productos, zonas dedicadas al co- mercio y a la artesanía e incluso lugares destinados al ocio y a las transacciones, como los mesones, donde en ocasiones se producían serios problemas de orden público, como es el ase- sinato cometido en el mesón de Ocaña en 1344, vid. A.H.N., Uclés, carp. 243, vol. II, nº 30, parcialmente en Bullarium, págs. 308-309.

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entrare exido de concejo ó desesa, o cerrare carreras del concejo, tan de villa,

, rritorial en estos espacios comunales y en las dehesas. Diferenciamos tres elementos de organización espacial, la villa y las aldeas que se complementan con los espacios y derechos colectivos. Estos espacios comunes, que en León, se dividen en cuatro grandes grupos: los aprovechamientos de cereal como las era y los vinícolas, existen viñas explotadas comunalmente; Un segundo grupo compuesto por montes y baldíos, bosques, prados, pastos, dehesas, estercoleros y ejidos; Un tercero que los conforman los derechos hidráulicos: fuentes, ríos, pes- querías y molinos y por último, la participación en derechos anejos a las iglesias del concejo 34 . A esta realidad genérica debemos unir en Usagre una profun- da estructuración urbana, en collaciones (seis), obligándose a los ve- cinos a estar inscritos en la carta de collación, para, con ello, pagar sus tributos y acceder a los beneficios de vecindad, como poder participar en el portiello. Esta no es una realidad exclusiva de Usagre y pone de mani- fiesto como la organización del espacio no es un acto anárquico e im- provisado sino organizado de forma jerárquica y desde las estructu- ras de poder 35 . Las collaciones son un referente de organización ur- bano centralizado en torno a la iglesia. En palabras de J. González la iglesia constituye en su entorno la collación de aldea. Pero el fuero de Usagre es aún más rico en información, su re- parto se efectúa en sexmos que deben ser iguales, serán repartidos a suertes por los sexmeros y luego se repartirán en veintenas, que po- dríamos asimilar a solar, pero que el fuero denomina racion de here- dad, compuesta por casas, heredades, huertos, molinos y alcaceres. Parece evidente que cada vecino dispone de su zona de hábitat, de su zona de explotación y de una participación en los bienes comunales. Esta racionalización espacial es sancionada por el fuero al dis- ponerse que una vez realizadas las particiones tanto de villas como de aldeas, éstas se sancionaran por el concejo el domingo y no podrán ser modificadas bajo pena de cuantiosas multas. Una vez conocida la ración ésta podrá venderse con la limitación de que debe hacerse a pobladores y no a desconocidos. La vecindad garantiza el acceso al disfrute de espacios individualizados y colectivos, además de nume- rosos derechos que iremos valorando.

el concejo como veremos, asienta su poder te-

quan de aldeas, peche

34 Vid. C. de Ayala, “Relaciones de propiedad”, ob. cit., págs. 314-315. 35 En Alarcón se dispone que ninguna collación responda por un vecino que no estuviera es- crito en el padrón, J. González, Repoblación, II, pág. 180.

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En definitiva la articulación pormenorizada del espacio en Usagre en un ejemplo paradigmático de la importancia de los fueros como mecanismos de organización social del espacio y de que esta organización responde a un modelo de articulación que emana del poder, de la Orden. Mérida y Montánchez, suponen los ejemplos de articulación urbana en la zona extremeña más significativos, aunque ciertamente Cáceres constituye la referencia urbana más arraigada. En ella docu- mentamos una realidad espacial muy similar a la expuesta por Carlos de Ayala para León. Al igual que en Usagre la unidad de referencia espacial campesina, se concreta en sus casas, heredades, huertos, mo- linos y alcaceres 36 y las particiones que en este caso hacen los quadri- lleros 37 . Este reparto de las quadriellas sería asimilable a la división en cuartos o en cuartas, que J. González asimila a un reparto inicial de las alquerías islámicas 38 . Se delimita, además, la zona urbana con la alusión a castris, villis y plaças, unido a su ámbito rural que quedaría englobado en el término que incluye ríos, fuentes, montes para pas- tos, hereditatem, terram, campo, etc. que nos hablan de ese territorio no individualizado 39 . Montánchez que sin duda, era un núcleo importante cuando fue conquistado es donado a los santiaguistas; En la donación se alu- de a una doble realidad articuladora: el castillo y la villa de Montán- chez, con sus términos antiguos y nuevos. Se menciona también que tengan este castillo sin que sobre él pueda existir ningún derecho o ración (se supone que se les da íntegro sin que exista, ninguna pro- piedad en su termino que no corresponda a la Orden). Resulta intere- sante destacar como se repite una y otra vez ese trinomio, castillo, vi- lla, termino, que referencia las tres realidades articuladoras de los lu- gares al menos de la Orden. Por otra parte comprobamos que la utili- zación de ración, para referirse a la unidad de individualización de la posesión de espacio, asimilable al solar, es una realidad documental que permitiría establecer una relación entre ración de heredad y so- lar 40 .

36 Según la acepción actual de esta palabra se trata de zonas de cebada, bien pudiera tratarse de zonas de explotación de cebada, necesaria para el pan.

37 Estos quadrilleros al igual que los sexmeros de Usagre realizan el reparto en domingo con autorización del concejo.

38 J. González, Repoblación, vol. II, pág. 176.

39 A. Floriano, Documentación Histórica, págs. 7-9, nº 1.

40 1230, Agosto, 1, Zamora, Pub. J. González, Alfonso IX, págs. 717-718, nº 620.

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Su fuero, seis años después, nos muestra una articulación es- pacial de Montánchez mas intensiva. El documento comienza seña- lando que se da la villa de Montánchez y sus términos a población. El tenor delata un entorno aldeano jerarquizado por la villa y se produ- ce una profunda regulación de las actividades comerciales. Cabría pensar en una zona estable de mercado en la villa. El texto se concentra en la delimitación de las dehesas que co- rresponden al concejo y a la Orden 41 . Unos días antes de la dotación foral, la Orden había llegado a un acuerdo con el obispo de Coria so- bre las iglesias de Montánchez, tanto de la edificadas como las que aún no se hubieran construido 42 . Se pone de manifiesto en primer lu- gar la extensión adquirida por Montánchez que, sin duda, estaría en relación con un aumento de núcleos parroquiales en la villa, unidos como hemos ido comprobando en casi todos los casos a la conforma- ción de collaciones. Pero además este documento confirma una idea sugerida en su momento por E. Cabrera y que hoy es plenamente ve- rificable: las Órdenes en general, pero muy en particular la Orden de Santiago, diseñó la geografía eclesiástica de sus señoríos, limitando la erección de nuevos obispados, decidiendo sobre la adscripción de sus encomiendas en función de sus intereses (hecho del que este texto es un buen ejemplo) y condicionando con su actividad la construcción o no de nuevos templos. Por último en este apartado urbano deberíamos hablar de la única civitas de los señoríos santiaguistas. Nos referimos a Mérida. Este lugar de tradición romana, tuvo gran importancia en época islá- mica, dando nombre a una extensa kora que englobó: Mérida, Badajoz y Coria como ciudades más importantes. Durante el siglo X, la ciudad de Mérida tenía más de tres mil alquerías 43 . Sin embargo, la informa- ción sobre su estructuración en la Edad Media es escasa, sabemos de la existencia de barrios como el de Santa Eulalia, que dispuso de una iglesia y que se convirtió en una vicaría dependiente de San Marcos, disponía de calles, como muestra algún documento. Su entorno al- deano y su término fueron de una amplitud muy grande como hemos valorado en el análisis de la encomienda, pero no disponemos de datos precisos sobre su articulación espacial concreta.

c) Los marcos rurales

41 D.W. Lomax, La Orden, págs. 254-255, nº 22.

42 Ibid, pág. 253-254, nº 21.

43 J. Vallvé, La división territorial, pág. 314- 316.

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Frente a la urbanización de Extremadura y la zona del Tajo, las zonas de Montiel y Segura de la Sierra, adolecen de núcleos urba- nos significativos. En estos lugares debemos hablar más de un entor- no rural, caracterizado por villas de importancia, Segura y Montiel, que ejercieron un fuerte control centralizador sobre su entorno aldea- no. La presencia de unos antecedentes islámicos muy determinados caracterizados por un hábitat rural, condicionan su conformación en la plena Edad Media. La estrecha relación entre castillos y villas, como elementos esenciales de organización social, a la que debemos unir el binomio iglesia-castillo en muchos de ellos como elemento articulador del pai- saje, que se acerca a las ideas del incastellamiento propuesta por Tou- bert para Italia 44 y donde el componente fronterizo condiciona su realidad, son una evidencia. A partir de ejemplos en estas zonas y en algunos reductos del Tajo y Extremadura intentaremos acercarnos a la realidad rural de los señoríos santiaguistas. La definición de los marcos rurales se encuen- tra muy condicionada por la actividad productiva, aunque como ve- remos el binomio castillo-villa, siguen propiciando la concreción de centros de organización santiaguistas. Contamos con un magnífico ejemplo del grado de evolución espacial del marco rural en el fuero otorgado a Santa Cruz en 1253 45 . Encontramos un espacial natural, aún por explotar —Villaverde— que incluye aguas, fuentes, montes, valles, una participación en el aprovechamiento del Tajo y entradas y salidas. Se nos esta definiendo una explotación fluvial pendiente de articulación. Sin embargo, Villa- rejo Seco, es un ámbito rural poco poblado pero que ha superado la explotación natural de recursos, ya que, incluye casas y heredades y donde el espacio individualizado se ha articulado. Aparece una dehe- sa para conejos, que si bien, es un elemento de explotación de recur- sos naturales, su adehesamiento, incorpora un nivel de articulación. Junto a estas evidencias aparece un castillo como marco rural de or- ganización al incorporar montes, valles, aguas, fuentes y pasturas, pero que ya cuenta con un entorno de explotación ya que existen he- redades labradas y por labrar. Estos marcos rurales en la zona no siempre se identifican con castillos sino que se generaliza el cortijo, en muchos casos con su to-

44 Toubert, P., Les structures du Latium médiéval. Le Latium méridional et le Sabina du Ix e siécle á la fin du XII e siécle, Roma, 1973. Y en el más reciente trabajo Castillos, señores y campesinos en la Italia Medieval, Barcelona, 1990. 45 Apuntamiento, fol. 40v.

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rre, como elemento definidor de la realidad espacial manchega y de otras anexas como el Campo de Montiel y la Sierra del Segura 46 . Esta materialidad del hecho rural queda patente en la dona- ción por la priora del monasterio de San Julia de Sierra Javelera, de la Armuña a la Orden 47 . En ella se entrega una cuarta parte de esta al- dea y una azuda. Se remarca que esta aldea está en el Tajo. Se da con todos sus términos que incluyen un castra, y unos domos con tierras cultivadas e incultas, además de otros lugares heremis et populatis; se añaden pastos, montes y todas las pertenencias que pertenezcan a la Almunia 48 . Estamos ante una gran explotación hortícola que incluye agricultura extensiva en esas tierras cultivadas de claro origen islámi- co que este monasterio de monjas no puede explotar y cede a la Or- den.

Como vemos en su definición nada diferencia a esta aldea de numerosas villas analizadas, con lo que la indefinición terminológica se asienta con estos datos. Resulta muy complicado diferenciar esta aldea de muchas villas. Como vemos incorpora un castillo y lugares de habitación; suponemos dentro de un recinto único al que se añade un entorno productivo de lugares donde existen determinados nive- les de población. Este documento, incorpora información interesante sobre la continuidad productiva de determinados lugares y añade un dato curioso: se documentan a partir de este momento la existencia de tres monasterios, todos ellos dentro del término del actual Barajas de Melo (M.T.N. 607, al este de Fuentidueña de Tajo y al noreste de Belinchón), concretamente uno en Barajas del Medio, otro en Barajas de Abajo y otro en Barajas de Arriba. Esta realidad monástica en la zona del Tajo, sin duda, tiene su tradición originaria en el mundo vi- sigodo y en la importancia de la zona durante esta época histórica. Sin embargo, la constatación de comunidades femeninas y masculi- nas, podrían hacer pensar en una continuidad del monacato visigodo a la que se añaden comunidades femeninas durante este período 49 . Es obvio que estas comunidades tienen un origen muy anterior a la pre-

46 En 1256, Julio, 5, Segovia, la Orden recibe el cortijo de Abeiazat (Socuellamos), por los servicios prestados en Orihuela, Pub. A. Madrid, Alfonso X y la Mancha Santiaguista, págs. 205-218, nº 2. La cesión incluye montes, fuentes, ríos, pastos y entradas y salidas.

47 M. Rivera, La Encomienda, págs. 310-312.

48 Esta palabra derivada del árabe, al-munya (el huerto), representa una explotación intensiva de carácter hortofrutícola, en este caso de gran extensión.

49 Existen otros monasterios en la zona como el de San Vicente mártir en Toledo que controló algunas zonas que luego pasarán a la Orden, concretamente, Alharilla cerca de la cual existía una alberguería, y las aldeas de Fuentidueña y Estremera, vid. J.L. Martín, Orígenes, págs. 203-205, nº 33.

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sencia santiaguista, ya que, la Orden cuestionó en su política foral cualquier cesión a hombres de iglesia o monasterios.

c.1 El castillo En algún caso la única referencia espacial a determinados lu- gares, es que se trata de un castillo. Así se mencionan Montánchez, Santa Cruz, Zuferola, Cabañas, Monfragüe, Solana y Penna Falcon, cuando son otorgados a los santiaguistas en 1187 50 . Es evidente que estos lugares sufren una evolución, en algunos casos, como Montán- chez y Santa Cruz, en otros una vez superada la etapa fronteriza, no se consolida en ellos una población estable y acaban por convertirse en despoblados. Esta referencia a los castillos como núcleo articulador inicial de determinadas poblaciones es una constante en la documentación 51 . En ocasiones estos castillos, unidos a la que sin duda, es la segunda referencia de vertebración la iglesia, conforman los centros de articu- lación espacial de numerosas localidades. Este binomio resulta muy ilustrativo, en la corona protectora en torno a Montiel, los actuales pueblos de Puebla del Príncipe, Albadalejo y Terrinches, constituyen un buen ejemplo de la organización poblacional en torno a estos dos elementos, como comprobábamos al analizar las encomiendas de esta zona.

Sin embargo esta referencia espacial del castillo se ve com- plementada por la aparición de las villas, sin duda en un nivel del proceso de articulación espacial más avanzado. Esta evidencia la veri- ficamos en la donación del castillo y la villa de Reina —nuevamente se alude a como la tenían en tiempo de moros— este tenor incluye el término de Reina que el documento especifica con toda precisión y en él se incluyen fuentes, ríos, pastos, aguas, molinos —el grado de ver- tebración productiva es mayor— y se incluyen derechos como el montazgo y el portazgo. Sin duda, la cesión de determinados tributos

50 J.L. Martín, Orígenes, pág. 402, nº 224. 51 vid. la cesión de Eznavexore en 1214, Pub. J. González, Alfonso VIII, vol. III, págs. 605- 607, nº 919. Y la donación del castillo de Alange, con sus términos, aguas, montes, pastos, bosques y entradas y salidas como lo tenían en tiempo de los sarracenos. La realidad islámica de hisn dispersos que controlan un espacio productivo cercano, es una realidad espacial que incorporan los cristianos. Los castillos se convierten en el referente espacial de numerosas zo- nas de la submeseta sur. Incluso cuando se produce una cierta articulación del entorno, los castillos aparecen como los grandes ejes de centralización espacial y de control del espacio, dos buenos ejemplos pueden ser Calatrava la Nueva y el castillo de Segura de la Sierra.

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supone que el espacio donado cuenta con un nivel de organización social, muy avanzado, que permite el cobro de los mismos 52 . Como venimos comprobando, el castillo, es un referente espa- cial ineludible en la articulación del extenso territorio organizado por los santiaguistas. En algún documento se describe su entorno más inmediato: se suele definir por un término redondo que servirá para distribuir el hábitat de población y la organización productiva de su ámbito más cercano. En la citada donación de Torres en 1235, se de- limita su territorio dando como resultado un término redondo que define un semicírculo hacia el sur que protege el flanco occidental de Segura de la Sierra. Esta realidad espacial vinculada al castillo como referente es más explícita en la concreción de los espacios vinculados a diversos castillos en el Campo de Montiel que poseerán un legua al- rededor de ellos, situándose los mojones al finalizar esta legua. Sirva como ejemplo el de San Felices cuyo término se establece en 1254 53 .

c.2 Cortijos. Otra realidad vinculada al mundo rural son las torres y corti- jos. En el caso de Orcera se entrega la villa, con su torre, cortijo y po- bladores 54 , además de sus términos. Estamos ante una realidad al- deana que incorpora esta nueva modalidad de articulación espacial, que en nuestra opinión, no son otra cosa que las antiguas alquerías islámicas reutilizadas 55 . Pero esta conformación más perfeccionada en ocasiones se limita al propio cortijo y la torre como en Azuaga, donde esta referencia territorial queda definida al incluir cortijo, casa y labo- res. Sin duda, la torre complementa esta realidad rural como refe- rente defensivo de este espacio agrario 56 . Este paisaje de pequeñas torres defendiendo una zona de ex- plotación, debió ser muy común en nuestra zona de estudio, zona

52 Apuntamiento, fol. 9v-10r.

53 A.H.N., Uclés, carp. 214, vol. I, nº 12.

54 A.H.N., Sellos, carp. 13, nº 1.

55 Sin embargo las alquerías no son sólo asimilables a la realidad de los cortijos, algunos auto- res como García de Cortazar que asume las hipótesis de Guichard, proponen que la alquería islámica sería susceptible de ser comparada con la realidad espacial que representan las casas en el norte peninsular y durante los primeros años de ocupación del territorio, aldeas habitadas por una comunidad, con un poder de la comunidad y una explotación comunitaria de los re- cursos, mientras el rafal sería asimilable al domo, al dominio privado de un solo poseedor, vid. “Organización social”, págs. 216 y ss. Para J. González, “al asentarse los castellanos en la Cuenca del Tajo, aunque los textos latinos sigan empleando la palabra “villa”, se trata en gran parte de las alquerías de época musulmana”, vid. Repoblación, tomo II, pág. 278.

56 M. Garrido, Documentos de la Orden , págs. 31-32.

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marcada por la disgregación de hábitat y donde la realidad producti- va se caracteriza por la dispersión que implica un cierta organización en torno a un núcleo defensivo. Esta realidad de cortijos no es ajena a nuestro entorno y ha perdurado en muchas zonas de la Mancha Baja, el Campo de Montiel y por supuesto, es un elemento característico del paisaje extremeño y andaluz, que, sin duda, debe su fisonomía actual a esta herencia medieval. Pero esta estructura espacial dispersa, se fue aglutinando de forma progresiva en torno a centros defensivos de mayor entidad, siendo este proceso más significativo en zonas de frontera 57 . A esta situación corresponde la realidad descrita en la donación de Galera en 1243 58 . En ella se dona Galera, se incluyen las aldeas pobladas y por poblar que le dan término (se relacionan las aldeas). Se utilizan aquí tres referencias de articulación territorial, las aldeas, las villas y la torres, que hacen referencia a tres momentos de captación espacial. Estamos ante un proceso de articulación del entorno en plena evolu- ción, desde una realidad de cortijos dispersos hacia su inclusión en entornos aldeanos que irán conformando el término de la futura villa de Galera, cuya esencia es su castillo, auténtico baluarte defensivo, que el propio documento relaciona con la frontera con Granada y el de Huescar, al que se alude como referencia administrativa. Esta relación que hemos establecido entre torres-cortijos y al- querías, queda en evidencia en la cesión de Castril, situado entre Quesada y Huescar que se entrega con su alcarias (alquerías) y térmi- nos además de otras pertenencias de esta importante villa que cuenta con molinos, tiendas, tahonas y diversos derechos 59 . Este castillo fronterizo que como vemos es el núcleo genera- dor de una importante población, incorpora un entorno en que cla- ramente se diferencia entre sus términos. Suponemos que incluyen bienes y recursos naturales y sus zonas en explotación o cortijos con sus torres, a los que aquí se alude como alquerías, con su denomina-

57 La frontera marca la disposición de muchos lugares, en especial en esta zona de Segura, aunque es cierto que en muchos casos esa realidad tenga mucho que ver al menos en la termi- nología documental con lo analizado hasta ahora. En 1239, se dona a la orden el lugar de Hornos, sus referentes espaciales son la villa y castillo, remarcando un hábitat rural, el carác- ter fronterizo de su castillo define el territorio y marca el tenor documental, al evidenciar la especificidad del ámbito donde se encuentra esta fortaleza, vid. J. González, Fernando III, tomo III, págs. 197-199, nº 657. Esta realidad se repite en el castillo de Torres donado cuatro años antes vid. Idem, págs. 71-73, nº 554.

58 M. Rivera, La Encomienda, págs. 396-397, nº 190.

59 A.H.N., Uclés, carp. 311, vol. I, nº 14.

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ción islámica pero que responden a una misma realidad espacial y organizativa 60 . La alquería o los cortijos con sus torres , conformadas por un recinto defensivo al que se une una zona de hábitat junto con tierras de labor, supone un referente de articulación de primer orden que condiciona el desarrollo económico y social del espacio sobre el que se asienta y que va a suponer una tradición productiva que perdura hasta nuestro días 61 .

c.3 El término Al igual que comprobamos con villa y aldea, la palabra térmi- no responde durante nuestro período a distintas realidades espaciales

60 En algún caso los antiguos lugares que ocupan alquerías con una gran importancia del clan

(sobre este particular resulta especialmente interesante la obra ya clásica de Guichard, P

Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, 1976.), como elemento de organización social, al traducir su nombre dando lugar en zonas como a la torre de Mezquiriel que incluyen duabus paratis molendinorum qui sunt iuxta dictam turrem, este cortijo incluye además quince aranzadas de viñas y cuatro de huerto, también se cita en este texto la torre de Maquiz, con heredad suficiente para quince yugadas de bueyes de año y vez, como vemos un espacio agrario definido por unos antropónimos que delatan esa antigua influencia clanica en la conformación de las alquerías islámicas, vid. J. González, Fernando III, vol. III, págs. 301-303, nº 735. 61 Señala J. González, el gran número de aldeas formadas a la sombra y con el nombre de una torre, esta evidencia según él está más de acuerdo con su ruralidad y también con el sistema defensivo empleado, defensa, por tanto, de unidades productivas, J. González, Repoblación, vol. II, pág. 291. Pero es más algunos trabajos dedicados al mundo islámico han resaltado la importancia de las torres en la defensa de espacios agrícolas, Bazzana, André; Guichard, Pie- rre, “Les tours de defénse de la huerta de Valence au XIII e s., Mélanges de la Casa de Ve- lázquez, XIV, 1978, págs. 73-105. No es nuestra intención comparar estas realidades, pero si constatar como en época islámica se fortifican las zonas productivas y esta es una herencia que adquieren los cristianos al ocupar determinadas zonas. La definición de las alquerías co- mo pequeñas ciudades productivas, compuestas por un número indeterminado de casas y con varias dependencias que se mueven en unos entornos de 172 m 2 , ha sido puesto de manifiesto en un magnifico trabajo arqueológico, sobre la alquería de Bofilla, vid. López Elum, P. La al- quería islámica en Valencia. Estudio arqueológico de Bofilla siglos XI al XIV, Valencia 1994. Dedica un amplio espacio al estudio de su conformación como unidad de defensa y produc- ción, donde resalta una realidad de un amplio hábitat de casas, que estarían ocupadas por sus productores (págs. 185-183) y resalta el papel de la torre como elemento esencial de estas al- querías (págs. 231-233). Esta realidad de pequeños recintos amurallados con un importante número de casas que protegen una unidades productivas, es muy similar a la realidad que nos describen algunos documentos al referirse a zonas de cortijos y torres. Por ejemplo en Bala- zote, se dice “torre, cortijo, casas e heredamientos labrados e por labrar” con todas sus perte- nencias que incluyen molinos, huertas, arboles frutales, términos e incluso llanos, montañas, selvas, viñas vid. M. Rodríguez Llopis, Documentos del siglo XIV y XV, págs. 1-2, nº 1. Es- tamos ante realidades espaciales no muy distantes y muy similares en su disposición.

