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Elena Poniatowska - Cuentos, Fragmentos, Critica

Elena Poniatowska - Cuentos, Fragmentos, Critica

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Lilus Kikus Querido Diego, te abraza Quiela De noche vienes La roptura Herbolario Cine Prado El Limbo Canto Quinto

La Hija del Filosofo El Inventario La felicidad Castillo en Francia El recado Love Story La casita de sololoi Metase mi prieta El Rayo verde De Gaulle en Mineria De noche vienes

Tlapeleria Tlapeleria Las pachecas La banca El corazon de la alcachofa Los bufalitos Chocolate Coatlicue Canarios Elena Poniatowska – Críticos «Sin abandonar nunca su juego de fingido asombro ante la excentricidad que se cree lógica o la lógica que se cree excéntrica, Elena fue ganando gravedad junto a la gracia. Sus retratos de mujeres famosas e infames, anónimas y estelares, fueron creando una gran galería biográfica del ser femenino en México… Elena ha contribuido como pocos escritores a darle a la mujer papel central, pero no sacramental, en nuestra sociedad…». Carlos Fuentes «Elena Poniatowska se dio a conocer como uno de los mejores

periodistas de México y un poco después como autora de intensos cuentos y originales novelas, mundos regidos por un humor y una fantasía que vuelven indecisas las fronteras entre lo cotidiano y lo insólito». Octavio Paz «En Elena Poniatowska se conjugan muchos valores: elegancia, música verbal ‘su facultad de darle sonido a un lenguaje es inigualable’, la capacidad de traducir su visión, todo esto aunado a otro rasgo admirable: su valor civil». Sergio Pitol «La noche de Tlatelolco es un libro histórico, un testimonio coral insuperable donde se oye hablar a la comunidad creada en esos meses por la resistencia y el amor romántico; da fe de lo sustancial entre los jóvenes del 68, de su compromiso más emocional que político con los derechos humanos y civiles». Christopher Domínguez «Las páginas de sus libros son como estar oyéndola platicar. En buena medida a Elena Poniatowska le debemos ese emparejamiento entre el español que se usa en los libros y el español que se habla en la calle, su literatura nos ha enseñado que es posible escribir como se habla».

Jordi Soler «Elena Poniatowska se ha vuelto referencia indispensable del feminismo mexicano: en su obra introduce el reconocimiento y la valoración entre mujeres, y reivindica el amor propio de las mujeres, en los términos en los que habla Fernando Savater: amor propio como inspiración ética que funda un sujeto responsable de sí mismo». Martha Lamas «Ese espacio ambiguo, que impide la clasificación de un texto en lo académico, lo periodístico o la literatura, encubre algo de mayor significación, el elemento nodal de esta escritura: la decodificación de la única lengua que hace posible la mediación, y la génesis de un proceso previo al acto de creación, mediante el cual una emisión de voz se transformó en escritura, en forma novelesca». Margo Glantz «Elena ha cumplido con las leyes del tiempo, está hecha para cobrarle a la vida el lujo que antes le había quitado; vuelve a ser la niña mimada, pero ahora con conocimiento de causa* toma conciencia de sí misma; recoge sus palabras, trata de ordenarlas, se comporta como una escritora alcanzable y a la vez inalcanzable, camina con la bandera de La Gioconda. No se sabe si va o viene, si está bien o mal, si está o no saboreando el triunfo». Adela Salinas, La Jornada

Hasta no verte Jesús Mío; Elena Poniatowska

Elena Poniatowska saw a poor woman in a public washing area and was fascinated by her way of speaking. She interviewed the woman several times, though the woman was suspicious and wondered why Poniatowska wanted to interview her. This woman's story is the basis of this novel. It tells the story of Jesusa Palancares (not the name of the woman interviewed). The story starts with her later life, when she has had a religious conversion and is now in a religious sect but the story soon starts from her childhood and tells her story more or less in chronological order. Jesusa is one of five siblings, living in the Tehuantepec Her mother dies when she is

young. Her father, who works as a stevedore and guard in the port, is left to bring up the children who are still at home. He does this with a succession of girlfriends, the first of whom he moves in just eight days after his wife's death. Jesusa does not generally get on with her "stepmothers" and, with one, even drives her out physically. But, even though she is still young, she is expected to work and work she does, often getting up in the very early hours to do the housework and then working till late in the evening. But she is a tough girl, a tomboy. She enjoys fighting and boys games and is not interested in dressing up or other traditional girl pursuits. Her siblings have their problems. Efrén is an alcoholic and abuses his wife. He will die in a drunken stupor. Her sister, Petra, is married to an army corporal who locks her up and beats her up. A helpful neighbour finally intervenes and the man is arrested. The neighbour, Cayetano, then becomes her boyfriend but then he, too, becomes violent and he is only prevented from killing her by the action of Jesusa and her brother, Emiliano. Emiliano, who becomes a soldier, will be shot dead while guarding Carranza, leaving Jesusa devastated. Jesusa moves to Salina Cruz to become a nursemaid. The Mexican Revolution will play a key part in this book, apart from the death of her brother. Jesusa meets Emiliano Zapata - she likes him and he treats her well. She will marry a soldier, Pedro Aguilar, (he is seventeen, she fifteen)but she does not like him, as he tries to control her and abuses her. She will also be affected by by an earthquake and have to go and live temporarily in a women's prison as a result. Her husband is called off to fight and when he returns, he finds that she is running a local bar, as he left her no money. He is furious and says that next time he goes off he will take her with him, which he does. She (and other women) go off with the army. She is armed and, as a tough woman, not only survives but, when her husband is killed, she takes command of his unit. After the war and, indeed, for the rest of her long life, she drifted around. She has a whole succession of jobs - from working in a vineyard to being a laundress, from making boxes to being a waitress. She never remarries, preferring to keep her independence. However, when not working she loves going out, dancing and getting drunk. This will get her into a certain amount of trouble, as she is jailed quite a few times for drunkenness and fighting but, despite it all, she manages to pull through, never letting it get her down. She travels the country, meets many people but still remains her own woman, right up to the end. She does have a bout of religion, joining a religious group but, even then, she is going to stand up for herself and will not let the group members put her down. Poniatowska creates a truly original character in Jesusa. She is not a feminist but she certainly can be seen as a proto-feminist, standing up for herself, doing, when she can, what she wants to do and, in particular, more or less, not letting herself be controlled any more than necessary. Does she have a happy life? Probably, to some degree, though not perhaps our perception of ideal happiness but she does a least remain in control of her own life, within the limits that she is given by her situation. Amazingly, this book is still in print in English in the USA and the UK and that is certainly most welcome.

INTRODUCCIÓN La reseña histórica de la revolución mexicana y la vida social tanto comportamiento y costumbres y tradiciones, contada a través de un personaje muy peculiar, Jesusa Palancares; este personaje tan extrovertido e introvertido y raro, con tendencias sexuales indefinidas, no en el sentido amoroso, lo que se podría describir como “machorra”. debido a la capacidad literaria de Elena Poniatowska, nos envuelve en una historia de elementos históricos y críticas y opiniones sobre las tradiciones y costumbres mexicanas. Además nos lleva a través de la novela creyendo que la única expositora es Jesusa, siendo esto falso, ya que se alterna en tiempo pasado y actual, el personaje de Jesusa y la autora, Elena Poniatowska. La trayectoria de vida que se narra entre estos dos puntos del libro es marcada no sólo por una existencia llena de trabajos, de un sin fín de atropellos, de miseria y fatigas, pero también de valor, independencia, decisión, lucha, de una capacidad de mirar críticamente su entorno y, por último, de una fe en la Obra espiritual cuya creencia estaría centrada en la reencarnación - espacio para su consuelo y fantasía, ya que este camino sería considerado por Jesusa como el único cambio que cree posible, por lo mucho que ha purgado en esta vida. Una vida que, al fín y al cabo, se choca a cada paso con la inmensa urbe que crece a su alrededor y que, aunque se "modernize", sigue siendo clasista, no abriendo un espacio digno a la subalternidad - que sigue siempre en compás de espera. Sería válido aquí retomarnos al hecho curioso de no haber pruebas concretas - en el libro - de que el relato que en él se expone no es la trascripción directa del testimonio de vida de Josefina Bórquez BIOGRAFIA DE ELENA PONIATOWSKA Nació en París el 19 de mayo de 1932. Es hija de una mexicana, Paula Amor, y del descendiente del último rey de Polonia, el príncipe Jean E. Poniatowski. Desde 1942 radica en México, y es naturalizada mexicana en 1969. Periodista, escritora, defensora de causas sociales, Elena Poniatowska es una de las intelectuales más activas de México, a donde llegó a los nueve años porque su madre decidió reunirse con su familia materna. Comenzó su carrera como periodista en el diario Excélsior y ha colaborado, entre otras publicaciones, en la Revista Mexicana de Literatura, Estaciones, Abside, Artes de México, Revista de la Universidad de México, La palabra y el hombre, Punto, Equis, Proceso. Es fundadora y colaboradora habitual del diario La Jornada y de las revistas Fem y Debate feminista. También ha colaborado en los periódicos: Excélsior, Novedades, El Día, El Financiero, The News, Tabasco Hoy, Unomásuno y El Nacional. Ha sido profesora de literatura y periodismo en los Institutos Kairós y Nacional de la Juventud, y en el taller literario El Grupo durante 28 años. Ha realizado cortos cinematográficos sobre Sor Juana Inés de la Cruz, José Clemente Orozco, el agua y otros temas. Socia fundadora de la Cineteca Nacional y de la Editorial Siglo XXI. Es una escritora de aquéllos sobre los que nadie escribe, da voz a los postergados, a las mujeres humildes (como en el cuento “Las lavanderas”) o el personaje de Jesusa Palancares [escrito a partir de las entrevistas con una humilde mujer, una soldadera que participara en la Revolución Mexicana] en la novela Hasta no verte Jesús mío. Es la voz de la pasión de grandes mujeres como la de la pintora Angelina (Quiela) Beloff en la correspondencia

que inventa entre ésta y Diego Rivera, o la de Tina Modotti en Tinísima o Frida Kahlo en Las siete cabritas. Elegido presidente Luis Echeverría, secretario de Gobernación durante la masacre de 1968, concedió el premio literario Xavier Villaurrutia a Elena Poniatowska en 1971 por La noche de Tlatelolco, pero ella lo rechazó, diciendo que quién iba a premiar a los muertos. En 1979 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Fue la primera mujer a quien se otorgó esta distinción, y la única escritora que ha obtenido dos veces el Premio Mazatlán. Cronista del terremoto del 85 y del conflicto de Chiapas, sigue compaginando su labor periodística con la literaria. Es Doctora Honoris Causa por las universidades de Sinaloa, Toluca, Columbia (Nueva York), la Florida (Miami) y Manhattan (Nueva York). De manera inevitable, la admiración por el don de hazañas en atmósferas hostiles conduce a Elena a analizar la situación de las mujeres. En un medio soezmente machista la dignidad femenina es la proeza que se defiende, sea con ironía y talento (Rosario Castellanos), sea mediante la invención de personalidades únicas (Frida Kahlo, Lupe Marín, Lola Álvarez Bravo, Rosario Ibarra, María Izquierdo y Nellie Campobello), o con el recurso de la terquedad de la especie (Jesusa Palancares). Poniatowska conduce su aprendizaje del feminismo a través de las recreaciones de figuras tensas, poderosas, atropelladas por la conspiración de los prejuicios. A las posiciones feministas, Poniatowska llega a través de la vida de sus personajes, y de la compasión que es toma de conciencia. Ha abarcado casi todos los géneros: novela, cuento, poesía, ensayo, crónica y entrevista. También ha escrito libros para niños, adaptaciones teatrales de sus obras, y numerosos prólogos y presentaciones en libros de fotografía. Su obra ha sido traducida a una decena de idiomas y su nombre figura en importantes antologías. CRONLOGÍA DE SUS OBRAS Lilus Kikus (cuentos, 1954) La luna y sus lunitas (1955) Hasta no verte Jesús mío (novela testimonial, 1961) Palabras cruzadas (1961) Los cuentos de Lilus Kikus (cuentos, 1967) La noche de Tlaltelco (1971) Querido Diego, te abraza Quiela (novela, 1978) De noche vienes (cuentos, 1979) Métase mi prieta entre el durmiente y el silbatazo (cuentos, 1982) Moletiques y pasiones (Novela, 1987) La flor de Lis (Novela, 1988) Nada, nadie, las voces del temblor (1988) Tinísima (Novela, 1992) Otras:

Las soldaderas Todo empezó el domingo Fuerte es el silencio Las palabras del árbol Paseo de la Reforma La piel del cielo TEMAS DE ALGUNAS DE SUS OBRAS HASTA NO VERTE JESÚS MIO Jesusa creció en Oaxaca, participó de la Revolución Mexicana, llegó tras la revolución a la Ciudad de México y se empleó como obrera, como sirvienta y como mediadora entre los vivos y los muertos. En efecto, el lenguaje media entre diversos mundos y diversas estelas de los ritmos y sonidos del México del siglo XX. De todas las conversaciones de Jesusa, sus recuerdos, sus historias, a Elena Poniatowska no se les escapa el más mínimo sonido. Disfrute por ejemplo de un bocadito: "En esta reencarnación Dios no me ha tenido como tacita de plata. Aquí si la consigo me la como y si no la consigo pues no me la como y ya. Dio dijo: 'Sola tienes que luchar. Tienes que sufrir para que sepas lo que es amar a Dios en la tierra de los indios'". Como en toda la obra de Elena Poniatowska en Hasta no verte Jesús mío se destaca un culminado estilo de narrar que desata las más tajantes contradicciones de la sociedad mexicana; particularmente aquellas en que habitan las costumbres sociales junto a los desdobles de la moralidad. QUERIDO DIEGO , TE ABRAZA QUIELA Angelina Beloff, exiliada rusa, pintora incipiente, escribe desde el gris, el frío, y la pobreza del París de posguerra, a Diego Rivera, su compañero durante diez años, a quien no ha podido seguir en su regreso a México. Angelina Beloff escribe cartas amargas que el pintor no responde. Una mujer fina y suave es atraída hacia una experiencia de libertad, soledad y creación en que las fuerzas faltan y hay que inventarlo todo. Es la posguerra, la emancipación de las mujeres de la clase media, las formas rotas: no hay modelos. Elena Poniatowska ha recreado, en estas cartas imaginarias, el testimonio entrañable de una artista y amante en la encrucijada del tiempo. El tono suave recorta y sustenta aquí la pasión amorosa y la pasión creadora, con los acentos que sólo sabe dar la periodista y novelista destacada que ha sido siempre Elena Poniatowska. LA NOCHE DE TLATELOLCO Las voces de la nefasta noche de Tlatelolco estaban gritando; reclamaban ser recogidas, y más que nada, continúan clamando el ser escuchadas. Elena Poniatowska con su oído gigante las ha puesto a conversar con todos los lectores del mundo en este ya clásico documento. Al leer La noche de Tlatelolco se escucha una dimensión profunda de la historia de México, un sonido similar al que produce un caracol marino cuando nos lo acercamos al oído. Un caracol que despierta la espiral de acontecimientos vividos por los mexicanos en octubre de 1968. Señala la contraportada de La noche de Tlatelolco:

"Elena Poniatowska se dedicó pues, a oir las múltiples voces de los protagonistas -indiferentes, solidarias, quejumbrosas o airadas --, y compuso este enorme testimonio colectivo, que, a la manera de un coro plural, da la relación de los hechos. Desde cualquier punto de vista o posición que adopte ante lo sucedido en esos días, el lector sentirá que esta obra de algún modo le concierne y le reclama. Estudiantes, obreros, padres y madres de familia, profesores, empleados, soldados y hombres de Estado, en fin, diversos componentes de la sociedad mexicana actual, aportan su modo de ver, sentir y considerar los acontecimientos. No se trata de emitir un juicio general, sino de recoger la experiencia misma y su reflejo en la memoria de muchos. Los testimonios fueron fielmente transcritos: las palabras vibran en la página con su textura y su tono oral. Este un libro que será oído más que leído. Un libro que no podemos dejar de oir." Como en toda la obra de Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco se destaca un culminado estilo de narrar que desata las más tajantes contradicciones de la sociedad mexicana; particularmente aquellas en que habitan las costumbres sociales, y morales. DE NOCHE VIENES De noche vienes es una colección de cuentos, relatos y reflexiones en torno a las relaciones entre los sexos y entre las clases en América Latina. La impotencia de la "niña" Mónica ante el fatalismo de las mujeres pobres en el hospital del cuento "El limbo" y el orgulo secreto con el que ellas le responden, o las recomendaciones a una "señorita bien educada" en el relato "Canción de cuna", llevan a los lectores de la risa a la pena y de la ternura a la indignación. Elena Poniatowska nos pone cara a cara con nosotros mismos con especial lirismo, humor, sensibilidad y genio para crear atmósferas. Pocos autores tienen tal talento para observar a las personas, los objetos, las costumbres. Pocos son también capaces de reproducir como ella, el habla mexicana del que proviene: sus diminutivos, sus crueldades, sus onomatopeyas, sus momentos reveladores. LA FLOR DE LIS Mariana es una verdadera duquesa francesa que vive rodeada y nutrida por los lujos y los detalles cotidianos de su vida de privilegios en Francia. Hasta que empiezan a poblar su mundo las pesadillas del universo de la segunda guerra mundial. Es entonces cuando Mariana tiene que salir de Francia. Acompañada de su madre y de su hermana, comienza un largo período de ajustes al llegar a México. De su padre, admirado y profundamente querido por la familia, no se sabe nada. México se convierte en la patria de Mariana y al aprender a querer a su nuevo país, descubre también los misterios de un personaje que le fascina, siendo mitad demonio y mitad ángel: el Padre Teufel. Este hombre cambiará a las mujeres. La guerra culmina en un final feliz, y el padre se reúne con su familia en México. ¿Cuál será, sin embargo, el desenlace de las historias de esta familia al unirse a ella la presencia del Padre Teufel? Como en toda la obra de Elena Poniatowska en La "flor de lis" se destaca un culminado estilo de narrar que desata las más tajantes contradicciones de la sociedad mexicana; particularmente aquellas en que habitan las costumbres sociales, y morales. TINISIMA En Tinísima, Elena Poniatowska da su versión, sin juicios moralistas, y sin

ocultamiento de datos, del espíritu político y cultural de la primera mitad del siglo XX, caótico, sectario, violento, generoso, divertido, exterminador y creativo tal y como lo encarnó Tina Modotti, que ofreció su talento y su energía a la causa sin llegar a ser tomada en cuenta. Libro conmovedor, Tinísima apresa por igual las utopías y las pesadillas, la sensualidad y el ascetismo, de una época hasta hace poco reducida por el olvido a la mitología. Tina Modotti compartió sus cuarenta y seis años de vida con personajes hoy legendarios: Edward Weston, Diego Rivera, Xavier Guerrero, Julio Antonio Mella, Vittorio Vidali. Y vivió a fondo sus etapas: la liberación espiritual y sexual en la bohemia de San Francisco; la pasión de la fotografía; el México de los años veinte que se abría al mundo, a la renovación artística y al protagonismo femenino. LAS SOLDADERAS Este pequeño, y a la vez gigante álbum histórico presenta una colección de imágenes sobre las mujeres que formaron parte fundamental de la Revolución mexicana: las soldaderas. Acompañadas las fotografías de textos de Elena Poniatowska, aquí están las historias de "cientos de Adelitas y Valentinas cuyo destino no sería tan ideal como los corridos que las cantan y que, valientes, rabiosas, leales y trabajadoras, se sumaron -- con un rostro que a medias recuerda a la virgen inmaculada, a medias a la bruja salvaje y viciosa -- al atroz himno de sangre y muerte con que se construyó la revolución mexicana". FUERTE ES EL SILENCIO Hay una historia de México que se escribe todos los días, y todos los días se borra. Es el secreto a voces de las aspiraciones y luchas populares y sus héroes y mártires, que sólo fugazmente aparecen en las páginas rojas de los diarios. De cara a esto, una vez más es Elena Poniatowska la relatora de lo que se querría relegar al olvido, la cronista de nuestros tiempos: vívidamente describe la vida precaria de los inmigrados a la gran ciudad; conmovedoramente, ahonda en la memoria del Movimiento de 1968; en páginas inolvidables narra la huelga de hambre en Catedral de las madres de presos y desaparecidos políticos y, sensible y fugazmente, la gesta de la colonia Rubén Jaramillo en Cuernavaca. Fuerte es el silencio es un libro donde lo llamado "policiaco" recupera su dignidad política, donde se reconstruyen los hechos que le han dado su cariz a nuestros días, donde los sentimientos se hilvanan para recuperar la memoria. Fuerte es el silencio constituye un admirable capítulo de la verdadera historia mexicana. OCTAVIO PAZ: LAS PALABRAS DEL ARBOL Si es verdad que en las palabras caben los retratos de la vida, en este libro queda probado. La de Octavio Paz es una de las biografías más difíciles de narrar -- en parte por la majestuosidad de cada una de las palabras que combinó; en parte por la amplitud de todos los eventos en que participó. Este libro contiene fotografías que forman un álbum familiar, complementado por el tono personal de Elena Poniatowska que escribe una crónica íntima y filial. LA PIEL DEL CIELO La piel del cielo cuenta la fascinante historia de un hombre de enorme talento destinado a desentrañar los misterios de la astronomía. A pesar de su éxito como científico, para

el protagonista los mayores retos de su búsqueda no vendrán de la ciencia sino de la cara más oculta de las personas, la que esconde las pasiones y los sentimientos. La piel del cielo es una novela que, como un telescopio, nos acerca a los desafíos más inalcanzables: las estrellas y el amor. PREMIOS Ha recibido múltiples premios entre los que pueden citarse: Premio Mazatlán, 1970, por Hasta no verte Jesús mío, Premio Xavier Villaurrutia, 1970 (rechazado), por La noche de Tlatelolco. Premio Nacional de Periodismo (fue la primer mujer que recibió esta distinción) por sus entrevistas, (1978), Premio Manuel Buendía (otorgado por varias universidades de México), por méritos relevantes como escritora y periodista (1987), Premio Mazatlán de Literatura, (1992), por Tinísima y, el más reciente, Premio Alfaguara de Novela 2001, por La piel del cielo. ANALISIS DE LA HISTORIA El género testimonial ha visto en esta novela uno de sus máximos representantes, se habla de la recuperación de las voces silenciadas de la historia, o del cuestionamiento de los conceptos de género literario, de crítica literaria e incluso la puesta en duda de toda la institución académica. La protagonista, Jesusa Palancares, habla en primera persona, contando su vida atropellada, en medio de la Revolución Mexicana. Pero vamos a ver cómo este texto tiene un alcance mucho mayor que el simple "poner un micrófono" a alguien. Huyo de lecturas interesadas, intentando acceder, siquiera de forma superficial, a la complejidad que hay debajo de una aparente simpleza. La voz de Jesusa Palancares lo llena todo, administra toda la información, y llega incluso a parecer la verdadera protagonista de un texto que en realidad tiene una concepción referencial. Pero esta voz que nos habla empieza el relato de forma inquietante, con una mezcla de cultura popular y delirios religiosos. No estamos ante un narrador demiurgo que organiza una visión científica de la realidad. Pero se establece un pacto de verdad, el hecho de que Jesusa "nos hable" da la apariencia de un contacto directo con la protagonista, hay una ilusión de transparencia. Es, por tanto, Jesusa quien se presenta a ella misma, y lo hace de la forma más torpe posible, convirtiéndose en un narrador indigno de confianza: "Esta es la tercera vez que regreso a la tierra, pero nunca había sufrido tanto como en esta reencarnación ya que en la anterior fui reina". Lo que nos encontramos desde la primera línea es a una persona desquiciada. Pero esto no continúa en el relato, porque las fantasías de Jesusa van a ocupar un lugar muy secundario en el texto, y será su capacidad de observación y su memoria prodigiosa (casi inverosímil) lo que organice todo el relato. Un poco más adelante hace una sorprendente definición de sí misma: "en esta última reencarnación he sido muy perra, pegalona y borracha. Muy de todo. No puedo decir que he sido buena. Nada puedo decir" . Jesusa se da cuenta de su situación, es una persona más lúcida de lo normal. Aquí se nos cuenta una vida, con todo detalle e incluso con pretensión de exactitud. Parece que Jesusa, estando loca, ha evitado caer en la locura colectiva. ¿Cómo es Jesusa Palancares? No encontramos casi ninguna descripción física de Jesusa, hay una referencialidad total. El cuerpo está ausente, sólo sabemos que "no era bonita, era lo menos que tenía". Jesusa es un yo impenetrable, o mejor dicho, un intento de

construcción de un sujeto que se escapa de las manos, un sujeto que en el fondo no aparece casi, que es una voz que cuenta. Si eliminamos la oralidad (la ficción de oralidad) y el pronombre personal "yo", lo que nos queda es un narrador impersonal, prácticamente desfocalizado. Hay una ausencia de sentimientos, Jesusa no se emociona jamás, ni tan siquiera cuando muere su marido o cuando se separa de su padre. Tampoco se enamora, rechaza pretendientes serios, es insensible al amor: "a mí no me gustó nunca ninguno; como amigo sí, a mí háblenme de amigos legales, sí, pero nada de conchabadas". Incluso suelta perlas como ésta: "a mí los hombres no me hacen falta ni me gustan, más bien me estorban aunque no están cerca de mí, ¡ojalá y no nacieran! Pero esta vecindad está llena de criaturas, gritan tanto que nomás me dan ganas de apretarles el pescuezo”. Es inmune incluso al miedo, en medio de una guerra: "para mí no existe el miedo. ¿Miedo a qué? Solamente a Dios". Se sitúa al margen siempre de los otros. De su infancia dice que "no tenía con quién hablar, porque mi único amigo era el metate. De eso me viene lo callado. Hasta ahora de vieja me he puesto a hablar un poquito". Pero no sólo está aislada de forma física, también lo está socialmente: "hasta la fecha entiendo el japonés, el catalán, el francés, el inglés porque trabajé con gringos. Como quien dice, trabajé con puros extranjeros y los de aquí siempre me han tratado como extraña". Jesusa Palancares no es la voz de los mexicanos, y aún menos de la mujer mexicana, dice que se siente como extranjera en su país. Es un sujeto apátrida, asexuado, indefinible. Carece de cuerpo, porque no es descrito en la novela Sin voluntad, el hombre se convierte en un pelele. El hermano de Jesusa, Efrén Palancares, "nunca andaba en su juicio", los esfuerzos de su padre por quitarle las malas compañías resultan inútiles, "ya el que nace de mala cabeza ni quien se lo quite". ¿Qué significa aquí, después del discurso de la fuerza de voluntad, este rasgo determinista? Efrén no está predestinado, pero es un sujeto débil, a merced de las "compañías" y manipulable. Jesusa, en cambio, siempre está sola, y posee una voluntad férrea. ESCRITURA He señalado ya cómo la novela se establece sobre un artificio de oralidad, cuando en realidad hay una poderosa elaboración literaria. La oralidad es un rasgo de estilo, y ese estilo es un procedimiento, no hay una simple transcripción. Tampoco Jesusa Palancares existe realmente. Hace un fresco de la Revolución mexicana a base de las palabras de una mujer analfabeta. El logro literario es haberse ceñido a un registro concreto (un logro dudoso), pero no haber dado voz a los sin voz, porque eso ya hemos visto que no es así. Jesusa Palancares es un sujeto mostrenco, que no pertenece a ningún sitio, no se siente representada por su género, ni por su nacionalidad, ni por su clase social. Y por el mismo motivo, no es real la sensación de improvisación que se da. Hay veces en que parece que a Jesusa se le olvidan las cosas. Se le olvida decirnos que creció, o que se separó de su padre y luego se volvió a juntar con él: "y digo nosotros porque ya desde ese momento anduve otra vez con mi papá". Pero eso es un elemento más de la construcción de esa ficción de oralidad e improvisación. A Poniatowska le hubiera resultado muy fácil decir que Jesusa se separó de su padre cuando debía de decirlo, o decir que Jesusa se iba convirtiendo en mujer. Pero no le interesa, porque hay una teatralización, todo colabora

para darnos a entender que se ha cedido la voz al Otro. SIMBOLOS Y VALORES Uno de los aspectos más interesantes del personaje de Jesusa Palancares es su posición frente a los roles sexuales masculino/femenino. Es cierto que el personaje está apenas esbozado, que sólo aparece como excusa para la referencialidad, pero cuando Jesusa Palancares se refiere a sí misma, suele hacerlo para cuestionar su feminidad. Su insistencia en ese punto es casi sorprendente, porque no se esfuerza nunca en justificar su comportamiento. En cambio, parece que ha pensado muchas veces en por qué el rol femenino no ha llegado a calar en ella. Jesusa Palancares se nos presenta desde pequeña como un hombrecito, como una feminidad vuelta del revés: "yo era muy hombrada y siempre me gustó jugar a la guerra, a las pedradas, a la rayuela, al trompo, a las canicas, a la lucha, a las patadas, a puras cosas de hombre, puro matar lagartijas a piedrazos, puro reventar iguanas contra las rocas". La niña Jesusa tiene impulsos violentos, que ella relaciona con la masculinidad. Esta actitud es bastante común en las niñas, hay algunas que parecen hombrecitos. Pero Jesusa la conservará durante toda su vida, y no será una "machorra" o una lesbiana porque no siente amor por nada, como ya se ha dicho, ni se siente atraída sexualmente por nada (o al menos no lo confiesa). Por lo tanto, Jesusa Palancares tiene un género indefinido. Sexualmente está inhibida, no siente el más mínimo instinto maternal y en su comportamiento recuerda tanto a un hombre como a una mujer. Ella, aunque es consciente de esa particularidad suya, no explica las causas de eso, ni las consecuencias que le ha traído en su vida (quizá la soledad a la que se refiere alguna vez). Tampoco parece estar preocupada al respecto. Hay un momento en la novela en que se refiere a un tal don Lucho diciendo: "don Lucho era muy buena gente, porque los afeminados son más buenos que los machos. Como que su desgracia de ser mitad hombre y mitad mujer los hace mejores". Le gusta el afeminado porque es mitad hombre y mitad mujer, pero no hace ninguna referencia a ella misma, que también es mitad hombre y mitad mujer. Hay veces en que parece que no tiene claro a qué género pertenece: "a mí esos revolucionarios me caen como patada en los... bueno como si yo tuviera güevos", habla como los hombres. En otra ocasión dice: "yo me visto a veces de hombre y me encanta [...] me gusta más ser hombre que mujer. Para todas las mujeres sería mejor ser hombre, seguro, porque es más divertido, es uno más libre". Por delante de nosotros desfila la Revolución Mexicana, con datos históricos concretos. Aquí no hay una autobiografía, el texto no se deja leer así, cuando acaba la novela no conocemos en profundidad a Jesusa Palancares. En cambio, hemos estado buceando en la intrahistoria mexicana. Se nos dice que "en 1911 Madero tomó la ciudad capital de México", o simplemente aparece el mismo Zapata en persona. Los datos históricos son muy abundantes, y toman el protagonismo por encima de las peripecias de Jesusa. Por eso Hasta no verte Jesús mío no es una típica novela de testimonio, porque no se nos cuenta la particularidad de un individuo, ni se da voz a un colectivo silenciado, sino que se hace un trabajo histórico. A veces más parece que estamos ante un ilustrado que ante una mujer de vida marginal. Jesusa Palancares tiene opiniones propias acerca de casi todo, no cree en el discurso oficial. Incluso frente a la Iglesia mantiene su distancia crítica.

