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A 200 AÑOS DE LA BATALLA DE TRAFALGAR

UN CARTAGENERO EN TRAFALGAR

EL TENIENTE GENERAL MIGUEL GASTÓN DE IRIARTE Y FERNÁNDEZ DE NAVARRETE*

POR JORGE ARIAS DE GREIFF**

El 3 de febrero de 1737 zarpó de Cádiz la última flota de los galeones que con la periodicidad que permitían las circunstancias partía de la España pe- ninsular a la España americana. El convoy estaba formado por ocho naves mercantes, y dos barcos de registro con la fuerte escolta de dos navíos de línea armados, el Conquistador y el Fuerte, ambos construidos en la Havana con maderas de la España americana y con 64 y 60 cañones respectivamen- te. La escolta era especialmente fuerte en esta ocasión y estaba al mando del más fuerte hombre de la Armada en esos días: Don Blas de Lezo 1 .

La armada llegó de arriba a Cartagena, su primer destino, el día 11 de marzo de ese año. Descargada la mercancía destinada a esa plaza y cargados los buques con lo que de Cartagena había que transportar a Veracruz y la Havana y más tarde a la península, partieron a cumplir el resto de itinerario, pero los navíos de línea, don Blas y sus oficiales de guerra debían permane- cer en Cartagena de Indias a la espera de ataques que se veían venir desde la

* Conferencia leída en la sesión ordinaria de la Academia el 7 de febrero de 2006. Se inicia aquí una serie de semblanzas de oficiales de la Armada Real nacidos en el Virreinato de la Nueva Granada y he aprovechado para hacerlo la celebración de la famosa batalla. Deseo aquí recordar la amabilidad e interés con que el Almirante Julio Guillén Tato, entonces su director, me recibió en mi primera visita al Archivo General de la Marina del palacio de don Álvaro de Bazán

en el Viso del Marqués. Este trabajo se basa en documentos consultados de los fondos “Expediciones a América”, “Independencia de Colombia”, “Corso y Presas”, del Archivo Naval y los expedientes personales de Miguel José y Miguel Gastón de Iriarte del Archivo General de la Marina. ** Miembro de Número de la Academia Colombiana de Historia.

1 Para la información sobre don Blas de Lezo véase: Quintero Saravia, Gonzalo, 2002, Don Blas de Lezo, defensor de Cartagena de Indias, Bogotá.

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pérfida Albión. Allí encontró don Blas uno que otro navío y luego le llega- rían otros y con ellos un nuevo virrey para un renovado virreinato, de modo que en el momento de la necesidad la plaza contaba con cinco navíos más: el San Felipe de 80 cañones, el San Carlos, de 66, el África y el Dragón de 60 cañones y el Galicia.

Con don Blas de Lezo como comandante del Apostadero de Marina, don Melchor de Navarrete 2 , gobernador de la plaza y jefe civil y militar local, bajo las órdenes del recién llegado virrey del reino don Sebastián de Eslava, se formó el triunvirato defensivo en Cartagena de Indias, sólo que el afán de protagonismo del virrey y su inquina con el jefe naval y luego la beatería alrededor de don Blas han ocultado el papel de don Melchor en la defensa de la plaza. Salvada ya la plaza luego del asedio de Vernon, murió don Blas de Lezo al poco tiempo a causa de heridas recibidas durante el ataque, pero la escua- dra permaneció algún tiempo en Cartagena de Indias a la expectativa de una réplica del asalto, y con la escuadra quedó un joven alférez de navío recién ascendido como resultado de su participación en el combate: era don Miguel José Gastón de Iriarte y Elizacoechea 3 . Don Miguel había ingresado de guardiamarina en 1733 y con ese grado llegó a Cartagena en alguno de los navíos que arribaron con don Blas de Lezo. Su ascenso a Alférez de Fragata lo recibió estando en Cartagena de Indias, en abril del cuarenta, el año prece- dente al ataque histórico a la plaza y, pasado ese acontecimiento, recibió otra promoción a Alférez de Navío, en noviembre del 1741.

Don Miguel continuó en Cartagena de Indias hasta 1743, año en que pasó a la península. Retornó a la plaza caribeña en 1753 ya como Te- niente de Navío y en la década siguiente volvió con la escuadra de don Luis de Córdoba que permaneció en Cartagena de Indias por varios años a la espera de otro ataque de la pérfida Albión que por esos años se había tomado a la Havana y a Manila. Ya para entonces don Miguel era Capi- tán de Navío, y esa escuadra tenía ya en la España americana un superior jerárquico; no para otra cosa la Corona había designado como virrey de Santafé a un Teniente General de la Armada: Don Pedro Messia de la

2 Fueron padres de don Melchor de Navarrete y Bajonda, don Francisco de Navarrete y Josefa Bajonda y Bañuelo.

3 Padres de don Miguel José Gastón de Iriarte fueron don Antonio Gastón de Iriarte natural de Errazú y Estefanía de Elizacoechea. Abuelos paternos fueron Juan Gastón de Iriarte y María Borda y Arrocochea, dueños de la casa de Iriarte de Errazú. Abuelos maternos fueron Juan de Elizacoechea y Catalina de Dorrea.

