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PLUTARCO - Moralia I. 04 - Cómo distinguir a un adulador de un amigo

PLUTARCO - Moralia I. 04 - Cómo distinguir a un adulador de un amigo

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PLUTARCO

OBRAS MORALES Y DE COSTUMBRES
(M O R A L IA )
I
SOBRELA EL SE JOVEN DEBE EDUCACIÓN ESCUCHAR DE UN DE L O S H I ] O S - C Ó M O LA POESÍA - SOBRE DISTINGUIR LA VIRTUD DE B E CÓMO A UN

ESCUCHAR - C Ó M O PROGRESOS DE ABUNDANCIA EN DE

ADULADOR PROPIOS SACAR

AMIGO - CÓMO

PERCIBIR LOS -C Ó M O

PROVECHO

LOS E NE MI GO S - SOBRE L A AMIGÓS

INTRODUCCIONES, TRADUCCIONES Y NOTAS POR C O N C E P C IÓ N M O R ALES O T A L Y JOSÉ G A R C ÍA LÓPEZ

&
E DITO RIAL GREDOS

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 78

A sesor p a ra 3a sección griega: C a r lo s G a r c ía G u a l .

Según las norm as de la B. C. G., las traducciones de este volum en han sido revisadas p o r R o sa M .» A g u il a r .

O

E D IT O R IA L G R E D O S , S . A. Sánchez Pacheco, 81, M a d rid . E spañ a, 1985.

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tra d u c c io n e s, in tro d u c c io n e s

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c a b o p o r : J osé G a r cía L ó p e z ( S o b r e la e d u ca ció n d e lo s h ijo s ,

C ó m o deb e el jo v e n escu ch a r la p oesía , S o b r e c ó m o se debe escucha r, C óm o d is tin g u ir a u n a d u la d o r de u n a m ig o ) y
C o n c e pc ió n M orales O t a l (C ó m o p e r c ib ir lo s p r o p io s p ro g re s o s

en la v irtu d , C ó m o sa ca r p r o v e c h o d e tos en em ig os, S o b r e la a b un d a ncia de a m ig o s ).

Depósito Legal: M. 43741-1984.

IS B N 84-249-0973-9.
Im preso en España. Printed in Spain.

Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, M adrid , 1985.— 5797

IN TRODU CCIÓN

I.

Plutarco. Rasgos form ación 1

generales

sobre

su

vida y su

La personalidad de Plutarco de Queronea emerge, co­ mo pocas de la Antigüedad, con gran claridad y fuerza, de sus obras; sobre todo de sus Obras morales, de las que se ha dicho que más que una serie de obras, como pueden serlo sus Vidas paralelas, son su propia vida. Desde un prim er momento se nos presenta el gran polí­ grafo griego como escritor de una vasta cultura y tran­ sido, hasta los últimos rincones de su alma, por una preocupación m oralizante ante los diversos aspectos de la vida que son objeto de su reflexión y estudio. Viviendo en una época oscura de Grecia, en la que esta provincia del gran Im perio romano disfruta de una relativa paz y prosperidad, desarrolla su actividad lite­ raria a caballo entre los siglos i y n d. C., honrándose con la amistad, seguramente, del em perador Trajano del que incluso, se cree, recibió un cargo consular. Nació alrededor del año 46 en la pequeña ciudad de Quero­ nea, en Beocia, de una fam ilia de cierta tradición y no­ bleza. Al comenzar su adolescencia, fue enviado como
1 Estos apuntes son sólo una breve noticia introductoria a los tra­ tados aquí traducidos. La Introducción general a la vida y obra de Plutarco apareció en el vol. I de las Vidas Paralelas.

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otros jóvenes de su tiempo, a Atenas, universidad del mundo antiguo, sobre todo para los estudios de filoso­ fía. A llí asiste, en la Academia, a las clases de Amonio, un peripatético de ascendencia egipcia, varias veces men­ cionado en sus obras, de cuya mano se adentra en los conocimientos de la matemática, la religión, la retórica y, naturalmente, de toda la filosofía platónica, así como del pensamiento de la escuela peripatética, de Epicuro y de la Estoa, con la que, en más de una ocasión, enta­ blará Plutarco fuertes polémipas en algunas de las obras que se nos han conservado. Autor de poca originalidad, nos dejará reflejadas en su extensa obra las enseñanzas recibidas de su maestro y am igo Amonio y posiblemen­ te de otros maestros de la Academia ateniense. Su muer­ te acontece poco después del ario 120 de nuestra Era.

II.

Plutarco. Sobre la educación y la amistad

Los siete tratados de Plutarco que se incluyen en es­ te volumen forman un compendio bastante completo del pensamiento plutarqueo en torno a dos aspectos muy relevantes en su vida: la educación y la amistad. Son, además, los prim eros que aparecen en la edición de H. Stephanus de las Obras morales (1.572), orden que ha sido el tradicionalmente aceptado y que siguen los edi­ tores de la Teubner, cuyo texto griego hemos elegido para realizar la presente traducción. También sigue siendo costumbre entre los estudio­ sos la referencia a las Obras morales bajo los epígrafes de la traducción latina, y es por ello por lo que vamos a ofrecer también nosotros los títulos latinos de los sie­ te tratados, dando a continuación nuestra traducción al castellano. Esos títulos son los siguientes: De liberis educandis, Quomodo adolescens poetas audire debeat, De recta ratione audiendi, Q uom odo adulator ab am ico in-

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ternoscatur, Quom odo quis suos in virtute sentiat profectus, De capienda ex inim icis utilitate y De am icorum multitudine, títulos que, a partir del original griego, no­ sotros traducimos así al castellano: Sobre la educación de los hijos, Cómo debe el joven escuchar la poesía, So­ bre cóm o se debe escuchar, Cóm o distinguir a un adula­ dor de un amigo, Cóm o p e rcib ir los propios progresos en la virtud, Cóm o sacar provecho de los enemigos y Sobre la abundancia de amigos. Por la razón más arriba apuntada y en relación con este mismo aspecto, cuando nos tengamos que referir a títulos de los tratados de las Obras morales no inclui­ dos en este volumen, lo haremos por su nombre en latín. Para todos estos tratados eligió Plutarco la form a literaria de la diatriba, empleada en la Antigüedad es­ pecialmente por la filosofía estoico-cínica. SchmidStáhlin (cf. B ibliografía) resume, creemos que acertada­ mente, esta estructura literaria diciendo que se carac­ teriza por su viveza, sus cuadros plásticos, la abundan­ cia de comparaciones, de citas de poetas, máximas, anéc­ dotas, chistes, antítesis y frases paralácticas, sin poner demasiada atención en la form a de la frase. En cuanto género se remonta su creación a la im provisación oral, con la que los «p redicad ores» cínicos se dirigían a la multitud en las plazas y calles públicas. Como creador de la diatriba se nombra a Bión de Borístenes, varias veces citado por Plutarco en estos tratados. Entre los escritores de la Antigüedad que emplearon esta form a para exponer su pensamiento, además de Plutarco, se puede destacar a Filón, Dión Crisóstomo, Epicteto y Luciano.

III.

Su actividad educadora

Con un gran acervo cultural enraizado en la más pu­ ra helenidad vuelve, tras fin alizar sus estudios en Ate-

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ñas, a Queronea, en donde permanecerá la m ayor parte de su vida, a pesar de sus numerosos viajes a otras par­ tes de Grecia, Asia, Á frica y, sobre todo, a Roma. A to­ dos estos lugares le llevan m otivos políticos y, princi­ palmente, actividades culturales (sobre todo, en form a de conferencias). Entretanto, va form ando en su peque­ ña ciudad natal un círculo de personas interesadas por la form ación del hombre, al que, desde un principio, se unen miembros de su familia, com o su abuelo y sus hermanos, sus propios hijos y los de sus fam iliares y amigos y, en no menor medida, personas de más edad, atraídas por unas enseñanzas que convertían las reu­ niones de Plutarco en una nueva Academia, digna sucesora de su homónima ateniense. Como anécdota, siem­ pre resaltada y que señala la estrecha relación con la escuela platónica, diremos que en Queronea eran festi­ vos los días en que nacieron Sócrates y Platón. Su gran vocación pedagógica y su inclinación a las relaciones amistosas encuentran un ámbito para reali­ zarse en este círculo. Plutarco, que también en sus es­ critos se nos muestra como un buen padre y como un amante esposo, fue, sobre todo, un maestro y un amigo de sus discípulos y condiscípulos. Para unos y otros, griegos y romanos, escribió y dedicó la m ayor parte de sus obras. Precisamente en los siete tratados que reco­ ge este volumen se nos revela el escritor de Queronea en estos dos aspectos que ya antes resaltábamos como los más destacados de su larga vida: la educación y la amistad. Precisamente es gracias a sus obras, muchas de ellas, sin duda alguna, escritas con fines esotéricos y discuti­ das y comentadas en su propia escuela, por lo que po­ demos asegurar que en ésta se enseñaban y trataban en prim er lugar los problemas de la filosofía. Entre és­ tos, los relacionados con la ética ocupaban un puesto muy destacado y de prim er orden; Plutarco fue ante to­

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do un m oralizador. Cuestiones en torno a la física, ma­ temática, geometría, música, astronomía, poesía y los temas de las escuelas filosóficas, como las de Epicuro y la Estoa, concurrentes con la Academia, complemen­ tarían, junto a los problemas religiosos, las enseñanzas básicas impartidas por la nueva Academia de Queronea. Todo ello enmarcado en un único fin: la búsqueda cons­ tante por dirigir al hombre hacia la virtud (areté), me­ diante la lucha y control de las pasiones (páthé). Siguiendo la tradición platónica y de la Academia ateniense, los estudios de retórica ocuparían un lugar muy secundario en el cuadro general de este círculo de form ación principalmente filosófica.

IV.

Plutarco, teórico de la educación

Su actividad educativa le sirvió a Plutarco para tra­ zar unas líneas, quizá un tanto utópicas, como él mismo reconoce, sobre la educación, uno de los aspectos más importantes en la vida del hombre. La tradición griega en torno a la paideía, a la form a­ ción integral del hombre, es un hecho que, en diversos estudios y épocas, ha sido recogida sin interrupción por los distintos escritores y pensadores griegos, y en esta corriente pedagógica, que alcanza su culminación en las doctrinas de Platón, se inserta Plutarco. N o obstante, será necesario destacar ya desde ahora, y para m ejor comprender el pensamiento de nuestro autor, que, co­ mo en los campos político, social y religioso, también en el pedagógico deberemos tener en cuenta esa línea divisoria, un tanto insegura, pero al mismo tiempo real, que nos obliga a hablar de un mundo helénico, antes de Alejandro, y uno helenístico, tras las grandes con­ quistas y expansión de la cultura y la lengua griega por obra del gran macedonio.

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Todos los esfuerzos de la paideía griega estaban con­ centrados en la form ación del hom bre con el fin de que su comportamiento como ciudadano fuera el más pro­ vechoso para la polis, para el Estado, desde su puesto como simple m iem bro de esa comunidad y hasta en los lugares más destacados dentro de la jerarquía política, social y religiosa. Con la crisis de la polis como eje central de la vida del hombre griego, esta visión form ativa del hombre iba necesariamente a sufrir un cambio sustancial, que se enmarca dentro de la gran convulsión transform adora que se apodera de Grecia en esta época. El ciudadano no va a ser tenido en cuenta ni tampoco será consultado a la hora de tomar las decisiones de gobierno, en sus diversos aspectos; por tanto, la form ación del ciudada­ no, al ser amputada considerablemente su participación en la vida comunitaria, va a tom ar nuevos derroteros en los círculos generalmente particulares en los que se im ­ parte. Es lo que podríamos llamar una interiorización de la paideía; el hombre perseguirá más que nunca aquella máxima tan antigua y socrática del «Conócete a ti mis­ m o», obligado por el feroz individualismo y el aislamien­ to a que le han llevado los poderes públicos. En este ambiente, que perdura prácticam ente a través del Im ­ perio romano hasta el final de la Antigüedad, debemos situar las doctrinas pedagógicas y morales de Plutarco. Para el hombre helenístico, griego y romano, habi­ tante solitario de un mundo de fronteras demasiado ex­ tensas e inseguras y sometido a cambios constantes, es­ cribe nuestro autor su obra, con la ilusión, sin duda, de que le sirva de guía en los aspectos principales de su vida. Pues, si tanto las Vidas Paralelas como las Obras Morales tienen, en general, un fin eminentemente moralizador, también es verdad que en ellas se encierra todo un cúmulo de saberes y reflexiones que abarcan los te­ mas más variados de la im portante cultura griega.

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Mas, ciñéndonos al aspecto puramente educativo, Plu­ tarco extiende su mano y su ayuda al hombre desde el mismo momento de su nacimiento, e incluso antes del mismo, para no abandonarlo en el transcurso de su vi­ da. De los cinco tratados plutarqueos, que K. Ziegler clasifica bajo el epígrafe de «p edagógicos», tres están incluidos en este volumen y nos servirán como base pa­ ra esbozar un breve panorama sobre la educación en Plutarco; los otros dos son De nobilitate y De música. Del prim ero (De nobilitate) no diremos nada, por no ha­ bernos llegado, sin duda alguna, el original griego, y sí, posiblemente, el tratado de un humanista italiano del siglo xv.i, m al conocedor del griego y que, sobre la noticia de Estobeo de una obra sobre el mismo tema de Plutarco, escribió este libro. Haremos, en cambio, alguna breve alusión al De música, a pesar de estar con­ siderado como espurio dentro de la obra plutarquea, por ser un compendio de las doctrinas sobre el valor ético-pedagógico de la música en el siglo v a. C. y que la Academia platónica recogió en su enseñanza. Otra cosa muy distinta es que podamos decir que Plutarco, a quien se le atribuye este tratado, creyera todavía útiles para su época la doctrina musical de su gran maestro. El tiem po no ha pasado en vano, y en esta disciplina tie­ nen, más que en ninguna otra, su aplicación las consi­ deraciones de los cambios ocurridos en la sociedad grie­ ga en el helenismo, de los que hablábamos al principio de este apartado. Prácticam ente son nulas, en los otros tratados, las alusiones a la música, propiamente dicha, frente a las frecuentes alusiones a otro arte, la pintura, de nula tradición en la paideía griega. Frente a esto, ningún estudioso duda de la autentici­ dad de Cóm o debe el joven escuchar la poesía y Cómo se debe escuchar. En torno al Sobre la educación de los hijos, a pesar de la polém ica surgida sobre la autoría de Plutarco, a la que nos referirem os más adelante en

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la introducción al mismo, todo el mundo está de acuer­ do en señalar que en él están esbozadas, en síntesis, las líneas generales sobre la educación atribuidas a nues­ tro autor y con el pensamiento plutarqueo expuesto en el resto de las obras. Así, de este opúsculo dice, por ejemplo, J. J. Hartman, en De Plutarcho scriptore et philosopho, Leiden, 1916, pág. 16: «Unus hic libellus minus sexaginta paginarum totum nobis Plutarchum ponit an­ te oculos». La e d u c a c i ó n e n s u s o b r a s . — En Plutarco la form a­ ción del hombre comienza, como hemos dicho más arri­ ba, incluso antes de su nacimiento. El origen de los pa­ dres, sobre todo el paterno, ha de ser tenido en cuenta en prim er lugar, pues puede in flu ir en el carácter y en la vida del niño, que, en un m om ento dado de su vida, podría avergonzarse de sus mayores. A este aspecto que podríam os denominar biológico y natural de la educa­ ción, se añaden la razón y la costumbre, que se entien­ den como la instrucción y el ejercicio, en cuanto partes importantes en la adquisición de la virtud. De una natu­ raleza mediana, se nos dice, podrá sacarse provecho m e­ diante una adecuada instrucción y un ejercicio tenaz; por el contrario, la falta de estas dos condiciones harán estéril, incluso, a una naturaleza ya excelente de naci­ miento. Desde estos presupuestos. Plutarco se detiene toda­ vía en los prim eros años de la vida del niño para decir­ nos que, tras el nacimiento, es conveniente que la ma­ dre alimente ella misma a su hijo, pues esto reforzará los lazos de unión entre ambos, que faltarán en el caso de que los niños fueran criados por una nodriza a suel­ do. En el caso de que ello no fuera posible, se deberá procurar que la nodriza sea griega y que las enseñanzas que el niño reciba a su lado sean las adecuadas. Platón, con sus consejos, es aquí el m odelo a seguir para que

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los niños no escuchen de labios de sus nodrizas leyen­ das y mitos elegidos al azar, que pudieran deformar, en sus comienzos, sus pensamientos en torno a dos as­ pectos tan importantes como son la religión y la propia historia del pueblo griego. Cuando el niño llegue a la edad de ser confiado a un pedagogo, los padres deberán poner sumo cuidado en la elección de esta persona a la que van a entregar a su hijo en una fase crucial de su formación. No debe­ rán, por ello, escatimar los medios económicos y procu­ rarán que sean personas irreprochables en su vida y de gran experiencia. Los fallos y descuidos en este as­ pecto suelen producir resultados de los que los padres siempre se arrepentirán. Un joven libertino que se pier­ de en el juego y en los placeres, es, generalmente, el resultado de la mala elección de un pedagogo. En esta etapa de su vida, aunque Plutarco no nos lo diga explí­ citamente, el niño sería iniciado en los rudimentos de la escritura y la lectura, iniciando un prim er acerca­ m iento al acervo poético-cultural griego, de forma prin­ cipalmente memorística. Sabemos por toda la tradición antigua que éstos eran los prim eros pasos de la educa­ ción del niño griego. Pero nuestro autor nos da, además, normas de con­ ducta aplicables, tanto a los padres como a los maes­ tros, en relación con los castigos a aplicar al niño en esta etapa de su formación. Los castigos físicos nunca deben ser usados, y las alabanzas por el trabajo bien realizado deberán ir convenientemente mezcladas con los reproches por las faltas cometidas. La educación, esa posesión inm ortal y divina, que nunca puede ser des­ truida, debe mantenerse siempre, como los buenos dis­ cursos, en un justo medio, para que con ella se formen en los niños caracteres esforzados y. honestos, no osa­ dos ni cobardes.

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La mentira, las palabras obscenas, la cólera y, en general, las pasiones deberán saberlas dominar los ni­ ños, que se ejercitarán también en esta virtud en su ado­ lescencia. Por fin, el dominio de la lengua, el saber guar­ dar silencio, se enseñará, igualmente, desde los prim e­ ros años, pues un silencio oportuno puede ser más va­ lioso que el m ejor y más artístico discurso. En general, la moderación siem pre será puesta por Plutarco como fin prim ordial de toda reflexión educativa. La gimnasia, como lo venía siendo en toda la paideía tradicional griega, es también destacada por su im por­ tante papel en la educación, siempre, claro está, que no se lleve a cabo con excesos. Es recomendable por ese equilibrio buscado por el griego entre el cuerpo y el alma, que su admirado m aestro Platón se encargó de form ular y postular como básico en la vida del hombre. A la edad correspondiente, los jóvenes se ejercitarán con el arco, la jabalina y con la caza, consiguiendo así una adecuada preparación para su posterior servicio en las guerras en defensa del Estado. Tanto en la gimnasia como en cualquier otra activi­ dad cultural, el trabajo debe ir combinado con el des­ canso, para que aquél sea verdaderam ente provechoso. De todo esto, el padre no hará delegación en otra perso­ na, sino que él mismo se preocupará porque sea así, vigilará las clases que recibe su hijo y se interesará por el cumplimiento y trabajo del pedagogo, sin pensar que en esta labor pueda ser sustituido por nadie. En líneas generales, éstas serían las directrices fo r­ muladas por Plutarco para una prim era etapa de la fo r­ mación del hombre. En ella ya destaca su interés, pre­ sente en toda su obra, por la m oderación en todos los aspectos de la vida. Tam bién se pone de relieve en el tratado Sobre la educación de los hijos, del que están tomados los anteriores preceptos educativos, esa faceta en la vida de Plutarco a la que ya antes hemos aludido,

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a saber: su preocupación por las buenas relaciones en­ tre los distintos miem bros de la familia. Plutarco, se nos dice, fue un padre cariñoso y un amante esposo, y esta form a de ser había de aparecer necesariamente de alguna form a en su obra, y creemos que es así. El fue para sus discípulos, más que un maestro, un padre y un buen amigo. Pero Plutarco, como es natural, no abandona al hom­ bre en esta prim era etapa de su vida, sino que continúa acompañándolo en su form ación también, una vez que ya ha vestido la toga virilis o, lo que es lo mismo, cuan­ do ha alcanzado una m ayoría de edad. En ésta, el siste­ ma educativo ha de variar, si se quieren form ar jóvenes amantes del trabajo y capaces de reprim ir las pasiones, que a esa edad los invaden y acosan. Ahora se ha de tener más cuidado con ellos y apartarlos de las malas compañías de hombres perversos, mostrándoles ejem ­ plos de hombres que cayeron en desgracia, por no ha­ ber sabido' evitar esas compañías y las de los adulado­ res, esos hipócritas de la amistad. La escuela de Plutarco acogía a los jóvenes una vez que habían llegado a esa m ayoría de edad. A este centro y a otros extendidos por toda la geografía del Imperio, solían acudir los jóvenes de fam ilias acomodadas para com pletar su educación. Entre tales centros parece que el de Queronea gozaba de un reconocido prestigio en la Antigüedad. Plutarco nos dice que la base de la instrucción del joven en esta época está en las llamadas artes liberales, pero que, sin lugar a dudas, deberá ser la enseñanza de la filosofía la que m ayor esfuerzo y atención m erez­ ca por parte de maestro y discípulos. La filosofía es la que enseña al joven todo lo bueno para su com portam iento en la vida, el ser cariñoso con los hijos y con la mujer, el querer a los amigos, el res­ petar a los ancianos, las leyes y las normas religiosas, etcétera.

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Mas, como el estudio de la filosofía puede resultar demasiado árido a los principiantes, este obstáculo se podrá salvar mediante una lectura adecuada de los poe­ tas, que se convierten así para Plutarco en el principal contenido de una propedéutica al estudio de la filoso­ fía. Platón concentraba todas las posibilidades morales de la poesía en la educación; Aristóteles creía que la poesía tenía un valor principalm ente estético, aunque no desechaba de ella el valor m oral; en cambio, Plutar­ co sólo busca en la poesía la m oral que pueda esconder­ se en ella, aun cuando el poeta no haya tenido una in­ tención moralizante. Ésta es la p^íftjlra que adopta en su tratado Cómo debe el joven escuchar la poesía. N o es éste un tratado de crítica literaria, pues en ningún momento fue tal la intención de Plutarco al escribirlo. Su acercamiento a la poesía es únicamente desde el punto de vista m oral. En el terreno de la crítica literaria, por lo demás, los estudiosos le conceden a Plutarco una importancia mínima en relación con su contribución en este campo; otra cosa es que se puedan sacar conclusiones de la lec­ tura de sus tratados en torno a obras y autores de la literatura griega que, por cierto, conocía muy bien. Tam­ bién había leído, como lo demuestra su vasta erudición, un número mayor de obras que las conservadas hoy por nosotros. De todas formas sabemos que la poesía, y no sólo la llamada didáctica, desde los tiem pos más antiguos fue la base reconocida de la educación griega, y en este aspecto Plutarco recoge este valor, aunque sin quedar­ se anclado en él; su m eta no terminará ahí, sino en la comprensión de los problemas filosófico-m orales, que son para él la consumación de todos los estudios de li­ teratura, de historia, matemática, astronomía, música, geografía, medicina, etc. Por eso, en su acercamiento a la poesía abandona toda consideración estética de la

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misma, en una época, por lo demás, en la que ya había muerto el poder creativo griego de la belleza y donde tampoco existía impulso alguno para su estudio estético. Platón le sirve también aquí de guía en este deambu­ lar por el mundo de la poesía; sobre todo, cuando aquél excluye los mitos inmorales de su ciudad ideal. Sin em­ bargo, Plutarco no irá tan lejos como para excluir la poesía de su sistema educativo. En la poesía hay moral, si se lee o escucha con cuidado, y Plutarco la considera una parte importante de su m étodo de enseñanza, pues en el fondo toda ella es didáctica. Debido a que los jóvenes pueden sentirse atraídos por la poesía en detrim ento de la filosofía, es necesario enseñarles el recto uso de aquélla. Desde un principio se les ha de decir a los jóvenes que «los poetas mienten m ucho», un dicho tradicional, del que Plutarco arranca para desarrollar todas sus prevenciones en torno a una lectura o audición indiscriminada de la poesía. A par­ tir de aquí y en un verdadero alarde de erudición litera­ ria, pero sobre todo poética, Plutarco se vale de su co­ nocimiento de la rica tradición griega para levantar to­ do un edificio en torno a las virtudes o vicios que el joven deberá aceptar o condenar, siempre que los di­ chos de los poetas, en últim o término, se vean avalados por parecidas afirm aciones y máximas en los filósofos. Homero, Eurípides, Sófocles, Esquilo, Menandro, Hesíodo y Píndaro serán los poetas que, por este orden, servi­ rán para poner de m anifiesto con sus obras tal o cual virtud a im itar o tal o cual vicio, que habrá de ser rechazado. Sobre el lugar de p rivilegio de Homero, citado de una u otra form a, veinticinco veces, se debe recordar su lugar preeminente en la paideía tradicional griega y que de él Platón, aun rechazándolo como ins­ tructor moral, dice que «es el más sabio de nuestros poetas» y «e l capitán y maestro de la bella compañía trágica» (Rep. 776 e y 595 c). Arquíloco, Baquílides, T i­

