Jóvenes Emprendedores

El Chico.
Pello Xabier Aguirregomoscorta, dormitaba con su rubia cabeza apoyada en la ventanilla del Regional, Vitoria-Madrid. Evocaba entre brumas los últimos días de su estancia en el Seminario de Escoriaza , y la terrible pelea con su padre por abandonar tan precipitadamente sus estudios religiosos. Todo empezó cuando el Padre Organista le emborrachó en el coro de la Iglesia con el vino de Misa, y entre incienso y mirra, le practicó una felación como Dios manda. Nunca había sentido Pello un placer y una satisfacción tan completa. Llegó a desmayarse. Aquella noche soñó con súcubos que le repetían la acción pero mucho mas imaginativamente y vio como los demonios se iban transformando paulatinamente en ángeles de inequívocos encantos femeninos. Se despertó convencido de que la Gloria y la Perfección de Dios no habitaba entre las paredes del Seminario. Debía buscarlos en otro sitio. En ese momento el Regional traqueteó un poco mas violentamente de lo acostumbrado y empujó los amplios hombros del ex-seminarista contra su vecino de asiento despertando a ambos. El tren estaba frenando al entrar en la estación de Cercanías y Pello tuvo que dejar sus ensoñaciones para otro momento. El escaso dinero que le había podido dar su madre entre sollozos y a escondidas de su padre solo le permitirían pasar algunas semanas en una pensión familiar. Debía encontrar pronto algún trabajo.

Las Chicas.
Mariló y Puri, eran además de como hermanas, dos amigas de físico poco agraciado. Mariló era alta y desgarbada. Tenía el pelo bonito, pero su mandíbula excesivamente cuadrada y su nariz larga y gruesa, herencia de una hermana de su padre, le daban un aspecto caballuno. Puri era al revés, bajita y culona, como su madre, sus ojitos pequeños y muy juntos eliminaban su nariz respingona y hacían mas que generosa una boca con dientes irregulares. El cabello débil y ralo le obligaba a llevar siempre peluca. Pero sus familias tenían mucho dinero. Sus padres, amigos de toda la vida, asentadores del Mercado Central de Madrid y dueños de varias carnicerías de postín y cajones selectos en las galerías de alimentación mas “chulis”, adoraban a sus hijas y no les negaban ningún capricho. Y así, estas niñas de casi cuarenta, habían viajado por los mejores hoteles de todo el mundo pero aun seguían vírgenes de polvo, aunque no de paja. Llevaban mucho tiempo tratando de acabar con ese estigma. Iban a las salas de baile vestidas impecáblemente con vestidos de marca y clase y maquilladas por un profesional. Se sentaban en las apartadas mesas mas en penumbra, y sí, bailaban bastante, pero solo una vez con cada mozo. Ninguno repetía, a pesar de que ellas se rerstregaban intensamente contra el varón de turno nada mas empezar los sones. Pero es que además, se les había pegado a la piel el olor a contra, tapa y babilla marca de la casa , y la mezcla con el perfume de calidad que usaban segregaba una peste almizclera que unido a verlas mas de cerca, era algo que ningún semental de bien podía soportar. Aquella tarde no habían salido de su refugio y se lamentaban tristemente de su crisis particular, cuando se les ocurrió una idea genial.

