ADVERTENCIA DE CONTENIDO

Este relato contiene escenas de sexo explicito entre personajes de un mismo sexo. Hombre-Hombre. Si alguien no está de acuerdo con esta temática aconsejo no leer el contenido de este archivo.

ES SOLO PARA MAYORES DE 18 AÑOS.

Queda prohibida la distribución de esta obra sin la aprobación expresa de su autora Milagro Gabriel, para comunicarse puede escribir a milagrogabriel@gmil.com

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Créditos
Autor: Milagro Gabriel. Diseño de portada: Un regalo de un afiliado del blogger _ Brigitte Osorio http://historiasdeamorydeseo.blogspot.com/ Edición y corrección: Y.M.García Montage de PDF: Milagro Gabriel

La Madre de Evan y Kiria

Agradecimientos
Un especial agradecimiento a mi familia, los que con son su compañía y amor son mi fuente de inspiración para darle color a la vida. También quiero agradecer a todos los miembros del blogger http://historiasdeamorydeseo.blogspot.com/ los que con sus comentarios y apoyo no me dejan olvidar el compromiso de terminar esta novela. Entre las personas que han colaborado para que este libro este terminado con una presentación decente, es a mi amiga Y.M. García, la que con su consejo y correcciones acertadas me ayuda a mejorar para brindarles una mejor calidad en el trabajo terminado.

Capítulo 1
El aire de la noche mecía su larga cabellera, que tocaba su cintura. Las alas le caían como peso muerto tras su espalda, reflejando a la perfección el pesar de su alma. Los ojos verde esmeralda, aún brillantes por las lágrimas eternamente retenidas, miraban el ajetreo a diez pisos abajo. Los humanos iban y venían. Las luces de sus coches, carruajes de metal auto propulsadas, se movían en un eterno vaivén. Apenas si empezaba a entender cómo funcionaban las cosas en estas tierras. En ocasiones extrañaba el ya conocido caos del inframundo, al menos su Madre era constante en sus odios y en sus amores. Una promesa lo ataba a este lugar: su amor por Evan, esto le impedía marcharse de una vez por todas. ―¡Ahí estabas! ―la voz jadeante de su pequeño hermano lo hizo levantar las alas fingiendo interés―. Cuando no te encontré en el apartamento sabía que estarías aquí. Esbozándole una sonrisa, que intentó llegar a sus ojos, pero sin éxito, le respondió―: Quería tomar algo de aire fresco, ―al mirar el hinchado vientre, su expresión cambió a una genuina―. ¿Y el bebé? Si antes Evan era la definición de la felicidad encarnada, mencionar al bebé en sus entrañas iba más allá de la escala. ―¡Está bien! De vez en cuando patea como una mula… Supongo que eso deja en claro que tendrá el carácter de Jack. Kiria fingió un escalofrío.

―Espero que los dioses estén preparados para afrontar a ese pequeño demonio alado que viene en camino, seguramente pateará traseros solo por deporte. La carcajada de Evan fue como las campanitas de navidad. ―Puedes estar seguro de eso. Para Kiria ver a su igual tan feliz lo hacía sentir algo envidioso, aunque eso no hacía que se alegrara menos por él. Ambos eran muy parecidos, tenían el color de cabello gris plata, contextura delgada y flexible, enormes alas negras en su espalda, no obstante, la mayor diferencia física se encontraba en el color de sus ojos, los de Evan eran grises y los de Kiria verdes. En cuanto al carácter, su hermanito siempre fue dulce y algo cauto, Kiria era de los que primero metían la mano en el agujero y luego pensaban en el peligro de que algo lo mordiera. Y vaya que sí fue mordido, quizás esta vez había aprendido la lección. ―¿Tienes miedo? ―preguntó Kiria concentrándose en su hermano, tratando de alejar de sí su propio dolor. ―Algo… pero no se lo digas a Jack. Eso era algo que amaba de su hermano, su gran capacidad entregarse sin egoísmos. Dando un paso al frente, abrazó a Evan envolviéndolo con sus grandes alas negras. La criatura dentro del vientre tocó a Kiria a través de la delgada piel. ―¡Yo estoy aquí para ti, mi querido hermano! Ahora soy parte de tu nuevo Nido… Si tienes miedo, yo cargaré con eso. Estaré allí cuando llegue el momento de que el niño nazca. Todo saldrá bien, ya lo verás.

―Eso espero ―aceptó Evan, sus grandes ojos grises lo miraban expresando toda su preocupación―. ¡Ya quiero tenerlo entre mis brazos! ―¿Y? ―Tengo miedo de no saber qué hacer con él… ―se sinceró Evan―. Soy el menor del Nido de Madre. ¿Qué sé yo de niños? ―la risa de Kiria lo hizo arrugar el ceño―, no te burles de mí. ―No me burlo… Es solo que cuando tú naciste, yo ya tenía diez mil años. Tú eras el juguete más lindo que Madre pudo haberme dado. ¿Recuerdas que era yo el que te bañaba, el que te llevaba ante madre para que te alimentara? ―guiñándole el ojo agregó―: pensaba que si yo cuidaba de ti crecerías más rápido y pronto podrías volar para hacer travesuras a mi lado. ―¡Y sí que las hicimos! ―recordó Evan alejándose de los brazos de su hermano―. Madre estaba considerando seriamente en confinarnos a nuestra habitación hasta que lográramos llegar vivos a la madurez. ―Sí, ella la pasó muy entretenida con nosotros dos. ―¿Crees que este bebé será igual a cuando éramos niños? ―Con el padre que tiene… ―fingió pensárselo Kiria―, yo diría que quizás será peor. Las risas de los hermanos llenaron la noche. La luna brillaba en lo alto del cielo, su brillo aplacado por la luminosidad de la ciudad que nunca parecía dormir. ―Espero que todo salga bien ―fue la oración que Evan arrojó al viento.

―Así será ―puso las manos sobre los hombros de su hermano―. El pequeño nacerá bien, yo estaré allí para ayudarte. No olvides que Jack te ama, eso ayudará mucho llegado el momento. Con un asentimiento de cabeza Evan puso toda su fe en ello. ―Hay algo más que me preocupa ―apartando las manos de su hermano, respiró profundo esperando la pregunta―. ¿Por qué estás tan triste? Kiria dio un paso hacia atrás y se alejó hasta quedar junto al muro que separaba la azotea de la caída libre hasta el pavimento. Dándole la espalda a Evan, trató de concentrarse en la vida que corría por las venas de la ciudad, tal vez algo de eso podría llegar a él. ―No estoy triste ―se excusó Kiria rogando a los dioses que se apiadaran de él por mentirle a su hermano por primera vez en su vida―, es solo que no puedo entender este mundo. ―Si compartimos la sangre podrías aprender todo lo que necesites ―propuso por enésima vez Evan con la esperanza de que esta vez, sí aceptara. Kiria agradeció que al estar de espaldas a Evan, este no podría ver la profundidad de la tristeza que ahogaba su corazón. Si compartían la sangre no solo serían capaces de aprender todo respecto a este mundo, sino que también Evan tendría acceso para mirar sus recuerdos. La vergüenza tiñó sus mejillas ―Aprenderé de la manera lenta ―queriendo dar la conversación por terminada, estiró las alas y se lanzó al vacío.

Evan observó a su hermano surcar el cielo sobre la ciudad. Al volar era invisible a la vista incrédula de los humanos, que eran criaturas ciegas a cualquier fenómeno más allá de su cómoda lista de posibilidades. Una arruga entre sus cejas dejaba en claro que no se creía ni por un segundo las pobres excusas de su hermano Kiria. Estaba decidido a averiguar qué era lo que pesaba tanto en el alma de ese terco demonio alado. Por su parte, la noche abrazaba a Kiria como lo debería estar haciendo su pareja, solo que esta escupió al suelo, asqueado al enterarse que le había hecho el amor a un hombre. Con el corazón pesado, sus alas lo llevaron justo a la azotea del edificio frente al apartamento de Donovan. Odiándose a sí mismo aterrizó en la cornisa. Mientras Evan estaba en brazos de su amante, él estaría ahí acosando a su pareja, escudado en la oscuridad. Si continuaba así se convertiría en una gárgola, pensó desanimándose aún más. Desde que había llegado al mundo de los humanos, su vida se había convertido en un infierno sin posibilidades de redención. Haber encontrado al hombre alto, de espaldas anchas y ojos azules caminando junto al río, fue el comienzo de su mayor alegría y de su más grande desesperación. Lo primero que atrajo su mirada fue el cabello color oro, los colores brillantes lo seducían. La presencia de Donovan lo llamaba como la luz de una fogata cautiva a una polilla, al igual que con la flama, el consumirse fue el resultado final. La característica humedad de las lágrimas mojaba sus mejillas, ya ni perdía el tiempo tratando de aplacarlas. Era simplemente una herida abierta que no dejaba de sangrar. Los recuerdos, como cualquier otra maldición, regresaron hasta Kiria para cobrar su parte en los despojos. Seguir al

hombre de cabello dorado fue un acto reflejo, voló por la ciudad hasta que lo vio estacionar su vehículo, como ahora sabía que le llamaban, frente a un gran nido de humanos. Esa noche era especialmente oscura, como si la misma ciudad confabulara en su contra. Kiria cerró los ojos entregándose a su dolor. Como un ebrio busca la botella solo para acabar empeorando las cosas, así bebió el demonio alado de sus recuerdos. La luz del sol llegaría en unas horas, podía sentir su calor más allá del horizonte. Sabiendo que su presencia no sería bienvenida, extendió las alas y se entregó al viento que golpeaba los edificios en la fría madrugada.

Cansado de hacer el tonto, regresó a la azotea del edificio donde estaba el apartamento que compartía con su hermano y la pareja de este. Con solo desearlo, las enormes alas se retrajeron desapareciendo, dándole la apariencia de un dulce chico de veinte años de cuerpo pequeño y delgado. Solo sus ojos verdes, tristes y apagados, desmentían su apariencia juvenil. Nadie podía ser rechazado por su pareja y seguir viviendo sin morir de tristeza. Respirando profundo trató de vencer el impulso de acostarse en una esquina y dejarse morir. Era demasiado terco para hacer eso. Con cuidado de no hacer demasiado ruido, bajó por las escaleras hasta llegar al piso donde estaba el apartamento que sería el nuevo Nido. Usando la llave que le habían entregado, abrió la puerta procurando no despertar a nadie. Al apenas entrar, escuchó los gemidos de placer de su hermano, por lo visto su pareja lo estaba ayudando con el insomnio que le causaba el estar de

encargo. Mordiéndose los labios contuvo un gemido. Si todavía siguiera siendo virgen los ruidos de los amantes solo le provocarían curiosidad, pero su cuerpo ansiaba desesperadamente las caricias de Donovan, las cuales conocía a la perfección. Maldiciendo su suerte, se dirigió hasta la segunda habitación del apartamento, la que le habían asignado como suya. Se dejó caer sobre la cama sin desvestirse, metiendo la cara entre la almohada ahogó su llanto. Le dolía tanto el corazón que en ocasiones era insoportable. Su pareja jamás sabría el daño que le había causado, si él no lo amaba, no lo obligaría a permanecer a su lado.

“¡Lo siento!”

―Había dicho nada más venirse dentro del

“No me gustan los hombres, sino hubiera sido por la droga, jamás te habría tocado de esta manera”
cuerpo de Kiria―. Demasiado tarde para Kiria y para su corazón que ahora estaba roto.

Capítulo Capítulo 2
Meses antes
La noche era tan oscura como la ciudad lo permitía. Sobre la azotea, Kiria vigilaba lo que él comparaba con un Nido, solo que de humanos. Abrazándose a sí mismo se permitió perder la esperanza por un rato. Había buscado a Evan, su querido hermano menor por toda la maldita ciudad sin poder encontrarlo. Ahora estaba ahí sentado, vigilando a un hombre que solo había visto horas antes. El humano caminaba por el callejón oscuro, sus movimientos tenían una gracia felina, a pesar de su metro noventa y cinco de sólido hombre. Lo que más le llamó la atención, fue el color de su cabello, era tan rubio que resaltaba contra la oscuridad. No tenía ni idea del por qué lo seguía, era como ver algo conocido en tierras extrañas, así de ilógico. Kiria acechaba. Lo hacía como si fuera su cena. Desconocía otra explicación para esta necesidad que tenía de verlo. Sonriendo, no perdió detalle del largo cuerpo vestido de negro. Caminaba por el callejón como si él fuera lo más peligroso por estos rumbos. Al demonio alado le gustaba la actitud que tenía. Con una sonrisa se imaginó lo que le diría si se apareciera frente a él con las alas desplegadas y mostrando los colmillos, de seguro correría gritando como una cría. Entretenido, con toda su concentración puesta en el caminante, no vio a las extrañas sombras que seguían al humano unos metros atrás. Cuando Kiria se dio cuenta, ya estaban demasiado cerca. Más que caminar, esos seres parecían arrastrarse. El demonio alado sabía de qué se trataba: demonios Gulu. Decidido a evitar que le hicieran daño al

hombre, desplegó las alas para amortiguar su llegada al pavimento. Flexionando las rodillas, cayó sobre sus pies entre el humano y los seres. Estirando su mano derecha convocó una espada. Seis criaturas se acercaron mostrando colmillos filosos que salían de sus bocas como blasfemias amarillas. Kiria esperó a que el humano hiciera lo más lógico, correr por su vida. —¡¿Qué demonios?! — escuchó el grito del humano justo a su espalda. —Ese es precisamente el punto —le respondió Kiria sin quitarle la vista de encima a los Gulu—. ¡Ahora corre! —¡Sí claro, y un pajarito con alas me va a defender! —Kiria no tuvo tiempo de ofenderse con el comentario, dos Gulu se abalanzaron con sed de carne viva. Al parecer querían al humano en el menú. Cosa que no ocurriría, si Kiria podía decir algo al respecto. Desplegando las alas, se preparó para una noche divertida. —Y yo que estaba aburrido —se mofó Kiria golpeando con las alas a uno que se acercaba peligrosamente al humano, mientras cortaba de un tajo la cabeza de otro. Sangre negra y espesa, como el petróleo, salió del cuerpo inerte. Una explosión ofendió los oídos del demonio alado, el humano le había disparado a uno de los Gulu que se le había tratado de acercar. Kiria aprovechó la confusión y con un solo golpe de su espada logró sacar de su miseria a la cosa que tenía frente a él. Al principio eran solo seis, pero de la nada aparecieron otros cuatro, las cosas se estaban poniendo interesantes. Lo que más le preocupaba era el humano, el muy estúpido seguía ahí,

hasta había golpeado a uno y le había disparado a otro. En una batalla campal no podría defenderlo, por mucho que él pensara que sí. —¡Debes irte! —ordenó Kiria mientras cortaba con las puntas de sus alas el torso de uno de los Gulu, mientras por un pelo apartaba a otro del cuello del humano. El hombre ni siquiera le respondió, el demonio alado tuvo que admitir que era un hueso duro de roer, si tuviera una espada estaba seguro de que haría un verdadero picadillo de demonios. Entre ambos ya solo quedaban tres Gulus. Lo normal hubiese sido que los Gulu dieran marcha atrás, por lo general eran unos engendros cobardes salidos desde lo más fangoso del infierno. Siempre se aprovechaban de los más débiles, bebiendo de su sangre y consumiendo su carne, hasta dejar los huesos blancos En esta ocasión las cosas eran diferentes, los demonios no dejaban de atacar como si una fuerza invisible los estuviera dirigiendo. Ahora sí que Kiria se estaba preocupando. Con un golpe ágil separó limpiamente la cabeza del cuerpo del engendro que intentó sostener del brazo al humano. Ya solo le quedaba una de esas cosas, rezaba en silencio a los dioses para que no se aparecieran más, tantos días sin comer y sin poder dormir bien le estaban pasando la factura. Dedicándole una mirada al humano, notó que este no estaba en mejor condición que él. Justo cuando separaba la cabeza del cuerpo del último Gulu, sintió un fuerte ardor en el pecho que lo hizo caer al suelo mientras su sangre se derramaba como un pequeño río. Acostumbrándose a la molestia trató de ponerse de pie pero un golpe sólido lo hizo perder el conocimiento. Su último

pensamiento coherente lo dedicó al hombre de cabello de oro, sería una lástima que los Gulu se lo comieran. Donovan no podía creer lo que sus ojos le mostraban. Diez cadáveres de unas cosas grises con forma humanoide, pero que claramente no eran humanas, estaban tiradas sobre el pavimento con sus cabezas cercenadas. Lo más inverosímil era que gran parte de ese desastre lo había causado un pajarito. Un chico que no pasaba del metro setenta, con unas enormes alas negras, tan oscuras como las de un cuervo y una cabellera larga de tono oscuro . Las facciones eran tan lindas y delicadas que podían confundirse con las de una mujer, cosa que desmentía el torso desnudo con músculos delgados, pero bien marcados. La parte baja del cuerpo, estaba cubierta con un pantalón holgado de una tela tan suave como el algodón y se encontraba atado con una tira en la cintura, era la única prenda de vestir que llevaba puesta. Los pequeños pies estaban desnudos sobre el frío pavimento. Sin saber por qué eso le molestó. Estaba por abrir la boca, para decir algo como: “¡Tendré que llevarte a la estación para un interrogatorio!” o “¿Tienes permiso para portar espadas filosas…?” Esos pensamientos viajaban por su cabeza cuando de repente escuchó un disparo. Para su total sorpresa vio al pajarito caer de rodillas sosteniéndose el pecho, sangre rosa emanaba de la herida. En unas cuantas zancadas llegó hasta el chico, pero este se puso de pie con un gemido de su delicada boquita. —¡Déjame! —susurró el pajarito levantando una mano ensangrentada. El chico podía tener la complexión de un nadador, pero realmente era un luchador.

—¡Tu sangre es rosa! —observó Donovan al ver el color oscuro que manchaba el pecho pálido. Estaban bajo una lámpara del alumbrado público, la única que servía en el callejón. No había un alma humana en el lugar, ni siquiera se escuchaba el merodear de los gatos en los basureros, era como estar en un mundo alternativo. Donovan hizo lo único que se le ocurrió, tomo el teléfono celular que guardaba en el bolsillo interno de su saco para pedir refuerzos, pero una mano fría y pegajosa lo sujetó por la espalda. Tratando de liberarse, vio como el jefe de policía Campbell golpeaba al pajarito en la cabeza. Sin poder creerlo luchó para escaparse, lamentablemente más de esas cosas lo retuvieron metiéndolo en una camioneta de vidrios oscuros que había al fondo del callejón. —¡Eres un maldito policía! —gruñó Donovan justo antes de que un golpe intentara persuadirlo de seguir hablando. Con el ceño fruncido opuso resistencia, las seis cosas de ojos rojos con expresión perdida y dientes largos y amarillos lo sostenían, mientras que el bastardo jefe de policía lo ataba como si fuera un cerdo. Donovan se retorció hasta que estuvo seguro de que no había nada que hacer. No podía creerlo, el tipo que lo había secuestrado era nada más y nada menos que el Jefe de policía. Algo déspota y con imaginación nula, de vientre redondo y poco cabello en la cabeza, sí, definitivamente era el hombre. La puerta de la camioneta se cerró de golpe, dejándolo junto al cuerpo inerte del chico con alas. La sangre rosa había desaparecido de la piel pálida del pecho, la herida ahora era solo una mancha oscura. Las hermosas alas negras estaban esparcidas a sus costados. A Donovan le recordó a una paloma que se golpea contra una ventana.

Donovan trató de levantarse para observar mejor el estado general de la extraña criatura con alas, pero las ataduras se lo impidieron. La camioneta comenzó a avanzar, el ruido del motor era constante, Campbell conducía con cuidado de no llamar la atención de algún policía de carretera. Donovan sabía cuando era momento de ser paciente, recostando la espalda al piso de la camioneta, ahorró energía, tenía el presentimiento de que la iba a necesitar. —¡Ahh! —la suave queja del hombre-pájaro junto a Donovan lo hizo volver la cabeza. —¿Estás despierto? —le susurró tratando de no alertar al conductor de la camioneta. La luz de las lámparas de los costados de la carretera iluminaba el interior del automóvil, permitiéndole ver las facciones delicadas del chico. Cuando los parpados se abrieron, Donovan pudo ver los ojos verdes más hermosos que había visto en toda su vida. Por un momento se quedó inmóvil por la sorpresa. —¿Dónde estamos? —preguntó Kiria, observando al humano que lo había tratado de defender, acostado junto a él. —Lo que me preocupa es a donde nos llevan —comentó Donovan levantando los hombros —¿Estás atado? —preguntó al ver que las manos del chico estaban colocadas detrás de su espalda. Kiria trató de moverse, el ruido de las cadenas explicaron más que las palabras. —Sip… no puedo moverme. El demonio alado no era del tipo que se daba por vencido, luchó con las ataduras lanzando un chillido desesperado.

—¡Oh...! ¡Demonios! —¡Cálmate! —ordenó Donovan—. Las cadenas hacen demasiado ruido. Ahorra energía. Las alas negras se quedaron quietas, obedeciendo de inmediato. Eso dejó un poco confundido a Donovan, estaba claro que el chico no era del tipo obediente. —¿Por qué si te dispararon no sigues sangrando? —su instinto de agente del FBI tomaba el control. En el pecho plano de la criatura, ni siquiera había una cicatriz—. ¿No eres humano? —quiso aclarar lo obvio. —Yo… —sin entender la razón, se sintió incómodo por la presencia tan cercana del hombre más grande—, no soy humano, soy un Demonio Alado —liberándose de la mirada azul, se concentró en reanudar su pelea con las malditas cadenas—. Solo espero que mis hermanos no se enteren de esto —masculló Kiria —cazado por un maldito humano… Donovan observaba atentamente el perfil del chico, una de las alas estaba recostada a la pared y la otra estaba atrapada entre ellos. El espacio era muy pequeño, la lucha frenética del mocoso con plumas estaba comenzando a impacientarlo. —Te quejas como una niña —replicó sin poderlo evitarlo—. ¡Eres toda una reina! —No… yo soy simplemente el hijo de una Madre, nosotros no tenemos una reina —explicó Kiria dejando de luchar para liberarse—. ¡Mi nombre es Kiria! —Y el mío, Donovan —decidió ser civilizado—, gusto de conocerte.

De pronto Kiria ya no podía mirarlo a la cara, era algo embarazoso. El hombre no solo se veía bien, olía apetitoso. No como la cena, sino como otra cosa. Sintiendo que las mejillas le ardían, decidido a que debía dejar para otro momento su pelea con las cadenas, se dejó caer en el piso del vehículo. Ahorraría fuerzas para otro momento, matar al hijo de puta que lo había golpeado era un buen incentivo para seguir vivo.

Capítulo 3
—¿Has matado a algún ser humano? —un agente del FBI nunca dejaba de serlo. Tenía que saber si la criatura que tenía junto a él, que parecía un ángel con colmillos, era el culpable de las muertes que estaban asolando a la ciudad desde hacía algunas semanas. —Todavía no —fue la honesta respuesta acompañada por un encogimiento de los hombros desnudos del pajarito—, aunque puedo asegurarte que ese humano será el primero. Cuando termine con él van a tener que recogerlo con cuchara. Donovan no tenía nada que decir al respecto, realmente tenía el mismo sentimiento por el hijo de puta que lo había atado como si fuera becerro. El vehículo disminuyó la velocidad desviándose de la calle principal. Por las constantes sacudidas pudo adivinar que la vía estaba en muy mal estado. Donovan movió la cabeza para observar el perfil del hombre joven junto a él. Le sorprendió descubrir que su silencio se debía a que se había quedado profundamente dormido. Las alas negras estaban acomodadas a ambos lados de su cuerpo aprovechando el poco espacio. Los músculos de su pecho bajaban y subían en una suave cadencia. Se necesitaba estar muy cansado o enfermo para

dormir en un momento como este. La idea hizo que Donovan se preocupara. —¡Oye! —lo empujó con el hombro— ¡Despierta pajarito! Como única respuesta Kiria solo gruñó. Usando una de sus alas como almohada, recostó su cabeza y con la otra cubrió su cuerpo, formando un capullo negro. Siguió durmiendo. Donovan apretó la mandíbula tan fuerte que le

comenzaron a doler los dientes. No por primera vez sintió deseos de darle un par de palmadas en el trasero a esa pequeña mierda con alas. Después de unas cuantas curvas debieron llegar a su destino porque la camioneta se detuvo. Kiria abrió los ojos. Con una sonrisa se imaginó vaciándole las entrañas a ese humano amigo de Gulus. ¡Sí!...

Definitivamente ese era el primer punto en su agenda. El humano llamado Donovan estaba junto a él, por el gesto que tenía se notaba que no se estaba tomando muy bien su secuestro. —¿Se puede saber qué es tan gracioso para que te rías así? —Donovan estaba empezando a pensar que el pajarito se estaba volviendo loco.

La puerta corrediza de la camioneta se abrió antes de que Kiria pudiera articular una respuesta. Apenas vio la luz supo que esta era su oportunidad, la herida en su pecho había sanado completamente, este era el momento de aplastar algunos bichos. Estiró las piernas con tanta fuerza que la cadena que las mantenía atadas se quebró, el descanso había hecho su trabajo al recuperar sus fuerzas perdidas. Usando sus alas empujó a los Gulu que intentaban entrar para transportarlos fuera. Kiria estaba furioso, no por nada era conocido por ser toda una princesita, y vaya que sí sabía hacer su papel de “princesa ofendida” a la perfección, cuando lo ameritaba. —¡Malditos hijos de puta! —gritó Kiria atacando a los Gulu que se habían acercado a la camioneta. Con la tranquilidad de que el humano estaba dentro del vehículo, comenzó a sacar de su miseria a cuanto ser se le puso enfrente. Es cierto que matar usando sus garras no era ni elegante ni limpio, pero al menos era efectivo. Donovan escuchó los gritos de dolor, el chico era realmente algo lindo de ver cuando se cabreaba.

Arrastrándose logró llegar hasta la puerta abierta para ver como el pajarito mataba a esas cosas asquerosas con un tubo de metal que había encontrado en el suelo de la bodega abandonada. Los compactos músculos bajo la piel pálida de la

espalda se movían en una danza de muerte. El chico era realmente rápido, cada vez que una de esas cosas lo atacaba ya él se había movido. Dos Gulu trataron de atacar a Kiria por la espalda, mal movimiento. Las alas en sí, eran toda un arma, de un solo golpe con las puntas le cercenó la cabeza a uno y dejó mal herido al otro. Ya solo quedaban cuatro de esas cosas. —¡Detente! —escuchó la voz ofensiva del tipo que lo había puesto en semejante aprieto. Al volverse quedó helado, el hombre sostenía a Donovan con un arma apuntándole en la sien. —¡Suéltalo o te mataré lentamente! —amenazó Kiria. El tipo que sostenía a Donovan era bajito, pero al estar atado el hombre más alto, lo dejaba en franca desventaja. —No estás en posición de ser insistente, —observó Campbell—, sé que te interesa este hombre, mis mascotas dicen que lo has estado siguiendo. Kiria se mordió los labios, el asunto se ponía peor cada vez. —¿Qué quieres de mí? —jadeó Kiria, las cosas estaban tomando un giro peligroso.

