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~ LA LEYENDA DEL ARMA SAGRADA ~

Capítulo 5: "Vacaciones en Agres"

Me encontraba acostada en la cama de mi habitación, con las sábanas cubri


éndome por compelto la cabeza. Desde el incidente del otro día David ha e
stado llamándome por teléfono incesantemente.

- ¿Estaré volviéndome loca?-me decía para mí misma.

De pronto oí como llamaban a mi puerta.

- Cielo, David está al teléfono. ¿Te pones?- dijo mi abuelo desde la puerta si
n abrirla.
- No quiero hablar con él. Dile que estoy durmiendo o que no estoy, invénta
te lo que quieras-le dije sin moverme apenas.

El silencio invadió de nuevo mi habitación. Me sentía cansada, tanto físic


a como mentalmente.
A los pocos minutos la puerta volvió a sonar. Sin deir nada mi buelo abrió l
a puerta y entró sin hacer apenas ruido. Se sentó junto a mí en la cama y as
í se quedó, obervándome sin más.

-¿No vas a decir nada?-le pregunté ante aquel silencio.


-¿Y tú?- respondió él sin dejar de obervarme fijamente.

Bajé un poco las sábanas, sólo lo suficiente para verle el rostro a mi abuelo.

-¿Qué quieres que diga?-le pregunté.


- Podrías explicarme qué ha pasado con David. Desde el otro día que quedas
te con él has estado muy extraña- dijo él mirándome fijamente.

Bajé la sábana hasta la cintura y me quedé mirando mis pies.

-Simplemente no em apetece hablar con él.


-Claro. Quedas con él y cuando vuelves no quieres comer nada. Te tapas en
pleno mes de julio... Venga Irina que te conozco-me dijo él completamente
serio.

Me senté en la cama, apoyada contra el cabezal de ésta.

-Pasó algo y no me creyó-le dije con la mirada cabizbaja.


-No debes preocuparte por eso. La gente no va a creer siempre lo que les d
igas-me dijo mientras me cogía de la mano.
-Pero lo que ocurrió era cierto. Parecía una locura, lo admito, pero era comp
letamente cierto-le dije un poco alterada.
-Mira cielo, a veces la gente no puede creerse las cosas, aunque sean ciert
as. No por eso debes sentirte mal y apartarte del mundo-me dijo en tono com
prensivo.

Asentí con la cabeza. Tenía razón, pero aún así me sentía mal porque notab
a como si estuvies sola en aquellos momentos. No sabía lo que me estaba pa
sando y no tenía a nadie que me pudiese ayudar.

-Venga levántate, come algo y sal a despejarte un rato. Luego si quieres ya


hablarás con david, ¿vale?-me dijo mi abuelo tras acariciarme le mejilla de
forma dulce.

Asentí nuevamente y me levanté de la cama. Mientras mi abuelo se volvió a d


irigir a su despacho. Primero fui al cuerto de baño para lavarme bien la ca
ra. Con la cara aún mojada fui a mi habitación para vestirme. Abrí el armar
io y saqué unos pantalosnes vaqueros y una camiseta de tirantes azul.

-No me apetece arreglarme demasiado-dije mientras me ponía aquella ropa.

Terminada de evstir bajé a la cocina para comer algo. Cogí unas cuantas ga
lletas y me las comí rápidamente. Tras terminar de comer fui al despacho d
e mi abuelo.

-Abuelo voy a salir a dar una vuelta. Sólo me llevo las llaves de casa ¿vale?-
le dije desde la puerta.
-Muy bien. Ten cuidado- dijo él sin levantar la vista de sus libros.

Cogí las llaves que habían en el mueble de la entrada y salí a la calle para
despejarme un poco.
Caminaba sin rumbo fijo, intentando encontrarle alguna lógica razonable a
todo lo que me estaba pasando. Entonces vi a Silvia sentada en un banco de
un parque cercano.

-Ey cari-le dije acercándome a ella.


-Hola-dijo con un tono apagado.

Su mirada era muy triste, se notaba que tenía los ánimos por los suelos.
-¿Qué te pasa?-le pregunté mientras me sentaba a su lado.
-Nada. Absolutamente nada-decía ella totalmente afligda.

No era la primera vez que la veía así, a veces comenzaba a cuestionarse todo
lo que debería tener o ser por tener cierta edad. Siempre pretendía demostrar
que era independiente y capaz de vivir su vida sin sguir el ritmo de la soci
edad, pero al final se dejaba influir por ésta, llevándola a aquellos episodi
os de melancolía.

-No quiero que te rayes ¿me oyes?-le dije cogiéndola de la mano.

