Lesbianas y Prostitutas: Una Hermandad Histórica Joan Nestle en A Restricted Country, Ithaca, NY: Firebrand Books, 1987

traducción: Gabriela Adelstein, Buenos Aires, 2012

El predominio del lesbianismo en los burdeles de todo el mundo me ha convencido de que la prostitución, como una desviación del comportamiento, atrae en gran medida a mujeres que tienen un fuerte componente homosexual latente. A través de la prostitución, estas mujeres con el tiempo superan su represión homosexual. -- Frank Caprio: Female Homosexuality: A Psychodynamic Study of Lesbianism (1954)

“Estamos teniendo la reunión durante la Lesbian/Gay Freedom Week porque muchas mujeres prostitutas son lesbianas –y sin embargo tenemos que luchar por ser visibles en el movimiento de mujeres y en el movimiento gay. Esto es debido en parte a nuestra ilegalidad, pero también porque al visibilizar nuestra profesión tenemos que enfrentar actitudes que sugieren que o bien somos “traidoras a la causa de las mujeres”, o bien no somos “verdaderas lesbianas”. Oradora en “Prostitutes: Our Life – Lesbian and Straight”, San Francisco, junio 1982

Estas prostitutas “de puertas adentro” van en aumento. El Capitán Jerome Piazza de la Manhattan South Public Morals Division [División de Moralidad Pública de Manhattan Sur] estima que existen por lo menos 10.000 prostitutas en la ciudad. Women Against Pornography sostiene que hay 25.000 prostitutas trabajando dentro y fuera de la ciudad, más de 9.500 en el Lado Oeste solamente. West Side Spirit, 17 de junio de 1985

En preparación para la Conferencia sobre las Mujeres de Naciones Unidas, el gobierno de Kenya puso nuevos bancos en los parques, rellenó los baches, y barrió a las prostitutas de las calles. -- New York Times, 15 de julio de 1985

El impulso original detrás de este ensayo era mostrar cómo las lesbianas y las prostitutas siempre han estado conectadas, no sólo en la imaginación masculina sino también en sus historias reales. Esperaba que, al presentar las piezas de este territorio compartido, podría tener algún impacto sobre la posición feminista contemporánea sobre la prostitución, según la expresa el movimiento feminista antipornografía.

Pero mientras leía y escuchaba, una visión más amplia se formó en mí: el deseo de devolver a las trabajadoras sexuales su propia historia, de la misma forma en que hemos tratado de hacerlo en los proyectos de historia lésbicos y gay de base, en todo el país. Las putas, como lxs queers, son el chiste sucio de una sociedad. El simple hecho de sugerir que tienen una historia, no como un mapa patológico sino como un registro de un pueblo, implica desafiar fronteras sacrosantas. Al leer sobre la complicada historia de las prostitutas, me di cuenta una vez más de que también estaba leyendo historia de las mujeres, con todas sus contradicciones de opresión y resistencia, de hermandad y traición. En este trabajo intentaré honrar ambas historias: la de la mujer prostituta y la de la mujer queer. Primero, mi propio punto de partida. En los bares de fines de los años ’50 e inicios de los ’60 en los que aprendí mi manera lésbica de vivir, las putas eran parte de nuestro mundo. Nos sentábamos en los taburetes una al lado de la otra, nos íbamos de juerga juntas, hacíamos el amor juntas. La brigada contra el vicio, los precursores de la Morals Division [División de Moralidad] con quienes las Women Against Pornography no tienen ningún escrúpulo en colaborar, controlaba nuestro mundo, y sabíamos claramente que entre puta y queer, cuando empezaba la redada, no había ninguna diferencia. Este territorio compartido se quebró, por lo menos para mí, cuando entré en el mundo del feminismo lésbico. Las putas y las mujeres que parecían putas se convirtieron en el enemigo o, en el mejor de los casos, en mujeres oprimidas y confundidas que necesitaban nuestra ayuda. Algunas de las primeras conferencias sobre feminismo radical y prostitución estuvieron caracterizadas por la ausencia total de trabajadoras sexuales, en todas las reuniones. La prostituta era una vez más la Otra, como lo había sido antes en los movimientos feministas de pureza sexual de fines del siglo XIX. Se me ocurrió una conexión mucho más estrecha cuando leí el legado de mi madre, sus escritos borroneados, y descubrí que en distintos momentos de su vida mi madre se había prostituido para

