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rm Relaciones sospechosas “They oy mirc a ast and we have our pipe ‘esos to make made ond fen ‘hing prttaal ‘re earls lence we me fer of tare ‘ong ouratos ite scng tne, hen we ‘ould submit ures oon unknae for ‘Shabepar, Alf Wel tat Bad Well Emewentro com ol mal El tiempo es molesto. Un escrito deberiatene el pivlegia de ri Jmaginacin en las encrucijadas mis lunares de la vida; incapaa de hacerlo = hacerlo seri seaso horrible se contenta con alinear palabras einventar con tes tists tigres de papel y lipir a De Quincey en el autos 92 que une Ja Porte de Champerret con Ia Gare Montparase, una noche de inviema de hace dice ain. Nate como De Quincey para vivir un encventro que t davis Tevan a su perfecién algunas de mis peadillas, él que habia sido cape de abrirse paso en la mis aterradora de las ches lendinenses para. metrar «Williams moviéndose con pisidas de humo, la cara inexpicablemente pali= 1 pelo de un asombroso amarillo anaranjado. 5 Ta palider anormal de Wiliams fue sentila por De Quincey como una clave de sus abeurdos ash natos; quizd esta vex también hubiers deventrafado el rasgo definitorio. de Jo que nosotros, apefuscados en un autobie pariiense, Gramos ineapaces de entender. Se vuelve det trabajo en plena ola de fro, se exth cai bien en 1 plataforma cerrada del autobls,mirdndote las caras hueeas en ese ti lencio que es la ley no ecrita de Pars. No sé dénde subié el hombre del so- Dretodo y el sombrero negros,en alin momento «two entre nosotros, como nosotros debid aleanzar sus tickets al guarda metido en si casila y quedarse entre los dems mirando el suclo,frotindose los ojos en otros sobretedas, ‘otros guantes y perficos y bolsos de mujeres. Ya al pasar ef puente de Alma, antes de la primera parada en la Avenue Bosque, alguns lo notaron ys€ re trajeron, buscando una distancia proeetora entre otto pasajeos todavia aj. nos. Muchos bajaren en la parada de In feole Militaire; se entraba en el ‘imo tramo del trayecto y el autobis estaba caliente de ate vilado, de eur os laxos debajo de incanables chaleeosy bufandas. En algén momento tave ‘conciencia del miedo que se habia vnido instalando poco a poco en esa plata forma donde a nadie e le hubiera ocurido imaginar que alguna vee teodsia miedo, No sé describir una cox ast; era an aura, una iradieién de mal, una presencia abominable. Fl hombre del sobretodo negro, eon el euello suid tapindole la boca y la nara, y el ala del sombrero sabre Ios ojos, sabia queria que eso fuse asl; en ning. momento miré a nadie, pero era todavia peor I amenaza que emanaba de es incomunicacién se volva tan insoportable ‘que los pasajeres extdbamor como unidos y a Ia vez indefenss, esperando Cualquier cos, Recuerdo que el guarda, un hombre de pelo gris y aire apa- cible, mir6 al hombre y casi inmediatamente miré alos reso cuatro pasajeros que segulamos de pie en la plataforma. Fue como si nos aliéramos, el hom- bre del sobretado supo que nos alidbamos y siguié inmévi, tomado con una ‘mano de la barra vertical, los ojs clavados en sus zapatos; era todavia pot y duraba infinitamente. No habla ya mujeres y los hombres no not movi: ‘mos, pero # que cada uno esperaba el momento de bajar como una fuga, tuna devolucin a la vida de fuera, DDecir que era el Mal no ex decir mada; conocemos sus carassontientes y sus muchos juegos amables. Lo insoportable (y eso Io sentia el guards en x simplicidad, lo sentiamos todor desde nuestros diferentes horizontes) era la falta de todo signo manifesto; la locura puede darse como una cosas, que {de pronto un Kpiz sea a. muerte © Ia lepra sin dejar de scr nada més que un Hipi2 en una contradiecién que anula toda defensa, y la raxin es sobre todo defensa. Et hombre seguia inv I cara casi oculta, mirando sus eapatos; de abt salia como una mancha de vacio, un hedor de ombra, una potencia, Estoy seguro de que si hubiera levantado