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el origen

atletas griegos en un gimnasio. relieve de la necrópolis de Kerameikos, atenas. 510 a. C.

las raíces de l  as olimpiadas
En la antigua Grecia, las olimpiadas contribuyeron a la formación intelectual y moral ciudadana. se celebraron durante doce siglos, hasta su prohibición en el iv.
AnToni JAner TorrenS, FiLÓLoGo 
  h i sto r i a y v i da h i sto r i a y v i da   

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Los juegos panhelénicos más antiguos y que más fervor popular despertaron fueron los Olímpicos, conocidos así por celebrarse en Olimpia, ciudad a unos trescientos kilómetros al suroeste de Atenas. Bañada por los ríos Alfeo y Cladeo, su emplazamiento a los pies del monte Cronion era inmejorable. “El lugar más bello de la Hélade”, dijo de él el orador Lisias. La ciudad estaba dedicada a Zeus Olímpico, de quien había tomado el nombre. El apodo se debía a que, según la mitología, el soberano de los dioses residía al norte del país, en la montaña más alta de Grecia: el Olimpo, de casi tres mil metros de altitud. Sería en Olimpia donde Zeus recibiría un mayor culto, ya no solo con las olimpiadas, sino también con un templo, que albergó una estatua de oro y marfil tallada en el siglo v a. C. por el artista ateniense Fidias. El monumento, de casi doce metros de altura, fue catalogado como una de las siete maravillas del mundo antiguo. En el iv d. C. un terremoto obligó a su traslado hasta Constantinopla, donde desaparecería a raíz de un incendio. La mitología quiso dotar a los juegos de una aureola especial, al atribuir su fundación a personajes importantes del imaginario griego. Las versiones más populares los relacionan o bien con Heracles, el héroe nacional por antonomasia, o con Pélope, el héroe epónimo del Peloponeso. Ambos habrían instituido los Olimpiakoi agones en honor a Zeus. Estas competiciones, celebradas cada cuatro años desde 776 a. C., llegaron a ser los juegos más longevos, con más de doce siglos a sus espaldas. Fue tal su fama, que terminaron siendo adoptados como unidades de tiempo. La cronología de cual-

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mens sana...
la plegaria de Juvenal La concepción que tenían los romanos de la actividad física difería bastante de la de los griegos. En las competiciones helénicas el público tenía un papel testimonial, y lo importante era descubrir quién era el mejor en una determinada actividad. En Roma, sin embargo, los espectáculos deportivos (ludi) eran organizados por la elite política y económica solo para divertir a las masas. Así quedó constatado cuando, en 80 a. C., Sila trasladó a la capital del Lacio la celebración de la 175 olimpiada. En el siglo i d. C., el poeta latino Juvenal denunció que estos eventos, en realidad, servían para distraer a la plebe de los verdaderos asuntos de Estado. Lo hizo con la célebre máxima panem et circenses (optat) , “[el pueblo romano pide] pan y espectáculos circenses”. Juvenal, sin embargo, ha pasado a la historia por otra famosa sentencia, Mens sana in corpore sano, citada hoy de manera incorrecta para recomendar el ejercicio físico como fuente de salud. Y es que, en su contexto, el significado es bien distinto. Los últimos versos de la décima Sátira de Juvenal dicen: orandum est ut sit mens sana in corpore sano (“hay que suplicar a los dioses que nos concedan una mente sana en un cuerpo sano”). Una plegaria que poco tenía que ver con hacer ejercicio.

ruinas de olimpia, sede de los juegos olímpicos,

los más antiguos y famosos de la antigua Grecia.

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odos los pueblos de la Antigüedad han sentido la necesidad de ejercitar su cuerpo, principalmente para estar preparados en caso de guerra. Fue en la Grecia clásica, sin embargo, donde nació el término moderno de deporte a partir del ideal ético-estético kalokagathía (“bello y bueno”). Según éste, la belleza física era un reflejo de la belleza interior. Aunque los griegos también vieron en el deporte grandes posibilidades medicinales. En el siglo iv a. C., Aristóteles ya hablaba de la euexia para referirse al placer que provoca el ejercicio físico. También hubo quien le atribuyó finalidades pedagógicas. Epicteto, filósofo del siglo i d. C., consideró que el esfuerzo, el

afán de superación y la autodisciplina que requiere la práctica deportiva son un excelente entrenamiento para la vida. Dadas estas premisas, la formación física llegó a ser uno de los tres pilares de la educación griega, junto con la gramática y la música. El cuerpo se tenía que enseñar en todo su esplendor, de ahí que el deporte se ejercitara desnudo (gymnós) en unos recintos llamados precisamente gimnasios. El término, no obstante, compartiría protagonismo con el de palestra, derivado de paleíein (“luchar”). No es de extrañar, por lo tanto, que el desnudo fuera una invención original del arte griego del siglo v a. C. (en el arte babilónico, egipcio y romano, el desnudo era considerado una irreverencia).