Unas pequeñas lágrimas intentaban emerger de sus ojos, pero ella hacía todo
lo posible para que no ocurriese. Nunca lloraba delante de nadie, siempre
haciéndose la dura, tan sólo recuerdo un par de veces que ha llorado delant
e de mí. A veces me da lástima el ver que reprime sus sentimientos.

-Es que no puedo evitarlo. Cuando veo a mis amigas, a la gente de mi edad co
n novio, piso y...-decía ella mientras seguía intentando aguantar las lágrim
as.
-Cada uno es como es. No debes mirar a la gente, sólo debes mirarte a ti mi
sma-le dije abrazándola.

Silvia me abrazó fuerte y dejó por fin que las lágrimas salieran. Cuando me s
oltó se secó las lágrimas.
-Uff, ya me siento mejor. ¿Y tú por qué tes estás rayando?-me preguntó ella
mientars terminaba de secarse las lágrimas.
-¿Yo?-le dije sin más.
-Vamos, que te conozco. Tienes cara de darle vueltas a algo, te lo noto.

Bajé la mirada. ¿Debía contarle lo que me estaba pasando? David no me crey


ó, ¿y si ella tampoco lo hace?

-Puedes contarme lo que sea-me dijo mientars me miraba fijamente.


-La verdad es que... no sé qué me pasa estos días. Intento buscarle una razó
n lógica pero no la encuentro-le dije con tono de preocupación.
-Pues no la busques.
-¿Qué?-pregunté extrañada.
-Sé que suena extraño viniendo de mí, pero deja de analizarlo todo. A veces
las cosas ocurren sin explicación-me dijo ella.
-Pero necesito buscarle un sentido a esto-le dije alterándome un poco.
-Dime, cuando encuentres la respuesta lógica que buscas, ¿resolverá lo que
te etá pasando?
Me quedé callada. No sabía qué contestarle. Si consigo saber qué me está p
asando, ¿eso hará que se detenga? No lo creo.

-¿Sabes qué es lo que necesitamos?-me dijo Silvia sonriendo.

Me quedé un poco desconcertada.

-¿Qué?-le pregunté.
-Necesitamos desconectar unos días. Tener unas vacaciones como dios mand
a. ¿Y si nos vamos a Agres?-me dijo toda ilusionada.

Agres, el pueblo natal de los padres de Silvia, situado en la montaña de la


Sierra Mariola en Alicante. Quizás sea el lugar que necesito en estos moment
os.

-Vale-le dije tras pensarlo unos instantes.

Así, tras hablarlo con isa y Vero, nos fuimos al día siguiente hacia Agres p
ara desconectar y disfrutar un poco de las vacaciones. Tan sólo las cuatro c
on el coche de Vero, disfrutando del paisaje rural y la música remenber sona
ndo en el radioCD.

-Ya estamos llegando-dijo Silvia después de hora y media de camino.

Pronto llegamos al pueblo. Se veía un lugar muy tranquilo, el típico pueblo


de montaña.

-Primero dejaremos las cosas y luego daremos un paseo por el pueblo-dijo S


ilvia mientars Vero terminaba de realizar la maniobra de aparcamiento.

Tras bajar del coche, sacamos la smaletas de éste y comenzamos a caminar ha


cia la casa de silvia. Hacía mucho calor, pero solpaba una brisa fresca que
ponía el vello de punta.
-Es aquí-señaló Silvia tras un breve caminar.
-Que chula-dijo Isa al ver la casa.

Nada más abrir la puerta había una escalera que conducía hacia la casa pro
piamente dicha. Ësta estaba estructurada con tres habitaciones, dos cuarto
s de baño, un salón-comedor, una cocina completamente equipada y un balcón
con una vista expectacular.
- Esta es mi habitación. Irina tú dormirás aquí y Vero e Isa en la de
matrimonio- dijo Silvia mostrándonos las habitaciones.

Entré en la que sería mi habitación. Tenía las paredes pintadas con un tono
lavanda muy suave, la cama, una mesita de noche y un armario empotrado for
maban el mobiliario de la habitación. Dejé la maleta en el suelo, al igual
que hicieron las demás en sus respectivas habitaciones.

-Bueno, priemro tendremos que ir a comprar. Luego ya haremos turismo-dijo


Silvia tras comprobar que no había nada en el frigorífico.

Cogimos los bolsos y nos dirigimos hacia la tienda para comprar algo. Duran
te el camino Silvia e Isa no paraban de decir burradas una detrás de otra,
como era de costumbre.

-Ah-suspiré al ver el espectáculo que estaban montando.