La Oportunidad.
Pello estaba muy deprimido. Llevaba ya varias semanas pateando las calles de Madrid y en todas partes encontraba negativas por su falta de experiencia. Tenía que aceptar que en el Seminario no había aprendido nada productivo. Empezaba a sentir hambre y por primera vez en su vida tenía miedo. No podía volver a su casa porque ya no era su casa. Aquel señor bajito al que siempre había tomado por su padre, se lo dijo muy claramente al tiempo que le chillaba: “Eres igual que el sinvergüenza de tu padre, ese noruego salido” , mientras su madre miraba culpablemente al suelo. Por fin entendió por qué si en su familia ninguno medía mas de uno sesenta y cinco, el alcanzaba el metro noventa. Sentado en un banco de hierro, mordía el bocata de mortadela que iba a ser su única comida del día, cuando se fijó en un anuncio pegado en la farola de enfrente. Anunciaba un trabajo fácil y que no necesitaba experiencia previa. No decía en que consistía, pero como el sitio estaba cerca y no tenía nada que perder, decidió acercarse . Era un edificio de oficinas y cuando preguntó al l conserje, éste sin levantar la cabeza del crucigrama le señaló una puerta. “Pase sin llamar” decía un cartel pegado. Iba a empujar la puerta cuando se abrió y salió una chica rubia muy guapa y bien parecida. .- ¿Vienes por lo del anuncio? .- Si, claro. .- Pues no te molestes me han dicho que ya está dado. Pello se encogió de hombros y pensó que ya que estaba allí, no perdía nada por preguntar, y entró sin llamar. La oficina era pequeña y recogida. Había una mesa muy grande que parecía fuera de lugar con un ordenador y varias bandejas con papeles . Encima de la mesa un gran maletín de cuero negro. Detrás de la mesa había una menuda mujer que le invitó a sentarse, la mujer le recordaba a su prima Mireya con ese pelo tan negro. El trabajo era sencillo, el maletín era un juego completo de cubiertos de acero y titanio, con mango de malaquita y se entregaban personalizados con nombre y anagrama del comprador en hilo de oro. Era bastante caro y había que pagarlo al contado contra entrega. La señal inicial que figuraba en el contrato era del 25%. En la oficina te daban la dirección del cliente que ya había aceptado previamente la visita. Solo había que leerse el prospecto que exageraba la calidad de los cubiertos, hacer el artículo e intentar la difícil tarea de venderlos.. Lo bueno era que te pagaban aunque no los vendieras. Si los vendías el 25% y si no los vendías el 15%. Como el precio del maletín era alto, merecía la pena. Además no tenía nada, ni mejor ni peor, así que aceptó rápidamente. Le dieron el primer maletín, grande y pesado con varios folletos de calidades y explicaciones, y la dirección del primer cliente. Empezaba al día siguiente a las 10 de la mañana. Por la tarde debía volver a por otro maletín o a por otra dirección. Pello llegó a la pensión muy excitado, era bastante despierto y enseguida memorizó todos los catálogos, les encontró las debilidades y las fortalezas, y diseñó varias sugerencias para recalcar las oportunidades. Estudió la dirección del cliente. Era una barriada de chalets elegantes, bastante exclusiva. No le extrañó nada, al precio que estaban esos maletines, ¿los iba a comprar un parado? Ya ves.