Esta actitud de Jesusa es la parte más interesante de la novela, es por ahí por donde Poniatowska trasciende el género testimonial y entra en el terreno de la caza mayor. Este libro no es fácil de leer. Una lectura simple buscando el testimonio de la mujer mexicana es errónea, la realidad es bien distinta. No se habla desde ningún lugar concreto. No se intenta cambiar la realidad. Lo que hay es una posición desvinculada, que hace una crítica aguda de la Revolución, la Historia, el concepto de nacionalidad, la unidad de lo femenino o incluso la novela de testimonio. RESUMEN Capítulo 1 Esta es la 3ª vez que regreso a la tierra, pero nunca había sufrido tanto como en esta reencarnación ya que en la anterior fui reina, lo se por que me vi la cola, alcance a ver que se estiraba muy lejos toda la ropa era blanca. En la Obra Espiritual les conté mi revelación y me dijeron que toda ropa blanca era el habito con el que me tenía que hacer presente en el juicio y que el señor me había concedido la oportunidad de contemplarme tal y como fui en alguna de las veces que vine a la tierra • Lo único que te queda de mancha es eso pinto que vistes en la cola del vestido y si no lo blanqueas devorara tu inocencia.

Junto a mi aparecieron Pierrot y Colombina, que eran mis sirvientes, pero no me acompañaban como Dios manda, se distraían uno con el otro. Y es que las reinas siempre van solas, también les comente que en el templo que había contemplado un llano muy grande con harto ganado pinto: • Es el ganado que el Señor te encomendó para que lo entregues limpio. Yo tengo mucho pendiente y no se cuando lo voy a juntar y quitarle las manchas, si en esta época o en la otra, cuando vuelva a evolucionar…. Son un montos de cristianos enfermos del alma que tengo que curar, pero como no lo eh hecho, seguimos sufriendo todos. El ojo avizor me esta viendo, es el ojo todopoderoso del creador y si no cumplo no tendré por que molestarme en pedirle a los santos el ruega por nosotros que estaré olvidada de la mano de Dios. Por eso todo lo que yo atraviese son purificaciones. Para reconocer el camino espiritual se deben atravesar muchos dolores. Así el protector que nos guía puede manifestarse a través de nuestro sufrimiento. Pero también es forzoso regresar varias veces a la tierra según las deudas que uno tenga. En mi primera reencarnación fui de los turcos, de los húngaros, de los griegos por que me vi con ese manto que usaba antes la dolorosa. Traía tapada la cabeza mi habito era blanco y caía pesado en el suelo. Estaba yo parada en un lugar vacía. Conté 12 camellos y en el ultimo venia él, vestido de blanco turbante y me tendió la mano e hizo el ademán de subirme al camello, sentí miedo y él tuvo que soltarme y que hecho a correr, puse las manos en cruz y creo que tuvo su efecto por que jamás me alcanzo, yo seguí corriendo pero el sacó su pistola y fui matada. Al despertar oí su nombre: Luz de Oriente. Al otro día le entregue la revelación al padre Elías. a través de la medianidad pasan distintos seres después de recibir la luz. Dije que había contemplado a ese hermano de

piel plata en un camello y me pregunto el ser espiritual : • • • • • ¿y no sabes quien es? No, no se quien es. No temas es tu hermano………Y este hermano fue tu compañero en el primer tiempo…… ¿Cómo? Fue tu esposo en aquel primitivo tiempo cuando viniste a la tierra. Debes reconocerlo por que es tu tercer protector. Todavía no te abandona. Sigue guiándote hasta el presente. Aja…. ¿Qué no lo quieres? Sí lo quiero. Pues es tu esposo, el que cuida de ti.

• • • •

Me quede callada y seguí pensando quien fue y por que me mató en el primer tiempo. Por eso ahora el sufre por que no ha cumplido con mi esposo. Viene a ser como Pedro Aguilar; decía que viva no me dejaba en esta tierra y siempre me llevaba junto a él. Por lo menos me avisó: • Cuando yo la vea perdida, te mando a ti por delante y acabo contigo…. Dios no le concedió ver que lo iban a matar; por eso estoy aquí todavía. Así ese luz de oriente como no pudo llevarme prefirió matarme. Le tuve miedo y ese miedo me salvó. Y eso que ese miedo me lo quitaron cuando comencé a andar con la tropa con mi papá por que mis alaridos los entregaba. Luz de oriente todavía esta pagando por que me cuentan las hermanas que cuando toma su carne llora y llora y dice • llevo, llevo responsabilidad. Dicen que habla muy finito, muy bonito; que me deja los saludos y que nunca me olvide de el; que el vela y vigila por que grandes responsabilidades tiene con el señor y que grandes responsabilidades le ha confiado mi carne. De eso el todavía me cuida con su caravana, hace cuantos cientos de años y el no me deja sin su protección. El ser supremo nos envía a la tierra para poder lavar nuestras almas por que nos hizo limpios la primera vez y para retornar a el tenemos que regresar como nos mandó. Y ¿cómo nos vamos a limpiar? A fuerza de dolor y sufrimiento. Y si siguiéramos el camino limpio de Dios no habría hombres abusones ni mujeres que se dejaran. En la noche cuando estoy solita me digo: “Dios mío dame fuerzas solo eso te pido para soportar las dolencias que me has encargado” ahora que estoy vieja me pongo a pensar “ni me vale la medicina por que el chiste es no tomarla y sentir la purificación que El me manda” En esta resurrección Dios me dijo: “sola tienes que luchar. Tienes que tienes que sufrir para que sepas lo que es amar a Dios en tierra de indios”

Por eso me pongo a reflexionar: “solo Dios sabe lo que he sufrido desde que mi madre murió y lo que me falta por sufrir”. Capítulo 2 No se si por pobreza pero el entierro de mi madre fue muy pobre. Yo me arrime junto a mi papá pero el estaba platicando y tomándose sus copas con las personas que lo acompañaron, fue cuando me tire al pozo y nadie se dio cuanta de que yo estaba ahí, lo único que quería era quedarme ahí con mi mamá. Mi mamá murió de susto o el muerto vino a buscarla, por que soñó que 2 perritos tiernos le estaban mordiendo la pierna. Y al despertar yo oí que le dijo a mi papá -¡Ay que feo soñé, soñé que 2 perritos tiernos me mordían la pierna y los retorcí y los remolí hasta que los mate y los deje tirados. Y mi papá le contesto: • • • • • • • • • • cuales perros dejaste tirados? Ese fue un sueño! Si ese fue un sueño! Anda, acompáñame a hacer de las aguas. Felipe, mira lo que hay enfrente Donde? Quien lo mataría? A quien? Pues a ese que esta aquí tirado Yo no veo nada! Como no ves nada, si le estoy agarrando los pies! Yo no veo nada pero si tu lo ves veámonos, no sea que nos carguen el muerto a nosotros.

Era noche de luna y todo se ve claro:

En la mañana cando mi papá se levanto para ir a trabajar no vio nada, la loza estaba limpia, desde ese día mi mamá espeso con resfrió y a la semana estaba tendida. Mi mamá pudo ver al muerto por que ella tenia videncia y mi papá no, ahora que soy grande me doy cuanta de que mi madre tenía una misión y esa era ver. Mi papá no tenia medio de comprarme nada, yo era muy hombrada y siempre me gusto jugar a la guerra, rayuela, al trompo, puras cosas de hombre. A los 8 días de muerta mi madre mi padre se busco a otra mujer una señora muy tomadora. Eso si quien sabe donde la conoció mi papá, la tuvo mucho tiempo. Mi papá hacia lo que yo quería, me consentía mucho pero no era cariñoso. Jamás vi a la borracha dormir con mi papá. Ella me dijo: • No me conviene que no nos dejes dormir es mi marido….. Le grite que no era su marido por que era mi papá, como estaba borracha me gritó horrores de la vida, que no tenia por que tenerme miedo a mi, que cuando las hijas andaban pastoreando a los papás:

Te pesara - me dijo.

Le conteste que no me tenia por que pesarme y que si le interesaba mucho mi padre se fueran lejos y que a mi me dejaran ahí sola. Al día siguiente ella se fu a gastar el dinero a la cantina con otros hombres, yo al darme cuenta de eso llené mi cotoncito de piedras y la recibí a puros piedrazos: • • vete! Lárgate! No te quiero ver aquí! Esta bueno hija no te preocupes. En la noche le dije a mi papá lo que había pasado. Otra vez mi papá se quedo solo con sus hijos aunque mi papá ya estaba acostumbrado a que una la mujer esa le hiciera el quehacer. Yo batalle mucho con el por ese lado por que yo decía que mi papá tenia la obligación de atenderme. Cuando me aviso que otra mujer venia a vería por nosotros. Le dije a mi no me vengas a engañar, se encontró a otra con un muchachito, yo veía como se raspaba las uñas de los pies y de ese polvito le ponía al plato de mi papá, para volverlo loco. Siempre que iba por agua le cambiaba el plato de comida, el caso es que ella duró unos 8 meses, el dejo su trabajo y nos fuimos a salina cruz. Capítulo 3 Mi papá atrapaba las grandes ostras, las abría ahí mismo y así nos comíamos los ostiones, fresquecitos, yo aquí en México no los he comido, quien sabe cuantos meses tienen ya en el hielo, ¿qué alimento tienen si ya están muertos? Mi papá nos llevaba a la pesca de huevos de tortuga. Nosotros íbamos de pesca en la tarde y en las noches de luna para poder ver la paya limpia. Pescando durábamos hasta las 2 de la mañana, ya en la madrugada hervíamos los huevos, otras veces mi papá los guisaba. En esa época el puerto de salina cruz se veía muy grande, y mi papá anduvo trabajando en muchas partes pero lo que a el se le dificultaba era que a medida que íbamos creciendo le era mas difícil cuidarnos, un día le dijo a una señora con la que a veces nos encargaba cuando iba a trabajar que solo podría cargar con mi hermanito Emiliano. Después dijo que iba a ver si le daban trabajo en el barco y así fue lo contrataron como velador y estibador. Se iba desde las 5 de la tarde y regresaba a las 5 de la mañana. En eso vino mi hermano mayor, Efrén Palancares, era un borracho, muy perdido, cuando era chico el andaba con nosotros, pero cuando se hizo hombre se fue de vago. El que era de muy buen carácter era mi hermano Emiliano, el seguía a mi papá donde quiera que fuera, yo no yo era un animal misteño, tiraba para el cerro, igual era Efrén, quien sabe a donde iba y venia, en una de esas llego a las casa con una muchacha que se llamaba Ignacia, mi papá, Emiliano y yo estábamos de su lado aunque Eren la trataba muy mal. Mi papá siempre le reclamaba que por que la trataba si y lo tumbaba de un golpe y ahí se quedaba dormido. A mi hermano le dolía que estuviésemos del lado de su mujer, especial mente por mi

papá. Ella tuvo una niña, se llamaba Felipita, no había otra mas que ella, lastima que se enfermo y cuando se puso grave la trajimos al hospital de Tehuantepec y ahí murió. Después mi padre golpeo a mi hermano por que el le pegaba a su mujer cuando estaba embarazada. Y los corrió a los 2 a mi hermano y a su mujer. Después yo andaba caminado por la calle cuando un señor me pregunto si conocía a Felipe Palancares, y le dije que si que era mi papá, ¿qué cosa quiere con el? • • Llévame a verlo por favor. Vamos pues.

Le dijo a mi papá que se llamaba Cayetano y que había rescatado a Petra mi hermana mayor de un hombre que la golpeaba mucho y el juez que estaba encargado le dijo a la mamá de Cayetano si estaba de acuerdo en que fuera responsabilidad de Cayetano. Y la madre dijo que si. Mi padre le dijo que lo llevara a ver a esa mujer en cuanto la vio dijo que si era su hija, y Cayetano ya quería casarse con ella y así fue. Petra a mi me daba miedo aun así le pegaba, no dejaba que me agarrara. No se cuantos años después una noche Cayetano entro a matar a Petra y de tras de el mi hermano Emiliano, quien lo detuvo. Luego de eso mi hermana se volvió loca, escuchaba voces que le decían: cuídate petra, cuídate…. En aquel tiempo ataban la zanja del drenaje para las calles de salina cruz y en una zanja callo mi hermano Efrén y así murió, y su mujer Ignacia se fue con un pescador, mi papá se fue a Tehuantepec y ahí trabajo de gendarme y fue cuando conoció a mi madrastra Ernestina Valencia. Capítulo 4 Mi madrastra era rectora de la prisión, la prisión era muy grande, yo tendría unos 10 años y no les hablaba a ninguna de las presas. Mi madrastra era gorda, ella y toda su familia hicieron muchos bienes terrenales, huertas de sembrar muy grandes. Nos levantábamos a las 4 de la mañana y a rezar, agradecerle a Dios y nos dejo amanecer y luego me tocaba lavar fogones, ya a las 5 de la mañana estaba hecho el café, desayunábamos y nos íbamos a misa, a las 8 el almuerzo y después a lavar los trastes. A mi madrastra le ayudaba a guisar, por lo regular a los presos les servíamos sopa, guisado y frijoles. Mi madrastra no hablaba con migo, ni con mi papá, ella me golpeaba pero no le decía nada por que ya era mas grande y me decía: ¿pues que ando haciendo de casa en casa? Ni modo me aguanto en donde este mi papá. Esa señora me pego mucho pero me enseño a hacer el quehacer, ella me enseño a moler bien el chocolate, lo hacíamos al gusto de cada cristiano de la familia, eran como 20, con leche, de agua, con medio cuarterón, entero y hasta con uno y medio, a los presos les dábamos de aguan no por ser presos, si no por que es el más clásico, el chocolate con atole se llama champurrado, la señora Fortunata tomaba siempre champurrado.

La señora Fortunata era la mamá de mi madrastra, una señora de chongo esponjado, era como las señoras de antes, lo único que hacia era mandar y si nos veía sentadas nos decía: que? ¿Quieren que les tome una fotografía?, así que lo único que yo sabia era que siempre tenia que trabajar desde chica. Mientras vivíamos en la cárcel mi papá era sereno y luego gendarme, en eso se vino la revolución maderista. El marido de mi abuelamadrastra era el alcalde de Tehuantepec. Ahí nos criamos todos, Emiliano siempre seguía a mi papá, como era hombre, yo lo veía ya en la tarde o anocheciendo. En 1911 Madero tomo la ciudad de México y fue cuando ocurrió el temblor, tembló a las 4 de la mañana, mi madrastra-abuela se presento con su chal negro y me dijo: vengase muchacha…… Yo dormía con una presa que estaba condenada a pasar muchos años en la cárcel, y después de eso la cambiaron de el último enrejado al primero y le decía a la señora Fortunata: • no sea mala, regáleme un centavo para una velita de a centavo. La presa estaba haciendo el novenario del niño de Atocha, ya cuando faltaban como 2 días para terminarlo, un niño apareció con una canasta con comida y grito su nombre para que le pasaran la canasta. Ella decía: quien es este niño que me trae cosas.. pues si me las trae me las comeré. Cuando se cumplieron los 9 días, en lugar de un niño, apareció un joven vestido de traje gris y un rollo de papeles de la alcaldía, le entrego a la señora Fortunata una tarjeta para que la presa se presentara en el juzgado, solo ella y Dios saben que discutieron pero como a las 2 de la tarde ella regreso por sus cosas por que había quedado libre. Afuera estaba el licenciado y le dijo: -sígase derecho, ahí en la salida del pueblo ahí una capilla ahí me aguarda. Y así lo hizo luego de esperar, se hacia tarde y el licenciado le había dicho que si se hacia tarde preguntara por el niño de Atocha y eso hizo y alguien le respondió: pues aquí no hay mas niño de Atocha que el de la iglesia, entonces ella empujo la puerta y lo va viendo en el nicho con su canastita, con la misma cara del abogado. En ese momento callo de rodillas y se puso a llorar y le pidió al niño que le perdonara todas sus fallas. Al oírla llorar las personas le preguntaron que de donde veía y ella respondió que acababa de la cárcel de Tehuantepec. • • • • cual Tehuantepec? Tehuantepec, estado de Oaxaca No puede ser. Eso esta muy lejos No, si salí esta tarde de ahí.

Todos se acercaron e hicieron cruces por que la capilla de ese niño estaba en Fresnillo, Zacatecas. Ahí la presa trabajo para pagar su pasaje de regreso a Oaxaca, y lo primero que hizo cuando regreso fue ir a prisión y preguntar por la señora Fortunata y platicarle todo lo que había pasado. Mi papá siempre fue muy caminador, nunca calentó casa. Mi mamá lo seguía a donde

fuera cosa que mi madrastra no hizo, el solo le decía que le fuera bien y que cuando se cansara de andar paseando que regresara y si no que Dios le diera su bendición. La gente de antes era muy enérgica, una vez cuando se me cayeron los trastes y mi madrastra estaba cerca tomo un cuchillo y me lo aventó, me lo clavo en la espalda. Lego mi abuela madrastra me vio la herida y me preguntó que era lo que me había pasado y yo pues no le conteste y ella me dijo: vamos a ver quien fue. Tomo un cinturón y lo mojo, busco a mi madrastra y le pego hasta cansarse. Luego la corrió de la casa. Luego llego mi papá y como el jamás me hacia aso a el también le pego y lo corrió de la casa también. No supimos ni a que hora se fue pero se llevo a Emiliano a Salina Cruz, mi madrastra se fue con su padre y a mi me entrego con una señora que yo no conocía y me dijo: • • mira ella es tu madrina. Esta bien señora Fortunata.

Capítulo 5 Cuando a Jesusa la dejaron en casa de su madrina llamada Felisa Martines, ella conocía y le llamaba a su madrina “señora” y su madrina le llamaba a Jesusa “Maria de Jesús”, la madrina de Jesusa tenia como costumbre ira a ayudar a las personas moribundas a bien morir. La señora Felisa tenia 3 hijos un hombre que era doctor y dos mujeres, de las cuales una estaba muerta y la otra estaba casada. Además de sus hijos tenia una botica grande en el pueblo. Jesusa era la encargada de hacer todo el quehacer de toda la casa y la botica, además tenia la obligación de llevarle agua a los empleados de su madrina, en la noche ella tenia que guardar a las criadas y también de encerrar a los peones; y en la mañana tenia que abrirles y preparar el agua para que tomara su baño su madrina. Jesusa dormía en un tapete al lado de la cama de su madrina, por todo lo anterior Jesusa llego a obtener la confianza de su madrina. Uno de esos días cuando llevaba el agua, su madrina le grito que había regresado su padre, o como ella lo conocía “ su Vini” junto con su hermano Emiliano, junto con los maderistas. Cuando el padre de Jesusa se dio cuenta de que su hija ya no-tenia ropa se enojo y le fue a reclamar a doña Felisa, cuando arreglaron lo anterior, el padre de Jesusa se volvió a marchar. Cuando esto sucedió, la señora Felisa mando a Jesusa junto con su hermano Emiliano a Salina Cruz porque su hija necesitaba una pilmama (niñera) , cuando llegaron, Jesusa le encargo a una señora llamada Benita a su hermano, para que lo enseñara a trabajar. Capítulo 6 Jesusa vivió mucho tiempo en Salina Cruz cuidando a los hijos de Celina (hija de su madrina), en Salina Cruz, conoció a un chinito que le decía que quería que fuera su esposa, pero Jesusa le contestaba que no. La hija de su madrina nunca la trato mal, pero también nunca le pago, Jesusa era la encargada de cuidar a los niños y ella los mantenía muy limpios. Hasta que un día llego

una miga de su mamá la difunta y le dijo que su padre y su hermano estaban viviendo en Salina Cruz, vendiendo y haciendo carbón. Jesusa se despidió de Celina y se fue junto con doña Luisa a buscar a su padre. Cuándo llego se dio cuenta que se había vuelto a casar y cuando las vio su padre les pregunto ¿qué hacían aquí?, Él le dijo a Jesusa que el no tenia ninguna hija, ella se puso muy furiosa y le contesto que ella tampoco no tenia padre, y dio la media vuelta y se marcho. Consiguió otro trabajo con una francesa pero en comparación con la anterior ella era muy sucia y así mantenía a sus hijos, un día la patrona le ordeno a Jesusa que bañara a sus hijos y ella le contesto que no, así que la despidió, y se fue a la casa de doña Luisa. Cuando llego su madrastra a Salina Cruz la comenzó a buscar, pues le habían dicho que andaba con un soldado, cuando la encontró en la casa de Luisa la empezó a golpear y le pregunto por su padre pero ella le contesto que no sabia donde estaba, por tal motivo su madrastra decidió que se iría de regreso junto con ella a Tehuantepec, pero cuando iban le dijeron a su madrastra que la esposa de un gringo necesitaba una criada y por eso dejo a Jesusa a cargo de la esposa del gringo. En la casa del gringo aprendió a hacer muchas cosas, hasta que un día cuando estaba comprado el mandado le dijeron que habían asesinado a su hermano Emiliano, ella corrió a donde estaba el funeral y le preguntaron que si era la esposa de Emiliano, ella les respondió que era su hermana. Cuando estaba en el funeral se contento con su padre de nuevo y decidieron irse de campaña con los carrancistas a Acapulco. Capítulo 7 Llegando a Acapulco ella no se sentía mal a causa del viaje en el barco. Al caminar con su padre en la infantería ella visito muchos lugares de Guerrero, ella junto con las mujeres eran las encargadas de hacer la comida para los soldados. En uno de esos viajes El padre de Jesusa nuevamente se volvió a casar, pero Jesusa trataba mal a las esposas que les robaban a su padre, una de esas mujeres era la llamada guayabita, esta mujer quedo muy enojada con Jesusa por hacer que su padre la dejara, por esto, ella la insultaba. Las mujeres del regimiento se dieron cuenta de esto y le dijeron a Jesusa que si no le decía nada a la guayabita, ellas la iban a golpear, por evitar que a la que le pegaran fuera ella, ella golpeo a la guayabita y la dejo muy lastimada. Los carrancistas iban buscando a Zapata, pero para no exponer a las mujeres las mandaron adelante, pero Jesusa y otras cuatro mujeres se adelantaron mas, al poco rato fueron capturados por los soldados de Zapata. Como Zapata era una persona buena las cuido un tiempo, de pronto observo que se acercaba el ejercito carrancista, Zapata y decidió ir a entregar a las mujeres. Cuando llego al campamento pregunto por el papá de Jesusa y le dijo que como el no le había hecho nada a su hija ni a las demás mujeres, el no tenia por que enfrentarse a él. Al retirarse Zapata le dijo señor que le dijera lo mismo a los esposos de las demás mujeres. Meses después Jesusa se peleo con su padre y se fue con el General Blanco, al anochecer su padre la buscaba y pero ella no le contesto. Capítulo 8 El Gral. Blanco le indicó a Jesusa que se pegara con su hija, ella era muy estricta en todos los sentido, por eso la mayoría de los soldados la respetaba. Un día un joven teniente se

enamoro de Jesusa, él les decía a las dueñas de las tiendas que cuando fuera a comprar su mandado Jesusa no le cobraran nada y que él después pasaría a pagarles. Pero Jesusa se puso furiosa por lo que ella no recogía nada de las tienda. Un día el teniente le dijo a Jesusa que había visto a su padre y la llevo con él. Cuando llegaron con su padre, el teniente le pidió la mano de Jesusa a su padre, después de consultarlo con el Gral. Blanco, ellos hicieron que se casara con Pedro, así se llamaba el teniente. A los pocos días ellos se casaron por la iglesia. Cuando la llevo a su casa él la encerró en un cuarto para que se le bajara el coraje de que la obligaron a casarse. Pedro se fue, y la dejo encargada con su ayudante. Cuando regreso ya habían transcurrido 15 días. Como Pedro salía a muchas campañas, decido enseñarle a montar a Jesusa, y le dio una yegua con la que se encariño mucho Jesusa. Cuando se fueron a Chilpancingo ella vivió en una casa de adobe, donde se quedaba cuando salía Pedro de campaña. Enfrente de la casa vivía una señora con sus dos hijas, las dos hijas salían diario a cortar guayabas para que las vendieran al día siguiente. Un día las muchachas invitaron a Jesusa a que fueran a cortar guayabas con ellas, cuando caminaban de regreso, un anciano invito a comer a las tres mujeres, al estar platicando ellas se hicieron muy amigas del señor, tanto que casi diario iban a comer a su casa. Pero un día regreso Pedro y se puso furioso porque Jesusa estaba muy lejos de su casa; se enojo tanto que mando a golpear al ayudante encargado de cuidar a Jesusa, y decido llevarse a todas las campañas a su esposa. Cuando regreso al ejercito se dio cuanta de que ya no era el Gral. Blanco el que esta encargado de la tropa sino que era un general de nombre Juan Espinosa. Cuando estaba con la tropa los soldados le llegaron a decir que su padre se había muerto, pero a ella no le importo tanto, puesto que ya vivía con su esposo. Capítulo 9 En las campañas de el General Juan Espinosa dividía a los soldados para formar las caballadas y las tropas que saldrían de campaña. En una de esas campañas Pedro y Jesusa salieron de campaña en un tren hacia el norte. En el tren los caballos viajaban dentro de los bajones y los soldados en la parte de arriba. En el transcurso del viaje los villistas les colocaban bombas en las vías del tren y cuando les tocaba la explosión todos los caballos y los soldados morían. En ese tiempo Pedro comenzaba a golpear a Jesusa porque le decían que ella lo estaba engañando, hasta que un día ella decidió tomar un arma y le advirtió a Pedro que si le volvía a golpear, ella le dispararía. Después de ese día nunca la volvió a golpear Pedro, y además comenzó a tratar mejor a Jesusa. Capítulo 10 El esposo de Jesusa tenia mucha suerte con las mujeres, pero ella no le decía nada, hasta que un día el esposo de su amante lo quiso golpear, pero como pedro estaba borracho lo golpe hasta casi matarlo. Por lo que hizo, Pedro fue sentenciado a 15 días de prisión. Cuando Jesusa le estaba llevando de comer, ella encontró que la amante de Pedro le estaba dando de comer, ella se enojo mucho y se dio la media vuelta. Jesusa espero a la amante de su esposo afuera de la prisión, y cuando ella salió, Jesusa la persiguió y cuando la atrapo la comenzó a golpear.

