J. J.

Armas Marcelo

LA NOCHE QUE BOLÍVAR TRAICIONÓ A MIRANDA

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UNO En sus ratos de tristeza al general Miranda le gustaba refugiarse en los recuerdos de Sonia Ostroversky en San Petersburgo. Sonia desnuda tocando al piano para él, oyente solo, espectador único, alguna parisina de Franz Joseph Haydn. Pero la Sayona le había descubierto su truco para rechazar las penas, se disfrazaba de Sonia y le interrumpía el placer. Entonces, al general Miranda se lo llevaban los demonios cuando notaba que la Sayona venía otra vez a buscarlo. Era una ligerísima corriente de aire gélido que le atería el corazón. De repente, casi al final de la vida, se daba cuenta de que se había vuelto viejo y que todos esos achaques supersticiosos formaban parte de la edad. Todo empezó una tarde en la que, al regresar a Venezuela después de cuarenta años y seis supervivencias, vio en plena batalla que todos los que le rodeaban en su tienda de campaña de generalísimo eran mucho más jóvenes que él. La suerte de la vida que le había consagrado en su primera infancia Eulalia Rita, la ya vieja esclava de la familia que entonces ejerció de sacerdotisa en su ritual de iniciación a la inmortalidad junto a Marta Manuela, Juana Etelvina, María del Magdalo, Cayo Epícteto, Andrés Antonio, Marco Evangelista y Úrsulo del Carmen, sus otros esclavos domésticos, parecía empezar a abandonarlo en los últimos tiempos. “¡Qué vaina horrible, carajo, se me ha caído el viejo encima!”, se dijo inquieto. Era julio esa noche en la que intuyó cercana la sombra de la Sayona, al otro lado del espejo frente al que reflexionaba sobre la rendición de sus tropas ante los ejércitos españoles de Monteverde. No hubo otro remedio, porque todo el mundo podía ver que lo había hecho para evitar una mayor matazón de la tropa de la república. “Los habrían aplastado uno a uno”, se dijo con la voz rasposa, cerrando los nudillos de las manos y dejándolas caer sobre la cómoda de caoba delante del espejo. Pero los mantuanos de Caracas no iban a entenderlo así y el general lo sabía. Desde la

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expedición del Leander, unos años antes de ahora, no lo trajeron desde Europa para la rendición, sino como jefe militar para la libertad del país. Sabía también que nunca habían dejado de intrigar contra él. En los salones nobles de la casa del pez que escupe el agua y en otros palacetes criollos de Caracas, los amos del Valle lo habían perseguido a lo largo y ancho del mundo, desde su primer viaje a España hasta Vladivostok, convertido ya en coronel ruso junto a Catalina la Grande y Potemkin. Ahora estaba seguro de que iban a acusarlo de lo que lo habían acusado toda la vida, del peor de los pecados de un patriota, del peor de los actos de un alto jefe militar, del más horroroso de los crímenes que puede cometer un republicano convicto, confeso y libre: la traición a su propio país. Cuando días antes de esa misma noche le llegó la carta de Simón Bolívar, tuvo que echar mano de su última ración de templanza para contener la ira que le crecía en el pecho y le llenaba el cuerpo de convulsiones. Perder Puerto Cabello había sido el principio del final. Bolívar no había sabido comportarse como un militar con casta y no le había dejado otra alternativa que el pacto con Monteverde. “Pavoso muchacho… Sólo sabe arar en el mar… Venezuela est blessé dans son coeur!”, se dijo al leer la carta. Después aceptó la invitación de Las Casas para que se hospedara en su mansión de La Guaira, a tiro de piedra del puerto donde lo esperaba el Sapphire para sacarlo del país y así se cumpliera una vez más su legendario destino de proscrito inmortal. ¿A cuántos abismos mortales como el que tenía ahora delante, a sus sesenta y dos años, había logrado escapar haciéndose invisible o sacando a relucir una fuerza defensiva descomunal que terminaba por convencer a quienes pedían para él la pena de muerte? ¿De cuántos duelos a muerte contra maridos celosos, oficiales intrigantes y envidiosos, conspiradores airados e inquisidores del rey de España había salido con bien el general Miranda, hasta llegar a ese día aciago en el que la presencia de la Sayona le advertía de su inminente acabamiento? En esa época del año en La Guaira el viento tibio sopla del mar y los ruidos de la oscuridad ofician un interminable concierto de notas musicales sin ningún orden establecido. A veces ladran
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los perros desde la oscuridad del escenario vegetal, como si fueran los desafinados tenores de ocasión que la noche del verano caribe contrata para acompañar a la orquesta. El bambú y la caña brava silban su levísima melodía y las grandes hojas del plátano tocan de oído la música del violín hasta que el concierto de las sombras logra por momentos la suavidad de la caricia femenina. Sin embargo, el general no escuchaba esa noche el canto de las sirenas que preludiaban la llegada de la Sayona, su enemiga de toda la vida, la insaciable perseguidora, sino que se debatía pasando revista a las pocas posibilidades que le quedaban de supervivencia en su país. Mejor volver a Trinidad. Y si esperaba en su recámara, escapando a la vista de todo su aspecto de acabamiento, ¿qué conclusión sacaría Monteverde al verlo así? ¿Y qué no sacarían los conspiradores que no tardarían en lanzarse sobre él para devorarlo y culparlo del desastre del ejército republicano? Ya se habrían olvidado de que lo habían llamado a dirigir a los venezolanos con el cargo de generalísimo, porque muertos Manuel Gual y José María España, no quedaba otro liderazgo solvente que el suyo. “Oui, Venezuela est blessé dans son coeur!”, se repitió ante el espejo, con el mismo ronquido de hacía unos segundos. Por un instante, sintió atravesado en el alma el frío nevado de Vladivostok, y el silbido cortando y gélido de las noches de San Petersburgo. Entre sus pensamientos entrecortados, hasta donde afloraban los recuerdos y las sensaciones de su vida como en un puzzle inconcluso, la madera del pavimento de su recámara crujía como si los fantasmas invisibles de aquella casa de La Guaira se hubieran conjurado a la misma hora y en el mismo lugar para irle a tomar cuentas, para juzgarlo, condenarlo y entregarlo por fin a la Sayona. Todo eso ya lo había vivido Miranda en París, cuando por dos veces lo juzgaron pidiendo para él la condena a muerte por traición a la revolución. De modo que un déjà-vu constante pasaba por su cabeza como una película que ya conocía de sobra y donde él era el único protagonista. Si no se hubiera defendido de viva voz, si no se hubiera quedado en su casa de París a la espera del juicio, si no hubiera mantenido antes que nada la razón, el sentido común y la paciencia, nunca habría convencido al
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tribunal revolucionario de su inocencia. Si hubiera huido de París en aquel momento de terror, vigilado como estaba por cientos de espadas enemigas, los jacobinos se lo habrían llevado por delante en cualquier esquina de la capital de Francia y nunca habría podido estar aquí, ahora, en La Guaira. Sí, Venezuela estaba herida, había quedado destrozada ante las tropas de Monteverde después de Puerto Cabello, pero él había firmado el armisticio con los españoles, les había impuesto a los realistas que aceptaran todas sus condiciones. Él, Miranda, era el generalísimo y sabía en cada momento lo que estaba haciendo. Claro que también sabía que los mantuanos estaban esperando la ocasión para faltarle al respeto y destruir aquella fachada de ilustrado con gran prestigio internacional que se había ganado en las batallas y las cortes de todo el mundo. Claro que los amos del Valle de Caracas harían ahora todo lo posible por culparle de aventurero, de libertador frustrado, de soñador de locuras, de traidor al rey de España, por un lado, y a Venezuela, por el otro. Estaban señalándole la salida. Estaban diciéndole que lo mejor que podía hacer era escapar cuanto antes desde el puerto de La Guaira, huir a esconderse de nuevo en Trinidad, esa excrecencia venezolana en la desembocadura del gran Orinoco. Además, parte de su archivo de papeles y su biblioteca de campaña, libros misteriosos, licenciosos, sospechosos, que atrajeron siempre la curiosidad enfermiza de la Inquisición, estaban ya a bordo del Sapphire. ¿A qué estaba esperando para escapar de aquella manada de incapaces encabezados por el coronel Bolívar, el niño bonito de los mantuanos, el dueño del futuro que Miranda intuía en su experiencia, el ladrón de todos sus sueños, el violador de Dulcinea, su alumno predilecto? “Tu quoque, Bolívar, fili mi!”, se dijo una vez más, adelantándose sin saberlo al futuro inmediato. Y el ronquido de ira le hizo toser un par de veces hasta expulsar las flemas que le impedían respirar bien. Sin moverse, delante del espejo, viéndose correr por todo el cuerpo las miserias de la edad a la que había llegado para caer en la trampa de su propio país, de su gente, de lo que él en todo caso había creído siempre que era su gente y ahora empezaba a dibujarse en su mente como un espejismo monstruoso, Miranda decidió permanecer y pernoctar en la mansión de Las Casas, aunque
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estuviera corriendo la peor de las suertes, aunque intuyera que lo traicionarían para entregárselo a la Sayona. “¡Huye!, vete ya, niño Pancho, escápate, no dejes ni sombra de tus huellas en esta tierra de traidores, bolsas y comemierdas, ¡huye, hazme caso!”, oyó de repente en el interior de su cabeza. Era la voz lejana de la esclava Eulalia, avisándole de la inminencia del peligro. “¡Escapa mientras puedas!, pero pronto, ponte lejos, por el mar, vete otra vez a París y no vengas más aquí, ninguno de estos amos te merece, Pancho, ¡tú eres más solo que todos ellos juntos!”, le advertían los coreutas Marco Evangelista, Marta Manuela, Úrsulo del Carmen. Todos los viejos esclavos de su familia gritándole que se fuera, todos los testigos del antiguo ritual de su supervivencia, los que le habían regalado en su primera infancia las muchas vidas que había ido quemando a lo largo de sus sesenta y dos años de edad. “¡Huye deprisa, sin perder un minuto!, porque van a volver con su babosería, que si eres un traficante, un aventurero sin escrúpulos, un contrabandista, un proscrito, un resentido, un renegado, un desertor, un traidor, y muchas cosas más, cosas de las que te será muy difícil escapar, cosas que ya conoces y que no vale la pena hacerles cara, Pancho, ¡huye ya, no les pares bola, chico!”, gritó la voz de Cayo Epícteto desde muchos años antes, como si el viejo esclavo estuviera viendo la escena en la recámara del generalísimo. Y Miranda seguía cada una de sus palabras con los ojos oscurecidos por la atención, llevando con calma las riendas de sus nervios desbocados como caballos locos, observando en el espejo si la Sayona estaba ahora más cerca de él que hacía unos minutos. Pensó en los mantuanos, envidiosos y falsos aliados, sus verdugos. “¡Merdophages, mangeurs d´excréments, fantoches, incapacitados!”, gritó sin levantar la voz el generalísimo, sólo para sus adentros. Pensó en un momento en el obispo de Caracas, su perseguidor más inclemente y tenaz. Pensó en el peligro que corrían sus libros, sus amuletos, su archivo, sus cajitas de oro y plata que guardaban como tesoros intemporales los bellos púbicos de sus cientos de amantes. Vio la fogalera ardiendo en plaza pública con todas sus cosas, una hoguera enorme desde la que se
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elevaba una columna de humo maldito y negro por encima de las cumbres del macizo del Ávila, un humo denso que esparcía por todo el Valle la memoria quemada del hereje. Miranda sudó frío ante la visión de la hoguera, mientras Caracas entera se volcaba en las calles en la fiesta de celebración que acababa con su leyenda y la mitificación que los liberales afrancesados habían elaborado durante todos estos años. La misma leyenda que sus paisanos mantuanos, los mismos que rechazaron que su padre pudiera llevar en público el bastón de la nobleza caraqueña, se empeñaron en negar desde el principio. De modo que él no tenía amigos ni era amigo de nadie, sino un desleal constante. Ni había estado nunca con Washington, ni había conocido a Pitt, ni había sido nunca jamás amante de Catalina la Grande, ni Potemkin había sido en la vida su amigo. Todas esas historietas eran una sinfonía de inventos perfectamente articulada por la maldad congénita del hereje, Francisco de Miranda, para que de alguna manera los venezolanos terminaran por creerlo el mesías. Como su padre, Miranda no era más que un parvenu desvergonzado y altanero, un tipo que se tiraba los pedos por encima del culo; sí, había que decirlo con esas palabras, musitaban los mantuanos, un advenedizo venido a más, un blanco libre, pero siempre canario, un simple mercader enriquecido a su llegada a Caracas y convencido de que él era muy superior al resto de sus compatriotas porque había nacido con esa suerte de la inmortalidad para liberar América del yugo español. Y su archivo, esa interminable memoria que llevaba siempre a rastras en sus muchos viajes por el mundo, parte de la misma farsa, un supuesto tesoro donde estaba recogido el siglo entero con todos sus cambios, revoluciones y personalidades; una leyenda vana, papeles inservibles y llenos de imaginarias aventuras que había ido coleccionando durante toda su vida de fracasado para fabricarse una gloria histórica desmedida. Y qué decir, criticaban los mantuanos, de esa engolada pretensión de cambiarle el nombre a América, ir contra la historia y rebautizar el continente como Colombia porque a él, al general Miranda, le salían esas cosas de sus republicanos timbales, sin pedirle permiso a nadie, sin encomendarse a ninguna otra autoridad más que a la
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suya propia y única. Se reían del nombre de Colombia, de las explicaciones que Miranda había dado en algunas cortes de Europa para que el nombre de América fuera cambiado en todas las geografías, historias y documentos del mundo por el que él proponía, Colombia. ¡Qué pretencioso este Miranda!, repetían por todas las esquinas. Sobre la madera del pavimento de su recámara, se oyeron los pasos de su sirviente, Pedro Morán. Venía a traerle el vaso de refresco que tomaba antes de acostarse y ponerse a leer un rato a sus clásicos, los muchos que ya conocía y los que tenía todavía que conocer. El generalísimo despertó de repente de su ensoñación sudorosa y recompuso su figura alejándose unos pasos del espejo ante el que había estado tanto tiempo tan quieto y en tensión como un paralítico, pensándose en la hoguera y ardiendo entre los papeles de su vida y su memoria. “Con su permiso, Excelencia”, pidió Morán. Y alargó la mano en la que descansaba la bandeja de plata donde le traía el vaso con el refresco de guayaba y maracuyá. Miranda dio unos sorbos largos y paladeó la dulzura del batido. “ “¿Dónde están todos?”, le preguntó a Morán. “Por ahí, hablando sin parar. Se callan cuando me ven cerca, señor”, contestó el criado. Pedro Morán era la personificación de la lealtad. Ninguno de sus compatriotas, ningún venezolano le había mostrado el generalísimo Miranda tanta lealtad desde que entrara muchos años atrás a su servicio. Cumplía las órdenes interpretando exactamente cada una de las frases del general, y entre ellos se había establecido desde el principio y hasta hoy un entendimiento que estaba por encima de la distancia respetuosa que debía imperar entre el señor y su siervo. Complicidad, se decía Miranda, porque la complicidad iba un trecho más adelante que la simple lealtad debida al jefe, al señor, al superior. Terminó de tomarse el brebaje de la noche y despidió a Morán hasta el día siguiente. Ya había dado las buenas noches a Carlos Soublette, su ayudante, su edecán, de cuya lealtad tampoco había dudado hasta ese momento de la noche en el que todas las sombras y los ruidos eran movimientos cercanos de fantasmas conocidos. Quiso ahuyentar a la Sayona con un displicente golpe de mano al aire tibio de la
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nada y comenzó a quitarse su uniforme de generalísimo de la primera república. Mientras se desnudaba, murmuró su lema de vida: “Si me quieren, los quiero; si no me quieren, que me respeten, y si no me respetan, que me teman”. Después se tumbó sobre la cama, tomó de la mesa de noche un ejemplar del Tratado sobre la tolerancia de Voltaire, lo abrió por cualquier página y comenzó a releer a uno de sus autores preferidos. ¡Ah, qué joven fui yo un día!”, se dijo mientras leía. Poco a poco se fue olvidando de las intrigas de sus suyos y de la inminencia de la traición. Y poco a poco, entrevelado, trató de quedarse dormido para descansar un poco. Entonces, pensó en Sarah Andrews, pensó en sus hijos, y en su casa de Londres. Al coronel Simón Bolívar le costaba escribir aquella carta dirigida a su generalísimo Miranda. Él le había enseñado las artes y las maniobras de la guerra. Estaba convencido de que lo había distinguido con su amistad y le otorgó su confianza y hasta una cierta predilección, aunque a veces le mostrara indiferencia. Como a San Martín y otros jóvenes militares criollos, lo había iniciado en la masonería y lo llevó de la mano hasta la logia de la Gran Reunión Americana. Tenía que reconocer que, a pesar de no ser mantuano, Miranda se había convertido, en todos esos años de revolución en una Europa con esperanzas de libertad, en una personalidad de características universales. Había estudiado desde sus tiempos en España la carrera militar de Francisco de Miranda, le había seguido la pista desde joven, se había enterado con creciente admiración de sus amores, amoríos, arrebatos y conquistas de todo género, también las del género femenino, hasta llegar a admirarlo en silencio cuando casi todos los demás lo criticaban y zaherían en su ausencia. Miranda hablaba un francés mucho mejor que el suyo y el inglés lo manejaba como su lengua natural. Leía en griego y latín clásicos y, en cuanto a su español venezolano, se había refinado en los viajes por el mundo hasta parecer una excentricidad exquisita en medio de sus paisanos. Llenaba su conversación de citas cultas latinas y griegas, traídas siempre en el momento oportuno, frases a las que Bolívar atendía sin llegar a entenderlas del todo.

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Y ahora, en la plenitud de su admiración por Miranda, tenía que someterse a la sentencia del generalísimo. No había sabido defender la plaza de Puerto Cabello, capital para la estrategia militar de la guerra de la república. Y ahora, en el momento de la rendición a Monteverde y sus tropas realistas, venía obligado a participar por escrito a Miranda de sus culpas y responsabilidades, sus errores tácticos en el campo de batalla, su inexperiencia en el instante crucial, su torpe arrogancia a la hora de la verdad. Su altanería congénita, al fin y al cabo, él era uno de los eternos amos del Valle de Caracas, uno de los grandes cacaos de Venezuela, no le permitía someter su orgullo de sangre a la letra de su conciencia en el momento de escribir aquella carta llena de excusas dándole cuenta al generalísimo de la derrota de Puerto Cabello. Debía escribir esa carta en razón de su rango y su honor militares, en razón de su republicanismo americano, y como jefe inferior al mando del generalísimo, pero también podía no hacerlo en función de su clase, en función de su superioridad criolla, en función, pues, de su soberbia. Dudó durante unos instantes, porque una vez que aquel papel existiera, ya no habría duda de que él, Simón Bolívar, había sido el causante de la debacle de Puerto Cabello. Ese documento pasaría a ser Historia y la Historia no absuelve nunca a los perdedores, a pesar de lo que dijeran Simón Rodríguez y algunos de los próceres venezolanos y franceses que habían educado y habían sido sus preceptores. “Y en el futuro”, se preguntó de repente, en medio de la redacción de la carta, “¿que hará el generalísimo con esta misiva, cómo la usará, la guardará para él, la conocerá Venezuela y el mundo?”. Mientras escribía en el interior de una casa cerca de Puerto Cabello, todavía con el estruendo de las armas y el griterío de las tropas restallando en sus oídos, Bolívar comenzó a sudar copiosamente. Su respiración se agitó hasta parecer la de un asmático. Al tiempo, se vio empequeñecido, como si toda la gloria a la que aspiraba se fuera destruyendo en cada una de las palabra que salían de su temblorosa mano. Aquel sudor suyo apestaba como una premonición maldita. Aquel sudor suyo que le quemaba la piel y al mismo tiempo le enfriaba el alma hasta hacérsela de nieve, liquidaba su orgullo de sangre, su altivez de
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militar venezolano de alta graduación, los sueños familiares que habían depositado en su persona todos los grandes cacaos de Caracas. Todos se lo habían pronosticado desde que era un niño; que él, Simón Bolívar, sería su jefe natural, el hombre nacido para hacer distinta y libre la Historia de Venezuela, la Historia de América y la Historia del mundo entero. Tenía en sus manos, en su cabeza, en su porte, en su sangre, en su destino y en su voluntad de rebelde republicano, la magnitud de cambiar el mundo para siempre. Desde muy joven se había educado para ese gran menester de la libertad y ahora se veía en la tesitura de doblar la cerviz y aceptar su responsabilidad en la derrota, como un soldado de pata en el suelo que asume la culpa de sus errores elementales ante un ser superior. Pero no podía con su propio sudor en el momento de tomar determinaciones nada fáciles, y ese sudor, en cada uno de esos instantes esenciales, iba a acompañarlo por el resto de sus días. Sabía además que su admiración hacia Miranda no incluía el cariño: no quería al generalísimo. Al fin y al cabo, no eran de la misma clase, no tenían paralelos ni en sus antecedentes ni en sus consaguinidades, y sólo había entre ellos la coincidencia del tiempo, la revolución, la libertad de Venezuela y América. Sabía desde siempre que el proyecto de secesión, el gran proyecto de la independencia de América, era de Francisco de Miranda, el hijo del canario de Tenerife Sebastián Miranda, que durante años luchó contra su familia y los suyos para obtener derechos que no le correspondían, pero que el rey Carlos III terminó por concederle para vergüenza de su clase. Y no, su admiración hacia Miranda era producto de algo parecido al respeto que Bolívar nunca quería reconocer en su fuero interno. O acaso le daba miedo Miranda o le parecía inalcanzable su ejecutoria militar. ¿Era aquella desconfianza que le provocaba el generalísimo el disfraz inútil de la envidia en la que él, Simón Bolívar, no había pensado nunca al sentirse superior como venezolano de clase noble, y como ser con pureza de sangre desde los tiempos de la colonización española en América? Tal vez no fuera exactamente envidia lo que Bolívar sentía al pensar en Miranda, quizá no fuera del todo desconfianza ni miedo, sino una amalgama irresuelta y convulsa de todas esas
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cosas que a veces lo habían hecho temblar en su presencia y sentirse ridículo en su posición de firmes. En ciertas ocasiones, llegó a parecerle que el generalísimo le había deparado su simpatía, una suerte de tratamiento distinto al de otros subordinados. Como si estuviera viendo en él algo parecido a un hermano menor que, en cierta medida, Miranda creía que era parte de su creación en el mundo. Un alumno aventajado, tal vez. El generalísimo lo miraba siempre a los ojos cuando le hablaba. Era un tipo altivo e inquieto, que movía mucho las manos cuando hablaba, como si estuviera actuando encima de un escenario. Cuando estaba sentado, y sin dejar de hablar, movía una de sus piernas y a menudo tamborileaba con los dedos de una de sus manos sobre la mesa. Como si estuviera contando las sílabas de sus palabras. O como si lo que decía fuera un verso medido o una pieza melódica con cada una de sus notas. Hablaba y hablaba con él, como si le estuviera haciendo incontables e importantísimas confidencias, pero aquella desconfianza suya hacia Miranda no se le fue nunca de la cabeza al coronel Bolívar. Y ahora, en la necesidad, se veía en la obligación de rendirle novedades de derrota, una deriva que al generalísimo le disgustaba incluso en cualquier leve discusión. ¡Qué iba a sentir por él cuando recibiera la carta, qué iba a pensar de él, del coronel Bolívar, tal vez su predilecto, cuando asumiera la responsabilidad en la pérdida de tan importante plaza! Bolívar lo sospechaba: lo iba a despreciar para siempre. Miranda lo iba a humillar más allá de lo soportable, quizá delante de sus compañeros de armas, a lo peor quitándole el mando de su destacamento y condenándolo a un largo ostracismo de desprestigio. Pero él era un Bolívar y un Palacios y una pila de apellidos más, todos ellos españoles antiquísimos y con blasones de conquista americana que nadie podía poner en duda. Además, Simón era no sólo un Bolívar, sino “el Bolívar”, el hombre de la familia en el que la nobleza criolla había puesto todas sus esperanzas. Nadie iba ahora, por un error de táctica, por un empecinamiento en el yerro, por una orden mal dada en la batalla, a arrebatarle el título del elegido por los dioses, el ungido por la Historia de América y del mundo para llevar a cabo una misión de la que nunca iba a desistir. Él era “el Bolívar” por excelencia,
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pues, iba a escribir la carta, iba a firmarla y a dirigirla a Miranda; que el generalísimo supiera que él se hacía responsable de la derrota, pero hasta ahí mismo llegaba, a ser el último culpable de la pérdida de Puerto Cabello. Más nada que eso, que ya era mucho para él, estaba dispuesto a firmar Simón Bolívar, lo que ya implicaba una especie de capitulación de su orgullo de sangre, de su casta de altura y de su sentido personal de la aristocracia. Ningún general, ningún generalísimo, ningún rey ni ningún presidente republicano lo condenarían a pagar por Puerto Cabello más que la propia determinación de aceptar su responsabilidad como jefe militar. El resto, lo que pudiera pensar Miranda que había que hacer con él, no le importaba más que la pérdida del afecto y confianza por parte de su superior. Herido de muerte en su amor propio, Simón Bolívar se sintió, mientras escribía aquella carta a Miranda, más aristócrata, más superior, más criollo y más triste que nunca en su vida hasta ese mismo momento.

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Comenzó a escribir el parte de guerra con letra clara, firme, directa, como en su primera adolescencia le enseñaron a hacerlo sus sabios maestros Simón Rodríguez y Andrés Bello. Era una de sus costumbres más acendradas: en los momentos más difíciles de su vida pensaba en sus maestros, en lo que ellos hubieran decidido en su lugar, en lo que ellos pensarían que él, el coronel Bolívar, debería de hacer en cada momento. Entonces escribió que lo había intentado todo en la batalla y que, después de haber agotado todos sus esfuerzos físicos y morales, se preguntaba angustiado con qué valor se atrevía a tomar la pluma en la mano tras perder Puerto Cabello. De acuerdo, pensó el coronel Bolívar, fue una traición el origen mismo de la batalla. Pero eso no lo escribió para que lo leyera Miranda, sino que se sentía destrozado con aquel golpe: “Más destrozado con este golpe”, escribió Bolívar, “que el que ha sufrido la provincia perdida, porque al fin

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y al cabo ésta tenía la esperanza de, en medio de los restos que nos quedan, su salud y libertad”. Hizo una pequeña pausa en su esfuerzo de escritura y pensó la frase siguiente. Al fin y al cabo, en ningún momento podía olvidar que aquel era un papel dirigido a Miranda, pero era también un papel para la Historia, la Historia de Venezuela y la Historia de América, la nueva Historia del mundo que se abría con la sublevación de las colonias españolas. Él, “el Bolívar”, era entonces uno de los protagonistas de esa Historia con mayúsculas que se levantaba entre victorias como la de Valencia y derrotas como la de Puerto Cabello. A pesar de la cobardía con la que, al fin, se habían portado los habitantes de aquella ciudad, Bolívar podía asegurar que “no por eso habían dejado de tener los mismos sentimientos y creyeron perdida nuestra causa porque nuestro ejército estaba distante de sus cercanías”. Durante la escritura, el coronel Bolívar no dejaba de pensar ni un instante en su receptor. De repente, por un momento, se cruzaban en su memoria ciertas secuencias londinenses. Veía en sus recuerdos la cara de desconfianza inicial de Miranda ante sus encendidas palabras y los ruegos de Andrés Bello para que el general volviera a Venezuela a ponerse al frente de la revuelta contra España. Veía los ojos de Miranda escrutándolo con una cierta indiferencia mientras él, el coronel Bolívar, hablaba y hablaba con una pasión delirante sin respetar la mayor edad de sus acompañantes y la del hombre al que habían venido a buscar a Londres, a su casa en Grafton Street. Pero tenía que seguir escribiendo, tenía que quitarse de la cabeza aquellos negros pensamientos, todo lo que el generalísimo iba a pensar de él, de su inexperiencia militar y sus errores tácticos en la batalla. El enemigo se había aprovechado muy poco de las armas que había en el almacén de San Felipe, y los soldados que portaban fusiles los habían arrojado en el fondo de los bosques. “En suma, tal vez doscientos”, cuantificó por escrito Bolívar para conocimiento de Miranda, y volvió a tomarse una pausa. Sudaba tristeza mientras redactaba el parte. Y pensó en lo peor: en quitarse la vida con honor. Pegarse un tiro en la sien y desaparecer del fracaso. También tenía que ser exquisito en el uso de la palabra escrita, porque aquella misiva podía ser el final de su carrera y de
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sus sueños como jefe militar rebelde, pero sobre todo de los sueños de los miles de patriotas que querían a toda costa, como él mismo, el divorcio total de España, la Gran Madrastra, la que se lo había enseñado todo y al mismo tiempo se lo había quitado todo a los americanos. Tenía que ser muy cuidadoso con la letra y con el espíritu de la letra, mostrar su humildad y su responsabilidad republicana y, al mismo tiempo, ocultar el furor de su soberbia, su ambición restañada. Y su tristeza de suicidio. Asumir la derrota no significaba la destrucción total, sino que esa misma pérdida formaba parte del aprendizaje de los elegidos y los héroes. El maestro Andrés Bello se lo había repetido cien veces en sus clases, cuando el coronel Bolívar no era más que un adolescente inflamado de pasiones aún no claramente definidas: “Un hombre de verdad puede ser derrotado una y mil veces, pero si es un hombre de verdad jamás será destruido”, le enseñó su maestro. Y él, Simón Bolívar y Palacios, se lo había jurado a sí mismo en plena juventud: jamás iba a ser destruido por enemigo alguno, por cada vez que fuera derrotado, se levantaría dos veces contra el mismo enemigo. Hasta la muerte. Respiró hondo antes de volver a la escritura del parte de guerra. Ahora escribía que esperaba que el generalísimo se sirviera decirle qué destino tomaban los oficiales que habían venido con él. Eran de lo mejor del ejército republicano y, según él, no los había mejores en toda Venezuela. La muerte del coronel Jalón en plena batalla significaba una pérdida irreparable. “Él solo vale por todo un ejército”, escribió. Después se volvió hacia sí mismo: se sentía abatido y sin el ánimo necesario para mandar un solo soldado. Escribió también que su celo por la patria y su deseo de acertar y de hacerlo bien suplirían su falta de talento para mandar. Por tanto, le rogaba al generalísimo que lo destinara al servicio del más ínfimo oficial o, en su defecto, le diera algunos días con el objeto de tranquilizarse y recobrar la calma y la serenidad perdidas en el perdido Puerto Cabello. “Y mi salud”, escribió Bolívar, “hay que añadir a todo esto mi salud dañada”. Que después de trece noches de insomnio y cuidados no había podido recuperarse, como si lo persiguiera la sombra terrible de la demencia al encontrarse en una suerte pantanosa de enajenamiento mortal. Luego detalló el parte de las tropas que
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mandaba y las desgracias de Puerto Cabello, para que su elección por parte de Miranda y, desde luego, su honor personal de militar, quedaran a salvo. “Yo hice mi deber, mi general, y si un soldado me hubiese quedado, con ése hubiera combatido al enemigo; si me abandonaron, no fue por mi culpa. Nada me quedó que hacer para contenerlos y comprometerlos a que salvasen a la patria. Pero, ¡Ah!, ésta se ha perdido en mis manos”. Sí, la patria se había perdido en sus manos, y él asumía su responsabilidad; la misma patria que él había ayudado a poner en lo más alto con todo su entusiasmo y con todas sus fuerzas, se había perdido por su torpeza. Se había perdido el castillo de San Felipe, los realistas habían sido liberados y, finalmente, se había perdido la plaza de Puerto Cabello. Ese baldón lo llevaría siempre en su frente y el coronel Bolívar se juró de nuevo, en ese momento, al final de la redacción del parte de guerra para su general Miranda, que seguiría en combate hasta que borrase de su frente esa vergüenza, hasta entrar vencedor y libertador en Caracas, en Bogotá, en Quito, en Lima, hasta entrar en Panamá y la Guayana y extender la libertad por todo el continente americano. Luego volvió a pensar en Miranda. No sabía cómo iba a acoger el generalísimo aquella escritura suya, pero sabía muy bien que si había una cosa que no le gustaba al “francés” era perder una batalla. Aunque fuera una batalla de palabras, una pequeña discusión. Aunque fuera una partida de cartas, una apuesta mínima, un debate de ideas, un intercambio de opiniones. “Un hombre debe estar comprometido con un solo criterio”, le había oído decir al general en más de una ocasión, “y ese criterio tiene que llevarse hasta las últimas consecuencias”. No había que rendirse jamás. Y si en alguna ocasión un hombre, un militar, un jefe, tenía que ceder en primera instancia ante su adversario, ante su enemigo, esa estrategia sería solo un elemento de distracción. Para tomar respiro, recuperar las fuerzas y volver a la carga defendiendo el mismo criterio de antes, una vez que ese criterio está fijado en el corazón a sangre y fuego. Miranda lo sabía bien y por eso llevaba fundido en su alma el gran proyecto de la independencia de América, tenía en su corazón el proyecto de Colombia y lo llevaba escrito en su archivo. Había escrito en
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todos estos años de nómada insurgente la constitución del Incanato, todos esos papelajos innumerables que había escrito sin parar en su Grand Tour por todo el universo, en sus viajes de criollo, descubriendo la enormidad del mundo que iba convirtiendo en suyo, un mundo que iba conquistando desde los salones nobles hasta las batallas frontales. En todo ese tiempo del Grand Tour, ¿cuántos años ya?, desde que llegó a Cádiz a los diecisiete años de edad para incorporarse al ejército español bajo el rey Carlos III, cuarenta años por lo menos, nunca había dejado de conspirar y disertar sobre la causa de la independencia de Colombia. Porque Miranda no llamaba América a su proyecto, sino Colombia. Le parecía que América no era un nombre apropiado, ya que era un robo más de la Historia de los hombres, y que el nombre que debería llevar el continente era el de su descubridor occidental, aunque fuera una paradoja geográfica, un occidental descubriendo el verdadero occidente, un occidental abriendo el Occidente hacia occidente y dejando su occidente en Oriente, una broma de la geografía hacia aquel hombre que durante toda su vida defendió su único criterio contra todas las adversidades y enemigos. Porque ese hombre, como Miranda mismo, en eso estaba pensando Bolívar una vez firmado el parte de guerra, se había lanzado a correr la aventura de su vida como un suicida. Se había lanzado al mar de las tinieblas sin más conocimiento que el suyo, conocimiento en el interior del cual estaba el gran secreto de la existencia del continente más allá del mar. “La razón”, recordó Bolívar que le había oído decir a Miranda cuando los planes de victoria parecían torcerse, “tiene que exigir incluso lo imposible y está por encima de todo”. Después de escribir el parte, Simón Bolívar se fue a su hacienda de San Mateo, a pocas millas de Caracas. En esos instantes de zozobra, el coronel Bolívar no debía de saber nada de lo que estaba ocurriendo en Caracas, ni de las decisiones políticas que estaba tomando el Consejo republicano, ni del poder que le habían otorgado a Miranda para que negociara con el jefe realista Domingo Monteverde. El generalísimo había convencido a la Junta de Gobierno, y el Congreso le había dado ese poder, “para tomar un respiro”, tal como había dicho él mismo, “para rehacer
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las fuerzas” de la República, para restablecer la esperanza. Sí, pues, le va a exigir a Monteverde la inmunidad de los republicanos que activamente participan en la revolución de la Independencia. Sí, pues, el ejército republicano capitulará ante el realista, pero ninguno de los que se han convertido en notables secesionistas sufrirá merma de su prestigio, de su hacienda y de su persona. Había que lograr aquel acuerdo, aparentar un cambio de rumbo en la deriva de la república herida y volver más tarde, con más fuerza y esperanza, a la lucha. El comandante general Monteverde exigirá a su vez que todos los que estén del lado de los rebeldes en el momento de las capitulaciones de San Mateo puedan ser ejecutados por el ejército español y, sólo quienes estén en los territorios reconquistados por los realistas, estarán a salvo. El generalísimo Miranda discutió esa petición vengativa, pero finalmente tuvo que agachar la cabeza y aceptar esa terrible restricción. Había que dar la sensación de que todo iba a cambiar desde ese momento en adelante, todo iba a cambiar para que todo quedara como estaba, la república se repondría y su ejército glorioso volvería a derrotar al ejército de Monteverde, un advenedizo al que la buena estrella había situado en el punto culminante de aquella parte de la Historia. En su hacienda, Bolívar se envolvió en las sombras negras de su fracaso en medio de una gran confusión. No se quitaba de encima el peso de la culpabilidad, pero al mismo tiempo quería levantar la cabeza desde ese instante y seguir en la batalla. En un militar de honor, en un Bolívar, en un Palacios, en un mantuano de su linaje, no cabía la desesperanza ni la entrega más que como una parte del sacrificio debido a la patria. En San Mateo, tendido en su propio insomnio, el coronel Bolívar recibía el frío de la noche del trópico como una caricia pasional de la libertad y de la vida. Por eso dejaba que la intemperie rozara la piel de su rostro y fuera adormeciendo su penuria, haciéndole olvidar la pesada losa que había caído sobre sus hombros, sin que él ni los hombres a su mando pudieran evitarlo. ¡Ah!, pero la patria se había perdido en sus manos!, recordó con amargura. De modo que, pensaba Bolívar, ahora más que nunca, venía obligado a devolverle a esa patria americana lo que se había perdido por su culpa. Lo habían vencido, pues, en el campo de batalla. Y en el campo de batalla, el
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coronel Bolívar tendría que recuperar su honor de militar y su estirpe rebelde, porque un hombre verdadero podía ser derrotado una y mil veces, pero nunca, nunca, nunca, llegaría a ser destruido. Y una vez más se juró a sí mismo entregar la vida al servicio de la libertad de América. El desasosiego no le permitía dormir. De vez en cuando, le parecía oír un murmullo cercano que venía de más allá de la casa. El murmullo del mar, el murmullo del puerto de Macuto en la noche cerrada, el murmullo de la vegetación boscosa movida por el viento, el eco del murmullo de las voces de sus subordinados habando o discutiendo en el salón de la mansión de Las Casas. Un minuto antes, en el duermevela, había vuelto a pensar en su casa de Londres. Y en el barco que lo sacaría una vez más de Venezuela hasta convertirlo de nuevo en un fugitivo. Más de la mitad de su vida, eso lo había sabido siempre, se la había pasado huyendo, saltando por encima de las alcabalas y obstáculos que los embajadores del rey de España iban colocándole como palos a las ruedas de su carruaje. Pero era un hombre de suerte, estaba signado por la suerte para sobrevivir a cuantas batallas se le fueran poniendo por delante. Eso sí, en los últimos meses, tras su llegada a las costas venezolanas, tras su entrada triunfal en La Guaira y su instante glorioso al llegar a Caracas, Miranda había más que sospechado la desconfianza de muchos notables caraqueños, los mantuanos de siempre, y de muchos de sus oficiales. Para empezar, no les gustaba que su generalísimo fuera siempre vestido con su uniforme militar francés de maréchal de camp, ganado a pulso en la toma de la ciudad de Amberes para la revolución. No les gustaba la altivez de su mirada, el mentón provocativo, siempre con la barbilla alzada, y tampoco el arete que lleva colgado en una de sus orejas, un objeto escandaloso e innecesario a ojos de los notables venezolanos, fuera un recuerdo de una refriega amorosa, fuera un símbolo secreto de la masonería, fuera un capricho de su díscola personalidad, que buscaba siempre diferenciarse de los demás, o fuera solamente el gesto europeo d’un esprit illustré como el suyo. “A ver si en París se nos ha vuelto marico el musiú”, decían a sus espaldas y entre risotadas algunos de sus oficiales.

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Musiú. Así lo llamaban para distanciarse de quien en cada gesto les proponía la distancia. En lugar de general, generalísimo o conde de Miranda, como le decían con todo respeto en la corte de Catalina la Grande, lo llamaban a sus espaldas Musiú Pancho. Siempre a sus espaldas, porque en su presencia, los oficiales y muchos de los mantuanos criticones no se atrevían ni a mantenerle la mirada más de un segundo. En ninguna conversación permitía Musiú Pacho, el generalísimo Miranda, que le llevaran la contraria. Pasados los sesenta años de edad, y con todo el mundo del siglo sobre sus hombros, exigía el cumplimiento de sus órdenes sin ningún resquicio de duda o respuestas. Él sabía bien lo que había que hacer con una tropa desmadrada y sin control. Sabía muy bien Musiú Pancho que a los subalternos en el mando había que tratarlos con mano de hierro, que sintieran el frío del temor en el sudor de su alma cuando estuvieran en posición de firmes ante él. Durante muchos años, él mismo había sido un insubordinado en el ejército español, díscolo al mando de quienes intuía que eran inferiores a él en saber y gobierno, indisciplinado ante quienes a la vista no sabían mandar ni hacer honor al uniforme de jefe del ejército español. Y desde que llegó a Cádiz, y después en Madrid y en la guerra de Melilla, su carácter levantisco ante quien no sabía ponerlo firme comenzó a ser conocido en todos los cuarteles. El caraqueño se reía insolente ante la torpeza de sus superiores y en más de una ocasión se carcajeaba también de los arrestos que le imponían aquellos jefecillos que no sabían llevar ni la brida de su caballo, sino que era el animal quien al final le imponía su instinto al jinete. “¡Ese burro vestido de capitán, caraj, que le dé el uniforme y las riendas a su caballo, si no sabe conducir ni a su propio animal”, le gritó a un superior durante unas maniobras menores en el campo del cuartel de Cádiz. Esas anécdotas se exageraban después, cuando salían a la calle los soldados y elaboraban cada uno de sus episodios hasta convertirlo en una leyenda. Musiú Pancho lo sabía muy bien porque desde joven, en los burdeles, en las tabernas gaditanas y en los tugurios del puerto que frecuentaba, había mantenido la disciplina de los subordinados y de los engreídos civiles que
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pretendían tomarle por inferior, por el mero hecho de ser americano y hablar con el deje desdeñoso de las gentes de los lugares de América, los advenedizos del sol a todas horas y los palos de agua atronadores y tempestuosos. El duelo con Navarro Ferrer, un valenciano presuntuoso y comerciante de vinos, no llegó a ser un episodio importante en su vida llena de sueños, duelos y enfrentamientos con los altaneros jefes de la política y los ejércitos en las cortes europeas y en los campos de batalla, de modo que Miranda no lo reseñó en sus papeles escritos, sino que lo dejó pasar como si quisiera olvidarlo. Fue en un burdel cochambroso de Cádiz. El joven Miranda, capitán del batallón de la princesa del ejército español, frecuentaba en las noches de francachela con un compañero de milicia que llegó por entonces a ser su cómplice. Se llamaba Alonso Barrault, era catalán fino, y en los cuarteles, cuchitriles de trago y trato con la carne pública de toda Andalucía, se le atribuía un vizcondado de Calafell, lugar costero de Tarragona, de donde procedía, y donde era leyenda que poseía una masía medieval y grandes propiedades en terrenos. De modo que todo el mundo que lo conocía lo llamaba “vizconde”. Miranda también, y durante esa temporada, llegó a tenerle una simpatía tan cercana que parecía devoción. Amante de la noche interminable y de la madrugada jaranera, el vizconde resultó un amigo de suma garantía para Miranda, que se hacía acompañar del catalán cada vez que salía a conquistar la noche gaditana hasta más allá de la hora en la que comenzaban a cantar los gallos su madrugada. Por su parte, Navarro Ferrer gustaba de mostrar su altanería de rico mercader en cualquiera de las juergas en las que, también con frecuencia, participaba cada vez que se llegaba desde las tierras de Levante a la Baja Andalucía a comprar cosechas de vinos en Jerez de la Frontera, Chiclana, Sanlúcar de Barrameda y el Puerto de Santa María. Las correrías nocturnas de Ferrer, siempre acompañado por tres de sus hombres, que hacían de fornidos custodios de su persona llena de soberbia, eran tan conocidas por las gentes de los barrios de tolerancia como las del capitán Miranda y su amigo el vizconde de Calafell. De manera que una noche de invierno cerrado, de callejones vacíos y brisas gélidas por la humedad cercana del mar, se encontraron los tres
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insaciables nictálopes cara a cara, en el mismo lugar y con los mismos contertulios y mujeres de la vida, en el interior de una taberna famosa por sus caldos, sus viandas marinas y la sureña hermosura de sus pupilas. La venta se llamaba Cuatro Caminos y estaba, en efecto, en una encrucijada de caminos en las afueras de Cádiz, dirección San Fernando. Cuando Miranda y el vizconde llegaron al lugar, Navarro Ferrer desplegaba su poder en su interior. Había contratado un cuadro flamenco con tocadores, cantaoras y bailaoras, y acaparaba en su cercanía, en el momento de la entrada de los dos militares, a las nueve bellísimas mujeres del Cuatro Caminos. Una de ellas, llamada Rocío, había tenido ya amoríos con el venezolano y echó a correr hacia él en cuanto lo vio entrar por la puerta. “¡Tú, desgraciada, quédate aquí con nosotros, no te olvides de que te tengo contratada!”, le gritó el comerciante nada más verla correr hacia el criollo. La mujer no le hizo caso. Al contrario. Se abrazó a Miranda. Entonces, miró para atrás, tal vez con gestos desafiantes, hacia donde estaba Navarro Ferrer, sus guardaespaldas, los flamencos y las mujeres de la taberna. Inmediatamente, los guardianes del valenciano se levantaron de sus asientos y corrieron pistolón en mano hacia los jóvenes militares que no llevaban armas de fuego. De un golpe les arrebataron los sables, los redujeron apuntándoles con los pistolones, tomaron por la fuerza a la Rocío y la arrojaron hacia los dominios donde Navarro Ferrer reinaba como un gran señor. “¿Lo ves, mi vida? Ven con nosotros y deja a esos hambrientos soldaditos, hijos de puta que no tienen donde caerse muertos”, dijo el levantino con sorna más que despectiva. Abrazó a Rocío y se carcajeó de Miranda y del vizconde, que estaban prácticamente en la puerta del Cuatro Caminos, con las manos en alto y con las armas de los matones en el pecho. La cara de estupor del vizconde contrastaba con la contención que podía verse en los músculos de todo el cuerpo del caraqueño, a punto de saltar como un tigre salvaje sobre sus enemigos. “Denles a los dos unas monedas, échenlos de aquí y que nos dejen divertirnos en paz”, ordenó el comerciante.

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Después, los guardianes los echaron del Cuatro Caminos, exigiéndoles que no volvieran nunca más por aquella taberna.

TRES Ya en la calle, Miranda se deshizo en improperios mientras caminaba resuelto hacia el hostal donde se alojaba. Le seguía el vizconde, resoplando y diciéndole al criollo que no hiciera caso de los insultos de un analfabeto. No valía la pena jugarse ni un ápice por aquel gordo comerciante, de malas formas y peor educación. “¡Es un patán, Francisco, un animalito, no le hagas caso!”, le gritaba unos metros por detrás el vizconde. Miranda seguía sin decir nada camino de su hostal. Iba ciego. Casi corría por las calles. El vizconde se acercó en un momento a él e intentó detenerlo. Y le vio los ojos de loco, los músculos tensos, la respiración agitada, el corazón a punto de salírsele por la boca, unas ganas de matar que no podía aguantar más. Estaba trastornado. “Te vas a jugar la carrera y la vida por un idiota, ¿será posible?”, insistía razonable el vizconde. Trataba por todos los medios de convencer al venezolano para que se calmara, para que restara importancia al incidente y se olvidara del asunto. Ya era muy entrada la noche, en la taberna no estaba más que el valenciano, sus secuaces, el cuadro flamenco, las mujeres, los sirvientes y el dueño.

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“¡Todos juntos valen menos que tú, Francisco, no seas loco!”, insistía el catalán. “No es más que un ninot que parla”, añadió desesperado. Nada más llegar al hostal, Miranda se fue directo a sus aposentos, subiendo los peldaños de dos en dos hasta el segundo piso y entrando en sus habitaciones como un rinoceronte, dándole un empellón a la puerta, que se quejó con un crujido como si hubiera recibido un enorme golpe en su estómago un boxeador adormilado al que el susto y el dolor despertaran de repente. Tomó dos pistolones de entre sus muchas armas y le entregó uno al vizconde sin hablarle una palabra entera. De sus labios salían, pues, sílabas que no querían decir nada, caraj, vaina, mierda, bolsas, cosas así, y exclamaciones entrecortadas. Sudaba por los cuatro costados y al vizconde le pareció que le castañeteaban los dientes al apretar las mandíbulas. Salió a la calle como un vendaval, el vizconde detrás de él y en silencio. En tres minutos los dos habían hecho el camino de vuelta. Miranda dio una patada de caballo y rompió la puerta de golpe. Los comensales, las mujeres, los flamencos, todo el mundo en el interior del local quedó por un momento paralizado al ver de nuevo en el Cuatro Caminos a los dos jóvenes y exaltados militares. Pero esta vez eran Miranda y el vizconde los que amenazaban a todos con sus armas de fuego. Nadie se movía. Miranda continuaba en tensión. Hacía pocos minutos había sido humillado por un imbécil que no sabía bien quién era él, y ahora iba a pagar aquel acto de demencia enfrentándose con él en un duelo inmediato. “Alonso, dale la pistola a ese bolsa para que se defienda como un hombre de verdad, caraj, y no se esconda entre las mujeres como lo que es, un gran marico y un coño de madre”, le dijo al vizconde. “¡No, no, no quiero pelear contigo, no quiero batirme en duelo!”, atinó a gritar el valenciano. “Es tu destino de mierda”, dijo Miranda. Que era su destino, que le había tocado en suerte, mala suerte, le estaba diciendo. A estas alturas jugaba con una superioridad que asustaba al valenciano, tembloroso como si estuviera viendo un espectro con el que siempre temió encontrarse. En un descuido de Miranda, cuando el vizconde se
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acercaba para darle el arma al levantino, uno de sus guardaespaldas disparó imprudentemente sobre Miranda. Atinó a darle en un brazo a Barrault, que cayó herido al suelo. Instantáneamente. Se oyó otro disparo que salió del arma del caraqueño y dio en tierra con el atrevido guardián. “¡Otro gran carajo este marico!”, gritó Miranda. Navarro Ferrer temblaba como la hoja de un tomatero en plena tormenta tropical y su gordo cuerpo amenazaba con venirse al suelo. Sudaba estrepitosamente y ahora era él quien respiraba con dificultad. Como si estuviera a punto de darle un infarto. Entonces Miranda entrevió a la Sayona justo al lado del levantino. Se parecía a una sombra negra, muy delgada y enhiesta, que se movía con una lentitud exasperante en torno al gordo comerciante. Y entendió que era un aviso. Comprendió entonces que debía calmarse. Era el protagonista de una comedia bufa y más nada, y no podía permitirse el lujo de convertir aquella ópera de risa, aquel incidente mínimo del Cuatro Caminos, en una tragedia sin sentido. Además, el levantino, sin dejar de temblar, se negaba a tomar el arma que el vizconde había tratado de entregarle repetidas veces. Mientras reflexionaba y trataba de calmar su imperiosa furia, Miranda se dio cuenta de que la Sayona se diluía, estaba desapareciendo de su vista. Como si estuviera leyendo los pensamientos. Como si supiera que, tras la reflexión, la comedia seguía su texto real y no iba a haber ningún muerto en el Cuatro Caminos. Entonces Miranda dio unos pasos hacia delante, caminando con la decisión anticipada de un general en el frente, y se detuvo delante mismo del valenciano. “¡Tú, mercader de la mierda!, ¡de rodillas ahora mismo!, pídeme perdón, pídele perdón al vizconde de Calafell, pídele perdón a Rocío y a todas estas mujeres”, le gritó el caraqueño. “¡Aquí mismo, gran carajo!”, le gritó tirándole de la solapa de su chaqueta. Navarro Ferrer se hincó ante Miranda, sin dejar de temblar, sudando como un cerdo por todos los poros de su cuerpo, los ojos a punto de salirse de su lugar, enrojecido su rostro del miedo que le ocupaba todo el cerebro. “¡Perdón, señor, perdón, he cometido un error que no volverá a suceder!”, clamó el valenciano.
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“No, no, no, así no, bastardo”, reclamó Miranda, “¿acaso no sabes quién soy, plebeyo de mierda? Soy el conde de Miranda, venezolano nacido en Caracas. El conde de Miranda, pídele perdón al conde de Miranda, al vizconde de Calafell y a estas bellísimas señoritas que son amigas mías! Has dado un espectáculo lamentable y no te quiero volver a ver por Cádiz en todo lo que te queda de vida”. ¡Perdón, señor conde de Miranda, perdón señor vizconde de Calafell, perdonadme, señoritas, no volverá a ocurrir”, gimió el levantino. Suplicaba hincado de rodillas, con las manos juntas en plegaria y mirando al venezolano como si fuera el rey de España. “Eso es, eso es”, decía Miranda satisfecho sin quitarle el cañón del arma de la sien al valenciano. “Ahora, inútil, sal de aquí, mándate a mudar al infierno con los tuyos, que aquí estamos todos en el mismísimo cielo y no te necesitamos”, dijo Miranda riéndose. Todos los presentes celebraron la salida del nuevo conde, mientras corriendo se iban del local el valenciano y sus guardaespaldas, todos asustados ante la furiosa carcajada con la que el joven Miranda atronaba ahora el Cuatro Caminos entre las risas y los bravos de los presentes. “¡Tienes casta, Miranda, tienes casta, conde de Miranda!”, le piropeaba ahora el vizconde de Calafell. ¿Dónde estaría ahora Barrault?, se preguntó Miranda volviendo desde el pasado remoto de Cádiz al presente inmediato de La Guaira, ¿qué habrá sido de su vida? Nunca más volvió a encontrarlo ni a saber nada de él, como si hubiera sido tan sólo una aparición en su vida y después se lo hubiera tragado la tierra para siempre. De repente, mientras sonreía con una leve melancolía, acostado boca arriba en su cama, Miranda oyó el estruendo que se acercaba desde las montañas cercanas. Había estallado una tormenta tropical de las que rompen el cielo y desbordan los ríos en pocas horas. Un palo de agua descomunal que refrescaba aún más la brisa marina que entraba por las ventanas de sus aposentos. Se había quitado el uniforme de generalísimo hacía ya un rato largo y seguía insomne el curso de sus pensamientos, las voces rumorosas de sus oficiales reunidos

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en el salón y el resoplido del agua torrencial cayendo sobre el tejado de la casa. Desde su cama, con los ojos entreabiertos, escuchaba caer el turbión de la lluvia, otorgándole arbitrariamente una nota musical a cada golpe de agua, como si fuera un compositor que escribe su propia memoria en música al compás de cada palo de agua y en plena melancolía. Rocío, recordó. No había sido nada, sólo una iza a la que conoció en las correrías del Cuatro Caminos. Por eso, ni siquiera con iniciales la llevó a sus papeles. El episodio del mercader valenciano no había valido la pena, como le había dicho Barrault en plena exaltación. Sólo fue una escaramuza indigna de figurar en sus recuerdos escritos para la posteridad, de modo que tampoco figuraría en sus archivos de la época. Barrault, pues, sí había sido una amistad. Durante un corto tiempo, era verdad, pero fue su amigo y lo siguió hasta que sus vidas corrieron caminos diferentes y distantes. De todos esos amores gaditanos le quedaron dos grabados para siempre en sus escritos, Pepa Luque y María Teresa. Como el episodio del Cuatro Caminos corrió como el agua por todo Cádiz, las dos mujeres le pidieron cuentas de la leyenda. Y eso le contestó a cada una. “Leyenda”, les dijo, primero a Pepa Luque, más celosa y hembra exclusivista, y después a María Teresa, joven de la que llegó a creer que formaba parte de su alma. “Leyenda”, repitió una y mil veces para negar un hecho que le provocaba malestar y hasta una cierta vergüenza. No había nacido, pues, para medirse con seres sin historia, con hombres anónimos y menores, con elementos del común y soldados de pata en el suelo. Todo lo contrario. Él, Francisco de Miranda, sólo estaba a gusto discutiendo y peleando con molinos de viento, con gigantes imaginarios o reales, con enemigos tenebrosos como la Inquisición y O´Reilly, inspector general del ejército, que le seguían la pista a sus pasos y querían saber incluso qué libros atesoraba en sus aposentos del hostal, dónde iba cuando iba a Madrid, por qué quería seguir aprendiendo la lengua griega y en qué trifulcas iba entrenándose para el destino que él mismo se había reservado en la Historia Universal.

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Tampoco nunca fue conde de Miranda. Se le ocurrió en aquel momento de éxtasis en el Cuatro Caminos, cuando ya había sometido al miserable mercader que arrodillado le suplicaba el perdón como a un ser superior. Aquel gañán tenía, pues, que pedirle perdón al conde de Miranda y no a un soldadito venezolano que se gastaba todo el dinero conseguido del cacao de Caracas en libros y francachelas. Libros secretos, cuando no prohibidos. Libros de revolucionarios y herejes, libros de escritores griegos y latinos, libros de poetas y autores trágicos de la literatura trágica de cuyas citas iba a llenar desde entonces los escritos de sus memorias, sus archivos, libros de los que se iba a acordar toda la vida y cuyo conocimiento iba a sacar a relucir de manera conveniente y en los momentos exactos en las conversaciones con el británico Pitt, con Napoleón, con Washington, con Catalina la Grande y Potemkin. Esos iban a ser sus interlocutores en la vida, en la leyenda y en la Historia, y no seres inferiores que no movían el mundo, ni podían ni les interesaba hacerlo. Su destino de viajero no le iba a impedir, de Cádiz en adelante, llevar a rastras por todo el orbe que recorría su biblioteca y sus archivos, que iban creciendo conforme su vida se iba adentrando, entre victorias y fracasos, en su eternidad. ¿Cuántas bibliotecas perdió a lo largo de su vida? Tres, tal vez cuatro. Cientos, miles de volúmenes leídos y perdidos en mil batallas por los caminos y los salones de las ciudades europeas casi siempre en guerra. Pero en cuanto se le perdía uno de esos tesoros, inmediatamente lo reponía. Se gastaba una fortuna en libros, porque sabía que ahí, en las páginas de esos libros, no sólo estaba el pasado y el presente, sino el gran futuro del mundo, disfrazado de palabras que él, con una lectura tras otra, iba a ir descifrando hasta conseguir el mapa perfecto. Hasta que todo el mundo supiera, y él el primero, que era el mayor lector del mundo; que el conde de Miranda era el mayor lector de libros del mundo, un ilustrado a prueba de derrotas y victorias. Conde de Miranda, o Morprosan, o M. de Meroff, o Gabriel Eduardo Uroux D´Helander. O José de Amindra. Todos esos pseudónimos los usó a lo largo y ancho del mundo, mientras escapaba una y otra vez de las garras de la diplomacia y de la política españolas, que lo reclamarían como un hereje, como un traidor a la patria, como un
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ladrón, un desertor, un farsante, un asesino, pues, por el que la Inquisición estaba dispuesta a navegar hasta el último círculo del infierno para echarle la zarpa encima y quemarlo vivo en plaza pública. De modo que se escondía dentro de una disfraz cada vez que le hacía falta y salía a la luz lejos de sus perseguidores, redivivo, resucitado e indemne, dispuesto siempre a la revolución de la libertad para lo que los otros llamaban América y él, Francisco de Miranda, había bautizado como Colombia, el continente entero para el que haría la primera constitución siguiendo las directrices de la revolución francesa y de la letra constitucional de los Estados Unidos de América. ¿Había soñado despierto durante estos cuarenta años?, se preguntó mientras el diluvio terrenal cobraba fuerza en La Guaira. Acaso fuera un iluso y nunca llegaría a las costas de Ítaca, ni jamás se vengaría de los pretendientes mantuanos que siempre lo habían menospreciado, a él, a su padre y a su apellido. Mejor haberse quedado en Londres con Sarah y sus hijos, escribiendo hasta el final de sus días sobre el reino de la utopía que habría querido implantar en toda Colombia, o en toda América. Esa denominación también había que ponerla en discusión sin pérdida de tiempo, porque el tiempo para un revolucionario es el fundamento esencial de su triunfo. En un minuto, puede un revolucionario alcanzar la gloria y cerrar el puño con fuerza mientras dentro de él late el fuego de San Telmo. En otro minuto, un revolucionario puede ver cómo lo llevan al cadalso por ladrón y criminal y, finalmente, lo sepultan en el averno del olvido para siempre, sin que los hombres tengan memoria de su epopeya frustrada. Porque un revolucionario tiene que saber correr siempre unos metros por delante de la jauría que viene detrás, como la langosta bíblica, a comérselo todo, con teas encendidas prendiéndole fuego a todo. Un revolucionario de verdad tiene que saber conducir a las masas hasta el borde del abismo por donde cae todo lo viejo y dar la orden exacta para evitar la tragedia descomunal del libertinaje. Lo sabía desde siempre, aunque su experiencia francesa se lo había hecho realidad. Y más vale una experiencia revolucionaria que todas las teorías políticas que había leído hasta hoy, cuando está tendido con los ojos entreabiertos en la cama de una casa prestada, en La Guaira,
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después de haber rendido el ejército republicano a Monteverde; mientras está tendido en su camastro de lujo oyendo llover en La Guaira y pensando si no hubiera sido mejor quedarse en Grafton Street, ver crecer a sus hijos y escribir la historia de su vida en el siglo de las Luces. “No, señores, creo que el pueblo venezolano no está preparado para la libertad y prefiera la autoridad esclavista con la que lo someten los españoles”, se oyó decir de nuevo en el salón de su casa londinense. Había que ver la cara de Simón Bolívar. Había que ver el gesto completamente désabusé de Andrés Bello y el pasmo de Luis López Méndez. “El elegido” para la libertad, el hombre del siglo, el primer gran americano, el ilustrado Miranda, iba a decir que no; que no iba a regresar a Venezuela después del fracaso del Leander. Un inmenso resentimiento se había instalado en su pecho e inhalaba la fuerza de la distancia: quería estar lo más lejos posible de Caracas y lo mantuanos. Y ahora los tenía allí, a los tres legados mantuanos pidiéndole a él, al falso conde de Miranda, al hombre más perseguido de la Historia por la política, la religión y el ejército españoles, el viajero y lector insaciable, la gran esperanza revolucionaria, que regresara a liberar las tierras de la patria, que ellos eran los embajadores plenipotenciarios del pueblo venezolano. Pero él sabía que no. Sabía a ciencia cierta que eran los nítidos representantes de las élites caraqueñas. Y sabía que esas élites no querían ninguna revolución de verdad, sino echar a los españoles de Venezuela y suplantar una clase de españoles por la misma clase de venezolanos. Más que revolución de libertades, Miranda sabía que lo que buscaban aquellos representantes de las élites era ponerlo al mando de un cambio de cromos, de un intercambio de tarjetas, echar a los españoles y quedarse ellos en el poder en Venezuela. Utilizarlo para sus planes de poder, e él, el general Miranda, que era un hombre de libertad. ¿Y el resto de su sueño de Colombia, el resto de su utopía continental? Mientras los oía, se iba dando cuenta de que su proyecto, pues, no era el de aquellos hombres ilustres que pensaban en pequeño, en lo suyo, en sus propios intereses personales, familiares y clasistas. Su proyecto era la revolución de
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la libertad que había aprendido a fondo en Francia, en Estados Unidos, en Inglaterra y en Rusia, su Grand Tour, su gran experiencia vital, que aquellos mantuanos nunca llegarían a entender. Pero, al final, cedió y volvió a encontrarse con la patria. Y ahora, en La Guaira, mientras oía el estrépito del agua estrellarse contra los tejados de la mansión de Las Casas en la noche negra de la retirada, volvía a preguntarse si había valido la pena, si no hubiera sido mejor quedarse en su casa de Londres, junto a Sarah Andrews, viendo crecer a sus hijos Leandro y Francisco, alejado definitivamente de los sueños de liberación continental que habían regido toda su vida. Ya no era el hombre fuerte de sólo hacía unos años, sino un anciano que cuando levantaba la vista sentía y casi veía la sombra cercana de la Sayona amenazándolo con quitarle el resto del tiempo. Había escapado tantas veces de sus garras a lo largo de sus años aventureros que había perdido la cuenta de cuántas vidas de las siete que le habían regalado sus esclavos le quedaban. Ya no era aquel tipo glorioso, con unos cincos pies y diez pulgadas de estatura, con sus miembros muy bien proporcionados y toda su figura activa, robusta y contundente. Ya no tenía la piel sana, lozana y oscura, sino llena de arrugas y pequeños promontorios negros, rojos y feos que le iban saliendo en la piel, en el cuello y en todo el cuerpo. Sus ojos, del color de la avellana clara, que miraban con la intensidad de un rayo, penetrantes, rápidos e inteligentes, de mirada severa, habían perdido el brillo y la potencia de antaño y ya eran sólo dos ventanas entreabiertas desde donde el general observaba su propia decadencia física. La dentadura, que había cuidado hasta el remilgo de convertirse en leyenda entre sus amigos la manía de su limpieza, estaba herida en cien focos que a veces sangraban con brevedad para recordarle a su dueño que se estaba acabando el tiempo. Su pecho, en la madurez de sus años, cuadrado, altivo y saliente, se había vuelto hueco e inservible, y las fuertes patillas grises que lo convertían en un varón sumamente atractivo para todas las mujeres estaban deslucidas ahora, raídas y en absoluto descuido. Ya no llevaba el pelo largo y fino atado por detrás de su cabeza, sino que parecía comenzar a pudrirse sin que su dueño llegara a saber exactamente las razones. Su curiosidad, su suspicaz pertinacia, aquella
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característica que mostraba en su rostro la tenacidad del elegido, había dejado paso a las huellas de un creciente desencanto. Todo eso lo había visto el general unos minutos antes de acostarse, en el espejo al fondo del cual y a sus espaldas vigilaba la sombra enhiesta de la Sayona disfrazada de Sonia Ostroversky tocando el piano. Había dejado de llover hacía unos minutos, y los ruidos de los plátanos y los insectos de la oscuridad volvieron a hacerse cargo de la noche del trópico. Respiró hondo, entre el resentimiento y la melancolía, y se repitió una de sus sentencias preferidas en esta parte de su vida. “Ah, que j´ étais jeune un jour!”, se dijo. Cuando Bolívar bajó de San Mateo a uña de caballo y pisó La Guaira, algunos de sus amigos más cercanos estaban esperándolo para darle las últimas novedades. Había noticias graves que no le iban a permitir descansar ni un segundo. Llegaba derrotado y humillado, no estaba para que le estuvieran contando chismes ni cuchicheos menores. Apenas respiró, preguntó dónde estaba el general Miranda. En su fuero interno, había dos cuestiones graves a las que tenía que hacer frente de inmediato. Primero, la realidad de que la patria se había perdido por su culpa y, segundo, cuánto ese trágico suceso iba a cambiarle la imagen ante los republicanos y, sobre todo, ante Miranda. El respeto que le tenía a Miranda estaba a punto de cruzar la línea roja del temor. ¿Cómo iba a recibirlo, qué le diría, qué iba a echarle en cara? Sabía de la crueldad verbal de Miranda, de su insaciable deseo de ganar todas y cada una de las batallas en las que entraba, de su hoja de servicios en ése y en todos los sentidos. Sabía que Miranda no soportaba a los perdedores que ni siquiera se daban cuenta de que eran derrotados precisamente por su inexperiencia en el combate, su inmadurez vital y su irresponsabilidad como militares. Volvió a preguntar dónde estaba el general Miranda, en qué casa se hospedaba con su estado mayor. Sus amigos, los oficiales inferiores en rango que habían acudido a recibirlo, le dijeron que estaba en la mansión de Las Casas. Le dijeron que la verdadera intención de Miranda era escaparse una vez más de Venezuela, pero esta vez con el tesoro y los dineros de la República. Le
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señalaron el Sapphire, anclado en el muelle veinte metros más allá de donde estaban hablando, con toda la tripulación a bordo y dispuesta a zarpar tal vez hacia Trinidad, a Aruba o Curaçao. ¿Miranda huir, abandonar a la república en este momento de zozobra, por qué?, se preguntó Bolívar, asombrado, con los ojos negros dando vueltas sin parar en sus cuencas, ¿por qué? Ha entregado el ejército, le dijeron, ha pactado con Monteverde la capitulación, lo ha hecho cobardemente, le dijeron. No le dijeron, sin embargo, que esa determinación tan desfavorable había sido tomada por el general de acuerdo con el Consejo de Caracas. De ese detalle tan importante se enteraría después, mucho más tarde, cuando su actuación ya no podía dar marcha atrás y todo se había cumplido según el guión que el propio Bolívar había ido construyendo mientras caminaba a pasos rápidos hasta la mansión de Las Casas. Le insistieron en la cobardía de Miranda, en la doblez de sus actos, en su secreto deseo de huir. Le dijeron que ya tenía en el barco los papelajos de su archivo y su biblioteca. Miranda se iba y los dejaba a todos atrás. Después de la derrota, su huida quemaría las naves. Seguro que Musiú Pancho, el admirado general de repente cobarde, volvería a Inglaterra, a esconderse entre las faldas de su mujer, culpando a los venezolanos del desastre. Y, además de cobarde, esta vez también era un ladrón, un traidor a la patria, un facineroso aventurero al que al final se le veían sus arteras intenciones. Todo eso se lo dijeron a Bolívar el coro de intérpretes mantuanos que habían ido a recibirlo al muelle a su llegada de San Mateo. Se fue enfureciendo de forma incontenible. Bufaba como un caballo mientras sus cómplices le iban contando las últimas novedades. Su cuerpo comenzó a temblarle de asco y sus ojos, desbocados como los de un animal salvaje perdido en la manigua cerrada y oscura, recorrían de un lado a otro todo el paisaje de La Guaira sin poder asirse a ninguna persona, a ningún objeto, a nada. Trataba de razonar y se perdía en un laberinto de furia que no le permitía pensar. Parecía un muchacho al que le acababan de quitar la novia, un tipo de repente desquiciado que no sabía qué hacer, pero sabía que algo había que hacer y con toda urgencia. Al fin y al cabo, él también era un elegido, era “el Bolívar”, el caraqueño en el que se fundían sesenta apellidos de alto pedigrí e
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indudable abolengo. Él era mucho más Venezuela y mucho más América que aquel medio canario que al fin se había revelado como lo era, un aventurero sin ideales y sin moral alguna, una pieza a extirpar cuanto antes de su camino y del sendero recto de la emancipación venezolana. De todo eso se iba convenciendo el coronel Bolívar mientras caminaba rodeado de sus oficiales hacia la casa en la que descansaba Miranda. De repente, se sentía liberado del peso de la derrota de Puerto Cabello. De repente, se veía como el protagonista de la Historia, el hombre que siempre había soñado ser. De repente, el coronel Simón Bolívar era, por la fuerza de los hechos, “el Bolívar” con el que toda la vida habían soñado los suyos, los mantuano caraqueños y, sobre todo, él mismo, el ambicioso y certero militar que veía claro, en pleno muelle de La Guaira y después de su fracaso, que lo que le había enseñado su maestro Simón Rodríguez era verdad, que un hombre de verdad puede ser derrotado una y otra vez, pero nunca, nunca, nunca destruido. Si unía a esa nueva y no tan repentina convicción que la estirpe de los Bolívar que se fundían ahora en su persona llevaba allí, en Venezuela, desde el tiempo en que Venezuela no se llamaba todavía Venezuela; y teniendo en cuenta que el general Miranda era la primera generación, por padre y por madre, venezolana y que procedía de una clase inferior, cuyo padre no había dado más que problemas a los linajes fundadores de Caracas, ¿qué cosa era Miranda más que un advenedizo que se había colado sin esperar turno y sin pedirle permiso a nadie? ¿Cómo se habían dejado convencer los venezolanos, y él mismo, un mantuano puro, por aquel seductor cuya sospechosa biografía debería haber sido clave para que entendieran al personaje oportunista, iscariote y ladrón? Un falso aristócrata al que incluso su padre, Juan Vicente Bolívar, había escrito una carta contemplándolo como hijo primogénito de la patria cuando Miranda no era más que un teniente coronel del ejército español que había destacado en los frentes militares de África y en la península de La Florida, sobre todo, en la batalla de Pensacola contra los ingleses. Por el puerto de La Guaira adelante, rodeado de sus intrigantes amigos, Bolívar caminaba sumido en los más negros pensamientos. Porque a un traidor, pensaba, puede matarlo de un
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sablazo cualquiera sin que nadie se lo vaya a tener en cuenta, ninguna autoridad, ningún juez, ninguna justicia. Llevaba la frente cruzada de lado a lado por arrugas que iban y venían conforme sus confusos pensamientos venían e iban de un lado a otro de su cabeza. En esos momentos de ofuscación, su rostro moreno se acardenalaba aún más. Su mirada se tornaba ferozmente sombría: miraba a todos lados como si estuviera reteniendo al mundo entero en ese acto casi siempre reflejo. Su cuerpo ligero y de pequeña estatura se crecía desde los hombros hacia arriba, como si su alma quisiera escaparse de su físico y tratara de llegar al lugar de su destino cuanto antes. No hablaba con nadie ni atendía el bisbiseo de quienes le acompañaban. Turbio en sus manejos mentales, parecía en esos momentos un enajenado que estuviera conteniendo un inminente ataque epiléptico. Así era su cólera desde que era un niño, una cólera que había ido creciendo con los años y que, cuando se apoderaba de él, desbloqueaba ciertas fuerzas interiores a las que daba rienda suelta en su exterior. La leyenda de su infancia en la que se especulaba con la crueldad del niño con los negritos que le traían de sus haciendas familiares para que jugara con ellos hasta incluso matarlos, no era más que un infundio de sus muchos enemigos, de los envidiosos que anhelaban su prestancia, su situación social, aquella mundanalidad que sin caer en la cuenta buscó siempre rivalizar con la de Miranda. De modo que, en medio de la tensión, caía sobre Bolívar todo el peso de la tradición familiar y una losa inmensa que lo convertía en otro muy distinto al que había nacido en Caracas en cuna de mantuanos. Su destino entrevisto en París y en el Monte Sacro, Italia, cuando vio coronarse por dos veces a su hasta entonces gran ídolo Napoleón Bonaparte, y primero la emoción y luego el asco hacia el Emperador, lo hicieron soñar con ser él, Simón Bolívar, quien consiguiera liberar del yugo español a su patria venezolana.