Todo era como siempre. Como si nada hubiese cambiado. Isa con sus locuras
y sus forma de hacernos reír. Era poco el tiempo que llevábamos en aquel
pueblo, pero ya me sentía más relajada, me sentía como siempre.
Tras llegar a casa de Silvia y guardar la compra Vero preguntó:

-¿Vamos a hacer algo ahora, no?


-Chiiiii. Vamos a dar una vuelta-dijo Isa en tono gracioso mientras abrazab
aa Silvia como si fuese una niña pequeña.
-Vale, vale. Vamos a dar una vuelta-dijo Silvia para apaciguay a aquellas do
s.

Las calles del pueblo eran estrechas y elevadas, por donde la mayoría de lo
s vehículos no podían acceder. Por todo el pueblo habían distribuidas unas
seis fuentes, cuya agua provenía directamente de la montaña.

-Esta es la plaza mayor, donde está el ayuntamiento-dijo Silvia mostrándonos


el lugar.

De repente Isa comenzó a reírse muchísimo.

-¿De qué te ríes?-le pregunté extrañada.


-De Silvi, parece una guía turística-decía ella riéndose.

No pude aguantar la risa ante aquel comentario y empecé a carcajada limpia


junto con Isa. Vero y Silvia nos miraban extrañadas y como si estubiésemo
s mal de la cabeza.
-¿De qué os reís?-preguntó Vero.
-De nadaaaaaa-dijimos las dos al mismo tiempo.
-Estáis como una cabra-dijo Silvia antes de darnos la espalda para continuar
nuestra ruta.

Estuvimos paseando por el pueblo hasta la hora de cenar.

-¿Qué os parece si hoy cenamos por aquí?-sugirió Silvia.


-Por mí bien-dije yo.
-Oki-respondió Isa.
-¿A dónde vamos?-preguntó Vero.

Silvia se quedó callada unas fracciones de segunda mientars pensaba el lugar


.

-Ya sé. Vamos al “Silver”-dijo Silvia de repente.

Así nos dirigimos hacia ese bar. Subimos las escaleras que conducían hasta
ese lugar. Nada más cruzar por la puerta toda la gente que había en el loca
l se nos quedó mirando. Habían muchas mesas vacías que podíamos haber utili
zado, pero el estar vigiladas por todos nos hacía sentir incómodas.

-¿Y si cenamos en la terraza?-nos murmuró Silvia.

Todas asentimos con la cabeza. Silvia se acercó a la barra. La gente continu


aba acechándonos con sus miradas. A los pocos instantes el joven que había d
etrás de la barra atendió a Silvia.

-¿Nos puedes preparar una mesa para cenar en la terraza?-le preguntó Silvia
al chico.
-Claro, en seguida-respondió él.

Inmediatamente nos condujeron hacia la terraza, preparándonos la mesa par


a cenar. Hacía un viento muy fuerte y helado. Aquella sensación me dio un
poco de miedo, porque parecía el mismo viento helado que siempre había s
entido durantes estos días.

-Jolin, que frío-dijo Isa tiritando de frío.

Al ver que ella también notaba aquel frío suspiré de alivio. Tan sólo era un v
iento frío.
Tras cenar volvimos a casa de Silvia. Las farolas alumbraban tenuamente, co
n una luz anaranjada, las calles solitarias del pueblo. Sólo se oían nuestr
as risas y disparates ocasionados por la bebida que habíamos tomado durante
la cena.
Al llegar a casa todas padecíamos de insomnio, así que nos sentamos en el s
ofá y empezamos a cotillear. Comenzaban así un sin fin de conversaciones ab
surdas sobre el origen del universo o de por qué espinete se ponía pijama p
ara dormir cuando siempre iba sin ropa. Pero por fin, el cansancio hizo inc
apié en todas nosotras.

-Será mejor que nos acostemos, que mañana hay que hacer senderismo y hay
que estar descansadas-dijo Silvia levantándose del sofá.
-Chiiiiii-dijo Isa bostezando.

Cada una se fue a su habitación entre risas y murmullos incomprensibles.


Estaba tan cansada, sin embargo no podía conciliar el sueño. Temía que si
em dormía volvería a tener aquellas pesadillas. Pero aunque intentaba mant
enerme despierta el agotamiento pudo conmigo.

-Irina, Irina.

Abrí los ojos sobresaltada al oír que alguien me llamaba.

-Vamos Irina. Despierta dormilona-dijo isa entrando de repente en mi habita


ción.

Suspiré de alivio al ver que era ella quien me llamaba. Extrañamente había
podido dormir toda la noche de un tirón, sin que ninguna de aquellas pesadi
llas me atormentasen.