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moteo, Teognis, Filemón, Alexis, Simónides, Esopo y Tespis, serán los otros poetas que apoyarán, igualmente, la tarea del maestro de Queronea. Es de destacar la ausencia de oradores, que sí fueron empleados, en cam­ bio, en el tratado Sobre la educación de los hijos, y de Aristófanes, igualmente citado allí. Las citas de los filó ­ sofos pertenecen prácticamente a todas las principales escuelas filosóficas desde los presocráticos a los estoi­ cos, pasando por la Academia y Platón, Aristóteles y el Perípato y los Cínicos. En este tratado tendremos resum ido el m étodo pro­ puesto en la escuela de Plutarco para un acercamiento a la poesía. Norm alm ente corría a cargo de un grammatikós o philólogos, cuyo objetivo era el estudio profundo de los poetas clásicos. La explicación de los autores se hacía en cuatro tiempos: la crítica o corrección del tex­ to, la lectura, generalmente en voz alta, la explicación y el ju icio en torno a lo que se acababa de escuchar. A todos estos ejercicios intentaba Plutarco buscarles siempre una utilidad moral. Ésta era, por lo demás, la finalidad con la que el gram ático helenístico se acerca­ ba, en esta época, a la poesía tradicional, en donde se buscaba, sobre todo, ejem plos heroicos de perfección humana. Los estoicos, en cuyas manos H om ero se con­ virtió en el «m ás sabio de los poetas», desempeñaron en esto un papel preponderante. De todas formas, para term inar este punto, pensemos con M arrou (cf. B iblio­ grafía) que, para cualquier griego, «e l conocim iento de los poetas constituía uno de los atributos principales del hombre culto, uno de los supremos valores de la cultura», pero si esto estuvo lleno de contenido durante un largo período de la Helenidad, «es menester com ­ probar que a medida que pasan los siglos, las razones que aconsejaban el estudio de los poetas se van esfu­ mando poco a poco en la conciencia griega, de suerte que ello se convierte en tema de ejercitación, desde Plu­

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tarco hasta San Basilio... Así el objetivo de los clásicos llega a ser un objetivo en sí mismo, sin que ahora se sepa muy bien por qué interesa tanto conocerlos». Piénsese que no en balde la sociedad en la que esa poesía había surgido ha sufrido profundos cambios, co­ mo ya hemos resaltado anteriormente. Plutarco se ha de encuadrar necesariamente en estas nuevas coorde­ nadas, que son distintas a las de los filósofos y educa­ dores de la época clásica; no obstante, adm irador del pasado, seguidor de Platón y ecléctico ante los valores que la cultura griega le ofrece, quiere demostrar que es ése un tesoro que conserva aún plena vigencia, siem­ pre que sepamos em plearlo. N o obstante, ahora lo em­ pleará, no para form ar ciudadanos, sino para form ar hombres de buenas costumbres, respetuosos con sus se­ mejantes, con la religión y con las leyes en general. Es­ tas consideraciones en torno a la posición de la poesía en la paideía tradicional griega y en la época de Plutar­ co pueden explicar el uso que de la misma hace nuestro autor en Cóm o debe el joven escuchar la poesía. Desde un prim er momento el joven debe saber que así como no son las formas, sino el contenido lo que conviene examinar y dar importancia en los poemas, del mismo m odo en la vida del hom bre tiene m ayor im por­ tancia la virtud o vicio interiores que las excelencias o defectos del cuerpo, en muchas ocasiones producto de un desatino contra el que el hombre nada puede hacer. La religión clásica ha perdido toda su vigencia en esta época, pero Plutarco, también en esto, se siente res­ petuoso con el pasado, al que generalmente se abstiene de criticar; por ello, le preocupa la visión que de los dioses tradicionales puedan sacar los jóvenes en una lec­ tura o audición al azar de la poesía antigua. Hay que explicarles los pasajes en que esta imagen poco adecua­ da de la divinidad aparece, comparándolos con otros

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opuestos de los mismos autores o, en su defecto, de otros poetas. De este modo la interpretación alegórica de los m itos de Hom ero, a la que fue tan aficionada la Anti­ güedad, no le es necesaria a Plutarco, pues piensa que el mismo Homero, si se estudia bien, enseña lo que quie­ re decir con sus mitos. Los sentimientos y pasiones violentas de los héroes pueden ser explicados por la em oción del momento y, por ello, no se los debe tener en cuenta, ya que el m is­ m o poeta critica la conducta de sus personajes y nos muestra el castigo que han m erecido; la m oraleja surge sin dificultad de los numerosos ejemplos con los que Plutarco corrobora su explicación. Eurípides, por ejem­ plo, a los que le criticaban a su personaje Ixión por im­ pío y desalmado les dijo: «S in embargo, no lo saqué de la escena antes de ser clavado en la rueda». Plutarco resume así este punto: «P o r tanto, la descripción e im i­ tación de las acciones malas, si representan, además, la vergüenza y daño que resultan para los que las reali­ zan, son útiles y no dañan al que escucha». La intemperancia es criticada con el ejem plo de Pa­ rís, que abandona el campo de batalla y busca el placer junto a Helena, mientras sus compañeros mueren com­ batiendo ante los aqueos; el freno a las pasiones, al amor, a la ira es alabado en los personajes bien conocidos de Agesilao, Ciro y Odiseo; contra la mentira, la soberbia y la injusticia pone varios ejem plos de litada y Odisea entre los que destacan los de Antíloco y Glauco. Si el joven observa bien los distintos comportamientos de los personajes de la Ilíada, tales com o Aquiles, Agamenón, Fénice, Tersites y Esténelo, se dará cuenta de que la m oderación y la modestia son rasgos de cultura y que la soberbia y la jactancia son malas. Belerofonte ante Antea y la misma Clitemestra son puestos com o ejem ­ plo de caracteres moderados en otro momento.

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Los dioses, en el caso concreto de Palas Atenea, se alegran con la prudencia y honestidad de los héroes; el valor ante la m uerte y el tem or a la vergüenza y a la crítica son recogidos con ejem plos de los cantos X I y X V I de la Ilíada. Lo que al hom bre le sobreviene de parte del destino no es vergonzoso ni, por ello, debe sen­ tirse humillado. Así, los poetas en las presentaciones y saludos nunca llaman a los hombres «b ellos», «ric o s » o «fu ertes», sino que usan eufemismos como éstos: «Laertíada del linaje de Zeus, Odiseo, fecundo en recur­ sos», y cuando los nobles se insultan unos a otros no se refieren a las cualidades del cuerpo, sino que se re­ prochan los vicios, con frases como: «Ayante, excelente en la injuria, necio», a lo que se debe añadir que expre­ siones en las que se habla de la riqueza de un persona­ je, y se dice que es el m ejor el que posee en mayor abun­ dancia, son más bien un reproche y un insulto que una alabanza, como ejem plifica con pasajes que tienen co­ mo protagonistas a Paris y a Héctor. La música mala y las canciones groseras engendran vidas y costumbres licenciosas. En el tratado De músi­ ca, atribuido a Plutarco, expone éste las ideas sobre la música, aceptándolas en líneas generales. Más que otras artes influye ésta sobre el alma, de ahí que los griegos pusieran tanto cuidado en el uso correcto de la misma. Si uno es educado bien musicalmente, podría aceptar lo bueno y despreciar lo malo, y no sólo en la música, sino en las demás cosas, beneficiándose en esto no sólo él mismo, sino todo el Estado. En resumen, todo lo que dice Platón en su República sobre la música se vuelve a repetir en este tratado; no obstante, también aquí se perciben los siglos transcurridos y vemos que Plutarco no parece recoger la im portancia social y política que una importante tradición griega otorgaba a la música, que en sus manos no es sino un m edio más para llegar al conocimiento de sí mismo, pero no para acercar a

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los hombres entre sí o para solucionar determinados problemas políticos o económicos. Si volvem os por un momento la vista atrás y recapi­ tulamos lo que Plutarco ha escrito a su amigo Marco Sedacio, para que éste se lo entregue a su hijo Olean­ dro, nos daremos cuenta de que todo va encaminado a un soio y único fin, a que el joven conozca qué es la virtud (arett) y en dónde se encuentra, y cuáles son las pasiones (páthe) del alma, y cómo y por qué se de­ ben rechazar. Todo un capítulo de este tratado dedica Plutarco a ejem plificar en qué consiste el m étodo filológico por el que el joven, al conocer el significado correcto de cier­ tas palabras comunes y la acepción de ciertos términos, que los poetas emplean indistintamente, puede llegar al conocim iento de aquello que hay de bueno y acepta­ ble en los poetas. Pero, de todas formas, tras detenerse en la explicación de numerosos ejemplos, Plutarco ter­ mina diciendo que esta labor se la deja a ios gram áti­ cos, en una clara alusión a los estoicos, que se ocupa­ ron principalmente de estas cuestiones. Defiende con­ tra esta misma corriente filosófica que en el mundo exis­ ten mezclados el bien y el mal, de ahí que los encontre­ mos así en los poemas de Hom ero, que intentaron im i­ tar, como toda la poesía, la vida real. El hombre no es enteramente malo ni enteramente bueno, por eso encon­ tramos vicios y virtudes en los personajes de la poesía, en los que los poetas suelen m arcar claras diferencias si se les pone la debida atención. Se alaban la religiosidad, la moderación, la modes­ tia, la prudencia, la honestidad, la sinceridad, la belleza interior, y el valor, mientras que son criticadas y recha­ zadas la intemperancia, la soberbia, la mentira, la in­ justicia, la jactancia, la cobardía y la belleza externa y vana. Todo un compendio de virtudes y vicios que el

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joven debe tener presentes para imitarlas, en un caso, y rechazarlas, en otro. Si, además, termina Plutarco, vemos que todo lo an­ terior concuerda con las declaraciones de los filósofos, sabremos que nos encontramos en el camino adecuado y recto, para conseguir el fin propuesto con la lectura y audición correcta de los poetas, es decir, que sirvan al joven de propedéutica en su acercamiento a la filoso­ fía y para que, cuando escuche a un filósofo expresio­ nes como: «L a m uerte no es nada para nosotros», no se sienta confundido, al recordar lo que sobre esto mis­ mo decían los poetas. El tratado Sobre cóm o se debe escuchar hace hinca­ pié en algunos de los consejos y consideraciones que acabamos de examinar. Así, se recuerda al joven Nican­ dro, al que va dirigido el opúsculo, que es más prove­ choso oír que hablar, y que siem pre el silencio es el m ejor adorno al que puede aspirar un joven. La mode­ ración y el mantenimiento del justo m edio ante la ala­ banza o el reproche de un discurso que nos ha agrada­ do o, por el contrario, que rechazamos, es la m ejor pos­ tura que se puede adoptar. Además, se recomienda la humildad ante los reproches y censuras que se puedan oír en un discurso y no huir a escuchar otros discursos más amables de los que no se sacará provecho alguno para la propia formación. Debe saber el joven que la envidia, surgida de la m aledicencia y la mala voluntad, suele volverse contra el envidioso; se recomienda, asi­ mismo, el desarrollo del espíritu crítico, sin dejarse lle­ var de la form a externa del discurso, así com o el culti­ vo de la reflexión sobre los propios defectos y virtudes, que, de algún modo, hayan podido ser aludidas por el orador. Como en el tratado anterior, también aquí se recuer­ da que los principios son siem pre difíciles en todo y, principalmente, en los estudios de filosofía, por lo que

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el joven debe preguntar sin tem or sobre todas aquellas dudas que le vayan surgiendo, sin simular saber más de lo que sabe ni entender aquello que no entendió. Pero ya decíamos al principio de estas consideracio­ nes que para Plutarco la form ación del hombre sólo co­ nocía dos barreras: el nacim iento y la muerte, de ahí que su afán educativo lo extienda a una audiencia y a unos lectores que, con frecuencia, figuran en altos car­ gos de la administración pública y que, por su edad, han pasado ya los años en los que la paideía tradicional griega situaba incluso la enseñanza superior. Sus ami­ gos griegos y romanos, compañeros de estudios en Ate­ nas o hechos en sus numerosos viajes políticos y cultu­ rales, serán los receptores de sus consejos, siempre li­ gados a la moral, en Queronea o por m edio de una co­ rrespondencia que debemos suponer abundante por los claros indicios que dé ella poseemos. ' En el capítulo séptimo de Cóm o debe el joven escu­ char la poesía, ya veíamos cómo Plutarco polem izaba con los estoicos por su doctrina sobre, el bien y el mal absolutos. Pero es en su tratado Cóm o p e rcib ir los p ro­ pios progresos en la virtud, dedicado al cónsul romano Sosio Senecio, en donde desarrolla toda una polém ica contra los estoicos en este punto y en su creencia de que el hombre pasa del bien al mal sin escalones intermedios. Para nuestro examen en torno a la educación en Plu­ tarco, nos parece oportuno resaltar de este tratado los aspectos siguientes: 1. El hom bre no debe deprim irse y dejarse dominar por las dudas ante las dificultades que le puedan surgir al comienzo de una empresa. Ante los ataques y burlas de amigos y enemigos por las propias debilidades o por las comparaciones que puedan surgir con otros, uno se debe mantener firm e.

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La preocupación principal del hombre deben ser los aspectos éticos de la actividad humana. N o debe dejarse uno arrastrar por las ganancias mo­ mentáneas y superficiales, sino que debe buscarse lo verdadero y aquello que perdure en el tiempo. Tanto en las victorias como en las derrotas debe­ mos conservar la moderación, no dejándonos llevar nunca por la ira, sin tratar m al a los otros, si vence­ mos, ni disgustarnos, si por ellos somos vencidos, procurando que nuestra actividad sirva de enseñan­ za a los demás. La satisfacción interior es aquella en la que princi­ palmente debe ejercitarse el hombre, sin vanaglo­ riarse de sus propias acciones y sin necesitar del reconocimiento exterior. Debe buscarse la censura de sus propios defectos, sobre todo de los principales, ya que la actitud con­ traria hace que uno se sumerja cada vez más en el vicio. Y a que el dominio total de las pasiones es algo re­ servado a los dioses, el hom bre debe aspirar a in­ tentar, al menos, que éstas sean cada vez menores, para lo cual debe mantenerse una constante vigilan­ cia sobre las mismas, para ir venciéndolas con la razón. Debemos procurar huir de los celos y la envidia de los mejores, y sí procurar imitarles y sentir admira­ ción por ellos, conscientes de nuestra inferioridad; a éstos y a las personas buenas pertenecientes al pasado debemos tenerlos como ejem plo de nuestro comportamiento, lo que nos ayudará a superar los ataques a los que nos someten nuestras pasiones.

Por último, dice Plutarco, si se siguen estos conse­ jos, nuestro progreso en la virtud, y, por tanto, en el camino del bien, está garantizado, algo por lo que el hom-

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bre debe luchar durante toda su vida, pues detenerse en él no significa estancamiento, sino retroceso hacia el mal. La form ación del hombre, por ello, no es activi­ dad sólo del niño y del joven, sino que debe ser una ocupación constante del hom bre a lo largo de su existencia.

V.

Plutarco. Sobre la amistad

Sin lugar a dudas, junto a su constante preocupa­ ción por la form ación del hombre, destaca en Plutarco su decidida inclinación a cultivar la relación amistosa con otras personas, a las que lo unen principalm ente razones culturales y, en algunas ocasiones, motivos po­ líticos o religiosos. Además de su actividad al frente de. la «nueva Academ ia» de Queronea, Plutarco ocupó, en su ciudad, altos cargos políticos que le obligaron a rea­ lizar viajes frecuentes al extranjero, sobre todo a Ro­ ma; estuvo al frente de diversos cargos religiosos, aun­ que no haga mención de ellos en sus obras, en Quero­ nea, pero, sobre todo, llegó a los altos puestos de la dignidad sacerdotal en Delfos. Estas actividades públi­ cas le obligaron, sin duda, a relacionarse con gran nú­ m ero de personas de las clases más elevadas, a las que se deben añadir algunos de sus condiscípulos en la Aca­ demia ateniense, con quienes mantuvo posteriorm ente un contacto personal o epistolar. A algunos de estos ami­ gos ya hemos visto cómo, en parte, les dedica varios de los tratados, como es el caso de los romanos Sosio Senecio, M arco Sedacio y Cornelio Pulcher, y el joven griego Nicandro, por citar sólo aquellos a los que van .dirigidos los tratados objeto principal de nuestro estudio. Plutarco cultivó un am plio círculo de amistades en el que, por su naturaleza principalm ente cultural, pre­ dominaban los hombres, pero al que se unió de vez en

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cuando alguna mujer, ya que al menos de dos de estas cultas damas conocemos los nombres: la sacerdotisa de Delfos, Clea, y la viuda Ismenodora, de Tespias, a quie­ nes quizá deberíamos añadir la propia esposa de Plu­ tarco, Timóxena, asidua asistente, como otros fam ilia­ res, a las discusiones filosóficas, dirigidas por su marido. Todas estas personas, más de cien nombres conoce­ mos por sus escritos, mantuvieron con Plutarco una re­ lación de amistad que, en muchas ocasiones, va íntima­ mente ligada a su papel de m aestro y también al de hi­ jo, esposo, hermano y padre, además de a sus cargos en la administración civil y religiosa, como hemos di­ cho más arriba. Además, todas ellas, como era de espe­ rar, pertenecen a una clase culta y, prácticamente, a todas las profesiones liberales más prestigiadas en la Antigüedad. Sus amigos son filósofos (platónicos, pita­ góricos, peripatéticos, estoicos, cínicos, epicúreos), sa­ cerdotes, músicos, médicos, gramáticos, rétores o sofis­ tas, poetas y políticos; entre estos últimos destaca, sin duda alguna, el Em perador Trajano y el cónsul Sosio Senecio, así como el príncipe sirio Filópapo.
E l a m i g o y l a a m i s t a d e n s u s o b r a s . — Bajo la influen­ cia, sin duda, de este ambiente rico en relaciones de amistad, y desde una variada y abundante experiencia, Plutarco con sus tratados puede considerarse uno más de los teorizantes griegos sobre la amistad (philía). Ésta era ya un tópico en la m oral griega, que, como la amicitia de los latinos, no implicaba necesariamente el senti­ miento de afecto, y sí el de relación de deberes y espe­ ranzas. Los textos clásicos sobre la amistad eran el Lisis de Platón y las Éticas de Aristóteles, autor éste que creó y sistematizó la term inología de posteriores discu­ siones en torno a este tema. N i el llamado «C atálogo de Lam prías» ni el resto de la transmisión plutarquea nos hablan de ningún trata­

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do de Plutarco que tuviera como título Sobre la amis­ tad, pero sí han llegado a nosotros tres tratados, dos de ellos muy breves y otro más extenso, que de alguna manera nos ofrecen la doctrina del polígrafo de Quero­ nea sobre este aspecto tan im portante en su vida. Los tratados Cóm o distinguir a un adulador de un amigo y Cómo sacar provecho de los enemigos se encuentran en el Catálogo de Lam prías con los número 89 y 130, mientras Sobre la abundancia de amigos falta en esta transmisión. En estos tres tratados podemos conocer de una form a indirecta su idea sobre la amistad, al enfren­ tar al amigo con el adulador, con el enem igo y con el exceso de amigos. Como se puede observar por los títulos de los tres tratados, que van incluidos en el presente volumen, núestro acercamiento al concepto de la amistad en Plutarco, al igual que hemos hecho al tratar de la educación, con­ siste en extraer de sus obras los puntos más relevantes sobre este tema, limitándonos casi exclusivamente a re­ producir sus propias palabras. Sobre una base principalm ente peripatética, ante to­ do teniendo en cuenta la producción de Teofrasto, a quien se atribuye un tratado Sobre la amistad y otro Sobre la educación, Plutarco escribe estos tres tratados, en los que, en líneas generales, podemos destacar estos puntos en torno a la amistad: En Sobre la abundancia de amigos: 1. 2. La amistad es un bien d ifícil de conseguir. La tradición nos habla siem pre de la amistad entre dos personas, de lo que tenemos ejem plos en las pa­ rejas form adas por Teseo y Piritoo, Aquiles y Patroclo, y Pelópidas y Epaminondas. La verdadera amistad no surge de un encuentro ca­ sual y superficial, sino que se basa fundamentalmen-

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te en tres cosas: la virtud, el placer y la utilidad. Sólo aceptaremos como am igo a aquel que creamos que pueda sernos provechoso y digno de nuestra atención. Como el provecho ha de ser mutuo, y ser útil a va­ rias personas es difícil, lo m ejor es tener un solo amigo, pues la amistad con muchos trae consigo en­ fado, envidias y enojos, y por ello puede ser peligro­ sa. Sin duda, Plutarco se atiene aquí a lo escrito por otros autores que le sirven de fuente, ya que sus experiencias en este terreno le aconsejaron otro ti­ po de comportamiento. La abundancia de amigos, que tuvo a lo largo de su vida, com o vimos más arri­ ba, no fue óbice para que él se mantuviera dentro de los tópicos que el tema había adquirido a lo lar­ go del pensamiento griego, y atacara la amistad de muchos defendida por los estoicos Por último, dice Plutarco que la amistad, cuyo ori­ gen y base se halla en la igualdad de caracteres, pa­ siones y formas de vida, exige un carácter sólido y estable, de donde surge la dificultad de encontrar un am igo bueno y fiel.

En Cóm o distinguir a un adulador de un amigo, es­ crito para Filópapo, podemos señalar algunos otros ras­ gos, que ayudan a nuestro autor a configurar su idea del amigo: 1. El amigo procura mostrarse simpático y agradable, ser servicial y atento, pero ante todo sincero, sin cam biar con las situaciones y oportunidades, procu­ rando ser siempre el mismo. El amigo sólo im ita nuestras cosas buenas. Emplea la alabanza y la censura de form a directa, si con ello cree que es útil, ya que no busca procu­ rar sólo el placer.

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El buen amigo fomenta y protege siem pre nuestras inclinaciones racionales, intentando disuadirnos de las irracionales y criticando nuestros defectos. 5. En la ayuda, siempre para el bien, el am igo es sim­ ple y natural, procurando pasar desapercibido. 6. Por último, el amigo no siente celos de otros ami­ gos, sino que desea com partirlos. o En Cóm o sacar provecho de los (ayiemigos, tratado escrito en form a de carta al político romano Cornelio Pulcher, hay como una enumeración de algunos de los inconvenientes que nos puede acarrear el estar rodeado siempre de amigos, y no contar con enemigos que nos sirvan de acicate a una m ejor conducta y un m ejor comportamiento: 1. Así, frente al enemigo, que está siempre al acecho, el amigo pasará por alto a veces algunos de nues­ tros defectos, no ayudándonos a librarnos de ellos. N o obstante, sus consejos serán siempre útiles y sus reproches serán siempre bien acogidos. Como el enemigo percibe m ejor nuestros defectos que el amigo, incluso cuando aquél mienta, nos ser­ virá para averiguar cuál pudo ser en nosotros el m o­ tivo de su mentira. Si tomamos venganza del enemigo, lo alabamos cuan­ do lo merezca e, incluso, le ayudamos, cuando se encuentre en desgracia, nos comportarem os m ejor con nuestros amigos, y esto mismo nos ocurrirá, si gastamos en aquél todas nuestras malas inclinacio­ nes, celos, mal carácter, etc.

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Para trazar estas líneas generales en torno a Plutar­ co, su vida y los tratados incluidos en este volumen, además de las obras del autor, en las que hemos queri­ do principalmente basar nuestro estudio, nos han sido de gran utilidad los trabajos citados en los apartados

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I y II de la Bibliografía; pero, sobre todo, deseamos re­ saltar aquí la valiosa ayuda que nos ha supuesto, a la hora de redactar esta breve Introducción, el libro de K. Ziegler, de cuya docta mano nos acercamos por pri­ mera vez a la variada y rica problem ática en torno a la figura y obras del gran polígrafo de Queronea. Ade­ más, los estudios de B arrow , Faure, Hirzel, Jáger, Marrou, Russell y Westaway, principalmente, nos han faci­ litado el camino para fija r los datos en torno a la edu­ cación en Plutarco. Que estas líneas sirvan para mos­ trar nuestro reconocimiento a todos estos autores, que nos han precedido en la reflexión y el estudio de las obras de Plutarco. VI. La traducción '

Plutarco de Queronea fue un autor a quien, princi­ palmente, interesó el contenido de sus obras. Su estilo no es, por tanto, comparable al de los grandes prosistas griegos clásicos, como Platón, Demos tenes o Isócrates, aunque no podamos decir que, de algún modo, no le preocupara el aspecto form al de sus escritos. Si a esta postura del escritor añadimos que, en sus cerca de 250 obras, empleó tres veces más vocabulario que el usado por Demóstenes y que gran parte de este vocabulario es poético y postclásico, tendremos, en principio, las cau­ sas principales de la enorme dificultad que entraña to­ do intento de traducción de su obra a otra lengua. A esto debemos añadir que, debido al fin principalmente didáctico y, en algunos casos, esotérico con que fueron escritas sus obras, el contenido de las mismas no siem­ pre aparece estructurado con toda claridad, sino que abundan las repeticiones, los períodos demasiado lar­ gos, la falta de comprensión de sus numerosas referen­ cias a otros autores y a los variados aspectos de la vida cultural griega, etc.

