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El insomne y la muerte.

El sonido del reloj rasgaba las paredes. Las sombras parecían surgir de
unas sombras más oscuras, el silencio era palpable. El creía verlo caminar de
aquí para allá dentro de la pequeña habitación. Eran ya tarde, calculaba el. El
sueño se rehusaba a venir, y en vez de cansancio sentía una rara euforia que le
recorría los miembros dejándole unos tics nerviosos. El estaba acostado en una
cama deshecha y un cojín bastante usado e impregnado de sudores anónimos y
rancios, que soportaba el peso de una cabeza despabilada. El calor era sofocante
y aumentado por la velas encendidas cuyas llamas jugaban a escondidas entre
las sombras. A pesar de la soledad y lo lúgubre de la escena, parecía haber cierta
armonía y paz en la respiración de Abraham. Si ese era su nombre, se lo puso
una madre delirante por los dolores del parto y un padre desaparecido desde la
última guerra. Su niñez transcurrió en orfanatorios, padres casuales y poca
felicidad. Nunca se supo que aquel niño solitario sonriera. Nadie lo vio llorar, o
expresar algún sentimiento humano. Quienes tuvieron contacto con el, decían
que era un fantasma y que al mirarte no podías ocultar nada, sus ojos
penetraban en la piel y helaban los huesos. Jamás se le conoció mujer. Siempre
era una sombra solitaria y silenciosa, un enigma hasta para el mismo.
A los 20 años, murió por primera vez. Una dosis letal de soledad y rabia
salió de su boca descuadrándole la mandíbula y asfixiándolo con la sangre que
brotaba de la fractura. Lo encontraron en el baño, con la boca abierta mas de 40
centímetros y burbujas de sangre que le brotaban de las fosas nasales. Según los
médicos, estuvo mas de 13 minutos en esas condiciones, y luego de media hora
de hacerle cirugía a un cadáver, un nítido y fuerte pulso apareció en la pantalla
como un bramido. Estaba vivo. No tuvo daño cerebral como se esperaba. Pero
desde que volvió de la muerte, sus ojos se hicieron mas intenso y sus silencios
parecían desprender un ruido ensordecedor. Su piel se volvió blanquecina y sus
pasos, aunque corriera en tacones, no se hacían escuchar. Solo lo distraía una
cosa: escribir. Desde el incidente hasta su segunda y definitiva muerte escribió
1443 cuadernos, con una letra minúscula y simétrica. Las paredes de su
habitación, desde el piso hasta el techo estaban forradas por estos cuadernos.
Aunque se metieran a 50 personas en la habitación a leer todo lo escrito, sin
parar en ningún momento, tardarían 4 siglos y dos décadas en leerlos todos.
Pocos llegaron a leer aunque sea un párrafo de sus cuadernos y los que lo
hicieron, perdieron la vista días después. Estos decían que las palabras escritas
ahí contenían tal fuerza reveladora y asombrosa paz que de solo leer una página
sentías mareos y vomitabas sangre ya coagulada. Luego, morías de soledad y
ceguera.
Su trato con las personas que lo rodearon fue rudo e impregnado de
desconfianza. Sus excentricidades eran incomodas para el resto de los mortales.
Su simpleza asombrosa y su carencia de formalidad e hipocresía social, mas que
alejar a la gente, las atraía con una curiosidad que rayaba en el morbo. Solo el
Sr. Ismail, un anciano que vivió con el durante los años de la hambruna
encontró en el, el carácter mas puro y clarividente de todo ser humano. El Sr.
Ismail era un veterano de la guerra de los cien días que vivía en el cuarto
continuo al de Abraham. El Sr. Ismail había visto tantos muertos que cuando
veía a un vivo, un pequeño sobresalto y un escalofrío le recorrían la piel
cuarteada de cicatrices de guerras y amores amargos. Sus dientes parecía las
pezuñas de un fauno, su mirada ardía como brasas en la oscuridad, su andar
recordaba al crecimiento de las rocas. La primera vez que el Sr. Ismail y
Abraham se vieron fue en el estar de recreación del instituto. Abraham
permanecía parado como una gárgola viendo fijamente un rincón, mientras a su
alrededor giraba un mundo caótico y desconocido.

-Con que tu también la ves, es bellísima ¿verdad? Yo comencé a verla cuando


estaba en la guerra. Para ese entonces yo era mucho mas joven. El tercer día de
cien días de combate me desperté sabiendo como y cuando iba a morir. Ella se
había aparecido con su vestido azul pastel y sus rizos negros, bailando boleros
de mala muerte y amores ciegos. Se acercó a mi y me dijo al oído: una bala que
tiene tu nombre te atravesará el pecho al ocaso del décimo tercer día. Se esfumo
de aquella amarga quimera de recuerdos. La bala atravesó mi pecho pero sin
tocar ningún órgano vital, si a veces hasta la muerte se equivoca hijo. - dijo el Sr.
Ismail, con su voz tan áspera como un trueno.

-La muerte siempre habla en susurros-. Fue la despedida del anciano que peleó
cien días.

-Si, la veo- le respondió Abraham con la lentitud del andar del Sr. Ismail.

