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Aprenda a Ser Lider

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BIBLIOTECA ELECTRÓNICA PARA EL MAESTRO

EL MAESTRO COMO SU PERSONA
APRENDA A SER LÍDER
por Gaines S. Dobbins

EDITORIAL MUNDO HISPANO © 2007

APRENDA A SER

LÍDER

AUTOR

GAINES S. DOBBINS
VERSIÓN CASTELLANA

SARA P. DE MOLINA

La versión inglesa intitulada, Learning to Lead por Gaines S. Dobbins fue publicada por The Sunday School Board of the Southern Baptist Convention y la versión castellana es publicada con su permiso. Copyright ©1968

CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES
A mis estudiantes alrededor del mundo que son ejemplo tanto en la dirección como en el servicio

Indice
Prefacio 1. SE PUEDE APRENDER A DIRIGIR 2. EL DISTINTIVO CRISTIANO 3. LAS CONDICIONES ESENCIALES 4. EL PROGRESO POR MEDIO DE LA PREPARACIÓN PLANEADA 5. LA TAREA, LOS OBJETIVOS, LOS METODOS 6. LOGROS OBTENIDOS POR MEDIO DE LA COLABORACIÓN 7. NUEVOS METODOS PARA LA ACTUALIDAD 8. EL COSTO Y SUS RECOMPENSAS ESCALA PARA CLASIFICARSE

Prefacio
Muchas veces he dirigido estudios de investigación en distintas iglesias con el fin de mejorar sus procedimientos de trabajo y obtener mejores resultados. Al pastor, a los miembros de los cuerpos directivos, a los diáconos, a los oficiales de la iglesia, a los jefes de los diversos comités y a los obreros representativos, a todos les hice la pregunta: ¿Cuál es, en su opinión, la necesidad más grande de la iglesia? Las respuestas fueron muy variadas — desde una mayor consagración hasta un edificio mejor con su equipo necesario, pero invariablemente esas respuestas estaban concentradas alrededor de una dirección consagrada, competente, concienzuda. En distintas ocasiones me he encontrado con grupos de ciudadanos interesados en estos asuntos y les he hecho la misma pregunta refiriéndome a las necesidades de la comunidad. Una vez más, las respuestas eran muy variadas — desde un mayor patriotismo hasta un nuevo edificio escolar. Entonces se formuló esta pregunta: ¿Qué necesidad está latente debajo de todas estas necesidades, y es la primera a la cual debe prestársele atención, después que se hayan cubierto las demás? Casi invariablemente la respuesta era: Una dirección, voluntaria, responsable digna de confianza. Los dirigentes capacitados atraen a los seguidores leales y colaborando los unos con los otros pueden llevar a cabo todo lo que sea necesario hacer. Este libro está dirigido, en primer lugar, a las iglesias que sienten la necesidad de mayor número de dirigentes mejor preparados, y también a las comunidades, instituciones y empresas. Es un libro que trata más bien de los principios que de los métodos, aunque se indican maneras eficientes de dirigir. Se parte de la suposición básica que en casi todas las iglesias, así como en otras organizaciones, existe un número suficiente de dirigentes en perspectiva que podrían ser garantía de éxito. Pero es necesario descubrir a esos dirigentes, alistarlos, motivarlos, desarrollarlos y orientarlos. Las condiciones previas para una adecuada dirección son: la comprensión de la necesidad crítica y del significado y naturaleza de la dirección cristiana, que se aclaren bien las condiciones esenciales, la provisión de un plan adecuado de adiestramiento, acuerdo entre los fines que se persigan y los métodos nuevos de aprender a dirigir, una plena conciencia del costo y una igualmente plena seguridad en los resultados. Cómo llenar, en cierta medida, estas condiciones es el objetivo de estos estudios.

El autor reconoce con agradecimiento su deuda contraída con infinidad de estudiantes que, con él, estudiaron el curso sobre la dirección en las clases del seminario; igualmente se reconoce deudor a un gran grupo de líderes denominacionales, en cuya compañía hizo un servicio muy agradable y también a la multitud de obreros de las iglesias a los cuales tuvo el privilegio de guiar en las conferencias sobre la dirección tanto en el territorio nacional, como en el extranjero. También se reconoce deudor a los editores por el permiso concedido para citar material amparado por los derechos de propiedad literaria y a Thomas Nelson e Hijos por el uso de La Versión Revisada Standard de la Biblia para las referencias de la Escritura. Los trozos de poesía han sido tomados de Obras Maestras de Poesía Religiosa, editado por James Dalton Morrison, Harper and Brothers, Publicistas, todo lo cual se ha usado con el permiso debido.

1. — Se Puede Aprender A Dirigir
Este libro trata de usted, de su capacidad para dirigir, de su responsabilidad, de la urgente necesidad de sus servicios, de su preparación y de las condiciones que reúne para dirigir. De su concepto del significado de la dirección cristiana, sus motivos y sus métodos, los recursos de equipo de que dispone y su mejoramiento. Su relación con los compañeros de trabajo, sus horizontes en constante estado de ampliación, los costos y recompensas de una dirección fiel.

Algunas Afirmaciones Básicas
Se da por sentado que usted es un cristiano y miembro de una iglesia. Que su bautismo simbolizó su ingreso en una nueva vida en Cristo; que usted se ha comprometido a creer lo que él enseñó y a obedecer lo que él mandó, y que usted sinceramente desea que su vida sea valiosa en la comunión de servicios con otros cristianos que participan de sus ideales. Más aun, se supone que usted puede continuar aprendiendo hasta el fin de sus días. La edad y las circunstancias pueden limitar su aprendizaje académico pero no su educación. ¡Usted puede seguir aprendiendo! La evidencia de esto es demasiado abundante para que este aserto necesite discusión. Es cierto que hay personas que no pueden aprender, pero usted no es una de esas personas, de lo contrario, no estaría usted leyendo estas líneas. También se da por sentado que usted desea saber más acerca del qué, el por qué y el cómo de la dirección — las tareas de la dirección en la iglesia y fuera de ella; cómo se deben realizar estas tareas y por qué usted debe responder al llamamiento para prepararse o para aceptar ahora una posición de responsabilidad como dirigente. Se supone que no es suficiente el estudiar la manera de cómo dirigir si ello no va acompañado de la experiencia bajo la dirección adecuada. Las líneas generales que se proponen en este estudio llevan el propósito de que se apliquen en situaciones reales. Por lo tanto, se sugieren pruebas para determinar las actitudes, las actividades y los resultados obtenidos mientras usted y sus colaboradores buscan construir, bajo la dirección de Cristo, una iglesia que esté a la altura de las demandas que de ella hace un mundo tan difícil como lo es el mundo actual. Se acepta como un hecho que los dirigentes nacen y se hacen. Hay cualidades heredadas genética y socialmente que inclinan a algunas personas más que a otras hacia la dirección de otros y usted hará muy bien si examina y evalúa esta herencia. Después, también hay cualidades que se pueden adquirir por medio

de los procesos del aprendizaje y de la experiencia, y estos son los procesos que usted necesita entender y practicar. La preparación para dirigir y la efectividad que se pueda alcanzar, demandan condiciones de las cuales usted necesita darse cuenta y sopesarlas detenidamente. Estos son requisitos con los cuales hay que enfrentarse. Y así como no existe “un camino real para adquirir conocimientos” tampoco no hay un camino fácil para ejercer la dirección cristiana. Es preciso pagar el precio, si se quiere alcanzar los resultados.

Usted Puede Aprender a Dirigir — y a Dirigir con Mejor Exito
Es muy cierto que usted ha sido creado “de una manera maravillosa e impresionante”. De todos los billones de personas que han existido y que viven en la actualidad y todas las que seguirán existiendo, no hay ni habrá una sola que sea exactamente igual a usted. Su herencia biológica va hacia atrás en línea ininterrupida hasta llegar al primer hombre y a la primera mujer que fueron creados a imagen y semejanza divina. Sus características son una mezcla en razón decreciente desde sus antecesores más inmediatos hasta los más remotos. Como ser humano, usted representa la corona de la creación de Dios. Además de su herencia biológica, usted posee una vasta herencia social. Usted vio la luz en una cierta comunidad y, como es natural, ha recibido las influencias directas de la manera de vivir de ese ambiente. Usted procede de cierto grupo racial y necesariamente adoptó su manera de hablar, sus tradiciones, costumbres y puntos de vista. Más tarde llegó a ser ciudadano de una nación y consecuentemente, asumió determinadas responsabilidades y aceptó ciertos privilegios. Usted recibió una educación en las escuelas que usted escogió y sus maestros, consciente o inconscientemente ejercieron su influencia sobre usted. Con el tiempo llegó a la madurez en un ambiente político, cultural y económico que contribuyó a modelarlo a usted más de lo que usted se modeló a sí mismo. Las creencias y prácticas religiosas que usted haya adquirido, provienen en gran parte de sus padres, sus maestros, pastores, compañeros y los libros que usted haya leído. “Yo soy parte de todo lo que ha estado en contacto conmigo”, no es una ficción poética, sino una verdad literal. Usted fue dotado con la facultad más importante que Dios haya concedido a sus criaturas — la de la selección moral. Es verdad que usted ha sido moldeado por las circunstancias de su nacimiento y de su ambiente, pero desde la edad en que se manifiesta el raciocinio, usted ha sido responsable por todas las decisiones que se ha visto obligado a tomar. Suya fue la decisión de si usted habría de ser un orgullo o un descrédito para su familia y para la sociedad en

que vivía; usted fue el que decidió si habría de aprovechar o tirar por la borda sus oportunidades educacionales, así como también decidió si habría de ser un ciudadano digno o indigno; igualmente usted fue el que decidió si habría de abandonar el pecado y seguir a Jesús o si habría de seguir la vida de pecado y rechazar al Salvador. Puesto que las decisiones que usted ha tomado a través de su vida han sido en su mayoría siguiendo una línea recta, usted tiene que decidir ahora qué clase de cristiano y qué clase de miembro de iglesia va a ser en lo sucesivo: activo, o inactivo, uno que carga pesos o uno que se apoya en los demás, un dirigente o un seguidor en el campamento. Parándose en posición de “firmes” usted pregunta: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? Con tu ayuda puedo ejecutar lo que me ordenes.” La palabrita “puedo” significa tener la capacidad física, mental, social, legal y espiritual. Significa poseer las cualidades y condiciones necesarias para la consecución de determinados fines o propósitos. Eso quiere decir que las potencialidades heredadas pueden traducirse en realidades. Esto quiere decir que usted puede ser lo que quiere ser y puede alcanzar lo que usted quiere tener si usted responde a las condiciones necesarias. Cuando usted dice: “Yo puedo”, está movilizando fuerzas de las cuales tal vez ni usted mismo se dé cuenta. Se dice que la persona corriente no desarrolla y utiliza más que una décima parte de su capacidad latente. ¿Por qué razón usted no podría, eventualmente, llegar a ser notable como pintor, músico, escultor, arquitecto, científico, doctor, escritor, industrial, ingeniero. abogado o profesional en cualquiera de las múltiples carreras a escoger? Hay que tener presente que el tiempo no alcanza y los límites del promedio de vida no son suficientes para destacarse en un solo campo. Pero, tal vez, usted podría hacerlo si tuviese el tiempo y la determinación necesarios. Cuando usted dice: “Yo puedo llegar a ser y seré el mejor dirigente que se pueda encontrar en la obra de Cristo”, usted no solamente está liberando fuerzas que le ayudarán a alcanzar los mejores resultados en otras direcciones, sino que usted está abriendo las compuertas de los recursos divinos que pueden hacer surgir lo mejor que haya en su personalidad. Cuando usted afirma “yo puedo” usted acepta el entrar en sociedad con Cristo y con sus hermanos cristianos.

Usted puede aprender.
Usted empezó a aprender en el momento de nacer y ha seguido aprendiendo desde entonces. Las palabras “poder” y “conocer” están íntimamente

relacionadas en su etimología. Saber y hacer son correlativas la una de la otra (en inglés) dependiendo la una de la otra. Los animales tienen una capacidad instintiva limitada para aprender, pero los conocimientos del hombre son infinitamente más vastos tanto en cantidad, como en calidad. Se afirma que el cerebro mecánico puede aprender, pero también se afirma que para igualar al cerebro humano, ese cerebro mecánico tendría que ser más voluminoso que el Empire State Building y adquirir una complejidad que supera a todo lo imaginable. La manera como aprendemos es el tópico de mucha investigación moderna. El aprendizaje comprende tres factores importantes: Un sistema maravilloso para recibir y transmitir las situaciones del estímulo y la asociación y dirección humanas. Dada la existencia de las condiciones más ventajosas, el potencial para el aprendizaje humano no reconoce límites. Mientras los astronautas se ocupan de explorar el espacio exterior, los psicólogos exploran el mundo interior de la conciencia. Ambos grupos nos traen la misma respuesta: Usted puede aprender; a la cual añaden lo siguiente: Usted debe seguir aprendiendo si ha de sobrevivir. La calidad y cualidad de su aprendizaje — y el de otras personas como usted — determinará el futuro de la raza humana. La facultad de dirigir es una de las más preciosas y más necesarias de las capacidades humanas: es un arte que es necesario aprender. Ordway Tead en su obra El Arte de Dirigir describe al director como
“un artista — un artista que trabaja en un medio que es a la vez complejo y universal. Su material está compuesto de individuos. Y exactamente de la misma manera como la tarea del artista es la organización de ideas o materiales, si se propone alcanzar la ejecución de alguna obra de arte, el acoplar los deseos humanos y la energía en relaciones organizadas se convierte en una labor de arte depurado.” (p. 33).

Puede ser que los artistas se hallen dotados por la naturaleza de ciertas cualidades que les sirvan de ayuda, pero eso no puede tomar el lugar o suplir al entusiasmo, la práctica, la dedicación, el trabajo. Para dirigir se requiere un conocimiento del proceso, estar familiarizado con el campo en el cual se opera, comprensión y amor para las personas, habilidad en el modo de operar y un motivo poderoso. Si se ha de rendir una labor exitosa al dirigir, es necesario reunir estos requisitos. Estas son las condiciones que usted puede reunir. Por lo tanto, ¡usted puede aprender a dirigir!

Usted Necesita un Claro Concepto del Arte de Dirigir
El arte de dirigir necesita una definición más cuidadosa. Existen muchos conceptos equivocados que gozan de cierta popularidad. Se puede pensar en un dirigente como el hombre que posee el automóvil más grande y más potente y que va a la cabeza de la lenta procesión. O tal vez se piense en el director como “el jefezón” que se sienta ante su escritorio de caoba rodeado de secretarios y ayudantes. O puede ser que cuando pensamos en uno que dirige nos representemos al hombre que está al frente de un ejército o de una corporación, o institución, y que puede decirle a uno “Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace” (Mat. 8: 9). O también la imagen del dirigente puede ser la de un campeón musculoso y popular que va al frente de una causa que atrae a seguidores que lo secundan. O puede ser que pensemos en un genio que por su destacada capacidad es reconocido como el primero en su campo. Algunas veces el que dirige es un individuo que es aceptado y seguido porque promete conseguir para sus fieles las ventajas que estos desean para sí mismos. La idea común en todos estos conceptos del jefe o guía es la de dominio, superioridad y mando sobre los demás. Esta no es la clase de jefatura que su iglesia necesita. Se necesita de usted para servir, y no para ser servido.

Se le Necesita a Usted como Director
Supongamos que se reúne el concilio de la iglesia — el pastor, el cuerpo administrativo, los oficiales de la iglesia, los representantes de las diversas organizaciones de la iglesia y que la pregunta motivo de discusión fuese: ¿Cuál es nuestra mayor necesidad? Indudablemente, las respuestas habrían de ser muy variadas; una mayor consagración, un esfuerzo mayor por llegar hasta los que no han sido tocados por el mensaje; el uso de mejores métodos; más edificios y mejores facilidades; un aumento en el sostenimiento financiero, una mayor efectividad evangelista y misionera; mayor interés en las necesidades de la familia, en los individuos y en la comunidad. Supongamos que la pregunta se enfocase entonces de esta manera: ¿Cuáles son las necesidades más amplias además de las de la iglesia misma? (incluyendo las de la comunidad, el estado, la nación, el mundo y la denominación). Una vez más las respuestas habrían de ser muy variadas: mejores hogares y escuelas, normas morales más elevadas, el mejoramiento de las relaciones raciales, mejores condiciones económicas, mejor gobierno, mejor uso de la moderna tecnología, paz y buena voluntad entre las naciones, unidad denominacional y progreso misionero.

¿No se siente una pregunta latente que necesita ser contestada antes de que ninguna de estas necesidades pueda ser cubierta con efectividad? ¿Cuál es la necesidad que si no es atendida hace improbable la solución de cualquiera de los demás problemas? La respuesta surgirá casi unánime: Una dirección capacitada, responsable, digna de confianza. Esa clase de jefatura, debidamente orientada, sin motivos egoístas para alcanzar los fines más convenientes, ha de atraer a seguidores leales e inteligentes que pueden eventualmente, llegar a hacer todo lo que sea necesario hacer. Sin jefes y seguidores de esa calidad, cualquier empresa está condenada al fracaso más tarde o más temprano. Con esa clase de jefes y seguidores, el éxito final está asegurado. Lo triste del caso es que en el mundo de hoy, esa clase de condiciones para ejercer una jefatura, está muy escasa. Y ésta es la realidad, tanto en la iglesia, como en el estado, en el mundo de los negocios, en la industria, en las profesiones y en la sociedad organizada en general. Esa escasez es más de lamentar por la complejidad creciente de la vida y el aumento sin precedentes de la población, la congestión y la desintegración de las ciudades. La incidencia progresiva de la inmoralidad y del crimen, y los antagonismos que amenazan la paz de las comunidades, de las naciones, y del mundo. ¿De dónde va a salir la provisión de esas facultades de dirección que con tanta urgencia se necesitan? ¿Podemos confiadamente apelar al medio instrumental de las masas, las escuelas, los partidos políticos, las organizaciones sociales e industriales, las profesiones educacionales, las sociedades filantrópicas? Cada una de las anteriormente mencionadas puede desempeñar su papel, pero la única institución adecuada para esa tarea es la iglesia de Jesucristo, funcionando de acuerdo con los principios y patrones del Nuevo Testamento. ¿Se contempla usted a sí mismo dentro de este marco? Se le necesita a usted como director.

Se necesita que usted dirija en el campo de acción cristiana.
Jesucristo se encuentra donde hay acción. El nunca se propuso que su adoración y servicio quedaran encerrados entre las paredes de un edificio. Durante su ministerio, él predicó y enseñó e hizo sus obras más a menudo en las calles, en el mercado, en la ladera de una montaña o a la orilla del mar más que en el templo o en la sinagoga. Y es de notar que siempre repudió el institucionalismo estrecho de los líderes religiosos. Pablo personificó el espíritu del Maestro al hacer oír su testimonio en el calor de la intensa oposición de la controversia.

La iglesia no es una institución sociopolítica ni una empresa mercantil. Pero, sí, tiene la responsabilidad de empapar las relaciones sociales y económicas con los principios cristianos. Puede ser que la iglesia no consiga sus mejores resultados por medio de la acción directa, pero sí puede, por medio de sus miembros, dirigir la acción con efectividad. Tal dirección puede hacerse en el espíritu de amor, aún para los enemigos. Sin embargo, el amor puede, a veces, ser tan franco y severo como lo fue Jesús en sus acusaciones contra los fariseos. Existe un “muro de separación” entre la iglesia y el estado, pero esto no significa que estén absolutamente separados el uno del otro. Debe haber una puerta en el muro por la cual la religión y la política puedan ir y venir en comunicación libre y colaboradora. Los políticos son mejores servidores del pueblo si son cristianos y los cristianos pueden ser mejores siervos de Cristo y de su iglesia si se ocupan honorable y sabiamente de la política. Esto es una verdad en los negocios, en las profesiones, e igualmente en todos los esfuerzos humanos. El adiestramiento que los miembros de la iglesia reciben para ejercer una dirección cristiana debe ser útil cuando se lleva a la práctica en otras áreas de servicio. Es necesario que usted dé su cooperación en las situaciones en que usted sea llamado a dirigir por amor de Cristo y en su nombre.

Se necesita de usted para ayudar a reemplazar la mala dirección por una buena.
Hay que reconocerlo — siempre habrá quien esté a la cabeza y dirija, sea para bien o para mal. Siempre ha habido, como hay en la actualidad, demasiados directores malos. Jefes que han guiado en una mala dirección se encuentran en todas las esferas de la vida, en la religión, en la política, la industria, la educación, las profesiones, los medios de comunicación, las diversiones, los deportes, en fin, en donde quiera que uno fije la vista. Muchos cristianos se lamentan de esta desafortunada situación pero, sin embargo, se niegan a buscar o a aceptar las responsabilidades del líder. Se excusan a sí mismos, aduciendo que se encuentran demasiado ocupados, o que no quieren comprometerse, o que carecen de las aptitudes o inclinaciones necesarias, o que cualquier otro lo puede hacer mejor que ellos. Son como los hombres de la parábola que fueron invitados a la fiesta, e inventaron excusas insustanciales para no hacer lo que realmente no tenían deseos de hacer. Se libraron de tener que asistir a la fiesta, pero ellos mismos se cerraron la puerta de la oportunidad para siempre.

Las consecuencias de una mala jefatura son de largo alcance e ineludibles. El argumento “eso no es incumbencia mía”, es falaz. El motín dirigido por extremistas raciales puede destruir tu propiedad lo mismo que la del vecino. El político demagogo que consigue la influencia del poder puede hacer que tu negocio vaya a la bancarrota. El agitador en la iglesia puede sembrar la semilla de la discordia en la iglesia y alejar a tus hijos de Cristo. Aun en el nivel de los intereses personales, no se puede evadir la responsabilidad de dejarle el campo abierto a una mala dirección. Ya en un nivel más elevado de lealtad a Cristo y al bienestar de los demás, la dirección mala tiene que ser sustituida por una buena. La iglesia, la escuela, la comunidad, la nación, y el mundo en general, sufren cuando los malos son los que mandan. Cuando Faraón obstinadamente se negó a dejar salir al pueblo escogido, las plagas cayeron sobre todo Egipto. Cuando los reyes de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, toda la nación tuvo que sufrir por ello. Las guerras, antiguas y modernas, han devastado la tierra a causa de la ambición desmedida de parte de los malos gobernantes. La historia actual lleva el recuento de la explotación de los débiles por parte de los más fuertes, y por mucho que nos escondamos no podemos sustraernos al hecho de que somos los guardianes de nuestros hermanos. La única manera de poder deshacernos de los jefes perniciosos es sustituyéndolos por jefes que reúnan las condiciones dignas. Y se necesita urgentemente de su ayuda para hacer esa sustitución. Edmund Burke, un estadista inglés, lo expresó hace dos siglos:
“Todo lo que se necesita para el triunfo del mal en el mundo, es que los hombres buenos no hagan nada.”

Se necesita que usted dirija en su iglesia.
Cuando una iglesia es lo que debe ser, es una democracia espiritual. La democracia debe ser algo más que el derecho de elegir a sus oficiales. Una democracia sostiene que el derecho a participar comprende el deber de participar. En una democracia los gobernantes son los gobernados. Una iglesia que siga la inspiración del Nuevo Testamento no puede delegar su autoridad a un “circulo íntimo” y de esta manera absolver a los demás miembros de la responsabilidad de la dirección. La dirección en una democracia es esencialmente una cuestión de iniciativa — ver y hacer lo que es necesario que se haga. El que se elija a una persona para un cargo no la hace automáticamente un líder. Y el que dejen de elegir a uno, no lo absuelve de sus responsabilidades de dirigir. En la iglesia de Jersusalén,

los apóstoles tomaron la dirección por razón del nombramiento que Jesús les había dado. Pero “la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hech. 4:32). Todos ellos daban testimonio individual y colectivamente. Su iglesia necesita de su cooperación como líder porque así es como usted puede alcanzar la madurez cristiana. Los padres prudentes saben que la responsabilidad debe pasar de ellos a sus hijos si esos lujos han de estar preparados para asumir los deberes de la vida madura. El hijo demasiado protegido llega a ser el hombre o la mujer “difícil”. Usted corre el peligro de convertirse en un miembro “difícil” de la iglesia si usted acepta pasivamente la dirección de otros y nunca aprende a actuar bajo sus propias iniciativas. El error más grave consiste en no tomar parte activa en la vida y en el trabajo de su iglesia, aun en el caso de que obrando así cometa algunas veces un error. Su iglesia necesita de que usted dirija porque así es como se robustece un compañerismo vital. Un sinónimo de compañerismo es una sociedad. Un socio es uno que participa en las actividades con otro. Tal vez sea un socio “sin voz ni voto” en cuyo caso está comprendido en las ventajas que pueda obtener y no en lo que por sí mismo pueda contribuir. Una iglesia compuesta principalmente de “socios pasivos” puede que tenga un presupuesto, pero no tendrá una hermandad. De la misma ma- nera como no hay salvación por poder, tampoco puede haber participación por poder. El compañerismo de la iglesia no es automático — tiene que ser desarrollado en una comunidad de fe y trabajo compartido. La iglesia se sentirá más débil en la medida en que usted y otros no sientan la responsabilidad de dirigir. Se necesita de su cooperación para que su iglesia sea una verdadera koinonia, una comunidad cristiana.

Usted Necesita Responsabilizarse
La palabra “perdidos” adquiere mayor y más terrible significado a medida que la población aumenta y la amenaza de la destrucción del mundo se hace más ominosa. Considérense los millones de vidas y los billones de dólares perdidos en las dos recientes guerras mundiales, las más destructivas en la historia. Considérese lo que se está perdiendo en la actualidad en factor humano y en impuestos para pagar los gastos de las guerras presentes y pasadas. Vamos a pensar en lo que se pierde por causa del crimen, la ignorancia, la ociosidad, la inmoralidad, la explotación, la pobreza y la negligencia. Reflexionemos sobre la felicidad perdida por los hogares destruidos y las vidas destrozadas. Pensemos en la pavorosa perspectiva que presenta el aumento de tanta pérdida en todas éstas y en otras áreas en los años que nos quedan por ver. Si el curso de las cosas sigue así, puede que la civilización misma esté perdida.