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que debemos valorar y no generalizar. Desde este enfoque debemos estimar que la palabra término, no es automáticamente el sustituto de la denominación islámica alfoz, que si bien tiene plena vigencia en el ámbito urbano al norte del Tajo, no es asimilable con la misma reali- dad en la Submeseta Sur, donde su vinculación con el mundo más ru- ralizado, le otorga unas connotaciones sensiblemente diferentes a las realidades espaciales de la Meseta Norte. El término alude a un mar- co de aplicación de jurisdicción de un núcleo sea este urbano o no y ciertamente como asegura J. Gautier-Dalché, es mucho más amplio al Sur del Duero. Un buen ejemplo lo constituyen los términos de nues- tras encomiendas 62

d) Otras categorías territoriales Una relación que estaría pendiente de establecer es la que existe entre villa y heredad. Para Carlos de Ayala, en su trabajo sobre la realidad espacial en León, la hereditas es identificable, en muchos casos, con las villas altomedievales, sin embargo remarca el deses- tructurado carácter de la hereditas frente a la orgánica unidad de la villa. De su trabajo podría desprenderse una hipótesis, que la hereditas en el caso leonés supone una cierta parcelación de la villa, toda vez que se ha producido su desarticulación. Y por último, el prof. Ayala, afirma que la heredad aparece prácticamente desvinculada de la acti- vidad pecuaria. En principio para nuestra zona, serían asumibles algunas de estas afirmaciones. Por ejemplo, es cierto que cuando aparece la refe- rencia a heredad estamos ante espacios menos articulados y cierta- mente la palabra villa incorpora una realidad más integrada, más po- blada y más articulada. Sin embargo, que designan una misma reali- dad social es incuestionable. Pongamos dos ejemplos ya citados: en 1154, se nos habla de Dos Barrios como una villa que incluye los mismos elementos que encontramos en 1224; En la venta de una he- redad en Torrelengua, ésta incluye tierras, prados, huertas, partes de molinos, casas, montes y entradas y salidas 63 . Si confirmamos que cuando se refieren a lo donado en estos lugares, se habla de hereda- des, incluyendo lo mismo que vemos en las villas, la identificación de realidad espacial y polivalencia terminológica es evidente. Sin embargo, sí creemos que la utilización de uno u otro voca- blo responde al grado de unidad orgánica de esa realidad espacial y

62 Vid. Historia Urbana, pág. 336. Sin embargo no compartimos su identificación entre tér- mino y alfoz que el relaciona en exclusividad con el ámbito urbano, vid. pág. 335. 63 M. Rivera, La Encomienda, págs. 331-332, nº 113.

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al grado de articulación que una vez consolidado, produce un proce- so de jerarquización de su entorno muy acusado, que se distingue en la documentación mediante la diferenciación entre villas y aldeas. La villa, por tanto, sería el término que define la culminación de un proceso de organización social del espacio, que previamente se había articulado a partir de un castillo, o de un conjunto de alquerías o cortijos. Pero a su vez la utilización de heredad, puede ser el fruto de la inestabilidad de una determinada zona, donde en épocas ante- riores al XIII, se dispuso de una infraestructura de villas, que tras los avatares de finales del XII y inicios del XIII, se había desestructurado. También y como señala C. de Ayala, en León existen momen- tos en que resulta difícil diferenciar solar de heredad, aunque cierta- mente esta es una constatación ocasional y no genérica; En el fuero de Usagre al igual que en el de Cáceres, puede leerse los sexmeros nin los vintaneros no se echen tras anno nin tras ferias a los herederos por heredad de partición, aquí la identificación de heredad y solar es evidente.

d.1 Las casas La valoración del termino domus o casa, es importante para acercarnos al hábitat campesino y a la realidad espacial que señalan. Ciertamente estos elementos de espacio son, con diferencia, los ele- mentos más individualizados y privatizados. Es posible definir éstos como el único espacio “intimo”de que dispusieron los campesinos santiaguistas; Las casas se construyeron en la mayoría de los casos, toda vez que accedían a la vecindad, en función de sus necesidades y gustos, que sin duda, se verían mediatizados por su capacidad eco- nómica 64 .

64 En algunos documentos se señala que los campesinos que vayan construyan sus casas, y estas podrán ser techadas o pajazas, hecho que no hace sino evidenciar diferentes niveles eco- nómicos que obviamente condicionan las construcciones, vid. A.H.N., Uclés, vol. II, nº 27. Esta situación se constata incluso frente a una realidad foral evidente que propugnaba que las cubiertas de teja deberían existir en las casas de las cabezas concejiles, esta evidencia que pu- diera relacionarse con una jerarquización espacial con las aldeas que las podrían tener de paja, evidencia una preocupación desde el poder por unas edificaciones más seguras y más consis- tentes, al menos en los lugares más significativos de los señoríos, vid. J. González, Repobla- ción, vol. II, pág. 235. El fuero de Cuenca en su lib. IV, tit. XIII, cap. 2, señala: quien toviere su casa cubierta de paja en la villa, cubrala de teja; si non, peche todo su pecho así como si no morase en la villa; et si tanto fuere porfioso alguno que non quiera cubir su casa de Teja, dénla a otro poblador que la cubra de teja, et aquel peche todo lo de ante todo su pecho. Este breve texto manifiesta claramente la existencia de una clara jerarquización espacial y además como las construcciones quedan condicionadas por razones económicas.

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La existencia o no de casas tejadas y pajadas va a definir tipos de espacios. Las tejadas son más habituales en zonas urbanas, mien- tras las pajadas responden a una realidad de hábitat más ruralizado 65 . Sería también posible establecer esta contraposición entre rural y ur- bano al valorar la dicotomía domus/casa 66 . Esto se evidencia si con- traponemos dos documentos cercanos geográficamente pero con una significativa diferencia cronológica, que pensamos no condiciona la realidad analizada. En la cesión de propiedades efectuada a doña Sancha, en el primer tercio del siglo XIII, se constata los siguiente:

omnibus bonis ad domos pertinentibus tam mobilibus quam immobilibus, videlicet pane, vino, ovibus, bobus, sarracenis. Estamos ante un hábitat individualizado de un claro carácter rural, en cuanto a su articula- ción, aúna lugares de hábitat y de explotación económica que incluye esclavos 67 . Esta realidad productiva también se puede adivinar en las ca- sas donadas en Estremera, en torno al 1300. Estas incluyen una cueva (posible zona frigorífica, según tradición de la zona, o zona de alma- cenamiento de vinos) y un corral para el ganado 68 . El tipo de hábitat definido es casi idéntico, pero unas limitan con otras en un ambiente más urbanizado que el que veíamos en Biedma y Villarrubia. La dife- rencia es ténue, terminológica, pero analizamos una sociedad donde el simbolismo es muy importante y la sutilidad del lenguaje puede servir para simbolizar determinados niveles de sociabilidad y urbani- zación.

Es habitual citar los domos junto a realidades productivas, pe- ro a veces se muestra una desvinculación del domo del espacio urba- nizado, adquiriendo un valor genérico como lugar de residencia, ya sea este rural o urbano. En una cesión fechada en 1243, se dice: in Li- nares et novem arençadas vinearum et unam arençadam orti in villa et unum par domorum, se distinguen los domos de la villa, es evidente que están fuera de ella 69 .

65 J. González, Repoblación, vol. II, pág. 266.

66 Según Carlos de Ayala, esta dicotomía representa una dualidad excluyente cuando se valo- ran los elementos que constituyen de la hereditas (ob. cit. pág. 311), para afirmar que como consecuencia de la constatación del solar/suelo como unidad productiva familiar por excelen- cia, se va produciendo una tendencia a identificar casas y domos al definir los espacios de há- bitat (ob. cit. pág. 313). Pese a esta identificación, en mi opinión se mantiene el carácter ex- cluyente, dentro de la contraposición rural/urbano.

67 M. Rivera, La Encomienda, pág. 334, nº 117.

68 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

69 Pub. J. González, Fernando III, vol. III, págs. 276-278, nº 717.

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Las casas de hecho van adquiriendo un valor de lugar indivi- dualizado de hábitat que de forma progresiva se aleja de todo refe- rente productivo. Un ejemplo significativo es la obligación que ad- quiere Gonzalo Rodríguez de Cornado y su mujer de reparar el cor- tijo y la torre de Azuaga. En ella se distinguen tres realidades: una genérica, el cortijo, otra de hábitat, las casas y las labores, referente productivo 70 . Se podría argumentar que aquí aparecen casas en una realidad agraria y por tanto rural, sin embargo la justificación estaría además de una evidencia cronológica del documento (1295), en que este cor- tijo responde a una realidad de hábitat agrupada en él (que dará lu- gar a la villa e importante encomienda de Azuaga) y no dispersa co- mo es más característico en nuestro espacio rural, la Submeseta Sur. Sin embargo disponemos de un texto que en principio contra- dice nuestra hipótesis de partida. En 1246, le son donados a la Orden de Santiago en Jaén, algunos domos que fueron de Rabif Zulema. En principio estos domos son donados en un espacio difícilmente identi- ficables con una realidad rural, a no ser que estos domos pertenecie- ran al término y por tanto al espacio ruralizado de la ciudad de Jaén. Esto tendría sentido si tenemos en cuenta que la donación incluye además dos torres designadas con antropónimos islámicos que sí res- ponden a un ámbito rural. Sea como fuere, nuestras valoraciones son propuestas de interpretación y únicamente un contraste documental fuera de la documentación santiaguistas podría verificar y rebatir nuestra especulación. Debemos añadir como un dato más en cuanto a la estrecha relación entre el término casas y el espacio urbano que en el fuero romanceado de Cáceres, se habla de casas y no de domos como refe- rente de hábitat individualizado o las casas que son vendidas en la ciudad de Mérida en la calle de Santa Olalla en 1327 71 . Con el paso del tiempo el término casas se impone y la referencia a él como espacio de desarrollo individualizado, se utiliza en las zonas rurales y urba- nas 72 . Existen ejemplos ilustrativos: en una cesión en 1316 de deter- minados bienes en Balazote, Villanueva de la Fuente y Ascoy, térmi- no de Cieza, en favor de los santiaguistas se dan en Balazote, aldea de

70 M. Garrido, Documentos de la O. de Santiago, págs. 31-32.

71 A.H.N., Uclés, carp. 199, nº 2.

72 Ciertamente el triunfo de las lenguas romances sobre el latín en la documentación podría explicar esta consolidación de la casa, para definir ambas realidades. Parece lógico suponer que la dualidad casas/domos, sólo es posible de analizar en la documentación latina o en vías de transición hacia el romance.

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Alcaraz, todas sus casas y heredamientos, molinos, viñas, huertas, montes ríos fuentes y pastos; En Ascoy se entrega torre, cortijo, casas heredamientos labrados y por labrar, molinos, huertas, montes, ríos, pastos y términos. Cuando el texto comienza a concretar la cesión se alude a que en Balazote se entregan hombres, mujeres, su torre y cor- tijo con lo que tienen términos, dehesas, entradas, salidas, casas, casa- res, huertas, árboles frutales, prados pastos, yerbas, aguas lleneras, y etc 73 .

Es obvio que el término casas, alude a la referencia de hábitat individualizado en el ambiente rural caracterizado por esos cortijos defendidos por sus torres que no son como veíamos sino un recuerdo de la antigua organización del poblamiento islámico en alquerías y casas dispersas 74 . Nos quedaría por definir como son estas casas o domos. Cier- tamente no existen referencias de su articulación en época cristiana. Conocemos mucho más del mundo islámico y desde la perspectiva de la arqueología 75 . Estas casas que como decíamos tienen una media de 172 m 2 , se dispone en forma trapezoidal, en torno a un patio cen- tral. Existen estancias principales que se cubre de tejas y donde en- contramos pavimentos y bancos corridos (zona de hábitat propia- mente dicha) y unas secundarias con un suelo peor trabajado y que pudieran corresponder con zonas de actividad artesanal o establos. Cuentan además con habitaciones donde se han encontrado, zonas de cocina , que servirían para almacenar la comida, comer e incluso dormir; No existen letrinas o fosas sépticas. Sus construcciones son con cimentación en mampostería o le- chada de mortero apoyada en la roca. Sobre ella se eleva el tapial, cu- yos lienzos son de composición heterogénea, el tapial estaba formado por tierra y mortero distribuido en franjas, con predominio de tierra. Existía un enlucido exterior que las protegería. Las casas tendrían asociados espacios libres y huertos.

73 M. Rodríguez Llopis, Documentos del siglo XIV-XV, págs. 1-2, nº 1. 74 Este es uno de los poblamientos característicos de la zona murciana, cuyo aspecto no es esencialmente diferente del desarrollado en las Sierras del Segura y en el Campo de Montiel, vid. M. Rodríguez Llopis, “Repoblación y organización social del espacio”, pág. 8. 75 A este asunto se dedicó un congreso monográfico en 1990, La Casa hispano musulmana. Aportaciones de la Arqueología, Granada, 1990. Los estudios de Bertrand, Maryelle; Cres- sier, Patrice; Malpica Cuello, A. y Rosselló Bordoy, G. “La vivienda rural medieval de El Castillejo (Los Guajares, Granada), págs. 207-227, o el de Izquierdo Benito, R. “La vivienda en la ciudad hispano musulmana de Vascos (Toledo)”, págs. 147-162, son dos buenos ejem- plos.

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En principio las casas de nuestras zonas de estudio no se aleja- rían mucho de esta realidad. Sabemos y hemos citado que existían te- chadas con teja y paja, distinguiéndose en la documentación las teja- das o no. Al igual que las islámicas disponían normalmente de dos plantas, y su construcción en adobe y otros materiales como la made- ra, ha hecho que no perduren y que fueran tan frecuentes los incen- dios 76 .

Disponemos de un documento que nos permite un acerca- miento a la construcción de cortijos en nuestra zona de estudio y aunque tardío puede revelar alguna luz, sobre los sistemas construc- tivos al menos en la zona de Segura de la Sierra. El documento se fe- cha en 1347 y hace referencia a la encomienda de Caravaca 77 . El comendador de este lugar se compromete a construir una fortaleza en esta guisa: una torre con un cortijo enderredor della que sea de quinze tapiales en alto et que aya en ella tres terminados, et del çimiento de- lla fasta el primero terminado que sea la tapia de ocho palmos en ancho, et del primero fasta el segundo terminado que sea la tapia de seys palmos en ancho, et del segundo terminado fasta el terçero terminado que sea dessa anchura la tapia. Et del dicho çimiento fasta el dicho primero terminado que sea la lavor de argamasa o de piedra et de cal, et los otros dos terminados de tierra et de cal. Et el cortijo que sea de diez tapiales en alto con su peytril et menas, et que sea la tapia de çinco palmos en ancho, et la lavor del cortijo que sea fecha de tierra et de cal. Este detalle en la disposición de muros y en su estructura de- lata varias evidencias de interés. En primer lugar, cómo desde el po- der, existe una preocupación por la definición del espacio que debe ser articulado, estableciéndose mecanismos para asegurar unas cons- trucciones con unas calidades concretas 78 , la preocupación de la Or- den, por organizar su espacio productivo y social se constata de for- ma fehaciente. Pero es más, esta descripción permite intuir las calida- des constructivas de los lugares ocupados por la Orden, que sin du-

76 Vid. J. González, Repoblación, vol. II, págs. 265- 267, que nos habla además de diferentes tipos y niveles de casas en función de sus precios (pág. 269), resulta muy significativo que estas casas se agruparan en núcleos y que como veíamos para las islámicas las zonas sanita- rias, baños, letrinas y demás sean comunales o públicos (págs. 262-263). Algunos documentos nos han dejado constancia de la construcción en madera de muchas casas, como por ejemplo en Fuentidueña, vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 464-466, nº 245.

77 Torres Fontes, J. Documentos de Cehegín, págs. 133-135, nº 12.

78 Sin embargo estas calidades estarán en función del precio de la construcción la piedra es mucho más cara y seguramente solamente se utilizaría en la construcción central que debe re- sistir el peso, siendo el resto en madera, con ello el comendador ahorraba una cantidad signi- ficativa.

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da, se preocupó como hemos tenido ocasión de comprobar, por defi- nir en sus fueros, los tipos y materiales de los hábitats a utilizar, en muchos casos para prevenir catástrofes como incendios. Pero es más, el número de pisos y demás exigencias, sin duda, responden a una necesidades productivas pero también defensivas muy concretas, aunque la defensa no sea lo esencial en esta construcción. Por último esta descripción y la importancia que se da a la de- fensa de esta zona teóricamente productiva no hace sino verificar nuestra hipótesis, sobre la estrecha relación que existe entre las alque- rías islámicas y los cortijos con sus torres que se extendieron en los señoríos santiaguistas, donde las realidades espaciales heredadas de los musulmanes, constituyen la esencia del modo de articulación y organización de los espacios conquistados que la Orden reestructura pero respetando unos elementos espaciales y defensivos plenamente operativos.

d.2 El quiñón. En general como hemos señalado el poblamiento y articula- ción espacial en las zonas de Segura de la Sierra y Montiel así como en amplias zonas de Extremadura se caracteriza por dos realidades muy concretas. Grandes centros nuclearizadores de un ámbito aldea- no que jerarquizan este espacio y por otro un hábitat disperso en cor- tijos defendidos por sus torres. Estas realidades delatan una tenden- cia ganadera pero también una debilidad demográfica que necesita concentrar la población en lugares fáciles de defender debido a posi- ciones fronterizas incluso durante el siglo XIII. Esta dispersión y organización se complementa en el Tajo con una alta concentración de propiedades en torno al río donde la fuerte parcelación de la explotación agraria, nos da la imagen de un hábitat abigarrado de pequeñas porciones de producción y unidades algo más significativas. El quiñón se convierte en referencia de producción y captación del paisaje, ocupado por grupos unifamiliares que repre- sentan la familia nuclear clave de la explotación feudal. Es también la unidad de tributación de la Orden. A nivel de organización social del espacio, el quiñón, constituye el espacio atribuido a cada poblador que le da una serie de derechos como vecino de un lugar poblado y en muchos casos vasallo de la institución propietaria de ese lugar.

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Este quiñón es el elemento de ocupación esencial en la Man- cha 79 , estableciéndose una relación estricta entre yugada - quiñón 80 , que permitiría establecer que el quiñón en nuestra zona equivale al nivel social y productivo del solar en la zona norte. Este marco tuvo una importancia productiva de primer orden como explotación de ce- real 81 que se vio complementada con las aranzadas para las viñas 82 , ambas realidades productivas mantienen una estrecha relación con el número de habitantes de diversos lugares, el número de quiñones y aranzadas mantienen una correspondencia con la cantidad de pobla- dores 83 . El quiñón es el elemento de articulación espacial y productiva por excelencia en la zona del Tajo. Pero se ve complementado por otras realidades esencialmente productivas que aparecen perfecta- mente detalladas en un documento fechado en torno a 1300 que nos transmite una profunda parcelación de la producción y confirma las aportaciones citadas sobre la extensión del quiñón y la aranzada 84 . La primera referencia que aparece son unas casas con una cueva y un corral para ganado. En principio debemos intuir una con- centración de la producción intensiva, huertos y majuelos de viña. Se da también en este documento la mitad de una villa, la de Manzano, que sin duda, hace referencia a una aldea, lo que no hace sino confir- mar la identificación terminológica entre estas dos realidades, que ya hemos señalado a lo largo de estas líneas.

79 A esta conclusión llega C. de Ayala, “Las Ordenes Militares y la ocupación del territorio manchego (siglos XII-XIII)”, en Actas Congreso conmemorativo del VIII Centenario de la Batalla de Alarcos, Cuenca 1996, págs. 47-104.

80 Esta relación la establece García de Valdeavellano, J.A., La sociedad rural en la España Medieval, Madrid, 1988, pág. 68. Esta relación a partir de la documentación mozárabe es es- tablecida por J. González, Repoblación, págs. 184-185.

81 Este quiñón equivale como hemos visto a la tierra que puede explotar un yugo de bueyes o yugada, que en castilla equivale a treinta y dos hectáreas, vigentes en Cuenca y Ciudad Real, aunque en Albacete corresponde a treinta y cinco. Su capacidad productiva equivale a ocho cahíces de sembradura, aunque no se puede establecer una generalidad, ya que, a veces equi- vale a siete, vid. J. González, Repoblación, vol. II, págs. 188-199.

82 La aranzada equivale a un 1/60 yugada, que parece podía arar un yugo y con un rendi- miento muy elevado, la aranzada en Toledo equivale a 400 estadales (44,7 áreas), vid. Ibid, pág. 188.

83 Esta relación productiva entre quiñón y aranzada, ha sido puesta de manifiesto para los se- ñoríos calatravos por E. Rodríguez-Picavea, La formación del feudalismo, págs. 204-205. La estrecha relación con el número de pobladores la ha comprobado J. González, en el Campo de San Juan, Repoblación, II, págs. 190.

84 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

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La realidad de un entramado de vías de comunicación entre las diferentes propiedades de la Orden se adivina en las numerosas referencias a carreras, que se ve complementada con la actividad ga- nadera donde aparecen numerosas cañadas y pequeñas vías pecua- rias (cañil). La gran cantidad de pedazos junto a las aceñas evidencian esa parcelación de la producción y de la tierra en las zonas cercanas al río Tajo, pero también a otros cursos, como la vega de Villella, entre otras.

Pedazos, fazas e incluso la mitad de pedazos, evidencian la profunda parcelación. Aparecen lugares de almacenamiento (pajares) y junto a los quiñones, en general de explotación de cereal encontra- mos viñas a surco. Los quiñones, son una referencia permanente si- tuándose unos junto a otros 85 . Podemos concluir que en la zonas de alta rentabilidad productiva, se produce una parcelación muy pro- funda que también supone una amplia humanización del paisaje. En conclusión, existen en nuestra zona de estudio una relación entre cuatro elementos de articulación espacial que se repiten en al menos una decena de documentos. Me refiero al trinomio iglesia, vi- lla, castillo al que debemos unir el término. Estamos ante los elemen- tos esenciales que conforman un hábitat, ya sea, este rural o urbano. El referente de poder eclesiástico y el civil tienen sus elementos de articulación al que se une un instrumento defensivo el castillo. Todo ello se ve complementado por un entorno aldeano que engloba el término. Ya hemos tenido ocasión de verificar como en muchos casos se dota a un lugar de aldeas y el tenor documental señala que es para darle término. Baste señalar el otorgamiento de aldeas a Ocaña en 1251, donde se dice E demas otorgamos vos por vuestras aldeas, que sean de la villa de Ocaña, así como las soliedes haber, otorgamos vos las por ter- mino (a continuación se detallan) 86 .

d.3 El papel organizador de las unidades eclesiásticas. Es necesario, aunque sea de forma somera, analizar la articu- lación eclesiástica en los señoríos santiaguistas, que en muchos casos, se añade a la civil pero que en otros, resulta el elemento articulador primigenio junto con el castillo. Las iglesias constituyen como hemos ido evaluando el ele- mento esencial de organización eclesiástica, pero también civil. No

85 En general una gran propiedad, marcada por la pequeña explotación de la tierra, es una de

las claves de la articulación espacial, al menos para el prof. Cortazar, La sociedad rural, pág.

147.

86 A.H.N., Uclés, carp. 243, vol. I, nº 15.

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tendrían sentido si no las virulentas disputas mantenidas entre la Or- den y el arzobispo de Toledo por el control de la iglesias de la zona del Tajo, pero sobre todo del Campo de Montiel. El control de éstas y el de sus párrocos es un problema esen- cialmente de rentas que oportunamente estudiaremos, pero el com- bate por las construidas o por construir manifiesta como las iglesias de la zona de Montiel condicionaron en muchos casos núcleos de há- bitat, incompresibles sin una iglesia en este momento. De esta forma la ideología también influye en el paisaje. Es imposible concebir la articulación espacial de un lugar en el período medieval sin la erec-

ción de un centro de culto. Si a esto unimos la estrecha relación entre

la articulación urbana, y la importancia que en cada collación tiene su

parroquia estaremos en condiciones de valorar el papel espacial de los núcleos eclesiásticos. Es cierto que las parroquias no tienen en nuestra zona el valor determinante que adquiere en ciertos lugares norteños como el caso gallego, donde es una referencia inexcusable en todo análisis del es- pacio, e incluso en muchas zonas de la cornisa cantábrica donde su valor es esencial en la organización espacial 87 . Las parroquias no son únicamente un mecanismo de encua- dramiento social y de organización espacial sino también en muchos

casos la base administrativa sobre la que asentar la fiscalidad señorial

y andando el tiempo, concejil. Por poner un ejemplo de la estrecha

relación entre parroquias, iglesias y la articulación civil del espacio sirva citar un documento de comienzos del XIII, referido a la zona del Tajo 88 . Comprobamos que una forma de definir a los del lugar es con el termino parroquiano. En este documento son permanentes las identificaciones entre aldeas e iglesias, así como entre collaciones y parroquianos (se habla de parroquianos para Uclés, no utilizándose para lugares que no cuentan con collaciones). Es frecuente en el texto

la expresión in illis aldeis quarum ecclesie. Es sólo un ejemplo de la pro-

funda influencia de la organización eclesiástica en la articulación es- pacial de la Orden, que tuvo que contar, en sus modelos con el papel aglutinador poblacional de los centros de culto.