Días después Pedro salió de prisión él no se enojo con Jesusa por haber golpeado a la otra mujer. Después de lo que paso, Pedro comenzó a tratar mejor a su esposa y cuando salían de campaña él la cuidaba mucho. Cuando estaban en el norte Jesusa vio por primera vez lo que era la nieve, así que todo el día se la pasaba jugando en la nieve, pero sin tomar las medidas necesarias. Hasta que un día no puedo caminar, como Pedro la respetaba mas él se encargo de su esposa hasta que pudo caminar nuevamente. Capitulo 11 Cuando se encontraban en la sierra de San Antonio Arenales, el general Juan espinosa y Córdoba dijo: “Nos vamos a quedar un tiempo”, así que acamparon en una loma sin un árbol, pero observaban a unos campesinos que venían a vender provisiones, ellos pagaban con billetes, hechos por el gobierno, en cambio los villistas traían unos papeles blancos; mientras estaban ahí acampando esperando ordenes del gobierno, mientras ellos empezaron a buscar leña, para prender fuego en sus campañas, y no pasar frió, en una búsqueda el marido de Jesusa, Pedro Aguilar, y su compañía, encontraron una coyotita y la llevaron consigo. Jesusa la crió con una franelita y atole, la coyotita le tomo mucho afecto a Jesusa, esta dormía en sus pies y no dejaba que se le acercase nadie. Todas las noches, o en su mayoría, Pedro le leia a Jesusa, entre ellos le leia a Nostradamus, Catalina de Médicis, Las Mil y Una Noches, etc. Siempre Pedro preguntaba a Jesusa sobre de que habia entendido, y pues Jesusa contestaba lo primero que se le venia a la mente, y después su esposo, a su manera de ver, le decia sobre que se referia; habia veces que de tanto leer, Pedro solo se volteaba y se dormia sin cenar. Una mañana el coronel fue en busca de Pedro, con el fin de que diera orden de que tocara reunion, puesto que ya habian llegado noticias del gobierno y como Pedro no se encontraba, Jesusa tomo el clarín y toco. La coyota siguió a Jesusa y el coronel se le hizo facil tomarla del brazo, entonces la coyota le mordio y el saco la pistola y la mato, Jesusa se enojo tanto, que le dijo al general que la reviviera, asi como la habia matado, pues el general solo le contesto que no era Dios y que le daba cien pesos por ella, y ella no los quizo recibir, después dijo que no volveria a cuidar animales para que los maten. Aun asi ella crio un par de marranitos, al igual que la coyotita, una puerca y un perro al cual llamo Jazmín, por lo blanco que era, estos animales fueron regalados a Pedro; al igual que la coyota los otros animales eran igual de bravos y defendían a Jesusa; después de un tiempo se murio el Jazmín y la puerca no le faltaba mucho, asi que Jesusa le dijo a su marido que se ocupara de ella, asi que Pedro la vendio. Otra vez en un Rancho llamado del Guajolote, acamparon en espera de noticias, mientras el general y su esposa, era libre de hacer lo que quisieran, mientras tanto, cada quien hizo lo que quiso, y Pedro se dedico a matar puercos y hacer chicharron; Pedro era muy dadivoso, e invitaba a todos, algunos ponían agua, otros prendian fuego, todos ayudaban y al final Pedro les repartía un pedazo de carne a cada quien, en ese lugar no habia agua, pero habia un niño flaquito, de doce años, de familia pobre, llamado Refugio Galvan, que para ayudar a su familia iba a un cerro muy lejos para traerles agua; Pedro se encariño y ayudaba siempre a la familia, dándole la carne que sobraba, el chiquillo siempre lo seguia. Una tarde la madre de Refugio llego a invitar a Pedro a dar la bendición de padrino al niño, y ya que Jesusa no entendio, se lo explico, diciéndole que se lo entregue

porque estaba muy grave, Pedro se fue a Ciudad Maíz y pues Jesusa fue hacer lo que le correspondia a Pedro. Jesusa consiguió lo necesario y fue con el muchacho, ya ahí le pregunto que si ya se queria ir, y el contesto que si, ella pregunto si no esperaría a Pedro y el dijo que no, que ya era tarde, asi Jesusa le dejo el niño en brazos a la mamá y el niño murió. Un cabo fue a avisar a Pedro y el arreglo todo sobre el velorio, entre esas cosas compro aguardiente y cohetes, dado que la creencia dice que asi como se recibe un niño, asi debe ser entregado; en el velorio, preguntaban a la madre de que habia muerto, y ella contaba que con la cazuela de chicharrón, los niños se amontonaron y el escapo a un árbol; su madre lo encontró tirado y con la cazuela vacía, y durante su agonía tenia mucho dolor, aunque ningún hueso roto, Jesusa pensaba que ella con una hierba, así como la árnica, lo hubiera curado, desasiéndole el coagulo de sangre, pero ella le dijo a la mama que por que no lo intento curar, y ella dijo que dios ya lo había dicho, Jesusa se molesto. Pedro siguió tomando durante una semana, se endrogo y tomo unos puercos a credito los mato y de la carne saco el dinero y volvió a levantarse Una noche Jesusa vio al nagual, ella vio la sobra de un cristiano que se acercaba, ella diciendo que si daba un paso mas, lo mataría, entonces corrió el nagual, ella le conto a su marido diciéndole que el nagual era un cristiano que se disfrazaba para robar, después la carne y manteca que hacian, por las noches desaparecia, y solo dejaban lo pero, asi que Jesusa decidio que lo esperaria en la noche para ver, asi que quedo despierta, con pistola en mano, y solo dejo una vela prendida, como acostumbraba, entonces mas avanzada la noche lo vio pasar y cuando llego a la puerta ella lo detuvo con la pistola y lo ilumino y vio que el nagual, era en verdad un amigo de Pedro que siempre le regalaban chicharron cuando iba; el corrio a traves del cerco de espino; al otro dia llego Pedro con su amigo y mientras comian, ella le platicaba de que ya sabía quien era el nagual que no era un animal si no una persona. Cuando se decia que una muchacha se la habia llevado el nagual, seguramente el novio en persona no podia quedarse con ella, asi que se apalabraban entre ellos y se decia que el nagual se la habia llevado. Pedro habia pedido unos dias de permiso para ir a la Hacienda del Salado que se encontraba en el estado de Coahuila, donde iria a ver a su abuela, ahí habia nacido; cuando llegaron a saludar a la abuela, se le acerco una chiva, luego que lo olio, la chiva empezo a llorar, mientras Pedro le decia: “alli esta mi madre” Jesusa volteaba a todas partes y le decia que como iba a creer que su madre era un animal, puesto que Pedro no conocio madre cuando de chiquito lloraba, la chiva iba a donde se encontrara el y le daba de amamantar; Pedro se hizo capitan por que arrió la caballada de ricos, cosa que no les gusto y tampoco se les olvido, ni si quiera lo dejaron llegar al zocalo del lugar, y sus amigos le dijeron que lo iban a aprehender, Pedro llego con Jesusa y le dijo que se tenian que ir, no les dio tiempo de despedirse; La chiva murio al dia siguiente, Pedro conocia muy bien esos lugares, asi que pudo escaparse. Capitulo 12 Después de haber regresado, Villa paso por Conchos y quemaron maizales, saquearon la iglesia, decapitaron a los santos, Villa hizo tocar las campanas de la iglesia para que supieran quien era. Mientras Pedro y Jesusa fueron a visitar a la abuela, la gente del gerenal tuvo que ir a

levantar el campo, por que los villistas habian volado un tren de pasajeros y matado a toda la escolta; Pedro tenia que ir a levantar cuerpos, eran en su mayoria civiles, mujeres y niños todos encuerados y con los ojos abiertos con el fin de que los zopilotes se los comieran; tres góndolas se llenaron de gente muerta, el general ya habia ordenado hacer tres grandes hoyos para echar a todos ahí; asi eran los de la División del Norte, encueraban a los muerto para robarles, porque llevaban bonita ropa; después de levantar el campo, a las dos de la mañana tocaron para que se levantara el batallón y salieron a perseguir a Villa, todos fueron menos la impedimenta; Jesusa también fue. Cortaron toda la sierra a galope tendido; el combate empezo a las tres de la mañana, tuvieron muchas bajas, tiraban a donde salia el fuego, pero estaban escondidos tras unas peñas, el general ordeno media vuelta, pero no lo escucharon y siguieron adelante, amanecio y Jesusa le seguía cargando el máuser a Pedro, cuando repentinamente Pedro ya no tomo el mauser y Jesusa se dio cuenta que ya no estaba en el caballo, cuando fue a levantarlo vio que ya estaba muerto, habia recibido un balazo en el pecho, después el mayor llego con unos soldados y Jesusa le dijo que estaban solos, el general le pregunto que que hacian, y le dijo que hicieran fuego en retirada, el general quedo pasmado y dejo a Jesusa a cargo de la gente, y tomaron rumbo al rio Grande haciendo fuego en retirada; cuando llegaron al otro lado un capitan gringo los aprehendio y le ordeno que le entregaran el armamento ya que eran prisioneros, Jesusa se nego, el gringo le dijo que debia que entregar su armamento y su tropa porque su general ya se habia rendido y ya habia entregado el armamento, el gringo le dijo que podian llegar a un arreglo que cuando pasaran otra vez a México el les entregaria el armamento intacto, asi que se hizo una lista, al general se le encontro dormido, muy tranquilo y quitado de la pena en una casa de campaña. Jesusa habia solicitado al capitan unos hombres para ir a recoger a Pedro, el se los nego por que se encontraban en calidad de prisioneros, el capitan gringo le dio una escolta y la dejo ir por el, lo fueron a enterrar en Marfa, Texas, en los Estado Unidos . Duraron un mes alla hasta que el general Joaquin Amaro pidió que se les regresara, Jesusa ya no regreso con el general Juan Espinoza y Córdoba ya que estaba apuntada en la compañía de su marido; estando en Villa González Jesusa le dijo a el general que le entregaba la tropa, el le ofrecio el mando y ella lo rechazo asi que el general se molesto y le dijo que no le pagaria los tres meses de su marido; entre todas las viudas le pagaron el boleto a Jesusa para que todas las mujeres fueran a Durango para hablar con el General Amaro, estando ahí, debido que el general controlaba las operaciones, no se podia llegar ahí y hablar con el, habia mucha gente formada para hablar con el, Jesusa decia que no podia esperar hasta mañana, que queria habla ya con el, le decia a un centinela, en eso el general la escucho y le dijo que subiera, ya ahí, le conto Jesusa lo de el dinero, y el general telegrafeo a Espinosa y Córdoba que le mandara el dinero y en seguida llego el dinero, ese mismo dia el general embarco a las mujeres a cada quien a su lugar de origen, tambien le expido un pase para que en Tehuantepec cobrara Jesusa la pension de viuda; cuando llego a la Ciudad de México para transbordar de tren, le robaron todo lo que traia, y se quedo en la estacion. Capitulo 13 Ya estando en la capital, se quedo en la alameda, hasta que unos policías le preguntaba que adonde iba, y ella solo respondía que iba a la parcialidad numero 15, y asi de esquina a esquina los gendarmes la dejaron hasta la calle antes dicha; cuando le compraron el

pasaje se había hecho amiga de Adelina Román, quien era mujer del general Abacú, ella fue quien le dijo que buscara a su hermana Raquelito, ahí era donde vivía, El esposo de Raquel era general, pero ya habia muerto, asi que Jesusa se quedo en un rincón del pasillo, Raquel le habia preguntado si ya la había pensionado el gobierno, y ella respondio que si pero que llegaria a su tierra Tehuantepec, asi que Raquel le iba a arreglar que recibiera el pago ahí. Fueron al palacio Presidencial, donde estaba repleto de viudas tratando de arreglar lo de las pensiones, en ese entonces se encontraba Venustiano Carranza, paso Raquel y Jesusa con el, y Venustiano dijo a Jesusa que estaba muy joven y que no la podían pensionar, que podría encontrar otro marido, Jesusa rompio los papeles que le consiguió raquel y se los avento en la cara, el le dijo que era muy grosera, ella contesto que a el no le importaba si era joven o no, que no tenia porque robarse los haberes de los difuntos. Jesusa como no tenia ningun tipo de protección salio a buscar trabajo, pero como no estaba acostumbrada a hablar con la gente, se quedo igual, durante mucho tiempo, aproximadamente un año según Jesusa, camino de arriba abajo la calle de la parcialidad, y no cruzaba la acera por miedo a perderse, caminaba pensando que seria de su vida y sin nada en el estomago, hasta que una vez cuando caminaba una muchacha le pregunto adonde iba, ella respondio que quien sabe, le dijo que buscaba trabajo, y ella le mostro un cartel que decia: “Solicito criada” y ella no parpadeo, entonces le pregunta que si sabe leer, y ella le dice que no, asi que ella la llevo por todas las calles enseñándoles los letreros, después de un rato le dijo la muchacha de nombre Isabel Chamorro, que fueran a comer, Jesusa respondio diciendo que la esperaba, que no tenia dinero, e Isabel dijo que no estaba preguntando si tenia dinero, asi que terminaron en el mercado comiendo, después regresaron a la casa, y dada la casualidad Isabel tambien conocia a Raquel, y le dijo que le había arreglado trabajo a Jesusa en Santa Ana. Ahí trabajo con una española, quien tenia su casa y al lado la vinateria que trabajaba su marido, asi que Jesusa solo se dedicaba a limpiar la casa, cada ocho dias, con lejía lavaba el piso, y lo pintaban, la señora solo le daba lo suficiente de comer a Jesusa. Asi duro como año y medio hasta que le dieron reumas a Jesusa y ya no pudo trabajar, asi que la corrireron y volvio con raquel, esta le dijo a Isabel chamorro y fueron a cobrarle a la señora española. Despues conocio a la señora coyame quien era esposo de un capitan de marina, ella era muy celosa, y ordenaba a Jesusa que lo siguiera, asi que Jesusa siempre iba una cuadra atrás de el marido, y el pobre señor no podia hablar con nadie, Jesusa se canso, y un dia la hermana de coyame, le dijo a Jesusa que fueran a buscar trabajos de cartoneras, y ella dijo que se iba a enojar su hermana y no tenia donde quedarse, pues ella dijo que con ella se quearia. Jesusa acepto y fueron a buscar trabajo, aunque ella no sabia nada de eso, las mujeres le dijeron que cuando le preguntaran si sabia, ella dijera que si, el señor si se dio cuenta, pero nunca dijo nada, le pagaban cincuenta centavos diarios, hasta que el dueño quebro, asi que Jesusa y otras mujeres, fueron en busca de trabajo, Jesusa encontro trabajo, armando cajas de calzado, en la fabrica de San Antonio Abad, ahí le ofrecieron setenta y cinco centavos diarios, ahí habia maestras, y a Jesusa la pusieron a forrar cartón, como ella era nueva la maestra le dijo que si no le disparaba la bebida y que fuera a tomar con ellas, la golpearian, un muchacho la previno y le dijo que le comprara la bebida, este joven de nombre Nicanor Servin, tambien trabajaba ahí solo que el forraba cajas, asi que Jesusa decidio comprar pulque y se los dio, asi que tomaron ahí, y la maestra y otras

quedaron tiradas de borrachas ahí en la fabrica. Después del incidente, las mujeres se dejaron de meter con Jesusa, ya que el dueño las habia regañado, pero entonces, era Jesusa quien despues del trabajo se iba a tomar, asi rento un cuarto y compro un petate y una cobija, asi estuvo dos años y medio de arriba para abajo, yendo a salones de baile, pulquerias, changarros, etc. Capitulo 14 Todas las noches Jesusa, después del trabajo, se iba a tomar, e iba a tomar con los de la montañagrina, era un salón de baile, ahí en invierno siempre se tomaba su ponche bien caliente y con piquete, el dueño del local, don chicho, mandaba a Jesusa a algunos mandados, hasta que una vez regresando de un mandado, alguien la intentaba llamar, pero ella no respondio, hasta que de repente la jalo de los pelos, y ella le dio una cachetada, el señor le enseño unos papeles de Agente de la Reservada a los gendarmes que llamo, y ellos tuvieron que obedecer, ya en el juzgado se aclaro todo y don chicho fue tras el llamado de Jesusa, no se pago ninguna multa y salio libre; al acompletar la quincena, el dueño la corrio. Como no tenia trabajo, una vez estando en un parque, Adelina de la Parra contrato a Jesusa para trabajar en su negocio, ella solo limpiaba y ordenaba la casa; el negocio era un salon y a menudo se tenia que lidiar con borrachos, una vez la dueña invito a Jesusa a que atendiera en el salon y desde ahí, empezo mejor con el salon, una vez, habia un hombre que le decia a Jesusa que cada vez que llegara, desatendiera lo que estuviera haciendo, y lo atendiera a el. Un dia mientras atendia a algunos otros, el señor llego, y Jesusa no le hizo caso, asi que el señor dado que era curtidor, se fue, y regreso con un cuchillo de curtir, quizo pelear con el que la acompañaba y ella lo saco y le dijo que haber si muy hombre, que con ella se las iba a arreglar, asi que Jesusa le pego y le mordio la mano soltando el cuchillo, y se le fue encima con el cuchillo y el señor corrio. Las muchachas le decian que por que era asi, que algun dia le iban a hacer algo, y ella les respondia que si ya le toca pues ya le toca. Siempre decia que amigos de buenas, eran amigos, uno era chofer, otro banquero, otro policia, tambien Valentin Flores, a este individuo, le gustaba tomar, y salia borracho a vender su mercancía, ellos le hacían averías y después le ayudaban, cuando Jesusa se enfermo, fue el unico que la fue a curar, tambien tenia un amigo Raimundo Patino, siempre le decia a Jesusa que despues de trabajar iban a bailar a tal parte, el señor ya era casado y tenia tres hijos, el siempre fue un buen amigo. Una noche un señor le preguntaba que si era mesera, y ella respondió que no, el señor le ofrecio trabajo de mesera de alimentos los domingos y ella acepto. Capitulo 15 Un dia un joven llego a el salon, y dijo tener un poder espiritual muy grande, todas las muchachas se le acercaron y el solo pasándoles la mano, les dijo: “levántate” ninguna pudo, Jesusa lo veia de lejos, ella no creia, asi que le dijo el muchacho que a ella tambien la iba a pegar, pero no pudo. Asi que como Jesusa no creia, el joven le pidio una prueba, ella no quizo asi que el la eligio y le pregunto que con que difunto queria hablar, ella dijo no tener difuntos pero aun asi para que dejara de molestar pido que llamara a Pedro. El joven tuvo que dormir a una muchacha de mente abierta, para que a traves de ella se

manifestaran los espiritus, pero aun asi no pudo y llamo a otra persona, en eso sacaron a Jesusa, y desde afuera oia, era la voz de su papá, ya no de la muchacha si no la de su papá, el joven pregunto si conocia a alguien el dijo que a nadie, pero la muchacha que acababa de salir era su hija, el dijo que antes de halar con su hija, queria hablar con doña Adelina, a quien le encargo que le diera otro oficio diferente ya que no le gustaba que bebiera, despues llamo a su hija para darle un consejo, que dejara de pelear, por que cada vez que lo hacia a el y a su mamá los encadenaban. Dejo de hablar su papá, ya que las almas no tienen derecho a materializarse, a decir cosas terrenales, solo dicen lo necesario, desde ahí Jesusa empezó a creer Capitulo 16 Un día mientras Jesusa se encontraba en su cuarto recostada, vio pasar una cosa como humo, salio a buscar quien estaba fumando, pero no encontró a nadie, entonces recordó al joven que había dormido a la muchacha que vivía en el cuarto de a lado; la llamo y la sento, ella preguntaba que qué le haría, solo le respondio que la mirara, jesusa no sabia ni como hacerle, pero la joven sola fue cerrando los ojos, pensando que estaba jugando con ella, agarro un fierro y lo calento, le pincho un brazo, y la muchacha no se movio, entonces le pregunto que si haría todo lo que le pidiera, ella respondió si, y ella empezo preguntando lo que se le viniera en mente, entonces le pidio que tomara su forma corporal y fuese a busar a Antonio Perez, el chofer, y pidio que se lo trajera, ella le respondio que fue a recoger pasaje a algun lugar, y asi le pidio que fuera, e hizo que la siguiera, la joven le decia que ya se encontraba en la esquina y que en un momento le chiflaria, y en efecto le chiflo, ella dejo a la joven ahí arriesgando que se muriera y salio al balcon donde antonio le pregunto que si habia salido, ella le respondio que no, el le decia que la venia siguiendo desde las calles de la Luna y el Sol, ella le dijo que no y se despidio; ella siguió con la mediunidad hasta las ocho de la noche, hasta que la joven empezo a decir: “sí, sí, sí, sí, sí, sí,… Jesusa sintio que un frio corria por todo su cuerpo, entonces la joven le dijo que habia alguien que queria hablar con ella, Jesusa respondio, como si no pasara nada, que quien era y que queria y le pidio su señas, ella lo describio asi: “es un viejito con lentes, un padrecito. Esta sentado en la banca de un jardin, tiene un libro en la mano, y hay un altero de libros junto a él.” Ella le dijo que si lo conocia, ella lo conocia por que alguien le habia regalado un recuadro donde aparecia el padre antes mencionado, diciendole que si algun dia lo necesitaba, le pidera a él; cuando entro el espiritu en la mediunidad, ella sintio un frio helada hasta los pies, esta persona la saludo y la reprendio de que no debia de jugar con la mediunidad, que si queria que se muriera la joven, ella no entendia, tambien le encargo una mision, le pidio que tendria que estudiar la mediunidad desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche y no divirtiendose, asi se despidio y la joven desperto, nadie dijo nada, y se fue, al otro dia, las dos hicieron su trabajo rapido y a las tres ya habian empezado, los seres de la oscuridad que “golpeaban”a Jesusa, pero siempre el padre la ayudaba, habian seres que habian muerto en una riña, y llegaban simulando un cuchillo, mientras Jesusa les explicaba que ya estaban muertos, hizo mucho alboroto, e incluso hizo que algunos seres como hijos y padres, no se volvieran a hablar, al poco tiempo se entero que el padre se llama Manuel Antonio Mesmer. Habia un amigo banquero que invitaba todos los sabados a ella y a las demas muchachas, pagaba la cuenta a la señora Adelina y se las llevaba a pasear por todo México, siempre

fue respetuoso con ella, aunque si le gustara después el le pidió matrimonio a Jesusa y ella dijo que no que ya había tenido con Pedro, nos cuenta de sus amores, el banquero, un capitan gringo que la conocio mientras estaban de prisioneros, el primero de sus amores fue el chino Juan Lei, ella preferia estar sola. La señora Adelina de la Parra se fue con un militar y le dejo el negocio a Jesusa, quien lo trabajo, mientras se fue, ella se encargaba de pagar a las muchachas, limpiar la casa, ademas rento un cuarto de abajo, a una tortillera y un policia, cuando regreso le dio todo intacto a la señora, ademas le dijo que le habia aumentado el sueldo a las muchachas, y que habia rentado el cuarto de abajo, la señora le pregunto si ya no se queria hacer cargo, ella respondio que no porque no le gustaba estar encerrada, ya que no podia salir a bailar ni a tomar. Salio de ahí y fue a escaparse del trabajo aquel, y entro a una fabrica de loza. Capítulo 17 Ya después de la fábrica de loza ella siempre pasaba frente a un taller y se le quedaba viendo al carpintero hasta que un buen día le dice: • • ¿Quieres aprender? Pues si, enseña, si

Así ella aprendió a barnizar en los ratos que estaba de balde; el señor que le enseñó eso se llamaba José Villa Medrano. Ella dice que en esos años era terrible, a cualquier cristiano que se le ponía enfrente se le votaba a golpear y le decía majadería y media. Cuenta que en ese entonces se usaban los coches con caballos y los coches de mula con cochero arriba en el pescante, uno se podía subir en cualquiera por el precio de 50 centavos. Ella se iba a las cantinas y se salía de ellas a eso de la una o dos de la mañana. En esos días cayó presa y llevada a la prisión de Belén por primera vez en el Defe. Salía del cine, eran las once de la noche cuando a un sirvengüenza que ya la había estado molestando en el cine se le hizo fácil jalarle los cabellos, ella volteó y le dio una cachetada. Esa es a enfermedad de los mexicanos: Creer que son muy charros porque se nos montan encima. Pero no todas son yeguas mansas. El individuo aquel todavía la siguió hasta su casa pero Jesusa agarró la tranca de la puerta y lo golpeó. Se fue enseguida pero fue a llamar a los policías, como ella ya suponía que eso iba a pasar, logró cambiarse el vestido y el peinado. El borracho no la reconoció pero los vecinos la denunciaron. La metieron a la cárcel junto con su amiga Guadalupe Escobar ya que ella vivía con Jesusa. El tipo en su primera declaración mencionó a una agraviante mujer, en la segunda a tres mujeres y dos hombres, en la tercera mencionó a seis mujeres y cinco hombres, puesto que esto no fue creíble se hundió por si mismo y a Jesusa la sacaron al término de 72 horas que marca la ley; sin embargo al estar ahí no le gustaba bañarse ya que ella no consideraba que estuviera sucia, no se formaba para comer y se acostaba con Guadalupe, ella veía que las presas se quejaban de la comida, pero Jesusa recordó que en su tierra a veces las presas no comen eso ni libres. Al salir de la cárcel se tuvo que cambiar de trabajo puesto que todos sabían que había estado en el bote y se metió a una cartonería. En eso ella recogió a un perro que se había encontrado en la calle, al principio le salió

algo bravo, pero como le empezó a dar pan se amansó. El perro entraba a la casa y se subía a una sillita que tenía y le obedecía muy bien a Jesusa, no dejaba que nadie se le acercara, lo raro es que no comía nada solo puros bolillos o bizcochos, lo llamó amarillo y el perro cuando no estaba ella iba a una tienda donde le daban pan, el pan ya lo pagaba Jesusa, incluso al regreso de su trabajo le preguntaba si había comido y con un movimiento de la cara él le decía si y si no, salía a la calle e iba a la tienda, sorprendía a la señora de la tienda. Un día lo encontró muerto detrás de la puerta esperando a Jesusa. Capítulo 18 Iba mucho a la carpa de Manuel el Robachicos, a ver bailes, ella lo conoció e incluso le pidió que sustituyera a alguna de sus bailarinas cuando no iban. Un día se quedó sin trabajo y le llegó el 4to período de la sífilis, a ella se le hizo muy triste el ver que nadie se ocupara de Don Manuel y como estaba viviendo en la misma pensión que ella, se le hizo fácil pagarle sus gastos de comida. Luego empezó a cuestionarse sobre que le gustaba más el hecho de ser hombre que ser mujer, porque a la mujer no se le respeta a cualquier edad, porque el hombre es más libre y se divierte más dice: • • Mil veces Moguer ser hombre que ser mujer Bendita la mujer que quiere ser hombre

Don Manuel empezó a mal acostumbrarse y volverse todo un vividor, pedía para los cigarros, para el cine, para los toros. Pero Jesusa le dejó de dar. Don Manuel al ver que no le daba el dinero para sí le empezó a hacer brujería, Jesusa empezó a tener dolores y a ver a una persona, pero que de vez en cuando en la noche especialmente en las de baile, asomaba la cabeza y la espiaba, después se entera que fue el mismo demonio. Y fue con su protector Don Manuel Antonio Mesmer. Jesusa recuerda haberlo visto guapo como de 25 años, se dice que bajaba en forma de animal pero ella lo vio en forma de cristiano, por eso era el hermano LuzBella. Su protector le dice que siempre estará con ella pero que si se enferma que no tenga cuidado, que sufrirá pero que él la va a ayudar. Luego tuvo peritonitis. Estuvo 5 días enferma y en la noche del quinto divisó a una señora que le agarró la cabeza, pensó que era la muerte, después se dio cuenta que en realidad había sido la Virgen de la Soledad y gritó que la muerte estaba en su casa, los vecinos fueron a verla pero al día siguiente se sentía como si nada y se fue de la pensión. Luego Don Manuel fue a buscarla para decirle que apadrinara a su santo San Ciro, esto ya se lo había anticipado su protector y le dijo que le dijera que sí y que no le guardara ningún rencor. Capítulo 19 En una farmacia conoció al doctor Rafael Moreno, el cual le pidió que si quería ser enfermera del Hospital Morelos, ella gustosa dijo que sí y empezó a trabajar ahí, lo principal que ella veía en el hospital eran los casos de enfermedades sexuales. En eso llegaron unos educadores de la Secretaria de Educación para instruirlos y darles clases, pero como ella veía que solo le preguntaban cosas tan babosas como ¿Cuántos árboles en la Alameda? O ¿Cómo se llaman los pescados que están debajo del agua?. Ella

no lo toleró decía que no le iba a estar buscando chiches a las culebras y así como así se salió del hospital aquel, además decía que le pagaban muy poco y que solo le querían tomar el pelo los maestros. Se quedó burra pero muy contenta. Más vale rebuznar que hacerle al monje. Volvió a Netzahualcóyotl donde volvió a ver a Antonio Pérez, él tenía novia se llamaba María, le decían “La puerquitos” o “María la Trompitos” ya que estaba muy trompuda. Ella tenía chancros duros que son los malos, Jesusa se lo dijo a Antonio pero aún así el no le hizo caso y al rato ya andaba mal. Jesusa lo quería mucho y le pidió a su protector que lo curara, él le dijo que en 3 meses, pero Jesusa le dijo que antes, entonces que en un mes y así hasta que quedaron en 15 días. El día quince fue a verlo pues no lo vio salir a trabajar y pensó que no lo habían curado, que estaba más grave y es que así era porque estaba más grave, al igual que ella la última vez el día 16 estaba más feliz, contento y vivo que antes. Antonio no se casó con ella por su clase social, la familia de él quería una dama de clase. No cualquier indita. Capítulo 20 En el changarro de Netzahualcóyotl llegó su compadre José G. Sánchez, su mujer María, Guadalupe Escobar como esposa del hermano de José. Estuvieron hablando de los balazos y balaceras y recordando aquellos tiempos. Le dijo que le daban ganar de salir de México a balaceras. Salió el Primer Escuadrón de Gendarmería Montada del Cuartel de Peredo debido a la Guerra Cristera. Después regresó con Adelina. Conoció a Doña Reginita la madre de Adelina que había llegado con sus dos hijos: Luisa y Tomás. A ella le gustaba mucho la platica, pero como le fue escarbando encontró que era su nieta o por lo menos eso fue lo que le hizo creer a Jesusa. Desde ahí le empezó a decir Tía a Adelina y a Luisa y pensó: • Es el destino; Dios no me quiere tener tan desamparada sin quien vea por mi y con mano misteriosa en vez de llevarme a otro lago, me trajo a donde había sino familiares cercanos, al menos retirados….”

