La ventana

– ¡Que te bajes, te he dicho! ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? – ¡Déjame, por favor! Si no me va a pasar nada… – ¿Pero qué manía es esa de subirte al alero? ¿No ves que te puedes caer? – ¡Que no, mamá, que tengo cuidado! En serio. – ¡Mira, se ha acabado! O me prometes que no vas a volver a salir al tejadillo o mando poner una reja. –Vale…, te lo prometo. – ¿Seguro? Mira Dani, no me mientas que me voy a enterar si lo haces. –Seguro, de veras. Que no salgo más. Te lo prometo. Y Dani lo intentó. Durante unos días procuró no mirar siquiera por la ventana para no sentir la tentación de desear otear más allá de los tejados de las casas cercanas, de buscar en el horizonte la línea estrecha de un mar cambiante, de ansiar llenar sus pulmones con un aire que le parecía más dulce porque le acercaba a las nubes. Y por las noches, en la quietud de su cama, bajo la suave calidez de su colcha, se esforzaba en no buscar con la mirada aquel tranquilizante espacio de luz blanquecina tras el que se vislumbraban, como bien sabía, las tiernas hojas granates de un inmenso ciruelo que hacía poco había florecido. Pero en el silencio de la oscuridad le resultaba más difícil cumplir su promesa ya que, aunque mirase hacia la pared, aunque diese la espalda a la cristalera, no podía dejar de observar las sombras que las ramas engrandecidas proyectaban contra el muro, abarcándolo todo, disolviendo en sus grises el pálido amarillo del papel pintado, integrando en el laberinto de sus brotes el poster de unas altas montañas que le habían comprado el anterior verano.

No obstante, pese a que Dani era un niño obediente y se esforzó al máximo durante varias semanas, la calidez de los días que le acercaban al verano le hizo abrir las hojas de cristal. Un poco, solo, al principio, como temeroso de que la brisa que refrescaba su cuarto se llevase sus buenos propósitos. Algo más después, acercándose día a día a la abertura total con miedo pero con ansía, con anhelo pero con inquietud. Cada nuevo día se sentía más orgulloso de si mismo, de su capacidad de resistir, de la fuerza creciente que intuía en su interior. Cuando bajaba a cenar, después de haber pasado la tarde sentado a su mesa, recibiendo el aire limpio que entraba del jardín, le parecía que había ganado una batalla. Había aprendido a apaciguar su desazón esforzándose en reconocer, desde su silla, los familiares contornos que antes distinguía desde el alero que sobresalía bajo su ventana y que ocupaba toda la longitud del porche. Ya creía que había vencido cuando, una tarde, oyó un piar desesperado. Allí, muy cerca del alfeizar, había un pajarillo desgañitándose por llamar a su madre; ésta acudió en su socorro pero el polluelo debía ser muy joven para volar y, finalmente, la madre se rindió, dejándolo solo. Dani no podía soportar verlo sufrir, agitar torpemente las alas, adelantar unos pasitos, como atontado, para volver a tumbarse. Pensó que iba a acabar por caerse si seguía avanzando y que él estaba muy cerca, que apenas tendría que pisar el tejadillo, que seguro que su madre comprendería por qué lo había hecho. Y salvó al pobre gorrión. Feliz, bajó a pedirle a su madre una caja para poder prepararle una especie de jaula. Quería alimentarlo hasta que fuese más fuerte y pudiese emprender el vuelo. Entonces, lo dejaría en libertad. Su madre, comprendiendo lo ocurrido, le preguntó enfadada si había incumplido su promesa y Dani, que era un buen niño, reconoció que así había sido. De poco sirvió que tratase de explicarle que el pobre animal necesitaba ayuda, que estaba muy cerca de su cuarto, que no había habido peligro alguno. Su madre tomó una decisión y dos días después instalaron una reja en la ventana. Dani tuvo que acostumbrarse a mirar por entre esos barrotes que parecían llenar su horizonte, como si tras ellos no hubiese nada, como si todo hubiese desaparecido, absorbido por esas barras que lo encerraban. De noche, cuando no podía dormir, tenía que meter la cabeza bajo la almohada para no ver su reflejo engrandecido en la pared de enfrente, tragándose las

hojas y las ramas del ciruelo. De día, sólo se aproximaba por la necesidad de acercar al pajarillo, que ya revoloteaba por la jaula que su madre le había regalado; le abría la puerta y esperaba que, en algún momento, cuando se sintiera capaz, el gorrión decidiría volar en busca de su madre y de su nido. Finalmente ocurrió y Dani se sintió feliz por el animal pero profundamente desgraciado por si mismo. Acabó el verano y, con la llegada del otoño, las noches se tornaron malévolas. En su pared, las ramas desnudas del ciruelo parecían querer entrar en el cuarto por entre la verja, llamándole. De nada servía correr las cortinas, pues las sombras, aunque más difuminadas, seguían introduciéndose a traición en su dormitorio. Dani comenzó a bajar las persianas probando diversas alturas hasta que se decidió a cerrarlas por completo. Entonces, en la más absoluta obscuridad, pudo volver a dormir tranquilo. Una noche se despertó para ir al baño. Conocía tan bien su cuarto que no necesitaba encender la lamparita para llegar a la puerta del aseo, que se hallaba pegada a la de la habitación. Pero, cuando se dirigía a ella, creyó oír el trino de un pájaro y se detuvo, escuchando. Quizá, pensó, ya está amaneciendo. ¡Ojalá! Retomó su camino y abrió la puerta; dos, tres, cuatro pasos y allí estaría el retrete. Se agachó para levantar la tapa, sin hallarla. ¡Qué raro! No habré calculado bien, se dijo, y avanzó otro paso sin resultado; y otro más. No podía ser. Estiró su pierna para tocar la taza con la punta de sus dedos, sintiendo, de pronto, que perdía el equilibrio. Mientras caía por las escaleras comprendió que debía haberse equivocado de puerta y cuando, tras una eternidad de rebotes, cayó sobre la alfombra del recibidor, sintió los rayos de luz de un sol naciente que entraban por la ventana más próxima. Oyó el trino de los pájaros. Y sonrió.

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