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PASIÓN Y AVARICIA

Era una fría y silenciosa noche de principios de Noviembre. La oscuridad hacía de las calles, un
lugar tenebroso y siniestro, a pesar de las titilantes luces de los faroles. En el suelo, se podían
apreciar los restos de un día lluvioso. Londres era ya de por sí una ciudad fría, pero esa noche lo
era especialmente.
En las calles de Londres, solo rondaban a esas horas mendigos, criminales y prostitutas. Jack
el Destripador causaba terror entre las últimas. No así en las avenidas y calles del ostentoso
distrito de Myfair.
El traqueteo de una lujosa diligencia solitaria y veloz sobre el suelo adoquinado, rompió el
silencio de la noche. En la berlina, iba recogido por el frío pero sereno, un conductor de edad ya
avanzada y enorme bigote canoso, atizando con las riendas a los corceles, mientras que un joven
lacayo pecoso y pelirrojo, tiritante iba en la parte posterior. En su interior una bella dama de
unos veinticinco años, con aires de soberbia, miraba con una inquietante sonrisa a través de
cristal cubierto de vaho, como el niño travieso que piensa su siguiente diablura. Sus ojos grises,
se mostraban hieráticos. Sus cabellos rubios iban recogidos en un gran moño, rematado con un
discreto sombrero rosa emplumado. Apoyaba su cabeza en una mano enguantada en seda. Sobre
un ceñido corsé, lucía un elegante vestido, a la moda de la época. Todo esto hacía apreciable su
elevada posición. En frente suya, un distinguido y apuesto caballero de su edad, dirigía sus ojos
al techo negro melancólicamente, como intentando no mirar a la mujer sentada delante. Su
expresión reflejaba amargura, y varias incipientes arrugas. No era de extrañar, pues era su futuro
marido. Iba elegantemente vestido con levita. En su asiento contiguo, descansaba un enorme
sombrero de copa.
La berlina poco a poco se detuvo. Y justo empezaba a llover.
Ambos volvieron a la realidad, y se ayudaron a colocarse las capas. El lacayo abrió
rápidamente la puerta, con un paraguas preparado para impedir que los ropajes de los
distinguidos señores se mojasen. El hombre bajó primero, para ayudar a la dama. No se
dirigieron ninguna palabra. Delante suya se erguía una típica mansión londinense. Las luces
estaban encendidas en sus cinco plantas. Subieron una pequeña escalinata, acompañados en
todo momento por el lacayo con el paraguas, y se detuvieron ante la puerta. El caballero golpeó
con la aldaba la puerta. Una joven doncella sumisa, abrió la puerta. Su uniforme, consistía en
vestido negro, cubierto con un delantal blanco con puntilla, y una cofia blanca en el pelo.
Portaba un enorme y decorado candelabro dorado.
- ¿Son el señor y la señora Greyfield?- preguntó torpemente la doncella.
- ¿Quién si no? - respondió fríamente la señora Greyfield, pasando al interior.
La casa destilaba toda la ostentosidad, elegancia, belleza y decoración de las típicas casas
victorianas de la época. El hall era de techo alto, desde el que bajaba una enorme lámpara de
araña, que junto a numerosos candelabros, y lámparas de gas, iluminaban la estancia. Delante de
la puerta de entrada, una enorme escalera que se dividía en dos a la mitad, daba acceso a la
planta superior. Las paredes estaban totalmente cubiertas de enormes espejos y cuadros. Sobre
elegantes consolas, relojes con ángeles, jarrones de China, y exuberantes plantas tropicales. Un
reloj de péndulo marcaba la hora en un rincón. Alfombras de Oriente cubrían el suelo de
madera. Grandes y pesadas cortinas de terciopelo rojo cubrían las ventanas. Un par de sofás con
orejeras y un diván conformaban el resto del mobiliario. El dorado reinaba en la sala. Sin duda,
esa casa pertenecía a un burgués muy rico.
- Por favor, pasen, les esperan en el salón- le pidió tristemente la doncella -. Denme sus
abrigos, si son tan amables.
La señora Greyfield, subió las escaleras, y pasó al comedor rápidamente, y mientras lo hacía,
empezó a fingir una expresión compungida y llorosa. Su prometido, que también se hacía llamar
Peter Greyfield, le siguió detrás cabizbajo.
