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LAS VIRTUDES SOCIALES


Por: Cayetano Betancur Campuzano
–publicado el Colegio Máximo de las Academias de Colombia,
No. 1, Bogotá 1964–

PRESENTACIÓN
Por iniciativa del doctor Luis López de Mesa se fundó en 1959
el Colegio Máximo de las Academias de Colombia, con la
intención de unir los esfuerzos de todas ellas en favor del
progreso nacional.
Se pensó al principio en una serie de conferencias de cada
uno de los académicos por turno, y aunque las primeras
estuvieron muy bien concurridas, pronto se vio que era
relativamente pequeño el sector de la capital que se aprovechaba
de ellas, y se pensó entonces en utilizar el medio más poderoso
de comunicación que hoy se conoce, o sea la radiodifusión, para
llevar hasta los últimos rincones del país, en pequeñas dosis,
nuestra campaña cultural.
Desde el primer momento contamos con la generosa
contribución del Banco de la República y con el desinterés de
las radiodifusoras que se ofrecieron a transmitir estos programas
diariamente y sin costo alguno. Hoy día son más de 50 las
estaciones de radiodifusión que en diversas horas transmiten los
programas del Colegio Máximo.
Los más variados temas se tratan en ellos: educación cívica,
historia patria, historia general de la cultura, higiene,
actualidades técnicas y científicas, buen uso del lenguaje,
agricultura, y hasta problemas filosóficos puestos al alcance del
pueblo.
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Últimamente se ha resuelto hacer una serie de publicaciones


de fácil difusión que conserven y propaguen aún más estas
enseñanzas; y empezamos con este tratadito áureo de Cayetano
Betancur sobre las virtudes sociales.
Es inútil presentar al autor, ampliamente conocido dentro y
fuera de nuestras fronteras por sus estudios filosóficos,
Académico de la lengua y decano hace ya varios años de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. Lo
que muchos no conocerán en él es esta habilidad para acercar las
más excelsas verdades a las mentes humildes.
Quiera Dios que el Colegio Máximo de las Academias pueda
seguir sin tropiezos el plan que se ha propuesto.

Félix Restrepo S.J.


Bogotá, 9 de octubre de 1964
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EL AMOR
–– ¿Cómo puede decirse que el amor es una virtud social?
–– Hasta tal punto es el amor una virtud social que Santo Tomás
de Aquino no tuvo vacilación ninguna para afirmar que las
sociedades se sostienen directamente por el amor e
indirectamente por la justicia.
–– ¿Y algo semejante no había dicho ya San Agustín?
–– San Agustín define la ciudad como la multitud de hombres
unidos por la comunidad de los objetos que aman.
–– ¿Entonces, cómo opera el amor?
–– Piense usted en una sociedad en que no haya amor. Mientras
la justicia consiste en dar a cada cual lo suyo, el amor consiste
en dar a los demás lo nuestro. Y hay tantas cosas que son
nuestras y que por un acto de amor podemos comunicarlas a los
demás.
–– ¿Cómo puede ser esto?
–– Porque sólo por amor hacemos que el bien se difunda, que el
bien sea compartido por el gran número de hombres que nos
rodea.
–– Muéstrenos eso con ejemplos.
–– Vea usted. Nada mejor que reconocer en los demás sus
propias cualidades, sus virtudes, sus dones y facultades. Pues
cuando nos falta el amor, nuestros labios se sellan. Pero cuando
poseemos amor, ese reconocimiento sale hacia fuera, lo
proclamamos aquí y allí, divulgamos por todas partes las
excelencias de la persona amada, las virtudes del amigo, los
dones que advertimos en el simple conocido. Incluso, sin herir la
modestia, sabe el amor que no es adulación demostrar ante el ser
que se quiere que somos los primeros en reconocerle tales o
cuales cualidades.
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–– ¿No se ha dicho acaso que el amor es ciego?


––No, el amor no es ciego. El amor que se da al otro, el amor
que quiere el bien ajeno, llamado también amor de
benevolencia, tiene, al contrario, lo ojos muy abiertos para mirar
en los demás sus cualidades, sus atributos, para reconocer sus
capacidades, sus aptitudes y destrezas. Y hasta tal punto es capaz
el amor para la pesquisa de lo bueno en los demás, que todos
hemos oído la canción del campesino enamorado de una mujer
que todos tenían por fea e insignificante, pero en la que nadie,
sino su novio, el campesino de la canción, había advertido la
belleza de sus orejas.
Y en el apólogo de Tolstoy, Cristo irrumpe ante una
multitud que rodea el cadáver de un pobre perro callejero. Todos
lo miran con desprecio y con asco. Nadie se lamenta que haya
muerto el perro callejero. Sólo Cristo, que era todo amor, se
acerca y le mira y exclama: “!Qué hermosa dentadura!”.
–– ¿Puede ordenarse el amor?
–– El amor es un acto tan rico de la personalidad humana, que
no se le ordena desde fuera. Porque el amor nace de lo más
íntimo de nuestro ser. Por el amor, todo nuestro ser se conmueve
y es capaz de entregarse también todo entero a la persona
amada.
–– ¿Pero en tal caso, por qué se nos impone el deber de amor?
–– Lo que se nos impone es el deber de buscar con nuestra
voluntad las condiciones en que nazca el amor. Para que nazca el
amor, hay que despertar en nosotros el interés por las personas
que nos rodean y por las cosas amables. Debemos educarnos
para el amor al prójimo, como nos educamos para admirar un
cuadro, para escuchar la música, para apreciar la bella poesía.
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Debemos además remover en nosotros todo lo que nos aparta del


amor.
–– ¿Qué nos aparta del amor?
–– Nos separa y aleja del amor, en primer lugar, el egoísmo. No
el recto amor de sí mismo que es el principio del amor. Sino el
ciego amor a sí mismo, que es lo que llamamos egoísmo.
–– ¿Qué otra cosa nos aleja del amor?
–– La indiferencia. Nuestra inercia moral ante los valores y
cualidades de los demás hombres. Permanecemos ante ellos no
sólo como si no existieran, sino como si no quisiéramos que
existieran.
–– ¿Y el orgullo?
––El orgullo, la soberbia de la vida, el creernos únicos,
privilegiados, excelentes, nos retira del amor como el humo del
hachón encendido. Y como humo nos desvanecemos en nuestra
soberbia, en nuestro orgullo y en nuestra vanidad.
–– ¿Puede el amor transformar al mundo?
–– Dios es el amor. Y Dios nos trajo el cristianismo como
realización del amor.
Pero el cristianismo no ha transformado el mundo,
justamente porque los cristianos no lo practicamos como
religión del amor. De suerte que cuando se habla del fracaso del
cristianismo, seremos más exactos si respondemos oponiendo el
fracaso de los que se dicen cristianos y no saben lo que es amor.
“Quien mira en silencio en torno suyo, advierte cuánto puede
edificar el amor”, decía Goethe. El amor puede transformar el
mundo en forma tan radical, que todas las demás virtudes
sociales se harían inútiles si en los hombres palpitara un
verdadero amor al prójimo.
–– ¿Cómo puede ser esto?
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–– San Agustín gustaba de decir: “¡Ama, y haz lo que quieras!”.


