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Cayetano Betancur, Lo Negativo en El Estado Actual de La Cultura Colombiana (1939)

Cayetano Betancur, Lo Negativo en El Estado Actual de La Cultura Colombiana (1939)

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Este ensayo de 1939 hace un balance de las faltas que tenía Colombia en diversos órdenes culturales.
Este ensayo de 1939 hace un balance de las faltas que tenía Colombia en diversos órdenes culturales.

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Published by: Juan Camilo Betancur Gómez on Jan 31, 2009
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08/22/2014

Lo negativo en el estado actual de la cultura colombiana

Por: Cayetano Betancur Campuzano –publicado en Revista de las Indias, No. 4, 1939, pp. 593-606–

Es en extremo complejo explicar el estancamiento sufrido por España al nacer la época moderna. Parece que en ello tenga buena parte el descubrimiento de América, pues le creó problemas que no estaba en capacidad de resolver o que, por su gran número, fueron superiores a sus fuerzas. Lo cierto es que España, que durante la Edad Media marchó, no sólo a tono sino muchos pasos más adelante que el resto de Europa, llega a su siglo de oro y padece la congelación de su misma gloria. El Renacimiento español fue tan peculiar a España que en muy poco resulta comparable con el italiano. Su época barroca se asemeja apenas al barroco alemán. Su filosofía revela inquietudes y problemas que Europa empezaba vagamente a conocer. Las instituciones jurídicas y políticas, la idea de la soberanía popular, el municipalismo, apenas se corresponden con la época conservadora del resto de Europa, con el feudalismo, con la supremacía de los valores objetivos sobre los personales, con la tendencia centralista, etc., de más allá de los Pirineos. Las ciencias españolas de ese entonces revelan un sentido que se advierte al punto cuando se leen los escritos que hizo en u defensa el señor Menéndez Pelayo; notamos que este gran español está en lo cierto cuando defiende la existencia de esa ciencia española, en mucho anterior a la que después despunta en Alemania y Francia. Pero comprendemos que no lo está más, cuando se empeña en creer que esa ciencia que defiende, es en un todo igual a la que caracteriza la edad

2 moderna, olvidando ese sentido y dirección, por así decir, místico, tan propio ciertamente del tono español de la vida. Hacia el siglo XVIII, España recibe una influencia francesa que no alcanzará a asimilar nunca definitivamente y siempre será un cuerpo extraño en su cultura, ciertamente estancada, pero genuina y auténtica. En los últimos días del siglo
XIX,

y en todo lo que va

corriendo de esta centuria, España es en Europa la gran caja de resonancia del pensamiento alemán, el cual influye de un modo decisivo en sus hombres y el que, por su idealismo, pariente cercano del misticismo español, un tanto alógico y oscuro, encuentra mejor acomodo en la mentalidad íbera que el claro y simétrico conceptualismo francés. Por así decir, a grandes saltos, España llega en estos días de la revolución, desde el siglo XVI hasta la plenitud del siglo XX, en un pie de igualdad con lo más avanzado de Europa en problemática filosófica, política, jurídica, artística, etc. No negamos que para lo que venga en lo futuro de su historia, semejante salto habrá de hacerse sentir duramente por lo que implica de inmadurez y falta de ponderada gestación. Pero es lo cierto que hay allí un auténtico proceso social, un fenómeno colectivo sin artificios, cuando ha logrado dividir al pueblo español en forma tan honda y por motivos, de ambos lados, tan en vigencia en los tiempos modernos. Porque, queremos expresarlo ahora, no debe olvidarse que ninguno de los partidos que hoy luchan en la península, son reaccionarios. No lo es el que está al lado del gobierno, pues toda la ideología de izquierdas del siglo XX palpita vivamente en él. Ni lo es el que encamina Franco, en el que igualmente alienta toda la temática de derechas de los últimos días. Franco no es la

