Otoño en los Jardines de “el Retiro” de Madrid. Un sueño.

El otoño en “El Retiro”. Esa maravilla de luz con toda la gama de colores terrosos, sepias, ocres, dorados de luminiscencia ambarina casi opaca. Ese olor a hojas caídas, a troncos musgosos a ramas húmedas que se desnudan perezosamente y poco a poco van alfombrando el suelo de hojas secas, pero sobre todo esa tarde alargada y breve que se asoma desde no se sabe donde y convierte el paisaje en una realidad llena de sombras nostálgicas. Las hojas marrones jugaban en el suelo a perseguirse unas a otras. Revoloteaban caprichosas hasta que una se cansaba del juego y se detenía, entonces todas se acostaban junto a la primera como si un solidario cansancio las hubiera agotado de repente. Luego una, quizás la misma de antes, reemprendía su volandería y las demás, otra vez solidarias, despegaban en remolinos para perseguirse de nuevo. Eran como niñitas jugando y yo escuchaba sus risas. Mis pies disfrutaban del paseo. Se había prolongado su tacto hasta los zapatos que sentían un raro y delicado cosquilleo en cada paso. Era sábado y no tenía nada que hacer. La felicidad era pasear por “el Retiro” aquella soleada tarde del otoño madrileño. Paseaba lentamente disfrutando cada segundo, percibiendo la extraña textura del aire y el peculiar aroma de la ligereza. Me senté en las escaleras del monumento a Alfonso XII, frente al estanque, y allí saque mis dolidas emociones al Sol. Las esparcí todas ellas muy alisaditas para que absorbieran el grato y nutricio calor vespertino. No sé explicar por qué ni como, tal vez fuera un guiño de sol y agua o un rayo de negro vacío, pero algo se metió por mi frente y empezó a sonar una canción en mi cabeza. Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan para que así no las puedas convertir en cristal … Cuando me pasan estas cosas me alarmo. No es miedo sino sorpresa. Los músculos se me tensan bajo la piel y es entonces cuando sé que se acerca lo inesperado. Cada centímetro cuadrado de mi piel se convierte en una gigantesca antena de sensaciones. Puedo percibir como se encrespa todo el amasijo de cosas que soy yo formando un ácido caparazón de espinas. Ojalá que la luna pueda salir sin ti … Mi corazón saltaba aceleradamente, tratando de escaparse de esa mano hirviente que se había metido en mi pecho y que lo estrujaba sin ninguna consideración. Mi cabeza

todavía no asimilaba lo que pasaba y giraba a derecha e izquierda buscando las posibles razones. Creo que me levanté varias veces y di varios pasos en distintas direcciones antes de volverme a desplomar sentado en las escaleras de piedra. Ojalá que la tierra no te bese los pasos … Y de repente explotó. El nudo de mi garganta se hizo ardiente y mis ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer, sino que se vertieron hacia dentro tratando de apagar el fuego que las provocaba. Allí estaba todo, esparcido llanamente por las escaleras del monumento, absorbiendo los débiles rayos de Sol que apenas calentaban. Allí estaba la angustia enorme, el miedo ancestral, la sensación de desamparo. Allí estaba el rol rígido, el lugar vacío para cada cosa, la inevitabilidad de lo evitable, de lo que no tiene que ser pero es. Allí estaba yo. Ojalá se me acabe La mirada constante La palabra precisa La sonrisa perfecta … Me daba vueltas la cabeza Ojalá pase algo Que me borre de pronto … Nooo … Espera ... Aguanta ... No te rompas ahora … No sería propio de ti … Tienes aun mucho que hacer … Hay que educar a Santiago. Ni placer, ni deber ... El mundo no es una competición … Así … Muy Bien … No te preocupes … Basta con parecerlo … Si sonríes terminarás siendo alegre … Se lo debes a Santiago. El mundo es una competición ... Solo vencen los que saben vencerse …

Nooo … !Basta …

Basta …

Tengo miedo …

Tengo mucho miedo …¡
Luego pasó la angustia y quedó solo la vergüenza. Vergüenza ridícula y llena de malestar. Rígido, con los ojos hundidos en las palmas de las manos húmedas de sollozos, sentía la presencia de otras personas que me miraban sin comprender. Cada uno con sus problemas, cada uno con sus angustias y miedos. Unos sin camisa, otros con un mp3 en sus orejas, y todos con litronas apoyadas en el suelo a sus pies. Eran yo mismo, yo lo sabía y ellos sabían que yo lo sabía. Pero ellos no querían ayudarme y yo sólo podía hacer una cosa : Levantarme con disimulo. Una luz cegadora Un disparo de nieve … Me volví a desplomar en las escaleras, porque mi problema no era precisamente por verla tanto, ni era por verla siempre en todos los momentos o en todas las visiones ... Y entonces a lo lejos, al otro lado del estanque por un brevísimo instante vi su resplandor. No podía ser nadie mas que ella y además sabía que había ido allí por mi. Y sentí también que había acudido a mi llamada pero que era la última vez. Que no volvería si la llamaba desde el vacío o desde la angustia. Que la próxima vez que nos viéramos tendría que haber salido, sin mi lastre a buscarla y encontrar el camino optimista que conduce al lugar en que se halla ella. Creo que es la medida exacta de la situación, pero no deja de ser eso, un parpadeo, una visión fugaz a través del agujero redondo de un canto de río horadado por el agua de montaña... Cua,Cua, Cuaa... El pato parecía insultarme desde el agua, su sonido se fue convirtiendo en el desagradable timbre del teléfono que me despertaba de la siesta vespertina de un sábado chivano. Me había dormido con el tocadiscos puesto. Papáaaa, que llaman …

Pialf Abheta

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