Campbell le dedicó una larga y conocedora mirada al demonio alado que tenía enfrente. Le costaba creer que hubiera tanto poder en una cosita tan mona.

—Eres una Madre —tomó por sorpresa a Kiria el comentario tan absurdo—, así que quiero que comiences a formar un nuevo Nido aquí en el el reino humano. —Se equivoca, yo no soy una Madre —intentó aclarar Kiria cuando pudo recoger su quijada del piso. El humano apretó su agarre en Donovan. —No juegues conmigo. Sé lo que eres… solo una Madre puede cruzar sin necesidad de un hechizo que lo convoque de este lado. La expresión vidriosa de los ojos le dejó en claro a Kiria que el humano estaba perdiendo su alma. La única manera en la que un mortal podía convocar a un demonio, era haciendo un Sacrificio de Sangre. Eso nunca terminaba bien para el convocador. —Juegas con poderes que no puedes comprender — explicó Kiria tratando de no hacer una rabieta—. Dame al humano y haz lo que se te dé la gana.

—Haré lo que me plazca, de todos modos —la risa del jefe de policía era seseante—. ¡Entra a la jaula y permite que mis mascotas cierren la puerta, de lo contrario tu pareja acabara siendo la cena! La bodega era enorme, el abandono era notorio. Con lámparas colocadas en las esquinas y otras colgando del techo, le daba una iluminación fantasmal al lugar. En el fondo estaba lo que el humano había señalado. Una jaula con piso de madera—como las que se usan en los circos—con la puerta enrejada abierta. —¡Entra! Kiria le dedicó una mirada examinadora al humano, con solo verle se podía leer lo loco que estaba. Sin dignarse a responder, el demonio alado se encaminó a la jaula. Sabía que debía salir de allí lo más rápido que sus alas lo permitieran, pero no podía abandonar al humano, ese instinto era algo más fuerte que él. —¡No lo hagas! —gritó Donovan al ver como el pajarito entraba a la jaula y se dejaba encerrar. Los ojos verdes le dijeron sin palabras que no se daría por vencido. Necesitó solo unos minutos después de conocerlo para saber que tenía fuego en la sangre, era de los que “primero muerto que vencido”. Donovan comenzó a respetarlo por eso. Ese niño era un culo terco.

Entre un arma y tres Gulu acabaron metiendo a Donovan en una jaula junto a la de Kiria, por lo menos no le habían puesto un tiro. Ya habría otro momento para escapar. —Diviértanse chicos —sonrió el jefe Campbel—, voy a salir a buscar algunos suministros, ustedes espérenme aquí. Kiria rodó los ojos. Como si pudieran ir a alguna parte. Tres Gulu se quedaron con ellos mientras el humano y sus otras mascotas salían en la camioneta. Apenas quedaron solos Donovan se puso de pie, teniendo que doblar la espada por culpa de la altura de la jaula. Sosteniendo su peso en una rodilla buscó quedar junto a los barrotes lo más cerca de la jaula de Kiria. —¿Crees que puedas romper los barrotes para salir? — quiso salir de la duda al ver como el demonio alado trataba de separar los metales. —No… —respondió Kiria golpeando los barrotes con la mano abierta—. El metal tiene un encantamiento. —Ahora resulta que ese bueno para nada es un mago — se quejó Donovan, empezaba a pensar que estaba perdiendo la maldita cabeza. —¿Mago...? No, no creo que ese tipo tenga nada fuera de lo común. Ese hombre hizo un Pacto de Sangre —decidió darle

una clase al ignorante hombre junto a él—. Algo o alguien lo tentó y el muy estúpido cayó redondo. Donovan dejó caer la cabeza hacia atrás apoyándola en los barrotes —Empieza por explicarte desde el principio —estaba empezando a sentir el típico dolor que anunciaba una jaqueca. Kiria no respondió de inmediato, su fama de malcriado no era pura apariencia, él lo era por vocación. Cuando escuchó un impaciente resoplido del humano de cabello de oro, supo que ya había tentado lo suficiente a su suerte. En ocasiones unos simples barrotes son insuficientes para salvarte de una buena refriega. Ese humano le estaba divirtiendo a muerte. —Un Pacto de Sangre es la manera en que un humano convoca a un inmortal, uno del tipo absolutamente malo. El Pacto consiste en que este ofrece el corazón de alguien a quien realmente ama en un sacrificio… —¿Qué? —pudo preguntar Donovan cuando la sangre volvió a circular por sus venas—. ¿Estás diciendo que ese idiota envió a matar a alguien a quien que era importante para él? —Nop —trató de tener paciencia, no todos podían ser tan listos como los demonios alados—, el convocador debe hacerlo con sus propias manos, por aquello de los tecnicismos, puede usar un cuchillo.

—¿Cómo es que un jefe de la policía puede llegar a hacer algo así? —no es que Donovan no hubiera tenido su buena cuota de locos, incluyendo entre ellos a su exesposa, pero jamás se podría esperar algo así de un miembro de la fuerza pública. —Dímelo tú… eres el humano —a Donovan lo estaba empezando a impacientar esa actitud cambiante del pajarito. En ocasiones era pura dinamita y en otras, se estaba allí sentadito como si estuviera tomando el sol en el parque—. En mi mundo matas lo que te vas a comer, si alguien invade tu territorio, se muere. Así de fácil. Algunas criaturas se salen de ese comportamiento, sin embargo al final mueren más rápido. —¿Alguna idea para salir de aquí? —prefirió cambiar de tema, la conversación se estaba poniendo cada vez más rara. Kiria le dedicó una mirada perezosa a la bodega, incluyendo a los Gulu que observaban desde la entrada. La puerta de metal estaba bien cerrada, las ventanas totalmente bloqueadas, ya debía ser de mañana puesto que se filtraban algunos pequeños rayos de sol por las ranuras que no habían sido tapadas. —Por ahora no —se quejó Kiria levantando una ceja—. Pero el tiempo cambia las cosas, tal vez después mejoren nuestras oportunidades.

—¿Tal vez?... Vaya que sí sabes darle ánimos a alguien — Donovan era un agente bien entrenado, el sentirse atrapado no era una sensación a la que estuviera acostumbrado, su altura hacía que la maldita jaula se sintiera como una lata de sardinas. —Por ahora dormiré un rato —bostezó Kiria dejando ver sus blancos dientes y los pequeños colmillos filosos. Las alas se estiraron todo lo que el pequeño espacio permitía al ver la mirada incrédula de Donovan, agregó—: últimamente he dormido en espacios más incómodos que este. La expresión cansada del pequeño hombre no le agradó a Donovan. —¿Cómo llegaste a este mundo...? Campbell dijo que eras una Madre o algo así. —Mi hermanito y yo escapábamos de una bestia alada que nos quería para su cena. La cosa era realmente buena cazando, por muy poco y nos atrapa —con una sonrisa coqueta, le dedicó una mirada traviesa a Donovan—, puedo asegurarte que soy un culo demasiado lindo para una cosa como esa. Donovan casi se atraganta con el oxigeno que entraba por sus pulmones. Él conocía esa mirada, la había visto en los chicos de vida alegre que su mejor amigo y compañero Jack había disfrutado. Quería aclararle algunas cosas al pajarito, la

primera era que “no es de buena educación dedicarle esas miradas a otro hombre”. El verlo envolverse en sus alas creando una especie de capullo de plumas lo hizo reconsiderar. —Nos vemos después —fue lo último que Donovan escucho del hombre escondido tras las plumas negras. Por un momento sintió envidia de esa fresca tranquilidad del demonio alado. Con una sonrisa decidió que velaría el sueño del pajarito. El chico tenía un aire de inocencia que apelaba a su lado protector, pensó que tal vez podría presentárselo a Jack, a él le gustaban los hombres. Recordando lo “levanta culos” que era su pareja del FBI, decidió que mejor no. Ese hombre partía corazones de tipos y mujeres con la misma facilidad de alguien que rompe una nuez. Si hacía llorar a Kiria, tendría que matarlo.

Capítulo 4
Una lengua tibia recorrió su mandíbula, llegando hasta el lóbulo de su oreja. En un principio Donovan disfrutó de la sensación, pero cuando su cerebro reaccionó, se levantó de un salto, golpeándose la cabeza con la parte de arriba de la jaula. —¿Qué infiernos estás haciendo? —ladró Donovan

masajeándose la coronilla. Sentándose un poco más lejos de los barrotes que estaban junto a la jaula de Kiria—. ¡Un hombre no le hace eso a otro! Los grandes ojos verdes del demonio alado sonreían, aunque su cara aparentaba seriedad. —¿Y por qué no se puede...? ¡Sabes rico! Donovan abrió la boca, incrédulo y observó a los Gulu que se gruñían uno al otro. La bodega estaba sumida en la semioscuridad; unas cuantas lámparas en las esquinas daban una tenue iluminación. Se estaba poniendo nervioso y no

precisamente por las extrañas circunstancias. Contando hasta diez, se sintió capaz de responderle al malcriado que ahora estaba despierto. —¿Así sacas de su sueño a tus hermanos? —contraatacó Donovan—. No está bien que los hombres se toquen así y no te hagas el inocente.

—Tú no eres mi hermano —fue la simple respuesta del demonio alado. El chico se estaba divirtiendo demasiado; después de días de vagar solo por la ciudad, tener a alguien con quién hablar era agradable. Donovan no tenía claro si debía reírse o patear al pajarito. Sosteniendo con la palma de la mano su frente, trató de calmar el dolor de cabeza que se avecinaba. Estaba pensando que la verdadera tortura era acabar encerrado junto a ese

impertinente. —Eres toda una patada en el culo —se quejó dejando caer la cabeza para sostenerla contra la jaula. El demonio alado se acercó a los barrotes que se tocaban entre sí. —¿Estás enojado? —No, —contra su mejor juicio, tuvo que ser honesto—, es solo que me sorprendiste. A mí me gusta ese trato con las mujeres, no con los hombres —la decepción en la dulce mirada color jade, tocó un nervio sensible en Donovan—, pero en este mundo existen muchos hombres a los que sí les gusta. —Pero, a ti no—, comentó Kiria levantando los hombros y dejándolos caer, en un gesto conformista que no lograba desmentir su semblante triste—. Cuando buscaba a mi hermanito vi a algunos hombres pegando sus bocas, al principio

pensé que se estaban probando para saber quién sería la cena de quién. Después de verlos un rato descubrí que a ambos les gustaba… ¿Me pregunto qué se siente? La conversación se estaba poniendo demasiado

incómoda para el gusto de Donovan. —¿Qué es una Madre? —Una Madre es la que le da la vida a un Nido, es la progenitora de todos —se explicó Kiria, siendo arrastrado por las tácticas de disuasión del hombre más alto—, ella nos protege y nosotros la protegemos. Mientras ella esté viva hay esperanza para todos. —¿Por qué Campbell dice que eres una Madre...? Hasta dónde puedo ver, eres un hombre. —Soy hombre —la carnosa boquita rosa se frunció dándole un aire pensativo—. Ser una Madre no tiene nada que ver con ser hembra o macho… Lo que no entiendo es por qué él piensa que soy una. Somos cien hijos, si entre nosotros hubiera otra Madre, eso se notaría. La mirada preocupada del pajarito hizo que el humano se enderezara, acercándose hasta los barrotes que separaban las jaulas. —¿Qué pasa?

—Si él piensa que yo soy una Madre… —el horror puso pálido el rostro de Kiria—. Él tratará de… —las alas se extendieron todo lo que el espacio de la jaula permitió—. Tenemos que salir de aquí. —¡Y ahora lo dices! —no pudo evitar mofarse de la carita preocupada del demonio alado—. Eso lo sabíamos desde hace horas… la novedad está en que ya intentamos salir,

¿recuerdas? —Tú no entiendes —el miedo en el rostro del pajarito lo hizo sentirse culpable. Él era un hombre acostumbrado a vérselas en situaciones difíciles y el chico no debía pasar de los veinte años con todo y la inocencia que eso conllevaba. —¡Explícame! —exigió Donovan—. Si no lo haces será difícil que comprenda. —Él tratará de aparearme… por eso te mantiene vivo. La idea le llegó fuerte y clara a Donovan. —Por ningún motivo… primero tendría que matarme. ¡Jamás tendría relaciones con otro hombre!... mucho menos con algo que ni siquiera es humano. Kiria sintió un dolor en su pecho. Como si algo se hubiera roto.

—¿Soy tan repulsivo para ti...? si es por las alas… puedo esconderlas. Donovan se negó a caer en lo que él consideró como una trampa. Su exesposa era una profesional en el arte de la manipulación. Había sufrido demasiado gracias a esa perversa habilidad como para dejarse embaucar nuevamente. —Ya te dije que no soy hombre de hombres. Dame una vagina y me las arreglo, pero con lo tuyo, no juego. Las grandes puertas de metal del garaje rechinaron al abrirse y le dieron paso a la camioneta que en un principio les trajo ahí. Los Gulu gruñeron ante la presencia de su amo. El demonio alado se puso en posición de defensa, las alas extendidas golpeándolas a los costados con los barrotes, las afiladas garras sobresalían de sus dedos, los filosos colmillos mostrándose y listos para desgarrar. A Donovan lo tomó por sorpresa la nueva actitud del pajarito, hasta ahora se había tomado las cosas con relativa calma. —¡No te preocupes! —prometió Kiria dedicándole una mirada decidida a Donovan—. Ese humano morirá de un modo u otro. Por la fiera determinación del chico, Donovan supo que no bromeaba.

—Puedo defenderme solo, pajarito, —respondió el hombre más alto cerrando los puños—. No necesito de ningún defensor. El demonio alado no se dignó a responder, estaba demasiado concentrado en el humano simplón, de barriga hinchada y mirada perdida que bajaba de la camioneta. —Veo que se han hecho amigos, —sonrió tan amplio que pareció que su cara regordeta se partiría— es hora de que se hagan más cercanos. Kiria siseó, listo para partirle el alma al humano suicida. —¡Acércate y te mataré! — Advirtió el demonio alado. Donovan arrugó el ceño — ¿A qué demonios estás jugando? —preguntó con

un tono helado que había hecho mearse en los pantalones a más de un sospechoso en la sala de interrogatorios—. ¿Ahora juegas a bruja de tercera, invocando demonios y jugando a ser algo más que la mierda que se pega en los zapatos? Si Campbell se molestó por el comentario no dio muestras de eso. Los ojos tenían una mirada perdida, la piel tenía un aspecto pálido y ojeras oscuras rodeaban sus ojos. El Pacto de Sangre lo estaba consumiendo, si seguía por ese camino el demonio con el que lo había hecho, acabaría tomando su cuerpo cuando consumiera el alma mortal. Kiria lo sabía, como

comprendía que en ese punto ya no había marcha atrás, el humano debía morir antes de que la transición se diera. —No importa mucho lo que ustedes piensen, —comentó Cambel acercándose a las jaulas mientras sacaba una pistola de dardos de una pequeña maleta que llevaba—. He invertido mucho tiempo para creer cuentos de ancianas. Kiria se acercó a los barrotes, no podía permitir que le hicieran daño al humano. El hombre no soportaba su presencia cerca de él, pero había algo que hacía que el pecho del demonio alado se sintiera tibiecito. Tal vez era por ser parte de un Nido, tenía el instinto de proteger a otros. —¿Qué harás con eso? —preguntó Donovan, temiendo lo peor. La sonrisa de Campbell no hizo más que confirmarle lo que se temía, el tipo estaba loco, de seguro lo entregaría para alimento a las cosas oscuras que se arrastraban y siseaban alrededor. —La duda que tengo es a quién tendré que inyectar — señalando a Donovan, agregó—: Si te lo aplico, te pondrás tan caliente que acabarás lastimándolo cuando te aparees con él —luego le dedicó una mirada sucia a Kiria—. Si es a la Madre, estará tan desesperado que se empalará a sí mismo con tal de aliviarse.

—No me excitaré —defendió Donovan—. ¡No me gustan los hombres! —Entonces te mataré y le traeré a otro macho que se apiade de su dolor… Porque le dolerá hasta que se pueda correr mientras es alimentado con la semilla de un hombre dispuesto. Si tienes relaciones con él, te mantendré vivo como semental de los pequeños demonios que formaran mi ejército invencible. —¡No soy una Madre! —aclaró Kiria, los ojos verdes chispeaban furiosos—. Si lo fuera, para este momento tú y esas cosas estarían muertos… enfadar a una Madre es la cosa más estúpida que alguien pueda hacer, te lo puedo asegurar. —¡Solo una Madre puede cruzar los mundos! Kiria tenía la certeza de que la Madre era Evan, al caer juntos en el Río de la Desesperación habían cruzado la barrera que separaba a los mundos. Esa información sería algo que jamás diría, su pequeño hermano debía estar a salvo, ahora con más razón que nunca. Los demonios alados solo tenían una Madre, si Evan era otra, su raza tendría otra posibilidad de vencer la extinción. La Fuente les daba una nueva oportunidad. Kiria no la arruinaría. —Sin importar lo que ocurra —Kiria respiró profundo, sabiendo que Donovan preferiría morir antes de tocarlo—. No

hagas lo que él te diga… tengo veinte mil años, no es que vaya a morir muy joven —con una sonrisa ocultó la información de que para los inmortales, su edad apenas pasaba de la adolescencia. —El único que tendrá que morir es ese imbécil —resopló Donovan. Jamás dejaría que ese pajarito testarudo tuviera que probar su valor ante la muerte. Antes de que pudiera decir algo, Kiria sintió el pinchazo en su brazo. Quitó la maldita cosa, pero ya era demasiado tarde. El dardo había bombeado su contenido en su torrente sanguíneo. De inmediato sintió el ardor que comenzó a agitar su sangre, cayendo de rodillas, luchó por respirar normalmente. Donovan se arrojó junto a los barrotes que se tocaban entre las dos jaulas. —¿Estás bien? —Sí… —mintió Kiria—. Es un poco incómodo. El agente no se lo creyó, pudo ver claramente el bulto en los pantalones, el chico estaba duro. Kiria siguió la vista de Donovan, notando como este observaba su vergüenza. Tapándose con las manos quiso cubrir los efectos de lo que sea que le había inyectado, el simple roce de la tela era doloroso.

La risa nerviosa del jefe Campbell rompió el incómodo silencio. —Es hora de que compartan el espacio —dicho esto, jaló una palanca que hizo que las jaulas quedaran convertidas en una sola, al abrirse la parte que las separaba—. Esto lo usaban para que los felinos se aparearan sin tener que estarlos moviendo, sin peligro para los cuidadores. ¿Verdad que es una buena idea? —Eres un maldito enfermo —el tono de voz de Donovan era bajo y afilado. —¡Tal vez! —aceptó el jefe de policía—. Pero voy a ser un loco muy poderoso. Voy a dominar sobre el mundo humano y el sobrenatural. Solo tengo que esperar a las crías que me dará este niño bonito. Kiria cuadró los hombros, no tenía el suficiente valor para ponerse de pie. La piel le ardía, un fuego recorría sus venas y su pene parecía hecho de granito. —Vas a arrepentirte de esto —habló, luchando contra el temblor que le recorría el cuerpo—. Nadie juega con ese tipo de fuerzas sin ser consumido por ellas. —Los dejo solos… —dijo el jefe de policía, mientras les daba la espalda caminó a la camioneta—. Pasen un rato

divertido… yo iré a la jefatura de policía. Ya saben, tengo que investigar al loco que se roba los corazones en esta ciudad. —¡Hijo de puta! —masculló Donovan sin atreverse a moverse de su lado de la jaula. Kiria estaba de rodillas, su rostro mirando al suelo y sus manos sobre su regazo. Las alas grandes y negras caían a sus costados como dos pájaros muertos. El cabello largo y sedoso fluía como una cascada sobre su espalda, cayendo al frente sobre su rostro humillado, impidiendo que Donovan pudiera ver su semblante. La camioneta salió de la bodega y las grandes puertas se cerraron lentamente. Los demonios Gulu se amontonaban en las esquinas, buscando el lugar donde las sombras eran más profundas. Si afuera era de día o de noche, era difícil saberlo. De lo único que Donovan era consciente era de los gemidos ahogados levemente. —¿Te sientes muy mal? —preguntó Donovan, temiendo la respuesta. Una risa nerviosa salió del demonio alado, que no apartó la vista del suelo de la jaula de Kiria. Los hombros desnudos temblaban

—¡No muy mal!... pronto se me pasará…

Capítulo 5
Donovan no era idiota, sabía que el chico le estaba mintiendo. El muy imbécil estaba tratando de hacerse el valiente. Sintiéndose frustrado gateó hasta quedar sentado junto al delgado cuerpo. —¡Dime la verdad! —gruñó malhumorado, su exmujer ya había consumido toda su cuota de paciencia en un corto y frustrante matrimonio—. ¿Crees que puedas resistir? —¡No me toques! —jadeó Kiria alejándose de la mano que se había posado sobre su hombro. El humano se acercó hasta la esquina de la jaula donde se había refugiado el demonio. Las hermosas alas negras abrazaban el cuerpo que temblaba, sin cubrirlo totalmente. Donovan pudo observar que miles de gotitas se filtraban por los poros del pajarito, dándole una apariencia brillante a la piel color crema. —¡Kiria...! ¡Kiria, mírame! —ordenó con cuidado de no tocarlo. Sin importarle el frío de la bodega, Donovan se quitó la chaqueta y la corbata, quedando en su camisa y pantalones de vestir negros. De pronto el ambiente había subido algunos grados. Acomodándose frente al joven demonio lo observó sin saber qué hacer. Kiria ignoró la orden del humano. Se estaba quemando por dentro, tenía el pene tan duro que dolía, gotas tras gotas de líquido pre-seminal escapaban de su pequeño agujero. La piel le temblaba, estaba tan necesitado que daba miedo. Debía quedarse quieto con la mirada baja, el rostro escondido entre el

largo y sedoso cabello negro ceniza. Un vistazo al humano y estaría perdido. —¡Aaaah! —jadeó cuando se rozó el pene con la mano por encima de la suave tela del pantalón. Estaba tan excitado que tocarse le causaba un dolor indescriptible. Necesitaba correrse, y pronto. El olor del sudor del humano que se había sentado a unos tentadores centímetros frente a él, solo, lo hacía todo más y más difícil de soportar. Sin poder controlar sus alas, estas se extendieron hasta tocar el rostro del humano con las puntas de sus plumas. El inocente contacto hizo que sacara un poco hacia atrás el apetitoso trasero. Se sentía tan vacío, como si una oscura necesidad se apoderara de él, un hueco se formaba en sus entrañas, un espacio que solo se llenaría con el pene de Donovan. Su semen sería lo único que calmaría tanto dolor. El humano observó boquiabierto como el pequeño pajarito se pasaba las manos por su pecho desnudo, apretando sus tetillas entre sus dedos. —Se siente muy bien —susurró Kiria entre jadeos. Con movimientos torpes recorrió su torso hasta llegar a la pretina de los pantalones. Gimiendo los bajó por sus muslos, quedando enredados en sus rodillas, levantó un pierna, luego la otra, hasta quedar totalmente desnudo frente a un impactado agente del FBI. Toda la sangre de Donovan bajó de golpe a su pene. Sus manos ardían por acariciar toda esa deliciosa piel. Los ruiditos desesperados del chico le ponían más leña al fuego. Kiria era tan malditamente sexy que podía hacer que un heterosexual pensara que las vaginas estaban sobrevaloradas.

—¡Lléname! —suplicó Kiria levantando la vista. La expresión de los ojos verdes era simplemente, depredara—. ¡Házmelo ahora… arrepiéntete después! —El largo cabello cayó por su espalda como una cascada gris, acariciando la piel hasta llegar a donde comenzaba la curva del trasero redondo y firme. Donovan tragó fuertemente. Él era un hombre divorciado, pensó su lado traidor, un hombre que no había tenido acción en semanas. —No, pajarito, —habló más para convencerse a sí mismo que al hombre frente a él—. No eres tú el que habla, es esa maldita cosa que Campbell te inyectó. Kiria recorrió sus delgadas formas con las palmas de las manos. Era una imagen que se estaba quemando a fuego lento en el cerebro de Donovan. El chico echó la cabeza hacia atrás, dejando ver la suave piel de su garganta, con una mano sostuvo su erección, ofreciéndosela al humano, y con la que tenía libre recorrió los globos del trasero. —¡Duele! —La voz era baja y seductora—. Si no eres tú, el pactante traerá a otro macho para que me lo haga. Sé que me cuidarás. Se mi primero… el único. El olor de la excitación de Kiria estaba afectando a Donovan. Sin poder contenerse, respiró profundo, acercando su rostro al cuello del dulce pajarito. Dándole un ligero mordisquito bajo la piel de la oreja, lo vio estremecerse de pies a cabeza. Envalentonado con la reacción, Donovan lamió toda esa piel tibia. —¡Más! —suplicó el pajarito arqueándose. El humano le dio lo que pedía, con las manos recorrió la espalda hasta llegar a la base de donde se sostenían las alas al cuerpo ligero—. ¡Ahhhh! —gritó Kiria dejándose caer dentro de los brazos fuertes de su

dios rubio. Desesperado, buscó la boca que había torturado su piel, Donovan desvió la intensión volviendo el rostro. Una cosa era tomar un culo en lugar de una vagina, y otra muy distinta era besar a otro hombre. Mordiendo el lóbulo de la oreja, y luego lamiendo la marca rosada, continuó con su propósito de aliviar al demonio alado. —Sobre tus manos y rodillas —ordenó Donovan. Era hora de terminar con eso de una vez. Una vocecita en su interior le advirtió que le estaba gustando demasiado torturar al hombre entre sus brazos. Si al menos Kiria fuera una mujer. Recordando a su exesposa decidió que ese camino tampoco lo hubiera llevado a ninguna parte, ya había tenido su ración de compromisos frustrados como para meterse en otro culebrón. Con una ligera arruga en el ceño, el pajarito se tragó las lágrimas que le estaban haciendo un nudo en la garganta. El cuerpo le exigía sexo, pero su corazón quería ser sostenido, protegido. Sabiendo que jamás tendría eso, decidió dejarse llevar. Mañana sería la hora de arrepentimientos, ahora el cuerpo estaba demasiado hambriento por el pene del humano como para detenerse a filosofar. Obediente Kiria se dejó guiar por el otro hombre, que con mucho cuidado, como si de verdad le importara, le ayudó a colocarse sobre sus manos y rodillas. —Recuesta la cabeza contra el suelo y levanta el culo — instruyó Donovan—. Será más fácil así. El demonio alado estuvo de acuerdo. De esa manera Donovan no podría ver las lágrimas que comenzaban a escaparse de sus ojos. Respirando profundo trató de calmar el fuego que le recorría las venas, su entrada estrecha palpitaba en anticipación.