del esfuerzo a la lucha

Pero el deporte en la antigua Hélade no siempre tuvo una dimensión educativa. En sus inicios estuvo imbuido de un fuerte espíritu religioso. Así lo atestiguan los poemas homéricos, las fuentes literarias griegas más antiguas. En la Ilíada, Aquiles organiza unos juegos en la explanada de Troya para honrar la muerte de su amigo Patroclo. En la Odisea también se mencionan unos juegos, con los que es recibido Odiseo en la corte de los feacios. Es en este último pasaje donde aparece por primera vez el vocablo atleta, derivado de athlein (“esforzarse”). Con el tiempo, este concepto conviviría con otro de significado parecido, agonista, procedente de agón (“lucha”).

Desde el siglo viii a. C., cada dos o cuatro años se celebraban en diversas ciudades de Grecia diferentes competiciones agonísticas en honor a una divinidad.

el cuerpo debíA refleJAr Todo Su eSplendor, de Ahí que el deporTe Se eJerciTArA deSnudo
Los juegos Píticos, en Delfos, rendían culto a Apolo. Los Ístmicos, en el istmo de Corinto, a Poseidón. Y los Nemeos, en el noroeste del Peloponeso, a Heracles. Se trataba de juegos panhelénicos que reforzaban el sentimiento de pertenencia a una misma cultura y religión, en una época en que las ciudades-estado, las polis, se enfrentaban continuamente. quier acontecimiento se fijaba en función de la edición de la última olimpiada.

una cita veraniega

Los juegos olímpicos se disputaban durante una semana, entre finales de julio y comienzos de agosto, coincidiendo con la segunda luna llena después del solsticio de verano. Su organización co-

rría a cargo de un Consejo Olímpico. El pistoletazo de salida se producía con la famosa tregua sagrada (ekecheiría), anunciada diez meses antes por un grupo de heraldos que recorría toda la Hélade y sus colonias, dispersas por todo el Mediterráneo. Se trataba de lograr una especie de salvoconducto que garantizara, tanto a los deportistas como a los espectadores, la seguridad del viaje de ida y vuelta desde sus respectivas ciudades de origen. No obstante, esta medida –que duraba desde el mes anterior a la competición hasta el mes siguiente– en ningún caso significó la interrupción de los conf lictos bélicos entre las polis, como tradicionalmente se ha supuesto. Uno de los factores que

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probablemente contribuyeron a su éxito, y a su consiguiente celebración ininterrumpida, fue su carácter religioso.

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¿Quién puede ser atleta?

Los atletas eran los primeros en llegar. Estaban obligados a congregarse un mes antes en Elis, a 57 km de Olimpia. Allí se sometían a las pruebas de selección y entrenamiento y a una dieta muy estricta (relacionada, según algunos estudiosos, con la intención de prevenir el dopaje). Los participantes tenían que cumplir una serie de requisitos: ser varón, ciudadano griego libre y nacido de un matrimonio legítimo, y no haber cometido ningún crimen o acto de impiedad. En un principio eran atletas aficionados, con sus propios oficios, como fue el caso del cocinero Coroebo de Élide, vencedor de la primera olimpiada. Lo habitual era que procedieran de familias aristocráticas, dado que los gastos de la estancia y del viaje corrían a su cargo o, en su defecto, de la polis a la que representaban. La edad de los atletas no suponía ningún problema; primaba más tener una bue-

Se penAlizAbA lA cobArdíA AnTe un rivAl, lAS fAlTAS de punTuAlidAd y mATAr Al conTrincAnTe
na condición física. De hecho, algunas ediciones olímpicas incluso incluyeron competiciones infantiles. Días antes de empezar, Olimpia era un hervidero de gente. En ningún otro momento y lugar se reunía una mayor cantidad de griegos. Los asistentes, cerca de cuarenta mil, visitaban los templos y monumentos del recinto religioso, y compraban y fisgoneaban en los tenderetes de vendedores llegados con productos de todos los rincones del país. Los banqueros tampoco dejaban escapar la oportunidad, convirtiendo Olimpia en el mayor mercado de divisas de la Hélade. El entretenimiento estaba garantizado con actuaciones de acróbatas y músicos, charlas de historiadores y filósofos o recitales de rapsodas y poetas. Sabios y escri-

atletas entrenándose. Cerámica griega

del siglo v a. C. Museo ashmolean, oxford.

