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EL TRIUNFO DE DON QUIJOTE

Cervantes y la Compañía de Jesús. Un mensaje cifrado

DE ENTRADA Los grandes descubrimientos son difíciles de asimilar porque casi siempre suponen el fin de una etapa consolidada y el inicio de otra incierta y sostenida sobre el único criterio de quien se atreve a caminar contracorriente de la mayoría, que es lo que está haciendo Federico desde que en 1995 nos revelara, con cierta cautela, un descubrimiento de gran trascendencia, porque afecta, nada menos, que a la esencia del Quijote y, por extensión, a todo el siglo de Oro. En <<¡MI PADRE!>>, primer libro sobre dichas fuentes esenciales, estableció, a grandes rasgos, las líneas maestras de una investigación intuitiva en la que se desvelaban las primeras evidencias de los paralelismos existentes entre el Quijote y unos referentes literarios cuya rocambolesca, y cabalística historia, suponía, así mismo, la revelación de una intriga fascinante y de no menos repercusión histórica. Dos años después, y ante el incomprensible silencio del cervantismo, aparecía <<DON QUIJOTE Y COMPAÑÍA>>, libro de profunda erudición y rigor científico que situaba a su autor a la altura de la doctrina más autorizada. Aquí, tras la multiplicación de los paralelismos que conforman el corpus argumental de su tesis, cerraba su exposición con la sorprendente explicación de uno de los pasajes más controvertidos del Quijote: el insalvable escollo de la interrupción del capítulo octavo de la primera parte era superado con una coherente y satisfactoria explicación al misterio planteado por Cervantes. Esta tercera entrega debemos considerarla como un verdadero hito, pues por primera vez en la historia de la bibliografía cervantina y partiendo de unas mismas fuentes ampliamente documentadas, no sólo se explican uno a uno los paralelismos paródicos de los catorce capítulos primeros del Quijote, sino que además quedan aclarados todos sus enigmas y los mal considerados olvidos o errores cervantinos. El empleo de una metodología que pone las aplicaciones informáticas al servicio de un sistema de rastreo de las claves que Cervantes va dejando a lo largo de toda su obra para indicarnos los textos que maneja en cada momento, ha agilizado notablemente el proceso de búsqueda, permitiendo la obtención de un arrollador caudal de información que Federico ha sabido ordenar y coordinar perfectamente, convirtiendo la obra de Cervantes en un documento científico que nos revela a un escritor desconocido y tan polifacético y revolucionario como los grandes genios de su época. La tesis de estos trabajos, lejos de imponer una reducción de la obra de Cervantes a la estrechez de perspectivas de un puro ejercicio imitativo, amplifica la figura del gran humanista de filiación erasmista que apuntaron Bataillon y el Américo Castro de <<El Pensamiento de Cervantes>>, añadiendo datos resolutivos que fijan de forma definitiva la ideología heterodoxa de un persona rebelde y con un sentido del humor que antes no podía ser apreciado en su justa medida. Que estemos o no ante ese <<sabio encantador>> a quien Cervantes confiaba la ardua tarea de <<ser coronista desta peregrina historia>> es algo que no debemos establecer nosotros. Nuestro firme convencimiento de que es así no nos autoriza a imponer nuestro criterio al atento y desinteresado lector que sin prejuicios se acerque a estas páginas, pues la simple evidencia de los hechos le conducirá por sí solo. Dionisio Martín-Manuel del Pozo

PRÓLOGO Siempre ha existido la sospecha generalizada de que el Quijote encierra un misterio relacionado con asuntos eclesiásticos o propósitos satíricos contra determinadas personas e instituciones. Ya en el siglo XVIII Gregorio Mayans recogía en su “Vida de Cervantes” algunas de las teorías conocidas, y poco después el reverendo John Bowle, en su olvidada “Carta al Dr. Percy” y en su monumental edición del Quijote, reiteraba esas mismas ideas y rescataba la de un antiguo autor francés que identificó a don Quijote de la Mancha con Ignacio de Loyola. Desde entonces, la inmensa bibliografía cervantina ha generado durante los siglos XIX y XX todo tipo de teorías, la mayoría olvidadas y sin continuidad. Sin embargo hay una que sí ha encontrado persistencia en el tiempo, precisamente esa de Bowle, que es la más antigua y, además, popular entre los contemporáneos de Cervantes, pues se sabe que ya en 1610, con motivo de las fiestas organizadas en Salamanca en honor de la beatificación del fundador de la Compañía de Jesús, recorrió las calles de la ciudad una máscara a la picaresca denominada El triunfo de don Quijote. Desde entonces esa asociación entre don Quijote y Loyola ha sido defendida por cervantistas de todos los tiempos: Mayans, Cejador, Castellar y Ripoll, Unamuno, Marco Corradini, y un largo etcétera en el que se incluyen algunos miembros de la Compañía de Jesús. En general, el núcleo de todas esas teorías se basa en los paralelismos existentes entre los primeros capítulos del Quijote y los primeros capítulos de la Vida del P. Ignacio de Loyola, escrita por el jesuita Pedro de Ribadeneyra y publicada en Madrid en 1583. En dicha biografía se cuenta cómo el joven Loyola, tras ser herido en una batalla contra los franceses, sustituyó su afición a la lectura de libros de caballerías por la de libros de santos, y le influenciaron tanto que, en apenas meses, tras renunciar a su herencia, cambió de nombre, veló armas en el monasterio de Montserrat y se hizo caballero de Cristo con la idea de peregrinar por el mundo y ayudar a los necesitados. Los orígenes de don Quijote son, en lo esencial, los mismos, pues el hidalgo manchego, también influenciado por los libros, cambia de vida y de nombre, se deshace de su hacienda, vela armas en la venta, se hace caballero andante y se entrega a una vida de aventuras en pro de los menesterosos y necesitados. Abundan además en el Quijote muchas expresiones propias de la Vida y, sobre todo, paralelismos temáticos y anécdotas claramente parodiadas por Cervantes, y en las que coinciden todos los investigadores. Sin embargo, nadie ha logrado continuar esas analogías más allá de los primeros capítulos, es decir, sólo hay una especie de primer rumor de fondo que se desvanece enseguida, el mismo que, con más o menos intensidad, se escucha en el Quijote procedente de otros muchos libros. Pero la profundización en la obra de Ribadeneyra depara grandes sorpresas. La principal es que, además de ser un libro de éxito en su tiempo, dio lugar a una fuerte controversia dentro de la Compañía entre quienes lo aceptaban o rechazaban por su contenido, pues esa biografía sobre el fundador de la orden había nacido con el objetivo expreso y velado de suplantar a otra anterior cuyo autor era nada menos que el propio Ignacio de Loyola. En efecto, diez años después de su muerte y sin dar ningún tipo de explicaciones, la cúpula de la orden decidió ocultar el libro hoy conocido como Autobiografía o Relato

del peregrino, dictado por Loyola a un compañero en 1555 y considerado su testamento espiritual y un texto histórico y literario excepcional, inexplicablemente secuestrado por la Compañía desde 1565 hasta casi la segunda mitad del siglo XX. Durante ese largo tiempo la Autobiografía no ha existido, y todos los historiadores de la orden han callado o pasado de puntillas sobre asunto tan trascendental. Todavía hoy se desconoce una teoría oficial sobre la extraña desaparición del libro, sus causas y el rotundo silencio de cuatro siglos mantenido por la institución. La clave de ese misterio parece estar en el acuerdo secreto suscrito entre jesuitas y dominicos para que, tras la muerte de Loyola, la Compañía renunciara a sus aspectos más renovadores y se sumara al gobierno de la Inquisición. Sólo así cesaría la fuerte hostilidad que, especialmente en España, sufrían los jesuitas y se allanarían los obstáculos para la beatificación y canonización de Loyola. Para lograrlo era imprescindible que la Compañía, además de un importante giro ideológico, realizara un doble gesto: hacer desaparecer el Relato del Peregrino (donde Loyola narra con precisión la injusta persecución a que fue sometido por los dominicos en sus primeros años de apostolado evangélico en Alcalá y Salamanca) y sustituirlo por otro libro en el que todas esas injusticias quedaran sutilmente maquilladas. El pacto se llevó a cabo y, para una parte de la sociedad española de finales del siglo XVI, fue como un símbolo de la radicalización del fundamentalismo de Trento y la derrota definitiva del humanismo erasmista, que había visto en Loyola y su Compañía, cercana al papado, una tabla de salvación capaz de moderar con su ideología el fanatismo religioso institucionalizado. La revelación de estos hechos tan celosamente silenciados por sus protagonistas es de una gran trascendencia histórica, son básicos para comprender, además de la trayectoria de la Compañía y el proceso de transformación de un hombre en santo, las claves que faltaban en la documentación que acredita la indiscutible relación existente entre el Relato del peregrino, la Vida de Ribadeneyra y el Quijote, ya que entre esas dos biografías sobre Loyola y el turbio asunto que las rodea, se encuentran la razón de ser y los códigos que facilitan el acceso a los procedimientos paródicos utilizados por Cervantes. Ambos libros son las fuentes esenciales del Quijote, el origen de cada uno de los capítulos y la solución a la mayoría de sus famosos enigmas y supuestos errores. La idea del camino como eje central de la novela, el motivo de las tres salidas, la comentadísima interrupción de la batalla entre don Quijote y el vizcaíno en el capítulo ocho, los diversos autores de la obra, la extraña discordancia entre el epígrafe del capítulo décimo y su contenido, la personalidad de la enigmática Marcela, el acaramelado nombre de Dulcinea, la esencia del bálsamo de Fierabrás, los juegos numéricos de los capítulos 11 y 12, el error cronológico de la llegada a Barcelona o la fascinante estrategia que desvela la fecha exacta de la muerte de don Quijote. Todo encuentra explicación entre esos libros, sutilmente imitados y parodiados a través de un lenguaje cifrado que convierte al Quijote en una osadía, en un desafío consistente en enviar a través del tiempo un mensaje que no debía ser interceptado por la Inquisición. He tratado de explicar todo eso en la Introducción, aunque sin ser exhaustivo y desconociendo aspectos de esa trama que sólo se irán desvelando con el tiempo, pues las personas e instituciones implicadas se han dedicado a borrar durante siglos cualquier pista que condujera al hilo de esa fascinante maraña bibliográfica implícita en el Quijote. La estructura del libro, tras este prólogo, es la siguiente -Una Introducción con tres apartados dedicados al Relato, la Vida y las posibles razones de Cervantes para centrar su parodia en dos libros relacionados con la Compañía de Jesús.

-Una Primera parte dedicada a comentar uno a uno los 8 capítulos primeros del Quijote, evitando el prólogo y las poesías preliminares. Mi intención es mantener el mismo orden de elaboración supuestamente seguido por Cervantes. -Una Segunda parte con un amplio comentario de los capítulos 9-14. -Y una última parte denominada Generales, con consideraciones sobre el Quijote y otros aspectos del resto de la obra cervantina. Al final del libro se incluye una cronología y unos cuadros sinópticos de cada uno de los capítulos que, a pesar de ser apenas indicativos, son suficientes por sí solos para acreditar la autenticidad de esta lectura, sustentada en la suma progresiva de una enorme cantidad de paralelismos temáticos y formales que no pueden ser una simple o azarosa coincidencia. Desde esta nueva perspectiva, la ya deslumbrante figura de Cervantes adquiere una dimensión inconmensurable, y el Quijote resurge desde sus raíces para mostrarnos la cara oculta de ese inmenso árbol que, además de una novela, cobija un ingenioso sistema de escritura secreta con el que Cervantes, arriesgando de nuevo su vida, esperaba restablecer tarde o temprano la verdad de unos hechos históricos convertidos en símbolos de una trágica época.

INTRODUCCIÓN

“ninguna parodia puede ser adecuadamente apreciada si no se estudia sistemáticamente el objeto que ridiculiza”1

Don Quijote y los libros de caballerías, D. Eisenberg. Cita tomada de “El Olivante de Laura en la biblioteca de Cervantes”, Isabel Muguruza Roca, anales cervantinos XXXIII, Madrid 1997, p. 259.

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I. RELATO
NACIMIENTO DEL RELATO El Relato del peregrino o Autobiografía de Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, es un libro envuelto en una larga y rocambolesca historia aún sin concluir, y cuyo estudio objetivo irá poco a poco revelando aspectos desconocidos de su protagonista y de su autor, y algunos datos encubiertos sobre determinadas órdenes religiosas y otros asuntos sociales y culturales de la época. Su nacimiento se debe a una tarea casi colectiva en la que, directa o indirectamente, participaron muchos de los compañeros de Loyola. En realidad fue una obra de encargo, fruto del acuerdo y del deseo de una colectividad que había decidido, tras la confirmación de la Compañía por el papa en 1540, que Loyola y los demás fundadores escribieran su corta y reciente historia. Para ello se dispuso que cada uno, casi todos mayores y muy debilitados por sus peregrinaciones y penitencias, redactara una especie de memoria donde se incluyera, además de algunos datos personales, todo cuanto recordaran desde el momento en que, sobre 1529, se conocen en París y se unen a Loyola. La idea era no sólo dotar a la Compañía de una memoria personal, sino de hacer de esas vivencias ascéticas un itinerario doctrinal que sirviera de ejemplo para sus futuros miembros. Fruto de este encargo fueron unos cuantos libros de extensiones y calidades diferentes, entre los que merece la pena destacar: el Memorial del Mtro. Pedro Fabro (1542), la denominada Epístola del P. Laínez (1547), considerada la primera biografía de Loyola, el Sumario del P. Polanco, y las Exhortaciones del P. Nadal (1554). A estos cuatro textos habría que añadir una importante carta de Loyola, conocida como “Persecuciones del año 1538”, a su benefactora Isabel Roser. Casi todos los fundadores fueron cumpliendo poco a poco lo acordado, a excepción de Loyola que, además de líder indiscutible desde la formación del grupo, había sido designado primer Prepósito General y se encontraba abrumado de trabajo. Hasta que en 1553, “cediendo a repetidas instancias de varios miembros de la Compañía, especialmente del P. Jerónimo Nadal, san Ignacio se decide a efectuar el relato de su vida. Para ello elige como confidente al P. Luis Gonçalves da Camara, portugués, entonces confesor en la corte de Lisboa del rey Juan III. A Camara, buen humanista y por quien el santo sentía especial predilección, le irá relatando de viva voz, a lo largo de las diferentes sesiones, la historia de su vida comprendida entre su conversión y su llegada a Roma. La narración se vio interrumpida varias veces: comenzó en septiembre de 1553 para ser abandonada al cabo de pocos meses a causa de las repetidas enfermedades de san Ignacio. Se reanudaría brevemente en marzo de 1555, y finalmente, ante la inminencia del retorno de Camara a Portugal, en septiembre del mismo año. El portugués tomaba notas que dictaba a continuación a un escribano. Aparecen así 11 capítulos, los 8 primeros, redactados en Roma por una amanuense español, estaban en castellano; los otros tres, encontrándose Camara en Génova, “y no disponiendo de amanuense español”, en italiano.

El relato pasa, pues, por una doble fase de redacción: unas primeras notas sumarias, y posteriormente, sobre ellas, la redacción definitiva. Parece ser que Camara estaba particularmente dotado para ello: "El mismo día, a lo que creo, habiendo llamado al P. Luis Gonçalves, comienza a narrarle lo que aquel padre, según es de excelente memoria, pasaba luego al papel" (J. Nadal). La devoción haría el resto: "He trabajado de ninguna palabra poner sino las que he oído del Padre. Y cuanto a las cosas que temo haber faltado, es que por no desviarme de las palabras del Padre, no he podido explicar bien la fuerza de algunas de ellas" (prólogo de Camara)”2 Como en ninguno de los manuscritos se otorga al libro un título concreto, su denominación a lo largo de la historia ha sido variable, y puede encontrarse bajo cualquiera de los siguientes nombres: Hechos o Actas del P. Ignacio, Autobiografía, El peregrino, Memorias o Confesiones, entre otras. Carmen Artal, en su excelente edición de Labor, lo tituló RELATO DEL PEREGRINO, elección muy adecuada y precisa pues, además de informar del procedimiento narrativo, respeta la voluntad de su autor, ya que “el peregrino” es el único nombre que Loyola, salvo alguna excepción indirecta, recibe en el libro. El Relato no es, pues, una autobiografía en su sentido estricto, ya que no fue escrita directamente por Loyola aunque, según dice Gonçalves en el prólogo, sus palabras están tan respetadas que es como si él mismo lo hubiese realizado. Por otra parte no parece un libro enteramente original 3, ya que Loyola, antes de contar su vida a Gonçalves, había leído todos los trabajos más arriba mencionados de sus otros compañeros y, en ciertos aspectos, se influyó de ellos, especialmente del Sumario Polanco (1547/1548)4, libro basado en la información que el mismo Loyola fue dando a Polanco durante sus primeros años de convivencia. En definitiva, Loyola dicta sus memorias a Gonçalves teniendo muy presente el libro de Polanco, que a su vez le sirve a Gonçalves como modelo y fuente, de forma que puede decirse que el Relato es un libro de libros, su mismo autor y su protagonista se dejan llevar por un esquema ya trazado por otros que, a su vez, lo oyeron contar a Loyola, y a otros. FORMA Y ESTRUCTURA El Relato es una obra de apenas setenta páginas de ahora y está dividido en once capítulos y dos prólogos, uno del P. Nadal y otro de Gonçalves. Los once capítulos narran la vida peregrina de Loyola desde el momento en que cae herido durante el asedio de los franceses a la fortaleza de Pamplona en 1521 (nada se dice de su infancia y juventud), hasta la confirmación de la Compañía. Su núcleo argumental se sostiene sobre el camino, eje sobre el que se vertebran las constantes peregrinaciones y los distintos sucesos que acontecen al protagonista desde que abandona su casa. Capítulo a capítulo puede resumirse así: con 26 años, y tras ser gravemente herido en la pierna derecha (mayo 1521) de la que quedará cojo, Loyola da un giro radical a su brillante carrera militar y decide hacerse peregrino e imitar en sus hazañas a los antiguos anacoretas y santos. En dicha metamorfosis o, como prefieren decir los jesuitas,
El relato del peregrino, Luis Gonçalves da Camara, Revisión, presentación y traducción de Carmen Artal, Editorial labor, Barcelona 1973. (En adelante, Artal) 3 En general, las biografías sobre Loyola son como un coro, intérprete en el tiempo de las versiones que diferentes protagonistas ofrecen de unos mismos sucesos, aunque ciñéndose todos, y según sus estilos, a las pautas fijadas por los más primitivos.
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Summarium hispanum de origine et progressu societatis Iesu. Auctore P. Joanne de Polanco.

conversión, jugaron un papel fundamental los libros, pues siendo muy aficionado a los de caballerías y no disponiendo de ellos durante su convalecencia, le dieron a leer algunos de santos (agosto-septiembre 1521), a los que se aficiona y le influyen hasta tal punto que, en apenas tiempo, y tras una “visión de la Virgen Santísima” (agostoseptiembre 1521) renuncia a sus derechos de hidalgo y decide hacerse peregrino (capítulo I). Al inicio del camino hace voto de castidad (febrero 1522), y en el monasterio de Montserrat, tras velar las armas ante la imagen de la Virgen (marzo 1522) (II), cambia sus vestidos de caballero por los de peregrino y comienza definitivamente un viaje cuyo último objetivo es llegar a Jerusalén. Viaje convertido en el camino ascético de un hombre riguroso que a medida que progresa en sus sacrificios, visiones y acercamientos místicos, va asumiendo una nueva misión de ayudar a los necesitados y restaurar el olvidado espíritu del cristianismo apostólico (III, IV y V). A la vuelta de Jerusalén comienza a estudiar en Barcelona y Alcalá de Henares, donde es acusado de iluminista y encarcelado por la autoridad episcopal o la Inquisición, hechos que se repiten sucesivamente en Salamanca y París (VI, VII y VIII). Visita por última vez España y después vuelve a Italia, siendo de nuevo perseguido en Venecia y en Roma (IX, X y XI). Además de esa división en 11 capítulos, el libro también puede estructurarse conforme a las tres salidas realizadas por Loyola desde su tierra 1) La primera, implícita, cuando sale de su casa a combatir con los franceses. Tras caer gravemente herido en las piernas, “lo llevaron en una litera a su tierra” (I) 2) Durante la convalecencia pide para entretenerse libros de caballerías, a los que era muy aficionado pero, al no haberlos, se dedica a leer vidas de santos que, en apenas dos meses, transmutan confusamente sus ardientes ideales caballerescos en profundos sentimientos religiosos. En cuanto se restablece, abandona por segunda vez su pueblo con la intención de peregrinar hasta Jerusalén, momento en que comienzan las largas peregrinaciones y persecuciones que ocupan casi todo el Relato (II-IX) 3) Muchos años después, por consejos médicos y de sus compañeros, vuelve de nuevo a su tierra y, tras una breve estancia, por tercera vez la abandona cuando se restablece (IX-XI) Los once capítulos son bastante desiguales en extensión y contenido, apreciándose claramente el interés de Loyola por centrarse en aquellos acontecimientos que, como sus procesos inquisitoriales, no habían sido narrados por sus compañeros con absoluta precisión. ESTILO Y CONTENIDO El Relato es una obra muy meditada, e incluso fruto de lo que podría considerarse una tradición oral pues, como se ha dicho, los compañeros de Loyola, durante el mucho tiempo que pasaron juntos en sus largas peregrinaciones por Europa, debieron interesarse por su ajetreada vida, según se deduce especialmente de los escritos ya citados de Laínez y Polanco, realizados algunos años antes que el Relato y donde prácticamente se narran los mismos sucesos que después Loyola volverá a repetir a Gonçalves. Es decir, cuando se decide a contar su vida, Loyola ya lo había hecho otras veces, e incluso había leído su propia historia, pues en el Relato se aprecian fácilmente las influencias, en distintos sentidos, de sus predecesores. No obstante, el libro de Gonçalves es, además del más amplio, el más completo en todos los aspectos.

Con un estilo preciso y sencillo, Gonçalves recoge en tercera persona los recuerdos de Loyola desde que decide hacerse peregrino y viajar a pie a Jerusalén y a otros países de Europa. Escribe sólo lo que escucha, tratando, según dice, de respetar incluso las expresiones y particularidades del lenguaje de un hombre que lleva alrededor de 30 años alejado de su tierra y que “rememora su vida desde la atalaya de la vejez, por lo que sus recuerdos se organizan según el sentido de unas experiencias acumuladas” 5 El resultado es sumamente interesante, pues Loyola, hombre de pocas palabras, resume al máximo sus experiencias6, destacando sólo aquellos datos que considera útiles para comprender los acontecimientos y su trayectoria espiritual, evitando siempre lo superfluo y buscando sugerir más que ratificar, por lo que el libro permite ambiguas lecturas que reflejan, además del camino ascético de su protagonista, un extraordinario retrato social de la época, ya que en su intensa vida de peregrino e impulsor de una religión que pretende resucitar el viejo espíritu del cristianismo apostólico, Loyola se granjeó muchos apoyos y muchas enemistades que, aunque en el Relato no se juzgan, tampoco se solapan. Al sentido de biografía espiritual también colabora la selección del tiempo recordado, del que quedan excluidos tanto los treinta años anteriores a la conversión como los dieciséis posteriores a la confirmación de la Compañía, probablemente porque de los primeros él no quería saber nada, ya que su actitud era considerar como muerto todo lo anterior a su vida religiosa, tal como podrá comprobarse en una de sus famosas cartas con motivo de la boda de su sobrina. No obstante, sobre esos primeros años parece, según dice Gonçalves en su Prólogo al Relato, que su primera intención fue contarlos (“me empezó a decir toda su vida, y las travesuras de mancebo clara y distintamente, con todas sus circunstancias” 7), aunque después debió cambiar de idea. Respecto al silencio sobre la etapa posterior a la confirmación de la Compañía, probablemente pensó que ya estaba suficientemente referida por sus compañeros. En general, el Relato contiene precisas pinceladas de una intensa vida, y una gran sutileza en la elección de la información, pues Loyola sabía que al dictar sus memorias estaba escribiendo una guía para sus futuros compañeros, de ahí que procure evitar en todo momento cualquier tipo de vanidad o grandilocuencia, haciendo que el personaje sólo pueda ser observado desde la perspectiva de una totalidad reducida por él a los años de su carrera ascética, pero que inevitablemente permiten concebir el silencio como un aspecto más de esa totalidad. Esa sencillez se transmite también a la prosa, efectiva y casi matemática, sin apenas elementos retóricos y muy acertada en la elección de un vocabulario rico y abierto a la

Del gentilhombre mundano al caballero <<a lo divino>>. J.M. Cacho Blecua. En “Ignacio de Loyola y su tiempo”, Congreso internacional de historia, Edición Juan Plazaola, Editorial Mensajero, universidad de Deusto, Bilbao 1992, p. 132. “Por lo que se refiere a los hechos que tienen cabida en la Autobiografía, se nota una gran diversidad, la cual creemos que garantiza la espontaneidad del relato. Encontramos tanto hechos externos de la vida de Ignacio como fenómenos internos de su vida mística de unión con Dios. Hay episodios secundarios referidos con abundantes detalles, y en cambio llama la atención el silencio sobre hechos de mayor importancia [...] la Autobiografía se nos presenta como una vida completa dentro de los límites que abarca, y nos suministra datos suficientes para conocer el desarrollo de los hechos ignacianos y el maravilloso proceso de su transformación interior”. Obras de san Ignacio de Loyola, Edición de I. Iparraguirre, C. Dalmases y M. Ruiz, Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1991, p.82. (En adelante OC., BAC) Del hecho de que Gonçalves no incluyera esta información en el Relato, podría deducirse que Loyola intervino en su estructuración y contenido.
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ambigüedad e incluso a la ironía, todo suavemente empujado hacia delante por una firme voluntad de contar la verdad sin ofender a nadie, pero sin ocultarla. Esta valiente determinación de contar la verdad sin exclusiones contrasta, en ciertos aspectos, con el comportamiento de Loyola en esos mismos últimos años de su vida, caracterizado por la máxima prudencia y diplomacia en las relaciones con el poder y las demás órdenes religiosas. ÉXITO Y SECUESTRO Antes de su nacimiento, el Relato ya había creado una tremenda expectación entre los compañeros de Loyola, la mayoría jóvenes y deseosos de conocer de primera mano la accidentada vida del venerado fundador de la orden. Por eso, aunque el libro no llegó a imprimirse, se propagó fácilmente pues, siendo los jesuitas una congregación culta, ellos mismos se encargaron de hacer copias y enviarlas a los distintos países en que estaba asentada la Compañía. La muerte de Loyola algunos meses después convirtió el libro en su testamento espiritual, haciéndose lectura deseada no sólo de los jesuitas y sus benefactores, sino de muchas personas que habían estado al tanto de la valiente y conflictiva trayectoria de un hombre cuya vida y milagros esperaban encontrar en el Relato. Pero sorprendentemente, apenas diez años después de su aparición, la cúpula de la orden decide ocultarlo "que V. R. procure de executar lo que ya N. P. ha mandado, y, a lo que creo, scripto a los provinciales, etc., y es que recojan buenamente lo que scrivió el p. Luis Gonçález, o qualquiera otro scripto de la vida de N. P., y lo tengan ellos y no permitan que se lea, ni ande por las manos de los nuestros ni de otros; pues, siendo cosa imperfecta, no conviene que estorve o disminuya la fee de lo que más cumplidamente se escribe. Y en esto se ha de usar la diligencia y prudentia que V. R. entiende que es menester, para que no se haga ruýdo”8 Las fuentes documentales sobre este asunto las suministra la Compañía con cuentagotas, sólo se conocen pequeños fragmentos o alusiones encubiertas. Por eso este detalle de una carta del P. Pedro de Ribadeneyra al P. Nadal, fechada en junio de 1567, resulta interesantísimo, al informarnos de que, al menos casi un par de años antes de la fecha de esa carta, ya se había acordado secuestrar los escritos de Gonçalves y enviado órdenes a los colegios de la Compañía. Sólo después, o sea, transcurrido el tiempo prudencial para estimar que la orden había sido incumplida, se explica este tono frío e imperativo (“procure de executar”) con que Ribadeneyra escribe a Nadal, precisamente uno de los fundadores de la Compañía y, además, el principal promotor del Relato “entre todos los que desearon conocer la vida de San Ignacio, se distingue el P. Jerónimo Nadal, que tuvo valor para acudir directamente al Fundador pidiéndole que refiriese su vida. Puede asegurarse que, si tenemos la Autobiografía, el mérito se debe al P. Nadal. Cómo lo obtuvo, nos lo refiere él mismo en su prólogo. Por él sabemos que, por lo menos desde 1552, insistió en su petición. En Nadal no era éste un mero deseo de conocer la vida del Padre; movíale otro impulso, que era dar a la Compañía un modelo, según el principio que desde entonces había de ser característico en él, que la vida de San Ignacio era el fundamento de la Compañía y que contarla era verdaderamente fundar la
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Fontes Narrativi, IV, p. 9. (Bajo el título genérico de MONUMENTA HISTORICA SOCIETATIS IESU, FONTES NARRATIVI DE S. IGNATIO DE LOYOLA ET DE SOCIETATIS IESUS INITIIS, la Compañía ha ido publicando una extensísima y extraordinaria colección de casi todos los escritos fundamentales de la orden desde su fundación. En adelante FN)

Compañía. La nueva orden no tenía que hacer sino seguir las huellas del Fundador”9 Este protagonismo en el nacimiento del Relato debió radicalizar la incomprensión de Nadal ante su secuestro, pues la Compañía no explicó las razones, y para él, apartado de Roma junto a un numeroso grupo de españoles, debió ser difícil comprender la decisión. Tal vez eso explique la resistencia de Nadal y algunos compañeros a plegarse a “lo ya ordenado y escrito” Ribadeneyra pide que el mandato se cumpla con diligencia, prudencia y sin hacer ruido (“Y en esto se ha de usar la diligencia y prudentia que V. R. entiende que es menester, para que no se haga ruýdo”) tres notas que, como iremos viendo, marcarán las pautas de comportamiento en torno a estos hechos, aún hoy día tratados por la orden como materia reservada. La carta de Ribadeneyra resulta además demasiado contundente si se tiene en cuenta que Nadal, por edad y prestigio, ocupaba un puesto de mayor rango, por lo que debió sentirse ofendido y, probablemente, responderle mostrando su enojo, pues el mismo Ribadeneyra vuelve a escribirle en octubre del mismo año disculpándose y relegando su responsabilidad en la carta de junio “El recoger los scriptos del P. Luys Gonçáles sobre la vida de N. P. no nasció de mí, sino de estos padres que lo acordaron a N. P., y a Su Paternidad le paresció bien, porque publicándose lo que se scrive, no pareciesse que ay diversidad o contradiçión, o esto no tuviesse tanta auctoridad como lo que se scrivió casi por boca de N. P.; el qual, aunque en la substançia fue fidelísimo, en los particulares de algunas cosas es corto, y en la relaçión de los tiempos ya a la postre de su vejez le faltaba memoria. Tras esto V. R. haga lo que le paresçiere, que como no estoy en Roma, no lo é tractado con N. P., y no é osado de Junio acá bolver a ella, aunque me han dado hartos assaltos, porque no me entretengan y estorven. Es bien verdad que, por hallarme flaco de cabeça, é dexado de screvir días ha. Mi paresçer sería que es más seguro lo que N. P. ha ordenado, por los respectos que é dicho, y V. R. puede tomar lo que hallare, y quando estuviese acá y viere estotro se ordenará lo que mejor paresçiere” 10 No sólo niega su responsabilidad (“no nasció de mí”) y participación (“estos padres que lo acordaron”) en la decisión tomada, sino que en cierta medida y para justificarse, se apoya sin reparos en Loyola, viniendo a decir que se quedó corto en los recuerdos porque estaba chocheando un poco (“en los particulares de algunas cosas es corto, y [...] le faltaba memoria”). Ya en la primera carta había descalificado ligeramente los escritos de Gonçalvez tachándolos de “cosa imperfecta” y de cuya corrección él se estaba encargando (“lo que más cumplidamente se escribe”) pues, junto al secuestro de los escritos de Gonçalves, se había acordado sustituir el Relato por una biografía oficial encargada precisamente a Ribadeneyra, por eso de nuevo en esta carta le dice a Nadal que haga lo que quiera (“puede tomar lo que hallare”), aunque ante todo debería conocer lo que él está escribiendo. Sin lugar a dudas, y como después se verá, una artimaña dilatoria para convencerle de que su biografía iba a respetar y superar a la primera, por lo que no merecía la pena disgustarse. Además de Nadal, en otros colegios de la Compañía también se incumplieron las órdenes, según se deduce de otra carta de Ribadeneyra, de julio del mismo año, al subsecretario Dionisio Vázquez

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OC., BAC, o.c., p.77. FN, IV, p. 9

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“No querría que se uviesse olvidado V.R. con su indisposición de acordar a nuestro padre que se dé orden a los provinciales de recoger las vidas de nuestro p. Ignatio que andan entre las manos de los nuestros” 11 lo que demuestra, por un lado, un rechazo bastante significativo al mandato ya que, estando como religiosos obligados por voto de obediencia, el incumplimiento significaba casi un brote de rebeldía y, por otro, que esta carta y la anterior revelan un interés de Ribadeneyra mayor del confesado. Diversos documentos atestiguan que no fue fácil para los jesuitas acabar con las rencillas surgidas entre ellos mismos por esa prohibición, y puede decirse que el asunto dio lugar a la primera crisis interna, a un pequeño cisma en la nueva orden: por un lado quienes defendían la presencia del Relato con todas sus consecuencias, por otro, la nueva postura de la cúpula intentando reconciliarse con el resto de la Iglesia. Es lo que Bataillon entendió como la posible tensión entre "el monaquismo antiguo y el humanismo erasmiano" que dividía a los miembros de la Compañía. A ello deben añadírsele otros problemas, como la decisión de reducir la presencia de españoles en la cúpula de la orden, o la diferencia de opiniones respecto a la integración de la Compañía en la Inquisición. Parece ser que en España fue donde mayor virulencia adquirieron esas tensiones, entre otras cosas porque los españoles eran los máximos defensores del espíritu infundido por Loyola a la Compañía. Pero en definitiva, Roma insistió en su decisión y terminó imponiendo su criterio. Hasta el siglo XVIII no se vuelve a saber nada del Relato, y hasta mediados del siglo XX no empieza a ser una obra asequible a personas ajenas a la institución "Habrá que esperar a 1731, en que el P. Juan Pien, bolandista 12, publique la traducción latina de Anibal du Coudray, corregida y confrontada con el códice español-italiano de Nadal. Aparece en Amberes con el título de Acta antiquissima a P. Ludovico Gonsalvo [...] Pero la primera edición del original, en su doble versión español-italiano, no aparecerá hasta 1904. Tras esta primera edición del original se multiplicaron los estudios sobre el texto, y finalmente, en 1942, aparece una nueva edición crítica más completa, que viene a sustituir a la anterior. Corresponde también a los editores de Monumenta, y se halla en Fontes Narrativi de S. Ignatio de Loyola et de Societatis Iesu initiis, vol I, Roma, bajo el título Acta Patris Ignatii, scripta a P. Ludovico Gonzales de Camara"13 La orden de secuestrar el Relato afectó también al Memorial, ("lo que escribió el P. Luis Gonzáles, o cualquier otro escrito referente a la vida de nuestro Padre14,") un cuaderno de notas donde Gonçalves, desde enero de 1555, recoge detalles personales

FN, IV, p. 9 Según los Bolandistas, la decisión de publicar en 1731 el Relato se debe a que << vitam 'illam, tot titulis venerabilem, e tenebris in quibus delituerat hactenus, in lucem proferri merito debere >>, es decir, "aquella vida venerable por tantos méritos, debía con mucha razón salir a luz de las tinieblas en las que había estado oculta hasta ese momento" (FN I, p.348. La traducción del latín de éste y otros párrafos de Monumenta pertenece a Pilar García Herrera). ¿Será coincidencia que los bolandistas hayan utilizado una expresión similar a la que aparece escrita en el escudo, "post tenebras spero lucem", de la primera edición del Quijote de 1605? 13 Artal, o.c., p.7 14 La prohibición no sólo afecta a los escritos de Gonçalves sino a cualquiera “referente a la vida de nuestro Padre”, es decir al Relato , a los ya mencionados de Fabro, Laínez, Polanco y Nadal, y a otros que, con mayor o menor extensión y fortuna, escribieron sus memorias y comentaron su vida desde su “conversión”
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y cotidianos del comportamiento de Loyola como superior de la congregación. Muchas de estas anotaciones están hechas en los mismos días en que Gonçalves escribe el Relato y constituyen un conjunto de todo tipo de información sobre la vida de la comunidad en Roma, detalles íntimos que acercan con naturalidad y brevedad a la orden en el último año de vida de Loyola y cuya crudeza queda, a veces, muy alejada del giro divinizante pretendido por la Compañía. Hasta su publicación en Monumenta, los jesuitas han aplicado a este libro el mismo tratamiento de materia reservada que al Relato. Hay, además, noticias de otros escritos de Gonçalves que, al parecer, han desaparecido para siempre "El Padre Gonçalves da Câmara redactó también uno o varios escritos más sobre San Ignacio, de contenido similar al Memorial, que no han llegado hasta nosotros, aunque todavía se conservaban a principios del siglo XVIII"15 La misma figura de Gonçalves ha sido tratada por la orden con todo tipo de reservas “El P. Luis Gonçalves, nacido alrededor del 1519, fue hijo del gobernador de la isla Madeira. Se ignora con exactitud si nació en aquella isla o en Portugal. En 1535 llega a París donde durante algunos años se dedicó al estudio de las artes y las lenguas. Vuelto a Portugal ingresó en la Compañía de Jesús el día 27 de abril de 1545. Llega a Roma, como él mismo dice en el prefacio del Memorial, el 23 de mayo de 1553, donde permaneció hasta el 23 de octubre de 1555, que partió para Portugal. De nuevo vuelve a Roma en 1558, en el mes de mayo, a la primera congregación general de la Compañía de Jesús, en la cual fue elegido Asistente o consiliario del Prepósito general de Portugal. A instancias de la curia portuguesa tuvo que desempeñar el cargo de preceptor del joven rey Sebastián, para lo cual regresa a Portugal en 1559, abandonando la ciudad el día 3 de julio. Murió en Lisboa el 15 de marzo de 1575” Estos son, prácticamente, los únicos datos ofrecidos por Monumenta sobre la vida de Gonçalves. Y son también casi los únicos repetidos en las distintas historias de la Compañía o en ediciones del Relato o del Memorial (Astraín, Iparraguirre, Hernández, Rambla, etc.). Algo sorprendente, pues no debe olvidarse que Loyola escogió a Gonçalves entre todos los miembros de la Compañía, o sea, un enorme honor doblemente meritorio, pues era portugués y, por lo tanto, con posibles problemas de comunicación y, además, Loyola apenas lo conocía, ya que llegó a Roma en mayo de 1553, y el 4 de agosto de ese mismo año ya había determinado tomarlo como confidente. En contraste, cualquiera de los jesuitas destacados de esa época ha sido abundantemente elogiado por los historiadores de la Compañía con innumerables páginas biográficas y laudatorias. La excepción es Gonçalves, discriminado no sólo en el trato historiográfico sino hasta en sus escritos. Inmediatamente veremos cómo Ribadeneyra se ha apropiado, durante siglos, de todo el material de Gonçalves casi sin nombrarlo, haciéndolo desaparecer de la historia de la Compañía y despojándolo del honor de ser el primer biógrafo del futuro santo. ¿Cuál fue la reacción de Gonçalves ante esta situación? El hecho de que su figura no haya sido todavía rehabilitada obliga a pensar en otro tipo de problemas, pues también la Compañía soportó fuertes tensiones internas en Portugal y, además, fue bastante rechazada por las restantes órdenes religiosas que vieron cómo en pocos años, la Compañía se había ganado el favor de la monarquía y había ocupado un lugar privilegiado y unas funciones excesivas. Los numerosos
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Recuerdos Ignacianos, Memorial de Luis Gonçalves da Câmara, Versión y comentarios de Benigno Hernández Montes, S.J., Ed. Mensajero-Sal terrae, Bilabao, p. 9. (En adelante Memorial)

escritos surgidos en Portugal a raíz de la expulsión de los jesuitas en la segunda mitad del siglo XVIII, dedican grandes espacios a demostrar el papel pernicioso jugado por la orden en la historia de Portugal. Gonçalves, como confesor del rey, no escapa a esas críticas, y es constantemente acusado de embaucador del rey “El absoluto dominio, que había adquirido Martín Gonçalves de Camara, coligado con su hermano el P. Luis Gonçalves, sobre la voluntad del Rey, se dirigía a gobernar despóticamente la Monarquía” 16 El grado de credibilidad de estos libelos, donde permanentemente se descalifica a Gonçalves, parece tan dudoso como el halo divinizante con el que la Compañía envuelve cualquier noticia de la época. Habrá que esperar a que los jesuitas decidan abrir la totalidad de sus archivos para conocer definitivamente la personalidad del primer biógrafo de Loyola y la verdadera historia de los sucesos ocurridos en Portugal durante los cincuenta años posteriores a su muerte, pues parece ser que allí se vivió una posible rebelión interna semejante a la ocurrida en España, especialmente en Alcalá. Entre la poca información conocida sobre Gonçalves, es significativa la orden del P. Mercuriano obligándole a continuar el trabajo de glosar el Memorial cuando ya era materia reservada “En los primeros meses de 1574 el Padre Gonçalves da Câmara había prácticamente interrumpido el trabajo sobre el memorial, como él dice, <<por mis particulares miserias>>, expresión referida quizá a los achaques corporales o también a la falta de constancia; pero lo reanudó después de recibir una carta del Padre Everardo Mercuriano, general de la Compañía, fechada el día 12-1-1574, por la que le mandaba continuar la tarea y avisarle a qué punto había llegado. Es probable que el mismo padre Manuel Alvarez o algún otro superior portugués se dirigiera a Mercuriano para que este impusiese su autoridad”17 Entre este “impusiese” de Benigno Hernández y el “quizá” anterior (“expresión referida quizá a los achaques”) se desprende una duda no cuestionada por Hernández, pues ¿no es muy probable que Gonçalves, humillado y contrario al plan concebido contra su obra, se negara a seguir continuando unos escritos previamente condenados al ostracismo? ¿no puede ser esa actitud rebelde, esa falta de obediencia debida, lo que Gonçalves ambiguamente denomina “particulares miserias”?. Mercuriano le obliga a continuar y, además, para controlarlo, pide que le indique el punto hasta donde había llegado. La tensión es patente, y las causas no pueden ser otras que las derivadas de este asunto del secuestro del Relato, del que seguramente Gonçalves no recibió ningún tipo de explicaciones. ¿Qué razones movieron a la cúpula a tan extraño proceder? ¿cómo entender que se abrieran los trámites para la beatificación de Loyola y a la vez se prohibieran sus escritos?. La respuesta a estas preguntas no se encontrarán hasta la publicación de la Vida de Ribadeneyra, donde se hallan implícitas. Lo cierto es que, a pesar del secuestro del libro, los más de diez años transcurridos entre los primeros manuscritos y la prohibición, parecen ser tiempo suficiente para que se copiara de forma incontrolada, especialmente en España, y más concretamente en Guipúzcoa, Alcalá, Barcelona y Manresa, lugares donde Loyola había dejado en sus
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Deducción chronológica, y analítica, en que por la sucesiva serie de cada uno de los Reinados de la Monarquía Portuguesa, desde el Gobierno del Señor Rey Don Juan III hasta el presente, se manifiestan los horrorosos estragos, que hizo en Portugal, y en todos sus dominios la Compañía llamada de Jesús, por un plan, y sistema, que inalterablemente siguió desde que entró en este Reino hasta su expulsión, en consecuencia de la justa, y sabia Ley de 3 de Septiembre de 1759, Joseph de Seabra de Silva, Madrid, 1788, tomo I, p. 50. 17 Memorial, o.c., p. 16.

comienzos un aura de pureza y renovación, buenos amigos y algunos admiradores de su personalidad y doctrina. DIVERSIDAD DE MANUSCRITOS Ya se ha dicho que Gonçalves, antes de partir para Génova, dejó en Roma una primera copia en castellano de los 8 primeros capítulos. Esta primera versión incompleta y sin prólogos, de gran trascendencia para el Quijote, es lo que podría considerarse como el primer Relato, posiblemente leído hasta por Loyola 18, pues Gonçalves se marcha a Génova en septiembre de 1555, y él muere en julio de 1556. “El 23 de octubre de 1555, Camara abandona Roma para regresar a Portugal, acompañado de Nadal y Ribadeneira que se dirigen a España y Flandes, con un manuscrito español-italiano. Ya entonces corrían algunas copias de la primera parte redactada en Roma. Una segunda copia, en su versión completa español-italiano, la llevaba Nadal; y una tercera, en su parte más extensa redactada en castellano, estaba en manos de Ribadeneira. El manuscrito original de Camara se ha perdido. Hacia 1561, Anibal du Coudray lleva a cabo la traducción latina del manuscrito, que más tarde Nadal se encargará de corregir y prologar: se trata de los códices Instit. 218, con correcciones autógrafas de Nadal, y Vitae 69, copia algo deficiente del anterior pero que incluye el prólogo de Nadal ausente del primero. No más tarde de 1562, Camara, de nuevo en Roma, añadirá las trece adiciones marginales: doce a la parte española, y una a la italiana. Ninguna de estas copias llegó a ser publicada, si bien circularon con carácter interno entre las distintas provincias en que estaba asentada la Compañía de Jesús” 19 Según Monumenta, en la actualidad hay catalogados siete tipos de manuscritos del Relato20

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“Sabemos, con todo, por el testimonio del P. Ribadeneira en el proceso compulsorial de Madrid de 1606, que se hicieron copias de la Autobiografía antes de que el P. Cámara saliese de Roma el 23 de octubre de 1555, y que San Ignacio mandó se diese una de ellas al mismo P. Ribadeneira. Siendo esto así, no parece improbable que San Ignacio viese el escrito del P. Cámara. No aparecen, con todo, indicios de que lo corrigiese o revisase”, OC, BAC, o.c., p. 85. 19 Artal, o.c., p.6. 20 N carece de la introducción del padre L. González, pero contiene íntegro el texto original en castellano e italiano; C contiene la introducción castellana del padre L. González, y sólo la parte en castellano del ACTA, aunque incompleta; Ve contiene, como C la introducción en castellano, y sólo la parte en castellano del ACTA, aunque incompleta; Co carece de introducción y contiene la versión completa de la obra en latín; Co2 contiene añadida al principio la introducción latina del padre Jerónimo Nadal (no la del padre L. González) y la versión íntegra en latín; Post contiene en versión latina la introducción del Padre L. González, la parte en castellano del ACTA, y el texto original italiano de la otra parte Vi contiene en versión latina tanto la introducción del padre L. González, como el resto de la obra completa."

II. VIDA
Al mismo tiempo que la cúpula de la Compañía acuerda el secuestro del Relato y los demás escritos de Gonçalves, se encarga a Pedro de Ribadeneyra la realización de una nueva biografía sobre Loyola. Se dice que Ribadeneyra estaba preparándose desde hacía mucho tiempo para ese momento21 y que, gracias a eso, pudo terminar el libro con bastante rapidez, pues la primera versión latina de la Vida parece estar finalizada a mediados de 156822, y en mayo de 1571 se puso en marcha la idea de imprimirla “La vida de nuestro p. Ignacio se ha escripto en latín, tomando ese trabajo el p. Ribadeneyra, como habrá V. R. entendido por ventura antes de ahora; trátase de imprimirlo, y porque ha de servir para la Compañía en todas partes, la costa que se habrá de hacer en la impresión también habrá de ser común. V.R. escriba al procurador que de esa provincia viniere, dándole comisión de contribuir por su rata, según aquí se acordaren todos los procuradores; que todo el gasto será poco”23 Existen bastantes documentos que acreditan la enorme precaución y sigilo con que se hizo dicha edición, no porque fuera un libro problemático en sí, sino porque venía a ocupar el lugar del Relato, y los jesuitas, antes de su difusión, querían conocer la reacción entre sus propios miembros. Una carta del p. Vázquez al vicario, marzo de 1572, revela claramente ese secreteo <<Con el divino favor son ya acabados de estampar los libros de Vita patris nostri y también la epístola de patribus et fratribus ab Ugonottis occissis etc. Envío a V.R. un libro de la Vida encuadernado y 50 ejemplares de la epístola. También envío a algunos de esos padres el libro, por ser fruta nueva y de Nápoles. El cuidado que V.R. pide de que no se dé el libro a forastero, se guarda y guardará con exacción, cuanto fuere en mi mano. Yo creo que el estampador no queda con ninguno; que 25 que había escondido, ya me los ha dado. Grande diligencia he hecho para que no quede rastro por allá; no sé si bastará. Aquí tengo 500 libros, con mi llave guardados. V.R. podrá dellos o nuestro padre disponer a su contento. De unos pocos que yo hice añadir para esta provincia, doy algunos a estos padres”24 Se aprecian en esta carta excesivas precauciones (cuidado, no se dé, guarda y guardará, cuanto fuere en my mano, no queda ninguno, escondido, Grande diligencia, no quede rastro, llave guardados) y, además, el interés de personas ajenas a la Compañía por hacerse con el libro, como prueba la intención del “estampador” de quedarse clandestinamente con 25 ejemplares. Eso presupone la existencia de compradores y un rumor de fondo en torno a la edición. Precisamente los jesuitas habían decidido que se hiciera en una imprenta alejada de Roma, donde les parecía más fácil evitar la filtración de la noticia y el pirateo del editor.
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"En 1567, San Francisco de Borja comisionó oficialmente a Ribadeneira el redactar la anhelada biografía. El encargo encontró a Ribadeneira muy preparado. Desde 1553 había ido recogiendo notas y tomando apuntes. A raíz de la muerte del fundador intensificó su tarea. Pudo por ello ahora, en breve lapso de tiempo, cumplir su cometido. La redacción estaba ya acabada a principio de 1569" OC., BAC, p. 5.

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FN, IV, p.12. FN, IV, p.13. 24 FN, IV, p.15

El libro apareció en Nápoles en 1572 con el título de “Vita Ignatii Loyolae” y se distribuyó exclusivamente entre los miembros de la Compañía. Desde el principio, al menos aparentemente, gozó de un éxito inmediato entre sus lectores, aunque se conocen bastantes documentos que, como se verá más adelante, indican la existencia de un gran rechazo por algunos miembros de la orden. No obstante, la obra se aceptó con general entusiasmo y, poco después, se aprobó su traducción al castellano con el fin de difundirla entre los hermanos “que están en España y no saben la lengua latina...y otra gente devota”25. Es decir, una vez comprobada la aceptación interna del plan trazado por la cúpula, deciden ampliar su difusión y divulgarla fuera de la Compañía, primeramente en España. Ediciones castellanas Sobre 1577 Ribadeneyra tenía ya lista su propia versión castellana, pero la publicación, a pesar de sus prisas, se fue retardando hasta que en 1583 aparece en Madrid con el título de “Vida del P. Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de la Compañia de Iesus”. Libro que vino a sustituir a todos sus antecesores, también secuestrados, y que desde entonces hasta principios del siglo veinte ha sido la fuente biográfica fundamental sobre Loyola. Lo primero que llama la atención del libro es su tamaño. Frente a la brevedad del Relato, la Vida consta de más de 500 páginas, divididas en 5 libros y tres dedicatorias. En segundo lugar resalta su prosa recargada e innecesaria, también en el polo opuesto a la sencillez del Relato. Y además su contenido, intencionadamente confuso y, en muchas ocasiones, falso. Ya en la primera dedicatoria, al cardenal e inquisidor general don Gaspar de Quiroga, Ribadeneyra agota hasta la saciedad los tópicos de servidumbre y falsa sumisión característicos de este tipo de escritos, aunque haciendo gala de una adulación exagerada e impropia entre dos religiosos. En la segunda dedicatoria, “A los hermanos en Cristo carísimos de la Compañía de Jesús”, expone su intención de decir siempre la verdad y las fuentes que utilizará “Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella, ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí, vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad” Tras esa especie de juramento de fidelidad (“se guarde verdad”), acto seguido nos dice que su primera fuente de información será ante todo su experiencia (“Contaré lo que yo mismo oí, vi y toqué”), cuando del libro se irá deduciendo que las aportaciones personales son muy escasas o dudosas. Después añade esas edulcoradas y redundantes expresiones ("toqué con las manos" "niñez y tierna edad") y el beatón "a cuyos pechos", una hiperbólica metáfora sobre su nacimiento a la espiritualidad. Todo dirigido a adjudicarse, en beneficio de la acreditación de su libro, una convivencia junto a Loyola mayor de la real, pues aunque es cierto que lo "reclutaron"26 sobre los catorce años, nada hay que certifique esa intimidad que constantemente se arroga pues, además de pasar largas temporadas apartado de Roma, la actitud de Loyola respecto a todos sus compañeros, sin excepciones, se caracterizó en esos aspectos por el distanciamiento.
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FN, IV, p.21 Expresión de Meissner. Ignacio de Loyola, psicología de un santo, W.W. Meissner, S.J., Ed. Anaya-Mario Muchnik, Trad. Nora Muchnik, Barcelona 1995, p.244.

A continuación de este primer párrafo menciona su segunda fuente “También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía. Porque, después que ella se plantó y fundó, y Dios nuestro Señor fue descubriendo los resplandores de sus dones y virtudes con que había enriquecido y hermoseado el ánima de su siervo Ignacio, tuvimos todos sus hijos grandísimo deseo de entender muy particularmente los caminos por donde el Señor le había guiado, y los medios que había tomado para labrarle y perficionarle y hacerle digno ministro de una obra tan señalada, como es esta. Porque nos parecía que teníamos obligación de procurar saber los cimientos que Dios había echado a edificio tan alto y tan admirable, para alabarle por ello, y por habernos hecho por su misericordia piedras espirituales del mismo edificio. Y también imitar como buenos hijos al que el mismo Señor nos había dado por padre, dechado y maestro, y que no se podía bien imitar lo que no se sabía bien de su raíz y principio. Para esto, habiéndole pedido y rogado muchas veces, en diversos tiempos y ocasiones, con grande y extraordinaria istancia, que para nuestro ejemplo y aprovechamiento nos diese parte de lo que había pasado por él en sus principios, y de sus trabajos y persecuciones (que fueron muchas) y de los regalos y favores que había recibido de la mano de Dios, nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese. En el cual, después de haber hecho mucha oración sobre ello, se determinó de hacerlo, y así lo hacía, acabada su oración y consideración, contando al padre Luis Gonçález de Cámara, con mucho peso y con un semblante del cielo, lo que se le ofrecía; y el dicho padre, en acabándolo de oír, lo escribía casi con las mismas palabras que lo había oído. Porque las mercedes y regalos que Dios nuestro Señor hace a sus siervos, no se los hace para ellos solos, sino para bien de muchos; y así, aunque ellos los quieran encubrir, y con su secreto y silencio nos dan ejemplo de humildad, pero el mismo Señor los mueve a que los publiquen, para que se consiga en los otros el fruto que El pretende. San Buenaventura dice que cuando el glorioso patriarca y seráfico padre San Francisco recibió las estigmas sagradas deseó mucho encubrirlas, y después dudó si estaba obligado a manifestarlas; y preguntando en general a algunos de sus santos compañeros si debía descubrir cierta visitación de Dios, le respondió uno de los frailes: ”Padre, sabed que Dios algunas veces os descubre sus secretos, no solamente para vuestro bien, sino también para bien de otros; y así teneis razón de temer que no os castigue y reprehenda como a siervo que escondió su talento, si no descubriéredes lo que para provecho de muchos os comunicó” Y por esta razón ha habido muchos santos que publicaron y aun escribieron los regalos secretísimos de su espíritu y las dulzuras de sus almas y los favores admirables y divinos con que el Señor los alentaba, sustentaba y transformaba en sí; los cuales no pudiéramos saber, si ellos mismos no los hubieran publicado; y si el Señor que era liberal para con ellos, comunicándoseles con tanto secreto y suavidad, no lo hubiera sido para con nosotros, moviéndolos a publicar ellos mismos lo que de su poderosa mano, para bien suyo y nuestro, habían recibido; y por esto movió también a nuestro Ignacio a decir lo que dijo de sí. Y todo esto tengo yo como entonces se escribió” Interesa esta parrafada (las negritas indican el contenido y los subrayados la paja) para conocer de una vez el estilo de Ribadeneyra, su excesiva verborrea empleando todo ese espacio para ofrecer solamente dos noticias biográficas procedentes del prólogo explicativo que, sobre 1567, añadió el P. Nadal al Relato. En la primera expone sus orígenes y fines

"Y yo, pensando que aquel fuese el momento oportuno, pido al Padre y le suplico que nos quiera explicar por qué camino le había guiado el Señor desde los primeros días de su conversión, porque aquel relato nos podría servir como testamento y última instrucción del Padre" (R, Prólogo Nadal) Prácticamente lo mismo dicho por Ribadeneyra en la primera línea "También diré lo que el mismo Padre contó de sí a ruegos de toda la Compañía" La segunda información de Nadal es que Loyola acepta tras muchos ruegos la petición y toma a Gonçalves como confidente "Nada respondió el Padre, pero el mismo día, a lo que creo, llama al Padre Luis Gonçalves y comienza su narración. Aquél, dotado de excelente memoria, lo ponía luego por escrito" Ribadeneyra lo versiona así "En el cual, después de haber hecho mucha oración sobre ello, se determinó de hacerlo; y así lo hacía, acabada su oración y consideración, contando al padre Luis González de Cámara con mucho peso y con un semblante del cielo lo que se le ofrecía; y el dicho padre en acabándolo de oír, lo escribía casi con las mismas palabras que lo había oído" A partir de este punto y hasta la última línea, Ribadeneyra, utilizando táctica de camuflaje o mareo de perdiz, ha intercalado entre noticia y noticia tanta fraseología seudo religiosa y tantas “parejas de sinónimos” 27 que es muy fácil, si se desconoce la verdad, perder el hilo argumental. Es decir, entre "lo escribía casi con las mismas palabras que lo había oído" y "todo esto tengo yo como entonces se escribió" ha insertado toda esa palabrería subrayada con el objetivo de despistar a quien ignore la historia, pues las frases quedan tan separadas de sus contextos que resulta casi imposible relacionarlas. Ribadeneyra ha dicho que posee los escritos de Gonçalves, por lo menos el Relato, al que se refiere expresamente al decir “contando al padre Luis González...lo escribía”. Lo dice, pero envuelto en una cortina de humo que durante siglos ha impedido ver la trascendental relación entre ambos libros y la importancia de Gonçalves como único confidente de Loyola. Prueba irrefutable de que estamos ante una estrategia muy meditada son los cambios introducidos por Ribadeneyra en las sucesivas ediciones de la obra. Comparando esos fragmentos comentados, pertenecientes a la edición de 1605, con el correspondiente a la edición de 1583, veremos que los párrafos de relleno no estaban en esa primera edición “También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía. Porque habiéndole pedido y rogado muchas veces, en diversos tiempos y ocasiones, con grande y extraordinaria istancia, que para nuestro ejemplo y aprovechamiento nos diese parte de lo que había pasado por él en sus principios, y de sus trabajos y persecuciones (que fueron muchas) y de los regalos y favores que había recebido de la mano de Dios, nunca lo pudimos acabar con él, hasta el año antes que muriese. En el cual después de haber hecho mucha oración sobre ello, se determinó de hacerlo, y así lo hacía, acabada su oración y consideración: contando al padre Luis Gonçález de Cámara con mucho peso y con un semblante del cielo lo que se le ofrecía, y el dicho padre en acabándolo de oír, lo escrebía casi con las mismas palabras que lo había oído. Y todo esto tengo yo como entonces se escribió”
De la Edad Media a nuestros días, La vida de San Ignacio del P. Ribadeneyra, Rafael Lapesa. Ed. Gredos, Madrid 1967, p. 206
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Puede comprobarse que, aunque la información es la misma y con la misma falta de claridad, aquí todavía no existen los dos grandes párrafos de relleno añadidos después. Por supuesto, esta estrategia se repite otras veces y de distintas formas a lo largo del libro, siempre con la intención de ocultar o difuminar determinados datos, o potenciando la imagen de Loyola a base de efectos propios de la literatura hagiográfica de la época. Veamos algún ejemplo. El Relato se inicia con el comportamiento valeroso del joven militar Íñigo de Loyola en el asedio a la fortaleza de Pamplona por los franceses. Tras caer gravemente herido al pasarle un proyectil entre ambas piernas, la fortaleza se rinde, y los mismos franceses le curan y le envían en una litera a su tierra. Allí, por estar mal operado o por haberse desencajado los huesos en el viaje, vuelve a ser intervenido en dos ocasiones, la segunda con el fin de evitar una cojera pronunciada, y en todo momento sufriendo pacientemente tremendos dolores y estando a punto de muerte. Dice el Relato “la víspera de S. Pedro y S. Paulo, dixeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía contar por muerto. Solía ser el dicho infermo devoto de S. Pedro, y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se començase a hallar mejor; y fué tanto creciendo la mejoría, que de ahí a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte” (R, 3). La frase de Gonçalves “quiso nuestro Señor” es la expresión lógica de agradecimiento que un religioso, o persona de cualquier religión, dedica al Dios a cuya buena voluntad atribuye la mejoría del enfermo. Pero Ribadeneyra transforma esta frase y esta información de primera mano en un auténtico milagro “Crecía el mal más cada día, y pasaba tan adelante, que ya poca esperanza se tenía de su vida; y avisáronle de su peligro. Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesucristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa. Ya parecía que se iba llegando la hora y el punto de su fin; y como los médicos le diesen por muerto si hasta la media noche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese. La cual creemos que el bienaventurado apóstol san Pedro le alcanzó de nuestro Señor. Porque en los tiempos atrás siempre Ignacio le había tenido por particular patrón y abogado, y como tal le había reverenciado y servido; y así se entiende que le apareció este glorioso apóstol la noche misma de su necesidad, como quien le venía a favorecer y le traía la salud” (Vida I, I) Comparado con su fuente, el párrafo sirve de modelo sobre cómo hinchar un texto con intenciones interesadas. Al margen de los muchos tópicos literarios y religiosos propinados por Ribadeneyra, ese “se entiende” aclara sus métodos, ya que con él trata de exculparse de su evidente falsa interpretación, pues en ningún momento sugiere Gonçalves que san Pedro se le apareciera: “quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se començase a hallar mejor” / “se entiende que le apareció este glorioso apóstol” Igual ocurre entre la mejoría del Relato (“quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se començase a hallar mejor”) y la versión magnificada (“fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese”), pues Ribadeneyra transforma esa lógica evolución hacia la mejoría (“se començase”) en un acto repentino y, por lo tanto, anormal y milagroso (“en aquel mismo punto”) Veamos otro ejemplo dirigido a modificar actuaciones y a tergiversar acontecimientos históricos.

Tras volver de Jerusalén, Loyola comprendió su necesidad de estudiar, pues ni pensaba ingresar en ninguna de las órdenes religiosas existentes por parecerles poco rigurosas, ni podía emprender sin estudios el tipo de vida apostólica que tenía en mente así que, tras Jerusalén, decide regresar a Barcelona (1524), y comienza a estudiar y a “ayudar a las almas”. A mediados de 1526, por consejo de sus profesores, marcha a Alcalá de Henares con la intención de estudiar Artes. Vestía con un saco, iba descalzo y no se cortaba las uñas ni los cabellos. Vivía de la mendicidad y predicaba la pobreza evangélica. Enseguida encontró la oposición de la Iglesia-Inquisición, que en menos de un año lo castiga en la cárcel y e abre tres procesos. En el Relato (cap. VI) se especifican con detalles los injustos procedimientos e incluso los nombres de los inquisidores. En junio de 1527, acosado por la Inquisición y con la prohibición de predicar, sale, previo paso por Valladolid, hacia Salamanca donde, poco después de llegar, su confesor dominico le invita a comer en el monasterio de San Esteban. El ágape resultó una emboscada, pues lo retuvieron en el convento por la fuerza durante tres días, y después lo condujeron, junto con su compañero Calixto, directamente a la cárcel. Los sucesos en el Relato se describen así “Confesábase en Salamanca con un frayle de santo Domingo en sant Esteban; y hubiendo 10 ó 12 días que era allegado, le dixo un día el confesor: <<Los Padres de la casa os querían hablar >>; y él dixo: <<En nombre de Dios >>. <<Pues, dixo el confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >>. Y así el domingo vino con Calixto; y después de comer, el soprior, en absencia del prior, con el confesor, y creo yo que con otro frayle, se fueron con ellos en una capilla, y el soprior con buena afabilidad empeçó a decir quán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la postólica; y que holgarían de saber destas cosas más particularmente. Y así començó a preguntar qué es lo que habían estudiado. Y el peregrino respondió: <<Entre todos nosotros el que más ha estudiado soy yo >>, y le dió claramente qüenta de lo poco que había estudiado, y con quán poco fundamento. Pues luego ¿que es lo que predicáis? Nosotros, dice el peregrino, no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman. Mas, dice el frayle, << ¿de qué cosas de Dios habláis? que eso es lo que queríamos saber >>. <<Hablamos, dice el peregrino, quándo de una virtud, quándo de otra, y esto alabando; quándo de un vicio, quándo de otro, y reprehendiendo >>. <<Vosotros no sois letrados, dice el frayle, y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o po el Espíritu santo. No por letras; ergo por Espíritu santo >>. Aquí estuvo el peregrino un poco sobre sí, no le pareciendo bien aquella manera de argumentar; y después de haber callado un poco, dixo que no era menester hablar más destas materias. Instando el frayle: <<Pues agora que hay tantos errores de Erasmo y de tantos otros, que han engañado al mundo ¿no queréis declarar lo que decís? >>. El peregrino dixo: <<Padre, yo no diré más de lo que he dicho, si no fuese delante de mis superiores, que me pueden obligar a ello >>. Antes desto había demandado por qué venía Calisto así vestido, el qual traía un sayo corto y un grande sombrero en la cabeça, y un bordón en la mano, y unos botines quasi hasta media pierna; y por ser muy grande, parescía más deforme. El peregrino le contó cómo habían sido presos en Alcalá, y les habían mandado

vestir de estudiantes; y aquel su compañero, por los grandes calores, había dado su loba a un pobre clérigo. Aquí dixo el frayle como entre dientes, dando señas que no le placía: <<Charitas incipit a se ipsa>>. Pues tornando a la historia, no pudiendo el soprior sacar otra palabra del peregrino sino aquella, dice: <<Pues quedaos aquí, que bien haremos con que lo digáis todo>>. Y así se van todos los frayres con alguna priesa. Preguntando primero el peregrino si querrían que quedasen en aquella capilla, o adónde querrían que quedase, respondió el soprior, que quedasen en la capilla. Luego los frayles hicieron cerrar todas las puertas, y negociaron, según paresce, con los jueces. Todavía los dos estuvieron en el monasterio 3 días sin que nada se les hablase de parte de la justicia, comiendo en el refitorio con los frayles. Y quasi siempre estaba llena su cámara de frayles, que venían a velles; y el peregrino siempre hablaba de lo que solía; de modo que entre ellos había ya como división, habiendo muchos que se mostraban afectados. Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel”. (R, 64-66) Aunque Gonçalves continúa dando más información sobre esta detención, los ofrecidos en los párrafos anteriores resultan suficientes para comprender el rechazo de los dominicos al Relato, su aversión a un texto donde se revela manifiestamente el anticristiano comportamiento de los frailes. Sorprende el lujo de detalles con que Loyola, unos veintisiete años después, recuerda acontecimientos que, a pesar de la aparente moderación del lenguaje, encierran unas precisas e importantes acusaciones. En primer lugar es fácil llegar a la conclusión de que los interrogatorios y la detención de los dominicos se debe a una posible violación del secreto de confesión, ya que la autoexculpatoria advertencia del confesor ( “os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas”) y su posterior coactiva presencia durante los interrogatorios, ratifican una encerrona preparada con su colaboración, pues Loyola sólo llevaba 10 o 12 días en Salamanca y quien mejor lo conocía era ese confesor con el que pasaba varias horas casi a diario. Eso resalta la hipocresía del soprior al inicio del interrogatorio, su actitud afable (“con buena afabilidad empeçó a decir quán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la postólica; y que holgarían de saber destas cosas más particularmente”), cuando desde el principio, y según se desprende de la narración, se trata de una trampa silogística para acusarles de iluminados. Detalles como el ahínco del fraile, el hablar entre dientes, la tácita amenaza contra el silencio, la indefensión y, sobre todo, esa negociación “según paresce, con los jueces”, dejan en evidencia no sólo a los dominicos sino a la justicia y a todo el sistema. Hay además otros datos menos importantes, pero también cargados de crítica, como el meterse con la vestimenta de Calixto, o ese tono soberbio apreciado en el superior: “quedaos aquí, que bien haremos con que lo digáis todo” La opresión sufrida en Salamanca, con 22 días en la cárcel y la prohibición de “difinir de pecado mortal y de venial”, le obliga de nuevo a marcharse, esta vez a París. Allí permanece estudiando desde principios de 1528 hasta mediados de 1535, con esporádicos viajes a Flandes-Londres y con nuevos problemas inquisitoriales (cap. VIII) En conjunto, los capítulos VI, VII y VIII son, en proporción al tiempo narrado, los más extensos del Relato, con cantidad de información minuciosa, fechas exactas, e incluso nombres de inquisidores. De alguna manera estos tres capítulos, por el lugar que ocupan y por su extensión, son el centro del Relato, y aunque prácticamente en ellos no se emiten juicios de valor, la narración exacta y detallada de los acontecimientos va poniendo en evidencia las múltiples irregularidades e injusticias cometidas por la

Inquisición y los dominicos en esas tres ciudades, donde Loyola fue perseguido por predicar una doctrina de humildad y pobreza contraria al adocenamiento de la mayoría. Es posible que Loyola callara otras muchas irregularidades y vejaciones, pero lo cierto es que, con lo poco seleccionado, supo en estos capítulos sintetizar agudamente una denuncia precisa contra los métodos y procedimientos de un sistema jurídico-político dominado por la corrupción de la Iglesia. Es decir, un año antes de su muerte, cuando la Compañía está extendida por todo el mundo y el mismo Loyola había admitido que, para terminar definitivamente con el acoso de que eran objeto en España, algunos jesuitas aceptaran cargos inquisitoriales en Portugal, decide abandonar su diplomático estilo y recordar en el Relato las persecuciones y malas artes de que había sido objeto especialmente por los dominicos. Por eso, una vez muerto Loyola y comprendiendo que la agresividad de la Inquisición no cesaría hasta que los dominicos se vieran complacidos, la Compañía decide iniciar la reconciliación, ofreciendo el secuestro del Relato y su sustitución por la Vida como prueba innegable de su buena intencionalidad. El resto del compromiso se irá conociendo a través de la Vida, donde la labor balsámica de Ribadeneyra se aprecia a simple vista comparando su versión de los sucesos de Salamanca con la del Relato “Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios. Íbase a confesar a menudo con un padre religioso de Santo Domingo de aquel insigne monesterio de San Esteban , y a pocos días díjole una vez su confesor que le hacía saber que los frailes de aquella casa tenían gran deseo de oírle y hablarle; al cual nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana, cada y cuando que se lo mandase. Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas. Fue el día señalado con un compañero, y después de haber comido los llevaron a una capilla, donde se hallaron con ellos el confesor y otros dos frailes, de los cuales uno era el vicario que gobernaba el monesterio en ausencia del prior. El cual, mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves: Mucho consuelo me da cuando oigo decir del ejemplo grande que dais con vuestra santa vida, y que no solamente os preciáis de ser bueno para vos, sino también procuráis que lo sean los demas, y que a imitación de los apóstoles andáis por todas partes enseñando a los hombres el camino del cielo. Y no soy yo solo el que desto me gozo, que también les cabe parte desta alegría a nuestros frailes; mas, para que ella sea mayor y más cumplida, deseamos oír de vos mismo algunas destas cosas que se dicen. Y lo primero que nos digáis qué facultad es la vuestra, y en qué estudios os habéis criado, y qué género de letras son las que habéis profesado? El padre con simplicidad y llaneza dijo la verdad de sus pocos estudios. Pues ¿por qué (dijo él) con tan poco estudio y con solas las primeras letras de gramática os ponéis a predicar? Mis compañeros y yo (dijo Ignacio) no predicamos, padre, sino, cuando se ofrece alguna buena ocasión, hablamos familiarmente lo que alcanzamos de las cosas de Dios. Y ¿qué cosas de Dios son esas que decís? que eso es lo que sumamente deseamos saber. Nosotros (dice) algunas veces hablamos de la dignidad y excelencia de la virtud, y otras de la fealdad y torpeza de los vicios, procurando traer a los que nos oyen a lo bueno, y apartarlos cuanto podemos de lo malo. Vosotros (dijo el vicario) sois unos simples idiotas y hombres sin letras (como vos mismo confesáis); pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios? De las cuales cosas nadie puede tratar con seguridad si no es con teología y dotrina, o alcanzada por estudio, o revelada por Dios. De manera que, pues no la habéis alcanzado por estudio,

señales que os la ha infundido inmediatamente el Espíritu Santo. Y esto es lo que deseamos saber cómo ha sido, y que nos digáis qué revelaciones son estas del Espíritu Santo. Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante. Y aunque el vicario todavía le quiso concluir con la pregunta del Espíritu Santo, y le apretó con vehemencia que le diese respuesta, no le dio otra sino esta: - Yo, padre, no diré más, si no fuere por mandado de superior a quien tenga obligación de obedecer. - Buenos estamos (dice el padre); tenemos el mundo lleno de errores y brotan cada día nuevas herejías y dotrinas ponzoñosas, ¿y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando? ; pues aguardadme aquí un poco, que presto os haremos decir la verdad. Quédanse él y su compañero en la capilla, y vanse los frailes y mandan cerrar las puertas del monesterio; y de ahí a un poco, los pasaron a una celda. Tres días estuvo en aquel sagrado convento con grandísimo consuelo de su ánima. Comía en refitorio con los frailes, y muchos dellos venían a visitarle y a oírle a su celda, que casi estaba llena de frailes; a los cuales él hablaba con mucha libertad y eficacia de las cosas divinas como era su costumbre; y muchos dellos aprobaban y defendían su manera de vivir y enseñar. Y así el monesterio se partió como en bandos, aprobando unos y reprobando otros lo que oían de su dotrina. En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo. El cual, al cabo de los tres días, envió al monesterio su alguacil, y él llevó nuestro Ignacio a la cárcel con su compañero” (Vida I, XV). De entrada Ribadeneyra anula la ironía del Relato tras sus alusiones a las buenas palabras (“mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves”) y convierte la entrevista en un acto de amor donde el prior es un hombre cargado de buenas intenciones y con verdadera admiración a Loyola. El astuto ardid del Relato para ganarse la confianza, ha quedado transformado en un gesto paternalista, bondadoso y sin la cruel intencionalidad original, desdibujada con ese cariñoso insulto: “sois unos simples idiotas y hombres sin letras” En general, Ribadeneyra, aunque ofrece toda la información, la descarga de su fuerza dramática, de la agresividad y aversión del interrogador, transformado en un eclesiástico receloso ante el acoso de la herejía. La misión de Ribadeneyra es claramente justificar la actuación de los dominicos, que mientras en el Relato aparecen descaradamente como los malos, aquí están retratados como los cautos y buenos protectores del catolicismo. En definitiva, lo más silenciado del Relato, su gran tabú aún en nuestros días, son los desafortunados encuentros de Loyola con la Inquisición y el protagonismo de los dominicos. En esos capítulos VI, VII y VIII, el Relato es preciso y, en la sutilísima narración de los acontecimientos, no sólo aparecen claramente los días y veces que estuvo encarcelado, sino que se dejan entrever los motivos injustos, las irregularidades jurídicas, el protagonismo de los dominicos e incluso los gestos iracundos de los inquisidores, y otros detalles que se verán en su momento.

¿Un descuido de Loyola?. Probablemente no, pues, como se ha dicho, el Relato es un libro muy meditado, siguiendo la costumbre que él mismo imponía en sus colegios de reflexionar ampliamente las cosas antes de acometerlas. Además, como también se ha visto, conocía las versiones de sus compañeros sobre estos mismos acontecimientos, por ejemplo, la de Laínez, muy parecida, aunque mucho más diplomática, restando importancia a las persecuciones y rebajando el vergonzoso protagonismo de unas instituciones que aún mantenían los mismos comportamientos e incluso de forma más extremada. Pero él prefirió contar la verdad sin añadir ni quitar nada, incluyendo incluso frases contra la Inquisición que en aquellos momentos nadie se atrevía a publicar "El pelegrino dice que harán lo que les es mandado. Mas no sé, dice, qué provecho hacen estas inquisiciones: que a uno tal no le quiso dar un sacerdote el otro día el sacramento porque se comulga cada ocho días, y a mí me hacían dificultad" (R, 59). Por muy liviana que nos parezca esa insignificante crítica a la Inquisición, no debe olvidarse que, tanto en el momento de pronunciarse (1526) como en el de escribirse (1555), era una auténtica osadía. Pero Loyola se encontraba en Roma, alejado de la Inquisición española y al amparo del papa, por eso no tuvo reparos en escribir una verdad que, de entrada, no iba a publicarse, y mucho menos en España. La realidad fue otra, ya que todos los interesados debieron leer el Relato, donde algunas personalidades, aún con vida, aparecían con sus nombres. La misión de Ribadeneyra fue, pues, modificar y edulcorar todos los acontecimientos de Alcalá, Salamanca y París, haciendo que aquellos jueces no aparecieran como injustos represores, sino como celosos y bondadosos guardianes de una Iglesia católica en estado de alerta. Ahora, por fin, quedaban claras las razones del secuestro y sustitución del Relato por la Vida que, como Ribadeneyra dice en la dedicatoria a sus hermanos, se escribió por encargo, con el mandato de realizar una biografía que aplacara definitivamente el ánimo hostil de los dominicos hacia la Compañía, todavía, como se ha visto, acosada en España por la Inquisición. En suma, la Compañía, para ganar su estabilidad, estaba siendo obligada a realizar un plan en el que se incluían una serie de acontecimientos dirigidos a quitarle históricamente la fuerza revolucionaria y crítica que la figura de Loyola le había proporcionado, sólo así conseguirían la paz deseada, y la beatificación (1609) y canonización (1622) de Loyola, en la que tanto dominicos como Inquisidores jugaban un papel decisivo. La prueba de que toda esta historia fue un pacto acordado entre las dos órdenes y la Inquisición para poner fin a una guerra que los desprestigiaba y no tenía sentido desde el momento en que la Compañía había abandonado su vertiente realmente apostólica, son las dos cartas elogiosas del dominico Fray Luis de Granada que figuran al frente de la Vida desde la edición de 1586. “PARA EL PADRE PEDRO DE RIVADENEIRA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS M. R. P. en Cristo. Gratia et pax Cristi, etc. Vuestra Paternidad me ha ganado por la mano, porque deseaba escribirle y darle las gracias por este libro que los padres de aquí me habían dado como a hijo antiguo, que saben ser yo de la Compañía; el cual he leído y ahora torno a leer la quinta parte, maravillado de la vida y heroicas y admirables virtudes de aquel nuevo espejo de virtud y prudencia, que en nuestros tiempos envió dios al mundo para salud de infinitas almas. A todos mis amigos, sin recelo de lisonja,

he dicho lo que siento deste libro; y es que en esta nuestra lengua no he visto hasta hoy libro escrito con mayor prudencia y mayor elocuencia y mayor muestra de espíritu y doctrina en la historia, y mayor temperamento en alabar su instituto, sin perjuicio de todas las órdenes, antes con grande loa de todas ellas y de sus institutos, y más discretas y concluyentes razones para defender y aprobar los suyos, de cuantos hay en semejantes o desemejantes materias escritos. Y ha propuesto V. P. a todos los hijos de la Compañía un perfectísimo dechado de todas las virtudes del padre della, que ellos trabajarán siempre por imitar; y N.S. pagará a V.P. el fruto deste trabajo, y el beneficio perpetuo que en esto hace a todos sus hermanos presentes y venideros. Y fue cosa muy conveniente hacer V.P. esto en este tiempo, donde da testimonio de muchas cosas como testigo de vista, y otras que pasó con el Padre; y hace más verdadera su historia, pues se escribió en tiempo de tantos testigos de vista, donde no era lícito desviarse un cabello del hilo de la verdad. Por aquí entendido ser verdad lo que dijo Quintiliano, que la elocuencia era virtud y parte de la prudencia, por ser ella prudentia dicendi. Sea nuestro Señor bendito, que guió a V.P. en esta derrota por camino tan derecho, que _ sin envidia alabó su orden y sin querella engrandeció las otras. El cual more siempre en la muy religiosa alma de V.P. con abundancia de su gracia. De Lisboa, víspera de San Juan, de 1584. De V.P. siervo indigno por Cristo, Fray Luis de Granada” De la primera línea se deduce que, tras haber enviado su libro, Ribadeneyra, impaciente, ha escrito previamente a Granada requiriéndole su opinión, ya que según éste se ha anticipado ("ganado por la mano") a su propósito de escribirle. En general se trata de una carta de compromiso en la que, además de los tópicos laudatorios de una crítica interesada, llama la atención enseguida la insistencia de Granada en alabar la prudencia del libro con las otras órdenes religiosas "y es que en esta nuestra lengua no he visto hasta hoy libro escrito con mayor prudencia y mayor elocuencia y mayor muestra de espíritu y doctrina en la historia, y mayor temperamento en alabar su instituto, sin perjuicio de todas las órdenes, antes con grande loa de todas ellas y de sus institutos" "Sea nuestro Señor bendito, que guió á V.P. en esta derrota por camino tan derecho, que sin envidia alabó su orden y sin querella engrandeció las otras" Dos veces resalta este buen trato, pues ese era uno de los objetivos esenciales de la Vida, ensalzar a las restantes órdenes para congratularse y demostrar que entre todas había una buena relación. Por eso Granada se centra en esos logros, olvidándose prácticamente de sus valores literarios o espirituales, pues ha comprobado que Ribadeneyra ha ido retocando todos los puntos previamente acordados, según se deduce de las modificaciones introducidas entre la edición de 1583 y la de 1586. De ahí su interés en comunicarle su satisfacción por la forma en que ha resuelto el problema, pues sin dejar de mencionar los acontecimientos, ha logrado que ni ellos ni la Inquisición, que eran los mismos, aparezcan como represores y poco cristianos. En definitiva, Ribadeneyra, colocando al frente de su libro la carta de Granada y la dedicatoria al Inquisidor general, anunciaba indirectamente que la guerra contra los jesuitas había finalizado. La relación literaria entre Granada y Ribadeneyra es de admiración recíproca, y también de negocio, pues gracias al satisfactorio cumplimiento del pacto, que no sólo significaba el secuestro y sustitución del Relato sino el giro ideológico de la Compañía, Loyola deja de estar en entredicho y se convierte en el santón de libro que buscaban.

Curiosamente, tanto el libro de Ribadeneyra como la Introducción del símbolo de Fe, de Granada, publicada también en 1583, están dedicadas al Inquisidor general Gaspar de Quiroga. El tono de Granada en su dedicatoria es hermanísimo del de Ribadeneyra, no sólo por su lenguaje empalagoso, sino por las acusaciones de pestilentes y malvados que dedica a todos los que no están dentro de la ortodoxia católica, pues su opinión es que "la verdadera y perfecta religión es la nuestra, y que no hay otra fuera de ella"28 Se nota que los tres han juntado la merienda, pues los jesuitas, retirando el Relato, ocultan las graves acusaciones que implícitamente contiene contra los dominicos y la Inquisición, los cuales les corresponden con el cese de los hostigamientos29 a la Compañía, a la que integran en el poder y apoyan en la canonización de su fundador. Granada finaliza la carta ensalzando de nuevo la estrategia de Ribadeneyra y, con su mismo estilo, ratifica la veracidad de la Vida con unos supuestos "testigos de vista" "se escribió en tiempo de tantos testigos de vista, donde no era lícito desviarse un cabello del hilo de la verdad" Señalar, por último, el reproche implícito a Loyola que conlleva la carta, pues elogia a Ribadeneyra porque "sin envidia alabó su orden y sin querella engrandeció las otras". ¿No se aprecia aquí algún resentimiento hacia Loyola por haber hecho lo contrario? Lo cierto es que el objetivo de la carta es claramente la aprobación de la estrategia y no los méritos del libro, y el mismo Granada se dio cuenta cuando comprendió que lo solicitado por Ribadeneyra era el tipo de crítica enviado en la siguiente carta. “DE OTRA DEL MISMO PADRE, RESPONDIENDO A UNA DEL PADRE RIVADENIRA Cuanto toca al libro de V.P., confieso que no dije en la carta (de 23 de Junio) todo lo que siento. El fruto dél será que el padre Ignacio no murió, sino que está tan vivo el retrato de virtud en esas letras, como si lo estuviera entre nosotros, y ahí lo tienen siempre vivo sus hijos para ver en él, no la carne y sangre, sino su espíritu y vida, y ejemplos de virtudes. Y lo que más noté en esta historia, es que el que escribe la vida de un santo ha de participar el mismo espíritu dél para escribirla como conviene; lo cual aprendí, no de Quintiliano, sino de san Buenaventura, que escribe la vida de su padre san Francisco; y como él participaba el mismo espíritu del Santo, así la escribe muy bien escrita, aunque las palabras no sean ciceronianas. Y para decir la verdad sin
Introducción del Símbolo de la Fe, Fray Luis de Granada, Edición de José María Balcells, Ed.Cátedra, Madrid 1989, p.115. 29 “conviene hacer diferencia de lo que toca a la Inquisición, y de lo que toca al gobierno y Instituto de la Compañía; en esto no tienen ellos que meterse, y si los malcontentos se quejan, acudan al Padre general, o al papa que es superior y ha aprobado el Instituto. Lo que toca derechamente a la Inquisición, aunque su Santidad lo pueda acabar como señor supremo, y lo debría acabar si no lo quisieren estos señores hacer, todavía desearía yo que se acabase presto y bien por su mano de ellos, y que para esto aprovechase la autoridad de su S., así porque creo que se acabaría más presto, como porque juzgo que no nos conviene quedar encontrados perpetuamente con la Inquisición, pues no se acabarán con esta causa las demás que habemos de tener con ellos, y las molestias y vejaciones que cada día nos podrán dar si quedan desgustados” (Carta de Ribadeneyra fechada en agosto de 1587). Confesiones, cartas y otros escritos inéditos, P. Pedro de Ribadeneyra, tomo II, Ed. La editorial ibérica, Madrid 1923, p. 79. “Yo he sido hasta agora de parescer que nos debíamos sujetar en todo a la Inquisición; y agora también lo soy en lo que toca a su tribunal, obedesciendo a sus mandatos, y no usando de los privilegios que tenemos más de lo que estos señores quisieren. [...] Mucho quisiera que, pues la persecución es grande y general y tan descubierta, que se hubieran ordenado en toda España algunas oraciones particulares” (Carta al P. Aquaviva, junio 1587). Ib., p. 80.
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lisonja, esto fue lo que más en su historia me contentó, porque en ella vi en el hijo el espíritu de su padre; y porque éste es don del Padre de los espíritus, a él debe V.P. dar las gracias. Y así le confieso, que ninguna cosa hay en la escritura que me desagrade, sino que todas me edifican y contentan; y querría, por una parte, no perdellas de la memoria, y por otra, que del todo se me olvidasen, por leer muchas veces el mismo libro con el gusto que recebí le primera vez que lo leí. Los milagros que V.P. al cabo refiere, son para mí tanto más admirables que los otros, cuanto es de mayor fruto la mudanza de los ánimos que la de los cuerpos. San Bernardo refiere en la vida de san Malaquías, que este santo resucitó un muerto; y después dice que mudó el corazón de una mujer muy brava, y este segundo tiene por mayor milagro que el primero: y tales son los milagros de este santo varón, que son las mudanzas de corazones y vidas, que él y sus hijos han hecho en todas las partes del mundo. ¿Y qué mayor milagro que haber tomado dios á un soldado desgarrado y sin letras, y tan perseguido del mundo, por instrumento para fundar una orden de que tanto fruto se ha seguido, y que en tan breve tiempo se ha extendido por todas las naciones del mundo? Sea, pues, bendito el Autor de tales maravillas; el cual more en el animo de V.P. con abundancia de su gracia. De Lisboa, a 28 de Julio. Indigno siervo de V.P. Fray Luis de Granada” En esta segunda carta, Granada, comprendiendo que con la primera no había cumplido claramente el objetivo deseado, se dedica a ensalzar el libro para, con su autoridad y prestigio, ayudar a que se despejen las muchas dudas y polémicas producidas tras su publicación, sirviendo como certificado de calidad y como testigo de las buenas relaciones existentes entre las dos órdenes. Las anteriores conclusiones sobre las dos cartas de Granada están corroboradas por otras dos cartas que prueban contundentemente la existencia de un montaje sutilmente diseñado por la Compañía. En la primera, el prepósito General Aquaviva comunica a Ribadeneyra (12 de agosto de 1585) su opinión sobre la idea de colocar las cartas al frente de la Vida “y aunque parece conveniente que la carta del p. Fray Luis se ponga en el de romance, pero creo sería bien que la pusiese el librero como de suyo, diciendo dos palabras, que aquella letra ha venido a sus manos y, por parecerle a propósito para la autoridad del libro, la ha querido poner en él; porque con estas o otras semejantes palabras estimo no se faltará a la modestia religiosa. Esto digo porque, como el p. Fray Luis en aquella carta alaba los trabajos de V.R., será sin ofensión de la modestia que el librero mismo la ponga y no vuestra R., a quien toca”30 Aquaviva, consultado previamente sobre la conveniencia de colocar la carta, acepta que se haga, pero como iniciativa del librero, no sólo para que no parezca vanidoso, sino probablemente para tratar de evitar que el gesto se convierta en un símbolo de capitulación de la Compañía. Por eso lo importante era colocarla como idea ajena, para que indirectamente quedara de manifiesto la magnífica relación entre ambas órdenes. La segunda, es la nota de del editor “El impresor al lector. Estándose imprimiendo este libro, vinieron a mis manos estas cartas del muy Reverendo Padre Fray Luis de Granada, de la Orden de Santo Domingo, para el P. Pedro de Ribadeneyra, de la Compañía de Jesús. Hame parecido ponerlas aquí para que el Cristiano lector sepa lo que este
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FN, IV, p. 30.

excelente varón, y por su santa vida y admirable doctrina tan conocido y estimado en el mundo, siente desta presente obra. Y aunque el autor della no quiso ponerlas en la segunda impresión que hizo deste libro, y sé que no ha de gustar dello, todavía me he atrevido a ponerlas en esta tercera, porque el libro no carezca de testimonio tan grave, y el que le leyere deje de gozar del estilo y espíritu del padre Fray Luis, que en ellas (como en todas las demás obras suyas) resplandecen”31 La nota del librero colma las expectativas del plan fraguado, y con tanta precisión que provoca la sospecha de que su autor sea el propio Ribadeneyra, según se deduce del estilo y vocabulario. Y además sirve para comprobar la trascendencia que entre Roma y España se le dio a detalles aparentemente tan insignificantes. En resumen, Ribadeneyra escribe la Vida basándose fundamentalmente en el Relato, al que apenas cita como fuente y del que fundamentalmente hace desaparecer los posibles amores juveniles de Loyola (se verá más adelante), el humanismo primitivo de su camino ascético, las influencias erasmistas, las acusaciones de iluminista y los detalles menos halagüeños de sus encuentros con los dominicos y la Inquisición. Evidentemente el libro no gustó a todos los jesuitas, fundamentalmente en España, y muy especialmente en Alcalá, a quienes todavía en 1584 se dirige el prepósito Aquaviva negándoles la petición del Memorial de Gonçalves que debían haber solicitado "Sintomático es, al respecto, lo ocurrido en el generalato de Aquaviva: la congregación provincial de la provincia jesuítica de Castilla solicitó al general una copia del Memorial; pero Aquaviva la negó en su respuesta de noviembre de 1584. Merece la pena transcribir textualmente esta respuesta, traducida del latín: <<Lo que parecía que se debía dar a conocer, ya se halla en el libro del Padre Ribadeneira; lo restante no es conveniente que ande en manos de todos>>"32 Es precisamente la “congregación” de Alcalá quien solicita el libro. Los jesuitas habían fundado allí en 1546 el "collegii Complutensis S. I". Debió ser Alcalá uno de los lugares donde Loyola fuese más admirado por erasmistas y heterodoxos, pues allí comenzó a predicar, entre 1526-27, ataviado de anacoreta, una doctrina de pobreza y sacrificio más acorde con el Evangelio. Y allí, acusado de iluminista, sufre los primeros ataques de la autoridad episcopal, que le obliga a vestir como estudiante y a no predicar. Es decir, Loyola dejó en Alcalá un recuerdo de persona comprometida con el cristianismo apostólico que predicaba, y eso debió propagar su fama y extender el círculo de sus admiradores, que hasta que no tuvieron la Vida en sus manos no terminaron de comprender la estrategia trazada desde Roma, donde los jesuitas españoles habían perdido poco a poco el poder de dirección de la orden. ¿Qué luchas internas surgieron en la Compañía tras la muerte de Loyola? ¿fue Laínez33 o su sucesor quien decidió secuestrar los escritos de Gonçalves y dar el giro
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FN, IV, p. 57. Memorial, p.28. 33 “Hase pretendido que Laínez modificó profundamente, en esta Congregación, la obra de san Ignacio, <<encauzando el gobierno del Instituto hacia el absolutismo, dándole por ley fundamental la voluntad del superior>>, casi asimilándole a aquellas antiguas comunidades musulmanas, que eran conocidas en España desde hacía mucho tiempo y en las cuales se debió inspirar (Hermann Muller, Les origines de la Compagnie de Jésus, pág. 246-258). Parece indiscutible que las Constituciones aprobadas en 1556 introdujeron algunas modificaciones en el texto primitivo de san Ignacio; pero no fueron sino modificaciones de detalle, conformes con las miras del fundador e inspiradas en su espíritu. Véase E. Joly, Saint Ignace, págs. 185-189 [...] El descontento de los españoles explotó durante el generalato de Claudio Aquaviva, italiano. Querían procuradores y un comisario general para su país, con una autoridad independiente del General. Felipe II apoyó sus pretensiones; Sixto V sostuvo al General [...] Estas

ortodoxo a la Compañía? Habrá que esperar a que la misma Compañía saque a la luz esa parte de la historia reservada hasta ahora para ellos. “Tampoco entraremos a deslindar las amarguras que le produjeron las persecuciones que hubo de sufrir por entonces la Compañía en España, tanto por enemigos de fuera, como por los descontentos domésticos. No todos los jesuitas españoles lanzados de Italia habían llevado este desaire con la resignación que Rivadeneira; algunos de ellos, altamente descontentos, trataban de promover o reformas indiscretas o cismáticas separaciones. Al frente de los descontentos estaba el hipocondríaco Dionisio Vázquez, hombre de carácter duro y altanero, bilioso y áspero, engreído de su saber, y poco resignado con verse reducido a la oscuridad, después de haber sido secretario de san Francisco de Borja. Acudieron estos descontentos al nuncio Hormaneto, remitiéndole memoriales anónimos, primos hermanos del Tratado sobre los males de la Compañía, atribuido al padre Mariana, y no porque Mariana no adoleciera algo de los defectos de Vázquez. Pero si se considera que éste era el jefe de la intriga y el autor de los memoriales dirigidos al Nuncio, cuyo eco era el folleto atribuido a Mariana, se estará en camino, probablemente más acertado, para encontrar a su verdadero autor. Melchor Cano, célebre y profundo teólogo, pero tan bilioso e hipocondríaco como Vázquez, y por añadidura envidioso, había promovido contra la Compañía una persecución tan encarnizada, que escandalizó a todos los hombres de bien, y a los muchos sabios y santos que entonces tenía en España la orden de Santo Domingo. Los venerables Granada y don fray Bartolomé de los Mártires, Soto y otros austeros y sabios dominicos, llevaron muy a mal aquellas agresiones, hijas de resentimientos mezquinos. Los descontentos lograron atraerse a la Inquisición, y el expediente que se formó contra los hombres más notables de la Compañía acarreó también a Rivadeneira no pocos disgustos. El cardenal Quiroga, inquisidor general, formó un expediente, que puede ponerse al lado del otro seguido contra el benemérito y dignísimo arzobispo Carranza por su émulo, el inquisidor Valdés. La Inquisición española quería ser más papista que el Papa, flaqueza habitual de España, entrometiéndose a examinar hasta las bulas y privilegios pontificios, y dándose ciertos aires regalísticos, harto chocantes en aquel asunto. Sixto V no era hombre para sufrir tales atrevimientos, y amenazó al Rey y a la Inquisición. Mandó avocar a Roma el expediente, como había hecho san Pío V con el de Carranza, cruel e inicuamente perseguido en España: mandó devolver a los jesuitas los Ejercicios espirituales, el Compendio de sus privilegios, bulas y demás papeles llevados a calificar al Santo Oficio. Ni Felipe II ni el cardenal Quiroga lo llevaron a bien; pero Sixto V amenazó al cardenal Quiroga con quitarle la mitra, el capelo y el cargo de inquisidor, si continuaba desobedeciendo. En aquella deshecha tormenta cupo gran parte a Rivadeneira: sospechóse que estuviera con Vázquez y los descontentos; luego se sospechó de él por sus relaciones con Quiroga, y cuando cesó de visitar a éste, por evitar sospechas de una y otra parte, el Cardenal tampoco llevó a bien su retraimiento. Rivadeneira se vio precisado a seguir en relaciones con el Cardenal. Afortunadamente para él, su reputación, su energía y su franqueza le hicieron salvar aquellas difíciles
querellas intestinas de la Compañía de Jesús las refiere detalladamente el P. Antonio Astrain en su Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de España” Historia General de la Iglesia, Fernando Mourret, Ediciones Fax, Madrid 1921, tomo V, p. 667 y 670. (En adelante, Hª General)

circunstancias, aunque no sin graves disgustos. En medio de ellos, escribía en castellano correcto y elegante la Vida de san Ignacio, que años antes había publicado en elegante latín [...] En 1589 murió Vázquez, presa de amargos remordimientos y de accesos de locura; al año siguiente murió el papa Sixto V; pero ni cesaron por eso los ataques exteriores ni las intrigas de los descontentos”34 Estos comentarios de Lafuente, acérrimo defensor de Ribadeneyra y del que se le ha pegado el estilo maniqueo y la falta de objetividad en sus conclusiones, ofrece, sin embargo, una muestra de las tensiones internas, además de un dato importante para comprenderlas: “No todos los jesuitas españoles lanzados de Italia habían llevado este desaire con la resignación”. O sea, que tras la muerte de Loyola y el generalato de Laínez, la cúpula, probablemente para poder realizar el cambio de personalidad del fundador y la filosofía de la Compañía, se libró de los españoles enviándoles a su tierra. Esos españoles defensores del espíritu original de la Compañía son los que, lógicamente, encontraron la oposición de la Inquisición y los dominicos, por eso la Vida de Ribadeneyra, como símbolo de un pacto, estaba dedicada al cardenal Quiroga y encabezada por las dos cartas de Granada, pues Ribadeneyra había venido a España entre los “lanzados”, aunque con la misión de solucionar los problemas de aquí. CENSURAS INTERNAS El rechazo a la Vida de Ribadeneyra se manifestó también a través de distintas censuras hechas por sus mismos compañeros. Quizás las más importantes sean las del portugués Teixeira, ampliamente comentadas en el capítulo 14 de la Segunda parte de este libro. En general, la Vida recibió multitud de críticas en todos los aspectos, pero fundamentalmente respecto a su falta de verosimilitud y precisión en los datos, bien por atribuirle a personas hechos que no le corresponden con el fin de engrandecer su figura, o por imprecisiones geográficas, históricas, etc. En la edición de Fontes Narrativi aparecen censuras de 15 autores, cada uno criticando especialmente la parte que conoce, de forma que casi toda la obra queda en entredicho. También la Vida molestó bastante a todos aquellos religiosos contrarios a las distorsiones y fabulaciones en torno a los santos, como lo prueba, por ejemplo, el rechazo que, en la Crónica de la orden de san Benito, hace el padre Yepes a un fragmento de la Vida “el padre Rivadeneira, en el capítulo octavo, da a entender que el bienaventurado Ignacio escribió el libro de los Ejercicios Espirituales cuando vivió en Manresa, y dícelo por estas palabras formales: << En este mismo tiempo, con la suficiencia de letras habemos dicho que tenía (que era solamente leer y escribir), escribió el libro que llamamos de los Ejercicios Espirituales, sacada de la experiencia que alcanzó y del cuidado y atenta consideración con que iba notando todas las cosas que por él pasaron, el cual está tan lleno de documentos y delicadezas en materia de espíritu, con tan admirable orden, que se ve bien la unión del Espíritu Santo haberle enseñado y suplido la falta de estudio y dotrina. Y aunque es cosa muy probada y manifiesta en todo el mundo el fruto que ha traído el uso de estos sagrados ejercicios a la república cristiana por todas partes, con todo esto tocaré algunas cosas de las muchas que se podían decir de su provecho y utilidad.>> Después el padre Rivadeneira va
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Obras escogidas del P. Pedro de Rivadeneira, con una noticia de don Vicente de la Fuente, Biblioteca de autores españoles, Madrid 1952, p.XIII.

prosiguiendo este argumento, y prueba con muy fuertes y eficaces razones que los ejercicios que usa la Compañía han sido un soberano antídoto y medicina para remediar muchas almas y sacarlas de pecado, y como cosa caída del cielo, le han favorecido los Sumos Pontífices. Todas estas cosas las tengo por ciertas y llanas, y que, sin duda, el padre Ignacio compuso el libro de los Ejercicios Espirituales; pero que lo ordenase ahora, cuando era principiante en la villa de Manresa, no es para mí cierto: antes tengo lo contrario por más probable, porque la obra está llena de muchas autoridades de la Sagrada Escritura y doctrina de santos, y ni de ella ni de ellos sabía palabra este bienaventurado varón, y, como confiesa Rivadeneira, no entendía latín, y así es más verosímil que cuando volvió de Jerusalén a Barcelona y después pasó a París y aprendió la Teología, entonces, con las letras y la experiencia, se atrevería a escribir una obra que había de ser vista y leída de tantos. Y si bien que en Manresa se le juntaban personas a quien el santo enseñaba los ejercicios de la vida espiritual, pero, a lo que yo conjeturo, no era porque en esta sazón escribiese el libro de los ejercicios, sino porque se aprovechaba del que escribió fray García de Cisneros, abad de Montserrat, hombre muy docto y espiritual. Esto que afirmo no es sólo conjetura mía, sino que se colige de una tradición que hay generalmente en la Orden de San Benito, emanada y que trae su origen en lo que se practica en Nuestra Señora de Montserrat, donde es público que el libro de los Ejercicios Espirituales fue compuesto por el santo varón fray García de Cisneros”35 También se aprecia en este escrito cierta acritud general hacia Ribadeneyra, además de la clara acusación de falsedad histórica al intentar adelantar la fechas de creación de los Ejercicios espirituales, con el objetivo de anular las posibilidades de que Loyola se hubiera influenciado por otro autor que no fuera Dios. En definitiva, lo más destacable quizás sea el gran secretismo y las precauciones excesivas en torno a este libro que, como ellos sospechaban, levantó ampollas y rechazos en todos los bandos. ESTILO De la falsedad de la Vida participa fundamentalmente su estilo pues, para todo ese trabajo de engaño y verdades a medias, su autor creó una serie de recursos envolventes que, a mi entender, dificultan y hacen plúmbea su lectura. Frente a la sobriedad del Relato choca, desde el principio, su tono acaramelado y humildemente pretencioso, y sus falsos propósitos, pues desde la dedicatoria se promete que el libro será verdadero, breve y de peso. Tres promesas radicalmente incumplidas, tal como demuestra su prolijidad y otros detalles de literato engolado cuya retórica suena siempre vanidosa “Bien veo cuán dificultosa empresa es la que tomo" "y para igualar con mi bajo estilo la grandeza de las cosas que se han de escribir. Mas, para llevar con mis flacos hombros esta tan pesada carga" "aunque por mi poca salud me será grave" arrogándose, desde las primeras páginas, una constante ayuda celestial, una especie de inspiración divina "Comienzo, hermanos en Cristo carísimos, con el favor divino, a escribir la vida"
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Crónica general de la orden de san Benito, fray Antonio de Yepes, estudio preliminar y edición de fray Justo Pérez de Urbel, O.S.B., Biblioteca de autores españoles, Madrid 1960, t. II, p. 194-195.

