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Alfredo Zitarrosa. La poesía o el canto

Alfredo Zitarrosa. La poesía o el canto

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Publicado porHugo Castillos
El presente documento es una síntesis muy breve de un trabajo de investigación sobre la obra poética musicalizada de uno de los más destacados reperesentatnes del canto popular uruguayo.
El presente documento es una síntesis muy breve de un trabajo de investigación sobre la obra poética musicalizada de uno de los más destacados reperesentatnes del canto popular uruguayo.

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Published by: Hugo Castillos on Oct 12, 2012
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ALFREDO ZITARROSA: ¿LA POESÍA O EL CANTO?

Mónica Salinas

Cantar con razón
Tanto se ha dicho acerca de la vida de Alfredo Zitarrosa, que reincidir en la relación de su historia personal podría denunciar una pasión “biografista” excesiva. No trataré aquí de los acontecimientos de su existencia tal como los vivió, sino como los tradujo en sus canciones, es decir, como quiso que su público los viviera. Por voluntad de la canción –no por la suya propia- llegó a ser nuestro Zitarrosa. Así lo confiesa en “Diez décimas de autocrítica”, de 1972:
Vine a cantar, compañeros, porque era mi obligación no negarme a la canción;

Canción ajena para él puesto que es de la gente. El cantor no decide; como el bardo que canta las hazañas magníficas de los héroes, revela lo que un querer más alto le trasmite. La canción obliga, impone una misión. Hay una afinidad honda, un trato secreto e íntimo entre canción y público. Son el uno para el otro. El cantor sólo es puente, instrumento, vaso donde la canción vierte sus saberes y la gente, sus ayes y sus esperanzas obstinadas:
Hoy siento que soy muy poco como cantor y poeta… Si nunca apliqué recetas a mis canciones, tampoco ni más cuerdo ni más loco que cualquier hombre prudente, más de una vez fui inconsciente, al ver que se me aplaudía, de que en cada aplauso ardían las manos de mucha gente (Dd).

He aquí la diferencia con el artista, en el sentido que Alfredo daba a la palabra. Éste se exhibe, mentido dios soberbio que ignora su destino de intérprete:
Es riesgo del que realiza su vida en un escenario, sentir que es extraordinario el horizonte que divisa (Dd).

¿Cómo habrá de cumplir acabadamente su misión el cantor? ¿Bastará la belleza? ¿Serán suficientes las metáforas exquisitas, los prodigios verbales? La obra de Zitarrosa no demuestra desdén por la poesía en el sentido original de creación y producción de

“artefactos” bellos, pero es indudable que no alcanza para satisfacerlo. Se empecina en razonar; son las razones del canto lo que le preocupa, no sus finuras:
Pero más que nada, aclaro que mi canción más madura será la que cante “puras razones” –que ya son muchasdel compañero que lucha sin pistola en la cintura (Dd).

Es que el poeta tiene familiaridad con lo bello. No necesita grandes esfuerzos para descubrirlo y desvelarlo. Claro que a veces las palabras tardan en responder al llamado, como una mujer coqueta que busca agravar el deseo del amante. Pero, ya sea temprano o tarde, acuden y se entregan a él. No es difícil encontrar pruebas de cómo se abandonaron en los brazos de Alfredo:
Cuando venga la mañana, vuelto color de trigo, el sol, incendiando tu pollera, violándola toda entera, vendrá a meterse en tu cama y dormir contigo… (“Pollera azul de lino”) Toca mi amor tu suave flor crecida en la quinta cuerda, milonga en do, ronco silencio en el bordón que no llora; ¿quién de nosotros no sabe del otro? (“Milonga en do, canto menor”)

Sin embargo, aunque tan bien dotado para la expresión lírica, Zitarrosa persevera en indagar sobre las “razones”, término que en sus textos tiene acepciones varias: motivaciones, argumentos, fundamentos, verdades. En “Milonga de contrapunto”, pide a la canción que exponga sus “prolijas razones” y deje al olvido las palabras de artista que él mismo prodigó en el pasado; explicita su postura de cantor: “El que me juzgue imprudente/ por hablar de estas cuestiones,/ que analice las razones/ que le va a dar el que canta: / si vivo de mi garganta,/ también vivo en mis canciones”; señala la maleabilidad del discurso argumentativo: “Hay razones, como dijo,/ para cualquier acomodo”; somete a juicio de otros lo que él entiende por verdad: “Si yo no tengo razón,/ que me lo diga la gente”. Escuchar: éste es el primer requisito. El cantor popular debe tener oído atento a los reclamos de la canción y de sus destinatarios. Lo que una y otros pidan no será distinto: con vida y furia, con coraje y muerte están tramadas sus historias. La canción quiere lo que la gente quiere.
Fruto maduro del árbol del pueblo,

la canción mía siempre porfía. Puede morir, pero quiere cantarle sólo a la vida que no la olvida. No tiene miedo a la bala, ni a la bomba, ni al infierno; canta pudiendo. Lleva en las manos heridas una flor con una espina, agua y harina. Canto del pueblo que ama, también canta por dinero como un obrero. ………………………… Nombra la carne horadada de la vida más amada, la desarmada. (“La canción quiere”)