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CUATRO

Mucho antes de intuir parte de su destino histórico, y de querer ser él mismo la Historia, Simón Bolívar se había acostumbrado a ser el heredero de los grandes cacaos familiares, el llamado a ser el gran prócer de la familia. La mala suerte de sus primeros veinte años, la muerte de su padre y de su madre cuando era un niño, y el fallecimiento de su mujer seis meses después de haberse casado en Madrid con diecinueve años de edad, lo había convertido en un ser reconcentrado, complejo, retraído durante muchos días en los que parecía ausente; un ser enrarecido del que incluso sus amigos llegaron a decir que era un pedante inaguantable, con ínfulas de esclavista, de conspirador revoltoso y con señales del caudillaje al que luego se entregaría por el resto de su vida. Seguramente aquel carácter suyo de niño mimado fue creciendo con las desgracias hasta convertir la pena en furor incontenible frente los adversarios que se le resistían en sus contiendas verbales o amorosas. Sin contar su comportamiento en las batallas de verdad, aquéllas en las que sabía que se estaba jugando la Historia a una sola carta, a vida o muerte. Y ésta de ahora, pues, mientras caminaba hacia la mansión de Las Casas a
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enfrentarse con el generalísimo, el gran Miranda, su ejemplo durante tantos años, el hombre que lo había introducido en la masonería, que lo había convertido en “lautaro”, miembro de la Logia de los Caballero Racionales, la Gran Reunión Americana; el generalísimo que lo había ascendido a coronel en Valencia y le había dado en mala hora el mando de la plaza de Puerto Cabello, su gran desgracia, el lamentable episodio que ahora lo llevaba hacia Miranda con los más negros pensamientos. O no matarlo nada más llegar a la mansión de Las Casas, pues, pensó mientras caminaba agrandando sus pasos sobre el barro de La Guaira, sino juzgarlo, hacerle con los presentes en la conspiración que ya se veía venir, un consejo de guerra sumarísimo, un juicio histórico y, entonces, condenarlo a muerte. A una muerte inmediata, sin ningún indulto posible, no dar pie ni tiempo a que interviniera más que él, Simón Bolívar, y Las Casas, y las autoridades republicanas, y los jefes y oficiales que estuvieran en la casa en la que se hospedaba Miranda. Un fusilamiento en toda regla. Para acabar con el generalísimo en estos momentos de derrota, no era necesario un consenso tramado durante días, en discusiones interminables en las que cada uno de los conjurados intervenía para dejar clara su vanidad, su vacuidad de fondo y sus intereses casi siempre reprochables. Para acabar con Miranda se bastaba él. Sólo él convencería a todos los demás con su actitud indeclinable de jefe supremo de esa misma conspiración. Los rumores de que Miranda había sido filadelfo, miembro de una secta masónica cuyo mayor objetivo fue asesinar a Napoleón Bonaparte, habían llegado a sus oídos desde su estancia en París, cuando elogiaba en público y en privado la biografía inmensa del ahora de nuevo traidor a la patria, Francisco de Miranda. Pero él no tendría que organizar rituales franceses ni discusiones, ni juramentos ni cómplices de nada, porque los hechos estaban tan claros que nadie se negaría a juzgar a Miranda por traidor a la república. De modo que no tendría escapatoria, sobre todo, porque las pruebas de su huida estaban en el muelle de La Guaira, el Sapphire. Aquella sombra más o menos lejana a la que ahora Bolívar miraba hacia atrás con rencor y de soslayo de vez en cuando, mientras seguía caminando casi a la carrera hacia su destino, era más que suficiente para que el castigo recayera sólo y
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exclusivamente sobre la cabeza de Miranda, el máximo y a la vez único responsable de la traición por entregar el ejército a Domingo Monteverde. Ahora los hombres que lo seguían camino de la mansión de Las Casas a buscar a Miranda, hablaban entre ellos y maldecían a Musiú Pancho, sin ningún respeto hacia quien unas horas antes era el gran valedor militar de los patriotas venezolanos. Decían, entre chascarrillos y bromas oscuras, que Bolívar no cortó de raíz cuando comenzó a oírlas, que Musiú Pancho era un vividor, un engreído soberbio que les hablaba en francés para que ellos no entendieran, para humillarlos. Toda su biografía de gran hombre era un invento completo de sus muchos compañeros masones. Eso de que, incluso había llegado a ser amante de la rusa, de Catalina la Grande, era un rumor que el propio Miranda había alimentado con su silencio. Si en todo caso estuvo cerca en alguna ocasión de la zarina, en la vida había entrado en su alcoba y mucho menos en su lecho. Potemkin habría mandado de inmediato que le cortaran la cabeza al venezolano indecente, el usurpador que se hacía pasar por conde de Miranda en la corte rusa, el mentiroso que mendigaba dinero para la causa de la secesión de las colonias españolas y luego se lo robaba para él, para vivir a cuerpo del rey que quería ser. Aquella hazaña que había corrido como la pólvora ardiendo, la toma de Amberes para el ejército revolucionario francés, había que ponerla de nuevo en tela de juicio. ¿Que Musiú Pancho, el mismo que había agachado la cerviz ante los realistas españoles y había puesto de rodillas al ejército republicano de Venezuela, había sido un triunfante general de la revolución francesa? Mentira. Eso formaba parte de la leyenda levantada por los masones a favor de Miranda, que no era más que un viejo traidor, curtido, pues, en mil pequeñas trifulcas que se iban engordando con el tiempo hasta transformar cada uno de los actos de su vida en mitología. Eso decían los hombres que seguían a Bolívar, exaltados por el olor de la muerte inmediata de Miranda, con la lengua suelta y llena de improperios contra el hasta hace nada y todavía generalísimo del ejército secesionista venezolano. Bolívar los oía hablar y, en su fuero interno, los despreciaba profundamente. Él sabía casi mejor que nadie quién era el general Miranda. Sabía que sus honores no habían sido gratuitos y que sus
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medallas en los frentes de batalla eran una realidad que nadie iba a negar, y mucho menos aquellos compatriotas suyos que se reían de Musiú Pancho a sus espaldas, pero que habrían temblado de pavor en su presencia. Los dejaba hablar, que se desbocaran, que dijeran ahora lo que quisieran y después se callaran y lo dejaran hablar a él, sólo a él, a Simón Bolívar, el nuevo caudillo mantuano. Miranda había perdido ya todas sus oportunidades de ganar, la suerte lo había abandonado y ahora estaba en peor situación que cuando llegó con el Leander sin que nadie lo hubiera llamado. ¡A liberar Venezuela y toda América sin que nadie se lo hubiera encomendado! Así era Miranda, el presuntuoso, el resentido, el tipo al que no le gustaba perder ni un palmo de terreno en la batalla, el monseñor de la guerra y el mariscal de campo, el hereje, el embustero, el farsante, el personaje atractivo y legendario por el que se desmayaban las mujeres de cualquier parte del mundo. Pero ahora, Francisco de Miranda no era más que un viejo que se resistía a la idea de que su tiempo ya había pasado y que sangre más joven y con más suerte iba a arrebatarle el bastón de mando y el lugar preferente de la Historia. Él no estaba traicionando a nadie: Bolívar estuvo siempre al servicio de la patria y, hasta hoy, había respetado a Miranda como su generalísimo. Cierto que en su admiración hacía él se escondía una oscura sospecha de clase que, según Bolívar, Miranda no había superado jamás. Al fin y al cabo, no era más que el hijo de un mercader canario que había querido escapar de su destino en la nada fabricándose una biografía de héroe mayor. Cierto, pues, que casi lo había conseguido. Había llegado a lo más alto de la fama cabalgando a las mujeres más hermosas del siglo y batallando con la palabra y las armas en las cortes del mundo entero y en todas las guerras relevantes de los últimos cincuenta años. Había conseguido, entonces, que todo el mundo lo respetara, que muchos lo quisieran, que otros muchos más lo odiaran, que bastantes lo respetaran y que una multitud de gente lo temiera como a un terremoto. ¿En qué tribu se colocaba él ahora? En todas, pues, el coronel Bolívar se situaba en todas las jarcas, porque sucesivamente y al mismo tiempo, había admirado, respetado, querido, temido y, ahora, odiado al generalísimo Miranda.
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Era de sentido común, pues, haber pensado en más de una ocasión que llegaría el momento de enfrentarse con él. No cabían los dos en la Historia, ni en Venezuela ni en América. De modo que uno de los dos, o Miranda o él, tenían que bajarse del siglo para quedar en el arcén del olvido, masacrado por el desprecio popular y el fracaso de su empeño. Toda su vida había sido así, un reto consigo mismo, una búsqueda insaciable y ansiosa de su personalidad superior, una persecución interminable por llegar a ser el gran prócer de su casta, el más alto y más digno personaje de sus sesenta linajes, sangres a las que por todos los medios buscó trascender hasta transformarse en el jefe insustituible, el eslabón necesario, el árbitro incontestable, el césar obligatorio. A él no le pasaría nunca lo que iba a sucederle a Miranda dentro de muy poco tiempo, porque sabría guardarse de los amigos y de los enemigos, sabría condenar improperios y conjuraciones contra él, antes incluso de que se produjeran. “Oh, mon Dieu, délivrez-moi de mes amis, car de mes ennemis je me charge”, se dijo citando a Voltaire, su pensador favorito, cuando ya estaba llegando al portón de la mansión de Las Casas. Contó la tropa que le seguía chapoteando en el lodo. De reojo, los miraba caminar con una confianza renovada, como si su llegada a La Guaira hubiera servido para resucitarlos. Allí estaba el capitán Fernández-Alcalde, una suerte de armario algo afeminado y del que los suboficiales decían en secreto que era un marico convencido y peligroso; y allí, detrás de ese FernándezAlcalde siempre envarado y pedante, andaba como podía, resbalándose a veces en el lodazal e irguiéndose nuevo con evidentes esfuerzos, el sargento mayor Retamar, cetrino, lánguido, con la mirada perdida en el primer objeto que se le ponía por delante, cansinos sus pasos de cuerpo cansado por tantas batallas perdidas. “¿Cuántos somos, Retamar?”, le preguntó Bolívar sin mirarlo. Retamar dio un respingo, como si Dios le hubiera dado una voz desde el cielo para infundirle ánimos al nombrarlo con su apellido. De modo que el coronel Bolívar se acordaba de su nombre. Y seguramente se acordaría de la vez que, en los
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burdeles de Macuto, lo acompañó a putas como custodio. La vez misma en que el coronel Bolívar llegó a la puerta del burdel y le hizo a Retamar la misma pregunta, que cuántos eran. Y después, Retamar tocó a golpes en la puerta del cuchitril donde sonaba la música y preguntó que cuántos había allí dentro. Que salieran todos inmediatamente y que se fueran, porque llegaba el teniente coronel Bolívar y no quería ver allí a nadie en ese momento, salvo a sus hombres de confianza y a las mujeres que venía a buscar. “Doce, mi coronel, somos doce”, contestó Retamar a pocos metros de la mansión de Las Casas. Bolívar asintió: doce y él, trece. Como el verdadero Mesías y los doce apóstoles. Echó su pecho hacia delante y se preguntó a sí mismo cómo se encontraba de ánimo, una vez que había controlado la cólera que lo asolaba cuando llegó a La Guaira y supo de las últimas noticias, de la rendición del ejército republicano y la traición de Miranda. Se miró por dentro y por fuera, como en un espejo, y se vio en un instante como seguramente lo veían sus hombres. Como lo veía todo el mundo: un tipo de estatura mediana, más bien baja, que casi siempre trataba de caminar como si fuera más alto, la estatura que le iba a brindar la Historia, pues; sí, era delgado y flaco, pero fibroso, lo que no eliminaba en quienes lo conocían de cerca la sospecha de que alguna vez, ya en su lejana infancia, tuvo tisis, tal vez, tuberculosis. Quién se atrevería a preguntarle ahora, cuando estaba tan crecido y caminaba hacia su destino de héroe sin importarle los riesgos, que quizás estuviera a punto de correr. Su grande y despejada frente iba ahora cruzada por la tensión contenida, surcada por hondas arrugas, como si una corriente de mal humor dominara la fuerza de su alma; como siempre, tenía el pelo crespo, erizado y negro, aunque ligeramente encanecido, pero lo que destacaba a primera vista de su personalidad física eran sus ojos negros, de mirada tan penetrante y firme que parecían una parte independiente de aquel cuerpo menguado que quería seguir creciendo en la Historia; los ojos, con sus cejas espesas y separadas. Y los carrillos agudos, que terminaban en una barba larga y afilada. Los guardianes de la mansión de Las Casas vieron llegar a aquella tropa y reconocieron inmediatamente que a su frente venía
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el coronel Bolívar, recién llegado de su hacienda de San Mateo. Uno de los guardianes corrió hacia el interior para avisar a los huéspedes de que estaba llegando el coronel Bolívar, mientras el oficial de guardia mandaba posición de firmes al resto de los custodios y se ponía a la orden de Bolívar dándole las novedades. El coronel lo miró de frente y le preguntó con un gesto de mentón que el oficial de guardia entendió a la primera. Sí, estaban allí, en el interior de la casa, aunque no le dijo quienes ni cuantos; y sí, el generalísimo Miranda también estaba allí. Se había cansado de discutir con sus subordinados. El oficial no había podido dejar de oír las voces del generalísimo, hablando alto y en francés, contradiciendo uno a uno a todos sus interlocutores que, a veces, callaban, o se alborotaban hablando todos a la vez. “Siga…”, le ordenó Bolívar en el momento en que el oficial de guardia pretendió callarse porque quizá pensó, de repente, que estaba hablando más de la cuenta. “Pero ya hace rato que no escucho la voz del generalísimo. Y los demás señores han bajado la voz, como si ya no discutieran. Tal vez el generalísimo se ha echado a descansar en sus aposentos”, dijo y volvió a ponerse en posición de firmes. En ese momento, salió a recibirlo el dueño de casa, Manuel María de Las Casas, con los brazos abiertos, como si estuviera viendo de repente la salvación del país en el cuerpo de aquel hombre enjuto y al mismo tiempo vivaz, impaciente, sobre el que ya se notaba por anticipado una aura de gloria que nadie podía refutar a poco que se fijaran en su silueta. Esa aureola, pensaba De Las Casas, venía a enfrentarse con el gigante loco que dormía en sus aposentos como si no se estuviera jugando el futuro del mundo en aquel lugar y en ese mismo momento. Pero el generalísimo podía dormir lo que quisiera, mejor en todo caso así. Eso facilitaría las cosas a los conjurados que ya estaban convencidos de lo que había que hacer, aunque esperaron a que llegara el coronel Bolívar para que se pusiera al frente de todos ellos: el propio Manuel María de las Casas, Miguel Peña, los coroneles Juan Paz del Castillo, Manuel Cortés y José Mires; los comandantes Tomás Montilla, Miguel Carabaño, Rafael Castillo, José Landate y Rafael Chatillón, y, finalmente, el sargento mayor

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Juan José Valdéz. Todo un ejército de autoridades, pura fibra de mantuanismo caraqueño. Ahora tenían que ponerse de acuerdo entre ellos, todos de la misma clase social, todos con sus linajes principales en el rostro de su poder, en lo que iban a hacer con el generalísimo. Sin haber caído del todo en la cuenta hasta muy poco tiempo antes, los conjurados sabían ahora, después de llegar Bolívar a la casa, que tenían en su poder al rehén de mayor valor en ese momento, al traidor, al hereje al que España llevaba tratando de arrestar más de treinta años. Tenían al farsante en sus manos, un tipo que ahora se tornaba para ellos en personaje de incalculable valor. Lo primero que dijo Bolívar, con las mandíbulas casi cerradas, a media voz, es que había que juzgarlo en consejo de guerra y condenarlo a muerte. “¡Hay que rasparlo cuanto antes!”, dijo sin contemplaciones y sin mirar a la cara de ninguno de los conjurados. Al fin y al cabo, sabía que ninguno de ellos iba a llevarle la contraria, aunque ahora guardaran un silencio cerrado ante su iniciativa. No iba, pues, a discutir con nadie lo que había que hacer, ni siquiera después de saber que Miranda tenía autoridad para pactar con Monteverde en las condiciones que estimara más convenientes. “Eso no justifica en nada su traición”, contestó Bolívar a las tímidas objeciones de algunos de los presentes. “La traición a la patria se paga con la muerte, sea quien sea el traidor”, añadió. Seguía hablando en voz baja, con lentitud, entre dientes, como si masticara cada una de las sílabas o las estuviera grabando a fuego en la mente de cada uno de los jefes que estaban en aquel salón haciendo la Historia. “Es una moneda de cambio, mi coronel”, dijo entonces el comandante Tomás Montilla, con sus dientes de rata y sus ojos de hurón a punto de lanzarse sobre la presa. “¡Miranda una moneda de cambio!”, pensó Bolívar. Era verdad que muerto no iba a servirles de nada, salvo de ejemplo para futuros traidores que quisieran seguir el mismo camino y creyeran que iban a salir indemnes de su aventura. Era verdad que Miranda vivo era un tesoro con el que Bolívar, De Las Casas y sus hombres podían intercambiar beneficios repentinos en el lamentable estado en el que se encontraban, acorralados en una
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esquina de Venezuela, con un pasillo angosto para enviar mensajeros a Caracas. Y Monteverde acosándolos con sus ejércitos a pocas leguas de distancia. ¿Y no querría Monteverde arrestar a Miranda en estas circunstancias, después del pacto que habían hecho y tras la rendición del ejército republicano? Los pensamientos de Bolívar iban y venían de Monteverde a lo que había dicho Tomás Montilla y de Mantilla al generalísimo Miranda, que ya no era más que pasto de su soberana e inmediata voluntad. Nadie, pues, parecía llevarle la contraria. Nadie iba a oponerse a los planes que el coronel Bolívar iba cambiando conforme pensaba a toda velocidad lo que le convenía hacer. Sí, no había que matarlo, no había que juzgarlo, había que detenerlo, meterlo en el fondo de la cárcel de La Guaira, vigilarlo para que no se escapara y que nadie procurara su huida. La leyenda del generalísimo Miranda estaba plagada de huidas al borde del abismo. En el instante mismo en que estaba a punto de ser detenido y ajusticiado, había escapado a sus perseguidores, se había esfumado bajo la tierra o escondido en las sentinas de un barco inglés o francés. De modo que era conocida en todo el mundo su habilidad para escapar del lazo, de los barrotes y la guillotina en el momento exacto en el que nadie daba ya por él ni el más mínimo de los valores de la época. Se sabía de sus dos condenas a muerte por parte de los jacobinos, inminencias de las que se había defendido en juicio él sólo, dejando que las pruebas a su favor fueran saliendo a flote con el tiempo, sin moverse del lugar en donde estaba recluido aunque lo tentaran con un puente de plata y puertas abiertas. Sí, pues, de aquel París revolucionario y del terror, había escapado por dos veces Miranda. Y había escapado durante más de tres décadas del poder del imperio español. Y se había escabullido de la Inquisición varias veces en su vida, encerrándose por un tiempo entre las sombras de la nada. Hasta que se cansaran de él, se olvidaran del último pseudónimo que le habían descubierto y le dejaran tierra ancha para volver a convencer a los ilustres de la tierra de la que él, el general Francisco de Miranda, era el único capacitado para llevar a cabo el cambio en el mundo, para liberar a las colonias de América del yugo secular del imperio español. Ése era el escurridizo y legendario personaje que Simón Bolívar y sus
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amigos mantuanos tenían ahora en sus manos, mientras conspiraban contra él en la mansión de Las Casas. Claro, pues, que era un tesoro para el juego de intercambios que entreveía el coronel Bolívar en sus rápidos y a veces contradictorios pensamientos. De la antigua admiración por su jefe máximo no quedaba nada. Todo el afecto que alguna vez pudo haber sentido por quien lo había introducido en la masonería y, aunque se lo negara repetidamente a sí mismo, había sido su ejemplo secreto de hombre, militar y político, se había borrado de su alma hasta llegar a ese momento supremo en el que no había más remedio que enfrentarse al reto de detenerlo, tomarlo preso y acabar con su leyenda. Nadie había podido hacerlo hasta ahora. Ni los gobiernos que lo habían perseguido, ni la Iglesia, ni los enemigos personales que a lo largo de su vida habían sido legiones, ni los envidiosos que jamás lo habían tragado ni a todas aquellas jarcas en las que Miranda había sido siempre mal mirado y que ahora estarían de acuerdo con que se le metiera preso y se le relegara a la oscuridad de una celda lóbrega y sombría. Lo que había crecido en el alma de Bolívar en lugar de aquel afecto era un rencor ronco, seco e irracional que había convertido a Miranda en su peor enemigo; un obstáculo a quien no permitiría más que hablara con los conjurados, que tratara de convencerlos para volver a las andadas de su aventura como jefe de la causa secesionista. Además, para todos estaba del todo claro que Miranda era un ladrón que quería escaparse con lo que quedaba del tesoro de la pobre república que ahora se tambaleaba gracias a la rendición de su ejército. De modo que no había nada que hablar con los conjurados, no había que perder tiempo. Simplemente había que entrar en los aposentos de Miranda, despertarlo, no permitirle que reaccionara, tomarlo preso, conducirlo a las mazmorras malolientes de la cárcel de La Guaira, llena de criminales y maleantes de las peores especies. “¡Ésa es la vaina y más nada!”, ordenó Bolívar. Los conjurados se miraron entre sí y asintieron al instante. “La Historia nos absolverá”, dijo después, borrando la sospecha de traición que volaba en el salón de los conjurados. Carlos Soublette, el edecán y hombre de confianza del generalísimo, también estaba presente. Había guardado un
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silencio absoluto hasta ese momento y ahora lo único que parecía hacer era aceptar la decisión de los conjurados con un gesto de asentimiento de su cabeza. Él mismo, el coronel Soublette, sería el encargado de despertar al generalísimo y hacerle ver que no podía resistirse a la voluntad de los jefes que habían decidido su destino inmediato. En efecto, Miranda dormía profundamente cuando Soublette se aprestó a entrar en sus aposentos para despertarlo. Minutos antes de entrar en el sueño resbaladizo que lo mantenía inerte, Miranda había pensado en sus esfuerzos baldíos. En el duermevela, aceptó a regañadientes que esa nueva operación había sido otro fracaso en su vida, el peor de todos. Con los dedos de su mano derecha, contó las veces que se había escapado de la muerte, su perseguidora, la Sayona. Entrevió, cuando ya iba perdiendo el sentido de la realidad en medio del manto de húmedo sopor que se le había echado encima, que la suerte que le habían regalado sus esclavos, en el ritual de la infancia del que nunca se había olvidado a pesar de que la razón articulaba cada uno de sus pensamiento y actos durante toda su vida, se le había escapado con el paso de los años. En su sueño, se reproducía ahora su casa de Londres. Se veía a sí mismo como un viejo viajero lleno de aventuras que contar, ordenando los papeles del inmenso archivo para dejar constancia de que cada uno de los pasos que había dado en su vida iban todos dirigidos a la causa de la liberación. No a todos los ilustres nombres de los cientos y cientos que figuraban en los archivos escritos y en los de su memoria les había tenido simpatía. Por el vinagre de Washington no había sentido nunca el más mínimo afecto. Por el pajillero Pitt, simpatía y cariño a ratos, incluso complicidad, y a ratos todo lo contrario. Por el celoso Potemkin, tampoco había sentido condescendencia alguna y, a pesar de sus deferencias mutuas, se soportaron a duras penas. Sabía desde siempre que Potemkin nunca le tuvo confianza. El ruso sospechaba que era un oportunista; que, además, había fascinado con sus encantos masculinos y sus sueños libertarios a Catalina la Grande. De modo que los celos habían estado siempre presentes en esa relación aparentemente amistosa. ¿Y por Simón Bolívar? Si en algún momento lo acogió como alumno predilecto, de inmediato desechó ese sentimiento.
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Ya tenía otros padrinos con los que el generalísimo nada tenía que ver, salvo grandes distancias de todo género. Y era un mantuano redomado con los mismos vicios y defectos históricos, la misma arrogancia e irracionalidad de los que habían atacado y amargado a su padre, Sebastián Miranda, durante toda su juventud. No se olvidaba de aquellos desaires y humillaciones y recelaba de él. Como si un instinto superior a la razón le estuviera avisando en su interior del peligro que corría estando cerca de aquel coronel que lo miraba siempre con ojos brillantes y torvos, el mismo que había demostrado su incapacidad militar y estratégica al perder Puerto Cabello. Pero, en el mismo duermevela, el generalísimo no se daba cuenta de que estaba soñando con un futuro que nunca habría de llegar. En su sopor, en su cansancio, en los síntomas de aquella vejez que se le había caído encima al perder su ejército, estaba escribiendo en el aire de su memoria un tiempo venidero que nunca sería el suyo, el que en ese momento le hubiera gustado vivir en Londres, en su casa, con su familia. Sí, pues, era el subconsciente de un perdedor el que le servía las secuencias, los nombres, algunas mujeres de su vida, sus aventuras bélicas, la causa patriótica por encima de todo, su casa de Londres otra vez, Sarah, sus hijos, todos envueltos en un confuso laberinto que le volvía irrespirable el aire de sus aposentos prestados, todos en un révolu lleno de torbellinos y pesadillas. Ahí, cerca de ese sueño, en un lugar del turbión de imágenes que se iban sucediendo en la mente suelta del generalísimo, aparecía el elemento crucial de la revolución en la que había participado, una guerra que cambiaba el mundo para siempre. En ese rincón de su sueño, pero bien visible a sus ojos, estaba la guillotina. Era una guillotina dorada, fabricada y pensada expresamente para su cuello y para su muerte, el cuello de un general francés que era venezolano y español; un general heroico que, sin embargo, había sido acusado de traición a la revolución y condenado a muerte. Y allí estaba aquel aparato destructor esperando a que Miranda pagara todos sus errores y todas sus traiciones. Desde lejos, como un eco oía una voz que se le parecía a la suya. Una voz que le gritaba al oído, ensordeciéndolo por un momento y casi despertándolo de aquel raro sopor que lo mantenía dormido.
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“¡El horror, el horror!”, gritaba la voz de un espectro desconocido. Una voz que le repetía la misma palabra una y otra vez, decenas, cientos de veces, hasta convertir su sopor en un baño de sudor helado que le hacía temblar todo el cuerpo, como si fuera un epiléptico. Nunca en su vida había sentido miedo, nadie podía echarle en cara que el pavor se hubiera apoderado de él ni en el peor momento de toda su existencia aventurera, de toda su vida de militar, de toda su experiencia de hombre ilustrado y mundano. Se había paseado por todos los frentes de Europa con el mentón en alto y con las armas en la mano. Había dirigido el ejército francés de la revolución en la toma de la ciudad de Amberes, cuando todo el mundo creía que iba a perder la batalla. Y ganó Amberes para el futuro de la Historia. Más joven todavía, había inventado una estrategia colosal, cuando era capitán en el norte de África, para tomar la ciudad de Argel y derrotar a la morisma rebelde al imperio español, aunque sus superiores del ejército no lo tomaron en cuenta: demasiado riesgo, demasiada juventud, tal vez. Después, había entrado en todas las cortes europeas y había terminado por conquistar a los gobiernos ingleses, norteamericanos y europeos. Había terminado seduciendo princesas y fregonas, amas de casa y viudas necesitadas de consuelo. Nunca había tenido miedo a ningún horror, ni siquiera en los momentos en que tuvo que huir de peleas innecesarias, un rasgo de su gran astucia que había llegado a ser también legendario. Y, entonces, de repente, ¿qué era esa noche, en qué oscuro sopor estaba perdido, en qué pesadilla sin norte se encontraba, cómo huir ahora de aquella guillotina que llevaba su nombre y detrás de la cual vislumbraba la sombra tenaz de la Sayona, la muerte que lo perseguía desde el principio de su juventud? Otra vez la Sayona, que en los últimos tiempos se había convertido en una compañera casi familiar del generalísimo, se lo musitaba al oído, en pleno sueño: “Tu turno, general Miranda, es tu turno”. Y señalaba con un largo y huesudo dedo índice, sin carne y sin uña, la guillotina de oro que había construido para él su propio destino de nómada sentimental. Lo que el sueño insistía en venir a dibujarle no era más que el fin de su vida, el acabamiento definitivo, el descanso. Un
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descanso que iba a producirse lejos de su casa de Londres, lejos de la gloria con la que había soñado cada vez que se vestía el uniforme de general francés, español, venezolano, cada vez que se vestía con el uniforme verde de coronel del ejército de la zarina. ¿Y qué había hecho él, cuál era su hazaña para ser coronel del gran ejército ruso de Catalina la Grande? En los campos de batalla, nada. En el lecho de la emperatriz rusa, menos, a pesar de la leyenda. Sí, pues, había estado muy cerca de ese tesoro, había sentido muy de cerca el perfume único de la zarina que le había otorgado sus favores personales, pero nunca la había catado del todo. Sí, pues, claro, él la había deseado y estaba seguro, ahora mismo, en ese sueño final, que Miranda creía que era su testamento, que a ella también le hubiera gustado mucho poseerlo, tener al varón americano encima de su cuerpo poderoso y femenino, cogérselo hasta el final de sus fuerzas. Pero nada de eso en la práctica se había llevado a cabo. Todas las ocasiones se esfumaron por la vigilancia de Potemkin y la prudencia de la emperatriz. Sólo había podido hacerlo coronel del ejército ruso como contestación a las repetidas quejas de los embajadores del gobierno español, que una vez tras otra llevaban cartas de agravios a la corte rusa, donde se encontrara en cada momento la zarina. ¿Cómo es que le permitían a un hereje, a un delincuente, a un libertino contumaz, a un enemigo declarado de España, a un farsante, a un traidor, pues, cómo es que la emperatriz de Rusia le permitía que anduviera vestido y pavoneándose con el uniforme de general del ejército español, nada menos que con el uniforme de general? Y la emperatriz de Rusia, la zarina, Catalina la Grande, se reía a carcajadas cada vez que recibía uno de esos memoriales españoles pidiéndole la cabeza de su favorito intocado, el americano falaz, el venezolano seductor, el caballero del Nuevo Mundo, el gran hombre del futuro, el gran conquistador de las cortes europeas. Cansada de las quejas españolas y de ver a Miranda con un uniforme militar que se había convertido en un dolor de cabeza para ella, dio la orden de que el caraqueño fuera nombrado y contratado con el rango de coronel del ejército ruso, de modo que desde ese momento Miranda se paseó y bailó en los salones de toda Rusia con el
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uniforme verde de los rusos. Un agravio más que apuntarse contra el imperio español, la Gran Madrastra, como él la llamaba en sus cuitas y querellas, la Gran Madrastra que se había empeñado en capturarlo persiguiéndolo por todo el mundo sin haberlo conseguido después de más de treinta años de minuciosa e infructuosa labor. En aquel sueño que Miranda creyó, mientras dormía, que era su condena a muerte, le pareció entrever, dibujado por las mismas sombras esquivas, el rostro mortuorio de la Sayona. Primero se le pareció a alguien muy igual a Catalina, pero enseguida su subconsciente desechó aquella idea loca de su pesadilla. Después, se transfiguró vagamente en el rostro de la Gran Madrastra, la vieja y decrépita España, la España corrupta e ignorante del resto del mundo. Pero, al final, aquel monstruo tapado con una manta, tan negra o más que la noche en un pozo ciego, se fue acercando hasta su rostro nervioso y bañado por el sudor de la pesadilla para explicárselo muy de cerca, sin margen de error. “Soy yo, Pancho, soy tu patria”, le dijo al oído. “Soy Venezuela, tu amor, tu pasión, tu sueño, tu gloria, tu vida. Soy tu tumba, y vengo a reclamarte tu traición”, añadió echándole encima el hedor de la gloria de la nación, de una alitosis insoportable.

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CINCO

Todavía no había salido del todo de la pesadilla cuando sintió los pasos de su edecán entrando a sus habitaciones. Trató de incorporarse en el camastro e incluso alargó su mano derecha para abrir el mosquitero. En la total oscuridad, con los ojos aún quitándose el sopor de la mirada, reconoció a Carlos Soublette y se calmó de nuevo. Su edecán representaba para él la lealtad probada en mil dificultades. Era un hombre alto y fuerte, con un rostro que exhalaba nobleza en cada uno de sus gestos y una educación mundana impropia de los mantuanos venezolanos. “¿Ya es la hora, Carlos?”, le preguntó sin levantarse del lecho. El edecán traía un candil de aceite en la mano derecha y su luz le encendía el rostro. Miranda no veía, sin embargo, que hubiera empezado a amanecer en La Guaira. Además, le pareció que no había transcurrido la noche y que el tiempo se había esfumado en un segundo de pesadilla. Comenzó a desperezarse una vez que vio a su edecán acercarse hasta la cama. Sabía que estaba cumpliendo sus órdenes. Al final de la noche, cuando se acostó y dejó en el salón a los conspiradores enredados en un diálogo imposible y babélico, le había dicho a Soublette que lo despertara en cuanto las primeras luces empezaran a caminar en el horizonte. Allí, en La Guaira, amanecía mucho más temprano que en el resto del país. Y él tenía que ponerse en marcha, dar las órdenes al capitán del Sapphire para que todo estuviera preparado y zarpar hacia Trinidad en cuanto él y los que iban a acompañarle en otra nueva huida de la patria llegaran a bordo. Se sorprendió por la manera tan fugaz en la que había transcurrido el tiempo de la noche y se irguió como pudo de la cama esperando la respuesta de su edecán. Fuera, y sólo de lejos, seguían oyéndose los ruidos de la noche. “No, mi general, no es la hora”, le contestó Soublette. “¿Qué pasa, pues, Carlos?”
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“Vienen a prenderlo, mi general”, contestó el edecán con voz lúgubre. El general pareció entonces despertarse del todo. Estaba vestido sólo con el camisón blanco de dormir y sentado en el camastro. Como si un resorte hubiera impulsado su cuerpo a levantarse, Miranda se incorporó del todo, en tensión repentina, dispuesto para una de aquellas batallas sorpresivas que lo habían perseguido toda su vida hasta convertirse en una costumbre. “¿Quiénes son?”, preguntó con energía. De su voz había desaparecido ya la ronquera de la noche. Ahora, despierto por completo, era el de siempre, el general Miranda, el generalísimo de los ejércitos venezolanos de la primera república. “Los de siempre, mi general”, contestó Soublette. “¡Los de siempre, los de siempre!”, exclamó echándose las manos a la cabeza y elevando su voz. “Los mismos de siempre”, repitió para sí entre dientes. “C’est toujours la même merde, la logistique de la merde!”, balbució en voz baja, como si fuera una letanía que se sabía de memoria. En medio del barullo mental que le revolvía el cerebro, el general tuvo tiempo de acordarse de los de siempre, del viejo episodio de humillación que había marcado la vida de su padre, de su familia y de sí mismo. Entonces recordó en un instante la tarde lejana en la que Sebastián Miranda, su padre, regresó a su casa abatido y hundido en la desesperación. Los de siempre, los mantuanos de Caracas, le habían arrebatado una vez más las prerrogativas debidas a su persona, los derechos que el rey de España le había otorgado como jefe de la compañía de canarios libres; una trifulca que atravesaba como una cicatriz indeleble todo el cuerpo de la memoria del general. Se atrevió a preguntarle a su padre qué es lo que estaba pasando. Pasaba que lo habían humillado; pasaba que no le habían permitido usar su bastón de mando y que le habían ordenado que nunca más lo luciera en público; pasaba que los altivos mantuanos con pedigrí de criollos viejos lo habían ofendido delante de todo el mundo, rebajándole su rango y ninguneando su persona; pasaba que los de siempre, los intocable de Caracas, los grandes cacaos, pues, le habían recordado que él,
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Sebastián Miranda, canario de Puerto de la Cruz, isla de Tenerife, no era más que un advenedizo, un parvenu recién venido a Venezuela; pasaba que, a pesar de su honradez y de su fortuna adquirida en el trabajo duro del emigrante, Sebastián Miranda no era un criollo, sino un isleño con suerte que creía que se había convertido en caraqueño de lujo gracias al dinero que había cumulado; pasaba que eso no era así, pues, porque los criollos mantuanos ordenaban, daban y quitaban prerrogativas a su antojo. Así había sido siempre con los veinte insaciables amos del Valle, los dueños de la memoria y la historia de Venezuela, y así seguiría siendo por los siglos de los siglos con los Blanco, Palacios, Bolívar, Herrera, Gedler, De la Madriz, Toro, Tovar, Lovera; y así sería para siempre con los Plaza y Vegas, que habían llegado después, pero inmediatamente, como los Ribas y los Aristiguieta, y los Berroterán y los Mijares; y los Ponte y los Ibarra y los Ascanio… De ellos era siempre la gloria y el poder; fuera de ellos, las tinieblas del purgatorio o las llamas de la servidumbre y la esclavitud infernal. Ése era el orden establecido e impuesto por los amos del Valle de Caracas, por los caciques y los altos militares de Venezuela. Un orden que debía ser cumplido a rajatabla por negros, pardos y advenedizos cuya sangre estaba picada por el vicio antiguo de no ser nada y la ambición del robo de los bienes de los jefes. Y en ese mundo, en ese universo, había querido entrar por la puerta grande Sebastián Miranda, el mercader canario cuya fortuna lo había hecho soñar con tantos imposibles. “Eso es lo que pasa, pues, Pancho”, le contestó a su hijo. El muchacho oía a su padre sollozar en medio de cada palabra, entre la rabia y el llanto. Sabía que llevaba media vida en aquel mete y saca sin sentido que para los mantuanos representaba un atrevimiento intolerable y para Sebastián Miranda un derecho real. Ahora sabía en su propia carne que los amos del Valle eran invencibles. Se lo habían advertido, le habían llamado la atención por las buenas, le habían dicho una y otra vez que dejara de lado esa guerra y se olvidara de aquella lucha que podía conducirlo a la desgracia; que se limitara, pues, a seguir administrando su fortuna y educando a sus hijos, y se dejara ya de exigir unos derechos que no le correspondían; porque perderles el
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respeto a los amos del Valle significaba, eso lo sabían hasta los advenedizos, el ostracismo para quien cometiera ese sacrilegio contra la clase que ostentaba todos los privilegios de aquel país, en todo aquel territorio inmenso y rico; de modo que no bastaba con ser rico, no bastaba querer ser para poder ser y ser poder, y así se lo habían demostrado a Sebastián Miranda. “No te dejes pisotear nunca por nadie, Pancho”, le dijo al muchacho. “Si alguien busca humillarte en público o en privado y si alguien intenta basurear tu honra”, añadió Sebastián Miranda, “preséntale lucha, rétalo siempre y húndelo. Le pones el pie en la yugular y lo instas a que se rinda. Si hay que huir y volver a lavar la afrenta, te vas y regresas a vengarte. Pero no permitas nunca que te humillen, que te rebajen, que te destruyan”. El discurso de su padre hacía mella en la atención del hijo. En la penumbra fresca del salón de la casa de los Miranda en Caracas retumbaba ahora la voz profunda y ronca de Sebastián Miranda. “Si no te quieren, pues, que te respeten; y si no te respetan, entonces que te teman”, le aconsejó su padre sin saber que aquel sería el lema del general Miranda para el resto de su vida. Y ahora, en aquella madrugada de La Guaira que no había empezado todavía a aclararse, volvía a tropezarse una vez más con los de siempre, con los que habían humillado a su padre, los que habían intrigado todo el tiempo contra él y ahora, en plena guerra, se apuntaban a la logistique de la merde y al fracaso de venir a arrestarlo. “¿Quién manda?”, le preguntó al edecán. “El coronel Bolívar, mi general”. “¡Ah, qué vaina! ¡El rey de los zamuros llega a su destino! ¡Diles que se esperen, Carlos, que se esperen ahí fuera que voy a vestirme!”, le dijo a Soublette con su voz de mando, sin bajar el tono, tal vez para que lo oyeran desde el salón donde suponía que seguían reunidos los instigadores de lo que ya él juzgaba como un error estratégico descomunal. Aunque la noche anterior sus criados habían trasladado al Sapphire su vestuario, casi todos los libros y todos sus enseres y objetos personales, por ese natural instinto que había desarrollado a lo largo de su experiencia, el general Miranda había dejado en
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su recámara el uniforme de general francés de la revolución. Con él iba a vestirse ahora, en La Guaira, en la mismísima casa de uno de aquellos mantuanos, para enfrentarse a los traidores que lo estaban esperando en el salón. Mientras hablaba con Soublette, Morán le había ido colocando el uniforme francés encima de la cama para que el General pudiera vestirse con premura. Entonces notó el nerviosismo de la fidelidad en el rostro y en los trémulos movimientos corporales de su criado. “¡Eh, eh!”, le dijo el general, “sin prisas, sin prisas, pues, hombre. No hay prisas esta noche, no tenemos prisa, ninguna prisa, ¡ni nadie va a imponérnosla!”. Después se lavó con calma y comenzó a vestirse lentamente. Erguido sobre su propia memoria, con el orgullo clavado en cada uno de sus gestos, para el general Miranda, la sombra horrible y grosera de la Sayona había desaparecido. Si en la primera parte de la noche, en el momento acostarse a descansar un rato, había temido por él mismo y sentido una vez más el vértigo de la creciente cercanía de la muerte, ahora estaba de nuevo agigantado, dueño de todos sus actos, impulsos y pensamientos. Cualquiera que no hubiera conocido nunca al general Miranda habría dicho que aquel hombre avejentado se había vuelto loco por completo, sobre todo, porque parecía no darse cuenta del peligro inminente que lo acechaba a muy pocos metros, en el salón de la casa. Tampoco se sentía prisionero de los traidores, ni mucho menos, sino que parecía saber por anticipado, y como si lo hubiera estado esperando, que aquel episodio inminente formaba parte de su destino personal, del destino de Venezuela y del destino de toda América. La confusa ofuscación en la que se había visto envuelto nada más despertarse cuando oyó los pasos de Soublette también había desaparecido de su mente. Una lucidez asombrosa dominaba cada uno de los planteamientos que su cerebro iba proporcionándole con parecida velocidad a la de la luz. Al fin y al cabo, venía a pensarse en ese mismo instante histórico como Leónidas ante Jerjes y sus persas. Un leónidas venezolano frente a la estulticia de los caciques históricos de su país. Al fin y al cabo, se sentía de repente joven porque el reto inmediato le palpitaba en la sangre, renovándole la antigua potencia de sus años más jóvenes. En resumidas cuentas, se sentía
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el mismo Miranda superior que se había enfrentado a tantos enemigos hasta convencerlos por la fuerza de sus argumentos o en el campo de batalla. En fin, era un redomado y renovado don Juan a punto de conquistar a la dama más arisca y bella de su vida, Venezuela y sus endémicos desastres, América y sus múltiples desmanes. Por ahí había empezado a cumplir su destino, por su patria. Pero su proyecto venezolano no era más que un punto de apoyo, un hecho necesario para la libertad de toda América y para la puesta en pie de la constitución que había redactado para todo el continente y sus islas, definitivamente llamada Colombia. La misma constitución y las mismas leyes republicanas que habían hecho decir a Napoleón que Miranda no era precisamente un loco, sino un Quijote lúcido y sensato. Las mismas leyes y la misma constitución que lo habían convertido en Londres, en París, en San Petersburgo y en los Estados Unidos de América, en un personaje tan providencial como necesario. ¿No había sido siempre así en el trato con las damas, nobles o plebeyas, rabizas o reinas, princesas o peluqueras? La alegría, pues, el resto y la gracia, el donaire, el porte caballeresco ante todo, sin chulería excesiva, sin demostraciones de hombre creído en sus propias facultades, habían sido sus armas en la batalla de amor. Y aquella inminencia era también una guerra de amor, una lucha de pasión que iba a librar para conquistar al amor de su vida, el primero y el último de todos, Venezuela, amor, la libertad antes que la patria. Toda su vida y su experiencia la había puesto al servicio de la conquista de la libertad para su dama predilecta, Venezuela, pues; y ahora estaba en las mismísimas puertas del cielo dispuesto a convencerla en sus más reacios deseos de pasión, resuelto a enamorarla y a derrotar a todos aquellos pretendientes egoístas e ineducados que habían hecho de Ítaca poco menos que un revolcadero de burros, un potrero sucio donde los jefes disponían del resto de la gente como si fueran animales de carga. La única duda que con frecuencia lo había desasosegado más de la cuenta era si ella, la mujer de sus sueños, la dama de sus amores, Ítaca, Dulcinea, Venezuela, pues, estaba preparada ya para entender la pasión que lo había guiado por siempre y para siempre hacia ella, la libertad por encima de todo, la revolución con todas sus
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consecuencias. En su experiencia con Venezuela flotaban algunas quejumbres que lo incomodaban más de lo debido. El desastre de la expedición del Leander había sido tal vez un aviso para que pusiera en guardia su excesivo optimismo de conquistador indoblegable. Se inspiraba en su razón, más de la cuenta, y esa razón se la adjudicaba en todas las ocasiones que la vida le fue poniendo por delante. Cuando salió de Nueva York en pleno invierno a bordo del Leander, la euforia lo dominada por completo. Aquel viaje iba significar el triunfo de su epopeya. No sólo el regreso del hijo pródigo a su país y el triunfo de Ulises sobre los pretendientes al llegar a Ítaca, sino su entrada triunfal en la Historia de la libertad, en la Historia de Venezuela, en la de América, en la historia de todo el mundo. Como la importancia de la expedición era tan enorme, decidió de antemano que su objetivo fuera del todo secreto, que nadie salvo su capitán y él supieran a bordo, y a bordo de los otros dos barcos que lo escoltaban, cuál era el destino final del Leander y a qué estaban destinados sus esfuerzos y su deriva. Entre la marinería, reclutada a toda carrera en los puertos y bares de Nueva York, corrió la especie durante las primeras jornadas del viaje que el fin de la expedición era cargar una gran cosecha de cacao, pero poco después, la prensa rompía el secreto e informaba del asunto. De inmediato, los norteamericanos dieron pábulo a la noticia de los periódicos londinenses y hablaban del general Miranda, un militar de considerable talento, como el jefe máximo de la expedición que había convencido a las autoridades norteamericanas para que le dieran el visto bueno y lo ayudarán económica y políticamente en sus proyectos liberadores. De manera que a bordo del Leander y fuera de él, en tierra firme, en Europa y en América, los rumores se desataron y todo el mundo llegó a la conclusión de que Miranda quería conquistar su país para liberarlo del yugo español. El hechizo del enigma estaba roto y la euforia primera del general comenzó a atemperarse tras los primeros días de viaje. Entró en la mansión de Las Casas como un ruido furioso. Era un trueno que bajaba del cielo a cobrar venganza de la traición, porque el alma de Bolívar estaba consumida por un ardor guerrero que no le permitía pensar con calma. Sus ojos eran puro
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fuego, miraran donde miraran. Fernández-Alcalde y Retamar le seguían el paso enérgico con que entró en el salón de la casa. Los conspiradores lo vieron llegar como un caballo echando humo por las narices y las fauces. Como si fuera el moro de Venecia a punto de cobrarse las piezas de su venganza. Parecía crecido el coronel Bolívar cuando los miró a todos desde la puerta del salón. Algunos de los conspiradores se pusieron en pie, en una posición que al menos parecía de respeto. Como si vieran entrar a su jefe natural, aquél a quien sin saberlo a ciencia cierta estaban esperando para que tomara la decisión de qué hacer con Miranda. Ellos, la jauría mantuana, no se había atrevido hasta entonces a detener al general, pero ya había llegado el relámpago que necesitaban. Había llegado el coronel Bolívar, hijo de Bolívar el Viejo. Un criado de la casa se adelantó unos pasos para ofrecerle una taza de café caliente, pero el coronel, excitado hasta el paroxismo, le dio un manotazo y tiró toda la loza y la bandeja al suelo. “¿Tú no sabes que no me gusta el café?”, preguntó indignado, atravesando con los ojos al repentinamente trémulo criado. “¿Dónde está?”, preguntó después, dirigiéndose a los conspiradores que estaban esperándolo. Entonces, sin esperar respuesta alguna, hizo ademán de registrar la casa. Con un gesto de autoridad, ordenó a Fernández-Alcalde y al sargento Retamar que pusieran mano a la obra. Pero Soublette se interpuso ante ellos mirando al propio Bolívar. “No es necesario tanto alboroto”, dijo el edecán. “Cuando llegue el momento, yo lo despertaré”, añadió intentando tranquilizar a Bolívar. Sabía que era muy difícil contener la ira del coronel, que gesticulaba ahora como un amante enloquecido al que le hubieran robado la novia delante de todo el mundo. El coronel Paz del Castillo se atrevió a ponerse de parte de Soublette. En efecto, no era necesario hacer la guerra dentro de la mansión de Las Casas. El general dormía, de modo que lo tenían a su merced, y había que pensar con la cabeza fría qué iban a hacer con él. En las facciones de Bolívar, Soublette volvió a ver que se retrataba el
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odio irascible que el coronel no podía contener. Como todos los demás, el comandante Tomás Montilla guardaba silencio, pero alcanzó a pensar que si Bolívar entraba en la recámara del general podía matarlo allí mismo, sin permitir que reaccionara. Paz del Castillo volvió a pedir calma. Estaban en un momento crucial de la república, con la máxima autoridad militar en sus manos y tenían que decidir para la Historia exactamente lo que debían hacer. De manera que no podían equivocarse, dijo, no podían dejarse llevar por la rabia contra el traidor, sino que debían argumentar cada uno de sus actos. “Hay que detenerlo”, dijo, “y juzgarlo”. Todos estuvieron de acuerdo. Y por una vez, Bolívar aplazó su venganza. Ninguno de los conspiradores le dijo a Bolívar hasta muy entrada la conversación que Miranda tenía autoridad de la junta suprema de Caracas para decidir sobre el ejército. En ese caso, el general no se habría extralimitado como Bolívar había creído cuando llegó a La Guaira, pero había indicios de fuga inmediata en el Sapphire. Y con lo que quedaba del tesoro de la república. El general no le había dicho a nadie más que a Soublette lo que estaba dispuesto a hacer por simple supervivencia. Arguyó en privado que un general no debe nunca caer en manos del enemigo, que si llegaba a ser necesario, un jefe debería morir por sus tropas, pero que nunca las tropas deberían sacrificarse por un general. Por eso había capitulado ante Monteverde, para evitar la matanza de sus soldados. El cauce del Guaire habría bajado rojo de sangre hasta La Guaira si Monteverde hubiera tenido ocasión de pasar a cuchillo a su gente. Él, Miranda, lo había impedido. Y ahora, lo que había que hacer era tomar distancia, rehacer las fuerzas y regresar a la lucha. Ése era el plan que le había trasladado a Soublette, pero Bolívar y los conspiradores mantuanos no querían ni oír hablar del general. Miranda era un traidor, un ladrón, un felón, un vendedor de la patria, un farsante, pues. Había sido un error ponerlo al frente de las tropas republicanas y ahora todos caían en la cuenta de que más de la mitad de cuanto se contaba de las epopeyas de Miranda por el mundo entero eran sólo leyendas fabricadas por él mismo. Toda la vida le había acompañado la fama de ladrón y estafador, y ahora,
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cuando tuvo la ocasión de ser un héroe de la primera república de Venezuela, había rendido el ejército al peor de los enemigos. La cólera de Bolívar se fue calmando poco a poco. Ver que sus compañeros de armas y los cómplices de su clase estaban de acuerdo con él le concedió un respiro en su constante agitación. Sin embargo, no dejaba de disparar sus ojos de uno a otro de los conspiradores, como si tratara de ver en ellos la doblez que adjudicaba a Soublette. Se dio cuenta de que, sin apenas esfuerzo, se había enseñoreado de la situación. Vio entonces que nadie haría nada en aquella casa que pudiera enfrentarse a su determinación de detener y juzgar a Miranda, de modo que todos estaban convencidos de que tenía razón. El engolado capitán Fernández-Alcalde y el sargento mayor Retamar eran dos columnas firmes y silenciosas que se habían colocado a un lado y a otro de Bolívar dispuestos a cumplir la más mínima orden del jefe. “¿Era o no el jefe?”, se preguntó para sí Bolívar. Siempre había sido el jefe, se dijo convenciéndose, y ahora le llegaba aquel momento que había buscado en su vida: ser el más grande, el señalado por al destino para llevar a cabo la epopeya de América, la liberación de Caracas, de Venezuela y de todo el continente. Al fin y al cabo, para él, Caracas era la mujer que más había amado en su vida. En ningún momento de su existencia, desde que tuvo uso de razón, pensó en otra cosa más que en poseer para sí y sólo para sí la ciudad de Caracas. Porque Caracas era Venezuela, y el continente entero estaba dentro de aquella ciudad que reclamaba desde joven como suya. Sí, pues, exactamente con la misma pasión con la que se quiere a una mujer hermosa y joven. Había sentido ese amor incontenible por Caracas y ahora podía cumplir el más grande de sus deseos. Tenía a Miranda en un puño. El general seguía durmiendo como un niño al otro lado de la casa donde los conspiradores dialogaban y había puesto la Historia de su parte en unas pocas horas. Recordó los pensamientos malos que lo asolaron después de la batalla de Puerto Cabello, la cercanía del suicidio. Recordó la vergüenza que sintió y cómo ahogó en lágrimas del pecho el rencor que le fue creciendo en el alma. Recordó los temblores, el miedo al fracaso, la humillación personal que para él representó escribirle aquella carta a Miranda,
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una misiva larga y penosa en la que se culpaba a sí mismo de la derrota y de la pérdida de la patria. Ahora, en la mansión de Las Casas, se arrepentía en su fuero interno de haber escrito aquella maldita carta, como se arrepintió el día de la batalla de haber contestado afirmativamente al destino que Miranda le había impuesto en Puerto Cabello. Sí, pues, había luchado bajo sus órdenes en la victoria de Valencia. Miranda lo había ascendido a coronel, claro que sí, pero no tenía que haberlo enviado como jefe de Puerto Cabello. Recordó, pues, que hubo un momento en la derrota en la que le tembló la voluntad de la vida. Entonces cayó en el interior de un pozo negro que se lo llevaba poco a poco al acabamiento y al suicidio. Recordó, pues, que estuvo pensándolo mucho porque los torvos pensamientos que lo manejaban y la ira provocada por el fracaso le ordenaban matarse, quitarse la vida, como único método para salvar su honor y restaurar el honor de toda su familia, la historia de su casta. Hubo un instante en que supo que quitarse la vida era la única manera en la que la mujer de su vida, la ciudad de Caracas, entendiera el amor pasional que sentía por ella desde que era muchacho. Incluso, llegó a considerar que aquella era la única manera que él tenía para pasar a la Historia, para convencer a todo el mundo de que era un prócer de verdad; y que sí, pues, Caracas, Venezuela, América, eran para él lo mismo, la santísima trinidad de la libertad. Por eso rendía su vida, imbuido de amor y loco de pasión por la mujer más hermosa que había conocido nunca, una mujer que siempre se le había resistido aunque él se conformaba con que entendiera que sólo quería liberarla, convertirla en mujer libre. Y ser él, sólo él, Simón Bolívar, quien lo consiguiera.