"Así que todo lo que diremos de nuestro bienaventurado padre Ignacio, manó como río de la fuente caudalosa de Dios" y también una garantía de autenticidad basada en un...yo lo conozco de toda la vida "Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro B.Padre, soy testigo" "bienaventurado varón y padre mío, que me engendró en Cristo, que me crió y sustentó" "en nuestro B.P. Ignacio a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad; pues el Padre de las misericordias fue servido de traerme el año de 1540 (antes que yo tuviese catorce años cumplidos, ni la Compañía fuese confirmada del Papa) al conocimiento y conversación deste santo varón. La cual fue de manera que dentro y fuera de casa, en la ciudad y fuera della, no me apartaba de su lado, acompañándole, escribiéndole y sirviéndole en todo lo que se ofrecía, notando sus meneos,36 dichos y hechos, con aprovechamiento de mi ánimo y particular admiración [...] pude ver y notar, no solamente las cosas exteriores y patentes que estaban expuestas a los ojos de muchos, pero también algunas de las secretas que a pocos se descubrían" Pero lo más criticable del libro de Ribadeneyra es su repetida insistencia en contar la verdad "Y porque la primera regla de la buena historia es que se guarde verdad en ella, ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas o dudosas" cuando el Relato demuestra, como se ha visto y se corrobora más adelante, no sólo que calla cosas muy importantes o las dice a medias, sino que muchas de sus interpretaciones son inciertas. Cuando habla de fuentes, por ejemplo "Escribiré asimismo lo que yo supe de palabra y por escrito del padre maestro Laínez [...] Destos originales se ordenó y sacó casi toda esta historia. Porque no he querido poner otras cosas que se podrían decir con poco fundamento, o sin autor grave y de peso, por parecerme, que aunque cualquiera mentira es fea e indigna de hombre cristiano, pero mucho más la que se compusiese y forjase relatando vidas de santos" Nada tiene que ver esta claridad para mencionar las fuentes aportadas por Laínez 37, con el oscurantismo empleado al referirse a Gonçalves, en cuyo libro se basa realmente "casi toda esta historia". De ahí que resulte sorprendente esa moralina que ha intercalado sobre los cristianos y la mentira. Además de la abundantísima fraseología de la época, Ribadeneyra abusa hasta la saciedad de sinonimias, repeticiones retóricas y demás juegos de palabras, contraviniendo también su repetido propósito de brevedad “entrambas saque el cuerdo lector, de la llaneza y brevedad con que se dicen, la verdad y peso de las mismas” (Al cristiano lector) “Y como tuve tanta cuenta con la brevedad” (Al cristiano lector)
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“Ribadeneyra, quien más tarde sería su primer biógrafo, pícaramente imitaba su cojera a sus espaldas. Ignacio lo descubrió y dijo al bellaco que eligiera su propia penitencia" Meissner, o.c., p.244. 37 Precisamente éste es el escritor más comedido a la hora de informar sobre los procesos e intervenciones de los dominicos contra Loyola, y se puede decir que Ribadeneyra diría la verdad en el caso de que no conociera los escritos de Gonçalves, mucho más fidedignos en todos los aspectos puesto que son, en cierto sentido, una corrección a esos de Laínez que por supuesto conocía muy bien Loyola. Esta aclaración sugiere un tema muy interesante del Relato como última palabra que demuestra el temperamento de Loyola, no plegándose, como Laínez, al silencio o a las verdades a medias, y abriendo una herida o sutil enfrentamiento con su inseparable compañero, precisamente quien sustituye a Loyola como Prepósito General y quien probablemente participa de alguna manera en la historia del secuestro del Relato, que se producirá ya bajo el mandato de Francisco de Borja.

“quise yo tocarlo aquí, y declarar con brevedad” (A los hermanos) “los quales no se pueden referir en escritura tan breve como ésta” (Vida II, XIX) Igualmente abusa del estilo directo, hasta tal punto que pierde toda credibilidad, pues no sólo reproduce entre comillas cantidad de antiguas frases de las que no existen fuentes conocidas, sino que atribuye a Loyola, como se verá en su momento, largos monólogos interiores totalmente inventados por él. Las frases, vacías de contenido y cargadas de dobles y triples sinónimos, se hacen interminables “cuanto pueden los avisan, defienden, rigen, alumbran, mueven y ayudan para lo bueno” (Vida V, XII) “y con las poderosísimas y felicísimas armas de los gloriosos reyes de Castilla y de Portugal se conquistase, allanase y sujetase para grande gloria del Señor y dilatación de nuestra santa Religión” (Vida II, XIX) o de absurdas paranomasias, como “tales telas”, “cosa acaso”, “hombros de hombres”, etc. Igualmente es muy dado a las alegorías militares o marinas “Y trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había texido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad” (Vida I, II) Y mientras que con sus amigos se muestra excesivamente adulador y empalagoso, con sus enemigos es tremendamente cruel. De su estilo podría decirse lo que Hatzfeld apunta del de don Quijote “Don Quijote, en su monomanía hace de la hipérbole y la acumulación de vocablos su modo de expresión normal, y especialmente si habla con supuestos enemigos y contrarios, también hace lo propio con la repetición de los vocablos”38 En general, la Vida es un ejemplo paradigmático de amplificatio, pues está hinchada a base de inútiles divagaciones y cláusulas explicativas que la hacen monótona. Además, lo que en principio iba a ser una biografía encomiástica y pacificadora, se ha convertido en un montaje propagandístico sin precedentes en la historia de las religiones, todo ilustrado con la más edulcorada literatura de púlpito y beatería, y sin ningún respeto a los preceptos esenciales de la tradición humanista ni de la retórica, cuyas reglas impiden introducir lo falso como verdadero en obras didácticas o históricas. En fin, además de una prosa tediosa y sobrecargada, en la Vida abundan adulaciones a la Inquisición y desmedidos insultos a protestantes, musulmanes y judíos39, con lo que Ribadeneyra no sólo cumplió su encargo de retocar algunos aspectos del Relato, sino que colocó a la Compañía de Jesús en la vanguardia opresiva de la contrarreforma, a la vez que despojaba la vida de Loyola de su fuerza revolucionaria. En ese sentido, la Vida se sumó a la moda de los falsos cronicones, en los que supuestos historiadores, en su mayoría eclesiásticos, inventaban santos, milagros,
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El <<Quijote>> como obra de arte del lenguaje, H. Hatzfeld, CSIC, Revista de Filología española, Madrid 1966, p. 223.

“Porque, aunque cuando se instituyó en España la Inquisición pensaban los hombres que se instituía solamente para limpiarla de moros y judíos, porque no sabían las herejías que habían de nacer, pero el Señor que con su eterna presciencia sabe igualmente lo venidero, presente y pasado y quería atajar los daños que dellas a estos reinos podían venir, inspiró y movió a los Reyes Católicos que fundasen y pusiesen en ellos un tribunal que había de ser la defensa, conservación y seguridad dellos, limpiándolos de las suciedades y abominaciones de los judíos y moros con echarlos fuera, y no dejando entrar en ellos las herejias y errores que en nuestros tiempos habían de nacer” (Vida II, XVIII)

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leyendas y todo tipo de tradiciones favorables a la Iglesia. Entre todos ellos destacó la Historia de Toledo, precisamente del también jesuita Román Higuera, cuyas invenciones nadie se atrevió a desmentir hasta mediados del siglo XVIII. Si aquellos cronicones donde la mentira era tan patente no podían ser atacados, ¿cómo atreverse con la Vida de Ribadeneyra y sus más indemostrables falsedades? No hay otra explicación al incomprensible prestigio otorgado durante siglos a este libro, incluido en el Catálogo de Autoridades de la Lengua y considerado como una obra maestra de la literatura religiosa. En Fontes Narrativis, por ejemplo, se ratifica la calidad de la obra con dos ilustres opiniones, la de Menéndez y Pelayo “Es el P. Rivadeneyra uno de los prosistas más dulces, halagadores y amenos de nuestro siglo de oro. En su estilo todo es apacibilidad, discreta llaneza, perfume de beatitud, sabor de cielo, e ingenua y no aprendida elegancia. Con haber mucho arte, está bien disimulado [...] Es el P. Rivadenyra autor más para leído de seguida que para citado y admirado por trozos sueltos”40 y Rafael Lapesa “La Vida de San Ignacio del P. Pedro de Ribadenyra es, sin duda, una de las obras históricas más atractivas del siglo de oro. La técnica humanística, sabiamente aplicada a la vida del fundador y nacimiento de la Compañía de Jesús, da como resultado un tipo nuevo de relato en que la extraordinaria figura del biografiado resalta en toda su vigorosa genialidad. Se aparta del academicismo habitual en la literatura hagiográfica y, frente a la monotonía de ésta, ofrece sabor moderno [...] La crítica ha sido siempre favorable a esta obra, si bien más pronta al encomio que al análisis detenido”41 Sin embargo, M. Bataillon, más objetivo, ya apuntó la falta de credibilidad de Ribadeneyra "Creo que aquí sorprendemos a Ribadeneira en flagrante delito de deformación hagiográfica de los datos tomados de Gonçalves, ya que es muy probable que él mismo sea el "siervo de Dios" al que se refiere. No sólo traslada el hecho al período de Barcelona y de los estudios de humanidades, porque de este modo embellece este período con una emotiva imagen de Ignacio como buen alumno, digno de servir de modelo a los pupilos de los colegios de la Compañía. Sino que además, según Gonçalves, Ignacio rechaza esta lectura a pesar de la autoridad de su confesor, en virtud de una simple prudencia humana, alarmada por las polémicas suscitadas por Erasmo, mientras que según Ribadeneira lo lee dócilmente, sin recelos, del modo más concienzudo como corresponde a un aprendiz de latinista; y sólo por una especie de milagro del instinto ortodoxo desecha el libro, pues el enfriamiento en su devoción producido por esta lectura es lo suficientemente claro y repetido como para hacerle adoptar respecto a Erasmo la actitud hostil que será la de la Compañía. En realidad se comprende que a partir del momento en que Ribadeneira escribió su vida de san Ignacio hubiese querido hacer retirar de la circulación los escritos de Gonçalves"42. Añado también la de Alborg que, a pesar de estar entre dos aguas y una clara corriente dominante, apunta rasgos de objetividad
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Estudios y discursos de crítica literaria, tomo II, p. 65, Edición nacional de las obras de M.Y P., Madrid 1941. FN, IV, p. 48.

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Rafael Lapesa, La Vida de San Ignacio del P. Ribadeneyra, en Revista de filología española, 21 (1934) p. 29. 42 Erasmo y el erasmismo, M. Bataillon, Ed. Crítica, Barcelona 1977, p. 207.

“Lo mismo esta biografía [Ignacio de Loyola] que la de San Francisco de Borja y la del Padre Diego Laynez no son profundos estudios psicológicos, y ni siquiera podríamos decir que frías y objetivas exposiciones de hechos; no es que falseen: lo que queremos decir es que están dictadas por el entusiasmo que al escritor le inspiran sus protagonistas y la misión que desempeña; son obras escritas desde una posición apologética y militante; lo que no apuntamos como demérito, sino para señalar el sentido desde el que deben se justamente valoradas”43 Reseñar, por último, que entre las múltiples modificaciones realizadas por Ribadeneyra en sus sucesivas ediciones de la Vida, las más importantes son algunos añadidos de carácter propagandístico y panfletario contra la herejía, y bastante propaganda a favor de la enseñanza en los colegios de la Compañía. EDICIONES La Vida de Ribadeneyra se editó profusamente tras su aparición y buena aceptación de crítica y venta, de hecho a la edición de 1583 le sucedieron otras en 1584, 1586, 1594, 1595 y 1605. Todas fueron dirigidas por Ribadeneyra, y en cada una fue haciendo retoques reveladores de su oculto cometido. Es muy significativo que a partir de la edición de 1605, es decir, el mismo año en que se publica la Primera Parte del Quijote, la Vida no vuelva a editarse, según Fontes Narrativi, hasta 1863, aunque Lafuente habla de la existencia de una “curiosa y rara” edición de Madrid del año 1622. RIBADENEYRA Y LOS DEMÁS BIÓGRAFOS Ribadeneyra siempre ha sido injustamente considerado como el primer biógrafo de Loyola, un privilegio del que le encantaba presumir y que pretendía en exclusividad “He añadido a la vida de N. P. algunas cosas, que a estos padres han parescido buenas y provechosas. Será lo añadido tanto como cualquiera de los cinco libros. Púseme a hacer esto, por no tener los papeles para la vida de N. P. Laynez. Heme holgado que no se haya vuelto a imprimir este librillo (aunque muchos le desean y tienen por provechoso), porque agora se podrá hacer con más plenitud, si a N. P. no paresciere que lo que me dicen que hace el p. Maffeo es más a propósito, que sí debe de ser; aunque mucho importa, para que la verdad de la historia se crea, el poder decir: - vi, oí, díjome, díjele -. Y pues hablo desto, é sabido que lo quel p. Polanco escribió para que dello se sacase la historia de la Compañía, se dio al p. Maffeo; hay en aquella escritura muchas cosas tocantes a faltas y sindicaciones de padres muy antiguos y graves de la Compañía, como Simón, Mirón, Torres, etc., y no es bien que anden en manos de gente nueva, ni aun de la antigua, pues no ha de vivir esta memoria para siempre”44. En primer lugar se congratula de la no impresión del libro de Laínez, basándose, como siempre, en que al estar incluido en su Vida el resultado será mucho mejor (“con más plenitud”). Pero también menciona indirectamente la existencia de algunos compañeros en desacuerdo con su libro y que requieren el de Laínez (“muchos le desean y tienen por provechoso”). E inmediatamente, menciona, modestamente (“si a N. P. no paresciere”) a Maffei, otro de los biógrafos de Loyola que durante todos estos años
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Historia de la literatura española, I, Juan Luis Alborg, Editorial Gredos, Madrid 1975, p. 1005. FN, IV, p.20.

preocupará a Ribadeneyra y gracias al cual nos revelará su deseo de absoluto y único protagonismo en lo relativo a la biografía de Loyola, pues este Mafeo o Mafei, jesuita joven que no llegó a conocer a Loyola, se empeñó en escribir una nueva biografía (1585) que Ribadeneyra, hipócritamente, espera sea mejor que la suya (“que sí debe de ser”), aunque enseguida trata de quitarle cualquier valor, argumentando sutilmente que la información de Mafei no puede ser tan fidedigna como la suya (”vi, oí, díjome, díjele”). En realidad, lo que trata es de lograr una posición ventajista, imponiendo, como norma infalible sobre la verdad, el conocimiento directo de las personas. No satisfecho con tan malévola descalificación, añade su disconformidad con que se presten a “gente nueva” los escritos de Polanco, (“ni aun de la antigua”), porque su deseo era que todos esos escritos, como ya se ha repetido absorbidos por su Vida, desaparecieran “para siempre” Es tanto su fastidio ante la presencia de Mafei como competidor, que el mismo prepósito general Claudio Aquaviva (sucesor de Mercuriano, muerto el 19-2-1581), se ve obligado a apaciguarlo, diciéndole que no es nada raro hacer otra biografía de Loyola, pues de Cristo hicieron cuatro los apóstoles, y que en todo caso se suprimirá cuanto sea contrario a lo dicho por él “La de V. R. de 30 de 8º recibí, y creo se acordará bien V. R lo que yo gustaba deste trabajo que V. R. ha tomado, tan provechoso a la Compañía, en sacar a luz la vida de la sancta memoria de nuestro padre Ignacio, y así me parece bien que se añada lo que V. R me escribe, y lo que acá se ofreciere que advertir, se avisará a V. R. con brevedad; y no hallo inconveniente de que se torne a imprimir en latín con esta adiciones, pues nunca se notó falta en el latín, sino antes por ventura lo contrario. Y cuando [el P. Maffeo aya acabado] se revea lo que ha escrito el p. Maffeo, se mirará con todo cuidado no haya cosa contraria ni diversa de lo que V. R. hubiere escrito, porque, teniendo cuenta con esto, ya V. R. sabe que no ofende, antes edifica y ayuda escribir muchos la vida de un sancto, y el decir uno lo que otro deja, no es contrariedad, sino muy usado, y así se halla aun en los evangelios”45. El tono tranquilizante y halagador de Aquaviva da idea del malestar de Ribadeneyra, tal vez porque debía estar escuchando muchas críticas que ignoramos, pero de cuya existencia dan cuenta esos compañeros ansiosos por conocer los escritos de Laínez, es decir, deseosos de contrastar las fuentes originales con la Vida. El mismo cuidado en no herir a Ribadeneyra se aprecia en la siguiente carta, en la que Aquaviva de nuevo comienza alabando el resultado final del libro, aunque concluye con la posibilidad de introducir algunas correcciones “Hame sido de mucho consuelo que el trabajo y tiempo que V. R. ha empleado en la nueva edición de la vida de nuestro padre Ignacio de buena memoria aya salido tan bien, cuanto se vee por la mucha satisfacción y contento que a los de allá y acá ha dado. Espero en el Señor que, a medida del contento que da, será también la utilidad que della sacarán todos; y es muy importante, como V. R. me dice por la suya, que en la edición latina se añada lo que tiene añadido la española, para que todos la puedan gozar, aunque me parece que esto se dilate hasta tanto que la española más se comunique, extienda y reciba de todos; y en el entretanto, de acá enviaremos a V. R. algunas cosas que en ella se han advertido que, por ser tocantes al Instituto, converná corregirlas, y restampar solas aquellas hojas que fueren enmendadas, para que en ella no quede cosa en

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FN IV, p. 22.

que se pueda reparar; y entonces se dará orden que por acá se traduzca en vulgar italiano”46 Ribadeneyra está deseoso de expandir su libro con nuevas ediciones (“como V. R. me dice por la suya, que en la edición latina se añada lo que tiene añadido la española) y traducciones, pero los demás parecen tener menos prisa y en parte frenan ese ímpetu, porque a medida que se conoció la versión castellana fueron muchos los reproches a sus incorrecciones, excesos e incluso graves faltas a la verdad. SITUACIÓN ACTUAL Actualmente la Compañía sigue manteniendo casi la misma postura oficial de principios de siglo, consistente en ignorar el asunto, siguiendo con el mismo secreteo en torno a la figura de Gonçalves y el Relato, y la misma exaltación de Ribadeneyra y sus obras “Aunque Ribadeneira conoció a San Ignacio desde 1540, y le trató más o menos en varias épocas de su vida, principalmente le estudió en el trienio de 1552 a 1555. Entonces, mientras el P. Luis González de Cámara sacaba al santo la relación de que ya hemos hablado, Ribadenira averiguaba por su parte lo que podía. Con los apuntes de Cámara, con lo que oyó a los PP. Laínez, Polanco, Nadal y a otros que trataron con Ignacio, y con lo que él mismo observó en el santo patriarca, formó Ribadeneira la primera Vida completa del santo, que es clásica entre nosotros. [...] La primera edición de esta Vida salió en latín, en Nápoles, el año 1572, y se reprodujo en otras ciudades. La Vida castellana, que tiene muchas adiciones y ventajas sobre la latina, salió a luz en Madrid en 1583, y el mismo Ribadeneira hizo en vida varias ediciones. Nos servimos de la edición de 1594, que parece haber sido la definitiva, pues aunque todavía hizo otra Ribadeneira en 1605, no parece que añadió nada a la anterior” 47 La información del historiador Astrain (cuya opinión es que la Vida está toda escrita “con aquel estilo terso, claro y sereno que caracteriza a Ribadeneira”) es totalmente aséptica y acorde con la línea oficial de la orden, hasta tal punto que, en esas fechas, 1912, todavía habla solamente de “apuntes de Cámara”, sin atreverse a decir libro, ni a nombrarlo. Cosa que sí hacen los siguientes historiadores oficiales, aunque el progreso en la tarea de esclarecer los hechos parece escaso “Cuando San Francisco de Borja en 1566 encargó oficialmente al P. Ribadeneira que escribiese la Vida de San Ignacio, mandó que se recogiesen todos los ejemplares existentes del relato ignaciano, y aun prohibió que se leyese y propagase. La razón que daba Ribadeneira de esta prohibición era que, <<siendo cosa imperfecta [en el sentido latino de inacabada o fragmentaria], no conviene que estorbe la fe de lo que más cumplidamente se escribe>>. No fue fácil persuadir a todos del fundamento de esta orden, que algunos atribuyeron a Ribadeneira, el cual necesitó excusarse de esta sospecha. En realidad, el gran interés demostrado por Ribadeneira en que se cumpliese la orden del P. General nos persuade de que la intención de San Francisco de Borja era favorecer al primer biógrafo oficial por él escogido, dando a su obra la mayor autoridad. En ella se contenía toda la sustancia del relato autobiográfico y aun se completaba, llenando las lagunas que se encontraban en él; ¿qué falta hacía, pues, acudir a las fuentes de la Vida? Así creemos que se razonó entonces, y es cierto para el
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FN IV, p. 25. Historia de la Compañía de Jesús, P. Antonio Astrain, RAZÓN Y FE, Madrid 1912, p. XXXII

común de los lectores la obra escrita por el P. Ribadeneira bastaba; en gran parte la Vida por el P. Ribadeneira no es más que la Autobiografía puesta en estilo clásico castellano. La conducta de San Francisco de Borja fue seguida por su sucesor el P. Claudio Aquaviva. La Provincia de Castilla, en la Congregación provincial de 1584, pidió que se difundiesen las cartas y documentos ignacianos que se conservaban en Italia y España, sin mencionar expresamente ningún documento, ni en particular la Autobiografía. A esta petición respondió el General alabando la devoción de la Provincia a San Ignacio, pero diciendo al mismo tiempo que, por lo que a él se refería, bastaba la Vida –entiéndase la escrita por el P. Ribadeneira-, en la cual se contenían las cosas que parecían dignas de comunicarse. Respuesta suficiente para aquellos tiempos”48. Quizás lo más criticable de ese fragmento sea la desafortunada e injusta equiparación entre el Relato y la Vida, y también la conclusión final, tan insuficiente para estos tiempos. NOTICIA BIOGRÁFICA SOBRE RIBADENEYRA Ribadeneyra (nombrado también, sin reparos, Rivadeneyra, o Rivadeneira, etc.) nació en Toledo el 1 de noviembre de 1526, hijo de Alvaro Ortiz de Cisneros y de Catalina de Villalobos. Su verdadero nombre era Pedro Ortiz de Cisneros, hasta que adoptó el apellido de Ribadeneyra tomándolo del origen de su abuela materna, procedente de la gallega riba de Neyra. Muy joven, mayo de 1539, marchó a Roma como paje del cardenal Alejandro Farnesio. En 1540 ingresó en la Compañía, siendo el propio Loyola quien dirige su formación enviándole a los centros culturales más prestigiosos de la época: París, Lovaina, Padua, Roma. Durante algún tiempo fue profesor en Roma y Palermo. También desempeñó cargos importantes de la Compañía en distintos lugares de Italia. En 1574 regresa a España y se instala en Toledo. “Desde entonces, esta ciudad sería la de su residencia habitual, durante treinta y siete años, ocupándose en ella, además de en muchas otras cosas, en escribir y pulir sus numerosas obras literarias. Allá, en la imperial ciudad, asiste al estrado y a las tertulias del culto cardenal-arzobispo Sandoval, y alterna, trabando cultos paliques con los Covarrubias y fray Hortensio de Paravicino, con el conceptuoso Góngora y Baltasar Gracián, con Ercilla y Tirso de Molina... Es amigo, en aquel inefable ambiente toledano, de Cervantes y de Lope, que pena allí destierro por amores adúlteros, y del genial Domenicos Teotocopulos, el Greco, que le retrata más de una vez”. Murió en Madrid el 26 de septiembre de 1611.49 Presumiendo de proximidad a Loyola, Ribadeneyra suele repetir, según se ha visto, que se crió a sus pechos, incluso en ocasiones quiere dejar entrever que era uno de sus preferidos50, como después sus biógrafos no se han cansado de repetir. Sin embargo,
OC, BAC, p. 86. Datos extraídos de las notas notas prologales de Emiliano M. Aguilera a la Vida de san Ignacio de Loyola, Ed. Iberia, Barcelona, 1961. Memorial, o.c., p. 46. Y, FN, IV, p. 52. 50 “Algunas razones de las que se me ofrecen van en ese papel [el editor señala que perdido]; y van con esta notadas; no las más graves y que a mí me hacen más fuerza, porque estas no son para carta, ni yo las podría decir sino de palabra a V.P.; pero las que escribo me parecen tan fuertes y tan evidentes, que formaría escrúpulo de consciencia si yo aceptase la prepositura de la casa de Toledo [...] suplicarle que considere las razones que van en este papel y las apruebe, y con su mucha caridad me libre desta congoxa y cuidado y de cualquier otra de ser superior: pues aunque yo no lo merezca, lo merece la memoria de nuestro sancto Padre, que tanto me quiso, y la Compañía a quien yo he servido tantos años; y no lo desmerece la voluntad que he tenido y tengo de servir a V. P.; y la imposibilidad y mi poca salud y
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los hechos no corroboran esas apreciaciones. Es cierto que ingresó muy joven en la Compañía y de la mano de Loyola, pero pasó parte de esa juventud estudiando fuera de Roma, y posteriormente realizando trabajos en distintos lugares de Europa. Pero además, el trabajo excesivo y el propio temperamento de Loyola hacen prácticamente imposible una predilección que él hubiera considerado como una reprobable debilidad. Por otro lado, sus biógrafos insisten en destacar que Ribadeneyra, desde hacía tiempo, venía recogiendo datos sobre la vida de Loyola con el fin de hacer una biografía. Algo también dudoso pues, cotejando sus informaciones con las de sus fuentes, puede comprobarse que sus aportaciones personales son muy escasas. En realidad, para escribir la Vida, lo que realmente utilizó Ribadeneyra no fueron sus notas ni su memoria personal, sino los cuadernos de Gonçalves y todos los escritos existentes hasta entonces sobre Loyola, de los que dispuso a su antojo según él mismo comenta en varias ocasiones. De todas formas, si se consideraba el predilecto y llevaba toda su vida preparándose para ser el biógrafo ¿cómo debió sentirse cuando, contra todo pronóstico, Loyola escogió a un portugués al que, en comparación, apenas conocía?

muchos años, me excusan y me pueden con razón eximir deste y de otros semejantes trabajos, como yo lo confío de la gran benignidad de V.P. En cuyas sanctas oraciones y sacrificios mucho me encomiendo. Madrid 18 de Junio 1594, y veinte años justos que el mismo día salí de Roma para España, para buscar un poco de salud y descansar de tantos trabajos pasados” Confesiones, cartas y otros escritos inéditos, P. Pedro de Ribadeneyra, o.c., p.178.

III. CERVANTES

“he hallado que la materia que ofrecen las acciones de Cervantes es tan poca, y la de sus escritos tan dilatada, que ha sido menester valerme de las hojas de éstos para encubrir de alguna manera, con tan rico y vistoso ropaje, la pobreza y desnudez de aquella persona dignísima de mejor siglo; porque, aunque dicen que la edad en que vivió era de oro, yo sé que para él y algunos otros beneméritos fue de hierro. Los envidiosos de su ingenio y elocuencia le murmuraron y satirizaron. Los hombres de escuela, incapaces de igualarle en la invención y arte, le desdeñaron como a escritor no científico. Muchos señores, que si hoy se nombran es por él, desperdiciaron su poder y autoridad en aduladores y bufones sin querer favorecer al mayor ingenio de su tiempo. Los escritores de aquella edad (habiendo sido tantos), o no hablaron dél o le alabaron tan fríamente que su silencio y sus mismas alabanzas son indicios ciertos o de su mucha envidia o de su poco conocimiento”51

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Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, fragmento de la Dedicatoria “Al Exmo. Señor don Juan, Barón de Carteret”, G. Mayans, OC.

Mi intención en este apartado biográfico es apuntar solamente parte de la información existente sobre Cervantes y la Compañía de Jesús, y especular brevemente sobre las posibles razones de Cervantes para enfrentarse a ella. En realidad, la sombra de la Compañía ha planeado siempre sobre toda la obra de Cervantes y, en varias ocasiones, la figura de don Quijote se ha asociado, desde su publicación, con la de Loyola. Ya en 1610, con motivo de las fiestas organizadas en Salamanca en honor de la beatificación del fundador de la Compañía, recorrió las calles de la ciudad una máscara <<a la picaresca, denominada “El triunfo de don Quijote”>>52. “Rodríguez Marín encontró la figura de don Quijote en diez festejos que tuvieron lugar entre 1605 y 1621 en ciudades como Valladolid, Córdoba, Sevilla, Salamanca, Baeza, Zaragoza o Utrera, lo que da clara muestra de esa rápida expansión, así como del entronque popular que enseguida adquirió el texto cervantino”53 También “en 1688, un escritor anónimo determinaba que el héroe del Quijote era una caricatura de Ignacio de Loyola, creencia aceptada por Voltaire en el siglo siguiente” 54. Posteriormente Bowle55, Villegas y Unamuno, entre otros, defendieron esa misma relación, aunque sin aportar pruebas irrefutables que hubieran permitido seguir en esa línea. Más recientemente Marco Corradini56 ha profundizado muy acertadamente en el mismo camino emprendido por Unamuno. Casi todos han insistido en la posibilidad de que Cervantes estudiara en alguno de los colegios de los jesuitas, basándose fundamentalmente en la referencia a la Compañía que se hace en el Coloquio de los perros. Menéndez Pelayo, Agustín G. De Amezúa, Navarro Ledesma o el jesuita Miguel Cascón, entre otros, sostienen que Cervantes “fue casi de fijo uno de los discípulos, a quien la lectura y enseñanza de los Padres aprovechó. Miguel asistía a una de las aulas. Sólo habiendo en ellas aprendido lo que de aprenderse fuera, y obligado por la gratitud, pudo el perro <<Cipión>> decir cuanto dijo desa bendita gente. Reflexión que no pierde nada, por haberla puesto su autor en boca de un perro locuaz” 57 Los jesuitas, como se ve en ese ejemplo, han defendido a partir del siglo XX esta hipotética teoría, contraria, sin embargo, a la seguida en épocas anteriores "Los jesuitas en sus escuelas tronaban contra Cervantes tachándolo de hereje. El Padre Miguel Mir, quien abandonó la Compañía de Jesús, en 1891, pero conservó su condición de sacerdote, relata que en cierto colegio se celebró un
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El triunfo de don Quijote: una máscara estudiantil burlesca de 1610 y otras invenciones, Catalina Buezo, Anales cervantinos XXVIII, CSIC, Madrid 1991. 53 Lecturas del Quijote, Ascensión Rivas Hernández, (Siglos XVII-XIX), Ediciones Colegio de España, Salamanca 1998, p. 11.
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Información generosamente comunicada por Jaime Fernádez, S.I., a quien pertenece la traducción del texto, procedente de Drake, Dana B.; Finello, Dominick L.: An Analytical and Bibliographical Guide to Criticism on Don Quijote (190-1893). Newark (Delaware): Juan de la Cuesta, 1987 (248 págs), p.2. Desde aquí mi agradecimiento. 55 Mi información es de oídas. 56 El santo y el caballero. De la “Vida del padre Ignacio de Loyola” al “Don Quijote”, Marco Corradini, Studi di letteratura Ispano-Americana, nº 28/29, 1996, Milano. En este artículo Corradini demuestra clara y rotundamente los paralelismos existentes entre los primeros capítulos del Quijote y la Vida de Ribadeneyra. Agradezco a Jaime Fernández S. J. el conocimiento y el envío de este texto totalmente acorde con las fuentes que defiendo, aunque no así con las conclusiones. La traducción del italiano es de Ana Díaz Mateos, desde aquí mi agradecimiento. 57 "Los Jesuítas según Cervantes", Miguel Cascón, S.J., BBMP, XXIII, 1947.

auto de fe o quema de libros heréticos. Uno de los arrojados a las llamas fue el Quijote, y, al lanzarlo se pronunció el anatema: <<Por hereje, por impío, por...liberal!>>"58 Lo cierto es que, probablemente, Cervantes estudiara en algún colegio de la Compañía pues, como argumentan los propios jesuitas, en casi todas las ciudades en que hipotéticamente residió durante esos años existían colegios. En Alcalá de Henares tenían colegio con clases de gramática desde 1547, año en que allí nació Cervantes. En 1552 se supone que vivía con sus padres en Valladolid y poco después en Córdoba. En 1564 su padre, Rodrigo de Cervantes, se declara médico cirujano en la ciudad de Sevilla59, y en 1566 se instala en Madrid. Ciudades todas donde estaba asentada la Compañía. Eso permite suponer también que Cervantes convivió con gente muy relacionada con la orden, profesores y compañeros con los que estudió e hizo amistad en unas fechas de máxima exaltación de la figura de Loyola, cuya muerte se produce cuando Cervantes tiene nueve años, de forma que vivirá de cerca esa década en la que en España se pasa del entusiasmo y emoción de leer el Relato, obra póstuma del rebelde fundador de una orden encaminada a la rehabilitación espiritual de la Iglesia, a su secuestro. Es decir, durante los años en que Cervantes probablemente estudia en la Compañía, se produce en ella el cambio de una filosofía humanista cercana al erasmismo por una integración en la ortodoxia60. El símbolo más significativo, la prueba más irrefutable de lo que había sucedido fue la sustitución del Relato por la Vida. No es difícil imaginar cuál sería la posición de Cervantes, sus simpatías al respecto, pues su siguiente maestro en el Estudio de la villa de Madrid es Juan López de Hoyos, conocido erasmista y, por lo tanto, ideológicamente muy próximo al Loyola peregrino. Sea o no cierto que Cervantes estudiara en su juventud con los jesuitas, lo que sí hay que resaltar es la diferencia entre el ambiente y los estudios de aquellos primeros colegios, situados ideológicamente próximos al erasmismo, y los que surgirán tras la metamorfosis de la orden. En ese sentido podría decirse que el erasmismo cervantino, brillantemente defendido por Bataillon, A. Castro y A. Vilanova, entre otros, tuvo sus raíces en los colegios de la primera Compañía y su continuidad en el maestro López de Hoyos, con quien Cervantes compone, entre 1567-1568, sus primeros poemas conocidos. Después se le pierde la pista y sobre 1569-70, según algunos documentos y la información ofrecida por él mismo en la dedicatoria de La Galatea, se encuentra en Roma como camarero del cardenal Julio Acquaviva61. Este es prácticamente el primer dato biográfico que Cervantes nos ofrece en sus obras, y lo hace rememorando aquella etapa de Roma de la que poco más se sabe, pues se

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Más sobre la cultura de Cervantes, Ludovik Osterch, anales cervantinos, tomo XXVIII, CSIC, Madrid 1990, p.153. 59 “conviene recordar que Cervantes estuvo en la cárcel real de Sevilla en 1597 –abril 1598, sin contar otra posible estancia en la ciudad en 1602-03. Y de la cárcel era capellán desde 1578 el jesuita Pedro de León (n.1545), alumno a su vez de los jesuitas de Sevilla en 1563-65, es decir, cuando se supone que pudo serlo Cervantes. Entre 1589 y 1603 recorrió o residió en diversas localidades andaluzas. Es muy improbable que no se hayan encontrado alguna vez” Cervantes y los jesuitas, José Martínez-Escalera S.J., anales cervantinos XXXV, Madrid 1999, p. 295. También este artículo y otros relativos a la relación Cervantes-jesuitas, me han sido amablemente señalados por Jaime Fernández S.J.

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“A partir del concilio de Trento, dice Gabriel Monod, no se puede separar ya a los jesuítas de la Iglesia. Ellos son la expresión más completa, más intensa y más concentrada del espíritu del catolicismo” Historia General de la Iglesia, o.c., p. 664. 61 Julio de Acquaviva y Aragón (1546-1574), camarero del papa Pío V.

ignora hasta el tiempo que duró aunque, en todo caso, nunca más de dos años, ya que también es irrefutable que el 7 de octubre de 1571 participó en la batalla de Lepanto. ¿Fue durante su estancia en Roma cuando conoció la existencia del Relato y su posterior secuestro, o ya se había informado en España? Recordemos que en Roma, desde 1555, corrían copias del manuscrito castellano, y que los jesuitas comenzaron a retirarlo sobre 1567, es decir, alrededor de dos años antes de la llegada de Cervantes que, precisamente, trabaja en Roma al servicio de un cardenal relacionado con la Compañía, por lo que probablemente, y dado su rango eclesiástico, se hiciera con alguna de esas copias que habían circulado libremente durante casi doce años. Existen muchas razones para pensar que a Cervantes le atrajera la lectura de ese libro, cuyo interés general se debió acrecentar inmediatamente tras su censura, pues era la biografía de un español muy famoso en su época y especialmente en Alcalá, donde había nacido y vivido Cervantes y donde algunos años antes, como ya vimos, Loyola fue por primera vez perseguido y encarcelado por la Inquisición, y donde lógicamente había dejado un recuerdo heroico entre los erasmistas y un aire de espiritualidad muy afín a ellos y a las demás corrientes heterodoxas62. No es, pues, de extrañar que fuera Alcalá, en los años de la prohibición del Relato, el núcleo de la rebelión contra Roma, ni que Cervantes, a caballo entre Alcalá, Madrid y Roma, estuviera al tanto de lo que ocurría. En el Quijote se demuestra sobradamente que Cervantes no sólo leyó el Relato y la Vida, sino que prácticamente los conocía de memoria, de ahí que mi intención, por ahora, no sea corroborar ese conocimiento, sino teorizar sobre el momento en que se produce, probablemente durante su primera visita a Roma, o algunos años antes en España, donde también desde 1555 debieron, quizás con mayor profusión, multiplicarse las copias de un libro que había despertado expectación tanto por la figura de su protagonista como por las críticas indirectas contra los dominicos y la Inquisición española. En resumen, tanto en España como en Roma, Cervantes se encuentra próximo a un círculo de personas cultas, heterodoxas y admiradoras de la obra de Loyola y, por tanto, posibles poseedores de copias de un libro con el que los jesuitas, al principio, se sintieron muy felices y, aunque con cautela, debieron mostrar a sus más íntimos, favoreciendo la multiplicación incontrolada, especialmente porque su brevedad lo permitía. Cuando algunos años después ellos mismos, incluso con fuerte oposición interna, comienzan la labor de recogida, ya era demasiado tarde para hacerse con la totalidad del número indefinido de ejemplares existentes. También en Roma es lógico pensar que Cervantes se relacionara con algunos jesuitas, muchos de ellos españoles y procedentes de Alcalá y otras ciudades relacionadas con Cervantes. ¿Existe, por ejemplo, algún parentesco entre el P. Diego Laínez, compañero de Loyola, y Pedro Laínez, amigo de Cervantes en España y Nápoles 63? ¿no es lógico pensar que algunos amigos de Cervantes, de Alcalá o Madrid, atraídos por la fama de Loyola64 ingresaran en la Compañía? ¿no asegura Aguilera, aunque sin documentar, que Ribadeneyra era amigo de Cervantes?65
Allí la Inquisición le acusó de erasmista e iluminista. Según Canavaggio (siempre parco en documentación) Cervantes satisfizo sus ansias de lectura tanto en Roma, junto a Acquaviva, como en Nápoles, “donde su amigo Laynez parece haberlo presentado en varios cenáculos” Cervantes, Jean Canavaggio, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1992, p. 81. 64 De la fama dejada por Loyola a su paso por Alcalá da cuenta el mismo Ribadeneyra en su biografía del P. Laínez: “De Alcalá se fue la universidad de París, así por pasar adelante en sus estudios, como por ver a nuestro beatísimo padre Ignacio, de quien había oido contar muchas cosas admirables en Alcalá (donde
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El caso es que él se encuentra en Roma en aquellos momentos en los que la Compañía está secretamente intentando hacer desaparecer el Relato para sustituirlo por la Vida latina de Ribadeneyra que, rodeada de no menos misterio, se imprime en Nápoles en 1572, año en el que precisamente se sitúa a Cervantes entre esa y otras ciudades próximas de la costa italiana, donde permanece hasta 1575, cuando de vuelta a España es hecho prisionero por los berberiscos y comienza sus cinco años de cautiverio en Argel, donde también hace amistad con personas relacionadas con la Compañía: “Entre los amigos de Cervantes en Argel destaca no por azar Antonio Veneziano, más o menos de su edad. Un hombre que había llevado una vida irregular y aventurera [...] Leonardo Sciascia, que ha estudiado a Veneziano, habla también de <<irreverencia>> en materia religiosa, pese a su pasado de seminarista con los jesuitas” 66 ¿Llegó Cervantes a conseguir en Nápoles algún ejemplar latino de la Vida? ¿lo conservó durante su estancia en Argel? De nuevo estamos ante una incógnita de difícil resolución y de la que se tratará ampliamente más adelante, baste por ahora saber que probablemente Cervantes poseyera una Vida de Ribadeneyra en latín pues, dada la influencia de este libro tanto en el Quijote como en La Galatea, sería prácticamente imposible que esa novela se hubiera empezado a escribir a partir de 1583, año en el que se publica en Madrid la primera versión castellana de la Vida. Incluso se sabe documentalmente que Cervantes, rescatado por los Trinitarios en 1580, estaba escribiendo La Galatea en 1582, “como se infiere de una carta dirigida desde Madrid, el 17 de febrero, <<al ilustre señor Antonio de Eraso, del consejo de Indias, en Lisboa>>”67 “me entretengo en criar a Galatea, que es el libro que dije a vuesa merced que estaba componiendo. En estando algo crecida, irá a besar a vuestra merced las manos y a recibir la corrección y enmienda que yo no le habré sabido dar” Hacia finales de 1584 la Galatea “ya estaba concluida hacía casi un año, a juzgar por la aprobación y el privilegio que figuran en sus preliminares, fechados ambos en febrero de 1584”68 La Galatea, (comentada más adelante en un apartado con ese mismo epígrafe), estaba pues finalizada, como muy tarde, entre los últimos meses de 1583 y el primero de 1584, momentos en que ya pudieron leerla quienes dieron su aprobación. Es decir, que la enorme relación existente entre esta aparente novela pastoril y la Vida de Ribadeneyra tenía obligatoriamente que haber surgido de la versión latina. En definitiva, a su vuelta de Argel, Cervantes se puso inmediatamente a trabajar en La Galatea, la obra con la que iniciará su lucha secreta contra la nueva Compañía. Poco más se sabe, por ahora, de sus movimientos, aunque se le supone entre Madrid, Valladolid, Alcalá y Toledo, ciudades con colegios de la Compañía y focos importantes de problemas internos. Añadir que Ribadeneyra, desde febrero de 1574, se encontraba en Toledo y realizaba continuos viajes a Madrid, y que en 1583 a Cervantes se le supone entre Madrid, Alcalá y Toledo 69
estaba muy fresca su memoria)” Vida del Padre Maestro Lainez, segundo Prepósito General de la Compañía de Jesús, BAE, o.c., p. 124 65 “Es amigo, en aquel inefable ambiente toledado, de Cervantes y de Lope” Vida, Ed. Iberia, o.c. 66 Tras las huellas de Cervantes. Perfil inédito del autor del Quijote. Rosa Rossi, Ed. MINIMA TROTTA, Madrid 2000, p. 44. 67 Don Quijote de la Mancha, Edición dirigida por F. Rico, Ed. Instituto Cervantes-Crítica, Barcelona 1998, tomo I, p. CCLIII. (En adelante, Rico) 68 La Galatea, Ed. Sevilla- Rey, o.c., p.III
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Jaime Sánchez Romeralo analiza un documento firmado por Cervantes en Toledo el 18 de mayo de 1595, donde interviene como testigo a favor de su cuñado Francisco de Palacios Vozmediano en un

¿POR QUÉ LA COMPAÑÍA? Al margen de la posible existencia de algunas razones personales que estimularan la intromisión de Cervantes en los asuntos de la Compañía, ¿a qué se debe que la escogiera como leimotiv de, prácticamente, toda su obra? ¿por qué es tan importante el secuestro y sustitución del Relato? La respuesta está en la Vida. Cualquiera que, objetivamente, conociendo a fondo el Relato, lea posteriormente el libro de Ribadeneyra, sentirá un fuerte rechazo por la inmediata sensación de adulación y retórica que transmite, tanto en su contenido como en su expresividad. Aunque lo peor es el resultado general, la enorme desemejanza existente entre la personalidad de Loyola emanada del Relato y la resultante de la Vida. Unamuno, que no llegó a conocer el Relato, identificó a Loyola con don Quijote, pero no a través del libro de Ribadeneyra, sino a través de la memoria popular y de los escritos del propio Loyola, tan ajenos a esa suntuosidad que, desde la aparición de la Vida, ha rodeado su figura “Ya ves, Don Quijote, que es un vasco el que ha ido a buscarte a tu Mancha y te arremete porque le regateaste lo de ser caballero. Y ¿cómo, contemplando a un vasco, y de Azpeitia, no recordar una vez más a aquel otro caballero andante, vasco, y de Azpeitia también, Ïñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, del solar de Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No culmina en él nuestra casta toda? ¿No es nuestro héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por nuestro? Sí, nuestro, muy nuestro, muy más nuestro que de los jesuítas. Del Íñigo de Loyola han hecho ellos un Ignacio de Roma, del héroe vasco un santón jesuítico” 70 ¿Qué ocurrió en la Compañía para que se diera aquel giro?. Ya hemos visto que el Relato es el fruto de una tradición que los compañeros de Loyola se encargaron de perpetuar no sólo a través de escritos, sino también de forma oral, tal como corresponde al héroe vivo que los jesuitas veían en su fundador. El Relato es el testamento de ese héroe que, ya en los últimos momentos de su vida, decide transmitir, como legado, el ejemplo de su trayectoria espiritual, ofreciendo, ante todo, la verdad como bien más preciado de esa testamentaría y sin tener en cuenta las consecuencias que previsiblemente podría acarrear pues, aunque la Compañía había sido confirmada por el papa y gozaba de la misma legalidad y derechos que las demás órdenes religiosas, tanto en España como en Portugal seguía estando duramente acosada por la Inquisición, que se negaba a aceptar incluso los dictados de Roma, de ahí que en distintas ocasiones los sucesivos papas se vean obligados a dictar nuevas bulas de confirmación de la Compañía, llegando a amenazar con la destitución e incluso la excomunión a quienes las incumplieran. Es decir, la situación de la Compañía en Roma, donde en poco tiempo se había convertido en un brazo importante del papado, era muy distinta de la de España, donde la Inquisición y los dominicos no habían olvidado quién era su fundador, ni su fama de hereje, ni su enorme reputación entre la gente, ni, probablemente, la enorme expansión e importancia que había logrado su orden en tan poco tiempo. Por todas esas cosas, Loyola seguía mal visto en las esferas
asunto de limpieza de sangre. J. Sánchez asegura que el documento certifica esta presencia: “contra las presunciones de todos sus biógrafos, el 18 de mayo de 1595 el glorioso escritor estaba en Toledo [...] para que declare como primer testigo en la información de bautismo y confirmación” que exigían a su cuñado “para ser admitido a examen de primeras órdenes en la Santa Iglesia de Toledo” (59). También deduce J.S. Romeralo que Toledo fue, como Sevilla, Madrid o Valladolid, un ámbito más de Cervantes. “Una desconocida declaración de Cervantes”, Anales cervantinos, XI, 1972, p. 59 y sgts. 70 Vida de don Quijote y Sancho, Miguel de Unamuno, Colección Austral, Madrid 1971, p. 48.

del poder, como puede comprobarse en la censura realizada por Fr. Tomás de Pedroche a la primera edición de los Ejercicios Espirituales “Este Ignacio o Íñigo de Loyola, según es fama, fue notado en la Inquisición por hereje, uno de los dejados y alumbrados. El cual Íñigo o Ignacio se fue huyendo a Roma para escaparse de la Inquisición e inquisidores [...] fue español, y fue de tan pocas letras, que no supo ni fue bastante para escribir estos ejercicios y documentos en latín, sino en romance y lengua española. Item más, se ha de notar y ponderar que más de la experiencia interior de su pecho y de la interior unción del Espíritu Santo que no de los libros, sacó y compuso el dicho Ignacio o Íñigo estos ejercicios y documentos espirituales. Lo cual sabe, y no poco, a la fuente de los dejados y alumbrados”71 La voluntad capciosa del censor es evidente, pues basa los argumentos de su censura en la fama de hereje (nunca demostrada en los sucesivos juicios) que anteriormente la Inquisición le había otorgado a Loyola. No es, pues, de extrañar que él, en los últimos años de su vida, siguiera, como ya vimos, negándose a que los miembros de la Compañía aceptaran cargos inquisitoriales, según consta en una de las notas recogidas por Gonçalves el 10 de junio de 1555 72. Y poco después, Gonçalves, refiriéndose a la nota anterior, transmite la opinión de Loyola “Que nuestra vocación era ayudar las ánimas por vía de humildad, y así que no le parecía se tomase la inquisición” 73 El Memorial concluye este asunto con una última anotación de Gonçalves “Hoy me comentó el Padre qué había sentido en lo de la inquisición: a saber, muy a disgusto al principio; después, habiendo hecho oración (...) hallaba duda, y se inclinaba por los trabajos y persecuciones que causan a la Compañía en España; y por eso lo confió a seis, de los que cinco lo aprobaron; al sexto, Laínez, no le parecía así, pero se remitió al parecer de los otros, y entonces el Padre mandó escribir. Tengo que acordarme de hacerme con la copia de la carta y de los pareceres [...] Todas estas cosas y dudas interiores pasó Nuestro Padre sobre la concesión al rey de Portugal de que los de la Compañía fueran inquisidores en este reino; y como aquí digo, acabó por inclinarse a que aceptáramos este cargo, por razón de algunas persecuciones que surgieron contra la Compañía en Castilla, precisamente por medio o con pretexto de la inquisición, persecuciones que parecía se apaciguarían del todo al ver cómo la Compañía aceptaba la misma inquisición en Portugal”74 Esas anotaciones de Gonçalves pertenecen al verano de 1555, un año antes de la muerte de Loyola, y están hechas en los mismos momentos en que se escribe el Relato. Gonçalves explica muy claramente la negativa de Loyola a aceptar cargos y su cambio de idea en Portugal, con la intención de que la Inquisición cese en sus hostilidades contra la Compañía en Castilla. O sea, primero se niega y después acepta, dando muestras de una clara estrategia diplomática que debía sentar muy mal a los omnipotentes inquisidores, tal como demuestran esos ataques desoyendo incluso las órdenes del papa.

FN I, p. 316. “El rey don Juan III ofreció a los nuestros en esta provincia [de Portugal] el cargo de la inquisición del reino. Lo aceptaron aquí enseguida los Padres y avisaron de ello a Nuestro Padre. Desagradó al Padre que hubieran aceptado sin conocer previamente su voluntad y mandó dehar en suspenso la palabra que habían dado, hasta recibir recado de su parte” Memorial, o.c., p. 231. 73 Memorial, o.c., p. 235. 74 Memorial, o.c., p. 239.
72

71

En el verano de 1556 murió Loyola, y el Relato, prácticamente recién finalizado, se expande por los distintos colegios con la aureola de las últimas palabras dictadas por un futuro santo. No había acusaciones contra la Inquisición ni los dominicos, ni opiniones personales, ni quejas, pero el certero e inapelable narrar de los hechos ponía al descubierto toda la bárbara injusticia de un sistema que, amparándose en Dios, contravenía no sólo las normas esenciales del cristianismo sino hasta los principios elementales del derecho natural y de la vida. Loyola dejaba a la Compañía una auténtica bomba de relojería, un testamento que, lejos de aplacar la ira de la Inquisición española, ahondaba de nuevo en la vieja herida. Era como una vuelta a los orígenes, un nuevo rechazo al anquilosamiento en que seguía sumida la misma Iglesia española que le había perseguido treinta años antes. Dice Joseph Pérez, refiriéndose a la Inquisición, que en “España, desde luego, tiene sus rasgos específicos, pero, en conjunto, su desarrollo histórico no se aparta de la línea general que han seguido las demás naciones europeas [...] La Inquisición, por ejemplo, es la forma española de una intolerancia desgraciadamente común a toda Europa” 75. Tan acertado juicio, del que un claro ejemplo es el acoso inquisitorial sufrido por Loyola en España, Francia e Italia, merece matizaciones respecto a los denominados “rasgos específicos”, pues el mismo Relato vuelve a servir de ejemplo para aclarar que esas particularidades consistieron en la inquina y el ensañamiento especial con que la Inquisición y la Iglesia española defendieron sus posturas. Baste para ello comparar la nula repercusión del Relato en Italia y la ofensiva contra la Compañía que provocó en España. En fin, Loyola volvía con el Relato a sorprender y a entusiasmar a los muchos españoles a los que la Inquisición mantenía amordazados, de forma que los viejos y nuevos erasmistas volvieron a ver en él y en su Compañía una posible tabla de salvación, una esperanza para la supervivencia del pensamiento humanista. El Relato resucitaba una vieja lucha, y creaba en sus lectores y seguidores la esperanza de una oposición organizada por una fuerte institución asentada en todo el mundo, cuyo ejemplo sería un importante baluarte contra la ortodoxia y el totalitarismo. Cuando diez años después de su muerte comienza a retirarse el Relato, y cuando poco después se sustituye por la Vida, todos comprenden por fin el giro ético e ideológico dado por la Compañía y el negro horizonte que se vislumbraba para el humanismo. ¿Qué hubiera ocurrido, por ejemplo, si los jesuitas, que contaron con el apoyo de casi todos los papas, hubieran seguido defendiendo el ideario con el que nacieron? ¿habría servido la Compañía de contrapeso a las desequilibradas fuerzas de la contrarreforma y, probablemente, suavizado su inaguantable presión? Imaginemos, por ejemplo, las consecuencias de la sustitución del Relato por la Vida, la diferencia entre utilizar como guía de los novicios un libro donde se ensalza la búsqueda de la espiritualidad a través de la justicia y la verdad evangélica, o ser conducidos por un panfleto oportunista e interesado donde se transmite la idea de un super hombre con poderes milagrosos y escogido especialmente por Dios desde su nacimiento. ¿Hubiera acabado la Inquisición con la Compañía de no haberse plegado a sus esquemas? Lo cierto es que el legado de Loyola se quebró tras su muerte, y su sepultura fue el secuestro del Relato. A partir de ahí, la orden dejo de guiarse por un defensor de la verdad y pasó a engrosar la lista del bando ortodoxo contra el que Loyola se había levantado. ¿Se comprende ahora la frustración e indignación de aquellos intelectuales ante la aparición del libro de Ribadeneyra? La Vida era la prueba de que la regresión se había
75

Joseph Pérez, Reflexiones sobre la historia de España, El País, 7-9-99.

consumado y de que la Iglesia católica se alejaba de nuevo del verdadero espíritu cristiano implícito en el erasmismo para adentrarse de lleno en una aventura sostenida sobre la ignorancia y el miedo. Las diversas ocasiones en que a lo largo de su vida Ribadeneyra escribe sobre Loyola son una prueba reveladora de cómo se fabrica un santo, de cómo los actos de un hombre van poco a poco divinizándose por sus sucesores y haciéndose semejantes a los de otros ya venerados. Cervantes, con su obra, parece ser uno de los pocos supervivientes de ese bando frustrado que, con ingenio y habilidad, hizo frente a la manipulación pues, en contra de todo lo imaginado, la novela moderna surge como una necesidad, como un arma para defender la verdad y, a su vez, como una burla de la inteligencia a los valores establecidos. UNA VIEJA SOSPECHA A pesar de que la Compañía se ha encargado durante siglos de borrar su importuna relación con Cervantes, siempre ha existido la sospecha de su desavenencia 76 con la Iglesia. Los primeros lectores del Quijote sabían o intuían que en el libro hay “algo que está por detrás”77 , su popularidad debió obligatoriamente ir unida al convencimiento de que tras los personajes de la novela se esconden personas reales 78. “Apoyándose en esta raigambre popular, Alberto Navarro defiende la tesis de que para el público del siglo XVII don Quijote no era tanto un personaje novelesco como un hombre de carne y hueso: <<El público español del XVII, consciente o inconscientemente, percibe que no se trata de un mero y convencional tipo literario inexistente en la realidad, sino de un verdadero hombre de carne y hueso” 79 La fama del Quijote, su inmediata popularidad, se debió a esa sospecha que convertía al personaje en un símbolo de la lucha contra la opresión. Algo se barruntaba sobre su contenido secreto, sobre la ambigüedad del lenguaje cervantino, aunque muy pocos pudieron llegar a conocer el alcance de una hazaña que se fue diluyendo con el tiempo,
"No fue Cervantes el primer gran escritor que disfrazó sus ideas. Cuando un sentimiento no puede manifestarse en la forma racional y corriente, busca otra que le sirva de salvoconducto: esto ha sucedido en todos los tiempos; mas acaso, y sin acaso, fue nuestro autor el primero que dió unidad a las alusiones, componiendo una obra perfecta en el interior de otra [...] Todo esto lo impedían la realeza y el sacerdocio: dos malos encantadores que inmovilizaban al pueblo, que le ataban de pies y manos en una jaula, como a Don Quijote en el fin de esta singularísima epopeya. Por esto en la portada de la primera edición hay una mano sobre la cual se ve un halcón cubierto con la caperuza y debajo un león echado. Esto es: el pueblo español rendido, y la mano de Cervantes mostrándonos el pensamiento cubierto" Interpretación del Quijote, Polinous, Imprenta de Dionisio de los Ríos, Madrid 1893, ps. XI- XIII. 77 "El Quijote es, pues, una historia fingida, no una historia falsa. Su autor nos quiere decir en ella, no lo que materialmente dice, sino algo que está por detrás [...] El Quijote da en todo la impresión de que el autor relata una serie de hechos o aventuras, es decir, sucesos parciales, que se integran en una historia o argumento" El <<Quijote>>, historia verdadera, Francisco Fernández Turienzo, Anales cervantinos XVIII, CSIC, Madrid, 1980. 78 "leyendo con cuidado se ver que nada fue escrito a fin de que la extraña creación cervantina fuera caballeresca o pastoril, sino con atención e intención de muy diferente estilo [...] es además probable que ciertas ironías, sobre las cuales hoy se guarda silencio, fueran comprensibles para algunos [...] Cervantes luchó en y desde don Quijote con no menor denuedo que en Lepanto o en Argel, aunque sus armas fuesen ahora palabras y figuraciones, a cada una de las cuales el lector ha de poner en su sitio [...] un ataque contra la vida religioso-intelectual de su tiempo, con una feroz arremetida matizada de sordinas, cautelas y dobles sentidos [...] La referencia a los libros de caballerías ha contribuido a ocultar la intención de Cervantes, apuntada hacia las supercherías pseudo-religiosas, contra las cuales se irguió el autor del Quijote" El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes, Estudio preliminar de Américo Castro, Ed. Novelas y Cuentos, 1980, ps.13-22-27-30-74.
79 76

Lecturas del Quijote, o.c., p. 11.

pues el poder eclesiástico se encargó sutilmente de borrar cualquier huella que propiciara la identificación entre Loyola y don Quijote. Sabemos seguro que el Relato siguió secuestrado, y que la Vida dejó de reeditarse el mismo año en que apareció el Quijote, cuya fama fue decreciendo en la misma proporción en que creció el poder eclesiástico, tal vez promotor del silencio que poco a poco cayó sobre la obra de Cervantes, cuya difusión se vio incomprensiblemente “frenada a partir del último cuarto del siglo, como lo demuestra el hecho de que entre 1674 y 1704 no apareció ninguna nueva edición de la novela” 80, detalle que probablemente se deba no al cambio de los gustos del público, sino al trabajo de zapa de los jesuitas y sus socios. Incluso en el siglo XVIII se intentó frenar el renacimiento del cervantismo que supuso la biografía de Mayans “la obra de Mayans es menester encuadrarla en las circunstancias concretas en que aparece. A don Gregorio, cuando escribe la Vida de Miguel de Cervantes en 1737, le interesa, de manera especial, la defensa del valor literario del Quijote. Hay que estudiarla, por tanto, en relación con el ambiente anticervantino que predominaba entre los grupos intelectuales de la Corte. [...] Ése es el gran mérito de Mayans: sentido estético para intuir la belleza literaria del Quijote y vigor para mantener su criterio con energía en momentos difíciles. Pese a las duras censuras del jesuita valenciano Antonio Eximeno, permanente contradictor de don Gregorio, por considerarla poco elogiosa a Cervantes, la obra mayansiana será siempre recordada por haber sido la primera biografía del más grande de los escritores españoles, Miguel de Cervantes Saavedra, escrita ciento veintidós años después de su muerte. Don Gregorio Mayans iniciaba así el mundo fabuloso de los estudios cevantinos” 81

80 81

Ib., p. 11. Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, Gregorio Mayans y Siscar. Edición, prólogo y notas de Antonio Mestre, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, p. XCII.

PRIMERA PARTE

DON QUIJOTE PEREGRINO

Digo más, que también se ha de guardar esta regla en la lición de toda escritura, que de dos partes está compuesta, es a saber, de sentido simple literal, de fuera, y de misterio encerrado de dentro, que son como cuerpo y ánima”1

1

El Enquiridión o Manual del caballero cristiano, Erasmo de Rotterdam, ed. Dámaso Alonso, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Cita tomada de “Don Quijote como Sileno”, James Iffland, anales cervantinos XXXIV, Madrid 1998.

Antes de comenzar el análisis detallado de los ocho primeros capítulos del Quijote, conviene saber que Cervantes va a realizar una exhaustiva imitación del Relato primitivo, de aquella primera copia dejada por Gonçalves en Roma, escrita sólo en castellano y compuesta de ocho capítulos incompletos. Ese es el germen del Quijote, la base sobre la que Cervantes inicia su trabajo de imitación de la estructura formal y el contenido del Relato. La división de la primera parte de 1605 en ocho capítulos tiene, pues, como primer objetivo copiar esa estructura de ocho capítulos del Relato primitivo, hasta tal punto que Cervantes, para no dejar lugar a dudas, hace que su octavo capítulo quede inconcluso en el momento en el que don Quijote entra en batalla con el vizcaíno, de la misma manera que en las copias de Roma el capítulo octavo termina precipitadamente en el momento en que Loyola está amenazado de recibir una paliza ejemplar. A ese paralelismo estructural le corresponde otro, igualmente exhaustivo, de contenido y desarrollo, una parodia correlativa donde, salvo algunas excepciones de ajuste, cada capítulo es una recreación en el contenido de su correspondiente del Relato. Es decir, los ocho primeros capítulos del Quijote son casi un calco, un reflejo ondulante de los ocho primeros capítulos del Relato. Junto a esa sujeción estructural y temática, desde el principio veremos cómo Cervantes también recurre constantemente a la Vida como fuente permanente del contenido paródico, pues ambos libros, el primero como verdadera historia y modelo de los auténticos historiadores, y el segundo como prototipo de la vana y falsa literatura, serán la fuentes esenciales de estos ocho capítulos primeros, donde la Vida es siempre motivo de burla e inspiración de los aspectos más disparatados de la figura de don Quijote. Las claves esenciales de esta Primera Parte de 1605 son, pues, la imitación de la estructura formal del Relato primitivo, la imitación del contenido de cada capítulo, y el ropaje paródico de la Vida que envuelve y disfraza de caballería esos ejes esenciales. Además, como contraseña central del conjunto y como máximo referente de acceso al lenguaje cifrado, aparecen diversas acepciones del vocablo “peregrino”, en consonancia con el valor que dicha palabra ocupa en esos capítulos del Relato, centrados en el nacimiento y evolución de Loyola, siempre nombrado en el libro como “el peregrino” A esas claves señaladas debe añadírsele otra más genérica y definitiva, y es que tanto en los ocho primeros capítulos del Relato como en los del Quijote se producen dos de las tres salidas realizadas por sus protagonistas desde sus casas respectivas. En conjunto, tanto el Relato como la Vida están desmenuzados en estos primeros capítulos, cuyo eje camino-peregrinación se adorna de un trabajo de acarreo en todas direcciones, una labor minuciosa donde Cervantes demuestra sus conocimientos como investigador y su fascinante capacidad de síntesis y parodia. En realidad, cuando anuncia que su propósito es poner en aborrecimiento la lectura de libros de caballerías, en esos momentos en declive, está subrepticiamente refiriéndose a su deseo de desenmascarar las falsedades de los libros religiosos, precisamente en auge, y entre los que el libro de Ribadeneyra creaba un precedente exagerado de engaño y manipulación histórica. Algo que, como señala Wardropper, era ya casi una costumbre generalizada entre los religiosos: la “preocupación de Cervantes con los problemas de la verdad histórica y su reconocimiento fue estimulada, a mi parecer, por la crisis que estaba pasando el arte del historiador. Si los cronistas medievales habían combinado inocentemente –quizá sin querer- la ficción con la narración de los hechos, a partir del siglo XV los historiadores se habían atareado en una falsificación intencional de la

historia”2. Por eso no debe extrañar que en el primer párrafo del Quijote se haga una exaltación de la verdad, ni que ésta se convierta en uno de los temas obsesivos de la obra junto con la libertad y la tolerancia, los tres ejes temáticos de estos capítulos, donde el Relato y la Vida van apareciendo como modelos positivos o negativos de un arte con fines humanistas o reaccionarios. En general, la intensa relación existente entre los ocho primeros capítulos del Quijote y sus fuentes es la clave para acceder a la lectura profunda de la totalidad, ya que estos capítulos contienen las bases del nacimiento paródico de los personajes fundamentales y pistas metodológicas imprescindibles para penetrar en el resto de la obra. Eso explica que, al ser el Relato su fuente principal y al estar secuestrado casi hasta mediados del siglo XX, haya sido prácticamente imposible esclarecer su profunda relación con la obra, a cuyo oscurantismo y doble lenguaje deberá adaptarse quien quiera iniciarse en la lectura de sus raíces profundas, pues Cervantes crea en esta Primera parte una especie de alfabeto críptico al que se accede por acumulación y relación de la totalidad de sus ocho capítulos con los ocho del Relato, de ahí que mientras mejor se conozcan ambos textos más se apreciarán sus imbricaciones y la ingeniosa y singularísima tarea realizada por su autor, definitivamente un humanista librepensador y heroico, un genio del que todavía queda por desentrañar una parte esencial de su pensamiento y de su arte.

DON QUIJOTE: ¿FICCIÓN O HISTORIA?, El Quijote, Edición George Haley, Ed. Taurus, Madrid 1984, p. 246.

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CAPITULO UNO

La conversión de Alonso Quijano en don Quijote se asemeja en algo a los convertidos religiosos. En éstos se realiza el paso del vivir ordinario al vivir extraordinario de la fe, como en don Quijote se realiza el paso del vivir oscuro del hidalgo aldeano a la vida aventurera del caballero andante [...] Don Quijote es hijo de las lecturas de Alonso Quijano. En los libros de caballerías descubre, aprende y admira el ideal del caballero andante. Es bueno recordar aquí, como lo hizo Julio Cejador y Frauca, el paralelo entre Ignacio de Loyola y don Quijote. El primero decide convertirse de soldado del emperador en soldado de Cristo por la lectura de la vida de los santos. El segundo, como resultado del leer constante los libros de caballería, deja de pensar como el hidalgo aldeano Alonso Quijano y empieza a pensar y a obrar como el caballero andante don Quijote de la Mancha"1

1

La magia verbal del Quijote, L. A. Pérez, anales cervantinos X, CSIC, Madrid 1971, p. 201.

La idea del hidalgo ocioso a quien las excesivas lecturas le influyen hasta el punto de abandonar su casa y hacienda e irse por el mundo con el firme propósito de imitar a sus héroes y restablecer la antigua orden de la caballería, está implícita en el capítulo primero del Relato, donde Gonçalves muestra con brevedad el cambio originado en la vida del militar Íñigo de Loyola mientras se recupera de unas graves heridas de guerra “y se fue hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forçado estar en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance. Por los quales leyendo muchas veces, algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito. Mas dexándolos de leer, algunas veces se paraba a pensar en las cosas que había leído; otras veces en las cosas del mundo que antes solía pensar” (R, 5-6). El ocio obligatorio (“le era forçado) y esos dos libros religiosos le influyen tanto que, en apenas dos meses, abandona sus ya quebrados sueños de gloria militar y comienza a pensar en hacerse peregrino y en imitar a los santos. Deseos confirmados tras una “aparición” de la Virgen, de la que queda tan impresionado que hace voto privado de castidad y promesa de peregrinar a Jerusalén en cuanto sane. Esta rápida evolución no es muy del agrado de su familia, especialmente de su hermano mayor. De forma muy resumida esa es la esencia del primer capítulo del Relato, del que Cervantes toma ante todo la idea general del hombre ocioso y soñador al que los libros cambian su vida, y al que también, en ciertos aspectos, se le toma por loco, pues la familia de Loyola difícilmente pudo asimilar un giro tan radical y en tan poco tiempo. De hecho, el hermano mayor, que ocupa el lugar del padre, muestra una clara oposición e intenta convencerlo rogándole “no se eche a perder”. Lo mismo debieron pensar los restantes miembros de la casa solariega de Loyola, sorprendidos ante el inesperado cambio del valeroso militar que, tras renunciar a su herencia, inicia una larga peregrinación hasta Jerusalén. Él mismo cuenta en el Relato cómo en más de una ocasión le tomaron por loco. Sobre esta base de una personalidad y circunstancias paralelas, Cervantes mantiene desde el inicio la posibilidad de una doble lectura “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” El famoso comienzo del Quijote, aparentemente sólo literario, contiene ya alguna información velada, para cuya lectura es necesario ante todo conocer los complejos métodos cervantinos, los distintos niveles simbólicos contenidos en su obra y a los que se puede acceder desde cualquier punto aunque, en la mayoría de los casos, sólo progresivamente. El inicio de la novela forma parte de la simbología más oscura, entre otras cosas, porque en este primer capítulo se van a concentrar tantos paralelismos con la vida de Loyola que Cervantes está obligado a desdibujarlos al máximo para evitar la evidencia. O sea, estas primeras conclusiones sólo serán aceptables a medida que se vaya apreciando que no son un hecho aislado, sino un ingenioso plan organizado. Entre las conexiones de más difícil aceptación destaca el famoso inicio: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”, cuyo paralelismo con la primera frase del Relato no es nada formal, aunque sí de contenido “Hasta los veintiseis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo”

Para entender este atípico comienzo del Relato es necesario imaginar a Loyola un año antes de su muerte, superior de una obra extendida por todo el mundo y en la que era reverenciado como símbolo de una nueva religiosidad. Algunos de sus compañeros ya habían escrito sobre él, y ahora le piden que él mismo lo haga. Y empieza con una frase sencilla, borrando de un plumazo toda su vida anterior al momento de su conversión. De su pasado prefiere no decir nada, ni lugar, ni fecha de nacimiento, ni familia, ni infancia. Su vida sólo cuenta desde el momento en que se entrega a Dios, llevando al límite esa idea del religioso que renuncia a sus orígenes. Cervantes imita ese comienzo, pues al utilizar la generalidad de “la Mancha” nos está anunciando que se trata de un caballero español del que se niega a decirnos su lugar de nacimiento (“no quiero acordarme”) 2 es decir, un acto de voluntariedad semejante al hecho por Loyola al callar el suyo. Así lo vio Unamuno, y sus palabras son tan aplicables al Quijote como al Relato, que él no llegó a conocer: “Nada sabemos del nacimiento de don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo”3 ¿No podría decirse lo mismo de Loyola si nuestra única fuente de información fuera el Relato? Cervantes no especifica el momento histórico en que vivió don Quijote, sólo dice que "no ha mucho tiempo", otra imprecisión acorde para la identificación con Loyola, de quien Ribadeneyra nos viene a decir lo mismo y con una expresión muy parecida “Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad, podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese” (Vida, A los hermanos) El “no ... ha muchos siglos que pasó” se ha transformado en “no ha mucho tiempo que vivía”, sustituyendo “siglos” por “tiempo” y “pasó” por “vivía”, y manteniendo el paralelismo en el resto de la frase. Además Loyola era hidalgo 4, o más precisamente hijodalgo de solar conocido, o sea, descendiente de familia con casa solariega, la de los Loyola, y con derecho a don. De esa antigüedad y alcurnia de la casa de Loyola da fe, según Leturia, el hecho de que se conozca su ascendencia desde 1221 5, aunque desde el momento en que comienza sus peregrinaciones y renuncia a sus derechos, se convierte en un hidalgo "sin linaje", y pobre6.
Según Americo Castro, “no quiero acordarme” significa “no conviene en este caso acordarse” , y que el rumbo del cabalgar de don Quijote “ha de confiarse al instinto –que Cervantes llama <<voluntad>>- de Rocinante. Si éste zigzaguea, no es porque la composición del Quijote sea lineal o zigzagueante, sino por exigirlo así la estructura y funcionamiento de estas figuras”, o, podría añadirse, las exigencias del guión. Cervantes y los casticismos españoles, Ed. Alianza, Madrid 1974, p. 56 y 61. Vida de Don Quijote y Sancho, o.c., p. 19. Pedro Espinosa, en sus décimas con motivo de la beatificación de Loyola, lo identifica “como hidalgo vizcaíno” P. Espinosa, Poesías completas, Ed. Espasa-Calpe, 1975, p.70. 5 El gentilhombre Íñigo López de Loyola, Leturia, o.c., p.8. 6 “Dos veces, al menos, nos dieron los notarios de Azpeitia Juan de Aquemendi y Pero García de Loyola el nombre completo de San Ignacio. Citándole como testigo en otras tantas actas notariales del 18 mayo y del 23 julio de 1535, le llaman uniformemente Íñigo López de Loyola. Y su hermano don Martín registra poco después en el inventario de escrituras públicas de la Casa solar, <<el acta por la cual Íñigo López de Loyola declara haber recibido su legítima, y renuncia a pedir otra cosa. [...] De esta firma completa, pregonera de la antigüedad y alcurnia de la propia sangre, el fundador de la Compañía de Jesús fué podándolo todo, hasta quedarse aún sin el nombre de Íñigo. Prescindiendo de las actas notariales, que por redactarse en Azpeitia no hacían más que repetir lo que allí todo el mundo sabía, del López no quedó, que sepamos, otro recuerdo que una lectura dudosa en los procesos de 1527 en Alcalá; el Loyola apenas nunca lo usó él mismo, bien que aparezca en boca de otros; y el Íñigo lo simultaneó desde 1537 y lo
4 3 2

Don Quijote también era un hidalgo pobre, aunque su hidalguía, como la de Loyola, parece de sangre, pues en su casa existen objetos emblemáticos de rancio abolengo que lo ratifican ("lanza en astillero, adarga antigua"), y él mismo confirma en el capítulo 21 esa ascendencia que de nuevo le identifica con Loyola "Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesión y propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podría ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me hallase quinto o sexto nieto de rey" (QI, 21) Incluso el rocín es también una referencia al Relato, pues aunque en el capítulo segundo Loyola se aleja de casa de su hermano “cabalgando en una mula”, en el noveno, vuelve a su tierra montado “en un rocín, que los compañeros le habían comprado” Igualmente el “galgo corredor” encuentra su referente en la casa solariega de Loyola, donde lógicamente tenían sus perros, según nos ratifica la historia: “Da el último toque al cuadro Potenciana de Loyola, al recordarnos los perros de caza que en vida de Ignacio había en el Palacio” 7 "Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino" Curiosamente Cervantes ha reducido la hacienda de don Quijote a sus comidas semanales y a su ropa y calzado, no incluyendo en ese concepto ni la casa que aparecerá inmediatamente ("su casa") ni las fanegas de tierra, pollinos y otras pertenencias que malvende a lo largo de la obra. Es decir, aunque don Quijote parece que tiene algunos bienes, según el narrador sus únicas posesiones son las humildes comidas diarias y su ropa, las mismas con que cuenta Loyola en estos inicios de la parodia, pues ha renunciado a cualquier tipo de propiedad desde el momento en que toma la decisión de hacerse peregrino. Sin embargo, todas estas referencias específicas y tan rebuscadas sobre la comida y ropa de don Quijote, son principalmente alusiones en clave a circunstancias de la vida de Loyola. La “olla de algo más vaca que carnero” parece una clara alusión al escudo familiar de los Loyola, donde están grabados toscamente dos lobos y una olla8. También la familia Loyola poseía, fundamentalmente, según sus historiadores, ganado vacuno, de ahí la asociación olla-vaca como sugerencia culinaria y a su vez identificativa de la familia “se debe a Lope García la traída a las posesiones de Oñaz de ganado vacuno de la Peña de Allende; y a Juan Pérez la transmisión al padre de San Ignacio de los caseríos y ganados y bosques”9

cambió después poco a poco con el nombre de Ignacio, probablemente por el especial amor que el fundador de la Compañía tenía a San Ignacio de Antioquía, el enamorado del nombre de Jesús”. Ib. p. 7 y 8. Una doble información ofrece Leturia, por un lado todo lo relativo a la evolución y pérdida del nombre y, por otro, la renuncia de Loyola a su herencia que, junto a los datos del Relato relativos a la deuda que cobró del duque de Nájera y su total inversión en deudas y otras obras pendientes, nos lo presenta en su punto de partida como un hidalgo pobre. 7 Ib., p. 21. 8 Ib. p. 15. 9 Leturia, o.c., p. 57.

En la misma línea simbólica deben considerarse las restantes comidas, pues Ribadeneyra, fantaseando sobre los sacrificios de Loyola en los inicios de su carrera, explica que sufría fuertes tormentos espirituales "Pero entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera, que se le pasaban las noches y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto" (Vida I, VI) Cervantes ha transformado esta alimentación espiritual en platos culinarios, pues además de ironizar con la expresión quebranto, (lo que explica, según Murillo 10, que sea el primero en utilizar esa locución gastronómica en forma escrita), ha sustituido los lloros o amargos llantos por duelos e, histriónicamente, esa abundancia o torrentera de lágrimas que pueden salpicar 11 ("las noches y días llorando") por "salpicón las más noches" Esa asociación de lo culinario con ideas ascéticas 12 ya la hizo Morel-Fatio, que “explica la significación figurada de la frase, en esta forma: <<Quien dice abstinencia, dice también penitencia y mortificación, y he aquí por donde se justifica decir duelos”13, es decir, M. Fatio ya vio el sentido simbólico-mortificador oculto tras ese juego de palabras con doble sentido. Igualmente, la mención a las lentejas parece una referencia a la vigilia católica, dando a entender que don Quijote es un fiel cumplidor de los preceptos eclesiásticos, rasgo también heredado de Loyola, que en este primer capítulo del Relato se autocalifica como muy devoto. Pero curiosamente, la invención de todas estas metáforas seudo gastronómicas no pertenece a Cervantes, sino que es el mismo Ribadeneyra quien, con sus pinitos literarios, sugiere la idea de que Loyola desayunaba con afrentas e injurias “no habiendo todo aquel día desayunádose con otro manjar que de afrentas e injurias, y estando bien fatigado y quebrantado su cuerpo, un español, de pura lástima, le llevó consigo y le albergó y reparó, dándole de comer” (Vida I, XII) Todo el fragmento gira en torno a la comida, mezclándose lo simbólico (desayunar afrentas) con lo real (“dándole de comer”), o sea, el mismo doble juego (externo e interno) empleado por Cervantes, que también recurre al quebranto como referencia al “quebrantado” Igualmente la vestimenta de don Quijote responde a la ropa característica de una persona acomodada que no sale de casa, en correspondencia con la inmovilidad de Loyola, todavía un hombre acomodado a causa de sus heridas. Además, dichos ropajes parecen revestidos de pura ironía, pues el “sayo de velarte” sugiere una referencia al poco dormir de Loyola, que pasaba las noches en vela 14.
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El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, Edición de Luis Andrés Murillo, Ed. Castalia, Madrid 1991, p. 71. 11 “Salpicar. Es macular con gotas que caen a diversas partes” Covarrubias, Tesoro de la lengua, Ed. Alta Fulla, Barcelona 1993. 12 -“al describir los hábitos culinarios de su héroe, nos indica [Cervantes] que don Quijote comía los sábados <<duelos y quebrantos>>. Ahora bien, si por un lado esta expresión, es decir, <<duelos y quebrantos>>, correspondía a un plato gastronómico más o menos conocido, su inclusión en esta parte de la obra no deja también de evocar muy claramente la noción que intentamos precisar, es decir, la de <<queja>> y lamento>>, inherente asimismo, como ya hemos señalado, al nombre de Quejana.” Sobre el Quejana del don Quijote, Joseph M. Sola-Sole, en Cervantes, su obra y su mundo, Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Dirección, Manuel Criado de Val, Edi-6, S.A., Madrid 1981, p. 718.
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José López Navío, S. P., Anales cervantinos 6, CSIC, Madrid 1957, p. 189. “Tenía el suelo por cama, pasando la mayor parte de la noche en vela” (Vida I, V).

Una vez realizada esta primera ambientación externa, Cervantes se centra en el interior de la casa “Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera” De nuevo la relación entre el mundo familiar de ambos personajes vuelve a ser paralela. Loyola, tras ser herido, regresa a casa de su hermano mayor, donde será atendido por doña Magdalena de Araoz, su cuñada, y “sus jóvenes hijas, Magdalena y María”15. La primera, como el ama de don Quijote, debía sobrepasar los cuarenta, y sus hijas, no llegar a los veinte, especialmente la heredera de la casa de los Loyola, mencionada en la Vida en varias ocasiones 16 El ambiente femenino de la casa de don Quijote es, pues, paralelo a la situación de Loyola, postrado y rodeado por las mujeres de la casa, y alejado para siempre del temperamento guerrero dominante en el mundo de sus hermanos. El “mozo de campo y plaza”, que no volverá a mencionarse en el Quijote, también encuentra su referente en un criado de la casa de los Loyola, del que tampoco se volverá a hablar en el Relato ni en la Vida, y que lo mismo sirve para labores del campo como para las domésticas “Todavía a un criado de casa, que iba a Burgos, mandó que se informase de la regla de la Cartuxa” (R, 12) Es decir, Loyola encarga a un criado de casa la realización de una gestión en Burgos, convirtiéndolo en “mozo de campo y plaza”, o sea, el que realiza tareas en el campo o en la ciudad, como el de don Quijote17. El narrador continúa informando "Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza" Quizás la verdadera razón de esa edad se corresponda con los años que en esos momentos posee el Relato, libro gracias al cual existe el verdadero Loyola, y que al ser finalizado en 1555, rondaba los 50 años cuando Cervantes publica el Quijote y, por tanto, devuelve la vida a Loyola. Esa opinión está, en parte, respaldada por la siguiente información del narrador: “era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”, forma muy parecida a la empleada por Ribadeneyra para describir a Loyola
Leturia, o.c., edición 1949, p. 150. “Tuvo muy mortificado el afecto de la carne y sangre, y el amor natural de los parientes; y así como si fuera hombre nacido sin padre y sin madre, y sin linaje (como dice san Pablo de Melquisedech) o muerto del todo al mundo y a todas sus cosas, no tenía cuenta ninguna con los negocios de sus deudos; a los cuales procuraba de aprovechar con sus oraciones, para que fuesen siervos del Señor, y pasasen adelante en su servicio. De suerte que lo que se había de hacer por ellos, no lo medía con el afecto natural de la carne, sino con la regla del espíritu religioso y verdadera caridad. Por lo cual estando su sobrina, señora y heredera de la casa de Loyola, para casarse, y pidiéndola por mujer algunos caballeros principales, escribieron al Padre a Roma los duques de Nájera y Alburquerque, cada uno por su parte, rogándole muy encarecidamente que escribiese a su tierra, y procurase que su sobrina tomase por marido a cierto caballero rico y principal que le nombraban en sus cartas. Respondió el Padre a estos señores, que aquel casamiento aunque era de su sobrina, no era cosa de su profesión, ni a él le tocaba, por haber ya tantos años antes renunciado estos cuidados, y ser muerto al mundo; y que no le estaba bien volver a tomar lo que tanto antes había dejado, y tratar cosas ajenas de su vocación, y vestirse otra vez la ropa que ya se había desnudado, y ensuciar los pies, que con la gracia divina, a tanta costa suya desde que de su casa partió, había lavado” (Vida V, V). 17 “un mozo para todo” (si, como parece, debe entenderse ‘de plaza pública’, es decir, para preparar y acompañar al caballero cuando sale de casa)” Don Quijote de la Mancha, Edición dirigida por Francisco Rico, Instituto Cervantes-Crítica, Barcelona 1998, n. 13, p. 36, (en adelante, Rico).
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“Tuvo con la divina gracia y con el continuo trabajo y cuidado que puso, tan sujetas sus pasiones y tan obedientes a la razón, que aunque no había perdido los afectos naturales del alma (porque esto fuera dejar de ser hombre) parecía que no entraba en su corazón turbación ni movimiento de ningún apetito desordenado. Y había llegado a tal punto, que con ser muy cálido de complexión y muy colérico, viendo los médicos la lenidad y blandura maravillosa que en sus palabras y en sus obras usaba, les parecía que era de complexión flemático y frío; mas habiendo vencido de todo punto con la virtud y espíritu lo que en el interior afecto era vicioso de la cólera, se quedaba con el vigor y brío que ella suele dar, y que era menester para la ejecución de las cosas que trataba. De manera que la moderación y templanza del ánimo, no le hacía flojo ni remiso, ni le quitaba nada de la eficacia y fuerza que la obra había de tener” (Vida V, V) A Ribadeneyra le gusta presumir de conocimientos científicos, y suele utilizar cualquier pretexto para exhibirse, como ocurre en este pedante fragmento de tan escasa credibilidad, donde lo importante es mostrar su información sobre las nuevas teorías de los humores. Lo mismo califica a Loyola de cálido y colérico que de flemático y frío, todo con la idea de suavizar posteriormente esos extremos con grandes virtudes (“habiendo vencido”) y dar una imagen final de superhombre hecho a sí mismo, etc. Cervantes, que como iremos viendo aprovecha todos estos engaños seudocientíficos de Ribadeneyra para zaherirle, ha hecho una descripción mucho más concisa y acorde con la verdadera personalidad y aspecto de Loyola, firme en su temperamento y muy delgado (“seco de carnes, enjuto de rostro”) debido a sus ayunos, penitencias y otros trabajos espirituales. En definitiva, esas opiniones científicas del narrador sobre don Quijote, están inspiradas o parodian las de Ribadeneyra sobre Loyola, de forma que la tan recurrida teoría de los humores de Huarte de San Juan no llega al Quijote de primera mano, sino como burla irónica contra Ribadeneyra, en cuya Vida y aplicado a Loyola, también encontramos el vocablo “recio” 18, y constantes referencias a su delgadez 19 “Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad”. Con “Quieren decir” alude expresamente el narrador a la existencia de esos autores citados después (“autores que deste caso escriben”) que ya han escrito sobre este caso, y a los que él atribuye la autoría de sus fuentes informativas, aunque permitiéndose un punto de vista crítico, pues enseguida nos demuestra que él ya tiene su propia opinión (“conjeturas verosímiles” “importa poco”, “basta”) y que desconfía de alguna de esas fuentes. De nuevo la coincidencia con Loyola es total, pues sobre él sabemos que han escrito no sólo Gonçalves y Ribadeneyra, sino también un grupo de escritores anteriores (Laínez, Polanco, etc.) y otros posteriores. ¿A qué se refiere, pues, esa diferencia a cerca del sobrenombre de don Quijote? Se trata de otro divertido juego en torno a la evolución del nombre religioso de Loyola. Mientras en el Relato nunca se le cita por su nombre sino siempre como “el
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“En sufrir las adversidades, y en salir de las dificultades que se le ofrecían, mostraba ánimo grande y constantísimo. Acontecíale estar enfermo en la cama, y ofrecerse algún trabajo que para vencerle era necesario su valor, virtud y prudencia; y parecía que cobraba para ello fuerzas, y que el cuerpo obedecía a la voluntad y a la razón, y que se hallaba sano y recio para ello” (Vida V, IX). “estando él tan flaco y tan quebrantado y gastado de enfermedades” (Vida V, IX).

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peregrino”20, Ribadeneyra, al principio de su Vida, además de ofrecer (en contra de la filosofía del Relato) todo tipo de detalles genealógicos y geográficos, recoge el cambio de denominación que hizo siendo ya religioso, para facilitar la pronunciación entre sus compañeros de distintas nacionalidades "Tuvieron estos caballeros cinco hijas y ocho hijos, de los cuales el postrero de todos, como otro David, fue nuestro Íñigo, que con dichoso y bienaventurado parto, salió al mundo para bien de muchos; a quien llamaremos de aquí adelante Ignacio, por ser este nombre más común a las otras naciones" (Vida I, I) Los "autores que deste caso escriben" mantienen pues algunas diferencias respecto al nombre, ya que frente a esa especie de humilde anonimato del peregrino, Ribadeneyra ha planteado esa precisa aclaración Íñigo-Ignacio que sirve a Cervantes de motivo humorístico (Quijada-Quesada) para ironizar ("importa poco") sobre los métodos de Ribadeneyra, muy interesado en informar ampliamente sobre lo superfluo aunque, según se irá viendo, faltando constantemente a lo esencial. Cervantes ha utilizado, como Ribadeneyra, el verbo llamar, "se deja entender que se llamaba Quijana", dando a su frase un sentido muy similar al de su referente. Marco Corradini lo resume así “El fundador de la Compañia recibió de hecho en la fuente batismal el nombre vasco de Eneko, cuya traducción en castellano es Íñigo, y con la edad de cuarenta y tres años, diplomado bachiller en París, prefirió sustituirlo por Ignatius/Ignacio. Ribadeneyra, siguiendo un criterio obvio de uniformidad y ateniéndose al uso más notable, anticipa el pasaje de uno a otro nombre, colocándolo, como hará también Cervantes, en posición inicial” 21 Acto seguido, tras determinar que esas nimiedades sobre el nombre carecen de importancia, el narrador introduce su primera reflexión sobre la verdad, un tema lógicamente trascendental en el Quijote “basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad” Es una referencia a la verdad en abstracto, la verdad como condición mínima e indispensable en toda obra histórica. Loyola y Gonçalves, religiosos, lo habían cumplido, y Cervantes, como humanista e historiador, está comprometiéndose con ese precepto (“no se salga un punto”) e, indirectamente, acusando a Ribadeneyra de incumplirlo. En otras ocasiones volverá Cervantes a insistir en la obligación moral del historiador de decir la verdad claramente y sin tergiversaciones. Además, en ese párrafo se ha definido la historia de don Quijote como “caso” 22 (“autores que deste caso escriben”) y como “cuento” o invención literaria de entretenimiento, quedando de esta forma implícitamente definido por su autor como un género ambiguo formado de historia y literatura. "Es, pues, de saber que este sobre dicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos” La situación de Loyola durante su convalecencia, incapaz de moverse y dedicado a la lectura, es similar a la de don Quijote, “ocioso” casi todo el año, y también dedicado a leer. Cervantes repite prácticamente la expresión de Relato: “era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías”, y además su sentido
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Salvo en una ocasión, donde indirectamente se le dice Loyola: “sabiéndolo el duque, dixo que para todo podía faltar, más que para Loyola no faltasen” (R, 13). 21 El santo y el caballero, Corradini, o.c. 22 “sucesso que haya acontecido” Covarrubias, o.c.

general, pues del superlativo anterior “muy dado a leer” se deduce la enorme afición de Loyola, que como veremos leía los mismos libros “muchas veces” No obstante, casi todo el sentido irónico de este párrafo procede del estilo de la Vida “Era en este tiempo muy curioso, y amigo de leer libros de caballerías, y para pasar el tiempo que con la cama y enfermedad se le hacía largo y enfadoso, pidió que le trujesen algún libro desta vanidad. Quiso Dios que no hubiese ninguno en casa sino otros de cosas espirituales que le ofrecieron; los cuales él acetó, más por entretenerse en ellos, que no por gusto y devoción. Trujéronle dos libros, uno de la vida de Cristo nuestro Señor y otro de vidas de Santos, que comúnmente llaman Flos Sanctorum. Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto” La curiosidad, entendida como deseo de saber, es común a Loyola (“muy curioso, y amigo de leer”) y a don Quijote (“llegó a tanto su curiosidad”), y también la ociosidad activa de lectores, e igualmente la afición y gusto con que a ello se dedican. Ribadeneyra hasta explica la consecuencias enfermizas que puede provocar una afición excesiva a los libros, como en el caso de don Quijote “Tampoco le era alivio lo que a otros les suele dar, que es el gusto que reciben de lo que van aprendiendo, el cual suele ser tan sabroso, que muchas veces, por no perderle, se pierde la salud y la vida, sin poder los hombres apartarse de sus libros” ( Vida II, I) Incluso la frase hecha (“Es, pues, de saber que este”), también se encuentra en los primeros capítulos de la Vida: “es de saber que en este” (Vida I, III) El siguiente cuadro muestra esquemáticamente las muchas concomitancias entre ambos textos Vida Quijote “era muy curioso” “llegó a tanto su curiosidad” “amigo de leer libros de caballerías” “se daba a leer libros de caballerías” “comenzó a leer en ellos” “en que leer...dellos” “para pasar el tiempo” “por entretenerse” “estaba ocioso” “afición y gusto” “afición y gusto” “es de saber que en este” “Es, pues, de saber que este” El famoso párrafo del Quijote es, pues, una variación sobre el texto de la Vida, cuyo sentido general es igualmente paralelo, ya que Loyola, cuyo estado físico es de postración, debió poco a poco empezar a olvidar el ejercicio de la guerra, que ha sido traducido por Cervantes como ejercicio de la caza, dejando con ello a don Quijote con el mismo abandono de sus obligaciones cotidianas en el que se encontraba Loyola que, a partir de esos momentos, como don Quijote, no sólo renunció a sus derechos sino que también abandonó la administración de su hacienda, según puede leerse en la Vida “muerto del todo al mundo y a todas sus cosas, no tenía cuenta ninguna con los negocios de sus deudos” (Vida V, V) Y así como Loyola “se paraba a pensar en las cosas que había leído”, don Quijote recuerda pasajes de sus libros favoritos “ y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y aquellas entrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: "La razón de la sin razón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello” El escritor escogido por Cervantes para ridiculizar el estilo propio de los libros de caballerías que gustaban a don Quijote es Feliciano de Silva, “autor de fácil pluma [...] estilo hinchado y puerilmente afectado”23, en cuyos libros nadie ha encontrado esta frase concreta que le atribuye el narrador, quizás porque donde realmente debe buscarse es en la Vida, según se deduce de un párrafo muy parecido por su estilo hueco y afectado "Así que todo lo que diremos de nuestro bienaventurado padre Ignacio, manó como río de la fuente caudalosa de Dios; y pues él es el principio deste bien tan soberano, también debe ser el fin dél, y se le debe sacrificio de alabanza, por lo que él obró en este su siervo y en los demás. Porque es tan grande su bondad, y tan sobrada su misericordia para con los hombres, que sus mismos dones y beneficios que él le hace, los recibe por servicios, y quiere que sean merecimientos de los mismos hombres. Lo cual los santos reconocen y confiesan, y en señal deste reconocimiento quitan de sus cabezas las coronas que son el galardón y premio de sus merecimientos, y con profundísimos sentimiento de su bajeza, y con humilde reverencial agradecimiento postrados y derribados por el suelo, las echan delante del trono de su acatamiento y soberana majestad" (Vida, A los hermanos) Estas absurdas tautologías de Ribadeneyra son casi iguales a las seleccionadas por Cervantes, y se aprecia en ellas una irracionalidad que ni el mismo Aristóteles, como súmmum de la lógica, sería capaz de explicar. Mientras Ribadeneyra, en unas cuantas líneas, repite hasta cinco veces la referencia a Dios (“Dios” o “él”), Cervantes hace algo parecido con el vocablo “razón”, y al final del fragmento concentra, como en la Vida, un número similar de inútiles adjetivos con el factor común del referente “merecimiento” "los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza" Don Quijote enloquece buscando sentido a esas incomprensibles frases que, según el irónico narrador, le gustaban por su claridad o porque le "parecían de perlas" Otra coincidencia entre Loyola y don Quijote es que se desvelan, el primero tratando de orientar su vida y el segundo buscando sentido (“desvelábase”) a las intrincadas frases de sus libros “Y así de día y de noche se desvelaba en buscar un estado y manera de vida”(Vida I, II) Prosigue el narrador “No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran” De nuevo un párrafo de inocente apariencia, introduce un par de alusiones a detalles ya tratados en el capítulo uno del Relato. La primera es la referida a las cicatrices de
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Luis A. Murillo, o.c., p. 72.