87 Vid. J.A. García de Cortazar, La sociedad rural, págs. 90-95 y Diez Herrera, C., La forma- ción de la sociedad feudal en Cantabria, Santander, 1990, quien dedica varios apartados al papel de la organización eclesiástica como elemento de cohesión de las comunidades de valle, y de la parroquia como elemento de unión vecinal, págs. 39-44, págs. 90-92 y págs. 202-205. 88 vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 274-276.

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A.1.2 El papel de los marcos y núcleos territoriales heredados de propiedades o formaciones anteriores. La Orden de Santiago, se asentó en unos territorios muchos de los cuales fueron conquistados al Islam y otros que habían sido es- tructurados en épocas anteriores, básicamente en las repoblaciones llevadas a cabo por Alfonso VIII en Castilla y por Alfonso IX en León. Por tanto, en muchos casos se reutilizaron o reorganizaron realidades espaciales anteriores. En este apartado será nuestro objetivo concretar estos extre- mos. Para ello realizaremos un somera evaluación de las realidades que encontraron los santiaguistas en cada una de las zonas estudia- das, estimando su peso específico durante la etapa musulmana para, a continuación, analizar algunos documentos que puedan esclarecer algunas de las hipótesis planteadas. Ciertamente hasta aquí hemos tenido oportunidad de valorar la importancia y continuidad de algu- nos topónimos como la Armuña en la zona del Tajo y la importancia de los cortijos en determinadas zonas del sur de Extremadura y en la zona de Segura como continuidad de una realidad artículadora de origen andalusí, las alquerías. En el Tajo las pervivencias hispanomusulmanas que encuen- tran los santiaguistas son escasas pese a la importancia que esta zona tuvo como elemento defensivo y articulado de la Marca Media 89 . Donde existieron importantes ciudades islámicas como Uclés, de nueva fundación y capital de la cora de Santabariya, que se fundó entre 775-776 por al-Fath b. Di-l-Num, sublevado contra el emir Abd al-Rahman I, a orillas del Bedija, como fortaleza a la vez que como punto destacado de una red de comunicaciones con hábitat de me- diano tamaño 90 .

89 Existen dos interesantes trabajos sobre la zona de Martínez Lillo, Sergio, “Arquitectura Militar de ámbito rural de la Marca media (Al-Tagr al-awsat). Antecendentes y evolución”, Boletín de Arqueología Medieval, (1990), nº 4, págs., 135-171 y “ Estudio sobre ciertos ele- mentos y estructuras de la arquitectura militar andalusí. La continuidad entre Roma y el Is- lam”, Boletín de Arqueología Medieval, (1991), nº 5, págs. 11- 37. En ellos se analizan im- portantes fortalezas de la zona, como Talavera de la Reina, Vascos, etc. Además de su tesis doctoral que resulta un interesante instrumento para comprender este espacio, vid. “La arqui- tectura militar islámica de Talavera de la Reina (Toledo). El primer recinto amurallado. Pub. en microficha nº ISBN 84-7477-2290-7, U.A.M. 1989-1990; de la que realizó un amplio re- sumen en “Arquitectura militar islámica en Talavera de la Reina”, en Actas del Primer Con- greso de Talavera y su Tierra, Toledo, 1992, págs. 177-200. 90 Vid. Pavón, Basilio, Ciudades hispano musulmanas, Madrid, 1992, pág. 165, este trabajo también dedica un espacio a Talavera y Vascos.

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Yaqut, geógrafo musulmán que describió la Península en el tránsito entre el siglo XII y XIII, nos informa sobre algunos lugares de interés para nuestro estudio 91 . Sobre Oreja, nos informa que se trata de un hisn, situado entre Zorita y Toledo, ciudades de las que equi- dista diez parasangas; pertenece a las dependencias de al-Andalus, los cristianos lo tomaron en 1138 92 . De Ocaña (Awqaniya), dice que es el nombre de un monte en el territorio de Toledo, en al-Andalus, del distrito agrícola de al-Qasim; en el existen alquerías(qurà) y castillos (husun); También nos habla de Uclés resaltando su importancia como capital de una cora 93 y nos habla de Mora (Mura), del que dice que es un castillo de al-Andalus, dependiente de Toledo 94 . Sin embargo, esta realidad hispanomusulmana prácticamente ha desaparecido cuando los santiaguistas reciben estas tierras y sólo algunos topónimos recuerdan esta presencia 95 . La realidad espacial que encuentra la Orden es esencialmente la que se mantiene durante nuestro análisis 96 , dándose tres tipos de marcos: de una parte zonas con importantes concejos reales, fruto de la política de repoblación de la monarquía, sobre la que la Orden superpone sus estructuras de poder, esencialmente en estos casos, la Orden territorializa el poder de estos concejos en su entorno aldeano, les da término, mediante cartas de fuero, pero su influencia en la modificación espacial es esca- sa y prácticamente se concreta en el adehesamiento de las zonas no individualizadas. Ciertamente la Orden jugará un papel muy signifi- cativo en la plasmación de la realidad urbana de lugares como Uclés y Ocaña, mediante la acotación de collaciones y la erección de iglesias en las mismas. El segundo marco espacial son pequeños castillos señoriales, donde una nobleza media había asentado su poder pero que no había

91 Su obra la transcribió y publico el Dr. Gamal ‘Abd Al-Karim, “La España musulmana en la obra de Yaqut (s. XII-XIII), Cuadernos de historia del Islam, (1974), nº 6 (Serie monográfi- ca).

92 Ibid, pág. 67, nº 17.

93 Ibid, pág. 80, nº 37.

94 Ibid, pág. 293, nº 371.

95 Algunos topónimos y restos de un pasado islámico que denotan un control exhaustivo sobre los pasos del Tajo, con restos de castillos, todos con antecedentes islámicos nos referimos a los castillos de Oreja, Alboer y Alarilla, que fueron estudiados por H. Larrén, “Apuntes para el estudio del sistema defensivo del Tajo: Oreja, Alarilla y Alboer”, en Boletín de Arqueolo- gía Medieval, (1988), nº 2, págs. 87-95.

96 Sobre esto primeros momentos de repoblación de la zona puede resultan sugerentes las ideas aportadas por Pastor de Togneri, Reina, “Poblamiento, frontera y estructura agraria en Castilla la Nueva (1085-1230), C.H.E., (1968), nº 47-48, págs. 171-255.

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tenido fuerza para organizar estas zonas. Pedro Martínez de Ocariz, los hermanos Riquer en Dos Barrios, doña Orabuena y otros nobles de una extracción media monopolizan estos castillos, pero han sido incapaces de articularlos social y productivamente. La Orden se en- cargará de organizar estos territorios, dotarlos de términos y andando el tiempo desarrollar una red comendataria que hemos estudiado en su expansión geográfica y que valoraremos en el plano de organiza- ción espacial del poder interno de los santiaguistas. La dotación de fueros, la adecuación de los existentes permitirá el desarrollo espacial de estas zonas. Un tercer elemento son las comunidades aldeanas formadas esencialmente en torno a la explotación de las vegas de los ríos y muy concretamente en la explotación de molinos. Este es el caso de las or- ganizadas en Aranjuez, en Almaguer, en torno al Riánsares y en To- rrelengua, en la vega del Cigüela. Estas comunidades aldeanas que explotaban de forma solidaria el enorme potencial hidráulico de la zona, va a ir cediendo mediante pequeñas ventas una serie de por- ciones de explotación de su entorno. La Orden va a aprovechar esta importante mano de obra, ge- neralizando un proceso de feudalización que se concreta en el triunfo del quiñón como elemento esencial productivo, fiscal y de alinea- miento social. Las dificultades de la Orden, en esta zona, para impo- ner un modelo espacial se deben a una articulación previa muy pro- funda que dificulta el desarrollo de las estructuras feudales. En Montiel la articulación espacial es fruto de la acción de la Orden de Santiago. Los santiaguistas encontraron unos antecedentes islámicos, pero excesivamente ruralizados. El Campo de Montiel, como señalamos era un balad, esto es, un gran espacio controlado por una importante fortaleza en Montiel 97 . Este castillo podría tener el ca- rácter de una pequeña ciudad que vertebraba un amplio territorio que se encontraba desarticulado en su mayor parte, si exceptuamos pequeños husun en su entorno como Almedina, o fortalezas fronteri- zas como Eznavexore. La realidad del Campo de Montiel islámico es la de una zona poco estructurada y con una vocación agrícola muy ruralizada y au- tárquica. La Orden reorganizó este territorio con base en tres grandes centros nuclearizadores, Alhambra al norte, auténtico baluarte de

97 Al menos durante el siglo el siglo X, los límites de la Cora de Jaén llegan hasta Mahallat al- Gadr o al-Gudur (Campamento de las Lagunas de Ruidera), con lo que el Campo de Montiel podría estar inserto dentro de esta entidad administrativa, que también incluiría la Sierra de Alcaraz, vid. J. Vallvé, La división territorial, pág. 274-275.

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control del Guadiana a partir de su entorno aldeano; Montiel, en la zona central, que mediante una amplia red del binomio castillo- iglesia consolidó una trama defensiva en torno a este enclave conver- tido en un ámbito urbano de carácter medio, donde se centralizó la actividad comercial y ganadera. Y por último, una red de fortificacio- nes en el sur cuyo ejemplo más significativo es el castillo de Santiago de Montizón que le sirvió de base para su penetración en la otra gran plataforma adyacente la zona de Segura de la Sierra. La erección de un número cercano a cincuenta iglesias en un período de treinta años, es una muestra de la profunda reestructura- ción que la Orden acometió en esta zona donde la ganadería es el elemento que explica un hábitat muy diverso. No debemos olvidar que la cañada conquense cruzaba de norte a sur el Campo y que la Orden dispuso de un control efectivo sobre la misma. Esta profunda reestructuración de la zona se vio frenada por tres hechos de especial relevancia, que explican el relativo abandono ulterior de este territorio, pese a una reorganización en la Baja Edad Media. Por una parte, las ambiciones del arzobispado de Toledo, lle- varon a un largo litigio por el control de las iglesias de Montiel que la Orden perdió y que trajo como consecuencia, un segundo hecho rele- vante, la expansión por las Sierras de Segura, que garantizaron mejo- res pastos y una posición fronteriza que revitalizó el expansionismo santiaguista. En tercer lugar, la Corona también frenó la expansión de esta plataforma hacia el Este, con el eterno conflicto con el concejo de Alcaraz que limitó su expansión por tierras albaceteñas, que también se vieron frenadas por el rápido crecimiento del señorío laico de don Juan Manuel que cercenó las posibilidades de expansión hacia el este. Todo ello llevó a la Orden a concentrar sus esfuerzos en Segu- ra de la Sierra, que se erigió en Encomienda mayor a mediados del siglo XIII, lo que supuso una expansión santiaguista, desde esta base hacia la zona giennense y murciana. Pese a todo, el Campo de Montiel, tal cual hoy lo conocemos, fue una creación de los santiaguistas que desarrollaron en él, una fuerte jerarquización del espacio, con un núcleo en Montiel, que ha llegado hasta nuestros días. Su hábitat disperso pero fuertemente ar- ticulado en torno a centros de poder, se debe a las necesidades gana- deras de los santiaguistas, que tuvieron en la zona una importante área de pastos y acceso a los recursos acuíferos, como ponen de mani- fiesto los acuerdos suscritos con calatravos y sanjuanistas en los años treinta del siglo XIII.

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Por tanto, el Campo de Montiel se caracteriza por ser un há- bitat disperso, bien organizado en torno al binomio iglesia-castillo, donde prima la actividad pecuaria, no tanto por su riqueza de pastos como por su riqueza de aguas (la extensión de aguas subterráneas en el Campo de Montiel, es impresionante, con gran proliferación de po-

zos). Segura de la Sierra, es sin duda, la zona en la que existe una clara continuidad con el pasado islámico, continuidad productiva, continuidad poblacional y también continuidad espacial. Para Yaqut, Segura de la Sierra es el nombre de una ciudad en al-Andalus situada al norte de Murcia. Fue residencia del gobierno del emir almohade Hamsak, uno de los reyes de este territorio 98 . La zona correspon- diente a este grupo de encomiendas estuvo, dentro del distrito de Se- gura que se hallaba dentro de la Cora de Jaén, donde se incluirían Yeste, Ferez, Socovos y el resto de localidades albaceteñas del sur de la actual provincia y de la Cora de Tudmir, que incluye lugares como Balat al-Suf (Balazote, calzada de la lana), Huescar, Galera, Castril, Moralla y gran parte de las encomiendas murcianas y albaceteñas del este que andando el tiempo se integraron en la Orden de Santiago 99 . Este territorio se caracterizó como vemos, por una centraliza- ción del mismo entorno a Segura, que permaneció durante la primera ocupación cristiana como gran centro nuclearizador de la zona 100 , acompañada por la significación alcanzada también durante época islámica por Quesada (núcleo jerarquizante de las posesiones del ar- zobispo toledano en la zona) 101 . Segura por tanto se convirtió en el elemento vertebrador de un extenso territorio que se extendió por tierras albaceteñas, murcianas, granadinas y gienenses, articulándose y conservándose, un núcleo central como Segura protegido por una red de husun 102 que organizan su entorno, y también por una red de alquerías (convertidas luego en cortijos), que son elementos de producción y defensa, que perduran durante la ocupación cristiana.

98 Gamal ‘Abd al-Karim, “La España musulmana”, ob. cit., pág. 199, nº 192. 99 vid. J. Vallvé, La división territorial, pág. 284-288, incluye un interesante mapa sobre esta Cora de Tudmir y su extensión, que fue de gran importancia.

100 Idea compartida por M. Rodríguez Llopis, vid. “La evolución del poblamiento”, ob. cit., págs. 9-11.

101 Según Yacut, se trata de una fortaleza y de una ciudad dependiente de Jaén, en al- Andalus., vid. Gamal ‘Abd al-Karim, “La España musulmana”, ob. cit., pág. 238, nº 264.

102 Sobre la función defensiva de los husun, resulta muy interesante el trabajo de Acien Al- mansa, M., “Sobre la función de los husun en el sur de Al-Andalus. La fortificación en el cali- fato”, en Coloquio Hispano-Italiano de Arqueología Medieval, Granada, 1992, págs. 263-274.

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La explotación agraria intensiva, con gran cantidad de huerta y con sistemas de riego muy avanzados es posible gracias a la conti- nuidad de la población musulmana que aparece de forma muy clara en la documentación. En ámbito de Segura de la Sierra a diferencia del Campo de Montiel, la Orden superpone unas estructuras de po- der sobre una organización espacial esencialmente islámica que se mantiene y que tan sólo se feudaliza y jerarquiza. Únicamente las ne- cesidades defensivas de algunos castillos al sur como Galera y Hues- car, obligan a un poblamiento cristiano, en la zonas fronterizas, pero la producción y el gran grueso de población es musulmana, como re- fleja incluso la tributación a la iglesia. Recordemos el acuerdo con el obispo de Cartagena que diferenciaba en sus impuestos las territorios poblados por cristianos y musulmanes 103 . Por tanto Segura se caracteriza por una continuidad espacial y población con la etapa islámica, pero muy feudalizada 104 y donde el carácter de frontera se mantiene durante todo nuestro período de es- tudio, lo cual condiciona la pervivencia de importantes fortificaciones frente a Murcia, por poco tiempo y contra Granada. Esta realidad es- pacial esta muy condicionada por una agricultura de regadío y úni- camente sus zonas de sierra sirven de pastos de verano para los ga- nados santiaguistas que se traían hasta aquí dentro de la transhu- mancia y ganadería extensiva desarrollada por la Orden. Frente al Campo de Montiel la dedicación pecuaria es aquí más escasa y pre- domina la agricultura hortofrutícola y alguna explotación autóctona como las pegueras que oportunamente analizaremos. Extremadura es la zona sin duda más problemática, por que si es cierto que conocemos con cierto detalle su realidad cristiana, llama la atención la escasa pervivencia documental, de una herencia islámi- ca, más rica máxime cuando nos encontramos ante una zona donde la presencia almohade se perpetuó hasta 1230. Algunos trabajos han pretendido profundizar en la realidad y antecedentes islámicos de esta zona, pero su marco de estudio se ha circunscrito al espacio comprendido entre el Sistema Central y el Ta- jo, donde destaca Coria como importante núcleo vertebrador con una importante medina y con una significativa población. La imagen que nos transmiten es una realidad espacial con una gran centro, rodeada de husun defensivos de escasa importancia demográfica rodeados de

103 Bullarium, págs. 211-212. 104 Esta continuidad es tan significativa, que cuando se produce la revuelta mudejar, la reper- cusión es tan profunda que monarcas y papas deben acudir en socorro de estas zonas para in- centivar un poblamiento mermado por esta sublevación.

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alquerías con finalidad económica 105 . Estos trabajos muestran como entre 1142 y 1230, el Tajo se convierte en una frontera entre el mundo islámico y el cristiano, y que ninguno de los dos bandos consigue controlar ciudades al otro lado, esta frontera en opinión de los auto- res se consolida como fruto de la limitación de pasos existentes. Esta zona queda marginada de la actividad repobladora cas- tellana y a partir de 1170 de las ambiciones de los portugueses, con- centrándose el reino de León en su repoblación y conquista que fue lenta. Al otro lado del río, Cáceres y Trujillo, sin gran importancia en la época islámica se consolidan como importantes plazas fuertes, provistas de imponentes albacares, utilizados para acantonar tropas con las que instigar a los cristianos 106 . Durante estos momentos de constantes razzias entre uno y otro lado los almohades refuerzan los castillos y construyen otros nuevos en las vías de enlace entre las cuencas del Tajo, Guadiana y Guadalquivir. De estos momentos son los castillos de Reina y Mon- temolín y las reformas en las alcazabas de Trujillo y Mérida 107 . Torres Balbás nos concreta algo más sobre las alcazabas de Reina y Monte- molín. Reina tiene una longitud de unos 120 m. por 70 m. de anchura y de tapial, la describe como más pequeña que Badajoz y que podría albergar un reducido caserío 108 . Las dimensiones de Montemolín también son reducidas 115 mts. por 50 mts, igualmente en tapial 109 . Sin embargo el núcleo más importante durante la época islá- mica fue Mérida. Para el prof. Valdés, se trata de la fortificación islá- mica más antigua de la Península y constata que la fundación de Ba-

105 Estas ideas pueden contrastarse en los trabajos de Julian Clemente Ramos y Juan L. de la Montaña, “La Extremadura cristiana (1142-1230). Ocupación del espacio y transformaciones socioeconómicas”, en Historia, Instituciones y Documentos, (1994), nº 21, págs. 83-124. J. L. de la Montaña, “La Extremadura cristiana (1142-1230). El poblamiento” en Norba, (1991- 1992), nº 11-12, págs. 199 y 220 y en J. Clemente Ramos, “La Extremadura almohade (1142- 1248). Organización defensiva y sociedad” en A.E.M. nº 23, págs.

106 Vid. Valdés Fernández, F., “La fortificación islámica en Extremadura: resultados provisio- nales de los trabajos en las alcazabas de Mérida, Badajoz y Trujillo y en la cerva urbana de Cáceres”, en I Jornadas de Prehistoria y arqueología en Extremadura (1986-1990), recogida en Extremadura Arqueológica, II, Mérida-Cáceres, 1991, págs. 547-557, concretamente los datos sobre Trujillo y Cáceres en pág. 552. Muchas de las hipótesis plasmadas en este trabajo se amplían en “Arqueología islámica de Extremadura: los primeros cuatrocientos años”, Ex- tremadura Arqueológica IV, Cáceres, 1995. págs. 265- 296, donde se centran en el análisis de la alcazaba de Badajoz.

107 Vid. Valdés, “La fortificación”, ob. cit. pág. 553.

108 vid. Ciudades hispanomusulmanas, vol. II, pág. 488.

109 Ibid., pág. 489.

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dajoz es un intento de descabezar a los rebeldes emeritenses 110 . Méri- da fue además la sede de una importante kura. Sus limites en el siglo X, se extendían hasta el reino de Asturias y León e incorporaba Coria entre sus posesiones. Llegaba también hasta Elvas, en Portugal, aun- que en la cuenca del Tajo Alcántara quedaba fuera de esta cora. Im- portantes núcleos como Medellin y Magacela, así como el castillo de Santa Cruz y Zafra pertenecían a su impresionante termino 111 . Con estos antecedentes parece claro que los cristianos estruc- turaron su asentamiento en la zona en función de la realidad espacial heredada del mundo islámico. Como veíamos, Mérida, Montemolín, Reina y Montánchez, fueron los grandes centros articuladores del es- pacio extremeño, y si bien Montánchez no aparece citado en las fuentes islámicas su importancia durante este momento sin duda se- ría relevante. Es también muy significativo que al igual que en época islámica, Mérida contó en los primeros años de ocupación cristiana con un impresionante término sin duda heredado de su relevancia anterior. En definitiva, esta zona se articuló a partir de los grandes nú- cleos desarrollados por los musulmanes y sólo a finales del siglo XIII, se concretaron nuevos procesos de ocupación espacial en la zona fronteriza de Segura de León y Azuaga, que darían lugar a impor- tantes encomiendas durante la baja Edad Media. Sin embargo, un hecho llama nuestra atención, la inexistencia casi completa en la documentación de referencias a la pervivencia de comunidades musulmanas sometidas o la continuidad de elementos productivos, si exceptuamos algunos cortijos en el sur de Badajoz, sin duda, herederos de las antiguas alquerías islámicas de la zona. Posi- blemente una huida masiva ante el avance cristiano o una expulsión en masa son las bases explicativas de este proceso que, no obstante, contrasta con una recuperación de elementos islámicos en los años fi- nales de la Edad Media 112 . Sus conclusiones no hacen sino añadir du- das a nuestra percepción sobre la permanencia o no de comunidades islámicas que las fuentes silencian y para la que no contamos con in- formación.

110 Vid. Valdés, “La fortificación”, ob. cit., pág. 555.

111 Vid. Vallvé, La división territorial, págs. 314-316.

112 Resultan paradójicos algunos estudios sobre la importancia musulmana de determinados enclaves ya en la Baja Edad Media, vid. González Rodríguez, A., Hornachos enclave moris- co, Mérida, 1990. este autor señala que su población musulmana se mantiene constante entre 1495 y 1500 entorno a 425 moriscos (pág. 49).

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La evidencia extremeña contrasta con la situación en las Sie- rras del Segura, donde existe una pervivencia. Aquí parece que tene- mos una continuidad espacial debido a la profundas huellas dejadas por el Islam, esencialmente con una tipología de fortificación almo- hade muy importante, que contrasta con el silencio de los textos. Qui- zás tras una inicial huida a las zonas seguras de al-Andalus, la pobla- ción fuera fluyendo lentamente tras las conquistas cristianas en otros flancos y consolidándose unas poblaciones que alcanzaron su clímax durante los siglos finales de nuestro medievo. Algunos documentos denotan esta utilización de elementos espaciales anteriores, en algún caso con una finalidad productiva, por tanto, con una continuidad en la explotación y en otros, con una per- vivencia de la realidad espacial. En 1227 se vende en Torrelengua, un tierra que es molinar desde la antigüedad. Su explotación bien pudie- ra remontarse a época islámica e incluso romana 113 . En el fuero de Cáceres se citan los alcaceres, que no es una realidad espacial y pro- ductiva heredada del mundo islámico, deriva del árabe algacar, que es la torre más alta de una fortaleza 114 . La explotación de zonas como la Armuña, en el término de Estremera, que claramente hace referen- cia a una utilización anterior manifiestan esta continuidad producti- va. Pero es más, muchos documentos reproducen la expresión: como lo tenían en tiempo de los sarracenos. Estos enunciados son muy fre- cuentes en la zona de Segura de la Sierra y Extremadura, lo que no hace sino verificar esa importancia del sustrato islámico en ambas zonas 115 . No obstante, en algunas ocasiones, no estamos ante antece- dentes islámicos, sino ante la continuidad de una realidad espacial diacrónica, pero sin definir. Cuando se otorga Montánchez en 1230, se entrega con sus términos nuevos y antiguos 116 . Idéntica expresión se utiliza en la donación de Galera 117 . Esta referencia a los términos antiguos se puede interpretar de diversas formas. Se pueden referir a

113 La pervivencia de una comunidad aldeana entorno a esta industria hidráulica podría hacer- nos pensar en una antigüedad del molino de época romana, vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 344-345, nº 132.

