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Utopia y Esperanza en El Pensamiento de Bloch

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Utopía y esperanza en el pensamiento de Ernst Bloch.

Autor: Jose Antonio Gimeno Capín

Utopía y esperanza en el pensamiento de Ernest Bloch.

Ernst Bloch (1885-1977) gracias a sus vastos conocimientos de la historia espiritual y cultural europea, pudo aprovechar los estímulos de las posiciones filosóficas más divergentes. Habría que recordar a Aristóteles, los neoplatónicos, algunos pensadores musulmanes de la edad media, la influencia de una corriente quiliástica que deriva de la mística judía, a Spinoza, Kierkegaard, la filosofía vitalista de Bergson y, junto a Marx, el proyecto enciclopédico de Hegel queriendo incorporar a todo el ente en sus coordenadas de proceso e identidad.1 Tras la decepcionante puesta a prueba del marxismo de la URRS, la corriente neomarxista de los años 1960 trata de buscar la realización humana dentro del marco del inconsciente freudiano. La historia humana es la historia de la represión del inconsciente. La resurrección de Orfeo implica la muerte de Prometeo encadenado. Frente al desorden se impone la contestación y el gran rechazo al sistema. Al final de toda esta corriente de ilusiones perdidas queda la utopía. La sociedad sin clases será la realidad del ésjaton. Y al final, en el hombre queda lo utópico, el Reino de la Utopía sinónimo de la realidad que nos rodea. En este pensamiento filosófico se inserta Ernst Bloch entregándonos después de tanto bregar la flor de su materia. Bloch tiene tres frentes: Hegel-Marx-Freud. Pone a Hegel en sus pies materialistas e igual que Marx incorpora la dimensión histórica en la comprensión de la realidad: no hay nada fijo, todo es un proceso. La dialéctica de la idea es la dialéctica de la materia. Luego se fija en la teoría de los sueños de Freud: en el hombre hay sueños, unos nocturnos referidos a lo no-más-consciente, y otros diurnos referente a lo nuevo, a los ojos del

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cf. AA.VV.- La filosofía del s. XX, ed. Herder, Barcelona 1989 (Curso fundamental de filosofía 10),

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Jose Antonio Gimeno Capín

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soñador2. Para Bloch el inconsciente que opera en los sueños diurnos no es regresivo, como decía Freud, sino progresivo, no es rememorativo, sino anticipador. Es un inconsciente bien distinto del inconsciente psicoanalítico: está vuelto hacia el futuro, hacia el novum todavía no aparecido. Bloch se separa de Freud en la concepción que tiene este del determinismo y mecanicismo que responden a la visión del mundo del s. XIX. Para Bloch el Principio-materia es el sostén de su utopía, de la esperanza. La materia represente el sostén del cambio. Todo es materia, y ¿los sueños que despiertan nuestro novum? También son materia. Bloch articula una teoría social, proyecto político y ontología de la realidad material. La materia es real posibilidad, existe y deviene, substrato de lo que puede acontecer. En ella se da el presente de un futuro distinto. Por eso a la ontología la llama ontología de lo-todavía-no, de un todavía no sabido conscientemente. Esta posibilidad se convierte en una categoría real, identificable con la esencia materia. De la teoría aristotélica hilemórfica, lo reduce a un pan-hylismo. El espíritu nace de un proceso dialéctico de la materia..
“Fermenta, como suele decirse, en el no, alumbra en el todavía no, y sostiene, experimenta y abarca todas las cosas, y también a sí misma. La materia es móvil por cuanto que no es un ser normal en su posibilidad abierta a sí misma, y no es pasiva como la cera, sino que se mueve a sí misma formando, configurando... También la naturaleza inorgánica tiene su utopía”

Sumando los sueños con el pan-hylismo arribamos a la metafísica. ¿Qué es el ser? La experiencia dolorosa de la propia limitación espacial y

2 Bien le quedan a Bloch los versos de Calderón de la Barca en su Vida es Sueño: ¿Qué es la vida? Un

frenesí/ ¿Qué es la vida? Una ilusión/ Una sombra, una ficción /que todo bien es pequeño/ que toda vida es sueño/ y los sueños, sueños son.

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temporal hace aparecer la posibilidad de una consumación ilimitada. En “la oscuridad de un instante vivido” se muestra a la vez el alborear de una luz permanente. Al todavía-no-consciente (non-nicht-bewusst), no salido a los sueños y en espera de una realidad distinta, corresponde un fundamento en el orden del ser (non-nicht-sein). El ser no es aún una realidad, sino un utópico real posible. Ese “todavía-no” equivale a una deficiencia que ha de superarse a sí misma (horror vacui), de la que surge el anhelo de una realidad cumplida. O sea, la esperanza. El “hambre” es un impulso fundamental de todo ente y con ello una categoría en el plano de lo ontológico. En la esperanza se “aprehende” como posibilidad de ser lo que todavía no es. Este todavía no fuerza al hombre a avanzar y se convierte así en modelo “sujeto natural” que empuja a la naturaleza hacia delante. Resumiendo: la esperanza es la propiedad básica no sólo del ser humano, sino del ser en general. El ser es utópico. La vida es un proceso y este proceso está ya abierto: puede fracasar conduciendo a la “nada” o triunfar llegando hasta el “todo”. En el caso de triunfo, elimina cualquier tipo de alienación: la identidad del ente y del ser, que alienta esperanzada y anhelosa en todo devenir, acaba realizándose. Pero la consumación de la materia-mundo no deja de lado al hombre; de su tarea comprometida depende la “plenitud del ser”. Si el hombre se resiste a la utopía que se hace consciente en él, el mundo puede asimismo precipitarse en la “nada”. El mundo es su laboratorium possibilis salutis. Entre el “sujeto natural” humano y el que va formándose existe una relación interna, de tal modo que la actividad del sujeto humano, que secunda sus sueños utópicos, es la que puede sacar a la luz el ser en formación que “late en el mundo”. El paso del homo absconditus al homo patens, el hombre buscador al hombre buscado: estado final anunciado por Marx, el ésjaton, la patria de la identidad.