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SEIS

De aquel ataque delirante tras la derrota de Puerto Cabello, el coronel Bolívar había salido tal como había entrado en él: sin apenas darse cuenta. La tristeza era una nube gris que había alborotado su cabeza hasta el abismo de la destrucción, pero algo dentro de él, tal vez la misma voz de la mujer que deseaba tanto, Caracas y su gente, le habló palabras de amor y cercanía. Un segundo antes, y en medio del pánico de la muerte, cuando ya parecía decidido a darse un pistoletazo en la sien, se había mirado al espejo. Se había quedado mirándose fijo hasta desdibujarse su propia imagen en sus ojos. Se preguntó de repente desde cuándo sentía la estúpida necesidad que había convertido en costumbre exagerada, mirarse la dentadura al espejo para vérsela limpia, diente a diente. Entonces, en una décima de segundo, volvió a quererse mucho, volvió a pensarse un héroe, volvió a verse en el futuro como el general laureado que había conseguido la libertad de su amor primero y último. Se vio entrando en Caracas como el centurión vencedor entraba en Roma, pero sin llevar en su carro de guerra a ningún
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esclavo que le recordara que era mortal y que algún día tendría que morir. Él, Simón Bolívar, no moriría jamás. Sufriría, pues, eso sí, sufriría descensos y vacilaciones, vértigos y decepciones, traiciones y olvidos. Sufriría todas las enfermedades del mundo, lo echarían de los mismos lugares y ciudades que había liberado, pero no moriría nunca. Nunca se rendiría a la muerte. De repente, se vio en los años venideros, como si el tiempo hubiera transcurrido en una décima de segundo, y a lo lejos escuchó la voz de su mujer amada, que lo llamaba para abrazarlo y acariciarlo, para agradecerle los esfuerzos que había hecho por ella, para agasajarlo como el héroe en que se había convertido, el héroe histórico que se lo merecía todo. Esa visión del triunfo lo salvó de la muerte por propia mano y lo dejó agotado, siempre delante del espejo, con una sonrisa de estupor en el rostro y la esperanza renovada en su propio destino. De modo que la gloria que buscada estaba detrás del fracaso que acababa de sufrir, justo detrás de la humillación a la que él mismo se había sometido escribiendo aquella carta. En una esquina de su mismo delirio, le pareció que había visto a Miranda carcajeándose de él, como cuando en su casa de Londres poco menos que lo había despachado con una risa depredadora. Él no había querido otra cosa que demostrarle al general de la leyenda que estaba dispuesto y ansioso por darlo todo por Caracas, sin caer en la cuenta de que esa ciudad era también el gran amor de Miranda. Le habló de Caracas, pues, y el general contestó con una risa que lo agobió hasta la vergüenza. “¡Es la libertad, joven Bolívar, la libertad y no el poder, por la que hay que darlo todo”, le contestó Miranda, impertérrito, con una superioridad que le heló el pensamiento. Y ahora, en aquella casa de La Guaira, se acordó del espejo y del instante en que se detuvo en su delirio de Puerto Cabello a mirarse los dientes limpios. Ahora tenía prisionero a Miranda, el de la risa de Londres, el de El Arte de la Guerra, el general de la leyenda que lo había tomado por un muchacho irreflexivo en su casa de Grafton Street, el mismo que lo había dejado poco menos que en ridículo delante de su maestro Andrés Bello. Ahora lo tenía allí, a sus pies, a su antojo. Podía juzgarlo y matarlo, pues. O podía arrojarlo a una mazmorra en el cuartel de San Carlos hasta
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que el avejentado general se fuera pudriendo y terminara por confesar delante de todo Caracas que era un traidor, un simple mercachifle como su padre, un tipo sin principios que había conseguido disfrazarse de genera, no se sabía ya de cuantos ejércitos, sin que se dejara de sospechar en todo ese mismo mundo que era un gran farsante, un seductor que robaba las mujeres a los hombres como si fueran un botín de conquista. Como toda la ciudad de Caracas, como toda la gente de bien, como todo la tropa, conocía la leyenda de las cajitas del amor que coleccionaba Miranda para recordar sus conquistas femeninas. Aunque nadie había visto de verdad ninguna de aquellas cajitas, sino un solo camafeo que durante algún tiempo el general había llevado colgado al cuello, la historia de que Miranda guardaba más de tres mil cajitas de amor en una colección única la había oído por primera vez en París, hacía más de ocho años. Según las leyendas de los salones parisinos, el general Miranda atesoraba como oro en paño su colección de cajitas de amor que le recordaban a cada una de las mujeres que había amado. Eran camafeos de oro, plata y nácar que guardaban cada uno en su interior una muestra de vellos púbicos de las mujeres del general, con su fecha, el lugar del amor y el nombre de la enamorada. Amores, pasiones, amoríos, amantes casi eternas, amantes circunstanciales. Miranda le daba un valor incalculable a su colección y nunca había permitido a nadie que diera el más mínimo vistazo a ninguna de ellas. Tampoco hablaba de aquel tesoro tan particular, único en el mundo según la leyenda, y cuando alguien llegaba a atreverse a preguntarle por aquella colección tan curiosa contestaba con una palabra que cortaba la contestación. “¡Leyenda, caraj, pura leyenda!”, decía. Pero algunos de los criados que había tenido a lo largo de una vida tan azarosa y aventurera, sostenían que más de uno de ellos había transportado una y otra vez aquel tesoro que Miranda llevaba a cuestas por todos los lugares que iba visitando, mientras añadía cajitas a la colección. Hasta que las guardó todas bajo siete llaves en un banco de Londres que nadie conocía y del que sólo Miranda sabía el nombre y el lugar exactos. Se sabía, sin
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embargo, y porque se lo habían visto una de sus temporadas europeas colgado al cuello sobre el uniforme militar, que existía un camafeo que le había regalado una princesa sueca durante una estancia suya en Estocolmo, enferma de la cabeza por el criollo que le había cortado un mechón rubio de los pelos del pubis para guardar para siempre su recuerdo. Y sí, pues, era leyenda que incluso durante una temporada en el París revolucionario tuvo amores con la inglesa Mary Wollstonecraft, la primera feminista del mundo, y al mismo tiempo con Olympe de Gouges, actriz y dramaturga, también conocida como Marie Gouze y amante de la inglesa citada. Olympe llegó a escribir Los derechos de la mujer y la ciudadana, texto en que el reivindicaba el orgasmo femenino. Olympe de Gouges fue un escándalo y murió en la guillotina por orden de Robespierre. Por su parte, Mary Wollstonecraft, moriría un par de años más tarde, dando a luz a su hija, la famosa Mary Shelley. Hasta el Santo Oficio había intentado probar la existencia de aquel tesoro lujurioso y demoníaco que convertía una vez más al libertino general Miranda en un enemigo de la moral y la religión. Aquella colección, la leyenda de las cajitas del amor, era una prueba más de que el hereje era digno del fuego, él y todos sus objetos malignos. Pero Miranda debía de carcajearse para sus adentros, pensó Bolívar, cada vez que le llegaban con las amenazas de que iba a pudrirse en la cárcel y ser condenado a muerte por todos los pecados que había cometido como si tal cosa. Era, pues, un sacrílego a quien había que condenar de todas formas. Las cajitas del amor, sin embargo, nunca habían sido vistas, ni jamás descubiertas. Quizá, pensó Bolívar mientras oía el pesado murmullo de los conspiradores y aparentaba prestarle atención a cuanto decían, aparecerían ahora, en el Sapphire, entre las decenas de objetos raros que el general había hecho trasladar al barco para fugarse de inmediato. “¡La libertad, caraj!”, se dijo Bolívar. La libertad era parte de la patria y no al revés, como parecía sostener Miranda. Al fin y al cabo, Miranda era el general Distancia, el general Ausencia, un venezolano en primera generación, mientras que él, Bolívar, era la patria misma desde el principio en que aquel territorio inmenso y feraz se llamó tierra firme y desde que esa misma tierra firme se
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llamó Venezuela. Para que Simón Bolívar se llamara Simón Bolívar y estuviera donde estaba ahora, en la cúspide de la Historia del mundo, sus gentes habían hecho de todo por durar, pues, habían perseverado en Venezuela hasta ser ellos mismos una parte integrante de Venezuela, de tal manera que Venezuela no podía ser Venezuela sin ellos y ellos no podían ser ellos sin Venezuela. Su ofuscación había ido dejando paso poco a poco a aquel discurso reflexivo, aunque exaltado y patriótico, donde la libertad era como la patria, también él mismo, pues, él mismo, el coronel Simón Bolívar, la patria y la libertad en ese sueño que desde niño le había rondado el alma y la cabeza hasta obsesionarlo en plena juventud, hasta llegar ahora a ese momento en que había que jugárselo todo a una carta, eliminar de una vez el obstáculo entre él y la Historia, el general Distancia, el general Ausencia, que en todo caso, si llegó a ser en algún sentido su maestro, lo fue en materias de las que ahora ya podía prescindir. Nada, pues, le había enseñado Miranda sobre las cosas del corazón y la patria, nada le había enseñado sobre la historia de tierra firme ni sobre sus gentes el general Francés. Y en cuanto a Francia, más le había enseñado Napoleón en un par de veces que el general Masón en todas las ocasiones en las que se encontraron. Los libros, pues, eran otra discusión. La fama de hombre culto del general Hereje no la ponía nadie en duda, pero formaba parte del ropaje con el que el general Lector cubría su farsa por todas las cortes de Europa. Nada, pues, le debía al general Intriga, sólo que lo hubiera ascendido a coronel por la victoria de Valencia. Pero ¡se lo merecía con creces! Él, Bolívar, llegaría a ser el general Tierra Firme, el general Venezuela, el general América. Y, mientras oía los murmullos de aquellos conspiradores que lo acompañaban en el salón de la mansión de Las Casas, se exaltaba, soñaba consigo mismo el general Prócer, el general Libertador, el general Patria. Su destino lo había guiado hasta allí después de una derrota, porque nadie sabia a ciencia cierta si un desastre llevaba dentro la gloria posterior o viceversa. Al general Francés, el triunfo en Ocumare, su desembarco glorioso en tierra firme después de tantos años de ausencia, no le había servido para nada. O en realidad no sabía ganar una batalla,
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y eso es lo que le pasaba de verdad al general Huida, que cada vez que tenía en el puño de su mano la gloria de la Historia, la abría para que huyera como una paloma asustada y se perdiera en la nada del infinito. Miranda era así, pensó Bolívar, es el general Huida, y ahora iba a hacer lo mismo, si no hubiera llegado él a La Guaira. Habría hecho lo mismo que otras veces, lo mismo que en Maastricht con los franceses, que luego lo condenaron a muerte; lo mismo que en Ocumare, lo mismo que en cualquier frente de su vida, porque casi toda su vida militar era una fachada. Cuatro o cinco reyertas convenientemente jaleadas por sus amigos y situadas en el frontispicio de la historia de Europa habían sido suficientes para que Miranda se transformara durante largo tiempo en una leyenda intocable, un hombre al que todo el mundo admiraba; desde París a Vladivostok, desde Filadelfia a Estocolmo, pasando por Londres. Esa realidad se la tenía que conceder: el instinto de estar en el lugar exacto en el momento oportuno. Como parecer protagonista esencial de los hechos, aunque no lo fuera. De modo que sí, pues, alguna vez lo admiró, lo respetó e incluso llegó a temerlo, pero ahora ninguno de esos sentimientos lo embargaba. Sólo un deseo irrefrenable de enfrentarse con el general Traidor, detenerlo y terminar para siempre con su aventura, llenaba su cabeza y su pecho de ánimo vencedor. Los demás estaban allí sólo para ayudarlo a auparse a las alturas de aquella república venezolana que estaba a punto de hundirse en el fondo de sus sueños. Así que el general Escurridizo estaba dispuesto a escaparse una vez más. Pero no había ya huida posible. Bolívar lo sabía, lo sabían sus conmilitones en aquel momento álgido, lo sabía Soublette, y mejor que nadie, lo sabía ahora el general Miranda. Miró a Soublette con sus ojos negros y estrábicos. Se le quedó mirando mientras el edecán daba vueltas en torno a un círculo imaginario, en un rincón del salón, mientras todos esperaban que el general saliera por fin de sus aposentos. “¿Y tú, Carlos, con quién estás ahora?”, preguntó Bolívar dirigiéndose al edecán. Se lo preguntó dándole a cada una de sus palabras la fuerza de una orden, inyectándoles una agresividad verbal que impuso a los presentes un silencio imponente. Durante unos segundos, no se oyó ni siquiera un ruido de la noche. Todos
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los conjurados contuvieron la respiración como si les hubiera faltado el aire de repente. Todos volvieron los ojos hacia Soublette, cuyo gesto de sorpresa cambió inmediatamente por el rictus de seguridad que le caracterizaba. “Yo, coronel Bolívar, estuve, estoy y estaré con la república”, le contestó. “Yo estaré siempre con Venezuela”, añadió altivo, como si hubiera sabido de antemano que iba a situarlo ante un falso dilema: o Miranda o los demás, con él a la cabeza. Asintió levemente dando por buena la respuesta de Soublette y, poco a poco, volvieron las voces bajas que runruneaban sobre los últimos acontecimientos. En ningún momento se separaron de él sus ayudantes Fernández-Alcalde y Retamar, sino que los dos permanecían a la puerta de salida del salón, como si estuvieran haciendo guardia para que nadie pudiera escaparse del lugar. La primera vez que se había enfundado en aquel uniforme de general francés en tierra firme fue en Coro, seis años antes, en pleno verano, durante la expedición del Leander. Casi a las cinco de la mañana, el general se presentó vestido de general francés en casa de Antonio Navarrete, un andaluz de Málaga que había pasado primero a Santo Domingo y luego se había a vivir a Coro. Navarrete, un tipo con temple, había considerado que lo mejor era quedarse en la ciudad, a pesar de que el comandante de las fuerzas locales, Juan de Salas, abandonara la ciudad que fue ocupada sin sangre por los invasores. Al saltar a tierra, Miranda decidió hospedarse en la casa de Navarrete, que era además el mayordomo de la iglesia parroquial y tenía bajo su custodia los vasos, las joyas y las vestiduras sagradas propias de las liturgias religiosas. Miranda se vistió entonces su uniforme militar azul, ornamentado en oro y con cuello, carteras y vuelta y tres estrellas en el corte. Además, llevaba un collarín de color rojo, bordado con vuelta y golpes de palma. A Navarrete le dijo que era el general Francisco de Miranda y, entonces, el anfitrión le dijo que lo conocía de una vez en La Habana, en la época en la que Cagigal era Gobernador y Capitán General de aquella plaza. “Yo trabajaba en el San Luciano, una fragata correo”, le dijo, tal vez con ánimo de complicidad.
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“¡Ah, recuerdo el buque, pero no lo recuerdo a usted”, contestó Miranda. Oficiales norteamericanos, ingleses, dominicanos, franceses, cubanos, españoles, trinitarios y negros barloventeños lo acompañaron durante su estancia en Coro, yendo todos en manada de un lado para otro detrás del general. Desde que llegó a la ciudad, había mandado que su bandera ondeara en la torre más alta de la iglesia parroquial. Y allí, sobre el viento tibio de la costa, flotaba un paño de tafetán de tres colores, azul, amarillo y rojo, la bandera de la patria y la libertad, le dijo el general a Navarrete. Mientras ellos estuvieran allí, le dijo, nadie iba a sufrir daño alguno en la ciudad, ni merma de sus propiedades, ni abuso ninguno. Nadie sería maltratado. Sus tropas, dijo, eran disciplinadas y nadie se sentiría atropellado por ellas. Después, le pidió viandas para alimentar a sus tropas. “¿Y al general, que le gustaría comer?”, le preguntó con más confianza Navarrete, ya acompañado por otros lugareños que no habían huido de Coro. Le gustaba la comida venezolana, pues, dijo sonriéndose Miranda. Añoraba, añadió, la comida de su casa caraqueña cuando era niño. Hallacas, olleta, mondongo y hallaquitas. “¡Hace treinta años que no las pruebo!”, dijo el general Ausencia con una sonrisa amistosa. Cuando se quedaba solo, pensaba en Ocumare, en la expedición que había iniciado como una aventura para conquistar tierra firme y darle la libertad, el sueño de toda su vida. Ahora estaba allí, en Coro, y el recuerdo inmediato del desembarco de Ocumare le traía a la memoria los días de viaje desde que salió de Nueva York y llegó quizá por error a Ocumare. Recordó que las primeras jornadas del viaje había permanecido en sus camarotes, sin salir a cubierta, estudiando el rumbo del Leander. Y leyendo y escribiéndole cartas al futuro histórico, una de sus tareas más importantes. Cuando salió por primera vez a pasearse por cubierta, Miranda vio la sorpresa y la curiosidad en la mirada de sus hombres, mientras hacían sus trabajos. Llevaba puesto su batín y sus zapatillas rojas y, de tal guisa se paseaba por todo el barco, inspeccionándolo como si fuera su único dueño. La marinería estaba entonces descubriendo
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que en la expedición iba un gran hombre, un gran militar, de gloriosa trayectoria, el general Miranda, un luchador de la libertad, un gran señor que había recorrido el mundo entero hasta regresar a su país para liberarlo del yugo español. Su persona infundió un gran respeto, aunque alguno de los marineros llegó a pensar que aquel hombre con el cabello atado a la nuca, empolvado y ya más blanco que gris, no estaba precisamente en años de aventuras gravosas, como si se le hubiera pasado el tiempo de la guerra y se dirigiera a la vejez con la rapidez de los años malos. Pero allí estaba, en la cubierta del Leander, el general Regreso, preparándose para la epopeya. En su fuero interno, la duda no lo había abandonado desde que salió de su casa de Londres. Poco a poco, se había convencido de que la gente de su país no estaba preparada para la libertad; que los mantuanos caraqueños no querrían prescindir de sus privilegios históricos porque para ellos Venezuela no era más que ellos, los linajes que habían convocado a la patria para que los españoles se fueran de Venezuela y de América y los dejaran a ellos manejar sus haciendas. Y sabía que los españoles tampoco se iban a ir tan fácilmente de tierra firme. Jamás iban a permitir que una pandilla de insurrectos convertidos en generales del desorden aniquilaran el Imperio en América. Dudaba de todos y de todo, pero su ánimo se iba llenando de sal marina y el yodo bañaba sus pulmones otorgándole la sensación eufórica de una droga. Y allí, en el rincón norte de la cubierta del Leander, llevaba su tesoro más preciado: la imprenta que había comprado en Nueva York, pues, el artefacto que había hecho correr la pregunta por toda la marinería desde que habían zarpado de Nueva York. Si iban a cargar café o cacao, ¿para qué una imprenta a bordo?, se preguntaban unos a otros desconfiados y antes de caer en la cuenta de que iban a la búsqueda de otra cosa mucho más peligrosa que una cosecha de grano. Y el rumor comenzó a correr por cubierta y por todos los recovecos del Leander: la imprenta, pues, era para hacer la revolución, para imprimir las proclamas del general Revolucionario que era el jefe de todo, el tipo amable de la bata y las zapatillas rojas que se detenía en cubierta a hablar con todo el mundo, sobre todo, con quienes mostraban más interés en escucharle relatar sus correrías
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guerreras por Europa y por Estados Unidos. Sí, pues, él había sido uno de los libertadores de Pensacola. Sí, pues, digamos que ya era un viejo soldado, un general de generales, un extraordinario revolucionario que llevaba tatuados sobre su piel y sus gestos todos los estigmas y cicatrices del general Superviviente, el general que en secreto contaba una y otra vez las vidas que le quedaban por vivir, el general que recordaba una y otra vez, pero siempre en secreto, pues, que nadie se enterara de aquel episodio de su infancia, que había sido un ritual pagano de sus esclavos el que le había otorgado aquella suerte de perseverancia en la vida, la vida del general Eternidad, que ahora se paseaba sonriente por el Leander como si estuviera en una terraza de París. De modo que la imprenta era el juguete mimado del general Lector. La había mandado comprar en Filadelfia porque allí fue donde único pudo encontrar una fuente en español, una fuente con todas las letras tal como son en el abecedario español, para que los paisanos pudieran entender las proclamas y siguieran la revolución de la libertad sin pararse a pensar en sus conveniencias o inconveniencias. Con esa imprenta, el general Soñador estaba dispuesto a expulsar al imperio español de toda América. Ése era su viejo proyecto. Nada de utopías. Todo era posible. El tiempo que estaba viviendo y la experiencia que le había otorgado la vida le decían una y otra vez al general Niebla que si no soñaba, nunca llegaría a ser el general Nube, el general Patria o el general Libertad. Y la imprenta era un arma cargada de palabras que nadie podría detener. Por eso, Miranda la mimaba. Por eso, la visitaba todos los días, como si fuera su amante favorita. La visitaba, la tocaba, la acariciaba, la miraba, le hablaba palabras cariñosas, como si fuera una amante que se le resistía. La conquistaba todos los días a la imprenta el general Locuaz. Él sabía mucho de amores y amoríos, sabía mucho de los lances de la pasión, del desvarío de la sensualidad y de las mujeres. Por eso, le dedicaba a la imprenta las mejores horas del día y le ponía custodios para que no sufriera ni el más mínimo desperfecto. Algún marinero, cuando lo veía rondar en torno a la imprenta, le comentaba a otro sobre el delirio tremendo de aquel hombre mayor que, poco a poco, se fue ganando el respeto de todos. Hasta que una vez, que no tuvo que ocurrir jamás, discutió a gritos y en
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público con el capitán del Leander. Perdió los nervios, subió la voz, gesticuló como un demente el general Miranda, el general Pasión, el hombre ilustrado que no consentía que ninguno de sus subalternos, fuera de la categoría que fuera o tuviera el rango que tuviera, le llevara la contraria. Ni en público ni en privado.

SIETE

Nueva York, el Paso de La Mona, el estrecho entre la Dominicana y Puerto Rico, Jacmel, Aruba, Curaçao, Bonaire, Curaçao de nuevo y, finalmente, la rada de Ocumare, al norte de tierra firme. Ésa fue la ruta que las circunstancias decidieron para el Leander, el barco del general Miranda. En los primeros días de esa deriva, Miranda se tomó su tiempo para pensar. Leyó en griego homérico algunos cantos de La Odisea y se identificó en ese mismo momento con Ulises en su regreso a Ítaca. El rey regresaba a Ítaca después de muchos años en la guerra de Troya, pues, pero los obstáculos que los dioses le proponían le provocaron una demora en la llegada a su isla. Incluso lo dieron por muerto. Y entonces surgieron las ambiciones, se multiplicaron los pretendientes y hasta ciento cuarenta y ocho desearon el trono, la riqueza de Ítaca y el lecho de Penélope. Mientras tanto, Ulises cabalgaba las olas del mar en medio de tempestades, brujas, maravillas de las profundidades, gigantes enormes, plantas chupahombres y mil obstáculos más que los dioses enemigos iban colocándole delante del viaje y a cada paso. Sus compañeros dudaban de él y comenzaron a tomarlo por loco. Incluso decidieron arrojarlo por la borda. O abandonarlo solo, dejarlo solo en una isla de aquéllas, llenas de peligro y muerte, a las que parecía ser tan devoto Ulises. De modo que el Leander se enfrentó más de una vez a la mar gruesa, a las corrientes enemigas a su deriva, a las trifulcas de la tripulación que se debatía entre dudas. Como Ulises, Miranda no sólo tenía rango sino jerarquía. El rango para él era la autoridad por la autoridad, pero la jerarquía
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se adquiría por respeto. Y él, el general Respeto atesoraba las dos cosas en su personalidad, mientras el Leander hocicaba de proa hendiendo los mares del Caribe. Hasta que estallaron las tensiones entre el capitán del Leander, el capitán Lewis, y el general Miranda, a la vista de toda la marinería. Miranda se alteró hasta perder los nervios. En cubierta, le gritó al capitán Lewis. Sus órdenes nunca se desobedecían, le dijo a gritos. Quien mandaba sobre la expedición y su ruta a seguir era él, el general Miranda. Lewis no estaba allí más que para seguir lo que él ordenase y para llevar el buque a buen puerto. ¿Hacía eso de verdad, se dedicaba a eso Lewis o se estaba equivocando de camino? Entonces Lewis, un tipo duro, un lobo de mar que había conseguido una experiencia mucho mayor de lo que su edad suponía, se negó a darle al general otra novedad distinta a la que ya conocían sobre la ruta del Leander. Miranda se contuvo a duras penas. Quería castigar a aquel desgraciado, pero Lewis tenía a muchos suboficiales y hombres de la marinería de su parte. Lo más conveniente, pensó Miranda, era reunir un consejo de guerra y dejar todas las cosas claras. Como a Ulises, sus hombres se le sublevaban en alta mar. Con el Leander venían dos barcos más, la Bachus, comandada por Rorebbach y por el capitán Huddle, donde viajan de treinta a treinta y cinco hombres, con rifles y artillería, y la Bee, con veinticinco hombres y Powel al frente, y el capitán Sullivan. De ahí en adelante, decidió Miranda a espaldas del capitán Lewis, navegarían la Bee y la Bachus, primero, y el Leander a popa, aunque al llegar a la costa de Ocumare, debían esperar al barco de Miranda. Además, tanto la Bachus como la Bee, tendrían que estar noche y día pendientes de las órdenes emanadas del Leander, órdenes que deberían de ser destruidas si el barco del general no apareciera. Cuando Lewis se enteró de la reunión en la que lo mantuvieron ausente, montó en cólera, discutió fuertemente con Miranda y casi llegaron a las manos en el Leander. Hubo momentos en los que no fue posible escuchar lo que cada uno decía porque sus gritos iban y venían de un lado a otro del barco, ante el asombro y el desagrado de la marinería. Al final de la discusión, Lewis renunció a su condición de militar y cesó en su
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rango de coronel en la expedición de Miranda. Los marinos, fieles a su capitán, se negaron entonces a seguir siendo tropa militar del ejército del general Gritón. Después de las trifulcas, Miranda se agrandó. Aunque vislumbraba en el fondo la hipótesis de la tragedia, que toda la expedición se fuera a pique por las discusiones entre los jefes, siguió adelante sin posibilidad de reconciliación con Lewis. Y un día más tarde, a pesar de la presencia del Argus y el Celoso, dos barcos españoles, y estando a más o menos seis millas de la costa de Ocumare, Miranda decidió atacar. Como en otras muchas ocasiones de su vida, el arrojo lo impulsaba a menospreciar los criterios de los demás. Él era el general Mejor y ni siquiera veía que la sombra de la Sayona se había aparecido otra vez en el miedo que muchos de sus hombres sintieron cuando el general Combate decidió un ataque inmediato. Su euforia le quitaba años. Se sentía a pocos días del triunfo de su vida. Allí, a pocas millas, estaba, entre el calor y el horizonte, el amor de su vida, la Dulcinea por la que se había convertido en el general Errante, en el Quijote americano que perseguía desde los primeros años de su uso de razón, la ahora fantasmal figura de la libertad. Ítaca, pues, estaba a dos pasos. Había valido la pena tanto esfuerzo, tanto nomadeo por el mundo, tanto tiempo perdido en aventuras aparentemente sin sentido. Había valido la pena tanta distancia durante tanto tiempo para ver ahora, fascinado desde la cubierta del Leander, a punto de llegar a tierra firme, la verde sombra de la costa venezolana de Ocumare, la bahía del regreso, la playa de la libertad. Por ahí, por Ocumare iba a empezar todo, y un general de su jerarquía no iba a someterse a las advertencias de las supersticiones de nadie, ni de la tripulación marinera ni de los militares a sus órdenes. Ni a la sombra de la Sayona. Él tenía más vidas que Ulises, había sabido sortear todos los obstáculos, todas las penurias de su vida hasta llegar a encontrarse con Penélope en Ocumare. Había creído en la existencia de Dulcinea. El general Quijote estaba ahora delante de ella, la tierra firme, a punto de abrazarla por la cintura, de estrecharla, besarla en la playa de Ocumare y empezar a disfrutar de la conquista de su cuerpo y de su alma.

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Tres días más tarde, sobre las ocho de la mañana, comenzó el fuego. Casi tres horas después, el Leander soltó toda su artillería sobre el Argus y el Celoso. Todo parecía ir como el general Euforia había ordenado, pero las goletas de los invasores comenzaron a ser cañoneadas por los españoles, que se defendían del inminente ataque. Tanto la Bachus como la Bee, contra lo ordenado por el general Miranda, se alejaron del Leander más de la cuenta. Mientras, Powel y otros marineros, atraídos por la hermosura del espejismo de Ocumare, saltaron en bote desde la Bachus y remaron hasta la playa con la coartada del reconocimiento del terreno. Nadie les había ordenado esa imprudencia, y mucho menos el general, que observaba desde el puente de mando del Leander, impertérrito el ademán, sin demostrar la ansiedad que se lo estaba comiendo por dentro. Ahí se dio cuenta de que el combate había sido desde el principio un error. Incluso haber llegado a tierra firme por Ocumare había sido un grave fallo de estrategia. A los hombres que habían desembarcado con Powel en las playas de Ocumare los estaban esperando los soldados españoles del gobernador Guevara Vasconcelos, que sabía mucho de las tretas de Miranda para invadir Venezuela desde que, en un viaje a Filadelfia, uno de sus confidentes, Irujo, le avisó de los planes del general Ausencia. Ahora, en ese momento crucial de la expedición del Leander, los hombres de Guevara Vasconcelos, que ya había hundido las dos goletas de Miranda y apresado a sus tripulaciones, sometían sin mucho esfuerzo a los que en la arena de la playa capitaneaba Powel. Desde su puesto mando en el Leander, Miranda observaba con desconsuelo y contenida irritación el desastre al que lo había llevado la desorganización del ataque. Pero, como siempre en su caso, estrategia sobre estrategia, comenzó a urdir en su mente las vías de escapatoria que inmediatamente había que poner en práctica. ¿Discutir con Guevara Vasconcelos la devolución de los hombres, los marineros supervivientes de la Bachus y de la Bee, además de los que habían caído en la playa? No, pues, no entraba en su orden lógico, en su manera de pensar en la boca del lobo y al borde del abismo. En todo caso, pensaba Miranda a toda velocidad, tampoco el gobernador español estaría dispuesto a
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cruzar una palabra con el gran traidor, el hereje, el disparatado general francés que quería invadir su propia tierra. Por eso, tras la confidencia de Irujo, había tomado todas las providencias para la defensa de las costas venezolanas y las playas de Ocumare. Por eso, estaban esperando al Leander y las goletas de Miranda los guardacostas españoles, emplazados en los lugares más adecuados para la batalla. Porque supo con meses de antelación que la dotación de los barcos de Miranda estaba compuesta por doscientos cincuenta hombres, la mayoría de los cuales nunca habían entrado en combate y carecían de experiencia militar. De modo que sus espías, que estaban en todo, le habían ganado la guerra de Ocumare antes de que las tropas y los barcos de Miranda hubieran zarpado de Santo Domingo. Desde el mar, el general se sorprendió de la organización de la defensa de los españoles. ¿Cómo sabían, caraj? Su primer error había estado en no tomar en cuenta la importante efectividad de los espías españoles. Uno tras otro le seguían los pasos como si fueran sus custodias. Sabían con quién hablaba, en qué lugares, en qué islas. Sabían quiénes eran sus aliados y quiénes, como los norteamericanos, habían hecho la vista gorda cuando los preparativos para el Leander eran evidentes para cualquiera que se pusiera a las tareas de vigilancia. Sabían, pues, que el general Miranda a veces aparentaba calma y otras parecía un desesperado a quien el tiempo arrinconaba más de la cuenta. Supieron de sus trifulcas con Lewis y de los intentos de motín de algunos grupos de la marinería. Sabían de la imprenta. Sabían todo, y por saber, ya sabían de antemano que Miranda, que tenía la fijeza de sus ojos puestos en Caracas, podía desembarcar con un ataque a Ocumare. Por eso, el general repentinamente Prudencia quiso dar marcha atrás, desistir del ataque, dejarlo para otro momento, y volver a Bonaire para buscar agua y alimentos. Después, marcharía a Trinidad, desde donde intentaría doblegar las defensas de los españoles atacando de nuevo la costa de tierra firme. Pero ya era demasiado tarde. Todo sucedió muy rápido y la debacle de aquel ejército al final medio descamisado se clausuró con una huida irremediable dejando en Ocumare, en manos del gobernador Guevara Vasconcelos, a cincuenta y ocho hombres de los suyos, cuya condena a muerte estaba dictada antes de que
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fueran juzgados. Al gobernador español no iba a escapársele la ocasión de darle una lección al mundo entero; a los ingleses por su apoyo constante al traidor, a los norteamericanos por aquella apatía más que sospechosa; al orden público interior de la provincia de Venezuela, a los hipotéticos insurrectos que quisieran seguir el ejemplo de los traidores, Picornell, Gual, y ahora el loco de Miranda. ¿Por qué iba la autoridad real de España a permitir que en sus propias tierras se plantara la simiente de la constante insurrección que sugería el ataque de Miranda? Sí, pues, el Leander había huido mar adentro, y no había que perseguirlo. Estaba vencido y su expedición había sido un completo fracaso. Los planes de Miranda parecían haberse hundido en alta mar y ya sólo quedaba en tierra terminar el vergonzoso episodio pasando por la horca a los invasores prisioneros. De modo que para todos se pidió la pena capital, aunque no se llegó del todo a eso. Había que ejecutar a los oficiales de más de veinticinco años y a los marineros sirvientes. Al resto, se les recluiría en diferentes prisiones militares de Venezuela. Después de ser ejecutados, se ordenó que a los cuerpos sin vida de los condenados a muerte se les cortasen sus cabezas, de manera que fueran expuestas en los lugares más visibles de Ocumare, La Guaira y Valencia. Además, había que humillar a los reos en su última respiración e incluso después de la muerte, así se llevarían la memoria del rencor español hasta el mismísimo infierno al que ya estaban a punto de entrar para siempre. De manera que se ordenó colocar en cada horca la bandera tricolor de la libertad ideada por Miranda, situada en un palo sin arte, sin labrar y torcido, mirando hacia arriba el asta y hacia abajo la bandera. James Gardner, capitán de la Bachus, trató de hablar en plena ejecución, pero la soga le rompió el cuello y su palabra entrecortada se quedó en el aire como una sílaba sin sentido. El mayor Thomas Donohue encaró la muerte tarareando canciones melancólicas de la mar y encomendándose a Dios Padre. Paul T. George, un portugués de edad no definida y con el rango de teniente, temblequeaba un segundo antes de que la vida se le escapara con un golpe de la horca que lo dejó para siempre en silencio. Entre otros prisioneros, el capitán Thomas Billopp, de
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cuarenta años de edad, intentó seguir con vida pactando sus servicios con los españoles, pero todos los reos, uno detrás de otro, fueron cayendo en la costa de la tierra firme para escarnio de los insurrectos mirandistas y para ejemplo de todos. Tras ser ejecutados, las cabezas de los reos fueron separadas de sus cuerpos y colocadas en barrilas para ser llevadas cada una de ellas al destino elegido por las autoridades. Finalmente, los despojos de los condenados a muerte fueron exhibidos dentro de jaulas de madera fijadas en altas picas para que todo el mundo pudiera enterarse del episodio y de la justicia con la que se condenaba a los traidores. Pero la venganza del gobernador Guevara Vasconcelos llegó al propio Miranda mientras el general huía en el Leander. Así dispuso expresamente que un verdugo por su propia mano quemase en plaza pública la llamada bandera de la libertad, la proclama insurreccional impresa por Miranda en el Leander, la patente de Kemper y el retrato del general Miranda. La pira ardió delante de todo el mundo como un triunfo del rey de España y sus autoridades, frente a los traidores que se habían atrevido a sublevarse. El fuego elevaba su humo hasta más allá del horizonte y tal vez, en la lejanía, el general Hundido podría ahora sentirse más ahogado que nunca, como jamás lo estuvo en toda su vida, ni en Melilla, ni en las colinas de Maastricht, ni cuando fue condenado a muerte por los jacobinos por traidor a la revolución; ni cuando fue perseguido por el Santo Oficio a lo largo y ancho de todo el mundo; ni cuando Potemkin lo puso bajo vigilancia “íntima” para que el caraqueño no se extralimitara con su anfitriona, Catalina la Grande; ni mucho antes, en los peligros de la batalla de Pensacola, ni mucho después de eso, ante los jueces de Robespierre en París “¡Quién como Dios!, pues, ¡quién como el rey!”, exclamaba para sí, satisfecho de su obra, el gobernador Guevara Vasconcelos, un héroe ante los ojos de toda Venezuela. La crueldad del resultado no empañaba aquella victoria con la que había terminado la aventura del traidor Miranda. Cuando vio desde la costa que el Leander se alejaba humillado, Vasconcelos llegó a la conclusión de que Miranda había querido que terminara así su osadía. Cuando vio arder el retrato del general Ladrón en la Plaza Mayor, ante la tropa de parada militar, y el verdugo ejecutó
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la orden del tribunal de prenderle fuego encima de un tablado de una vara y medio de alto y cuatro de largo, empezó a sentir la satisfacción del héroe abriéndole todos los poros de su vanidad. “Ardan”, decía el bando, “con esta llama, queden reducidas a cenizas y no quede memoria de una insignia y de papeles sediciosos”. Para Vasconcelos, Miranda era ya el general Fogata, el general Acabado, el general Nada ni Nadie. Mientras tanto, el Leander, sin agua, volvió a Bonaire. El general Miranda no quería hablar con sus oficiales. Durante días parecía absorto, calmado, reflexivo, pero de repente caminaba de un lado a otro, aceleraba su paso, gesticulaba, hablaba consigo mismo y, de inmediato, rompía en improperios contra los ingleses, sus aliados, a los que trataba de comemierdas, vaina horrible y bolsas, expresiones que no eran propias de un cortesano, sino del habla más popular e ineducada de Venezuela. Tampoco quería saber nada de cuanto había sucedido. La debacle de Ocumare, pues, lo había sumido en una suerte de ataque de nervios intermitente, cada uno de cuyos espasmos podía durar cuatro horas. Algunos llegaron a creer que el general podía caer en el error de la melancolía, que a su edad podía llevarlo hasta la muerte en pocos días. La angustia le cercenaba en estos ataques cualquier pensamiento razonable, y después caía en un abatimiento que lo dejada exánime, como dormido, exhalando de su cuerpo tembloroso un sudor glaciar que le enfriaba todo el cuerpo. Entonces fue cuando decidió volver a la lucha, regresar a tierra firme, ponerse otra vez en pie de guerra contra España. Ahora que ya no se esperaba nada de él, ahora que ya lo tenían por el general Ahogado, ahora mismo cuando oía llegar desde lejos las carcajadas de Guevara Vasconcelos y los caraqueños españoles. Ahora, pues, sí, ahora era el momento de regresar a ganar la libertad. Ahora fue cuando decidió dirigirse a Trinidad, y ganar de nuevo a sus aliados ingleses en las islas del Caribe. Colchrane, Thomas Alexander Colchrane, iba a ser su aliado. El marino inglés había luchado contra los barcos españoles en más de una ocasión y estaba en Barbados. Colchrane lo entendería porque su agitada vida se parecía mucho a la suya. Incluso, habían llegado a enjuiciarlo y condenado a ser privado
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del título nobiliario que había heredado. Por los suyos, los ingleses. Pero se había recuperado y estaba en Barbados. El almirante Colchrane lo entendería y el general Hundido volvería ser otra vez el general Resurrección, el general Libertad, el general Venezuela, el general América. Sí, pues, los ingleses estaban de su parte. El coronel Bolívar caminaba de un lado a otro del salón de la mansión de Las Casas. Aquella espera se le hacía interminable. No porque en ningún momento pensara que el general llegaría a escaparse. Sabía de su astucia para huir de sus enemigos en el último instante y regresar a la lucha cuando todo parecía haberse perdido. Sabía de su perseverancia, pero ¿sabía el generalísimo de la suya? Para llegar hasta allí, en ese momento de la historia de la vida de los dos, habían tenido que pasar muchos años en que los linajes unidos en su sangre lo habían convertido en un ser único. Un ser destinado a algo mucho más grande que quedarse en sus haciendas, a cuidar sus cosechas, sus bienes económicos, a rehacer una familia cuya esperanza se había liquidado con la pérdida de su joven mujer, a los seis meses de casado. Y se había jurado que nunca más volvería a casarse, que su vida estaría entregada a Venezuela, porque él era el epítome de Venezuela, él era todas las sangres de Venezuela y ahora estaba allí, al frente de aquella manada de oficiales esperando a que el generalísimo de la primera república, Musiú Pancho al fin y al cabo, saliera vestido con su uniforme francés en plena noche para ser detenido y conducido al fondo de una mazmorra en la cárcel de La Guaira. De momento, él, Simón Bolívar, de común acuerdo con los conjurados, lo había decidido así. Enjaular a Miranda en el fondo del castillo de San Carlos. A Miranda, a Soublette y a los sirvientes del general. Bajo la acusación de traición a la república. Después, cuando fuera viendo cómo transcurrían los acontecimientos inmediatos, cómo reaccionaba Caracas, cómo la república, cómo Monteverde y cómo la corona, después de todo eso… actuaría en consecuencia. Él era un militar en guerra, un jefe de la Patria, y nunca ya iba a olvidarlo. No sabía si sus tíos, los que lo cuidaron cuando había quedado huérfano, lo sabían o se habían dado cuenta de ello alguna vez, en su juventud, en sus viajes por Europa, en su estancia en París, o en Italia, pero estaban
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educando al Prócer, al Hombre de Poder, a Simón Bolívar, para que esa misma noche arrestara a su peor enemigo en la Historia, al general Francisco de Miranda, por quien todos sus oficiales ya habían perdido la admiración, el cariño, el respeto y, definitivamente, el temor. Ahora el generalísimo no era más que un hombre entregado a punto de ser declarado reo de traición. ¿Sabía el general con qué pena tenía que condenar la república a los traidores? Sabía, pues, seguro que sabía perfectamente que le esperaba la muerte. Y tal vez por eso se hacía esperar tanto. Y quizá por esa misma razón, él, Bolívar, se desesperaba con aquella espera en la madrugada interminable de La Guaira. Si el general imaginaba que los conspiradores que lo esperaban junto a sus aposentos iban a irse cansando poco a poco y, al final, cuando saliera a encontrarse con ellos, su voluntad y sus ganas de prender al traidor se habrían debilitado, se estaba equivocando el general. Si lo que estaba ahora haciendo el general era demorarse todo el tiempo hasta que los hombres que iban a prenderlo fueran cada uno para sus adentros convenciéndose de la inutilidad de apresarlo y cometer así, tal vez, también un acto de suprema traición, estaba errando el general en su estrategia. Él, el coronel Simón Bolívar, también estaba allí para evitar que eso sucediera, para imposibilitar que ninguna duda acudiera a la mente de los conspiradores. Sí, pues, ya estaba todo hecho, todo estaba decidido y consumado. Ahora sólo había que esperar para detener al general, esperar a que saliera de sus recámaras y se diera por preso de los representantes legales de la primera república de Venezuela. Sí, pues, legales. El general había perdido toda sombra de legalidad y mando en el instante mismo en que había rendido sus tropas. No había coartada ni excusa, ni exculpación posible. No se le iba a aceptar ninguna explicación, ni aunque quisiera darla, ni esa noche ni nunca. Y tampoco nadie iba a decirle a Simón Bolívar cómo había que actuar en los momentos en los que se estaba librando la batalla y el futuro de la patria, de la república, de Venezuela, y tal vez de América. En un segundo, por la mente del coronel Bolívar pasaron las experiencias que había tenido en su vida con el general. Cómo había empezado por respetarlo a pesar de las trifulcas de años de su padre, Sebastián Miranda, con todos los mantuanos de los que
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él, ahora y siempre, era el sumo representante. Cómo lo había hecho masón de la Gran Reunión Americana. Cómo lo había tratado en su casa de Londres. Cómo lo había detenido en sus ímpetus juveniles tratándolo poro menos que como a un niño. Esa crueldad superior iba a ahora a cobrárselas al general el coronel Simón Bolívar. Recordó la batalla y el triunfo de Valencia. Recordó su ascenso propuesto por el propio Miranda. Recordó el nombramiento de jefe de la plaza de Puerto Cabello. Y recordó cómo le había perdido poco a poco el nimio afecto que tal vez llegó a tenerle un día. Y cómo él, el coronel Simón Bolívar, estalló en una risotada interminable cuando sus hombres más allegados, sus cómplices, el capitán Fernández-Alcalde y el sargento Retamar le vinieron con el rumor del nombrete que le habían puesto al General Miranda. “¿Cómo dicen que le dicen?”, les preguntó a sus hombres. “Musiú Pancho, mi coronel, Musiú Pancho”, le contestó remilgadamente afeminado el capitán Fernández-Alcalde. “¡Musiú Pancho, Musiú Pancho!”, gritó el coronel. Y su carcajada histérica retumbó en todo el cuartel de Puerto Cabello.

OCHO

Sí, pues, sus amigos más cercanos, sus compinches de francachelas y conspiraciones caraqueños, estaban enterados del juramento que Simón Bolívar se había hecho en el Monte Sacro, cuando asistió a la segunda coronación de Napoleón y el Emperador comenzó a defraudarlo.

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Toda aquella pompa que divinizaba en exceso al nuevo dueño de Europa lo había traumatizado unos años antes de esa noche de La Guaira, cuando ya el duelo mano a mano con el generalísimo Miranda llegó a convertirse en inevitable. Sí, pues, se había jurado liberar la patria venezolana de las garras del corrupto imperio español. Pero ¿acaso no era él español, un ser en el que se mezclaban sesenta y seis líneas de apellidos ilustres llegados de la Península mucho antes que todos los demás. Sí, pues, pero eso no era todo. No estaba bien que lo reconociera en público, pero él sabía a ciencia cierta que allí, en lo más recóndito de su interior, la sangre del negro de la esclavitud y la del indio americano se le habían metido en un tiempo del que ya no guardaba más que una ligera memoria borrada a conciencia. De modo que él era, pues, un blanco en el que se escondía un negro y un indio. Él era un criollo en toda la línea de flotación. ¿Cómo no iba a tener de negro e indio si su apellido fue de los primeros que llegó a América? Claro, pues, que había nacido español de pura cepa. Y se había educado en Venezuela, a la española, y en España, como un militar de carrera al servicio de la Corona. Claro, pues, todo eso era necesario, había sido parte de su vida y de su carrera administrativa. Incluso el generalísimo Miranda, con el que iba a enfrentarse en unos minutos para arrancarlo de un golpe de la Historia, había realizado ese mismo camino de Damasco. Sólo que él, pues, Simón Bolívar, se había caído del caballo camino de Damasco en París y había entendido, en fin, cuál era de verdad su destino en el instante en que el Monte Sacro vio a Napoleón convertirse en emperador y juró por Dios, por su vida y la patria que él sería el Libertador de Venezuela y de toda América. Y había que empezar por esa noche. Resultaba crucial que Miranda cayera en sus manos por una vez y no fuera él, el coronel Simón Bolívar, quien fuera de un lado a otro del territorio patrio siempre a las órdenes de quien ahora venía a arrestar por la gloria de la patria y de la historia. Nadie de sus cercanías domésticas, familiares y amistosas se atrevió nunca a tildarlo de ambicioso. No, pues, eso no podía ser así, porque la ambición era, en este caso y por la patria, un bien necesario y, por desgracia, muy escaso. La ambición, pues, la sed
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de país, la fuerza de la gloria y el sacrificio de la vida entera, si llegara a ser necesario. Lo juró por Dios y lo llevaría a cabo. Pero claro que no, pues, él no quería ser emperador ni rey, ni siquiera el gran jefe de un gobierno republicano, sino solamente el Libertador, el Hombre Nuevo surgido del criollismo americano para situar América en el mapa del mundo. Y Miranda, ¿acaso el generalísimo no había buscado lo mismo toda la vida?, Sí, caraj, claro que sí, pero se había equivocado de camino, muchas veces había tenido todas las cartas en su mano y las había echado por la borda. Él estaba en París cuando el expedición del Leander y se enteró a distancia de la debacle mirandista. Bueno, claro, todo el mundo tenía derecho a equivocarse, todo el mundo tenía derecho a fracasar, pero Miranda había envejecido demasiado, fracaso a fracaso, derrota a derrota. Estaba viejo, pues, la gente lo llamaba por su alias ya sin ningún respeto, ¡al jefe supremo del ejército de la libertad y la república! Lo llamaban a sus espaldas Musiú Pancho y, aunque se hubiera estado enterado, que seguramente lo estaba, no podía hacer nada por evitarlo. Su destino de perdedor estaba tan claramente escrito en las estrellas que aquella larga espera a la que lo estaba sometiendo en la mansión de Las Casas no era más que su último farol, su última bravata, su última posibilidad de mentir a los venezolanos. Recordaba con vergüenza interior, una y otra vez, la displicencia con la que lo había tratado Miranda en Londres, a pesar del magnífico regalo que le hizo, y el ardor se le subía al rostro aceituno hasta volverlo una mezcla de cárdeno y negro, el color de la ira mezclada con la locura. Entonces retenía la espuma en la boca y sus ojos se iban de un lado a otro de todos los espacios, como si todo su organismo se hubiera alterado por aquel recuerdo que no se le borraba nunca de su mente ambiciosa. De manera que sí, la ambición era un motor que movía también los más grandes deseos y las más excelsas metas. Sin ambición no se llegaba a ninguna parte. Y la ambición, en un ambiente lleno de mediocres, había que saber imponerla. En eso le daba la razón a Miranda, aunque él no hubiera sabido, pues, guardarle hasta el final primero la admiración y después el respeto. Y tampoco el temor. Incluso el temor a perderlo todo, a perder incluso la vida si no se respetaba al jefe. Y esa condición,
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pues, reconozcámoslo ya, la había perdido Miranda con el abominable armisticio que había firmado con los españoles de Domingo de Monteverde. La España de Fernando no estaba ya para mandar en América, sino que era un país en descomposición donde los franceses de Napoleón y Murat habían hecho lo que les había dado la gana. ¿Qué tenían que ver los venezolanos y los americanos con la Paz de Amiens? Nada de nada, ellos eran seres hechos para la libertad que estaba llegando a todo el continente desde hacía dos años, desde México hasta La Patagonia. Y Venezuela era el centro de esa insurrección, pensaba Bolívar, Venezuela era el corazón verde y esperanzado de la libertad. Sin ganar Venezuela, América nunca ganaría su libertad. Y él, Simón Bolívar, pues, era Venezuela, era la libertad, era América. Ésa era su ambición, ése fue su juramento y, claro, pues, convertiría y cumpliría las dos cosas, su ambición y su juramento, en una sola. El nombre de América sería el suyo, y el nombre suyo sería el de América, indisolublemente unidos. De nada valía ahora que Miranda justificara su traición con excusas del diablo viejo que se las sabe todas y que de todas ha salido superviviente y con buen pie. El generalísimo estaba acabado y no había que darle más vueltas. De manera que la autoridad de Simón Bolívar quedaría esa noche para la Historia como la más grande, la más arriesgada, y sí, pues, la más ambiciosa, nada tenía eso de malo, de perverso o de lo que fuera. Así que el general Miranda había perdido definitivamente todas sus oportunidades, la que le dieron los franceses, la que le otorgaron los norteamericanos y la que le regalaron los ingleses. ¿Los ingleses?, se preguntó mientras se revolvía de parte a parte del salón de la casa, nervioso hasta más allá de la inquietud, observándolo todo con sus ojos, examinando al mismo tiempo cada gesto de cada rostro de los conjurados, inyectándoles a todos la fuerza inexpugnable de su autoridad sólo con el furor de sus ojos más negros y torvos que nunca. Fernández-Alcalde y Retamar, sus dos perros rabiosos y guardianes, no se movían de la puerta de entrada al salón. Eran dos columnas silenciosas, con los brazos a veces en jarras, otras veces cruzados, a la espera de saltar sobre la presa a la más mínima orden de su jefe único, el hasta ahora coronel Simón Bolívar, mañana y de inmediato, general, y
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pasado mañana, general en jefe y, dentro de nada, Libertador de Venezuela y de América, padre de la patria, pues, Simón Bolívar. ¿Los ingleses?, se repitió en su interior. “¡Esa vaina horrible, vale, esos bolsas no van sino a lo suyo, a sus intereses, y la libertad de América les importa un coño, caraj!”, se dijo apretando los dientes, como si le fuera necesario cerrar con fuerza sus labios para que la voz inmensa no le saliera de la boca a gritos. Ahora, en ese instante, si cerraba los ojos por un solo segundo, veía el mapa entero de América con un nombre sellado a fuego sobre todo el territorio: Bolívar. Ahora se daba cuenta de la magnitud de su proyecto, aunque supiera de antemano que algunos afirmarían y escribirían contra él para el resto de los días; que Simón Bolívar no tenía ningún proyecto concreto; que a Simón Bolívar lo guiaba sólo y únicamente su ambición y su egolatría, pues. Pero él no cejaría, no cejaba ahora y no cejaría nunca. Jamás iba a cejar aunque muchas veces dudara de sí mismo y aunque en algunas ocasiones hubiera pensado en quitarse la vida ante algún pequeño fracaso. ¿Un suicida Simón Bolívar? Algunos decían, y él lo sabía, que era un hombre prematuramente entristecido, que la tristeza era el fermento de su maduración, el sustento de su adultez. Era un hombre grande aunque la tristeza se había apoderado de él y la melancolía le pudría por temporadas enteras las entrañas. Cierto, pues, en esas crisis caía en el silencio y se arrimaba en un rincón entregándose a rumiar en silencio su soledad. Pero ése era otro de sus sacrificios, otro de sus juramentos: nunca volvería a casarse, jamás volvería a enamorarse. Amoríos, todos; amores de verdad, más ninguno que Venezuela, más ninguno que América, y a ese afán descomunal había jurado entregar su vida. Iría hacia su destino en línea recta, aunque se lo impidieran los elementos, porque si la naturaleza no quiere seguir nuestros designios, entonces, le enseñaremos a obedecernos, proclamó después del terrible terremoto de Caracas. Si estaba dispuesto como lo estaba a enfrentarse a la naturaleza hasta que ésta se hincara delante de él, ¡cómo no iba a estar dispuesto a domeñar la mediocridad, el miedo y en todo caso la voluntad de los hombres! La de los hombres que le rodeaban, los próceres del futuro que estarían con él en el nuevo paraíso, y la de los demás, los que no quisieran
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seguirlo en la aventura que esta noche estaba completamente seguro de iniciar ante el mundo, los indiferentes o los adversarios, los envidiosos de su jefatura y los conspiradores que sin duda le saldrían al paso conforme avanzara hacia su destino de gloria. “¡El hombre se demora demasiado!”, reconvino de repente, deteniéndose en medio del salón y sorprendiendo a los conjurados. Los miró con un deje de desprecio. Le pareció que estaban allí esperando para sentarse en la mesa ante un tapete verde y comenzar a jugar a la cartas, sin que llegaran ni siquiera en este momento a darse cuenta de que estaban viviendo la Historia de verdad gracias a su arrojo; y que no eran nada, pues, si no fuera porque él, el coronel Simón Bolívar, se había puesto por fin al mando de la revolución inmediata. Claro que la patria lo requería, y era la voz de la patria la que le decía en su interior que el hombre se demoraba demasiado. Su voz era el eco de la voz de la patria, pues, ¿no lo sabían aquellos pavosos, no se habían dado cuenta todavía? “No se inquiete más, mi coronel”, trató de tranquilizarlo de nuevo Soublette. De nuevo observó Bolívar los rostros de los conjurados, oscurecidos por la noche. En la cabeza de más de uno de ellos, estaba seguro de esa hipótesis, seguramente bullía el proyecto de salvar su vida entregando al rehén al jefe realista, Domingo Monteverde. En la mente de más de uno brillaba en silencio esa posibilidad si llegaba el momento: entregar la cabeza de Miranda a cambio de la vida de todos ellos. Seguro que más de uno de ellos, empezando por el propio Las Casas, tan voluble siempre, tan realista y tan republicano en el instante que más le conviniera, quizá el propio Montilla, a quien miraba ahora de lado Simón Bolívar, tal vez Juan Paz. Tal vez, quizá el canje era su proyecto y se lo ocultaban a Bolívar en ese momento. Aquella canalla patriótica se amparaba siempre en salvar la vida y la hacienda, aunque hubiera que hacer cosas inconvenientes. Para eso eran mantuanos como él, para no equivocarse nunca ni aunque fuera evidente el yerro. Ésa era la clave de la casta: los dueños del Valle de Caracas nunca se equivocaban y ahora, si estuvieran pensando en entregar a Miranda a Monteverde era para salvarse. Pero él,
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Simón Bolívar, lo impediría. Miranda era un reo de alta traición a la patria, nada menos que a la patria. Y los traidores nunca deben llegar a ser carne de transacción, sino que deben ser castigados por la patria, la madre a la que decía servir por toda la vida, el amor de su vida, la mujer de sus sueños, Penélope, pues, Dulcinea entrevista en los libros y en la pasión quijotesca de Miranda. En el fondo, ¿Pensaba eso Bolívar cuando los miraba ahora de reojo, con una visión de sospecha sobre cada uno de ellos?, no eran más que mercachifles convertidos por la suerte en caballeros de capa y espada, en hacendados vestidos de militares, en amos del Valle, de Venezuela, del mundo. “Sí, Carlos, pero tú deberías ir a decirle que se ande rápido, pues”, contestó a Soublette, recuperando la calma. El edecán le había dicho hacía menos de media hora que él estaba con la república y ellos, con Simón Bolívar a la cabeza, eran ahora la cabeza misma de la república de Venezuela. Sin ellos, Bolívar estaba seguro de que nada se podía hacer frente a las fuerzas realistas de Monteverde. Sin ellos, allí el general Traición habría huido con los tesoros de la república, con los dineros de la libertad, se habría escapado, pues, de la justicia revolucionaria, la misma que el general Mentira había puesto siempre por delante en sus proclamas y arengas públicas, la misma justicia que recogía párrafo tras párrafo en sus interminables archivos. Eran leyenda que corría por toda Venezuela los archivos del generalísimo, pues, los papeles del general Escritura, su vida entera, sus amores, sus amoríos, las mujeres todas que habían dejado impregnada con su perfume intemporal la piel de su alma; los viajes de un lado para otro del mundo, sus conversaciones con personalidades del siglo pasado, sus guerras perdidas y ganadas, sus conspiraciones con los ingleses, con los francesas, con los rusos, con los norteamericanos; sus lecturas, sus libros preferidos, detallados uno a uno en sus papeles y con su propia letra, como si se creyera el escritor del siglo, caraj, qué petulancia la del generalísimo, con cientos de notitas a pie de página, hablando y diciendo y escribiendo de los libros que compraba y cuánto le habían costado, los libros de los que disponía en dos cuartos en su casa de Grafton Street el falso conde de Miranda; sus dineros, los
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que debía, los que le debían, los que había recaudado a costa de la causa de la libertad y los que eran para su propio mantenimiento, qué imprudente el generalísimo que lo apuntaba, lo describía y lo escribía todo; cuándo se vestía, cuándo se desnudaba, cuándo cruzaba una calle de París o de San Petersburgo, y qué le parecía exactamente tal o cual plaza de Londres o de México; encima de todo un geógrafo, un viajero, un ilustrado, aquel general Miranda que ahora iba a pedirle a Simón Bolívar, pues, estaba seguro de eso, iba a tratar de convencerlo de que estaba equivocándose, que él, el generalísimo, había hecho en cada momento lo que debía hacer, pues. Y sí, claro que sí, si había entregado el ejército, era por evitar la matanza que Monteverde les había prometido, la carnicería a la que Monteverde los había condenado. ¿Le hubiera perdonado la Venezuela y la Historia esa matanza al generalísimo? Eso nunca iba a saberse, salvo que lo escribiera en sus papeles y se los diera a la posteridad. Tantos papeles escritos, desde que salió de Venezuela hasta ahora. “¡Qué envidia, caraj!”, pensó Bolívar entonces, “¡toda su vida en los papeles!”. Ganar Coro fue ganar nada y el general se daba cuenta. En esa ocasión, ningún venezolano lo había llamado a la invasión y llegó a la conclusión de que su estancia en tierra firme no tenía sentido. No sabía, pues, que las tropas del gobernador Guevara Vasconcelos eran un desastre y que, aunque Caracas estaba lejos, podía haber entrado en la ciudad del Valle sin mucha resistencia. ¿Se había vuelto conservador el general Revolución o le había caído encima el viejazo transformándolo en un hombre prudente y sensato? Lejos de quijotadas, decidió trasladarse a la desolada y calurosa isla de Aruba y retirarse de Coro. Lo hizo pensando en la ayuda de los ingleses, en los refuerzos que le habían prometido sus aliados. Cuando una y otra vez dudaba de ellos, se quitaba de la cabeza el mal pensamiento y decidía siempre caminar hacia delante. En ese tiempo de su edad, el general Respetado entraba en una decadencia febril que disimulaba como podía cuando estaba en público. Mientras se rehacía en Aruba, en Londres se recibían las cartas del almirante Colchrane con serias dudas de la actuación de Miranda. Arthur Wellesley, que más tarde sería Duque de Wellington, no había dejado ni un instante de estudiar un plan de
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desembarco de tropas inglesas en Venezuela. Y eso fue precisamente lo que el general Miranda había temido desde que salió de Nueva York con la expedición del Leander, y mucho antes, cuando comenzó a contratar a la marinería para invadir la tierra firme de Venezuela. Sí, pues, en Irlanda se había preparado una tropa de trece mil hombres con destino a Venezuela, porque Wellesley, luego de los fracasos ingleses de entrada en Buenos Aires, sabía con buen tino que Venezuela era la región más fértil de América y un buen lugar para clavar la bandera de los ingleses eliminando la fuerza de los españoles. Miranda, sí, pues, temía a los ingleses en este sentido, a los ingleses que además eran sus aliados, pero su estrategia de invasión se había desmoronado después de la estancia en Coro. Así que allí nadie se había puesto de su parte. Cierto que tampoco nadie se le había opuesto, pero el general Observador había notado en los gestos y movimientos de sus compatriotas una sensación que lo inquietaba: la de la alarma ante el extranjero. ¿Él, el conde de Miranda, un caraqueño de los pies a la cabeza, un extranjero en Venezuela? La ausencia larga, pues. No había calculado que una larga ausencia borra las huellas de cualquier epopeya, que la distancia realmente es el olvido y que el regreso no es más que una esperanza vana que lleva poco a poco a la muerte. Por eso notaba que la Sayona aparecía y desaparecía en su sombra cercana con mucha más frecuencia que a lo largo de toda su vida. Creía que lanzando un ejército de diez mil hombres que hubieran desembarcado en Puerto Cabello, en una nueva expedición militar inglesa que partiera del puerto de Cork al mando de Wellesley, sería suficiente para que el doble de venezolanos, veinte mil compatriotas, se pusieran de su parte. Y la invasión sería un paseo militar. Quería entrar en Caracas como el mesías libertador, con el apoyo de los ingleses, y proclamar sin más la independencia y la República. De ahí partirían sin problemas hasta doblegar la Guayana y Panamá, el istmo donde él había imaginado un canal a imagen y semejanza del que soñó por primera vez el emperador Carlos en su gloria americana. Pero la suerte, la buena estrella de la que se había servido toda su vida, había empezado a abandonar al general Euforia, y los ingleses miraron más por sí que por Miranda. ¿Para qué iban a ir a

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Venezuela si era mejor crearles dificultades a los franceses de Napoleón en España? Ni a México, ni a Buenos Aires ni a Venezuela. Que Miranda se las arreglara como pudiera con su obsesión por la libertad de América. Aquel cielo podía esperar unos años, porque para los ingleses era mucho mejor que Napoleón no se moviera de España, una vez que hubiera traicionado al rey. Lo mejor era que Napoleón no pudiera moverse de la península Ibérica. Lo mejor era crearle dificultades y temores, no dejarle moverse hacia Turquía ni un centímetro. Amarrarlo con su propia estrategia: cuando el enemigo está despistado, no hay que avisarlo. De modo que la expedición de Cork se dirigiría a España y no a ningún puerto de América. Wellesley escogió al conde de Stanhope para comunicarle la mala noticia al general Miranda. El emisario inglés le comunicó a Miranda la negativa inglesa en una calle de Londres después del regreso del venezolano a la City, y tuvo que aguantar los improperios y los gritos del caraqueño insurrecto. Stanhope caminaba delante y Miranda, a unos pasos suyos, gritaba contra sus propios aliados. Ahora caía en la cuenta de que los intereses americanos que él comandaba, y los de los ingleses, no eran los mismos. Para él, lo importante era América, para sus aliados lo más importante en ese momento era Europa. “¿Os vais a España? ¡Estáis perdido!”, gritaba como un poseso grotesco el general Miranda, mientras Stanhope caminaba delante, “eso es la perdición, no hay quien os salve, España es una tumba, pero este asunto es cosa vuestra. Lo peor es que jamás se ha tirado por la ventana mejor ocasión”. En su primera reflexión después de la discusión en plena calle, cuando ya se había calmado su furia y la frustración le invadía el alma, el general Tristeza cayó en la cuenta de que los ingleses lo habían dejado a su propia suerte. Se dio cuenta de que sus aliados lo habían sido hasta ese momento por conveniencia y que ahora, solo ante la Historia, otra vez más tenía que rendir cuentas a todos y, sobre todo, a sí mismo. Sí, pues, había escapado de otras derrotas, diplomáticas, políticas y guerreras, él ya era un experto en su propia supervivencia, pero le pesaban más que nunca los años y los errores que iba descubriendo, de los que
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él era el máximo responsable. Sólo quedaba dar de baja al personal que había estado a sus órdenes en la conquista frustrada. Había, además, que pagar las deudas. Había que saber lo que se hacía con el Leander. Y con la imprenta que había levantado tantas ilusiones y complacencias. Derrumbado, Miranda veía una vez más cómo se escapaban sus proyectos como alcaravanes que desaparecían en el horizonte del Caribe. La aventura había terminado mal y el general Derrota decidió volver a Londres, a su casa de Grafton Street, de donde nunca debió haber salido en aquella obsesiva expedición. La imprenta del Leander se vendió y fue a tener después a Caracas, donde algunos dicen que sirvió para imprimir luego “La Gaceta de Caracas”. Y el barco navegó hasta una isla del Caribe donde fue vendido palo a palo hasta quedarse en los huesos de la nada, una suerte de esqueleto que dormitaba herido de muerte en puerto, mientras se mecía en gemidos que recordaban el final de su destino y su fracaso. Cuando se estaba terminando de vestir en sus recámaras y su sirviente Morán le acercaba los últimos complementos honoríficos del uniforme de general francés, el generalísimo caminaba por toda la gran alcoba y de vez en cuando se detenía delante del espejo. Se ajustaba alguna de las prendas y volvía a fijarse en sí mismo, en su figura. Y volvía a acordarse de Inglaterra. ¿Y si no se hubiera movido de Londres? ¿Y si hubiera desistido de aquel intento laberíntico que ahora lo había llevado al borde del abismo? ¿Era el suyo el suplicio de Tántalo, volver una y otra vez a subir la piedra enorme de la libertad hasta la cima del monte y verla caer rodando hasta el llano sin que sus planes nunca se llevaran a cabo? Abrió su boca y tensó sus dientes, mandíbula contra mandíbula. Sus dientes habían sido su joya preferida, además del sexo, a lo largo de su vida. Los había cuidado como si fueran diamantes únicos en todo el mundo. Durante toda su vida había alardeado de su dentadura, de sus dientes perfectos, perfectamente limpios. Pero ahora, en el trópico, en aquella tierra suya, ancestral y atrasada, su dentadura se había ido deteriorando. Como todo su cuerpo. Como sus propias esperanzas. El general Héroe, que como tal había sido llamado en esa ocasión por sus compatriotas
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para sacar a Venezuela de su servidumbre y esclavitud, y que como tal había sido puesto al frente del ejército republicano con el rango de generalísimo, era ahora no más que un general Viejo que en dos minutos tenía que enfrentarse al revés de su suerte. No, pues, no había sacado la cuenta de cuántas vidas le quedaban todavía, si una o dos, si había gastado seis o cinco en todas las aventura, si se había equivocado alguna vez al sumar una o restar otra. A ciencia cierta, pues, ya no sabía cuántas vidas de aquellas que le habían regalado sus esclavos cuando era un niño le quedaban. Pero incluso así, en ese estado interior lamentable que hería su estima propia mucho más de lo que en ninguna derrota anterior había imaginado, se juraba una y otra, quizá inútilmente ya, que jamás se daría por vencido. Eso es, los convencería. A Bolívar y a los otros mantuanos. Los convencería de que había hecho lo conveniente y que, en ese momento, lo que tenían que hacer era rehacer entre todos la fuerza, escapar de La Guaira en el Sapphire, refugiarse de nuevo en Trinidad, bajo el manto protector de los ingleses, y regresar por última vez a la victoria final sobre los españoles. Él conocía bien a los ingleses. Tenía amistad personal con el almirante Colchrane, habían hablado mucho de historia, de la guerra, de sus países, de la alianza necesaria de sus naciones, aunque luego lo dejaran solo con el Leander, tirado en el mar Caribe y navegando hacia la nada. Aunque ese fracaso le había hecho regresar a Londres con la cabeza gacha y rumiando en su interior la enfermedad de la melancolía furiosa que ahora volvía a presentársele. Esas vísperas no eran nuevas para Miranda. Desde el fracaso más grande de su vida hasta ese momento, el general Insurrección, había vencido uno a uno a todos sus enemigos, incluso a la Sayona cuando se le apareció en París y estuvo durante meses en la cárcel discutiendo con su sombra tenebrosa. Sí, pues, la sombra de la Sayona, la muerte, la misma que lo había condenado en París a pocos días de vida, la misma a la que él había sobrevivido discutiendo con ella y con sus representantes los jacobinos. Sí, pues, habían querido matarlo, enviarlo al cadalso por perder Maastricht, por mal soldado, por mal jefe, por traidor a la revolución, a él, al teniente general francés Francisco de Miranda, Conde de Miranda, Miranda a secas para los
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revolucionarios, para sus amigos, para todo el que lo conocía en todo el mundo. Miranda, pues, el venezolano universal, el primer hombre serio que se había levantado contra el Imperio español en la provincia de Venezuela. Ese Miranda, ese general francés, Musiú Pancho a sus espaldas, tenía ahora que enfrentarse con quienes se decían sus alumnos, sus subalternos, los jefes que ahora iban a querer venderlo para culparlo y responsabilizarlo de todo el fracaso republicano. Estaba acostumbrado, pues, a los consejos de guerra, a los que él organizaba y a los que le organizaban a él. Su vida entera había sido un consejo de guerra tras otro, una guerra tras otra, una victoria tras una derrota y una derrota tras una victoria. Eso era su vida, una derrota tras una derrota y, al final, siempre salía volando, resucitado como un ave fénix americano. No le había importado nunca que una vez tras otra tuviera que hacer el papel de Tántalo. En cuantas ocasiones tuviera que correr el riesgo del Argos tras el vellocino de oro, él se convertiría en Jasón. Cuantas veces tuviera que enfrentarse con el Minotauro para evitar la sangre de las vírgenes, el general Miranda se pelearía a muerte con el mito del imperio español. Ése también había sido su juramento y el juramento sagrado seguía enhiesto en su ser interior, aunque su estado fuera ahora calamitoso. Eran los mantuanos que siempre lo habían injuriado, a él y a su estirpe familiar, los que siempre lo habían humillado, a su padre y a él mismo, a Francisco de Miranda, los que venían ahora a pedirle cuentas, los que habían conspirado a sus espaldas hasta hacer que sus soldados le perdieran el respeto, le perdieran el cariño debido y, lo que era peor, le perdieran el temor. Ahora, para ellos, él no era más que el general Indiferencia, un tipo vencido que iba a enfrentarse en un par de minutos a su destino verdadero.