Las manos de Donovan se tomaron su tiempo acariciando la espalda entre la base de las alas. Kiria descubrió que ese lugar lo llevaba a la locura, enviando señales directamente a su polla. —Por favor —suplicó sin ninguna vergüenza—, haz algo… —Empujando el culo hacia atrás trató de acercarse a la cadera del cuerpo más grande tras de sí. El ardor de una palmada en su trasero lo hizo contenerse —¡Ay! —chilló Kiria sintiendo como su pene estaba tan duro que iba a reventar. —¡Quieto, pajarito! —advirtió Donovan colocándose entre las piernas abiertas—. Lo haré tan bueno como pueda. Kiria cerró los ojos y se entregó en ese momento, fue algo que simplemente no pudo evitar. Su alma estaba lista para compartirse con su único, el que le acariciaba entre las nalgas con un dedo húmedo con saliva. La invasión fue extraña, dolorosa y placentera. Su cuerpo virgen, por puro instinto, trataba de repeler a su invasor. El humano movió el dedo despacio hasta tenerlo totalmente enterrado en el culo apretado. Recordó que entre broma y broma, su mejor amigo Jack, le había explicado que los hombres tienen un punto dulce, que si se les toca allí se vienen duro. Donovan arqueó su dedo. El grito del pajarito le dijo que lo había encontrado. —¡Tranquilo! —lo consoló besando la nuca—. Este culito tuyo hoy dejará de ser virgen. —Con esas palabras metió un dedo más haciendo tijera en la entrada estrecha—. ¡Relájate! El demonio alado respiró por la nariz y expulsó el aire por la boca. Un tercer dedo se introdujo en su cuerpo, causando un

estremecimiento que lo recorrió desde sus entrañas hacia todas las terminaciones nerviosas. —¡Mío! —sentenció Donovan, acomodando su pene en el botón de rosa del pajarito, mordiendo la carne tierna del cuello entretuvo al chico lo suficiente para desviar su atención del enorme pene que lo estaba abriendo despacio. —Duele —gimió Kiria asustándose. —¿Quieres que me detenga? —preguntó el humano en un susurro, estaba a solo segundos de llegar al punto del no retorno. Como única respuesta Kiria se empujó hacia atrás, enterrándose de lleno en el enorme pene. Ambos hombres gritaron. Donovan necesitó de todo su autocontrol para no regarse al primer embiste. Para evitar otra jugarreta de esas, sostuvo por las caderas al malcriado, estaba seguro de que le causaría moretones y eso lo encendió. La idea de dejar marcas en la inmaculada piel era algo que avivaba sentimientos en él que no quería explorar. Dejó pasar unos segundos para recuperar el dominio de sí mismo. Estaba decidido a darle placer al demonio alado, bien era cierto que no era gay, pero tampoco era un completo imbécil. La danza más antigua del mundo comenzó a ser ejecutada con maestría. Donovan se empujaba dentro del apretado agujero de Kiria, y este lo recibía con total entrega. Ahora entendía por qué a Jack, su compañero agente, le gustaba tanto jugar en ambos lados de la calle. Gruesas gotas de sudor recorrían el cuerpo de los amantes. Mechones de cabello rubio se le pegaban en la frente a

Donovan. Dándole ligeros besos en la espalda continuó su sinuoso movimiento de entrar y salir. Conforme pasaba el tiempo los gemidos se tornaron en gruñidos desesperados. Donovan olvidó sus planes de “lento y bien hecho” cambiándolos por “sucio y rápido”. Kiria solo gemía, se sentía tan lleno, tan estirado, tan completo. No importaba que fuera cosa de conmiseración por lo que el humano lo estuviera jodiendo. Él necesitaba a ese cuerpo que lo estaba dominando, como se precisa el aire para mantenerse vivo. —Duele… —advirtió el pajarito, sintiendo como las bolas se pegaban a su cuerpo y su pene se endurecía aún más—. Ya no puedo más… —Dame tu semilla —habló Donovan deslizando una mano por debajo de Kiria hasta encontrar el pene. Bombeando al mismo ritmo de las embestidas, sintió como caliente esperma se regaba en su mano. En lugar de sentir asco, la sensación lo excitó hasta el punto de que solo necesitó dos empujes más y se vino regando el culo que le había dado acogida. Kiria pudo sentir como su canal se contraía tratando de evitar que se marchara el hinchado miembro que lo irrigaba desde adentro. Su alma se desgajó en dos, entregándose libremente al humano. —¡Soy tuyo! —pronunció las palabras vinculantes—. El único para siempre. —Ese era el momento en que el otro amante debía devolverlas, pero eso fue algo que no sucedió. Kiria se había entregado a alguien que nunca le correspondería. Donovan salió apenas pudo del cuerpo acogedor. El estar más del tiempo debido era una cercanía que no era correcta, por mucho que su corazón le dijera que sí. Crearle falsas

ilusiones al hombre abajo de él era algo que nunca haría. El cuerpo más pequeño de Kiria estaba lapso contra el piso de la jaula. Con mucho cuidado de no lastimar las alas lo recostó baca arriba. Tomó su chaqueta, la que estaba tirada al otro lado, y la usó para limpiar las manchas de semen del vientre plano. Los demonios Gulu habían estado ajenos al intercambio entre los dos hombres en la jaula. Se la habían pasado gruñendo entre sí por despojos de carne ensangrentada de la que se alimentaban. Donovan rogaba en silencio que se tratara de algún perro grande o algo así, la idea de que fuera carne humana casi lo hace vomitar. El leve gemido salido de la boquita entre abierta de Kiria hizo que Donovan regresara su atención al cuerpo gloriosamente desnudo. Cerrando los ojos tomó aire y lo dejó salir lentamente, acomodando un mechón de pelo rubio que le había caído en la frente, trató de tranquilizar sus emociones. Sentimientos que no entendía o que no quería comprender lo estaban haciendo sentir confundido. Bajo el demonio alado había quedado el pantalón, sacándolo lo estiró un poco para revisar que no estuviera manchado con semen. Después de cerciorarse de que la tela estaba limpia, se lo puso al pajarito con mucho cuidado de no tocarlo más de lo necesario cubriendo toda la tentadora carne. Tenía la esperanza de que una vez que el pene delgado y suave quedara cubierto, todo estaría en orden. Recordando el estado de su propia ropa, se subió el zíper del pantalón. Campbell no tendría una función pornográfica gratis si él podía evitarlo. Donovan observó como las alas del pajarito lo cubrían formando un capullo de plumas negras a su alrededor. Había

notado que eso solo ocurría cuando estaba herido o demasiado cansado, esperaba de todo corazón que fuera la segunda opción. Sentado junto a Kiria, recostó la espalda a las rejas, sin quitarles la vista a las bestias que continuaban engullendo grandes trozos de carne y viseras. El dolor de cabeza que había estado amenazando con aparecer, ahora tomó posesión de él sin ninguna compasión. Su pene estaba saciado, pero su mente estaba tirante. Debajo de las plumas Kiria había despertado, al menos dentro del refugio que formaban las alas podía llorar con tranquilidad. Ese fue el día que entendió que era el infierno. Irónico si habías crecido en el inframundo, a dos calles del Tártaros y a una de los Gulu, pensó Kiria riéndose de sí mismo mientras gruesas lágrimas mojaban sus mejillas.

Capítulo 6
La voz furiosa de Donovan lo hizo despertar, se había quedado dormido cansado de llorar. —Eres un enfermo hijo de puta —gruñó Donovan—. Cuando salga de aquí voy a encerrarte en una cárcel federal con un gran letrero colgando de tu pecho que anuncie que eras un Jefe de Policía. De seguro te darán un recibimiento digno. A Kiria no le cupo lugar a duda de que la risa viciosa y repugnante que recibió en respuesta, era la del humano pactante. —Por lo visto ya hiciste lo tuyo —habló causando que las mejillas de Kiria se colorearan dentro de su refugio de plumas. Le quedaba de consuelo saber que no era una Madre, al menos, pequeños demonios alados no sufrirían por culpa del apareamiento forzado. —Despierta a la Madre —se atrevió a ordenar Campbell—. El chico ha dormido demasiado. —Entra en la jaula y te demostraré que tan “chico” soy. — Kiria salió de su refugio de plumas, pronunciando las palabras con todo el odio que le fue posible—. El humano cumplió… Ahora que ya se pasó el efecto de la droga, puedo asegurarte que no volverás a tomarme por sorpresa. Tendrás que venir hasta aquí para inyectarme tú mismo. —Sí, el agente Callahan hizo su parte. Ya no tendremos necesidad de esto hasta que nazca la cría. —Le restó importancia Campbell. Pasando una mano por el escaso cabello color rata, dejó ver que algo le preocupaba—. Por

ahora nos quedaremos aquí, mañana los transportaré a un lugar más cómodo. Donovan observó los movimientos nerviosos del jefe de policía, por su experiencia en el trabajo, había aprendido a leer en los pequeños gestos la verdad en las personas. Al parecer, el muy imbécil debió darse cuenta de que haberlo tomado como prisionero no fue una jugada muy inteligente. Su compañero Jack debía estarlo buscando hasta por debajo de las piedras, era cuestión de tiempo para que lo encontraran. Su acompañante en la desgracia, el demonio alado había replegado las alas, pegándolas a su espalda. Las delineadas cejas se juntaron en el centro de su frente en un gesto de enfado. Los ojos verdes escudriñaban la bodega, como si buscara cualquier posibilidad de escape. Hasta el jefe de policía tuvo que notar que el demonio no estaba para bromas. El tipo dio un par de vueltas por el lugar, revisando que los candados siguieran cerrados. Los demonios Gulu seguían los movimientos de su amo con miradas expectantes; levantando la cabeza olfateaban el aire, sin atreverse a acercarse al cuerpo pesado del hombre. —¿Cómo te sientes? —Se atrevió a preguntar Donovan apenas vio cerrar la puerta de la bodega tras Campbell. Kiria tuvo ganas de tirarle algo, como una piedra de una tonelada, pero mordiéndose los labios se contuvo. —Si te refieres a lo que el pactante me inyectó, estoy mejor… Si lo que quieres saber es si me duele alguna parte del cuerpo, la respuesta es sí. —Hasta ese momento toda su concentración estaba en la puerta de metal, ahora sus ojos verdes miraban desafiantes a Donovan.

Para un hombre de 33 años, sonrojarse como uno de doce era francamente humillante. Negándose a seguirle el juego a Kiria, decidió poner las cosas en claro. —Lo que pasó entre nosotros no fue más que una manera de evitar un daño mayor. Al menos ahora podremos seguir vivos por algunas horas más… Los ojos de Kiria se abrieron como dos profundos y atormentados lagos. —¡Eso lo sé! —comentó sin poder disimular su amargura—. Si no fuera por la droga, jamás me habrías tocado. Donovan quiso decir algo más para que sus palabras no parecieran tan burdas. —Si fuera de los tipos a los que les gustan los hombres, puedes estar seguro de que yo… —Creo que ya todo está dicho —cortó Kiria temiendo acabar postrado en el piso suplicándole al amante cruel—. Saldremos de aquí juntos, luego cada quién tomará su camino. ¿Qué podía agregarle Donovan a eso, que no empeorara la situación? Un largo silencio fue compartido por ambos hombres mientras miraban los movimientos de los demonios Gulu, que se había amontonado en los recovecos de la construcción. Las criaturas estaban temerosas de que alguno de los rayos de sol, que se filtraban por el techo, los tocara. —¿Le temen a la luz? —preguntó el hombre más alto sin mirar al pájaro sentado a un escaso metro de él. —Sí. —Fue la simple respuesta. —¿Por qué? —insistió Donovan, el silencio del pajarito le estaba molestando más de lo que le gustaría admitir.

—Son demonios condenados, entre las criaturas del inframundo son lo más bajo. Están tan podridos por dentro que no soportan la luz... La noche es una matrona complaciente, no le importa mucho lo que merodee por allí, el día es una virgen celosa de su virtud —explicó Kiria repitiendo lo que su Madre le había explicado muchos siglos atrás. Con un suspiro se recostó en los barrotes. Para el demonio alado el encierro era algo muy duro de soportar, por lo general era de los que no se quedan quietos. Estar tanto tiempo en un solo lugar y acompañado por su pareja sin poderlo tocar, acabaría llevándolo a la locura. El olor del hombre era embriagante y para disimular la erección que comenzaba a elevarse, subió las rodillas abrazándolas para mantenerlas contra su pecho desnudo. —¿Sabes cómo regresar al inframundo? —rompió el silencio la voz queda de Donovan. Sin dejar de mirar la pared del lado contrario de la bodega, resistió la tentación de mirar el torso desnudo a escasos centímetros de él. Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Kiria, el humano le hacía preguntas como si en realidad le importaran las respuestas. Le hubiese gustado contarle lo de su hermano perdido, tal vez podría ayudarlo a buscar. —Cada quién tomará su camino —le recordó Kiria—, lo que haga no es asunto tuyo. —Dejar a una cosa como tú vagando en la noche no es precisamente algo que yo quisiera hacer —explotó el mal genio de Donovan, el encierro y la sensación de indefensión le estaban pasando la factura. La mirada desolada de chico le dejó en claro que había ido más allá del punto de retorno—. Mira, lo que quise decir… —Trató de disculparse.

Un ala negra lo lanzó hasta la otra jaula, que estaba unida a la de Kiria. —¡Vete a la mierda! —gritó el demonio alado—. No pedí tu ayuda para apañármelas con la droga… No pedí que me cogieras… ¡Maldito humano mojigato...! Además, pareció que esas cosas no te importaban cuando te viniste dentro de mí — explotó su enojo haciendo que los Gulu rodearan las jaulas exaltados—. No me toques… No me hables… Reza a los dioses para que no te cruces en mi camino después de esto. A través de las lágrimas que empañaban sus ojos, vio como Donovan se ponía de pie arrugando el ceño por el dolor. Kiria estaba más allá de sentir compasión. El humano había roto su corazón, que agradeciera que él no le sacara el suyo del pecho con sus propias manos como venganza. Ahora más que nunca estaba decidido a salir de ahí, buscaría a su hermano pequeño y regresaría al Nido. Si jamás volviera al mundo de los humanos, le parecería muy poco tiempo. —Yo no quise ponerte al mismo nivel de esas cosas — señaló Donovan a los Gulu, que los miraban desconfiados a escasos metros de los barrotes. —Quédate de tu lado —advirtió Kiria, tragándose las lágrimas que corrían por su garganta, pues no le daría el gusto al humano de verlo llorar otra vez. Negándose a mirar a Donovan, Kiria se retiró lo más lejos que los barrotes le permitieron, recostando su cabeza sobre sus rodillas dobladas decidió esperar. Aún con los ojos cerrados, la imagen del humano de cabellos dorados inundaba su mente. El recordar la sensación de las grandes manos que sostenían sus caderas mientras lo penetraba y el jadeo tibio que calentaba su piel cuando besaba su espalda, lo torturaba. Su cuerpo exigía a

su pareja. Sin quererlo, como un acto reflejo, se había emparejado. El humano jamás sabría el mal causado. Pasadas algunas horas, Kiria notó que los rayos de sol no se filtraban por el techo. En algún momento el humano se había quedado dormido. La botella plástica de agua que el jefe de policía les había dejado estaba tirada del otro lado de las rejas, totalmente vacía. Donovan estaba acostado sobre el piso de la jaula, su brazo derecho bajo su cabeza a modo de almohada. El gruñido de su estómago le recordó al demonio alado que ya llevaba muchos días sin comer. El tiempo que había pasado buscando a Evan por toda la ciudad, el periodo de encierro y la curación de la herida hecha en su pecho, lo estaban debilitando. Necesitaba ser alimentado, y pronto. Negándose a morir sin encontrar a su hermanito, trató de ponerse de pie. Ayudándose con los barrotes se irguió sobre sus pies. Lástima tanto esfuerzo, como las piernas no lo sostuvieron, terminó cayendo de rodillas al piso. —¡Kiria! —Escuchó la voz de Donovan. Unos fuertes brazos cubiertos por una camisa de tela suave lo apoyaron contra un pecho duro—. ¿Qué te pasa? El mundo se estaba poniendo aún más oscuro. Las lámparas que iluminaban la bodega, desde las esquinas, comenzaron a apagarse poco a poco. Kiria se estaba perdiendo, sus ojos verdes se cerraban aunque luchara con todas sus fuerzas por mantenerse despierto. Las alas negras cayeron inertes, como las de un pájaro muerto. —¿Qué te pasa, pajarito? —Lo sacudió Donovan tratando de mantenerlo despierto—. ¡Vamos...! Respóndeme.

Kiria abrió los ojos, sus labios se separaron en busca de oxígeno para sus pulmones… Nada parecía ser suficiente, estaba demasiado cansado para seguir luchando. Por su profesión, estaba acostumbrado a situaciones extremas, sin embargo, esto se salía de lo que podía soportar. Donovan abrazó el pequeño cuerpo que se estaba poniendo helado, las alas caían inertes… Su pajarito se estaba muriendo y no podía hacer nada para remediarlo. La última vez que había llorado fue cuando enterró a sus padres a la edad de doce años. De allí en adelante fue un chico demasiado rudo como para permitirse semejante bajeza. Unas cosquillas características lo hicieron llevar su mano libre a sus mejillas para secárselas con la palma de la mano. —¿Qué coño? —gritó el jefe Campbell al ver la escena—. ¡Mataste a la Madre! —Sin pensárselo dos veces el hombre tomó el arma con la que le había disparado los dardos a Kiria—. ¡Morirás envenenado como un maldito perro! El silbido del dardo cortó el aire, pero fue el demonio alado quien lo recibió en su hombro al interponerse. Ese fue el comienzo del infierno… Kiria cayó al suelo nuevamente, había gastado las pocas fuerzas que le quedaban en un último impulso para proteger a su compañero. Lo único que lo hizo sonreír fue el escuchar la voz de su hermanito. Evan había venido por él. Donovan estaría seguro. Ahora La voz de Evan, que lo llamaba desde el otro lado de la puerta del dormitorio, lo hizo despertar. Se había quedado dormido entre las sábanas, aún vestido. Por lo menos se había quitado los zapatos, pensó sintiéndose miserable.

—Voy, hermano —trató de darle algo de firmeza a su voz, sentía la garganta como si se hubiera tragado una tonelada de papel de lija—, deja que logre escapar de la cama. Arrastrando los pies fue al baño. Sin atreverse a mirar la imagen que le devolvía el espejo, se lavó los dientes, luego fue a la ducha para un rápido baño. Bajo el agua caliente dejó que se lavaran las lágrimas secas de su cara. Ya habían pasado cuatro largas semanas, el tiempo era un hijo de puta sádico cuando de torturar almas en pena se trataba. El simple hecho de que Jack llegara con el olor de Donovan pegado en su ropa, consecuencia lógica de pasar largas horas en el trabajo a su lado, era todo un reto para la paciencia de Kiria. Eso sin contar las veces en las que había subido a ver a Evan y su embarazo. Al principio, al hombre casi le da un ataque cuando se enteró, pero después de todo lo que había visto y hecho en la vieja bodega, llegó hasta el punto de prometerle a Jack su ayuda para lo que fuera. El agua caliente de la ducha lavó toda la suciedad de la calle. Debido a las largas horas que pasó sentado en la azotea vigilando a su pareja, se sentía casi una gárgola. Todos los días al amanecer se prometía que esa sería la última vez. Lavándose el cabello con abundante champú, tomó una decisión, no se arrastraría más por el humano. Basta de esperar. Nada ganaba torturándose, solo se alargaba un hecho que ya no tenía remedio. Su pareja lo había rechazado de la manera más cruel, era hora de enfrentar las consecuencias con algo de dignidad. Quitando toda la espuma de su largo cabello negro, tomó unas tijeras que había en un cajón bajo el lavabo. Luego de secárselo con una toalla, se enfrentó a la imagen en el espejo. El demonio alado que encontró en la superficie fría le dejó en claro que era solo un cascajo de lo que había sido. Su cabello

seguía sedoso y largo hasta tocar la curvatura de su trasero. El pecho que siempre había sido delgado, pero vigoroso, ahora dejaba ver sus costillas. Su rostro, que solía estar lleno de vida por causa de sus alegres ojos verdes los cuales parecían ensombrecidos de tanto llorar, hoy era una sombra de lo que fue. Con una sonrisa amarga le dio la razón a Donovan de despreciarlo. No era más que una maldita princesita llorona, era hora de retomar lo que quedaba de su vida, por el tiempo que esta durara. Sería valiente por su hermanito Evan, le ayudaría a él y a su pareja con el niño por nacer. Una vez cumplida su tarea se marcharía lejos, donde dejara de darle lástima a quienes lo rodeaban. Con una mirada decidida tomó la tijera. Sin dejar de ver sus ojos verdes en el reflejo del espejo, sostuvo un mechón de cabello con una mano y lo cortó sin miramientos. Cuántas veces había soñado que Donovan enredaba sus dedos en sus largas hebras mientras le hacía el amor susurrando su nombre en su oreja. Sollozos ahogados salieron de su pecho cuando lo que quería era gritar su dolor. Corte tras corte, gruesos mechones caían sobre el piso frío. En cuanto se separaban se desintegraban sin dejar rastro de su existencia, eso sería lo mismo que le ocurría a su muerte. El universo reabsorbería su esencia, consumiéndolo en el dulce olvido. Solo esperaba que la Madre lo recordara, tal vez Evan si le dejaban tiempo los hijos que tendría y los mimos que le daría su pareja. Aunque nadie lo lloraría como a un amante. Pasándose la mano por la cabeza, extrañó el peso de su melena. Ahora era un chico con el cabello tan corto que apenas le tocaba la nuca, por culpa del corte caprichoso,

mechones de cabello salían en todas direcciones. Con una sonrisa se lavó los rastros de lágrimas. Tal vez no podría tener sexo con otro hombre que no fuera Donovan, pero averiguaría qué era un beso antes de morir. —¡Hola! —saludó entrando a la cocina con los ojos cerrados—. Si le estás metiendo mano a mi hermano avisa para regresar más tarde. Las descaradas carcajadas le dijeron a Kiria que había dado en el blanco. —Ya no lo hace —aclaró la voz tímida de Evan con un dejo de sonrisa. Kiria miró a su hermano y a su pareja Jack, ambos hombres eran muy diferentes. Evan era bajito, no pasaba del metro setenta, su cabello era negro ceniza y largo, en contraste con el metro noventa de Jack y su cabello era corto y negro. Cuando estaban juntos eran una vista hermosa, era como si el pequeño demonio alado hubiese nacido para estar entre los fuertes brazos del humano. Parpadeando, Kiria dominó el deseo de llorar, había tomado una decisión, no volvería a ser un quejitas. —¿Qué le paso a tu cabello? —preguntó Jack sin dejar de acariciar la redondez de Evan, a simple vista parecía como si tuviera una almohada bajo la camiseta holgada. —No sé… —Se encogió de hombros Kiria— quería hacer un cambio, supongo. —Mmmm… No se ve mal… —bromeó Jack— pareces un alocado chico de diecinueve, no un demonio de veinte mil años. La sonrisa de Kiria no llegó a sus ojos, como últimamente se había vuelto costumbre.

—Tal vez pueda dar una vuelta por allí… He aprendido un par de cosas del mundo humano, quizás hasta llegue a conocer a alguien interesante… La mirada llena de diálogos que compartieron Jack y Evan no se le pasó por alto a Kiria. Ese par se traía algo entre manos. —Yo no puedo llevarte a ningún bar —se excusó Jack—, pero podría pedírselo a Donovan. —¡No! —La respuesta fue tajante, tomando por sorpresa a todos los presentes, incluyendo al mismo Kiria. —Creí que ustedes se había hecho amigos —trató de sondear Jack, no por primera vez. —Solo compañeros de desgracia —aclaró Kiria, apenas pudiendo disimular el despecho—, a él yo no le caigo bien y por mi parte puedo vivir perfectamente sin tener que volverle a hablar —diciendo esto, salió de la cocina sin importarle si dejaba una mala impresión. Entrando al dormitorio se cambió el pantalón de franela y la camiseta por ropa de calle. Necesitaba caminar, pensar en otra cosa, encontrar algo qué hacer. La luz del día no le hacía daño, pero lo debilitaba un poco, era durante las horas nocturnas, el mejor momento para que un demonio tan joven como él deambulara por allí, pero no se sentía con ánimos para esperar tanto tiempo.

Capitulo 7
Sintiéndose como la mierda, salió de la habitación, no tenía derecho de desquitarse con su hermano y su cuñado simplemente porque Donovan era un completo hijo de puta. Como era de esperar, Evan tomaba el desayuno sentado sobre el regazo de Jack. Eran una pareja perfecta, pensó Kiria sintiendo algo de envidia. —Siento haber desquitado mi mal humor con ustedes. — Trató de disculparse sin atreverse a mirarlos a la cara. —En algún momento vas a tener que decirme si tengo que ir a partirle la cara a Donovan —advirtió Jack acurrucando a su pareja contra su pecho—, los dos tendrán que charlar tarde o temprano. El demonio alado pasó su mano por los mechones de su cabello corto y mirando a los ojos de Jack, supo que el hombre no mentía. —Está bien, —se encogió de hombros—, es solo cuestión de odio mutuo… Él me dejó claro que soy su peor pesadilla y yo le agradezco su sinceridad… Si fuera por mí, podría ponerle el culo a un Gulu y yo pagaría por verlo. —Guiñó el ojo tratando de no parecer una princesa resentida—. Déjenme odiarlo a gusto. Soy un demonio, ¿recuerdan...? Se me dan los caprichos. Evan le dedicó a su hermano mayor una sonrisa dulce. Sobándose su barriga hinchada el joven demonio alado parecía un poco triste. —¿Sabes que te amo? —comentó Evan sin dejar de estudiar el semblante taciturno de Kiria—. Si algo te molesta

debes decirlo… Si no quieres estar en el mundo humano… yo lo entendería… —Déjame con mis cosas —suplicó Kiria—. Te prometo que de hoy en adelante dejaré de preocuparte... Tomando la billetera que había dejado sobre la mesita de la sala, salió del apartamento sin saber muy bien a donde iba. Tomó el ascensor, aunque siempre consideró esa caja como algo peligroso. No era como que pudiera salir volando desde la azotea a plena luz del día, hasta los humanos podrían notar a una criatura alada surcando los cielos azulados. En la calle, el sol brillaba en toda su gloria. Las personas caminaban, cada una en los suyo, sin percatarse siquiera del joven entristecido que deambulaba sin rumbo. Con las manos en los bolsillos de sus pantalones de mezclilla, llegó hasta el parque. Los patos nadaban a sus anchas por el pequeño lago, disfrutando de la buena voluntad de un hombre que les tiraba trozos de pan. La escena lo hizo sonreír, el mundo humano era extraño, tan lleno de contrastes. Por un lado, personas vivían en la calle, tiradas a su suerte en la intemperie y el frio, pero por el otro un hombre se acordaba de dar migajas a los animalitos que flotaban en el río. Una brisa fresca movió las hojas de los árboles arrastrando un aroma a tierra y sol, negando la realidad de la gran ciudad que rodeaba al parque. El verdor del césped tentó a Kiria, quitándose los zapatos deportivos, se sentó bajo la sombra de un árbol. —Es temprano para una criatura nocturna. —Una voz conocida habló detrás de Kiria. —Deberías estar en tu cama.