114 Vid. J. Celador, Vocabulario Medieval, pág. 23, Publ. A. Floriano, Doc del Archivo. Muni- cipal de Cáceres, pág. 7-9.

115 A esta expresión se alude entre otros casos, cuando se dona el castillo de Hornos en 1239, Pub. J. González, Fernando III, tomo III, págs. 197-199, nº 657. Igualmente en la donación de Hornachos en 1235, se dice “con todos sus términos según los tenían en tiempos de los mu- sulmanes”, Vid, Ibid, págs. 69-71, nº 553.

116 Pub. J. González, Alfonso IX, págs. 717-719, nº 620.

117 Pub. M. Rivera, La Encomienda, págs. 396-397, nº 190.

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elementos romanos o quizás a los momentos previos a la conquista. En algún caso la referencia a un lugar poblado antes de los musulma- nes parece clara en 1239, se manda edificar un hospital para cautivos en Alcaraz en un lugar descubierto en ese momento y donde se des- taca su antigüedad: que queria fazer una casa de merced en los Sanctos ques descobrieron en Alcaraz el vieio 118 , resulta evidente que se trata de algún lugar anterior a la ocupación andalusí, que por sus implicacio- nes religiosas se utilizan para estos fines. Muchas veces también la toponimia ayuda a concretar estos antecedentes, así topónimos como Carabanchel y Belinchón de origen romano; Aloyón que significa fuentes en árabe; Albalat, la calzada; Almaguer, canal de riego; Alge- cira, gran península o Almedina, delatan una huella dejada por el Is- lam en la toponimia de nuestra zona, aunque Roma dejó también una significativa impronta.

A.1.3 “Feudalización del paisaje”: jerarquización de las categorías territoria- les.

Este capítulo no puede concluir sin una valoración de lo que quizás es la esencia espacial del feudalismo, la feudalización del pai- saje y la jerarquización de las categorías territoriales. Como decimos se trata de una situación consustancial al proceso de feudalización que, al igual que introduce relaciones de verticalidad en las activida- des políticas y sociales también las introduce en los aspectos espacia- les. Para algunos autores estos procesos son una respuesta efectiva al fracaso de otras políticas de organización social del mismo 119 . En lí- neas generales la feudalización del paisaje posibilitó su mejor articu- lación y con ello una mejor explotación de los recursos. En los señoríos santiaguistas la jerarquización del espacio fue diferenciada, por las características de los diversos territorios, pero existen realidades comunes a todos ellos. En primer lugar, sobre el resto de referencias espaciales que hemos analizado la Orden con- cretó una realidad espacial como referencia de poder, la red comen-

118 D.W. Lomax, “Apostillas”, ob. cit., pág. 29, nº 3. 119 Esta es la opinión mantenida por Reina Pastor, quien dice que en la zona de la Mancha el feudalismo con la consiguiente jerarquización de las estructuras espaciales fue la única forma de articular una zona profundamente desarticulada y que estas iniciativas solventaron las ca- rencias de una débil monarquía vid. “La conquista cristiana de Castilla la Nueva y el desarro- llo de las estructuras feudales”, en Actas del I Congreso de Historia de Castilla la Mancha, Ciudad Real, 1987, págs. 127-135. Una opinión muy similar es la que mantiene M. Rodríguez Llopis, para las señoríos santiaguistas en Albacete y las sierras, vid. “Evolución del pobla- miento”, ob. cit., pág. 9 y ss. y “Repoblación y organización”, ob. cit., págs. 19 y ss.

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dataria, que contaba al menos con dos escalones jerárquicos, las en- comiendas y las encomiendas mayores. Sobre ellas se superponen unas estructuras del poder maestral que en algún caso condicionan el espacio. Nos referimos a las encomiendas del Bastimento y a las dedi- cadas a Yeguas y Vacas, pero a esto dedicaremos un apartado mono- gráfico. Nos interesa ahora comprobar determinados procesos gene- rales que contribuyeron a esta feudalización y por consiguiente jerar- quización espacial. Durante nuestro período de estudio se suceden y multiplican los acuerdos de límites, entre los respectivos términos de las propias encomiendas santiaguistas. Por ejemplo, los límites entre Montemolín y Mérida, entre Mérida y Montánchez, o en su relación con otros se- ñoríos, los límites entre Segura de la Sierra y Quesada (que pertenecía al adelantamiento de Cazorla en poder del Arzobispo), los límites entre Lillo y Almaguer en 1241, por no hablar de los grandes acuer- dos suscritos con calatravos y sanjuanistas por delimitar su ámbito de poder en la Mancha o con los alcántarinos en Extremadura. Todos estos acuerdos ponen de manifiesto una profunda de- limitación y feudalización del espacio y una percepción y captación del mismo muy importantes. En la medida, que su estructuración a partir de los acuerdos genera la consolidación de determinadas zonas de influencia frente a otras. Un acuerdo de límites, sea de la naturale- za que sea, supone una vertebración espacial desde unas determina- das premisas emanadas de los grupos de poder que generan jerarqui- zación espacial. Las dotaciones forales, normalmente posteriores a la defini- ción del espacio que intentan articular, no hacen sino territorializar y jerarquizarlo , dando a éste una entidad jurídica que la dota de es- tructura vertical hacia su entorno, pero los fueros además acotan, adehesan, parcelan, crean ámbitos urbanos, son generadores de espa- cio nuevo, que aparece estructurado y controlado. Pero hay más. Las adecuaciones espaciales a las vías pecuarias y comerciales generan ámbitos diferenciados que se organizan en torno a estas actividades, se crean mercados y ferias. Esto crea nú- cleos de articulación nuevos, los ganados deben parar en zonas, acce- der al agua, contar con pastos Ésto genera un paisaje diferente al or- ganizado en torno a una actividad agraria (esta disfunción será causa de un conflicto secular entre ganadería y agricultura, que oportuna- mente valoraremos). Por último, el asentamiento de la jurisdicción territorial ecle- siástica genera nuevos ámbitos de relación aunque también económi-

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cos. La Orden influirá decisivamente en esta organización territorial y esto no es sino una muestra de la feudalización espacial, que coarta la creación o renovación de obispados, y condiciona la erección de igle- sias. El espacio eclesiástico se ve mediatizado por el poder feudal que lo jerarquiza y organiza según sus intereses.

A estos elementos generales se unen otros más particulares.

Las dificultades de modificar y feudalizar el espacio en la zona del Tajo, donde se hallaba más articulado, contrasta con el Campo de Montiel, donde su actual configuración se debe en parte a la feudali- zación y jerarquización medieval; o el caso de Segura condicionado por su población musulmana y donde un potente concejo cristiano

tiene que jerarquizar su entorno aldeano de forma muy estricta al en- contrarse estas aldeas con una máxima población mudéjar. Sin em- bargo, en Extremadura, el problema fue conjugar un mosaico com- puesto por gran número de intereses, concejos de realengo y Órdenes militares que permitiera el establecimiento de potentes señoríos para todos, y dentro de los señoríos santiaguistas un profunda feudaliza- ción y jerarquización que también se concreta en numerosas delimita- ciones entre lugares de la Orden. La intensa feudalización, implica vertebración y en conse- cuencia jerarquización, dentro de las encomiendas santiaguistas. Este proceso llevó a una profunda individualización de las unidades que conformaban las mismas, dando lugar sobre todo en Extremadura y Segura al surgimiento de un gran número de encomiendas más pe- queñas surgidas en el seno de potentes encomiendas como Segura o Mérida. Esta situación es el resultado de una incentivación del poder concejil en cada lugar, que progresivamente quiere tener su espacio diferenciado y no subordinado, lo que genera no sólo conflictos entre ellos sino un cuestionamiento del poder de los santiaguistas en mu- chos de éstos.

A lo largo de estas líneas hemos ido valorando distintas reali-

dades documentales que evidenciaban esa profunda feudalización y

jerarquización espacial en los señoríos santiaguistas. Añadiremos al- gunos documentos que pueden resultar ilustrativos, aunque poda- mos repetir alguno, citado con anterioridad.

La jerarquización más evidente es la ejercida por las villas con

su entorno aldeano. En algún caso las aldeas deben suministrar o pa- gar a la villa determinadas cantidades. Es el caso de Moratalla donde las aldeas tendrán hornos comunales o poyas, que deberán dar un pan

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por cada treinta cocidos 120 . La exoneración para los habitantes de las villas es en muchos casos una realidad; En Segura de la Sierra, los del cuerpo de la villa no pechan, cosa que sí harán los aldeanos 121 ; en el fuero de Ocaña otorgado en 1251, se concede al maestre cien marave- díes y cincuenta al comendador mayor en concepto de yantar, que sólo se entregaran cuando acudan a la villa. Sin embargo, en estos ca- sos, los aldeanos estarán obligados a prestarles servicio y los de la vi- lla no 122 . Esta feudalización que como vemos se manifiesta en una clara discriminación hacia los habitantes de las aldeas que obviamente se ven relegados por una relación vertical desde las villas, llega a todos las circunstancias del devenir cotidiano de estos aldeanos. En Mérida se dispone que los juicios y las penas no se impartan en las aldeas, si- no que se llevaran a Mérida a la cárcel del concejo, donde los alcaldes juzgaran según el fuero o el derecho 123 . No siempre la constatación de un jerarquización espacial implica una jerarquización social al menos en los pagos. Es la situación en Dos Barrios donde se constata esta feudalización espacial pero que no se extiende al pago de los pechos que aquí son iguales, independientemente del lugar de residencia 124 . Sin embargo la constante es la subordinación aldeana: en Segura de León su fuero establece que “los pueblos que fueran en su término que obedezcan a Segura” 125 . En 1275 se otorga al concejo de Montiel que tenga como aldeas Alcubillas y Cózar, en las que no habrá juez, ni alcaldes. Éstas pagarán al juez y alcaldes sus soldadas 126 . Las villas podrán enajenar vender y dar sus aldeas como se expresa por ejem- plo en el fuero de Santa Cruz en 1253 127 . La significación de vivir en la villa queda de forma explícita resaltada en la reforma foral del fuero de Ocaña en 1281. En él se dis-

120 Menéndez Pidal, Documentos, págs. 421-422, nº 313.

121 vid. M. Rodríguez Llopis, “La evolución el poblamiento”, ob. cit., pág. 25, nº 1., en Segura con el tiempo la feudalización del territorio fue creciendo en 1342, Vasco Rodríguez, concede a las aldeas de Segura que no pagaran la martiniega a cambio de dar al alcalde y al juez de la villa, trescientos maravedíes anuales, Pub. Id, Documentos del siglo XIV y XV, págs. 13-14, nº

7.

122 Vid. A.H.N., Uclés, carp. 243, nº 15.

123 V. Navarro, Historia de Mérida, págs. 43-44.

124 M. Rivera, La Encomienda, págs. 391-393, nº 185.

125 Apuntamiento, fol. 38r-v.

126 Ibid, fol. 46 v., unos años antes en 1243, se había otorgado al concejo de Montiel la villa, sus aldeas y términos, quizás esta sería la relación jerárquica que deberíamos establecer en las categorías espaciales, vid. Ibid, fol. 42v-r.

127 Ibid. fol. 40 v.

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pone que los caballeros que puedan vivir en las aldeas que tengan ca- sa mayor en la villa con todos sus bienes donde deberán vivir al me-

nos durante las tres pascuas. El nivel de feudalización ha llegado a su clímax, la concreción espacial que este texto da al prestigio social es decisiva en este proceso 128 . Algunos documentos sugieren de forma muy ilustrativa esa jerarquización espacial y además esa concentración aldeana en torno

a importantes núcleos articuladores. Un ejemplo interesante es el

acuerdo suscrito entre la Orden de Santiago y el concejo de Alcaraz, sobre términos de ambos. Se reparten las diferentes aldeas entre am- bos concejos, luchando por algunas en concreto como Villanueva de

la Fuente y Gorgogí, que estarán en litigio durante muchos años, pero

que demuestra como estos centros jerarquizan su entorno aldeano y desde la lucha feudal por la imposición jurisdiccional se disputan al- gunas de ellas. En este texto se mencionan otros centros a los que siempre se les añade su entorno aldeano del que dependen Segura, Santiago, Alhambra o Eznavexore son citados con unas aldeas que espacial, económica y socialmente dependen de estos grandes centros que nuclearizan, articulan y jeraquizan su entorno 129 . De forma clara, las villas y los centros urbanos feudalizaron y jerarquizaron su entorno aldeano, pero es necesario destacar que la feudalización, provocó también una profunda vertebración espacial, cuyo ejemplo más acabado son las collaciones que representa el ejemplo más concreto de articulación espacial de los ámbitos urbanos. Estas collaciones se convierten en marcos físicos de encuadramiento social, se consolidan como marcos de integración social. Aportan como veíamos en Usagre y Uclés, alcaldes y jueces a los concejos que dispondrán de unos órganos centrales que suponen una superposición de poder sobre los alcaldes de las collaciones, que andando el tiempo pudieron desembocar en procesos de jerarquiza- ción en función de la distinta importancia de la collaciones, que como unidad espacial cuenta con una coherencia interna a partir de un centro de culto, la parroquia, que centraliza y organiza cada barrio. Estas collaciones que conforman el cuerpo de la villa, se con- solidan como centro frente a los arrabales extramuros, que sufren procesos de jerarquización espacial y social. Sirva como ejemplo, que en Fuentidueña, se dispone que el mercado se haga en el arrabal y no en el cuerpo de la villa, lo que implica sin duda, una jerarquización

128 D.W. Lomax, La Orden, págs. 275-277, nº 34. 129 Vid. J. González, Fernando III, vol. III, págs. 254-257, nº 705.

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espacial, no sólo frente al entorno aldeano, sino frente a otros espa- cios que se van organizando con posterioridad al primer asenta- miento y reparto de tierra. En definitiva dentro del ámbito urbano también la sistemática articulación espacial genera procesos de feudalización y jerarquiza- ción, en función de la captación y distribución inicial de espacio. En Usagre comprobamos como inicialmente los sexmeros y veinteros se apropiaban de un espacio. A partir de esta distribución primigenia, los nuevos pobladores ocupan un marco nuevo que tarda tiempo en integrase en la villa, constituyendo los arrabales, sinónimos de espa- cios excluidos, el núcleo original, que los jerarquiza y feudaliza, para luego integrarlos. En conclusión, la feudalización del paisaje e incluso su organi- zación y articulación jerárquica, no siempre implicaron subordinación sino que en muchos casos supusieron una nueva estructuración mu- cho más productiva y operativa. No obstante, para algunos autores como J. Gautier-Dalché, la feudalización del entorno urbano cercenó sus posibilidades económicas de futuro 130 . Este autor añade en sus conclusiones una idea para el fenómeno urbano que es extensible al conjunto espacial articulado por el feudalismo: no existió espontanei- dad en la articulación espacial y en su organización, su concreción fue el resultado de la aplicación de unos modelos económicos que nece- sitan una racionalización del entorno. Por todo ello podemos concluir que la Orden de Santiago, creó espacio, fuertemente jerarquizado donde la feudalización de los ele- mentos territoriales fue una constante. El estudio del territorio santia- guista ha permitido entrever muchas realidades productivas y socia- les que desarrollaremos a lo largo de este trabajo. Para nosotros el es- pacio se ha convertido en un sujeto historiográfico cuya valoración nos ayudará a comprender mejor la realidad de las sociedades que se asentaron en él.

A.2 Organización productiva La estructura productiva de los señoríos santiaguistas es uno de los temas más significativos de cuantos pretendemos abordar en nuestra tesis doctoral. No se trata del apartado más novedoso y desde luego la metodología que aplicaremos no dista mucho de la utilizada en muchos de los trabajos que han analizado en los últimos años el potencial económico de numerosos señoríos en la Península, concen-

130 Vid. Historia Urbana, pág. 460.

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trados casi en exclusividad en instituciones monásticas, aunque abiertos a nuevos marcos de análisis en los últimos tiempos 131 . Será objeto de nuestro estudio la profunda transformación del espacio inherente a la intensa política santiaguista de ocupación y re- organización del mismo. Abordaremos una de las claves esenciales de la implantación feudal, la contraposición entre gran propiedad y pequeña explotación. Nos centraremos en profundizar algo más en la valoración te- rritorial de núcleos productivos, en cierto modo ya intuidas en el apartado anterior pero incidiendo aquí en la territorialización del centro de producción, aunque también nos interesan las unidades de producción no territoriales. La cabaña ganadera es tema obligado en todo estudio sobre Órdenes Militares en la meseta sur, por lo que su análisis será abor- dado en este capítulo y por supuesto su relación con la agricultura, buscando en la medida de lo posible un estudio regional comparati- vo. Por último la explotación de los recursos naturales permitirá acer- carnos a la realidad productiva de los señoríos santiaguistas en la me- seta sur.

A.2.1. Hacia una generalizada humanización del paisaje agrario Este primer punto de estudio aspira a la comprobación y valo- ración documental de una realidad que a priori resulta plausible, esto es la constatación de que los procesos de vertebración llevados a cabo por la Orden, que necesariamente conllevan la puesta en explotación de nuevas zonas, a partir de un poblamiento intensivo, conlleva una profunda transformación espacial, sobre el hábitat heredado, ya sea este natural o la pervivencia de estructuras anteriores. En el apartado anterior aludíamos a un hecho significativo, la Orden de Santiago fue, ante todo, un agente de expansión de modo de producción feudal en la Península, lo que inexorablemente provo- có una organización socio-productiva del espacio. Este proceso con- lleva la implantación de unas estructuras productivas y sociales que llevan a cabo unos hombres que progresivamente colonizan unas zo- nas y las dotan de unos elementos territoriales que, en muchos casos,

131 A los trabajos ya clásicos de Cortazar sobre el monasterio de San Millán, o al de Minguez, sobre el de Sahagún, debemos unir otros como el de Alfonso Antón, I, La colonización cister- ciense en la Meseta del Duero. El dominio de Moreruela (siglos XII-XIV), Zamora, 1986 o el Martínez Sopena, P., La Tierra de Campos Occidental. Poblamiento, poder y comunidad del siglo X al XIII, Valladolid, 1985.

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no hacen sino modificar un ámbito antes agreste o sencillamente abandonado. Los hombres alteran y condicionan los marcos naturales don- de desarrollan su actividad y precisamente el proceso y momento histórico que estudiamos pusieron las bases de unas zonas de coloni- zación y articulación que han servido de base a la organización espa- cial que hoy conocemos. La intensa ocupación del territorio que exa- minábamos al estudiar las encomiendas, produjo profundas trans- formaciones del entorno, una de cuyas consecuencias es la generación de importantes núcleos que permiten comprobar la gran modifica- ción de los marcos heredados 132 . Esta nueva organización de la reali- dad aprendida, implantada por la Orden provoca la concreción de una nueva materialidad, inherente al sistema, la profunda parcela- ción de la actividad productiva. El afianzamiento poblacional fue un proceso gradual que llevó progresivamente a un asentamiento más articulado. En determinadas zonas, esta evolución queda reflejada en las progresivas modificacio- nes forales que hemos ido comprobando en determinadas encomien- das como Ocaña, Montiel o Dos Barrios, donde tras un primer texto inicial, se inicia un proceso de modificaciones sucesivas, sin duda, re- flejo de la ampliación de los ámbitos de desarrollo que se tradujo en nuevas necesidades espaciales y organizativas que los fueros nos van transmitiendo. Se parte de una situación inicial de desarticulación cuya organización va desarrollándose poco a poco. Tomemos como referente de esta situación inicial el fuero de Estremera de finales del siglo XII. En él se dispone que los que ven- gan a poblar tengan sus casas y heredades como los demás vecinos, es más, los que se queden deben establecer medianeo (limites) donde se dispersa la tierra, lo que nos indica una falta de vertebración inicial, donde los límites no están claramente definidos 133 . Los nuevos pobla- dores viven en tierras nuevas con límites imprecisos que sólo se de- limitarán cuando la afluencia humana lo haga necesario, en virtud de la necesidad de nuevas roturaciones. Esta falta de cohesión inicial en los territorios ocupados, sin duda, se vincula a una situación de frontera que no estimula preci-

132 Conviene que recordemos la profunda articulación urbana en algunos de los lugares ocu- pados por los santiaguistas, como Mérida, Uclés o Usagre, donde la progresiva afluencia de pobladores, da lugar a la creación de collaciones nuevas donde se concentran hombres y don- de como veíamos las casas se unen unas a otras dando esta imagen de aglomeración que im- plica uno nuevo nivel de captación del medio. 133 M. Rivera, La Encomienda, págs. 241-243, nº 11.

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samente su consolidación territorial. Esta necesidad de ir transfor- mando el paisaje y con ello controlando de manera amplia nuevas zonas queda clara en las pueblas otorgadas a Villarubia y Monreal (Carabanchel) ambas en 1207. En la otorgada a Villarubia se dispone que la pueblen veinticinco pobladores a los que se otorga un espacio concreto de forma exclusiva ya que el documento estipula que si vi- nieran más de la calzada in alá arrompe e lavre si quisiere, sed de la calzada in achá non coian 134 . El propio texto está estableciendo la distribución humana en el espacio articulado y la modificación que esta provoca, al poner en explotación espacios diferenciados de los inicialmente otorgados. Ello hace posible situar la legislación foral como el gran instrumento utilizado por los santiaguistas para producir la profunda metamorfosis de los marcos gestionados por ellos. Es más, algunos topónimos que aparecen en este documento no hablan de esta significativa ocupación. En este caso entorno al Ta- jo, la senda de Roi Pelaez, el val de Domingo Longoo, el Val de Ajos y el Val de Arnaldo, nos están situando una humanización intensiva de este espacio 135 . Esta realidad se repite en Monreal que se da a poblar según el fuero de Ocaña 136 y es el caso también de Montealegre que se otorga a un número de pobladores concreto, dieciséis con lo que podemos afirmar que la Orden estimuló la aprensión de un espacio que supuso la implantación de una racionalidad productiva 137 . Esta vinculación entre el estimulo poblacional y la racionali- dad de la densidad adecuada no se circunscribe a estos momentos iniciales de ocupación sino que es una constante en el modelo instau- rado por la Orden, en Fuentidueña. El texto foral otorgado insiste en los inicios del siglo XIV, establece que en la zona de ocupación del castillo del lugar, no puedan vivir más de sesenta pobladores (art. 1 y 11), debiendo ocupar el resto de habitantes que pudieran venir los arrabales (art. 5); lo que demuestra que la aprensión del territorio y su modificación se realizó de forma perfectamente dirigida 138 .

134 Ibid. págs. 268-269, nº 55.

135 Que nos ha dejado un reflejo en la toponimia, como la Puebla de Almuradiel, la de Sancti Spiritus, o alusiones más tardías que nos habla de ese poblamiento como en 1312, cuando se refieren de forma diferenciada al castillo y puebla de Feria, vid. Bullarium, págs. 266-267.

136 Menéndez Pidal, Documentos, pág. 420, nº 311.

137 M. Rivera, La Encomienda, págs. 297, nº 88.

138 Ibid, págs. 464-466, nº 245. Son muchos los ejemplos que podrían citarse entre otros, co- mo se da a poblar Añador en 1224 con partes muy concretas de su entorno como el cuarto de Alcardete y Gúzquez (págs. 332-333, nº 114), o Torre de Don Morant (Torrebuceit), que se otorga en exclusividad a setenta pobladores (págs. 363-364, nº 155).