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Teniendo en cuenta estos aspectos de la obra de Plu­ tarco, se comprenderá que nuestra traducción desee ser sólo eso, un intento más por poner al alcance de un pú­ blico más numeroso una pequeña parte, aunque pensa­ mos que muy relevante y significativa, de su extensa obra. En nuestra versión hemos procurado, ante todo, la fidelidad al texto original. Esto ha podido dar lugar a que la forma, también en nuestra lengua, siga adole­ ciendo de los mismos defectos que apuntábamos en la obra griega. Éste es, sin embargo, un riesgo y una elec­ ción que lleva consigo todo trabajo de esta clase. De todas formas hemos querido siem pre conservar la fo r­ ma de expresión plutarquea, un hecho que quizá pueda justificar de alguna form a la paciencia y disculpas que ya desde ahora le pedimos al posible lector de este volumen. Como queda señalado en el apartado I I I de la B iblio­ grafía, para realizar la nuestra hemos utilizado todas las traducciones de Plutarco que aparecen allí reseña­ das. De las castellanas apenas si nos ha servido la más antigua, la del secretario Diego Gracián. N o sabemos el original griego que em pleó para hacerla, aunque, en todo caso, es mucho lo que desde el siglo x vi se ha he­ cho en torno a la fijación del texto de Plutarco, y esto, naturalmente, se nota. Además, deja sin traducir, sin previo aviso y sin exponer los motivos, frases enteras, quizá porque no fueran de su agrado o porque su conte­ nido no iba a ser perm itido por los censores de la épo­ ca. A esto se añade que Diego Gracián incluye en el tex­ to, sin más, las notas explicatorias al mismo, con lo que el lector no sabe a ciencia cierta qué es de Plutarco y qué es lo que añade el traductor. De las traducciones al castellano del tratado Sobre la educación de los hijos, de J. Pallí, y de Cóm o el joven debe leer a los poetas, de Lea S. de Scazzocchio, dire­ mos que nos parece m ejor y más ajustada al texto grie­

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go la de Pallí. La de Scazzocchio nos ha parecido espe­ cialmente útil por el trabajo sobre la poética y crítica literaria en Plutarco publicado com o suplemento a su traducción. Por último, deseamos reconocer aquí y destacar so­ bre todas las traducciones a otras lenguas la gran ayu­ da que, para realizar nuestra labor, hemos encontrado en las versiones de la Obras morales de Plutarco, al ale­ mán, de J. F. C. Kaltwasser, al francés, de J. Amyot y al inglés, de F. C. Babbitt. Todas ellas han representado un gran auxilio para ir salvando los numerosos obstá­ culos que han ido surgiendo a lo largo de nuestro tra­ bajo, por lo que hacemos aquí una mención especial de las mismas.

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G . S i e f e r t , De a liq u ot P lu ta rch i s c rip to ru m m o ra liu m com position e at-

que Índole, tesis doct., Comm. Philol. Jen., V I (1896). A. Sizoo, De Plutarchi qui fertur «D e liberis educandis», Amsterdam, 1918. E. V
a l g ig l io ,

«II tema della poesía nel pensiero di Plutarco», Maia,

N. S„ X IX (1967), 319-355.

Los estudios en torno a Plutarco y su obra son muy numerosos, por lo que se observará que en estos dos apartados, I y II, sólo están recogidos los trabajos de aquellos autores que, de una form a o de otra, han sido citados o tenidos en cuenta a lo largo de la Introduc­ ción y las notas a pie de página que hemos puesto a la traducción, así com o en los pequeños resúmenes que damos antes de cada tratado. El lector interesado en una relación más completa de la bibliografía sobre Plutarco y su obra puede con­ sultar, entre otros, los siguientes trabajos:
J. A l s i n a , «Ensayo d e una bibliografía d e Plutarco», Estud ios Clásicos

V I 35 (1962), 515-533.
F . E. B r e n k , In M ist apparelled. R elig iou s Them es in P lu ta rch ’s «M o ra -

Ha» and « L ives», Leiden, 1977. R. D e l Re, «G li studi plutarchei nell'ultimo cinquantennio», Atene e R om a 3 (1953), 187-196. R. F l a c e l i é r e , «État present des études sur Plutarque», en Actes du V I I I * Congrés de l'A ssociation G. Budé, 1969, págs 483-505.

B IB L IO G R A F ÍA

39

III.

T r a d u c c io n e s :

J. A m y o t , Les Oeuvres m orales de Plutarque, París, 1559-1572, y Lyón, 1588.
O . A p e l t , Plutarch. M oralische S ch riften , Leipzig, 1926-1927.

'

F. C. B a b b i t t , Plu ta rch 's M oralia, I y II, con texto griego y traducción inglesa, Londres, 1927-1928.
D ie g o G r a c l í n , M orales de Plutarco. Traducidos de Lengua griega a

lengua castellana por el secretario de su Majestad, Salamanca, 1571.
J. F C . K a l t w a s s e r , Plutarchs m o ra lisch p h ilosop h isch e Werke, Viena

y Praga, 1796-1797. J. Pallí, «Sobre la educación de los hijos», Estudios Clásicos, Supl. núm. 4 (Madrid, 1966). M.
l ’A b b é

R ic a r d , Oeuvres m orales de Plutarque, París, 1783-1792.

B. S n e l l , M. P o h l e n z , Das M oralia-auswahlbandchen, Zurich, 1948.
L e a S. d e S c a z z o c c h io , «Cómo el joven debe leer a los poetas», Revista

de Humanidades (Montevideo, 1957). E. V a l g i g l i o , De audiendis poetis. Intr., testo, com. e trad., Turín, 1973.

Como en los apartados I y II, sólo citamos aquellas obras que hemos tenido presentes a la hora de realizar nuestra traducción.

IV.

E d ic i o n e s :

La edición más antigua de las Obras morales de Plu­ tarco es la Aldina, publicada en Venecia, el año 1509, a cargo de Demetrius Sacas, bajo el título de Plutarchi Opuscula LX X X X I1 . Con texto griego y traducción latina son de destacar las ediciones siguientes:
G. X
yland er,

P lu ta rch i Opera Om nia, Venecia, 1560-1570. Sobre esta

edición está tomada la paginación in fo lio tradicional en tas citas y ediciones de Plutarco, y que nosotros también seguimos. H.
S
teph anus,

P lu ta rch i Opera Omnia, París, 1572.

40
H. S t e p h a n u s -G . X
yland er,

M O R A LIA

P lu ta rch i Opera Omnia, Francfort, 1599.
ylander.

El texto griego es de S t e p h a n u s y la traducción latina de X en latín po r Firmin-Didot, París, 1885. D. W
yttenbach,

F. D ü b n e r , P lu ta rch i Chaeronensis S crip ta M oralia, edit. en griego y Plu ta rch i Chaeronensis M oralia. Con la revisión del
yland er

texto griego y la traducción latina de X

y con los comenta­

rios hasta 392D, Oxford, 1795-1830, y Leipzig, 1796-1830. En 8 vols., de los que el V I y el V II contienen los comentarios y el V III un léxico, publicado aparte en Leipzig en 1843 y ahora reimpreso en Hildesheim, 1962, en dos volúmenes.

Para nuestra traducción hemos em pleado la edición del texto griego de la Teubner:
P lu ta rch i M oralia, I. Rec. et emend. W . R. P a t ó n et I. W
ner, eg eh au pt,

prae-

fationem ser. M. P o h l e n z , editionem correctiorem curavit H a n s G á r t Leipzig, 1974.

CÓMO DISTINGUIR A UN ADULADOR DE UN AMIGO

INTRODU CCIÓN

Dedicado a su amigo, el príncipe sirio Antioco Filópapo, este tratado aparece estructurado en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, del capítulo 1 al 24, se realiza un examen com parativo entre el adu­ lador y el amigo, y, en la segunda, del 25 al 37, tenemos prácticamente un nuevo libro, cuyo tema principal es la franqueza. El nexo de unión, no obstante, entre las dos partes se puede hallar en los capítulos 17 al 20, en donde se trata la franqueza com o m edio empleado por el adulador para conseguir sus propósitos. La estructura y el contenido de la prim era parte es, y podemos seguir en esto a Brokate, la siguiente: en los capítulos 1 al 4 explica el autor la necesidad de saber distinguir a un adulador de un amigo, para no ser per­ judicados por aquel que sabe im itar al am igo sin serlo. En el capítulo 5 se dice que es muy difícil defenderse del adulador, que se muestra servicial y atento, se sabe amoldar a todas las circunstancias, im ita la franqueza, que es propia de la amistad y es variable y cambia se­ gún la oportunidad. De los capítulos 6 al 25 se discute la cuestión principal: cómo se puede distinguir al adu­ lador del amigo. Podemos distinguirlos por las seme­ janzas que el adulador intenta con respecto al amigo (6-10); por el placer que el adulador intenta siempre pro­ curar (11-16); por la form a de u tilizar la franqueza en

1 98

CÓM O D IS T IN G U IR

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A D U LAD O R .

el amigo y en el adulador (17-20), y del 21 al 24 por los servicios y ayudas que ambos ofrecen. El capítulo 25 es la conclusión a la prim era parte. La segunda se puede dividir, a su vez, en dos partes: en los capítulos 26 y 27 se dice cómo se ha de aplicar la franqueza, y del 28 al 37 se explica cuándo se ha de aplicar y se dan los preceptos para usar la franqueza en el momento oportuno. La complejidad de este tratado nos ha m ovido a ofre­ cer este detallado examen del mismo. Con la lectura del texto plutarqueo se conseguirá una comprensión más completa de cada una de las partes. También Brokate intenta buscar las fuentes de las que Plutarco se valió para com poner la prim era parte, ya que el mismo Plutarco habla de autores «que antes que nosotros trataron este tem a». Basándose en los tra­ bajos de Heylbut, Bohnenblust y Hoppe (cf. B ibliogra­ fía), principalmente, dice que parece demostrado por es­ tos estudios que Plutarco se basó en la obra de Teofras­ to Sobre la amistad, dividida en tres libros, habiendo servido este trabajo como fuente tanto a Plutarco como a Cicerón. Por ello, concluye que, en los capítulos 1 al 25, hay claras relaciones con fuentes peripatéticas, mien­ tras que, para los capítulos 26 ss., se debió de valer de otras fuentes, que pueden remontarse, seguramente, a Aristóteles en su É tica a Nicóm aco, aunque pudo haber habido algún autor peripatético com o intermediario. De­ bido a las coincidencias con algunas obras de Luciano y de Filodemo, piensa Mutschmánn (cf. B ibliografía) que Aristón de Ceos pudo servir com o fuente intermedia. De todas formas, la com paración entre el amigo y el adulador fue, al parecer, un tema favorito de la retóri­ ca, según Cicerón, De Oratore III 117, por lo que Plutar­ co pudo tener para su trabajo fuentes diversas. Dióge­ nes Laercio, V 45, 46, habla de dos obras de Teofrasto tituladas Sobre la amistad y Sobre la adulación.

IN T R O D U C C IÓ N

199

Este tratado figura en el llamado «Catálogo de Lam­ prías» con el número 89.

CÓMO D ISTIN G U IR A U N ADULADOR DE U N AMIGO

1
Platón 1 dice, querido Antíoco Filópapo, que todos perdonan al que declara amarse mucho a sí mismo, pe­ ro que esto produce, junto con otros muchos males, el m ayor mal de todos, por el cual no es posible ser juez justo e im parcial de sí mismo. «E n efecto, el amor se ciega ante lo am ado» 2 a menos que uno se acostum­ , bre por el estudio a amar las cosas hermosas más que las innatas y fam iliares. Esto proporciona al adulador un gran espacio abierto en m edio de la amistad, al te­ ner como una útil base de operaciones contra nosotros nuestro amor por nosotros mismos, por el que, siendo cada uno mismo, el principal y más grande adulador de sí mismo, admite sin dificultad al de fuera como tes­ tigo, juntamente con él, y com o autoridad aliada garan­ te de las cosas que piensa y desea \ Pues el que es censurado como amante de aduladores es muy amante de sí mismo, ya que, a causa de su benevolencia, desea y cree tener él todas las cualidades, deseo éste que, en cierto modo, no es absurdo, pero cuya creencia es peli­ grosa y necesita mucha precaución. Pero si, en reali1 Leyes 73id-e. 2 Ibidern. También citado en M ora lia 90A, 92E y Í000A. 3 Cf. A r i s t ó t e l e s , Retórica^ 1371b21. (48)E

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dad, la verdad es algo divino y principio, según Platón, «d e todos los bienes para los dioses y de todos los bie­ nes para los h o m b re s »4 el adulador corre el peligro , de ser un enemigo para los dioses y, particularmente, del dios Pitio, por cuanto siem pre contradice la máxima «conócete a ti m ism o» 5 creando en cada uno el , engaño hacia sí mismo y la propia ignorancia y la de todos los bienes y males que le atañen en relación a sí mismo, al hacer a los unos incom pletos e im perfectos y a los otros imposibles de corregir.

2
En efecto, si como a la m ayor parte de los otros ma­ les, el adulador atacara sólo o principalm ente a los in­ nobles y vulgares, no sería tan terrible de evitar. Pero, al igual que la carcoma penetra, sobre todo, en los ti­ pos de madera blanda y dulce, así los caracteres ambi­ ciosos, virtuosos y honrados reciben y alimentan al adu­ lador, que se agarra fuertem ente a ellos, y, además, así como Simónides dice que «la cría de caballos no es comc pañera de Zacinto, sino de campos fé rtiles » 6 así, si , observamos que la adulación no acompaña a las perso­ nas pobres, anónimas y débiles, sino que es traspié e infortunio de grandes casas y grandes asuntos y, con frecuencia, destruye también soberanías y principados, no es una obra pequeña ni que requiera poca previsión la consideración sobre ella, de m odo que, estando com­ pletamente detectada, no dañe ni pueda desacreditar la amistad. En efecto, los piojos se marchan de las perso4 Leyes 730c. 5 Esta m á x im a habría sido pronunciada por Apolo Pitio y habría sido posteriormente escrita en las puertas de su templo en Delfos. 6 B e r g k , Poel. Lyr. Gr., III 393. Zacinto, isla en la costa occiden­ tal de Grecia; la moderna Zante.

CÓM O D IS T IN G U IR

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AD ULAD OR.

203

ñas muertas y abandonan sus cuerpos, al perder su vi­ talidad la sangre de la que se alimentan; y, así, es com­ pletamente imposible ver a los aduladores aproximán­ dose a asuntos enjutos o fríos, pero se acercan y me­ dran junto a las honras y los poderes, y en los cambios desaparecen con rapidez. Mas no conviene esperar a la experiencia, cuando ya no es provechosa, pues es más funesta y no evita los peligros. Porque es penosa la experiencia de amigos que no son amigos en el momento en que uno los nece­ sita, cuando no es posible el cam bio de uno bueno y sincero por otro infiel y falso. Pero, como a una mone­ da, es preciso poner a prueba al am igo antes de la nece­ sidad, para que no sea puesto a prueba por la necesi­ dad. Así/f^ies, no conviene que nos demos cuenta des­ pués de ser perjudicados, sino que, para no ser perjudi­ cados, es preciso adquirir experiencia y conocimiento del adulador. Y, si no, nos pasará lo mismo que a los que intentan conocer los venenos m ortales probándolos antes: que se matan y destruyen a sí mismos en la prueba. N o alabamos, por tanto, a éstos, ni tampoco a aque­ llos que, poniendo la amistad en el bien y el provecho, creen que los que se comportan con agrado al punto son aduladores cogidos en flagrante delito. Pues el ami­ go no es desagradable ni violento, ni la amistad es dig­ nidad con aspereza y severidad, sino que el bien y la dignidad de ella son, precisamente, algo agradable y deseable: Junto a ella las Gracias y el Deseo han establecido su [morada \ y no sólo para quien es desgraciado es dulce m ira r a los ojos de un hom bre amable 8 ,
7 Adaptación de H e s ío d o , Teogonia 64. 8 Io n 733. Cf. P l u t a r c o , M ora lia 69A.

204

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según Eurípides, sino que, aportando placer y agrado, contribuye no menos a nuestro bienestar que llevándose las penas y dificultades de nuestros males. E, igual que Eveno 9 dijo que el fuego es el m ejor de los condi­ mentos, así la divinidad, m ezclando a nuestra vida la amistad, hizo todo agradable, dulce y querido, cuando ella está presente y participa de nuestra alegría. Pues, ¿cómo el adulador podría insinuarse con los placeres, si viera que la amistad en m odo alguno acepta lo agra­ dable? N o se puede explicar. Pero, así como el oro falso e ilegítim o im ita solamente el b rillo y el lustre del oro, del mismo modo el adulador parece que, imitando lo simpático y agradable del amigo, se presenta siempre alegre y dispuesto y sin oponerse ni resistirse a nada. Ahora bien, no por ello se debe juzgar, enseguida, a los que alaban como a simples aduladores. Pues la alabanza, en su tiempo oportuno, no es menos apropiada a la amis­ tad que el reproche, y, más aún, la queja generalmente y el reproche son desagradables e insociables, mientras que se acepta la alabanza por los buenos actos, cuando es producto del afecto, sin envidia y con buena disposi­ ción, y se aceptan, a su vez, sin pesadumbre y sin pena la amonestación y la franqueza, porque se piensa y se acoge con cariño que el que alaba con gusto hace repro­ ches por necesidad.

3
«E n verdad, alguien podría decir, es difícil distin­ guir al adulador del amigo, si es que no se diferencian c ni por el placer ni por la alabanza. En efecto, es po9 Poeta elegiaco de la isla de Paros, del que Estobeo nos ha con­ servado algunos fragmentos; o un filósofo del mismo nombre. Citado de nuevo en P l u t ., M or. 126D, 6 9 7 A , y 1010C.

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205

sible observar muchas veces, en la ayuda y en los servi­ cios, que la amistad es aventajada por la adulación.» ¿Cómo no ha de ser así, diremos nosotros, si buscamos al verdadero adulador que se dedica a su trabajo con habilidad y arte, pero no pensamos, como hacen la ma­ yoría, que son aduladores aquellos que son llamados «transportadores de sus jarras de aceite» l0 «cam bis­ , tas» y «a los que se les oye después que el agua está sobre las m anos» 1 com o dijo alguien, cuya grosería 1 con chocarrería y desvergüenza es m anifiesta con un solo plato y con una sola copa de vino? Pues, realmen­ te, no era necesario contradecir a Melantio, el parásito de Alejandro de Feras, el cual, a los que le preguntaban cómo fue muerto Alejandro, y contestaba: «a través del costado hasta mi estóm ago», ni a los que se mueven al­ rededor de una mesa bien abastecida, a los que «n i el fuego, ni el acero, ni el bronce pueden im pedir acercar­ se a la com ida» '2 ni a las aduladoras de Chipre, a las , que, después que pasaron a Siria, se las llam ó «escale­ ras», porque se ofrecían a las mujeres de los reyes, po­ niéndose debajo, para que a través de ellas subieran a sus carruajes l3. 4 Entonces, ¿contra quién es necesario defenderse? Contra el que no lo parece y niega que es adulador, a
1 H om bres dem asiado pobres para ten er un criad o que les lleve 0 su ja rra de aceite al baño. Cf. Demóstenes, L IV (C ontra C onón) 16. 1 Lavado cerem onial d e ias manos antes de las com idas. Alejan­ 1 d ro de Feras, citado un poco más abajo, en este m ism o párrafo (50C), fue rey de Tesalia del año 389 al 358, año éste en que fue asesinado. Su adulador M elantio no tiene nada que v e r con el M elan tio que apa­ rece en 20C, cf. nota al respecto. 1 De los Aduladores de Éupoiis, según P l u t ., M or. 778E. Cf. K o c k , 2 Com. Att. Frag., I, pág. 303. 1 Cf. A t e n e o , 256D. 3

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quien no es fácil coger alrededor del asador ni es cogi­ do «m idiendo la sombra para saber la hora de la comi­ da», ni, borracho, se queda en el suelo com o se cayó, sino que la m ayoría de las veces está sobrio y ocupado, piensa que debe m eter las manos en los asuntos, quiere participar de las conversaciones secretas y, en general, es un trágico actor de la amistad, no un satírico ni un cómico. Pues, como dice Platón l4: «e l colm o de la in­ justicia es parecer justo sin serlo», y que se ha de consi­ derar molesta la adulación que se oculta y no la que se manifiesta; no la que bromea, sino la que habla en serio. En efecto, ésta invade de desconfianza la verda­ dera amistad, pues muchas veces coincide con ella, si no le prestamos atención. Es el caso de Gobrias, que, habiendo irrum pido en una habitación obscura con un m ago que huía, tras haberle cogido fuerte con sus brazos ordenó a Darío, que se había colocado a un lado y dudaba, que hundiese la espada a través de los dos IS Y nosotros, si no alabamos de ninguna de las . maneras el dicho: «m uera el am igo con el enem igo» ’6 , procurando alejar al adulador que por muchas similitudes se confunde con un amigo, debemos muy bien te­ m er no vayamos a arrojar, de alguna manera, lo bueno con lo malo, o, por ser moderados con lo que es propio, caigamos en lo que es dañoso. Pues bien, yo creo que, así com o es d ifícil la lim pie­ za de las semillas silvestres, que, por tener un aspecto y tamaño semejantes, se mezclan con el trigo (pues, o no caen a través de los agujeros más pequeños, o caen juntamente por los abiertos), del mismo m odo la adula­ ción que se mezcla a sí misma con cualquier emoción y cualquier movimiento, necesidad y costumbre es d ifí­ cil de distinguir de la amistad.
1 R ep ú b lica 361a. 4
1 5 1 6 H e r ó d ot o , III 78. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., núm. 362.

CÓM O

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5 Sin embargo, debido a que la amistad es la cosa más agradable de todas y ninguna otra alegra más, por esto también el adulador atrae hacia sí con placeres y está en relación con los placeres. Y porque el favor y la utilidad acompañan a la amistad (según lo cual, tam­ bién se ha dicho que un am igo es más necesario que el fuego y el agua), de ahí que el adulador, aplicándose en todos los servicios, se esfuerza en aparecer siempre servicial, diligente y animoso. Y, puesto que lo que, so­ bre todo, mantiene el principio de la amistad es fa se­ mejanza de ocupaciones y costumbres, y, en general, el alegrarse con las mismas cosas y evitar las mismas co­ sas acerca a las personas en prim er lugar y las une a través de los mismos sentimientos, después de observar esto, el adulador se ordena y se arregla como si fuera un trozo de madera, tratando de adaptarse y amoldar­ se a aquellos a los que ataca por m edio de la imitación, porque es tan flexible para im itar y tan convincente en sus copias, que se puede decir: No eres el hijo de Aquiles, sino que tú eres aquél en [persona n. Pero de todas sus cosas la más hábil es que, dándose cuenta de que la franqueza se dice y se piensa que es el lenguaje propio de la amistad, así como cada ser vivo tiene su propia voz, y que, en cambio, la falta de fran­ queza es enemiga e innoble, ni siquiera a ésta deja sin imitar, sino que, igual que los cocineros hábiles usan jugos amargos y espedios ¡fuertes para quitarle a las co­

1 7 (203C).

¡bid., núm. 363; citad o tam bién en P lu t., Vida de Alcibíades 23

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sas dulces lo que empalaga, así los aduladores aplican una franqueza falsa e inútil, y que actúa como si fuera un parpadeo, un cosquilleo y nada más. Por esta razón, pues, este hom bre es d ifícil de descubrir, como a aque­ llos animales que son capaces de acom odar su color a los arbustos y a los lugares que hay junto a ellos. Y, puesto que aquél engaña y se oculta en las semejanzas, nuestro trabajo es descubrirlo y desnudarlo con las di­ ferencias, pues «está adornado con colores y formas ex­ trañas, como dice Platón, a falta de las propias» l8 .

6
Por tanto, seguidamente, vam os a examinar el asun­ to desde el principio. Y a dijim os que el origen de la amistad, para la mayoría, son la disposición y la naturaleza, que acogen con agrado las mismas costumbres y caracteres y se alegran con las mismas prácticas, acti­ vidades y ocupaciones, sobre lo cual también se han di­ cho estas cosas: E l anciano tiene para el anciano el habla más dulce, el niño para el niño, la m u jer es conveniente para la [mujer, y el hom bre enferm o para el enfermo, y el cogido en [desgracia es una ayuda para el que va a caer en ella Por su parte, el adulador, sabiendo que, cuando la gen­ te se alegra con cosas semejantes, es natural que tam­ bién las use y las quiera, en prim er lugar intenta, de este modo, acercarse a cada uno y permanecer junto
1 Fedro 239d. 8 1 Cf. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., n ú m . 364, y K o c k , Cotrt. 9 Att. Frag., III, 606.

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a él, acercándose poco a poco y comunicándose estre­ chamente con él, com o si fuera un animal en el pas­ to 2 , con las mismas actividades y ocupaciones en las 0 mismas cosas, trabajos y géneros de vida, hasta que le f da una oportunidad y llega a estar acostumbrado y a ser dócil al que lo toca, reprobando las acciones, géne­ ros de vida y personas con los que comprende que aquél se disgusta, pero las cosas que le agradan las alaba no con moderación, sino que las exagera mostrando estu­ por y admiración, asegurando que lo que ama y odia 52A surge más del ju icio que de la emoción.

7

Entonces, ¿cómo se pone en evidencia y por qué di­ ferencias se descubre que no es igual a nosotros y que no llegará a serlo, sino que imita sólo el parecido? Ante todo, es necesario ver la uniform idad y continuidad de su manera de pensar; si se alegra con las mismas cosas siempre y alaba las mismas cosas, y si dirige y ordena su propia vida hacia un único modelo, como conviene a un hom bre libre, amante de una amistad y trato del mismo carácter. Así, en efecto, es el amigo. Pero el adu­ lador, por no tener una sola m orada de su carácter, ni vivir una vida elegida para él mismo, sino para otros, y modelándose y adaptándose para otro, no es ni simpie ni uno, sino variado y complicado, por correr y cam­ biar de fo fm a como el agua, vertida de uno a otro con­ tenido, según sean los que lo reciben. A diferencia del búho orejudo, que, según parece, es cazado cuando in­ tenta im itar al hombre moviéndose y danzando, el adu­ lador seduce y embauca, im itando no a todos de la mis­ ma manera, sino a uno danzando y cantando con él, a
2 0 Cf. P la tó n , Rep. 493a.

b

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otro peleando y rodando en el polvo con él. Y, si se apo­ dera de uno aficionado al monte y a la caza, le sigue gritando casi las palabras de Fedra: ¡Por los dioses!, me gusta gritar a los perros, c mientras persigo a los moteados ciervos 2l, y no pone atención alguna en el animal, sino que inten­ ta enredar y cazar al cazador mismo. Pero, si persigue a un joven erudito y estudioso, entonces se pone sobre los libros y su barba le crece hasta los pies, y la cosa es llevar un manto raído y la indiferencia y hablar sin cesar de los números y los triángulos rectángulos de Platón. Mas, si en otra ocasión topa con un disoluto ami­ go de la bebida y rico, entonces se despojó de sus andrajos el sagaz O d iseo2 , 2 el manto raído es arrojado, se afeita la barba, como una cosecha sin frutos; ahora sólo cuentan los recipientes para refrescar el vino y las tazas, las risas en los D paseos y las burlas contra los filósofos. Como se dice que sucedió en Siracusa después que llegó Platón, y una loca afición por la filosofía se apoderó de Dionisio: los palacios se llenaron de polvo a causa de la multitud de geómetras. Pero, cuando Platón fracasó y Dionisio, aban­ donando la filosofía, volvió precipitadamente a la bebi­ da y a las mujeres, a hablar neciamente y a viv ir con desenfreno, la falta de interés y el olvido de las letras y la estupidez se apoderaron, al unísono, de todos, co­ mo si hubiesen sufrido una transform ación en los pala­ cios de Circe 2 . 3
2 1 22 E u r í p i d e s , H ip ó lito 219-220.