Loyola, herido en las dos piernas y operado primero por los franceses. Tras esa operación hubo que volver a intervenirle por tener los huesos desencajados y, luego, por tercera vez, para tratar de quedarlos estéticamente aceptables. Todo, según la escasa información del Relato y la amplia de Ribadeneyra, con alto riesgo de su vida y con grandes dificultades y dolores, e indudablemente lleno de cicatrices. Además de cicatrices, a Loyola le quedó, como resulta de aquellas intervenciones quirúrgicas, una manifiesta cojera que no se menciona en el Relato, y a la que Ribadeneyra se refiere tan eufemísticamente (“estirando y extendiendo poco a poco la pierna, y volviéndola a su lugar. Pero, por mucho que la desencogieron y retiraron, nunca pudo ser tanto, que llegase a ser igual al justo con la otra”) que en repetidas ocasiones Cervantes hará distintas e irónicas alusiones a ella. La segunda referencia del párrafo es la intención de don Quijote de continuar o dar fin a la historia de caballería (“muchas veces le vino deseo de tomar la pluma”), también con el mismo propósito de imitar el comportamiento de Loyola, a quien en este primer capítulo “le vino al pensamiento de sacar algunas cosas en breve más esenciales de la vida de Cristo y de los Santos”. El referente obvio es la expresión “le vino”, más la intención de continuar obras ya comenzadas en ambos casos. Don Quijote no pudo realizar su deseo de completar el libro porque “otros mayores y continuos pensamientos” se lo estorbaban, tal como, según Ribadeneyra, le ocurre a Loyola, acuciado por sus pensamientos “Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía, queriendo continuar la posesión que tenía de su antiguo soldado, y con que por otra el Señor de la vida le llamaba y convidaba a ella, para hacelle caudillo de su sagrada milicia. Mas, entre los unos pensamientos y los otros había gran diferencia; porque los pensamientos del mundo tenían dulces entradas y amargas salidas” (Vida I, II) Los abundantes pensamientos de Loyola se reparten entre el “Señor” y el demonio, tal vez por eso el narrador del Quijote haya especificado irónicamente que “mayores” pensamientos le estorbaban para escribir el libro. “Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar –que era hombre docto, graduado en Sigüenza- sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero de Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga” La ironía del narrador recae ahora sobre el panorama de la universidad española de mediados del XVI (representada por la de Sigüenza y sus, burlescamente, doctos alumnos), donde la religión ocupa el lugar preeminente de una cultura cuyos objetivos son las discusiones bizantinas “sobre cuál había sido mejor” santo, pues a ellos se está refiriendo el narrador cuando, solapadamente, sustituye sus nombres por el de personajes de los libros de caballerías. Es decir, el cura y el barbero hablan, lógicamente, de santos, que es prácticamente sobre lo único que, sin temor, la sociedad española podía hablar en aquellos momentos de represión. Los ejemplos del narrador sobre dichas discusiones dejan constancia de sus niveles: tenía muy acomodada condición, no era melindroso ni llorón, pero sí valiente. O sea que, tanto el cura como el barbero, representantes de la cultura de su época, comentan sus lecturas sin capacidad

de análisis ni de crítica, tal como solía suceder con los libros religiosos y tal como puede verse en la Vida, donde aparecen comparaciones semejantes sobre milagros “Para poner, pues, fin a esta mi historia, digo que a mi juicio, ningunos otros milagros de nuestro B. P. Ignacio, se pueden ni deben comparar con estos que habemos dicho, pues son tan grandes, tan claros y tan provechosos” (Vida V, XIII) y reflexiones sobre la condición o la valentía “Fue enviado el maestro Pascasio a Sena, para reformar un monesterio de monjas, lo cual hizo despertando en muchas ánimas vivos deseos de servir a Dios, con la entereza de vida y mansedumbre de condición que tenía. Porque este padre era dotado de una columbina y prudente simplicidad. El Maestro Claudio Yayo fue enviado a Bresa, el cual ganó las voluntades de toda aquella ciudad con la suavidad de su condición y santidad de sus costumbres, y despertó las gentes a buscar de veras el camino del cielo” (Vida II, XV) “Y así, aunque era hombre robusto y de grandes fuerzas, a pocos días se enflaqueció y marchitó la fuerza de su antiguo vigor y valentía, y quedó muy debilitado con el rigor de tan áspera penitencia” (Vida I, VI) Respecto al llanto (“no era tan llorón como su hermano”) ya iremos viendo que las múltiples referencias existentes en el Quijote, se corresponden con las muchas ocasiones en que Ribadeneyra menciona los continuos éxtasis llorosos de Loyola. "En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él sólo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice la historia, diera él por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al alma que tenía y aun a su sobrina de añadidura” La imagen de don Quijote enfrascado en sus lecturas y sin dormir también procede del Relato y la Vida, pues Loyola, que pasa su tiempo leyendo libros de santos, se consuela mirando "el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio", o sea que dormía poco. En realidad, casi todo el sentido y forma de esa primera parte del fragmento está compuesto en base a otros dos fragmentos de la Vida, pues a don Quijote “se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio”, como a Loyola “Volviendo, pues, a su vida, que era la que habemos contado, acontecíale muchas veces que, queriendo las noches dar un poco de reposo a su fatigado cuerpo, le sobrevenían a deshora tan grandes como ilustraciones y, soberanas

consolaciones, que embebecido y transportado en ellas, se le pasaban las más noches de claro en claro sin sueño, y le robaban el poco tiempo que él tenía señalado para dormir” (Vida I, IX) "Pero entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera, que se le pasaban las noches y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto" (Vida I, VI) Cervantes ha repetido irónicamente esas repelentes frases, a las que cómicamente añade la coletilla “de turbio en turbio”. Según el narrador a don Quijote se le secó el cerebro de tanto leer y poco dormir (“del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro”), enfermedad que, según Ribadeneyra, también les ataca a quienes realizan sin freno otro ejercicio intelectual como la meditación o la oración “Porque suelen ser algunos de su condición muy duros de cabeza, y arrimados a su parecer; lo cuales si se dan a la meditación y oración sin el freno de la discreción, y del cuidado de vencer y mortificar su propio juicio, se les viene a secar la cabeza y a endurecérseles” (Vida V, I) A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola le entran ganas de “obrar lo que leía” “Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto. Porque esto tienen las cosas buenas, que cuanto más se tratan, más sabrosas son. Y no solamente comenzó a gustar, mas también a trocársele el corazón, y a querer imitar y obrar lo que leía” (Vida I, II) La excesiva lectura es, en definitiva, la causante del cambio de ambos, pues mientras don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías, a Loyola, las lecturas piadosas y sus todavía persistentes sueños de caballero, le inclinan al fin a imitar a los santos, y decide hacer las mismas cosas que los más famosos hicieron. La evolución sicológica está perfectamente señalada en el Relato "Todavía nuestro Señor le socorría, haciendo que sucediesen a estos pensamientos otros, que nacían de las cosas que leía. Porque, leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se paraba a pensar, razonando consigo: ¿qué sería, si yo hiciese esto que hizo S. Francisco, y esto que hizo S. Domingo? Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndose siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las quales quando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en obra. Mas todo su discurso era decir consigo: S. Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer. Duraban también estos pensamientos buen vado, y después de interpuestas otras cosas, sucedían los del mundo arriba dichos, y en ellos también se paraba grande espacio; y esta sucesión de pensamientos tan diversos le duró harto tiempo, deteniéndose siempre en el pensamiento que tornaba; o fuese de aquellas hazañas mundanas que deseaba hacer, o destas otras de Dios que se le ofrecían a la fantasía, hasta tanto que de cansado lo dexaba, y atendía a otras cosas" (R,7) A don Quijote “Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros” y a Loyola, la sucesión de pensamientos que le producen sus lecturas, le llenan la cabeza de fantasías. O sea, el proceso hacia lo que puede entenderse como locura religiosa de Loyola es exactamente el mismo seguido por don Quijote hacia su locura caballeresca, por eso, en muchas ocasiones de la obra, se comentará su normalidad mental en cuanto se le saca de ese asunto.

Recordemos que las primeras lecturas de Loyola son precisamente recopilaciones de vidas de santos24, dos libros típicos de la literatura religiosa de la época, una Vida de Cristo Cartujano25 y una especie de antología o recopilación de Vida de los Santos o Flos Sanctorum. De ahí ese deseo de imitar las muchas acciones que cada uno había realizado "Y aquí se le ofrecían los deseos de imitar los santos, no mirando más circunstancias que prometerse así con la gracia de Dios de hacerlo como ellos lo habían hecho" (R,9) "Y así, quando se acordaba de hacer alguna penitencia que hicieron los Santos, proponía de hacer la misma y aun más" (R,14) "su intención era hacer destas obras grandes exteriores, porque así las habían hecho los Santos para gloria de dios, sin mirar otra ninguna más particular circunstancias" (R,14) Queda, pues, claro el paralelismo existente entre el proceso evolutivo seguido por Loyola y don Quijote, ambos estimulando su imaginación con lecturas y soñando con emular a los más famosos santos o caballeros. Loyola quiere imitar a san Francisco y a santo Domingo, y Don Quijote al Cid o al Caballero de la Ardiente Espada, da lo mismo que uno sea un personaje histórico y otro ficticio, pues las leyendas existentes sobre ambos eran tan ficticias (de ahí esa irónica frase explicativa “según dice la historia”) como las creadas en torno a los santos admirados por Loyola, al que vemos hablando consigo mismo (“todo su discurso era decir consigo”) y citando expresamente a los santos que desea imitar, tal como hace don Quijote (Decía él) hablando solo y nombrando y admirando a sus héroes. Las concomitancias con estos párrafo del Relato y la Vida vuelven a ser evidentes Relato-Vida Quijote “las más noches de claro en claro” “las noches leyendo de claro en claro” “pensamientos...de las cosas que leía” “Llenósele....de todo aquello que leía” “Decía él” “razonando consigo” “S.Francisco...S. Domingo” “Cid...Ardiente Espada...Montalbán” “esta sucesión de pensamientos tan “Llenósele la fantasía de ... toda diversos le duró harto tiempo...la aquella máquina” fantasía” / En sus inicios Loyola quiere imitar a los santos en sus acciones externas, confundía, según el mismo explicará después, la espiritualidad con los “grandes exteriores” y pensaba que para ser santo era suficiente con imitar los gestos externos de los más famosos, de ahí sus deseos de hacer lo mismo que san Francisco o santo Domingo, transformados ahora en sus nuevos héroes26. También don Quijote quiere imitar a los
“Ignacio recuerda la viva impresión que le causó durante su convalecencia <<un libro de la vida de los santos>>, identificado con una traducción castellana de la Legenda aurea de Jacobo de Vorágine. La lectura le proporciona unos modelos dignos de imitación, en especial las vidas de Santo Domingo y San Francisco, dos santos fundadores de distintas órdenes que dedicaron su vida a la predicación. Además, podía sentirse indentificado con parte de la hagiografía del Santo italiano: <<Durante su juventud ejerció el oficio de comerciante y vivió entregado a las vanidades del mundo hasta que cumplió veinte años; pero, cuando tenía más o menos esta edad, el señor lo castigó con el azote de una enfermedad, le movió a cambiar de conducta y lo transformó repentinamente en otro hombre>> [...] Entre las tipologías de las vidas de santos, para mi interés actual distingo dos estereotipos diferentes: la hagiografía de la degradación, en la que se cuenta una vida cuya santidad está ya apuntada desde el nacimiento o desde su infancia, como la de Santo Domingo, y la hagiografía de la transformación, en la que el personaje, tras una profunda <<crisis>>, abandona su vida anterior ” Cacho, o.c, p.134. 25 “traducido por fray Ambrosio Montesino, el vate franciscano del cancionero” (Leturia, p.150) 26 Según Leturia el valor y la entereza demostrados en Pamplona y durante la convalecencia se reflejan
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héroes de sus libros por sus hazañas, así que las raíces de la locura de don Quijote, sus deseos de imitar a los caballeros y redimir al mundo 27, se encuentran en el libro de Gonçalves, pues Cervantes se inspira en la fantasía vehemente y exaltada de Loyola que, en sus ensueños, proyecta el "mundo ficticio de los libros sobre el mundo real que le circunda [...] su locura no origina una pérdida de la facultad del entendimiento, ni le deja en manos del instinto irracional, sino que procede de la misma agudeza de su espíritu y de su natural imaginativo, que le hace vivir absorto en la ficción y el ensueño"28. Estos razonamientos de Vilanova sobre don Quijote son fácilmente extrapolables a la personalidad de Loyola según el Relato, y así parece que lo vió Cervantes, pues los sueños de gloria militar y su evolución hacia un ideal divino, son los mismos atribuidos a don Quijote, cuya voluntad era "ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban" Leturia demuestra con varias comparaciones cómo Loyola, durante su convalecencia, no sólo se influye de los libros leídos, sino que los imita y los toma por modelo para sus inicios y primeras peregrinaciones. Por ejemplo, del Flos Sanctorum “A su influjo y al de San Francisco y Santo Domingo, se juntó el de otros muchos santos, pues seguía enfrascándose en la lectura de sus biografías. Podríamos recordar a San Andrés, a San José de Arimatea, a San Joaquín y Santa Ana, a San Bernardo, de cuyas vidas ha quedado vestigios más o menos claros en los hechos posteriores o en los Ejercicios. Más aún. El modo tan general con que hablan las Memorias de <<los rigores que habían hecho los santos>>, de <<imitar a los santos>>, de <<hacerlo como ellos lo habían hecho>>, confirma la suposición, por sí natural, que no se limitó a esos pocos nombres la lectura, y que ante los ojos del ensimismado convaleciente desfilaban a veces todos ellos en cortejo triunfador, a la manera con que los describe <<como caballeros de Dios>>, el prólogo que Gray Gauberto Vagad puso al Flos Sanctorum que iba leyendo”29. La misma influencia recibe, sigue Leturia, de la Vita Christi Cartujano “En esta primera etapa del proceso interior, su voluntad era aún juguete de sus propios pensamientos, de santidad ahora, de mundo un instante después” Pero poco a poco, ese vaivén entre los ensueños mundanos y divinos se va inclinando hacia el último y el “hidalgo tocado por la gracia, se replegó más bien a senos recónditos del espíritu, iniciando en ellos una transformación radical y callada”30 En definitiva, el proceso de iniciación y transformación de don Quijote es totalmente paralelo al seguido por Loyola, con la historia y la literatura como alimentos de ese mismo espíritu aventurero. "En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse
en la admiración que comienza a sentir por el “aspecto práctico y heroico de los santos [...] Se trataba de obrar, de señalarse entre los héroes, de labrarse un porvenir con sus hazañas. Y ¿no eran héroes los santos? Y si lo eran ¿por qué él, que a nadie pensaba ceder la palma en proezas, no iba a hacer lo que ellos hicieron” Leturia, o.c., p.16. 27 “lo que hace don Quijote, en la Primera parte sobre todo, es locura, una locura que consiste en querer mejorar el mundo, incluso en querer redimirlo. Se arroga, pues, don Quijote –aunque no sea intencionadamente- casi un papel de redentor divino, lo cual es, en el Siglo de Oro, un pecado grave, pura soberbia y pura arrogancia, pues no le concierne al hombre entrometerse en lo que es de Dios” La ética del Quijote, Hans-Jörg Neuschäfer, Ed. Gredos, Madrid 1999, p. 42. 28 Erasmo y Cervantes, A. Vilanova, Ed. Lumen, Barcelona 1989, ps. 30-33. 29 Leturia, o.c., p.171. 30 Leturia, o.c., p. 181.

caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama” En este párrafo, en cuya primera línea aparece el vocablo “pensamiento”, tan abundante en el fragmento ya citado del Relato, Cervantes resume la situación sicológica de su personaje, del que diagnostica haberse vuelto loco por la extraña idea de hacerse caballero andante, una vieja profesión ligada en principio a la religión, pues tiene su origen en los siglos XIII y XIV en las llamadas “Societates fratrum peregrinantium propter Christum que agrupaban a los franciscanos y dominicos que deseaban ir a evangelizar China [...] es más bien posible, siguiendo una tendencia tan frecuente en la España de antaño, una traslación al plano religioso de los viajes efectuados por aquellos caballeros andantes, cuyas proezas habían maravillado tanto la juventud de Íñigo como la de Santa Teresa: el apóstol errante es un caballero andante <a lo divino>”31 El interior de don Quijote es, pues, el de un caballero andante a lo divino, un peregrino en camino hacia una meta altruista, y cuyo aspecto externo es el de un caballero tal como lo pintan los libros de caballerías. Curiosamente las dos vertientes concurren también en el primer Loyola, y en todo caso ambas están unidas por la igualdad de ideales que las generan, pues las causas de la determinación tomada por don Quijote puede decirse, al igual que las de Loyola, que coinciden con "los más altos ideales del humanismo cristiano"32, hacer por todo el mundo hechos heroicos en defensa de la humanidad y de su república con el fin de lograr "eterno nombre y fama". Don Quijote busca la fama eterna, la misma que pretende alcanzar Loyola con la santidad, y su intención, aunque no llegó a salir nunca de España, es “irse por todo el mundo”, algo que sí hizo Loyola, viajando y extendiendo la Compañía por todo el mundo. Casi todas las expresiones de Cervantes vuelven a proceder de los primeros capítulos de la Vida, de donde se extrae esa idea de ejercitarse (verbo emblemático en la prosa de la Compañía) en las armas o en la fe en busca de “eterno nombre y fama” “Y comenzando ya a ser mozo y a hervirle la sangre, movido del ejemplo de sus hermanos, que eran varones enforzados, y él, que de suyo era brioso y de grande ánimo, diose mucho a todos los ejercicios de armas, procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I) “y por darles contento quise yo tocarlo aquí, y declarar con brevedad cómo sembró esta semilla este labrador y obrero fiel del Señor por todo el mundo” (Vida, A los hermanos) “le dirigí a toda nuestra Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo” (Vida, Al cristiano lector) “Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado” (Vida I, I) “Y aunque es cosa muy probada y manifiesta en todo el mundo el fruto que ha traído por todas partes el uso destos sagrados Ejercicios a la república cristiana, con todo eso, tocaré algunas cosas de las muchas que sé podrían decir de su provecho y utilidad” (Vida I, VIII)
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Estudios de literatura religiosa española, Robert Ricard, Ed. Gredos, Madrid 1964, p.161-162. Erasmo y Cervantes , A. Vilanova, o.c., p. 19.

A lo largo de la Vida (podrían ponerse otros ejemplos) se repiten esos conceptos imitados por Cervantes para fijar la personalidad y los orígenes de don Quijote. En el último fragmento, por ejemplo, está presente no sólo la idea de universalidad que pretende don Quijote, sino la del provecho o servicio que con sus ejercicios recibe la república. En realidad, casi todos los verbos o expresiones empleadas por el narrador encuentran relación con algún fragmento de la Vida, así, por ejemplo, el verbo deshacer (“deshaciendo todo género de agravio") “y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio” (Vida I, III) o los peligros y fama (“ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”) “Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado, y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan sembrado de espinas y abrojos” (Vida I, VI) “Tuvo origen esta fama de lo que él con tanto secreto había hecho en Montserrat” (Vida I, V) Ese deseo de fama eterna pretendido por don Quijote queda perfectamente matizado en la continuación “Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba” La ironía de Cervantes atribuyendo a don Quijote sueños de coronación, deriva de su análisis del Relato, pues ¿no sueña Loyola, cuando según él todavía sólo piensa en exteriores, con llegar a ser coronado santo? ¿no es lógico deducir que tras sus deseos de imitar a san Francisco o santo Domingo se esconde una última pretensión de alcanzar como ellos la eterna santidad? Cervantes parodia la ingenuidad del mismo Loyola imaginando que era fácil llegar a ser santo ("Imaginábase el pobre ya") y compasivamente le llama “el pobre”, también un calificativo utilizado por Ribadeneyra “y llamando a parte al pobre Ignacio” (Vida I, XIV) “a sólo el pobrecito Ignacio” (Vida I, X) El valor es también una constante en el ánimo de don Quijote (“valor de su brazo”) y de Loyola “Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido” (Vida, A los hermanos) Y la “priesa” del caballero “a poner en efeto lo que deseaba” parodia igualmente la prisa de Loyola, deseando restablecerse para ponerse inmediatamente en camino ("todo estaba embebido en la ida que pensaba presto hacer" R, 12) “Mas como por esta causa viese nuestro padre Ignacio que ninguno comenzaba, y que se pasaban los días y los meses sin ponerse en efeto lo que él tanto deseaba y tanto cumplía al servicio de Dios nuestro Señor, por quitar al demonio la ocasión de más dilatarla, se determinó de comenzarla, usando de la industria que diré” (Vida III, VIII) Además de la expresión casi exacta imitada por Cervantes, todo el fragmento de la Vida está imbuido de la misma idea de dar comienzo a algo que bulle en la cabeza.

"Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón" En la Vida se repite insistentemente el símbolo de las armas “se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos” (Vida I, I) en relación a la fortaleza espiritual que progresivamente adquiere Loyola. Por eso don Quijote ahora acondiciona unas viejas armas que son, en general, una metáfora de la pureza evangélica pretendida por Loyola, cuya idea es revivir el cristianismo apostólico, la doctrina de caridad y amor abandonada desde hacía muchos años por la Iglesia, cuyo adocenamiento es el polvo metafórico existente sobre las armas con que don Quijote va a imitar a Loyola. El sentido simbólico lo ratifica esa especie de error que supone la incongruencia temporal entre "bisabuelos" y "luengos siglos", considerada siempre como uno de los muchos lapsus cervantinos, pues si las armas pertenecían a sus bisabuelos, no debería decir luengos siglos, ya que "debían de ser de finales del XV o principios del XVI"33. Pero el error no existe dentro del discurso interno, donde las armas de don Quijote son el símbolo paródico de la pobre vestimenta escogida por Loyola ("el vestido que determinaba de traer" R,16), perteneciente a los cristianos primitivos y por tanto en desuso desde hacía varios siglos, y olvidada, en el sentido del abandono y degradación a que había llegado la Iglesia. Por eso el parentesco "sus bisabuelos" no es sanguíneo, sino simbólico-espiritual. Esta simbología de las armas es común a los libros de caballerías, como puede verse, por ejemplo, en el Tirante el Blanco, donde un ermitaño explica al joven protagonista la significación simbólica de todos los útiles de los caballeros: la lanza es larga para impedir que se acerquen quienes quieran hacer mal a la Iglesia, la espada corta para defender y hacer daño a quienes quieran atacar a la Iglesia, “las correa de la espada significan que como el cavallero las ciñe por medio del cuerpo, ansí ha de ser ceñido de castidad. El pomo de la espada significa el mundo [...] El cavallo significa el pueblo” 34 etc. Cervantes no copia estos símbolos, que en sí ya los lleva su caballero, sino el procedimiento, creando su propia simbología, tanto para las armas como para su caballo o su dama, etc. Ribadeneyra recurre constantemente en los primeros capítulos al símbolo de las armas, y con sus palabras explica claramente el sentido de olvido al que Cervantes se refiere cuando dice “luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón” “se movió la gente a recebir con devoción los santos sacramentos de la Confesión y Comunión algunas veces entre año. Y desde entonces se vino a refrescar y a renovar aquella tan saludable costumbre de los antiguos tiempos de la Iglesia primitiva, de hacerlo más a menudo, la cual tantos años atrás estaba puesta en olvido, con menoscabo de la religión cristiana y grave detrimento de las ánimas” (Vida II, XIII) Los paralelismos formales y de contenidos son evidentes, pues además de la expresión estar puesto en olvido, hay una clara alusión al pasado remoto (antiguos tiempos / luengos siglos) al que remiten ambos textos. “Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos
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"luengos siglos: si no luengos siglos, sí luengos años, pues, al pertenecer a sus bisabuelos, debían de ser de finales del XV o principios del XVI" El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Edición de Florencio Sevilla y Antonio Rey, CEC, Alcalá de Henares 1993, p. 45. 34 Tirante el Blanco, Joanot Martorell, Edición Martín de Riquer, Ed. Planeta, Barcelona 1990, p. 80.

golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje” La limpieza de las armas y la búsqueda de una celada35 como elemento defensivo para la cabeza, forman parte del proceso de investidura de don Quijote como caballero andante y, a su vez, son símbolos de la evolución de Loyola hacia su religiosidad. Don Quijote limpia y adereza sus viejas armas “lo mejor que pudo”, significando la voluntad de Loyola de entregarle a la Iglesia su pureza, según el mismo Ribadeneyra especifica en el capítulo II de la Vida, donde Loyola, todavía impedido por las heridas de su pierna, tiene una visión celestial “Estando en este estado quiso el Rey del cielo y Señor que le llamaba abrir los senos de su misericordia para con él, y confortarlo y animarle más, con una nueva luz y visitación celestial. Y fue así, que estando él velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Angeles, que traía en brazos a su preciosísimo Hijo, y con el resplandor de su claridad le alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión; la cual causó en él tan grande aborrecimiento de su vida pasada, y especialmente de todo torpe y deshonesto deleite, que parecía que quitaban y raían de su ánima, como con la mano, todas las imágenes y representaciones feas. Y bien se vio que no fue sueño sino verdadera y provechosa esta visitación divina, pues con ella le infundió el Señor tanta gracia y le trocó de manera, que desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla, con grande entereza y puridad de su anima” A partir de esta aparición, Loyola aborrece su pasado y queda limpio para siempre, pues “desde aquel punto hasta el último de su vida guardó la limpieza y castidad sin mancilla”. Eso es lo que Cervantes ha traducido como la limpieza de armas realizada por don Quijote, apoyándose, tal vez, en esa sugerencia de quitar y raer “como con la mano” toda la suciedad. Ahora, pues, ya puede decirse que don Quijote, como Loyola, está limpio, o sea, con sus armas puestas al día. Pero entonces se percata de un grave defecto, y es que carece de celada, de casco, según su acepción militar, para la protección de la cabeza. Aunque externamente Cervantes se refiere a esa pieza de la armadura, en el lenguaje profundo está utilizando otra de las acepciones de celada (emboscada para asaltar al enemigo), precisamente la empleada por Ribadeneyra en esos mismos capítulos II y III que están sirviendo de fuente para todo lo referente a las armas y vestidura de don Quijote “Mas la divina misericordia, que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba, antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz, y con la fresca lición refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos; y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos. Y esto de manera que poco a poco iba prevaleciendo en su ánima la verdad contra la mentira, y el espíritu contra la sensualidad, y el nuevo rayo y luz del cielo contra las tinieblas palpables de Egipto.
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Dionisio Martín, en su artículo “Entereza y puridad de don Quijote” (en prensa), desarrolla ampliamente la teoría de la celada como símbolo de la pureza inquebrantable de Loyola. Todo lo expuesto a continuación sobre este asunto es un extracto de ese magnífico artículo amablemente puesto a mi disposición.

[...] Porque, primeramente entendió que había dos espíritus, no solamente diversos, sino en todo y por todo tan contrarios entre sí, como son las causas de donde ellos proceden, que son luz y tinieblas, verdad y falsedad, Cristo y Belial. Después desto comenzó a notar las propiedades de los dos espíritus; y de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento, para discernir y conocer la diferencia destos espíritus, y una fuerza y vigor sobrenatural en su voluntad para aborrecer todo lo que el mundo le representaba, y para apetecer y desear y proseguir todo lo que el espíritu de Dios le ofrecía y proponía. De los cuales principios y avisos se sirvió después por toda la vida. Desta manera, pues se deshicieron aquellas tinieblas que el príncipe dellas le ponía delante. Y alumbrados ya sus ojos y esclarecidos con nuevo conocimiento, y esforzada su voluntad con este favor de Dios, diose priesa y pasó adelante, ayudándose por una parte de la lección, y por otra de la consideración de las cosas divinas, y apercibiéndose para las asechanzas y celadas del enemigo. Y trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad, con particular aborrecimiento de sus pecados y deseo de satisfacer por ellos y tomar venganza de sí; que es comúnmente el primer escalón que han de subir los que por temor de Dios se vuelven a Él. Y aunque entre estos propósitos y deseos se le ofrecían trabajos y dificultades, no por eso desmayaba ni se entibiaba punto su fervor, antes armado de la confianza en Dios, como con un arnés trenzado de pies a cabeza, decía: En Dios todo lo pondré; pues me da el deseo, también me dará la obra . El comenzar y acabar todo es suyo” (Vida I, II) Celada aparece con la significación de emboscada del diablo, dentro del contexto de castidad y limpieza procurado por Loyola y que está siendo simbolizado por don Quijote con sus artilugios defensivos. Veamos el procedimiento. Los primeros deseos de perfección de Loyola surgen con sus primeras lecturas religiosas, con sus intenciones de imitar lo que leía “Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto. Porque esto tienen las cosas buenas, que cuanto más se tratan, más sabrosas son. Y no solamente comenzó a gustar, mas también a trocársele el corazón, y a querer imitar y obrar lo que leía. Pero, aunque iba nuestro Señor sembrando estos buenos deseos en su ánima, era tanta la fuerza de la envejecida costumbre de su vida pasada, tantas las zarzas y espinas de que estaba llena esta tierra yerma y por labrar, que se ahogaba luego la semilla de las inspiraciones divinas con otros contrarios pensamientos y cuidados” (Vida I, II) Dichos deseos de perfección se han visto enturbiados por “la fuerza de la envejecida costumbre de su vida pasada”, que apenas permite dar entrada a sus nuevos propósitos, de forma que la incertidumbre o falta de concentración es la tónica de Loyola en estos primeros compases de su conversión, dudando entre “los pensamientos vanos y engañosos del mundo” y “los pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” con que el Señor le armaba. Esta vacilación perdura, según Ribadeneyra, hasta el momento en que Loyola realiza el voto de castidad ante la Virgen. Pero mientras tanto, en ese espacio de tiempo dominado por la indecisión, va a tener, como se verá ampliamente en su momento, una fuerte discusión con un moro que se niega a reconocer el dogma de la virginidad de María. A Loyola le parece indigno e intolerable que un moro se permita hacer esas afirmaciones ante un cristiano, y se ve obligado a “darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla”. O sea, todavía sigue confuso entre

su pasado militar y su futuro religioso, aún no sabe controlar sus ímpetus, ni ser manso, ni humilde, etc., pues carece de fuerza espiritual. Don Quijote acaba de construir su celada y, aunque “hizo un modo de media celada”, tenía “apariencia de celada entera”, o sea que, lo que le interesa por ahora al caballero es la apariencia de herramienta capaz de cumplir con sus funciones protectoras. Aunque, tal vez dudoso de su calidad, se decide a verificar su fortaleza y, para probar si “podía estar al riesgo de una cuchillada”, le dio dos golpes con su espada, deshaciendo con el primero “lo que había hecho en una semana” Cervantes ha parodiado los inicios titubeantes de Loyola, poniendo a prueba la fortaleza de una celada cuya entereza sólo es aparente, y lo ha hecho con una “cuchillada”, de la misma forma que Loyola puso en evidencia la fragilidad de su reciente espiritualidad (una semana) con sólo concebir la idea de apuñalar a una persona, pues con ese gesto deshizo, como don Quijote, todo el trabajo realizado hasta entonces. El narrador añade que a don Quijote no dejó “de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos”, parodiando también la fuerza y el vigor que Dios infundió a Loyola en estos momentos “de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento, para discernir y conocer la diferencia destos espíritus, y una fuerza y vigor sobrenatural” El fragmento concluye con don Quijote reforzando la celada (“poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”) en correspondencia con esa “fuerza y vigor sobrenatural” y con el posterior voto de castidad hecho ante la Virgen “Estando, pues, ya cerca de Montserrat, llegó a un pueblo donde compró el vestido y traje que pensaba llevar en la romería de Jerusalén, que fue una túnica hasta los pies, a modo de un saco de cáñamo, áspero y grosero, y por cinto un pedazo de cuerda; los zapatos fueron unos alpargatas de esparto, un bordón de los que suelen traer los peregrinos, una calabacica para beber un poco de agua, cuando tuviese sed y porque temía mucho la flaqueza de su carne, aunque con aquel favor celestial que tuvo (de que arriba dijimos) y con los vivos deseos de agradar a Dios, que el mismo Señor le daba, se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar, poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reina de los Angeles, virgen y madre de la puridad, hizo voto de castidad en este camino y ofreció a Cristo nuestro Señor y a su santísima Madre la limpieza de su cuerpo y ánima, con grande devoción y deseo fervoroso de alcanzarla, y alcanzóla tan entera y cumplida, como queda escrito en el segundo capítulo. Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan, tomando por abogada y medianera a su benditísima Madre” (Vida I, III) Don Quijote queda satisfecho con su nueva celada en respuesta a la satisfacción de Loyola, que al verse confortado por un “favor celestial” y protegido por la Virgen, bajo cuyo amparo se pone, hace voto de castidad y alcanza la entereza (“alcanzóla tan entera y cumplida”). Cervantes utiliza el verbo poner (“poniéndole unas barras de hierro”) dentro de un contexto de protección, trasunto del recibido por Loyola del cielo (“poniéndose todo debajo del amparo y protección”) Al final don Quijote queda tan contento con su obra que “la diputó y tuvo por celada finísima de encaje”, en consonancia también con la satisfacción de Loyola tras haberse investido con todos los distintivos del peregrino en el mismo fragmento anterior de la Vida. En ese sentido, ya Ribadeneyra había adelantado la idea del caballero

perfectamente equipado para la batalla como símbolo del hombre fortalecido en su espiritualidad “Y aunque entre estos propósitos y deseos se le ofrecían trabajos y dificultades, no por eso desmayaba ni se entibiaba punto su fervor, antes armado de la confianza en Dios, como con un arnés tranzado de pies a cabeza” En conjunto, Cervantes se vale del lenguaje bélico de Ribadeneyra al describir, en los capítulos II y III, los deseos de castidad de Loyola, para cifrar la significación simbólica que, en adelante, tendrá la celada, pieza principal de la defensa de don Quijote. Dionisio Martín refuerza su teoría acerca de la identificación de la celada con el voto de castidad de Loyola, recordando que durante la estancia de don Quijote en la venta (QI, 3), éste consiente que las putas le despojen de todo menos de la celada. Una vez preparadas las armas, el narrador explica cómo don Quijote se dedicó a ponerle nombre a todas sus cosas “Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque (según se decía él así mesmo) no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera, que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo" ¿Por qué el nombre de Rocinante, como después el de Dulcinea, es "alto, sonoro y significativo"? ¿qué o a quién significa?. Evidentemente es un compuesto de rocín y antes, tal como indica burlonamente el narrador (“rocín, antes”), es decir, lo que era rocín (recordar que a Loyola sus compañeros le compraron uno, “Y hecho esto, montó en un rocín, que los compañeros le habían comprado”), ahora, por voluntad de su dueño, es caballo, ha subido de categoría para poder ir eternamente unido al caballero, pues “no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido” Pero si don Quijote es un símbolo paródico de Loyola, ¿a quién simboliza este caballo que va a convertirse en su inseparable compañero?, ¿sobre quién va montado Loyola?, ¿quién sino el Relato, es decir, el libro gracias al que existe el auténtico Loyola, dirige los pasos de don Quijote? La asociación de ideas entre Rocinante y las fuentes literarias del Quijote ya fue apreciada por la crítica, especialmente por Knud Togeby, al resaltar la función de director de la composición que recae sobre el caballo: "Rocinante no lleva solamente a Don Quijote, sino también a la composición entera. La acción avanza en la dirección en la que le place ir a Rocinante [...] Si Don Quijote es el carácter central de la novela, Rocinante es el principio que dirige la composición. Ambos son de una necesidad igual para la obra [...] Siendo tan concreto, Rocinante es símbolo del espíritu mismo de la novela [y es] como Don Quijote, un caballero andante. Sancho lo dice expresamente: <<siendo él también caballero andante>> (I,15)”36 "Al lado de Don Quijote, Rocinante
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La estructura del Quijote, Knud Togeby, Universidad de Sevilla 1977, Traducción Antonio Rodríguez Almodovar, p. 57-58.

es el <<personaje>> más fundamental de la novela. Aparece antes que Sancho, antes que Dulcinea y antes incluso de que el héroe haya recibido su nombre"37 Togeby entrecomilla con pudor su acertada atribución hecha a Rocinante al llamarle personaje. Ha captado la intencionalidad de Cervantes, pero le parece excesivo nombrarle de la única manera que realmente le define, o sea, como una persona. También M. Alcalá señala esa idea conductora del caballo: “El libro queda así unido indefectiblemente a la ruta que Rocinante quiera seguir” 38 Según el narrador la pretensión de don Quijote es que su caballo se haga tan famoso como él (“mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba”). Otro aparente error, pues él aún no ha velado armas y ni siquiera se ha vestido su indumentaria de caballero. Sin embargo, el sentido fundamental del verbo profesar es entrar en religión, con lo que todas esas ambiguas palabras dejan de ser un error y se vuelven coherentes referidas a la Compañía o nueva orden religiosa que necesita resonancia (“estruendo”) para elevar su prestigio. Hay además en el fragmento unas cuantas frases procedentes de la Vida, como “puesto en razón”39 o “mudase él también el nombre” “Estábase todavía nuestro Ignacio tendido en una cama, herido de Dios, que por esta vía le quería sanar, y cojo como otro Jacob, que quiere decir batallador, para que le mudase el nombre y le llamase Israel y viniese a decir: Vi a Dios cara a cara y ni ánima ha sido salva” (Vida I, II) En este último fragmento del segundo capítulo vemos, junto a la expresión mudar el nombre, la forma “venir a”, también existente en el texto cervantino, donde se dice “nueva orden” y vuelve a mencionarse “ejercicio”, dándole a todo el conjunto un incuestionable tono religioso que invita a la asociación de ideas. No olvidar que Ribadeneyra, aunque sigue el orden cronológico de la vida de Loyola, constantemente interviene desde el presente, condicionando, con datos y opiniones suyas, la evolución y sentido del pasado. Don Quijote no está profesando una nueva orden, pues la de caballería era bastante antigua, pero Loyola sí, como constantemente recuerda Ribadeneyra “A lo cual también me ha movido, el parecerme, que habiendo V. S. Ilustrísima favorecido siempre esta nueva planta” (Vida, A Quiroga) “Porque, ¿qué hombre cristiano y cuerdo hay que, viendo en estos miserables tiempos una obra tan señalada como esta de la mano de Dios, y una religión nueva, plantada en su Iglesia en nuestros días y extendida en tan breve tiempo, y derramada casi por todas las provincias y tierras que calienta el sol, no desee siquiera saber cómo se hizo esto?” (Vida, A lo hermanos) “Y ¿qué mayor milagro que haber tomado Dios a un soldado desgarrado y sin letras, y tan perseguido del mundo, por instrumento para fundar una Orden de que tanto fruto se ha seguido y que en tan breve tiempo se ha extendido tanto por todas las naciones del mundo?” (Vida, Granada I) En ese último fragmento no sólo encontramos la idea de nueva orden, sino esa frase subrayada en base a la que Cervantes ha construido “todos los rocines del mundo”. El nombre de Rocinante es, en definitiva, un compuesto de “rocín” y “antes”, cuya simbología parece referirse a la sencillez o anonimato en que vivía el religioso
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Ib., p. 60. El Persiles como desafío narrativo, Mercedes Alcalá Galán, Actas del XIII congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Madrid 1998, I, Ed. Castalia, Madrid 2000, p. 411. 39 “Pero, con ser así, todo lo que aquí hemos dicho, y tan universal y notorio el provecho de los Ejercicios, no ha faltado quien ha querido escurecer esta verdad y poner sospecha en cosa tan puesta en razón”(Vida I, VIII)

Gonçalves (“tan bueno él por sí”) “antes” de ser elegido por Loyola como su biógrafo, algo que le convirtió de pronto en una personalidad en la Compañía, pues su nombre irá asociado siempre al del fundador y, dadas las características del Relato y su repercusión, será “famoso y de estruendo”, una profecía de Cervantes que se ha cumplido en su totalidad, a pesar de que ese estruendo primero se transformara después en el escandaloso silencio que ha rodeado a Gonçalves hasta ahora. A continuación don Quijote, una vez puesto nombre a su caballo, “quiso ponérselo a sí mismo” "Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérselo a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della" En el primer capítulo de la Vida, y en contra de la filosofía del Relato, Ribadeneyra, como he visto, se explaya en los orígenes familiares de Loyola “Iñigo de Loyola, fundador y padre de la Compañía de Jesús, nació de noble linaje en aquella parte de España que se llama la provincia de Guipúzcoa, el año del Señor de mil y cuatrocientos y noventa y uno, presidiendo en la silla de san Pedro Innocencio papa VIII deste nombre, y siendo emperador Federico III, y reinando en España los Católicos reyes don Fernando y doña Isabel, de gloriosa y esclarecida memoria. Fue su padre Beltrán Yañez de Oñaz y Loyola, señor de la casa y solar de Loyola y del solar de Oñaz, que están ambos en el término de la villa de Azpetia, y cabeza de su ilustre y antigua familia. Su madre se llamó María Sáez de Balda, hija de los señores de la casa y solar de Balda, que está en el término de la villa de Azcoitia, matrona igual en sangre y virtud a su marido. Son estas dos casas, de Loyola y Halda, de parientes que llaman mayores, y de las más principales en la provincia de Guipúzcoa. Tuvieron estos caballeros cinco hijas y ocho hijos, de los cuales el postrero de todos, como otro David, fue nuestro Iñigo, que con dichoso y bienaventurado parto salió al mundo para bien de muchos; a quien llamaremos de aquí adelante Ignacio, por ser este nombre más común a las otras naciones, y en él más conocido y usado” (Vida I, I) El nombre originario de Loyola es pues Íñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, aunque a lo largo de su vida se le conoce de otras formas. Antes de ser religioso, según se aprecia en el capítulo primero del Relato, algunos le llaman Loyola. Después (ver nota a pie de página nº. 8) acostumbra a firmar como Íñigo de Loyola, y a partir de 1537, coincidiendo casi con el momento de la fundación de la nueva orden, firma definitivamente Ignacio de Loyola. Ribadeneyra, haciendo gala de sus juegos retóricos, se complace en explicarnos esa doble nominación y la decisión de llamarle Ignacio. Cervantes, recordándonos la existencia de varios autores que escriben sobre esta verdadera historia, vuelve a parodiar con ese juego Quijada-Quesada la información de Ribadeneyra sobre Íñigo-Ignacio. Y a imitación de éste, le coloca a su caballero el sobrenombre de su tierra. Pero el sobrenombre de don Quijote, aunque al parecer informa de su tierra, nada dice de su linaje, es decir, que esa doble matización linaje y patria al único que le cuadra es a Loyola cuyo sobrenombre, además de informar sobre

su ascendencia, especifica su lugar de nacimiento, "la casa solar de Loyola, cerca de Azpeitia, en Guipúzcoa [...] pertenecía a una familia noble de <<Parientes Mayores>>, bien relacionada con la nobleza de Castilla"40 ¿Por qué el nombre de Ignacio ha sido sustituido en la parodia por el de Quijote?, pues por una asociación simbólica, ya que los “quixotes” (“en el arnés las piezas que cubren los muslos”41) cumplen una función esencial en la metamorfosis de Loyola, ellos son los responsables de la herida sufrida en la fortaleza de Pamplona, y la causa de su larga convalecencia y, en última instancia, lo que provocó sus lecturas religiosas y su conversión. De hecho, cuando inició su peregrinación a Jerusalén, todavía no estaba totalmente curado y, según Ribadeneyra, llevaba el muslo fajado “se fue con toda priesa a un pueblo que está hacia la montaña, llamado Manresa, tres leguas de Montserrat, cubiertas sus carnes con sólo aquel saco vil y grosero, con su soga ceñido y el bordón en la mano, la cabeza descubierta y el un pie descalzo, que el otro, por haberle aún quedado flaco y tierno de la herida, y hinchársele cada noche la pierna (que por esta causa traía fajada), le pareció necesario llevarle calzado” (Vida I, V) Loyola sale, pues, de su casa con el muslo fajado, es decir, con una especie de quixote de tela, que Cervantes ha transformado en un símbolo más de todas esas piezas significativas en torno a su caballero. En ese sentido, la invención del nombre a través de esa pieza protectora de la pierna, podría considerarse también como un homenaje de Cervantes a la figura peregrina de Loyola 42 que, a pesar de sus dificultades para caminar, recorrió a pie todo lo que se consideraba el viejo mundo. Una simple ojeada a sus itinerarios despierta admiración, aunque sólo sea por los miles de kilómetros efectuados en tan poco espacio de tiempo. Por otra parte, Según James A. Parr don Quijote no tenía derecho a utilizar el "don", "Tanto Covarrubias como el Diccionario de Autoridades concuerdan que ese título honorífico está reservado para los caballeros y otros rangos superiores de la nobleza. Un hidalgo como Alonso Quijano no tenía derecho a ostentarlo, como señala acertadamente la mujer de Sancho en II, 5, observando: <<y yo no sé, por cierto, quien le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos>>"43. Sin embargo Loyola, como noble, sí tuvo derecho a don, de ahí que Cervantes se lo otorgue a don Quijote, que también, según el epígrafe de este capítulo 1 ("Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha") era famoso antes de su primera salida, pues sus hazañas se basan en una historia ya escrita, y que vuelve a coincidir con la de Loyola.
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Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg, Ed. Alianza, Madrid 1986. Covarrubias, o.c. 42 “Por más que Astrana Marín asegure haber encontrado el apellido coetáneo Quijote, la voz indica “parte superior de las ancas de la caballería” además de “parte del arnés dedicada a cubrir el muslo”: se sugiere una irónica ambivalencia que, sólo por esto, y sin entrar en más consideraciones, “ya debió de venir a los propósitos de Cervantes como anillo al dedo.” Constantino Láscaris Commeno insistía en el simbolismo obsceno de la pieza de la armadura, y Dominique Reyre prosigue tal exégesis. Acaso convenga subrayar cómo, desde el Antiguo Testamento al Renacimiento, se ha aludido siempre en el muslo del varón, por metonimia, a la potencia reproductora, cuando no al mismo sexo. Más en concreto, los autores del Siglo de Oro suelen remontar a fuentes bíblicas un episodio hagiográfico reciente: así es como la cojera de San Ignacio de Loyola será asociada con la de Jacob tras su lucha con un ángel (Gén. 32, 24-32) que, al herirle en el tendón del muslo izquierdo, habría castigado su sensualidad, ofrece el tópico mayor relevancia por cuanto la figura del caballero andante a lo divino, imbuido de un espíritu tan afín al de Don Quijote, pudo asimismo originar ciertos pasajes del relato de Cervantes” Una lectura erótica del Quijote, Alfredo Baras Escola, http://www2.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/articf92/baras/.htm 43 La paradoja del Quijote, James A. Parr, Actas del III Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Ed. Anthropos, Barcelona1993, p. 43.

Incluso la mención de Amadís como modelo de caballero andante a quien fundamentalmente quiere imitar don Quijote, deriva de la predilección mostrada por Loyola hacia este héroe literario, el único citado en el Relato, y al que imita en la caballeresca vela de armas del capítulo II. El narrador insiste en la existencia de varios autores y en el carácter histórico de las fuentes utilizadas (“autores desta tan verdadera historia”). Los autores ya sabemos que son Gonçalves y Ribadeneyra, y también que la historia es verdadera si se lee en su sentido profundo, aunque la intención de Cervantes al insistir sobre la naturaleza histórica y verdadera de su aparente historia fingida, es ridiculizar a Ribadeneyra que, a pesar de llenar su libro de fantasías literarias y verdades a medias, no duda en repetir varias veces la autenticidad de todo lo contado “A lo cual también me ha movido, el parecerme, que habiendo V. S. Ilustrísima favorecido siempre esta nueva planta, y obra de Dios, desde que ella casi comenzó, no le será cosa nueva ni dificultosa llevarlo adelante (como lo hace obligándonos cada día más con nuevas mercedes y fundaciones de Colegios) ni dar con su autoridad fuerza a la verdad, que en esta historia se escribe” (Vida, A Quiroga) “Y fue cosa muy conveniente hacer V. P. esto en este tiempo, donde da testimonio de muchas cosas como testigo de vista, y otras que pasó con el padre; y hace más verdadera su historia” (Vida, Granada I) “Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella: ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas [...] Destos originales se ordenó y sacó casi toda esta historia. Porque no he querido poner otras cosas que se podrían decir con poco fundamento, o sin autor grave y de peso, por parecerme que, aunque cualquiera mentira es fea e indigna de hombre cristiano, pero mucho más la que se compusiese y forjase relatando vidas de santos” (Vida, A los hermanos) No es de extrañar, tras leer las promesas de Ribadeneyra y su opinión sobre la veracidad, especialmente en las vidas de santos, que el tema de la verdad sea una constante en el Quijote, pues Cervantes conoce a fondo cuánta verdad encubierta, cuántas cosas inciertas y dudosas contiene la Vida, además de sus ocultas intenciones. Más adelante veremos cómo los mismos compañeros de Ribadeneyra escogieron precisamente esas frases sobre la verdad para censurar distintos aspectos de su libro. "Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él: Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: <<Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante>>?” Cervantes realiza una especie de recolección donde especifica los actos ya realizados por don Quijote para poder identificarse con un caballero andante y, simbólicamente, con Loyola: ha limpiado y reparado sus armas, se ha puesto nombre a él y a su caballo y se ha autorreforzado en su decisión “confirmándose a sí mismo”, tal como dice Ribadeneyra

“Con estas visitaciones y regalos divinos quedaba su ánima tan esclarecida de celestial lumbre y con tanto conocimiento y seguridad de las cosas de la fe, y su espíritu tan confirmado y robusto” (Vida I, VII) y por último se da a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse”, pues, para imitar completamente a los caballeros de ficción, "no le faltaba otra cosa" que tener una dama. Lo importante es la imitación, el cumplir con todos los requisitos del perfecto caballero andante y, fundamentalmente, seguir todos los pasos recogidos en los libros sobre Loyola. En medio de esta información del narrador sobre la búsqueda de una dama para don Quijote, se escucha por primera vez su voz hablándose a sí mismo (“Decíase él”), igual que en el Relato se escucha por primera vez la de Loyola hablando consigo "leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se paraba a pensar, razonando consigo: ¿qué sería, si yo hiciese esto que hizo S. Francisco, y esto que hizo S. Domingo? [..] Mas todo su discurso era decir consigo: S. Domingo hizo esto; pues yo lo tengo de hacer" (R,7) Don Quijote se plantea la posibilidad de encontrarse “con algún gigante” pues, según él mismo se dice, ocurre frecuentemente (“como de ordinario les acontece44 a los caballeros andantes”) en los libros, se supone, de caballerías, aunque también en la Vida aparecen otros gigantes45 “El padre maestro Juan de Avila, predicador apostólico en Andalucía y bien conocido en ella y en toda España por su excelente virtud, letras y prudencia, cuando supo que Dios había enviado al mundo a N. B. P. Ignacio y a sus compañeros, y entendió su instituto e intento, dijo que esto era tras lo que él tantos años con tanto deseo había andado, sino que no sabía atinar a ello; y que le había acontecido a él lo que a un niño que está a la halda de un monte, y desea y procura con todo su poder subir a él alguna cosa muy pesada, y no puede por sus pocas fuerzas, y después viene un gigante, y arrebata de la carga que no puede llevar el niño, y con mucha facilidad la pone do quiere; haciéndose con esta comparación, por su humildad pequeño, y a N. B. P. gigante” (Vida IV, XVII) En este cuento tontón, cuyo único objetivo es, como siempre, resaltar la admiración que causa la Compañía -y especialmente Loyola- a los hombre más prestigiosos, aparecen unidas la idea del gigante y el verbo acontecer, como en el fragmento del Quijote, donde el caballero medita sobre la posibilidad de enviar sus triunfos a su señora en actitud de absoluta sumisión (“se hinque de rodillas ante mi dulce señora”), de nuevo a imitación de Loyola “Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza, por medio de la gloriosa Madre, al piadoso y amoroso Hijo por soldado y siervo fiel, y prometiéndole de seguir su estandarte real y dar de coces al mundo” (Vida I, II) Don Quijote se congratula con su imaginación y elocuencia ("¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso"), igual que Loyola queda satisfecho tras sus fantásticas ideas de imitar a los santos
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“Y puede acontecer, como muchas veces vemos que acontece” (Vida III, XV). “Los misioneros de la Compañía son Hércules, Sansones, Césares y Alejandros. Todos los jesuitas, en general, sin excepción alguna, son leones, águilas, rayos de la guerra, flor de la milicia de la Iglesia; nacen armados de punta en blanco, con la coraza en el pecho y el yelmo en la cabeza. Cada uno de ellos vale por un ejército” (“trozo del infolio de mil páginas, todas al mismo tenor, que escribió el Padre Lancicio, cuando se celebró el primer centenario del Instituto”)”. Mirando a Loyola, Julio Cejador , Ed. Renacimiento, Madrid 1913, p. 120.

"no solamente se consolaba quando estaba en los tales pensamientos, mas aun después de dexado, quedaba contento y alegre" (R,8) Don Quijote se “holgó” y Loyola queda “contento y alegre” “¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos, y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto" En el capítulo I del Relato se da una doble información de Loyola que Cervantes utiliza a su antojo para la creación de Dulcinea. La primera sobre sus amores terrenales "Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su coraçon, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y 4 horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba quán imposible era poderlo alcançar; porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas" (R,6) Del párrafo se deduce que Loyola sueña con esta señora durante tanto tiempo que bien podría llamarse señora de sus pensamientos. También se deduce que no vive en su misma tierra (“ir a la tierra donde ella estaba”) y que anduvo enamorado de ella en su juventud (“un tiempo”), aunque según se entiende, el amor por la princesa o gran señora fue sólo platónico ("quán imposible era poderlo alcançar"). En general, la información sobre la dama es bastante imprecisa a todos los niveles, siendo lo único claro la fuerza de ese ideal: “tres y 4 horas sin sentirlo, imaginando” Cervantes confiere a todo el párrafo la misma imprecisión general ("a lo que se cree") que hemos visto en el Relato y, además, las mismas características específicas, pues el amor de don Quijote resulta, de entrada, tan idealista como el de Loyola, ya que su alegría se produce cuando halla “a quien dar nombre”, no cuando se enamora realmente, por lo que nos encontramos ante un amor tan platónico, aparentemente, como el de Loyola. Igualmente Dulcinea está en otra tierra, el Toboso, de la que sólo conocemos el nombre, el resto es una pura abstracción. Tampoco Dulcinea llegó a conocer el amor que le profesaba don Quijote, tal como parece deducirse del Relato, donde se sobreentiende que Loyola pudo estar enamorado de una señora que nunca lo supo. Pero, ¿quién podía ser esa señora? Entre las diversas candidatas señaladas por los historiadores, la mayoría se inclina por doña Catalina de Austria46, hermana de Carlos V47. Parece que indirectamente
“Los historiadores han tratado de identificar esta misteriosa mujer proponiendo a tres personajes diferentes: Germana de Foix, Catalina, la hermana de Carlos V, y Leonor, hermana mayor del emperador, insistiendo sobre todo en la mayor verosimilitud de que fuera Catalina la dama soñada. Sus catorce o quince años no resultan ningún obstáculo, a pesar de la opinión del P. de Dalmases. Por recordar sólo unos casos literarios, el enamoramiento de Amadís y Oriana se produce cuando la Princesa tiene doce años [...] En todos los casos son hijas de reyes y solteras, como es habitual en la tradición caballeresca hispana, a diferencia de las novelas artúricas de amores adúlteros como en el ciclo de Lanzarote o en el de Tristán” Cacho, o.c., p.142.
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esta señora sirvió de modelo para la creación de Dulcinea, pues su estado es más alto que el de condesa o duquesa, ya que era hermana de Carlos V, y además estaba rodeada de un aura de leyenda: "nació durante la macabra peregrinación de su madre con los restos" de su padre, Felipe el Hermoso; sufrió "una rigurosa clausura, el aislamiento, las manías de Juana y la dureza de sus guardianes, los marqueses de Denia48; un intento de liberación por parte de sus hermanos Carlos V y Leonor cuando llegaron a España fracasó". Tras casarse con Juan III de Portugal en 1525, "impuso la severidad en la corte, favoreció el establecimiento de la Inquisición y la implantación de la Compañía de Jesús en Portugal"49 Además de esa información sobre los posibles amores terrenales de Loyola, en el Relato vemos cómo tras una "visitación" de nuestra Señora con el Santo niño Jesús, hizo voto privado de castidad, y a partir de ahí "nunca más tuvo ni un mínimo consenso en cosas de carne" (R,10). Desde ese momento su ideal femenino queda transmutado en ideal religioso y el gran espacio de sus pensamientos lo ocupa desde ahora la Virgen, a la que siempre se encomienda como protectora de sus acciones 50. Cervantes otorga a Dulcinea esa dualidad entre ideal platónico y divinidad 51, pues don Quijote la convierte "en una princesa dotada de todas las gracias, elegancia y hermosura [...] Parece evidente que don Quijote, aun antes de su locura, no había visto jamás a Aldonza-Dulcinea y que su amor es una repetición del tema trovadoresco y novelesco del <<amor de oidas>>, o sea el que concebían los caballeros por determinadas damas basados únicamente en la fama que de ellas les había llegado. Don Quijote está convencido de que existe Dulcinea y de que es una alta princesa, y pretende convencer a los demás de esta creencia suya. Pero cuando en un momento determinado (QI,25) ha de enviarle una carta por medio de Sancho Panza, se abre un breve y significativo paréntesis en la locura de don Quijote, pues revela a su escudero que Dulcinea es Aldonza Lorenzo y justifica el desdoblamiento de la personalidad de esta mujer aduciendo ejemplos de damas idealizadas por los poetas, lo que nos hace comprender, una vez más, que la locura de don Quijote es esencialmente literaria”52 Esas palabras anteriores atribuidas por la crítica a Dulcinea, pueden aplicárseles casi íntegramente al Relato, dando idea de la perfecta transposición o imitación realizada por Cervantes, cuya enigmática frase del Prólogo I (“Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que escribiere”) queda claramente explicada con ese exhaustivo trabajo de transposición. Cervantes busca esa perfección transmitiendo hasta las dudas (“a lo que se cree” o “según se entiende”) existentes en el Relato, y nos ofrece en lo esencial una dama tan ideal e indefinida como la de Loyola, cuyas características coinciden todas con las de Dulcinea: las dos son señoras de sus pensamientos y viven apartadas de sus caballeros, las dos parecen no haberlos visto nunca (la impresión del Relato es que esta

“Precisamente durante su carrera en Navarra tomaron auge los ensueños de Iñigo de aspirar con sus proezas a la mano de una dama de sangre real. Excluyendo, como creemos inevitable, a doña Germana de Foix, el hecho se explicaría más obviamente suponiendo que asistió en Valladolid a la solemne presentación a la Corte de la Infanta doña Catalina, que tuvo lugar estos meses” Leturia, o.c. p. 111. 48 Donde Ana y Javier. 49 Diccionario histórico, o.c. ¿Favoreció doña Catalina a la Compañía porque llegó a conocer el amor de Loyola?. 50 "se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar, poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reina de los Ángeles" (Vida I, IV) 51 “Dulcinea nunca pierde su inocencia. Es una diosa en un pedestal de la tradición neoplatónica de León Hebreo” Angélica y Dulcinea: dos mujeres idealizadas, Sandra L. Nielsen, Actas XIII AIH, o.c., p. 637. 52 Enciclopedia Larousse.

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señora, por lo menos al principio, no llegó a conocer los deseos de Loyola, por eso Cervantes dice que “ella jamás lo supo ni le dio cata dello”), e incluso ignoran el amor que les profesan, y las dos son señoras de alta alcurnia, pues doña Catalina es princesa, y don Quijote busca un nombre que se encamine “al de princesa y gran señora”. Por último, la infanta Catalina de Austria también llevaba, como Dulcinea del Toboso, el sobrenombre de su tierra53 Ribadeneyra versiona así la información del Relato al respecto "Lo cual sucedía muy al revés en los pensamientos de Dios. Porque cuando pensaba Ignacio lo que había de hacer en su servicio, cómo había de ir a Jerusalem y visitar aquellos santos lugares, las penitencias con qué había de vengarse de sí y seguir la hermosura y excelencia de la virtud y perfección cristiana, y otras cosas semejantes, estaba su ánima llena de deleites, y no cabía de placer mientras que duraban estos pensamientos y tratos en ella; y cuando se iban, no la dejaban del todo vacía y seca, sino con rastros de su luz y suavidad. Pasaron muchos días sin que echase de ver esta diferencia y contrariedad de pensamientos, hasta que un día, alumbrado con la lumbre del cielo, comenzó a parar mientes y mirar en ello, y vino a entender cuán diferentes eran los unos pensamientos de los otros en sus efectos y en sus causas. Y de aquí nació el cotejarlos entre sí, y los espíritus buenos y malos, y el recibir lumbre para distinguirlos y diferenciarlos” (Vida I, II) En el texto de Gonçalves, los recuerdos y pensamientos amorosos de la época militar de Loyola son humanos “embebido en pensar en ella dos y tres y 4 horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora” aunque sin aclarar si aquellas relaciones fueron algo más que platónicas o si la dama llegó a saberlo, por eso dice Cervantes, con su acostumbrada sutileza, que don Quijote anduvo un tiempo enamorado de Aldonza Lorenzo, “aunque según se entiende, ella jamás lo supo”, la misma posible lectura que admite el Relato, de ahí que como también se deduce de ambos libros, don Quijote proclame a su musa “señora de sus pensamientos”, pues sólo en ese sentido idealizado existirá Dulcinea. Pero Ribadeneyra, con ese "pensamientos de Dios" de la primera línea, cambia absolutamente el sentido del párrafo, pues aunque coloca un punto seguido, la frase siguiente continúa dominada por el sujeto Dios que, en contra de la información del Relato, es a quien Loyola desea servir, y no a "una señora". Es decir, ha imitado la estructura, el ritmo e incluso la mayor parte del texto del Relato, pero introduciendo matices que distorsionan su verdadero sentido. Todo además aderezado de términos religiosos ("la virtud y perfección", "su ánima") que permiten la utilización del femenino, como en el Relato, logrando un mayor parecido formal. También, para reforzar su manipulación a lo divino, sustituye el deseo de Loyola de "ir a la tierra donde ella estaba" por el de visitar Jerusalén que, aunque es cierto, aparece en el Relato un poco más adelante y en

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La relación de Dulcinea con Catalina de Austria que hace en su comentario del capítulo 1 sorprende bastante por los elementos que introduce Cervantes en su texto para permitir que la identificación sea posible. Incluso añade un sutil matiz que usted no señala pero que viene a corroborar su acertada interpretación:"ni le dio cata dello". Ese “cata” es una evidente simplificación de Catalina. En cuanto a la dualidad de la naturaleza humano/divina de Dulcinea que usted señala, ¿no cree que puede llevar a afirmar que la figura de Dulcinea juega un doble papel? Por un lado el que usted señala de trasunto literario de Catalina de Austria, y por otro el de la Virgen. Me viene a la memoria el encuentro de Don Quijote con los mercaderes toledanos, a los que el caballero obliga a confesar, sin verla, que Dulcinea es la más bella emperatriz de la Mancha. Dionisio Martín.

otro contexto. Obviamente Ribadeneyra no quiere que su futuro santo tenga ni un asomo de roce de pecado. Las palabras del narrador conducen a su vez a otras lecturas, pues ese irónico “según se entiende” sirve de referente a otro fragmento, ya comentado, de la Vida, donde valiéndose de esa expresión (“así se entiende que le apareció este glorioso apóstol”) Ribadeneyra transforma en milagro un simple comentario. Ahora ha hecho prácticamente lo mismo, por eso Cervantes vuelve a recordar la expresión para ridiculizar las justificaciones de Ribadeneyra a la hora de entender el Relato según sus conveniencias. Hay otras frases paralelas que dan idea de cómo Cervantes se apropia del lenguaje de la Vida para conseguir efectos semejantes al estilo de los libros de caballerías. Los últimos párrafos de este capítulo primero están cuajados de pequeñas referencias extraídas de la Vida. Don Quijote ha dicho, por ejemplo, que “de ordinario” los caballeros andantes derriban a los gigantes, utilizando el verbo derribar, muy presente y de forma simbólica en la Vida “Afirmaba también que el demonio cuando quiere acometer y derribar a uno, aguarda muchas veces a saltearle de noche al tiempo que despierta del sueño para ponerle delante cosas feas y sucias, antes que se pueda armar de los santos pensamientos con que le previene Dios nuestro Señor” (Vida V, X) Con ese mismo sentido de combate (“le derribo de un encuentro”) emplea Ribadeneyra simbólicamente el vocablo encuentro “Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido” (Vida, A los hermanos) Lo mismo ocurre con el vocablo batalla (“en singular batalla”), también ampliamente representado en la Vida de múltiples maneras “Pero, como no pudiese desecharla, fue gravísimo el tormento que sintió, y mucho mayor la fatiga que daba a su alma la lucha de esta espiritual batalla” (Vida I, IX) O el verbo rendirse (“finalmente, le venzo y le rindo”), utilizado por Ribadeneyra en las disputas entre eclesiásticos “Entonces dijo el Cardenal: <<Agora me rindo, señor doctor, y digo que tiene razón” (Vida III, XV) Tanto en el Relato como en la Vida, Loyola es constantemente denominado “el peregrino” y en cierta medida, durante el siglo XVI y XVII, esa es una de las formas más comunes de nombrarlo. Ribadeneyra, para acentuar su familiaridad, le llama insistentemente “nuestro peregrino” o “nuestro Ignacio” “Y por esto muchos aconsejaban a nuestro peregrino que librase este negocio para otro tiempo en que hubiese más sazón” (Vida I, X) de ahí que Cervantes, también con insistencia, coloque el mismo posesivo ante las distintas formas de nombrar a don Quijote “Frisaba la edad de nuestro hidalgo” (QI,1) “cómo se holgó nuestro buen caballero” (QI,1) “comenzó a dar a nuestro don Quijote” (QI, 4). Cervantes facilita, además, la identificación entre seres históricos e imaginarios a través de pistas anagramáticas, aceptables en cuanto se trata de un procedimiento muy concreto y repetido con la mayoría de los personajes fundamentales de la novela. Todos los aparecidos hasta ahora mantienen esa coincidencia R-O-C-I-N-A-N-T-E (9 letras) .................... G-O-N-Ç-A-L-V-E-S (9 letras) Q-U-I-J-O-T-E (7) ................... I-G-N-A-C-I-O (7)

M-A-N-C-H-A (6) ................... L-O-Y-O-L-A (6) DULCINEA DEL TOBOSO (17) ................ CATALINA DE AUSTRIA (17) Estos juegos numéricos explican las últimas palabras atribuidas por el narrador a don Quijote: “nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto". Los nombres son significativos porque se refieren o sustituyen al de las personas que significan; musicales porque están medidos rítmicamente y poseen el mismo número de letras que el de la persona representada; y peregrinos porque se relacionan con Loyola, el peregrino. Un juego que no pasó desapercibido a los jesuitas o a sus allegados, y que explica la incomprendida acusación de Avellaneda contra Cervantes, culpándole de utilizar nombres "sinónimos" que encubren a personas reales "No sólo he tomado por medio entremessar la presente comedia con las simplicidades de Sancho Pança, huyendo de ofender a nadie ni de hazer ostentación de sinónimos voluntarios"54 El primer capítulo concluye generalizando esa triple intencionalidad de músico, peregrino y significativo que tienen todos los nombres “que a él y a sus cosas había puesto”, aprovechando de nuevo otra expresión de Ribadeneyra de contenido totalmente paralelo, pues se refiere metafóricamente, como Cervantes, a las cosas espirituales de Loyola “Y este fue el primer conocimiento que nuestro Señor le comunicó de sí y de sus cosas” (Vida I, II) En conjunto, este capítulo 1 del Quijote, tras "el detenido retrato psicofísico del protagonista y su completo entorno social"55, esconde un análisis profundo del Relato y la Vida, y un preciso ejercicio 56 de imitación y síntesis de la compleja personalidad de Loyola. Bajo el estilo paródico de un libro de caballerías, Cervantes ha ido introduciendo todo tipo de matices y expresiones que evocan el Relato o la Vida, sugiriendo constantemente la doble lectura y una metodología: muchos detalles logran un gran parecido. La importancia de este primer capítulo es, pues, esencial, no sólo porque en él aparecen casi todos los personajes fundamentales de la novela, sino porque además han quedado prácticamente marcados los rasgos definitorios de la personalidad de don Quijote, los que hacen comprensible la evolución de lo que vendrá, de la misma manera que el capítulo primero del Relato explica indirectamente la evolución del héroe militar hacia la santidad, de ahí que Cervantes transmita la sensación de no crear de la nada sino de transformar lo ya existente en algo nuevo. El hidalgo ocioso y soñador se ha transformado en caballero andante, el rocín en caballo y Aldonza Lorenzo en Dulcinea. Los tres han dejado de ser lo que eran y ahora son quienes se necesita que sean, es decir, figuras paródicas o idealizadas del Relato y la Vida, imitados tan exhaustivamente que resulta sorprendente que, a su vez, puedan ser personajes de una novela independiente. Cervantes incorpora al pensamiento de don Quijote “el sentido cristiano de los libros de caballerías [...] su espíritu, su anhelo, su consumirse tras un ideal, su aspiración heroica”57, todo acomodado al comportamiento de Loyola, parte de cuyas raíces humanistas se encontraban en esos libros de caballerías que forjaron su espíritu
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Don Quijote de la Mancha, Alonso Fernández de Avellaneda. Edición, introducción y notas de Martín de Riquer, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1972, p. XVI. 55 ¿Cuándo, dónde y cómo se escribió el "Quijote" de 1605?, Emilio Orozco Díaz, Universidad de Granada, 1980, p. 44. 56 "Todo el capítulo primero, uno de los más sutiles del libro, es elaborado arranque, y está escrito de esa manera precisa y meticulosa que en Cervantes contrasta con aquella otra de describir a amplios y sueltos rasgos", Prosas completas, Luis Cernuda, Ed. Barral, Barcelona 1975, p. 965. 57 Sentido y forma del Quijote, J. Casalduero, Ed. Gredos, p. 72.

aventurero. La literatura caballeresca es, pues, sólo la fachada que encubre el camino ascético de quien aspira a la santidad, al reino de Dios. Por eso don Quijote, en su locura, llega a imaginar que sus hazañas le harán famoso en el mundo entero, y que con ellas logrará hasta un reino.

CAPÍTULO DOS
El capítulo I del Relato finaliza con Loyola decidido a poner en práctica sus nuevos propósitos religiosos "hallándose ya con algunas fuerças, le pareció que era tiempo de partirse" (R, 12) Don Quijote, al inicio del capítulo segundo, tras poner nombre a todas sus cosas, tampoco "no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento" En ambos casos, la influencia de los libros ha producido un cambio que los dos anhelan llevar a cabo "Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer" La causa del impetuoso deseo de don Quijote es "la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza", es decir, actúa "no porque su destino lo fuerce sino porque él mismo se lo propone"1. Su acción surge de una intención continuada ("él pensaba") de imitar a Loyola, que durante su convalecencia piensa en imitar a los antiguos santos "no se curando de nada, perseveraba en su lección y en sus buenos propósitos" (R, 11) "fuese, según su costumbre, pensando en sus propósitos" (R, 17) Igualmente, la idea de la imitación como fruto de un continuo pensamiento está, según vimos, muy clara al principio del capítulo II de la Vida, donde Ribadeneyra insiste machaconamente en la idea de imitar a Cristo como fruto de un proceso de meditación, para lo que repite hasta seis veces seguidas el vocablo “pensamiento” Tanto Loyola como don Quijote han meditado ampliamente su decisión, y ahora desean “poner en efeto su pensamiento”. De nuevo se repite la expresión de la Vida (“ponerse en efeto lo que él tanto deseaba”) ya utilizada en el capítulo 1. Tantas ganas tenía Loyola que, como más adelante se verá, salió sin haberse curado del todo, pues según el Relato “Pensaba muchas veces en su propósito, deseando ya ser sano del todo para se poner en camino” (R,11) y según Ribadeneyra “diose priesa y pasó adelante” (Vida I, II) Don Quijote está espoleado por esta prisa (“no quiso aguardar...apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza”) característica del ánimo de la Compañía y de su fundador “E iremos sin tardanza (cuanto será de nuestra parte) a cualesquier provincias donde nos enviaren” (Vida III, XXI) Además de señalar la prisa, el narrador especifica los objetivos de la salida, los cuales coinciden claramente con los de Loyola -deshacer agravios “y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio” (Vida I, III) “las ofensas y agravios que se le hacían los pagaba con semejantes oficios de caridad” (Vida V, II) -tuertos que enderezar “Y trató muy de veras consigo mismo de mudar la vida y enderezar la proa de sus pensamientos a otro puerto más cierto y más seguro que hasta allí, y destejer la tela que
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L.P. Pérez , o.c. p. 200.

había tejido, y desmarañar los embustes y enredos de su vanidad, con particular aborrecimiento de sus pecados y deseo de satisfacer por ellos y tomar venganza de sí” (Vida I, II) “De suerte que de lo que él padeció y en lo que él fue tentado, aprendió por experiencia cómo había de enderezar y ayudar a otros cuando lo son” (Vida II, I) -sinrazones que emendar, y abusos que mejorar “Porque la experiencia ha mostrado que muchos príncipes, así eclesiásticos como seglares, hombres principales y de baja suerte, sabios e inorantes, casados y continentes, consagrados a Dios y solteros, mozos y viejos, entrando a hacer los Ejercicios se han aprovechado, o para emendar la mala vida, o para mejorar la buena que tenían” (Vida I, VIII) “Se esforzó también por suprimir algunos abusos,y con la ayuda de Dios se puso orden en alguno” (R, 88) “Este sacrílego abuso procuró con todas sus fuerzas que se extirpase de aquella tierra” (Vida II, V) “Si por ventura alguno de sus súbditos era más arrimado a su parecer y menos obediente de lo justo, y por alguna pasión torcía del camino de la razón, con éste peleaba tan diestramente, usando con él de las armas de la mansedumbre y de la paciencia, que al fin, o venía el súbdito a corregirse y rendirse a su caridad, o a ser tan notoria su sinrazón, que le hacía inexcusable” (Vida V, X) - deudas que satisfacer “Porque, aunque era verdad que tenía grande aborrecimiento de sus pecados pasados, pero en las penitencias que hacía para satisfacer por ellos, estaba ya su corazón tan inflamado y abrasado de un vehementísimo deseo de agradar a Dios” (Vida I, III) Todo estos ejemplos podrían sustituirse por otros semejantes, pues Cervantes irá poco poco atribuyéndole a su personaje casi todos los rasgos con que se caracteriza a Loyola en la Vida. El caso es que don Quijote desea poner en práctica todos esos propósitos y, en cuanto puede, realiza su primera salida "Y así sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo" Destaca en este fragmento el secreteo (“sin dar parte a persona” “sin que nadie le viese” “por la puerta falsa”) en torno a la salida, de nuevo en paralelo a la de Loyola, pues tanto en el Relato como en la Vida se menciona expresamente que la primera persona en conocer su determinación de irse fue el confesor de Montserrat "fué el primer hombre a quien descubrió su determinación” (R,17) “Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos” (Vida I, IV) Hasta varios días después de salir de su casa, Loyola ha ocultado “sus propósitos y intentos”, pues al primero en comunicárselo es a ese confesor que poco después encontrará en Montserrat. Don Quijote tampoco ha comunicado a nadie “su intención” y, además, ha salido muy temprano y por la puerta falsa, o sea, furtivamente, temeroso de la oposición de su familia, como le ocurre a Loyola cuando deja su casa sin dineros y en contra de la voluntad de los suyos, que se habían dado cuenta del cambio radical ocurrido en su persona en apenas seis meses "Mas así su hermano como todos los demás de casa fueron conociendo por lo exterior la mudança que se había hecho en su ánima interiormente" (R, 10)

y le manifiestan su oposición "hallándose ya con algunas fuerças, le pareció que era tiempo de partirse, y dixo a su hermano: <<Señor, el duque de Nágera, como sabéis, ya sabe que estoy bueno. Será bueno que vaya a Navarrete>> (estaba entonces allí el duque). El hermano le llevó a una cámara y después a otra, y con muchas admiraciones le empieça a rogar que no se eche a perder; y que mire quánta esperança tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de apartarle del buen deseo que tenía. Mas la respuesta fué de manera que, sin apartarse de la verdad, porque dello tenía ya grande escrúpulo, se descabulló del hermano" (R, 12) Su hermano sospecha lo que pretende hacer y le ruega “que no se eche a perder”, la misma expresión empleada por el ama de don Quijote cuando, en el capítulo 5, recuerda precisamente estos prolegómenos de su locura "que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha" (QI,5) El ama sospechaba algo, pues le había escuchado hablando solo (“hablando entre sí”). Cosa que también se deduce del Relato pues, aunque Loyola sabemos que no se lo dijo a nadie, su hermano sin embargo se lo temía, probablemente por esa costumbre de hablar consigo mismo. El ama personaliza los temores del hermano mayor e incluso la admiración femenina al heroico e imaginativo hermano pequeño, ya que ella califica a don Quijote como "el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha", la misma opinión que según su hermano tiene la gente de Loyola: "y que mire quánta esperança tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes". Frases paralelas, resaltando la buena reputación de ambos personajes. Ribadeneyra también ofrece su versión de estos hechos “Olió el negocio Martín García de Loyola, su hermano mayor, y dióle mala espina; y llamando aparte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, mas que considerase cuán bien entablado tenía su negocio y cuánto camino tenía andado para alcanzar honra y provecho, y que sobre tales principios y. tales cimientos podría edificar cualquiera grande obra que las esperanzas ciertas de su valor y industria a todos prometía: - Todas las cosas (dice) en vos, hermano mío, son grandes, el ingenio, el juicio, el ánimo, la nobleza y favor y cabida con los príncipes, la buena voluntad que os tiene toda esta comarca, el uso y experiencia de las cosas de la guerra, el aviso y prudencia, vuestra edad que está ahora en la flor de la juventud, y una expectación increíble fundada en estas cosas que he dicho, que todos tienen de vos. Pues ¿cómo queréis vos, por un antojo vuestro, engañar nuestras esperanzas tan macizas y verdaderas, y dejarnos burlados a todos; despojar y desposeer nuestra casa de los trofeos de vuestras vitorias y de los ornamentos y premios que de vuestros trabajos se han de seguir? Yo en una cosa os hago ventaja, que es en haber nacido primero que vos y ser vuestro hermano mayor, pero en todo lo demás, yo reconozco que vais adelante. Mirad (yo os ruego, hermano mío más querido que mi vida) lo que hacéis, y no os arrojéis a cosa que, no sólo nos quite lo que de vos esperamos, sino también amancille nuestro linaje con perpetua infamia y deshonra. Oyó su razonamiento Ignacio, y como había otro que le hablaba con más fuerza y eficacia al corazón, respondió a su hermano con pocas palabras diciendo que él miraría por sí y se acordaría que había nacido de buenos, y que le prometía de no hacer cosa que fuese en deshonra de su casa. Y con estas pocas palabras, aunque no satisfizo al hermano, apartóle y sacudióle de sí, y púsose en camino, acompañado de dos criados; los cuales poco después despidió, dándoles de lo que llevaba” (Vida I, III).

Ribadeneyra ha despojando la información del Relato de toda la tensión existente entre los hermanos, y ha convertido al mayor (gracias a ese párrafo novelado en estilo directo) en un hombre compresivo, preocupado y, sobre todo, gran admirador del pequeño, algo que, históricamente, parece absolutamente incierto. La comparación de ese texto con la breve información del Relato nos va desvelando poco a poco la tarea maquilladora y amplificadora de Ribadeneyra, obsesionado por crear una biografía de su fundador al estilo de las más modélicas existentes, aun faltando en muchos momentos a la verdad, pues es imposible aceptar esa parrafada entrecomillas que le atribuye al hermano, no sólo por el tiempo transcurrido, sino porque su estilo delata la autoría de Ribadeneyra, cuyo objetivo es edulcorar todas las escenas, novelando a su antojo el mundo familiar que él considera adecuado para un santo. La triple versión de estos acontecimientos ofrecida por los tres autores, Gonçalves, Ribadeneyra y Cervantes, resulta muy esclarecedora respecto a las tres formas distintas de trabajo. El primero se dedica a escribir lo que escucha con estilo preciso y sin añadir ni quitar, el segundo novela a su antojo, y según sus intereses, lo del primero más otras nuevas informaciones, y Cervantes, a modo de rapsodia, los maneja juntos, haciendo por un lado lo que el primero, es decir, tratando de transmitir a través de su personaje el espíritu del Loyola peregrino, y burlándose del segundo al novelar irónicamente a la manera caballeresca-realista lo que Ribadeneyra ha hecho a lo divinocaballeresco. La frase central de los tres autores es una muestra efectiva -le empieça a rogar que no se eche a perder, (R) -comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, (Vida) -que así han echado a perder el más delicado entendimiento, (Q) En definitiva, Loyola salió de su casa en contra de la voluntad de los suyos, pues "se descabulló", y más adelante, cuando por fin se pone en camino, nos dice el Relato que lo hace muy de mañana "en amaneciendo se partió por no ser conocido" (R,18) Lo mismo dice Ribadeneyra “Y por no ser conocido, antes que amaneciese” Por eso don Quijote sale "una mañana, antes del día" "Y así sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral salió al campo, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo" La expresión “se armó de todas sus armas” vuelve a estar inspirada en el capítulo primero de la Vida, es decir, en los prolegómenos a la salida de Loyola “Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesu Cristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa” (Vida I, I) Ya hemos visto cómo las armas de don Quijote (celada, adarga y lanza) son el símbolo empleado por Cervantes para representar la defensa espiritual de Loyola, cosa que está aquí ratificada por la misma utilización metafórica realizada por Ribadeneyra, al identificar a los “santos sacramentos” como “verdaderas armas” Muy sutil resulta ese matiz de Cervantes sobre la celada (“su mal compuesta celada”), con el que de nuevo nos vuelve a insinuar la relación existente entre la celada y la todavía frágil formación espiritual de Loyola.

Además de salir por la puerta falsa, a hurtadillas, tanto Loyola como don Quijote lo hacen a caballo 2, y se alegran de la facilidad con que han dado comienzo a sus deseos de aventuras "Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndose siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, las quales quando proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas en obra" (R,7) y don Quijote “salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuanta facilidad había dado principio a su buen deseo" frase donde aparecen otros dos vocablos que nos remiten a otro fragmento especialmente artificioso y absurdo, también en el capítulo primero de la Vida “Y por ventura para esto os será mi trabajo provechoso y también gustoso y agradable, pues el deseo de imitar hace que dé contento el oír contar lo que imitar se desea, y que sea tan gustoso el saberlo, como es el obrarlo provechoso” (Vida I, I) Don Quijote sale al campo ornado de todos los elementos (celada, adarga, lanza) que lo definen como un caballero andante y, simbólicamente, como un peregrino, pues Loyola, al quitarse sus ropas de caballero, se viste o arma de las que le identifican con el nuevo caballero de Cristo "y despojándose de todos sus vestidos, los dió a un pobre " (R,18) Mientras Loyola se despoja de sus ropas de caballero, don Quijote se viste con ellas "se armó de todas sus armas" El referente común es “de todos sus”, al que se añaden otros elementos aparentemente contradictorios pero realmente paralelos, pues Loyola para ser peregrino se despoja de sus vestidos, mientras don Quijote para ser caballero se arma. Algo que también Ribadeneyra ha expresado utilizando la misma simbología caballeresca a lo divino, o sea que, metafóricamente, lo ha vestido, como don Quijote, de caballero andante “Y aunque entre estos propósitos y deseos se le ofrecían trabajos y dificultades, no por eso desmayaba ni se entibiaba punto su fervor, antes armado de la confianza en Dios, como con un arnés tranzado de pies a cabeza” (Vida I, II) Volvamos al principio, al momento en que Loyola sale de su casa ricamente ataviado, como corresponde a su rango de caballero, y camina hasta su primer destino, el monasterio de Montserrat. Allí dejó sus ropas, se vistió una nueva indumentaria y veló las armas ante “el altar de nuestra Señora”. Es decir, el momento de la investidura como peregrino coincide prácticamente con el de la vela de armas, una forma oficiosa de hacerse religioso. Sin embargo, don Quijote ya sale vestido de su casa como caballero, aunque él sabe que aún no lo es, pues no ha cumplido con los requisitos previos hechos por Loyola, de ahí que le venga a la memoria un pensamiento terrible "Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a la ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras" El pensamiento que acucia a don Quijote procede sin lugar a dudas de esa falta de sincronía respecto al Relato. El adjetivo “terrible” sostiene el tono de parodia, la confabulación lector2

“Y compró también unas esparteñas, de las cuales no llevó más de una; y esto no por cerimonia, sino porque la una pierna llevaba toda ligada con una venda y algo maltratada; tanto que, aunque iba a caballo, cada noche la hallaba hinchada: este pie le pareció era necesario llevar calçado.” (Nota R-16)

escritor en torno a la locura caballeresca de don Quijote y su ansiedad. También Loyola, camino de Montserrat y en el mismo apartado donde se arma caballero, va espoleado por sus pensamientos "Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó de velar sus armas" (R,17) Si se prescinde del "terrible", los paralelismos entre este párrafo del Relato y su correspondiente del Quijote son casi totales, pues es el pensamiento continuado en los libros ("pensamiento ...memoria...pensamientos...pensaba") el que traza tanto su camino como el de Loyola ("pensando...entendimiento...pensamiento") A pesar de estas analogías formales y de contenido, de nuevo es la versión de Ribadeneyra la que nos acerca a Cervantes con su simbolismo sobre la caballería “El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la emienda de la vida para adelante. Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona, se fue con toda priesa a un pueblo que está hacia la montaña, llamado Manresa” (Vida I, IV) Cervantes abusa, se arriesga con este párrafo a la evidencia, pues no sólo toma de él, distribuyéndolo en el suyo, todas esas palabras que aparecen en el cuadro siguiente, sino que además, en la vela de armas del próximo capítulo, utilizará otras partes muy llamativas de este mismo fragmento Vida Quijote libros de caballerías conforme a la ley de caballería armas blancas flacas armas caballeros noveles como novel caballero por imitar él a imitación de otros muchos como hubiese leído según él había leído en los libros que tal le tenían Don Quijote se "propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían". Con ese "primero que topase" Cervantes vuelve a ironizar sobre los textos de Gonçalves y Ribadeneyra. El primero informa de que Loyola llega a Montserrat y en apenas tiempo se confiesa "y llegado a Montserrat, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días; y concertó con el confesor que mandase recoger la mula, y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de Nuestra Señora. Y éste fue el primer hombre a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a ningún confesor lo había descubierto" (R,17) La indeterminación del texto hace suponer que Loyola se ha confesado con el primer sacerdote que encuentra, pues acaba de llegar y, lógicamente, no ha tenido tiempo de congeniar con alguno. Sin embargo, Ribadeneyra ofrece otra versión “A este santo lugar llegó nuestro Ignacio, y lo primero que hizo fue buscar un escogido confesor, como enfermo que busca el mejor médico para curarse. Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a

quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos” (Vida I, IV) Hay un evidente deseo de resaltar la elección del confesor, al que llama “escogido confesor” y “religioso principal”, tal vez con la intención no sólo de alabar la madurez de Loyola, sino con el objetivo didáctico de que se le imite a la hora de buscar un buen confesor. Por eso Cervantes vuelve a restablecer irónicamente la verdad de la historia, diciendo que don Quijote pensaba armarse caballero del primero que topase, tal como realmente hizo Loyola. “Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían". Ya se ha visto que Cervantes suele utilizar el vocablo empresa (“Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa”) para definir los objetivos de don Quijote, también parodiando las múltiples ocasiones en que lo hace Ribadeneyra “Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado” (Vida I, II) “¿Qué quiere decir esto? ¿Qué camino es éste por donde entramos? ¿Qué nueva empresa es ésta que acometemos? ¿Qué manera de guerra es ésta en que andamos? (Vida I, VII) Lo mismo ocurre con el concepto de imitación, tan presente en la Vida como en el Quijote, pues Ribadeneyra insiste en la imitación de los santos hecha por Loyola, y en la que todos debemos hacer de él como persona a imitar por sus virtudes. En un fragmento anterior de la Vida ya se ha comentado no sólo el concepto de lectura e imitación (“imitar y obrar lo que leía”) utilizado por Cervantes (“imitación... según él había leído”), sino la constante presencia del pensamiento que los dirige, los propósitos, en la Vida mencionados como “buenos propósitos”. Tanto Loyola como don Quijote han llenado su imaginación con historias de libros y salen al mundo llenos de buenos propósitos, pensando en imitar a Cristo y a los santos más famosos, o a los más famosos caballeros andantes. “Otra hay, que es más doméstica y propia nuestra, que es de seguir e imitar a aquél que tenemos por capitán. Porque, así como los que vienen de ilustre linaje y de generosa y esclarecida sangre procuran saber las hazañas y gloriosos ejemplos de sus antepasados y de los que fundaron y ennoblecieron sus familias y casas, para tenerlos por dechado y hacer lo que ellos hicieron; así también nosotros, habiendo recebido de la mano de Dios nuestro Señor a nuestro bienaventurado padre Ignacio por guía y maestro y por caudillo y capitán desta milicia sagrada, debemos tomarle por espejo de nuestra vida, y procurar con todas nuestras fuerzas de seguirle, de suerte, que, si por nuestra imperfeción no pudiéramos sacar tan al vivo y tan al propio el retrato de sus muchas y excelentes virtudes, a lo menos imitemos la sombra y rastro dellas. Y por ventura para esto os será mi trabajo provechoso y también gustoso y agradable, pues el deseo de imitar hace que dé contento el oír contar lo que imitar se desea, y que sea tan gustoso el saberlo, como es el obrarlo provechoso” (Vida, A los hermanos) “Y también imitar como buenos hijos al que el mismo Señor nos había dado por padre, dechado y maestro, y que no se podía bien imitar lo que no se sabía bien de su raíz y principio” (Vida, A los hermanos) “A ninguna destas cosas paraba mientes, sino que abrazado y aferrado con lo que entonces le parecía mejor y más a propósito de su estado presente, ponía todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas para afligir su cuerpo con asperezas y castigos; y esto no por otra razón, sino porque los santos que él había tomado por su dechado y ejemplo habían echado por este camino” (Vida I, III) “Dando, pues, a Dios estas amorosas quejas y estos penosos gemidos, vínole al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no

desayunarse hasta alcanzarla. A cuya imitación propuso él también de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma, si ya no se viese por ello a peligro de morir” (VidaI, VI) El concepto de imitación se extiende, pues, por toda la Vida, mezclado con un conjunto de metáforas militaristas en torno a milicias, capitanes, armaduras y batallas. Don Quijote pretende realizar una imitación tan exhaustiva que cuando se desvía un poco de sus intenciones (en este caso la de no ser nombrado todavía caballero) llega a “titubear en su propósito”, aunque su decisión es tan firme que, como a Loyola, nada le detiene “Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía, queriendo continuar la posesión que tenía de su antiguo soldado, y con que por otra el Señor de la vida le llamaba y convidaba a ella, para hacelle caudillo de su sagrada milicia” (Vida I, II) El desarrollo paralelo de cada uno de los gestos y sugerencias del Relato, continúa haciendo ahora referencia a las armas blancas de los caballeros "En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño" Loyola ha entregado a su confesor “la espada y el puñal” ,es decir, armas blancas, por eso don Quijote piensa que, hasta no ser armado caballero, deberá llevar armas blancas, "como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase". Pero esa limpieza o blancura es de nuevo simbólica, pues en Montserrat Loyola "se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días". O sea, limpió su alma, y según Ribadeneyra, para toda la vida, como vimos en el fragmento donde se le aparece la “Reina de los Angeles” La intención de Loyola a partir de la aparición, su pensamiento, fue guardar una “limpieza y castidad sin manzilla”, similar al metafórico propósito de don Quijote, pues su idea es limpiar las armas para dejarlas más blancas “que un arminio”, símbolo de la máxima blancura y, por tanto, del concepto religioso de pureza y castidad. Toda la frase del Quijote es bastante enigmática y podría decirse que está fuera de lugar si no se complementara con su valor interno, pues a don Quijote no se le verá ni realizar esa limpieza de la armas ni tampoco usarlas, de ahí ese incierto “en teniendo lugar” que nunca va a suceder en el libro, pues don Quijote ya limpió todos sus aperos, aunque sabe que para imitar a Loyola necesita llegar a la venta y, previa confesión, armarse caballero, quedando limpio de todos sus pecados. Por eso, una vez decidido, se tranquiliza y prosigue su camino "y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras" Esa falta de objetivo concreto mostrada por don Quijote dejando la elección del camino a su caballo, podría contradecir su determinación de velar armas cuanto antes, aunque en realidad vuelve a ser otra evidente parodia del Relato y la Vida. Se trata de un episodio que tomará toda su importancia más adelante, y del que ahora sólo interesa el origen de ese gesto de dar rienda suelta al caballo. Ya se ha visto a Loyola, antes de llegar al monasterio de Montserrat, discutiendo con un moro sobre la virginidad de María, y el acaloramiento de la charla por las opiniones poco ortodoxas del moro, el cual, temiendo alguna reacción violenta, prudentemente decidió adelantarse. Loyola quedó pensativo, dudando entre ir a buscarlo para acuchillarle o desentenderse del asunto. Al final dejó la solución en manos de la mula "se determinó en esto, scilicet, de dexar ir a la mula con la rienda suelta hasta al lugar donde se dividían los caminos" (R,16) La versión de Ribadeneyra es semejante “Este pensamiento, al parecer piadoso, puso en grande aprieto a nuestro nuevo soldado; y después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la

rienda a la cabalgadura en que iba, para que, si ella echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a puñaladas; pero si fuese por el otro camino, le dejase y no hiciese más caso dél. Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio” (Vida I, III) Cervantes no sólo imita el gesto de abandono de la voluntad y su entrega a la caballería, sino que, irónicamente, añade esa reflexión del narrador (“creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras”) cuyo sentido profundo es una reflexión sobre la ingenuidad religiosa de Loyola, al pensar que Dios, a través de la mula, iba a decidir su futuro y el del moro, tal como deduce Ribadeneyra, (“Quiso la bondad divina”), al que claramente nos remite la expresión “prosiguió su camino”, paralela a la empleada en la Vida. En definitiva, el novel religioso desconoce todavía el auténtico camino hacia la santidad y se dedica a imitar a los santos en sus gestos externos3, por eso, en su encuentro con el moro, soluciona el problema dejando la responsabilidad en manos del caballo, suponiendo que Dios haría lo adecuado e ignorando la falta que implica acuchillar a un hombre por cuestiones de fe. Don Quijote también piensa que lo importante son esos gestos externos, esos “grandes exteriores” que él imita. El caballero, igual que Loyola, continúa "caminando" y "hablando consigo mesmo" "Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo” Ya hemos visto que el narrador suele referirse a don Quijote con el mismo afectivo “nuestro” que suele emplear Ribadeneyra, pero también en estos dos primeros capítulos encontramos otras formas, como “nuestro hidalgo”, “el pobre caballero”, “nuestro buen caballero” o “novel caballero”, todas con su propio sentido respecto a la historia profunda, es decir, la primera (“nuestro hidalgo”) para situar al caballero en el mismo estatus social del hidalgo Loyola. La segunda refiriéndose solapadamente al triste estado (“pobre caballero”) en que se halla el militar lisiado para siempre. La tercera (“nuestro buen caballero”) alusiva al hombre bondadoso en metamorfosis hacia la religión, la cuarta (“novel caballero”) relativa a su nueva situación tras confirmarse como peregrino, y esta última (“nuestro flamante aventurero”) para resaltar la parodia sobre la nueva situación de Loyola, alejado de la milicia y recién convertido en peregrino hacia Jerusalén, una arriesgada empresa que lo convierte en un flamante aventurero. Más adelante veremos cómo este sentido de aventurero se amplía de acuerdo con las distintas vicisitudes o aventuras vividas por el peregrino. La misma ambigüedad se aprecia también cuando se utiliza el verbo caminar. Al decir que nuestro flamante aventurero va “caminando”, aparentemente sólo se está ampliando el sentido del verbo caminar al de cabalgar, aunque en el lenguaje profundo, la acepción primera de caminar es la correcta, pues Loyola va a pie. Este juego entre cabalgar-caminar se mantiene prácticamente en toda la novela. La costumbre de don Quijote de hablar consigo mismo ya se ha visto que procede de Loyola, aunque es Ribadeneyra, con el objetivo de moralizar, quien abusa tremendamente de ese técnica, poniendo en boca de Loyola todo cuanto le interesa “Y con amargura de su corazón, hablando consigo mismo, decía” (Vida I, X) “mas él, hablando consigo mismo, le decía” (Vida II, III) Don Quijote acaba, pues, de salir de su casa vestido de caballero, aunque todavía no lo es, ya que ni ha velado armas ni ha sido armado, es decir, ha roto el hilo de los acontecimientos parodiados, se
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“Y en estos pensamientos tenía toda su consolación, no mirando a cosa ninguna interior, ni sabiendo qué cosa era humildad, ni caridad, ni paciencia, ni discreción para reglar ni medir estas virtudes, sino toda su intención era hacer destas obras grandes exteriores, porque así las habían hecho los Santos para gloria de dios, sin mirar otra ninguna más particular circunstancia” R,14

ha adelantado, por eso esta irregularidad en su proceso de imitación le provocó un “pensamiento terrible” que llega incluso a hacerle “titubear en su propósito” "Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo: -¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera? "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel." Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo: -Dichosa edad y siglo dichoso aquel donde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras" Los dos discursos, separados por una breve intervención del narrador (“Y era la verdad que por él caminaba”), aunque parecen complementarse, en realidad se yuxtaponen. En el primero don Quijote vaticina que en el futuro, bajo el título de historia verdadera (no olvidar que Ribadeneyra define su obra como historia verdadera “Diré ahora lo que pretendo hacer en esta historia4”) de sus famosos hechos, se publicará su vida de una forma literaria totalmente sublimada y falsa, y él mismo nos pone un ejemplo de lo que dicho historiador hará cuando llegue a narrar esta primera salida ya conocida por nosotros. Evidentemente se trata de una versión novelada y cargada de tópicos innecesarios e incluso ajenos a la verdad histórica, pues don Quijote acaba de dejar su solitaria cama y ha salido a escondidas por la puerta falsa. Sin embargo, el supuesto autor, con la intención de sublimar esa salida, falta a la verdad al referirse a “la blanda cama del celoso marido” o a “las ociosas plumas” Se trata de un procedimiento genial de Cervantes para hacer a sus anchas una burla literaria 5 con los mismos ingredientes de la prosa burlada, por supuesto, la Vida, de cuya descripción de la primera salida de Loyola desde el monasterio, toma Cervantes el referente “Apenas había” “Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona [...] Apenas había andado una legua de Montserrat” (Vida I, IV) El resto de la descripción de don Quijote resulta una parodia general sobre el estilo narrativo de la Vida, del que puede servir de muestra un fragmento del segundo capítulo “Y fue tanta la costumbre que hizo en esto, que aun le duró después por toda la vida; porque muchos años después, siendo ya viejo, le vi yo estando en alguna azutea, o en algún lugar eminente y alto de donde se descubría nuestro hemisferio y buena parte del cielo, enclavar los ojos en él; y a cabo de rato que había estado como hombre arrobado y suspenso y que volvía en sí, se enternecía y saltándosele las lágrimas de los ojos (por el deleite grande que tenía su corazón), le oía decir: <<¡Ay, cuán vil y baja me parece la tierra, cuando miro al cielo; estiércol y basura es.>> Trató también lo que había de hacer a la vuelta Jerusalén ; pero no se
“y hace más verdadera su historia, pues se escribió en tiempo de tantos testigos de vista, donde no era lícito desviarse un cabello del hilo de la verdad” (Vida, Granada I)
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“Este hipotético narrador ideal, según don Quijote, tomaría su estructura discursiva exclusivamente del ámbito de la escritura”. Oralidad, escritura y dialogismo... Alberto Sacido Romero, anales cervantinos XXXIII, Madrid 1997, p. 46.

determinó en cosa ninguna, sino que, como venado sediento y tocado ya de la yerba, buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor. Y así de día y de noche se desvelaba en buscar un estado y manera de vida, en el cual, puestas debajo de sus pies todas las cosas mundanas y la rueda de la vanidad pudiese él castigarse y macerarse con extremado rigor y aspereza, y agradar más a su Señor” (Vida I, II) Ribadeneyra ha colocado a Loyola ante un paisaje espectacular (“en algún lugar eminente y alto de donde se descubría nuestro hemisferio y buena parte del cielo”) y desde ahí le atribuye la autoría de un párrafo que él afirma haberle escuchado y que, por lo tanto, resulta indiscutible, adornando el resto con cazador y saeta seudo literaria y divinizante, y totalmente ajena al gusto y al lenguaje propio de Loyola, según se deduce del Relato y del resto de sus escritos. La descripción atribuida por don Quijote al futuro escritor se caracteriza, pues, por los rasgos más sobresaliente de la Vida, como puede verse en la siguiente comparación -Reiteración: ancha y espaciosa, pequeños y pintados, dulce y meliflua, puertas y balcones, antiguo y conocido. // eminente y alto, hemisferio y buena parte del cielo, arrobado y suspenso, estado y manera, castigarse y macerarse, rigor y aspereza. -Tópicos: rubicundo Apolo, doradas hebras de sus hermosos cabellos, harpadas lenguas, rosada aurora, blanda cama, celoso marido, ociosas plumas. // lágrimas de los ojos, venado sediento, aguas vivas, saetas de su amor, rueda de la vanidad. En realidad, toda la parte final del fragmento de la Vida es tan meliflua como insinúan las palabras burlonas de don Quijote. Los mismos jesuitas deberían considerar ultrajante atribuir a su fundador un tipo de prosa tan alejada de su verdadera personalidad. En muchas ocasiones se burlará Cervantes de ese tipo de escritura, ya sea valiéndose de la parodia caballeresca, pastoril o poética, como puede verse, por ejemplo, en los siguientes versos del Viaje del Parnaso “Otros alfeñicados y deshechos en puro azúcar, con la voz süave, de su melifluidaz muy satisfechos, en tono blando, sosegado y grave, églogas pastorales recitaban, en quien la gala y la agudeza cabe” 6 Ya sea en prosa o en verso, Cervantes se burla de esa “melifluidaz” característica de la falsa literatura. Acto seguido, don Quijote “añadió diciendo "Dichosa edad y siglo dichoso aquel donde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro” Con un tono nostálgico y esperanzado, don Quijote evoca un futuro donde se publicarán sus famosas hazañas, las verdaderas del Relato (recordar el “post tenebras spero lucem” de la portada). La frase es claramente esperanzadora, pues no parece dudar de que sucederá, y sin embargo, los amplios márgenes fijados (“edad y siglo”) transmiten cierto pesimismo respecto a un futuro inmediato. Comparado con la primera parte del discurso, la diferencia resulta evidente, pues allí no duda de que aquel conjunto de tópicos y falsedades llamado historia verdadera se publicará en los “tiempos venideros”, o sea, próximamente, mientras que ahora la esperanza, aunque cierta, se asienta en unos márgenes (“edad y siglo”) demasiado amplios. Para la primera utilizó el subjuntivo, para la segunda el futuro. Sin ninguna modestia don Quijote opina además sobre sus propias hazañas, aunque de nuevo se trata de otra estrategia de Cervantes para hacer la crítica literaria del Relato, en su opinión una obra
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Viaje del Parnaso, Miguel de Cervantes, Edición de Vicente Gaos, Ed. Castalia, Móstoles 1990, cap. III, p. 85.

digna “de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro”. La alabanza se encuentra no sólo en los elogios específicos a una obra digna de perdurar en el tiempo, sino también en la misma prosa, cuya sobriedad y belleza contribuye a resaltar el valor de la de Gonçalves, en contraposición con las fatuas maneras, evocadoras de la Vida, de la primera parte del discurso. Don Quijote completa su intervención con un ruego a través de los tiempos, dirigido a quien haga el “comento” del libro “¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras" solicitando especial atención para Rocinante (“compañero eterno”), en cuanto ambos son tan inseparables como Loyola y Gonçalves, sin cuyos escritos sería imposible conocer los verdaderos “caminos y carreras” del peregrino. Cervantes exalta varias veces en su novela el Relato y a Gonçalves, en reconocimiento al extraordinario valor de su escritura y a su calidad humana como humilde y, prácticamente, ausente autor de la obra. Parece estar fascinado por la breve, atrevida y compleja narración de esa obra llena de vida, donde los avatares de Loyola sirven de eje para la reconstrucción de toda una época de Europa: guerras, tempestades, peste, naufragios, visiones, procesos, vida social, ideología, sicología, etc., un mundo en sus mínimos detalles recogido en apenas setenta páginas "dignas de entallarse en bronces" Generoso y al tanto de todos los pormenores, tampoco olvida Cervantes agradecer el trabajo de quien descifre el suyo y, hablando como en profecía (“quienquiera que seas”), surge desde el pasado demandando atención (“Ruégote”) al Relato. La certificación de que todo el monólogo está referido al Relato y a su autor, lo confirma el calificativo "peregrina” historia, pues en los ocho capítulos primeros de la Primera parte, donde se parodian los años del Loyola peregrino, dicho vocablo será su clave identificativa y, como se verá en su momento, un símbolo permanente en toda la obra de Cervantes. Don Quijote prosigue sus evocaciones dirigiéndose ahora a Dulcinea, a la que llama princesa y señora de su corazón “-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura, Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece” Este tono arcaizante vuelve a ser parodia de la Vida, donde aparecen por separado, aunque con el mismo tono blandengue, muchos de esos vocablos agrupados por don Quijote. Por ejemplo “paró, y herido de la mano de Dios, volvio atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo” (Vida V, II) “sacando del corazón continuos gemidos, y amorosos suspiros” (Vida IV, VII) “Y con esto, échase a los pies del maestro y ruégale una y muchas veces muy ahincadamente que muy particularmente le tome a su cargo, y le trate como al menor muchacho de sus discípulos, y que le castigue y azote rigurosamente como a tal” (Vida I, XIII) El lenguaje de don Quijote es parodia concentrada de este tipo de absurdos fragmentos donde Ribadaneyra da alas a sus delirantes disparates, según los califica el narrador “Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera”. Cervantes va ensartando, uniendo los muchos arcaísmos o memeces sugeridas por el estilo y lenguaje de la Vida, por eso especifica el narrador que son “al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje”, una frase donde, sutilmente, se informa no sólo

del proceso de imitación, sino también de la cautela (“en cuanto podía”) con la que ha de realizarse dicho trabajo, evitando una evidencia comprometida. Es un proceso lento, pues supone un análisis exhaustivo del Relato y la Vida, más una versión lo suficientemente interesante y disfrazada para que perviva en el tiempo, sin que el olvido la sepulte ni los interesados en su desaparición puedan lograrlo. De ahí que don Quijote camine “tan despacio” y con riesgo de que el sol le derrita los sesos. Una frase que de nuevo remite a otra de Ribadeneyra “Porque, como ya su corazón estaba mudado y como una cera blanda dispuesto para que en él se imprimiesen las cosas divinas, las voces y alabanzas del Señor que entraban por sus oídos, penetraban hasta lo interior de sus entrañas; y con el calor de la devoción derretíase en ellas, contemplando su verdad” (Vida I, V) Cervantes ha repetido los verbos entrar y derretirse, ha sustituido “calor” por “ardor”, y la profundidad de la penetración, que en la Vida llega desde los oídos hasta el “interior de sus entrañas”, alcanza hasta los sesos, o sea, también hasta el interior de sus entrañas. Como coletilla desorientadora añade “si algunos tuviera”, completando así el tono jocoso que da respuesta al despropósito lógico-religioso de Ribadeneyra. Don Quijote continuó su camino “Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo” En el inicio del fragmento Cervantes sigue realizando una crítica implacable a Ribadeneyra, cuyas dedicatorias y primeros capítulos están siendo objeto de una dura burla, especialmente en sus aspectos más reprobables. Tal es el caso de la primera frase, donde según el narrador don Quijote caminó todo el día “sin acontecerle cosa que de contar fuese”, expresión utilizada por Ribadeneyra en un párrafo de dudosa comprensión, teniendo en cuenta que, antes y después, insiste en su intención de contar la verdad sobre la historia de Loyola “Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido y otras cosas que siendo prepósito general se ordenaron y establecieron y por estos respetos parece que están tan trabadas y encadenadas con su vida, que apenas se pueden apartar della. Pero no por esto me tengo por obligado de contarlo todo, sin dejar nada que de contar sea; que no es esta mi intención, sino de coger algunas cosas y entresacar las que me parecerán más notables o más a mi propósito, que es dar a entender el discurso de la Compañía; las cuales, si ahora que está fresca su memoria no se escribiesen, por ventura se olvidarían con el tiempo” (Vida, A los hermanos) Ribadeneyra se está defendiendo ante sus compañeros del posible rechazo que provocará su libro cuando se comprueben sus manipulaciones y verdades a medias, de ahí que especifique su intención de seleccionar las cosa más notables o “más a mi propósito”, algo que inmediatamente aclara (“dar a entender el discurso de la Compañía”), aunque de forma totalmente imprecisa. Es decir, el libro sobre la biografía de Loyola se ha transformado ahora en un libro sobre “el discurso de la Compañía”, aunque su título precise otra cosa. Cervantes, muy atento a la prosa, casi le copia la expresión con la que intenta justificarse: “sin dejar nada que de contar sea” / “sin acontecerle cosa que de contar fuese”, incluyendo en su frase, además del verbo (“sea” / “fuese”), el vocablo “cosa”, con el que Ribadeneyra se ha referido de forma general a sus objetivos (“coger algunas cosas”) En el fragmento de la Vida, aparecen también otros dos vocablos (“empresas” y “acometido”) muy peculiares del Quijote, y un tercero (“valor”) repetido en ambos fragmentos (“prudencia y valor” / “experiencia del valor”) y que actúa, según se aprecia en la nota, como referencia a las reiterativas alusiones al valor físico-espiritual de Loyola.

“Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaban. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía" El narrador informa ahora de la existencia de dos tipos de fuentes (“lo que yo he podido averiguar en este caso” y “lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha”), o sea, fuentes orales difundidas por personas que poseen datos sobre la vida de don Quijote, y fuentes escritas, agrupadas bajo el título general de “anales de la Mancha” De las primeras puede decirse, si identificamos al narrador con Cervantes y a don Quijote con Loyola, que muy probablemente, entre 1580 y 1600, fuera fácil escuchar en España datos referentes a la vida de Loyola, pues durante esas fechas se iniciaron los trámites para su beatificación y posterior canonización, lo que supone una investigación y una expectación general que lleva implícita un gran revuelo en torno a datos, anécdotas y leyendas desfiguradas por el tiempo. De ahí que el narrador, tácitamente, considere estas informaciones de autores desconocidos como poco fiables, y sólo tome en cuenta la de “los anales de la Mancha”, a los que, por ahora, identificaré como el conjunto de información escrita existente entonces sobre Loyola. Con la mención de los autores, Cervantes también introduce una aclaración sobre algunas licencias tomadas respecto a los dos libros parodiados, pues tanto en el Relato como en la Vida se narra el encuentro de Loyola con el moro antes de que él haya velado sus armas en Montserrat. Pero Cervantes, tal vez para evidenciar que está siguiendo las reglas de los libros de caballerías, hace que don Quijote no emprenda ninguna aventura antes de haber sido armado caballero, por lo que se produce aquí una irregularidad en la parodia paralela de los acontecimientos, tal como nos sugiere el narrador con esa advertencia de los distintos criterios de autores. Para ratificar esa estrategia, el narrador ha dejado la sutilísima pista aclaratoria del verbo topar: “quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo”, porque precisamente ese verbo aparece al inicio del encuentro de Loyola con el moro “Iba, pues, nuestro Ignacio su camino, como dijimos, hacia Montserrate, y topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España” (Vida I, III) Don Quijote “se desperaba, porque quisiera topar luego”, es decir, su deseo inmediato, tras haber salido, es imitar el encuentro con el moro, seguir correctamente el hilo de los acontecimientos históricos. Pero Cervantes ha decidido armarle antes caballero, por lo que vuelve a situar a don Quijote en un lugar paralelo al de Loyola en los momentos anteriores a su llegada a Montserrat. Ha salido de Navarrete, cerca de Pamplona, y se dirige a Montserrat, un largo trayecto del que, a excepción del episodio del moro, apenas se dice algo en el Relato. Debemos imaginar cansancio (todavía cojeaba) y hambre “Porque muchas veces no le dejaban entrar en los pueblos, y algunas era tanta la hambre y flaqueza que padecía, que sin poder dar un paso más adelante le era forzado quedarse donde le tomaba la noche, hasta que de lo alto le viniese el remedio” (Vida I, X) y un gran deseo de llegar al monasterio donde, además de descansar, pensaba poner en práctica su determinación de velar armas e iniciar la búsqueda que le encaminaba al inicio de su peregrinación-redención. Una situación muy similar a la que, según el narrador, se encuentra don Quijote camino de la venta “al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad”

Hay un claro paralelismo con el fragmento anterior de la Vida, donde se repite el momento temporal (“la noche” / “al anochecer”), más el vocablo “hambre” asociado a otro sinónimo de debilidad (“hambre y flaqueza” / “hambre y necesidad”), y un sustantivo y un verbo con la misma raíz (“remedio” / “remediar”) También don Quijote camina imbuido de esa idea de llegar a un punto donde va a poner en práctica sus deseos, por eso cuando el narrador señala que don Quijote al ver la venta “fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaban”, subrepticiamente está otorgándole las misma sensaciones deducidas del Relato, pues Loyola debió ver el monasterio desde lejos y sentir la alegría de quien logra su primera meta. Igualmente para don Quijote la venta-castillo no sólo supone la esperanza de comer y descansar, sino, fundamentalmente, la posibilidad de conseguir armarse caballero, o sea, formalizar, como Loyola, su nueva personalidad. La expresión “fue como si viera una estrella” obliga, a su vez, a elevar la mirada, tal como debió hacer el peregrino al ver a lo lejos el monasterio de Montserrat, enclavado en lo alto de un “impresionante macizo rocoso”7 y rodeado de formas puntiagudas que desde lejos dan la sensación de una gran fortaleza o alcázar (“a los alcázares de su redención le encaminaban”) Loyola desea llegar al monasterio que marcará el inicio de una nueva vida hacia la santidad, o sea, hacia su redención. En la Vida encontramos el verbo encaminar con ese mismo sentido de búsqueda de la salvación espiritual “En esta empresa, demás del principal cuidado que cada uno tenía de su propia conciencia y de perficionarse en las virtudes, trabajaban cuanto podían de encaminar los prójimos al camino de su salvación” (Vida II, X) En definitiva, Cervantes ha novelado las sensaciones captadas en el Relato, transmitiendo a don Quijote no sólo el agotamiento de esa intensa jornada, sino también la emoción del inexperto principiante, influenciado por las lecturas religiosas y en busca de su propia santidad. La crítica cervantina ha resaltado siempre el sentido religioso apreciado en ese párrafo "La estrella [...] tiene un valor metafórico. No sirve de punto de referencia para indicarnos una dada dimensión; lo que hace es lanzarnos a la lejanía, abrir una perspectiva que, dirigiéndonos al infinito, nos entregue de una vez y en toda su intensidad el significado de la venta: como la estrella para los Reyes Magos, así la venta para don Quijote"8 “la venta, vista a lo lejos, es imaginada como una promesa de hallarse cerca de los <<alcázares>> en donde habrá redención para don Quijote, para que su ser él se realice plenamente. Como en otros casos, el lenguaje religioso se combina con el profano en modo extraño”9 El episodio concluye con la llegada de don Quijote a la venta “Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía" también imitando otra expresión del capítulo II de Ribadeneyra “diose priesa y pasó adelante” (Vida I, II) La venta será, pues, trasunto del monasterio donde Loyola velará sus armas siguiendo los pasos que ha leído en los libros, y en ella don Quijote imitará paródicamente los actos esenciales realizados por Loyola en Montserrat. “Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y
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“Castillos roqueros”, texto geológico, en preparación, amablemente cedido por Mercedes y M. del Pozo. Sentido y forma del Quijote, o.c., p.55. 9 Cervantes y los casticismos, o.c., p. 59.

honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta que a él le parecía castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando” Cualquier sugerencia le sirve a Cervantes de punto de apoyo para iniciar su parodia, en este caso es probable que la idea de las mujeres en la puerta de la venta proceda del importante papel jugado en el Relato y la Vida por otras dos mujeres peregrinas de las que, por su trascendencia, se hablará más adelante. “Entre las personas que le oían y se aprovechaban de sus consejos, hubo dos mujeres, madre y hija, nobles y viudas honradas, y la hija moza y de muy buen parecer” (Vida I, XIV) Cervantes ha suplantado el ambiente religioso de Montserrat por el de esta venta castellana con rameras en la puerta, volviendo a mencionar la influencia de los libros sobre don Quijote y cómo la vida real se le representa según sus necesidades o su deseos, pues un poco más adelante se vuelve a decir que “se le representó a don Quijote lo que deseaba”. Nada más apropiado para explicar ese sentido dado por Cervantes a las representaciones, que las palabras de Ribadeneyra, unidas también a la expresa mención de la influencia que los libros ejercían en Loyola “El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso” (VidaI, IV) “De donde, como él fuese devotísimo de la santísima Trinidad y a cada una de las personas divinas tuviese devoción de rezar cada día su cierta y particular oración, un día estando en las gradas de la iglesia de Santo Domingo rezando con mucha devoción las lloras de nuestra Señora, se comenzó a levantar en espíritu su entendimiento, y representósele, como si la viera con los ojos, una como figura de la santísima Trinidad , que exteriormente le sinificaba lo que él interiormente sentía” (Vida I, VII) “En otro tiempo también con grande alegría de espíritu se le representó la manera que tuvo Dios en hacer el mundo, el cual mucho después, cuando contaba estas cosas él mismo decía que no podía con palabras explicar” (Vida I, VII) “Esta visión se le representó aquí, estando prostrado delante de la cruz” (Vida I, VII) “Algunos años después conocí yo a este padre, el cual tratando al padre Ignacio le tuvo en poco y juzgóle en su corazón por imperfecto, hasta que un día, puesto en larga y fervorosa oración, se le representó Dios como a hombre santo y enviado del cielo al mundo para provecho de muchos” (Vida II, IX) A Loyola se le representan cosas, ve cosas ajenas a la realidad como si las viera con los ojos, tal como le ocurre a don Quijote (“veía o imaginaba le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído”) cuando se le representa un castillo con todos sus adherentes, o sea, que ve exteriormente como Loyola “lo que él interiormente sentía”, procediendo en ambos casos dichos sentimientos o visiones de lecturas previas, bien de libros de santos o de caballerías. En general, Cervantes va a recrearse en el ambiente realista de una venta, aunque con detalles que nos hacen no perder de vista o asociar ideas con el monasterio de Montserrat, un importante centro cultural y de peregrinación al que acudían grandes multitudes. Ribadeneyra describe así la llegada “Es Montserrat un monesterio de los religiosos de san Benito, una jornada de Barcelona, lugar de grandísima devoción, dedicado a la Madre de Dios y celebrado en toda la cristiandad por los continuos milagros y por el gran concurso de gentes que de todas partes vienen a él a pedir favores, o hacer gracias de los recebidos, a la santísima Virgen nuestra Señora, que allí es

tan señaladamente reverenciada. A este santo lugar llegó nuestro Ignacio, y lo primero que hizo fue buscar un escogido confesor, como enfermo que busca el mejor médico para curarse. Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos” (Vida I, IV) En correspondencia con esa importancia dada por Ribadeneyra al monasterio, don Quijote imagina un castillo con todos sus adherentes: “cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan”. Es una idealización, una pintura tópica, no una realidad. “En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman) tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida; y, así, con estraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dijo” ¿Guardan relación los sonidos del porquero con las campanas y demás signos acústicos que señalan las horas canónicas en los monasterios?. A don Quijote la comprobación del cumplimiento de sus deseos le produce un “estraño contento”, una satisfacción semejante a la de Loyola, también “contento” por cumplir los propósitos trazados según sus libros “oía misa cada día, y Vísperas y Completas, y en esto sentía mucho consuelo interior y grande contento” (Vida I, V) Las mujeres de la venta se atemorizan al ver venir “un hombre de aquella suerte armado”, de la misma manera que la mucha concurrencia de Montserrat debió sorprenderse ante este peregrino “armado” de fe renovada en la vieja doctrina de Cristo, fundamentalmente porque en esos momentos cualquier extravagancia religiosa es motivo de temor a la herejía. Don Quijote descubre su “seco y polvoroso rostro” (imaginemos el del peregrino desde Navarra a Montserrat) y tranquilamente, y en un lenguaje cargado de arcaísmos, se dirige a las damas rogándoles tranquilidad, pues la orden de caballería que profesa impide hacer mal a nadie y menos a damas tan señaladas “-Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno, ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran” Aunque todavía no ha sido armado, don Quijote ya profesa la orden de caballería que le impide hacer mal a nadie, como la religión. Pero además habla un lenguaje arcaico cuyo sentido simbólico es representar el discurso de cristiano primitivo utilizado extemporáneamente por Loyola, que lógicamente al llegar a Montserrat debió topar con algunas mujeres sorprendidas ante el tipo de religión que profesaba “no sabía si la fe que profesaba y la piedad cristiana le obligaba” (VidaI, II) Loyola ya profesa, ya se ha comprometido particularmente a seguir un camino, como don Quijote “Mirábanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles” El interés de las mozas por ver “el rostro, que la mala visera le encubría” se refiere no sólo al propósito de pureza ya señalado en el capítulo anterior, sino también al interés de Loyola, desde que salió de su casa, por ocultar su linaje “a los ojos del mundo”, o sea, el rostro que le delataba

como el famoso capitán convertido en peregrino. El referente formal en ambos textos es el verbo encubrir “Llegado a Manresa, se fue derecho al hospital para vivir allí entre los pobres que mendigaban, ensayándose para combatir animosamente contra el enemigo y contra sí mismo. Y lo que más procuraba era encubrir su linaje y su manera de vivir pasada, para que, encubierto y desconocido a los ojos del mundo, pudiese más libre y seguramente conversar delante de Dios” (Vida I, V) Más adelante, don Quijote incluso se disculpará por haber tenido que descubrir su identidad, en consonancia con esa modestia de Loyola. “El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa, y en él el enojo, y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente y, así, le dijo” La mujeres no comprenden a don Quijote porque, como Loyola, está hablando un lenguaje primitivo, y además les provoca risa su “mal talle” y la figura “contrahecha”, dos calificativos atribuibles al aspecto de Loyola “cubiertas sus carnes con sólo aquel saco vil y grosero, con su soga ceñido y el bordón en la mano, la cabeza descubierta y el un pie descalzo, que el otro, por haberle aún quedado flaco y tierno de la herida, y hinchársele cada noche la pierna (que por esta causa traía fajada), le pareció necesario llevarle calzado” (Vida I, V) Cubierto por el saco, con un pie descalzo y cojeando, el aspecto de Loyola debía resultar tan poco agraciado, o tan contrahecho 10, como el de don Quijote. La oportuna aparición del ventero cambia el rumbo del encuentro con las señoras e introduce un personaje de gran trascendencia para la novela, tanto en el plano externo de la venta como en el interno del monasterio. Sabemos que Loyola se buscó un confesor en cuanto llegó a Montserrat, y que ese sacerdote realizó las labores de director espiritual, pues la confesión duró tres días (“Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días”). La tarea del ventero dirigiendo la vela de armas y aconsejando a don Quijote va a ser una parodia de la labor desempeñada por ese confesor de Loyola. El ventero aparece desde el principio caracterizado como hombre gordo y, por lo tanto, pacífico, tal vez siguiendo la tradición de asociar a los clérigos con gente tranquila y de buena tripa. Al ver a don Quijote armado “de armas tan desiguales” siente temor, igual que el confesor o los religiosos del monasterio debieron sentir temor a que Loyola fuera un herético, pues con aquella vestimenta y renovado espíritu, o armado “de armas tan desiguales”, podía esperarse cualquier cosa de él. Es decir, la “maquina” temida por el ventero, vuelve a ser un símbolo del temor a la herejía de ese extravagante peregrino armado de una entusiástica y, por tanto, sospechosa fe renovadora “Pasada la tempestad desta persecución, se siguió luego gran bonanza, y las máquinas que había armado Satanás para combatir la verdad le vinieron a servir para su defensa, como suele acontecer a los que tienen buena causa y estriban en el amparo divino” (Vida II, XV) ¿Sospecha el confesor de Loyola que lo ha armado Satanás? ¿no es la mente de Loyola una máquina cargada de pertrechos caballerescos y divinos dignos de ser temidos?. Por si acaso, una de las palabras primeras pronunciadas por este ventero es “amén” “-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia”

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“Contrahecho. El lisiado de su cuerpo” Covarrubias, o.c.

No dice que la venta está llena, sino que en ella no hay lecho, permitiendo de nuevo el paralelismo con el monasterio, donde “todo lo demás” se hallaría en abundancia. Que el ventero sólo puede estar hablando simbólicamente lo corrobora la segunda parte de su intervención, donde afirma que en la venta hay mucha abundancia de todo, algo inmediatamente desmentido por el paupérrimo menú ofrecido a don Quijote. “Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza11, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió: -Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque “mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc.". Casi todas las intervenciones del narrador contienen referencias al Relato o la Vida, en este caso la asociación alcaide-fortaleza que, como puede apreciarse en la nota correspondiente, aparece al principio del Relato. Por otro lado, la respuesta de don Quijote está planteada como un enigma, pues el mismo ventero explicará enseguida lo que él entiende cuando le llama “castellano”, o sea, que don Quijote piensa que es un hombre “de los sanos de Castilla” Más extraña es la continuación de la respuesta, para la que don Quijote utiliza los primeros “dos versos de un romance, o más bien, de un fragmento, conocidísimo en la época” 12 y que, de nuevo, mantiene la posibilidad de identificar las armas y la lucha caballeresca con el combate espiritual "-Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo así bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche" El ventero, sorprendentemente, responde a don Quijote parafraseando la continuación del mismo romance (“mi cama las duras peñas / mi dormir siempre velar”), dando la sensación de que ambos están en una onda ajena al resto de la venta, y que de nuevo viene a aclarar Ribadeneyra “Tenía el suelo por cama, pasando la mayor parte de la noche en vela” (Vida I, V) La intención de Cervantes con el doble juego del romance es desviar la atención de la Vida, pues a esa frase, y también al poema, está refiriéndose el ventero, que al “suelo por cama” de Ribadeneyra le llama “duras peñas” y a “la mayor parte de la noche en vela” “su dormir, siempre velar”. El ventero está, pues, al loro, y desde el principio ha comprendido la intención de don Quijote de no pegar ojo. Sólo así se explica la segunda parte de esa respuesta en la que viene a decir que en su casa no se duerme jamás (“con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche"), propaganda más propia de un monasterio que de una venta donde se acude a comer y descansar. “Y en diciendo esto fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel día no se había desayunado” Otra ingenua intervención del narrador vuelve a estar cargada de expresiones de la Vida, relativas al dificultoso y sacrificado camino del peregrino “Y aunque entre estos propósitos y deseos se le ofrecían trabajos y dificultades, no por eso desmayaba ni se entibiaba punto su fervor” (Vida I, II) “parte por el mal del estómago y parte por los trabajos y dificultades del largo camino” (Vida I, XIV) “las muchas dificultades y trabajos que experimentó en sí mismo” (Vida II, I) y al hambre pasada y a las dificultades del camino “vínole al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse hasta alcanzarla” (Vida I, VI) “no habiendo todo aquel día desayunádose con otro manjar que de afrentas e injurias” (Vida I, XII)
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“estando en una fortaleza que los franceses combatían [...] él dio tantas razones al alcaide” (R,1) Murillo, o.c., p. 84.

Las coincidencias formales y de contenido de estos fragmento relativos al cansancio y al hambre, son una clara expresión de cómo Cervantes acude, según sus necesidades, a los fragmentos adecuados para continuar la imitación y, a su vez, dotarnos de pistas que favorezcan la investigación de su trabajo. El narrador continúa “Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera y, así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar” Cuando Loyola llegó a Montserrat “concertó con el confesor que mandase recoger la mula” (R,17) por eso don Quijote ha pedido expresamente “mucho cuidado de su caballo”, al que inmediatamente, y como piropo, se le atribuye la peculiaridad humana de comer pan, reforzando la teoría de Rocinante-Gonçalves. Mientras, las mujeres de la venta (“que ya se habían reconciliado con él”) desarman a don Quijote. Se trata de una ceremonia para la que Cervantes acude al capítulo primero del Relato y de la Vida, al momento en que Loyola, al ser operado, está metafóricamente siendo desarmado o depuesto de lo militar, como paso previo al de su investidura religiosa. Don Quijote, antes de ser armado caballero, también está simbólicamente desnudándose para su posterior investidura. Es uno de esos párrafos tratados con exhaustivo detenimiento, cargado de palabras traspasadas del Relato y la Vida y, por lo tanto, abierto a múltiples lecturas hacia fuera y hacia dentro con un sin fin de relaciones que revelan las sutilísimas técnicas cervantinas y los no menos sofisticados malabarismos de Ribadeneyra. Dice el Relato “Y así, cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses, los quales, después de se haber apoderado della, trataron muy bien al herido, tratándolo cortés y amigablemente. Y después de haber estado 12 o 15 días en Pamplona, lo llevaron en una litera a su tierra; en la cual hallándose muy mal, y llamando todos los médicos y çurujanos de muchas partes, juzgaron que la pierna se debía otra vez desconcertar, y ponerse otra vez los huesos en sus lugares, diciendo que por haber sido mal puestos la otra vez, o por se haber desconcertado en el camino, estaban fuera de sus lugares, y así no podía sanar. Y hízose de nuevo esta carnecería; en la qual, así como en todas las otras que antes había pasado y después pasó, nunca habló palabra, ni mostró otra señal de dolor, que apretar mucho los puños. Y iba todavía empeorando, sin poder comer y con los demás accidentes que suelen ser señal de muerte. Y llegando el día de S. Juan, por los médicos tener muy poca confiança de su salud, fué aconsejado que se confesase; y así, recibiendo los sacramentos, la víspera de S. Pedro y S. Paulo, dixeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía contar por muerto. Solía ser el dicho infermo devoto de S. Pedro, y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se començase a hallar mejor; y fué tanto creciendo la mejoría, que de ahí a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte. Y viniendo ya los huesos a soldarse unos con otros, le quedó abaxo de la rodilla un hueso encabalgado sobre otro, por lo cual la pierna quedaba más corta; y quedaba allí el hueso tan levantado, que era cosa fea; lo qual él no pudiendo sufrir, porque determinaba

seguir el mundo, y juzgaba que aquello le afearía, se informó de los çurujanos si se podía aquello cortar; y ellos dixeron que bien se podía cortar; mas que los dolores serían mayores que todos los que había pasado, por estar aquello ya sano, y ser menester espacio para cortarlo; y todavía él se determinó martirizarse por su proprio gusto, aunque su hermano más viejo se espantaba y decía que tal dolor él no se atrevería a sofrir; lo qual el herido sufrió con la sólita paciencia. Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se atendió a usar de remedios para que la pierna no quedase tan corta, dándole muchas unturas, y estendiéndola con instrumentos continuamente, que muchos días le martirizaban. Mas nuestro Señor le fué dando salud; y se fué hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forçado estar en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance” (R, 2, 3, 4, 5) En el primero de los dos párrafos subrayados se dice que la única señal de dolor fue apretar mucho los puños, y en el segundo que se mejoró, utilizando la expresión coloquial “quiso nuestro Señor”. Gonçalves no le otorga al suceso el más mínimo asomo de favor especial, de milagro. Veamos la versión de Ribadeneyra “Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera. Estando ya en su casa, comenzaron las heridas, especialmente la de la pierna derecha, a empeorar. Llamáronse nuevos médicos y cirujanos, los cuales fueron de parecer que la pierna se había otra vez de desencasar; porque los huesos (o por descuido de los primeros cirujanos, o por el movimiento y agitación del camino áspero) estaban fuera de su juntura y lugar, y era necesario volverlos a él y concertarlos para que se soldasen. Hízose así, con grandísimos tormentos y dolores del enfermo. El cual pasó esta carnicería que en él se hizo y todos los demás trabajos que después le sucedieron, con un semblante y con un esfuerzo que ponía admiración. Porque ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo palabra que mostrase flaqueza. Crecía el mal más cada día y pasaba tan adelante, que ya poca esperanza se tenía de su vida, y avisáronle de su peligro. Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesu Cristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa. Ya parecía que se iba llegando la hora y el punto de su fin; y como los médicos le diesen por muerto si hasta la medianoche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese. La cual creemos que el bienaventurado apóstol san Pedro le alcanzó de nuestro Señor; porque en los tiempos atrás siempre Ignacio le había tenido por particular patrón y abogado, y como a tal le había reverenciado y servido; y asi se entiende que le apareció este glorioso apóstol la noche misma de su mayor necesidad, como quien le venia a favorecer y le traía la salud. Librado ya deste peligroso trance, se comenzaron a soldar los huesos y a fortificarse; mas quedábanle todavía dos deformidades en la pierna. La una era de un hueso que le salía debajo de la rodilla feamente. La otra nacía de la misma pierna, que por haberle sacado della veinte pedazos de huesos, quedaba corta y contrecha, de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado. Y como para lo uno y para lo otro le pareciese grande estorbo la fealdad y encogimiento de la pierna, queriendo remediar estos inconvenientes, preguntó primero a los cirujanos si se podía cortar sin peligro de la vida aquel hueso que salía con tanta deformidad. Y como le dijesen que sí, pero que sería muy a su costa, porque habiéndose de cortar por lo vivo, pasaría el mayor y más agudo dolor que había pasado

en toda la cura, no haciendo caso de todo lo que para divertirle se le decía, quiso que le cortasen el hueso, por cumplir con su gusto y apetito. Y (como yo le oí decir) por poder traer una bota muy justa y muy polida, como en aquel tiempo se usaba; ni fue posible sacarle dello, ni persuadirle otra cosa. Quisiéronle atar para hacer este sacrificio y no lo consintió, pareciéndole cosa indigna de su ánimo generoso. Y estúvose con el mismo semblante y constancia, que arriba dijimos, así suelto y desatado, sin menearse, ni boquear, ni dar alguna muestra de flaqueza de corazón. Cortado el hueso, se quitó la fealdad. El encogimiento de la pierna se curó por espacio de muchos días, con muchos remedios de unciones y emplastos, y ciertas ruedas e instrumentos con que cada día le atormentaban, estiraron y extendiendo poco a poco la pierna y volviéndola a su lugar. Pero por mucho que la desencogieron y estiraron, nunca pudo ser tanto que llegase a ser igual, al justo con la otra” (Vida I, I) Comparando lo subrayado aquí con lo ya comentado, queda en evidencia la forma de relleno sensacionalista utilizada, pues donde el Relato dice que sólo apretó los puños, Ribadeneyra añade todos esos innecesarios complementos de dudosa certeza, pues ¿quién puede aceptar que una persona en circunstancias tan dolorosas ni mudó color?. Del Relato se deduce claramente (“nunca habló palabra, ni mostró otra señal de dolor, que apretar mucho los puños”) una resignación muy especial, pero nunca que esa fuerza llegue incluso a controlar los flujos internos del organismo, pues sería totalmente excepcional, milagroso, que es a fin de cuentas lo que pretende hacernos creer Ribadeneyra. Mucho más grave resulta la ya comentada versión milagrosa del apóstol que, como ya se vio, queda desmentida con un simple cotejo del Relato. Un cuadro comparativo de los tres fragmentos desvela cómo un gran número de las palabras que forman el párrafo en el que se desarma a don Quijote proceden de los dos fragmentos correspondientes del Relato y la Vida Relato Vida Quijote desencasar desencajarle era cosa fea feamente contrecha contrahecha y ser menester espacio para cortarlo no podía traía quitó la fealdad aquella misma media noche quedó...quedaba medianoche...noche misma no lo consintió quiso que le cortasen el hueso quiso...no lo consintió y era menester cortarlas él no lo quiso consentir no poderse traía quitado...quitalle la contrahecha toda aquella noche no lo quiso consentir quedó

Resaltar, de nuevo, el sorprendente eufemismo final de Ribadeneyra para no mencionar la cojera: “nunca pudo ser tanto que llegase a ser igual, al justo con la otra” “y al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire: -<<Nunca fuera caballero de damas tan bien servido como fuera don Quijote cuando de su aldea vino: doncellas curaban dél; princesas, del su rocino>>,

o Rocinante, que este es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros” Aunque don Quijote identifica su situación con este romance sobre Lanzarote, está a su vez parodiando un pasaje del Relato donde Loyola, enfermo, es atendido “y allí era curado con mucha diligencia; y por la devoción que ya tenían con él muchas señoras principales, le venían a velar de noche” (R, 34) Relato curado con mucha diligencia dél señoras principales Quijote curaban bien servido... con mucho donaire con él principales señoras

Tras recitar los primeros versos del romance, donde vemos ese “tan bien servido” paralelo a “con mucha diligencia”, don Quijote descubre su nombre y el de su caballo y explica que, aunque su intención era guardar el anonimato, se ha visto forzado (“la fuerza de”) a “acomodar al propósito presente este romance viejo”. Una información contradictoria con la mostrada hasta aquí, pues desde el capítulo primero ha manifestado siempre su deseo de ganar honra y fama, o sea, airear su nombre. Sin embargo ahora dice que su propósito era guardar el anonimato, para acomodar su intención con la de Loyola desde que salió de casa "Y en amaneciendo se partió por no ser conocido, y se fué no el camino derecho de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen" (R,18) "nunca osaba decir de qué tierra ni de qué casa era" (R, 3) "Y lo que más procuraba era encubrir su linaje y su manera de vivir pasada” (Vida I, V) “En este tiempo era muy atormentado de la tentación de la vanagloria, de suerte que ni osaba decir quién era ni de dónde era, ni descubrir adónde iba, ni cómo vivía, ni qué pretendía, por no desvanecerse y ser llevado del aire popular y buena reputación, en que por ventura otros le tendrían” (Vida I, X) Cervantes, como Ribadeneyra, emplea el verbo descubrir (“fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran”) con el mismo sentido, viniendo a coincidir con él en que don Quijote desea ser conocido por sus obras o por sus servicios, como Loyola, cuando todavía, en los momentos de su metamorfosis, primero sueña con servir a una señora para ganarse su aprecio y después a Dios “imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio” (R,6) Recordemos que este fragmento ya ha sido parodiado por Cervantes, y que ahora vuelve sobre él seleccionando el vocablo “servicio”, probablemente con la intención de recalcar la indigna manipulación a que Ribadeneyra sometió el texto (“cuando pensaba Ignacio lo que había de hacer en su servicio”). Un procedimiento que, como se irá viendo, se repite a lo largo de todo el Quijote, pues hay unos cuantos fragmentos, frases y palabras que son como muletillas o detalles a los que jocosamente vuelve una y otra vez haciéndolos inolvidables. Todo este trabajo de imitación e inserción de fragmentos del Relato y la Vida está indirectamente explicado por el narrador al decir que don Quijote acomoda su comportamiento al de los libros que imita (“la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido

causa”). Frase aplicable tanto al trabajo de Cervantes como al de Ribadeneyra, ambos acomodándose a textos anteriores que les sirven de fuente, como este nuevo párrafo de la Vida “A ninguna destas cosas paraba mientes, sino que abrazado y aferrado con lo que entonces le parecía mejor y más a propósito de su estado presente, ponía todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas para afligir su cuerpo con asperezas y castigos; y esto no por otra razón, sino porque los santos que él había tomado por su dechado y ejemplo habían echado por este camino. Porque ya desde entonces comenzaba nuestro Señor a plantar en el corazón de Ignacio un vivo y ardentísimo deseo de buscar y procurar en todas sus cosas lo que fuese a los ojos de su Magestad más agradable; que este fue como su blasón siempre, y como el ánima y vida de todas su obras: A mayor gloria divina. Pero ya en estas penitencias que hacía había subido un escalón más; porque en ellas no miraba, como antes, tanto a sus pecados, cuanto al deseo que tenía de agradar a Dios. Porque, aunque era verdad que tenía grande aborrecimiento de sus pecados pasados, pero en las penitencias que hacía para satisfacer por ellos, estaba ya su corazón tan inflamado y abrasado de un vehementísimo deseo de agradar a Dios, que no tenía cuenta tanto con los mismos pecados, ni se acordaba dellos, como de la gloria y honra de Dios, cuya injuria quería vengar, haciendo penitencia dellos” (Vida I, III) Dice casi lo mismo y con palabras semejantes: que Loyola procuraba hacer cosas grandes y “a propósito de su estado presente”, siempre, como don Quijote, con el “deseo” de agradar y servir a Dios, o las mujeres de la venta, llamadas en este caso “vuestras señorías”. Loyola desea agradar a Dios, y don Quijote servir a las señoras, aunque con un lenguaje todo procedente del párrafo anterior y de los dos siguientes “Es tan grande y tan antigua la obligación, y conforme a ella el deseo que toda esta nuestra mínima Compañía de Jesús tiene, de servir a V. S. Ilustrísima, que tengo yo por muy grande merced de Dios N. S. ofrecérseme tan buena ocasión de mostrar este nuestro reconocimiento y deseo, con dirigir a V. S. Ilustrísima el libro de la vida de nuestro padre Ignacio, Padre y fundador desta nuestra Religión: y con publicarle debajo de su nombre y amparo [...] Y toca a mí hacer esto más que a nadie, así porque, de haberme criado desde niño a los pechos de nuestro padre, soy testigo de la amistad estrecha que entre vuestra Señoría llustrísima y él hubo, como por la merced tan conocida que V. Señoría Ilustrísima siempre me hace, como a hijo (aunque indigno) de tal padre” (A Quiroga) Ya hemos visto que la Vida está dedicada al Inquisidor General Gaspar de Quiroga, y que dicha dedicatoria es un prototipo de adulación y sumisión interesada, razón fundamental por la que Cervantes vuelve a ella una y otra vez para desmenuzarla en su parodia. La última frase de la intervención de don Quijote “tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros” está prácticamente extraída de esos dos fragmentos de la Vida. El cuadro comparativo delata la evidencia Relato Vida Quijote señoras principales principales señoras donaires donaire no ser conocido encubrir su linaje descubrirme...servicio ni descubrir adónde iba propósito...presente propósito presente hacer cosas grandes fazañas fechas en vuestro servicio deseo...de agradar a Dios deseo que tengo de serviros deseo...servir a V.I. de servir en vuestro servicio vuestra Señoría vuestras señorías

Don Quijote se ha expresado haciendo uso de un romance y con una serie de frases bastante rebuscadas para el oído de las mozas de la venta, tal como señala el narrador "Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa. -Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me haría mucho al caso" El narrador ha calificado las anteriores palabras de don Quijote como “retóricas”, y del contexto se deduce no el sentido de “modo de hablar con arte y compostura”13 sino el irónico de “sofisterías o razones que no son del caso”14 Igualmente, la siguiente respuesta de don Quijote (“a lo que entiendo, me haría mucho al caso”), tan enrevesada y retórica ante pregunta tan elemental, adquiere su razón de ser en el lenguaje profundo, pues se está refiriendo a su imitación, al momento en que Loyola llega al monasterio, cansado y hambriento tras tantos días de camino. Don Quijote se imagina, supone que le corresponde estar hambriento. Y para ello utiliza también irónicamente la ya comentada expresión de Ribadeneyra (“a lo que entiendo”) tratando de justificar el milagro de la aparición del apóstol. Sarcásticamente don Quijote entiende o deduce que, según la situación de Loyola, debería estar hambriento. Dice también “al caso”, otra expresión procedente de una frase de la Vida, donde aparece asociada al verbo “hacer” más “responder” “Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso” (Vida I, IV). El tenso diálogo entre don Quijote y las mozas se interrumpe con otra intervención del narrador “A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadilla, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura15 comería su merced truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer” El hecho de que fuera viernes parece condicionar el menú de esta venta que, en medio de la llanura manchega y en pleno siglo XVI, ofrece a sus comensales exclusivamente pescado, tal como obligaba la abstinencia de carne. Polinous encuentra intencionalidad en estas viandas de viernes, y ve en ellas una burla al poder de los clérigos, que aparecen satirizados "con los diminutivos de curadillo y abadejo", interpretación muy acorde al trasfondo paródico profundo, pues mientras resulta difícil aceptar ese rigor gastronómico en una venta castellana regentada por un caco, no es de extrañar que dicha abstinencia sí se guardara en el monasterio, donde además, y siguiendo la lectura profunda, la alimentación de Loyola es totalmente espiritual, es decir, de curas y abades. “Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía, y ansí, una de aquellas señoras servía deste menester. Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada. Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos, y así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candeal, las rameras damas y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no
Covarrubias, o.c. R.A.E, o.c. 15 “las cuales, si ahora que está fresca su memoria no se escribiesen, por ventura se olvidarían con el tiempo” (Vida, A los hermanos) Expresión muy abundante en la Vida.
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verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballería” Esta grotesca cena que "era materia de grande risa" y la inquietud de don Quijote por “no verse armado caballero” ponen punto final a este capítulo, simbolizando por un lado la probable expectación y asombro que el aspecto y el comportamiento de Loyola debió provocar en el monasterio, y por otro la necesidad de don Quijote de acomodar sus pasos, y en el mismo orden, a los de Loyola, de ahí su agobio, pues el peregrino llegó a Montserrat, se confesó, veló armas, se hizo armar caballero de Cristo y emprendió su peregrinación. Don Quijote se ha vestido de caballero, pero aún no ha sido armado y necesita hacerlo para cumplir rigurosamente con la imitación. ¿Se inspira la jocosa cena de don Quijote en el Relato-Vida?. Velando armas en la capilla, vestido con tela de saco, descalzo, sin cortarse las uñas ni lo cabellos, seco y demacrado a causa de sus grandes penitencias, Loyola debía causar expectación, o era "materia de grande risa" El narrador menciona “un pan tan negro y mugriento como sus armas”, algo que contradice la limpieza hecha en el capítulo 1 (“Limpias, pues, sus armas”), y que viene a corroborar la idea metafórica de ese alimento, símbolo de la confesión de tres días con la que Loyola se limpia interiormente de todo su pasado. Además su alimentación en aquellos primeros días de peregrinación era muy parecida “Pedía limosna cada día; pero ni comía carne, ni bevia vino, solamente se sustentaba con pan y agua; y aun esto con tal abstinencia, que si no eran los domingos, todos los demás días ayunaba” (Vida I, V) Al igual que en la comida de don Quijote, lo significativo es el no comer, la abstinencia constante. Incluso el artilugio del ventero (“darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña”) parece una referencia a la “calabacica”, también horadada, que Loyola lleva en su indumentaria de peregrino “una calabacica para beber un poco de agua, cuando tuviese sed” (Vida I, III) Don Quijote “era materia de grande risa”, es decir, sus actos eran observados y comentados, como los de Loyola, de los que la gente “tomaban materia de hablar” debido a sus extravagancias espirituales y a la expectación provocada por el rico militar convertido en pobre peregrino. Las restantes notas también sugieren interpretaciones del fragmento final, pues don Quijote “no podía poner nada en la boca con sus manos” porque no siendo Loyola todavía religioso, toda su comida y bebida espiritual, es decir, su comunión, debía recibirla de manos de otros. ¿Pueden esos pitidos de silbato tocados por enanos ser símbolos de quienes anunciaban los escarmientos públicos a que se sometían a los acusados de herejía? ¿o se refieren, como se ha dicho, a los toques de campana de las horas monásticas? En tres ocasiones se hace mención en este capítulo a señales acústicas, y en las tres puede establecerse una curiosa relación con la Vida. La primera, relativa a la trompeta (“detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo”) encuentra su referente en una alusión a Lutero “En Alemania se levantaron, siendo trompeta y despertador Lutero, los rústicos y labradores contra sus legítimos señores y príncipes, y mataron dellos cien mil rústicos y derribaron y arruinaron más de doscientos castillos, fuerzas y monesterios, en sola la provincia de Franconia” (Vida II, XVIII) La segunda y tercera, relativas al porquero y sus puercos (“En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón así se llaman) tocó un cuerno” / “Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos, y así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces”) encuentran también su referente en otros fragmentos de la Vida, donde se insulta sin piedad a toda persona al margen de la religión católica

“Tras estos se siguió una manada de clérigos y apóstatas, los cuales, no pudiendo por la flaqueza de sus ojos sufrir la claridad de las santas religiones en que vivían, por revolcarse más libremente en el cieno de sus torpezas y vicios, se salieron dellas, y para dar muestra de lo que eran y pretendían, se casaron públicamente con mujercillas engañadas, y muchos dellos con vírgenes y monjas consagradas a Dios; y esto con tan espantosa y abominable desvergüenza y diabólico sacrilegio, que en las bodas de algunos dellos compusieron y cantaron una Misa (si tal nombre merece tan infernal desatino), llena de increíbles abominaciones y horribles blasfemias, en la cual le alababan y llamaban santo y alumbrado de Dios porque se casaba, y exortaban a hacer lo mismo a los demás sacerdotes, por mofa y risa de los sacrosantos misterios de la Misa” (Vida II, XVIII) “Hiciéronlo así los nuestros, y sucedióles al principio como deseaban; porque el mismo Rey de Congo recibió el santo bautismo, y otros muchos de su reino por su ejemplo. Mas después como los nuestros los apretasen para que conformasen la vida y costumbres con la fe y Evangelio que profesaban; y ellos por el contrario quisiesen torcer el Evangelio a sus apetitos y antojos, vino a romper el rey bárbaro, y a desvergonzarse de tal manera, que no solamente él no vivía como convenía a cristiano, sino que también llevaba tras sí a los demás, parte con su mal ejemplo, parte apremiándolos y haciendoles fuerza.No les pareció a los nuestros arrojar las preciosa margaritas a tales puercos; de los cuales no se podía ya esperar, sino que volviéndose a ellos, los quisiesen despedazar y destrozar” (Vida III, XVIII) Ribadeneyra, haciendo gala de su intolerancia, llama bestias, manada y puercos a las personas, y las describe claramente como cerdos que se revuelcan “en el cieno de sus torpezas y vicios”. Se refiere por supuesto a los herejes, que son también la música de fondo de esta aparente calma nocturna que se vive en la venta. ¿Hace referencia el paréntesis jocoso de Cervantes “(que sin perdón así se llaman)” a ese falso recato de la Vida “(si tal nombre merece tan infernal desatino)”?. Ambos son innecesarios, el de Ribadeneyra retórico y modoso, y el de Cervantes absolutamente burlón, gracias al giro irónico de la expresión deformada “sin perdón”, alusiva al pedante recato conventual ante determinadas palabras. ¿Podría decirse ahora que el silbato del “castrador de puercos” confirma la relación existente entre esas llamadas musicales y la persecución inquisitorial contra cualquier tipo de herejía? ¿no es Ribadeneyra quien ha llamado cerdos a esos herejes que la Iglesia pretende castrar para que su doctrina no se transmita? ¿podrían asociarse esas mujeres de la venta, tan naturalmente tratadas por Cervantes, con esas “mujercillas engañadas” tan despreciativamente referidas por Ribadeneyra? Precisamente el narrador concluye el capítulo haciendo una recolección (“con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candeal, las rameras damas y el ventero castellano del castillo”) de todas las cosas que don Quijote ha visto de una manera y nosotros de otra.

CAPÍTULO TRES
Casi al final del capítulo II del Relato aparece uno de sus fragmentos más llamativos "Y fuese su camino de Montserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora de Montserrate, adonde tenía determinado dexar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo. Pues partido de este lugar, fuese, según su costumbre, pensando en sus propósitos; y llegado a Montserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días; y concertó con el confesor que mandase recoger la mula, y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de nuestra Señora. Y éste fué el primer hombre a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a ningún confesor lo había descubierto" (R,17) Este apartado 17 es sólo comprensible si se conoce la gran afición de Loyola a la lectura de libros de caballerías. Se trata de un caso preciso de la innegable influencia de esos libros, de un claro objetivo de imitarlos en un acto donde los nuevos ideales religiosos se mezclan con las viejas raíces literarias. A través de un formalismo pretende dejar de ser militar y convertirse en religioso1. Su intención es, pues, confirmarse en sus propósitos, darles solemnidad, investirse en un acto que separe definitivamente pasado y futuro. Lógicamente esa transformación, a pesar de las intenciones, se realiza de forma progresiva a medida que los nuevos ideales van relegando a los antiguos, de ahí que en este párrafo todavía convivan, prácticamente por última vez, la parafernalia caballeresca con los propósitos religiosos. También se aprecia en este fragmento información sobre el estado anímico de Loyola y sobre su personalidad. Se insiste abundantemente en su costumbre de ir siempre pensando (“como siempre solía” “según su costumbre”) casi obsesionado por sus nuevas ideas religiosas. Es decir, la metamorfosis externa de vestidos y armas va a su vez acompañada de ese vertiginoso cambio en su cabeza: “tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas” En medio de esa efervescencia formal y sicológica están los libros, verdaderos motores de ese entusiasmo idealista que genera un afán de “hazañas” o aventuras. Los de caballerías representados por el Amadís y los aspectos externos (“exteriores”) del comportamiento, los religiosos como guía aleccionadora de su nuevo ideal: “Dada la gran importancia de la lectura en el mundo ignaciano, resulta paradigmático que el inicio de su <<mutación>> quede reflejado por libros representativos de sus dos etapas vitales. Los de caballería ejemplifican la vida mundana que se abandona, mientras que los de santos y la Vida de Cristo indican el nuevo camino. En ambos géneros la literatura proporciona modelos dignos de ser imitados [...] Los autores recalcan este valor ejemplar, mientras que algunos fieles lectores tratan de convertir la ficción en realidad, como auténticos Quijotes <<avant la lettre>>. Es posible que estos procesos de identificación se hayan intensificado con la difusión de los libros impresos que favorecían una lectura más íntima y
“en Montserrat encontrará el ambiente apropiado para profundizar todavía más en la inspiración espiritual del acto de captar su sentido eclesial. Gran número de peregrinos pasaba la noche velando en el canto y en la oración antes de los acontecimientos importantes de la vida o para obtener alguna gracia espiritual. El cronista Bernat Desclot nos presenta a Pedro II de Aragón velando una noche entera ante la imagen de María y, a primera hora de la mañana, después de oír misa y depositar las ofrendas, salir para el campo de batalla. Iñigo, por su parte, en una densa atmósfera de oración y cantos, con un rito profundamente simbólico y de raíces bíblicas, <<se viste las armas de Cristo>> El peregrino, Autobiografía de San Ignacio de Loyola, Introducción, notas y comentario por Joseph Mª Rambla Blancg, S.I., Ed. MENSAJERO-SAL TERRAE, Bilbao 1990, p. 38.
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<<privada>>. En el caso de Ignacio de Loyola, su sensibilidad y su gran capacidad de <<imaginar>> situaciones en la que volcaba su compasión, interpretando la palabra en su sentido etimológico, debieron de contribuir todavía más a una vivencia muy directa de la literatura” 2 En conjunto, puede decirse que ese significativo fragmento del Relato permite una lectura abierta del estado anímico de su protagonista y de su forma de ser y comportarse. Tal vez por eso Ribadeneyra infla su versión de esos mismo sucesos “Es Montserrate un monesterio de los religiosos de san Benito, una jornada de Barcelona, lugar de grandísima devoción, dedicado a la Madre de Dios y celebrado en toda la cristiandad por los continuos milagros y por el gran concurso de gentes que de todas partes vienen a él a pedir favores, o hacer gracias de los recebidos, a la santísima Virgen nuestra Señora, que allí es tan señaladamente reverenciada. A este santo lugar llegó nuestro Ignacio, y lo primero que hizo fue buscar un escogido confesor, como enfermo que busca el mejor médico para curarse. Confesóse generalmente de toda su vida, por escrito y con mucho cuidado, y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual, descubrió Ignacio sus propósitos y intentos . Dejó al monesterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora. Corría el año mil quinientos y ventidos, y la víspera de aquel alegre y gloriosísimo día que fue principio de nuestro bien, en el cual el Verbo eterno se vistió de nuestra carne en las entrañas de su santísima madre; y ya de noche, con cuanto secreto pudo, se fue a un hombre pobrecito, andrajoso y remendado, y diole todos sus vestidos, hasta la camisa, y vistióse de aquel su deseado saco que tenía comprado y púsose con mucha devoción delante del altar de la Virgen. Y porque suele nuestro Señor traer los hombres a su conocimiento por las cosas que son semejantes a sus inclinaciones y costumbres, para que por ellas, como por cosas que mejor entienden y de que más gustan, vengan a entender y gustar las que antes no entendían; quiso también que fuese así en nuestro nuevo soldado. El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la emienda de la vida para adelante” (Vida I, IV) Lo más destacable en un cotejo con el párrafo del Relato es, como siempre, la doble extensión necesitada para no aportar algo nuevo, con la probable intención de amortiguar entre palabrería el hilo anacrónico y extravagante de la ceremonia. En ambos textos se dice lo mismo: que llegó a Montserrat, se confesó, dejó la mula, los vestidos y las armas y que, influenciado por los libros, veló toda la noche. El resto, prácticamente todo lo que no está en negritas, es prosa divinizante, humo de púlpito y propaganda. En ese sentido es muy reveladora la frase “por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación”, pues con ella se pretende desviar de nuestra atención cualquier posible relación entre la ceremonia realizada por Loyola y el ritual pagano-caballeresco3.
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Del gentilhombre mundano..., o.c, p.144. “El desarrollo de la caballería desde una perspectiva social e ideológica transformará la primitiva investidura utilitaria en una fiesta cada vez más fastuosa y honorífica [...] la Iglesia ha influido en la ceremonia, a la que le ha intentado dar un significado religioso. [...] Ignacio no ha sido nunca caballero en el estricto sentido de la palabra, por lo que su investidura quizás podría explicarse no sólo como mera imitación de unos modelos literarios, sino como satisfacción de unos anhelos profanos anteriormente no satisfechos, ahora transformados espiritualmente. Pero si esto no deja de ser

Hay además algunos detalles añadidos que ni siquiera se corresponden con la realidad histórica, sino con el deseo de Ribadeneyra de hacer un libro didáctico disfrazado de biográfico. El monasterio, por ejemplo, no es sólo un nombre como en el Relato, sino un lugar santo, concurrido y donde se producen “continuos milagros”. Un escenario digno y con la espiritualidad apropiada para encontrar un “escogido confesor”. Mientras en el Relato sólo se habla de un confesor, Ribadeneyra, como ya se comentó, añade ese “escogido” que lo modifica sustancialmente. En realidad, su intención es claramente manipular la historia y ofrecernos la imagen de un Loyola maduro y cuyas actuaciones están todas muy meditadas y organizadas dentro de la más estricta ortodoxia. De esas dos versiones del Relato y la Vida sobre los mismo acontecimientos se vale Cervantes para su parodia. Ya al final del capítulo segundo dejó a don Quijote intranquilo (“lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero”), tal como sigue al inicio de este tercero “Y, así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole” No se resalta la fatiga física y el hambre que lógicamente debería sentir después de todo un día a caballo, sino la mental, pues está comiendo agobiado (“abrevió”) y obsesionado por sus pensamientos. Un rasgo claro de la personalidad de Loyola en ese fragmento 17 donde es el pensamiento, la idea preconcebida, lo único que le preocupa, como a don Quijote, cuya rápida cena se expone como un trámite fastidioso. Está, pues, obsesionado y agotado, tal como Ribadeneyra lo presenta “Otro día, estando muy fatigado y cansado, fue acometido de otro molestísimo pensamiento, que parece que le decía” (Vida I, VI) Cervantes repite las dos palabras claves (fatigado-pensamiento) más el verbo decir, insistiendo de ese modo en la caracterización del hombre de acción impulsado por sus ideas, paralela al Loyola que acaba de llegar a Montserrat y sólo le preocupa confirmar definitivamente el inicio de su nueva vida “llegado a Montserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días” Llega al monasterio, reza y concierta con el confesor. Don Quijote llega a la venta, cena y se encierra con el ventero. La cena, “venteril y limitada”, ya hemos visto que es un símbolo (curadilla y abadejo) de la oración hecha por Loyola antes de confesarse, de su alimento espiritual previo a la vela. Después llama al ventero, o sea, concierta con él y, tras encerrarse en un lugar apartado como la caballeriza, se hinca de rodillas, dos claros referente externos (intimidad y de rodillas) a la confesión de Loyola.
una hipótesis que no está avalada por ninguna documentación, el sentido del acto se percibe con claridad desde una perspectiva antropológica. En otras ocasiones he analizado la investidura de armas como una iniciación en la que se produce una especie de muerte ritual; el iniciado deja a un lado su mundo anterior, para <<renacer>> en un <<mundo nuevo>> mucho más pleno, lo que suele corresponder también al cambio de vestimentas y en ocasiones también de nombre. Si alguien quiere llegar a caballero, recomienda Geoffroi de Charny, conviene que confiese todos sus pecados y que reciba la eucaristía; la entra en la caballería comienza así por un acto religioso. Parece significativo que Ignacio haya concertado con el confesor que mandase recoger la mula <<y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de Nuestra Señora>>. Son signos externos de una vida anterior, modificada también por un cambio de vestidos*, y por el bordón que le podrá identificar en su nuevo estado. La transformación es religiosa y radical, con unas nuevas armas (<<las de Cristo>>), un nombre nuevo y una dama bien diferente” (*Nota: Todos estos aspectos iniciáticos del cambio de nombres y vestidos y el abandono de las armas coinciden con los de Amadís, quien, desdeñado por Oriana, se retira con un ermitaño en la Peña Pobre a hacer penitencia, convirtiéndose en casi un <<salvaje>>. También Ignacio sigue una trayectoria similar, pero los modelos hagiográficos son evidentes, como el de San Francisco en la entrega de los vestidos a un pobre, según se cuenta en la Legenda aurea. En su penitencia, seguirá el ejemplo de San Onofre, como expone P. de Leturia” Ib., p. 151.

“-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano” La confesión de Loyola duró tres días, por eso don Quijote, con un “jamás” que denota duración ilimitada, dice estar dispuesto a no levantarse hasta que se le otrogue un “don”, es decir, lo mismo obtenido por Loyola, pues perdonar los pecados es un “don” del confesor. También se deduce del Relato que Loyola debió obtener un permiso del confesor para poder velar sus armas en la capilla del monasterio, tal como hará don Quijote, aunque antes le augura al ventero grandes beneficios si cumple con sus deseos (“redundará en alabanza vuestra”), aludiendo claramente a las grandes alabanzas dedicadas por Ribadeneyra al confesor de Loyola, de quien dice que era “un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado” y además lo menciona por su nombre (“se llamaba fray Juan Chanones”). Cervantes vuelve a recordar burlonamente las manipulaciones de la Vida, y parodia los elogios de Ribadeneyra con esa promesa de don Quijote. Su segunda predicción (“en pro del género humano”) también parodia información de la Vida, pues de los sacrificios de Loyola, una vez iniciada esa carrera que acaba de propiciar el confesor, nos aprovechamos, según la Vida, todos “Porque no probaba Dios a nuestro B. Padre para sí solamente, mas también para nuestro provecho se hacía aquella tan costosa prueba” (Vida I, VII). Ribadeneyra repite en diversas ocasiones que Dios envió a Loyola como un capitán contra la herejía, es decir, en beneficio o en pro “del género humano” “El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía” La escena continúa con don Quijote de rodillas ante el ventero, igual que Loyola ante su confesor, también perplejo con el insólito peregrino cuya confesión dura tres días y, además, pretende hacer una ceremoniosa vela de armas. Cervantes ha utilizado la expresión estar confuso, tal vez recalcando esa idea del pensamiento con que se inicia el capítulo y que Ribadeneyra también explica con los mismos vocablos “ Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos” (Vida I, II). El ventero, en correspondencia con la absolución del confesor, le otorga a don Quijote un bien espiritual, un “don” o requisito imprescindible para investirse como andante o peregrino “-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío –respondió don Quijote-, y así os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado” Don Quijote explica cuál ha sido el don concedido: “mañana en aquel día me habéis de armar caballero”. La expresión admite la lectura externa de premura, mañana sin falta, y la interna, evocadora de la imitación de “aquel día” en que Loyola cumplió con todos aquellos requisitos que don Quijote pretende repetir ahora. Sus pasos están, pues, determinados. En los tres libros se repiten casi las mismas expresiones “determinó de velar sus armas toda una noche” R. “solían velar sus armas [...] toda aquella noche” Vida. “esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas” Q.

Don Quijote dice además que lo hará “en la capilla”, tal como implícitamente se deduce del Relato (“delante el altar de nuestra Señora de Montserrate”) o de la Vida (“delante de la imagen de nuestra Señora”). Su deseo es cumplir esos requisitos “para poder como se debe ir por todas las cuatro partes del mundo”, igual que Loyola desea salir del monasterio para iniciar su viaje hacia Jerusalén. En la Vida se insiste muchas veces en esa labor de apostolado universal de la Compañía, incluso con esas mismas palabras “Escrebíle en aquella lengua que es común, porque le dirigí a toda nuestra Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo” (Vida, Al cristiano lector) “y tales son los milagros deste santo varón que son las mudanzas de corazones y vidas que él y sus hijos han hecho en todas las partes del mundo” (Vida, Granada 2) El objetivo de don Quijote es salir al mundo en busca de aventuras (en el Relato se dice pensando “en las hazañas”) “en pro de los menesterosos”4, algo por su puesto implícito en el Relato y la Vida, y que además forma parte de la esencia de la caballería 5, tal como explica Ribadeneyra “Las religiones de caballería y militares envió Dios nuestro Señor a su Iglesia al tiempo que, por estar ella oprimida de sus enemigos, era menester defenderla con las armas en las manos” (Vida II, XVIII) Don Quijote concluye con un arcaísmo (“cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado”) claramente referido a las “hazañas” que desea realizar Loyola: “pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios” Las reacciones de don Quijote y sus propósitos andantescos convencen por fin al ventero de su falta de juicio “El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales6 como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y finalmente dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la
“Un caballero andante era un personaje dispuesto a defender las causas del bien y de la justicia con un valor indomable, siempre al servicio de los débiles y desprotegidos. Pero también era un iniciado, receptor de una influencia espiritual, siempre y cuando fuera digno de recibirla para realizar grandes hechos.” Quijote mágico, Los mundo encantados de un hidalgo hechizado, Rey Bueno, Mar, Algaba Ediciones, Madrid, 2005, p. 24.
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“Históricamente, la Iglesia se atribuyó el papel de protectora de los débiles, tarea asumida por la realeza y posteriormente por la caballería. A la vez que asistimos a este movimiento ascendente, surge otro de naturaleza contraria y de carácter ideológico que hace descender de los reyes hasta los caballeros la ética de la protección de los débiles. <<El Iñigo convertido en <<peregrino>>, que se pone camino de Jerusalén para <<ayudar a la ánimas>>, tiene rasgos comunes con el caballero andante Amadís, cuyas acciones no buscan solamente la honra y la fama, sino también la ayuda de los menesterosos, de los pobres y desvalidos>> Ib., p.154.

“Son estas dos casas, de Loyola y Halda, de parientes que llaman mayores, y de las más principales en la provincia de Guipúzcoa” (Vida I, I).

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mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo” El narrador, que en el capítulo anterior tildó al ventero de “no menos ladrón que Caco”, ahora dice que era “un poco socarrón”, calificativo 7 bastante despectivo en su época y que contribuye a forjarnos una imagen distinta a la que, poco a poco, iremos conociendo por sus obras. Hasta ahora parece un hombre bastante simple y capaz de sentir temor ante “máquina de tantos pertrechos”, con un punto de cultura que le permite continuar el romance iniciado por don Quijote y con un gran sentido de la profesionalidad en sus modales y saber estar. Todo, según el narrador, puro teatro para pasar un buen rato a costa del caballero, a quien decide “seguirle el humor” y adularle (“muy acertado”, “natural de los caballeros tan principales” “gallarda presencia”), dándole confianza y mostrándose experto y amante de la caballería. Un juego para no mosquear a don Quijote y que, de nuevo, evoca la realidad soportada por el confesor de Loyola ante la incomoda situación planteada por ese impulsivo peregrino deseoso de imitar a los santos y dispuesto a viajar a Jerusalén sin ninguna provisión, proeza que, según puede leerse en el gran Viaje de Turquía, estaba ya bastante desprestigiada por sus peligros y la afluencia masiva de peregrinos pobres8. Es, pues, normal que el confesor tratara de disuadirlo con razonamientos muy parecidos a los del ventero, es decir, acercándose a él con compresión, recordándole que él también fue joven y con ideas aventureras, etc. El hábil ventero utiliza prácticamente el mismo lenguaje que don Quijote, pero con sentido peyorativo y mezclando expresiones que parecen referentes velados a la Iglesia, pues el venteroconfesor se ha “venido a recoger” al castillo-monasterio, donde vive, como los religiosos, “con su hacienda y con las ajenas” y donde recoge a cuantos peregrinos “de cualquiera calidad y condición” llegan dispuestos a compartir bienes. La función del confesor en el monasterio es perdonar a todos y compartir sus bienes, la gracia divina (e incluso los bienes materiales), en pago de su arrepentimiento o “buen deseo” “Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo, pero que en caso de necesidad él sabía que se podían velar dondequiera y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo, que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo” Vuelven a repetirse palabras propias del Relato y la Vida y también el mismo sentido metafórico de las frases, y la burla del narrador e incluso sus matices erasmistas, pues la capilla “estaba derribada para hacerla de nuevo”, símbolo de la postración en que estaba la Iglesia y que se había propuesto reedificar Loyola. El ventero concede, pues, a don Quijote las mismas peticiones que el confesor a Loyola, salvo ese detalle de la capilla que él mismo ha solucionado con el patio. “Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba, que, puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron, y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles, y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y
“El bellaco dissimulado, que sólo pretende su interés, y quando habla con vos os está secretamente abrasando” Covarrubias, o.c. 8 “las peregrinaciones conocieron una polarización social, quedando reservadas a los miembros de los estamentos privilegiados, pues como lamenta el autor anónimo del Viaje a Turquía, ya ni <<el camino de Hierusalem ningún pobre le puede ir, porque al menos gasta quarenta escudos y más, y por allá maldita la cosa les aprovecha pedir ni importunar>>” La cruzada pacífica, Pedro García Martín, Ediciones del Serbal, Barcelona 1997, p. 151.
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desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia, porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase” Asistidos por el narrador, seguimos escuchando la conversación entre el ventero y don Quijote, que confiesa no llevar “blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído”. Y está en lo cierto, pues en los libros que él realmente imita (“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías”) los caballeros no llevan dineros “No porque le pareciese que era pecado tomar o llevar dinero, sino porque no venía bien con la perfeción de su deseo, y desdecía de alguna manera del santo propósito que había hecho de seguir una estremada pobreza en todas las cosas” (Vida I, X). “y a pie y solo y sin dineros, pidiendo limosna, se fue a Pamplona” (Vida II, V) Loyola prefiere ir siempre sin dinero y pedir para su sustento, por eso don Quijote va sin “blanca”, una moneda de poquísimo valor y propia de quien, como Loyola, recibe limosna “y como al tiempo de embarcarse le sobrasen algunas cinco o seis blancas, de las que le habían dado de limosna, que había pedido de puerta en puerta” (Vida I, X) “Entrando deste manera en la ciudad y rodeándola toda pidiendo limosna, no halló quien le diese una blanca ni un bocado de pan” (Vida II, V) El confesor debió aconsejar a Loyola que se proveyera de dinero y ropa antes de emprender un viaje tan arriesgado, igual que hace el ventero con don Quijote, en cuya memoria caballeresca no recuerda casos de caballeros que vayan abastecidos. Pero el ventero sí, pues como trasunto del confesor conoce otros muchos caballeros que “llevaban bien herradas las bolsas”, como solía reprocharse a los religiosos. Por supuesto la referencia a los libros (“de que tantos libros están llenos y atestados”) parece dirigida a la literatura hagiográfica. La restante provisión aconsejada a don Quijote también encuentra paralelos en el Relato o la Vida, donde Loyola necesita para curarse unas “unciones y emplastos” similares a las “hilas y ungüentos para curarse” aconsejados a don Quijote “El encogimiento de la pierna se curó por espacio de muchos días, con muchos remedios de unciones y emplastos” (Vida I, I) También se le aconseja llevar camisa “y ya de noche, con cuanto secreto pudo, se fue a un hombre pobrecito, andrajoso y remendado, y diole todos sus vestidos, hasta la camisa” (Vida I, IV) Igualmente son alegóricas las heridas en combates de los caballeros (“para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían9 y salían heridos había quien los curase”), símbolo de las metafóricas heridas de los santos en sus diversos combates contra el mal
“Hasta este punto había ya llegado Ignacio sin que ninguna dificultad de las muchas que se le ponían delante fuese parte para espantarle y apartarle de su buen propósito, pero sí para hacerle estar perplejo y confuso por la muchedumbre y variedad de pensamientos con que, por una parte, el demonio le combatía” (Vida I, II).
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“Estábase todavía nuestro Ignacio tendido en una cama, herido de Dios” (Vida I, II) “De suerte que a los principios parecían blandos y halagüeños y regaladores del apetito sensual; mas sus fines y dejos eran dejar atravesadas y heridas las entrañas” (Vida I, II) El ventero especifica “en los campos y desiertos10”, lugares comunes a la literatura anacoreta, donde lo eremitas solitarios son ayudados en sus peligros por “algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire en alguna nube alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido”. ¿No es en el fondo la descripción paródica de un milagro?. Los caballeros-religiosos en campos y desiertos mantienen sus combates espirituales y son constantemente heridos y socorridos por el “amigo” divino (“por el aire”) o por la Virgen “alguna doncella”, tal como dice Ribadeneyra “Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan, tomando por abogada y medianera a su benditísima Madre” (Vida I, III) También habla el ventero de un agua mágica o milagrosa (“de tal virtud”) que en el capítulo 10 se transformará en el famoso bálsamo de Fierabrás. Baste por ahora recurrir de nuevo a las metafóricas palabras de la Vida, donde también aparecen aguas virtuosas con efectos curativos para las heridas “buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor” (Vida I, II) “y que con la señal de la santa cruz y con el agua y cuentas benditas sanaron muchos enfermos” (Vida II, XIX) Son aguas milagrosas que curan de repente, tal como especifica (“al punto”) el ventero, “gustando alguna gota della luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas”. En la Vida encontramos diversos ejemplos de ese tipo de curaciones “y aun el maestro Juan Coduri, que llevaba las piernas cubiertas de sarna, con el trabajo deste día quedó sano” (Vida II, VII) “Como nuestro B. Padre estando enfermo sanó con su visita al Padre Maestro Simón” (Vida II, XI) El valor simbólico dado por Ribadeneyra a las heridas es extensivo a las llagas “Y con grande desengaño y resolución determinó de sepultar la memoria de los pecados pasados y no tocar más a sus llagas viejas ni tratar dellas en la confesión” (Vida I, VI) Aguas milagrosas, ajenas a cualquier proceso lógico de curación (“como si mal alguno hubiese tenido”) con efectos semejante al de esa mejoría repentina de Juan Coduri al quedar en un día sano de la sarna, enfermedad definida por Covarrubias como “Una especie de lepra” El otro milagro de la visita curativa es también presentado por Ribadeneyra como un suceso súbito. Según él, estando Loyola con calentura, se enteró de que el Maesto Simón se encontraba gravemente enfermo, e inmediatamente se fue a visitarlo a otra ciudad que estaba a una jornada y, en el camino, mientras oraba por la salud del enfermo “le fue certificado que Dios se la daría” “Como llegó adonde el padre Simón estaba en la cama, hallóle con la fuerza del mal muy consumido y flaco, y echándole los brazos: - No hay de qué temáis (dijo), hermano Simón, que sin duda sanaréis desta ; y así se levantó y estuvo bueno. Esto contó el padre Fabro al padre Laínez cuando tornaron a Vincencia, y el padre Laínez me lo contó a mí , de la manera que he dicho. Y el mismo padre maestro Simón conoció y agradeció y publicó este beneficio que de Dios nuestro Señor, por medio de su siervo Ignacio, había recebido” (Vida II, IX) Se han producido dos milagros, el primero una aparición o conversación de “nuestro Señor” con Loyola, al que mientras reza se le certifica que su petición le será otorgada. Sin embargo Ribadeneyra no se atreve a hablar claramente de una aparición, sino que lo deja caer, pues el
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“¿Por ventura Él no podrá darte pan y poner la mesa en el desierto a su peregrino?” (Vida I, X).

sentido de “le fue certificado” es que de alguna manera la divinidad le asegura la salud de su compañero. Esta tibia alusión milagrosa queda sin embargo sólidamente ratificada “por un rato estuvo puesto en oración, rogando a nuestro Señor por la salud del Maestro Simón; y en la oración fue certificado que Dios se la daría. Levantándose della, dijo al padre Fabro con mucha confianza y alegría: - No hay por qué nos congojemos, hermano Fabro, del mal de Simón, que no morirá desta dolencia que tanto le fatiga” Es el propio Loyola, gracias a ese estilo directo, quien confirma la naturaleza milagrosa del suceso. Ribadeneyra no se ha atrevido a decir, por temor a la Inquisición, que sea un milagro, pero de las palabras atribuidas a Loyola no puede deducirse otra cosa sino que Dios se lo había comunicado y prometido. Con el segundo milagro se utiliza el mismo procedimiento, dar todos los datos imprescindibles para que la única conclusión posible, aunque él no la certifique plenamente, sea la milagrosa. Loyola llega y encuentra a su compañero muy enfermo en la cama, le echa los brazos, le dice que no debe temer y, tras cerrar comillas, introduce la conclusión: “y así se levantó y estuvo bueno”. No queda claro si sanó de inmediato o se levantó algún tiempo después o si estaba en trance de muerte, ya que todo está escrito con la suficiente ambigüedad para que aunque sin decirse, la única conclusión posible sea la de milagro tipo resurrección de Lázaro. En definitiva, estos caballeros religiosos, además del agua bendita, tienen, como dice el ventero, “algún sabio encantador por amigo” que “al punto” les cura. Que toda la parrafada del ventero está encaminada a esa interpretación lo ratifica otra sutilísima frase: “mas que, en tanto que esto no hubiese”, cuyo significado viene a acomodarse a la realidad de la historia, es decir, nos encontramos en los prolegómenos de la vida peregrina de Loyola y hemos mencionado milagros que no ocurrirán hasta un tiempo después, por eso el ventero le dice que, mientras no lleguen los milagros, será conveniente proveerse de lo necesario para su peregrinación, es decir, dinero y las otras cosas necesarias que llevan los escuderos que acompañan a los caballeros andantes (“proveídos de dineros y de otras cosas necesarias”) Con la misma simbología utiliza Ribadeneyra el verbo proveerse “y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” (Vida I, II) Encontramos incluso la misma expresión asociada al acto de confesarse “Que la limosna y caridad que le pedía era solamente que tomase cargo de su conciencia, para regirla y para oír sus pecados y confesarle; que en lo demás él tendría cargo de proveerse de lo necesario, sin darles pesadumbre” (Vida I, XI) “los proveyeron abundantemente de cama y comida y de las otras cosas necesarias” (Vida I, XV). Igual ocurre con otra frase del mismo fragmento (“tuviese por cierto y averiguado que”) “Y para que no se cansen ni desmayen en esta sagrada y gloriosa milicia, tengan por cierto y averiguado que su capitán está con ellos” (Vida II, XI) El narrador sigue cargando su información de referentes pertenecientes a la Vida, y continúa “y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia, porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes” En este párrafo se encuentra el embrión de lo que después será Sancho, cuya aparición se debe a este consejo del ventero inspirado claramente en la futura vida comunitaria de Loyola y sus primeros compañeros “Salían dos veces al día a pedir limosna a la ciudad, pero era tan poco el socorro que hallaban, que apenas tornaban a su pobre ermita con tanto pan que les bastase a sustentar la vida. Y cuando hallaban un poquito de aceite o manteca (que era muy raras veces), lo

tenían por muy gran regalo. Quedábase el uno de los compañeros en la ermitilla para mojar los mendrugos de pan duros y mohosos que se traían y para cocerlos en un poco de agua, de manera que se pudiesen comer” (Vida II, VIII) En el capítulo 7 veremos que la aparición de Sancho está ligada a la aparición de esos primeros compañeros-seguidores, tal como aquí sugiere la frase “que era muy rara veces”, dentro de un contexto donde se resalta la importancia del trabajo de grupo, pues el ventero está haciéndole ver a don Quijote la necesidad de que alguien le acompañe, tal vez porque Cervantes piensa que el confesor de Loyola debió decirle algo parecido. En la Vida, relativo también a la fundación de las órdenes religiosas, aparece a su vez otra expresión existente en ese mismo fragmento del Quijote “bien se deja entender que en las cosas mayores y de más importancia, como son las fundaciones de las religiones” (Vida II, XVIII) Las provisiones sugeridas por el ventero son, pues, paralelas a las ya mencionadas en la Vida (“proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos”), es decir, provisiones y armas simbólicas y, por lo tanto, transportables en las sutiles alforjas de la memoria. No obstante, las alforjas forman parte de la iconografía cristiana y representan la religiosidad mendicante 11, que es el sentido que en varias ocasiones parecen tener en el Quijote. Toda la frase del ventero está impregnada de esa dualidad con el lenguaje profundo, pues a lo largo de la Vida vamos viendo que Loyola era enemigo de llevar dineros o cualquier tipo de objetos impropios de un auténtico peregrino, de ahí que el ventero diga que “llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase” El ventero, tal como debió hacer el confesor, está aconsejando a don Quijote sobre lo que debe hacer un buen caballero, justificando como legítimas y necesarias esas humildes pretensiones, y lo hace utilizando otra referencia donde a Loyola se le impone ser menos auténtico de lo que pretendía “Desde a pocos días el vicario mandó a Ignacio que no anduviese los pies descalzos, y así como en todo era obedientísimo a quien lo podía mandar, lo fue en esto, y púsose luego zapatos” (Vida I, XIV) Este fragmento pertenece a uno de los capítulos dedicados a los problemas de Loyola en Alcalá con la Inquisición, que le prohibió, entre otras cosas, ir descalzo. De ahí que la utilización del ventero de esa expresión, arrogándose un derecho sobre don Quijote a cuenta de su futuro padrinazgo, sea totalmente cáustica, pues oculta no un consejo, sino el mandamiento imperativo de un sacerdote que pretende imponerse. No obstante, el objetivo de buscar el bienestar espiritual de su ahijado, también se deduce de otra frase de la Vida, donde, además del verbo mandar, se repite la sensación de estar bien (“se sintió libre “) pronosticada por el ventero (“cuán bien”) “Obedeció, pues, llanamente a lo que el confesor le mandó, porque no pareciese que quería tentar a Dios, y aquel día y el siguiente se sintió libre de los escrúpulos” (Vida I, VI) Una vez finalizados los consejos, prosigue el narrador desarrollando el concepto de obediencia contenido en esa frase anterior “Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche”

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Las alforjas “son propias de los frailes mendicantes, encargados de aprovisionar a su convento con limosnas en especie recogidas en las alforjas”, Iconografía del Cristianismo, Luis Monreal y Tejada, Ed. El Acantilado, Barcelona 2000, p. 438.

En Montserrat también se debió de dar orden para que el peregrino pudiese velar sus armas ante el altar. Recordemos la información del Relato “Y fuese su camino de Montserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquellas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de nuestra Señora de Montserrate, adonde tenía determinado dexar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo. Pues partido de este lugar, fuese, según su costumbre, pensando en sus propósitos; y llegado a Montserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días; y concertó con el confesor que mandase recoger la mula, y que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de nuestra Señora. Y éste fué el primer hombre a quien descubrió su determinación, porque hasta entonces a ningún confesor lo había descubierto. La víspera de nuestra Señora de Março en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dio a un pobre, y se vistió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de nuestra Señora; y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. Y en amaneciendo se partió” (R, 17,18). Las mismas acciones y circunstancias se repiten en ambos párrafos, desde el propósito o idea preconcebida de velar las armas, hasta la mayoría de los detalles de la ceremonia, consistente en recoger y colocar las pertenencias delante del altar o pila (también de piedra) para velarlas durante toda la noche, Loyola de rodillas o en pie y con su bordón en la mano, don Quijote paseando con su adarga y lanza. Volvamos ahora a la versión amplificada de Ribadeneyra “Dejó al monesterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora [...] El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo, con espiritual representación, aquel hecho caballeroso y velar sus nuevas y, al parecer, pobres y flacas armas (mas en hecho de verdad muy ricas y muy fuertes) que contra el enemigo de nuestra naturaleza se había vestido, toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados, y proponiendo la emienda de la vida para adelante” (Vida I, IV) Tanto el Relato (“toda una noche”) como la Vida (“toda aquella noche”) especifican que Loyola estuvo velando toda la noche delante del altar. La intención de don Quijote parece ser la misma, pues comienza la ceremonia cuando “comenzaba a cerrar la noche” El cuadro comparativo de coincidencias muestra la intensa relación entre los tres textos RELATO y así se velar sus armas velar sus armas VIDA y así, se velase las armas comenzaba a cerrar la noche se hincó de rodillas ante él …se comenzó a pasear delante de la pila QUIJOTE

toda una noche toda aquella noche sin sentarse ni acostarse, mas a parte en pie y parte de rodillas ratos en pie y a ratos de rodillas delante el altar delante del altar / delante de la imagen

recoger la mula que la espada y el puñal colgase en la iglesia en el altar de nuestra Señora con su bordón en la mano

recogiéndolas las puso sobre una pila embrazando su adarga, asió de su lanza

El narrador continúa con la descripción de la vela “Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”. Siguiendo el hilo de la parodia, debemos ahora imaginar que a través del confesor debieron saber “todos cuantos estaban” en el monasterio el extraño deseo de Loyola de velar sus armas en la capilla y, lógicamente, la gente acudió a contemplarlo, burlándose a escondidas “de tan estraño género de locura”. Se matiza que a pesar de ser ya noche cerrada había “tanta claridad de luna, que podía competir con el que se la prestaba”. ¿Una referencia al monasterio iluminado con antorchas y velas? o ¿una nueva referencia al resplandeciente párrafo de la Vida? “Y fue así, que estando él velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Ángeles, que traía en brazos a su preciosísimo Hijo, y con el resplandor de su claridad le alumbraba, y con la suavidad de su presencia le recreaba y esforzaba. Y duró buen espacio de tiempo esta visión” (Vida I, II) Como el patio de la venta parodia la capilla del monasterio, la claridad de la luna se corresponde con esa insistente acumulación de vocablos luminosos en torno a la noche de vela. La clave para esta asociación de ideas no sólo la proporciona el contenido paralelo sino especialmente el referente común “buen espacio”, alusivo, por otra parte, al estado de enajenación en que ambos personajes se encuentra, pues don Quijote “ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”, es decir, se encontraba tan arrobado como Loyola ante la luminosa aparición. Vida estando él velando una noche con el resplandor de su claridad le alumbraba duró buen espacio de tiempo Quijote la vela de las armas Acabó de cerrar la noche con tanta claridad de la luna sin quitarlos por un buen espacio

Hay además otros detalles tan definitivos como “novel caballero” (“cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos”), repetido por Ribadeneyra en varias ocasiones (“los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo”, etc.) o la constante admiración que causa entre la gente el comportamiento de don Quijote. Mientras él vela las armas, a un arriero “Antojósele” dar de beber a sus bestias “Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo: -¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada! Mira lo que haces, y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento. No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en

salud), antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento –a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo: -Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho12 se le ofrece: no me desfallezca13 en este primero trance14 vuestro favor y amparo” Se trata de una interrupción anómala, de un percance que rompe el recogimiento en que se haya el novel caballero y que, de nuevo, vuelve a ser parodia de lo ocurrido a Loyola en Manresa, donde hacía vida de anacoreta e imitaba las penitencias de sus santos más admirados. Mantenía tremendos ayunos y se pasaba casi todo el día en oración. Es la época de las primeras visiones y tentaciones, y también de dos enfermedades que le ponen a punto de muerte. Sin embargo, todavía es un hombre sin “ningún conocimiento de cosas interiores espirituales”, sus deseos de imitación siguen inclinados hacia lo externo, ignorando la auténtica espiritualidad. De ahí que su objetivo ahora sea desterrar la vanidad y los muchos escrúpulos de su pasado que aún le siguen acosando “Hasta este tiempo siempre había perseverado quasi en un mesmo estado interior con una igualdad grande de alegría, sin tener ningún conocimiento de cosas interiores espirituales. Aquestos días que duraba aquella visión, o algún poco antes que començace (porque ella duró muchos días), le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como si le dixeran dentro del ánima: << ¿Y cómo podrás tu sufrir esta vida 70 años que has de vivir? >> Mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerça (sintiendo que era del enemigo): << ¡O miserable! ¿puédesme tú prometer una hora de vida? >> Y ansí venció la tentación y quedó quieto. Y esta fué la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho. [...] A este tiempo estaba el dicho en una camarilla, que le habían dado los dominicanos en su monasterio, y perseveraba en sus siete horas de oración de rodillas, levantándose a media noche continuamente, y en todos los más exercicios ya dichos; mas en todos ellos no hallaba ningún remedio para sus escrúpulos, siendo pasados muchos meses que le atormentaban; y una vez, de muy atribulado dellos, se puso en oración, con el fervor de la qual començó a dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres, ni en ninguna criatura; que si yo pensase de poderlo hallar, ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde lo halle; que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré >>. (R,20-23). En medio de esas visiones, cuando se encuentra con los ojos puestos en Dios, a Loyola le viene un “pensamiento recio que le molestó”, un escrúpulo o remordimiento que lo saca de su concentración. Inmediatamente se explica que era el “enemigo” y que lo venció en esta “primera tentación” y después “quedó quieto”. Más adelante los escrúpulos vuelven a aparecer, y para defenderse de ellos pronuncia una segunda invocación a Dios, pidiéndole socorro para encontrar remedio a sus tormentos. Cervantes ha seguido un esquema semejante: don Quijote extasiado en el patio de la venta (“ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas”) es de pronto molestado por el antojo del primer arriero que lo saca de su concentración. En ambos casos se rompe el recogimiento con la presencia antojadiza de la tentación o el arriero, y en ambos los protagonistas reaccionan dando voces, Loyola “le respondió también interiormente con grande fuerça” y don

“La cual crecía cada día tanto más, cuanto él iba descubriendo más de lo mucho que en su pecho tenía encerrado” (Vida, A los hermanos) 13 “Aquí se agota el entendimiento y enmudece la lengua y desfallece y se acaba el sentido de cualquiera persona que tiene una pequeña centella de fe” (Vida II, XVIII) 14 “mas, al fin, el remate desta dura pelea (que le había puesto en tan peligroso trance) fue que, desvaneciéndose como humo las tinieblas que a cosas tan claras el demonio le ponía” (Vida I, VI)

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Quijote “en voz alta le dijo”. Además, los dos monólogos comienzan con una invocación, en el Relato “¡O miserable!”, y en el Quijote “¡Oh tú!” El núcleo de la parodia es, pues, la primera tentación de Loyola, el pensamiento recio que él achaca a la presencia “del enemigo” y que Cervantes traduce en el chocante antojo. Hay dos claros referentes en ambos párrafos Relato Quijote pensamiento...vida vida...pensamiento primera tentación primero trance Veamos la versión de Ribadeneyra “Pero entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle a acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera que se le pasaban las noches y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto; porque aunque era verdad que con toda diligencia y cuidado se había confesado generalmente de sus pecados, pero nuestro Señor, que por esta vía le quería labrar, permitía que muchas veces le remordiese la conciencia y le escarbase el gusano, y dudase: si confesé bien aquello; si declaré bien este; si dije, como se habían de decir, todas las circunstancias; si por dejarme algo de lo que hice, no dije toda la verdad, o si por añadir lo que no hice mentí en la confesión. Con los estímulos destos pensamientos andaba tan aflijido, que ni en la oración hallaba descanso, ni con los ayunos y vigilias alivio, ni con las diciplinas y otras penitencias remedio. Antes, derribado con el ímpetu de la tristeza, y desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor, se postraba en el suelo, como sumido y ahogado con las olas y tormentas de la mar, entre las cuales no tenía otra áncora ni otro refugio sino allegarse, como solía, a recebir el santísimo sacramento del altar. Pero algunas veces, cuando quería llegar la boca para tomar el pan de vida, tornaban súbitamente las olas de los escrúpulos con más fuerza, y poderosamente le arrebataban y desviaban de delante del altar donde estaba puesto de rodillas, y entregado del todo a los dolorosos gemidos, soltaba las riendas a las lágrimas copiosas que le venían. Daba voces a Dios y decía: - Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas -. Y otras veces con el apóstol decía: - Triste de mí y desventurado ¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo? - Ofrecíasele a él un remedio, y parecíale que sería el mejor de todos para librarse destos escrúpulos. Este era que su confesor, a quien él tenía por padre y a quien él descubría enteramente todos los secretos y movimientos de su alma, le sosegase y en nombre de Jesu Cristo le mandase no confesase de ahí adelante cosa de su vida pasada. Mas, porque por haber salido dél este remedio temía le hiciese más daño que provecho, no osaba decirle al confesor. Habiendo, pues, pasado este trabajo tan cruel algunos días, fue tan grande y recia la tormenta que un día pasó con estos escrúpulos que, como perdido el gobernalle y destituido y desamparado de todo consuelo, se arrojó delante del divino acatamiento en oración, y encendido allí con fervor de la fe, comenzó a dar voces y a decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío; dadme desde allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero, que ni en los hombres ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo. Estadme atento, Señor, y remediadme. Descubrid, Señor, ese vuestro alegre rostro sobre mi. Y pues sois mi Dios, mostradme el camino por donde vaya a Vos. Sed Vos, Señor, el que me le déis para que me guíe, que aunque sea un perrillo el que me diéredes por maestro para que pacifique mi desconsolada y afligida alma, yo desde ahora le aceto por mi preceptor y mi guía” (Vida I, VI) La conclusión entre tanta palabrería es, como ya hemos visto en el Relato, que Loyola estaba atormentado por sus escrúpulos y que, en una primera ocasión, pide ayuda al Señor (“Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas”) y, en una segunda, socorro, (“Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío”). El resto es, como siempre, humo y efectos

especiales, palabras vacías puestas incluso en boca de Loyola (“¿quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo?”), una clara dramatización de lugares comunes de la literatura mística y, por supuesto, pura invención suya, ya que lo único recogido con un poco de fidelidad es la invocación divina para salvar la tentación y la petición de socorro, en definitiva los dos elementos presentes en los tres textos. La indiferencia del arriero (“No se curó el arriero”) y su acción de arrojar las correas se corresponde con la intención de Loyola de exponer al confesor “sus dudas y congojas” “como no se supiese desenvolver por sí mismo ni desmarañar destos enredos y pensamientos tan dudosos, determinóse (como solía hacer en las demás cosas) de proponer sus dudas y congojas al confesor, y decirle las razones que se le ofrecían por la una parte y por la otra, y el deseo tan encendido, que nuestro Señor le daba, de abrazarse con la perfección de la pobreza por su amor, y de hacer en todo lo que fuese más agradable a los ojos de su divina Majestad, y ponerlo todo en sus manos y hacer lo que él le dijese” (Vida I, X). Loyola quería confesar las “razones” de sus dudosos pensamientos, de sus tentaciones, porque no era capaz de “desmarañar destos enredos”, el mismo contenido semántico de lío o embrollo existente en la acción del arriero de trabar las correas y arrojarlas lejos de sí Vida Quijote pensamientos pensamiento razones razones se le ofrece se le ofrecían los ojos los ojos Don Quijote “alzó los ojos al cielo”, un gesto de invocación del socorro divino muy propio de Loyola a lo largo de la Vida 15. Precisamente, el sutil narrador cuestiona, con un paréntesis explicativo, la incertidumbre de su aseveración, pues él cree que don Quijote dirige su invocación a su dama o señora (“a lo que pareció- en su señora Dulcinea”). No olvidar que, durante la vela de armas en Montserrat, Loyola se encuentra todo el tiempo delante del altar de la Virgen, y que a ella, “nuestra Señora”, encomienda y dirige todas sus miradas (“toda aquella noche, parte en pie y parte de rodillas, estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella” (Vida I, IV) Don Quijote, con los ojos al cielo, está pidiendo socorro con una teatralidad similar a la de Loyola, según la Vida, constantemente arrobado, suspenso, mirando al cielo y dirigiéndose a la Virgen como mediadora de sus ruegos. Las tres invocaciones son prácticamente iguales “dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor” (R). “decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío” (V). “dijo: -Acorredme, señora mía” (Q). En los tres caso se habla a voces (“en voz alta le dijo”) y se repite el verbo decir más la invocación de auxilio en estilo directo. Don Quijote utiliza un verbo distinto (“acorredme”) aunque de idéntico contenido y en la misma forma que Ribadeneyra, de quien también imita el posesivo final. La diferencia esencial es el destinatario masculino de los dos primeros y el femenino de don Quijote, de ahí la aclaración del narrador (“a lo que pareció”) justificando esa pequeña diferencia. Acto seguido don Quijote califica el suceso como la “primera afrenta” que se le ofrece, otra apreciación acorde con la aparecida en el Relato (“esta fué la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho”). En general casi toda la palabrería pedante y literaria de don Quijote está extraída de varios fragmentos de la Vida
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“Es evidente que las palabras de Don Quijote deben ser vistas a la luz de un enésimo topos del género, la solicitud de protección que el caballero errante pide a su dama para que lo ayude en la empresa; pero de otra parte se puede observar cómo esta invocación constituye el equivalente profano del rezo realizado por Ignacio a la Virgen de Montserrat: Dulcinea de hecho, como sabemos, viene divinizada, como demuestra el acto de Don Quijote, que para dirigirse a ella alza los ojos al cielo” El santo y el caballero, o.c.

