Las suaves colinas de Kampala

Vicente Baos Vicente

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Vicente Baos Vicente 2012

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Para mis amigos de Uganda, especialmente para Kaka Sadic

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ÍNDICE
Y la noche cayó rápidamente Nabulungi La pelea Seré una gran campeona La huida La captura El sacrificio 5 13 17 23 35 42 47

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Y la noche cayó rápidamente

La lluvia ecuatorial caía con energía sobre la tierra rojiza y el
asfalto de las calles de Kampala en medio del gran atasco diario. La gente que caminaba iba empapándose, aparentemente sin importancia, mientras que los improvisados ríos de agua y fango inundaban los caminos y arrastraban la basura, provocando unas grandes balsas. Tras un caluroso y húmedo día, el cielo tormentoso descargó su agua acumulada. Twebaze Denis no tenía dinero para coger ningún transporte, ni para un taxi colectivo ni para un desaconsejable boda-boda (moto taxi) en una tarde que prometía lluviosa. Por ello, caminaba lo más alejado posible de la carretera para evitar las salpicaduras. Debía llegar antes del anochecer a su destino en el barrio de Kikera y encontrarse con un amigo de un amigo que le había prometido un buen trabajo. Sobrevivir con lo que ganaba ayudando a otro amigo a vender salchichas a la brasa en las calles al atardecer no era suficiente. Intentaba sacar algo de dinero vendiendo binyebwa (cacahuetes) a los pocos turistas que aparecían por el centro de la ciudad. La lluvia cesó pronto y un moderado calor se impuso en la cambiante atmósfera. Tras atravesar los campos cercanos al Estadio Nacional Nelson Mandela alcanzó las estribaciones de Kikera cuando el Sol declinaba más allá de las suaves colinas donde se asienta Kampala. Y la noche cayó rápidamente. El bar donde habían quedado estaba rodeado de cientos de puestos callejeros. Las luces de las lámparas de parafina temblaban inestables sobre las abigarradas mesas donde se vendían todas las comidas callejeras posibles. El ruido de las conversaciones y el paso de los coches ocupaban todo el espacio sonoro de la ciudad. Twebaze no conocía a Mbazazi Richard de nada. Le habían dado el nombre y la dirección y acudía confiado en que podría conseguir otro trabajo que le permitiera salir adelante. Twebaze entró en The Forest abriéndose paso con firmeza. Tras unos minutos adaptándose a la escasa luz de las bombillas de bajo consumo del local, sorteó las numerosas mesas donde los clientes bebían waragi y se acercó a la barra. La música de Ragga Dee inundaba el ambiente anulando las escasas conversaciones que se producían entre sorbo y sorbo. - Estoy buscando a Mbazazi, ¿puedes decirme quién es? - preguntó al camarero. - Vendrá dentro de un rato - contestó, mirándome fijamente. Quédate en

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esa esquina y yo te avisaré cuando llegue - indicó con un gesto rápido. Fumar en los lugares públicos está prohibido en Uganda. Fumar delante de otras personas está mal visto en Uganda, es signo de persona peligrosa y arrogante. Dentro del bar, nadie se atrevía a romper la regla. El alcohol barato corría con generosidad y pocos podían permitirse el lujo de beber cerveza local o importada. Al poco rato, el camarero hizo una seña a un hombre alto y muy delgado que acababa de entrar. Debía ser Mbazazi. -Tú eres Twebaze, ¿verdad? -dijo mientras le daba un doble abrazo, el saludo amistoso de Uganda. -Sí -contestó un poco intimidado por la diferencia de altura. -Vamos a salir de aquí y te voy contando lo que necesito de ti - afirmó mientras le sacaba del bar dándole la mano. En mi coche podremos hablar sin toda esta gente y este ruido. El coche estaba mal aparcado cerca de un cruce de caminos. Se incorporaron al tráfico general forzando un giro, sin que nadie se molestase. En el caos del tráfico y el atasco funciona una cortés ley del más fuerte o el más osado. -Bueno, Twebaze ¿te ha contado algo nuestro amigo del trabajo? preguntó en tono suave. -Nada -contestó, mientras intentaba disimular su necesidad de cualquier trabajo. -¿Conoces bien la noche de la ciudad? -preguntó dirigiéndole una fugaz mirada. -Sí . Pero no tengo mucho dinero para salir. -¿Y el boxeo, te gusta? - No he ido nunca a verlo, pero aún recuerdo la foto de Idi Amin cuando era campeón de los pesos pesados que tenían en el orfanato -contestó. Siguieron conduciendo un buen rato, dando vueltas sin sentido, inmersos en el atasco de furgonetas-taxi, camiones que traen el petróleo de Kenia y peatones que cruzan por donde pueden. Al cabo de un rato, se encontraban en Bwaise, el barrio más pobre de Kampala. Las luces habían disminuido a su mínima expresión, sin embargo, la marea humana parecía haber crecido. Pequeñas fogatas alumbraban a los grupos que charlaban e intercambiaban objetos. Mbazazi paró el coche en una pequeña área elevada donde se podía tener una vista general de la entrada al barrio. -¿Tú no naciste aquí, verdad? -preguntó mirándole a los ojos. Pero conoces bien la zona y su gente -afirmó sin esperar su respuesta. -Aquí los niños lo pasan muy mal. Roban, inhalan pegamento, se pelean entre ellos por la comida. La vida de la calle es muy dura y queremos ayudarles. Una forma de hacerlo es con el boxeo ¿entiendes? De vuelta a la habitación que tenía realquilada a otros amigos, Twebaze reconsideró las palabras que Mbazazi había dicho sobre el trabajo que le había encargado y él había aceptado. "Nosotros tenemos un club de

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boxeo un poco especial, queremos empezar desde abajo el entrenamiento de los futuros boxeadores. Si entrenas bien a un chaval pequeño, cuando sea mayor puede ser un gran campeón, no nos vale que vengan chicos de 15 o 20 años que están muy machacados por la vida en la calle y quieran ganar dinero con el boxeo. A esa edad, el pegamento y el waragi les ha destrozado el cuerpo y no aguantan nada. Queremos empezar desde antes" le había dicho Mbazazi de forma apremiante. Desde su gran altura, sus palabras pronunciadas mirando fijamente a los ojos de Twebaze, le hacía sentirse claramente intimidado. -Y yo ¿qué tengo que hacer? -preguntó. -Conseguir candidatos para nuestro proyecto, para nuestro club. Es una buena inversión ¿sabes lo que se paga por una buena pelea? ¿sabes lo que se puede sacar de las apuestas? -contestó con seguridad. Es una gran oportunidad de unirte. Ganarás mucho dinero, Twebaze. Tu vida dará un gran cambio -afirmó rotundo. No era una gran explicación, pero la idea fundamental había quedado clara para Twebaze. Había muchos chicos de la calle que sobrevivían en Kampala, sería una buena oportunidad para algunos, y si eran fuertes y aprendían a pelear, podrían ganar bastante dinero. Y él de paso, también. -Recorre las calles, observa a los grupos, habla con ellos, identifica al más fuerte, que no sea muy mayor, no más de 6 o 7 años. Dale algún regalo, háblale de esta posibilidad, hazte su amigo, aunque sea poco a poco y cuando veas que está dispuesto, tráele a esta casa -dijo a la vez que le pasaba un papel con una dirección de Nakasero Hill, el barrio más elegante de Kampala. -¡Ah!, se me olvidaba. Si ves alguna chica con posibilidades, también nos vale -le dijo, mientras Twebaze se bajaba del coche a la entrada de la calle sin asfalto y sin iluminación que llevaba a su domicilio. La luz empezaba a aparecer en el horizonte. A las 6.30 horas, como cada día del año, con ecuatorial puntualidad, el Sol apuntaba su claridad indirecta por el este de la ciudad. En pocos minutos, si ninguna nube lo impedía, la luz inundaría la oscura noche de Kampala. Simultáneamente al amanecer, miles de personas comenzaban a salir de sus casas para desplazarse en un masivo peregrinaje, de un extremo a otro de la ciudad. Los taxis irían llenándose de sus 15 ocupantes. Los boda-bodas recogerían a uno, dos, hasta tres personas que, junto al conductor, les llevarían sorteando el tráfico hasta su destino. La ciudad se encendía con el rojizo resplandor que tornaría al intenso brillo de un Sol blanquecino y de deslumbrante claridad en muy poco tiempo. Era un día despejado en Kampala. El centro de la ciudad mostraba su congestionado aspecto habitual. En las calles más concurridas, donde se situaban los negocios de cambio de moneda, bancos y los edificios gubernamentales, el tráfico incesante de

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coches particulares, taxis colectivos, grandes todoterrenos de organismos internacionales y los omnipresentes boda-bodas, conseguían casi colapsar la circulación rodada. Y el aire, impregnado del humo de la combustión diesel, se hacía irrespirable. Twebaze tenía que comenzar su trabajo de búsqueda lo antes posible. Solamente cobraría cuando los candidatos que él presentase fuesen aceptados en el club de boxeo. Y eso no sabía si iba a ser fácil o difícil. O si era posible tener candidatos. Su vida, antes de entrar en el orfanato, había sido muy dura por la tragedia de su familia, pero nunca había estado solo viviendo en la calle. Con el dinero adelantado por Mbazazi, había contratado el boda-boda de Bumba para moverse por la ciudad y comenzar la búsqueda. El centro urbano tenía mendigos de muy corta edad. Dejados en medio de las aceras, solo conseguían limosnas, botellas de agua o comida de los turistas que cambiaban moneda o hacían compras. La indiferencia general era la norma de actuación colectiva. Tras atravesar las principales calles, Twebaze y Bumba se dirigieron a los alrededores del centro comercial más grande y lujoso de Kampala: The Acacia Mall. Nada mejor que visitar este centro comercial para observar las abismales diferencias entre la clase media y alta de Uganda y la pobreza de la mayoría. Sus tiendas, llenas de tecnología, confort, buenos alimentos, ropa de diseño y sus disco-bares, son similares a los de cualquier ciudad europea. Sin embargo, en sus alrededores, fuera de la vista de los guardias armados con AK-47 que vigilan el entorno, se situaban grupos de niños de la calle, a la espera de la salida de la basura que cada día generaba este gran centro comercial. En pequeños grupos, no más de 4 o 5, agazapados, casi invisibles, alejados unos de otros, se situaban tras la vallas desvencijadas de los edificios anexos. Twebaze y Bumba aparcaron la moto en el centro comercial y se dirigieron andando a las cercanías. Desde lejos, dirigiéndose al primer grupo visible, Twebaze gritó: -Chavales, no os asustéis, no somos de la policía, quiero hablar con vosotros. -No te acerques más -contestó rápidamente el más mayor, de unos ocho años, del grupo. -De verdad, no tengas miedo, solo quiero hablar y no quiero gritar -dijo Twebaze mientras seguía avanzando. En un segundo, todos los chicos del grupo, más pequeños que el líder, salieron corriendo con sus pies descalzos a través de la sucia tierra, llena de plástico y charcos. El que había contestado, permaneció sin moverse mirando desafiante a los ojos de Twebaze mientras acababa de acercarse. -¿Qué quieres? -preguntó con seguridad. -Solo hablar de algo que te puede interesar, sobre todo a ti que eres más mayor y más valiente -le contestó mirando a lo lejos mientras se veía a los más pequeños correr velozmente. Fue solo un segundo, una rápida maniobra para sacar del bolsillo un

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pequeño objeto, y poner en alerta el fino cuerpo del niño de la calle, mientras le decía: -Si te acercas un solo paso más, te quemo los ojos -dijo mientras blandía una pequeña botella de cristal a la que había quitado el tapón de rosca que portaba. Twebaze sabía bien lo que contenía esa botella: ácido de batería de coche. El arma favorita de los niños de la calle, demasiado pequeños para combatir con un cuchillo o navaja, demasiado pobres para tener un arma, demasiado desnutridos para pelear cuerpo a cuerpo con un adulto. Desde una distancia corta podían arrojar el ácido a la cara de cualquier persona. Algo que todos sabían que era muy peligroso. Tan peligroso como para no comprobar si podrían evitarlo o no. Twebaze se paró en seco. -Para, para -dijo Twebaze, viendo la amenaza del ácido como algo muy real. Estoy quieto, no voy a hacerte ningún daño, por favor, no me amenaces con eso. Estaba francamente asustado. Las viejas baterías de los coches no eran abandonadas en ningún vertedero o recicladas ordenadamente. Cada garaje que cambiaba una batería, la guardaba cuidadosamente hasta que llegara alguna oferta. Por el valor de una cerveza, se podía conseguir de cada batería unos 20 mililitros de un líquido que contenía un 80% de ácido sulfúrico y un 20% de agua destilada. Un pequeño negocio y una gran arma. Quizá lo más difícil era conseguir un recipiente de cristal con un tapón que cerrara adecuadamente. El niño de la calle bajó la mano, desde una posición en la que podía lanzar inmediatamente la botella hacia Twebaze, hasta otra a la altura de su costado. Probablemente, solo tardaría un segundo más en poder arrrojarla que en la postura anterior. -Bien, me llamo Twebaze y me gustaría hablar contigo unos minutos – dijo precavido. ¿Puedo? -¿Qué quieres? -Estoy buscando gente como tú. Fuertes y valientes. Y desde luego, tú lo eres. ¿Cómo te llamas? -dijo bajando el tono de voz y dando la impresión de no estar más asustado que el niño. -Me llamo Ziwa y no me fío de cualquiera que viene a buscarme aquí. Vete a la mierda, ya nos has jodido -dijo, mientras cerraba la botella y corría hacia el montículo donde le esperaba el resto de los niños que componían el grupo. Twebaze estuvo unos segundos dudando si era más o menos oportuno salir corriendo detrás de él. Decidió que no era oportuno si lo que quería era seguir con su cara intacta y no carcomida por las profundas quemaduras del ácido. Al menos, ya sabía donde podía encontrar a un grupo de niños. Volvería otro día. Dieron vueltas por la ciudad buscando otros grupos que pudieran situarse en distinto lugares: la estación de autobuses, en los viejos y

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abandonados raíles del único tren que funcionó en Uganda, en las cercanías de los mercados para turistas donde se podía pedir limosna de una manera más efectiva; y por último, aunque para ello tendrían que esperar a la noche, en las estribaciones del Estadio Nacional donde se agrupaba la gente que no tenía ningún lugar a donde ir. Los excluidos de los excluidos de cualquier edad y condición. El lugar menos seguro de todos donde iban a parar los que eran rechazados en cualquier otro lugar. El paraíso del waragi y el pegamento: the black hole. Kampala tiene casi 1.700.000 habitantes. Muchos de ellos viven en edificaciones muy simples y un gran número de ellas serían en Occidente lo que consideramos claramente una chabola. Incluso en las casas mejor construidas, se cocina al aire libre en estufas alimentadas por carbón vegetal. Al caer la noche, la mayoría de sus habitantes están preparando la cena o comprándola en los innumerables puestos callejeros situados en los márgenes de las calles y carreteras que surcan la ciudad. Este tipo de negocio, es la principal fuente de ocupación para muchas personas. Twebaze caminaba por el laberinto de chabolas, entre la tierra formada por el barro y el plástico, iluminadas por débiles fogatas y lámparas de queroseno y con un fuerte olor a humo a su alrededor. La ciudad entera huele a humo de cocina y diesel. Distinguir caras en ese entorno era difícil, perderse en su laberinto muy fácil. Twebaze debía caminar con seguridad hacia algún lado. Ir de paseo, mirando alrededor, podía levantar suspicacias peligrosas. Para él, empezaba a ser perentorio encontrar algún candidato para llevar a la casa de Nakasero Hill. Se acercó a un grupo que cocinaba y vendía chamuscadas salchichas con chapatis de maíz. -Dame una de cada -dijo al muchacho que cocinaba, de unos 12 años de edad. Me gustaría hablar con algún chico que tú conozcas que sea fuerte y sepa pelear. -¿Para qué? -contestó rápido. -Yo puedo enseñarle a ganar dinero con el boxeo. Puede ser una buena oportunidad. - No me fío de ti, no te conozco -respondió mientras le hacía una señal al compañero que tenía a su lado. -Nadie se conoce hasta que se hablan. Es una oferta seria -afirmó Twebaze. En los pocos segundos transcurridos en la última parte de la conversación, un grupo de unos 5 chicos de edades similares al cocinero se había acercado y avanzaban hacia el puesto de salchichas. Cogiéndole del brazo, los muchachos indicaron a Twebaze que les acompañara. Él sabia lo incierta e insegura que era la situación, podía recibir una paliza o algo peor, pero sabía que si no daba un paso así, nunca podría entrar en contacto con este tipo de chicos. Debía arriesgarse y rogar que su cara y su pinta de no ser un delincuente peligroso ni un policía, le librara de una muerte anónima y absurda.