Entraron en un salón igualmente decorado. En el centro, descansaba un ataúd, cuya puerta
estaba abierta, mostrando el rostro de un hombre mayor muy pálido. Alrededor, sentados en un
sofá, una mujer lloraba silenciosamente, vestida toda de negro. Tenía su cabeza apoyada en el
pecho de su marido, un caballero rubio, que miraba fijamente a la chimenea en la que crepitaba
el fuego alegremente, como distraído. Ocupando otra plaza del sofá, la viuda, mayor también,
aunque muy bien conservada. Llevaba un vestido largo negro, y su cara estaba cubierta por una
toquilla. En un sillón, un hombre muy limpio y arreglado, de unos cuarenta años de piernas
cruzadas miraba la escena, a través de una lente.
- ¡Oh!, ¡Dios Santo! ¿Cómo no estuve aquí en el momento de su muerte?- exclamó la señora
Greyfield teatralmente, haciendo salir de su estupor a todos los reunidos en la sala.
- Nada habría importado, hija mía…- le dijo la mujer de la toquilla, que era su madre.
- Murió por algún producto tóxico que ingirió- le informó el hombre de la lente.
- ¿Cómo dice, Dr. Roger?- pregunto como asombrado el hombre, cuya mujer descansaba en
su pecho-. ¡Quién querría matarlo!
- En ningún momento, Señor Newcastle, he dicho que le hayan matado. Solo he hablado de
intoxicación. Puede deberse a que hubiera ingerido alguna seta venenosa, aunque el señor
Redford, mi amigo, era conocedor de todas las variedades y de las setas venenosas, lo que me
hace extrañar…- dijo el Doctor fríamente -. Además su fortuna es terriblemente suculenta, pero
no quiero entrar en conjeturas equivocadas.
La señora Newcastle, cayó desmayada. Todos centraron su atención sobre ella. El doctor se
arrodilló a ayudarla.
- Lo que su hermana necesita es descanso, - dijo el Dr. dirigiéndose esta vez a la señora
Greyfield- llévenla a su habitación.
- Hace ya tiempo que está enferma- dijo preocupadamente el marido de la desmayada, el
señor Newcastle-. Se le cae todo de las manos, y suele tener dolores de cabeza.
- En cuanto esté en su cama le haré una revisión.
Entre el Dr. Roger, y el señor Newcastle, subieron a la señora a su habitación
cuidadosamente.
Quedaron solos la viuda y los Greyfield.
- Oh, madre- dijo la señora-, ¿ahora quién se hará cargo de su casa, y de su dinero? Sería
terrible perder el dinero.
- Siento decirte Rose, que tu padre puso toda la herencia en manos de Carol, tu hermana- dijo
levantándose y acariciando la cara de su hija cariñosamente-. Ahora todo es suyo y de su marido
Ronald Newcastle.
Rose Greyfield (ese era su nombre completo), quedó paralizada. ¿Cómo podía haber pasado
eso? Sin duda su padre era un desgraciado. ¡Ella era la mayor! Pero rápidamente recobró la
compostura. Todo estaba planeado. Rápidamente intervino para quitarle importancia al asunto:
- Bueno, siempre me quedará su recuerdo, madre. Ahora lo mejor es que vayamos a la cama,
¿verdad Peter?- preguntó dirigiéndose a su prometido, pero sin mirarlo casi-. Aunque mejor que
utilicemos habitaciones separadas si no te importa. Hoy estoy exhausta: el viaje en tren desde
Manchester ha sido agotador, y después una hora en coche… para ver a papá muerto… - dijo
llevándose la mano a la frente, y haciendo gesto melodramático.
Peter sacó un reloj de bolsillo de oro.
- Sí, ya son la una y cuarto.
- Vuestros equipajes ya estarán en la habitación. Frida os llevará- una doncella, apareció por
la puerta, e hizo como si de reyes se tratasen, una leve inclinación.
Un rayo en medio de una fuerte tromba de agua, les sobresaltó, e iluminó toda la estancia.
- Que durmáis bien- les deseo la señora Redford mientras apagaba todas las luces de la
habitación.

Eran ya las dos y media de la tarde. La casa del señor Redford nunca estuvo tan llena. Todo el
mundo había querido despedir a aquel multimillonario banquero. La casa estaba a rebosar de
celebridades vestidas elegantemente de negro. Ni siquiera en el entierro había habido tanta
gente. El servicio estaba atareadísimo atendiendo las peticiones de aquel distinguido pero
exigente público.
En un sofá del comedor principal estaban sentados Adelcisa Redford y Carol Newcastle, que
recibían continuamente los pésames de toda aquella gente, a la que casi no conocían. Peter
estaba solitario en un rincón.
- ¿Dónde está Ronnald?- preguntó a su madre Carol recuperando un poco de alegría.
- Tenía un fuerte dolor de cabeza, y sabes que a tu marido no le gustan estos actos con tanta
gente- contestó su madre mientras atendía a un desconocido.