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NUEVE

En el salón de la casa no había más que una lámpara de aceite en la mano derecha del edecán Soublette. El generalísimo había salido de sus recámaras unos segundos antes, había caminado con paso seguro y contundente sobre la alfombra de la galería que llevaba hasta el salón de los conjurados y se había detenido en la puerta. Estaba completamente vestido de general francés, de pies a cabeza, sin faltarle una prenda. Morán le había abierto la puerta de sus aposentos, y los conjurados, cuando oyeron el ruido y los pasos de Miranda, guardaron silencio. El generalísimo caminó en la oscuridad, lentamente, pero con paso enérgico, antes de llegar a la puerta del salón. No temió confundirse de lugar ni tropezarse con los muebles de aquella galería. Afuera, olía a una densa humedad afrutada que llegaba tersa y fresca al rostro de Miranda. Las ventanas estaban abiertas para que aquella bendición de la madrugada enfriara razonablemente el ambiente cerrado durante el diluvio. Respiró hondo y miró para algunas de las ventanas abiertas en las que se reflejaban, como en un cuadro al natural, las sombras de la noche todavía cerrada. Ante el espejo que cerraba el fondo de la galería se reflejó su propia figura. Sin luz alguna que lo dibujara, Miranda se vio deformado y viejo, tal como se imaginaba por dentro, pero incólume y entero. Cuando llegó a la puerta del salón, erguido sobre su propia figura, seguro de sí el generalísimo, trató de reconocer los rostros de cada uno de los conjurados. Le fue imposible. Soublette hizo ademán de acercarse a él mientras los conjurados guardaban un riguroso silencio. “Señores, buenas noches”, dijo con voz de mando, sin expresar acritud por la situación a la que sin duda estaba siendo sometido. De antemano sabía que iban a humillarlo, a detenerlo, a someterlo a vejaciones que ni siquiera la revolución francesa en los tiempos del terror se había permitido con su autoridad. Los
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miró de hito en hito, como si en realidad los estuviera viendo, y luego con lentitud se acercó, las manos a la espalda y respirando con toda su calma de ser superior hasta donde estaba Soublette con la lámpara de luz. En un primer momento, la voz del generalísimo los había hecho cuadrarse ante él, todos a una, de un golpe de talones, como si estuvieran ante quien estaban, ante el general en jefe del ejército republicano. Con la misma solemne autoridad que emanaba de su presencia, acercó su mano izquierda al brazo derecho de Soublette e hizo que éste levantara la lámpara hasta el rostro del primero de los conspiradores. Era el dueño de la casa, el oficial Manuel María de Las Casas, un vocinglero correveidile de unos y de otros. Desde que tenía uso de razón, el dueño de la mansión no había hecho otra cosa que medrar en la política, sumar enteros en su beneficio. Sí, pues, De las Casas era el epítome del mantuano que aparentaba duda y prudencia para esconder su doblez genuina, su verdadera identidad psíquica: esperar a que las cartas del juego se aclararan del todo para ponerse siempre de parte del ganador, fuera uno o su contrario. Lo que al principio, en su juventud, fue juzgado como virtud, al final se reveló como lo que realmente era: cobardía y traición. Su semblante de pusilánime durante toda la noche, sus silencios entrecortados por monosílabos sin sentido y por gestos intraducibles que se añadían sin ton ni son a los comentarios de algunos de los conjurados, lo desnudaban ahora ante el generalísimo. Miranda le sonrió con un leve rictus de ironía al ver su rostro de pavor contenido y lleno de amargor, sus ojos abiertos hasta salírsele, ese pequeño temblor de sus labios, la mirada huidiza. La luz le alumbró la cara y le desveló el alma. “Cochon!”, se dijo Miranda. Hizo como que iba a empezar a hablarle, tal vez a recriminarle su postura. Al fin y al cabo, era su anfitrión, había confiado en él, y era también su subordinado. Y ahora se volvía de parte de los carceleros y cedía su casa como bóveda de lujo para el generalísimo. “Cochon!”, se repitió Miranda entre dientes, sin que nadie lograra entender lo que estaba diciéndole a De las Casas. Al final, cuando le dirigió la última mirada de desprecio, el dueño de la mansión bajó la vista sin poder soportar la autoridad del invitado.

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Dio un paso adelante, miró un momento a Soublette y el edecán caminó con él. Había entendido el gesto del generalísimo. A la altura del segundo conjurado, Miranda volvió a detenerse. Apretó con su mano el brazo de Soublette que mantenía la lámpara de aceite y lo obligó a ir a su paso. Ahí estaba el dignísimo coronel Juan Paz del Castillo, sangre criolla de Venezuela, llamado a altos destinos en el futuro del país; un tipo sin mácula, pues, íntimo de Simón Bolívar, a quien el generalísimo entendía que siempre había sometido a su voluntad. Y ahora estaba allí con él. El nerviosismo se comía poco a poco la calma acostumbrada del coronel Juan Paz. En posición de firmes, levantaba la cabeza y trataba de mirar fijo a Miranda. El general lo recorrió con la misma lentitud que había usado para De las Casas. Lo miró primero con atención y luego con distancia y autoridad. Acercó su rostro al de Paz y vio que sudaba en exceso, que su respiración se agitaba y su cuerpo temblaba sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Había un ligero parpadeo en sus ojos que traducía una creciente inquietud. “Este comemierda tiene miedo de lo que ocurra”, se dijo Miranda. A esas alturas, el coronel Paz del Castillo había desviado la vista de la mirada fija del general. Podía haberle ordenado a gritos que lo mirara. Podía haberle exigido, pues, que no desviara la vista precisamente ahora que lo tenía delante. ¿Por qué no hablaba ahora del mierdero que llevaba diciendo toda la noche sin parar? Podía haberle ordenado que hablara, que le dijera de una vez lo que pensaba de él, lo que pensaba de aquella traición que estaban llevando a cabo contra el general en jefe de la república. Podía, pues, preguntarle, ¿cómo dice y repite usted que me llama la gente, coronel?; y Juan Paz del Castillo, tan valiente en su ausencia, se habría puesto cárdeno de vergüenza, su temblor habría crecido hasta el ridículo. ¿Se habría callado, habría mentido aquel mantuano petimetre, aquel señoritingo de salón, aquel pendejo?, pensaba Miranda mientras lo miraba sin quitarle de cerca de su rostro la lámpara de luz, mientras los demás conspiradores movían sus cuerpos, inquietos ante su actitud de jefe. Todo estaba durando demasiado. Todo aquel teatro era una farsa insostenible que alguno de ellos tendría que romper en algún
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momento inminente. No le podían consentir precisamente al prisionero, al traidor, al ladrón, pues, no le podían conceder tanto tiempo para que manejara la escena, para que se hiciera el director de la obra, para que anduviera caminando sobre las aguas por aquel mundo estrecho del salón como si se pensara que no iba a sucederle nada y que iba a seguir siendo el generalísimo después de haber entregado el ejército a Monteverde. Aquella sangre fría, aparente o real, los iba poniendo nerviosos. Y sí, pues, había otros dos coroneles, además de Simón Bolívar, a quien quería dejar para el final, y una recua de comandantes que se habían situado casi detrás de sus jefes, como si trataran de esconderse de sus propias responsabilidades como militares y como personas. Allí estaban los coroneles Manuel Cortés y José Mires, con su porte caballeresco. Elevados a su rango militar a toda carrera para cubrir los espacios vacíos del ejército republicano. Les miró los rostros sin detenerse mucho esta vez, con evidente desprecio. Como si no los tuviera en cuenta. Y en la pandilla de los comandantes, el primero de todos era Tomás Mantilla, con fama bien ganada de traidorzuelo y jugador achulado, un hombre que nunca daba la cara del todo, sino que casi siempre ocultaba sus intenciones en una sonrisa bobalicona y torpe. Y Rafael Castillo, y Miguel Carabaño, y José Landaeta, y el también comandante Rafael Chatillón, todos mantuanos, todos con esa ojeriza de casta privilegiada cabalgando en cada una de sus actitudes e ineptitudes. A cada uno de ellos los fue observando con calma, a unos con más curiosidad, a otros con más distancia, a unos con una aparente amabilidad teatral, a otros con la fiereza del furor en sus ojos, sin decirle nada a ninguno en particular. “¡Pendejos del carajo!”, se dijo sin abrir la boca. Y, sí, pues, allí estaba también el héroe, el coronel Simón Bolívar, erigido en jefe de la pandilla de conspiradores, uno de los amos del Valle. Allí estaba el cazador para darle el tiro de gracia al generalísimo, para traicionarlo en ese instante exacto de la Historia de Venezuela y de América. ¿Había sabido esperar su momento o la suerte se lo había puesto todo en bandeja?, se preguntó para sí el general Miranda. Entonces se detuvo delante de Bolívar. Hizo que Soublette le acercara más la lámpara de aceite a la cara del coronel. Allí
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estaba, pues, con su rostro de piel cetrina ennegreciéndose por la tensión nerviosa que trataba de contener. Lo miró fijo, pero Bolívar desviaba sus ojos negros y torvos a un lado y a otro del salón. No es que quisiera manejar la escena, como un buen director de teatro, sino que no se atrevía a mantenerle la mirada a Miranda. La luz se reflejaba en aquel rostro de la Historia, dándole ribetes de oro por instantes, pero enseguida desaparecían. La luz que rompía la oscuridad de la madrugada de La Guaira era inestable, Soublette también sudaba cuando Bolívar desviaba sus ojos hacia él, al fin al cabo, todos eran republicanos, empezando por el generalísimo, y todos eran venezolanos y antiespañoles. Todos estaban en el mismo barco y cada uno cumplía su papel en aquella función histórica. Hasta que se rompió el guión. Alguien, tal vez Miranda, quizá ahora Bolívar, había roto en pedazos el guión que todos se habían trazado, como un jarrón chino que cayera al suelo con estrépito, y allí, en aquella escena de la madrugada de La Guaira estaba el resultado de los errores de unos y de otros. Ninguno quería bajar la cabeza. Y mientras Miranda continuaba en silencio observando con detalle cada uno de los gestos del rostro de Bolívar, el coronel desviaba los ojos a un lado y a otro, le devolvía por un segundo la mirada al Generalísimo, pero siempre de lado, tal vez con desprecio o quizá con un incipiente temor. Nadie decía nada. El duelo era entre Miranda y Bolívar, Soublette hacía el papel de iluminador a su pesar, y el resto de los conjurados habían pasado a segundo plano, a jugar un papel de simples figurantes sin nombre ni apellidos, sin voz y sin palabra, prácticamente sin papel, estáticos como retratos sin vida, todos pendientes del primer movimiento de los duelistas. No, pues, no era momento de sacar la espada, ni de dar un pistoletazo que acabara con uno de los dos. Ni era el momento oportuno para retarse al amanecer, escoger armas y batirse como dos caballeros medievales que discutían a muerte por quedarse con la amada. Sí, pues, la amada, Venezuela, la libertad, el poder, América, en definitiva, la Historia. Ninguno de los que estaban allí, ni siquiera el dueño de la casa, se atrevió a romper apenas con un monosílabo el espeso silencio que abrumaba el salón en el que se encontraban. El señor
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de Las Casas observaba con asombro cómo Miranda examinaba al coronel Bolívar como si le estuviera pasando revista de cuartel. Seguro que el coronel Cortés estaba pensando en ese mismo instante hasta cuándo iba a aguantar Bolívar aquel desplante de Miranda, que no se recataba en volver a exhibir en silencio su superioridad tan irritante. Eso le había valido también la distancia de sus subordinados, esa altanería que iba con su personalidad más exigente y que ahora desplegaba ante Bolívar en posición de firmes. “¡Dese preso, pues, mi general!”, le conminó Bolívar, de repente, cuando ya casi nadie esperaba oír su voz. Su tono era autoritario y nervioso. Sí, pues, sabía lo que estaba haciendo y estaba jugando su papel, erigiéndose en lo que ya lo habían convertido por anticipado los conspiradores y la suerte, el verdugo de Miranda. El generalísimo escuchó la orden, pero no se inmutó. Claro, pues, estaba acostumbrado a aquellas circunstancias. A lo largo de toda su vida, se había visto en ésas no una ni dos veces, sino incontables, y de todas ellas había salido como un superviviente. Ya se lo habían dicho sus esclavos desde que era un niño, que la Sayona disfrazada de cualquiera iba a perseguirlo sin conseguir domeñarlo. Sí, pues, pequeñas cosas, dolencias momentáneas, dolores temporales, juegos peligrosos, duelos secretos con señores de su alcurnia biográfica, amores épicos de los que tuvo que salir huyendo más de una vez, batallas perdidas o ganadas a lo largo y ancho de su vida de militar. En todas esas ocasiones, Miranda había salido vencedor de la Sayona, la mala sombra, la mala muerte, el mal final que lo perseguía desde que era un niño. Asintió con la cabeza sin quitarle a Bolívar los ojos de encima. Volvió a mirarlo con displicencia, de arriba abajo, midiéndole la hombría, retándole su valentía, pulsándole su aguante. Olía. De repente, al respirar hondo, Miranda se dio cuenta de que Bolívar olía a agua de colonia. Era una de las leyendas que corrían por toda Venezuela, la manía del coronel Bolívar por estar siempre perfumado, por oler bien, como si acabara de bañarse en agua caliente, como si llegara de una derrota brutal y no hubiera tenido tiempo de asearse y limpiarse la mugre de la batalla y el sudor que lo había salpicado durante el
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viaje. Y olía a flores frescas, tal vez a rosas, un perfume de hombres, pues, suave, pero penetrante, embaucador. De modo que todo lo que se contaba sobre la costumbre de Bolívar, que no podía dar un paso sin llevar consigo un buen frasco de agua de colonia francesa para echársela por encima y levantarse la autoestima herida y la euforia maltrecha, era verdad. De manera que aquel tipejo casi femenino, su custodio Alcalde, a quien Miranda no entendía cómo no había mandado a fusilar más de una vez, era quien le guardaba el agua de colonia francesa para cada vez que el jefe la necesitara, quisiera aspirarla o buscara recomponer su malhecha figura, flaca, casi china y medio vieja a pesar de su juventud, con un golpe de frescura de colonia de París por encima de la cabeza y un masaje corporal. Olía, pues, Bolívar a gloria, aunque estuviera sucio por dentro, aunque su cuerpo estuviera pringado de sudor y salitre, aunque su rostro mostrara todavía las huellas de la derrota de Puerto Cabello. Olía, pensó Miranda, porque aquí, en La Guaira, iba a compensar su verdadera guerra, allí estaba de repente Ulises ideando el caballo en las playas de Troya, inventando la mentira para darle carácter histórico y tildarlo de traidor para siempre y para siempre expulsarlo de la luz del sol y destinarlo al limbo del olvido. “¡Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche!”. Eso dijo de repente el general Miranda, desde la altura de su historia personal, desde la autoridad del general francés de la revolución, desde la estela del superviviente que había escapado dos veces de la pena de muerte en París, bajo el terror, el único hombre conocido que había escapado indemne de los jacobinos hasta hacerse pasar por inocente y exigir ese papel en la historia de Francia, el teniente general Miranda. “¿Lo ves, Carlos?”, preguntó en voz alta dirigiéndose a Soublette, “esta gente no sabe hacer sino bochinche, bochinche”, repitió. Cuando Bolívar llevó su mano derecha a la empuñadura de su espada, no descompuso el rostro. Fue una especie de reflejo instantáneo que de inmediato volvió a su lugar, como si no hubiera querido inmutarse ni alterarse por las palabras del general. Durante unos segundos, el eco de las palabras de Miranda ofuscó la mente de Bolívar y se paseó por todo el salón
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de la mansión de Las Casas. Sí, pues, allí se estaba jugando la Historia, entre palabras, ecos, gestos, paciencias y duelos. ¿Qué iba a hacer Bolívar? Algunos conjurados llegaron a pensar que el generalísimo había dejado de serlo en esos instantes y que no iba a salir con vida de aquella casa. Después lo explicarían. Se había sublevado contra la autoridad encarnada por ellos, cuyo jefe era Bolívar, y se habían visto obligados a darle muerte. Retamar y Alcalde echaron mano a sus espadas y se adelantaron unos pasos sin que su jefe se lo hubiera ordenado. El instinto de la muerte y la sombra de la Sayona sobrevolaron aquel espacio cerrado en el que los protagonistas se jugaban a una carta la historia del mundo y su propia historia. Pero nadie dio un paso de más, sino que todo el mundo se contuvo. Aquella palabra repetida una y otra vez, bochinche, bochinche, bochinche, se había apoderado del salón con una supremacía sobre los hechos. Era una humillación en toda regla que un preso, por muy general y superviviente que fuera, se atreviera a retar sólo con la palabra, y sólo con una palabra repetitiva, bochinche, bochinche, bochinche, a los conspiradores que representaban a la república. Se atrevía a hacerles frente con la altivez de su voz, sin darse cuenta de que ya no era más que el general Degradado, el general Preso, era ya un general que ya no era, sino que comenzaba a ser un despojo de lo que fue, un desarraigado al que el río inclemente e insaciable de la Historia se lo llevaba mar adentro, corriente abajo del mundo y de la memoria. Y, sin embargo, se erguía ahí, ante los testigos y los protagonistas. Le hacia frente a su destino con la misma imprudencia de la que había hecho gala en multitud de ocasiones, cuando había sido, hacía muchos años, un joven agresivo, duro y convincente. “¡Bochinche, bochinche, bochinche!”. Sí, pues, habían conseguido detenerlo antes de que se fugara con el dinero y las pertenencias de la república. Lo tenían allí los amos del Valle, en aquella casa mantuana de La Guaira, para cortarle para siempre el resuello. Si se hubieran cumplido los primeros deseos de Bolívar, entrar en la recámara de Miranda y matarlo como Bruto mató a César, sin que apenas pudiera resollar, nada de lo que estaba sucediendo ahora habría ocurrido. Tampoco el general habría podido decir nada y ese término
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odioso, el bochinche, bochinche, bochinche, no perseguiría hasta hoy y para siempre a la historia de Venezuela y a la historia de América. Pero había sido blando, pensó tal vez Bolívar, había sido frágil y no había seguido su instinto de triunfador, su instinto de matador cruel, de dueño del Valle y de la Historia porvenir. Él sería el general Futuro, y no Miranda, que era sólo ya el general Pasado. Tenía que haberles demostrado a todos los demás, a sus compañeros y desde ahora subordinados, que al enemigo no se le puede conceder ni agua, y mucho menos cuando no la pide, sino que la exige. ¿En qué condiciones, pues, había soltado Miranda esa suerte de maldición que se arrastraría por los siglos de los siglos, bochinche, bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche? En las condiciones de un preso, pues, que no estaba en condiciones de pedir condiciones. A lo mejor sí, pues, a lo mejor eran unos pendejos por no haberle arrancado la lengua cuando comenzó a hablar con esa autoridad que ya no le correspondía. Él, Bolívar, tenía que haberlo hecho. Tenía que haber sacado su espada, ordenar a Alcalde y a Retamar que lo agarraran y lo mantuvieran quieto, sin dejarlo mover, que le abrieran la boca a Musiú Pancho y le sacaran la lengua. Y él se habría encargado de cortársela, de modo que no hubiera podido terminar la frase maldita que los maldecía a todos. “¡Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche!”. Sabía que todas las trifulcas que había tenido en su vida no eran nada comparadas con la que estaba viviendo en ese momento. Sí, pues, a una sola carta. No habría una segunda oportunidad. Veía a Miranda delante de él e intuía que el general era ya un tiempo viejo al que le quedaba un paso más para acabar del todo su momento. Recordaba la trifulca con Briceño, aquel vecino que se le enfrentó y al que tuvo que humillar como convenía al mando. Entonces no quiso sino plantar un poco de añil en un terreno por el que los dos litigaban, una frontera que él, Simón Bolívar, mantenía que era suya, y Briceño sostenía lo propio: que Bolívar se había excedido y que le estaba robando terreno para plantar. Tomaron juntos café. Briceño lo invitó dizque para hacerle entrar en razón. Bolívar se avino en un principio a retirar de la tierra de Briceño a sus esclavos, a los que
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había enviado a plantar añil. Pero, poco tiempo después, volvió al asalto por sorpresa, con sus esclavos como infantería invasora. Casi llegaron a las espadas, casi hubo sangre en esa ocasión, pero nadie pudo evitar que la trifulca y el escándalo llegaran a la ley. En esas peleas se hacía el hombre, pensaba Bolívar, en esas peleas y en esos pulsos, lo que el general Perdición llamaba ahora, en su presencia y con gran desprecio, bochinche, bochinche, bochinche. Así que ya había quedado todo dicho, visto para sentencia, porque con aquella frase maldita, Miranda se había consagrado a su propio desastre. ¿Simón Bolívar el coronel Bochinche? No se lo permitiría a un advenedizo. Un mantuano no podía quedarse sin palabras y sin hechos, mudo y estéril, ante un advenedizo altivo, por muy general francés que fuera, por mucha leyenda que llevara como una inmensa corona de laurel sobre sus espaldas, sobre su cabeza. Ahí estaba la vaina, porque el encuentro se había hecho inevitable desde que el generalísimo le dio aquel destino de Puerto Cabello que él no deseaba, un destino militar que resultó un regalo envenenado; un fracaso que él, Simón Bolívar, no había querido ni buscado. Sí, pues, ahora, cuando Miranda les echaba en cara a todos, y a él primero que a ninguno de los que esa noche crucial estaban en la mansión de Las Casas, cerrada a cal y canto para extraños a la conspiración, que no sabían hacer sino bochinche, bochinche, bochinche, se estaba arrepintiendo en su alma de haber escrito la carta al generalísimo, aquella misiva en la que se declaraba responsable y hasta culpable de la pérdida de la patria. Nada menos que él, Simón Bolívar, se culpaba a sí mismo de haber perdido la patria. Y tan sólo unas horas más tarde estaba allí, delante del generalísimo, arrepentido de haber escrito su propia sentencia histórica. Y encima, el general Traición lo miraba de hito en hito, con una desfachatez abominable y vergonzosa, y le gritaba mirándole a los ojos que aquella recua de rufianes que él comandaba no sabía hacer sino bochinche, bochinche, bochinche. Musiú Pancho, el general Huida, precisamente, le reprochaba que no supieran hacer más nada que bochinche. Pensó en decírselo otra vez: “¡Dese preso, mi general!”. Decírselo con más convicción, con más autoridad, para que el
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general Miranda se diera por vencido de un golpe y se entregara a los jefes militares de la república. Recordó con vergüenza cuando se llegó a la casa de Grafton Street, en Londres, a pedirle al general que viniera a Venezuela a salvar la patria, a liderar el ejército de la libertad. Y recordó la displicencia con la que Miranda lo había tratado, como si fuera un pendejo caraqueño acabado de salir del colegio, como si no fuera un jefe militar llamado a los más grandes destinos en la república, en la patria, en la libertad, en América y en el mundo. Se avergonzó de aquel recuerdo que ahora lo enardecía mientras el eco de la maldición de Miranda seguía clavándose a sangre en su mente, bochinche, bochinche, bochinche. “¡Dese preso, mi general!”, pensó decir a gritos. “¡Por traidor a la patria!”, añadió pensando, sin decir una palabra, no porque estuviera paralizado ante la autoridad de Miranda, sino porque su mente se retorcía en un laberinto interminable y su cerebro le dictaba que se mantuviera en silencio, un silencio prudente, una actitud sin palabras de las que luego se fuera a arrepentir. Su natural manera de zanjar las cuestiones graves era intervenir primero y preguntar después. Estaba acostumbrado, por casta y educación, a actuar de esa manera. Pero en esta ocasión debía guardarse del peor enemigo que hasta ahora le había caído en suerte, el generalísimo Miranda, el venezolano que hasta esta misma noche triste de la traición era el venezolano más importante del mundo, el gran americano de la corte rusa de Catalina, el gran general francés de la revolución, el gran amigo de los norteamericanos, el agente inglés de la libertad, el gran hereje español. Era el más grande y Bolívar lo sabía. Y sabía que había que empequeñecerlo desde ese momento. Lo supo desde siempre, aunque hasta esa noche no se hubiera convencido totalmente de esa realidad. Por eso había que rasparlo, eliminarlo, liquidarlo, hacerlo preso, convertirlo en traidor, en gran traidor a los ojos de Venezuela y el mundo. Sí, pues, un gran traidor. Miranda era grande en todo, ¿no era así? Pues también era grande en la traición y ése era su punto y final. No había lugar a más duelos porque la suerte estaba echada. Miranda, el gran Miranda, estaba hundido, deshecho, destrozado, e iba a acabar como el Leander, desguazado por las islas del Caribe, sus recuerdos y
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objetos personales vendidos al mejor postor, en manos de los piratas ingleses al servicio de la corona británica, ¡qué destino de horror para el gran traidor! “Quiero hablar con usted un momento, Bolívar”, dijo de repente Miranda. Con gran autoridad. Como si no supiera que había caído ya en un pozo sin fondo y que su fracaso lo era sin remisión. No, no se daba por vencido, pues. Le exigía una conversación más, a él, a Simón Bolívar, al coronel Bochinche. No se lo esperaba y en su rostro cárdeno y cetrino apareció un incipiente gesto de sorpresa. “Venga, acérquese a mi recámara”, le añadió mientras se daba la vuelta y se encaminaba con toda tranquilidad hacia su cuarto de dormir. “Usted solo, Bolívar, nadie más”, añadió sin mirar, al percatarse de que los dos esbirros de Bolívar, Retamar y Alcalde, habían hecho intento de acompañar a su jefe. Bolívar dudó. Primero pensó en quedarse inmóvil. No hacer caso al general era no obedecerlo ante sus compañeros conspiradores. Era un segundo paso para desautorizarlo en público, delante de aquel grupo de bochincheros, como él los había llamado hacía tan sólo un minuto y con evidente desprecio. De modo que pensó que no se movería de su lugar. Pensó en dar órdenes a sus dos guardianes para que lo tomaran preso. Pensó en lo que haría en ese momento Soublette: si defendería al general o se pondría de parte de la república. Pensó en decírselo: “No dé un paso más, general, y dese preso o por muerto”. Pero no dijo nada. Se contuvo. Se guardó su soberbia para mejor ocasión. Habría tiempo de sobra para demostrar sus dotes de mando, para que los demás supieran que él, Simón Bolívar, era el jefe único, el líder máximo de la revolución de la libertad. Miranda había dejado de ser el gran hombre de Venezuela, el hombre fuerte y providencial que estaba llamado a traer el carro de la libertad a América. Ya no era más que un despojo camino de la tumba. Y, sin embargo, mantenía aquella entereza personal, aquel mando que le había permitido llegar a ser conocido como una leyenda en todo el mundo. “Venga, Bolívar, venga, el tiempo apremia”, repitió desde la puerta de sus recámaras el general Miranda. Sin un temblor en el
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tono de su voz, con una altivez en su rostro que daba pavor a los conspiradores, sin que en su cuerpo de incipiente anciano se notaran el cansancio y la derrota que ya llevaba en el alma. Bolívar entonces dio un par de pasos hacia donde le proponía Miranda. Y ese primer par de pasos fue definitivo. Los demás lo habían visto y ya no podía detenerse. Ni podía dar sensación de duda ni mucho menos hacer pensar a los conjurados que estaba a punto de plegarse, que temía la reacción del general Miranda cuando estuviera con él a solas. Ahí estaba la vaina, pues, chévere cambur, ahí se estaba jugando el destino, el futuro. A solas con Miranda, la derrota del general sería mucho más clara. Nadie podría interpretar que el gesto de Bolívar hacia Miranda era un signo de debilidad, sino todo lo contrario. Ahora cerraría la puerta tras de sí, pues, los dos solos frente a frente, en la recámara íntima del general Miranda, hasta donde no habían entrado nunca más que su edecán Soublette y su siervo. Mientras caminaba hacia Miranda, Simón Bolívar endureció el gesto, pero no aceleró el paso. Tenía que dejar la certidumbre de su dureza en la mente de sus compañeros. Tenía que dejarles ver que él era ya el vencedor y que nunca había que temer al derrotado. Tenía que dejarles muy claro que el general Miranda ya no les servía más que para meterlo en una mazmorra oscura, lóbrega, sucia, y juzgarlo después en consejo de guerra. A muerte, pues, sin ninguna salida. Venezuela no pagaba a traidores, por muy importantes y grandes que hubieran sido en el mundo. Además, Miranda ya no era más que el general Despojado que bramaba en su fuero interno el fracaso de su imposible epopeya. Salió del salón cinco o seis pasos detrás de Miranda. Caminó a esa distancia del general por la pequeña galería que lo condujo hasta la recámara. Ya el general estaba dentro de su cuarto. Lo perdió de vista por unos segundos, pero no aceleró el paso. Estaba convencido de que Miranda no iba a hacer otra cosa que lo que hacen en estas ocasiones los traidores: proponer un pacto. Un arreglo en el que le fuera la supervivencia. Comprar su vida. Una oportunidad más para su vida. Estaba convencido de que querría convencerlo de que se estaba equivocando. Le diría que él, Francisco de Miranda, el falso conde de Miranda, el aventurero, el mujeriego, el jugador de su suerte, el cortesano, el
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ilustrado, el gran hombre, no era más que un patriota. Un patriota venezolano. Un patriota de la libertad, Bolívar. Eso le diría Miranda, que cómo había llegado a pensar que él, Miranda, era un traidor a la patria. Jamás, le diría con saña, nunca había puesto en riesgo la patria, ni la patria se iba a perder por él. Eso le diría. Que la patria no se vendía por nada. Que la libertad era su patria y que Venezuela era la libertad, Bolívar. Palabras, palabras, palabras, estaba pensando ya Bolívar, cuando iba a traspasar el umbral de la recámara donde Miranda le aguardaba para parlamentar, para pactar, para llegar a un acuerdo entre caballeros que tienen el mismo gran objetivo, la independencia de Venezuela, la libertad de América. Vio que lo esperaba con la mano derecha sobre la puerta. Y entró. Miranda lo invitó a sentarse antes de cerrar la puerta. Se mostraba afable y cercano como nunca, pero eso tampoco iba a cambiar las cosas. Cerró la puerta cuando entró Bolívar y se sentó él también, frente por frente el general Fantoche y el coronel Bochinche.

DIEZ

Casi dos horas más tarde, cuando ya se alumbraban las primeras luces de la madrugada, Bolívar abrió la puerta de la
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recámara y llamó a los guardias. El capitán Alcalde y el sargento mayor Retamar llevaban casi dos horas inmóviles como columnas en la custodia de la puerta de entrada al salón. El edecán Soublette era el único, junto al sirviente del generalísimo, a quien se había permitido por razones de su rango caminar libremente en el espacio de la galería que llevaba a la recámara de Miranda y comunicaba con el salón de los conjurados. “¡Guardias, aquí!”, gritó Bolívar desde la puerta del cuarto del general, con ánimo belicoso y voz agitada y autoritaria. “¡A las bóvedas con el general Miranda!”, añadió. Tanto Alcalde como Retamar se acercaron a Miranda que ya asomaba por la puerta mirando al coronel Bolívar. Estaba sorprendentemente tranquilo, como si el caballo que quería relinchar y sublevarse contra todo en su ser interior estuviera siendo domeñado sin ningún esfuerzo. Mostraba un rostro sereno para la ocasión y los custodios que lo tomaban preso en ese instante notaron un deje de ironía en sus gestos. “¿Y con esa ristra de zamuros, Bolívar, va usted a conseguir echar a España de Venezuela?”, atinó a preguntar cuando ya Bolívar había traspasado la puerta del salón para reunirse con los conspiradores que llevaban casi dos horas esperándolo. Esas fueron las únicas palabras que los conjurados oyeron de boca de Miranda antes de verlo de nuevo pasar por delante de ellos en medio de los custodios camino de la cárcel. “¡A las bóvedas, carajo, lo llevan a las bóvedas bajo mi responsabilidad”!, dijo Bolívar cuando vio la cara expectante de más de uno. No, pues, el general Preso ya no se les iba a escapar ni una vez más. El Sapphire podía zarpar después que revisaran las bodegas, las sentinas y todos los camarotes y los rincones más oscuros del barco. Podía zarpar, pues, después de que encontraran los tesoros de la república con los que quería huir el general Traidor, después de ver y quedarse con todos sus objetos personales, sus libros, sus papeles, sus recuerdos. Sí, pues, de vital importancia sus papeles. A ver si se encontraba allí la carta que él, el coronel Bolívar, le había enviado al generalísimo inmediatamente después de la caída de Puerto Cabello, aquella misiva en la que le decía con toda claridad que la patria se había
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perdido por su culpa. Nadie debía de leer esa carta nunca. Como si no hubiera existido. ¿Nadie más que Miranda tenía conocimiento de la carta en la que él se acusaba de incapaz e irresponsable, en la que se culpaba de haber perdido una plaza militar tan importante? Sí, pues, si nadie la había leído y nadie sabía nada, la carta no existiría una vez que él, el coronel Bolívar, la hubiera recuperado de entre las cosas de Miranda en el Sapphire. Y sus cartas y papeles, sus intrigas secretas, los canjes con Inglaterra. Ese rumor estaba extendido por todo el Caribe, que Miranda, a cambio del apoyo de la corona británica, había cedido todas las islas del mar Caribe, menos Cuba. ¿Eso era verdad? Y en todo caso, ¿con qué autoridad? Esas cartas enviadas a los magnates de Inglaterra, sus juegos ocultos y secretos, estarían ahora en su poder y podría denunciar ante las autoridades y el pueblo venezolanos al gran traidor a la patria. Y la colección de las cajitas de sus amores. También le interesaba a Bolívar la valiosa colección de cajitas de bellos púbicos de sus amores y amoríos que la leyenda había hecho casi realidad verosímil, aunque nunca nadie hubiera visto más que en algunas ocasiones el camafeo de la princesa sueca colgando del cuello del generalísimo. ¿Estaría en el Sapphire, en un compartimento secreto del camarote del general, en el baúl de los tesoros o allí mismo, a un lado de su camastro marinero? Miranda no era de chinchorro, como él, que lo tendía en cualquier parte y lo impulsaba suavemente de un lado con el pie izquierdo fuera y rozando el suelo. Miranda era un cortesano francés desde hacía mucho tiempo, desde los tiempos en los que se hizo revolucionario contradiciendo el parecer de la Zarina, otra traicionada por el gran traidor. Pero sí, carajo, qué vaina si él, Simón Bolívar, pudiera encontrar las cajitas de los pecados sexuales del gran hereje para entregárselos al obispo de Caracas, para decirle que sí, pues, proceda, monseñor, eminencia, proceda, que ardan hasta el cielo los recuerdos sacrílegos del hereje en plaza pública, en medio del pueblo de Caracas, en la mitad del Valle; y que el humo negro del pecado ascienda muy por encima del Ávila y sirva como conjuro sagrado y purificación de la ciudad, de todo el país, de Venezuela, libre ya del gran traidor. Para el obispo sería un gran regalo, sin duda alguna, la iglesia se
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pondría de su parte sin paliativos ni condición alguna. Por eso le concedía un gran valor a la colección secreta de cajitas de nácar, plata y oro de Miranda. Siempre había creído que aquella leyenda, como tantas otras, era una invención del pueblo, una ficción europea alimentada por la vanidad enfermiza del general. Pero ahora, de repente, le interesaba vivamente que aquella colección de pecados apareciera uno a uno ante sus ojos, después de haber estado escondida en el Sapphire. ¿Era verdad lo que Retamar le había comentado al oído sobre Musiú Pancho, en una francachela en su hacienda de San Mateo? Ahora lo vería. La historieta de que Miranda llevaba consigo a rastras en sus viajes trasatlánticos muchos de los papeles de sus archivos y memorias, los últimos libros prohibidos por la iglesia que había ido adquiriendo en librerías prohibidas y clandestinas; y por fin, y no lo menos importante, bastantes cajitas de su colección, conforme había ido ampliando las conquistas femeninas por donde pisaba su pie de conquistador. Se la había soplado Rematar unos meses antes. “Y las cajitas, mi coronel Bolívar”, le dijo Rematar. “¡Ah, caraj, ésa si es una vaina interesante!, contestó Bolívar, echado sobre su chinchorro, a la intemperie, la brisa fresca de la tarde dándole en el rostro y arrimándole una sensación placentera en todo el cuerpo. “Y tú, Retamar, ¿has visto alguna de esas cajitas?, le preguntó a su guachimán levantándose de repente, como si le hubiera picado un mosquito en el fondo de la garganta, como si estuviera repentinamente alterado por la idea de ver alguno de aquellos objetos invisibles hasta el momento. “Sólo la que a veces lleva al cuello, mi coronal Bolívar, un camafeo bellísimo”, contestó Retamar un poco asustado, “pero a algunos de mis compañeros les consta que existe y que el general lleva consigo las últimas adquisiciones…”. “¡Qué registren el Sapphire de arriba abajo!”, ordenó Bolívar al comandante Tomás Mantilla. “Nada que sea de Miranda, ningún objeto por más mínimo que sea, debe salir de Venezuela. La república lo requisa todo. Es reo de alta traición a la Patria”, añadió.

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Todos los conspiradores estuvieron de acuerdo. Para entonces, Miranda estaría llegando a las bóvedas conducido por una cuadrilla al mando de la cual iban el capitán Alcalde y el sargento Retamar. A ellos dos les había encomendado personalmente al prisionero. Le respondían con su vida, les dijo antes de verlos trasponer entre las sombras que se desleían entre las brumas blancas de la madrugada. Miranda respiró hondo al llegar a las bóvedas. Sí, pues, habían traído con él, ahora se daba cuenta, a su edecán Soublette. “De momento”, había dicho Bolívar, “tú también vas preso”. Y detrás venía, compungido y maltrecho, su criado Pedro Morán. Respiró hondo nuevamente cuando lo ataron y lo dejaron sentarse. Ahora se sentía cansado. Ahora, pues, trataba de tomar conciencia de su calamitoso estado, de su ruina, de la ruindad y la crueldad con la que estaba siendo tratado por Bolívar. Cerca de donde se encontraba, un par de perros sarnosos mordisqueaban un hueso de vaca por el que se peleaban a ladridos y mordiscos. No podía hablar con Soublette si no era a gritos y prefirió guardar silencio. Decidió reflexionar. Calmarse en aquella situación de confusión mental era necesario para no sólo entender dónde se encontraba, en qué penuria, sino en cómo salir cuanto antes de aquel lamentable, lóbrego y penoso lugar. En peores garitas había hecho guardia el general y no iban ahora, con su experiencia, a caérsele los anillos de su gloria por estar como estaba otra vez en prisión. Husmeó el yodo cercano del mar en el día que ya comenzaba a abrirse clareando el horizonte. La noche que se iba le pareció ahora interminable, cuando antes, todo el tiempo que estuvo tratando de dormir y ahuyentando la sombra pegajosa de la Sayona, todo el tiempo que habló con Bolívar encerrados los dos solos en su recámara, todo ese tiempo, se le había pasado en un suspiro, el aliento de una pesadilla que ahora le resultaba insoportable y repugnante. De modo que Bolívar y sus zamuros lo habían traicionado. Asi que ahora veía cual era la táctica de los traidores. ¡Acusarlo a él de alta traición, de ladrón, de hereje, de todo lo que quisieran y más! Así eran los mantuanos, pues, los blancos que se creían blancos y sin mácula de sangre, los dueños del Valle, los grandes cacaos, pues, bochinche,

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bochinche, bochinche, y nada más que bochinche. Señalaban con el dedo al elegido y ya se podía dar por muerto el desgraciado. ¿Cuándo habían perdido un pleito los Bolívar, los Toro, los Las Casas o los Palacio, cuándo los Ponte o los Aristiguieta? Nunca, pues, ni nadie quería pelear con ellos. Sólo su padre, Sebastián Miranda, el blanco de Canarias, de los Miranda de la rama asturiana, pues. Sólo recordaba que su padre se había pasado la vida tratando de defenderse de las humillaciones de los padres de los hijos que ahora humillaban a su hijo, nada menos que al generalísimo Miranda, en la bóvedas de La Guaira, junto a los ladrones del puerto, los traficantes clandestinos, los contrabandistas, los aprendices de pícaros y piratas, la mierda, pues, la más absoluta porquería, la morralla más tirada. Ni siquiera con Julio César habían hecho eso los traidores, sus aliados, sus amigos. Lo habían matado, lo habían asesinado, pero no lo habían humillado encarcelándolo junto a lo peor del país y del Caribe, con las chinches y las liendres, con los gusanos y las ratas. Recordó la lectura de la tragedia de Shakespeare, que había leído en inglés. Recordó la edición del libro de Shakespeare, el encuadernado de telas preciosas color sangre, el tacto del papel, el olor del mismo libro y en qué lugar exacto de su biblioteca, en el espacio de los pequeños grandes tesoros bibliográficos, había situado el ejemplar que había leído. Para tenerlo siempre a mano. Sí, pues, siempre lo supo, por propia experiencia. Siempre supo que la traición es una vía del conocimiento del mundo, que la traición es una constante en la vida de los hombres, no hay día ni hora sin traición. Cada segundo del día, de cada uno y de todos los días, se estaban cometiendo en todo el mundo uno, dos, tres y cientos de traiciones de amigos contra amigos, de aliados contra aliados, de hermanos contra hermanos, de hijos hacia sus padres y de los padres hacia sus hijos. La traición fluía en el alma del ser humano como fluía la sangre en su cuerpo, de manera natural, como un instinto, pues. Él mismo, ¿no se acordaba?, él mismo había traicionado una y mil veces para llegar allí, a las costas de tierra firme, para ser generalísimo de la primera república de Venezuela, pues, no podía negarlo. Y ahora estaba allí, el general Traición traicionado por los suyos, tu quoque, Bolívar, fili mi.

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El Sapphire fue revisado de arriba abajo con la orden de requisar todos los objetos y bienes del general Miranda que se encontraran a bordo. Y sí, pues, aparecieron papeles, y Bolívar tuvo en sus manos unas horas más tarde en la mansión de Las Casas, cuando ya el sol calentaba las calientes cabezas de los conjurados, las pertenencias del falso conde de Miranda. Dio a Alcalde la orden de abrir el cofre cerrado de los tesoros Y sí, se alegró de encontrar allí papeles manuscritos del generalísimo, una suerte de cuaderno de bitácora, otro de apuntes de lo que podía ser un diario de campaña, pero nada de su carta por el error de Puerto Cabello, nada de la colección de las cajitas secretas de los pecados, nada de importancia para Bolívar. Sí, pues, algunos libros de clásicos griegos y latinos, ediciones inglesas y francesas en cuyas páginas vio Bolívar anotaciones de puño y letra de su enemigo; algunos ejemplares de algunos títulos de Voltaire, más papeles de proclamas incitando a los venezolanos a la sublevación contra España, independientemente de la casta, la estirpe y la clase a la que cada uno perteneciera, era la Venezuela que habría de nacer de la revolución y la libertad la que importaba frente a las cadenas de España y sus castas corruptas. Bolívar leyó algunos de esos panfletos revolucionarios y luego hizo que Retamar buscara hasta el fondo del baúl las pruebas de la traición del general. Tenían que estar allí, entre sus tesoros íntimos, los papelajos en los que el general Traición desplegara su talento de trincón ilustrado, de ladrón, pues, los planes escritos de la venta a Monteverde de la tierra patria, los pasos que había que dar antes de darlos y los que en definitiva dio para cumplir sus planes y hundir Venezuela en la nada, a cambio de poder huir como un náufrago a refugiarse en algún rincón de Trinidad, quizá en Curaçao. En su mente, Bolívar tenía una idea fija, demostrar que el generalísimo era un traidor, que lo había sido siempre porque lo llevaba en la genética. La traición era en él una herencia más de la impureza de su sangre, y ese engreimiento afrancesado que lo hacía dirigirse a sus inferiores en una lengua que no era la suya, caraj, vaya vaina. Y en ese instante, mientras Retamar le iba acercando las últimas pruebas de la nada que sacaba del arcón de Miranda, recordó parte de la conversación que había tenido a

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solas con el generalísimo en la recámara de invitados de aquella misma casa en cuyo salón se encontraba todavía. “¡No estamos traicionando a nadie, Bolívar!”, le dijo en voz alta a Miranda mientras él lo miraba desde el fondo de su odio. “Entregar al ejército, pues, muchacho”, y lo trataba de muchacho con una desfachatez que a Bolívar lo inundaba de ira, “era lo necesario tácticamente. Monteverde habría pasado a todo el mundo a cuchillo y al resto los habría fusilado. Habría sido una matanza…”. Bolívar lo interrumpió con un gesto negativo de su cabeza, a un lado y a otro, repetitivo y enérgico. De ninguna manera entendía que ésa era la única solución en plena guerra, quedarse sin ejército. ¿Cuándo Napoleón había permitido ese tipo de rendición? Sí, pues, lo habría juzgado como él esta haciendo con Miranda. Lo habría juzgado como una traición que no podía permitírsele precisamente al Comandante en Jefe. “¡Y además, pedí permiso para ello a Caracas!”, añadió Miranda. Bolívar, por su parte, siguió negando con la cabeza, mirándolo con sus ojos torvos, taladrándolo, arrinconándolo a la pared sólo con un golpe de su rostro. Si Miranda en ese momento movía nervioso el pie izquierdo y las manos de un lado a otro, Bolívar movía igualmente nervioso el pie izquierdo, aunque había cruzado las manos sobre su pecho. “¡Nunca tenía que haberlo hecho! ¡Es una traición imperdonable!”, contestó el coronel Bolívar. No, pues, Miranda no le estaba dando explicaciones a su subordinado furioso sino enfrentándose a su peor enemigo. Siempre lo había sospechado, pero ahora la evidencia no le dejaba duda alguna. Aquel que lo mantenía a distancia era ahora la sombra de la Sayona que lo persiguió durante toda su vida, hasta las costas de tierra firme, en la orilla misma de la victoria. Ahora, sin embargo, esa victoria, ese triunfo que había crecido en su cabeza como un viejo sueño irrealizable; el sueño viejo con el que había viajado por todo el mundo como un revolucionario americano; el mismo sueño con el que había convencido una y otra vez a las cortes y gobiernos europeos y norteamericano, se le rompía en pedazos, como un jarrón chino, en el momento en que
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Simón Bolívar había aparecido en La Guaira. De aquí en adelante nada sería igual. En sus ojos vio Miranda la cólera de Aquiles ante el viejo Príamo, pero él no era el viejo Príamo. Sí, pues, era viejo, también se había dado cuenta allí, en la mansión de Las Casas, pero no estaba derrotado ni destruido. Seguía siendo el generalísimo Miranda hasta ese instante. Nadie lo había destituido y la Junta suprema no sabía nada de aquellos avatares espurios a los que se dedicaba Bolívar. Y era, pensaba Miranda, la astucia de Ulises frente a Áyax, al final de la misma guerra de Troya. ¿De quién era el mando, pues? ¿De quién iban a ser las armas de Aquiles muerto en combate, tras la guerra de Troya? Áyax era el héroe griego, capitán de capitanes, a quien correspondían en herencia las armas de Aquiles. Pero la astucia de Ulises y la ayuda de la diosa Atenea lo volvieron loco y lo hicieron incapaz para el mando. ¿Y para qué se quieren las armas si el guerrero está loco y ya no sabe mandar ni guerrear? Para nada, pues. Miranda recordaba la lectura de los libros de Homero y de Sófocles, de donde tanto había aprendido Shakespeare. Sí, pues, Miranda pensaba como Tucídides: como la generación de las plantas, la generación de los hombres. Y allí, delante de él, en aquel momento crucial de su vida y de la Historia, tenía su reverso, el coronel Simón Bolívar, el joven Bolívar frente al viejo Miranda. El reverso y el relevo. Durante mucho tiempo se había creído Ulises navegando los años y los mares para llegar a Ítaca, la tierra firme americana. Venezuela era Penélope, su amor perseguido durante su larga ausencia por ciento cuarenta pretendientes que no sabían hacer nada más que hacer bochinche, bochinche, bochinche. Pero ahora caía en la cuenta que algo había fallado en sus metáforas literarias, exactamente igual que en la realidad. Ni era Aquiles ni era Ulises, ni Penélope tejía por el día para destejer por la noche, ni lo estaba esperando nadie. De repente, encerrado en las bóvedas de La Guaira, se daba cuenta de que su sueño invasor había sido una locura, y que había un regalo envenenado, una trampa, una carga mortal contra el ballenero, cuando lo llamaron para que se hiciera cargo del ejército republicano. Ahora caía en la cuenta de que Penélope era su dulce Sarah Andrews esperándolo en Londres, en aquella casa de Grafton Street, tan apacible. De repente, él era allí, en lo que creía
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que era su Venezuela, un traidor, un ladrón, un loco, un hereje, un inútil, un generalísimo que no era generalísimo, un militar que iba a ser degradado y que, junto a Soublette, había sido humillado por el nuevo Ulises, el Bruto de Julio César. “¡Usted arará en el mar, Bolívar!”, le espetó a la cara de Bolívar. El coronel tensó los músculos e hizo un ademán de lanzarse contra su interlocutor. Soublette, que estaba presente en la recámara de Miranda y seguía la pelea verbal de los dos jefes, hizo gestos de intervenir. Pero Bolívar se contuvo. Miranda lo medía, pues, lo tentaba con la violencia, anticipándole el fracaso de su vida. Eso habría sido un triunfo del viejo, pensó Bolívar, aunque ahora también esa frase pavorosa lo iba a acompañar hasta el final de su existencia, en Santa Marta, solo y enfermo. Arar en el mar, pues. Lo estaba insultando, le estaba diciendo inútil, le estaba reprochando el fracaso de la independencia. El hombre cruel que había en Bolívar se endureció entonces. “¡Haré lo que tenga que hacer, no se preocupe por mí!”, le contestó en el mismo tono. Y lo que ahora tenía que hacer, en ese momento de la noche, era detenerlo y ponerlo a resguardo en las bóvedas, para que el general Traición no se escapara más de Venezuela. Para juzgarlo y condenarlo a muerte por traición. Eso era lo que había que hacer ahora, y ninguna palabra dulce o agria de Miranda iba a hacerlo cambiar de opinión. Los guardias que rodeaban la casa no iban a seguir las órdenes del generalísimo sino las suyas, que eran las mismas de los conjurados. No había, pues, ningún peligro a la vista. Simplemente, había que tener paciencia. Dejarlo hablar, que se desfogara; aguantar la verborrea ya conocida del general Miranda, su fantástica manera de convencer a los demás de que él siempre tenía toda la razón. En lo que decía y en lo que hacía. Aunque su vida no fuera precisamente un aval de gloria. Ahora era un traidor que buscaba escaparse de cualquier manera de Venezuela, huir una vez más hacia el futuro, su futuro, pues, no el futuro de América, ni el futuro de la Patria. “¡Tenemos que recuperarnos! ¡Esto es una estratagema frente a Monteverde!, ¿acaso no se da cuenta?”, dijo Miranda.

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Sí, pues, lo que él buscaba era tiempo. Tiempo para pensar, para recuperar un ejército aún más poderoso y regresar a la victoria final contra los españoles. Ahora, pues. “¿Se lo tengo que decir precisamente a usted, Bolívar, que sabe que con Puerto Cabello hemos perdido la guerra de la patria?”. Eso le preguntó Miranda, todavía con la convicción del mando superior en sus palabras. Trataba de provocarlo. Bolívar pensaba por su parte que el generalísimo buscaba encenderlo, para que se desbocara, sacara la espada y lo atravesara de parte a parte. Podría escapar herido y presentarse ante los conjurados como una víctima de la arbitrariedad del niño mimado que no soporta que nadie le grite, del mantuano Bolívar, pues. Entonces él, Bolívar, habría quedado para los restos de la Historia como un criminal, como el asesino de un hombre sacrificado por su país, por la patria, un hombre desarmado. Y no cualquier hombre, sino el generalísimo Miranda. Habría quedado como un traidor rabioso delante de todos los conjurados y delante de toda Venezuela, y no como el primer patriota, que es lo que él era y quería seguir siendo, pues. “En Barbados nos ayudarán, los ingleses nos ayudarán, los norteamericanos nos ayudarán. Y usted viene conmigo. Todos ustedes vienen conmigo”, trataba de convencerlo Miranda. Impertérrito, Bolívar lo dejaba hablar. Tenía toda la noche por delante para que el viejo general se fuera agotando, conforme avanzaba la oscuridad hacia el amanecer sus fuerzas se iban a ir debilitando. Sobre todo, cuando concluyera que no, que no iba a convencer a Bolívar de nada de lo que fueran sus proyectos, entre otras cosas porque el coronel de la revuelta contra él ya había decidido su destino y sabía qué camino tomar. “La Historia no se hace como usted piensa, Bolívar”, le reprochó Miranda, “y aquí estamos en una misión histórica, la libertad de la patria, ¿comprende usted? Y ahí, en esa libertad de la Patria, en esa sagrada misión, coronel Bolívar, nos necesitamos todos. ¡Todos!”, añadió subiendo el tono de sus palabras. “Yo lo necesito a usted y usted me necesita a mí. Necesitamos a todos los que están ahí, esperándonos, en el salón, y no podemos permitirnos estas trifulcas, pelearnos los unos con los otros. Eso
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sólo beneficia al enemigo español, ¿me comprende usted, Bolívar?”. Pero… ¿a quién creía Miranda que le estaba hablando? ¿Pensaba acaso que le estaba dando una lección de entereza militar a Simón Bolívar, el gran cacao de todos los más grandes cacaos? Se atrevía a hablar así porque estaba acostumbrado a echar aquellos sermones morales a las castas europeas, pues. El general Miranda era un gran jugador de ajedrez, sabía resolver los peores problemas con la palabra, ganar siempre en las condiciones mínimas de supervivencia y salir a flote, como el Ave Fénix, pues, resucitado, renovado, triunfante. Así había sido siempre, esa estrategia era una constante en su vida y ahora, al borde del abismo, seguía creyendo el general Miranda que le serviría como siempre. El traidor, el general Traición, era quien pedía la complicidad de quienes lo habían detenido para entregárselo a la justicia. A la justicia de la república, que sabría qué hacer con él. Y él, Simón Bolívar, era el elegido por el destino para llevar a cabo esta misión que también era sagrada: quitar de en medio al general Traición, al general Ladrón. Desnudarlo, pues, y mostrárselo a los venezolanos tal cual era. “No, pues, Bolívar, no podemos hacer eso, no podemos dar esa imagen ante el mundo. ¡Esto es un ejército y yo soy su generalísimo!, ¿comprende usted? Se está usted sublevando contra mí con la coartada impresentable de que yo he traicionado a mi gente, que es la suya. Mon Dieu!, ¿quién cree usted que va a creerlo en eso?” Miranda seguía con su perorata. Sus palabras no se detenían ni un solo instante. Su discurso llenaba el silencio y trataba de encoger la personalidad de Bolívar. O de hacerlo entrar en razón, de convencerlo. De explicarle que los dos juntos podían ser lo mejor para la república y la libertad. ¿Y lo peor? Lo peor, pues, era lo que estaba ocurriendo allí aquella noche, los dos más importantes patriotas de Venezuela y de América enfrentándose no se sabía bien por qué. “Además, fíjese bien, attendez-moi, Bolívar, lo que usted haga aquí esta noche tendrá graves repercusiones…”, dijo Miranda. A Bolívar se le volvieron a encender los ojos.

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“Sí, pues, hijo”, añadió con superioridad, como si creyera que ya le estaba doblando el pulso al mantuano. “Lo que usted haga esta noche aquí, eso es lo que trato de decirle, eso lo harán con usted mañana los que usted menos se imagina”. Al tratarlo tan cercanamente en aquella situación, Miranda no buscaba otra cosa que la complicidad de Bolívar. ¿Acaso no eran los dos lautaros, no había sido el padrino de Bolívar para ingresar en la logia que había fundado, la logia que reunía a los grandes americanos del futuro, los padres de la libertad de América? ¿Por qué, pues, no iba a poderle hablar así? “Usted solo no podrá…”, le dijo una vez más. ¿Entreveía Miranda las verdaderas intenciones de Bolívar? “Usted solo arará en el mar, la revolución se lo llevará por delante, coronel Bolívar, hágame caso. Deponga esta actitud y pongámonos de acuerdo”. Volvió a hablarle de estrategia, de cómo engañar a los españoles para luego derrotarlos. Siempre había que volver, sí, pues, había que perseverar. Podían ser derrotados una vez, dos veces, tres veces, pero siempre volverían hasta conseguir la victoria final. “Nunca podremos ser destruidos, Bolívar, nunca los dos juntos”, siguió hablando. Se fue hacia la mesa donde estaban los planos y los mapas de campaña. Abrió uno de ellos y lo extendió sobre la mesa. Ahí estaba el mar Caribe, el camino de la huida, pues, pero también el del regreso y, por tanto, el de la victoria final. Se trataba de eso, Bolívar, le decía Miranda, de perder batallas, eso no importa, hasta ganar la guerra final, la guerra de la libertad y la independencia, comprenez-vous? El viejo incansable ejercía ahora, una vez más, su papel de jefe. Adoptaba el lugar del padre frente a Bolívar. El coronel no sabía si lo estaba haciendo de manera sincera o si, por el contrario, seguía en la línea de las primeras frases: provocarlo para que intentara herirlo o matarlo. ¿Lo menospreciaba al llamarlo muchacho, al decirle tantas veces en francés si lo comprendía o no? Sí, pues, trataba de provocarlo. O de humillarlo. Lo veía en sus gestos de Judas. Judas, sí, ¿y quién era Judas aquí y ahora?, ¿él o Miranda? Miranda diría siempre que Bolívar era Judas, el gran traidor, pero Bolívar diría siempre lo contrario, que Miranda había sido siempre, desde el principio, el general Traición.
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Cuando encontrara escondidos en el Sapphire los tesoros de la república con los que el general Traición pensaba convertirse una vez más en el general Ladrón, las cosas estarían claras para todo el mundo. Y la junta suprema de Caracas agradecería su patriotismo, su gesto ejemplar, su talento humano, y lo elevaría de rango inmediatamente, general Bolívar, salvador de la patria y de los dineros de la república que el general Ladrón quería robarse. Pero ahora el general Ladrón seguía hablando, seguía delante del mapa del Mar Caribe, señalando con su dedo índice islas y lugares, sugiriendo que juntos se podía hacer todo, pero que separados sería un fracaso. Barbados, pues, Trinidad, los ingleses, los norteamericanos. ¡El Mar Caribe!, se decía el coronel para sus adentros, precisamente el mar y las tierras islas que Miranda había dejado en manos de sus amigos los ingleses. Caraj, caraj, a veces lo había pensado, que Miranda en realidad era un claro agente de los ingleses. Y no se escondía, pues, mostraba las cartas con una claridad y una solvencia que a Bolívar le parecían increíbles en un estratega. O lo estaba despreciando o Miranda había llegado a pensar que ya, a esas horas de la noche, lo había convencido para su causa. “Nos darán refuerzos. Volveremos con un ejército de más de diez mil hombres”, le decía. “Fíjese en España… Nada vendrá ya de esa gusanera… ¿me comprende? Fernando VII es un frágil y está en manos de Napoleón. España se desmorona, Bolívar, es nuestro momento”. Es nuestro momento, se repetía Bolívar. Seguía conteniendo sus ínfulas el coronel Bolívar durante aquellas horas de la noche. Seguía escuchando con mucha atención todo cuanto le estaba mostrando y diciendo el general Miranda. Antes iba a arar en el mar y ahora se trataba de volver juntos al ataque contra los españoles, cuando nos hayamos reforzado, pues, ése será el momento más importante. Pero nada de eso, decía Miranda, será posible sin los dos. Eso es lo que quería decirle, pues, que se le metiera de una vez en la cabeza que sin él, sin el general Miranda, ninguna revolución iba triunfar en Venezuela, y mucho menos en América; que eran unos ilusos, él y todos los demás, si creían que se podía prescindir de su genio militar y político para lograr la independencia. Y, claro, pues, era una traición detenerlo. Lo que
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Bolívar y los conspiradores del salón estaban haciendo no era más que una traición encubierta. “Monteverde ganará tiempo, pues, Bolívar, y puede llegar a La Guaira por sorpresa en un dos por tres, ¿lo ve o no? Y ahí estaremos perdidos. Somos nosotros los que necesitamos tiempo para salir ahora de aquí. Sí, pues, para huir. No hay otra salida”, y volvía a poner el dedo índice de su mano derecha sobre el mapa extendido en la mesa, como si estuviera seguro de que estaba mostrándole a Bolívar sus posesiones personales. Pero era verdad. Bolívar lo reconocía en su fuero interno. Aunque estaban resguardados en La Guaira por las guarniciones del lugar, un número de soldados bastante numeroso, no tendrían defensa alguna si en unas horas Monteverde atacara el puerto. Y todos serían sus prisioneros. Y la rendición del ejército republicano no habría valido de nada. Y él, Simón Bolívar, caería en las garras de los españoles. No sólo Miranda, pues, sino él mismo y todos los conjurados. Y entonces sí, pues, entonces se habría acabado la república, la revolución, la libertad, pues, y la independencia. Monteverde los juzgaría a todos, a Miranda y a él los primeros, y los pasaría a todos a cuchillo. O los colgaría y luego les cortaría las cabezas y las pondría encima de un palo enorme, las cabezas de cada uno, pues, como hizo Vasconcelos en Coro, y las dejaría que se secaran al sol durante días. Y que fueran pasto de los zamuros. Y ése sería el final, en ridículo la revolución, una chapuza Venezuela, un juego imposible la independencia de América, Colombia, sí, pues, como Miranda quería llamarla, Colombia, de Colón, y no América, de Vespuccio. Y, mientras, ellos estaban allí jugando a aquel ajedrez inútil, moviendo piezas, gestos, palabras y silencios como si fueran los dueños del mundo, cuando tal vez se estaba ya acercando por mar a La Guaira la tropa de los españoles, con Domingo Monteverde al mando, comprenez-vous, monsieur Bolívar?