En la misma iglesia, entre sus propios miembros, la palabra “perdido” tiene un significado oscuro y trágico. Haga un recorrido por las listas de la iglesia para descubrir cuántos miembros se han perdido, sus direcciones desconocidas, su relación con la iglesia desaparecida. Si su iglesia es como la mayoría, el número de los desaparecidos es aproximadamente un tercio de la membresía total. Continúe su investigación para determinar cuántos miembros residentes permanecen casi completamente inactivos, asisten muy rara vez a los cultos, si acaso asisten, no contribuyen con nada, no prestan servicio alguno, ni dan testimonio. Vamos a aceptar que son salvas sus almas si alguna vez creyeron en Cristo, pero evidentemente, en lo que respecta al momento presente, se ha perdido su utilidad para la causa de Cristo y su iglesia. Y ésta es una pérdida que debe causar dolor en el corazón de Dios. Tal vez esta vuelta hacia atrás no es completamente culpa suya. Tal vez la iglesia por su falta de dirección interesada en esa clase de miembros es en parte culpable. Y usted es necesario para conservarlos para Cristo. El estar perdido en el sentido bíblico significa estar para siempre alejado de Dios y de todo lo bueno. Y ésta es una condición infinitamente más terrible que todo lo que se pueda concebir en el plano humano. La palabra que Jesús usó para infierno se traduce de gehenna, que era el nombre de un lugar cerca de Jerusalén donde se quemaban todos los desperdicios. El ser “arrojado al infierno” es verse para siempre arrojado del cielo para vivir eternamente con el remordimiento del pecado no perdonado. Se cuenta que en una clase de teología que explicaba el doctor W. T. Conner del Southwestern Baptist Theological Seminary, un estudiante usó la palabra “infierno” de una manera burlona. El profesor permaneció en silencio, se levantó y se paró ante la ventana abierta mirando hacia afuera con una expresión adolorida en su rostro. Entonces se volvió a la clase que estaba en sobrecogido silencio y dijo: “Nunca usen esa palabra a la ligera. Hay muchos que están en camino a ese lugar.” La verdad es que hay muchos que ya están allí, aun antes de morir, que viven alimentándose de los desperdicios de la vida, cuando podrían estar disfrutando del banquete del maná celestial. ¿Será de ellos mismos la culpa? Tal vez no la tengan toda — tal vez nunca ha habido una persona que los buscase para conducirlos a Cristo. El profeta describe esto muy gráficamente:
“Si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta … y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, éste fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya” (Eze. 33: 6).

Lector, se le necesita y se le da la comisión de guiar a los perdidos al Salvador,

“para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hech. 26:18).

Cuando los cristianos tienen verdadero interés suceden muchas cosas. No es muy probable que nos pongamos a orar con verdadero fervor a menos que sintamos un peso en nuestros corazones, y la carga de la dirección también tiene que ser experimentada en primer lugar. ¿Se siente usted intranquilo porque no desempeña una parte significativa en el trabajo de su iglesia? ¿Le remuerde, a veces, la conciencia porque teniendo una responsabilidad para con su iglesia, la toma un poco a la ligera? ¿Se da usted plena cuenta de que la causa de Cristo sufre y su iglesia se debilita, si usted pasa por alto estas preguntas y no hace nada por remediar estas necesidades? El peso de la responsabilidad como director puede que no sea tan grave como una falta personal, como una indiferencia ante la escasez de personas dispuestas a dirigir. Aunque usted se halle cumpliendo su parte razonablemente bien, puede que se encuentre como el soldado en la línea de fuego que se ve acosado y en peligro si no llegan los refuerzos a tiempo. Su iglesia se halla comprometida en la más crucial de todas las batallas — la lucha por las mentes y las almas de los hombres. Si se pierde esta batalla, significa que, eventualmente, se perderán todas las demás. La guerra del cristianismo es una guerra en la cual
“no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”,

escribe Pablo como si estuviese describiendo la situación actual, y entonces hace el enérgico llamamiento:
“Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estad firmes … tomad el escudo de la fe, … el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Ef. 6:12-17).

Cada uno de los soldados en esta tremenda guerra espiritual es al mismo tiempo un jefe y un subalterno — un guía en la pelea y un seguidor de Jesucristo, y usted no es digno de estar alistado, a menos que, como él, sienta gran interés por el resultado. Ethelwyn Weatherald lo ha expresado en las siguientes líneas:

Se me ordena marchar a la pelea Y si caigo herido o muerto en la batalla O si salgo triunfador ¿qué es lo que importa? Si mi Dios será por siempre el triunfador. No hay nada que más anhele el siervo Si no es hacer su parte con valor, No se me ordenó vencer o ser vencido Fui enviado solamente a pelear.

Algo Sobre Que Pensar y por lo Cual Orar
¿Ha crecido usted con el concepto de que el jefe es una persona excepcional por razón de su cuna, su puesto, sus éxitos en la vida, o su genio? Si es así, ¿se ha convencido ya de que estaba equivocado? ¿Qué indicaciones da su carácter acerca de su idoneidad real o potencial para llegar a ser un buen director? ¿Qué consecuencias se pueden sacar en su caso personal acerca de sus posibilidades para poder desempeñar el papel de director, de acuerdo con la premisa “usted puede aprender a dirigir”? ¿Qué condiciones dentro y fuera de la iglesia señalan la urgente demanda que hay de más y mejores guías y jefes? ¿Por qué la necesidad de personas que dirijan es la más imperiosa de todas las demás necesidades? ¿Qué otros campos hay, además de la iglesia, donde se necesiten urgentemente directores cristianos? ¿Qué sucede si los cristianos se excusan de asumir la responsabilidad de la dirección y las fuerzas del mal son las que ocupan esos lugares? ¿Cuáles son los propósitos para los cuales su iglesia necesita inmediata y urgentemente su colaboración responsable? ¿Por qué debe usted responsabilizarse con esta necesitad?

2. — El Distintivo Cristiano
La nota distintiva del líder, en el concepto tradicional popular, puede asumir distintas formas. La imagen puede variar de acuerdo con el tiempo, las circunstancias y la historia y la cultura del pueblo.

Imágenes Populares del Líder
Históricamente, la imagen del líder en la cual se piensa con más facilidad es la del hombre excepcional, dotado con la facultad de mando. Lo primero que nos viene a la mente son los reyes, emperadores, papas, generales, obispos, presidentes, gobernadores, capitalistas, líderes laborales y otros por el estilo. Su cargo los inviste de autoridad y su jefatura es la que les concede su posición oficial. Otra imagen del líder es la del activista. El se gana por derecho propio el puesto de líder porque él es el que resuelve las cosas. El es el que ve una necesidad y procede a organizar los recursos de que se dispone para resolverla. Puede tratarse de una necesidad material ya sea el mejoramiento de relaciones entre las personas, con libertad y justicia para todos. O la necesidad puede ser moral: hacer depuración de las condiciones que provocan la delincuencia, la inmoralidad o el crimen También la necesidad puede ser educacional; más escuelas y mejores y una mayor igualdad de oportunidades educacionales. O pudiera ser que se trate de necesidades espirituales: de destruir las barreras del pecado y aumentar el amor a Dios y al prójimo. Las personas que necesitan que haya acción a su al rededor vuelven los ojos a un activista de esta clase para reconocerlo como su jefe y se convierten en sus seguidores y le brindan su apoyo. Otra imagen que nos hacemos del líder es la del hombre de superior inteligencia y originalidad. En el campo de las ideas se le acepta como guía. En este campo de dirección, cuando pensamos en mentes directoras, recordamos a los filósofos, teólogos, novelistas, dramaturgos, científicos e inventores, los iniciadores de nuevas maneras de pensar y de creer. Sus ideas no siempre son aceptadas al principio y frecuentemente se ven perseguidos. Sin embargo, en último término, si no al principio, atraen un número de seguidores y llegan a ocupar un lugar en el salón de la fama como guías del pensamiento. Algunas veces el hereje de ayer se convierte en el pensador ortodoxo del mañana y el innovador de hoy puede ser más tarde rechazado por sus más afortunados sucesores. La imagen del líder puede ser la del idealista. La función del idealista es la de conseguir el mejoramiento de la realidad. El ve lo que los demás ven pero ve

más allá. Más allá de la fealdad, él alcanza a percibir la belleza, por encima del mal, él ve el bien, más allá de la falsedad, él ve la verdad. El puede comunicar su percepción interior por medio de la literatura, la música, la arquitectura, la pintura, o la oratoria — por cualquier medio artístico, en fin, en que le sea posible buscar y encontrar expresión. El puede combinar su percepción interior con su habilidad, de manera que su maestría se hace evidente al oyente y al que le contempla. Con el tiempo, lo que él produce llega a ser reconocido como “clásico”, es decir: de primera clase. Hasta puede ser que llegue a ser el fundador de una “escuela” de seguidores que aceptan sus ideales y se esfuerzan por imitarlos y perpetuarlos. La imagen del líder puede ser la del hombre que se destaca en el campo espiritual. Su mayor interés se concentra en las cosas del espíritu, los valores invisibles de la vida, las relaciones entre lo humano y lo divino. En esta categoría pueden colgarse a los grandes fundadores de las religiones étnicas: Buda Confucio, Lao-Tse, Mahoma. Cuando pensamos en los líderes espirituales, incluimos a los patriarcas del Antiguo Testamento: Moisés, Samuel, David, los videntes y los profetas de Israel. Concedemos el puesto supremo de la lista de los idealistas a Jesucristo y después de él colocamos en la lista a los apóstoles, especialmente a Pablo. La lista entonces se convierte en una larga narración de los guías del espíritu en la historia cristiana, desde el primer siglo hasta el día de hoy. Se les recuerda porque ellos se esforzaron para que los hombres oyesen y siguiesen el llamamiento del Señor. ¿Qué nos revelan estas imágenes tradicionales y populares del líder? En general, cinco cosas: Que él (o ella),
(1) es una persona excepcional; (2) que posee cualidades de autoridad; (3) que posee una capacidad y maestría poco comunes; (4) que exhibe rasgos de personalidad que llaman la atención; y (5) que ejerce influencia sobre los demás, que los convierte en sus seguidores voluntaria o involuntariamente.

Con mucha frecuencia, si no siempre, se combinan varias de estas características en la misma persona, aunque una cualidad sea generalmente la predominante. Por regla general, el líder es aceptado porque ayuda a sus seguidores a conseguir lo que quieren o a ser lo que ellos desean. La medida de su grandeza se calibra en términos del éxito de sus logros o de sus perfecciones personales o por ambas cosas. Un guía de esa clase se destaca por encima de los hombres y mujeres ordinarios como un individuo extraordinario, al cual se

debe seguir porque en su posición o en su campo, él va a la cabeza de la multitud.

El Concepto Revolucionario del Cristianismo
Se admite de una manera realista que hay y siempre ha habido personas excepcionales que han asumido la dirección, unas veces para bendición de sus seguidores y otras para maldición de los mismos. Pero el concepto de que los únicos líderes son personas excepcionales, personas que son prominentes o que tienen poderes excepcionales, es un concepto que el cristianismo pone enérgicamente en tela de juicio. Jesucristo reveló el verdadero distintivo de la dirección cristiana. El reunió a su alrededor un grupo de hombres ordinarios de los niveles corrientes de la vida. Ellos no desempeñaban cargos; no eran notables como hombres de acción; no se, destacaban por sus ideas o ideales. Tampoco eran hombres de peso o de influencia en materia de religión. Evidentemente, ellos eran hombres de buen sentido y de carácter intachable, con sus mentes abiertas y dispuestos a aprender; hombres que estaban convencidos de que las pretensiones de Cristo estaban bien fundadas y así se hicieron sus discípulos. Después de una noche de oración, la cual Jesús pasó indudablemente en conversación con el Padre acerca de las cualidades y potencialidades de estos hombres seleccionados, él nombró doce
“para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios” (Mar. 3:1415).

Al mismo tiempo que lo acompañaban, se empaparon de su espíritu, aprendieron su mensaje, comprendieron su misión redentora y observaron e imitaron su método. Habían abandonado su trabajo, y consagraron todo su tiempo a su discipulado. Muy pronto observamos que algo les sucede a estos hombres, que hasta aquel entonces no habían sido más que individuos ordinarios. Ellos mismos descubrieron que tenían poderes de los cuales no se habían dado cuenta antes. Captaron una visión de la restauración del reino de Israel, ocupando ellos los puestos más importantes. Evidentemente se convirtieron en personas ambiciosas de ser dirigentes a la manera del mundo. Jacobo y Juan, alentados por su madre, se acercaron reservadamente a Jesús, para solicitar de él los dos puestos más importantes en su reino, que veían ya cercano, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Reprendiéndolos, Jesús recalcó que él no podía demostrar favoritismo; además, el derecho de decidir

no era suyo, sino del Padre. De alguna manera, los otros diez se enteraron de la treta y se enojaron y en consecuencia, hubo entre ellos una disputa sobre quién había de ser el más importante. Este rompimiento de la confraternidad de los doce, por la ambición de la jefatura, le proporcionó a Jesús la ocasión para establecer el distintivo radical de la dirección cristiana. El les señaló la estructura piramidal del gobierno bajo el cual vivían — el emperador en el punto cimero y los demás gobernantes en orden descendente. “Mas entre vosotros no será así”, dijo él. “Sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo.” Entonces él se dio a sí mismo como ejemplo:
“Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:26-28).

Aquí está, pues, el distintivo cristiano: el guiar o dirigir no es ponerse por encima de los demás en prestigio o en poder. Es servir, ponerse bajo la carga de las necesidades humanas y llevarla de una manera sacrificial y redentora. De acuerdo con esta norma, la medida de la grandeza no es la preeminencia sino la humildad, no es la excelencia sino la fidelidad, no es la autoridad, sino la obediencia, no es el ser servido sino el rendir servicio. Con el tiempo, estos hombres y sus sucesores llegaron a aprender que el dirigir es prestar servicio. Este concepto radical de la jefatura lleva consigo implicaciones con largas raíces, especialmente para la solución de los problemas de la dirección en la iglesia.

Implicaciones que Atañen a la Iglesia
En todas las comunidades se pueden encontrar personas excepcionales. Estas personas pueden estar desempeñando cargos públicos o tal vez se destacan en diversos campos de actividad, de pensamientos, de ideales, de religión. Si estas personas no son cristianas, debe buscárselas con afán para ganarlas: para Cristo; si son nominalmente cristianas, pero inactivas en su iglesia, se las debe alistar en su servicio. Esas personas clave pueden abrir muchas puertas para la iglesia, que de otra manera permanecerían cerradas. Moisés en el Antiguo Testamento Pablo en el Nuevo son ejemplos del uso que Dios hace poderosamente de los hombres estratégicos. En las listas de miembros de casi todas las iglesias hay directores potenciales a los cuales no se les está prestando atención. Tal vez ellos mismos nunca han pensado que podrían ocupar puestos de responsabilidad y la iglesia probablemente ha dado por sentado que esas personas no pueden o no están

dispuestas a servir. Sin embargo, si con previa oración alguien se pone en comunicación con ellos y solicita su cooperación, puede suceder que rindan su vida, sus talentos y sus servicios a Cristo y a su iglesia. La condición básica para ejercer una dirección cristiana es la plena aceptación del concepto de Jesucristo de que el director ha de estar dispuesto a servir. Este es el distintivo cristiano. Si se pierde de vista, habrá dificultades. Muchos, si no la mayoría de los fracasos de la iglesia tienen como origen directo o indirecto, la falta de reconocer y practicar este distintivo.

Violaciones Históricas de este Distintivo
Al principio de la historia cristiana empezó la lucha por la preeminencia. A medida que el cristianismo creció y se propagó, se constituyeron grandes iglesias en las principales ciudades de Europa y de Asia Menor. Los pastores metropolitanos se convirtieron en “obispos” y asumieron autoridad sobre sus diócesis. A causa de su posición, obtuvieron autoridad sobre los pastores de menor categoría. Al finalizar el Siglo V, había cinco centros metropolitanos o “patriarcados” que estaban reconocidos: Roma, Antioquia, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén. En la lucha por la supremacía, Roma salió triunfante; y el obispo de Roma se hizo “papa” de la cristiandad. La ambición de poder, inherente al género humano, encontró expresión en las descompasadas reclamaciones de mayor poder incrementadas constantemente por los obispos o papas de Roma. Después de la caída de Roma (A.D. 410) el caos se extendió por una gran parte del Imperio. Las que un día fueron poderosas legiones romanas eran impotentes para contener a los bárbaros invasores. Sobrecogidos éstos ante las pretensiones y los ritos de los sacerdotes, muchos de los jefes bárbaros se sometieron al bautismo y a su vez obligaron a sus súbditos a bautizarse. De esta manera, la iglesia llegó a ejercer una gran parte del poder que anteriormente había pertenecido al emperador y a la curia romana o senado. El papa asumió el título de Pontifey maximus (Custodio de Puente) título por el cual el emperador había sido conocido. El papa pretendió ser el sucesor de Pedro, el vicario de Jesucristo, el Santo Padre, el supremo gobernante de la iglesia sobre la tierra. Le seguían los cardenales; después venían los arzobispos y obispos; después, en orden descendente, distintas clases de sacerdotes. En el plano más inferior estaba el pueblo, sosteniendo y obedeciendo a la jerarquía. La pirámide de Jesús había sido invertida — el hombre grande era uno a quien servir y el pequeño y humilde el que tenía que servir. Hubo reformadores antes de la Reforma, pero el siglo dieciséis presenció una revuelta más o menos triunfante contra el sistema autoritario de la Iglesia

Romana. Las iglesias reformadas corrigieron muchos abusos en asuntos de doctrina y práctica, pero no consiguieron liberarse sino de una manera parcial del concepto secular de la jefatura. “Las Ordenes del Ministerio” se retuvieron en muchos casos. Las iglesias territorial fueron puestas bajo la jurisdicción de los obispos y éstos mantuvieron un cierto dominio sobre las congregaciones y los pastores; y los pastores a su vez, a menudo ejercían autoridad sobre los que estaban a su cargo y sobre los oficiales locales. Nunca ha sido fácil el desarraigar este concepto profundamente de mentado de que la jefatura confiere el derecho de mandar.

Esfuerzos para Reestablecer el Distintivo
El movimiento democrático que sopló por toda Europa por los siglos diecisiete y dieciocho viró hacia el oeste llegando hasta el Nuevo Mundo. Su proposición básica fue la de que los hombres tienen el derecho a ser libres y de gobernarse a sí mismos. La revolución encontró oposición por parte de las iglesias de tipo jerárquico y episcopal, pero fue aprobada y promovida por las de tipo congregacional. En distintos grados y con diferentes proporciones de éxito, estos cuerpos eclesiásticos procuraron delegar autoridad y responsabilidad en manos de la congregación. En principio, cada iglesia debería poseer el derecho de administrar sus propios asuntos y seleccionar sus propios dirigentes. Idealmente, ese derecho se extendía a cada miembro activo de la congregación. La separación entre los “clérigos” y los “laicos” fue teóricamente rechazada. Las palabras de Jesús se tomaron en serio:
“Ni seáis llamados maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mat. 23:10-12).

De acuerdo con esto, estas iglesias ordenaron o dieron su aprobación a quienes después de examinados, juzgaban que eran llamados por Dios para el ministerio o para el diaconado. Cada iglesia tenía la facultad de llamar o de declarar terminados los servicios del pastor y de los miembros del cuerpo ejecutivo. Bajo la dirección de un comité, la congregación elegía a los que habían de desempeñar los distintos cargos en la dirección de la iglesia y en sus organizaciones. Cuando se solicitaba ingreso en la membresía del cuerpo eclesiástico, la congregación votaba su aprobación o denegación. Una iglesia de esa clase tenía justificado orgullo en designarse a si misma como una democracia espiritual. En principio, una iglesia así, estaba procurando restablecer el distintivo cristiano de la dirección como un servicio. Pocas y pequeñas en número, al principio, estas iglesias han ido hasta hacerse numerosas y a menudo grandes y prósperas. Sus problemas de escasez se han

convertido en problemas de abundancia. La sencillez de su organización ha cedido el puesto en muchas ocasiones a la complejidad. La necesidad de delegar las atribuciones de la dirección tiende a hacer el dominio congregacional nominal antes que real. Surge, pues, la cuestión de si el principio cristiano de dirección puede sobrevivir.

El Distintivo Cristiano en Peligro
El distintivo cristiano de considerar la jefatura como un servicio ha sido puesto en peligro por el deseo absorbente y muy extendido de abarcar muchas cosas. Muchos, si no la mayoría de los miembros de las iglesias, ceden hasta cierto punto al deseo de “cosas mejores para vivir mejor” — una residencia moderna con comodidades automáticas, un automóvil (tal vez dos o más), radio y televisión, gas o calefacción eléctrica para el invierno y aire acondicionado para el verano. En los negocios y en la industria, las operaciones que un día se hicieron a mano, hoy se ejecutan a máquina. Ciertamente, no queremos decir que esto sea malo sino que tiende a descontar la idea del servicio personal. “Con el sudor de tu rostro comerás pan” suena hoy de una manera muy poco realista en los oídos del Adán moderno. Si en todas las demás áreas del esfuerzo humano se busca la línea del menor esfuerzo, ¿por qué no hacer lo mismo en la iglesia? La jefatura demanda dedicación de tiempo y esfuerzo, lo cual ya muchos se han acostumbrado a evitar. El distintivo de la dirección cristiana se ve en peligro por la precipitación de la vida moderna. Por todas partes, la gente anda de prisa. No hay más que fijarse en la velocidad del transporte en las carreteras y en el aire. A pesar de la ayuda de los aparatos para ahorrar tiempo y trabajo, la vida de las personas está atropellada como nunca antes. Cuando se las presiona para que tomen una posición de responsabilidad en la iglesia, la respuesta acuñada es: “No tenemos tiempo.” A menudo, el que dirige se pone en pie ante su grupo con la tenue excusa: “Siento que no estoy preparado, no he tenido tiempo.” Si el papel que se desempeña es verdaderamente el de siervo de Jesucristo, su servicio debe ser lo primero. De lo contrario, el distintivo cristiano se ha frustrado. El distintivo de la dirección cristiana se ve obstaculizado por el interés personal. “¿Qué es lo que voy a sacar de eso?” se convierte en la pregunta usual en esta sociedad que no se piensa más que en adquirir para sí. Y el cristiano que vive en esa atmósfera, se inclina inconscientemente a adoptar esta actitud. El trabajo de la iglesia no es un trabajo carente de su rica recompensa, pero si el motivo impulsor es el interés personal, el resultado será el fracaso. Cuando se trata del servicio de Cristo y de su iglesia, el interés

personal debe quedar sumergido. No desconocemos que algunos miembros de la iglesia se conducen en desacuerdo con esta filosofía y cuando así sucede, queda vulnerado el principio cristiano de dirección. Podríamos sugerir otros peligros que se oponen a este principio:
“Adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gal. 5:19-21).

La lista de Pablo es larga y desagradable, pero se debe recordar que él escribía para poner en guardia a los cristianos que podrían ser tentados a seguir las “obras de la carne”. Es muy cierto que esa clase de miembros indignos, que caen en pecados de esta clase, no pueden reunir las condiciones para ser siervos de Jesucristo y de sus hermanos.

El Ejemplo del Distintivo Cristiano
Hemos de considerar el lado brillante de este cuadro. Desde los tiempos de los apóstoles hasta ahora, siempre ha habido cristianos servidores que se han destacado por las cosas notables que han hecho como líderes. No podemos menos que recordar la lista de “los héroes de la fe” en Hebreos 11, de eruditos como Justino Mártir, quien sufrió la muerte por la defensa del evangelio; y los heroicos hombres y mujeres que dieron sus vidas por amor a Cristo durante el período de la persecución romana. La Reforma tuvo sus siervos sufrientes, tales como Wycliff, Huss, Félix Manz, Latimer, Crammer, Hubmaier, Lutero, Melancton, Juan Knox, y otros de menos renombre pero no menos nobles en su servicio sin tenerse en cuenta a sí mismos para nada, hombres “que no contaron el precio de su vida como algo costoso”. Los bautistas han tenido su cuota completa de hombres de esa clase: William Carey, Andrew Fuller, Robert Hall, Charles Spurgeon; en América Roger Williams, John Clark, Obadiah Holmes, John Peck, Adoniram Hudson, Luther Rice, Richard Furman, Jesse Mercer, Jeremiah Jeter … la lista se hace más larga a medida que la causa bautista se hace más vigorosa. (Y no hemos de olvidar a Penzotti en la Argentina, al doctor Moisés M. N. McCall en Cuba, a Vicente Mendoza y a la familia Barocio en México.) Solamente “el Libro de la Vida del Cordero” será suficiente para nombrarlos todos hasta este día, todos los que por medio de su ejemplo han hecho vivo el principio de la dirección como servicio.

Miremos a nuestro alrededor y veremos este principios demostrado en la práctica en nuestra comunidad y en nuestra iglesia. Pensad en los pastores y miembros del comité ejecutivo que han servido aun sacrificándose. En los diáconos, en los oficiales de la iglesia, los maestros y oficiales de la escuela dominical, los líderes de la Unión de Preparación, la Unión Femenil Misionera, la Asociación Bautista de Hombres, los Ministros de la Música y otros en diversas actividades de la iglesia, personas que, sin regatear, han dado su tiempo y su energía, sin pensar en recibir remuneración alguna. Recuerden a los hombres y mujeres cuya ambición en el servicio público ha sido la de usar sus energías y ser usados por amor a los demás. Tal vez los más notables en la demostración de este principio son los misioneros en el territorio nacional y en el extranjero que han perdido su vida para volverlas a encontrar en su puesto de dirección en la misión cristiana. Ellos, mejor que los políticos, o los militaristas, son los capaces de dirigir al mundo para sacarlo de la oscuridad y conflicto, y guiarlo a la luz y a la paz.

El Llamamiento a Dirigir es un Llamamiento para Servir
El servicio no implica la idea de un nivel muerto de mediocridad. No significa la conformidad con la inferioridad, la rendición del deseo de superarse o la renunciación a la esperanza de alcanzar altas metas. Por el contrario, el servicio cristiano es el medio más seguro de alcanzar la legítima superioridad. Vivir una vida plena de significación y la realización de las más altas esperanzas y los más nobles sueños. El servicio cristiano es la garantía más segura contra el vacío de la vida que experimentan inevitablemente las personas que han vivido para sí y para las satisfacciones que giraban alrededor de sí mismos. Cuando Jesús se estaba preparando para dejar a sus discípulos, dijo a aquel pequeño grupo de hombres sencillos, congregados a su alrededor:
“De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aun mayores hará, porque yo voy al Padre (Juan. 14:12).

El los consoló prometiéndoles que iría a preparar un lugar para ellos, para que donde él estuviese, ellos estuvieran también. Les ofreció el incalculable privilegio de la oración, de acuerdo con el cual habrían de obtener todo lo que pidiesen en su nombre. Así mismo les aseguró la presencia y el poder del Espíritu Santo, que permanecería con ellos para siempre. Al llegar a este punto Judas (no el Iscariote) interrumpió, como asombrado de que Jesús les hablase en esa forma a ellos — que no eran más que una pequeña banda de hombres humildes. “¿Cómo es” preguntó él, “que te manifestarás a

nosotros, y no al mundo?” (Juan. 14:22). Ellos se preguntaban por qué no estaba él haciendo estas promesas y revelaciones a los grandes y poderosos antes que a ellos que no eran más que unos hombres desconocidos e insignificantes. A esta pregunta Jesús respondió:
“El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” (Juan. 14:23).

