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NOVOHISPANA PURÉPECHA
Carlos García Mora

UNA COMARCA

TSIMÁRHU
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NOVOHISPANA PURÉPECHA

UNA COMARCA

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NOVOHISPANA PURÉPECHA
Vista desde la sierra de Michoacán
Carlos García Mora

UNA COMARCA

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Transcripción, sin la bibliografía, del capítulo 6, titulado “La comarca novohispana purépecha”, del libro El baluarte purépecha 1ª ed. electrónica no venal para la Internet Tsimárhu/Estudio de etnólogos México 2012 © Derechos registrados por el autor http://carlosgarciamoraetnologo.blogspot.mx

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en Michoacán estuvo conformada por vastas redes sociales sustentadas en un pacto político original. El Puréecherio, en general, formó parte activa de ello participando en su composición. La sierra, en particular, lo hizo en una comarca donde se articuló la organización social con la estructura política, el sistema tributario y el comercio regional, junto con poblados, haciendas y ranchos españoles. Tal comarca integró a todos, sin dejar aislado a ningún asentamiento, algo que debe tener siempre presente el lector pues lo que aquí estamos tratando es una simbiosis. Aún más, esa madeja fue tendida en buena medida por el mismo pueblo purépecha, no sólo por el español, como podría suponerse si al segundo se le ve como conjunto conquistador y colonizador olvidando la alianza fundadora establecida entre ambos. Nada tan equivocado como la idea de un Puréecherio integrado por aldeas aisladas en territorios marginales. Todos, naturales, españoles y negros, con sus respectivos orígenes étnicos, participaron de una actividad económica enlazada en las rutas y relaciones comerciales regionales y suprarregionales. Una homogeneidad religiosa les proporcionó la coherencia ideológica necesaria. Siguiendo ese derrotero, el pueblo purépecha tendió parte de la estructura política, reprodujo sus bienes de subsistencia y elaboró productos para el mercado, pagó tributos civiles a las autoridades españolas y obvenciones y servicios al clero católico, proporcionó mano de obra, mantuvo interrelaciones con haciendas, ranchos y comerciantes españoles y practicó el cristianismo propio de todo el conjunto humano de la comarca.
a sociedad novohispana

* * * En un principio, los señores tarascos y su gente, de común acuerdo con funcionarios españoles de ocupación, montaron los cimientos de la nueva administración colonial novohispana. Para ello, tuvieron que someterse —tan pronto se consumó la invasión del territorio— a la
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división del tributo de su población entre algunos cuantos conquistadores hispanos, que lo reclamaron para su disfrute. Tal ocurrió cuando, tras entregarles su confederación en el siglo xvi, el clan uacúsecha renunció a la mayor parte del tributo, servicios y mano de obra —que le enviaban sus caseríos sujetos— y aceptó el reparto de éstos entre encomiendas españolas. De esa manera accedieron, como señores de un dominio derrotado, a que la Corona española repartiera el tributo de la sierra y de la tierra templada entre sus capitanes y soldados, quienes lo tomaron como recompensa de guerra. Por más que la antigua nobleza tarasca opuso algún tipo de resistencia, al perder la mayor parte de lo que recibía, terminó pagando el costo para mantener la vigencia de su mando por restringido que fuera. Por lo que hace a sus otras capacidades, puso al servicio de los nuevos conquistadores su aparato de recaudación tributaria, que siguió cumpliendo sus funciones ahora para los nuevos señores.1 Grosso modo, la encomienda fue una merced y una renta vitalicias que el rey español otorgaba como retribución privada a un particular, oriundo de la península ibérica, denominado encomendero. En un principio se otorgó de por vida, como derecho de los conquistadores y, con frecuencia, a sus herederos en sucesivas generaciones; pero después se entregó a otro tipo de colonizadores privilegiados, que ni siquiera participaron en la conquista. Tal concesión consistía en que la Corona le encomendaba a una persona el cuidado de un territorio conquistado y sus respectivos poblados y pobladores naturales avasallados, cuyos tributos —en dinero, especie y mano de obra— recibía a cambio; por lo tanto, sin adquirir derecho de dominio ni señorío sobre tierras ni trabajadores, los cuales fueron considerados libres. El encomendero debía respetar unidades políticas establecidas por los funcionarios españoles y cumplir con algunas obligaciones; una de las cuales era la de velar por el mantenimiento de la conversión cristiana de los tarascos, otra, la de tomar las armas en defensa de los dominios del rey español, cuando se producían rebeliones, bandolerismo y otros disturbios. Los naturales debieron lidiar con las autoridades políticas y religiosas españolas, con la nobleza antigua superviviente y con su encomendero. Ellos, que antes servían al irécha de Ts’intsúntsa, se vieron repartidos entre unos cinco o seis grandes encomenderos y, luego, entre sus descendientes. En la comarca xiquilpense resultaron divididos en tres encomiendas, que se repartían los tributos de sus poblados: Xiquilpan, Uruápani-Tsiróstu y Períwani-Tinkwíntini, con sus respectivos sujetos. Xiquilpan pasó a servir a un tal Leonardo, si bien en 1528 los pobladores huyeron por un tiempo de ese vasallaje. Tras reasentarse, sirvieron a Juan de Cuevas, antes de la llegada del primer virrey
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Antonio de Mendoza a la Nueva España en 1535. Luego se enteraron de que fueron dados en trueque por otra encomienda. En esas circunstancias fue que, entre 1546 y 1550, servían a Juan Infante, fraudulento y expansionista encomendero conocido por sus pleitos con el obispo Vasco de Quiroga desde 1539. Pero en los años cincuenta, Xiquilpan había pasado a servir a la corona española, librándose por fin de los encomenderos.2 Uruápani, Tsiróstu y varios poblados serranos tributaron a Francisco de Villegas, a quien el último irécha de Ts’intsúntsa enfrentó —en un pleito judicial durante el año 1529— para defenderse de la acusación que le hizo de interferir en la operación de las encomiendas y de ser responsable de la muerte de varios españoles. Luego, le sirvieron a su hijo del mismo nombre y lo seguían haciendo en 1560 y, al menos, Uruápani en 1565.3 Los poblados purépechas de las zonas de Períwani y Tinkwíntini se vieron encomendados, en su inicio, a Alonso Izquierdo. Los segundos, siguieron bajo encomienda desde aquella época hasta los años cincuenta y, los primeros, lo continuaron estando alrededor de 1657, tras una larga y accidentada serie de sucesiones.4 Por fortuna, el paulatino declive de las encomiendas permitió a las repúblicas purépechas contar con mejores condiciones para su desarrollo, ya que se fueron deshaciendo de la supervisión de sus encomenderos y sus familias que, a pesar de estar ausentes, se entrometían en la comarca a través de sus mayordomos y recaudadores. De modo que, al desplazarse la injerencia de los encomenderos en varios ámbitos de la vida pública y debilitarse su poder, ganaron en autoridad los funcionarios novohispanos y prevaleció como división territorial el basado en las administraciones políticas. En realidad, cuando la consolidación del imperio español en América requirió organizar a sus reinos y provincias, con el criterio de un Estado, la Corona dispuso disolver de los intentos de revivir el feudalismo en América, como hubieran deseado los encomenderos que, de haber podido, habrían convertido en feudos los territorios y los poblados a ellos encargados. A pesar de que, con el tiempo, las repúblicas se fueron liberando de los encomenderos y pagaron sus tributos a la Corona española, a veces denunciaban las imposiciones que padecían. Todavía en el siglo xviii, los naturales acusaron a un hacendado de la jurisdicción anexa de Tinkwíntini por avasallar su mano de obra.5 Al rendir tributo como vasallo, el pueblo purépecha lo hizo en reconocimiento de la señoría de dicha Corona y aceptando la pertenencia de su territorio al Imperio Español, al cual debía sustentar.6 Por consiguiente, la encomienda, el tributo en especie y el otorgamiento de mano de obra facilitaron el establecimiento de un sector español que, por ser descendiente de los conquistadores ibéricos o por desemhttp://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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peñarse como funcionarios en la comarca, daban por entendido que, sólo por eso, debían recibir pagos y fuerza de trabajo de los naturales purépechas. Los españoles se consideraron señores del territorio, por haberlo ganado luchando con las armas en la mano, por lo cual dieron por hecho que los habitantes les debían servidumbre, actitud que sus herederos mantuvieron muy interiorizada. No obstante que el pueblo purépecha nació con dignidad y prestigio, fue resultado de un acuerdo original que colocó a los conquistadores hispanos en el estrato étnico hegemónico. A cambio, el pueblo recibió “la concesión” de tierras en propiedad comunitaria, a diferencia del mero usufructo que en la antigüedad sus señores le concedían. Eso arraigó su vasallaje en las relaciones sociales y la cultura comarcal, por un tiempo prolongado, con las consecuencias respectivas. Se mantuvo vigente la idea que venía de Castilla, según la cual “no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor natural”.7 Por eso, el común del pueblo tenía la obligación de trabajar sin salario para servir a los encomenderos, pero luego el resto de los españoles lo presumieron como algo generalizado en la relación entre ellos y la gente de los poblados campesinos. Prevaleció, en la conducta y el protocolo social, que un blanco tuteara a cualquier purépecha sólo por el hecho mismo de ser “natural”, mientras él recibía trato de “señor” o de “don”; al tiempo que se sentía con el derecho de mandarlo a hacer un mandado, fuera o no su sirviente, sin darle retribución alguna. Entre los terratenientes, esto se percibió con más claridad. Aun a principios el siglo xx, los descendientes de los españoles criollos arraigados siguieron actuando y tratando con el pueblo como si aún estuviera vigente esa sociedad y cultura novohispanas.8 Tal comportamiento lo reforzaron una buena parte de los españoles al apropiarse de tierras, que luego reclamaron como suyas por derecho propio; y aún de la memoria y de los símbolos regionales. Algunos se unieron a mujeres del país, que a veces eran hijas de principales. Esa fue la manera en que se americanizaron haciéndosen españoles de la tierra o propios de ella, es decir, se hicieron “criollos”. Ya hablaremos de ello más adelante con mayor detenimiento; en el ínterin, preguntémonos a qué punto esto perduró en la sociedad y la cultura del sector de los encomenderos, sus familias, sus socios, sus sirvientes y los herederos de todos ellos. * * * Las repúblicas purépechas fueron aliadas del proyecto imperial, al coadyuvar en la institucionalización de la administración colonial, en la
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cual ellas desempeñaron un papel, en los poblados de naturales. Entre otros factores, desde un principio, eso tuvo sentido porque la caída del dominio uacúsecha favoreció a los señores locales, jefes de clanes y linajes subordinados, quienes lograron recuperar cierta posición a cambio de servir al naciente imperio español. Convertidos en autoridades de entidades con relativa autónomía, cristianizándose y sirviendo al rey de España, pudieron deshacerse del yugo uacúsecha y supervivir a la depredación que emprendieron algunas bandas españolas, que llegaron para “hacer su América”. Ello acrecentó la eficacia de la colaboración de dichos señores con el imperio español, en los reasentamientos donde se fundarían las futuras repúblicas purépechas, para erradicar los privilegios de la vieja nobleza tarasca y de los conquistadores y encomenderos españoles, construyendo en su lugar las modernas comarcas coloniales novohispanas. Este proceso dio paso a la administración territorial específicamente política, que autoridades purépechas y funcionarios españoles establecieron. * * * En la antigüedad, la porción oriental de Xiquilpan —o Wánimpa en purépecha— y el área vecina de Tinkwíntini formaron una unidad: Tarhékwatu o Tepehuacan, con un gobernante sujeto al irécha de Ts’intsúntsa.9 En efecto, con todo y las unidades políticas menores, la confederación tarasca mantuvo sujetos a los poblados que, en el siglo xvi, quedarían integrados en la comarca xiquilpense. Tras sucumbir a la conquista española, la comarca novohispana de Xiquilpan se constituyó en la orilla noroeste de la provincia de Michoacán, al principio como corregimiento sufragáneo del alcalde mayor de dicha provincia y en 1545 de Colima, pero pronto fue reincorporado.10 En ese mismo siglo, su corregidor también administró las zonas vecinas de Tarhékwatu y Períwani, las que le disputó al corregimiento de Tancítaro, al que venció en 1583.11 A mediados del siglo xvi, Xiquilpan fue cabecera con dos barrios en su jurisdicción inmediata. Períwani comprendió cuatro y como subcabeceras a las estancias Xarátanku, Charápani y Atápani (ésta con dos barrios). Tinkwíntini fue cabecera con corregidor y un solo barrio y Tarhékwatu tuvo dos barrios.12 En el año 1565, Xiquilpan, Chokántirani Tinkwíntini y Períwani eran cabeceras.13 En 1589 se agregó Tarhékwatu para constituir una sola unidad. En aquel tiempo, Xiquilpan comprendió cuatro estancias;14 Chokántirani Tinkwíntini, once poblados;15 Tarhékwatu, sólo tres16 y Períwani, doce sujetos.17
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En 1604 se anexó por corto tiempo la comarca vecina de Mazamitla y Quitupan, pero luego se reintegró a su anterior jurisdicción.18 Al menos hasta 1631, Xiquilpan,19 Tarhékwatu,20 P’atámpani,21 Períwani22 y Tinkwíntini,23 siguieron siendo cabeceras; Charápani —antes dependiente de Períwani— lo fue por breve periodo, pero sin sujeto alguno.24 Después de 1640 o 1650, Xiquilpan se convirtió en alcaldía mayor y su magistrado en alcalde mayor,25 dividiéndose en una época su territorio en dos partes, sobre una de las cuales tuvo jurisdicción Tinkwíntini (considerado corregimiento desde 1536, al igual que Períwani). Con todo, de algún modo, Tinkwíntini estuvo subordinado a Xiquilpan.26 Por lo regular, Xiquilpan, Períwani y Tinkwíntini —con sus respectivas subcabeceras y sujetos— formaron una unidad denominada en español: “alcaldía de Xiquilpan y Peribán con su agregado de Tingüindín”.27 Su delimitación fue imprecisa y varió con el tiempo, pero esas cabeceras tuvieron siempre cierta categoría política en la comarca. En el siglo xviii, Tinkwíntini terminó sumándose en definitiva a dicha alcaldía mayor.28 Por ello, en el año 1725, la jurisdicción ya era llamada por los funcionarios españoles: “Tingüindín, Xiquilpan y Peribán“, enumerando sus principales cabeceras.29 Alrededor de 1740, Tinkwíntini y sus poblados continuaban atados, por lo regular, a Xiquilpan y Períwani.30 A cambio, el alcalde mayor llegó a residir en Tinkwíntini pues, dada su cercanía relativa con Períwani, se le facilitaba atender los asuntos de su competencia. A su vez, Períwani tuvo la prioridad cuando residió allí el alcalde mayor (ca. 1740), quien nombraba teniente general para Tinkwíntini.31 Es decir, la sede política dominante era aquella donde residía el alcalde mayor, lo cual varió de tiempo en tiempo. Esta jurisdicción debió transformarse en subdelegación alrededor de 1786, pero siguió denominándose alcaldía por un tiempo más. 32 Ayuntamientos se establecieron muy tarde en Xiquilpan y subalternamente en Tinkwíntini, Los Reyes, Cotija y Períwani.33 En 1789, Xiquilpan había vuelto a ser cabecera pues en ese lugar residía su alcalde mayor. Períwani y P’atámpani albergaban cada uno a su respectivo teniente de alcalde mayor (el segundo tenía a su cargo a Úkumichu y Charápani). En aquellos días, Tarhékwatu era cabecera de San Ángel.34 Xiquilpan acabó por convertirse en subdelegación de la intendencia de Valladolid al terminar el siglo; por consiguiente, su alcalde mayor fue sustituido por un subdelegado.35 En el siglo xix, luego de independizarse la Nueva España, la comarca se transformó en un partido cuya cabecera quedó en Jiquilpan, que en 1822 contaba con ayuntamiento constitucional.36 Peribán y
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Tingüindín perdieron su anterior categoría. Con posterioridad se dividió en varios distritos, siendo Jiquilpan cabeza de uno de ellos; separándose Peribán y, por fin, los poblados purépechas de la sierra de Michoacán, los cuales pasaron a organizarse en municipios que formaron parte de distritos disímbolos. Con ello terminó la historia de la vieja comarca novohispana.37 Las cabeceras de esos distritos se extinguieron, como tales, en el siglo xx, con lo cual sus municipios pasaron a ser independientes; pero ni con eso los poblados purépechas lograron recuperar su anterior autonomía. Por lo demás, Michoacán fue una provincia del enorme imperio español, sección tanto de la Nueva España como de esa unidad mayor.38 En este libro se ha desistido de estudiar las repúblicas purépechas en ese contexto más amplio, pero debe estar presente en la mente del lector evitando la mera visión comarcal, a la que aquí se ha tenido que limitar para percatarse de los rasgos generales del pueblo purépecha en el pasado de San Antonio Charápani. Con todo, un aspecto es ineludible: el ya mencionado carácter de sociedad tributaria sujeta al imperio español. * * * Si el tributo ligó los señoríos tarascos a las casa gobernantes, el clan Wakúsï en Ts’intsúntsa señaladamente, asoció luego las repúblicas purépechas a la casa reinante de la dinastía Habsburgo en España. En efecto, Wánimpa (Xiquilpa) estuvo sujeto al irécha uacúsecha de Ts’intsúntsa en la antigüedad,39 tributándole maíz y chile que entregaban al señor que le designó para gobernarlo en el siglo xvi.40 Chukántirani-Tinkwíntini, otro sujeto al irécha, le tributó mantas, guajolotes, venados y maíz.41 Períwani: maíz, guajolotes, venados, conejos y ollas.42 Tarhékwatu: frijol, maíz, mantas y otros productos.43 Con posterioridad, al acogerse a la política de protección adoptada en el imperio español para fijar el tributo, las repúblicas de los naturales salvaguardaron su presencia y su patrimonio en tierras de comunidad. En consecuencia, el pago del tributo fue una de sus principales relaciones con la Corona española. Asimismo estaban obligadas a sostener y prestar servicios al clero católico mediante tasaciones y obvenciones.44 El tributo lo pagaron en especie y en servicios a un encomendero o a la corona española, en el siglo xvi, pero al mediar este siglo, ya sólo pagaron lo primero y dejaron de prestar servicios personales.45 Xiquilpan, Períwani, Xarátanku, Charápani, Tinkwíntini, Atápani y Tarhékwatu tributaban variados productos y dinero en periodos difehttp://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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10. L a b o r e s , e s ta n c i a s y t r a p i c h e s e n L a s i n m e d i a c i o n e s p’ atá m pa n i , p e r í wa n i y t i n k w í n t i n i (1631) Pueblos P’atámpani Períwani Labores y estancias Dueño(s) Labor Trapiche Hacienda Hacienda nueva Trapiche Tinkwíntini Labor Wáskarhu Estancia Tokumpo
Francisco rivera y pareja y otros 1631-65 (ed. en 1973: 120, 187, 189 y 190)