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Llegaron a una chabola con una única estancia, alumbrada por una lámpara a pilas que daba una inusitada potencia lumínica. Debía ser la estancia más iluminada del barrio. Quién le recibió, tampoco parecía ser un habitante habitual; su edad, su ropa, su aspecto era inusual para aquel lugar. Ser gordo en África marca diferencias. Significa ser un privilegiado. En una reciente visita a una escuela infantil, el gobernador de un distrito de Uganda dijo a los desarrapados alumnos: "Niños, tenéis que estudiar mucho para que cuando seáis mayores podáis ser como nosotros, que comemos bien, viajamos en buenos coches y trabajamos en despachos". El señor gobernador no bajaba de los 130 kilogramos de peso, viajaba acompañado de ayudantes y orondas secretarias en relucientes todoterrenos Toyota, incluso los AK47 de sus guardias eran más nuevos que los que portaban los policías habituales. Twebaze estaba parado frente a una figura impresionante: un hombre de unos 50 años, vestido con un elegante traje, sentado en un confortable sillón que expandía su corpulencia de una forma obscena y rodeado de otros hombres jóvenes de mirada amenazante. Era el Big Taata (el gran padre). -¿Qué has venido a hacer aquí? -preguntó en tono sosegado. -Perdone, solo quería conocer a chicos que estuvieran interesados en el boxeo -contestó Twebaze balbuceante. -Eres un poco tonto, si no, no te hubieras presentado aquí haciendo ofertas al primero que te encuentras. ¿Quién te manda? -preguntó subiendo el tono de voz. -Es un amigo que me ha propuesto pagarme por cada chico que consiga que quiera aprender a boxear, nada más -dijo Twebaze asustado. Cada vez se estaba sintiendo más amenazado. Es una dirección de Nakasero Hill lo único que tengo -replicó. Al decir, Nakasero Hill, el Big Taata cambió de expresión. Incluso sonrió. "Bueno, esto es otra cosa, cuéntame detalles". Twebaze explicó lo poco que sabía, que lo hacía para sobrevivir, que él no estaba acostumbrado a estos negocios. Puso voz e imagen de peón. Peón interesado en algo desconocido e incierto. -El tema me interesa -afirmó Big Taata, dale este teléfono a tu contacto y dile que me llame al número que tiene grabado mañana a las 18 horas. Si nos ponemos de acuerdo, yo te facilitaré lo que quieras: chicos y alguna chica fuerte, tú te llevarás tu comisión y seguiremos colaborando en el futuro. Si algo sale mal y supone un riesgo para nosotros, tú no cumplirás los 30 años, si ibas a llegar -rió, mirando a la claque de matones y niños que estaban en la estancia. "¡Lárgate ahora!" Twebaze volvió dos días después a la misma estancia. Igual de iluminada, el mismo sillón, Big Taata con otro elegante traje y 4 chicos y una chica sentados en un taburete al lado derecho de su excelencia. Permanecían con la mirada baja, vestidos mejor que la mayoría de los niños presentes.

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Desde los 6 años hasta los 14 años, parecían una escalera de edades y tamaños. La chica debía tener unos 14 años y estaba poco desarrollada. Su mirada no era más temerosa que la del resto de los niños. Eran los candidatos, el precio lo desconocía. Él solo debía llevarlos a la casa y cobrar su parte. No era momento para pensar en nada más. El taxi esperaba en las afueras del black hole dispuesto a entregar su mercancía.

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Nabulungi

Tres meses después.
Nabulungi, la única chica del grupo, había destacado por ser la más fuerte y voluntariosa. No podía competir con Kizza, el mayor y más bruto, pero en coraje y ganas de vencer no la superaba nadie. Nabulungi estaba comiendo mejor que nunca. Había pollo cada 3 días y ese manjar era un privilegio que no había tenido nunca. Había más arroz que matoke, y la banana no faltaba en cada comida. Dormía en una habitación separada con otras chicas más mayores. No la hablaban mucho y llegaban tarde por la noche. Siempre estaban cansadas. Alguna le había dicho que mientras fuera buena peleando, la dejarían en paz y no iría con ellas. Intuía lo que significaba y comprendía que debía seguir demostrando que era buena para la pelea. Por eso había ido allí, Big Taata se lo había dicho al despedirse: "Aprende a defenderte, si eres fuerte y peleas bien, las cosas irán a tu favor". Pero Nabulungi echaba de menos a sus amigas y a esa madre que había visto por última vez cuando un boda-boda las embistió al cruzar la calle. Su madre recibió todo el golpe, mientras ella se salvó al soltarse de su mano. La policía recogió el cuerpo de la madre y ella quedó, olvidada, llorando en la acera. Pudo volver a su casa andando, pero no tenía la llave del candado de la puerta y pasó la noche en el exterior, sollozando, agotada y hambrienta. Un grupo de jóvenes pasó por delante a la mañana siguiente. La preguntaron que había pasado. Al decirles que su madre había muerto, decidieron romper el candado y saquear la pequeña estancia: una radio a pilas, unos pequeños ahorros, una ropa desgastada, toda la vida resumida en unos pocos objetos. Nabulungi comenzó la difícil vida de una huérfana en la calle. Twebaze había cobrado una cantidad de dinero menor de lo que él había pensado. "Nos ha costado mucho dinero pagar a Big Taata. Si quieres ganar más, tienes que conseguir tú a los niños, sin intermediarios", le había dicho Mbazazi al pagarle. Visitaba frecuentemente la casa de Nakasero Hill y asistía a los entrenamientos. En un garaje amplio, había un ring con pesas, espalderas, sacos colgados, todos los elementos de un gimnasio donde se entrenaban boxeadores de diferentes edades: los niños, chicos jóvenes y bastantes adultos. La única chica que había visto en el gimnasio era Nabulungi. Un niño no se pregunta a sí mismo por el sentido de lo que hace. Un niño entregado por dinero a un grupo que entrena boxeadores no se pregunta para qué quieren aquellas personas a niños boxeadores. Un niño, en esas circunstancias, sigue el día a día de su vida con un temor mal definido, con un miedo impreciso al futuro y al presente que se mezcla con el

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deseo y la necesidad de tener confianza en los adultos y sentirse protegido. ¿Y que otra opción posible le queda a un niño en esas condiciones? ¿Volver a la calle y a la intemperie? Taban era un entrenador curtido. Antiguo campeón de Uganda de los pesos pesados, cayó en desgracia en la época de Idi Amin y sobrevivió a sus purgas como guardaespaldas del embajador turco en Kampala. Ahora que las peleas de boxeo eran cada vez más populares entre los pudientes de Uganda, Tagan trabajaba con el mejor postor. Las peleas “privadas”, donde las apuestas podían ser de muchos millones de ushies1, se celebraban todos los fines de semana. La clientela era muy diversa, estaban presentes las diferentes élites ugandesas: empresarios adinerados de origen indio, capataces y gerentes de empresas chinas de la construcción y del import-export, traficantes de gasolina, terratenientes, altos funcionarios, militares e incluso cantantes de moda. Taban sabía lo que se llevaba entre manos. Una parte de los beneficios globales repercutían en su salario. Por eso su grupo, el equipo sin nombre, los de “Nakasero Hill”, debían estar en buenas condiciones para pelear con los otros grupos que había en Kampala. El negocio necesitaba de la competencia y la renovación, y para ello, debía entrenar a buenos boxeadores que procuraran beneficios en las apuestas. Ningún boxeador permanecía más de dos años en el grupo. El fervor del público rápidamente se cansaba de los mismos actores. Si eran buenos y ganaban siempre, las apuestas perdían emoción e incertidumbre, factores claves para mantener la atención y el interés. Si eran malos y perdían siempre, ocurría lo mismo pero antes. En la variabilidad estaba el riesgo y el beneficio, y por supuesto, en los acuerdos con las otras bandas para repartir a los ganadores y a los perdedores de una manera que nadie se sintiera ofendido. Los que estaban por encima de ellos no querían problemas. -Nabulingi, revuélvete, agacha la cabeza, sube los brazos –gritaba Taban mientras que otro chico de 12 años intentaba golpearla en la cara. -Si, si –resoplaba sudorosa, tensa, ágil, con el pelo cortado al uno, como la mayoría de los chicos y chicas de su edad. Sus largas piernas bailaban una danza asíncrona, sus pies descalzos, planos, anchos y fuertes se deslizaban sobre el suelo del ring con seguridad, fijando su cuerpo delgado y fibroso a la posición de ataque y defensa que Taban le estaba enseñando. “Estira y golpea, recoge el brazo para la defensa, adelanta la pierna contraria al brazo que ha dado el golpe”,-insistía una y otra vez. El resto de los chicos miraba. Ninguno tenía la resolución y la entrega de Nabulungi. Taban era cada vez más grosero y violento con ellos. A Wemusa le había dado un suave manotazo cuando le desobedeció por no correr suficientemente rápido. El chaval mostraba una mejilla hinchada

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Ugandan shellings (moneda de Uganda)

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de un color morado-amarillento opaco. No había protestado ni llorado. Haber recibido golpes desde pequeño crea costra física y emocional. Sin embargo, sus compañeros de menor edad estaban sufriendo la dosis de odio y rencor acumulado por este hecho y por todos los de su vida previa. Era mejor alejarse de Wemusa, Nabulungi intuía que aquello no iba a acabar bien. Twebaze observaba atentamente a Nabulungi cuando iba a la casa. Le recordaba a la hermana que había perdido hacía ya bastantes años. Tenía su misma edad cuando desapareció. Su familia procedía del distrito de Acholi en la frontera de Sudán. Su padre, maestro rural, apenas podía garantizar la supervivencia de su familia y emigraron a Kampala. Gracias a su formación, pudo conseguir un empleo de vendedor en una tienda de cambio de moneda. Con modestia, su familia vivía en los suburbios de Kireka y él y su hermana Kissa acudían al colegio local. Durante las vacaciones del año 2002, toda la familia se encontraba en su pueblo natal cuando se produjo un ataque del Ejército de Resistencia del Señor mientras huían de las fuerzas gubernamentales. Llegaron al pueblo con la intención de llevarse a niños y niñas como soldados y esclavos. Todos los habitantes conocían a los miembros del LRA (Lord´s Resistance Army).Alguna vez, anteriormente, habían pasado por el pueblo sin hacer ningún daño. Esa vez fue diferente. Huían desesperados por el acoso del ejército y necesitaban víveres y refuerzos. No preguntaron, fueron casa a casa matando a los adultos y a los ancianos. Solo querían jóvenes y niños. Kissa no pudo huir, la atraparon de las primeras. Twebaze pudo correr colina arriba. Los disparos en ráfaga del AK47 no consiguieron alcanzarle. No pudo ni mirar hacia atrás. No pudo despedirse de sus padres ametrallados, ni de su hermana que gritaba su nombre mientras le veía huir. Solo pudo correr muchos kilómetros hasta que sus pies erosionados, sangraron y dolieron más de lo tolerable. Entonces, solo, agotado, respirando el sabor amargo de su sangre en los pulmones, lloró y gritó. El ejército de Museveni le recogió. Pasó los siguientes años en una institución religiosa cristiana de Kampala. Fue bien tratado. A los 18 años, empezó su vida independiente. -Nabulungi, ¿qué tal estás aquí? -preguntó Twebaze al finalizar el entrenamiento. -Bien, pero me gustaría ver a mis amigas alguna vez. No salimos nunca de aquí -contestó con inocencia. -¿Sabes cuánto va a durar esto? ¿Voy a vivir aquí para siempre? Twebaze no se había planteado hasta ahora estas cuestiones. Entrenar un boxeador desde niño para que sea un profesional de joven es una tarea que dura muchos años. ¿Eran ésos los planes del grupo? Mbazazi nunca le había comentado nada. Nabulungi y el resto de los niños estaban cada vez más preparados para boxear. Día a día, mejor alimentados, sus músculos se habían fortalecido y su mente solo pensaba en pelear. Durante varios meses, muchas horas

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al día, habían estado recibiendo los mensajes de Taban sobre como moverse en el ring, como evitar los golpes del contrario, todos los trucos de viejo profesional transmitidos a unos niños acostumbrados a la supervivencia, receptivos a los mensajes que potenciaban su individualidad y su agresividad. Se habían adaptado bien, todos menos uno. Wemusa había seguido pegando a los más pequeños, haciéndose el remolón en los entrenamientos, mirando de manera directa a Tagan cuando le regañaba y le pegaba abiertamente. Nunca había llorado, tragaba toda su rabia y la concentraba en su mirada, una mirada nada inocente que expresaba, sin decirlo, un pensamiento que venía a la mente de todos: "si tuviera ahora mismo mi botella de ácido, te quemaba los ojos". Tagan conocía esa mirada, en los soldados, en las criadas del embajador a las que había violado, en el ring de boxeo cuando el contrario iba perdiendo y esa derrota le podía costar la vida. Wemusa no era domesticable y un día desapareció. El resto de los niños y Nabulungi especialmente, preguntaron por él, extrañados de su ausencia. "Se ha ido", "ha vuelto a casa", "no se adaptaba y le hemos dejado irse" fueron las respuestas. Sin embargo, algo había que no cuadraba. El mayor tesoro de Wemusa era un móvil que había robado hacía tiempo. Aunque no tuviera conexión, usaba a escondidas los juegos del teléfono. Ahora, Tagan estaba usando ese móvil, aunque les había dicho que lo había comprado hacía poco. Nabulungi durmió mal esa noche. Un viernes por la tarde, Tagan reunió a todos los boxeadores: niños y jóvenes. -Mañana por la noche va a ser día de peleas. Se ha organizado una gran velada y casi todos vais a boxear. Los primeros seréis los mayores y luego los demás. Es vuestra oportunidad de demostrar lo que os he enseñado. Espero que no me defraudéis - enfatizó con su potente voz. -¿Yo, también? -preguntó Nabulungi. -Si, lo tuyo será aún más especial. Un gran honor -le contestó Tagan. Ahora, a entrenar duro. Webaze estaba allí esa tarde. Preguntó a Mbazazi si podía asistir. -Sí, estaría bien que fueses, ven aquí a las 19h, con la noche saldremos hacia el lugar de los combates -le respondió Mbazazi.

