Después de veinte años

Publicado el marzo 18, 2010 por Alberto Chimal 1Share Al escritor estadounidense William Sydney Porter (1862-1910) se le recuerda por el seudónimo con el que firmaba sus cuentos: O. Henry. Durante las últimas dos décadas de su vida, y por algunas más después de ésta, se le consideró uno de los grandes maestros de la literatura de su país, a la vez en la línea de Edgar Allan Poe y de Mark Twain pues, si bien sus escenarios eran casi siempre los de la vida cotidiana en entornos rurales y urbanos, su tratamiento de personajes y ambientes se acercaba a lo gótico. También se admiraba mucho la construcción de las llamadas trick-stories, en las que Porter se especializó: cuentos con un final sorpresivo, muy contundente, en los últimos renglones. Posteriormente la reputación de O. Henry ha disminuido, al ponerse en boga otros estilos de contar y al señalarse el carácter mecánico, manipulador, de muchos de sus textos. Pero otros son auténticas obras maestras y por ellos aún se le tiene en alta estima; por ejemplo, todavía hoy se entrega el O. Henry Memorial Award, un premio instituido en 1919 que se da anualmente a los mejores cuentos que se publican en los Estados Unidos.

“After Twenty Years” fue publicado en el libro Los cuatro millones (1906). Por si a alguien le interesa, este enlace lleva a una grabación de la versión original en inglés del cuento, leído por Dave Ranson. DESPUÉS DE VEINTE AÑOS O. Henry El policía tenía un aspecto imponente mientras efectuaba su ronda por la avenida. Esa imponencia era lo habitual en él, y no para presumir, pues los espectadores escaseaban. Aunque apenas eran las 10 de la noche, las heladas ráfagas de viento, con regusto a lluvia, habían despoblado las calles, o poco menos.

con Jimmy Wells. el hombre se apresuró a decirle. representaba dignamente a los guardianes de la paz. y no se va a olvidar. El vecindario era de los que se ponen en movimiento a hora temprana. Y prosiguió su ronda. ¿no? —preguntó el policía. lo derribaron hace cinco años —dijo el policía. de mandíbula cuadrada y ojos perspicaces. 18. —¡A no dudarlo! Espero que Jimmy haya tenido la mitad de mi suerte. —Sí. en este lugar había un restaurante. el Oeste es muy grande y yo vivía mudándome de un lado a otro. ¿No piensa darle unos minutos de tolerancia? —¡Por supuesto! —afirmó el otro—. Espero que su amigo no le falle. Cuando nos separamos. apoyado contra la pared y con un cigarro sin encender en la boca. vendrá a la cita. El policía balanceó la porra y dio un paso o dos. Pero estoy seguro de que Jimmy. con pequeños diamantes incrustados en las tapas. para él no había otro lugar en la tierra. trabajador sí. Aquí y allá se veían las luces de alguna tabaquería o de un bar abierto durante toda la noche. Suponíamos que. después de 20 años. La llama reveló un rostro pálido. Hacia la mitad de una cuadra. Ya viajé mil quinientos kilómetros para venir a este sitio. —Parece muy interesante —dijo el agente—. agente. A la mañana siguiente me iba al Oeste para hacer fortuna. ¿no? Bueno. en Nueva York. Aquí. pero habrá valido la pena si él aparece. Hasta luego. con una pequeña cicatriz blanca junto a la ceja derecha. engarzado de un modo extraño. nada más. El tenía 20 años y yo. —Faltan tres minutos —anunció—. si está con vida. Hace más o menos ese tiempo. —Tengo que seguir la ronda —dijo—. A Jimmy no se le podía arrancar de Nueva York. . Usted sabe. mi mejor amigo. En el portal de una ferretería oscura había un hombre. —Buenas noches. en el Big Joe Brady. tranquilizador: —No hay problema. El alfiler de corbata era un gran diamante. pero la mayoría de las puertas correspondían a locales comerciales que llevaban unas cuantas horas cerrados. esa noche acordamos encontrarnos nuevamente aquí. Pero al cabo de un año o dos nos perdimos la pista. de vez en vez se volvía para recorrer el distrito con una mirada alerta. el Big Joe Brady. a la puerta del restaurante. cualquiera fuese nuestra condición y la distancia a recorrer para llegar. como si fuéramos hermanos. a 20 años exactos de esa fecha y esa hora. Bueno. siempre fue el tipo más recto y digno de confianza del mundo. eran las 10 en punto. —Esta noche se cumplen 20 años del día en que cené aquí. si está con vida. A usted le parecerá extraño. ¿No ha sabido nada de su amigo desde que se fue? —Bueno. sí. Yo he tenido que vérmelas con gente muy avispada para llenarme el bolsillo. El hombre del portal encendió un fósforo y lo acercó a su cigarro. —A usted le fue bastante bien en el Oeste. Estoy esperando a un amigo. haciendo girar su porra con movimientos artísticos e intrincados. señor —saludó el policía. probando los picaportes al pasar. en Nueva York. Hay que ir al Oeste para ponerse en forma. Nos escribimos por un tiempo —respondió el otro—. la persona más buena del mundo. Al acercarse él. Con su silueta robusta y su leve contoneo. y muy buen tipo. cada uno tendría ya la vida hecha y la fortuna conseguida. la gente se estanca. se lo voy a explicar. agente. para hacerle ver que no hay nada malo en esto. muy inteligente no era. el policía aminoró súbitamente el paso. Le daré cuanto menos media hora. Se trata de una cita convenida hace 20 años. Bueno. Él y yo nos criamos aquí. Pero se me ocurre que es mucho tiempo entre una cita y otra. El hombre sacó un hermoso reloj.El agente probaba puertas al pasar. Por entonces Jimmy tendrá que estar aquí.