de

Productos 100 fanegas de maíz

Ganados

Gregorio de Aviña Garci Álvarez Corona Fernando de Herrera Pedro de Cuevas Alférez Tomás Treviño Francisco Manzo Andrea de Luna Alférez Tomás Treviño y Domingo Hernández Lucían de Espinosa Bonifaz Diego de Oceguera Coronado Orden jesuita Francisco de Cueva Suegra de Fco. de Cueva Juan Alonso Martín Juan de Contreras

1 000 panes de azúcar y Cría de mulas algunos melados Cría de mulas Azúcar Maíz 300 fanegas de maíz 300 fanegas de trigo Queso 500 reses Cría de mulas

Herraje de 300 becerros Herraje de 60-70 becerros y 20 potros y potrancas

Estancia La Laguneta Estancia Ayu[m]pani Estancia Cotixa Estancias El Flechero y La Magdalena Xiquilpan Estancia Kitupa Estancia Labor en Mazamitla Hacienda nueva

300 fanegas de maíz

2 000 fanegas de maíz

Herraje de 150 becerros, 80 potros y potrancas y 8-10 mulas Herraje de 110 becerros, potros y potrancas 200 becerros más de Garci Álvarez Corona Cría de ganado vacuno, ovino, equino y porcino Herraje de 500 becerros Herraje de 70 becerros