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JORGE ARIAS DE GREIFF: UN CARTAGENERO EN TRAFALGAR 15 Cartagena [1683] por Alain Manesson Mallet. Biblioteca

Cartagena [1683] por Alain Manesson Mallet. Biblioteca Luis Ángel Arango

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Cerda que obviamente trasladó su gobierno a Cartagena de Indias y como comandante de esa fuerza, debería repeler nuevos ataques a Cartagena de Indias o a Portovelo, es decir no permitir otro manoseo anglosajón al istmo de Panamá. Fue en esta ocasión cuando don Gastón se casó, el 11 de no- viembre de 1765, con la hija de don Melchor de Navarrete, doña María Josefa 4 , y fue así el padre de otro Miguel Gastón nacido en el virreinato de la Nueva Granada, y por consiguiente un hijo patrimonial de la España Americana que era una extensión territorial de Castilla. Y es este otro Mi- guel Gastón de Iriarte y Fernández de Navarrete, con madre y abuela cartagenera, el objeto de estas notas conmemorativas de los dos siglos de la Batalla de Trafalgar que se dio el 21 de octubre de 1805. Pero Miguel Gastón, el padre, no será dejado del todo de lado en este relato.

El joven cartagenero fue enviado a la península para que se iniciara en la

carrera de las armas y su primer empleo fue como paje del rey Carlos III. Más tarde fue nombrado Capitán del Regimiento de Brabante pero poco después de entrar a comandarlo fue aceptado su traslado a la Marina Real en la que quedó homologado como Teniente de Fragata el 6 de agosto de 1883, previos los exámenes que se le exigió debía aprobar. Se le ordenó embarcar- se en la fragata Magdalena a las órdenes del Capitán de Navío don Vicente Tofiño, director de la Compañía de Guardiamarinas, destinada la fragata a la formación del atlas hidrográfico de las costas de la España peninsular e islas adyacentes y a esa comisión quedó Miguel Gastón agregado. La citada co- misión se le había ordenado a Tofiño el 27 de junio de 1783 y él escogió como ayudantes a los oficiales destinados al Observatorio de Cádiz: José de Espinosa y Tello, Alejandro Belmonte, Julián Canelas y José Vargas Ponce 5 . Estos oficiales que se harían famosos en los anales de las expediciones cien- tíficas de reconocimiento hidrográfico que la corona extendería hasta cubrir la totalidad de las costas de la España americana, fueron entonces los colegas de Miguel Gastón, el cartagenero. Pero detrás de esto estaba el otro Miguel Gastón, el padre, que pronto sería el nuevo comandante de la Compañía de Guardiamarinas 6 y quien impulsó las tareas del observatorio de Cádiz adscri- to a esta compañía y promovió la formación de marinos astrónomos.

A los pocos días dio la vela la fragata Magdalena acompañada del bergan-

tín Vivo; salieron para Alicante para trabajar la costa comprendida entre los

4 Hija de María Micaela de Lanz y la Rocha.

5 Véase: Lafuente Antonio y Sellés, Miguel, 1988, El Observatorio de Cádiz (1735, 1831), p.

282.

6 Miguel José Gastón fue nombrado director de esa escuela el 12 de febrero de 1779.

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cabos de Palos y San Antonio. Concluida esta tarea regresaron a Cádiz a tomar otra fragata en mejor estado y como no la consiguieron, comprobaron la mar- cha de los relojes y partieron para las Baleares a hacer el trabajo desde tierra. Cuando se finalizaron tales trabajos, regresaron a Cádiz en donde recibieron la fragata Lucía y sucesivamente la Perpetua, la Loreto, y otras en las que continuó su destino hasta la conclusión. Poco después se encargó a Alejandro Malaspina de la reorganización del Observatorio Astronómico de Cádiz y a él se vincularon oficiales en octubre de 1788; ellos fueron Dionisio Alcalá Galiano, Alejandro Belmonte, José de Espinosa y Tello y Joseph Lanz, ni más ni me- nos 7 , por ser los últimos miembros de la comisión hidrográfica, y Miguel Gastón, Juan Bernaci, Julián y José Canelas como voluntarios, pero días más tarde la nómina del observatorio se define así: Capitán de Fragata Alejandro Malaspina, Tenientes de Navío Miguel Gastón, Dionisio Alcalá Galiano, Joseph O´Connock, y Alejandro Belmonte, en donde Miguel Gastón aparece como segundo en antigüedad. Otros oficiales de menor graduación eran Julián y José Canelas, Sebastián Páez de la Cadena y Máximo de la Riva.

Concluidas las tareas de la Comisión Hidrográfica, Miguel Gastón fue lla- mado a hacer el curso de Estudios Mayores en la citada Compañía de Guardiamarinas. El proyecto de establecer tal curso superó unas vacilaciones previas entre la formación del “oficial científico” y la del “piloto ilustrado”. La marina requería preparar un grupo, así fuera pequeño, de egresados de la com- pañía, para una más sólida formación que los capacitara para navegación y cartografía más precisa por métodos astronómicos y poder así extender a la España americana y sus dilatadas costas la labor que Tofiño había iniciado en las costas peninsulares. Pero, mientras llegaba el tiempo de realizar tales estu- dios, Miguel Gastón embarcó en el navío Bahama perteneciente a la escuadra de don Félix de Tejada, destinada a pruebas y evoluciones, las que se hicieron en el Mediterráneo con navegaciones a Nápoles y Liorna para llevar un saludo del nuevo rey Carlos IV a los soberanos de Nápoles y Etruria.