Sí. Con amor, donde hay amor, no puede haber injusticias, ni
envidia, ni orgullo, ni soberbia, ni desprecio, y mucho menos,
robos, hurtos, homicidios, incendios, etc. El amor, como forma
de convivencia humana, no se ha ensayado hasta el presente, lo
que quiere decir que hasta el presente no nos hemos propuesto
vivir en forma verdaderamente cristiana.
–– ¿Cómo imagina usted una sociedad donde impere el amor?
–– Donde impera el amor, hay alegría de ser y alegría de vivir.
Donde hay amor, la imaginación construye, y se siente el
entusiasmo de la creación. Donde existe el amor, florecen por
doquier la paz y la seguridad, la solidaridad humana y el espíritu
de cooperación. En fin, donde hay amor, allí está Dios.
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LA JUSTICIA
–– ¿Qué relaciones hay entre la justicia y el amor?
–– Por de pronto, le respondo diciendo que así como se afirma
que si en todos los hombres hubiera amor, sería innecesaria la
justicia, también se ha dicho que si en el mundo hubiese justicia,
el amor sobraría.
–– ¿Pero es esto exacto?
–– No lo creo. Aunque no niego que el amor parte de una
realidad de justicia puesto que reconocemos en el objeto amado
que es digno de ser amado, y que esta dignidad la tiene por sí, y
no porque el amante se la otorgue.
–– ¿Y eso qué tiene que ver con la justicia?
–– Porque por la justicia reconocemos lo que es ajeno. Y el amor
parte de la base de que lo amado tiene su propia dignidad. O
cree Ud. que sería amorosa la actitud del amante que empieza
por creer que el amado es un miserable, y que toda su dignidad
le viene de que yo lo amo? Eso no sería amor sino el mayor acto
de desprecio.
–– ¿Pero entonces la justicia y el amor son iguales?
–– No, en absoluto. Lo que he dicho es que el amor parte de un
acto de justicia, pero desborda a la justicia.
–– ¿Cómo la desborda?
–– Porque la justicia se limita, como ya dijimos, a dar al otro lo
que es suyo, mientras por el amor damos al otro lo que es
nuestro.
–– ¿Entonces qué valor le queda a la justicia?
–– Desgraciadamente, todo el campo de la vida humana. Claro
que si hubiera amor, sería innecesaria la justicia. Pero, el amor...
¿Quién niega que es difícil? ¿Quién puede negar que en la
mayoría de los hombres no se da el amor? Pues cuando el amor
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es difícil, la justicia nos resulta extremadamente menos difícil,


porque por la justicia, al menos, no nos vamos a dar nosotros
mismos al amado ni vamos a dar lo nuestro, como en el amor,
sino que vamos a reconocer lo que es del otro, lo que al otro
pertenece.
–– ¿Cómo diría Ud. eso en otras palabras?
–– Pues diría que si es mucho pedir que haya amor, pidamos al
menos que haya justicia.
–– ¿Y es que tampoco hay justicia entre los hombres?
–– Es deplorable tener que reconocer que no la hay en muchos
casos. No hay justicia muchas veces del Estado con los
ciudadanos, pero tampoco de los ciudadanos con el Estado, ni de
los ciudadanos entre sí.
–– ¿Algunos ejemplos?
–– ¿No ve Ud. cómo, a menudo, el Estado deja de proteger la
vida humana, o la honra y la hacienda de los ciudadanos? ¿No
advierte todos los días cómo el Estado se convierte en el peor
deudor, hasta el punto de que deuda del Estado es casi
equivalente a deuda perdida? ¿Cuándo el Estado paga intereses
por lo que llega a deber a los ciudadanos? ¿Cuándo el Estado es
condenado en costas por los juicios y procesos a que somete a
los ciudadanos?
–– ¿Y qué remedio hay?
–– Pues que como el Estado nos pertenece a todos, todos
debemos luchar porque el Estado deje de ser un Estado
tramposo, y se convierta en un Estado justo.
–– ¿Pero somos también injustos con el Estado?
–– Claro que sí, y en gran medida. Por eso, como decía Platón,
el Estado ideal es el que cada uno de nosotros lleva dentro de sí.
Si no empezamos por ser justos y rectos con el Estado que nos
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alberga y del que formamos parte, jamás lograremos que ese


mismo Estado se justifique y se torne recto. Cada vez que
violamos la ley, cometemos injusticia con el Estado. Cada vez
que robamos, que matamos, que incendiamos, que estafamos,
hurtamos y hacemos contrabando, ultrajamos la justicia que
debemos a la sociedad representada en el Estado, le quitamos lo
que es suyo, porque el Estado necesita que sus ciudadanos sean
no sólo rectos hacia él sino rectos entre sí, para poder mantener
la paz social y la armonía entre los ciudadanos.
–– ¿La paz y la armonía solamente?
–– No sólo eso. También el poder del Estado. Un Estado,
nuestro Estado que es la representación de nuestra patria, tiene
que ser poderoso, para que sea capaz de resistir a la multitud de
enemigos que lo rodean. Y si al Estado no damos lo que le
pertenece, será como un niño palúdico, incapaz de defenderse de
los enemigos de dentro y de fuera.
–– ¿Qué más nos dice sobre la justicia?
–– Que la justicia que todos los días necesitamos más es la
justicia hacia nuestros semejantes. Por la justicia, como tantas
veces se ha dicho, damos a cada cual lo que le pertenece. Por
esto la justicia es enemiga del robo y del hurto, de la estafa y del
engaño, de la calumnia y de la injuria, y, claro está, del
homicidio y del asesinato.
–– ¿Cómo es una sociedad injusta?
–– Una sociedad es injusta, ya, cuando un hombre insulta a otro,
cuando lo ofende, porque todo hombre tiene derecho al aprecio
de sí mismo y al aprecio de los demás. ¿Y qué se dirá entonces,
cuando en una sociedad reina la calumnia? ¿Cuando ya no es
sólo el aprecio a que todo hombre es acreedor, lo que se le quita,
sino también su fama y su honra? ¿Y si no sólo se le deshonra
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con la palabra, como en la calumnia, qué justicia podrá existir en