H o m b r o , Odisea X X I I 1. 2 M aga de la isla Eea, hija del Sol y herm ana de Eetes y de Pa3 sifae, que transform a, en la Odisea X 135 ss., en anim ales a algunos

com pañeros de Odiseo.

CÓM O

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211

También son testigos las obras de los grandes adula­ dores, de los demagogos, el m ayor de los cuales fue Alcibíades 2 , porque en Atenas bromeaba y se dedica4 ba a la cría de caballos y vivía con galantería y elegan­ cia; y, en Lacedemonia, se cortaba el pelo al rape, lleva­ ba un manto raído y. se bañaba en agua fría; y, en Tracia, luchaba y bebía; pero, cuando llegó junto a Tisafernes 2 , se entregó al libertinaje, al lujo y a la charlata­ 5 nería, hacía demagogia y conseguía favores, comportán­ dose y viviendo igual que todos. Sin embargo, ni Epaminondas 2 , ni Agesilao 2 fueron así, sino que, aunque 6 7 tuvieron trato con muchos hombres, ciudades y formas de vida, conservaron en todos los lugares el carácter apropiado a ellos con su vestido, su género de vida, su lenguaje y su vida. Así, también, Platón fue en Siracusa como era en la Academia y con Dionisio como fue con D ió n 2 . 8

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8
Los cambios de un adulador, como los de un pulpo, los podría descubrir uno, si se percata de que, muchas veces, él mismo cambia y desaprueba la vida que antes alababa, y es atraído de repente hacia acciones, con­ ductas y palabras, con las que se disgustaba, como si le agradaran. Así pues, se verá que él no es, en modo

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2 P olítico y general ateniense, d iscípu lo de Sócrates. Cf. Plut., 4 Vida de Alcibíades 23 (203C). 2 Sátrapa persa en Sardes y Caranos, que hizo un tratado con 5 Esparta contra Atenas. 2 Con Pelópidas, general en je fe d e los tebanos, cuando los es­ 6 partanos fueron arrojados de Tebas el año 379 a. C. 2 R ey espartano (401-361 a. C.). 7 2 Cuñado de Dionisio, m encionado tam bién aquí, tirano de S ira­ 8 cusa, enam orado de la filosofía, sobre todo de la de Platón,

21 2

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alguno, seguro, ni personal, y que ni ama, ni odia, ni se alegra, ni se entristece con sus propias emociones, sino que, como un espejo, recibe las imágenes de las emociones, vidas y m ovimientos ajenos. Es, por tanto, como aquella clase de hombres que, si vituperas a uno de sus amigos delante de él, dirá: «tardíam ente has des­ cubierto al hombre; pues a mí hace ya tiem po que no me gustaba»; pero, si en otra ocasión, cambiando de opi­ nión lo alabas, ¡por Zeus!, dirá que se alegra de ello y que te lo agradece en nombre del mismo y que confía en él; mas si dices que tienes que tom ar otro género de vida, por ejemplo, cambiando de la actividad po líti­ ca al retraim iento y a la tranquilidad, dirá: «hace tiem ­ po, en verdad, que nos hubiera convenido habernos apar­ tado de los tumultos y envidia»; y, de nuevo, si parece que te lanzas a la vida activa y a la oratoria, dará voces diciendo: «piensas cosas dignas de ti, la inactividad cier­ tamente es algo agradable, pero obscura y vu lgar». En­ tonces es necesario decir, en seguida, a tal persona: Extranjero, me pareces ahora distinto del que eras [antes 2 , 9

no necesito un amigo que se cam bie y asienta conmigo (pues mi sombra hace m ejor esas cosas), sino que diga la verdad conm igo y que me ayude a decidir.

9 En verdad, éste es un m étodo para descubrir al adu­ lador, pero conviene observar en las semejanzas otra diferencia como ésta: el verdadero amigo no es un imitador de todo ni está dispuesto a alabarlo todo, sino sólo lo mejor, '
29 Hom., Od. X V I 181.

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Pues no nació para odiar sino para amar 3 , 0 según Sófocles, y, ¡por Zeus!, para ayudar a arreglar las cosas y para unirse en el am or a la belleza, no para com eter errores juntos ni para ser cómplices de crím e­ nes, a no ser que, por trato y estrecha relación, un flujo e infección, como la de una inflam ación de ojos, lo con­ tagie, contra su voluntad, de ignorancia o e r r o r 3 . De 1 una manera parecida se dice que sus amigos imitaban la joroba de Platón, el balbuceo de Aristóteles, y la in­ clinación del cuello y la dureza de la voz en la conversa­ ción del rey Alejandro. En efecto, algunos, sin darse cuenta, toman muchas cosas de las costumbres y de las vidas de otros. Pero al adulador, sencillamente, le pasa lo que al camaleón. Pues éste imita, en su aspecto, toda clase de colores ex­ cepto el blanco, y el adulador, al ser completamente in­ capaz de hacerse semejante en las cosas dignas de es­ fuerzo, no deja sin im itar las vergonzosas, y así como los malos pintores que, al no poder alcanzar la belleza por su incapacidad, pintan las semejanzas en arrugas, manchas y cicatrices, del mismo m odo aquél se convier­ te en un im itador del libertinaje, de la superstición, de la ira apasionada, de la aspereza contra los criados, de la desconfianza con los domésticos y parientes. Pues, por naturaleza, es por sí mismo propenso al mal, y pa­ rece estar muy lejos de censurar lo vergonzoso, cuando él lo imita. Son, asimismo, sospechosos aquellos que buscan lo mejor, y parecen disgustarse y estar enfadados con los errores de sus amigos. Lo cual, efectivamente, indispu­ so y perdió a Dión con Dionisio, a Samio con Filipo y
3 Adaptado de S ó f o c l e s , A ntigona 523. 0 3 Se pensaba que la gente que tenía los ojos m alos podía conta­ 1 gia r a otras personas con sólo mirarlas.

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a Cleómenes con Ptolom eo 3 . Mas el adulador, desean­ 2 do igualmente ser y parecer, a la vez, agradable y leal, finge alegrarse más con las cosas peores, como uno que, por querer demasiado, no rechaza lo malo, sino que sim­ patiza con todo y participa del mismo natural. Por lo cual, los aduladores nq.se niegan a participar en las cosas que suceden sin nosotros quererlas y que depen­ den de la suerte, sino que pretenden padecer las mis­ mas enfermedades, para adular a los enfermos, y no ver ni oír bien, si tienen trato con ciegos o con sordos, como los aduladores de Dionisio, cuando estaba perdien­ do la vista, que tropezaban unos con otros y tiraban los platos en el banquete. También algunos, tocando los sufrimientos, se intro­ ducen en lo más íntim o y m ezclan la semejanza de sus sufrimientos hasta en las cosas más secretas. En efecto, si sabe que uno es desgraciado en su m atrim onio o que sospecha de sus hijos, o de sus criados, ellos no se preo­ cupan de sí mismos y se lamentan de sus propios hijos o de su m ujer o de sus parientes o de sus criados, divul­ gando algunas culpas secretas. Pues la semejanza les hace sentir más intensamente el sufrim iento común, y, como si hubieran recibido más garantías, confían más alguno de sus secretos y, confiados, los utilizan y temen perder su confianza. Y o conozco a un hombre que se separó también de su mujer, porque su amigo había abandonado a la suya, pero fue sorprendido mientras la visitaba en secreto y le enviaba mensajes, y lo descubrió la m ujer de su amigo. Del mismo modo, no sa­ bía lo que era un adulador aquel que pensaba que estos
3 2 Se trata de Dión y D ion isio de Siracusa, del siglo iv a. C., cita­

dos otras veces p o r Plutarco; de F ilip o V de M acedonia y de! poeta líric o y epigrám atico Samio, al que F ilip o m andó m atar después de h aber sido su protector, y de Cleómenes III, rey de E sparta (240-222 a. C.), del que P lutarco escrib ió también la vida, y P tolom eo Filopátor, rey de E gipto del 221 al 205 a. C.

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versos yámbicos convenían más a un adulador que a un cangrejo: Todo su cuerpo es vientre, ojo que m ira p o r todas partes, una bestia que camina sobre sus dientes pues tal descripción es la de un parásito, uno de los amigos alrededor de la sartén y de los amigos [en el almuerzo 3, 4 como dice Éupolis 3. 5

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Dejemos, sin embargo, estas cosas para el lugar apro­ piado de nuestro discurso. Mas no queremos pasar por alto la astucia del adulador en sus imitaciones, pues, si im ita alguna de las cosas buenas del adulado, le re­ serva la m ejor parte. Porque, para amigos de verdad, c no existe emulación entre ellos, ni envidia, sino que, si participan igual o menos del éxito, lo sufren sin moles­ tia y con moderación. Pero el adulador, recordando siem­ pre que tiene que ju gar un papel secundario, cede en la igualdad de la imitación, admitiendo que ha sido ven­ cido en todo y que no ha estado a su altura, excepto en lo malo. Por el contrario, en las cosas malas no cede la primacía, sino que dice, si aquél es un hombre d ifí­ cil, que él es colérico; si aquél es supersticioso, que él es un poseso; si aquél ama, que él está locamente ena­ morado. «T e reías inoportunamente, dice, pero yo iba
33 34 B e r g k , Poet. Lyr. Gr., III, 669. K o c k , Com. Att. Frag., I, 349.

3 Junto a Cratino y Aristófanes, e! poeta más im portante de la 5 Comedia Antigua en G recia (siglo v a. C.). S ólo conservam os algunos fragm entos de sus obras.

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a m orirm e de risa.» Pero en las cosas buenas ocurre exactamente lo contrario. Él dice que corre con rapi­ dez, pero que aquél vuela; que monta bien a caballo, «m as ¿qué es esto comparado con este centauro?» Y o soy por naturaleza un poeta y escribo un verso que no es m alo del todo: pero tronar no es lo m ío, sino p ro p io de Zeus 3 , Ó pues, con ello piensa demostrar, al im itarlo, que la elec­ ción es buena y su fuerza, al ser derrotado, inalcanza­ ble. Por tanto, en las semejanzas existen algunas como éstas que diferencian al adulador del amigo.

11 Porque, como se ha dicho, también el elem ento del placer es común (pues el bueno ño se alegra menos con los amigos que el m alo con los aduladores), vamos a distinguir esto. La distinción es la referencia del placer a su fin. M íralo así: hay en un perfum e un olor agrada­ ble y lo hay en una medicina, pero se diferencian en que aquél ha sido creado para el placer y no para otra cosa, pero en ésta el purgativo o el estimulante o el que puede cicatrizar son olorosos por azar. Asimismo, los pintores mezclan los colores brillantes y pigmentos, y hay también algunos medicamentos curativos que son brillantes en apariencia y tienen un olor no desagrada­ ble. Entonces, ¿en qué está la diferencia? Verdadera­ mente está claro que los distinguimos por la finalidad de su uso. Así, de form a semejante, las gracias de los amigos en algo bueno y provechoso poseen un encanto como en flor, y hay momentos en que los amigos usan
3 Au tor desconocido; cf. Bergk., P oet. Lyr. Gr., III, 736. 6

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entre ellos de la broma, del banquete, del vino y, sí, ¡por Zeus!, de la risa y de la bufonada, como de espe­ cias de las cosas buenas y serias. En relación con esto, también se ha dicho ya el verso: Se divertían con la conversación, hablando unos con [otros ’7 , y este otro: Y ninguna otra cosa nos hubiera podido separar a nos­ o tro s dos, que nos queríamos com o amigos y nos divertíamos 3 . 8 El oficio y la meta final del adulador es esto: hacer elegante y sazonar una broma, una acción o un discur­ so con el placer y para el placer. Para decirlo breve­ mente, el uno, el adulador, para ser agradable cree que debe hacerlo todo; el otro, el amigo, haciendo siempre las cosas que debe, muchas veces es agradable, otras muchas desagradable, no porque lo prefiera, sino que, si eso fuera mejor, ni siquiera lo evitaría. Pues, igual que el médico, si conviene, administra azafrán y ungüen­ to de nardo y, sí, ¡por Zeus!, muchas veces lava bonda­ dosamente y alimenta generosamente, hay casos en los 9 que, dejando estas cosas, proporciona un castorio 3 G o p o lio 4 , de o lo r pesado, que huele, en verdad, de ma­ c e r a terrible 4I,
37 38 H o m ., II. X I 643.

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H o m ., Od. IV 178. 3 Substancia crasa de o lo r desagradable, segregada p or las glán­ 9 dulas anales del castor y que se em plea en m edicina com o antiespas-

m ódico. 4 Zam arrilla, planta arom ática que se em pleaba para preparar 0 la triaca, m edicam ento com puesto de muchos ingredientes, que fue em pleado contra las m ordeduras de anim ales venenosos. Sobre el p o­ lio, cf. P l i n i o , H istoria n atural X X I 7 (21), 44, y X X I 20 (84), 145. 41 N i c a n d r o , Theriacá 64.

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u obliga a beber eléboro 4 después de triturarlo, no 2 persiguiendo en este caso lo desagradable ni en el otro lo agradable, sino llevar a su paciente a través de am­ bos medios a un estado que le conviene; así, el amigo hay veces que, celebrando y alegrando con alabanzas y gracias, lleva hacia el bien, como éste: Teucro Telamonio, querido amigo, príncipe de pueblos, dispara a s í4 3
y ' .

¿cóm o podría yo después olvid ar al divino O d iseo?4i. Otras veces, cuando es necesario el ataque, con lengua­ je m ordaz y con la franqueza de un guardián dirigién­ dose a él: Has perdido el seso, divino Menelao, y no tenías c necesidad de esta insensatez 4 . 5 Hay a veces en que une la acción a la palabra, como M enedem o4 corrigió al hijo 6 desuamigo Asclepiades ", que era lujurioso y desordenado, apartándolo de su ca­ sa y no dirigiéndole la palabra, y Arcesilao 4 que pro­ 8 hibió a B a tó n 4 la entrada en su escuela, porque escri9
4 G énero de planta de la fam ilia de las ranunculáceas, propia de 2 parajes montañosos, que, en su variedad negra, posee una raíz purgan­ te y diurética.
4 3 Hom., II. V III 281-282.

4 Hom., I I 4

X 243, y Od. I 65.

4 Hom., II. V II 109. 5 4 F iló s ofo griego, d iscípu lo de Sócrates y fu n dador de la llam a' 6 da escuela de E ritrea en la isla de Eubea. Cf. D iógenes L abrcio , II 17, 125 ss. 4 Am igo de M enedem o, que, después de ser segu idor de la Aca­ 7 demia, se unió más tarde, ju n to con M enedem o, a E stilpón, de la es­ cuela de M égara. Cf. D só g. L a e r . , II 11, 113-120. 4 Arcesilao de Pitanes, fun dador de la Academ ia M edia. Cf. D ió g . 8 L a e r . , IV 6. 4 Poeta de la Com edia M edia de m itad del siglo ra a. C. Cf. 9
N a u c k , Com. Att. Frag., III, 326 ss.

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bió un verso contra Oleantes 5 en una comedia, y se 0 reconcilió con él después de que aquél aplacó a Olean­ tes y cambió de opinión. En verdad, conviene que el ami­ go cause tristeza, si con ello es útil, pero no conviene destruir la amistad causando tristeza, sino usar esto co­ mo se usa un medicamento molesto, que salva y defien­ de al paciente. Por lo cual, como el músico, el amigo con el cam bio hacia el bien y la utilidad, unas veces tensando las cuerdas y otras aflojándolas, muchas ve­ ces es agradable, pero siempre es útil; el adulador, en d cambio, acostumbra a tocar com o acompañamiento lo agradable y lo que es gracioso en una sola escala, y no conoce ni acciones que contradigan ni palabras que en­ tristezcan, sino que sigue sólo lo que quiere otro, can­ tando siempre y sonando de acuerdo con él. En efecto, como dice Jenofonte 5 de Agesilao, que de buena gana 1 se dejaba alabar por aquellos que también estaban dis­ puestos a vituperarlo, así es preciso tener por amigo lo que alegra y agrada, aunque pueda entristecer y opo­ nerse alguna vez, pero sospechar de la compañía cons­ tante en los placeres y favores, siempre solícito y sin asperezas, y, ciertamente, ¡por Zeus!, tener presente el e dicho de aquel laced em on io5 que, al ser alabado el 2 rey Carilo, dijo: «¿C óm o puede ser un hombre bueno, el que ni siquiera es severo con los m alos?»

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Se dice que a los toros se les pega el tábano junto a las orejas y a los perros la garrapata. El adulador,
5 De Aso, estoico y discípulo de Zenón de Citio. C f. D ió g . L a e r . , 0 V II 5. Es fam oso su him no a Zeus. 5 Agesilao 11, 5. 1 5 Arquidam ias, según P l u t . , M or. 218B. 2

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ocupando las orejas de los ambiciosos y agarrándose a ellas con alabanzas, es d ifícil de quitar. Por lo cual, conviene tener entonces el ju icio especialmente rápido y vigilante para saber si la alabanza es de la acción o del hombre. Es de la acción, si alaban más a los ausen­ tes que a los presentes; ñi nos alaban ellos nysmos por­ que desean y buscan también las mismas cosas; si no a nosotros solos, sino a todos, alaban en cosas pareci­ das; si nos alaban sin hacer y decir ahora estas cosas y luego las contrarias; y lo que es más grande, si nosotros mismos nos convencemos de que no nos vamos a arrepentir ni avergonzar de las cosas por las que somos ala­ bados, y que no preferiríam os haber hecho o haber di­ cho nosotros las cosas contrarias a éstas. Pues el ju icio de dentro de casa, que testifica en contra y no acepta la alabanza, es desapasionado y no se deja com prar por el adulador, pero, no sé cómo, la m ayoría en las adver­ sidades no soporta los encomios, sino que se deja llevar por los que lloran y se lamentan con ellos, y cuando yerra y comete algún delito, el que con contradicción y censura le produce dolor y arrepentim iento les pare­ ce enemigo y acusador, pero al que alaba y bendice sus acciones lo abraza y piensa que es benévolo y amigo. Y, en verdad, cuantos alaban o aplauden fácilm ente un hecho, una palabra o alguna otra cosa de uno que las hizo en serio o bromeando, éstos son sólo perjudiciales para el momento presente y para las cosas que están a mano, pero cuantos con loores penetran en nuestro carácter y tocan, sí, ¡por Zeus!, con la adulación nues­ tra manera de ser, hacen lo mismo que aquellos criados que roban no del montón sino de la simiente; ya que, al ser la disposición y el carácter la simiente de los he­ chos, destruyen el principio y la fuente de la vida, apli­ cando los nombres de la virtud a la maldad.

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En efecto, en las luchas civiles y en las guerras, Tucídides 5 dice que «cam bian según el propio juicio la 3 significación acostumbrada de las palabras para ju stifi­ car los hechos. Así ,pues, la audacia irracional es con­ siderada valor amigo de camaradas; la tardanza pruden­ te, noble cobardía; la moderación, pretexto de cobar­ día; la prudencia para todo, pereza en todo». En las adu­ laciones es preciso observar y vigilar rigurosamente que la prodigalidad es llamada liberalidad, y el miedo, segu­ ridad; la energía furiosa, agudeza; la cicatería, modera­ ción; el inclinado al amor, amante de sus compañeros y amante tierno; valiente, el irascible y orgulloso, y f i ­ lántropo, el ruin y miserable. Como dice Platón 5 del 4 amante, que, al ser un adulador de los amados, al chato lo llama atractivo, al de nariz aguileña regio, a los ne­ gros viriles, a los blancos hijos de los dioses; y en gene­ ral, el color de la m iel es una ilusión del amante que atenúa y hace más fácil de soportar la palidez 5; sin 5 embargo, si el feo es convencido de ser hermoso o gran­ de el pequeño, no dura mucho tiem po en el engaño y sufre un daño ligero y no irreparable. La alabanza que acostumbra a usar los vicios como virtudes, de modo que ya no te disgustan sino que te alegran, y a suprim ir la vergüenza por los yerros come­ tidos, esta alabanza destruyó a los siciliotas, al llamar a la crueldad de Dionisio y Fálaris 5 aborrecimiento de 6 maldad y justicia; ésta es la que arruinó a Egipto, al llamar piedad y culto a los dioses el afeminamiento de
5 III 82. 3 5" Rep. 474d.
55 D el am ado.

5 Se trata de Dionisio de Siracusa y de Fálaris, tirano de Acra6 gante (Agrigento) de Sicilia, en el siglo iv a. C., y famoso por su cruel­ dad, ya que encerraba a sus enemigos en un toro de bronce ardiendo para quemarlos y para que sus gritos imitaran los bramidos del ani­ mal (cf. P í n d a r o , P ítica I 167 ss.).

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P tolom eo5 , su superstición, sus gritos de bacante, sus 7 danzas corales y sus tambores; ésta alabanza destruyó y tornó en nada las buenas costumbres de los romanos, al llamar cariñosamente al libertinaje, al desenfreno y a las ostentaciones públicas de Antonio 5, alegres y hu­ 8 manitarios juegos, porque su poder y su suerte eran uti­ lizados al mismo tiem po generosamente. ¿Qué otra co­ sa hizo que Ptolom eo 5 se colgase la fo rb e iá í0 y las 9 flautas, y acercó a N erón a la escena trágica y le colocó la máscara y el coturno? ¿N o fue la alabanza de los aduladores? ¿La m ayoría de los reyes no reciben el nom bre de Apolo, si trinan; de Dioniso, si se em borra­ chan; de Hércules, si luchan, y, felices, son arrastrados por la adulación a todo tipo de ultrajes?

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Por ello, se debe vigila r al adulador sobre todo en sus alabanzas. Esto tam poco lo ha olvidado él mismo, sino que, porque es hábil para guardarse de la sospecha, si coge a uno vestido con un manto de púrpura o a un rústico que lleva una gruesa piel, emplea toda clase de burla, como Estrucias, que paseábase con Bías y ultrajaba su insensibilidad con alabanzas: Has bebido más que el rey A le ja n d ro 6I,
y

M e río de esto, pensando en aquel chipriota 6. 2
5 Ptolomeo Filopátor (221-205 a. C.); Cf. P o u b i o , V 34. 7 5 Cf. P l u t ., Vida de A n to n io 9 (920D). 8 5 Ptolomeo Auletes (80-51 a. C.); cf. E s t r a b ó n , X V II 11 (pág. 796). 9 6 Tira de cuero que se ponían los flautistas, como un dogal, al­ 0 rededor de los labios, para ayudarse, a regular el sonido de la flauta. 6 Del A d u la d or de Menandro ( K o c k , Com. Att. Frag., III, M enan­ 1 dro, núm. 283). 6 Ibid., núm. 297. 2

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Y cuando ve a personas ingeniosas que lo observan muy bien y que se cuidan de este lugar y ocasión, no entra en la alabanza por el camino recto, sino que, alejándo­ se, se mueve en círculos y se acerca sin ruido como si tocara y tentara a un animal. Ahora contará las alaban­ zas de algunos otros sobre él, como los rétores, em­ pleando una persona ajena, diciendo que en el ágora ha tenido un encuentro muy agradable con extranjeros o ancianos que le han recordado muchas cosas buenas de él y le admiraban. Otras veces, de nuevo, ideando y componiendo culpas leves y falsas contra él, como si las hubiera oído a otros, viene con presteza, preguntan­ do dónde dijo esto y dónde hizo esto otro. Si lo niega, como es natural, teniéndolo asido por aquí, cubre al hombre con alabanzas: «Y o me admiraba de que tú que no lo sueles hacer contra tus enemigos, hablaras mal de tus amigos íntimos, y que tú, que tantos de tus pro­ pios bienes has regalado, hubieras intentado apoderar­ te de los bienes ajenos.»

14 Otros, igual que los pintores intensifican los lugares luminosos y brillantes con los sombreados y obscuros colocados junto a ellos, pasan, así, desapercibidos, por censurar y vituperar o ridiculizar y m ofarse de las co­ sas contrarias, cuando alaban y alimentan los vicios que tienen los que son adulados. En efecto, reprochan la mo­ deración como rusticidad en los libertinos, y en los arro­ gantes, malhechores y ricos por acciones vergonzosas y malas, la suficiencia y justicia com o falta de valor y debilidad para la acción. Cuando tratan con perezo­ sos, ociosos y que huyen de la vida pública de las ciuda­ des, no se avergüenzan al llam ar a la política trabajo de negocios ajenos y al deseo de honores vanidad inútil.