300-500 fanegas de maíz Maíz y trigo

rentes, cada veinte, cuarenta u ochenta días.46 Encima, debían sembrar sementeras de maíz, curar morales, herrar, dar de comer al “calpisque” o recaudador del encomendero, por lo general español, enviar naturales “de servicio” y entregar otras “menudencias”.47 La carga, nada pequeña, les implicaba un esfuerzo significativo considerando la población tan reducida de la que disponían. En el año 1560, Tinkwíntini y Takátskwarhu pagaron con maíz los 500 pesos en que fueron tasados. En 1579, Chokántirani Tinkwíntini tuvo que vender maíz, frijol, trigo y seda, para pagar en reales su tributo al encomendero Antonio de Luna de Villalobos.48 Encima, las repúblicas por fuerza proporcionaban mano de obra para edificar templos católicos. En 1580, cuando la fábrica de la iglesia de Zamora se interrumpió por falta de trabajadores, las repúblicas de Xiquilpan tuvieron que proporcionar brazos, pero lograron que se les pagara el jornal y el viaje de ida y vuelta.49
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Ese año, los naturales de Períwani se quejaron del corregidor de Xiquilpan pues, cada vez que llegaba a visitarlos y pernoctaba alí, tenían que procurarle sustento a él y a sus acompañantes. En tales ocasiones se veían forzados a entregarle gallinas, miel y maíz, aparte de de prestarle servicios, todo sin pago alguno y sufriendo agravios y vejaciones.50 * * * La convivencia e interrelación de las repúblicas purépechas con los hacendados y los rancheros españoles fue mucho más duradera, que la que tuvieron con los encomenderos. Como en otras comarcas, cuando la población de los antiguos señoríos se redujo en nuevos centros de población y los señores tarascos perdieron el control de sus antiguos dominios, sus usufructuarios los dejaron en abandono relativo o quedaron lejos de su cuidado, al abandonar sus casas dispersas que en esos territorios tenían. Esto, junto con otros factores, les hicieron perder algunas de sus tierras, no pudiendo evitar que se las adjudicaran hacendados, ganaderos y azucareros españoles, para explotarlas con mano de obra negra y natural.51 No obstante, en la sierra de Michoacán, los purépechas mantuvieron sus tierras lejos del interés de los agricultores y ganaderos españoles; excepto de manera indirecta en el siglo xviii, cuando alquilaron sus pastizales a varios estancieros para que llevaran su ganado trashumante.52 En cambio, en 1631, los naturales habían ido perdiendo parte de las tierras bajas aptas para la agricultura comercial en las inmediaciones de Xiquilpan, Períwani, P’atámpani y parte de Tinkwíntini, las que pasaron a manos españolas que se habían hecho de labores, estancias, haciendas y trapiches (éstos últimos con mano de obra esclava). Algunas de esas labores las explotaron frailes agustinos y jesuitas. Por lo general, los españoles tuvieron gran actividad en tierras cercanas a P’atámpani, Períwani y Tinkwíntini. En ellas producían maíz, trigo, azúcar, melados y queso; además de criar y herrar ganado equino, vacuno, ovino y porcino. Sin embargo, cuando algunas unidades agroganaderas y azucareras españolas prosperaban, otras vinieron a menos, como fue el caso de la hacienda ganadera de Pedro de Cuevas, en decadencia aquel año.Tbl. 10 En 1727, la hacienda y el trapiche El Salitre se entreveraba entre los poblados de los naturales (Tinkwíntini, Atápani, Sikuíchu y Tsákani). Su dueño, Domingo de Rebollar, se introducía en sus tierras con su ganado, talaba sus montes y les disputaba el agua del río Tsirápu. El hacendado, quien a la vez poseía las haciendas de La Concepción y Las Ánimas, cometía numerosas tropelías contra las familias de Atápani, que mantenía avasalladas. Obligaba a sus hombres a trabajar en el corte y acarreo de la caña de azúcar, la molienda y otras labores,
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a las cuales eran llevados atados por los criados del hacendado, quienes los maltrataban con azotes inclusive. Esto dio motivo a un largo pleito legal, que el alcalde y los oficiales de su república emprendieron desde 1718, prolongándose por lo menos hasta 1732.53 La zona circundante de Xiquilpan vió proliferarar las haciendas dedicadas a la cría de ganado vacuno y en tierra caliente las que cultivaban caña de azúcar.54 La ganadería fue suspendida cuando se abandonó la hacienda El Monte, entre 1625 y 1791, y los animales quedaron a su suerte haciendo vida salvaje. Con posterioridad, Victorino Jasso —célebre y riquísimo hacendado, empresario y comerciante a gran escala mediante una impresionante red a lo largo de la Nueva España— tomó posesión de ella y la repobló con españoles arrendatarios, fundadores de las rancherías de la zona próximas a la hacienda Guaracha.55 En 1743 se legitimaron las propiedades de Juan de Salcedo y Jerónimo de Andrade, localizadas en las inmediaciones de Xiquilpan y en varios otros puntos del obispado de Michoacán.56 Es decir, grandes propietarios —que no siempre vivían en la comarca— eslabonaban sus tierras en ésta con otras fuera de ella, por lo que intereses económicos suprarregionales llegaron a tener control agrario en la alcaldía xiquilpense. De entre esas propiedades, la hacienda Guaracha tuvo especial importancia. Dedicó su producción al alimento de sus peones naturales y, desde principios del siglo xvii, de sus esclavos negros, y a surtir ciudades como la villa de Zamora, su principal mercado, entre tanto sus rancherías cultivaban maíz. En 1711, esta hacienda —junto con las de Cojumatán y El Monte— fueron rematadas al capitán Fernando Antonio Villar Villamil, iniciando su expansión a costa de tierras de comunidad. En 1783 fueron de nuevo rematadas, esta vez a Manuel Esteban de Anaya quien, al serle imposible saldar las hipotecas que recaían sobre éstas, quedó como simple arrendatario y cedió sus derechos a Domingo de Madariaga, comerciante vecino de México, quien murió en 1789 heredando las haciendas a su hermano Pedro y a Ramón Goicochea. En ese año, Guaracha estaba poblada de arrendatarios españoles, mulatos y “varios” naturales como servidumbre. O sea que, algunos de éstos últimos trabajaron para las haciendas, pero competían con trabajadores foráneos, en particular negros.57 La propiedad de Guaracha contaba con caballos y nueve mil reses, y tenía siembras de maíz cultivado en las rancherías. Los arrendatarios de éstas, “los guaracheros”, emigraban con cierta periódicidad a trabajar como operarios en los trapiches de azúcar, para complementar sus ingresos.58 Esto ocurría porque las haciendas de trapiche requerían mano de obra temporal, la que obtenían de las rancherías españolas de la hacienda Guaracha, el poblado Períwani y otros lugares de la alcaldía.59
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Gabriel de viLLegas y Antonio de oLivera 1727 (en agn 1727)

Fig. 1. Los poblados Sikwíchu, Tinkwíntini, Atápani y Tsákani; la hacienda El Salitre; las tierras circundantes, árboles y plantas; el río que cruzaba tras su nacimiento en la sierra; el cerro Los Ocotes; la lomaVerde; el puesto Sirápo; el sitio donde la hacienda sacaba agua del río y las distancias en leguas, según un mapa de 1727. El dibujante colocó el Oriente arriba y el Norte a la izquierda.

Un año después, las haciendas Guaracha fueron rematadas otra vez, a petición de sus acreedores, pasando a manos del ambicioso Francisco Victorino Jasso, quien repobló y deslindó sus tierras entablando pleitos acerca de los límites con el propietario de las haciendas Toluquilla y Tizapán. Jasso promovió una colonización y expansión españolas en gran escala creando una zona de protección al erigir y arrendar puestos y caseríos en los límites de la sección montañosa y fundando las poblaciones La Rosa y La Estancia del Monte con españoles criollos de Xiquilpan, Sahuayo, Cotixa, Tangancícuaro y Zamora.60 En fin, las comunidades agrarias de las repúblicas purépechas, en tierra templada, enfrentaron la proliferación y progreso de esos ranchos, haciendas y trapiches españoles, que les disputaron tierras, montes y aguas.61 En comparación, las repúblicas de la sierra vivieron con menos intromisiones, remontadas —como estaban— en tierra fría lejos del acoso de esos prósperos y agresivos terratenientes españoles.
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11. p r o d u c t o s Pueblos Úkumichu

de Los pobLados en eL corregimiento de

X i q u i L pa n (1579)

Área climática Fría

Productos y recolección Fruta Aguacate Magueyes Vigas Fruta Fruta Nuez “Bastimentos” Fruta Maíz Frijol Fruta Fruta Fruta Fruta Fruta Frutas Tuna Trigo y otras semillas Haba Verdura 1 Fruta Nuez Maíz Frijol Trigo Cebada Chile Caña dulce Tomate Fruta, aguacate Tuna Fruta Nuez Verdura Hierbas medicinales 1 Pescado blanco Trigo Fruta Verdura

Artículos con que comerciaban Mesas, cajas y sillas Manufacturas de madera para españoles “ “

Yopen P’atámpani San Ángel San Juan Charápani Santiago San Miguel Apéenkene Santa María San Miguel Santa María Tarhékwatu

Fría Fría Fría Fría Fría Fría ¿? ¿? Fría Fría [Templada]

“ “ Haba Otras semillas

Aguacate Aguacate Raíz blanca Aceite de oyamel Seda Gallinas Verdura Fruta Aguacate Hierbas medicinales Aves Ganado menor Productos de maguey Caña dulce Mesas, cajas y sillas Aguacate Aceite de oyamel Vigas Tablones de madera para cajas y mesas Aguacate Seda (obtenida por algunos de sus caseríos sujetos) Sal de Colima Maíz Frijol Trigo Seda Sal de Colima Maíz, chile, frijol y otras semillas para poblados vecinos Productos de maguey Manufacturas de madera Artículos de madera para españoles Sal de Chilatlán, Jal.

Xiquilpa(n) (Wánimpa)

Templada

Sepines Chokántirani

Templada [Templada]

Períwani
Francisco mediniLLa aLvarado 1579 (ed. en 1944: passim)

Templada

San Francisco Atápani San Gabriel San Rafael San Pablo

¿? Templada Caliente ¿? Caliente

Fruta Fruta Miel Fruta Caña de azúcar Fruta Caña dulce Fruta Caña dulce

Aguacate Aguacate Aguacate Aguacate Aguacate

Sal de Chilatlán, Jal. Maíz Frijol Chile Fruta Miel Seda

1

Denominadas wakáteni, “arajen”, kiríkwa y “tepare”.