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La pelea

El humo del tabaco inundaba la nave industrial propiedad del Bank of
Kampala donde se celebraban las peleas esa noche. Por SMS, todos los invitados habían recibido la dirección elegida. Los coches aparcados ocupaban la explanada situada en la parte trasera del edificio. Poco a poco -cada asistente había recibido una hora de cita- iban entrando discretamente en la poco iluminada calle donde se encontraba el almacén. Los que debían llegar más temprano, los menos poderosos; los últimos en llegar, los más importantes. El orden, la discreción y las jerarquías de poder establecían las rigurosas normas. Dentro del almacén, un ring bien iluminado ocupaba la parte central; en los alrededores, mesas con comida y bebida, y en la esquina más alejada de la puerta de entrada, varias cabinas para efectuar las apuestas: dinero en efectivo, piedras preciosas, relojes de oro, cualquier objeto de valor era tasado inmediatamente para obtener las papeletas equivalentes al importe en dólares americanos. Era muy fatigoso contar millones de ushies. En un ambiente moderamente ruidoso, con la sala llena pero no incómoda, el presentador de la velada, comenzó su discurso: -"Señoras y señores, bienvenidos a nuestra sesión privada de boxeo. Todos ustedes han sido invitados para disfrutar en exclusiva de una noche especial. Combatirán los mejores boxeadores de nuestra tierra. Combatirán de forma limpia para que gane el mejor, el más fuerte, el más hábil. No admitimos simulacros, queremos peleas de verdad, que cada espectador sienta la energía que se desprende de dos luchadores fieros, para que llegue hasta ustedes su sudor, su dolor, su rabia, su odio. Para que haya esta noche... una buena pelea" -finalizó gritando enfáticamente. Los asistentes rugieron de aprobación, levantaron sus copas y pidieron que empezara la primera pelea cuanto antes. -Antes de comenzar, les quiero anunciar una sorpresa -alzó la voz el presentador con su micrófono . "Hoy queremos presentar un nuevo espectáculo. Las futuras figuras del boxeo están ya preparándose para triunfar. Los clubes participantes llevan tiempo entrenando en secreto a jóvenes promesas, algunas muy jóvenes, pero su fuerza y coraje supera, en algún caso, a la de los boxeadores consagrados. Esta noche vamos a tener unos combates muy especiales. Los chicos y chicas -sí también chicas, y verán qué chicas- van a demostrarnos de lo que son capaces. Solo pondremos una condición. Las peleas no llevan límite de tiempo ni de asaltos, las peleas se pararán cuando el primero de nuestros jóvenes boxeadores que combaten tenga sangre. Sangre, fruto de sus ganas de

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pelear, sangre de que saben sufrir y aguantar, sangre de ser unos campeones. ¡Pelea a sangre!" - gritó y el público coreó repetidamente. Enardecidos por el ambiente, los primeros boxeadores subieron al ring. El primer combate debía durar un poco más de lo habitual. El público asistente se dedicaba prioritariamente a saludarse, a beber y a comer de las múltiples bandejas que llenaban los laterales del edificio. Iluminadas por luces indirectas, las mesas estaban llenas de sabrosa comida india y ugandesa. Las bebidas eran servidas por mujeres elegantemente vestidas que pasaban las bandejas con alcohol o sin alcohol bien diferenciadas. La luz cenital caía sobre el ring y los focos laterales destacaban las figuras de los boxeadores. Un entorno cuidado para la diversión de los poderosos. Las cabinas de apuestas empezaban a recibir a los asistentes tras el primer asalto. Cada espectador se había hecho una idea de la capacidad de cada contendiente, o bien, había recibido un enterado consejo de algún amigo presente. Había amigos de los amigos de cada boxeador repartidos por la sala. Siempre hay que guardar los equilibrios. Los dos jóvenes que empezaron la velada eran profesionales. Jab, directo, jab, crochet.. Ambos sabían defenderse y atacar de forma consecutiva. Ninguno parecía superior. Las apuestas eran muy igualadas. En el tercer asalto, la gente más importante había empezado a sentarse en las escasas sillas existentes. El combate comenzó a acelerarse, los golpes eran más rápidos y certeros, ambos boxeadores sudaban profusamente en la noche ecuatorial. La primera pelea debía finalizar de forma espectacular para dar emoción a los asistentes. A la mitad del quinto asalto, un gancho bien dirigido hizo tambalear al boxeador predeterminado para perder. Dio un paso hacia atrás bajando los brazos, permitiendo que recibiera un directo contundente, claro, sin ninguna protección, en el centro de la cara, provocando su caída y el knock out. Aplausos, aullidos, brindis de los que habían ganado su primer dinero esa noche, menos la correspondiente comisión del 20% para los organizadores. Pasaron por el ring cinco parejas de boxeadores profesionales, todos hombres jóvenes curtidos en saber recibir, en saber dar, en saber sufrir por un dinero que no era fácil ganar. El presentador subió a introducir a la sexta pareja que iba a combatir esa noche. Teatralmente, las luces se hicieron intermitentes, durante dos segundos se hizo la oscuridad y a continuación, con voz engolada, anunció: - "Señoras y señores, llega el momento de dar un cambio a nuestro espectáculo y presentar a las jóvenes promesas anunciadas. Chicos y chicas de 14 años y menos van a demostrarnos que la edad no es un impedimento para ser un luchador, para tener coraje y saber defenderse. Para atacar al enemigo como si fuera lo último que se hace en la vida. Para demostrar que son...unos grandes luchadores" -gritó de manera

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ensayada. La mayoría de los asistentes aplaudieron. Algunas damas acompañantes se miraron con cierta inquietud. Muchas tenían hijos de esa edad. Desde los laterales, envueltos en batas multicolor, saltaron al ring dos chavales de los mayores. Con asustada sonrisa, levantaron los brazos para saludar. Tagan estaba en una de las esquinas del cuadrilátero. Twebaze en la parte más alejada, junto a los conductores y el personal de servicio. Empezaba el primer combate a sangre. Los chavales que estaban peleando en el cuadrilátero lo hacían francamente mal. Golpes sueltos que no alcanzaban su objetivo, directos que contactaban suavemente, abrazos en el centro del ring que el árbitro separaba rápidamente. El público comenzó a silbar y a abuchear a los combatientes. Tagan mostraba una cara iracunda en su esquina. Los organizadores habían insistido mucho en que las peleas de los jóvenes debían dar un nuevo impulso al negocio. Llevaban meses invirtiendo dinero en el entrenamiento de los chicos y no era esto lo esperado. Tagan sabía lo que eso podía significar. Transcurridos dos aburridos asaltos, los boxeadores sudaban pero no había ningún signo de la ferocidad anunciada. -Mira muchacho -dijo Tagan a Kaguta, uno de los combatientes. No está funcionando bien la pelea. ¡Quiero que le mates! ¿Entiendes? Si no vas a por él, a machacarle, tú no llegas vivo esta noche a la casa. ¿Estás o no de acuerdo? Tagan había procurado no subir la voz, pero sus palabras cerca del oído de un niño de 14 años no podían ser más claras y amenazantes. La pelea se reanudó. Ambos contendientes habían recibido un mensaje semejante. Nada más salir, comenzaron a golpearse desordenadamente, con agresividad y ganas de hacer daño. Kaguta vio que tenía que defenderse mejor, dado que su oponente era más corpulento. Empezó a pensar antes de golpear mientras que el otro boxeador solo intentaba lanzar ganchos y directos. Kaguta doblaba sus piernas, daba pasos rápidos hacia atrás y hacia delante, evitaba todos los golpes. Cuando su adversario se paró jadeando en el centro de la pista, Kaguta preparó, echando el brazo hacia atrás, un gancho que impactó directamente sobre el ojo del contrario que cayó bruscamente al suelo. Sangraba por la ceja izquierda y apenas podía abrir el párpado. El público, que había vuelto a retomar el interés por la pelea, jaleó a Kaguta haciendo la señal de muerte de los gladiadores: el pulgar hacia abajo. Mientras ayudaban a levantarse al otro muchacho, Kaguta era aupado en brazos por Tagan, izándole como a un bebé que se muestra al público. "Bien hecho, por hoy te has salvado" -le susurró al oído. Twebaze había observado la pelea desde el fondo del local. Se había dado cuenta de las amenazas de Tagan para que combatiera con ganas. Él había visto y vivido muchas peleas en la calle, golpes inconexos y agarrones con caídas al suelo que acababan con algún rasguño. No había vivido ninguna pelea seria, pero recordaba la mirada del chico que le

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amenazó con el frasco de ácido. Aquel muchacho sí habría sido capaz de matarle. En sus ojos estaba la determinación de matar si era necesario. Pensaba en Nabulungi. Pronto le iba a tocar salir al ring. ¿De quién sería la sangre derramada? Sin darse cuenta, una profunda tristeza le conmocionó. Su hermana Tissa también había pagado un precio con su sangre. El precio de la brutalidad. Nabulungi saltó con entusiasmo al centro del ring. Había estado calentándose en una sala cercana junto a otras tres combatientes. Cada una a lo suyo, sin mirarse, sabedoras de que en pocos minutos iban a ser contrincantes, que iban a tener que pegarse y hacerse daño. A través de las paredes llegaba el griterío del público asistente. Nabulungi y sus compañeras nunca habían asistido a un combate de boxeo en directo. Tagan le había enseñado algunos vídeos de peleas en Estado Unidos y Tailandia, incluso le había mostrado la película de Clint Eastwood: Million Dollar Baby, amarga y triste visión de la vida de ciertas personas y el boxeo femenino estadounidense. Nabulungi se sentía una heroína que se enfrenta al primer reto. Iba a ser la mejor, la más feroz y combativa. Tagan se sentirá orgulloso por su actuación. Las reglas del combate serían las mismas que la de los chicos, éste se pararía cuando apareciera sangre, siendo cada asalto de dos minutos. No llevarían ningún protector especial, irían con holgadas camisetas y anchos pantalones cortos. Sería más patente su corta edad y menudo cuerpo. Los asistentes ya sabían de la existencia de los combates femeninos, aún así, los de confesión islámica mostraron cierto disgusto cuando aparecieron en el ring las dos muchachas, algo más frágiles que los combatientes varones adolescentes previos. -"Señoras y señores, en pocos momentos verán ustedes el momento estelar de la noche. El combate entre dos panteras, entre dos leonas de nuestra sabana, a dos fieras domadas que sacarán ante ustedes el alma salvaje y la fuerza de la mujer ugandesa. A dos futuras reinas del boxeo mundial que hoy empiezan ante ustedes su carrera" -gritó el presentador, conocido locutor de la radio estatal y escritor de discursos a relevantes políticos. Nabulungi jadeaba excitada, Tagan masajeaba sus brazos y su cuello. El brillo sudoroso mojaba su frente y su tronco, la camiseta estaba empapada antes de empezar el combate. En la otra esquina, una muchacha algo más alta que Nabulungi realizaba los mismos movimientos mientras recibía consejos, cerca de su oído, del entrenador. Sonó la campana. Ambas boxeadoras comenzaron tirándose golpes que fácilmente paraban sus guantes. Se movían, giraban, intentaban alcanzarse sin éxito mientras que el público intentaba elegir a su favorita para efectuar las apuestas. Se admitían como máximo hasta el tercer round, nadie pensaba que aquel juego pudiese durar más de 3 o 4 rounds. Tras el primer asalto,

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Tagan aconsejó a Nabulungi que golpease a las costillas, aprovechando la mayor altura de la otra boxeadora. Sudor, calor, bebidas frías, apretones de manos, abrazos. El público estaba pasándolo bien. En los descansos de los combates, la música sonaba muy fuerte. Los más animados y jóvenes bailaban en una zona libre de sillas. Las apuestas se habían revitalizado al ver el coraje de las dos combatientes, una alta y desgarbada, pero con brazos de movimientos eléctricos; otra más menuda pero de gran agilidad que se escurría de los golpes dirigidos. Tagan miraba de reojo al público. Comprobar que la apuesta por el boxeo de las chicas funcionaba era importante para él y para el negocio. El segundo asalto fue anunciado y la campana dio paso a la pelea. Nabulungi empezó atacando la zona de las costillas, siguiendo el consejo de Tagan. Mientras que la otra combatiente se defendía, una idea vino a su mente. Si el combate es a sangre, solo finalizará cuando aparezca sangre en alguna parte del cuerpo. Si sigo golpeando sus costillas y el abdomen no produciré ninguna hemorragia. La cara, y sobre todo las cejas, son el objetivo. También la boca. Pensar una estrategia y golpear al mismo tiempo no es tarea fácil. La rapidez de reflejos y de pensamiento para defenderse es fundamental. Por ello, Nabulungi, que había descuidado proteger su cara, recibió un directo en el pómulo derecho que la hizo dar tres pasos hacia atrás con los brazos bajados. Tagan se levantó de su asiento alarmado. Twebaze seguía atentamente la pelea. Miraba alrededor y veía las caras abotargadas por el alcohol y el tabaco de los espectadores. Desde lejos, solo apreciaba el movimiento ligero y nervioso de las combatientes. No podía imaginar que cada golpe en sus menudos cuerpos pudiera provocar daño, parecía más una danza ridícula, en pantalón corto y camiseta holgada, que interpretaban dos jóvenes bailarinas con grandes bolas rojas en cada mano: sus guantes. Sin embargo, el golpe directo que desplazó hacia atrás a Nabulungi sí lo percibió como dañino y doloroso. Él mismo dio un respingo. Nabulungi podía haber caído. ¿Tendría sangre? pensó en ese momento. El tercer asalto debería ser el definitivo. Todavía quedaban dos peleas más de chavales y la jornada se estaba alargando. Tagan dio instrucciones a Nabulungi: - Ha llegado la hora. Debes partirla el labio o la ceja con un golpe seco y directo, muy fuerte. Para ello, tienes que hacerle bajar la guardia. Vete al bajo vientre y dale un buen gancho, cuando baje los brazos, dale directo, no un gancho sino un directo al labio. Si va bien dirigido, con un solo golpe le harás sangre. ¡Es tu momento! -proclamó Tagan -Lo intentaré -jadeaba Nabulungi. Es un poco alta para mí -respondió. -Más te vale -contestó secamente Tagan. Nabulungi conocía ese cambio de tono de Tagan. Sabía como decirlo seriamente. Impresionaba la sutil amenaza que traía ese tipo de