El chico se puso de pie como impulsado por un resorte, quedando frente al hombre que ocupaba cada uno de sus pensamientos. Por primera vez, desde la noche que pasaron juntos, Donovan no estaba vestido con saco y corbata. El pantalón vaquero desgastado, la camiseta gris y la chaqueta de cuero disminuían un poco la severidad de su presencia. —¿Qué haces aquí? —logró hablar Kiria sin tartamudear. —Tenía que entregar algunas cosas que Jack dejó en la oficina. —Donovan Se encogió de hombros—. El hombre estaba tan contento de dejar el trabajo atrás que por poco deja su cabeza tirada. Kiria sonrió sin querer; cuando la Madre había enviado a Greyco con la dote de Evan, Jack estaba tan feliz de poder quedarse en casa para cuidar de Evan, que poco le importó su brillante carrera en el FBI. —Sí, estaba demasiado feliz. —Estuvo de acuerdo. Donovan se dejó caer donde poco tiempo antes, Kiria, había estado sentado. —Es mi día libre —aclaró, golpeando con la palma de la mano el suelo donde quería que el demonio alado se sentara—. Sería bueno pasar un rato tomando el sol, la mañana parece agradable. El demonio alado se mordió los labios carnosos, la indecisión pintada en su cara. —Me odias. ¿Lo recuerdas...? ¡Creo que en realidad no quieres respirar el mismo aire que yo! —Quitando la vista del rostro del hombre sentando en el suelo, le dedicó su atención a la manera en que el viento mecía las hojas.

—¡Siéntate! —Fue la contundente orden de Donovan. Kiria, sin poderlo evitar, se encontró obedeciendo. Haciendo un puchero quiso protestar cruzando los brazos sobre su pecho, la espalda acomodada contra del árbol. —¿Qué quieres? —Para ese momento a Kiria ya no le importaba andarse con sutilezas, no en vano era toda una reina del drama. La risa ronca de Donovan lo hizo dar un respingo—. ¿Ahora te burlas de mí? —Estaba cabreado y no lo iba a ocultar. —No me atrevería —Donovan se pasó la mano por el cabello rubio, tratando de acomodarlo hacia atrás. A Kiria le encantaba ver como intentaba arreglárselo y como los mechones siempre volvían a caer sobre su frente—. He visto lo que ocurre cuando te enfadas. Kiria no sabía si sentirse halagado o desconfiado, había pasado más de diez minutos sin que el humano recalcara que no le gustaban los hombres y le pidiera perdón por habérselo follado hasta llevarlo a la locura, robándole la virginidad que pudo haberle entregado a alguien más. Llevándose la mano hasta el hombro trató de jugar con su cabello como siempre hacía cuando estaba nervioso, al agarrar la nada, recordó que se lo había cortado hasta la altura de la nuca. —Te cortaste el cabello —Quiso hacer conversación Donovan—. ¿Por qué...? Se te veía bien —Se aventuró. La tristeza, la que a veces lograba contener en medio de su pecho, se filtró invadiendo su sangre y amargando cada molécula de su ser. —Solo quise hacerlo, es todo —balbuceó sin saber muy bien qué decir. Mordiéndose los labios trató de ocultar el temblor que hacía titiritar su cuerpo.

—¿Estás bien? —Al levantar la vista encontró la mirada preocupada en los severos ojos azules de Donovan—. ¿Estás enfermo? —¡No…! Solo algo cansado—. Trató de disimular un sollozo con un suspiro—. ¡Tengo que irme! — Poniéndose de pie, sacudió las briznas de hierba que se le habían pegado al pantalón. Antes de que lograra darse a la fuga, una mano grande lo tomó por la muñeca. —¡A dónde crees que vas! —Kiria trató de liberarse del fuerte agarre de Donovan, el hombre, al estar de pie, era mucho más alto que él y tomando en cuenta que era de día, no podía contar con su fuerza demoniaca para salir de ese aprieto. —Déjame ir, por favor —suplicó, más que exigir. El contacto de la mano contra la piel de su brazo provocó un escalofrió que encendió su cuerpo como si fuera yesca. Donovan debió sentir lo mismo, ya que soltó a Kiria como si lo hubiera quemado—. Yo… yo lo sie… Sin mediar mucho razonamiento, por pura reacción, Kiria empujó al hombre más alto, haciéndolo caer de culo sobre la hierba. —No te atrevas a disculparte una vez más. — Apuñando las manos contra sus caderas, vociferó sin importarle quién estuviera alrededor—. ¡Maldita sea...! Si vuelvo a escuchar una sola vez más una disculpa tuya, voy a gritar tan fuerte que me van a escuchar hasta en la última caldera del infierno. Los bonitos ojos verdes de Kiria brillaban como dos ascuas. Por extraño que pareciera, Donovan nunca lo había visto más

sexy, el pequeño demonio alado tenía fuego en la sangre y eso se notaba. —¡Te invito a desayunar! —Propuso poniéndose de pie en un ágil movimiento que contrastaba con su metro noventa y cinco de altura—. Tal vez deberíamos empezar desde cero. La ceja levantada en el delicado rostro de Kiria no dejó lugar a dudas del grado de desconfianza en el chico. —¿A qué te refieres? Donovan extendió la mano y se la ofreció abierta. —Donovan Callahan —La sonrisa del hombre era amplia, mostrando sus dientes blancos y parejos. Kiria observó el gesto, por lo que había notado en otros humanos, eso era un saludo. —Kiria, penúltimo hijo de la Madre de los Demonios Alados. —Quiso imitar a Donovan presentándose a sí mismo, tomando la mano que este le ofrecía y sacudiéndola de arriba abajo. El contacto de las manos y la tibieza de la piel suave de las palmas, hizo que el corazón de Donovan se detuviera por un latido o dos. El recordar el pequeño cuerpo de Kiria bajo el suyo, las delgadas caderas aprisionadas entre sus manos mientras consumía su miembro la entrada apretada con cada empuje, volvieron a su mente. —¡Vamos! —Dejó caer la mano menuda de Kiria—. Conozco un lugar cerca de aquí. Kiria percibió el cambio de humor en su compañero, lo supo con la certeza de que el sol de la mañana alumbraba sobre sus cabezas.

—Gracias por la invitación, será en otro momento. — Dando un paso atrás se dio la vuelta enrumbándose al apartamento que compartía con Evan y Jack. Sobre la hierba solo escuchaba sus pasos, el olor de Donovan había quedado atrás. Con un sollozo supo que el hombre no lo seguía y jamás lo haría. El conocimiento de que ese tipo de alegría era algo que nunca tendría, lo hizo sentirse tan dolorido que no fue capaz de ponerle un nombre a lo que sentía, eran demasiadas cosas juntas. Los locales comerciales estaban abiertos, las calles estaban llenas de personas que andaban con paso rápido; todos parecían tener algo qué hacer o un lugar a donde les precisaba llegar, solo Kiria caminaba cabizbajo contando sus pasos. Una sensación fría recorrió la espalda del demonio alado, sus sentidos en alerta, levantando la cabeza buscó los ojos que le observaban tan atentos. Los humanos caminaban a su alrededor, algunos lo rozaban dedicándole miradas enfadadas por quedarse ahí parado estorbando el paso. Kiria los ignoró, quien fuera que estuviese allí no era un amigo, la cercanía con el Nido lo puso a la defensiva. Evan estaba por tener a su hijo, en este momento eran presas fáciles. El mejor momento para destruir un Nido era en sus inicios, cuando las primeras crías estaban pequeñas y la Madre estaba dedicada a cuidarlos, sin mencionar que era peor cuando estaba de encargo. Un bajo gruñido salió del pecho de Kiria, los humanos no podrían escucharlo, pero estaba seguro de que la criatura que lo seguía, sí. No le gustaba que lo tomaran por tonto, era hora de que su acosador supiera que era una pequeña mierda malhumorada. Era mejor estar enfadado que triste, el recordar para qué estaba en la tierra de los humanos sería un buen

aliciente para no echarse en una esquina y morir. Iba a correr sangre y estaba seguro de que no sería la suya. Nadie se acercaría lo suficiente a su hermano como para causarle la más mínima molestia. Sin dejar de observar a su alrededor comenzó a caminar despacio. Obedeciendo a sus instintos, llegó hasta la entrada de un callejón, extrañamente el lugar estaba oscuro, como si la luz del sol temiera adentrarse en ese lugar. En la calle la vida pululaba, personas iban y venían, pero en esa entrada oscura el silencio era casi tangible. Haciendo honor a su legendaria curiosidad, Kiria dio un paso al frente alejándose de la seguridad del espacio abierto. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —La mano grande sobre su hombro y el característico escalofrío, además de la voz enfadada, le dieron pistas de quién era el atrevido. —¿Qué haces aquí? —Kiria se dio la vuelta para encarar a Donovan—. Se supone que estabas tomando el sol en el parque. Al demonio alado le dieron ganas de patearlo cuando notó la sonrisa auto complaciente del hombre más alto. —Responder una pregunta con otra es de mala educación —advirtió como si hablara con un niño pequeño—, y entrar solo en un callejón, es una estupidez muy grande. Kiria apretó la mandíbula tan fuerte que le empezaron a doler los dientes. —No soy un niño —decidió dejar el punto en claro—, he sobrevivido sin necesidad de una niñera.

—Según escuche de Evan eso no es necesariamente cierto. —Mi hermano habla demasiado. —Levantó la barbilla presentándole pelea—. Además, a ti qué te importa lo que suceda conmigo. En respuesta las manos de Donova tomaron de la parte alta de los brazos a Kiria. —No te pongas en esas conmigo. —Pronunció las palabras como con cuentagotas—. A veces no pareces más que un crío malcriado. La boquita rosa del demonio alado se abrió para luego cerrarse en una línea furiosa, después de dos o tres respiraciones se sintió en capacidad para hablar. —Si yo soy un crío, agente Callahan, usted es el más grande bruto. —¡Eureka! —Se mofó sin soltar a su presa—. Después de todo esa cabecita rubia tiene algo de sentido común. Ahora escucha atentamente, vas a ir al apartamento de Jack y no saldrás de ahí sin la supervisión de un adulto responsable. Kiria tomó a Donovan de las solapas de la chaqueta de cuero, haciéndole entender que era un hombre y que como tal le haría que se tragara sus palabras. Varios transeúntes comenzaron a apartarse de su lado de la acera, la acción no le pasó desapercibida al agente del FBI, lo último que quería era acabar en una celda de la comisaría. —¡Vendrás conmigo! —le susurró en la oreja a Kiria, sabía que era una treta sucia pero tenía el presentimiento de que debía apartarlo de ese lugar que se abría como una boca oscura. El ligero temblor en el cuerpo más pequeño le demostró

que estaba logrando su objetivo—. Nos iremos en taxi. —Sin poder contenerse, pasó la punta de su lengua húmeda por la piel, tan suave como seda, que había bajo la oreja, arrancándole un gemido a Kiria. —¡Sí! —respondió el demonio alado abriendo sus manos sobre el pecho cubierto por la camiseta—. ¡Sí! —Sin poderlo evitar recostó su cabeza sobre la superficie calientita y unos brazos fuertes lo envolvieron como hubiera ocurrido con sus alas. Por un momento Donovan dejó de ser consciente del mundo que lo rodeaba, de las personas que pasaban ignorándolos o de los que les dedicaban miradas enfadadas, solo existía el hombre que se hundía contra su cuerpo, el cabello cortado en puntas desiguales y la espalda delgada que encajaba perfecto en sus manos. —Busquemos un taxi —habló apartándose un poco para ver los ojos de cachorro perdido que tenía el chico. Algo que no supo nombrar dentro de él lo llevó a tomar una decisión, era hora de dejar de hacerse el tonto y averiguar qué demonios estaba pasando entre él y su pequeño angelito del infierno. Kiria aceptó asintiendo con un movimiento de cabeza. Con miedo de cambiar de opinión, tomó del brazo a Kiria, negándose a algo tan notorio como sostenerlo de la mano, y lo guió hasta la orilla de la acera. Como si el destino tomara partido, un taxi se detuvo junto a ellos. Kiria se acomodó dentro, sentándose del otro lado, demasiado lejos para el gusto de Donovan. Kiria se concentró en mirar por la ventana, las cosas del mundo humano aún le parecían irreales. El sol era demasiado brillante, los colores vibrantes y los sonidos, en ocasiones, eran

ensordecedores. Sin embargo, lo más extraño de todo, eran los mismos seres humanos, sus emociones estaban a flor de piel, el odio, el amor, el miedo, todo junto y separado formaban una maraña que los hacía difíciles de entender. Su propia pareja era un misterio para él, por momentos le daba señales de que estaba a punto de comérselo vivo y en otras era como un pedazo de hielo sólido. —Este no es el apartamento de Evan. —Hizo notar lo obvio—. ¡Es el tuyo! —SÍ —dijo mientras bajaba del taxi y mantenía la puerta abierta para Kiria—. Tenemos que hablar. Un golpe de calor golpeó el cuerpo del demonio alado y nada tenía que ver con el clima —¿Hablar? —Ninguna de sus fantasías, que lo incluían a él y Donovan en ese apartamento, tenían que ver con conversaciones—. Podíamos haber hecho eso en la calle. El hombre más alto pagó al chofer, tomó por el brazo a Kiria y prácticamente lo arrastró dentro del edificio, saludó al portero, hasta le preguntó por la familia y entró al ascensor mientras un confundido Kiria se dejaba guiar. —¿Qué coño crees que estás haciendo? —resopló Kiria cuando las puertas del ascensor se cerraron con ellos dentro. —Haciendo lo que hace falta —respondió sin el menor indicio de querer disculparse—. Creo que eres una pequeña mierda caprichosa y ya va siendo hora de que madures. —¡Yo! —chilló Kiria, sin importarle que eso solo reafirmara las palabras de Donovan—. Yo no soy ninguna “pequeña mierda caprichosa”… Solo te pregunte por qué no podíamos

hablar fuera, por qué tenías que traerme hasta aquí sin preguntar mi opinión al respecto. Las puertas del ascensor se abrieron, Donovan envolvió sus dedos alrededor de la muñeca delgada de Kiria y lo jaló por el pasillo hasta llegar frente a su puerta —¡Tengo que aclarar algunas cosas contigo! —Pero… —Quiso protestar sin que se le ocurriera algo que decir, y eso en sí era todo un logro.

Capítulo 8
En un ágil movimiento de brazo, Donovan acomodó a Kiria dentro del apartamento cerrando la puerta con su mano libre. —No vamos a salir de aquí hasta que sepa qué es lo que está pasando. —El hombre se recostó contra la pared mirando de frente al demonio alado. —¿Y qué es lo que quieres saber? —Kiria también cruzó los brazos sobre su pecho. En su rostro, sus finas cejas se unían en el centro de su frente y su joven carita de ángel dibujaba la contrariedad que sentía—. ¿Y bien…? —Donovan no parecía tener intensiones de moverse de ahí—. ¡Demonios...! Solo pregunta y ya. El agente del FBI era bueno en los interrogatorios. Entre Jack y él, él era el tipo de las preguntas que siempre obtenía las respuestas; todo era cuestión de dejar que el sospechoso se desesperara y comenzara a hablar, solo para llenar el silencio. —¿Empieza por decirme por qué siempre me observas desde la cornisa del edificio de enfrente? —Fueron las palabras exactas que dejaron a Kiria de una pieza—, y aún más importante… ¿Por qué te encierras en tu habitación cuando llego al apartamento que compartes con Jack y Evan, si durante la noche me acosas? Las alas de Kiria se hicieron visibles, negras como las de un cuervo y robustas como las de un águila y sus ojos verdes adquirieron un tono más intenso. —¿Qué quieres que te diga? —Tragando fuerte, trató de darle firmeza a su voz—. Que soy un imbécil, que estoy colgado de un tipo que ni siquiera soporta mirarme a los ojos sin recordar

que tuvo sexo y que odia cada segundo de eso. —Donovan miró al chico abrazarse a sí mismo, y como las alas caían lentamente, al mismo ritmo que sus rodillas se doblaban sobre la alfombra de la sala—. Estoy cansado —dijo las palabras tan suavemente que Donovan tuvo que esforzarse para entenderlas—. Solo deseo que esto pase pronto, que deje de doler, pero no lo hace… Día tras día pesa más… ¿Por qué de todas criaturas que existen, tenías que ser tú? —¡Lo siento! —Trató de acercarse, pero una de las alas negras se tensó en las puntas, convirtiendo las plumas en navajas, quedando peligrosamente cerca de su garganta—. No te disculpes, es lo único que te pido —rogó Kiria, manteniendo la mirada fija al piso, sin importarle lo que el otro hombre pensara de su debilidad. Se negó a mirar la expresión de Donovan—. De hoy en adelante no me verás vigilarte más desde la oscuridad, estoy cansado de esperar para ver si algún día dejarás caer algunas migajas para mí. Donovan apartó el ala con un suave movimiento de sus manos, al sentir su tacto, las plumas se relajaron quedando tan tersas como se esperaría de una paloma. Sin poder evitarlo, comenzó a acariciar el ala extendida con suaves movimientos exploratorios, un temblor recorrió el cuerpo del demonio alado al sentir las manos grandes del hombre que lo trataban como si fuera el más fino cristal. —No hagas eso… —suplicó Kiria conteniendo un gemido, cuando la mano grande de Donovan llegó hasta la base del ala—. No seas cruel. El calor del cuerpo más grande comenzó a rodearlo, levantando la vista se encontró con unos ojos azules que lo miraban hambrientos.

—¿Qué haces? —preguntó justo antes de que un dedo rozara su barbilla haciendo que levantara la cara. La sonrisa de Donovan se amplió. —Haciendo justo lo que tenía que haber hecho hace semanas. —Bajando la cabeza puso los labios justo en los tiernos y carnosos de Kiria. El chico abrió la boca, ya fuera por la sorpresa o porque le diera la invitación a más intimidad. Sea cual fuere la respuesta, Donovan no desaprovechó la oportunidad besando por primera vez a un hombre. Rodeando con los brazos el cuerpo más pequeño, mientras metía su lengua exigiendo sumisión, disfrutó como no creía posible. Kiria se sostuvo de los hombros anchos. Una vocecita en su cabeza le advirtió que tenía que actuar con algo de mesura por una vez en su vida, que aquello solo le traería más dolor y desesperación, pero otra más traviesa le recordó que si ya estaba en el infierno, que costaba atizar más el fuego para hacerlo más divertido. Aferrándose a Donovan, permitió que este tomara todo de él y que invadiera su boca, de todos modos hacía tiempo tenía su corazón en la mano, qué importaba lo demás. Abriendo los ojos trató de averiguar como Donovan había hecho para tenerlo sobre la alfombra sin nada más que los pantalones puestos, los que ya estaba bajando por sus rodillas. Quiso protestar por el abandono, sentía la piel fría y el humano se tomaba su tiempo con la tela, en lugar de rasgarla de una buena vez por todas. Una mano grande apretó su erección a través de la ropa interior, haciendo que olvidara cualquier queja. La risa ronca de Donovan lo hizo abrir los ojos, para encontrarse con el hombre metiendo la mano dentro de sus

calzoncillos. Cerrando los ojos Kiria rogó a los dioses que no hicieran que el hombre recuperara la cordura hasta que ambos se hubieran venido. Al diablo con las consecuencias que vendrían después. La visión de su amante completamente vestido mientras él yacía sobre la alfombra semidesnudo, le pareció algo tan excitante que casi se viene en su ropa interior. —¡Tan hermoso! —susurró el humano mientras lamía uno de los pezones erectos de su delicado amante—. Jamás pensé decir esto de otro hombre. El cuerpo de Kiria se tensó, y su respiración se hizo más rápida. Apartando la mano que acariciaba el miembro erecto, se puso de pie, dejando a Donovan sentado sobre la alfombra. —Esto es una mala idea. —Cubriéndose el rostro con las manos, trató de ocultar sus emociones—. No puedo hacer esto… simplemente no puedo. Donovan se puso de pie, dando tres pasos llegó hasta Kiria, y lo rodeó con sus brazos, lo obligó a poner la cabeza sobre su pecho. —¿Ya no me deseas? —preguntó Donovan sabiendo que la erección del chico dejaba ese punto muy en claro. Un movimiento positivo de cabeza fue la respuesta, acompañada de sollozos que mancharon su camiseta con lágrimas. —Puede que sea un inconsciente —se explicó Kiria, ahogando su voz contra la tela—, pero no puedo aceptar que hagas algo como esto por lástima. ¡No puedo! —¿Crees que esto te lo puede explicar mejor que yo? — Llevando una de las pequeñas manos de Kiria a su entrepierna y lo hizo acariciar su dureza a través de la mezclilla del pantalón—

. Es cierto que no me gustan los hombres, pero por extraño que parezca, contigo es diferente. ¡Te deseo...! Entiendo que no quieras seguir este camino conmigo, sexo sin promesas es lo único que puedo ofrecerte y esa es la verdad. Kiria levantó la vista para tratar de leer la expresión del otro hombre y lo que vio lo hizo darse cuenta que era verdad. Todo se reducía a un tómalo o déjalo, al menos eso era más de lo que había podido imaginar tener con el humano. Ya tenía el corazón roto, ¿qué más podría romperse?, con una sonrisa boba pensó: «ya ni soy virgen». Ofreciendo su boca para el saqueo, Kiria le dio una respuesta sin palabras. —¡Bien! —Fue lo último que escuchó de Donovan antes de que recibiera otro de esos deliciosos besos. Kiria se sentía como en una nube, supo que sus pies dejaron el suelo, mientras una mano grande lo levantaba por el trasero y otra se acomodó tras su espalda, las alas rozaron el suelo cuando el humano lo transportaba. La suavidad del colchón hizo que Kiria se percatara de que estaba sobre la cama de Donovan, el olor del hombre lo rodeaba en una atmósfera llena de gemidos y roces. La boca del humano era un dechado de virtudes, eso sí, mientras no la utilizara para hablar. Mordiendo y lamiendo su camino desde el cuello hasta dedicarle tiempo a cada una de sus tetillas, se divertía escuchando los ligeros gritillos de sorpresa de su amante cada vez que le daba mordisquitos juguetones sobre la delicada piel pálida. —Espera aquí —ordenó Donovan mientras se bajaba de la cama. Kiria estaba por decirle que dejarlo así, semidesnudo y deseoso, era una crueldad, pero la sonrisa maliciosa de su amante expresó que el juego solo estaba comenzando.

El cuerpo grande y musculoso empezó a dejarse ver cada vez que le sacaba una prenda con una lentitud desesperante, según Kiria, el otro hombre lo hacía a propósito. Cuando las manos grandes de Donovan llegaron a la cinturilla de la ropa interior, el demonio alado sonrió, nunca había sido de los que tenían paciencia para esperar, ¡no! , definitivamente no, él era de los que iban a por ello sin mucho trámite. Saliendo de la cama se puso de pie frente a Donovan, quitando las manos del hombre, tomó la ligera prenda y la rasgó con sus garras. —Bonito truco, —comentó Donovan ahogando un gemido. —Si me das oportunidad puedo intentar otros más. —Sin darle tiempo de responder, Kiria se dejó caer sobre sus rodillas, las alas descansando sobe su espalda delgada, mientras su boquita se abría para permitir que la lengua tibia probara la dureza de Donovan. —¿Qué haces? —jadeó el humano dejando caer la cabeza hacia atrás, nunca alguna mujer lo había probado con un hambre tal. Kiria no se molestó en preguntar, sabía que su inexperiencia le jugaba en contra, pero lo compensaba con entusiasmo. Usando la lengua y rozando con la punta de sus colmillos la suave piel que cubría el miembro tan duro como una barra de acero, supo que hacía lo correcto cuando las caderas del otro hombre comenzaron a empujarse contra su boca. Abriendo las mandíbulas, dejó que el pene siguiera su camino hasta tocar sus amígdalas, el reflejo de ahogo hizo que se retirara. No era de los que se alejaban de las cosas simplemente porque llevaran esfuerzo, tomando aire lo volvió a intentar.

—¡Suelta! —Liberó el pene de los labios hinchados por la mamada—. Quiero venirme dentro de ti. —Kiria fue levantado en vilo por el humano y puesto con gran cuidado en la cama—. Necesito estar dentro de ti. El demonio alado acomodó las alas a ambos lados, listo para desvanecerlas. —¡Espera! —La orden de Donovan lo hizo detenerse—, déjalas donde están. —Pero será incómodo. —Bajando la mirada, trató de esconder sus nervios. La última vez que habían estado juntos, había ocurrido cuando estaba tan drogado que era incapaz de sentir otra cosa más que la necesidad. Donovan sonrió, leyendo fácilmente el temblor en el pequeño demonio alado. —Deja las alas donde están, me gusta cómo se ven en ti. Tan negras como una noche sin luna contrastando contra toda esa hermosa piel pálida, la cual solo yo probaré. —Con esas palabras subió por el cuerpo delgado, sintiendo como se le hacía agua la boca, la imagen de Kiria recostado en su cama, con las piernas abiertas, mostrando todas sus delicias, tenía a Donovan a punto de explotar. Kiria jadeó al sentir el peso del hombre más grande sobre él, su boca fue invadida mientras una mano cálida acariciaba su erección de arriba hacia abajo, haciéndolo dar espasmos con cada movimiento. —¡Don! —gritó el demonio alado sintiendo que el alma le dejaba el cuerpo, cuando sintió un dedo entrando en la parte más íntima—. Entra en mí… hazlo, ahora.