Vida Quijote sin hacerle daño y afrenta (Vida I, IV) primera afrenta se le ofrecían se le ofrece Librado ya deste peligroso trance (Vida I, I) en este primero trance fue particular el regalo que su ánima en este trance sintió le ofreció todo favor y amparo (Vida I, XIV) favor y amparo La imitación exhaustiva es bastante evidente, de un lado el eje paralelo con el Relato, de otro el relleno burlesco a costa de todo el libro de Ribadeneyra, de donde Cervantes realiza una labor constante de acarreo, pues además de esas incrustaciones de vocablos, giros o expresiones, de él también procede parte de ese lenguaje seudo literario utilizado en los monólogos de don Quijote, autodenominándose “vuestro avasallado pecho” en clara referencia a la no menos pedante “desconsolada y afligida alma” o “perdido el gobernalle y destituido y desamparado de todo consuelo, se arrojó delante del divino acatamiento”. ¿Quién podría pensar que estas frases aisladas pertenecen a una biografía religiosa?. En el Quijote resaltan más porque Cervantes va concentrando en un solo párrafo algunos de los abundantes ripios distribuidos a lo largo de toda la Vida, que a fin de cuentas resulta prácticamente absorbida casi en su totalidad en los muchos capítulos aún por comentar del Quijote. Es, pues, patente que casi todos los vocablos arcaicos o empleados con cursilería por don Quijote e incluso por el narrador (atrevimiento, gran trecho, avasallado pecho, desfallezca, trance, favor y amparo) están presentes en la Vida, y no de una forma paródica, sino tratando en vano de mostrar, gracias a ellos, refinamiento expresivo o sentimientos elevados. El favor de Dulcinea es igualmente uno de los temas generales del Quijote cuya raíz está no sólo en las varias ocasiones en que Loyola lo solicita de Dios o de la Virgen en el Relato, sino de la forma divinizante con que muchísimas veces aparece en la Vida, sirva de muestra un fragmento (con perdón varias veces repetido) donde aparecen reunidos muchos de los vocablos pronunciados por don Quijote: “con aquel favor celestial que tuvo (de que arriba dijimos) y con los vivos deseos de agradar a Dios, que el mismo Señor le daba, se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar, poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reyna de los Angeles, virgen y madre de la puridad, hizo voto de castidad en este camino y ofreció a Cristo nuestro Señor y a su santísima Madre la limpieza de su cuerpo y ánima, con grande devoción y deseo fervoroso de alcanzarla, y alcanzóla tan entera y cumplida, como queda escrito en el segundo capítulo. Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan” (Vida I, III). Socorro, favor y amparo, las tres peticiones de don Quijote a Dulcinea, acumuladas y dichas con no menos prosaísmo por Ribadeneyra. Tras la invocación de don Quijote vuelve a intervenir el narrador “Y diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro 16 que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero” La primera afrenta ha sido resuelta con facilidad por don Quijote, que no ha encontrado la más mínima oposición ni respuesta del arriero. El detalle de alzar la lanza a dos manos también permite asociar la postura de don Quijote con la de Loyola suplicante, con las manos juntas pidiendo a Dios o a la Virgen socorro para vencer su primera tentación. Lo mismo ocurre con la expresión “le derribó en el suelo”
“y duró la confesión tres días, con un religioso principal de aquella santa casa y gran siervo de Dios y conocido y reverenciado por tal, francés de nación, que se llamaba fray Juan Chanones; el cual fue el primero a quien, como a padre y maestro espiritual” (Vida I, IV)
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“Antes, derribado con el ímpetu de la tristeza, y desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor, se postraba en el suelo” El arriero recibió un golpe tan fuerte en la cabeza, es decir, con tanto ímpetu, “que le derribó en el suelo”, dejándole “desmayado y caído con la fuerza de tan grave dolor”, tal como queda Loyola después de los ataques del enemigo. El paralelismo semántico y formal se haya además entre “tan grave dolor” y “tan maltrecho”. Lo mismo ocurre con la siguiente frase: “no tuviera necesidad de maestro que le curara”, una clara referencia a las funciones simbólicamente curativas de los maestros espirituales o confesores de Loyola. “Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío; dadme desde allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero, que ni en los hombres ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo. Estadme atento, Señor, y remediadme. Descubrid, Señor, ese vuestro alegre rostro sobre mi. Y pues sois mi Dios, mostradme el camino por donde vaya a Vos. Sed Vos, Señor, el que me le déis para que me guíe, que aunque sea un perrillo el que me diéredes por maestro para que pacifique mi desconsolada y afligida alma, yo desde ahora le aceto por mi preceptor y mi guía” Además de repetirse los dos vocablos (“reposo” y “maestro”), se da también un paralelismo de contenido, pues el maestro pacifica, o sea, cura el alma “desconsolada y afligida”, comportándose como el mejor médico para el enfermo. La conexión con el lenguaje profundo se mantiene gracias al signo externo (“derribó en el suelo”) y al interno, la indefensión del arriero, que lejos de comportarse como hombre fuerte y pendenciero, parece sólo un espectro turbador de la paz del caballero, que inmediatamente vuelve a su tarea. “Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero” El vocablo reposo nos conduce de nuevo al mismo párrafo donde Loyola desea obtener ayuda divina para poder tranquilizar su espíritu escrupuloso y lleno de dudas, por eso pide “reposo”, lo mismo logrado por don Quijote tras vencer al primer arriero, cuyo cuerpo yacente, en una noche de tanta claridad, pasa inadvertido a un segundo y trasnochado arriero que aparece con la misma intención “Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado -porque aún estaba aturdido el arriero-, llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro” Manteniendo el paralelismo con las distintas tentaciones de Loyola, Cervantes repite el mismo esquema, dando entrada ahora a este segundo arriero cuyo encontronazo finaliza con idéntica indefensión y contundencia, aunque con otras dos claras referencias al difícil momento espiritual de Loyola “En este tiempo le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole; y ora esto fuese por su rudeza y grueso ingenio, o porque no tenía quien le enseñase, o por la firme voluntad que el mismo Dios le había dado para servirle, claramente el juzgaba y siempre ha juzgado que Dios le trataba desta manera; antes si dudase en esto, pensaría ofender a su divina majestad: y algo desto se puede ver por los cinco puntos siguientes. Primero. Tenía mucha devoción a la santísima Trinidad, y así hacía cada día oración a las tres personas distintamente. Y haciendo también a la santísima Trinidad, le venía un pensamiento, que cómo hacía 4 oraciones a la Trinidad? Mas este pensamiento, le daba poco o ningún trabajo, como cosa de poca importancia” (R, 27-28) La exagerada apreciación del narrador, “sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro”, toma sentido como alusión a ese intrincado problema de la Trinidad que Loyola tiene en su cabeza y resuelve con “poco o ningún trabajo”. Como referentes claros están los mismo número en los dos textos (tres y 4) y el mismo

pensamiento agobiante y molesto de las tentaciones anteriores, aunque ahora resuelto fácilmente con “poco o ningún trabajo”, o sea, con la misma facilidad con que don Quijote solventa su encuentro con el segundo arriero, “sin pedir favor a nadie”. Este sutil juego numérico no es excepcional, como se verá más adelante. “Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo: -¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo” La sucesión de arrieros que rompen el recogimiento espiritual de don Quijote parodia, pues, esa misma situación de angustia vivida por Loyola con sus tentaciones. Cervantes las ha concentrado en ese tiempo de recogimiento durante la vela de armas en el patio, símbolo de Montserrat, donde toda la gente de la venta se asoma, igual que muchos curiosos debieron asomarse a ver al anacrónico peregrino velando armas ante el altar. La concurrencia de gente es precisamente el retornelo que nos devuelve a la parodia en torno a los sucesos del monasterio “Es Montserrate un monesterio de los religiosos de san Benito, una jornada de Barcelona, lugar de grandísima devoción, dedicado a la Madre de Dios y celebrado en toda la cristiandad por los continuos milagros y por el gran concurso de gentes que de todas partes vienen a él a pedir favores” (Vida I, IV) La gente de la venta acudió “Al ruido”, otro matiz sutilísimo de ambiguas interpretaciones, pues en el lenguaje profundo ese ruido puede entenderse como la admiración causada por la espiritualidad de Loyola o como el temor a su reputación herética. Recordemos el ambiente del monasterio, repleto de gente curiosa e interesada en todo lo religioso, un mundillo donde la presencia del rico caballero que cambia sus ropas por las del más humilde peregrino debió servir de comidilla, pues se sabía quién era y probablemente parte de su historia militar, sus hechos heroicos, sus amores por una princesa y el resto de sus renuncias materiales. Su confesión duró además tres días en los que comería muy poco. Lógicamente no pasó desapercibido, y la gente, al ruido, debió sentir curiosidad y asomarse a su vela de armas. Lo mismo ocurre en el patio de la venta, con don Quijote puesto en guardia (“embrazó su adarga”) y haciendo otra invocación inspirada en el vocabulario de la Vida, pues de nuevo se dirige a una indefinida “señora”, supuestamente Dulcinea (“¡Oh señora de la fermosura”), aunque al estar elíptica viene a coincidir con la forma del Relato “Dejó al monesterio su cabalgadura; la espada y daga de que antes se había preciado y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de nuestra Señora”. Don Quijote está también delante de la pila-altar y se dirige a su “señora” de forma muy religiosa y formal, llamándola “esfuerzo y vigor17 del debilitado corazón mío”, frase con evidentes resonancias de la Vida y sus afectadas delicadezas, pues Loyola, durante sus primera tentaciones, siente un vigor sobrenatural que le infunde, como a don Quijote, valor y fortaleza para renunciar al mundo “Y así, aunque era hombre robusto y de grandes fuerzas, a pocos días se enflaqueció y marchitó la fuerza de su antiguo vigor y valentía, y quedó muy debilitado con el rigor de tan áspera penitencia. Vino con esto a traer a sí los ojos de las gentes, y tras ellos los corazones” (Vida I, V). Cervantes ha concentrado en una sola frase cuatro de los vocablos dispersos en Ribadeneyra, dándole a la expresión un tono arcaizante y, evidentemente, paródico. El resto del párrafo (“Ahora

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“y de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento, para discernir y conocer la diferencia destos espíritus, y una fuerza y vigor sobrenatural en su voluntad para aborrecer todo lo que el mundo le representaba, y para apetecer y desear y proseguir todo lo que el espíritu de Dios le ofrecía y proponía” (Vida I, II)

es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero”) encuentra su inspiración también en la misma fuente “Concedía el moro que esta bienaventurada Señora había sido virgen antes del parto y en el parto, porque así convenía a la grandeza y majestad de su Hijo” (Vida I, III) “herido de la mano de Dios, volvio atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo” (Vida V, II) Aparecen agrupados todos esos rasgos de la personalidad de Loyola dispersos en la Vida, consiguiendo el efecto de personalidad excéntrica de don Quijote, caracterizada, pues, de retazos formales y de estilo “¿cómo un hombre sin letras, soldado y metido hasta los ojos en la vanidad del mundo, pudiera juntar gente y hacer compañía y fundar religión y estenderla en tan breve tiempo por todo el mundo con tanto espíritu, y gobernarla con tan grande prudencia y defenderla de tantos encuentros con tanto valor y con tanto fruto de la santa Iglesia y gloria de Dios, si el mismo Dios, no le hubiera trocado y dádole el espíritu, prudencia y esfuerzo que para ello era menester?” (Vida I, VII) La frase subrayada resume perfectamente el gusto de Ribadeneyra por simbolizar la lucha religiosa con la militar, la idea del encuentro, del choque simbólico entre combatientes que tantas veces va a repetir don Quijote. “Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual lo mejor que podía se reparaba con su adarga y no se osaba18 apartar de la pila por no desamparar19 las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía” El narrador resalta el ánimo, el valor de don Quijote ante el combate, y lo hace inspirándose en otro fragmento de la Vida “Pero algunas veces, cuando quería llegar la boca para tomar el pan de vida, tornaban súbitamente las olas de los escrúpulos con más fuerza, y poderosamente le arrebataban y desviaban de delante del altar donde estaba puesto de rodillas, y entregado del todo a los dolorosos gemidos, soltaba las riendas a las lágrimas copiosas que le venían. Daba voces a Dios y decía: - Señor gran fuerza padezco; responded Vos por mí, que yo no puedo mas -. Y otras veces con el apóstol decía: - Triste de mí y desventurado ¿ quién me librará deste cuerpo y de la pesadumbre desta más muerte que vida que con él traigo? - Ofrecíasele a él un remedio, y parecíale que sería el mejor de todos para librarse destos escrúpulos. Este era que su confesor, a quien él tenía por padre y a quien él descubría enteramente todos los secretos y movimientos de su alma, le sosegase y en nombre de Jesu Cristo le mandase no confesase de ahí adelante cosa de su vida pasada. Mas, porque por haber salido dél este remedio temía le hiciese más daño que provecho, no osaba decirle al confesor” (Vida I, VI) Las múltiples concomitancias vuelven a ser evidentes Vida Quijote
“Y la causa por que él no osó decir que iba a Hierusalem fué por temor de la vanagloria; el qual temor tanto le afligía, que nunca osaba decir de qué tierra ni de qué casa era” (R,36) “Mas la divina misericordia, que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba, antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz, y con la fresca lición refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos; y contra los pensamientos vanos y engañosos del mundo le proveía y armaba con otros pensamientos cuerdos, verdaderos y macizos” (Vida I, II)
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parecíale a su parecer Daba voces daba voces... las daba librarse se libraría todos los todos los no osaba decirle no se osaba apartar Además de todas esas coincidencias y los subrayados seudoreligiosos, del fragmento se deduce la confianza en sí mismo ganada por Loyola al ir encontrando “remedio” a sus males, también parodiado por Cervantes con ese “ánimo” insuflado a don Quijote. No obstante es en el siguiente párrafo, ya bastante comentado, donde se encuentran concentradas varias de las palabras escogidas por Cervantes, junto a un ambiente parecido de lucha contra esa especie de enemigos insustanciales “Entrando pues, en este palenque nuestro soldado, luchando consigo mismo y combatiendo valerosamente contra el demonio, pasó los cuatro primeros meses con gran paz y sosiego de conciencia y con un mismo tenor de vida y sin entender los engaños y ardides que suele usar el enemigo con quien lidiaba. Aún no había descubiero Satanás sus entradas y salidas, sus acometimientos y fingidas huidas, sus asechanzas y celadas; aún no le había mostrado los dientes de sus tentaciones, ni le había puesto los miedos y espantos que suele a los que de veras entran por el camino de la virtud. Aún no sabía nuestro Ignacio qué cosa era gozar de la luz del consuelo después de haber pasado las horribles tinieblas del desconsuelo y tentación, ni había experimentado la diferencia que hay entre el ánimo alegre y afligido, levantado y abatido,caído y que está en pie, porque no había su corazón pasado por la mudanzas que el hombre espiritual suele pasar y experimentar; cuando un día, estando en el hospital rodeado de pobres y lleno de suciedad y de mugre, le acometió el enemigo con estos pensamientos, diciendo: - Y ¿qué haces tú aquí en esta hediondez y bajeza? ¿Por qué andas tan pobre y tan aviltadamente vestido? ¿No vees que tratando con esta gente tan vil y andando como uno dellos escureces y apocas la nobleza de tu linaje? - Entonces Ignacio llegóse más cerca de los pobres, y comenzó a tratar más amigablemente con ellos, haciendo todo lo contrario de lo que el enemigo le persuadía. El cual desta manera fue vencido. Otro día, estando muy fatigado y cansado, fue acometido de otro molestísimo pensamiento, que parece que le decía: Y ¿cómo es posible que tú puedas sufrir una vida tan áspera como esta y tan miserable, y peor que de salvajes, setenta años que aún te quedan de vida? - A lo cual respondió: - ¿Por ventura tú, que eso dices, puédesme asegurar sola una hora de vida? ¿No es Dios el que tiene en su mano los momentos y todo el tiempo de nuestra vida? Y setenta años de penitencia ¿qué son, comparados con la eternidad? Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado, y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan sembrado de espinas y abrojos, como muestra todo lo que hizo y padeció, es señal de la particular misericordia con que el Señor le previno en las bendiciones de su dulcedumbre” (Vida I, VI) La metáfora del combate es casi tan constante como en el Quijote, dando además la sensación de que Loyola está tan lunático como él, pues conversa constantemente con el demonio, o consigo mismo, respondiéndole a él o a sus propios pensamientos (“molestísimo pensamiento... respondió”) con unos monólogos en voz alta muy semejantes a los de don Quijote, que vence a los arrieros con la misma facilidad con que, poco a poco, va haciéndolo el ánimo fuerte y generoso de Loyola (“luchando consigo mismo y combatiendo valerosamente”). Tal es su seguridad que el narrador afirma que “si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás”, frase paralela a la última en negrita del fragmento anterior, donde, además del común “volver atrás”, se imita el sentido de lucha infatigable mantenida en ambos casos. ¿No hay en el apedreamiento de don Quijote una probable referencia a castigos de la Iglesia contra sospechosos de herejía?. Quizás por eso, él imagina que detrás de todas esas afrentas está el ventero-confesor, a quien identifica como “señor del castillo” y contra quien no puede vengarse por no haber “recebido la orden de caballería”

“-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía20. Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían; y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero”. Casi todos esos arcaísmos y la retórica caballeresca son, como siempre, alusiones a la Vida. Sin embargo, la información sobre el ímpetu de don Quijote, procede del Relato “Llegados a una casería hallaron un grande fuego, y muchos soldados a él, los quales les dieron de comer, y les daban mucho vino, invitándolos, de manera que parecía que tuviesen intento de escallentalles. Después los apartaron; poniendo la madre y la hija arriba en una cámara, y el pelegrino con el moço en un establo. Mas quando vino la media noche, oyó que allá arriba se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era, halló la madre y la hija abaxo en el patio muy llorosas, lamentándose que las querían forçar; A él le vino con esto un ímpeto tan grande, que empeçó a gritar, diciendo: << ¿Esto se ha de sufrir?>> y semejantes quejas; las quales decía con tanta eficacia, que quedaron espantados todos los de la casa, sin que ninguno le hiciese mal ninguno" (R, 38) Estos enormes gritos y el "ímpeto tan grande" que enciende de valor a Loyola y que espanta a "todos los de la casa" se los atribuye Cervantes a don Quijote durante la afrenta de su vela de armas, donde también da gritos "con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor". Toda la frase es un claro ejemplo del procedimiento imitativo de Cervantes que, en primer lugar, ha trasvasado al caballero el brío impetuoso de Loyola ante los soldados, una fuerza inmensamente mayor a la suya, y a continuación, para hacerlo identificable, esos claros referentes formales: “decía con tanta eficacia” / “Decía esto con tanto brío y denuedo”, donde además de la expresión “con tanto” más el verbo decir, Cervantes, imitando a Ribadeneyra, añade un doble sinónimo (“brío y denuedo”). Los paralelismos no finalizan ahí, pues a continuación Cervantes traduce el espanto infundido en “todos los de la casa”, en el “terrible temor” de los que le acometían, es decir, todos los de la venta, pues recordemos que, un poco más arriba, el narrador señaló que “Al ruido acudió toda la gente de la venta” Tras el apedreamiento, don Quijote vuelve a su vela “con la misma quietud y sosiego que primero”, de nuevo en paralelo con la calma reinante (“sin que ninguno le hiciese mal ninguno") en la “casería” o venta donde ha transcurrido el suceso de Loyola. Una vez todo en calma, el ventero acelera la ceremonia “No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese” El tono despectivo atribuido por el ventero a la orden de caballería toma especial relevancia en el lenguaje profundo, donde su opinión sobre la “negra orden” sugiere la asociación de esos dos vocablos con la Compañía, como orden recién fundada “Para que los que por vocación divina entraren en esta religión entiendan que no son llamados a la orden de Ignacio, sino a la Compañía y sueldo del hijo de Dios” (Vida II, XI) y tradicionalmente identificada por su indumentaria negra, color que en muchas ocasiones se les atribuye con matiz peyorativo. “Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna, pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria, que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la
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“Mas, porque en peinar y curar el cabello y ataviar su persona había sido en el siglo muy curioso, para que el desprecio desto igualase a la demasía que en preciarse dello había tenido” (Vida I, V)

orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, que él estaba allí pronto para obedecerle y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese, porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejaría” El narrador vuelve a dar una doble información, por un lado la externa y propia de la parodia caballeresca, y por otro una serie de detalles que permiten la lectura sesgada de dicha información, pues cuando el ventero menciona el “ceremonial de la orden” parece hacer alusión al ceremonial seguido por Loyola, que después de la vela de armas en Montserrat se retiró a una cueva de Manresa para hacer penitencia y vivir en soledad como un auténtico anacoreta, por eso el ventero piensa que “lo que restaba de hacer “ podía realizarse “en mitad de un campo”. También los primeros miembros de la Compañía tras jurar sus votos, como se verá en su momento, se retiraron al campo. El resto de la intervención gira en torno al tiempo transcurrido, si ha sido o no suficiente, pues su intención es abreviar la ceremonia (“determinó abreviar”) “ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro” Esta aclaración sobre el cumplimiento del tiempo, y la más irónica “Todo se lo creyó don Quijote”, provoca la sospecha de que está siendo engañado respecto al número de horas, aunque un análisis de los acontecimientos demuestra que no existe tal engaño, precisamente el texto contiene datos suficientes para afirmar que don Quijote sí ha cumplido con el requisito de velar toda la noche, siempre con la intención de hacer coincidir el tiempo de Loyola con el de la parodia. La vela se inicia cuando la noche “comenzaba a cerrar”, es decir, cuando estaba llegando a su plenitud, aproximadamente, al final de julio, entre las doce y la una de la madrugada. Después se añade que don Quijote era observado por la gente de la venta cuando “Acabó de cerrar la noche”. Y aproximadamente a esa hora (“en esto”) llega el primer arriero, poco después el siguiente, y acto seguido el ventero agobiado y dispuesto a abreviar la ceremonia que, según dice, ya dura cuatro horas, o sea que si empezó sobre la una ahora deberían ser cerca de las cinco. ¿Ha mentido el ventero?. Parece que no, pues desde la interrupción de la vela todo sucede con extraordinaria celeridad, tanto por voluntad de don Quijote, que desea concluir “con la mayor brevedad”, como por la del ventero, que realiza las ceremonias “de galope y aprisa”. Por tanto, desde que el ventero le comunica las cuatro horas de vela, todo se precipita para que abandone la venta cuanto antes, cosa ocurrida al amanecer, según se especifica en la primera frase del capítulo siguiente, “La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta”, información que, junto a la del inicio (“comenzaba a cerrar”), sirve por sí sola para acreditar la noche íntegra de duración de la vela, es decir, la coincidencia con el tiempo transcurrido en la ceremonia de Loyola, que “en amaneciendo” también abandonó el monasterio. Don Quijote acepta pues, convencido, la información del ventero (“Todo se lo creyó”), especialmente porque se corresponde con la misma que él tiene y desea imitar, de ahí que inmediatamente se mencione su disposición a obedecer (“él estaba allí pronto para obedecerle”), tal como hace Loyola tras escuchar los consejos de su confesor “y aunque él se hallaba con fuerças todavía obedesció al confesor” (R,25) “Obedeció, pues, llanamente a lo que el confesor le mandó, porque no pareciese que quería tentar a Dios” (Vida I, VI) Temeroso de que la pelea se reanude, el ventero se apresura a finalizar la ceremonia "Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma

espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenían la risa a raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora: -Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides" El posible temor del confesor a que Loyola creara problemas en el monasterio es interpretado por Cervantes como el miedo del ventero a nuevos estropicios. Es decir, el confesor, conocedor de las habladurías provocadas por este caballero tan principal y destacado, desea que desaparezca lo antes posible, y se apresura a que Loyola cumpla cuanto antes con su vela de armas. Por eso el ventero se inventa rápidamente una ceremonia con la que Cervantes parodia la liturgia eclesiástica ("siempre murmurando entre dientes") de una Iglesia que basa su espiritualidad en miméticas oraciones ("como que rezaba") y que asienta la doctrina dada a sus feligreses sobre libros con mucha paja y poco contenido (“un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros”) La risa disimulada con que se ejecuta la ceremonia no es menor que la provocada por la astucia de Cervantes21, que cierra la frase con otra ingeniosa alusión “pero las proezas que ya habían visto del novel caballero les tenían la risa a raya. Al ceñirle la espada dijo la buena señora: -Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides". parodia del deseo de otra señora que, según el Relato, espera que a Loyola se le aparezca Cristo "Había en Manresa en aquel tiempo una muger de muchos días y muy antigua también en ser sierva de Dios, y conocida por tal en muchas partes de España; tanto, que el Rey católico la había llamado una vez para comunicalle algunas cosas. Esta muger, tratando un día con el nuevo soldado de Cristo, le dixo: <<O! plega a mi Señor Jesu Cristo que os quiera aparecer un día>>" (R,21) La referencia temática es el común deseo de las señoras de que ambos caballeros alcancen la máxima ventura en sus empresas, y la formal, la manera como se les menciona, "novel caballero" y "nuevo soldado de Cristo", además del tratamiento de vos, también muy empleado por Ribadeneyra, al que ya hemos visto referirse a Loyola como “caballero novel” Más curiosa es la referencia “con mucha desenvoltura y discreción”, procedente de otro fragmento de la Vida “Y como algunos soldados y centinela le vieron en aquel traje y figura, creyendo que fuese espía de los enemigos, echaron mano dél y lleváronle a una casilla cerca de la puerta del pueblo, y allí con palabras blandas y halagüeñas quisieron sacar dél quien era. Después, como no hallaron lo que querían, comenzáronle a escudriñar y a tentar con mucha desenvoltura y poca vergüenza, hasta desnudarle y quitarle los zapatos y ropilla que traía, por ver si hallarían alguna carta o rastro de lo que sospechaban; pero en fin quedaron burlados, y amenazándole le dijeron que fuese delante del capitán, que a puros tormentos le harían confesar la verdad; y así, desnudo, con sólo el jubón y zaragüelles, le llevaron por tres grandes calles delante del capitán, con mucha alegría y regocijo de su ánima” (Vida I, XII)
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“Don Quijote causa risa a quienes le contemplan no por su falta de juicio, sino porque su locura se ciñe a una sola idea que se vuelve rígida e inflexible. Su creencia en la realidad de la caballería andante de las novelas que ha leído se transforma en una obsesión que le aparta de la realidad aceptada por la sociedad y por lo cual se hace risible.” La risa en el Quijote, Elena Gascón Vera, en Cervantes, su obra y su mundo, Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Dirección, Manuel Criado de Val, Edi-6, S.A., Madrid 1981, p. 682. El hecho de que el ventero se tome a don Quijote tan en serio y le aconseje y le hable de su afición a los libros de caballerías nos da idea de las sutilezas cervantinas pues, al ser el ventero trasunto del confesor de Loyola, es el único, o el más indicado, para comprenderlo, igual que el confesor en Montserrat.

Loyola es toqueteado por los soldados “con mucha desenvoltura y poca vergüenza”, y a don Quijote “una de aquellas damas” de la venta le ciñe la espada “con mucha desenvoltura y discreción”. En ambos casos se trata de acercamientos corporales que permiten la burla obscena, pero mientras, según Ribadeneyra, los soldados estuvieron bordeándole a Loyola, según Cervantes, las rameras no se propasaron con don Quijote. Sin lugar a dudas se trata de una nueva manera de llamar la atención sobre lo que hoy llamaríamos la mente calenturienta de Ribadeneyra, pues en el Relato, su única fuente al respecto, no existe desenvoltura ni sinvergonzonería, sino simplemente el trabajo celoso de unos soldados desconfiados “Mas cuando fue a puesta de sol, llegó a un pueblo cercado, y las guardas le cogieron luego, pensando que fuese espía; y metiéndole en una casilla junto a la puerta, le empezaron a examinar, como se suele hacer cuando hay sospecha; y respondiendo a todas las preguntas que no sabía nada. Y le desnudaron, y hasta los zapatos le escudriñaron, y todas las partes del cuerpo, para ver si llevaba alguna letra. Y no pudiendo saber nada por ninguna vía, trabaron dél para que viniese al capitán; que él le haría decir. Y diciendo él que le llevasen cubierto con su ropilla, no quisieron dársela, y lleváronle así con los zaragüelles y jubón arriba dichos” (R, 51). El registro exhaustivo y humillante (“todas las partes del cuerpo”) del Relato, adquiere un matiz licencioso en la Vida gracias a la segunda apreciación (“poca vergüenza”). Por eso Cervantes, siguiendo un juego paródico parecido, ironiza con la desenvoltura de la ramera, aunque al añadirle “discreción”, despoja a la frase del lógico sentido sexual que deberíamos intuir en la burlesca ceremonia. “Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor”. El tono inquisitivo existente en el párrafo anterior de la Vida (“quisieron sacar dél quien era”) resulta paralelo al interés que muestra ahora don Quijote por el nombre de las mujeres de la venta, y existe a su vez un paralelismo entre la alegría (“con mucha alegría y regocijo”) de Loyola prisionero de los soldados y la mucha humildad con que responde la Tolosa. El resto parece claramente inspirado en otro párrafo de la Vida “Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso para librar al innocente” (Vida I, IV) ¿Será ese “remendón natural de Toledo” una burlesca alusión al trabajo de Ribadeneyra?. No olvidemos que su labor en la Vida ha consistido en mal coser o remendar los textos viejos que poseía sobre Loyola. “Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes”. Don Quijote otorga a la mujeres de la venta el tratamiento de “doña” porque también, según Ribadeneyra, las que ayudaron a Loyola poseían dicho tratamiento “Supieron su prisión algunas personas principales, y entendiendo su innocencia, le enviaron a ofrecer su favor y a decirle que, si quisiese, le harían sacar de la cárcel. Entre estas fueron dos más señaladas. La una fue doña Teresa Enríquez madre del duque de Maqueda, señora devotísima y bien conocida en España. La otra fue doña Leonor Mascareñas, dama que entonces era de la emperatriz, y después fue aya del rey don Felipe N.S., siendo príncipe de

España; la cual murió en recogimiento religioso, y fue siempre una de las más devotas y bienhechoras de nuestra Compañía” (Vida I, XIV). ¿No es esa tendencia del narrador Ribadeneyra a mencionar el ilustre linaje de las protectoras de Loyola lo que parodia Cervantes con esos nombres burlescos? ¿son casualidad la similitud entre los nombre Teresa/Tolosa y Mascareñas/Molinera?. Loyola estaba tan agradecido a sus protectoras como don Quijote a las mujeres de la venta, de ahí que le ofrezca “nuevos servicios y mercedes” "Hechas, pues, de galope y apriesa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras, y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buena hora" La ansiedad por salir en busca de aventuras que siente don Quijote parodia también la que, según el estilo pastoril de Ribadeneyra, experimenta Loyola “como venado sediento y tocado ya de la yerba, buscaba con ansia las fuentes de aguas vivas, y corría en pos del cazador que le había herido con las saetas de su amor” (Vida I, II) Don Quijote “no vio la hora” y Loyola “buscaba con ansia” o sea, los dos tienen prisa por salir, y también el ventero, con cuya liberalidad pone fin el narrador a este capítulo donde don Quijote queda armado caballero y dispuesto para iniciar sus aventuras. Este capítulo tercero es, pues, una recreación en la doble información del Relato y la Vida sobre la vela de armas de Loyola en el monasterio de Montserrat y las tentaciones y escrúpulos que a partir de esa fecha padece en los alrededores de Manresa. Cervantes deja traslucir además las posibles tensiones generadas por ese anacrónico peregrino en un monasterio donde el temor a la herejía debía estar a flor de piel. Especialmente significativa resulta la figura del ventero, símbolo del confesor de Loyola y convertido en maestro de todas las ceremonias que en la venta-monasterio se realizan. Por un lado el ventero ha sido calificado como “no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje” y “un poco socarrón”. Y además, burlescamente, se sugiere que su labor con la clientela está inclinada más a robar que a servirles. Sin embargo, el mismo narrador ha ido intercalando otro tipo de información sobre la personalidad de este hombre al que define como pacífico (“hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico”) prudente (“no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento”) y temeroso (“temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente” / “medroso”). En ninguna de sus acciones se comporta con maldad, sino todo lo contrario, pues ayuda a beber a don Quijote (“Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino”) e incluso se turba cuando éste se le pone de rodillas (“El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía”). También, aunque sea para divertirse, ordena que se cumplan los deseos de don Quijote, y cuando toda la venta se vuelve contra él, lo defiende como loco, e incluso le pide disculpas por las interrupciones y agravios recibidos. Y para colmo lo deja marcharse “sin pedirle la costa de la posada” ¿No hay pues una falta de coordinación entre lo que dice el narrador y lo que hace el ventero? ¿se puede acusar de prototipo de todos los ladrones a quien, además de dar de comer y beber a un loco, lo ha alojado, le ha seguido el juego y le ha aconsejado y defendido a sabiendas de que no recibiría nada a cambio?. En realidad, el comportamiento del ventero está dentro de lo que hoy definiríamos como el de un perfecto asistente social, casi un sicólogo que, con paciente comprensión, ha logrado convencerlo de que debe volver a casa, etc., consiguiendo lo que nadie por otros métodos hubiera logrado. Además, ante un erudito como don Quijote, el ventero se ha mostrado experto en temas de caballería, tanto que es capaz de convencerle de cuantos consejos le

da sobre provisiones y escudero. ¿Por qué, pues, el narrador se ceba con su pasado? Probablemente para alejar su figura de la que simbólicamente representa, e incluso para forzarnos a una lectura profunda del texto. Es en ese sentido muy significativa la frase “El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón”, pues en ningún momento se ha dicho eso, aunque sí se ha sugerido, con lo que el narrador está invitándonos a una lectura crítica de la que obtendremos la conclusión de que todo lo dicho sobre este buen hombre se corresponde más con la labor del confesor de Loyola que con la mala fama atribuida al ventero, pues ¿qué debió pensar el confesor cuando escuchó las intenciones de Loyola de velar armas aquella noche en el monasterio para después salir en peregrinación a Jerusalén sólo con lo puesto? ¿no diría, como el ventero, que lo dejasen por loco? Por último el confesor, igual que hará el ventero, le dio la absolución y el permiso para la vela, y también, lógicamente, algunos consejos sobre un viaje tan largo, todo, por supuesto, “sin pedirle la costa”

CAPÍTULO CUATRO

Tras ser armado caballero de Cristo y pasar toda la noche en vela, al amanecer Loyola abandona el monasterio de Montserrat y comienza definitivamente su camino hacia Jerusalén "se vestió de su deseado vestido, y se fué a hincar de rodilla delante el altar de nuestra Señora; y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. Y en amaneciendo se partió por no ser conocido" (R,18) Don Quijote, una vez finalizadas las ceremonias y sucesos de la venta, ansía enormemente ("no vio la hora") "verse a caballo y salir buscando las aventuras", cosa que hace al amanecer "La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta" Amaneciendo o al alba, Loyola y don Quijote se ponen en camino a la misma hora. Ambos han velado armas y se han vestido1 ceremoniosamente como corresponde a la nueva orden que cada uno profesa, Loyola ha renunciado a sus derechos y ha cambiado su indumentaria de caballero por el hábito de peregrino, don Quijote ha dejado su pasiva hidalguía y se ha vestido de caballero. Los dos tienen un mismo objetivo: ayudar a los menesterosos y desamparados, Loyola con el fin de imitar a los santos y ganar el cielo, don Quijote con el de hacerse caballero y ganar honra y fama. La nueva personalidad de cada uno ya está definida y los dos van a demostrarlo comportándose ante la realidad no como hasta ahora lo han hecho, sino como los héroes a quienes han decidido imitar. Nada más salir de la venta, y siguiendo los consejos del ventero, don Quijote decide volver a su casa para proveerse de todo, especialmente de un escudero. En ese camino de vuelta van a sucederle los dos primeros episodios de su carrera como caballero andante, ambos parodia de dos sucesos ocurridos a Loyola tras abandonar su casa. El primero es el encuentro con el moro, y el segundo el suceso con el pobre vejado, acaecido inmediatamente después de abandonar el monasterio donde ha pasado la noche en vela "La víspera de nuestra Señora de Março en la noche, el año de 22, se fué lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dió a un pobre, y se vestió de su deseado vestido, y se fué a hincar de rodillas delante el altar de nuestra Señora; y una veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche. Y en amaneciendo se partió por no ser conocido, y se fué, no el camino derecho de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen y le honrasen, mas desvióse a un pueblo, que se dice Manrresa, donde determinaba estar en un hospital algunos días, y también notar algunas cosas en su libro, que llevaba él muy guardado, y con que iba muy consolado. Y yendo ya una legua de Monserrate, le alcanço un hombre, que venía con mucha priesa en pos dél, y le preguntó si había él dado unos vestidos a un pobre, como el pobre decía; y respondiendo que sí, le saltaron las lágrimas de los ojos, de compasión del pobre a quien había dado los vestidos; de compasión, porque entendió que lo vexaban, pensando que los había hurtado. Mas por mucho que él huía la estimación, no
“Después del momento de la marcha, Ribadeneyra y Cervantes introducen la descripción de los hábitos de los personajes, enumerando los elementos que se confían a sus nuevos estatos: túnica de tela de saco, cinturón de cuerda, bordón como sinónimo de humildad y la voluntad de mortificación de Ignacio, celada construida en casa en el peor de los casos, escudo, lanza que representa la veleidad guerrera de Don Quijote; a pieza descubierta y descalzo uno (pero de un solo pie, por cuidado de la pierna herida), a caballo de Rocinante el otro. Y la simetría entre los dos pasos prosigue, en cuanto, conclusa la descripción externa, los autores sacan a la luz una idéntica condición interior, la felicidad, que evidentemente consiste en la satisfacción de una necesidad íntima y profunda: Ignacio “tan gozoso” (...) que no cabía en sí de plazer”, y Don Quijote que muestra ”grandísimo contento y alborozo”. El santo y el caballero, Corradini, o.c.
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pudo estar mucho en Manrresa sin que las gentes dixesen grandes cosas, naciendo la opinión de lo de Monserrate; y luego creció la fama a decir más de lo que era: que había dexado tanta renta, etcetera" (R,18) Amanece y Loyola se pone en camino, pero apenas ha avanzado una legua le alcanza un hombre que quiere saber "si había él dado unos vestidos a un pobre, como el pobre decía", y de compasión se "le saltaron las lágrimas de los ojos", porque comprende que su gesto generoso ha provocado injurias y humillaciones al mendigo2 Amanece y don Quijote sale de la venta con la intención de seguir los consejos del ventero y volver a su aldea para proveerse, pero aún no "había andado mucho", es decir, alrededor de una legua, cuando oyó unas voces delicadas "No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba" Quien se queja es un pastor de unos quince años que está siendo azotado por "un labrador de buen talle" que le acusa de perder cada día una oveja "y porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente" El labrador acusa sin dar posibilidades de que don Quijote escuche al muchacho, que interviene casi al final no para defender sus intereses económicos -que son la causa de la afrenta-, sino para evitar la segunda injusticia que, como teme, ocurrirá cuando don Quijote se marche "Siguióle el labrador con los ojos y cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés [...] Y asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes que le dejó por muerto" Al igual que la intervención de Loyola se convirtió en algo perjudicial para el mendigo, la de don Quijote es fatal para Andrés, pues en cuanto el caballero desaparece, el amo vuelve contra el muchacho con más furia que antes "-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aqueste. Aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades" Cervantes ha realizado una transposición simbólica del núcleo del asunto del Relato, una variación sobre un mismo tema: noche en vela, amanecer, camino, corta distancia, una persona que se queja, otra que le ayuda, y dos decepciones: la de Loyola, ocurrida unas cuantas horas después de haberle entregado sus ropas al pobre, y la de don Quijote, de cuyo conocimiento no tendrá noticias hasta más adelante pues, según el narrador, se marchó “contentísimo de lo sucedido”, aunque algunos capítulos más tarde, cuando se entera del auténtico final de su intervención, manifiesta su tremendo desengaño "Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo" (QI, 31) En ambos casos, como señala Américo Castro, "todo el asunto gira en torno a si el caballero puede o no, debe o no, meterse en asuntos ajenos que él juzga de su incumbencia" Ribadeneyra versiona este mismo episodio de forma parecida en lo esencial, aunque aportando, como siempre, cantidad de detalles de su cosecha, e incluso inventando increíbles citas de los pensamientos de Loyola “Y por no ser conocido, antes que amaneciese, desviándose del camino real que va a Barcelona , se fue con toda priesa a un pueblo que está hacia la montaña, llamado Manresa,
Según Leturia, ese comportamiento de Loyola respondía a su deseo de imitar a san Francisco, del que había leído en el Flos Sanctorum una historia semejante: “<<Una vez yendo a Roma en romería, dejó sus vestiduras y tomó otras de un hombre pobre, y estuvo ante la Iglesia de San Pedro entre los pobres, y demandaba y comía como ellos de muy buen corazón así como ellos>> El paralelismo con el cambio de vestidos de Montserrat y con la vida en el hospital de Santa Lucía en Manresa es tan llamativo, que no puede dudarse se refería a él”2 Leturia, o.c., p. 164.
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tres leguas de Monserrate, cubiertas sus carnes con sólo aquel saco vil y grosero, con su soga ceñido y el bordón en la mano, la cabeza descubierta y el un pie descalzo, que el otro, por haberle aún quedado flaco y tierno de la herida, y hinchársele cada noche la pierna (que por esta causa traía fajada), le pareció necesario llevarle calzado. Apenas había andado una legua de Monserrate, yendo tan gozoso con su nueva librea, que no cabía en sí de placer; cuando a deshora se siente llamar de un hombre que a más andar le seguía. Este le preguntó si era verdad que él hubiese dado sus vestidos ricos a un pobre, que así lo juraba. Y la justicia, pensando que los había hurtado, le había echado en la cárcel. Lo cual, como nuestro Ignacio oyese, demudándose todo y perdiendo la voz, no se pudo contener de lágrimas, diciendo entre Sí: - Ay de ti, pecador, que aun no sabes ni puedes hacer bien a tu prójimo, sin hacerle daño y afrenta. Mas por librar deste peligro al que sin culpa y sin merecerlo estaba en él, en fin confesó que él le había dado aquellos vestidos. Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso para librar al inocente” (Vida I, IV) Además de anunciar, como en el Relato, la hora de salida, (“antes que amaneciese”), Ribadeneyra añade que Loyola se fue “con toda priesa a un pueblo” (en el Relato el hombre “con mucha priesa” no es Loyola sino quien le alcanza) y que “traía fajada” la pierna. Un detalle esencial que, además de resaltar la contradicción correr-cojera, refuerza la tradicional teoría que asocia el nombre de don Quijote con los “quixotes” La información, inexistente en el Relato, del estado gozoso de Loyola (“yendo tan gozoso con su nueva librea que no cabía en sí de placer”) es jocosamente utilizada por Cervantes en la apertura del capítulo “La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería" Loyola va tan gozoso que no cabe en sí de placer, don Quijote va tan contento que el gozo le reventaba. Además del contenido, en ambos casos se repite el comparativo “tan” y el vocablo gozo, siendo sustituido el “no cabía en sí” de la Vida por el jocoso “reventaba”. Y, además, se aclara, como en la Vida, que tanto placer se debía al "verse ya armado caballero", es decir "gozoso con su nueva librea" o con su nueva indumentaria y la profesión que simboliza. Cervantes se burla de los detalles que, a modo de biografía novelada, va inventando Ribadeneyra sobre los episodios objeto de su parodia, y una vez que nos tiene situados en el capítulo núcleo central de la parodia, acude a expresiones del resto de la Vida, o del Relato “Y viniéndole a la memoria de unos pocos de ducados que le debían en casa del duque, le pareció que sería bien cobrarlos, para lo qual escribió una cédula al tesorero” (R,13) “Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio” (Vida I, III) Las dos expresiones subrayadas se repiten en ambos fragmentos, e incluso dentro de un contexto relacionado con la idea y el momento de prepararse para una nueva forma de vida. Don Quijote camina hablando consigo mismo “-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que han menester mi favor y ayuda”

Esta meditación en voz alta, tan del gusto de Ribadeneyra, es prácticamente un pastiche hecho a base de los vocablos y expresiones más abundantes y característicos de la Vida, donde aparecen constantemente agradecimientos a Dios o al cielo por las mercedes recibidas “dando infinitas gracias a la suma y eterna majestad de Dios” (Vida III, I) “Y después que esto duró un buen rato, se fué a hincar de rodillas a una cruz, que estaba allí cerca, a dar gracias a Dios” (R, 31) “por la merced tan conocida que V. Señoría Ilustrísima siempre me hace” (Vida, A Quiroga) “las mercedes que nuestro Señor me ha hecho y hace” (Vida III, XI) Don Quijote también agradece la premura (“tan presto me pone”) con que el cielo le da oportunidad de cumplir sus deseos “todo estaba embebido en la ida que pensaba presto hacer” (R, 12) “por ganar tiempo para más presto ayudar a las ánimas” (Vida II, I) y realizarse en su “profesión” “De donde también tuvo origen el renovar de los votos que usa la Compañía antes de la profesión” (Vida II, IV) La metáfora del fruto (“coger el fruto de mis buenos deseos”) también se debe a su abundante presencia en la Vida “Fue grande el fruto que se cogió destos sermones” (Vida II, XIII) “y el fruto tan sabroso y copioso que del árbol que él plantaba y regaba con el favor del mismo Señor se había de coger” (Vida V, XI) “iba nuestro Señor sembrando estos buenos deseos en su ánima” (Vida I, II) Finalmente, junto al juego burlesco mantenido con la raíz “menester”, aparece la expresión “favor y ayuda”, otra de las frases que, con diversas variaciones, personificará el estilo del lenguaje de don Quijote, también procedente de la Vida “les promete tanta gracia que esperen con su favor y ayuda llevar el peso desta vocación” (Vida III, XXI) Casi todo el lenguaje de la intervención está, pues, extraído de palabras y expresiones muy frecuentes en la Vida que, al concentrarse en una parrafada, producen esa insólita sensación de locura libresca. Por la sencillez del esquema paródico, queda muy claro en este episodio la labor imitativa y el proceso creativo de los distintos autores. En primer lugar, como indica Leturia en la nota 1, Loyola imita a san Francisco, y se lo cuenta a Gonçalves; después Ribadeneyra imita al portugués, aunque añadiendo datos de su cosecha; por último, Cervantes parodia a ambos y acomoda los hechos a una ficción caballeresca. MERCADERES TOLEDANOS Satisfecho de su primera intervención a favor de los menesterosos, don Quijote prosigue su camino de vuelta a casa "En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza" Esta encrucijada sirve de referente para la aventura de los mercaderes, inspirada en un episodio del capítulo segundo del Relato "Pues yendo por su camino le alcançó un moro, caballero en un mulo; y yendo hablando los dos, vinieron a hablar en nuestra Señora; y el moro decía, que bien le parecía a él la

Virgen haber concebido sin hombre; mas el parir, quedando virgen, no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían. La qual opinión, por muchas razones que le dio el peregrino, no pudo deshacer. Y así el moro se adelantó con tanta priesa, que le perdió de vista, quedando pensando en lo que había pasado con el moro. Y en esto le vinieron unas mociones, que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber, y también le causan indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dixese tales cosas de nuestra Señora, y que era obligado volver por su honra. Y así le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado a hacer. El moro, que se había adelantado, le había dicho que se iba a un lugar, que estaba un poco adelante en su mismo camino, muy junto del camino real, mas no que pasase el camino real por el lugar. Y así después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet, de dexar ir a la mula con la rienda suelta hasta al lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dexarlo quedar. Y haciéndolo así como pensó, quiso nuestro Señor que, aunque la villa estaba poco más de treinta o cuarenta pasos, y el camino que a ella iba era muy ancho y muy bueno, la mula tomó el camino real, y dexó el de la villa" (R, 15-16). Vuelve a quedar patente la influencia que los libros de caballerías ejercían sobre Loyola, no sólo por esa arrogante pretensión de imponer un dogma, sino fundamentalmente por el gesto, tan literario, de dejar en manos de la caballería la resolución del conflicto. Loyola atribuye la suerte de no encontrarse con el moro a un designio divino, a la protección que ya entonces le dispensaba "nuestro Señor", y Ribadeneyra lo mismo, aunque distorsionado “Iba, pues, nuestro Ignacio su camino, como dijimos, hacia Monserrate, y topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España, en los reinos de Valencia y Aragón. Comenzaron a andar juntos y a trabar plática, y de una en otra vinieron a tratar de la virginidad y pureza de la gloriosísima Virgen nuestra Señora. Concedía el moro que esta bienaventurada Señora había sido virgen antes del parto y en el parto, porque así convenía a la grandeza y majestad de su Hijo; pero decía que no había sido así después del parto, y traía razones falsas y aparentes para probarlo; las cuales deshacía nuestro Ignacio, procurando con todas sus fuerzas desengañar al moro y traerle al conocimiento desta verdad; pero no lo pudo acabar con él, antes se fue adelante el moro, dejándole solo y muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer. Porque no sabía si la fe que profesaba y la piedad cristiana le obligaba a darse priesa tras el moro, y alcanzarle y darle de puñaladas por el atrevimiento y osadía que había tenido de hablar tan desvergonzadamente en desacato de la bienaventurada siempre Virgen sin mancilla. Y no es maravilla que un hombre acostumbrado a las armas y a mirar en puntillos de honra, que pareciendo verdadera es falsa, y como tal engaña a muchos, tuviese por afrenta suya y caso de menos valer, que un enemigo de nuestra santa fe se atreviese a hablar en su presencia en deshonra de nuestra soberana Señora. Este pensamiento, al parecer piadoso, puso en grande aprieto a nuestro nuevo soldado; y después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la rienda a la cabalgadura en que iba, para que, si ella echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a puñaladas; pero si fuese por el otro camino, le dejase y no hiciese más caso dél. Quiso la bondad divina, que con su sabiduría y providencia ordena todas las cosas para bien de los que le desean agradar y servir, que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio. Y de aquí podemos sacar por qué caminos llevó nuestro Señor a este su siervo, y de qué principios y medios vino a subir a la cumbre de tan alta perfeción. Porque, como dice el

bienaventurado san Agustín, las almas capaces de la virtud, como tierras fértiles y lozanas, suelen muchas veces brotar de sí vicios, que son como unas malas yerbas, que dan muestra de las virtudes y frutos que podrían llevar, si fuesen labradas y cultivadas. Como Moisés cuando mató al egipcio como tierra inculta y por labrar, daba señales (aunque viciosas) de su mucha fertilidad y de la fortaleza natural que tenía para cosas grandes” (Vida I, III) Frente a esta amplificación de Ribadeneyra, Cervantes ha realizado una síntesis entre ambos textos Relato “hasta al lugar donde se dividían los caminos” Vida “seguir su camino hasta una encrucijada, de donde se partía el camino” Quijote “llegó a un camino que en cuatro se dividía” En los tres casos el paralelismo entre las frases se sostiene gracias al “camino” y al verbo dividir, del que Ribadeneyra ha preferido utilizar el sinónimo partir. Una vez en ese punto, a don Quijote “se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían” Cervantes recurre en primer lugar a la costumbre de Loyola de tomar decisiones imaginando3 lo que harían en circunstancias similares sus santos preferidos, de ahí que don Quijote recuerde “las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar”, tal como vemos a Loyola en el Relato: “cansado de examinar”, es decir, parado y meditando largamente en el lugar donde se dividían los caminos “Y así después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto” (R ) un lugar al que Ribadeneyra ha llamado encrucijada, y donde igualmente se dice que Loyola estuvo “buen rato pensando” “después de haber buen rato pensado en ello, al fin se determinó de seguir su camino hasta una encrucijada” (Vida) El narrador insiste en el hecho de la imitación y en el del pensamiento prologando, viniendo a ratificar que, el caballero imitado, es quien pensaba largo rato antes de tomar la decisión, es decir, Loyola: “y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado soltó la rienda a Rocinante”, tal como ratifican de nuevo la utilización del vocablo “rato” y el verbo “pensar” existentes en la Vida. Don Quijote, por imitar a los caballeros, toma la misma decisión que Loyola: “soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya”, según leemos en el Relato y la Vida “se determinó en esto, scilicet, de dexar ir a la mula con la rienda suelta” (R ) “y allí soltar la rienda a la cabalgadura” (Vida) En los tres casos se utiliza el mismo verbo (soltar) y el mismo sustantivo (rienda), y en los tres se menciona el medio de locomoción: mula-cabalgadura-Rocinante o rocín. El narrador, por su cuenta, resalta ese abandono de voluntad (“dejando a la voluntad del rocín la suya”) existente, también, en los otros textos y, además, concluye con una irónica matización, pues Rocinante, siguiendo su instinto, " siguió su primer intento, que fue irse camino de su caballeriza", devolviendo al caballo el protagonismo que el Relato, muy escuetamente y de forma casi coloquial, atribuye a "nuestro Señor", y que Ribadeneyra embarulla envolviéndolo todo en un halo de milagrosa protección.
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“imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora” (R, 6) “hallaba consolación, imaginando que el maestro sería Cristo, y a uno de los escolares pornía nombre.S. Pedro, y a otro S. Juan” (R, 75) “Y esta imaginación era tan vehemente, que no la podía vencer” (R, 83)

Tras esa introducción que sirve de referente para el episodio del moro, don Quijote continúa su camino de vuelta a casa "Y habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo: -Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso" El episodio no ocurre por casualidad, sino que es fruto de la imaginación de don Quijote (“se imaginó”), de su deseo de imitar, como Loyola, sus lecturas ("por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros") Cualquiera que se hubiese cruzado con don Quijote tendría que haber soportado su intromisión, ya que los mercaderes son un simple pretexto para la imitación, para poner en práctica sus pensamientos, pues apenas los divisó “se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros”. Lo mismo que explica Ribadeneyra cuando dice que a Loyola “Trujéronle dos libros, uno de la vida de Cristo nuestro Señor y otro de vidas de Santos, que comúnmente llaman Flos Sanctorum. Comenzó a leer en ellos, al principio (como dije) por su pasatiempo, después poco a poco por afición y gusto. Porque esto tienen las cosas buenas, que cuanto más se tratan, más sabrosas son. Y no solamente comenzó a gustar, mas también a trocársele el corazón, y a querer imitar y obrar lo que leía [...]Y juntamente iba cobrando fuerzas y aliento para pelear y luchar de veras, y para imitar al buen Jesús, nuestro Capitán y Señor y a los otros sanctos que, por haberle imitado, merecen ser imitados de nosotros” (Vida I, II) La presencia de los mercaderes toledanos, probablemente de dudoso linaje según la mezcla de culturas existentes en esa ciudad, le viene a don Quijote de molde para lo que "pensaba hacer", es decir, rememorar el encuentro de Loyola con el moro. Por eso se coloca ante ellos exigiéndoles aceptar una verdad no palpable ni verificable, un dogma de fe, como sugiere esa insistencia en repetir, hasta tres veces, el inabarcable "todo el mundo" La ignorancia y el desinterés de los mercaderes a cerca de Dulcinea es paralela a la del moro respecto al dogma de la virginidad, y su repuesta a Loyola, temeroso de su desfavorable situación histórica4, debió ser tan prudente como la de los comerciantes "-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida. - Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender" Cervantes transforma la indignación de Loyola contra el moro y su decisión de acuchillarlo por negarse a aceptar el dogma de la Inmaculada concepción ("mas el parir, quedando virgen, no lo podía creer") en esa iracunda figura de don Quijote (“las cuales deshacía nuestro Ignacio, procurando con todas sus fuerzas desengañar al moro”) exigiendo "creer, confesar, afirmar, jurar y
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“Toledo, que había sido ejemplo de convivencia y colaboración entre cristianos, musulmanes y judíos, entró en el siglo XV en una época de intolerancia” José Calvo Poyato, El País de Andalucía, 20-6-2000.

defender", cinco contundentes infinitivos que resumen la actitud de Loyola frente al dogma de “nuestra Señora (R)” o “esta bienaventurada Señora (Vida)”, muy sutilmente aludida por los mercaderes (“esa buena señora”). A la contundencia de don Quijote responden condescendientes los mercaderes (“de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad”), en correspondencia con la actitud del moro (“Concedía el moro”) dispuesto a admitirlo todo, salvo lo racionalmente inaceptable. Por eso don Quijote matiza: "La importancia está en que sin verla lo habéis de creer", es decir, lo importante, para lograr la igualdad entre el suceso de don Quijote y el de Loyola, es aceptar sin ver, pues, en definitiva, ese es el meollo dogmático de la aventura. En ese sentido, resulta bastante enigmática la respuesta del mercader que, para conformar a don Quijote, está dispuesto a creer en la beldad de Dulcinea “aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre” 5, dos componentes venenosos que, junto al ojo tuerto, sugieren más brujería que belleza, induciendo a pensar que esos mercaderes están dispuestos a creer en lo que se les eche, pues en el fondo están comunicándole a don Quijote su buena disposición a aceptar cualquier cosa, tal como hizo el moro cuando humildemente calla y se adelanta. Burlado a continuación por los mercaderes, don Quijote monta en cólera, y en sus palabras, aparece de nuevo la ambigüedad, pues al acusarlos de blasfemos, les habla como si hubieran cometido un sacrilegio contra la religión y no contra la orden de caballería "Pero ¡vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora! Y en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo: -Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido" Según el narrador, el éxito de la aventura se debe al tropiezo del caballo, a la buena suerte, al impedir que la furia de don Quijote caiga sobre el mercader, de la misma manera que la caballería de Loyola (por designio divino) al tomar otro camino evita las consecuencias del enfrentamiento con el moro. También parece irónica la información del narrador sobre los mercaderes, “que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia”, pues con ella Cervantes introduce una información que se carga de sutileza dentro del lenguaje profundo, ya que ese “como después se supo” no se refiere a este capítulo del Quijote, donde nada se dice sobre el origen de los mercaderes, sino al libro de Ribadeneyra que, al margen del Relato, añadirá después esa gratuita información (“topó a caso con un moro, de los que en aquel tiempo aún quedaban en España, en los reinos de Valencia y Aragón”) Como siempre, Ribadeneyra carga su información de moralina dogmática, refiriéndose al moro como "enemigo de nuestra santa fe", y defiende su verdad como única: "nuestro Ignacio [procuraba] con todas sus fuerzas desengañar al moro y traerle al conocimiento desta verdad", por eso don Quijote exige a los toledanos que acaten “una verdad tan notoria”6

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Quinto ejercicio de meditación: “oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas” Loyola, Ejercicios Espirituales, p. 241

“Pero, con ser así todo lo que aquí habemos dicho, y tan universal y notorio el provecho de los ejercicios, no ha faltado quien ha querido oscurecer esta verdad” (Vida I, VIII)

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Además de estos juegos formales y temáticos, Cervantes demuestra un profundo conocimiento del Relato y la Vida, con aportaciones sicológicas tan extraordinarias como ese ademán “arrogante” con que presenta a don Quijote frente a los mercaderes, en correspondencia al no menos altanero Loyola en su encuentro con el moro. Arrogancia subrayada y perpetuada por Ribadeneyra en su forma de contar la historia: “que un enemigo de nuestra santa fe se atreviese a hablar en su presencia en deshonra de nuestra soberana Señora”, a lo que burlescamente responden esas exageraciones encomiásticas de don Quijote a Dulcinea: “no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso” La idea de Dulcinea como “Emperatriz de la Mancha” o mujer del Emperador de la Mancha, una irrealidad existente en la imaginación de don Quijote, sólo puede ser admisible desde un punto simbólico-espiritual dentro del lenguaje profundo, siendo una representación de la Virgen transformada en soberana de Loyola. A esa lectura colabora el que don Quijote la llame “doncella 7”, es decir, virgen, y “sin par”, también intrínseco a la Virgen 8 Esas mismas sensaciones religiosas latentes en todo este capítulo, vuelven a aflorar con la burlona respuesta de uno de los mercaderes “-Señor caballero –replicó el mercader-, suplico a vuestra merced en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída [...] que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora” Esta respuesta en tono de chacota plantea muy sutilmente el derecho a la libertad religiosa, el problema de conciencia que significa para un árabe aceptar un dogma ajeno. La mentira también es un cargo de conciencia para ellos, por eso no sólo piden, sino que suplican una mínima justificación, “algún retrato”, algo que les permita aceptarlo. Unamuno, en su “Vida de Don Quijote y Sancho”, se basa fundamentalmente en estos dos episodios del pobre y el moro para relacionar la figura de Loyola con la de don Quijote, precisamente porque son los dos únicos acontecimientos del Relato respetados íntegramente en la Vida. A través de esos episodios, Unamuno estableció una clarísima relación entre Loyola y don Quijote, aunque no llegó a convencer, porque al desconocer el Relato le faltaron las claves esenciales para completar la lectura profunda de la parodia.

“Donzella. La muger moça y por casar [...] y en sinificación rigurosa la que no ha conocido varón” Covarrubias, o.c. “La expresión sin par aplicada a la mujer procede de la exaltación de la hermosura femenina, propia de la lengua de los cancioneros medievales y libros de caballerías. [...] La expresión se relaciona con el uso religioso, aplicada a la Virgen María” La Galatea, Miguel de Cervantes, Edición de F. López Estrada y M.T. López García-Berdoy, Ed. Cátedra, 1995, n. 10. P. 167.
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CAPÍTULO CINCO
Este capítulo permite una doble lectura desde su epígrafe ("Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero"), pues mientras por un lado anuncia la continuación de los sucesos del capítulo anterior, con don Quijote "molido y casi deshecho" a causa de la paliza propinada por el mozo de mulas de los mercaderes, por otro sugiere el proceso de elaboración seguido por Cervantes, que en el capítulo anterior ha estado parodiando hechos pertenecientes al segundo del Relato, y que ahora, para cumplir su intención de imitar las tres salidas de Loyola desde su casa, se ve obligado a retroceder al principio, o sea, al momento en que éste, tras ser herido, vuelve en una litera a su tierra, de ahí ese "Donde se prosigue", pues Cervantes retoma la parodia de los primeros fragmentos del Relato "Hasta los veintiseis años de su edad fué hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en exercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra. Y así, estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos de parecer que se diesen, salvas las vidas, por ver claramente que no se podían defender, él dió tantas razones al alcaide, que todavía lo persuadió a defenderse, aunque contra parecer de todos los caballeros, los cuales se conhortaban con su ánimo y esfuerço. Y venido el día que se esperaba la batería, él se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas; y después de durar un buen rato la batería, le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fué mal herida. Y así, cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses, los quales, después de se haber apoderado della, trataron muy bien al herido, tratándolo cortés y amigablemente. Y después de haber estado 12 o 15 días en Pamplona, lo llevaron en una litera a su tierra" (R,1-2) Con sólo esas fuentes, Ribadeneyra construye su ya conocida versión “El año, pues, de mil y quinientos y ventiuno, estando los franceses sobre el castillo de Pamplona, que es cabeza del reino de Navarra, y apretando el cerco cada día más, los capitanes que estaban dentro, estando ya sin ninguna esperanza de socorro, trataron de rendirse, y pusiéranlo luego por obra, si Ignacio no se lo estorbara; el cual pudo tanto con sus palabras, que los animó y puso coraje para resistir hasta la muerte al francés. Mas, como los enemigos no aflojasen punto de su cerco, y continuamente con cañones reforzados batiesen el castillo, sucedió que una bala de una pieza dio en aquella parte del muro donde Ignacio valerosamente peleaba, la cual le hirió en la pierna derecha, de manera que se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla. Y una piedra del mismo muro, que con la fuerza de la pelota resurtió, también le hirió malamente la pierna izquierda. Derribado por esta manera Ignacio, los demás que con su valor se esforzaban, luego desmayaron; y desconfiados de poderse defender, se dieron a los franceses; los cuales llevaron a Ignacio a sus reales, y sabiendo quién era y viéndole tan mal parado, movidos de compasión, le hicieron curar con mucho cuidado. Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera. Estando ya en su casa, comenzaron las heridas, especialmente la de la pierna derecha, a empeorar. Llamáronse nuevos médicos y cirujanos, los cuales fueron de parecer que la pierna se había otra vez de desencasar; porque los huesos (o por descuido de los primeros

cirujanos, o por el movimiento y agitación del camino áspero) estaban fuera de su juntura y lugar, y era necesario volverlos a él y concertarlos para que se soldasen. Hízose así, con grandísimos tormentos y dolores del enfermo. El cual pasó esta carnicería que en él se hizo y todos los demás trabajos que después le sucedieron, con un semblante y con un esfuerzo que ponía admiración. Porque ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo palabra que mostrase flaqueza. Crecía el mal más cada día y pasaba tan adelante, que ya poca esperanza se tenía de su vida, y avisáronle de su peligro. Confesóse enteramente de sus pecados la víspera de los gloriosos apóstoles san Pedro y san Pablo, y como caballero cristiano se armó de las verdaderas armas de los otros santos sacramentos, que Jesu Cristo nuestro Redentor nos dejó para nuestro remedio y defensa. Ya parecía que se iba llegando la hora y el punto de su fin; y como los médicos le diesen por muerto si hasta la medianoche de aquel día no hubiese alguna mejoría, fue Dios nuestro Señor servido que en aquel mismo punto la hubiese. La cual creemos que el bienaventurado apóstol san Pedro le alcanzó de nuestro Señor; porque en los tiempos atrás siempre Ignacio le había tenido por particular patrón y abogado, y como a tal le había reverenciado y servido; y así se entiende que le apareció este glorioso apóstol la noche misma de su mayor necesidad, como quien le venía a favorecer y le traía la salud. Librado ya deste peligroso trance, se comenzaron a soldar los huesos y a fortificarse; mas quedábanle todavía dos deformidades en la pierna. La una era de un hueso que le salía debajo de la rodilla feamente. La otra nacía de la misma pierna, que por haberle sacado della veinte pedaços de huesos, quedaba corta y contrecha, de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado. Y como para lo uno y para lo otro le pareciese grande estorbo la fealdad y encogimiento de la pierna, queriendo remediar estos inconvenientes, preguntó primero a los cirujanos si se podía cortar sin peligro de la vida aquel hueso que salía con tanta deformidad. Y como le dijesen que sí, pero que sería muy a su costa, porque habiéndose de cortar por lo vivo, pasaría el mayor y más agudo dolor que había pasado en toda la cura, no haciendo caso de todo lo que para divertirle se le decía, quiso que le cortasen el hueso, por cumplir con su gusto y apetito. Y (como yo le oí decir) por poder traer una bota muy justa y muy polida, como en aquel tiempo se usaba; ni fue posible sacarle dello, ni persuadirle otra cosa. Quisiéronle atar para hacer este sacrificio y no lo consintió, pareciéndole cosa indigna de su ánimo generoso. Y estúvose con el mismo semblante y constancia, que arriba dijimos, así suelto y desatado, sin menearse, ni boquear, ni dar alguna muestra de flaqueza de corazón. Cortado el hueso, se quitó la fealdad. El encogimiento de la pierna se curó por espacio de muchos días, con muchos remedios de unciones y emplastos, y ciertas ruedas e instrumentos con que cada día le atormentaban, estiraron y estendiendo poco a poco la pierna y volviéndola a su lugar. Pero por mucho que la desencogieron y estiraron, nunca pudo ser tanto que llegase a ser igual, al justo con la otra” (Vida I, I) La nota introductoria a esos acontecimientos ya se ha dado al final del capítulo 4 con ese "molido y casi deshecho" que dejó a don Quijote tendido en el suelo, y que conecta con la versión de la batalla contra los franceses ofrecida en la Vida, donde se exageran tanto las heridas de Loyola en las piernas que se presentan como incurables, pues ese "quebrándosela toda" del Relato, ha sido transformado en “se la dejarretó, y casi desmenuzó los huesos de la canilla". En su afán por resaltar los valores de su

fundador, Ribadeneyra llega incluso a sostener imposibles, pues una pierna desjarretada significa que está cortada por el jarrete, o sea, por la corva, lo cual era prácticamente irrecuperable, aunque, para darle un toque aún más sensacionalista, añade que la bala "casi desmenuzó los huesos de la canilla", es decir, casi hizo trocitos "cualquiera de los huesos largos de la pierna...y especialmente la tibia" Ribadeneyra ha dejado al herido en una situación física tan imposible que sólo un milagro podrá hacer que ande. De ahí esa nota irónica dejada al final del capítulo 4, "molido y casi deshecho", parodia de ese hiperbólico "desjarretó, y casi desmenuzó", también funcionando como referente para hacer comprender que, el estado de don Quijote en los inicios de este capítulo 5, es paralelo a los primeros momentos del Relato pues, como Loyola, se encuentra tendido en el suelo sin poder moverse "Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros, y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Esta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque: -¿Dónde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal. Y desta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos versos que dicen: -¡Oh noble marqués de Mantua, mi tío y señor carnal!" Para salir del paso don Quijote se acoge a "su ordinario remedio", solucionar su situación pensando "en algún paso de sus libros". En este caso la locura le trae a la memoria un romance con cuya historia se identifica y que "le venía de molde para el paso en que se hallaba" pues, simbólicamente, se ajusta a los sucesos del Relato, ya que Loyola fue herido en la fortaleza de Pamplona, es decir, "en la montiña", por sus vecinos los franceses, personificados en Carloto, el hijo de Carlomagno. Hechos conocidos por toda la gente a través de un romance popular cuya verdad histórica es tan creíble como “los milagros de Mahoma”, o como los de Ribadeneyra, que en los inicios de la Vida se inventa este fantástico milagro inexistente en las primeras versiones de la obra “Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza, por medio de la gloriosa Madre, al piadoso y amoroso Hijo por soldado y siervo fiel, y prometiéndole de seguir su estandarte real y dar de coces al mundo, se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba tembló y parece que así como el Señor con el terremoto del lugar donde estaban juntos los sagrados Apóstoles, cuando hicieron oración, y con el temblor de la cárcel en que estaban aherrojados san Pablo y Silas , quiso dar a entender la fuerza y poder de sus siervos, y que había oído la oración dellos; así, con otro semejante estallido del aposento en que estaba su siervo Ignacio, manifestó cuán agradable y acepta le era aquella oración y ofrenda que hacía de sí. O, por ventura, el demonio ya vencido huyó, y dio señales de su enojo y crueldad, como leemos de otros santos.

Pero, con todo esto, no se determinó de seguir particular manera de vida, sino de ir a Jerusalén después de bien convalecido y, antes de ir, de mortificarse y perseguirse con ayunos y diciplinas y todo género de penitencias y asperezas corporales, y con un enojo santo y generoso crucificarse y mortificarse y hacer anatomía de sí” (Vida I, II) Es precisamente la expresión “con todo esto” la que antecede a “los milagros de Mahoma”, y sirve como referente para retornar a este increíble milagro al que Cervantes recurrirá en otras ocasiones, y cuyo complemento es otro fragmento ya conocido perteneciente también a los inicios de la Vida “Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella, ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí, vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad” (Vida, A los hermanos) El referente es ahora una frase (“historia sabida de los niños”) donde coinciden tres de los vocablos existentes en el texto anterior, con la intención de conducirnos a esa reflexión sobre la verdad (“no diré aquí cosas inciertas y dudosas”) totalmente invalidada por el fantástico milagro, cuya veracidad, por muy sabida que sea de la gente, no tiene por qué ser verdadera. Lo sorprendente es la forma en que Cervantes nos va revelando las falsedades del libro, demostrando con pruebas que las aseveraciones (“no diré”) con las que Ribadeneyra intenta legitimar toda su obra, son fácilmente desmentidas. Don Quijote, molido y sin poder moverse (se ha dicho al final del capítulo 4 que no le "era posible levantarse"), se encuentra pues en una situación semejante a la de Loyola, herido en ambas piernas y sin poder menearse (“sin menearse” /”no podía menearse”) "Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba" De nuevo Cervantes parodia astutamente la situación de Loyola en la guerra, pues ya hemos visto que, tras la rendición de la fortaleza, los franceses entran en la ciudad y encuentran a Loyola, según Ribadeneyra, inmóvil en el suelo “los cuales llevaron a Ignacio a sus reales, y sabiendo quién era y viéndole tan mal parado, movidos de compasión, le hicieron curar con mucho cuidado. Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera” Ribadeneyra especifica que los franceses conocían a Loyola y que, gracias a eso, lo tratan con mucho cuidado y cortesía. Don Quijote ha corrido la misma suerte1, pues ha pasado por allí un labrador vecino suyo que, antes de reconocerlo, se acerca a preguntarle "quién era y qué mal sentía", o sea, un juego de palabras basado en la frase de la Vida (“quién era y ... mal”), con el objetivo de que funcione no sólo como referente paródico, sino para resaltar esa información inexistente en el Relato y con la que Ribadeneyra, una vez más, pretende acrecentar la importancia de Loyola. Por eso el vecino de don Quijote, restituyendo la

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“A causa de los golpes recibidos y del peso de las armas que soporta, el hidalgo permanece abatido en tierra sin lograr levantarse, hasta que se tropieza casualmente con él un vecino de su pueblo; que reconociéndolo, lo asiste, ayuda, lo levanta, lo hace montar en su burro y lo acompaña a casa, cumpliendo así la misma función de los soldados franceses en la historia de Ignacio” El santo..., Corradini, o.c.

verdad de la historia, se acerca a él sin todavía conocerlo, tal vez como probablemente hicieron los franceses. "el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida, pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico" Con mucho cuidado o lo mejor que pudo, el labrador, cumpliendo las mismas funciones de primeros auxilios realizadas por los franceses, comprueba que, aunque don Quijote no tiene heridas ni en el pecho ni en la espalda, su comportamiento es el de un inválido, pues no puede menearse, y "no con poco trabajo" se ve obligado a subirlo sobre su jumento "por parecerle caballería más sosegada". Da la sensación de que don Quijote está herido en las piernas, pues a pesar de no tener heridas o señales ni en la cabeza ni en el tronco, no puede menearse, de ahí que le convenga un transporte cómodo, también como alusión a la forma más adecuada, la litera, en que fue transportado Loyola. Hay, además, otra referencia al asunto de las piernas, pues don Quijote va "molido y quebrantado", un verbo similar al utilizado por Gonçalves ("quebrándosela") para explicar la lesión de Loyola en las piernas. La base paródica del episodio es, pues, la incapacitación de las extremidades inferiores y el buen trato recibido por Loyola de los franceses, que no sólo le curan lo mejor posible, sino que le tratan amigablemente y le envían a su casa. Don Quijote, una vez reconocido, es también tratado cortés y amigablemente, pues su vecino le auxilia y le ayuda a levantarse, recoge sus armas y le lleva a casa, lo más cómodamente posible, mientras conversan. ¿Se burla Cervantes de la frase de Ribadeneyra “casi desmenuzó los huesos de la canilla” cuando dice que el vecino de don Quijote recogió “hasta las astillas de la lanza”? ¿no son los suspiros de don Quijote (“de cuando en cuando daba unos suspiros”) una réplica irónica a ese inmutable superhombre (“ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay”) creado por Ribadeneyra? Don Quijote, entretanto, sigue disparatando "y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía" Quien realmente está acomodando los sucesos históricos a su novela es Cervantes, que, para completar las coincidencias de su cuento con la historia de Loyola, vuelve a emplear esta nueva estrategia de dar entrada no sólo al arcaísmo “alcaide” (“él dió tantas razones al alcaide" R,1) existente en el comienzo del Relato, sino a un nombre, Narváez, análogo al de Navarra. La frase hecha "no parece sino que el diablo", sugiere a su vez una doble lectura, aplicable tanto al torrente imaginativo de don Quijote como al de Cervantes, cuyo trabajo es ir acomodando, ensartando con muchísimo ingenio, el Relato y la Vida a su cuento de caballería. "De suerte que cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había

leído la historia en la Diana de Jorge Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo, de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábase priesa a llegar al pueblo" Otra expresión, “De suerte que”, también existente en el fragmento-núcleo de la Vida y relacionada con la imposibilidad de andar del protagonista, obliga a cuestionarse su contenido “La otra nacía de la misma pierna, que por haberle sacado della veinte pedazos de huesos, quedaba corta y contrecha, de suerte que no podía andar, ni tenerse sobre sus pies. Era entonces Ignacio mozo lozano y polido, y muy amigo de galas y de traerse bien; y tenía propósito de llevar adelante los ejercicios de la guerra que había comenzado” ¿No son también una locura o “máquina de necedades” esos “veinte pedazos de huesos” que le han sacado a Loyola de la pierna? En realidad todo el encuentro con Pedro Alonso tiene un trasfondo religioso, pues su noble comportamiento, además de un reflejo del buen trato que los franceses dispensan a Loyola, también evoca el pasaje evangélico del buen samaritano, de la misma forma que, más adelante, los "doce Pares de Francia" actúan como sutil referencia a los doce apóstoles evangélicos. " -Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana" Menéndez Pidal achaca esta falta de personalidad de don Quijote, "figurándose una vez ser Valdovinos herido, creyéndose en seguida Albindarráez prisionero, y siendo después Reinaldos indignado contra don Roldán", a que Cervantes no "ideó a su protagonista dentro de un plan bien definido desde el comienzo, sino en una visión sintética algo confusa. Sólo durante el desarrollo de la obra va, con lentos tanteos a veces, desentrañando y llamando a vida toda la compleja grandeza". Y concluye, que hasta el capitulo 7, cuando entra en escena Sancho, no "acaban estas alucinaciones de impersonalismo"2 Má que de dudas, habría que hablar de los increíbles recursos de Cervantes en su trabajo de imitación, pues es capaz de transmitir a su personaje las mismas inseguridades que, según el Relato, muestra Loyola en sus balbuceos religiosos, los cuales cesarán precisamente con su llegada a Alcalá, donde iniciará su labor de apostolado y aparecerán por fin sus primeros compañeros. Según Raymond R. MacCurdy y Alfred Rodríguez , don Quijote sufre dos locuras distintas en los primeros siete capítulos: “La locura primaria del hidalgo manchego, descrita al comenzar la obra, establece que un tal Quijada, Quesada o Quejana se transforma en don Quijote; es decir, crea de sí mismo –como la primera y más importante de toda una larga serie de transformaciones volitivas de la realidad- un flamante caballero andante. Esta será, propiamente, la locura quijotesca, que acompañará al hidalgo autotransformado hasta el lecho de su muerte; pero hay un período de tiempo, todavía en los comienzos del Quijote, en lo que ha venido a llamarse el proto-Quijote, en que Cervantes interpola, dentro de la que hemos designado locura primaria, otra locura distinta. Como consecuencia de los muchos palos que recibe el recién armado caballero a manos del sádico mozo de mulas de su segunda aventura, Don Quijote pierde
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De Cervantes y Lope de Vega, Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1973, p. 29

momentáneamente (aunque es un momento que dura desde el capítulo cinco hasta el capítulo siete) la identidad que resulta de su locura primaria y se identifica sucesivamente con una serie de figuras procedentes de la tradición literaria, empezando por Valdovinos y acabando, sobre todo, por Reinaldos de Montalbán: <<Ferido no –dijo don Quijote-; pero molido y quebrantado, no hay duda en ello; porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si en levantándome deste lecho no me lo pagare, a pesar de sus encantamientos; y, por agora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo>> (I,VII). Esta segunda manera de locura, expresada en la identificación del sujeto con otro ser determinado, se parece mucho a lo que vulgarmente se concibe, desde siempre probablemente, como locura. Es la demencia, de más popular y general reconocimiento, que en nuestros días se representa, casi gráficamente, en la identificación napoleónica; y que en la época cervantina se representaría, quizá, mediante una identificación cidiana o, entre los más sofisticados, jupiteriana o neptuniana”3 La cita demuestra cómo del análisis profundo del Quijote se desprende la agudeza, casi el milagro, de la parodia cervantina, capaz de transmitir, sin que se conozca su referente, el estado de doble locura que la ambigüedad del Relato permite imaginar de un Loyola herido que, a través de los libros de santos, transmuta sus ideales caballerescos en religiosos, y empieza a soñar con ser un peregrino andante y un imitador de los santos mas famosos de esos libros, es decir, en su imaginación Loyola se identifica con santo Domingo o san Francisco de la misma manera que don Quijote lo hace con Valdovinos o R. De Montalbán, “la función de la doble locura, o la locura dentro de la locura que se inserta al comienzo mismo de la obra, parece que pudiera muy bien ser la de definir, de delimitar con mayor concreción, esa locura primaria que mueve –y ha de mover hasta el último capítulo de la novela- la exaltada vida del hidalgo transformado en caballero andante”4 Sin embargo, esas aparentes dudas de personalidad, quedan totalmente anuladas por la rotunda respuesta de don Quijote al bueno de su vecino "Yo sé quien soy -respondió don Quijote-, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías" Don Quijote conoce su verdadera personalidad y su misión, pues sabe que es trasunto de alguien a quien imita, por eso no es ahora "el honrado hidalgo del señor Quijana", sino don Quijote, el seguidor de los pasos del libro donde están escritos los acontecimientos que debe encarnar. De ahí su rotunda afirmación sobre quién es y quién puede ser, es decir, un santo capaz de igualar por sus hechos a los más famosos, pues esa idea de aventajarlos a todos con sus hazañas está también muy presente en la Vida “Pasados, pues, los primeros años de su niñez, fue enviado de sus padres Ignacio a la corte de los Reyes Católicos. Y comenzando ya a ser mozo y a hervirle la sangre, movido del ejemplo de sus hermanos, que eran varones enforzados, y él, que de suyo era brioso y de grande ánimo, diose mucho a todos los ejercicios de
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Anales Cervantinos, XVII, Ed. C.S.I.C, Madrid 1978, p. 3 Ib., p.5

armas, procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I) Don Quijote sabe que llegará a aventajarse sobre todos sus iguales no sólo en lo militar, sino también en lo espiritual. "En estas pláticas y en otras semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces: -¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas. ¡Desventurada de mí! que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha" Mientras este alboroto en casa de don Quijote parodia el existente en casa de los familiares de Loyola mientras aguardan su vuelta de la guerra, el discurso del ama sintetiza el pensamiento de esos mismos familiares respecto a la evolución de su vida, es decir, el desconcierto ante el cambio ideológico, ante la metamorfosis del militar en místico. La conexión está sugerida por ese “echado a perder”, ya comentado, y utilizado por el ama en recuerdo de la expresión del Relato 5 y la Vida6 Ese consejo del hermano es ya una realidad para el ama, pues don Quijote ha salido, se ha marchado para imitar a sus héroes, y se ha echado a perder. En correspondencia con esa buena fama de Loyola (“quánta esperança tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes”), el ama llama a don Quijote “el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha”, un piropo inspirado en el Relato y, formalmente, en la Vida, donde puede leerse que el libro de los Ejercicios espirituales está lleno de delicadezas “El cual está tan lleno de documentos y delicadezas en materia de espíritu” (Vida I, VIII) También en la Vida abundan las alusiones al entendimiento de Loyola “de aquí se siguió una lumbre y sabiduría soberana que nuestro Señor infundió en su entendimiento” (Vida I, II) El ama recuerda además, como reproche, que ella conocía las intenciones de don Quijote (“ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos”) pues lo había oído “hablando entre sí”, costumbre ya conocida de Loyola “no se pudo contener de lágrimas, diciendo entre sí” (Vida I, IV)
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"El hermano le llevó a una cámara y después a otra, y con muchas admiraciones le empieça a rogar que no se eche a perder; y que mire quánta esperança tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de apartarle del buen deseo que tenía" (R,12) 6 “y llamando a parte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos, mas que considerase cuán bien entablado tenía su negocio y cuánto camino tenía andado para alcanzar honra y provecho” (Vida I, III)

“comenzó a examinarla y a pensar y a decir entre sí” (Vida I, XIII) Las dos familias se han enterado de la misma forma pues, como ya sabemos, ninguno de los dos les ha puesto al corriente sobre sus intenciones, en ambos casos lo han intuido "Mas así su hermano como todos los demás de casa fueron conociendo por lo exterior la mudança que se había hecho en su ánima interiormente" (R,10) “su hermano mayor y la gente de su casa fácilmente vinieron a entender que estaba tocado de Dios y que no era el que solía ser” (Vida I, II) Cuando el ama matiza “por esos mundos”, no sólo está utilizando una frase hecha referida a lo indeterminado, sino que a la vez está sutilmente aludiendo a los viajes de Loyola por el llamado viejo mundo. Antes de pasar al interior de la casa de don Quijote, el narrador también nos informa de que en ella se encontraban “el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote” Una expresión (“grandes amigos”) abundante en la Vida, y que aparece por primera vez recordando la supuesta amistad existente entre Loyola y el Inquisidor General Gaspar de Quiroga, a quien está dedicado el libro “fue tan grande amigo de nuestro padre Ignacio” (Vida, A Quiroga). Sin entrar en valoraciones sobre esa grande amistad que, en opinión de Ribadeneyra, existió entre Loyola y Quiroga, y volviendo a observar el interés de aquel (“cuan fundado en verdad”) en recordarnos la veracidad de su escritura, quizás lo más interesante de la expresión “grande amigo” es la posibilidad de asociar al Quiroga de la Vida con el cura del Quijote pues, como por sus obras se irá viendo, son vidas paralelas, ya que, además de ser religiosos importantes, ambos desempeñan, en la realidad y la ficción, el trabajo de máximos representantes de la censura y la Inquisición. En general, el rechazo de la familia de don Quijote a sus intenciones caballerescas es paralelo al que muestra la familia de Loyola a sus propósitos religiosos. Ama y sobrina, trasunto de los familiares de Loyola, culpan a los libros de todas las veleidades de don Quijote, e inician en estos párrafos, junto al cura y al barbero, una persecución que finalizará en los próximos capítulos con el expurgo y quema de la biblioteca como símbolo de la represión ideológica. Cervantes acaba de dar un nuevo salto en sus objetivos paródicos al finalizar con la imitación de la primera salida y, a través del ambiente familiar y con la presencia de los restantes estamentos sociales representados por el cura y el barbero, vuelve ahora a proseguir con su objetivo de parodiar de forma paralela los contenidos del capítulo sexto del Relato. De forma que estos últimos párrafos del 5 son una especie de recomposición, un reengache a los momentos previos al ambiente preprocesal que Loyola vivirá en Alcalá pues, al poco tiempo de estar en esa ciudad, comienza su labor apostólica e, inmediatamente, encuentra la oposición de la Iglesia, dispuesta a reprimir cualquier movimiento ajeno a la más pura ortodoxia, y especialmente sensible a todo lo relacionado con Lutero y Erasmo, cuyos libros pasaron de ser muy recomendados a considerarse heréticos. Desde ahora los libros van a ocupar, en cierta medida, el lugar de las personas, y su destino será un símbolo de la trayectoria vivida por los humanistas españoles desde mediados del siglo XVI, es decir, una persecución en toda regla. Por eso el ataque iniciado por el ama (“estos malditos libros”) es continuado inmediatamente y con mayor intensidad (“y aún decía más”) por la sobrina “La sobrina decía lo mesmo, y aún decía más: -Sepa, señor maese Nicolás (que este era el nombre del barbero), que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el libro de las

manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansacio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes" Con todo su furor la sobrina declara abiertamente la guerra a los libros, equiparados al final con los herejes, para los que se pide la excomunión y la hoguera. Pero en medio de su intervención, ha recordado alguna escena de los prolegómenos de la locura de don Quijote que, como ya sabemos, dormía muy poco y tenía visiones e imaginarias batallas, tras las que “bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo” Prácticamente sin venir a cuento, la sobrina ha introducido este asunto del agua milagrosa que nos remite a otro fragmento de la Vida “Y es cierto que el mismo Señor, que con tanta paciencia en Europa sufría y disimulaba los desacatos y oprobios de los herejes que habemos contado, en el mismo tiempo obraba en las Indias maravillas por medio de las cruces e imágenes y sacramentos que los herejes acá perseguían y que puesto el santísimo cuerpo de Jesu Cristo, nuestro Redentor, en los templos, enmudecía a los demonios, los cuales desaparecían y no hablaban de allí adelante (como antes solían) a los Indios, y que con la señal de la santa cruz y con el agua y cuentas benditas sanaron muchos enfermos” (Vida II, XIX) Demonios hablando a los indios y aguas sanadoras, ¿no hay ahí tanta fantasía como en las veleidades de don Quijote?. Hay tres claros referentes repetidos en los dos textos: sanar, agua y herejes, además del mismo ambiente de imaginación disparatada en torno a este agua milagrosa, claro preludio del famoso bálsamo de Fierabrás, también inspirado, como se verá más adelante, en otro licor de la Vida, donde aparecen curaciones tan fantásticas como las referidas por don Quijote “él vió por sus ojos traer al padre Francisco muchos enfermos de varias enfermedades y que, en haciendo sobre ellos la señal de la cruz, o echándoles un poco de agua bendita, a la hora quedaban todos sanos; y así decía que los japoneses le tenían por más que hombre y como cosa enviada del cielo” (Vida IV, VII) La sobrina, en la última parte de su intervención, muestra un gran complejo de culpabilidad (“yo me tengo la culpa de todo”) por no haber avisado “a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío”, es decir, se arrepiente de no haber cumplido con esa obligación de delatar ante los inquisidores a cualquier sospechoso de herejía, aunque ella apunta otra intención: “para que los remediaran antes de llegar a lo que ha llegado”, precisamente la misma apuntada por Ribadeneyra en su deseo de disculpar y justificar la labor de los inquisidores en su primera e injusta intervención contra Loyola “Llegó la fama desto a los Inquisidores de Toledo, los cuales, como prudentes, temiendo desta novedad en tiempo tan sospechoso, y queriendo, como cuidadosos, remediar el mal, si alguno hubiese, con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá, y hicieron diligentísima pesquisa de la dotrina, vida y ocupaciones de nuestro Ignacio, y formaron el proceso” (Vida I, XIV)

El paralelismo entre lo dicho por la sobrina y por Ribadneyra es total, gracias no sólo a la utilización del mismo verbo, sino a la ambigüedad del lenguaje cervantino que, aunque parece referido a la locura caballeresca, también permite la lectura profunda, ahora centrada en la situación preprocesal de Loyola en Alcalá, tal como apunta la profusión de palabras de la sobrina en torno a la herejía: “quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes” En definitiva, la sobrina, utilizando jerga eclesiástica y sin saber de libros, opina sobre su influencia y contenido y, al igual que el ama, los cree culpables de la locura de don Quijote, y propone su quema. "Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día de mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho" El cura acepta el plan e indirectamente se compromete a iniciarlo y dirigirlo, convirtiéndose a partir de estos momentos, y como trasunto de los inquisidores, en protagonista de la mayoría de los acontecimientos de los siguientes capítulos. Su intención es quemarlos para que no “den ocasión” a que otros hagan lo que su buen amigo “debe de haber hecho”. ¿Qué ha hecho don Quijote? ¿no es esa imprecisa frase del cura una clara alusión a la incertidumbre con que se iniciaban los procesos?. Ha utilizado la palabra “ocasión”, aparecida en el fragmento anterior de la Vida (“con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá”), y con la que Ribadeneyra pretende crearnos la duda sobre si los inquisidores vinieron a Alcalá con ocasión expresa del proceso a Loyola (lo que supondría ser un asunto importante) o lo hicieron aprovechando el viaje. Una clarísima falta a la verdad, pues en el Relato está muy claro que vinieron a por él “Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el pelegrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos” (R, 58) En torno a esta acusación de “alumbrados” o iluminados7, muy castigada por la Inquisición, gira la parodia del final de este capítulo y los tres restantes, de ahí que don Quijote y su vecino estén todavía fuera, oyendo lo que se trama dentro de su casa, pues a partir de ahora, ese recinto cerrado va a servir de escenario para rememorar los procesos inquisitoriales. “Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino y, así, comenzó a decir a voces: -Abran vuestras mercedes al señor al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro de Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera. A estas voces salieron todos, y como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo: -Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese, si fuera posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas. -¡Mirá, en hora maza –dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que,

El iluminismo español “es una doctrina distinta e independiente del protestantismo. [...] en sentido amplio es un cristianismo interiorizado, un sentimiento vivo de la gracia” Erasmo y España, Marcel Bataillon, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid 1979, p. 167

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sin que venga esa hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuesta merced! Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra. -¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada que yo los queme mañana antes que llegue la noche. Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote” Sorprendentemente, don Quijote y su acompañante, en vez de entrar rápidamente a casa (en vista del estado del herido), se quedan en el corral escuchando la conversación de los de dentro y, sólo cuando termina de hablar el cura, los dos empiezan a dar voces para que acudan. La explicación de esa ilógica situación vuelve a ser su simbolismo, pues don Quijote y su vecino lo que están realmente escuchando son las murmuraciones y acusaciones de iluminados que en Alcalá pesan sobre Loyola y sus compañeros, lectores de libros prohibidos y provocadores, con su predicación evangélica, de la furia eclesiástica. A eso se refiere el ama (“¡Mirá, en hora maza –dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor!”) con su ambigua fraseología popular, doblemente intencionada si se tiene en cuenta la utilización de la cojera como referente al estado físico de Loyola. Cervantes no se ha atrevido a caracterizar a don Quijote como cojo, aunque en varias ocasiones se repite simbólicamente la alusión a la cojera. En el capítulo 32, por ejemplo, lo hace el cura como reproche al ventero, y dentro de un contexto también relacionado con los libros: “y quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote” (QI, 32). Aunque sea metafóricamente, se ha dicho que don Quijote cojeaba. El trasfondo es siempre la heterodoxia, el rumor de fondo que poco a poco va expandiéndose e inculpando a cualquiera que muestre criterios o inteligencia. Por eso el labrador vecino de don Quijote no había comprendido hasta ahora el problema (“acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino”), algo, en el lenguaje externo, totalmente improbable, pues tras haberlo acompañado y escuchado largo rato, muy corto debía ser el labrador (con sus obras ha demostrado lo contrario) para no comprender desde el principio la locura de su vecino. La realidad es que, tras escuchar las murmuraciones del cura y su familia, el labrador entiende que todas la irregularidades vistas e incomprendidas por él forman parte del comportamiento propio de un herético. Es decir, todo sigue siendo una continuación del juego simbólico sobre los momentos preprocesales de Loyola “Como arriba está dicho, había grande rumor por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá, y quién decía de una manera, y quién de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el pelegrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos” (R, 58) Por fin don Quijote comienza a dar voces, en paralelo a la predicación del evangelio que, hasta el momento de procesarlo, sigue haciendo Loyola en Alcalá. Y es entonces

cuando le escuchan los de dentro de la casa y el ama y la sobrina “corrieron a abrazarle”, un gesto cariñoso que, en el lenguaje profundo, mantiene un simbolismo parecido al beso de Judas, pues a partir de ahí don Quijote queda prendido, en paralelo a la detención de Loyola. Acto seguido el ama maldice de nuevo los libros de caballerías, trasunto, obviamente, de los religiosos, acusados entonces de ser propagadores de herejía. En ese sentido veremos más adelante cómo Ribadeneyra encubre el interés de Loyola, en estas fechas, por los libros de Erasmo. Don Quijote culpa de su molimiento a diez jayanes, y el cura responde -¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada que yo los queme mañana antes que llegue la noche. La hábil respuesta del cura, que nosotros, gracias a la información anterior, entendemos referida a los libros y no a los jayanes, introduce otra nueva sospecha, pues su supersticiosa "santiguada", también gracias a las anteriores alusiones heréticas, complementa el ambiente de sospecha en torno a Loyola, de ahí que el cura, ante un posible hereje, haga esa promesa de quemar los libros santiguándose, como conjurando la protección divina frente al enemigo satánico. "Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba" Estas "mil preguntas" sirven igualmente de nexo con el capítulo siguiente, y se corresponden con el interrogatorio a que fue sometido Loyola tras su primera detención en Alcalá “Pues, dixo el confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >> (R, 64). “Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas” (Vida I, XV). Se trata de un asunto que se verá ampliamente en los capítulos siguientes, baste por ahora constatar las coincidencias verbales y de contenido de los tres textos. Vida Quijote Relato comer comer comer cosa cosas cosa R: querrán saber de vos muchas cosas V: querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas Q: Hiciéronle a don Quijote mil preguntas El contenido es prácticamente el mismo en los tres fragmentos, pues el deseo de don Quijote es comer para cumplir con el requisito de la comida previa a los interrogatorios de Loyola, al que después hicieron muchas preguntas, tal como primero se dice en el Relato, después en la Vida y por último en el Quijote. El análisis comparativo sirve una vez más para apreciar las diferencias de estilo entre los tres autores y cómo la prosa de Cervantes está siempre mucho más próxima a Gonçalves que a Ribadeneyra. “Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote”

El interés del cura se extiende ahora al vecino de don Quijote, según sugieren esos datos sobre lo exhaustivo de las preguntas (“el cura se informó muy a la larga” “se lo contó todo”), más propias de un interrogatorio que de una conversación amistosa. Una vez que el labrador ha informado al cura sobre el contenido de las alucinaciones de don Quijote (“se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho “), es decir, una vez analizada la acusación de iluminista que pesa sobre Loyola, el cura decide “hacer lo que otro día hizo”, el expurgo de la biblioteca o, alegóricamente, la persecución y encarcelamiento de Loyola por sus ideas. Recordemos, por último, el error de cálculo del ama, cuando dice al cura que don Quijote no aparece por casa desde hace tres días (“Tres días ha que no parecen él, ni el rocín”). Se trata, lógicamente, de un equívoco de la señora, pues don Quijote salió por primera vez de su casa al amanecer, y al anochecer llegó a la venta, donde veló sus armas, fue armado caballero y, de nuevo muy temprano, salió de ella. Pocas horas después se suceden los episodios de Andrés el apaleado y el de los mercaderes toledanos, del cual fue él quien salió apaleado y luego socorrido por el labrador vecino que lo trajo a casa. Es decir, desde que salió de su casa sólo ha pasado una noche fuera. ¿Por qué entonces el ama ha dicho tres días? En mi opinión, se trata de unos de esos hermosos juegos literarios (semejante al de la llegada a Barcelona que veremos con posterioridad) urdidos por Cervantes para conectar, de forma cifrada, el lenguaje externo con el profundo, pues don Quijote salió de su casa una mañana del mes de julio, concretamente un viernes, según se apunta en la venta (“acertó a ser viernes aquel día”), o sea que, para ser cierta la apreciación de los tres días del ama, don Quijote tendría que volver a casa un domingo, precisamente el día específicamente señalado en el Relato y la Vida como el de la invitación a Loyola para comer con los dominicos: “que os vengáis acá a comer el domingo” / “venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros” Esa comida señala el inicio de la prisión de Loyola en Salamanca, el momento histórico que ahora está parodiando Cervantes al poner en boca del narrador el interés de don Quijote por comer (“lo que más le importaba”), de forma que los tres días contados por el ama no se refieren al tiempo transcurrido en el lenguaje externo, sino a otro hipotético nacido de la relación entre ese lenguaje y las fuentes internas de la parodia, pues el tiempo en el Quijote es una abstracción formal sincronizada por Cervantes en función de los momentos de la historia y la novela.