La puesta en marcha
Eran las diez en punto de la mañana cuando Pello Xabier Aguirregomoscorta Senosiaín de lo mas granado de las familias alavesas, que había abandonado un futuro de Padre Pello, y quizás el acceso a alguna canonjía, a causa de sus sueños húmedos, con un maletín negro en una mano oprimía el timbre de un chalet con verja de hierro. Mientras esperaba respuesta repasó su presencia y le pareció satisfactoria de indumentaria y porte. El traje y los zapatos de vestir, camisa y corbata impecables y el pico de un pañuelo asomando levemente por el bolsillo de la chaqueta. El pelo cortito y rubio, las mejillas sonrosadas, uno noventa de altura, hombros anchos y porte atlético. No se le podía poner ningún pero. Iba dispuesto a triunfar. Le abrió una mujer alta, vestida sucintamente con un cortito salto de cama que exhibía generosamente unos muslos tersos y trasparentaba un pecho erguido y prominente. Disculpándose por su cómodo aspecto de estar por casa, le rogó que se sentara y ella se sentó a su lado. Pello un tanto desconcertado empezó a hablar con seguridad de la necesidad de tener unos cubiertos exclusivos para las grandes ocasiones. No tartamudeó ni una sola vez. .- ¿Quiere usted beber algo? - Le interrumpió la mujer inmediatamente. .- No muchas gracias. Pello había preparado una frase retórica para dar un golpe de efecto abriendo el maletín y lo puso con un ademán que quería parecer casual encima de la mesa, pero la mujer lo cogió inmediatamente y separando las piernas se lo colocó entre ellas. Miraba mas allá, hacia unas cortinas que parecían agitarse. Se levantó. .- ¿De verdad no quiere usted beber nada, con el calor que hace? - dijo desde las cortinas .- Bueno, un poco da agua por favor, - aceptó algo molesto Pello sin entender nada. Cuando la mujer se levantó para traer el agua, Pello también lo hizo. Encima de la mesa había una foto de la señora de la casa con otra mujer, cuya cara le sonó extrañamente familiar. Oyó ruidos detrás de la cortina, vio que había una puerta y se volvió de espaldas a ella, no quería parecer cotilla y estropear una venta que ya le estaba empezando a parecer complicada. El agua estaba, verdaderamente fresquita pero tenía un sabor raro. La mujer volvió a salir llevándose el vaso, y él volvió a pasear por la sala. Se encontraba extraño y con un acaloramiento que no sabía de donde venía, pero que si sabía a donde llegaba. La mujer tardaba en volver y él empezaba a aburrirse mareado, cuando oyó un ruido a su espalda. La señora de la casa venía con una mirada rara y la acompañaba otra chica que iba totalmente desnuda y que se parecía enormemente a la de la oficina, solo que no era morena sino pelirroja. La señora de la casa con un ademán teatral se quito el salto de cama, también estaba desnuda. Se acercaban hacia él sicalípticamente. Pello retrocedió hasta que tropezó con el Sofá y cayó cuan largo era al suelo. Las dos hembras se abalanzaron sobre él. Pello respiró hondo y se dispuso a luchar por su vida. Se despertó solo pero completamente desnudo en una cama con dosel y sábanas de seda. Caía la tarde lánguida y perezosamente y la primavera de sus 22 años hacía sonreír a todo su cuerpo. Trataba de recordar y poco a poco lo iba consiguiendo, pero no lograba atar cabos. Se levantó confuso, en el suelo estaba su ropa totalmente destrozada, parecía rasgada por los súcubos de sus sueños. Entró en el cuarto de baño y encontró encima de la tapa del retrete un chándal nuevo, que le venia pequeño, pero iba a servir. Se metió con dificultad en él. En el piso de abajo, en el salón, encima de la mesa, el maletín y el 15% de su valor metido en un sobre donde se podía leer “Artículo no vendido”. Pello soltó una carcajada mientras se le hacía la luz en el cerebro.

El negocio.
Mariló y Puri, estaban desayunando y no paraban de hablar atropelladamente. Coincidían en todo lo que decían pero tenían que repetirlo varias veces cada una llevándose la contraria. Su plan había funcionado. Además, con un ejemplar de muchacho, alto, guapo, bien dotado, e insaciable. Que pena que no pudiera volver a funcionar con el mismo. Pero la semana que viene lo repetirían con otro. Igual tenían la misma suerte. Se extrañaron mucho cuando llamaron al timbre. No esperaban a nadie y nadie conocía ese lugar secreto que tenían. Abrieron la puerta y allí estaba Pello muy sonriente con un chándal que le venía estrecho . .- Señoras, dijo con desparpajo - mientras entraba en el salón,- ayer no conseguí venderles este maravilloso maletín de cubiertos. A ver si hoy tengo mas suerte. Y continuó. .- Me podrían traer un vasito de agua de esa tan fresquita que me dieron ayer.

El éxito.
Mariló estaba sentada encima de Pello en el butacón de un amplio despacho, mientras éste hablaba por teléfono y le acariciaba distraidamente un seno por encima de la blanquísima blusa que llevaba. Se la veía segura y feliz lo que la hacía bastante atractiva. Decía Pello .- Dice Puri que el nuevo Jamaicano es un portento, se lo va a mandar a una reunión de 5 maduritas con un maletín. Tengo ganas de ver que tal se porta. .- Verás Pello, - contestó Mariló, - creo que podíamos ampliar el negocio con “Plumas Estilográficas”. Vale Mariló, - respondió Pello terminando de desabrocharle la blusa, - pero de eso te encargas tú, conmigo no cuentes.

En Españistán a 7 de Noviembre de 2012

Los Dotores Curiosos

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