Estuvo con ellas un tiempo hasta que Adelina echó a Luisa de la casa puesto que ella no quería trabajar con ella ya que Adelina le hacía feo a ella. Jesusa Cuidó después de la hija de Luisa. Después Jesusa se peleó con el policía que vivía a un lado del negocio de Adelina ya que no le quería pagar la renta. Se pelearon y el Policía salió huyendo disparado porque Jesusa le había metido un buen susto. Pero ella se fue con el Segundo Regimiento de Artillería a Puebla y de ahí a Oaxaca. Capítulo 21 Empieza a relatar como es Oaxaca y lo describe como un rancho que se fundó cerca de los cerros de Guajes, que tiene un zócalo y una catedral como la de México. Te explica que hay pocos árboles, que las casas con como jacales o muy deterioradas, la gente se

metía a su casa a las 8 de la noche cuando más. Ahí se encontró a un tendedero el cual le dijo que tenía un gran parecido a una familia Palancares. Jesusa fue descubriendo que él era su tío Cleofás y la mandó a llamar, pero al llegar él le dijo que su herencia se la habían llevado los revolucionarios, en realidad ella esperaba llegar y saludarlo pero no encontró mas que pocos indicios de bienvenida. No le invitó siquiera un vaso de agua. Ella se fue indignada. Sus abuelo fue un francés y su abuela una india de Miahuatlán, su mamá era Chaparrita como de 1.60 y quiso mucho al abuelo, tanto como a un padre, pero tuvieron que salir del pueblo debido a que sus hermanos por celosos y envidiosos querían matar a Felipe puesto que era el que posiblemente heredaría todos los bienes. Empieza a contar que en el Regimiento ella cuidaba al hijo del capitán García, pero un día después de los toros un fulano la confundió de persona y accidentalmente se disparó un arma, en la noche descubrió en su camisón un agujero de bala, pero ella no estaba herida, entonces fue a agradecerle a su protector y Jesusa comprendió que siempre había con ella desde pequeña. Nunca volvió al templo a donde había ido. A los pocos días la metieron a la cárcel por romper una fila de platos y no pagarlos. Capítulo 22 Los soldados la fueron a sacar de la cárcel pero el regimiento ya se había ido en lo que ella guardaba sus cosas y pues perdió el tren, se fue caminando hasta México de vuelta con Reginita, pero ahí le contó que Luisa siempre llevaba a hombres para hacer sus cochinadas, Jesusa se lo echó en cara y nunca volvieron a la casa, Reginita murió a los 6 meses después de haber llegado. Al no estar Reginita, Jesusa se fue con un carpintero quien se iba a Guadalajara como Peluquero y ella se fue con el hasta que un día se hartó Puso un matadero de Marranos pues sabía hacer buen chicharrón, lo había aprendido de Pedro su esposo, un día un niño como de 12 años de nombre Rufino le dice que le de un quinto pero ella le dice que si quería irse con ella, que ella lo cuidaría como a un hijo, lo alimentaría y daría de comer. Como no le duró el negocio se fue directo al rancho del Guajolote, aquel en donde apadrinaron a Refugio Galván y para doblar el apadrinamiento, le pidieron que fuera madrina de un recién nacido suyo. En eso en la madrugada Rufino, se robó varias cosas y huyó. Entonces se encaminó hacia México. Capítulo 23 Para llegar al Defe la levanto gratis un camion Flecha Roja. Iva a a ver unos familiares en San Antonio Abad. El camion la dejo en la Merced. Llegaron a las 10 de la noche, y el chofer le dijo que era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para irse caminando, asi que le dijo que se quedara en un hotel , que el le arreglaba le no le cobraran caro "un catre de a peso ". Pero lo que no sabia Jesusa era que la intencion del chofer era quedarse ahi con ella en el catre , asi que lo insulto y armaron un relajo. Llego el hotelero y le dijo al chofer , al cual ya conocia , que se fuera. Al dia siguiente cuando Jesusa se desperto, salio del hotel y se puso a preguntarle a la gente que hacia donde para San Antonio Abad. Conforme caminaba comenzo a reconocer lugares. Cuando llego le dijeron que Madalenita Servin ya no vivia ahi , que se habia mudado y que habia vendido todas sus cosas porque nunca le escribio. Se quedo con su comadre Victoria , Sara Camacho y Sara

la chiquilla. Salio a buscar trabajo y le pagaban 15 pesos mensuales. Le conto su comadre Victoria que Nicanor se habia puesto muy triste y que Madalanita habia vendido todo para pagarle los remedios. Ahora Nicanor vivia en Cuernavaca. La patrona de Jesusa , era muy exigente y siempre andaba detras de ella, y a cada rato le decia, deja esto para hacer lo otro. No le gustaba trabajar para mexicanos, para ella eran mejor los patrones extranjeros , porque ellos si sabian mandar. Una vez se fue a trabajar con una senora Espanola, y pues llego diciendo que era la de agencia y le mostro sus recomendaciones, la puso a trabajar y le dijo que pusiera a hervir unos asientos para tomar el cafe. Jesusa penso que "No yo estoy muy pobre pero no tomo asientos. .... " . Luego la espanola le dio unas sobras de comida para que se las comiera pero Jesusa prefirio aguantarse el hambre. Despues de un ese dia , la senora acepto a Jesusa y le dijo que se fuera por su ropa , pero ella le dijo que la esperara sentada. Le regalo el dia de trabajo y se fue con Madalenita , ahi le conto que no habia desayunado y tenia mucha hambre, le comenzo a decir que los "ricos son muy pinches "y que son los mas hambrientos. Luego consiguio otro trabajo para lavar una cocina de mosaicos , y de tanta agua se le hincharon los pies, calzaba del 20 y ahora del 22 , tambien se le inflaron las piernas. No podia caminar bien, todo lo hacia parada. De ahi le dijo a la senora que no iva poder seguir trabajando para ella por lo de sus piernas , que si de favor le pagaba los quince pesos del mes. Antes las criadas no se les pagaba tan bien , de quince pesos no pasaba y hacian todo , lavar , planchar, cocinar etc. De ahi con ese dinero se fue a comprar unos dulces , cacahuates , chicles etc. y puso su puesto detras de la fabrica de las Tres Estrellas y se iva a dormir con su comadre Victoria. Ella le conto que su hija Sara la chica se queria casar con un hombre viudo pero no podia porque vivia con su hermana , y el le dijo a Sara que hasta no se fuera su hermana no se podia casar con ella. Mientas tranto le siguio surtiendo un changarro. Todas la noches la iva a visitar el doctor , para curarla. De ahi un dia se encontro a Maria en la calle de Lorenzo Boturini y le dijo que al dia siguente la llevaria a un lugar donde podria desempenar la Obra Espiritual . Era un lugar en donde todos estaban en constante meditacion con el Ser Supremo. Ahi conocio a la que mas tarde seria su madriana a Trinidad Perez de Soto, la guia del lugar. La limpio toda con ramo, compuesto de siete hierbas: Santamaría, alluzena, ruda, ambar , pirul, y clavo. Barriendola de arriba abajo , despacio, y luego le puso en el cerebro y la frente loción de Siete Machos. La limpia fue durante 22 dias ; siete limpias de ramo, siete de fuegos y siete de nubes, la ultima fue de desalojo. De ahí Trinidad le pidio a Jesusa que la ayudara. Las demas hermanas espirituales se enojaron del porque Jesusa que es nueva la ayudaria como su asistente y no ellas que llevan mas tiempo en la oración. Atraves del cuerpo de Trinidad , se manifestaba el niño espiritual Tomas Ramírez, ese niño cura con flores blancas Jesusa se las tenia que dar rapido. Tomas Ramírez fue un niño de alli de Santa Anita , por Xochimilco que murio chiquito como a los tres años. En una reencarnación , vino como niña y como no le gusto se ahogo con frijoles. Su familia era pobre y lo unico que le daban de comer eran frijoles , y un dia se atasco de ellos y no pudo respirar, regresando otra vez al mundo espiritual. Capítulo 24 Jesusa nos cuenta como es mala en los negocios , porque con su puesto que tenia atrás de la fabrica de Tres Estrellas, le pedian fiado , y no le pagaban nunca . Pronto se declaro en quiebra. Lo mismo paso cuando mas adelante tuvo un puesto de ropa en San Juan y otro

en San Lucas daba la ropa fiada tambien. Después consiguió trabajo en la botica Castillo de San Antonio Abad con la señora Ester. Limpiaba los pomos y los morteros. Aquí nos cuenta que cuando estaba en Tehuantepec , le gustaba recertarles a las personas que ivan. Al señor Castillo no le gustaba que recetara Jesusa. Pero la señora la trataba bien porque con eso la clientela le aumento. Mucha gente le preguntaba sobre como curarse y en que lugares lo podian hacer , la trataban con mucho respeto. De ahí por la noche si iva a su cuarto con Sara Camacho, Sara la chica, su hija Carmela y su comadre Victoria. Se quedaban todos en un solo lugar y el viudo se molestaba. De ahí decidio irse con Sara Camacho a rentar un cuarto aparte , se fueron al callejo de Magueyitos. Jesusa compro un colchon nuevo. Sara Camacho le gustaba beber y meter hombre borrachos al cuarto. Jesusa queria dejar de tomar, porque le dijeron en la obra espiritual que seria lo mejor. De ahí cuenta que le ayudo a no tomar cuando vio que una señora se vomitaba encima de una niña de la borrachera, de ahí en adelante cuando le ofrecia solo se acordaba de aquella escena. Se canso de ver como Sara metia hombres a su cuarto y no la dejaban descansar y la abandono, y se fue a trabajar con Belen Caridad , en la colonia Roma. Trinidad le pregunto a Jesusa si tenia planes de ir a Pachuca, porque ahí se encontraba el primer sello. No le pudo decir bien porque acababa de entrar a trabajar y pues no tenia dinero , pero decidio esperar ya que si Dios queria que fuera , la ayudaria. Y asi fue , su patrona le dio en semana santa tres dias de paseo y dinero para sus alimentos. En el rancho de San Jose, el Padre Elias, o sea Roque Rojas, hizo sus primeros bautizos. Dicen que antes habia un templo, nada mas que fue destruido durante la revolucion. En el desierto de ese rancho habia un pocito , y alrededor en forma de tringulo habia tres ahuhuetes, antes eran rosales. Comenzo la oración. La sacerdotista le dijo a Trinidad que en Jesusa habia una luz y que era tiempo de que recibiera la Marca Sagrada. Le aplico un triangulo de luz , en todos lados y que era para que detuviera la tempestad, el aire etc. Este triangulo es invisible y solo lo ve el vidente. Esa luz que veian en Jesusa era la de su protector Manuel Antonio Mesmer. Ese dia marcaron a trece personas , y se sentaron alrededor del pocito a contar sus videncias. Jesusa vio una mano blanca sobre el pocito. Era la mano del Hermano Jacob porque el agua de ese pozo es un venero del Rio Jordan. Jesusa lloro mucho alrededor del pocito , y cuando la llamaron a comer no quiso porque según ella no tenia hambre , porque estaba llena, llena de todo. El agua de ese pocito tenia poderes curativos. Fue escarvado por el Enviado Elias o sea Roque Rojas. Elias aprendio varios oficios , estudio para sacerdote peor no termino. Ya a una edad madura, comenzo a oir una voz , la cual le encomendaba una misión. La voz lo mando escabar el pozo , primero contrato a alguien pero de ahí el tenia que terminarlo, y al meterse al agujero el pozo se lleno de agua. Fue bautizado con el nombre de Elias el Hijo del Hombre. Se le envio a predicar, pero la iglesia lo perseguia. Una revelación le decia que debia entregarse y que lo ayudarían. Se entrego y lo hecharon a un calabozo y le dijeron que partiera una planca de mármol sin tocarla para demostrar que era el enviado. Se concentro y la partio. El juez dejo consignado todo en actas como un milagro con sellos oficiales. Una noche Sara Camacho , cuando salio por su cena, fue aplastada por un tren y murio. Y como Victoria no quiso ir a identificarla fue, Jesusa y Sara la chica. Victoria insistia en

que no y no , y decidio esperarla. Aun la siguen esperando. Ellas fueron amigas y luego comadres , porque Jesusa les llevo a bendecir una santo. Cuenta que Sara le gustaba hacer las cosas como los hombres , y que a Jesusa le gustaba vestirse con camisetas y corbatas pero de que lo empezaron a hacer las manfloras no le gusto mas. De ahí se murio Victoria y se casaron los hijos de Sara la chica . Capítulo 25 Todos los fabricantes de Tres Estrellas salian a comer al comedor de los Torres, ella tambien lo hacia. Los Torres le ofrecieron que se fuera a vivir con ellos. La familia era muy pobre, la mama doña Encarnación, Candelaria la hija y los dos hijos hombres, Domingo y Jose lavaban colchones para los hoteles. Todos ellos compartian el trabajo con Jesusa. Ganaba un toston diario y los niño luego le pedian que disparara los dulces. Cuando entro Lazaro Cardenas a la presidencia ordeno que salieran todos los de Magueyitos y vendio el terreno a Tres Estrellas , pero luego paso nuevamente a ser propiedad del gobierno. Este rento los terrenos y pues debido a los tratos hubo varias manifestaciones. Jose Torres fue al templo a hablar con la madrina de Jesusa porque se queria casar con ella. Pero Jesusa no quiso, y nuevamente manifesto su deseo de nunca casarse. De ahí Jose la empezo a tratar mal cuando se emborrachaba y decidio irse. Como al mes de que salio Jesusa el presidente mando sacar a todos de Magueyitos , llevo a los bomberos y a manguerazos salieron. Dividieron el terreno y le hicieron escrituras , pero con la condicion de que tenian que construir asi que muchos comenzaron a irse hacia Estados Unidos para poder pagar la construida. Jesusa no fue a la repartición y varios se hicieron de terrenos grandes y vivían de rentas. Doña Encarnación abrio una miscelánea , después se hizo de un hotel, pero era de puro revolcadero. Eran lugares prohibidos y el gobierno no hacia nada , solo cerraba , pagaban multas y volvían otra vez con lo mismo. Asi , según Jesusa, ganaban los políticos mas dinero para darse la gran vida. Jesusa fue a buscar a a Madelanita para que la ayudara a encontrar un lugar donde vivir , y termino en la casa de la familia Vidales. Capítulo 26 Felicitas Vidales tuvo 10 hijos. Le viven nueve porque Rutilio se murio. Sus hijos son Zacarias, Fidencio, Pascualina, Lola, Rosa, Julio, Rutilio, Perico, Hilario, Blanca. Felicitas vendia sombreros , los compraba y los decoraba. Su marido no la ayudaba en nada era un bueno para nada. Jesusa trabajaba como criada. Felicitas era una persona muy alegre, siempre andaba cantando. De todos los niños, Perico era el mas apegado a Jesusa. Todos los niños querian mucho a Felicitas, siempre les contaban cuentos. Un dia ella se enfermo y estuvo muy grave. Su esposo no hizo nada , pero después de varios doctores que la inyectaron y que la trataron de curar, uno le atino a lo que tenia y era embolia. Les cobraron mucho dinero de las medicinas , y Zacarias un dia le dijo que se iva a Estados Unidos para poder pagar las duedas y se fue. Felicitas no se enojo pero hubo una mujer que se le habia metido a Zacarias , y fue a decirle de cosas Felicitas y que le habia mandado diez dolares. Felicitas murio esa noche. Jesusa ya no vivio con ellos y el padre de ellos se gasto la herencia, y un terreno que Zacarias habia mandado el dinero para dar el enganche. Se fueron a vivir con Jesusa durante tres años hasta que se canso del padre

abusivo y se llevo a Perico. Ella lo crio, y trato de acostumbrar a una nueva vida. El la ayudaba en el trabajo, Perico, era un poco asilado de los demas niños , preferia ayudar a Jesusa a salir a jugar. Capítulo 27 Jesusa nos cuenta como ella no es cariñosa y que Perico si. Que era muy acomedido y con la demas gente se referia a ella como mama, pero directamente nunca le decia asi. Jesusa llevaba a Perico a la Obra espiritual en los dias Santos y el dia de las madres , para que hablara con su madre. Ella le dio muchos consejos. En el lugar donde vivian conocio a Transito, era una mujer que hablaba casi sola , le gustaba la juerga, el baile y los hombres. Siempre presumia de que andaba con fulanito y perengano. En una de esas se embarazo. Jesusa vio como empezo a tener una hemorragia , le llamo a los papa de Transito y llegaron luego y la llevaron al hospital. Aborto, se quito el bebe aproposito . Queria mantenerse con su unico hijo Miguel. Siguió teniendo hijos y los seguia tirando a los dos tres meses. Como no trabajaba comenzo a engordar. Jesusa mando a Perico a la escuela, lo obligo porque no queria que se quedara como ella. Transito le comenzo a dar dinero a Perico y Jesusa le pidio que no lo hiciera para que Perico no se acostumbrara a ser un mantenido. Jesusa lo regaño y la gente lo alborotaba diciéndole que porque la aguantaba si no era su madre. Transito lo anduvo alborontando tambien y a Perico se le salian los ojos. En una ocasión en el cine se le insinuaron a el unas chicas y Jesusa iva. Lo regañaba pero el ya no le hacia caso. Luego cuando iva a salir de la primaria le pidieron su certificado de naciemiento y la tia Rogaciana la tenia, Perico fue por el certificado y la tia lo mal aconsejo , diciéndole que ya sabia lo mas importante que era leer y escribir que ya dejara a Jesusa. Perico la acompaño al trabajo pero en la noche es escapo pero Jesusa penso que luego vendría y pues se fue con su tia Regociana. Jesusa lo fue a ver y el le dijo que ahí se quedaba que el se mantendría el estudio . Jesusa lo dejo. Capítulo 28 y 29 Jesusa vendio la ropa de Perico y se entero por sus hermanos y una ahijada de Felicitas que le habia ido mal con Regociana y que Perico se arrepentia de haber dejado a Jesusa. Pero ella decia que ya era demasiado tarde. Después a Jesusa se le hizo una bola y se le hincho el lado izquierdo, pierna, brazo, cara y del lomo le colgaba una vejiga de pellejo inflamada. Era sífilis , fue al doctor a que la inyectaran y después de un tiempo dijo que ya no hiria y se comenzo a curar ella sola. De ahí siguió trabajando pero habia una perra que la seguia para todos lados y la molestaba mucho asi que compro veneno y se murio. Jesusa tenia un gallo y gallinas en el patio. Y al gallo lo amarraba porque las pisaba demasiado. Según una leyenda es importante tener un animal del que sea en la casa para que le defienda sus sueños y si es perro en la noche lucha contra Barrabas. Cuentan que el hace un trato con de que tiene que contar los pelos del perro de la cabeza hasta la cola. Se eriza y cuando esta a punto de terminar se sacude y Barrabas pierde la cuenta. Ya pasa el tiempo de que sigue contando y ya las cuatro ya se tiene que ir el demonio. Después le contaron que Perico estaba en la carcel , pero no lo fue a ver. Jesusa comenzo a tener videncias. Aquí nos cuenta como algunas personas exageran en

sus videncias solo para vanaglorearse y eso a ella no le parece. Tiempo adelante vuelve a reencontrarse con Perico , pero este ya es todo un adulto. “ Las cosas estan predestinadas por cierto tiempo, porque de mis familiares ninguno conocio la Obra. Ninguno. Ninguno supo. A ninguno le quitaron al venda de los ojos.... Mi marido decia que no me iba a dejar sobre la tierra viva, pero faltaba que Dios se lo concediera. Por eso digo yo que las cosas estan escritas y que Dios las determina.....” Jesusa solo espera su muerte. CONCLUSIÓN Uno de los aspectos más interesantes del personaje de Jesusa Palancares es su posición frente a los roles sexuales masculino/femenino. Es cierto que el personaje está apenas esbozado, que sólo aparece como excusa para la referencialidad, pero cuando Jesusa Palancares se refiere a sí misma, suele hacerlo para cuestionar su feminidad. Su insistencia en ese punto es casi sorprendente, porque no se esfuerza nunca en justificar su comportamiento. En cambio, parece que ha pensado muchas veces en por qué el rol femenino no ha llegado a calar en ella. La actitud de Jesusa ante ciertas situaciones , su forma de pensar , su forma de expresarse, nos dio a entender que ella tiene una cierta locura , una locura diferente a la locura colectiva.

Pita Amor en los brazos de Dios de Elena Poniatowska, 10 de Mayo del 2000 Dios, invención admirable Hecha de ansiedad humana Y de esencia tan arcana Que se vuelve impenetrable. ¿Por qué no eres tú palpable para el soberbio que vio? ¿Por qué me dices que no cuando te pido que vengas? Dios mío, no te detengas ¿o quieres que vaya yo? Pita Amor lo encontró en una cita puntual que contrajeron el sábado 6 cuando le dio neumonía. Dios la hizo esperar un poco, finalmente canceló otros compromisos para recibirla en su lecho divino el lunes 8 de mayo a las dieciocho treinta horas, en la clínica de su sobrino Juan Pérez Amor en Apóstol Santiago, San Jerónimo. Como un chamán, Juan la acompañó hasta el umbral y se detuvo porque sólo ella podía cruzarlo. ''Nos abrazamos con los ojos, estábamos solos los dos, ella se veía muy hermosa, muy tranquila y sin despedirse partió". Pita Amor le cantó a Dios y ella misma fue Dios.

Para demostrarlo, Pita ha de estar dando ahora mismo paraguazos celestiales a los santos, interrumpiendo la música de las esferas para decirle a Jesusa Rodríguez: ''¡Eres bárbara! ¡Mejor que Chaplin!" y diciéndole a Patricia Reyes Spíndola mientras blande su bastón en el aire parada en medio del teatro, su rosa en la cabeza: ''¡Patricia, baja de ese escenario inmediatamente! Esta obra es para tarados, no te merece. ¡Bájate Patricia o yo voy a subir al escenario!" Un coro de taxistas, agentes de tránsito y meseros humillados se habrán escondido tras las nubes para que ella no les diga: ''¡Changos, narices de mango, enanos guatemaltecos!", así como en 1985 cuando le pidieron que diera una opinión sobre el terremoto dijo: ''¡Qué bueno! ¡Es una poda de nacos!". La poesía le viene de familia Este personaje singular que en los últimos años de su vida llamaban ''la abuelita de Batman" en la Zona Rosa habría cumplido 82 años, en menos de dos semanas. Nació el 30 de mayo de 1918. Fue una niña privilegiada, la última de siete Amores, y su papá ya viejo la consentía como a nadie. A Emmanuel Amor, su padre, lo sacaban a tomar el sol en un balcón de la calle de Abraham González con una ''plaid" escocesa sobre las rodillas. Ni su padre ni su madre tuvieron fuerza para controlarla y la dejaron hacer. Sus caprichos y rabietas asustaron a sus hermanos y a todo el vecindario. A treinta metros a la redonda ella era el centro de atención. En la noche, después de la cena, la familia acostumbraba leer y recitar y seguramente esta poesía en voz alta influyó en ella en forma definitiva. Otras hermanas suyas, Mimí y Elena, también recitaban pero nunca se atrevieron a lanzarse al ruedo. Inés Amor, directora de la Galería de Arte Mexicano dijo de ella en 1953: ''Dentro del universo, Pita es como un astro. Desconozco el sol en cuya órbita gira, pero puedo decir que tiene una vida propia y peculiar, aunque en algunos aspectos sus fuerzas elementales se parecen a las de nuestro planeta: vientos huracanados, fuego intenso, tempestades y polvo. De vez en cuando (y ojalá sea más y más frecuente) tranquila belleza. Para descubrir a Pita haría falta el valor temerario de un piloto interplanetario o la sabia paciencia de un astrónomo. Tengo la ilusión de ser algún día admitida, como estudiante, en el Observatorio de Santa María Tonantzintla". Desde muy pequeña Pita fue la consentida, la muñeca, la de los pataleos y rabietas, la de los terrores nocturnos. Era una criatura tan linda que Carmen Amor estrenó su cámara fotográfica con ella y sacó muchas fotografías de ella desnuda. Y ella se encantaba contemplándose a sí misma. Posiblemente allí se encuentre el origen de su narcisismo. De su niñez ella misma habla en su novela Yo soy mi casa, título también de su primer libro de poesía. Si era una niña preciosa, fue una adolescente realmente bella. Llamaban la atención tanto sus desplantes como sus grandes ojos abiertos, su voz profunda y su cabello largo. Desde muy joven, Pita pudo participar en la vida artística de México gracias a su hermana Carito, colaboradora de Carlos Chávez y fundadora de la Galería de Arte Mexicano que más tarde habría de dirigir su hermana Inés. A esta galería, acondicionada en el sótano de la casa de los Amor, llegaron Orozco, Rivera, Siqueiros, el Dr. Atl, Rufino Tamayo, Julio Castellanos, Rodríguez Lozano, Juan O'Gorman y la joven Pita se hizo amiga de Juan Soriano, Cordelia Urueta, Roberto Montenegro, Antonio Peláez y todos la pintaron, incluyendo Diego Rivera, que la pintó desnuda para gran escándalo de su familia y de los ''trescientos y algunos más".

A Pita siempre le costó adaptarse al mundo, siempre fue la voz que se aísla en la ciudad del coro, en el seno familiar, entre sus seis hermanas y su único hermano Chepe, en el internado de Monterrey que no aguantó y en donde no la aguantaron, en el Colegio del Sagrado Corazón. Nunca pudo salirse de sí misma para amar realmente a otro; la única entrega que pudo consumar fue la entrega a sí misma. Demasiado enamorada de su persona, los demás le interesaron sólo en la medida en que la reflejaban: no fueron sino una gratificación narcisista. En medio de sus idas al Cabaret Leda, Pita Amor produjo de pronto y ante el azoro general su primer libro de poesía, Yo soy mi casa. Don alfonso Reyes inmediatamente apadrinó a Pita: ''(...) Y nada de comparaciones odiosas, aquí se trata de un caso mitológico". Resulta contradictorio que esta mujer que no cejaba en su afán de escándalo y salía desnuda a media noche al Paseo de la Reforma, bajo su abrigo de mink, anunciándole al río de automóviles: ''Yo soy la reina de la noche", regresara en la madrugada a su departamento de la calle de Río Duero y en la soledad del lecho escribiera sobre la bolsa del pan y con el lápiz de las cejas: Ventana de un cuarto, abierta... Cuánto aire por ella entraba. Y yo que en el cuarto estaba, a pesar que aire tenía, de asfixia casi moría: que este aire no me bastaba, porque en mi mente llevaba la congoja y la aflicción de saber que me faltaba la ventana en mi razón. Pita Amor fue de escándalo en escándalo sin la menor compasión por sí misma. En un programa de televisión, cuajada de joyas, dos anillos en cada dedo, y sobre todo con un escote que hizo protestar a la Liga de la Decencia, diciendo que no se podía recitar a San Juan de la Cruz enseñando los pechos, Pita Amor se puso a decir décimas soberbias. Sus Décimas a Dios fueron el delirio. Pita dixit ''Grandes letreros luminosos con mi nombre anunciaban mis libros y mi bella cara se difundió hasta en tarjetas postales populares. Acaparaba yo la atención de México. La acaparaba en estridente Do mayor, lo opuesto de como ahora la acaparo, en Do menor. ''Frente al éxito a mí me preocuparon más mi belleza y mis turbulentos conflictos amorosos. ''No acepto, ni he aceptado, ni aceptaré el escepticismo, postura inválida e impotente. Me desespera la juventud actual. No los tolero. Me son imposibles, abominables. ''Porque yo que he sido joven, soy joven porque tengo la edad que quiero tener. Soy

bonita cuando quiero y fea cuando debo. Soy joven cuando quiero y vieja cuando debo. Yo, que he sido la mujer más mundana y más frívola del mundo, no creo en el tiempo que marca el reloj ni el calendario. Creo en el tiempo de mis glándulas y de mis arterias. La angustia hace mucho que la abolí. La abolí por haberla consumido." Temible, incontenible, impredecible, Pita Amor ha afirmado, con un rictus de desdén: -De lo mío, de lo que yo he escrito lo que más me gusta es mi epitafio: Mi cuarto es de cuatro metros, mi cuerpo mide uno y medio y la caja que me espera será el final de mi tedio.