una sociedad donde se roba la honra realmente ultrajando el
hogar ajeno, mediante la burla al esposo a quien se rapta su
mujer, o al padre de familia a quien se le seduce su hija?
–– ¿Pero hay otras injusticias peores?
–– No. Éstas son las más graves, porque son los atentados a los
valores morales y espirituales de la persona humana. Es claro
que se empieza por otras injusticias que nos llevan de pendiente
en pendiente hasta el abismo que hemos descrito. Robamos la
fama, porque somos ya capaces de robar los bienes materiales de
una persona. Porque le hurtamos su dinero, o no le pagamos lo
que le debemos, o no trabajamos como nos comprometimos, o
no damos al trabajador su justo salario, o le escamoteamos sus
prestaciones sociales, o lo obligamos a una jornada excesiva.
Calumniamos y robamos la dignidad moral de una persona,
porque ya somos capaces de causarle daños en su ser físico, de
lesionarla, de golpearla, de herirla y hasta de quitarle la vida.
–– ¿Cómo puede ser todo esto así?
–– El robo, el hurto, el homicidio y el asesinato son posibles
porque la dignidad misma del prójimo nada nos importa. De
suerte que si nos educamos para el respeto total de nuestros
semejantes, el respeto a su vida moral ante todo, ya los demás
delitos no se cometerán.
–– ¿Qué remedios sugiere?
–– Que cada cual tenga lo suyo. Que cada ser humano tenga lo
necesario para llevar una vida digna, y mantenga esa dignidad.
Cuando esto ocurra todos procuraremos mantener la justicia,
porque como ha escrito alguien: “la justicia es en realidad, una
lucha por la justicia”. Y el dar a cada cual lo suyo, una tarea
infinita, porque todo lo humano vive en continuo movimiento, y
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en ese permanente moverse de las cosas humanas, muchas


injusticias se cometen, muchos quedan despojados de lo que les
pertenece. Y hay que volver una y otra vez, y tornar de nuevo
incesantemente a que cada cual tenga lo que le pertenece, que
cada cual tenga lo que es suyo.
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LA SOLIDARIDAD
–– ¿Qué es eso de la solidaridad?
–– ¡Cuán poco conocemos la naturaleza humana! Porque su
pregunta parece que ya implica una solidaridad. Una solidaridad
con mi respuesta1.
–– ¿Cómo va eso a ser así?
–– Pues muy sencillamente. Cuando Ud. me pregunta algo, ya es
Ud. solidario con lo que yo le responda. Si le respondo una
estupidez, es Ud. en alguna forma causante de esa estupidez. Si
le respondo con una inmoralidad, Ud. es copartícipe de ella. Si,
en cambio, le doy una respuesta acertada, correcta, clara,
ejemplarizante, Ud. que formuló la pregunta, tiene buena parte
en esas buenas cualidades de mi contestación.
–– ¿Y eso qué tiene que ver con la solidaridad?
–– Que si ya en el solo hecho de enfrentarnos a otro para
preguntarle algo, somos solidarios con él, ¿cuánto más no los
seremos en nuestros actos, en nuestra restante conducta?
–– Ilústrenos su teoría.
–– Pues bien: aparentemente nunca estamos tan solos como
cuando nos recogemos en la oración. Allí, sólo Dios está con
nosotros. Nada en torno de nosotros parece que existiera. Y sin
embargo, esa actitud de humilde reverencia ante lo divino es una
actitud solidaria. Aprendimos a orar en un hogar. Tal vez nada
nos ligue tanto al recuerdo de nuestra infancia como cuando
imaginamos a nuestra madre con su boca puesta a nuestro oído
musitando oraciones, diciéndonos levemente y como en un
susurro, cómo elevar el corazón a Dios. Después de esto, ¿qué
son las oraciones mismas que la mayoría de los hombres

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J.C.: este texto mismo, escrito con un lenguaje sencillo como lo resalta el P. Félix Restrepo, es un vivo
ejemplo de solidaridad.
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decimos, sino frases hechas, hechas por todo el grupo social en


que vivimos y en las que el grupo social mismo ha puesto todo
el acento de su piedad y de su devoción?
–– Está bien hasta aquí. ¿Y qué más?
–– No. No quiero señalarle todos los actos de la vida humana en
que nos sentimos solidarios. He querido sólo destacar cómo en
ese algo tan personal que es el orar, ora con nosotros el grupo
social en que vivimos.
–– ¿Y en las situaciones de la vida?
–– Nuestra vida económica es toda ella una palpable muestra de
la solidaridad humana. ¿Quién cultivaría la tierra, si no hubiera
compradores para sus frutos? ¿Quién tejería, o realizaría
cualquier otro objeto manual, si no pensara ya en su posible
consumidor? Pero, a la inversa, ¿quién trataría de ganar dinero,
si no hubiese a quien comprarle nada? Porque los hombres son
solidarios entre sí es por lo que existen relaciones económicas.
–– Pero la economía engendra también la discordia.
–– Claro está. Es que el hombre olvida fácilmente que es
solidario, que cuando vende es solidario del comprador, y
cuando compra lo es del que le vende. Esto, ¿por qué? Por el
egoísmo. Todas las virtudes sociales tienen como vicio
común opuesto, el egoísmo; y en la solidaridad esto resalta
mejor.
–– ¿Hay solidaridad en la lucha?
–– Sólo el héroe es capaz de enfrentarse solitario a las fuerzas
adversas. Pero la mayoría de los hombres requiere el apoyo
de sus semejantes para luchar con sus infortunios, con sus
tropiezos, con sus dificultades. ¿No admira Ud. esa
admirable solidaridad que muestran todavía nuestras gentes
cuando un avión se precipita, cuando un bus se despeña,
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cuando viene un incendio? ¿Quién podría luchar solo contra


