In memoriam Aquella mañana de primavera comenzó con una más, desayuno rápido y marcha apresurada al instituto.

Bajé las escaleras con premura, como siempre, pero al llegar al rellano del bajo me topé con que la puerta A estaba abierta de par en par, en el suelo yacía el cuerpo del señor Juan, inerte, a su lado la señora Manuela en camisón, con voz queda y temblorosa le llamaba entre sollozos: -Guan (*), Guanito, levanta hombre, por favor Guanitoooo El señor Juan no respondía a sus llamadas monótonas y suplicantes, el alma de aquel cuerpo desmadejado había ya dejado este mundo, su corazón cansado se apagó, estaba muerto. Yo, que nunca había visto hasta ese momento un cadáver, me di cuenta enseguida de lo que allí pasaba y volví sobre mis pasos escaleras arriba a mi casa a avisar a mi madre. En un pis-pás la puse al corriente y ella, dispuesta como siempre estaba, con sus labios pintados y el delantal limpio y reluciente, bajó precipitada las escaleras para, tras echar un ligero vistazo, dar, como si de un médico forense se tratara, su diagnóstico, dijo: Niña, el señor Juan está muerto,

y añadió: Y la Manuela borracha, como siempre….., esto hay que arreglarlo,

y me dijo: Rápido, sube a casa y llama a la tita María, que baje enseguida, que tenemos que amortajar al señor Juan.

Mi tita María vivía en un barrio al otro lado de la M-30 y había venido ese día de visita a nuestra casa, en sus 60 robustas primaveras había tenido ya diferentes ocasiones de demostrar sus habilidades en las artes de “arreglar a un muerto”, como se decía en su pueblo natal, no era la primera vez que se veía en ese trance. Como si de una profesional se tratara, remangada y con la ayuda de mi madre, puso al señor Juan en la cama y, con una destreza admirable, lo vistió con su mejor traje, el único que encontró en el armario ropero del dormitorio.

(*) Se trata del nombre propio “Juan” pronunciado con el deje de Utrera, el cual suaviza y guturaliza la letra jota pronunciándose como ge, como guan-te o guan-tanamera.

Mientras, mi madre trataba de mitigar los efectos, o más bien estragos, que el aguardiente había ocasionado en la señora Manuela con la ayuda de toallas bien empapadas que iba adosando con energía a su frente, algún que otro jarrazo de agua fría y, honrado es decirlo, un buen puñado de palabras mal sonantes que mi madre profería. Al cabo de un rato le fue sobreviniendo poco a poco la sobriedad a mi vecina y empezó a ser consciente de lo que allí pasaba. Encarrilada por mi madre hacia el dormitorio, entró en la habitación ya preparada por la tita María, con la persiana a medio echar, las cortinas corridas, media docena de sillas alrededor de la cama, pegadas a las paredes en espera de los dolientes, y, en la cama, el señor Juan. Manuela lo observó detenidamente, repasó con su mirada húmeda palmo a palmo el cuerpo inmóvil de su marido vestido ya para hacer el viaje definitivo, avanzó unos pasos y tras tropezar torpemente con la pata de la cama, se sentó en la silla que la tita María había preparado para ella a la derecha del cabecero, sobrecogida por el momento y también por el ambiente, e invadida por la pena y la penumbra, se dejó llevar y lloró, lloró sentada mientras llamaba: Guan, Guanitooooo

Manuela y Juan eran sevillanos, de Utrera, y habían traído a este mundo a una hija: la Mari, que, digamos no tenía una relación muy estrecha con sus padres, sobre todo con su madre, por causa básicamente de la afición de ésta última a empinar el codo más de lo debido. La Mari vivía en Alcalá de Henares y era el único familiar del señor Juan y la señora Manuela que conocíamos los vecinos y se imponía la tarea de avisarle, tarea que por cierto me tocó a mí. Así que a mis 14 años recién cumplidos escudriñé en la agenda amarillenta que encontramos en la estantería del salón-comedor de los vecinos y marqué un número de teléfono que encontré en la letra “L” y que rezaba: “Lamari 889 00 30” Al otro lado de la línea, la Mari descolgó el teléfono y tras una breve conversación en la que yo le informé de que su padre sólo estaba pachuco, -¿qué otra cosa podía hacer?-, ella comenzó a sollozar mientras balbuceaba: -Ay mi padreeee!, Ay dios mío que se ha muerto mi padreeeee!