¡Esto quiere decir que no hay persona que crea en Jesucristo y se convierta en su siervo que pueda ser ordinaria, insignificante y sin importancia! La historia demuestra la verdad de las palabras de Cristo, porque estos hombres sencillos llegaron a ser los directores del movimiento que cambió la faz del mundo. Sus nombres aún son recordados cuando los llamados grandes de su tiempo están enterrados en el polvo del olvido. La promesa es para usted y para cualquier otro cristiano que esté dispuesto a cumplir con la condición: “El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mat. 20:26). Esta es la oración de M. Woolsy Stryker;
Que nuestros corazones sean gobernados Y nuestros espíritus enseñados A buscar solamente cuál es tu voluntad. Y cuando hayan descubierto tu propósito bendito Instruye nuestros labios al hablar.

Algo para Pensar y por lo Cual Orar
¿He crecido con el concepto de que un gran hombre es un dirigente excepcional, lleno de actividad, de pensamientos, de ideales y de espíritu? ¿Por qué? ¿Qué tienen en común estos distintos conceptos del líder? ¿Qué concepto revolucionario acerca del que dirige introdujo Jesús? ¿Hasta dónde estoy preparado para aceptarlo? Si el concepto de Jesús acerca del que dirige fuera plenamente aceptado ¿qué significaría
(1) para mí personalmente, (2) para la iglesia y la comunidad?

¿Cómo fue que surgieron en el cristianismo primitivo los conceptos erróneos acerca de la categoría de los líderes? ¿Cuáles fueron las consecuencias? ¿En qué fracasó la Reforma al no recobrar el distintivo del que ha de dirigir? ¿Hasta qué punto se ha perpetuado este fracaso hasta llegar a las iglesias de hoy? ¿De qué maneras se está viendo en peligro el distintivo de la dirección cristiana en su iglesia y en su denominación? ¿O en su propia vida? ¿Cuál es el lado brillante del cuadro? ¿Qué ejemplos puede usted traer a la mente de líderes que han demostrado estar impulsados por este distintivo? ¿Está usted decidido a seguir en sus pasos?

3. — Las Condiciones Esenciales
¿Dónde podremos encontrar los directores que necesitamos? Esta pregunta surge de muchas partes. No hay duda alguna de que la demanda es grande pero surge la pregunta, ¿cómo suplir esa demanda? ¿Acaso son los dirigentes una raza especial, dotados al nacer de ciertas capacidades que los diferencian de los demás; o son personas corrientes que han cultivado y desarrollado determinadas características y capacidades? La pregunta queda en pie. ¿Los líderes nacen o se hacen?

Condiciones para Poder Dirigir
Los que tienen la misión de encontrar y seleccionar los líderes, generalmente parten del concepto de que tienen que encontrar personas que posean ya las cualidades que se necesitan. Las listas de las cualidades que debe reunir un director generalmente comprenden: salud mental y física, atractivo personal, inteligencia por encima de lo mediano, una base de educación superior y experiencia, ideales claramente definidos, entusiasmo contagioso, perseverancia frente a los obstáculos, capacidad para aprender y disposición para compartir. Buena reputación e integridad de carácter, devoción a la tarea y lealtad a la causa. Vamos a estudiar cada una de estas condiciones y evaluar su necesidad para el que ha de ser un dirigente, especialmente un dirigente cristiano en la iglesia.

Salud física.
La plena salud física y mental es naturalmente, muy deseable en cualquier persona que tenga que desempeñar un puesto de responsabilidad. El Nuevo Testamento afirma el ideal griego: “Mente sana en cuerpo sano.” La mayoría de los milagros realizados por Jesús fueron hechos para restaurar a una mente saludable a los que sufrían de una mente enferma y a los que tenían parálisis del cuerpo devolviéndoles las funciones físicas saludables. Existe una doctrina clara cristiana acerca de la salud, Pablo afirma que el cuerpo es un miembro de Cristo y el templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:15, 19). Es, por lo tanto, un deber cristiano el mantener la salud en su nivel más alto posible. El líder cristiano le debe esto especialmente a Cristo, a la iglesia a la cual sirve, y a sí mismo para evitar cualquier cosa que disminuya su vitalidad y observar fielmente las reglas de la perfecta higiene.

Supongamos, sin embargo, que desgraciadamente, el cristiano sufre de algún impedimento que no ha podido evitar. ¿Le impedirá eso llenar su función de líder si tiene mala salud, visión defectuosa, el ser corto de oído, cojo o si tiene algún otro padecimiento? ¡La respuesta enfática es NO! Pablo tenía su “espina en la carne”. Algunos de los líderes más útiles, tanto en la iglesia, como en la sociedad, han sufrido de diversos padecimientos. Y, a menudo, el impedimento es un espolazo para alcanzar mayores logros. A veces, precisamente a causa de esa limitación y a pesar de ella, el cristiano lisiado puede llegar a ser uno de los miembros más útiles en la iglesia y en la comunidad. Al igual que a Pablo, Dios le dice: “Bástate mi gracia.”

Atractivo personal.
El atractivo personal es una cualidad difícil de definir y alcanzar pero altamente importante. Los políticos, los encargados de divertir al público en radio y televisión, los vendedores y otros que buscan atraerse el favor del público, comprenden bien lo esencial que es esa cosa indefinible que se llama “simpatía”. Esta puede ser asociada con el atractivo físico, el encanto de las formas sociales, ciertos manerismos llamativos, capacidad excepcional, aptitud de mando, o una combinación de éstas y otras cualidades que hacen destacar a una persona como diferente o atrayente. ¿Puede suceder que a un cristiano le falten estos elementos de atractivo personal y que al mismo tiempo resulte ser un líder magnético? Felizmente, una vez más la respuesta es afirmativa. Se pueden poseer todas esas magníficas cualidades, pero si no hay amor se es “como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. El cristiano que esté lleno del amor de Cristo que se expresa en el amor hacia los demás, aunque carezca de adornos puede, sin embargo, llegar a ser el más atrayente de los líderes. El amor nunca fracasa.

Inteligencia superior al promedio.
La inteligencia es un prerequisito para alcanzar el éxito en cualquier empresa humana. Pero la inteligencia, al igual que la personalidad, no es de fácil definición. En general, podríamos decir que ser inteligente significa estar dotado con la facultad de percibir, conocer, comprender. Para decirlo más técnicamente, la inteligencia se refiere a la capacidad para desenvolverse ante las diversas situaciones de la vida, resolver los problemas a medida que se van presentando y utilizar acertadamente los conocimientos que se tengan. Es evidente que existen diversos niveles de inteligencia, empezando por los de mentalidad defectuosa y terminando por los genios.

Siempre se piensa en el líder como en una persona que posee una inteligencia superior al término medio. Es natural y lógico que el que dirige tenga, por lo menos, una inteligencia normal, pero ¿es necesaria una inteligencia superior para dirigir en la obra de Cristo? La observación revela y confirma que el cristiano que tiene solamente una capacidad mental mediana pero que consagra todo lo que tiene al servicio de Cristo, será más útil que la persona brillante a quien le falta esa motivación. La inteligencia madura con el uso. Un cristiano que tal vez al principio parezca de poca promesa puede llegar a convertirse en uno de los miembros más útiles del grupo. Con plena confianza, el cristiano humilde, llamado a desempeñar un puesto de responsabilidad, puede decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).

La Base educacional superior y la experiencia.
Generalmente se considera de esencial importancia para asumir la dirección en determinados campos, el poseer una base favorable de experiencia. La pregunta que se hace cuando se trata de una persona que está buscando o a la que están buscando para desempeñar un puesto de responsabilidad es: “¿Qué es lo que sabe acerca del puesto?” El estar familiarizado con alguna situación, ya sea por la observación personal o por la práctica, es naturalmente, muy valioso. Sin embargo, la experiencia tiene que tener un punto de partida y antes de ese punto, como es lógico, el principiante está falto de experiencia. En la mayor parte de los oficios, el obrero tiene que pasar por un tiempo de aprendizaje antes de que se le pueda reconocer como un maestro obrero competente. Pablo establece este principio, refiriéndose a los diáconos: “… sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles” (1 Tim. 3:10). Es evidente que este período de prueba ha de tener un punto inicial, desde el cual el futuro líder ha de desenvolverse desde una responsabilidad menor hasta una mayor. Es de lamentar si el principiante se ve obligado a enfrentarse con una situación superior a su capacidad. Pero no se le debe negar el privilegio de servir, alegando su falta de experiencia previa con las menos difíciles.

Metas claramente definidas.
El líder necesita saber a dónde va. Una dirección sin rumbo tiene que desembocar necesariamente en una dirección muy deficiente. Pero ¿cómo se llega a formular metas claramente definidas? Pablo nos da la fórmula:

“Procura con diligencia, presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15).

Aquí se expone el ideal supremo “usan bien la palabra de verdad”. Pero la meta no se alcanza separadamente del esfuerzo, motivación y el resultado. Los objetivos se van haciendo más definidos a medida que el líder avanza con la aprobación de Dios y teniendo la Biblia por guía. No se puede esperar una definición clara de las metas al inicio del servicio cristiano de una persona. La clarificación es un proceso, no es una iluminación instantánea. El líder novel puede recibir luz por medio de fuentes muy variadas — por la observación de otros que estén realizando la misma clase de labor; la lectura de libros y artículos; los consejos de otras personas más experimentadas; la discusión con un grupo de colegas; la observación del grupo que está bajo su dirección y sus reacciones y desarrollo; y sobre todo, por la oración. “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche”, aconseja el apóstol práctico, (Stg. 1: 5). Nadie puede ver al principio plenamente cómo será el final; las metas irán cambiando a medida que cambian las circunstancias y las personas van desarrollando. Por lo tanto, no es práctico exigirle al líder, ya sea novel o experimentado, una declaración clara y precisa de las metas.

Entusiasmo contagioso.
El entusiasmo es un ingrediente de máxima importancia en la persona que va a dirigir. La palabra griega indica “una chispa divina”, la cual se manifiesta en el interés vivo y la ardiente actividad, que ejerce su influencia sobre los demás y les contagia con un interés y celo similar. Las biografías de los grandes líderes casi siempre revelan esta cualidad de entusiasmo contagioso. ¿Surge esta cualidad de alguna peculiaridad misteriosa, innata? La capacidad para el entusiasmo es probablemente innata, pero su desarrollo y expresión han de ser cultivados. Para el cristiano ella debe surgir de su experiencia del “nuevo nacimiento”, la realización de que Cristo está en él y él en Cristo, la “esperanza de gloria”. El fuego ha de ser mantenido ardiendo por la afirmación de que él tiene un gran Salvador y de que ha sido salvo para testificar y para servir. El fuego se ha encendido y debe y necesita ser alimentado constantemente con el combustible de la actividad y la fidelidad. El entusiasmo del cristiano va en aumento a medida que éste adora y aprende y ese entusiasmo se sostiene si él pone su fe en práctica. Con sus palabras y con

sus hechos él puede lanzar un reto a los demás: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11: 1).

Perseverancia ante los obstáculos.
El líder digno de admiración es aquel que se niega a darse por vencido, aun ante los fracasos más evidentes. Tan seguro se siente del triunfo final de su causa que se niega a rendirse, sin importarle cuan grande sea su desaliento o su descorazonamiento. Pablo hacía memoria de las pruebas por las cuales había pasado y predecía la persecución y la muerte que le esperaban. Sin embargo, podía decir: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13, 14). El líder cristiano no le concede gran importancia a que se le conozca como un “éxito”. Aunque a menudo se sienta desalentado y aunque piense de sí como un fracasado, no por eso desmaya. Pero ese espíritu de perseverancia no es una conquista de un día. Los desengaños pueden producir desaliento y la tentación de echarlo todo por la borda. “¿De qué sirve hacer el esfuerzo?” es la pregunta del tentador. “Te das cuenta de que estás fracasando, de que no se aprecian tus esfuerzos, ¿no es mejor renunciar?” Tal vez haya algunos espíritus privilegiados que nunca han pasado por semejante experiencia, pero la mayoría sin duda confesarán francamente su simpatía por Elías, el cual al verse perseguido por Jezabel oró pidiendo su propia muerte: “Oh, Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres” (1 Rey. 19: 4). Así como Elías fue enseñado por la “voz apacible y delicada” a disipar su depresión por medio de la obediencia, así también debe el líder, cuando se siente tentado a abandonarlo todo, aprender de su paciente iglesia, la virtud de la perseverancia.

Capacidad para aprender y disposición para combatir.
La capacidad limitada para aprender puede surgir de dos condiciones: una falta de capacidad natural o una falta de oportunidad. Todas las personas no tienen la misma capacidad para aprender y el alcance de esa capacidad es muy variada. A menudo, en las escuelas, los estudiantes se clasifican como lentos para aprender, término medio, o rápidos para aprender. Además, hay los retardados mentales que escasamente pueden aprender algo.

Se han inventado muchas pruebas de capacidad mental para determinar con mayor o menor exactitud la capacidad mental natural. Claro que es muy de lamentar para todos aquellos a quienes esto concierne, cuando algunas personas mentalmente deficientes son puestas en posiciones directivas. Como en los círculos de la iglesia es impracticable el hacer pruebas y medicinas científicas, es arriesgado formar juicios sin la reflexión necesaria acerca de la mentalidad de los miembros. No es cosa rara que ciertas personas consideradas como mentalmente retrasadas lo son por falta de oportunidad para desarrollar su capacidad. Esta clase de personas son como las joyas que se encuentran “en las profundas cuevas sin fondo del océano”, o como la flor “nacida para ruborizarse sin que nadie la vea y desperdiciar su aroma en el aire del desierto.” Es preciso hacer alguna clase de discriminación entre los dos tipos — aquellos a quienes la naturaleza les ha privado de los privilegios educacionales. Estos últimos, si reciben la debida dirección y estímulo, pueden llegar a ser obreros muy útiles en la iglesia. Por necesidad, el líder tiene que ser en muchos aspectos, un maestro. Enseñar lo que uno tiene — sus conocimientos y habilidades, sus creencias e ideales, la propia experiencia religiosa. No podemos compartir lo que no tenemos y lo que poseemos debe ser compartido de buena voluntad. La calificación negativa de algunos miembros de la iglesia para que puedan dirigir, es su pobreza de vida cristiana. Tal vez cuando ingresaron en la iglesia no había un claro concepto de lo que esto significa y su experiencia cristiana tal vez nunca ha tenido calor ni vitalidad. Tal vez esos miembros han vivido en la circunferencia de la vida cristiana y no en su centro. Y si esto es así, ellos tienen bien poco que compartir para ser líderes efectivos. ¿Son por completo inútiles? Tal vez sea así, si la iglesia los sentencia a ser inútiles. De la misma manera que el niño menos privilegiado es el que necesita más alimento, el miembro menos privilegiado de la iglesia necesita más comprensión y aliento para tomar alguna parte, aunque sea pequeña, al principio. El compartir enriquece y el enriquecimiento hace más posible el compartir. Una iglesia será culpable si descuida el proporcionar las oportunidades para expresarse y para hacer algún servicio, a aquellos miembros menos privilegiados, así como también a aquellos que han disfrutado de mejores ventajas.

Buena reputación e integridad de carácter.
La buena reputación y la integridad de carácter son requisitos esenciales en un líder cristiano. La reputación es lo que los demás creen que él es; el carácter es lo que él realmente es. Para tener buen nombre hay que ganarlo; la integridad

personal se alcanza por medio de las decisiones rectas y la conducta en la vida diaria. Si se exigiera la perfección en la reputación y en el carácter, ¿quiénes podrían pasar la prueba? Los hombres y las mujeres más nobles de la Biblia tuvieron sus faltas. Pablo confesó que él era el primero entre los pecadores y tenía que borrar su reputación de asesino y perfeccionar su fidelidad por medio de una larga y continua batalla con la carne. Su victoria sobre el pecado no fue alcanzada por sí mismo sino que el poder le vino de Cristo el Señor (Rom. 7:13-25). La buena reputación puede ser merecida o no. A veces sucede que un individuo con una gran reputación de honradez resulta ser un canalla. Y de igual manera sucede que alguien con una reputación dudosa prueba ser una persona digna de toda confianza. Un error cualquiera lo comete y puede ser borrado. Si los líderes de una iglesia fueran solamente aquellos que siempre han estado exentos de ser criticados, entonces tendrían que ser tales modelos de virtud como si fueran “del otro mundo” o tal vez serían personas que nunca hubiesen hecho nada que valiese la pena. La prueba definitiva no es la reputación sino el carácter.
“El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Sam. 16: 7).

Es evidente la suprema importancia de que los líderes cristianos sean personas de buena reputación y de buen carácter. Pero no se debe juzgar a las personas demasiado a la ligera ni demasiado definitivamente. La reputación y el carácter se van formando a medida que se crece. Después de todo, hay que considerar que la iglesia está formada por “pecadores salvados por gracia”. La Escritura es en esto muy clara:
“Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a tí mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gal. 6: 1).

Generalmente, no es lo más acertado poner a un miembro débil en un puesto de responsabilidad en la iglesia con el fin de fortalecerlo. Pero no sería cristiano excluirlo de toda consideración por alguna debilidad supuesta o reconocida. Tal vez un lugar de servicio menos notado pudiera ser el primer paso para un nivel superior de responsabilidad. La perfección moral es el ideal al que aspira llegar todo líder cristiano, pero él no debe negarse a prestar su colaboración hasta que la haya alcanzado. La jefatura cristiana para ser efectiva tiene que ser un discipulado dedicado y consagrado. Antes de que un líder pueda atraer y mantener cohesionado un

grupo de seguidores, debe aprender él como seguir a otros. Tiene que experimentar una especie de llamamiento, al cual ha de dar una respuesta afirmativa. En el sentido bíblico, la consagración o devoción de una persona a una causa o tarea principalmente la parte de Dios; la dedicación de sí mismo es la parte del hombre. El llamamiento de Dios ha de ser contestado por la respuesta del hombre si la dirección ha de ser efectiva. El darse cuenta del llamamiento de Dios puede ser inmediato o gradual. Al igual que Samuel, puede ser que el cristiano no perciba inmediatamente que Dios lo está llamando, pero puede ser influenciado por el transcurso del tiempo y las circunstancias a comprender que Dios quiere consagrarle para una causa especial. De igual manera, la respuesta puede ser instantánea o por etapas. A menudo se hace un uso divino de la instrumentalidad humana al evocar la respuesta “Heme aquí” a la pregunta: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” (Isa. 6: 8). Dios no exige esa respuesta obligada de una persona que no esté dispuesta a oír ni a atender. El crecimiento de la comprensión de la presencia de Dios y su propósito y la disposición voluntaria para responder y obedecer son los ingredientes esenciales de la consagración. Una iglesia nunca debe perder la confianza en una experiencia transformadora de conversión ni en una rededicación a Cristo que produzca un cambio de vida. El caso más difícil de Cristo fue el de Saulo, el fariseo que llegó a ser Pablo, el apóstol. Un líder de Satanás que se gane, puede llegar a ser uno de los líderes más efectivos por Cristo y su iglesia.

Devoción a la tarea y lealtad a la causa.
Como condición fundamental de todas las demás cualidades, el líder debe tener fe en Cristo, confianza en los propósitos de su redención y en su poder y lealtad a su iglesia y a la comunión de sus miembros. Una fe fingida o vacilante en la causa que se representa es fatal en el jefe de cualquier empresa. Esta nota falsa sale a relucir, más tarde o más temprano y el que podría dirigir, por su insinceridad se ve rechazado. El pecado que Jesús condenó más severamente fue la hipocresía (Mat. 23:13-31). La hipocresía abierta no es, generalmente, la falta que produce el fracaso del líder de la iglesia, sino más bien una forma de deslealtad que produce una creciente parálisis, causada por el interés por lo secular y una frialdad en el corazón, producto de la identificación íntima con el mundo. Jesús nos advierte con estas palabras: “Ninguno puede servir a dos señores; … No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). Cuando el amor al

mundo y a las cosas del mundo se sobrepone al amor de Jesucristo y a su causa, el líder está en un callejón sin salida. Pablo escribió con tristeza acerca de la pérdida de Demás. el desertor que “Me ha desamparado, amando este mundo” (2 Tim. 4:10). Tenemos que reconocer que en el ambiente cultural del día de hoy no es fácil poseer y mantener una lealtad única a Cristo y a la comunión de sus fieles discípulos. La atracción del mundo es fuerte para la mayoría de nosotros y la lealtad puede que a veces sea débil y en ciertas ocasiones vacile. Las iglesias primitivas se enfrentaron con el problema de qué es lo que debían hacer con los que se volvían atrás, es decir: los que bajo la presión de la persecución negaban a Cristo. No se disculpaba la deslealtad, pero se buscaba la restauración a base de arrepentimiento y perdón. Pablo estatuyó este principio: “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. ¿Por qué juzgas a tu hermano?” (Rom. 14: 1, 10). El caso está previsto en esta exhortación: “Que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tes. 5:14). La iglesia que haga esto a menudo tal vez descubra y desarrolle líderes del material que prometía poco.

Algunas Investigaciones y Conclusiones
Ya hemos estudiado una lista de las cualidades que son de desear y debieran ser cultivadas por el que quiere ser líder, especialmente por el líder de la iglesia. Si nos hiciéramos un examen personal, podríamos dirigirnos las siguientes preguntas a nosotros mismos:
(1) ¿En qué medida poseo yo estas cualidades para empezar? (2) ¿De cuál de estas cualidades carezco más? (3) ¿Cómo he llegado a tener esas cualidades que creo que son mías? (4) ¿Cómo puedo adquirir las que me faltan y deseo tener? (5) ¿Cómo puedo mejorar los puntos en que creo que estoy más fuerte? (6) ¿Qué es lo que puedo hacer para eliminar mis puntos débiles? (7) ¿Cómo puedo participar con otros en este proceso de mejora y progreso?

Cambiando el enfoque de uno mismo a otras personas que ocupan posiciones directivas en la iglesia, de acuerdo con los diez requisitos de méritos que acabamos de apuntar, ¿cuáles parecen ser los puntos fuertes y cuáles los puntos débiles que se notan más a menudo? ¿Cuáles son sus conclusiones y las de su grupo en lo concerniente al nivel de los méritos de los dirigentes en su iglesia?

Tal vez un análisis de esta clase produzca desaliento en algunos casos. Pero, sin embargo, enseguida surgirá el aliento si se pone más énfasis en las posibilidades que en las realidades. En casi todos los casos, incluyéndose usted mismo, se notará que con la guía del Espíritu Santo, los esfuerzos individuales y los del grupo y con un programa de mejoramiento consistente facilitado por la iglesia, los puntos fuertes serán más eficientes y los débiles se convertirán en fuertes. Así la base de dirección se amplía y puede incluir a aquellos que de otra manera, tal vez se verían excluidos. Podemos entonces llegar a la conclusión de que los requisitos mínimos que ha de reunir un líder cristiano son;
(1) Una genuina experiencia de conversión — arrepentimiento de pecado y fe salvadora en el Señor Jesucristo; (2) preocupación e interés por las personas; (3) capacidad y disposición para aprender; (4) ser miembro de una iglesia que evidencia su fe, amor, esperanza y que se preocupa por facilitar el alimento que una buena madre busca para sus hijos.

¿Significa esto que se reduzcan las condiciones para el liderato de manera que casi un miembro cualquiera de la iglesia pueda desempeñar la dirección? Volvemos al ejemplo de Jesús en busca de la respuesta. Él tenía ante sí la elección para seleccionar los directores entre loa rabinos de los fariseos bien educados y concienzudamente adiestrados o entre los relativamente ignorantes y pobremente preparados. Y Jesús pasando por alto los primeros, escogió sus apóstoles de entre el segundo grupo. ¿Por qué? Los rabinos no eran de fácil acceso ni se prestaban a que se les enseñase. Sus mentes estaban cerradas y ellos no tenían deseo de cambiar. Los hombres a quienes Jesús escogió eran abiertos a los demás y materia dúctil para aprender. Ellos estaban dispuestos a escuchar a Jesús y se unieron a su compañía como discípulos (dispuestos a aprender). Podemos apreciar que estaban fuertes en algunos de los puntos que hemos catalogado, pero en los otros eran evidentemente débiles. Jesús vio en ellos las posibilidades de lo que podrían llegar a ser. Los tomó tal como eran y los convirtió en lo que llegaron a ser. Más tarde, de la misma manera que Jesús había convertido a los pescadores en líderes, hizo un líder de Saulo, uno de los más brillantes entre los rabinos, pero no pudo hacer esto hasta que él no preguntó humildemente: “¿Qué haré, Señor?” (Hech. 22:10). Todos éstos estuvieron dispuestos a escuchar, aprender y obedecer. Jesús puede hoy hacer directores (siervos) de su iglesia a aquellos que estén dispuestos a someterse a esas sencillas condiciones.

Hacia la solución del Problema de la Dirección
Se indica ahora un procedimiento para mejorar los líderes actuales de la iglesia y descubrir y alistar a otros. La iglesia debe inclinar a sus miembros a oír el llamamiento de Cristo, a estar dispuestos a aprender y listos para servir, donde quiera que se les necesite, y también deben estar deseosos de mejorarse. Si se les puede retar con éxito para confrontarse con estos requisitos básicos, estará bien asegurado su futuro como líderes dignos. De esta manera podrá resolverse el problema de la dirección en la iglesia. Este procedimiento tenderá a excluir a algunos que no están dispuestos a cumplir con esas condiciones, o que no tienen la capacidad para aprender, o que no tienen interés en mejorarse. Dentro del círculo de los que no estén así excluidos hay muchos en los cuales nadie se ha fijado o que nunca han pensado de sí mismos como posibles miembros del grupo de directores (siervos) de la iglesia. Cristo llama a éstos, como lo hizo con los pescadores de aquellos remotos tiempos, diciéndoles: “Venid en pos de mí, y haré …” (Mar. 1:17). Los factores divinos y los humanos obran conjuntamente. El llamamiento para dirigir es un llamamiento para prepararse. En la economía divina Dios usa a los instrumentos humanos para conseguir sus propósitos. Los medios humanos pueden a veces ser débiles y aun tal vez indignos, pero hablando humanamente. Dios tiene que empezar con el hombre tomándole tal cual es. Es muy alentador leer que “lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios” (1 Cor. 1:27), y aprender que los héroes de la fe en Dios “sacaron fuerzas debilidad” (Heb. 11:34). Uno que sienta intensamente su deficiencia pero que tenga la seguridad de que Dios lo ha llamado a determinada tarea, puede decir con Pablo:
“Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Tim. 1:12).