esas calamidades?
–– ¿Pero muchos no acuden a robar?
–– Casos horrendos se han registrado de profanación de
cadáveres, de despojo a los heridos, e, incluso, pásmese Ud.,
han llegado algunos hasta extraer del cadáver todavía
caliente las calzas de oro de su dentadura. Pero estos son los
abismos del horror a donde puede llegar un pueblo al que
falta solidaridad.
–– ¿Por qué?
–– Porque la solidaridad se comprende más adecuadamente en la
adversidad que en la dicha, en la desgracia que en las
alegrías.
–– ¿Y es que debe haber solidaridad en la alegría?
–– Naturalmente. La próspera fortuna se nos acrecienta cuando
la compartimos con nuestro prójimo. Y no sólo debemos
compartir con nuestro prójimo nuestros éxitos, sino algo que
es todavía más difícil.
–– ¿Qué es más difícil?
–– Compartir con el prójimo sus propios éxitos. Ayudarlo a
mantener lo que consiguió con su esfuerzo o con su buena
suerte. Despojarnos de la envidia, que es el pesar del bien
ajeno, y superarla tratando de que el otro acaricie y se deleite
en lo que es bueno y lo ha adquirido en justa lid.
–– ¿Hay otras formas de solidaridad?
–– Sí. Por la solidaridad nos sentimos corresponsables en
relación con nuestros semejantes. Debemos tener el coraje
de creer que buena parte tenemos en la acción mala de
nuestro prójimo. ¿Acaso una palabra nuestra no lo pudo
incitar al mal? Tal vez un chiste que creímos inofensivo, ¿no
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lo llevó a él a darle un sentido práctico y a realizar lo que el


cuento sólo tenía de gracejo? Por la solidaridad, nos
hallamos avergonzados de la acción mala que otro comete,
tanto si pertenece a nuestra familia, o a nuestro pueblo o a
nuestra nación.
–– ¿Y a la inversa?
–– A la inversa, también la solidaridad humana nos lleva a
enorgullecernos con la belleza de nuestra paisana a quien
eligen reina; con el éxito de nuestro coterráneo que resulta
campeón en las carreras de bicicleta, o con el estudiante de
nuestra aldea que un día se hizo doctor y brilló como orador
o como escritor sabio. Y tenemos razón en este orgullo y en
esta alegría. Porque se han tejido unos sutiles hilos de
solidaridad que en todas esas cosas hemos en realidad
participado.
–– ¿Por qué hay pueblos pobres?
–– No hable sólo de la pobreza económica. Piense en todas las
clases de pobreza. Y esos pueblos son pobres, porque han
carecido de solidaridad. Hay regiones en las que no brota ni
un sabio, ni un poeta, ni un santo, ni un artista, ni un
deportista, ni siquiera una mujer bella. Cave Ud. en el alma
de ese pueblo, y verá que esta trabajado por la envidia, por el
egoísmo, por el aislamiento. Nadie se interesa por los demás,
y nadie ve con gusto que otro pueda salir adelante. Nadie
ayuda, ni coopera. Esto es, no hay solidaridad.
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LA FIDELIDAD
–– Empiece por decirnos qué es la fidelidad.
–– No creo saberlo mejor que usted. Pero un sutil filósofo
alemán, Jorge Simmel, decía de ella que es el poder de
preservar el alma en un camino, una vez emprendido, aún
después de desaparecer la tendencia que nos indujo a seguir
ese camino.
–– No se me hace esto nada claro.
–– El filósofo habla de camino en el sentido de sentimiento. Por
la fidelidad hacemos sobrevivir el mismo sentimiento,
aunque ya no nos asista ese sentimiento con la misma fuerza
con que se inició. ¿Qué es ser fiel a un amigo? ¿Qué es ser
fiel a la persona amada? ¿Qué es ser fiel al jefe o al patrono?
–– Ya empiezo a ver un poco más claro.
–– Sí. Porque ya usted adivina que la fidelidad mantiene la
relación social anterior, y el sentimiento que en ella se
albergaba y le daba fuerza. Puede que ya el amigo no lo
veamos con la misma frecuencia con que solíamos en otras
épocas, y si esto ocurre, a menudo la amistad se esfuma y
perece. Pero si nuestra amistad es fiel, justamente por la
fidelidad, mantenemos a nuestro amigo ligado a nosotros
mismos, a despecho de que ya no alimenta su amistad la
presencia misma del amigo. Y así, en el amor y en todas las
demás relaciones.
–– ¿Entonces la fidelidad nace de la voluntad?
–– Buena parte debe tener la voluntad en la conservación de
nuestros sentimientos nobles hacia los demás, conservación
que llamamos precisamente fidelidad. Por eso es por lo que
la fidelidad es una virtud moral. Porque todas las virtudes
son hijas de la voluntad que persiste en el ejercicio de una
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acción buena y noble y por esa persistencia, la acción se nos


hace habitual, se nos convierte en hábito, con la consiguiente
facilidad para ser reiterada, para repetirla como si emanara
de nuestra misma naturaleza. De ahí que se haya dicho que
el hábito es una segunda naturaleza.
–– Pero, ¿cómo puede ser la fidelidad una virtud moral?
–– Porque ella coadyuva con todas las virtudes morales para
conservarlas y mantenerlas firmes. Allí donde el amor parece
extinguirse, la fidelidad le da nuevas fuerzas para que
perdure. Cuando el respeto hacia otro ya no encuentra sus
motivos, la fidelidad dice: “ese sentimiento de respeto debe
mantenerse en ti aunque no fuera sino porque esa persona
respetable fue respetable para ti. Sé fiel a ese sentimiento,
que siendo fiel a él, en muy alta manera eres también fiel a ti
mismo”.
–– ¿Dónde está el valor social de la fidelidad?
–– Oiga usted atentamente: se ha dicho que el amor vive de
presencia. Pero no sólo el amor. Son casi todos nuestros
sentimientos hacia los demás, a los que acontece lo mismo.
El amor hacia los padres decrece con la ausencia, igual que
el amor conyugal, que el amor filial y todos los restantes
módulos que reviste el amor. ¿Cómo, entonces, mantener ese
vínculo amoroso, cuando falta la presencia que lo hace vivo
y actuante? Pues esto sólo es posible por la fidelidad.
Recuerde usted la leyenda griega de Ulises. Muchos años
separado de su esposa Penélope, ella sin embargo lo ama
todos los días en la forma de la fidelidad. Lo recuerda a
menudo, mantiene vivo el fuego del amor, tejiendo y
destejiendo una tela para que los enamorados que la rodean
no la asedien más, ofreciéndole su propio amor, so pretexto
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de que Ulises ha muerto y ya no volverá. Penélope es el