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Empero, si en general las repúblicas serranas lograron preservar sus tierras agrícolas, las pastales llegaron a ser controladas en cierta medida por arrendatarios españoles, quienes usufructuaron al mismo tiempo — mediante arriendo— las de varias repúblicas purépechas, para llevar sus haciendas volantes de borregos. Grandes hatos, que pasaban de los pastos de una comunidad a otra, articularon franjas completas de territorio purépecha en la sierra.62 Luego, los movimientos independentistas —entre 1810 y 1821— arrasaron con las haciendas, verdaderos símbolos oligárquicos. El famoso latifundista Jasso tuvo que huir de Tangancícuaro y refugiarse en México, pero terminó asesinado en 1811.63 Otras grandes explotaciones experimentaron los efectos posteriores. En 1823, las haciendas de tierra templada y caliente —dedicadas a la siembra de caña dulce y su molienda en trapiches— vieron destruir sus molinos. Los ranchos de arrieros, dedicados a la cría de ganado y al cultivo de maíz, perdieron su ganado; con todo, unas 20 haciendas lograron mantenerse.64 En el resto del siglo xix, lograron recuperarse. En 1873, la hacienda Guaracha había vuelto a prosperar levantando una buena producción de maíz y trigo.65 Por aquel tiempo, también trabajaban sus tierras la hacienda Lagunita en Jiquilpan, varias haciendas y ranchos en Cotija, las haciendas Ayumba y La Magdalena en Tingüindín, y Guaracha y El Platanar en Guarachita.66 El desarrollo agrario purépecha se diferenció del de las regiones de beneficio agrícola español, pero sin desarticularse de ellas. Vecinas pero separadas, separadas pero relacionadas. * * * Por su parte, los poblados de las repúblicas purépechas tuvieron una activa vida productiva para su sustento y para el abasto de la sierra y regiones circundantes. En 1579, la actividad económica —en la ya bien consolidada comarca xiquilpense— incluyó productos vegetales y animales de tierra templada y fría, y varias manufacturas, así como comercio de semillas, chile, sal, miel, seda en poca cantidad, ganado y objetos de madera. Los pobladores se dedicaban a la agricultura, la fruticultura y la horticultura; sembraban maíz, frijol, trigo y otras semillas; verduras, magueyes, caña dulce y árboles frutales; a más de sembrar y recolectar hierbas, raíces medicinales —como la raíz blanca o “de Michoacán” utilizada como purga para curaciones— y “aceite de abeto” extraído de árboles de oyamel para curar “pasmos”, “fríos” y otras enfermedades La fruta de la tierra y “de Castilla” obtenida en la comarca de Xiquilpan era variada debido a su diversidad climática: higo, granada,
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12 . p r o d u c t o s Poblado Sikwíchu P’atámpani

en La jurisdicción de

(ca . 1740)

p e r í wa n i Otros

Cultivos
t i e r r a

Artesanías Escultura Alfarería: búcaros para beber, tinajas y alcarrazas Jícaras pintadas Pescado
f r í a

Labranza
t i e r r a

José Antonio viLLaseñor y sánchez 1746-8 (reed. en 1952, ii: 100-4)

Takátskwarhu Períwani Wáskarhu Takúmpu Cotixa Atápani Kamáta

t e m p L a da

Trigo y maíz Trigo y maíz Semillas Trigo y maíz Fruta Trigo y maíz Caña de azúcar
t i e r r a

c a L i e n t e

Pescado Ganado mayor

13. p r o d u c t o s Poblado P’atámpani Charápani San Ángel Úkumichu Tarhékwatu

e n L a a L c a L d í a m ay o r d e

X i q u i L pa n ( 178 9) Manufacturas “Aguas nevadas” Loza Rosarios de madera Tejidos de manta de algodón Zapatería de vaqueta Curtiduría Mantas de algodón Charape Costalería Aparejos de pita “Cordones de san Francisco” Ninguna Azúcar y piloncillo (en haciendas de trapiche)

Durazno Nuez de castilla Durazno Nuez de castilla Maíz (para autoconsumo)
t i e r r a

t i e r r a

Cultivos

f r í a

Maíz (para autoconsumo) Maguey Durazno

t e m p L a da

Xiquilpan San Juan Períwani San Francisco Períwani
1789 a: passim

Los Reyes

Maíz (para autoconsumo) Maíz (para autoconsumo) Maíz (en tierras de regadío) Trigo (en tierras de regadío) Caña dulce

agn

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uva, durazno, membrillo, nuez, manzana, naranja, lima, cidra, limón, guayaba, capulín, guamuchil, cereza (xénhua), pera y plátano. Igual ocurría con la verdura: col, cebolla, rábano, bledo, hortalizas, lechuga, nabo, chayote y zanahoria.Tbl. 11 A lo dicho se sumaba la extracción o elaboración de seda, miel, aceites y madera en tablones para la fabricación de muebles, cajas y vigas. Criaban aves y ganado menor. Traficaban con sal de las salitreras de Colima y Jalisco, una actividad importante de antigua tradición; con ganado vacuno, que se vendía a México y Querétaro; con semillas, fruta, chile y miel, entre los poblados vecinos; y con productos de madera, vendidos por los naturales a los españoles.67 Poco después, en el año 1586, en la tierra templada, Xiquilpan seguía produciendo aguacate y fruta: naranjas, cidras, limas, limones, plátanos y otras propias de ese clima. Cerca, en Mazamitla, se producía o sacaba miel blanca y se criaban o cazaban una especie de martas con cuyo cuero se hacía ropa. En Períwani crecían frutales: plátanos, limas, naranjos, manzanos, granados, membrillos y otros de tierra caliente; y se elaboraban rosarios, macetas “de sellos”, dedales, báculos, jícaras y escritorios. En un valle cercano se daban fruta, trigo de temporal y cañafístola; se extraía raíz blanca de Michoacán; se contaba con ganado vacuno y se explotaba una mina de yeso blanco.68 En la sierra, la producción artesanal especializada de los poblados purépechas fue característica desde ese mismo siglo. Tal fue el caso de la elaboración de loza en Patámbani; de la alfarería, la curtiduría de pieles y la zapatería en Úkumichu; y de la talla de madera y obrajería en Charápani.69 Durante el siglo xviii, numerosos poblados cultivaron trigo, maíz y otras semillas en sus tierras agrícolas, fruta en sus huertas y, los que tenían el clima adecuado, caña de azúcar.70 Takúmpu y Kamáta pescaron. Éste último se complementaba criando ganado mayor.Tbls.12-3 Xiquilpan hizo rebozos;71 Períwani, jícaras; P’atámpani, alfarería; Sikwíchu, esculturas (“aunque [sus escultores] mal enseñados e instruidos en el arte”); Tarhékwatu, costalería, aparejos de pita, “cordones de san Francisco” y charápi; San Ángel, zapatería de vaqueta; Úkumichu, curtiduría, zapatería de vaqueta y mantas de algodón; P’atámpani, “aguas nevadas” (obtenidas de un cerro que se cubría de nieve entre noviembre y febrero); Charápani, rosarios de madera y tejidos de algodón; y Los Reyes, azúcar y piloncillo.Tbl. 13 Al año de la independencia de la Nueva España se continuaba cultivando maíz, trigo, frijol y chile en chilares de riego, amén de maguey, caña de azúcar y árboles frutales. Seguía criándose ganado, produciéndose azúcar y miel y cortándose madera. Se curtía cuero y se manufacturaban petates, tejidos de algodón (mantas, pañetes y jergas), sarapes de lana, jarcia, fustes de madera, loza ordinaria, búcaros,
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14 . p r o d u c t o s Poblados Productos agropecuarios Maíz Madera

e n e L pa r t i d o d e

j i q u i L pa n (1822) Otras actividades

Charapan Patamban Ocumicho

Pamatácuaro Madera Sicuicho Tarecuato San José San Ángel Jiquilpan Tingüindín Tototlán Los Reyes Maíz Maíz Maíz Ganado Maíz Frijol Maíz Trigo Maíz Pulque Caña dulce Plátano Azúcar Miel Maíz Trigo Labranza Maíz Fruta Agrícolas

Producto Producto artesanales para comerciar tierra fría Rosarios Malacates (usos) Loza ordinaria Búcaros Curtiduría de va- Pieles quetas Zapatería Artículos de madera Jarcia No especificado Curtiduría Fustes de madera Zapatería tierra tempLada Tejidos de algodón Pulperías Sarapes de lana Ropa regional