El llamamiento de Dios lleva consigo la promesa segura de que capacitará a todo aquel que reúna las condiciones del llamamiento. No importa gran cosa si uno recibe alabanzas por la labor hecha si el que llamó da su aprobación. Christopher Morley escribió esto:
Saliendo de paseo a media luz Descubrí en la calle 84, Una fuente de poder y de energía Que vibraba en cierta casa de esa calle. Y aunque estaba bien cerca mi morada Nunca había sabido que allí estaba. Hay personas para todo.

Algo para Pensar y por lo Cual Orar
En una escala de cero a diez ¿qué puntuación se daría usted con respecto a cada uno de los diez mandamientos deseables que hemos enumerado? ¿Qué promedio saca usted en la lista total? ¿Cuáles le parece a usted que son sus puntos más fuertes? ¿Cuáles son sus puntos más débiles que lo incapacitan para dirigir? ¿Qué puede usted hacer para remediar esto? Seleccione un grupo de directivos representativos de su iglesia y califique sus puntos débiles y fuertes de acuerdo con la escala anterior. En conjunto, ¿encuentra usted que están por debajo del término medio, por encima, o promedian, más o menos? ¿Cuál es su conclusión? Si Dios es el que llama, ¿no será también el que capacite? ¿Cuáles son los elementos divinos y cuáles son los elementos humanos en el llamamiento para dirigir? ¿A quién está usted tratando de complacer?

4. — El Progreso Por Medio De La Preparación Planeada
Un elemento esencial en toda dirección y en la educación de los dirigentes es la formulación de los planes para conseguir el progreso. No hay adelanto si no se hacen los debidos planes. El viajero avisado hace sus planos y mapas antes de empezar el viaje. El constructor capacitado demanda un dibujo de ejecución antes de empezar a construir. El refrán: “No pretendas cruzar el puente antes de llegar a él”, no es un refrán muy prudente. Es mucho mejor asegurarse de que hay un puente si se ve que hay que cruzar una corriente de agua. El hacer planes exige que se mire hacia adelante, que se prevean las dificultades y las oportunidades, determinando con anticipación qué es lo que se necesitará para alcanzar el deseado objetivo. El progreso es una correlación de planes. Para que haya progreso, es preciso que haya un punto de partida, un final previsto y los puntos intermedios sucesivos en el trayecto. Durante los últimos cien años se ha adelantado más en determinadas direcciones que en todos los siglos pasados de la historia. El “método científico”, al que se debe principalmente este progreso, es en el fondo un proceso de planes inductivos que van de lo particular a lo general, de acuerdo con las pruebas planeadas y con las mediciones hechas en la búsqueda de los resultados deseados. Detrás de todos estos planes y toda esta investigación está el Dios infinitamente sabio, que creó el universo, incluyendo al hombre, de acuerdo con un plan divino. Cualquier persona que lleve sobre sí la responsabilidad de alguna clase de dirección o que se proponga dirigir algo, debe saber formular los planes necesarios. En igualdad de condiciones, el líder que tendrá mejor éxito será el que hace un plan y sabe atenerse a él.

La Preparación Planeada Produce Ricos Resultados
La preparación planeada para dirigir con éxito, no solamente es necesaria sino que trae consigo las mejores recompensas. La preparación planeada da serenidad. El precio de una actuación no preparada es la nerviosidad, la inquietud y a menudo el bochorno o el “terror al escenario”. El desgaste que estas sensaciones producen es más agotador que la actividad misma. Un líder que se siente bien preparado porque lleva bien pensado lo que ha de decir y hacer, con la práctica adquiere el aplomo que es esencial para alcanzar la efectividad.

La preparación planeada también inspira confianza. El líder bien preparado, en primer lugar, se inspira confianza a sí mismo, pues tiene la seguridad de saber a dónde va. Se ha trazado un mapa en el cual puede confiar. El líder que tiene esa confianza, se la imparte a aquellos que le siguen. Tal vez ellos no estén siempre de acuerdo con él y él haya de cambiar de orientación al hacer intercambio de puntos de vista con sus colaboradores, pero seguirá aproximándose a la meta deseada porque, por medio del previo estudio de la situación, él sabe que está bien orientado. La confianza en sí mismo y la confianza que en él tengan los demás nace de la preparación puesta a prueba. La preparación planeada también provee los recursos necesarios. El líder ha de estar preparado para hacerle frente a las emergencias imprevistas, pues el dirigir sería muy fácil si todo saliese de acuerdo con los planes previos. ¿Qué se debe hacer cuando surgen las dificultades imprevistas? Ante un momento crítico, el líder debe estar capacitado para sacar recursos de su caudal de experiencia y estudio. Probablemente recordará algo que ha leído o que ha oído de algún profesor, que arroje alguna luz sobre su problema. Sin ese caudal de preparación previa, puede ser que el líder procure pasar por alto el obstáculo o ciegamente chocar contra él, o darse por vencido indebidamente. Cuando se tienen los recursos adecuados de los cuales se puede echar mano, él podrá remover el obstáculo, o darle una vuelta, o hacer un desvío. La preparación planeada comprende un estudio constante. La vida no es estática, las condiciones cambian y aparecen nuevas dificultades y oportunidades. Lo que en un tiempo produjo excelentes resultados, puede que ya no sea suficiente. Los métodos que fueron muy adecuados hace una generación, puede que ahora ya sean insuficientes por completo y la manera de hacer las cosas hoy tal vez no esté a la altura de las demandas del mañana. Los libros de texto que un día se estudiaron tienen que ser ampliados o sustituidos por otros más nuevos. Se cuenta esta historia de un profesor de una universidad que fue llamado a conferenciar con el decano. Este se hallaba disgustado porque los estudiantes se negaban a matricularse en los cursos electivos de aquel profesor y tomaban los que eran obligatorios con él pero con mucha protesta. El profesor tuvo que reconocer, a pesar suyo, que todo aquello era verdad. “Es una cosa que no puedo comprender”, dijo el profesor. “Cuando llegué hace veinte años mis clases estaban atestadas de alumnos ansiosos de escuchar mis conferencias. No lo comprendo” repetía. “Son las mismas conferencias.” Ese señor había terminado su preparación hacía mucho tiempo y ahora él ya estaba liquidado. No existe tal cosa como una educación completa. El profesor se verá puesto a un lado por sus alumnos cuando ellos se den cuenta de que él no se está

manteniendo a la altura del desarrollo del moderno pensar. La “gradación” significa una progresión constante y la “graduación” indica la preparación para empezar. El líder nunca puede dejar de aprender y para cada nueva actuación necesita nueva preparación. Sin importarle las veces que un músico haya podido tocar una pieza, necesita practicar constantemente. El actor nunca deja de enseyar. El pastor sabe muy bien que su sermón pierde algo si lo vuelve a predicar sin hacer un nuevo estudio. El orador llega a aburrir si se presenta ante su auditorio con material que no haya revisado y previamente renovado. La disciplina para una preparación de esa clase tal vez tenga que ser severa, pero los resultados son altamente agradables, tanto para el que dirige como para los que trabajan con él.

Busque la Guía Espiritual
No hemos de llegar a la conclusión de que el leer, estudiar, y planear disminuyen la necesidad de la orientación espiritual. Se nos promete la presencia del Espíritu Santo en aquellas emergencias en que la humana sabiduría no es suficiente, pero su guía también está a nuestro alcance en el estudio, en los momentos de recogimiento, de lectura y reflexión, en los procesos de la preparación. La investidura del poder del Espíritu Santo vino a los discípulos en el aposento alto, solamente después de que ellos estuvieron preparados para recibirlo. Sería un dolor para el Espíritu Santo si se le excluyese de la preparación de líder para el desempeño de sus deberes. Compare y haga el contraste entre la preparación festinada, carente de atención que a veces hacen los líderes de la iglesia, con la que hacen los dirigentes en otros campos de acción. Se dice que para un programa corriente de televisión, se requiere, por lo menos, una hora de ensayo por cada minuto que la representación esté pasando por la pantalla. En la preparación y la producción de una película se emplean meses y a veces hasta años. Los atletas pasan largas horas de práctica agotadora, hasta para un solo juego. Los músicos emplean muchísimo más tiempo practicando privadamente del que emplean en una presentación en público. Me diréis que éstos son profesionales y que su éxito depende de esa preparación continua y ardua mientras no se puede esperar que un líder voluntario en el trabajo de la iglesia dedique el mismo tiempo y esfuerzo. Pero eso no quiere decir que se ha de tomar a la ligera la seria tarea del líder cristiano. Un estudiante en la clase del doctor John A. Broadus, gran predicador y maestro de predicadores de la pasada generación, se negaba a hacer el estudio

del libro de texto. Preparación y Predicación de los Sermones. El estudiante citaba las promesas de Jesús: “No os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar (Mat. 10:19). “Yo creo”, afirmaba el joven, “que si yo abro la boca. Dios me la llenará.” Haciendo ver que Jesús hablaba de la emergencia de los arrestos y persecuciones, el profesor le indicó a la clase que abriesen la boca e hiciesen una inspiración profunda. “Ya véis”, les dijo, “el Señor ha llenado vuestras bocas de aire”. No existe conflicto alguno entre la guía divina y el esfuerzo humano. En igualdad de circunstancias, el mejor director será siempre el que haya hecho la preparación más cuidadosa con oración.

Haga Uso de Materiales Impresos
El líder de la iglesia tiene hoy a su disposición abundancia de recursos de materiales y oportunidades para estudiar. En casi todas las comunidades, las escuelas públicas y otras organizaciones brindan cursos educacionales para los adultos. Las universidades y los seminarios brindan cursos de extensión en clases por correspondencia. Las denominaciones proveen al que los necesite de una rica variedad de libros de texto, sobre todos los aspectos de la vida de la iglesia y su trabajo. En las reuniones de las distintas organizaciones de la iglesia, de acuerdo con los programas regulares, se facilitan los estudios prácticos para capacitar mejor al líder y ampliar su preparación. La falta de recursos o la ignorancia de su existencia, ya ha dejado de ser una excusa válida. La deficiencia del líder puede consistir en su falta al no adoptar ni seguir un curso de estudio debidamente planeado.

Concéntrese en los Libros del Curso de Estudio de la Iglesia
Este curso, ofrecido por la Junta Bautista de la Escuela Dominical, de la Convención Bautista del Sur, ha crecido desde su primer librito dividido en tres partes, publicado en 1902, hasta llegar a constituir una verdadera biblioteca de textos baratos y uniformes. Las categorías del estudio comprenden nueve cursos de perspectiva general que tratan de lo fundamental de la vida cristiana: la membresía de la iglesia, la doctrina, evangelismo, historia, cómo dirigir, misiones, estudios especiales, mayordomía, el cristiano en el orden social, la denominación, la comprensión del individuo, la administración de la iglesia, la escuela dominical, la Unión de Preparación; el Ministerio de la Música; la Unión Femenil Misionera y la Sociedad de Hombres Bautistas.

¡Si alguna vez nos hemos sentido avergonzados ante la escasez de materiales de esa clase, ahora casi nos sentimos confusos ante tanta riqueza! ¿Cómo empezar, qué se ha de escoger, cómo continuar progresivamente hacia metas determinadas?, llegan a ser los problemas del líder que tiene su mente puesta en la preparación necesaria. Un programa de preparación bien planeado requiere algo más que una lectura superficial de los libros recomendados, o la asistencia ocasional a la clase de estudio de un grupo. Se necesita un programa de progreso que presente un curso de estudio bien redondeado, que conduzca por etapas sucesivas a las mayores recompensas imaginables. Una vez más podemos seguir el ejemplo del plan propuesto por la Junta Bautista de la Escuela Dominical del Sur. Al desarrollar el Curso de Estudio de la iglesia, de acuerdo con una lista selecta de libros. El líder o el que se está preparando para serlo, puede enfocar sus esfuerzos para conseguir el Diploma de la Preparación Cristiana y el Diploma del Obrero Aprobado. Para cada uno de éstos hay cuatro niveles de adelanto progresivo. Para recibir el Diploma de la Preparación Cristiana, uno debe completar satisfactoriamente el estudio de cualquiera de cinco libros; para obtener el Sello Rojo, los distintivos de cinco libros adicionales; para alcanzar el Sello Azul hacen falta otros cinco distintivos de libros. Para obtener el Sello de Oro, se pueden ganar otros cinco distintivos de libros, siempre que los diez libros que se requieren de perspectiva general hayan sido tomados de la categoría 1 y cinco libros de las categorías 16-18 y o la 19. Para el Diploma del Obrero Aprobado, el diploma básico y completo se otorga al terminar satisfactoriamente cinco libros de una de estas categorías: 16, 17, 18 o 19. Los requisitos para el Sello Rojo son los distintivos de cinco libros adicionales cualesquiera; y para el Sello de Oro los distintivos de cualesquiera cinco libros adicionales, siempre que, uno al menos, haya sido tomado de cada una de las categorías siguientes: 2, 5, 8, 9, 13 y 15. (Escriba a su convención bautista estatal para obtener información más amplia y más reciente con respecto a los cursos de estudio que se recomiendan.)

Considere Atentamente el Curso de Estudios de la Vida y el Trabajo
Paralelamente con el estudio de los libros se ofrece un programa planeado para el progreso de la dirección, por medio de la participación, semana tras semana en los servicios de preparación que siguen al “Curso de Estudios de la Vida y el Trabajo”. Estos materiales no vienen a sustituir a los libros de texto para la

preparación de los líderes sino que son suplementarios. Estos tienen la ventaja de la continuidad semanal, combinada con el estudio, la discusión y la práctica. Como el material no tiene fecha fija, esto hace posible que los estudios comiencen cuando se desee y continúen todo el tiempo que sea conveniente. Se le está dando mucha atención al desarrollo de ciertas habilidades específicas, tales como: la manera de dirigir una discusión; cómo estudiar e interpretar la Biblia; cómo utilizar los medios auxiliares para el estudio de la Biblia; cómo orar; cómo sacar enseñanzas de la vida de Jesús; cómo depender del Espíritu Santo y seguir su orientación; cómo ser un buen testigo y ganar almas para Cristo; cómo aconsejar a los que se encuentran en tribulación; cómo ser un buen mayordomo de todo en la vida; cómo llegar a ser un miembro mejor en la iglesia; cómo adquirir discernimiento y tomar buenas decisiones; cómo enseñar y hacer discípulos; cómo contestar a las dudas de los que vacilan y de los que no creen; cómo participar en el ministerio de la música; cómo mantenerse activo en el trabajo y sostener el movimiento mundial misionero; cómo ser un cristiano efectivo dentro de la familia y cómo desenvolverse como un buen ciudadano. La lista se haría interminable a medida que fuesen apareciendo nuevas necesidades. En este curso de estudios se le ha dado atención, no solamente al “cómo” de los métodos, sino también al “qué”, o sea al contenido y al “por qué”, o sea al propósito de los mismos. El propósito del uso continuado y metodizado de estos materiales es el de que “el hombre (o la mujer) de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Tim. 3:17).

Estudie Sistemáticamente
¿Por qué estudia usted y cuándo lo hace? La pregunta no se le dirige al estudiante que está en la escuela, sino más bien al que tiene la responsabilidad de una dirección para la cual debe prepararse. Aquí damos algunas sugerencias que han sido bien probadas: Hágase su horario y busque un lugar tranquilo donde pueda hacer su estudio. Es muy importante el tener una hora fija para estudiar. También ayuda mucho al estudio el tener un lugar apropiado donde hacerlo. Al llegar el momento señalado para el estudio, no se debe permitir que ninguna cosa, que no sea una emergencia, venga a alterarlo. El lugar de estudio debe estar apartado del ruido del radio o la televisión, las conversaciones ruidosas o cualquier interrupción innecesaria. No siempre se puede cumplir con estas condiciones, pero en la medida que sea posible debe hacerlo y obtendrá mejores resultados. Tenga a mano los materiales de estudio: la Biblia, los medios auxiliares de estudio, los nombres de las personas con las cuales tiene que tratar y la

información básica con respecto a ellas; los materiales de oficina: pluma, papel, máquina de escribir. grapas, carpetas, archivo o gavetas profundas en su escritorio. Los instrumentos de trabajo no hacen al obrero, pero lo ayudan a ser mejor obrero. Siéntese durante un rato en meditación tranquila y oración. Se dice de Martín Lutero, el jefe de la Reforma que dijo en cierta ocasión que tenía tantas cosas a que atender que necesitaba pasar lo menos, medio día en oración. En esos períodos de meditación y oración, a menudo surgen discernimientos profundos que son mucho más valiosos que las conclusiones a las que se llega por medio de la lógica. Y esto es muy cierto, especialmente en los casos en que el razonamiento va acompañado de la ansiedad. “En quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (Isa. 30:15). Asuma una actitud adecuada para resolver un problema. La reflexión previa es un proceso para la solución del problema. Hágase la pregunta: ¿En qué consiste la verdadera dificultad? A menudo lo básico de la dificultad no salta a la vista a causa de las complicaciones que lo rodean; conflictos de personalidad, amor propio herido, los prejuicios, los malos entendidos, las pequeñas rivalidades, las lealtades tradicionales y otras más. Saque a la luz el problema esencial, defínalo y aclárelo. Explore las soluciones posibles. Si se toma determinada dirección, ¿cuál será el probable resultado? ¿Qué resultará si se toma el camino opuesto? ¿Cuáles son las otras alternativas que se presentan y qué sucederá si se escoge una de cada vez alternadamente? Escoja la solución más favorable y entonces sígala hasta el final. “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21). Solicite el consejo de las personas de experiencia. Los libros son la sabiduría almacenada. En la Biblia se encuentra la mayor sabiduría. Casi siempre están al alcance de unas personas que han tenido experiencia en similares condiciones y la consulta con una persona de recursos casi siempre aporta la luz que se necesita. Utilice el método experimental. El científico prueba un proceso bajo condiciones dominadas (en un laboratorio) y va llevando el registro de los resultados. El varía las condiciones y anota las diferencias causadas por la variante Pone a un lado los errores y fracasos y concentra su atención sobre aquello que funciona mejor. El método de la experimentación es el que ha producido una gran parte del maravilloso progreso y ha desarrollado los nuevos procesos durante el siglo pasado. El líder de la iglesia puede aplicar muchos de estos principios esenciales a la solución de los problemas que puedan surgir.

Ponga las conclusiones en práctica. Puede ser que el “investigador puro” no se preocupe por aplicar sus descubrimientos, pero el hombre que es práctico preguntará: “¿Y para qué sirve esto?” Se necesitan las dos clases de investigadores porque si no se le encuentra una aplicación práctica a lo que se descubre, ese descubrimiento se arrinconará en un estante como algo sin importancia. Lo mismo sucede en el ambiente de necesidad humana en el cual existe la iglesia. Si no se hace algo para remediar esas necesidades, las “pláticas curativas” serán de poco efecto. Dése a conocer de una manera efectiva el resultado del estudio creador. La preparación es incompleta, sin que importe mucho lo sólido que pueda ser el razonamiento, hasta que los descubrimientos se han reducido a algo escrito o hablado, de manera que se pueda compartir con otros. La pregunta crucial del líder es: “¿Cómo puedo transmitir a otros lo que yo he aprendido por medio de mi estudio?” Entonces el líder se convierte en maestro, predicador, promotor, el que persuade con un sentido de la misión de comunicar a los demás lo que el estudio le ha revelado a él.

Correlacione las Organizaciones de la Iglesia
Cuando se hicieron los planes para correlacionar distintas organizaciones de varias iglesias en lo que se refiere a la preparación de directores, esto fue recibido con expresiones de bienvenida por adelantado. Históricamente, estas organizaciones habían ido creciendo independientemente unas de otras. A medida que se desarrollaba cada organización y se multiplicaban sus funciones, surgían copias de las mismas y a veces hasta rivalidades que no eran convenientes. Después de muchos años de consultas cooperativas, los representantes de las organizaciones que tenían a su cargo los programas de las iglesias, llegaron a un acuerdo acerca de cómo se debían dirigir los materiales de sus programas hacia determinados fines comunes. Es natural que los materiales varíen de acuerdo con la fisonomía o la característica propia de las respectivas organizaciones, pero en la actualidad están correlacionadas de manera que se refuercen los unos a los otros y juntos contribuyan a promover los propósitos fundamentales de la iglesia. Los programas para las lecciones de la escuela dominical, el material para la Unión de Preparación, los materiales para la Unión Femenil Misionera y para la Sociedad de Hombres Bautistas, así como los énfasis del Ministerio de la Música de la iglesia, se concentran todos sobre los mismos temas, al mismo tiempo. La iglesia, en conjunto, en algún trimestre dado, enfatizará y reafirmará su lealtad a Dios: la escuela dominical estudiará la historia de la redención; la

Unión Femenil Misionera. nuestra respuesta a Dios; la Sociedad de Hombres Bautistas estudiará el interés de Dios por su pueblo y el Ministerio de la Música presentará una cantata titulada El Amanecer de la Gracia Redentor; al mismo tiempo de la Unión de Preparación concentrará su interés en cómo estudiar la Biblia. Así se evitan la monotonía y la repetición, pero hay unidad en la diversidad y hay un trabajo unido para hacer que la iglesia sea más efectiva. En todo esto, los líderes adquieren práctica en el contribuir con los demás y tienen la oportunidad de aprender haciendo las distintas cosas.

Intensifique su Poder Espiritual
El líder de la iglesia dirige más por lo que él es personalmente que por lo que sabe o por lo que puede hacer. Ese don de dirigir requiere el poder espiritual que nace del continuo alimento de la vida espiritual. Una onza del espíritu de Cristo es más valiosa que una libra de la lógica fría. Los dones del espíritu han de ser más cultivados que cualquiera otra capacidad. Aunque el que dirija hable elocuentemente y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tiene amor, nada es (1 Cor. 13: 1-2). La vida espiritual necesita de nutrición, de lo contrario se vuelve anémica y carece de poder. Los medios de alcanzar esta nutrición son evidentes: el estudio diario de la Biblia y la oración; el asistir regularmente a los cultos de adoración y participar en ellos; la práctica habitual de la mayordomía cristiana y el olvidarse de sí mismo para servir a los demás. Jesús explicó estas condiciones en términos bien claros que no pueden pasarse por alto:
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer … Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan. 15: 5, 6, 8).

Si la rama no puede llevar fruto separada de la vid, de la misma manera el cristiano no puede llevar fruto a menos que tenga unión ininterrumpida con Cristo. El don de la dirección no es un don tan especial del que sólo pocas personas se hallen dotadas. Es un derecho que es preciso ganar, una habilidad que se aprende y un privilegio que se alcanza. Es necesario cumplir con determinados requisitos; someterse a determinadas disciplinas; emplear horas en el estudio;

hacer sacrificios necesarios; dedicar tiempo a la oración intensa; rendir la voluntad propia a la voluntad divina; sustituir el amor y el cuidado de uno mismo por el amor a él y el servicio a los demás por amor a Cristo, de manera que la meta de los intereses personales sea sustituida por la orientación que provenga del Espíritu Santo. Jesús nunca prometió que el camino sería fácil, al contrario, él declaró que su camino era el camino de la cruz, el camino del sufrimiento hasta la muerte. Muy claramente lo dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mat. 16:24).

La vida que no obedece a un plan, llegará a su final con grandes desengaños. Dios tiene un plan para cada vida, pero a cada uno le da el derecho de aceptar ese plan, rechazarlo, o tomarlo a la ligera. Cada etapa de la vida debe ser la preparación para la próxima, hasta que descienda el telón y el tiempo se convierta en la eternidad. Cada actividad en la preparación para la dirección cristiana es también una preparación para vivir la vida abundante que Jesús dijo que había venido a darnos. En la vida se hacen inversiones de muchas clases, algunas de las cuales parecen ser muy prometedoras pero que sólo nos traen pérdida al final. Pero hay una inversión que nunca falla y que siempre continuará produciendo dividendos y es la inversión en la vida de otros por amor a Cristo. El líder que descubre esto y se ajusta al divino plan para su vida, trazándose el curso adecuado, no necesita adoptar una actitud fatalista que elimine todo esfuerzo de su parte. La elección de Dios para nuestra salvación y para el servicio a los demás lleva consigo la responsabilidad de la determinación propia y del esfuerzo. Los hombres no son robots, dirigidos por medio de instrucciones picadas en las cintas; son agentes libres que pueden decir a Dios sí, o no. Pueden usar sus talentos para ganar más talentos, o pueden desatender los dones que se les han confiado y perder lo que tienen. Pablo señala la trágica posibilidad de frustrar o anular la gracia de Dios (Gál. 2:21). Dios es el que provee el plan, pero el líder cristiano es el que lo debe llevar hacia adelante por medio del progreso bien planeado. John Oxenham hace la atinada pregunta:
¿Es pequeño el lugar que te dio? ¡Atiéndelo con cuidado! Él fue quien te puso allí.

¿Es amplio el lugar que te dio? ¡Defiéndelo con cuidado! Él fue quien te puso allí. Donde quiera que te halles No es tuyo el lugar, es de él. Él fue quien te puso allí.

Algo para Pensar y Algo por lo Cual Orar
¿Cuál es la relación entre el progreso y el planear? ¿Por qué es necesaria la preparación bien planeada para una buena dirección? ¿Cuáles son las consecuencias si se fracasa en la preparación y en el planeamiento? ¿Es adecuada la redacción de planes que hacen usted y sus colaboradores en las obligaciones de la dirección? ¿Cómo se comparan los planes que ustedes hacen con los de los especialistas en otras esferas de servicio público? ¿Hasta dónde llega su conocimiento de los recursos que están a su alcance para la preparación y la mejora de sus actividades como líder? ¿Favorece su iglesia un programa planeado de cursos de estudio? ¿Hasta dónde es efectiva la correlación entre las distintas organizaciones de la iglesia? ¿Cooperan efectivamente en los planes de preparación para la dirección? ¿Cree usted que la preparación planeada tiende a disminuir la espiritualidad? ¿Por qué? ¿Cuál es la influencia que ejercen los planes cuidadosamente elaborados y fielmente seguidos en el desempeño de las obligaciones de los líderes de la iglesia, sobre el desarrollo de una vida más amplia y más rica?