- Hoy quiero dedicarle todo el día a mi amor. Quizás pienses que no es el día adecuado,
pero…- dijo tremendamente enamorada Carol.
- Vale, pero recuerda lo que te dijo el Dr. No tienes que hacer grandes esfuerzos. Tienes que
descansar.
- Tranquila… a él no le importa el sexo, solo le importo yo. Me ama, y creo que hoy estoy
dispuesta- dijo a su madre mientras se levantaba lentamente y se alejaba.
El resto de la casa estaba silenciosa y vacía. Carol pensó que con motivo Ronnald había
huido de todo eso.
Lentamente, todavía algo enferma, llegó a su habitación. Tomó el pomo de la puerta, y la
abrió. Entró.
Se le heló la sangre. Ahí estaba Ronnald. Pero desnudo, y no estaba solo. Sino con una
mujer. Y estaban en posturas, que hacía tiempo que las había olvidado. Y lo peor. Aquella mujer,
era su hermana Rose.
Ambos la descubrieron, pero no cesaron en su tarea. Rose, gemía y abrazaba fuertemente a
Ronnald por la espalda. Ronnald, tenía sus cabellos rubios sudorientos, y también gemía de puro
placer. Las sábanas no los envolvían, y gran cama con dosel se movía. Todo se reflejaba en el
gran espejo que había frente a la cama.
Carol, empezó a dar inseguros pasos hacia atrás, intentando no caerse de la conmoción. Se
sujetó como pudo en las paredes, mareada, con la vista enturbiada. Se recogió el vestido negro.
Desquiciada, y perturbada repentinamente, sacó fuerzas para correr escaleras arriba, y llegó al
desván. Los recuerdos inundaban la habitación, pero eso ahora no le importaba. Corrió por el, y
saltó a través del gran ventanal. Los cristales cayeron. El impacto fue mortal, y dejo su cuerpo
inerte destrozado. La sangre carmesí regó el suelo empedrado. Los viandantes se detuvieron
para inútilmente, tratar de ayudarla. Desde la gran ventana del comedor, Adelcisa Redford, lo
vio todo, junto a Peter.
Esa misma noche, Adelcisa, rota de dolor, murió también, y Ronnald lo heredó todo.

Era un día soleado en Manchester. Habían pasado ya seis o siete meses, y el verano empezaba a
notarse.
Las parejas paseaban enamoradas agarradas del brazo por los parques floridos. Los niños
jugaban en las calles incansables, dando la animación y alegría propia de los niños. Las
doncellas, los vigilaban mientras compraban en tiendas y mercados. Las fiestas primaverales
eran la atracción de todas las jóvenes damas que querían iniciar su presentación en sociedad.
Las sufragistas, seguían Los obreros y obreras, a pesar de tener duras jornadas, también veían
con ilusión la llegada del estío. Nadie quedaba indiferente de la llegada del verano. Era Mayo de
1889.
Peter esperaba con nerviosismo, pero feliz en un bonito altar, adornado con flores y lazos.
Era el día de su boda con Rose. Siempre intentaba agradar a su difícil, y poco agradecida, pero
amada prometida. Para cualquiera sería inexplicable, como a pesar de que Rose lo sometiera,
este, la amaba aún. Rose, hasta había adoptado su apellido: Greyfield, y ya convivían juntos, a
pesar de las malas lenguas, que murmuraban sobre sus asuntos.
Iba a ser una boda sencilla en una pequeña capilla. No iba a haber nadie. Todo esto lo había
decidido Rose, y a Peter le extrañaba, ya que eso no iba con la personalidad de su amada, que
adoraba la suntuosidad y el alarde. De todas formas, la capilla estaba preciosa.
El cura esperaba junto a él.
El tiempo iba pasando, y Rose no llegaba. Peter empezaba a inquietarse.
Al cabo una hora, el cura le pidió que le llamase cuando la novia llegase.
Pero no sucedió.
Peter, ya enfadado, se dirigió a su casa. La boda había sido fijada ese día a las diez de la
mañana. Y ya eran las tres. La ira empezaba a llenar su cuerpo. Había soportado muchas
maldades de Rose con amor. Pero eso colmaba el vaso. Rose le había dejado plantado en medio
del altar.
Andaba con paso apretado por las soleadas calles de Londres, chocándose con la gente, que
le gritaba a su paso.
Llegó a su casa, que estaba vacía. Hoy era domingo, el día festivo para el servicio, y no había
nadie. Se dirigió a su despacho, y se dirigió al armario en el que se exponían botellas de todo
tipo, y cogió varias del más alto grado de alcohol. Poco falto para que acabase con todo.