símbolo eterno de la fidelidad, y la tela que Penélope teje y
desteje es también el símbolo de que el amor sólo muere
cuando queremos que muera.
–– ¿Y en lo demás?
–– En todas las relaciones humanas la fidelidad es una condición
de su perduración. Por la fidelidad mantenemos a través de
la distancia el amor a la patria, el afecto al amigo, el respeto
al superior. La fidelidad nos congrega otra vez en el culto de
la familia, de los antepasados, de las glorias pretéritas de
nuestras gentes. Por la fidelidad un día tomamos la tarea de
salir en la defensa de un héroe de nuestro país que hace
muchos años murió, pero al que historiadores equivocados o
mal intencionados quieren ofender o menospreciar.
–– ¿Pero decía usted hace poco que la fidelidad es una virtud
sustitutiva de otras virtudes?
–– Sí. Es una economía de amor, de afecto, de cariño, de
gratitud. ¿Quién va a negar que el hombre es débil y muchas
veces no puede mantener el fuego vivo de estos
sentimientos? Pero si somos fieles, mediante la fidelidad
conservamos como en un refrigerador las esencias de todas
aquellas otras virtudes, hasta que sea propicio el momento de
que ellas renazcan de nuevo vigorosas.
–– Y mirando la otra cara de la moneda, ¿qué es la infidelidad?
–– Por la infidelidad veremos aún mejor cómo se destaca el
valor de la fidelidad, el bien que la fidelidad lleva consigo.
Somos infieles cuando en la ausencia del patrono, dejamos
de realizar nuestro trabajo en la medida en que nos ha sido
confiado. Y una infidelidad de este orden hace imposible la
vida económica de una nación. La infidelidad del esposo
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hacia la esposa o de ésta con relación al primero, no consiste


sólo en la traición, en abrigar otro amor que perturba y
destruye el amor conyugal, sino ya, en el simple olvido del
ser que antes se amaba, en el no interesarse por él, en el
borrarlo de nuestra mente y de nuestras preocupaciones
cotidianas. Así hay matrimonios que van a la ruina, por esta
pura infidelidad mental, por este despego que conducirá más
tarde al adulterio y a la ruptura de los vínculos
matrimoniales en el campo afectivo. De esta suerte se ve
bien claro que la fidelidad es el principal protector del amor.
–– ¿Y en la amistad, cómo ocurre esto?
–– Otro día hablaremos de la amistad, de esa fina relación entre
los hombres, que sin ser igual al amor, conserva con éste
tantos vínculos espirituales. Si fidelidad es una virtud
conservadora de otras virtudes, podremos decir que nos hay
amistad fiel, sino fidelidad a la amistad. ¿Pero no ve usted
con qué deplorable frecuencia encuentra todos los días, no
ya sólo actos inamistosos, hostiles, sino actitudes de
profunda infidelidad al amigo? ¿Podrá ser amigo fiel aquel
que sólo le recuerda a usted cuando usted se halla en la
próspera y no en la adversa fortuna? ¿Podrá ser amigo fiel
aquel que llega hasta llamarlo su hermano, cuando usted ha
sido enaltecido a una posición de nombradía y de prestigio?
¿Podrá ser amigo fiel aquel que echa en olvido los triunfos
de usted porque anida en él una secreta envidia hacia usted?
¿O aquel que lo visita en sus fracasos, para recordarle a
usted que ellos son hijos de la propia condición de usted y de
su incapacidad? ¿Podrá ser amigo fiel, por otra parte, aquel
que sólo cuando está abatido y desprestigiado acude a usted
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para oír sus consuelos? ¿O aquel que jamás quiso oír hablar
de usted cuando él estaba en la cima del poder y de la gloria?
–– Casi que todo lo que ha dicho es una biografía.
–– Es una biografía, desgraciadamente, pero no de un solo
hombre, sin de la humanidad entera. Esto es cosa de todos
los días y de todas las latitudes. En esta falta de fidelidad a
las virtudes sociales radica en mucha parte el mal del mundo
actual. Este es un mundo que perece por olvido e
irresponsabilidad ante nuestros propios sentimientos. Porque
como empezamos diciendo, la fidelidad hacia un sentimiento
noble y generoso que un día mantuvimos hacia alguna
persona, es, asimismo, una fidelidad hacia nosotros mismos,
a lo mejor que existe en nosotros mismos. Cuando somos
infieles renegamos de nuestro yo mejor y tácitamente
reconocemos que hemos descendido en la escala de nuestra
propia estimación.
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LA VERACIDAD
—¿Por qué ha de ser la veracidad una virtud social?
— Porque por medio de la veracidad decimos a los demás lo
que pensamos, esto es, que la veracidad es la virtud que nos
lleva a no decir a otro lo que no pensamos, a decirle sólo lo
que pensamos, o en otras palabras, a no mentirle.
—¿Pero es esto una virtud social?
—Claro está. Fue Aristóteles el que primero advirtió que el
hombre es un animal social, un animal que sólo en sociedad
puede vivir. ¿Y sabe usted cómo probaba ese genio griego que
el hombre es un animal social? Justamente advirtiendo que el
hombre es el único ser que tiene lenguaje.
— ¿Y esto a qué lleva?
— Pues que el lenguaje es el vehículo de comunicación más
extraordinario que el hombre puede poseer para ponerse en
contacto con sus semejantes.
— ¿Y eso qué tiene que ver con la veracidad?
— Decía Aristóteles que para comunicarnos con los demás
poseemos los gritos, las exclamaciones, el llanto, la risa, etc.
Pero estas cosas no comunican a los demás sino nuestros
sentimientos privados: que estamos en un peligro, que algo
nos ha maravillado, que algo nos duele o algo nos alegra. Esto
puede interesar a muy pocos o en muchos casos no interesar a
nadie. Pero por el lenguaje, el hombre puede comunicar a los
demás no sólo estos mismos sentimientos privados,
particulares suyos, sino la verdad misma de las cosas, esto es,
lo que las cosas son y cómo son. Esta excelsa virtud del len-
guaje es la que lo hace, por tanto, esencialmente, el
instrumento de la verdad. De ahí que decir lo contrario de lo
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que se piensa sea desvirtuar, desnaturalizar y falsificar