CAPÍTULO SEIS

“Los efectos de la Inquisición más que en las biografías individuales se hicieron sentir en el estado general de ánimos, penetrando en lo más hondo del subsconciente colectivo”1

Los capítulos III, IV y V del Relato se centran fundamentalmente en la peregrinación hecha por Loyola desde Manresa a Jerusalén. En ellos se informa de sus primeras experiencias visionarias y de la sacrificada vida ascética que se impone. Después vuelve a España y, con su llegada a Barcelona, se inicia el capítulo VI. Aquí estudió durante dos años, hasta que sus propios maestros le recomendaron "que ya podía oír artes, y que se fuese a Alcalá" (R, 56) Poco después "se partió solo para Alcalá, aunque ya tenía algunos compañeros, según creo" (R, 56) Nada más llegar, el grupo de Loyola sobresale del resto de los estudiantes, pues además de mal vestidos se dedican a mendigar "Llegado a Alcalá empeço a mendicar y vivir de limosnas" (R, 56) También estudia, predica y da ejercicios espirituales: "Y estando en Alcalá se exercitaba en dar exercicios espirituales, y en declarar la doctrina cristiana: y con esto se hacía fruto a gloria de Dios. Y muchas personas hubo, que vinieron en harta noticia y gusto de cosas espirituales; y otras tenían varias tentaciones: como era una que queriéndose disciplinar, no lo podía hacer, como que le tuviesen la mano, y otras cosas símiles, que hacían rumores en el pueblo, máxime por el mucho concurso que se hacía adonde quiera que él declaraba la doctrina (R, 57) Loyola, un seglar, predica y practica un cristianismo basado en el amor al prójimo, el sacrificio y la oración, con lo que, indirectamente, pone en entredicho el comportamiento adocenado de los demás eclesiásticos. Los problemas comienzan, entre otras cosas, por su popularidad ("mucho concurso que se hacía adonde quiera que él declaraba la doctrina") y las extravagancias del grupo, vestidos con sacos y descalzos. Todo esto provoca "rumores en el pueblo" Enseguida la Iglesia, atenta al más mínimo movimiento ideológico, interviene en el asunto iniciando unos injustos y manipulados procesos que ponen en evidencia su función represiva "Como arriba está dicho, había gran rumor por toda aquella tierra de las cosa que se hacían en Alcalá y quién decía de una manera, y quién de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los quales venidos Alcalá, fue avisado
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Panorama social del humanismo español (1500-1800), Luis Gil Fernández, Ed. Tecnos, Madrid 1997, p. 439.

el pelegrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos" (R, 58) "Estudiante en Alcalá, [Iñigo] preludia ya su actividad de fundador con un apostolado espontáneo y seglar que no tarda en atraer sobre él sospechas de iluminismo. Por los mismos día en que Juan López de Celaín y el impresor Eguía tratan de reclutar apóstoles para los estados del Almirante, Iñigo y unos cuantos estudiantes pobres se hacen a su vez apóstoles, reparten limosnas gracias a la liberalidad de Diego de Eguía, hermano del impresor, y difunden una enseñanza religiosa que es mucho más moral que dogmática. Recomiendan la confesión y la comunión semanal. Pero habitúan a sus catecúmenos a la práctica del examen de conciencia y a la disciplina de los sentidos y de las "potencias" del alma; lo esencial de su enseñanza se refiere a los mandamientos de Dios y a los pecados mortales. En dos ocasiones, en 1526 y en 1527, son sometidos a interrogatorio en Alcalá. Quedan limpios de sospechas de iluminismo, pero se les prohibe enseñar antes de haber cursado tres años de estudio en la Universidad" 2 Aunque en los primeros interrogatorios de Alcalá los inquisidores no encontraron motivos suficientes para condenar a Loyola y sus compañeros, sí les obligaron a vestir de forma distinta cada uno, pues no eran una orden religiosa y no debían llevar un hábito que los identificara como tal. Pocos meses después la Inquisición "tornó a hacer pesquisa sobre ellos" "De ahí a otros 4 meses que él estaba ya en una casilla, fuera del hospital, viene un día un alguacil a su puerta, y le llama y dice: < Veníos un poco conmigo >>. Y dexándole en la cárcel, le dice: <<No salgáis de aquí hasta que os sea ordenada otra cosa>>" (R, 60) Esta es la primera ocasión en que Loyola es encarcelado y, según se deduce de su información, sin base incriminatoria "Diecisiete día estuvo en la prisión, sin que le examinasen ni él supiese la causa dello" (R, 61) Pero una vez iniciado, el proceso se alargó mientras los inquisidores analizaban los libros incautados "Desde el día que entró en la cárcel el peregrino, hasta que le sacaron, se pasaron quarenta y 2 días" (R, 61) Pasados estos días los jueces se pronuncian y Loyola escucha la sentencia "fué el notario a la cárcel a leerle la sentencia, que fuese libre, y que se vistiesen como los otros estudiantes, y que no hablasen de cosas de la fee dentro de 4 años que hoviesen más estudiado, pues que no sabían letras" (R, 62) Aunque la sentencia no es condenatoria y le excarcela, sí contiene una tajante prohibición de predicar, de ahí las dudas "Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado. Y en fin él se terminó de ir al arçobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa en sus manos" (R, 63) Por consejo de Fonseca, Loyola se marcha a Salamanca, según se cuenta al inicio del capítulo VII. A los 10 ó 12 días de estar allí3 le dijo un día su confesor dominico "<<Los Padres de la casa os querían hablar >>; y él dixo: <<En nombre de Dios >>.
Erasmo y España, Marcel Bataillon, Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid 1979, p. 214 "Apenas llega, junto con su fiel compañero Calixto, ambos llaman de nuevo la atención por sus extrañas ropas de peregrinos astrosos y por el carácter inspirado de su apostolado" Ib., p. 214
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<<Pues, dixo el confesor, será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas >>" (R, 64) Esta invitación de los dominicos, como sugiere el confesor, resultó una trampa pues, concluido el ágape, Loyola y su compañero Calixto son sometidos a un capcioso interrogatorio y a una ilegal detención en el convento, donde estuvieron varios días secuestrados y desde donde fueron conducidos directamente a la cárcel. Allí les interrogaron de nuevo y, tras tenerlos recluidos 22 días, conocieron la sentencia "la qual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4 años, que huviesen más estudiado" (R, 70) De nuevo otra sentencia no condenatoria les prohibía ejercer la labor de expresarse libremente y ejercitar su apostolado. Ante tantas obstrucciones Loyola decide marcharse a París, donde le ocurren los acontecimientos desarrollados en el capítulo VIII. En estos capítulos VI y VII, donde prácticamente no se emiten juicios de valor, se aprecia un interés especial de Loyola por dar a conocer estos sucesos. Ninguna etapa de su vida está descrita con tanto lujo de detalles, especificando años, días, nombres e incluso frases concretas. Todo con el objetivo de poner en evidencia los injustos procedimientos inquisitoriales, pues la información se centra fundamentalmente en detalles que delatan las irregularidades de unos procesos donde religiosos, especialmente dominicos, y jueces actúan impunemente amparados en un poder omnímodo4. En función del tiempo narrado son con diferencia los capítulos más extensos y también los más importantes, casi el objetivo central del Relato. Loyola podía imaginar, en ese año 1555 en que se escribe el Relato, sus consecuencias pero, o bien por respeto a la verdad, -aunque silencia, por ejemplo, las posibles lecturas de Erasmo-, o tal vez por influencias del martirologio, hizo que estos capítulos fueran la parte más meticulosa de su biografía. Actitud, en parte, un poco contradictoria, pues los jesuitas en esa época, como se ha dicho, ya habían aceptado cargos inquisitoriales en algunas provincias, y el Memorial recoge cantidad de detalles que demuestran cómo poco a poco la Compañía, fundamentalmente a partir de la confirmación en 1540, va perdiendo sus aspectos revolucionarios 5 En resumen, en Alcalá se les acusa, aunque sin pruebas ( "no se hallaba ningún error en su doctrina ni en su vida") de ensalayados e iluminados y se les amenaza con hacer carnicería en ellos. Se hacen "pesquisa y proceso de su vida" y, aun sin condenarles, les obligan a vestir de otra forma. Los encarcelan sin acusación ni orden y están 17 días en prisión "sin que le examinasen ni él supiese la causa dello". Después, con falsas excusas, se les vuelve a encerrar otros 42 días en la cárcel y se les prohíbe predicar. En Salamanca se repiten las mismas irregularidades procesales. Son apresados por unos religiosos que los entregan a la justicia y los encarcelan sin acusación
“Lo peculiar y nuevo de la Inquisición yacía en la sutil perversidad de sus procedimientos, en el misterio de sus pesquisas, en tener como base de sus juicios la delación y el chisme, y en combinar la rapiña y despojo de las víctimas con un pretendido celo por la pureza de la creencia” España en su historia, Américo Castro, Ed. Crítica, Barcelona 1984, p. 159. 5 "El Padre mandó que se llevase de casa los Savonarolas que habían traído los novicios; no porque sea malo el autor, sino por ser cosa en que se pone duda, según me dixo Polanco" "San Ignacio ya había prohibido a sus súbditos la lectura de las obras de Savonarola, al menos desde el año 1550; incluso en 1553 mandó quemar los libros de Savonarola que se hallaban en casa (Cf.Chron.III,24). Tal actitud contraria a este autor la mantendrá hasta su muerte" Memorial, o.c., p.173
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determinada. Pero además el Relato refleja las malas artes, la manipulación dialéctica que utilizan los dominicos en sus interrogatorios “se fueron con ellos en una capilla, y el soprior con buena afabilidad empeçó a decir quán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la postólica; y que holgarían de saber destas cosas más particularmente. Y así començó a preguntar qué es lo que habían estudiado. Y el peregrino respondió: <<Entre todos nosotros el que más ha estudiado soy yo >>, y le dió claramente quenta de lo poco que había estudiado, y con quán poco fundamento. Pues luego ¿qué es lo que predicáis? Nosotros, dice el peregrino, no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman. Mas, dice el frayle, <<¿de qué cosas de Dios habláis? que eso es lo que queríamos saber >>. <<Hablamos, dice el peregrino, quándo de una virtud, quándo de otra, y esto alabando; quándo de un vicio, quándo de otro, y reprehendiendo>> <<Vosotros no sois letrados, dice el frayle, y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o por el Espíritu santo. No por letras; ergo por Espíritu santo>>. Aquí estuvo el peregrino un poco sobre sí no le pareciendo bien aquella manera de argumentar; y después de haber callado un poco, dixo que no era menester hablar más destas materias. Instando el frayle: <<Pues agora que hay tantos errores de Erasmo y de tantos otros, que han engañado al mundo ¿no queréis declarar lo que decís?>>" (R, 64-65) Los dominicos, que tienen ya preparada su emboscada, probablemente a causa de la negligencia del propio confesor que también interviene como juez 6, se dirigen a ellos hipócritamente, adulándoles con una fingida admiración que la concisa prosa de Gonçalves va convirtiendo en una burda farsa jurídica para procesarlos: "con buena afabilidad [...] quán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres [...] holgarían de saber". El interrogatorio se convierte en una insidiosa estratagema, denunciada en el Relato como "aquella manera de argumentar". Hasta tal punto resulta indignante que Loyola, como ocurrió en la conversación con el moro, aunque casi por motivos opuestos, pierde por un momento los estribos: "Aquí estuvo el peregrino un poco sobre sí" En definitiva, estos dos capítulos reúnen cantidad de información reveladora de múltiples irregularidades jurídicas cometidas en nombre de la Iglesia y la Justicia. Se apunta, por ejemplo, una clara denuncia de cohecho, pues los dominicos, mientras los tuvieron detenidos ilícitamente en su convento y en la cárcel, "negociaron, según paresce, con los jueces" La versión hecha por Ribadeneyra sobre estos acontecimientos está regida por su deseo de congratularse con aquellos a los que el Relato denuncia. Y aunque no oculta en su libro los procesos seguidos a Loyola, uno de los objetivos esenciales de la Vida es descargar la narración de la fuerza reivindicativa del Relato, justificando las agresiones e injusticias de los dominicos e inquisidores como propias de nobles guardianes de la fe. La lectura comparada de estos capítulos del Relato y la Vida es absolutamente reveladora para comprender de una vez por todas los intereses y estrategias de ambos libros, así como los dos momentos históricos y filosóficos de la
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“El Padre propuso a Laynes, Salmerón, Madrid, si podía por un pecado mortal sabido en confesión despedir a uno en la Compañía, y respondieron que sí, si el despedir no muestra pecado mortal en la Compañía, pues hay muchas cosa que no lo son, por las quales se despide; y el Padre mostró primero haberlo hecho algunas veces". Ib., o.c., 396, día 3 de julio de 1555, p. 243

Compañía. Veamos la versión de Ribadeneyra sobre el encuentro en Salamanca con los dominicos “Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios. Íbase a confesar a menudo con un padre religioso de Santo Domingo de aquel insigne monesterio de San Esteban , y a pocos días díjole una vez su confesor que le hacía saber que los frailes de aquella casa tenían gran deseo de oírle y hablarle; al cual nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana, cada y cuando que se lo mandase. Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros; mas venid apercebido, porque mis frailes querrán informarse de muchas cosas de vos y os harán hartas preguntas. Fue el día señalado con un compañero, y después de haber comido los llevaron a una capilla, donde se hallaron con ellos el confesor y otros dos frailes, de los cuales uno era el vicario que gobernaba el monesterio en ausencia del prior. El cual, mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves: Mucho consuelo me da cuando oigo decir del ejemplo grande que dais con vuestra santa vida, y que no solamente os preciáis de ser bueno para vos, sino también procuráis que lo sean los demás, y que a imitación de los apóstoles andáis por todas partes enseñando a los hombres el camino del cielo. Y no soy yo solo el que desto me gozo, que también les cabe parte desta alegría a nuestros frailes; mas, para que ella sea mayor y más cumplida, deseamos oír de vos mismo algunas destas cosas que se dicen. Y lo primero que nos digáis qué facultad es la vuestra, y en qué estudios os habéis criado, y qué género de letras son las que habéis profesado? El padre con simplicidad y llaneza dijo la verdad de sus pocos estudios. Pues ¿por qué (dijo él) con tan poco estudio y con solas las primeras letras de gramática os ponéis a predicar? Mis compañeros y yo (dijo Ignacio) no predicamos, padre, sino, cuando se ofrece alguna buena ocasión, hablamos familiarmente lo que alcanzamos de las cosas de Dios. Y ¿qué cosas de Dios son esas que decís? que eso es lo que sumamente deseamos saber. Nosotros (dice) algunas veces hablamos de la dignidad y excelencia de la virtud, y otras de la fealdad y torpeza de los vicios, procurando traer a los que nos oyen a lo bueno, y apartarlos cuanto podemos de lo malo. Vosotros (dijo el vicario) sois unos simples idiotas y hombres sin letras (como vos mismo confesáis); pues ¿cómo podéis hablar seguramente de las virtudes y de los vicios? De las cuales cosas nadie puede tratar con seguridad si no es con teología y dotrina, o alcanzada por estudio, o revelada por Dios. De manera que, pues no la habéis alcanzado por estudio, señales que os la ha infundido inmediatamente el Espíritu Santo. Y esto es lo que deseamos saber cómo ha sido, y que nos digáis qué revelaciones son estas del Espíritu Santo. Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante. Y aunque el vicario todavía le quiso concluir con la pregunta del Espíritu Santo, y le apretó con vehemencia que le diese respuesta, no le dio otra sino esta: - Yo, padre, no diré más, si no fuere por mandado de superior a quien tenga obligación de obedecer. - Buenos estamos (dice el padre); tenemos el mundo lleno de errores y brotan cada día nuevas herejías y dotrinas ponzoñosas, ¿y vos no queréis declararnos lo que andáis enseñando?; pues aguardadme aquí un poco, que presto os haremos decir la verdad. Quédanse él y su compañero en la capilla, y vanse los frailes y mandan cerrar las puertas del monesterio; y de ahí a un poco, los pasaron a una celda. Tres días estuvo en aquel sagrado convento con grandísimo consuelo de su ánima. Comía en refitorio con los frailes, y muchos dellos venían a visitarle y a

oirle a su celda, que casi estaba llena de frailes; a los cuales él hablaba con mucha libertad y eficacia de las cosas divinas como era su costumbre; y muchos dellos aprobaban y defendían su manera de vivir y enseñar. Y asi el monesterio se partió como en bandos, aprobando unos y reprobando otros lo que oían de su dotrina. En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo. El cual, al cabo de los tres días, envió al monesterio su alguacil, y él llevó nuestro Ignacio a la cárcel con su compañero; mas no los pusieron abajo, adonde estaban los otros presos por comunes delitos, sino en lo más alto de un aposento, apartado, viejo, medio caído, muy sucio y de mal olor. Allí ataron a una gruesa cadena, larga de doce o trece palmos, a los dos presos, metiéndoles un pie a cada uno en ella tan estrechamente, que no podía apartarse el uno del otro para ninguna cosa. Y desta suerte pasaron toda aquella noche, velando y haciendo oración.” (Vida I, XV) Cervantes, que hasta el capítulo 5 ha ido siguiendo el orden cronológico del Relato, se salta prácticamente los números III, IV y V (en los que se narra la peregrinación de Loyola a Jerusalén) y continúa la parodia a partir de VI y VII. Su objetivo es hacer que este primer Quijote mantenga una estructura similar a la del Relato, con ocho capítulos en los que se incluyan fundamentalmente la parodia de las persecuciones sufridas por Loyola en Alcalá, Salamanca y París, precisamente la parte más manipulada por Ribadeneyra. La parodia recae, pues, sobre toda esa información de los injustos procesos seguidos a Loyola. Procesos reales, similares a otros muchos que finalizaron en la hoguera y que Cervantes transforma en una jocosa farsa crematística donde un grupo de ignorantes, conducidos por un cura, arroja libros al fuego sin prácticamente conocer su contenido. Todos coinciden en que los libros de caballerías son perjudiciales y causantes de la locura de don Quijote y, por tanto, merecedores del fuego, pero cuando les llega el turno a los libros de poesía hacen extensible el mismo criterio, convirtiéndose al final la ceremonia en un auto de fe contra la cultura, como ya había anunciado el cura al final del Capítulo 5 "Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fe que no se pase el día de mañana sin que dellos no se haga acto público" Los libros de caballerías, hasta aquí sustitutos paródicos de los libros piadosos, aparecen ahora como representantes de los libros prohibidos y de sus autores, en ocasiones también quemados como ellos. El título de este capítulo 6 apunta sus intenciones: "Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo". La librería de nuestro ingenioso hidalgo viene a significar la cultura, el conocimiento de nuestro famoso santo, muy influenciado por los libros durante gran parte de su vida, y acusado de iluminismo por la Inquisición en unos procesos donde autores y libros guardan un papel relevante. El epígrafe, como apuntan los referentes en negritas y el contenido general, parece inspirado en un fragmento de la Vida “los cuales hicieron con gran cuidado y diligencia escrutinio e inquisición de todo lo que se había dicho y publicado. Y finalmente, el año de 1546 a 11 de Agosto, pronunciaron la sentencia; por la cual habiendo declarado que los nuestros eran inocentes y libres de toda infamia, y honrándolos con muchas alabanzas, ponen silencio perpetuo al acusador y tramador de aquellas calunias,

amonestándole so graves penas, que mirase de allí adelante por sí, y se guardase de semejantes insultos” (Vida III, XIII) El capítulo 6 del Quijote comienza así “El cual todavía dormía. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana" Cervantes ha cambiado la escenificación y, en consonancia con la prisión de Loyola, sitúa estos hechos en interiores. Los actores han dejado sus primitivos papeles y, aunque siguen disfrazados de familiares y amigos, ahora van a actuar en representación de los distintos estamentos que sostienen la Inquisición, pues de la misma manera que los dominicos acusan y entregan a Loyola a los inquisidores, la sobrina suministra al cura, o sea a la Iglesia, las llaves de la biblioteca “de muy buena gana”7, una expresión procedente del fragmento de Ribadeneyra (“nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana”) y que funciona como referente formal indicador del lugar donde se centra la parodia, cuyo inicio, con la información del narrador sobre la llegada del cura y el barbero y la entrega de las llaves de la biblioteca, pone en evidencia el común acuerdo de todos desde el principio, y la relación de ese pensamiento común con el de Ribadeneyra “El no leer libro ninguno por elegante y docto que sea, que trate de amores deshonestos, ni de liviandades, ni que tenga cosa que pueda inficionar la puridad de los niños, ni quitalles la flor y hermosura de sus limpias ánimas. Que de leerse estos libros, se engendran en los ánimos tiernos y blandos vanas y torpes aficiones, y heridos dellas, vienen a desear y buscar lo que antes no sabían. Y por esto todos los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud. Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar” (Vida III, XXIV) El protagonismo de los libros y la justificación de su censura por el daño que provocan, viene prácticamente a coincidir con ese primer fragmento de este capítulo donde se acusa a lo libros de ser los autores del daño o locura de don Quijote. A ello puede añadírsele otro detalle también sugerente del desarrollo paralelo entre los procesos y el escrutinio: la llegada de Loyola a Alcalá de Henares y la información sobre sus lecturas "el año de 26 llegó Alcalá, y estudió términos de Soto, y phísica de Alberto, y el Maestro de las Sentencias" (R, 57) y sobre su relación con reputados erasmistas “Luego como allegó a Alcalá, tomó conoscimiento con D. Diego de Guía, el qual estaba en casa de su hermano 8 que hacía emprempta en Alcalá” (R, 57) En definitiva, después de estudiar en Barcelona, Loyola llega a Alcalá con la intención de completar sus estudios, aunque con una personalidad ya muy definida y encaminada hacia una nueva idea de la práctica religiosa más próxima a las ideas de Erasmo, con
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“Muy raramente los inquisidores iban en busca de los libros para censurarlos. Contaban con largas listas que los guiaban y eran los lectores, movidos por el celo religioso, quienes llamaban su atención sobre otros títulos. Para su censura se apoyaban en los calificadores o expertos, que usualmente eran teólogos pertenecientes a órdenes religiosas. En el período más temprano tendían a ser en su mayoría dominicos; hacia el siglo XVII, muchos eran frasciscanos y jesuitas. El sistema, si es que se le puede denominar así, era, como ocurre con todos los sistemas de censura, caprichoso. Se tomaban decisiones completamente arbitrarias y los censores se contradecían a menudo unos a otros” La Inquisición española, H. Kamen, Ed. Crítica, Barcelona 1999, p. 116. 8 Miguel de Eguía, editor en Alcalá de las obras de Erasmo.

cuyos discípulos se relaciona y con los que coincide en su crítica a la Iglesia tradicional. Pero pronto esta Iglesia va a reaccionar y a defenderse mezclando en un mismo saco a las teorías heréticas derivadas del protestantismo y a cualquier tipo de crítica o doctrina no ortodoxa9, persiguiendo no sólo a los libros, sino especialmente a sus autores y seguidores. Un claro ejemplo de este cambio de actitud es, precisamente, el caso de Loyola, llegado a Alcalá sobre julio de 1526 y perseguido por la Inquisición ya a principios de noviembre de ese mismo año. Esa escalada del ambiente totalitario ya fue evocada por Cervantes en el último párrafo del capítulo 5 "Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir" (QI,5) donde las “mil preguntas” se corresponden con los grandes interrogatorios seguidos a Loyola y con su posterior prisión, paralela al estado de inmovilidad de don Quijote en los inicios de este capítulo 6 (“El cual todavía dormía”), mientras los inquisidores analizan su libro de los Ejercicios "Y algunos días después fué llamado delante de quatro jueces los tres doctores, Sanctisidoro, Paravinhas y Frías, y el quarto el bachiller Frías, que ya todos habían visto los Exercicios" (R, 68) El número de censores, cuatro, coincide con los cuatro personajes (ama, sobrina, cura y barbero) encargados de realizar el escrutinio de la biblioteca. En los interrogatorios, según el Relato, se les pregunta de todo, entre otras cosas de sus "Exercicios", pero curiosamente -aquí la nota perspicaz Gonçalves-Loyola- de sólo un tema aparecido al principio. Es decir, Loyola tiene la sospecha de que no han leído el libro completo, que lo acusan sin fundamento "Antes desto, quando hablaban de los Exercicios, insistieron mucho en un solo punto, que estaba en ellos al principio" Este matiz, "que estaba en ellos al principio", también lo parodia Cervantes, pues aunque el propósito del cura es ir viendo uno a uno los libros "para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego", la fogosidad de la sobrina y del ama, ansiosas por quemarlos todos, reduce el escrutinio a la lectura de los títulos. A lo largo del capítulo Cervantes omite constantemente el sujeto "libros", dotando a casi todas las frases de doble sentido, de una referencia velada a las muchas personas condenadas por la Inquisición en base a un tipo de acusaciones similares a las aquí escuchadas: "algunos que no mereciesen castigo de fuego", "la muerte de aquellos inocentes", "dogmatizador", "esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba", "¿Quién es ese tonel?", "Ya conozco a su merced", "tenedle recluso en vuestra posada"10
“Los santos y sabio Prelados de los primeros siglos nunca se entrometieron sino en censurar los libros dogmáticos, nunca auxiliaron la censura, ni aun con penas Eclesiásticas; y menos se entrometieron en censurar libros, que nada tenían con el dogma, ni en fulminar penas temporales contra los que despreciasen la censura de los dogmáticos. Los actos de prohibir la retención de libros, el comercio de ellos, condenarlos al fuego, imponer penas pecuniarias, de degradación, confiscación, infamia, y otras temporales, que posteriormente se inventaron contra los Autores, Lectores, Impresores, y sus cómplices, nunca correspondieron al Sacerdocio, mientras que los siglos de la ignorancia no le confundieron con el Imperio, ni lo serán mientras prevalezca la verdad contra la impostura”. Deducción cronológica, Joseph Seabra de Silva, Madrid 1768, tomo III, p. 3.
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"Al hablar de algunos libros parece que el autor les da alma y vida como si fueran personas; así dice: <<...el bueno de Esplandián fué volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le

El ama11 y la sobrina actúan durante todo el escrutinio como representantes12 del pueblo supersticioso y tan manipulado por la Iglesia13 que, aun sin entender de nada14, es quien aviva los procesos15 Una vez que los cuatro están dentro de la biblioteca, el ama va enseguida a buscar agua bendita y un hisopo que entrega al licenciado “volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo: -Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo. Causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego. -No -dijo la sobrina- no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojallos por las ventanas al patio y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo. Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos.Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:

amenazaba;>> cuya acción retrata muy al vivo á los mártires de la intolerancia sacerdotal que iban impávidos á la hoguera", Polinous, o.c., p.90. 11 "En el ama vemos á la supersticiosa sociedad del siglo XVII, que acude llena de espanto con el hisopo y el agua bendita para ahuyentar á los malos espíritus; y de cuya simplicidad se rie el sacerdocio engañador", Ib., p. 88. 12 "Hacia mediados del siglo XVI se inicia el gran repliegue defensivo de la Iglesia católica, cuyos efectos aún se notan un siglo más tarde. En España la reacción fue violenta, y la persecución del ideal erasmista, su más dramático episodio; en los demás países católicos la Iglesia fue tan lejos como se lo permitió la resistencia con que tropezó. En España no encontró Roma prácticamente el menor obstáculo, por ser escasos y débiles los núcleos de pensamiento antipopular; y así pudo constituirse la <<democracia frailuna>> de que habló Menéndez Pelayo". El pensamiento de Cervantes, Américo Castro, Ed. Noguer, Barcelona 1980, p. 248 “el Auto de Fe se anunciaba el domingo precedente al de su celebración, anuncio que se hacía en las iglesias, con el encarecimiento de la asistencia general. En este sentido, la presencia del pueblo era multitudinaria para evitar la sospecha de herejía que podía recaer sobre el ausente por el simple hecho de faltar” El Auto de Fe, Consuelo Maqueda Abreu, Istmo/Madrid, 1992, p. 20. 14 “Uno de los fines primordiales de la Inquisición era la vigilancia de la impresión e introducción de libros. En el año 1551 aparece por primera vez el Index expurgatorius, y en 1558 se precisa por un decreto la fuerza efectiva del mismo; es decir, que todo el que compre, venda o retenga un libro prohibido, incurre en pena de muerte. Con la creciente difusión del libro, creció naturalmente, de un modo enorme, la labor censoria de la Inquisición y como consecuencia se siguió que, para el examen y aprobación de los manuscritos presentados, eran encargados en muchos casos organismos subordinados y, consecuentemente, personas, que, en parte no estaban capacitadas precisamente para ser censores de libros y que, en parte, procedían ateniéndose a normas muy distintas de las que requería su misión. Así se explica el para muchos enigmático fenómeno, de que, frecuentemente, las cosasa más groseras y absurdas pasaban sin impedimento alguno, mientras, al mismo tiempo, la severa férula de otro censor condenaba insignificantes e inofensivas nimiedades” Introducción al siglo de oro, Ludwig Pfandl, Visor libros, Madrid 1994, p. 82. “Tras de la Inquisición no había plan doctrinal de ninguna clase, sino el estallido furioso de la grey popular, al que sirvió de explosivo el alma envenenada de muchos conversos” España en su historia, o.c., p. 519.
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-Parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de éste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego" El tono seudo religioso lo introduce el ama llevando, por temor a los encantadores y actuando como acólito, agua bendita para que el cura exorcice los libros. La risa del cura (“Causó risa al licenciado la simplicidad del ama”) no deja tampoco de ser irónica, puesto que son ellos quienes, precisamente, transmiten a la sociedad esas supersticiones16 y creencias sobre poderes milagrosos del agua 17. Lógicamente el cura no parece reírse de la creencia del ama en el agua bendita sino en los encantadores (“algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y no encanten”), que a fin de cuentas son también producto del miedo 18 inculcado al pueblo por la Iglesia. Nada dice el narrador sobre si el cura cumple o no los deseos purificadores del ama, aunque se supone que lo hace antes de pedirle al barbero que vaya pasándole los libros uno a uno "pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego" El cura es, por licenciado, el maestro de ceremonias que perdona o condena el futuro de cada libro, aunque ignore su contenido, pues desde el principio el propósito es quemarlos todos, salvo alguno “que no mereciese castigo” Después interviene exaltada la sobrina, que culpa a todos los libros de dañadores y por tanto merecedores del fuego 19. Se supone que se refiere a los libros, que son el sujeto omitido, pues separado de su contexto, el párrafo de la sobrina puede también leerse como alegato contra las personas: "no hay para qué perdonar a ninguno" Igual ocurre con la ambiguas palabras del ama: "Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes" Ama y sobrina están dispuestas a que ardan todos sin miramientos, con lo cual el escrutinio se inicia con un ambiente tan enrarecido que el primer libro, Los cuatro de Amadís de Gaula, es, en principio, condenado al fuego como "dogmatizador de una secta tan mala" "Dogmatizador" y "secta" debieron ser algunas de las acusaciones imputadas a Loyola y sus compañeros, cuyos procesos se iniciaron siempre a causa de murmuraciones y campañas de intoxicación promovidas por determinados sectores eclesiásticos: "quién decía de una manera, y quién de otra" (R, 58). Pero ¿por qué al
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A mediados del siglo XVI y, prácticamente, hasta el XX, “se impuso una progresiva desvalorización del elemento intelectual a favor de factores puramente afectivos: moralidad ñoña y asustadiza, supervaloración de los milagros, las reliquias y otros fenómenos externos, propios de una religiosidad superficial” Historia de España Alfaguara, o.c., p. 239

“el vio por sus ojos traer al padre Francisco muchos enfermos de varias enfermedades, y que en haciendo sobre ellos la señal de la Cruz, o echándoles un poco de agua bendita, a la hora quedaban todos sanos; y así decía que los Japoneses le tenían por más que hombre, y como cosa enviada del cielo” (Vida IV, VII)
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“Ningún paso del Auto de Fe deja de estar calculado y medido hasta su más mínimo detalle para lograr doble efecto: miedo/dolor y exaltación religiosa. Los sentidos juegan un enorme papel en la contemplación de la imagen, con un fin primordial que repiten hasta la saciedad los inquisidores: prestar reverencia a la divinidad, glorificar a Dios, en el que encuentran la justificación que hace válido el espectáculo cotidiano de la ciudad hasta convertirla en un espacio teatralizado” El Auto de Fe, o.c., p. 206. 19 "Cuando la Sobrina sugiere que el fuego se haga en el corral para que no ofenda el humo, hasta puede interpretarse como una alusión amarga a la costumbre de situar los quemaderos humanos fuera de la ciudad para evitar la contaminación de la atmósfera urbana". El Quijote de Cervantes, (Stephen Gilman), o.c., p.128.

cura le "parece cosa de misterio" que el primer libro que analizan sea también el primero de caballería que se imprime en España?. O es muy supersticioso y se asombra de cualquier casualidad, algo impropio de un religioso, o realmente está pensando en otro misterio sólo por él conocido, pues casualmente Amadís de Gaula es también el primer y único libro de caballerías citado en el Relato y, además, Cervantes asocia en varias ocasiones a Amadís con Loyola, que en Alcalá y Salamanca ha sido acusado de dogmatizador y primer representante de una nueva secta cuya intención era propagarse. En ese sentido, podría aplicarse a Loyola los acertados razonamientos de S. Gilman: "Lo que el Cura está comentando no es la mera rareza del libro, sino, más bien, su misterioso poder para engendrar: el hecho de que sea el "principio y origen" de un "género". Y ya que ésta es "cosa de misterio", despierta las sospechas por parte de la Iglesia, casi como si se tratase de una bruja o de un encantador. El Amadís tenía, en efecto, una capacidad tan extraña para propagarse en secuelas e imitaciones que el Cura lo compara con un "dogmatizador" de una secta herética. La conciencia que el Cura tiene acerca del "misterio" literario del texto justifica que acepte la anterior petición de la Sobrina de realizar un auto de fe entre las llamas. Habla como inquisidor y juzga con el carácter implacable que le es propio"20 Sólo la intervención del barbero, que parece no haberlo leído21 ("he oído decir"), salva al Amadís de la hoguera, en la que van cayendo los restantes con el acuerdo unánime de todos, "lo cual expresa Cervantes con una monotonía igual a la que resulta de la emisión de votos en un juicio" 22 "-Pues vayan todos al corral -dijo el cura-, que a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante. -De ese parecer soy yo -dijo el barbero. -Y aun yo -añadió la sobrina. -Pues así es -dijo el ama-, vengan, y al corral con ellos" La frase del cura permite de nuevo la lectura profunda, pues si el "padre que me engendró" se lee en su sentido espiritual, lo que el cura esta diciendo es que cualquier religioso que aparezca "en figura de caballero andante", es decir, como heterodoxo, será condenado al fuego. ¿No es esa la actitud de Ribadeneyra y los jesuitas respecto a su padre-fundador?. Precisamente la expresión está inspirada en otra semejante de la Vida referida a Loyola “Pero ¿qué diré de otra razón, que aunque la pongo a la postre, para mí no es la postrera? Esta es un piadoso y debido agradecimiento y una sabrosa memoria y dulce recordación de aquel bienaventurado varón y padre mio que me engendró en Cristo, que me crió y sustentó, por cuyas piadosas lágrimas y abrasadas oraciones confieso yo ser eso poco que soy” (Vida, A los hermanos) El escrutinio continúa "Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El Caballero de la Cruz. -Por nombre tan santo como este libro tiene se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir <<tras la cruz está el diablo>>. Vaya al fuego"
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La novela según Cervantes, Stephen Gilman, Ed. Fondo de Cultura Económica, México 1993, p.146. "Se nos dice, por ejemplo, con toda claridad que ni el Cura ni el Barbero saben realmente de qué están hablando. Imitando a ciertos inquisidores, ambos juzgan sobre la base del <<según he oído decir>>. Y cuando el acusado es perdonado no se levanta la sentencia, sino simplemente se suspende: <<se le otorga la vida por ahora>>. Cervantes aquí emplea la temible fraseología oficial para hacernos intuir el estado de continua zozobra en que el libro-persona (igual que las víctimas de carne y hueso) ha de seguir viviendo” 22 Polinous, o.c., p. 89.

El sentido de esa frase es muy semejante al del siguiente fragmento de la Vida “Eran muy diferentes y aun contrarios los pareceres de las gentes que tomaban materia de hablar, así por ver estos hombres en compañía, como por el concurso grande de gente que se les llegaba a oír a Ignacio, y no menos viendo el fruto claro que se cogía del ejemplo de su vida y de su dotrina. Y así se hablaba deste negocio en el pueblo (como se suele) según que cada uno sentía, quién defendiendo, quién acusando, y en lo uno y en lo otro había exceso, así de los que decían bien, como de los que decían mal” (Vida I, XIV) Loyola y sus compañeros fueron condenados de forma muy parecida a como, simbólicamente, se ha hecho con el libro del Caballero de la Cruz, pues de entrada, por sólo su título, iba a ser perdonado, aunque repentinamente, y también sólo por culpa de una nueva interpretación del título, ha sido definitivamente condenado al fuego. El referente formal es ese “se suele” existente de forma análoga en ambos textos. La postura dogmática y represora de la Iglesia se sugiere con la respuesta del cura sobre el libro “Espejo de caballerías” “-Ya conozco a su merced –dijo el cura-. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín, y en verdad que estoy por condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno, pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza. -Pues yo le tengo en italiano -dijo el barbero-, mas no le entiendo. -Ni aun fuera bien que vos le entendiérades -respondió el cura" El cura propone una nueva fórmula de condena (“destierro perpetuo”) y además muestra un temperamento caprichoso y dogmático con sus gustos. De nuevo las palabras en negrita vuelven a aparecer concentradas en un párrafo de la Vida “En el florentísimo reino de Francia, demás de la sangre que se ha derramado en tantas batallas, siendo vencedora la parte de los católicos, muchas veces han conjurado los herejes contra los reyes cristianísimos Francisco II y Carlo IX, y urdido tales traiciones y tejido tales telas y engaños, que sin duda no se pudieran destejer, ni ellos escapar con la vida, si nuestro Señor, con ojos de piedad, no hubiera mirado por aquel poderoso, nobilísimo y cristianísimo reino, e inclinádose a las lágrimas, sospiros y plegarias de tantas ánimas santas que en él hay. Y pasó tan adelante la desvergüeza y rebelión, que los hugonotes coronaron por rey a Ludovico Borbón, príncipe de Conde, su caudillo, el cual batió moneda de oro con esta letra: « Ludovicus XIII, Dei gratia Francorum Rex primus Christianus » . Que es título arrogantísimo e injuriosísimo a toda la corona de los cristianísimo reyes de Francia, pues da a entender que todos ellos han sido infieles y que él es el primero rey cristiano de Francia” (Vida II, XVIII) Además del contenido condenatorio y las coincidencias formales, vemos que el fragmento de la Vida está dirigido a los problemas de los reyes de Francia, también aludidos en la siguiente intervención del cura, donde introduce una nueva modalidad de condena “Digo, en efeto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos”

La intención del cura es que esos libros, así como las teorías protestantes, se oculten en un pozo seco donde ni se vean ni germinen sus doctrinas. Una condena que, en parte, coincide con la impuesta por la Inquisición a Loyola , según se lee en el capítulo de la Vida que está sirviendo de núcleo general para la parodia del escrutinio “que, pues no habían estudiado teología (cual siempre nuestro padre claramente confesaba),en los cuatro años siguientes no tratasen de enseñar al pueblo los misterios de nuestra santa fe católica, hasta que con el estudio tuviesen más conocimiento y noticia dellos” (Vida I, XIV) Aunque hay cierto paralelismo entre el contenido de la frase cervantina y el de la Vida, quizás lo más destacado en este caso sea la forma en que Cervantes está trabajando, más alejada de la evidencia que en los capítulos anteriores y buscando sólo pequeños y sugerentes matices. “Todo lo confirmó el barbero y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo” El narrador no sólo apunta la ignorancia del barbero aprobándolo todo, sino su buena fe y confianza en la Iglesia. Es simplemente un ejemplo de esos lectores de vidas de santos dispuesto a creer todo cuanto leen por el solo hecho de estar escrito por quienes, según su religión, no deben mentir. En ellos se depositó esa confianza, perfectamente reflejada por Cervantes en la absoluta autoridad puesta en manos del cura para absolver o condenar a cada libro. Un poder que, como todos los totalitarismos, pierde sus escrúpulos a medida que se afianza, como simbólicamente queda reflejado en ese giro del cura cuando abandona su análisis minucioso y particularizado para dar paso a una condena generalizada "Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan. -No, señor compadre -replicó el barbero-, que este que aquí tengo es el afamado Don Belianís. La intervención del barbero ("un oficio de dignidad casi profesional -ya que es, por decirlo así, el médico de la aldea") consigue el perdón de Don Belianís, aunque no "se siente bastante seguro de sí. Si se atreviera, y supiera, se encargaría de defender a los culpables ante el fiero inquisidor. Pero no se atreve, y así va entregando los libros al brazo clerical pasivamente, acompañados de la mera mención de sus nombre, sin otra observación ni crítica” 23. Aunque no lo dice abiertamente, Madariaga apunta el doble sentido procesal del escrutinio e, indirectamente, menciona el complot de la Iglesia y el carácter simbólico del texto, donde Cervantes parodia hasta los injustos detalles de compadreo entre dominicos e inquisidores que se deducen del Relato "tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no lo dejéis leer a ninguno" Curiosamente, hasta el mismo Loyola se verá después obligado a realizar una labor semejante “no fue hasta 1555 cuando se dieron instrucciones a los colegios de la Compañía para hacer escrutinio de los libros: y los de Erasmo y Vives no se condenaron en esa ocasión al fuego, sino que se pusieron aparte en espera de que el General tomara una decisión al respecto”24 “Nadal a San Ignacio, Padua, 19 de julio de 1555: <<Veo todos los libros, y aparto los que se han de apartar; y si no fuessen heréticos no les cremaré, sino
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Guía del lector del Quijote, Salvador de Madariaga, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1967, p.37. Erasmo y España, M. Bataillon, o.c., p. 548.

se ternán aparte hasta que V.P. mande qué se hará de ellos; como de Erasmo, Vives, etc.>>”25 Cada gesto del escrutinio parece remitir a cualquiera de aquellas múltiples formas de censura o al comportamiento de los censores, de forma que, tras ese aparente humor cervantino, se oculta la cruel realidad 26, como ese amiguismo o falta de interés y profesionalidad de quienes "sin querer cansarse más" incumplen sus labores indagatorias "Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral" El cura, por pereza, condena en este caso a los libros por tamaño, y el ama ejecuta dichosa la orden "No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco" Cuando ya todos han sido condenados, la casualidad hace que ante el barbero caiga la Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, al que el cura, poco a poco revelado como un lector empedernido, en paralelo con la labor de los censores, define como "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos" y al que, por su estilo, considera "el mejor libro del mundo". Es decir, en cuanto reparan en alguno de los reprobados, o en cuanto alguien cae suplicante a los pies de uno de los jueces, aparece por lo menos la opinión, el juicio sobre él, aunque en este caso, tras múltiples elogios al Tirante, el cura condena a su autor y salva al libro. La destacada presencia en el escrutinio, tanto del Tirante como del Amadís, quizás se deba a la enorme repercusión de estos dos libros en la vida de Loyola. Ya en el primer capítulo del Relato vimos esa gran influencia que los libros de caballería ejercieron en él, fomentando su espíritu altruista y aventurero y el cambio del caballero idealista hacia el religioso. A esta transformación debió contribuir notablemente, además de Amadís 27, con quien en parte se identifica, el conde Guillén de Varoyque, personaje central de los primeros capítulos del Tirante el Blanco. Este conde le anuncia inesperadamente a su mujer que ha tomado la decisión de dejar su casa y viajar en peregrinación hasta Jerusalén. Convoca a sus sirvientes para comunicarles la noticia, agradecerles sus servicios y repartir generosamente entre ellos una buena cantidad de dinero. Parte sólo con un escudero y, pasado un tiempo, llegan a Jerusalén, donde permanecen hasta cumplir sus promesas y visitar los santos lugares. Después vuelven y, en Venecia, el conde entrega a su escudero los dineros sobrantes y se despide de él, pidiéndole que vuelva a su tierra y anuncie su muerte. Pasado un tiempo el conde vuelve a su tierra
Epistolae Nadal, Madrid, 1898, t.I, p.317, citado por Bataillon, p. 548. “escudriñaron en todas las Librerías cuantos libros hallaron en ellas de loable, y sana doctrina, para secuestrarlos, y consumirlos; y fueron introduciendo luego en lugar de ellos todos los otros libros corrompidos, y sediciosos, que habían abortado, y fueron abortando sus pestilenciales, y mortíferas Escuelas: de suerte, que después de aquel fatal año de 1624 quedaron los Portugueses igualados con los Malabares, Chinos, Japoneses, Negros de África, e Indios de la América, como llevo dicho; esto es, leyendo solamente lo que los mismos Jesuitas les permitieron que leyesen; y por necesaria consecuencia creyendo solamente lo que servía a los Jesuitas que creyesen, so pena de ser notados de herejía; o a lo menos, de mal afectos a la Santa Madre Iglesia”. Deducción cronológica y analítica, o.c., p. XXI. 27 “Loyola y sus compañeros enfrentándose a un ejército mucho más númeroso gracias al ánimo que él les infunde, recuerda totalmente a Amadís, seguido por sus compañeros acobardados ante el ejército (capítulo VIII, donde además llora durmiendo) Amadís de Gaula I, Garci Rodríguez de Montalvo, Edición J.M. Cacho, Ed. Cátedra, Madrid 1987, p. 312 y s.
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“con los cabellos largos hasta las espaldas e la barba hasta la cinta, toda blanca, y vestido del hábito del glorioso San Francisco”. Estos sucesos están brevemente narrados en las primeras páginas de la obra, donde se cuenta también cómo estando el rey de Inglaterra cercado por un ejército árabe y sin posibilidades de salvarse, se encontraba tan afligido y lamentoso que “puso la cabeça sobre la cama y parecióle que vía entrar por la puerta de la recámara una donzella de grandíssima hermosura, vestida de damasco blanco, con un niño pequeño en los braços, y otras muchas donzellas que venían tras ella cantando: Magnificat anima mea, etc”28. Una visión de la Virgen con el niño muy parecida a la que también tuvo Loyola, de forma que, en los prolegómenos del Tirante, puede decirse que se encuentran concentrados una serie de hechos que recuerdan totalmente los inicios del Relato y, en general, una gran influencia en el comportamiento y en las decisiones tomadas por Loyola tras ser herido en la pierna. ¿Tienen los elogios realizados por el cura al Tirante, “es éste el mejor libro del mundo”, algo que ver con esa influencia 29 que, seguramente, no pasó inadvertida a Cervantes? Una vez acabados los libros de caballerías, el escrutinio prosigue con los de poesía, de los que también demuestra el cura bastante conocimiento y a los que piensa librar de la hoguera "Estos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho; que son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero" Pero este sólido criterio se ve modificado enseguida después de la espoleante arenga de la sobrina "¡Ay, señor! -dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza" Tras el estímulo de la sobrina, el cura cambia rápidamente de parecer y se reencuentra con su labor censora "-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión de delante" Esta mala opinión de la sobrina contra los poetas tampoco parece propia de ella, sino inspirada en la tradición de la Iglesia contra todo lo profano, como demuestra Ribadeneyra “Porque, habiendo el miserable y desventurado Martín Lutero (siendo fraile) dejado los hábitos de su religión y con ellos la vergüenza y temor de Dios, y casádose incestuosa y sacrílegamente con una monja, y hecho dello pública fiesta y regocijo, comenzó a alzar bandera, tocar cajas y hacer gente contra la Iglesia Católica. Acudieron luego a él los hombres profanos, desalmados y perdidos amigos de sí mismos, sobervios, altivos y deseosos de novedades, y entre ellos un buen número de poetas livianos, de oradores maldicientes, de gramáticos presumptuosos y temerarios, los cuales dieron en escribir canciones, versos, rimas y comedias, alabando lo que decía y hacía su maestro y capitán

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Tirante el Blanco, J. Martorell, Edición M. de Riquer, Ed. Planeta, Barcelona 1990, p. 20 y sgts. “Como muchos hombres de su época, vivió intensamente lo leído, de la misma manera que los ideales caballerescos juveniles arraigaron de tal modo en su personalidad, que persisten de una manera u otra a lo largo de su existencia, como reflejan sus escritos. La literatura de la época no explica totalmente la <<mutación>> y la evolución posterior del fundador de la Compañía, pero tampoco sería comprensible sin unos modelos literarios, a veces claramente imitados.” Cacho, o.c., p.157.

Lutero, y burlándose de las tradiciones apostólicas y ritos, cerimonias y personas eclesiásticas” (Vida II, XVIII) “Lo mismo han hecho los Luteranos en Alemania, y los Hugonotes en Francia en nuestro tiempo, para dilatar sus errores y herejías, haciendo componer muchos versos y oraciones elegantes, a Poetas y oradores doctos, contra el Papa, y contra los eclesiásticos, y contra las verdades Católicas, para que aprendiéndolas, y decorándolas los niños, bebiesen dulcemente la ponzoña, y sin sentir se criasen con ella y con el aborrecimiento de la verdad, y teñidos en lana, no pudiesen perder la color” (Vida III, XXIV) Al primer libro de poesía escrutado, La Diana de Montemayor, el cura le aplica una nueva fórmula de censura. A los de caballerías se les condenaba al fuego o se les recluía, a estos de entretenimiento se les limpia o expurga 30 "se le quite todo aquello que trata de" "menester es que este libro se escarde y limpie" Un procedimiento, según Ribadeneyra, utilizado por la Compañía en sus colegios “Y por esto todos los Santos aborrecen tanto la lección de semejantes libros, como dañosos, y pestilentes, y destruidores de toda virtud. Y la Compañía, viendo que hay algunos dellos buenos para aprender la lengua Latina, y malos para las costumbres, los ha limpiado, corregido, y reformado, cortando lo malo dellos, para que no dañen, y dejando lo que sin peligro y sospecha puede aprovechar” (Vida III, XXIV) Da la sensación de que el cura tiene un lío mental parecido al de don Quijote, pues no es sólo un lector furibundo sino que a veces no sabemos si él mismo distingue entre realidad y ficción "-Por las órdenes que recibí -dijo el cura-, que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia" Es curioso que en este párrafo y sin ninguna necesidad, simplemente estimulado por su entusiasmo, el cura llega a jurar "Por las órdenes que recebí", aportando un rasgo más a esa personalidad exaltada de hombre muy temperamental y con tendencia a juzgar todos sus criterios como infalibles: Tirante el Blanco es "el mejor libro del mundo", Los diez libros de Fortuna de Amor son "el mejor y el más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo" , El Pastor de Fílida "guárdese como joya preciosa". Sin olvidar ese cortesano detalle de codiciar una "sotana de raja", o la tendencia a llevarse cualquier cosa gratis, "Dádmele acá, compadre", en este caso un libro que "Púsole aparte con grandísimo gusto". En general, casi todos los detalles aislados sobre el cura a lo largo del capítulo nos lo representan como una persona muy ajena a la humildad y comprensión propias de un eclesiástico cristiano, y cercana a la idea del poderoso inquisidor. -Pues no hay más que hacer -dijo el cura- sino entregarlos al brazo seglar del ama; y no se me pregunte el por qué, que sería nunca acabar” El lenguaje procesal utilizado durante todo el escrutinio ("condenar al fuego", "perdonar", "se le otorga la vida por ahora", "ejecutaba lo que le era mandado", "no
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"el Index librorum prohibitorum, llamado de Quiroga, que apareció en 1583-84. A diferencia de otros índices, los españoles contienen dos listas de libros: los prohibidos y los que, para poder ser leídos, debían ser previamente expurgados" Larousse.

hallo en él cosa que merezca venia", "condenarlos no más que a destierro perpetuo", "perezcan", "tenedle recluso") se ve complementado con este "brazo seglar" que refuerza de nuevo la intención simbólica del texto, donde ama y sobrina, con su apoyo y entusiasmo, han desempeñado realmente el papel de verdugo, ejecutor de los dictámenes eclesiásticos31. La expresión se encuentra también en la Vida “pongan silencio a cualesquier contrarios y rebeldes con censuras eclesiásticas y con otros oportunos remedios del derecho, sin que les valga apelación y agravien las dichas censuras, guardando los términos debidos, e invoquen también para este efecto, si fuere necesario, el auxilio del brazo seglar, no obstante las constituciones y ordenaciones apostólicas, y todas las cosas que nuestro predecesor quiso en sus letras que no obstasen, y todas las otras cosas contrarias, cualesquiera que sean” (Vida III, XXI) La frase contiene además otra fina matización con la que Cervantes prosigue su juego de doble lectura, pues ese "no se me pregunte el por qué" esconde una alusión muy sagaz al deseo de la Iglesia católica de ejercer justicia sin cortapisas. Es decir, el barbero le entrega al cura unos libros para que los examine, pero él pretende que sin dudar de su criterio y sin siquiera comentarlo, se ejecute su sentencia. La Iglesia, como ocurre en los procesos a Loyola, se permite acusar, encarcelar y juzgar, y exige libertad absoluta para sus actuaciones. En ese sentido se entiende la reflexión del narrador ya comentada “Todo lo confirmó el barbero y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo” Ya casi finalizando el expurgo, Cervantes introduce otra solapada crítica al favoritismo, pues el cura, a pesar de que piensa lo contrario, salva del fuego algunos libros, como Tesoro de varias poesías, simplemente porque "su autor es amigo mío", igual que hace con El Cancionero de López Maldonado, "También el autor de ese libro -replicó el cura- es grande amigo mío" “Pero ¿qué libro es ese que está junto a él? -La Galatea de Miguel de Cervantes –dijo el barbero -Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete: quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada" Sólo comentar de tan estudiado párrafo el nuevo matiz jurídico-procesal que introduce el cura, "tenedle recluso en vuestra posada", y que recuerda lo sucedido a Loyola durante sus procesos en Alcalá y Salamanca, donde estuvo recluido en el convento sin estar acusado de nada. No obstante, esa mención a La Galatea tal vez oculte algunos problemas por ahora desconocidos pues, como se verá más adelante, es la obra con la que Cervantes inicia su guerra particular contra los jesuitas. Tal vez por eso sugiera el cura, solapadamente, la necesidad de enmienda. "Cansóse el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las lágrimas de Angélica.

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"El expurgo de libros parece un auto de fe, y más si tenemos en cuenta que el cura representa la Iglesia -o la Inquisición- y el Barbero, el Ama y la Sobrina el pueblo acusador". Los encantadores de don Quijote y su crítica literaria, Ricardo López Landeira, Anales cervantinos XII, CSIC, 1973, p.118.

-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de Ovidio" Con estos párrafos del narrador y el cura finaliza el capítulo 6, dejando, además de la divertida escena, una sensación de abuso de poder32. Han entrado en la biblioteca de don Quijote y, sin autoridad para disponer de sus bienes, le han despojado de lo que, según ellos, es la causa de su locura. El narrador introduce también un término militar, "carga cerrada", que además de reforzar la improcedencia del escrutinio, complementa un cuadro de poderes fácticos sometidos al criterio único del clero. La farsa se inspira, pues, en los juicios manipulados que Loyola y sus compañeros, acusados por otros religiosos, padecen en Alcalá y Salamanca. En ellos la Iglesia católica jugó el mismo papel representado por el cura en la novela, con el apoyo incondicional de los distintos estamentos que, debido a su ignorancia y buena fe, estimulan la función represora de un cura caracterizado como supersticioso, apasionado, déspota, mundano y muy perezoso, y también como responsable, en última instancia, de unas ejecuciones contrarias a la religión y al derecho. "En fin, en este capítulo, mostrándose Cervantes discreto censor, aparece el sacerdocio como juez arbitrario y sañudo, cuyos mandatos ejecutan sumisos el ama, la sobrina y el barbero, cuando no gozosos; lo cual tiene cuidado el autor de puntualizar varias veces. Se ve aquí la Inquisición enemiga del pensamiento, empeñada en comprimirlo y destrozarlo: la soberbia Iglesia docente, que toma la dirección de las almas, y en vez de apoyarse en el libro y la verdad, se apoya en la mentira y el verdugo"33 En general este capítulo 6 gira en torno a los libros como esencia de lo que fue la gran guerra de la Iglesia contra el humanismo y sus autores más representativo, fundamentalmente Erasmo, cuya obra pasó de ser muy admirada a ser especialmente perseguida por la Inquisición, que consideraba su lectura como una sombra o sospecha de herejía sobre quien en cualquier momento de su vida lo hubiera leído. Temor claramente apreciado en la biografía de Loyola, íntimo amigo en su juventud del editor 34 de Erasmo y negador más tarde de cualquier relación con el humanista. Ribadeneyra sintetiza muy bien esos temores y la astucia para salir airoso del problema “Prosiguiendo, pues, en los exercicios de sus letras, aconsejáronle algunos hombres letrados y píos que, para aprender bien la lengua latina y juntamente tratar de cosas devotas y espirituales, leyese el libro De milite christiano (que quiere decir de un caballero christiano) que compuso en latín Erasmo Roterodamo, el cual en aquel tiempo tenía grande fama de hombre docto y
“Sabido es que el capítulo VI comienza de modo totalmente abrupto e irregular con ese <<el cual todavía dormía>> iniciado con minúscula contra toda regla ortográfica y destruyendo, así, la exigida cadena prosódica por la que debiera seguir la línea del capítulo anterior. Sin necesidad de entrar en los muchos comentarios que esta especial disposición ha suscitado, no es dudoso que así, deliberadamente, lo ha querido el autor. ¿Por qué? Teniendo en cuenta que, precisamente, es ése el capítulo en el que se dan tanto el escrutinio como la quema, mediante ese original recurso Cervantes destaca muy severamente que el uno como la otra se dan en un tiempo muy concreto: cuando don Quijote duerme, subrayando, así, mejor un aspecto crucial de esas acciones: la posición de invalidez e indefensión en que el hidalgo se encuentra mientras se le ataca en sus más queridos tesoros, origen y causa de la más monumental decisión de su vida.” El cura y el barbero, o breve historia de dos resentidos, Manuel Ferrer-Chivite, en Cervantes, su obra y su mundo, Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Dirección, Manuel Criado de Val, Edi-6, S.A., Madrid 1981, p. 725. 33 Polinous, o.c., p. 92. 34 Don Diego de Eguía entró después en la Compañía de Jesús, y fue durante algún tiempo confesor de san Ignacio. Su hermano, al que se menciona más adelante, fue el conocido impresor Miguel de Eguía, editor, entre otras obras importantes de aquel floreciente período, del Enchiridion militis christiani de Erasmo”. Artal, o.c., p.61.
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elegante en el decir . Y entre los otros que fueron deste parecer también lo fue su confesor. Y así, tomando su consejo, comenzó con toda simplicidad a leer en él con mucho cuidado, y notar sus frases y modos de hablar. Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa, y es que, en tomando este libro (que digo) de Erasmo en las manos, y comenzando a leer en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su fervor y a enfriarse la devoción. Y cuanto más iba leyendo, iba más creciendo esta mudanza. De suerte que cuando acababa la lición, le parecía que se le había acabado y helado todo el fervor que antes tenía, y apagado su espíritu y trocado su corazón y que no era el mismo después de la lición que antes della. Y como echase de ver esto algunas veces, a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras deste autor tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen sino con mucho delecto y mucha cautela. El libro espiritual que más traía en las manos y cuya lición siempre aconsejaba, era el Contemptus mundi, que se intitula De Imitatione Christi, que compuso Tomás de Kempis cuyo espíritu se le embebió y pegó a las entrañas. De manera que la vida de nuestro santo padre (como me decía un siervo de Dios) no era sino un perfetísimo dibujo de todo lo que aquel librito contiene” (Vida I, XIII) Esta dudosa e increíble explicación sobre el rechazo natural de Loyola a los libros de Erasmo, fue duramente criticada por Bataillon: “Creo que aquí sorprendemos a Ribadeneira en flagrante delito de deformación hagiográfica de los datos tomados de Gonçalves, ya que es muy probable que él mismo sea el “siervo de Dios” al que se refiere. No sólo traslada el hecho al período de Barcelona y de los estudios de humanidades, porque de este modo embellece este período con una emotiva imagen de Ignacio como buen alumno, digno de servir de modelo a los pupilos de los colegios de la Compañía. Sino que además, según Gonçalves, Ignacio rechaza esta lectura a pesar de la autoridad de su confesor, en virtud de una simple prudencia humana, alarmada por las polémicas suscitadas por Erasmo, mientras que según Ribadeneira lo lee dócilmente, sin recelos, del modo más concienzudo como corresponde a un aprendiz de latinista; y sólo por una especie de milagro del instinto ortodoxo desecha el libro, pues el enfriamiento en su devoción producido por esta lectura es lo suficientemente claro y repetido como para hacerle adoptar respecto a Erasmo la actitud hostil que serás la de la Compañía”35 Bataillon parece haber calado a la perfección el estilo y los métodos de Ribadeneyra, pues no sólo analiza acertadamente todo el fragmento, sino que añade esos dos detalles sobre la posible autocita (“siervo de Dios”) y su capacidad para manipular los tiempos históricos con fines embellecedores o propagandísticos. Conviene, por último, conocer otra de las opiniones de Ribadeneyra a favor de la censura a determinados autores y libros “Puso increíble diligencia en que no entrasen en ninguna parte de la Compañía nuevas o peregrinas opiniones, o cosa que pudiese amancillar la sinceridad de la fe católica, o desdorar y deslustrar el buen crédito de nuestra religión. Y así porque del estudio de la lengua hebrea no se les pegase algo con que se fuesen aficionando a buscar en la sagrada Escritura nuevas interpretaciones o sentidos exquisitos, ordenó que los nuestros conservasen y defendiesen la edición vulgata, que por tantos siglos ha sido aprobada en la Iglesia de Dios. Lo cual después el santo Concilio de Trento en sus decretos también determinó y estableció, mandando a todos los católicos que la defiendan en todo y la tengan
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Erasmo y el erasmismo, o.c. p. 207.

por auténtica. Por esta misma razón no quería que en la Compañía se leyese libro alguno, aunque el libro fuese bueno, si era de autor malo ó sospechoso. Porque decía él que cuando se lee un libro bueno de mal autor, al principio agrada el libro y después poco a poco el que le escribió; y que sin sentirse va entrando en los corazones blandos y toma la posesión de los que le leen la afición del autor; y que es muy fácil ganado el corazón, persuadirle la dotrina, y hacerle creer que todo lo que el autor ha escrito es verdad. Y que si a los principios no se resiste, con mucha dificultad se pueden remediar los fines. Esto sentía particularmente de Erasmo Roteradamo y otros autores semejantes, aún mucho antes que la Iglesia católica hubiese contra sus obras dado la gran censura que después habemos visto. Porque como muy bien dice san Basilio: “conviene que el religioso huya de los herejes y los tenga grande aversión, y que los libros que leyere sean aprobados y legítimos, y que no vea de los ojos los apócrifos y reprobados, porque sus palabras, como dice el Apóstol, <<cunden como cáncer>>.” (Vida V, X) De nuevo Ribadeneyra vuelve a utilizar a Loyola para defender sus ideas y la nueva filosofía de la Compañía, muy interesada en dar, especialmente en España, una nueva imagen de ortodoxia y antierasmismo que le aproxime al poder eclesiástico. Gran parte de la crítica ha visto claramente que, tras este capítulo 6 del Quijote, aparentemente gracioso, se oculta una triste alegoría sobre el momento cultural de la España del XVI. Sirva de ejemplo la opinión de M. Moner, para quien el escrutinio está “irónicamente presentado como renovación de la masacre de los Santos Inocentes [más adelante se insiste en la idea de que <<pagan a las veces justos por pecadores>>]. De hecho, las más de las veces, el libro se confunde pura y simplemente con el protagonista de la obra y se le trata como a una persona. Así es cómo desfilan, ante el tribunal formado por el cura y el barbero, encantadores, caballeros y pastores, considerados, los más, como maléficos o dañinos y hasta capaces de tener descendencia engendrándose unos a otros. Por supuesto, semejante auto de fe, con juez eclesiástico y colaboración del <<brazo seglar del ama>>, no contribuye poco a forjar en el texto la imagen de un libro asimilado a un sujeto heterodoxo y, por lo tanto, pernicioso” 36

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La problemática del libro en el Quijote, Michel Moner, Rev. Anthropos nº. 98/99, p. 90.

CAPÍTULO SIETE

“Si de puertas afuera el <<cordón sanitario>>, impuesto por las restricciones a la libertad de estudios y por el control del comercio librero, garantizaban la inmunidad de infección, de puertas adentro la censura previa, la institucionalización de la denuncia y el sacro horror inspirado por el sigilo de los métodos del Santo Oficio, crearon un clima de inseguridad y de recelos mutuos que coartaron no ya la libre manifestación, sino la misma espontaneidad del pensamiento. Marcel Bataillon ha resaltado las catastróficas repercusiones que tuvo en la evolución cultural española el Edicto de Fe, de cuyo peso opresivo sobre las conciencias da buena muestra lo que Blanco White cuenta de los escrúpulos maternos con respecto a su persona. Con semejante instrumento policíaco se hacía peligroso no sólo declarar las propias opiniones, sino prestar oído a las ajenas para verse en la obligación de delatar al amigo, al pariente o al vecino, so pena de hacerse encubridor y cómplice de heterodoxias. El miedo a los roces con el Santo Oficio con sus secuelas de infamia hereditaria, ruina económica y riesgos físicos, lógicamente invitaba a rehuir el trato personal y el contacto con todo aquello de donde pudiera emanar el menor peligro de contagio. La propaganda clerical venía encima a fomentar escrúpulos sobre el propio discurrir en materias opinables donde no constaba de manera fehaciente la posición oficial de la Iglesia. Y de ahí la inseguridad con uno mismo y el desasosiego interior, tan sólo conciliados con el silencio o la renuncia a ejercer la actividad pensante”1

"Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo -¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo!" El capítulo 7 se inicia con estas disparatadas voces de don Quijote recién despertado. Cervantes juega con esa dualidad dormido-despierto para recordar, como en el capítulo anterior, la situación de Loyola encarcelado, es decir, sin libertad de movimiento y además dormido, o sea, sin poder predicar ni ejercer su labor de apostolado. Las voces de don Quijote, incoherentes o no inteligibles, parecen las de un sonámbulo que se cree en medio de un torneo entre dos bandos de caballeros. Él mismo se siente paladín del partido de los "valerosos brazos" y exhorta a los suyos a la reunificación de fuerzas (“aquí, aquí") para la batalla, pues el bando contrario, denominado según él los cortesanos, ha tomado ventaja al final del torneo. En general, la arenga está inspirada en una frase de la Vida donde encontramos atribuido a Loyola, además de varias palabras y conceptos como valor y esfuerzo (“valerosos” “fuerza”), el mismo sentido de estímulo y entusiasmo

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Panorama social, o.c., p. 449.

“¿cómo un hombre sin letras, soldado y metido hasta los ojos en la vanidad del mundo, pudiera juntar gente y hacer compañía y fundar religión y extenderla en tan breve tiempo por todo el mundo con tanto espíritu, y gobernarla con tan grande prudencia y defenderla de tantos encuentros con tanto valor y con tanto fruto de la santa Iglesia y gloria de Dios, si el mismo Dios, no le hubiera trocado y dádole el espíritu, prudencia y esfuerzo que para ello era menester?” (Vida I, VII) Este fragmento se completa con otro perteneciente al momento en que Loyola está preso y es arteramente interrogado por los dominicos “Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante” (Vida I, XV) La primera parte de esta expresión subrayada la ha colocado Cervantes en la intervención de don Quijote (“aquí es menester”) y la segunda en la inmediata del narrador “Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban, y así se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con los hechos del Emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre los que quedaban, y quizá si el cura los viera no pasaran por tan rigurosa sentencia" Al final los libros han sido condenados “sin ser vistos ni oídos”, es decir, tan injustamente como Loyola que, a pesar de negarse a responder al capcioso interrogatorio, fue injustamente condenado y retenido por los dominicos. El narrador califica de rigurosa esa decisión tomada con los libros, inspirándose en una expresión de la Vida “allégase toda la gente y júntase en el general, que se había de ejecutar esta rigurosa sentencia” (Vida II, III) Las voces de don Quijote, el ruido, atraen a su cuarto a todos los de la casa “Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él y por fuerza le volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura le dijo" Recordemos que don Quijote se ha despertado reclamando, con ese insistente “Aquí, aquí... aquí”, la atención sobre algo que sólo él, como si estuviera alucinando, parece ver, pues es una especie de visión contra la que está “dando cuchilladas y reveses a todas partes”. Así lo encuentran sus familiares y amigos cuando, tras precipitar la quema de los libros, acuden a su dormitorio. Esa situación en que se encuentra, levantado y dando cuchilladas, es esencialmente simbólica, pues prácticamente todos sus gestos se corresponden con alguna de las circunstancias que, según Ribadeneyra, rodearon los encuentros de Loyola con la Inquisición. La razón de ese extraordinario matiz según el cual don Quijote estaba “tan despierto como si nunca hubiera dormido” es que Ribadeneyra suele utilizar precisamente el verbo despertar2 para explicar el trabajo de regeneración realizado por Loyola entre la gente, despertando los corazones, etc. Esa es precisamente la expresión con la que se inicia el capítulo XV de la Vida, núcleo externo de la parodia de este capítulo 7 “Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios” (Vida I, XV) Aunque don Quijote ha estado dormido en correspondencia simbólica con la prisión de Alcalá que le impedía despertar corazones, ahora vuelve a estar despierto con su llegada a Salamanca,
“Mas la divina misericordia,que ya había escogido a Ignacio por su soldado no le desamparaba, antes le despertaba de cuando en cuando, y avivaba aquella centella de luz, y con la fresca lición refrescaba y esforzaba sus buenos propósitos” (Vida I, II)
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donde inmediatamente reanuda su labor de apostolado, traducido por Cervantes como ese estar despierto “dando cuchilladas y reveses a todas partes”, o sea, predicando sin temor e indirectamente atacando la desidia del resto de los eclesiásticos. La expresión está inspirada en ese mismo fragmento del capítulo XV de la Vida (“y que a imitación de los apóstoles andáis por todas partes enseñando a los hombres el camino del cielo”) donde, según el interrogador dominico, Loyola enseña “por todas partes”, es decir, predica abiertamente su doctrina. Volviendo a los acontecimientos del Relato, sabemos que tras ese primer interrogatorio después de la comida, los dominicos encerraron en una celda a Loyola y a su compañero Calixto, una nueva encerrona traducida por Cervantes como esa vuelta forzada de don Quijote a la cama (“Abrazáronse con él y por fuerza le volvieron al lecho”), repitiéndose el abrazo como símbolo de la detención. Una vez en la cama y tras haberse sosegado un poco, don Quijote “volviéndose a hablar con el cura le dijo: -Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos Doce Pares dejar tan sin más ni más llevar la vitoria deste torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres día antecedentes" En su alucinación confunde ahora al cura con el arzobispo Turpín, ante quien se lamenta del abandono o del poco entusiasmo ("tan sin más ni más") con que su bando, denominado ahora el de los Doce Pares o los aventureros, se deja "llevar la vitoria". Es decir, don Quijote se queja de una derrota que considera injusta, pues en los tres días antecedentes su bando había "ganado el prez"3 Con los datos anteriores ya se puede reconstruir la esencia de la parodia y comprender el oscuro lenguaje de don Quijote, pues toda su alucinación es realmente una respuesta en clave al final de los problemas inquisitoriales de Loyola en Alcalá y Salamanca, donde estando en la cárcel acudió para ayudarle su compañero Calixto "En aquel tiempo estaba Calixto en Segovia, y sabiendo de su prisión, se vino luego, aunque recién convalescido de una grande enfermedad, y se metió con él en la cárcel" (R, 62) o, según Ribadeneyra “Estaba en este tiempo en Segovia (y aún no bien convalecido de una gran enfermedad pasada) uno de sus compañeros que se llamaba Calisto el cual, luego que supo que nuestro Ignacio estaba preso, se vino a Alcalá y se entró en la misma cárcel con él” Este acto de solidaridad realizado por Calixto para hacer presión, este reagrupamiento, es lo solicitado por don Quijote cuando nada más despertar llama a la unidad (“-¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo!") de los aventureros contra el bando de los cortesanos, una idea, esta de los bandos, sugerida por Ribadeneyra cuando se refiere a la división de opiniones existente en el convento de san Esteban tras la detención de Loyola “Comía en refitorio con los frailes, y muchos dellos venían a visitarle y a oírle a su celda, que casi estaba llena de frailes; a los cuales él hablaba con mucha libertad y eficacia de las cosas divinas como era su costumbre; y muchos dellos aprobaban y defendían su manera de vivir y enseñar. Y asi el monesterio se partió como en bandos, aprobando unos y reprobando otros lo que oían de su dotrina” (Vida I, XV) Según López Estrada en los combates "Había por una parte los <<mantenedores>>, que exponían el cartel y las condiciones de la lucha deportiva, y eran tenidos por <<aventureros>> los que se enfrentaban con dichos mantenedores. De un lado estaban los del lugar, los asentados (que Don Quijote, [en QI, 7], identifica con los cortesanos), y, del otro, los <<aventureros>>. El caballero imagina hallarse en un torneo, y él anima a los suyos (<<nosotros,
Opinión del público de la excelencia de alguien en su profesión, trabajo, arte, etc. Diccionario de la lengua española, RAE.
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los aventureros>>)4 Cervantes utiliza simbólicamente esas denominaciones para parodiar la actitud conservadora de la Iglesia en los enfrentamientos con Loyola, pues mientras él y don Quijote representan primero a los "Doce Pares", es decir, al bando defensor del cristianismo apostólico (doce apóstoles), también denominado de "los aventureros"5 (ya don Quijote en el capítulo 2 fue denominado "nuestro flamante aventurero"6), o sea los nuevos religiosos que se enfrentan al bando de los cortesanos7, símbolos evidentes del poder acomodaticio de la ortodoxia católica. La idea de los bandos estaba muy presente en la sociedad española de finales del XVI, drásticamente dividida entre defensores y detractores de un cristianismo más o menos abierto, como señala González de Montes en su libro Artes de la Inquisición: “había en Sevilla, hacia 1540, dos clases de predicadores. Unos, místicos, rechazaban a Erasmo y recomendaban la lectura de Henrique Herpio, los opúsculos de San Buenaventura, el Abecedario [de Osuna], la Subida al Monte Sión [de Bernardino de Laredo], y otros tales, por los que aprendiesen a tener humildad. El otro bando se basaba más en el Evangelio, y en él germinó el llamado luteranismo sevillano” 8 Volviendo al proceso de Loyola y sus compañeros, tras 42 días en la cárcel de Alcalá fue el notario a leerles la sentencia "que fuese libre, y que se vistiesen como los otros estudiantes, y que no hablasen de cosas de la fee dentro de 4 años que hoviesen más estudiado, pues que no sabían letras" Loyola no sabe qué hacer, pues aunque su deseo es seguir estudiando, considera aún más importante su labor de apostolado, así que ante esta prohibición de no predicar en cuatro años, decide marcharse de Alcalá y recurrir "al arçobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa en sus manos" “Y así determinó de irse al arzobispo de Toledo don Alonso de Fonseca que a la sazón estaba en Valladolid y pasar por lo que él le mandase hacer. Partieron él y sus compañeros para Valladolid vestidos de estudiantes (como habemos dicho). Acogióle el arzobispo humanísimamente y viéndole inclinado a ir a la universidad de Salamanca, le dio dineros para el camino y le ofreció todo favor y amparo, si dél o de los suyos se quisiese valer en Salamanca” (Vida I, XIV) El resto de las enigmáticas frases de don Quijote toma por fin sentido con esta nueva información, pues el “arzobispo Turpín” ante quien el caballero se lamenta es, como indica la T y las seis letras de ambos nombres (T.O.L.E.D.O – T.U.R.P.I.N), un trasunto del “arzobispo de Toledo” escuchando las quejas de Loyola, su impotencia al tener que acatar "sin más ni más" la injusta sentencia prohibiéndole hablar. De ahí que don Quijote muestre su decepción "habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días antecedentes" Otra frase con la que se completa esta fantástica parodia del procesamiento a Loyola y su situación en la cárcel "venían muchos a visitalle; y hacía lo mismo que libre, de hacer doctrina y dar exercicios" (R, 60) “Era tiempo de estío y tenía una manera de carcelería algo libre, y asi pudieron acudir a él muchos para oírle, a los cuales él enseñaba la dotrina cristiana y cosas de nuestro Señor, y

"Francisco López Estrada, Anales cervantinos 3, 1953, p.176. "aventurero es el caballero, escudero, hidalgo, paje que acude a las empresas por propia voluntad, y en ellas se empeña y aventura su persona" López Estrada, Ibid., p. 212. 6 "En <<El triunfo de don Quijote>>, cuatro años después de las fiestas vallisoletanas descritas por Pinheiro da Vega, se alude a la salida de don Quijote en un entremés público como aventurero (<<Acompañaron la máscara de don Quixote otros muchos caballeros auentureros>>)". C. Buezo, o.c. 7 "Los cortesanos figurarán frecuentemente en la novela de 1615". Sentido y forma del <<Quijote>>, J. Casalduero, Madrid 1966. 8 Aspectos del vivir hispánico, Américo Castro, Ed. Alianza, Madrid 1987, p. 72.
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les daba los ejercicios espirituales, de la misma manera y con el mismo fervor de cuando estaba del todo libre” (Vida I, XIV) Aunque está en la cárcel, Loyola es visitado con libertad y prosigue con su labor de apostolado, es decir, no sólo cuenta con el apoyo popular, sino con la aceptación tácita de la autoridad al permitirle visitas relacionadas con su religiosidad. Esa permisividad y la falta de cargos le hicieron albergar la esperanza de que serían absueltos y todo seguiría igual, sin embargo, la sentencia, aunque no les condena, sí les prohíbe ejercer su apostolado, de ahí que don Quijote se sienta decepcionado, pues a pesar de haber ganado "el prez", ha sido realmente derrotado. Esa es la razón de la respuesta alentadora del cura "-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el cura-, que Dios será servido que la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está malferido” El cura se comporta con don Quijote como un buen amigo (le llama compadre), animándole a que mire ante todo por su salud, una actitud muy en consonancia con la del arzobispo de Toledo respecto a Loyola, pues lo animó y trató “humanísimamente” y “le dio dineros para el camino y le ofreció todo favor y amparo”. El cura pronuncia además una misteriosa y agorera frase (“Dios será servido que la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana”) cuya inspiración también se encuentra en la Vida “Y aunque es cosa muy probada y manifiesta en todo el mundo el fruto que ha traído por todas partes el uso destos sagrados Ejercicios a la república cristiana ir con todo eso tocaré algunas cosas de las muchas que se podrían decir de su provecho y utilidad. Primeramente, al uso de los Ejercicios se debe la institución y fundación de nuestra Compañía, pues fue nuestro Señor servido que por ellos casi todos los padres que fueron los primeros compañeros de nuestro B. Padre y los que lo ayudaron a fundar la Compañía, los despertase él tanto y convidase al deseo de la perfección y al menosprecio del mundo” (Vida I, VIII) El famoso libro de Ejercicios Espirituales de Loyola, que en la época de los procesos de Alcalá y Salamanca fue examinado y remirado con la intención de obtener alguna prueba de herejía, no sólo salió triunfante, sino que se convirtió, como dice Ribadeneyra, en un arma muy eficaz para la Compañía y para el resto de los católicos. A ese triunfo (con el referente “Dios será servido”) alude la enigmática frase del cura cuando pronostica “que lo que hoy se pierde se gane mañana”. Han ganado la libertad e injustamente perdido su derecho a ejercitarla, pero aquellas derrotas del Relato son ya, según la Vida, victorias que el tiempo ha favorecido. El mismo sentido se deduce de la esperanzadora frase de consuelo del cura que, para don Quijote, sigue siendo el arzobispo Turpín, cuyo generoso comportamiento parodia el del arzobispo de Toledo con Loyola, que se interesó por su salud y le aconsejó cuidarse. También es curioso que el cura llame “compadre” a don Quijote, pues según Covarrubias “Llamamos compadres a los que nos sacaron de pila”, algo difícilmente aceptable dentro de la novela externa, pues si el cura fuese padrino de don Quijote debería tener una edad con la que no podría desarrollar algunas de las actividades que realizará en el resto de la novela. Sin embargo, Covarrubias, en la definición de ahijado dice: “El que saca el compadre de pila [...] Ahijados en los torneos y justas y desafíos, que todos éstos toman padrinos”, acepción esta última que sí explica la denominación del cura, pues es padrino de don Quijote no porque esté siguiéndole la corriente con el asunto del torneo, sino porque en su función de arzobispo de Toledo hizo el papel de padrino de Loyola "El arzobispo de Toledo, Fonseca, mecenas del erasmismo, ha tomado a Íñigo bajo su protección y le manda venir a Salamanca" 9
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Erasmo y España, Bataillon, o.c., p. 214.

En resumen, puede decirse que las dos incomprensibles frases de don Quijote consideradas absurdas y propias de un demente, son por el contrario muy lógicas dentro del lenguaje profundo. Por un lado ha pedido, en consonancia con la llegada de Calixto a Alcalá, una reagrupación del bando de los aventureros con el objetivo de frenar la presión que sobre ellos estaba realizando la Inquisición (“los cortesanos llevan lo mejor del torneo”) y, por otro, comunica al cura, símbolo en esta ocasión del arzobispo de Toledo, su decepción por la victoria de los cortesanos y, por tanto, la derrota del bando de Loyola cuando a pesar de contar con el apoyo de la gente y lograr una sentencia absolutoria, se les condena a no predicar. Por eso el cura-arzobispo le aconseja resignación y que atienda a su salud, pues además de cansado debe estar incluso “malferido” -Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si en levantándome deste lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y por agora tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso10, y quédese lo del vengarme a mi cargo" De nuevo esta respuesta sigue en la misma línea, jugando ahora Cervantes con el sentido figurado de las heridas o secuelas de un encontronazo achacado a la envidia, que es, a fin de cuentas, la auténtica razón de las persecuciones contra Loyola, tal vez el único capaz de enfrentarse a la Iglesia, según se deduce de la sabia respuesta de don Quijote: “porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías” Don Quijote hace además en su intervención una solicitud de comida (“por agora tráiganme de yantar”), aunque añadiéndole un matiz (“es lo que más me hará al caso “) que de nuevo conecta sutilmente con el lenguaje profundo, pues da la sensación, como en el capítulo 5, de que pide comida no porque tenga hambre, sino para cumplir, como en la venta, con todos los detalles históricos de la parodia (“Pues venid (dice el confesor) el domingo a comer con nosotros”), por eso comer es lo que ahora “más me hará al caso” “Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos, admirados de su locura” Otra astuta frase del narrador para mantener intacta la doble lectura, pues ya sabemos que, tras la comida en el convento, Loyola y Calixto fueron encerrados e interrogados, y que la autenticidad de sus respuestas causaba admiración “A lo cual todo (protestando primero con modestia que era hombre sin letras) respondió tan sabia y gravemente, que más les daba materia de admiración que ocasión de reprehensión alguna” Don Quijote está, pues, otra vez dormido en consonancia con la nueva prisión de Salamanca, donde, según el Relato, tras ser interrogados por el soprior, le retuvieron ilegalmente en el monasterio “los frayles hicieron cerrar todas las puertas, y negociaron, según paresce, con los jueces. Todavía los dos estuvieron en el monasterio 3 días sin que nada se les hablase de parte de la justicia [...] Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel [...] El bachiller Frías les vino a examinar a cada uno por sí, y el peregrino le dio todos sus papeles, que eran los Exercicios, para que los examinasen [...] Y algunos días después fue llamado delante de quatro jueces, los tres doctores, Sanctisidoro, Paravinhas y Frías, y el quarto el bachiller Frías, que ya todos habían visto los Exercicios. Y aquí le preguntaron muchas cosas [...] El bachiller Frías, que en estas cosas se había mostrado siempre más que los otros, le preguntó también un caso de cánones [...] Y a los 22 días que estaban presos les llamaron a oir la sentencia, la qual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así
“Y aunque le preguntaron quién era, de dónde venía, y cómo se llamaba, a nada desto respondió, pareciéndole que no hacía al caso para librar al innocente” (Vida I, IV)
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podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4º años, que huviesen más estudiado. Leída esta sentencia, los jueces mostraron mucho amor, como que querían que fuese aceptada. El peregrino dixo que él haría todo lo que la sentencia mandaba, mas que no la aceptaría; pues, sin condenalle en ninguna cosa, le cerraban la boca para que no ayudase los próximos en lo que pudiese. Y por mucho que instó el doctor Frías, que se demostraba muy afectado, el peregrino no dixo más, sino que, en quanto estuviese en la jurisdicción de Salamanca haría lo que se le mandaba. Luego fueron sacados de la cárcel, y él empeçó a encomendar a Dios y a pensar lo que debía de hacer. Y hallaba dificultad grande de estar en Salamanca; porque para aprovechar las ánimas le parescía tener cerrada la puerta con esta prohibición de no difinir de pecado mortal y de venial” (R, 68) Tras la detención en el monasterio, Loyola y su compañero fueron conducidos a la cárcel, interrogados y sometidos a un examen del libro de los Ejercicios. Razón por la que Cervantes, tras volver a meter a don Quijote en la cama, prosigue con el escrutinio-quema de la biblioteca "Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores" Una gran decepción se desprende de ese fragmento inspirado en la barbarie censora que asoló la vida cultural española. El fuego "quemó y abrasó"11 trae a la memoria juicios y condenas no sólo a los libros, sino también a sus autores o poseedores. Intolerancias de las que Cervantes sólo acusa a la Iglesia ("no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador") por haber caído en ese abandono intelectual contrario al ideal cristiano. Finaliza el párrafo con el dicho "justos por pecadores" que además del sentido religioso, adquiere el del injusto proceder contra Loyola como cabeza de turco de otros movimientos heterodoxos, pues "en ellos" se "cumplió el refrán" "Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase (quizá quitando la causa cesaría el efeto), y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como
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“A partir de marzo de 1552, la Inquisición dispuso que los libros heréticos fueran quemados en público. Se ordenó quemar unos 27 libros en una ceremonia que tuvo lugar en Valladolid en enero de 1558. A mediados de siglo los españoles recurrieron a la quema de libros porque era el método más sencillo de librarse del material infractor. Una enorme cantidad de obras fue así destruida. <<Por siete o ocho vezes hemos quemado aquí en casa montones de libros>>, informó un jesuita que actuaba en el Santo Oficio de Barcelona en 1559. En 1561 un oficial en Sevilla preguntó qué se debía hacer con los numerosos libros que había reunido. Entre ellos había un buen número de libros de horas, dijo, que podían se fácilmente expurgados. <<Quemarlos>>, respondió la Inquisición. ¿Y las Biblias? <<Quemarlas.>> ¿Y los libros de medicina, muchos con contenido supersticioso? <<Quemarlos.>> No siempre se aplicaba esta drástica solución. Posteriormente, cuando el tribunal había confeccionado un nuevo sistema de expurgación que sustituía a la condena, los libros se guardaban en un almacén y, por lo general, no se destruían [...]El mayor daño, como en cualquier otro sistema de censura, era el que sufría el libro mismo. Algunos libros desaparecieron del todo y no siempre por culpa de los inquisidores. En un informe redactado para ellos al final del siglo XVI se afirma que: <<muchos por no llevar sus libros a los inquisidores o queman no sólo los prohibidos y que se mandan expurgar pero aun los buenos y muy seguros, o los dan de balde o los venden por muy poco precio. Y de esta manera infinitos ni se examinan ni corrigen, sino se pierden con el tiempo sin aprovecharse nadie de ellos, de lo que se sigue gran daño a sus dueños y, lo que es de más estima, el daño de la pérdida de tantos buenos libros>> [...] Un capellán de Felipe II, Bartolomé de Valverde, criticaba la poca calidad de los censores: “la mayor parte son hombres de nada, que no saben una palabra ni de griego ni de hebreo, y que no tienen ni juicio ni capacidad. Lo peor es que no reciben nada por leer innumerables libros, de suerte que para descargarse de una labor que no les apetece, toman el partido más fácil y que les confiere un aire de profundidad: declaran que hay que suprimirlos” H, Kamen, o.c., p. 113122.

no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que debía responder, le dijo: -Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo. La estrategia urdida entre el cura y el barbero consistió en tapiar la puerta de la biblioteca de don Quijote ("murasen y tapiasen el aposento de los libros") y acusar de ello a uno de sus enemigos. La idea está de nuevo inspirada en los procesos a Loyola, pues la sentencia de Alcalá, que le condenaba a no predicar, está explicada en el Relato y la Vida con la misma metáfora de la puerta "Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado"(R, 63) “Mas después que el padre advirtió que con la tercera parte desta sentencia se cerraba la puerta para tratar del aprovechamiento del prójimo, no dejó de poner duda en la ejecución della” También en Salamanca la Inquisición vuelve a prohibirle predicar, y el Relato repite el símbolo de la puerta "Y hallaba dificultad grande de estar en Salamanca; porque para aprovechar las ánimas le parescía tener cerrada la puerta con esta prohibición de no difinir de pecado mortal y de venial" (R, 70) Así como a Loyola se le prohíbe predicar "no le dando causa ninguna", a don Quijote tampoco se le explican las verdaderas razones de la desaparición de su biblioteca, aunque el narrador aclara que "quizá quitando la causa cesaría el efeto", el mismo razonamiento que debieron hacerse los inquisidores para desactivar a Loyola, pues quitándole la posibilidad de predicar, cesarían las agitaciones de su doctrina. Dos días después se levanta don Quijote (“De allí a dos días se levantó”), una forma simbólica de referir los 22 días de Loyola encarcelado (“Y a los 22 días que estaban presos les llamaron a oír la sentencia”) y, al no encontrar la puerta, mira y remira “sin decir palabra”, también en respuesta al silencio de Loyola ante el bachiller (“Y por mucho que instó el doctor Frías, que se demostraba muy afectado, el peregrino no dixo más”) Pero además, el cura y el barbero han aleccionado al ama y a la sobrina para que sepan responder a don Quijote (“dijesen que un encantador se los había llevado”), una artimaña inspirada en el pacto que, según el Relato, los dominicos hicieron con los jueces ("negociaron, según paresce, con los jueces") instruidos previamente igual que el ama, según se vuelve a confirmar (“El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder") El ama, supersticiosa y aleccionada por el cura, acusa al diablo de la pérdida de la biblioteca, pero la sobrina la corrige con una versión diferente -No era el diablo -replicó la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que al tiempo del partirse aquel mal viejo dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón. -Frestón diría -dijo don Quijote.