3 contrarrevolución en el sentido de José De Maistre, esto es, “lo contrario de una revolución”, sino hondamente, “la revolución en contra” de la que venían instaurando las izquierdas. * En muy buena parte es cierta la afirmación de que sólo partiendo de España se puede explicar América como fenómeno cultural. Siguiendo aquélla en su tono y forma de desarrollo y estudiando la manera como resuenan en América sus grandes problemas, podremos comprender su retardado vivir en la época moderna. Sólo esto nos daría cuenta de algunas cosas que diremos enseguida y las cuales, quizás para ninguna nación de América como para Colombia, quepa aplicar más adecuadamente. Y es porque Colombia es el conjunto cultural americano más definido y, por lo mismo, el más retrasado. Por más definido está más cerca de la España que lo engendró y también de la época en que esto ocurriera. Grupos hay en América que son informes, y en los cuales se preparan apenas las bases de un surgimiento cultural. Otros existen seguramente adelantados, pero en los que se mezclan sin forma y sin profunda conciencia social, los más recientes temas e inquietudes con las maneras envejecidas hace muchos años en latitudes europeas. Colombia, en cambio, es un grupo con forma perfectamente delineada y estructurada: no obstante las diferencias, desde otro aspecto hondas, que separan a Nariño de Cundinamarca y a ésta de Antioquia, Colombia disfruta de su unidad cultural, comprobable en la similitud de inquietudes, de conducta y sentido vitales.

4 Pero Colombia no vive en los problemas de hoy. Vive realmente en la forma de vida que recibió de España con la conquista, ligeramente alterada
XVII;

por

los

movimientos
XVI

revolucionarios de la Península. Colombia es el siglo entrelazado con el siglo

es la mezcla americana del

Renacimiento y del Barroco. En la mezcla está su autonomía frente a España; pero en los ingredientes es España, y una España en retardo. Lo que viene a continuación, más que mostrar lo que tenemos de épocas antiguas, busca esclarecer lo que le falta a nuestro país, y a muy buena parte de América, para ser naciones del siglo XX europeo. Europa tiene que seguir siendo todavía por muchos años nuestro punto de referencia, hasta tanto que América tome plena conciencia de su misión, lo que, para ventura nuestra, creemos está empezando a ocurrir en estos mismos días que vivimos. * Ciertamente en Colombia no ha existido nunca una escuela filosófica; no poseemos trabajadores consagrados a estas disciplinas, y lo que ha habido es episódico y circunstancial. Pero sin que sea necesario compartir un relativismo filosófico, pues bastaría un relativismo sociológico del saber filosófico, la filosofía en su historia ha sido siempre la expresión de una vivencia contemporánea, de un grupo de problemas que las comunidades culturales poseen en un momento dado y que los filósofos toman para someterlos a reflexión. Y en este campo no es menester que vayamos más atrás de Kant. De este filósofo en adelante podemos empezar a comparar problemáticas.

5 Es un hecho que no sólo en los albores del siglo pasado, sino que ni en los de este siglo habríamos producido nosotros algo correspondiente a Kant. Claro está que no me refiero al hombre que poseyera la genialidad del maestro de Koenigsberg; esto es una cuestión que no quiero estudiar ahora. Lo que importa señalar es que no hemos tenido la urgencia de resolver el problema de Kant, que hemos carecido de una ciencia positiva, suficientemente robusta y madura, para que necesitemos buscar los principios a priori que la presiden y la condicionan. Si no podemos producir el kantismo con su formalismo frío y esquemático, menos daremos todos aquellos grandes pensadores (o mejor, todo ese ilustre pensamiento) que adivinó posteriormente al filósofo de las Críticas como su gran contradictor, hasta llegar en estos tiempos a la fenomenología de Husserl, al intuitivismo de Bergson o de Rauh. En este último campo podemos ver lo que representan Bergson y Husserl para nosotros. Extrañamente tienen que llegarnos los clamores de estos filósofos contra el formalismo, contra el conceptualismo que pretende tomar la realidad por esquemas. No alcanzamos muy bien cuál sea el objeto de sus críticas ni qué cosas combaten con tan grande estilo. Para participar de Bergson nos sería necesario poseer una ciencia particular, rígidamente disciplinada, por encima de la cual fuésemos a buscar ese “élan vital” que aprehende toda la redondez de la realidad, haciendo caso omiso de las tangenciales que presenta la ciencia. Para comprender en todo su vigor a Husserl precisaríamos haber sufrido toda la fuerza del pensamiento filosófico postkantiano, para el cual los conceptos eran “construcciones” a