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El asentamiento gradual puede rastrearse en otro tipo de in- formaciones que además sitúan la esfera de lo cotidiano. Me refiero a los documentos que nos han transmitido los productos que se trans- portan hacia la zona del Tajo y que pagaban portazgos en Ocaña y Alarilla 139 . Estos productos no hacen sino hablarnos de la importancia poblacional que es consumidora de ellos. Se nos transmite una realidad muy organizada socialmente que dispone de una dieta muy completa con carnes, pescados, fruta, hortalizas y legumbres (garbanzos). Las carnes son variadas: cerdo y cordero, igual que el pescado: sardinas, pixotas —actuales pijotas muy apreciadas en tierras onubenses— y lo que se denomina pescado fresco que suponemos se coge en la zona. Consumidora de tejidos, como pieles para forros, lino, lana, el fustán, aunque también se co- mercializan los productos terminados, vestidos y se corrobora un mercado artesanal de utensilios para el hogar y un comercio de lujo en cuanto a vinos de diversa calidad y productos alimenticios y sun- tuarios que denotan una profunda gradación en los consumidores. Este intenso comercio antes de 1230, está poniendo de mani- fiesto la profunda ocupación espacial de, al menos, la zona del Tajo, donde el elemento humano es significativo y está tan asentado que permite un comercio importante. Este comercio necesitó de unas adaptaciones del espacio que lo alteró significativamente, la necesi- dad de adecuar los pasos, la construcción de puentes y la dotación de marcos de intercambio como ferias y mercados, modificó el entorno de este curso fluvial que la Orden, vertebró con la territorialización de su poder en la zona a partir de una amplia red de encomiendas.

a) La necesidad de delimitar los nuevos territorios Esta presencia cada vez más acusada de población lleva antes de 1240, al establecimiento de sendos acuerdos en la zona de análisis con el resto de agentes colonizadores. Por un lado entre las posesio- nes sanjuanistas y santiaguistas más al norte 140 y por otro a una preci- sa delimitación entre el Campo de Calatrava y el Campo de Montiel en 1239 141 . Estos acuerdos con una clara dimensión económica esencial- mente ganadera, ponen de manifiesto que la profunda transforma- ción del paisaje, aunque nos encontremos con poblaciones dispersas,

139 Vid. D.W. Lomax, La Orden, págs. 277-278, nº 35.

140 Lomax, La Orden, págs. 257-262, nº 24.

141 M. Rivera, La Encomienda, págs. 375-377, nº 172.

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genera la necesidad de delimitar las zonas de ocupación que antes eran innecesarias. En el acuerdo con los sanjuanistas se alude a los villares que los vasallos de una y otra Orden han hecho en los territorios que quedan bajo la autoridad de la Orden contraria que muestra de forma meridiana esta profundo arraigo poblacional. Los medianeos y la ar- ticulación de mojones no son sino el reflejo de una necesidad de ex- pansión espacial obligada por la vertebración de este espacio. Los múltiples acuerdos con los distintos obispados, entre ellos, los reiteradamente citados con el obispo toledano, van inte- grando de forma sucesiva nuevas iglesias cuya población se va asen- tado. En 1214 aparecen ya algunas, que aumentan en los sucesivos acuerdos de 1224 y 1241, donde se alude a las parroquias de reciente población 142 . Los acuerdos con el obispo conquense, con el de Carta- gena, con el de Jaén, que se repite en Extremadura con sendos acuer- dos con Coria para las iglesias de Montánchez en 1236; La disputa con el obispado de Badajoz resuelta a favor de la Orden y los acuer- dos con los obispos andaluces concretamente con el de Sevilla y Cór- doba, dan la justa medida de una realidad inexcusable, fruto de una acción concreta de la Orden que dará lugar a la profunda alteración del territorio en todos nuestros ámbitos de análisis.

b) La gestión del territorio No obstante diversos documentos muestran cómo el proceso fue progresivo y muchos lugares no contaban aún con un pobla- miento sólido, que se fue introduciendo con la aplicación de un mo- delo organizativo dirigido por la Orden de Santiago. En la concesión del fuero de Dos Barrios en 1242, se nos habla de lugares poblados o por poblar; en una venta realizada en la zona este del Tajo en 1224, se alude a tierras cultas e incultas, pobladas o por poblar 143 ; en la donación de Galera en 1243, encontramos aldeas pobladas y por poblar, hecho que resalta la capacidad posterior de la Orden para articular estas zonas que aparecen perfectamente organi- zadas en el acuerdo con el obispo de Cartagena en 1271 144 .

142 Vid. Ibid, págs. 378-381, nº. 175 al 178.

143 Ibid, págs. 310-311, nº 103.

144 Sin embargo en algún caso contamos ya con zonas despobladas totalmente en los inicios del siglo XIII, en Noblejas en 1227, aparecen lugares labrados y por labrar, pero también po- blados y yermos, la utilización de este sustantivo denota esta realidad de abandono y despo- blación, vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 350, nº 140.

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Por tanto la humanización de la realidad espacial en los seño- ríos santiaguistas no fue únicamente un proceso espontáneo, que fue posible en la zona del Tajo al menos en una etapa inicial, sino fruto de la aplicación de un modelo de organización social del espacio, en cu- ya base justificativa estaba la aplicación de los mecanismos jerarqui- zadores impuestos por el feudalismo. Esta realidad llevó a un conflicto por controlar este proceso de consolidación, con los poderes locales emergentes. Encontramos ejemplos diversos en zonas bien diferenciadas. En un acuerdo sus- crito con el concejo de Cuenca en 1191, se establece que se deben de- terminar las heredades de la Orden en Val del Manzano, pudiéndose poblar éstas con 10 pobladores. La Orden no ampliará estas propie- dades y los pobladores no podrán disponer de pastos, ni roturar fue- ra de ellas 145 . Una situación similar se repite en Andújar en 1236, en este caso Fernando III dona a la Orden, diez yugadas de heredad y ocho aranzadas de viña, además de otros bienes, la Orden renuncia al resto de las posesiones de este lugar que el concejo podrá poblar se- gún sus intereses: et concilium det ea populatoribus qui in Anduiar volue- rint populare 146 . Estos problemas sobre límites y sobre las formas de organiza- ción social no sólo se concretaron en acuerdos con grupos de poder como concejos, obispos u otras Órdenes, sino que en algún caso, se establecieron con particulares que pretendían mantener los niveles poblacionales impuestos por ellos y sus familias sin intromisiones exógenas. Este es el caso del acuerdo suscrito entre Doña Orabuena y la Orden sobre en aprovechamiento de diversos bienes en el Tajo 147 . En conclusión la articulación socio-productiva llevada a cabo por la Orden en sus señoríos de la meseta sur, fue consecuencia di- recta de una transformación muy significativa de sus ámbitos de in- fluencia que conllevaron un cambio en las relaciones sociales y pro- ductivas de las zonas estructuradas. El poblamiento fue la base de una actividad productiva que generó modificaciones espaciales y ju- rídicas que han sido valoradas en el apartado anterior y a lo largo de estas líneas. Es posible establecer, en función de las noticias conocidas en nuestras áreas de estudio, un gradiente de humanización que en con- secuencia no sería sino la constatación del grado de modificación que la acción humana fue realizando en las diferentes zonas organizadas

145 J.L. Martín, Orígenes, págs. 448-449, nº 277.

146 J. González, Fernando III, vol. III, págs. 96-98, nº 576.

147 Vid. J.L. Martín Orígenes, págs. 362-365, nº 181.

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por los santiaguistas. Resulta obvio que la mayor modificación se produce en la zona del Tajo, donde como veremos, la intensa parcela- ción del espacio y la explotación exhaustiva de los recursos fluviales provocaron un cambio de fisonomía espacial muy acusado con la conformación de importantes núcleos con un grado de urbanización muy significativo. Una realidad muy semejante es la documentada en Extrema- dura donde el grado de articulación espacial es muy intenso y donde debemos situar un grado de organización muy arraigado. El desarro- llo urbano y la intensa organización social en la zona refleja esta rea- lidad.

Pero ambas realidades, donde la agricultura juega un impor- tante papel contrastan con las zonas de mayor presencia ganadera: el Campo de Montiel y Segura de la Sierra, donde si bien el pobla- miento no es desdeñable, ciertamente encontramos un hábitat mucho más disperso, articulado en cortijos cuya transformación del entorno es menos intensiva debido a que la actividad ganadera prioritaria en estos grandes espacios no requiere de grandes modificaciones del es- pacio. Un desarrollo urbano más desigual y vinculado a unos ejes nu- clearizadores, Montiel y Segura, muestra este desarrollo diferencial en relación a las otras zonas 148 . En definitiva la transformación del espacio es intensa pero de- sigual dentro de los señoríos santiaguistas. Este gradiente diferencial resulta explícito al comparar espacios de la Transierra en relación con Segura en los inicios del siglo XIII, mientras Beas, es definida como una heredad que incluye sus términos y pertenencias sin más concre- ción. Los lugares permutados como Aza, incluyen casas y los collazos

148 Esta realidad más dispersa y menos organizada donde existe una estrecha relación agri- cultura-ganadería puede comprobarse en la donación de Villanueva de la Fuente con su cortijo y su aldea. Encontramos una explotación significativa, pero con una capacidad de transforma- ción limitada al estar relacionada con zona de pastos y fuentes, vid. J. González, Fernando III, vol. III, págs. 254-257, nº 705. O en las donaciones de Segura y Galera en 1242, donde en- contramos un explotación de recursos naturales incluidas las sierras pero con una relación muy significativa con el ganado. En ambos lugares frente a esa desarticulación productiva de carácter agrario encontramos la cesión de montazgos y portazgos, con un claro fundamento ganadero y comercial como zona de paso que implica una menor vertebración espacial, vid. Ibid, tomo III, págs. 248-250, nº 700 y M. Rivera, La Encomienda, págs. 396-397, nº 190. Sin embargo se verifica una articulación progresiva que es evidente en las últimas décadas del si- glo XIII, cuando se dona Castril en 1282, la donación incluye alquerías (antecedente de los cortijos, o en este caso utilizado con el nombre hispanomusulman para designar una realidad espacial similar), hornos, tiendas, molinos, tahonas, es decir, un espacio más poblado y orga- nizado, vid. A.H.N., Uclés, carp. 311, vol. I, nº 14.

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de éstas, huertos , viñas, solares poblados y por poblar y otros como Ayllón además tiendas, lo que implica esta diferenciación en el grado de transformación de la realidad espacial 149 .

A.2.2 Gran propiedad y pequeña explotación Esta es una de las realidades más acabadas de la implantación del feudalismo en los señoríos santiaguistas de la Submeseta Sur, al incluir en su definición el resultado de la aplicación de un modelo de relaciones socio-productivas. No obstante y como matizaremos en un apartado específico el concepto de propiedad aplicado en la época medieval, dista mucho de lo que hoy entendemos. Lo importante y significativo en este momento no era la posesión en sí misma de un marco territorial, sino el dominio jurisdiccional que en muchos casos incluía dominio territorial sobre medios de producción y sobre pro- ductores que explotaran la tierra. Así una gran propiedad que debemos entender como dominio sobre tierras y los hombres que la trabajan. Se organizó en base a pe- queñas unidades productivas que desde su profunda parcelación pu- sieron las bases de un sistema de apropiación de excedente que preci- samente propician la disgregación de la explotación y nunca su con- centración. No se crearon grandes centros de explotación, ni agraria, ni ganadera, ni de explotación de los recursos naturales, sino que sobre un mosaico de pequeñas unidades de trabajo, se superpuso una gran organización productiva en función de un concepto de propiedad que tiene su base explicativa en la privatización de la jurisdicción y por tanto en la utilización privativa de los mecanismos de obtención del excedente campesino. El control jurisdiccional de grandes territorios articulados en pequeñas unidades de explotación campesina que tu- vieron como base espacial el solar y como mecanismo de encuadra- miento la familia nuclear, son la esencia misma del feudalismo penin- sular que desarrolló una determinada organización social del paisaje basada en este binomio de análisis. Esta operatividad de la pequeña explotación es aplicable in- cluso a las zonas que la Orden se reservó para su explotación directa. En Villarubia, dispuso de sus sernas, un marco de explotación directa pero reducido. En la cesión para poblar Añador en 1224 150 , los santia- guistas hacen constar que si se poblaran Gúzquez y Alcardete, dis-

149 Vid. A.H.N., Uclés, carp. 357, nº 1 y nº2 este segundo documento publicado por J. Gonzá- lez, Fernando III, vol. III, pág. 199, nº 658. 150 M. Rivera, La Encomienda, págs. 332-333, nº 114.

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pondrían en ambas de sendas iuverias, es decir, una yugada en cada

lugar. Como hipótesis es posible sostener que un lugar otorgado como Villarrubia a veinticinco pobladores, donde se dispone que los que vengan ocuparán nuevos lugares aledaños, implica que las sernas serían pequeñas unidades. Esta realidad en nuestra opinión, se ve más explicitada en Añador donde los santiaguistas dispondrán de una yugada, unidad productiva claramente vinculada a la familia nu- clear y por tanto a pequeña explotación 151 La intensiva y profunda parcelación de los aprovechamientos resulta evidente en determinados tipos de explotaciones, este es el ca- so de las vinculadas a la producción hidráulica, donde la realidad de pequeñas explotaciones agrarias de carácter intensivo es un hecho. Un ejemplo es el Prado de Valverde, donde encontramos una peque- ña aceña sobre el Jabalón, a la que se vincula una de explotación agra- ria intensiva, además de un pequeño prado 152 . Contamos con tres zonas donde esta parcelación productiva resulta incluso llamativa. Me refiero al caso de Aranjuez, donde la fragmentación se concreta en una explotación comunitaria de las di- ferentes unidades 153 . Ejemplos muy significativos aparecen también en el proceso de apropiación de Torrelengua y Almaguer. En Torrelengua se da esta pequeña explotación vinculada a los molinos pero también pequeñas unidades productivas a las que se alude como tierras, huertos, prados y en un caso heredad, una pro- piedad que en extensión no era excesivamente grande fue adquirida mediante diecisiete instrumentos de compra en la que la Orden hizo una gran inversión. Esta parcelación incluso conllevó la labor en al- guna de estos molinos y aceñas de varios miembros de una misma familia, dentro del proceso productivo 154 . Este hecho que no hace sino confirmar la existencia al menos en estas zonas próximas a las vegas fluviales de un minifundio muy extendido 155 , que la Orden incorpora

151 Algo similar sugiere E. Botella, en su análisis sobre las sernas, plantea que la parcelación de las sernas como unidades de explotación campesina es un hecho (pág. 46), y que sobre esta fragmentación espacial se superpone una estructura de poder que puede asimilar esta disgre- gación en la explotación en su propio interés. Es más la necesidad de zonas de cultivo, antes inexistente por la amplitud de espacio (pág. 48), genera la concreción territorial de las sernas que se ajustan a explotaciones campesinas como fazas, suertes, etc.

152 Apuntamiento, fol. 46v.

153 M. Rivera, La Encomienda, págs. 264-265, nº 48, págs. 293-294, nº 83 y pág. 340, nº 124.

154 Vid. Ibid. págs. 129-132.

155 La Orden procuró sobre todo la puesta en explotación de las unidades productivas y en ocasiones actuó para evitar el deficiente aprovechamiento de los recursos promoviendo una

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dentro de un latifundio cuya explotación sigue siendo particulariza- da.

En Almaguer la referencia productiva es el quiñón, sin duda, una pequeña explotación que la Orden va integrando en diferentes operaciones por las que fue adquiriendo estos quiñones en 1223. En sucesivas compras se adquieren treinta y siete , en manos de unida- des familiares de tipo nuclear 156 y en torno a estas fechas se adquieren setenta a Juan Pascual de Tarancón 157 . Esta política de unificación de la propiedad señorial nuclearizada en la pequeña explotación en las zonas ribereñas, se concreta en otros acuerdos. En 1259, se obtienen por parte de la Orden gran número de propiedades a cambio de una permuta, estas se definen como pequeñas porciones, hazas de seis fa- negas, de siete, incluso de 2 cahíces, que denota una profunda parce- lación 158 . Esta fragmentación productiva tiene una relación directa con el proceso de vertebración intensiva a que antes aludíamos y que va a producir una estructuración del paisaje que en ocasiones recuerda esas aglomeraciones a las que aludíamos al valorar el marco espacial. En 1181, María, viuda de Vicente Patino, vende la aldea de Prada, la cual esta incluida en la aldea de Vicente Patino. Se excluye de la ope- ración una viña que es de su hija y que suponemos ella explotará para su supervivencia. Es muy tangible en esta noticia esa profunda par- celación de la producción incluso previa a la llegada de la Orden, quien integra dentro del modo de producción feudal esta realidad productiva 159 . Esta explotación muy disgregada incluida dentro de una pro- piedad globalizadora, se mantiene en el tiempo. Alrededor del 1300, se redacta un documento que sirve de recuerdo de las propiedades que el comendador de la Zarza dio a la Orden en Extremera. Este texto es tremendamente ilustrativo de esta profusa parcelación que incluso afecta a lo que años atrás sería la reserva señorial, así de la dehesa de palacio, se da un quinto. Aparecen numerosas hazas a sur- co, las unas de las otras, pero es más una realidad de pedazos de tie-

parcelación de las zonas cultivada. En la zona extremeña y concretamente en Reina y Llerena, sus fueros disponen que el que labre con dos yuntas o tres y tome una tierra por año y vez y no pueda labrarla toda, que la tome otro vecino, siendo el que recoga el pan, el que tenga la tierra como dueño, vid. Biblioteca de Palacio, mss. 696, fols. 342r-347v.

156 Ibid, pág. 108 y ss.

157 Ibid., pág. 343, nº 130.

158 Ibid, págs. 418-419, nº 211.

159 J.L. Martín, Orígenes, pág. 321, nº 134.

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rra en diferentes lugares también a surco de otros cercanos muestra esta importante división. Quiñones y mitades de tierras conforman un paisaje de una profunda articulación del mismo, donde hijos y demás grados familiares sirven de referencia para designar las pro- piedades. La existencia de viñas nuevas a surco de viejas viñas, no son sino el reflejo de esa humanización intensa estrechamente vinculada a una pequeña explotación 160 . Esta parcelación que en ocasiones es una realidad heredada, en otras es fomentada por la Orden en función de la capacidad eco- nómica y por tanto productiva de los pobladores. En Ocañuela se es- tipula en 1335, que los entegeros planten cuatro aranzadas de viña, los medieros tres aranzadas y los cuarteros dos. Esta información constata de forma fehaciente el interés de la Orden, por establecer una gran red de pequeños productores en un marco de control productivo más amplio. A la luz de estas evidencias debemos suponer que esta situa- ción fue extensible a las encomiendas de Extremadura, aunque la in- formación allí es menos exhaustiva y no contamos con textos signifi- cativos 161 , máxime cuando en esta zona se impuso más un modelo de centralización en torno a ciudades y villas con un importante compo- nente urbano donde, como hemos comprobado, la parcelación tam- bién es importante. Sin embargo en las zonas más ganaderas como el área man- chega y Campo de Montiel, la preponderancia de la ganadería como actividad económica principal condicionó una realidad bien distinta con amplias zonas de prados naturales y pastos cultivados para los animales, donde sin embargo sí existe una preocupación por preser- var las pequeñas explotaciones de esta agresiva actividad ganadera, pero esto lo valoraremos en epígrafe aparte 162 . En la zona de Segura, pervive una pequeña explotación horto- frutícola y agraria de origen islámico que la Orden integra. La propia

160 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

161 Existen no obstante, algunos ejemplos ilustrativos, a cambio de la cesión de Azuaga en 1295, la Orden recibe una importante donación en la zona que incluye partes de molinos, pe- dazos de viñas y huerta e importantes infraestructuras de la industria hidráulica en la zona que manifiestan esta realidad, vid. A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2.

162 Pese a que la parcelación en general en la zona de Montiel no es muy significativa, existe algún ejemplo de este minifundio relacionado con una actividad vitícola de monte desarrolla- da en las Sierras de Alcaraz y Segura y que implica esta pequeña explotación en pequeños pe- dazos de viña, cerca eso si pero puestas en explotación por el sistema de terrazas. Nos referi- mos a una concesión de dos pedazos de viñas en el monte de San Felices en 1240, vid. D.W. Lomax, “Apostillas”, ob. cit., pág. 30, nº 5.

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estructuración del territorio condiciona la existencia de una pequeña explotación que ya hemos constatado en algunas posesiones gienen- ses donde verificábamos pequeñas explotaciones en yugadas y aran- zadas, así como, pequeñas unidades productivas en torno a las pes- querías. Sin embargo la zona como veíamos se caracteriza por un pai- saje productivo en torno a cortijos que sin duda, denotan una menor parcelación de la explotación, apareciendo más bien una realidad de agricultura más extensiva en torno a un núcleo centralizador, la torre con su cortijo heredado de las alquerías hispanomusulmanas. Estas unidades de producción sin duda, más amplias que las del Tajo también se incluyen dentro de marcos de control más am- plios, las encomiendas, que verifican esta realidad de pequeña ex- plotación en un marco de gran propiedad. En definitiva, la parcelación de la producción consustancial al modo de producción feudal, es una realidad innegable en los señoríos santiaguistas de la Submeseta Sur, aunque ciertamente este modelo dinámico se adaptó a las realidades potenciales de las zonas ocupa- das.

A.2.3. Marcos y unidades de producción territorial En este apartado pretendemos definir los marcos y unidades de producción que son la evidencia, de la profunda transformación operada por la Orden en sus ámbitos de expansión territorial. Inten- taremos en la medida que la documentación lo permita, la descrip- ción de unidades productivas para, en otro apartado, profundizar en aspectos de la propia actividad de explotación. Sin embargo resulta difícil que no se produzca una mezcla de información entre ambos puntos, por otro lado íntimamente relacionados. Resulta necesario establecer una aclaración previa. Nuestro planteamiento parte de la realidad documental que transmite unas realidades que son difíciles de encuadrar en departamentos estancos, por ello la clasificación es puramente epistemológica y conlleva rie- gos ya que un mismo término puede constituir en si mismo un marco y una unidad productiva, en ocasiones difíciles de diferenciar.

a) Marcos Es necesario comenzar por la constatación de que algunos marcos espaciales que ya definimos como marcos de referencia terri- torial a nivel espacial, lo son también a nivel productivo. El castillo, el cortijo, las casas e incluso la heredad son a la vez marcos de articula- ción territorial y productiva y asimismo definen un gradiente en el

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nivel de articulación de la explotación. Esta gradación comienza en la tierra como marco sin definición concreta, para seguir en el castillo como primer núcleo de organización pero donde la complejidad pro- ductiva es escasa y se circunscribe a una explotación de los recursos naturales más inmediatos. El estadio siguiente son las casas como un referente más organizado pero cuasi unifamiliar. El proceso culmina en elementos más amplios y mejor planificados de actividad produc- tiva que se caracterizan por la variedad en la explotación (incluyen huertos, viñas, cereales, molinos), como son las heredades y los cor- tijos.

a.1) Tierras Este término tiene en el medievo un valor polisémico, en fun- ción de variables espaciales y cronológicas. Habitualmente si lo valo- ramos como unidad de producción, se vincula a una explotación ce- realera en un marco plenamente estructurado y definido que las en- globa 163 . Sin embargo también debe estimarse su carácter de ocupa- ción inicial sin una organización clara aún del bien donado. En principio deberíamos pensar que la alusión a tierras se re- fiere a esa realidad productiva inicial de aquellos primeros poblado- res que han presurado una zona que esta poco o nada articulada 164 . Algunas noticias aluden a esta realidad en nuestra opinión. En 1220 Doña Felipa dona a la Orden todo cuanto ha heredado de sus padres, que incluyen tierras, viñas, montes y fuentes, así como entradas y sa- lidas con todas sus pertenencias 165 . Esta materialidad es aún más evi- dente en determinados documentos relacionados con Torrelengua,

163 Vid. J.A. García de Cortazar, El domino del monasterio de San Millán de la Cogolla (si- glos X al XIII). , pág. 283 y J.Mª Minguez, El dominio del monasterio de Sahagún, págs. 85- 86. Donde señalan que estas alusiones aparentemente formularias que acompañan a las dona- ciones estarían haciendo referencia a una determinada realidad. En algunos casos estas tierras aparecen englobadas en nuestra documentación en un marco más amplio y evolucionado, la heredad. En este supuesto se las adjetiva como tierras de aradas, lo que a nuestro modo de ver implica su integración en una realidad distinta a la que pretendemos abordar, formado parte de un entidad distinta como una mera unidad de explotación más. Vid. M. Rivera, La Encomien- da, pág. 350, nº 140.

164 Sobre esta idea de desarticulación en torno al vocablo terra, han opinado algunos autores, que si bien han centrado sus estudios en la Submeseta Norte sus opiniones pueden resultar muy interesantes. J.M. Mínguez plantea que este termino hace con frecuencia referencia a es- pacios sin roturar, en contra de otras opiniones que según él han mantenido una cierta ambi- güedad al valorar este termino, vid. “Ganadería, aristocracia y reconquista en la Edad Media Castellana”, en Hispania, nº 151(1982), págs. 341-354, en especial págs. 344-345.