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respuesta. Rodeada por su propio jadeo y el ruido de la sala, aturdida por la música y el humo del tabaco, supo ver que entre los buitres y su festín solo podía haber un animal herido de muerte. Tras el sonido de la campana, las dos combatientes saltaron al centro de ring a intercambiarse golpes con fiereza. El público se había arremolinado cerca de las cuerdas, sabedores de que iba a ser el asalto definitivo. Twebaze se había colado entre los asistentes de más categoría y estaba muy cerca de la posición de Taban, en la esquina asignada a Nabulungi en el cuadrilátero. Los aullidos de los asistentes habían sustituido a la música reggae africana. -¡Nabulungi, dale abajo y arriba todo el rato, sin parar! -gritaba Taban. Los movimientos sincopados del cuerpo, el estado de alerta, recibir un golpe amortiguado, jadear e hiperventilar; todo esto produce en el boxeador un mareante estado de confusión. Todo se mueve muy rápido, el suelo pierde su firmeza mientras se baila a saltitos en el ring, el ruido es una losa sonora que aplasta y embota. El boxeador necesita estar atento para no recibir el golpe certero que aparece en la milésima de segundo que ha bajado la guardia, justo cuando necesita esa misma milésima de segundo para recuperar el resuello y la concentración. Nabulungi hizo un intento de respirar una sola vez de forma más honda y lenta. En ese momento no podía tener los brazos con la misma tensión defensiva. Recibió un perfecto directo a su boca, con la dirección y la fuerza adecuada. Dio tres pasos hacia atrás con los brazos caídos y se desplomó con el peso muerto de sus 40 kilogramos, dando ese pequeño bote hacia arriba que produce la caída sin ninguna tensión corporal que lo mitigue, sangrando por la boca y la cara. Una sangre rápida, directa, copiosa, para que todos los espectadores la vieran, para que no hubiera ninguna duda de que la pelea había acabado, no solo por un KO, sino porque la prometida sangre, la sangre que debía ver el público para demostrar que no había tongo, llenaba la boca y la cara inconsciente de Nabulungi. Había pagado su precio de sangre. Tagan saltó al ring al mismo tiempo que el árbitro finalizaba la pelea. Había golpeado la barra protegida de las cuerdas del cuadrilátero con rabia y soberbia, maldiciendo la manera de finalizar la pelea. Se acercó a Nabulungi levantando su cabeza sangrante. Ella seguía inconsciente y respiraba con dificultad. Miró hacia los lados y encontró la mirada expectante de Twebaze. Hizo una seña para que subiera y recogiera a Nabulungi. Mientras, el árbitro alzaba la mano victoriosa de la otra boxeadora que con una sonrisa helada saludaba al público mientras miraba de reojo a la inconsciente y sangrante Nabulungi. Twebaze arrastró su cuerpo hasta el lateral del ring. Desde abajo, la recogió en sus brazos para llevarla hasta el cuarto que simulaba ser un camerino donde los otros boxeadores descansaban o esperaban su turno. El público les abrió paso con miradas entre sorprendidas y asqueadas por el aspecto de la frágil boxeadora y su deformada cara. La depositó

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encima de la única camilla disponible mientras pronunciaba su nombre y limpiaba su sangre con un trapo. Nabulungi vomitó y volvió a quedar estuporosa. Nadie sabía que hacer. Todos miraban mientras Twebaze fue a buscar algo de agua para limpiar su vómito. Tagan entró en el cuarto y miró a Nabulungi postrada. No dijo nada y volvió a salir. Debía dar explicaciones a los apostadores que había convencido de que su boxeadora podía ser un buen negocio. Twebaze pensaba que debían llevar a Nabulungi al Mulago Hospital pero nadie hacía nada ni tomaba decisión alguna. Cogiéndola en brazos fue hacia la salida. Preguntó a todos los conductores si les podían llevar al Hospital. Todo el mundo se excusaba. Todos estaban al servicio de algún espectador importante y no podían moverse. Con ella en brazos, se dirigió hacia la carretera principal. A esa hora el tráfico era mínimo y los coches pasaban a gran velocidad. Era difícil ver a alguien apostado en los márgenes con la poca iluminación existente. El Hospital distaba varios kilómetros del lugar donde se encontraban. Con un nudo en la garganta, llevando en brazos a la inconsciente Nabulungi, Twebaze comenzó a andar. Twebaze estaba empapado en sudor. Alcanzó los últimos metros hasta el Hospital totalmente agotado. Una enfermera se acercó a ellos, y viendo el estado de Nabulungi, le preguntó: -¿Qué le has hecho, la has pegado? -No, no la conozco, me la he encontrado en la calle y la he traído aquí. No sé que le ha pasado. La enfermera recogió en una camilla a Nabulungi y la pasó al interior. Tras el esfuerzo de la caminata y la conversación con la enfermera, Twebaze se sintió muy inquieto. Si ella o los médicos llamaban a la policía, se vería en un lío dando explicaciones. Empezaba a valorar si salir corriendo de allí sería una buena idea. Ya se encargarían de Nabulungi en el Hospital. Sin embargo, pensó que no podía hacerle eso a la niña. No podía evitar que la imagen de su hermana Kissa siendo arrastrada por los hombres del LRA volviera a su mente. Nabulungi le recordaba demasiado ese episodio. Buscó una silla vacía y se sentó agazapado, intentando pasar desapercibido entre los familiares y amigos de las personas que esperaban. Nabulungi fue llevada a otra sala más grande con cerca de 15 camillas donde hombres y mujeres estaban separados por una gran cortina de hule blanco desgastado que iba desde el techo hasta el suelo. En el lado femenino se amontonaban dos parturientas, una niña con signos de estar drogada con pegamento y otra mujer que tenía una herida de arma blanca en la cara y los brazos. El médico preguntó a la enfermera que le traía. -Es una chica noqueada. Creo que viene de alguna pelea organizada. Lleva un pantalón de boxeador profesional demasiado grande. Está muy atontada y dormida. Parece que tiene el labio partido y un gran

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hematoma por detrás en la cabeza. Respira y mueve los brazos y piernas. -Vale, lávala la cara y déjala en una esquina a ver como evoluciona contestó mientras su atención se dirigía a las parturientas. Twebaze tenía el teléfono móvil en su mano. Dudaba si debía llamar a Mbazazi y pedir instrucciones en el caso de que la policía le preguntase. Al fin se decidió. Así no se equivocaría con lo que hiciese. -Perdona Mbazazi que te llame ahora. Estoy en el hospital con Nabulungi y no sé qué hacer si me preguntan sobre la pelea ¿qué digo? -Tú eres imbécil -contestó airado ¿Por qué has ido allí? Nadie debe saber nada de estas peleas. Si dices algo, eres hombre muerto. Sal de allí con la chica y aléjate del hospital. Yo voy con el coche y te recojo en la esquina sur del centro. Por tu propio bien, date prisa -afirmó airado y amenazante. Casi temblando, Twebaze tomó la decisión de entrar a coger a Nabulungi. El único policía que veía estaba distraído oyendo la radio con su AK 47 en las rodillas. Parecía desinteresado sobre todo lo que ocurría a su alrededor. Aprovechando la salida de un paciente con muletas, atravesó las puertas de doble hoja que daban hacia la sala de los enfermos. Discretamente, buscó el área de las mujeres. Se colocó lentamente al lado de Nabulungi mientras veía que las enfermeras se llevaban a las parturientas a otra sala. -Nabulungi, tenemos que irnos. Es peligroso para los dos ¿Me oyes? -Si, estoy muy mareada -contestó débilmente. Cogiéndola en brazos de nuevo, fue hacia la salida, despacio, hasta que oyó un grito. -¿Dónde vas tú? ¡Ehh! ¡Policía! -gritó la enfermera que les había recibido a la entrada. Twebaze echó a correr justo cuando pasaba delante del policía que miraba sorprendido y contrariado. La enfermera también iba andando todo lo deprisa que le permitía su orondo cuerpo. Salieron rápidamente hacia los jardines. El policía miraba a la enfermera esperando a que le diera alguna instrucción que justificase disparar o salir corriendo tras ellos, algo que claramente no le apetecía. La enfermera, jadeando y viendo alejarse a los dos, señaló al policía con un gesto que daba igual, que los dejase ir. Ambos volvieron al interior del hospital. Sin haber tenido tiempo de recuperarse, Twebaze tuvo que correr con Nabulungi en brazos de nuevo. Al doblar la esquina de los jardines del Hospital, ambos cayeron rodando por la tierra reblandecida y el escaso césped que la cubría. Mirando hacia atrás y sin pararse, Twebaze tiró del brazo de la niña hasta que consiguió ponerse en pie, y arrastrándola, pudiera medio correr por sí misma. Alcanzaron el exterior del recinto hospitalario y agazapados en cuclillas detrás de un seto, esperaron la llegada del coche de Mbazazi. Fueron quince largos minutos en los que Twebaze intentaba calibrar las consecuencias que podían tener para él y

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Nabulungi haber acudido al Hospital. No va a pasar nada, pensó, nadie sabe nuestros nombres ni de dónde veníamos, probablemente la enfermera olvidará pronto lo sucedido. El coche apareció despacio por la parte alta de la calle. El tráfico empezaba a aumentar a esa hora y los boda-boda llenaban ruidosos las calles de la ciudad. Twebaze salió de su escondite para hacer una señal con la mano a Mbazazi. Ayudó a levantarse a Nabulungi y entraron en el coche. -Gracias por venir. No sabía qué hacer y vine al Hospital -dijo Twebze. No hubo respuesta, Mbazazi conducía seriamente. -Nadie sabe nada, no saben nuestros nombres ni nada de la pelea, no hay por qué preocuparse. -Cuando lleguemos a la casa hablaremos -contestó lacónicamente Mbazazi. Nabulungi había mejorado lentamente su nivel de conciencia y escuchaba, en medio de un sopor inevitable, la conversación. Su pensamiento se dirigía a lo que Tagan pensara de ella. Le había fallado. Había recibido un golpe directo que la había anulado. Él, que tantas esperanzas había puesto en ella, se debería sentir defraudado. Tendría que mejorar mucho para ser más fuerte y pelear mejor. Le pediría perdón y prometería que iba a ser incansable en su entrenamiento, que iba a dedicar más y más horas para potenciar sus músculos, su agilidad, que iba a ser la mejor luchadora de Kampala. Llegaron a la casa de la Nakasero Hill cuando todavía permanecía en silencio. Solo había una persona esperando: Tagan. -¿Cómo estás ? -preguntó a Nabulungi. -Mejor, dolorida, perdóname Tagan, no quería que pasara esto. -Lávate y vete a dormir, ya hablaremos -contestó. Nabulungi desapareció por el pasillo que llevaba a las habitaciones de las chicas. Bruscamente, sin que tuviera tiempo ni de esperárselo, la ancha mano de Tagan atrapó por el cuello a Twebaze y lo levantó ligeramente. Muy cerca, sintiendo el aliento en su cara, agarrando con sus manos el fuerte brazo de Tagan, escuchó: -¿Quién te dijo que te llevaras a la chica? ¿quién crees que eres? Eres una mierda para aplastar -le dijo al mismo tiempo que incrementaba la presión y oía el quejido ahogado de Twebaze. Soltándole rápidamente, lo arrojó contra la pared dándole una fuerte patada en la espalda. Agazapado y muy asustado, pedía perdón repetidamente. Nabulungi había podido lavarse y meterse en su cama. Sentía reconfortados todos y cada uno de sus músculos. Tagan no se ha enfadado demasiado. Todavía confía en mí, pensaba mientras el sueño se abría paso en su interior. Dejándose llevar por ese último pensamiento, Nabulungi durmió plácidamente durante más de 12 horas sin que nadie la molestase.

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Seré una gran campeona

El intenso aguacero repiqueteó en el tejado durante todo el día. Un agua
oscura que anunciaba el inicio de la época de lluvias, que entristecía y refrescaba el ambiente, que teñía de un marrón arcilloso los lechos espontáneos por los que drenaba y arrastraba la suciedad y que provocaba que los zapatos quedasen ribeteados de barro espeso. La casa había estado muy tranquila todo el día. Nabulungi despertó cuando sus compañeras de cuarto se preparaban para salir, muy arregladas, con unos zapatos aparatosos y unas faldas muy cortas. Desde su cama veía sus preparativos, rutinarios, sin ninguna alegría, azuzadas por la señora Mama-Ji, la diosa Kali de la casa. Mama-Ji se encargaba del cuidado de todas las chicas, como su homónima hindú -ése era su origen- mantenía su mundo en orden. Era una diosa triple: creaba, mantenía y destruía. Cuando estaban a punto de salir, Tagan y Mbazazi entraron el habitación. -Nabulungi, levántate. Ahora vas a venir con nosotros y con las chicas dijo Tagan. Mientras se vestía y arreglaba en el baño, vio su cara hinchada y un labio desgarrado y costroso que dolía al lavarlo. El cuerpo estaba muy magullado y caminar hasta allí había sido un suplicio. Aún así, no dijo nada y puso buena cara, mirando a Tagan e intentando descubrir si estaba enfadado o no. Por el cristal del baño, vio a Twebaze barriendo sacando el agua retenida del patio. De refilón, ambos, dándose cuenta de que se estaban observando, dirigieron sus miradas a través de la ventana entreabierta del baño, y mutuamente descubrieron sus caras asustadas, desvalidas e impotentes. Subieron todos y se sentaron apretados en la furgoneta, en un silencio roto por el dance hall de Batabazi2. Mientras sonaba una canción tras otra, la música iba aumentando su poder de anular los pensamientos mediante ese ritmo repetitivo que hace que muevas el cuerpo lentamente, con un balanceo hipnótico entre las voces agudas femeninas y su grave contrapunto masculino. Llegaron a una de las plazas centrales de la ciudad, muy cerca de donde se ubica el Ministerio del Interior, con sus policías apostados en tanquetas y sus iluminadas aceras, cerca de los hoteles de lujo y sus
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Batabazi. Grupo musical