6 priori. Necesitaríamos también del positivismo de gran forma, con su afán y empeño exclusivista de describir la realidad sensible. Sólo así comprenderíamos por qué Husserl quiere hacernos ver la urgencia de retroceder hasta lo vivido espiritual, mostrarnos cómo es tan descriptible como lo sensible y aun mejor que él, y señalar cómo el concepto “constructivo” exige en su base la vivencia de algo a priori, no ya formal sino pleno de contenido objetivo. * Los problemas lógicos han quedado igualmente al margen de nosotros. Hemos combatido el silogismo por mero espíritu práctico o lo hemos defendido por pura afección sentimental. En general, no hemos padecido la inutilidad del razonamiento deductivo en nuestras exposiciones y para la demostración de nuestras tesis. En consecuencia, no nos ha apremiado la corriente, en otros tiempos reinante, del método inductivo, de las generalizaciones pacientes tras una larga tarea de hipótesis y experimentación. Y finalmente, también como corolario, vemos con sorpresa el movimiento europeo, no sólo en el grupo de los filósofos, sino en el de los científicos, insatisfechos del inductivismo del siglo
XIX,

que regresa a la lógica tradicional,

conscientemente superada en todo lo que ella tenía de virtual hostilidad al método inductivo. Y lo dicho sólo se refiere a la vida de las ideas lógicas en nuestro país. Que en cuanto al estudio teórico mismo, qué raro es el que ha llegado, no ya a las muy agudas disquisiciones de Husserl sobre la lógica del sin-sentido y la lógica del contrasentido, sino aun a las más ingenuas e inocentes, aunque no escasas de finura de John Stuart Mill.

7

* No sentimos tampoco la urgencia metafísica. Por desgracia prepondera el concepto vulgar de que metafísica es todo lo ignorado, aunque no sea ignorable ni se deba ignorar. Pero en círculos más elevados, el campo de la metafísica no es tenido siempre como esa región de lo inexperimentable por principio, y cuando se habla de metafísica se mezclan informemente en ella lo naturalístico con lo místico. Muy poco interesa distinguir entre los que conciben a Dios como un mero ideal normativo, o los que lo tienen como un valor de objetividad pero sin más realidad que la del valor, y, finalmente, los que juzgan que es una existencia supratemporal. La oposición entre alma y espíritu, tan largamente elaborada por la filosofía hasta culminar en Luis Clagges, nos tiene sin cuidado. Y así nos llenaría de admiración el que los filósofos actuales ocupen largas páginas en mostrar cómo esa distinción no es tan radical; cómo para muchos, ella no existe realmente... Pasó sin que la viviéramos, la época en que se buscaba con afán un fundamento inductivo para la metafísica. Y así apenas entendemos aquí a los que, tras pregonar el fracaso de este empeño, tratan de darle a la metafísica su objeto y su método propios. * En igual mezquindad se encuentra nuestra vida ética. Nos hacen falta los grandes caracteres morales que, en crisis ante la necesidad de buscar un fundamento a sus prácticas éticas, empujan la reflexión, ya sea hacia una moral utilitaria y relativista, ya hacia el absolutismo de una moral formal de tipo

8 kantiano, ya hacia el absolutismo apriórico, pleno de contenido, de los valores éticos. Por falta de una real vivencia de los problemas morales, las doctrinas filosóficas en este campo son importadas y nos llegan con lamentable retraso. Aún no se exponen, si no es excepcionalmente, en las cátedras de ética, las teorías axiológicas: el estudiante las mira como algo inaccesible, tal vez pasajero, mera veleidad de filósofos en ocio; pero, lo que es más grave, el profesor ni siquiera las desprecia: las ignora. Así, pues, hemos quedado a un lado de todo ese mundo de los valores, no sólo en ética, sino en estética, en lógica, en derecho, valores cuya esencialidad no esté todavía perfectamente delimitada, pero de los cuales, para todo el que tenga algún sentido de lo histórico en el pensamiento filosófico, ha de quedar una huella profunda en la filosofía del porvenir, dada la intensidad y hondura con que las mejores inteligencias de estos tiempos se ocupan de los problemas de ese orden. * En el campo de las ideas psicológicas fundamentales no vivimos mejor. Los psicólogos apenas distinguen entre el estudio metafísico del alma y el experimental de lo psíquico. Y si esta distinción es consciente, no saben de la profunda crisis sufrida en nuestros días por esa ciencia con las nuevas doctrinas de la estructura. En realidad, nuestros psicólogos no se dan cuenta de que participan radicalmente del asociacionismo o mecanicismo psicológico, y si en algún caso toman un fenómeno psíquico en su totalidad y tratan de comprenderlo así, rechazando la idea de que pueda estar compuesto de elementos simples, lo hacen sin pensar que en esta forma trastornan todo el método