Concluidas estas navegaciones y evoluciones regresó Gastón a la Com- pañía de Guardiamarinas y, completados los Estudios Mayores, retornó a las tareas del observatorio hasta fines del 92, año en que su padre fue nombrado Capitán General del Departamento Naval de Cartagena del Levante 8 y pidió el paso de su hijo de Cádiz a Cartagena, lo que Miguel Gastón realizó de

7 Lafuente y Sellés, 1988, p. 282. En tiempos de la vicepresidencia del general Santander, Lanz se encargó del Observatorio Astronómico de Bogotá.

8 Miguel José Gastón fue nombrado comandante del Departamento de Marina de Cartagena, del levante, el 18 de diciembre de 1792.

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transporte en el navío San Isidro al mando de su padre. Pero en el año 93 se vio la corona de Castilla envuelta en guerra contra la Francia revolucionaria cuando la consigna de las testas coronadas era destruir la gloriosa revolución francesa; fue entonces cuando el Teniente General don Francisco de Borja nombró a Miguel Gastón uno de sus ayudantes y así permaneció algún tiem- po hasta cuando se le entregó el mando del jabeque San Felipe que se desti- nó a la división de jabeques al mando de don Felipe O´ Nelly para auxiliar al ejército que se llamó de Rosellón y a cruceros bloqueando a Pontvaindre o también escoltando convoyes de pertrechos hasta que, dos años después, lo embarcaron en la fragata Atocha en la que llevó tropa a Barcelona y pasó a Mahón y Liorna por fusiles. De regreso se le confió el mando de la fragata Matilde por real orden del 4 de julio de 1795 en la que dio a la vela condu- ciendo a Mahón un millón de reales de vellón para la escuadra del Teniente General don Juan de Lángara. Luego se le destacó al puerto de Liorna para traer más fusiles. Regresó a su departamento, el de Cartagena del Levante, y fue agregado a la escuadra del Teniente General José de Mazarredo. En esas, España le declaró la guerra a la Inglaterra, algo que se le achaca a cualquier vicio o defecto de Godoy pero que era de lógica y de necesidad. De necesi- dad por el pérfido ataque en tiempo de paz a cuatro fragatas que venían de América y que se opusieron a arbitraria inspección; de lógica también pues ante el conflicto entre Inglaterra y la Francia posrevolucionaria era para Es- paña imposible la neutralidad. Por la expansión bonapartista en el continente europeo la Inglaterra necesitaba hacerse al comercio americano, por lo pron- to en forma de contrabando, lo que implicaba roces continuos en el Atlántico y Francia requería al sur de los Pirineos un aliado subsidiador más que un neutral y también necesitaba el apoyo de la armada española. Por otro lado el fuerte de Francia era su ejército de tierra y el de España su flota de guerra: si había que pelear, mejor hacerlo sobre el agua con Inglaterra y no en territorio patrio contra Francia; y además la flota combinada hispano francesa que resultó no era poca cosa. La escuadra española, no en su mejor momento 9 ,

9 Unos años antes, hacia 1794, la Armada Real pasó por unos de sus buenos momentos, con 76 navíos de línea entre los que se encontraban los más nuevos y poderosos como el Santísima Trinidad de 134 cañones (La Havana 1769), el Santa Ana de 114 cañones (El Ferrol, 1784), el Real Carlos de 110 cañones (La Havana, 1787), el Príncipe de Asturias de 112 cañones (La Havana, 1794), el más nuevo de todos. Pronto esa fuerza entraría en rápida merma: en 1797, en la toma de Trinidad por los ingleses, se perdieron 4 navíos. Por uno de los tratados o convenios de esos días se le entregaron seis a Francia. En el combate del Cabo San Vicente se perdieron cuatro, dos más en Algeciras en 1801, y otros dos en el del Cabo Finisterre. Con uno que otro dado de baja por deterioro natural y ninguno construido después del Príncipe de Asturias, se llega a la cifra disponible en vísperas de Trafalgar.

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contaba con 54 navíos disponibles antes de Trafalgar. Si se agregan los 61 de

la escuadra francesa, la suma, 115, sobrepasa ligeramente a los 111 de Ingla-

terra con los que la había dejado el guerrerista mister Pitt. De modo que la lógica estaba con Godoy. Ahora, ya con la escuadra de Mazarredo mandada

por el Conde de Morales, salió Gastón en su fragata para incorporar esas fuerzas a la escuadra que venía de Cádiz mandada por Lángara y que se dirigía a Tolón, a donde llegó a comienzos de noviembre, retrasada por los temporales que la incomodaron. A mediados del siguiente mes salió de nue- vo la escuadra hacia Cartagena del Levante y frente al cabo Tiñoso, en la noche del 19 se vieron fogonazos desde la fragata Matilde. Forzó la vela don Miguel Gastón para acudir a la zona de donde provenían tales disparos