Arriería

Pulque Miel

Tiendas establecidas

Atapan Cotija Tacátzcuaro Peribán

Jornalerismo en las hdas. Petates tierra Arriería Jornalerismo Arriería
caLiente

Juan José martínez de Lejarza 1824

San Gabriel Caña Chile

Productos de caña Chile

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zapatos y artículos de madera como rosarios, malacates, cucharas, tejamanil y otros.Tbl. 14 En la segunda mitad del siglo xix, las siembras consistían en caña de azúcar, plátano, hortalizas de riego, maíz y frijol de temporal.72 En Jiquilpan, los vecinos acaudalados se dedicaban a la agricultura y el resto, de la todavía mal llamada “gente de razón”, tejía lana y algodón para elaborar sarapes, “plaids”, mantillas para caballos, rebozos, etc.73 En Tingüindín, los naturales cuidaban huertas de naranjos, aguacates, chirimoyas y plátanos, y plantíos de café, al mismo tiempo que la población española se dedicaba a la siembra de maíz, trigo y linaza. Como complemento, un molino comercial molía semillas de nabo silvestre y linaza para producir aceite. En el resto del municipio se practicó la agricultura y la cría de ganado caballar, vacuno y lanar. En Tacátzcuaro se hacían petates de tule y en San Ángel continuaba la curtiduría de pieles y la zapatería. En Cotija se criaba ganado vacuno y se producía el queso que le dio fama, aparte de cultivar cafetos y moreras.74 En fin, algunos productos variaron de siglo a siglo y otros, como el maíz, perduraron para siempre; en conjunto, implicaron una variedad de climas diferentes, lo cual permitía el intercambio comercial de una amplia gama de mercancías. Sólo que las actividades y la producción con mayor valor para ese fin se concentraron en tierra templada. Con todo, la sierra, junto con su producción para autoconsumo, tuvo otra de productos complementarios entre los poblados purépechas proveyendo a la tierra templada de productos de tierra fría. * * * Como en la actividad productiva, en el comercio se marcó una disparidad entre la tierra fría y la templada pues, a pesar que los poblados purépechas lo practicaron, el intercambio “en grande” lo controlaron los españoles de tierra templada, a veces con socios purépechas. Los primeros controlaron la labranza y la ganadería comerciales y la venta al mayoreo, incluso los tendejones y la arriería, supeditando a ellos los tianguis de la villa de Zamora y de los poblados de Tangancícuaro, Xiquilpan, Sahuayo y Cotixa.75 Respecto del ganado, en las dehesas ribereñas de la laguna de Chapala se apacentaba “infinidad de ganado menor” destinado, en el año 1586, a México, Querétaro y otras partes.76 En la primera mitad del siglo xviii, seguía saliendo ganado mayor de la comarca, tanto como azúcar de piloncillo que se comercializaba en Colima a cambio de sal. Takátskwarhu vendía pescado y Kamáta trigo, maíz, azúcar, ganado mayor y pescado.77 En la otra mitad del siglo, Tarhékwatu comerciaba con Zamora, Xiquilpan y poblaciones
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circunvecinas; San Ángel con Xiquilpan y Cotixa; P’atámpani sacaba su producción alfarera a México, Guanajuato y Valladolid, además de Zamora, Tangancícuaro y poblados cercanos. Úkumichu acudía al tianguis de Tangancícuaro para vender sus productos y Los Reyes comerciaba con jurisdicciones vecinas.78 A todo esto se sumaban tiendas de españoles y tendejones establecidos en Xiquilpan, P’atámpani, Charápani, San Juan Períwani y Los Santos Reyes.79 Esa actividad comercial interna y de exportación tenía destacada importancia en la comarca, debido a la intensa arriería desarrollada. En 1789, ésta ocupaba en Tangancícuaro a 70 españoles, quienes llevaban a Chihuahua y tierra adentro zapatería, sillas, colambres, frenos, azúcar y otras mercancías, proporcionadas por el muy famoso Victorino Jasso, ya mencionado antes.80 Estos arrieros españoles siguieron subiendo a la sierra para introducir mercancía hasta principios del siglo xx.81 En ese mismo año, mozos de recua trabajaron en Xiquilpan para los vecinos españoles dueños de mulas.82 En Charápani, los arrieros purépechas transportaban algodón, arroz, plátano pasado y fruta de tierra caliente.83 La importancia del comercio y la arriería se debió, entre otros factores, a la escasez de semillas ocasionada por la pobreza de las tierras agrícolas en algunos poblados, y a las atractivas ganancias que dejaban las incursiones comerciales, que llegaban incluso a tierra caliente.84 Algunos purépechas se acomodaron o asociaron con comerciantes españoles usando sus propias recuas, lo cual les produjo ganancias substanciosas, pero el control del comercio en gran escala estuvo fuera de su alcance.85 Todo ello se trastornó, ya que el comercio se dislocó por la dura devastación de haciendas y pequeñas industrias del entonces partido de Xiquilpan, debido a la guerra de independencia.86 Con todo, en 1822, Los Reyes tenía abiertas tiendas surtidas con mercancía española y del país. En la comarca se comerciaba con pulpería, ropa, pulque, piel, miel, chile y productos de la caña; y Peribán, Sicuicho y Cotija continuaban practicando la arriería.Tbl. 14 En la segunda mitad del siglo xix, los naturales purépechas arrendaban burros para acarrear maderas delgadas y leña para combustible.87 En cambio, los vecinos acaudalados de Jiquilpan se dedicaban al comercio, a la agricultura y a la arriería de mulas para transportar mercancía de otras tierras.88 En Tingüindín la población española se dedicaba al comercio, lo que se sumaba a la agricultura comercial.89 Cotija tenía sembradíos comerciales de cafetos y moreras y exportaba una parte del ganado vacuno que criaba; por supuesto, los españoles del lugar seguían produciendo su característico queso seco y salado para venderlo a México y Puebla y cuyo nombre, con el que aún se le conoce, es el mismo que el del poblado donde se elaboraba; aparte, practicaron la arriería trayendo cacao de Tabasco para venderlo en el interior del país.90
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Tal fue como la economía agrícola y artesanal de los poblados purépechas y su pequeño comercio, convivieron y se articularon con la agrícola y comercial de los españoles, a cuya red estuvieron integrados del todo. * * * Hecha esta rápida disección de la comarca xiquilpense, en donde se eslabonó el pueblo purépecha con otros pueblos, conviene esbozar una imagen de sus protagonistas entreverados en la historia comarcal, en el transcurso de la cual dicho pueblo jugó un papel destacado. Con este procedimiento, el lector podrá integrar los aspectos, aquí descritos, como parte de un todo.91 La supervivencia de los hablantes del purépecha tras la invasión militar española en el siglo xvi y la consecuente desintegración y recolonización del territorio, se debió a la habilidad p’urhépecha y la de sus mandones para adaptar su organización social y su cultura dándole un doble significado: el de sus antiguas referencias tarascas y el de sus conquistadores españoles. Ello lo lograron coordinándo su propia capacidad organizadora con la de las huestes invasoras, los funcionarios reales de la ocupación hispana y los equipos de frailes evangelizadores y aculturadores. Una vez tomada la decisión, parte de los tarascos serranos participaron en la integración de la comarca novohispana xiquilpense, que abarcó zonas geográficas diferentes e incluyó pobladores de heterogeneidad étnica, social, económica y cultural pues estaban en un área fronteriza habitada por pueblos yutoaztecas desde la antigüedad, cuando fueron dominados por fuerzas tarascas de conquista; fue el caso de la parte de la sierra que se anexó a dicha jurisdicción, al oeste de la principal cabecera tarasca, que había sido uno de los últimos rincones de la tierra fría conquistada, antes de descender a la tierra templada. Los tarascos sólo habían detenido en ese punto su marcha de expansión, debido a la irrupción de expedicionarios militares españoles, los terceros en discordia. La sujeción tarasca cesó con esa invasión y conquista españolas y se invirtieron los polos de poder pues se asentó la sede del nuevo gobierno en la tierra templada, bajo la cual los pobladores serranos quedaron sujetos. A partir de su consolidación, el control tarasco dio paso a la ocupación hispana aprovechando la antigua estructura política. Cosas de la rueda de la fortuna pues la tierra templada fue habitada por pueblos de menor desarrollo en la antigüedad. Los tarascos serranos, quienes los redujeron y se llevaron algunos de sus miembros como vasallos a la sierra, con dificultad se hubieran imaginado que algún día
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los someterían señores y mandones de otro pueblo conquistador, que se asentarían en tierra templada con sus arados, que produjeron allí una verdadera revolución agrícola. Los pueblos naturales conquistados y el conglomerado español conquistador conformaron una comarca regida por relaciones propias de una sociedad colonial; es decir, de dominio y explotación pero de una índole diferente a la del colonialismo tarasco. Mientras el segundo fue propio de una sociedad tributaria, el primero lo fue de una sociedad que exigía el tributo de sus vasallos, pero inmersa en la lógica mercantilista. Esto implicó sólo uno de los cambios experimentados por el pueblo, ni siquiera el más importante, pues vivió largos y asociados procesos de alteración de la biocenosis incluyendo la interrelación entre la sociedad y la naturaleza. No exageramos al afirmar que el medio natural fue modificado, inclusive desde un punto de vista biológico, pues supuso un intercambio genético —vegetal, animal y humano— y la introducción a gran escala de plantas, animales y biotipos humanos de ultramar desconocidos en América. El mismo incluyó desde microorganismos hasta seres humanos pasando por aves, cerdos, reses y borregos, desencadenando transformaciones de gran envergadura, con las consecuentes repercusiones en los habitantes originales, su sociedad y sus culturas. A ese importante cambio del medio natural se sumó la articulación económica, la reordenación política, la conversión cristiana y la transculturación en todos los ámbitos de la vida incluyendo una concepción diferente del espacio y el tiempo. Esto provocó un cambio profundo en el medio geográfico, la composición racial, étnica, demográfica y clasista, las relaciones sociales, la producción material, el comercio, la cultura y el pensamiento colectivo e individual. Los pueblos tarascos se transculturaron en un grado en verdad asombroso. Con el tiempo, el tarasco antiguo desapareció y el purépecha novohispano nació, evolucionó y persistió. Es decir, el tarasco de la antigüedad se diluyó como tal y se transformó en el purépecha producto de la nueva sociedad novohispana. En cierta forma, hubo una continuidad en muchos aspectos entre la antigüedad y la nueva sociedad, tales como en la agricultura, en el comercio y en la cosmovisión. Con todo, los rasgos españoles adoptados fuero tales, tantos y de tal grado que, en verdad, el pueblo purépecha resultó más neoespañol que neotarasco. Las antiguas diferencias entre los pueblos americanos se fueron desvaneciendo, antes que todo en la sierra, entablando relaciones con la administración colonial novohispana —que los denominó “indios”— y tendió a tratarlos como si fueran un todo con iguales elementos sociales y culturales, fenómeno general en toda la Nueva España.92 Sin embargo,