La Mari tardó una hora escasa en presentarse en casa de sus padres, parece mentira lo que se corre cuando ya no hay prisa. Entró en la casa, enlutada hasta los dientes, dando trompicones, pálida y precipitada, al fondo del pasillo se vislumbraba el dormitorio, y en él a la señora Manuela sentada en la silla a la derecha del cabecero, la Mari la vio, la fulminó con una mirada fugaz y entonces fue cuando atravesó el umbral de la puerta del dormitorio y se dio de bruces con el cadáver de su padre, amortajado encima de la cama recién hecha, con su camisa blanca, su traje negro con la chaqueta bien abotonada, zapatos abrillantados con esmero por la tita María, las dos manos juntas y los pies igual, atados con sendos pañuelos, de esos de rayitas finas y algodón suave que usan los hombres de cierta edad como moquero, la piel grisácea, los ojos cerrados y ..…., de pronto la Mari cambió la expresión de su rostro y mirando a la concurrencia allí aglomerada, para entonces el vecindario se había hecho eco del suceso y nos habíamos ido acomodando en la casa de tal forma que ocupábamos ya las tres cuartas partes, como digo, la Mari, mirando a la concurrencia allí reunida, exclamó: -¿Dónde están las gafas de mi padre?

En este momento me vais a permitir que introduzca un dato relevante para entender esta parte del relato. El señor Juan había combatido en el guerra civil del 36 en el 7º regimiento de infantería de la base andaluza en Sevilla y tuvo el desgraciado infortunio de que en un intercambio de plomo, una bala despistada le colisionara en ese parte prominente que todos tenemos en la cara, sí, la bala se le llevó la punta de la nariz. Tras varias operaciones el señor Juan se recuperó, no perdió la vida, pero, como digo, sí la punta de la nariz. Los médicos de su regimiento, cirujanos plásticos por entonces no abundaban en el ejercito, le reconstruyeron la nariz como pudieron, el caso es que el señor Juan ya nunca volvió a ser el mismo, su nariz pasó a ser un pegotito de carne que, eso sí, le sujetaba las gafas, tan necesarias para él por otra parte, pues sufría de fotofobia. Hecho este apunte retomo el relato.

Un murmullo se adueñó entonces de todas las estancias y de pronto nos vimos abriendo y cerrando cajones, armarios, mesillas y sinfonieres a la búsqueda de las gafas del señor Juan, una gafas de sol con cristales verde-botella y montura grande y cuadrada, de pasta tipo carey, que el señor Juan siempre llevaba puestas.

Pasados dos o tres interminables minutos la señora Rosita, la vecina del 5º B, encontró las gafas del señor Juan en el segundo cajón de una mesita de noche; temblorosa y con mucho tiento se las entregó a la Mari, quien muy ceremoniosamente se las colocó al cadáver de su padre, y dando un suspiro aliviada, exclamó: Ahora sí, éste si es mi padre….,

Entonces, llorosa y satisfecha, pasó a recitar la letanía que ya no dejara de repetir durante toda la jornada: Ay, mi padreeeee!, ay mi padreee!, ay mi padreeeee!

Yo para entonces ya llegaba tarde al instituto y me debatía entre subirme a casa a estudiar o ponerme a disposición de mi madre por si hacía falta algo de intendencia. Mi madre, viendo mi buena predisposición, me mandó al ambulatorio junto con Luisito, el hijo del vecino del 2º A, un chaval algo mayor que yo y mucho más lerdo, a pedir el certificado de defunción del señor Juan. Llegamos al médico de cabecera, que así se llamaba entonces, y tras consultar el historial del señor Juan nos extendió el impreso que firmó y selló como si de una simple receta se tratara. Cuando Luisito y yo volvimos a casa de los vecinos encontramos a mi madre y la tita María repartiendo café con leche y bizcocho a todo el que llegaba a presentar sus condolencias a la viuda y a la Mari. Fue un día largo y raro, surrealista e intenso que nunca olvidaré. Recuerdo que cuando ese día se puso el sol en mi barrio, la casa del señor Juan y la señora Manuela ya estaba completamente vacía y en silencio. Poco a poco todos los vecinos nos fuimos marchando a nuestras casas; a última hora de la tarde la Manuela y la Mari se fueron para Alcalá, portaban una pequeña maleta con un par de mudas limpias y un pequeño retrato del señor Juan con uniforme, únicas pertenencias que la Mari permitió recoger a su madre para ingresar en la residencia; la tita María también se marchó a su vieja casa en la otra punta de Madrid, y el señor Juan, tras una breve parada en el tanatorio, se fue a la suya, recién estrenada,… en el otro barrio.

In extremis Noviembre 2012

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