-No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón, sólo sé que acabó en tón su nombre” La sobrina proporciona una fantástica e imaginativa versión cargada de literatura y, especialmente, de detalles sobre la Vida “Con esta resolución y determinada voluntad se levantó una noche de la cama (como muchas veces solía) a hacer oración y ofrecerle al señor en suave y perpetuo sacrificio, acabadas ya las luchas y dudas congojosas de su corazón. Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza, por medio de la gloriosa Madre, al piadoso y amoroso Hijo por soldado y siervo fiel, y prometiéndole de seguir su estandarte real y dar de coces al mundo, se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba tembló y parece que así como el Señor con el terremoto del lugar donde estaban juntos los sagrados Apóstoles, cuando hicieron oración, y con el temblor de la cárcel en que estaban aherrojados san Pablo y Silas , quiso dar a entender la fuerza y poder de sus siervos, y que había oído la oración dellos; así, con otro semejante estallido del aposento en que estaba su siervo Ignacio, manifestó cuán agradable y acepta le era aquella oración y ofrenda que hacía de sí. O, por ventura, el demonio ya vencido huyó, y dio señales de su enojo y crueldad, como leemos de otros santos” (Vida I, II) Ribadeneyra, según había leído en las vidas de otros santos, se inventa este suceso (nada se dice de él en el Relato ni en otra fuente aceptable) no menos fantástico que la versión de la sobrina sobre el encantador que se llevó los libros. El referente común es el aposento y, además, la milagrosa o quimérica irrupción con presencia sobrenatural en ambos casos pues, según Ribadeneyra, “se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba tembló [...] O, por ventura, el demonio ya vencido huyó, y dio señales de su enojo y crueldad” y, según la sobrina el encantador “apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo” También informa la sobrina a su tío de que el propio encantador les dijo que actuaba “por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros” y que su nombre era Muñatón, algo con lo que no está de acuerdo don Quijote, pues es su opinión debió decir Frestón. Entonces interviene el ama para rematar la discusión, aunque con su respuesta añade otra nueva posibilidad al nombre del encantador “-Frestón diría -dijo don Quijote. -No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón, sólo sé que acabó en tón su nombre” Se trata de una divertidísima parodia sobre la especial animadversión mostrada, según el Relato, por el bachiller Frías contra Loyola. Recordemos que estando preso en Salamanca "El bachiller Frías les vino a examinar a cada uno por sí, y el peregrino le dió todos sus papeles, que eran los Exercicios, para que los examinasen. Y preguntándolos si tenían compañeros, dixeron que sí y adonde estaban, y luego fueron allí por mandado del bachiller, y traxeron a la cárcel Cáceres y Artiaga, y dejaron a Juanico, el qual después se hizo frayle [...] El bachiller Frías, que en estas cosas se había mostrado siempre más que los otros, le preguntó también un caso de cánones. Y a todo fué obligado a responder" (R, 67-68) Hay una evidente acusación de ensañamiento o tirria del bachiller Frías (“más que los otros”) que está perfectamente definida por la sobrina como “enemistad secreta”, pues Loyola ignoraba las razones de este odio personal. El juego con el nombre resulta evidente, pues Frías se ha convertido en "Frestón o Fritón", conservando, en contra de lo que dice el ama, no el "tón", sino el Fri, que es el principio del nombre del inquisidor, acusado también por don Quijote de ser un "grande enemigo mío" que me tiene "ojeriza"

“Así es -dijo don Quijote-, que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado” De nuevo don Quijote acierta con su calificativo, pues el encantador es definido como sabio, según corresponde a la función de acusador culto y experto en cánones ejercida por el bachiller Frías, para el que se emplea otra palabra “ojeriza” que de nuevo nos remite a la Vida y a un pasaje ya visto y comentado (por lo que aquí se resume) y muy relacionado con la censura de libros que realiza el bachiller “Y como echase de ver esto algunas veces, a la fin echó el libro de sí, y cobró con él y con las demás obras deste autor tan grande ojeriza y aborrecimiento, que después jamás quiso leerlas él, ni consintió que en nuestra Compañía se leyesen sino con mucho delecto y mucha cautela” (Vida I, XIII) Con muchísimo humor Cervantes vuelve una y otra vez a los mismos párrafos para jugar con las mismas palabras con las que Ribadeneyra compone sus astutos galimatías, pues recuérdese que en ese fragmento es donde niega la influencia erasmista de Loyola. Por otro lado, la respuesta de don Quijote es otra vez profética, al hablar de un futuro incierto (“andando los tiempos”) donde va “a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar”. Lo extraordinario es que está hablando del porvenir con absoluta rotundidad, con la certeza de quien ha regresado del futuro, pues se está refiriendo a una batalla de la que él ya conoce su final, según está escrito en la Vida “El dicho Paulo III nuestro antecesor, para que se conservase en estos compañeros, y otros que quisiesen, seguir su instituto, el vínculo de la caridad, y la unión y paz, les aprobó, confirmó y bendijo su instituto, hicieron conforme a la verdad evangélica y a las determinaciones de los santos Padres; y recibió debajo de su protección y amparo de la Sede apostólica los mismos compañeros, cuyo número no quiso por entonces que pasase de sesenta; y les concedió por sus letras apostólicas licencia de hacer constituciones y cualesquier estatutos para la conservación y buen progreso de la Compañía confirmada. Y como después andando el tiempo, favoreciéndolos el Espíritu santo entendiese el dicho nuestro predecesor, que el fruto espiritual de las almas iba creciendo; y que ya muchos que deseaban seguir este instituto, estudiaban en París y en otras universidades y estudios generales. Y considerando atentamente la religiosa vida y doctrina de Ignacio, y de los otros compañeros, concedió facultad a la misma Compañía, para que libremente pudiese admitir todos los que fuesen aptos a su instituto, y aprobados conforme a sus constituciones; y que fuera desto pudiesen admitir coadjutores, así sacerdotes que ayudasen en las cosas espirituales, como legos que ayuden en los oficios temporales y domésticos; los cuales coadjutores, acabadas su probaciones, como lo ordenan las constituciones de la Compañía, puedan para su mayor devoción y mérito, hacer sus tres votos de pobreza, castidad y obediencia; los cuales votos no sean solenes, sino que los obliguen todo el tiempo que el prepósito general de la dicha Compañía juzgare que conviene tenerlos en los misterios espirituales o temporales. Y que estos tales coadjutores participen de todas las buenas obras que en la Compañía se hicieren, y de todos los méritos, ni más menos que los que hubiesen en la misma Compañía hecho solemne profesión. Y concedió con la benignidad apostólica a la misma Compañía otras gracias y privilegios, con que fuese favorecida y ayudada en las cosas pertenecientes a la hora de Dios y salud de las almas” (Vida III, XXI) Casi toda la intervención de don Quijote está extraída de este fragmento donde Ribadeneyra expone el gran triunfo que supuso para la Compañía, y por lo tanto para su fundador, la segunda confirmación de la orden por bula del papa Julio III en 1550. En cierta medida, esa confirmación

supuso la derrota final de quienes se opusieron a las intenciones de Loyola. Toda la profética intervención de don Quijote es un juego verbal a base de expresiones de ese fragmento. Cuando dice que el sabio Frestón “sabe por sus artes y letras que tengo de venir”, está ironizando sobre la expresión “les concedió por sus letras apostólicas licencia de hacer constituciones”, pues Frestón, trasunto del bachiller Frías, no tendrá más remedio que conocer, por sus estudios y ocupaciones, esa bula futura del papa con la que, al confirmar a la Compañía, el bachiller queda simbólicamente derrotado en sus persecuciones contra Loyola. Lo mismo ocurre con las restantes coincidencias Vida Quijote por sus letras por sus artes y letras después andando el tiempo andando los tiempos favoreciéndolos a quien él favorece ordenan las constituciones por el cielo está ordenado Por último, don Quijote le asegura o promete a Frestón que “mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado”, otra sutil referencia al poder de las Constituciones de la Compañía (de inspiración divina) y la bula del papa, y al mismo tiempo una referencia a la especial protección, al favor de Dios con que contaba Loyola “Salió con determinación de irse a la universidad de París, a donde Dios le guiaba para favorecerle, como le favoreció” (Vida I, XVI) Ese sentido de protección sobrenatural y de absoluta seguridad en sí mismo se trasluce en el coloquio mantenido por don Quijote y su sobrina. “-¿Quién duda de eso? –dijo la sobrina-. Pero ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados? -¡Oh sobrina mía –respondió don Quijote-, y cuán mal que estás en la cuenta! Primero que a mí me tresquilen tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello. No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera” El coloquio en torno al valor y el triunfo del caballero no sólo contiene la simbología propia del lenguaje popular empleado por ambos, sino que don Quijote está a su vez recurriendo a la Vida, donde Ribadeneyra insiste en la protección divina de que gozaba Loyola como fundador de la Compañía “No hace este gran Rey y señor cosa a caso, porque si no cae una hoja del árbol sin su sabiduría y consejo, si tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza y su infinita providencia alcanza de fin a fin con fortaleza y dispone y encamina todas las cosas suavemente , bien se deja entender que en las cosas mayores y de más importancia, como son las fundaciones de las religiones, de razón ha de resplandecer más esta soberana e incomprehensible providencia. Pues, para que mejor podamos nosotros barruntar algo della, hase de considerar el fin para que envió Dios al mundo la Compañía, que es muy conforme al estado y necesidad en que él estaba, cuando Dios por su vicario la confirmó. La Bula Apostólica de la confirmación de la Compañía dice que es instituida principalmente para defensa y dilatación de nuestra santa fe católica” (Vida II, XVIII) La tesis de Ribadeneyra es que si Dios tiene contados y controla cada uno de nuestros cabellos, ¿cómo no va a dedicar especial atención a cosa tan fundamental como la fundación de órdenes religiosas?. De ahí la rotunda seguridad de don Quijote en que nadie puede llegar a tocarle. Tras la respuesta de don Quijote a su sobrina, el narrador añade, a modo de nota, esa breve observación donde se vuelve a recordar el temperamento inestable del caballero, capaz de pasar de una apacible charla a un estado de cólera en cuanto se le contradice. Otra apreciación en consonancia con Ribadeneyra, que caracteriza a Loyola como colérico “Y había llegado á tal punto, que con ser muy cálido de complexión y muy colérico, viendo los médicos la lenidad y blandura maravillosa que en sus palabras y en sus obras usaba, les

parecía que era de complexión flemático y frío; mas habiendo vencido de todo punto con la virtud y espíritu lo que en el interior afecto era vicioso de la cólera, se quedaba con el vigor y brío que ella suele dar, y que era menester para la ejecución de las cosas que trataba. De manera que la moderación y templaza del ánimo, no le hacía flojo ni remiso, ni le quitaba nada de la eficacia y fuerza que la obra había de tener” (Vida V, V) También Unamuno y otros, basándose probablemente en ese fragmento anterior de la Vida, han apuntado esa coincidencia entre Loyola y don Quijote: “por temperamento eran semejantes, ambos eran coléricos”12 El verbo encender, en el sentido utilizado por el narrador (“se le encendía la cólera”), está también muy presente en la Vida 13. "Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos; en los cuales días pasó graciosísimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio no había poder averiguarse con él” Esos “quince días” de sosiego en su casa sirven como referente preciso para mantener el paralelismo meticuloso con el Relato, donde al final del capítulo VII se especifica que tras salir de la cárcel, Loyola permaneció “15 ó 20 días” en Salamanca, se supone que muy sosegado, pues le habían prohibido predicar, precisamente lo que Cervantes suele traducir como lucha de los caballeros andantes “Y ansí se determinó de ir a París a estudiar. Quando el peregrino en Barcelona consultaba si estudiaría y quánto, toda su cosa era si, después que hubiese estudiado, si entraría en religión, o si andaría ansí por el mundo. Y quando le venían pensamientos de entrar en religión, luego le venía deseo de entrar en una estragada y poco reformada, habiendo de entrar en religión, para poder más padescer en ella; y también pensando que quizá Dios les ayudaría a ellos; y dábale Dios una grande confiança que sufriría bien todas las afrentas y injurias que le hiciesen. Pues como a este tiempo de la prisión de Salamanca a él no le faltasen los mismos deseos que tenía de aprovechar a las ánimas, y para el efecto estudiar primero y ajuntar algunos del mismo propósito, y conservar los que tenía; determinado de ir para París, concertóse con ellos que ellos esperasen por allí, y que él iría para poder ver si podría hallar modo para que ellos pudiesen estudiar. Muchas personas principales le hicieron grandes instançias que no se fuese, mas nunca lo pudieron acabar con él; antes 15 ó 20 días después de haber salido de la prisión, se partió solo, llevando algunos libros en un asnillo: y llegado a Barcelona, todos los que le conoscían le desuadieron la pasada a Francia por las grandes guerras que había, contándole exemplos muy particulares, hasta decirle que en asadores metían los hespañoles; mas nunca tuvo ningún modo de temor” (R, 71,72) Durante esos 15 días Loyola conversa con “personas principales” que tratan de impedir su marcha, y don Quijote hace lo mismo con “el cura y el barbero”, también interesados en que no vuelva a salir. En ambos casos la conversación es semejante, pues don Quijote habla sobre la necesidad de que en el mundo se resucitase la comprometida “caballería andantesca”, símbolo del deseo de Loyola de entrar en una religión “estragada y poco reformada”. En ambos textos “el mundo” sirve de referente. También el Relato transmite la enorme confianza que Dios daba a Loyola (“sufriría bien todas las afrentas y injurias que le hiciesen”) para soportar cualquier afrenta,
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Don Quijote de la Mancha e Íñigo de Loyola en Unamuno, Rogelio García Mateo, Actas del VIII coloquio internacional de la Asociación de Cervantistas, Ayuntamiento de El Toboso, 1999, p. 131. Mi agradecimiento a Jaime Fernández S. J. 13 “le vino un encendido deseo” (Vida I, XI)

es decir, lo que simbólicamente don Quijote resumió más arriba con esa metáfora de barbas y cabellos. A esos paralelismos temáticos y estructurales hay que añadirle las expresiones de la Vida, pues don Quijote “estuvo quince días en en casa muy sosegado” porque era también la forma de estar de Loyola “Pero nuestro Padre no era hombre que se espantaba con voces ni con amenazas; y así sin turbarse punto, se estuvo muy sosegado” (Vida V, IV) Las conversaciones con sus dos compadres, “sobre que él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca”, se corresponden, igualmente, con la necesidad que, según Ribadeneyra, tiene el mundo de nuevas religiones “Pues habemos llegado a este punto y visto la institución y confirmación de la Compañía creo que será acertado que escudriñemos algo del acuerdo e intento que Dios nuestro Señor tuvo en esta fundación y confirmación, y el consejo y particular providencia con que envió al padre Ignacio al mundo para que, como ministro fiel, sirviese a su Iglesia y le diese hijos y soldados que la defendiesen y amparasen. Para entender esto mejor, será razón que consideremos el estado en que ella estaba al tiempo que el padre nació y vivió, porque dél sacaremos la necesidad que había deste socorro divino y rastrearemos algo de los propósitos e intentos del Señor” (Vida II, XVIII) En el fragmento de los cabellos, citado un poco más arriba, también se encuentra ese mismo concepto de la necesidad del socorro divino, o caballeros andantes, para las religiones “Pues, para que mejor podamos nosotros barruntar algo della, hase de considerar el fin para que envió Dios al mundo la Compañía, que es muy conforme al estado y necesidad en que él estaba, cuando Dios por su vicario la confirmó” En la Vida existen otros muchos ejemplos sobre este asunto, lo que explica que, también en el Quijote, sea un tema abundante, abordado una y otra vez por los distintos personajes de la novela. La astucia del cura sonsacando a don Quijote (“El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio no había poder averiguarse con él”) sigue en la misma línea de crítica a las innobles actuaciones de los eclesiásticos con Loyola. En ese aspecto el Relato da una idea muy concreta del cinismo de los dominicos en Salamanca "Y el vicario entonces, poniéndole la mano en el hombro con muestra de alegría, le dixo: << Esta era la causa porque sois aquí venido >>" "y el soprior con buena afabilidad empeçó a decir quán buenas nuevas tenían de su vida y costumbres, que andaban predicando a la postólica; y que holgarían de saber destas cosas más particularmente"(R,64) "Leída esta sentencia, los jueces mostraron mucho amor, como que querían que fuese aceptada. El peregrino dixo que él haría todo lo que la sentencia mandaba, mas que no la aceptaría" (R,70) El adulador comportamiento del cura, que ya no es el arzobispo Turpín, sino el representante de la Iglesia que intenta conocer la intenciones de Loyola para "poder averiguarse", responde a esa artificiosa intencionalidad aunque, como siempre, la nota distintiva procede de la Vida donde encontramos un fragmento paralelo (“si no guardaba este artificio no había poder averiguarse con él”) “Estos vinieron al hospital de Santiago a buscar a sus amigos, y comenzaron con muy buenas palabras a persuadirles que dejasen aquella vida, tomada por antojo y persuasión de un hombre vano, y que se volviesen a sus casas. Y como no lo pudiesen acabar con ellos, usaron de ruegos, halagos, promesas y amenazas, valiéndose de las armas que les daba su afecto y de todo el artificio que sabían” (Vida II, II) Con esas triquiñuelas y artificios usados por el cura, finaliza la inactividad de don Quijote y la parodia de los procesos seguidos a Loyola en Alcalá y Salamanca que, libre de sus prisiones y

sin poder predicar, decide cambiar de aires y marcharse a París. La inactividad de don Quijote, su convalecencia, ha servido a Cervantes para parodiar las prisiones de Loyola, su inmovilidad. Desde que el labrador Pedro Alonso lo ha llevado a su casa, sólo se ha levantado de la cama para dar continuidad al Relato, aprovechando los breves momentos que entre sueño y sueño, mientras escudriñan su biblioteca, le permiten hablar. APARICIÓN DE SANCHO Una vez recuperado don Quijote, lo primero que hizo, siguiendo los consejos del ventero, fue buscar un escudero "En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale entre otras cosas don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana14, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos, y asentó por escudero de su vecino" La aparición de Sancho Panza responde al acompañamiento que, según el Relato, comenzó a requerir Loyola, cuya intención, hasta ahora, ha sido no tener compañeros fijos 15, sino peregrinar en solitario. Sin embargo, después de los sucesos de Alcalá y Salamanca cambió de idea y, como se especifica en el Relato, empezó a pensar en conservar los compañeros que ya tenía y en reunir a otros con el mismo propósito (“ajuntar algunos del mismo propósito”). Esa es la razón por la que don Quijote, cumpliendo a su vez con la tradición de la caballería andante, decide seguir los consejos del ventero, buscándose un escudero que cumpla las funciones señaladas por Loyola (nota pie de página nº. 15), pues Sancho, además de acompañar a don Quijote, le ayudará a levantarse cuando caiga y se convertirá en la única persona en la que deposite su afectividad y confianza. También la intención de Loyola de que sus compañeros estudien es objeto de parodia, pues Sancho, durante toda la Primera parte de 1605, es a fin de cuentas un estudiante o principiante de la nueva orden de caballerías que su amo profesa. El inicio del fragmento (“En este tiempo”) es un importante referente para comprender la asociación Sancho-compañeros, pues nos remite a un pasaje de la Vida donde se habla de ellos con un primer sentido de comunidad “Tenía en este tiempo Ignacio tres compañeros que, movidos de su ejemplo, se le habían allegado como imitadores de su vida, y otro mozo francés también lo seguía y todos andaban vestidos de la misma manera que él andaba y con el mismo hábito, que era una túnica de sayal, y así los llamaban en Alcalá, como por burla, los del sayal” (Vida I, XIV)

“Después que llegó a Salamanca, comenzó a ocuparse, como solía, en despertar los corazones de la gente al amor y temor de Dios. Íbase a confesar a menudo con un padre religioso de Santo Domingo de aquel insigne monesterio de San Esteban , y a pocos días díjole una vez su confesor que le hacía saber que los frailes de aquella casa tenían gran deseo de oírle y hablarle; al cual nuestro Ignacio respondió que iría de buena gana, cada y cuando que se lo mandase” (Vida I, XV) "Y así un día a unos que le mucho instaban, porque no sabía lengua italiana ni latina, para que tomase una compañía, diciéndole quánto le ayudaría, y loándosela mucho, él dixo que, aunque fuese hijo o hermano del duque de Cardona, no iría en su compañía; porque él deseaba tener tres virtudes; caridad y fe y esperança; y llevando un compañero, quando tuviese hambre esperaría ayuda dél; y cuando cayese, que le ayudaría a levantar; y así también se confiara dél y le tendría afición por estos respectos; y que esta confiança y afición y esperança la quería tener en solo Dios"(R,35)
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Mientras la mayoría de los nombres fundamentales del Quijote guardan relación con otros del Relato, la figura de Sancho es la suma paródica de todos los hombres de bien que en estos años siguen al peregrino. Personas buenas e incultas, según Loyola confiesa durante el interrogatorio ante los dominicos "Y el peregrino respondió: <<Entre todos nosotros el que más ha estudiado soy yo>>, y le dió claramente qüenta de lo poco que había estudiado, y con quán poco fundamento" (R,64) Gente, pues, sencilla a las que Loyola convence gracias a su enorme capacidad persuasiva “Había persuadido nuestro B. Padre a muchos de sus condiscípulos que dejasen las malas compañías y las amistades fundadas más en sensuales deleites que en virtuosos ejercicios” (Vida II, III) Don Quijote ha utilizado para convencer a Sancho los mismos recursos que Loyola para captar a sus compañeros, persuadiéndoles, hablándoles mucho y prometiéndoles la salvación eterna y el reino de Dios. Sancho, hombre "de muy poca sal en la mollera", no se deja convencer fácilmente, pero "tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió" que termina aceptando la proposición y rompiendo con todos sus lazos familiares y sociales, tal como había hecho Loyola y exigía a todos sus seguidores. La frase está claramente inspirada en otra de la Vida relacionada con el momento de captación de compañeros “Y tanto les supieron decir y hacer, que al fin les hicieron prometer que acabarían sus estudios primero, y después podrían poner por obra sus deseos” (Vida II, II) También emplea el narrador la expresión “se determinó de salirse con él”, claro referente a otro fragmento de la Vida dedicado al proceso de captación de compañeros “Desde el principio que el B. P se determinó de seguir los estudios, tuvo siempre inclinación de juntar compañeros que tuviesen el mismo deseo que él, de ayudar a la salvación de las ánimas” (Vida II, IV) y, especialmente, como alusión al primer compañero que, de forma definitiva, decide seguirle “fue el primero de los compañeros que se determinó de seguirle e imitarle en toda pobreza y perfeción” (Vida III, XI) Don Quijote ha convencido a Sancho prometiéndole, entre otras cosas, el gobierno de un ínsula, una promesa que se convierte desde ahora en otro de los recursos centrales de la novela, en consonancia con el lugar primordial que, en la Vida, ocupa el objetivo de la Compañía de ampliar el reino de Dios, renovando su doctrina y difundiéndola por las partes más remotas del mundo. Por eso Sancho ha sido convencido con “estas promesas y otras tales” que irán apareciendo en los próximos capítulos, a medida que en la Vida van mencionándose esos objetivos de la Compañía transformados por Cervantes en la meta de esa simbólica codicia del escudero. La figura de Sancho es la menos vinculada al Relato, pues en el libro de Gonçalves no hay ningún compañero de Loyola, entre los pocos citados, que llegue a tener personalidad, aparecen simplemente nombrados y actúan como una colectividad: compañeros. Cervantes crea un escudero similar al de los libros de caballerías y le otorga funciones ambivalentes de escudero y acólito, pues don Quijote, en este capítulo 7, le llama amigo, pero en el siguiente ya le llama "hermano Sancho Panza" Sancho es, pues, copia de escuderos de la literatura y parodia de los humildes e ignorantes muchachos que, seducidos por las promesas de gloria eterna, se lanzan a la aventura religiosa y abandonan su vida anterior. De ahí que Cervantes en el Quijote de 1615 haga que Sancho, tras cumplir el noviciado en la Primera parte, realice su camino ascético como religioso, repitiendo, en una nueva parodia, los mismos sucesos que don Quijote ha imitado de Loyola: cae en una sima, es armado caballero, tiene que azotarse, etc. La culminación de esta ascética, su máximo paralelo con Loyola, se encuentra en su renuncia al gobierno, pues Sancho saldrá de la ínsula y volverá a su casa con las manos vacías, o sea, con la misma pobreza con que Loyola y don Quijote iniciaron sus peregrinaciones tras renunciar a sus derechos de hidalgo y a todos los bienes terrenales. De vuelta de su gobierno es precisamente cuando Sancho cae en la sima y tiene una

especie de visión mística que enlaza con la llamada ilustración del Cardoner vivida por Loyola y su correspondiente parodia quijotesca de la cueva de Montesinos. Ese paralelismo espiritual entre los dos personajes fue ya apreciado por la crítica "Sancho es, en cierto modo, una transposición de Don Quijote en una clave distinta [...] Y así, como Don Quijote tiene que creer en Dulcinea, a fin de creer en sí mismo, Sancho tiene que creer en Don Quijote para creer en la ínsula. De este modo la fe del caballero va a nutrir el espíritu del criado después de haber sostenido el espíritu propio" 16 Sancho es, pues, una representación de los novicios que, subyugados por la personalidad de un líder, lo abandonan todo para seguirle. El mismo Cervantes sugiere en el prólogo I esa representatividad colectiva otorgada a Sancho "en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas" Por "cifradas todas", según el contexto, debe entenderse compendiadas, pero también puede leerse como que todas las gracias escuderiles de Sancho están transcritas en clave, cifradas y compendiadas de todos los libros religiosos. Don Quijote es, desde el momento que abandona su casa, la búsqueda de un ideal, un entusiasmo siempre en marcha que crea a su alrededor admiración o desprecio. Entre quienes le admiran, Sancho es quien más le conoce por estar junto a él, y su proceder se encamina a aproximarse a esa perfección, de ahí que en su camino represente la suma de virtudes y defectos de todos los compañeros imantados por Loyola: "El crecimiento del escudero, tan evidente desde las primeras páginas de 1615, empieza a manifestarse por medio de una serie de alusiones a lo que podríamos llamar <<las enseñanzas del púlpito>>, complementadas por el folklore" 17 En general, el desarrollo de Sancho, como el resto de la obra, carece de un esquema previo definitivo, y su personalidad va forjándose por acumulación a medida que Cervantes avanza en la interpretación y profundización del Relato y la burla de la Vida. Cuando Sancho, por ejemplo, comience a engarzar refranes, estará parodiando a Ribadeneyra y su gusto por anudar sentencias o seudocitas “Porque para que prenda y eche raíces el árbol que se planta ha de ser tierno. Y un sabio aunque Gentil dijo, tanto va en el acostumbrarse a una cosa desde niño. Y otro que el vaso sabe a la pega, y toma siempre el sabor del primer licor, que se echó en él. Y Aristóteles dijo no va poco, sino mucho en acostumbrarse de una manera, o de otra, desde la mocedad. Pero mucho mejor lo dijo el Espíritu Santo por Salomón, en aquellas palabras. Proverbium est adolescens iuxta viam suam ambulans, etiam cum senverit, non recedet ab ea. Que es Proverbio ya y común dicho de todos, que el mozo acostumbrado a andar por un camino, aunque se haga viejo no le dejará” (Vida III, XXIV) Ese abuso descontrolado será utilizado tan hábil y jocosamente por Cervantes que se transformará en uno de los rasgos más universales de la personalidad del escudero, cuyas ocurrencias van a ser siempre el lado más divertido de la crítica cervantina a la falsa erudición de Ribadeneyra. Lo más destacado, por ahora, es el momento exacto de su aparición, la perfecta sincronía en el seguimiento paralelo de los acontecimientos históricos, pues Sancho surge en el preciso momento en que se inicia la parodia de la llegada de Loyola a París, o sea, cuando aparecen los primeros compañeros dispuestos a seguirle. “Dio luego don Quijote orden en buscar dineros, y, vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad” La expresión utilizada por el narrador (Dio...orden en) la encontramos en la Vida en un contexto paralelo
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Guía del lector del Quijote, o.c., ps. 112 y 125. La invención de Sansón Carrasco, Carlos Romero Muñoz, Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Ed. Anthropos, Barcelona 1991, p.28.

“De allí pasó a Almazán y Sigüenza y Toledo, porque en todos estos lugares había de dar orden en las cosas que de sus compañeros traía encargadas” (Vida II, V) Y la búsqueda de dineros, se corresponde con los escudos conseguidos por Loyola a su llegada a París, pues ese es el momento parodiado, y aunque en el Relato no se dice cómo Loyola se hace con dicho dinero, en la Vida sí se especifica que procedía de limosnas. Cervantes inventa esa forma de vender posesiones, o sea, recibir algo sin trabajar, aunque ya sabemos, por los primeros capítulos, que don Quijote prácticamente había consumido su hacienda “Por una cédula de Barcelona le dio un mercader, luego que llegó a París, veinte y cinco escudos” (R, 73) “Habíanle enviado de España cierta suma de dineros en limosna” (Vida II, I) El caso es que Loyola llegó a París con dinero, por eso don Quijote hace lo mismo e inicia esta segunda salida con ciertas provisiones “Acomodóse asimesmo de una rodela que pidió prestada a un su amigo y, pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester” En su primera salida don Quijote llevaba una adarga de la que nada se dice y que ahora ha sido sustituida por esta rodela18 prestada por un amigo del que no volveremos a saber nada, pues se trata de una nueva metáfora extraída de la Vida y cuyo referente es la expresión ponerse en camino, que nos conduce a ese fragmento en el que Loyola lleva “a nuestro Señor por su escudo y su guía” “Con esta provisión se puso en camino para España, y llegado a la ciudad de Ferrara, que está dos jornadas de Venecia, se fue a hacer oración a una iglesia. [...] De Ferrara tomó el camino para Génova por Lombardía (la cual ardía toda de cruelísima guerra que entonces había entre los españoles y franceses) , y él enderezaba su camino de manera que había de pasar casi por los mismos ejércitos y reales de los unos y de los otros. A esta causa le aconsejaron que se desviase de aquel peligro y echase por otro camino más desembarazado y seguro. Pero él se determinó de seguir su camino derecho, llevando a nuestro Señor por su escudo y su guía” (Vida I, XII) Es, pues, “nuestro Señor” el “su amigo” que ha prestado a don Quijote el escudo con que ahora se protege. También el narrador informa de que don Quijote ha reparado “su rota celada”, remitiéndonos con el verbo pertrechar a un fragmento de la Vida al que se ha recurrido ya en varias ocasiones “Y como Rey de todos los reyes, poderosísimo y sapientísimo, tiene cuenta de favorecer a su reino, que es la santa Iglesia Católica, con plazas inexpugnables y fuerzas, baluartes y reparos, que son las sagradas religiones, y de poner en ellas capitanes y soldados valerosos en presidio, para defensa y seguridad de todo el reino, y de bastecerlas y proveerlas de las armas, municiones, vituallas y pertrechos que son menester para que los enemigos, que son las maldades, herejías y errores, no corran el campo sin resistencia, y hagan guerra sin temor a la verdad y a la virtud” (Vida II, XVIII) Los muchos ataques ideológicos sufridos por Loyola en Alcalá y Salamanca son la causa de esa dañada cabeza o, simbólicamente, rota celada que don Quijote se ha visto obligado a reparar. Don Quijote le recomienda a Sancho que se provea de lo necesario (“se acomodase de lo que viese que más le era menester”), es decir, de las mismas provisiones espirituales de que Loyola se proveyó en su primera salida: espíritu, prudencia y esfuerzo “si el mismo Dios, no le hubiera trocado y dádole el espíritu, prudencia y esfuerzo que para ello era menester?” (Vida I, VII) Según Ribadeneyra, Dios dotó a Loyola, desde el principio, de todas esas virtudes imprescindibles para poder realizar una obra tan grande como la que hizo, por eso, don Quijote sugiere a Sancho que se provea de todo lo necesario.
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“Rodela. Escudo redondo que cubre el pecho” Covarrubias, o.c.

“Sobre todo, le encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría y que ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase” La duda sobre la conveniencia de que Sancho lleve su asno nos remite también al Relato y la Vida, donde se da cuenta de la salida de Loyola a pie y con un asno “Tratada, pues, y acordada la jornada con sus compañeros, se partió solo camino de Barcelona a pie, llevando un asnillo delante cargado de libros” (Vida I, XVI) Esta información deshace la duda de don Quijote sobre si algún caballero tuvo escudero con asno, tal vez porque los santos nunca acostumbraban a tener caballerías pero, de todas formas, él determina que Sancho lo lleve, para lo que el narrador vuelve a utilizar otra expresión de la Vida con idéntico sentido “Pero, con todo esto, no se determinó de seguir particular manera de vida, sino de ir a Jerusalén después de bien convalecido” (Vida I, II) Don Quijote sigue los restantes consejos del ventero al pie de la letra “Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen" Consejos que coinciden en lo esencial con los del confesor de Loyola sobre la provisión “Que la limosna y caridad que le pedía era solamente que tomase cargo de su conciencia, para regirla y para oir sus pecados y confesarle; que en lo demás él tendría cargo de proveerse de lo necesario, sin darles pesadumbre” (Vida I, XI) Loyola está pidiendo al confesor que le escuche y le dirija espiritualmente, porque de lo demás se encarga él. También el hermano de Loyola le aconsejó, en su segunda salida de casa, ir acompañado y provisto de lo necesario “importunóle muy ahincadamente que quisiese ir a caballo, y proveído de dineros y acompañado” (Vida II, V) SEGUNDA SALIDA A continuación, don Quijote y Sancho, salen de su casa con el mismo sigilo (“una noche se salieron del lugar sin que persona los viese”) que el caballero lo hiciera en su primera salida, sin avisar ni despedirse de nadie, y antes de que amanezca. Esta segunda salida se inspira en la hecha por Loyola desde Salamanca, pues ese es el momento histórico sobre el que recae ahora la parodia, es decir, el camino hacia París, donde Loyola y sus compañeros van a vivir los acontecimientos narrados en el capítulo VIII del Relato, y que serán parodiados por Cervantes en el octavo del Quijote. “Y así se salió della con harta contradicción de muchos hombres principales, a los cuales dolía en el alma esta partida. Salió con determinación de irse a la universidad de París, a donde Dios le guiaba para favorecerle, como le favoreció [...] se sentía llevar del favorable viento del Espíritu Santo, y hallaba paz en la guerra, y en los peligros seguridad y en los trabajos descanso” (Vida I, XVI) Se repiten el verbo salir y la seguridad (“una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían”), como referentes no sólo al texto de la salida, sino a su contenido, pues Loyola salía

huyendo del peligro de la Inquisición española, razón por la que don Quijote se afana en que no les encuentren. “Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre19 que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol no les fatigaban” La descripción de Sancho como un patriarca es doblemente irónica. Por un lado se compara su imagen bonachona y hedonista con la de un patriarca, palabra con muchos significados, aunque todos en torno al de una persona de dignidad y prestigio y, en sentido popular, como un hombre sencillo, feliz y satisfecho. Por otro, en la Vida se repite muchas veces esta palabra, casi siempre con su acepción de título otorgado a los fundadores de algunas órdenes religiosas “Y habíale nuestro Señor escogido para capitán y caudillo de uno de los escuadrones de su Iglesia (que es como las haces bien ordenadas de los reales y puestas a punto de guerra) y para patriarca y padre de muchos, que, sin duda, es mayor merced y favor de Dios y a menos concedido que tener arrobamientos y revelaciones” (Vida I, VII) En su sentido profundo, y a pesar de la rústica estampa de Sancho, el narrador se atreve a llamarle como lo que también es junto a Loyola, un patriarca o fundador, pues él representa al primero y a todos los discípulos de la Compañía. Una vez lejos de su casa don Quijote toma el mismo camino de su primera salida, “Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en su primer viaje”, frase con la que Ribadeneyra explica el acierto del religioso al encaminarse a Dios “Mas, aunque el fruto destos espirituales Ejercicios se extienda universalmente a todos, pero particularmente se vee y se experimenta más su fuerza en los que tratan de tomar estado y desean acertar a escogerle conforme al beneplácito y voluntad de Dios. Porque no todos los estados arman a todos, ni son a propósito de cada uno, sino que uno es mejor para uno y otro para otro, y cuál sea el más conveniente para cada uno y más acertado y seguro, sólo el Señor lo sabe perfetamente que nos crió a todos y que, sin nosotros merecerlo, nos aparejó y mereció con su sangre tan grande bien como es la comunicación de su gloria y de su bienaventurada presencia. Y así, el escoger estado y tomar manera de vida habíase de hacer con mucha oración y consideración y deseo de agradar a Dios y de acertar cada uno a tomar lo que el Señor quiere que cada uno tome, y lo que mejor le está para alcanzar su último fin” (Vida I, VIII) Cervantes completa la frase con otra expresión procedente de la primera carta de Luis de Granada al frente de la Vida, tal como viene repitiendo en estos capítulos para demostrar la importancia de un texto tan trascendente para la historia que nos ocupa “Sea nuestro Señor bendito que guió a V. P. en esta derrota por camino tan derecho, que sin envidia alabó su Orden y sin querella engrandeció las otras” (Vida, Granada I) La mención de los “Ejercicios” en el fragmento anterior de la Vida, provoca una lectura complementaria de esa idea del camino, pues Loyola, a su llegada a París, comenzó a dar sus famosos ejercicios espirituales a quienes poco tiempo después serían sus primeros discípulos. También Sancho, antes de salir, ha sido adoctrinado (“tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió”), imitando la iniciación de Loyola en Manresa, de forma que aquella primera salida espiritual se está ahora repitiendo con el discípulo por “la misma derrota y camino” Tras esa última intervención del narrador se escucha por primera vez a Sancho “-Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me
“Que la limosna y caridad que le pedía era solamente que tomase cargo de su conciencia, para regirla y para oír sus pecados y confesarle; que en lo demás él tendría cargo de proveerse de lo necesario, sin darles pesadumbre” (Vida I, XI)
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tiene prometido, que yo la sabré gobernar, por grande que sea” En estas palabras se aprecia un evidente interés en resaltar el sentido mercantilista de su acompañamiento, aunque, en el lenguaje profundo, ya hemos visto que ese materialismo es sólo una metáfora de las conquistas espirituales prometidas por Loyola, tal como apunta Helena Percas de Ponseti: Esta "primera caracterización de Sancho irá desmintiéndose a lo largo de la primera parte, por la imagen del hombre de suprema sabiduría capaz de reconocimiento propio y de la renuncia a los engañosos bienes materiales que codiciaba al principio"20 “-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza, antes pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizás las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o por lo mucho de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero si tú vives y yo vivo bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aun más de lo que te prometo” La intención de don Quijote es renovar las antiguas costumbres de los caballeros andantes, igual que, según Ribadeneyra, Loyola y sus compañeros pretendían implantar el uso frecuente de la comunión y las formas de vida de los cristianos primitivos. El referente “fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos” señala su fragmento paralelo en la Vida “Fue grande el fruto que se cogió destos sermones, porque por ellos se movió la gente a recebir con devoción los santos sacramentos de la Confesión y Comunión algunas veces entre año. Y desde entonces se vino a refrescar y a renovar aquella tan saludable costumbre de los antiguos tiempos de la Iglesia primitiva, de hacerlo más a menudo, la cual tantos años atrás estaba puesta en olvido, con menoscabo de la religión cristiana y grave detrimento de las ánimas” (Vida II, XIII) Don Quijote, como Ribadeneyra, está prometiendo grandes recompensas. La expresión es prácticamente la misma, incluso se añade “tan agradecida usanza”, en paralelo al “tan saludable costumbre” de la Vida, donde también está muy presente la idea militar de conquistar y ganar reinos y provincias en nombre de la fe. Don Quijote promete incluso beneficios inmediatos (“si tú vives y yo vivo bien podría ser”), un generoso reparto semejante al obtenido por el maestro Claudio Yayo y otros de los primeros compañeros de Loyola “El Maestro Claudio Yayo fue enviado a Bresa, el cual ganó las voluntades de toda aquella ciudad con la suavidad de su condición y santidad de sus costumbres, y despertó las gentes a buscar de veras el camino del cielo. Partieron para Parma y Placencia de Lombardia, en compañía de Enio Filonardo, verulano, cardenal de S. Angel, legado Apostólico, los padres maestros Pedro, Fabro y Diego Laínez, los cuales cogieron maravillosos frutos de sus trabajos en aquellas ciudades y ganaron para la Compañía un buen número de personas de diversas edades” (Vida II, XV) “Después que nuestro padre Ignacio comenzó a gozar de la luz deste mundo, se ha escurecido la de nuestra religión en gran parte de Hungría, con la muerte y pérdida de su rey Ludovico , y de la Transilvania y de la Dalmacia y Esclavonia, habemos perdido la isla de Rodas, que era defensa de la cristiandad , y la de Chío y el reino de Chipre y las fuerzas de Corón y Modón, Nápoles de Romanía, Malvasía, Lepanto la Goleta, Trípoli de Bervería, y Bugía y otras que se habían ganado a costa de nuestra sangre, para que Cristo nuestro Señor fuese en ellas conocido y reverenciado . Pues ¿qué diré de las herejías que por nuestros
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Cervantes y su concepto del arte, Helena Percas de Ponseti, Ed. Gredos, Madrid 1975, p. 73.

pecados se han levantado en nuestros tiempos? Las cuales, como fuego infernal y pestilencia pegajosa han abrasado e inficionado tantos reinos y provincias que no se pueden contar sin lágrimas de corazón” (Vida II, XVIII) Casi todos estos últimos fragmentos del capítulo 7 están inspirados y relacionados con el XVIII del libro segundo de la Vida, tal vez por su contenido especialmente partidista y demagógico; su objetivo es infundir miedo con una versión integrista y beligerante del luteranismo y sus consecuencias. Hay en toda la conversación entre amo y escudero una enorme ironía surgida precisamente de las asociaciones expresivas con la Vida, pues con la expresión “coronarte por rey de uno dellos” don Quijote parece remitirnos a un fragmento ya conocido “Y pasó tan adelante la desvergüeza y rebelión, que los hugonotes coronaron por rey a Ludovico Borbón” (Vida II, XVIII) Al mismo capítulo pertenece otro fragmento donde también se recogen expresiones similares y cuya lectura resulta necesaria para conocer la orientación burlesca de la prosa cervantina “No quiero hablar de las otras provincias que están perdidas y asoladas con esta plaga y langosta roedora e infernal que ha consumido y atalado la hermosura de los campos y la fruta de los árboles y la devoción y fe que había en los reinos de hungría, de Bohemia, de Polonia, de Dania, Suecia, Noruegia, Transilvania, Hibernia y otras regiones y tierras setentrionales, porque sería nunca acabar; sólo quiero añadir aquí (para que lo que en general habemos dicho mejor se entienda) una cosa particular. En la ciudad de Monesterio, cabeza y metrópoli de la provincia de Wesfalia, después que los herejes echaron de la ciudad a los clérigos y religiosos y caballeros y toda la gente honrada y cuerda que los contradecía, y saqueádoles sus casas y robádoles sus haciendas, coronaron a un sastre por rey, con todo el aparato y cerimonias que se suelen usar en las coronaciones de los verdaderos reyes. Este se llamó: « Rex iutitiae super terram », Rey de la justicia sobre la tierra; el cual se casó con muchas mujeres y tomó por mujer principal y por reina a la que más era a su gusto” (Vida II, XVIII) La información sobre el sastre hecho rey que tomó “por reina” a una mujer de su gusto provocará la graciosa pregunta de Sancho sobre la posibilidad de hacer reina a su mujer. Incluso él mismo sólo puede imaginarse ser rey gracias a algún milagro “-De esa manera –respondió Sancho Panza-, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser reina, y mis hijos infantes. -Pues ¿quién lo duda? –respondió don Quijote. -Yo lo dudo –replicó Sancho-, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentería bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda. -Encomiéndalo tú a Dios, Sancho –respondió don Quijote-, que Él dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado. -No haré, señor mío –respondió Sancho-, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar” Como acólito en formación, la posibilidad de reinar es un imposible sólo alcanzable por un milagro, de la misma manera que para un novicio ser coronado santo, reinar, sólo es posible con la ayuda divina. Sancho cree que gracias a esa ayuda puede lograrlo, pero se niega a aceptar que su mujer, como la del sastre, también pueda serlo, pues eso supondría, como según Ribadeneyra hacen los herejes, una perversión de las costumbres. A las alusiones religiosas de Sancho responde su amo con otra expresión coloquial (“Encomiéndalo tú a Dios”) asociable al lenguaje de Loyola

“Nunca pudo hallar tal amo, aunque con gran diligencia y por medio de muchas personas le buscó . Y así, por consejo de un amigo suyo religioso , después de haberlo encomendado a nuestro Señor, tomó otro camino que le sucedió mejor” (Vida II, I) Don Quijote, por último, ruega a Sancho que no se conforme con ser menos de adelantado 21. Se trata de una nueva referencia a otro fragmento de la Vida que, prácticamente, nos sitúa ya en los capítulos cuyos sucesos serán objeto de la próxima parodia “antes que comenzase el curso de la Filosofía, movió tanto a algunos mozos nobles ingeniosos y bien enseñados, que desde luego se desapropiaron de todo cuanto en el mundo tenían, siguiendo el consejo del Evangelio. Y, aunque en el mismo curso de las artes no se daba tanto a esta ocupación , por los respetos que en capítulo precedente dijimos, pero acabado el curso, en tanta manera inflamó los ánimos de muchos estudiantes, los mejores que en aquel tiempo había en la Universidad de París, a seguir la perfeción evangélica, que cuando partió de París, casi todos sus conocidos y devotos, dando de mano al mundo y a todo cuanto dél podían esperar, se acogieron al puerto seguro de la sagrada religión. Porque estaba tan encendido y abrasado con el fuego del amor divino su ánimo, que, doquiera que llegaba, fácilmente se emprendía en los corazones de los otros el mismo fuego que en el suyo ardía” (Vida II, II) Loyola anima a sus discípulos a seguir la perfección, don Quijote exhorta a Sancho a no conformarse con poco (“no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos”) El capítulo se cierra con una intervención de Sancho (“No haré, señor mío –respondió Sancho-”) semejantes a las atribuidas a Loyola tanto en el Relato como en la Vida “tornaba a gritar: << Señor, no haré cosa que te ofenda >>” (R, 24) “mas él respondía: No haré tal, no tentaré a mi Dios” (Vida I, VI) En las últimas palabras de Sancho (“me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar”) se aprecia la gran confianza y entrega depositada en don Quijote, paralela a la de los estudiantes parisinos en Loyola. En general, estos capítulos seis y siete, dedicados especialmente a la denuncia del clima de censura y represión existente en España, son además un astuto seguro de vida para Cervantes, pues el estudio concienzudo que supone la parodia de los capítulos seis y siete del Relato, sólo podían entenderlo los jesuitas, en esos momentos muy interesados en hacer olvidar a los dominicos y a la Inquisición precisamente esos dos capítulos. Es decir, los jesuitas no estaban en disposición de hacer una denuncia que, por un lado, demostraba la ineficacia del secuestro del Relato y, por otro, la evidencia de que todo el mundo veía en Loyola a un librepensador contrario a las instituciones represivas con las que ahora intentaban asociarlo.

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“Gobernador militar y político de una provincia”, Murillo, o.c., p.128.

CAPÍTULO OCHO

"Ya, ya, ya; ni temo a brujas, duendes, fantasmas, balentones, gigantes, follones, malandrines, etc. ni ninguna clase de cuerpos temo, sino a los humanos" 1 Si el capítulo 7 se cierra con don Quijote y Sancho iniciando la segunda salida y, de forma simbólica, representando la huida de Loyola desde Salamanca a París con la intención de reunirse allí con sus compañeros, este octavo se abre con una recreación directa en los nuevos acontecimientos ocurridos a Loyola en la capital francesa. No obstante Cervantes, antes de meterse de lleno en dichos asuntos, vuelve a recordar con pequeños matices el lugar donde se centra la parodia. El mismo epígrafe contiene algunos detalles significativos “Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice2 recordación” La expresión “buen suceso” abre una serie de referencias al ya conocido fragmento de una de las dedicatorias de la Vida, de gran trascendencia en los inicios de este capítulo octavo “Destos originales se ordenó y sacó casi toda esta historia. Porque no he querido poner otras cosas que se podrían decir con poco fundamento, o sin autor grave y de peso, por parecerme que, aunque cualquiera mentira es fea e indigna de hombre cristiano, pero mucho más la que se compusiese y forjase relatando vidas de santos; como si Dios tuviese necesidad della, o no fuese cosa ajena de la piedad cristiana querer honrar y glorificar al Señor, que es suma y eterna verdad, con cuentos y milagros fingidos. Y aun esta verdad es la que me hace entrar en este piélago con mayor esperanza de buen suceso y próspera navegación. Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad, podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese. Mas escribimos de un hombre que fue en nuestros días, y que conocieron y trataron muy particularmente muchos de los que hoy viven; para que los que no le vieron ni conocieron, entiendan que lo que aquí se dijere, estará comprobado con el testimonio de los que hoy son vivos y presentes, y familiarmente le comunicaron y trataron [...] y otros acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió dignos de memoria. Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y
DIPLOMATARIO, francisco de goya, edición ángel canellas lópez, Institución "Fernando el Católico", Zaragoza, 1981, p. 253
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“Y para mejor alcanzar esta vitoria de mano del Señor le ofreció de hacer decir algunos millares de Misas por el felice suceso de tan arduo negocio, el cual acabado y confirmada ya la Compañía, en algunos años se dijeron todas, repartiéndose por los padres della, que estaban ya en diversas partes del mundo derramados” (Vida II, XVII)

acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido” (Vida, A los hermanos) Además del “buen suceso” como irónico referente a esa primera parte del fragmento donde Ribadeneyra razona sobre la importancia de la verdad y su compromiso, Cervantes resalta el final, donde se concentran esa serie de términos militares y caballerescos que denotan la influencia de las novelas de caballerías en la Vida. Casi todo el final del epígrafe del Quijote (“con otros sucesos dignos de felice recordación”) parece inspirado en el otro final donde además del núcleo (“y otros acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió dignos de memoria”) Cervantes introduce pequeñas variantes, como “recordación” por “memoria”, o “sucesos” por “acaecimientos”. El resto del fragmento de la Vida está además cargado de otros referentes quijotescos siempre repetidos con ambiguo sentido, como empresa (“por poco le hiciera dejar la comenzada empresa” QI, 2), acometido (“todas las hazañas que había acometido” QI, 22), encuentros (“tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados encuentros” QI, 49), etc. Vida Quijote buen suceso buen suceso con su prudencia y valor valeroso otros sucesos otros acaecimientos dignos de memoria dignos de felice recordación Se aprecia también bastante paralelismo entre la referencia general de Ribadeneyra a “las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado” y la referencia concreta a la aventura de los molinos de viento, también una empresa “señalada”, según se deduce de su calificación de “espantable y jamás imaginada” Una vez finalizado el epígrafe y sus ocultas referencias a la dedicatoria “A los hermanos”, Cervantes vuelve inmediatamente al lugar donde dejó la parodia al final del capítulo 7, o sea, al momento en que Loyola camina desde Salamanca a París “Muchas personas principales le hicieron grandes instançias que no se fuese, mas nunca lo pudieron acabar con él; antes 15 ó 20 días después de haber salido de la prisión, se partió solo, llevando algunos libros en un asnillo: y llegado a Barcelona, todos los que le conoscían le desuadieron la pasada a Francia por las grandes guerras que había, contándole ejemplos muy particulares, hasta decirle que en asadores metían los hespañoles; mas nunca tuvo ningún modo de temor. Y así se partió para París solo y a pie, y llegó a París por el mes de Hebrero” (R, 72-73) Loyola se dirige a París desoyendo todos los consejos de sus amigos y mostrando, como él mismo recuerda, un gran valor (“nunca tuvo ningún modo de temor”), es decir, lo mismo que en el epígrafe se ha resaltado de don Quijote (“Del buen suceso que el valeroso don Quijote”), y que Ribadeneyra repite insistentemente 3 en los inicios de su

“era brioso y de grande ánimo, dióse mucho a todos los ejercicios de armas, procurando de aventajarse sobre todos sus iguales, y de alcanzar nombre de hombre valeroso, y honra y gloria militar” (Vida I, I) “Mas, como los enemigos no aflojasen punto de su cerco, y continuamente con cañones reforzados batiesen el castillo, sucedió que una bala de una pieza dio en aquella parte del muro donde Ignacio valerosamente” (Vida I, I) “Entrando pues, en este palenque nuestro soldado, luchando consigo mismo y combatiendo valerosamente contra el demonio” (Vida I, VI)

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libro, donde también se narra, con su correspondiente hinchazón, la llegada de Loyola a París “Tratada, pues, y acordada la jornada con sus compañeros, se partió solo camino de Barcelona a pie, llevando un asnillo delante cargado de libros. Llegado a Barcelona y tratando su negocio y camino con sus conocidos y devotos (que tenía allí muchos del tiempo pasado), todos con grandes y eficaces razones lo desaconsejaron la jornada de París. Poníanle delante el frío muy áspero que hacía, por ser en medio del invierno, la guerra ya rompida y muy sangrienta que había entre España y Francia, y los peligros y trabajos de que por causa de la guerra estaba lleno el camino. Contábanle muchos y frescos ejemplos de horribles crueldades que en aquel camino de Francia los soldados habían ejecutado contra los caminantes. Mas no bastaron todas estas cosas a detenerle, porque se sentía llevar del favorable viento del Espíritu Santo, y hallaba paz en la guerra, y en los peligros seguridad y en los trabajos descanso. Y así se dio a caminar por medio de Francia a pie, y con el favor de Dios que le guiaba llegó a París, sano y sin pasar ningún peligro, al principio de febrero de mil y quinientos y ventiocho años” (Vida I, XVI) Guiado por Dios con el “favorable viento del Espíritu Santo”, Loyola llega sano y salvo a París. De nuevo Ribadeneyra, recurriendo a lugares comunes de la literatura religiosa, se saca de la manga esa protección divina inexistente en el Relato, ese simbólico viento favorable que sugiere a Cervantes el inicio de su capítulo 8 “En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero: -La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra” El favor divino que “guiaba” los pasos de Loyola se ha transformado en la buena suerte “guiando” los de don Quijote, siendo el verbo guiar el nexo con ese momento del peregrino camino de París, donde poco después de llegar vuelve a sufrir, como en Alcalá o Salamanca, el acoso de la Inquisición, otra experiencia más de las que constituyen su largo camino ascético, tal como sutilmente (“comenzaremos a enriquecer”) apunta don Quijote. El viento es a su vez otro genial referente, motor de la máquina espiritual de Loyola (“favorable viento del Espíritu Santo”) y fuerza simbólica que mueve la enorme máquina (“treinta o cuarenta molinos de viento”) de la Inquisición. Por eso don Quijote habla de “buena guerra”, refiriéndose a la mantenida por Loyola con la Inquisición, brazo armado de una Iglesia alejada del espíritu cristiano, del “servicio de Dios” Vida Quijote cosas cosas viento viento guerra guerra Y así y así favor... guiaba ventura va guiando
“al mismo tiempo envió Dios nuestro Señor de socorro otro varón y capitán a su Iglesia, en todo contrario a Lutero, para que con su espíritu invencible y armas poderosas y divinas valerosamente le resistiese y pelease las batallas del Señor” (Vida II, XVIII)

favor de Dios

servicio de Dios

El resto de la intervención de don Quijote está igualmente punteada de otros referentes religiosos propios de la Vida, donde prácticamente aparecen todos esos conceptos. El primero es la satisfacción por la buena suerte, la “ventura” que les favorece (“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear”) “Y así, el escoger estado y tomar manera de vida habíase de hacer con mucha oración consideración y deseo de agradar a Dios y de acertar cada uno a tomar lo que el Señor quiere que cada uno tome, y lo que mejor le está para alcanzar su último fin” (Vida I, VIII) Según Ribadeneyra hay que pensar y orar mucho antes de decidirse a servir a Dios, y hacerlo con deseo de agradarle y de acertar a tomar lo más conveniente, etc. Don Quijote ha dicho prácticamente lo mismo y casi con las mismas expresiones y vocablos en negritas. Igual ocurre con los conceptos de enriquecimiento (“con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer”)4 o servicio (“y es gran servicio de Dios”)5 Además, don Quijote manifiesta su intención de luchar contra los gigantes empleando también terminología militarista de la Vida, como guerra (“esta es buena guerra”)6 o batalla (“pienso hacer batalla”)7 En definitiva, la primera intervención de don Quijote en este capítulo es un verdadero mosaico de alusiones al Relato y la Vida sobre el momento de la llegada de Loyola a París donde, como don Quijote sabe, se enfrentó al gigante de la Inquisición, de ahí que, al ver los molinos, piense hacer lo mismo, pues su objetivo es, con palabras de Ribadeneyra, labrarse y perfeccionarse, o enriquecerse. “-¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza. -Aquellos que allí ves –respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas” Cervantes ha utilizado una medida itineraria, legua, equivalente a poco más de cinco kilómetros y medio, para describirnos sólo los enormes brazos del gigante, cuyas proporciones según ese dato, lo identifican como a uno de esos seres fabulosos de la tradición europea capaces de andar por el globo terráqueo dando zancadas entre los distintos países; una especie de ese temible coloso pintado más tarde por Goya con el

“Porque, después que ella se plantó y fundó, y Dios nuestro Señor fue descubriendo los resplandores de sus dones y virtudes con que había enriquecido y hermoseado el ánima de su siervo Ignacio, tuvimos todos sus hijos grandísimo deseo de entender muy particularmente los caminos por donde el Señor le había guiado” (Vida, A los hermanos) 5 “aunque no tenía conocimiento de cosas espirituales, todavía en su hablar mostraba mucho hervor y mucha voluntad de ir adelante en el servicio de Dios” (R, 21) 6 “movido con la novedad y admirado, decía: - ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué camino es éste por donde entramos? ¿Qué nueva empresa es esta que acometemos? ¿Qué manera de guerra es esta en que andamos?” (Vida I, VI) 7 “Estábase todavía nuestro Ignacio tendido en una cama, herido de Dios, que por esta vía le quería sanar, y cojo como otro Jacob, que quiere decir batallador, para que le mudase el nombre y le llamase Israel y viniese a decir: Vi a Dios cara a cara y ni ánima ha sido salva. Pero veamos por qué camino le llevó el Señor, y cómo antes que viese a Dios fue menester que luchase y batallase” (Vida I, II) “y con los vivos deseos de agradar a Dios, que el mismo Señor le daba, se hallaba ya mucho más alentado y animado para resistir y batallar” (Vida I, III) “fue gravísimo el tormento que sintió, y mucho mayor la fatiga que daba a su alma la lucha de esta espiritual batalla” (Vida I, IX)

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mismo sentido simbólico, pues ¿quién sino la Inquisición posee un "poder gigantesco"8 capaz de llegar con sus brazos desde Salamanca a París? “La represión española se distingue menos por su crueldad que por el poderío del aparato burocrático, policíaco y judicial de que dispone. Su organización centralizada cubre toda la Península con malla apretadísima; hasta posee sus antenas en el extranjero, como lo prueban las gestiones hechas en Alemania, en Italia o en Francia contra Servet y contra Castillo” 9 Los avatares del arzobispo Carranza son un claro ejemplo de que la persecución contra Loyola no fue un caso aislado, y de que el poder de la Inquisición española (“el largo brazo de España”) abarcaba gran parte de Europa “El ejemplo más sensacional de su poder de desafío a Roma se pudo ver en el caso del arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, primado de España, quien, bastante irónicamente, se había ocupado en 1554-57, mientras Felipe II se sentaba en el trono de Inglaterra como marido de María Tudor, de perseguir la herejía en Inglaterra. Apenas nombrado para la sede toledana en 1557 fue acusado de hereje por el inquisidor general Valdés, un dominico gran enemigo del erasmismo y del protestantismo. Valdés lanzó su ataque apoyándose en la denuncia de otro dominico, Melchor Cano, a quien desagradaba Carranza, acerca de su libro Comentarios sobre el catecismo cristiano, publicado por el arzobispo en 1558. Las expresiones vagas usadas por Carranza –él no era un gran erudito en teología-, ofrecieron el pretexto para la acusación, así como el hecho de que anteriormente hubiera sido sospechoso de erasmismo y que hubiera mostrado en Trento tendencias reformistas. Lo que es más chocante, sin embargo, es que, después de su arresto por la Inquisición en 1559, a pesar de la aprobación formal de sus Comentarios por el concilio de Trento y de las protestas y amenazas del papa Pío IV, hasta 1566 no consiguió Pío V que la Inquisición española soltara a Carranza y lo enviara a Roma para que lo juzgara el papa. Pero hasta allí le alcanzó el largo brazo de España. Hasta 1576 no fue dada la sentencia por Gregorio XIII, en la cual aunque no se proclamaba al obispo hereje de un modo formal, se incluían sus Comentarios en el Índice como libro peligroso, y se desterraba a Carranza, quien había obedientemente abjurado de todas sus afirmaciones juzgadas como erróneas, al convento de los dominicos de Orvieto durante cinco años, pero murió en Roma dieciocho días después de haber sido pronunciada la sentencia”10 El inmenso poder de la Inquisición es, pues, la clave interna de la parodia: Del Relato se deduce que Loyola fue perseguido en París debido a la información sobre su peligroso apostolado dada por la Inquisición española a la francesa, también alerta contra la herejía11. Es decir, la Inquisición, como los molinos, es un gigante capaz de llegar con sus brazos de un país a otro. Volvamos a las fuentes de la parodia. El capítulo VIII del Relato se inicia con la llegada de Loyola a la capital francesa. Allí, llevando una vida de duras penitencias, pasó un tiempo dedicado a estudiar, mendigar y relacionarse con otros religiosos, pero como no recibía limosna suficiente para sustentarse y perdía mendigando mucho
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Don Quijote I, estudio preliminar de Américo Castro, Ed. Novelas y Cuentos, Madrid 1980, p. 20

Erasmo y España, o.c., p. 490-491. Historia del mundo moderno, t. III, La Contrarreforma y la revolución económica 1559-1610, Ed. Cambridge university press-Sopena, Barcelona 1974, p. 47. De Angelita y Luis. 11 “en Francia, las virulentas pasiones religiosas que bullían alrededor del trono [...] se fueron extendiendo cada vez más a la burguesía y al bajo pueblo parisino”. La diplomacia del Renacimiento, Garret Mattingly, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1970 p. 314. De Nacho.
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del tiempo necesario para estudiar, decidió, siguiendo los consejos de un fraile, ir a Flandes para proveerse "un fraile español le dijo un día que sería mejor irse cada año a Flandes, y perder dos meses, y aun menos, para traer con qué pudiese estudiar todo el año" (R, 76) Tras obtener dinero suficiente, vuelve a París y reanuda su tarea evangelizadora "Venido de Flandes la primera vez, empezó más intensamente que solía a darse a conversaciones espirituales, y daba cuasi en un mismo tiempo ejercicios a tres, es a saber: a Peralta, y al bachiller Castro que estaba en Sorbona, y a un viscaíno que estaba en santa Bárbara, por nombre Amador. Estos hicieron grandes mutaciones, y luego dieron todo lo que tenían a pobres, etiam los libros, y empezaron a pedir limosna por París, y fuéronse a posar en el hospital de S. Jaques, adonde de antes estaba el peregrino, y de donde ya era salido por las causas arriba dichas. Hizo esto grande alboroto en la universidad, por ser los dos primero personas señaladas y muy conoscidas. Y luego los españoles comenzaron a dar batalla a los dos maestros; y no los podiendo vencer con muchas razones y persuasiones a que viniesen a la universidad, se fueron un día muchos con mano armada y los sacaron del hospital" (R,77) En cuanto reaviva su labor proselitista vuelven a repetirse los mismos problemas de Alcalá y Salamanca. Las conversaciones espirituales causan "grandes mutaciones" en algunos jóvenes y provocan "grande alboroto en la universidad". Es tal la influencia ejercida en sus nuevos discípulos ("personas señaladas y muy conoscidas") que entregan todas sus pertenencias a los pobres y, a imitación de Loyola, se encierran en el mismo hospital donde él había vivido antes. Entonces algunos españoles comienzan a "dar batalla" y sacan "con mano armada" a los encerrados del hospital. El Relato especifica que la oposición a Loyola está capitaneada por españoles, y utiliza, como Cervantes, el término "batalla" "Y luego los hespañoles començaron a dar batalla a los dos maestros" (R, 77) "Levantáronse en París grandes murmuraciones, máxime entre hespañoles, contra el peregrino" (R, 78) A don Quijote le corresponde ahora, en consonancia con la persecución sufrida por Loyola, enfrentarse con esos treinta o más “desaforados gigantes”, símbolos del inmenso poder de la Inquisición. Y justifica su acción como "buena guerra" al "servicio de Dios" para "quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra". La misma intención de Loyola que, en cuanto inicia su ofensiva apostólica, pone en marcha la enorme máquina inquisitorial, pues se levantan grandes murmuraciones. O sea, cuando reanuda sus ejercicios en París el brazo de la Inquisición se pone en marcha “-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son

gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino” Es de nuevo Ribadeneyra quien favorece el juego simbólico atribuyendo a la Inquisición la facultad de tener “brazos” “También debemos enmendar nuestras vidas porque no perdamos por nuestras culpas el don inestimable de la fe, que otras naciones por las suyas perdieron, y suplicar insistentemente de día y de noche al Señor por la vida y felicidad de nuestro católico rey don Felipe, que, conforme a su apellido y renombre, con su grandísima cristiandad, celo, vigilancia y poder ampara y defiende la fe católica, oponiéndose como muro fortísimo e inexpugnable al furor de los herejes, y dando brazo, aliento y favor al santo Oficio de la Inquisición” (Vida II, XVIII) Sancho no ve brazos, sino aspas, aunque su culta respuesta tampoco deja de ser metafórica (“que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino”), pues las piedras de molino forman parte de la tradición simbólica cristiana y se asocian a la idea de tragar o admitir lo inaceptable, que es lo que, en el lenguaje profundo, el escudero está aconsejando a don Quijote, es decir, que no luche contra la Inquisición y acate lo que se le manda. El matiz simbólico lo subraya la enorme cantidad de molinos, treinta o cuarenta, que hacen más descabellada la intención de don Quijote y más admisible su identificación con un tribunal con jurisdicción en varios países de Europa. "Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración12 en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla" Don Quijote reprocha a su escudero falta de imaginación o incapacidad para comprender el auténtico sentido de las aventuras, pues su propósito no es triunfar sino enriquecerse en la ascética, en la “fiera y desigual batalla”, como también afirma Ribadeneyra: “la fatiga que daba a su alma la lucha de esta espiritual batalla” Además Sancho tiene miedo (“y si tienes miedo quítate de ahí“), como suele ocurrirle a los principiantes “Aún no había descubierto Satanás sus entradas y salidas, sus acometimientos y fingidas huidas, sus asechanzas y celadas; aún no le había mostrado los dientes de sus tentaciones, ni le había puesto los miedos y espantos que suele a los que de veras entran por el camino de la virtud” (Vida I, VI) Mientras Loyola estudia y se abstiene de predicar, nada le ocurre, pero en cuanto vuelve a su tarea evangelizadora “se levantó una tormenta grandísima” “Y como en este tiempo tuviese mucha paz y ninguno le persiguiese, díjole un amigo suyo : - ¿No veis Ignacio lo que pasa? ¿Qué mudanza es esta? ¿Después de tan gran tormento tanta bonanza? Los que poco ha os querían tragar vivo y os escupían en la cara, ahora os alaban y os tienen por bueno; ¿qué novedad es esta? - Al cual él respondió: - No os maravilléis deso; dejadme acabar el curso y lo veréis todo al revés; ahora callan porque yo callo, y porque yo estoy quedo están quedos; en queriendo hablar o hacer algo, luego se levantará la mar hasta el cielo y bajará hasta los abismos; y parecerá que nos ha de hundir y tragar. Y así fue como él lo dijo, porque, acabado el curso de la Filosofía, comenzó a tratar

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“Y como iba tan adelante, tuvo tiempo para apartarse un poco del camino, y por un rato estuvo puesto en oración” (Vida II, IX)

con más calor del aprovechamiento de las ánimas, y luego se levantó una tormenta grandísima, como en el capítulo siguiente se dirá” (Vida II, I) La “tormenta” de Ribadeneyra es tan metafórica como la “fiera y desigual batalla” de don Quijote, los dos se encuentran ante una fuerza sobrehumana, desigual. “Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas: -Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete” Sin escuchar los consejos de Sancho, don Quijote se lanza a su descabellada aventura tan seguro de su fracaso como Loyola en París, aunque movido por una misma fe inquebrantable en su ideal. La acometida la hace dando voces y empleando como Loyola el vocablo criatura “se puso en oración, con el fervor de la cual comenzó a dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: << Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres, ni en ninguna criatura” (R, 23) “se arrojó delante del divino acatamiento en oración, y encendido allí con fervor de la fe, comenzó a dar voces y a decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío; dadme desde allá de lo alto la mano, Señor mío, defensor mío. En ti sólo espero, que ni en los hombres ni en otra criatura ninguna hallo paz ni reposo” (Vida I, VI) Don Quijote “iba diciendo en voces altas” y Loyola daba voces y gritaba (“dar voces y a decir en grito”). En ambos casos aparecen la expresión decir en, más el vocablo voces, y la intensidad (altas o a gritos) Se lanza contra uno de los molinos sin echar de ver lo que era, es decir, con la misma actitud decidida y valiente de Loyola al acometer su tarea. "Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo: -Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar" Ya vimos cómo en cuanto Loyola comienza a predicar se levanta la tormenta (“luego se levantó una tormenta grandísima”), es decir, comienza su enfrentamiento con la Inquisición. También el viento se levanta y mueve las aspas contra las que va a enfrentarse don Quijote. En ambos casos se utiliza el verbo levantar, que vuelve a repetirse en la Vida con el mismo sentido y en otro fragmento de gran trascendencia para el resto de esta parodia. “Y así se levantaron en París grandes borrascas contra él; y la causa particular fue esta. Había en aquella Universidad algunos mancebos españoles nobles los cuales por su comunicación y movidos por su ejemplo vinieron a hacer tan gran mudanza en su vida, que, habiendo dado todo cuanto tenían a los pobres, andaban mendigando de puerta en puerta; y dejando las compañías que primero tenían y las casas en que moraban se habían pasado para vivir como pobres al hospital de Santiago. Comenzóse a divulgar la fama deste negocio y a esparcirse poco a poco por toda la Universidad, de manera que ya no se hablaba de otra cosa, interpretando cada uno conforme a su gusto. Los que más se alborotaron y más

sentimiento hicieron deste negocio fueron ciertos caballeros españoles, amigos y deudos de aquellos mancebos. Estos vinieron al hospital de Santiago a buscar a sus amigos, y comenzaron con muy buenas palabras a persuadirles que dejasen aquella vida, tomada por antojo y persuasión de un hombre vano, y que se volviesen a sus casas. Y como no lo pudiesen acabar con ellos, usaron de ruegos, halagos, promesas y amenazas, valiéndose de las armas que les daba su afecto y de todo el artificio que sabían. Pero, como todo él no bastase, dejando las palabras vinieron a las manos, y con grande ímpetu y enojo, por fuerza de armas, medio arrastrando los sacaron de donde estaban y los llevaron a aquella parte de la ciudad donde está la Universidad. Y tanto les supieron decir y hacer, que al fin les hicieron prometer que acabarían sus estudios primero, y después podrían poner por obra sus deseos. Como destos consejos y nuevo modo de vida se supiese que Ignacio era el autor, no podía dejar de desagradar a los que semejantes obras no agradaban. Entre los otros fue uno el doctor Pedro Ortiz , el cual ya en aquel tiempo florecía en aquella Universidad con nombre de insigne letrado. El cual, movido con la novedad de la cosa, quiso que se examinase muy de propósito la dotrina y vida de nuestro Ignacio, de que tanto por una parte y otra se decía. Denunciáronle delante del Inquisidor en este tiempo, el cual era un docto y grave teólogo llamado el Maestro Ori, fraile de la orden de Santo Domingo. A éste se fue nuestro padre, en sabiendo lo que pasaba, sin ser llamado; y sin esperar más, se presentó ante él y díjole que él había oído decir que en aquel tribunal había cierta deposición contra sí y que, ahora fuese verdad ahora no lo que le habían dicho, quería que supiese su Paternidad que él estaba aparejado para dar razón de sí. Aseguróle el Inquisidor contándole cómo era verdad que a él habían venido a acusarle, mas que no había de qué tener recelo ninguno ni pena. Otra vez, acabados ya sus estudios, queriendo hacer una jornada que no podía excusar para España , le avisaron que había sido acusado criminalmente ante el Inquisidor y, en sabiéndolo, tampoco aguardó a que lo llamasen, sino luego se fue a hablar al juez ,y ruégale mucho que tenga por bien de examinar su causa y averiguar la verdad, y pronunciar la sentencia conforme a ella. - Cuando yo (dice) era solo no me curaba destas calumnias y murmuraciones; mas ahora que tengo compañeros estimo en mucho su fama y buen nombre por lo que toca a la honra de Dios. ¿Cómo puedo yo partirme para España, dejando aquí esparcida tal fama, aunque vana y falsa contra nuestra dotrina? Dice el Inquisidor que no hay contra él acusación ninguna criminal, mas que algunas niñerías y vanidades le han venido a decir, que nacían o de inorancia o de malicia de los acusadores y que, como él supiese que eran relaciones falsas y chismerías, nunca había querido ni aun hacerle llamar; mas que, ya que estaba allí, que le rogaba que le mostrase su libro de los Ejercicios espirituales. Diósele Ignacio y leyóle el buen Inquisidor y agradóle tanto, que pidió licencia para trasladarle para sí, y así lo hizo. Pero, como nuestro p. Ignacio viese que el juez andaba, o disimulando o dilatando el publicar la sentencia sobre la causa de que era acusado, porque la verdad no escureciese con la mentira, lleva un escribano público y testigos ante el Inquisidor, y pídele que, si no le quiere dar sentencia, a lo menos le dé fe y testimonio de su inocencia y limpieza, si halla que la puede dar con justicia. El juez se la dio luego, como se la pedía y desto dio fe el escribano, de lo cual tomó el p. Ignacio un traslado auténtico para usar dél, si en algún tiempo fuese menester, contra la infamia del falso testimonio que se le había levantado” (Vida II, II)

La actividad de Loyola y su influencia en los estudiantes provoca la intervención, el movimiento de los inquisidores (“Y así se levantaron [...] movidos por su ejemplo”). Para mantener el sentido profundo de su interpretación, Cervantes utiliza esos mismo verbos (“Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse”) que sirven como claros referentes del contenido interno. En fin, empujados por el viento de las murmuraciones los brazos de los molinos comienzan a moverse y don Quijote, en vez de amedrentarse, se envalentona evocando al gigante Briareo que, según la mitología, tenía más de cien brazos, o sea, tantos como esa Inquisición capaz de actuar en Alcalá, Salamanca o París. “Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance13 le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió14 con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante” El acto de encomendarse a Dulcinea ya se ha visto como forma paralela al socorro solicitado por Loyola a Dios o a la Virgen cuando se encuentra en situaciones problemáticas. En este caso, casi toda la intervención del narrador esta formada a base de fragmentos de las diversas ocasiones donde se repite esa acción en la Vida “estuvo velando delante de la imagen de nuestra Señora, encomendándose de corazón a ella, llorando amargamente sus pecados” (Vida I, IV) “Pero ya estaba tan quebrantado de los excesivos trabajos del cuerpo y continuos combates del alma, que cayó en una grave enfermedad [...] Llególe la enfermedad hasta el último trance de la vida, y aparejándose ya para la muerte y encomendándose a Dios de corazón, el demonio, que no dormía, le representó un molestísimo pensamiento [...] la fatiga que daba a su alma la lucha de esta espiritual batalla” (Vida I, IX) “poniéndose todo debajo del amparo y protección de la serenísima Reina de los Angeles, virgen y madre de la puridad, hizo voto de castidad en este camino y ofreció a Cristo nuestro Señor y a su santísima Madre la limpieza de su cuerpo y ánima, con grande devoción y deseo fervoroso de alcanzarla, y alcanzóla tan entera y cumplida, como queda escrito en el segundo capítulo. Tan poderosa es la mano de Dios para socorrer a los que con fervor de espíritu se le encomiendan, tomando por abogada y medianera a su benditísima Madre” (Vida I, III) Don Quijote embiste al molino con el mismo ímpetu de Loyola (“con tanta furia “)15, sin temor a las consecuencias y conociendo la enorme fuerza de la Inquisición. "¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?"
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“mas, al fin, el remate desta dura pelea (que le había puesto en tan peligroso trance)” (Vida I, VI)

“Apenas tomaba el arte de gramática con la mano para decorar las declinaciones de los nombres y conjugaciones de los verbos, cuando embestían con él muchas inteligencias de cosas altísimas, y le atropellaban y turbaban la memoria” (Vida I, XIII)
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¿No vees el golpe que viene sobre ti de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte?¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre ti?” (Vida V, II)

Durante el encontronazo Sancho ha permanecido alejado, y sólo al final se acerca lentamente a su amo (“Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno”). Se trata de otra nueva alusión al lenguaje profundo, otro paralelo con el Relato y la Vida, pues los compañeros de Loyola, aunque están en París y sufren la pendencia, no intervienen, sino que se alejan de él y quedan, como Sancho, en oración. Cuando llega hasta donde don Quijote está tendido, pronuncia esa compleja reprimenda, cuya significación sólo se entiende aplicada al lenguaje profundo, es decir, si se toman como referencia los enfrentamientos entre Loyola y la Inquisición, y el temor de los seguidores frente al valor del líder e ideólogo. De ahí que Sancho, aparentemente ajeno al calado de la lucha, concluya sabiamente que tan locos están los unos como los otros (“no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza "), expresión claramente inspirada en otra, ya citada, de la Vida contra los luteranos “Entre esta gente hubo muchos oficiales y hombres viles y desorejados y castigados por ladrones facinerosos e infames por justicia, en fin la escoria y horrura de toda la república, los cuales se hicieron predicadores deste nuevo Evangelio, que siendo tal no podía tener otros predicadores sino tales como ellos” (Vida II, XVIII) La frase de Sancho, asociada a la de Ribadeneyra, viene a hacer tabla rasa sobre la locura religiosa de la época. “-Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada” En consonancia con la indiferencia y el agnosticismo sanchesco, don Quijote trata de explicar las constantes variaciones y criterios (“continua mudanza”) causantes de aquellas guerras religiosas, donde lo que pocos años antes se consideraba bueno, por ejemplo los libros de Erasmo, poco después es malo. Precisamente Ribadeneyra reniega de Erasmo en un fragmento donde aparecen juntas cuatro de las palabras empleadas por don Quijote “Y así, tomando su consejo, comenzó con toda simplicidad a leer en él con mucho cuidado, y notar sus frases y modos de hablar. Pero advirtió una cosa muy nueva y muy maravillosa, y es que, en tomando este libro (que digo) de Erasmo en las manos, y comenzando a leer en él, juntamente se le comenzaba a entibiar su fervor y a enfriarse la devoción. Y cuanto más iba leyendo, iba más creciendo esta mudanza” (Vida I, XIII) También “mudanza” aparece a su vez en el capítulo de la Vida que sirve de núcleo para este octavo, informando de la “mudanza” que algunos universitarios parisinos hicieron con las predicaciones y vida de Loyola “Había en aquella Universidad algunos mancebos españoles nobles los cuales por su comunicación y movidos por su ejemplo vinieron a hacer tan gran mudanza en su vida, que, habiendo dado todo cuanto tenían a los pobres, andaban mendigando de puerta en puerta” (Vida II, II) En definitiva, don Quijote viene a decir que las cosas del espíritu están (“más que otras”) sujetas a la “continúa mudanza” de los intereses personales y no a las justas causas (“la bondad de mi espada”) Y a continuación culpa al “sabio Frestón” de haber

transformado en molinos los gigantes para quitarle la gloria. Ya vimos en el capítulo 7 que, tras el nombre de Frestón, se oculta el del bachiller Frías, celoso acusador de Loyola en Salamanca (“en estas cosas se había mostrado siempre más que los otros”) y probablemente, según lo dicho por don Quijote, el instigador de las persecuciones parisinas. Don Quijote, simbólicamente, está recordando que la persecución contra Loyola en París es fruto de la conexión entre la Inquisición española y la francesa. Por eso acusa a Frestón de “enemistad” y “malas artes”, expresión alusiva a las posibles irregularidades, a la inquina del bachiller Frías. Si en el capítulo 7 Frestón "sabe por sus artes y letras" que "andando los tiempos" será derrotado por don Quijote, aquí el caballero vuelve a pronosticar su futuro triunfo, “al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes” El encontronazo finaliza con una de las primeras sentencias religiosas de Sancho "-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza. Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo" Además de la frase hecha que va sugiriendo el componente religioso del personaje de Sancho, su acción de ayudar a don Quijote también forma parte de esa iniciación paródica pues, según ya se ha visto, en el Relato se explica que Loyola, al principio de su peregrinación, no quería llevar compañeros por varias razones 16. Ahora que don Quijote va acompañado, Sancho le ayuda a levantarse, cumpliendo esa función especificada en el Relato y que, además, sirve de retornelo para el avance de los acontecimientos parisinos, pues la intención de don Quijote es seguir en "el camino del Puerto Lápice", en consonancia con la permanencia de Loyola en París, donde se produjeron otras nuevas persecuciones y amenazas, o sea, otras “muchas y diversas aventuras” Finalizado el episodio de los molinos y antes de iniciarse el segundo de los tres episodios de que consta este capítulo 8, don Quijote y Sancho comienzan un largo diálogo lleno de referencias a la Vida. Primero don Quijote cuenta la historia del caballero “Diego Pérez de Vargas” que, habiendo roto su espada en una batalla, “desgajó de una encina un pesado ramo o tronco” con el que machacó a tantos moros que le quedó el sobrenombre de “Vargas y Machuca” “Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquel que me imagino, y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas” Mientras Machuca creó con su hazañas una gloriosa genealogía, don Quijote quiere hacer algo semejante (“otro tronco, tal y tan bueno”), su intención es parodiar el momento de los orígenes de la Compañía, el gran tronco del que surgirá la nueva orden.

“Y así un día a unos que le mucho instaban, porque no sabía lengua italiana ni latina, para que tomase una compañía, diciéndole quánto le ayudaría, y loándosela mucho, él dixo que, aunque fuese hijo o hermano del duque de Cardona, no iría en su compañía; porque él deseaba tener tres virtudes; caridad y fe y esperança; y llevando un compañero, quando tuviese hambre esperaría ayuda dél; y quando cayese, que le ayudaría a levantar; y así también se confiara dél y le ternía afición por estos respectos; y que esta confiança y afición y esperança la quería tener en solo Dios” (R, 35)

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“-A la mano de Dios –dijo Sancho-. Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída” Sancho, tras usar otra expresión religiosa abundante en la Vida, piensa que don Quijote cabalga ladeado a causa del dolor que le ha producido el encontronazo con el molino de viento, y se lo comunica utilizando el mismo verbo empleado en el capítulo núcleo de los sucesos de París “Fue en aquella hora combatido el ánimo de nuestro B. Padre de dos espíritus que, aunque parecían contrarios, ambos se enderezaban a un mismo fin. El amor de Dios, junto con un encendido deseo de padecer por Jesu Cristo y de sufrir por su nombre dolores y afrentas, le llevaba para que se ofreciese alegremente a la infamia y a los azotes que a punto estaban” (Vida II, III) Aparecen asociados el verbo enderezar con el vocablo dolor, de la misma manera que Sancho ha relacionado el torcimiento de don Quijote con su molimiento “-Así es la verdad –respondió don Quijote-, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella” La entereza de don Quijote se corresponde con la ya conocida de Loyola, imperturbable ante los sufrimientos “Y estando ya algo mejor, le enviaron con mucha cortesía y liberalidad a su casa, donde fue llevado en hombros de hombres, en una litera. Estando ya en su casa, comenzaron las heridas, especialmente la de la pierna derecha, a empeorar. Llamáronse nuevos médicos y cirujanos, los cuales fueron de parecer que la pierna se había otra vez de desencasar; porque los huesos (o por descuido de los primeros cirujanos, o por el movimiento y agitación del camino áspero) estaban fuera de su juntura y lugar, y era necesario volverlos a él y concertarlos para que se soldasen. Hízose así, con grandísimos tormentos y dolores del enfermo. El cual pasó esta carnicería que en él se hizo y todos los demás trabajos que después le sucedieron, con un semblante y con un esfuerzo que ponía admiración. Porque ni mudó color, ni gimió, ni sospiró, ni hubo siquiera un ay, ni dijo palabra que mostrase flaqueza” (Vida I, I) Para imitar la abnegación de Loyola, don Quijote no debe quejarse aunque le salgan las tripas, expresión similar a la “carnicería” con que resume Ribadeneyra las operaciones de Loyola. “-Si eso es así, no tengo yo que replicar –respondió Sancho-; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse” Sancho va representando con su sencillez y simpleza la cara humana de la militancia, ajena a heroicidades y obediente a las reglas. “No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él

cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen” Don Quijote está de acuerdo con que Sancho se queje porque “hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería”. Es un claro ejemplo del riguroso sometimiento de amo y criado a las reglas que se mantendrá a lo largo del libro, sugiriendo el constante paralelismo con las órdenes religiosas. Según el Relato, durante su estancia en París Loyola había mejorado sus frecuentes dolores de estómago, por lo que aprovechó para endurecer otra vez sus penitencias y abstinencias “Y fué recogido en el hospital de sant Jaques, ultra los Innocentes. Tenía grande incomodidad para el estudio, porque el hospital estaba del colesio de Monteagudo un buen trecho, y era menester, para hallar la puerta abierta, venir al toque del Avemaría, y salir de día; y así no podía tan bien atender a sus lecciones. Era también otro impedimento el pedir limosna para se mantener. Ya había cuasi 5 años que no le tomaba dolor de estómago, y así el empeçó a darse a mayores penitencias y abstinencias. Pasando algún tiempo es esta vida del hospital y de mendicar, y viendo que aprovechaba poco en las letras, empeçó a pensar qué haría; y viendo que había algunos, que sirvían en los colegios a algunos regentes y tenían tiempo de estudiar, se determinó de buscar un amo” (R, 74) La falta de apetito de don Quijote (“por entonces no le hacía menester”) responde, pues, al propósito de no comer mostrado por Loyola en ese momento histórico de la parodia “En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino17 del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron”
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“Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado” (Vida I, VI)

Este fragmento es una recreación en algunos aspectos del capítulo VI del libro I de la Vida (ver Apéndice), uno de los más destacados por la cantidad de paja divinizante con que Ribadeneyra adorna la vida ascética de Loyola, acosado de tentaciones y escrúpulos relacionados con su pasado. Vivía entonces como anacoreta en una cueva de Manresa ”Pero entre estas cosas le vino un nuevo linaje de tormento, que fue comenzarle a acosar los escrúpulos y la conciencia de sus pecados, de manera que se le pasaban las noches y días llorando con amargura, lleno siempre de congoja y quebranto; porque aunque era verdad que con toda diligencia y cuidado se había confesado generalmente de sus pecados, pero nuestro Señor, que por esta vía le quería labrar, permitía que muchas veces le remordiese la conciencia y le escarbase el gusano, y dudase: si confesé bien aquello; si declaré bien este; si dije, como se habían de decir, todas las circunstancias; si por dejarme algo de lo que hice, no dije toda la verdad, o si por añadir lo que no hice mentí en la confesión. Con los estímulos destos pensamientos andaba tan afligido, que ni en la oración hallaba descanso, ni con los ayunos y vigilias alivio, ni con las diciplinas y otras penitencias remedio” Loyola pasa las noches en el campo y sin dormir, angustiado por sus escrúpulos y pensamientos. Don Quijote también está en el campo (“aquella noche la pasaron entre unos árboles”) y tampoco duerme (“Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando”) Al final de ese mismo fragmento de la Vida aparecen otros dos vocablos (“afligido” y “remedio”) también utilizados por el narrador para comunicarnos la angustiosa situación de Sancho, afligido porque no hallará remedio para suplir la falta de vino (“afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta”). Según el narrador, Sancho también está haciendo su penitencia, y sufre las mismas consecuencias que su señor, aunque a otros niveles. El narrador incluso especifica que la intención de don Quijote es “acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros18 pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras”. Eso es también lo que, según el Relato, hace Loyola, meditar sobre lo leído, perdiendo el poco tiempo que tenía para dormir “todo lo más del día que le vacaba, daba a pensar en cosas de Dios, de lo que había aquel día meditado o leído. Mas quando se iba acostar, muchas veces le venían grandes noticias, grandes consolaciones espirituales, de modo que le hacían perder mucho del tiempo que él tenía destinado para dormir, que no era mucho” (R, 26) Ribadeneyra incluso especifica la costumbre de Loyola de dormir en el campo “donde le tomaba la noche”, tal como ha hecho don Quijote “Porque muchas veces no le dejaban entrar en los pueblos, y algunas era tanta la hambre y flaqueza que padecía, que sin poder dar un paso más adelante le era forzado quedarse donde le tomaba la noche, hasta que de lo alto le viniese el remedio” (Vida I, X) Don Quijote, por imitar a sus héroes, ni come ni duerme, haciendo, en definitiva, una vida ascética similar a la de Loyola que, al llegar a París y encontrarse mejor de sus dolores de estómago, decide incrementar sus abstinencias y velas. Tanto el Relato como la Vida están llenos de referencias al camino de sacrificio en estos primeros años

“El cual, como hubiese leído en sus libros de caballerías, que los caballeros noveles solían velar sus armas, por imitar él como caballero novel de Cristo” (Vida I, IV)

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de aprendizaje. En cualquiera de esos fragmentos puede encontrarse la idea de no dormir asociada a la de pensar en “Nuestra Señora” “Con esta resolución y determinada voluntad se levantó una noche de la cama (como muchas veces solía) a hacer oración y ofrecerle al señor en suave y perpetuo sacrificio, acabadas ya las luchas y dudas congojosas de su corazón. Y estando puesto de rodillas delante de una imagen de Nuestra Señora, y ofreciéndose con humilde y fervorosa confianza” (Vida I, II) “velando una noche, le apareció la esclarecida y soberana Reina de los Angeles” (Vida I, II) El narrador, aún siendo de noche, dice que don Quijote desgajó de un árbol “un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado”. Sutilísima alusión al giro que en la vida de Loyola supuso la herida de su pierna “Y venido el día que se esperaba la batería, él se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas; y después de durar un buen rato la batería, le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fué mal herida” (R, 1) La forma elíptica empleada por el narrador (“la que se le había quebrado”) se refiere obviamente a la lanza anterior de don Quijote, pero la utilización del verbo quebrar y el sentido simbólico ya visto en la comparación con Machuca, parece una fina precisión sicológica de Cervantes, cuya idea sería que Loyola, impedido para la vida militar por el quebranto de la pierna, había puesto el hierro, es decir, todo su ímpetu y energía, en esta nueva idea de fundar una Compañía que en los días de París se estaba fraguando. El último tramo de la intervención del narrador (“No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias”) vuelve a ser un cúmulo de referentes a la Vida, también imitada en el ayuno de don Quijote “Dando, pues, a Dios estas amorosas quejas y estos penosos gemidos, vínole al pensamiento un ejemplo de un santo que, para alcanzar de Dios una cosa que le pedía, determinó de no desayunarse hasta alcanzarla. A cuya imitación propuso él también de no comer ni beber hasta hallar la paz tan deseada de su alma, si ya no se viese por ello a peligro de morir” (Vida I, VI) El riguroso ayuno de Loyola, imitando a un santo, es también repetido por don Quijote, cuyo único sustento son las “sabrosas memorias” “Esta es un piadoso y debido agradecimiento y una sabrosa memoria y dulce recordación de aquel bienaventurado varón y padre mío” (Vida, A los hermanos) Aunque la expresión “sabrosas memorias” se inspira en esa de Ribadeneyra, su contenido se está refiriendo a otra información del capítulo núcleo, donde Loyola sigue acosado por sus escrúpulos pasados “Y con grande desengaño y resolución determinó de sepultar la memoria de los pecados pasados y no tocar más a sus llagas viejas ni tratar dellas en la confesión” Esa memoria o recreación en las viejas llagas es lo que jocosamente ha traducido el narrador como “sabrosas memorias” La frase final (“Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron”) tiene un sentido de inicio y continuidad similar al existente en el capítulo núcleo, un ejemplo modélico del estilo hinchado de la Vida, donde encontramos esos mismos vocablos señalados más el verbo tornar “Estos dos encuentros solos fueron los que tuvo al descubierto para volver atrás del camino comenzado, y habiendo sido tan lleno de trabajos y peligros y tan

sembrado de espinas y abrojos, como muestra todo lo que hizo y padeció, es señal de la particular misericordia con que el Señor le previno en las bendiciones de su dulcedumbre. Mas, de ahí adelante hubo una gran mudanza en su ánima y comenzó a sentir grandes alteraciones y como contrarios movimientos en ella. Porque, estando en oración y continuando sus devociones, se le secaba súbitamente algunas veces el corazón, y hallábase tan angustiado y tan enredado, que no se podía valer ni desmarañar, desagradándose de sí mismo y desabriéndose por verse sin ningún gusto espiritual. Mas tras esto venía luego con tanta fuerza una como corriente del divino consuelo y tan impetuosa, que le arrebataba y llevaba en pos de sí. Y así con esta luz desaparecían los nublados de la tristeza pasada, y sin dejar rastro de sí; la cual diferencia y mudanza como él echase de ver, movido con la novedad y admirado, decía: - ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué camino es éste por donde entramos? ¿Qué nueva empresa es ésta que acometemos? ¿Qué manera de guerra es ésta en que andamos? [...] Pero al tercero día tornó a ser dellos combatido como de antes” (Vida I, VI) El punto de partida de don Quijote y Sancho es el mismo camino de antes, igual que Loyola debe continuar en el camino de la virtud ya emprendido, seguir en el mismo camino ascético. Eso parece sugerir la utilización, en ese mismo capítulo, del verbo “tornar” “Pero al tercero día tornó a ser dellos combatido como de antes” Don Quijote y Sancho “Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron”, otra matización temporal (“las tres del día”) cuyo objetivo parece ser la analogía con la de la Vida (“al tercero día”) Como puede verse en los subrayados, las expresiones más afectadas de don Quijote están siempre construidas con retazos de la Vida, muy próxima a la irracionalidad de los libros pastoriles o de caballerías. “-Aquí –dijo en viéndole don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero” Por primera vez le ha llamado “hermano”, y no precisamente porque la convivencia haya propiciado ya esa expresión de cariño, sino por afinidad con el lenguaje interno, pues los compañeros de Loyola en esos momentos de París han sido considerados hermanos de una misma idea religiosa, según se aprecia en la Vida “Dé, pues, ahora la ventaja mi aprovechamiento al de mis hermanos; sirvamos ahora a Dios con la voluntad y con el deseo de padecer, que, cuando sin detrimento y sin daño de tercero se pueda hacer, lo serviremos poniendo por obra el mismo padecer” (Vida II, III) Don Quijote también advierte a Sancho de que no debe intervenir en su defensa, salvo cuando sea atacado por “canalla y gente baja”. En general el fragmento se inspira en otro de la Vida donde no sólo aparecen conceptos similares, sino la idea de guerra total contra el común enemigo, la herejía “Y porque una de las cosas que más había de perseguir este dragón y en que más se había de encarnizar y escupir la ponzoña de su pestífera dotrina son las sagradas religiones, y en derribar y extinguir los varones apostólicos que en ellas viven, para que, faltando ellos como pastores y perros veladores, él, como lobo matador y carnicero, más a su salvo hiciese estrago en el rebaño de la santa

Iglesia católica, con grandísima sabiduría ordenó la divina providencia que se instituyese una nueva orden para defender principalmente nuestra santísima fe, cuyo instituto es socorrer y ayudar a los soldados valerosos de las otras santas religiones, que de día y de noche, con tanto esfuerzo y fruto pelean donde los hay, y donde no, salir ella con las armas en las manos al encuentro del común enemigo” (Vida II, XVIII) Don Quijote ha dicho “poner mano a tu espada para defenderme” y un poco más adelante añade “ayudarme”, completando prácticamente el contenido paródico del fragmento anterior. -Por cierto, señor –respondió Sancho-, que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle” El compromiso de obediencia de Sancho (“será muy bien obedecido en esto”) es también paralelo al de los jesuitas “Finalmente, para mejor resolver esta tan importante dificultad, se concertaron en estos puntos. El primero, que en ninguna manera aflojasen en el cuidado que se tenía aquellos días de acudir a Dios en la oración, sino antes se acrecentase, y que todas sus oraciones y sacrificios se enderezasen a pedir intensamente a nuestro Señor que les diese en la virtud de la obediencia gozo y paz, que es don del Espíritu Santo; y que, cuanto era de su parte, cada uno desease más el obedecer que el mandar” (Vida II, XIII) Además de la expresión “no tendré mucha cuenta con”, frecuente en la Vida con diversas variantes19, Sancho utiliza con mucha sutileza ese “cada uno” que posibilita el juego con el lenguaje profundo, con la colectividad de la Compañía, tal como ha hecho Ribadeneyra al emplear la expresión “leyes ...divinas y humanas” “Infaman, pues, malamente a los nuestros y principalmente al Padre Ignacio, publicando que en España y en París y al fin en Venecia había sido condenado por hereje. Dicen que es hombre perdido y facineroso, que no sabe sino pervertir todas las leyes divinas y humanas, y juntamente calumnian los Ejercicios espirituales y ponen mácula en los compañeros, infamándolos de muchas cosas perniciosas” (Vida II, XIV) Esta información avala el sentido profundo de la frase de Sancho, pues cada uno de los jesuitas infamados tiene, como Sancho, derecho humano y divino a defenderse. Puede observarse que, en general, casi todas las expresiones de la Vida aparecidas en este diálogo entre don Quijote y Sancho proceden del capítulo señalado como núcleo y del Libro II, base genérica del resto de los acontecimientos objetos de la parodia, continuada por Cervantes con la aventura de los frailes de san Benito, segundo episodio de este capítulo 8. “Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrás dellos venía un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con
“Y diciendo a voces que aquel hombre era un santo, pues no tenía cuenta con su dolor y afrenta” (Vida II, III)
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muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero” Tanto este episodio de los frailes como el siguiente del vizcaíno son un trasunto del final de los acontecimientos de Loyola en París, y guardan una estructura paralela. Su base es la acusación de "seductor de los escolares" recaída sobre Loyola y la decisión oficial de darle un escarmiento público, dos episodios separados pero directamente relacionados entre sí en cuanto el segundo es consecuencia del primero. El narrador nos ofrece en primer lugar una panorámica de dos frailes montados sobre dos mulas. Detrás de ellos aparece un coche y gente a pie y a caballo. Matiza además que se trata del coche de una señora vizcaína camino de Sevilla con su séquito, y también que los frailes no van con ella, sino que llevan el mismo camino. En cuanto don Quijote divisa a los que vienen expone su punto de vista “-O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío. -Peor será esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe. -Ya te he dicho, Sancho –respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás” Don Quijote ve la realidad de forma totalmente distinta a Sancho. Igual que en el caso de los mercaderes toledanos, aquí necesita un nuevo pretexto para imitar el comportamiento de Loyola en París, su enfrentamiento con la universidad y, por lo tanto, con la Iglesia. Por eso los amorfos bultos negros no le parecen frailes, aunque su color lo sugiere, sino encantadores que han raptado a una princesa que, por lo tanto, necesita ayuda. Sancho acierta en su papel de hombre prudente, y avisa a su señor de que con quien realmente va a enfrentarse es con la Iglesia (“aquellos son frailes”), de ahí esa sutil matización de “no sea el diablo que le engañe”, con la que sugiere la posible procedencia diabólica de la visión, es decir, lo mismo que opinan quienes persiguen a Loyola por su labor proselitista y le temen por miedo a la herejía. En ese sentido, la expresión “mire bien lo que hace” vuelve a ser un referente a la ya comentada intervención del hermano mayor haciendo, como Sancho, de consejero, tal como certifica esa otra coincidencia burlesca (“achaque”) existente también en la inmediata respuesta de don Quijote “Había ya cobrado razonable salud, y porque la casa de Loyola era muy de atrás allegada y dependiente de la del duque de Nájera y el mismo duque le había enviado a visitar en su enfermedad algunas veces, con achaque de visitar al duque (que estaba en Navarrete) y cumplir con la obligación en que le había puesto, pero verdaderamente por salir, como otro Abraham, de su casa y de entre sus deudos y conocidos se puso a punto para ir camino. Olió el negocio Martín García de Loyola, su hermano mayor, y diole mala espina; y llamando a parte a Ignacio en un aposento, comenzó con todo el artificio y buen término que supo, a pedirle y rogarle muy ahincadamente que mirase bien lo que hacía, y no echase a perder a sí y a los suyos” (Vida I, III) Por otra parte, el consejo de Sancho se inspira en las muchas veces que Loyola es tentado con engaños del diablo

“y manifiestamente conoció que era el demonio que le quería engañar” (Vida I, VI) “en estas cosas de revelaciones y raptos es menester mucho tiento, porque puede haber engaño y muchas veces le hay, tomando por visitaciones del cielo las ilusiones de Satanás” (Vida I, VI) La respuesta de don Quijote (“Ya te he dicho, Sancho –respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás”) parece claramente inspirada en una de las muchas intervenciones que en la Vida se le atribuyen a Loyola en estilo directo “Pero él les dijo: - Si es verdad o no lo que yo acerca desto enseño, vuestro es mirarlo, que para eso os hacen jueces; yo no lo quiero ser, sólo pido, que si es verdad, se apruebe; y si no lo es, se repruebe y condene lo que digo; mas los jueces no lo osaron reprobar” (Vida I, XV) Como experto en la materia, don Quijote desacredita la opinión de Sancho y se refuerza en la suya (“lo que yo digo es verdad”) remitiéndonos al momento histórico. Hay, desde luego, un juego evidente entre la respuesta de Loyola a los jueces, exigiéndoles la aprobación de lo que dice, y la de don Quijote a Sancho, donde se exige lo mismo. “Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo: -Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recibir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras" La imprecación, en voz alta y en medio del camino, tiene su razón de ser en un pasaje de la Vida que veremos inmediatamente, además de los grandes improperios ya conocidos contra los herejes, y la referencia a “las altas princesas” “no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas” (R, 6) o al ejército, descomunal gigante forzador de doncellas “Llegados a una casería, hallaron un grande fuego, y muchos soldados a él, los cuales les dieron de comer, y les daban mucho vino, invitándolos, de manera que parecía que tuviesen intento de escallentalles. Después los apartaron; poniendo la madre y la hija arriba en una cámara, y el pelegrino con el mozo en un establo. Mas cuando vino la media noche, oyó que allá arriba se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era, halló la madre y la hija abajo en el patio muy llorosas, lamentándose que las querían forzar. A él le vino con esto un ímpetu tan grande, que empezó a gritar, diciendo: «¿esto se ha de sufrir?» y semejantes quejas; las cuales decía con tanta eficacia, que quedaron espantados todos los de la casa, sin que ninguno le hiciese mal ninguno” (R, 38) ¿Existe alguna diferencia entre el ímpetu de Loyola al enfrentarse a todo un ejercito, y el de don Quijote?. Incluso la pedante y retórica expresión “aparejaos a recibir” es frecuente en la Vida, y relacionada con gente tan endiablada como los herejes, en última instancia el eco de fondo de todos estos capítulos “Y como el mundo estaba tan dispuesto y tan aparejado para recebir esta dotrina, por las maldades que reinaban en él, mucha gente baldía inorante, torpe y ciega con sus pasiones y vicios, se dejó engañar y la abrazó y siguió y enseñó a los demás. Entre esta gente hubo muchos oficiales y hombres viles y desorejados y castigados por ladrones, facinerosos e infames por justicia, en fin, la escoria y horrura de toda la república, los cuales se hicieron predicadores

deste nuevo Evangelio, que siendo tal no podía tener otros predicadores sino tales como ellos” (Vida II, XVIII) Parece ser que don Quijote, con la expresión “Gente endiablada”, ha resumido esa ristra de insultos proferidos por Ribadeneyra a los herejes. El resto de la alocución (“aparejaos a recibir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras") está claramente inspirada en otro fragmento donde Loyola también habla a grandes voces (“en alta voz dijo”) “éntrase el B. Padre dentro del agua frigidísima hasta los hombros, y viéndole desde allí pasar, le dijo a grandes voces: “Anda, desventurado, anda, vete a gozar de sus sucios deleites. ¿No vees el golpe que viene sobre tí de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte?¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre tí? Anda, que aquí me estaré yo atormentando y haciendo penitencia por tí, hasta que Dios aplaque el justo castigo que ya contra tí tiene aparejado.” Espantóse el hombre con tan señalado ejemplo de caridad; paró, y herido de la mano de Dios, volvió atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo [...] Partióse, pues, el buen hombre para España, muy corrido y lleno de confusión, acusando por una parte su deslealtad, y por otra espantándose de la caridad de nuestro B. P. Y dando gracias a Dios que hubiese tal hombre en la tierra, y que él le hubiese conocido, que se vengaba de las malas obras que recebía con hacer bien, y las ofensas y agravios que se le hacían los pagaba con semejantes oficios de caridad” (Vida V, II) Se repiten no sólo el verbo aparejar y las expresiones “justo castigo” y “malas obras”, sino que hay además un paralelo entre la amenaza de muerte de don Quijote (“recibir presta muerte”) y la de Loyola (“el infierno que tiene su boca abierta para tragarte”) Vida Quijote le dijo a grandes voces dijese, en alta voz dijo justo castigo justo castigo aparejado aparejaos malas obras malas obras Don Quijote habla a voces y con el mismo ímpetu de Loyola, que también reprocha al hombre su comportamiento y provoca en él un espanto parecido (“Espantóse el hombre”) “Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron: -Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas. -Para conmigo no hay palabras blandas, que ya os conozco, fementida canalla -dijo don Quijote” La figura y razones de don Quijote causan en los frailes una admiración semejante a la de Loyola “El cual misterio explicaba con tanta abundancia de razones, semejanzas y ejemplos, que todos los que le oían se quedaban admirados y suspensos” (Vida I, VII) Tras identificarse, los frailes muestran, por el tono de su conversación, un claro deseo de rehusar cualquier enfrentamiento, incluso niegan alguna relación con el coche objeto

de la discordia. Por eso don Quijote, viendo esa intencionalidad evasiva, les responde insultándoles, y utilizando la misma expresión (“Para conmigo no hay palabras blandas”) empleada por los jueces cuando, según Ribadeneyra, intentaban congratularse con Loyola “El cual, mirando con rostro alegre a nuestro padre, le dijo con palabras blandas y graves” (Vida I, XV) Don Quijote no desea que las cosas queden como están, su actitud es igual que la de Loyola, en ambos casos se prevén las consecuencias y se actúa sin temor a ellas. “Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento” Aquí finaliza lo que podría considerarse primera parte de este episodio, cuya puesta en escena se ajusta a los cánones más usuales del género de la caballería. Don Quijote, en medio del camino y ataviado como un anacrónico caballero, se ha puesto a vociferar e insultar a unos frailes a los que acusa de llevar cautiva a una dama y, además, y prácticamente sin dejar que se expliquen ni se defiendan, se precipita contra ellos con muy malas intenciones. Se trata, claramente, de la actuación de un loco o de un personaje de ficción caballeresca, aunque el episodio vuelve a estar inspirado en un fragmento bastante inverosímil de la Vida y, quizás por ello, muy frecuentado por Cervantes “Movido, pues, de la vida de Fray Antonio uno de los primeros compañeros de nuestro padre que estaba en Basán, comenzó a titubear en su vocación, y a dudar si sería más servido nuestro Señor seguir el camino comenzado, o vivir en compañía de aquel santo en contemplación, apartado de los primeros y del desasosiego e inquietud que la conversación de los hombres trae consigo Y hallándose perplejo y confuso con las razones que de una parte y de otra se le ofrecían, determinó de irse al mismo fray Antonio y comunicar con él sus dudas y hacer lo que él le dijese. Estaba en este tiempo el padre Ignacio en Basán. Fuese, pues, aquel padre a buscar al fraile, e yendo, vio un hombre armado que, con horrible aspecto y fiero semblante, con la espada sacada y levantada, se le puso delante en el camino. Turbóse al principio y paró el padre, mas volviendo en sí, pareciole que no había por qué detenerse y siguió su camino. Entonces el hombre con gran ceño y enojo, arremente al padre, y con la espada desenvainada, como estaba, da tras él. El padre, temblando y más muerto que vivo, echó a huir y él a huir y el otro a seguirle; pero de manera que los que presentes estaban vían al que huía y no vían al que le seguía. Al fin de buen rato, el padre, desmayado con el miedo y asombrado desta novedad, y quebrantado de lo que había corrido, dio consigo desalentado y sin huelgo en la posada donde estaba nuestro Padre. El cual, en viéndole, con rostro apacible se volvió a él, y nombrándole por su nombre díjole: - Fulano ¿ así dudáis? «Modicae fidei quare dubitasti?» Hombre de poca fe ¿por qué habéis dudado? Con esta representación, que fue como una declaración de la divina voluntad, se confirmó mucho este padre en su vocación, como el mismo que lo vio y lo pasó lo ha contado” (Vida II, IX) Tan extraordinaria historieta (con esa frase latina e interrogaciones de claro acento evangélico) sirve claramente de inspiración para el encuentro de don Quijote, como ratifica la enorme relación entre ambos fragmentos

Vida Quijote “Fuese, pues, aquel padre a buscar al fraile” “por donde los frailes venían” “vio un hombre armado que, con horrible “quedaron admirados así de la figura de don aspecto y fiero semblante” Quijote” “se le puso delante en el camino” “se puso en la mitad del camino” “con tanta furia y denuedo” “con gran ceño y enojo” “arremete al padre” “arremetió contra el primero fraile” “la espada desenvainada” “la lanza baja” “echó a huir” “puso piernas” “había corrido” “comenzó a correr” Además de los vocablos y expresiones repetidas, hay en ambas escenas un paralelismo basado en la inesperada intromisión y amenaza de un hombre armado que, sin herir ni tocar a sus contrincantes, los pone en fuga. Ribadeneyra califica el suceso de representación (“Con esta representación”). También Cervantes ha realizado una representación, una escenificación simbólica con una doble intencionalidad. De un lado, y gracias a los exteriores de la narración, remitirnos a esta dudosa historia cuya veracidad o aceptación supone, a su vez, la admisión de un extraordinario milagro o poder inevitablemente atribuido a Loyola. De otro, Cervantes ha utilizado dichos exteriores como elementos de la parodia interna, pues esos frailes de san Benito que encabezan el cortejo de la señora, aunque niegan ir con ella, son vistos por don Quijote como sus auténticos raptores pues, en el fondo, ellos representan el poder eclesiástico de la universidad que ha separado por la fuerza a Loyola de sus discípulos. Por eso don Quijote ataca en primer lugar no a la gran comitiva de la señora, sino a esos frailes que vienen delante de ella, simbolizando el poder eclesiástico que dirige la acción de los estudiantes parisinos. Recordemos que en cuanto Loyola comenzó con su vida y doctrina a dar ejemplo y consejo a los estudiantes para que imitaran a Cristo, algunos “mozos” nobles (“los mejores que en aquel tiempo había en la Universidad de París”) “se desapropiaron de todo cuanto en el mundo tenían”. Esto provocó la envidia de muchos y “se levantaron en París grandes borrascas contra él” Recordemos también que el núcleo del conflicto se fragua entre españoles, pues los mancebos que renuncian a todo cuanto tenían eran “españoles nobles” 20, y quienes alborotaron y fueron a sacarlos del hospital eran “ciertos caballeros españoles, amigos y deudos de aquellos mancebos”, que al no poder convencerlos con ruegos y preguntas, usaron de la fuerza (“Y como no lo pudiesen acabar con ellos, usaron de ruegos, halagos, promesas y amenazas, valiéndose de las armas que les daba su afecto y de todo el artificio que sabían. Pero, como todo él no bastase, dejando las palabras vinieron a las manos, y con grande ímpetu y enojo, por fuerza de armas, medio arrastrando los sacaron de donde estaban y los llevaron a aquella parte de la ciudad donde está la Universidad. Y tanto les supieron decir y hacer, que al fin les hicieron prometer que acabarían sus estudios primero, y después podrían poner por obra sus deseos”) Ese sentido de rapto, de violencia (“medio arrastrando”) es lo que denuncia don Quijote al acusar a los frailes. En ambos casos se especifica la utilización de la fuerza (“por fuerza de armas” / “en ese coche lleváis forzadas”) y el alto rango de los forzados (“los mejores que en aquel tiempo había en la Universidad” / “las altas princesas”). Don Quijote hace, pues, responsable del rapto a los religiosos de san Benito, trasunto de los religiosos que, solapadamente, capitanean la acción parisina.
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Algo lógico, pues Loyola sólo podía realizar su labor proselitista en castellano.