y llegó cuando los ingleses acababan de capturar a la fragata Santa Sabina

pero Gastón logró reconquistarla y por determinación del 30 de diciembre se le encomendó el mando de la Sabina y entregó la Matilde al Capitán de Navío Manuel Victoria. Reparada la Sabina en el Arsenal y ya separado de la escuadra hizo un crucero acompañado de otras fragatas a Cataluña y a las Baleares pero luego se formó una División con esas fragatas, Sabina, Flora, Soledad y Teresa al mando del Capitán de Navío Juan Pablo Lodares con el encargo de pasar al Océano Atlántico, lo que no pudieron hacer por el blo- queo de Cádiz y la Sabina quedó en el apostadero de Algeciras, frente a Gibraltar, del otro lado de la bahía al occidente del peñón, bajo las órdenes del comandante de ese lugar, el Jefe de Escuadra don Bruno de Hezeta, y en ese destino permaneció don Miguel dos años. Levantado el bloqueo de Cádiz, pasó el 7 de julio de 1799 a ese Departamento en su Sabina. En mayo del año siguiente salió de Cádiz hacia Canarias llevando tropa y artillería acom- pañando a las fragatas Hortensia y Carmen que iban hacia Lima pero una escuadra enemiga las interceptó quedando apresadas las otras dos pues la Sabina logró refugiarse de nuevo en Cádiz. Al año siguiente, 1801, fue a Algeciras con la escuadra del Teniente General Juan Joaquín Moreno a auxi- liar las naves francesas del Almirante Linois que se habían batido en Algeciras, contra la fuerza atacante de Saumarez que intentaba apoderarse de ese apos- tadero. En la segunda fase de ese combate de Algeciras, Cádiz atendió el pedido de auxilio del almirante francés y envió cuatro navíos acompañados de la Sabina. En la noche un navío inglés sin luces se interpuso entre el San Salvador y el Real Carlos, españoles; sin ser notado disparó contra uno de los dos y se retiró inmediatamente. Los dos navíos españoles se cañonearon hasta el amanecer. Cuando reconocieron el error ya no había nada que hacer. Los navíos se perdieron. Los dos jefes, Moreno y Linois, regresaron en la Sabina que entonces portaba esas dos insignias y así entró a Cádiz. Firmada la corta paz enrumbó Miguel Gastón hacia Cartagena de Indias con el fin de

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llevar esa noticia a Caracas y Santafé dando la vela en Cádiz el 13 de no- viembre de 1801; fondeó en su natal Cartagena de Indias el 11 de diciembre donde, además, dejó azogues y cargó de regreso caudales de registro; pero ese viaje a Cartagena de Indias tuvo otra finalidad: el 25 de noviembre del 98 el capitán de fragata Gastón expuso al rey desde Algeciras que habiendo fallecido su señor padre el Teniente General de la Armada de su mismo nom- bre se halla constituido curador de sus hermanos menores también al servicio de la armada y le es sensible verlos reducidos a estrechez y también no estan- do satisfechas las deudas que dejó su padre por haberse perdido en el navío San José el producto de la almoneda hecha en Cartagena del Levante con la venta de algunos muebles y joyas que le pertenecían, y que por estar pen- diente en Cartagena de Indias la testamentaria de su abuela por diferencias con otros herederos es precisa su presencia y no pudiendo pasar a esos luga- res por no separarse del buque de su mando experimenta el perjuicio de no percibir la parte que pueda tocarle para satisfacer a los acreedores de su pa- dre, suplicó al rey rendidamente que se tenga presente la fragata de su mando para destinarla en alguna comisión a Cartagena de Indias, Veracruz y La Havana y que en caso de tenerlo a bien se ordene el paso de la fragata a un arsenal a rehabilitarla para que esté pronta en esa ocasión. En lo que como se ve le dio gusto el rey con la mencionada comisión. Y con respecto a esa herencia, vale la pena recordar los haberes de don Damián de la Torre y Labarcés, segundo Conde de Santa Cruz de la Torre, que había sido propie- tario de extensas tierras en San Marcos del Carate y Nuestra Señora de los Dolores de Garrapata en jurisdicción de San Benito Abad, y que murió sin descendencia en 1749 y a quien heredó su prima hermana doña María Micaela, la abuela cartagenera de Miguel Gastón 10 .

A principios de junio de 1802 salió Gastón en la Escuadra de don Domin- go de Nava hacia las costas de Argel y Túnez, a donde ese general destacó al navío Bahama y la fragata Sabina en comisión de corso contra los tunecinos, pero arreglado el asunto con Túnez no tuvo lugar la campaña del corso y retornó la Sabina a Cádiz a atender las ocurrencias del Departamento. Lue- go más tarde, hubo de llevar caudales a Barcelona y Mallorca, los que fueron transbordados a la Sabina desde el navío San Pedro que los transportaba y que había perdido su palo de trinquete. Pero al llegar a Barcelona al día siguiente de haberlo hecho Carlos IV, el rey le ordenó permaneciese allí mien- tras la corte esperaba la escuadra que venía de Italia trayendo los reyes de

10 Detalles sobre este asunto se encuentran en: Restrepo Lince, Pastor, 1993, Genealogías de Cartagena de Indias, pp. 389-390.

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Una representación francesa de la batalla. Tomado de: Howarth David, 1971, Trafalgar. Colins, Fontana Books,
Una representación francesa de la batalla. Tomado de: Howarth David, 1971, Trafalgar. Colins, Fontana Books, Glasgow.

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Etruria y los príncipes de Nápoles para unos casamientos consentidos por la paz de Amiens a cambio de la entrega de la Lusitania a Francia 11 . El 6 de octubre completó su misión a Mallorca y regresó a Cartagena del Levante y de ahí a Cádiz transportando oficiales de la escuadra que había llevado a los reyes de Liguria. El 2 de julio de 1803 retornó a su natal Cartagena de Indias esta vez con la comisión de conducir al virrey nombrado para el Nuevo Rei- no de Granada don Antonio Amar y Borbón 12 y de paso dejar pliegos en Canarias y la Guaira. De Cartagena de Indias salió para Veracruz a donde llevó azogues y de ese puerto salió con tres y medio millones y el 14 de junio del año siguiente varó su barco en la costa de la isla de Cuba y hubo de rehabilitar la fragata en la Havana. El 2 de septiembre salió hacia Cádiz y el 17 fondeó en el placer de la Rota. Al entrar en la bahía de Cádiz la mañana siguiente recibió una real orden para que desembarcara los caudales en Vigo. Se hizo a la vela hacia ese puerto pero por real licencia que le concedió el rey por motivos de salud, entregó el 11 de noviembre la fragata al capitán de navío don Francisco Salazar y salió para el Ferrol y Madrid. Regresó a Cádiz luego y se hizo cargo del navío San Justo, para cuyo mando había sido designado el 26 de febrero anterior por el Príncipe de la Paz.