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También es propia del retórico la adulación para ridi­ culizar al filósofo, y entre las mujeres disolutas son te­ nidos en gran estima, al llam ar a las fieles y amantes de sus maridos frías para las cosas del amor y rústicas. Pero sobrepasa toda m aldad el hecho de que los adula­ dores no se detienen ni ante ellos mismos. En efecto, igual que los luchadores abaten su cuer­ po para tirar a los otros, del m ism o modo, al censurar­ se a sí mismos, empujan a los que están cerca hacia la admiración: «Soy un esclavo cobarde en el mar; me canso en los trabajos; si me insultan, me vuelvo loco de ira.» Pero para éste dice: «n o hay nada difícil, ni pesado, sino que es un hombre singular, lo soporta todo tranquilamente y sin sufrim iento». Y si uno, creyendo tener mucho entendimiento y queriendo ser austero y sincero por alguna rectitud, suele proponer como mo­ delo el verso: Tidida, no me alabes demasiado y no me injuries 6 , 1 el adulador hábil no se acerca a él de esta manera, sino que existe otra técnica para este tipo de personas. Pues se llega a uno de éstos para consultarle sobre sus pro­ pios negocios, en la idea de que es superior en sus juicios, y le dice que tiene otros amigos íntimos, pero que por necesidad tiene que m olestarlo. «¿ A dónde acudire­ mos cuando necesitemos consejo? ¿En quién confiare­ m os?» Luego, después de haber escuchado lo que le di­ ce, se marcha, diciendo que ha recibido un oráculo, no un consejo. Y, si ve que alguno se atribuye experiencia en el arte de la palabra, le trae alguno de sus escritos, pidiéndole que lo lea y lo corrija. Al rey Mitrídates 6 , 4
6 Hom., II. X 249. 3 6 Nacido en Sínope, con ayuda de los Diádocos fue gobernador 4 de la Capadocia, junto al M ar Negro, y el enemigo más peligroso .de los romanos.

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que era am igo de la medicina, algunos de sus amigos se le ofrecían a sí mismos para que los abriese y que­ mase, adulándole con obras no con palabras. En efecto, parecía que la confianza de ellos en él era testimonio de su habilidad: Muchas son las formas de los dioses6 . 5 Esta clase de alabanzas veladas, que requieren una pre­ caución más hábij, se deben investigar de m odo conve­ niente, ordenando consejos y enseñanzas absurdas y ha­ ciendo correcciones faltas de razón. Pues, si no se opo­ ne a nada, sino que, aprobándolo todo, aceptándolo to­ do y gritando a cada cosa que está bien y es apropiada, se descubre perfectam ente que, preguntando la consigna, pero buscando otro asu nto6 , 6 quiere alabar y ayudarle a envanecerse.
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Además, igual que algunos han definido la pintura como una poesía silenciosa, así existe una alabanza de adulación callada. Pues, así com o los cazadores pasan más inadvertidos a su presa si no dan la impresión de que hacen esto, sino que parece que caminan, que apa­ cientan el ganado o que trabajan el campo, así también los aduladores consiguen más con las alabanzas, cuan­ do no parece que están alabando, sino que están hacien­ do otra cosa distinta. En efecto, el que cede su silla y su butaca al que llega, y si, mientras habla al pueblo
6 Eurípides en varios lugares: Alcestes, Andróm aca, Bacantes y 5 Helena.
6 6 N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., núm. 365.

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o al consejo, se da cuenta de que uno de los hombres c ricos desea hablar, se calla en m edio de su discurso, cediéndole la tribuna y la palabra, demuestra más con su silencio, que el que grita, que piensa que aquél es m ejor y que aquél lo aventaja en inteligencia. Por eso, es posible verlos ocupando los prim eros puestos en los auditorios y en los teatros, no porque elíos se los me­ rezcan, sino porque adulan a los ricos al levantarse pa­ ra cederles el sitio. Y tomando la palabra los prim eros en las asambleas y senados, la ceden después a los más poderosos y cambian fácilm ente a la opinión contraria, si es poderoso, rico o famoso el que se les opone. Con lo cual, es preciso poner en evidencia sus servidumbres y «retirad as», que no ceden a las experiencias, ni a la virtud, ni a la edad, sino a la riqueza y a la fama. d El pintor Apeles 6 , estando sentado Megabizo junto 7 a él y queriendo hablar de dibujo y de sombras, le dijo: «¿V es a estos muchachos que están m oliendo el color am arillo? Ellos tenían puesta su atención en ti mien­ tras estabas callado, y admiraban tu vestidura de púr­ pura y tus adornos de oro. Ahora, en cambio, se ríen de ti, porque has comenzado a hablar de cosas que no has aprendido.» Y Solón 6 , al preguntarle Creso 6 so­ S 9 bre la felicidad, declaró que un cierto Telo 7 , un hom­ 0 bre común de Atenas, y Bitón y Cléobis 7 eran los más 1
6 7 6 8 69 Apeles de Colofón, p in tor de corte de A le jan d ro M agn o. Cf. Político y poeta ateniense de los siglos vii/vi a. C. S o b re esta Ú ltim o rey de L id ia del siglo vi a. C., cuya riq u eza fue p ro v e r­ P lu t., Mor. 427A. anécdota, cf. H e ró d o to , I 30-33, y P lu t., Vida de S o ló n 27 (93B). b ia l entre los griegos. 7 Ateniense, que, habien do luchado en la batalla de Eleusis y des­ 0 p u é s de h a b e r puesto en fu g a a los enem igos, m u rió con todos los h on ores y m ereció de su p atria un a se p u ltu ra pública. 7 1 D os h erm an os argivos que lleva ro n a su m adre sobre un ca­ rro, de! que ellos m ism os tiraron, al fa lta r los bueyes, p a ra que asistie­ se a un a fiesta en h on or de H e ra , y que m u riero n al fin al d e la cerem o­ nia religiosa.

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afortunados. Los aduladores, en cambio, proclaman públicamente que los reyes, los ricos, los gobernantes, no sólo son felices y dichosos, sino también los primeros por su inteligencia, arte y toda clase de virtud.

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Algunos no soportan oír a los estoicos, que llaman al sabio, a la vez, rico, hermoso, noble y rey; los adula­ dores, en cambio, llaman al rico, a la vez, orador, poeta y, si lo desea, pintor, flautista, ligero de pies y robusto, echándose a sus pies en la lucha y quedándose atrás en la carrera, como Crisón, el de H ím e ra 7 , se queda­ 2 ba atrás en la carrera ante Alejandro 7 , que, al darse 3 cuenta, se enfadó. Carnéades 7 decía que los hijos de 4 los ricos y de los reyes sólo aprenden a montar a ca­ ballo, pero no aprenden ninguna otra cosa bien y convenientemente. Pues, el maestro, alabándolos en sus estudios, y el que lucha con ellos, sometiéndoseles, les adula; pero el caballo, al no tener conocimiento, ni preo­ cupándose de si es un particular o un gobernante o un rico o un pobre, derriba a los que no lo saben montar. Así,'^ues, es simple y necio el dicho de Bión 7 : «S i es5 tuviéra seguro de hacer m i campo más productivo y fér­ til alabándolo, no parecería que cometía un error ha­ ciendo esto, más que cavando y atendiendo al negocio. Por esto, no sería absurdo alabar a un hombre, si con las alabanzas llega a ser más útil y valioso.» En verdad, el campo no empeora si es alabado, pero los que alaban
7 Ciudad de Sicilia. 2 7 Cf. P l u t ., M or. 471F, donde se repite la anécdota. 3 7 Carnéades de Cirene, siglos ih /h a. C., primero estoico y más 4 tarde fundador, en Atenas, de la Academia Nueva. 7 Posiblemente, Bión de Borístenes. Cf. n. 36 a S obre la educa­ 5 ción de los hijos.

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con m entira y sin m erecerlo a un hombre lo hacen so­ berbio y lo destruyen.

17 Sobre estas cosas baste esto. A continuación vamos a ver lo relativo a la franqueza. En efecto, convendría que, así como Patroclo, poniéndose las armas de Aqui­ les y montando sus caballos para la batalla, no se atre­ vió únicamente a tocar la lanza cortada en el Pelión, y la dejó, así convendría que el adulador, cuando se dis­ fraza y compone con ios signos y distintivos del amigo, dejase sin tocar y sin im itar sólo la franqueza, como importante arma de la amistad, pesada, grande, robusta7 . 6 Mas como, huyendo de ser conocidos en la risa, en el vino, en la burla y en los juegos, se esfuerzan los adula­ dores por elevar su negocio y alaban m irando con ros­ tro serio y mezclan algún reproche y advertencia, no dejemos esto sin examinar. Pienso que, así com o en una comedia de Menan­ dro 7 entra un falso Heracles llevando una maza no ro­ 7 busta ni fuerte, sino una im itación esponjosa y vacía, la franqueza del adulador parecerá, a los que la experi­ mentan, blanda, ligera y sin ninguna fuerza, pero que hace lo mismo que las almohadas de las mujeres que, pareciendo que sirven de apoyo y que resisten las cabe­ zas, más bien ceden y se hunden, y así esta franqueza falsa, que tiene un esplendor vacío y corrompido, se ele­ va y se hincha, para achicándose y derrumbándose reci­ b ir y arrastrar al que se precipite sobre ella. La fran­
76 77 H o m ., h . X V I 141. K o c k , Com. Att. Frag., III, p á g .

148, y M a i n e k e , IV, p á g . 225.

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queza verdadera y amistosa, en cambio, se adhiere a ios que cometen errores, produciendo una tristeza sal­ vadora y providente, muerde y purifica como la m ie l7 8 las llagas, siendo, sin embargo, en lo demás, provecho­ sa y dulce. Sobre esta franqueza se hablará a su debido tiempo. El adulador, al principio, se muestra áspero, descon­ siderado e inexorable en su relación con los demás (pues es severo con sus criados, experto en atacar las faltas de sus parientes y fam iliares y en no adm irar ni sentir respeto por ninguno de los de fuera, sino para despre­ ciarlos, y despiadado y calumniador para provocar a los otros a la cólera, persiguiendo la opinión como hombre que odia la maldad, para que no parezca que volunta­ riamente cede en su franqueza con ellos, ni que hace ni dice nada por congraciarse), después, fingiendo no saber ni conocer nada de los vicios verdaderos y gran­ des, es hábil en lanzarse sobre los delitos pequeños y que no hacen al caso, y en atacar con fuerza y con vehe­ mencia, si ve que algún mueble no está bien colocado, si uno administra mal, si descuida la barba o el vestido, o si no cuida convenientemente a un perro o a un caba­ llo. En cambio, la despreocupación por los padres, el no preocuparse de los hijos, el injuriar a la mujer y el desprecio hacia los criados y la ruina de los bienes, es­ to no le im porta nada, sino que en estas cosas se queda mudo y tímido, igual que un entrenador que deja que un atleta se em borrache y lleve una vida desordenada, para ser ctespués severo sobre- el recipiente del aceite y el raspador, o igual que el gramático, que, golpeando al niño por la tablilla y el punzón, hace que no oye cuan­ do comete un solecismo y un barbarismo. Pues el adu-, lador es como una persona que no es capaz de decir
7 8 Hay muchas noticias en los escritores antiguos sobre la pro­ piedad de la miel. Cf. Plut., Vida de F oción 2 (742B).

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nada ante el discurso de un orador m alo y risible, pero sí de censurar su voz y de reprocharle severamente, porque destruye su garganta bebiendo agua fría, y como el que, habiéndosele mandado repasar un discurso de­ safortunado, echase la culpa al papel de que era grueso y llamase al escriba malvado y negligente. Así hacían también los aduladores de Ptolomeo 7, que se tenía por 9 un amante de la enseñanza, al alargar su discusión con él .sobre una palabra obscura, un pequeño verso o una historia hasta muy entrada la noche, pero, cuando se portaba con crueldad y orgullo, tocaba los timbales y realizaba sus iniciaciones, ninguno de entre tantos se oponía. Como si uno cortara los cabellos y las uñas de un hombre que tiene tumores y úlceras con un bisturí de un médico, así los aduladores aplican la franqueza a las partes que no sienten pena ni dolor.

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Y otros, todavía más hábiles que éstos, usan la fran queza y el reproche para proporcionar placer. Como Agis, el argivo, quien, al ver que Alejandro daba gran­ des regalos a uno que le hacía reír, por envidia y dis­ gusto comenzó a dar voces diciendo: «¡O h !, qué cosa más absurda», y el rey, volviéndose hacia él con ira, le preguntó: «¿Qué dices tú?», y él le contestó: « Y o con­ fieso que me disgusta y me indigna, cuando os veo a todos vosotros, hijos de Zeus, alegrándoos de form a pa­ c recida con los hombres aduladores y ridículos. Pues, también Heracles se deleitaba con ciertos Cércopes 8 , 0
7 Posiblemete, Ptolomeo Evérgetes II (146-117 a. C.). Cf. A t e n e o , 9 X II 73, 549D. 8 Eran dos hermanos de Éfeso, que quisieron atacar a Heracles 0 con engaño; éste los prendió y ató; los soltó, luego, y se rió mucho de ellos.

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y Dioniso con los Silenos 8I, y es posible ver que tales personas son tenidas en gran estima por ti.» Habiendo llegado una vez el César Tib erio 8 al senado, uno de 2 sus aduladores, levantándose dijo que era preciso que ellos, siendo hombres libres, usaran de la franqueza y no disimularan ni callaran las cosas que fuesen prove­ chosas. Habiendo llamado de esta form a la atención de todos, habiéndose hecho el silencio en torno a sus pala­ bras y habiéndole prestado atención Tiberio, le dijo: «E s­ cucha, César, lo que todos te reprochamos, pero que ninguno se atreve a decir abiertamente. N o te preocu­ pas dé ti mismo, pierdes tu cuerpo y lo fatigas con cui­ dados y trabajos por nosotros, no dándote descanso ni de día ni de noche.» Como él repitiera muchas cosas parecidas a éstas, dicen que dijo el orador Casio Seve­ ro: «E sta franqueza matará a este hom bre.»

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19 Estas cosas son, efectivam ente, insignificantes. Pero peligrosas y que dañan a los necios son aquellas ocasio­ nes en las que los aduladores acusan de emociones y debilidades contrarias (como Him erio, el adulador, cen­ suraba de corrom pido a uno de los ricos más groseros y tacaños de Atenas, porque era un despreocupado y porque se iba a m orir de ham bre juntamente con sus hijos), o cuando, por otro lado, a hombres corrompidos y pródigos les hacen reproches por su tacañería y sor­ didez (com o Tito Petronio 8 a Nerón), o cuando a los 3
8 Antiguos sátiros de nariz chata, labios gruesos e hinchados, cal­ 1 vos y de expresión animalesca y lasciva. Et argivo Agis de la anécdota es un poeta que acompañó a Alejandro en su expedición asiática. 8 César de Roma del año 14 al 37 d. C. 2 8 El árbitro de la elegancia de la corte del Emperador Nerón, 3 siglo i d. C., y autor de una gran novela sobre las costumbres romanas, titulada Cena Trim alch ion is, conservada sólo fragmentariamente.

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gobernantes que se comportan cruel y salvajemente con sus súbditos les exhortan a desprenderse de su excesiva benignidad y de su piedad inoportuna e inútil. Semejante a éstos es también aquel que finge que se guarda y teme a un hom bre tonto, torpe y necio co­ mo si fuera hábil y astuto; y el que, siendo del tipo de personas envidiosas y que se alegran con hablar siem­ pre mal y criticar, si alguna vez se ve obligado a alabar a algún hombre famoso, cuando lo coge un adulador y le contradice tiene esto como una desgracia. «Alabas a hombres que no son dignos de nada, pues, ¿qué es éste o qué cosa destacada ha dicho o hecho?» Sobre to­ do, en lo relacionado con las cosas del amor, los adula­ dores dirigen sus ataques contra sus adulado^ y los pro­ vocan. En efecto, si ven que tienen diferencias con sus hermanos o que desprecian a sus padres o son orgullof sos con sus mujeres, ni les amonestan ni censuran, sino que procuran aumentar sus iras. «¿ N o tienes aprecio a ti mismo? También tú tienes la culpa de esto, porque 6)A te comportas servicialmente y con hum ildad.» Pero, si se produce irritación por un acto de cólera y celos con­ tra una hetera o contra una adúltera, la adulación se presenta con una espléndida franqueza, añadiendo fue­ go al fuego, pidiendo justicia y acusando al amante de cometer muchos actos odiosos, crueles y criminales:
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¡Oh el más desagradecido después de besos tan sua[ves! M . Del m ism o modo trataban de persuadir sus amigos a Marco Antonio 8, cuando estaba enamorado y encendi­ 5 do en amor por la reina de Egipto, de que él era amado por ésta, y, reprochándole, le llamaban insensible y or04 D e lo s M irm id on es d e E s q u iló . N a u c k ,

Trag. Graec. Frag., Es­

quilo, núm . 135. Cf., tam bién P l u t ., M or. 715C. 05 C f. P l u t ., Vida de A n ton io 53 (940D).

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gulloso: «L a mujer, abandonando un im perio tan gran­ de y tantas ocupaciones felices, se consume, acompa­ ñándote en tus campañas guerreras, a la manera de una concubina»: Tienes en tu pecho un corazón in d om a ble8 6 b

y miras con indiferencia que está afligida. Mas él, de­ jándose reprender de buena gana, com o si fuera injusto y, alegrándose con los que le acusaban y no con los que lo alababan, no se daba cuenta de que con este aparen­ te reproche era corrom pido. Una franqueza tal es como los mordiscos de mujeres lascivas, que despiertan el pla­ cer y hacen cosquillas, bajo la apariencia de causar pe­ na. Y, así com o el vino que es una ayuda principalm en­ te contra la cicuta, si lo mezclan, echándolo sobre ella, convierten la fuerza del veneno completamente en incu­ rable, porque a causa del calor es conducida más rápi­ damente en el cuerpo humano, así los malos, sabiendo C que la franqueza es una gran defensa contra la adula­ ción, adulan a través de la misma franqueza. Por tanto, tampoco Bías respondió bien al que le preguntó cuál de los animales es el más fiero, al contestar que de los animales salvajes el tirano y de los mansos el adulador. Pues hubiera sido más conveniente haber dicho que, de los aduladores, son mansos aquellos que andan alrede­ dor del baño y de la mesa, y fiero, salvaje y difícil de tratar aquel que extiende, como tentáculos de un pulpo, su curiosidad, su calumnia y maldad, hasta el interior de las casas y hasta las habitaciones de las mujeres.

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Hom., Od. X 329.

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Existe, al parecer, una única manera de cuidarse de este tipo de adulación: conocer y acordarse siempre de que, al tener una parte verdadera, amante del bien y racional, y otra irracional, amante de la m entira y em o­ cional, el amigo siem pre está presente como consejero y defensor de la mejor, igual que el m édico que aumen­ ta y defiende la salud; mientras que el adulador se si­ túa junto a la parte em ocional e irracional, acaricia, ha­ ce cosquillas, persuade y priva del razonamiento, ma­ quinando para él algunos deleites dañinos. Igual que, de las comidas, algunas no son útiles a la sangre ni a los pulmones ni añaden fuerza a los nervios o a los tué­ tanos, sino que alteran las partes vergonzosas, hinchan el vientre y hacen la carne enferm a y podrida, del m is­ mo m odo la palabra del adulador no añade nada al que es prudente y razonable, sino que, alimentando algún placer de amor o incitando a la cólera irracional, exci­ tando la envidia, o haciendo la dignidad del pensamien­ to odiosa y vacía, o consiguiendo que llore con tristeza, o haciendo siempre violenta, tímida y suspicaz la parte mala, esclava y desconfiada con algunas calumnias y sospechas, no pasará desapercibida a los que le presten atención. Pues siempre aguarda alguna em oción y la en­ gorda, y a manera de un tumor se abate cada vez sobre las partes corrom pidas y enferm as del alma. «¿Estás colérico? Castiga. ¿Deseas algo? Cómpralo. ¿Tienes m ie­ do? Huyamos. ¿Tienes alguna sospecha? Créem e.» Si es difícil descubrir al adulador en estas pasiones porque el razonamiento es vencido a causa de la vehemencia y grandeza de las mismas, en las pequeñas mostrará su punto flaco, ya que es el mismo. Pues el amigo, cuando sospecha que uno se siente mal por la bebida o el exceso de comida y que duda de si tiene que bañar-

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se o comer, lo intentará retener, aconsejándole que se cuide y que lleve cuidado; en cambio, el adulador lo llevará a rastras al baño y le recomendará alguna nove­ dad y no m altratar su cuerpo con la abstinencia. Y, si lo ve remiso hacia algún viaje o navegación o algún ne­ gocio, no le dirá que la ocasión apremia, sino que harán lo mismo aplazándolo o enviando a otro. Y, si hubiera prom etido prestar o dar algún dinero a un fam iliar y se arrepiente de ello, pero le da vergüenza, el adulador, apoyando la peor inclinación, fortalecerá su opinión to­ cando su bolsillo, y echará fuera su vergüenza, aconsejándole que ahorre, porque gasta mucho y debe alimen­ tar a muchos. De aquí que, si nosotros no advertimos nuestros deseos de avaricia, nuestra desvergüenza y co­ bardía, también el adulador nos pasará desapercibido como tal. Pues es el que siempre es defensor de estas emociones y habla con franqueza de ellas. Éstas cosas son, en efecto, suficientes sobre este asunto.

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Ahora vamos a hablar de los servicios y ayudas, ya que también en éstos el adulador produce una gran con­ fusión e incertidum bre de su diferencia con el amigo, dando la impresión de ser activo y animoso y de estar dispuesto para todo. Pues el carácter del amigo, como c el lenguaje de la verdad, es simple, como dice Eurípi­ des, llano 'y sin a fecta ción 8 , pero el del adulador, en 7 realidad, estando enferm o él m ism o necesita de sabios reme­ d io s m ,

8 Fenicia^ 469. 7 8 Ibid., 472. 8

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muchos, sí, ¡por Zeus!, y excelentes. En verdad, igual que en los encuentros entre dos personas el amigo a veces sin hablar, ni escuchar nada, sino mirando y son­ riendo, dando y recibiendo con los ojos su amistad y fam iliaridad íntimas, pasa de largo, el adulador, por el contrario, corre, sigue, saluda de lejos, y, si habiendo sido visto, es saludado primero, se excusa una y otra vez con testigos y juramentos; del mismo modo, en las accio­ nes, los amigos dejan pagar muchas de las pequeñas, sin ser exactos y sin ocuparse nada de ellas, ni dedicán­ dose ellos mismos a cada ayuda. Mas aquél es en estas ocasiones perseverante, asiduo, infatigable, no dando a otro lugar ni espacio para un servicio, sino queriendo ser mandado, y si no es mandado, se ofende y, más aún, se descorazona mucho y grita de indignación.

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En verdad, para las personas sensatas éstas son prue­ bas no de una amistad verdadera y sincera, sino de una amistad postiza y que se abraza con más decisión de lo que es menester. Sin embargo, conviene primeramente considerar la diferencia en las promesas. Pues se ha dicho muy bien también por escritores anteriores a no­ sotros que la promesa de un am igo es aquella que dice: si puedo realizarlo y si eso se puede re a liza r8 , 9 la del adulador, en cambio, es ésta: di lo que piensas 9 , D

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8 Hom., II. X IV 196, X V III 427, y Od. V 90. 9 5 Hom., II. X IV 195, X V III 426, y Od. V 89. 0

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y los cómicos introducen en la escena a personajes ta­ les como éste: Nicófnaco, colócam e frente a ese soldado, si no lo ablando con mis latigazos completamente, si no hago su rostro más suave que leche cuajada 9I; después, ninguno de los amigos colabora, si antes no ha sido llamado como consejero, y sólo cuando ha exa­ minado el asunto y está de acuerdo en que es para algo conveniente o provechoso. Pero el adulador, si alguno le perm ite examinar y aprobar conjuntamente el asun­ to, al desear no solamente ceder y agradar, sino tam­ bién temiendo causar sospecha de que es negligente y que rehuye el asunto, muestra y ayuda a u rgir el deseo. Pues no se encuentra fácilm ente un rico ni un rey que diga: ojalá tuviera un pobre, y, si se quiere, alguien peor que un pobre, quien, siendo am igo m ío y dejando a un lado el temor, me hablara de co ra zó n 9 , 2 sino que, igual que los poetas trágicos, necesitan un co­ ro que cante acompañando a un teatro que aplauda jun­ tamente. Por eso, la trágica M érope aconseja: acepta com o amigos a aquellos que no ceden en sus [discursos, pero ponles el cerrojo de tu casa, com o peligrosos, a aquellos que, agradándote, tratan de conseguir un [favor

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K o c k , Com. Att. Frag., III, pág. 432, Adesp., núm. 125.

9 2 De la In o de Eurípides. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, núm. 412. 9 Del E recteo de Eurípides. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, 3 núm. 362, X I 18-20.