bruscamente la eabera para mirar 4 cualquiera de novotrs, Ia respuesta habria sido un grito o wna carrera a cegas en busca de Ia sada. En esa suspensién del tempo jugaban fuereas ‘que ya nada tenfan que ver con nosotros; el miedo era una materia viva en la que se brian paso la nocién confusa de lo que iba a siceder si alguien de fuera subi desaprensivamente y empujaba et bulto espeso pegado a la barra vertical. En esa alianza por debajo de toda inteigencia, em aterrada comuni- ‘acién por Ia boca del estémago y el pelo de la nuea, cualquier ruptira parecia alin mis insoportable que la lentisima carrera cel 92 en la. noche ‘Cuando en la parada de la Avenue de Lowendal no subié ni bajo nadie, com prendf que me tocaba acerearme al hombre para aleamar la campanilla, y fen ese mismo memento vi, vimos todos, ue su mano resbalaba por la. barra {de apoyo buscando el borén de llamada. Sf que me quedé lo més ateis po sible, con la esperanza de que otros bajaran también en Ia parada de la rue Oudinor; pero nadie se mova, €l habia tocado la campanilla para bajar y ek 92 segula corienlo por la avenida, acerckndose a la patada, frenando al fi lemtamente para no patinar en Ia capa de nieve y esarcha, Cuando bufaron las pucrtas automdticas y el hombre, con un movimiento brusco ya la ver imerminable, giré dndonos la espalda para bajar, el guarda esperd con la Joes Ceara ‘mano sobre la palanca que cerara Ia puerta, hasta que tres de nosotros nos Aecidimos al mismo tiempo a descender. La avenida nos cegaba con w sen ‘iowa oscuridad, y habla que moverse can precauciin para no resbalar en la tscarcha. Lor que habiamos bajado juntos esperamos que el autos arran- ‘ara para atravesar la avenida, sin hablar (cqué hubigramos, podido. dei os, qué relacién legtima habla entre nosotros?) y ome avergnsadon de ext camplicdad que tardaba en romperse. El hombre habia subido a la see dlepués de erwar la franja con Arboles paraela a la eal, y estab inmo> sil en la exquina de la avenida y Ia rue Oudint, xin mirar hacia nosotros. A su expla se alvaba el paredén del insituto de ciegos, qui entraria alli © em exalquiera de las casas de reir de ee barrio leno de conventosyjardines ‘apiados. Mis dos compafeos empezaron a cruzar la avenida, rebalando en 1a csarcha, y les segul de ceea sabiendo que tenda que intemarme por la ruc Ouint slitaia como siempre a es hora y que quch el hombre echara 4 andar tras de mi, Les otra dos se perdlan ya avenida abajo, rumba a re de Sevres que brilaba a To Tejon: caminaban juntos, mantenendo Ia alata, Yo rebalé'y tave que abrazarme al tronco de un plano; eval alec 8 mirar furtivamente hacia atrés, Ia esquina estaba desert. Seg viajando ‘machos meses en el 92, a las mismas horas; me tocaron con frecuencia el ‘mismo guarda de aire apacible y algunos de los compaferor de aque no- che. EI Mal no olvié a subir, noworos, como en realidad no nos conocs- ‘mos, jams hablamos de aque noche; por lo dems son cosas que no 56 hacen en Paris A propésto de Wiliams, la insistencia de De Quincey en deseribie las a+ ‘cterstcas anormales de su rstro, su impreionante paler contrastand con €l cabelo de ww amarillo anaranjaco, apunta elaramente a algo que va mis all del desc de aterrar al lector. De Quincey debi darse cuenta, como de ue Dostoievsk en el final de ET idiot, que cierosnveles del einen estén ‘ondicionaos por valores diferentes, eh un sistema donde el juicio la con- iencia comunes son coma tragades por el horror xin nombre que mueve al ‘mis tiempo al criminal y ala vitima. No se trata solamente del miedo que ‘otimula y factita una serie de asesinatos en cadena, como en los casos de Jack the Ripper o del Vampiro de Diseldorf;inchuo en wm asesinato. que ino se ha visto preeedide por el renombre de sn criminal annie, pueden ddarse cireunstancias que evra tentado de lamar ceremoniales, una doble danza encadenada del vietimari y la vitima, un eumplimient,