El navío San Justo de 74 cañones era de la dotación del Ferrol pero había sido, con el San Leandro, transferido al Departamento de Cádiz; estaba recién rehabilitado pero tenía una marinería novata, inexperta y poco eficien- te. Luego de haber asistido a su armamento pasó Gastón a principios de septiembre a la bahía.

Así quedó Miguel Gastón al mando de uno de los navíos de la fuerza com- binada hispano francesa a las órdenes de Villeneuve y, desde luego de Napoleón Bonaparte aliado a la Corona de Castilla. Siguiendo un plan de Napoleón, la combinada, pero no con todos los navíos de Gravina, el comandante del apos- tadero de Cádiz salió de allí hacia las Antillas el día 9 de abril de 1805. La intención, a más de transportar un ejército a Martinica, era la de atraer hacia mares americanos la escuadra de Nelson, dejarlo en las Antillas perdiendo tiempo en la búsqueda de la Escuadra Combinada a tiempo que ésta se unía a la escua- dra francesa que estaba en Brest al mando de Gentaume para entrar al Canal de la Mancha, dominar ese espacio y permitirle a Napoleón hacer la invasión a Inglaterra con su formidable ejército acampado en Boulogne en espera de la posibilidad de pasar el mar a la otra orilla. Cuando la Escuadra Combinada

11 Lusitania era una provincia del norte de Portugal.

12 Amar y Borbón fue nombrado virrey por Real Orden de 1802. Se posesionó el 17 de diciembre de 1803.

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estaba de regreso frente al cabo Finisterre, la esquina noreste de la Península Ibérica, se topó con la escuadra inglesa de Calder y se desarrolló la batalla de ese nombre el 22 de julio de 1805. En ese choque se perdieron los navíos Firme y San Rafael. Se averiaron muchos otros y la escuadra debió arribar, parte a Vigo y parte a la Ría de Ares, porque Napoleón les había prohibido arrimar al Ferrol para obligarlos a no demorar la entrada en el Canal de la Mancha. Con ese percance ya era dudosa la posibilidad de despejarlo e invadir a Inglaterra y, por otra parte, la nueva coalición contra Napoleón gestada por Inglaterra, había reunido las fuerzas de Rusia y Austria en contra de Francia, así que Napoleón dio media vuelta para mirar hacia el sol de Austerlitz. La suerte de Trafalgar quedó sellada pues Nelson que no demoró mucho en las Antillas ya estaba frente a Cádiz, al sur de la Península, y hacia ese puerto enrumbó Villeneuve desobedeciendo al ya emperador Napoleón Bonaparte. Obvio: la Escuadra Combinada, que entró a Cádiz el día de 20 de agosto, quedó bloqueada en esa bahía. La oficialidad española alegó que era mejor no salir a presentar combate frente a un enemigo resuelto a hacerla salir, manifestó las ventajas de dejar debilitar a los casacones en tareas de bloqueo durante el mal tiempo invernal. Cuando Napoleón desistió de invadir a Inglaterra vio en la Escuadra Combinada un apoyo útil como brazo sur de su empeño contra Austria y Rusia y le exigió transportar a Italia un ejército –de ahí que Morillo hubiese embarcado en esa escuadra–. Apareció entonces de nuevo la lógica de Godoy: que ese ejército lo transporte la escuadra de Salcedo, la del Departa- mento Naval de Cartagena del Levante, porque así Nelson dividiría sus fuer- zas, unas para perseguir a Salcedo y otras para el bloqueo a Cádiz y que si la escuadra francesa de Gourdon, a la sazón al occidente de la Península Ibérica, atacaba por la espalda a Nelson, entonces sí que saliera al combate la Combi- nada, pero Napoleón no lo permitió. Ya para ese momento los barómetros indicaban aproximación de tormenta; si la escuadra combinada –argüía Don Federico Gravina–, salía inmediatamente después de la tempestad, podría, ha- biendo estado protegida en la bahía durante el evento, presentar con ventaja un combate en el que la iniciativa no la tuviera Nelson, ocupado en reagrupar navíos zarandeados de un lado para otro mar afuera en la tormenta; pero Villenevue tenía un afán: salir de Cádiz, pasare lo que pasare, antes de que a ese puerto llegara el almirante Rosilly, el enviado por Napoleón para reempla- zar al desobediente; así que el 20 de octubre zarpó la escuadra combinada de Cádiz y con ella, esta vez sí, el navío San Justo 13 , y con él don Miguel Gastón.

13 Para el relato que viene a continuación han sido de extrema utilidad los recientes libros sobre la batalla: Cayuela Fernández, José y Pozuelo Reina, Ángel, 2004, La Batalla de Trafalgar, Barcelona y Adkins, Roy, 2005, Trafalgar, Buenos Aires.