5. — La Tarea, Los Objetivos, Los Métodos
Tal vez usted se halla desempeñando o preparándose para desempeñar un puesto de responsabilidad que comprende la dirección de algo. Surgen, como es natural, las preguntas consiguientes: ¿De qué clase de puesto se trata, de una manera general o de una manera específica? ¿Cuáles son los objetivos que se persiguen en el desempeño de sus deberes? Y ¿cuáles son los métodos que se emplean? Empiece con la descripción de sus obligaciones. Supongamos que el puesto de que se trata es el de pastor, o el de miembro del cuerpo administrativo o de diácono o de oficial de la iglesia, maestro u oficial de la escuela dominical, oficial o líder de la Unión de Preparación, o tal vez dirigente de alguna de las organizaciones de mujeres o de hombres, alguna responsabilidad en el Ministerio de la Música o la presidencia de algún comité. De una manera abstracta, ¿cuál es la principal función directiva del puesto de que se trata? Y concretamente ¿cuáles son los detalles del mismo? El pastor, como dirigente, se describe en el Nuevo Testamento con el término episcopios. Este vocablo se traduce en la versión autorizada como “obispo” y se define en el léxico griego como “supervisor” uno que tiene a su cargo el deber de vigilar para que las cosas que otros tienen que hacer, se hagan bien. Los empleados de la oficina tienen responsabilidades más específicas que el pastor. Los diáconos son “siervos de la iglesia” responsables ante el pastor y el consejo de la iglesia de promover y conservar el buen gobierno de la iglesia. El tesorero de la iglesia, no solamente recibe las ofrendas y lleva la contabilidad de las finanzas sino que también dirige el crecimiento de la iglesia en la mayordomía cristiana. El secretario de la iglesia lleva con exactitud las actas, pero también tiene que mantener a la iglesia informada acerca de lo que ella misma hace y de las cosas que constituyen datos para la historia. Los presidentes de las diversas organizaciones de la iglesia y sus asociados, no solamente han de desempeñar sus deberes administrativos eficientemente, sino que deben mantener el más alto nivel posible en el perfeccionamiento de su organización y en los frutos de su espiritualidad. Los maestros y aquellos que laboran con diversos grupos y clases, no solamente desempeñarán la labor de enseñar e instruir y dirigir reuniones, sino que también guiarán a sus miembros para que pongan en práctica aquello que aprenden. La dirección en las esferas de la iglesia se debe proyectar más allá de ella, en otras áreas — , la comunidad, la escuela, el mundo, el mundo de los negocios, la sociedad, el estado, la nación, el mundo — las oportunidades se presentarán en todas partes.

Objetivos Determinados
Después de haber contestado general y específicamente a la pregunta: “¿Qué clase de puesto es el mío?” surge la siguiente pregunta: “¿Cuáles son mis objetivos?” Los escritores más autorizados sobre este asunto ponen a la cabeza de la lista de las responsabilidades de la dirección, la enunciación clara de las metas a que se aspira a llegar. Una dirección sin metas está propensa a ser algo sin consistencia y sin atractivo. El fracaso de muchos dirigentes se debe a menudo, más probablemente, a la falta de dirección que a la falta de capacidad. John Dewey en su obra Democracia y Educación, llega a la conclusión de que
“un hombre es estúpido o ciego, o falto de inteligencia … exactamente en la misma proporción en la que, hallándose en cualquier actividad, ignora de qué trata ésta, es decir, no comprende la probable consecuencia de sus actos”.

¿Por qué es tan necesario que los objetivos se hallen claramente definidos? Un objetivo determina la dirección en la cual el líder se propone ir. La decisión concerniente a esta dirección no deberá ser tomada arbitrariamente por el líder sino que habrá de ser tomada en consulta con otros. Si falta esa dirección, tanto el líder como sus seguidores, encontrarán que llegan por casualidad a su destino, si es que llegan. Los objetivos son necesarios porque ahorran tiempo y energía. Si no se percibe la meta claramente desde el principio, se perderá mucha energía tomando por atajos y desvíos que retrasarán la marcha y pondrán en peligro la empresa. Son muchas las causas buenas que se han abandonado porque los seguidores de un líder sin rumbo se cansaron de las actividades que no parecían conducir a ninguna parte. Los objetivos son necesarios porque determinan los medios que se requieren para alcanzarlos. “¡Contad el costo!” fue la admonición de Jesús. El costo puede ser en términos de dinero, materiales, trabajo, o tiempo; cualquiera que sea el costo, se debe prever en relación con el fin propuesto. Tal vez se llegue a descubrir, demasiado tarde, que los medios necesarios no son asequibles, o que los seguidores del líder no están dispuestos a pagar el precio que se necesita. Los objetivos son necesarios con el fin de mantener la moral. Cuando no hay una meta prevista, los colaboradores se desaniman y se sienten tentados a abandonar la empresa. Tanto el director como sus colaboradores pierden impulso si no comprenden el propósito de lo que están haciendo. Los objetivos son necesarios con el fin de medir el adelanto alcanzado. “¿Cómo van las cosas?” es una pregunta que se contesta mejor si se puede hacer referencia al progreso alcanzado con respecto a la meta. Es difícil que se

pueda alcanzar algún objetivo sin pasar por las etapas intermedias. A veces el progreso puede que nos parezca dolorosamente lento. Pero si se comprende claramente que cada etapa nos acerca más a la culminación de la empresa, eso mantiene la voluntad de seguir haciendo el esfuerzo. Los objetivos son necesarios con el fin de motivar la oración inteligente y la búsqueda de la dirección espiritual. Santiago lo explica claramente al decir:
“No tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal” (Stg. 4: 2-3).

La oración que no tiene un propósito definido y que no busca la dirección del Espíritu Santo hacia una meta digna, no será agradable ante Dios, ni traerá la bendición necesaria. El Dios de suprema inteligencia y voluntad desea que aquellos que le sirven lo hagan con inteligencia y con determinación. El nos guiará para determinar cuáles han de ser los objetivos y también ayudará a aquellos que cooperen con él de una manera sensata para alcanzar los fines previstos.

Evaluación de los Propósitos
¿Cuáles son los distintivos de los buenos propósitos? Un buen propósito tiene la particularidad de ser apropiado; es decir: está relacionado con una situación real en que hay una necesidad y una oportunidad. Lo que en una circunstancia determinada puede haber constituido un objetivo digno, puede dejar de serlo al variar las circunstancias. Un objetivo adecuado para determinada iglesia en cierta clase de comunidad puede resultar inaceptable en otra. Al determinar un objetivo, es bueno hacer la siguiente pregunta: “¿Hasta qué punto se calcula que se podrán obtener los resultados que deseamos?” Un buen objetivo estará sujeto a cambiar a medida que cambien las circunstancias. La dificultad que presenta el seguir determinado patrón de propósitos es que tal vez ese patrón no permita suficiente libertad ni flexibilidad. El “patrón” se usa para que sea un instrumento de medida o comparación y no para que sea una exposición inflexible de reglas rígidas. Por ejemplo, ¡es más importante que una escuela dominical alcance al público que no que alcance el nivel de las normas requeridas! Esto no quiere decir que los dos objetivos se excluyan mutuamente, pero la norma impresa no debe ser una finalidad absoluta. El marco de un objetivo razonable es que no se trate de una meta fija sino que se mueva hacia adelante a medida que se va alcanzando. Si se alcanza determinado objetivo y no hay nada más allá, se produce el estancamiento. Cuando el líder y su grupo de colaboradores pueden decir con satisfacción

personal: “¡Ya lo alcanzamos!” tal vez empiece para ellos un movimiento descendente, o tal vez se queden en el mismo lugar, pero la situación, cualquiera que sea, sigue adelante. Un buen objetivo es un reto constante al espíritu creador, a nuevas soluciones, a resolver nuevos problemas a medida que se presentan. Siempre existe el peligro de que al esforzarse por alcanzar determinado objetivo, se restringirá la libertad necesaria. El objetivo debe siempre enfocar más que la finalidad que se busca, es decir, que debe tener en cuenta el desarrollo de la iniciativa individual y el pensamiento creador del grupo. El resultado que se alcance pagaría un precio demasiado alto si ese precio es la pérdida de la libertad o de la originalidad. Un buen objetivo es aquel que tiene más en cuenta lo que le sucede a las personas, que lo que se consigue materialmente. Edwin Markham nos recuerda que “no hay cosa que valga la pena de que se haga, si ella no hace al hombre”. Y si esto es esencialmente verdadero en cualquiera empresa, lo es de una manera especial en una empresa cristiana. Algunos de los errores más graves que se han cometido en los puestos directivos de la iglesia han sido hechos en este particular: la deficiencia al tener en consideración la ecuación personal. En todo lo que Jesucristo dijo e hizo vemos siempre esta verdad lanzando sus destellos: su medida del valor de las cosas relacionándolo con las personas. Le oímos exclamar indignado, cuando lo criticaron por sanar a un hombre en sábado: “¿Cuánto más vale un hombre que una oveja?” (Mat. 12:12). La obediencia a la regla con el fin de alcanzar el objetivo, debe estar siempre subordinada al bienestar humano. La pregunta a la cual nos han estado conduciendo los principios anteriormente expresados se formula así: ¿Cuáles son los objetivos distintivos del liderato cristiano? Es evidente que la definición de tales objetivos, en la naturaleza de cada caso, no puede ser la tarea de un solo hombre. El que dirige es un siervo de siervos, un obrero juntamente con Dios y con los demás. Ordway Tead declara que dirigir “es la actividad de influenciar a otras personas para cooperar hacia la consecución de algún fin que ellos han llegado a considerar deseable”. De acuerdo con esto, el director no es el que dice: “Esto es lo que yo creo que debe hacerse — ¡vamos a hacerlo!”, sino más bien el que dice: “Esto es lo que todos estamos de acuerdo que debe hacerse: ¡permítanme que les ayude a hacerlo!” Una función muy esencial consiste en dirigir al grupo para que se ponga de acuerdo sobre lo que debe ser el objetivo.

El objetivo más importante es de que se haga la tarea que hay que hacer. La característica del espíritu americano está expresada en el poema “el Trabajo” de Abbie Farwell Brown:
El trabajo hace fluir la sangre sana. El trabajo hace brillar la mente ágil El arado y el martillo, el azadón y la pala, El hacha y la barra, sierra y clavos, ¡Demos gracias a Dios por el trabajo!

Y también hay en nuestras iglesias un himno muy conocido “Trabajad, trabajad …” Naturalmente en toda actividad digna se encuentra una gran virtud, pero el objetivo necesita tener más amplitud que la de hacer simplemente que se termine la tarea. Las circunstancias antecedentes deben ser tomadas en consideración antes de que se pueda alcanzar un objetivo final. ¿Cuáles son las dificultades que hay que vencer? En una batalla, el general sabe que es preciso tomar el objetivo A antes de que se pueda alcanzar el objetivo B y después de éste, el objetivo final C. Muy pocas veces se puede alcanzar algo de valor sin antes remover los obstáculos que se encuentran en el camino. El director ha de fijarse bien en las dificultades y hacer su objetivo previo la remoción de ellas. Aunque se tenga fe en el éxito final bajo la dirección divina, eso no evita la necesidad de prever y hacer uso de los medios humanos para conseguir los medios que venzan los impedimentos que obstaculizan el progreso. Un objetivo secundario importante es conseguir los medios necesarios para la empresa de que se trate. Si fuéramos a servirnos de un término militar, usaríamos el de logística, que es el estudio científico de los abastecimientos generales y su distribución — las provisiones, armas, municiones, para las fuerzas armadas, si éstas han de librar con éxito la guerra. En un proyecto de la iglesia, el objetivo puede ser todo lo espiritual que se quiera, pero es casi seguro que se necesitará dinero, determinadas facilidades, recursos de comunicación, instrumentalidades diversas con el fin de llevar el proyecto a su debida conclusión. El pretender que Dios solo será el que ha de proveer a estas necesidades materiales, no es fe, es presunción. El le ha dado a los hombres la mente con la cual puede pensar y hacer planes y él espera de ellos que cada uno haga su parte. Un objetivo esencial de una buena dirección, no es solamente prever la finalidad sino también obtener los medios que sean necesarios para alcanzarla. El distintivo del objetivo cristiano es que siempre cuenta con la persona. La Biblia es un libro hecho para las personas. Su revelación nos llega a través de las distintas personas y trata de ellas. El trino Dios es supremamente personal:

Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los escritores bíblicos concentraron su atención en las personas, acerca de las cuales escribieron y para los cuales escribieron. El interés en los distintos grupos de personas caracteriza cada uno de los distintos libros de la Biblia. Y podemos añadir que de todos los fundadores de las grandes religiones del mundo, Jesucristo es supremamente el que más se ocupó de los individuos. Cualquiera que sea la actividad que ocupe la atención del director, su pregunta determinante debe ser: ¿Qué ventaja le proporcionará esto a las distintas personas? Los objetivos de organización y de administración, el levantar fondos, hacer edificios y conseguir equipos, las campañas de crecimiento, la mayor efectividad en la predicación y en el evangelismo, la ampliación del trabajo por medio de la visitación y de las misiones, los planes de acción social — ninguno de estos es un verdadero objetivo cristiano, si se considera aparte de las personas a las que atañe. El líder debería estar más interesado en que los resultados obtenidos sean el ganar personas para Cristo y en que se desarrolle el carácter cristiano, que en los éxitos tangibles de una empresa determinada. Por encima de todos los objetivos, y más allá de ellos, está la voluntad de Dios. La pregunta que debe ser el lema del director no debe ser tanto qué es lo que nosotros queremos alcanzar sino qué es lo que Dios quiere. Casi nunca resulta fácil averiguar cuál es la voluntad de Dios y obedecerla. Para ello, hay que prescindir de la voluntad propia, se deben estudiar y comprender los propósitos de Cristo y aceptar las indicaciones del Espíritu Santo como guía. Ha de haber docilidad para seguir la dirección divina. Nunca se puede considerar tiempo perdido el que se emplee en determinar este objetivo pero será mucho más valioso que el que se emplee en hacer planes sin contar con Dios. Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá …” (Juan. 7:17). Y en otra ocasión dijo: “Yo soy la luz … el que me sigue, no andará en tinieblas” (Juan. 8:12). El objetivo máximo del líder cristiano es encontrar cuál sea la voluntad de Dios y seguir la dirección de Jesucristo. Después de analizar la tarea y sus objetivos, el líder concentrará su atención en los métodos para dirigir. El método que se vaya a usar depende de una variedad de circunstancias; la personalidad del líder, las características del grupo que va a dirigir, la naturaleza y los propósitos de la empresa, los recursos de que se disponga y las limitaciones que se presenten. El líder hará muy bien si examina con sentido crítico las diversas posibilidades que se le presentarán al entrar en funciones de director.

Maneras Equivocadas de Dirigir Mando.
Tal vez el líder piense de sí mismo como el oficial de mando al frente de una compañía de soldados. Tennyson comprendió la indiscutible obediencia a la autoridad militar en su “Carga de la Brigada Ligera”. A pesar de que alguien había cometido un error al dar la orden, él escribe lo siguiente:
Sin pretender replicar Ni pararse a razonar, Para luchar y morir Hacia el valle de la muerte Galoparon los seiscientos:

Esa obediencia ciega a un jefe autoritario es completamente contraria al concepto cristiano del que ha de ser director. La historia nos conserva el recuerdo de la subida y el poder de líderes como éste, pero también nos relata cómo fue su caída. Cuando el director del tipo de dictador surge, ya sea en la iglesia o en el estado, es oportuno recordar el axioma de Lord Acton, el filósofo político del siglo diecinueve: “El poder tiende a corromper, pero el poder absoluto corrompe de una manera absoluta.”

Mano izquierda.
El líder que usa este procedimiento para dirigir es el que, como se dice vulgarmente “tira la piedra y esconde la mano”, y tira de cordones invisibles, procurando conseguir lo que desea valiéndose indirectamente de los demás. Una persona así, está desempeñando un papel y el Nuevo Testamento lo describe con el epíteto de “hipócrita”. En la política es el tipo bien conocido del que se hace pasar como amigo de servir a todo el mundo mientras está arrimando la brasa a su sardina. El tipo de esta clase procura conseguir por medio de la adulación lo que sabe no ha de conseguir por medio de las órdenes directas. Este individuo se interesa en obtener los resultados apetecidos, pero siempre con un ojo alerta a sus intereses personales. Tal vez durante algún tiempo parezca que el líder de “mano izquierda” está alcanzando éxito. Pero a la larga, su verdadera personalidad sale a relucir y se ve rechazado por los que le rodean. Esto sucede más frecuentemente en los círculos de la iglesia que en los seculares porque el cristiano rechaza la doblez de conducta.

La Sugestión.
La sugerencia es a menudo más efectiva que el mando o la “mano izquierda”. Los anunciantes se dan buena cuenta del poder de la sugestión y procuran llevar a los clientes a que les compren sus productos por medio de música atractiva, cuadros interesantes de salud y felicidad, seguridad y prosperidad. Los padres saben muy bien que a menudo es más fácil conseguir que los niños obedezcan por medio de la sugerencia antes que obligándolos por la fuerza. Los sicólogos insisten mucho en la sugestión para obtener las respuestas que se desean. Este es un método aceptable para el líder que lo practique con sinceridad y con dignidad. Se pueden sugerir otras alternativas que abran el camino a la discusión, la cual puede muy bien conducir a conclusiones que el grupo llegue a aprobar como suyas propias. Sin embargo, el que hace las sugerencias debe siempre evitar la trampa mortal de usar el método con fines ulteriores.

Los Mejores Métodos para Dirigir La Instrucción.
Probablemente, el líder que da instrucciones ocupa su posición como director porque está más empapado con su tarea que los demás. O por lo menos, sabe dónde se puede hallar la información que se necesite. Por lo tanto, él puede dar instrucciones al grupo en cuanto al procedimiento, tanto positivo como negativo, con el fin de alcanzar los resultados apetecidos. El es el que puede familiarizarlos con las instrucciones impresas hasta que las tengan fijas en la memoria. El también puede repetir las prácticas acostumbradas hasta que éstas se transforman en hábitos arraigados. Y también puede hacer preguntas y corregir errores y respuestas equivocadas hasta que se alcance la uniformidad. El método de repetición y recitación será muy valioso, siempre que el director no exija arbitrariamente respuestas al pie de la letra. Las instrucciones estereotípicas pueden empantanar el estado de cosas, impidiendo así que se progrese. En este mundo tan cambiante, las instrucciones básicas tomarán en cuenta las nuevas condiciones que puedan surgir y las nuevas modalidades. Habrá que tener conocimiento de los problemas y procesos que se van desarrollando; o de otra manera, surgirá el estancamiento.

La Persuasión.
Persuadir es convencer. Por medio de los argumentos o de las exhortaciones se cambian las opiniones y la dirección de su actividad. La persuasión puede ser por medio de un ruego directo o indirecto. El líder persuasivo puede procurar

cambiar las opiniones o el proceder de los demás por medio de la presentación de los hechos, el razonamiento lógico, o apelando a las emociones. Y en realidad, todos estos elementos pueden formar parte de la persuasión. La persuasión también puede ser menos directa — por medio de ejemplos, por medio de asociación de palabras, valiéndose de ilustraciones, a través de los prejuicios y haciendo un llamamiento a los intereses personales, usando de la atracción hacia los nobles ideales, usando de la excitación del temor o la incitación al valor, y también por medio del terror al castigo y la esperanza de la recompensa. Cuando la predicación es realmente buena, constituye un ejemplo notable y efectivo de la persuasión directa. La biografía, la poesía, la ficción, la historia y los dramas son medios menos directos, pero a menudo muy poderosos de persuasión. Pablo escribe refiriéndose a sí mismo y a sus compañeros cristianos: “Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres …” (2 Cor. 5:11). Los que dirigen hacen el mejor uso de sus prerrogativas cuando por medio de la persuasión tratan de convencer a los hombres para que crean lo que Cristo promulgó y para seguirle en el camino de la vida. Sin embargo, se hará un mal uso de la persuasión si se la emplea con fines egoístas, o para alimentar prejuicios o para hacer surgir emociones indignas o para alejar a los hombres de Dios y lanzarlos a unos contra los otros. La persuasión es un medio poderoso tanto para bien como para mal. Para que la persuasión sea cristiana debe usarse en obediencia a Cristo y bajo la dirección del Espíritu Santo.

Compartiendo con otros.
Esta es la manera más satisfactoria de dirigir. Pueden presentarse ocasiones cuando el mandato imperativo y la obediencia sin vacilaciones sean necesarias, como en alguna emergencia cuando la vida o algún principio sagrado estén en peligro. Cuando se pierde el dominio de los temperamentos y de los prejuicios, las circunstancias pueden justificar que el director eche mano de la diplomacia indirecta y de la sugestión. La persuasión es a menudo el recurso indicado cuando se necesita el llamamiento a la razón y al sentimiento para hacer surgir las actitudes y las acciones correctas o para cambiar la dirección equivocada de lo que se piensa y de lo que se cree. Casi siempre el que es buen director es también maestro que va instruyendo a los que le siguen como encargado de ser su guía.

El principio que impide la frustración de cualquiera de estos métodos es el de compartir cristianamente, es decir: el amor en acción. Jesús puso esto en primer lugar: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan. 15:12). Pablo reafirma el principio:
“El que ama al prójimo, ha cumplido la ley .., cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo …’ así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Rom. 13: 8-10).

Inspirado por este principio, el líder cristiano, no importa cuan alta o importante sea la posición que desempeñe, pensará de sí mismo como “el primero entre sus iguales”. Y por lo tanto, habrá de contribuir con su persona, su conocimiento, su capacidad, su devoción a Cristo y a la iglesia. Su concepto del llamamiento y su entusiasmo para la tarea que tiene entre manos, su compasión para los perdidos y su respeto para los salvos, su disposición para servir y para sacrificarse. El compartirá con los demás en la medida de su capacidad para desempeñar el ministerio de la dirección. He aquí lo que escribió Lowell sobre el particular:
La vida es una hoja de blanco papel Donde todos habremos de escribir Una palabra o dos, y después la oscuridad. ¡Sublime comenzar! Si sólo alcanzas Una línea a grabar, que sea maravillosa. No es un crimen el fracaso, sino el aspirar muy bajo.

Algo para Pensar y Algo Sobre qué Orar
Explique de una manera amplia y con detalles específicos, ¿cuál es mi tarea como director
(1) en la iglesia, (2) en otra parte?

¿Hasta dónde estoy cumpliendo bien con mis responsabilidades como director? ¿Por qué es necesario que los objetivos estén claramente definidos? ¿Reconozco plenamente esta necesidad? ¿Cuáles son los distintivos de una buena meta? ¿Puedo pasar esta prueba satisfactoriamente? ¿Cuál es el distintivo cristiano de los objetivos del líder?

¿Cómo puedo distinguir entre los objetivos inmediatos, intermedios y finales? ¿En cuál de estos pongo el mayor énfasis? Prescindiendo de las consideraciones humanas ¿cuál es el supremo determinante de los objetivos del líder cristiano? ¿Qué calificación sacaría yo de esta prueba? ¿Cuáles son algunas de las maneras correctas y las equivocadas de dirigir? ¿Cómo puedo establecer la diferencia? ¿Cuándo es más acertada la dirección?

6. — Logros Obtenidos Por Medio De La Colaboración
Cuando en la década de 1920, el equipo de fútbol formado por “Los Coroneles que Oran”, del pequeño Center College, derrotó al poderoso Harvard se le preguntó al capitán “Bo” MacMillan cómo habían podido realizar tal hazaña. Su contestación fue: “En cada juego en el que jugó Center había once hombres.” Esta es una descripción clásica del trabajo en colaboración. Kipling en una de sus BALADAS DE CUARTELES, pone en boca de un soldado veterano lo siguiente:
“No es el individuo el que cuenta, ni tampoco el ejército en conjunto, sino el eterno trabajo en colaboración de cada bendito hijo de vecino.”

En los círculos militares se reconoce que el esfuerzo en colaboración es fundamentalmente esencial para alcanzar la victoria. Un ejemplo muy vivido es el Día-D de la invasión aliada que fue el punto culminante de la Segunda Guerra Mundial. Todas las fuerzas armadas — las de reconocimiento, las de aire, tierra y mar, se movieron como una sola unidad, con precisión matemática que convirtió en un éxito esta audaz maniobra militar. Si todos los demás factores son iguales, la iglesia alcanzará sus más altos propósitos cuando sus líderes cooperen en esta forma hacia los fines comunes. En el Antiguo Testamento encontramos un ejemplo del trabajo en colaboración con la reconstrucción de las murallas destruidas alrededor de Jerusalén, bajo la dirección de Nehemías. “La mitad de mis siervos”, relata Nehemías,
“trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá, los que edificaban en el muro” (Neh. 4:16, 17).

El muro era largo y los obreros estaban necesariamente separados unos de otros. Para el caso en que se viesen atacados, Nehemías les dio las siguientes instrucciones:
“En el lugar donde oyereis el sonido de la trompeta, reunios allí con nosotros; nuestro Dios peleará por nosotros” (v. 20).

“Y así construimos el muro” fue el feliz final de Nehemías.

Un Principio del Nuevo Testamento
Jesucristo escogió una pequeña compañía de hombres y mujeres, aparentemente insignificantes. Los unió con lazos irrompibles y los mandó a conquistar el mundo. En el momento supremo de su ministerio redentor, él intercedió por ellos ante el Padre orando así:
“La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos, como también a mí me has amado” (Juan. 17:22, 23).

Pablo, suplicando que haya unidad en la agitada iglesia de los Corintios, declara: “Porque nosotros somos colaboradores de Dios” (1 Cor. 3: 9). Y entonces abarca todo el principio con estas palabras: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí” (Rom. 14: 7). Cuando Jesús dijo: “Yo edificaré mi iglesia”, evidentemente estaba pensando en el compañerismo de los discípulos creyentes. El no dio direcciones explícitas con respecto a la reglamentación de la iglesia, ni en la práctica, ni en la organización. En el único pasaje adicional en que Jesús usa el vocablo “iglesia” nos da las direcciones de cómo se ha de restaurar el compañerismo roto. (Mat. 18:15-20.) Explica de una manera bien clara que la enemistad y el espíritu que no perdona son un pecado cardinal entre sus discípulos (Mat. 6:14, 15). La palabra del Nuevo Testamento griego que se traduce como “compañerismo” es koinonia, que significa literalmente un interés compartido o una participación conjunta, como cuando los creyentes en Jerusalén “estaban juntos, y tenían en común todas las cosas” (Hech. 2:44). Una iglesia sin espíritu de comunidad ha violado su carta fundamental. Los líderes de la iglesia tienen la divina obligación de mostrar y mantener el espíritu de cooperación. El “unirse a la iglesia” es convertirse en miembro del cuerpo de Cristo. De la misma manera que su cuerpo es para usted el instrumento de su mente y de su voluntad, lo mismo es una verdadera iglesia para Jesucristo. El no tiene en la tierra manos con las cuales realizar el trabajo, si no son las manos de sus discípulos, tampoco tiene pies para caminar, excepto los pies de los que caminan por él, ni tiene labios para hablar, si no son los de aquellos que dan testimonio de él. Por lo tanto, cada uno de los cristianos está comisionado para trabajar, caminar y hablar por él.