tores daban a conocer sus obras en exposiciones públicas, el medio de difusión más efectivo, ya que la cultura griega fue esencialmente oral hasta época clásica.

sanción al tramposo

La inauguración de los juegos venía marcada por la celebración de rituales, como el sacrificio de cien bueyes (hecatombe) en honor a Zeus. Otra ceremonia era el encendido de la llama sagrada, símbolo universal de pureza que, al igual que hoy, permanecía prendida durante todo el transcurso de la competición. Para garantizar el juego limpio, los atletas, junto con sus entrenadores y parientes, juraban ante la imponente estatua de Zeus que no cometerían ninguna ilegalidad y que se habían entrenado durante los

nueve meses anteriores. Los jueces (helanódikas), por su parte, juraban imparcialidad. Se penalizaban, entre otras cosas, los sobornos, la cobardía ante un rival, las faltas de puntualidad e intimidar o matar al contrincante. Las sanciones podían ser económicas, deportivas –implicando la desclasificación de la competición– o incluso físicas, como ocurría en las salidas de las carreras consideradas nulas, que se castigaban con azotes. Los juegos eran gratuitos para todos los espectadores, entre los que se encontraban esclavos y bárbaros. Solo las mujeres casadas tenían vetada la entrada, y si incumplían esta norma corrían el riesgo de ser lanzadas desde la cima del monte Tipeon. Las carreras (dromoi) eran las pruebas más esperadas, al ser considera-

juegos con veto a las mujeres casadas
la excepción de Kallipateira La sociedad griega era muy misógina. Platón daba gracias de no haber nacido mujer, y Aristóteles consideraba las féminas una mala copia de los hombres. Con estos prejuicios, no es de extrañar que los juegos olímpicos prohibieran la participación directa de las mujeres (solo las más adineradas podían ser propietarias de los caballos de los aurigas). Según Pausanias, la única prueba femenina que se celebraba en Olimpia era una carrera pedestre en honor a Hera (a la izqda., muchacha espartana corriendo, s. vi a. C.). Pero transcurría en una época diferente a la de las olimpiadas, y tenía un carácter iniciático y matrimonial. Únicamente las mujeres solteras podían asistir como espectadoras a los juegos. Si entre ellas se descubría a una casada, se la arrojaba por los barrancos del Tipeon. Solo una se salvó del castigo: Kallipateira, perteneciente a una famosa familia de atletas. Tras enviudar, quiso acompañar a su hijo a la competición. Para ello se disfrazó de entrenador y se colocó en la gradería. Ante la victoria de su vástago en la carrera del estadio, no pudo contener la alegría y saltó a la pista. Pero la mala suerte hizo que se le engancharan las vestiduras en un palo y quedara a la vista su condición femenina. Los jueces la perdonaron por ser hija, hermana y madre de campeones olímpicos.

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das la actividad deportiva más inherente al hombre. La distancia a recorrer, con los pies descalzos, era un estadio (unos 192 metros). Su ganador tenía el honor de dar nombre a la siguiente edición olímpica. Esta disciplina fue la única de la primera olimpiada, en una época en la que los juegos todavía duraban un solo día. Más tarde, a las carreras convencionales se sumaron otras tres modalidades: la de fondo, la de armas y la de antorchas. En la carrera de fondo se corría una distancia de veinticuatro estadios. En la de armas, había que completar entre dos y cuatro estadios con la pesada indumentaria hoplítica (yelmo, coraza, grebas y escudo). En la carrera de antorchas, o lampadedromia, la única prueba colectiva, un conjunto de corredores se iban pasando una antorcha que tenía que llegar encendida hasta la meta. vuelo, con lo que aumentaba el impulso del saltador. Otra particularidad era que, para adquirir una mayor concentración en su ejecución, la prueba era amenizada con la música de un flautista. En cuanto a la lucha, la victoria se conseguía cuando se tumbaba en el suelo tres veces al adversario, quedando prohibidos los golpes y el estrangulamiento. La prueba, conocida hoy como lucha grecorromana, carecía del carácter violento que sí tuvieron otras dos similares que se disputaban fuera del pentatlón: el pancracio y el pugilato. En estos certámenes, en los que primaba la fuerza física, los atletas solían untarse el cuerpo con aceite para que el adversario tuviera mayor dificultad para agarrarse. Tal como indica su etimología, en el pancracio se admitía “todo tipo de fuerza”: patadas en el estómago e incluso en los genitales, zancadillas, puñetazos en la cara y estrangulamientos. Las únicas prohibiciones eran morder y meter los dedos en los ojos. En el pugilato, en cambio, se luchaba dando golpes con las piernas y con las manos. A diferencia del pancracio, se utilizaban guantes y no estaba permitido agarrar al rival. Sorprendentemente, los helenos consideraban que ésta era la modalidad de lucha más peligrosa de todas. El combate terminaba cuando uno de los dos contrincantes levantaba el dedo en señal de derrota o yacía inconsciente. Su carácter agresivo era herencia de los juegos rituales funerarios, en los que tenía lugar el duelo a muerte como símbolo de ofrecimiento de la vida al difunto querido.