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En la noche del 20 de octubre ordenó Villeneuve salir y formar con afán una línea de combate como se pudiera. El San Justo intentó hacerse en la popa del Bucentaure pero varios navíos franceses le disputaron ese lugar; se adelantó entonces para aprovechar un claro en la vanguardia. En la maña- na siguiente, ya con las velas inglesas a la vista, se ordenó ocupar los puestos establecidos y el San Justo quedó en la vanguardia. La escuadra había sido organizada en cinco cuerpos: a la cabeza iría la escuadra de observación al mando del Teniente General Don Francisco Gravina, con opción de manio- bra independiente, seis navíos españoles y seis franceses; seguía el cuerpo principal al mando de Villenueve con tres grupos: la vanguardia con cuatro navíos franceses y tres españoles en la que estaba el San Justo de Miguel Gastón en el penúltimo lugar. Seguía el grupo central con tres navíos espa- ñoles y cuatro franceses entre los que estaba el Bucentaure de Villeneuve. Cerraba la línea el grupo de retaguardia, también de cuatro navíos franceses y tres españoles. Ya con la escuadra inglesa encima, viento en popa pues el viento le cambió a Villeneuve. Ya cayendo los casacones en dos columnas en forma de cuña con intenciones de partir por el centro a la Escuadra Combi- nada, mandó Villeneuve virar los barcos en sus puestos y poner proa en dirección a Cádiz para tener al frente el refugio del puerto. Esa maniobra desorganizó la línea, apelmazó navíos en grupos y dejó claros pues no todos maniobraron con la misma rapidez y eficiencia. Unos cuantos, por torpeza innata del navío o por poca práctica de marinerías improvisadas, quedaron sotaventados y fuera de la línea; estos navíos fueron el San Justo, el San Leandro, el Neptune, el Indomptable, el Rayo, el San Agustín y el Argonaute.

A las 12 y 8 minutos la columna mandada por Collingwood cayó sobre el poderoso Santa Ana, frente al cual había el claro dejado por los sotaventados San Leandro, San Justo e Indomptable. Minutos más tarde el Victory de Nelson, luego de haberse dirigido contra el navío más grande del mundo en ese entonces, el Santísima Trinidad de cuatro puentes y ese día con 134 cañones, cayó sobre el que le seguía, el Bucentaure de Villeneuve al ver que este almirante izaba su insignia; cortó Nelson la línea por la popa del francés y así pudo iniciar su destrucción, pero el siguiente navío era el Redoutable del joven capitán Lucas con sus expertos y certeros tiradores en las cofas de los mástiles. Antes de rendir al navío de Villeneuve, un tiro de mosquete lanzado desde la cofa de mesana hirió a Nelson, cuyo condecora- do casacón lo hacía blanco inconfundible. La bala mortal se alojó en su co- lumna vertebral y el genio inglés murió esa misma tarde en su navío insignia. Collingwood supo llevar a completa realización los planes de su superior, que eran una genialidad, pero arriesgadísima: la herida de Nelson, el Victory

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pronto con su mástil de trinquete desaparecido y el Royal Sovereign, casi desarbolado y abandonado por Collingwood que hubo de trasladar insignia y mando a otra nave, muestran el alto riesgo de ataque de los casacones. Pero Nelson sabía que esa osada aproximación, sin poder responder al fuego ene- migo, no impediría que sus navíos se acercaran y batieran a quemarropa a las víctimas escogidas, pues sus adiestrados artilleros podían disparar dos o tres andanadas mientras españoles y franceses respondían con una sola, así que los destrozos serían mucho mayores en la escuadra enemiga.

El navío que seguía al de Nelson en su columna atacante era el Temeraire que cortó la línea entre el Neptune y el Redoutable franceses; al pasar al otro lado se encontró frente a dos de los navíos sotaventados que se lanzaron sobre él y lo atacaron, el primero por el costado de babor y el segundo por el estribor. Eran el San Justo y el San Leandro, pero pronto ambos navíos se dedicaron a cañonear al Royal Sovereign, por entre el boquete que ellos mismos habían dejado. El inglés había iniciado un despiadado ataque contra el Santa Ana. Los franceses Fougueux e Indomptable participaron tam- bién en este cañoneo. Luego, pasado el medio día, el Belleisle inglés se vio bajo el intenso fuego del San Justo, el Fougueux y el Indomptable. Media hora más tarde el San Justo y el San Leandro decidieron dejar de operar en la zona en la que el Royal Sovereign batía al Santa Ana, para con el Neptune, acudir en defensa de los barcos que eran atacados por la columna de Nelson. Luego encontramos al San Justo y al Neptune que acudieron a socorrer al Príncipe de Asturias, con la insignia de Federico Gravina, que con el San Hermenegildo luchaba imbatible contra grupos de barcos ingleses que se venían relevando en el ataque. El socorro llegó oportuno cuando ya el desar- bolado Príncipe de Asturias estaba en las últimas pues el tenaz fuego de los salvadores contra los atacantes, desilusionados con este sorpresivo refuerzo, permitió que la fragata Thémis lo sacara a remolque y así se salvó el Prínci- pe de Asturias, no así el San Hermenegildo que lo acompañaba. Con el heroico Gravina herido, pero sin haber arriado su insignia, se salvaron don Antonio Escaño Mayor de la Escuadra y su ayudante, el joven Teniente de Fragata don Antonio de Villavicencio.