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cuidados jardines desde donde se oían, lejanas, la música y las voces. Mientras las chicas iban bajando con Mama-Ji, Tagan se dirigió a Nabulungi: -Hemos venido para que veas una cosa. Tus compañeras vienen aquí cada noche para estar con hombres que pagan dinero. Al principio duele y no te gusta, pero luego te acostumbras y sobre todo, no tienes más remedio ¿Entiendes de que te hablo? -Sí, dijo con una voz que sonó más infantil de lo habitual. Una voz amortiguada por la sequedad de su boca, por el recuerdo de las veces en que algún hombre en la calle había intentado agarrarla y solo su velocidad y destreza le habían permitido librarse. De repente, toda la ilusión con la que había deseado tener éxito como luchadora se había derrumbado, y pensó de qué manera había intentado engañarse con la idea de que una niña de la calle podía tener otro destino distinto a la miseria y la prostitución. No pudo evitar romper a llorar, taparse la cara con vergüenza y agazaparse en el asiento. Tagan, fríamente, le dijo: -Volvemos a la casa. Ya sabes en qué tienes que pensar. Solo habrá una segunda oportunidad, sino, tu entrenamiento, tu alimentación, todo lo que nos ha costado mejorar tu escuálido cuerpo servirá para otra cosa. Luego volveremos a recoger a las chicas. Así te podrán contar qué tal les ha ido la jornada. El vehículo reanudó su marcha camino de la casa. Pararon en una gasolinera y compraron cervezas. Animadamente, contando historias de mujeres y bebiendo, Tagan y Mbazazi hicieron todo el recorrido, Al llegar, Twebaze seguía barriendo un más que limpio patio. Tagan le dijo: -Ya sabes lo que tienes que hacer toda la noche. No quiero ni una gota de agua o de barro. Riendo, entraron en la casa. El ambiente había cambiado en la casa. El miedo se había instalado en los ánimos de Twebaze y Nabulungi. El primero se había convertido en un sirviente a tiempo completo para todo tipo de tareas. Ya no salía de la casa. Debía estar disponible para los deseos de Tagan las 24 horas del día. Su mirada era suficiente razón para no contradecir ninguna de sus órdenes. Nabulungi iba a los entrenamientos sin la seguridad y el entusiasmo que antes desplegaba. Procuraba golpear más duro, pero algo en su interior se había roto. El convencimiento de que se podía superar y ser la mejor había desaparecido. Había bastado con recibir los fuertes golpes del boxeo real para sacar a relucir la fragilidad de su cuerpo, para desarmar la ilusión basada en un deseo infantil. Se daba cuenta de que Tagan estaba percibiendo su menor entusiasmo, provocando que el temor que ahora sentía por él se incrementara. Era el miedo al padrepadrone, al que cuida y castiga, al que premia y puede llegar a matar si es su deseo. El dueño total de la vida de una niña sola en un fondo de reptiles. Nabulungi ya no veía la casa como un lugar de protección y

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esperanza. Solo veía la prisión que era en realidad, con las chicas prostituidas, los jóvenes boxeadores como perros de presa en una jaula y a unos adultos crueles y asesinos. En esos momentos, se acordaba del móvil de Wemusa en manos de Tagan el día en el que no se volvió a verle nunca más. -Nabulungi, estás distraída. ¡Mira a los ojos y a las manos del contrario y golpea! ¡Vamos! -gritó Tagan. -Si, adelante y atrás -contestó. -Nos quedan 2 semanas para mejorar. Ya sabes lo que te juegas. Quiero que tengas las piernas y los brazos tensos, que te duelan cuando acabe el día -le dijo de forma distraída mientras se dirigía a la otra esquina del gimnasio donde estaban entrenando los otros chicos. Akello era un chico nuevo. Tenía 14 años pero estaba muy desarrollado. Era muy fuerte y peleaba con destreza y crueldad. Cuando comenzaba a pegar, no paraba y ya le habían tenido que separar en un par de ocasiones. Era el niño mimado de Tagan. Repetidamente decía que le recordaba a él cuando era pequeño. Hasta ahora, Nabulungi no había cruzado los guantes con Akello, pero se daba cuenta de que Tagan estaba pensado ponerles a prueba juntos: fuerza contra agilidad. Sería un buen entrenamiento para ambos. Un tarde, tras finalizar la actividad, Mama-Ji llamó a Nabulungi. -¿Qué tal estás? ¿Te recuperaste bien? -Sí, gracias. -No quiero que tengas una idea equivocada de lo que hacemos nosotras y las chicas. A veces Tagan es cruel cuando está enfadado. Nuestras chicas no se van con cualquiera del black hole. Nosotras, sobre todo, vamos con gente rica y turistas. Gente que te trata bien y no te hace daño. A veces, hacen buenos regalos y vuelven con la misma chica. Siempre es mejor con gente que ya conoces. Para que no estés asustada, te voy a regalar un bonito vestido. Siempre vas vestida de deportista y tú eres una chica guapa con unas bonitas piernas. -Gracias. No sé cuando me lo podré poner -contestó inocentemente. -Guárdalo, ya habrá ocasión. Con un beso en la frente y una caricia, Mama-Ji se despidió de Nabulungi. En dos semanas, en una nueva jornada de peleas, su destino quedaría marcado. Inevitablemente, un pensamiento volvía de forma recurrente a la mente de Nabulungi. Aunque la siguiente pelea me salga bien ¿qué pasará con la siguiente, y la siguiente...? ¿Hasta cuando seré una buena boxeadora? Todos en el gimnasio estaban hablando de la velada que iba a celebrarse el siguiente sábado. Habían pasado 3 semanas desde la última y Nabulungi se había recuperado bien bajo la atenta vigilancia de Tagan. Seguía entrenándose duramente y sus brazos se habían fortalecido, las piernas estaban tensas y firmes y los abdominales reforzaban su silueta

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atlética. Su gesto también se había endurecido. En una esquina, Tagan llevaba hablando más de 40 minutos por teléfono. A veces subía la voz, manteniendo un tono contenido, para a continuación contraer sus músculos faciales denotando enfado. Nabulungi, que le miraba de reojo, se dio cuenta que al colgar dirigió su mirada hacia ella. Tras la conversación que tuvo con él después de la primera velada, esa mirada le provocó un estremecimiento. Twebaze seguía en su papel de criado de la casa. No había tenido oportunidad en ningún momento de hablar con Nabulungi. Incluso ella, había esquivado su mirada al pasar cerca de él. O quizás, más que esquivar, había bajado la vista a su paso. Twebaze pensaba que ella tenía más miedo que él. Un día antes de la velada del sábado, Tagan reunió a todos los boxeadores: -Quiero anunciaros cómo van a ser las peleas de mañana. Nadie sabe contra quién va a pelear. Los organizadores quieren cambiar el sistema de peleas y de apuestas; y ya sabéis que son ellos los que mandan. Nosotros a callarnos y a cumplir. Todos contra todos va a ser la norma. Se harán apuestas a ciegas por el número de pelea y otras cuando ya se sepan los combatientes. Solo se respetarán las edades. Todos los boxeadores presentes asintieron, pensando que no les afectaba especialmente ese cambio. -También avisaros de que en este negocio todo es muy variable. Que quién no cumpla bien se largará de aquí y volverá a la mierda de donde salió. Queda claro -enfatizó con su vozarrón. Nabulungi paseó su mirada entre los presentes. En la casa había 4 chicos de su edad, uno de ellos Akello. En la primera velada había visto a 3 chicas boxeadoras, una de ellas la que le hizo KO. ¿Con quién pelearía? Por lo menos eran 4 chicas y podría combatir entre ellas. La época de lluvias estaba siendo especialmente intensa en Kampala ese año. A través de la ventana, Nabulungi miraba como la lluvia provocaba los ríos de barro que inundaban todos los caminos. Imaginaba su antigua casa con su madre preparando matooke y chapati. Ella, agazapada en el quicio, con sus piernas encogidas y resguardadas debajo de su vestido, oliendo la comida. Los viandantes, que corrían entre el barro para guarecerse de la lluvia, portaban su pequeña bolsa de plástico con la cena que habían comprado. El olor al humo de la combustión de los grandes camiones que transportaban gasóleo desde Kenia venía también a su recuerdo. Fue su vida. Ahora, nada de aquello quedaba. Solo sus propias fuerzas. Apenas unas lágrimas contenidas aparecieron en sus grandes ojos. La furgoneta estaba lista para salir del patio de la casa. Cada boxeador estaba sentado esperando a que llegara Tagan para dirigirse hacia el lugar del combate. Las bolsas de deporte estaban amontonadas en la

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parte trasera y Twebaze, su porteador, se había colocado encima de ellas como había podido. Todos iban en silencio, salvo Akello que canturreaba las canciones que escuchaba desde su teléfono móvil. Nabulungi sentía con desagrado el contacto de la pierna de Akello con la suya en los apretados asientos de la "van". -Vámonos ya -dijo Tagan al conductor, hoy vamos más lejos de lo habitual. Anochecía en las calles de Kampala y el tráfico volvía a ser la pesadilla de una ciudad sin autobuses u otro tipo de transporte público masivo. La razón era muy simple. Si un conductor con un autobús puede transportar 50 personas, ¿de qué iban a comer los miles de conductores y cobradores de los taxi-van que inundaban la ciudad? Dar microempleos a miles y miles de personas en África no pasa por la eficiencia sino por el reparto. Tras casi una hora de viaje, llegaron a una gran finca a varios kilómetros del centro de la ciudad justo cuando las luces de la casa se apagaron bruscamente. Entre la oscuridad, rota únicamente por los faros de la furgoneta y las linternas de los guardias, pudieron distinguir el círculo de amplias fogatas que delimitaban en el centro el ring dedicado a las peleas. En diversos escenarios elevados, veían moverse sombras que acarreaban sillas, cajas de bebidas y numerosos utensilios de hostelería. Súbitamente volvió la luz, divisándose una amplia y lujosa casa y numerosas pequeñas farolas que delimitaban los caminos del jardín, llenos de grandiosos árboles como el bubinga y el dabema. Una música estridente e inesperada sobrecogió a todos los ocupantes del vehículo. Aparcaron a unos 100 metros del ring, en unos almacenes de comida donde debían montar el vestuario. Tagan les indicó que se fueran preparando y calentando detrás del almacén y se dirigió hacia la casa principal. Twebaze buscó a Nabulungi en la penumbra y discretamente se acercó a ella. -Nabulungi, estoy un poco asustado. No he podido hablar contigo antes. El otro día escuché de refilón la conversación de Tagan con alguno de los organizadores mientras estabais entrenando -susurró casi al oído de ella. Hablaba de ti, que te creía más fuerte de lo que habías sido en la otra pelea y que te preparaba una sorpresa. Si no la superabas, te entregaría a Mama-Ji o te tiraba al arroyo. -¿De verdad? ¿cómo ha podido decir eso? Yo me he esforzado y estaba segura de que Tagan me quería ayudar. -Aquí no puedes fiarte de nadie, de nadie. Yo no sabía dónde me metía cuando me ofrecieron captar boxeadores. Ahora lo sé. Para ellos somos menos que animales. Solo les interesa ganar dinero a nuestra costa. Deberíamos irnos. Tú me recuerdas a mi hermana secuestrada y no puedo abandonarte -afirmó Twebaze, casi implorante. -Pero ¿cómo vamos a salir de aquí? Ahora tengo que combatir, no me queda más remedio.

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-Por favor, Nabulungi, gana como sea. Después pensaremos en la huida -dijo Twebaze. Las peleas comenzaron dos horas después de su llegada. Cansados de calentar, los boxeadores pululaban por los alrededores del ring y del jardín. Aunque no podían acceder a la casa, observaron la llegada de los invitados en sus todoterrenos lustrosos como si las carreteras de Uganda fueran impolutas autopistas de Alemania. Nabulungi buscaba con la mirada a Twebaze pero éste estaba ocupado arrastrando madera para mantener las fogatas que delimitaban el área del ring. No podía evitar pensar en el tipo de sorpresa que Tagan había preparado para ella. ¿Habría alguna boxeadora mejor preparada que ella procedente de otro gimnasio? Había oído hablar de una gigante keniana que tenía gran fama en el vecino país. Pero ¿eso era una sorpresa o una sentencia de derrota y muerte? El nerviosismo se estaba apoderando de ella mientras pasaba el tiempo. Ni siquiera habían empezado las peleas de los mayores. Había cenado antes de salir pero un enorme agujero de vacío hambriento se abría en su cuerpo. Las gradas se fueron llenando de un público similar o el mismo que en la otra ocasión. Orondos dirigentes o empresarios ugandeses black, brown o white junto a un numeroso grupo de chinos, todos ellos con arregladas acompañantes y su corte de guardaespaldas. Las peleas se anunciaron tras cesar la música de reggae africano que no había parado de sonar desde que la luz volvió a la casa. Cuando se anunció la primera, los guardaespaldas corrieron hacia la caseta donde se habían instalado la oficina de apuestas. Previamente, se habían hecho apuestas por el número de orden, sin saber quien la protagonizaría. Nabulungi, sabía que su pelea era la octava. Los más jóvenes siempre iban los últimos, incluido los dos chavales de 8 años que habían llegado hacia poco a la casa para hacer su primera pelea “a sangre”. Los primeros combatientes habían sido dos compañeros de la casa, habían llegado juntos y tenían una buena relación, algo que el presentador se había encargado de remarcar: “Van a combatir dos buenos amigos que nunca se han atrevido a pegarse fuerte” había dicho entre las risas de los asistentes. “Estamos deseando ver quién es más fuerte, quién tiene más ganas de ganar, aunque sea a costa de hacer daño a su amigo” dijo con tono equivoco. La pelea comenzó suave, pero bastó unas palabras de Tagan a ambos para que la intensidad de la pelea subiera de nivel y el que era más menudo acabara machacado e inconsciente en el centro del ring en el tercer asalto. La gente había apostado masivamente por el ganador y estaba contenta, bebiendo y hablando en el descanso. Las peleas se sucedieron, alternativamente una de ellas era competitiva entre los boxeadores y la otra desproporcionada. En éstas, uno de los combatientes era tan superior al otro que parecía más una paliza de encatgo que un combate. Llegó el turno de Nabulungi y la sorpresa esperada. Según el presentador, el azar había decidido que el

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contrincante fuera Akello, el adolescente brutal que Tagan había incorporado a su cuadrilla. Un temblor recorrió el cuerpo de Nabulungi. No estaba preparada para un combate mixto de verdad. En la casa habían sido escaramuzas de entrenamiento, nunca había combatido de verdad con un chico, y menos con alguien tan fuerte como Akello. Buscó la mirada de Tagan y éste se la devolvió fríamente como diciendo: ya sabes lo que tienes que hacer. El público miró desconcertado a la pareja que se subía al centro del ring. Alguno incluso gritó si aquello era una broma. El presentador tenía preparado el discurso de introducción a esta pelea. -Cálmense, señoras y señores. Aquí ven ustedes a los futuros campeones mundiales – enfatizó, de boxeo de toda África. Una chica y un chico, muy jóvenes, pero aún así, las grandes promesas del boxeo ugandés. Akello se llama el chaval. Fuerte como una roca, aguerrido como un cazador, con mentalidad ganadora, nunca deja una presa libre hasta que acaba con ella. Nabulungi es el nombre de ella, no lo olviden. La mejor luchadora del black hole, ningún hombre pudo atraparla y muchos lo intentaron. Corre como un leopardo, se escurre como la serpiente y cuando ataca, sabe tocar los puntos débiles de sus enemigos. Además tiene una gran motivación. Ha prometido a Tagan, su entrenador, que en esta pelea va a dar todo lo que ella es capaz de hacer y de sufrir, porque si no, ustedes se pueden imaginar, su destino podría ser trabajar en los jardines de los hoteles de Kampala, jeje... Un murmullo recorrió el área del público y acto seguido, se empezaron a mover para realizar sus apuestas. Dos ganchos y un directo sin demasiada mala intención hicieron ver a Nabulungi que la pelea iba en serio y debía reaccionar rápidamente. Moviendo las piernas con agilidad, fue esquivando los golpes desordenados de Akello. Tímidamente, colocó en el abdomen de él varios golpes bien dirigidos. Llegar a su cara era difícil, la corpulencia y una cerrada defensa lo dificultaba. El primer asalto pasó rápidamente con estas escaramuzas. El público reaccionó con interés al ver que la diferencia no era tanta como había parecido a priori. Las apuestas se incrementaron, dando una parte del público, un voto de confianza a Nabulungi. Desde la esquina, Tagan actuaba como entrenador de Nabulungi y miraba seriamente el desarrollo de la pelea. En el descanso le dijo: -Me ha gustado como has empezado, cánsale y te será más fácil darle los golpes. La campana sonó y el segundo asalto comenzó bruscamente. Akello arremetió contra Nabulungi como una apisonadora. Olvidando su defensa, comenzó a dar golpes rápidamente y de forma desordenada en la cabeza de Nabulungi que cerró su defensa con ambos brazos aguantando el chaparrón. Akello estaba tan cegado que solo intentaba golpear la cara. En un momento de respiro, Nabulungi pudo liberar su brazo derecho y golpeó un directo intenso y certero en el estómago de