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Ahora bien, ellos hacen lo contrario, abominan de aque­ llos que no ceden en sus discursos, y oponen resistencia en torno a lo que es provechoso, y a los cobardes, gro­ seros y charlatanes por conseguir un favor no sólo los B acogen dentro de sus casas cerradas, sino también den­ tro de sus secretas emociones y asuntos. De entre los aduladores, el más simple no cree que es necesario ni digno ser consejero de asuntos tales, sino ayudante y servidor, pero el más hábil, cuando se une en las delibe­ raciones, frunce el ceño, afirm a con la cabeza y no dice nada; pero, si aquél expone su parecer dice: «¡P o r H era­ cles!, te me adelantaste un poco al hablar, pues yo iba a decir esto m ism o.» Pues, así com o los matemáticos afirman que las superficies y las líneas ni se tuercen c ni se extienden ni se mueven por sí mism as,'al ser crea­ ciones de la mente e incorpóreas, pero que se tuercen, se extienden y se mueven juntamente con los cuerpos de los cuales son los límites, del mismo m odo descubri­ rás que el adulador siempre da su consentimiento, en­ juicia, siente y, sí, ¡por Zeus!, se irrita conjuntamente, de modo que, en estos asuntos, la diferencia es com ple­ tamente fá cil de distinguir. Y aún más en el tipo de servicio, ya que el favor que viene del amigo, como el animal, tiene sus fuerzas más poderosas en lo más pro­ fundo de su ser, y no hay allí ninguna demostración ni alabanza, sino que, muchas veces, como el médico cura pasando desapercibido, también el amigo ayuda d acercándose o alejándose, preocupándose sin que el otro se dé cuenta. Tal clase de amigo fue A rc es ila o 9 en las 4 demás cosas, el cual, al enterarse de la pobreza de Ape­ les de Quios, que estaba enfermo, fue a verlo al punto con veinte monedas de cuatro dracmas y, sentándose a su lado, dijo: «aquí no hay nada sino aquellos cuatro elementos de Empédocles:
94 Cf. n. 48.

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‘fuego, agua, tierra y la suave sublim idad del a ir e '9 , S pero me parece que no estás bien echado», y a la vez que le arreglaba la almohada, le puso debajo las mone­ das sin ser advertido. Cuando las encontró una vieja sirvienta y, llena de admiración, se lo comunicaba a Ape­ les, aquél, riéndose, dijo: «E ste ardid es cosa de Arcesi­ lao.» Y también en filosofía los «h ijo s » nacen «p areci­ dos» a los p a d r e s E n efecto, Lácides, conocido de Arcesilao, defendía junto con otros amigos a Cefisócra- e tes, acusado de un delito grave. Pidiendo el acusador el anillo, él lo dejó caer suavemente, y dándose cuenta Lácides le puso el pie encima y lo ocultó. La prueba estaba en el anillo. Después de la sentencia, al ir Cefisócrates a dar las gracias a los jueces, uno de ellos, que al parecer había visto lo ocurrido, le ordenó que le die­ se las gracias a Lácides y le explicó el asunto, no ha­ biéndoselo dicho Lácides a nadie. Así, también, creo que los dioses hacen bien muchas veces sin ser notados y, por ser de este natural, se complacen y alegran en su mismo acto de agradar y hacer bien. Pero el trabajo del adulador no tiene nada de estable ni de auténtico, ni de simple, ni de liberal, antes bien produce sudores, f gritos, carreras, y una tensión en el rostro, que da la im presión y tiene el aspecto de una ocupación servicial y diligente, como una pintura muy artificiosa que, con 64A colores procaces y con vestiduras que se doblan y con arrugas y ángulos, intenta darnos la impresión de la rea­ lidad. También es m olesto él, cuando nos cuenta cómo los hizo, refiriéndonos algunos de sus viajes y cuidados, después las enemistades con otros y las miles de cosas
95 D i e l s , Fragm ente d er Vorsokratilcer, I 230, 1, 18.

9 Cf. H e s ío d o , Trabajos y Días 2 3 5 . Lácides, citado a continua­ 6 ción, fue un filósofo griego de Cirene en África, del siglo ni a. C., que sucedió a Arcesilao, fundador de la Academia Nueva, también citado aquí, en la dirección de esta escuela filosófica. Cefisócrates es un per­ sonaje sólo citado aquí y cuya personalidad desconocemos.

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y padecimientos, de tal m odo que le puedas decir: «E s ­ to no era digno de esas cosas» 9 . Pues todo favor que 7 es echado en cara es molesto, desagradable e insoporta­ ble, y en los favores de los aduladores lo censurable y vergonzoso no se produce después, sino seguidamen­ te, mientras se está haciendo. El amigo, en cambio, si es necesario hablar, cuenta los hechos con modestia y no dice nada de sí mismo. Del mismo modo, también los lacedemonios, habiendo enviado provisiones a los de Esmirna, que estaban necesitados, como aquéllos les ex­ presaran su admiración por el favor, dijeron: « N o es nada importante, pues, votando quitarnos a nosotros y a las bestias la comida durante un día, recogimos estas cosas.» Tal favor no sólo es generoso, sino también agra­ dable a los que lo reciben, porque piensan que los que les ayudan no sufren grandes males.

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Así pues, no es, sobre todo, en lo m olesto de los ser­ vicios del adulador ni en la facilid ad de sus promesas en donde uno podría conocer su naturaleza, sino mucho más en lo noble o vergonzoso de su servicio, y en si se distingue por el placer o por la utilidad que proporc ciona. Pues el amigo no pedirá, com o declaraba Gorgias, que el amigo le ayude en las cosas justas, y él le servirá a aquél también en muchas cosas que no son justas: Pues el ser prudente es com partido, no el estar loco 9 . S Más bien lo intentará apartar de las cosas que no son convenientes, y si no lo convence, es útil aquel dicho
97 98 C f. A r i s t ., E con om ía dom éstica 1 3 4 7 b l6 . C f. E u r í p ., Ifigen ia en Áulide. 407.

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de F oció n 9 a Antípatro: «N o me podrás usar como 9 amigo y como adulador», esto es, como amigo y como no amigo. En efecto, es preciso ayudar al amigo, pero no a que haga el picaro; aconsejarle, pero no acompa­ ñarle en sus asechanzas; ayudarle a testificar, no a en­ gañar, y hay que acompañarle en su infortunio, sí, ¡por Zeus!, pero no cuando comete injusticias. Pues no es deseable conocer con los amigos las cosas vergonzosas, y menos aún hacerlas con ellos y ayudarles a obrar tor­ pemente. En efecto, así como los lacedemonios l0 ven°, cidos en la batalla por Antípatro y habiendo firm ado con él la paz, pidieron que les mandase como castigo lo que quisiera, pero nada que fuera vergonzoso; así es el amigo, si hay algo que requiera gasto, peligro o tra­ bajo, pide ser llamado el prim ero y participar sin excu­ sas y con buen ánimo, pero, cuando sólo se trata de una cosa vergonzosa, ruega que le dejen tranquilo y se abstiene. Pero la adulación hace lo contrario: se excusa en las ayudas que son penosas y que comportan un peligro, y, si lo golpeas para probarlo por algún motivo, sue­ na 11 como algo averiado y de baja calidad. Pero, en 0 los servicios vergonzosos, bajos y obscuros, sírvete de él, písalo, no creerá que es nada grave ni ignominioso. ¿Ves al mono? N o puede guardar la casa como el perro, ni llevar peso como el caballo, ni labrar la tierra como el buey. Por eso, soporta el ultraje y sigue las bufona9 Cf. P l u t ., Vida de P o c ió n 30 (755B), y .Vida de A gis 2 (795E). 9 Foción fue un general y político ateniense, condenado como enemigo de la democracia y ejecutado en el año 318. Antípatro fue un general macedonio que favoreció en Grecia los gobiernos oligárquicos y tiráni­ cos; estuvo bajo las órdenes de Filipo II y de su hijo Alejandro. Cf.
P l u t ., M or.

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124B y 188F. 1 0 Ibid., 233B, 0 , 1 1 La comparación se hace con un vaso al que se prueba golpeán­ 0

dolo con los dedos.

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das y bromas y se presta a sí mismo como instrumente de risa. Del mismo modo, también el adulador, al no ser capaz de ayudar a otros con palabras o con dinero, o ayudarles en una disputa, quedándose atrás en todo trabajo o esfuerzo, en las cosas fáciles está dispuesto, es un fiel servidor en los asuntos de amor y conoce per­ fectamente el precio de una prostituta, y no es negli­ gente para quitar del ánimo el cuidado por el gasto de la bebida, ni perezoso en la preparación de los banquetes; es servicial para las concubinas, y, si se le ordena que sea osado con los parientes y que eche a una espo­ sa, es inflexible e inexorable. De form a que ese hombre no es difícil de distinguir por este comportamiento, pues, si le mandas lo que quieras de asuntos obscuros y feos, está dispuesto a olvidarse de sí mismo con tal de agradar al que le manda.

24 N o menos se podría conocer al adulador en su dis­ posición con los otros amigos, pues se diferencia mu­ cho en esto del amigo. En efecto, para éste es agradable amar y ser amado con otros muchos, y es perseverante en hacer esto por el amigo, para que tenga muchos ami­ gos y muchos honores, porque, pensando que las cosas de los amigos son comunes, piensa que nada debe ser tan común como los amigos. Pero el adulador es falso, bastardo y mercenario, porque conoce muy bien que es­ tá cometiendo una injusticia con la amistad, convertida por él en una moneda falsa; también es envidio­ so por naturaleza y usa de la envidia con los semejan­ tes, luchando por sobrepujarlos en truhanerías y en char­ latanerías, y tiembla y siente m iedo ante el mejor; no, ¡por Zeus!, «marchando a pie tras el carro lid io » lü , si2
102 Q ue es qu erer alcan zar al qu e n os lleva gran ventaja.

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no «tras el oro refinado» 13 como dice Simónides, «lim ­ 0 pio y sin plom o» l0 . 4 Por esto, cuando, siendo ligero, falso y engañoso, se enfrenta de cerca con una amistad verdadera, digna y firm e, al no poder soportar la prueba y al ser descu­ bierto, hace lo mismo que uno que había pintado gallos muy mal. Pues éste mandó a su esclavo que ahuyentara los gallos verdaderos lejos de la pintura, y aquél ahu­ yenta a los amigos verdaderos y no les deja acercarse. Pero, si no puede, los adula públicamente, honra y ad­ m ira como a los mejores, pero a escondidas malmete y siembra calumnias y, después que las palabras ocul­ tas han rem ovido la herida, si no consigue al punto to­ talmente su propósito, recuerda y observa aquello de Medio. Era M edio como el caudillo del coro de los adulado­ res de Alejandro 15 y había conspirado, como el más la­ 0 dino enemigo, contra todas las personas honradas. En efecto, les ordenaba que con osadía atacasen y ofendie­ sen con calumnias, enseñando que, si el ofendido se cu­ raba la herida, quedaría la cicatriz de la calumnia. Sin embargo, consumido con estas cicatrices, más bien, gan­ grenas y cánceres, Alejandro mandó matar a Calístenes, a Parmenión y a Pilotas, y se dejó trastornar sin cuida­ do alguno por los Hagnones, Bagoas, Agesias y Deme­ trios, permitiendo ser adorado, vestido y m odelado co­ mo una estatua bárbara por ellos. Así, el hacer un favor
1 3 Cf. B f.r t .k , Poet. Lyr. Gr., I, 469 (fr. 206). Según P l u t ., Vida de 0 N icias 1 (523B), es de Píndaro. 104 B e r g k , Poet. Lyr. Gr., III, 417 (fr. 64), con alguna variante. 1 5 Cf. P l u t . , Vida de A lejandro 22 (677B) y M or. 717B. Calístenes, 0 al que Alejandro mandó m atar por su franqueza, como se nos dice más abajo, fue un filósofo de Olinto, que estudió con Aristóteles y acom­ pañó a Alejandro Magno en sus campañas de Asia. Sobre Parmenión y Filotas, cf. n. 37 al tratado Sobre la abundancia de amigos. Hagnón, Demetrio y Agesias son los nombres de tres favoritos y aduladores de Alejandro, y Bagoas un eunuco favorito del mismo rey.

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tiene una fuerza tan grande, y la más grande, según pa­ rece, entre aquellos que se creen los más poderosos. En efecto, el creer que uno tiene lo mejor, unido al deseo E de tenerlo, da al adulador confianza y valor. Pues los lu­ gares más elevados son de difícil acceso y difíciles de alcanzar para los enemigos, pero la altivez y el orgullo a causa de una buena fortuna y de una bella figura son sobre todo accesibles a los pequeños y a los humildes.

25 Por eso, al comenzar nuestro discurso aconsejába­ mos, y ahora de nuevo aconsejamos, erradicar de noso­ tros mismos el amor propio y la arrogancia. Pues ésta¡ adulándonos de antemano, nos hace más blandos con los aduladores de fuera, como si fueran alguien. Pero, si, obedeciendo a la divinidad y aprendiendo que para cada uno el precepto «conócete a ti m ism o» es lo más estimable de todo, revisamos con cuidado, junto a nues­ tra naturaleza, nuestra crianza y nuestra educación, cuánto les falta de bueno y lo mucho que hay mezclado mala y vanamente en nuestras obras, palabras y pasio­ nes, no dejaríamos a los aduladores que nos pisaran tan fácilmente. A este respecto, Alejandro decía que descon­ fiaba de los que le invocaban com o a un dios por su dorm ir sobre todo, y por su pasión por los placeres del amor, pues en estas dos cosas se encontraba a sí mismo más innoble y más susceptible. Nosotros, si observamos con frecuencia nuestros pro­ pios y numerosos defectos, miserias, im perfecciones y errores, nos descubriremos constantemente a nosotros mismos, siempre que no haya un am igo que nos alabe y que hable bien de nosotros, sino que nos reprenda, nos hable con libertad y nos censure. Pues son pocos entre muchos los que se atreven a hablar con franqueza

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más que a dar gusto a los amigos. Y, de nuevo, entre éstos pocos no podrías encontrar fácilm ente a los que saben hacer esto, sino a los que creen que, si injurian y censuran, emplean la franqueza. Sin embargo, igual que con una medicina, también con la franqueza no usa­ da a su debido tiem po es posible causar pena inútil­ mente y perturbar, y hacer de alguna manera con dolor lo que hace la adulación con placer. En efecto, no da­ ñan sólo los que alaban inoportunamente, sino también los que censuran. Y esto, sobre todo, nos hace más ase­ quibles, y de form a indirecta, a los aduladores, pues nos deslizamos, como el agua, desde los lugares d ifíci­ les y escarpados, hacia los cóncavos y suaves. Por esto, es preciso m ezclar la franqueza con bue­ nas maneras y tener razonamientos que se lleven lo que hay de excesivo y de im puro en ella, como en la luz, para que, por ser los perturbados y por sufrir por los que todo lo reprochan y por los que acusan a todos, no huyan hacia la sombra del adulador, y se den la vuelta hacia lo que no causa tristeza. Así pues, amigo Filópapo, se debe huir de toda m aldad por m edio de la virtud, no por m edio de la maldad contraria, tal co­ mo algunos piensan que deben huir de la vergüenza con la desvergüenza, de la rusticidad con la truhanería, y que colocan su form a de ser lo más lejos de la cobardía y la maldad, si parecen estar cerca de la tem eridad y la osadía. Algunos también consideran un rechazo de la superstición y la necedad su ateísmo y su malicia; como los que tuercen su carácter, como si fuera una madera, desde su propia tendencia hacia la parte con­ traria, por no saber cóm o ponerlo derecho. La peor ne­ gación de la adulación es ser m olesto sin necesidad, y, ciertamente, es propio de una persona grosera e inex­ perta el huir de lo innoble y lo ruin en la amistad con la antipatía y la hostilidad hacia la benevolencia del tra­ to, como el liberto en la comedia que piensa que la difa-

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mación es el disfrute de la igualdad de palabra. Así, ñues, es feo caer en la adulación, persiguiendo hacer fá'vores, y es feo, por huir de la adulación con una desmedida franqueza, destruir la amistad y la solicitud; conviene no padecer ninguna de las dos cosas, sino, como en cual­ quier otro caso, también /m la franqueza alcanjzar el bien por m edio de la moderación. El mismo discurso, que pide lá continuación, parece im poner este final a nues­ tro escrito.

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Así pues, como vemos que muchos más infortunios acompañan a la franqueza, en prim er lugar alejaremos de ésta el amor propio, guardándonos muy bien de pa­ recer que censuramos al amigo por motivos propios, por padecer alguna injusticia o dolor. N o crean que el dis­ curso, que se dice en favor del mismo que habla, surge no de la benevolencia sino de la cólera, ni que es una advertencia, sino un reproche. En efecto, la franqueza es algo amistoso y honroso, pero el reproche es algo egoísta y mezquino. Por esto, respetamos y admiramos a los que nos hablan con franqueza, y censuramos y des­ preciamos a los que sólo les gusta reprochar. Agam e­ nón, sin embargo, no pudo sufrir a Aquiles que parecía que le hablaba con franqueza moderadamente, pero ante Odiseo que le atacaba duramente y le decía: Cruel, ojalá tuvieras el mando de otro ejército odioso 1 6 0, cede y lo soporta, vencido por la solicitud y sensatez de sus palabras. Pues éste le reprochaba, no porque tu­ viera una causa de ira particular contra él, sino por
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la Hélade, pero aquél parecía que se indignaba sobre todo por sí mismo. En efecto, el mismo Aquiles, aunque no era «blando de corazón, ni de ánimo apacible» l0 , 7 sino «un hombre cruel y dispuesto a culpar al inocen­ te» loe, en silencio perm ite a Patroclo que le acuse de muchas cosas, como éstas: implacable, ciertamente, no fue tu padre el caballero [ Peleo ni tu madre Tetis. A ti te engendró el glauco mar y las rocas escarpadas, pues tienes un corazón duro 19 0.

Y así como Hipérides el orador, pedía a los atenien­ ses que considerasen no sólo si era duro en sus discur­ sos, sino también si era duro en vano, del mismo modo B la amonestación del amigo que carece de toda pasión propia es respetable, seria y no se atreve uno a oponer­ se a ella. Asimismo, si uno muestra claramente, cuando habla con franqueza, que pasa por alto y olvida entera­ mente las faltas de su amigo cometidas contra él, pero que reprocha sus otros errores y lo censura por otras cosas y no lo perdona, este tono de franqueza es inven­ cible, porque la dulzura del que amonesta aumenta la dureza y la severidad de la amonestación. Por esto, está bien dicho aquello de que conviene en las iras y dife­ rencias con los amigos actuar y mirar, sobre todo, por las cosas que son provechosas y convenientes para aqué­ llos, y no menos es propio de un amigo que, cuando nos c parezca que nosotros mismos somos despreciados y que no se nos tiene en cuenta, hablar con franqueza de otros, que también son objeto de descuido y recordarlos.

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II.

X X 467.

18 0
19 0

Verso formado por H o m .,II. X I
Hom., II. X V I 33.
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654, yX III 775.
1 (7 4 6 0

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Fr. 2S2J. Cf.

Vida de F ociótt

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Por ejemplo, Platón 1U en sus sospechas y diferen­ , cias con Dionisio, le pidió una oportunidad para con­ versar y él se la concedió al punto, creyendo que Platón tenía que tratar y quejarse de algo sobre sí mismo, pero Platón le habló más o menos así: «S i te enteraras, Dio­ nisio, que un enemigo navegaba hacia Sicilia con la in­ tención de causarte algún mal, pero no encontrase la ocasión, ¿acaso le dejarías zarpar y le perm itirías esca­ par indemne? «Lejos de ello, dijo Dionisio, oh Platón, pues es necesario odiar y castigar no sólo las obras de los enemigos sino también sus intenciones.» «Entonces, dijo Platón, si alguno por benevolencia hacia ti, llegan­ do hasta aquí, quiere hacerte algún bien, pero tú no le das la oportunidad, ¿es justo que tú lo expulses sin dar­ le las gracias y sin prestarle atención?» Habiendo pre­ guntado Dionisio quién era éste, «Esquines — dijo— , un hombre ilustre por su carácter, com o cualquiera de los compañeros de Sócrates, y poderoso en su discurso pa­ ra m ejorar a aquellos con los que se reúne, después de navegar hasta aquí a través de un m ar tan extenso, pa­ ra tener relación contigo a través de la filosofía, no ha recibido tu atención.» Estas cosas turbaron tanto a Dionisio que al punto echó las manos alrededor de Platón y lo abrazó, admirando su benevolencia y grandeza de sentimientos, y cuidó de Esquines muy bien y con generosidad.
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Así, pues, en segundo lugar, como los que hacen una purga,' suprimiremos de nuestra franqueza los condimen­ tos desagradables, todo orgullo, risa, burla y chocarre­ ría. Pues, igual que el m édico al cortar la carne convie11 1 Cf. Socraiis et S ocra tico ru m epistulae 23. Esquines, por él que Platón intercede ante Dionisio, es discípulo de Sócrates.

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ne que se deslice en su trabajo con delicadeza y con limpieza, pero su mano debe abstenerse de todo m ovi­ miento bailarín y atrevido, de toda gesticulación curio­ sa, del mismo modo la franqueza admite habilidad y elegancia, si la gracia conserva dignidad, pero el atrevi­ miento, la desvergüenza y la arrogancia unidas la des­ truyen y matan completamente. Por ello, el arpista 1 2 F 1 de una manera muy fina y convincente hizo callar a Fi­ lipo 13 que intentaba com petir con él en el arte de to­ 1 car instrumentos de cuerda, diciéndole: «Ojalá nunca te vaya tan mal, oh rey, com o para que sepas esto me­ jo r que yo.» Epicarmo " 4 por el contrario, obra muy 68A , mal, cuando, habiendo hecho m atar H ierón n a algu­ s nos de sus allegados y habiéndolo hecho llam ar a él po­ cos días después a un banquete, le dijo: «P ero, cuando hace poco hiciste un sacrificio, no llamaste a los ami­ gos.» Y contestó m al Antifonte ll<', cuando, surgiendo una pregunta y discusión delante de Dionisio como: «¿Cuál es el bronce m ejor?», aquél dijo: «A qu él del que los atenienses hicieron las estatuas de Harm odio y Aristogitón» " 7 ya que no aprovecha la ofensa y dureza de ; estas contestaciones, ni agrada la chocarrería y diver­ sión, sino que tal com portam iento es una especie de in­ continencia con odio, mezclada con malicia y arrogan­ cia, por la que aquellos que la emplean se destruyen a sí mismos, por cuanto danzan mal la danza sobre el B pozo " B Pues Antifonte murió por orden de Dionisio, y .
1 2 Anécdota repetida en Plut., M or. 179B, 334D, y 634D. 1 1 3 Padre de Alejandro Magno. 1 1 4 Uno de los creadores de la comedia doria en Sicilia (550-460 1 a. C.). 1 5 Hierón el Viejo, tirano de Siracusa, en Sicilia desde el año 378 1 al 367. 1 6 Famoso orador ateniense (480-411 a. C.}. Cf. Plut., M or. 833D. 1 1 7 Los célebres tiranicidas de Atenas, que dieron muerte a Hi1 pias, hijo del tirano Pisístrato en el año 514 a. C., cf. H dt ., V 55-61. na Proverbio griego empleado para señalar a aquellos que, de una forma alocada, caen en el infortunio.

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Timágenes perdió la amistad de César " 9 porque nun­ , ca empleó un lenguaje generoso, sino que en las reunio­ nes y en las discusiones decía una y otra vez sin ningu­ na buena intención «s ó lo aquello que le parecía chisto­ so» uo, favoreciendo en los ataques por ambas partes como una excusa para el vituperio. Pues también son llevadas al teatro por poetas cóm icos l2 muchas cosas ! duras y pertenecientes a la política, pero por estar m ez­ cladas con ellas la risa y la chocarrería como los ingre­ dientes de baja calidad para las comidas, convierten la franqueza en algo sin consistencia e inútil, de form a que c para los que lo dicen queda la fama de maliciosos y desvergonzados, y los oyentes no sacan ninguna u tili­ dad de las cosas que se dicen. J$.sí pues, de otra manera se ha de tratar la brom a y la risa con los amigos. La franqueza, que tenga seriedad y buenas maneras. Si trata de cosas muy importantes, que el discurso sea fidedig­ no y estimulante por su pasión, por su form a y por el tono de voz. Pues, en todo, el m om ento oportuno que se ha dejado pasar produce grandes daños, pero, más que nada, destruye la utilidad de la franqueza. ^Sí pues, que tal cosa se ha de vigilar en el vino y en la em bria­ guez es evidente. Pues cubre el buen tiem po con nubes el que, entre bromas y complacencias, compone un dis­ curso que hace levantar el ceño y arrugar la frente, d como si se opusiera al dios Liberad or que, como dice Píndaro, «desata los lazos de las preocupaciones inso­ portables» i2 . También la falta de oportunidad compor­ 2 ta un gran peligro. Las almas son muy inclinadas a la ira a causa del vino, y, muchas veces, la embriaguez, si se cruza en el camino, convierte la franqueza en ene1 9 César Augusto. 1 1 0 H o m ., 11 II 215. 2 1 1 Por ejemplo, por A r is t ó f a n e s , en Ranas 686 ss. 2 1 2 B e r g k , Poet. Lyr. Gr., I 480 (fr. 248). «Lib era d or» es uno de 2 los epítetos de Dioniso.

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mistad. Y, en general, no es cosa noble ni que inspire confianza, sino de cobardes, mientras que uno está so­ brio, hablar con franqueza en la mesa del que no puede hablar con franqueza, como perros cobardes. Por tanto, no debemos extendernos al hablar de estos temas.

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Puesto que hay muchos que no quieren ni se atreven a amonestar a sus amigos cuando les va bien en los negocios, sino que, en general, piensan que la prosperidad es inaccesible e inalcanzable a la corrección, pero atacan a los que han caído y fracasado y pisotean a los que están abatidos y humillados, dejando caer sobre ellos incesantemente, como una corriente que crece contra naturaleza, su franqueza, disfrutando contentos del cam­ bio por el anterior orgullo de aquéllos y por su propia debilidad, no es m alo hablar de estas cosas y contestar a Eurípides cuando dice: Cuando la divinidad nos da la prosperidad, ¿qué nece[sidad hay de amigos? m, que, sobre todo, los afortunados necesitan de amigos que les hablen con franqueza y reduzcan el orgullo de su mente. Hay pocos a los que con la prosperidad les sobreviene el ser sensatos, la m ayoría necesita de re­ flexiones externas y razonamientos que los empujen desde fuera a A ellos que están crecidos y turbados por la suerte. Pero, cuando la divinidad los derrumba y los despoja de su esplendor, en las mismas cosas se halla la amonestación que les produce remordimiento. Por ello, no existe entonces la utilidad de la franqueza amis­ tosa ni de las palabras que tienen peso y censura, sino que, en verdad, en tales cambios
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Orestes 667.