Pita Amor, satanizada de Elena Poniatowska, 11 de Mayo del 2000 Pita Amor fue una de las figuras más escandalosas de las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Durante 20 años, desde la salida de su primer libro de poemas, Pita Amor no dejó de llamar la atención de un público cada vez más numeroso. Junto con Diego Rivera, Frida Kahlo, Carlos Pellicer, María Félix, Edmundo O'Gorman, Justino Fernández, Archibaldo Burns, Amalia Hernández, Juan Soriano, Diego de Mesa, Ruth y Lupe Rivera, Lupe Marín y muchísimos monstruos sagrados más, formaban una especie de ''infame turba" (como se autonombran en Barcelona los intelectuales) que hacía y deshacía a su antojo. Todos recuerdan las fiestas de Pita Amor en su casa de Río Duero, misma que fue decorando de acuerdo con sus libros. Cuando escribió Polvo, todo en su casa era gris; gris la alfombra, grises las cortinas, gris el satín con el que forró sus sillones, grises los muebles. A la publicación de Otro libro de amor, grandes telas de flores cubrieron sala y comedor; la casa se llenó de ramajes, la alfombra se convirtió en pasto verde y siempre había agua en los floreros. Con Décimas a Dios, la casa de Pita adquirió un aspecto sobrio, levemente angustiado; surgieron los cirios; los candelabros coloniales que alumbraban en la penumbra los grandes retratos de Pita; el de Roberto Montenegro, los dos o tres de Diego Rivera (una hermosa carita redonda), el de Gustavo Montoya, el de Cordelia Urueta, el de Juan Soriano, el atrevidísimo desnudo de Raúl Anguiano que la muestra sentada con las piernas abiertas, el precioso dibujo a lápiz de Antonio Peláez... Un torbellino la hacía salir y beber noche tras noche. Era el centro de todas las fiestas, tomaba decisiones temerarias: ''Vamos a quemar la biblioteca del pulcro José Luis Martínez". Divertía a todos con sus ocurrencias y su atrevimiento. También era solidaria con sus amigos. Una noche que Fernando Benítez se dio cuenta que no tenía con qué pagar la cuenta del Ciro's les dijo a Pepe Iturriaga, Hugo Margáin y Guillermo Haro: ''No se preocupen, son las cinco de la mañana pero ahora mismo voy a llamarle a Pita". Y Pita llegó con su desnudez y su ineludible abrigo de mink y pagó dejando una espléndida propina.

Pita entonces declaró: ''Yo soy un ser desconcertado y desconcertante; estoy llena de vanidad, de amor a mí misma, y de estériles e ingenuas ambiciones. He vivido mucho, pero he cavilado más; y después de tomar mil posturas distintas, he llegado a la conclusión de que mi inquietud máxima es Dios." Leyenda desde 1953 Esto era en 1953, pero ya para entonces Pita era una leyenda de inesperados contrastes y emociones. Todo el mundo comentaba sus desplantes, sus ''Ya llegué cabrones", sus desnudos, sus escotes. Se ponía de pie al lado de María Félix y preguntaba: ''¿Verdad que soy más bonita?". Bailaba con mucha gracia. Hacía reír. En una película se vistió de gatito con orejas y cola puntiaguda. Danzaba y cantaba arañando el aire. Seductora, todos le aplaudieron lo mismo que cuando apareció con sombrero cordobés, vestida de corto, toda de negro y dramática entonó diz-que cante jondo español. Sin embargo su carrera cinematográfica fue de corto aliento, decidió que el cine no era digno de ella. ''Eso es para las criadas. No tengo por qué obedecerle a nadie". El escándalo como modo de vida Ni a sus padres obedeció. Al contrario, hizo sufrir a su madre Carolina Schmidtlein de Amor porque entraba a la iglesia de La Votiva y gritaba a voz en cuello a la hora de la elevación: Tuve un aborto. El escándalo y la celebridad van del brazo. Pita llamó mucho más la atención que sus dos hermanas mayores que sin embargo hicieron obras valiosas: Carito que fundó la Prensa Médica Mexicana e Inés que dirigió la Galería de Arte Mexicano. Ambas huían de las candilejas. Pita en cambio se desnudaba en público. Caminó siempre en el filo de la navaja. Su familia la contemplaba con verdadero espanto. ¿Estaría loca? Otras mujeres, mayores que ella, ya habían sido satanizadas: Nahui Olin, la del Dr. Atl que también tenía afición por la desnudez y con los pechos al aire abría la puerta de su casa en la azotea del convento de La Merced, compartida con el Dr. Atl y Tina Modotti, quien posó desnuda para las fotografías de Edward Weston. Hoy la desnudez no causa tanto escándalo. Jesusa Rodríguez se ha desnudado en varias de sus obras con la mayor naturalidad. Una noche en que Pita andaba sonándose, medio alicaída y con una caja de kleenex, me dijo: ''Tengo gripa, siempre tengo gripa. Será porque la pesqué desde aquellas sesiones en que posé para Diego en su estudio tan frío". Ese desnudo causó escándalo. El presidente Miguel Alemán, al inaugurar la exposición retrospectiva de Diego Rivera en Bellas Artes, se quedó frío y Pita tuvo que explicarle que era un retrato de su alma: ''¡Ah, pues qué alma tan rosita tiene usted!", comentó. Diego Rivera pintó a Pita desnuda, como también a María Félix bajo una inexistente transparencia, y a Silvia Pinal enfundada en un vestido tipo María Victoria que la

encueraba más que la desnudez misma; pero como todo lo que hacía Pita era lo más llamativo, los que acudieron a Bellas Artes a la inauguración de Diego pusieron el grito en el cielo frente al gigantesco (y feo) retrato de cuerpo entero de Pita, con los ojos en blanco iguales a los de Diego Rivera, su chino en la frente, sus pies desnudos parados en el globo terráqueo y una varita mágica que escribía en el suelo: ''Yo soy la poetisa Pita Amor". En medio de fandangos, pachangas e idas al cabaret de la época, el Leda, donde todas las noches Lupe Marín y Juan Soriano bailaban sin zapatos y hacían un show muy celebrado por Los Contemporáneos y por José Luis Martínez; en medio de sus domingos en los toros, su asistencia a fiestas y a cocteles, Pita Amor produjo de golpe y porrazo y ante el azoro general su primer libro de poesía, Yo soy mi casa, publicado a iniciativa de Manolo Altolaguirre. El libro causó sensación. Inmediatamente Alfonso Reyes, que era un poco coscolino, la apadrinó. Una noche, en 1954, durante una fiesta en su departamento de la calle de Duero me conminó, la voz muy alta: ¡No te compares con tu tía de sangre! ¡No te compares con tu tía de fuego! ¡No te atrevas a aparecerte junto a mí, junto a mis vientos huracanados, mis tempestades, mis ríos! ¡Yo soy el sol, muchachita, apenas te aproximes te carbonizarán mis rayos! Al día siguiente, a la una de la tarde, sonó el teléfono. Era Pita como la fresca mañana: ¿Eres feliz, corazón? Le dije que sí, que mucho. Entonces me preguntó que dónde podría conseguir unos zapatos de charol con un moño en forma de mariposa para salir a pisar la tarde antes de que a ella le dieran siete pisotones. Pita me prohibió usar mi apellido materno: Amor. Tú eres una pinche periodista, yo una diosa. Mi madre y Pita son primas hermanas, hijas de dos hermanos: Emmanuel, padre de Pita y, Pablo, padre de mamá. Ella fue la séptima de siete amores, hijos de Emmanuel Amor y de Carolina Schmidtlein. Emmanuel Amor tuvo un hijo de su primer matrimonio, Nacho, a quien todos llamaban ''Chin". Los siete hermanos la querían pero su vanidad y sus gritos demandando atención los preocupaba. Su hermana Maggie, la madre de Bernardo Sepúlveda, quien fue secretario de Relaciones Exteriores, alguna vez me contó: ''Pita era también muy molona para dormirse... y muy mañosa. Dormíamos en el mismo cuarto con nana Pepa, y Pita empezaba entre lloriqueos cada vez más fuertes: ¡Quiero a mi mamá! Niña, cállate decía resignada nana Pepa. ¡Ay!, no me digas 'niña cállate', dime 'calladita la boquita'...

¡Ya, ya, calladita la boquita! ¡Ay! Pero no me lo digas tan enojada, dímelo sin 'ya, ya'... ''Y así seguía la conversación quejumbrosa entre Pita y nana Pepa, que tanto caso le hacía. Y mientras, yo no podía dormirme." Soy divina Elena, la única de las dos Amor que viven, me contó también que Pita se encantaba viéndose en el espejo durante horas y hasta hace poco preguntaba con su voz de barítono: ¿Cómo me veo? Divina, ¿verdad? Su exhibicionismo, la adoración por sí misma, por su cuerpo y el exagerado cuidado que tuvo de su persona durante su adolescencia, su juventud y los primeros años de su madurez fueron vox populi. ''Nunca me he puesto un vestido más de dos veces" presumía. Su guardarropa, su buen gusto en el vestir era comentado por los cronistas de sociales. A partir de los 30 años empezó a peinarse con un chino a media cabeza como el de los ''cupies" de amor: esos cupiditos que revolotean siempre en torno de los enamorados. De niña, en la calle de Abraham González, nunca aprendió lo que sus hermanas sabían a la perfección: las buenas maneras; el francés lo habló por encimita, el inglés también. Nunca la obligaron a hacer lo que no quería. Para ella no hubo disciplina, sólo pasteles. Se le ocurrían cantidad de maldades y nadie le puso el alto. Aprendió muy pronto a obligar a todas las miradas a converger en ella, a todos los oídos a escuchar hasta el más nimio de sus propósitos o de sus despropósitos. Imperiosa, Carito la comparaba a un pequeño Júpiter tonante. Con los años aprendió a injuriar a quienes se le acercaban y al final de su vida no quería que se le acercara nadie. ''¿Cómo se atreve a darme la mano si yo no lo dispongo?". Daba de bastonazos. Le enfermaba que alguien la tocara y se lavaba las manos 40 veces al día. Alguna vez le pregunté si se consideraba extravagante y me respondió airada: ¿Extravagante yo? ¿De dónde sacas, mocosa insolente, que yo soy extravagante? ¿Quién te lo dijo? Mis tías me han dicho que eres extravagante y frívola. Mira, yo todo lo hago por contraste y sobre todo por no parecerme a ellas que son unas burguesas. Frívola no soy. Me interesa mucho hablar de los temas inquietantes, que colman el espíritu del hombre y me interesa hacerlo decorada y vestida como si fuese una de tantas mujeres extravagantes a las que no les interesa más que su superficie. A diferencia de mis seis hermanas, me pongo a hablar de Dios, de la angustia, de la muerte. Me cuido y me esmero para que mis vestidos suplan toda decoración posible en mi programa de televisión. Te diré además que yo no estoy lujosamente ataviada. Esto es un engaño, ya que al fin y al cabo en la televisión todo es engaño. Muchas veces, al día siguiente del programa, recibo alguna llamada telefónica de un admirador. ''Te veías despampanante con ese vestido de brocado italiano", y mi vestido no es más que un poco

de percal almidonado, confeccionado en tal forma que sólo la televisión y la seguridad infalible con que me lo pongo, hacen que parezca lujoso. Mis alhajas son un espejismo ¿Y tus alhajas? ¿Esas manos cuajadas de anillos? Esos anillos pertenecen al espejismo, igual que mis ojos y mis dientes... En 1958, cuando Guadalupe Amor publicó su libro de poemas Sirviéndole a Dios de hoguera, Alfonso Reyes afirmó que era el mejor de cuantos había escrito hasta entonces. Don Alfonso le dijo a la propia Pita que ''había agarrado el núcleo de la poesía". Pita estaba en uno de sus buenos momentos, tanto en lo creativo como en lo emocional. Sin embargo, corría el rumor de que ella no era la autora sino don Alfonso que la enamoraba. Entonces Pita escribió un soneto ''que parodié de Lope de Vega cuando los envidiosos y los imbéciles decían que no era posible que yo escribiera mi poesía y que me la hacía Alfonso Reyes": Como dicen que soy una ignorante, todo el mundo comenta sin respeto que sin duda ha de haber algún sujeto que pone mi pensar en consonante. Debe de ser un tipo desbordante, ya que todo produce hasta el soneto por eso con mis libros lanzo un reto burla burlando van trece adelante. Yo sólo pido que él siga cantando para mi fama y personal provecho, en tanto que yo vivo disfrutando de su talento sin ningún derecho, y ojalá y no se canse sino cuando toda una biblioteca me haya hecho. A propósito de Sirviéndole a Dios de hoguera, me dijo: Creo que estas coplas son menos religiosas que Décimas a Dios y más optimistas. He cavado más profundo. Sirviéndole a Dios de hoguera es mucho más universal que los anteriores. Con toda premeditación y ventaja hice 110 coplas con una gran pobreza de palabras. ¡Fíjate tan sólo tengo cuatro o cinco palabras esenciales!: Dios, eternidad, sangre, universo, astros... ''Realmente me conmueve mucho que en un país tan inculto como México, mi obra pueda llegar a las grandes masas. ¡No sabes la cantidad de cartas que recibo y las muchas personas que quieren visitarme!''

Octavio Paz no me llega ni a los talones ''Acabo de grabar un disco con la RCA Victor sobre la poesía del siglo XV hasta los poetas modernos. El tema es el amor. Escogí dos romances del siglo XV y XVI, Quevedo, Lope de Vega, Sor Juana, Bécquer, Manuel José Othón, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Federico García Lorca, Alfonso Reyes, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y yo naturalmente, aunque me considero muy superior a Octavio Paz. Aunque él se tome tan en serio, no me llega ni a los talones. En realidad, incluirlo es una condescendencia."

Los crímenes de Pita Amor de Elena Poniatowska, 12 de Mayo del 2000 En el mismo año de 1949 en que se publica Polvo, Diego Rivera retrata a Pita Amor en homenaje a ese libro, desnuda y escribiendo su nombre en el polvo. Ya he hablado del escándalo que causó el desnudo, pero más alboroto se armó cuando se descubrió que Pita había escrito, provocativamente, en la parte trasera del lienzo: ''A las siete y veinte de la tarde del veintinueve de julio de 1949 terminamos este retrato, al que Diego y yo nos entregamos, sin límite de ninguna especie". Tres años antes, en 1946, había fallecido su madre Carolina Schmidtlein de Amor y Pita, obsesiva, se sintió responsable de su muerte: Mi madre me dio la vida y yo a mi madre maté. De penas la aniquilé. Mi madre ya está dormida. Yo estoy viva dividida mi crimen sola lo sé llevo su muerte escondida en mi memoria remota. ¡Ay qué sanguinaria nota! ¡Ay qué morado tormento! ¡Ay qué crimen en aumento! ¡Ay qué recuerdo tan largo! Qué recuerdo tan amargo. Cuando murió su madre, doña Carolina Schmitlein, Pita gastó toda su herencia, absolutamente toda, en vestidos y maquillajes, trapos y fruslerías. Esas fueron las inversiones que otros acostumbran hacer en bienes raíces. Empezó a atormentarse como consta en uno de sus libros, Mis crímenes. Declaró que la había matado como más tarde escribiría que mató a su hijo Manuelito. Sin embargo eso no impidió que su vida siguiera siendo un torbellino.

Muy joven, Pita conoció a José Madrazo de 60 años dueño de la ganadería de toros La Punta, quien la cautivó. Tenían una relación muy libre y abierta, y fue quizá el único hombre a quien Pita quiso realmente. Su conducta escandalizó a sus familiares, pero Pepe Madrazo se convirtió en su generoso y desinteresado mecenas. Pita conservó durante muchos años su relación y continuó también con sus hábitos festivos: le gustaba provocar, no tenía límites en sus hazañas, su carácter osado y desvergonzado arrasaba con todo el mundo. Acompañaba a Pepe Madrazo a los toros y varios toreros se enamoraron de ella. Si le preguntaban que cuántos hombres la habían enamorado, decía: ''Mira, toreros, cinco; escritores, seis; banqueros, siete; aristócratas, tres; pintores, cuatro; médicos, ocho" y así seguía pícara contándolos por decenas con los dedos de sus manos enjoyadas. Un primer hijo a los 38 años Después de doce años de cultivar su airada pluma, después de los halagos de sus amigos y de la fidelidad de un público tumultuoso, después del homenaje de sus fans, después de disfrutar de una vida social desenfadada, Pita Amor decide tener un hijo a los 38 años. Cuando se lo comunica, Pepe Madrazo le retira su pensión y no la vuelve a ver. Impaciente, Pita se instala en la clínica con mucha anticipación y su embarazo le produce una profunda crisis nerviosa lo mismo que la cesárea. Pita no soporta la idea de haber sido operada; siente que han profanado su cuerpo, ''estoy perforada, agujerada". De la maternidad, la llevan a su departamento en la calle de Duero. Pita sabe a ciencia cierta que va a ser incapaz de cuidar al niño y su hermana mayor, Carito, se hace cargo de Manuelito. Mimí recibe a Pita cuando es dada de alta y, para borrar todo rastro de su pasado, Pita quema y regala todas sus pertenencias. Un año y siete meses después el pequeño Manuel muere ahogado en casa de Carito y Raoul Fournier, al caer en una pileta con agua. Maté yo a mi hijo, bien mío lo maté al darle la vida. A partir de ese momento comenzó su camino descendente. Pita vive sola, no quiere ver a nadie, nadie puede consolarla y sólo repite una y otra vez: ''A esta edad, a esta edad", refiriéndose al año y medio de vida de su hijo. ¿Por qué estoy sola llorando? ¿Por qué estoy sola viviendo? ¿Por qué, pensando y rondando, mi sangre voy consumiendo? ¿Qué no se oyen mis lamentos? ¿Qué no se oyen mis clamores? ¿Qué no, mis contentamientos, tienen sabor a dolores? Cuando nada me rodea, pero todo me obsesiona,

cuando la dicha me crea, pero el dolor me aprisiona. ¿No es de justicia un camino aunque deba ser fatal? ¿No es menester que el destino me libere de este mal? Vida personal, silencio De un día para otro, Pita se retiró. Escogió el aislamiento. Lejos de las candilejas, no volvió a aceptar un solo programa de televisión, que nadie la abordara en la calle, que nadie supiera de ella. Descuidó su aspecto físico, tiró a la basura todos sus maquillajes. Finalmente en 1972, después de diez años, aceptó dar un recital en el Ateneo Español y recitó poesía mexicana, desde Sor Juana hasta Pita, pasando por Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Manuel González Montesinos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez, Renato Leduc, Xavier Villaurrutia, Ramón López Velarde, Roberto Cabral del Hoyo, y el recital tuvo un éxito enorme. No cabía una persona más en el Ateneo. Cuando terminó su último poema, duró 15 minutos la ovación. La sala entera se puso de pie. Algunos se limpiaban las lágrimas. Muchos jóvenes asistieron a su recital, entre ellos su sobrino, el niño Roberto Sepúlveda Amor por quien ella sentía predilección y a quien empezó a visitar continuamente porque le recordaba a Manuelito, su hijo. Zabludowsky ''es monísimo'' Le concedió una entrevista a Jacobo Zabludowsky, para la televisión, ''porque es muy mono, monísimo". Zabludowsky la admiraba y siempre la ayudó porque, además de gustarle su poesía, Pita fue la primera mujer que se impuso en la televisión; Pita era su propio floor manager, dirigía las cámaras, ordenaba las luces, mangoneaba al staff y si no le obedecían los agarraba a patadas con su piecito de alfiletero; insultaba con su boquita de carretonero, hacía y deshacía a su antojo sin que trabajador alguno se atreviera a protestar. Su insulto más socorrido era: ''indio". Más impositiva que María Félix, más mala, todos la obedecían estupefactos. Y eso a Zabludowsky siempre le llamó la atención. Le parecía una diosa intemporal, rugiente e inmarcesible y se preguntaba cómo era posible que con esa vida disoluta pudiera Pita producir una obra tan hondamente angustiada. Pita volvió a dar recitales en que la ovación duraba más que una vuelta al ruedo. Pita Amor juraba y perjuraba que era superior a Sor Juana, ''porque ella está muerta y yo estoy viva"; muertos también los protectores que le granjearon su belleza, su talento y su desparpajo, como Alfonso Reyes y Manuel González Montesinos, no le quedó más que el autoelogio y decretar: ''Yo soy la diosa". Muchos le creyeron. Nunca más volvió a hablar de su pasado. Si concedía una entrevista solía decirle al entrevistador: No tolero la estupidez. Si me va a preguntar sobre mi vida, mejor váyase.

Humillaba a quienes pretendían franquear la barrera. Si estaba de buen humor respondía a las preguntas recitando a Quevedo, García Lorca y Elías Nandino. Al final de sus días, la reacción de los espectadores ante su extraordinaria megalomanía era siempre una: la risa. En la Zona Rosa lo que solía imperar frente a ella era el miedo. Impactaban sus extravagancias y su temperamento desbordante, pero no era difícil descubrir en Pita Amor la imagen viva de los estragos que provoca la falta de autocrítica. Al final, lo que pareciera un exceso de autoestima se convirtió en una egolatría desorbitada. En la Zona Rosa, entre las calles de Génova y de Amberes, Pita fue rescatada en varias ocasiones por el anticuario Ricardo Pérez Escamilla que la protegía y por Pedro Friedeberg y Wanda Sevilla que la invitaban a su casa. También la galería de Antonio Souza le dio albergue en el momento más crítico. Año tras año solíamos celebrar la Navidad en casa de Carito Amor y Raoul Fournier, en San Jerónimo, y Pita llegaba con dos o tres bolsas de plástico de la Comercial Mexicana e iba repartiendo sus regalos: una pasta de dientes, un jabón, una crema de afeitar, una caja de Kotex que resultaban sumamente originales al lado de los regalos tradicionales de corbatas y marcos de Pewter. Al rato ya no hubo ni eso, sino unos dibujos hechos en cartulinas del tamaño de una baraja que ponía en nuestras manos como los sordomudos lo hacen en los cafés de banqueta. Bastante hago con ser genial Nunca trabajó. ''Trabajar es de criadas" protestaba. Alguna vez se lo sugerí y me respondió: ''¡Oyeme, escuincla, bastante hago con ser genial!". Para sobrevivir, vendió la mayoría de sus cuadros a Lola Olmedo. En la Zona Rosa le dio por repartir a 20 y a 50 pesos esas pequeñas cartulinas con una cara garigoleada de colores (la suya), la mayoría francamente graciosas. La invitaban a cenar en algunos restaurantes del rumbo pero su forma altanera de ser y su soberbia la volvían temible. ''¡Córranle, vámonos que allí viene Pita!". Se esfumaron enamorados y amigos. Con una rosa en la cabeza y su bastón en la mano, Pita era sin embargo parte de la Zona Rosa, un personaje único que todos buscaban en el primer momento para huir después de haberla tratado. Se enojó con Jesusa Rodríguez cuando comenzó a imitarla en El Hábito. Asidua primero al bar, donde ocupaba un sofá completo y se apoderaba del baño durante horas, no regresó jamás después de aquel sketch que consideró una afrenta a su estatura mitológica. Otra gran imitadora de Pita Amor es Miriam Moscona. Lo cierto es que Pita Amor era capaz de agotarle la paciencia al mismísimo Job. Beatriz Sheridan, Susana Alexander que le montó todo un espectáculo, Jesusa y Liliana que le brindaron no sólo drinks como los llamaba Pita (y que van desde ''whisky on the rocks" hasta ''medias de seda") sino su amistad, Martha Chapa que hizo de ella dos excelentes dibujos y la alimentó durante meses, optaron por apartarse de ella en algún momento para poder descansar, tomar fuerzas y volver a enfrentarla. Carlos Saaib, joven poeta que sostuvo con ella una amistad de 20 años y que en el momento en que más necesitaba le brindó su casa y acudió a todos sus ''¡Carlooos!" en el edificio Vizcaya, en la calle de

Bucareli, un día no pudo más y se la devolvió a Mariana y a Juan Pérez Amor, quienes se hicieron cargo de ella hasta el fin de sus días. Patricia Reyes Spíndola, mujer fina, generosa y solidaria, si las hay, dio muestras de una lealtad a toda prueba y quería sincera y profundamente a Pita. A veces, Pita era capaz de verse a sí misma con una extraordinaria lucidez: ''Entre las deficiencias de mi personalidad existe mi ocio. Desde muy niña rondé de allá para acá sin lograr disciplinarme ni en estudios ni en juegos, ni en conversaciones. De mi ocio brotaron mis primeros versos y es en mi ocio maduro donde he ido engendrando el acomodo de mis palabras escritas." Polvo, ¿por qué me persigues como si fuera tu presa? Tu extraño influjo no cesa, y hacerme tuya consigues: pero por más que castigues hoy mi humillada figura, mañana en la sepultura te has de ir mezclando conmigo. Ya no serás mi enemigo... ¡Compartirás mi tortura! Pita es importante para las generaciones venideras porque rompió esquemas al igual que otras mujeres de su época que fueron catalogadas de locas y los casos de Nahui Olin y de Pita Amor son emblemáticos. El rechazo y la censura las volvieron cada vez más contestatarias y las dos hicieron del reto y de la provocación su forma de vida. Michael Schuessler, su biógrafo, recogió uno de sus múltiples epitafios, pues pensando en su propia muerte hizo varios: Es tan grande la ovación que da el mundo a mi memoria que si cantando victoria me alzase en la tumba fría en la tumba fría me hundiría bajo el peso de mi gloria.

