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MSICA PARA UN AO NUEVO En la muralla que da al mar hay una joven sentada tocando un violn.

Es el primer da del ao, tan fro y tan azul como cuando sopla el viento del norte, como hoy tambin lo hace. Al otro lado de la calle, del primer piso de un edificio de apartamentos de verano, a travs de una ventana abierta al fresco de la maana, se oye la msica del tradicional concierto viens de ao nuevo. La joven escucha cada polka, cada vals, con un sentido de la armona tan perfecto que llega a acompasar su violn al sonido de la orquesta. A pesar de la chispa alegre de esta msica festiva, la joven no sonre, simplemente mira hacia el mar a la par que balancea el arco del violn como quien acaricia con los dedos una tela de muselina. A pesar de la distancia de miles de kilmetros que hay entre la orquesta y su secreta acompaante, la msica de ambos encaja a la perfeccin, no as la sonrisa de los msicos y la tristeza de la violinista solitaria. De pie, al otro lado de la calle, bajo el balcn abierto que riega de msica el aire, un hombre apoyado en la pared mira hacia donde est ella. Es un hombre maduro, a las puertas de la vejez, de tez muy morena, rasgos angulosos y pelo negro; sus ojos indios parece que miran al mar y, al instante, se giran hacia el suelo. En realidad observa el perfil de la joven y compara su rostro con el de una nia de seis aos cuya fotografa sujeta entre las manos arrugadas y oscuras. Es una foto que recibi un da por correo y que lleva escrita una direccin en el reverso, la direccin del lugar en el que ahora est mirando hacia su hija. Es la primera vez en su vida que la ve tal y como es en realidad, ms all de un retrato tomado hace quince aos. Ella tampoco le conoce. Cuando lo ve su expresin es de indiferencia. An as, l se acerca y se sienta junto a ella. Suena el Vals del reloj. Cuando acabe se detendr el tiempo para ambos y el mundo ya nunca ser como lo fue hasta entonces.