165 Vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 293, nº 82.

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donde la alusión a tierras muestra esta configuración aún cercana a las comunidades aldeanas, poco organizadas productivamente 166 . Aquí la referencia a la explotación de prados y montes denota esa embrionaria organización productiva, aún por definir. La cesión de Hornachos en 1235 alude también a esta realidad, al incluir tierras

cultivadas y sin cultivar 167 . Esta evidencia es igualmente asimilable a las expresiones lugares labrados y por labrar que encontramos en Noblejas en 1227 168 y en Villanueva de la Fuente en 1243, donde se utiliza la palabra términos 169 . Estas tierras en determinados docu- mentos se sitúan geográficamente en lugares de poca articulación y en los que la iniciativa de nueva roturación es muy importante. En la zona del Cigüela, concretamente en Magacela se ceden en 1223, dos tierras una en el congosto y otra en el ejido 170 . En otros casos existe una relación entre antiguas presuras y estas tierras, esto se explícita un documento en torno a 1239, donde aparecen una serie de quadrie- llas todas ellas definidas por un antropónimo la de Domingo Miguel

o la de Juan Amarillo, donde aparecen tierras grandes y la tierra de

las Mordras con su entrega. Resulta obvia una estrecha relación entre zonas poco articuladas y la alusión a tierras 171 .

a.2) El castillo El castillo resulta en nuestra opinión una realidad productiva más vertebrada pero aún poco organizada donde la explotación del entorno natural adyacente es básica. Existen diferentes ejemplos. En la donación del castillo de Bogas en 1189, se alude a que incluye montes, zonas valladas (posiblemente para ganado), prados, pastos ríos y aguas 172 , o la cesiones de Galera y Segura, que incluyen la ex-

plotación de la sierras, fuentes, ríos, prados, pastos e incluso dehesas

y salinas en Galera 173 .

Una cabaña ganadera extensiva vinculada a los mismos apoya esta inicial desarticulación que en pocos años cambiará como com- probamos en la concesión del fuero de Segura ya en 1246, encontra-

166 Vid. Ibid, pág. 294, nº 84 y pág. 296, nº 87.

167 J. González, Fernando III, vol. III, págs. 69-71, nº 553.

168 M. Rivera, La Encomienda, págs. 350, nº 140.

169 J. González, Fernando III, tomo III, págs. 276-277, nº 717.

170 Vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 310, nº 102.

171 Ibid., pág. 374, nº 169.

172 J.L. Martín, Orígenes, pág. 429, nº 255.

173 Vid. J. González, Fernando III, tomo III, págs. 248-250, nº 700 y M. Rivera, La Enco- mienda, págs. 396-397, nº 190.

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mos tiendas, hornos y otras realidades productivas que se citan en 1242. Otro ejemplo muy ilustrativo de esta explotación natural inicial vinculada a los castillos como primer paso de organización espacial la comprobamos en Alange, donde su donación incluye montes, ríos, aguas, fuentes y nemoribus (bosques) 174 o en la concesión a la Orden de Orcera en 1285, que únicamente incluye montes, fuentes, ríos y pastos 175 . No aparecen unidades de cultivo, ni una articulación pro- ductiva concreta lo que nos induce a pensar por la evolución poste- rior de estos lugares en una etapa embrionaria de organización.

a.3) Las casas El siguiente marco de concentración de la actividad producti- va son las casas que representan la existencia de un esquema produc- tivo más evolucionado. La primera mención de que disponemos se refiere a una realidad urbana de las casas 176 que incluyen una peque- ña explotación de viñas aneja, se encuentran en Maqueda y Toledo y son cedidas a la Orden junto con otros bienes en 1171 177 . Es evidente que existe una estrecha relación entre las casas y la unidad de explotación familiar al menos, en nuestra zona de estu- dio. En algún caso aparece vinculada al solar que incluyen en el caso de Dos Barrios en 1210, raciones de barbecho y de sembradura vin- culadas a ellas 178 . En el fuero de Segura de León otorgado en 1274, encontramos una relación entre la casa tejada y la unidad de produc- ción familiar en este caso vinculada a la explotación de viñas 179 . La alusión a su actividad productiva resulta explícita en algu- nas ocasiones como en la Puebla de Almuradiel en 1331, donde se es- timula la producción, eximiendo de pecha para que labren las casas, en este caso también se vinculan con la producción de viñas 180 . Sin em- bargo es cierto que la gran mayoría de referencias están dentro de

174 Bullarium, pág. 159.

175 A.H.N., Sellos, carp. 13, nº 1.

176 El término casas se utiliza de forma indistinta a partir de un determinado momento, como tuvimos ocasión de comprobar, para definir realidades más urbanizadas que puede incluir un pequeño huerto anejo, como en el caso de unas casas donadas en la collación de Santa Eleute- ria de Córdoba en 1295, Vid. A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2, o bien estar relacionadas con un ámbito rural, donde se aúnan esos valores de residencia y explotación consustanciales a este marco de producción familiar, Vid, M. Rivera, La Encomienda, págs. 464-466, nº 245. Donde se autoriza a los de Fuentidueña a coger madera del monte para hacer sus casas.

177 Vid. J.L. Martín, Orígenes, págs. 217-218, nº 45.

178 Menéndez Pidal, Documentos, págs. 363-364, nº 268.

179 Apuntamiento, fol. 385v.

180 M. Rivera, La Encomienda, págs. 466, nº 246.

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relaciones de bienes donde junto a otros como prados, molinos, huertos o tierras encontramos las casas. Estas evidencias no aportan ningún dato más sobre la conformación de las casas y su reproduc- ción no nos ha parecido necesaria.

a.4) La heredad La heredad es una de las referencias productivas más habi- tuales y en ella se integra una configuración de la explotación muy acabada que puede incluir diferentes realidades anteriores que en este caso conformarían diferentes unidades de producción engloba- das en una realidad más amplia. Inicialmente poca es la diferencia que la documentación esta- blece entre los esquemas iniciales de puesta en explotación de los distintos lugares. Encontramos heredades que en líneas generales in- cluyen una serie de elementos comunes a otros marcos productivos. Así, encontramos en 1220, una heredad en la zona del Tajo que inclu- ye tierras, viñas, montes, fuentes, entradas y salidas y todas sus per- tenencias 181 . Sin embargo muy pronto las referencias a heredades se hacen más explícitas aludiendo a un marco de desarrollo productivo más sistematizado. En 1235, el monarca Fernando III, otorga al comenda- dor de Montánchez por su contribución a la toma de Medellin, una heredad que incluye diez yugadas de heredad con capacidad sufi- ciente para año y vez, así como siete aranzadas de viña, un huerto y unas casas. Estamos ante un aprovechamiento agrícola que ha supe- rado este estadio de explotación poco organizada, convirtiéndose en una zona de desarrollo de una actividad más especializada 182 . Una realidad muy similar es la que nos refiere un documento fechado en 1241 y que nos habla de una heredad en Guadalcazar, donde la encomienda de Montánchez, recibe diez yugadas de here- dad para año y vez (es lógico pensar que se están refiriendo a una ex- plotación de cereal) y además la Orden recibe otras treinta yugadas con similar aprovechamiento, aunque en su momento valoremos la extensión de estas yugadas, estamos en condiciones de afirmar que se trata de un marco productivo muy significativo y que queda englo- bado bajo el término heredad 183 .

181 Esta heredad en Estremera es cedida por Doña Felipa a la Orden a cambio de un sustento vitalicio, vid. Ibid, pág. 293, nº 82.

182 J. González, Fernando III, págs. 65-67, nº 550.

183 Vid. Ibid, pág. 210, nº 668.

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Es evidente que las informaciones documentales no hacen si- no reiterar esta realidad. En Santiesteban ( actual provincia de Jaén), la Orden recibe en 1243, una heredad de nueve yugadas de bueyes suficientes para año y vez y otra heredad en Linares que incluye una aranzada de viña 184 . A la luz de esta noticia podemos establecer que la heredad se compone de amplias extensiones de cereal y viña que sin duda, como remarcan los documentos, necesitarían de un infraestructura de yu- gos de bueyes, cuya alimentación en pastos adyacentes resulta obvia. Pero la propia puesta en explotación y la cuantificación de los marcos productivos evidencian una profunda transformación del entorno que no existía en las realidades productivas anteriores. Es más, algunos textos relacionan de forma expresa la heredad con la labor de estas tierras, concretamente en la cesión de la alquería de Besnaget, próxima a Montemolín. Se citan como recursos inte- grantes de la misma montes, fuentes, aguas, prados, ríos, arboles, oli- vares y heredat de lavor, lo que implica un estrecha relación entre el cultivo de cereal y la heredad como marco productivo 185 . En principio debemos suponer que la heredad es un marco de producción amplio que es susceptible de parcelación como compro- bamos en el fuero de Usagre donde aparecen raciones de heredad, como elemento de división de la misma. En cualquier caso la heredad o heredamiento como algunos textos lo definen hace referencia a una realidad puesta en explotación con características diversas pero casi siempre ligadas al cereal ya que se suelen distinguir claramente de otras zonas de cultivo como huer- tos, dehesas o viñas a la que en ocasiones aparece unida. Esta realidad diferencial de la heredad es rastreable en docu- mentos como la cesión efectuada a cambio de Azuaga en 1295, de di- versos bienes al sur de esta propiedad. Encontramos referencias a un heredamiento cerca del molino de Guadagenil, otro entre el Guadal- quivir y el Guadalcanal y curiosamente un heredamiento raíz de bie- nes muebles que Fernando Meléndez recibió de su padre en la heren- cia que a éste pertenecía de su madre Doña Velasquita. Esta relación entre heredad y bienes raíces no hace sino confirmar que sociológi- camente el término heredad se emplea para designar un aprovecha- miento sea este del tipo que fuera 186 . Este marco constituye en defini-

184 J. González, Fernando III, tomo III, págs. 276-278, nº 717.

185 Ibid, págs. 331-333, nº 763. Esta expresión se repite en la cesión de la alquería de Niebla unos días antes donde también se alude a esta heredades de labor, vid. Idem, nº 762.

186 A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2.

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tiva un referente espacial para el campesinado de la zona que implica un percepción de los bienes territoriales.

a.5) El cortijo La heredad, como vemos, supone un marco de referencia te- rritorial de carácter productivo que en muchos casos aparece como un bien individualizado pero en muchas zonas como en Segura y Extremadura se integra en un marco más amplio que aglutina dife- rentes unidades de explotación, lo que permite insistir en la ambiva- lencia de los diferentes términos. En ámbitos donde la dispersión poblacional es un hecho y la transformación del entorno se circunscribe a las zonas nuclearizado- ras que son los cortijos. En su momento ya valorábamos su impor- tancia en cuanto marco de articulación territorial y defensiva, como herederos de la alquería hispanomusulmana. Es el momento de valo- rar su importancia como centros aglutinadores de actividades de producción, que unifican esa explotación de los recursos naturales inherentes a las zonas menos vertebradas pero además suman una importante transformación del entorno al convertirse en dispersas explotaciones agropecuarias. Los cortijos van a ser la base para el po- blamiento de muchas zonas, como demuestra la incentivación de este tipo de marcos en los años treinta del siglo XIV al entregarse en arriendo para su puesta en explotación como tendremos ocasión de comprobar. Nos referíamos en el apartado anterior a las alquerías de Bes- naget y Niebla, como lugares donde la heredad de labor se integraba en un marco mucho más amplio de explotación de recursos que in- cluían aprovechamientos naturales como prados, pastos, montes, ríos, pero además otras actividades relacionadas aún hoy con estos espa- cios, como la explotación de olivares y árboles en la mayoría de los caso frutales. En algún caso como en la alquería de Besnaget o en el citado cortijo de Guadalcazar 187 , se alude a espacios muy amplios que en- globan grandes extensiones de terrero incluso en algún caso superio- res al término de algunas villas y aldeas contemporáneas. Se trata en definitiva de una amplio espacio de organización social de la explota-

187 Ya explicamos en su momento que ambas palabras designaban una misma realidad espa- cial y por supuesto productiva, cuya diferencia terminológica, esta más relacionada con la zo- na donde aparece cada una e incluso con el mantenimiento de una población musulmana o no en las mismas. Así tanto en Segura como aquí encontramos la utilización de la palabra cortijo o alquería para definir una espacio idéntico.

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ción que la Orden integra en sus esquemas productivos, aunque con unos antecedentes hispanomusulmanes muy evidentes. La extensión y amplitud de estos elementos de nuclearización puede comprenderse con el análisis de algunos lugares muy signifi- cativos. Es el caso de las torres y cortijos de Mezquinel y Maquiz, que la Orden recibe en 1246 188 . La primera incluye además de la torre, baluarte defensivo de este tipo de instalación, quince aranzadas de viña y cuatro huertos, además de dos molinos cerca de la torre, con lo que la diversidad del aprovechamiento resulta evidente. La de Ma- quiz, además, por supuesto, de la torre, añade quince yugadas de bueyes para año y vez. Estos cortijos se convertirán en algún caso en la base produc- tiva y poblacional de ámbitos más amplios. Este es el caso del cortijo de Abeiazat, donado a la Orden en 1256 y que sería la base del futuro Socuellamos 189 . Este tipo de explotaciones las alquerías y cortijos, an- dando el tiempo se aglutinaron alrededor de núcleos de organización más amplios. En la donación de Castril en 1282, comprobamos como este lugar integra entre sus bienes diversas alquerías 190 . Como señalamos al principio la importancia productiva de este tipo de marcos llevó a que a partir de ella se produjeran intentos de recuperación en el aprovechamiento de determinadas zonas, en las primeras décadas del siglo XIV. Dos buenos ejemplos los constituyen las cesiones del cortijo y torre de Azuaga en 1331 191 y del de Salfaraz en 1335 192 . El de Azuaga es cedido a Gonzalo Rodríguez de Cornado, quien junto con su mujer y su hija se comprometen a reparar y ado- bar el cortijo y su torre y a dejar en el dicho lugar diez yuntas de bue- yes alienadas et endereçadas, además de treinta ovejas parideras y ochenta puercas de crianza. Se habla además de que el cortijo integra casas y otras labores, el documento resulta suficientemente ilustrativo de la realidad a que aludíamos.

188 Vid. J. González, Fernando III, págs. 301-303, tomo III, nº 735.

189 Vid. A. Madrid y Medina, “Alfonso X y la Mancha”, ob. cit., págs. 214-216, nº 2.

190 A.H.N., Uclés, carp. 311, vol. I, nº 14.

191 Este cortijo daría lugar con el tiempo a una importante y significativa encomienda en la Baja Edad Media como señalábamos al analizar este lugar, sobre su cesión vid. M. Garrido, Documentos sobre castillos extremeños, págs. 31-32.

192 Se trata de un lugar dentro de la encomienda de Segura de la Sierra, cuya viabilidad eco- nómica fue escasa convirtiéndose con el tiempo en un despoblado, vid. M. Rodríguez Llopis, Documentos del siglo XIV y XV, pág. 9, nº 4.

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En cuanto al de Salfaraz, los contratantes Pedro García, vecino de Génave y Pedro Gil , vecino de Albaladejo, se comprometen a adobar y reparar el cortijo, la torre y la casa y que a los nueve años, fecha de finalización del arrendamiento, dejarán hechos barbechos en el heredamiento de la casa, además de cuatro yuntas de bueyes, bien fechos e bien labrados. Durante este periodo entregaran al comendador de Segura el diezmo de la producción obtenida que ellos gestionaran. Estamos, en conclusión, ante un marco de organización terri- torial y productiva, utilizado por los santiaguistas en aquellas zonas menos articuladas, debido sobre todo a dos factores esenciales, dis- persión del hábitat y explotación ganadera intensiva. Este tipo de ex- plotaciones marcaron un hito de referencia cuya continuidad históri- ca es incuestionable, ya que ha dejado una amplia huella en la defini- ción actual del paisaje extremeño y de esa amplia zona integrada por la encomienda de Segura que engloba parte del sur de Ciudad Real, parte occidental de Albacete, y zonas norte de Granada y Jaén.

b) Unidades de producción. Los marcos productivos nos han permitido comprobar lo complejo que resulta delimitar éstos y hemos comprobado como una evolución muy rápida de los procesos organizativos dan lugar a la integración de unos marcos en otros. Ahora trataremos de ver reali- dades espaciales más concretas que hemos visto englobadas en estos marcos. Algunas de estas realidades productivas como los montes, las viñas, las dehesas o las sernas pueden constituir en sí misma mar- cos que incluyan en su seno a otras unidades, pero la documentación sugiere su tratamiento como entidades más individualizadas.

b.1) Los prados La explotación inicial del entorno natural implica el aprove- chamiento de unos recursos muy determinados. En primer lugar los prados, por algunos documentos como los relacionados con castillos estos prados no serían sino los aledaños de los castillos que serían utilizados para pastos de los caballos y animales del lugar. Situación ampliable a otros marcos como los cortijos, donde estaríamos en un espacio sin colonizar utilizado en general para pastos. El cobro de determinados impuestos en Segura y Orcera, como los montazgos, podría relacionar los prados, con pastos de verano para los ganados

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trashumantes 193 . Sin embargo en otras ocasiones estas zonas de pas- tos, prados o pasturas están relacionados estrechamente con zonas ri- cas en agua y podría tratarse de una realidad también relacionada con la ganadería pero de mayor calidad, no ya naturales, sino culti- vados a partir de estas posibilidades de riego. Estaríamos ya ante realidades diferenciadas, aprovechamientos para pastos sin roturar (brañas, etc.) y por otro, barbechos trabajados, susceptibles de utiliza- ción como núcleos de alimentación de los ganados. Esta es una reali- dad que aparece en Bogas, en varios documentos de Torrelengua, donde aparecen vinculados a molinos y huertos o integrados dentro de una heredad con una complejidad productiva como es el caso de Noblejas 194 . Estos prados ribereños alcanzarían un cierta complejidad pro- ductiva convirtiéndose en importantes unidades de producción, co- mo es el caso del Prado de Ontígola muy cerca del Tajo, que debió ser una importante explotación suponemos que ganadera y agraria ya que incluía un número significativo de pobladores y varias heredades en 1202 195 . Su proximidad a la encomienda calatrava de Otos dedica- da a dehesa ganadera además de zona de explotación de leña, caza y pesca, nos hace pensar en una explotación muy similar a la que tuvo esta propiedad de la Orden de Calatrava 196 . En las zonas ganaderas los prados adquieren una especial im- portancia, así en Usagre se dispone que se puede amojonar todo pra- do que supere las seis aranzadas (art. 115) y que se hará fuero por él. El art. 254 de este Fuero de Usagre, dispone que se debe amojar todo prado que este a fuero de la siguiente forma a cabo de IX passadas, V cespedes uno sobre otros y si el prado fuere cabo defesa del concejo, o cerca del ejido o cerca de la carrera de tan de villa como de aldea, encierro de V palmos en alto y III en ancho. Esta información no sólo implica control productivo sino una modificación humanizadora del espacio. Estos prados con mayor entidad organizativa que aquellos relacionados con una utilización del entorno, pudieron con el tiempo constituir marcos más globalizadores.

193 Se trataría de marcos naturales utilizados para pastos como los que documentamos en el fuero de Cáceres en 1229, vid. A. Floriano, Doc.Historia del A.M. Cáceres, pág. 7-9.

194 M. Rivera, La Encomienda, pág. 350, nº 140.

195 J. González, Alfonso VIII, tomo III, págs. 282-283, nº 729.

196 Se trata de una zona aluvial junto al Tajo, que aún hoy conserva una gran importancia co- mo pradera dentro del término de Aranjuez, vid. E. Rodríguez-Picavea, La formación del feu- dalismo, págs. 116-117.

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b.2) Los montes El aprovechamiento de los montes constituye un paradigma de esa ocupación generalizada del espacio. Inicialmente su explota- ción fue más primaria relacionada con una captación de los recursos naturales, obtención de madera, resina, pastos para los rebaños o las bellotas para las piaras de cerdos, proporcionan un importante com- plemento a la economía santiaguista. Pero andando el tiempo, la ro- turación del monte supone un avance en la expansión territorial de determinadas encomiendas. Las alusiones a su explotación son variadas. En el acuerdo suscrito entre santiaguistas y sanjuanistas en 1237 197 se alude a los montes como explotación para obtener pastos y también leña para las casas, no sólo utilizada para la calefacción y para cocinar sino tam- bién para construir las mismas. Esta situación queda muy clara en la concesión a Fuentidueña de su independencia en 1328; Los poblado- res del lugar podrán coger en los montes madera para hacer sus casas y adobar el castillo, además de cargas de leña tres veces al año 198 . En un determinado momento este monte se explota de forma más intensiva. Así se deduce de la información contenida en la cesión de propiedades en Estremera en torno a 1300, donde se habla de pe- dazos de monte explotados y otros por explotar, apareciendo esta ex- plotación de monte parcelada en pequeños pedazos a surco los unos de los otros 199 . En ocasiones se estimuló y se impuso la roturación de los montes. Contamos con un texto donde se dispone que: e si algunas ma- tas de montes en ellas oviere (se refiere a una heredades en Villarejo), las crien o las roçen faziendo d’ellas lo que quisieren. La alusión no puede ser más clarificadora de la realidad en al que venimos insistiendo 200 . Este aprovechamiento del monte llevó, sobre todo en zonas donde suponemos la orografía lo imponía, a un sistema de cultivo en terrazas, por ejemplo de viñas, como señala un arrendamiento de las mismas situadas en el monte cerca de San Felices en 1240 201 . La colo- nización de espacios naturales se amplia en la zona de Segura a el aprovechamiento de las sierras que aparecen como elemento inte- grante de la propiedad. La caza, los recursos madereros y los frutos

197 D.W. Lomax, La Orden, págs. 257-262, nº 24.

198 M. Rivera, La Encomienda, págs. 464-466, nº 245.

199 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

200 M. Rivera, La Encomienda, págs. 429-431, nº 221.

201 Vid. D.W. Lomax, “Apostillas”, ob. cit., pág. 30, nº 5.

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silvestres podrían constituir inicialmente un activo de estas unidades de producción. Este ocupación del monte y sierras no se limitó a las zonas más abruptas sino que en ocasiones parece intuirse en la documenta- ción una industria vinculada a la explotación de madera, al aludirse a determinados lugares como alamedas, como unidades de produc- ción 202 . Hecho que se ve ratificado con la aparición en algunos docu- mentos como el citado de Estremera de un serrero, actividad sin duda relacionada con esta industria muy diversificada. Como sabemos, en la zona de Segura se desarrolló una producción vinculada a la obten- ción de pez, materia resinosa, obtenida junto con el alquitrán de la quema de leña de pino 203 , en las pegueras, hornos que analizaremos en su apartado, pero utilizados con profusión en las encomiendas de las Sierras de Segura y donde el comendador obtenía importantes bene- ficios de esta producción 204 . Esta explotación de monte incluye zonas muy agrestes, que los documentos señalan de forma muy concreta. En la cesión de Bala- zote en 1316, se habla de prados, pasturas, yerbas, aguas lleneras co- rrientes y no corrientes, montes llanos, montañas e incluso selvas —la utilización de termino latino silva, para referirse a los bosques, impli- ca esa percepción de una zona frondosa sin ocupación humana— lo que nos hace suponer una zona totalmente virgen, donde se hace una alusión expresa al aprovechamiento de todos estos recursos 205 . Esta utilización de zonas poco o nada colonizadas aparecen en estos lugares que señalábamos de escasa humanización. En el acuer- do suscrito entre calatravos y santiaguistas en 1239, se alude a que los espacios de monte, podrán ser adehesados en tres zonas bien diferen- ciadas aquellas más agreste que se utilizaran para pastar y cortar le- ña, y donde es habitual la existencia de cursos de agua 206 . Existen

202 Documento referido a Azuaga, vid. A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2.

203 Exactamente la pez se obtiene de la destilación de la trementina, sustancia que se obtiene de la resina de los pinos, como veremos con detalle en el correspondiente apartado. En cuanto al alquitrán se trata de un derivado que se obtiene añadiendo a la pez, sebo, resina y aceite.

204 Vid. M. Rodríguez Llopis, Doc. de Moratalla, págs. 70- 71 y suponemos que su comercia- lización ya que este producto aparece en los aranceles que se cobran en Uclés y Alharilla, donde la carga de pez paga nueve dineros, vid. D.W. Lomax, La Orden, págs. 278-279, nº 36.

205 Vid, M. Rodríguez Llopis, Doc. siglos XIV y XV, págs. 1-4, nº 1.

206 Estas zonas poco articuladas suelen incluir estas referencias a aguas, fuentes, prados y pastos, especificando que se trata de aguas corrientes (ríos y manantiales), vid, la cesión ini- cial de Montánchez, vid. J. González, Alfonso IX, págs. 717-719, nº 620.