estúpidamente lo que Dios nos ha dado para comunicarnos
con nuestros semejantes. Por eso es por lo que la mentira es
un tan grave vicio.
— ¿Un vicio nada más?
— Un vicio y una injusticia, porque la veracidad es un
derecho natural que los demás tienen ante nosotros. De suerte
que cuando mentimos a alguien, le hurtamos un derecho tan
suyo como las demás cosas que él posee. Él necesita de
nuestra verdad tal vez mucho más que de los bienes mismos
económicos.
— ¿No es esto exagerado?
— Ya en otra ocasión citábamos una frase de Santo Tomás,
según la cual las sociedades se mantienen directamente por el
amor e indirectamente por la justicia. Pero en otro lugar
afirma también el Santo Doctor que la veracidad es virtud
básica de toda sociedad y que sin ella viviría tan
precariamente como viviría sin amor.
— Pero denos algunas explicaciones.
— El hombre vive efectivamente contando con la verdad que
el otro dice. O, expresado mejor, la sociedad está basada sobre
la veracidad humana. La mayor parte de las cosas que usted
sabe las tiene por sabidas sólo porque cree en quien se las dijo
y parte de la base de que él no le miente. Raras son las cosas
que usted comprueba por sus mismos sentidos. Ud. toma un
bus porque le han dicho que es el que lo conduce a tal teatro.
Compra un periódico porque le han informado que allí
aparece tal noticia. Sale para un templo porque le han dicho
que allí celebrarán la misa a tales horas. Conversa con una
persona a quien acaba de conocer, sobre la base de que ella es
25

la persona que usted cree que es. En fin, que como ha dicho
Ortega y Gasset, nos movemos en un mundo de creencias y
sobre él edificamos nuestras propias y reales convicciones, las
que constituyen un mínimo en nuestro saber.
— Pero volvamos atrás: ¿ha dicho usted que toda expresión
contraria a lo que es, es mentira y, por tanto, un mal, una in-
justicia?
— Ciertamente. Pero a condición de que se trate de una
verdad debida al otro.
— ¿Y es que los demás no tienen siempre derecho a la
verdad?
— La doctrina más rigurosa sobre la veracidad la expusieron
Kant y algunos escolásticos como Taparelli. Para Kant, el
decir lo contrario de lo que se piensa es ya de por sí una
mentira, y por tanto un mal y una injusticia. Pero mientras los
escolásticos rigurosos aceptaban la restricción mental, Kant
rechazaba esta posible vía para no vernos obligados a revelar
muchos secretos que poseemos y que divulgados en nombre
de la verdad procurarían más males que los mismos bienes de
la veracidad.
— ¿Cómo es eso de la restricción mental?
— Piense usted en la tremenda coyuntura en que se vería un
sacerdote, un médico, un abogado, o cualquiera otra persona
que hubiera recibido un secreto. Si dice lo contrario de lo que
piensa, resulta mintiendo, y si expresa la verdad, perjudica tal
vez de una manera irreparable a aquella persona con quien la
verdad se relaciona. Por eso se descubrió la frase equívoca,
que en sí tiene más de un significado. El que la oye puede
sentirse engañado, no por lo que la frase misma encierra, sino
por su falta de penetración que lo llevó a no entender sino un
26

sentido de esa misma frase, siendo así que tenía dos o más. El
engaño es así del que escuchó, no del que habló.
— Pero esto es muy ingenioso.
—Sí, muy ingenioso. Así, si me preguntan como abogado si
un fulano cometió un delito, yo en la teoría rigorista, tendría
que revelar el secreto que el delincuente me confió, para no
decir mentira. O contestar con una frase equívoca, muy difícil
a veces de hallar adecuadamente, o no siempre posible de
pensarla, bien porque no tengamos la suficiente agudeza
mental para ello, o porque carezcamos de tiempo para
elaborarla, dado lo sorpresivo de la pregunta.
— ¿Y entonces qué hay que hacer?
— Fue un gran teólogo francés, el Padre Tanquerey, quien dio
a la veracidad su verdadero alcance cuando expuso que ella es
un deber de justicia, siempre que el prójimo tenga derecho a la
verdad. Y no tenemos derecho a las verdades que otros han
recibido en secreto o con las cuales, de saberlas, se producen
mayores males.
— ¿Pero entonces ya la mentira es otra cosa?
—Sí. Ya la mentira no será siempre decir lo contrario de lo
que se piensa, aún sin intención de engañar, como en Kant. Ni
decir lo contrario de lo que se piensa, con la intención de
engañar como en la escolástica rigurosa. La mentira, según el
teólogo católico que he citado, es "decir lo contrario de lo que
se piensa, con la intención injusta de engañar".
—Y esta nueva posición, ¿qué ventajas tiene sobre las
anteriores?
— Que en ella se destaca muy exactamente cuál es el fin de la
veracidad. La veracidad es aquella virtud por la cual damos a
los demás la verdad a ellos debida aunque no sea sino como
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base elemental de convivencia humana. Por tanto, no


faltaremos a la veracidad cuando nos reservamos un secreto,
cuando decimos a otro lo contrario de lo que pensamos,
siempre que el otro no tenga derecho alguno a preguntarnos
sobre esas cosas.
— ¿Y algún aspecto más?
— Sí. En esta forma colocamos la veracidad en plena función
de la justicia y, sobre todo, del amor. ¿Cómo puedo decir que
amo si con la veracidad voy a quitar la honra ajena, si con la
veracidad voy a descubrir un pecado de otro, respecto del cual
el amor me obliga a tender un manto de olvido? No. La
veracidad se ha hecho para que se acrezca entre los hombres
su voluntad de amor y de justicia.
28

LA AMISTAD
— ¿No había Ud. hablado ya del amor?
— Sí. Pero el amor es distinto de la amistad. Como vocablos,
tienen un mismo origen, una misma etimología. Pero como
realidades espirituales de interrelación entre los hombres, son
muy distintos.
— ¿En dónde está la diferencia?
— Pues podría decirse, usando un lenguaje ya gastado, que
los dioses, al no poderles dar amor a todos y cada uno de los
hombres, les dio la amistad. Esto quiere decir que la amistad
es una relación que imita al amor y a él se aproxima.
— ¿Es, entonces, un amor menguado?
— No es que la amistad sea un amor menguado, porque en el
reino del alma no se da el más o el menos, porque cada más o
cada menos se tornan en realidades distintas. Esto mismo pasa
en otros campos. A una figura humana de ciertas dimensiones
le decimos "muñeco". Pero si estas dimensiones son mayores,
ya no es un muñeco sino una estatua.
— ¿Entonces?
— Entonces, el amor es distinto de la amistad, aunque en la
amistad haya menos amor. Es más, tal vez, conforme al
mandato evangélico, podamos amar a todos los hombres. Pero
es imposible que de todos seamos amigos.
— Más claridad, por favor.
— Mire Ud. La amistad supone algo no tan íntimo como el
amor, pero sí una ecuación personal con el amigo que se
encamina a sus cualidades, a sus atributos, a sus dones
objetivos. El amor hacia una persona toca en carne viva al yo
de la persona amada. La amistad no penetra tan hondo.
— ¿La amistad no ama?
29