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¿Qué es la muerte? “La muerte, que como posibilidad tanto individual como lejana de una entropía cósmica, sale al paso del pensamiento orientado hacia el futuro como la negación absoluta de cualquier finalidad, esa misma muerte con su contenido de futuro posible, entra en el estado de lo definitivo y central , que todavía ha de ser iluminado por el gozo aún sin descubrir y por las luces latentes de lo propio. Así, la muerte ya no es la negación de la utopía y de sus series de objetivos, sino al contrario la negación del que en el mundo no pertenece a la utopía..., pero es que ni siquiera en su contenido es ya una muerte, sino descubrimiento del contenido vital logrado, “contenido-núcleo”. Lo cual constituye un giro sorprendente”. Bloch da dos respuestas a la inmortalidad del alma: uno subjetivo, expresión utópico-retórica de su menester humano; y otro filosófico, una concepción de la existencia humana capaz de otorgar a ese menester justificación válida. El primero dice: non omnis confundur, no todo lo que soy quedará confundido en la realidad del cosmos. El segundo es la atribución de la extraterritorialidad frente a la muerte, al núcleo más central de nuestra existencia. Bloch, en un momento de su vida, ha tenido que dejar el Este: ha reflejado en su propia aventura como la de un herético, negándose a reducir al marxismo a una concepción del mundo dominante; el materialismo dialéctico no puede ocupar el lugar de la prosecución de la revolución proletaria y de la sociedad comunista. El objetivo del desarrollo histórico no es producir una concepción acabada del mundo. Bloch discrepa con el marxismo ortodoxo. Al final el materialismo dialéctico aparece como el hermano gemelo del positivismo anglosajón y se determina como variante de éste. Instaura una naturaleza aplicada de manera técnico-instrumental. Algo que Marx criticaba. Por eso Bloch lee el marxismo a partir del Principio de esperanza. La teleología y la escatología conjugadas acaban por exigir la determinación de la acción histórica religiosa: la patria de la identidad que se opera en la humanización de la naturaleza y la naturalización del hombre,

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en la que se suprimen todas las alineaciones. Se trata de lo último, la realización de todos los sueños, impulsos y aspiraciones latentes en lo todavía-no-realizado, en la oscuridad. Resultado: la filosofía del carpe diem simboliza lo que será la posesión total. Carpe Diem expresa la existencia en un momento en el que lo longitudinal se encuentra separado por la experiencia de la captación de la profundidad. Es un gusto anticipado captado de lo todavía-no realizado, pero ya anunciado. Pero el momento bello está ausente. Es lo que falta. El hombre total se encontrará enfrentado con la nada de su propia existencia, con el hastío y el absurdo de su muerte, y en el momento en que crea encontrarse, se convertirá por si mismo en homo absconditus, ahistórico. Pero también hay nadas constructivas, negando lo que insatisface en cuanto manifestación de lo todavía-no. Así se produce la dialectización de la nada. Esto, una posibilidad, no una necesidad lógica, que se traspone al orden de la realidad. Bloch hace de su esperanza utópico una religión, sustrato de todas las religiones. Desmitifica las religiones a la luz de la esperanza; y sobretodo del cristianismo de quien el marxismo es su heredero. Donde hay esperanza, hay religión. Dios será entonces una entelequia utópica, un ideal futuro de la historia de la humanidad; y la religión un trascender-sin-trascendencia hacia el reino humano, hacia el Reino de Dios desmitificado, Reino de la Esperanza.

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Realmente, el proyecto-esperanza de Bloch no sólo se desmarca del obtuso cientificismo al canjear la racionalidad tecnocrática por la transracionalidad utópica. Se distancia además de las precedentes formulaciones de la fe en el progreso al advertir que nada puede asegurar de antemano el desenlace del proceso histórico en el Optimum del Sumum Bonum. En la realidad laten también tendencias negativas que podrían dar al traste con la utopía. Por eso justamente hay que hablar de esperanza, y no de certeza. Esperanza no garantizada; una esperanza garantizada sólo se da – estima nuestro pensador- en el supuesto de un providencialismo religioso que apela al aval mítico de la divinidad, o en el marco de un materialismo mecanicista, determinista, incompatible con la libertad y la creatividad humanas. El de Bloch, por tanto, es (a despecho de su talante declaradamente utópico) un optimismo histórico más atenido a la realidad que el de sus predecesores laicos. (...) ...dicho futuro quiere ser portador de auténtica novedad, sin que por ello se amortice el factor continuidad. La repulsa de todo determinismo fatalista y la explícita confesión de humanismo son otros valores que se distancian con ventaja de la propuesta tecnocrática. Juan L. Ruiz de la Peña, La Pascua de la Creación, págs. 11-123

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JUAN L. RUIZ DE LA PEÑA, La Pascua de la Creación, BAC, Madrid 2000 (Sapientia Fidei 16) págs. 11-

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