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es dulce m ira r a los ojos de una persona amable 14 2 que les exhorte y anime, como el rostro de Clearco, el cual, dice Jenofonte ’2 , en m edio de las batallas y en 5 los momentos terribles, al ser visto amable y bondado­ so, hacía más valerosos a los que se encontraban en peligro. Pero el que aplica la franqueza y el reproche a un hombre que está en desgracia, com o un estimulante pa­ ra la visión aplicado a un ojo que está turbado e infla­ mado, no produce ninguna sensación ni libera del do­ lor, antes- Lien añade irritación al dolor y exaspera al que está afligido. Así pues, al punto, uno que está sano no es áspero ni cruel, en absoluto, con un hom bre ami­ go que le reprocha sus amoríos y sus borracheras, y le reprocha su falta de ejercicios corporales, sus fre­ cuentes baños y sus inoportunas comilonas. Pero, para uno que está enfermo, no es insoportable, sino una en­ ferm edad mayor, el o ír que: «Estas cosas te suceden por tu libertinaje y m olicie, y por las golosinas y por las m ujeres», «Vaya falta de oportunidad, ¡hombre!, es­ toy escribiendo mi testamento y se m e prepara un castorio !2 y escamonio 11 por los médicos, y tú me repro­ 6 2 chas y filosofas». Por esto, del mismo modo, también los hechos de los que son desgraciados no aceptan la franqueza y la acción de hablar en sentencias, sino que están necesitados de discreción y ayuda. Por eso tam­ bién las nodrizas no corren hacia los niños que se caen para hacerles reproches, sino que los levantan, los la­ van y arreglan, y, después, les reprenden y los castigan.
14 2 16 2 Euríp., Ion 732. Cf. n. 39.

1 5 Anábasis II 6, 11. 2 1 7 Medicina purgativa, extraída de la raíces de la escamonea, go­ 2 morresina de color gris, olor fuerte y sabor acre y amargo.

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Se cuenta también que Demetrio Falereo 18 cuando 2, estaba desterrado de su ciudad, y llevaba en Tebas una vida obscura y vivía humildemente, no vio con agrado que Crates 19 viniera a verle, porque temía su cínica 2 franqueza y sus severos discursos. Pero, después que Crates se le acercó mansamente y le hablaba de su des­ tierro, de que no era nada malo, ni era justo que sufrie­ ra por ello, pues le libraba de negocios muy pesados e inciertos, y le pedía, a la vez, que tuviese confianza en sí mismo y en sus cualidades, alegrándose y volvien­ do a tener ánimo, dijo a sus amigos: «¡M a l haya aque­ llos negocios y ocupaciones por las que no conocí a un hombre como éste!» Pues, para el que está triste, una palabra amiga es sa[ludable, pero para el que está demasiado loco, las amonestado[:nes l3 °. Ésta es la form a de ser de los amigos nobles, pero los viles y miserables son aduladores de los que están en la prosperidad, «com o las fracturas y los desgarra­ mientos — dice Demóstenes 11 , cuando algún mal le 3— sobreviene al cuerpo entonces se hacen sentir», y éstos se crecen en los cambios de fortuna, com o si se alegra­ ran y gozaran con ellos. Pues, también, si necesita de algún aviso en aquellas cosas en las que, mal aconseja­ do por él, tropezó, es suficiente aquello:
1 8 Político ateniense del siglo iv a. C., orador, filósofo, discípulo 2 de Aristóteles y amigo de Teofrasto; fue colocado por Casandro, el año 317, al frente del Estado ateniense; diez años después, fue expul­ sado por Demetrio Poliorcetes y marchó entonces a Egipto. 1 9 Crates de Tebas, filósofo cínico y discípulo de Diógenes de Sí2 nope vivió del año 365 al 285 a. C.
130 N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, núm. 962. Cf., también, P l u t ., M or.

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De la corona í 98.

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E n m odo alguno según nuestra intención, pues yo, ciertamente, intenté disuadirte muchas veices 1Z 3. 29 ¿En qué casos, entonces, debe ser el amigo severo y em plear alguna vez con fuerza la franqueza? Cuando las circunstancias le inviten a censurar el placer, un ac­ to de ira o de soberbia, o a cortar la avaricia, o a opo­ nerse a un hábito insensato. Así habló con franqueza Solón a Creso, que estaba corrom pido y muy ensober­ becido a causa de una felicidad incierta, al aconsejarle que mirase el f i n a l D e esta manera, Sócrates refre­ naba a Alcibíades y derramaba lágrim as sinceras, cuan­ do lo censuraba e intentaba cam biar su corazón '3 ‘t. f Semejantes fueron los comportamientos de Ciro 15 con 3 Ciáxares 16 y de Platón con Dión 17 cuando estaba en 3, 3, lo más alto de su gloria y atraía hacia sí a todos los hombres a causa de la belleza y la grandeza de sus obras, al aconsejarle que evitara y tem iera la «arrogancia co70a mo algo inseparable de la soledad». Tam bién Espeusipo 18 le escribió que no se enorgulleciera, si se habla­ 3 ba mucho de él entre muchachos y mujeres, sino que m irase cómo, adornando Sicilia con piedad y justicia y con las m ejores leyes, daba celebridad a la Academia.
12 3 13 3 14 3 15 3 16 3 17 3 !- s , Hom., II. IX 108. H dt., I 30-32; P lu t ., Vida de S o ló n 20 (94D). P la t ., Banquete 215e; Cf., tam bién, P l u t ., Vida de Alcibíades R ey p ersa del siglo vi a. C. H ijo de Astiages, el rey de M ed ia; cf. Je n o f o n t e ,Ciropedia V

6 (194B).

5, 5 ss., etc. Cf. n. 28; P lat ., Cartas IV 321b, y P l u t ., Vida de D ión 8(961C), Cf. n. 59 a Sobre la educación de los hijos. En D ió g . L aer ., I V 52 (9 8IB ) y Vida de C oriola n o 15 (220D). 5, se h ab la tam bién de cartas de E sp eu sip o a Dión.

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Por el contrario, Eucto y Euleo, amigos de Perseo IW , frecuentando su compañía por agradarle, cuando le son­ reía la fortuna, y dándole la razón, le eran adictos como los demás. Pero, después que, luchando con los roma­ nos junto a Pidna, cayó y huyó, arrojándose sobre él, lo criticaban duramente y recordaban lo que había erra­ do y lo que había descuidado, echándole en cara cada cosa, hasta que el hombre, sufriendo enormemente de pena y de ira, hiriéndolos a los dos con un puñal, los mató. 30 De esta form a quede definida, en general, la oportu­ nidad de la franqueza. Pero las oportunidades que los amigos mismos procuran no las debe dejar escapar el amigo cuidadoso sino usarlas. Pues una pregunta, en algunas ocasiones, un relato y el reproche o la alabanza de cosas semejantes en otras personas son como un pre­ ludio para la franqueza. Así, se dice que Demarato 10 4 llegó a Macedonia desde Corinto en un momento en que Filipo estaba reñido con su m ujer y su hijo. Después de abrazarle Filipo y de preguntarle cómo los griegos mantenían la concordia unos con otros, Demarato, que era amable y amigo íntim o suyo, le dijo: «E n verdad que es muy hermoso, oh Filipo, por tu parte, que pre­ guntes por la concordia entre los atenienses y los peloponesios, pero que no te preocupes de tu propia casa que está llena de revolución y discordia.» Y también lo hizo bien Diógenes m, el cual, después de haber en­
1 9 Último rey macedonio, derrotado por los romanos bajo el man­ 3 do de Lucio Emilio Paulo en el año 168 a . C. Cf. P l u t ., Vida de E m ilio Paulo 23 (267D). í4 Cf. P l u t ., M or. 179C, en donde se relata el resultado feliz de 0 la franqueza de Demarato con Filipo, y también P l u t ,, Vida de A lejan­ dro 9 (669C). 1 1 Cf. P l u t ., M or. 606B. 4

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trado en el campamento de Filipo, cuando se iba a mar­ char a luchar con los griegos, fue conducido ante él, y éste, sin conocerlo, le preguntó si era un espia: «S í — respondió— , oh Filipo, un espía de tu insensatez y ne­ cedad; por la que, sin obligarte nadie, vas a jugarte a los dados tu reino y tu vida en una hora.» Esto, en efec­ to, es quizá demasiado duro.

31 Otra oportunidad para la amonestación es cuando, siendo censurados por otros por las faltas que cometen, se sienten humillados y se deprimen. Un hom bre inteli­ gente la usaría convenientemente rechazando y rehuyen­ do a los que censuran, y cogiendo él a su amigo en par­ ticular y recordándole que, aunque no fuera por ningu­ na otra razón, ellos debían tener cuidado por esto, para que los enemigos no sean atrevidos: «¿Cóm o podrán és­ tos abrir la boca, cómo podrán hablar contra ti, si re­ chazas y destierras esas cosas por las que hablan m al de ti? » Pues, de esta forma, sucede que la afrenta es del que censura y el provecho del amonestado. Algunos lo hacen de un modo más elegante, pues, al censurar a los demás, se están dirigiendo a sus amigos; en efecto, acusan a otros de lo que saben que aquéllos hacen. Nuestro maestro Amonio, en una reunión vespertina, al saber que algunos de sus discípulos habían hecho un almuerzo nada frugal, mandó a un liberto que azotase a su propio esclavo, explicando que él no podía almor­ zar sin vinagre, y m iró al mismo tiem po hacia nosotros, de suerte que el castigo alcanzase a los culpables.

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32 Se ha de evitar, sin duda, además, usar la franqueza con el amigo delante de muchos, pensando en aquel in­ cidente de Platón en el que, después de que Sócrates atacase muy violentamente a uno de sus discípulos mien­ tras hablaba en la mesa, «¿ N o hubiera sido mejor, dijo f Platón, que tú le hubieras dicho estas cosas en priva­ do?» Y Sócrates le respondió: «¿ Y tú no hubieras hecho m ejor diciéndome a solas esto?» Y se cuenta que, ha­ biéndole reprendido Pitágoras !4 muy duramente a un 2 amigo en presencia de otros muchos, el joven se ahorcó por ello y que, desde entonces, nunca más Pitágoras vol­ vió a reprender a nadie estando otro presente. En efec­ to, es necesario que la amonestación y el descubrimien­ to de una falta, como los de una enferm edad indecoro- 71A sa, se hagan en secreto y sin convocar una asamblea, sin ostentación y sin testigos y espectadores, pues no es propio de un amigo, sino de un sofista, ufanarse con los errores ajenos, jactándose ante los presentes, como los cirujanos que realizan su trabajo en los teatros con el fin de adquirir clientela. Fuera de la injuria, la cual no se debe perm itir en ningún tratamiento, se debe prestar atención a la rivali­ dad y a la arrogancia, de este vicio. Pues no se puede decir simplemente, como Eurípides: «e l amor reprendi­ do atormenta m ás» 13 sino que, si uno reprende en 4, presencia de muchos y no perdona, todo vicio y toda pasión se convertirán en algo vergonzoso. Por esto, igual b que Platón 14 pedía que los ancianos que intentan in4
1 2 Filósofo griego, matemático y físico de la isla de Samos 4 (580-500 a. C.). 1 3 En la Estenebea; cf. N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, núm. 4 665. 1 4 Leyes 792c. Cf. P l u t ., M or. 14B, 144F y 272C. 4

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fundir un sentido del respeto entre los jóvenes respeta­ ran ellos mismos prim ero a los jóvenes, del mismo mo­ do entre los amigos una franqueza modesta engendra sobre todo modestia, y el acercarse poco a poco con precaución y atacar al que ha errado socava y destruye el vicio que se llena de respeto hacia aquellojque lo res­ peta. Por ello, tiene razón el verso: teniendo la cabeza cerca, para que no se enterasen los [demás l4 . 5 Y no conviene en m odo alguno descubrir a un hombre si escucha su mujer, a un padre en presencia de sus hijos, a un amante en presencia del amado, o a un maesc tro en presencia de sus discípulos, pues se ponen fuera de sí de pena y de dolor, si son reprendidos delante de aquellos entre los que quieren ser estimados. También creo que Clito 16 no irritó tanto a Alejandro por su em­ 4 briaguez como porque le parecía que lo humillaba en presencia de muchos. Y Aristómenes, el maestro de Pto­ lomeo l4 , porque golpeó al rey que dormitaba para des­ 7 pertarlo estando presente una embajada, dio una opor­ tunidad a los aduladores, que fingían disgustarse por el rey y decían: «S i te hubieras quedado dorm ido por tus muchas ocupaciones y por tu falta de sueño, hubié­ ramos debido censurarte en privado, no ponerte las mad nos encima delante de hombres tan im portantes.» Él, habiendo enviado un vaso de veneno, mandó que A ristó­ menes lo bebiera. Aristófanes dice que también censu­ raba a Cleón esto que en presencia de gente extranjera habla m al de la ciu[dad ,4 , S
H o m ., Od. I 157 y en otros lugares. 1 6 Cf. P l u t ., Vida de A leja ndro 50-51 {693C), donde se narra esta 4 145

historia. 1 7 Ptolomeo V Epífanes (205-181 a. C.). Cf. P o l i b i o , X V 31. 4 1 8 Acarnienses 503. 4

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e irritaba a los atenienses. Por esto, es necesario que se guarden mucho también de este vicio, junto con los demás, quienes desean no hacer ostentación ni demago­ gia, sino em plear la franqueza de un m odo beneficioso y diligente. Y lo que Tucídides 19 ciertamente, ha hecho que los 4, corintios digan de sí mismos, que son «dignos de censu­ ra r» a otros, no estaba mal dicho y convendría que lo tuvieran presente los que hablan con franqueza. Pues Lisandro 1°, según parece, dijo a uno de los de Méga- e 5 ra, que en presencia de los aliados hablaba con fran­ queza sobre Grecia, que sus palabras necesitaban una ciudad IM La franqueza necesita, igualmente, de un . hombre de carácter y esto es especialmente cierto refe­ rido a aquellos que amonestan a otros y los corrigen. En efecto, Platón decía que reprendía a Espeusipo 12 5 con su vida, como seguramente también Jenócrates a Polem ón 1 3 con sólo haberlo m irado en la conversa­ 5: ción y haber puesto los ojos en él, lo mudó y cambió. Pero, si un hombre ligero y de mal carácter quiere usar la franqueza en su discurso, conviene que escuche an­ tes esto: tú eres m édico de otros, estando tu m ism o cubierto de [illagas l5 . 4

149

I

yo.

1 0 Cf. P l u t ., Vida de Lisandro 22 (445D), y M or. 190E y 229C. Lo 5 mismo se atribuye a Agesilao en M or. 212E. 1 1 Es decir, sus palabras las necesita una ciudad que tenga 5 po­

der para realizar lo que se está pidiendo. 1 2 Cf. nota 138. 5 1 3 Jenócrates de Caledón y Polemón de Atenas, del siglo iv a. C., 5 maestro y discípulo respectivamente, fueron jefes de la Academia pla­ tónica. Sobre Platón y Espeusipo, cf. P l u t ., M or. 491F.
1 4 N a u c k , Trag. Graec. Frag., Eurípides, núm. 1086,citado tam­ 5 bién en P l u t ., M or. 88D, 481A y 1110E.

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33

Sin embargo, puesto que, siendo nosotros mismos malos y, al encontrarnos con otros que son iguales, mu­ chas veces las circunstancias nos llevan a amonestar­ los, la forma más adecuada sería la que implicara y abar­ cara de alguna manera en la censura al que habla con franqueza. Así el verso en el que se dice: Tidida, ¿sufriendo nosotros dos qué cosa, nos hemos ol[ vidado de nuestro impetuoso valor?
72A

y

a q u é l:

Ahora ni siquiera valemos lo que sólo uno, H é c to r )S . 6 También, del mismo modo, Sócrates reprendía poco a poco a los jóvenes, como si tampoco él estuviera libre de ignorancia, sino pensando que, juntamente con aqué­ llos, tenía que preocuparse de la virtud y buscar la ver­ dad. Pues se ganan afecto y confianza los que parece que cometen las mismas faltas y que m ejoran a los ami­ gos como a sí mismos. Pero el que se alaba a sí mismo, al reprender a otro, com o hombre puro y limpio, a no ser que sea de edad muy avanzada, y si no tiene recono­ cida una dignidad por su virtud y su fama, por parecer odioso y pesado, no reporta utilidad alguna. Por esto, Fénix resaltó sus propias desventuras: cómo intentó por ira matar a su padre y cómo se arrepintió enseguida: para que no fuera llam ado p a rricid a entre los [aqueos l3 , 7

b

1 5 Hom., TI. XI 313. 5 1 6 Ibid., V III 234-235. 5 17 5
Ibid., IX 461.

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no sin ningún propósito, sino para no parecer que re­ prochaba a a q u é ll5 , como si él estuviera lim pio de ira S y de otras faltas. Pues tales amonestaciones penetran moralmente, y se cede más entre los que parece que padecen defectos semejantes, pero no ante los que pare­ ce que nos menosprecian. Puesto que una luz brillante no debe ser aplicada a un ojo hinchado, ni un alma apasionada acepta la fran­ queza y la amonestación desnuda, entre las más prove­ chosas de las ayudas está la alabanza que se mezcla li­ vianamente, como en estos versos: Vosotros ya no abandonáis con honra vuestra impetuosa c [bravura, pues sois los mejores en el ejército. Mi yo increparía a un hom bre que abandonara el combate, siendo un [miserable. Pero me indigno en m i corazón contra vosotros l5 , 9
y

oh Pándaro, ¿dónde están tu arco, tus aladas flechas y tu fama, con las que ningún hombre aquí rivaliza? ,6 °. Y, claramente, animan mucho también palabras como éstas a los que se dejan llevar por el error: ¿ Y dónde está Edipo y aquellos sus famosos enig[mas? 11 6,
y

¿ Y Heracles, que ya ha sufrido tanto, dice estas co[sas?12 6.
18 5 19 5 10 6 Aquiles.

Hom., II. XI.U 116-119. Ibid., V 171-172. 1 1 Eurlp., Fen. 1688. 6 1 2 EurIp., Her. 1250. 6

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Pues esto no sólo suaviza la aspereza y la represión del reproche, sino que también hace que uno sea celoso con­ sigo mismo al avergonzarse de sus malas acciones con el recuerdo de las buenas, y al ponerse a si mismo co­ mo ejem plo de lo que es lo mejor. Pero, cuando los com­ paramos con otros de la misma edad, con ciudadanos o fam iliares, el espíritu de rivalidad propio del vicio se disgusta e irrita, y muchas veces acostumbra a contes­ tar esto con ira: «¿ P o r qué no te marchas con los que son m ejores que yo y no m e produces dificultades?» En efecto, se ha de llevar cuidado para, al hablar con fran­ queza a unos, no alabar a otros, a no ser que, sí, ¡por Zeus!, sean los padres. Así lo hace Agamenón: Tideo engendró a un hijo p o co parecido a é l lu, y Odiseo dice en Los escirios: ¿ Y tú, nacido del padre más noble entre los griegos, ¡ay!, [estás hilando, deshonrando la resplandeciente luz de tu linaje? IM .

34

De ningún m odo conviene que el que es amonestado amoneste y que oponga franqueza a franqueza, pues rá­ pidamente inflama y produce desacuerdo y, en general, no parecería que el tal altercado fuese propio de uno que quisiera, a su vez, contestar con franqueza, sino pro­ pio de uno que no soportase la franqueza. En efecto, es m ejor soportar al amigo que piensa amonestar, ya que, si después él mismo com ete una falta y necesita
1 3 H o m ., I I V 800. 6 1 4 De u n p o e t a d e s c o n o c id o ( N a u c k , Trag. Graec. Frag., Adesp., 6 n ú m . 9; c it a d o t a m b ié n en P l u t ., M or. 34D).

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amonestación, esto mismo admite que se conteste con franqueza a una interpelación hecha con franqueza. Pues, recordándole, sin propósito de revancha, que tampoco él acostumbra a dejar pasar las faltas que come­ ten los amigos, sino que suele reprochar y enseñar, más otorgará y aceptará la corrección, por ser la recompen­ sa de una gracia y de un favor, no de un reproche, ni de un acto de ira.

f

35 Además, Tucídides 15 dice: «E l que por hechos de 6 gran im portancia se atrae la envidia, decide rectamen­ te.» Y conviene al amigo aceptar lo desagradable que procede de una amonestación por cosas grandes y muy importantes. Pues, si se enfada con todo y por todo y se acerca a los amigos no con amistad sino como un maestro, será débil e inútil cuando amoneste en las gran­ des ocasiones abusando de la franqueza, como el m édi­ co que abusa de un medicamento fuerte o amargo, pero necesario y excelente en muchas y pequeñas cosas, pe­ ro que no son necesarias. Por esto, él se cuidará mucho de ser un censor constante. Y cuando el otro sea minucioso y encuentre faltas en todo, entonces el amigo ten­ drá la oportunidad para amonestarle en los defectos ma­ yores. Pues también el m édico Filótim o l6 , al enseñar­ 6 le un hombre, que sufría de un absceso al hígado, su dedo ulceroso, le dijo: «¡M i querido amigo!, no está tu mal en un panadizo 1 7 Ciertamente, también la oca­ 6 ». sión perm ite al amigo decir al que le acusa de cosas pequeñas y de ningún valor: «¿ P o r qué hablamos de bro1 5 II 64! 6 1 6 Cf. P l u t ., M or. 43B, donde se cuenta la misma anécdota. 6 1 7 Inflamación aguda del tejido celular de los dedos, principal­ 6 mente de su primera falange. 73A

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mas, festines y charlatanes? Mi querido amigo, que des­ pida a la concubina, que deje de ju gar a los dados y las demás cosas, y ése será para nosotros un hombre adm irable.» Pues el que consigue el perdón en las cosas pequeñas, concede al am igo de buena gana la franqueza en las grandes. Por el contrario, el que está siempre y en todo amargado y triste por querer saberlo todo y por ocuparse de muchas cosas, es insoportable no só­ lo a los hijos y a los hermanos, sino también a los esclavos.
36

d

Y, puesto que no todos los males, según Eurípi­ des 18 acompañan a la vejez ni a la necedad de los 6, amigos, es necesario no observar a los amigos sólo cuan­ do cometen faltas, sino también cuando obran bien, y sí, ¡por Zeus!, alabarlos de buena gana en prim er lugar; e igual que el hierro se condensa con el frío y acepta más tarde convertirse en acero después que se ha rela­ jado prim eram ente por el calor y se ha hecho blando, del mismo m odo a nuestros amigos, una vez que han sido suavizados y calentados por las alabanzas, les apli­ caremos poco a poco, com o un temple de hierro, la franqueza. Pues la ocasión nos perm ite decir: «¿Acaso es justo comparar aquello con esto? ¿Ves qué frutos pro­ duce el bien? Estas cosas pedimos tus amigos, estas co­ sas son apropiadas para ti, has nacido para estas cosas, pero aquéllas debes tú desterrarlas lejos de ti. hacia el m onte o hacia la ola del m ar resonante» IM , pues, así com o el m édico bueno desearía curar la enfer­ medad del que sufre con sueño y con alimentos más
1 8 Fen. 528. 6 1 9 H o m ., I I V I 347. 6

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que con castorio 10 y escamonio m, del mismo modo 7 también el amigo amable, un buen padre y un maestro se alegran si usan la alabanza más que el reproche para corregir el carácter. Pues no hay otra cosa que consiga que el que habla con franqueza haga menos daño y cure tanto como el que evite la ira en su carácter y ataque con benevolencia a los que yerran. Por esto, no es preci­ so corregir ásperamente a los que se niegan ni prohibir­ les que se defiendan, sino también ayudarles a encon­ trar excusas convenientes y, dejando el m otivo peor, pro­ porcionarles uno más tolerable, como Héctor a su her­ mano: Infeliz, no está bien que pongas tanta ira en tu cora[zón m, como si su retirada del combate no fuera una deserción o cobardía, sino un acto de ira. Y N éstor a Agamenón: Tú cediste a tu m agnánim o corazón l7 . 3 Pues creo que es más discreto «n o te diste cuenta», «n o ignoraste», que «has com etido injusticia» o «has obrado torpem ente», y «no disputes con tu hermano» y «huye de la m ujer que te corrom pe», que «deja de corrom per a la m ujer». Pues tal actitud es la que persigue la franqueza que desea curar, pero la que estimula a la acción usa la actitud contraria.Pues, cuando se desea refrenar a los que van a com eter unafalta, alzán­ dose contra un ímpetu fuerte que es traído desde la parte opuesta, o queremos incitar y animar a los que son blan­ dos y perezosos para el bien, es necesario transferir lo sucedido a m otivos absurdos e inverosím iles. Como, en
10 7 11 7 12 7 13 7 Cf. n. 39. Cf. n. 127. Hom., II. V I 326. Hom., II. I X 109.

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74A

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Sófocles, Odiseo, intentando irritar a Aquiles, no dice que se irritaba por la comida, sino: ¿Estás temeroso, porque ves ya los muros de Troya? m,
B y y

después de esto, otra vez, com o Aquiles se enfadara dijera que iba a emprender la navegación: yo sé p o r qué huyes, no porque eres calumniado, sino porque está cerca Héctor; es bueno irritarse.