En un momento dado, teniendo ya un alto grado de embriaguez, descubrió una carta sobre la
mesa. La tomó, y rompió el sello de cera. Era de Rose. Lo supo por la caligrafía ordenada, y la
gran rúbrica. La abrió, y leyó. La irá y la rabia aumentó conforme leía. Rose contaba como si se
tratase de lo más común, que lo sentía, porque no le amaba, y que ese mismo día se había
casado con Ronald, al que amaba desde hacía tiempo. Era muy breve, y sin más explicaciones,
pero le sentó como una puñalada en la espalda. Solo pensó en una cosa: venganza.
Tomó un par de botellas más. Quería conservarse ebrio durante el viaje hasta Londres, para
no apagar sus ansias de venganza. Salió corriendo a la calle. Las campanas repicaban, indicando
que eran las cinco de la tarde. El sol todavía brillaba. Se dirigió a las caballerizas, y tomó uno de
sus sementales más veloces.
Galopó veloz a la estación. Allí, le vendieron el ticket a pesar de borrachera.
El tren llegó a las cinco y media, echando humo por su chimenea. Subió, y se sentó en un
lujoso vagón. Tenía todavía cuatro horas de viaje hasta Londres. Estarían en la casa del difunto
señor Redford.

Rose besaba a Ronald apasionadamente una vez más esa noche de bodas.
- Ahora tenemos todo el dinero y tiempo para nosotros- le dijo Rose mirándole con una
mirada malvada fijamente -, nuestro poder no nos lo quitará nadie.
- Lo único que me preocupa, es que ese tal Peter decida buscarnos- comento Ronald,
mientras la abrazaba y le correspondía con la mirada.
- He encargado a alguien para que se deshaga de él pronto.
- ¿Y no sospechara nadie?- preguntó Ronald, reflejando inquietud repentinamente.
- Es un profesional, y nadie se enterará. Simplemente desaparecerá, y nadie lo echará de
menos. No trabaja, y su familia… No tenía.
- ¿Entonces qué pintaba el en toda esta hist…?
La puerta de la habitación fue abierta violentamente. Ahí estaba Peter, y su rostro
desencajado de ira no auguraba nada bueno. Ya no estaba ebrio. El alcohol no había durado ni
cinco minutos en el tren, y se había recuperado. Sin embargo su ira había aumentado, y estaba
dispuesto a matar. En la mano blandía amenazadoramente una espada. Su filo brillaba con la luz
de la gran lámpara de aceite del techo.
Entonces, se abalanzó furiosamente sobre Ronald. Ronald se apartó a tiempo, y la espada
golpeó el colchón, haciendo volar plumas por la habitación.
El señor Redford, tenía en su casa una gran colección de espadas y sables en todas las salas y
habitaciones de la casa. Ronald tomó una.
Ronald y Peter, se enzarzaron en una virulenta lucha a muerte. Rose observaba impasible
desde la cama, tapando sus pechos desnudos con las sábanas.
La fuerza de los mandobles era brutal, pero no parecía haber un vencedor claro.
En uno de esos fuertes golpes de espada, golpearon la lámpara de aceite, cayendo esta sobre
la cama. La cama empezó a arder con Rose, pero ninguno de los dos lo advirtió. Ella gritaba de
dolor, pero el odio ciego de ambos, les impedía escucharlos.
Un despiste de Ronald, al descubrir que ya no oía los gritos de Rose, fue mortal para él. La
espada de Peter separó su cabeza, del resto de su cuerpo, derramándose la sangre por todo.
Peter se sintió eufórico. Había conseguido vengarse. Sin embargo, la realidad le golpeó
fuertemente: las llamas le rodeaban, el calor era insoportable, no había salida, toda la casa ardía
en una pira diabólica, y lo peor, Carol había muerto. No había escapatoria.
El humo era muy denso. Tosía. Empezó a sentir un profundo sueño. Decidió reclinarse en el
suelo y descansar… Para siempre.

Los rayos de sol se abrieron paso entre las floridas ramas de los árboles. Los pájaros, cantaban
en sus nidos, como cualquier mañana de primavera. Los escombros y rescoldos, estaban aún
calientes y humeantes. Los afanados bomberos habían conseguido por fin el apagar el fuego tras
dos horas. Pero no había nada que salvar. Un gran hueco vacío quedaba entre las casas. Nada
quedó de la casa, ni de ninguno de sus desdichados dueños. Nadie tardó en olvidar la historia de
aquella familia. Una historia de Pasión y avaricia.
EDGAR A.

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