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ONCE

Lo tuvieron encerrado en la cárcel de La Guaira durante algunos días en los que recorrió con el recuerdo toda su vida. Como en un sueño confuso, se acordó de sus amoríos gaditanos, de las pasiones suecas, de su viaje a Rusia, del imposible amor por Catalina, de sus entradas y salidas de Londres, de sus mil conspiraciones, de sus revoluciones y batallas, de su paso a la Revolución francesa, de su gloria en el ejército de Dumuriez, de su triunfo en Amberes, cuando ya nadie daba nada por él. Se acordó del tiempo que había pasado viajando, soñando y escribiendo su utopía para América, los papeles en los que creyeron algunos de los líderes más importantes del mundo, los
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mismos papeles escritos con pasión que habían sido motivo de escarnio bufo y risa en algunos lugares de América. ¡El Incanato!, Quel exotisme, mon Dieu! Tampoco era tan exótico, pues, sólo había tomado como origen de su sueño institucional americano los cabildos y los alcaldes del régimen español. Hernán Cortés había levantado las iglesias católicas de la conquista de México sobre las pirámides truncadas de los aztecas, pues, y sobre las ruinas de los dioses se alzaron las nuevas leyes y la cruz. Él, Francisco de Miranda, el general Revolución, ahora en sus peores días, había hecho más o menos lo mismo. Copiar exactamente lo que había vivido en Rusia, Francia, Inglaterra o Estados Unidos, habría sido un error. América del Sur era otra cosa, era mestiza y convulsa, de modo que había que construir aquel edificio nuevo con el que él soñaba con instituciones viejas y nombres incas, más viejos aún. Así, pues, un Hutanapa mandaría las fuerzas armadas; la asamblea y los cabildos nombrarían a dos curacas, un término peruano que ni siquiera conocían en México. Venía después el que Miranda llamaba el Concilio Colombino, una institución legislativa que venía a coronar un cuerpo de asambleas, bien construido y elegido por los cabildos. El Concilio Colombino nombraría el poder ejecutivo, pues, compuesto por dos magistrados con poder para diez años, que tendrían el título de Incas. Uno de los Incas residiría en la ciudad federal, mientras que el otro estaría todo el día viajando por las provincias del imperio. Y en la región de Panamá, se construiría y residiría la capital federal con el nombre de Colombo. La voilà! ¡El general Magia lo tenía todo pensado! El futuro le cabía entero en la cabeza, el futuro y todas las soluciones para lo que se llamaba América. Él, más viejo y cansado, pero con más experiencia, podía llegar a ser el Inca de Panamá, viviría en Colombo, cerca de Caracas y de Santa Fe de Bogotá; y el más joven, ¿Simón Bolívar, tal vez?, sería el Inca Viajero, el general Viajero, pues, subiendo y bajando laderas, montañas, cordilleras, ahogándose en el Amazonas, nadando en el Magdalena y perdiéndose en el infierno del Darién. “¡Qué locura!”, debió de pensar Simón Bolívar al enterarse de los planes de Miranda. Los dos juntos, los jefes de Colombia, Bolívar, usted y yo los Incas jefes.
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“Écoutez-moi, no lo haga”, le advirtió Miranda una vez más la noche anterior, “no lo haga, todo se vendrá abajo y Monteverde será el amo para el resto de nuestros días. “Haré lo que tenga que hacer”, le contestó otra vez Bolívar, sin moverse un ápice en su actitud. Después de dos horas, salió a la puerta de la recámara y dio la orden. “¡Guardias! Llévense preso al general”, dijo, y Miranda oyó aquella orden del sublevado como si fuera una condena a muerte. Ahora era menos general que nunca y más Musiú Pancho que jamás. Bolívar era un usurpador, pues, pensó para sus adentros, un loco de atar que se había escapado del manicomio y se ponía ahora al mando del sueño de toda su vida. Pensó en todos esos episodios de su vida, pero sobre todo recorrió con su mente la casa sagrada que tanto amaba, su casa de Grafton Street, en el Manor londinense, en el barrio de Tottenham. Ahí es donde debería estar ahora y no en las bóvedas, ahí estaba con su mente, yendo y viniendo por las dos bibliotecas, subiendo y bajando las escaleras de madera, escuchando la risa de sus hijos y la voz líquida de Sarah poniendo orden en la casa. Sí, pues, aquella casa de estilo georgiano, con paredes de ladrillo, nada sofisticada, con balcones y ventanas rectangulares, de armónica, sobria y regular fachada. Y luego, dentro estaban las mesas, las sillas, las butacas, los sillones, los escritorios, las estanterías y los muebles de alcoba. Todo era de caoba de la mejor, con tapicería de color negro, rojo y amarillo. Había biombos japoneses, candelabros de bronce y lámparas. En las paredes colgaban algunos cuadros de gran interés, uno de la Ascensión y un mapa de Mercator. Los bustos de sus héroes literarios y míticos estaban en su biblioteca: Homero, Sócrates, Apolo. Y Cervantes. Sí, pues, la casa de Miranda tenía en Londres un sótano, el piso de planta y tres pisos superiores. Cada piso tenía dos chimeneas enfrentadas. En el sótano estaban ubicadas la cocina, una pequeña bodega para vinos, y una habitación de servidumbre y lavandería. Había en la planta baja dos recibidores, uno más amplio que el otro y baños completos para las visitas. En el primer piso estaban los salones de estar, el más reducido, al fondo del inmueble. Los dormitorios de la casa estaban en el segundo piso; había uno grande, con tres ventanas
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que daban a la calle, y otro más pequeño al fondo. En el tercer piso estaba la biblioteca de Miranda, su lugar preferido, su tesoro, donde reposaban sus papeles, sus archivos, sus memorias, y no menos de seis mil ejemplares de libros extraordinarios, de libros cuyas ediciones eran muy caras y a veces exóticas por inencontrables; además, había allí dos dormitorios adicionales. Ah, la bibliothèque merveilleuse! La mejor del mundo para Miranda, que podía pasarse sin salir de ella días y noches enteras. Eran dos habitaciones, la Little Library y la Front Library. Y ahí, en sus estanterías de madera de caoba, los tesoros de Miranda. ¡No!, pues, aquella no era la casa de un aventurero traidor a la patria, un ladrón sin escrúpulos, sino la de un embajador de primera línea mundial. Y Bolívar lo sabía, porque había estado allí, apasionado por la libertad, admirando al general del que tanto había oído hablar a su familia y a sus amigos; había estado allí con Andrés Bello y con López, y Miranda los había recibido y agasajado. Aquella casa de Londres era todo un símbolo de civilización europea, pues, lo que Miranda quería trasplantar a América, aunque fuera con otros nombres. Aquella casa que el general recorría ahora con su mente desde las bóvedas de La Guaira, encadenado a la pared por su muñeca derecha. Aquella era la casa de un hombre ilustrado, un utópico soñador de la libertad que pensaba que todos los americanos pensaban igual que él. Aunque no supieran lo mismo que él y no hubieran andado por el mundo como él había andado, como un Quijote buscando a Dulcinea, librando mil batallas para llegar a Ítaca y liquidar a todos los falsos pretendientes, a los ciento cuarenta pretendientes que le habían salido a Penélope durante su ausencia, pues, ciento cuarenta usurpadores que no contaban con su astucia y que cuando vieran cómo montaba el arco, que sólo Ulises podía montar, se darían cuenta tarde de que ya estaban muertos. Pero nada de eso había sucedido, sino todo lo contrario. Ésa fue la visión que Francisco de Miranda tuvo en las bóvedas de La Guaira, su casa entera en la cabeza, Sarah, sus hijos, los olores domésticos, sus libros. Había desterrado por imposible que los pretendientes y usurpadores al mando de Bolívar lo mataran. Y se había quitado de la cabeza la tentación que tendrían los amotinados contra él para entregarlo a
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Monteverde. Pero unos días más tarde, soltaron a Soublette y a él, al generalísimo Francisco de Miranda, conde Miranda en Rusia, lo entregaron a Monteverde. Sí, pues, Domingo Monteverde conocía a los criollos nobles. Sabía que para ellos todo era susceptible de llegar a ser moneda de cambio. Y Miranda valía un Potosí. La noche de la discusión con Bolívar, en la mansión de Las Casas, había tenido de repente el pensamiento de que eso era precisamente lo que iba a sucederle, pero lo había desechado de inmediato. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió. Los traidores lo habían entregado al español Monteverde y ahora estaba allí, en Puerto Cabello, en el Castillo de San Carlos, encerrado en una lóbrega mazmorra, humillado, cargado de cadenas, a los pies del español que más había despreciado y detestado en los últimos tiempos, su enemigo a muerte, Domingo Monteverde. El capitán español se lo había advertido durante aquellos días varias veces a los criollos refugiados en La Guaira: primero que nada, tendrían que entregarle al gran traidor a España. Lo demás, la vida de ellos mismos, corría el mismo peligro que antes de que lo entregaran, pero tendría en cuenta la voluntad de Bolívar y los suyos; el gesto, pues, de haber entregado el hereje al que España llevaba tratando de encarcelar desde hacía treinta años. Ahora, ya sí, pues, ya lo tenía encerrado en aquella ratonera de San Carlos, junto a su siervo Pedro Morán, que lo acompañaba a todos los infiernos posibles con una devoción inalterable. Sí, pues, los mantuanos caraqueños, que se decían fieles a la corona de España, comenzaron a interceder por sus ovejas negras ante el capitán Monteverde. En el fondo, pues, eran buenas gentes, buenos muchachos, exaltados no más que se habían descarriado, habían hecho caso del gran traidor, el general Ausencia, el falso conde de Miranda, y habían cometido un error. ¿Había que condenarlos a todos a muerte por esa torpeza? No, mi capitán Monteverde, había que darles una oportunidad más. La corona española siempre se había distinguido por su bondad, por su altura de miras, por su capacidad para perdonar errores. La corona española eran ellos mismos, pues, ¿no lo veía el capitán Monteverde? Los de siempre, los de ayer, los de hoy, los de mañana, los que lo habían apoyado y ahora le pedían un poco de perdón para sus hijos, así era la vaina, capitán Monteverde, y más
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nada. Querían decir, pues, que ésa era la mejor manera de pacificar Venezuela, que si los mataba, aquella matanza no sería inútil y Venezuela se sublevaría contra la corona, contra sus representantes, toda Venezuela contra usted, mi capitán Monteverde; y ellos, los jóvenes oficiales y los nobles criollos involucrados en la rebelión y ajusticiados con crueldad, ellos serían los mártires que prenderían candela a todo el territorio de tierra firme. ¿Querría eso Monteverde? No, no quería eso, es lo menos que deseaba la corona. Quería pacificación sin condiciones y sumisión absoluta. De modo que no se consentiría ni una veleidad más con ninguna revolución ni con los revoltosos. “No se le ocurra hacerlo; cuando me tenga a mí, vendrá a por ustedes y los matará uno a uno”, había advertido Miranda a Bolívar en su dormitorio de la mansión de Las Casas. Pero sí, pues, se le ocurrió y lo hizo. Desde el principio, cuando caminaba a encontrarse con Miranda en la mansión de Las Casas, ya había pensado en transarlo. Como si él fuera una mercancía. Una mercancía valiosa, y no el generalísimo Miranda. “Al fin y al cabo, la Historia absuelve siempre a los ganadores”, se dijo Bolívar, “y se olvida de los perdedores…”. Había que cambiar a Miranda por salvoconductos para todos los que lo necesitaban. Era una idea brillante, pues, que Miranda se convirtiera en su seguro de vida. Un salvoconducto para salir del país. Sí, pues, cuando lo dispusiera el capitán Monteverde y todo estuviera preparado para salir de tierra firme. Después se vería lo que había que hacer. Después, caraj, como había predicho Miranda, había que volver a la batalla, desenterrar de nuevo las lanzas, los arcabuces, la pólvora, la muerte contra los españoles. Hacer una proclama condenando a muerte a todos los españoles y canarios, aunque fueran indiferentes. Sí, pues, él, Simón Bolívar, hijo y nieto de mantuanos, español blanco, con sangre india y algo de negro, haría la revolución que Miranda no había podido hacer. Nada de dos Incas cuchicheando en los palacios de la capital federal el uno contra el otro, mientras uno viajaba al otro en Colombo, una ciudad inventada por Miranda en sus papeles londinenses, conspirando contra el otro, contra su familia y sus bienes; y el otro viajando para desautorizar al de Colombo,
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riéndose a sus espaldas y montando un ejército que en el momento menos pensado iría contra la ciudad capital, caraj, qué locura, pensaba Bolívar. No, pues, mejor un sistema napoleónico, con él a la cabeza, Napoleón Bolívar, pues, montado en su Relámpago, deificado como si fuera el emperador, caraj. Eso era lo ideal, mejorar la locura de Miranda y convertirla en realidad desde Panamá y más arriba hasta el Río de la Plata y más abajo. ¿Y los peruanos, y su amigo San Martín, y…? Sí, pues, Napoleón Bolívar. Aquel territorio era demasiado inmenso, demasiado vasto para un hombre solo, aunque fuera un Napoleón montado en un relámpago blanco, aunque la autoridad que le otorgaba la Historia y la suerte no la hubiera desdeñado nadie. Hasta el momento, hasta ahora, cuando tenía que tomar el camino de la huida, del exilio a cualquier isla inglesa del Caribe, ¿Trinidad, pues, el lugar de Miranda, precisamente? Menos mal que aquellos territorios estaban en manos de los ingleses, que si no, tendría que haber corrido hasta Nueva York o más arriba, hasta las tierras heladas de los Grandes Lagos y el Canadá. O tendría que haberse ido al frío europeo, como Miranda, y convertirse en el nuevo general Ausencia, tomar el relevo de Miranda y repetir el fracaso de su destino. Pero él no, él era Simón Bolívar, el Napoleón venezolano, nunca había sido un soldadito, ni mucho menos, su sueño de grandeza lo había heredado de sus muchas sangres nobles, bastante mala suerte había tenido en la primera parte de su vida para que no le cambiara ahora y empezara a alumbrarle la victoria en la batalla, en la vida y en la Historia. Hacía ocho meses que el general Miranda se pudría en las bóvedas del Castillo de San Felipe, en Puerto Cabello. Ahí lo había encerrado Domingo Monteverde, entre el vilipendio, la vejación humillante y la desesperación. No sabía por qué a un hombre de su dignidad lo habían tratado así, dejándolo en manos de guardias que tenían orden de acabar con él en cuanto notaran que iba a escaparse. Pero él, Miranda, era un hombre que, aunque inquieto, sabía guardar la impaciencia para las ocasiones en las que podía ganar. Ahora le había tocado de verdad perder. Había tenido ya ocho meses para darse cuenta de la verdadera situación: era un preso acusado de traición por todos. Primero, por los
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españoles, que se habían pasado más de treinta años tratando de cazarlo a lo largo y ancho de todo el mundo y, después, por sus compatriotas, los venezolanos, por la misma Venezuela por cuya libertad había luchado toda su vida. Pero había sido inútil, se había equivocad. Se había deslumbrado con las pequeñas batallas que la vanidad le había engrandecido, se había regocijado en exceso con esas pírricas victorias, se había enorgullecido de sus grandes proyectos que ya nunca llevaría a cabo, se lo había contado a los que habían tenido a bien escucharlo, era el hombre más famoso de América en todo el universo conocido, general y generalísimo en un montón de lugares y países, pero nada de eso le servía para gran cosa entre los grilletes de San Felipe. “No, general Miranda, a usted ya nadie lo quiere, nadie lo admira, nadie le teme. Usted ha dejado de ser un héroe, general. ¡Dese preso!”, le gritó Bolívar. Ocho meses después, todos ellos encerrados en las bóvedas del Castillo de San Felipe, seguía oyendo el retumbar del eco de las palabras del coronel Bolívar la noche aciaga de su detención, el principio del final. “Bolívar, las cosas suceden para que se repitan, no lo olvide usted en los momentos de gloria”, le contestó no con mucha convicción. Su frase aparentaba ser un galimatías, una suerte de ocurrencia que se había sacado de la manga para parar el golpe mortal con el que Bolívar parecía haberlo sentenciado para siempre. Sí, pues ya no era un héroe, no sólo el héroe que él se creía que había sido, sino el que los demás llegaron a creerse que era. Ya no era generalísimo de nada, sino que había sido degradado y arrinconado en la peor de las sentinas de la Historia. De ese infierno, ya lo sabía él por propia experiencia, también se podía salir. Aquel universo tan inferior era la viva imagen de la muerte. Y también sabía que la Sayona rondaba por allí esperando a que sus despojos mortales ya no tuvieran aire que los mantuviera en pie. Pero había que perseverar, había que endurecerse en los momentos difíciles, aunque hubiera perdido la conciencia y la cuenta de las vidas que le quedaban por gastar de las siete que le habían regalado sus esclavos. Esos esclavos que lo adoraban le habían contado cuando ya era un joven, muy poco antes de marcharse a España, que uno de
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ellos lo había encontrado muerto cuando era un niño de pecho. En la cuna, pues, no se movía, apenas respiraba, los ojos cerrados, sin ningún resquicio de vida en su pequeño rostro marmóreo. Se asustó mucho, lo cogió en brazos, lo zarandeó para que se despertara. Le pegó dos tortas en el culo para que reaccionara, pero el niño seguía sin dar razón de vida, inmóvil, como muerto. Entonces volvió a dejarlo en la cuna y corrió a su cuchitril a buscar el brebaje de la salvación de los dioses, la bebida desconocida que lo inmunizaría para el resto de su vida, y le daría una existencia larga, y lo convertiría en un héroe conocido. Sí, pues, un brebaje de origen africano cuyas raíces se perdían en la intemporalidad de un pasado remoto, una medicina mitológica y secreta, clandestina para los cristianos, con la que los esclavos soportaban toda la desazón de sus vidas y les otorgaba una fuerza descomunal, una fuerza fuera de lo común en la voluntad, en el sexo, en la vida, y una suerte en la batalla que los convertía en invencibles. Ahora, entre pesadillas, sueños y grilletes, Miranda rechazaba aquel recuerdo de su primera juventud porque su razón, adquirida a lo largo de tantas experiencias y lecturas, despreciaba las supersticiones. Pero allí estaba, en aquel maldito infierno de la cárcel, una vez más, sin pensar en otra cosa que ahuyentar la desesperación y la sombra de la Sayona, la buscona que a pesar del brebaje no le había dejado ni un minuto de descanso a lo largo de sus más de sesenta años de edad. De modo que aunque no lo admiraran, no lo quisieran, no lo respetaran ni le temieran; aunque lo odiaran e hicieran de él mofa y befa, y los demás presos le dieran gritos ensordecedores llamándolo Musiú Pancho, ni siquiera en ese infierno iba a perder la dignidad de su persona, de su rango y jerarquía. En esos momentos, moviéndose entre la desesperación inminente y una extraña reflexión de calma que le sobrevino cuando menos se lo esperaba, como si fuera un tiempo añadido que sus esclavos benefactores le habían otorgado como plazo último para su salvación, se le ocurrió escribir un memorial donde todo quedara explicado. Un memorial, una proclama en su defensa, pues, un documento histórico, porque para él, para el general que él se creía que seguía siendo, cada paso que daba,
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cada palabra que escribía, cada soplo de aire que recibía o expulsaba, era la Historia, pues. Aunque Bolívar y sus mantuanos no hubieran tenido en cuenta este mínimo detalle, pues. Sí, escribir su santa voluntad, su explicación de estadista, escribir sus palabras en defensa propia. Sí, pues, llevaba allí, en lo más hondo del infierno, más de ocho meses en una estrecha y oscura prisión, oprimido por los grillos. Allí, en ese infierno, había asistido a todo tipo de desmanes, había visto las escenas más funestas y trágicas, recuas de hombres, de los más notables, tratados como bestias por los españoles vengativos y crueles, como si fueran delincuentes y facinerosos, todos reducidos a grillos, sojuzgados sus cuerpos entre cadenas, mientras respiraban un aire mefítico y enfermizo que liquidada la poca luz artificial que había en las celdas, infectaba la sangre y convertía en inminente el festín desnudo de la Sayona. Sí, pues, batallones enteros de ciudadanos distinguidos y nobles se deshacían en la porquería de aquellas mazmorras satánicas que los españoles les habían preparado, en la soledad absoluta y sin ningún auxilio espiritual de los que prescribe la religión, pues. Escribía ese memorial, que le constara a cada uno de los miembros de la Real Audiencia de Caracas, porque, incluso en aquel lugar del diablo, había encontrado la manera de contener su inalterable sufrimiento. Le explicó a la Audiencia de Caracas, pues, por qué había firmado la capitulación. Sí, pues, claro que se lo había dicho a Bolívar, pero esa otra cuestión no estaba en ese memorial, simplemente no le había hecho caso y lo había tomado preso en La Guaira. Sin embargo, la capitulación era una cosa, les decía en el memorial, y lo que había pasado en la patria al ser vulnerada por las autoridades que habían asumido el gobierno, pues, con Bolívar, Las Casas, el jefe oculto que había salido la noche nefasta a flote, y Tomás Montilla, íntimo de Bolívar. “Una, la capitulación”, escribió después, “es de mi absoluta responsabilidad; la otra, no, es obra de otros”, los mismos otros, pues, que lo habían entregado a Monteverde a cambio de sus vidas, por pura conveniencia. No les guardaba rencor ni le reclamaba nada a nadie, pues, ni mucho menos, sino que asumía lo que era suyo y no encontraba motivo alguno para arrepentirse de lo que había hecho. “Jamás creía haber cumplido mis encargos
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con mayor satisfacción que, cuando en las desastrosas circunstancias que llevo referidas, ratifiqué con mi firma un tratado tan benéfico y análogo al bien general”. Por eso, el general Miranda estaba convencido de que esas desastrosas circunstancias no fueron en ningún sentido de carácter militar, sino de otra naturaleza y origen. Había ocurrido el terremoto de Caracas, una catástrofe aterradora con diez mil personas muertas y una población arruinada. No había víveres en el centro geográfico de la república, pues, y el hambre generalizada, y las incursiones y asesinatos cometidos por los negros que se habían alzado en Barlovento y colaboraron al desastre. Además, una expedición facciosa que venía de Coro aprovechó aquel desconcierto para acercarse a Valencia. Había que contener rápidamente tales males, eso pensó y eso había hecho Miranda, y más nada. Había que restituir el sosiego y la tranquilidad, reparar los desperfectos terribles del terremoto, reconciliar a europeos y americanos y, sobre todo, evitar la guerra civil que amenazaba con su inminencia. Por eso y nada más que por eso, había firmado el armisticio con Monteverde y había estampado su firma de mandatario supremo en el tratado. Explicaba después, y siguió escribiendo Miranda, que se había visto sorprendido por la traición de los españoles que infringieron el tratado. Atropellos, cárceles, denuncias, vejaciones, venganzas, proscripción, eso es lo que habían hecho los españoles traicionando el tratado. Contra la constitución de Cádiz, en Caracas fueron arrestadas más de mil quinientas personas, y en Cumaná, Barcelona y Margarita, donde siempre había existido la paz, llegaron comisionados de los españoles y ordenaron el arresto de todas las personas con influencia, clase y jerarquía. Después, se quejaba del tratamiento que había recibido su persona, la marginación a la que se estaba viendo sometido a lo largo de ocho meses. “Yo reclamo”, escribió finalmente, “el imperio de la ley y el cumplimiento exacto y de buena fe de la capitulación y de la Constitución sabia y liberal”. Sí, pues, la Constitución de Cádiz, la afrancesada y liberal, la que iba a cambiar España para siempre, pues, la gran esperanza de la Historia, ésa era la ley suprema que exigía Miranda en aquel
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infierno. Y, ya lo decía de manera explícita, había encontrado calma para escribir aquel memorial sin querer herir a nadie, pues, todo lo contrario, lo hacía para evitar lo que en su peor pesadilla en las bóvedas, durante las noches interminables que llenaban de ruidos extraños el silencio de la cárcel, se había instalado en su mente: la guerra civil entre venezolanos, pues, la destrucción real de la patria y el final fatídico y trágico de su gran sueño de libertad. Al final de la escritura del memorial, se sintió descansado, como si de repente una carga grande y pesada se hubiera caído de sus hombros, de su memoria y de su alma. Temió, eso sí, que aquella última misiva suya, histórica, pues, pero última y escrita desde el fondo del infierno, no llegara a ninguna Audiencia. Ni al Valle, ni a la capital, Caracas. Que no llegara, pues, a ningún lugar, y no saliera del infierno, sino que la quemaran, se rieran de todo cuanto él decía y defendía en el pronunciamiento y, claro, la dieran luego al olvido. Podía suceder eso y que nadie se enterara del asunto. O que en la Audiencia de Caracas, pues, quienes gobernaban se tomaran sus palabras escritas como si fueran una última voluntad, como que ya estaba al final de sus días, cansado de vivir, y hubiera escrito su testamento para la Historia que se creía que era su propia persona, un documento en que se exculpaba de todo cuanto había pasado después del tratado y sólo se responsabilizaba de su firma en el armisticio. Sospechó también que alguien diría que aquél era el Miranda de siempre, poniendo paños calientes, echando la culpa a los demás y restándose responsabilidad en todo cuanto había sucedido después. ¿Estaba culpando a Bolívar, a Las Casas, a Montilla? A Bolívar, pues, le gustaban las grandes frases, pensó, era un soberbio niño bien que exageraba la nota con un verbo florido y extravagante. Le habían llegado las noticias a La Guaira, antes de ser detenido, las noticias de lo que había dicho el joven coronel cuando se enteró del terremoto. “Si la naturaleza se empeña en no hacernos caso, le enseñaremos a obedecernos”. O algo así, grandilocuente, con mucho eco, eufónico, pues, que se escuchara su voz en todo el orbe, su voz profunda de hombre fuerte y nuevo, de elegido para la Historia. Él, Simón Bolívar, hablaba también
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para la Historia, él era la misma Historia, era Venezuela; él, Bolívar, y no él, Miranda, desahuciado ya, arrasado, raspado para siempre, en fin. Su reclamación era producto de su mente, pues, porque creía que estaba en París y seguía creyéndose francés, y creía en Europa y en América, pero no estaba en Europa, sino en el infierno de Puerto Cabello, la plaza que había perdido Bolívar y la había dejado en manos de Monteverde. Y después lo había entregado a él, con una artera maniobra, eso había pensado siempre Miranda durante ocho meses de cautiverio, como si fuera una mercancía de cambio, un fardo del que se estaba desembarazando el mantuano caraqueño para enviar a la nada al advenedizo, por mucha vida, mucha autoridad, mucha fama y mucha vaina que tuviera, pues. Claro que lo entendía todo. Ahora se había vuelto, en la oscuridad de aquella sentina apestosa, más lúcido que nunca, lo entendía todo y lo veía todo muy claro. Él había hecho de Quijote en su vida, con una idea fija, el regreso a la patria para la que soñaba la libertad, pues, y se había encontrado con la traición de quienes lo llamaron precisamente para eso, para salvar a la patria y ganar la independencia y la libertad. Sí, pues, lo había visto claro, aunque un poco tarde. Y, aunque no habían encontrado indicios de la traición por la que lo habían detenido, lo habían entregado para salvarse ellos, a cambio de un salvoconducto, el salvoconducto de los traidores. “No lo haga, Bolívar, es un mal ejemplo… Si usted se alza contra mí, que soy la autoridad suprema”, se oyó decir como un eco en lo profundo del infierno carcelario, “a usted después le pasara lo mismo”. “Desengáñese, general Miranda”, oyó el eco de las palabras de aquella noche del coronel Bolívar, “a usted aquí ya no lo quiere nadie, nadie lo admira, nadie lo respeta, nadie lo teme. Ha dejado usted de ser un héroe. Dese preso, pues, no se resista”.

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DOCE

No se enteró de que Bolívar había mandado fusilar sin juicio a Fernández-Alcalde hasta que estuvo a punto de ser trasladado a San Juan de Puerto Rico, tras escribir su memorial y casi un año después de ser detenido por Las Casas, el propio Bolívar, Tomás Montilla y los demás conjurados republicanos. Se lo dijo como pudo Pedro Morán. Miranda, no muy interesado por la sordidez de las cosas que rodeaban la vida de Bolívar, preguntó empero la razón del fusilamiento. “El coronel lo mandó a fusilar por marico”, le contestó bajando los ojos Morán. “¿Cómo que por marico?”, volvió a preguntar. Levantó la cabeza y miró de frente a Morán. Su gesto delataba una sorpresa incipiente.
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“Por marico, pues, mi general. Por lo que sé, lo descubrieron acostado con dos soldaditos negros, justo una madrugada de tormenta”, contestó Morán. “Lo mandó matar de inmediato, señor”, le dijo. “¡Bolsa, que eres un bolsa, Simón!”, se dijo Miranda sin abrir la boca, sólo bisbiseando, como si estuviera rezando una letanía desconocida. Pero eso, aunque él se acabara de enterar, había sido hacía tiempo, sin que se pudiera concretar exactamente la fecha, como todas las cosas que hacía Bolívar en su entorno, en silencio y sin que casi nadie, salvo los cómplices, se enteraran de nada. Después, le preguntó a Morán qué dónde había sido la cosa. “Me dijeron que en Curaçao, mi general, pero no sé mucho más”, contestó Morán. Ni él, Miranda, quería enterarse de esas miserias que rondaban siempre a las élites de su país. Ahora ya estaban dadas las órdenes de Monteverde para que el peligroso delincuente Francisco de Miranda, un tipo de gran influencia entre los enemigos del Imperio, saliera hacia España, siempre bajo grilletes. Se acumulaban las causas contra el que había sido generalísimo de los republicanos de Caracas y la orden de enviarlo a España no sólo era de Monteverde, sino que también venía de la Península. Así se acabarían las andanzas quijotescas de Miranda contra el Imperio, encerrado en una mazmorra en cualquier prisión de la España peninsular y sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. Ese destino no lo había previsto Miranda. Uno de sus pensamientos más frecuentes tenía que ver con el destino, sí, y con los sueños. “Lo malo de los sueños es que se cumplan de manera distinta a como los hemos soñado. Y lo peor, pues, que se conviertan en pesadillas”, decía con brillantez. Y exactamente eso reflexionaba ahora, cuando ya sabía que lo iban a embarcar cargado de cadenas de camino a Puerto Rico, un destino, pues, que no había previsto en esta parte de su aventura libertaria. Se le habían pegado a las espaldas unos dolores reumáticos que le doblaban el cuerpo y, a veces, le daban la apariencia de un anciano encorvado. Bajo los ojos le habían crecido unas patas de gallo como lágrimas de carne fofa que le echaban bastantes más
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años encima que los que decía su edad verdadera. Paradójicamente, había engordado en la prisión de Puerto Cabello, aunque siempre fue frugal en sus comidas y bebidas. Sucedía que su organismo estaba acostumbrado a caminar un rato largo, más o menos una hora diaria, después de almorzar y cenar siempre frugalmente, y la falta de ejercicio le había agregado grasa a su estómago, que lucía prominente. Siempre se había empolvado el cabello a la francesa, el cabello largo y gris que anudaba tras la nuca con un lacito que le añadía una imagen muy atractiva para las mujeres. Pero ahora, el cabello grisáceo se había vuelto completamente blanco, estaba sucio y no parecía que a su dueño le importara demasiado su estado. Y después estaba la dentadura. Durante toda su vida, Miranda había cuidado su dentadura con una exquisita limpieza cotidiana. Quienes lo frecuentaban, amigos, familiares y cómplices, sabían que siempre había tenido a mano una caja de palillos de dientes de madera con los que, cuando estaba entre amigos y francachelas, se mondaba los restos de comida pegados a los dientes. Pero ahora, las caries habían conquistado aquellos dientes de exquisito francés y los habían liquidado, hasta el punto de arruinarlos. En algunas madrugadas de la cárcel, en Puerto Cabello, cuando el sueño lo había abandonado y Miranda se quedaba observando las musarañas y los insectos que se movían en la oscuridad cercanos a él, el dolor de las muelas lo volvía loco, aunque él no exhalara ni la más ligera exclamación. “Es la soledad, caraj”, le dijo a Morán un poco enfadado cuando el sirviente trató de interesarse por la salud fuñida de su dentadura. A veces, Morán notaba que el general respiraba con dificultad. Algunos días de calor y humedad excesivamente tropicales, el general abría la boca para tomar el aire, trataba de respirar hondo, como si intuyera que le iba a llegar de repente un ataque al corazón y después se calmaba, tras unos segundos de agitación, como si hubiera huido de sus pulmones el bicho asmático que lo estaba minando por dentro. Sí, pues, era la soledad, pero era la cárcel, el destino de acabamiento al que se veía sometido desde hacía un año. Era también la vejación constante porque lo trataban como si él no hubiera sido nunca él,
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el general Miranda, lo trataban con mayor desprecio que lo habían tratado Bolívar, Las Casas y los demás conjurados, con igual brutalidad y con una falta de respeto que lo sumía en la mayor tristeza y desesperanza. Por eso, la orden de salir hacia Puerto Rico, encarcelado, sí, pero fuera ya de Venezuela y del mando de Monteverde, era una especie de sucedáneo de la liberación que le levantó el ánimo. Hasta la prisión le habían llegado pocas noticias de los últimos intentos de Simón Bolívar por hacerse con el mando de las fuerzas rebeldes. Sí, pues, se reorganizaba en el exterior, y era seguro que por las noches funcionara la leyenda que de él se contaba desde niño: que no podía soportar la tensión en sus nervios y estallaba casi siempre en demostraciones que algunos médicos habían diagnosticado como epilepsia. Sí, pues, a nadie le constaba de verdad que padeciera de verdad esa enfermedad escondida, pero era un rumor que se extendía siempre por los campamentos del ejército. Decían que ese vicio le venía de chico, desde que murieron sus padres. Alguno de sus sirvientes domésticos, que seguramente no lo había querido bien, había hecho correr el episodio que Miranda había oído varias veces: que en medio de la noche y cuando todo el mundo estaba durmiendo menos los guardias, se oía en la tienda del coronel Bolívar como el llanto de un niño. El llanto llamaba mucho la atención y solía despertar a los demás, y los grititos del bebé aterrorizaban a los soldados: creían que era un alma en pena. Se supo después que no, que eran las pesadillas de Bolívar; que el coronel se despertaba bañado en sudor frío y llorando. Sus ayudantes, uno tras otro, se habían juramentado para no decir nada del asunto, bajo palabra de honor, pero se la saltaban en cuanto podían y se daban importancia de cercanía al coronel contando cómo lo habían encontrado llorando, sentado en la cama en más de una madrugada. Y eso, pues, no, no se podía desmentir después de tanto tiempo, sobre todo, así como así. Quien lo sabía bien en los últimos tiempos era el sargento mayor Retamar, el ayudante más cercano de Bolívar, pero Miranda, aunque pensaba con ironía contenida en los hipotéticos episodios del llanto madrugador de Bolívar, no estaba ahora, al borde del viaje a Puerto Rico, para pensar en otra cosa que en su propio destino.
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“Dicen que es porque sueña con el infierno, mi general”, le contó Morán. “No, no, no, Pedro, sueña consigo mismo y se asusta como un niño, eso es lo que le pasa a ese gran traidor”, le contestó mientras se vestía para salir por mar hacia San Juan de Puerto Rico. Pero, unos minutos después, mientras se vestía sus ropajes militares por última vez en Venezuela, Miranda volvió a preguntarse si Bolívar era un traidor. Y, en todo caso, ¿un traidor a quién? A la república, se contestaba, pero inmediatamente, volvía a dudar: ¿soy yo la república? No, la república son los mantuanos que han seguido a Bolívar y a sus bochinches. La república son estos bochinches de los mantuanos que ahora encabeza Bolívar desde hace un año. ¿Bolívar traidor? Sí, pues, se repetía. Traidor a mí, el general Miranda, rango y jerarquía en una sola persona, en una única personalidad que ha nacido en Venezuela, en América. Ni siquiera para Monteverde había sido un traidor Simón Bolívar. Tampoco para España. Lo habían salvado sacándolo del país con un salvoconducto, y eso era como perdonarle la vida. Porque él, Simón Bolívar, era de la estirpe rebelde, pues, claro que sí, e iba a volver a las andadas en cuanto se recuperase. Iba a intentar invadir de nuevo la tierra firme, robarle su gran aventura a Miranda, robársela, sí, pensaba Miranda ahora, cuando ya sabía que tenía que marcharse a Puerto Rico, camino de la Península, camino de la España lejana y turbia, madrastra, pues, que no sabía comprender el mundo y mucho menos América. ¿Qué sabes tú de esto, Felipe?, eso le había escrito a Felipe II, rey de España, otro traidor, el loco Lope de Aguirre, que había andado la misma aventura que él, la liberación de América de las garras de su madrastra. El loco Aguirre, el colérico, el asesino, el traidor, ya tenía esa idea, que América no era de España, sino de los americanos españoles que la habían amado después de hollarla, pues, así era la vaina. Era principio del verano tropical cuando Francisco de Miranda abandonó Venezuela con destino a Puerto Rico, camino de España. Hasta entonces, el astuto Monteverde no había querido incluir al pasajero ilustre, al nómada sentimental Francisco de Miranda, en ninguna de las expediciones que partían por mar
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hacia España. Tenía fundados temores de que el preso pudiera huir ayudado por sus muchos compinches y aliados, gentes poderosas de las potencias extranjeras que asediaban tierra firme y deseaban liquidar el poder de España en América. ¿Era o no era un agente inglés Miranda? Para Monteverde, esa sospecha formaba parte de sus acusaciones más duras, que Miranda en realidad no era más que un pirata más al servicio de la corona inglesa mientras se hacía pasar por un caballero mundano, un distinguido diplomático que conquistaba mujeres en cualquier parte del mundo. Sí, mujeres de todas las clases y condiciones, de toda laya y religión. Mujeres. Él, Domingo de Monteverde también había escuchado de la leyenda, desde Caracas a Madrid, el gran amante americano y sus famosas cajitas de la pasión, una colección de pequeños estuches de plata y oro donde guardaba los recuerdos más íntimos de sus pasiones, amores y múltiples amoríos. Vellos púbicos de cada una de sus amantes, incluso las de ocasión, las de las cacerías cortesanas, incluso las mujeres prohibidas, las putas, las de la calle, las recogidas en los caminos y las casadas clandestinas. Cada una disponía de una cajita con fecha y nombre por fuera, para mantenerlas vivas su memoria, qué bribón el general, caraj. Le dijeron a Monteverde que la colección la tenía guardada Miranda bajo siete llaves en su casa de Londres, que allí se encontraba el gran tesoro del hereje, sus libros, sus cuadros, su familia. Y, en un rincón recóndito cuya ubicación real sólo conocía Miranda, la inmensa colección de cajitas. Cerca de tres mil, le dijeron unos. Más de tres mil, le comentaron otros. Caraj, con Miranda, le oyó decir Monteverde a más de un mantuano fiel a España. ¿Fiel a España un mantuano?, se preguntaba Monteverde cuando sus edecanes y espías le hablaban de la fidelidad de tal o cual ilustre caraqueño. Le dijeron que Bolívar, cuando lo detuvo en La Guaira, se había vuelto loco buscando las cajitas para regalárselas al obispo de Caracas, pues. Había ordenado vaciar el barco, el Sapphire, poniéndolo incluso boca abajo con tal de que apareciera un documento secreto que él había firmado y la colección de cajitas. ¡Ah!, jefe, le dijeron al oído, y el tesoro de la república. Pero Bolívar no había encontrado nada en el Sapphire, caraj, y se había enfurecido. Sí, jefe, quería la
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colección de cajitas de amor para regalársela al obispo y que el obispo condenara los pecados del hereje, el traidor, y quemara en plaza pública la colección del libidinoso de Miranda. Pero no la encontró, pues, y estuvo horas dando gritos, frustrado, los nervios destrozados, usted sabe, con esa mímica de loco que se le pone cuando pierde un juego, eso le pasa a Bolívar desde que era un niño y jugaba hasta matarlos con los negritos esclavos que le traían a Caracas desde sus haciendas para que se entretuviera con ellos como si fueran muñecos de su propiedad. No, no se sabía si eso era verdad o no, pero lo decían en rumores todas las esquinas de la ciudad y en la casa de los amos del Valle y los grandes cacaos se repetía una y otra vez como una verdad del niño Bolívar, caraj. Sí, a ese niño ya grande, pero aún joven, le había dado Monteverde otra oportunidad más, sin saber lo que había hecho. Le habían insistido tanto en que Bolívar, como Miranda, se alejaría para siempre de Venezuela y no volvería jamás a proclamar la independencia con una invasión general de Venezuela, que Monteverde cedió. Le firmó el salvoconducto, para él y para otros conjurados de su condición mantuana, le dio de nuevo la vida y le regaló la Historia. Caraj, descabezaba a Miranda y le daba todas las cartas a Bolívar. ¡Monteverde, el cruel! Ese mismo, el asesino español, le entregaba la gloria de la Historia a Bolívar, sin darse cuenta de nada, el bolsa, pensaba Miranda cuando ya estaba llegando su barco a San Juan de Puerto Rico. Cuando llegó a la isla, temía por su salud. Se sentía muy disminuido en sus condiciones físicas y parecía un anciano. La fama del gobernador de Puerto Rico, Salvador Meléndez y Ruiz, era para echarse a temblar. Implacable con los rebeldes venezolanos, ejercía el poder como si fuera suyo, absolutamente. Firmaba normas y documentos a su libre albedrío, sin tener en cuenta las leyes principales de la Corona, que lo había reprendido varias veces. Pero el gobernador seguía ejerciendo su cargo como si fuera el rey de la isla. Sorprendentemente, recibió a Miranda como lo que era en su totalidad, un rebelde, sí, pero también un ilustrado. Incluso llegó a entender que podía ser un adelantado de la época a quienes los malentendidos lo habían llevado a aquel destino de ahora. Sí, pues, estaba en sus manos, pero sus manos se
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mostraron dadivosas. Lo vigiló todo el tiempo durante su estancia en la isla, aunque trató de hacerle agradable y normal su estadía en San Juan. Le quitó los grilletes, le dio los libros que le pidió, el recado de escribir, y todo cuanto necesitara. Nunca le levantó la prisión, y sin embargo lo trató con el respeto que ni siquiera le habían dado en su tierra los que él, Miranda, pensaba que eran sus compatriotas, caraj. Y ahora estaba allí, en San Juan de Puerto Rico, lejos de bóvedas y cárceles. En prisión, pues, pero lejos de las vejaciones y los vilipendios de los mantuanos, los suyos, y de los otros, las gentes de Monteverte. Aunque, al final, tampoco Miranda sabía a ciencia cierta quiénes eran de quiénes. La prueba la tenía en el brigadier Salvador Meléndez y Ruiz. Sí, pues, aquel español lo admiraba, él se había dado cuenta. Había tenido suerte, pues, al fin y al cabo. Mientras Miranda leía, escribía y recuperaba la salud, fuera ya de vejámenes y humillaciones, llegó a San Juan desde Curaçao un viajero ilustre, Andrés Level de Goda, que había nacido el Cumaná veintisiete años después de que el generalísimo lo hubiera hecho en Caracas. Level de Goda había sido fiscal de la Audiencia de Caracas y Miranda siempre le había provocado una gran curiosidad y una secreta admiración. Aunque Level llegó muy enfermo a recuperarse de sus dolencias en San Juan, en cuanto se enteró de que Miranda estaba en la isla, bajo prisión y esperando salir para España, le pidió al gobernador que le permitiera verlo. No le dijo, pues, que sentía por Miranda una gran admiración secreta, sino que se agarró a la curiosidad que siempre le había deparado el personaje casi de leyenda del que tanto había oído hablar. Salvador Meléndez y Ruiz le concedió a Level de Goda el regalo de conocer a Miranda en Puerto Rico. Y Miranda lo recibió con toda la amabilidad y toda su capacidad de seducción. La mesa de trabajo de Miranda estaba llena de libros abiertos y de papeles aparentemente revueltos. Miranda le mostró a Level lo que estaba trabajando, los libros que estaba leyendo. Le dijo que algunos ya los había leído, pero el placer que le daban sus lecturas se renovaba cada vez que volvía a ellos.

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“Este desorden”, le dijo Miranda, “no es más que apariencia. Nada detesto más que los revoltijos y los bochinches”. Y se llevó a los labios la taza de te frío con limón, su bebida favorita. Level lo dejaba hablar y a Miranda no le costaba trabajo hacerlo. No había mucha gente en San Juan con la que tuviera la oportunidad de dialogar sobre las cosas del mundo, sobre la política, los libros, sobre Venezuela y América. De modo que el generalísimo degradado desplegó todas sus velas de seducción fascinante y con su voz más animada le explicó una vez más a Level, su visitante y amigo sorpresivo, cuál había sido su proyecto. Señaló los papeles en los que estaba trabajando y le habló de algunos elementos de la Constitución y de su intento de que América fuera no sólo Colombia, sino la gran Colombia. Temía que los caciques locales se hicieran poco a poco con el poder de lo que ellos llamaban naciones, los mismos caciques que en un momento determinado darían al traste con su proyecto. Él soñaba, le dijo a Level, con una gran América del sur, con una Colombia unida, con la misma Constitución, los mismos derechos y los mismos deberes para todos; una Constitución y un país enorme donde todos fueran, sobre todo, ciudadanos iguales ante la ley. ¿Comprendía Level?, Level asentía, como que entendía el sueño de Miranda, aunque dudaba de los métodos para trasladar a América la mentalidad de la Revolución francesa. Miranda añadió entusiasmado y casi de buen humor que en España corrían tiempos nuevos, Level debería saberlo, pues, los tiempos de la Constitución de Cádiz, que acercaban la libertad a una España vieja e inservible, una Constitución que buscaba modernizar el país entero. “Y bueno, pues”, decía Miranda, “¿no forma parte esa Constitución de nuestra idea de la libertad, mi noble amigo?” Claro que sí, pues, explicaba Miranda. Y daba en desarrollar sus tesis de futuro, sus cábalas, sus hipótesis, apoyadas todas en citas de libros famosos y en resultados de la vida en otros países, en Inglaterra, pues, en Francia, en Estados Unidos. Sólo en Venezuela, se mantenía la vieja mentalidad del mantuano como señor de pernada, ¿no era así?, le preguntaba a cada rato a Level.

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“La derrota de hoy es la victoria de mañana, con tal de que nos pongamos a trabajar desde hoy en ese mañana victorioso”, le dijo Miranda, exultante. Y Level sacó la conclusión de que el generalísimo hacía mucho tiempo que no conocía los últimos acontecimientos levantiscos de Venezuela. Como si la Historia hubiera terminado con la vida de Miranda y sus perspectivas y conocimientos. Ahora era casi más que nunca el general Ausencia, un anciano con una gran vitalidad que seguía pensando que los ingleses podían ayudarlo desde Jamaica y que, finalmente, lideraría la revolución americana del sur que tanto había soñado. “Sí, la derrota de hoy sería la victoria de mañana, si los venezolanos y todos los americanos nos pusiéramos a trabajar para lograr la libertad”, le repitió a Level con una fe asombrosa. El visitante llegó a pensar que la exaltación de Miranda formaba parte de su ausencia prolongada, que a pesar de su entrega, no había hecho bien los cálculos y que un general, al fin y al cabo, no puede hacer la guerra con la cabeza a miles de kilómetros de su país, del país al que había soñado librar de España a lo largo de toda su vida. Después le habló de los libros. Le divertía mucho la lectura de los libros. Hablaba con Level en un monólogo lleno de pasión sobre sus libros, la biblioteca que tenía en su casa de Tottenham, en Londres, y los libros que ahora, en San Juan de Puerto Rico, había puesto a su disposición el gobernador de la isla. Level iba sacando su conclusión: aquel hombre que le había despertado tanta curiosidad, era un tipo excepcional, una biblioteca viviente que hablaba de sus libros como si los llevara dentro y los abriera por la página que le diera la gana en cada momento. Tras un largo parlamento sobre sus libros predilectos, con citas en griego, latín, francés, inglés y español, Miranda volvió a hablar de Venezuela sin dejar de hablar de sí mismo. Sí, pues, había sido tratado por Bolívar, primero, y por Monteverde, después, como un criminal de guerra, como un traidor a sus dos patrias, a España y a Venezuela. “A un enemigo, siempre hay que darle una salida”, le dijo citando a Sun Tsu en El Arte de la Guerra. “Claro que si Bolívar me ha considerado un enemigo, creo que no tiene luces
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suficientes para entender la realidad de hoy. Ni me ha querido como amigo, ni como maestro, ni me ha respetado como superior”, le dijo a Level. “En cuanto a Monteverde, es un ser despreciable que nunca cumple la palabra dada. Un perfecto miserable, capaz de vender a su padre por el hedor de la gloria momentánea”, le dijo con rabia contenida. “¿Y cuáles son sus planes inmediatos, general Miranda?”, le preguntó Level cambiando de tema. En efecto, se había dado cuenta de que Miranda ignoraba los últimos alzamientos levantiscos que habían tenido lugar en Venezuela. “Sí, pues”, asintió Miranda, admitiendo la pertinente pregunta de Level de Goda. Durante la conversación, se había establecido una corriente de confianza mutua entre las dos personalidades. Esa confianza flotaba en el ambiente en el que se encontraban los dos hombres notables y se había acrecentado durante la exposición de Miranda de su propia historia personal y la también creciente curiosidad de Level de Goda. Miranda dio un sorbo largo a su tercer té con limón, que le servía su siervo Pedro Morán en cuanto veía que la taza del general se hallaba ya vacía. “Sí, pues”, repitió Miranda. “Tengo muchos deseos de ir a España. Creo que allí me escucharán. Hablaré con quienes tenga que hablar y explicaré una y otra vez mi caso. Ya sabe usted los tiempos que felizmente corren en España después de la Constitución de Cádiz. Me adhiero a ese juramento. En todo caso, tendré que explicar que esa Constitución forma parte de mi pensamiento, de lo que yo entiendo por libertad y por ciudadanía republicanas”. Se explayó diciéndole a Level de Goda que aquí, en Venezuela y en América, no habían querido oírle, ni siquiera lo tenían al tanto de las noticias, de lo que ocurría fuera de La Guaira, mientras estuvo en manos de lo que quedaba de la primera república, ni después, en manos del miserable Monteverde, que lo mantuvo aislado y en su celda, lleno de grilletes, como si fuera un peligroso asesino. “¡Un peligroso criminal, mi querido amigo, un peligroso criminal, yo, el general Miranda!”. Ese tratamiento de delincuente lo había tenido mucho tiempo con una baja de ánimo que había pesado sobre su salud, pero ahora, le dijo a Level, se encontraba de nuevo con ánimos
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para seguir adelante. De modo que lo que más le importaba era ir a España. Allí, y se aferraba a esa idea de su inmediato futuro, allí, decía, lo tendrían en cuenta y escucharían legal y legítimamente lo que él, el general Miranda, iba a contarles. Les explicaría, pues, por qué era un convencido de la libertad, porque sentía que esa libertad que corría ya por tantas partes del mundo tenía que llegar a España, a Venezuela y a toda América. “Pero pueden juzgarlo como un hereje, general…”, especuló Level. “También podré explicar mi falsa herejía. Las cosas, mi querido amigo, han cambiado tanto en España que seré oído y entendido sin mucho esfuerzo. Por eso, quiero viajar cuanto antes. Quiero llegar a España en cuanto me sea posible. Por eso, le he pedido al gobernador, que tan bien se está portando conmigo, que habilite y anticipe mi viaje a España”, le dijo a Level. Pareció que el gobernador de Puerto Rico estaba escuchando la conversación de los dos grandes hombres, porque en muy pocos meses, Miranda fue embarcado hacia Cádiz en el bergantín Alerta. Además, ordenó al comandante del bergantín que lo tratara con sumo cuidado, permitió que se llevara los libros que le había regalado y los documentos que Miranda había escrito durante su estancia en San Juan y le dio, además, doscientos pesos para su llegada a Cádiz. Miranda se embarcó en el Alerta lleno de ánimo, como si la derrota de ayer fuera la victoria de mañana mismo, cuando llegara a España. Le acompañaba, como en todos sus viajes de ida y vuelta, su fiel servidor Pedro Morán.

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TRECE

Caños, esteros y salinas. Y al fondo, durante el día, la sombra blanca de Puerto Real; y por la noche, el frío húmedo de las sombras en el sur peninsular. Nada más que eso veía Miranda desde la celda que se le asignó en el penal del arsenal de La Carraca, Cádiz, en el piso alto de las Cuatro Torres. En su celda de La Carraca, Miranda supo desde el principio que sería tratado como un reo de traición. Cuando en pleno invierno llegó a Cádiz en el Alerta, las autoridades militares, el comandante general de la escuadra española en Cádiz y el capitán general de Cádiz no tenían noticia de que Miranda llegaba a su destino, pero pronto supieron que aquel llamado conde de Miranda, que había sido nombrado generalísimo y dictador por la Junta suprema de los rebeldes venezolanos para comandar el alzamiento contra España, era el hereje que la Inquisición estaba buscando desde treinta años atrás y un traidor a la Corona. No necesitaban más documentos para tratarlo como un criminal peligroso, pero las órdenes advirtiéndole de la peligrosidad de Miranda llegaron pronto a sus manos. De modo que aquel soldadito venezolano que había llegado a general de la Revolución Francesa, a coronel del ejército ruso y a generalísimo del ejército de los sublevados venezolanos era el mismo que se hacía pasar por general español en muchas partes del mundo; y el mismo que iba a reclamar ahora su libertad porque, según él, en España también había triunfado por fin la causa a la que había entregado toda su vida. Aquel general generalísimo, ignoraba, pues, que el rey había derogado la Constitución del 12, que había liquidado las libertades y encarcelado y exiliado a los liberales. De manera que todo estaba en la historia de España donde había estado siempre: en el triunfo total del absolutismo y la carencia absoluta de derechos individuales. Aquel general generalísimo estaba ahora en prisión, ayuno de noticias de España y de América, como si lo hubieran sacado del mundo libre en el que él había creído moverse ya para siempre y lo hubieran metido en una jaula. Sí,
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pues, aquel general generalísimo estaba allí, en lo alto de las Cuatro Torres de La Carraca, anciano y solo, despojado de sus rangos y jerarquías, encarcelado e incomunicado por orden ministerial a que se le vigilara como elemento muy peligroso y sólo se le sirviera lo necesario para la subsistencia. Por el ventanillo minúsculo de su celda sólo se veían esteros, caños y salinas. Ése es el paisaje del preso más importante del rey en ese momento, el general Felón que va a comenzar su castigo por la traición cometida contra el honor del Imperio y el Imperio de la Corona. Venezuela está muy lejos en el espacio y en el tiempo y, aunque fundida a fuego en su mente a lo largo de muchos años, el mapa de su idea libertaria para aquella América se va diluyendo poco a poco en el paso tedioso del tiempo carcelario. Durante algunas horas del día, Miranda lee en su celda. El frío invernal del Mediterráneo penetra las gruesas paredes de la cárcel y entra en el alma de Miranda, el nómada sentimental de Venezuela, el general sin ejército, el patriota sin patria, el español que era venezolano. Y ahora, encerrado en La Carraca, sin saber nada del exterior y sin nada más que los libros a los que aferrarse en el interior, el venezolano rebelde maquina volver a la realidad de una vez y sentirse de nuevo un español realista. Maquina pedir al rey que se le juzgue cuanto antes; que su causa vaya a juicio. Sueña con salvarse una vez más del fusilamiento, de la horca, de la cárcel; sueña otra vez con la libertad, los honores que se le deben y la gloria a la que ha aspirado durante toda su vida, desde que llegó por primera vez a Cádiz hasta ahora, la última vez que vuelve España. Se acuerda todavía de cómo los jacobinos lo condenaron a muerte en París, después de que él, como general, tomara Amberes para las tropas revolucionarias. Se acuerda de que lo acusaron de traición al ejército y a la revolución. Se acuerda de los tiempos en los que estuvo en la cárcel de París, vigilado como criminal peligroso, ni más ni menos que como lo tienen ahora ahí, tirado en la nada, el rey y el imperio español, triunfantes los dos ante el general Traidor. Se acuerda de cómo se defendió ante el tribunal revolucionario en París y de cómo le aplaudió el populacho presente en la sala. Se acuerda de las arengas y los argumentos que mantuvo en su defensa, a plena voz, levantando
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la mano derecha una vez, la izquierda otra. Sí, pues, se acuerda de cómo fue convenciendo a los jueces, casi todos jacobinos, cuando él se había aliado con sus amigos, los girondinos. ¿Pero era él un girondino, era el general Miranda un girondino cabal? En su fuero interno, y en aquella prisión de las Cuatro Torres, el propio Miranda hacía repaso de su memoria. No, pues, ésa era una de sus contradicciones flagrantes: jamás había sido girondino, pero sus amigos lo eran. Sabía de cierto que él era jacobino convencido, aunque los propios jacobinos lo habían rechazado una y otra vez. No, pues, no se fiaban de él, les parecía un tipo sospechoso, un extranjero, un advenedizo, un espía tal vez de los ingleses. Y peor todavía, un espía de los realistas de Catalina, la gran rusa, la dueña de un mundo inmenso que miraba de reojo todo el tiempo a Europa. Tal vez sería espía de esa gran Catalina, de quien la leyenda que había llegado a la corte de España decía que también había sido su amante. Un amante secreto que todo el mundo conocía. Sí, pues, en la corte española y en los cenáculos de Madrid se hablaba del general Felón como un gran amante, aunque ya la edad de la vida lo estaba dejando atrás varado en la selva de la soledad y encerrado con sus propios recuerdos. Así que no, pues, él no había sido jamás girondino. Una vez más había tenido que disimular. Los jacobinos lo habían arrojado en brazos de sus amigos los girondinos, que no eran precisamente los suyos. C´est à dire, lo que le habría gustado de verdad era haber sido jacobino. C´est à dire, lo que le habría gustado al revolucionario venezolano era haber sido reconocido como jacobino por los jacobinos, y no estar nunca bajo sospecha, como si no fuera más que aventurero ambicioso. Pero venía de Inglaterra, venía de los brazos de Catalina la Grande, venía de Rusia antes de pasar por Londres. Ahí estaba su diario de San Petersburgo. Ahí, escritas de su puño y letra, podían leerse todas sus impresiones sobre las ciudades y los pueblos, las selvas y las cacerías que había conocido y a las que había asistido amadrinado nada menos que por la zarina. ¿Un verdadero jacobino amante de la zarina de Rusia? Imposible. Bastante hizo la revolución con darle mando. Bastante hizo Dumuriez con darle el generalato. Teniente general, que nada menos. Bastante hizo la revolución con darle el mando de tomar
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Amberes. Y después perdió Maastricht, claro, sin tener en cuenta las advertencias de París. Por eso lo encarcelaron, como reo de traición, y lo juzgaron con la pena capital pendiendo de su cabeza. Pero él no se inmutó. Mantuvo la calma durante todo el tiempo que estuvo en prisión. Mantuvo la calma sin sombra de desánimo, convencido de que iba a ser declarado inocente y repuesto en su cargo de teniente general del ejército de la revolución francesa. Y fue así, ni más ni menos. El fiscal no pudo con su defensor, ni con él, ni con la soflama que echó por la boca el ilustrado Miranda, digno de admiración, con una cultura extraordinaria. Un tipo que traía a colación en su propio juicio la batalla de Las Termópilas; un personaje que citaba con suma elegancia a Aristóteles y a Sófocles en su lengua de griego clásico; un ilustrado que recitaba a Cicerón en latín, como si lo hubiera conocido personalmente y lo hubiera leído mil veces; un general francés, caraj, nada más y nada menos, un hombre digno al que el terror había llevado a juicio equivocadamente. El error del terror fue Miranda. Y sí, pues, salió absuelto contra todo pronóstico. Caraj, él admiraba a quienes lo querían matar y quienes lo querían matar terminaron por admirarlo a él. “Las derrotas de hoy son las victorias de mañana”, se dijo Miranda observando las salinas brillando al sol vespertino de la isla de San Fernando, Cádiz. “¡Las derrotas de hoy son las victorias de mañana!”, se oyó gritando de nuevo, recordándose ante sus jueces en París. Les vio las caras de asombro, los gestos en los que asomaban rictus de cierta admiración, los ojos brillantes de sus jueces parisinos y jacobinos, los mismos a los que derrotó desde la derrota, una victoria para la vida del nómada, del sentimental, del revolucionario, del legendario general Miranda. Claro que si el rey de España hubiera aprobado la Constitución de Cádiz y no hubiera hecho de ella papel mojado para la Historia, ahora él estaría libre por la garantía de la libertad personal, le escribió a París desde La Carraca a su amigo Nicolás Vansittard. Pero nada había salido bien, su situación en la cárcel era tétrica, su estado físico lamentable, todo aquí, en España, había caído por tierra y el gobierno había retomado su terrible papel de siempre, le escribió a Vansittard. “¡Necesito un amigo que me salve de las garras del despotismo. Ese amigo no puede ser otro que Inglaterra!”. Sí,
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pues, cuando no le servía Francia, se iba a Inglaterra; cuando no le servía Inglaterra, se iba a Estados Unidos; cuando Napoleón lo recibió con caras largas es porque ya sabía que Miranda pertenecía a la logia que se había juramentado para matarlo; cuando Pitt lo recibía dándole largas, él volvía los ojos a París; y a veces, incluso a San Petersburgo, aunque sospechara con tino que la zarina jamás iba a perdonarle su traición. Sí, pues, en esas condiciones, Miranda había dejado de creer en las posibilidades de la república venezolana y había entrevisto la esperanza en el rey de España y la Constitución de Cádiz. Pero siempre llegaba tarde a sus metas. O muy tarde o demasiado pronto. Ése era el problema de los precursores, que se adelantaban a su tiempo; ése era el mismo problema de los augures: que cantaban profecías que a los dirigentes no les gustaban y se los echaban a las fieras del populacho para que se los comieran. No, caraj, había dejado de creer en la organización de una república sólida, porque dominaba la gran ambición de los mediocres y la inmoralidad que había comenzado a desatarse y se había convertido en un vendaval insostenible. Se lo dijo a Level, su amigo desde Puerto Rico, cuando el viajero y escritor lo visitó en La Carraca. Level había conseguido, por caminos confusos, un permiso para verlo. Había viajado después de Miranda desde Puerto Rico a España. Y ahora, en Cádiz, habló con el generalísimo y lo encontró muy débil de ánimos, muy flojo, muy pesimista. “Tampoco creo en el restablecimiento de la autoridad de España”, le dijo Miranda a Level. Le añadió que hacía falta una constitución peculiar con la que sacar a Venezuela y al resto de América del bochinche y el embrollo en el que la habían metido entre todos; le dijo que para esa constitución se necesitaba “un genio privilegiado”, una inteligencia que él no conocía dentro ni fuera del país; le dijo a Level que las clases inferiores se habían dado cuenta, después de todos los desmanes venezolanos, de que ya podían disponer de la vida de las superiores. “Así que esas clases inferiores, mi querido amigo, harán ellas la ley o estarán todo el tiempo viviendo entre peleas y asesinatos”, le dijo pesimista. Le agregó que ahora sobrevendría
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el horror y el dolor sería muy grande, eso le dijo Miranda a Level; y que el país terminaría en manos extranjeras y convertido en finca en la que los nacionales serían los peones y los esclavos servirían para mantener productiva la misma finca. No, pues, Miranda, pensaba Level, no perdía la lucidez. El desánimo le ganaba los restos de la esperanza que le quedaba en el alma, los restos del naufragio en el que se había transformado su fabulosa revolución colombina, arena movediza siempre y, ahora más que nunca, ciénaga en la que veía hundirse las ilusiones y las causas que había defendido toda su vida. Sí, pues, criollos y peninsulares ya estaban enfrentados a muerte y era muy difícil que el agua se calmara y volviera al cauce natural de la convivencia. Eso le decía Miranda a Level. La ruina del terremoto de Caracas había sido lamentable, casi irrecuperables las tierras, los caminos, las casas, las calles y las plazas. Los curas habían metido el miedo en el cuerpo a toda Caracas afirmando que el desastre era sin duda un castigo de Dios contra las veleidades armadas de los secesionistas alzados. Y luego estaba la insurrección de los negros, que había hecho imposible que la república o lo que quedaba de ella encausara en vereda cabal los acontecimientos terribles que sufrían los venezolanos. “Una terrible guerra civil”, le dijo. Level enarcó los ojos y afirmó con un golpe de cabeza, suave, para que Miranda siguiera hablando hasta el final, para que se desahogara con él, su amigo que había ido a verlo hasta la cárcel de las Cuatro Torres en La Carraca. Todos esos pensamientos corrían por la mente del general Miranda, que cambiaba de parecer cada temporada de la cárcel. Una vez creía en que la Constitución de Cádiz iba a regresar a arreglar las cosas y otra se sumergía en una depresión nerviosa de la que sólo salía leyendo a los clásicos en la soledad de su celda. De vez en cuando volvía a acordarse de Inglaterra. Y siempre de Londres, de su casa de Grafton Street y de su familia, de Sarah y de sus hijos. Entonces, una tenue luz de esperanza se apoderaba de su alma durante unos días y regresaba la ilusión a sus ojos. Pero un poco más tarde, pensaba que nada valía ya la pena, que todo se había perdido desde que Bolívar perdió Puerto Cabello. Y para él, peor: desde que Bolívar lo entregó a Monteverde a
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cambio de un salvoconducto que le abriera camino libre a la mar para refugiarse en Curaçao. De momento. Ahí se detenía a pensar de nuevo si había tenido alguna vez confianza en Bolívar. Sí, caraj, a pesar de todo, la había tenido. Y tal vez sí, caraj, tal vez Bolívar lo hubiera admirado. Seguro que se habían querido mucho, sin decírselo uno al otro. Pero todo eso se había roto. ¿Dónde se había roto el hilo conductor de la mutua simpatía? En la ambición de Bolívar, pensaba Miranda; en salvar la vida en aquel bochinche en el que se convirtió La Guaira aquella noche de verano, a finales de julio. Bolívar había querido viajar con él en el Sapphire. Exiliarse con Miranda, pero Haynes, el capitán del barco le negó esa posibilidad. Le dijo que tenía permiso para sacar del país sólo al generalísimo. Y Bolívar se sublevó. Y, de común acuerdo con los otros traidores, decidió traicionar y entregar a Miranda a Monteverde. Y ahora estaba Miranda allí, entregado a la nada de la cárcel, leyendo a Sófocles, leyendo la tragedia de Edipo Rey. Y leyendo a Cervantes. Estaba allí, en la cárcel de las Cuatro Torres, con un ejemplar del Quijote que no dejaba de leer y de escribir en los bordes y a pie de cada página sus comentarios a la lectura. Sí, caraj, él, Francisco de Miranda, general francés, coronel ruso, general español, coronel norteamericano, generalísimo venezolano, había devenido en Quijote a lo largo y ancho de su vida. El mundo había sido para él la enormidad de La Mancha. Don Quijote nunca había encontrado al amor de sus amores, la Dulcinea que iba buscando de pueblo en pueblo y de mundo en mundo; y él tampoco había encontrado su Dulcinea, la patria de su libertad, Venezuela, una Venezuela lejana ahora, que nunca lo había amado porque la Venezuela que él había imaginado, como Don Quijote a Dulcinea, jamás había existido. Al contrario, lo odiaban, caraj, se había dado cuenta de esa gran verdad contra la que había luchado toda su vida, los pendejos mantuanos lo odiaban porque él era grande, como Don Quijote, e iba a quedar de todos modos en la Historia. No, caraj, no sólo en la Historia de Venezuela y América, sino en la Historia del mundo, que era mucho mayor que Venezuela y que América. Que se fijaran los mantuanos y los traidores: él, el general Miranda, era más conocido en todo el mundo que el nombre de Venezuela, él era
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más que Venezuela. Claro que sí, pues, el Quijote era más que Dulcinea, lo decían los siglos. Dulcinea no era más que una entelequia que Don Quijote se había buscado para ser el gran hombre, el gran caballero, el genio que buscaba la eternidad a la que se había consagrado. Y ahora él, Miranda, mientras leía el Quijote en la cárcel, se acordaba de que Cervantes había escrito la novela en la cárcel, que Cervantes era el precursor de la novela, un ser maldito como él por haberse reído de todos y de todo ganándose la eternidad, pues. Y a él, al conde de Miranda, iba a pasarle lo mismo. Su derrota de hoy era su victoria de mañana, se dijo, su cárcel de hoy sería su libertad de mañana, cuando saliera de allí convertido en prócer universal y todo el mundo lo aplaudiera como lo que él creía que era, un héroe, el precursor de la independencia y la libertad de un continente entero; no, América, no, de ninguna manera, Colombia grande y una, una Colombia grande y libre, un país que iba desde México a la Patagonia, que hablaba la misma lengua y creía en el mismo Dios, si es que había que creer en un Dios. ¿Había que creer, pues? Lo que le quedaba por hacer ahora era esperar. Unos cuantos meses. Tener paciencia. Sí, caraj, notaba que se iba deteriorando su salud, que su aspecto físico no era el mismo. No, no comía a su gusto, ni dormía, ni lo dejaban pasear todos los días. Su única esperanza era dirigirse al rey y confiar en Dios para que lo sacara de aquella situación. Sí, caraj, no había otro remedio que hacerle ver al rey que sí, caraj, que aceptaba su autoridad real, que se arrepentía de sus errores y pedía justicia; que se celebrara el juicio, que se viera su causa sin esa tardanza ponzoñosa que tiene la justicia en España; que le concedieran hasta ese momento del juicio la libertad; él no huiría de Cádiz, no huiría de España. En París, en su segunda causa ante los jacobinos, no se escapó. Lo dejaron en libertad provisionalmente, aunque esperaban que se escapara. Lo estaban vigilando en cada momento, en cada instante, incluso cuando entraba en los bajos fondos de la ciudad y se perdía en el profundo interior de los burdeles más lóbregos. Pero él no se escapó. Tuvo calma. Dio siempre la sensación de la honestidad que lo habitaba. Si había que ir a juicio, él esperaría. Paseando por París, caraj, sí, por Pigalle, por Montmartre y Montparnasse, junto al Sena y por los bosques de Boulogne.
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Vigilado, pero libre. Comiendo y bebiendo lo que quería, visitando a sus amigos, viendo a sus muchas amigas parisinas, gente que lo quería y lo admiraba. Los jacobinos lo sabían y no le echarían guante alguno mientras él se comportara como si tal cosa, como que aceptaba el juicio y a eso estaba esperando porque era completamente inocente. Sí, pues, Miranda, el teniente general Miranda, del ejército revolucionario francés, era completamente inocente. Durante su visita a la celda de La Carraca, Level le había llevado noticias de la guerra. Sí, pues, Bolívar había entrado por Cartagena en Nueva Granada y se empeñaba, durante esos meses últimos, en seguir por Cúcuta adelante, en el extremo occidental de Venezuela, e invadir de nuevo el país. Para él, la guerra civil de Nueva Granada, entre federaciones, confederaciones, el estado libre de Cundinamarca y todo lo demás, no era sino un camino de paso, un entrenamiento para penetrar en su verdadera guerra: Caracas, Venezuela. Hasta el instante de salir Level de Puerto Rico, no, general, el coronel Bolívar no había obtenido permiso de sus jefes granadinos para invadir Venezuela y conquistar Caracas, su gran sueño. Mientras Level hablaba, Miranda se preguntó si el joven Bolívar había madurado. Sí, pues, el sabía muy bien que había cambiado su vida por un salvoconducto de Monteverde. Sabía que había sido una traición, aunque desde ese instante tuvo dos excusas: una, presentarlo a él, al generalísimo, como el gran traidor; y dos, que el gran traidor, no contento con traicionar la Patria, se iba a fugar él sólo en el Sapphire, dejando a los demás y, sobre todo, a Simón Bolívar en manos de Monteverde. Traición por traición. Sí, pues, Level hablaba de Venezuela y Miranda pensaba en el bochinche, la vaina horrible que había provocado la caída de la primera república. No, pues, caraj, el general ya no creía en la república. Y dudaba mucho del proyecto histórico de la independencia. Desde La Carraca, su reflexión se había ido más cerca de “un arreglo” con España. Una convivencia amable, decía, un entendimiento mutuo de la madre patria y sus hijos, un reconocimiento de la naturaleza de ambos, todos iguales, los continentales, los isleños y los peninsulares, todos ciudadanos de un gran país confederado, la gran España del futuro, con Colombia como la gran avanzada de ese futuro.
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“¿Colombia, general Miranda?”, preguntó asombrado Level. “Colombia, mi querido amigo, es el nombre que hay que darle al continente. De Colón, y no de Américo Vespucccio, al fin y al cabo, un simple viajero, ¿no le parece?”. Level asintió con un suave golpe de cabeza. ¿Estaría perdiendo la razón el general Miranda, encerrado entre aquellas cuatro paredes sombrías y mustias, lóbregas y solitarias, donde no llegaba el ruido de los pájaros y la luz entraba de a pocos, como si estuviera siempre a punto de apagarse? No, pues, no estaba perdiendo la razón. “Si usted lee mis papeles”, añadió Miranda, “verá que en mi Constitución está desde el principio el cambio de nombre. Es necesario para ese nuevo futuro que alumbrara la madre patria junto a todos nosotros”. De modo que el gran republicano se había vuelto, en cierta medida, monárquico. Pero no, no era la primera vez que esas cavilaciones solitarias llevaban a Miranda de un lado a otro, como si estuviera dando sin cesar bandazos exagerados. Level, que conocía muchas cosas de su vida, sabía que Miranda, pupilo mimado por la zarina, se había pasado al bando republicano de los franceses revolucionarios. Los rusos de Catalina habían declarado traidor al general Miranda por esa actitud, que era algo más que un simple gesto. Sobre todo, luego de haberse aprovechado de la zarina, de su corte, de sus príncipes y generales. Tampoco esa había sido la primera vez que se pasaba al otro bando. Desde Cádiz, la primera vez que estuvo en España, el joven Miranda se había ido haciendo mayor en el peligroso ejercicio de la deserción. Después de la Revolución francesa, siendo teniente general del ejército revolucionario, se había ido otra vez a Inglaterra para arrojarse en manos de los ingleses. Entonces buscaba el apoyo inglés de Pitt y el norteamericano de Washington para invadir Venezuela y declarar la independencia de las colonias españolas en América. Cuando llegó a dictador y generalísimo de esa primera república de Venezuela, entregó el ejército a Monteverde y fue entregado él a su vez al jefe español. Ahora, encarcelado en España, ha dejado de creer que la república y la independencia de América sean el verdadero camino del futuro. Hay que ir a una confederación de iguales al frente de la
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cual esté, como siempre, la madre patria y la corona española. ¿Era o no un saltimbanqui el general Miranda? No, no lo era, pensaba Level, era un gran hombre, un sabio sometido una y otra vez a rectificaciones reflexivas; era un gran hombre con mucha experiencia, militar, política y cultural. Cuando los venezolanos sabían una décima, Miranda ya sabía el todo. Lo que sucedía es que a veces iba por delante y otras veces se atrasaba. Ahora, pensaba Level, sin decirle nada de eso, el genera Miranda se estaba perdiendo en galimatías que iba escribiendo sin parar en sus archivos. Rodeado de algunos libros que leía una y otra vez, Miranda hablaba ahora con Level como si todavía su historia y su nuevo proyecto tuvieran vías de salvación. “¡Y pensar que el primer eslabón de esta cadena”, dijo Miranda señalando los grilletes de la pared, “se lo debo a mis compatriotas!”. Lo dijo con pena y con desprecio. Con dolor. Level lo vio triste, desasistido, anciano, tal vez con el cabello, que siempre lucía antes perfectamente peinado hacia atrás, suelto e incluso sucio. El uniforme de general francés carecía a estas alturas de toda brillantez. Por momentos, el general se abstenía de hablar. Era como si se fuera de la conversación, no porque rehuyera el diálogo con su visitante, al contrario, lo agradecía mucho más en aquella soledad que lo consumía, lo envejecía y lo iba matando. No era por eso, sino por cansancio: como que no le llegara del todo el riego a la cabeza y diera síntomas de vejez. “A Bolívar también lo persigue la Sayona”, dijo de repente, como si hablara consigo mismo. Levantó la vista para mirar el rostro de Level, expectante. “Sí, pues, amigo mío, la muerte”, habló Miranda. “Donde vaya la muerte, irá con él. Murieron sus padres cuando era un niño. Murió su mujer a los seis meses de casarse con él en Madrid. Se ahogó su hermano. Todo lo que toca lleva el signo de la tragedia, ¿se da cuenta? Y él… bueno, seguro que habrá crecido, seguro, pero seguirá arando en el mar. Demasiado presuntuoso, demasiado soberbio, demasiado mimoso. Es un epiléptico, ¿me entiende usted? Demasiado mantuano. No, mi querido amigo, Bolívar no llegará a viejo. Si no lo matan antes,

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lo envenenarán en cualquier esquina sus propios o sus enemigos, no importa. Él solo cavará lentamente su tumba. Ya lo verá”. Entonces Level le contó completo el periplo que Bolívar había hecho desde la noche en que lo entregó en La Guaira. Sí, pues, general Miranda, una vez que, gracias a Iturbe, Monteverde le concedió el salvoconducto para irse a países extranjeros con la condición de que no se volviera a mezclar jamás en los asuntos públicos de Venezuela, trató de salir de Venezuela cuanto antes. Pero no se lo permitieron los capitanes de los barcos ingleses y franceses que fue visitando en La Guaira. Incluso, uno de ellos lo echó de cubierta con malos modos, tildándolo de traidor por haber entregado a Miranda a los españoles. Por traidor, pues. Hasta que encontró un barco español, Jesús, José y María, que lo sacó de Venezuela y se lo llevó hasta la isla de Curaçao. Sí, pues, huyó con lo peor de su gente, con sus peores consejeros, todos facinerosos. Miranda sonrió con tristeza. “El bochinche de siempre”, dijo sin interrumpir a Level. “Pero lo pasó muy mal”, siguió Level en “Curaçao. Una y otra vez pidió ayuda a sus amigos caraqueños. Carecía de dinero incluso para su manutención elemental y en la isla no lo recibieron precisamente con los brazos abiertos. Al contrario, lo rechazaban y se las hicieron pasar muy mal”. Después había venido a Cartagena y se había incorporado a la guerra… “A la guerra civil de Nueva Granada, amigo mío”, dijo Miranda, “y llevará la misma guerra y la misma muerte a Venezuela, y a Ecuador y el Perú. Él no es un político. Es un guerrero, su espíritu no puede vivir en paz consigo mismo. Si pelea con los demás es porque su ser interior no está en paz consigo mismo. Cree que hay enemigos por todos lados, que todo el mundo lo traiciona. Tiene la enfermedad de la desesperación”. Claro que eso lo hace ir rápido, siguió Miranda, y esa sensación de rapidez es la que lo mueve todo. Ahí está su gloria y su fracaso. La rapidez le da la victoria y, al mismo tiempo, lo lleva al fracaso. ¿Se daba cuenta Level de lo que le estaba diciendo? ¿Lo entendía, pues? “Sí, general, lo entiendo, Bolívar es muy joven y…”

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“Y… siempre será así. ¿No lo conoce usted? No se está quieto ni un minuto, como si tuviera dentro de su alma el mal de San Vito que aparenta tener su cuerpo. Nunca está tranquilo. Si oscurece, porque no hay luz, y sus enemigos pueden matarlo con nocturnidad; si es de día, hay demasiada luz y sus enemigos pueden encontrarlo y matarlo fácilmente. Si pues, nunca está conforme con lo que hay. Nunca está conforme con lo que tiene”. La visita de Level a la celda de Miranda acabó con un gran y emocionado abrazo de los dos amigos. Seguramente, eso lo intuían los dos en ese momento de la despedida, sería la última vez que se vieran. Miranda trató de demostrarle a Level que tenía ánimos suficientes para seguir batallando por su libertad y por la recuperación del honor de su persona. Sí, pues, seguiría luchando por reafirmarse en ser quien era, hasta recuperar ante el rey su libertad y su rango de general. Level, sin embargo, sospechaba que esta última parte de cuanto había dicho Miranda pertenecía al reino de sus ensueños. Encarcelado, carente de noticias, vigilado a toda hora, encerrado en sí mismo, en la escritura de sus papeles y en los pocos libros que le habían permitido tener en su celda, Miranda parecía un viejo anciano a ojos de cualquiera. Pero Level hizo como que su aspecto era el mejor, muy superior a como lo había encontrado en San Juan cuando se conocieron. Tampoco le dijo cómo había conseguido el permiso para entrar en la cárcel de La Carraca, ni quién le había concedido ese favor. Sólo se despidió de él dándole sus mejores ánimos. Diciéndole que en el próximo futuro se verían de nuevo, cuando todo se hubiera solucionado y el conde Miranda fuera otra vez el general Miranda, un hombre grande y sabio que tenía que enseñar muchas cosas al mundo; un mundo, por cierto, le dijo Level, que necesita de hombres ilustrados como usted, no hay muchos, la verdad, y usted nos es necesario… “Anímese, pues, todo irá saliendo adelante”, le dijo dándole de nuevo un abrazo fuerte. Cuando se quedó solo, Miranda cayó en un marasmo anímico que se lo llevó de nuevo al borde de los infiernos. Cerraba los ojos, adormecido por el cansancio, y se le aparecía la Sayona en forma de sombra. Le reclamaba su vida, el tiempo que le quedara, quería adelantarle allí mismo, en la celda, la hora
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final. Quería que allí y ahora sufriera el general Miranda su acoso, que sintiera su aliento muy cerca; que supiera, en fin, que ella estaba también allí, en la celda que la vida le había reservado. De modo que sí, pues, debía ir escribiendo su testamento, su última voluntad. Si quería, y creía en Dios, debería ir arrepintiéndose de todos sus pecados, de todas las muertes que había provocado en su vida, de las mentiras, de los embustes traicioneros que había urdido desde la capacidad de seducción que siempre lo había adornado. Sí, pues, que se fuera arrepintiendo de todos los innumerables pecados de lascivia que había cometido en su vida, que hiciera repaso de sus muchas amantes perdidas, de las mujeres a las que había dejado abandonadas, tal vez embarazadas, a todas esas pobres mujeres, aunque fueran nobles y ricas, que él había enamorado bailando en los salones; mujeres que iban desde costureras de la corte rusa hasta princesas suecas; que se confesara, pues, consigo mismo, sino quería confesarse con un cura, pues… ¿Sabía cuantos hijos tenía por el mundo, los conocía, los había reconocido, se había cuidado de ellos? Sí, pues, la Sayona sabía que el general Miranda estaba en paz con sus padres, jamás los había olvidado, pero no estaba en paz con sus hijos, y mucho menos con los que no había reconocido jamás, no sólo los que había tenido con Sarah Andrews y que vivían con su madre en su casa de Londres, en Grafton Street.