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el desarrollo con rasgos propios, del pueblo purépecha, le permitieron conservar peculiaridades que lo distinguieron de otros. La invasión hispana acrecentó el carácter interétnico de la nueva comarca colonial que continuó siendo habitada por diversos conjuntos humanos. Con el tiempo, los no purépechas tendieron a distribuirse en tierra templada; y quienes sí lo eran, lograron persistir más en tierra fría, una vez fundidos con otros pueblos establecidos desde antaño cuyas lenguas desaparecieron de la sierra. La presencia de otros nuevos pueblos repercutió en la comarca, pues su composición étnica adquirió un aspecto diferente. Al igual que como ocurrió entre plantas y animales lugareños y fuereños, eso dio lugar a diversas mezclas biológicas. Los pueblos naturales y el español —con sus diferencias internas— se engrosaron con el negro, y de todos ellos se derivaron castizos, mulatos, lobos y naturales, así como españoles amestizados. De ahí la composición comarcal en el siglo xviii.Tbl. 9 En un proceso que culminó en el xix, el pueblo purépecha quedó delimitado en la sierra, su última región propia, a diferencia de la población española —tanto la hispana como la criolla y amestizada—, que logró el predominio social y económico en tierra templada y el control de toda la comarca. Obligados por disposiciones novohispanas, los naturales de la tierra se redistribuyeron y concentraron reorganizando el territorio, abandonando caseríos dispersos, reduciéndose y congregándose en los poblamientos más importantes o en nuevos centros de población fundados ex profeso para vivir en policía, según los patrones de los nuevos conquistadores. La mayoría se refundaron y remodelaron conforme a la traza española, por lo menos en sus centros administrativos y religiosos. En un principio, los naturales quedaron sujetos a encomiendas españolas; luego se constituyeron en comunidades agrarias y tributarias, dedicadas a la agricultura como principal medio de vida, obligadas a pagar tributo, regidas por oficiales españoles, bajo supervisión religiosa de los frailes, y gobernadas por autoridades propias pero ligadas al mando español. * * * Algunos de los factores estructurales que permitieron establecer el nuevo régimen fueron: • La alianza entre señores y principales tarascos con capitanes, religiosos y funcionarios españoles, la cual cimentó la sociedad novohispana en el territorio. • La conversión de la confederación tarasca al cristianismo,
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lo cual fue un acto fundamental de transición y refundación. • La transformación de los guerreros tarascos, ocupados en una guerra permanente, en agricultores sedentarios, que convirtió al pueblo purépecha en uno de cultivadores de maíz. • La aceptación tarasca de entregar los tributos a la Corona española y a sus encomenderos. • El acuerdo tarasco para la reducción del común p’urhépecha en poblados refundados y sujetos al imperio español. • La integración del pueblo purépecha en repúblicas de naturales organizadas como conjuntos corporativos de familias extensas, cada uno con su poblado, comunidad agraria, ciclo maicero, gobierno autónomo, santo patrón tutelar con su templo y su campana, danzas alegóricas, cosmovisión y calendario agrícola, social, político y religioso. • La relativa autonomía de esas corporaciones, que permitieron perdurar al pueblo purépecha, aun cuando estaban sujetas a una rígida supervisión. • La unión de secciones de la antigua confederación tarasca y sus habitantes con zonas donde se asentaron pobladores de ultramar, para componer nuevas comarcas coloniales regidas por autoridades locales y españolas, encomenderos, clero y empresarios españoles. Ello fragmentó el territorio en unidades hispanopurépechas, afectó la antigua distribución poblacional y evitó el establecimiento de regiones purépechas autónomas. • La asociación de las repúblicas purépechas con la suerte de cada una de dichas comarcas, a las que se incorporaron por separado, más que al pueblo purépecha en su conjunto, ya que formaron parte de los entramados comarcales —étnicos, lingüísticos, demográficos, económicos, políticos y culturales— tejidos en conjunto con los pueblos español y negro. • La alianza o fusión de familias principales del pueblo purépecha con el español, lo cual integró las clases dominantes postarascas y permitió al segundo un arraigo profundo y perdurable. • La posición de los señores principales del pueblo purépecha, quienes actuaron más en defensa de su alianza que del común, pues sólo cuando el sector dominante comarcal intentaba deshacerse de ellos o atentaba contra sus intereses fundamentales, se movilizaban con su base social. Con todo ello, la antigua sociedad tarasca desapareció y la purépecha tuvo otra naturaleza, por más que ciertas instituciones las hayan establecido adaptando algunas antiguas. Pese a ello, ya novohispanizahttp://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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do, el pueblo purépecha desarrolló una identidad étnica preservada en el seno de poblados campesinos, donde se asentó organizado en repúblicas de naturales. Por esto, es posible hablar de la fundación política, institucional, agraria, religiosa y urbana del pueblo purépecha mismo, en el seno del régimen novohispano en Michoacán y en el imperio español en general. A cambio de la autonomía relativa y acotada de sus repúblicas y de sus comunidades agrarias supervisadas por los funcionarios del gobierno novohispano, los naturales se sometieron a la autoridad de sus propios cabildos. Éstos pudieron administrar los bienes de sus comunidades agrarias, regular la tributación y organizar parte del culto religioso, junto con otros asuntos de su competencia. De este modo, las repúblicas contaron tanto con sus tierras comunales, como con una base política, pero a costa de mantener en ellos un sector social privilegiado, que fungió como intermediario entre las autoridades coloniales y los comuneros. Por lo que, como entidades agrarias, sociales, políticas y religiosas, constituyeron un fenómeno característico de la sociedad novohispana conformada por unidades coloniales, cuyas relaciones sociales internas y externas tuvieron las formas impuestas por el dominio del imperio español. * * * La conquista militar primero, la repoblación forzada después, las epidemias y la explotación excesiva de mano de obra, entre otras causas, provocaron la caída demográfica de principios del siglo xvi, que sólo se superó hasta el xviii. Aun entonces, los aumentos y disminuciones bruscas de la población siguieron siendo comunes aún en el xix, cuando el cólera morbo fue una constante amenaza. En cambio, la población española se consolidó y prevaleció. A pesar de ello, en la época de las repúblicas purépechas, los naturales dominaron en número, no obstante el notable crecimiento de los pobladores españoles, amén de la introducción de trabajadores negros. Concentrada en tierra fría, la población purépecha mantuvo sus tierras agrícolas, poco aptas para el cultivo comercial en gran escala. En consecuencia, aunque su economía estuvo sujeta al sistema comercial prevaleciente y a la exacción tributaria y laboral, pudo conservar parte de su base material. Ésta sólo fue codiciada por los terratenientes españoles por sus pastos y bosques, quienes tuvieron acceso a éstos sin apropiárselos. Al menos desde el siglo xviii, en ciertas temporadas del año, extensas franjas de pastos montuosos en tierras comunales eran usufruados por estancieros y grandes hacendados agroganaderos españoles de
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tierra templada, quienes arrendaban ——de manera simultánea— los pastizales de muchas repúblicas purépechas a lo largo de toda la sierra,93 convirtiéndolas en un corredor donde llevaban a pastar sus famosos y grandes hatos trashumantes de borregos. Como puede deducirse, la introducción masiva de este ganado menor supuso una cierta forma de ocupación territorial temporalera. Dado que los propietarios de esas haciendas fueron miembros de la más encumbrada aristocracia michoacana, ligados al gran comercio y las altas esferas políticas en Valladolid y México, esos arriendos eslabonaron las tierras purépechas a la economía dominante en la Nueva España.94 Algunas de las familias campesinas alcanzaron prosperidad, gracias a sus huertas, por ejemplo. Inclusive el comercio les redituó capitales, que dieron aire de prosperidad al ambiente económico a fines del siglo xviii, pero es de esperarse que sólo fuera para beneficio de unos cuantos. Las repúblicas alcanzaron algunos de sus auges máximos, como sucedió a fines de los años ochenta.95 La existencia de las repúblicas purépechas con sus respectivos poblados, comunidades agrarias y gobiernos, fueron un rasgo característico de la sierra que la diferenció de otras regiones y, en particular, de las españolas criollas como el valle de Cotija, asiento de rancherías netamente españolas. La propiedad comunal de sus tierras y la organización integral, política y religiosa, hicieron de estas repúblicas las unidades por antonomasia de la sociedad corporativa purépecha. El pueblo español —peninsular, criollo y amestizado— desarrolló una economía de mercado a cuyos imperativos se sometieron las comunidades agrarias. Sus explotaciones agroganaderas: haciendas, labores, estancias y trapiches, y su control del comercio en grande, coadyuvaron a configurar la comarca, con tanta o mayor fuerza que la administración civil. * * * Por lo dicho arriba, el dominio político y económico fue detentado por el pueblo español. Sus integrantes, y aquellos que dejaron su condición de naturales purépechas para integrarse a la cultura española, se ubicaron en posición privilegiada en la sociedad regional, pero los españoles criollos y amestizados lo estuvieron con la limitación que implicaba el monopolio político y económico en manos de los peninsulares. Ambos se asentaron sobre todo en las cabeceras de tierra templada, en particular en la refundada Xiquilpan y en la fundación de Zamora. También en los viejos pueblos de Tangancícuaro al norte —donde un nutrido grupo de españoles creció y prosperó— y de Uruapan al sudeste donde, con todo, los purépechas mantuvieron su presencia mayoritaria; pero
http://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx Fig. 2. (Página de enfrente). Primer foja —vista en su anverso— de un informe acerca del estado en que un funcionario español encontró la alcaldía mayor de Xiquilpan en 1789. El cuidadoso escribano que lo plasmó paginó el documento, algo que apenas se empezaba hacer pues la costumbre era sólo numerar las fojas en su anverso. En la actualidad se encuentra encuadernado y foliado al viejo estilo en un volumen junto con otros documentos similares de varias provincias novohispanas.