— No; la amistad se queda en la superficie, en el contorno de


la personalidad del amigo.
— ¿Cómo puede ocurrir esto?
— En el amor, nos lanzamos hacia la persona amada y
querríamos ser con ella un solo yo. "Dos cuerpos y una sola
alma" se lee ya en la Epístola a los Efesios que la Iglesia dice
a los que van a casarse, en el supuesto de que el vínculo que
los une tiene que ser el del amor. Pero los amigos no se aman,
sino que se estiman.
— ¿Y qué es eso de estimar?
— Vea Ud. una curiosa etimología que alumbra la cuestión.
La palabra estimar viene de la latina "aes", "aeris" que
significa cobre. Los romanos lo pesaban todo con el cobre, el
cobre les servía de contrapeso en un plato de la balanza para
medir lo que ponían en el otro plato. De ahí nació la palabra
esimación, que es tanto como decir cálculo, medición.
— ¿Entonces toda amistad sería calculadora?
— Pero no con el cálculo económico de aquella jocosa
parodia de un célebre poeta mexicano.
"Y supe que tenías
haciendas y ganados,
y en vez de amarte menos,
te quise mucho más".
— No. La amistad no es cálculo de este tipo. Pero sí hay en
ello un balance de cualidades, de condiciones y valores perso-
nales.
— ¿Es decir?
— Es decir, que al amigo lo miramos objetivamente, no como
al ser amado, con quien nos compenetramos. Al amigo lo
pesamos y medimos en sus auténticos valores, y la amistad
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aumenta o disminuye en la medida en que esos valores son


más afines con nuestro propio modo de ser.
— ¿Es que la amistad es, pues, distanciadora?
— No es distanciadora, sino al contrario, centrípeta. Por la
amistad atraemos al amigo hacia nuestro contorno espiritual,
dejando indemne nuestro yo. El amor en cambio implica un ir
y venir del yo propio al yo del amado, queriendo unas veces
que el amado se torne yo, y otras que el yo se disuelva en el
ser amado.
— El amor es entonces un flujo y reflujo, un vaivén centrípeto
y centrífugo, de proceso alternante.
— Denos una ilustración.
— Hay una frase de Osear Wilde que es un aparente gracejo,
pero que, como todas sus paradojas, revela una profunda
verdad. En un diálogo del escritor inglés, alguien replica así:
"Nunca dije que lo conocía. Me atrevo a decir que no sería
entonces su amigo. Es algo muy peligroso que uno conozca a
sus amigos".
La paradoja está en decir que no se conoce a los amigos. La
amistad implica, como hemos visto, un gran conocimiento del
amigo por el amigo. Lo que acontece es que se trata aquí de
un conocimiento que se queda en el exterior, en las cualidades
y defectos del amigo. No lo penetra hasta su yo.
— ¿Y por eso no es amor?
— Sí. Porque sólo por el amor podemos hacer esa incursión
hasta el fondo mismo del ser amado, ya que sólo el amor sabe,
no perdonar, sino superar exaltando los defectos que en él
encontramos.
— ¿Y la amistad qué hace?
31

— Pues un hondo conocimiento en la amistad, lleva a una


comparación de cualidades y defectos, y como todos po-
seemos más defectos que cualidades, una penetración
excesiva en el campo de los defectos hace desaparecer la
amistad. Esto se advierte todos los días. Y no es cierto que la
amistad se acendre con la cercanía excesiva. El excesivo uso
de la amistad la gasta y deshace como le sucede a una perla
que se frota constantemente.
— ¿Es que entonces la amistad ha degenerado en otra cosa?
— Bien puede ser. La amistad "confianzuda", irrespetuosa de
la dignidad y distinción de la persona amiga, acaba por ser
una pesadumbre.
—¿Cómo se explica esto?
— No explicarlo, pero sí mostrar cómo ello ocurre. En alemán
hay un refrán que dice: "es bueno tener por amigo al vecino,
pero es peligroso tener por vecino al amigo".
— ¡No entiendo bien!
— Ello quiere decir, que de los desconocidos vecinos
debemos hacernos amigos, en el sentido de mantener con ellos
cordiales relaciones de vecindad. Las que la vecindad
estrictamente impone. Pero con el amigo que pasa a ser
nuestro vecino, esto no es posible, porque por causa de la
amistad preexistente, querrá entrometerse en nuestros asuntos
íntimos, y de ahí por qué, no siempre subsista la amistad con
el amigo que se hizo nuestro vecino.
— ¿Cuál es el valor social de la amistad?
— Como he dicho, cuando no alcanza el corazón para amar,
debe cultivarse la amistad. En nuestro mundo actual, super-
poblado, nada es más hermoso que el espectáculo de una gran
amistad. Como la que existió entre Wagner y Nietzsche, tenida
32

por alguien como el más bello rasgo de la cultura espiritual


del siglo XIX. O como la que en nuestra historia unió a
Bolívar con Sucre, a Guillermo Valencia con Baldomero
Sanín Cano. Goethe solía decir:
"Los amigos pueden y deben tener mutuamente secretos,
pero no son secreto el uno para el otro".
— ¿Esto no contradice la frase de Wilde citada antes?
— No. Porque la amistad implica otra virtud social que
es la lealtad. Del amigo lo somos en el campo en que hemos
acotado nuestra amistad. Y de que somos amigos en ese
campo, hemos de ser siempre leales. En relación con ese
campo no podrá haber jamás ninguna reserva. Esto es, ningún
secreto.
33

LA GRATITUD

— Explíquenos el alcance de la gratitud.


— Como virtud social, la gratitud ha traído al hombre
incalculables beneficios. Ella procura la paz entre los pueblos
y entre los ciudadanos, aproxima a las gentes para el amor o
para la amistad y, principalmente, destaca la nobleza del alma
del hombre que cultiva la gratitud.
— Pero si es una virtud social, su valor ha de radicar en el
fortalecimiento de las vinculaciones interhumanas.
—Naturalmente. La gratitud es una respuesta cordial al que
nos ha dado algo o nos ha prestado un beneficio. Pero la
gratitud es una virtud, es decir, un esfuerzo de la voluntad
hacia lo bueno, porque ser grato es de por sí difícil.
— ¿En dónde radica esa dificultad para ser gratos?
— Yo creo que ello se explica adentrándonos en los más
hondos resortes del corazón humano. El hombre es un ángel
caído con pretensiones de dios. No cabe duda que en la
intimidad humana hay una tendencia a semejarse a Dios, al
Ser infinito. Ahora bien, el Ser infinito es el que todo lo da sin
perder nada de su ser. De él promanan todos los bienes, y su
ser mismo es una superabundancia de bien. Desborda de él la
bondad hasta colmar de bienes a sus criaturas, bienes que no
sólo existen por encima del ser que cada uno de nosotros
somos, sino en ese mismo ser que somos.
— ¿Es decir?
— Es decir, que ya el mismo ser que somos es nuestro mayor
bien.
— ¿Pero qué pasa con la gratitud?
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— Que cuando recibimos de alguien beneficio, en alguna