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pagar el alquiler. Había sabido esto siempre, en alguna otra parte de mí misma, en especial cuando compartí su cama en el Hotel Dixie en el corazón de la Calle 42 de Nueva York durante uno de los períodos en los que ella estaba sin trabajo, pero nunca había permitido que la verdadera vida de mi madre calara en mí, de muchas maneras, y ésta había sido una. Y finalmente, en mi propia vida recientemente he entrado en el ámbito del sexo público. lecturas de materiales Escribo historias de sexo para revistas sexualmente gráficos vestida con ropa lésbicas, poso para fotografías explícitas de fotógrafas lesbianas, hago sexualmente reveladora, y he recibido dinero de mujeres por actos sexuales. Según quien sea que haga la acusación, soy una pornógrafa, una queer, y una puta. Así, por razones tanto políticas como personales, se me hizo evidente que tenía que escribir esto. Una de las referencias específicas más antiguas que encontré a la conexión entre lesbianas y prostitutas está en las primeras páginas del libro de William W. Sanger History of Prostitution. En forma similar al proceso de leer las primeras referencias históricas a lesbianas, es necesario despegar a las mujeres del lenguaje crítico en el que están incrustadas. La prostitución, nos dice Sanger, “mancha los registros mitológicos más tempranos.”1 Analiza el Antiguo Testamento, revelando que Tamar, hija de Judá, cubría su rostro con un velo, el signo de una ramera. Muchas de las mujeres “arrojadas a los caminos como refugio, vivían en puestos y tiendas, donde combinaban el comercio de vendedora ambulante con la ocupación de ramera.”2 Aquí se establecen dos temas importantes, el uso de determinada ropa como anuncio y como expresión de estigma, y el problema del trabajo de las mujeres. Es en el capítulo sobre Grecia Antigua que encontramos en Sanger la primera referencia concreta a la historia lésbica. Junto a las
Sanger, William, History of Prostitution: Its Extent, Causes and Effects Throughout the World, New York, 1876, pág. 2 2 Sanger, William, op. cit, págs. 3-7
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casas de prostitución atenienses llamadas dicteria “había escuelas en las que las jóvenes mujeres eran iniciadas en las prácticas más repugnantes, por mujeres que las habían adquirido de la misma manera.”3 Aquí hay evidencia de actividad intergeneracional homosexual, que también es utilizada para la transmisión de técnicas de supervivencia de la subcultura. Una conexión más desarrollada se revela en su análisis de una de las cuatro clases de prostitutas griegas: las flautistas conocidas como auletrides. Estas talentosas músicas eran contratadas para tocar y bailar en banquetes, después de los cuales sus servicios sexuales podían ser comprados. Una vez al año, estas mujeres se reunían para honrar a Venus y celebrar su oficio. No se permitía la presencia de ningún hombre en estos ritos primitivos, excepto a través de dispensa especial. Su banquete duraba desde el anochecer hasta el amanecer con vinos, perfumes, comidas delicadas, canciones y música. Una vez estalló una disputa entre dos de las asistentes, en relación con su respectiva belleza. El resto de las participantes exigió realizar una prueba, y [el poeta relator] dio un largo y gráfico informe de la exhibición, pero el gusto moderno no nos permitirá transcribir los detalles... Se ha sugerido que estos festivales se originaron en, o dieron origen a, esas enormes aberraciones de la mente femenina griega conocida por los antiguos como amor lésbico. Existen serios motivos para creer en algo por el estilo. En efecto, Lucius afirma que, mientras la avaricia incitaba a los placeres comunes, el gusto y el sentimiento inclinaba a las flautistas hacia su propio sexo. Es necesario abundar sobre tan repulsivo tema.4 Oh cuán errado está el académico caballero. Este pasaje, muy alejado del original, puede ser una mezcla de algo de historia griega y de mucho de actitud victoriana, pero resulta provocador, tanto por el chismecito informativo como por el lenguaje que usa para expresarlo. En 1985 asistí a mi primer Women’s Music Festival de Michigan. Durante todas las festividades me la pasé pensando en esas antiguas flautistas dándose placer recíproco, y me preguntaba si algunos de los temas del feminismo cultural cambiarían si se reconociera este legado histórico.

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Sanger, William, op. cit, pág. 48 Sanger, William, op. cit, pág. 50

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La primacía de los códigos de vestido atraviesa la historia de la prostitución. Esta teatralidad de cómo las prostitutas tenían que ser marcadas socialmente para apartarlas de la mujer domesticada, y cómo la población de prostitutas respondía a estas demandas del estado, me hizo pensar muchas veces en las formas en que las lesbianas han usado ropas para declararse como un tipo diferente de mujer. Las prostitutas, incluso hasta fines del siglo XIX, eran descriptas como mujeres antinaturales, criaturas que no tenían conexión con esposas y madres, así como las lesbianas fueron llamadas, años más tarde, “tercer sexo”. Citando un texto de 1830, Ruth Rosen dice en The Lost Sisterhood: “Ella [la prostituta] podía satisfacer las necesidades de los hombres porque un gran abismo separaba a su naturaleza de la de otras mujeres. En el carácter femenino, no hay término medio. Debe existir en inmaculada inocencia o en vicio sin esperanzas.”5 Esta visión de la prostituta como otra especie de mujer continuaría a través de los años. En 1954, Jess Stern, una difusora de subculturas eróticas, escribe: “Lo único de lo que estaba segura en ese momento era de que la prostituta se parece tanto a otras mujeres como una cebra se parece a un caballo. Es una raza distinta, más diferente de sus hermanas bajo la piel de lo que ella –o el resto de la sociedad– puede comprender... Tienen un común denominador, una cualidad esencial que las distingue de otras mujeres: un profundo desprecio por el sexo opuesto.”6 Aparentemente, tanto las tortas como las putas tienen una herencia histórica de redefinir el concepto de mujer. Para asegurarse de que la prostituta no se incorporara a la población de “verdaderas mujeres”, a través de los siglos los distintos estados han establecido reglamentaciones para controlar su forma de presentarse y sus movimientos físicos. En los tiempos de la Grecia Clásica, todas las putas tenían que usar túnicas floreadas o rayadas. En algún momento, si bien ninguna ley lo decretaba, las prostitutas se tiñeron el cabello de rubio, en un gesto común de solidaridad. En el
Rosen, Ruth, The Lost Sisterhood: Prostitution in America 1900-1928, Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1982, pág. 6 6 Stern, Jess, Sisters of the Night, New York: Grammercy Publishers, 1956, págs. 13 y 15
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período romano, “la ley prescribía con detalle la vestimenta de las prostitutas, sobre el principio de que debían distinguirse en todo de las mujeres honestas. Así, no se les permitía vestir la casta stola que escondía las formas ni el fillet con el que las mujeres romanas se ataban el cabello ni usar zapatos o joyas o túnicas color púrpura. Éstas eran las insignias de la virtud. hombres... Las prostitutas usaban la toga como los Algunas incluso iban un poco más allá en atrevida Un detalle llamativo a través

declaración de su oficio y usaban sobre la toga verde una chaqueta blanca corta, el símbolo del adulterio.”7 de la historia de las reglamentaciones estatales respecto del vestido de las prostitutas es la inclusión de atavíos masculinos, como parte del proceso de estigmatización. Por ejemplo, a fines del siglo XIV, nos dice Lydia Otis: “Las prostitutas debían llevar una marca en su brazo izquierdo... mientras que en Castres (en 1375) el signo reglamentario era un sombrero de hombre y un cinturón escarlata.”8 Aquí, como en la historia lésbica, el travestismo señala la ruptura del tradicional territorio erótico, y por lo tanto social, de las mujeres. Durante los trescientos años siguientes, las prostitutas fueron marcadas por el estado, tanto siendo forzadas a usar un cierto tipo de ropa o símbolos identificatorios (como un nudo rojo sobre el hombro, un pañuelo blanco, o, en escalofriante prefiguración de la historia de mediados del siglo XX, un cordón amarillo sobre sus mangas) como mediante restricciones físicas. Al leer los códigos de vestimenta obligatorios, recordé la advertencia que las lesbianas mayores me hacían en los años ’50 cuando me preparaba para salir de noche: siempre usar tres prendas de vestir femeninas para que la brigada contra el vicio no te pueda arrestar por travestismo. Los estados también redactaban listados de controles para definir la cantidad de motivos por los cuales las prostitutas podían perder sus

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Sanger, William, op. cit, pág. 75 Otis, Leah Lydia, Prostitution in Medieval Society, Chicago: University of Chicago Press, 1985, pág. 80

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libertades sociales.