9 asociacionista. Pero esto ocurre cuando se tiene algún método; que lo ordinario es que no se posea ninguno. Y es porque tampoco contamos con una psicología científica, por más particular que ella sea. De tenerla, por fuerza de una necesidad filosófica inherente al espíritu humano, habríamos producido ya las grandes hipótesis que en Europa vienen, en sucesión temporal, disputándose el mundo de lo psíquico. Se lee a Freud como la última palabra en el pensamiento psicoanalítico y se desconoce a Jung y a Adler... Y de ser estudiados estos últimos, se les involucran sus doctrinas con las del anciano vienés. O si por azar se advierte su antagonismo, se juzga que va más allá de lo que puede ser realmente, siendo así que son momentos dispares de una misma inquietud fundamental de que todos esos grupos opuestos participan. * En sociología apenas hemos llegado al material. El tránsito de una sociología de contenido y causalista a una sociología formal y descriptiva; el paso de Durkheim y Levy-Brüll a Simmel y von Wiessen y de allí a la gran síntesis de Max Weber, se ignora entre nosotros con la más jubilosa de las inconsciencias. Sociólogos hay que hacen mera historia, en el sentido de conocimiento de lo valioso concreto del pasado. Historiadores existen que pretenden que sólo hay historia cuando se logran encontrar las leyes abstractas del devenir, devenir que desaparece justamente en lo abstracto de sus leyes. Nuestro marxismo se encuentra en la etapa primitiva en que se creía que toda la doctrina del autor del Capital se sintetizaba en esta simpleza: que el fenómeno económico causa y determina

10 todos los restantes fenómenos culturales. Y por ventura esto se sabe ahora, pues nuestros intelectuales de principios de siglo suponían que Marx era un terrorista de baja ley. Desde allí a las explicaciones prácticas, el marxismo considerará ingenuamente nuestro momento social como a igual altitud de los países de gran industria, o a lo sumo, como de una estructura y desarrollo combinados. Olvidando que aun en el mismo Marx se encuentran las posibilidades de interpretar nuestra vida dentro de un concepto mucho más amplio que el que le dan los adocenados vulgarizadores del filósofo de Tréveris. * Y si de aquí pasamos al derecho, a nuestra vida jurídica, nos sorprende cómo en esto, en lo que debiéramos poseer una actividad más intensa, estemos en semejante estancamiento. En primer término, nuestra interpretación del derecho positivo es sencilla e ingenua. Nuestro positivismo jurídico, si existe, es informe y sin estilo: no pasa de ser esa idea sonambúlica consistente en sostener que ser positivista en derecho es no admitir más norma jurídica que la que está materialmente en la ley. La distinción de Gény entre lo construído y lo dado en el derecho, carece de vigencia entre nosotros por una razón primordial: porque carecemos de escuelas jurídicas de gran conciencia que hayan hecho sobre el derecho positivo grandes hipótesis de trabajo, grandes construcciones jurídicas. En estas condiciones, por falta justamente de un gran conceptualismo jurídico, tendremos que vivir en forma muy mediocre las recientes tendencias europeas con las que se busca retornar a la

11 vivencia del derecho, perdida en el esquema, por medio de una fenomenología jurídica que recibirá distintos nombres, pero que en Gény, en Harriou, en Levy, en Gurvitch, en Petrasizky, en Reinach, tiene una misma base fundamental sociológica, cual es el exceso de sistematización jurídica. La prueba está en que ha dejado de regir un código penal entre nosotros y nadie recuerda una gran teoría fabricada para entrelazar sus disposiciones. Y ya vamos sintiendo la necesidad de reformar nuestro código civil, desgraciadamente no por incapacidad comprobada de que el código vigente dé todo lo que exigen los nuevos tiempos, sino por ineptitud en nuestros juzgadores para ver en él lo que la reforma pretende implantar. Esto explica también por qué nosotrs no haríamos nunca la distinción stammleriana de concepto e idea del derecho. Porqué también no reaccionaríamos hondamente contra ella en la forma de Radbruch, ni menos aún en la de los fenomenólogos. El hermetismo del derecho positivo a la manera de Kelsen nos deja sin ninguna inquietud. Y si algo sabemos de él, buscamos conciliarlo con la teoría de los móviles del derecho de Ihering y la escuela francesa, como si Kelsen no hubiera sido ya vigorosamente consciente de la imposibilidad interna de esta conciliación en ese admirable estudio que él hace de la voluntad jurídica como algo radicalmente distinto, en orden lógicojurídico, de la voluntad psicológica. Y como si esa conciliación no llevase también a una conciliación con los datos biológicos o físicos, en los casos en que la ley dice que se tomen ciertos hechos como indicadores de otros; consultar a la física o a la biología en estos casos, sería romper el orden jurídico, que Kelsen estatuye como punto de partida para todo su razonamiento. En el fondo de todas estas pretendidas