El Refuerzo de la Individualidad
Existen “diversidad de dones … diversidad de ministerios … diversidad de operaciones” (1 Cor. 12: 4-6). La igualdad de todos los creyentes no significa un nivel absoluto de capacidad y responsabilidad. Haciendo uso de la analogía con el cuerpo humano. Pablo señala que en la iglesia hay aquellos que son más fuertes y otros que son más débiles, unos investidos de más honra y otros de menos. De igual manera que en el cuerpo humano cada parte es esencial para el funcionamiento saludable del conjunto, así en la iglesia todos los miembros son necesarios.
“Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Cor. 12:26).

El que dirige en una iglesia no vale más, como persona, que el miembro más humilde; sin embargo, tal vez él pueda rendir más servicio a causa del puesto al cual ha sido llamado. Sus servicios adquieren más valor en la proporción al celo que demuestre
“para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros” (1 Cor. 12:25).

Usted es un alma con un cuerpo. Mientras dura la vida sobre la tierra, ambos son inseparables. La personalidad es más que el ser físico y distinta de éste; sin embargo, la personalidad se expresa por medio del ser físico. El cuerpo humano es el instrumento superiormente organizado para expresar la personalidad. De manera parecida, la iglesia es espiritual en su ser esencial; sin embargo, necesita de la unión con el fin de funcionar en un mundo material. Jesús reconoció esta necesidad de cooperación cuando reunió a su alrededor un grupo de creyentes bautizados y los formó en un cuerpo de discípulos a los cuales enseñó, adiestró y envió de dos en dos, con instrucciones detalladas sobre cómo habían de llevar su mensaje y hacer su trabajo. Después de su muerte y resurrección, juntó a 120 creyentes convencidos y dignos de toda confianza, los cuales constituyeron su iglesia y empezaron a actuar en círculos cada vez mayores hasta cumplir con su comisión de hacer discípulos, bautizándolos y enseñándoles (Mat. 28:19, 20). La historia de lo que “Jesús comenzó a hacer y a enseñar” se continúa en el libro de los Hechos y a través de las Epístolas. Aquí bajo la dirección del Espíritu Santo, el progreso se expande. El patrón de organización cambia para hacer frente a las condiciones cambiantes, pero los principios y los propósitos permanecen los mismos.

Juntos en la Adoración y en la Proclamación
El permanecer juntos es una necesidad vital para llevar a cabo los propósitos de la iglesia. Cualesquiera que sean las cosas que la iglesia haga o deje de hacer, sus miembros tienen que reunirse para la adoración y para la proclamación del mensaje de redención. La efectividad demanda trabajar juntos para proveer un lugar apropiado, líderes, horarios, distintos alcances y sostén financiero. Si faltan estos elementos, la adoración y la proclamación carecerán de materia y de poder. Por su misma naturaleza, una iglesia cristiana tiene que ser una iglesia que enseñe. Una institución que enseña requiere organización — oficiales, maestros, programas, procedimientos ordenados, matrícula de estudiantes, actividades de expresión, metas, resultados y sostén financiero. Una organización de esta clase exige la unidad de sus componentes, sin la cual todo seria muy pronto una confusión y no tardaría en dejar de existir. No basta con adorar, proclamar y enseñar. Una iglesia debe también adiestrar. Y esto requiere experiencia bajo la supervisión de alguien que guíe. La capacidad se adquiere poniendo en práctica los conocimientos que se tienen. Un programa de adiestramiento en la iglesia y para los fines de la iglesia abarca a todos los miembros, requiere organización: líderes, ayudantes, contribuyentes, materiales, grupos de acuerdo con la edad respectiva, actividades programadas, promociones continuadas, materiales de orientación, dirección y respaldo de la iglesia. Si no hay colaboración organizada, el adiestramiento de los miembros para actuar como dirigentes, tendrá pocas probabilidades de éxito. Tal vez con la única excepción de los Departamentos de Música, la actual y compleja organización de cualquier iglesia típica de los bautistas del sur se originó aparte de las iglesias. Cada una de las organizaciones se fueron adoptando por las iglesias y cada una se desarrolló independientemente de las demás y a veces, hasta en competencia las unas con las otras. La escuela dominical tuvo sus comienzos con la “escuela de los vagabundos” de Roberto Raikes, un impresor y editor en Gloucester, Inglaterra en 1781. Afligido al contemplar la condición de abandono en que vivían los niños de las fábricas, Raikes alquiló un salón y contrató a cuatro mujeres para que enseñasen a esos niños menos privilegiados todos los domingos. El movimiento se extendió y se arraigó dentro de las iglesias cuando los edificios de las iglesias y los miembros de las mismas sustituyeron a los edificios alquilados y a las mujeres pagadas por Raikes.

El movimiento llegó hasta América y se propagó rápidamente, aunque no sin oposición por parte de los clérigos. Los bautistas de América con sus características laicas y su devoción a la Biblia encontraron que la escuela dominical se ajustaba peculiarmente a sus propósitos. A menudo se veía una escuela dominical antes de que hubiese una iglesia y muchas iglesias surgieron de las escuelas dominicales. Gradualmente se incorporó la escuela dominical a la vida de las iglesias, aunque durante mucho tiempo continuó siendo una organización independiente, eligiendo sus propios oficiales y maestros y pagándose sus propios gastos. Hasta la última parte del siglo diecinueve, las mujeres tomaron poca parte en los asuntos de la iglesia. Las sociedades auxiliares femeniles les brindaron algunas oportunidades para prestar servicios y contribuir económicamente por medio de “tómbolas”, “ventas” y trabajo personal. Los pastores y los líderes laicos tomaron muy en serio y con mucha exclusividad la prohibición de Pablo de que las mujeres “estuviesen en silencio” en la iglesia. Las mujeres respondieron con más entusiasmo al llamamiento de las misiones que sus pastores y los hombres “antimisioneros” y no misioneros; de manera que las sociedades auxiliares femeniles llegaron a ser fundamentalmente misioneras en su carácter, y así han quedado las organizaciones que han sido sus sucesoras. En 1888, la Unión Femenil Misionera fue organizada, aunque con disgusto de muchos de los hermanos. Se la designó “Auxiliar de la Convención Bautista del Sur”, principalmente porque las mujeres no desempeñaban ningún papel en la Convención, ni siquiera como mensajeras. En el transcurso de los años, hubo de cambiar esta actitud, de manera que el manual oficial se titula El Programa de una Iglesia de la Unión Femenil Misionera. Ya se lleva mucho camino adelantado hacia la plena integración de esta organización como miembro compañero de la iglesia y de la denominación. La Unión de Preparación ha tenido una historia similar desde sus principios fuera de la iglesia. Tradicionalmente, se consideraba a los jóvenes como adultos jóvenes y no se les tomaba en cuenta en ninguna manera especial en el trabajo de las iglesias. El reconocimiento de su lugar especial y de sus necesidades llevó a la organización, en 1881, de la Sociedad de Jóvenes para el Esfuerzo Cristiano, una organización interdenominacional que pronto alcanzó popularidad nacional. Insatisfechos con la debilidad doctrinal del movimiento, los bautistas se retiraron y organizaron la Unión de la Juventud Bautista en 1891. Las iglesias bautistas del sur encontraron que este movimiento era de su agrado y eventualmente fue adoptado por la Convención. Al principio, éste era para los jóvenes solamente, pero en 1934 se cambió el nombre por el de Unión

Bautista de Preparación y se adoptó la graduación por edades que ya estaba rigiendo en la escuela dominical. Durante este proceso de cambios, la Unión de Preparación ha pasado de la completa independencia de la iglesia y de la denominación al pleno reconocimiento de la unión como miembro de la iglesia y del grupo denominacional. Los hombres de las iglesias tardaron relativamente más tiempo y se mostraron un poco más renuentes a formar organizaciones separadas. En 1906 aparecieron grupos esporádicos de hombres que formaron organizaciones de grupos de hombres de distintas denominaciones que se unieron en el movimiento misionero de los laicos; teniendo como propósito principal el promover y sostener las misiones extranjeras. Bajo la dirección de líderes capacitados, los laicos de los Estados Unidos y Canadá visitaron los campos misioneros, asistieron a reuniones misioneras, y respondieron al reto de los jóvenes misioneros voluntarios de “poner sus dólares a la altura de sus vidas”. Muchos hombres bautistas influyentes se unieron al movimiento. Reconociendo su significado, la Convención del Sur les dio su respaldo y nombró un comité para que le diese su carácter y su dirección denominacional. En 1916 se nombró un secretario con oficinas generales en Knoxville, Tennessee. Dieciséis años más tarde se le cambió el nombre a la organización por el de Sociedad de Hombres Bautistas del Sur, con su oficina general en Memphis. Más tarde se organizaron tres grupos de distintas edades: los hombres bautistas (adultos), los jóvenes bautistas, y los muchachos (Embajadores del Rey). Una vez más tuvo lugar el mismo proceso: la adopción y la denominacionalización de una organización que había tenido su origen fuera de la iglesia. La adición más reciente a la acumulación de organizaciones de la iglesia, que hemos descrito anteriormente, es el Ministerio de la Música para la iglesia. La música siempre ha sido una parte inseparable de las actividades de la iglesia. La religión del Antiguo Testamento era una religión de canto y en el Nuevo Testamento tienen mucha importancia el canto y la música. Durante los primeros años de la existencia de la iglesia bautista, la música era más bien informal y espontánea. Cuando llegó a desarrollarse el “coro de la iglesia”, empezó a sentirse la necesidad de que hubiese alguna clase de organización. A medida que se fue reconociendo la importancia de la “música para todos”, la junta de Escuelas Dominicales nombró a B. B. McKinney editor de sus publicaciones musicales. En 1937 la Convención Bautista del Sur nombró un comité para que estudiase las necesidades de un programa musical para las iglesias. Y así empezaron a surgir programas de música para cada estado. En 1941, la Junta de las Escuelas Dominicales añadió a su cuerpo

directivo un director de las actividades y publicaciones musicales, el cual se convirtió oficialmente en el Departamento de Música de la iglesia.

Problemas de las Distintas Relaciones
Era inevitable que surgiesen problemas con respecto a estos “retoños adoptados” de las iglesias. Surgió la cuestión ¿deberán ser las nuevas organizaciones independientes de las iglesias, o interdependientes dentro de la iglesia, deberían estar bajo el dominio de la iglesia? ¿Cuál debería ser la relación de unas organizaciones con las otras? ¿Debería haber separación absoluta, competencia, tolerancia, separación, correlación? Puesto que una iglesia, de acuerdo con el Nuevo Testamento es un cuerpo unificado y no puede prosperar si se halla dividido, la relación evidente entre cada una de sus partes no es otra más que la de correlación. Y, ¿cómo será posible alcanzar este fin? La respuesta descansa sobre las actitudes y las intenciones de los líderes denominacionales y de la iglesia. En el nivel de la iglesia local, las soluciones se encuentran en el concilio de la iglesia, compuesto por los representantes de las distintas organizaciones de la iglesia y por la iglesia en conjunto. Reuniéndose en un “concilio cooperativo para tomar consejo”, estos grupos buscan la manera de obedecer el mandamiento divino:
“Nada hagáis por contienda o vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Fil. 2: 3, 4).

En el nivel denominacional, las soluciones se deben encontrar igualmente en el correspondiente Concilio de InterDepartamentos, reuniendo a los líderes responsables de las juntas de la Convención y a los diversos departamentos para tener conferencias y llegar a acuerdos. La conclusión a que hemos de llegar es clara: la dirección, si no se trabaja en cooperación, trae la frustración en la compleja organización de la iglesia y de la denominación. Esta verdad necesita ser reconocida y enfatizada por cada miembro de la iglesia que tenga a su cargo alguna responsabilidad. Y con este espíritu cualquier iglesia marchará hacia adelante, venciendo todas las dificultades.

La Pregunta Acerca de las Actitudes Personales
¿Cuál será la actitud que usted, como líder habrá de asumir con respecto a las diversas organizaciones?

Usted puede dar por seguro que su organización es la más importante en la iglesia; y que por lo tanto debe recibir prioridad. Puede que esta opinión suya sea completamente sincera, pero sin embargo, dará por resultado casi inevitable el surgimiento de la fricción. Tal vez usted considera a las demás organizaciones como competidoras, o rivales, cada una buscando opacar a la otra. Aunque es verdad que la competencia es la “vida del comercio” también puede llegar a ser la muerte del compañerismo. Las divisiones de la iglesia que se convierten en dañinas surgen a menudo de las innecesarias rivalidades entre las diversas organizaciones. Usted puede ignorar a las demás organizaciones en su exceso de celo por la suya propia. Si éste es el espíritu que prevalece, cada organización cogerá su rumbo, con la inevitable debilidad que es el producto de la desunión. Puede ser que usted se dé perfecta cuenta de la interdependencia de las distintas organizaciones, pero no tiene manera de incrementar esta interdependencia. En este caso tal vez mejore el espíritu de la iglesia, pero faltará la verdadera cooperación. El remedio para cualquiera de estos tipos de fragmentación de la iglesia, es el cultivo consciente del espíritu de cooperación con los medios prácticos de ponerlo en acción. Bajo la dirección del pastor, de los miembros del concilio, los diáconos y los oficiales de la iglesia, los líderes de las distintas organizaciones se verán a sí mismos como miembros de un equipo, como partes de un conjunto, que es la iglesia misma. Así, la iglesia se contempla como un todo funcionando por medio de sus organizaciones mientras adora y proclama su mensaje, enseña y adiestra, alista y utiliza a toda su membresía, extendiendo su alcance desde Jerusalén “hasta lo último de la tierra”.

Prerequisitos y Valores Determinados
El desarrollo del espíritu de colaboración no debe ser dejado al azar. Hay condiciones previas que son necesarias para su inicio y para su crecimiento. El espíritu de colaboración se basa en la confianza tanto por parte de los líderes en sí mismos como en los seguidores hacia sus líderes y cada uno en su compañero de equipo. Cuando se ha perdido la confianza, todo se ha perdido. Puede suceder que los líderes cometan equivocaciones y que los seguidores cometan disparates. Pero si en todo ello reina un fondo de sinceridad, se podrán perdonar sus debilidades y se podrá empezar de nuevo. La confianza es la primera base esencial que se debe procurar y lo último que se debe arriesgar. Cuando los que dirigen y los que los siguen genuinamente confían los unos en

los otros, su unidad podrá sufrir algún descalabro ocasional, pero nunca llegará a romperse. El espíritu de equipo, si ha de ser duradero, tiene que girar alrededor del interés de alguna causa digna. Un adiestrador muy conocido en el fútbol dijo, refiriéndose al fracaso de su equipo que no logró ganar un juego:
“Nosotros no podemos tener un equipo ganador mientras que cada uno de los jugadores parece pensar que es poca la diferencia entre ganar o perder.”

La causa más importante en el mundo es la causa de las misiones cristianas. Cualquiera que sea la empresa de que se trate en la iglesia, ella debería estar vitalmente relacionada con el éxito de esta misión. Cualquier tarea particular puede ser considerada en sí misma como pequeña o de poca importancia, pero si se contempla en la perspectiva de ganar a los perdidos, construir una iglesia fuerte para que se enfrente con un mundo duro y llevar a cabo la comisión de Cristo, esto llega a ser lo suficiente para motivar la forma más alta del espíritu de equipo. El espíritu de equipo reclama y pide lo mejor de la capacidad humana. Es muy difícil que se despierte el entusiasmo por algo mediocre, entusiasmarse por algo que no sea lo mejor que puedan dar de sí los líderes y los que los siguen. En la mayor parte de los hombres y de las mujeres hay facultades latentes que nunca han sido puestas en actividad, pero que están dispuestas a responder cuando las circunstancias así lo exijan. El espíritu de equipo alcanza niveles superiores cuando tanto el líder como el grupo descubren potencialidades escondidas que salen al exterior al realizar un esfuerzo unido. El espíritu de equipo surge del espíritu creador y lo promueve. El grupo responde ante el reto de su líder y éste ante el reto de su grupo. Nuevas ideas y nuevas soluciones para los distintos problemas nacen del espíritu de equipo, al mismo tiempo que éste se va desarrollando. Pocas cosas son más excitantes para el espíritu humano que el ocuparse en una actividad creadora. El espíritu de equipo se mantiene al contemplar como se llega al final de los planes porque existe una cierta tendencia a perder interés en una empresa que parece que no se acaba nunca. Tal vez no se alcance el “éxito” tal como el mundo lo mide, pero si la tarea se mueve hacia adelante, de acuerdo con la oración: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad”, la dedicación permanente se mantiene aún en frente de los desalientos y el fracaso aparente. “No temáis, manada pequeña”, dijo Jesús a sus discípulos, “porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Luc. 12:32). Más tarde, bajo terribles persecuciones, ellos fueron sustentados por la promesa:

“Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos dé los siglos” (Apoc. 11:15).

Una iglesia nunca podrá estar derrotada mientras tenga el espíritu de colaboración y esté sostenida por la certeza de la consumación del reino final de Cristo.

Pérdida y Recuperación
De la misma manera que el espíritu de equipo se puede alimentar y mejorar en sus puntos más fuertes por medio de la práctica, también se puede perder si hay actitudes y comportamientos equivocados. El espíritu de colaboración se inhibe si hay reconcentración por parte de alguno del grupo. El “jugador estrella” tal vez llegue ocasionalmente a ganar un juego, pero él no puede producir un equipo ganador. El obrero de la iglesia que esté concentrado en sí mismo es un contrapeso; ya se trate del pastor o del secretario de la clase. El equipo logra alcanzar mucho más que lo que puede lograr el esfuerzo individual, por muy brillante que sea el que lo haga: Pablo nos advierte: “Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gal. 6: 3); y se puede añadir que no engaña a nadie más que a sí mismo. La falta de consideración puede ahogar el espíritu del equipo. La falta de consideración para los sentimientos de los demás puede ser fatal para la dirección del grupo. El amor propio herido a menudo busca la revancha y entonces queda destruida la unidad del grupo. El espíritu del equipo puede verse minado por las injusticias. Y esto sucede cuando el líder, con el fin de hacer pesar su opinión o conseguir sus propósitos, echa mano de astucias que se parecen a las tretas de los políticos. Tal vez alcance el éxito, pero éste significará el fracaso del equipo. Las injusticias se siguen recordando mucho después de haberse alcanzado la finalidad buscada. Cuando los seguidores pueden llegar a decir del líder: “No fue justo al aprovecharse de nosotros”, ya la única unidad que perdura es la de los rebeldes que lo rechazaron. El proverbio lo declara bien descarnadamente:
“Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento” (Prov. 12:22).

Pablo establece la garantía del líder contra la destrucción del compañerismo:
“Procurando hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres” (2 Cor. 8:21).

El espíritu de equipo se debilita cuando hay falta de preparación. El que dirige y los que son dirigidos por él necesitan contribuir al éxito de la tarea con sus pensamientos y con su oración, con los cuales se garantiza el buen empleo del tiempo y la dirección de las energías. La pregunta se responde a sí misma: “Si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Cor. 14: 8). El espíritu del equipo se destruye si hay demasiada crítica. Los jefes que saben alabar los esfuerzos hechos obtienen mejores resultados que los que no hacen más que reprender. La apreciación despierta mucho más entusiasmo que la desaprobación. Un sencillo “muchas gracias” puede ser una mejor recompensa que un premio en dinero. El espíritu de equipo no puede florecer en una atmósfera de crítica capciosa. Pablo casi agota los recursos del lenguaje en su llamamiento a los cristianos filipenses para que tengan unidad y espíritu de colaboración.
“Si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún efecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes. sintiendo una misma cosa. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual… se despojó a sí mismo … se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte…” (Fil. 2: 1, 2; 5-8).

Aquí tenemos la manera de obtener y mantener esa unidad en la iglesia, por la cual Jesús oró al Padre: “Para que sean uno. Así como nosotros somos uno . . para que el mundo conozca” (Juan. 17:22, 23). Hagamos nuestra la oración de John B. Robbins:
Concédenos que sintamos tu presencia Que estemos todos conscientes de ti, Sea tu santo amor el que nos una El que hace que los hombres libres sean. Libres para entenderse mutuamente, Libres para aceptarse como hermanos. Libres para edificar unos con otros, Libres, oh Dios, pero unidos siempre a ti.

Algo Sobre qué Pensar y Algo Sobre qué Orar
Midiendo su iglesia por el rasero de este ideal de vital unidad ¿cómo la calificaría usted? Por debajo del término medio, como término medio o por encima de esa medida. Examinándose usted a sí mismo ¿qué calificación se daría?

¿Se inclina usted a hacer las cosas solo, o se considera usted como un buen miembro de equipo? Examínese con imparcialidad. ¿Constituye usted una ayuda o un estorbo para el espíritu de equipo? ¿Considera usted que el trabajar junto con otros es más efectivo y rinde mejores resultados que trabajar solo por su cuenta? ¿Acostumbra usted orar por la unidad de fe y acción que edifique el cuerpo de Cristo (su iglesia) en su nación y en el extranjero?

7. — Nuevos Métodos Para La Actualidad
La educación, que en un tiempo se consideró como encerrada entre las cuatro paredes de una escuela, hoy se manifiesta en una variedad de aspectos y situaciones. Tal vez el desarrollo moderno más significativo en el campo educacional es el cambio de opinión sobre cómo, cuándo, y dónde y para quién se deben proveer los medios educativos. La iglesia debe recuperar su derecho a que se le considere una institución educacional y el punto vital será la selección y la preparación de sus líderes. La iglesia tiene un campo bien definido de oportunidades en la educación continuada de los jóvenes y de los adultos. Su misión no es la de invadir el campo de la educación general, pero hará muy bien con atenerse a su especialidad, la religión. Aquí ella tiene casi su monopolio. Pero si ha de estar a la altura de su responsabilidad, la iglesia ha de concentrar sus esfuerzos en la preparación de sus líderes y proveer para ellos una variedad de métodos para aprender a dirigir. Las iglesias del día de hoy son más afortunadas que sus predecesoras en las provisiones de material para la preparación de sus dirigentes, que se halla a su alcance. En el mundo de hoy, con sus cambios rápidos y radicales, la educación que va más allá de los acostumbrados años escolares, se ha hecho ya una necesidad. Si la iglesia se queda estacionada, mientras el resto del mundo sigue hacia adelante es ir a un fracaso seguro. El encontrar maneras nuevas y mejores de descubrir y desarrollar a sus dirigentes, no es asunto meramente opcional, sino que más bien es una necesidad imperativa.

El Cambio de los Tiempos Requiere el Cambio en los Métodos
No hace mucho tiempo, las “escuelas de preparación”, tanto las centrales como las regionales, atraían grandes multitudes de los miembros de las iglesias que acudían para estudiar una variedad de libros de texto y escuchar los discursos de inspiración. A medida que esas ocasiones fueron perdiendo popularidad, vino a surgir “la conferencia”. Esta fue el resultado del esfuerzo de identificar más íntimamente los libros de texto y las conferencias con las necesidades reales de las diversas situaciones que se presentaban en las iglesias. Reconociendo la creciente dificultad de mantener la asistencia a los estudios de los líderes de las distintas iglesias, muchas de éstas han concentrado sus esfuerzos en la organización local de las clases. Y aún así, la invitación para unirse a un grupo para el estudio de determinado libro, a menudo no encuentra la acogida entusiasta con que en tiempos pasados se recibía una invitación de esa clase.

¿Cuál es la causa de ese cambio? La vida se ha hecho más complicada y su ritmo más acelerado. Han surgido otras cosas atractivas que vienen a competir por el tiempo que tenemos libre — como el radio, la televisión, los periódicos, las revistas, las actividades de la comunidad, los clubes, las organizaciones cívicas, los deportes, las diversiones y los viajes. Las escuelas superiores, las universidades y otras instituciones educacionales ofrecen cursos de estudio vocacionales y no vocacionales. Un número cada día mayor de estudiantes adultos se está matriculando en estos cursos. Las escuelas públicas, a su vez, aumentan cada día más sus exigencias en sus tareas dejándoles poco tiempo libre a los niños y a los jóvenes para poder dedicarlo a otros intereses.

Estudio Individual y Estudio en Grupos.
El estudio de los libros en el hogar presenta una alternativa al estudio en grupo. Se puede promover un curso planeado para un estudio de esa clase, ofreciendo varias recompensas al finalizarlo. Puesto que la lectura debe ser dirigida, si ha de tener algún valor práctico educacional, los cursos por correspondencia se han encontrado que son útiles. A la par con el uso del texto o de los textos, se hacen diversas sugerencias para las lecturas que ayuden a la solución de determinados problemas, aplicando lo que se lee a las situaciones locales. Se pueden distribuir cuestionarios que indiquen las reacciones y el adelanto del alumno. El estudiante serio y consciente puede sacar mucho provecho de esta clase de ejercicios de aprendizaje. No obstante, el estudio individual y por correspondencia carece del elemento importante de la participación del conjunto, Un libro de texto puede informar y estimular al lector; el director del curso por correspondencia puede hacer preguntas y dirigir la investigación para hallar las respuestas, pero ni uno ni otro pueden proporcionar el interés que surge del intercambio en una situación en que sea un grupo el que trabaje. En el diálogo, la mente reacciona ante otra mente, unas ideas hacen surgir otras, unas experiencias evocan otras y los distintos recursos se combinan para encontrar las soluciones a los diversos problemas. En El Milagro del Diálogo Reuel Howe escribe lo siguiente:
“Este (el diálogo) puede hacer surgir determinadas relaciones y puede dar un nuevo impulso a una relación que ya estaba muerta.”

El señala que en el diálogo creador de Cristo una persona (Jesucristo) mantiene su promesa de estar presente y entonces el milagro de la dirección por medio de él y del Espíritu Santo tiene lugar. En vez de que el grupo sea la suma total

de todos los presentes, se convierte en una unidad vital con alcances que ninguno de sus miembros podría poseer por sí solo.

La “clínica” para resolver los problemas.
Originalmente, ese vocablo sugería las instrucciones que el médico da al pie de la cama de su paciente. Entonces se reúne a un grupo de especialistas médicos para estudiar los síntomas del enfermo y después de la consulta en conjunto, recetan. Usando este término en una situación de una iglesia, la clínica se refiere a la reunión de los especialistas en los diversos aspectos de la vida de la iglesia y de su trabajo, los cuales se ocupan no tanto del libro de texto mismo, sino de su aplicación en los distintos casos. Es evidente el valor superior de la clínica. Es verdad que no se prescinde del uso de los libros de texto, pero ellos “adquieren vida” mientras sirven de guía en la reunión que trata de las necesidades reales en las situaciones que la vida trae.

El taller obtiene resultados positivos.
Este método no es más que una variante de la clínica. Por regla general, se destina a los líderes que se encuentran en una situación real. Trabajar significa hacer un esfuerzo para alcanzar determinado objetivo; taller es un lugar donde los obreros trabajan en su ocupación u oficio. En un taller, los trabajadores no solamente hablan acerca de su trabajo sino que lo realizan. Paul F. Douglas dijo que el propósito del taller era el de
“dar a las personas la oportunidad de unir sus esfuerzos y sus corazones juntos, como iguales, para la consecución de algo digno del esfuerzo”.