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Akello. Éste acusó el impacto y tuvo que proteger instintivamente su abdomen. Nabulungi aprovechó para dar dos pasos atrás y recuperar el resuello. Twebaze daba vueltas alrededor del ring en el exterior de la zona reservada al público. El jardín donde se había montado el espectáculo era menos agobiante que los espacios cerrados de otras ocasiones. Seguía pensando como sería posible escapar de allí. Además de tener que salir del portón o atravesar las vallas que rodeaban el perímetro, había que saber donde dirigirse una vez fuera. No había ningún pueblo cercano y Kampala estaba a una hora de viaje en automóvil. En su fuero interno, aunque veía que Nabulungi estaba defendiéndose bien, sabía que su posición y la de ella era muy frágil y peligrosa. Era consciente de donde se habían metido. Usaban a los jóvenes para su diversión como meros objetos desechables, importando muy poco su destino. Era la cruel realidad. Sentía vergüenza del momento en el que apareció en el black hole y le entregaron a los candidatos para ir a la casa de Nakasero Hill. La pelea siguió y ambos combatientes alternaban momentos de mayor dominio. Ciertamente, sorprendía la capacidad de Nabulungi para soportar las acometidas, cada vez más desordenadas y salvajes de Akello. Sangrando por el labio, con un ojo edematoso, jadeando, Nabulingi seguía defendiéndose y atacando. El segundo asalto finalizó. La campana sonó y las apuestas se cerraron. El tercer asalto sería definitivo. O había un K.O. o los jueces decidirían quién era el mejor. El favor del público estaba dividido en dos mitades, algo bueno para el negocio. Akello decidió que la brutalidad era su mejor arma y debía aplastar a Nabulungi. Jadeando, como un perro sediento, sudando por cada poro de su joven pero corpulento cuerpo, Akello intentaba acorralar contra las cuerdas a Nabulungi para rematar su tarea. Ella, se defendía bien moviendo las piernas ágilmente para escapar de las andanadas brutales de Akello. La mayoría de los golpes se perdían en los espacios que iba dejando Nabulungi con su movimiento. Algunas veces, ella conseguía contactar con el cuerpo de él. Cuando lo hacía, procuraba darle en el mismo lugar, ese espacio que parece el abdomen pero que se sitúa en las costillas flotantes, tan sensibles y dolorosas. Cada golpe que impactaba allí, provocaba que Akello tuviese que parar para coger resuello e inhalar más profundamente el caluroso y húmedo aire de la noche ugandesa. El público seguía viendo opciones en los dos contendientes y animaba con sus gritos. Twebaze no confiaba en la capacidad de Nabulungi de salir victoriosa de la pelea y seguía buscando la mejor manera de huir de allí. Tagan seguía muy atento la pelea, sin tener claro que favorecía más a sus intereses: tener un boxeador ganador y brutal como Akello o dar la sorpresa con una chica capaz de vencer a ese tipo de boxeador. Mientras se debatía entre las dos opciones, surgió la sorpresa. Tras varios golpes en las costillas que hicieron cambiar la expresión de

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Akello y bajar los brazos para inspirar profundamente, Nabulungi dirigió un directo al centro del estómago, un poco por debajo del esternón. Un golpe muy horizontal que se hundió en el abdomen relajado del muchacho que espiraba tras haber hecho una larga inspiración. Fue como un corte brusco de digestión, en este caso, de respiración. Akello notó que el aire ni entraba ni salía, se echó hacia atrás y quiso volver a respirar profundamente. Sin esperar, sin piedad, cegada por la rabia y por el edema del ojo derecho, Nabulungi se adelantó y le volvió a golpear en el mismo espacio, una, dos, tres veces hasta que en un estertor, Akello flexionó su cuerpo y cayó hacia atrás, retorcido, jadeante, obnubilado. Nabulungi miraba fijamente a su enemigo y chupaba el sudor y la sangre que caían hasta la comisura de sus labios. Había vencido. Los asistentes jaleaban a la chica, la mayoría sorprendidos, reconociendo el mérito de esta joven boxeadora y su coraje para vencer a un chico más grande y fuerte que ella. Tagan, tras ver la reacción del público, subió al cuadrilátero y levantó a Nabulungi uniéndose a la celebración. Twebaze estaba confundido. Pensaba que esta victoria podía provocar que Nabulungi quisiera mantenerse en el equipo y disfrutar de las ventajas de ser valorada y alabada. Su pensamiento iba más allá de la posibilidad de que una victoria garantizase su futuro. Cada vez la pondrían con rivales más difíciles hasta que fuera derrotada y masacrada, ofrecida a los sanguinarios organizadores como una pieza de caza. Nada acababa bien en este mundo. Debería continuar con un plan de fuga y convencer a Nabulungi de seguir adelante. La fiesta tras la victoria de Nabulungi se estaba prolongando toda la noche. Hubo varios combates más, anodinos, sin la tensión y la sorpresa que había provocado la pequeña muchacha que había vencido al adolescente gigantón. Refugiada en el cobertizo que había servido de vestuario, reposando, aturdida y dolorida por los golpes, Nabulungi se había quedado sola. Todos estaban celebrando con abundante waragi y cerveza Nile Special el final de los combates. Música, alcohol, compañía femenina y toda la noche por delante.

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La huida

Twebaze merodeaba, mirando desde lejos la zona donde se regocijaban
los poderosos. Seguía pensando cómo salir de allí sin ser descubiertos. El recinto estaba alambrado y la puerta principal vigilada por un hombre armado. Solo podrían salir escondidos en algún coche cuando empezaran a irse los invitados. Aprovechando la poca luz que rodeaba el cobertizo, entró en él y se encontró a Nabulungi dormida, acurrucada como un animalillo herido en un camastro. Su cara estaba cubierta de un paño mojado con agua manchado de sudor y sangre que le goteaba por el cuello. Con la boca semiabierta, respiraba ruidosamente. Nada parecía capaz de hacerla despertar en ese momento. -Nabulungi, no te asustes, soy Twebaze, no digas nada y escucha. Sobresaltada, le costaba abrir el ojo que no tenía edematoso. -¿Qué...? ¿quién eres? -Soy Twebaze. Escúchame. Tenemos que irnos ahora, cuando todo el mundo está contento y distraído. Es nuestra oportunidad. Salir de la casa de Nakasero Hill será imposible, siempre hay alguien que nos vigila. Aprovechando la oscuridad y la cantidad de gente, vamos a irnos. Lejos de toda esta gente. Nunca te soltarán hasta que te maten, de una manera o de otra, Nabulungi, créeme. -Pero....ahora no puedo hacer nada, estoy agotada, no me tengo de pie, me duele todo, estoy muy dormida...déjame dormir. -Voy a lavarte bien la cara. Tenemos que intentarlo, ahora o nunca -dijo mientras buscaba una toalla para limpiar la deformada cara de la chica. A rastras, obnubilada pero obediente, Nabulungi fue llevada por los hombros hacia la puerta del cobertizo. Justo en ese momento, la puerta de la entrada comenzó a abrirse. Fueron dos segundos los que tuvieron para girarse y ocultarse tras un mueble. La poca luz hizo el resto. Tagan solo abrió parcialmente la puerta. Miró hacia el interior donde apenas se podían distinguir los objetos y quedó conforme. Imaginó a Nabulungi dormida, agotada y volvió satisfecho a la fiesta. El entrenador se había embolsado una buena cantidad de dinero. Había apostado la misma cantidad de dinero a cada uno de los boxeadores, sin embargo, la victoria final de Nabulungi se había pagado generosamente. A pesar de ello, había tenido que renunciar a una parte para mantener intactas las ganancias de los organizadores. Se merecía un festín de Nile Special con alguna de las prostitutas que había traído Mama Ji, se dijo así mismo. Menos mal que habían sido pocos segundos el tiempo en el que Tagan abrió la puerta y miró, si no, el ruido de la respiración de Nabulungi y su propio jadeo nervioso les habría delatado. Siguió avanzando hasta la

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puerta que entreabrió sigilosamente. Solo se veía el resplandor, el ruido de la música y de la fiesta. Los que no participaban en ella, bebían bolsas de plástico de waragi en la zona que separaba a los ilustres de los sirvientes. Un muro transparente pero infranqueable protegido por una par de hombres con AK-47 en la mano. Entre las sombras, Twebaze cargando con Nabulungi, se fue acercando al aparcamiento de coches. Todos los conductores habían dejado sus vehículos allí sin otra vigilancia. Deberían meterse en algún maletero de un coche que no fuera directamente de algún potentado. Entrarían en otra casa protegida de la que no sería fácil salir. Vieron un furgoneta del mismo modelo de los taxis de Kampala pero nueva y limpia. Debería haber sido alquilada para transportar algún grupo. Su conductor volvería después a su casa o a algún garaje normal. Desde ahí podrían huir fácilmente. Twebaze recostó a la chica y abrió la puerta, corrió los asientos posteriores para ver el sitio disponible. El portón trasero estaba abierto. Había suficiente sitio para los dos, apretados y arrinconados por la caja de material que ocupaba un tercio del espacio. -Vamos aquí, Nabulungi. Esperaremos dentro. No podemos arriesgarnos. Semidormida, la chica se dejó arrastrar y acomodarse en su interior. Twebaze tuvo la precaución de no cerrar completamente el portón aunque lo pareciera desde fuera. Solo les quedaba pensar que este vehículo se fuera pronto, antes de que Tagan pensara en recoger a todos sus acompañantes y volver a la casa de Nakasero. Después de dos horas en la misma posición, muy entumecida, Nabulungi estaba despierta y asustada. -¿Está seguro de que hacemos bien? Si nos pillan, Tagan nos mata aquí mismo -dijo temblorosa -Hay que arriesgarse. Escucha, se oyen voces hacia aquí. Un animado grupo de señoras se dirigía al vehículo. Eran esposas de algunos potentados que eran devueltas a sus casas, mientras que los maridos preferían seguir "hablando de negocios". Acompañados de un conductor y de un guardaespaldas se introdujeron en el coche hablando animosamente. No parecía importarles demasiado esta retirada. Intentando controlar el latido de sus corazones, los dos prófugos suspiraron aliviados al ver moverse el vehículo y pasar la puerta de salida de la casa. Con los traqueteos normales de las carreteras de Uganda, doloridos por los botes, pensaron a la vez que habían tenido mucha, mucha suerte. Amanecía un día radiante cuando Tagan, cansado y algo ebrio todavía, entró en el cobertizo donde supuestamente Nabulungi estaba descansando. Había mandado a varios de sus hombres a recoger a todos los miembros de la casa de Nakasero Hill para retornar a la misma. Con el bullicio de la fiesta todo el mundo estaba disperso, la mayoría dormidos entre los árboles de los jardines de la casa.

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-Nabulungi, despierta, es hora de volver -dijo con tono amable al abrir la puerta. Según penetraba en la estancia se dio cuenta de que la chica no estaba. Se extrañó, pero no pensó en la huida como una posibilidad, más bien que estaría aseándose o algo similar. Salió fuera y recorrió las cercanías acercándose al grupo que se iba juntando para volver a la casa, incluido un humillado Akello cabizbajo y asustado que evitó cruzar su mirada con la de Tagan cuando éste pasó a su lado. -¿Está todo el mundo? ¿Habéis visto a Nabulungi? -preguntó al grupo. -No he visto a Nabulungi ni a Twebaze, el resto estamos todos -contestó uno de los conductores. Al unir los dos nombres, Tagan sintió un revulsivo en su interior que hizo desaparecer totalmente los restos de alcohol y cansancio que quedaban en su cuerpo. -¿No habéis visto a ninguno de los dos? Dad otra vuelta y mirad bien, moved a los que estén dormidos y comprobad que no son ellos -ordenó Tagan con su poderosa voz. La inquietud se apoderó de él y, al mismo tiempo, el convencimiento de que habían escapado. ¿Cómo se habían atrevido a desplantarle a él y a su grupo? Entre la ira y cierta tristeza por saber lo que tenía que hacer cuando los encontrase, Tagan comenzó a moverse entre los conductores para que abriesen todos los coches y comprobar que no estaban escondidos en ningún lugar. Inspeccionaron las estancias de los jardines y recorrieron el perímetro de la casa para ver si había algún agujero en las alambradas. Convencido de que podían estar todavía escondidos en la finca, revolvió todos los espacios, excepto las habitaciones de la mansión donde era muy improbable que hubieran podido acceder. Tras más de dos horas de incómodo viaje, con múltiples paradas en los domicilios de las damas, Nabulungi y Twebaze notaron que la furgoneta se paraba y apagaba los motores en el patio interior de una pequeña casa. Su conductor bajó, oyéndose cerrar posteriormente la puerta de la vivienda. Con mucho cuidado, tras cinco minutos de espera, Twebaze abrió suavemente el portón trasero del vehículo. Muy dolorida por la posición y la enorme fatiga de su cuerpo, Nabulungi no pudo evitar exclamar pequeños gemidos de dolor al salir del vehículo y esconderse en el lateral opuesto que quedaba fuera de la vista de la vivienda. La puerta de salida principal estaba cerrada con un candado y los muros rematados por alambre de espino curvo, como casi todas las casas de Kampala. Si la puerta tenía el candado cerrado iba a ser muy difícil salir de allí. Twebaze se acercó descalzo para no hacer ningún ruido. Sí, la puerta estaba bien cerrada. Volvió junto a Nabulungi para decirle que tendrían que esperar a que alguien de la casa saliese para aprovechar y huir. -Me duele todo, no puedo más, nos van a coger y Tagan nos matará gimoteó tristemente Nabulungi.