LAS LAVANDERAS ELENA PONIATOWSKA En la humedad gris y blanca de la mañana, las lavanderas tallan su ropa1. Entre sus manos el mantel se hincha como a medio cocer, y de pronto revienta con mil burbujas de agua. Arriba sólo se oye el chapoteo2 del aire sobre las sábanas mojadas. Y a pesar de los pequeños toldos de lámina, siento como un gran ruido de manantial. El motor de los coches que pasan por la

calle llega atenuado3; jamás sube completamente. La ciudad ha quedado atrás; retrocede, se pierde en el fondo de la memoria. Las manos se inflaman, van y vienen, calladas; los dedos chatos, las uñas en la piedra, duras como huesos, eternas como conchas de mar. Enrojecidas de agua, las manos se inclinan como si fueran a dormirse, a caer sobre la funda de la almohada. Pero no. La terca mirada de doña Otilia las reclama. Las recoge. Allí está el jabón, el pan de a cincuenta centavos y la jícara4 morena que hace saltar el agua. Las lavanderas tienen el vientre humedecido de tanto recargarlo en la piedra porosa y la cintura incrustada de gotas que un buen día estallarán. A doña Otilia le cuelgan cabellos grises de la nuca; Conchita es la más joven, la piel restirada5 a reventar sobre mejillas redondas (su rostro es un jardín y hay tantas líneas secretas en su mano); y doña Matilde, la rezongona,6 a quien siempre se le amontona la ropa. – Del hambre que tenían en el pueblo el año pasado, no dejaron nada para semilla. – Entonces, ¿este año no se van a ir a la siembra, Matildita? –Pues no, pues ¿qué sembramos? ¡No le estoy diciendo que somos un pueblo de muertos de hambre! – ¡Válgame Dios! Pues en mi tierra, limpian y labran la tierra como si tuviéramos maíz. ¡A ver qué cae! Luego dicen que lo trae el aire. – ¿E1 aire? ¡Jesús mil veces! Si el aire no trae más que calamidades. ¿Lo que trae es puro chayotillo! 7 Otilia, Conchita y Matilde se le quedan viendo a doña Lupe que acaba de dejar su bulto en el borde del lavadero. – Doña Lupe, ¿por qué no había venido? – De veras doña Lupe, hace muchos días que no la veíamos por aquí. – Ya la andábamos extrañando. Las cuatro hablan quedito.8 El agua las acompaña, las cuatro encorvadas9 sobre su ropa, los codos paralelos, los brazos hermanados. – Pues ¿qué le ha pasado Lupita que nos tenía tan abandonadas? Doña Lupe, con su voz de siempre, mientras las jícaras jalan el agua para volverla a echar sobre la piedra, con un ruido seco, cuenta que su papá se murió (bueno, ya estaba grande)10 pero con todo y sus años era campanero, por allá por Tequisquiapan11 y lo querían mucho el señor cura y los fieles. En la procesión, él era quien le seguía al señor cura, el que se quedaba en el segundo escalón durante la santa misa, bueno, le tenían mucho respeto. Subió a dar las seis como siempre, y así, sin aviso, sin darse cuenta siquiera, la campana lo tumbó de la torre. Y repite doña Lupe más bajo aún, las manos llenas de espuma blanca: –Sí. La campana lo mató. Era una esquila,12 de esas que dan vuelta. Se quedan las tres mujeres sin movimiento bajo la huida del cielo. Doña Lupe mira un punto

fijo: – Entonces, todos los del pueblo agarraron la campana y la metieron a la cárcel. – ¡Jesús mil veces! – Yo le voy a rezar hasta muy noche a su papacito… Arriba el aire chapotea sobre las sábanas. Elena Poniatowska EL RECADO Vine Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles... En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos... Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza. Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones... Pienso en ti muy despacio, com si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente. Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: "No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche..." Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor. Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí... Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que

camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos --oh mi amor-- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos. Ha caído la noche y ya ycasi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: "Te quiero..." No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo... Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine. Señorita: A partir de hoy, debe usted borrar mi nombre de la lista de sus admiradores. Tal vez convendría ocultarle esta deserción, pero callándome, iría en contra de una integridad personal que jamás ha eludido las exigencias de la verdad. Al apartarme de usted, sigo un profundo viraje de mi espíritu, que se resuelve en el propósito final de no volver a contarme entre los espectadores de una película suya. Esta tarde, más bien, esta noche, usted me destruyó. Ignoro si le importa saberlo, pero soy un hombre hecho pedazos. ¿Se da usted cuenta? Soy un aficionado que persiguió su imagen en la pantalla de todos los cines de estreno y de barrio, un crítico enamorado que justificó sus peores actuaciones morales y que ahora jura de rodillas separarse para siempre de usted aunque el simple anuncio de Fruto prohibido haga vacilar su decisión. Lo ve usted, sigo siendo un hombre que depende de una sombra engañosa. Sentado en una cómoda butaca, fui uno de tantos, un ser perdido en la anónima oscuridad, que de pronto se sintió atrapado en una tristeza individual, amarga y sin salida. Entonces fui realmente yo, el solitario que sufre y que le escribe. Porque ninguna mano fraterna se ha extendido para estrechar la mía. Cuando usted destrozaba tranquilamente mi corazón en la pantalla, todos se sentían inflamados y fieles. Hasta hubo un canalla que rió descaradamente, mientras yo la veía desfallecer en brazos de ese galán abominable que la condujo a usted al último extremo de la degradación humana. Y un hombre que pierde de golpe todos sus ideales, ¿no cuenta para nada, señorita? Dirá usted que soy un soñador, un excéntrico, uno de esos aerolitos que caen sobre la tierra al margen de todo cálculo. Prescinda usted de cualquiera de sus hipótesis, el que la está juzgando soy yo, y hágame el favor de ser más responsable de sus actos, y antes de firmar un contrato o de aceptar un compañero estelar, piense que un hombre como yo puede contarse entre el público futuro y recibir un golpe mortal. No hablo movido por los celos, pero, créame usted: en Esclavas del deseo fue besada, acariciada y agredida con exceso. No sé si mi memoria exagera, pero en la escena del cabaret no tenía usted por qué entreabrir de esa manera sus labios, desatar sus cabellos sobre los hombros y tolerar los procaces ademanes de aquel marinero, que sale bostezando, después de sumergirla en el

lecho del desdoro y abandonarla como una embarcación que hace agua. Yo sé que los actores se deben a su público, que pierden en cierto modo su libre albedrío y que se hallan a la merced de los caprichos de un director perverso; sé también que están obligados a seguir punto por punto todas las deficiencias y las falacias del texto que deben interpretar, pero déjeme decirle que a todo el mundo le queda, en el peor de los casos, un mínimo de iniciativa, una brizna de libertad que usted no pudo o no quiso aprovechar. Si se tomara la molestia, usted podría alegar en su defensa que desde su primera irrupción en el celuloide aparecieron algunos de los rasgos de conducta que ahora le reprocho. Es verdad; y admito avergonzado que ningún derecho ampara mis querellas. Yo acepté amarla tal como es. Perdón, tal como creía que era. Como todos los desengañados, maldigo el día en que uní mi vida a su destino cinematográfico. Y conste que la acepté toda opaca y principiante, cuando nadie la conocía y le dieron aquel papelito de trotacalles con las medias chuecas y los tacones carcomidos, papel que ninguna mujer decente habría sido capaz de aceptar. Y sin embargo, yo la perdoné, y en aquella sala indiferente y llena de mugre saludé la aparición de una estrella. Yo fui su descubridor, el único que supo asomarse a su alma, entonces inmaculada, pese a su bolsa arruinada y a sus vueltas de carnero. Por lo que más quiera en la vida, perdóneme este brusco arrebato. Se le cayó la máscara, señorita. Me he dado cuenta de la vileza de su engaño. Usted no es la criatura de delicias, la paloma frágil y tierna a la que yo estaba acostumbrado, la golondrina de inocentes revuelos, el rostro perdido entre gorgueras de encaje que yo soñé, sino una mala mujer hecha y derecha, un despojo de la humanidad, novelera en el peor sentido de la palabra. De ahora en adelante, muy estimada señorita, usted irá por su camino y yo por el mío. Ande, ande usted, siga trotando por las calles, que yo ya me caí como una rata en una alcantarilla. Y conste que lo de señorita se lo digo porque a pesar de los golpes que me ha dado la vida sigo siendo un caballero. Mi viejita santa me inculcó en lo más hondo el guardar siempre las apariencias. Las imágenes se detienen y mi vida también. Así es que. . . señorita. Tómelo usted, si quiere, como una desesperada ironía. Yo la había visto prodigar besos y recibir caricias en cientos de películas, pero antes, usted no alojaba a su dichoso compañero en el espíritu. Besaba usted sencillamente como todas las buenas actrices: como se besa a un muñeco de cartón. Porque, sépalo usted de una vez por todas, la única sensualidad que vale la pena es la que se nos da envuelta en alma, porque el alma envuelve entonces nuestro cuerpo, como la piel de la uva comprime la pulpa, la corteza guarda al zumo. Antes, sus escenas de amor no me alteraban, porque siempre había en usted un rasgo de dignidad profanada, porque percibía siempre un íntimo rechazo, una falla en el último momento que rescataba mi angustia y consolaba mi lamento. Pero en La rabia en el cuerpo con los ojos húmedos de amor, usted volvió hacia mí su rostro verdadero, ese que no quiero ver nunca más. Confiéselo de una vez: usted está realmente enamorada de ese malvado, de ese comiquillo de segunda, ¿no es cierto? ¿Se atrevería a negarlo impunemente? Por lo menos todas las palabras, todas las promesas que le hizo, eran auténticas, y cada uno de sus gestos, estaban respaldados en la

firme decisión de un espíritu entregado. ¿Por qué ha jugado conmigo como juegan todas? ¿Por qué me ha engañado usted como engañan todas las mujeres, a base de máscaras sucesivas y distintas? ¿Por qué no me enseñó desde el principio, de una vez, el rostro desatado que ahora me atormenta? Mi drama es casi metafísico y no le encuentro posible desenlace. Estoy solo en la noche de mi desvarío. Bueno, debo confesar que mi esposa todo lo comprende y que a veces comparte mi consternación. Estábamos gozando aún de los deliquios y la dulzura propia de los recién casados cuando acudimos inermes a su primera película. ¿Todavía la guarda usted en su memoria? Aquella del buzo atlético y estúpido que se fue al fondo del mar, por culpa suya, con todo y escafandra. Yo salí del cine completamente trastornado, y habría sido una vana pretensión el ocultárselo a mi mujer. Ella, por lo demás, estuvo completamente de mi parte; y hubo de admitir que sus deshabillés son realmente espléndidos. No tuvo inconveniente en acompañarme al cine otras seis veces, creyendo de buena fe que la rutina rompería el encanto. Pero ¡ay! las cosas fueron empeorando a medida que se estrenaban sus películas. Nuestro presupuesto hogareño tuvo que sufrir importantes modificaciones, a fin de permitirnos frecuentar las pantallas unas tres veces por semana. Está por demás decir que después de cada sesión cinematográfica pasábamos el resto de la noche discutiendo. Sin embargo, mi compañera no se inmutaba. Al fin y al cabo, usted no era más que una sombra indefensa, una silueta de dos dimensiones, sujeta a las deficiencias de la luz. Y mi mujer aceptó buenamente tener como rival a un fantasma cuyas apariciones podían controlarse a voluntad, pero no desaprovechaba la oportunidad de reírse a costa de usted y de mí. Recuerdo su regocijo aquella noche fatal en que, debido a un desajuste fotoeléctrico, usted habló durante diez minutos con voz inhumana, de robot casi, que iba del falsete al bajo profundo. . . A propósito de su voz, sepa usted que me puse a estudiar el francés porque no podía conformarme con el resumen de los títulos en español, aberrantes e incoloros. Aprendí a descifrar el sonido melodioso de su voz, y con ello vino el flagelo de entender a fuerza mía algunas frases vulgares, la comprensión de ciertas palabras atroces que puestas en sus labios o aplicadas a usted me resultaron intolerables. Deploré aquellos tiempos en que llegaban a mí, atenuados por pudibundas traducciones; ahora, las recibo como bofetadas. Lo más grave del caso es que mi mujer está dando inquietantes muestras de mal humor. Las alusiones a usted, y a su conducta en la pantalla, son cada vez más frecuentes y feroces. Últimamente ha concentrado sus ataques en la ropa interior y dice que estoy hablándole en balde a una mujer sin fondo. Y hablando sinceramente, aquí entre nosotros, ¿a qué viene toda esa profusión de infames transparencias, ese derroche de íntimas prendas de tenebroso acetato? Si yo lo único que quiero hallar en usted es esa chispita triste y amarga que ayer había en sus ojos… Pero volvamos a mi mujer. Hace visajes y la imita. Me arremeda a mí también. Repite burlona algunas de mis quejas más lastimeras. “Los besos que me duelen en Que me duras, me están ardiendo como quemaduras.” Dondequiera que estemos se complace en recordarla, dice que debemos afrontar este problema desde un ángulo puramente racional, con todos los adelantos de la ciencia y echa mano de argumentos absurdos pero contundentes. Alega, nada menos, que usted es irreal y que ella es una mujer concreta. Y a fuerza de demostrármelo está acabando una por una con mis ilusiones. No sé que va a ser de mí si resulta cierto lo que aquí se

rumora, que usted va a venir a filmar una película y honrará a nuestro país con su visita. Por amor de Dios, por lo más sagrado, quédese en su patria, señorita. Sí, no quiero volver a verla, porque cada vez que la música cede poco a poco y los hechos se van borrando en la pantalla, yo soy un hombre anonadado. Me refiero a la barrera mortal de esas tres letras crueles que ponen fin a la modesta felicidad de mis noches de amor, a dos pesos la luneta. He ido desechando poco a poco el deseo de quedarme a vivir con usted en la película y ya no muero de pena cuando tengo que salir del cine remolcado por mi mujer que tiene la mala costumbre de ponerse de pie al primer síntoma de que el último rollo se esta acabando. Señorita, la dejo. No le pido siquiera un autógrafo, porque si llegara a enviármelo yo sería capaz de olvidar su traición imperdonable. Reciba esta carta como el homenaje final de un espíritu arruinado y perdóneme por haberla incluido entre mis sueños. Sí, he soñado con usted más de una noche, y nada tengo que envidiar a esos galanes de ocasión que cobran un sueldo por estrecharla en sus brazos y que la seducen con palabras prestadas. Créame sinceramente su servidor. PD. Olvidaba decirle que escribo tras las rejas de la cárcel. Esta carta no habría llegado nunca a sus manos si yo no tuviera el temor de que el mundo le diera noticias erróneas acerca de mí. Porque los periódicos, que siempre falsean los hechos, están abusando aquí de este suceso ridículo: “Ayer por la noche, un desconocido, tal vez en estado de ebriedad o perturbado de sus facultades mentales, interrumpió la proyección de Esclavas del deseo en su punto más emocionante, cuando desgarró la pantalla del cine Prado al clavar un cuchillo en el pecho de Françoise Arnoul. A pesar de la oscuridad, tres espectadoras vieron cómo el maniático corría hacia la actriz con el cuchillo en alto y se pusieron de pie para examinarlo de cerca y poder reconocerlo a la hora de la consignación. Fue fácil porque el individuo se desplomó una vez consumado el acto”. Sé que es imposible, pero daría lo que no tengo con tal de que usted conservara para siempre en su pecho, el recuerdo de esa certera puñalada. LA IDENTIDAD Elena Poniatowska (Francia-México, 1932) Yo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajo me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vuelta lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la

mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoroso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida –casi siempre se va de subida-, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras”. “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, no más acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos. Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Miró hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara, llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó: -Ya sé, le voy a regalar mi nombre. De noche vienes(1979), México D.F., Ediciones Era, 1985, págs. 16-17

Querido Diego, te abraza Quiela* Elena Poniatowska E n los papeles que están sobre la mesa, en vez de los bocetos habituales, he escrito con una letra que no reconozco: “Son las seis de la mañana y Diego no está aquí.” En otra hoja blanca que nunca me atrevería a emplear si no es para un dibujo, miro con sorpresa mi garabato: “Son las ocho de la mañana, no oigo a Diego hacer ruido, ir al baño, recorrer el tramo de la entrada hasta la ventana y ver el cielo en un movimiento lento y grave como acostumbra hacerlo y creo que voy a volverme loca”, y en la misma más abajo: “Son las once de la mañana, estoy un poco loca, Diego definitivamente no está, pienso

que no vendrá nunca y giro en el cuarto como alguien que ha perdido la razón. No tengo en qué ocuparme, no me salen los grabados, hoy no quiero ser dulce, tranquila, decente, sumisa, comprensiva, resignada, las cualidades que siempre ponderan los amigos. Tampoco quiero ser maternal; Diego no es un niño grande, Diego sólo es un hombre que no escribe porque no quiere y me ha olvidado por completo.” Las últimas palabras están trazadas con violencia, casi rompen el papel y lloro ante la puerilidad de mi desahogo. ¿Cuándo lo escribí? ¿Ayer? ¿Antier? ¿Anoche? ¿Hace cuatro noches? No lo sé, no lo recuerdo. Pero ahora Diego, al ver mi desvarío te lo pregunto y es posiblemente la pregunta más grave que he hecho en mi vida. ¿Ya no me quieres, Diego? Me gustaría que me lo dijeras con toda franqueza. Has tenido suficiente tiempo para reflexionar y tomar una decisión por lo menos en una forma inconsciente, si es que no has tenido la ocasión de formularla en palabras. Ahora es tiempo de que lo hagas. De otro modo arribaremos a un sufrimiento inútil, inútil y monótono como un dolor de muelas y con el mismo resultado. La cosa es que no me escribes, que me escribirás cada vez menos si dejamos correr el tiempo y al cabo de unos cuantos años llegaremos a vernos como extraños si es que llegamos a vernos. En cuanto a mí, puedo afirmar que el dolor de muelas seguirá hasta que se pudra la raíz; entonces ¿no sería mejor que me arrancaras de una vez la muela, si ya no hallas nada en ti que te incline hacia mi persona? Recibo de vez en cuando las remesas de dinero, pero tus recados son cada vez más cortos, más impersonales y en la última no venía una sola línea tuya. Me nutro indefinidamente con un “Estoy bien, espero que tú lo mismo, saludos, Diego” y al leer tu letra adorada trato de adivinar algún mensaje secreto, pero lo escueto de las líneas escritas a toda velocidad deja poco a la imaginación. Me cuelgo de la frase: “Espero que tú lo mismo” y pienso: “Diego quiere que yo esté bien” pero mi euforia dura poco, no tengo con qué sostenerla. Debería quizá comprender por ello que ya no me amas, pero no puedo aceptarlo. De vez en cuando, como hoy, tengo un presentimiento pero trato de borrarlo a toda costa. Me baño con agua fría para espantar las aves de mal agüero que rondan dentro de mí, salgo a caminar a la calle, siento frío, trato de mantenerme activa, en realidad, deliro. Y me refugio en el pasado, rememoro nuestros primeros encuentros en que te aguardaba enferma de tensión y de júbilo. Pensaba: en medio de esta multitud, en pleno día entre toda esta gente; del Boulevard Raspail, no, de Montparnasse entre estos hombres y mujeres que surgen de la salida del metro y van subiendo la escalera, él va a aparecer, no, no aparecerá jamás porque es sólo un producto de mi imaginación, por lo tanto yo me quedaré aquí plantada en el café frente a esta mesa redonda y por más que abra los ojos y lata mi corazón, no veré nunca a nadie que remotamente se parezca a Diego. Temblaba yo, Diego, no podía ni llevarme la taza a los labios, ¡cómo era posible que tú caminaras por la calle co- mo el común de los mortales!, escogieras la acera de la derecha; ¡sólo un milagro te haría emerger de ese puñado de gente cabizbaja, oscura y sin cara, y venir hacia mí con el rostro levantado y tu sonrisa que me calienta con sólo pensar en ella! Te sentabas junto a mí como si nada, inconsciente ante mi expectativa dolorosa y volteabas a ver al hindú que leía el Lon- don Times y al árabe que se sacaba con el tenedor el negro de las uñas. Aún te veo con tus zapatos sin bolear, tu viejo sombrero olanudo, tus pantalones arrugados, tu estatura monumental, tu vientre siempre precediéndote y pienso que nadie absolutamente, podría llevar con tanto señorío prendas

tan ajadas. Yo te escuchaba quemándome por dentro, las manos ardientes sobre mis muslos, no podía pasar saliva y sin embargo parecía tranquila y tú lo comentabas: “¡Qué sedante eres Angelina, qué remanso, qué bien te sienta tu nombre, oigo un levísimo rumor de alas!” Yo estaba como drogada, ocu- pabas todos mis pensamientos, tenía un miedo espantoso de defraudarte. Te hubiera telegrafiado en la noche misma para recomponer nuestro encuentro, porque repasaba cada una de nuestras frases y me sentía desgraciada por mi torpeza, mi nerviosidad, mis silencios, reha- cía, Diego, un encuentro ideal para que volvieras a tu trabajo con la certeza de que yo era digna de tu atención, temblaba Diego, estaba muy consciente de mis sentimientos y de mis deseos inarticulados, tenía tanto qué decirte —pasaba el día entero repitiéndome a mí misma lo que te diría— y al verte de pronto, no podía expresarlo y en la noche lloraba agotada sobre la almohada, me mordía las manos: “Mañana no acudirá a la cita, mañana seguro no vendrá. Qué interés puede tener en mí” y a la tarde siguiente, allí estaba yo frente al mármol de mi mesaredonda, entre la mesa de un español que miraba también hacia la calle y un turco que vaciaba el azucarero en su café, los dos ajenos a mi desesperación, a la taza entre mis manos, a mis ojos devoradores de toda esa masa gris y anónima que venía por la calle, en la cual tú tendrías que corporizarte y caminar hacia mí. ¿Me quieres, Diego? Es doloroso sí, pero indispensable saberlo. Mira Diego, durante tantos años que estuvimos juntos, mi carácter, mis hábitos, en resumen, todo mi ser sufrió una modificación completa: me mexicanicé terriblemente y me siento ligada par procuration a tu idioma, a tu patria, a miles de pequeñas cosas y me parece que me sentiré muchísimo menos extranjera contigo que en cualquier otra tierra. El retorno a mi hogar paterno es definitivamente imposible, no por los sucesos políticos sino porque no me identifico con mis compatriotas. Por otra parte me adapto muy bien a los tuyos y me siento más a gusto entre ellos. Son nuestros amigos mexicanos los que me han animado a pensar que puedo ganarme la vida en México, dando lecciones. Pero después de todo, esas son cosas secundarias. Lo que importa es que me es imposible emprender algo a fin de ir a tu tierra, si ya no sientes nada por mí o si la mera idea de mi presencia te incomoda. Porque en caso contrario, podría hasta serte útil, moler tus colores, hacerte los estarcidos, ayudarte como lo hice cuando estuvimos juntos en España y en Francia durante la guerra. Por eso te pido Diego que seas claro en cuanto a tus intenciones. Para mí, en esta semana, ha sido un gran apoyo la amistad de los pintores mexicanos en París, Ángel Zárraga sobre todo, tan suave de trato, discreto hasta la timidez. En medio de ellos me siento en México, un poco junto a ti, aunque sean menos expresivos, más cautos, menos libres. Tú levantas torbellinos a tu paso, recuerdo que alguna vez Zadkin me preguntó: “¿Está borracho?” Tu borrachera venía de tus imágenes, de las palabras, de los colores; hablabas y todos te escuchábamos incrédulos; para mí eras un torbellino físico, además del éxtasis en que caía yo en tu presencia, junto a ti era yo un poco dueña del mundo. Élie Faure me dijo el otro día que desde que te habías ido, se había secado un manantial de leyendas de un mundo sobrenatural y que los europeos teníamos necesidad de esta nueva mitología porque la poesía, la fantasía, la inteligencia

sensitiva y el dinamismo de espíritu habían muerto en Europa. Todas esas fábulas que elaborabas en torno al sol y a los primeros moradores del mundo, tus mitologías, nos hacen falta, extrañamos la nave espacial en forma de serpiente emplumada que alguna vez existió, giró en los ciclos y se posó en México. Nosotros ya no sabemos mirar la vida con esa gula, con esa rebeldía fogosa, con esa cólera tropical; somos más indirectos, más inhibidos, más disimulados. Nunca he podido manifestarme en la forma en que tú lo haces; cada uno de tus ademanes es creativo; es nuevo, como si fueras recién nacido, un hombre intocado, virginal, de una gran e inexplicable pureza. Se lo dije alguna vez a Bakst y me contestó que provenías de un país también recién nacido: “Es un salvaje —respondió— los salvajes no están contaminados por nuestra decadente ci-vi-li-za-ción, pero ten cuidado porque suelen tragarse de un bocado a las mujeres pequeñas y blancas.” ¿Ves cuán presente te tenemos, Diego? Como lo ves estamos tristes. Élie Faure dice que te ha escrito sin tener respuesta. ¿Qué harás en México, Diego, qué estarás pintando? Muchos de nuestros amigos se han dispersado. Marie Blanchard se fue de nuevo a Brujas a pintar y me escribió que trató de alquilar una pieza en la misma casa en que fuimos tan felices y nos divertimos tanto, cuando te levantabas al alba a adorar al sol y las mujeres que iban al mercado soltaban sus canastas de jitomates, alzaban los brazos al cielo y se persignaban al verte parado en el pretil de la ventana, totalmente desnudo. Juan Gris quiere ir a México y cuenta con tu ayuda, le prometiste ver al Director del Instituto Cultural de tu país, Ortiz de Zárate y Ángel Zárraga piensan quedarse otro tiempo, Lipschitz también mencionó su viaje, pero últimamente le he perdido la pista porque dejó de visitarme. Picasso se fue al sur en busca del sol; de los Zeting nada, como te lo he escrito en ocasiones anteriores. A veces, pienso que es mejor así. Hayden, a quien le comuniqué la frecuencia con la que te escribía, me dijo abriendo los brazos: “Pero, Angelina ¿cuánto crees que tarden las cartas? Tardan mucho, mucho, uno, dos, tres meses y si tú le escribes a Diego cada ocho, quince días, como me lo dices, no da tiempo para que él te conteste.” Me tranquilizó un poco, no totalmente, pero en fin, sentí que la naturaleza podía conspirar en contra nuestra. Sin embargo, me parece hasta inútil recordarte que hay barcos que hacen el servicio entre Francia y México. Zadkin en cambio me dijo algo terrible mientras me echaba su brazo alrededor de los hombros obligándome a caminar a su lado: “Ange-lina, ¿qué no sabes que el amor no puede forzarse a través de la compasión?” Mi querido Diego te abrazo fuertemente, desesperadamente por encima del océano que nos separa. Tu Quiela * Poniatowska, Elena, Querido Diego, te abraza Quiela, México, sep/Ediciones Era, 1994. TLAPALERÍA, de Elena Poniatowska E-Mail Escrito por Carlos Labbé

domingo, 28 de diciembre de 2003 EL FEROZ ARCAÍSMO DEL TEDIO COTIDIANO

¿A qué podría sonar Tlapalería? No tengo diccionario que me traduzca automática y prematuramente el tono de este libro. Mejor no tenerlo y aproximarse a esta colección de cuentos cortos de Elena Poniatowska con pronunciación lenta de cada una de las palabras extrañadas que dislocan la anécdota, para así ubicar el acento sensual que adquieren los alrededores de estos vocablos de sonido extraño y referente oscuro en relación a los acostumbrados y transparentes relatos castellanos, mexicanos, doctos o callejeros de estas historias íntimas. Pacheca, Ixtapan, alcachofa, bufalito, chocolate, coatlicue, canario, tlapalería, palabras no todas indígenas pero siempre evocadoras, para la voz que narra, de un estado de maravilla, de recuperación de la infancia, de retaguardia de la historia, que se vuelve placer inenarrable o bien furtiva amenaza a la razonada construcción de la persona occidental. Tlapalería provoca que broten, del interior del estado de maravilla que provoca el encuentro de esta palabra remota, los conflictos del tiempo para un narrador que adquiere diferente nombre, actividad, localización, incluso distinto sexo en cada cuento. La traza del tiempo que cruza todos estos textos está siempre tejida, sin embargo, por las hebras de la madurez y la juventud. Las variaciones de cada cuento están dadas por la manera en que se entrelazan la subjetividad de la voz madura occidental -una mujer escritora, mexicana de origen francés, envejecida, esplendorosa o sabia- que encuentra la tlapalería, es decir la paradójica representación de lo único que a su edad le puede ser ajeno, aunque sin duda fue parte de su vida: la juventud. Los retazos de memorialismo que conforman la hebra de la nostalgia en los cuentos de Tlapalería -como las menciones a historias familiares, a amores pasados, a eventos de la infancia, a viajes- son entrelazados, equilibrados con la hebra de la violenta rutina de la calle del D.F. mexicano. O bien mediante descripciones del tedio íntimo, tan necesaria su riqueza cotidiana para las personas mayores de estratos sociales altos, como por ejemplo alimentar a los canarios, criar perros, comprar y escuchar la copucha en el almacén o mall, odiar y amar a la criada, disfrutar de la cocina. En esta tensión entre juventud y ocaso, en esta palabra vieja y nueva para mí, cercana y lejana -tlapalería- resuena un saber sin discursos que castiga por igual a pendejos y viejos chochos cuando unos y otros se discriminan, cuando dejan fuera de sí mismos lo viejo o lo joven. Tlapalería maltrata tanto a la niñita Luisa, que es adicta a todo lo nuevo -el neoprén, su amiga y las sectas de rehabilitación- como al anciano guardia del Palazzo Enzo que reprime su deseo por las escolares y la profesora que visitan el museo, porque uno y otra no son capaces de respetar la edad. En el feroz castigo que hace a la autocomplacencia, a las palabras que se creen transparentes por lo mucho que han sido usadas, Tlapalería podría ser el terrible sermón de una abuela cuya lengua desapareció de la tierra.