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prueba entre los griegos. Por ello, el auriga era visto como un auténtico ídolo de masas. Aun así, tras la victoria no era él quien recibía todos los honores, sino el propietario de los animales.

de la gloria al declive

cinco pruebas arriesgadas

Con el tiempo, las carreras se incluyeron dentro del pentatlón, una competi-

El séptimo y último día solía estar dedicado a las ceremonias religiosas de clausura y a la concesión de premios. El reconocimiento por una victoria podía llegar en forma de una cinta roja que se ceñía en la cabeza o, sobre todo, de una corona trenzada con ramas del olivo sagrado del templo de Zeus. Sin embargo, lo que realmente perseguían todos los atletas era la gloria inmortal. Los poetas eran los encargados de propagar ante el pueblo la fama olímpica con el género literario “deportivo” por excelencia, el epinicio, cuyo máximo representante fue el tebano Píndaro (siglo v a. C.). Al llegar a su ciudad, el vencedor era recibido como un héroe por la multitud. Después, su memoria se mantenía viva

en el pAncrAcio Se AdmiTíAn pATAdAS en loS geniTAleS y eSTrAngulAmienToS, pero no morder
ción de cinco pruebas en la que se valoraba la agilidad y la rapidez. Las otras cuatro pruebas eran el lanzamiento de disco, el de jabalina, el salto de longitud y la lucha, o palé. El lanzamiento de disco y el de jabalina eran las que estaban más emparentadas con el arte militar. El disco, aparte de haber sido un objeto votivo, parece el remedo de la piedra utilizada como arma arrojadiza. Por su parte, la jabalina, que se lanzaba con la ayuda de una correa de cuero, recordaba el momento en que un soldado era capaz de atacar a un enemigo antes de luchar con él cara a cara. El salto de longitud presentaba una serie de diferencias respecto a su práctica actual. Se hacía utilizando unas pesas en cada mano denominadas halteres (de donde deriva la palabra halterofilia). Estos contrapesos, que oscilaban entre los 1,5 y los 4,5 kg, se soltaban al iniciar el

lo que reAlmenTe perSeguíAn TodoS loS ATleTAS erA lA gloriA inmorTAl, propAgAdA por loS poeTAS
con la erección de estatuas o la acuñación de monedas con su efigie. Los más sorprendidos por esta mentalidad fueron los grandes rivales de los griegos, los persas. Tal como recoge el historiador Heródoto, en el siglo v a. C., durante la segunda guerra médica, el general persa Tigranes exclamó: “Oh Mardonio, contra qué hombres nos has traído a combatir, que no compiten por el oro o la plata, sino por el honor”. Aun así, hubo excepciones. En la Atenas de Solón, en el siglo vi a. C., los campeones no solo recibían premios en metálico. También podían obtener cargos públicos y disfrutar de exenciones fiscales o de una pensión vitalicia por parte del Estado. Los períodos de máximo esplendor de las olimpiadas corresponden precisamente a la época de mayor apogeo de la civilización griega (ss. vi y v a. C.). El declive de los juegos empezó a partir de la segunda

jinetes sin honores 

El tercer grupo de competiciones olímpicas eran las ecuestres. Las más famosas fueron las de caballos sin carruaje y, sobre todo, las carreras de cuadrigas. En éstas, carros de dos ruedas tirados por cuatro caballos competían entre sí dando doce vueltas al hipódromo, recorriendo una distancia total de 9 km. Los aurigas corrían un gran riesgo de muerte por caída, lo que constituía un reclamo para el público. La velocidad de la carrera y la belleza de los caballos al galope, profusamente ornamentados con oro y otros metales preciosos, contribuían también al interés que despertaba esta última

un luchador levanta el dedo en señal de derrota. detalle de una cerámica griega del s. v a. C.