12 conciliaciones se ha perdido de vista el problema fundamental que Kelsen se plantea. Los más fervientes partidarios de la doctrina de la soberanía del Estado no ha sentido la urgencia de adoptar la doctrina del reenvío o apropiación por el Estado de todas las normas del derecho internacional. No les preocupa para nada la cuestión de la primacía de un orden jurídico sobre otro, con lo cual es claro que fundamentarían mejor sus opiniones y mostrarían tener conciencia de ellas. Lo mismo podría afirmarse de los internacionalistas. Hemos defendido la teoría del abuso de los derechos y pretendemos ingenuamente consagrarla en nuestra legislación. Olvidando que con ello se destruye la esencia misma de esa doctrina, que no puede ser otra cosa que un criterio jurisprudencial, tan pronto destruído en cuanto se le estatuya como ley. En política no se corresponden nuestros partidos. No se distingue entre régimen de libertad y régimen democrático, entre el gobierno fuerte y el gobierno arbitrario. No vemos posible la síntesis que se está operando ahora, o que se operará más tarde, al pasar la crisis de estos días, entre las libertades individuales privadas, el concepto de un orden público amplio y la estricta responsabilidad de unos pocos en el poder. Tampoco concebimos que lo arbitrario sea la falta de consecuencia entre el antecedente y el consecuente de las normas jurídicas, y así creemos que ella es imposible en un régimen popular y sólo ocurre en un régimen fuerte, es decir, responsable.

13 Otra ocasión tuvimos para mostrar∗ cómo en nuestro país no ha habido realmente democracia; por una razón decisiva: porque no hemos tenido una época de “ilustración”, de racionalismo filosófico. Lo que hemos llamado democracia no es sino nuestro laudable empeño en mantener el régimen jurídico, es decir, nuestra aversión siempre firme y constante a la arbitrariedad.
* Otros estudiarán e paralelismo de estos conceptos en la literatura, el arte, las ciencias matemáticas, físicas y biológicas, campos en los cuales no estamos a mayor altura de los que dejamos descritos. Sí debemos insistir en que nuestras tesis sólo son válidas para los grandes números, esto es, en el campo de los meros fenómenos sociológicos culturales. No desconocemos, lo que sería insensato, que existen entre nosotros quienes vivan en perenne sintonía de lo que acontece en grupos culturales de mayor altitud. Pero ésos gozan de una insularidad de dioses: no se les oye, ni tienen resonancia en las grandes masas cultas. Sería inepto y de una frescura que vendría a comprobar en mucho lo que dejamos dicho, objetarnos en el sentido de que somos pueblos jóvenes que no podemos poseer las grandes figuras que sólo producen lo estados superiores de cultura milenaria. Aparte la necesidad de distinguir en el concepto de juventud de los pueblos, quiero exresar una vez más que no echo de menos al gran pensador, al gran político, al jurista y al sociólogo geniales, sino al material humano con todas sus inquietudes y problemas, que hacen posible el surgimiento de aquellos hombres superiores, aunque de hecho muchas veces no aparezcan.
Cf. C. Betancur, “Más allá de la realidad”, en: La Tradición, febrero de 1936, pp. 6-9. En este artículo, preocupado también por la historia y el estado de la cultura colombiana, pero en su dimensión política, el autor muestra cómo tanto la democracia moderna, como los gobiernos fuertes, son hijos del racionalismo, y cómo en Colombia, no habiendo padecido nunca períodos racionalistas, y sordos al ideal bolivariano de un gobierno fuerte, “tuvimos que rodar con nuestra democracia que por no ser racionalista (...) es demagogia” (p. 8) [N. del E.].

14
Tal vez la causa de todo esto sea entre nosotros la falta de honda meditación filosófica. Porque, como se desprende de lo dicho, todo aquello de que adolecemos, pertenece al campo de los primeros principios en los órdenes del saber y de la acción. En suma, lo que nos falta son las grandes crisis. Este concepto de “crisis” como fundamental en la explicación de todos los grandes acontecimientos de la historia, apenas ahora empieza a revelársenos. Pero ya lo tenía escrito Nietzsche: “donde no hay caos no puede surgir ninguna estrella”. ______________

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