En la Francia del siglo XV, una prostituta se

arriesgaba a tres meses de prisión si: 1. aparecía en lugares prohibidos 2. aparecía a horas prohibidas 3. caminaba por las calles a la luz del día de forma tal de llamar la atención de la gente que pasaba.9 Cinco siglos más tarde en otro continente, el lenguaje de control tiene el mismo propósito pero es más elaborado en sus requisitos, según H.B. Woolston: Reglas para la Reservación, El Paso, Texas, 1921 Las mujeres deben: 1. mantener las puertas mosquiteras trabadas desde adentro y tener una cortina sobre la mitad inferior de la puerta mosquitera; 2. sentarse lejos de las puertas y ventanas y no sentarse con las piernas cruzadas de manera vulgar y deben mantener las polleras hacia abajo; 3. quedarse en sus habitaciones después de las doce, y cuando salen a la calle no deben ser escandalosas ni bulliciosas ni jugar unas con otras ni con hombres. No deben abrazar a hombres ni a mujeres por la calle ni tratar de arrastrar hombres a sus cuartos. Las mujeres no deben: 4. sentarse en las ventanas con las persianas bajas o pararse en las puertas en ningún momento; 5. cruzar la calle a mitad de cuadra, sino que deben ir hasta la segunda o tercera calle y cruzar allí; 6. gritar o aullar de una habitación a otra o utilizar lenguaje soez y vulgar; 7. vestir ropas llamativas o cometer cualquier acto de flirteo o cualquier acto que atraiga atención inusual en las calles, 8. trabajar con las luces apagadas.10 Quiero reproducir estos decretos de control aquí porque son los documentos históricos de la opresión de las prostitutas. Creo que pocas personas son conscientes de cuán completamente podía infringir la policía la vida de una trabajadora sexual. Estos decretos también presagian el control que la brigada contra el vicio ejercería en los bares de lesbianas en los años ’50, cuando incluso lo que hacíamos en los baños era vigilado.

Sanger, William, op. cit, pág. 50 Woolston, H.B., Prostitution in the United States Prior to the Entrance of the United States into the World War, 1921. Reimpresión: Montclair, NJ: Patterson-Smith, 1969, págs. 336-337
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Sin embargo, dentro de estas restricciones, algunas mujeres fueron capaces de transformar sus prisiones sociales en libertades sociales, convirtiéndose en las mujeres intelectuales libres de su época. La historia de la prostitución tiene sus luminarias, mujeres que usaron el poder de su lugar estigmatizado para convertirse en mujeres inusuales, mujeres que vivían fuera de las limitaciones domésticas que mantenían atrapadas a la gran mayoría de sus hermanas. Así tenemos las biografías de cortesanas famosas, que alaban su inteligencia y describen su participación en la literatura y la política. La prostitución exitosa logró para algunas putas lo que “pasar” por hombres logró para algunas lesbianas: las liberó de la rígidamente controlada esfera de las mujeres. Una rica fuente de historia lésbica todavía sin explotar son los diarios y las biografías de cortesanas, madamas, desnudistas y otras trabajadoras sexuales. Por supuesto, tomar estos documentos seriamente, tan seriamente como las cartas de amigas en el siglo XIX, pondrá a prueba las fronteras de clase y de actitud de muchas académicas feministas. Otro problema es que en estos trabajos, realidad y ficción están a menudo entrelazadas, pero tanto los escritos verídicos como las creaciones más imaginativas pueden ser recursos valiosos para armar en conjunto una historia lesbiana más completa. En el libro de Cora Pearl Grand Horizontal: The Erotic Memoirs of a Passionate Lady, escrito en 1873, hay varias menciones de actividades homosexuales femeninas. La primera tiene lugar en un convento La narradora pronto francés para niñas pobres, en el año 1849.

descubre que sus compañeras de escuela habían aprendido a darse placer unas a otras. “El grado de interés que mis compañeras exhibían no sólo por sus propios cuerpos sino por los de las otras, era algo extraño para mí.” La autora luego prosigue describiendo detalladamente una escena de iniciación sexual en una bañadera bajo la cuidadosa tutela de Liane, una estudiante mayor que lleva a dos de las muchachas más jóvenes al orgasmo mientras el resto las observa. A la noche, la futura cortesana dice, “se me enseñaban los placeres del

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cuerpo que en un año o dos llegaron a ser tan intensos que estaba convencida de que cualquiera que los desatendiera era decididamente una tonta. Estos placeres eran exclusivamente femeninos.” Cuidadosamente asegura a su lectora que estos placeres nunca fueron impuestos a ninguna muchacha demasiado joven o inexperta para recibirlos, y luego sigue relatando cómo descubrió que las mujeres mayores, las maestras de la escuela, también disfrutaban del sexo lésbico. “De pronto entrando en una de las aulas para buscar un paquete de agujas descubrí a Bette arrodillada frente a la Hermana Rose, una de las maestras más jóvenes y bonitas, con la cabeza metida bajo sus polleras. Tuve tiempo de ver una expresión en su rostro que me era familiar como los rostros de mis amigas en ciertos momentos de placer mutuo.”11 La narradora desarrolla una filosofía del placer basada sobre estos encuentros sexuales tempranos, pero los vínculos afectivos femeninos también son parte de la experiencia. “Nuestros experimentos nocturnos en el dormitorio pueden imaginarse. Eugenie, mi amiga particular, oyendo de Bette sobre el incidente con la Hermana Rose, estaba decidida a introducirme al placer que labios y lengua pueden dar, y no sentí en absoluto que ese placer fuera mitigado por el disgusto; en ese momento y desde entonces, fui plenamente consciente de que uno de los mayores goces en la vida es experimentar el placer que una pueda dar a sus amantes. Y ahora ya era adulta, y estaba ansiosa por experimentar yo misma el mayor grado posible del placer que podía dar a otras. En general formábamos parejas, y crecía entre muchas de nosotras una verdadera y real devoción, incomparable... Nuestros experimentos tuvieron su efecto en mi carrera posterior, porque aprendí en esa época a no temer ninguna actividad de la cual resultara placer.”12 Más adelante en sus memorias, Cora se acuesta con la esposa lesbiana de un cliente masculino, una mujer descripta en términos que
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Pearl, Cora, Grand Horizontal, New York: Stein and Day, 1983, pág. 22 Pearl, Cora, op. cit., pág. 23