CATORCE

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La noticia de que Miranda, el gran traidor a la corona de España, estaba preso en La Carraca llegó pronto a la corte de Madrid y a los circuitos mejor informados. Las mujeres, que escuchaban las conversaciones de sus maridos en las tenidas de la corte y en sus palacios de descanso, se hacían eco de cuanto decían los hombres en tono admirativo. Aquel personaje era un tipazo mundano y educado, un hombre maduro que había recorrido el mundo guerreando y amando. A ellas les interesaba sobre todo el amante lleno de leyenda. Discutían si era verdad lo que se filtraba cada vez en tono menos bajo en los mentideros nobles de Madrid. Si era verdad que había sido amante de la zarina. Nada menos que de Catalina la Grande. La mayoría de las mujeres que hablaban de él, jamás en la vida habían conocido a Miranda y no sabían ni siquiera el aspecto de tenía. Pero, como si lo hubieran deseado antes de que su leyenda se pusiera de moda en Madrid, decían que sí, que todo el mundo en la corte de la zarina sabía que Catalina la Grande había sido amante del conde de Miranda. ¿Y Potemkin lo había consentido, se había dejado quitar el lugar del predilecto por ese venezolano advenedizo? Pues, sí, él la había enamorado. Catalina no era precisamente una dama catequista que hubiera entregado sus votos de abstinencia sexual a Dios. Una de esas mujeres influyentes de la corte española, la marquesa de Cuadrado, llegó a esparcir en todas las fiestas de la nobleza que Miranda medía casi dos metros de estatura, que era en realidad un atleta. Sí, pues, un atleta sexual, con un cuerpo viril tan hermoso que ninguna mujer podía sustraerse a su magia física. Encima, el tal conde de Miranda hablaba no sólo el español, sino un francés correctísimo, de escritor que hubiera nacido en París, un inglés fluido, un italiano romano, un sueco de Estocolmo, un ruso de Petersburgo, un latín de Virgilio y un griego clásico y moderno. Y sí, pues, señoras, y muchas más lenguas, esas lenguas de los pueblos pequeños de la Europa por donde había andado errante tantos años, unas lenguas raras con las que juega hasta convertir la lengua en un juguete placentero de los mejores, añadía picante la marquesa de Cuadrado. Ella lo sabía bien, le dijo al corro de condesas, marquesas y hasta princesas que querían
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oírle sus aventuras. Ella había viajado al Sur, invitada en Sanlúcar por los Medina-Sidonia, con la secreta intención de conocer al general venezolano. Allí, en Sanlúcar, tan cerca de San Fernando que al reo podría acercarlo en el más absoluto silencio un carruaje cualquiera, se enteró por quienes sin duda estaban mejor informados que en Madrid, que al conde de Miranda le permitían salir por las noches a reencontrarse con el aire libre y con su amada de verdad. “¡La libertad!”, dijo exclamativa la condesa de Cuadrado. “¿Y no se escapaba del penal?”, le preguntó de repente la atrevida marquesa de Valdevebas. “¡Cómo dices eso, marquesa!”, contestaba otra vez admirativa la condesa de Cuadrado. “Es un caballero que planta cara a cualquier reto. En su diccionario no está la palabra huir”, dijo muy convencida de conocer a Miranda. Luego, la condesa de Cuadrado se explayó en el relato que, según ella, le había hecho de boca y lengua el propio conde de Miranda sobre su prisión en París, durante la terrible revolución en la época del terror. Lo habían condenado a muerte y aguantó. Y después, por segunda vez, lo encarcelaron y le dejaron las puertas abiertas, lo metieron en prisión en su domicilio. “Los franceses”, contaba la condesa de Cuadrado, “lo dejaban libre para que huyera y no esperara al juicio. Pero Francisco, ¡ah!, ¡qué hombre, amigas!, ¡qué hombre!, se mantuvo firme y en el juicio tuvieron que absolverle”. Para la condesa de Cuadrado, de soltera Carmen Arraute, Francisco de Miranda había dejado de ser una leyenda para ser una realidad de carne y pasión. Durante la semana que estuvo en Sanlúcar, Miranda iba a verla y salían a pasear clandestinamente en el carruaje que lo llevaba hasta allí. Se bajaban a las arenas de la playa de la Barrosa, en Chiclana, y paseando por la arena junto a la orilla hacían el amor una, dos y tres veces. Aquel hombre era un amante excelso, confesaba la condesa de Cuadrado, un tipazo incansable, a pesar de sus más de sesenta años. Llegaron a ser tan cómplices en esa relación que ella le contó a Miranda, siempre según ella, que su marido, el conde de Cuadrado era un simple menorero que se deslomaba detrás de las sirvientas de pocos años

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y de las gentes de mal vivir, que no le importaba nada su condición y a ella, a la condesa, la tenía en el más puro olvido. “¡Un patán sin clase!”, le dijo Miranda en francés, “eso es lo que es tu marido”. Y la condesa se reía a carcajadas cuando lo contaba en Madrid entre su corro de amigas. “Sí, esa leyenda también es cierta. Francisco me lo aclaró”, dijo la condesa de Cuadrado. Le habían preguntado por la colección de cajitas de oro y plata en las que se decía que Miranda guardaba un coqueto recorte de los vellos púbicos de cada una de sus amantes. La leyenda cobraba signos de realidad en el cuento de la condesa de Cuadrado. “Ya tiene una cajita más en esa colección”, dijo juguetona a sus amigas, “y me siento muy halagada de pertenecer a esa memoria selecta”. No era verdad, añadió la condesa de Cuadrado, que la colección de vellos púbicos de Miranda no discriminara, sólo hubiera faltado eso en un hombre tan culto y tan cortesano. Estaba la primera colección, dijo en español para que ellas, sus amigas, entendieran. “The First Collection”, dijo ella después en inglés. “Ahí estamos las nobles que ha amado”, añadió. Y luego, pues, luego estaba la Second Collection, una colección de menor importancia, sastrecillas, peluqueras, sirvientas, camareras de las nobles, mujeres anónimas, novias que no fueron nunca amores. Porque, según la condesa de Cuadrado, Miranda llevaba mucho cuidado en distinguir entre amores y amoríos. Amores había tenido muy pocos, cinco o seis, no más; amoríos, incontables. La Second Collection de las cajitas de la pasión era de amoríos que no habían tenido mucho interés; de First Collection, ¡ah, amigas!, eso era otra cosa. “Un cuadro de honor de los amores del hombre en todo el mundo”, dijo sin dejar su admiración. La primera de todas esas cajitas, le dijo Miranda, es de Catalina la Grande, por su importancia en todo el mundo. Y la segunda, fíjense, había sido la primera, aquélla por la que Miranda se había enloquecido tanto que le había cortado con unas tijeritas unos rizos de sus vellos púbicos para guardarlos para siempre. Era una princesa sueca. La Cuadrado se acordaba
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perfectamente de que Miranda le había dicho que era una princesa sueca, y que ella, llorando de pasión y emocionada, le regaló el camafeo en el que guardó la reliquia de su amor por ella. Y ese fue el principio de la First Collection, dijo la condesa de Cuadrado. Tanto la First como la Second Collection estaban a buen resguardo en un banco de Londres. No le dijo cuál era el banco, faltaba más, sólo él, sólo Miranda sabía cuál era el banco y nunca se lo iba a decir nadie. Era su mejor secreto, dijo la condesa. “Ése y la cantaridina”, añadió la condesa. Vio la expectación clavada en los rostros de las amigas que la estaban oyendo tan celosamente y con tanta atención. “Sí. Él decía que la cantaridina era el gran secreto de su fuerza sexual. Desde su juventud, desde que era teniente en Cádiz, tomaba ese brebaje de los gitanos”, seguía hablando la condesa de Cuadrado, desvelando los secretos de Miranda y esparciendo sus leyendas por toda la corte de Madrid. Ese extraño potaje, dueño de la potencia sexual de Miranda, se lo había dado a tomar por primera vez una de sus amantes, una gitana, eso decía la condesa de Cuadrado asombrando a sus amigas. Miranda se tomaba aquel ponche y sin dejar de ser el mismo dicharachero, conquistador y seductor, se convertía en un hombre de quienes las mujeres que habían sido sus amantes no hablaban más que maravillas. Ellas, decía la condesa de Cuadrado, ellas habían sido quienes habían levantado la leyenda del gran amante venezolano. “Y vosotras sabéis que una leyenda levantada por las mujeres es indestructible”, afirmó la condesa. Desde que echó ese cuento en su palacio de las afueras de Madrid, una tarde llena de té, pastas y confidencias, muchas de las mujeres nobles del reino intentaron ser invitadas por sus amigas y amigos andaluces, gentes que vivían en Ronda, en Sevilla, en Sanlúcar, pues, en Trebujena, gentes de Jerez de la Frontera, de Arcos, Chiclana, Puerto de Santa María. Querían, pues, acercarse a Cádiz, ir a San Fernando, a ver aunque sea desde fuera La Carrraca, la cárcel y el cuartel donde habitaba contra su voluntad el general venezolano Francisco de Miranda, de repente un héroe silencioso para muchas nobles españolas. Querían conocerlo, querían hablar con él, tener con él una cita clandestina
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y ver finalmente los milagros que entre aquel hombre, la cantaridina y las arenas amarillas de la playa de la Barrosa podían hacer en sus cuerpos casi siempre aburridos y arrumbados en el olvido por maridos y amantes menores. De modo que cada una de ellas multiplicó con su esfuerzo verbal la leyenda ya inmensa del gran amante venezolano, adjudicándose en cuanto podían una de esas aventuras como la de la condesa de Cuadrado, enriquecida además con los ribetes personales de cada una. Todas esas nobles contribuían, pues, a acrecentar la leyenda del venezolano encarcelado por traidor a la corona en La Carraca, penal de donde, según se oía decir en la corte, jamás saldría vivo. Sí, pues, Miranda estaba allí, decían los nobles, para morir por todos los crímenes que había cometido contra España. Y era un general felón que no merecía el más mínimo respeto, sino todo lo contrario, el desprecio mayor de la gente noble y de todo el pueblo español. Durante una larga temporada, el general Miranda fue y vino de boca en boca entre los nobles y sus mujeres, entre las nobles y sus maridos, de tal manera que si hubiera sido verdad sólo la mitad de la leyenda que contaban unos y otras, otras y unos, Miranda habría recorrido el mundo entero más de cuatro veces, habría tenido el amor de tres mil amantes, porque ése era el número de la colección de cajitas de la First y la Second Collection que guardaba un banco inglés en lo más profundo de uno de sus sótanos, precisamente donde se guardaban las colecciones históricas de arte y los más valiosos objetos del mundo. Durante esa temporada de pasión, no hubo manera de desmentir nada de cuanto se decía en Madrid, en Sevilla o en Cádiz y sus pueblos más cercanos, sobre el general Miranda. Cierto que sus guardianes más celosos decían una y otra vez que Miranda no había salido nunca no sólo del penal, sino de su celda; que se pasaba el día en soledad, asistido únicamente por un sirviente que había traído con él desde Venezuela y que el resto era silencio. De vez en cuando, en su cautiverio, hablaba solo mientras parecía hablar con alguien que nunca estaba en la celda y al que siempre llamaba Bolívar. Se sabía que Bolívar era sin duda el rebelde igualmente venezolano que lo había entregado a la corona de España en La Guaira para salvarse él de la quema y la
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muerte. De eso hacía unos años. Ahora Miranda era un preso real y Bolívar se había vuelto a sublevar y ponía en serios aprietos a las fuerzas del rey. Incluso, se había atrevido a proclamar la muerte a españoles y canarios en un decreto que había firmado por su cuenta y riesgo en un lugar de Venezuela llamado Trujillo y que estaba convirtiendo aquella tierra firme en una carnicería nunca vista. En la corte española decían que no había que preocuparse mucho, porque Bolívar acabaría igual que Miranda, allí, encerrado en una de las torres de la cárcel de La Carraca, el penal de los traidores a España. Porque por mucho que España hubiera cambiado, si es que había cambiado, lo que no se podía perdonar era la traición a la corona, ni siquiera con la excusa de la libertad. Allí, pues, en La Carraca, en medio de esteros, caños y salinas, se volverían a encontrar los dos venezolanos traidores y de allí, ésa era la promesa real, no saldrían vivos jamás. Aquella sería su tumba. Para Miranda. Y para Bolívar. Y para todos los traidores españoles de América. Mientras tanto, todo el mundo en Cádiz decía haber visto al conde de Miranda pasar en un carromato raudo hacia el Norte, un día, hacia el Sur, otro, siempre por la noche y siempre acompañado por una mujer despampanante, que solían identificar con cualquier mujer noble recién llegada de viaje de Madrid. Por ejemplo, Carlota Cifuentes, marquesa de Cienfuegos, cuya familia había conseguido amasar una gran fortuna y ganar un título nobiliario en la isla de Cuba, en las plantaciones de banano, café y azúcar y los ingenios del territorio de Cienfuegos, puerto de mar y manglares. Las lenguas más sueltas de Cádiz decían que a la joven marquesa no le importaba nada que la vieran cabalgándose al maduro general Miranda. Al contrario, lo que ella buscaba, a juzgar por su comportamiento, era una exhibición completa, que se supiera, pues, que era su amante. Aquel enamoramiento enfermizo, que la familia llevaba como una cruz y su marido, el joven capitán del ejército real Tomás Rencillo, como una losa terrible que lo estaba matando en vida, era pasto ardiendo del dominio público. Era dueña de su propia fortuna y por eso compró en Chiclana uno de esos palacios viejos para rehabilitarlo y vivir cerca de su amor venezolano, lo que les quedara de vida al uno y a ella misma. Lo decía en todas partes, donde la quisieran
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oír, porque en casi todos los lugares a los que se acercaba, la tomaron finalmente por loca y le huían en cuanto identificaban su carromato. Ella, sin embargo, insistía y se atribuía en ese tiempo el amor exclusivo y la pasión desorbitada de Francisco de Miranda. La joven marquesa se adjudicó una gran aventura con el conde de Miranda. En sus regresos cortos a Madrid, contaba cuanto se le ocurría y llegó a confesar que Miranda hacía en el penal cuanto le placía, entraba y salía a la hora que le daba la gana, lo que era un escándalo que al final nadie se creía. ¿Estaba loca de amor la marquesa de Cifuentes? Tomás Roncillo no se merecía este psicodrama de los celos, entre otras cosas, porque el capitán del ejército español terminó por comprender que su mujer se lo estaba inventando todo. Explicó a sus amigos más íntimos que Carlorta Cifuentes padecía esa locura que se llama delirio de grandeza y que, por todos los medios, exageraba cualquier situación hasta convertirla en gran aventura. Una aventura donde la enferma era la mayor y única protagonista. Había elegido al general Felón como amante imaginario y convertía aquel cuento en una historia de excelencia que ya ni siquiera avergonzaba al consorte. Aun así, la insistencia de Carlota Cifuentes y el detalle con el que contaba sus amores nada secretos en Chiclana con el general Miranda corrieron por toda la corte. Los nobles más serios aconsejaban encerrarla en un manicomio o, en su defecto, en una de esas casas de monjas retiradas al espíritu, lugares en los que se sabe cuando se entra, pero nunca cuando se sale, que suele ser casi nunca. Nada ni nadie redujo a Carlota Cifuentes en su empecinado amor inventado con el conde de Miranda. Para algunas de sus amigas, el asunto se había transformado ya en un bochorno que no se sostenía ni sobre los cimientos de una catedral del medioevo, mas para otras servía de regocijo y de información. Así que, tal como contaba Carlota entre sus íntimas, el general Miranda tenía una verga enhiesta que jamás alcanzaba sosiego. Esa verga tenía, además, un juego invencible, y una tenacidad que acababa por derrotar al partenaire del amor en cada momento. Carlota lució aquella temporada de bocona como si fuera una joven recién salida del colegio: radiante, presumida,

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feliz, encantada de ser como era y de haber conocido al amor de su vida. Cuando comenzó a correr el rumor de que el general Miranda no era más que una excusa que se había inventado su verdadero amante, un gitano inteligente e invisible que urdía la trama del embuste para mantenerse en la irrealidad a la que se había sometido por propia voluntad, ya fue demasiado tarde. El cuento, pues, era el del gitano, y la realidad pertenecía al amante imaginario. Carlota Cifuentes enseñó primero a sus íntimas, en una fiesta en el palacio de Chiclana, una cajita de nácar y oro que era idéntica a la que había regalado a Miranda con sus vellos púbicos, como era costumbre en el general pedirles a cada una de a sus amantes. Ella se figuraba a sí misma que su cajita estaría entre las mejores, entre las que formaban la First Collection y echaba a andar, uno tras otro, los episodios pasionales vividos con el conde de Miranda. Pero el conde de Miranda, como lo llamaba todo Cádiz, ni siquiera había salido de su celda más de media hora seguida. En alguna ocasión excepcional, los guardias habían permitido a Miranda bajar de la torre que era su cárcel y pasearse por el cuartel por poco tiempo, siempre en las tardes, cuando el crepúsculo, en aquella tierra, cobra visos de obra artística. Miranda, de pie, con su uniforme de general francés mustio, triste y desvencijado, observaba entonces con devoción el ocaso del día. Para él, mirar hacia occidente era mirar hacia América, hacia la imposible libertad con la que había soñado. Prisionero en el silencio y, al mismo tiempo, transformado en una leyenda amorosa con ciertas nobles españolas en esa parte de su vida, sabía poco o nada de lo que estaba pasando en Venezuela. Sí, sabía, pues, cómo no, que Bolívar había hecho de las suyas, ese muchacho impetuoso había crecido y se había convertido en un luchador. Aquel cuerpo constreñido recordaba la noche de la traición, sus ojos negros mirándolo de reojo, la rabia contenida en los espumarajos que trataba de evitar que salieran de su boca. Su tez negra y cárdena era ahora la de un libertador, ésas eran las noticias que le llegaban de cuando en vez. Sí, pues, Bolívar había entrado por Cartagena en Nueva Granada y, después de un tiempo de observación, se había convertido en uno de los caudillos
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americanos con más capacidad de conquista y victoria. Miranda lo veía montado en su caballo, como si fuera un Napoleón americano capaz de coronarse en el Monte Sacro, vaya usted a saber si en las cumbres de los Andes o en el Pichincha, el monte protector de Quito. Ahora, en las tardes de La Carraca, paseando muy cerca de su celda y cuando no lo veían más que Morán y los dos guardias que el oficial al mando del cuartel le había puesto para que lo vigilaran, vislumbró por primera vez que Bolívar era más que un epifenómeno de sí mismo, más que una emanación que buscaba ser, cuando era joven, lo que él, Miranda, ya era de mayor. Llevaba en la cárcel de La Carraca casi un año y las leyendas de sus salidas nocturnas clandestinas y secretas volaban por la corte y los cenáculos de poder. Otros rumores señalaban la voluntad del rey de soltarlo de ir soltándolo paulatinamente y dejarlo, al fin, libre, exánime, con la promesa de no volver jamás a la vida pública española. Lo reenviarían a Londres como un paquete ya inservible, para que se dedicara a pasar los últimos años de su vida a escribir sus memorias junto a su familia, y a ordenar sus muchos papelajos en la biblioteca de Grafton Street, pero ya sin intrigas ni ardides, sin traiciones ni tentaciones de joven general. Ya no tenía años para la libertad con la que había soñado, pues, aunque la realidad de Miranda era muy distinta a la que los rumores señalaban por todos lados cuando se hablaba de Bolívar y de los alzados americanos. Aunque no lo hubiera querido nunca, había pasado a segundo plano y ya no representaba dolor de cabeza alguno para la corte, ni para el rey ni para España. Pero tampoco, pues, jamás se rendiría, seguiría luchando lanza en ristre contra los molinos de viento que se le habían puesto por delante a lo largo de todos esos años, vencería finalmente tantos obstáculos, y terminaría por ganar la libertad. Aunque fuera la libertad personal, su libertad, la única que veía ahora como hipótesis de futuro más o menos inmediato. Una y otra vez intentará ponerse a bien con el rey. De una u otra manera, el general Traidor reclamará justicia y exigirá lealtad de la corona a cambio de lealtad hacia España y la corona. Desde La Carraca, mientras la gente habla y dice que el general Miranda no es más que un viejo verde, un militar libidinoso, un pecador
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insaciable en el placer del amor, escribe una y otra vez cartas a gentes influyentes del gobierno español. Y al rey. Le dice que lleva ocho meses en silencio, encerrado en aquella cárcel que lo está matando, sepultado en vida en una estrecha celda y oprimido por los grilletes que le dejan las marcas en el cuerpo; le dice que ha visto correr la misma suerte que a él le espera dentro de poco tiempo, de no poner el rey justicia por medio a mucha gente de todas clases y condiciones; le habla de escenas trágicas y funestas, de las que ha sido testigo; le confiesa que ha soportado estos lamentables episodios con un inalterable sufrimiento, pero que ha ido sofocando los sentimientos de su espíritu; y, finalmente, le dice al rey que ya está convencido de que, por un lamentable efecto de una terrible infracción, los pueblos de Venezuela gimen bajo el duro yugo de las más pesadas cadenas; le dice que ya es tiempo de que por el honor de la nación española, por la salud de estas provincias y por el crédito y responsabilidad que él mismo, el general Miranda, tiene empañados, toma la pluma en el único y preciso momento en el que se le ha permitido, para reclamar ante la superior judicatura del país estos sagrados e incontestables derechos. En el crepúsculo de su última vida, el general Miranda exige su libertad. Sigue soñando al mirar hacia el cielo cuando cae el ocaso sobre La Carraca. Todavía en este momento está convencido de que el rey le hará caso. Y de que el único rumor de verdad que le ha llegado a oídos mientras ha estado prisionero es que le dejará marcharse y regresar a su casa de Londres, junto a sus hijos y Sarah Andrews, su último amor de verdad. Cree en su soledad, húmeda y lóbrega que, a pesar de estar viviendo su última vida de las siete que le habían regalado sus esclavos en el ritual de su infancia, ese mismo espacio de tiempo puede ser sin duda el más fructífero de su existencia, el más experimentado y aquel en el que puede jugar el mejor papel de su vida: el de pacificador entre España y sus provincias americanas. Sí, pues, se convence de que la confederación es el mejor destino de América con la madre patria. Sí, pues, redacta con los papeles que Morán le va llevando poco a poco y con muchas dificultades hasta la celda de La Carraca, su solución para la madre patria y América, su forma de entender lo que para él es ya
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una unión necesaria; redacta mientras sueña y sueña mientras redacta. Sucede que el general Miranda no cede, no se rinde ni en la cárcel; sueña con saltar por encima de la realidad e imagina el futuro como un gran mundo que habla español, un mundo educado en las universidades que hay y que haremos, escribe en sus papeles, un universo hermanado entre la Península, las islas de aquí y de allá, y las tierras firmes; un mundo enorme, español y americano a un tiempo, con ciudadanos que tienen todos, los de aquí y los de allá, los mismos derechos. Sueña inconteniblemente. Ahí está la vaina y ahí se le ve el plumero al viejo revolucionario, al viejo militar, al viejo nómada sentimental que no se rinde ni entre grilletes; ahora busca la libertad escribiendo sobre el futuro que él piensa que debe ser España y América; bajo el rey, claro, y su autoridad de siempre, pero con otro régimen, otro régimen en el que las libertades de todos estén garantizadas; ahora el viejo republicano deriva su rumbo hacia una entente cordiale entre todos; sugiere que lo que hay en América es una guerra civil encarnizada y que hay que detenerla por todos los medios; sospecha que la única manera de hacerlo es que la corona española admita que la guerra era justa y que los derechos que se pedían en ella son los que hay que otorgar ahora, cuando antes, para evitar más derramamiento de sangre, al fin y al cabo, toda sangre española; ignora, pues, lo que está ocurriendo de verdad en Venezuela cuando él, encerrado en La Carraca, escribe febrilmente sobre un futuro que jamás llegará; no sabe, porque nadie se lo ha dicho o porque su pequeño entourage quiere ocultárselo, que Bolívar ha firmado en Trujillo hace un tiempo un decreto a muerte contra los españoles y canarios que no entren a luchar por la libertad de América y bajo su mando, un decreto que libera a “los americanos” de las traiciones cometidas hasta el momento de la firma de ese decreto histórico de Trujillo. De la guerra americana no sabe nada o poco; de sus sueños lo sabe todo y más. Mientras él se entretiene en sus sueños, Bolívar, el hombre que lo entregó y al que le pronosticó que araría en el mar, ha iniciado una guerra de liberación en la que él, que la había ideado, no cuenta para nada. Él, Miranda, el general Felón, no es más que un preso viejo, enfermo, acabado, con el cabello, antaño hermoso, deshaciéndose y cayéndosele; sí, pues, tiene el
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cabello completamente gris sucio, sus gestos son de tristeza y camina en su celda solo y sólo durante unos minutos cada día. Sí, pues, cojea de la rodilla derecha, la edad no perdona, se dice, pero ese golpe en Maastricht, durante la guerra revolucionaria, cuando el caballo lo tira al aire y el general Miranda cae sobre su rodilla al suelo, ese golpe y sus consecuencias reaparecen en un cuerpo que ya anuncia una terrible ancianidad; caminar solo en su celda y hablar consigo mismo como si estuviera hablando con la Historia, su compañera de lucha, es su mayor entretenimiento: eso y los chismes que Morán, con todo respeto, le sirve como un postre dulce, para que se divierta; que si alguien que dicen que es una marquesa joven lo ha convertido en su amante imaginario; que en una determinada venta de San Fernando, una cantaor de lo mejor que ha dado la gitanería canta las penas del general Héroe, encerrado en la torre por luchar por la libertad de los pobres; que si dentro de nada se va a escapar en un barco inglés que vendrá a buscarlo para llevárselo de nuevo a América para ponerse al frente de los rebeldes que luchan contra el absolutismo del rey, gentes republicanas emparentadas con la Pepa, pues, la Constitución de Cádiz que el rey, con sus abusos, ha convertido en papel mojado e inservible. Por el momento, Miranda escucha a Morán regocijado. Escucha y comienza a hablarle de Turnbull, el viejo amigo inglés que vive en Gibraltar y se cree que está al tanto de todo. Es una esperanza, piensa para sus adentros el general Miranda; que si no le hicieran caso ni la justicia ni el Rey españoles, intentaría, pues, el salto al vacío, la huida por mar en un barco inglés, acompañado por Turnbull y algunos amigos, pero no hacia América, sino hacia Londres. Después, se verá lo que se hace, pero primero habría que salir con bien de aquella cárcel que amenaza con matarlo poco a poco. “¿Y cómo dicen que se llama esa marquesa?”, le pregunta desvaídamente a Morán. “Carlota, creo, mi general”. “¿Y está casada?”, vuelve a preguntar. “Está casada, mi general, pero es dueña de su fortuna”. “¿Y con quién?” pregunta por tercera vez. “Con un capitán del ejército, creo, mi general”.
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“¿La persigue?”, pregunta por cuarta vez. “No, mi general, ni siquiera la vigila”. “¿Es bella, Morán, tú la has visto?”, quinta pregunta. “Sí, mi general, yo no lo ha visto personalmente, pero me dicen que es bellísima. Su hermosura es una leyenda”. Su hermosura, piensa Miranda; su belleza, piensa cuando se queda solo. El amante imaginario de Carlota Cifuentes se sueña ahora, en la oscuridad, como un joven lleno de vida que juega con su amante desnuda y hermosísima en un recodo del cañaveral que hay cerca de la playa de la Barrosa, en Chiclana. Bajo las estrellas, sí, pues, los dos solos abrazados como un cuerpo solo, y el mar color azul cobalto y plata de la luna llena. Y la brisa del estrecho llegando a golpes de tibieza sobre la piel desnuda de ambos. Han llegado allí juntos, a pasear de noche, él desde la cárcel, vestido de general, ella desde su palacio de Chiclana, en su carruaje de lujo. El amante libertario cierra los ojos, se olvida de que es un presidiario de por vida y sueña con el amor imposible con el que sueña Carlota Cifuentes desde hace unos meses. En su ensueño llega a preguntarse cómo llegar a verla, cómo llegar también a realizar siquiera por una noche el sueño de la libertad de su juventud. Ah, que j´étais jeune un jour! ¡Ah, Dios, qué joven era yo un día, mil días, hace ya más de veinte años, cuando guerreaba en el amor y no en las batallas diplomáticas y belicosas, esas campañas perdidas que Miranda cree siempre que son las victorias del futuro que nunca llega. El general Miranda cierra los ojos y sueña con una mujer que no conoce y nunca conocerá. Y su cabeza, con los ojos cerrados, se va hacia al pasado, a pasar revista a las cientos de mujeres que alguna vez fueron suyas, todas esas de las que se dice que guarda recuerdos de sus vellos púbicos en cajas de nácar, oro y plata, una colección de impudicias que la Inquisición ha buscado sin encontrar de ellas ni el más mínimo rastro. Carolina, Pepa, Carmen, Catalina, Eleanor en Nueva York, Macu en México, pero ¿alguna vez estuvo en México?, Lana en Washington, la princesa Guillermina en Estocolmo, Sonia en Petersburgo, Francine en París, cien Francines en París, con distintos nombres, en el instante en que fue más héroe que nunca, más general que jamás, más famoso que Napoleón. Cuatrocientas
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mujeres, Lola, otra Carmen, Rosa en Granada, otra Eleanor, Lorna, Anne en Pensacola, Beatrice en Roma, muchas mujeres de las que se olvida y se va acordando poco a poco, no le importa mucho recordar sus nombres, lo que realmente le importa a Miranda ahora, en la cárcel de La Carraca, es su juventud, la juventud de aquellas mujeres a las que él sabe que hizo felices porque las enamoró como ellas querían sentirse enamoradas; y Pilar, que había estado casada con un inocuo escribiente de la corte y que, finalmente, después de diez años de amores secretos, volvió con el inútil de su marido a la nada del matrimonio, ah, la juventud y sus yerros repetitivos; Pilar y Mercedes y Fátima y Esther, la judía, y Elena, la segoviana que lo hubiera dado todo por casarse con él; de cada una de las que va recordando, trata el general Miranda de aspirar su perfume de antaño, ahora preso en esa cueva de la que no parece que vaya a salir jamás. Y la otra Elena, que terminó casándose con un consejero de Catalina la Grande, retándolo a un duelo prohibido, al amanecer y con sable, pues; un duelo al que él, Miranda, estaba acostumbrado de por vida, día tras día, ¿o no era un duelo, un reto, un torneo toda su vida entre mujeres, luchando por el amor y la libertad de América, luchando y buscando a una Dulcinea inencontrable, pues? Se llevó un pañuelo de seda con el perfume de Elena al duelo en la madrugada fría de San Petersburgo. Allí esperó al marido de su amante, en el lugar indicado, en los bosques de abeto verde de las afueras nevadas, allí mismo aspiró el pañuelo. Hasta que pasó la hora y el marido cobarde no apareció. No, pues, no tuvo miedo, sino que después se enteraría por la propia zarina de que le había prohibido a su consejero batirse en duelo con su amigo del alma. ¿Entendía el venezolano tan culto, mundano e ilustrado la sutileza de Catalina? Así que ya sabía quién mandaba en la corte rusa, aquello no era Caracas ni tampoco Cádiz, pues, qué iba a creerse aquel advenedizo por muy agraciado y amigo que fuera de ella. Y Teresa, varias Teresas, en Cádiz la primera, al llegar de Caracas hecho un niño, y compartirlo todo, incluso el amor clandestino y pasional, con Pepa Luque. De ahí la necesidad de la cantaridina que la gitana sin nombre le había preparado para que lo acompañara siempre, una pócima mágica que hacía arder la

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verga del hombre y convertiría sus hazañas amorosas en una leyenda universal. Mujeres, pues, cientos y miles de mujeres de Miranda, como esta Carlota que ahora se adjudicaba el amor del nómada sentimental, preso en La Carraca. Preso con grilletes. Vigilado a todas horas. Sí, pues, la corona de España lo estaba dejando morir en silencio, pero la leyenda del amador traspasaba los muros de la realidad para inscribirse en la voz sublime y femenina de las mujeres más hermosas de la Corte española.

QUINCE

Durante las primeras horas de la tarde, Miranda leía y releía encerrado en su jaula de traidor en La Carraca. Sus tres únicas libertades en esas horas de su vida eran leer, escribir y pensar. No era verdad que le permitieran salir a escondidas y con nocturnidad para visitar a sus amores en cualquier taberna clandestina de Cádiz y los pueblos de alrededor. Nunca salió de La Carraca y, aunque dijeron lo contrario las lenguas más afiladas, hasta las mujeres mintieron cuando se atribuyeron su pasión de amor. Ninguna de ellas encontró nunca ni una de las cientos de cajitas de nácar, oro y plata que todas dijeron que Miranda guardaba en
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su colección. Ni una sola de las damas que en esta época les confesaron a sus amigas que habían tenido amores con el general Traidor, dijo la verdad. Ni siquiera lo conocieron, aunque la leyenda fabricada puede más que cualquier historia de la realidad. “Fíjate, Pedro”, le dijo una tarde melancólica a su sirviente, “en que la verdad casi siempre es la suma de muchas mentiras”. Muchas mentiras formaban la verdad de su vida y, finalmente, no le gustaba nada reflexionar sobre muchos de los episodios en los que había sufrido en sus propias carnes la fuerza de la mentira y la virulencia de la traición. “El traidor cree, Pedro, cree que tiene razón al cometer su pecado. Cree que su traición es necesaria. Fíjate en Judas”, le explicaba a Pedro Morán, “siempre creyó que si no hubiera sido por él, jamás se habrían cumplido las profecías del Antiguo Testamento”. Morán sospechaba que su general estaba cayendo en un abismo nervioso, aunque uno de sus dichos más vitales siempre había sido el de “huir incluso hacia atrás del surmenage”. El “surmenage”, decía Miranda, la sensación de estar al límite de las fuerzas, era propio sólo de hombres frágiles, desacostumbrados a sufrir los rigores del fracaso, en lugar de tomar como punto de referencia en sus vidas lo que significaban las victorias. Es cuando repetía que un hombre puede ser derrotado, pero nunca destruido. ¿Iba el general Miranda camino de la destrucción?, se preguntaba Pedro Morán. Las decenas de peticiones al rey, a la justicia española, para que se pusieran en marcha sus causas judiciales, habían obtenido un silencio más que absoluto. Como si nunca jamás hubieran sido escritas. Como si el general Miranda no existiera y quien hubiera escrito aquellas peticiones de justicia no fuera más que una excrecencia de la autoridad que llegó a tener en el mejor momento de su vida. Como si fuera un fantasma que había dejado de existir para pasar, sin haberse dado cuenta, al mundo de las sombras. Una sombra, en fin, que se iba físicamente deteriorando mientras pasaban los días y los meses de silencio. Una sombra que había ido dejando atrás, olvidada de sí mismo, aquella prestancia física que llamaba la atención entre los cortesanos, los gobernantes y las élites de todo el mundo. Un fantasma mundano que iba abandonando la esperanza para entrar
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en un estado de desasosiego que sólo se calmaba cuando leía y releía los pocos libros que había podido obtener en La Carraca y que Morán le había traído de parte de Turnbull. En esa misma temporada, cuando ya llevaba encadenado en su celda más de un año, le dio a Miranda por releer con calma el Quijote de Cervantes. Ya lo había leído dos veces y, en sus derroches con sus amores y en las charlas cortesanas, había dejado claro que se sabía párrafos y episodios enteros de la novela de Cervantes, sin dejarse atrás ningún detalle. Le gustaba sobremanera, porque seguramente se veía retratado en aquel acontecimiento, el episodio en que el Quijote confunde, lleno de ira y rabia, un ganado de ovejas, los sacos de grano de la logística alimenticia de un pueblo entero y los pellejos de vino y agua, con un ejército enemigo y sus viandas de repuesto y refresco. ¿No era su sombra desesperada un espejo de aquel Quijote? Sí, pues, aquel Quijote y él mismo eran también la sombra de otro loco de la historia legendaria de la literatura, el Áyax trágico de los griegos del que Sófocles había escrito una de sus mejores tragedias. Sí, pues, a Áyax le tocaban en herencia las armas de Aquiles, muerto en la batalla de Troya. Él era el capitán que tenía que haber heredado las armas del héroe. Así estaba estipulado por la ley. Pero Odiseo, ayudado por la diosa Palas Atenea, su protectora, había hecho que Áyax se volviera loco y arremetiera contra las reservas de alimentos y agua del ejército aqueo, confundiéndolo con el enemigo. Sí, pues, la vida del Quijote y la de Áyax eran la misma. Eso, claro, no podía explicárselo a sus guardianes, sí a su fiel siervo Pedro Morán. Eso era un monólogo más de los que Miranda libraba consigo mismo muchas de las tardes en la soledad de su celda en la isla de San Fernando. Y, en ese mismo sentido, Áyax y el Quijote y él mismo parecían pertenecer a la misma estirpe de fracasados, que sólo volvían a ser dueños de su razón para morir o para suicidarse. ¿Estaba volviéndose loco él?, se preguntaba mientras las tinieblas de la noche entraban por el único espacio de luz natural que tenía durante el día, el ventanuco por donde Miranda observaba el paisaje de su cárcel: caños, esteros y salinas. Sí, pues, él era el Áyax de la independencia de América, el hombre que había luchado hasta el final y con todas sus fuerzas
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por la causa de la libertad de la patria y el continente y que ahora, ¿loco?, desesperanzado, se abatía encerrado en aquella jaula de paja, mugre y soledad. Sí, pues, él era nada más que un Quijote loco que había luchado toda su vida contra molinos de viento y gigantes imaginarios, enloquecido por la fiebre de la libertad y sin darse cuenta de verdad del grave error que estaba cometiendo. Sí, pues, Odiseo era en el fondo Simón Bolívar, el gran traidor, el muchachito que lo había entregado a España para que ahora se pudriese en aquella cárcel. Un león viejo enjaulado en la miseria y la oscuridad, en el silencio que va de la desesperación a la locura. “El hombre que sirve a una revolución”, le dijo aquella noche de La Guaira a Bolívar y lo recordaba ahora, al leer el Quijote, “ara en el mar. ¿Lo sabe usted, Bolívar?”. El coronel lo miró de reojo una vez más. Ésa era su manera de mirar y su modo más efectivo de marcar distancia con su interlocutor. Le vio en la mirada el gesto de la traición, el rictus de una locura contenida cuya ambición era la de mandar absolutamente él solo sobre un proyecto que no le pertenecía. “Usted solo hará una revolucioncita”, añadió Miranda, “una revolucioncita que no irá a ninguna parte decente. Un bochinche, pues, un bochinche, eso es lo que hará”. Y Bolívar contestó con el silencio. El silencio del traidor. La decisión ya estaba tomada. Ahí, en sus ojos, y en ese temblor del cuerpo del mantuano, estaba ahora la estirpe del traidor. Él lo había hecho un militar; él lo había recibido en Grafton Street; él lo había aconsejado y, finalmente, había estado con él en Valencia, después de introducirlo en la logia masónica que había fundado; él, Miranda, aunque no se hubiera dado cuenta del todo, había proahijado a Bolívar. En suma, sí, era su padrino, pues. Y Bolívar lo había traicionado y lo había enviado cargado de cadenas a morir en España, en La Carraca. Lo había enviado a humillarse ante Fernando VII, el rey felón que había eliminado la Constitución de Cádiz. Él, Simón Bolívar, que ahora no quería otra cosa que llegar a Caracas antes que el libertador del Oriente, Santiago Mariño. Y él había sido su valedor, como Áyax había sido el valedor de Odiseo, hasta que éste quiso la herencia de las armas de Aquiles, condenando a su capitán a la errancia de la locura y, al final, al suicidio, pues.
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“Todo lo que usted haga conmigo, Bolívar, lo harán los otros con usted…”, le dijo sin quitarle la cara, acercándose a Bolívar. El efluvio del agua de colonia que rezumaba su cuerpo se le metió a Miranda en el olfato. Y con el olfato lo recordaba ahora, encerrado en la torre de La Carraca. “¿Quiénes serán esos?”, atinó a preguntarle Bolívar. “Los mismos que están ahí, en el salón, esperando que terminemos de hablar. Sus amigos”, sonrió levemente, con ironía, Miranda. Sí, pues, esos eran los suyos, los que hoy conspiraban contra él, contra su generalísimo, y mañana conspirarán contra usted, le dijo Miranda, contra su mando, contra su posición, contra su autoridad. Levantó la cabeza de la página que estaba leyendo del Quijote en esos momentos. Cerró los ojos. Pensó una vez más en la clase de locura que el Quijote sentía cada vez que corría una de sus aventuras imaginarias. Él también había convertido su vida en una aventura imaginaria. Como Alonso Quijano, él era desde muy joven un gran lector. De paso, tal vez, pues, se había creído que era un caballero andante, un Amadís de Gaula, precisamente el héroe del libro que era el predilecto de Alonso Quijano, la novela que leía a todas horas quien luego para los siglos sería Don Quijote de la Mancha, el inventor de un territorio legendario más grande que el mundo entero, que todos los planos y mapas que Miranda había conocido y estudiado durante sus batallas militares y sus amoríos pasionales. Lo que él habría querido para sí lo había inventado el Quijote de la mano de Cervantes: el territorio más libre del mundo, más real que la realidad cambiante. Él habría querido inventar el territorio inmenso de Colombia, haber inaugurado un gran país y una gran época, la gran época de la libertad para un gran país lleno de libertades que sería la tierra de la libertad y el asombro del resto del mundo. Un gran país, pues, más grande que los Estados Unidos, España, Inglaterra y Francia juntos. Había soñado con aquel gran país libre desde que era un joven, cuando había empezado a comprender la lucha de su padre y se había educado en la lectura de gentes del futuro, libertarios y enciclopedistas, gentes como él, a quienes la Inquisición había perseguido con el tesón que lo
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había perseguido a él. Y ahora estaba allí, el viejo león encerrado en su jaula vieja y lóbrega, a punto de volverse loco o, en todo caso, de volver a la razón. Sí, pues, o había estado loco hasta ahora o había entrado ahora en ese otro territorio terrible de perder el sentido de las cosas y las ganas de vivir. ¿Y Bolívar? Seguía haciendo su revolucioncita. Ésas al menos eran las noticias que le llegaban hasta el penal, las pocas noticias que le colaba Turnbull a través de misivas y mensajes que llegaban a su poder. Turnbull sí era su amigo. Un amigo probado, porque para Miranda, los amigos tenían que probarse: la amistad era un camino de ida y vuelta, una geografía de confianza que avanzaba de un lado a otro, una mutualidad de afectos, no de intereses. Los intereses venían después de la amistad y eran, a veces, resultado de aquellos afectos mutuos. Pero nunca al revés: jamás surgía una amistad desde los intereses aparentemente comunes. Las sinergias, pues, eran una cosa, y los afectos otra. Así se parecían tanto que muchos los confundían, pero Miranda no. Y menos en esas horas de carencias. Turnbull lo había recibido en su casa de Cádiz cuando llegó a ser un “soldadito venezolano”. Al inglés, le había enviado su padre aquel cargamento de cacao, para que lo vendiera y le diera el dinero al joven Miranda. Turnbull y Miranda se habían hecho amigos de inmediato. Y si no hubiera mediado el cargamento de cacao, también se hubieran hecho amigos. Turnbull lo introdujo en las lecturas y los círculos masones de Cádiz, los mismos que en el silencio clandestino le hacían llegar ahora las misivas y las viandas para que mantuviera la esperanza enhiesta. Y él devolvía las misivas. Escribía respuestas que aparentaban entusiasmo. Escribía hablando de la paciencia como una de las virtudes que la experiencia le regalaba al ser humano. A su edad, sesenta y cuatro años, escribía que lo veía todo con una perspectiva más calmada. Escribía todo eso cuando empezó a perder la esperanza de que su causa fuera juzgada alguna vez. Escribía así cuando comenzó a creer en lo que nunca había pensado: escaparse del penal “con ayuda de algunos amigos”. Se lo propuso a Turnbull: escaparse del penal con su ayuda, huir a Gibraltar y desde allí hacerse a la mar en un buque inglés que lo llevara hasta su casa de Londres, con su familia, sus hijos y
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Sarah Andrews. No le hablaba de regresar a la batalla, ni podía hablarle de una hipotética venganza contra Bolívar, no era lo conveniente. Carente de fuerzas, ayuno de energías y (de) esperanza, desistía de seguir el camino de la ley. La ley no lo tenía en cuenta, a pesar de sus reiteradas peticiones para que le celebraran un juicio. La ley no existía para él, pues, que era ya un hombre fuera del mundo, lejos de la memoria de los hombres, sepultado en vida en un horroroso penal donde lo estaban matando poco a poco. Se escaparía, pues, ése era su nuevo proyecto. El plan tendrían que pasárselo en secreto entre Turnbull y él, primero, para no comprometer más de la cuenta al comerciante inglés, y segundo, para que la huida fuera un éxito. No sabía si los alzados americanos iban o no a alegrarse por su escapada, pero eso en principio le era indiferente. Tampoco tenía que obsesionarse, adelantar a la carrera los acontecimientos, porque sabía por experiencia que las prisas eran malas. Una cosa era la rapidez y otra, muy distinta, las prisas. La rapidez era una mezcla de inteligencia y audacia; las prisas, un resultado de la imprevisibilidad y la osadía. Volvió entonces a la lectura del Quijote, aunque no dejaba de pensarse como tal. De modo que leía la novela de Cervantes como el que estaba leyendo su propia autobiografía. En todos los episodios y párrafos, se veía retratado. Sí, pues, era su libro de cabecera en aquellas horas que no sabía aún que formaban parte de su última vida. ¿Y el Amadís? Sí, pues, lo había leído también un par de veces, aunque el Quijote era su reverso. El gran sarcasmo de Cervantes era que el Amadís era el libro preferido de Alonso Quijano, como lo había sido de Iñigo de Loyola, cuando era teniente, jugador y mujeriego, antes de ser santo. Sí, pues, la lectura de las novelas de caballerías había vuelto loco a Alonso Quijano el Bueno, y la lectura de los libros de santos había vuelto loco por la Cristiandad al héroe inventor de los Jesuitas, un caballero santo, pues. ¿Y él? Él, el general Miranda, estaba en el medio exacto entre los dos. Conservaba parte de su razón, pero la otra la había perdido en la batalla que también parecía ya perdida para él, la libertad de América. Estaba en la cárcel, como Cervantes lo había estado cuando inventó su Quijote. Estaba herido en el alma, como Iñigo de Loyola cuando perdió su
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condición de militar mundano para convertirse a la fe de la Cristiandad y transformarse con los años en un caballero santo, en un héroe católico. ¿En qué se convertiría él con los años? En nada, se dijo, en silencio, polvo, olvido. Nada. Pensó en sus hijos. Leandro y Francisco. Pensó en su “ahijado”, el doctor Barry. Él mismo se engañaba para engañar a los demás: Barry, su “ahijado”, lo llamaba. Nunca dijo ni admitió que fuera su hijo verdadero. Financió sus estudios universitarios, se ocupó del muchacho todo el tiempo. Lo quiso como un hijo, aunque nunca dijo que fuera su hijo. Sólo él sabía en todo el mundo que lo era. Ni siquiera el doctor Barry se había imaginado nunca que era hijo natural del general Francisco de Miranda, el hombre que él había admirado más en su vida; el hombre, en fin, que él miraba como si fuera su padre. Sí, pues, la historia del doctor Barry era una historia digna de ser referida a la posteridad. Pasaba como si hubiera sido hijo de padres desconocidos, había nacido probablemente en Irlanda y murió en Londres a los setenta años de edad. Pudo haber estudiado medicina en Edimburgo, carrera que terminó a los diecisieta años con una hoja de servicios llena de honores. Un tipo formidable, un joven lleno de vida, preparado para ser un ciudadano libre y vigilado muy de cerca, en esas y otras lides, por el gran General Miranda, uno de los hombres más admirados de Londres por aquel entonces. Sí, pues, la casa de Miranda en Grafton Street se había convertido en lugar de reunión política, filosófica e intelectual. Tal vez allí hablaron con Miranda, en medio de la cordialidad, té, café y copas de buen vino francés, David Stuart Erskine, Lord Buchan, y el artista irlandés James Barry, que podía ser tío de su “ahijado”, y era, además, profesor de pintura de la Royal Academy of Arts. El mismo año en que su padrino moría en la soledad y la decrepitud más absoluta, encerrado en un penal del sur más sur de España, Barry fue enviado como médico a la guarnición de Cape Town, en Sudáfrica, al sur del sur del continente africano, tras haber pasado cuatro años en el departamento médico del ejército, en un hospital militar de Londres. Era ya un tipo afectado, de estatura más alta que lo normal, pero sin excederse, y de maneras muy naturales y afectuosas. Un tipo que llamaba inmediatamente a convertirse en
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amigo de quien lo conociera. Un tipo generoso y dado también a la aventura. Un tipo, en fin, cuya discreción le granjeó siempre gran confianza al mando y, al mismo tiempo, sospecha a los imprudentes. Una larga vida de médico en activo lo llevó a los lugares más lejanos de Inglaterra. Estuvo en Canadá, ejerció en Jamaica, anduvo un tiempo por Malta y Corfú, desde donde trabajó como médico en la Guerra de Crimea. Cayó enfermo de influenza seis años antes de morir y entonces fue enviado a Londres. Al cumplir los setenta años y después de gozar de media pensión del ejército, el doctor Barry murió en Londres. Y ahí, en el instante de su muerte, nace también su leyenda. Su final, pues, es su principio. La primera que descubrió su gran secreto fue su ama de llaves. El doctor Barry, que había sido toda la vida un hombre feo, con voz de castrato, gritón en las discusiones, un hombre que no soportaba que se le llevara la contraria, un tipo sensible y duro, no era un hombre, sino una mujer. Él era ella; el doctor Barry era la doctora Barry, y toda la vida lo había estado disimulando hasta conseguir llegar al momento de la muerte sin que nadie lo hubiera descubierto. Recorrió medio mundo haciéndose pasar por hombre, sirviendo de médico en ejércitos llenos de hombres rudos y duros, con los que hacía bromas y discutía a voz en grito, pero era una mujer. Y su ama de llaves fue quien lo descubrió. El escándalo en todo Londres no se hizo esperar. Primero creció desde la habitación en que surgió la sorpresa. Madame Smith, la mayordoma, desveló el truco cuando ya el doctor Barry no corría peligro de ser enjuiciado por apropiación indebida de sexo y personalidad, cuando ya el llamado James “Miranda Stuart” Barry, que muchos siguen teniendo hasta hoy como hijo del general Miranda, no corría ningún peligro. Pero el escándalo se armó desde los medios informativos y los periódicos, casi todos se hicieron cargo de la noticia. The Malta Time, un periódico de aquella época, hizo referencia a una extraña historia que circulaba por los clubes, círculos y circuitos militares, y que parecía muy verosímil. Decía el periódico que un oficial de alto rango, médico del ejército, muerto recientemente, era en realidad una mujer a la que nadie había descubierto en vida ni hubiera sospechado jamás que el hombre era una mujer. El corresponsal
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de un periódico irlandés ampliaba los datos sobre el insólito episodio al añadir que muchos de los oficiales acuartelados en Cape Town hace quince o veinte años recordaban perfectamente a cierto doctor Barry, que fue miembro importante del equipo médico de la guarnición. Barry tenía una gran reputación, era un tipo firme en sus determinaciones, un hombre con gran decisión y rapidez en las operaciones difíciles en las que tomó parte. Desde que entró en el ejército, ascendió sin parar sirviendo al Ejército en varios lugares del planeta, hasta que esas capacidades profesionales terminaron por conseguirle el destino de Cape Town. El corresponsal describió a Barry como listo y agradable de trato, lo que lo salvaba de las frecuentes pendencias entre compañeros, aunque tenía una desmesurada afición a discutir. En efecto, era excesivamente feo, de físico frágil y con una voz profundamente chillona. Cualquier burla acerca de su voz levantaba especialmente su ira, enfrentándose a duelo en una ocasión por esta misma causa. Sí, pues, el doctor Barry reconoció el paterno cuidado y los muchos favores que el general Miranda le había hecho dedicándole su trabajo de doctorado universitario y agradeciéndole la gran influencia que había tenido sobre él y su formación intelectual y profesional. De modo que sí, pues, pensó en Leandro, pensó en Francisco en aquella celda de su muerte donde vagaba escondida entre sombras la Sayona que lo había perseguido desde que era un niño en la casa familiar de Caracas. Y también pensó en James Barry. Pensó en él, en el médico, o en ella, la doctora, su hijo o su hija, aquel ser humano que había salido a él en el carácter y en su gusto por la discusión, en la manera que tenía de no aceptar las derrotas más que como un momentáneo incidente y no tener en cuenta las victorias más que como casualidad de alegría. Pensó en él sin saber nada de él, y en sus hijos creyendo que estaban, como estaban, a salvo en su casa de Londres, bajo el manto protector de Sarah Andrews. No, pues, no se encomendaba a Dios ni al diablo cuando en la celda de la torre de La Carraca caminaba de un lado a otro creyéndose que estaba en los alrededores del Partenón ateniense, o en el barrio de París que más le gustaba para discutir y caminar solo, consigo mismo, en Montparnasse.
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La costumbre de caminar y hablar solo en alta voz lo fue dominando poco a poco y, en muchas ocasiones, algunos presos notables de la torre lo oyeron hablar como si declamara. Lo oyeron discursear, citar a Voltaire y a Homero, en francés y en griego clásico. Lo escuchaban con atención cuando parecía discutir con el mismo Cervantes sobre algún episodio del Quijote y cuando, en fin, le reprochaba al gran manco que en su ficción tan llena de realidad hubiera terminado por devolverle la razón al Quijote para acabar con él. En su monólogo sobre el Quijote, sin salir de su celda, tal como Cervantes escribió su obra maestra, Miranda pensaba en alta voz que el Quijote estaba pleno de razón cuando era exactamente el Quijote, el hombre de la Mancha. Y que venía a perderla cuando la recuperaba para morir aparentemente en paz. No, pues, no le gustaba ese final en el que Alonso Quijano el Bueno admite que su vida ha sido enteramente una ficción, una derrota, que ha creído a pie juntillas los disparates que han conformado y fabricado su existencia. Muere por eso, porque con toda la razón encima se enferma y destruye el mundo aventurero en que se había embarcado y por el que se había convertido en un héroe homérico, un Odiseo de La Mancha que corre tras el sueño de Dulcinea. Con él, con el general Miranda, y hablaba en tercera persona cuando se refería a él mismo en alta voz, no iba a pasar lo mismo. Jamás se rendiría. Si alguna vez, como cuando lo de Monteverde, parecía haberse rendido, se habían equivocado los demás, porque no se habían dado cuenta, merdophages, idiotas, pendejos locos, de que así el general Miranda y su ejército no se retiraban, sino que avanzaban en otra dirección, la misma deriva que había inventado para despistar al enemigo. Sí, pues, el general Miranda, siempre en tercera persona cuando hablaba de él en alta voz en esa época final de su vida, nunca iba a rendirse. Si estaba allí, ahora entre grillos y su propio monólogo, encerrado como un león viejo en una jaula para escarnio propio y alegría de los realistas españoles, era por la traición de sus propios compatriotas, ¿cuántas veces tenía que repetirlo? Sí, pues, claro que sí, el general Miranda podría pedir y hasta suplicar al rey de España que se cumpliera la ley y que la justicia hiciera su papel; que su causa fuera juzgada, él se defendería como se defendió en París
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de las acusaciones de traición a la revolución; se defendería y dejaría clara cuál era su posición. Y tal vez ahí, los españoles, los realistas, llegarían a darse cuenta de cuál era la solución del territorio colombiano, lo que se llamaba América, esa confederación de países y tierras, esa amalgama mestiza de pueblos hispanos, nacidos de la madre patria y esparcidos por la inmensidad de las ciudades, las geografías y las selvas de todo un continente que ningún rey de España, ningún emperador, ningún gran jefe del Imperio, había visitado jamás. ¿No era esto un error suficiente para que vivieran los llamados americanos en una continua discusión y zozobra? Aquellos largos monólogos de la celda no estaban enloqueciendo al viejo león traicionado. Al contrario que al Quijote, hablar consigo mismo significaba un bálsamo para la mente atormentada de Miranda. O eso le parecía a él, porque había llegado a la feliz conclusión de que hablar consigo mismo cuando parecía estar en soledad no era estar solo, sino con uno mismo. Sí, pues, sólo se sabe lo que se sabe decir, y Miranda se sabía decir a sí mismo, a veces desdoblado en otro que también llevaba dentro, a veces enrabietado en su propia personalidad, como si soltara una arenga ante las tropas imaginarias a las que se dirigía de cuando en vez. Morán, el fiel guardián de su salud y el siervo de sus carencias, lo sabía bien. Pedía un médico para calmar la fiebre del alma de su general, pero siempre que lo hacía aparecía por la torre un par de clérigos a tratar de calmar con la religión lo que era materia del corazón más pasional que él había conocido sobre la tierra, el corazón del general Miranda. Y Turnbull intentó infructuosamente que las autoridades militares de La Carraca dejaran entrar a un médico para que viera el estado en que se encontraba el ilustre preso. Siempre le contestaron de la misma manera: es un preso y como tal está sometido al reglamento de la prisión; que, en todo caso, en ella encontraba todo lo que, por muy general que hubiera sido, necesitaba para su supervivencia; que lo dejaban leer, que le daban recado de escribir, que sus cartas y súplicas llegaban al rey, que en la corte española se sabía de el, que nadie lo había olvidado, la justicia menos que nadie; que en cualquier momento la justicia se pondría en marcha y se vería con
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toda claridad su causa, aunque todo apuntaba a que era un traidor sin escrúpulos, un tipo desagradecido, un crápula que se había aprovechado de los poderes del estado para alzarse contra él. Todo eso desde que era un jovenzuelo, desde que no era otra cosa más que un pendenciero “soldadito venezolano”. Pero que así y todo, quienes tenían la última palabra eran los jueces del rey de España. Turnbull movía y removía, trataba de visitar al viejo león cuantas veces podía. Y si no podía, entonces le enviaba largas misivas con las que creía que alegraba la soledad de Miranda y, al mismo tiempo, le daba esperanzas al general de que su huida clandestina estaba siendo preparada meticulosamente. Estaba claro para Miranda que ese sí era un verdadero amigo, como lo había sido Cagigal en su juventud y en su madurez, en Cádiz y en Cuba. No dudaba de que Turnbull arriesgaría lo que fuera porque su amigo caraqueño pudiera escapar de las garras del imperio español y pasarse otra vez a Londres. El inglés sabía que Miranda era una pieza valiosísima en aquella época de revoluciones, le tenía verdadera admiración y, a lo largo de los años, había nacido entre ellos un afecto mutuo que había seguido creciendo en tiempos de carencias y prisión. En sus escritos, el general recordaba sus tiempos en la corte de Catalina. Sus diarios de Petersburgo no dejaban lugar a dudas. Paseaba casi todos los días libremente por la nieve. Reflexionaba sobre el manto hermoso y blanco de Petersburgo. Y pensaba en el calor tropical de Caracas, en el verde profundo de las selvas y maniguas venezolanas. Pensaba como siempre en la libertad. En medio de la nieve. Sí, pues, comía en el palacio del príncipe Potemkin. Hablaba en francés con él y dejaba asombrados a los nobles comensales por sus conocimientos de la política del mundo, por su estilo de seductor impenitente, por su educación mundana. Y la música. Y el baile. Le encantaba la música hasta el punto de interpretarla con palabras, de traducirla delante de todos los conocidos y amigos que asistían asombrados a sus disertaciones hipnóticas sobre compositores y orquestas. Sí, pues, se levantaba temprano en Petersburgo, paseaba entre la nieve, en la soledad de su propio pensamiento, y después volvía a su casa. A veces escribía todo el día, sacaba punta a sus descubrimientos cotidianos de Rusia, o caminaba por la ciudad, se acercaba al río
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Neva, aspiraba el hielo y luego apuntaba todo lo que le parecía de importancia, hasta ciertas conversaciones con desconocidos que le enseñaban determinados principios de la santa madre Rusia. Esa temporada al lado de Catalina se sentía a salvo. Los agentes españoles que lo perseguían hasta el fondo de la corte, y que se quejaban ante la zarina de su impertinencia al seguir vistiendo el uniforme de general español en todas las fiestas públicas, perdían el tiempo. La zarina lo amaba como a un amante, aunque no se decidiera del todo a desearlo. Sí, pues, qué vaina, él deseaba que lo deseara, quería rendirla con su capacidad de seducción. Otras princesas y reinas, otras mujeres grandes y hermosas, habían sido conquistadas por la paciencia del venezolano y Catalina no iba a ser una excepción. Pero la prudencia, la misma prudencia excesiva que no había tenido nunca con ninguna mujer, le decía en silencio que tuviera mucho cuidado con el príncipe. Lo estaba todo el día y toda la noche vigilando, incluso cuando la zarina lo llamaba a sus alcobas reales para beber vinos franceses y discutir de música y de las cosas del mundo. La carcajada de la zarina en la noche alta, cuando todos estaban descansando, encendía los celos de Potemkin, pero la prudencia política del príncipe ruso se detenía exactamente ahí: en la vigilancia del venezolano, cuya fama de militar y conquistador lo sacaba de quicio. ¿Eran amigos? Podía decirse que Potenkim asistía asombrado, tenso y silencioso al ascenso del general Miranda en la corte rusa. En cierta manera podía decirse que él mismo, el príncipe, estaba admirado de que el venezolano, a quien España tildaba de salvaje, se comportara ante los nobles rusos como un noble más y de altísima alcurnia. Sus conocimientos de inglés y francés, además de español, latín y griego clásicos, hacían de él un genio verbal en una corte donde no todo el mudo, ni mucho menos los nobles, estaban a su altura. Aunque afrancesados y enamorados de París, los nobles rusos asistían tan sorprendidos como Potemkin a las explicaciones y relatos con los que Miranda se ganaba la atención admirativa de todos o casi todos. Y los celos de Potemkin y algunos otros. ¿Y de dónde les nacía aquella envidia? No era más que el disfraz de su profunda admiración. Sí, pues, en Petersburgo.
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Miranda fue tan libre que se creyó ruso sin dejar de ser venezolano. Ciertos comentarios de algunos diplomáticos, que decían por lo bajo que Miranda era un agente inglés, no convencieron nunca a la zarina, ni el príncipe se atrevió jamás a hacer ninguna acusación en este sentido contra el general. Y cuando llegaron una vez más quejas de los españoles que reclamaban al gran Hereje, al general Traidor, al falso conde de Miranda, la Zarina decidió lo inesperado. “Dale el uniforme verde y hazlo coronel”, ordenó a un azorado Potemkin, que disimulaba ante la zarina su turbación colérica. Terminó por ser uno de los acompañantes más cercanos de la zarina. En sus paseos por los bosques y jardines de palacio y en sus viajes por la gran Rusia. Ahí, en aquel territorio enorme lleno de frío y de nieve, cargado siempre de nubes blancas y grises, Miranda se recogió sobre sí mismo y, tal vez por primera vez con plenitud, explicó a los diplomáticos, políticos y militares relevantes de Catalina sus planes de independencia para América. Y el proyecto del canal. Sí, pues, un doble canal, en la cintura americana, uno en el lago Nicaragua y otro en el istmo de Panamá. Esos canales abrirían mercados nuevos a los rusos, cambiarían el mundo, las comunicaciones. Cambiarían los conceptos de la geografía, la historia y la libertad. ¿Entendían los rusos, pues? A Catalina le brillaban los ojos cada vez que, extendidos los mapas del mundo sobre la mesa imperial rusa, Miranda exhibía la fortaleza de sus criterios sobre el futuro inmediato del mundo, donde los rusos eran, decía Miranda elevando la voz y mirando a Catalina de frente, ojos a ojos, pues, imprescindibles desde el principio hasta el final. “El mundo”, explicaba finalmente, “es de Rusia”. Repetía la frase cuando la zarina, de ciudad en ciudad y casi siempre de viaje, le pedía que contara otra vez aquel proyecto de futuro que llevaría la independencia a América a costa de que la perdieran los españoles. ¿No había pasado con los ingleses? Sí, claro que él había estado en la guerra de los Estados Unidos. Había estado en Florida y en Pensacola. Que le contara, pedía la zarina encantada con la voz tropical de aquel afrancesado venezolano. Que le relatara otra vez las batallas en las que había
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participado; que le dijera los nombres de los jefes de la guerra, qué creía él de ellos, quiénes serían también parte del futuro. Y el general contaba la verdad como si estuviera inventándose una fábula tras otras, las batallas, los nombres de los ríos, los poblados, las selvas de la península de Pensacola, el inmenso territorio pantanoso de la Louisiana, Nueva Orleans al borde del mar, el mundo americano que estaban creando los Estados Unidos, una nueva potencia militar y económica, profetizaba Miranda. “Cualquiera que conozca aquel mundo”, le confesaba a la zarina, “sabe que los Estados Unidos y Rusia tendrán que enfrentarse antes que después por el control militar de la tierra”. ¿Cómo podía ser?, preguntaba en silencio Catalina, abriendo los ojos como expresión de sorpresa. “Será”, repetía Miranda convencido, “y seguramente habrá guerras por ese control…”. “¿Y mis aliados, y España?”, preguntaba entonces la zarina. “España no contará. Contará Francia e Inglaterra. España…, en fin, España es la decadencia, pues. ¡No entienden nada, majestad, nada de lo que les pasa y lo que les pasará!”. Sin embargo, él, el viejo león encerrado en su jaula de La Carraca, lo había entendido todo desde el principio hasta el final. Sí, pues, ésa era una vaina terrible, no haberse dado cuenta de que los suyos, sus compatriotas, no estaban preparados para el mundo del que él era el precursor. “¡Bolsas, pendejos inútiles, merdophages!”, les gritaba en su interior, ahora, a destiempo, en la cárcel de La Carraca. No, pues, no estaban preparados nada más que para el bochinche y la traición, para eso es lo único que estaban preparados sus compatriotas.