Éstas son las “puras razones” del canto de Alfredo Zitarrosa: decir la vida del hombre al que la muerte acecha, los padecimientos del cuerpo inerme, la fuerza irreprimible del débil, la nativa fragilidad del poderoso. Frente al artista fatuo, el cantor de pie, afirmado en la dignidad de su misión:
Cantor que canta es pájaro pechito de semillas; cantando en la taberna o con la voz enferma, no canta de rodillas. Puedes verlo agitando las alas amarillas, con los ojos cerrados y el corazón cansado, mas nunca de rodillas. ……………………… No hay canto verdadero ni canción tan sencilla que el pájaro al cantarla, para más entregarla, la ponga de rodillas. (“Pájaro de rodillas”)

Amor herido
Si me apremiara el capricho de clasificar las canciones de Zitarrosa según un criterio temático, podría determinar, por ejemplo, dos categorías: canciones de amor y canciones sociales. No tengo intención de detenerme a justificar las designaciones respectivas; de poco valdría hacerlo puesto que el capricho y la clasificación son meramente hipotéticos. Y así seguirán porque encuentro que la distinción taxonómica es falsa en este caso; Zitarrosa es siempre un amante lacerado que padece por una mujer, por su tierra o por su pueblo con igual ardor. Para ese hombre de voz umbría, que se arranca el canto de las entrañas, todo vínculo es enamorado y doliente.

En la producción artística de Alfredo, hay obras maestras que ejemplifican mi afirmación anterior. Una descubre –casi psicoanalíticamente- el origen íntimo de esa relación pertinaz entre amor y dolor:
Amar, amor, no es sólo amarme a mí, debieras conocer toda mi vida gris,… (“Qué debo hacer”)

Otra, la sutil “Mariposa negra”, entreteje amores y desamores, sol y sombra en un sugerente claroscuro. Bien podría tomarse este texto como emblema de la inclinación afectiva hacia todo ser y toda cosa, que signa sus canciones:
Mariposa negra que voló, que voló, deja un grano de oro con amor y sin amor. Mariposa negra, con el sol, con el sol, busca hacerse sombra con amor y sin amor. Mariposa negra, en cuál abismo, en qué dolor, se abrieron tus alas, sin color, suave temblor. Mariposa negra, no halla flor, no halla flor, que perfume el tallo de su amor, su desamor. …………………………………………….

“Milonga de contrapunto” –menos célebre que otras de su género- da testimonio del amor inconmovible del autor por su tierra:
Yo he nacido en este suelo -no hay más patria para mí-, …………………………... Pero hoy estamos de duelo, milonga, y hasta el más “potro”, al ver el dolor del otro, se ablanda aunque sea un momento: para mí no hay sufrimiento más grande que el de nosotros.

De distinto modo, “Dulce Juanita”, “Stefanie”, “El violín de Becho” y “El loco Antonio” ratifican el señorío de esta temática en la obra de Alfredo Zitarrosa. En las dos primeras, desde la perspectiva del sujeto creador; en las últimas, como relación de experiencias de otros. Todo el amor, el dolor todo, la entera muerte convergen en el cuerpo de la pajarita; el amor con precio y la soledad del cuerpo vendido son objeto del canto en “Stefanie”; en tanto que las dos canciones restantes enseñan cómo puede el hombre –solo y desolado- destinar su amor a un violín o un río. Si en “Adagio en mi país” ofrece una versión esperanzada del futuro de su tierra natal (“Detrás de cada puerta/ está alerta mi pueblo;/ y ya nadie podrá/ silenciar su canción/ y mañana también cantará.”), en “Guitarra negra”, Zitarrosa convoca todos sus amores y padeceres. Padre, madre, infancia, amigos, libros, versos, fantasmas… El cuerpo músico de la guitarra es vaso donde bebe el poeta este vino espeso:
Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra… Cómo haré para que sientas mi torpe amor, mis ganas de sonarte entera y mía… Cómo se toca tu carne de aire, tu

oloroso tacto, tu corazón sin hambre, tu silencio en el puente, tu cuerda quinta, tu bordón macho y oscuro, tus parientes cantores, tus tres almas, conversadoras como niñas. Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan… Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra; mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos… Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre, sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte, de ceniza, de soledad y rabia, de silencio de lágrimas idiotas…

Si insisto en incluir a Zitarrosa en la preciada categoría de los poetas, no es porque se trate de un hecho dudoso que debe ser confirmado con argumentos. Alfredo entendió que una voluntad incoercible le había asignado la misión de cantar. Como cantor se define en sus textos musicalizados; demasiado humilde para reconocer su condición de poeta, nunca se dio a sí mismo ese calificativo. Se equivocaba, por supuesto, pero el error es demasiado evidente para que sea preciso señalarlo. Permítanme, pues, que dedique, con recuerdo enamorado y doliente, estas anotaciones imprecisas a ese poeta que no se preció de serlo.

Montevideo, 23 de setiembre de 2012

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