—¡No! —gruñó Donovan, negándose a darle gusto al malcriado—. Las cosas se harán a mi manera y vas a disfrutar cada maldito minuto de ello. Kiria supo exactamente a qué se refería su amante, cuando otro dedo lubricado violaba su entrada. Los jadeos se volvieron un acto desesperado en la búsqueda de llenar sus pulmones de aire. Un tercer dedo y ya había llegado al punto donde sus gemidos eran desesperados. —¡Grita para mí, pajarito! —Las palabras eran órdenes para Kiria. El medio día había llegado calentando el ambiente, gotas gruesas de sudor rodaban por la cara de Donovan que trataba de contenerse, cuando ya no pudo más, comenzó a penetrar a su amante lentamente, sintiendo como cada milímetro ganado hacía temblar al hombre debajo de él. Besando la boca abierta que esperaba la suya, el humano se dejó llevar cuando las piernas de Kiria se enredaron en su cadera, exigiendo más acción. Donovan supo en ese momento quién llevaría la batuta en esa relación de entrar y sacar, el demonio alado sabía exigir lo que quería, y él feliz se lo daría. —Don… Don… quiero más. —Kiria recibió, como los valientes cada embestida, arqueando la espalda se dejó amar hasta que solo podía pronunciar el nombre de su amante. Sosteniéndose de los fuertes brazos, como columnas, que sostenían el peso de Donovan a cada lado de su cabeza, su cuerpo se tensó. Sin poderlo evitar, los colmillos se desplegaron por completo, las enormes alas negras rodearon a Donovan mientras mordía la yugular del humano. Los gritos de ambos hombres llenaron el pequeño apartamento de dos habitaciones. Donovan se vino fuerte

dentro de Kiria mientras este bebía directamente de su vena y mojaba a ambos con chorro tras chorro de espeso semen. La primera vez que lo habían hecho fue alucinante, pero en esta ocasión las cosas eran totalmente diferentes, pasaron de glorioso y memorable sexo a algo más trascendental. Afortunadamente, estaba demasiado sobrecargado de sensaciones como para poder asustarse. Cuando el último resquicio del orgasmo pasó, Donovan tuvo cuidado de no aplastar a su pajarito con su peso, este desvaneciendo las alas en un acto instintivo, permitió que su amante se acomodara en cucharilla tras él. Unas cuantas respiraciones después ambos hombres estaban totalmente dormidos. Kiria fue el primero en despertar. Levantando la cabeza notó que no estaba en su cama, un brazo lo rodeaba por la cintura impidiéndole moverse. Justo antes de entrar en pánico el olor de su pareja saturó sus sentidos, estaba con Donovan. Recostando la cabeza en la almohada se quedó quietecito, temía que una vez que el humano despertara toda la atmósfera íntima se perdería. —Ahora resulta que eres de los que piensan demasiado — La voz del hombre a su espalda lo hizo dar un respingo—. Soy un hombre adulto, si tuvimos sexo fue porque ambos lo consentimos. —habló, dándole un ligero mordisco en el hombro a Kiria. Este se volvió para mirar a la cara a Donovan—. Eres una criatura muy complicada —susurró arrugando el ceño—, tienes suerte de que hagas el amor como los dioses. Esto le valió una buena palmada en su desnudo trasero. —¡Eres un bruto! —se quejó, tratando de zafarse del brazo que lo sostenía por la cintura.

—¡Sí! —Donovan puso el cuerpo más pequeño de Kiria con el estómago contra la cama mientras colocaba un brazo hacia atrás haciéndole una llave de lucha libre—. Soy bruto, pero uno al que le gusta jugar con el almuerzo. Kiria quiso protestar, pero le fue imposible por culpa del ataque de cosquillas que sufrió, quién diría que el rudo agente del FBI fuera tan divertido. —¡Suéltame! —suplicó entre carcajadas—. Anda, no seas malo. Como si hubiera quedado congelado por un hechizo, el demonio alado se quedó quietecito cuando sintió la dura erección de Donovan justo en medio de los globos de su trasero. —Eres tan malditamente hermoso. —La voz ronca del humano le advirtió que iban por una segunda ronda—. Creo que nunca voy a tener suficiente de este culo. Levantando el trasero lo invitó a entrar, después de todo su madre lo había educado bien, si se tenían invitados, había que tratarlos bien. —Si vas pasarte hablando todo el resto de la tarde, me avisas. El ardor de una mano bien plantada en su trasero le indicó que el hombre no se tomaba muy a gusto la insubordinación. —¡Ay...! Deja de hacer eso, duele. —¿En serio? —dijo Donovan mientras metía una mano debajo el cuerpo de Kiria—. Esto que tienes aquí escondido dice que le gusta.

—Pues no le creas, —jadeó el demonio alado al sentir el agarre firme de la mano del humano en su erección—, ese haría cualquier cosa para que tú le prestes atención. La mano avariciosa que Donovan tenía libre, comenzó a acariciar los globos del trasero firme que tenía a su disposición, mientras comenzaba a darle mordisquitos donde su mano había golpeado segundos antes. —¿Y este culo? —preguntó mientras abría para ver la entrada rosa. Kiria jadeó cuando la boca de Donovan se hundió en el valle entre su trasero. Jamás pensó que el humano fuera a hacerle algo como aquello, es más, pensó que nadie haría algo como eso. — ¡Ah...! ¡Ah...! No pares, por favor… Así… Ahh… La sangre de Donovan se calentó con solo escuchar los jadeos de su amante. Algo dentro de sí le dijo que hacía lo correcto, que su misión en la vida era proteger y amar a ese pequeño chico crédulo. Metiendo la lengua en la entrada saboreó, tentó y exploró hasta que el temblor en el cuerpo de Kiria le dijo que era hora de tener algo de piedad. Incorporándose sobre sus rodillas puso lubricante en su miembro, y procedió a introducirse de golpe aprovechando que aún estaba dilatado por la primera ronda.

Capitulo 9
El sonido del teléfono hizo despertar a Donovan. El hombre entre sus brazos resopló, se movió un poco y se acurrucó más contra su cuerpo. Con una sonrisa, pensó que por extraño que pareciera, ese era justo el lugar donde su pequeño pajarito debía estar. El timbre del teléfono volvió a insistir; maldiciendo como marinero estiró el brazo hasta que logró recoger el móvil de Kiria, que estaba sobre la mesita junto a su cama, por suerte el chico seguía dormidito. —¿Sí? —respondió sin ninguna gana de ser amable. La risa desde el otro lado de la línea le era totalmente conocida—. ¿Se puede saber qué quieres? —Supongo que ahora nada —dijo Jack—. Evan me estaba volviendo loco porque su hermanito no aparecía, pero ahora que sé dónde está… Lo que me falta saber es qué está haciendo allí contigo… ¿No se supone que ustedes dos no se soportan? Donovan desvió la vista al cuerpo tibio recostado contra su pecho. —Él está justo donde debe de estar. —Ten cuidado —advirtió Jack—, él no es alguien para hacer experimentos. Conozco a muchos heterosexuales que llegado el momento quieren experimentar otras rarezas. Eres mi amigo y realmente lamentaría darle un disparo a ese culo engreído tuyo si le rompes el corazón. —Sabes que soy mejor que eso —se defendió Donovan. —Lo sé, por eso es que no voy tras de ti en este preciso momento. ¿Qué quieres que le diga a Evan?

—Dile que su hermano está conmigo, que yo lo llevaré a casa para que hablemos. —Bajando la vista descubrió que Kiria se había despertado y lo miraba con recelo—. Dile que le daré de comer antes de llevarlo. —Tocando el botón de apagado no perdió el tiempo con despedidas. —¿Se lo dirás? —De pronto se sintió desnudo, halando la manta se cubrió hasta el pecho. —¿Te molesta que lo haga? —preguntó Donovan viendo como Kiria se sentaba y se dedicaba a mirar a cualquier parte menos a él. —¡No...! Es solo que… —Pasándose la mano por el cabello, trató de encontrar las palabras. Donovan se sentó y a su vez, con delicadeza, puso los dedos bajo la mandíbula de Kiria, obligándolo a que lo mirara a la cara. —Es tu decisión, pero es necesario que sepas que quiero que esto ocurra muchas veces más. No sé a dónde nos llevará todo este asunto, pero quiero averiguarlo. El corazón de Kiria se detuvo por lo que pareció una vida entera, el hombre frente a él lo miraba como si supiera de lo que estaba hablando. —Yo no puedo —se encontró respondiendo—, sé que te arrepentirás en cuanto pase el tiempo suficiente. No eres un hombre de hombres, me lo has repetido incontables veces. Sin esperar respuesta, Kiria se puso de pie, tiró la manta a un lado y buscó su ropa como si su vida dependiera de ello. —¿Qué se supone que estás haciendo? —gruñó el humano poniéndose de pie sin importarle su propia desnudez.

—Me marcho —aclaró lo obvio. —No vas a salir por esa maldita puerta sin decirme qué diablos está sucediendo. —Se cruzó de brazos observando como el pequeño parajito trataba de abrocharse los pantalones. —¿Y por qué no me he de ir? —dijo Kiria metiéndose la camiseta por la cabeza—. ¿Qué hay aquí que pueda llamar mío? Las palabras dejaron a Donovan de una pieza, recuerdos de su exesposa pidiéndole cosas que él no le podía darle: hijos, una vida tranquila, una casita en los suburbios; cada palabra que llegó a escupirle a la cara. —Si eso es realmente lo que quieres… —dijo cada palabra con la frialdad del hielo—. Sal de aquí, que todo este asunto está terminado. Kiria dejó de acomodarse la camiseta para ver la cara de Donovan, todo rastro de ternura había desaparecido, la mirada azul, antes cargada de promesas, ahora estaba cerrada para él. —Prefiero oírte diciendo esto hoy y no mañana. — Tomando los zapatos del suelo, agregó—: no sé en qué estaba pensando el destino al hacer que nos encontráramos, lo que sí puedo decirte es que el hijo de puta estaba de un humor macabro. Antes de que Donovan pudiera agregar algo más, Kiria salió del dormitorio y del apartamento con el calzado en la mano. Sin mirar atrás no se detuvo hasta estar dentro del ascensor. Una señora mayor que cargaba un gato se le quedó

mirando y con un movimiento de cabeza negativo dejó saber su molestia por el mocoso desvencijado. —Miré, joven —tomó aire la vieja dama—, debería por lo menos arreglarse la ropa antes de atreverse a salir de casa. Kiria tuvo el buen tino de sonrojarse, si la buena señora supiera lo que había estado haciendo hacía solo unos minutos, de seguro le golpearía con el gato la cabeza. Al sonar la campanilla de las puertas al abrirse, Kiria ya se encontraba con la camisa compuesta y los zapatos en sus pies. Sin esperar a que se terminaran de abrir, salió al vestíbulo. En la calle los humanos seguían en los suyo, la luz del sol, el ruido de autos y las voces que lo rodearon le causaron un zumbido molesto en la cabeza, por un momento el mundo giró a su alrededor, un hombre alto que chocó con él casi lo hace caer de culo al suelo. Unos brazos conocidos le rodearon la cintura. —¿Qué te pasa? —Sintiéndose enfermo se dejó abrazar—. ¡Regresemos a casa! El mundo se tornó oscuro, las piernas de Kiria se negaron a sostenerlo, quedando a merced de Donovan. Cuando volvió a saber de sí mismo, estaba otra vez en la cama de donde se había escapado. Quiso protestar, pero al abrir los ojos se encontró con un preocupado agente del FBI. —¿Qué me pasó? —Quiso saber. —Eso mismo quería preguntarte. —La mano grande del humano quitaba uno de los mechones de cabello que había caído sobre su frente.

—Me siento raro. —Apenas se pudo explicar Kiria mientras dejaba escapar un suspiro cansado—. Quiero dormir. —Llamaré a Jack para decirle que te quedarás conmigo —susurró Donovan dándole un beso en la frente a su amante, el cual ya se había quedado dormido. Donovan aprovechó para mirarlo con detenimiento, ahora que por fin el mocoso se había quedado quietecito. Para él era increíble lo que estaba sucediendo en su vida, había tenido sexo con un hombre, había dormido durante algunas horas con él y lo más increíble, deseaba repetir la experiencia incontables veces. Con una sonrisa amarga se tragó un sollozo, si tan solo Kiria lograra entender que lo que le asustaba no era que él tuviera un pene, sino era más bien la sensación de plenitud que sentía cuando estaban juntos, el deseo incontrolable de tocar y ser tocado por esa piel suave. Durante las semanas en que habían estado separados, el dolor era tan real como un puñal clavado en el pecho. En varias ocasiones había ido al apartamento de Jack solo para ver al pequeño demonio alado, era una lástima que siempre hubiera estado enclaustrado en su habitación. Luego tuvo la sensación de ser vigilado, por unos ojos verdes que lo miraban a través de la ventana. Con cuidado de no despertar a su pajarito, Donovan lo desnudó, arropándolo con una manta, se sentó a un lado de la cama para vigilar su sueño. Los labios carnosos estaban hechos para ser besados, el corto cabello negro tan rebelde como su dueño salía en mechones que apenas si tocaban su nuca. A simple vista no era nada más que una pinta de hombre, pequeño y de músculos firmes pero delgados.

Arrugando el ceño, Donovan se dejó llevar por los malditos recuerdos, cuando se había casado pensó que aquello sería para siempre, luego de firmar el maldito papel, las cosas habían dado un giro de ciento ochenta grados. Su dulce noviecita de la universidad se había transformado en una mujer amargada, frustrada y que lo acusaba de no amarla, cuando era eso lo que luchaba por demostrar en cada momento que estaban juntos. Poniéndose de pie, Donovan, fue a la cocina para preparar algo para el bello durmiente. El olor a comida despertó a Kiria; con los colmillos extendidos se sentó, levantando la cabeza trató de averiguar de dónde venía ese delicioso olor. Como si tuviera semanas de no comer, la boca se le llenó de saliva y las garras se extendieron en sus dedos. La parte salvaje de Kiria salió a la superficie, era hora de ir de cacería, la extraña hambre que rayaba en la desesperación lo hizo salir de la cama, desnudo como estaba. Apenas al llegar al umbral de la puerta las alas hicieron su aparición como correspondía a un cazador al asecho. —Veo que ya estás sobre tus piernas. —El humano le dedicó una sonrisa sexy al ver el cuerpo delgado del chico asomarse por la puerta de la habitación. —Tengo hambre —susurró suplicante—, muero de hambre. Donovan vio el paso tambaleante de Kiria y la situación ya no le pareció graciosa, dejando el asado sobre la mesa corrió hasta donde estaba el pajarito de alas negras. —Me estás asustando —dijo el hombre más alto—. Tu piel está helada.

—Dame algo de comer —se quejó, recostando su desnudez sobre el cuerpo totalmente vestido de Donovan—. ¡Aliméntame! Donovan podía no estar seguro de si era hetero, gay o bisexual, lo único que tenía claro era que no podía apartar las manos del culo redondito y firme de Kiria. Sintiendo el cuerpo de su pajarito, lo apretó contra el suyo. —Preparé un asado mientras dormías —le anunció mientras besaba la frente donde se veían pequeñas gotitas de un sudor frío. Llevándolo a la mesa, lo sentó mientras servía una buena cantidad de carne, papas y ensalada. El chico dio buena cuenta de la carne y la verdura cocinada al vapor, pero la ensalada fue relegada al lugar más lejano de la mesa. Donovan no podía creer que tanta comida entrara en un cuerpo tan menudo, después de la cuarta ración pareció satisfecho. —Creo que preguntar si te gustó es algo tonto, para este momento, al menos. Un sonrojo muy lindo se formó en las mejillas de Kiria. —Lo siento… Es solo que yo…. Una idea loca pasó por la mente de Donovan, pero tan rápido como llegó, la desechó. —Tal vez es sólo que no habías desayunado —quiso encontrar alguna explicación. —Sí, seguro. —Dejó escapar un suspiro, las enormes alas negras se estiraron para luego recogerse a su espalda. Eso llamó la atención de Donovan, su entrenamiento lo había condicionado para ver los detalles que por lo general, la gente

pasaba por alto—. ¿No se supone que durante la luz del día es más difícil para ti ser lo que eres? Las palabras causaron el efecto esperado en Kiria, este se puso de pie, abriendo los ojos cayó en la cuenta de que Donovan tenía toda la razón. —¡Demonios...! ¡Es verdad! —Mirando a través de la ventana, observó que el sol se estaba ocultando—. Todavía es temprano. El humano caminó hasta quedar a la espalda del demonio alado; acariciando con la punta de los dedos la suavidad de las plumas, lo hizo darse la vuelta. —¿Todavía estás enojado? —preguntó en un tono de voz que hizo que Kiria cerrara los ojos como si cayera en un hechizo. —No. —La suave respuesta de Kiria hizo que Donovan apenas pudiera captar el significado de las palabras—. Ya no estoy enojado… Ahora solo tengo miedo. Donovan abrazó el cuerpo delicado de su pajarito. —Te juro que no me arrepentiré. Creo que para este momento he descubierto que no puedo vivir sin todas estas plumas negras. La sonrisa de Kiria fue amplia, tan radiante que la luz del sol pasó a segundo plano en el mundo de Donovan. El beso que compartieron fue profundo y lento, de esos que hacen encoger los dedos de los pies y suspirar a la luna, con todo lo cursi que siempre le pareció a Donovan esos comentarios. Por fin, a sus treinta y tres años entendió lo que su exesposa siempre le exigió y nunca pudo darle, era esto, lo que tenía con el demonio alado malcriado. La noche los encontró durmiendo juntos, uno en brazos del otro, como estaba destinado a ser.

Kiria soñó, por fin desde que había llegado al mundo humano, como le ocurría en ocasiones cuando vivía en el Nido. No le había hablado a nadie de sus sueños, bueno, a excepción de Evan, que era su confidente y socio de travesuras. La sensación de hundimiento llegó despacio, casi imperceptible para otro que no la conociera tan bien. La conciencia de Kiria divagó por un mundo de ideas inconexas, sonidos sin sentido, todo demasiado neblinoso para ser identificable. —¡Demonio sin nombre! —Una voz conocida repetía una y otra vez—. Te ofrezco cumplir el antiguo pacto, el que solo se hace con sangre de un corazón vivo. Las siluetas comenzaron a tornarse sólidas, aunque no del todo claras, pero la sombra curvada en el vientre, la cabeza casi sin cabello y la voz molesta le dieron pistas al demonio alado de que el tipo no era otro más que el jefe de policía. Luego todo se convirtió en humo, para definirse en un corazón siendo sostenido por una mano, mientras este aún latía destilando sangre a través de los dedos. —Te daré mi poder —una voz profunda, jadeante y antigua habló, traspasando la oscuridad—, pero para que sea definitivo necesitarás apoderarte de un Nido de demonios alados, ellos serán mis manos que te servirán por toda la eternidad. En el momento en el que el humano de cara redonda y pupilas dilatadas dio el primer mordisco al corazón aún tibio, Kiria despertó gritando.

Donovan lo abrazó, tratando de que las alas que se agitaban no lo golpearan, aunque ninguno fue realmente doloroso, aunque sí acabó con un par de plumas en la boca. —¡Cálmate, pajarito! —dijo mientras lo sostenía contra la cama para que no se hiciera daño. La respiración de Kiria se comenzó a ralentizar, el pulso recuperó su ritmo, y cuando Donovan sintió el cambio aflojó el agarre de las muñecas que le mantenían fijo contra la cama. —Un mal sueño. —Kiria trató de sonreír sin mucho éxito. Lo último que quería era asustar al hombre con sus rarezas. —Creo que tú y yo no estamos para engaños. — Estirándose, Donovan encendió la lámpara junto a la cama—. Es mejor que comiences a hablar. Kiria se mordió los labios, atrayendo la mirada interesada del hombre más grande, acostado junto a él, pero sabía que recurrir a ese tipo de entretenciones no era muy ético, ni siquiera para un travieso demonio. —Yo… yo a veces… —no pudo evitar tartamudear un poco— tengo sueños, son imágenes, impresiones del pasado, a veces cosas que están pasando y en unas pocas ocasiones, del futuro. —¿Estás de broma? —Donovan se sentó para mirar a los grandes ojos verdes que lo veían suplicantes. —Me temo que no. —Sentándose, sostuvo una almohada y la apretó contra su pecho—. ¡Lo siento! Donovan se tomó su tiempo para reacomodar sus ideas. —¿Qué viste?

El cambio sorprendido.

de

actitud

hizo

que

Kiria

pestañeara

—¿Quieres que te lo cuente? —¡Sí! —fue la simple respuesta. Kiria inhaló profundamente, recostando la cabeza sobre el pecho que se le ofrecía, decidió tomar el consuelo que sólo allí podía encontrar. —Soñé con el hombre que nos secuestró —comenzó a hablar—, lo vi cuando realizaba el Pacto de Sangre, lo vi morder el corazón de la persona que más amaba y devorarlo cuando este aún latía. —¡Dios…! —Aumentando la fuerza del abrazo, envolvió a su pajarito entre sus brazos—. Eso es horrible. Es una suerte que el bastardo esté muerto, sino yo mismo lo buscaría para despacharlo como se merece. El cuerpo de Kiria se agitó, Donovan lo apartó para ver lo que sucedía, la carcajada que salió del hombre en sus brazos lo dejó de una pieza. El chico estaba teniendo cambios de humor que lo estaban empezando a asustar. —¿Puedo saber qué tiene este asunto de gracioso? —Pues que hace algunas horas estábamos a punto de matarnos el uno al otro y ahora te estoy contando uno de mis más grandes secretos, uno que solo he compartido con Evan. —Supongo que así tienen que ser las cosas. —Le dio un rápido beso a los labios entreabiertos de Kiria—. Tenemos que ir a la casa de Jack. La sonrisa en el rostro del joven se apagó, el humano lo devolvía. Quiso llorar pero se contuvo.

—Voy a buscar mi ropa —dijo poniéndose de pie. —Es lo mejor —estuvo de acuerdo Donovan.

Capítulo 10
Durante el viaje en auto, Kiria estuvo muy silencioso, Donovan lo achacó al extraño comportamiento de su pajarito. El chico había estado actuando muy raro, aún a pesar de tener alas, colmillos y garras. —Comienza a hablar —exigió Donovan estacionándose junto a la acera—.No soy bueno con las adivinanzas. —¿Me regresarás? —Quiso saber Kiria. La cara de sorpresa de Donovan sería casi cómica, de no ser porque para Kiria la vida se le estaba jugando por la respuesta que el hombre le daría. —Para devolverte tendría que ser un completo imbécil— Dándole un beso casto en la punta de la nariz, agregó—: y aún no llego a ese grado. Kiria estaba por enrollarse en ese cuerpo de pecado cuando sintió que algo, o alguien, lo miraba desde las sombras. Aprovechó la cercanía para pegar los labios a la oreja de Donovan. —No estamos solos. Dándole un ligero mordisco en la oreja, el agente del FBI replicó—: También me di cuenta. Saliendo del automóvil, Kiria esperó a que Donovan diera la vuelta para situarse junto a él en la acera. La noche aún no estaba muy avanzada, así que todavía había un buen número

de peatones y vehículos circulando, parecía que solo ellos sentían la atmosfera pesada. —¿Por qué nadie lo nota? —preguntó Donovan arrugando el ceño, era imposible que solo ellos sintieran como el aire se había enfriado de pronto y que una neblina oscura había mitigado las luces, rodeándolos como una criatura viva. Kiria no se molestó en responder, convirtiendo sus finas uñas blancas en garras de seis centímetros y desnudando los colmillos, se preparó para lo que venía. Donovan buscó el arma escondida bajo su chaqueta, en servicio o no, el frío metal era algo que nunca alejaba de su costado. Los dos hombres pegaron espalda con espalda, listos para afrontar al enemigo invisible que se escondía entre las tinieblas. —Esto no es bueno —habló Kiria, preparando a Donovan para lo que estaba por venir—.Esta neblina es un portal que nos llevará cualquier parte donde el que lo abrió quiera llevarnos. —¡Diablos! —Fue lo mejor que se le ocurrió decir al agente del FBI, su vida se convertía en un maldito circo y no podía hacer nada para remediarlo. —Y se pone mejor… —logró decir el demonio alado justo antes de que el mundo se desvaneciera alrededor de ellos. Por un momento Donovan creyó que estaba perdiendo el sentido de la realidad, o al menos esa era su esperanza. Lo único real era el pequeño pajarito que sostenía entre sus brazos. Al abrir los ojos, ambos estaban con el culo sobre tierra y bastante desubicados. Kiria, al estar más acostumbrado a esos

cambios de realidades, se puso de pie ofreciendo la mano a su compañero. —Siento que voy a devolver el desayuno —se quejó Donovan tomando la mano que se le ofrecía—. ¿Dónde infiernos estamos? Kiria recorrió con la vista el lugar: tierra color cenizo, cielo gris, colores marchitos; sí, definitivamente sabía dónde estaba. —Estoy en casa. —Le dedicó una tímida sonrisa al humano que lo miraba con la boca abierta—.Este es el inframundo. — Encogiéndose de hombros, agregó—: lo que no sé, es qué tan lejos estamos de mi Nido. —Vaya que si es lúgubre —atinó a decir Donovan, observando los alrededores. Estaban en una especie de bosque de cuento de terror: árboles altos cuyas ramas desnudas parecían amenazar al cielo, poca vegetación, sonidos desgarbados que parecían llegar de todos lados y a la vez de ninguna parte y que harían que cualquiera se encogiera dentro de su propia piel—. Quizás cuando amanezca se vea mejor. — Trató de darse esperanzas. —¿Y si te dijera que ya es de día? … Calculo que es lo que tú llamarías media mañana. —¿Estás de broma? —gruñó Donovan empezando a preocuparse realmente. —Pues, no. —La sonrisa tensa de Kiria no le dio ninguna razón para que lograra tranquilizarse. —Dime, por favor, que los humanos no estamos en el menú.

La risa descarada del demonio alado hizo que a Donovan se le antojara desnudar el pequeño trasero y darle una buena surra, pero cuando lo oyó comentar—: En mi menú, sí estás— acabo riéndose también. Las alas negras de Kiria estaban desplegadas, los colmillos listos para ser usados y las garras desenfundadas. Donovan no pudo más que admirar a su pajarito, se veía jodidamente sexy con esa expresión feroz en sus delicadas facciones de ángel caído. Levantando la nariz, Kiria, sondeó el ambiente en busca de algún peligro, en un lugar como este, se necesitaba de todos los sentidos si se deseaba sobrevivir. —Debemos irnos —advirtió el demonio alado tensando las alas. —¿Qué ocurre? — Donovan se acercó a su compañero. Kiria se aproximó todavía más al cuerpo del humano. —No es seguro estar al ras del suelo, hay algunas cosas aquí que ya nos han sentido. Cosas con hambre—recalcó. Antes de que Donovan pudiera decir algo, Kiria se abrazó al cuerpo del hombre más grande y estirando las alas, comenzó a batirlas alejándolos del suelo. —¿Qué haces? — gritó Donovan sosteniéndose firmemente del cuerpo de Kiria—. ¡Soy demasiado pesado para ti!