Ya con Villenueve rendido a los ingleses y con la batalla perdida, dio como pudo Gravina la señal de regresar a Cádiz y la orden la cumplieron los navíos que aún estaban en condiciones de hacerlo. Se oyó entonces una tremenda explosión: en el Achille en llamas había estallado la santa- bárbara. Fue el fin del combate, ya a la caída de la noche. Pocos disparos se oyeron después. Los ingleses hicieron lo imposible por rescatar náufra- gos e iniciaron el remolque hacia Gibraltar de los barcos capturados. Lue-

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go se desató la tormenta. En la noche, o en la mañana siguiente, entraron a Cádiz once navíos sobrevivientes: los franceses Neptune, Indomptable, Héros, Argonaute y Plutón y los españoles Montañés, San Francisco de Asís, Rayo, San Leandro y San Justo. Salieron de nuevo algunos navíos a rescatar aquellos capturados por los ingleses pero que no había sido posible remolcar a Gibraltar, o que las tripulaciones sometidas los ha- bían recapturado. Fueron ellos el San Justo, el Rayo, el San Francisco y el Indomptable, pero si bien pudieron rescatar al Neptuno, al Santa Ana y al Algéciras y al Aigle, franceses, el tremendo temporal estrelló contra las rocas de la costa al Indomptable y al San Francisco de Asís y no fue posible hacer entrar al Rayo a la bahía de Cádiz y el vendaval lo arrastró hasta más allá de la boca del Guadalquivir en donde se despedazó contra las rocas. A la entrada a la bahía el San Justo tocó una roca en el bajío del Diamante y retornó al arsenal para esa reparación y cambio de arboladura, pues de Trafalgar regresó con un mástil perforado 14 .

El 9 de noviembre fue Miguel Gastón ascendido a Brigadier. Hasta el año 1808 permaneció el San Justo al mando de Miguel Gastón cuando por or- den de la Junta de Sevilla lo entregó al Marqués del Real Tesoro, para que con él fuera a Veracruz, no sin antes haber estado un tiempo agregado a la Escuadra del Almirante Rosilly, el reemplazo de Villeneuve, y esa agrega- ción concluyó con la ruptura con Francia por la invasión napoleónica, lo que ocurrió el 30 de mayo de 1808. Mandando las lanchas y cañoneras, contri- buyó Gastón a la rendición de la escuadra francesa del almirante Rosilly 15 . En junio la Junta de Sevilla lo comisionó para el cuidado y acantonamiento de los prisioneros tomados a la fuerza del general Bedelle, pasada la batalla de Bailén, para lo cual pasó por un mes a Sevilla. A su regreso a Cádiz, la

14 Los navíos que sufrieron peor castigo lo fueron por haber sido desde el comienzo objeto de destrucción a quemarropa por los ingleses que escogieron los más grandes o que portaran la insignia de algún comandante notable. Ellos fueron el Redoutable, con 487 muertos, el Boucentaure, el Fougueux y el Achille que, incendiado, voló luego. Entre los españoles los más destrozados fueron el Santísima Trinidad, el San Agustín, el San Juan Nepomuceno, el Monarca y el Bahama. El San Justo fue el navío español que salió mejor librado, con algunos heridos y daños reparables. Entre los ingleses muchos quedaron desarbolados y en mal estado; entre ellos el Victory, el Royal Souvereign, el Temeraire, el Britania, el Orión, el Swiftsure y el Minotaur.

15 Esa acción fue comandada por Juan Ruiz de Apodaca que había reemplazado a Gravina en el Departamento Naval de Cádiz y en ella tomó también parte don Pedro de Valencia y Saenz y Pontón. Ruiz de Apodaca que más tarde fue Capitán General de la isla de Cuba y luego virrey de Nueva España (Méjico) estaba casado con la criolla María Rosa Gastón, hermana, también nacida en Cartagena de Indias, de Miguel Gastón.

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citada Junta lo llamó de nuevo a Sevilla en calidad de ayudante a órdenes del general Castaños. A fines de diciembre la Junta de Sevilla le encomendó el mando del navío Plutón pero pronto lo encargaron del Algeciras con el cual llevó a Inglaterra como embajador extraordinario a don Pedro Cevallos y su comitiva y también con la tarea de adquirir fusiles en ese país. Después de haber entrado el navío a dique en Portsmouth para carenarlo, el embajador lo despachó a Cádiz de donde fue enviado con pertrechos para el ejército de Cataluña y provisiones para Mallorca luego de lo cual regresó a Cádiz a mandar el navío San Julián pero este hubo de entrar a dique por mal estado de su casco, mas al aparecer los franceses en el Puerto Real sacaron el navío para llevarlo a flanquear una batería terrestre cerca del puente de Suarzo y allí permaneció hasta junio. Al mes siguiente retornó a mandar el Algeciras y el 16 de junio dio la vela hacia Inglaterra conduciendo prisioneros y también

con la finalidad de carenar el navío. Concluida la tarea salió a fines de marzo

a socorrer a Tarragona con municiones y llevar a Alicante al recién nombra- do Capitán General de Valencia y a su comitiva y pertrechos.