El procedimiento del taller es relativamente sencillo. Se presenta algo que necesita consideración y ejecución, ya sea la revisión del calendario de la iglesia o la aprobación del presupuesto de la misma; un programa de ampliaciones o de alistamiento; la mejora de los procedimientos para enseñar y adiestrar; cómo aumentar la asistencia a los cultos y cómo mejorar éstos en su aspecto de adoración; los planes para los servicios a la comunidad y la colaboración en la acción social. En los talleres se vitalizan los programas de misiones y de evangelismo, se busca la solución de los problemas de compañerismo; se afinan los detalles de la coordinación y correlación de las diversas actividades; se robustece el espíritu de colaboración en la iglesia y se llega a un programa amplio de reclutamiento de directores y de preparación de los mismos.

Los recursos y las experiencias del grupo, al unirse, sirven de mucho para hacerle frente a las distintas necesidades. Las áreas de responsabilidad se distribuyen de manera que no se obstaculicen las unas a las otras ni haya malos entendidos. En caso necesario, se pueden rendir informes a la iglesia en conjunto para que ésta los confirme y tome acción. De esta manera, las decisiones que se tomen y los planes que se hagan, tendrán una mayor probabilidad de ser puestos en práctica que si el líder es quien toma la determinación y se lo notifica al grupo.

Discusión para el intercambio de ideas.
El método de discusión es muy valioso para el adiestramiento de los que han de dirigir. En puridad de verdad, no es un método sino el principio básico del método. En lo que concierne a casi todas las proposiciones importantes que se relacionan con el trabajo de la iglesia, siempre hay la probabilidad de que surjan diferencias de opinión. Se puede pasar por alto el desacuerdo o tal vez el líder lo ponga arbitrariamente a un lado; o por el contrario, tal vez se discuta y decida por el voto de la mayoría; pero aún así la decisión puede dejar herida en las mentes y en los corazones de los que estén en contra de la decisión y producir escisiones más tarde. Evidentemente, ninguno de estos procedimientos es satisfactorio. En una sociedad libre, la resolución permanente en caso de desacuerdo es más satisfactoria si se llega a ella por medio de la discusión. Si se siguen procedimientos adecuados, tanto el líder como el grupo, adquirirán experiencias valiosas y llegarán a conclusiones de provecho, si se usa el método de discusión. Este método comprende
(1) un líder que dirige la discusión pero que se abstiene de dominar la discusión o de tomar partido por un grupo o por el otro; (2) los participantes que observan las reglas del decoro cristiano y buscan luz antes que el calor de la fricción, (3) una proposición claramente presentada con una presentación igualmente clara de las opiniones contrarias; (4) los objetivos de la discusión claramente definidos; (5) los puntos de vista claramente expresados, respaldados por la experiencia y la sana lógica; (6) las alternativas imparcialmente presentadas y repetidas, (a medida que la discusión avanza, no por el gusto de discutir sino para servir a los mejores intereses de la iglesia y de la causa de Cristo; (7) la conclusión a la cual se llegue por acuerdo de la mayoría pero no por la

imposición del líder y con el debido respeto hacia aquellos que no hayan sido debidamente convencidos, si hay algunos.

La discusión, de acuerdo con estas líneas generales, tendrá un valor educacional para el líder del grupo. De esta manera, también se evitan por medio de la decisión y la acción los resultados que antagonicen a algunos. Los que se acostumbren a usar el método de la discusión podrán utilizarlo en las reuniones de los distintos grupos cuando se les pida que lo hagan.

Desempeñando el papel de alguien para personalizar la dificultad.
El método de desempeñar un papel, o sea, ponerse en el lugar de otra persona, puede ser empleado con mucho provecho y de una manera interesante. Por ejemplo, al enfrentarse con una cuestión problemática, se le podría preguntar a los miembros del grupo: “¿Qué haría usted si se encontrara en esta situación, si usted fuera la persona de quien se tratara?” Tal vez el pastor, el superintendente de la escuela dominical, el director de la Unión de Preparación, o algún otro oficial de la iglesia o presidente de algún comité o aun un miembro disgustado o tal vez uno de afuera. Cada persona a quien se le asigne una parte así debe representarla de la manera más realista posible. Por ejemplo, supongamos que se trata de un problema de procedimiento y surge la pregunta: “¿Cuáles son los pasos que usted tomaría si esta responsabilidad fuese suya?” Aquellas personas que nunca antes se han enfrentado seriamente con las dificultades reales que son inherentes al desempeño de un puesto, las verán con un enfoque muy distinto al procurar desempeñar el papel que se les ha asignado. El problema tal vez sea el de las relaciones de unos con otros, del líder con el grupo, del maestro con la clase, de unos miembros para con los otros, de un grupo con otro. El director o el maestro es el que preside mientras que los miembros previamente seleccionados actúan como si se hallaran ante la dificultad que se discute y llegan a las conclusiones que ellos creen que tenderán a mejorar las relaciones mutuas. La preparación para la visitación y para el testimonio cristiano puede hacerse por medio de la representación de los diversos papeles. El visitador o el que va a dar testimonio se dirigirá a un miembro del grupo, previamente elegido, y los dos mantendrán una conversación lo más aproximada posible a la que tendrían en una situación verdadera. Las objeciones habrán de surgir y éstas recibirán sus contestaciones; también se presentarán distintas dificultades y se oirán las sugerencias de cómo deben resolverse las variadas cuestiones.

¿Qué pasa si fracasa el ensayo? ¿Cuál es el próximo paso si se alcanza el éxito? Repasando las distintas etapas, el líder evaluará los puntos fuertes y los débiles de la discusión y así robustecerá la confianza y la capacidad necesarias cuando llegue el momento de enfrentarse con la experiencia real. Roger Bellowship en su libro La Dirección Creadora, dice que
“el desempeño de papeles se hace con el fin de presentar experiencias concretas, sencillas, de la vida diaria, en las cuales tanto el que se está preparando como el que dirige se hallan interesados. Las otras soluciones sustituías para los problemas que surgen de estas experiencias, salen a la superficie con el uso de esta técnica. Tanto el director como los miembros del grupo ejercen influencia los unos sobre los otros con un mismo ideal hacia el material que están representando.”

Aprendizaje para aprender por medio de la asociación.
El método del aprendizaje por medio de la observación, cuando se trata de aprender a dirigir puede ser muy útil. El líder de grupos pequeños cuya experiencia haya sido limitada, puede obtener gran provecho al observar cómo se desenvuelven otros líderes en situaciones semejantes. Su deseo estará plenamente justificado si pide que se le exima de su responsabilidad durante un tiempo para poder visitar otras iglesias y observar cómo otros directores se desenvuelven en su trabajo. De esta observación él puede sacar lecciones, tanto positivas como negativas: cómo desempeñar mejor sus funciones y los escollos que debe evitar. El líder que se esté preparando, puede formar una sociedad con alguno que esté ya desempeñando el puesto para el cual él se está adiestrando. A veces él se limitará a observar y otras veces, será él el que dirija mientras el director efectivo observa y después comparte con él su critica constructiva. El método del aprendizaje es uno de los más antiguos por los cuales un novicio en un oficio era llevado hasta el nivel de maestro. Jesús usó este mismo método cuando adiestró primeramente a los doce y después a los setenta. Primero los instruyó, después los observó en acción y entonces los mandó por su cuenta a adquirir experiencia, Y cuando regresaron, los alabó y los corrigió. Los aprendices que tienen interés y buena voluntad, así enseñados es casi seguro que serán buenos líderes,

Dramatización para darle “vida” a las situaciones.
El método dramático, aunque es un poco excitante, puede ser de provecho para los líderes. Se ha llamado a la representación “la verdad o la ficción en acción”. Difiere del desempeño de un papel en que una historia, ya sea real o

imaginaria, es la que se pone en escena y hay un reparto de papeles en que cada uno desempeña el suyo. En la Europa medioeval eran muy populares las representaciones religiosas, tales como la de Poncio Pilato y Judas y los dramas de pasión, reviviendo los sufrimientos, muerte, pasión y resurrección de Cristo. Más tarde, esas representaciones teatrales cayeron en descrédito a causa de los abusos; en la actualidad la televisión y el cine han traído el teatro a los hogares y a las comunidades, ejerciendo una poderosa influencia, ya sea para bien o para mal. Si esto se lleva a cabo bajo una dirección capacitada, el uso de películas cuidadosamente seleccionadas y la presentación de obras teatrales sanas pueden descubrir y desarrollar la clase de directores que encuentren diversas y variadas maneras de expresarse.

El proyecto de aprender haciendo lo necesario.
El “método de proyectos” combina muchos elementos de valor para la educación de los líderes. Se basa en el sencillo principio de “aprender haciendo” y es especialmente útil para desarrollar a los que han de dirigir en el servicio de la comunidad. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”, nos advierte Santiago, el apóstol práctico (Stg. 1:22). Jesús describió al hombre que construyó su casa de tal manera que pudiera resistir los embates de la tempestad como a “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace” (Mat. 7:24). Hay muchos servicios de la comunidad en los cuales pueden ser útiles los grupos de la iglesia: los presos en las instituciones penales; los enfermos en los hospitales, los niños en los orfanatos; los recluidos en los hogares de ancianos, los menos privilegiados en los barrios bajos y los miembros desdeñados de las razas minoritarias. Existen causas en las comunidades que están necesitando que se les impulse, como el mejoramiento de las escuelas, de las bibliotecas, mejores hogares para los pobres, mejores condiciones sanitarias; y mejores relaciones raciales. Hay personas en quienes es necesario ejercer influencia que no pueden o no quieren asistir a los cultos de la iglesia: los inválidos que no pueden salir; los que se ven obligados a trabajar los domingos, los que no forman parte de ninguna iglesia, con los cuales se puede establecer comunicación por medio de una misión; los que no conocen nada acerca del evangelio. que pueden ser atraídos a un estudio bíblico en clases celebradas en casas particulares; los no salvos que pueden ser visitados y ganados para Cristo donde quiera que se hallen.

Al llevar a cabo proyectos de esta clase, a menudo surgen líderes en los lugares en que menos se esperan. Y como consecuencia, esto redunda en beneficio para ellos mismos y en provecho para la iglesia.

Variación de Métodos
De todos estos distintos métodos ¿cuál puede considerarse como el mejor? La respuesta dependerá en gran parte de la iglesia en que se desenvuelvan: su estado de desarrollo, su tamaño y los recursos de sus dirigentes, su situación y las facilidades de transporte; su espíritu de unidad y de progreso; su celo evangelista y misionero; su compromiso con el sacrificio del servicio y el testimonio en lo nacional y en el extranjero. La experiencia nos indica que el punto mejor para empezar es el uso bien planificado de los libros de texto para el estudio de la iglesia, preparados consistentemente para los individuos y para los grupos de la iglesia local y sobre una base amplia para la cooperación de otras iglesias. Sin embargo, es evidente que hay necesidad de planes suplementarios, de acuerdo con las sugerencias que hemos hecho anteriormente, con las combinaciones y modificaciones apropiadas a la situación local. ¡El método más ineficiente sería el uso exclusivo de cualquiera de los métodos que hemos bosquejado! Ya Pablo advirtió: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21). Jesús fue el que propuso la prueba final:
“Así, todo buen árbol da buenos frutos pero el árbol malo da frutos malos … Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:17-20).

Las personas que ocupan los puestos claves en cualquier iglesia son el pastor, los miembros de la directiva, los presidentes de las diversas organizaciones y sus asociados. Su servicio más fructífero en la extensión y mejoramiento de la dirección es en el área de la supervisión. La supervisión concienzuda comprende varios aspectos esenciales:
(1) un supervisor que esté bien empapado con la tarea que tiene a su cargo; (2) las relaciones cordiales entre el supervisor y aquellas personas a quienes se propone ayudar; (3) la comprensión de los propósitos de la supervisión — no la crítica sino la consulta constructiva; (4) la observación del líder supervisado en acción; (5) las notas mentales tomadas por el supervisor acerca de los puntos débiles y fuertes, con mayor énfasis sobre los elementos positivos; (6) y las medidas tomadas cooperativamente para alcanzar las mejoras planeadas.

¿Qué mejor servicio puede prestar el pastor, como jefe de la directiva y sus subalternos, que esta ayuda constructiva a aquellos que la necesitan para mejorar sus condiciones como directores? La supervisión nunca debe interpretarse como un alarde de superioridad sino más bien como una amistad con un propósito definido. La “explosión demográfica” ha aumentado inmensamente las oportunidades y las responsabilidades de la mayoría de las iglesias. Las multitudes a quienes no se ha llegado todavía exceden, con mucho, al personal de las iglesias destinado para esta labor, para buscarlos, proclamarles el evangelio, educarlos, ganarlos para Cristo y alistarlos para el servicio. Se calcula que por término medio, de cada diez personas con las que se ponga en conexión la iglesia, habrá por lo menos, una con capacidad para alguna posición directiva. ¿De dónde han salido? “Evidentemente no caen del cielo, sino que surjen de la multitud.” El alcance de la iglesia y su efectividad, dependen por lo tanto, en gran parte, de su acierto para descubrir, reclutar y desarrollar los líderes potenciales. En todas las iglesias hay miembros que podrían prestar servicios en puestos directivos si se les invitase de una manera atrayente y se les diera el necesario adiestramiento. Con la aprobación de la iglesia y bajo una competente orientación, se podría organizar una clase o unidad especial formada por un grupo de personas cuidadosamente seleccionadas, con posibilidades para dirigir pero que de momento no estuviesen prestando servicios activos. Ese grupo muy bien podría ser una unidad especializada de la Unión de Preparación. Podrían reunirse una vez a la semana a una hora conveniente, tal vez el domingo por la noche, y continuar esa clase de futuros líderes durante uno o dos trimestres, siendo su propósito fundamental familiarizar a los componentes de la clase con las necesidades que la iglesia tiene de quien dirija y las cualidades requeridas para desempeñar las responsabilidades de los diversos puestos por cubrir. Se puede traer a personas de iniciativa de las distintas organizaciones de la iglesia para que presenten las necesidades actuales, las obligaciones y las oportunidades de prestar ayuda. En algunas ocasiones, los miembros de dicho grupo pueden prestar servicios como sustitutos por algún obrero que se halle ausente y así tienen la oportunidad de adquirir experiencia en el campo en que precisamente, más adelante, habrán de trabajar. De esta manera, el comité de nombramientos de la iglesia tendrá a su disposición una lista con los nombres de las personas que están suficientemente familiarizadas con los puestos que

hay que desempeñar y se reducirá al mínimo las negativas para servir y el riesgo del fracaso por falta de preparación. Si se continúa con este plan año tras año, la iglesia podrá contar con un conjunto de personas capacitadas, de las cuales se podrá echar mano cuando hagan falta líderes para ensanchar y mejorar todos sus servicios.

Las Inversiones de la Iglesia a la Manera de Cristo
Una iglesia puede hacer muchas clases de inversiones, pero es dudoso que ninguna de ellas pueda rendir tan grandes dividendos como la provisión y la promoción de las oportunidades amplias y variadas para el reclutamiento y adiestramiento de los líderes. El dedicarle una atención máxima a esta inversión ya no es cuestión de preferencia, si en algún tiempo lo fue. Porque una iglesia no puede alcanzar un nivel superior al de su dirigencia y sus líderes no pueden llegar mucho más allá de lo que su preparación les permita. La iglesia que considera asunto de secundaria importancia el preparar sus líderes y aumentar el número de éstos, será deficiente en el desempeño de la comisión recibida de su jefe supremo y de sus obligaciones para consigo misma, para su comunidad y para el mundo. Jesucristo reconoció esta verdad cuando inauguró su misión redentora. Inmediatamente después de anunciar su propósito empezó a reclutar hombres a los que habría de adiestrar para dirigir. El predicaba, curaba, enseñaba y evangelizaba, Pero todo esto lo hizo en presencia de aquellos a quienes de esta manera estaba adiestrando para que siguiesen su ejemplo. En su ferviente intercesión, justamente antes de ir hacia la cruz, teniendo a sus discípulos como el centro de esa oración, Jesús oró: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Juan. 17:18). El no los envió sin preparación, puesto que él les había consagrado más de su tiempo tan precioso que el que había dedicado a ninguna otra cosa.

Algo Acerca de qué Pensar y Algo Sobre qué Orar
¿Por qué el proceso de la educación debe continuar a través de toda la vida? ¿Cuál es la significación que tiene para la iglesia el movimiento de la educación para los adultos? ¿Disponemos de suficientes líderes (siervos de la iglesia) para suplir nuestras necesidades y cumplir con nuestras obligaciones? ¿Contamos con un plan adecuado para reclutar y adiestrar a los futuros líderes?

¿Qué oportunidades ofrecemos para el más completo desarrollo de aquellos a quienes la iglesia llama para su servicio? ¿Son estas oportunidades lo suficientemente atrayentes y variadas para proporcionarles la mayor efectividad a los líderes actuales y futuros? De los métodos para la preparación de los líderes que han sido descritos anteriormente, ¿cuáles estamos usando? ¿Cuáles estamos poniendo a un lado? ¿Están el pastor y la directiva, los diáconos y los oficiales de la iglesia, los jefes de los distintos departamentos y sus ayudantes preparados y dispuestos para echar a andar un programa más amplio y más variado de reclutamiento y adiestramiento de dirigentes? Si la iglesia se muestra negligente para proveer de todas maneras mejores métodos para el adiestramiento de los líderes, tanto presentes, como futuros ¿cuáles habrán de ser las consecuencias?

8. — El Costo Y Sus Recompensas
“¿Qué precio tiene?” es la pregunta que el cliente hace al dependiente. Cuando éste contesta, entonces el presunto comprador se pregunta a sí mismo: “¿Será demasiado alto el precio? ¿Vale lo que me piden? ¿Puedo pagar ese precio?” El que vende se pregunta: “¿Cuánto ganaré en esta venta? ¿Cómo puedo inclinar al cliente para que compre?” Estas son preguntas justificadas en nuestro sistema de libre — cambio. El que compra quiere sacarle a su dinero lo más que se pueda; el vendedor está con la vista en la mayor ganancia que le sea posible sacar. En el campo del servicio cristiano, el líder tiene el derecho de preguntar: ¿Cuál es el precio? y ¿cuáles son las ganancias? Y la iglesia muy bien puede hacerse la siguiente pregunta: ¿Qué atractivos podemos ofrecer para alistar suficientes obreros para las diversas empresas? Cualquier persona que tiene alguna responsabilidad en la iglesia o que esté pensando en aceptar una, debe comprender que el dirigir comprende riesgos y tentaciones. Santiago nos advierte “No os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Stg. 3: 1). La atención se enfoca más sobre el que dirige que sobre los demás. El líder ejerce mayor influencia y está más sujeto a la crítica que los otros miembros del grupo. Por lo tanto, él tiene que vigilarse a sí mismo con mayor cuidado. Hay que tener en cuenta el orgullo por el lugar que se ocupa. La elección para desempeñar un cargo en la iglesia no confiere superioridad personal alguna. Jesús advirtió a sus seguidores contra el orgullo por el puesto que se ocupa, diciendo:
“Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mat. 23: 8).

Es fácil para un director caer en el error de darse importancia porque ocupa un puesto de consideración. El orgullo es un pecado cardinal, del que a menudo no nos damos cuenta y, por lo tanto, más peligroso. El líder puede sentirse tentado a laborar en favor de sus propios intereses. Con motivo de su posición, tal vez se considere a sí mismo una persona privilegiada y consciente o inconscientemente, tal vez use su posición en la iglesia para favorecer sus propósitos personales. Judas es un ejemplo extremo:

hizo uso de su lugar entre los doce como el medio de conseguir dinero. Jesús dijo en cierta ocasión: “de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos” (Mar. 7:21). El dirigente cristiano ha de estar constantemente en guardia para evitar encontrarse con que está haciendo uso de su posición en la iglesia con fines egoístas. El líder de la iglesia corre el peligro de hacerse autoritario. El “deseo de mandar” es inherente a los humanos. Cualquier puesto de responsabilidad lleva en sí una cierta cantidad de autoridad. El peligro estriba en que el sentido de autoridad puede conducir al deseo de dominar. El “manda-más” de la iglesia es un tipo bien conocido, reconocido por los demás, pero rara vez por el “mandamás” mismo. Jesús condenó este amor por la posición y el poder, enfocando su desdén por los fariseos, de los cuales decía que “aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí” (Mat. 23: 6, 7). Y terminó el Señor con estas palabras: “Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (v. 12). El dirigente que ama el poder, probablemente lo alcanzará, pero perderá la aprobación de Cristo y también, en último término, el respeto de sus compañeros cristianos. Siempre se corre el peligro de la falta de sinceridad. La imagen que nos hacemos de un líder de la iglesia es propiamente la del hombre bueno, sincero y recto, que vive lo que profesa ser. A pesar de lo que de él se espera, el líder puede sentirse tentado a actuar de distinta manera en el hogar, en sus negocios, en la política o en las funciones sociales. Esta conducta puede llegar al punto que merezca el reproche de Jesús:
“¡Ay de vosotros … porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muerto y de toda inmundicia” (Mat. 23:27).

El líder que responde a esta descripción se destruirá a sí mismo. También el líder puede sentir la tentación de la envidia. Los celos surgen cuando el prestigio de una persona se ve amenazado por el de otra. No es fácil ver que una persona recibe la alabanza y la honra que uno desea para sí mismo. De ahí surge la tendencia de desacreditar al objeto de esos celos. Y por consiguiente, entonces se inventan toda clase de excusas para justificar la actitud celosa. Si no se ataja a tiempo este sentimiento, puede echar a perder la felicidad y la utilidad del servicio de esa persona. Aunque esté justificada la animosidad contra la persona que nos ofende, la recomendación de Jesús queda vigente:

“Amad a vuestros enemigos,… y orad por los que os ultrajan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:44, 45).

La desobediencia a este mandamiento habrá de envenenar la vida. La responsabilidad del que dirige lleva consigo el riesgo de la ansiedad. El que es buen director procura mirar hacia adelante y hacer planes para el futuro, pero si estas cualidades van acompañadas del temor y la ansiedad se convierten en debilidad. La carga de la dirección, cualquiera que ella sea, a menudo es superior a lo que una persona puede sobrellevar por sí sola, pero siempre tiene el recurso de recurrir al que permanece a su lado: el Espíritu Santo. Si no se cuenta con él es entristecerlo y perder la fortaleza, el valor, la paz y el aplomo que su comunión infunde. El peligro de la duda es uno que está siempre presente. Un estudiante le dijo a su profesor cuando se estaba discutiendo la duda: “Yo nunca he tenido una duda.” Y a esto el profesor le replicó: “Eso quiere decir que probablemente nunca has tenido un pensamiento.” La duda es el lapso entre una pregunta y su respuesta. En cierto sentido, la duda es una parte del proceso de pensar. La persona que tiene siempre todas las respuestas en la punta de la lengua pocas veces tiene razón. La duda se resuelve definiendo la dificultad, examinando las soluciones posibles desde el punto de vista de la experiencia, la razón y la revelación, escogiendo la solución que parece mejor y después poniéndola a prueba para confirmar si es correcta o no. Las dudas religiosas tienen sus respuestas en la fe en acción. “El que quiera hacer la voluntad de Dios. conocerá” (Juan. 7:17). El dudar y no hacer nada para combatir la duda, el dejar que la duda se convierta en crónica promueve la parálisis en la dirección.

El Costo Inicial: Consagración Total
Los requisitos de ingreso para capacitarse para una dirección cristiana consisten en una completa consagración. Si no se paga el precio, la dirección funcionará como si estuviera coja. El esfuerzo a medias en cualquiera empresa de que se trate, produce el fracaso a la corta o a la larga. Algunos líderes nominales, en algunas organizaciones de la iglesia, dan a su tarea lo que les sobra de su tiempo o de su energía. Puede ser que no estén dispuestos a dar lo mejor de sí, pero que tampoco lo estén para dejarle su puesto a otros. Y así, no solamente hacen raquítico su propio crecimiento sino que obstaculizan a aquellos por los cuales han aceptado determinada responsabilidad. La Biblia se expresa de una manera muy clara acerca de la condenación de los que tienen una lealtad dividida.

Jesús no dejó lugar a dudas en cuanto a su llamamiento a una plena dedicación. “Ninguno”, declaró él, “puede servir a dos señores” (Mat. 6:24).
“No todo el que me dice: Señor. Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mat. 7:21).

Jesús le dijo al joven rico que vino buscándole:
“Anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres … y ven y sígueme” (Mat. 19:21).

Cristo en Getsemaní hizo la entrega plena de sí mismo:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mat. 26:39).

Cuando Pedro y Juan se vieron amenazados con fuertes castigos si no cesaban de testificar por Cristo, ellos respondieron:
“Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hech. 4:19, 20).

Y Esteban, viéndose cara a cara con la muerte, predicó a Cristo. La relación continúa a través de la historia cristiana: los líderes que han trabajado para Cristo han estado dispuestos a pagar el precio de una dedicación plena por amor a él. El que haga la labor de dirigir por Cristo no podrá alcanzar la medida plena si no tiene el espíritu de la rendición de sí mismo.

El Costo Personal: El Sacrificio
Jesús les habló muy claramente a aquellos que no podían ser sus discípulos. A los que llamó a su servicio les dijo:
“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mi, no es digno de mí” (Mat. 10:37, 38).

En otra ocasión les dijo:
“El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Luc. 14:27).

A los dos hombres que no estaban plenamente decididos y querían demorarse en hacer su consagración, el Señor les dijo:
“Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Luc. 9:62).

Cuando él envió a los setenta en su misión, les dijo: “Os envío como corderos en medio de lobos” (Luc. 10: 3). Precisamente antes de la crucifixión. Jesús les advirtió a los doce:
“Os entregarán a los concilios, y en las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para testimonio a ellos” (Mar. 13: 9).

Acerca de Saulo, (Pablo) convertido y comisionado por Cristo, éste ya resucitado, dijo:
“Yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hech. 9:16).

Haciendo el recuento del precio que él había pagado por ser un líder cristiano, Pablo escribió una larga lista de aflicciones,
“en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos” (2 Cor. 6: 4, 5).

En las Epístolas Generales y en el Apocalipsis, el soportar el sufrimiento aun hasta la muerte, se describe como el distintivo del cristiano. Uno no puede leer el Nuevo Testamento y poner en duda que el camino del discipulado y del dirigente cristiano es el camino de la cruz. Y estas dificultades que se hallan en el camino de la cruz, antes que constituir un elemento disuasivo han sido un reto que ha traído al servicio de Cristo y de su iglesia, dirigentes de la más alta calidad.