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otras para cazar, esencialmente conejos y otras cercadas para bueyes que se utilizaran para arar, según el texto 207 . Esta explotación de las aguas incluía una utilización de sus re- cursos en la donaciones de Segura y Galera. Se citan junto a esta refe- rencias de explotación natural, la existencia de molinos y pesquerías. Esta pesquerías se regulan con todo detalle en el fuero de Usagre. Su art. 161, que se refiere a los molinos construidos en zonas vírgenes, establece que las pesquerías estarán acotadas, teniendo como media- da máxima diez estadales y mínima de tres 208 .

b.3) El quiñón Frente a las ámbitos anteriores más relacionados con territo- rios incultos, encontramos unidades de producción estrechamente relacionadas con una especialización del aprovechamiento relaciona- da con ámbitos agrarios: quiñones, viñas, huertos; Otras relacionadas con el ámbito ganadero aunque no en exclusividad pudiendo verifi- carse su carácter agropecuario: sernas y dehesas, cuya principal im- portancia está en que se trata de unidades perfectamente definidas a partir de su acotamiento. El quiñón es un foco de organización productiva relacionado con la producción de cereal pero en estrecha relación con su siembra en lugares con riqueza de agua o zonas ribereñas. Ciertamente su profusión documental se constata en zonas de este tipo y vinculada en muchos casos a partes u horas de molinos que evidencian esa rela- ción con el cereal. En 1223, María vende dos horas de molino en Ma- gacela, junto a la venta de Domingo Muñoz de veinticuatro quiñones y trece que vende un tal García 209 . Esta vinculación con zonas ribereñas aparece de forma explí- cita en la importante concentración de quiñones en zonas como Al- maguer junto al Riánsares, donde en 1226, se venden sesenta quiño- nes cercanos a zonas de pozos y zonas de molinos que controla la Or- den sobre este curso fluvial 210 . Cerca del Vedija también encontramos este tipo de marco de producción cerealera como unidad de aprove- chamiento agrario tremendamente parcelada próxima a cursos flu- viales 211 .

207 M. Rivera, La Encomienda, págs. 375-377, nº 172.

208 El estadal es una medida de longitud que equivale a 4 varas, aproximadamente tres metros.

209 vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 310, nº 102.

210 vid. Ibid, pág. 343, nº 130.

211 Ibid, pág. 374, nº 169.

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No obstante esta vinculación productiva con zonas ribereñas no siempre queda explicitada, aunque ciertamente la referencia a quiñones no aparecen en zonas donde la explotación de los ríos es menos importante como Extremadura o el Campo de Montiel. Como decíamos algunas referencias a quiñones no siempre aparecen en zo- nas claramente ribereñas, constatamos su presencia en propiedades de la Orden en Estremera que si bien no están sobre el Tajo, si se en- cuentran muy próximas 212 . Es por tanto posible definir el quiñón como la unidad básica de explotación campesina cuya equivalencia podría establecerse con una yugada de heredad y con una dedicación claramente cerealísti- ca 213 .

Sin embargo no se trata de la más pequeña unidad de explota- ción ni en zonas ribereñas donde la profunda ocupación llevó a la existencia de hazas, como delata el documento anterior que aparecen vinculadas a aceñas y a alamedas, claramente zonas de ribera. Ni en algunas zonas de monte e incluso vinculadas a las carreras, donde encontramos el pedazo, como mínima expresión de la actividad pro- ductiva y que posiblemente correspondería a un campesinado sin po- sibilidad de disponer tanto para las hazas como para los pedazos de una yunta de bueyes para su trabajo.

b.4) Huertos y viñas Estas unidades de explotación aparecen en numerosas ocasio- nes vinculadas y relacionadas con zonas de riego por lo que inicial- mente las valoramos en conjunto, aunque analizaremos su extensión de forma individualizada. Conviene incidir en que si bien las viñas, pueden constituir una pequeña unidad en un marco más amplio, en ocasiones constituyen importantes extensiones que implicaría su va- loración como viñedos y por tanto como marcos. Los huertos son en la mayoría de los casos citados como ele- mentos anejos a las zonas ribereñas y poco informan los textos sobre ellos y sobre su extensión. En algunas documentos comprobamos una identificación clara entre viñas y huertos lo que incita a pensar en una explotación de ambos cultivos en un mismo marco territorial. Aun- que ciertamente como veremos la viña tuvo una autonomía espacial en relación al huerto y al regadío, por otra parte lógica, ya que la vid es esencialmente un cultivo de secano cuyo mejor fruto para la obten-

212 Vid. Hacia 1300, A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3. 213 Vid. J. Gonzalez, Repoblación, II, págs. 184-185, cuyas opiniones sobre el quiñón verifica en los señoríos calatravos, E. Rodríguez, La formación del feudalismo, págs. 204-205.

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ción del vino se obtiene con bajas precipitaciones y escasez de agua. Por tanto, debemos suponer que estas zonas de vid ribereñas tuvieran una relación con el consumo del fruto (uvas de mesa), y no con la ex- plotación vinícola. En algún caso esta explotación de huertos y viñas se vinculan a la existencia de zonas de riego. En Noblejas, se entregan casas, tie- rras de aradas, viñas y huertos y se incluyen en la donación de estos bienes los regamientos de las mismas 214 . Esta relación entre la huerta y el riego aparecía como veíamos en la cesión de propiedades a la Or- den en Andújar donde las aranzadas de huerta aparecía supeditadas de forma expresa a zonas de aceñas 215 . Sin embargo, en ocasiones se percibe un conflicto entre el rie- go y la actividad primordial de los molinos, moler el grano. En Usa- gre su fuero dispone en su artículo 161, que los huertos y las zonas de lino —almares—, no se rieguen con el agua de los molinos que se uti- lizarán para la transformación del grano y no para el riego. En este lugar comprobamos que los huertos se regarían con lo que se deno- mina fuentes de perenal (pozos), al establecer el art. 160, que arroyo que echare in qualicumque hereditate, sit III braçadas per carrera en ancho a todo redor de la fuente, et sierre su labor como es fuero si otra agua non ovie- re que abonde, es decir se realizan pozos en las zonas de huerta dispo- niéndose su tamaño e incluso disposición y profundidad. Estamos ante un control férreo del agua ya que nadie que tenga pozo en su he- redad podrá dar agua a otros. En algunos lugares estos huertos se vinculan con una explota- ción de cereal de regadío donde aparecen huertas anejas a la produc- ción de cereal 216 o relacionadas con olivares aunque con una cercanía muy clara de los cursos de agua 217 . Las zonas de huerta se encuentran también profundamente parceladas y en ocasiones su arraigo como marco productivo viene de antiguo. En la zona de Estremera encontramos huertas viejas, junto a otras que no reciben este apelativo lo que indica esta continuidad en

214 vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 350, nº 140.

215 J. González, Fernando III, tomo III, págs. 96-98, nº 576. Esta vinculación aparece de forma reiterada en numerosos documentos, vid. Ibid, pág. 401, nº 193, se donan viñas, huertos, ríos, fuentes, pastos, montes, aceñas y molinos (resulta interesante esta distinción que no todos los autores establecen, explicando que aceñas resulta una arabismo para designar la palabra moli- no, que como veíamos son realidades diferenciadas).

216 vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 418-419, nº 211.

217 En Ovello (Córdoba), junto a unos pedazos de viña de olivar se dan tres pedazos de huerta y un olivar, además de un molino situado debajo de las viñas en el arroyo que llaman de la huertas, vid. A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2.

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la explotación. Además estas huertas se entregan a la mitad y están a

surco de otras como la de Paniagua y otras cuya designación se realiza

a través del antropónimo, lo que indica su subdivisión 218 . En otras

ocasiones los huertos se vinculan a la extensión de arboles frutales, dando lugar a explotaciones hortofrutícolas como la documentada en Balazote 219 . Esta estrecha relación entre huertos y viñas no es óbice para que en algunos textos aparezcan de forma independiente e incluso representando una importante centro productivo. Así al menos pare- cen manifestarse los documentos que en ocasiones aluden a viñas dentro de una mera enumeración de propiedades, casos en la que aparece relaciona casi siempre con los huertos, pero en otros como una entidad independiente que muchas veces se define en extensión mediante las aranzadas 220 . Desde esta óptica de gran explotación debemos entender la viña a que se refiere el documento de cesión poblacional de Villaru- bia, que tiene un gran tamaño al extenderse en el margen derecho de la carrera que une Ocaña con Villarrubia 221 . También la de Dos Ba- rrios que la Orden incorpora en 1210 222 y cuya explotación debió ser tremendamente importante ya que como observamos en el fuero otorgado por la Orden en 1242, el que traiga vino para vender en Dos Barrios daría portazgo al ser un producto excedentario en el lugar, mientras que el que trajera cebada o harina no lo dará, estando obli- gado a su pago si compra cereales 223 . Podemos establecer una cierta concreción productiva en determinadas zonas de la vid, más apta en unos lugares que en otros para su explotación extensiva 224 . Es necesario valorar el territorio ocupado por estas unidades de producción, a partir de la aranzada, medida utilizada para su cuantificación. Varios son los documentos que señalan la extensión en aranzadas de las viñas, que sin embargo no permiten establecer cla-

218 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

219 M. Rodríguez Llopis, Documentos del siglo XIV y XV, págs. 1-4, nº 1.

220 Se trata de una medida agraria utilizada en exclusividad en época medieval para medir vi- ñas y huerta, que tiene una cuantificación variable según las zonas en Castilla equivale a 4.472 metros y en Córdoba por ejemplo a 3.672 metros.

221 M. Rivera, La Encomienda, págs. 268-269, nº 55.

222 M. Pidal, Documentos, págs. 363-364, nº 268.

223 M. Rivera, La Encomienda, págs. 391-393, nº 185.

224 En Llerena y Reina encontramos una situación similar a la establecida para Dos Barrios, su fuero dispone, sus fueros establecen que no se pueda llevar vino a vender en Llerena y Reina de fuera de la villa, lo que implica a nuestro entender una concentración de esta producción en la zona, vid. Biblioteca de Palacio, mss. 696, fols. 342r-347v.

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ramente una extensión media y que es bastante variable, únicamente su ordenación en aranzadas parece clara. En Medellín recibe la Orden en 1235, siete aranzadas de viñas, cerca del Jandula y ocho aranzadas más en 1236. En el cortijo de Mezquinel en 1246, se donan quince aranzadas de viña y cuatro de huerta. En Segura de León en 1274, se entregan a los pobladores una aranzada de viña al igual que en el fuero concedido a Mérida en 1235. Por tanto parece posible suponer que la aranzada de viña es la unidad de producción de este cultivo vinculada a una familia nuclear para su explotación y la concentra- ción de diversas aranzadas supone un cultivo extensivo y más com- plejo de la vid. Sin embargo encontramos unas unidades de fragmentación vinculadas a la viña y que pueden ilustrar su parcelación y también la definición de esta unidad productiva. En una venta efectuada en 1214 se alude a que el objeto de transacción es un majuelo, que en princi- pio podríamos vincular con cepas nuevas, pero que en este docu- mento aparece vinculado con otros majuelos aledaños lo que puede implicar una cierta parcelación de las viñas, entendidas como gran explotación. Esta operación se sitúa en Oreja y por lo que hoy cono- cemos esta hipótesis de división no parece descabellada 225 máxime si tenemos en cuenta que en Usagre, toda viña que tuviera más de diez estadales (unos 30 metros), deberá estar acotada y si se hallan puer- cos, ovejas o carneros se pagarán sendas cabezas de ganado según se trate de viñas vendimiadas o por vendimiar. Este precepto foral es también interesante por que se estipula que los huertos y las viñas en esta localidad deberán estar vallados con una pared de cinco palmos en alto sobre la tierra 226 . En la zona de las sierras de Segura documentamos la existen- cia y donación de tres tahullas de viñas 227 , lo que supone que esta propiedad de la Orden en tierras murcianas respondería a una gran explotación de este cultivo 228 . La extensión de la explotación de vid en los señoríos santiaguistas tiene un relación directa con las importan- tes rentas que suponía la comercialización del vino, producto muy importante para el hombre medieval.

225 Ibid, págs. 287-288, nº 73.

226 Vid. Ureña, F. de Usagre, art. 105.

227 Esta medida agraria vinculada a tierras de regadío se utiliza fundamentalmente en Grana- da, Almería y Murcia, y tiene 40 varas de lado o 1600 varas cuadradas, lo que equivale a 11 áreas y 18 centímetros.

228 vid. Torres Fontes, Documentos de Cehegin, págs. 117-124, nº 8.

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La viña se expandió por muchas zonas geográficas en princi- pio difíciles de colonizar, situación que añadió dureza a un trabajo de por si muy importante para su puesta en explotación que nos ha sido transmitido la documentación. En 1240, se conceden en arriendo a Juan Martín y a su esposa dos pedazos de viña en San Felices, lugar próximo a las lagunas de Ruidera, estas viñas están desiertas y situa- das en el monte por lo que debemos suponer un cultivo en terrazas, como el que hoy se observa en el lugar. El documento describe la actividad que es necesario desarro- llar para su puesta en explotación. En primer lugar deben entremeter la tierra, suponemos que deben arar lo que puede implicar que deben disponer de yugo; Luego deben excavar, podar cavar y vinar que con- siste en un segundo volteo de las viñas. Se establece que sin no labran en un año perderán la posibili- dad de producir en ella y si no lo hacen en dos años pierden sus bie- nes raíces ellos y sus herederos. Debemos intuir que se refiere a los utensilios necesarios para la explotación de esta viña 229 . Andando el tiempo el cultivo de la vid generó una industria de transformación vinculada a ella, donde además de convertir la uva en vino se almacenara y comercializara. En 1327, la Orden compra una viña, en Val de Matança, en el término de Mérida por 30 libras, que incluye una tierra calva, dos cubas, tres tinajas, un almadras, cua- tro cabezales y dos alfamares. Estos elementos delatan que esta unidad de explotación incluía al menos cuatro camas, lo que implica la resi- dencia sobre el lagar. Ciertamente estamos ante una explotación de la viña además de como un cultivo como una industria de transforma- ción de este producto agrario que se almacena y posiblemente entre en circuitos comerciales 230 .

229 D.W. Lomax, “Apostillas”, ob. cit., pág. 30, nº 5. Suponemos que estos plazos son a partir de un determinado momento ya que, antes de cinco años es difícil sacar provecho a las cepas. 230 A.H.N., Uclés, carp. 199, nº 2. Resulta interesante comprobar como la explotación de los lugares de fermentación medievales tienen mucho que ver con algunos que se conservan ac- tualmente; En ellos, el lagar esta situado bajo la vivienda de los productores, semienterrado, para favorecer la fermentación. Esta residencia nos las confirman los alfamares o colchas de cama (viene del árabe al-hamar, vid. Martín Alonso, Diccionario Medieval, tomo I, págs. 229), en cuanto al almadraque (del ar. al-matrab), se trata de colchones y de los correspon- dientes cabezales de cama, que aparecen en otros fueros como en Usagre (Martín Alonso, Ibid, pág. 247). Por tanto esta explotación de la vid que incluye su almacenamiento y posible fermentación, responde a esta disposición del lagar bajo la vivienda. No resulta extraño que entre los bienes del hospital de Talavera, se citen dos vigas de lagar, se trata de vigas que de- ben ser especialmente grandes y cumplir unos determinados requisitos para mantener la tem- peratura y humedad adecuadas para la fermentación del vino y que paradójicamente aparecen

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b.5) Las sernas Las sernas, constituyen la unidad de monopolio señorial por excelencia. Sobre la evolución terminológica de este vocablo se han realizado estudios monográficos que han situado su progresivo cam- bio desde una ámbito de trabajo comunal sobre todo en el norte pe- ninsular, para identificarse con el tiempo como una zona de explota- ción intensiva monopolizada por los señores. Convirtiéndose en los ámbitos de mayor riqueza productiva dentro de un señorío, explota- das en muchos casos con las prestaciones en trabajo que los campesi- nos realizaban en reconocimiento de su dependencia. Para culminar su proceso designado el trabajo a efectuar para el señor. Toda vez que cae en desuso la explotación directa, se produce su conversión en una renta en dinero fruto de la antigua prestación 231 . Nuestra escasa información documental nos sitúa las sernas que aparecen en los señoríos santiaguistas como unidades de explo- tación directa que la Orden monopoliza y que cuenta con una clara definición territorial. Podría pensarse en zonas de cultivo cerealero intensivo en las zonas de ribera. En 1207, la Orden se reserva en Villa- rubia, las sernas de donde podemos intuir que se trata de diversas unidades de producción 232 . En Dos Barrios se reserva en 1210, una dehesa y media serna, que luego explotará la Orden. No disponemos de datos sobre su extensión. Puede corresponder con un espacio acotado ya que, en 1227, se habla de la dehesa de la Serna, donde se alude expresamente a su explotación cerealera 233 .

b.6) Las dehesas

como un bien de una encomienda, vid. A.H.N., Uclés, carp. 323, nº 8, en un inventario de bie- nes realizado en 1238, Agosto.

231 En este sentido destacan los trabajos del prof. Cortázar, La sociedad rural, en especial págs. 101-103, y sus discípulas C. Díez, La formación de la sociedad feudal, págs. 128 y ss. donde ve la serna tal cual nosotros la valoramos como el final de un proceso evolutivo dentro de la sociedad de Valle en Cantabria y sobre todo el trabajo monográfico de E. Botella, La serna, en especial págs. 44 -46, donde cuestiona la relación entre sernas y reserva señorial, en su sentido tradicional, aunque sí admite que se convierten en una zona de explotación intensi- va explotada de forma monopolística.

232 M. Rivera, La Encomienda, págs. 268-269, nº 55.

233 A.H.N., Uclés, carp. 219, nº 2. En la dehesa de la Serna quando fuese de pan sacado anden los ganados sueltamente hasta la simienza.

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Otro espacio acotado y reservado son las dehesas que si bien en principio la Orden las monopolizó 234 , fueron la base como veremos del creciente poder concejil en determinadas zonas. Existen dehesas de diversos tipos. Unas dedicadas a las yuntas de bueyes suponemos que para su alimentación, pero son muy habi- tuales las de conejos, sin duda utilizadas para cazar y también flu- viales utilizadas para la pesca. Ya hemos aludido a documentos don- de aparecen estas dehesas como en el citado documento de Dos Ba- rrios. En Biedma encontramos en los primeros años del siglo XIII, dehesas de río que suponemos zonas de explotación monopolística de pesca y también dehesas de conejos 235 . En el acuerdo suscrito entre la Orden de Santiago y la de San Juan en 1237, se establece que existirán dehesas comunales, para ambas Órdenes de bueyes y caballos que estarán cerradas. Es obvio como comprobaremos que también existie- ron zonas adehesadas de producción agraria que se protegían de la entrada de ganados. En el acuerdo suscrito con los calatravos en 1239, se establecen dos tipos de dehesas, una de ellas agrícola y otra para conejos donde se prohibe expresamente el paso de los bueyes de arar. Este texto es especialmente interesante al definir diferentes tipos de zonas acota- das una más agrestes o sin colonizar que se utilizan para pastos, corta leña y donde suelen existir cursos de agua y otras más específicas y dedicadas a actividades muy concretas 236 . En algunos documentos la existencia de dehesas es inherente a los bienes de un lugar. Así en Galera y Segura encontramos entre los bienes que incorporan en sus donaciones dehesas. A veces los conce- jos establecen zonas de monte que acotan para su explotación, esta- bleciéndose que se críen y rocen estas mantas de monte. Esta realidad

234 Son varias las referencias documentales a las dehesas de la Orden a las que aludiremos a lo largo del texto, sirva un ejemplo de estas en el F.R.U. donde que dice que todo hombre que viniera con vacas o bueyes a “nuestra” dehesa (se trata de una dehesa de la Orden) peche por cada cabeza un mencal si es de día y de noche, dos mencales, por caballo y cerdos peche de igual forma. Si se trata de un rebaño de ovejas, de día cinco carneros y de noche sesenta car- neros, una pecha muy significativa, vid. art. 82. Esta dehesa está muy regulada en el fuero el art. 207, regula quien podrá entran en la misma y el 217, regula su utilización por las recuas.

235 M. Rivera, La Encomienda, pág. 334, nº 117.

236 Sobre las dehesas el F.R.U. se extiende de forma importante, aludiendo en alguno de sus artículos al vallado de las mismas, en el art. 81. se dispone que quien quisiera vallar la dehesa que realice una cerca que tenga 3 palmos de fondo y tres de amplio, si se hace con palos que ésta llegue a la altura del pecho, quien no lo haga así que peche.

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aparecen en un acuerdo suscrito entre lugares santiaguistas y del obispado de Segovia en 1267 237 . Con el paso del tiempo algunas realidades productivas sufren importantes modificaciones y esto sin duda también afectó a estas zonas acotadas. Disponemos de una información que nos habla de la parcelación de nada menos que de la dehesa de Palacio en Estremera, donde se cede un quinto de la misma 238 . Pero estas modificaciones tienen sus matices locales ya que en zonas cercanas como en Fuenti- dueña, la Orden monopoliza la totalidad del monte. En 1328, la Or- den autoriza a sus pobladores para proveerse de madera, de la entra- da en el monte únicamente tres veces al año 239 . La ruptura del monopolio sobre los montes constituyó uno de los principales litigios entre la Orden y sus concejos. En consecuencia éstos, en muchos casos se repartieron entre la Orden y los concejos, siendo las dehesas concejiles la base de un poder territorial progresi- vo de los mismos que tendremos oportunidad de analizar. En Méri- da, por ejemplo en 1235, los señores, el arzobispo de Santiago y la Orden, se reparten con el concejo de la ciudad las dehesas de nemori- bus y cuniculorum 240 .

b.7) Algunas unidades aisladas Existen algunas unidades cuya profusión documental es esca- sa en nuestra zona pero que responden a realidades muy extendidas en el norte peninsular, nos referimos a los villares. Disponemos de una única referencia que aparece en el acuerdo de 1237 entre la Or- den y los sanjuanistas, aquí se habla de villares poblados por ambas Órdenes que pueden responder a explotaciones de tipo ganadero, zonas de concentración de ganado esencialmente. Por otra parte en la zona de Biedma encontramos la referencia a villanis que pudieran re- ferirse a unidades de explotación hortofrutícola ya que aparecen en una relación tras heredades cultivadas y sin cultivar y tras viñas 241 , aunque no sabemos con certeza a que se refiere. Y por último una re- ferencia a un hijuelo, pudiera tratarse de una explotación de reciente cultivo o aludir a un determinado tipo de parcelación, desconocemos a que hace referencia 242 .

237 M. Rivera, La Encomienda, págs. 429-431, nº 221.

238 A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3.

239 M. Rivera, La Encomienda, págs. 464-466, nº 245.

240 Vid. Bullarium, págs. 106-107.

241 M. Rivera, La Encomienda, pág. 334, nº 117.

242 Ibid, pág. 374, nº 169.

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A.2.3.1 Unidades de producción no territorial En este apartado nos ocuparemos de los molinos y los hornos. Los hornos suponen unidades de producción que no implican territo- rialidad. En cuanto a los molinos, pueden suponer un ámbito territo- rial concreto, sobre todo al estudiar las azudas que integran diversos molinos, pero lo habitual es su falta de definición territorial y por ello los valoraremos en este epígrafe. Estaríamos ante unas infraestructu- ras tecnológicas que introducen un nuevo ámbito productivo, la in- dustria de transformación de las materias primas.

a) Los molinos El trinomio azuda, aceñas, molinos, resulta de gran importan- cia en numerosos lugares ocupados por los santiaguistas. Ahora bien, si estamos ante tres realidades vinculadas en algún caso estos tres elementos aparecen como independientes, sobre todo el molino cuya importancia en nuestra época de estudio es decisiva en la transforma- ción de las materias agrícolas y vegetales en productos aptos para el consumo, además de su importancia en otras actividades como la fa- bricación de paños que valoraremos oportunamente. Estos tres elementos aunque estrechamente vinculados res- ponden a realidades productivas en ocasiones relacionadas pero en otras autónomas e independientes. La azuda o azud, que deriva de la palabra árabe as-sudd (la ba- rrera, la presa), responde a marco amplio que puede incorporar ace- ñas y molinos. Se trata de un complejo de presas que permiten me- diante su control la expulsión de agua que posibilita la movilidad de una gran rueda vertical afianzada por el eje en dos grandes pilares 243 . Es movida por esta fuerza del agua y se utiliza para extraer ésta. En muchos casos está relacionada con el riego de campos. En cuanto a la aceña que deriva del árabe as-saniya (la que eleva el agua) ha de rela- cionarse más con molinos harineros en las riberas y como vemos in- cluso etimológicamente se distingue claramente de la azuda. En cuanto al molino cuya etimología deriva del latín molinum, estamos ante una maquina de moler, compuesta por una muela, una solera y los mecanismos necesarios para transmitir y regularizar el movi-

243 Estas presas se construían por norma general en argamasa. Se dispone de una información sobre una presa en Membrilla que tenía una altura de tres palmos y una mano, Vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 149- 150, en cuanto a la rueda era de madera, material prioritario en la construcción de los molinos.