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hoy llamaríamos butch. “Entonces ella me invitó a calentarla, y siendo su huésped, lo hice. Tenía una constitución robusta y muscular, con senos que eran firmes más que llenos, en realidad presentando no más torso de mujer que algunos hombres que he conocido.” La esposa pide a Cora que comparta su cama, explicando: “No mucho después del matrimonio ella descubrió que los hombres y sus cuerpos eran, si no enteramente repugnantes, al menos no excitantes para mí, mientras que la admiración femenina por el cuerpo de mujer era lo que no podía evitar desahogar.”13 Mientras hacen el amor, Cora reflexiona: “Otra mujer debe seguramente saber, por darse placer a sí misma, como dar placer a alguien de su sexo.” En el mundo de la investigación histórica sobre las mujeres, a menudo escuchamos esta afirmación, pero las mujeres “buenas” no hablaban sobre sexo en esos días. Si recurrimos a diferentes fuentes, sin embargo, como los escritos y registros de mujeres sexualmente definidas, podemos descubrir que mujeres de distintas posiciones sociales hablaban en muchas formas. El desafío es si realmente queremos oír sus voces, y cómo vamos a integrarlas en lo que Adrienne Rich ha llamado el continuum lésbico. En 1912 Almeda Sperry, una prostituta anarquista lesbiana, entra en ambas historias al escribir una carta a Emma Goldman que utiliza una franqueza de lenguaje por la que estamos ávidas en nuestra investigación. “Querida, es una buena cosa que me haya ido cuando me fui —de hecho, habría tenido que irme de todas maneras. Si sólo hubiera tenido el coraje suficiente para matarme cuando llegaste al climax, entonces— entonces habría conocido la verdadera felicidad, porque en ese momento tenía completa posesión de vos... Satisfecha, ah Dios no. En este momento estoy escuchando el ritmo del pulso que se siente en tu garganta. Estoy fluyendo con tu caudal sanguíneo, No puedo escapar al Emma Goldman, según el recorriendo los lugares secretos de tu cuerpo. chorro rítmico de tus jugos amorosos.”14

trabajo de Candace Falk Love, Anarchy and Emma Goldman, no era
Pearl, Cora, op. cit., pág. 166 Falk, Candace, Love, Anarchy and Emma Goldman, New York: Holt, Rinehart and Winston, 1984, págs. 174-175
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extraña a las descripciones francas del deseo, así que no resulta sorprendente que haya inspirado una respuesta tan apasionada. Almeda Sperry, lesbiana y prostituta, debería ser parte de nuestra historia tanto como Natalie Barney o las Damas de Llangollen. Pero ni su lenguaje ni su profesión son elegantes. Aunque no pueda encuadrársela fácilmente en las listas de lectura académicas, la comprensión de nuestra historia, de la historia de las mujeres, será más pobre si se excluyen tales voces. En las memorias de Nell Kimball, una madama heterosexual, se hacen muchas referencias a lesbianas. Una de las más famosas madamas de su época fue Emma Flegel, nacida en 1867, una inmigrante judía de Lübeck, Alemania que llegó a los Estados Unidos y trabajó como ayudante de cocina hasta que las circunstancias la obligaron a casarse y establecerse en Saint Louis. Allí abrió un burdel muy exitoso y fue conocida por toda la subcultura por sus aventuras amorosas con sus chicas. “Emma aparentemente siempre tenía una favorita entre sus chicas, con la cual tendría un enamoramiento durante más o menos un año antes de buscar una nueva favorita” (información enviada a los Lesbian Herstory Archives). Aquí vemos cómo la historia étnica lésbica puede interconectarse con la historia general tanto de lesbianas como de prostitutas, siempre que la vergüenza no interfiera. Esto no implica una historia sin conceptos o conflictos, pero sí un compromiso por abrir un nuevo territorio, por la inclusión de mujeres que puedan desafiar las categorías lesbofeministas imperantes. Además de reconocer la historia de las prostitutas como una fuente valiosa para la historia lésbica, otra conexión que surge es la lesbiana clienta y protectora de prostitutas. En la maravillosa y conmovedora historia de Jeanne Bonnet, una lesbiana que se vestía como hombre en San Francisco a fines de la década de 1870 (rescatada por el trabajo del San Francisco Lesbian and Gay History Project y por Allan Bérubé en particular), encontramos una mujer que llegó a los burdeles de Barbary Coast como clienta pero en 1876 decidió enrolar a

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algunas de las mujeres que visitaba en su banda de mujeres. Terminaron sus vidas como prostitutas y sobrevivían como ladronzuelas. Una de las mujeres que le ganó al proxeneta, Blanche Buneau, se convirtió en su amiga especial. vidas. Pero la ira del hombre despreciado persiguió a las dos mujeres hasta la privacidad de sus En palabras de Allan Bérubé: “Cuando ya había anochecido, según Blanche, Jeanne se sentó en un sillón a fumar su pipa y beber un vaso de cognac. Se quitó su vestimenta masculina, se metió en la cama, y con la cabeza apoyada sobre el codo esperó a que Blanche viniera a acompañarla. Blanche se sentó sobre el borde de la cama y se agachó para desatarse los cordones, cuando un disparo atravesó la ventana hiriendo a Jeanne, quien gritó ‘Me reúno con mi hermana’, y murió.” Cuentan que a su funeral en el año 1876 asistieron “muchas mujeres de la clase equivocada... las lágrimas lavaban pequeños surcos a través de la pintura de sus mejillas.”15 En el trabajo de Jonathan Katz Gay/Lesbian Almanac: A New Documentary, encontramos una mención a un “caso femenino, R., edad treinta y ocho”, quien “proclama sus características de la forma más flagrante a través de su forma de vestir que es siempre con los sombreros más masculinos y zapatos pesados. Se gana la vida Aquí, prostituyéndose homosexualmente para varias mujeres.”16

redactada en el lenguaje del Dr. Douglas C. McMurtrie, autor de “Some Observations on the Psychology of Sexual Inversion in Women” [“Algunas observaciones sobre la psicología de la inversión sexual en mujeres”], tenemos otra pista de historia lésbica. Quizás R. parecerá más merecedora de nuestra atención cuando nos dice el doctor: “R. no siente absolutamente ninguna vergüenza ni pudor respecto de su posición. En la ciudad [...] frecuenta lugares públicos vestida de una forma que atrae la atención general. Acumula el desprecio y el ridículo

