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Elogio al braille Carlos Alexis Garca I El signo ya violenta la lisura de la hoja y quiebra la monotona de la pgina en blanco tan parecida

a las nubes de polvo indiferentes que se agitan en el horizonte. Entonces se alza un brote sutil: con l la imaginacin abre un sembrado de texturas y palabras. Anda la mano en la porosa huella de las letras. Y en cada cmulo punzante gravita el aire de sombras amadas. Depresiones y alturas del terreno: puntos hundidos, chuecos, flojos y esos otros, felices, redondos, altivos, que levantan la cabeza como diciendo: estamos ac. En la raz del punto hay una mano que descubre el relieve de sus pasos cuando en la mente el signo va calando y encuentra su divisa ms preciada: memoria, imaginacin, promesa de futuro, tacto que se distingue en la plenitud del presente y modela la figura de su obra con la yema complacida en el deleite. II La relacin entre el braille, el papel y la mano es sensual: baste mencionar el delicado roce de las yemas al dar vuelta una pgina, el relieve y sus matices, la distraccin con las roturitas de las hojas, las distintas encuadernaciones y el grosor de sus lomos comparables, la posibilidad de leer en la cama para que el libro se adecue a la postura del cuerpo. Incluso el desgaste del material llama a la sensibilidad exploradora. Tacto que tropieza, resbala, se adhiere, se aparta, se afina, se afianza y prosigue la marcha. Hendiduras, perforaciones, espesor. El braille depara felicidades inhallables en otros soportes: como esa de tomar un libro ya ledo buscando alguna pgina, a ver si el azar de la lectura nos trae un sentido que antes, cuando estbamos ms atentos a la continuidad del discurso, no se nos haba revelado; o aquella otra consistente en sacar de la biblioteca algn libro desconocido y curiosearlo sin objeto definido (tiempo despus sabremos que ese devaneo era ya una primera lectura inadvertida). Lo magnfico del braille es que permite una lectura interna. Independientemente de que nos agrade o no leer en voz alta, lo significativo es que prescinde de toda mediacin mecnica.

III Leer, s, hasta tener los dedos mochos, achicharrados. Hasta que los puntos que hoy sentimos separados, incongruentes, absurdos como un simple agujero en la planicie, se renan en una flor acunada en el cuenco de las manos.