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-No pienses así, estamos libres y seguiremos huyendo. En Uganda vive mucha gente, no nos van a encontrar. Escucha: cuando alguien abra la puerta para ir a comprar patakis (tortas de maíz) para el desayuno, le daremos un empujón y saldremos corriendo hacia donde sea hasta ver una calle principal. Nos mezclaremos con la gente y nos perderemos para siempre. Al amanecer, la vida vuelve a activarse en Uganda, se oyen los vehículos moverse, las motos rugir, los niños preparándose para ir a la escuela. Un chica joven, acompañada de su madre, apareció en la puerta de la casa. Nabulungi y Twebaze estaban escondidos entre el vehículo y la salida, cerca de la puerta principal y fuera de la vista desde la casa. Justo cuando la madre e hija iban a salir, tras abrir el portón con su candado, los dos huidos aparecieron en tromba. Pidiendo perdón, empujaron a las dos mujeres y salieron corriendo calle abajo por el camino de tierra horadado de profundas grietas producidas por la lluvia. Estupefactas, madre e hija, siguieron con la vista la huida de esos dos jóvenes menudos. Cuando reaccionaron, volvieron a entrar a la casa para comprobar que no les habían robado nada. Sacando fuerzas que apenas tenían, los fugados dejaron de correr al ver que nadie les perseguía. Aunque su aspecto era lamentable, entre la pobreza general, nadie iba a darse mucha cuenta. Nabulungi y Twebaze alcanzaron la esquina de una calle donde se agrupaban taxis y boda-boda. A voz en grito, los cobradores de los taxis indicaban el destino de su vehículo. Cuando se hubiera llenado, saldrían para él. Twebaze llevaba encima todos sus ahorros, no más de 5000 ushies y pagó los 15 de cada uno para el trayecto hasta la estación de autobuses. Sabía que era importante salir de la ciudad pronto. Una vez que Tagan fuese consciente de que habían huido, mandaría gente a vigilar los autobuses que saliesen de la ciudad y a rastrear los posibles escondites en el black hole. Había que irse lejos y diluirse en la poblada Uganda. Tagan había llegado a la casa de Nakasero Hill y estaba revolviendo en las escasas pertenencias de Nabulungi y Twebaze. Nada, ninguna pista, nada escrito que indicase donde podían haberse escondido o dirigirse. La vida de los pobres va dejando poca huella a su alrededor. Nervioso y cada vez más enfadado, todavía no había contado a nadie importante lo que había sucedido. Tenía que arreglarlo él. Varias personas le habían preguntado sobre sus planes para promocionar a Nabulungi en los circuitos de boxeo. Muchos veían posibilidades de negocio con el espectáculo de una chica tan combativa. -Corre, no te separes de mí. Vamos a coger el primer autobús que salga hacia Fort Portal. Conozco a alguien que nos podrá ayudar -dijo Twebaze arrastrando con su mano a Nabulungi. El autobús estaba casi lleno. Pagó los 200 ushies por cada uno del billete

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y se sentaron en la parte de atrás que todavía estaba libre. Cuando se llenó, el autobús comenzó a avanzar entre las calles llenas de gente que se incorporaban a los miles de pequeños negocios y actividades de la ciudad. Por fin, después de muchas horas, se sintieron tranquilos para poder dormir la mayor parte del viaje de 5 horas que les esperaba. Tagan golpeó con fiereza el saco de entrenamiento. Gruñó y maldijo. Después de varios golpes, se serenó y empezó a pensar en la mejor manera de dar con los fugitivos. Una aguja en un pajar. Unos desesperados en un país de desesperados. Dos jóvenes en un país lleno de jóvenes. Llamó a Mbazazi y le instruyó para que contactara con toda la gente que pudiera en las principales ciudades de Uganda. No las más alejadas, sino las más importantes. También le pidió que hablara con el Big Taata para que rastreara el black hole y le dijera si habían pasado por allí para ver a los antiguos amigos de Nabulungi. Le insistió que se enterase de algo más de la vida de Twebaze, sus contactos, amigos, dentro y fuera de Kampala, para controlar ese campo. Le dijo que habría una recompensa para quién diera datos fiables para localizarles (20.000 ushies) una cantidad tentadora que Tagan pondría de su bolsillo. Sabía que ahora solo podía tender la red donde iban a caer los molestos mosquitos en que se habían convertido los fugitivos. Jamás se había escapado un chico o una chica de la casa, y los disconformes o inadaptados lo pagaban caro, Wemusa no había tenido tiempo de darse cuenta. Los demás sí. La estación de autobuses de Fort Portal se ubica en una rotonda donde paran los vehículos, llena de bares y tiendas. Nabulingi y Twebaze salieron rápidamente nada más llegar. Sin equipaje, con la ropa sucia y entumecidos de haber dormido en el autobús, avanzaron por las calles en la dirección que llevaba apuntada de un antiguo conocido de Twebaze que sobrevivía gracias a lo que ganaba con un boda-boda. Cuando llegaron, no estaba en su casa. Los vecinos le dijeron que volvía al anochecer, sobre las 6 y media de la tarde, que estaría trabajando por las calles. Se sentaron en su puerta. Twebaze fue a buscar algo para comer: salchichas, patakis y matoke. En ese momento no podían hacer nada más. Pasaron la mayor parte del caluroso día sentados y acurrucados en el lateral de la casa de Kigongo. Twebaze le había conocido a su llegada al orfanato de Kampala donde había sido entregado tras la matanza de su familia. Habían compartido durante años amistad, hasta que Kigongo recuperó a su madre que le había entregado en adopción. La mujer había vuelto a casarse y tener otros hijos. Había convencido a su marido para recuperar al hijo entregado. A pesar de haber pasado 15 años, la relación familiar era buena y Kigongo había podido independizarse gracias al negocio del boda-boda.

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Al atardecer, los amigos se encontraron en la puerta de la casa. -Twebaze, ¡qué sorpresa! -dijo efusivamente abrazando con el hombro ladeado, al estilo ugandés, a su amigo. -Si, ¡qué alegría verte de nuevo! Necesito tu ayuda -dijo sin preámbulos. Tenemos un problema muy gordo y pensé en ti para que nos ayudes. Ésta es Nabulungi, mi amiga. Déjame que te cuente despacio toda la historia. Pasaron al interior de la casa y se sirvieron té caliente con alguna galleta que Kigongo tenía guardada. Despacio, desarrollando la historia lentamente, explicando los detalles de cada episodio de una manera meticulosa, Twebaze completó el relato de las peripecias que Nabulungi y él habían sufrido en los últimos meses. Al finalizar, la cara de Kigongo expresaba algo más que preocupación. -Y ¿qué puedo hacer por vosotros? Estáis en un verdadero peligro. -Te pido que nos digas donde podríamos establecernos para pasar lo más desapercibidos posible y que podamos empezar una nueva vida. Cuando tengamos algo de dinero, intentaremos salir del país -aclaró. Kigongo sopesó rápidamente los riesgos que dicha ayuda podían suponerle a él. De la vida en los orfanatos se aprende a tener solidaridad para la supervivencia, pero también un fuerte impulso egoísta. Debía ayudar a su amigo pero quitándose de en medio lo antes posible. -Sí, creo saber de un buen sitio para esconderos. Un familiar de mi madre posee tierras de maíz y podría daros trabajo y cobijo. Haceros pasar por matrimonio. Él es cristiano evangélico y buen hombre, os dejará vivir en sus tierras. Al menos tendréis para comer y refugiaros. Es en la región de los lagos de Kasenda. Deberíamos irnos cuanto antes. -¿Ahora? Estamos agotados, déjanos descansar esta noche en tu casa dijo Twebaze. -Bien, saldremos al amanecer -contestó Kigongo, valorando como prioritario alejarse de los problemas de su amigo. Tagan estaba uniendo hilos rápidamente. Sabía que encontrar alguna pista en la vida de Twebaze era la clave para encontrar a los fugitivos. La vigilancia de las estaciones de autobuses no había dado fruto y el sondeo de las relaciones del muchacho iban despacio. La gente anónima y pobre deja poca huella a su alrededor. Mbazazi había sondeado ampliamente la vida de Twebaze. La persona que le recomendó para la captación de boxeadores le había contado las circunstancias de su vida. La tragedia de su familia, de Kissa, de su estancia en el orfanato cristiano de Kampala. Mbazazi mandó a una de sus amantes a indagar al orfanato contando la historia de un embarazo del que Twebaze había huido. La chica, compungida y suplicante, había pedido ayuda para encontrarle y que respondiera ante Dios de su hijo y no la abandonase al infortunio. El inocente Padre Roger, un británico que llevaba poco tiempo en Uganda, había buscado en su ficha los datos de su vida e indicado los amigos de aquella época. La muchacha apuntó nombres y orígenes. Sería una

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información muy útil. Kigongo despertó a los agotados fugitivos antes del amanecer. -Debemos irnos pronto. Yo tengo que volver a trabajar en la ciudad y Kasenda está a más de una hora de aquí. -¿Tienes algo de dinero para la gasolina? -preguntó. Montaron los tres en el boda-boda y se dirigieron hacia los lagos de Kasenda. A través de un camino de tierra rojiza y ocre claro, rodeado de pequeñas cabañas y gente caminando por sus bordes, fueron avanzando. La vida en África comienza al amanecer, cada uno en su tarea: mujeres cargadas con pesados fardos, niños hacia la escuela, hombres armados de su panga3 en dirección a los cultivos de matoke o maíz. A primera hora de la mañana, la temperatura es muy agradable y recorrer los caminos a lomos del cómodo asiento de la moto era relajante. Llegaron a la casa del terrateniente cuando el Sol ya era intenso y había que protegerse de sus efectos. Kigongo presentó a la pareja: -Mis respetos, Kojja. Quería solicitar tu ayuda para mi amigo y su esposa. Por determinadas circunstancias han tenido que abandonar Kampala y me han pedido que les ayude a encontrar un lugar para vivir durante un tiempo. He pensado que te puede venir bien otro trabajador en tus campos. El tío de Kigongo receló de las palabras de su sobrino y preguntó directamente a Twebaze y Nabulungi por qué habían tenido que salir de Kampala. -La realidad es que el padre de Nabulungi era reacio a nuestro amor. Por eso le pegó una paliza, mire como tiene la cara -aseveró con seguridad Twebaze. Por eso hemos tenido que huir. Nuestra intención es casarnos en la Iglesia, pero los más importante fue huir y preservar nuestro amor lejos de su brutal padre. Nabulungi miraba de reojo intentando disimular. Bajo la cabeza avergonzada y se limitó a moverla dando la razón a Twebaze. -Bien...no me gusta recoger fugitivos de nada, aunque sea por el amor, pero veo a la chica muy afectada y esos golpes debieron doler... Está bien, podéis quedaros un tiempo, no más de un mes. Después seguiréis vuestro camino y ojalá encontréis la felicidad -dijo. Les acompañó a los barracones que servían de alojamiento a los trabajadores. Allí se quedó Twebaze. Nabulungi fue llevada a la zona de sirvientas que preparaban la comida y lavaban la ropa de la numerosa familia del dueño. Kigongo se despidió de ambos y dejó apuntado su teléfono móvil por si necesitaban algo. Satisfecho consigo mismo y a la vez aliviado, emprendió el camino de regreso a Fort Portal.

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Panga: Machete

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La captura

Con la información del Padre Roger, Tagan y Mbazazi había conseguido
poner a Kigongo en el primer lugar de la lista de posibles ayudantes de la pareja huida. Con un Toyota Land Cruiser nuevo tardarían pocas horas en llegar a Fort Portal. Había que moverse con celeridad. Tagan estaba muy tenso y quería zanjar este asunto lo antes posible. Si la pista era mala, deberían comenzar de nuevo a investigar y los jefes podrían empezar a hacer preguntas. Tagan quería explicar hechos y no conjeturas, sabiendo que este incidente, aunque lo resolviera, tendría consecuencias negativas para él. Había perdido autoridad. Preguntando en las calles, dieron con la casa de Kigongo mucho antes de lo que habían pensado. Refrigerados por el aire acondicionado del todoterreno y oyendo la música del Doctor Chameleone esperaron a que llegara. Las sirvientas de la casa no paraban de hacer preguntas a Nabulungi sobre su historia de amor. Rápidamente, los motivos de su huida habían transcendido por el entorno. Nabulungi no tenía la menor experiencia amorosa. Ningún hombre o muchacho de su edad se había acercado con otra intención diferente que la de abusar de ella. Tenía mucha experiencia en huir y evitar a los hombres, pero ninguna sobre recibir una palabra amorosa, aunque fuera falsa y solo el preludio de una violación. Twebaze había sido el primer hombre en el que había confiado. Siempre había actuado de forma solícita y ella estaba lo suficientemente desesperada como para verse obligada a seguir sus indicaciones. Ahora lo veía como un compañero que le ayudaba más de lo que ninguna persona, hombre o mujer, la habían ayudado ¿así se empezaba a querer a un hombre? Las respuestas que daba sobre su amor perseguido eran ambiguas y no satisfacían la curiosidad de las sirvientas. La dejaron pronto en paz. Twebaze se incorporó a las tareas del campo. Era un chico curtido en la vida urbana pero nunca había usado una panga. Al poco tiempo, su mano empezó a sentir el efecto abrasador de la fricción del mango de madera. Tras cortar maíz más de una hora, su mano empezaba a despellejarse. Un curtido campesino que vio sus inexpertas habilidades le cubrió con cinta aislante toda la superficie de apoyo. "Te dolerá al quitártelo pero te evitará que se te abran heridas. Mañana póntelo antes de venir -le dijo pasándole la gruesa cinta gris.

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Al final del día, tras la cena, Twebaze y Nabulungi pudieron encontrarse un rato. -Tenemos que quedarnos aquí un tiempo para ver cuál puede ser nuestra próxima salida. Será duro, pero no podemos ir dando vueltas, sin dinero y sin apoyos -dijo Twebaze. -No lo sé. Tengo la impresión de que nos encontrarán si nos quedamos aquí mucho tiempo. -No hay otra opción por ahora. Quizá me podría enterar si hay alguna institución religiosa en las cercanías que nos pueda ayudar a salir del país. Hoy no podemos hacer más. Intenta descansar e iremos viendo los próximos días si se nos ocurre algo -concretó Twebaze. Cuando la amenaza es tan cierta, el deseo de relajarse y acomodarse es una tarea imposible. Kigongo volvió a su casa a la hora habitual, cuando la oscuridad empezaba a ser densa en una ciudad mal iluminada. Entumecidos por la cantidad de horas que habían pasado en el vehículo, Tagan y Mbazazi se dirigieron a toda velocidad hacia el chico que abría el portón de la casa empujando el boda-boda. Si ésa era la casa y un chico con moto entraba, ése debía ser Kigongo. El primer empujón le tiró al suelo, mientras cerraban el portón para evitar testigos. La bofetada fue suave, Tagan quería ponerle en circunstancia, no noquearle a la primera. -Tú eres Kigongo ¿verdad? -Sí -respondió asustado y viendo claramente lo que estaba ocurriendo. -Por tu cara creo que entiendes quiénes somos y qué hemos venido a buscar, ¿dónde están Nabulungi y Twebaze? - dímelo y te ahorrarás muchos problemas. Aunque Kigongo había tenido una infancia de orfanato y supervivencia. Nunca había sido un combatiente, siempre había buscado la complicidad y la amistad para conseguir sus objetivos. El enfrentamiento no había sido nunca su arma. Caer bien era su estrategia. -Bien, ¡no me hagáis daño! Os lo diré. Tenía que ayudarles. No tenía otra opción. Pero yo no he querido tener problemas -dijo en tono suplicante. Están en la finca de un familiar, trabajando, hemos ido esta mañana y allí se han quedado. Tagan se sorprendió de lo fácil que había sido sacar la información. Este chico le parecía un gusano miserable, un cobarde sin compromiso, un amigo de mentira. Respetaba más a los huidos por su valor. Le dio a Kigongo un terrible puñetazo en la cara, frontal, directo, que fracturó su nariz y los incisivos superiores. Se quedó con las ganas de seguir golpeándolo, pero le quería espabilado para que les guiara hasta el escondite de sus presas. -Lávate la cara y mantén los ojos bien abiertos. Nos vamos ahora mismo a buscar a tus "amigos" -le ordenó mientras le arrastraba al grifo de agua que estaba en el patio de la casa.