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Bérubé, Allan, manuscrito enviado a los Lesbian Herstory Archives (LHA) Katz, Jonathan, Gay/Lesbian Almanac: A New Documentary, New York: Harper and Row, 1983, pág. 339

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de las mujeres normales y femeninas que la ven. Sin embargo, parece más bien disfrutar de esta atención y estas críticas adversas.”17 Las mujeres homosexuales que visitaban prostitutas lesbianas están también documentadas por Frank Caprio, un psicólogo pop de los años ’50, que captura perfectamente la combinación de prejuicio y sensacionalismo de esa década. “En estos burdeles, conocidos como Templos de Safo, las prácticas lésbicas consisten en coito mediante el uso de un sustituto de pene, masturbación recíproca, tribadismo y cunnilingus. Si bien muchas de las clientas son homosexuales pasivas, a menudo asumen un rol activo y de este modo encuentran un desahogo para sus ansias homosexuales reprimidas. Uno de estos Templos de Safo en París, que atiende a clientas mujeres, está amueblado suntuosamente. Un bar ocupa una parte de la planta baja, donde pueden obtenerse bebidas alcohólicas. sus clientas con gestos invitantes. siguen al encuentro preliminar...”18 El desafío para las historiadoras lésbicas reside en discriminar aquí qué es verdadera cultura lésbica y qué es imaginación de Caprio, pero de hecho sabemos, a partir de relatos orales, que tales lugares existieron— y no sólo en la exótica París. Mabel Hampton, por ejemplo, una lesbiana negra de ochenta y cuatro años de Nueva York, cuenta sobre un burdel en Harlem durante los años ’30 que atendía sólo a clientas mujeres, y cuya madama lesbiana tenía una escopeta cerca de la puerta para ahuyentar hombres curiosos. Un punto importante que quiero señalar es la necesidad de incluir preguntas sobre prostitución y prostitutas en toda historia oral que se haga con mujeres lesbianas mayores. Si el mensaje que se transmite es que éste es un territorio vergonzoso, que la entrevista “feminista” se espantaría de putas femme o proxenetas butch, de un
Katz, Jonathan, op. cit., pág. 339 Caprio, Frank, Female Homosexuality: A Psychodynamic Study of Lesbianism, New York: Grove Press, 1954, pág. 93
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Las internas lesbianas

están vestidas en ropa interior transparente y sensual, y estimulan a En la planta superior, las habitaciones privadas están dedicadas a las relaciones sexuales que

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sinfín de superposiciones culturales y personales de estos dos mundos, toda esta parte de nuestra historia de las mujeres será nuevamente clandestina. Perderemos percepción y comprensión sobre cómo organizan sus vidas las lesbianas en particular y las mujeres en general que viven fuera de los límites de los arreglos domésticos aceptables. Las lesbianas han acudido a prostitutas, y lo siguen haciendo, en busca de sexo, además de trabajar como prostitutas ellas mismas. En 1984 en un pequeño pueblo de Tennessee, la policía armó una trampa para una redada utilizando a una mujer policía que se hizo pasar por prostituta. Después de que se hicieran los arrestos por oferta sexual, los nombres de los arrestados fueron publicados en el periódico del pueblo. En un artículo titulado “Police Sex Sting Nets 127” [“Redada Sexual Policial Atrapa a 127”], oímos una voz de mujer: ... y muchos de ellos admitieron que habían cometido un error. “Algunos errores pueden ser cometidos una sola vez,” dijo la única mujer acusada durante la operación secreta, que duró tres días. “Mi madre y mi abuela son ministras en Missouri. No soy una delincuente.” La mujer, que cumplió 24 años hoy, lloró sentada en su auto después de recibir la notificación. Estaba convencida de que sería echada de su trabajo, al que había accedido recientemente. “Tengo algunas amigas, pero las cosas no están muy bien en este momento,” le dijo al señuelo policial. Más tarde le dijo a un reportero que pensaba que la operación secreta no había sido justa. “Creo que los canas tendrían que haber dicho, ‘Hey, no lo hagas de nuevo,’ y tendrían que haberme dejado vivir mi vida. “Estás hablando de una nota para el diario. Yo estoy hablando de mi carrera.”19 En las primeras décadas del siglo XX, la imaginación popular y legal a menudo confundía a lesbianas y prostitutas. Mabel Hampton, que vivió como lesbiana a partir de su primera adolescencia, relata cómo fue arrestada en 1920 en la casa de una mujer blanca, mientras esperaba a una amiga. Debido a una denuncia anónima de que se estaba realizando una fiesta descontrolada, tres “canas” entraron destrozando la puerta; si bien Hampton era claramente una “mujer de mujeres”, fue arrestada por prostitución y encerrada en el reformatorio

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Tennessean, 22 de noviembre de 1984

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de Bedford Hills por dos años, a la edad de diecinueve. de hecho lesbianas.

Según

Hampton, muchas de las muchachas arrestadas por prostitución eran Tomando la adversidad como un desafío, Mabel Hampton resume su experiencia en Bedford Hills comentando: “La pasé superbien con todas esas chicas.” Y no sólo Mabel la pasó bien. Estelle Freedman ha escrito una crónica del escándalo por lesbianismo que golpeó a Bedford Hills pocos años más tarde. Aquí tenemos otra pista para una historia más completa del lesbianismo: debemos recurrir a los registros de las prisiones y comenzar a explorar las vidas que encontraremos resumidas en las escuetas frases del estado. Sabemos, a partir de The Lost Sisterhood, que en los años ’20 las prostitutas se habían convertido en víctimas de las campañas contra el vicio que establecieron prácticas de acoso, vigilancia y arresto, que luego serían usadas contra las lesbianas claramente definidas y sus lugares de reunión. “El crecimiento de tribunales especiales, brigadas contra el vicio, trabajadoras sociales y prisiones para combatir la prostitución”20 se convirtió en la herencia lesbiana de los ’40 y ’50. H.B. Woolston detalla la metodología. Un formulario policial utilizado para interrogar a prostitutas detenidas en la década de 1920 muestra las siguientes categorías, bajo el título de salud general: “Uso de Alcohol, Drogas, Perversión, Homosex.”21 Es en esta década que la policía se vanagloria de los nuevos métodos que desarrollaron para humillar a las trabajadoras sexuales: “Un método espectacular para infundir terror en el corazón de los malvivientes es una redada repentina y a veces violenta. Un furgón patrullero llega a toda velocidad a la casa sospechosa. Los policías se precipitan y atacan las distintas entradas y salidas y agarran a los presentes.”22 Cincuenta años más tarde, Barbara Turrill, una prostituta, describe una redada en un bar con estas palabras: “Podés sentirlos en el aire, cuando estás en el bar, y a veces sacan a todo el bar a la calle, a todas las chicas sentadas en la barra, y las meten en el furgón y las
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Rosen, Ruth, op. cit., pág. 19 Woolston, H.B., op. cit. pág. 331 22 Woolston, H.B., op. cit. pág. 214