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anónimo (en agn 1789 a: 215 r.)

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unos pocos españoles residieron arriba, en la sierra misma, viviendo en los poblados donde fueron una minoría étnica. Los más importantes asentamientos españoles —Xiquilpan al noroeste y Zamora al norte— y el control administrativo se alojaron en las tierras templadas. Las cabeceras, desde donde los colonos españoles ejercieron su control, se consolidaron y prevalecieron hasta el siglo xix. Uno de esos asentamientos, el de Xiquilpan, fue el que extendió su jurisdicción a la parte occidental de la sierra constituyendo una alcaldía mayor. Las subcabeceras de Peribán al oeste y Tingüindín al sudoeste, estuvieron asimismo en tierra templada o cerca de ella. A partir del siglo xvi, en los valles templados se agregaron negros y mulatos, junto a naturales y españoles, ocupados en estancias y haciendas. Sólo unos pocos habitaron algunas casas serranas, al parecer como sirvientes de familias españolas. Por otra parte, el desarrollo comarcal produjo una estratificación social, aun dentro de los poblados serranos, cuya composición tendió a diversificarse. Ello continuó en el siglo xix, cuando algunas familias pueblerinas se vieron favorecidas, por ejemplo, con el reparto de las propiedades del clero católico, las cofradías religiosas y las comunidades agrarias, a la vez que otras resultaron despojadas y empobrecidas. En el transcurso de toda este proceso, fueron tejiéndose engarces regionales y asociaciones entre las etnias y las clases sociales de las que eran parte. En esta urdimbre se gestó la diferenciación entre los pueblos, al tiempo que las clases sociales se consituyeron con miembros de cada uno de ellos, pero sin equilibrio. La clase aristocrática sólo se compuso de españoles; entre tanto cierta clase acomodada intermedia se formó por principales españoles y naturales, y las clases populares con purépechas, en menor medida negros y en mínima proporción con españoles en desgracia. La división étnica no fue equivalente a la clasista, pero hubo una relación evidente entre pueblos o etnias y clases sociales. De alguna forma se dio una cierta asimetría socioeconómica en la comarca, por el contraste entre la nueva población española prosperando en tierra templada y el campesinado purépecha trabajando en tierra fría y atenido al devenir de las sociedades novohispana y nacional, si bien es cierto que ejerciendo una relativa autonomía. La diferente evolución de los pueblos purépecha, español y negro fue patente. Españoles y naturales protagonizaron una evolución comarcal común pero dispar, integrados en un mismo todo social en cuyo seno los primeros eran quienes decían regirse por “la razón” —como si los naturales carecieran de ella— y los segundos quienes se normaban por “el costumbre”. Transcurriendo los principios del siglo xix, movimientos armados insurgentes, con los cuales la Nueva España alcanzó su independenhttp://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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cia política del imperio español, permitieron a los españoles criollos y amestizados arraigados desalojar a los peninsulares y posesionarse de sus tierras y del importante control del comercio. Tierra templada fue el escenario de este nuevo cambio en el que luego de una cruenta lucha armada y largas pugnas políticas, esos españoles arraigados sentaron sus reales como nuevos señores. Los pocos que vivían en los poblados purépechas hicieron valer sus derechos creados sobre la tierra y exigieron ingresar al gobierno pueblerino. Jiquilpan fue incluso, cuna de uno de los presidentes de la nueva república mexicana.96 Tras ello, la comarca perdió su carácter colonial por antonomasia, aun cuando continuaron vigentes las heredadas relaciones sociales, la composición étnica y las divisiones raciales y culturales, pero sujetas a cambios internos e inducidos, muchos de ellos de gran envergadura y tan importantes como las reformas agrarias, jurídicas, políticas y económicas, implantadas por regímenes liberales varias décadas después. A la sazón, la tierra templada fue teatro de nuevas luchas sociopolíticas, encabezadas por los grupos emergentes pues los pobladores acomodados protagonizaron en el siglo xix un prolongado enfrentamiento, debido a sus encontrados intereses. En las ciudades dominantes de Zamora y Uruapan predominaron conservadores clericales, en la primera, y liberales republicanos, en la segunda; pero tuvieron en común ser ambos despojadores de tierras, pastos y montes de los pueblos campesinos. Al transcurir del siglo xix, disminuyó en definitiva la presencia purépecha en tierra templada. Muestra fiel de ese cambio resultó serlo la desaparición de su lengua, paulatina primero y rápida después, la cual sólo logró mantenerse justo en la sierra. La tierra templada fue el recinto español criollo y amestizado por excelencia, desde donde se integró el comercio mayorista y consolidadas las explotaciones agroganaderas intensivas. Por su parte, el campesinado purépecha supervivió cultivando la tierra, manufacturando artesanías y comerciando al menudeo. De hecho, los poblados campesinos, heterogéneos en su composición étnica y social y abiertos a la incorporación de elementos socioeconómicos y culturales foráneos, continuaron participando en la dinámica comarcal y nacional. Su estratificación social interna formó parte de la conformación de las clases sociales de la comarca. Una parte de su producción material se introdujo al mercado mediante el comercio, los impuestos y las obvenciones parroquiales; su mano de obra aportó jornaleros en minas, haciendas y obras públicas; y en parte dependieron del abasto externo.97 Cuando una explosión social envolvió Michoacán en la primera década el siglo xx, tierra templada fue de nueva cuenta palestra de los principales movimientos, ahora de la pequeña burguesía rural. De ella salieron algunos dirigentes regionales y, de nuevo, otro jiquilpense —
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esta vez con mezcla española y negra— ascendió desde su casa natal al Palacio Nacional en México.98 Por supuesto, el campesinado purépecha vivió sus propias y continuas transformaciones internas. Como parte de las sociedades comarcal y nacional, éste evolucionó al paso de sus propias condiciones conforme lo hacía el país; pero en las luchas clasistas regionales, los aparceros y jornaleros nunca lograron el triunfo de una determinación propia. De Jiquilpan salieron dos presidentes nacionales; de la sierra algún contingente y seguidores de los grupos en pugna de españoles peninsulares o criollos arraigados, conservadores centralistas o liberales federalistas, oligarquía porfirista o pequeña burguesía maderista. Los papeles estelares quedaron entre los españoles acomodados (criollos y amestizados), entre los propietarios conservadores o la burguesía liberal, entre la oligarquía agraria y empresarial o la pequeña burguesía emprendedora. Sin duda, todas las clases sociales de la comarca eran parte de un todo social mayor; pero los comuneros, jornaleros, artesanos y pequeños comerciantes purépechas fueron envueltos en procesos cuya dirección les fue ajena, excepto para quienes se incorporaron a la pequeña burguesía regional. En cambio, las clases acomodadas prosperaron en tierra templada ampliando la economía de mercado y amarrando toda la comarca a sus designios y a los de aquellos con quienes se aliaron en otras regiones. A su vez, esta comarca formó parte del mosaico de regiones de la provincia de Valladolid, primero, y del estado de Michoacán, después, cuyo accidentado territorio se fragmentó en grandes espacios rurales con contrastes étnicos en su tejido social y con crecimientos agropecuarios —a veces intensos— articulados por ciudades hegemónicas rivales entre sí, en ninguna de las cuales llegaron a concentrarse los intereses dominantes. La cultura política de regiones y ciudades michoacanas vinculadas con otros centros y regiones afuera del estado, fue constituida por las encontradas tradiciones de las corrientes políticas e ideológicas conservadoras y progresistas, en parte resultado de las tensiones provocadas por diversas modernizaciones.99 La sección de la sierra, donde Charápani vivió después de su fundación, experimentó el dominio compartido y disputado de varios centros sin que ninguno lograra el monopolio. En el siglo xvi, su cabecera fue Tsiróstu, luego sólo lo fue religiosa ya que, como sede política, tomó el relevo Xiquilpan y a veces Tinkwíntini. Después, al menos desde el siglo xviii, influyeron y dominaron Zamora y Uruapan y el pueblo de Tangancícuaro. Xiquilpan mantuvo su influencia política en su área inmediata, pero dejó de tener el control administrativo de la sierra en el siglo xix. Para entonces, Los Reyes fue polo de influencia política, comercial y laboral. Puntos todos estos de las tierras más
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bajas que circundaban la sierra, a más de vinculaciones con regiones de Jalisco, Colima y los Estados Unidos. Esas poblaciones, excepto Zamora, fueron asiento de repúblicas de naturales pero, a la vez, en éstas se instaló una importante cantidad de familias españolas, algunas ricas e influyentes, destacando en particular las de Tangancícuaro. La influencia decimonónica de Uruapan, el centro más vinculado a Morelia y a las tradiciones liberales, se manifestó en la explotación intensa de los bosques maderables de la sierra y en el predominio comercial. Esta ciudad contó con una fábrica de hilados y tejidos en 1887, con tren en 1889 y, luego, con energía eléctrica y una empacadora de carnes. En 1910, llegó a tener más de trece mil habitantes. Por su lado, Zamora, el centro más independiente y hostil al gobierno michoacano, gestor de una fuerte tradición de corrientes conservadoras ligadas a la vida rural y a la influencia de la jerarquía eclesiástica católica, fue vencida en las confrontaciones políticas y militares durante los dos grandes enfrentamientos históricos, en los cuales estuvo envuelta en los siglos xix y xx, pero a la larga su economía triunfó.100 * * * Tal fue el escenario comarcal que las repúblicas purépechas contribuyeron a montar. Toca el turno de presentar al pueblo que, integrándose en tales repúblicas, coadyuvó a configurar la comarca xiquilpense y a protagonizar buena parte de su desarrollo subsecuente.