- Venga vaaaaaaaa-decía Isa mientars me quitaba las sábanas.

Me quedé mirándola por unos instantes.

-¿Qué? ¿Te pasa algo?-me preguntó ella.


-No, no es nada-le dije sonriéndola.
-Venga vaaaa, que el desayuno ya está-me decía ella cogiéndome del brazo
para levantarme.

Tomamos un desayuno fuerte para coger energías, el día que nos esperaba ib
a a ser agotador.
-Subiremos al Monasterio-dijo Silvia mientras limpiábamos lo del desayuno
.

Nos preparamos los bolsos y nos pusimos en marcha hacia el monasterio. Desd
e el pueblo podía contemplarse la fachada de aquel edificio, cosntruído den
tro de la montaña, protegido por la piedra natural de ésta.
Al avanzar la cuesta se hacía más vertical, costando cada vez más el llegar a
nuestro destino.

-Que sed. ¿No hay por aquí alguna fuente?-pregunté casi sin aliento.
-Sí. Mira, allí delante hay una-me dijo Silvia señalándola.

Corrí hacia la fuente. El agua que emanaba de ella fluía muy fría e incesante
mente. Bebía y bebía para apaliar la sed. Isa al llegar a la fuente cogió ent
re sus manos bastante agua y se mojó toda la cara, así como la nuca y el pelo
.
Después de beber y refrescarnos subimos la última cuesta hacia el monasteri
o. Una verja de fierro forjado era la primera entrada a aquel lugar sagrado
. No sé qué me ocurrió pero me quedé paralizada delante de aquella puerta.
Sentía una extraña sensación que me recorría todo el cuerpo.

-¿Irina, estás bien?-me preguntó Isa.


Asentí sin más ante la pregunta de Isa. ¿Por qué me sentía de aquella maner
a? Todas entraron al monasterio. Al cruzar el umbral de la puerta sentí com
o si hubiese travesado una cortina de agua. Me quedé mirando extrañada toda
la puerta al sentir aquello.
Silvia y Vero se adelantaron hacia el altar para verlo de cerca, mientras vi
como Isa se quedaba atónita mirando una pared. Me acerqué hacia ella intrig
ada por lo que estaba viendo.

- ¿Qué miras con tanto detenimiento?-le pregunté dirigiendo mi mirada hacia


la pared que observaba Isa.

Pero no me respondía, seguía mirando fijamente aquella pared, como si se e


ncontrase ausente. La sacudí un poco al timpo que le preguntaba:

-¿Estás bien Isa?


-¿Qué? Ah, sí, no te había oído-dijo ella como si acabase de despertar.
-¿Seguro que estás bien? Te has quedado embobada mirando ese símbolo-dij
e mientras me acercaba un poco más a la pared.

En aquella pared había un extraño símbolo. Extendí mi mano, sentía la nec


esidad de tocarlo, era como si me llamase. De repente Isa me detuvo, cogi
endo muy fuerte mi mano.

- Será mejor que no toquemos nada. Vamos con Silvia y Vero-dijo ale
jándome de la pared.

Subimos al altar donde estaban las demás. Isa no dejó de coger mi mano.

- ¿Es bonito este sitio verdad?-dijo Vero girándose hacia nosotras- U


mm, ¿por qué le coges de la mano?-preguntó a Isa.
- Ah, es que casi se cae por ahí detrás-dijo Isa sonriendo.

Me quedé mirándola extrañada, ¿por qué estaba mintiendo? De repente sentí


un vuelco en el corazón, una voz que me llamaba:

- Irina, Irina.

Giré la cabeza hacia donde provenía aquella voz. Venía de aquel extraño sím
bolo. No dejaba de repetir mi nombre, una y otra vez. Solté la mano de Isa
y fui corriendo hacia la pared en donde estaba el símbolo. Isa se giró rápi
damente tras notar que soltaba su mano y fue detrás de mí.

- Me llama...-dije ante el símbolo.


- ¡Para Irina!-decía Isa poniéndose delante de mí.

Silvia y Vero corrieron hacia nosotras extrañadas por nuestro comportamien


to.

-¿Pero qué os pasa?-preguntó Silvia.


-Nada-dijo Isa cogiéndome del brazo y alejándome de la pared.

Me sentía como si acabase de despertar.

-Me duele la cabeza...-dije poniendo mis manos en la cara.

Isa se quedó mirándome por unos instantes. Poco después sin decir nada se
dirigió hacia Silvia y Vero para decirles que no me encontraba demasiado
bien y que debíamos regresar a la casa. Todo era tan confuso, ¿qué me ha
bía pasado en el monasterio? ¿Y el comportamiento de Isa?

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