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llevan al centro y las hacen pasar por un montón de líos. Ellos pueden entrar y llevarte por I and D (idle and disorderly persons, personas ociosas y de mala conducta), aunque sea.”23 Cualquier lesbiana que haya estado en una redada de bar reconocería esta descripción. Otro ejemplo notable de cómo los dos mundos se juntan se encuentra en un fragmento de una historia oral de Rikki Streicher, dueña de un bar lésbico en San Francisco. La época son los años ’40, pero el incidente tiene sus raíces a principios del siglo XX: “Yo trabajaba como mesera en el Paper Doll. Alguien llamó y dijo que venía la cana. Mandé a todo el mundo a su casa y me quedé. Así que yo era la única ahí, y me llevaron. Si eras mujer, los cargos generalmente eran 72 VD, lo que significaba que te llevaban a hacer un test de enfermedades venéreas y 72 horas era el tiempo que tardaba. Así que me llevaron pero decidieron no arrestarme. Así que una amiga vino y me sacó.”24 Aquí la lesbiana es controlada por la policía con un procedimiento que surge de la actitud social que ve a la prostituta como portadora de una enfermedad social. En los registros médicos del estado, la historia lésbica y la historia de las prostitutas a menudo se unifican. Según la Dra. Virginia Livingston, del cuerpo médico del Brooklyn Hospital for Infectious Disease durante la Segunda Guerra Mundial, “el hospital tenía una clínica para prostitutas y muchas de las prostitutas eran lesbianas”.25. La conexión entre sexo y enfermedad que persiguió a las prostitutas durante los años de la guerra, causando muchos encarcelamientos forzosos, está nuevamente en el aire social. Y una vez más, putas y queers deben estar alerta a la pérdida de las libertades civiles debida al pánico social. Dado que las prostitutas fueron la primera comunidad vigilada de mujeres fuera de la ley, se vieron forzadas a desarrollar una subcultura de supervivencia y resistencia. Hemos relevado algunos detalles de esta

Turrill, Barbara, “Thirty Minutes in the Life”, transcripción de charla en radio WGBH, 13 de mayo de 1976, en LHA, pág. 8 24 Streicher, Rikki, extracto de una entrevista aparecida en In The Life, No. 1, otoño 1982 publicada por la West Coast Lesbian Collection, en LHA, pág. 5 25 Livingston, Virginia, entrevista radio WBAI, 7 de marzo de 1980

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cultura en el análisis previo de las vestimentas y las reuniones de mujeres. Pero para entrar en los tiempos modernos, sugiero que existe mucha historia lésbica no explorada en las llamadas cuevas de vicio legalizado que surgieron en la primera década del siglo XX. En los famosos distritos de luz roja de la época, en el Storyville de Nueva Orleans, en la Barbary Coast de San Francisco, en los distritos de Five Points y Tenderloin de Nueva York, las historias de lesbianas están esperando ser contadas. Una publicidad de uno de los famosos “libros azules” de la época incluía en sus listados de servicios sexuales disponibles una referencia a entretenimiento homosexual femenino.26 De la subcultura de la prostitución viene la frase “in the life” [“en la vida”], que es la forma en que las lesbianas negras definirán sus identidades lésbicas en los años ’30 y ’40. De este mundo viene el uso de un timbre o una luz para avisar de la llegada de la policía a los salones internos de un bar lesbiano, una tradición que todavía operaba en los años ’50 lesbianos. Rosen nos dice que “Estos distritos, si bien en estado de transición, ofrecían de todos modos a las mujeres cierto grado de protección, apoyo y validación humana... El proceso de adaptarse al distrito ... incluía una serie de introducciones al nuevo lenguaje ... el humor y el folklore de la subcultura.”27 Una prostituta del libro de Kate Millett The Prostitution Papers comentará, años más tarde: “Es divertido que la expresión “go straight” [“ir derecho”] es la misma expresión para la gente gay. gracioso que ambos mundos usen esa expresión.”28 La última y quizás más irónica conexión entre estos dos mundos que quiero analizar es cómo las lesbianas y las prostitutas están ligadas en la bibliografía psicológica. Uno de los modelos preponderantes para explicar la “enfermedad” de las prostitutas en los años ’50 sostenía que las prostitutas eran en realidad lesbianas disfrazadas que sufrían de un complejo de Edipo y por lo tanto eran hostiles a los hombres. Como
26 27

Es

Rosen, Ruth, op. cit., pág. 82 Rosen, Ruth, op. cit., pág. 102 28 Millett, Kate, The Prostitution Papers, St. Albans, NY: Paladin Books, 1975, pág. 41

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escribe Caprio en su trabajo de 1954: “Aunque parezca paradójico pensar que ... las prostitutas tengan fuertes tendencias homosexuales, lxs psicoanalistas han demostrado que la prostitución representa una forma de pseudoheterosexualidad, una fuga de las represiones homosexuales.”29 interesante. Helen Deutsch veía el problema bajo otra luz