—Es esto… o acabar como la cena de ese que viene allí— señaló con la cabeza a un lugar cercano sobre el suelo. Donovan, al mirar a donde le señalaba Kiria, descubrió una enorme cosa, muy semejante a una babosa y del tamaño de un elefante. —Dime que eso es lo peor que uno puede encontrarse por aquí. —La verdad no. —Sonrió Kiria con benevolencia—. Hay criaturas peores, por eso debemos buscar un lugar donde refugiarnos. El jadeo de Kiria le dijo a Donovan que el pajarito estaba comenzando a cansarse. —Bájanos, peso demasiado. —Estamos cerca —dijo sin dejar de batir las alas—, en esa saliente existe una cueva cuya entrada apenas permite pasar a alguien con tus medidas. Eso nos mantendrá seguros de los depredadores más grandes. Con cuidado, Kiria aterrizó sobre la saliente del risco, estaban lo suficientemente alto como para evitar ser tomados por sorpresa. Solo seres con alas podrían llegar hasta allí. —¡Qué bueno que no le temo a las alturas! jadeóDonovanal ver la distancia a la que estaban del suelo. —

—Entremos —dijo Kiria mostrándole a Donovan la pequeña apertura—.No debemos permanecer mucho tiempo tan visibles.

Donovan siguió al pequeño demonio alado dentro de la cueva, era estrecha pero logró entrar. El lugar era como un embudo, al principio tuvieron que hacerse paso a gatas, pero en la parte interna se abría en una bóveda tan grande que el humano pudo estar de pie y dar algunos pasos sin toparse con las paredes. —No es mucho —se disculpó Kiria—, pero al menos nos mantendrá seguros hasta saber qué está sucediendo. —Lo único que lamento es que esté tan oscuro —bromeó Donovan—. No podré verte desnudo. La risa cristalina de Kiria hizo eco en el espacio de piedra. —Si te dijera que eso se puede resolver fácilmente ¿qué harías?... Solo observa — De pronto la cueva se iluminó por cuatro antorchas que daban luz pero que no producían humo ni calor. —¿Cómo es posible? — preguntó Donovan. —Esta cueva es donde Evan se escondía cuando quería soñar con Jack—se explicó, señalando la pared del fondo—. Ahí podremos encontrar frazadas y algo para poner sobre el suelo y no dormir sobre la roca dura. —Creí que no sabías Donovan arrugando el ceño. donde estábamos —observó

—No lo sabía hasta que remonte vuelo. Me puedo ubicar mejor desde el aire —se explicó Kiria encogiéndose de hombros. Donovan comenzó a sacar algunas pieles que colocó sobre el duro suelo, luego acomodó algunas frazadas.

—¡Ven! —le ordenó a su pequeño pajarito—.Te ves cansado. Me explicarás todo acostado sobre estas pieles. Kiria quiso protestar, pero la idea de acurrucarse junto al cuerpo tibio de Donovan era mucha tentación. —Solo si me acompañas— hizo un puchero para ganar algunos puntos a su petición. La sonrisa radiante de Donovan le dijo que el hombre lo apoyaba totalmente. —Pero antes sería bueno que te quitaras esta ropa — aconsejó Donovan mientras se ponía de pie frente a Kiria—. Quiero que duermas, te veo cansado. Kiria hizo un puchero mientras las manos grandes del hombre pasaban la camiseta por su cabeza. —Me acostaré solo si me das algunos besos.— Estiró el labio inferior. Gesto que le costó un ligero mordisco de parte de Donovan. —¿Te han dicho que eres un mocoso malcriado?—se quejó más que preguntar. —Solo mi Madre y nunca he entendido muy bien por qué. —¡Sí, claro! —Sonrió Donovan al ver el gesto de fingida inocencia en la carita de su ángel caído—. Creo que esa pobre criatura la tuvo que haber pasado bastante complicada contigo y con Evan.

Las manos de Donovan temblaron por un momento al desabrochar la cinturilla del pantalón de Kiria. Levantando la mirada se encontró con los ojos verdes del chico. —¿Eres mío?—preguntó mientras bajaba su cabeza hasta que sus labios quedaron tan cerca que sus alientos se mezclaban. Kiria tragó fuertemente, un temblor recorrió su cuerpo y su pene saltó en respuesta. —Soy tuyo —susurró separando los labios, listo para la invasión que tanto ansiaba. Donovana provechó la invitación de manera descarada, su lengua penetró sus tiernos labios, de la misma manera en la que deseaba que su pene violara la entrada apretada. Kiria en respuesta se aferró a los hombros del hombre más alto como si fuera su punto de referencia en un mundo que comenzaba a dar vueltas a su alrededor. —Eres tan malditamente hermoso —habló Donovan mientras se separaba de la boca que deseaba devorar—. No entiendo como he vivido sin ti hasta ahora. Las palabras hicieron llorar a Kiria, por más que lo intentó no pudo hacer nada para evitarlo, gotas gruesas de agua salada comenzaron a salir de sus ojos mojando sus mejillas. Tratando de esconder su reacción, ocultó su cara entre la tela de la camisa de Donovan, pero los sollozos que hacían temblar su cuerpo no dejaron duda de lo que sucedía realmente. —¿Dije algo malo? —La voz preocupada de Donovan solo obtuvo un movimiento de cabeza negativo por parte del chico que insistía en esconder el rostro. Los cambios de humor de su

pajarito lo estaban mareando, su exmujer era una histérica y una neurótica, pero jamás se había puesto así. —Es solo que nunca pensé escucharte decir esas cosas — balbuceó contra el pecho de Donovan—. Lo más que soñé fue que no te diera asco besarme. Donovan lo único que acató fue abrazar fuertemente a su pajarito, afortunadamente el chico había escondido sus alas, de otro modo le habría arrancado algunas plumas. El grado de daño que le había hecho a Kiria era algo que no se podría perdonar nunca, cada día que pasaba le pesaba más haber sido tan idiota. —Soy un imbécil —dijo Donovan mientras le daba un beso ligero en la cabeza cubierta de mechones de cabello negro con reflejos grises—.Te juro que nunca sentí repulsión cuando te toqué, nunca… Puedo decirte que fui un cobarde que le tuvo miedo a este lazo tan fuerte que nos une. Te amo y esa es la única verdad que cuenta. —Si mañana me dices que te arrepientes —sacó la cara para mirar directo a los ojos azules que ocupaban cada uno de sus sueños—.Te juro que me matas. Un beso lento y caliente fue la respuesta que Kiria necesitaba y fue justo lo que recibió de su amante. Manos decididas terminaron de desabrochar el pantalón que estaba ahorcando su erección. Kiria se sentía como en un sueño, uno muy erótico. El peso de Donovan lo llevó a acostarse sobre las pieles, la boca del hombre hacía su tarea sobre la piel afiebrada que pedía ser tocada y lamida.

Kiria gimió arqueando la espalda cuando los dientes del humano mordieron una de sus tetillas, líquido preseminal salió del pene, estaba a un toque de venirse. El humano sabía lo que hacía y se aprovechaba de la vulnerabilidad de su pajarito. —Dime que tan bien lo sientes—exigió Donovan, bajando con suaves lamidas hasta el vientre de Kiria, mientras una de sus manos acunaba las bolas de su víctima que gemía pidiendo misericordia. — ¡Ahhh! —Un grito que escapó de lo profundo de las entrañas de Kiria lo hizo arquear la espalda clavando las uñas en los brazos de Donovan. El hombre sobre él, continuaba lamiendo su vientre, incluso, hasta se había atrevido a penetrar su ombligo con la lengua. Antes, cuando habían hecho el amor, no se había sentido tan sensible en esa parte de su cuerpo, ahora estaba teniendo un orgasmo en toda regla. —Me encanta lo sensual que eres. —Sonrió Donovan con una expresión maliciosa—.La vida no me va a alcanzar para hacerte todo tipo de cosas traviesas. Kiria a duras penas estaba comenzando a recuperar el ritmo de su respiración y el humano ya lo estaba besando de nuevo. Amaba la manera en la que el hombre aprovechaba la diferencia de tamaños para hacerlo sentir deseado y protegido. —Te amo…—gimió más que hablar Kiria— te amo tanto. —Siente, amor. —Las manos de Donovan levantaron las caderas de Kiria, para recorrer con la lengua todo el largo de la erección. El demonio alado se mordió los labios, un hilo de sangre recorrió su mandíbula dejando un camino rosa oscuro. Le estaba costando cada fibra de autocontrol el no venirse otra

vez, Donovan metió un tercer dedo en su entrada y su pene fue absorbido por la boca avariciosa. Apenas estaba logrando mantener el control sobre su orgasmo creciente cuando Donovan se apartó. Sintiendo el frío sobre su piel, Kiria, se abrazó a sí mismo. El humano le dio un beso ligero mientras se acomodaba entre sus piernas, levantando las caderas se clavó de lleno en la tierna entrada del chico que se retorcía debajo de él. —Mío—gruñó Donovan con un anhelo salvaje, dejándose llevar, se acostó sobre el cuerpo más pequeño, abarcándolo todo, negándose a renunciar a su presa. Con sus manos, sostuvo a Kiria negándole el privilegio de moverse a voluntad. Un ansia devoradora se apoderó de Donovan y sin poderlo evitar, mordió el cuello que se le mostraba, hundiendo unos colmillos que antes no tenía de ese largo. El lado salvaje de Kiria accionó haciendo aparecer sus alas y envolviendo el cuerpo sobre el suyo. El intercambio de sangre y la fricción dentro del cuerpo del hombre debajo de él, fue demasiado. El orgasmo que había sido construido entre ambos, explotó, llevándolos a consumirse en fuego líquido.

Capitulo 11
Las antorchas se habían apagado y la cueva estaba tan oscura que no podía verse la mano, a pesar de que la tenía enfrente de la cara. La primera impresión de Donovan al despertar, fue de sobresalto, pero el cuerpo tibio que tenía envuelto en sus brazos lo tranquilizó, el pajarito dormía y estaba a salvo, lo demás lo resolvería después. El ruido, que crearon algunas pequeñas piedras al deslizarse sobre la ladera, puso en alerta a Donovan, sentándose, sacudió suavemente el hombro desnudo de Kiria. —Tenemos compañía —susurró contra el oído del otro hombre. El demonio alado se despertó, recostando la cabeza contra el hombro del humano. —Son mis hermanos anunciando su llegada — se quejó más que hablar, mientras conjuraba las antorchas para que estas se encendieran—. Más nos vale buscar la ropa o irrumpirán aquí. Donovan dejó las preguntas para otro momento, poniéndose de pie, tomó sus pantalones y le pasó a Kiria los suyos, en corto tiempo ambos estuvieron presentables. El demonio alado le dedicó una mirada llena de dudas al humano.

—¿Todo está bien? —preguntó Kiria nervioso. Donovan sintió bajo su propia piel el miedo del joven, dándole un beso trató de ahuyentar sus dudas. —Yo estoy bien, con algunas dudas, pero bien. —La sonrisa de Kiria fue amplia y sincera. —Te juro que no ha pasado nada que pueda dañarte, al contrario.—El comentario hizo que Donovan levantara una ceja, Kiria solo se encogió de hombros y agregó—: Solo vivirás tanto tiempo como yo y tendrás algo aumentados tus sentidos, nada de qué preocuparse. —¿Algo más que no me estés diciendo?— interrogó Donovan, su voz sonaba escéptica pero el brazo que sostenía a Kiria por la cintura desmentía la mirada enfadada. El mocoso travieso se levantó de puntitas y le dio un beso rápido en la boca, que formaba una línea recta, frente a él. —Solo puedo decirte que yo tampoco entiendo porque te crecieron colmillos cuando hicimos el amor. —La sola mención de ese hecho hizo que a Kiria se le encendieran las mejillas—.Y no conozco el motivo que te obligó a que me los clavaras. Donovan apretó más el agarre en el cuerpo más pequeño contra su pecho, sus sentidos, ahora más sensibles, le advirtieron que varias criaturas estaban afuera. —¿Estás seguro de que son tus hermanos?

— ¡Sí! —le aclaró Kiria, tomándolo de la mano y prácticamente arrastrándolo hasta la salida. Algo desconfiado, Donovan le permitió guiarlo.

Fuera, los esperaban tres hombres altos, vestidos con pantalones de cuero negro y el torso desnudo, las alas negras y el cabello gris oscuro no dejaron dudas del parentesco con su pareja.

—¡Kiria!—gritó el más alto de los tres, sofocando en un abrazo al hombre más chico. —¡Greyco! —gritó Kiria, riendo y dejándose estrujar por su hermano mayor, mientras sus pies dejaban de tocar el suelo.

Una mano grande tomó a Kiria por el hombro separándolo de su efusivo pariente. —Creo que él ya entendió que te alegraste de verlo — refunfuñó Donovan pegando a su pajarito al costado de su cuerpo en un gesto posesivo. Al diablo con su renuencia a las demostraciones públicas de afecto, ese chico lindo era suyo y era hora de que sus familiares lo fueran entendiendo. Los tres hermanos de Kiria miraron la escena boquiabiertos, sabían que Evan era una Madre, por eso tenía un compañero y que ya no podía estar con ellos en el Nido, pero Kiria no lo era, así que la idea de que un humano fuera tan posesivo, era algo increíblemente extraño. Tomando en cuenta que vivían en el inframundo, eso era decir demasiado.

—Hermanos —dijo Kiria apretando la mano que lo sostenía por la cintura—, él es Donovan… —Dudó un momento, realmente no había hablado de cuál era el estatus de su relación y que tanto sabrían quienes los rodeaban.

—Soy su pareja.—El tono de voz de Donovan no dejaba lugar a dudas de que no estaba bromeando—.Él es mío. Los ojos de Donovan cambiaron a un azul metálico que hizo que los demonios alados lo miraran con la boca abierta. —Es verdad—agregó el más joven de los recién llegados— .Es su pareja. La sonrisa de Kiria era radiante y su expresión tan feliz, que Donovan se sintió un imbécil por no haber hecho antes esa sencilla declaración, su pajarito estaba contento y su felicidad barría en olas cualquier duda que alguna vez hubiera tenido. Se abrazaron y compartieron un beso rápido que hizo que los otros demonios alados los miraran sin entender. Kiria se apartó un poco del hombre que lo sostenía como si el mundo entero quisiera robárselo. —¿Qué les pasa? —preguntó Donovan sintiéndose algo culpable, los grandes guerreros les dedicaban de esas miradas asqueadas que solos los niños son capaces de hacer.

—Ellos… ellos… —tartamudeó Kiria sintiendo que las mejillas le ardían como si se estuviera incendiando, la expresión divertida del hombre no le ayudó en nada—.Ellos… no saben. No sienten las ganas que yo siento por ti.

La mirada azul de Donovan recorrió a los tres guerreros, las enormes alas negras tenían la apariencia de ser muy fuertes, los músculos del pecho y los brazos eran sólidos y abultados, definitivamente no parecían niños del Jardín de Infantes, eso era un hecho. —¿Cómo es posible?— Donovan se negaba a quedarse con la duda. Kiria se alejó un poco de los hermanos y su pareja, quedando de espaldas a ellos en la orilla de la terraza que formaba la entrada de la cueva. Quitándose la camisa, la tiró a un lado, desplegando las alas, se estiró en toda su envergadura. Donovan no pudo más que admirar la piel suave de la espalda, y el color oscuro de las plumas, el cabello gris oscuro salía en mechones tocando apenas su nuca. Aunque intentó no caer en la tentación, dejó que su vista bajara por el declive de la columna hasta llegar a la curva del trasero que se dibujaba bajo la tela del pantalón de mezclilla. —Eres demasiado hermoso —le susurró Donovan acercándose hasta tocar con sus labios la suavidad del lóbulo de la oreja del demonio alado—.Si no fuera por tus hermanos, te juro que te estaría mostrando lo valioso que eres para mí.

Un escalofrío recorrió la piel de Kiria, en respuesta al aliento que soplaba en su oído y a las manos grandes que rodeaban su talle. —¡Tengo miedo! —susurró, dejando caer la cabeza hasta que la quijada tocó su pecho. Donovan le dio un ligero tirón haciendo que Kiria se diera la vuelta quedando frente a él. —Habla.— Fue la simple orden.

—Yo debería ser como ellos, no debería tener pareja ni querer tener sexo contigo —se explicó sin atreverse a levantar la vista.

—¿Por qué? —lo incitó el humano a explicarse, dándole un ligero beso en al frente esperó la respuesta.

—Evan es una Madre, por eso espera un bebé — Levantando la vista se enfrentó a la mirada paciente de su pareja—.Yo no lo soy. En nuestra raza, solo una Madre siente deseo de aparearse con su compañero, los demás protegemos a los más jóvenes y a la dadora de vida.

— ¿Cómo sabes que no lo eres? —La pregunta de Donovan tuvo un tono de reproche.

—Porque de ser así, Evan y yo no podríamos compartir el mismo territorio.

Donovan tuvo un extraño presentimiento, algo así como un soplo de aire que hizo que su alma se despertara de golpe. Imágenes de su Kiria desnudo bajo las sábanas, con la frente empapada de mil gotitas de sudor que le daban a su piel un brillo perlado, jadeando como cuando tenían sexo. Una sonrisa cansada y en la mirada una expresión de triunfo, le dijo que su pajarito era feliz. En la imagen mental escuchó el sonido como de un gatito que maullaba, al acercarse vio un bultito junto a su amante. Justo cuando se acercaba para levantar la frazada la imagen se desvaneció, quedando nuevamente frente a su Kiria que lo miraba con expresión preocupada en sus grandes ojos color verde hierva.

— ¿Qué te pasa? — preguntó el demonio alado poniendo sus manos en las mejillas del hombre más alto.

—Nada — suspiró Donovan mientras tomaba una de las manos y lo besaba en la palma—. Fue solo un sueño, algo que no va a suceder.

Gracias al lazo que compartían, Kiria pudo sentir como una tristeza espesa, que respiraba en el pecho de su amante, comenzó a embargar al hombre.

—¡Dime! —suplicó Kiria. Donovan le observó, con una sonrisa reconoció una vez más que había fuerzas con las que un hombre no podía luchar, y una de ellas era ese pequeño demonio alado que lo miraba con tanta adoración. —Es tonto. — Trató de que su sonrisa no fuera una mueca amarga—.Es solo que imaginaba lo hermoso que hubiera sido tener un hijo contigo.

— ¡Te amo! —gimió Kiria mientras gruesas lágrimas recorrían sus mejillas cayendo sobre la piedra estéril de la saliente sobre la que estaban parados—.A mí también me hubiera gustado — Donovan lo acercó a su pecho, apresándolo muy fuerte. Quiso expresar su deseo de esconderlo bajo su propia piel para jamás verlo sufrir.

—Debemos irnos—, la voz de uno de los guerreros interrumpió el momento íntimo— algo grande viene hacia acá. —Siempre hay alguna criatura desesperada que quiere morir con gracia—interrumpió otro de los demonios alados sonriendo con una clara expresión porfiada. Donovan secó las lágrimas de su pajarito antes de volverse a los guerreros. —¿Entramos a la cueva?

—No, es mejor que regresemos al Nido, está cerca— explicó Kiria sin dudar—, una vez allí nada se atreverá a seguirnos. Cuando Greyco intentó tomar a Donovan para levantar vuelo con él, el gruñido de Kiria advirtió que ese era terreno prohibido, nadie tocaría a su pareja, ni siquiera uno de sus amados hermanos. Con una sonrisa el humano permitió que su pajarito lo abrazara para ser llevado al Nido por vía aérea. A Donovan le sorprendió ver el mundo donde su pajarito había crecido. Desde el aire vio el gran valle que rodeaba a un río de aguas engañosamente tranquilas, ya que las piedras se veían roídas por la fuerza del flujo del líquido oscuro. Los árboles se veían como si lucharan minuto a minuto contra la muerte, ramas desnudas como manos huesudas que clamaban al cielo oscuro por un fin definitivo. El cielo era de un gris claro, las pocas nubes que flotaban eran negras, tanto como el alma de un condenado. Sobre la tierra estéril se arrastraban criaturas desgarbadas buscando refugio entre las piedras mientras depredadores imponentes les perseguían buscando alimento. Levantando la vista del suelo, observó una montaña alta, a cada lado riscos escarpados evitaban que fuera posible llegar a su cima por vía terrestre. El jadeo de su pajarito lo hizo dejar su estudio de campo para dedicarle toda su atención. —Es mejor que aterricemos—ordenó. —No, estamos demasiado cerca— resopló Kiria comenzando a enfadarse. Sus alas eran grandes y hermosas,

suficientes para sostener a su pareja y a él, el cansancio que sentía era inusual, pero no era razón suficiente para ser llamado débil.

—Deja de hacer pucheros. —Sonrió Donovan al ver el ceño arrugado de Kiria—. Eres un temible demonio alado. —La risa cantarina de su amante le dijo que había dado en el blanco, amaba ver el brillo de alegría en los ojos de su amor.

—Llegamos—anunció el mayor de los demonios.

Con gracia. Kiria aterrizó sobre sus piernas trayendo consigo a su amante al Nido que lo vio nacer. —Este es mi Nido —anunció el joven demonio sin poder ocultar su orgullo. La plataforma de entrada se llenó de curiosos. Donovan pudo apreciar el parecido entre todos los hermanos, había por lo menos veinte de ellos para comparar. Las estaturas variaban, puesto que unos eran de la contextura de Evan y Kiria, mientras otros eran como Greyco, grandes y fornidos. Los ojos también variaban en una amplia gama de colores, pero el cabello gris oscuro y la palidez de la piel color crema era la misma.

—Eso es lo que yo llamo tener una familia grande. — Apenas pudo rescatar a su pajarito de entre todos los abrazos de sus hermanos.

—¡Sí!—de alegría cuando su hombre lo rodeó, apretándolo contra su cuerpo firme, plantándole un beso que hizo que los dedos de los pies se le encogieran de gusto. El silencio los rodeó, apartándose, los amantes descubrieron que los otros demonios los observaban totalmente intrigados. —Él es mi pareja—declaró Kiria hinchando el pecho de orgullo—. Hoy se lo presentaré a Madre. Con gran pompa fueron guiados hasta el centro de la montaña, el lugar donde era protegida la vida del Nido, las habitaciones de la Madre. Donovan apretó la mano de su amante, este le alentó con una sonrisa cálida que tranquilizó un tanto los nervios del humano. No todos los días uno conoce a su suegra por primera vez, y peor aún, una criatura con fama de arrancar la cabeza y luego preguntar. Las pesadas puertas construidas con un metal gris brillante se abrieron tan suavemente como si estuvieran construidas con cartón, dejando al descubierto un enorme salón blanco, cubierto con suaves cortinas de gasa y cojines de seda esparcidos sobre alfombras exquisitas. Definitivamente era el refugio de una mujer. El clic de las puertas al volverse a cerrar sacó a Donovan de su sorpresa inicial. Tomando la mano de su amor lo acercó a sí mismo, aunque sabía que allí estaba la Madre de su pareja, no quería correr ningún riesgo. El silencio era tranquilo, una brisa jugaba con las telas que colgaban de las paredes, la magia era

una presencia tan espesa que hasta el humano fue consciente de ella.

— ¡Mamá tiene un nuevo bebé! —chilló Kiria liberándose del agarre de Donovan, corriendo, llegó hasta el otro lado donde estaba una plataforma que se levantaba a un metro del suelo. Su pareja lo siguió con un poco más de precaución.

El pesado cortinaje fue separado por una mano pequeña y pálida, seguida de esta, se encontraba el cuerpo de una mujer que Donovan bien podía comparar con esas criaturas que solo los griegos podrían intentar copiar en sus estatuas. La mujer no era ni demasiado baja, ni alta, el cabello negro le caía agraciadamente por la espalda poco más debajo de su cintura estrecha, las facciones del rostro eran tan finas como solo los ángeles tenían derecho a poseer. De todo el conjunto, las alas negras desmentían la etiqueta de ángel, eso y la mirada de fuego que prometía torturas eternas a quien se atreviera a desafiarla.

— ¡Bienvenido, humano! —La voz de la mujer era sedosa y profunda, con movimientos lentos, bajó los tres escalones hasta quedar sobre el piso de mármol. Con cada acción, las curvas elegantes de la mujer se marcaban en la túnica celeste que dejaba ver los hombros suaves y el cuello de gacela. Donovan se recordó a sí mismo que esa belleza era su suegra, la mujer no aparentaba más de veinticinco años.

—¡Señora!—Fue lo mejor que se le ocurrió decir, tratando de que su voz no temblara. Dando un paso atrás, trató de evitar la

cercanía con la mujer que con pasos cortos estaba comenzando a invadir su espacio—. ¿Dónde está Kiria?

Capítulo 12
La mujer cambió de táctica, en lugar de caminar directo hacia él, comenzó a rodearlo como si se tratara de un felino asechando a su presa. —Eres el humano que le ha robado el corazón a mi pequeño hijo. —La voz era plana, sin emoción que enturbiara la cadencia de las palabras, pero Donovan no se dejó engañar, los ojos de fuego le prometían mil terrores si daba un paso en falso. —Lo soy… —Donovan se sintió orgulloso de recuperar la firmeza de su voz—. Él es mi pareja en todos los sentidos. El hermoso rostro de la mujer se crispó por un segundo, recuperándose en seguida. —No es agradable que le recuerden a una madre que su pequeño hijo tiene sexo. Ahora todo el cuadro era perfectamente claro para Donovan, la terrible mujer demonio tenía problemas de celos maternos, endiablados celos maternos, había que aclarar. — ¿Dónde está él? —Permitiéndome conocer a mi yerno —habló la mujer con una sonrisa siniestra—. El que hizo que mi pequeño llorara y se cortara su hermosa melena oscura.

Donovan tragó fuerte, la mirada de la Madre escrutaba en lo más profundo de su alma. —¿Contenta, señora? —Se cruzó de brazos, ya era hora de que la dama supiera que no era una perita en dulce. —No tanto. —Levantó una ceja la Madre—. Hubiera preferido algo mejor que un humano de mente estrecha como el compañero de mi hijo. —Encogiéndose de hombros, agregó—: El destino puedo ser una perra a veces. Donovan se tomó las palabras exactamente con la intención con que fueron pronunciadas, no se consideraba un premio novel de física, pero tenía el suficiente sentido para darse cuenta de que había sido ofendido. —Usted no me conoce, no tiene derecho a hablarme así. —Tengo el derecho que las lágrimas de un hijo le dan a una madre. —Dando un paso más cerca del hombre, la Madre lo apuntó al pecho masculino con un delicado dedo adornado con una garra afilada—. De no ser por la sonrisa que tiene mi hijo ahora podrías considerarte muerto, y puedo jurarte que el proceso para llegar a ese estado hubiera sido lento y muy doloroso. — ¡Madre! —La voz de Kiria interrumpió el desafío entre suegra y yerno. Donovan sonrió al ver a su pajarito salir de entre el cortinaje que separaba el área privada donde la Madre debía de dormir, según dedujo. El chico llevaba un bultito en brazos perfectamente arropado por suaves frazadas.