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DIECISÉIS

“El que conoce cuándo puede combatir y cuándo no, será el vencedor”, escribió Sun Tsu en El Arte de la Guerra. Miranda leyó la edición que le obsequió el príncipe Potemkin durante su estancia en Petersburgo, devorando cada una de sus páginas con verdadero fervor. Él era un guerrero entregado por obligación a la guerra. No, pues, no le gustaba la sangre, pero no había más remedio si era necesaria para la causa de la libertad. Cuando Potemkin le regaló El Arte de la Guerra, Miranda entendió el mensaje: en la batalla es peor la euforia que la preocupación. Una batalla se pierde casi siempre por falta de perspectiva frente al enemigo: quien es prudente y aguarda a un enemigo que no lo es, será el vencedor. De modo que Catalina no era precisamente su batalla, eso le estaba diciendo con amabilidad de príncipe el valido Potemkin; que no entrara más de la cuenta en el juego falaz de la seducción con la zarina, porque no tenía armas ni ejércitos suficientes para esa aventura. Él no era allí más que un extranjero, un ser de paso, un extraño, pues, en todo caso un aliado circunstancial que había sabido convencer a los rusos y a la rusa mayor para que le prestaran su apoyo. Pero había un límite: el amor. Potemkin entendía a Miranda, pues, y ahora él, Miranda, debería entender a Potemkin. Jugar en terreno del príncipe era poner en peligro su libertad y su vida, y la causa de su vida, la libertad de las colonias españolas en América. De manera que al regalarle el libro de Sun Tsu, Potemkin le estaba enseñando el camino exacto por donde debía transitar si quería seguir paseando sin problema alguno por los parques nevados de Petersburgo; si quería seguir visitando museos, sirviéndose de libros de las bibliotecas oficiales; si quería seguir amando a Sonia Ostroversky sin que nadie lo molestara y si quería seguir asistiendo a las reuniones y fiestas de la zarina.
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No era exactamente que Potemkin no se fiara de él. El influyente príncipe ruso lo trataba con suma amabilidad, le brindaba en público y en privado una amistad con la que Miranda se sentía a gusto, le había puesto servicio a su disposición, todo cuanto necesitara. Y le había regalado aquella bellísima edición francesa de El Arte de la Guerra. Todo un mensaje cifrado para el extranjero inteligente. Entraba y salía de palacio cuantas veces quería; gozaba de la simpatía y de la complicidad de la zarina; había hecho amigos que estaban dispuestos a apoyar y hasta sufragar la aventura americana de la libertad que él había soñado… ¿Por qué, pues, se empeñaba en traspasar el límite al que ahora lo había sometido Potemkin? Él era así porque lo había sido siempre: conquistador de mujeres, seductor con la palabra, envidiado y admirado por los señores y los siervos. El conde de Miranda era así: no se conformaba con poco ni con mucho. Era un hombre libérrimo para el que sólo era suficiente toda la libertad. Y para él, toda la libertad iba incluso mucho más allá del poder. ¡Ah!, claro, la diferencia entre el poder y la libertad, a esa conversación había llegado con Potemkin antes, exactamente un par de días antes de que el Príncipe le regalara el libro de Sun Tsu. “¿Qué le interesa a usted más, conde, el poder o la libertad?”, le preguntó Potemkin sonriendo con malicia amistosa. Había tomado la iniciativa al ver que el conde de Miranda se llevaba todo el interés de los comensales al describir los pasos que iba a dar en su aventura contra España. “Sin duda, la libertad”, contestó el conde de Miranda con energía y convicción. La zarina sonrió satisfecha. Encima de la mesa, sus dos hombres preferidos se batían con el arma envenenada de sus palabras. “¿Y el poder?”, volvió a estoquear el príncipe. “El poder es secundario. Lo importante es la libertad”, contestó Miranda. No era una respuesta irreflexiva. Se había visto en trances por el estilo y había conocido espadachines de gran calidad a lo largo de su vida. Potenkim jugaba en terreno propio, pero el conde de Miranda quería ahora hacerle ver que él era un perfecto gladiador. Un Espartaco americano, pues.
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“Entonces lucha usted por la libertad y no por el poder…”, retó el príncipe con un sesgo de jugador de baraja francesa. “Le reitero, príncipe, que en mi concepto y mi pensamiento la libertad está muy por encima del poder”, contestó Miranda impasible. “Todo poder que no sea para la libertad de todos, y no sólo la mía y la de los míos, pues, príncipe, es un poder bastardo, un poder de satrapía…”. En ese momento se produjo un silencio en la mesa. Potemkin posó primero la vista en la zarina. Sonreía la rusa mayor. Estaba divirtiéndose. Miranda siguió la mirada de Potemkin y puso los ojos sobre los de la zarina, fijos. Ella le sonrió, como dándole la venia para que siguiera combatiendo. “El sátrapa esclaviza a sus pueblos. El jefe que cree en la libertad los libera…”. La zarina aplaudió, sonriéndose a diestra y siniestra. Era su manera soberana de dar por zanjada una discusión en su mesa. A los dos días de aquel amable debate, Potemkin le regaló el libro de Sun Tsu. No, pues, no era un reto. Ni un aviso ni una advertencia. Era un simple mensaje. De un amigo para otro amigo. De un amigo que iba a quedarse para siempre a otro que se sabía de paso en palacio, de paso en la ciudad de Petersburgo, de paso en Rusia. “Cuando no conozcas al enemigo, pero te conozcas a ti mismo, las probabilidades de victoria o de derrota son semejantes”, leyó aquella noche febril el conde de Miranda. Fuera de aquella recámara de noble lujo, nevaba copiosamente. “Conoce al enemigo y conócete a ti mismo y, en cien batallas, no estarás jamás en peligro”, leyó. “Isthi Seautón. Sócrates”, se dijo en silencio mientras observaba cómo caía la nieve sobre los abetos gigantes del jardín. Dentro, el fuego de su chimenea hacía crujir los maderos secos y daba a toda la habitación un calor de gran confianza. Sí, pues, se sentía muy bien en Petersburgo. Irritar al príncipe no era más que un ejercicio de imprudencia innecesaria. ¿Y si la zarina le daba pie? ¿Qué otra cosa significaban aquellas invitaciones de Catalina a que la visitara en sus aposentos imperiales, a solas, casi en horas de la madrugada?

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Había ocurrido algunas noches, pues. Miranda leía recostado ya en su cama y algún paje de confianza se acercaba trayendo el mensaje de Catalina. La zarina le rogaba, pues, que le hiciera compañía. ¿No podía dormir la zarina?, se preguntaba en silencio el conde de Miranda. ¿Qué buscaba, pues? Su voz, nada más que voz, se convencía Miranda, su palabra; que le contara más aventuras de su vida; que no dejara atrás ciertas aventuras galantes; que le dijera si era verdad lo de sus colecciones de vellos púbicos. Sí, pues, la zarina se divertía con los conocimientos enciclopédicos de su nuevo coronel. El coronel Miranda, del ejército ruso: espléndido en sus casi dos metros de estatura. Un semidiós griego con ese cabello grisáceo, siempre limpio y seco. Y el juego de sus manos, imparables mientras contaban, hablaban, decían de todo el mundo que había recorrido, de las mujeres que había conocido, de las leyendas que había levantado por donde iba pisando el conde de Miranda. Un hombre extraordinario, pues, ninguna mujer noble ni de palacio ni de la corte lo dudaba. Todas hablaban excelencias de aquel criollo excelente que se atrevía a discutir en público con Potemkin, incluso y sobre todo, delante de la zarina; que le enseñara el camafeo que llevaba escondido en el cuello. Sí, pues, se lo habían contado a la zarina algunas de sus nobles más cercanas, las grandes señoras que la acompañaban en sus tardes de aburrimiento, cuando no estaba gobernando ni amando ni riéndose a carcajadas; que Miranda llevaba un camafeo bellísimo en el cuello, bajo el uniforme; no iban a decirle cómo se habían enterado, eso no, eso debía imaginárselo incluso la zarina. Por eso le pidió que se lo mostrara. Llena de curiosidad. Una de esas noches que no podía conciliar su sueño. Miranda vio el brillo de los ojos verdes de la zarina. Vio la piel sedosa y blanquísima de Catalina. Estaban solos los dos, pues, en la alta noche nevada de Petersburgo. Estaba él en la cima del mundo, en una cumbre a la que ningún otro venezolano podía soñar con llegar jamás. Ella miró fijo a los ojos del criollo. Acarició el camafeo. Lo abrió y lo cerró un segundo después, con suavidad. “Bellísimo”, dijo con voz queda, como si respirara con dificultad, turbada tal vez ante aquella joya que no significaba otra cosa que el recuerdo de un gran amor.
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“Bellísimo”, repitió. Y esta vez le llegó a Miranda el aliento cálido y mentolado de la zarina. Sus caras estaban casi juntas y, en ese momento, sus cuerpos sentían un raro calor mutuo que provocaba oleadas de sensaciones prohibidas. No se lo preguntó: que si tenía muchas más, que si formaba parte de su colección, que le mostrara otras si las tenía allí con él, en Petersburgo. No, pues, la zarina no le preguntó nada de eso al conde de Miranda. Sólo esperó su iniciativa. Tal vez esperaba también que él rompiera la distancia y se fueran esa noche los dos juntos al cielo, arrebatados en la pasión dentro un carro de fuego. Hasta el cielo, pues. “Era muy hermosa, ¿no?”, le preguntó la zarina. “Lo era, pues, la vi durante un tiempo. Y luego tuve que viajar y…”, contestó Miranda. “¿Y cómo van tus clases de piano?”, preguntó de repente la zarina. Había un deje de ironía en su rostro. Como si jugara ahora con Miranda. Sí, pues, le había otorgado un papel de privilegio, un estado de favorito en su corte, un hombre excepcional del que hablaba todo el mundo en su entorno. Pero poco o nada se escapaba a su conocimiento en esa misma corte. De modo que, por muy discreto que fuera el comportamiento de su pianista de cámara, ella, la zarina, sabía de sus aventuras amorosas y de sus pasiones. Miranda trató de dibujar en su rostro un gesto de estupor, de sorpresa, como si nunca hubiera esperado esa pregunta de Catalina. ¿Estaba acaso celosa? La pregunta, ¿tenía segundas intenciones? “Sonia es una amiga muy especial”, dijo como pudo Miranda. La zarina seguía observándolo con mucha intención. Casi lo invitaba con el gesto a que siguiera contándole. Miranda había intentado recomponer su gesto. Separó un poco su cuerpo del de Catalina, pero ella lo atrajo con suavidad, obligándolo a permanecer casi sobre su cuerpo mientras seguían hablando de Sonia, la pianista. “¿Y cómo estuvo la excursión a Moscú?”, le preguntó sin abandonar la ironía la zarina. Miranda pensó en Potemkin. Pensó en Sun Tsu: si el enemigo conoce todos tus movimientos, la derrota es inminente. Y Potemkin era el confidente mayor de
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Catalina. Seguro que el príncipe sabría exactamente que él estaba allí, en la alta madrugada, cuerpo con cuerpo con quien para algunos era la amante del príncipe, su amigo, su enemigo, su adversario, el confidente mayor de la zarina. ¿Fue él quién se lo contó? “Fue muy agradable el viaje. Y muy corto”, contestó Miranda. El caraqueño había optado por adoptar también el sesgo de la ironía. Era la mejor manera que tenía de escapar de la zarina, en ese momento a punto de transformarse en una tigresa celosa. Se atrevió entonces a acariciarle una mano. Con suavidad. Como lo hace con una amiga cercana un varón cómplice. “No es nada importante”, añadió. “Es mi artista preferida”, le contestó Catalina. “No me la robes”. Ésa era su manera de dar una orden a un subordinado con el que tenía confianza. Así le hablaba a Potemkin. Como rogándole. Su finura para ordenar las cosas más nimias le otorgaba una autoridad irremisible cuya nombradía pública no dejaba de crecer. “No me la robes, ¿eh?”, repitió sonriendo. Palpaba con suavidad ahora la mano de Miranda. “No, señora, nunca fue mi intención”, le dijo el caraqueño. ¿Se excusaba el revolucionario americano ante la zarina? ¿Acaso estaba avergonzado por haber sido descubierto en aquella aventura con la gran pianista de la corte? Y Sonia, ¿estaría ya avisada de que el príncipe y la zarina lo sabían todo sobre su escapada a Moscú, sobre su aventura amorosa? No, pues, no podría preguntarle ni siquiera a Sonia por esos detalles. Ahora le convenía guardar silencio y no perder la complicidad de la zarina. ¿Y Potemkin? Seguro que Potemkin lo vigilaba en cada instante. Seguro que sabía que ahora estaba allí, mitad azorado por la reconvención de la zarina, mitad orgulloso por estar con Catalina en la misma recámara de la zarina, los dos solos, hablando, sin música de compañía. Sólo el rumor de la noche en la madrugada penetrando con la lentitud del color gris oscuro por la ventana de las alcobas imperiales. Y él, Miranda, el conde de Venezuela, un advenedizo que buscaba el apoyo imperial de Rusia para su causa americana, allí, gozando de aquella intimidad que nadie iba a creerse si él la contaba. ¿Y por qué iba a contarla? ¿Y dónde? De todos modos, Potemkin nunca sabría qué es lo que había sucedido
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entre la zarina y él durante esa noche. Nunca lo sabría, a no ser que ella, la todopoderosa rusa, se lo contara. Para darle celos. Tal vez para que lo vigilara más de cerca. Quizá para ahuyentarlo de la corte rusa, para separarlo de la zarina. No, pues, no había podido obviar aquel encuentro entre ellos, pero en adelante Miranda estaba seguro de que trataría de evitar que se repitiera. No podía permitirlo. ¿Celos también Potemkin? Sí, pues, sin duda. Celos del conde de Miranda, del venezolano entrometido. Con la excusa de la causa política, pues, se había metido hasta el fondo de la zarina, hasta sus alcobas intocables e inalcanzables. Y eso, pensaba Miranda que pensaba Potemkin, no se podía consentir. Si trascendiera lo más mínimo de tal episodio, Potemkin quedaría ante la corte como un hazmerreír, un payaso al que un recién llegado había engañado con la zarina. Y en sus propias habitaciones del palacio de Petersburgo. Desde su celda, Miranda, con los ojos cerrados, se iba hasta aquellos momentos de libertad exaltada de Petersburgo. Su mejor época con la zarina, pues, eso pensaba ahora, encerrado en su celda de La Carraca, con su sueño americano por los suelos, derrumbado su cuerpo viejo sobre el sucio camastro de la cárcel. Sí, pues, con los ojos cerrados, Miranda recordaba la plenitud de la nieve en Petersburgo, la complicidad de la zarina, los amores pasionales con Sonia Ostroversky, la pianista con la que se escapó Moscú sin permiso de nadie, su rivalidad nada menos que con Potemkin. Potemkin, pues, el señor de vidas y haciendas de toda Rusia, del imperio inmenso de Catalina la Grande. ¿Era su amante, era Catalina amante de Potemkin? No, pues, no lo sabía con certeza, ni ahora ni nunca lo supo, ni antes, en Petersburgo, ni ahora en la celda de La Carraca. Pero sí, pues, tiene la certidumbre total de que el príncipe le tuvo inquina en algún momento en cuanto se dio cuenta de la atracción que la zarina sentía por él. “¡Caraj, qué momento!”, pensó el general Degradado, palpándose la barba sin afeitar, alisándose el cabello sin peinar, mirándose los harapos en los que se iba transformando su deteriorado uniforme de general francés. Francisco de Miranda, teniente general francés, se decía, se recordaba en el día de su nombramiento. Francisco de Miranda,
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coronel del ejército ruso de la zarina. Sí, pues, Francisco de Miranda dialogando con Washington, luchando contra los ingleses en Pensacola. ¿No había sido también general del ejército norteamericano? Bueno, pues, general del ejército norteamericano por méritos de guerra. General francés. Y general español. Y generalísimo de la primera república de Venezuela. El general más general de la Historia de España y de Europa, Francisco de Miranda, echado sobre un jergón de paja en una celda lóbrega y húmeda, con una simple ventanilla por la que sólo veía desde hacía años esteros, caños y salinas, el mismo paisaje triste y solitario de un preso cuyo acabamiento había mandado Fernando VII que fuera lento, silencioso y con mucho tiempo por delante. Y que no se le hiciera caso, así se hincara de rodillas ante la corona. A un traidor no había que darle ni agua. Y Miranda era el epítome de la traición para la corte de Fernando VII. De modo que el traidor debía sufrir condena hasta el final, sin que sus causas judiciales llegaran nunca a ser vistas por nadie ni por nada. Ningún tribunal, pues, ningún juez, ninguna condena, ningún indulto real. Los rumores que a veces llegaban de Madrid no eran más que el resultado de especulaciones. Quienes comentaban que el rey iba a liberar a Miranda, mentían, inventaban. Le daban vanas esperanzas a un general traidor que finalmente había sido derrotado por la corona. No, pues, por la corona española, no. Las cadenas que lo ataban por los pies habían sido blindadas primero por sus compatriotas levantiscos, por el alzado Bolívar, pues, por los libertadores de pacotilla que habían estado junto a él como subordinados justo hasta el instante en que decidieron entregarlo a Monteverde, a España, al rey. Así que lo que tenía que hacer ahora aquel preso era considerarse preso, condición a la que estaba sujeto y a la que el alma libertaria de su ser interior se negaba día tras día. ¿Cuánto llevaba pudriéndose allí dentro? Sabía que Simón Bolívar había regresado a Venezuela, siempre alzado el mantuano contra España, encabezando la revuelta. Sabía que aquel hombre ambicioso y extrañamente compulsivo era lo suficientemente cruel para pasar a cuchillo a cuanta población le negara cuanto su santa voluntad había imaginado que era la libertad. Sí, pues, había que considerarlo definitivamente como un
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hombre del poder; un hombre al que el poder enloquecía a grados de epilepsia; un tipo, eso le había dicho Turnbull en una ocasión, al que le daban ataques orgásmicos cuando la población liberada, en la que entraba como Cristo el domingo de Ramos, lo vitoreaba. Y él, en el caballo, resistiéndose como podía a eyacular en público, pues, pero ésa era exactamente su sensación física en el momento del triunfo. Había crecido, pues, Simón Bolívar, y ahora iba camino de detentar todo el poder de Venezuela, todo el poder de Nueva Granada, todo el poder, pues. “¡Caraj, con el bolsa pendejo de Puerto Cabello!”, exclamó para sus adentros. Sí, pues, lo que Puerto Cabello, aquel fracaso de Bolívar en el que se había perdido la patria y que casi había llevado al suicidio al entonces joven coronel, ya estaba olvidado. Sería un episodio menor en su gran biografía de Libertador. Un manchón en su vida lo tiene cualquiera. ¿Acaso no lo tenía él, Miranda? Manchones, caraj, tenía manchones en su propia vida. Claro que había escapado de ellos, que el ritual de sus esclavos había alejado a la Sayona durante muchos decenios de su vida, hasta llegar aquí, a La Carraca, sin esclavos, sin fortuna, sin familia, sin nada más que un uniforme de general revolucionario francés raído por el tiempo y el fracaso. Pero, no, en tal situación límite, Miranda no iba a hacerse cargo de recordar una vez más los manchones de su biografía. No estaba para trotes, sino para levantar de nuevo el vuelo de la esperanza, como los alcaravanes que veía con sus alas desplegadas en el cielo azul de Cádiz. Trataba de seguir la ruta de los animales voladores con sus ojos, desde la ventanilla de su celda, hasta que se perdían camino de Doñana, el bosque de arena en que los supersticiosos decían que se asentaban, escondidas bajo las arenas rotundas, las huellas de la ciudad perdida de Tartessos con todos sus dioses vivos, los mismos que llenaban de luces los bosques por la noche y de ruidos estrambóticos la oscuridad solitaria de las dunas. Ah, caraj, supersticiones de la gente con las que Morán hablaba en San Fernando, gitanos, pues, que llevaban oralmente de un siglo a otro las supersticiones domésticas, hasta convertirlas en creencias inamovibles. No, pues, desde su celda no se llegaba a ver ni la sombra del coto. Lo único blanco que podía verse en las
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tardes claras del Sur y desde el ventanuco de su celda eran algunas casas de Puerto Real. Nada más. Para que supiera bien como trataba la corona de España los traidores. Sí, pues, mejor hubiera sido para él perderse como Lope de Aguirre en la desembocadura el Orinoco, entre las aguas turbulentas y color chocolate de los rápidos que habían llevado a aquel héroe sin escrúpulos a un final legendario. Así es como tenían que acabar su vida los héroes, caraj, desapareciendo de la faz de la tierra sin dejar rastro, como si se hubieran escondido en el infierno o en el cielo. Como si en cualquier momento fueran a reaparecer con un ejército de alucinados. Dispuestos a todo. Pero él no era una leyenda, pues, él era un general del mundo, un pensador que conocía a la perfección el pasado y que había inventado un futuro que no había llegado todavía, pero que algún día vendría a reivindicarlo. Estaba seguro de eso ahora en su celda, que quien lo había traicionado se estaría acordando de él en cada fracaso que tuviera. No, caraj, no tenía más que una nebulosa de noticias de los revoltosos de América. De todos aquellos nombres que Turnbull le pasaba en misivas a Morán para que se las entregara a él, el nombre que se repetía en todas las cartas era el de Bolívar. Siempre Bolívar en su destino. No, pues, él, el generalísimo Miranda no iba a reconocer jamás que aquel coronelito fue su alumno predilecto. Nada de cuanto hiciera el mantuano iba a restarle importancia a su proyecto, pues. ¿Y si se lo robaba? ¿Y si todo su proyecto, que él había inventado sólo con su imaginación y su letra escrita en sus archivos, fuera atribuido por la historia del futuro a Simón Bolívar? Él era un hombre de la libertad, mientras Bolívar era un hombre del poder. No, a él no le importaba el poder por el poder; le importaba más que nada y que nadie la libertad. Su libertad y la libertad de todos. Y, precisamente, en nombre de la libertad, él había empeñado su vida hasta encontrarse en aquella situación miserable y patética. Y en nombre de la libertad, viajó por todo el mundo y trató de convencer a los próceres del universo de que la libertad de América era posible; no, pues, caraj, ¿cómo podía nadie pensar ni decir lo contrario? Pero Bolívar no. Eso pensaba ahora, echado sobre el jergón de su celda mientras oscurecía en La Carraca. Bolívar no. Bolívar era un hombre del poder, un tipo
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insaciable al que le importaba el poder más que cualquier otra cosa. Más que la libertad, sin duda. Usaba y abusaba de la palabra libertad para llegar al destino que le importaba, que no era la libertad, sino el poder. Mientras que él, Miranda, si había utilizado el poder en cuantas ocasiones lo había detentado, era para la libertad. De modo que no, no eran caminos paralelos los que seguían él, el general Miranda, con el general Bolívar, pues. Eran senderos encontrados, contrarios, incluso; para Bolívar, la libertad era una coartada, él lo sabía. Una coartada que llenaría el territorio de la libertad de pequeños y grandes sátrapas, dictadores locales, jefes, mayordomos, lacayos arribistas que buscarían poner límites a la libertad de los demás sojuzgando a todo el mundo. Su gran proyecto libertario estaba en manos de gente que no creía en él, sino que lo utilizaba para llegar al poder, porque era el poder lo que les interesaba. Bolívar el primero. Y los hombres del poder siempre le habían mostrado su rechazo y su sospecha. Los jacobinos de Robespierre lo habían metido en la cárcel en París porque él era un hombre de la libertad, mientras ellos eran hombres del poder. Del poder del terror. Lo habían condenado a muerte culpándolo de un fracaso que no había sido suyo. Bolívar lo había entregado a Monteverde unos años después porque había visto que era un obstáculo en su camino, pues, en su proyecto, que no era un proyecto de libertad, sino de poder. El triunfo del poder no era lo mismo que el triunfo de la libertad, ni de vainas, pues, no eran la misma cosa la libertad y el poder, aunque Bolívar dijera e hiciera lo contrario, confundir a conciencia libertad y poder y poder y libertad, una amalgama de ambiciones que tal vez se lo llevara algún día al fracaso. Él se lo había pronosticado aquella noche de Judas, en la mansión de Las Casas. “No, pues, “recordó que le dijo, “usted no sabe que quien sirve a una revolución ara en el mar, ¿lo sabe o no?”. El coronel Bolívar debió de pensar que Miranda había enloquecido; que no sólo les había entregado el ejército patriota a los españoles del cruel Monteverde, sino que ahora perdía también la razón. Tal vez por eso lo miraba con aquellos ojos ateridos de temor y extravío. En silencio, esperando que él

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siguiera echando aquellas cartas con palabras demenciales. ¿Arar en el mar?, ¿servir a una revolución? “Sí, pues”, siguió Miranda, “sépalo bien, Bolívar, el poder es una revolución inservible. Quien sirve al poder, ara en el mar, sépalo de una vez”. “Y usted, general Miranda, ¿a quién sirve, pues?”, preguntó el presuntuoso Bolívar, con la mano derecha en la empuñadora de su sable de coronel. “A la causa de la libertad, Bolívar. A la causa de la libertad de todos”, contestó con energía Miranda. No, pues, se veía en sus ojos: Bolívar no entendía la libertad sino como un ejercicio más del poder. No como un fin en sí mismo, sino como un mecanismo perfecto para llegar al poder por el camino más corto y el de más prestigio. Por eso lo entregó. Porque no tenían ideas iguales sobre el porvenir, sobre Venezuela, sobre el continente, sobre todas las colonias. Las hechuras soberbias del coronel Bolívar eran exactamente las de alguien que llevaba dentro la ambición de un rey. Él, Miranda, era todo lo contrario. Era un republicano convencido. Con los ojos cerrados, respirando con lentitud, recordó que no siempre había sido republicano, pues. No fue republicano en Inglaterra, aunque lo había sido antes y después; antes en España y después en Norteamérica; había sido un fiel realista en la corte de Catalina, pues, lo recordaba bien, pero en cuanto abandonó a los rusos, volvió a Londres y se enroló con los revolucionarios franceses, pasó a ser un republicano de primera línea, pues. Nadie nunca negaría su posición y él no lo permitiría. El hecho de encontrarse en la cárcel, tratado como un hereje y olvidado de todos, decía muy a las claras las molestias que causaba su nombre en los hombres del poder. Sí, pues, caraj, en Bolívar, también, más que en ninguno, más que Fernando VII, pues. “Necesitamos el poder, general”, le contestó arrogante Bolívar. “No, necesitamos la libertad, Bolívar, no necesitamos más nada que la libertad”, le contestó. No recuerda bien quién de los dos dio por terminada la conversación de aquella noche terrible. Tal vez fuera él, tal vez fuera Bolívar quien se había cansado de las palabras de Miranda.
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Tal vez fuera Miranda quien se hartó de las miradas de extravío de Bolívar, aquella mirada de loco con ojos negros que parecía a punto de lanzarse sobre su adversario. Recordó la visita de Bolívar a su casa de Londres. Recordó por un minuto la reunión en su biblioteca. Recordó los elogios que Simón bolívar hizo de la biblioteca. Sí, pues, recordó que el joven Bolívar lo había dicho con sus propias palabras; que se había enamorado pasionalmente de aquella biblioteca, que era un tesoro verla y un privilegio estar allí. ¿Era lector Bolívar? Miranda recordó que se lo había preguntado y que ahí vio por primera vez los ojos encendidos del joven mantuano. Como si lo hubiera ofendido. Como si hubiera puesto en duda su cultura. “Claro que soy lector”, le contestó Bolívar. Y ahí estaban sus ojos de niño soberbio, mirándolo de frente, retándolo, pues. Entonces Miranda, el dueño de la casa, se acercó a una estantería de lujo y alargó la mano hasta alcanzar un ejemplar precioso. “Tenga, cuídelo. Se lo regalo”, dijo Miranda volviéndose hacia Bolívar. El joven mantuano lo miró entonces con asombro. Y con un cierto agradecimiento. “A mí me lo regaló el príncipe Potemkin durante mi estancia en Rusia. Le encargo encarecidamente que lo lea y lo cuide, pues, Bolívar”. Era el ejemplar de El Arte de la Guerra de Sun Tsu. ¿Y se desembarazaba de aquel tesoro para dárselo a un joven impetuoso y maleducado, un niño bien mantuano? Sí, pues, lo hacía para que supiera que lo tenía en el más alto consentimiento; que quería que fueran amigos desde ese instante; y Andrés Bello y José María López, pues; quería que todos supieran que veía en Bolívar a una promesa del futuro libre de Venezuela. Lo hacía, en fin, por pródiga magnanimidad. Se sentía por encima de todos y en ese reconocimiento de su ser interior Miranda ejercía sus capacidades de hombre de mundo. Se sabía de memoria El Arte de la Guerra. Había leído una y mil veces el libro de Sun Tsu y ahora se lo estaba regalando a quien él pensaba que sería, sin duda, uno de los americanos más importantes del futuro. Simón Bolívar, pues. Sólo que tendría que aprender mucho; tendría que madurar
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muchísimo para cumplir el destino que él veía en aquel muchacho; no, pues, no bastaba con que se supiera que había asistido a la coronación de Napoleón en el Monte Sacro y que había jurado, allí mismo, liberar a su país y a todo el continente de las garras de los odiados españoles. Había jurado odio a España, pues, que no conocía América; que la explotaba sin conocerla. Ningún rey de España se había dignado llegarse siquiera por unos días a Cuba, a Venezuela, a México, pues. Ésa era una verdad que nadie podía negar. Por eso también juraba muerte a los españoles, odio a los españoles para siempre. Recordaba todo eso ahora, en la cárcel de La Carraca. Se había hecho de noche y hasta la torre llegaba el silencio roto sólo por algún ladrido de perro lejano y por el coro de grillos que cantaba durante toda la noche una melodía triste y repetitiva. Recordaba su propia vida, ahora que pensaba que tenía que huir rápidamente del síndrome del héroe trágico que lo había poseído durante los últimos meses de encarcelamiento. Ni héroe ni trágico. Él, a sus sesenta y cinco años y casi sesenta y seis, era un tipo fuerte, hecho a los fracasos y a los triunfos. Un tipo al que ya no le quedaba otro remedio que inventar, idear, imaginar y llevar a cabo una fuga espectacular. Una fuga que hiciera historia para siempre. Escapar del penal de La Carraca. Ir inmediatamente a Gibraltar, camuflado como un guitarrista gitano que va a hacerles la fiesta a los señoritos ingleses. Huir en un barco inglés. Llegar a puerto, entrar en Londres y reclamar de nuevo la libertad. Pero esta vez la libertad desde la libertad. No, pues, no reclamar la libertad del loco Aguirre, ni mucho menos. Reclamar la libertad de los pueblos de América, la Gran Colombia, el Incanato, pues. Reclamar la libertad por la civilización, en nombre del futuro. ¿Lo entenderían los realistas españoles de América, lo entenderían de una vez? Seguro que unos y otros, los españoles de España y América y los alzados patriotas, seguirían pensando de él que era un traidor y un aventurero. Ésa era la realidad de Miranda en La Carraca. El sueño de la libertad no había desaparecido de su cabeza ni en los peores momentos. Y no ignoraba que, fuera de su alcance, se estaba librando una guerra a muerte entre españoles y americanos. Una guerra definitiva que, sin embargo, iba a durar

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mucho tiempo en acabarse e iba a provocar un río Amazonas lleno de sangre. “¡Bochinche, bochinche”, no saben hacer sino bochinche”, se dijo con los ojos cerrados tratando de dormirse y soñar, de nuevo, con Sonia, la pianista. O, mejor, con la zarina.

DIECISIETE

“Ah, Paris toujours!”, gritó más libre que nunca. Jamás había sido tan joven como en París. Nunca había sentido la vida tan dentro de su ser interior como en París. París siempre había tenido razón. Y seguía teniéndola.
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“Ah, que j´étais jeune un jour!”, se dijo por primera vez en París. Sí, pues, era joven y siempre que estuviera en París seguiría siéndolo. El caraqueño enamorado de París era Francisco de Miranda. Bajó de Londres al olor de la pólvora de la revolución, ayudado por sus amigos girondinos. Allí, en París, en Francia, estaba más viva que nunca su causa, la causa de la libertad. Sí, pues, lo sabía de sobra, que en nombre de la libertad se habían cometido los crímenes más horrendos del mundo. Sabía que muchos sátrapas, lo sabía de cierto, utilizaban la coartada de la libertad para quedarse con el poder absoluto. Desde su época más joven, el joven Miranda sabía todo eso y más. Sabía también que París era el mundo, su mundo, que ahí, en esa ciudad, se estaba desarrollando el mundo del futuro; que allí estaba estallando la revolución de la libertad. Sí, pues, caraj, con todas sus consecuencias. La vida lo había llevado a la amistad con los girondinos, aunque él tuviera más simpatía por los jacobinos. Los jacobinos, no: desconfiaban del extranjero que se abría a todos a las primeras de cambio; miraban con mucha sospecha a aquel americano que hablaba francés como si hubiera nacido en el centro de Montparnasse, el barrio parisino que más le gustaba a Miranda. No, pues, eso lo sabía él: que los tiempos no estaban para pasear ni para perderse como si tal cosa por las calles revueltas de París. Allí, claro que sí, también estaba la Sayona esperándolo para atravesarlo de un golpe con su espada y llevárselo a la tumba. Ya estaba acostumbrado, pues, a ocultarse de su perseguidora insaciable y a esconderse entre las sombras para evitar el golpe mortal. Era un ballenero experimentado en las batallas de alta mar y ahora estaba en París, junto a sus amigos, que lo recomendaron para su entrada en el ejército revolucionario. ¿Qué más buscaba Miranda en París? Buscaba, pues, ser parisino de la libertad, sin dejar de ser venezolano. Buscaba la gloria, ese elemento que hedía tanto a muerte como la misma Sayona cuando se acercaba a él para advertirle de que se le acababa el tiempo. Buscaba la libertad, pues. La libertad más que otra cosa. No quiso un hospedaje suntuoso. No quiso prebendas excesivas. Lo que buscaba era ir al frente, entrar en combate,
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demostrar quién realmente era aquel apuesto oficial americano enrolado en el ejército de la revolución. No se planteaba si ese mismo episodio de su vida iba después a convertirse en parte de su leyenda eterna. Ni mucho menos. Se trataba, en eso consistía todo su deseo, de demostrarse a sí mismo, más que a los demás, quién era de verdad Francisco de Miranda, qué clase de arrojado militar, qué tipo de hombre en el combate, qué estratega, qué general, qué jefe, pues. Entrar en Amberes como conquistador revolucionario fue esa gloria, pero fue también la sospecha y la envidia de los jacobinos. Sabía que haber conquistado la ciudad de Amberes para el ejército de la Revolución le ganaba un lugar en la Historia, aunque no sabía, aunque quizá lo sospechara en esos instantes eufóricos de victoria, que detrás del triunfo, venía el fracaso. Sí, pues, lo sabía pero tal vez no lo tuvo en cuenta. Sabía Miranda que luego de la gloria venía el fracaso y que tras el fracaso volvería la gloria. Amberes era su gloria y fue, al final, también el fracaso que lo devolvió a la gloria. Después de tomar Amberes, siguiendo las órdenes del general Dumouriez, que lo había puesto al frente de la tropa revolucionaria, el general Miranda fracasó con aquellas tropas en Maastricht. Sí, pues, se había cogido para él solo la gloria de la victoria y ahora, con Dumouriez también bajo sospecha, había sido llamado a París para rendir cuentas ante un tribunal revolucionario. El guerrero triunfante pasaba a ser ahora un reo acusado de traición a la Revolución. Se acordó de Catalina, de las tardes y las noches nevadas de Petersburgo. Se acordó del piano de Sonia. Se acordó de aquel tiempo de amor y de las diatribas con Potemkin. Se acordó de Sun Tsu en el momento en que lo llamaron a declarar a París. “¡Ah, París, la ciudad de la juventud, la ciudad del mundo!”, se dijo. Sun Tsu, pues: “Los que ignoran las condiciones geográficas –montañas, bosques, desfiladeros peligrosos, ciénagas y pantanos- no pueden dirigir la marcha de un ejército”. Sí, pues, caraj, el desconocimiento de una simple colina lo había llevado al fracaso luego de la victoria de Amberes. Su prestigio de ayer estaba ahora por los suelos. Y los jacobinos no lo querían, lo detestaban desde que llegó de Londres a París. Les resultaba
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sospechoso. Aunque en su fuero interno, Miranda se sintiera más jacobino que girondino, ¡dónde iba a parar! Pero allí estaba de nuevo, en la pura contradicción, esperando que lo metieran en la cárcel hasta que lo juzgara un jurado revolucionario. Sí, pues, el fracaso había sido de tal calibre que el general Miranda, el gran responsable de la pérdida del ejército revolucionario, sería condenado a muerte. Se le pediría la pena capital. Era un irresponsable y un traidor que no había sabido llevar la bandera revolucionaria a la victoria. Lo decían por todos lados los jacobinos. Y ahora estaba ya en la cárcel. En París, pero en la cárcel. Esperando el juicio que iba a llevárselo a la guillotina como si fuera un bandido, un simple delincuente de la calle; un traidor que quizá fuera un agente secreto de Inglaterra. O de Catalina la Rusa. Eso se vería en el juicio. Un militar ruinoso, arruinado y vencido, pues. De modo que no podía pedir apoyo a los ingleses ni a los rusos. Catalina y Potemkin no se lo habrían dado, pues, Miranda los había traicionado. Había abandonado la casa de la zarina y se pasaba a los republicanos y revolucionarios franceses. Se pasaba, pues, al terror, a los partidarios de liquidar la nobleza, a quienes cortaban la cabeza y abrían las venas de la sangre real, pues. Ahora Miranda ya no era el pretendido revolucionario de la libertad de América, el enemigo de España, sino el enemigo de la zarina, de Potemkin y de los ingleses. Se le habían acabado los aliados. Y sus enemigos los jacobinos lo tenían encarcelado, pues. Sólo lo defendían sus nuevos amigos: los girondinos. En todo ese tiempo de angustia y prisión, Miranda mantuvo la calma. Ni sus abogados ni sus carceleros, ni sus amigos más cercanos ni sus enemigos más locuaces pudieron decir que el general Miranda estuviera asustado o reclamara favores y privilegios que no le pertenecían. Sólo proclamaba desde la cárcel su inocencia. Apelaba a su libertad. Como estratega, hizo lo que tenía que hacer: tomar Amberes y seguir hacia Maastricht, una plaza crucial. ¿Era él un general crucial en aquella guerra? Sí, pues, lo era. Y ésa era además su defensa. Era un general de la Revolución Francesa, pues, y como tal tenía que ser tratado. ¿Habría huido pudiendo huir? No, pues, creía en la justicia revolucionaria y la enfrentaba con toda su capacidad
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revolucionaria, sabiéndose inocente de los cargos que contra él habían fabricado los jacobinos. ¿Traidor de la Revolución Francesa? ¡Cómo podían decir eso los jacobinos! Lo decían, caraj, lo decían, lo repetían hasta la saciedad, para tratar de convencer a todo el mundo. Y lo acusaban. Sabía que elaboraban pruebas para matarlo, para quitarlo del medio de la Historia de Francia en la que se había involucrado por completo. En nombre de la libertad, claro, en nombre, pues, de la república. Porque la república era la libertad, aunque perdiera en ese trance a sus amigos de antaño, los ingleses monárquicos y los realistas de la zarina. Ahora el condenado a muerte estaba solo en la cárcel, escribiendo su diario de prisionero de la revolución a la que había servido jugándose la vida. El diario formaría después parte de sus archivos interminables. Y ahí, en el diario que no cesaba de escribir en la cárcel, fraguaba también las pruebas de su inocencia. La expectación del juicio contra él ganaba la calle, las plazas y el interés de los circuitos revolucionarios. Para los jacobinos era cuestión de tiempo: Miranda estaba condenado porque había llevado al ejército que mandaba a la ruina y al fracaso. No importaba Amberes y la gloria de la conquista, sino el fracaso de Maastricht y la colina maldita. Para los jacobinos, Miranda estaba muerto. Ya lo veían sin cabeza guillotinado para escarnio propio y ejemplo de los demás generales cuya soberbia los llevaría tal vez al mismo destino. Para los girondinos, salvar a Miranda de la muerte se convirtió en una lucha desigual y necesaria. Matar a Miranda era matarlos a ellos. Robespierre y los suyos no podían salir victoriosos y dueños indemnes de sus abusos. Así que Miranda, sin proponérselo, se transformó en todo un símbolo de la lucha entre girondinos y jacobinos. No por la libertad, pues, de eso estaba Miranda seguro en su tiempo de cárcel, sino por el poder. La lucha por el poder, pues, el bochinche de siempre. La codicia del poder y no la ambición de la libertad se estaba comiendo aquella revolución. “Es como arar en el mar”, escribió en su diario. Y después: “El que sirve a una revolución, ara en el mar”. Y más tarde: “El terror es un monstruo insaciable. Una vez que comienza a matar, mata incesantemente”. En la cárcel parisina, pensó en el mito del Minotauro, la metáfora del poder que exige todo para él; el
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Minotauro que se alimenta de toda la sangre joven que va creciendo en la isla de Creta; de toda la belleza; de la vida, pues. El Minotauro era el terror. El terror desembocaba en el miedo colectivo. A partir de ahí, el terror era el dueño y propietario de vidas y haciendas, de destinos y supuestas libertades. El Minotauro, pues, era el poder del terror. A las puertas del juicio, Miranda había elaborado su defensa de acuerdo con sus abogados. No, no había sido responsable de la derrota. Y mucho menos de la traición. Se había limitado a atacar la plaza de Maastricht porque vio que el ejército revolucionario tenía todas las de conquistarla. Sí, pues, había fallado, pero no él. No hubo en su actitud ninguna cobardía, al contrario. Como en Amberes, donde no se esperaba la victoria, el general Miranda se había jugado su vida. Y había dado un ejemplo extraordinario a sus oficiales y a su tropa. Así lo decían todos. Así lo proclamaban las pruebas. No había lugar a condenarlo a la guillotina. Era, pues, un general glorioso de la Revolución Francesa, de eso se tendrían que enterar todos, jacobinos y girondinos, indiferentes, leales y desleales. Y no, caraj, el general Miranda no había huido ni un centímetro. No había retrocedido ni se había fugado después de la derrota. Había seguido las órdenes de la revolución y regresó a París a dar parte. Asumió el juicio y ahora se defendía de las acusaciones jacobinas. “¡Ah, París, la libertad!”, exclamó en alta voz al salir del juicio. Inocente, pues. Todos lo sabían desde el principio: que aquel juicio era un teatro bufo y dramático articulado por los jacobinos para seguir alimentando al Minotauro del terror. Miranda no era un traidor. La conspiración jacobina para matarlo no pudo salir del atolladero en el que la metió la defensa del general. No pudieron probar todas las iniquidades que habían inventado los fiscales para que Miranda cayera bajo el poder del terror. Y ahora el general Miranda estaba libre, enteramente libre y con todas las recompensas del revolucionario triunfante. Sí, pues, seguía pensando que su destino de arar en el mar podía evitarse, pero así eran las revoluciones: saturnales, asesinas, devoradoras de su propia gente, pródigas, pues, con los mediocres y los arribistas. Le dijeron que él era un arribista y un mediocre. Y que era un
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traidor. Y un cobarde. De todo eso lo acusaron los jacobinos, pero no pudieron probarle nada. El general Miranda entró como reo de muerte en el juicio del terror y salió como general Miranda inocente. Con todas las prerrogativas. “¡Ah, París, París, París!”, exclamó eufórico el general Miranda celebrándolo con sus amigos los girondinos. Sí, caraj, fue un instante de sosiego. Un instante de falso sosiego, porque los jacobinos no se conformaron con aquel juicio. Querían verlo muerto al venezolano, un ser extraño que nunca les gustó. Un ser en el que no tenían confianza ninguna. Un girondino, pues, por oportunismo, no más. No, no, no, por lealtad a sus amigos, se defendía Miranda. Por amistad, pues. No abundaban los amigos, nunca han abundado. La lealtad de ida y vuelta, decía Miranda, era la prueba del tiempo en la amistad. Ida y vuelta: mutuo. Y los girondinos le habían demostrado su lealtad. Habían estado a su lado en los momentos más difíciles, antes, durante y después del juicio. Y ahora Miranda lo agradecía. Lo celebraba, se reunía con ellos, los mimaba porque también ellos lo mimaban a él. Los quería, pues, y se sentía querido por los girondinos. Y, claro, pues, conspiraba con ellos. Era irremisible que conspirara con ellos. Contra los jacobinos de Robespierre. Contra el terror del Minotauro. Las reuniones secretas con los girondinos llevaron a Miranda a ser de nuevo espiado por los policías de la revolución del terror. Nunca, pues, había dejado de ser sospechoso. Era un cuerpo extraño. Un extranjero incrustado en el patriotismo francés revolucionario. Nunca se les quitó de la cabeza a los comisarios civiles del terror que Miranda era un simple oportunista. Eso, sí: oportunidad que le daban, oportunidad que aprovechaba. Iba a comer con frecuencia a Chez Fernando de Montparnasse, su barrio favorito. Caracoles y riñones. No, pues, no le interesaba mucho la comida. Lo que le gustaba era discutir, hablar, dialogar con los comensales. Hablar incansablemente de la libertad que había llegado a Europa de la mano de la revolución y que él tendría que llevar a América de la mano de los franceses, pues. Caraj, que esa idea se llevara pronto a cabo, le contestaban sus amigos, sus cercanos, sus cómplices. Sí, pues, pero eso para los jacobinos era una conspiración contra el Estado, contra la misma
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revolución. Y Miranda estaba en el punto de mira de la policía. Un día lo detuvieron con una jarca de girondinos y lo volvieron a acusar de traición. Era su segundo juicio. No, pues, no iban a pedirle ahora y de antemano la pena de muerte, pero la guillotina rondaba su cuello cuando le exigieron que no saliera de París. Esta vez no iban a meterlo en la cárcel a la espera del juicio por conspiración contra el Estado, aunque tenía que esperar en su casa de París a que se celebrara la causa contra él y contra sus amigos. Que no se moviera, pues, de París. No tenía permiso para hacerlo. Se sabía vigilado a todas horas y paseaba por la rive gauche, muy cerca de Notre Dame, todos los días después de comer. Se sentaba en uno de los bancos de piedra, muy cerca del Sena, y pasaba una hora reflexionando sobre sus días, sus trabajos y sus noches. Sobre aquella prisión domiciliaria que le habían impuesto los jacobinos por segunda vez. ¿Se volvería a escapar de la Sayona? Contó las vidas que le quedaban. Siempre se equivocaba al contar las vidas que le habían regalado sus esclavos cuando era sólo un niño, entre otras cosas, porque sometía cualquier ritual de la vida a la razón, al juego lógico que interpreta incluso el accidente, el azar, la casualidad. La Sayona era una necesidad, una sombra persecutoria, y él ya estaba acostumbrado a soslayar sus peligros. La muerte llegaría de verdad cuando tuviera que llegar. Ni un segundo antes ni un segundo después. Pero, ¿pensaba en la Sayona, en la muerte? Pensaba, sin duda, pensaba. Se imaginaba cuál iba a ser ese momento exacto y no lo veía en el futuro. No, pues, caraj, el miedo no lo había dominado nunca y para pensar en una muerte inminente había que pasar mucho miedo, entregar el alma al diablo del miedo, aterrorizarse, dejarse llevar por el vértigo del miedo hacia el abismo de la muerte. Estaba, pues, acostumbrado a ganarle pulsos y pulsos a la Sayona, desde que era un niño, y ahora, en plena madurez, conocía su sombra en cuanto se le acercaba, aunque fuera disfrazada de Sonia Ostroversky. Caminaba solo por París. Pensaba en la libertad. Pensaba en América, en la Gran Colombia. Pensaba en Caracas, en Venezuela. Y él allí, en la capital del mundo revolucionario haciendo una carrera militar que los jacobinos querían quitarle. Querían eliminarlo. Arrebatarle el prestigio ganado en el combate
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de las armas y en el debate de la palabra. ¿Con cuánta gente tendría que hablar para convencerla de que él no era un traidor a la revolución, que no era ningún agente inglés, ni un silencioso espía de Catalina la Grande? Era un hereje español, pues, buscado por la corona española y por la Inquisición. ¿No bastaba con esa hoja de servicios? No para el terror insaciable del Minotauro. No, pues, para la gente de Robespierre. No para los jacobinos. Respiraba París como si estuviera en libertad plena, pero sabiendo que sobre él estaba la espada de Damocles a punto de cortarle la cabeza. Un paso en falso y era hombre muerto de nuevo. Sí, pues, lo que querían sus enemigos era que huyera de París, lo único que Miranda no podía hacer. Lo habían dejado libre, aparentemente. Para que se escapara, pues. Eso probaría irremisiblemente ante todos que era un traidor a la revolución, que todo el tiempo había conspirado contra el Minotauro y que, al final, había caído en la trampa. La trampa de huir de la revolución. Si era inocente, pues, ¿por qué esa escapada a toda carrera, de forma tan pusilánime? Pero Miranda nunca huyó. Nunca tuvo la tentación de escapar, ni aunque se lo aconsejaran los mejores de sus amigos franceses. Se dedicó a pasear, a conocer mejor la ciudad de sus sueños, a hacerse visible ante todos, ahí está, ése es Miranda, el americano, va a ser juzgado por traidor a la revolución y no se escapa. Está tan tranquilo. Come, bebe, habla, se sonríe. Visita a sus amigos, va a museos, camina por las plazas de la ciudad, se detiene en los bistrots, toma un vino y vuelve a caminar. Y enamora a sus amantes. Y escribe. Dicen los que lo conocen que su archivo es interminable. Que empezó a escribir cuando era un adolescente de diecisiete años, al salir de Venezuela por primera vez, y que no ha parado hasta ahora de escribir. Todo lo tiene escrito. Sí, pues, su vida es un Grand Tour. Y lee. Es un gran lector. Dicen que en su casa de Londres tiene una biblioteca con más de diez mil volúmenes de extraordinaria belleza y valor. Y dicen que, escondido en un recóndito sótano de la casa, guarda una colección de cajitas eróticas en cuyo interior están las reliquias de sus amores y amoríos: una muestra de los vellos púbicos de cada una de las mujeres que ha conocido. Con fechas, lugares y nombres. Eso dicen. Será lo que sea, pues, una leyenda
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o algo así, pero dicen que lleva al cuello, oculto bajo las ropas, un camafeo hermosísimo que encierra la reliquia púbica de un amor imposible, una princesa sueca que le regaló la joya viva con su retrato y su secreto más hondo. Nadie ha encontrado nada de esa colección, ni nadie, ni el mismo Miranda, lo ha desmentido nunca. Consta, pues, eso sí, lo de la biblioteca y lo de sus archivos, las memorias de su vida que marcan su autobiografía escrita; desde los viajes a los amoríos; desde las conversaciones y conspiraciones de todo género hasta las crónicas de las batallas en las que ha participado. Y dicen que trata por todos los medios de llevar consigo sus archivos, que viajan con él porque anda todo el tiempo que le dejan las guerras y las conspiraciones corrigiendo constantemente sus manuscritos de los que tanto habla la gente como él mismo, el propio Miranda. Le gusta mucho hablar, le gusta mucho hablar de sí mismo, de su vida convertida en hazaña constante. Y de su causa: la libertad de América. Es un seductor. A las mujeres las seduce sin ningún esfuerzo. Las invita a bailar. Es el mejor bailarín de París, según dicen quienes llevan las cosas de la fama. Que es irresistible cuando baila. Es, pues, un hombre que huele a hombre, pero no huele mal. Se perfuma suavemente, sin estruendos, y cuida mucho su físico… Si se fijan en la dentadura, se darán cuenta del cuidado que este hombre tiene de sí mismo. ¿Vanidad? Seguro que es vanidoso, aunque es mucho más inteligente y formado que los vanidosos normales. Muy mundano. Y no le gusta que le lleven la contraria. Se pone muy nervioso cuando le llevan la contraria, sobre todo, cuando tiene la certeza absoluta de que le llevan la contraria sólo por llevarle la contraria, para que no gane. Y no, no es un paranoico. Dicen que lo es, pero no. Ahí lo tienen, siempre perseguido, siempre huyendo, siempre hereje. Y ahora está aquí, detenido en París, a la espera de ese segundo juicio. Y si lo dejan que ande libre, en lugar de llevarlo a la cárcel a que espere su juicio, es porque quieren que se escape. Para aplicarle le ley de fuga. Dos tiros al traidor y se acabó la causa. Pero él no huye, se queda aquí. Se ríe, come, habla mucho. Se ríe con sus amigos. Y pasea. Se exhibe como si fuera un hombre libre. Y escribe sus memorias. Dicen que ya ha escrito más de setenta libros que contienen toda su vida, la vida del siglo que está viviendo. Ahora está corrigiendo en las
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noches tranquilas, encerrado voluntariamente en su pensión, los diarios de su estancia en San Petersburgo. Sus viajes por Rusia y el centro de Europa. Viajes fabulosos. Su relación con la zarina no deja de ser un misterio, eso dicen. Pero él lo tiene todo escrito. Un peligro, dicen los jacobinos. Su viaje con la zarina y el príncipe Potemkin hasta los confines de Asia. Hasta Vladivostok. Al otro lado del mundo, nada menos. Un tipo nacido en Caracas recorriendo el universo terrenal de la mano de Catalina la Grande, pues, nada más y nada menos. París. ¡Ah, París! París es su ciudad. Ahí lo quieren mucho los suyos, no como en Venezuela. Aquí, en París, no se siente el general Ausencia, ni el general Traidor. No, en París, no se siente un extranjero. Él también es parisino. Cuando camina junto al Sena siente la cercanía de la humedad en su rostro de cortesano bien afeitado. Camina lento. Cuando se acerca hasta el Canal de San Martín alcanza a verse como un francés más en el espejo de las aguas contenidas. Miranda se pierde por París. Luego, su carruaje irá a buscarlo a la taberna donde se haya reunido con sus amigos a discutir de política. ¿Es necesario el poder para obtener la libertad? ¿Acaso no es el poder quien, con la excusa de conseguirla, aprisiona a la libertad y no la deja salir al mundo? Para mucha gente, Miranda es un conservador. Para otros muchos, es un libertario, un peligroso revolucionario que nunca cejará en su causa. Para unos terceros, será siempre un aventurero. Habrá quienes lo califiquen como un oportunista. Pero, ¿no ha sido siempre lo suficientemente claro? Sigue pidiendo la oportunidad, sigue pidiendo apoyo para la aventura de la libertad, para la libertad misma. Nunca pide apoyo para hacerse con el poder, aunque ha llegado a la consecuencia de que él es la madurez personificada. Él es el general Madurez para Venezuela y para América. Ahora, después de la Revolución Francesa, es el momento de la libertad de América. España es un imperio que se desmorona en el mar, se entierra poco a poco, no comprende América y América y los americanos han dejado de comprender España. Sí, pues, no sólo hace tiempo que han dejado de quererla, sino que ya no afirman, ni en privado ni en público, que la quieren. Al contrario: la detestan. Quieren librarse de la madre patria, pues, la gran rémora que impide la libertad. ¿Lo ven, mis
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amigos? España es el poder, América es la libertad. Así es como hay que verlo. España es el pasado, América es el futuro. Así es como es. Y trata por todos los medios de convencer a los franceses. Como trató de convencer a Potemkin, a Catalina Grande, a los rusos. Como trató de convencer a Pitt y a los ingleses. Como trató de convencer al desabrido de Washington y a los norteamericanos. El Libertador norteamericano lo miraba siempre inexpresivo. Esperaba siempre que Miranda siguiera hablando, mientras él escuchaba, o parecía escucharlo. “Igual que aquí, mi general, igual que aquí, la libertad para el Sur”, le decía al final de sus argumentaciones. Para que Washington entendiera de una vez. Sí, pues, se lo explicaba en francés, en inglés. Introducía en su discurso palabras suyas, españolas y criollas, le hablaba en varias lenguas simultáneamente. Citaba a los clásicos. A los trágicos y a los épicos. Traía a la conversación un verso griego y lo mezclaba con uno latino. Le hablaba del exilio de Ovidio en Constanza, a orillas del Mar Negro, de sus Tristes y Pónticas, pero la cara de Washington seguía siendo de palo. Ni un gesto, ni una palabra. Como si se estuviera quedando dormido con las explicaciones del caraqueño. “Y luego, general Washington, luego está el comercio. Las rutas del sur son inmensamente ricas”, le dijo Miranda tocando su alma de mercader. Le habló de café, de cacao, del poder que los Estados Unidos de América iban a adquirir con la libertad de América del Sur, con la libertad de su América, pero Washington callaba. Recuerda ahora, en La Carraca, que todo ese episodio lo vivió en América y lo escribió después en París, no para publicarlo inmediatamente, sino para la eternidad, pues, para que se supiera que todo no había sido fácil y que los caminos que él quería abrir en la mentalidad angloamericana no estaban tan trillados como los encontrarían después los que iban a pasar a la Historia como los descubridores de la libertad de América. Se lo contaba a sus amigos parisinos, los girondinos, los que le habían otorgado su confianza y lo habían cubierto frente a los enemigos, los que celebraron con él por dos veces que hubiera quedado libre e inocente de todo cargo de los jurados que querían
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condenarlo. No, pues, él no había organizado ningún complot contra los revolucionarios. Tampoco había participado en ninguna conjura, ni había fundado ninguna secta para matar a nadie. Todas esas acusaciones eran producto de la envidia al extranjero. De todos modos, se sabía que los franceses eran así, demasiado hacia adentro, y cuando tenían que buscar algún culpable para acusarlo de todo miraban hacia fuera. Siempre había un extranjero al que culpar. Pero Miranda, el general francés, ¿seguía siendo un extranjero? Sí, caraj, era un extranjero en Francia, a pesar de ser general de su ejército revolucionario; era un extranjero en Rusia, a pesar de ser coronel del ejército de la zarina; era un extranjero en Inglaterra, a pesar del mimo que a veces le dispensaron los magnates de la política y las finanzas; era un extranjero ante Washington, que no le regaló nunca ni un gesto, nunca le dio esperanzas de nada, ni le negó ni le dio apoyo; era, pues, un extranjero en España, más bien un hereje al que los españoles perseguían casi desde hacía treinta años; y, si, caraj, aunque parezca mentira, era un extranjero en Venezuela, en Caracas, en su país, en América. El general Miranda sería ya para siempre un extranjero, pues. Y ahora era un extranjero encerrado en La Carraca, la mazmorra a la que le habían llevado los suyos. Ya no se cuidaba la dentadura. Ya había dejado de afeitarse. Ya no se lavaba el cabello completamente blanco y sucio, hilachas hirsutas y enfermas. Ya no limpiaba su uniforme de general francés, con el que quiso viajar hacia España. Ya no tenía más esperanza que huir, escapar. Volver a Inglaterra. Le parecía mentira encontrarse en aquella situación y, aún en los peores momentos, trataba de mantener la lucidez que siempre lo había caracterizado. O él creía que lo había caracterizado: ahora dudaba. ¿En qué vida de las siete que le habían regalado sus esclavos cuando todavía era un niño se había equivocado? Buscaba en su memoria, en sus papeles. Imaginaba que las cosas hubieran sucedido de otra manera. Que nunca le hubiera dado por la enfermedad terrible de la libertad de América. Que no le dijeran que no había sido suficientemente ambicioso. Cuando era joven, le reprochaban lo contrario, que se pasaba medio océano con su ambición desmedida; y ahora que era viejo,

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que estaba viejo, cansado y casi sin esperanza, le reprochaban que no era suficientemente ambicioso. De manera que sólo había que esperar que Turnbull lo sacara de allí. Eran mentiras todo cuando se decía en Madrid. Ni lo dejaban salir por la noche de La Carraca ni les permitían a sus amigos que lo visitaran en la cárcel, en la torre en la que iba secándose lentamente su esperanza, mientras los días pasaban y el paisaje seguía siendo el mismo, mes tras mes, y año atrás año: esteros, caños y salinas. Lo demás era un silencio atronador en todo su entorno. Sí, pues, seguía leyendo, seguía en el Quijote del que no quería salir. Leía aquellas aventuras del caballero de la Mancha como si él fuera el Quijote, el loco que había andado dos pasos creyéndose que andaba medio mundo tras el sueño de su vida, una mujer a la que no había visto nunca, a la que soñaba con abrazar y amar, una mujer bellísima a la que perseguía y quería liberar de los poderes tenebrosos de la realidad. Por eso era un soñador, caraj, un tipo condenado al fracaso absoluto. No, pues, leía la novela una y otra vez, de adelante a atrás y de atrás a adelante, se detenía en los mejores capítulos, en los más tragicómicos, y se veía a él, Miranda, como en un espejo. ¿A cuántas mujeres había cortejado a lo largo de su vida de caballero andante? La leyenda decía que más de tres mil. La leyenda que corría por el mundo, entre la herejía de algunos y la persecución de otros, era que la colección de cajitas de la pasión se elevaba a tres mil. Un amante definitivo. Tres mil mujeres, había amado a tres mil mujeres en su vida. Pero se le había escapado la que verdaderamente buscó como un loco, como un Quijote americano, como un demente que no se conforma con nada; ni con marquesas, ni con peluqueras, ni con mozas de comedor, ni con condesas, princesas, reinas, zarinas, cortesanas, casadas, solteras, putas, novias, monjas, emperatrices, blancas, negras, mulatas, esclavas árabes, meretrices venenosas, vírgenes; sí, pues, también vírgenes, y ancianas. Las había conocido a todas, de todas las clases, de todas las supersticiones, religiones y condiciones. Aunque nunca había podido tener entre sus brazos a quien siempre había buscado, perseguido con pasión, con verdadera demencia. Por ella, por esa mujer inencontrable, había perdido muchas veces el rumbo cierto, había sucumbido en
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tempestades terribles, se había levantado del albero como un gladiador derrotado, pero nunca destruido, porque un hombre podía ser derrotado una y otra vez, pero nunca podía llegar a ser destruido. Salvo que admitiera de una vez por todas su condición de víctima. Entonces estaba perdido. Pero no, él, el general Miranda, seguía ahí, leyendo, encarcelado, soñando con la mujer de su vida: la libertad.