La identificación de la prostituta era con la madre

masculina y ella “tiene la necesidad de ridiculizar a las instituciones sociales, la ley y la moralidad, así como a los hombres que imponen tal autoridad.”30 Otro tipo de prostituta, continúa Deutsch, es “la mujer que reniega de la ternura y la gratificación femenina en favor de la agresividad masculina que imita”31, convirtiéndola en una lesbiana latente. Mezcladas con los intentos por explicar la enfermedad de la prostituta, están las historias de vida de las mujeres. Caprio, por ejemplo, dice que ha hecho cientos de entrevistas a prostitutas lesbianas de todo el mundo. No puedo dedicar demasiadas palabras a esta conexión, porque he sentido el peso de estas teorías en mi propia vida. Mi madre me llevó a médicos, a principios de los ’50, para ver quién podía curar a su hija monstruosa. Alcanza decir que las prostitutas y las lesbianas tienen una historia compartida de lucha contra la ley, la religión y la medicina, todas intentando explicar y controlar la “patología” de estas mujeres inusuales. Las prostitutas lesbianas han sufrido la totalidad de sus dos historias como mujeres perversas: han sido llamadas pecadoras, enfermas, antinaturales, y una contaminación social. En la década del lesbofeminismo no se las ha llamado de ninguna manera, porque son invisibles. Hasta un historiador gay tan astuto y comprensivo como Jeffrey Weeks siente la necesidad de negar su existencia, en aras de postular una historia lesbiana libre de patriarcado. La existencia de prostitutas lesbianas no es una mancha en la historia de nuestra gente; sus historias nos dan
Caprio, Frank, op. cit, pág. 93 Bullough, Vernon, “Prostitution, Psychiatry and History”, en Bullough, Vernon (comp.), The Frontiers of Sex Research, Buffalo, NY: Prometheus Books, 1979, pág. 89 31 Bullough, Vernon, op. cit., pág. 89
30 29

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pistas sobre la complejidad de la historia lésbica específicamente, y sobre la historia de las mujeres en general. Mientras hacía esta investigación, me impresionaron las conexiones entre tres mundos aparentemente dispares: la lesbiana, la prostituta y la monja, todos ejemplos de mujeres no domesticadas que forman comunidades marcadas por las relaciones entre mujeres. al mundo de monjas lesbianas dentro del continuum lésbico. En Y la 1985, la comunidad lesbofeminista entusiastamente dio la bienvenida reciente investigación sobre la prostitución en la sociedad medieval realizada por Leah Lydia Otis evidencia una profunda conexión entre por lo menos dos de estos grupos. En el siglo XV, no era inusual que enteras casas de prostitución, manejadas por mujeres, se convirtieran en conventos cuando alcanzaban la edad de retirarse. en una versión de separatismo medieval. Como Así la la hermandad quedaba preservada, y las mujeres podían seguir viviendo siempre, documentación homosexual es más difícil de encontrar, pero podemos vislumbrarla. pagar una “En Grasse en 1487 una prostituta fue sentenciada a multa de 50 chelines por haber desobedecido la

reglamentación del vicario que prohibía a las prostitutas bailar con mujeres honestas.”32 Cuatro siglos más tarde, las prostitutas y las monjas son unidas nuevamente por una tragedia histórica que requirió los más grandes actos de coraje humano. Vera Lasker, en su apasionado trabajo Women in the Resistance and in the Holocaust: The Voice of Eyewitnesses, nos dice que “algunas de las mejores casas seguras para luchadores de la resistencia eran burdeles y conventos.”33 También afirma que algunas de las mujeres más valientes al servicio de la resistencia eran prostitutas.34 La historia completa del destino de las prostitutas, tanto en el movimiento de resistencia como en los campos de concentración, todavía no ha sido escrita, y espero que quien la escriba sea una puta.
32 33

Otis, Leah Lydia, op. cit., pág. 81 Lasker, Vera, Women in the Resistance and in the Holocaust: The Voice of Eyewitnesses, Westport: Greenwood Press, 1983, pág. 6 34 Lasker, Vera, op. cit., pág. 7

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Estoy segura que con el relato de esta historia encontraremos también lesbianas que usaban el triángulo negro de los asociales. “Entre las primeras mujeres en Auschwitz había prostitutas alemanas y chicas judías de Eslovaquia. A estas mujeres se les proveían vestidos de noche en los que debían construir Auschwitz bajo la lluvia o la nieve. De los cientos de ellas, sólo un puñado sobrevivió hasta 1944.”35 Monja, queer, puta: pensemos en el desafío que enfrenta la historiadora feminista sin restricciones, y que enfrentamos todas nosotras en nuestras imaginaciones. Tanto lesbianas como prostitutas tienen la preocupación por crear poder y autonomía para sí mismas en interacciones sociales aparentemente sin poder. Como dijo Bernard Cohen, un entrevistador de trabajadoras sexuales, “Desde el punto de vista de la prostituta, el poder y el control deben siempre estar en sus manos, para sobrevivir.”36 Una prostituta lesbiana escribió en 1982: “Me aseguro de salir de ahí en 10 o 15 minutos. tipo... Siempre estoy atenta a la hora y decido cuánto tiempo me quedo dependiendo de la cantidad de dinero y de cómo es el Quieren más, pero al final establecemos los términos de la La estructura de clase que existe para las prostitutas también existe para las lesbianas. Cuanto más cerca de la calle estás, más perversa se te considera. La prostituta de lujo y la profesional lesbiana tienen cosas en común. Ambas tienen más protección que la puta que hace la calle o que la torta de bar, pero abordar a la persona equivocada puede ponerlas en manos del estado. Ambas están a menudo apuradas por desconectarse de sus hermanas de la calle, en un esfuerzo por aliviar su propio sentimiento de diferencia. A este punto, las lesbianas tienen más protección legal que las prostitutas debido al poder del movimiento por los derechos gay. Tenemos funcionarixs públicxs lesbianas y gays, pero no políticxs que
Lasker, Vera, op. cit., pág. 15 Cohen, Bernard, Deviant Street Networks, Lexington, KY: Lexington Books, 1980, pág. 97 37 Richards, Terri, de una declaración leída por la autora, una prostituta lesbiana, en “Prostitutes: Our Life – Lesbian and Straight”, una convención realizada en San Francisco el 22 de junio de 1982 organizada por la U.S. Prostitution Collective, en LHA
36 35