En efecto, amedrentando al que es animoso y valiente con el reproche de la cobardía, al m oderado y virtuoso con el del libertinaje, al liberal y magnánimo pon el de la mezquindad y la avaricia, los animan hacia el bien y los apartan del mal, demostrando que son moderados en las cosas irremediables, teniendo en su franqueza más c lástima y compasión que censura, pero siendo vehemen­ tes, inexorables y firm es en sus prevenciones contra los yerros cometidos y en sus luchas denodadas con las pa­ siones. Pues ésta es la oportunidad de una buena dispo­ sición íntegra y de una verdadera franqueza. Y vemos que los enemigos usan unos contra otros la censura de sus acciones, y, como decía Diógenes m, que el que de­ sea salvarse debe tener amigos buenos o enemigos fogo­ sos. En efecto, los unos enseñan, los otros los prueban. Ciertamente, es m ejor evitar los errores, obedeciendo a los que aconsejan, que el que yerra se arrepienta por los que hablan mal. Y, por esto, es necesario ejercitarse d en el arte de la franqueza, en la idea de que es la más grande y poderosa medicina en la amistad, que necesita siempre de una oportunidad con buena puntería y de un tem peram ento moderado.
1 ,1 7 N a u c k , Trag. Graec. Frag., Sófocles, n ú m . 141. 1 5 Cf. P l u t ., M or. 82A y 89B. 7

CÓM O

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37 Entonces, puesto que, como se ha dicho, la franque­ za es muchas veces dolorosa para aquel que la cultiva, es necesario im itar a los médicos, pues ni aquéllos, cuan­ do hacen un corte, dejan la parte afectada en su sufri­ miento y dolor, sino que la tratan convenientemente con lociones suaves y derraman sobre ella fomentos, ni los que amonestan con agrado se marchan, después de ha­ ber arrojado su aspereza y mordacidad, sino que con otras conversaciones y palabras moderadas calman y animan, como los escultores allanan y abrillantan las partes de las estatuas golpeadas y cinceladas. Pero el que ha sido herido e irritado con la franqueza, si se le deja agitado, hinchado y quebrado a causa de la ira, será difícil que responda en otra ocasión a una llamada y será inconsolable. Por eso, también es preciso que los que amonestan lleven cuidado, sobre todo, en estos ca­ sos y no abandonen demasiado pronto ni permitan que algo triste e irritante para sus amigos ponga fin al en­ cuentro y a la conversación.

E

ÍNDICES

ÍN D IC E DE NOM BRES PROPIOS, AUTORES Y PASAJES CITADOS

Ábaris, 14E. Academ ia, 33B, 52F, 70A. Adrasto, 35D, 88F. Adrasto, gu errero troyano, 30C. A frod ita, 19E, 19F. Agam enón, 16E, 19B, 26D y E, 28F, 29A, B, C y E, 32E, 33E, 66E, 72E, 73F. Agesias, 65D. Agesilao, 31C, 52E, 55D, 78D, 81A, 85A. Agís, 60B. Alcibíades, 52D, 69E, 80D, 84C. Alcmeón, 35D, 88F. Alejandro, 11A y B, SOC, 53C, 57A, 58E, 60B, 65 C, D y F, 71C, 78D, 85C, 96B. Alejandro de Feras, 50C. Alexis, Fr., 21D. Amasis, 38B. Am onio, 70E. Anacarsis, 78F. Anaxágoras, 84F. Anfiarao, 32D. Anónimo, Comedia, Frs., 18E, 27C, 33E, 62E. Anónim o, Lírica, Frs., 22F, 54B, 54D, 65B, 95B. Anónimo, Tragedia, Frs., 16D, 18D, 23E, 24C, 33D, 34A, D y E, 35D,

36F, 50F, 51C, y E, 58B, 72E, 94C. Antea, 32B. Antífanes, 79A. Antifonte, 68A, 68B. Antígono, 1 IB. Antiloco, 32A. Antím aco, 30C. A n tíoco Filópapo, 48E. Antípatro, 64C, 64D, 78D. Antístenes, 33C, 89B. Antonio, 56E. Apeles de Colofón, 6F, 58D. Apeles de Quíos, 63D. A polo, 16E, 17A, 25E, 56E. Aquiles, 4B, 16E, 17A, 19C, 26C, E y F, 28F, 29A, y C, 30A, B, y C, 31 A, y B, 33A, 34C, 35B, 59B, 66E, 67A, 74B, 93E. Araspes, 84F. A rcesilao, 55C, 63D y E. Ares, 19D, y E, 23B y C. Argos, 93C. Aristarco, 26F. Arístides, 76A, 84F. Aristipo, 4F, 5A, 80C. Aristófanes, 10C, 30D. Acamienses 503, 71D. Nubes, 10C. Fr., 30D. A ristofon te, 18C. Aristogitón, 68A.

348 Aristóm enes, 71C. Aristón de Ceos, 14E.

M O R A LIA

Casio Severo, 60D. Catón el Joven, 28B, 91D. Catón el V iejo, 14C, 29E. Cebes, 11E. Cefisócrates, 63E. Ceneo, 75E. Cércopes, 60C. César, Augusto, 68B. César, Julio, 91A. Ciáxares, 69F. Cicerón, 91A. Cíclope, 11B. Cinesias, 22A. Circe, 52D. Ciro, 31C, 69F. Círreos, 76E. Oleandro, 15A, 15B. Cleantes, 3ID , 33C, 47E, 55C. Clearco, 69A. Cléobis, 58D. Cleómenes, 53E. Cleón, 7 ID. Clitem estra, 25F, 32C. Clito, 71C. Colias, 42D. Corinto, 70B, 78D. C orn elio Pulcher, 86B. Craso, 89E. Craso, tío del triun viro, 89A. Crates, 69C, 87A. Creonte, 96C. Creso, 58D, 69E. Creta, 12A, 86B. Criseida, 26E. Crisipo, 31E, 34B. Crisón, 58E. Crónida, 24A. Chipre, 50D. D áctilos Ideos, 85B. Damón, 93 E. D am ónides, 18D. Darío, 50F.

Aristón de Quíos, Fr., 42B. Aristóteles, 26B, 32F, 53C, 78D. Cuestiones homéricas, Fr. 165, 32F. E con om ía doméstica 1347, 64A. Arquidam o, ID. A rquíloco, 33A, 45A. Fr., 23A, y B 33B. Arquitas de Tarento, 8B, 10D. Arsínoe, 11A. Ártem is, 22A. Asclepíades, 55C. Atenas, 12A, 52D, 58D. 60D, 78D, 81F. Atenea, 19D, 25E, 26D, 30E. Ática, 42D. Atlántico, 22E. Atreo, 26C, 29A, 33E. Atrida, 19B, 19C. Ayante, 29E, 30A y B, 35B. Babilonia, 78D. Bagoas, 65D. Batón, 55C. Bátraco, 18C. Baquílides, Fr., 36C. B elerofon te, 32B. Bías, personaje de Menandro, 57A. Bías de Priene, 35F, 38B, 61B. B ión de Borístenes, 7C, 22A, 59A, 82E. Bitón, 58D. Brásidas, 76A, 79E. Briareo, 93C, 95E. Briseida, 26E, 33A. Calcante, 29C. Calipso, 27A. Calístenes, 65D. Carilo, 55E. Carnéades, 58E. Casandra, 25E.

ÍN D IC E DE N O M B R E S,

A U TO R E S

Y PASAJES

349

Demarato, 70B. D em etrio Falereo, 69C. D em etrio Poliorcetes, 5F. Dem etrios, los, 65D. Demo, 91F. D em ócrito, Fr., 10A, 81A. Demóstenes, 80D. C ontra A ristócrates, 66, 6D. C ontra M idias 191, 6D. De la C orona 198, 69D. Sobre la Em bajada 209, 88C. Deseo, el, 49E. D iofanto, 1C. Diógenes de Sínope, 2A, 5C, 21E, 21F, 70C, 74C, 77E, 78D, 79E, 82A, 82C, 87A, 88B. Diógenes, poeta trágico, 41C. Diomedes, 29A, 29B. Dión de Siracusa, 8B, 52F, 53 E, 69F, 96B. Dionisia, 80E. Dionisíacos, 87F. D ionisio el Joven, 52D y F, 53E y F, 56D, 67C, D y E, 68B, 96B. D ionisio el V iejo, 41D, 68A. Dioniso, 56F, 60C. Dodoneo, 31E. Dolón, 29E, 76A. D om icio Ahenobarbo, 89A, 9 ID . Driante, 15D. Edipo, 72C. Éforos, ios, 84A. E gipto, 56D, 61 A.

Escauro, 91D. E sciro, 34C. Escirios, 72E. Esmirna, 64B. Esopo, 14E, 16C, 79A. Esparta, 10B, 12A. Espeusipo, 10D, 70A, 71E. Espíntaro, 39B. E spurio M inucio, 89F. Esquilo, 17A, 29F, 32D, 36B, 79B, D y E . E l peso de las almas, 17A. M irm idon es, Fr. 135, 61A. N lobe, Fr. 156, 17B, P rom eteo p o r­ tador del fuego, Fr. 207, 86E. Siete contra Tebas 592-594, 32D; 593-594, 88B. Toxótides, Fr. 243, 81D. Frs., 16E, 36B. Esquines, 11E, 39C, 67D y E. C on­ tra C tesifonte 107-108, 76E. Esténelo, 29A y B. EstiLpón, 5F, 83C. Estoicos, 25C, 58E. Estrucias, 57A. Ete, 32F. Eteocles, 18E. Eucto, 70A. Euleo, 70A. Éupolis, Fr. 349, 54B. Los adula­ dores, 50D. Eurídice, 14B. Eurípides, 19E, 30D, 45B, 46B, . 95F; A lcestes (et passin), 58A. A lcm eón, Fr. 358, 89A. A n d ró­ meda, Fr. 145, 22E. Arquelao, Fr. 254, 20D. B elerofonte, Fr. 292, 7, 21 A. Cresfonte, Fr. 449, 36E; Fr. 458, 90A. Crisipo, Fr. 841, 33E. E lectra 428, 33C. Éplo, Fr. 21, 25C; Fr. 17, 33C; Fr. 20, 34D. Erecteo, Fr. 362, 63A. Estenobea, Fr. 665, 71A. Fenicias 524, 18D; 1006, 23B; 549, 25B; 469 y 472, 62C; 1688, 72C. Heracles 1261, IB ; 1250, 72C. H ip ó lito 424, 1C;

Elide, 12A. Em pédocles, 16C, 63D. Fr., 17E, 63D, 93B, 95A. Eo, 17A. Epaminojridas de Tebas, 8B, 21F, 39B, 52E, 85A, 93E. E picarm o, 67F. Fr. 275, 21E. Epidicazomenus, de Filemón, 35D. E picuro, 1ID, 36B. Fr., 147, 45F. Epim eteo, 23E, 23F. Escamandro, 23C.

350

M ORALIA

986-989, 6B; 424-425, 28C; 219-220, 52B-C; 253, 95E. H ipsí­ pila, Fr. 754, 93D; Jfigenia en Á ulide 1218, 17C; 29, 33E; 407, 64C. Ifig en ia entre los lauros 569, 75E. Io n 732, 49F y 69A. Medea 598, 25A. Orestes 667,

Hades, 16E, 17A y C. 18E, 21F, 23D. Hagnones, 65D. H arm odio, 68A. H éctor, 17A, 19C y D, 29E, 30A, B, C y E, 31A y B, 34E, 35B, 72A, 74B. Hécuba, 28A. H efesto, 23B, 35C. Hélade, 67A. Helena, 28A. H era, 19D y F, 20A. H eracles, 4F, 56F, 59C, 60C, 63B, 72C, 90C. H eraclides Póntico, 14E. H eráclito, 43D; Frs., 28D, 41A. Hermes, 44D. H eródoto, I 8, 37D; II I 78, 50F. H esíodo, 77D. Teogonia 64 (adap­ tación), 49E. Trabajos y días 361-362, 9E; 643, 22F; 86-87, 23E; 717-718, 23F; 289, 24D; 287, 24E; 313, 24E; 744-45, 28B; 348, 34B; 266, 36A; 40, 36A; 235, 63D; 361-362, 76C; 25-26 y 27, 92A. H ierón, 90B. H ím era, 58E. H im erio, 60D. H ipérides, 46A. Fr. 212, 67A. H ipócrates, 82D, 90C. H ip ólito, 28A. H ipsípila, 93C. H irras, 14B. H om ero, 11B, 16E y F, 17C, 19A y E, 25C, 35A y C, 80A y D, 85C,

68E;

251, 88C. P iríto o , Fr. 595, 96C. Protesilao, Fr. 654, 10B. Te-

seo, Fr. 328, 11E. Troyanas 919, 28A. Frs. en 19E, 20D y F, 24D, 28C, 34B, 36C y F, 46F, 69D, 71E, 85A, 88C. Eutropión, i IB. Eveno, 50A.

Fálaris, 56D, 76A. Fedra, 28A, 52B. Fénix, 4B, 26E y F, 72B. F ila d elfo (Ptolom eo), 11A. Filem ón, 35D. Filipo, 40E, 67 F, 70B y C. Filip o V de M acedonia, 53E. Filoctetes, 18C. Filópapo, 66C. Filotas, 65D, 96B. Filótim o, 43A, 73B. Filóxeno, 14C. Fintias, 93E. Focílides, 45B. Frs., 3F, 47E. Foción, 64C, .84F. Frinis, 84A.

Gilipo, 10B. ^ Glauco, 32A. Gnom ologias, de Teognis, 16C. Gobrias, 50F. Gorgias, 6A, 15D, 64C. Gorgias, de Platón, 36A. Gracias, 44D, 49E. Gran Rey, 78D. Grecia, 71E.

94A. ¡liada I 3 y 5, 23D; 24-25, 19B; 59-60, 26C; 90, 26D; 128-129,' 29A; 163-164, 28F; 220-221, 26D; 223-224, 19C; 225, 19C y 35B; 231, 29A; 255, 87E; 349, 26E; 498, 31E. I I 173, 35A; 189, 19B; 215, 68B; 220, 30A; 226-228, 29A. I I I 276, 23C; 320, 31E; 328, 32A; 365, 25F. IV 39,

ÍN DIC E D E N O M B R E S,

A U T O R E S Y PASAJES

351

34E; 84, 17B; 104, 19D; 306-307, 28B; 350, 90C; 357, 29B; 402, 29A; 404 405, 29A; 431, 29D. V 82, 1IB; 171-172, 72C; 352, 22E; 428, 36A; 800, 72E. V I 130, 15D; 138, 20E; 160-161, 32B; 326, 73E; 347, 73D; 444, 31E. V I I 47, 35B; 69-70, 24B; 109, 55C; 202, 23C y 31E; 215-216, 30A; 226-228, 30B; 231, 30B; 329-330, 23C; 358, 20E. V III 198, 19D; 234-235, 72A; 281-282, 55B. IX 34, 29C; 70, 74-75, 29D; 108, 69E; 323, 80A; 360, 24F; 452-453, 25F; 458-461, 26F; 461, 72B; 540-42, 24B. X 220 ss., 29E; 243, 55B; 249, 56E; 325, 29E. X I 90, 24D; 313, 71F; 313, 316, 30E; 543, 36A; 608, 35B; 643, 54F; 654, 67A. X II 232, 20E. X III 116-119, 72C; 354-355, 32A; 562, 22D; 775, 67A; 824, 35B. X IV 84, 66F; 166, 19F; 195, 62E; 196, 62E; 216, 15C; 308, 31E. X V 32, 20B. X V I 33, 67A; 97-100, 25E; 141, 59B; 232, 31E; 422, 32C; 856, 17C. X V II 142, 34E; 170-171, 32A; 671, 31E. X V III 426, 62E; 427, 62E. X IX 216, 35B; 386, 77A. X X 61 ss., 16E; 242, 24E; 467, 67A. X X I 331, 35C. X X I I 210, 17A; 362, 17C. X X I I I 24-25, 19C; 77, 94F: 297-299, 32F; 483, 35B, 474-478, 35B; 570-571, 32A. X X IV 525, 20E y 22B; 527-528, 24A; 308, 23C; 560-561 y 569-70, 31A; 584-586, 31B. Odisea I 35, 55B, 64, 90C: 157 (et passim), 7 IB. III 20, 32A; 52, 30E; 265-266, 32C. IV 93, 25A; 178, 54F y 95A; 197, 22B; 230, 15C; 318, 22D; 805, 20E. V 42, 22D; 89, 62E; 122, 20E; 216, 27C. V I 46, 20E; 148, 19B; 187, 82E; 244-45, 27B. V II

77, 22D. V I I I 81-82, 24B; 249, 20A; 267 ss., 19D; 492, 20A; X 329, 6 IB. X I 72, 17C; 223, 16E; 421-423, 25F; 470 y 390, 16E. X I I I 121, 32C; 332, 30F; 419, 22E. X V I 181, 53B; 187, 81D; 274-277, 3 ID. X V II 222, 43A. X V III 282, 27C; 333 y 393, 22E. X X I I 1, 52C. X X IV 11, 17C. Ida, 23C, 31E. Idom eneo, 35B. Ilión, 32F. Ión de Quíos, 79E. Iro, 22E. Isócrates, 46A. Istmo, 29F, 79E. Itaca, 27D. Ixión, 18E, 19E. Jantipa, 90D. Jenócrates, 38B, 47E, 71E. Jenófanes, Fr. 34, 17E. Jenofonte, 11E, 55D, 79D, 86C,

86E.

Anábasis II 6, 11, 69A. Ciropedia II 3, 2, 8D. E c o n ó m ico

I 15, 40C. Jerónim o de Rodas, 48B. Lacedem onia, 52E. Lacedem onios, ID y 3A. Lácedes, 89E. Lácides, 63 E. Laertíada, 35A. .

Layo, 77C. León de Bizancio, 88E. Leucadia, 17C. L ib era d o r (Dioniso), 68D. Licaón, 30C. L icón , 14E. Licurgo, 3A, 15D, 85A. Linceo, 87C. Lisandro, 71E. Lisias, 40E, 42D, 45A. •

352
M acedonia, 70B. M arco Antonio, 61 A. M arco Sedacio, 14C. M aratón, 92C. Medea, 18A. M edia, 78D. M edio, 65C. M egabizo, 58D. M égara, 5F, 71E. M eíantio, 20C, 41C. M elantio, parásito, 50C. M eleagro, 27A. M eleto, 76A. Menandro, 19A, 21C, 93C.

M O R A LIA

30A y F, 31C, 34C, 35A y C, 42F, 52C, 55B, 66F, 72E, 95A. O linto, 40E. Orestes, ]8A, 93E. Pándaro, 19D, 72C. Pantea, 31C, 84F. París, 18F, 34E. Parm énides, 16C, 45B. Parm enión, 65D, 96B. Parm enón, 18C. P a roem iog ra p h i (88A), 75E. Parrasio, 18B. Patecio, 21F.. Pausanias, 89F. Peleo, 35B, 67A. Peiida, 19C. Peíión, 59B. Pelópidas, 93E. Penélope, 7C, 27B. Pericles, 6D, 8B. Persas (de Tim oteo), 32D. Perséfone, 23A. Perseo, 70A. Persia, 78D. Petronio, T ito, 60D. Pidna, 70A. Pílades, 93E. Píndaro, 17C. ístm ica s V II, 47 y 48, 21A. Frs. 131, 17C; 248, 68D; 194, 86A; 229, 88B; 123, 91A; 212, 91E. P irítoo, 93E, 96C. P irro, 82E. Pitágoras, 2B, 12D, 35F, 44B, 70F, 91C, 96A. Pitio, 49A. Platón, 2C, 3F, 8B, 10D, 11E, 26B, 29D, 35F, 36A, 40D, 46A, 52C, 52D, 52E, 67E, 69F, 76A, 79A, 53C, 56C, 67C, 67D, 70E y F, 71B, 71E, 79D, 83A, 84E, 85A, Graeci II 625,

Menandro, E l adulador, Frs. 293 y 297, 57A. Epiclerus, Fr. 554, 93C. Frs. en 19A, 21C, 25A, 34C, 59C, 95D. M enecíada, 35B. M enecio, 19C. Menedem o, 55C, 81E. M enelao, 55B, 95A. M enón el Tésalo, 93A. M érope, 63A, 90A. M idias, 6D. M ilcíades, 84B, 92C. M isterios, 8ID. M itrídates, 58A. Mnemósine, 9D. M oíra, 22D. Murena, 9 ID. Musas, 14B, 15E. Nasica, 88A. Nausícaa, 27A. Nékyia, 16E. N erón, 56E, 60D, 96B. N éstor, 29C, 73F. N icandro, 16C. Theríaca, 64, 55A. Nicandro, am igo de Plutarco, 37C. N icóm aco, 62E. Océano, 17C. Odiseo, 18B, 20A, 27A, B y E, 29B,

Patroclo, 59A, 67A, 93E.

IN D IC E D E N O M B R E S, A U T O R E S Y PASAJES

353

88E, 36C. 61b, 40E;

90C, 92 E. Cartas I I I 315c, C litofon te 407a, 4E. Fedón 16A; 69d, 17E. Fedro 237b, 234e, 45A; 239d, 51D. Cor-

Sísifo, 18C. Siria, 50D. Soclaro, 15A. Sócrates, 2C, 4D, 6A, 10B, 10C, H E , 16C, 21E, 67D, 69E, 70E, 72A, 84F, 90D, 93B. Socratis et S ocra tico m m Epistulae 23, 67C. Sófocles, 17C, 21E, 45B, 79B. Aleu­ des, fr. 85, 6, 21B. A ntígona 237, 48A-B; 523 (adaptación d el ver­ so de Antígona), 53C. E d ip o Rey 2, 22F; 4, 95C. Te reo, fr. 534, 21B. Frs. en 16A, 17C, 21A, B y F, 23B, 27F, 33D, 73F, 74A, 75B, 77B, 84A, 98B, 94D. Sol, 19E, 19F. Solón, 58D, 69E. Frs., 78C, 92E. S osio Senecio, 75B. Sotades, 11A. Susa, 78D. Tais, 19A. Tebas, 8B, 12A, 69C. T élefo, 46F, 89C. Telém aco, 31C. Telo, 58D. Tem ístocles, IC, 84B, 89F, 92C. T eó c rito de Quíos, 11A y C. T eod oro, I8C. T eofrasto, 38A, 78D. Teognis, 16C; 177, 22A; 215-216, 96F. Teón, 18A. Tersites, 18A y C, 28F, 29A, 30A, 35C. Tésalo, el, 89C (se re fie re a Jasón de Feras). Teseo, 28A, 93E, 96C. Tespis, 36B. Fr., 36B. Tetis, 17A, 33A, 67 A. T eu cro T elam onio, 55B. Theríaca, 16C. T ib erio , 60C, 96B.

gi'as 36A; 470d-e, 6A. Leyes 773d, 15E; 731d-e, 48E; 730c, 49A; 716a, 81E; 731e, 90A; 728a, 92D. M enón 7 Id, 93B. República 36A; 537b, 8C; 411a, 42C; 474d, 44F; 361a, 50E; 539b, 78E. Plauto R ubelio, 96B. Plutarco, Preceptos políticos, 86D. Poliagro, 27C. P olicleto, 86A. Polem ón, 7IE. Pom peyo, 89E, 91 A. Posidón, 16D, 22D, 31F, 83C. Postumia, 89E. Preto, 32B. Príamo, 25E, 31A, 35B, 87E. Prom eteo, 23 E, 86E, 89C. Proteo, 97A. Ptolom eo Auletes, 56E. P tolom eo V Epífanes, 71C. Ptolom eo Evérgetes, 60A. Ptolom eo Fila delfo, 11A. Ptolom eo Filopátor, 53 E, 56D-E. Queréfanes, 18B. Quilón, 35F, 86C, 96A. Quíos, 91F. Safo, Fr., 8ID. Samio, 53E. Sejano, 96B. Sem ónides de Am orgos, Fr., 84D. Sestio, 77D. S evero (Casio), 60D. Sicilia, 67C, 70A. Silamón, 18C. Silenos, 60C. Simónides, de Ceos, Fr., 15D, 41F, 49B-C, 65B, 79C, 91E. Siracusa, 8B, 52D.

354
Tideo, 72E. Tidida, 56E, 71F. Timágenes, 68B. Tim esias, 96B. Tim óm aco, 18A. Tim oteo, 22A, 32D. Fr., 22A. Tisafernes, 52E. T ito Petronio, 60D. Tracia, 52E. Troya, 25E, 29A.

M ORALIA

Tyché, 22D.
Vesta, 93D. Yocasta, 18C. Zacinto, 49C. Zen, 23C (o tro n om bre de Zeus). Zenón, 33C, 78D, 82F, 87A. Fr., 78D. Zeus, 3D, 4D, 6B, 8F, 16F, 17A, et passim. Zeuxis, 94E.

Troyanas, Las, 28A. Tucídides, 56B. I 18, 79F; 70, 71C; II 51, 96C; II 64 73A.

In d i c e g e n e r a l

Págs.
I n t r o d u c c i ó n ....................................................................... 7

I. II. III, IV. V. VI.

Plutarco. Rasgos generales sobre su vida y su fo r m a c ió n ................................... Plutarco. Sobre la educación y la amistad. Su actividad e d u c a d o ra ......................... Plutarco, teórico de la e d u c a c ió n ........ Plutarco. Sobre la a m is ta d ................... La traducción .........................................
.......................................................................

7 8 9 11 28 33
36

B ib l io g r a f ía

S o b r e l a e d u c a c i ó n d e l o s h i j o s ............................... C ó m o d e b e e l j o v e n e s c u c h a r l a p o e s í a ................. S o b r e c ó m o s e d e b e e s c u c h a r .................................... C ó m o d is t in g u ir a un a d u l a d o r d e u n a m ig o

41 83

159

. . . . . . . 195 2 69 303 327

C ó m o p e r c ib ir l o s p r o p io s p r o g r e s o s e n l a v ir t u d C ó m o s a c a r p r o v e c h o d e l o s e n e m i g o s ................... S o b r e l a a b u n d a n c i a d e a m i g o s .................................

Í n d ic e d e n o m b r e s p r o p io s , a u t o r e s y p a s a j e s c i­
tados

...............................................................................

347

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