—Este es mi hermano menor —anunció Kiria con una sonrisa que calentó el corazón de Donovan—. Mira qué lindo es —diciendo esto, se acercó al hombre mientras le mostraba una carita redonda con grandes ojos dorados. —Es muy bonito —observó Donovan tratando de disimular el escalofrío que recorrió su alma—. Aunque tú lo eres más. —Eres un mentiroso. —Kiria le hizo un guiño coqueto—. Yo ya no soy un bebé. —Eso dices tú, amor. —Solo para reafirmar sus palabras le dio un beso rápido a la tentadora boquita rosa de su amante—. Eres la cosita más caprichosa y consentida que haya puesto los pies en esta vida. La Madre observó la interacción entre los dos hombres, su pequeño Kiria amaba a ese humano, ese gran detalle lo mantendría vivo, por ahora. —Hijo —llamó la atención la madre—. Ve y trata de dormir al bebé mientras yo termino de hablar con tu pareja. Kiria le dedicó una larga mirada a su Madre. —No lo mates, él me gusta. La mujer demonio se cruzó de brazos. —No lo haré mientras él se comporte. Donovan no sabía si enojarse o sentirse agradecido de que hablaran como si él no estuviera presente. Su pajarito era un

mocoso malcriado, pero con el bebé en brazos era el colmo de la ternura. Antes de cruzar los cortinajes Kiria se volvió y le robó un beso para luego salir del salón como si nada. —Ven y siéntate —ordenó la Madre señalando unos grandes cojines que habían sobre una plataforma—. Tenemos que hablar. Donovan la siguió, sentándose donde ella le indicó; esperó lo que estaba por venir, aunque no estaba muy seguro de que fuera algo bueno. — ¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó la Madre apenas ambos estuvieron cómodos sobre los cojines. —Algo nos vigilaba y antes de que pudiéramos averiguar de quién se trataba, una oscuridad nos rodeó, lo siguiente que supimos es que estábamos en el valle. La Madre suspiró, a Donovan no le pasó por alto el semblante preocupado en los rasgos finos de la mujer. —Creo que empezaré por decirte lo que ya sabes. — Dándole tiempo de prepararse, agrego—: Kiria está esperando un bebé. Si un rayo hubiera caído sobre Donovan, la reacción no habría sido tan rotunda. El hombre se puso de pie, luego se sentó. La Madre podría asegurar de que el corazón se le detuvo y volvió a latir, la palidez del rostro era digna de un muerto. —¿Por qué te pones así…? Ya lo sabías, estoy segura de eso.

—Kiria me lo hubiera dicho —se quejó Donovan sin saber bien que pensar al respecto. La imagen de su pajarito con su hermano menor en brazos sería algo que quedaría gravado en su memoria para siempre—. Él me ha dicho una y mil veces que no es una Madre y que solo ellas pueden engendrar. La sonrisa de la Madre denotaba más comprensión de la que Donovan hubiera creído posible en esa extraña criatura de mirada de fuego. —Él no es una Madre, la única Madre en ese nuevo Nido es Evan y mi pequeño Kiria será un criador también. —Al ver la cara de espanto de Donovan, repuso—: ¿No quieres tener crías con mi hijo? Donovan se puso de pie, el enorme salón se empezó a encoger a su alrededor, sabía que estaba a punto de desmayarse, de eso estaba seguro. Negándose a que sus casi dos metros de alto fueran a dar al duro piso de mármol blanco, respiró profundo y contó mentalmente hasta diez. La sola idea de que su pajarito cargara un hijo suyo era algo que lo emocionaba y lo aterraba a la vez. Con el maldito trabajo que tenía, era un peligro para una esposa, peor para tener hijos. Había enviado a tantos criminales peligrosos a la cárcel que los desgraciados debían de estar echando apuestas para ver quién de ellos lo iba a despellejar primero cuando salieran, si es que salían algún día. —Lo que pasa —trató de explicarse Donovan— es que lo que usted dice no tiene sentido… ¿Cómo es posible que su Madre lo sepa y que yo lo sepa, pero que él no?

La mujer demonio vio a Donovan dejarse caer sobre el cojín con los hombros caídos y la cabeza entre las manos, podía sentir la confusión salir en oleadas del humano. Con una sonrisa se puso de pie para luego sentarse junto al hombre. —Te voy a contar una historia que ni mis propios hijos saben, al menos no completa, es algo que tendrás que repetirle, llegado al momento, a mi hijo Evan y a Jack. Donovan levantó la cabeza, sintió la suave mano de la mujer sobre su hombro. —Hable. —Se preparó para escuchar. —En un principio habían quince Nidos, yo era joven en ese momento, recién había encontrado al que sería el padre de mis ciento un hijos. —La sonrisa de la mujer le dejó saber a Donovan que aquellos fueron buenos tiempos—. Es cierto que las Madres no podemos compartir un mismo territorio, pero nos comunicábamos entre nosotras, tratábamos de sobrevivir. —Usted todavía es joven. —Trató de ganar algunos puntos con la suegra. La carcajada sonora y clara de la dama a su lado, marcó un punto a su favor. —Humano inteligente —comentó la Madre dándole un guiño—. De seguro obtienes muchos beneficios con esa lengua dulce. —Donovan se sonrojó por primera vez desde que tenía trece años, el recordar precisamente los lugares secretos en donde le había introducido la lengua a Kiria era para calentarle la sangre a cualquiera con una célula viva en el cuerpo—. Creo

que no quiero saberlo —se quejó la Madre cubriendo su rostro con la palma de la mano abierta fingiendo sonrojo. —Mejor sígame contando porqué Kiria puede dar hijos sin ser una Madre —casi suplicó Donovan, la conversación se estaba volviendo demasiado complicada. —Como te decía, esos eran tiempos más o menos tranquilos —con un suspiro la Madre le dedicó una larga mirada al lugar que cubría el pesado cortinaje al fondo del salón—, pero todo era pura apariencia. Cuando la Fuente nos creó, lo hizo con el fin de que fuéramos el equilibrio del universo, el contrapeso de los poderosos dioses, pero ellos, criaturas egoístas encontraron la manera de controlarnos. — ¿Y fue duro? —preguntó Donovan comenzando a sentirse perdido con la mención de los dioses, no era que precisamente fuera un hombre muy creyente, ya con un Dios le era suficiente misterio. —Digamos que los dioses vieron en nosotros armas, herramientas para sus propios fines. Al principio las Madres cayeron en su juego. —De pronto a Donovan le pareció que la mujer le recordaba a su propia madre o a las memorias que tenía de ella, ya que la muerte los separó cuando apenas empezaba la adolescencia. Fuera de su aspecto seductor y su cuerpo delicado, vio el alma cansada de una mujer que había visto demasiado. —Me imagino que no ganaron precisamente —comentó Donovan negándose a permitir que su suegra escuchara compasión en su tono, sabía que la mujer le podía arrancar la piel del cuerpo con solo desearlo.

—La verdad es que ninguna Madre puede ver como sus hijos son arrancados de sus brazos y tirados contra una muerte segura y seguir su vida como si nada. —El brillo de furia de la mujer hizo que el dorado de sus ojos brillara como si las mismas llamas del infierno fueran atizados en ellos—. Yo era muy joven, apenas si empezaba mi nuevo Nido con la semilla de mi pareja destinada. —Con una sonrisa triste, agregó—: para ese momento tenía apenas diez hijos, Grey recién cumplía sus diez mil años y era el mayor, el menor apenas si recién empezaba a caminar y los dioses ya pedían los servicios de mis hijos, de mis pobres bebés. — ¿Pero se podían negar? —Donovan se encogió de hombros—. Nadie me haría entregar a mis hijos si pudiera hacer algo para evitarlo. —Allí está la trampa —se explicó la mujer—. Solo debían capturar a una Madre y el resto del Nido haría cualquier cosa para mantenerla a salvo. — ¡Infiernos! —en ese momento el hombre entendió exactamente a qué se refería con “estar obligados”. Por lo que conocía de Kiria, sabía que el pajarito caminaría por los fuegos del infierno con tal de salvar a quién amaba, ni que decir de su madre. —No hay mejor manera de describirlo —se lamentó la Madre mientras jugaba con un mechón de su largo cabello negro. A Donovan le recordó a un gesto que había visto muchas veces en su pareja.

— ¿Y qué tiene que ver todo esto con Kiria y yo? —A eso voy humano —levantó una delineada ceja la mujer—. Para no alargar demasiado la historia te diré que Loky, uno de los dioses del panteón de los antiguos dioses nórdicos nos dio la opción de liberarnos para siempre del yugo injusto de los dioses, se ofreció a que una vez que reinara nos liberaría a cambio de nuestros servicios. Él no tomó a ninguna Madre como rehén, simplemente dejó plantada la semilla de la esperanza en nosotros. —Y dio fruto. —No pudo evitar comentar Donovan, ya se podía imaginar el desenlace de la historia. —Claro que dio fruto… Al ciento por uno —se lamentó—. Las Madres nos levantamos contra los dioses, pero antes de que el ataque definitivo se diera, mi pareja me tomó por la fuerza y me arrojó al inframundo, encerrándome en esta fortaleza. Como es de imaginarse, mis hijos me siguieron hasta aquí, trataron de liberarme por todos los medios, pero mi pareja es demasiado poderosa. Mientras esto se daba los demás Nidos fueron destruidos. —Una lágrima gruesa rodó por las mejillas de la hermosa y poderosa Madre, haciéndola ver más humana. Donovan no se atrevió a tanto como abrazarla, pero con su pajarito había aprendido que las palabras correctas en el momento correcto, en ocasiones podían fundar infiernos o crear paraísos. —Usted está viva y sus ciento un hijos también. ¿De qué le hubiera valido compartir la muerte de sus congéneres?

—Para ser humano es usted muy inteligente. —Sonrió con un dejo de amargura—. Me llevó mucho tiempo perdonar a mi pareja por encerrarme en este reino sin luz, al paso de los siglos entendí que había actuado por amor, al dejarme aquí había salvado la vida de nuestros hijos, ya que en este lugar la venganza de los dioses no podía alcanzarnos. — ¿Kiria conoce a su padre? —No pudo evitar preguntar Donovan, su pajarito nunca le había hablado de un padre, hasta había comenzado a pensar que los demonios alados no necesitaban uno. — ¡No! —Fue la categórica respuesta—. Ninguno de mis hijos lo conoce y así debe seguir siendo. — ¿Pero por qué? —Defendió Donovan mirándola a los ojos buscando alguna razón de peso para ocultarle a un hijo la identidad de su padre—. ¿Él no los ama? —Claro que nos ama. —La luz de los ojos de la Madre le recordaron a una mujer enamorada—. Pero si pretendo que mi Nido y él sigan estando seguros, ese debe ser un secreto… Ahora que de allí viene que algunos de mis hijos puedan aparearse y tener bebés. —La sonrisa maliciosa le recordó a Donovan al gato que se comió al canario—. Por eso mi pequeño Kiria puede engendrar niños si encuentra a su pareja destinada. — ¿Pero no es una Madre? —Decidió insistir Donovan, sabía que su pareja amaba demasiado a Evan como para tener que separarse.

—No es una Madre. —Sonrió la mujer leyendo en el rostro del humano cuál era su verdadera preocupación—. Él puede decidir si quedarse conmigo o pertenecer al Nido de su hermano. No hay razón para que no pueda escoger… Ahora te advierto que nuestra raza no puede lidiar con la soledad, eso nos puede llevar a la locura, siempre tendrás que vivir cercano a otros de nosotros. — ¿Con Jack y Evan sería suficiente? —Si Donovan tenía que secuestrar a veinte hijos de la Madre para que su pajarito estuviera acompañado, él lo intentaría, era cuestión de averiguar cómo. —Ah humano loco. —Sonrió la Madre con genuina alegría—. No hace falta leer tu mente para saber cómo piensas… El nuevo Nido tiene suficientes miembros: está Evan y Jack, la cría que viene en camino, también estará Kiria y tú, además del bebé de ustedes que pronto llegará. Un bebé, la sola idea causó que el corazón de Donovan se encogiera, sostener un pequeño pedacito de él y su pajarito era más de lo que podía pedirle a la vida… Era simplemente demasiado bueno para ser cierto. — ¡Demonios! —Se quejó en voz alta Donovan poniéndose de pie—. Algo o algo nos seguía en la calle, algo y nos vigilaba, tuvo el poder para traernos hasta aquí. La Madre se puso de pie, poniendo una delicada mano sobre su hombro trató de darle consuelo. Al principio Donovan se crispó, para luego soltar el aire aceptando el gesto por lo que era.

—De algo puedes estar seguro —la suave voz de la mujer demonio era tan filosa como navaja de barbero— ustedes no cayeron en el lugar que deseaba el que los hizo pasar a este reino. Este es mi territorio, cuando sentí el flujo de energía pude interferir, no lo suficiente como para traerlos hasta mi fortaleza, pero al menos llegaron cerca. Donovan se dio la vuelta para encararla. —¿Qué pasa? —La idea de que su bebé naciera rodeado de tantos peligros casi lo volvía loco. Un deseo visceral de proteger, no solo a Kiria y al bebé, sino que a Evan y Jack, lo tomó por sorpresa.

Capítulo 13
—Bienvenido a nuestro loco mundo. —Le dio un ligero golpecito en el hombro antes de apartarse—.Ahora compartes parcialmente nuestra naturaleza. Quieras o no, eres parte de un Nido y esperas un hijo, el círculo está cerrado para ti. Ya pasaste del punto de retorno.

Contrario a todo lo que pudo haber supuesto Donovan, la noticia no lo asustó, al contrario, lo hizo sentir completo por una vez en su maldita vida. Ya no era el hombre solitario que se refugiaba en su genérico y bien organizado apartamento, huyendo del fracaso de un matrimonio que nunca debió suceder. —¿Quién dice que yo quiero ser liberado de esto?

—Buena respuesta, humano. —La mujer demonio lo tomó completamente por sorpresa cuando lo abrazó. Por un momento se tensó, pero luego se dejó rodear por esos finos brazos que lo obligaron a recostar la cabeza en el delicado hombro femenino.

—¡Uy! —Bromeó Kiria fingiendo un escalofrío—.No sé qué asusta más, verlos riñendo o tan amistosos.

Donovan casi saltó hacia atrás al ver a su pequeño pajarito entrar. El chico seguía sin camisa, se había cambiado el

pantalón vaquero por uno de un material muy parecido al algodón, que le quedaba flojo, le llegaba hasta los pies desnudos y se ajustaba en la cintura con un cinturón de seda tan negro como el resto del atuendo. Las alas oscuras adornaban su espalda esbelta. Estaba como para tirarlo contra los cojines y follárselo hasta caer muerto por el esfuerzo o el placer, lo que lo llevara al feliz deceso primero. De seguro el joven demonio alado leyó las intensiones de su pareja, porque bajó la mirada y sus mejillas se tiñeron de un saludable tono rosa.

—Te ves lindo vestido así. —Donovan se acercó tomando por la cintura al chico y pegándolo contra su cuerpo, al diablo con la Madre que lo miraba con una expresión extraña en el rostro—. Señora —se dirigió burlonamente a la mujer—.Si le molesta, dese la vuelta—diciendo esto le dio a Kiria un beso con todas las de ley, el pajarito no tuvo tiempo ni de pensarlo mucho, abriendo la boca dejó que su compañero tomara el control. Las manos grandes del hombre recorrieron su espalda desnuda, causando que el cuerpo de Kiria temblara en anticipación del placer que ya conocía, no era virgen y amaba ese hecho con todas las fuerzas de su alma.

—Ya fue mucho —puntualizó la Madre cruzando sus pálidos brazos sobre el pecho—.¡Suéltalo! —La única neurona de Kiria que aún funcionaba le advirtió que su Madre lo estaba mirando, pero simplemente común empuje de su cadera contra la dureza del hombre, la pequeña neurona envió la insistencia al diablo y se unió a las demás.

Donovan se apartó de su pajarito lo suficiente para tomar aire, los grandes ojos verdes lo miraban radiantes, se preguntó si realmente estaban esperando un bebé o si eran solo suposiciones locas.

—¡Es verdad! —Respondió la mujer demonio a la pregunta no pronunciada de Donovan—. Es tan real como que están vivos y se aman.

—¿De qué hablas Madre? —Los ojos verdes miraron extrañados a su progenitora.

—De algo que tu Donovan te dirá tarde o temprano. —La sonrisa de la Madre era sincera.

El humano no sabía qué pensar, las alas de su pajarito se habían enderezado en un gesto expectante. Un beso del humano aplacó un poco la curiosidad del joven demonio.

—Hijo. —Lo tomó de la mano para sentarlo junto a ella en uno de los cojines acomodados en la plataforma— .Respóndeme estas preguntas y luego te diré lo que quieres saber.

Kiria estudió el rostro de su madre para luego mirar a Donovan, el hombre se veía nervioso, el sonido del corazón lo delataba.

— ¿Qué pasa? —preguntó comenzando a alterarse, las alas cayeron a sus costados sin fuerza, sus ojos comenzaron a llenarse de agua y sus latidos aceleraron el paso, la receta de un desastre.

Donovan reaccionó de inmediato sentándose detrás de Kiria,y haló el cuerpo delgado contra el suyo. —Amor, no es nada malo. —Lo trató de tranquilizar dándole un suave beso en la mejilla, todo está bien.

El calor del cuerpo del humano contra la piel de Kiria, las sabias palabras y las caricias suaves en la mejilla lo apaciguaron. La Madre observó todo el intercambio y aprobó con un movimiento de cabeza. — ¿Eso te pasa seguido, hijo? —A veces —respondió Donovan por su pajarito—.En ocasiones llora cuando debería estar riendo, en otras se enfada conmigo para luego sentarse a llorar y luego termina riéndose de nuevo.

—Apuesto que también le da mucha hambre y en otras la comida le da nauseas. —La Madre esperó hasta que Kiria respondió afirmativamente—. También te da mucho sueño… ¿Tengo razón?

—Sí, Madre. —Se mordió el labio, nervioso miró a Donovan y a su progenitora buscando alguna señal de si debería preocuparse—. ¿Estoy enfermo?

Donovan, a sabiendas de lo que vendría, abrazó fuertemente a su pareja. La Madre esperó a que Kiria estuviera cómodo en los brazos de su amante para hablar. —Mi niño, no estás enfermo. Lo que pasa es que estás esperando un bebé. Kiria se puso de pie de golpe abriendo las alas, el rápido movimiento causó que se mareara y fuera a dar con su culo sobre el regazo de Donovan. —¡Uy...! ¡Perdón! —Trató de disculparse cuando golpeó al hombre con las alas.

—Tú puedes poner eso allí las veces que quieras —bromeó Donovan dándole un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja.

—Mi Madre nos está mirando. —Se defendió Kiria apartándose de otro mordisco que Donovan quiso darle, esta vez en el cuello.

—Ustedes dos deberían comportarse, recuerden que yo todavía sigo aquí—se quejó la Madre más en broma que en serio.

Regresando a la situación, Kiria arrugó el ceño. —Si fuera una Madre, no podría estar en el mismo territorio que mi hermano Evan y de seguro no podría estar en tu salón privado.

—Hay cosas, hijo —se explicó la mujer demonio arrodillándose frente al confundido chico— que no te puedo decir, pero lo que sí haré es aclararte que algunos de mis hijos pueden aparearse con una pareja destinada y tener bebés, otros pueden engendrar, sin ser por eso una Madre.

—¡Eso es imposible…! Va en contra de nuestra naturaleza, madre. —Desviando la vista hacia su vientre plano, puso las manos sobre este en un gesto protector—.Yo no puedo estar esperando un bebé, lo sabría…—Cruzándose de brazos, puntualizó—: Además, no tengo los síntomas de Evan, no vomito en las mañanas, ni como esas combinaciones raras que él hace y que dice que le saben a gloria.

—No todos somos iguales, hijo. Ni siquiera los embarazos son parecidos en una misma persona. Créeme, te lo dice alguien que ha tenido ciento un hijos.

Recostando la cabeza en el hombro de Donovan, ocultó las alas y se dejó mimar por el hombre más grande. El silencio se alargó esperando saber a qué conclusión había llegado Kiria.

—Donovan. —La suave voz del demonio alado rompió la espera—.Quiero ir a mi habitación. —Kiria no sabía qué pensar, el humano se había apareado con él a sabiendas de que nunca podría darle un hijo… ¿Qué pasaría si el hombre no quería ser padre? ¿Qué ocurriría si lo dejaba solo con el bebé? La sola idea hizo que su corazón se detuviera por un segundo, para luego recuperar el paso… Quería llorar, pero no delante de su Madre. Escuchó que Donovan hablaba y que ella le respondía, sintió cuando lo levantaron en brazos. Cerrando los ojos quiso esconderse del resto del universo.

—Déjame ver esos lindos ojos verdes. —Fue la petición de Donovan al terminar de acomodarlo sobre el colchón y arroparlo con mantas tibias.

El demonio alado escondió el rostro entre las almohadas y sumiéndose en un profundo silencio… Era la primera vez que Donovan veía a Kiria tan quieto y desolado. —¿No quieres al bebé? —La pregunta, hizo que el chico escondiera el rostro en la almohada. Donovan se desnudó y se metió en la cama junto a su pareja, halándolo, lo obligó a recostar la cara contra su pecho. —Dime qué pasa, pajarito —rogó sin detenerse con reparos tontos—.Me estás asustando.

Después de un buen rato en que el demonio alado simplemente se quedo allí recostado, este levantó la cabeza para mirar al hombre que pacientemente esperaba mientras dibujaba suaves círculos en su espalda. —Yo sí quiero al bebé… pero entenderé si tú no lo quieres… Yo sé que…. Un dedo sobre los labios llenitos detuvo su diatriba. —Puede que esté asustado, o quizás piense que este es un regalo que no merezco, pero si de algo puedes estar seguro, es de que te amo y de que amo a este pedacito tuyo y mío que viene en camino. —Poniendo la mano sobre el vientre de Kiria, agregó—: Solo espero que sea tan lindo como tú, amor. Para total sorpresa de Donovan, su pajarito comenzó a reír a carcajadas. Viendo hacia el techo de la habitación rogó a los dioses por paciencia para no tirarse por un acantilado. Iban a ser unos largos cinco meses de gestación, que era lo que duraba un embarazo en la raza de Kiria. Observando cómo su pajarito malcriado se quedaba dormido, lo arropó y le dio un beso a los labios entre abiertos. Los mechones de cabello habían crecido lo suficiente para tocar los hombros del demonio alado, con cuidado acomodó uno para que no le hiciera cosquillas sobre la nariz. El chico simplemente era demasiado lindo para ser de verdad. En la penumbra de la pequeña habitación, donde solo había una cama algo estrecha, una puerta corrediza donde supuso guardaban sus cosas y un pequeño escritorio contra la pared, Donovan pensó en silencio. Su vida había cambiado tan

rápidamente que apenas podía seguirle el paso. Iba a ser padre, de eso no cabía duda. Había pasado de ser un común heterosexual divorciado a un poco común hombre heterosexual emparejado con un lindo demonio de alas negras que le iba a dar una hermosa cría. Las cosas no podían ser más radicales, mirando a su amor dormir confiadamente contra su pecho, supo que no quería estar en otro lugar y con nadie más que con él. La Madre les había advertido que debían regresar pronto al reino humano, el nuevo Nido debía permanecer unido para la protección de las crías. Ya que la mitad del Nido estaba preñado y la otra mitad muerta del susto, enviaría a Greyco para reforzar la seguridad, su hijo mayor no solo era un metro noventa de hombre cabal, sino que también era un demonio bastante eficiente en el arte de sacar de la miseria a quién lo cabreara lo suficiente. El niño era un amor. Un movimiento en el costado hizo que abriera los ojos, lo primero que vio fue un cuerpo desnudo, bastante lindo, por cierto, deslizarse fuera de la cama. —¿A dónde crees que vas? Kiria se dio la vuelta sobresaltado. —¡Creí que estabas dormido!

—Lo estaba, hasta que mi pareja trató de escapar a hurtadillas —se quejó Donovan apartando las mantas.

—Es solo… —tartamudeó sonrojándose— es solo que… tenía hambre.

Donovan dio vuelta en la cama hasta quedar frente a su pequeño demonio. —Si quieres algo, pídemelo… Es mi derecho de compañero cuidarte, no me arrebates ese placer. —Para recalcar las palabras lo rodeó con los brazos, acercando el cuerpo desnudo de su amor le dio un casto beso en la punta de la naricita fisgona.

—Te amo— Kiria dejándose mimar hizo su declaración.

—Y yo, especialmente cuando eres lindo y obediente. — El ceño arrugado de Kiria dejó claro de que eso no pasaría en esta vida.

—Entonces no me quieres —se renegó haciendo un puchero.

—Deja a un hombre soñar. —Sonrió Donovan dándole un beso caliente y cuando por fin se apartaron, agregó —: a mí me gustas tal como eres.

Las manos del hombre tomaron vida propia, y de un decente agarre en la cintura, comenzaron a bajar suavemente hasta situarse en la parte alta de los globos del trasero de Kiria. —Por aquello de las dudas —besó el cuello que se estiraba para facilitar la acción—creo que es mejor asegurarnos de que estés bien preñado —insistió Donovan recalcando cada palabra con una lamida en la piel de la clavícula de Kiria.

—Ah, sí —gimió Kiria al sentir como una mano se movía hasta el valle entre sus nalgas—.¿Y cómo piensas hacer eso?

Donovan se tomó su tiempo, la piel de su pajarito sabía delicioso, era un manjar del que estaba seguro jamás se llegaría a cansar. —La mejor manera —aclaró con aire profesional— es repetir todo el proceso otra vez. —Con cada sílaba pronunciada, un dedo explorador comenzó a hacer camino entre los músculos del trasero hasta llegar al botón de rosa que ocultaban. Si no fuera por el brazo que rodeaba su cintura, Kiria habría dado caído como una manzana madura. Un beso tomó posesión de los tiernos labios del hombre más chico. Kiria simplemente estaba demasiado extasiado como para recodar por qué se había levantado en un principio de la cama. Paso a paso fue llevado otra vez allí, al estar con las corvas contra el colchón, Donovan comenzó a empujarlo suavemente hasta depositarlo entre las almohadas que había formado un acogedor nido.

—Eres mío. —La posesividad en la voz de Donovan no dejó lugar a dudas de que eso era una realidad. Kiria ronroneó al sentir el peso apenas colocado sobre él, el humano trataba de no sofocarlo con su tamaño, la idea de que tenía tantas precauciones por el bebé, hizo que su corazón se conmoviera.

—Pensarás que estoy loco—se quejó Donovan pasando a bajar por el cuello esbelto hasta llegar a una de las deliciosas tetillas, mordiéndola suavemente hizo que Kiria arqueara la espalda, goloso—, pero la idea de que tengas un hijo mío dentro de ti me gusta, ahora sé que eres mío y nadie más tocará este cuerpo que ya tiene dueño.