forma nos sentimos disminuidos. Por eso en el escudo de
armas de los condes de Benavente, se leía el famoso
apotegma: "Dar es señorío, recibir es servidumbre".
— No sé para dónde va usted.
— Pues voy a mostrar a Ud. por qué es tan difícil la virtud
de la gratitud. Porque cuando se nos ha dado, bien
quisiéramos más bien borrar del pasado ese momento en que
estuvimos menesterosos, necesitados, en una especie de
servidumbre ante nuestro donante, y por eso es tan frecuente
que nos mostremos ingratos.
— ¿Entonces la ingratitud tiene más de olvido que de
agravio?
— Es una actitud que se envuelve en el olvido.
Psicológicamente, el ingrato no quisiera en principio ofender a
su antiguo benefactor, sino desconocer que lo ha sido, echar
sobre ese pasado que fue benéfico un manto de olvido, cu-
brirlo con una cortina de humo.
— Pero vuelvo a mi pregunta, ¿la ingratitud es sólo olvido?
— Desgraciadamente no. Muchas veces el ingrato no sólo
quiere borrar un pasado con el sólo hecho de olvidarlo, sino
que, y esto es lo más monstruoso, quiere también con actos
positivos agraviar a su antiguo donante porque aspira a que en
esta forma desaparezca más completamente el beneficio de él
antes recibido.
— ¿Sí es esto frecuente?
— Don Marco Fidel Suárez, ese varón de dolores, que tantas
amarguras padeció a lo largo de su noble vida, leía una vez un
feroz escrito de un panfletario nuestro, lleno de ultrajes a su
persona y a su obra de gobierno. Al terminar la lectura del
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libelo infamante, se limitó a comentar con esta amarga frase:


"no me explico por qué me ataca, ya que no recuerdo haberle
prestado nunca ningún servicio".
— Pero esto denota un tremendo pesimismo.
— Sí. Es una acre concepción del hombre y su conducta. Pero
por desgracia, no siempre completamente desacertada. Cada
cual tiene en su biografía personal elementos de juicio para
juzgar cuán cierta es esa afirmación. El lenguaje popular ha
resumido en un refrán toda esta dura realidad humana: "cría
cuervos y te sacarán los ojos".
— Pero si el fundamento que usted ha dado a la ingratitud es
acertado, habría que pensar que el hombre tiene razón en ser
ingrato.
— ¡Cómo va a ser posible eso! El hombre ha sido en efecto
creado a imagen y semejanza de Dios, porque en él hay una
brizna de la inteligencia divina y un chispazo de su voluntad y
de su amor. Pero el hombre no es un dios. El hombre es un ser
indigente que necesita todos los días de sus semejantes, no
sólo para sobrevivir, sino para llevar una vida verdaderamente
digna. Por eso decía Aristóteles que sólo un dios o un bruto
podían vivir en soledad.
— ¿Y cómo se presenta esa indigencia?
— Ya Hegel mostraba que en las relaciones entre el amo y el
criado se daban contradicciones dialécticas, con las cuales él
quería comprobar optimistamente su tesis de la unidad de los
contrarios. Pero sin entrar en la tesis misma, es lo cierto que el
amo se torna siervo de su criado porque ha menester de éste,
lo necesita; muchas veces ni un paso puede dar sin que venga
en su ayuda su fiel servidor. A su turno, y por esta misma
razón, el criado se convierte en el amo de su señor por los
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servicios que a él le presta y por la conciencia que toma de


que se le necesita, de que en muchos casos, es indispensable.
— ¿Y en otros órdenes?
— El rico necesita muchas veces un corazón amante que lo
rodee de cariño, librándolo de las adulaciones interesadas de
los que sólo buscan su riqueza. ¡Cuánta soledad hay en los
poderosos! Ellos, que aparentemente están para darlo todo,
son en muchas ocasiones más menesterosos que cualquier
modesto burgués o tranquilo proletario. Urgidos de caras
amigas que los miren al rostro sin temor y sin cálculo.
— ¿Y el sabio?
— Hubo en la antigüedad dos corrientes filosóficas que
creyeron librar al hombre de toda debilidad, de toda flaqueza,
y crearon el ideal del sabio. Ellas fueron las escuelas de los
estoicos y la escuela de los epicúreos. Con técnicas contrarias,
la primera por la vía del desprecio a las cosas sensibles, la otra
por el goce tranquilo de las mismas, buscaron en todo caso
liberar al hombre de sus necesidades y sobre todo de la
necesidad de vivir en sociedad. Pero ni el sabio epicúreo ni el
sabio estoico lograron su objetivo. Muchos de esos círculos
cayeron en el más desenfrenado libertinaje, y otros formaron
grupos de suicidas, gentes que no hallaron sino en la vía de la
autoeliminación la salida para su presuntuosa aspiración de
vivir solos. Federico Nietzsche creyó también que el ideal de
la especie humana era el frío pensador; pero esta concepción
la abandonó más tarde para poner en su lugar el ideal del
superhombre.
— ¿Qué nos dice, en resumen, de la gratitud como virtud
social?
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— Que debemos colocarnos a la altura de ser gratos, porque


en esta forma nos reconocemos como solidarios con todos
nuestros semejantes. Muchas veces el que da, no da por
humillar sino con el interés de sentirse reconocido. Nuestra
gratitud hacia él es entonces una manera de darle también, tal
vez lo que más le falta, es decir, de pagarle con gratitud lo que
él otorgó en dinero o servicio. La gratitud es en este sentido
tan generosa como la dadivosidad. Sólo corazones mezquinos,
estrechos y rencorosos pueden creer que devolviendo mal por
bien borran la humillación de haber recibido, humillación que
sólo lo es para su mentalidad resentida. Da mucho, por tanto,
quien dice a su benefactor: "yo no tengo más con qué pagarle
que con mi incancelable gratitud".
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ÍNDICE
Págs.
Presentación .................... 5-7
El amor .......................... 9-16
La justicia ........................ 17-26
La solidaridad ..................... 27-34
La fidelidad ..................... 35-44
La veracidad ...................... 45-54
La amistad .......................... 55-64
La gratitud ....................... 65-74