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mitad del siglo v a. C. por culpa, en parte, de la profesionalización de los atletas. Este cambio de tendencia se inició con la irrupción de los sofistas en plena democracia ateniense, maestros del conocimiento que propugnaban una formación más intelectual que deportiva.

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barrigudos profesionales

La belleza física quedaba así desprovista de su cara intelectual. Las polis, sin embargo, no querían dejar de tener entre sus ciudadanos a un vencedor olímpico como símbolo de poder político. Y es que los juegos, pese a estar presididos por un espíritu de concordia, siempre avivaron los patriotismos locales. Al perder la educación física su antiguo prestigio, muchas polis contrataron deportistas de baja extracción social que hicieron de su especialidad un modus vivendi. Las críticas contra estos profesionales del deporte no tardaron en llegar. En su obra de teatro Autólico, Eurípides decía: “Entre los muchos males que hay en la Hélade, ninguno peor que la raza de los atletas” por su aspecto físico y su decadencia moral. No en vano, el famoso dramaturgo ateniense los describió como “esclavos de sus mandíbulas y víctimas de sus

eurípideS deScribió A loS deporTiSTAS profeSionAleS como “eSclAvoS de SuS mAndíbulAS”
vientres”. Se refería especialmente a los pugilistas, que se sometían a generosas dietas a base sobre todo de carne con el fin de aumentar su masa corporal. El resultado era un cuerpo deforme a causa de la sobrealimentación y de la excesiva especialización en el entrenamiento. Las pinturas de los vasos de cerámica, desde finales del siglo vi a. C., mostraban a luchadores barrigudos y deformes. Eurípides también criticó el excesivo culto a la figura de los atletas: “Censuro la costumbre de los griegos, que se reúnen para contemplarlos y rendir honor a placeres inútiles... ¿Pues qué buen luchador, qué hombre rápido de pies o qué lanza-

dor de disco ha socorrido a su patria obteniendo una corona? ¿Acaso lucharán contra los enemigos llevando discos en las manos? [...] Sería preciso, entonces, coronar a los hombres sabios y a quien conduce a la ciudad siendo un hombre prudente y justo”. A esta queja también se sumarían Jenofonte, en el siglo iv a. C., y, más tarde, los filósofos del Imperio romano. A su vez, los médicos, como Galeno, advirtieron de los atentados contra la salud que conllevaban la dieta anormal y el duro régimen de vida de los atletas.

prohibidos por paganos 

primero y competir con diez corceles. Además, ordenó instaurar certámenes musicales para su lucimiento personal. En 393, con el cristianismo como religión oficial, Teodosio I, de origen hispano, abolió los juegos por considerarlos paganos. Su fin llegaba después de 293 ediciones. Los bárbaros no tardarían en saquear Olimpia, y, posteriormente, como si los dioses estuvieran coléricos, dos terremotos arrasaron sus ruinas. No sería hasta quince siglos después cuando aquellos míticos juegos resurgiesen para convertirse otra vez en el evento deportivo más importante del mundo.

disco. En la página siguiente, estadio de olimpia.

estatua griega en mármol de un lanzador de

La conquista romana de Grecia a mediados del siglo ii a. C. supuso el paulatino declive de las olimpiadas. La religiosidad dio paso a la espectacularidad y a la diversión de masas, tan propias de los espectáculos circenses del otro lado del mar Jónico. En 80 a. C., el cónsul Sila trasladó los juegos a Roma. Más tarde volverían a celebrarse en Olimpia, y experimentarían un cierto despuntar con emperadores filohelénicos como Augusto, Tiberio, Nerón o Adriano. Nerón incluso obligó a posponer dos años su celebración para poder participar personalmente. Cuenta Suetonio que el Emperador fue coronado vencedor en la carrera de cuadrigas, pese a no haber llegado

para saber más
enSaYO

F. y HernÁndeZ garcÍa, B. In corpore sano. El deporte en la Antigüedad y la creación del moderno olimpismo. Madrid: Sociedad Española de Estudios Clásicos, 2005. garcÍa rOMerO, Fernando. Los Juegos Olímpicos y el deporte en Grecia. Sabadell: Ausa, 1992. SalvadOr, José luis. El deporte en Occidente. Grecia, Roma, Bizancio. Madrid: Cátedra, 2009.
garcÍa rOMerO,

nOvela

Maria carme. Barcino. Barcelona: Ediciones B, 2010.
rOca,

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