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El Land Cruiser avanzó iluminando con potencia el irregular camino que entre colinas y lagos procedentes de antiguos volcanes llevaba hasta Kasenda. Por la noche, era necesario ir despacio para no despeñarse en alguna de las frecuentes pendientes que bordeaban la carretera. Sentado al lado de Mbabazi, Kigongo daba las instrucciones al conductor para elegir el desvío adecuado en las frecuentes bifurcaciones sin señalizar que aparecían en el recorrido. Cuando llegaron a las cercanías de la casa del tío de Kigongo, apagaron las luces y aparcaron en sentido contrario el vehículo. -Ya hemos llegado. Espero que nos hayas traído bien hasta aquí. Si no es así, te va la vida en ello. Si todo transcurre como nosotros queremos, vivirás. ¿te ha quedado claro? -preguntó Tagan. -Vas a ir a buscarles y nosotros esperaremos cerca. No queremos ningún ruido ni que se despierte toda la casa. No queremos hacer daño a nadie, pero si es necesario, lo haremos -le dijo mostrándole una pistola que guardaba entre la camisa y el pantalón. Mientras tanto, Mbazazi estaba sacando del maletero un AK47 de culata replegable. -Haré lo que me digáis, aquí hay mucha gente, mujeres y niños. Por favor no hagáis daño a nadie. -Tienes que traerles hasta la puerta. Veo que la casa está vallada, espero que no puedan salir corriendo por ningún lado. Vamos a entrar contigo y estaremos vigilando cerca. Depende de ti que nadie se entere -afirmó Tagan. Kigongo se dirigió primero a la cabaña de los trabajadores para encontrarse con Twebaze, mientras Mbazazi y Tagan se escondían agazapados. Entró en la cabaña donde dormían unas quince personas y con una pequeña linterna encontró al agotado fugitivo. -¡Despierta, soy Kigongo. No te asustes! -le dijo zarandeándole suavemente. -¿Qué pasa? -respondió sobresaltado. -Tenemos que salir de la granja cuanto antes. No es un sitio seguro. Cuando llegué a mi casa, había un coche que no conocía en las cercanías de mi casa. Pregunté a los vecinos y me dijeron que sus ocupantes se habían interesado por mí. Enseguida me imaginé lo peor, que iban a por vosotros. Me ha entrado mucho miedo y he decidido venir. Tenéis que ir a otro lugar que no os relacione conmigo. Es peligroso para vosotros y para mi familia. Os dejaré en un cruce de carretera donde pasan autobuses para que os dirijáis a otro sitio, sin que nadie lo sepa y os puedan encontrar -mintió Kigongo con aplomo. Cansado y adormecido, Twebaze creyó la explicación que su amigo le había dado. Vestido con la ropa prestada que le habían dejado en la granja para trabajar, metió la suya en una bolsa de plástico como único equipaje y salieron a buscar a Nabulungi en silencio. El cuarto de las sirvientas estaba dentro de la casa principal y no era tan fácil de acceder. Tagan y su acompañante vieron desde lejos la salida de Twebaze y

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Kigongo y esbozaron una sonrisa de satisfacción. La ventana de la habitación donde dormía Nabulungi estaba semicerrada y cubierta por una red mosquitera. Era muy estrecha y apenas se podía distinguir su interior con la luz de la Luna de esa noche. Enfocó la linterna hacia las camas, lo que provocó que la chica que dormía más cerca se despertara. -¿Quién eres? -preguntó, nada sobresaltada sino más bien de forma rutinaria como si los amantes nocturnos se presentaran frecuentemente de esta forma en la habitación de las chicas más jóvenes. -Soy Twebaze, el marido de Nabulungi, la nueva, dile por favor que se acerque -dijo Kigongo suplantando a Twebaze. -Explícale rápido la situación y dile que debe salir cuanto antes -dijo, cambiándole el sitio a Twebaze. Nabulungi se acercó tambaleante a la ventana. Estaba profundamente dormida en ese momento. -¿Qué pasa? pensaba que hoy íbamos a descansar. -Tenemos que irnos, aquí corremos peligro. Kigongo ha venido a sacarnos. Están en Fort Portal y parece que ya han relacionado a Kigongo con nosotros. Debemos huir por nuestra cuenta. Cogeremos un autobús a cualquier otro lado sin conexión con nadie. Tiene que ser ahora. Kigongo y Twebaze rodearon el edificio y esperaron a que saliera Nabulungi. Kigongo se estaba poniendo cada vez más nervioso imaginando lo que iba a ocurrir en los próximos minutos. Cuando estaban cerca de la puerta de salida, donde supuestamente estaba esperando la moto, Tagan y Mabazazi aparecieron en completo silencio por detrás y agarraron a Nabulungi y Twebaze tapándoles la boca. Llevándoles en volandas, caminaron rápidamente hacia el vehículo con el portón trasero levantado. Con movimientos precisos y permitiendo pequeños gemidos como único sonido audible, fijaron con cinta aislante las bocas, las manos y los pies de los cautivos. La sorpresa, el agotamiento, el desmoronamiento de sus expectativas de huida habían provocado que su capacidad de reacción fuera mínima. Bien sujetos, Tagan pasó una cadena alrededor del cuello de los dos muchachos, fijándola a un enganche lateral con un candado. Quería tener un viaje tranquilo. Kigongo, mientras tanto, había asistido estupefacto a la demostración de violencia y rapidez de Tagan y su compinche, permaneciendo parado, inmóvil. Al finalizar la sujeción de los prisioneros, Tagan se volvió hacia Kigongo. -Has hecho bien tu trabajo y has salvado tu vida. De todo esto, no sabes nada. Tú has estado durmiendo toda la noche en tu casa de Fort Portal. Aquí no ha venido nadie. Ellos han huido en mitad de la noche. Nadie sabe dónde han podido huir. Prefirieron la seguridad de seguir huyendo a estar en esta granja. ¿Lo has entendido? -Cualquier otra explicación te costará la vida -finalizó dándose la vuelta e introduciéndose en el

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todoterreno. Kigongo vio alejarse a poca velocidad el vehículo para hacer el menor ruido posible. Sus ojos se llenaron de lágrimas por haber salvado su vida y por haber condenado la de su amigo y esa pobre chica. A su mente volvieron imágenes de Twebaze y él cuando eran niños y compartían miedos e incertidumbres. Se sentía muy mal. Sin esperarlo, un recuerdo acudió a su cabeza. Un profesor, no especialmente cruel, les había dicho un día en su clase: "Vosotros estabais muertos antes de venir aquí. Habéis tenido mucha suerte. La mayoría de los chicos de vuestra condición ya están podridos o tirados en la calle. Por ello, vivir y seguir adelante es lo más importante para vosotros. Tenéis que aprender a ser duros y exigentes. Os va la vida en ello". Pensar en la propia vida y no meterse en líos, era una buena idea para consolarse.

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El sacrificio

Comenzaba a amanecer cuando el todoterreno se desvió del camino
principal para acceder a uno de los lagos más grandes de la región. Por un pequeño sendero, dejando de lado un hotel de lujo con pequeñas cabañas que se situaba en lo alto de la colina, accedieron a una playa despejada por la mano del hombre en el borde selvático. Mudos por la cinta aislante, los ojos de Twebaze y Nabulungi expresaban todo el horror del que está convencido que va a morir. Tagan y Mbazazi descendieron del vehículo y observaron los alrededores. No parecía haber nadie cerca. El Sol asciende muy rápidamente en el Ecuador y la instauración de la luz completa se hace en pocos minutos, lo que provocaría que todos los habitantes de la zona y los trabajadores del cercano hotel se pusieran en marcha en poco tiempo. Tenían que darse prisa si querían pasar desapercibidos. Soltaron la cadena que fijaba a los muchachos al vehículo, llevándoles al borde del agua. Tagan estaba frente a Twebaze. -Nos has jodido bastante bien, chaval. Por tu culpa estamos aquí ahora, pensando en cómo quitarte de en medio. Tenías que haber estado quieto, hacer tu trabajo, cobrar por ello y vivir tu vida. Pero, no, tenías que meterte a "salvador". Pero ¿qué te has creído? ¿que ibas a salirte con la tuya? -Me has cabreado bastante. Tagan cogió por el cuello a Twebaze y apretó con sus grandes manos al enflaquecido muchacho. Con la boca tapada por la cinta aislante y los brazos y piernas inmovilizados, Twebaze hizo poca resistencia y apenas se movió mientras la falta de aire acabó con su vida en pocos segundos. Aún así, Tagan siguió apretando su cuello más de dos minutos, dejándole caer al suelo desmadejado y muerto. Nabulungi respiraba rápidamente a través de su nariz y balanceaba su cuerpo ansiosamente sujeta por un brazo por Mbazazi. Tagan se dirigió hacia ella. -Y contigo ¿qué hacemos? pequeña Nabulungi -le dijo acercando su gran cara a la de ella. Le quitó la cinta aislante de la boca al mismo tiempo que hacía el gesto de silencio con el dedo índice. -Chsst, más te vale. Dime, ¿qué castigo te mereces? ¿quieres vivir o no? ¿quieres irte con tu amigo? La atemorizada Nabulungi no contestaba nada y evitaba la mirada directa de Tagan. -Bueno, lo decidiremos dentro de un rato, antes tenemos que ocuparnos de éste -dijo señalando el cuerpo de Twebaze. Sacaron plástico del todoterreno y envolvieron el cuerpo del muchacho. Introdujeron en el envoltorio varias piezas metálicas que rodearon con cinta aislante.

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Mbazazi se desnudó y se introdujo en el agua, arrastrando el cuerpo. A pesar del peso, éste aún flotaba. Nadó durante varios metros tirando del paquete, abrió una pequeña navaja que había sujetado con la boca y perforó varios agujeros en el envoltorio para facilitar su hundimiento. Al regresar a la orilla, preguntó: -Ahora ¿qué? Tagan se volvió hacia Nabulungi y le dijo: -Eres más valiosa viva que muerta. Todavía puedes dar juego y negocio, por eso no vas a morir hoy, aunque te lo mereces. Me has dado más problemas que ningún otro chaval, chico o chica. Creo que con todo esto has aprendido que no hemos venido a jugar y que te tienes que merecer lo que tienes cada día. Sé que es duro, pero si lo aprendes podrás vivir y no mal ¿entiendes? Nabulungi estaba tan aterrorizada que solo podía mover la cabeza afirmativamente sin articular palabra en su agitada respiración. -Pero aún así -y debes darme las gracias por ello- tienes que pagar un precio y va a ser tu virginidad. Mbazazi rompió con la navaja las ataduras de las manos y pies y condujo a Nabulungi a los asientos posteriores del vehículo. Le quitó la ropa, despacio, sin brusquedad. Nabulungi era incapaz de hacer ningún movimiento y parecía estar a punto de desmayarse. Tagan se echó encima de ella y la penetró sin esperas. Nabulungi no emitió el menor gemido, estaba en un estado de semiinconsciencia. Al finalizar, Mbazazi ocupó su lugar. Con un trapo sucio limpiaron los genitales de Nabulungi de sangre y semen. -Bien, ahora quietecita todo el viaje hasta Kampala -dijo Tagan mientras arrancaba el todoterreno y enfilaba el camino de salida. Según se incorporaban a los caminos principales, la normalidad fluía alrededor. Los niños, las mujeres, los hombres camino de las plantaciones, todo parecía tranquilo y cotidiano. Con la mirada perdida, Nabulungi se sentía incapaz de pensar. Pararon en una gasolinera para comprar alimentos. Nabulungi no pudo tomar nada y a los pocos minutos cayó dormida en el asiento posterior. Tagan y Mbazazi charlaban satisfechos. Antes de llegar a Kampala, Nabulungi se despertó y tomó una decisión. En ese momento, la carretera estaba bastante despejada y avanzaban a buena velocidad. Tras coronar una de las colinas de la ciudad, el descenso se hizo más pronunciado. Justo al tomar un cerrada curva, Nabulungi se abalanzó sobre el volante que sujetaba Tagan y lo giró bruscamente. El paso de la vida a la muerte nadie lo conoce. Los vivos podemos imaginar lo que ocurre inmediatamente antes: el miedo, la angustia, el dolor, algo que se convierte en insoportable y finaliza bruscamente perdiendo la conciencia de ello. La no existencia, la no percepción de sensación alguna, positiva o negativa es la muerte. El sueño inducido por

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una anestesia, esos uno o dos segundos de percepción y abandono de las funciones cerebrales debe ser lo más parecido a la muerte. La muerte rápida o la muerte lenta inducida por un grave traumatismo no instantáneo, ambas finalizan igual. Es lo que ocurre antes lo que nos asusta. Nabulungi murió instantáneamente. Salió despedida por el cristal anterior del vehículo y recibió un traumatismo craneoencefálico severo. No sufrió, solo sintió como volaba atravesando el cristal delantero. No pensó si lo que hacía era lo adecuado o no. Solo quiso hacerlo. Sin odio ni ira intensa. Se había despertado y vio la oportunidad de destruir a sus captores y a sí misma. Y lo hizo. Tagan y Mbazazi también murieron. Lo hicieron con un cierto sentido de la justicia. Tagan se fracturó ambas piernas y fue perdiendo sangre lentamente dentro de su abdomen. Le dio tiempo a darse cuenta de que se moría, de que no iba a acudir ninguna atención sanitaria urgente que pudiera salvarle. El dolor fue muy intenso y duró lo suficiente para sentirlo con claridad. No tuvo sentimiento de rabia sino de incredulidad ante el hecho de morir por culpa de una muchacha que hubiera podido matar de un soplido. Mbazazi se incrustó entre los cristales del frontal del vehículo. A través de múltiples cortes fue perdiendo sangre. Cuando hizo un primer intento de liberarse, el desgarro en su piel fue insoportable por lo que permaneció quieto, ensartado y sangrante. Al morir y relajar su cuerpo, el cristal penetró aún más casi seccionando su tronco. Al vehículo fueron acercándose gente de los alrededores. Antes de que llegara la policía, cogieron los relojes, los cinturones, las carteras de los accidentados. Igualmente, hubo una pequeña pelea al encontrar un AK47 y una pistola por ver quién se la quedaba. Salieron corriendo inmediatamente después. Sobre la ciudad, el intenso Sol inundaba de luz las suaves colinas de Kampala.

----------------- FIN -----------------

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