Not as Paredes Martínez (1984 a: 65 y 86-9). Archivo Histórico del inah (1597), cit. en López Sarrelangue (1965: 30); Ortega (1541, ed. en 1977: 414); Varios autores (1858-66, 2: 98), cit. en Barlow (1944: 278, n. 3); Anónimo (1905), trans. en León 1906: 404). Consúltese Warren (1963 b: 60) y Warren e Infante (1984: 7-21). Xiquilpan fue registrado sirviendo a la Corona española alrededor de 1550 y en 1565, según agi (s. f. c. b: f. 3 v.) y Varios autores (1904, ii: 48) respectivamente. 3 agi (s. f. c. b: f. 4 r.), Ibarra (1560, ed. en 1940: 16 y 30), Warren (1963 b: 78) y Varios autores (1904, ii: 30-59). 4 Gerhard (1986: 396, 2ª col.). Períwani, Tinkwíntini y Tarhékwatu (a veces llamado en náhuatl Tepehuacan) pasaron al conquistador Antón Caicedo el que encabezó al primer grupo español con quien el iré� cha entabló relación en Ts’intsúntsa en 1521 (Warren 1963 b: 75 y Alcalá 1540, ed. en 2000: 681). Por ello recibió esa encomienda que disfrutó hasta su muerte alrededor de 1535, permitiéndole hacerse comerciante de minas y contratista de gambusinos encargados de la explotación de los placeres (a quienes proporcionaba bastimentos y naturales esclavizados) (agi s. f. c. a, cit. en Gerhard 1986: 396, 2ª col. y 458, 1ª col.; Icaza 1923, ii: 67; Warren 1977: 20 y 34; y Archivo General de Notarías, cit. como Archivo de Protocolos en Palacios 1950: 6). Tras fallecer, Períwani, Tinkwíntini, Tarhékwatu y Takátskwaro pasaron a su hija Isabel de Caicedo, a quien los funcionarios novohispanos quisieron retirarle la encomienda en 1535 (agi 1535, cit. en Warren 1977: 221, y agi s. f. c. b: f. 4 v.). Como fuera, Períwani y Tarhékwatu pasaron a manos de su madre (la viuda Marina de Montes de Oca) y Tinkwíntini a las de la corona española, al menos desde los años cincuenta (Gerhard 1986: 396, 2ª col.; Varios
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autores 1904: 48; y agi s. f. c. b: f. 3 v.). Sin embargo, su sujeto Atápani siguió encomendado por largo tiempo pues todavía lo estaba en 1631 (Rivera y Pareja y otros 1631-65, ed. en 1973: 119). En el ínterin, Períwani y Tarhékwatu (Tepehuacan) pasaron a servir a Francisco de Chávez pues Marina Montes de Oca se casó con él en segundas nupcias. Chávez, vecino de la ciudad de México, era natural de la ciudad de Trujillo e hijo de “caballeros hijosdalgo”; su padre había servido a la corona real de España como capitán en las guerras de Portugal, Granada y Francia, donde murió. Francisco y su hermano habían servido como capitanes en las llamadas “guerras de las comunidades” y después en el cerco que los franceses pusieron en Logroño, en Calahorra y en Pamplona y en otras partes. Luego Francisco emigró a la Nueva España en 1526, donde los naturales insumisos de Zacatecas y los Yopes sufrieron la represión en la que él participó. Por aquel tiempo se casó con la hija del conquistador Miguel Estaban de Flores y con posterioridadad, en segundas nupcias, con la viuda de Antón Caicedo, Marina Montes de Oca, con quien tuvo tres hijas. En 1534, a la edad de 36 años, Quiroga lo había nombrado regidor de Michoacán (según la relación de conquistadores y “pobladores” españoles de la Nueva España en el siglo Xvi, en Icaza 1923, i: 227 y Álvarez 1975, i: 134, biografía 249). Alrededor de 1546 Períwani y sus sujetos Xarátanko, Atápani y Charápani le seguían tributando (Anónimo 1905, i: 179). Aunque también aparecieron encomendados a Juan Infante, quien intentó sin éxito apropiarse de ellos (Anónimo 1905, i: 179). Alrededor de 1548, Tarhékwatu seguía sirviendo a Francisco de Chávez junto con Períwani, pues ambos lo seguían teniendo como “tenedor” de la encomienda en 1560, la cual detentó hasta 1561 cuando murió (Anónimo 1905, cit. por Barlow en Medinilla Alvarado 1944: 293, n. 34; Ibarra 1560, ed. en 1940: 21; y Gerhard 1986: 396, 2ª col.); a lo que hay que agregar que, en 1564, ya había muerto según Álvarez (1975, i: 134). Las repúblicas de Períwani y Tarhékwatu pasaron a servir a su hija Catalina de Chávez por corto tiempo, y luego de nuevo a su viuda Marina Montes de Oca, quien era su encomendera alrededor del año 1564 (Varios autores 1904, ii: 48). Tarhékwatu la seguía teniendo como tal en 1571 (agi 1571, cit. en Miranda Godínez 1972: 317). Luego, y hasta 1579, los purépechas de Tarhékwatu sirvieron a Antonio de Luna de Villalobos avecindado en la ciudad de México, hijo de padre oriundo de León y madre madrileña. Al emigrar a Nueva España y luego de participar en las conquistas de Santa Marta y Cartagena, se casó en México con una hija del conquistador Antón Caicedo, pasando Tarhékwatu a sus manos (Icaza 1923, ii: 67; y Medinilla Alvarado 1579, ed. en 1944: 297, respuesta 33). Asimismo obtuvo Períwani y sus poblados que le tributaban en 1579 (Medinilla Alvarado 1579, ed. en 1944: 305, respuesta 33). Al morir, alrededor de 1600, los encomendados sirvieron a su hijo Rodrigo. Y antes de 1657 se libraron de ese avasallamiento, al pasar la encomienda a la Corona española (Icaza 1923, i: 227; y Valderrama 1961: 134-6, cit. en Gerhard 1986: 396, 2ª col.). 5 agn 1718-32. 6 Cf. “Tributo” en rae (1739, reed. en 1984, vol. 3, t. 6º, p. 354, 1ª col.). 7 Cervantes Saavedra (1991 b, 2ª pte., cap. XXiv: 674). 8 Como los terratenientes de Tangancícuaro, que se quedaron con tierras de un barrio de Charapan, entre los siglos XiX y XX (García Mora 1975: 99 ss.). 9 Stanislawski (1947: 50) y Kelly (1945-9, ii: 30) cit. en Gerhard (1986: 396). 10 Gerhard (1972 a: 105, 1ª col.; y 1986: 397, 1ª col.). 11 agn (1583 b: f. 143 r.), trans. en Varios autores (1994: 206, núm. 305). 12 Anónimo (1905, i) y León (1903: 403, 398, 399 y 404). 13 La última con los barrios S. Francisco, S. Rafael, S. Miguel Atápani, Charápani, Koríntuku y Ápu. Consúltese Varios autores (1904 , ii: 43 y 48). 14 Úkumichu, Yopeni, Sepines y P’atámpani. 15 Takátskwarhu, Uretereo, Kompimite, Tokúmpu, Kariju, San Cristóbal, Sikwíchu, Keréntaru, P’ámatakwarhu, Wacha(m)po y Tsíriu. 16 San Ángel, Santa María y San Juan. 17 Entre ellos, San Francisco, Atápani, Charápani, Santiago, Apéenkene, Tukúru, Santa María, San Miguel y San Gabriel. 18 agn (s. f. c. g: f. 76 v.), cit. en Gerhard (1972: 387). 19 Con Mazamitla, Kitúpani y Tototlán. 20 Con San Ángel. 21 Con Úkumichu y San José. 22 Con San Francisco, Los Reyes, San Gabriel y Petlacala. 23 Tinkwíntini con Takátskwarhu, Atápani, P’ámatakwarhu y Sikwíchu. http://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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Rivera y Pareja y otros (1631-65, ed. en 1973). Gerhard (1986: 397, 1ª col.). 26 Gerhard 1986: 397, 1ª col. y Cline 1972: 100 y 105. 27 Bravo Ugarte (1962-4, ii: 161). 28 León y Gama (1927: 96). 29 La última supervisaba S. Fco. Períwani, S. Gabriel, Los Reyes, Charápani, Úkumichu, S. José, P’atámpani, Tarhékwatu e incluso el propio Xiquilpan. Aparte, pero bajo jurisdicción general de la alcaldía, estaban S. Ángel, Mazamitla, Kitúpani y Tinkwíntini y sus poblados (ahmcm 1725). Por 1740 los poblados incluidos fueron Takátskwarhu, Sikwíchu, Atápani, Kamáta y sus barrios sujetos, y los ranchos Wáskarhu y Takúmpu y los del valle de Cotixa (Villaseñor 1952, ii: 100-4). Véase asentamiento purépecha de Atápani en un mapa de Mejía y Moctezuma (1728), en agn (1728). 30 Villaseñor y Sánchez (1952, ii: 100-4). Cuando el primero administraba los ranchos Wáskarhu y Tokúmpo, el poblado Takátskwarhu, el valle Cotixa y los poblados Atápani, Sikwíchu y Kamáta con sus barrios sujetos. 31 Períwani administraba San Francisco, San Gabriel, Los Reyes, Charápani, San Ángel, Tarhékwatu, P’atámpani, Úkumichu y San José (Villaseñor 1952, ii: 100-4). 32 Incluyendo la cabecera Xiquilpan y los pueblos P’atámpani, Atápani, Charápani, P’ámatakwarhu, Sikwícho, Períwani, Tarhékwatu, S. Fco. Períwani, S. Ángel, Stos. Reyes, Tinkwíntini, Úkumichu, Takáskwarhu, S. Gabriel y S. José; los ranchos del valle de Cotixa y varias hdas. (bnm 17¿?: f. 12 r.). En total, 16 pueblos, 21 hdas. y 40 ranchos (agn 1789 a: f. 14 r.). 33 Consúltese Gerhard (1986: 397, 1ª col.); y agn (17¿?), cit. en Ochoa Serrano (1999: 95 y 367, n. 1.). 34 A cargo de los dos “periwanes” (San Juan y San Francisco), San Gabriel y Los Reyes (agn 1789 a: pp. 1, 9, 11 y 20 del doc.). 35 Gerhard (1986: 397, 1ª col.). 36 Martínez de Lejarza (1824, reed. en 1974: 147 y tbl. 5 frente p. 196). Cf. Morin (1979: 18-9) y Terán (1995: 41-3). 37 Donde quedaron comprendidos los municipios de Jiquilpan, Sahuayo, Cotija, Tingüindín y Guarachita. 38 Una descripción del imperio español puede leerse en Haring 1990, quien dedica atención a la economía en general y al comercio en particular. 39 bnah (1597), cit. en López Sarrelange (1965: 30). 40 Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: 283, respuesta 14). 41 Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: 290, respuesta 14). 42 Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: 299 y 303, respuesta 14). 43 Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: 294-5, respuesta 14). 44 Cf. Semo (1973: 83). 45 Paredes Martínez (1984 b: 58-9). 46 40 mantas, 89 y medio pesos de tipuzque, 20 jícaras, 20 pares de cutaras, 6 panes de sal, 20 gallinas, 5 cargas de maíz y 30 pesos de oro común. Consúltese n. 48. 47 León (1906: 404, 398, 399 y 403) y Anónimo (1905, i: 179). 48 Anónimo (1940: 213) y Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: 297, respuesta 33). 49 Varios autores (1939, ii: 261-2). 50 Varios autores (1939, ii: 349-50). 51 Gerhard (1986: 397, 2ª. col.). 52 ahmm (1790 a, 1790 b y 1790-1). 53 agn (1718-32: passim). 54 Gerhard (1986: 397, 2ª col.). 55 González y González 1968: 53 y 61-2. 56 A saber: las haciendas Guaracha, La Palma, Jucumatlán, Chavinda, Platanal, San Nicolás y Buenavista en la jurisdicción de Tlazazalca, así como la hacienda El Monte en la alcaldía mayor de Tuxpan y Zapotlán, y otras propiedades en jurisdicciones fuera del obispado de Michoacán (agn s. f. c. b: f. 142, cit. en González y González 1968: 55). 57 González y González (1968: 53); agn (s. f. c. f), cit. en González y González (1968: 61-2); agn (s. f. http://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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c. c: f. 90), cit. en González y González (1968: 56) y agn (s. f. c. d: ff. 8-14), cit. en González y González (1968: 59). Consúltese Moreno García (1980) 58 agn s. f. c. f, cit. en González y González (1968: 61-2). 59 González y González (1968: 53 y 61-2) y agn (1789 a: p. 21 del doc.). 60 agn (s. f. c. d: ff. 39 y 190), cit. en González y González (1968: 64-5); agn (s. f. c. e: 32-3), cit. en González y González (1968: 65); y Archivo Parroquial de Sahuayo (s. f. c.), cit. en González y González (1968: 66). 61 Por ejemplo, en el siglo Xviii los naturales del Atápani purépecha trababan constantes pleitos por las tropelías de Domingo de Rebollar, dueño del trapiche El Salitre en la jurisdicción de Períwani (Consúltese agn 1718-32). 62 Consúltese docs. acerca de esos arriendos en el ahmm (1790 a, 1790 b, 1797, 1801-2, 1801-3 y otros). 63 Cf. Rodríguez Zetina (1952: 687), cit. en González y González (1968: 75). 64 Tres en la zona de Jiquilpan, nueve en la de Los Reyes, una en la de San Gabriel, otra en la de Cotija, tres en la de Tingüindín y tres en la de Peribán (Martínez de Lejarza 1824: 221-2). 65 García (1873). 66 García (1873). 67 Medinilla Alvarado (1579, ed. en 1944: passim). 68 Ciudad Real (1873, ii: 14-5 y 132-3). 69 Padilla (1970: 68-9). Acerca de P’atámpani, consúltese Moreno (1766: 140), cit. en Bravo Ugarte (1962-4, ii: 70). 70 Xiquilpan, Tarhékwatu, San Ángel, P’atámpani, Wáskarhu, Takúmpu, Cotixa, Atápani, Úkumichu, Charápani, los peribanes, Los Reyes y Kamáta. 71 González y González (1968: 53 y 61-2). 72 García (1873: 483). 73 García (1873: 483). 74 García (1873: 480 y 488-9). 75 González y González (1968: 53 y 61-2). 76 Ciudad Real (1873, ii: 14). 77 Villaseñor (1952, ii: 100-4). 78 Véase abajo, n. 89. 79 agn (1789 a: pp. 2, 12, 16, 20 y 26-7 del doc.). 80 “Tanganciquaro”, en agn (1789-93: f. 2 r. y v. del doc.). 81 Según testimonio del vecino de Chilchota †Juan Álvarez, en acrL-cgm (1973-4, lbta. 2: f. 52 r.). 82 agn (1789 a: p. 2 del doc.). 83 agn (1789 a: p. 17 del doc.). 84 agn (1789 a: pp. 2, 10, 12-3, 15 y 17 y 21 del doc.). 85 agn (1789 a: pp. 2, 13 y 17 del doc.). 86 Martínez de Lejarza (1824: 221-2). 87 García (1873: 483 y 488-9). 88 García (1873: 483). 89 García (1873: 480 y 498-9). 90 García (1873: 483 y 488-9). 91 Véanse monografías históricas acerca de Jiquilpan y sus alrededores (Ochoa Serrano 1978 y 1999) y la zona de Tingüindín (González Méndez y Ortiz Ibarra 1980); ambas enumeran fuentes concernientes a la comarca. Consúltese Anónimo (1982 c: 56-7, n. 5.). 92 Consúltese Bonfil Batalla (1972). 93 La documentación al respecto se encuentra en el ahmm. 94 Cf. “El sistema del arrendamiento de los bienes comunes”, en Terán (1995: 116-39). 95 Cf. agn (1789 a: p. 17 del doc., o f. 222 r. del vol.). Véase Fig. 2. 96 Anastasio Bustamante (1780-1853). 97 Consúltese Romero (1972: passim). 98 El gral. Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970). 99 Consúltese Zepeda Patterson (1988: 11-2 y 26). 100 Zepeda Patterson (1988: 15 y 17-9) y García Martínez (1975: 474). http://tsimarhu-tsimarhu.blogspot.mx

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Este folleto se terminó de editar el 11 de diciembre de 2012, en el estudio del autor, a las afueras del pueblo de Tlalpan en la cuenca de México.

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