DIECIOCHO

Entre sueños reconoció la música del piano de Sonia Ostroversky, su amante rusa de Petersburgo. No podía ser otra que ella. Tocaba cada nota con una suavidad de otro mundo. Un roce de sus dedos sobre las teclas reclamaba con suma facilidad la música más hermosa del universo. Sí, pues, el general se había enamorado de ella, de su piel de alabastro, de sus ojos verdosos de bosque salvaje, de sus manos mágicas, de su cintura, de su cuerpo, de sus piernas, de su alma. Y de su cuello. Había besado aquel cuello cientos de veces. Como un poseso. Lo recordaba ahora, como si ella estuviera tocando para su amor, el general Miranda, en aquella pocilga española de La Carraca.

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“La bestia”, se dijo el general medio despierto ya por la música de Sonia, “toma la fuerza, la apariencia y el deleite de la belleza para convencerte de que la dejes entrar”. Habló para sí mismo, pero escuchó el eco rebotando en las cuatro paredes de su celda, como si fuera el sonido de su propio acabamiento. La bestia era la Sayona, su perseguidora. ¿Cuántas veces se había escapado de ella? “Seis”, caraj, seis”, se respondió. “Me queda una, pero la voy a vender cara. También a la bestia voy a demostrarle que seré para siempre el loco de la libertad”. Sí, pues, de unos meses para acá, había asumido su fracaso, el fracaso de la libertad que había perseguido toda su vida. La libertad de América, pues, para transformarla en un gran país único y variado, sin caciques, sin caudillos, sin reyes, sin dictadores, sin sátrapas. Ahora veía, al final de sus días, que su vida no había sido más que un espejismo quijotesco en el que corría al galope detrás de una luz que no iba a alcanzar jamás porque se le escapaba siempre. O porque no existía de verdad y él la había fabricado como un castillo de arena en su imaginación de libertario. Sí, antes que él, otros muchos la buscaron y mataron en su nombre. Fueron crueles con la excusa de la libertad cuando, en realidad, no buscaban la libertad sino el poder. En esos últimos meses, se había empecinado en separar en sus escritos todo aquello que consideraba poder y todo cuanto consideraba libertad. Y había llegado a la tardía conclusión de que los dos conceptos no tenían nada que ver. Él, por ejemplo, se miraba en su propio espejo, en su memoria, y dejaba sentada su autoconfesión: jamás le había interesado el poder. Lo único que había perseguido, y quería que quedara claro para la posteridad, era la libertad. De acuerdo, no lo había conseguido. Aceptaba el fracaso, mas no se rendía. Turbull le había comentado en sus últimas cartas que los rumores que llegaban una vez más de la corte de Madrid daban por hecho que el rey lo liberaría. No, no lo encausaba, sino que lo dejaba libre. Pero los meses pasaban, ya habían pasado los meses que el general se había impuesto para esperar con paciencia y la liberación no llegaba. Además, ¿cuándo había pedido él su liberación? Pedía un juicio legal, una causa legítima porque estaba seguro de que sabría como siempre
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defenderse y que como siempre saldría absuelto de todas las mentiras que habían fabricado sus enemigos con la ambición de destruirlo para siempre. Sí, pues, de acuerdo, aceptaba su situación de fracaso, pero un hombre como él, el general Miranda, no podía ser destruido. Sí, pues, estaba al borde del abismo, escuchando en el recuerdo desde su celda en aquella torre de La Carraca el piano de Sonia Ostroversky en los salones del Palacio de Invierno. Repasaba un futuro que iba imaginándose nuevo en libertad. Ya había llegado a otra conclusión, además de que el ideal de ese futuro de América y la madre patria era la confederación. Todas esas ideas tenía que llevarlas al papel cuanto antes, antes de que la Sayona atacara por última vez sus huesos quebrantados por tantos años de penuria y encarcelamiento. Repasaba su futuro de escritor en su casa de Grafton Street, encerrado horas y días en su magnífica biblioteca, reclamando la libertad de América tal como la había pensado ahora, en los años de cárcel. Una duda le quemaba el alma en su memoria. Sí, pues, se lo había dicho a Bolívar, en el instante en que el coronel le había conminado a que se diera definitivamente preso. “Lo único que se puede hacer en América, Bolívar, es emigrar”. Eso le dijo con energía el general Distancia al coronel Bolívar. Sí, pues, ¿y no había sido toda su vida un peregrino de la libertad? No, peregrino, sí, pero loco también. Él era el loco de la libertad y Simón Bolívar era el loco del poder. Por eso creía que estaba ganando la guerra contra los españoles, cuando en realidad estaba llenando el país de una insensata guerra civil y, en definitiva, estaba luchando contra sí mismo, contra su casta, contra su linaje, contra sus costumbres de esclavista, contra su misma naturaleza de señor que quería al final ser rey, rey de todos los señores. Chévere cambur: rey de todos los poderes. Rey único: Yo, Bolívar, rey. ¿Era lo que quería Bolívar o no? En cambio él, el general Miranda, no quería sino la libertad. Él era, al fin, el loco de la libertad. Y no, no estaba dispuesto ni en aquella maldita situación a claudicar, a recuperar la razón, como le ocurrió al Quijote. Recuperar la razón, dejar la locura, era abandonar la libertad, esa luz extraordinaria tras la que él había
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cabalgado durante toda su vida. Y ahora allí, anclado en sus últimos quebrantos, reforzaba su idea de la locura de la libertad por encima de cualquier otra idea. Muy por encima, pues, de la idea terrible del poder, que no dejaba tras de sí más que un reguero de muertos, esclavos, siniestros sátrapas y caudillos crueles. Cuanto sabía de los acontecimientos de América se lo debía a Turnbull y a un teniente de navío de la armada española destinado en San Fernando, llamado Enrique Montiel, natural de Carora, Venezuela. De modo que el uno por cartas y el otro con visitas clandestinas, casi todas nocturnas, le iban contando cómo cambiaba la guerra en cada estación de cada año. ¿Cuántos llevaba en prisión? Cuatro años. Desde la noche de la traición hasta hoy, cuatro años en prisión el loco de la libertad. Y ésa era otra de sus conclusiones. En el exterior, su nombre y su memoria habían sido reducidas a la nada. El general Miranda no existía de verdad, sino liquidado en los márgenes de una leyenda que nunca se supo si fue verdad o invento de los tiempos. El frío húmedo del Estrecho comenzó a cambiar con la inmediata llegada de la primavera. El aire se hizo más cálido y la temperatura más amistosa. El invierno, el clima duro del Estrecho de Gibraltar, castraba incluso la luz del día, pero cuando la primavera estaba al llegar, un viento tibio avisaba de la inminencia de su estallido en Cádiz. En sus últimas visitas prohibidas, Montiel había notado que el general se sentía más derrotado que nunca. Se quejaba de un intenso dolor en las rodillas, que tenía hinchadas. A veces cojeaba de la derecha y otras veces de la izquierda. Y en bastantes ocasiones, se quedaba tumbado en el jergón de su celda sin hacer ningún esfuerzo por levantarse. El dolor intenso de sus dos rodillas y la debilidad creciente de su cuerpo y de su espíritu le impedían incluso pensar. Entonces se entregaba a los delirios de sus propios recuerdos y aparecía, de repente, Sonia Ostroversky en su presencia de prisionero perpetuo del rey de España. “General Miranda”, lo animaba Montiel en sus visitas, “debe pasear, debe caminar en su celda, señor, hacer ejercicio, un poco de ejercicio. Sí, pues, ejercicio mental también, claro que sí, sería lo mejor”.
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Después miraba al único cómplice real que le quedaba al general, su criado Pedro Morán, y trataba de inyectarle ánimos que al general. No había nada que hacer. Morán contestaba en silencio, con un movimiento negativo de su cabeza. El estado de postración del general Miranda crecía alarmantemente. Por días. A veces, siempre al atardecer de un día que no hubiera sido demasiado frío, se levantaba envuelto en su raída manta de preso y, con mucho esfuerzo, se acercaba al ventanuco de la celda. Siempre igual, esteros, salinas y caños. Y más lejos, mucho más lejos, como un globo que brillara en el cielo de la libertad con la que había soñado toda su vida, el sol descendía detrás de los últimos minutos del día. Entonces se quedaba pensativo, en la oscuridad, hasta que Morán lo ayudaba otra vez a tenderse sobre el jergón miserable y sucio sobre el que dormía. “¡Y en Madrid dicen que soy un prisionero de lujo!”, gritó sonriéndose con sarcasmo. “¡Pedro, un preso de lujo, Pedro!” repetía mirando hacia Morán. Morán también se sonreía, sin poder evitar en sus gestos faciales un deje de tristeza irremediable. Tanto Montiel como él, y quizá Turnbull también, sabían que el general Miranda no saldría jamás de aquella celda. Que moriría allí, sobre aquel jergón de pobre delincuente, sumido en el silencio atroz de la Historia grande y sabiendo que su esfuerzo había sido inútil. Pero, no, pues, cualquier otro podría hacerlo, cualquier otro lo habría hecho, le habría vendido al diablo del poder la gloria loca de la libertad. Él no, jamás. Ni aunque pudiera ahora hacer el cambio por Bolívar, ni aunque un truco de magia sobrenatural lo devolviera a su juventud más atronadora. No, jamás, jugaría los mismos dados, aunque fuera a tener aquel final extraño que el destino le había deparado, encerrado en La Carraca como un traidor a todo el mundo. A la madre patria, a Francia, a Inglaterra, a los Estados Unidos, a Rusia y a Catalina. Y a América, A su Colombia. A todos les había fallado, pero nunca le había fallado a la libertad, pues, que estaba incólume en su alma, y que jamás vendería ni siquiera por su supervivencia, ni siquiera por salir de aquella celda de muerte que los españoles y los criollos que se decían amantes de la libertad le habían reservado para sacarlo de la Historia, silenciarlo y matarlo.
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Montiel lo veía muy demacrado en los últimos días. Como si el delirio y la fiebre le estuvieran ganando la última batalla. El general le habó, en un momento de debilidad, de Sonia Ostrovesky. Le había dado por ella en sus postrimerías porque decía oírla tocar el piano dentro mismo de su celda. “Ahí, donde usted está sentado ahora”, le dijo convencido una noche de la cercana primavera. “Está más bella y resplandeciente que nunca. Y mucho más joven que jamás”. En realidad, al general le pasaba lo que a los viejos irremediables en su propia postración: se recuerdan inútilmente como fueron. Él había sido siempre un hombre de la libertad. Y ahora creía ver la libertad soñada en la alucinación sensitiva del recuerdo de Sonia, la pianista de Petersburgo. “Nos escapamos por un tiempo a Moscú. Juntos. Pero a Catalina no le gustó nada, nada, nada”, le dijo a Montiel una de esas noches. Nada podía hacerse para sacarlo de aquel estado alucinatorio que, por otro lado, parecía eliminarle los dolores de cabeza que habían arreciado en el último invierno y que no desaparecieron con el cambio casi repentino de la estación del frío a la primavera. “La última vez que la oí y la vi tocar el piano antes de ahora”, continuó contándole a Montiel el general moribundo, “fue en La Guaira. La noche en que me detuvo Bolívar en la mansión de Las Casas. ¡Bolsa pendejo!”, gritó el alucinado. Después de uno de esos espasmos de voz, caía durante algunos minutos en el descanso del silencio. El instinto de su cuerpo guerrero no hacía sino recuperarse para continuar con la perorata de su memoria. “Estaba mirándome al espejo y vi su sombra resplandeciente tras de mí. Me asusté, aunque me repuse de inmediato. Era ella”, dijo. Ella era Sonia, aunque el general sabía que no era exactamente Sonia, sino un disfraz de su amada rusa. Ella no era Sonia, sino la Sayona, que venía a advertirle de que se estaba gastando en aquella ocasión una de sus siete vidas. La Sayona tomaba el cuerpo fantástico de su joven amante rusa porque era la única manera de entrarle a hablar al general Miranda. Toda su vida había estado el general huyéndole con una suerte digna de un héroe griego, aunque ella, la Sayona, estaba convencida de que
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también acabaría con aquel tipo que parecía hecho de acero inextinguible y que escapaba como un superviviente a cuantos infiernos que ella le proponía. “Y ahora ha aparecido otra vez, aquí, como en aquella ocasión. Con su piano blanco y sus melodías nuevas”, dijo taciturno. Tenía el rostro verdoso de la muerte y su respiración se había vuelto más agitada. Morán trató de convencerlo para que se calmara y descansara. Mañana sería otro día y el teniente Montiel volvería para hablar con él. “No, Pedro, éste puede ser mi último día”, se negó el general con una solvencia asombrosa. Después, le pidió a Montiel que le hablara de Carora, ¿de dónde era exactamente, dónde había nacido?, le preguntó. “En Cuicas, mi general”, contestó Montiel con devoción. A lo largo y ancho de aquellos últimos meses, y por sus visitas clandestinas, terminó convencido de que el general era un loco lúcido, un Quijote convencido de sus razones, tal como había dicho Napoleón Bonaparte después de conocerlo y hablar con él. Emocionaba oírle hablar de América y de la libertad como una misma cosa, sobre todo, a las puertas de la muerte. No parecía darse cuenta de que estaba en las postrimerías y apenas se quejaba de los dolores reumáticos que asolaban un cuerpo tan viajado como el suyo. Pero lo que más sorprendía a Montiel era el vigor con el que el general hablaba de la libertad. Vivía literalmente abrazado a aquella entelequia que era su sueño todavía: salir de La Carraca, llegar a Inglaterra y, a través de sus escritos, sus amistades y sus contactos internacionales, conseguir la paz entre españoles y americanos. Conseguir, pues, que su nuevo invento de la libertad, la confederación, se llevara a cabo antes de morir. A veces, en aquellos monólogos mirandinos que el general creía que eran conversaciones con su extraño amigo Montiel, dudaba de algunas de sus actuaciones futuras, de sus estrategias imaginadas sólo en su cabeza libertaria, del gran futuro entre una España libre y una América libre. “A ver, para que me entienda Montiel, una España y una Colombia a la misma altura, aunque España sea antes la madre patria”, explicaba. Y le explicaba a Montiel que todas sus
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profecías se verificarían si los caudillitos y los sátrapas colombianos y venezolanos dejaban de lado sus riñas de niños de colegio, sus querellas personales, vacías, defensoras no más de la política del territorio, del territorio como una finca, y se dejaran de tratar a los pueblos como si todavía fueran tribus. “¿Ve usted, Bolívar?”, le explicaba a Montiel. “Lo conozco muy bien. Se equivoca en cada movimiento, aunque la rapidez con la que actúa es su mejor virtud militar. No deja que su adversario piense. No permite que el enemigo vea su propio error. Vence, pues, de acuerdo, pero no convence. Y se le van sublevando en cuanto él cree que va pacificando un territorio. Ahí surge un caudillo y así, nada, sólo bochinche, bochinche, bochinche. No me creerá usted, Montiel, pero hace cuatro años, la noche de la traición, se lo pronostiqué. Se lo dije a la cara. Usted no lo sabe, se lo dije a la cara, pero sólo con sangre se consiguen pocas cosas de verdad”. Una mañana de primavera, cuando el rocío de la noche se iba despejando y unas nubes negras llegaban desde el Este para caer en tromba de lluvia sobre el penal de La Carraca, los monjes de la fortaleza militar llamaron con urgencia al oficial de guardia, Enrique Montiel. Pasaba que tenía que llegarse a toda velocidad hasta la torre del general Miranda. Un ataque cerebral repentino lo había dejado sin habla y sin capacidad de movimiento. Montiel llegó unos minutos después a la celda del general y lo vio tirado en el jergón, como si ya estuviera sin vida. Aún respiraba. Respiraba agitadamente, con la boca entreabierta y una mueca de tristeza clavada en su rostro de paralítico. No era la mejor situación para un personaje de aquel calibre, pensó Montiel, ni una manera digna de morirse para un aventurero que había estado buscando durante toda la vida el sueño de la libertad. Pero allí estaba, tendido en su jergón sucio, respirando los últimos miasmas de una vida que se le había ido acabando poco a poco dentro de aquella celda lóbrega y llena de sombras. Un segundo antes de sobrevenir el ataque, el general Miranda se dio cuenta de que su peor enemiga, la enemiga de todas sus vidas, la Sayona, le había jugado su peor pasada. Lo había engañado tomando la apariencia de Sonia, la pianista de Petersburgo, la aventura rusa que había levantado los celos de
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Catalina la Grande. Cuando el general Miranda sospechó que la joven resplandeciente que tocaba el piano desnuda y sólo para él no era más que un espejismo ya era demasiado tarde. Vio la sombra de la Sayona acercarse con la guadaña a darle un golpe durísimo en la cabeza. En ese instante, el general se acercaba al espejismo de Sonia para abrazarla. La estaba llamando por su nombre, le hablaba en francés y se maravillaba de que estuviera allí, delante de él, en su propia celda. ¿O no estaba en la celda? La última vez que la Sayona lo engañó con la figura de Sonia Ostroverski fue unos minutos antes de quedarse dormido en la casa de La Guaira donde Bolívar y sus conjurados lo detendrían en plena madrugada. Sí, pues, caraj, habían transcurrido cuatro años de aquel efecto óptico y sensorial que el general Miranda no pudo controlar en ningún momento. Se quedó hipnotizado ante la visión de Sonia desnuda, sentada y tocando al piano las parisinas que él le había confesado que eran sus preferidas. Nadie más que ellos dos lo sabían. De modo que nadie sino ella podía interpretar aquellas piezas que él le había rogado en las tardes nevadas de Petersburgo que tocara para él solo. Pero, en un momento de lucidez, no sabía si dentro o fuera del sueño, el general vio la sombra negra de la Sayona y reaccionó a toda velocidad. De modo que sí, caraj, reaccionó y se lo llevaron los demonios por un instante al darse cuenta de cómo la Sayona le gastaba una broma mortal, preludio del episodio que tuvo lugar tan sólo unas horas después. Porque ahí, en ese instante mismo, Simón Bolívar había decidido matarlo. Un juicio sumarísimo por alta traición a la patria y degradarlo y condenarlo a muerte inmediata. El propio Bolívar estaba decidido a hacer cumplir la sentencia del juicio antes de que amaneciera aquel día aciago. Esa noche, al general le costó bastante tiempo templarse, calmarse, desahogarse echando de su cuarto a la Sayona. Pero al final consiguió escaparse de ella sin moverse un centímetro de su camastro. En la celda de La Carraca, el general estaba tan disminuido que confundió a la Sayona con su sueño desnudo de Petersburgo. Y ésa era la séptima y última vez que la Sayona iba a visitarlo para decirle sin palabras que su tiempo estaba vencido. “¡Soy el loco de la libertad y tú no podrás conmigo!”, gritó desmesurado el general.
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Al mismo tiempo, la Sayona descargó su azadón de muerte en la cabeza de Miranda. El golpe fue mortal. El general cayó al suelo con estruendo y quedó allí, tirado en el frío, como si estuviera muerto. Al golpe acudieron de inmediato Pedro Morán y uno de los clérigos que andaban cerca de la torre. Lo recogieron del suelo y lo pusieron encima del jergón de paja sucia que había sido el camastro del general Miranda durante los dos últimos años de cautiverio. Morán había oído los gritos en la celda de al lado y creyó que el general estaba hablando consigo mismo, con la manía convulsa que llevaba desarrollando desde unos meses atrás sin que el enajenamiento acabara del todo con su mente. Ni siquiera Morán, que le entendía todo, entendió esta vez lo que el general había gritado, las últimas palabras que dijo en su vida, que era el loco de la libertad, y que ni siquiera la Sayona podría con él. Y, aunque herido de muerte, de momento tenía razón. Respiraba. Con grandes dificultades, pero respiraba. No se movía, y esa mueca en su rostro tenía muy mal cariz. Había que llamar al médico militar más cercano para que atendiera el prisionero de lujo de La Carraca, al general venezolano Francisco de Miranda. Enrique Montiel se encargó de dar la orden de urgencia e inmediatamente llegó un doctor y algunos monjes que servían en el penal. El médico entró en la celda y echó a todo el mundo, menos a Morán y Montiel, del estrecho recinto carcelario. “Una apoplejía”, diagnosticó después de examinar al general durante unos minutos. “Grave”, sentenció. Quería decir en cristiano que el golpe de la Sayona era mortal y que más temprano que tarde el general iba a morir en aquel antro y en unas condiciones que no merecía ni un perro. Y Miranda era un proscrito que no tenía derecho a estar en ella. Había que hablar con las autoridades, pues, decidió Montiel, hablar con quien pudiera revocar la orden de confinamiento en aquella celda y llevarlo a una cama decente en un ambiente saludable. Tres días más tarde, el moribundo general Miranda reaccionó cuando menos se esperaba. Movió ligeramente el cuerpo, abrió los ojos y pareció entender en qué estado de total postración se encontraba. Montiel venía cada rato a ver la situación y Morán le daba las novedades.
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“El general está despierto, mi teniente”, le dijo esta vez. Y sí, pues, estaba despierto. Quizá pudiera oír, seguro que entendía, pero había vuelto a la inmovilidad de muerto del principio, cuando la Sayona arremetió con la guadaña y le partió el cerebro con el golpe. Morán intuía que su señor estaba despierto, pero con los ojos cerrados, inmóvil por el ataque, pero con una voluntad de restablecimiento que se le notaba en el color de la piel. Un par de días antes, Miranda estaba como pintado de color verdoso de tumba y limo. Ahora Morán creía que la sangre fluía otra vez por aquel cuerpo y, a pesar de la sospechosa palidez del rostro y de la mueca que había vencido los músculos de su rostro, creía ver en aquel color renovado los síntomas claros de una recuperación inmediata. “El general Miranda es muy fuerte. Resistirá”, le había dicho a Montiel. El teniente de navío escuchaba las explicaciones de Morán viendo en ellas la pasión del siervo por su general, escuchando, pues, las palabras de un enceguecido Morán que no quería de ningún modo que la Sayona se llevara en aquel estado al general de la libertad. Casi cuatro meses estuvo postrado en el jergón de la muerte el general Miranda. Cuando los calores del verano andaluz arreciaron, un día de siroco africano que parecía interminable, Morán notó que el general se había movido después de una parálisis de casi medio año. El médico había pronosticado la irreversibilidad de su estado. Ya no se trataba de inyectar esperanzas en Morán y, en todo caso y si oía, en el propio general, sino de decir la verdad. Aquellos meses de agonía, sí, pues, tenían que ver con la fortaleza física del general, e incluso, el médico de La Carraca no descartaba que la voluntad del caraqueño fuera a sobrevivir a toda costa a aquel golpe mortal del destino. En peores garitas, el médico también estaba seguro, había hecho guardia a lo largo de su vida aquel aventurero de leyenda que ahora agonizaba en una oscura celda del penal de La Carraca. Pero casi podía garantizar que el enfermo estaba muerto de antemano y que no saldría vivo de aquella postración. Morán estuvo pendiente día y noche de la posible evolución del general Miranda. Hasta que aquel día de verano, lo vio
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moverse y quedarse de nuevo inmediatamente inmóvil. Lo observó de cerca durante unos segundos y entonces llegó a la triste conclusión de que el general ya no respiraba. Y no, pues, no respiraba. Había muerto el loco de la libertad. “El general Miranda ha muerto”, le dijo a Montiel cuando el teniente de navío apareció en el umbral de la celda, como todos los días. Había pasado tanto tiempo en aquel estado que el propio Montiel dudó de la aseveración del criado venezolano, pero Morán insistió con un gesto afirmativo de su cabeza y la tristeza petrificada en el rictus de su rostro. Sí, pues, el general Miranda había muerto sin decir una palabra, cuatro meses más tarde que la Sayona le hubiera asestado con el azadón de la muerte en la cabeza. El general estaba muerto y los monjes del penal tenían una orden clara del mando militar español: los despojos del general Traidor debían ser enterrados en la fosa común que hacía de cementerio de los presidiarios de la cárcel. Morán trató de convencer a los monjes. Luego habló con Montiel para que convenciera a sus jefes. Un general como don Francisco de Miranda, el conde de Miranda, no podía ser arrojado en tierra como un delincuente por los siglos de los siglos. Un general como Miranda tenía que ser acogido en sagrado y, antes de enterrarlo, deberían hacerle las honras fúnebres debidas a su rango y a una personalidad como la suya. “España no paga traidores”, le dijeron a Montiel cuando el teniente fue a rogar caridad para con los restos mortales de Miranda. No le dieron cuartel, ni le permitieron que insistiera, sino que incluso lo pusieron al mando de la operación del enterramiento como una suerte de condena por pedir territorio sagrado para un hereje, ritual de héroe para un traidor y enterramiento de prócer para un canalla que había sembrado la discordia en las colonias españolas y que nunca en toda su vida había dejado de conspirar contra España y contra el rey. De modo que no, pues, España como Roma no pagaba traidores y enterraba en el infierno del descrédito, del olvido y del silencio a quienes no habían tenido nunca en cuenta la magnitud histórica del Imperio español y no habían respetado la autoridad del rey. No, pues, no
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se podía hacer nada con aquel cadáver que pronto empezaría a descomponerse. Nada más que enterrarlo en la fosa común de aquella olvidada prisión militar del sur de España. La noticia de la muerte del general Miranda llegó unos días más tarde a la corte de Madrid. Primero salió de Cádiz como un rumor que casi nadie creyó. Luego se expandió hacia el Este y hacia el Oeste, y tomó fibra de veracidad en la ciudad de Granada y en los circuitos nobles de Sevilla. De manera que, por fin, había muerto aquel gran traidor. Sólo entre las sectas secretas de la francmasonería y entre los liberales emboscados y silenciosos cupo pena por la muerte del general Miranda, que había llegado al sumo grado de la logia americana que había fundado. Pero para los monárquicos y los nobles de Sevilla, el asco que le tuvieron siempre a Miranda quedó claro en los brindis que, uno tras otro, se llevaron a cabo celebrando el fallecimiento tan esperado del general. “¡Murió el cochino!”, decían, como si estuvieran en la celebración festiva de la matanza de un cerdo. En la corte de Madrid y en los circuitos de la nobleza y la oficialidad del ejército del rey se celebró con moderación la muerte de Miranda. El episodio cayó como un descanso en la corte. Al fin y al cabo, ¿qué podían hacer con aquel personaje que representaba todo un peso muerto cuando estaba ya preso en La Carraca? Ni podían matarlo ni podían soltarlo, ni querían juzgarlo. Ni querían que existiera. Querían que no hubiera existido nunca, pero ya que había vivido como había vivido, contra España y contra el rey, contra el Papa y contra la religión, contra todo y contra todos, lo mejor que podía hacer aquel traidor y hereje era morirse en silencio y caer, por fin, caraj, en el olvido. De Madrid salió la historia para Londres y la publicaron los periódicos. Desde Londres, la muerte de Miranda corrió por todo el mundo. Y poco tiempo después, llegó a oídos de Simón Bolívar, el Libertador. Se lo dijeron lenguas cómplices como que le contaban un chiste. Bolívar se nubló, la tristeza repentina cubrió su rostro, paró la fiesta en la que estaba metido, declaró algunos días de luto y lo dijo delante de toda América para que se enteraran bien quienes no querían saberlo o quienes, en fin, pues, no lo sabían porque nadie lo había dicho antes.
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“El generalísimo Miranda fue un gran hombre y un gran americano”, dijo Bolívar, tal vez quitándose de encima el fantasma gravoso de la mala conciencia por haberlo entregado a los españoles a cambio, como sabía todo el mundo que sabía, de salvar su propia vida.

DIECINUEVE

Catorce años más tarde de la muerte del general Miranda en La Carraca, Simón Bolívar, el Libertador, llegó a Santa Marta. Llevaba veinte años entrando y saliendo de batallas que ganó unas veces y perdió otras. La batalla de su vida parecía haber sido la libertad de América, la independencia de España, pero supo aunque demasiado tarde que siempre había sido un hombre de poder, un militar esclavizado por el poder al que por paradoja todos llamaban Libertador. Todos, no. En Perú, los blanquinosos lo llamaban Zambo porque, en efecto, tenía rasgos negroides, aunque su iconografía los borraba cada vez que le hicieron un retrato oficial; y en Santa Fe de Bogotá, de donde había salido con nocturnidad y perseguido por las fantasmas de su propia mente, le apodaron Longanizo.

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“¡Vamonóoos, que aquí ya nadie nos quiere!”, exclamó al salir de la capital de Colombia. Sí, pues, caraj, era un hombre de poder que sólo se bajó del caballo de la guerra para ejercerlo contra todo el que se oponía a su proyecto de unión continental y para montar como un poseso a las miles de mujeres que la leyenda de su vida le atribuye. Subió y bajó de los Andes como si subiera y bajara del poder, algo más de cinco veces, y otras tantas renunció al poder que le brindaron como el gran jefe americano que había conseguido limpiar de españoles los países andinos. No, pues, no pudo con algunos de los que él mismo había encumbrado con él al poder, con algunos de sus compañeros más fieles que finalmente le fueron desleales y terminaron por ser sus más encarnizados enemigos, si exceptuamos al español Domingo de Monteverde y al caudillo populista José Tomás Boves, El Urogallo, a quien el propio Bolívar había despreciado cuando se llegó hasta su campamento para alistarse en el ejército libertador. “¿Libertador de qué?”, reflexionaba con frecuencia, en medio de la tos ardiente, el escalofrío de la enfermedad y el insomnio plagado por sombras y fantasmas que no lo dejaron en paz ni en su última hora. “¡Cómo voy a ser libertador de nada si toda mi vida no he sido más que un esclavo del poder!”, exclamaba al final de sus días como si se estuviera confesando con Dios. Lo había tenido todo y hasta terminaron por llamarlo el Napoleón de América. Él, que había odiado al francés después de verlo coronarse en el Monte Sacro, estuvo a punto de aceptar ser rey de América y dictador de todos los territorios, pero un punto de lucidez en el hombre de poder lo convenció para que no cometiera el mismo desastre contra el que había luchado toda su existencia. “¡Cualquiera sabe si hemos hecho mal en sublevarnos contra los españoles!”, les confesó a los generales que todavía le guardaban complicidad pocos días antes de morirse entre visiones delirantes y recuerdos de la guerra y la paz de su vida. Cuando abandonó la tierra firme con el salvoconducto que consiguió a cambio de entregar a Miranda, huyó a Curazao, con la promesa de no inmiscuirse más en lo asuntos públicos de la
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política. Pero inmediatamente se volcó de nuevo y con más ahínco que nunca en la actividad de la conspiración y la independencia. Vuelto a Cartagena, escribió una larga perorata con vistas a la galería eterna de la Historia del mundo en donde explicaba, bajo el título de Las capitulaciones del general Miranda con Monteverde, la actuación del generalísimo y la suya cuando era todavía coronel precisamente al mando de Miranda, sombra que jamás pudo quitarse de encima y que lo persiguió toda la vida. La larga conversación que ambos tuvieron en privado la noche en que Bolívar detuvo a Miranda para entregarlo a los españoles habría de perseguirlo cada vez que parecía calmado después de una batalla o en cada una de las ocasiones en que por perder guerras estuvo a punto de suicidarse. Viendo desde el balcón el mar lejano de Santa Marta, se lo preguntó en más de una ocasión, como si musitara una oración cuyo destino no fuera otro que escucharlo él mismo. “Dos, tres, cuatro veces”, se dijo en silencio. Pero la más fuerte de todas, aquélla en la que estuvo a punto de matarse porque había fracasado en la defensa de la patria, fue en su fracaso de Puerto Cabello. Se retiró a San Mateo, su hacienda a pocas leguas de Caracas, y allí, durante unos días, sopesó la inutilidad de su vida, su fracaso como militar y sus sueños de patriota. “Era muy joven entonces”, se dijo para espantar las moscas turbias que ronroneaban en aquel recuerdo lacerante. Y antes, cuando murió su mujer, ¿no estuvo a punto de suicidarse porque no comprendía como el cielo le había traído a los seis meses de casado aquella tragedia irreversible? “Sí, pues, caraj, “se dijo sin quitar los ojos del horizonte del mar de sus últimos días, “pero era más joven aún”. De esta manera fue descartando las veces que estuvo a punto de perecer por propia mano, porque lo que realmente buscaba en los últimos tiempos huyendo de aquí para allá, renunciando al poder de los poderes de América, dimitiendo de todos sus cargos y rogando que no lo llamaran más Libertador, era estar en paz consigo mismo. Nunca en toda su vida había alcanzado la paz deseada. Ni cuando entró triunfante en Caracas, adelantándose a
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todos sus enemigos y amigos; ni cuando lo recibieron en Lima con fiestas interminables y le rindieron honores imperiales. Montado en su caballo blanco, sus ojos caminaban en un segundo de un lado a otro del universo mientras sus ansias contenían el espasmo de placer que le corría por todo el cuerpo y el alma. Lo mismo le había sucedido en Santa Fe. Otro tanto en Quito y en Lima. Un par de veces en Caracas. El éxtasis le llegaba al cuerpo y le provocaba un orgasmo interminable que la gente que lo aplaudía notaba sin ningún esfuerzo. Encima del caballo se movía como si estuviera recibiendo las caricias de la mujer que más quiso en el mundo, la quiteña Manuela Sainz, aunque en realidad estaba fornicando con su destino mientras la gente liberada le tiraba flores y lo vitoreaba sin parar. Eso ocurrió varias veces. Ese éxtasis físico lo gozó el Libertador en más de diez ocasiones, muchas más que los intentos de suicidio que quiso llevar a cabo en su vida y muchas menos de los llantos de media noche que su siervo José Palacios conoció como cómplice y testigo. Bolívar los achacaba al insomnio, al cansancio, a los nervios que se le destrozaban porque no dormía más de dos horas, y las noches las transitaba discutiendo con fantasmas viejos y con sombras nuevas que le hacían el sueño imposible. Así, en horas de la alta madrugada, en campaña, en palacio, en el mando o en la nada, Palacios tenia que asistirlo como se asiste a un niño pequeño, tratando de calmarlo con arrullos y tranquilizándolo con tisanas que escupía en cuanto el primer buche llegaba a su garganta. Sí, pues, el hombre de poder lloraba en las altas madrugadas. Lloraba de soledad. Hablaba consigo mismo del poder y hablaba con el poder como si fuera una persona de carne y hueso como él. Le dirigía la palabra como si lo tuviera sentado en una silla frente a su chinchorro. José Palacios sabía de sobra que esos monólogos que el Libertador creía diálogos con su propio poder eran el producto turbio del esfuerzo de años por conseguir la utopía de la unión. Ya en Santa Marta, se le oyó durante muchas noches hablar con el fantasma de Santander, que en realidad estaba regresando de París, su ciudad ideal.

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“Tú regresas, gran carajo, y yo me voy, qué vaina tan horrible”, le decía en voz baja, aunque en realidad se lo decía a sí mismo. Lo llamaba gran carajo una y otra vez. Lo detestaba y lo amaba. Santander había sido para él un amigo y un enemigo. “Al fin”, se dijo hablando como si estuviera allí Santander, “te vas a salir con la tuya, gran carajo”. Sí, pues, Santander se salía con la suya y José Antonio Páez con la que quiso. Aparecía Santander en su insomnio y al otro lado de su malestar aparecía aquel otro traidor, el general Páez, el general del llano. “Prefiero hablar con el cabrón del Urogallo antes que contigo”, le dijo. Enfermo, lleno de fiebre y sudando como si estuviera ahogándose, recordaba vagamente la primera vez que Páez se le sublevó en el llano venezolano. ¿Qué podía hacer? Sí, pues, mostrar su benevolencia. Mostrar que su condición humana y el rango de Libertador le daban posesión de unas virtudes que no tenía nadie más en aquella tierra. Ni siquiera Páez. Así que le envió un par de legados que se llegaron al llano para hablar con el caudillo venezolano, que huía de la unión preconizada por Bolívar como gato de agua caliente. “Díganle al coronel Páez que baje a Caracas, que quiero hacerlo general”, ordenó a los legados que le dijeran. “Díganle al Libertador que generales como los que él hace en Caracas una vez al año los hago yo en el llano todos los días”, fue la respuesta del díscolo llanero. “¡Animal de manada!”, fue el piropo que le dedicó cuando supo de la respuesta del coronel del llano. Uno a uno, todos sus generales fueron demostrándole que no les gustaba. Unos de una manera, otros con una traición certera y por la espalda. Una puñalada trapera. Cada vez que ocurría una de esas deserciones, el Libertador recordaba las palabras con la que Miranda, tal vez sin proponérselo, había maldecido a todos la noche de la conspiración: “¡Bochinche, bochinche, bochinche, ustedes no saben hacer sino bochinche!”. Pues, sí, caraj, iba a resultar verdad la tesis exagerada del generalísimo Miranda; que todos aquellos tipos surgidos del populismo americano más
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caudillista no sabían hacer otra cosa que bochinche y bochinche y bochinches, siete veces siete bochinches, un desastre detrás de otro, de manera imparable. ¿Y él, el Libertador? También se lo había dicho Miranda durante la conversación privada de aquella noche: “Lo que usted haga conmigo ahora, si usted me traiciona, lo harán después todos con usted. Lo traicionarán más temprano que tarde”, recordó que le dijo Miranda. Tosió entre recuerdos y vapores de calor. ¿Acaso se estaba muriendo? No, de eso nada, se dijo, había que resistir una vez más. Veinte años luchando, ganando y perdiendo campos de batallas, ciudades y mujeres, lo habían endurecido hasta parecer inmortal. Pero la verdad es que en los últimos meses iba dejando tras de sí, por dondequiera que iba pasando, un reguero de rumores de muerte y un hedor de tísico del que todo el mundo hacía comentarios en voz baja. Incluso, muchos de sus anfitriones, una vez que él abandonaba sus casas, quemaban las sábanas y los colchones donde dormía el Libertador para evitar el contagio. Y abrían en el jardín de la casa un hoyo donde enterraban los cubiertos con los que el gran Libertador de América había comido. Cuando se enteró por José Palacios después de mucho preguntar qué pasaba detrás de él, qué hablaba la gente del Longanizo y qué iban diciendo por las esquinas, contestó con la seguridad que siempre había demostrado en el campo de batalla o cuando se encerraba con una mujer a empezar los bailes del amor. “¡Yo siempre duermo en mi chinchorro, manada de mentecatos!”, gritaba mientras un golpe brutal de tos le abría la boca hasta casi asfixiarlo. Estaba exhausto. La enfermedad lo había ido pudriendo por dentro y sus pulmones silbaban a cada golpe de respiración. El aire se le estaba acabando y poca gente quería ya estar a su lado por temor a quedar contaminados. “La peor enfermedad de todas”, se dijo mientras estaba agonizando, “es la enfermedad del poder”. En su lecho de muerte, el Libertador se sintió estafado. La vida con sus lisonjas había conseguido engañarlo. Él quería ser un hombre de libertad y no un hombre de poder. No le bastaba con
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que todo el mundo lo llamara Libertador, porque en su fuero interno rechazaba tal honor. No había liberado nada, porque no había conseguido inyectar su plan en la cabeza loca de todos aquellos caudillos que ahora crecían por América con ínfulas de jefes de haciendas. ¿Y Boves? El Urogallo estaba muerto desde hacía muchos años. Y sí, pues, ¡qué vaina tan horrible, caraj!, había sido su más encarnizado enemigo, él solo y su ejército de pardos y negros arrasaron los campos, los llanos y las ciudades de Venezuela, violó, robó y mató impunemente durante dos años. El mismo tiempo que retrasó los planes venezolanos y libertarios de Bolívar. Hasta que los patriotas compraron a algunos de los más cercanos al Urogallo y pudieron matarlo por la espalda. “¡La traición, la traición, qué horror!”, se decía en las noches últimas de su vida. Al fin y al cabo, ¿no era su persona, aquel hombre de poder que era él mismo y que nunca vivió en paz con su ser interior, producto de la más alta traición, la traición a quien pudo ser su gran maestro el generalísimo Miranda? “Usted solo arará en el mar, Bolívar”, recordaba que le había dicho la noche de la traición el general Miranda. “Musiú Pancho, caraj, Musiú Pancho”, se dijo él en baja voz, musitando el alias que los soldados le habían puesto a Francisco de Miranda cuando ya no lo amaban, no lo respetaban y le habían perdido el temor que siempre le habían tenido. Pero, recapacitando en sus postrimerías, Bolívar llegó a convencerse de que Miranda tenía toda la razón. No, los americanos no estaban todavía preparados para implantar la libertad y la república. Sí, pues, una republicas de libertades, de ciudadanos libres y unidos, todos iguales y cada uno en su lugar. Una república unitaria en la que todo el mundo respetara a todo el mundo y todo el mundo respetara las leyes. Y no esta bochinche que iba dejando atrás, con los generales sublevados creyéndose príncipes de reinos imaginarios y Santander y Páez firmando las fronteras de dos países cuando él había luchado toda la vida porque fueran uno solo. Incluso Flores, en Quito, le puso los mojones a su finca. El único sensato, el único leal, el único de todos, el único que había entendido el gran proyecto del futuro que nunca llegaría, fue el general Sucre.
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“¡Carajo, eso si era un hombre, eso sí era un general!”, reclamaba Bolívar mientras recordaba a su amigo. Se pasó días agonizando. Los médicos se habían puesto al final de acuerdo. Era imposible que se recuperara y pudiera exiliarse en Europa, que es lo que siempre decía que quería hacer. Marcharse a París. Estar lejos de América, de una vez para siempre, porque lo único que se podía hacer en aquella América es lo que le había dicho Miranda la noche de la traición: “En América lo único que puede hacerse es emigrar”, le dijo Miranda. Emigrar, marcharse a París y olvidarse de la patria por una larga temporada. La patria era su amor imposible, o eso decía, que la patria lo estaba volviendo loco en sus últimos días. Oía voces de mujeres que parecían olvidadas en el pasado que le decían de repente que no se marchara, que lo necesitaban. Una, dos, tres, cuatro mujeres. Una le rogaba que no cediera, que sus enemigos lo que querían es que se marchara, a París, pues, que les dejara el campo libre. Otra, esta vez limeña, se levantaba la pollera y le mostraba las intimidades que él había amado y sorbido cantidad de veces. Y, claro, caraj, le rogaba que volviera a empezar la revolución, que deshiciera todo lo que estaba mal hecho y lo hiciera bien de nuevo, esta vez sería la definitiva. Que volviera a empezar, carajo, que ordenara sus corotos, sus húsares, sus granaderos, que diera órdenes a sus generales fieles y adelante, camino de Venezuela, a meter en vereda a la manada de insurgentes y alzados por la mediocridad de sus propias ambiciones, traidores todos al proyecto unitario del Libertador, pues. ¿Era o no era así? Sí y no, pues, porque entonces llegaba la sombra viva de Miranda y le traía de nuevo la vieja misiva con la que le había advertido durante su conversación en la mansión de Las Casas, ¿cuánto tiempo hacía ya de aquello? Hacía más o menos dieciocho años, pero él lo recordaba como si hubiera sido el día anterior. “Sépalo bien, Bolívar, quien sirve a una revolución ara en el mar”, le dijo. “Arar en el mar, carajo”, se dijo respirando con dificultad, “¡Qué acierto! Como lo que hizo Ulises para no ir a la guerra de Troya”.

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La luz del día había menguado lo suficiente para que Bolívar supiera que la noche se echaría encima en muy poco tiempo. Allí, también lo sabía, estaba rodeado de amigos. Pero también sabía que aquella era su última hora y que quienes estaban allí estaban esperando para poder cerrarle los ojos y declarar una época nueva en América, ya liberada de españoles y liberada de él, del gran Libertador de la nada, el gran Libertador de todas y de ninguna tierra. Y estaban también sus peores amigos, rodeándole las horas de la muerte: la bilis y el insomnio, el insomnio y la bilis. A lo largo de los últimos años de su vida, había pedido en más de una ocasión un velero para hacerse a la mar, marearse del todo y echar la bilis por la borda, dejar su bilis en el mar, abandonar la tos y la enfermedad que habían ido acabándolo poco a poco, pero sin dejarle resquicio a la defensa. La tos, la bilis, la sangre y el insomnio, esos eran sus enemigos, además de los de carne y hueso, y un desasosiego interior que le hacía pensar en el desastre de su país, aquel país enorme que nunca fue un país, pero por el que el luchó para que solo fuera uno y libre. Sí, pues, ahora el Libertador que había mandado veinte años y había sacado tan poco de su mando, además de la pobreza económica a la que ahora se veía condenado, sabía a ciencia cierta que la América en la que el había pensado era ingobernable, una multitud desenfrenada terminaría haciéndose con el poder que luego pasaría a manos de tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas. ¿Estaba claro ahora? Sí, pues, caraj, había ostentado un poder al que nadie había obedecido nunca, o no se había expresado bien o nunca le tuvieron respeto. El respeto, pues, ésa había sido una de sus obsesiones, el respeto que él le faltó al generalísimo Miranda, lo que el generalísimo Miranda le echó en cara la noche de la traición. “Respeto, Bolívar, respeto, eso le exijo ahora. Si usted no respeta, nadie lo respetará mañana”, le advirtió Miranda. ¿Respeto él?, ¿respeto Bolívar, a quién? Un mantuano como él, americano puro en sesenta y seis linajes, ¿a quién tenía que respetar? ¿A Napoleón? ¿Al rey de España? “A sí mismo, Bolívar, a sí mismo y a sus superiores. No lo olvide: yo soy su superior máximo”, le advirtió Miranda.
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¿Y acaso estaba ahora el fantasma de Miranda también llegando a Santa Marta para asistir a las exequias del Libertador? No se había alejado ni un segundo de su vida de general montado en su caballo, Andes arriba, Andes abajo, de aquel ejemplar de El Arte de la Guerra de Sun Tsu que le había regalado Miranda en su casa de Grafton Street, en Tottenham, Londres. Durante los veinte años de guerras que había sufrido y gozado en su vida, El Arte de la Guerra lo había acompañado a todos lados, desde el poder a las cumbres andinas y desde las cumbres andinas a las camas de sus mujeres y a la soledad del poder en las altas madrugadas de insomnio. ¿Había valido la pena tanta guerra, tanta crueldad, tanta guerra? ¿Cuántas veces se había hecho la misma pregunta? Siempre había despejado sus dudas con un movimiento circular de su mano derecha, si no estaba montado en su otro caballo, Palomo Blanco; siempre se había quitado de encima las sombras de la incertidumbre con un golpe de tos, mientras la tuberculosis le destrozaba las fibras de su cuerpo y le quitaba las esperanzas de sobrevivir. La idea de no llegar a los cincuenta años de edad lo había martirizado cuando se dio cuenta de que había empezado a decaer en su físico y comenzaba a dejar de creer en el empeño de la gran América como país único. Sólo Sucre le había sido leal y se lo habían matado para que además se enterara de que ya había perdido el mando de aquella tierra suya que iba a ser devorada por toda clase de crímenes. De modo que los europeos, extinguidos por la ferocidad y el bochinche constante de los americanos, ni siquiera intentarían la digna hazaña de conquistar el país. Era el Apocalipsis y Bolívar lo veía en el silencio de sus noches de insomnio, roto sólo por su insistente tos y el bisbiseo inaudible de sus propios pensamientos, que salían a flote y llenaban de ecos toda la estancia en la que se estaba muriendo poco a poco. “Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último periodo de la América”, le dictó a su sobrino Fernando Bolívar, el último amanuense que le quedó antes de morirse definitivamente. La muerte lo rondaba desde que era un niño. Sus padres habían muerto cuando él tenía muy pocos años y no se había vuelto a casar desde que su mujer falleció a los seis meses de
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casados, cuando él no tenía sino diecinueve años. Y ahora, el espeso rumor de esa muerte inminente había corrido por toda Colombia, pero en la inmensa mayoría de los lugares a donde había llegado nadie terminó de creérselo. ¿Cuántas veces habían intentado matarlo? De todas se había escapado, porque su inteligente astucia era mucho más fuerte que la de todos sus enemigos. ¿Cuántas veces había renunciado al poder absoluto que le habían dado los americanos? Cuatro, cinco, para luego volver resucitado y con más fuerza que nunca a vengarse de las traiciones con la crueldad de Atila y la impertinencia de un rey europeo, él, Bolívar, que había terminado por detestar a los europeos y a todas las formas de gobierno que en Europa se habían dado. Porque nada para él servía que no fuera la creación de un nuevo país con una nueva clase de gobierno. El paraíso, pues, caraj, en eso había creído Bolívar, y él como dios, dirigiendo todo el poder de la creación en siete días, los siete días en los que iba a fundar la maravilla de Eldorado con el que habían soñado aborígenes, conquistadores españoles, aventureros, herejes, inmigrantes, bandidos, santos, generales, soldadesca y pueblo en general, negros y pardos incluidos. Para eso había abolido la esclavitud, aunque muchas veces hubiera dudado antes y después de dar ese paso trascendental. América, pues, caraj, iba a ser el paraíso terrenal de verdad, la tierra de la libertad, pero más tarde se le clavó la espina del pesimismo en sus pulmones y veía enemigos por todos lados. Pero, ¿acaso no era enemigo José Antonio Páez? ¿Acaso no lo fue Santander? Lo fueron, pues, claro que lo fueron. ¿Y Miranda? Ah, no, con Miranda se había equivocado, podría haber sido su maestro; podrían haber entrado los dos por la misma puerta grande de la Historia universal, para siempre, eternamente juntos, Miranda y Bolívar. Sí, pues, se equivocó, la juventud lo engañó y detuvo al más grande hombre que América había dado, al primer americano de verdad, eso pensaba ahora Bolívar en sus postrimerías. Páez, Santander, todos los demás, no eran más que una manada de pendejos al lado del generalísimo Miranda, un tipo único al que él no había sabido reconocer, no tenía más remedio que ponerse a bien con él ahora, a la hora de la muerte. Pero, ¿era la muerte la que tocaba la

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música en Santa Marta o la sombra de una resurrección inmediata? Otros rumores más espesos dijeron que al Libertador llevaban envenenándolo durante meses sin que él cayera en la cuenta de que lo estaban matando. Le daban veneno en las comidas que él, imprudente, no mandaba probar a los cocineros; le ponían veneno mortal en los caldos y medicinas que a veces se negaba a tomar y que terminó por rechazar de una manera instintiva, como si en su fuero interno, en su ser interior, supiera que estaban matándolo sus enemigos sin que nadie, ni él mismo, se diera cuenta de aquel crimen. Por otro lado, ¿cuántos crímenes había cometido él? Pero, claro, caraj, era la guerra, ya lo decía una y otra vez en todas sus lecciones Sun Tsu, en todas las páginas de aquel libro sagrado de los guerreros orientales que le había regalado Miranda. “Tenga, se lo regalo”, le dijo Miranda al joven Bolívar en la biblioteca de su casa de Londres. Después le explicó que para él era un libro muy valioso. En sí mismo y por quien se lo había regalado a él. “Nada menos que el príncipe Potemkin”, le dijo. La primera vez que lo leyó se dio cuenta de que era un libro necesario. La segunda vez comenzó a entender sus errores de juventud. La tercera vez llegó a aprenderse de memoria muchos de los textos que el autor impone a los generales como uso común en la guerra. Acabó por declamarlo entre su Estado mayor, de memoria, como si fuera un libro de su autor preferido, Voltaire, sin decir nunca la procedencia de aquella sabiduría belicosa. Sí, pues, citaba a Julio César, a Marco Polo y a algunos aventureros y generales de la guerra que había leído y conocido, incluido su a la vez amado y odiado Napoleón Bonaparte. Sí, pues, sucedía que aquella sombra corsa lo había obsesionado a lo largo y ancho de su vida. Y no sólo a él, sino a muchos de los suyos que trataron de coronarlo rey, y más tarde y antes emperador de América, como Iturbide, el mexicano, cuyo hijo había terminado por ser uno de sus edecanes más fieles. A todo se había negado, aunque la tentación llegó a tocarle las fibras más serias del alma. Y ahora, al final, en la extenuación de su ser humano, a las puertas de la muerte, rendía también su condición de Libertador. No, caraj, no
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podía ser Libertador quien no había podido liberarse nunca de la pasión del poder. Todo el mundo se había confundido, y él también, o lo habían terminado por confundir al llamarlo en todos lados Libertador, el título glorioso y excelso que había paseado montado a caballo en los Andes, entrando en las ciudades liberadas en pleno éxtasis físico. De acuerdo, siempre había sido un elegido de la suerte. Siempre fue un noble mantuano, rodeado de tragedias, como si todo cuanto tocara y amara terminara por hundirse en su presencia. Ahora le pasaba con su proyecto de América. Y en aquel trance último se daba cuenta: ¿acaso se arrepentía de haber luchado contra los españoles tan cruelmente hasta echarlos de América? Sí, pues, a veces. Veía la morralla que aquella revolución suya de la libertad había provocado en su América y se echaba a temblar de pavor. Sátrapas, tiranuelos, sargentos ascendidos a generales y elevados a presidentes, asesinos carcelarios llevando adelante los ministerios de la catástrofe. Sí, pues, Bolívar, él, el Libertador, había nacido con la pasión del mando absoluto en las entrañas, ahora se daba cuenta, y a lo largo y ancho de toda su vida, cuarenta y siete años de lucha incansable, no había podido liberarse de aquel peso infinito del poder que lo había hecho caminar como si hubiera dado cuatro vueltas al mundo en veinte años, montado en sus caballos, a los que reventaba a golpes de espuela para llegar a tiempo y así mantener el mando. Ah, caraj, el mando. Pero se iba de un lugar a restablecer el orden de otro, y el sitio que abandonaba lo llenaba uno de aquellos tiranuelos que él había sacado del fango y la morralla. Ésa era su condena y la condena de América. “¡Pendejos de mierda, grandes carajos insolventes!”, atinó a decir en la madrugada última de su muerte. Y ahí, en aquella madrugada, resonaban en su memoria las palabras proféticas del generalísimo Miranda, machacándole sus oídos y añadiéndole un dolor de cabeza insoportable. “Usted arará en el mar”, oyó una vez más la voz lejana de Musiú Pancho. “¡Bochinche, bochinche, ustedes no saben hacer más que bochinche!”.

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Francisco de Miranda
-CronologíaJuan Carlos Chirinos

PRIMERA ETAPA AÑOS DE APRENDIZAJE: CARACAS — CÁDIZ — MADRID 1750 – 1772 1750 Nace en Caracas el 28 de marzo; es el mayor de los hijos del canario Sebastián de Miranda y Ravelo y la caraqueña Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza. El 5 de abril es bautizado en la catedral y el 27 de diciembre confirmado por el obispo Machado y Luna. 1762 Se matricula en la clases preparatorias del Colegio de Santa Rosa en Caracas. 1764-66 Su hermano Francisco Antonio y él siguen estudios de Arte y otros cursos en la Universidad de Caracas con el profesor Francisco Urbina. 1767. Abandona los estudios universitarios. 1769-1770 Al padre de Miranda se le concede el retiro y la autorización de llevar uniforme de capitán, pero la aristocracia criolla se opone ferozmente. Solicita justicia ante Carlos III y el 12 de septiembre de 1770 el rey se dirige al Cabildo ordenando la equiparación entre los canarios y los peninsulares; por lo tanto, ambos están capacitados como los criollos para ocupar puestos públicos. 1771 Para alejarlo de los problemas de la familia con los mantuanos de Caracas y buscar un futuro mejor, es embarcado a España. En el barco que lo lleva a la península comienza su diario que no dejará de escribir hasta 1800 y que formará parte de su espléndido Archivo, conocido como la Colombeia. 1772 Inicia su carrera militar en Madrid como capitán del regimiento de infantería de la Princesa. Recorre los alrededores, compra libros y comienza a estudiar idiomas, Geografía, Matemáticas y Artes Militares, entre otras materias. SEGUNDA ETAPA SUR DE ESPAÑA - NORTE DE ÁFRICA — CUBA — GUERRA DE INDEPENDENCIA DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA —VIAJE POR ESTADO UNIDOS 1773 – 1783 1773 Hace Servicio Militar en los penales españoles del norte de África. 1774-75 Participa en las campañas españolas defendiendo Melilla contra el Sultán de Marruecos. Regresa a España. Solicita un puesto mejor en Indias, pide la Cruz Roja de la Orden de Santiago y ataca Argel. Todo sin éxito. 1776 En Gibraltar asiste a un baile en casa del Gobernador a quien causa una muy buena impresión. Intenta de nuevo ser enviado a América del sur, sin resultados, pues sus superiores consideran que «debería ser más prudente».

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1777 Comienza su cordial amistad con el acaudalado comerciante inglés John Turnbull, relación esta que será importantísima durante toda su vida. 1778 El año anterior y este sufre arresto por desobediencia e insubordinación, de lo cual es absuelto posteriormente. Se le encarga escoltar a la reina madre de Portugal desde Lisboa hasta Madrid. 1780 Regresa a Cádiz; Miranda ya posee en una biblioteca con no pocos libros de la que hace lista. Decide unirse a la expedición a América, para alejarse de algunos de sus superiores que no le desean bien. Zarpa de Cádiz en el regimiento de Aragón bajo el mando del mariscal Victoriano de Navia. 1780 Llega a La Habana con el rango de Capitán. 1781 Participa en la toma de Pensacola (Florida). Es ascendido a Teniente Coronel y enviado a la colonia británica de Jamaica, para negociar un canje de prisioneros. 1782 Participa en la expedición naval española que sale de Cuba para conquistar las islas británicas de las Bahamas, negocia la capitulación de esas islas. Es acusado de pasar información a agentes extranjeros. Se defiende pero el proceso quedará en suspenso durante varios años. Decide huir de territorios españoles hacia Estados Unidos, donde sus enemigos no puedan hacerle daño. 1783 En el nuevo país norteamericano estudia el proceso de su revolución, la nueva Constitución (a la que le encuentra algún error) y esboza su primer proyecto de independencia hispanoamericana. Allí conoce a George Washington, Samuel Adams, Hamilton, Knox, entre otros personajes. TERCERA ETAPA LONDRES, PRIMERA ESTADÍA — VIAJES POR EUROPA — REVOLUCIÓN FRANCESA 1784 – 1797 1784 Conocida su condición de desertor en Filadelfia, pierde popularidad en los círculos diplomáticos y, tras recorrer algunas poblaciones del nuevo país durante todo este año, embarca el 15 de diciembre rumbo a Inglaterra con el propósito de conseguir ayuda para su proyecto independentista, pero el momento no es propicio y se dedica a perfeccionar su formación intelectual. 1785-89 Emprende un largo viaje a través de Europa, Asia Menor y Rusia. Va Postdam, Atenas, Hungría (allí conoce a Haydn), Venecia, Roma, Estambul, Crimea, San Petersburgo. En Kiev es presentado a la emperatriz Catalina, quien lo tratará con amistad, le ofrecerá su protección y lo autorizará a usar el uniforme del ejército ruso. Ella pretende que Miranda permanezca en Moscú, pero este le confiesa que sus planes revolucionarios lo obligan a volver a América. 1789-91 Regresa a Inglaterra y reanuda sus conversaciones con el primer ministro británico, al no tener éxito se ve obligado a buscar nuevos horizontes. 1792 Llega a París y participa en la Revolución Francesa, donde llegó a ser nombrado Mariscal de Campo y después segundo jefe del ejército del norte. 1793 El tribunal revolucionario de Francia le dicta auto de detención por ser acusado falsamente de ser el responsable de la pérdida de la batalla de Neerwinden y es puesto preso. 1795 Se ha librado de la guillotina y ha recobrado su libertad en juicio en el que él mismo ha hablado a su favor produciendo el entusiasmo del público. Conoce a Napoleón Bonaparte, probablemente en casa de Julia Talma, célebre cortesana de la época; Bonaparte dice de él que es «un Don Quijote sin la locura» y que «tiene el fuego sagrado en el alma». 1797 Redacta el Acta de París junto con José de Pozo y Sucre y Manuel José Salas (comisario de la Junta de diputados de las provincias de la América Meridional). Esta

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acta plantea las gestiones encaminadas a lograr la independencia de Hispanoamérica buscando el apoyo de Inglaterra y Estados Unidos. CUARTA ETAPA PREPARATIVOS PARA LA INVASIÓN A VENEZUELA — LA AVENTURA DEL «LEANDER» — PRIMERA REPÚBLICA DE VENEZUELA — PRISIÓN Y MUERTE 1797 – 1812 1798-1801 Regresa a Inglaterra y continúa sus gestiones en pro de la independencia de Hispanoamérica. Prepara un programa de gobierno provisional, un reglamento militar y una proclama a los pueblos del continente colombiano. 1805 Se embarca con destino a Nueva York, donde arma un bergantín al que llama «Leander» en honor de su hijo mayor, Leandro, nacido poco antes de su matrimonio en Londres con la inglesa Sarah Andrews. 1806 El 2 de Febrero zarpa de Nueva York hacia Haití en el «Leander». Le acompañan las goletas «Bachus» y «Bee», fletadas por él y sus amigos. El 12 de marzo iza la bandera tricolor que ondea en el mástil del Leander. El 28 de marzo, día de su cumpleaños, zarpa del puerto haitiano Jacmel, y el 27 de abril, en su primer intento de invasión a Venezuela, llega a las costas de Ocumare, punto por el que se ha decidido invadir el país. el 28 de abril son atacados por dos barcos españoles, el «Argos» y el «Celoso», que impiden el desembarco. «Bachus» y «Bee» son apresadas con 58 hombres a bordo. Miranda llega a Barbados y el 9 de junio conoce al famoso Almirante Thomas Alexander Cochrane, que le ofrecerá su ayuda y protección. El 12 de julio el gobernador de Venezuela ordena arrojar al fuego la proclama y retrato del Precursor en la Plaza Mayor de Caracas. El 2 de agosto desembarca en La Vela de Coro, en su segundo intento de invasión; toma el fortín e iza la bandera. El 4 de agosto entra en la ciudad de Coro e iza la bandera en una ciudad abandonada por su habitantes, que han huido despavoridos. El 10 de agosto regresa a La Vela de Coro. El 13 de agosto se embarca a las Antillas. 1807-08 Regresa a Inglaterra, donde reinicia sus gestiones ante el gobierno británico. 1810 En Londres, se convierte en el consejero de los comisionados de la Junta Suprema de Gobierno de Caracas. En diciembre llega a la Guaira y es nombrado Teniente General de los ejércitos de Venezuela. Participa en la Sociedad Patriótica. 1811 Se incorpora al Congreso Constituyente como diputado por El Pao. Firma el Acta de Independencia. 1812 Es nombrado General en Jefe de Tierra y Mar de la Confederación de Venezuela. El 25 de julio, tras una serie de sucesos militares infelices, firma con Monteverde la Capitulación para evitar el inútil derramamiento de sangre. El 30 de Julio es arrestado y encerrado en el castillo de San Carlos, acusado por sus propios compañeros de armas (Bolívar entre ellos) de querer huir con el tesoro de la malograda república. Pocos días después es entregado a los españoles, quienes lo envían al castillo de San Felipe. 1813-14 Es llevado a la fortaleza de El Morro en Puerto Rico; luego enviado a Cádiz (España) y encerrado en la cárcel de La Carraca. 1815-1816 Intenta por todos los medios que se retome su juicio; sus amigos, entre los que se cuenta John Turnbull, preparan, casi hasta el día de su muerte, su evasión de la cárcel. Pedro José Morán, su servidor personal, escribe el 25 de marzo de 1816 a los amigos del general que ha sufrido «una apoplejía, seguida de fiebre pútrida y hemorragia bucal»; los cuatro médicos que lo han atendido dan poca esperanza de salvarlo. Faltan tres días para que cumpla 66 años. Durante los meses siguientes nada pueden hacer sus amigos y el 14 de julio, a la una y cinco de la madrugada, muere en la enfermería de la prisión de La Carraca. Sin ningún tipo de exequias religiosas (los curas

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y frailes de la prisión lo deniegan), el general Miranda es enterrado junto con su colchón y sus ropas en la fosa común de la prisión. Sus restos nunca han sido encontrados.

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