-------------------------------------------------------------------------------TLAPALERÍA. Elena Poniatowska. Ediciones Era / Lom Ediciones. Santiago, 2003. Un cuento de Elena Poniatowska Escritora mexicana Magda, Magda, ven acá. Oyó las risas infantiles en la sala y se asomó por la escalera. Magda, ¿no te estoy hablando? Aumentaron las risas burlonas o al menos así las escuchó. Magda, ¡sube inmediatamente! «Salieron a la calle pensó esto sí que ya es demasiado» y descendió de cuatro en cuatro la escalera, cepillo en mano. En el jardín las niñas seguían correteándose como si nada, el pelo de Magda volaba casi transparente a la luz del primer sol de la mañana, un papalote tras de ella, eso es lo que era, un papalote leve, quebradizo. Gloria, en cambio, con sus chinos cortos y casi pegados al cráneo parecía un muchacho y Alicia nada tenía del país de las maravillas: sólo llevaba puesto el pantalón de su pijama, arrugadísimo, entre las piernas y seguramente oliendo a orines. Y descalza, claro, como era de esperarse. ¿Qué no entienden? Me tienen harta. Se les aventó encima. Las niñas se desbandaron, la esquivaban entre gritos. Laura, fuera de sí, alcanzó a la del pelo largo y delgado y con una mano férrea prendida a su brazo la condujo de regreso a la casa y la obligó a subir la escalera. ¡Me estás lastimando! Y ¿tú crees que a mí no me duelen todas tus desobediencias? En el baño la sentó de lado sobre el excusado. El pelo pendía lastimero sobre los hombros de la niña. Empezó a cepillarlo. ¡Mira, nada más, cómo lo tienes de enredado! A cada jalón, la niña metía la mano, retenía una mecha, impidiendo que la madre prosiguiera, había que trenzarlo, si no, en la tarde estaría hecho una maraña de nudos. Laura cepilló con fuerza: «¡Ay, ay, mamá, ya, me duele!» La madre siguió, la niña empezó a llorar. Laura no veía sino el pelo que se levantaba en cortinas interrumpidas por nudos; tenía que trozarlo para deshacerlos, los cabellos dejaban escapar levísimos

quejidos, chirriaban como cuerdas que son atacadas arteramente por el arco, pero Laura seguía embistiendo una y otra vez, la mano asida al cepillo, las cerdas bien abiertas abarcando una gran porción de cabeza, zas, zas, zas, a dale y dale sobre el cuero cabelludo. Ahora sí, en los sollozos de su hija, la madre percibió miedo, un miedo que sacudía los hombros infantiles y picudos. La niña había escondido su cabeza entre sus manos y los cepillazos caían más abajo, en su nuca, sobre sus hombros. En un momento dado pretendió escapar, pero Laura la retuvo con un jalón definitivo, seco, viejo, como un portazo y la niña fue recorrida por un escalofrío. Laura no supo en qué instante la niña volteó a verla y captó su mirada de espanto que la acicateó como una espuela a través de los párpados, un relámpago rojo que hizo caer los cepillazos desde quién sabe dónde, desde todos esos años de trastes sucios y camas por hacer y sillones desfundados, desde el techo descascarado: proyectiles de cerda negra y plástico rosa transparente que se sucedían con una fuerza inexplicable, uno tras otro, a una velocidad que Laura no podía ni quería controlar, uno tras otro zas, zas, zas, zas, ya no llevaba la cuenta, el pelo ya no se levantaba corno cortina al viento, la niña se había encorvado totalmente y la madre le pegaba en los hombros, en la espalda, en la cintura. Hasta que su brazo adolorido, como una aspa se quedó en el aire y Laura, sin volverse a ver a su hija, bajó la escalera corriendo y salió a la calle con el brazo todavía en alto, su mano coronada de cerdas de jabalí. Entonces comprendió que debía irse. Sólo al echarse a andar, Laura logró doblar el brazo. Un músculo jalaba a otro, todo volvía a su lugar y caminó resueltamente, si estaba fuera de sí no se daba cuenta de ello, apenas si notó que había lágrimas en su rostro y las secó con el dorso de la mano sin soltar el cepillo. No pensaba en su hija, no pensaba en nada. Debido a su estatura sus pasos no eran muy largos; nunca había podido acoplarse al ritmo de su marido cuyos zancos eran para ella desmesurados. Salió de su colonia y se encaminó hacia el césped verde de otros jardines que casi invadían la banqueta protegidos por una precaria barda de juguetería. Las casas, en el centro del césped, se veían blancas, hasta las manijas de la puerta brillaban al sol, cerraduras redondas, pequeños soles a la medida exacta de la mano, el mundo en la mano de los ricos. Al lado de la casa impoluta, una réplica en pequeño con techo rojo de asbestolit: la casa del perro, como en los House Beautiful, House and Garden, Ladie’s Home Journal; qué casitas tan cuquitas, la mayoría de las ventanas tenían persianas de rendijas verdes de esas que los niños dibujan en sus cuadernos, y las persianas le hicieron pensar en Silvia, en la doble protección de su recámara. «Pero si por aquí vive. » Arreció el paso. En un tiempo no se separaban ni a la hora de dormir puesto que eran roommates. Juntas hicieron el high school en Estados Unidos. ¡Silvia! Se puso a correr, sí, era por aquí, en esta cuadra, no, en la otra, o quizás allá, al final de la cuadra a la derecha. Qué parecidas eran todas estas casas, con sus garajes a un

lado, su casita del perro y sus cuadriláteros de césped fresco, fresco como la pausa que refresca. Laura se detuvo frente a una puerta verde oscuro, brillantísima, y sólo en el momento en que le abrieron recordó el cepillo y lo aventó cerdas arriba a la cuneta, el agua que siempre corre a la orilla de las banquetas. «Yo te había dicho que una vida así no era para ti, una mujer con tu talento, con tu belleza. Bien que me acuerdo cómo te sacabas los primeros lugares en los essay contests. Escribías tan bonito. Claro, te veo muy cansada y no es para menos con esa vida de perros que llevas, pero un buen corte de pelo y una mascarilla te harán sentirte como nueva; el azul siempre te ha sentado. Hoy, precisamente, doy una comida y quiero presentarte a mis amigos, les vas a encantar, ¿te acuerdas de Luis Morales? Él me preguntó por ti mucho tiempo después de que te casaste, y va a venir; así es de que tú te quedas aquí; no, no, tú aquí te quedas, lástima que mandé al chófer por las flores, pero puedes tomar un taxi y yo más tarde, cuando me haya vestido, te alcanzaré en el salón de belleza. Cógelo, Laurita, por favor, ¿qué no somos amigas? Laura yo siempre te quise muchísimo y siempre lamenté tu matrimonio con ese imbécil, pero a partir de hoy vas a sentirte otra; anda, Laurita, por primera vez en tu vida haz algo por ti misma, piensa en lo que eres, en lo que han hecho contigo. » Laura se había sentido bien mirando a Silvia al borde de su tina de mármol. Qué joven y lozana se veía dentro del agua y más cuando emergió para secarse exactamente corno lo hacía en la escuela, sin ningún pudor, contenta de enseñarle sus músculos alargados, la tersura de su vientre, sus nalgas duras, el triángulo perfecto de su sexo, los nudos equidistantes de su espina dorsal, sus axilas rasuradas, sus piernas morenas a fuerza de sol, sus caderas, eso sí un poquito más opulentas, pero apenas. Desnuda frente al espejo se cepilló el pelo, sano y brillante. De hecho, todo el baño era un anuncio; enorme, satinado como las hojas del Vogue, las cremas aplíquense en pequeños toquecitos con la yema de los dedos en movimientos siempre ascendentes, almendras dulces, conservan la humedad natural de la piel, aroma fresco como el primer día de primavera, los desodorantes en aerosol, sea más adorable para él, el herbal-essence verde que contiene toda la frescura de la hierba del campo, de las flores silvestres; los ocho cepillos de la triunfadora, un espejo redondo amplificador del alma, algodones, lociones humectantes, secador-pistola-automática con-tenaza-cepillo-dos peines, todo ello al alcance de la mano, en torno de la alfombra peluda y blanca, osa, armiño, desde la cual Silvia le comunicó: «A veces me seco rodando sobre ella, por jugar y también para sentir». Laura sintió vergüenza al recordar que no se había bañado, pensó en la vellonería enredada de su propio sexo, en sus pechos a la deriva, en la dura corteza de sus talones; pero su amiga, en un torbellino, un sinfín de palabras, verdadero rocío de la mañana, toallitas limpiadoras, suavizantes, la tomó de la mano y la guió a la recámara y siguió girando frente a ella envuelta a la romana en su gran toalla espumosa, suplemento íntimo, benzal para la higiene femenina, cuídese, consiéntase, introdúzcase, lo que sólo nosotras sabemos: las sales, la toalla de mayor absorbencia, lo que sólo nosotras podemos darnos, y Laura vio sobre la cama, una cama anchurosa que sabía mucho de

amor, un camisón de suaves abandonos (¡qué cursi, qué ricamente cursi!) y una bata hecha bola, la charola del desayuno, el periódico abierto en la sección de Sociales. Laura nunca había vuelto a desayunar en la cama; es más: la charola yacía arrumbada en el cuarto de los trabajos. Sólo le sirvió a Gloria cuando le dio escarlatina y la cochina mocosa siempre se las arregló para tirar su contenido sobre la sábana. Ahora, al bajar la escalera circular, también joligudense miel sobre hojuelas de Silvia, recordaba sus bajadas y subidas por otra, llevándole la charola a Gloria, pesada por toda aquella loza de Valle de Bravo tan estorbosa que ella escogió, en contra de la de melamina y plásticoalta-resistencia, que Beto proponía. ¿Por qué en su casa estaban siempre abiertos los cajones, los roperos también, mostrando ropa colgada quién sabe cómo, zapatos apilados al aventón? En casa de Silvia, todo era etéreo, bajaba del cielo. En la calle, Laura caminó para encontrar un taxi, atravesó de nuevo su barrio y por primera vez se sintió superior a la gente que pasaba junto a ella. Sin duda alguna, había que irse para triunfar, salir de este agujero, de la monotonía tan espesa como la espesa sopa de habas que tanto le gustaba a Beto. Qué grises y qué inelegantes le parecían todos, qué tristemente presurosos. Se preguntó si podría volver a escribir como lo hacía en el internado, si podría poner todos sus sentimientos en un poema por ejemplo, si el poema sería bueno, sí, lo sería, por desesperado, por original, Silvia siempre le había dicho que ella era eso: o-ri-gi-nal, un buen tinte de pelo haría destacar sus pómulos salientes, sus ojos grises deslavados a punta de calzoncillos, sus labios todavía plenos, los maquillajes hacen milagros. ¿Luis Morales? Pero, claro, Luis Morales tenía una mirada oscura y profunda, oriental seguramente, y Laura se sintió tan suya cuando la tomó del brazo y estiró su mano hacia la de ella para conducirla en medio del sonido de tantas voces las voces siempre la marearon, a un rincón apartado, ¡ay, Luis, qué gusto me da! ; sí soy yo, al menos pretendo ser la que hace años enamoraste, ¿van a ir en grupo a Las Hadas el próximo weekend? Pero, claro que me encantaría, hace años que no veleo, en un barco de velas y a la mar me tiro, adentro y adentro y al agua contigo; sí, Luis, me gusta asolearme, sí, Luis, el daikirí es mi favorito; sí, Luis, en la espalda no alcanzo, ponme tú el sea-and-ski, ahora yo a ti, sí, Luis, sí… Laura pensaba tan ardientemente que no vio los taxis vacíos y se siguió de largo frente al sitio de alquiler indicado por Silvia. Caminó, caminó; sí, podría ser una escritora, el poema estaba casi hecho, su nombre aparecía en los periódicos, tendría su círculo de adeptos y, hoy, en la comida, Silvia se sentiría orgullosa de ella, porque nada de lo de antes se le había olvidado, ni las rosas de talle larguísimo, ni las copas centellantes, ni los ojos que brillan de placer, ni la champaña, ni la espalda de los hombres dentro de sus trajes bien cortados, tan distinta a la espalda enflanelada y gruesa que Beto le daba todas las noches, un minuto antes de desplomarse y dejar escapar el primer ronquido, el estertor, el ruido de vapor que echaba: locomotora vencida que se asienta sobre los rieles al llegar a la estación. De pronto, Laura vio muchos trenes bajo el puente que estaba cruzando; sí, ella viajaría, seguro viajaría, en Iberia, el asiento reclinable, la azafata junto a ella ofreciéndole un

whisky, qué rico, qué sed, el avión atravesando el cielo azul como quien rasga una tela, así colaba ella las camisas de los hijos, el cielo rasgado por el avión en que ella viajaría, el concierto de Aranjuez en sus oídos; España, agua, tierra, fuego, desde los techos de España encalada y negra. En España los hombres piropean mucho a las mujeres, ¡guapa!. Qué feo era México y que pobre y qué oscuro con toda esa hilera de casuchas negras, apiñadas allá en el fondo del abismo, los calzones en el tendedero, toda esa vieja ropa cubriéndose, de polvo y hollín y tendida a toda esa porquería de aire que gira en torno a las estaciones de ferrocarril, aire de diesel, enchapopotado, apestoso, qué endebles habitaciones, cuán frágil la vida de los hombres que se revolcaban allá abajo mientras ella se dirigía el beauty shop del Hotel María Isabel pero ¿por qué estaba tan endiabladamente lejos el salón de belleza? Hacía mucho que no se veían grandes extensiones de pasto con casas al centro, al contrario: ni árboles había. Laura siguió avanzando, el monedero de Silvia fuertemente apretado en la mano; primero, el cepillo, ahora el monedero. No quiso aceptar una bolsa, se había desacostumbrado, le dijo a su amiga, sí claro, se daba cuenta que sólo las criadas usan monedero, pero el paso del monedero a la bolsa lo daría después, con el nuevo peinado. Por lo pronto, había que ir poco a poco, recuperarse con lentitud, como los enfermos que al entrar en convalecencia dan pasos cautelosos para no caerse. La sed la atenazó y, al ver un Sanborns se metió, al fin: ladies bar. En la barra, sin más, pidió un whisky igual al del Iberia. Qué sed, sed, saliva, semen; sí, su saliva ahora, seca en su boca, se volvería semen; crearía, al igual que los hombres, igual que Beto, quien por su solo falo y su semen de ostionería se sentía Tarzán, el rey de la creación, Dios, Santa Clos, el señor presidente, quién sabe qué diablos quién. Qué sed, qué sed, debió caminar mucho para tener esa sed y sentir ese cansancio, pero se le quitaría con el champú de cariño, y a la hora de la comida, sería emocionante ir de un grupo a otro, reír, hablar con prestancia del libro de poemas a punto de publicarse. El azul le va muy bien, el azul siempre la ha hecho quererse a sí misma, ¿no decía el psiquiatra en ese artículo de Kena que el primer indicio de salud mental es empezar a quererse a sí mismo? Silvia le había enseñado sus vestidos azules. El segundo whisky le sonrojó a Laura las mejillas, al tercero descansó y un gringo se sentó junto a ella en la barra y le ofreció la cuarta copa, «Y eso que no estoy peinada», pensó agradecida. En una caballeriza extendió las piernas, para eso era el asiento de enfrente, ¿no? y se arrellanó. «Soy libre, libre de hacer lo que me dé la gana.» Ahora sí el tiempo pasaba con lentitud y ningún pensamiento galopaba dentro de su cabeza. Cuando salió del Sanborns estaba oscureciendo y ya el regente había mandado prender las larguísimas hileras de luz neón del circuito interior. A Laura le dolía el cuerpo y el brazo en alto, varado en el aire llamó al primer taxi, automáticamente dio la dirección de su casa y al bajar le dejó al chófer hasta el último centavo que había en el monedero. «Tome usted también el monedero. » Pensó que el chófer se parecía a Luis Morales o a lo que ella recordaba que era Luis Morales. Como siempre, la puerta de la casa estaba emparejada y Laura tropezó con el triciclo de una de las niñas, le parecieron muchos los juguetes esparcidos en la sala, muchos y muy grandes, un campo de juguetes, de caminar

entre ellos le llegarían al tobillo. Un olor de tocino invadía la estancia y desde la cocina vio los trastes apilados en el fregadero. Pero lo que más golpeó a Laura fue su retrato de novia parada junto a Beto. Beto tenía unos ojos fríos y ella los miró con frialdad y le respondieron con la misma frialdad. No eran feos, pero había en ellos algo mezquino, la rechazaban y la desafiaban a la vez, sin ninguna pasión, sin afán, sin aliento; eran ojos que no iban a ninguna parte, desde ese sitio podía oír lo que anunciaba Paco Malgesto en la televisión, los panquecitos Bimbo; eran muy delgadas las paredes de la casa, se oía todo y al principio Laura pensó que era una ventaja, porque así sabría siempre dónde andaban los niños. Casi ninguno volvió la cabeza cuando entró al cuarto de la televisión, imantados como estaban por el Chavo del 8. El pelo de Magda pendía lastimero y enredado como siempre, la espalda de Beto se encorvaba abultadísima en los hombros hay hombres que envejecen allí precisamente, en el cuello, como los bueyes; Gloria y Alicia se habían tirado de panza sobre la alfombra raída y manchada, descalzas, claro. Ninguno pareció prestarle la menor atención. Laura, entonces, se dirigió a la recámara que nadie había hecho y estuvo a punto de aventarse con todo y zapatos sobre el lecho nupcial que nadie había tendido, cuando vio un calcetín en el andén y sin pensarlo lo recogió y buscó otro más y lo juntó al primero: «¿Serán el par?» Recogió el suéter de Jorgito, la mochila de Quique, el patín de Betito, unos pañales impregnados con el amoniaco de orines viejos y los llevó al baño a la canasta de la ropa sucia; ya a Alicia le faltaba poco para dejar los pañales y entonces esa casa dejaría de oler a orines; en la tina vio los patos de pLa casita de sololoilástico de Alicia, el buzo de Jorgito, los submarinos, veleros y barcos, un jabón multicolor e informe compuesto por todos los pedazos de jabón que iban sobrando y se puso a tallar el aro de mugre que sólo a ella le preocupaba. Tomó los cepillos familiares en el vaso dentífrico y los enjuagó; tenían pasta acumulada en la base. Empezó a subir y bajar la escalera tratando de encontrarle su lugar a cada cosa. ¿Cómo pueden amontonarse en tan poco espacio tantos objetos sin uso, tanta materia muerta? Mañana habría que airear los colchones, acomodar los zapatos, cuántos; de fútbol, tenis, botas de hule, sandalias, hacer una lista, el miércoles limpiaría los roperos, sólo limpiar los trasteros de la cocina le llevaría un día entero, el jueves la llamada biblioteca en que ella alguna vez pretendió escribir e instalaron la televisión porque en esa pieza se veía mejor, otro día entero para remendar suéteres, poner elástico a los calzones, coser botones, sí, remendar esos calcetines caídos en torno a los tobillos, el viernes para… Beto se levantó, fue al baño, y sin detenerse siquiera a cerrar bien la puerta, orinó largamente y, al salir, la mano todavía sobre su bragueta, Laura sostuvo por un instante la frialdad de su mirada y su corazón se apretó al ver el odio que expresaba. Luego dio media vuelta y arrió de nuevo su cuerpo hacia el cuarto de la televisión. Pronto los niños se aburrirían y bajarían a la cocina: «Mamá, a mediodía casi no comimos». Descenderían caracoleando, ya podían oírse sus cascos en los peldaños, Laura abriría la boca para gritar pero no saldría sonido alguno; buscaría con qué defenderse, trataría de encontrar un

cuchillo, algo para protegerse pero la cercarían: «Mamá, quiero un huevo frito y yo jotquéis y yo una sincronizada y yo otra vez tocino»; levantarían hacia ella sus alientos de leche, sus manos manchadas de tinta, y la boca de Laura se desharía en una sonrisa y sus dedos hechos puño, a punto de rechazarlos, engarrotados y temblorosos, se abrirían uno a uno jalados por los invisibles hilos del titiritero, lenta, blandamente, oh, qué cansinamente. Esperanza número equivocado Esperanza siempre abre el periódico en la sección de sociales y se pone a ver las novias. Suspira: “Ay, señorita Diana, cuándo la veré a usted así”. Y examina infatigable los rostros de cada uno de las felices desposadas. “Mire, a esta le va a ir de la patada…” “A esta otra pue'que y se le haga…” “Esta ya se viene fijando en otro. Ya ni la amuela. Creo que es el padrino…” Sigue hablando de las novias obsesiva y maligna. Con sus uñas puntiagudas —“me las corto de triangulito, pa arañar, así se las había de limar la señorita”—, rasga el papel y bruscamente desaparece la nariz del novio, o la gentil contrayente queda ciega: “Mire niña Diana, qué chistosos se ven ahora los palomos”. Le entra una risa larga, larga, larga, entrecortada de gritos subversivos: “Hi ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! ¡Hiiii!”, que sacude su pequeño cuerpo de arriba abajo. “No te rías tanto, Esperanza, que te va a dar hipo”.

A veces Diana se pregunta por qué no se habrá casado Esperanza. Tiene un rostro agradable, los ojos negros muy hundidos, un leve bigotito y una patita chueca. La sonrisa siempre en flor. Es bonita y se baña diario. Ha cursado cien novios: “No le vaya a pasar lo que a mí, ¡que de tantos me quedé sin ninguno!”. Ella cuenta: “Uno era decente, un señor ingeniero, fíjese usted. Nos sentábamos el uno al lado del otro en una banca del parque y a mí me daba vergüenza decirle que era criada y me quede silencia”. Conoció al ingeniero por un “equivocado”. Su afición al teléfono la llevaba a entablar largas conversaciones. “no señor, está usted equivocado. Esta no es la familia que usted busca, pero ojalá y fuera”. “Carnicería ‘La Fortuna'” “No, es una casa particular pero qué fortuna…” Todavía hoy, a los cuarenta y ocho años, sigue al acecho de los equivocados. Corre al teléfono con una alegría expectante: “Caballero yo no soy Laura Martínez, soy Esperanza…” Y a la vez siguiente: “Mi nombre es otro, pero en ¿qué puedo servirle?” ¡Cuánto correo del corazón! Cuántos “Nos vemos en la puerta del cine Encanto. Voy a llevar un vestido verde y un moño rojo en la cabeza”… ¡Cuántas citas fallidas! ¡Cuántas idas a la esquina a ver partir las esperanzas! Cuántos: “¡Ya me colgaron!” Pero Esperanza se rehace pronto y tres o cuatro días después, allí está nuevamente en servicio dándole vuelta al disco, metiendo el dedo en todos los números, componiendo cifras al azar a ver si de pronto alguien le contesta y le dice como Pedro Infante: “¿Quiere usted casarse

conmigo?” Compostura, estropicio, teléfono descompuesto, 02, 04, mala manera de descolgarse por la vida, como una araña que se va hasta el fondo del abismo colgada del hilo del teléfono. Y otra vez a darle a esa negra carátula de reloj donde marcamos puras horas falsas, puros: “Voy a pedir permiso”, puros: “Es que la señora no me deja…”, puros: “¿Qué de qué?” porque Esperanza no atina y ya le está dando el cuarto para las doce. Un día el ingeniero equivocado llevó a Esperanza al cine, y le dijo en lo oscuro: “Oiga señorita, ¿le gusta la natación?” Y le puso la mano en el pecho. Tomada por sorpresa, Esperanza respondió: “Pues mire usted ingeniero, ultimadamente y viéndolo bien, a mí me gusta mi leche sin nata”. Y le quitó la mano. Durante treinta años, los mejores de su vida, Esperanza ha trabajado de recamarera. Sólo un domingo por semana puede asomarse a la vida de la calle, a ver a aquella gente que tiene “su” casa y “su” ir y venir. Ahora ya de grande y como le dicen tanto que es de la familia, se ha endurecido. Con su abrigo de piel de nutria heredado de la señora y su collar de perlas auténticas, regalo del señor, Esperanza mangonea a las demás y se ha instituido en la única detentadora de la bocina. Sin embargo, su voz ya no suena como campana en el bosque y en su último “equivocado” pareció encogerse, sentirse a punto de desaparecer, infinitamente pequeña, malquerida, y, respondió modulando dulcemente las palabras: “No señor, no, yo no soy Isabel Sánchez, y por favor, se me va a ir usted mucho a la chingada”. * De noche vienes , Ed. Grijalbo, 1979, México, pp. 31- 36.

Elena Poniatowska (Elena Poniatowska Amor; París, 1932) Narradora y ensayista mexicana de origen francés creadora de un rico mundo de ficción, relacionado siempre con los acontecimientos, movimientos sociales y personajes del México contemporáneo; en su labor periodística intentó aplicar las técnicas del nuevo periodismo norteamericano. Elena Poniatowska Integrante de una antigua familia de la nobleza polaca (y sobrina de la legendaria poeta Pita Amor), nació en Francia, llegó a México con diez años de edad y obtuvo la ciudadanía muchos años después, en 1969. Tras estudiar en su país de adopción y en Estados Unidos, en 1953 inició su carrera como periodista, profesión que ejerció siempre y le sirvió de punto de partida para varias de sus obras testimoniales. Por esa época se unió a la causa feminista y a la izquierda política. A lo largo de su trayectoria cultivó variados géneros: novela, ensayo, testimonio, crónica,

entrevista y poesía. Todos sus libros guardan una constante temática y configuran un entramado que da cuenta del presente mexicano: se centran en la sociedad, las relaciones entre hombres y mujeres, el trabajo y el desempleo, el prevaleciente racismo, las costumbres y tradiciones del país, las tragedias nacionales (como el terremoto de 1985) o el papel de la mujer. Lilus Kikus (1954) fue su obra inaugural, escrita bajo la tutela de J. J. Arreola. En 1963, con ilustraciones de Alberto Beltrán, publicó Todo empezó el domingo, reunión de relatos-crónicas acerca de la vida dominical de los habitantes de la ciudad. Hasta no verte Jesús mío (1969) es el divertido relato costumbrista de las peripecias de una empleada doméstica. La noche de Tlatelolco (1971) ofrece un brillante ejercicio periodístico sobre la matanza de estudiantes ocurrida el 2 de octubre de 1968 en la ciudad de México. En Querido Diego, te abraza Quiela (1978), recrea la relación entre los pintores Diego Rivera y Angelina Beloff. De noche vienes (1979) es una amena fábula sobre una mujer polígama. Con Tinísima (1992) rindió homenaje a la fotógrafa de origen italiano Tina Modotti. También dedicó ensayos a Gabriel Figueroa, Juan Soriano y Octavio Paz. Su obra trasunta un carácter activo, que incita al cambio e invita a una toma de conciencia sobre los desposeídos, los niños de la calle y las mujeres, entre múltiples y significativos grupos humanos de la realidad contemporánea mexicana. Con La piel del cielo (2001) obtuvo en España el premio Alfaguara de Novela. En 2005 se publicó El tren pasa primero; con esta novela, que tiene como protagonista a un líder sindical ferroviario, Elena Poniatowska se hizo merecedora del XV Premio Internacional Rómulo Gallegos (2007). En 2011, la escritora obtuvo el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral por su novela Leonora, sobre la vida de la pintora Leonora Carrington.

Cine Prado Señorita: A partir de hoy, debe usted borrar mi nombre de la lista de sus admiradores. Tal vez convendría ocultarte esta deserción, pero callándome, iría en contra de una integridad personal que jamás ha eludido las exigencias de la verdad. Al apartarme de usted, sigo un profundo viraje de mi espíritu, que se resuelve en el propósito final de no volver a contarme entre los espectadores de una película suya. Esta tarde, más bien, esta noche, usted me destruyó. Ignoro si le importa saberlo, pero soy un hombre hecho pedazos. ¿Se da usted cuenta? Soy un aficionado que persiguió su imagen en la pantalla de todos los cines de estreno y de barrio, un crítico enamorado que justificó sus peores actuaciones morales y que ahora jura de rodillas separarse para siempre de usted aunque el simple anuncio de Fruto Prohibido haga vacilar su decisión.

Lo ve usted, sigo siendo un hombre que depende de una sombra engañosa. Sentado en una cómoda butaca, fui uno de tantos, un ser perdido en la anónima oscuridad, que de pronto se sintió atrapado en una tristeza individual, amarga y sin salida. Entonces fui realmente yo, el solitario que sufre y que le escribe. Porque ninguna mano fraterna se ha extendido para estrechar la mía. Cuando usted destrozaba tranquilamente mi corazón en la pantalla, todos se sentían inflamados y fieles. Hasta hubo en canalla que rió descaradamente, mientras yo la veía desfallecer en brazos de ese galán abominable que la condujo a usted al último extremo de la degradación humana. Y un hombre que pierde de golpe todos sus ideales ¿no cuenta para nada, señorita? Dirá usted que soy un soñador, un excéntrico, uno de esos aerolitos que caen sobre la tierra al margen de todo cálculo. Prescinda usted de cualquiera de sus hipótesis, el que la está juzgando soy yo, y hágame el favor de ser más responsable de sus actos, y antes de firmar un contrato o de aceptar un compañero estelar, piense que un hombre como yo puede contarse entre el público futuro y recibir un golpe mortal. No hablo movido por los celos, pero créame usted: en Esclavas del Deseo fue besada, acariciada y agredida con exceso. No sé si mi memoria exagera, pero en la escena del cabaret no tenía usted por qué entreabrir de esa manera sus labios, desatar sus cabellos sobre los hombros y tolerar los procaces ademanes de aquel marinero, que sale bostezando, después de sumergirla en el lecho del desdoro y abandonarla como una embarcación que hace agua. Yo sé que los actores se deben a su público, que pierden en cierto modo su libre albedrío y que se hallan a la merced de los caprichos de un director perverso; sé también que están obligados a seguir punto por punto todas las deficiencias y las falacias del texto que deben interpretar, pero déjeme decirle que a todo el mundo le queda, en el peor de los casos, un mínimo de iniciativa, una brizna de libertad que usted no pudo o no quiso aprovechar. Si se tomara la molestia, usted podría alegar en su defensa que desde su primera irrupción en el celuloide aparecieron algunos de los rasgos de conducta que ahora le reprocho. Es verdad; y admito avergonzado que ningún derecho ampara mis querellas. Yo acepté amarla tal como es. Perdón, tal como creía que era. Como todos los desengañados, maldigo el día en que uní mi vida a su destino cinematográfico. Y conste que la acepté toda opaca y principiante, cuando nadie la conocía y le dieron aquel papelito de trotacalles con las medias chuecas y los tacones carcomidos, papel que ninguna mujer decente habría sido capaz de aceptar. Y sin embargo, yo la perdoné, y en aquella sala indiferente y llena de mugre saludé la aparición de una estrella. Yo fui se descubridor, el único que supo asomarse a su alma, entonces inmaculada, pese a su bolsa arruinada y a vueltas de carnero. Por lo que más quiera en la vida, perdóneme este brusco arrebato. Se le cayó la máscara, señorita. Me he dado cuenta de la vileza de su engaño. Usted no es