Los pocos peatones se apresuraban. aumentado su egotismo por el éxito. insegura hasta lo absurdo. El hombre del Oeste se detuvo bruscamente. La nota era bastante breve. Y dime. —¿Eres tú. —A veces es bastante para transformar a un hombre bueno en malo —dijo el desconocido—. Veinte años son mucho tiempo. Tengo un puesto en uno de los departamentos de la Municipalidad. fumaba su cigarro y seguía esperando. —¿Te va bien en Nueva York. empezó a esbozar un relato de su carrera. a la luz de la ventana. qué duda cabe! Estaba seguro de encontrarte aquí. El viejo restaurante ya no existe. —Usted no es Jimmy Wells —dijo de pronto—. Jimmy. Bueno. alias “el Sedoso”. así habríamos podido cenar otra vez aquí. El hombre del Oeste desplegó el pedacito de papel que acababa de recibir. Como no pude hacerlo personalmente. No te vas a resistir. Bob. fui en busca de un agente de civil para que se hiciera cargo. —Bueno. Pero has cambiado muchísimo. A los de Chicago se les ocurrió que podías andar por aquí y enviaron un cable diciendo que querían charlar contigo. ¡Claro que eres Bob. Los dos echaron a andar por la calle. viejo. Al cabo. ¿verdad? Así me gusta. si vivías. escuchaba con interés. Vamos. inmerso en su sobretodo. pero no tanto como para que a uno le cambie la nariz de recta a respingada. Cuando empezó a leer su mano estaba serena. JIMMY . Estás arrestado desde hace diez minutos. Cuando llegaron a la esquina. bueno. las ráfagas inciertas se transformaron en un viento constante. vacilando. cruzó apresuradamente desde la vereda opuesta para acercarse al hombre que esperaba. antes de llevarte a la comisaría te daré esta nota que me entregaron para ti. donde las luces eléctricas de una farmacia iluminaban la calle. —¡Bendito sea Dios! —exclamó el recién llegado. Me dio todo lo que le pedí. —¿Jimmy Wells? —gritó el hombre de la puerta. Bob. Te hacía cinco o seis centímetros más bajo. bueno… Veinte años es mucho tiempo. La puedes leer aquí. Bob. El otro. Esperó unos 20 minutos. pero al terminar le temblaba un poquito. con su amigo de la juventud. apartando el brazo. Cuando encendiste el fósforo te reconocí como el hombre que buscaban en Chicago. incómodos y silenciosos. el hombre que había viajado mil quinientos kilómetros para cumplir con una cita. Bob: Llegué a nuestra cita a la hora justa. Es del agente Wells. Ahora bien. del brazo. El hombre del Oeste. Y en la puerta de la ferretería. ojalá no lo hubieran derribado. crecí un poco después de los 20 años. un hombre alto. cada uno de ellos se volvió para mirar la cara de su compañero. Bob? —preguntó. aferrando al otro por los dos brazos—. de sobretodo largo y cuello subido hasta las orejas. Jimmy? —Más o menos.Había empezado a caer una llovizna helada. iremos a un sitio que conozco para charlar largo y tendido sobre los viejos tiempos. con los cuellos vueltos hacia arriba y las manos en los bolsillos. ¿cómo te ha tratado el Oeste? —Fantásticamente.