El Costo Intangible: La Dedicación
Afortunadamente, la persecución religiosa ha terminado en todo el mundo, excepto en unas pocas regiones distantes. ¿Quiere decir esto que en la actualidad es más fácil ser un líder por la causa de Cristo? ¿O es el costo de una clase distinta pero tan real como lo fue anteriormente? El ser un líder cristiano cuesta esfuerzos mentales. El estudio de la Biblia es mucho más que una lectura casual del texto. La Biblia fue escrita en otros tiempos, en otras lenguas, en moldes de pensamiento distintos a los que se nos han hecho familiares en estos tiempos. La Biblia es una revelación progresiva. Dios se reveló a si mismo y sus propósitos a medida que el pueblo se fue capacitando para recibir y comprender sus revelaciones. La Biblia es aplicable a la vida en la actualidad, pero su aplicación requiere interpretación. Cualquiera que sea la posición del dirigente, él necesita relacionarla con la revelación bíblica; y para hacer tal cosa se hace necesario un constante estudio de la Biblia. Además se requiere el estudio concentrado

de los materiales disponibles y los elementos auxiliares relacionados con la tarea que se desempeñe. Ningún líder cristiano que tome su trabajo en serio está exento del estudio constante. El líder cristiano tiene que pagar el precio de la disciplina personal. Siempre está latente la tentación de tomar por el camino más fácil. El negarse a si mismo en el sentido que se le da en el Nuevo Testamento significa decir que no a si mismo y decir que si a Cristo. El sacrificio no es hacer algo que sea pesado y desagradable sino dedicar gozosamente lo mejor que uno tiene a aquello que es superior a uno mismo. No nos equivoquemos: la autodisciplina de esa clase es “el camino estrecho” y no es fácil de transitar. La dedicación del líder cristiano comprende un cierto dominio sobre sí mismo que Pablo describía con estas palabras:
“Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo yo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:27).

El ser un líder cristiano comprende la práctica de la oración. La oración tiene un alcance mucho mayor que la repetición de palabras conocidas. La oración surge del llamamiento que clama por la ayuda divina para enfrentarse con la necesidad. La oración es traerle a Dios los problemas del líder y escuchar las soluciones que él dé. La oración es la intercesión por las personas que se hallan turbadas y que necesitan más ayuda que la humana. La oración cuesta, pero uno que ore de esta manera debe estar dispuesto a ser el instrumento de Dios para contestar la oración.

El Costo Tangible: El Tiempo y el Dinero
Las tareas del líder cristiano cuestan tiempo y energía. “¿Amas la vida? Entonces no malgastes el tiempo, porque ese es el material de que la vida está hecha”, dice uno de los personajes de Benjamín Franklin. Cada uno de nosotros dispone de la misma cantidad de tiempo y ni un minuto más. Al distribuir su tiempo, el líder cristiano debe separar con firmeza la participación regular que exige el desempeño digno de su tarea. El tiempo y la energía están íntimamente relacionados. Y repetimos otra vez que cada uno tiene su cuota limitada de tiempo y de energía y si se gastan en una dirección no podrán gastarse en la dirección contraria. El servicio cristiano, para ser valioso, requiere que se reserve una proporción digna de energía para desempeñarlo. El desempeñar la función de líder cristiano cuesta dinero. Y el dinero también se obtiene a cambio del empleo de la vida. En una economía que gira alrededor del dinero, su uso es una prueba de devoción y lealtad. La mayordomía cristiana es reconocer que Dios tiene derecho a una proporción de nuestras

entradas (normalmente una décima parte) la cual pertenece a Dios y debe usarse de acuerdo con la voluntad de su propietario y siguiendo los propósitos de Jesucristo. El líder cristiano tiene la obligación de poner el ejemplo de mayordomía en el dinero tanto como en el resto de su vida.

El Precio: El Crecimiento
La tragedia humana es el fracaso en el crecimiento. El nenito que sigue siendo un nene hasta el fin de su vida es la causa de la desesperación de sus padres. El adulto que sigue comportándose como un niño frustra su propia felicidad y la de otros. La vida vacía que va creciendo y volviéndose más vacía cada vez es que no “pasó de grado” y se ha convertido en un fracaso. La personalidad malformada, retorcida, rebelde, va derecha al desastre y es una amenaza para la sociedad. El alto precio de la vida consiste en crecer como Jesús creció “en sabiduría, y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52). La personalidad alcanza su potencial máximo por medio de los procesos del crecimiento. La personalidad no crece separada de las tensiones. La tensión surge cuando hay una brecha entre el esfuerzo y la meta propuesta. Uno puede abandonar el esfuerzo, disminuir el ideal, o seguir el ejemplo de Pablo y “prosigo a la meta, al precio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). Si el esfuerzo se afloja o se abandona el deseo del premio, la vida se hace estática y la personalidad se deteriora. El líder cristiano dirige por lo que él es y por la manera en que está cambiando. Tiene, por lo tanto, que cumplir con las condiciones del continuado crecimiento. Sócrates hizo el resumen del imperativo humano en cuatro palabras: “Conócete a ti mismo.” Tennyson escribió lo siguiente:
“Tenerse respeto a si mismo; conocerse a si mismo, controlarse a sí mismo, esto … conduce a la vida del soberano poder.”

Los determinantes básicos de la personalidad propia son la herencia, el ambiente, la historia, la determinación personal y la providencia. Nadie puede eludir de una manera absoluta la influencia de su herencia; el ambiente en el cual uno nace y crece moldea poderosamente la personalidad; los legados que nos hayan dejado nuestros antepasados se convierten en parte de nuestra vida; y las decisiones personales se entrelazan con el haz y el envés de nuestro propio ser. Shakespeare dijo: “Hay una divinidad que moldea nuestros fines por mucho que nosotros los cepillemos con rudeza.” Para comprenderse uno mismo es necesario revisar frecuentemente todos estos factores que se cruzan y entrecruzan y cada uno desempeña su papel para determinar nuestra personalidad.

La manera de crecer es llegar a comprender a los demás. El líder hará bien al preguntarse con respecto a cada uno de los que forman su clase o grupo: ¿Qué tiene este individuo en común con los demás miembros del grupo? ¿Cuáles son las diferencias que lo distinguen? ¿Cuál es la razón por la cual presenta determinadas reacciones? ¿Cuáles son sus necesidades evidentes? ¿Cómo se pueden resolver las mismas? Si esa persona no es salva ¿cómo se le puede guiar hacia Cristo? Si ya es cristiana ¿cómo puede desarrollarse y robustecerse su carácter? El líder encontrará que él mismo está creciendo, al mismo tiempo que ayuda a otros a crecer, El líder se verá llamado a cultivar la compasión. Cuando Jesús contempló a las multitudes alrededor de él
“tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mat. 9:36).

La compasión es una palabra fuerte y significativa que denota más que piedad o simpatía. El tener comisión significa ponerse en el lugar de otros, sufrir con ellos y conmoverse ante la necesidad de su condición. La compasión de Jesús lo llevó a tomar una determinación. Llamó a sus discípulos a su alrededor, los instruyó y los envió a “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios” (Mat. 10: 8). Esa clase de ministerios requería una compasión profunda y los discípulos crecieron en esa compasión a medida que obedecían la comisión recibida y procuraban imitar el ejemplo de su compasivo Señor. El líder cristiano, que sirve de esa manera a las necesidades humanas, desarrolla una ternura de corazón que se convierte en un maravilloso ingrediente de felicidad. El camino del crecimiento es el camino de la renunciación. Jesús estableció este profundo principio de la vida:
“Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida, por causa de mí, la hallará” (Mat. 16:25).

Esto requiere la selección de los más altos valores antes que los inferiores, De muchas direcciones nos llegan los llamamientos para hacer las inversiones de la vida. ¿Qué será aquello que nos ha de guiar en esta vida que constantemente se está expandiendo? ¿Cuáles serán las decisiones que podrán empequeñecer y eventualmente destruir la vida? La respuesta es clara: la más elevada selección es perder la vida de uno en el servicio por los demás, en que por amor a Cristo se olvida uno de sí mismo. Esta es la manera más segura de crecer hacia lo mejor que la vida tiene.

El camino del crecimiento es la eterna búsqueda de la competencia. El líder debe darse cuenta de que cualquier cosa que haga podría hacerse mejor. Jesús nos dejó metas muy altas:
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:48).

Al igual que el horizonte, el ideal se aleja a medida que a él nos acercamos. Pablo experimentaba esta urgencia hacia la perfección no alcanzada:
“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Fil. 3:12).

Browning dice que “el hombre debe procurar alcanzar más de lo que pueda agarrar, de lo contrario, “¿para qué es el cielo?” Aquí se presenta una paradoja: el descontento con lo que se ha alcanzado nos impulsa a mayores conquistas; el descontento con el crecimiento personal nos lleva a un mayor crecimiento. La vida adquiere más valor para aquel que siempre se está esforzando por escalar mayores alturas.

La Recompensa: El Enriquecimiento de la Vida
Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan. 10:10). La vida abundante es al mismo tiempo una dádiva y una conquista. No se puede alcanzar aparte de Cristo pero él no la concede si no se la merece. La salvación es una dádiva pero para conseguir el galardón en la vida cristiana, es preciso esforzarse. El líder cristiano se verá especialmente bendecido en los privilegios que brinda el enriquecimiento de la vida, tanto la suya como la de los demás. La recompensa del que dirige es el enriquecimiento de su conocimiento. El predicador aprende más de teología y del evangelio que aquellos a quienes les predica. El diácono o el oficial de la iglesia aprende más acerca del gobierno y las normas de la iglesia que aquellos a quienes él sirve. Los oficiales y maestros de la escuela dominical aprenden más acerca de la Biblia que los mismos miembros de la clase. El que dirige una organización que presta algún servicio aprende más a servir que los que están sentados contemplando. El director de música de una iglesia adquiere un conocimiento y maestría en la música de la iglesia, superior a la de aquellos a quienes él dirige. Los líderes son llamados a dar más de sí mismos, pero también reciben más. La recompensa del que dirige es una mayor comprensión de los demás. El líder que lo es de verdad, siente más interés por los demás que por sí mismo. El se da cuenta de que cada persona es única — en el sentido de que en el mundo no

existen dos personas que sean iguales exactamente. El comprende que cada persona es un universo de posibilidades, sin embargo, estas potencialidades no pueden ser activadas aparte de la conexión con otras personas. Cualquiera clase o grupo, grande o pequeño, proporciona a su director un laboratorio ilimitado de investigación. ¿Cuáles son las peculiaridades que presenta cada miembro? ¿Qué es lo que tiene este miembro en común con los demás miembros? ¿Cómo y por qué responde cada uno de una manera característica? ¿Cuáles son las capacidades, necesidades y recursos peculiares de cada uno? ¿Cuál será la mejor manera de guiarlos a Cristo o de enfocar el cultivo de una mayor devoción en ellos? Las respuestas a tales preguntas surgirán de la conversación y del compañerismo, los cuales harán más rica la vida del líder y de cada uno de los miembros a quienes se esfuerce en servir. El líder se enriquece por medio del amor. Por encima de todas las acumulaciones de riquezas, superior a toda posesión o poder, cualquier satisfacción de lo que se desee, se halla el poder de amar y la recompensa de sentirse amado. El amar y ser amado no son reacciones automáticas. Uno debe aprender el arte de amar y ser digno de ser amado. El amor cristiano es darse en provecho de otro. El amor cristiano es amor a los que son indignos de ser amados, así como a los que se lo merecen. El hombre más pobre es aquel que no es amado y el más rico es el que es más amado. El amor no pide nada en pago sino el privilegio de amar. Hay una llave que puede abrir la puerta del amor en el corazón más endurecido. El líder cristiano tiene que buscar esa llave hasta que la encuentre. En esa búsqueda y en ese hallazgo, el líder aprende el arte de amar y se gana como recompensa el amor de otros. ¿Qué mayor premio, al final de la jornada, que el que se diga: “El nos amó y nosotros lo amábamos a él.” El que dirige se siente más rico por la lealtad constante a un elevado propósito. La vida sin finalidad es una vida vacía. Muchos permiten que los años de su vida vengan y vayan sin otro propósito más elevado que el de comer, dormir, trabajar, distraerse, satisfacer sus necesidades temporales y satisfacer sus apetitos sexuales. Para esta clase de persona, cuando llega el ocaso de la vida, ésta no es más que una manzana de piel arrugada y un gusano roedor en el centro. Vaya a visitar un hogar de ancianos o una comunidad donde haya muchos ciudadanos retirados y observe a los dos grupos: los que han vivido con un propósito y una meta y han conservado su entusiasmo por la vida, y aquellos que han vivido sin grandes propósitos y no les ha quedado ningún

interés por el cual vivir. aunque tengan bastante de qué vivir. El gozo del líder que es útil a sus semejantes consiste en ser como la manzana sana que se va haciendo más dulce y más madura a medida que se acerca el momento de caer de la rama. La riqueza más preciada del que dirige es la sensación de que tiene la aprobación de Dios, la presencia de Cristo y la dirección y consuelo del Espíritu Santo. El siervo de la Palabra llega a aprender que él no puede llevar a cabo la tarea solo y que tampoco no tiene que llevarla solo. El sabe que nunca está solo y que hasta sus mismos fracasos pueden ser convertidos en éxitos por sus compañeros y auxiliares divinos. Cuando sintamos que se nos hace objeto de críticas y eso le sucede a menudo al que dirige, podemos hacernos la pregunta de Pablo: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios …? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rom. 8:33, 35). La respuesta es: “Dios es el que justifica” (v. 33). “En todas estas cosas somos más que vencedores por aquel que nos amó” (v. 37).

La Satisfacción: El Ser Dignos
Esta es la satisfacción de ser útiles. El vacío de la vida generalmente surge cuando tenemos una sensación de inutilidad. La felicidad consiste en servir a nuestros semejantes sin abrigar la esperanza de que nos paguen por ello. En la parábola de los talentos, a los dos siervos se les llamó benditos porque hicieron lo mejor que pudieron con los medios que tenían a su alcance; lo malo que hizo el siervo reprobado fue que no hizo nada. La buena fortuna del que dirige consiste en que tiene más oportunidades que los demás para ser útil. La compensación que se recibe por ser fiel a la responsabilidad es recibir más responsabilidad. Tal vez usted se sienta tentado a exclamar: “¡Cuánto más hago, más esperan que yo haga!” ¡Magnífico! Ya está usted recibiendo su recompensa. En la parábola de las minas, al hombre que duplicó el dinero que se le había entregado no se le retiró con una pensión espléndida, se le hizo gobernador de diez ciudades. El éxito no es una finalidad en sí mismo, es más bien un paso de adelanto hacia un mayor éxito. La vida digna de ser vivida no es estática sino que se está expandiendo constantemente. El gozo del que dirige es tener la confianza de que sus amigos esperan de él mayores y mayores esfuerzos. La recompensa del líder es una sensación de regocijo y de que significa algo su labor. Esto no es egoísmo, lo cual es estar poseído de sí mismo. La más alta significación de la vida de uno es sentir que nuestra vida es de importancia no para nosotros mismos, sino para nuestros semejantes. Los hombres son capaces de soportar “sangre, sudor y lágrimas” si tienen la firme creencia de que vale la

pena el esfuerzo. La dirección cristiana, aunque se ejerza desde un puesto humilde, trae consigo grande satisfacción. La satisfacción del que dirige es ver cómo se desarrolla su capacidad creadora. La vida tiene para muchos la propensión de hacerse rutinaria. “La vida es tan aburrida”, es una queja que se oye a menudo. El estar en Cristo es ser “una nueva criatura”, con posibilidades excitantes y un fresco enfoque aun de los deberes más rutinarios. El compañerismo con otros cristianos animados de parecidos propósitos, y el privilegio de ganar a otros para Cristo y su servicio estimulan hacia nuevas maneras de pensar y actuar, lo cual constituye uno de los más vivos placeres de la vida. Inconmensurable es la satisfacción de la apreciación y la gratitud. El que alguien se nos acerque para decirnos sinceramente; “Aprecio mucho lo que usted está haciendo” o si nos dicen “usted me ha dado una gran ayuda y le estoy muy agradecido” hace que se considere que cualquier esfuerzo que se haya hecho vale la pena y aun vale la pena el hacer esfuerzos mayores. Aunque la apreciación y la gratitud no se expresen con palabras, se sienten, y el corazón del que dirige se ensancha mucho más de lo que pudiera hacerlo ante cualquier éxito material.

Pagando el Precio — Recibiendo la Recompensa
Mucho más satisfactoria que la aprobación humana es la aprobación de Cristo: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mat. 25:21). Esta recompensa lleva en sí la cualidad de la eternidad, puesto que en el juicio traerá consigo la bienvenida de Cristo el juez: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (v.34). Jesús nos hace la advertencia: contad el costo, pagad el precio y cosechad la recompensa. Ese es su reto y nos asegura que hasta un vaso de agua fría que se haya dado en su nombre, habrá de recibir su recompensa. Y también nos garantiza que la vida perdida por amor de él se salvará. Su afirmación es que el jefe mayor es el siervo de todos. Y nos hace la promesa: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10). Y concluimos con estas palabras: cualquiera que sea el costo, se verá muy sobrepasado por las recompensas. Confiad en él para obtener los resultados anhelados, seguidlo a donde os dirija y la gracia, la misericordia y la paz del Trino Dios serán con vosotros. Se le atribuye a Elizabeth Barrett Browning la siguiente conclusión:

Son las vidas más dulces aquellas que se ligan al santo deber Como estambres de hilo irrompible elevados por noble querer. Tal vez nunca oiga el mundo los clarines ni al vuelo las campanas sonarán Guarda el libro de la vida su recuerdo y por siempre su brillante historial Y tú mismo te verás recompensado Por todos los servicios que hayas dado.

Algo Sobre qué Pensar y Algo por lo Cual Orar
¿Está justificado que el individuo y la iglesia planteen la pregunta sobre los costos y las recompensas cuando se trata de la dirección cristiana? Las demandas que Jesús hizo con respecto al discipulado ¿ayudan u obstaculizan al llamamiento de los que han de dirigir en la causa de Cristo? ¿Cuál de los riesgos y las tentaciones que son inherentes al cargo de director le preocupa más? ¿Con qué recursos cuenta usted para enfrentarse con ellos y contrarrestarlos? ¿Es su dedicación a la responsabilidad que la iglesia le ha confiado completa y sin reservas? Si no lo es, ¿qué puede usted hacer para remediarlo? ¿Encuentra usted que su crecimiento como cristiano y como colaborador de la iglesia es satisfactorio? ¿Cuáles son las recompensas de crecimiento continuado que está usted buscando? ¿Qué progreso le están produciendo sus deberes y relaciones en la iglesia? ¿Cómo puede progresar más? ¿Cree usted que merece las recompensas que Jesús ha prometido a aquellos que le sirvan a él y a su iglesia fielmente? Hágase esta pregunta, “¿qué me falta aún?” Y entonces decida cómo puede suplirse esta falta.

Escala Para Clasificarse
Marque en las columnas SI, NO, HASTA CIERTO PUNTO la respuesta que le parezca más correcta o más aproximada concerniente a sí mismo.

SI

NO

HASTA CIERTO PUNTO

1. — Me doy cuenta de la necesidad de más líderes y mejor preparados. 2. — Estoy conforme con la afirmación de que yo puedo aprender a dirigir. 3. — Estoy de acuerdo con que se me necesita para dirigir. 4. — Yo creo tener un concepto satisfactorio de lo que significa dirigir. 5. — Creo que la dirección cristiana se extiende a la acción cristiana 6. — Comprendo que mi iglesia me necesita para algún servicio especial. 7. — Mi concepto original del liderato no se extendía para incluir personas de término medio. 8. — Yo acepto en este momento el concepto revolucionario de Jesús en lo que atañe al que dirige. 9. — Estoy dispuesto a seguir la orientación de este ideal radical con respecto a la dirección. 10. — Ahora comprendo cómo, históricamente, el ideal de la jefatura en el Nuevo Testamento, llegó a secularizarse. 11. — Reconozco que el concepto secular con respecto al que dirige se ha infiltrado en las iglesias de hoy. 12. — Puedo describir los modos en que se está poniendo en peligro el ideal del siervo en lo que a la dirección se refiere. 13. — Estoy dispuesto a comprometerme al ideal del siervo en lo que concierne a la jefatura. 14. — Comparando mis calificaciones encuentro que mis puntos fuertes sobrepasan a los débiles. 15. — Mis puntos débiles no me impiden automáticamente el aceptar la responsabilidad de la dirección. 16. — Mis debilidades están comprometidas con otros y pueden subsanarse. 17. — Adoptando el punto de vista del siervo se adelantaría mucho en la solución de los problemas de los líderes en las iglesias. 18. — El progreso en cualquiera empresa requiere que se hagan planes. 19. — La dirección efectiva demanda la preparación constante. 20. — Estoy buscando la guía divina en mi preparación. 21. — Yo hago buen uso de los mejores auxiliares impresos. 22. — Estoy bien familiarizado con el plan de mi denominación para el adiestramiento de sus líderes.

23. — Espero seguir los pasos progresivos que conduzcan a recompensas crecientes. 24. — Apruebo la correlación de las organizaciones de las diversas iglesias para el adiestramiento de los líderes. 25. — Reconozco que el estudio concienzudo y la práctica de la dirección cristiana me prepararán para desempeñar otros deberes. 26. — Necesito conocer más exactamente el trabajo que yo puedo desempeñar en la iglesia. 27. — Creo que puedo definir con exactitud el objetivo de la responsabilidad de mi iglesia. 28. — Estoy de acuerdo con que la clara definición de los objetivos es esencial para el éxito en un puesto directivo. 29. — Tengo la convicción de que el bienestar de las personas es una meta básica para un líder cristiano. 30. — Estoy dispuesto a rechazar los métodos inapropiados para dirigir y adoptar el principio cristiano de la responsabilidad compartida. 31. — Me considero a mí mismo como un miembro fiel de un equipo de cooperación con la iglesia. 32. — Estoy dispuesto a ceder mi manera de pensar siempre que se trate de la ventaja de la iglesia en general. 33. — De una manera consistente siempre he buscado el acuerdo en mis relaciones en la iglesia. 34. — Reconozco que la “unión en el esfuerzo” es esencial en una iglesia que sigue la intención de Jesús. 35. — Comprendo el fondo histórico de la independencia de las distintas organizaciones de la iglesia. 36. — Deseo ayudar a alcanzar una mayor correlación entre estas organizaciones. 37. — Estoy decidido a mantener la “unidad del Espíritu” en mis relaciones como líder. 38. — Aunque soy adicto a los principios inmutables, estoy dispuesto a usar nuevos métodos de acuerdo con el cambio de las circunstancias. 39. — Me gustaría que nuestra iglesia pusiera en práctica algunos de los métodos descritos y que en la actualidad no se están usando. 40. — Apruebo que se organice una clase o grupo especial para el pre-adiestramiento de los posibles líderes. 41. — Estoy convencido de que nuestra iglesia debe ampliar el programa de educación de líderes si se ha de poner a la altura de las necesidades actuales. 42. — Reconozco que nuestra iglesia en conjunto debería aceptar la responsabilidad de seleccionar y adiestrar a sus líderes. 43. — Comprendo que la dirección cristiana lleva en sí riesgos y pruebas. 44. — Puedo darme cuenta en mí mismo de las tentaciones del líder descritas en el capítulo 8. 45. — He hallado las maneras de enfrentarme con las tentaciones que me asaltan como líder y vencerlas. 46. — En lo que de mí dependa, estoy dedicado a Cristo y a la

responsabilidad que como líder he aceptado en mi iglesia. 47. — Espero con agradecimiento las recompensas que me pertenecen por mi fiel servicio cristiano. 48. — Estoy dispuesto a pagar con gozo el precio del desempeño de mis deberes como líder cristiano. 49. — Con toda confianza espero que el Cristo vivo sea conmigo mientras procuro seguirle a donde me indique. 50. — Con plena esperanza busco la guía del Espíritu Santo en todos mis planes y servicios.

Escala Para Calificarse A Si Mismos Los Lideres Y Los Que Se Preparan Para Serlo.
Cuente el número de veces que ha marcado SI en la primera columna. Esa es su CALIFICACION POSITIVA. Cuente el número de veces que usted ha marcado NO en la segunda columna. Esa es su CALIFICACION NEGATIVA. Cuente el número de veces que usted ha marcado HASTA CIERTO PUNTO en la tercera columna. Esa es su CALIFICACION DUDOSA. Estudie los puntos POSITIVOS de sus cualidades como guía. ¿Cuántos de ellos se deben sinceramente a sus propios méritos? ¿Cuántos se deben en gran parte a la ayuda y a la influencia de otras personas? ¿Cuántos se deben enteramente a la gracia y a la bondad de Dios? ¿Cuáles son sus conclusiones? Considere sus puntos NEGATIVOS de sus cualidades como guía. ¿Cuántos de ellos se deben a faltas suyas que pueden corregirse? ¿Cuántos se deben a influencias ajenas o a tradiciones que usted haya heredado? ¿Cuántos se deben a circunstancias fuera de su dominio? ¿Qué es lo que usted piensa hacer con respecto a esto? Cuente el número de veces que usted ha marcado en la columna HASTA CIERTO PUNTO. ¿Por qué cree usted que está justificado su juicio dudoso sobre ese punto? ¿Le gustaría poder cambiar su juicio de DUDOSO a SI o NO? ¿Por qué? ¿Cuál es su conclusión?

Haga que Otra Persona Sea la Que lo Califique
Pídale a otra persona que lo conozca a usted bien y que simpatice con sus esfuerzos que lo califique de acuerdo con la escala anterior. ¿Cómo se compara con la calificación que usted se dio? ¿Hasta qué punto le ayuda a verse como lo ven los demás? ¿Qué es lo que le indica, como su necesidad, para progresar un liderato máximo y efectivo?

Califique Usted a Otra Persona
Escoja a una persona en el grupo de líderes a quien usted conozca bien; de acuerdo con su buen juicio, califíquelo a él o a ella de acuerdo con la escala anterior. ¿Cómo se compara esta calificación con la que usted mismo se dio y la que le dio otra persona? ¿Qué aliento (o desaliento) le produce esto? ¿Cómo puede usted ayudar a su colaborador a mejorar como líder?

Califique la Dirección de la Iglesia en Conjunto
Evidentemente éste es un cálculo sobre bases educacionales, por lo tanto, examine la lista anterior con referencia a la dirección general de su iglesia (o a la de su organización particular). ¿Encuentra usted que la calificación tiende a ser más positiva, negativa o dudosa? ¿Qué es lo que ello le indica con respecto a la necesidad de mayor discusión, evaluación, y determinación de capitalizar sobre los puntos fuertes y robustecer los débiles que han quedado señalados? ¿Cuál sería el mejor método adaptado para este procedimiento?

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