la criatura de delicias, la paloma frágil y tierna a la que yo estaba acostumbrado, la golondrina de inocentes revueltos, el rostro perdido entre gorgueras de encaje que yo soñé, sino una mala mujer hecha y derecha, un despojo de la humanidad, novelera en el peor sentido de la palabra. De ahora en adelante, muy estimada señorita, usted irá por su camino y yo por mío. Ande, ande usted, siga trotando por las calles, que yo ya me caí como una rata en una alcantarilla. Y conste que lo de señorita se lo digo porque a pesar de los golpes que me ha dado la vida sigo siendo un caballero. Mi viejita santa me inculcó en lo más hondo el guardar siempre las apariencias. Las imágenes se detienen y mi vida también. Así es que… señorita. Tómelo usted, si quiere, como una desesperada ironía. Yo la había visto prodigar besos y recibir caricias en cientos de películas, pero antes, usted no alojaba a su dichoso compañero en el espíritu. Besaba usted sencillamente como todas las buenas actrices: como se besa a un muñeco de cartón. Porque, sépalo usted de una vez por todas, la única sensualidad que vale la pena es la que se nos da envuelta en alma, porque el alma envuelve entonces nuestro cuerpo, como la piel de la uva comprime la pulpa, la corteza guarda al zumo. Antes, sus escenas de amor no me alteraban, porque siempre había en usted un rasgo de dignidad profanada, porque percibía siempre un íntimo rechazo, una falla en el último momento que rescataba mi angustia y consolaba mi lamento. Pero en La Rabia en el Cuerpo con los ojos húmedos de amor, usted volvió hacia mí su rostro verdadero, ese que no quiero ver nunca más. Confiéselo de una vez: usted está realmente enamorada de ese malvado, de ese comiquillo de segunda, ¿no es cierto? ¿Se atrevería a negarlo impunemente? Por lo menos todas las palabras, todas las promesas que le hizo, eran auténticas, y cada uno de sus gestos, estaban respaldados en la firme decisión de un espíritu entregado. ¿Por qué ha jugado conmigo como juegan todas? ¿Por qué me ha engañado usted como engañan todas las mujeres, a base de máscaras sucesivas y distintas? ¿Por qué no me enseñó desde el principio, de una vez, el rostro desatado que ahora me atormenta? Mi drama es casi metafísico y no le encuentro posible desenlace. Estoy solo en la noche de mi desvarío. Bueno, debo confesar que mi esposa todo lo comprende y que a veces comparte mi consternación. Estábamos gozando aún de los deliquios y la dulzura propia de los recién casados cuando acudimos inermes a su primera película. ¿Todavía la guarda usted en su memoria? Aquélla del buzo atlético y estúpido que se fue al fondo del mar, por culpa suya, con todo y escafandra. Yo salí del cine completamente trastornado, y habría sido una vana pretensión el ocultárselo a mi mujer. Ella, por lo demás, estuvo completamente de mi parte; y hubo de admitir que sus deshabillés son realmente espléndidos. No tuvo inconveniente en acompañarme otras seis veces, creyendo de buena fe que la rutina rompería el encanto. Pero ¡ay! los cosas fueron empeorando a medida que se estrenaban sus películas. Nuestro presupuesto hogareño tuvo que sufrir importantes modificaciones a fin de permitirnos frecuentar las pantallas unas tres veces de semana. Está por demás decir que después de cada sesión cinematográfica pasábamos el resto de la noche discutiendo. Sin embargo, mi compañera no se inmutaba. Al fin y al cabo, usted no era más que una sombra indefensa, una silueta de dos dimensiones, sujeta a las deficiencias de la luz. Y mi mujer aceptó buenamente tener como rival a un fantasma cuyas apariciones podían controlarse a voluntad, pero no desaprovechaba la oportunidad

de reírse a costa de usted y de mí. Recuerdo su regocijo aquella noche fatal en que, debido a un desajuste fotoeléctrico, usted habló durante diez minutos con voz inhumana, de robot casi, que iba del falsete al bajo profundo …A propósito de su voz, sepa usted que me puse a estudiar el francés porque no podía conformarme con el resumen de los títulos en español, aberrantes e incoloros. Aprendí a descifrar el sonido melodioso de su voz, y con ello vino el flagelo de entender a fuerza mía algunas frases vulgares, la comprensión de ciertas palabras a usted me resultaron intolerables. Deploré aquellos tiempos en que llegaban a mí, atenuadas por pudibundas traducciones; ahora, las recibo como bofetadas. Lo más grave del caso es que mi mujer está dando inquietantes muestras de mal humor. Las alusiones a usted, y a su conducta en la pantalla, son cada vez más frecuentes y feroces. Últimamente ha concentrado sus ataques en la ropa interior y dice que estoy hablándole en balde a una mujer sin fondo. Y hablando sinceramente, aquí entre nosotros ¿a qué viene toda esa profusión de infames transparencias, ese derroche de íntimas prendas de tenebroso acetato? Si yo lo único que quiero hallar en usted es ese chispita triste y amarga que ayer había en sus ojos…Pero volvamos a mi mujer. Hace visajes y la imita. Me arremeda a mí también. Repite burlona algunas de mis quejas más lastimeras. “Los besos que me duelen en Qué me duras, me están ardiendo como quemaduras”. Dondequiera que estemos se complace en recordarla, dice que debemos afrontar este problema desde un ángulo puramente racional, con todos los adelantos de la ciencia y echa mano de argumentos absurdos pero contundentes. Alega, nada menos, que usted es irreal y que ella es una mujer concreta. Y a fuerza de demonstrármelo está acabando una por una con mis ilusiones. No sé qué va a ser de mí si resulta cierto lo que aquí se rumora, que usted va a venir a filmar una película y honrará a nuestro país con su visita. Por amor de Dios, pro lo más sagrado, quédese en su patria, señorita. Sí, no quiero volver a verla, porque cada vez que la música cede poco a poco y los hechos se van borrando en la pantalla, yo soy un hombre anonadado. Me refiero a la barrera mortal de esas tres letras crueles que ponen fin a la modesta felicidad de mis noches de amor, a dos pesos la luneta. He ido desechando poco a poco el deseo de quedarme a vivir con usted en la película y ya no muero de pena cuando tengo que salir del cine remolcado por mi mujer que tiene la mala costumbre de ponerse de pie al primer síntoma de que el último rollo se está acabando. Señorita, la dejo. No le pido siquiera un autógrafo, porque si llegara a enviármelo yo sería capaz de olvidar su traición imperdonable. Reciba esta carta como el homenaje final de un espíritu arruinado y perdóneme por haberla incluido entre mis sueños. Sí, he soñado con usted más de una noche, y nada tengo que envidiar a esos galanes de ocasión que cobran un sueldo por estrecharla en sus brazos y que la seducen con palabras prestadas. Créame sinceramente su servidor. PD: Olvidaba decirle que escribo tras las rejas de la cárcel. Esta carta no habría llegado

nunca a sus manos si yo no tuviera el temor de que el mundo le diera noticias erróneas acerca de mí. Porque los periódicos, que siempre falsean los hechos, están abusando aquí de este suceso ridículo: “Ayer por la noche, un desconocido, tal vez en estado de ebriedad o perturbado de sus facultades mentales, interrumpió la proyección de Esclavas del Deseo en su punto más emocionante, cuando desgarró la pantalla del Cine Prado al clavar un cuchillo en el pecho de Franciose Arnoul. A pesar de la obscuridad, tres espectadoras vieron cómo el maniático corría hacia la actriz con el cuchillo en alto y se pusieron de pie para examinarlo de cerca y poder reconocerlo a la hora de la consignación. Fue fácil porque el individuo se desplomó una vez consumado el acto”. Sé que es imposible, pero daría lo que no tengo con tal de que usted conservara para siempre en su pecho, el recuerdo de esa certera puñalada.

EL CORAZON DE LA ALCACHOFA -Elena PoniatowskaPosted on 20 diciembre, 2010 by diblik86 A todos nosotros nos fascinan las alcachofas: comerlas es un acto sacramental. La disfrutamos en silencio, primero las hojas grandes, las correosas, las verdes profundo que la revisten de una armadura de maguey; luego las medianas que se van ablandando a medida que uno se acerca al centro, se vuelven niñas, y finalmente las delgaditas, finas, que parecen pétalos de tan delicadas. Es muy difícil platicar cuando se llevan las hojas de alcachofa a la boca, chupándolas una por una, rascándoles despacio la ternura de su ternura con los dientes. Llegar al centro es descubrir el tesoro, la pelusa blanca, delgadísima que protege el corazón ahuecado por la espera como un ánfora griega. No hay que darse prisa, el proceso es lento, las hojas se van arrancando en redondo, una por una, saboreándolas porque cada una es distinta a la anterior y la prisa puede hacer que se pierda ese arco iris de sabores, un verde de océano apagado, de alga marina a la que el sol le va borrando la vida. La abuela nos hizo alcachoferos. A mi padre lo incluyó en esa costumbre cuando él y mi madre se casaron. Al principio papá, que las desconocía por completo, alegó que él no comía cardos. A nosotros, los nietos, nos domesticó a temprana edad. Una vez a la semana, a mediodía, empezamos la comida con alcachofas. Otilia las sirve muy bien escurridas en un gran plantón, trae dos salseras, una con salsa muselina y otra con una simple vinagreta. En una ocasión le dieron a mi abuela la receta de una salsa que llevaba rajas de pimiento rojo dulce, huevo duro cortado en trocitos, pimienta en grano, sal, aceite y vinagre, pero dijo que era un poco vulgar, se perdía el aroma específico de la alcachofa. No volvimos a intentarlo. En alguna casa, a la abuela le sirvieron alcachofas con la salsa encima y entonces sí que los criticó: las alcachofas jamás se sirven cubiertas de salsa, imposible tocarlas sin ensuciarse los dedos. La experiencia más atroz fue en casa

de los Palacio ya que la abuela vio a Yolanda Palacios encajarle cuchillo y tenedor, destrozando su vestido de hojas, perforarla desde lo alto y apuñalar el corazón al que dejó hecho trizas. Quedó claro que no sabía comerlas. La pobre intuía que había que llegar a algo, como sucede con los erizos y, a machetazo limpio, escogió el camino de la destrucción. La abuela presenció la masacre con espanto y jamás volvió a aceptarles una invitación. Los Palacio perdieron hasta el apellido. Ahora son “los que no saben comer alcachofas”. Las alcachofas, a veces, son plantas antediluvianas, pequeños seres prehistóricos. En otras ocasiones, bailan en el plato, su corazón danza en medio de múltiples enaguas como las mazahuas que llaman vueludas a las suyas. En realidad, las plantas dan flor, pero las hojas se comen antes. La flor las endurece. La flor, final de su existencia, las mata. Al llegar al corazón hay que maniobrar con suma pericia, para no lastimarlo. La abuela llegó a la conclusión de que la única casa en el Distrito Federal de 22 millones de habitantes donde se sabe comer alcachofa es la nuestra. El rito se inicia cuando colocamos nuestra cuchara bajo el plato. Así lo inclinamos y la salsa puede engolfarse en una sola cuenca para ir metiendo allí el borde de las hojas que chupamos con meticulosidad. Nos tardamos más de la cuenta; si hay visitas, su mirada inquisitiva nos observa. Al terminarlas tomamos agua: Después de comer una alcachofa, el agua es una delicia sentencia la abuela. Todos asentimos. El agua resbala por nuestra garganta, nos inicia en la sensualidad. De mis hermanos, Estela es la más tardada. Es una mañosa, porque una vez comida la punta de cada hoja, la repasa hasta dejarlas hechas una verdadera lástima a un lado de su plato. Lacias, en la pura raíz, parecen jergas. Ella nunca pudo darle una hojita al hermano menor, Manuelito, porque nunca le quedó nada. Efrén es muy desesperado y es el primero en engullir el corazón verde casi de un bocado y en sopear un pedazo de pan en la vinagreta o la muselina hasta dejar limpio su plato. “Eso no se hace”, le ha dicho la abuela, pero como todos están tan afanados en deshojar sus corolas, la acción de Efrén pasa a segundo plano. Sandra habla tanto como se distrae y muchas veces sostiene la hoja a medio camino entre su mano y su boca y me irrita, casi me saca de quicio, porque la pobre hoja aguarda, suspendida en el aire, como una acróbata que pierde su columpio: el paladar de mi hermana. Me cae muy mal que ingiera como si las formas no importaran; creo, de veras, que Sandra no merece la alcachofa. Se la quitaría de mil amores, nos toca a una por cabeza, una grande, porque las que ponen en la paella, según mi abuela, ni son alcachofas. Cada uno establece con su alcachofa una relación muy particular. Mi abuela, bien sentada, las piernas ligeramente separadas, la cabeza en algo, conduce la hoja en un funicular invisible del plato a la boca y luego la hace bajar derechito como piedra en pozo a su plato, le rinde un homenaje a Newton con sus movimientos precisos. La figura geométrica que traza en el aire se repite 30 veces porque hay alcachofas con ese número de hojas. Las come con respeto o con algo que no entiendo, porque al chupar la hoja cierra los ojos. Lleva constantemente la servilleta doblada a la comisura de sus labios por si se le hubiera adherido un poco de salsa. Come, el ceño fruncido, con la misma atención

que ponía de niña en sus versiones latinas, porque de toda la familia es la única latinista. Y se ve bien con la alcachofa en mano, la proporción exacta, la hoja tiene el tamaño que armoniza con su figura. En cambio, mi padre y la alcachofa desentonan. Mi padre es un gigantón de dos metros. Le brilla la frente, me gustaría limpiársela pero no lo alcanzo, su frente sigue robándole cámara a la penumbra del comedor. Acostumbra usar camisas a cuadros de colores. La alcachofa se extravía a medio camino sobre su pecho, ignoro si va en el verde o en el amarillo y nunca sé si la trae, porque su mano velluda la cubre por completo. La alcachofa necesita un tono neutro como el de mi abuela o un fondo blanco. Nunca podría mi padre ser el modelo de “Hombre comiendo alcachofa”, porque el pintor la extraviaría en el proceso. Una vez rasuradas por sus dientes delanteros, papá archiva sus hojas, como expedientes en su oficina. Cada pila se mantiene en tan erguida perfección que envidio ese equilibrio, porque las mías caen como pétalos de rosa deshojada. Mi madre es más casual. Las come entre risas. Fuma mucho, y dice la abuela que fumar daña no sólo el paladar sino las buenas maneras. Antes, mamá tomaba el vaso de agua para extasiarse como el resto de la familia. Quién sabe qué le dijo su psicoanalista, que ahora levanta su copa de vino tinto. La primera vez, la abuela la amonestó: Ese vino mata cualquier otro sabor. Mamá hizo resaltar un cerillo en la caja para encender su cigarro y la abuela tuvo que capitular. Un mediodía, en plena ceremonia, papá fue el primero en terminar y nos anunció, solemne, su voz un tanto temblorosa encima de su pila de hojas de alcachofa: Tengo algo que comunicarles… Como Sandra, hoja en el aire, no interrumpía su parloteo de guacamaya, repitió con voz todavía más opaca: Quisiera decirles que… ¿Qué papá, qué? lo alentó Sandra señalándole con la misma hoja que le cedía la palabra. Voy a separarme de su madre. En ese momento, Manuelito bajó de su silla y se acercó a él: ¿Me das una hojita? Ya no tengo, hijo. Mamá miraba el corazón de su alcachofa y la abuela también había atornillado los ojos en su plato. Su madre ya lo sabe… Lo que no me esperaba, Julián, es que soltaras la noticia en la mesa ahora que comemos alcachofas. No creo que sea el momento. Murmuró la abuela y se llevó el vaso de agua a los labios.

Los niños no han llegado al corazón de la alcachofa reprochó mamá de nuevo. Sé que mamá y papá se armaron. Lo descubrí un día en que mamá distraída no me respondía. A los niños no se les hace tanto caso. Le hablaba en francés y no oía; en español, menos. Leía una revista Life de los bombardeos de la guerra; iglesias, casas destrozadas, tanques, soldados corriendo entre árboles, soldados arrastrándose en la tierra, los zapatos cubiertos de sangre y lodo, un cráter hondo de seis metros hecho por una bomba, pobrecita tierra. Mamá parecía un buzo metida hasta adentro del agujero negro. Buscaba con una intensidad angustiada, y entonces comprendí que buscaba a mi padre. Y que lo amaba con desesperación. *** Mi padre se casó al día siguiente de que se fue o casi; años después murió la abuela y su ausencia nos lastimó a todos. Intuyo que murió triste. Aunque era muy pudorosa, mi abuela siempre andaba desnudando su corazón. Mamá tiene un curioso padecimiento en el que está implicado el hígado y la curo con medicinas que contienen extracto de alcachofa. Sigue fumando como chimenea, y en la noche vacío los ceniceros en una maceta del patio; dicen que las cenizas son buenas para la naturaleza, la renuevan. A ella, desde luego no la han rejuvenecido. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, mamá y yo no hemos proscrito las alcachofas de nuestra dieta, aunque mamá alega que la vida la ha despojado de todas sus hojas y le ha dejado el corazón al descubierto. Chupar la hoja sigue siendo para mí una exploración y la expectativa es la misma. ¿Será grande el corazón de la alcachofa? ¿Se conservará fresco y jugoso? La finalidad de mis pesquisas es llegar al sitio de donde partieron todas mis esperanzas, el corazón de la alcachofa que voy cercando lentamente a vuelta y vuelta. Amé mucho a un hombre y creo que fui feliz porque todavía lo amo. Después amé a otros pero nunca como a él, nunca mi vientre cantó como a su lado. En realidad amé a los siguientes por lo que en ellos podría hallar de él. A ratitos. Mi piel ardía al lado de la suya en el café, en la cama, todos los poros se me abrían como las calles por las que caminábamos, él abrazándome; qué maravilla ese brazo sobre mis hombros, cuánta impaciencia en nuestro encuentro. La magnitud de mi deseo me dejaba temblando. Él me decía que ese amor no iba a repetirse jamás. Una mañana, al primer rayo del sol, entre las sábanas revueltas se inclinó sobre mi cara aún abotagada por el sueño y la satisfacción y anunció quedito: Han pasado dos meses, mi mujer y mis hijos regresan de sus vacaciones. Sentí que la recámara se oscurecía, que su negrura me caía encima. Él me abrazó. No te pongas así. Ambos sabíamos que no podía durar. Empecé a sollozar. Entonces me habló de mi corazón de alcachofa, que todos en el trabajo comentaban que tenía yo corazón de alcachofa. También dicen que tomas las cosas demasiado en serio.

No volvimos a vernos. Otilia se fue y mamá y yo lo sentimos porque no hemos vuelto a tener tan buena cocinera. El peso de los ritos alcachoferos ha marcado los últimos años de nuestra vida. Las primeras hojas mojadas en la salsa muselina o en la vinagreta todavía son un placer, nos infunden valor, pero ya cuando vamos a media alcachofa, a media operación en común, mi madre y yo nos miramos, no me quita la vista de encima y yo se la sostengo años y años. Tiene la mirada del que no sabe para qué vive. Quiere decirme algo… algo herido pero yo no la dejó. Quizá nos hemos rodeado de hojas más altas que nosotras como las alcachofas, quizá va a asestarme la horrible certeza de haber equivocado la vida, mi única vida.

EL CORAZON DE LA ALCACHOFA -Elena PoniatowskaPosted on 20 diciembre, 2010 by diblik86 A todos nosotros nos fascinan las alcachofas: comerlas es un acto sacramental. La disfrutamos en silencio, primero las hojas grandes, las correosas, las verdes profundo que la revisten de una armadura de maguey; luego las medianas que se van ablandando a medida que uno se acerca al centro, se vuelven niñas, y finalmente las delgaditas, finas, que parecen pétalos de tan delicadas. Es muy difícil platicar cuando se llevan las hojas de alcachofa a la boca, chupándolas una por una, rascándoles despacio la ternura de su ternura con los dientes. Llegar al centro es descubrir el tesoro, la pelusa blanca, delgadísima que protege el corazón ahuecado por la espera como un ánfora griega. No hay que darse prisa, el proceso es lento, las hojas se van arrancando en redondo, una por una, saboreándolas porque cada una es distinta a la anterior y la prisa puede hacer que se pierda ese arco iris de sabores, un verde de océano apagado, de alga marina a la que el sol le va borrando la vida. La abuela nos hizo alcachoferos. A mi padre lo incluyó en esa costumbre cuando él y mi madre se casaron. Al principio papá, que las desconocía por completo, alegó que él no comía cardos. A nosotros, los nietos, nos domesticó a temprana edad. Una vez a la semana, a mediodía, empezamos la comida con alcachofas. Otilia las sirve muy bien escurridas en un gran plantón, trae dos salseras, una con salsa muselina y otra con una simple vinagreta. En una ocasión le dieron a mi abuela la receta de una salsa que llevaba rajas de pimiento rojo dulce, huevo duro cortado en trocitos, pimienta en grano, sal, aceite y vinagre, pero dijo que era un poco vulgar, se perdía el aroma específico de la alcachofa. No volvimos a intentarlo. En alguna casa, a la abuela le sirvieron alcachofas con la salsa encima y entonces sí que los criticó: las alcachofas jamás se sirven cubiertas de salsa, imposible tocarlas sin ensuciarse los dedos. La experiencia más atroz fue en casa de los Palacio ya que la abuela vio a Yolanda Palacios encajarle cuchillo y tenedor, destrozando su vestido de hojas, perforarla desde lo alto y apuñalar el corazón al que dejó

hecho trizas. Quedó claro que no sabía comerlas. La pobre intuía que había que llegar a algo, como sucede con los erizos y, a machetazo limpio, escogió el camino de la destrucción. La abuela presenció la masacre con espanto y jamás volvió a aceptarles una invitación. Los Palacio perdieron hasta el apellido. Ahora son “los que no saben comer alcachofas”. Las alcachofas, a veces, son plantas antediluvianas, pequeños seres prehistóricos. En otras ocasiones, bailan en el plato, su corazón danza en medio de múltiples enaguas como las mazahuas que llaman vueludas a las suyas. En realidad, las plantas dan flor, pero las hojas se comen antes. La flor las endurece. La flor, final de su existencia, las mata. Al llegar al corazón hay que maniobrar con suma pericia, para no lastimarlo. La abuela llegó a la conclusión de que la única casa en el Distrito Federal de 22 millones de habitantes donde se sabe comer alcachofa es la nuestra. El rito se inicia cuando colocamos nuestra cuchara bajo el plato. Así lo inclinamos y la salsa puede engolfarse en una sola cuenca para ir metiendo allí el borde de las hojas que chupamos con meticulosidad. Nos tardamos más de la cuenta; si hay visitas, su mirada inquisitiva nos observa. Al terminarlas tomamos agua: Después de comer una alcachofa, el agua es una delicia sentencia la abuela. Todos asentimos. El agua resbala por nuestra garganta, nos inicia en la sensualidad. De mis hermanos, Estela es la más tardada. Es una mañosa, porque una vez comida la punta de cada hoja, la repasa hasta dejarlas hechas una verdadera lástima a un lado de su plato. Lacias, en la pura raíz, parecen jergas. Ella nunca pudo darle una hojita al hermano menor, Manuelito, porque nunca le quedó nada. Efrén es muy desesperado y es el primero en engullir el corazón verde casi de un bocado y en sopear un pedazo de pan en la vinagreta o la muselina hasta dejar limpio su plato. “Eso no se hace”, le ha dicho la abuela, pero como todos están tan afanados en deshojar sus corolas, la acción de Efrén pasa a segundo plano. Sandra habla tanto como se distrae y muchas veces sostiene la hoja a medio camino entre su mano y su boca y me irrita, casi me saca de quicio, porque la pobre hoja aguarda, suspendida en el aire, como una acróbata que pierde su columpio: el paladar de mi hermana. Me cae muy mal que ingiera como si las formas no importaran; creo, de veras, que Sandra no merece la alcachofa. Se la quitaría de mil amores, nos toca a una por cabeza, una grande, porque las que ponen en la paella, según mi abuela, ni son alcachofas. Cada uno establece con su alcachofa una relación muy particular. Mi abuela, bien sentada, las piernas ligeramente separadas, la cabeza en algo, conduce la hoja en un funicular invisible del plato a la boca y luego la hace bajar derechito como piedra en pozo a su plato, le rinde un homenaje a Newton con sus movimientos precisos. La figura geométrica que traza en el aire se repite 30 veces porque hay alcachofas con ese número de hojas. Las come con respeto o con algo que no entiendo, porque al chupar la hoja cierra los ojos. Lleva constantemente la servilleta doblada a la comisura de sus labios por si se le hubiera adherido un poco de salsa. Come, el ceño fruncido, con la misma atención

que ponía de niña en sus versiones latinas, porque de toda la familia es la única latinista. Y se ve bien con la alcachofa en mano, la proporción exacta, la hoja tiene el tamaño que armoniza con su figura. En cambio, mi padre y la alcachofa desentonan. Mi padre es un gigantón de dos metros. Le brilla la frente, me gustaría limpiársela pero no lo alcanzo, su frente sigue robándole cámara a la penumbra del comedor. Acostumbra usar camisas a cuadros de colores. La alcachofa se extravía a medio camino sobre su pecho, ignoro si va en el verde o en el amarillo y nunca sé si la trae, porque su mano velluda la cubre por completo. La alcachofa necesita un tono neutro como el de mi abuela o un fondo blanco. Nunca podría mi padre ser el modelo de “Hombre comiendo alcachofa”, porque el pintor la extraviaría en el proceso. Una vez rasuradas por sus dientes delanteros, papá archiva sus hojas, como expedientes en su oficina. Cada pila se mantiene en tan erguida perfección que envidio ese equilibrio, porque las mías caen como pétalos de rosa deshojada. Mi madre es más casual. Las come entre risas. Fuma mucho, y dice la abuela que fumar daña no sólo el paladar sino las buenas maneras. Antes, mamá tomaba el vaso de agua para extasiarse como el resto de la familia. Quién sabe qué le dijo su psicoanalista, que ahora levanta su copa de vino tinto. La primera vez, la abuela la amonestó: Ese vino mata cualquier otro sabor. Mamá hizo resaltar un cerillo en la caja para encender su cigarro y la abuela tuvo que capitular. Un mediodía, en plena ceremonia, papá fue el primero en terminar y nos anunció, solemne, su voz un tanto temblorosa encima de su pila de hojas de alcachofa: Tengo algo que comunicarles… Como Sandra, hoja en el aire, no interrumpía su parloteo de guacamaya, repitió con voz todavía más opaca: Quisiera decirles que… ¿Qué papá, qué? lo alentó Sandra señalándole con la misma hoja que le cedía la palabra. Voy a separarme de su madre. En ese momento, Manuelito bajó de su silla y se acercó a él: ¿Me das una hojita? Ya no tengo, hijo. Mamá miraba el corazón de su alcachofa y la abuela también había atornillado los ojos en su plato. Su madre ya lo sabe…

Lo que no me esperaba, Julián, es que soltaras la noticia en la mesa ahora que comemos alcachofas. No creo que sea el momento. Murmuró la abuela y se llevó el vaso de agua a los labios. Los niños no han llegado al corazón de la alcachofa reprochó mamá de nuevo. Sé que mamá y papá se armaron. Lo descubrí un día en que mamá distraída no me respondía. A los niños no se les hace tanto caso. Le hablaba en francés y no oía; en español, menos. Leía una revista Life de los bombardeos de la guerra; iglesias, casas destrozadas, tanques, soldados corriendo entre árboles, soldados arrastrándose en la tierra, los zapatos cubiertos de sangre y lodo, un cráter hondo de seis metros hecho por una bomba, pobrecita tierra. Mamá parecía un buzo metida hasta adentro del agujero negro. Buscaba con una intensidad angustiada, y entonces comprendí que buscaba a mi padre. Y que lo amaba con desesperación. *** Mi padre se casó al día siguiente de que se fue o casi; años después murió la abuela y su ausencia nos lastimó a todos. Intuyo que murió triste. Aunque era muy pudorosa, mi abuela siempre andaba desnudando su corazón. Mamá tiene un curioso padecimiento en el que está implicado el hígado y la curo con medicinas que contienen extracto de alcachofa. Sigue fumando como chimenea, y en la noche vacío los ceniceros en una maceta del patio; dicen que las cenizas son buenas para la naturaleza, la renuevan. A ella, desde luego no la han rejuvenecido. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, mamá y yo no hemos proscrito las alcachofas de nuestra dieta, aunque mamá alega que la vida la ha despojado de todas sus hojas y le ha dejado el corazón al descubierto. Chupar la hoja sigue siendo para mí una exploración y la expectativa es la misma. ¿Será grande el corazón de la alcachofa? ¿Se conservará fresco y jugoso? La finalidad de mis pesquisas es llegar al sitio de donde partieron todas mis esperanzas, el corazón de la alcachofa que voy cercando lentamente a vuelta y vuelta. Amé mucho a un hombre y creo que fui feliz porque todavía lo amo. Después amé a otros pero nunca como a él, nunca mi vientre cantó como a su lado. En realidad amé a los siguientes por lo que en ellos podría hallar de él. A ratitos. Mi piel ardía al lado de la suya en el café, en la cama, todos los poros se me abrían como las calles por las que caminábamos, él abrazándome; qué maravilla ese brazo sobre mis hombros, cuánta impaciencia en nuestro encuentro. La magnitud de mi deseo me dejaba temblando. Él me decía que ese amor no iba a repetirse jamás. Una mañana, al primer rayo del sol, entre las sábanas revueltas se inclinó sobre mi cara aún abotagada por el sueño y la satisfacción y anunció quedito: Han pasado dos meses, mi mujer y mis hijos regresan de sus vacaciones. Sentí que la recámara se oscurecía, que su negrura me caía encima. Él me abrazó.

No te pongas así. Ambos sabíamos que no podía durar. Empecé a sollozar. Entonces me habló de mi corazón de alcachofa, que todos en el trabajo comentaban que tenía yo corazón de alcachofa. También dicen que tomas las cosas demasiado en serio. No volvimos a vernos. Otilia se fue y mamá y yo lo sentimos porque no hemos vuelto a tener tan buena cocinera. El peso de los ritos alcachoferos ha marcado los últimos años de nuestra vida. Las primeras hojas mojadas en la salsa muselina o en la vinagreta todavía son un placer, nos infunden valor, pero ya cuando vamos a media alcachofa, a media operación en común, mi madre y yo nos miramos, no me quita la vista de encima y yo se la sostengo años y años. Tiene la mirada del que no sabe para qué vive. Quiere decirme algo… algo herido pero yo no la dejó. Quizá nos hemos rodeado de hojas más altas que nosotras como las alcachofas, quizá va a asestarme la horrible certeza de haber equivocado la vida, mi única vida.

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