Dicho simbolismo está reforzado por la matización sobre el origen de la señora raptada (“Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína”), pues el detonante de la persecución contra Loyola fue precisamente un estudiante vizcaíno “Venido de Flandes la primera vez, empeçó más intensamente que solía a darse a conversaciones espirituales, y daba quasi en un mismo tiempo exercicios a tres, es a saber: a Peralta, y al bachiller Castro que estaba en Sorbona, y a un viscaíno que estaba en santa Bárbara, por nombre Amador. Estos hicieron grandes mutaciones, y luego dieron todo lo que tenían a pobres, etiam los libros, y empeçaron a pedir limosna por París, y fuéronse a posar en el hospital de S. Jaques, adonde de antes estaba el peregrino, y de donde ya era salido por las causas arriba dichas” (R, 77) “Estaba antes desto el doctor Govea enojado contra nuestro p. Ignacio por un estudiante español, llamado Amador , que por su consejo había dejado el colegio y los estudios y el mundo, por seguir desnudo a Cristo desnudo” (Vida II, III) En definitiva, las altas princesas imaginadas por don Quijote son una metáfora de los estudiantes sacados por la fuerza del hospital y obligados a renunciar a la doctrina de Loyola. Los sucesos de París no finalizaron con la capitulación de los universitarios, pues Loyola fue poco después denunciado ante el inquisidor Maestro Ori, fraile dominico, por el doctor e “insigne letrado” Pedro Ortiz. Tras la denuncia, Loyola se presenta voluntariamente ante el inquisidor y solicita aclarar la situación. Es en el transcurso de la narración de esos sucesos donde se encuentra un claro referente al fragmento del narrador cuyo comienzo es “Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante” “Denunciáronle delante del Inquisidor en este tiempo, el cual era un docto y grave teólogo llamado el Maestro Ori, fraile de la orden de Santo Domingo. A éste se fue nuestro padre, en sabiendo lo que pasaba, sin ser llamado; y sin esperar más, se presentó ante él y díjole que él había oído decir que en aquel tribunal había cierta deposición contra sí y que, ahora fuese verdad ahora no lo que le habían dicho, quería que supiese su Paternidad que él estaba aparejado para dar razón de sí. Aseguróle el Inquisidor contándole cómo era verdad que a él habían venido a acusarle, mas que no había de qué tener recelo ninguno ni pena” Tras ser acusado ante el inquisidor, Loyola “sin esperar más, se presentó ante él”, así que don Quijote lo que está representando ahora con su escaramuza ante los frailes de san Benito es la valiente decisión de hacer frente a las acusaciones ante el inquisidor. Incluso la huida de los frailes perseguidos por don Quijote (el primero cae de la mula al suelo, mientras el segundo sale directamente corriendo) se corresponde con el relativo triunfo de Loyola al conseguir salir indemne de dicha acusación (“no había de qué tener recelo ninguno ni pena”) Cervantes va además añadiendo otros datos más generales, pues la impresión causada por don Quijote a los frailes (“Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones”) vuelve a recrearse en la que deja Loyola a los soldados (“Y como algunos soldados y centinela le vieron en aquel traje y figura”). La figura de Loyola, su anacronismo, sorprende a la gente tanto como la de don Quijote, un dato relevante de la personalidad de ambos. También la huida del segundo fraile (“puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento”) está inspirada en otro fragmento ya conocido “habiendo subido una cuesta áspera con mucho trabajo y dificultad, le visitó N. S. y le consoló con una tan soberana luz, y con tan extrordinario esfuerzo y

regalo, que despidiendo de sí toda aquella molestia y pesadumbre que sentía, comenzó a correr como un gamo por aquellos campos, y de manera que más parecía que le llevaban que no que él se iba” (Vida V, II) El narrador lo sugiere utilizando una expresión paralela, e ironizando con el símil gamo-viento, tal como interesadamente ha hecho Ribadeneyra al afirmar que a Loyola “le llevaban”. De nuevo Cervantes nos ha remitido a ese fragmento de dudosa autenticidad, pues ¿cómo Loyola, con su pierna coja, iba a correr más ligero que un gamo? “Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él21 y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo 22, sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas" El propósito de Sancho de tomar los despojos de la batalla y la oposición de los dos mozos de los frailes, vuelve a ser otra metáfora sobre la situación de Loyola que, al presentarse ante el inquisidor y salir sin cargos, obtuvo una victoria de la que se beneficiarían sus discípulos, pues quedaron libres para hacer lo que quisieran, es decir, para seguir la doctrina de su compañero y beneficiarse espiritualmente. Pero sabemos que ocurrió lo contrario, ya que algunos mozos dirigidos por los eclesiásticos (Ribadeneyra les llama “mozos nobles e ingeniosos”) fueron al hospital y los sacaron por la fuerza, obligándoles, además, a renunciar a seguir a Loyola mientras fueran estudiantes. "Y trayéndolos a la universidad, se vinieron a concertar en esto: que después que hubiesen acabado sus estudios, entonces llevasen adelante sus propósitos" (R, 78) “medio arrastrando los sacaron de donde estaban y los llevaron a aquella parte de la ciudad donde está la Universidad. Y tanto les supieron decir y hacer, que al fin les hicieron prometer que acabarían sus estudios primero, y después podrían poner por obra sus deseos” (Vida II, II) A pesar de la victoria de Loyola los universitarios no han recogido su beneficio, igual que los mozos de los frailes impiden a Sancho beneficiarse de los despojos de la batalla de su señor. Son los mozos de los frailes, en representación de los "muchos con mano armada", quienes movidos por la afrenta al clero, vapulean a Sancho, pues no
“Este le halló que ya volvía, lleno de gozo y consuelo, y arremetió a él con un palo en la mano, y con rostro severo y con un semblante enojado y espantoso le asió del brazo, riñéndole ásperamente y amenazándole porque se había metido en tan manifiesto peligro” (Vida I, XI)
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“Y váse por las calles, y llegado a la plaza de San Marcos, halló a nuestro peregrino tendido en el suelo” (Vida I, X)

entienden un lenguaje (“aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla”) que les suena a burla ("Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas"). De nuevo Cervantes ironiza sobre otro fragmento ridículo y ,en parte, inexplicable de la Vida “Pues ¿cómo queréis vos, por un antojo vuestro, engañar nuestras esperanzas tan macizas y verdaderas, y dejarnos burlados a todos; despojar y desposeer nuestra casa de los trofeos de vuestras vitorias y de los ornamentos y premios que de vuestros trabajos se han de seguir?” (Vida I, III) Estas palabras, atribuidas por Ribadeneyra al hermano mayor de Loyola, tratando de convencerle de que no se vaya de casa y deje a la familia sin los trofeos que, presumiblemente, conseguirá en sus campañas militares, son, al parecer, las que, en lenguaje profundo, no “entendían” los mozos, quienes al comprobar que don Quijote se había alejado de Sancho, arremetieron contra él y le dieron una buena paliza o, según el narrador, “le molieron a coces”, expresión despectiva con la que, indirectamente, Cervantes está acusando a los agresores de Sancho de bestias, de animales. Aunque, en realidad, todo es, como siempre, una referencia al lenguaje de la Vida “Irritados los soldados con el maltratamiento de su capitán, quiebran en el pobre peregrino su enojo, y diciéndole mil baldones y ultrajes, cárganle de puñadas y coces” (Vida I, XII) Lo curioso es que, además, esas “puñadas y coces” parecen inciertas, pues no figuran en el Relato (“Y el capitán le tuvo por loco, y ansí lo dijo a los que lo trajeron: «este hombre no tiene seso; dalde lo suyo y echaldo fuera». ), tal vez por eso las resalta Cervantes. Pero además vemos cómo el mismo Loyola cuenta que el capitán “le tuvo por loco” y por hombre sin “seso”, cosa que Ribadeneyra no cree oportuno recordar, y lo sustituye por una especie de reproche cariñoso (“Enojóse el capitán con los soldados ásperamente, riñéndoles y diciéndoles que harto locos eran ellos, pues le habían traído allí un loco”) que al hacerlo extensivo a todos los soldados, mitiga su fuerza insultante. Hay una evidente intención de desvirtuar el sentido de la expresión para no dañar en lo más mínimo la imagen de Loyola. Sancho queda en el suelo “sin aliento ni sentido”, momento aprovechado por el fraile vapuleado para salir corriendo y seguir su camino “haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas". Otra alusión a la superchería seudoreligiosa, capaz de ver en cualquier movimiento espiritual la presencia del diablo y que es, a fin de cuentas, remedo de la desbandada y alejamiento que provocan las murmuraciones y acusaciones heréticas contra Loyola, pues de esa manera finaliza Ribadeneyra el comentado capítulo II “Algunas graves y antiguas de la Compañía contaron a este propósito una cosa muy particular, que por ser muy conforme al valor y prudencia de nuestro padre quiero yo añadir aquí; y es que, cuando fue de París para Ruán, descalzo y sin comer, para visitar, consolar y remediar aquel pobre español que le había tomado y gastado los dineros que había puesto en su poder y estaba enfermo (como se escribe en el quinto libro desta historia), estando ocupado en esta santa obra, le acusaron delante del Inquisidor; de lo cual hubo gran ruido en Paris, porque muchos decían que aquellos extremos no podían parar en bien, otros que como hereje se había huido” (Vida II, II) Los acusadores, escandalizados y a pesar del fracaso de su denuncia ante el inquisidor, siguieron no obstante creyendo en el sentido herético (“como hereje se había huido”) de la doctrina de Loyola y, por lo tanto, huían de él como los dos frailes ante don Quijote, “haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas”

“Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole: -La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso, y en pago del beneficio que de mí habéis recebido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso y que de mi parte os presentéis ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho” El estilo arcaizante y ripioso de don Quijote vuelve a inspirarse en los prolegómenos de la Vida, tanto en la dedicatoria al inquisidor Baltasar de Quiroga, como en la segunda dedicatoria “A los hermanos”. Ya hemos visto que, en esos escritos, Ribadeneyra abusa de tópicos y servilismo hasta puntos de ridiculez semejantes a esos de don Quijote con los que Cervantes le parodia. Prácticamente todas las negritas y subrayados se encuentran en la dedicatoria A los hermanos, y especialmente en un fragmento, ya comentado, donde se concentran el tono general y las expresiones más significativas “Así que todo lo que diremos de nuestro bienaventurado padre Ignacio manó, como río, de la fuente caudalosa de Dios; y pues Él es principio de bien tan soberano, también debe ser el fin dél y se le debe sacrificio de alabanza por lo que Él obró en este su siervo y en los demás, porque es tan grande su bondad y tan sobrada su misericordia para con los hombres, que sus mismos dones y beneficios que él les hace los recibe por servicios, y quiere que sean merecimientos de los mismos hombres. Lo cual los santos reconocen y confiesan, y en señal de este reconocimiento quitan de sus cabezas las coronas, que son el galardón y premio de sus merecimientos, y con profundísimo sentimiento de su bajeza y con humilde y reverencial agradecimiento, postrados y derribados por el suelo, las echan delante del trono de su acatamiento y soberana majestad” (Vida, A los hermanos) Vida Quijote beneficios que él les hace los recibe por servicios, y quiere / “beneficio que de mí habéis recebido, no quiero” “derribados por el suelo” / “yace por el suelo, derribada” La reafirmación de don Quijote, "sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso", se corresponde con el liderazgo asumido por Loyola en esos momentos sobre el grupo. Y todos los atributos que se añade (“caballero andante y aventurero, y cautivo”) son aplicables a Loyola, un religioso peregrino, un caminante o andante perteneciente al bando de los caballeros o religiosos, y cautivo de la Virgen, a la que se ha entregado con voto de castidad. La pretensión de don Quijote de hacer viajar al Toboso a la señora liberada, encuentra

la oposición de un escudero vizcaíno “Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno, el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, desta manera: -Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno. Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: -Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura. A lo cual replicó el vizcaíno: -¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa. -Ahora lo veredes, dijo Agrajes -respondió don Quijote" Este es el tercer enfrentamiento de don Quijote en el capítulo octavo, y se produce con ese escudero vizcaíno que le ha cogido de la lanza y le ha dicho: “<<Vete, caballero, en hora mala, que, por el Dios que me crió, si no dejas el coche, es tan cierto que te matará este vizcaíno como estás ahí>>” 23. Además de una clara amenaza, las palabras del vizcaíno están cargadas de ironía en el lenguaje profundo pues, la repetición del verbo andar y la matización de mal andar, vuelve a sugerir la referencia a la cojera de Loyola. No obstante, la respuesta del vizcaíno (“Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno”) se inspira en otra, ya comentada, atribuida por Ribadeneyra a Loyola durante su estancia en París, y en las que se repite el verbo andar dentro de un contexto semejante “Estando un hombre en París miserablemente perdido de unos amores deshonestos de una mujer con quien vivía mal, como no pudiese nuestro Padre por ninguna vía desasirle dellos, se fue un día a esperarle fuera de la ciudad, y sabiendo que había de pasar por junto a una laguna o charco de agua (yendo por ventura adonde le llevaba su ciega y torpe afición) éntrase el B. Padre dentro del agua frigidísima hasta los hombros, y viéndole desde allí pasar, le dijo a grandes voces: “Anda, desventurado, anda, vete a gozar de sus sucios deleites. ¿No vees el golpe que viene sobre ti de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte?¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre ti? Anda, que aquí me estaré yo atormentando y haciendo y haciendo penitencia por ti, hasta que Dios aplaque el justo castigo que ya contra tí tiene aparejado.” Espantóse el hombre con tan señalado ejemplo de caridad; paró, y herido de la mano de Dios, volvió atrás, confuso y atónito, apartóse de la torpe y peligrosa amistad de que primero estaba cautivo” (Vida V, II) A la reiteración del verbo andar y las otras coincidencias, debe añadirse el vocablo “cautivo”, también empleado por don Quijote un poco más abajo para referirse al vizcaíno, “cautiva criatura”. Además la primera pretensión del vizcaíno es que don Quijote deje pasar el coche (“no quería dejar pasar el coche [...] si no dejas coche”), en correspondencia con la negativa de Loyola a dejar su trabajo apostólico (“no por eso dejó de llevar adelante su empresa”) con los estudiantes parisinos, tal como puede verse en el capítulo III de la Vida, al que ya se ha recurrido con anterioridad y que a partir de
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Murillo, o.c., nota 26, p. 135.

ahora pasa a ser el núcleo central del final de los acontecimientos parodiados en el capítulo 8. “Había persuadido nuestro B. Padre a muchos de sus condiscípulos que dejasen las malas compañías y las amistades fundadas más en sensuales deleites que en virtuosos ejercicios, y que ocupasen los días de fiesta en santas obras, confesando y comulgando devotamente. De donde venía que ellos en tales días, queriendo acudir a estos devotos ejercicios, faltaban algunas veces a los de las letras, que en París en los días de fiesta aún no se dejan del todo. Viendo pues, el maestro del padre que su escuela quedaba medio desamparada, faltándole los discípulos, tomolo pesadamente y avisole que mirase por sí y no se entremetiese en las vidas ajenas, y que no le desasosegase los estudiantes, si no quería tenerle por enemigo. Tres veces fue por esto amonestado, mas no por eso dejó de llevar adelante su empresa y de convidar a sus condiscípulos a la frecuencia devota de los santos sacramentos. Trató esto el maestro con Diego de Govea , que era doctor teólogo y el que gobernaba el colegio de Santa Bárbara, donde nuestro padre estudiaba, que era como el rector, que allí llaman el principal, del colegio; el cual hizo que el maestro le amenazase de su parte y que le dijese que le daría una sala si no cesaba de desviar a los estudiantes de sus estudios y traerlos (como los tenía) embaucados” (Vida II, III) Tanto Loyola como don Quijote han sido amenazados para que dejen de hacer algo, y ambos responden valerosamente sin hacer caso 24. El primero se ha marcado unos objetivos espirituales a los que no renuncia, algo muy semejante a la idea de don Quijote al tratar de imponer a la señora la vuelta al Toboso en acción de gracias. En resumen, esta primera frase amenazante se corresponde paródicamente con la también advertencia o amenaza dada a Loyola en el colegio. “Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: -Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.” Don Quijote responde “con mucho sosiego”, un claro referente al fragmento de la Vida que está siendo parodiado, ya que en él se encuentra el mismo vocablo en forma verbal (“no le desasosegase los estudiantes”) y una simpática respuesta al porqué don Quijote no quiere enfrentarse al vizcaíno “tomólo pesadamente y avisóle que mirase por sí y no se entremetiese en las vidas ajenas, y que no le desasosegase los estudiantes, si no quería tenerle por enemigo. Tres veces fue por esto amonestado, mas no por eso dejó de llevar adelante su empresa y de convidar a sus condiscípulos a la frecuencia devota de los santos sacramentos. Trató esto el maestro con Diego de Govea , que era doctor teólogo y el que gobernaba el colegio de Santa Bárbara, donde nuestro padre estudiaba, que era como el rector, que allí llaman el principal, del colegio; el cual hizo que el maestro le amenazase de su parte y que le dijese que le daría una sala si no cesaba de desviar a los estudiantes de sus estudios y traerlos (como los tenía) embaucados. Llaman sala en París dar un cruel y ejemplar castigo de azotes” (Vida II, III) Como puede verse en lo subrayado, Loyola fue amenazado a través de un intermediario del maestro Govea (“de su parte”), pero sólo amenazado, pues el castigo que va a recibir después se lo impone y ejecuta él, “que gobernaba el colegio”. Por esa razón don Quijote no desea enfrentarse con el vizcaíno, pues por ahora sólo representa a
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nótese cómo Ribadeneyra, para eliminar cualquier atisbo herético sobre Loyola, resume su labor apostólica en una doctrina tan incontrovertible como convidar a la frecuencia de los sacramentos

uno de los maestros del colegio, no al “principal”, que es con quien deberá hacerlo para cumplir con la imitación. “Y, arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno, con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno por el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: -¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla! El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un golpe solo. El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó de hacer lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso” He querido resaltar ese gran número de negritas y subrayados para señalar el procedimiento de intenso acarreo que cada vez con mayor profusión irá realizando Cervantes sobre un solo capítulo, es decir, el trabajo de absorción total al que somete el capítulo de la Vida núcleo de cada parodia. En este caso es el III del libro II de la Vida, es decir, la continuación de los sucesos parisinos. Su contenido, de forma resumida (ver Apéndice), es el siguiente. Las continúas faltas a clase de los universitarios los días de fiesta, dedicados por consejo de Loyola a virtuosos ejercicios, provoca la indignación del maestro del colegio y el consiguiente aviso para que deje de desasosegar a los estudiantes. Como no hace caso, el maestro lo pone en conocimiento del rector del colegio, Diego de Govea, el cual le amenaza a través del mismo maestro con darle un castigo ejemplar. Loyola tampoco hace caso y el maestro sigue quejándose, porque “en son de santidad” le tenía revuelto todo el colegio. Según Ribadeneyra, el detonante del castigo fue la influencia que ejerció sobre Amador, de quien se sabe por el Relato que era vizcaíno. Por fin Govea decide castigar a Loyola con una “sala” o vapuleo público con varas en el que participan los estudiantes. Aunque el castigo se organizó en secreto, Loyola llegó a enterarse poco antes de su ejecución y, en vez de huir, se presentó ante Govea mostrándole su deseo de sufrir el castigo para así padecer más por Cristo, pero rogándole al mismo tiempo que, por amor a los más jóvenes, no diera tan mal ejemplo en un colegio cristiano. Ante una respuesta tan inesperada, Govea cambia de parecer repentinamente y acompañado de Loyola se presenta en el aula donde se les espera para el castigo, y en presencia de todos los estudiantes se arrodilla ante Loyola, le pide perdón y promulga a voces su santidad.

De forma muy resumida ese es el contenido sobre el que recae la parodia del final de este capítulo 8 y una parte importante del 9, pues en él será donde Cervantes ponga fin al episodio del vizcaíno. Tanto en el Relato como en la Vida aparece casi la misma información, aunque con la gran diferencia, aparte del estilo, de que Ribadeneyra recoge íntegro el final del suceso, y en el Relato aparece incompleto. Volvamos a don Quijote y recordemos que su lanza se la había fabricado él mismo de la rama de un árbol a la que añadió el hierro de su vieja lanza destrozada, y que todo era un símbolo de la nueva lucha espiritual de Loyola, de la creación de un movimiento basado en la tradición humanista y la regeneración de la Iglesia. Por eso el vizcaíno le ha pedido ante todo a don Quijote que se aparte del camino, en paralelo a la orden de los maestros exigiendo a Loyola que deje de embaucar a los estudiantes (”Si lanza arrojas”) si no quiere verse castigado. Ribadeneyra recoge el ambiente y la expectación a partir del momento en que Loyola entra en el colegio y se le cierra la puerta “Ciérranle las puertas en estando dentro, hacen señal con la campana, acuden todos los condicípulos, vienen los maestros con sus manojos de varas (con que en París suelen azotar), allégase toda la gente y júntase en el general, que se había de ejecutar esta rigurosa sentencia” Una expectación semejante despiertan don Quijote y el vizcaíno “La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase” La firme determinación del vizcaíno se corresponde con la de Govea, que ya tenía preparada toda la parafernalia del castigo: ha sonado la campana, han llegado los discípulos y los maestros con sus varas, y toda la gente está preparada para contemplar el cumplimiento de la “rigurosa sentencia”, o sea, la misma curiosidad de las señoras del coche, dispuestas a contemplar la “rigurosa contienda” “La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: -¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad en este riguroso trance se halla! Dos veces ha aparecido el vocablo riguroso más su sustantivo, como referentes a ese momento en que, según Ribadeneyra, se está produciendo el encuentro. Un momento en que Loyola ya es una persona espiritualmente fuerte y por lo tanto con defensas, como don Quijote, al que la cuchillada del vizcaíno apenas le hace daño, pues el “desaforado golpe “ es también un símbolo utilizado de forma semejante a como lo hace Ribadeneyra en el fragmento que está sirviendo de fuente para los recursos externos “éntrase el B. Padre dentro del agua frigidísima hasta los hombros, y viéndole desde allí pasar, le dijo a grandes voces: “Anda, desventurado, anda, vete a gozar de sus sucios deleites. ¿No vees el golpe que viene sobre ti de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte? ¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre ti?” (Vida V, II) Además del simbolismo del golpe, hay un paralelismo total entre las frases informativas de las grandes voces de ambos caballeros, e incluso el ambiente de contienda y la furia de los contrincantes. La invocación a Dulcinea está, como en otras ocasiones, en la línea de las de Loyola

“se arrojó delante del divino acatamiento en oración, y encendido allí con fervor de la fe, comenzó a dar voces y a decir en grito: - Socorredme, Señor, socorredme, Dios mío” (Vida I, VI) Incluso la expresión “riguroso trance” deriva a su vez de otra “Librado ya deste peligroso trance, se comenzaron a soldar los huesos y a fortificarse; mas quedábanle todavía dos deformidades en la pierna” (Vida I, I) Acto seguido, y tras cumplir con todos sus formalismos, don Quijote inicia su ataque “El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un golpe solo” Ha decidido jugárselo todo a un golpe, también por analogía con la actitud de Loyola al presentarse voluntariamente en el aposento de Govea “Con esta resolución se va al doctor Govea, que aún no había salido de su aposento, y declárale todo su ánimo y determinación, diciéndole que ninguna cosa en esta vida le podía venir a él más dulce y sabrosa que ser azotado y afrentado por Cristo” Los referentes son “todo” y “determinación”, es decir, un solo golpe, en consonancia con el golpe de efecto logrado por Loyola al entregarse a quien le busca para castigarle. “El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó de hacer 25 lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso” Podría parecer lógica la primera excusa del narrador al justificar la inmovilidad de la mula por su cansancio, sin embargo la segunda sólo es aceptable como cómica, pues le atribuye a la mula capacidad de raciocinio (“no hecha a semejantes niñerías”) y determinación, con el único objetivo, como siempre, de remitirnos a un fragmento de la Vida, ya utilizado con anterioridad, donde Ribadeneyra, para quitarle gravedad al comportamiento infamante de los inquisidores, habla de niñerías en un asunto donde los acusados se jugaban la vida “Dice el Inquisidor que no hay contra él acusación ninguna criminal, mas que algunas niñerías y vanidades le han venido a decir, que nacían o de inorancia o de malicia de los acusadores y que, como él supiese que eran relaciones falsas y chismerías, nunca había querido ni aun hacerle llamar; mas que, ya que estaba allí, que le rogaba que le mostrase su libro de los Ejercicios espirituales. Diósele Ignacio y leyóle el buen Inquisidor y agradóle tanto, que pidió licencia para trasladarle para sí, y así lo hizo” (Vida II, II) En el Relato se dice, sobre este asunto, que el inquisidor se excusó ante Loyola (“excusándose el inquisidor” R, 86), y Ribadeneyra ha novelado esa información, inventándose, además del calificativo “buen”, esas “niñerías” cuyo objetivo vuelve a ser descargar de tensión el suceso. "Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban”
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Es muy frecuente en la Vida la expresión determinó de + infinitivo

Don Quijote y el vizcaíno con los brazos levantados dispuestos a golpearse son la parodia de la amenaza a Loyola, con los estudiantes preparados para azotarle. Sin embargo, en los aspectos formales, el narrador ha recurrido de nuevo a la fantástica persecución del religioso por el hombre armado “Fuese, pues, aquel padre a buscar al fraile, e yendo, vio un hombre armado que, con horrible aspecto y fiero semblante, con la espada sacada y levantada, se le puso delante en el camino. Turbóse al principio y paró el padre, mas volviendo en sí, pareciole que no había por qué detenerse y siguió su camino. Entonces el hombre con gran ceño y enojo, arremente al padre, y con la espada desenvainada, como estaba, da tras él. El padre, temblando y más muerto que vivo, echó a huir y él a huir y el otro a seguirle; pero de manera que los que presentes estaban vían al que huía y no vían al que le seguía. Al fin de buen rato, el padre, desmayado con el miedo y asombrado desta novedad, y quebrantado de lo que había corrido, dio consigo desalentado y sin huelgo en la posada donde estaba nuestro Padre” (Vida II, IX) A los evidentes subrayados hay que añadir el temor latente en ambos textos, o esa analogía entre presentes y circunstantes, refrendada por la expresión “de lo que había” Vida Quijote Fuese, pues, Venía, pues, con la espada...levantada levantada la espada con la espada en alto con la espada desenvainada temerosos y colgados temblando y más muerto que vivo los que presentes estaban los circunstantes estaban con el miedo... de lo que había temerosos... de lo que había El resto de la intervención del narrador está construida a base de retales extraídos de distintos fragmentos de la Vida, caracterizados, como siempre, por su falta de raciocinio (“la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban”) “Y duró buen espacio de tiempo esta visión; la cual causó en él tan grande aborrecimiento de su vida pasada, y especialmente de todo torpe y desonesto deleite, que parecía que quitaban y raían de su ánima, como con la mano, todas las imágenes y representaciones feas” (Vida I, II) Lo mismo ocurre con el final del fragmento (“haciendo mil votos y ofrecimientos ... porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban”) también tomado casi en su integridad de la Vida “y hizo gracias a nuestro Señor que le había librado de tan grande peligro, dádole compañero en su trabajo, y quien le socorriese y sacase dél” (Vida V, X) Lo mismo es dar gracias a nuestro Señor que hacer votos y ofrecimientos a Dios, con el objetivo, en ambos casos, de librar a alguien de un grave peligro. En definitiva, la actitud aniquiladora en que quedan como paralizados don Quijote y el vizcaíno o, lo que es lo mismo, la batalla entre el humanismo y la Inquisición, puede leerse como una metáfora de la lucha fratricida que dos siglos más tarde, aún vigente el combate, retrató Goya en su “Riña a garrotazos” “Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los

ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte" Esta especie de coda final sobre la que tanto se ha escrito, resulta esencial para ratificar el paralelismo existente entre el Quijote y sus fuentes, y el sentido paródico de la división estructural de esta primera parte en ocho capítulos. En primer lugar el narrador informa de que sobre el enfrentamiento entre don Quijote y el vizcaíno (ambos quedaron con las espadas levantadas amenazándose con un terrible golpe) no puede, por ahora, ofrecernos la continuación, porque “en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas”. O sea que, el resultado final de dicho enfrentamiento, queda pendiente por falta de fuentes informativas del autor, con lo que, indirectamente, se vuelve a sugerir el carácter histórico de los escritos sobre don Quijote. Pero además, como dicho enfrentamiento es una parodia del de Loyola y Govea, la expresión “en este punto y término deja pendiente el autor” es una clarísima referencia a la forma en que, repentinamente, se resuelven en el Relato esos acontecimientos “Levantáronse en París grandes murmuraciones, máxime entre hespañoles, contra el peregrino; y nuestro maestro de Govea, deciendo que había hecho loco a Amador, que estaba en su colesio, se determinó y lo dijo, la primera vez que viniese a santa Bárbara, le haría dar un sala por seductor de los escolares. El hespañol, en cuya compañía había estado al principio, y le había gastado los dineros, sin se los pagar se partió para Hespaña por vía de Ruán; y estando esperando pasaje en Ruán, cayó malo. Y estando así enfermo, lo supo el peregrino por una carta suya, y viniéronle deseos de irle a visitar y ayudar; pensando también que en aquella conjunción le podría ganar para que, dejado el mundo, se entregase del todo al servicio de Dios” (R, 78-79) En el texto subrayado termina cualquier referencia a Govea y, en el siguiente párrafo, con la frase “se entregase del todo al servicio de Dios”, finaliza el primer manuscrito en castellano del Relato. “El resto tuvo que dictarlo Câmara en italiano por no disponer en aquel momento de amanuense español"26 Sabemos que de ese primer Relato incompleto circularon copias por Roma desde mediados de 1555, es decir que, durante más de diez años, pudo copiarse con absoluta libertad este manuscrito incompleto formado por ocho capítulos, el último de los cuales quedaba de pronto interrumpido y sin dar explicaciones sobre el final de la amenaza de “sala” que pesaba sobre Loyola. La intención de Cervantes, deteniendo el encontronazo entre don Quijote y el vizcaíno es, pues, parodiar esa interrupción del Relato, resaltar ese detalle como pista innegable para su futura identificación pues, cuando Cervantes escribe esto, ya poseía hace tiempo el libro de la Vida, y esa es precisamente la fuente que utilizará en el capítulo siguiente para dar fin al encuentro entre don Quijote y el vizcaíno. Toda la información del narrador está subrepticiamente encaminada a especificar las características bibliográficas de sus fuentes, a señalar que la primera parte del Quijote de 1605 está estructurada formalmente como una perfecta imitación del Relato, ambos divididos en ocho capítulos y con un mismo final interrumpido en el momento en que los dos protagonistas están siendo amenazados, o por los estudiantes con sus varas levantadas o por el vizcaíno “ansimesmo levantada la espada”

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Carmen Artal, o.c.

“Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas” Completa el narrador sus alusiones a las fuentes históricas presentándonos a un primer autor indefinido (“el autor desta historia”) e identificable con Gonçalves, creador de las primeras fuentes fidedignas sobre Loyola, es decir, primer autor del texto histórico utilizado como fuente principal de las hazañas de don Quijote. Añade además el narrador que ese primer autor se disculpa por haber dejado la historia sin terminar (disculpándose que no halló más escrito”), otra sutil información que vuelve a encontrar su respuesta en el Relato, pues en el prólogo escrito por Gonçalves en Génova, él mismo explica el porqué de la interrupción "Pero, como yo estaba preparándome para ponerme en camino hacía ya días (de manera que el día que precedió a mi partida fue el último en que el Padre habló conmigo de aquellas cosas) no pude escribir todo por extenso en Roma. Y como no contaba con un amanuense español en Génova, dicté en italiano las notas que había tomado sumariamente en Roma, y di fin a esta escritura el mes de diciembre de 1555, en Génova" Ese "no pude escribir todo por extenso en Roma" es lo que el narrador interpreta como disculpas del autor, no porque lo sean, sino porque él lo utiliza como forma de transmitirnos, solapadamente, una pista más para la identificación con el Relato, para que no quede la menor duda de que el Relato es la fuente principal del Quijote, y Gonçalves su autor, pues a continuación el narrador nos habla de un segundo autor (“Bien es verdad que el segundo autor desta obra”), conocedor de todas las fuentes y artífice de la nueva historia, al que debe identificarse con Cervantes, ya que es él quien no pierde la esperanza de encontrar el resto del Relato o más información sobre la vida del famoso Loyola (“famoso caballero”), que por ser español (la Mancha es la parte por el todo) debía haber generado una preocupación especial entre sus paisanos, cuyos resultados se encontrarían en los archivos y bibliotecas o en los distintos colegios existentes de la Compañía. La apreciación “en sus archivos o en sus escritorios” es significativa por el carácter oficial, o público, del archivo y privado del escritorio. Lógicamente el Relato, dada la prohibición a que estaba sometido, no podía encontrarse sino entre quienes mantuvieran sus propias copias ocultas. Aparecen también los vocablos “batalla” 27 (“esta batalla”), tal como en el Relato se denomina simbólicamente a estos enfrentamientos, y hazañas 28 (“destas hazañas de don Quijote”), según Ribadeneyra suele denominar los actos de Loyola. También el llamar a la historia “curiosa (“tan curiosa historia”) enriquece ampliamente su sentido, pues lo mismo puede entenderse como forma de exaltar el valor intrínseco del Relato, o como referido a la rocambolesca historia creada por la Compañía en torno al libro, lo cual encierra en el fondo una alabanza a la rebeldía de quienes se niegan a que dicha historia se olvide, pues el segundo autor, Cervantes, “no quiso creer”, es decir, se niega a aceptar que un asunto tan relevante se hubiera olvidado, o dicho de otra forma, que no queden religiosos capaces de revelarse contra el injusto secuestro del Relato y su suplantación por un libro tan falso como la Vida. Ese mismo sentido se aprecia en la siguiente frase, donde vuelve a emplearse el mismo vocablo (“tan poco curiosos”) ahora aplicado a “los ingenios de la Mancha”, y de nuevo con ambiguo sentido, pues además del más común de personas que tratan “alguna cosa con particular cuydado y diligencia”29, también puede entenderse casi
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“Y luego los hespañoles comenzaron a dar batalla a los dos maestros” R, 77 “los vivos ejemplos y gloriosas hazañas de su vida” 29 Covarrubias, o.c., p. 388

como un reproche, pues la frase continúa dominada por la influencia de la negativa del segundo autor a aceptar que nadie haya sido tan poco curioso, o tan poco escrutador, como para ignorar el valor y no atreverse a guardar los escritos o papeles 30 (el Relato nunca circuló impreso) de Loyola. El final del capítulo (“y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte”) nos habla del interés y constancia en la búsqueda de la continuación de la historia (“no se desesperó”) y el logro final (“le halló”), conseguida gracias a la ayuda o al favor del cielo, una de las fórmulas usuales de Ribadeneyra 31 incluso para finalizar sus capítulos “Y entendamos que todos los rayos y resplandores que vemos en las obras que hizo salieron destas luces y visitaciones divinas que habemos contado, y de otras que tuvo su ánima algunas de las cuales en esta historia con el favor divino se contarán” (Vida I, VII) Dada la ambigüedad permanente del lenguaje cervantino, esa ayuda del cielo permite imaginar la posibilidad de que sea algún religioso, representante del cielo, quien ayude a Cervantes a encontrar el resto de la verdadera historia. También parece contradictorio el calificativo “apacible” ("apacible historia"), pues sirve para reforzar la idea de que Cervantes está refiriéndose en todo momento al Relato, ya que ni los libros de caballerías ni las primeras aventuras de don Quijote pueden considerarse como tales, aunque sí la personalidad de Loyola, según Ribadeneyra “Sonrióse él, y con rostro alegre y apacible como solía, le dijo que no tuviese pena” (Vida V, V) En realidad, todo este último fragmento del capítulo octavo sirve de eslabón con el noveno y, supuestamente, se añade una vez que Cervantes había encontrado el resto del manuscrito que buscaba, de ahí que el "segundo autor" sirva también de pista para la identificación del nuevo texto, es decir, un manuscrito (Co2) íntegro en latín y único que contiene el prólogo del Padre Nadal, donde se dice "Escribió el P. Gonçalves parte en español y parte en italiano, según los amanuenses de los que disponía. La traducción latina es del P. Aníbal de Coudray, Padre muy docto y piadoso. Ambos, autor y traductor, viven todavía entre nosotros" Cuando Cervantes coloca el último párrafo explicativo del capítulo 8, ya posee una copia íntegra del Relato, y se inspira en los prólogos de Gonçalves y Nadal para desarrollar la idea del autor y traductor. Refuerza esta teoría el hecho de que el fragmento anteriormente citado del prólogo de Gonçalves (“no pude escribir todo por extenso en Roma”) sólo existía en las versiones latinas del Relato, lo que lleva a la conclusión de que, en principio, Cervantes utilizó, o conocía, un texto castellano de los que sólo contenían los ocho primeros capítulos con el octavo incompleto y posteriormente, como insinúa en el capítulo 9, se hizo con una de las versiones latinas. En definitiva, Cervantes se identifica como segundo autor con el mismo sentido dado por Nadal. En ambos casos un primer autor, Gonçalves, y un segundo autor o traductor (de las dos formas se autodenomina Cervantes en distintas ocasiones) cuya función es transmitir en un lenguaje cifrado la historia escrita de Loyola.

“El bachiller Frías les vino a examinar a cada uno por sí, y el peregrino le dió todos sus papeles” (R, 67) 31 “con el favor divino”, “con este favor de Dios”, “con aquel favor celestial que tuvo, “y con este favor celestial pasó con más alegría su trabajo”, etc

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Pero, ¿qué ocurre con Ribadeneyra? ¿por qué, a pesar de haber sido tan utilizado, no se le menciona de ninguna manera? Porque en estos ocho capítulos la Vida ha servido solamente como aderezo, ya que la existencia de las fuentes verdaderas del Relato la han hecho innecesaria para lo esencial. Por eso ahora, al final del episodio entre don Quijote y el vizcaíno del que nada se dice en el Relato, el narrador se verá obligado a recurrir al único autor que informa de ese final, es decir, Ribadeneyra, identificado como Cide Hamete Benengeli, un falso autor situado entre la verdadera historia (Relato) y el segundo autor (Cervantes), y que “en gran parte, supera y aglutina a las fuentes indefinidas que antes nos transmitían la historia, sin que esto signifique que las fuentes indefinidas dejen de tener vigencia” 32

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La ficción autorial en el Quijote y en sus continuaciones e imitaciones, Santiago Alfonso López Navia, Universidad Europea de Madrid-CEES, Madrid 1996, p. 97.

SEGUNDA PARTE

DON QUIJOTE EN COMPAÑÍA
“como si palabra por palabra fuese inserto en estas presentes letras” (Vida III, XXI)

La diferencia esencial entre la Primera y la Segunda parte de 1605 es la importancia que en la última toma la Vida en detrimento del Relato. No es que desaparezcan absolutamente los referentes a la obra de Gonçalves, sino que el Relato deja de ser el núcleo central de la parodia porque en él no se ofrecen noticias sobre la fundación y desarrollo de la Compañía, base sobre la que Cervantes ha basado la parodia de los seis capítulos siguientes, según corresponde al orden cronológico de la vida de Loyola que es, a fin de cuentas, el eje central de todo el Quijote. Si la Primera Parte es un maravilloso y complejo ejercicio a través del que se transmite o insufla a don Quijote la vida del Loyola peregrino y su personalidad, la Segunda es una recreación en la fundación y primeros avatares de la Compañía como institución, con especial atención a los primeros momentos del colectivo y a las muertes de los primeros fundadores. Es decir, la aparición de Cide Hamete está provocada por el agotamiento real de las fuentes anteriores, pues a partir del capítulo VIII del Relato finalizan prácticamente las acciones individuales de Loyola ya que, desde el momento en que encuentra a sus seguidores y forma el grupo, casi nunca actúa solo, por eso el Relato resume en pocas páginas el resto de los acontecimientos que, además, ya habían sido ampliamente recogidos por los otros compañeros. Cervantes está, pues, siguiendo hasta aquí un esquema diacrónico de la historia de Loyola y la Compañía y, tras la batalla del vizcaíno, en paralelo con la fundación de la orden, hace desaparecer el personalismo de don Quijote y da paso al colectivo representado por el grupo de pastores protagonistas de esta Segunda Parte, caracterizada por el exhaustivo aprovechamiento de algunos capítulos de la Vida, de donde Cervantes extrae no sólo su contenido esencial, sino una enorme cantidad de frases y expresiones insertadas en su obra con absoluta naturalidad, y cuyo objetivo es ayudar a localizar las correspondencias generales que facilitan el acercamiento a los detalles. Ese trasvase de palabras, esa fórmula sistemática de trabajo, es una invitación permanente a la reflexión sobre la realidad histórica y la ficción, ambas juntas en el texto y, en muchas ocasiones, intercambiando sus funciones en fantásticos juegos literarios. Los protagonistas de estos capítulos, a excepción del 9 y 10 que son de transición, no son pues don Quijote y Sancho, sino los pastores, igual que en la Vida no es Loyola, sino todos los compañeros. Dicho protagonismo colectivo se manifiesta en la constante presencia del círculo (reuniones a la redonda) como símbolo de vida religiosa y comunal. Las fuentes externas de inspiración paródica dejan de ser los libros de caballerías y dan paso a la novela pastoril, otro género también en boga y perfectamente adaptable a la ascética vida en el campo que practican los fundadores de la Compañía. El mismo Ribadeneyra, siguiendo la tradición católica, repite en muchas ocasiones la metáfora del religioso pastor y su rebaño. Como clave general de toda esta Segunda Parte está el vocablo “compañía”, convertido, como en la Primera “peregrino”, en el referente central de estos capítulos dedicados a la fundación y constitución de la nueva orden.

CAPÍTULO NUEVE

El capítulo 9 prosigue la información adelantada, en parte, por el narrador al final del octavo, volviéndose a explicar con más detalles por qué se interrumpe la batalla de don Quijote con el vizcaíno y el modo como se encontraron los manuscritos donde se continúa. En realidad, se trata de una información donde es difícil delimitar, por ahora, lo real de lo simbólico, pues todos los elementos aportados, lugar, autores, traductor o manuscritos, forman parte de la misma trama histórico-novelesca en la que quedan mezclados y confusos. "Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizcaíno y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales, que si en lleno se acertaban, por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada, y que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor dónde se podría hallar lo que della faltaba" La imagen congelada de don Quijote y el vizcaíno con las espadas altas y desnudas vuelve a recordarnos el sentido simbólico de la narración y el momento representado, es decir, la amenaza de sala que pesa sobre Loyola durante su estancia en París. Pero el narrador añade algunos detalles, aparentemente prolijos, aunque sustanciosos para el lenguaje profundo. El primero es la reiteración del carácter histórico de los acontecimientos, utilizando la misma expresión (“desta historia”) empleada en varias ocasiones en la Vida “como se escribe en el quinto libro desta historia” (Vida II, III) “de la manera que en el capítulo nono del libro segundo desta historia habemos contado” (Vida IV, XVII) “lo que en el primero y en el cuarto libro desta historia habemos escrito” (Vida V, I) También reaparece el calificativo “famoso”, y se añaden algunos temores sobre las posibles consecuencias del golpe con que se amenazan los contendientes, matizando que si ambos se aciertan “por lo menos se dividirían y fenderían de arriba abajo y abrirían como una granada”, excelente metáfora de la situación en que hubiese quedado el grupo de estudiantes y compañeros de Loyola que formaban el incipiente núcleo de la aún no nacida Compañía, ya que de producirse el castigo dicho grupo se hubiera dividido de arriba abajo, es decir, desde la cabeza (Loyola) hasta las extremidades (sus compañeros), provocando su desintegración, como muy precisamente sugiere la metáfora de los granos desparramados de la granada. Un símbolo naturalista sugerido por Ribadeneyra en el capítulo central de la parodia de este noveno, donde le atribuye a Loyola una serie de pensamientos que le vienen a la cabeza en los momentos previos a recibir el castigo universitario ¿qué será de los que ahora comienzan a entrar por la estrecha senda de la virtud? ¿Cuántos con esta ocasión tornarán atrás del camino del cielo? ¿Cuántas plantas tiernas quedarán secas, sin jugo de devoción, o del todo arrancadas con este torbellino? (Vida II, III) Loyola teme que sus jóvenes seguidores (“plantas tiernas”), acobardados ante la paliza que van a presenciar, abandonen sus propósitos evangélicos (“sin jugo de devoción”) y, por lo tanto, la idea de seguirle. Sin embargo la metáfora de la granada es todavía más concretamente una clara variación sobre otro fragmento también referido a la reunificación de los primeros compañeros “Más, como aún no había echado raíces aquella compañía, con su partida para París luego se secó, deshaciéndose y acabándose fácilmente lo que fácilmente y sin fundamento se había comenzado. Porque, escribiéndoles él de París (cuando aún apenas se podía sustentar

mendigando) cuán trabajosamente las cosas le sucedían y cuán flacas esperanzas tenía de poderlos él allí mantener, y encomendándoles a doña Leonor Mascareñas (que por su respeto mucho los favoreció), se desparcieron, yéndose cada uno por su parte” (Vida II, IV) Hay una gran analogía entre el “se desparcieron” de la Vida y el abrirse o desparrarmarse de la granada. Incluso el golpe (“en guisa de descargar dos furibundos fendientes”) está también inspirado en la Vida, en un fragmento ya ampliamente manipulado por Cervantes “le dijo a grandes voces: “Anda, desventurado, anda, vete a gozar de sus sucios deleites. ¿No vees el golpe que viene sobre tí de la ira de Dios? ¿No te espanta el infierno que tiene su boca abierta para tragarte?¿ni el azote que te aguarda, y a toda furia va a descargar sobre ti?” (Vida V, II) En ambos textos está presente la furia y el verbo descargar y, además, la misma idea del golpe iracundo. Igual ocurre con el calificativo sabrosa (“ en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia”), también aplicado por Ribadeneyra en el mismo fragmento donde se narran los momentos de la amenaza que pesa sobre Loyola “Con esta resolución se va al doctor Govea, que aún no había salido de su aposento, y declárale todo su ánimo y determinación, diciéndole que ninguna cosa en esta vida le podía venir a él más dulce y sabrosa que ser azotado y afrentado por Cristo” (Vida II, III) Si en el capítulo octavo el narrador con cierta inseguridad decía "que no halló más escrito destas hazañas", ahora matiza "que en aquel punto tan dudoso paró y quedó destroncada tan sabrosa historia". O sea, sabe que la historia no finaliza en su manuscrito, sino que está "destroncada", arrancada de su cuerpo o inconclusa, como el Relato, donde su autor no da noticias de "dónde se podría hallar lo que della faltaba" "Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento. Parecióme cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado algún sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas hazañas, cosa que no faltó a ninguno de los caballeros andantes, de los que dicen las gentes que van a sus aventuras, porque cada uno dellos tenía uno o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen; y no había de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a él lo que sobró a Platir y a otros semejantes. Y así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta o consumida" El narrador está apesadumbrado no sólo por el disgusto de carecer de la continuación sino por conocer la dificultad (“mal camino”) para encontrar “lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento”. Por un lado se sugiere el secuestro del Relato y la casi imposibilidad de hallarlo, pues la orden de entrega que pesaba sobre los jesuitas, obligados por voto de obediencia, le cerraba la posibilidad de adquirirlo a través, probablemente, de su anterior proveedor. Pero además, el narrador comenta su error de apreciación al pensar que al Relato le faltaban muchos capítulos (“lo mucho que a mi parecer faltaba”), algo lógico si se tiene en cuenta que el capítulo VIII se interrumpe en el momento donde se narran los acontecimientos de París, cuando Loyola tiene menos de cuarenta y cinco años y todavía no ha fundado la Compañía ni se había establecido en Roma, lo que hacía suponer un libro “mucho” más extenso. Con ese “a mi parecer” el narrador está reconociendo su error de apreciación e, indirectamente, su conocimiento del verdadero volumen del Relato, es decir, que ya posee la copia completa y que el Relato es mucho más breve de lo imaginado.

Tampoco pierde la oportunidad de ensalzarlo literariamente, calificándolo como "sabroso cuento" de gustosa lectura (“el gusto [...] tan sabroso cuento”). Una opinión inspirada en una de las muchas frases incoherentes de la Vida y relacionada con los libros “Tampoco le era alivio lo que a otros les suele dar, que es el gusto que reciben de lo que van aprendiendo, el cual suele ser tan sabroso, que muchas veces, por no perderle, se pierde la salud y la vida, sin poder los hombres apartarse de sus libros” (Vida II, I) También vuelve a insistir en una idea ya expuesta al final de capítulo anterior, negándose a aceptar la posibilidad de que el Relato hubiera caído en el olvido, pues sería insólito ("cosa imposible y fuera de toda buena costumbre") que le faltara continuidad y dejara incompleta la biografía ("nunca vistas hazañas") de Loyola, es decir, las partes censuradas o manipuladas por sus posteriores biógrafos, cosa que nunca le había ocurrido a los demás “caballeros andantes”, es decir, a los demás santos o aventureros, cuyas vicisitudes habían sido siempre ensalzadas sin ningún tipo de censura. Olvido, pues, inaceptable en una orden culta, donde sería ilógico carecer de "uno o dos sabios, como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías1, por más escondidas que fuesen". Frase de ambiguas lecturas y, probablemente alusiva a los distintos biógrafos de Loyola ya existentes en la época de Cervantes. El primero de estos escritores aludidos parece ser Gonçalves, ya que entre los muchos nombres dados al Relato a lo largo de su historia, el original quizás fue “Hechos”, según figura en el prólogo escrito por el P. Nadal hacia 1561 para la traducción latina del Relato "Estos son los <<Hechos>> del P. Ignacio, tal como hoy se hallan en circulación" Los jesuitas consideraban a su fundador un nuevo apóstol, por eso no es extraño que Nadal le diera al libro ese nombre que lo equiparaba con los “Hechos de los apóstoles”. Tampoco sería extraño, dado el rechazo mostrado contra el libro por las demás órdenes, que ese fuera precisamente uno de los primeros reproches contra él, entre otras cosas porque Loyola no sería canonizado hasta medio siglo después y, por lo tanto, a las demás congregaciones debería parecerles bastante prepotente, casi herético, que se equiparara con los apóstoles a un hombre que pocos años antes había sido acusado de iluminista. Tal vez por eso Cervantes haga esa sutil primera mención al Relato o libro de los hechos de Loyola, y después a Ribadeneyra, el autor capaz de pintar “sus más mínimos2 pensamientos y niñerías, por más escondidas que fuesen”, frase con mucha más retranca de la aparentada, por un lado porque en ella coinciden varios vocablos (pintar, mínimos y niñerías) ya utilizados irónicamente por el inapropiado y ridículo empleo que se hace de ellas en la Vida y, por otro, porque se alude también a una de las libertades retóricas más llamativas de Ribadeneyra, referida a la tranquilidad con que en una biografía, donde como insiste Cervantes se debe respetar escrupulosamente la historia, máxime si se trata de la vida de un santo, él introduce con absoluto descaro los pensamientos más recónditos de Loyola. Ya se han visto ejemplos en los capítulos anteriores. Escojo, además, otro donde queda patente la referencia a Ribadeneyra como autor que pinta los más recónditos pensamientos de su biografiado “un día, estando en el hospital rodeado de pobres y lleno de suciedad y de mugre, le acometió el enemigo con estos pensamientos, diciendo: - Y ¿qué haces tú aquí en esta hediondez y bajeza? ¿Por qué andas tan pobre y tan aviltadamente vestido? ¿No vees que tratando con esta gente tan vil y andando como uno delIos escureces y apocas la nobleza de tu linaje?” (Vida I, VI) Además de los pensamientos, el narrador apunta que aquellos sabios pintaban también sus niñerías ( “tenía uno o dos sabios como de molde, que no solamente escribían sus hechos, sino que pintaban sus más mínimos pensamientos y niñerías por más escondidas que fuesen”), una nueva

“No le espantaba el trabajo desabrido de aquellas prolijidades y espinosas niñerías” (Vida I, XIII) “Es tan grande y tan antigua la obligación, y conforme a ella el deseo que toda esta nuestra mínima Compañía de Jesús tiene, de servir a V. S. Ilustrísima” (Vida, A Quiroga)
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referencia al fragmento donde Ribadeneyra utiliza ese vocablo para disminuir la importancia de la denuncia del inquisidor contra Loyola en París “Dice el Inquisidor que no hay contra él acusación ninguna criminal, mas que algunas niñerías y vanidades le han venido a decir, que nacían o de inorancia o de malicia de los acusadores y que, como él supiese que eran relaciones falsas y chismerías, nunca había querido ni aun hacerle llamar; mas que, ya que estaba allí, que le rogaba que le mostrase su libro de los Ejercicios espirituales” (Vida II, II) Para quitarle hierro a la acusación y para no profundizar en el asunto, Ribadeneyra adopta ese tono condescendiente con el inquisidor, y califica de “niñerías” las denuncias. Por eso el narrador del Quijote espera que haya algún sabio que escriba sus niñerías “por más escondidas que fuesen”, es decir, aquellas partes del Relato que habían sido censuradas en la Vida, algo que contradice sus primeras promesas “Y porque la primera regla de la buena historia es, que se guarde verdad en ella: ante todas cosas protesto, que no diré aquí cosas inciertas y dudosas, sino muy sabidas, y averiguadas. Contaré lo que yo mismo oí, vi y toqué con las manos en nuestro B. P. Ignacio, a cuyos pechos me crié desde mi niñez y tierna edad. Pues el Padre de las misericordias fue servido de traerme el año de mil y quinientos y cuarenta (antes que yo tuviese catorce años cumplidos, ni la Compañía fuese confirmada del Papa) al conocimiento y conversación deste santo varón. La cual fue de manera, que dentro y fuera de casa, en la ciudad y fuera della, no me apartaba de su lado, acompañándole, escribiéndole y sirviéndole en todo lo que se ofrecía, notando sus meneos, dichos y hechos, con aprovechamiento de mi ánima y particular admiración. La cual crecía cada día tanto más, cuanto él iba descubriendo más de lo mucho que en su pecho tenía encerrado, y yo con la edad iba abriendo los ojos, para ver lo que antes por falta della no veía. Por esta tan íntima conversación, y familiaridad que yo tuve con nuestro Padre, pude ver y notar, no solamente las cosas exteriores y patentes que estaban expuestas a los ojos de muchos, pero también algunas de las secretas que a pocos se descubrían. También diré lo que el mismo padre contó de sí, a ruegos de toda la Compañía” (Vida, A los hermanos) En esta declaración de principios, Ribadeneyra promete abiertamente recoger no sólo los “hechos” de Loyola, sino sus más insignificantes o mínimos pensamientos (“algunas de las secretas que a pocos se descubrían”). Precisamente la última frase (También diré...) es una de las típicas verdades a medias de Ribadeneyra pues, evidentemente, con ella comunica solapadamente la utilización que hará del Relato como fuente esencial de su libro. Todo esos trucos y artificios dedicados a embaucar a sus lectores, son reciclados por Cervantes con el objetivo de aprovechar esos mismos materiales para reírse del engañador y, a su vez, avisar y educar sobre los procedimientos y objetivos del complot eclesiástico. Algo de lo que culpa a los tiempos que corren “Y así, no podía inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada, y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la tenía oculta o consumida" Son los tiempos, los malos momentos históricos, los culpables de que una historia tan valiente como el Relato permanezca desaparecida probablemente para siempre, al menos en esa parte aún no encontrada por el narrador y que deja la obra "manca y estropeada", expresión con la que Cervantes, ironizando sobre su brazo, identifica su situación personal con la del libro. En resumen, el narrador, a pesar de que ya ha conseguido su objetivo, está haciendo una narración retrospectiva de sus pensamientos y vicisitudes antes de lograrlo, o sea, un pretexto para comunicarnos la impotencia y decepción sufrida ante la difícil posibilidad de encontrar la continuación del manuscrito, del que se negaba a aceptar su desaparición, pues sería la primera vez que le ocurriera a un caballero andante “de los que dicen las gentes, / que van a sus aventuras”, es decir, de los pertenecientes al bando de los aventureros, cuya simbología ya se vio en el capítulo 7.

"Por otra parte, me parecía que, pues entre sus libros se habían hallado tan modernos como Desengaño de celos y Ninfas y pastores de Henares, que también su historia debía de ser moderna y que, ya que no estuviese escrita, estaría en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido. Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas, y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere" La historia de don Quijote debía ser moderna pues, aunque no estuviera escrita, la gente todavía la tendría en su memoria. Es de nuevo otra coincidencia con la vida de Loyola y su fama, y la frase está inspirada en un fragmento de Ribadeneyra donde además de decir algo muy parecido sobre la modernidad de Loyola (“un hombre que fue en nuestros días”), trata de garantizar la autenticidad de su escritura con la existencia de esas personas “Porque no habemos de tratar de la vida y santidad de un hombre que ha muchos siglos que pasó, en cuya historia, por su antigüedad, podríamos añadir y quitar y fingir lo que nos pareciese. Más escribimos de un hombre que fue en nuestros días, y que conocieron y trataron muy particularmente muchos de los que hoy viven; para que los que no le vieron ni conocieron, entiendan que lo que aquí se dijere, estará comprobado con el testimonio de los que hoy son vivos y presentes, y familiarmente le comunicaron y trataron” (Vida, A los hermanos) Según el narrador, don Quijote nació en una aldea (“la gente de su aldea”), otra coincidencia con Loyola, también nacido en una aldea, el caserío de Loyola, un conjunto de casas que no llegaban a constituir un pueblo. Se debe tener en cuenta el revuelo levantado en torno a la figura de Loyola a partir de 1595, cuando empiezan a tomarse en Madrid los testimonios ordinarios para el proceso de canonización. Eso supuso la revisión y reconstrucción de cuantos informes y noticias se tenían de todo lo referente a su vida antes y después de la conversión. Suponía también hablar mucho, recordar detalles y acontecimientos ahora envueltos en el halo de un futuro santo. Todo eso debió despertar la curiosidad y admiración hacia ese español que, partiendo de la nada y luchando contra todos, había logrado fundar una orden, asentarla en Roma y lograr fama de santidad. Si las declaraciones de testigos se inician en 1595, quiere decir que algunos años antes ya habían comenzado las investigaciones sobre el asunto, pero no sólo en Azpeitia, sino en todas las ciudades donde Loyola había residido, como Alcalá, Toledo, Salamanca, Barcelona o Manresa, probablemente lo que el narrador ha denominado aldeas circunvecinas. También conviene saber que Ribadeneyra fue designado en 1595 promotor del proceso de canonización, para lo que envió cartas a los distintos colegios requiriendo informaciones y testigos, con el consiguiente reflorecimiento de la figura de Loyola y la desconfianza y oposición de quienes discrepaban de los métodos utilizados por Ribadeneyra en su Vida. En definitiva, todo ello supuso un rescate de la figura de Loyola (“estaría en la memoria de la gente”) y una recreación en su vida y milagros, tal como indica el narrador: “Esta imaginación me

traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha”. La expresión subrayada es un claro referente a ese prólogo donde Ribadeneyra, de forma muy parecida a como en este capítulo 9 está haciendo el narrador, explica parte de su trabajo y se refiere a los principios de la Compañía “Ahora le he traducido y añadido en nuestra lengua castellana, para que nuestros hermanos legos de España, y otras personas devotas, y deseosas de saber los principios de nuestra Religión, que no saben la lengua Latina, puedan gozar, y aprovecharse dél en la suya” (Vida, Al cristiano lector) El narrador, usando la misma expresión, participa de ese deseo colectivo de conocer los orígenes de la Compañía, cuya primera piedra es Loyola, a quien también sutilmente se alude con el doble sentido de la expresión coloquial “toda la vida y milagros”3, pues ya hemos visto que Ribadeneyra le atribuye desde el principio todo tipo de milagros, y otros muchos que irán después apareciendo de este “nuestro famoso español”, calificativo especialmente adecuado para Loyola, a quien no sólo determina el posesivo “nuestro” que familiarmente gusta emplear Ribadeneyra, sino por ser famoso y “español” , matización apropiada sólo cuando se habla de alguien cuya fama ha trascendido nuestra fronteras. La ironía de Cervantes se manifiesta en esos dos adverbios “real y verdaderamente”, con los que vuelve a marcar sus diferencias con Ribadeneyra. Sobre la fama de Loyola (“nuestro famoso español”) hay múltiples referencias en la Vida “era tanto el concurso de la gente que de muchos pueblos de toda aquella provincia acudía a oírle, movida de la fama de sus cosas” (Vida II, V) Los siguientes atributos (“luz y espejo de la caballería manchega”) parecen tópicos de los libros de caballerías, sin embargo ambos piropos los encontramos en la Vida, concretamente en esos prólogos iniciales que están sirviendo de núcleo paródico de estos principios del capítulo 9, aunque Cervantes al juntarlos y unirlos a “caballería manchega” les otorga una dimensión irreconocible. El concepto de “luz” aparece de muchas formas, sirvan de ejemplo las dos siguientes “y vestida su ánima y alumbrada de nueva luz del cielo” (Vida I, VI) “Esta tan soberana prudencia que tenía en todas las cosas, le nacía de la abundante luz y resplandor del cielo con que su ánima era ilustrada” (Vida V, XI) Casi lo mismo pasa con espejo “maravillado de la vida y heroicas y admirables virtudes de aquel nuevo espejo de virtud y prudencia, que en nuestros tiempos envió Dios al mundo para salud de infinitas almas” (Vida, Granada I) “así también nosotros, habiendo recebido de la mano de Dios nuestro Señor a nuestro bienaventurado padre Ignacio por guía y maestro y por caudillo y capitán desta milicia sagrada, debemos tomarle por espejo de nuestra vida” (Vida, A los hermanos) Don Quijote fue “el primero que en nuestra edad y en estos calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas”. Otra frase construida a base de distintos conceptos también sacados de la Vida, pues ya sabemos que Loyola se propuso revivir el evangelio apostólico en aquellos tiempos en que la Iglesia estaba asolada por la herejía, según suele decir Ribadeneyra con esas mismas expresiones “Y ha sido invención de Dios el hacerse este voto en la Compañía, en tiempos tan miserables y de tanta calamidad” (Vida III, XXI) “Hallaremos, pues, que en este tiempo la Santa Iglesia padecía gravísimas e irreparables calamidades” (Vida II, XVIII) “De lo cual hay aún más necesidad en estos tiempos que en otros, por haber en ellos mayores peligros, y mayores males, y calamidades de herejías, y errores, y depravadas costumbres” (Vida III, XXII) “¿Fueron por ventura aquellos tiempos más calamitosos y miserables que los nuestros? o
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“Los milagros que V. P. al cabo refiere, son para mí tanto más admirables que los otros” (Vida, Granada II)

hubo en ellos mayor necesidad deste ejercicio, que agora que se abraza el mundo? Cierto no, ni tampoco se puede decir, que dice mejor con la soledad y contemplación que profesaban los Monjes, el tener escuelas y criar niños, que con el instituto desta Compañía: la cual envió Dios a su Iglesia para que la sirviese, y se ejercitase en todos los ministerios de caridad, y entre ellos el de enseñar a los niños. Concluyamos pues que no es cosa ajena del Religioso el enseñar, aunque sean cosas menudas, y menos lo es de la Compañía: pues Dios nuestro Señor la ha llamado en tiempo tan necesitado, para este y otros ejercicios de servicio suyo, y bien de su Iglesia” (Vida III, XXII) Es evidente que el tono general empleado por el narrador irónicamente procede de ese apocalíptico estilo que tanto iba a proliferar entre católicos. De esos fragmento se extrae, además, el sentido de ejercitarse, que abundará en la novela, el tono militarista, la crítica a la depravación de los tiempos y la necesaria ayuda enviada por Dios para combatirlos. No menos abundante en la Vida es el concepto simbólico de armas, o sea, los medios espirituales de los cristianos para luchar contra el mal (“los armaba Ignacio”). Don Quijote, como Loyola, “se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas y amparar doncellas” ocupaciones, según ya se ha visto, propias de Loyola, siempre favorecido por Dios. La frase “si no era que algún follón o algún villano de hacha y capellina o algún descomunal gigante las forzaba” es una referencia al fragmento también ya comentado del Relato, donde Loyola impide que los soldados fuercen a unas mujeres "De aquellos que venían en la nave se le juntaron en compañía una madre, con una hija que traía en hábitos de muchacho, y un otro mozo. Estos le seguían, porque también mendicaban. Llegados a una casería, hallaron un grande fuego, y muchos soldados a él, los quales les dieron de comer, y les daban mucho vino, invitándolos, de manera que parecía que tuviesen intento de escallentalles. Después los apartaron; poniendo la madre y la hija arriba en una cámara, y el pelegrino con el moço en un establo. Mas quando vino la media noche, oyó que allá arriba se daban grandes gritos; y, levantándose para ver lo que era, halló la madre y la hija abaxo en el patio muy llorosas, lamentándose que las querían forçar. A él le vino con esto un ímpeto tan grande, que empeçó a gritar, diciendo: <<¿Esto se ha de sufrir?>> y semejantes quejas; las quales decía con tanta eficacia, que quedaron espantados todos los de la casa, sin que ninguno le hiciese mal ninguno" (R,38) ¿No es el ejército ese “descomunal gigante” contra el que se enfrenta un solo caballero en defensa de unas mujeres?, ¿no es este caballero, todavía seglar, luz y espejo de esta nueva Iglesia que en "tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio" de resucitar el espíritu del cristianismo apostólico? Las empresas acometidas por don Quijote ("desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes") son, pues, similares a las emprendidas por Loyola. A él pertenecen y en él se inspira el valor y la entrega altruista que aparecerá una y otra vez en don Quijote: “Digo, pues, que por estos y otros muchos respetos es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas”, una especie de recolección-conclusión del narrador también inspirada en otras alabanzas sobre Loyola “y por darles contento quise yo tocarlo aquí, y declarar con brevedad cómo sembró esta semilla este labrador y obrero fiel del Señor por todo el mundo, y cómo de un granillo de mostaza creció un árbol tan grande, que sus ramas se extienden de oriente a poniente, y de septentrión al mediodía, y otros acaecimientos que sucedieron mientras que él vivió dignos de memoria. Entre los cuales habrá muchas de las empresas señaladas, que siendo él capitán, se han acometido y acabado, y algunos de los encuentros y persecuciones que con su prudencia y valor se han evitado o resistido y otras cosas que siendo prepósito general se ordenaron y establecieron y por estos respetos parece que están tan trabadas y encadenadas con su vida, que apenas se pueden apartar della” (Vida, A los hermanos)

Hay un claro paralelismo entre los elogios del narrador a don Quijote en esa especie de preámbulo explicativo que constituye el capítulo 9 y los de Ribadeneyra a Loyola en la introducción dedicada “A los hermanos” La conclusión del narrador es que don Quijote merece continuas alabanzas, que es, en definitiva, lo insistentemente hecho por Ribadeneyra. Se le aplica ahora a don Quijote-Loyola el calificativo “gallardo”, antes atribuido al libro (“gallarda historia”), con lo que Cervantes demuestra su admiración hacia los gestos valerosos, hacia quien lucha, con fuerza o con inteligencia, por defender sus ideales, pues el Relato es, como los hechos narrados en él, un acto de valentía en defensa de la verdad. También el Quijote es una burla alegórica con la que su autor arriesga la vida, razón por la que pide estimar su trabajo (“y aun a mí no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia”), y aunque resalta el tremendo esfuerzo realizado en su exhaustiva parodia total, quizás lo que solapadamente sugiere es que se aprecie el grave riesgo asumido para conseguir el resto de los documentos secuestrados y el atrevimiento de la imitación. Vuelve a calificarse elogiosamente al Relato como “agradable historia” y, a continuación, se añade un nuevo detalle para su identificación y recuperación: “aunque bien sé que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedara falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere" La adquisición del libro ha sido posible gracias a la ayuda del "cielo, el caso y la fortuna". Tres felices coincidencias donde "cielo", ya citado con el mismo sentido al final del capítulo 8, además del significado de ayuda celestial o milagrosa, puede funcionar con el ambivalente de ayuda eclesiástica. ¿Cómo consiguió Cervantes los manuscritos?. Por dos veces parece sugerir que fue algún religioso (“cielo”) de quien, por agradecimiento, no quiere dejar pistas comprometidas. Y otra vez se repite la admiración hacia el libro ("pasatiempo y gusto") y finaliza con las discutidas "casi dos horas podrá tener el que con atención la leyere". Tiempo que, lejos de acomodarse al Quijote completo de 1605, se ajusta perfectamente al que puede utilizarse en la lectura del Relato. Cervantes matiza "con atención", advirtiendo, como uno de los pioneros estudiosos del Relato, de la complejidad y riqueza de su sobria y efectiva prosa. Y acto seguido explica cómo encontró las fuentes "Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco en él, se comenzó a reír" Con una expresión abundante en la Vida (“estando un día”) comienza este fragmento que nos sitúa al narrador en Toledo, ciudad bastante presente en la obra de Cervantes y posiblemente visitada por él en varias ocasiones, por lo que el episodio de la compra de los manuscritos podría responder a una realidad o, de nuevo, a un dato simbólico para situarnos en la ciudad donde había nacido Ribadeneyra y donde residió algunos años tras su vuelta a España en 1574. Por su correspondencia sabemos que el jesuita se dedicó a escribir en esos años la versión castellana de la Vida, y que allí reunió toda la información entonces existente sobre Loyola, según se deduce de numerosas cartas dirigidas a Roma requiriendo algunos textos que necesitaba. La elección de Toledo como lugar donde se adquieren los manuscritos que permiten la continuación de la historia parece, pues, estar relacionada con la presencia y el trabajo de Ribadeneyra en dicha ciudad. No obstante, todo lo relativo a los orígenes y proveedores de los

manuscritos está envuelto en un ambiente alegórico y despistante, ya que el temor a represalias obliga a la máxima precaución para proteger a los colaboradores. Por lo tanto, el lugar lo mismo pudo ser Toledo, Madrid o Alcalá, donde la reacción de los propios jesuitas contra la decisión de secuestrar los escritos de Gonçalves fue bastante virulenta. Pero además esta historia del hallazgo de los manuscritos no está, en mi opinión, relacionada con el momento del nacimiento del Quijote, sino algunos años antes, probablemente poco después de la vuelta de Cervantes del cautiverio, lo cual no es óbice para que, algunos años después, introduzca en su novela, mezcla de historia y ficción, el relato de aquellos acontecimientos. El hallazgo de los manuscritos se hizo, pues, según informa el narrador, tras una hábil maniobra donde, al margen del dinero, jugaba un papel importante la astucia, pues el éxito del negocio está en adelantarse al sedero a quien iban dirigidos. ¿Sólo por el ahorro de evitar a ese intermediario o porque ese profesional de la seda es un fino trasunto de los hábiles jesuitas que andaban tras todos los manuscritos de Gonçalves?. El trabajo y diligencia que, según el narrador, costó conseguirlos, apunta a complicados trapicheos y a una especial dedicación e interés. Una vez el narrador tiene en sus manos "un cartapacio" descubre que está escrito en arábigo, lengua que dice no saber "leer", pero en el sentido de traducir, pues según el contexto siguiente, el trabajo del "morisco aljamiado que los leyese" consistirá en traducirlos. Fue fácil en Toledo encontrar traductor "pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara". Aclaración superflua con toda la pinta de ser una nueva pista sobre la verdadera naturaleza de los manuscritos, posiblemente escritos en latín, por ser la lengua común usada por los jesuitas, y “mejor y más antigua” que la árabe por la rica cultura que representa. Otro golpe de suerte (“En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco en él, se comenzó a reír") le proporciona un “morisco aljamiado” que hace de traductor simultáneo, un caso también excepcional en la época, pues como dice Murillo “Dar de esta manera en Toledo con un morisco que leyera árabe (y se supone castellano) no habría sido fácil a principios del siglo XVII. Imagina Cervantes una circunstancia que habría sido mucho más probable años antes” 4. Sin embargo sí hubiera sido fácil hallar rápidamente en Toledo alguien capaz de traducir del latín al castellano. En resumen, es muy probable que Toledo aparezca como lugar del hallazgo por la vinculación de Ribadeneyra con esa ciudad, y que toda la información restante sea aditamentos desorientadores de la verdadera identidad del documento encontrado, ahora definido no como papeles o cartapacios, sino como un libro (“poniéndole el libro en las manos” y más abajo “aquel libro”) que debemos suponer escrito en latín dadas las muchas circunstancias que lo sugieren y el tono burlón generalizado, pues mientras se espera que la burla nazca de “la asociación que en la opinión popular tenía la Mancha con moriscos” mentirosos, la auténtica mofa surge con la relación de toda la verdadera historia con los católicos, desenmascarados en la Vida como sutiles embusteros. "Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo: -Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: <<Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha" La risa del morisco y el tono burlón del narrador con el verbo decir otorga a todo el párrafo una complicidad nacida de varias asociaciones, pues en el lenguaje externo se entiende que la nota sobre Dulcinea no es informativa sino satírica, ya que en ella se mezcla lo árabe de la escritura con la prohibición religiosa de la carne de cerdo. Sin embargo, si buscamos una relación formal entre la aparición de esa nota adicional, que según especifica el morisco se encuentra en el margen de la página a mitad del libro, con algún detalle similar en el Relato, aparece una coincidencia extraordinaria, pues no más tarde de 1562 Gonçalves de Camara añadió al Relato “trece adiciones
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Murillo, o.c., n. 16, p. 142

marginales: doce a la parte española, y una a la italiana” 5. Precisamente la nota número trece, es decir, la única insertada en la parte del Relato desconocida hasta ahora por el narrador, se encuentra en el capítulo X, y dice “Había deliberado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a Nuestra Señora le quisiese poner con su hijo. Y estando un día, algunas millas antes que llegase a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintió tal mudanza en su alma, y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su hijo, que no tendría ánimo para dudar esto, sino que Dios Padre le ponía con su hijo. *Y yo, que esto escribo, dije al peregrino, cuando me narraba estas cosas, que Laínez contaba esto con otros pormenores, según tenía entendido. Y él me dijo, que todo cuanto decía Laínez era cierto porque él no se acordaba con tantas particularidades; mas que entonces cuando lo refería sabe cierto que no dijo sino la verdad. Y esto me dijo en otras cosas"* (R,96) Por una parte está el texto, donde se cita, como tantas veces en el Relato, a “Nuestra Señora”, y por otra, entre asteriscos, la nota adicional añadida con posterioridad. ¿No es “Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida” una clara referencia a esa “Nuestra Señora” tantas veces mencionada en el Relato?. El morisco está hablando “sin dejar la risa”, manteniendo ese tono burlón cuyo verdadero significado parece encontrarse en la interrelación con el lenguaje profundo, cuya continuidad también se extiende a la nota adicional, aludida a través de la insistente utilización del verbo decir, precisamente repetido cinco veces (Díjele...dijese...dijo...dicho... dicen), el mismo número que en la nota de Gonçalves (dije...dijo...decía...dijo...dijo) Se trata de otro increíble referente, de un nuevo recurso en este variado repertorio de juegos ingeniosos utilizados por Cervantes para informar de que, además de tener el Relato primitivo e incompleto, ahora posee otro manuscrito con todos los capítulos restantes, pues está parodiando la única nota adicional existente en la parte del Relato escrita en italiano. Y para no dejar lugar a dudas (y aunque abuse de la reproducción del fragmento) merece la pena comprobar cómo sin apenas notarse y en tan poco espacio, Cervantes imita sorprendentemente la nota del Relato *”Y yo, que esto escribo, dije al peregrino, cuando me narraba estas cosas, que Laínez contaba esto con otros pormenores, según tenía entendido. Y él me dijo, que todo cuanto decía Laínez era cierto porque él no se acordaba con tantas particularidades; mas que entonces cuando lo refería sabe cierto que no dijo sino la verdad. Y esto me dijo en otras cosas"* "Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo: -Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: <<Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha" La ingeniosa parodia morfológica consta, pues, de la repetición cinco veces del verbo decir, más un número de vocablos superiores a diez, añadiéndole a todo ello la cercana presencia de “Nuestra Señora”, de quien, como ya sabemos, Dulcinea es un trasunto novelesco. Incluso puede hablarse de cierta disposición paralela en la colocación de los vocablos repetidos: yo, escribo, cosas, y él...dijo, refería, otras / yo, cosa, escrita, y él...dijo, referida, otra. Relato Quijote yo que yo, que esto escribo escrito esto Díjele...dijo dije...dijo cosas cosa tenía tenía Y él y él
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Carmen Artal, o.c., p. 7

Todo toda refería referida Ese mismo juego en torno al verbo decir lo repite Cervantes en el Viaje del Parnaso, precisamente en un lugar donde el lenguaje medio en broma está también cargado de matices religiosos y temores a hablar -Por Dios, dijo Mercurio, y a fee mía, que no puedo decirlo, y si lo digo, tengo de dar la culpa a tu porfía. -Dilo, señor, que desde aquí me obligo de no decir que tú me lo dijiste, le dije, por la fe de buen amigo.Él dijo: -No nos cayan en el chiste, llégate a mí, dirételo al oído, pero creo que hay más de los que viste”6 La evidente chacota en torno al verbo decir (9 veces) difumina un poco la crítica a la censura (no puedo decirlo / me obligo de no decir / No nos cayan / dirételo al oído), y exalta el ingenio para burlarla, “No nos cayan en el chiste” "Cuando yo oí decir "Dulcinea del Toboso", quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la Iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere" El estado del narrador (“atónito y suspenso”) suele encontrarse combinado de muchas formas en la Vida, siempre con dobles adjetivos cuyo propósito es provocar esa efectista impresión tan graciosamente parodiada por Cervantes “La cual, si paramos mientes, quedaremos como atónitos y pasmados” (Vida II, XIX) “y al cabo de rato que había estado como hombre arrobado y suspenso” (Vida I, II) “El cual misterio explicaba con tanta abundancia de razones, semejanzas y ejemplos, que todos los que le oían se quedaban admirados y suspensos” (Vida I, VII) La historia de Loyola se le "representó" (ya se ha visto a Ribadeneyra utilizar ese mismo verbo y con el mismo sentido) como la de don Quijote, y “Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo" De nuevo el tono burlón con el verbo decir vuelve a ser parodia del juego ya iniciado por Ribadeneyra cuando al poner título a su libro imita al de Gonçalves, en cuya edición latina del manuscrito Ve dice <<Exemplar originalis vitae B. Ignatii scriptae a P. Ludovico Consalvio, narrante ipso B. Patre>>
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Viaje del Parnaso, Miguel de Cervantes, Edición de Vicente Gaos, Clásicos Castalia, Móstoles 1990, p. 112.

Las semejanzas entre este título y el de la Vida son abundantes, pues está claro que Ribadeneyra se inspira en los tres cuerpos de que consta el de Gonçalves “Vida del P. Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de la Compañía de Iesus. Escrita en Latín por el padre Pedro de Ribadeneyra de la misma Compañía, y ahora nuevamente traducida en Romance, y añadida por el mismo Autor” Aunque este título de Ribadeneyra está inflado, en lo esencial es prácticamente igual al del Relato Relato Vida vitae B. Ignatii Vida del P. Ignacio de Loyola scriptae a P. Ludovico Consalvio Escrita... por el padre Pedro de Ribadeneyra narrante ipso B. Patre>> añadida por el mismo Autor En su afán por hacer un título lo más parecido al de Gonçalves, ha imitado hasta la última coletilla, aunque salvando las distancias, pues donde el Relato dice narrado por el mismo B. Padre, él se ha visto obligado a colocar esa filigrana en la que se conserva como referente la expresión “por el mismo” Cervantes actúa de forma semejante, haciendo que la traducción del título hecha por el morisco mantenga un juego paralelo con el de la Vida “Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo” Aunque a primera vista parecen muy diferentes, en ambos casos se repiten los tres elementos fundamentales Vida Quijote Vida del P. Ignacio de Loyola Historia de don Quijote de la Mancha Escrita ... por el padre Pedro de Ribadeneyra escrita por Cide Hamete Benengeli en latín historiador arábigo Salvo esa diferencia formal (Vida / Historia), el resto del núcleo de ambos títulos está formado por el nombre de pila evolucionado de sus protagonistas, Ignacio / Quijote, más el sobrenombre de sus respectivas tierras, de Loyola / de la Mancha. Seguidos del nombre de cada uno de los autores, precedidos por la expresión “escrita por”, que en la Vida lleva la aclaración “en latín”, parodiada por Cervantes con la frase “historiador arábigo”, pues ya hemos visto que al latín, como forma protectora y burlesca, se le refiere como “arábigo”, sin olvidar que Ribadeneyra había sido enviado a Toledo como historiador de la Compañía, o sea que historiador arábigo quiere decir en el lenguaje profundo historiador latino. Queda por último la parodia del nombre, pues según se va viendo, el famoso Cide Hamete Benengeli debe corresponderse con el padre Pedro de Ribadeneyra. Se ha escrito tanto sobre dicho nombre que es fácil encontrar apoyos para cualquier teoría. Para el nombre completo, según Geoffrey Stagg, es muy probable que Cervantes se inspire en el de “Cid Amet Alubedi, considerado notable sabio en torno al año 1579. Obsérvese la proximidad en la estructura silábica de ambos nombres” 7 Stagg llega a la conclusión de que el nombre de Cide Hamete está “asentado sobre una estructura de tres partes” susceptibles de estudio particular. Cide quiere decir <mi señor> y “corresponde al tratamiento del sector social de los morabitos, según la información que transmite Haedo en su Topografía e historia general de Argel escrita entre 1527 y 1529. Los morabitos eran, por lo común, ministros de la religión, docentes u hombres de letras” Probablemente Cervantes conoció durante su cautiverio en Argel ese sentido honorífico, entre lo religioso y docente, de la palabra Cide (mi señor), y le pareció apropiada como parodia del título honorífico “Padre” que le corresponde a Ribadeneyra. Tal como apunta Stagg, se trata de un “recurso humorístico” dirigido “contra los prejuicios antiárabes tradicionales”
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La ficción autorial en el Quijote, o.c. 48.

“Cide” puede incluso apuntar a su vez en otra dirección, pues ya sabemos que el verdadero nombre de Ribadeneyra era Pedro Ortiz de Cisneros, siendo Cide un anagrama extraído de ese apellido (de Ci) y a la vez el tratamiento de honor paralelo al de “Padre” que se le otorga a los religiosos católicos. Hamete procede, según Murillo, del nombre propio Hámed, <el que alaba, el que glorifica>, y su relación con Ribadeneyra casi no necesita comentario, pues según se va viendo, la Vida más que una verdadera biografía es un auténtico panegírico. Para que esa serie de dudosas coincidencias ganen credibilidad se necesitaría un dato más contundente, algo que reforzase la identificación con Ribadeneyra, y eso lo aporta el apellido Benengeli que, puesto en boca de Sancho, Cervantes convierte en “Berenjena” (QII, 2), fruto con el que jocosamente se alude a los toledanos: “Benengeli es una cómica deformación y tiene sentido de <aberenjenado> o <berenjenero> Covarrubias registra el refrán que alude al gran gusto que tenían los Toledanos a la berenjenas: <<Toledano, ajo, berenjena>> 8. El hecho de que Ribadeneyra fuera toledano y de que pasara, además, gran parte de los últimos años de su vida en dicha ciudad, concretamente mientras Cervantes escribe el Quijote de 1605, hace de ese apellido un dato decisivo en la búsqueda de matices, pues no olvidemos que la prudencia obligaba a Cervantes sólo a sugerir. En definitiva, el nombre de Cide Hamente Benengeli es una especie de compendio de pequeños detalles tras el que se oculta el nombre del toledano religioso adulador de Loyola, o del Padre adulador berenjenero. Entre las más de treinta veces que aparece Cide Hamete entre la Primera y Segunda parte del Quijote, hay algunas donde se aprecia especialmente esta cualidad de adulador característica del nombre de Hamete “<<¡Bendito sea el poderoso Alá!>>, dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo. <<¡Bendito sea Alá!>>, repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho” (QII, 8) Esta fórmula de alabanza tan propia de la literatura religiosa árabe, no es ajena a la literatura religiosa católica, ni mucho menos a Ribadeneyra, de quien encontramos en su Vida algunas exhortaciones muy próximas a las de Cervantes “Bendito sea, alabado y glorificado, ensalzado y sobreensalzado en todos los siglos de los siglos de todos los ángeles y santos del cielo el santísimo y amabilísimo nombre del Señor, que así ennoblece y enriquece esta su mínima Compañía [...] Alabado asimismo y glorificado sea el Señor” (Vida II, XIX) Además de ese “Bendito sea” y el tono general de alabanza deísta, en el siguiente fragmento se repite, tal como ha dicho el narrador (“repite tres veces”), tres veces la bendición “El sea bendito por todo y de todas las criaturas por ello, amén. El sea siempre honrado en sí y en su Madre y en sus ángeles y en sus santos y santas, amén. El sea magnificado y sobre todo ensalzado por vía de todas sus criaturas, amén. Yo digo amén de mi parte, y os ruego que le alabéis sobre este vuestro hermano, que yo así lo hago sobre toda la Compañía >>” (Vida III, XI) La relación entre el estilo de Cide Hamete y la de Ribadeneyra parece bastante clara, pero hay además otras informaciones a lo largo del Quijote que prueban sobradamente su identidad. “Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes” (QII, 3) Hay en general un aire socarrón cuyo verdadero sentido se aprecia fundamentalmente una vez conocido el fragmento que lo inspira “Este Libro de la vida de nuestro padre Ignacio algunos años ha que le escribí yo y le publiqué en Latín. Escribíle en aquella lengua que es común, porque le dirigí a toda nuestra
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Murillo, o.c., n. 19, p. 143.

Compañía, que está extendida y derramada casi por todas las naciones del mundo. Agora le he traducido y añadido en nuestra lengua castellana, para que nuestros hermanos legos de España, y otras personas devotas, y deseosas de saber los principios de nuestra Religión, que no saben la lengua Latina, puedan gozar, y aprovecharse dél en la suya. En lo cual no he usado de oficio de intérprete, que va atado a las palabras y sentencias ajenas, sino de autor que dice las suyas” (Vida, Al cristiano lector) Ribadeneyra explica cómo escribió su libro en latín y él mismo lo tradujo después al castellano. Y con esa información juega el bachiller Sansón Carrasco en ese fragmento de la Segunda Parte donde, además de Cide Hamete como autor original, se menciona al “curioso” traductor encargado de verterlo, tal como, no sin cierta petulancia, el mismo Ribadeneyra dice haber hecho con su libro. Cervantes añade además el irónico “nuestro vulgar castellano” como referencia a la menor categoría que, frente al latín, otorga Ribadeneyra a nuestra lengua. Igual sentido se aprecia en la alusión al intérprete (“y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante”) y en lo referente al carácter universalista. Según Ribadeneyra su libro se ha traducido para que puedan gozar en todo el mundo quienes no saben latín, por eso en el Quijote se añade que el objetivo de la traducción es el “universal entretenimiento de las gentes” Vida Quijote escribí-Escribíle escritas traducido traducir en nuestra lengua castellana, para en nuestro vulgar castellano, para intérprete intérprete universal entretenimiento todas las naciones del mundo En otras ocasiones la presencia de Cide Hamete sigue igualmente asociada a la personalidad de Ribadeneyra emanada desde su Vida “Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina, pero que divulgándose por la ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase” (QII, 62) Todo el fragmento está construido a base de distintas referencias pertenecientes a diversos fragmentos de la Vida. En primer lugar esa irónica alusión a los “centinelas de nuestra fe” “Llegó la fama desto a los Inquisidores de Toledo, los cuales, como prudentes, temiendo desta novedad en tiempo tan sospechoso, y queriendo, como cuidadosos, remediar el mal, si alguno hubiese, con otra ocasión o sin ella vinieron a Alcalá, y hicieron diligentísima pesquisa de la dotrina, vida y ocupaciones de nuestro Ignacio, y formaron el proceso” (Vida I, XIV) A los tres referentes en negritas debe añadirse el claro paralelismo de tono comprensivo hacia la Inquisición existente en ambos textos, reforzados con analogías como “despiertas centinelas” e “Inquisidores...prudentes...cuidadosos” La misma actitud compresiva y edulcorante del anterior fragmento se encuentra en otro donde Ribadeneyra vuelve a justificar la intervención de la Inquisición contra Loyola “En este espacio de tiempo, aquellos padres religiosos, con buen celo, movidos de la libertad con que hablaba y del concurso de la gente que le oía y del rumor que de sus cosas ya tan sonadas había en la ciudad (el cual casi nunca se mide al justo con la verdad), y viendo los tiempos tan sospechosos y peligrosos, temiendo que so capa de santidad no se escondiese algún mal que después no se pudiese tan fácilmente atajar, dieron parte de lo que pasaba al provisor del obispo” (Vida I, XV)

Se repite la presencia del verbo temer y el tono exculpatorio con los inquisidores, justificados como “prudentes” “cuidadosos” y “con buen celo” “Diósele Ignacio y leyóle el buen Inquisidor y agradóle tanto, que pidió licencia para trasladarle para sí, y así lo hizo” (Vida II, II) “Hallóse de Francia el Maestro Fray Mateo Ori, de la Orden de Santo Domingo, ante quien, siendo Inquisidor de la fe, fue en París acusado Ignacio” (Vida II, XIV) “También debemos enmendar nuestras vidas porque no perdamos por nuestras culpas el don inestimable de la fe, que otras naciones por las suyas perdieron, y suplicar instantemente de día y de noche al Señor por la vida y felicidad de nuestro católico rey don Felipe, que, conforme a su apellido y renombre, con su grandísima cristiandad, celo, vigilancia y poder ampara y defiende la fe católica, oponiéndose como muro fortísimo e inexpugnable al furor de los herejes, y dando brazo, aliento y favor al santo Oficio de la Inquisición. El cual, para conservación y defensa de la misma fe, la divina bondad con increíble misericordia y providencia instituyó en los reinos de Castilla y de León el año de mil y cuatrocientos y ochenta y uno, y en los de Aragón, Valencia y Cataluña el de mil y cuatrocientos y ochenta y tres, que fue el año mismo que nació Lutero” (Vida II, XVIII) En general, de estos textos se desprende esa ambigua sensación de comprensión y temor a la Inquisición burlescamente parodiada por Cervantes con el asunto de la cabeza parlante, un fragmento en cuya última frase aparecen otros referentes relativos a la prisión de Loyola en Salmanca (“no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase”) “Detúvose aquí un poco nuestro Ignacio mirando en aquella sutil y para él nueva manera de argumentar. Y después de haber estado un rato en grave y recogido silencio, dijo: - Basta, padre; no es menester pasar más adelante” (Vida I, XV) Es como si pretendiera que volviéramos a relacionar de nuevo el interés de Ribadeneyra por congratularse con quienes abusaron injustamente de Loyola, para que de ninguna manera se nos pase la estrategia seguida. Igual ocurre con ese despectivo “el vulgo ignorante”, repetido en varias ocasiones en la Vida “el vulgo inorante puso a los nuestros el nombre que no era nuestro” (Vida II, VI) “no dejándose llevar de la apariencia y vana opinión del vulgo ignorante” (Vida III, XXII) “no era culpa suya el alboroto pasado, sino del vulgo ignorante” (Vida IV, XIV) En general, la intención de Cervantes es transmitir sutilmente la falta de credibilidad que ofrece cualquier texto de Ribadeneyra. Lo explica muy bien Gerhardt cuando dice que Cide Hamete Benengeli “pertenece a un pueblo de proverbial carácter embustero, y la insistencia constante del narrador en su también proverbial fidelidad histórica no resulta suficiente para borrar del lector, y muy especial del lector contemporáneo de Cervantes, la primera imagen sospechosa” 9 Parece clara la relación existente entre Ribadeneyra y Cide Hamete gracias, sobre todo, a esos ejemplos del Quijote de 1615, escritos cuando Cervantes ya había comprobado la reacción de la Compañía y la Inquisición tras la publicación de la Primera Parte de 1605. El que no se hubiesen metido con él durante todos esos años, le permitió confiar en su estrategia y seguir trabajando con mayor libertad y atrevimiento, pues los jesuitas habían decidido, además de no editar más la Vida, no remover el asunto. “Una de las características particulares apreciadas por Marthe Robert en Cide Hamete Benengeli es que, contrariamente a los autores ficticios que desaparecen ocasionalmente, extiende su actividad y su influencia hasta el mismo final de la obra. Benengeli no es totalmente el primer autor, pues ha sido precedido por otros, entre los que está el autor anónimo gracias al cual Cervantes ha conocido los primeros capítulos de la obra. De esta forma, son tres al menos los autores del Quijote: este autor anónimo de una parte, Benengeli de otra, y Cervantes en fin, por su papel de compilador y ordenador de los textos” 10
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La ficción autorial en el Quijote, o.c., p. 57. Ib., p. 61.

Las conclusiones de M. Robert cuadran exactamente con la historia de la Compañía pues, en efecto, Cide Hamete no desaparece durante toda la novela, ya que la presencia de la Vida en el Quijote es permanente hasta su punto y final. Igual concuerda la diferencia y distancia existente entre Hamete y el primer autor, es decir, el padre de don Quijote, sin lugar a dudas Gonçalves (“gracias al cual Cervantes ha conocido los primeros capítulos de la obra”) En definitiva, hay un primer autor que es Gonçalves, fuente esencial y fidedigna de todas las informaciones, y