relación y los clientes tienen que aceptarlo.”37

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claramente reivindiquen su pasado de sexo público. Ruth Stout, una vocera de PONY [Prostitutas de Nueva York] dijo en 1980 que si las putas y las amas de casa y lxs homosexuales se unieran, podríamos dominar el mundo.38 Para hacerlo, sin embargo, debemos enfrentar el desafío de nuestra propia historia, el desafío de entender cómo el mundo “lesbiano” se extiende desde las flautistas de Grecia hasta el festival de lesbianas separatistas en Michigan. ¿Por qué esta aparentemente obvia conexión entre lesbianas y prostitutas ha quedado tan silenciada en nuestras comunidades lésbicas actuales? ¿Qué impacto han tenido el feminismo y el clasismo culturales sobre este silencio? La unión de estas dos historias ¿nos dará una mayor comprensión política para proteger tanto a prostitutas como a lesbianas, en estos tiempos espantosos? Si podemos hacer que alguna parte de nuestra sociedad sea más segura para estos dos grupos de mujeres, haremos que el mundo sea más seguro para todas las mujeres, porque puta y queer son las dos acusaciones que simbolizan la pérdida de la condición de mujer, y una mujer perdida está abierta al control directo del estado. La reapropiación de la propia historia es un acto político directo que obliga al nacimiento de una nueva consciencia; es un trabajo que cambia tanto al oyente como al hablante. Percibí esto muy claramente cuando asistí al revolucionario congreso de Toronto el año pasado, “The Politics of Pornography, The Politics of Prostitution”, y escuché a una de las oradoras, una desnudista del distrito de sexo de Toronto, documentar la historia de su arte en Toronto. Su relato creaba historia mientras la comunicaba. En su voz suave, detalló el desarrollo de su profesión y la opresión contra la cual ella y las otras tenían que pelear. Era una historia directa, llena de orgullo y de problemas. Yo estaba sentada con otras dos desnudistas, y mientras Debbie documentaba los cambios y los desafíos de su trabajo, ellas estaban sentadas en el borde de sus asientos. Me dijeron luego que nunca lo habían escuchado así expresado. A partir de chistes sucios y desprecio, una historia nacía.
38

Stout, Ruth, “The Happier Hooker”, en Daily News, 16 de septiembre de 1980, pág. 3

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Espero que cada vez más mujeres que actúan o trabajan en el mundo del sexo público elijan contar la historia de su gente.

Nota: El método de collage usado en este artículo tiene ciertos peligros que quiero señalar a mis lectorxs. El primero es que se diluye la especifidad histórica de cada instancia de conexión, porque ambos términos, lesbiana y prostituta, tienen sus herencias socialmente construidas. Segundo, he entresacado las referencias de una amplia variedad de fuentes, y no soy experta en ninguno de los períodos históricos, por lo que puedo estar simplificando exageradamente los descubrimientos resultantes. Sin embargo, pretendo que este trabajo sea tanto fáctico como provocador, para romper silencios y poner en duda suposiciones, y, sobre todo, para proveer los materiales para que todas nosotras —la lesbiana, la prostituta y la feminista (que puede ser las tres cosas)— tengamos una comprensión más compleja y afectuosa de la otra, para poder crear lazos más profundos y más fuertes en las batallas por venir.

Quiero agradecer a Margo St. James, Priscilla Alexander y Gail Pheterson por su aliento a mi trabajo y sus esfuerzos pioneros en el movimiento por los derechos de las prostitutas.

Sobre el modelo de los grupos de apoyo de prostitutas y feministas de Holanda, las prostitutas, las trabajadoras de la industria del sexo y las feministas preocupadas por obtener derechos para las prostitutas en este país [Estados Unidos] están ahora en un proceso de organización. Para más información, contactar a Coyote, Post Office Box 26354, San Francisco, California 94126.

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Bibliografía Bérubé, Allan, manuscrito enviado a los Lesbian Herstory Archives (LHA) Bullough, Vernon, “Prostitution, Psychiatry and History”, en Bullough, Vernon (comp.), The Frontiers of Sex Research, Buffalo, NY: Prometheus Books, 1979 Caprio, Frank, Female Homosexuality: A Psychodynamic Study of Lesbianism, New York: Grove Press, 1954 Cohen, Bernard, Deviant Street Networks, Lexington, KY: Lexington Books, 1980 Falk, Candace, Love, Anarchy and Emma Goldman, New York: Holt, Rinehart and Winston, 1984 Freedman, Estelle, Their Sisters’ Keepers: Women’s Prison Reform in America 18301930, Ann Arbor: University of Michigan Press, 1981 Hampton, Mabel, cintas grabadas en poder de LHA Katz, Jonathan, Gay/Lesbian Almanac: A New Documentary, New York: Harper and Row, 1983 Lasker, Vera, Women in the Resistance and in the Holocaust: The Voice of Eyewitnesses, Westport: Greenwood Press, 1983 Maria, “Maria: A Prostitute Who Loves Women”, en Proud Woman 11 (March-April 1972), 4 Millett, Kate, The Prostitution Papers, St. Albans, NY: Paladin Books, 1975 Otis, Leah Lydia, Prostitution in Medieval Society, Chicago: University of Chicago Press, 1985 Pearl, Cora, Grand Horizontal, New York: Stein and Day, 1983 (primera edición en inglés: 1890) Pheterson, Gail, The Whore Stigma: Female Dishonor and Male Unworthiness, Amsterdam: Ministerie van Sociale Zaken en Werkgelegenheid, 1986 Richards, Terri, de una declaración leída por la autora, una prostituta lesbiana, en “Prostitutes: Our Life –Lesbian and Straight”, una convención realizada en San Francisco el 22 de junio de 1982 organizada por la U.S. Prostitution Collective Rosen, Ruth, The Lost Sisterhood: Prostitution in America 1900-1928, Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1982 Sanger, William, History of Prostitution: Its Extent, Causes and Effects Throughout the World, New York, 1876 Stern, Jess, Sisters of the Night, New York: Grammercy Publishers, 1956 Streicher, Rikki, extracto de una entrevista aparecida en In The Life, No. 1, otoño 1982 publicada por la West Coast Lesbian Collection, disponible en LHA Stout, Ruth, “The Happier Hooker”, en Daily News, 16 de septiembre de 1980 Tayler, Katie, entrevista, primavera 1986 Turrill, Barbara, “Thirty Minutes in the Life”, transcripción de charla en radio WGBH, 13 de mayo de 1976, disponible en LHA Weeks, Jeffrey, Coming Out, London: The Anchor Press, 1977 Woolston, H.B., Prostitution in the United States Prior to the Entrance of the United States into the World War, 1921 - reedición: Montclair, NJ: Patterson-Smith, 1969

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Nota biográfica Joan Nestle (1940) es una escritora y editora lesbiana y cofundadora de los Lesbian Herstory Archives. Tuvo un protagonismo destacado durante las llamadas “guerras del sexo” en Estados Unidos de los años ‘80, durante las cuales las feministas antipornografía llamaron a la censura de sus historias eróticas, que se centran principalmente en las relaciones femme-butch. Link del archivo: http://www.lesbianherstoryarchives.org/

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