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miento producido por una fuerza motriz, ya sea ésta el agua, el viento

e incluso un animal 244 . Sus aplicaciones pueden ser diversas. Podemos tener un moli-

no harinero, aceitero u otros dedicados a la extracción de agua; Bata- nero dedicado a la industria textil con la incorporación de unas palas

o mazos que golpean la lana o los tejidos según los casos 245 . En algu-

nas zonas peninsulares a la explotación del arroz, con lo que su apli- cación y mecanismo varia considerablemente. El aprovechamiento de los recursos hídricos y su fuerza mo- triz para actividades de transformación aparece en muchos docu- mentos, inicialmente como una explotación genérica al aludirse en muchos textos a las aguas, ríos, etc., lo que implica un aprovecha- miento de estos recursos, pero ya en los años finales del siglo XII, se alude de forma expresa a esta realidad productiva de gran interés en la época 246 . En un importante acuerdo entre doña Orabuena y la Orden en 1185, se estipula que la Orden no podrá construir presas anteriores a la que posee esta señora y se dispone que tendrá que haber una dis- tancia prudencial entre ambas que no se especifica. Lo cierto es que este documento denota una gran preocupación por racionalizar esta explotación de presas 247 . Es sin embargo en determinadas zonas como Aranjuez donde la concentración de estos molinos incluye una mayor descripción de los mismos y un mejor acercamiento a su realidad. Disponemos de

244 El molino incorpora todo este aparellaje y además algún tipo de estructuras vinculadas a él que bien pudieran estar relacionadas con formas de reparto del agua. Algunos textos unen a donaciones de molinos otras realidades como las molinas o mulinarias que aparecen en de- terminados documentos, aunque desconocemos con exactitud a que se refieren, vid. M. Ro- dríguez Llopis, Documentos siglos XIV y XV, págs. 1-4, nº 1, donde se habla de estas molinas o mulinarias.

245 Estos molinos se disponían en un cigüeñal con eje excéntrico, que con los movimientos del agua, golpeaban los paños que se encontraban en una pequeña cuba inferior cubierta por una fina capa de agua; Estos golpes servían para desapelmazar la lana o para obtener en los paños la textura deseada. Este tipo de molinos, los bataneros, supusieron un gran avance en esta in- dustria, ya que antes esta labor se hacia con hombres que pisaban estos paños, sistema que aún hoy podemos comprobar en el barrio de los tinteros de Fez.

246 Algunos autores han establecido una relación entre la consolidación del feudalismo y la extensión del molino, vid. Ramón Martí, “Hacia una arqueología hidráulica: la génesis del molino feudal en Cataluña”, en Arqueología Medieval, págs. 165 y ss.

247 Et quicquid infra predictos villarum predictarum términos continetur sive in flumine sive extra flumen sit inter eos equaliter per medium sicut surascriptum est, excepta predicta presa domne Orebone et excepta presa quam prefati frates debent facere, quas presas uterque sepa- ratim habere debet sicut supradictum est. Vid. J. L. Martín, Orígenes, págs. 362-365, nº 181.

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tres interesantes noticias relacionados con esta zona. En ellas se alude a este tipo de explotaciones en el Tajo 248 , donde en opinión de M. Ri- vera su potencial hidraúlico permitió la existencia de lo que ella llama parada de açeñas, esto es la concentración de molinos en un determi- nado lugar, es decir, una presa disponía de varios molinos vincula- dos. Como hemos tenido ocasión de comprobar en el estudio de las encomiendas del Tajo, esta zona fue explotada de forma extensiva en cuanto a la producción hidráulica, dando lugar a la formación de nú- cleos dedicados en exclusividad a el aprovechamiento de los molinos, como el complejo de Buenamesón donde aún hoy se explotan estos recursos mediante la existencia de una central eléctrica de carácter privado, lo que implica una utilización sin interrupción, desde finales del siglo XII. En la primera noticia fechada entre 1195 y 1202, don Martín, abbat y sus aparceros se comprometen a realizar aceñas en el Tajo, dando la tercera parte de lo que ganaran al comendador. El docu- mento dispone que utilicen toda la madera que necesiten del soto de la encomienda, para adobar y realizar las labores de los molinos, comprometiéndose a su explotación que sin duda, requería diversos trabajos especializados, y en el caso de que no trabajaran estas aceñas durante una año las perderían. En 1221, unos particulares vende a don Pascual de la Forcaja- da una azuda en Aranjuez por veinte maravedíes. Esta realidad pro- ductiva debe incluir distintas propiedades anejas ya que se da con entradas y salidas. Estos anejos bien pudieran ser aceñas o molinos vinculados a esta azuda. En el último documento fechado en 1226, se distingue clara- mente entre los términos aceñas y azudas: vendi quanto avia en las acennas de Aranzuel e en toda el açuda con toda su agua con entradas e con exidas e con todas sus pertenenecias. Esta información explica de forma clara como la azuda integra diferentes aceñas y se convierte en un re- ferente de cierta importancia. Las aceñas incorporan además entre sus bienes de explotación las presas anejas a las mismas, por tanto esta- mos ante una realidad productiva de una cierta complejidad. Estos documentos junto con los citados sobre los molinos de Torrelengua, introducen una idea interesante, la explotación de estos molinos conllevó una fuerte parcelación de la propiedad, que implica una producción y construcción comunitaria de los molinos hecho no

248 Vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 264-265, nº 48, págs. 293-294, nº 83, pág. 340, nº

124.

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exclusivo de Castilla sino ampliable a otros reinos peninsulares 249 . En los citados documentos sobre éste lugar se compran partes de moli- nos 250 . En el Cigüela donde la explotación hidráulica en opinión de M. Rivera, es más estacional y por tanto menos intensiva que en el Tajo, encontramos esta parcelación importante en la utilización de los molinos, sin duda, heredera de una construcción comunitaria. Obser- vamos una explotación muy importante, se venden horas de molino de mañana y noche, lo que implica una producción sin interrupción de estos lugares 251 . En algún caso esta explotación de aceñas y molinos conlleva el establecimiento de barcas, cercanas a esta presas donde se desarrolla una importante industria de piscifactoría, donde se llegan a acotar dehesas de ríos como la documentadas en Biedma entorno a 1220 252 . Esta realidad productiva aparece también de forma muy significativa en la zona de Segura, donde en las donaciones de Galera y Segura se alude al trinomio ríos, molinos y pesquerías que no son otra cosa que el resultado de este aprovechamiento de la pesca en zonas próximas a los molinos. En ocasiones la existencia de estos elementos de aprovecha- miento de los cursos fluviales, tienen una relación directa con la ex- plotación de determinados cultivos estrechamente vinculados con el riego. Como es sabido la sociedad hispanomusulmana utilizó de for- ma intensiva el cultivo de regadío y algunos textos permiten adivinar ciertas pervivencias de este tipo actividades relacionas con marcos espaciales concretos. En 1224, el monasterio de San Julián de Sierra Javalera, situado entre Barajas de Melo y Vellisca, vende cuanto posee en la Almunia a la Orden de Santiago. En este documento se identifi- ca claramente esta aldea, cuyo topónimo nos indica etimológicamente la existencia de una producción de regadío, a partir de la azuda que incorpora esta aldea 253 . Esta propiedad posiblemente heredera de una

249 Vid. R. Martín, “Hacia una arqueología”, ob. cit., pág. 176. Esta vinculación entre la in- dustria molinar y el trabajo colectivo en los molinos llevó a un gran desarrollo de la aparcería alrededor de este tipo de explotaciones . El fuero de Usagre es muy indicativo, su art. 207, establece que todos los hombres que tuvieran aparcería en molinos o en aceñas o en aldeas que hagan su cabildo donde quieran. Esta explotación comunal se fomenta de forma impor- tante en esta localidad extremeña, al menos tres artículos forales la desarrollan, organizan y estimulan (vid. F. de Usagre, art. 437, 456 y 459).

250 Vid. M. Rivera, La Encomienda, pág. 294, nº 84.

251 Ibid., pág. 310, nº 102.

252 Ibid, pág. 334, nº 117.

253 Videlicet quartam partem de ipsa aldea vocta Almunia et la azuda ipsius aldee que est in Tago, vid. Ibid., págs. 310-311, nº 103.

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antigua alquería islámica que incorpora un castro, unas casas, tierras cultas y incultas, pobladas y desiertas además de pastos y montes, tiene una clara vinculación productiva con la azuda que suministraría de riego a este lugar. El topónimo la Almunia es fiel reflejo de esta continuidad productiva y vinculada al regadío . Pero no se trata de un caso aislado. Como teníamos ocasión de comprobar al analizar los cortijos, las torres de Mezquinel y Maquiz, en la encomienda de Segura, incorporaban dentro de su actividad productiva dos molinos 254 que sin duda servían para el riego de los abundantes huertos que incorpora la explotación de éstos. Se trata por tanto de comprobar como en algunas zonas pese a la extensión del cultivo cerealero intensivo e extensivo y a la ganadería se desa- rrolló un cultivo de regadío en base a estas azudas y molinos que concretaron marcos de explotación diferenciados en relación a zonas de secano 255 . El binomio huertos-molinos representa una realidad productiva en los señoríos santiaguistas de la Submeseta Sur, que de- fine un tipo de aprovechamiento muy concreto 256 . Se constata en determinados lugares, una agrupación de aprovechamientos de regadío en zonas ribereñas donde se concen- tran propiedades de diversas Órdenes, cuya vinculación con el riego es evidente. En 1236, la Orden recibe diez yugadas de bueyes para año y vez en Cabeza Gorda, cerca del río Jándula, además de ocho aranzadas de viña y un aranzada de huerta junto a este río, que están muy próximas a otras que tienen la Orden de Calatrava y el Hospi- tal 257 . En esta misma zona además de estos cultivos se concentran

254 J. González, Fernando III, tomo III, págs. 301-303, nº 735.

255 Esta importancia del regadío tanto para la explotación hortofrutícola como para el cereal queda reflejada de forma explícita en algunos textos. En un permuta de heredades en la ribera del Cigüela en 1259, el documento establece lo siguiente: E nos don Diago Royz, con consseio de bonos freyres que se açertaron e connosco e connosçiendo que nos dava muy buen camio e más tierra e meior pora levar pan, demos nos a don Domingo Perez dos faças de tierra que caben tres kafiçes de simiente que nos aviemos, las quales se tiene con la su huerta d’amas partes e afruentan en el calze de los sus molinos e en la su salzeda e afruentan en la madre del río. vid. M. Rivera, La encomienda, págs. 418-419, nº 211. Este documento es tremendamente ilustrativo de la riqueza que las tierras de regadío tienen y de la inquietud por definir marcos de explotación rentables y productivos por parte de los santiaguistas, la cercanía a los molinos (mecanismos aquí de riego) revalorizan estas tierras.

256 Un buen ejemplo lo constituye la relación de elementos productivos a los que alude el fue- ro de Cáceres en 1229, vid. A. Floriano, Doc. Historia del A.M. Cáceres, pág. 7-9.

257 Cada Orden dispone de una aranzada de viña, además de una aceña y una pesquería: et do vobis unam arençadam orti et sit in unum cum aliis ortis quos dedi ordini Calatravensi et ori- ni Hospitalis Sancti Johannis, et similiter do vobis unam aceniam in illa piscaria in qua prius

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aceñas y pesquerías, lo que nos permite hacernos una imagen de este tipo de formaciones económicas. Esta explotación de zonas ribereñas se caracteriza por una parcelación extrema de la producción agrícola en pequeñas hazas y una explotación del entorno arbustivo en torno a las riberas como de- notan algunos documentos. Ya hemos aludido a una salceda que se aprovecha junto al Cigüela. En la zona de Estremera, encontramos la mitad de una alameda con una haza, junto a Fuente del Campo; en la Vega del Vililla, se da una haza junto a las aceñas de Andaver, así como otra en la Vega del Tajo y una junto a Valverde. Estas pequeñas porciones cuya etimología alude a pequeñas fajas, conforma un pai- saje ribereño junto a huertas que se sitúan a surco de las mismas 258 . Esta actividad de regadío sin duda necesitaba de unos siste- mas de canalización de riego que algunos documentos delatan aun- que de forma poco explícita. En el acuerdo con Doña Orabuena que veíamos anteriormente, se alude a una presa sobre el Tajo con sus molinos y sus canaribus y sus planiciis, que muy bien pudiera referirse a los canales de estos molinos y a las zonas de ribera que en forma de planicies pudieran servir para el cultivo de regadío. Sin embargo, esta no es la única interpretación posible ya que pudiera aludir a los uten- silios propios del molino y a las balsas que forma las presas aptas pa- ra el cultivo pero cuya explotación piscícola parece clara. En una importante donación que la Orden recibe a cambio de Azuaga en 1295, se nos habla de una zona de molinos cerca del casti- llo de Palma. Los santiaguistas reciben por ejemplo una cuarta parte de un molino, hecho que confirma esa parcelación de estos marcos de producción, y una serie de bienes que ya hemos relacionado con el regadío. La donación incluye dos partes de canal del río Guadalgenil, lo que daría pie a pensar en la existencia de un sistema avanzado de canales en torno a estas explotaciones ribereñas, aunque como deci- mos la información es escasa y su interpretación cuestionable. Los estudios arqueológicos se plantean muchas preguntas sobre este par-

habebatis vos unam et ordo Calatravensis aliam et ordo Hospitalis aliam. J. González, Fer- nando III, págs. 96-98, nº 576. 258 Vid. estas descripciones en A.H.N., Uclés, carp. 117, vol. I, nº 3. Cerca del Guadalgenil en la zona al sur de Azuaga, ya en la provincia de Córdoba, encontramos esta explotación de ar- boles y de hazas cerca de los cauces de los ríos, en esta ocasión se da un figueral y una alame- da además de dos hazas de tierra, vid. A.H.N., Uclés, carp. 92, nº 2.

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ticular pero en general defienden un perfeccionamiento escaso de las técnicas de irrigación durante la Edad Media 259 . Resulta una obviedad decir aquí que los sistemas de irrigación e incluso de la construcción de aceñas y azudas son un hecho que de- bemos vincular a las comunidades hispanomusulmanas que incluso permanecieron como mano de obra especializada en numerosos luga- res sobre todo de los señoríos santiaguistas que se extendieron por la zona Segura y aledaños. Sin embargo, en algunos casos la pervivencia se remonta a época romana o al menos a lo que las fuentes llaman la antigüedad, es el caso de los molinos de Torrelengua, donde en un documento de 1227 se alude a esta evidencia se da una tierra que es al molinar que fue de antiguedat 260 . Hasta aquí hemos valorado la importancia de los molinos co- mo elementos de explotación hidráulica y su relación con la agricul- tura. Sin embargo, no todos los que hemos documentado sirvieron para la molienda de grano o para el regadío de huertas, algunos como los batanes que incorporan un sistema de palas para tundir los paños fueron utilizados para la industria textil. Paulino Iradiel, en su obra, ya clásica, sobre la industria textil en Castilla, afirma que la gran ma- yoría de molinos documentados en las cuencas del Tajo y del Júcar son batanes utilizados en la floreciente industria textil de la zona vin- culada a la gran calidad de las lanas conquenses 261 . Estos batanes tu- vieron una importante extensión en las encomiendas de la zona del Segura, vinculada con la importancia de sus rebaños, pero las refe- rencias documentales son tardías, aunque nada indica que su cons- trucción no pudiera ser anterior 262 . También en determinadas zonas como las encomiendas de la Sierra del Segura y algunas del sur de Extremadura la importante extensión del olivar, conllevó la necesidad de molinos aceiteros que desde época hispanomusulmana se utilizaban de forma exhaustiva en estos lugares, dando lugar a importantes impuestos sobre las almaza-

259 Tanto para R. Martí como para M. Barceló, la actividad de riego durante nuestra época de estudio fue casi nula. R. Martí opina que la sociedad feudal mantuvo los sistemas de riego he- redados donde los hubo. En otros lugares el riego se realizó normalmente por inundación de los campos cercanos al río, por las crecidas periódicas, por capilaridad y en casos excepcio- nales con toscos canales. La definición de este sistema es difícil y necesitará de trabajos ar- queológicos que aún están por acometer en la rica zona hidráulica del Tajo. Vid. R. Martí, ob. cit., pág. 185.

260 Vid. M. Rivera, La Encomienda, págs. 344, nº 132.

261 Vid. Iradiel Murugarren, P., Evolución de la industria textil castellana en los siglos XIII- XVI, Salamanca, 1974, pág. 27 y ss.

262 M. Rodríguez Llopis, Señoríos y feudalismo, págs. 257 y ss.

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ras o molinos de aceite 263 . Estas unidades de producción generadoras de un nuevo e innovador marco de relaciones económicas, desvincula la actividad de la puesta en cultivo de tierras y de la actividad gana- dera.

Es posible concluir con un dato importante que no obstante valoraremos de forma monográfica al analizar la renta feudal. Estas realidades productivas como las aceñas, molinos y azudas fueron monopolizadas por la Orden, debido a su gran transcendencia para la vida campesina obligando con ello a sus campesinos dependientes a una importante sujeción a la hora de utilizar estos importantes cen- tros de transformación.

b) Los hornos Otro elemento de monopolio, los hornos, se convirtieron en referentes de producción muy significativos, por su importancia para el campesino medieval 264 . En general fueron una unidad productiva integrada en realidades más amplias pero en ocasiones tomaron carta de naturaleza como centro productivos individualizados. Existen al- gunos ejemplos aunque ciertamente escasos. En Dos Barrios en 1213 la Orden compra un horno por ocho maravedíes del cual se estable- cen unos limites, además de donarlo con entradas y salidas 265 . Esta- mos ante una realidad productiva que no sólo incluye el horno físico sino una serie de elementos anejos a la actividad. La necesidad del es- cribano de establecer que se vende integro con sus límites no hace si- no verificar esta idea. Contamos también con las padillas u hornos de pan, que también dispusieron en lugares como Moratalla de una au- tonomía en relación a otras actividades 266 .

263 Este impuesto general sobre la explotación de los molinos de aceite a la población musul- mana aparece claramente en un documento de arrendamiento fechado en 1273, donde entre otras cosas se arriendan los almazrames de numerosos lugares de la Sierra del Segura, vid. D.W. Lomax, La Orden, págs. 271-273, nº 32. Sobre la extensión de este tipo de molinos vid. M. Rodríguez Llopis, Señorío y Feudalismo, págs. 255-256 y también para la zona extremeña puede resulta ilustrativo el trabajo de Córdoba de la Llave, R., “Aceñas, tahonas y almazaras. Técnicas industriales y procesos productivos del sector agroalimentario en la Córdoba del si- glo XV”, Hispania, nº 170 (1988), págs. 827-874.

264 Son frecuentes las referencias a la posibilidad de tener horno para uso exclusivo del posee- dor en numerosas noticias, y también el control en general que la Orden tuvo sobre este tipo de actividad. En Llerena y Reina concedió al concejo en 1297, que aquellos que labrasen con una yunta de bueyes pudieran hacer horno, vid. Biblioteca de Palacio, mss. 696, fols. 342r-

347v.

265 A.H.N., Uclés, carp. 113, nº 4.

266 Menéndez Pidal, Documentos, págs. 421-422, nº 313.

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Pero sin duda el ejemplo más importante son las pegueras, hornos utilizados en la zona de Segura para la obtención de pez y al- quitrán 267 . Se trata de pequeños hornos cónicos de un metro de altura con una pequeña puerta en cuyo interior, se halla un banco corrido donde se colocan los botes con la resina. En el centro un hogar circu- lar sirve para colocar la leña que va cociendo la resina para obtener alquitrán y pez 268 . Su obtención requería una explotación en su entor- no y su extensión debió ser significativa a tenor de que los docu- mentos hablan de varios —se trata de explotaciones que albergan diez o doce hornos—. El producto obtenido muy apreciado, reporta- ba al comendador una renta de diez arrobas de cada peguera, según el uso de Segura, lo que nos permite suponer su importancia 269 . Este tipo de marcos productivos no parece exclusivo de Segura y podemos suponer su extensión por otras zonas. En conclusión podemos establecer que los marcos y unidades productivas desarrollados en los señoríos santiaguistas de la Subme- seta Sur responden a un gran desarrollo de la producción y a una di- versificación de las actividades tanto agrícolas como ganaderas, aun- que hemos tenido ocasión de comprobar como la industria de trans- formación empezaba a dar sus primeros pasos. La definición de los elementos integrantes de la estructura productiva santiaguistas ca- racterizadas por la indefinición terminológica a la hora de describir marcos y unidades interelacionados y en ocasiones complementarios, nos muestran como la documentación recoge una evolución muy rá- pida vinculada a un modelo en expansión y en proceso de consolida- ción que nosotros intentamos situar en una foto fija de carácter epis- temológico que provoca contradicciones de las que somos conscien- tes.

267 Aunque sólo los documentamos en Segura, esta realidad productiva se halla muy extendida por la Península, nosotros las hemos encontrado es Lastras de Cuéllar provincia de Segovia, donde se conservan como monumento arqueológico a una actividad que aún hoy es uno de los pilares de la economía local.

268 Se trata de una sustancia resinosa, sólida y lustrosa además de quebradiza obtenida una vez que calentados los recipientes con resina, obtenida por incisiones hechas con la azuela en los pinos. Estos generaban por calentamiento continuado en primer lugar el aguarrás que por des- conocerse su utilización se perdía, hasta obtener la trementina la cual por solidificación pro- duce la pez. Se trataba de un producto de primera importancia en el Medievo y aún hoy. Sirve para aislar cubiertas, para el calafateado de barcas, en las juntas de los zapatos y sobre todo para impermeabilizar de odres y botas de vino; también se marcaba con él al ganado. Hoy se consigue de forma industrial pero fue una actividad productiva de primera importancia al me- nos en la zona segoviana, durante muchos años de este siglo.

269 M. Rodríguez Llopis, Documentos de Moratalla, págs. 70-71.

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A.2.4. Cabaña ganadera y paisaje agrario A lo largo de los epígrafes anteriores al analizar determinados grados de transformación espacial y por tanto de organización pro- ductiva, hemos intuido la importancia que la ganadería tuvo en algu- nas de las zonas objeto de estudio en este trabajo. Esta producción ganadera es consustancial a la propia extensión de la Orden en la Submeseta Sur así como a la extensión del feudalismo. Es posible afirmar, que existe una estrecha relación entre el proceso de anexión de nuevos territorios, el fortalecimiento de la Orden como señor feu- dal y el desarrollo cuantitativo y cualitativo de la actividad ganadera como base de este proceso 270 . Determinadas zonas de estudio de este trabajo permiten el análisis de esta realidad al convertirse en unas ámbitos paradigmáti- cos de la importancia que la ganadería tuvo en la Submeseta Sur y de su peso en la consolidación de las Órdenes militares como señores feudales y agentes de expansión de este modelo 271 . Pero hay más: la extensión de este marco productivo generó un determinado paisaje como hemos señalado con anterioridad y desarrolló un determinado tipo de actividad económica entorno a la ganadería al convertirse ésta no sólo en una actividad productiva sino en la base de un intercambio comercial 272 , no sólo por ser el ganado un objeto de transacción de

270 En opinión de J.M. Mínguez, “Crecimiento ganadero, expansión territorial y afianzamiento de la aristocracia como clase dominante son las tres vertientes de un proceso estructural de larga duración que se identifica con la conformación y consolidación del feudalismo en el rei- no castellano leonés” y va más lejos “Dominio económico-social de la aristocracia y orienta- ción ganadera de la producción son dos caras de la misma moneda y dos claves para la inter- pretación de la historia medieval castellana”, vid. “Ganadería, aristocracia”, ob. cit. , págs.

352-353.

271 Esta realidad no es exclusiva de los santiaguistas sino que también lo es de calatravos y sanjuanistas, con los cuales a través de acuerdos se define un marco agrario, es más, trabajos recientes definen nuestra zonas de estudio como el marco donde se da la configuración de un paisaje eminentemente ganadero, vid. E. Rodríguez Picavea, La formación del feudalismo”, págs. 186-188.

272 vid. J.M. Mínguez, “Ganadería, aristocracia”, ob. cit., págs. 346-347. Esta realidad ha que- dado claramente reflejada en la documentación, baste ver el arancel de aduanas de Ocaña. En éste comprobamos el comercio ganadero. Se vende mulas, asnos, bueyes, puercos, ovejas, ca- bras, y corderos, como venta de ganado en rebaños o unidades. Pero también se establece la venta de las carnes de estos animales con impuestos bien distintos. El cordero ya se valora en función de su tamaño, se verifica la especialización en el consumo de carne de oveja y el con- sumo de carne de ciervo e incluso de ezebra (que pudiera aludir a cervidos: gamos, corzos, muflones, ciervos)., vid. D.W. Lomax, La Orden, págs. 277-278, nº 35.

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