Kiria sonrió, cerrando los ojos, disfrutó de cada caricia, de cada lamida que su experto amante le hacía con el único fin de llevarlo a la desesperación. —Entra en mí —suplicó sin importarle si era o no apropiado hacerlo a estas alturas. Estaba tan caliente que el pene le dolía y su culo estaba ya estirado por tres dedos que rozaban tentativamente su próstata, ya no quería perder más el tiempo con diplomacias.

—Exigente —se burló Donovan a sabiendas de que su pajarito era presa fácil, lamiendo su camino hasta el vientre comenzó a mordisquear la circunferencia del ombligo—. No te preocupes amor, tendrás justo lo que te mereces por ser tan bueno y llevar un hijo mío. —Con esas palabras, Donovan siguió su viaje hacia el sur, abriendo la boca, absorbió la punta redondeada del pene que ya emanaba líquido preseminal.

—¡Ay! —se quejó Kiria, mordiéndose los labios. El humano lo estaba tomando por completo dentro de su boca, la sensación era tan brutal que por un momento no supo si estaba vivo o muerto. Los dedos de Donovan continuaban hurgando su lugar más íntimo, mientras la boca chupaba como si necesitara su semen para continuar viviendo. El demonio alado era demasiado joven e inexperto para sobrevivir a un ataque así, dos jalones más y Kiria se vino depositando todo el semen dentro de la garganta de su amante.

—¡Lo siento! —trató de apartarse, pero ya era demasiado tarde. Bien era cierto que el humano lo quería, pero de allí a tragarse su semen, era una gran diferencia. Para un hombre que no era de estar con hombres, eso era pedir demasiado, y cada vez que lo hacían, temía escuchar las palabras de arrepentimiento.

—No ha pasado nada que yo no buscara —aclaró Donovan dándole una lamida al pene tratando de limpiar cualquier resquicio de humedad—.Además, me gusta tu sabor.

La visión de su hombre de cabello dorado, tan orgulloso y gallardo con la cabeza metida entre sus piernas lamiendo los vestigios de su reciente liberación, fue demasiado para el demonio alado. Lentamente su pene volvió a despertarse, el humano era demasiado ardiente como para desperdiciarlo, lo quería dentro, y lo quería ahora.

Capitulo 14
Sintiendo sus mejillas arder, Kiria levantó las rodillas hasta pegarlas contra su pecho, abriendo las piernas le mostró a Donovan su entrada dilatada por los dedos invasores. —Creo que no deberíamos hacerlo así —dijo Donovan sin poder dejar de mirar el lindo pene que se levantaba mostrando unos testículos tensos y un capullo de rosa listo para ser penetrado—. Podríamos dañar al bebé. Kiria resopló enfadado. —Entra o tendré que ir a buscar otra cosa que meter allí — amenazó. No dejaría de comportarse como un malcriado de un día para otro, eso era un hecho comprobado. Donovan tembló, una sonrisa nerviosa se dibujo dibujó en su rostro. —¡Maldita sea…! ¿Llegará el día en que pueda decirte que no? —Mientras esperas —exigió Kiria— entra. El humano sabía que no habría manera en el mundo de desobedecer a su pajarito cuando estaba tan lindo y dispuesto. Introduciendo su largo y grueso pene dentro del estrecho pasaje, observó cada expresión del rostro de facciones

delicadas de su amor. Cuando estuvo seguro de que no lo lastimaría, terminó de invadir su territorio de caza. —Tu pene se siente tan grande. —Echó la cabeza hacia atrás disfrutando de cada pequeño empuje de su humano—. Me siento tan malditamente lleno. Donovan lo embistió dos veces hasta estar seguro de que podía joder sin causar daño. —Dime si sientes que he llegado muy profundo y te incomoda —gruñó, sabiendo que su autocontrol pendía de un muy delgado hilo. —Quizás sea de las últimas veces que podamos hacerlo así —concluyó entre jadeos—. Lo quiero sucio y rápido. Sin caer en más protocolos, Donovan obedeció a su pareja al pie de la letra. Sosteniéndolo por las rodillas, las mantuvo arriba y separadas, mientras su pene golpeaba una y otra vez el punto fulminante de su amante. —Se siente muy bien —logró decir Kiria, antes de que Donovan soltara sus rodillas para caer sobre su boca con un hambre que hizo que, la parte de su cerebro que le indicaba si estaba vivo o muerto, desistiera de sus elucubraciones, dejándose incendiar por el fuego del deseo. Disfrutó del ser tomado duro y sin contemplaciones por su pareja.

Cuando se vinieron juntos, sus gritos se entremezclaron, al igual que el semen de Donovan, al vaciarse dentro del apretado canal receptor. —¿Sigues teniendo hambre? —preguntó Donovan dejándose caer a un lado de Kiria, teniendo cuidado de no aplastarlo con su peso. Con una sonrisa, se recordó a sí mismo que ahora tenía que velar por una pequeña vida y hacer totalmente feliz a su pareja, eso lo mantendría con las manos llenas durante toda la eternidad. —Sí —la respuesta de Kiria no lo tomó por sorpresa—. Sigo teniendo hambre. Con una sonrisa muy satisfecha, Donovan le dio un beso en la punta de la naricilla respingona a su amante. —¿Sabes que te amo? —Ahora sí. —Fue la honesta respuesta del demonio alado—. ¡Gracias! El corazón de Donovan se encogió, mirando a su pajarito a los ojos grandes y soñadores, supo que era un hombre con suerte. —El que debe pedir perdón soy yo —confesó—. No sabes lo agradecido que me siento de que aún me ames. —¡Tonto! —La ceja que levantó expresaba picardía—. Ahora demuestra cuanto me amas y búscame algo para comer. —Con un pucherito adorable, recalcó—: tengo hambre.

Donovan era un caso perdido y para ese momento lo sabía con total certeza. Estar en manos de su pareja, que además de ser una cosita deliciosa, estaba de encargo, lo hacía el hombre más feliz sobre la tierra o donde fuera que hubiera algo vivo. Greyco ya había recogido las pocas pertenencias que iba a llevar dentro de una pequeña mochila, mirando con tristeza su habitación, de algún modo supo que no iba a regresar, al menos no pronto. Shiro y Kamiko lo esperaban fuera con sus propias cargas en las manos. —¿Listos? —preguntó Greyco, percatándose incertidumbre en los jóvenes rostros de sus hermanos. de la

Estaban entre los primeros veinte nacidos de la Madre, cada uno de ellos fue escogido para acompañarlo por una buena razón, debían conformar el Nuevo Nido de Evan en el reino humano, y velar para que este no fuera destruido. Todavía existía quien culpaba a los Demonios Alados, por la caída de los antiguos dioses, como si ellos fueran los causantes de la sed de poder que los llevó a su propia destrucción. El Progenitor había advertido a la Madre acerca de que Evan iba a necesitarlos, nadie lo había visto, pero todos sabían que él nunca se había equivocado antes. Los tres demonios caminaron hasta llegar a la plataforma principal, donde la Madre esperaba rodeada de los mayores de sus hijos. El cielo estaba de un tono gris claro, que era lo más parecido a la luz del medio día en el inframundo y una brisa fría, mecía la seda celeste de la túnica de la mujer demonio, al mismo ritmo que a su melena oscura. Kiria, tomado de la mano

de su compañero Donovan, formaba un círculo junto con la Madre y los otros demonios alados presentes. —Estamos preparados para partir —anunció Greyco cuadrando los hombros, era el mayor de los hermanos y debía ser quien diera el ejemplo. Shiro y Kamiko caminaban dos pasos atrás como era la costumbre según el rango del primer hijo. Donovan vio llegar a los tres demonios que les acompañarían hasta el reino humano, Greyco encabezaba la comitiva, era alto, de músculos que se podían comparar con un luchador de peleas de artes marciales mixtas, de ojos negros con mirada tranquila, que se parecía a dos lagos profundos e inalterables, tras de él estaban sus otros dos hermanos, que eran un poco más bajos y de constitución no tan robusta, aunque sus cuerpos tenían la complexión de felinos acostumbradas a matar lo que se comen. Las alas negras descansaban a sus espaldas, los tres llevaban el cabello largo suelto, vestidos con pantalones de algodón negros. Esto le recordó a Donovan un pequeño detalle—: ¿Ellos también pueden ocultar las alas como Evan y Kiria? —Sí. —Fue la sencilla respuesta de la Madre, luego dirigiéndose a sus hijos, agregó—: Para sobrevivir en el reino humano tendrán que beber de Evan… El menor de los tres demonios pareció impactado por un rayo.

—Pero Madre —se atrevió a interrumpir sin importarle la mirada iracunda de sus hermanos—, eso significa que nosotros perteneceremos a su Nido, no al tuyo. A Donovan no le pasó por alto la mirada triste de la mujer, podía parecer altanera, segura de sí misma y señora de su destino, pero amaba a sus hijos más que a su propia vida. —Es necesario, hijos. —Le dio un abrazo a Kamiko, tratando de tranquilizarlo, su voz se convirtió en una dulce melodía con la intención de apaciguar—. ¿Serían capaces de abandonar a los dos más pequeños de sus hermanos sin prestarles ayuda? —dijo de manera que todos los demonios que se habían congregado pudieran escucharla—. ¡Ninguno de mis hijos abandonará a su suerte a uno de sus hermanos...! ¡Jamás! En respuesta, los demonios alados batieron las alas causando una fuerte brisa, los gritos y chillidos hicieron que varias criaturas en las faldas de la montaña se arrastraran asustados, los bebés de la Madre eran peligrosos estando tranquilos, excitados eran una verdadera amenaza. Una vez terminadas las despedidas, una neblina oscura rodeó a Kiria, Donovan, Kamiko y Shiro, el humano sabiendo lo que venía, abrazó con fuerza a su pareja, comprendía que del otro lado cualquier cosa podía estarlos esperando. —Mi magia es fuerte —Donovan escuchó la voz de la Madre perdiéndose a la distancia—. Los llevará al mismo tiempo y lugar de donde fueron sacados… No deben demorar, vayan al Nido con Evan, de seguro alguien estará intentando aprovechar la ausencia de sus guardianes.

La asquerosa sensación de estar bajándose de una brutal montaña rusa embargó a Donovan. Vaya que sí odiaba esas malditas cosas. Por lo general prefería tener total control y ese modo de transporte no se lo daba. Gracias a la hora de la noche que era, nadie transitaba por el callejón, era una suerte que la lámpara del alumbrado público hubiera hecho explosión, quizás afectada por la energía que la Madre había empleado en transportarlos hasta allí. —¡Estamos aquí! —gritó Kiria a sus hermanos que miraban a todos lados, claramente confundidos—. ¡Debemos llegar hasta Evan! —Antes de que Donovan pudiera decir algo al respecto, Greyco pasó un sólido brazo por debajo de las axilas del humano y levantándolo en el aire, voló tras Kiria, que guiaba la avanzadilla. Aterrizando sobre la acera, frente al edificio donde estaba el Nido, Donovan sintió que el aire se le iba de los pulmones por la sensación tan real y sólida de algo tan malvado que hacía que la piel se sintiera sucia. El edificio entero estaba rodeado por una niebla espesa y oscura, como si un muro separara la infraestructura del resto del universo. —Creo que hay una fiesta y no nos invitaron. —Sonrió malicioso Kamiko, jamás desaprovechaba una buena pelea cuando se la ofrecían—. Yo voto porque nos invitemos solos. Donovan buscó ayuda en Greyco, pero este simplemente se encogió de hombros, por lo visto no lo sorprendía la actitud aventada de su hermano. Buscando su amada arma de fuego bajo su saco, el agente del FBI se preparó para lo que fuera que encontrarían en el edificio.

Kiria trató de ser el primero en entrar, pero la mano firme de Donovan en su hombro se lo impidió. —¡Recuerda que tienes a alguien dentro de ti que cuidar! Usualmente, el joven demonio se hubiera enojado por esa sobreprotección que había sufrido durante toda su vida estando en el Nido de su Madre, pero viniendo de su compañero le pareció totalmente justificada. Donovan y Greyco entraron primero por las puertas de cristal que daban a la lobby del edificio, Kiria y Kamiko al centro y Shiro cuidando la retaguardia. Los demonios alados tenían las espadas desenfundadas listas para dar muerte a lo que se les pusiera por delante. Las luces del edificio estaban mitigadas por la espesa niebla que saturaba el aire, con cada paso que daban esta se apartaba, como si fuera un ente vivo que temiera el contacto con los demonios y el humano. —¡Hay un humano aquí! —gritó Kamiko al ver al portero del edificio desmayado sobre las frías losas del piso. —¡Aquí hay otro! —llamó la atención Shiro al descubrir a una señora que parecía dormir con la espalda recostada a la pared de granito. Donovan se acercó a cada uno de ellos y les tocó el pulso, este era algo lento pero constante. —¡Están bien! —Anunció a los demonios—. Parece que solo duermen.

Guiando al grupo hasta las puertas de metal del ascensor, el agente del FBI tocó el botón para llamarlo, al abrirse las puertas, un furioso perrito faldero saltó del regazo de una señora que yacía dormida sobre el piso. Kamiko se adelantó a los tres, mostrando los colmillos, hizo que el perrito retrocediera gimiendo contra el cuerpo de la mujer anciana. —¡No lo asustes! —le regañó Kiria—. ¿No ves que solo protege a su ama? El joven demonio se le quedó mirando, el animalillo era pequeño, tanto que podía comérselo de un bocado y seguir hambriento, pero la manera tan feroz como protegía a su dueña era algo admirable. —Eres un pequeño guerrero —le alabó Kamiko inclinando la cabeza en señal de respeto—. Protege a tu ama, yo te dejaré en paz. Dejando al perrito con la anciana, tomaron el otro ascensor, al llegar al último piso arribaron a la conclusión de que todos los habitantes del edificio eran víctimas de un extraño sueño. —¿Por qué no me afecta a mí? —preguntó Donovan al salir al pasillo y ver varios cuerpos tirados frente a los apartamentos. —Porque eres mi compañero —explicó Kiria—. Ahora compartes nuestra naturaleza. Tal vez no tengas alas, pero tienes otras habilidades que antes no tenías y se aumentaron las

capacidades que ya tenías. —Encogiéndose de hombros, agregó—: Un humano ni siquiera habría podido ver la niebla oscura, mucho menos sentir la maldad en ella. Greyco había llegado al final del pasillo, donde se encontraba el Nido, en el apartamento más grande del edificio. Al apenas acercarse escuchó varios disparos dentro. Tirando la puerta, los demonios liderados por Donovan, entraron para encontrar a Jack luchando contra lo que parecían ser tres lobos enormes. Los cuerpos de las criaturas no parecían tener solidez, era como si la neblina se hubiera condensado en esas cosas. —Es una maldición —siseó Shiro mostrando los colmillos—. No podemos destruirla a menos que encontremos lo que la trajo aquí. —¿Otro maldito “pactante”? —se quejó Donovan mientras le ayudaba a Jack a mantener a las criaturas lejos de Evan, que se escondía tras su compañero. El vientre hinchado no dejaba lugar a dudas de que ya estaba cerca el momento del alumbramiento. —¡Solo desearía que fuera tan fácil! —gritó Kiria, uniéndose a la formación alrededor de Evan, la neblina se mantenía apartada de los demonios, pero los lobos gruñían mostrando unos muy sólidos colmillos—. Debe de haber algo dentro del edificio que mantiene el portal abierto. Greyco miró a sus dos hermanos, Shiro y Kamiko podían ser una patada en el culo, pero eran chicos inteligentes de vez en cuando. — ¿Alguna idea?

Los dos aludidos partieron en dos la forma de un lobo que se había arrojado buscando lastimar a Jack, lástima que el filo de las espadas solo hacía que la figura se esfumara, apareciendo varios metros atrás, esperando otro descuido para atacar. —Esto será un juego de nunca acabar —Jack quiso comentar lo evidente, ver a su pareja fingiendo tranquilidad cuando sabía que ya le habían iniciado los dolores de parto, era algo que le estaba partiendo el corazón—. ¡Tenemos que acabar con estas cosas de una vez por todas! Kiria había entrado en la formación, formando un capullo con sus alas, trató de proteger de la vista a su hermano menor. —¿Duele? —preguntó contra el oído de Evan. —Tengo miedo. —Fue la suave respuesta de su hermanito, al recostar la cabeza contra el pecho de su siempre protector Kiria. —Todo va a estar bien. —Besó la coronilla de Evan, cubriéndolo con las alas comenzó a mecerlo como cuando eran niños y tenía pesadillas. —¡No! —Fue el grito de Evan que hizo que todos se congelaran en sus lugares, tanto los lobos de niebla como los demonios alados detuvieron su pelea en el acto. Liberándose de los brazos protectores de Kiria, Evan se puso de pie, las alas negras extendidas, los colmillos desnudos y las garras listas para desgarrar, la nueva Madre estaba furiosa.

—¡Sal de mi Nido! —Jack se quedó como una escultura de piedra, viendo como su pequeña pareja caminaba entre ellos sin que nadie se atreviera a contrariarlo—. Te lo estoy pidiendo por las buenas… —dijo amenazando a la niebla oscura que se concentraba en el centro de la sala—. ¡Vete!... Sabes que el universo tiene reglas y estas me favorecen ahora. De pronto la neblina comenzó a revolverse hasta formar una silueta humanoide, una voz asexuada, algo como un eco proveniente del fondo de una tumba, se hizo escuchar. —Los demonios alados, el universo y todos los reinos son de mi propiedad. —No, mientras exista una Madre que respire. —Fue la amenaza fuerte y clara de Evan. La silueta se deshizo de nuevo y formó cuatro enormes lobos, los ojos eran cuencas vacías la misma muerte bailando en ellos.

Capítulo 15
La lucha comenzó, las heridas que causaban las bestias eran reales, tanto para esos momentos Greyco, ya había recibido dos buenos mordiscos que lo estaban haciendo perder una buena cantidad de sangre. —¡Hazte para atrás! —gritó Donovan mientras halaba del el brazo a Kiria, cuando una de esas cosas estuvo a punto de arrancarle la cabeza. Su pequeño pajarito era valiente, un guerrero ágil y feroz, pero no quería arriesgarlo. Evan se soltó del agarre de su propio compañero, los ojos color arena tomaron un tinte rojizo igual al de su Madre cuando se enfurecía. El joven demonio alado era del tipo dulce, tímido y demasiado bueno para ser verdad, pero Kiria sabía que el mismo fuego del infierno se iba a desatar, no había nadie mejor que un hermano para saber cuándo el otro estaba que si lo pinchaban no sangraba. —¡Ah, hijos de puta! —Anunció con una sonrisa triunfante Kiria—. Creo que freirán el culo de alguien y no seremos nosotros. Los otros demonios alados entendieron perfectamente el significado de las palabras. Usando sus alas como escudos, se prepararon para lo que venía. Jack, por ser la pareja de la

Madre, sería inmune, pero no se podía decir lo mismo del resto de ellos. Kiria protegió a Donovan, empujándolo contra la pared y formando un capullo con sus alas alrededor del su cuerpo y el de su compañero. La neblina que rodeaba al edificio se concentró en un solo sitio, lista para arremeter con toda su furia contra la nueva Madre, grave error de táctica, una ráfaga de energía escapó de Evan haciendo que las vidrieras de todo el edifico explotaran hacia afuera. El ente que retaba a la Madre, tarde se dio cuenta de su desfavorable situación, una ráfaga de fuego le devoró como si se tratara de un depredador vivo que encontraba una presa dispuesta a hacérselo interesante. Una vez pasado el cataclismo, el silencio se situó entre ellos como una pesada lápida —¿Qué coño se desató aquí? —preguntó Jack apartando pedazos del revestimiento de las paredes de su cabello, el que ahora era gris por culpa de los destrozos causados por el enfado de su lindo ángel caído. El cuerpo de Evan perdió fuerza, de no ser por la rapidez sobrehumana con la que Jack llegó hasta él, habría dado contra el piso duro. Donovan por su parte, se puso de pie, con sumo cuidado palpó el pequeño cuerpo de su pajarito, tratando de buscar algún indicio de heridas. Al ver a su mejor amigo moverse de ese modo, le obligó a percatarse de que durante la batalla no lo notó, porque él lo igualaba. —No te asustes —suplicó Kiria pegando su torso desnudo contra el pecho de su pareja—. No niegues lo que somos.

Donovan se apartó un poco de su amante, solo para mirar fijamente a los grandes ojos verdes que ahora iluminaban su vida. —Jamás negaré lo que somos. Es solo que me preocupa lo que será de nuestro hijo y el de Evan y Jack. Kiria recostó la cabeza en el firme hombro de Donovan, el mundo a su alrededor podría haber explotado, que nada de eso importaba ahora. —¡Te amo! —Quiso, con dos palabras, expresar todo lo que sentía en su corazón. Donovan le dio un beso casto a la boquita color rosa que se abría para él, podrían pasar todas las eras de universo que él jamás se cansaría del sabor de su pareja, esa certeza hinchó su corazón e hizo que su sola existencia tuviera un significado. —¡Oigan...! ¡Ustedes dos! —gritó Kamiko—. Dejen de estar en eso y ayuden a Evan. —La clara de repulsión en el rostro del demonio alado era casi cómica, principalmente viniendo de un hombre, no de un niño. —Cuando sepas de estas cosas —se burló Donovan soltando a Kiria de entre sus brazos— no querrás dejar de hacerlo. El interpelado simplemente hizo un ademán con la mano, desestimando las palabras del humano. —Eso es simplemente asqueroso.

Las risas que explotaron entre Donovan y Jack, en la sala, hubieran sonado por horas de no ser por el suave quejido de Evan. —¡Ya viene en camino! —anunció Kiria arrodillándose junto a Evan, que yacía sobre la alfombra con la cabeza recostada en el muslo de Jack. —Tenemos que sacarlo de aquí —explicó Donovan ahora que Jack estaba demasiado aturdido como para ladrar órdenes, como era su costumbre—. Más humanos vendrán a investigar lo que pasó. Todos entendieron la magnitud de lo sucedido, tomando las cosas que Evan podría necesitar, subieron a la azotea del edificio y volaron hasta el apartamento de Donovan. Durante el camino, el agente del FBI ya tenía montada toda una coartada para lo sucedido: una explosión de gas y una fiesta en su apartamento había salvado a sus mejores amigos de una muerte segura, ya que no habían estado en sus propios hogares, cuando ocurrió el incidente. Con sumo cuidado, Evan fue extendido sobre la cama, tomando en cuenta que Jack era el padre de la criatura por nacer y no era el que estaba por parir, el hombre se veía como si estuviera a punto de desmayarse. Después de besar la frente del demonio alado, que ya estaba en labor de parto, Jack aceptó que lo sacaran de la habitación. En el estado en que estaba, era más un problema que una ayuda.

—¡Calma, hermano! —Donovan puso una copa en la mano del pobre hombre—. Esto calmará tus nervios —llenó la copa de un líquido carmesí. —¿Calma? —Se quejó Jack deseando darle una soberana patada a su mejor amigo—. Estás de broma, mi pareja está allí dentro —señaló la puerta cerrada del dormitorio—. ¿Es que no puedes escuchar sus gritos? —Es lo normal, asústate si lo dejas de escuchar. — Colocando la mano en su hombro, trató de transmitirle la seguridad que él mismo no sentía—. Ahora tómate eso. —Hizo un gesto hacia la copa. Jack le dedicó una larga mirada a la puerta cerrada y se crispó cada vez que escuchaba un gemido del amor de su vida. Se sentía como un maldito cobarde, de pie allí, temiendo desmayarse en cualquier momento. Kiria agradeció a su pareja que hubiera sacado de allí a Jack, él estuvo a menos de un minuto de levantarse y abofetearlo. Era ridículo ver como un alto y fornido hombre se ponía en ese estado solo por el nacimiento de un bebé, cosa que era algo totalmente natural. —Deja de refunfuñar —ordenó Evan entre jadeos—. Yo también estoy asustado, no intentarás abofetearme ¿o sí? Ahora que ambos habían compartido la sangre, los pensamientos podían fluir con claridad según fuera la intensidad de estos. Kiria le sonrió a sus hermanos. —Yo estuve cuando naciste, sé lo que hay que hacer…

Greyco entró con una bandeja llena de agua tibia y varias toallas. Shiro y Kamiko mantenían sus sentidos abiertos previniendo algún otro ataque, de pie a cada lado de la cama, eran como dos estatuas de alabastro. Era ahora que el Nido estaba realmente en peligro, la Madre no podría hacer nada estando en pleno parto. Fuera, Jack caminaba de un lado a otro, Donovan lo observaba sentado desde el cómodo sillón de la sala, estaba seguro de que su amigo iba acabar zanjeando el piso de su pequeño apartamento si seguía deambulando como un loco. —Ellos saben lo que hacen —repitió por quinta vez Donovan—. Si tu suegra ha tenido ciento un hijos es porque no debe de ser algo tal difícil. Como si el destino quisiera burlarse de la sabiduría de Donovan, un grito desgarrador salió del dormitorio, justo cuando Jack giraba el pomo de la puerta para buscar a su pequeño ángel caído, un llanto de recién nacido lo recibió. Era padre, por fin, tenía un hijo.

Fin

Proyectos futuros
RESUMEN
Un día genial… Tienes el trabajo por el que te quemaste las pestañas trabajando. Planeas una noche loca, llegas al club antes que tus amigos y te diviertes mientras los otros llegan. Lo que no mides es que le has gustado a uno de los hijos de la noche. Qué no se lo pensará dos veces para arrastrarte a su reino, quieras o no. Publicándose por capítulos en:

http://historiasdeamoryd eseo.blogspot.com/
RESUMEN
Cuando el amor se enfrenta a la venganza, el resultado es incierto. ultado Uno tiene demasiado sucias las manos y el otro es incapaz de gobernar su propia vida.

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Novela acerca de cómo el amor cambia las cosas. Un Elfo con un secreto, un lobo cambia-formas con mucho camino formas recorrido entre cuerpos y corridas con personajes anónimos. Ambos descubrirán que el amor es un asunto de cuerpo y de alma, algo para compartirse entre dos que sean amigos y amantes. Sólo el que ha amado ha conocido lo que es onocido realmente un beso.

Una pantera joven y un lobo con experiencia. Ambos se encuentran bajo el influjo de una noche de luna. Los instintos toman el control de los seres, llevándolos al frenesí del apareamiento. Después del placer viene la prueba que demostrara si merecen o no el regalo que el destino les ha dado.

Una historia que nos habla de que en la vida no hay finales, simplemente son nuevas comienzos.

ENTRE LOBOS Y VAMPIROS

David es la retribución de su aquelarre para con la ución manada de lobos. Kalep es enviado a recoger al chupasangre para llevarlo a su Alfa, lo que no espera encontrar es a un vampiro joven, con unos grandes ojos verdes capaces de tragarse al mundo. El resto de la historia, un escoger entre el deber y scoger el amor.

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