Continuó entonces con las tropas que debía conducir a Tarragona pero

enterado que esa plaza se había rendido, procedió a dejarlas en Barcelona y fondeó en Arenis de Mar; dejó allí las municiones pero como el general de ese ejército no le recibió las tropas, hubo de dejarlas en Cartagena del Levan- te, de donde continuó a Cádiz. Permaneció allí hasta septiembre en que dio la vela con pliego cerrado. Abierto el pliego en alta mar encontró otro pliego

y una orden para pasar a Vigo; al llegar abrió el otro pliego que tenía una

orden de embarcar víveres para una travesía y llegado allí el Capitán general de Galicia, embarcó el Regimiento de Asturias y dio de nuevo la vela el día 19 de noviembre y habiendo salido del puerto abrió el último pliego sellado:

debía llevar la tropa a Veracruz en la Nueva España, así que puso rumbo de nuevo a su caribe natal llegando a su destino en enero de 1812. Desembarca- da la tropa esperó órdenes del virrey que nunca aparecieron. Entregó el man- do del navío a su segundo y, por mal estado de salud pasó en agosto a La Havana en el barco correo de ese mes. En La Havana, donde tenía parientes pues su tía mayor se había casado allí 16 . Restableció la salud y retornó al mando del navío Algeciras al que se unió el Asia; partió con los dos navíos el 13 de abril y llegó el 17 del mes siguiente a Cádiz. Por real orden de la Regencia del 4 de junio, entregó el mando del navío Algeciras al Brigadier Agustín Figueroa. Y quedó un tiempo en el Departamento Naval de Cádiz. En octubre de 1814, reinstalado como rey absolutista Fernando VII, expidió

16 María de Navarrete y Lanz casó en la ciudad de La Habana el 7 de noviembre de 1759 con Ignacio Peñalver y Cárdenas.

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el decreto por el que Miguel Gastón ascendió a Jefe de Escuadra. 17 El 12 de agosto de 1819 le fue concedida por el rey la gran cruz de San Hermenegildo y el 15 de abril del año siguiente el monarca lo nombró presidente de la Junta consultiva para los asuntos de la armada y con tal motivo pasó a la corte en Madrid y más tarde quedó nombrado en otra junta, la relativa a la orden de San Hermenegildo. Por motivos de salud hubo de solicitar licencia que el rey le concedió por el tiempo que necesitase y para que pasase a Cádiz o a otro puerto que le conviniera. En diciembre se presentó de nuevo en el Departa- mento Naval de Cádiz y por real orden del 29 de junio de 1821 lo nombró su Majestad, Comandante General del Apostadero de La Havana para donde

salió el 3 de enero siguiente de transporte en el bergantín Aquiles. Llegado a su destino se posesionó de ese alto cargo el 23 de febrero. En ese mismo Aquiles regresó a la península un marino oriundo de Popayán: Pedro de Valencia y Sáenz de Pontón 18 . Durante la permanencia en La Havana, como comandante del apostadero, ocurrió el combate del Lago de Maracaibo en el que José Padilla, que como paje de Cosme Churruca en el San Juan

19 , también había estado en Trafalgar, derrotó a la escuadra de

Ángel Laborde. En mayo de 1825 se abrió en La Habana, por orden de Miguel Gastón, expediente sobre esa acción, a solicitud de Laborde.

Pero vuelto el absolutismo a España por la perfidia absolutista francesa, un real decreto del 1º de octubre de 1823 lo dejó cesante en el gobierno de ese apostadero. Sin embargo, permaneció algún tiempo sin ser reemplazado pues el 18 de mayo de 1826 el duque del Infantado advierte que ha sabido que el Teniente General de la Armada don Miguel Gastón llegó a Burdeos y que si pasa a la capital se le pregunte que si en La Havana se vigila a los extranjeros sospechosos de que se dice abunda esa ciudad. Se aclara que por real orden del 10 de julio de 1825, ascendió Gastón a Teniente General de la Real Armada. Pero al año siguiente, en 1826, hubo de someterse al proceso de purificación aplicada a todos aquellos que sirvieron al rey cuando éste juró y ordenó jurar la Constitución de Cádiz o al gobierno de la Regencia, al cual adhirió la marina, así hubieran tenido al rey secuestrado en su corazón. Purificado, y ya también, agradecidos sus servicios por su Majestad con la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica 20 , pasó a Cádiz

Nepomuceno

17 Esto ocurrió el 16 de octubre de 1814.

18 Nacido en Popayán en 1766, ingresó a la Armada Real como guardiamarina el 24 de mayo de

1781.

19 El paje o criado de un oficial no pertenecía a la Armada, era empleado personal del oficial.

20 Pavía, F. de Asís, 1893, galería biográfica de los generales de Marina, Madrid. Tanto Miguel Gastón, como su padre, ocupan espacio propio en esta galería.

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en donde permaneció hasta 1832. En ese año se le concedió licencia para atender su salud; se reintegró al año siguiente a Cádiz donde estuvo hasta cuando la Real Orden del primero de agosto de 1838, le concedió permiso para pasar sus últimos días con sus parientes en La Havana, en donde murió el 6 de julio de 1839, no muy lejos de su natal Cartagena de Indias.

Fue Gastón con el capitán de navío don Pedro de Agar y Bustillo, oriun- do de Santafé, el otro marino americano que ocupó altos cargos en el gobier- no durante el trienio liberal; el uno como Comandante General de la Marina en La Havana y el otro como Capitán General de Galicia. Fueron Miguel Gastón de Navarrete y Pedro de Valencia y Sáenz de Pontón, los dos nacidos en el Virreinato de Santafé que llegaron hasta el alto cargo de Tenientes Ge- nerales de la Armada, apenas por debajo de un Capitán General de la Arma- da, el más alto grado de la Armada. Así la idea globalizante y unificadora de la Corona abría los empleos en la metrópoli a sus españoles americanos. Ellos, más tarde verían esa unificación no como pertenencia a una gran na- ción, sino como signo de dominación.

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