Desde ese día Abraham se encerraba tres horas diarias en el dormitorio


del Sr. Ismail. Nadie supo de que hablaban, pero un murmullo constante,
monótono y exactamente igual no dejaba fluir de las paredes. Cuando el Sr.
Ismail sucumbió a las fiebres y a las heridas de los amores amargos,
encontraron su cuerpo navegando en cientos de tipos de flores, todas extrañas,
de tamaños gigantes como pequeños perros. El olor que desprendían aquellas
flores era tan fuerte y penetrante que mas de una enfermera al entrar se
desmayó con una sonrisa de placer en los labios. Abraham sabia que el Sr.
Ismail había muerto, mucho antes que entrara aquel doctor de mirada triste,
con olor a muerte y arrastrando a sus pies el peso de mil almas, en su
habitación. Ella se lo había dicho, había entrado en su habitación con su vestido
azul pastel y antiguo. Le susurro al oído – había venido por ti, pero el Sr. Ismail
me rogó que lo llevara a el-.
La habitación del Sr. Ismail pasó mucho tiempo desabitada, nadie la
quería ocupar por que todas la mañanas aparecían esas flores gigantes con su
olor penetrante que antes del atardecer ya estaban marchitas pero que al día
siguiente parecía renacen y con reforzada belleza, del catre del Sr. Ismail. Todos
los días se escuchaba desde la habitación de Abraham el mismo fluido de
palabras constantes y monótonas, exactamente durante tres horas. Una
enfermera entró durante una de esas conversaciones y le pareció ver al Sr.
Ismail sentado en una butaca frente Abraham, pero desapareció con el grito
ensordecedor de la asustada enfermera.
Casi siempre Abraham veía a la muerte en los rincones en donde
habitaba. Siempre llevaba ese vestido azul pastel y un andar como si bailara
valses antiquísimos. No le inspiraba temor, la consideraba una compañera. Ella
le había susurrado el secreto de una vida feliz: un pacto sincero con la soledad. A
veces le parecía tan real, que le leía lo que escribía en sus cuadernos. Ella lo
escuchaba atolondrada, sumidad en un ensueño que le hacía recordar que tan
vieja era a pesar de su joven apariencia. Sus rizos negros se desparramaban
como una cascada en unos pechos que apenas habían empezado a aparecer. Su
piel se mostraba tan lisa, blanquecina y llenas de aromas que parecía leche
sacada de las flores del cuarto del Sr. Ismail. A pesar de su aspecto, ella era muy
vieja, en sus labios llevaba marcados los besos, las lágrimas y los ruegos de los
mas grandes hombre y las mas sublimes mujeres. Su aliento era cálido, lleno de
vida, tan humano que cuando le susurraba a Abraham, el recordaba el beso
inexistente de una amante.
Así vivió Abraham, acurrucando las madrugadas sin fin en los pechos de
la muerte, con sus rizos desparramados en su torso desnudo, susurrándose
mutuamente los poemas mas bellos, dando los besos mas humanos y las caricias
inmortales que hacían revivir la muerte de las miles de mujeres que habitaron
dentro de aquel cuerpo de adolescente de pechos jóvenes. Tanto fue su amor,
que la muerte descuido sus asuntos y se llegó ha oír de personas que vivían
hasta doscientos años. Tanta fue su intimidad y tanta su desnudez de
sentimientos que la muerte rezaba al Dios incausado, que jamás terminara
aquel suplicio de madrugadas bañadas de amor, entre los cuerpo sudorosos de
los amantes. La muerte estaba enamorada del aquel joven insomne, que recitaba
los mas inverosímiles poemas con una voz que recordaba el sonido de un
lágrima. Y Abraham estaba enamorado de los susurros aromatizados de aquella
joven que le hacía probar la muerte en cada madrugada y que le dejaba recitarle
sus absurdos poemas mientras ella retozaba en su torso y su respiración era el
compás, el lápiz y el papel con que el escribía sus besos sobre aquellos versos. Y
así pasaron las lunas, las madrugadas y los versos, tanto tiempo pasó que era
imposible llevar contabilizado el tiempo. Abraham no parecía envejecer, pero
sentía un extraño sopor de inconciencia y asombro cuando una enfermera
entraba en su habitación y no reparaba en su presencia. Mas se sorprendió él
cuando una ancianita ciega comenzó a dormir en el sofá destrozado por el calor
y las polillas. Aquella ancianita ciega fue la única que pareció percatar en su
presencia.

-No te preocupes hijo, las camas no han sido mi fuerte. No importa donde
duermas cuando es la vida lo que te incomoda-. Espetó aquella viejecita ciega el
primer día que entro en la habitación.

Así pasaron unos días, los amantes retozando en la cama acompañados


por el sonido acogedor de los ronquidos de la viejecita ciega. Aquella madrugada
lejana ya, Abraham le pregunto a la muerte que sudaba los amores en su torso,
como siempre:

-¿Cuándo voy a morir? -.

-Ya has muerto tantas veces que no se decirte ahora si estas vivo o muerto-. Le
dijo aquella joven de rizos negros y pechos en flor.

-¿Entonces estoy muerto?-. preguntó poco asombrado Abraham.

- Te maté desde hace tiempo ya, que no recuerdo cuando fue-.Dijo la muerte con
una sonrisa de placer dibujada en su cuerpo desnudo.

Esa mañana Abraham despertó a la anciana y le dijo que el estaba


muerto, que como ella lo podía oír y sentir. La anciana con un gran humor
mañanero y propio de una vejez feliz le dijo que ella también debería estar
muerta, ambos rieron. La anciana ciega fue la única que vio a Abraham sonreír.
Al entrar la enfermera en la habitación con el desayuno, la viejecita le dijo con
una sonrisa maliciosa que su compañero de cuarto Abraham estaba muerto, la
enfermera con la certeza de la delirante locura de la viejecita, le dijo que desde
hace muchos años no hay un Abraham en aquel instituto.

-El último Abraham que hubo aquí fue hace mas o menos ochenta años, según la
historia, amaneció abrazado junto a una joven de rizos negros y una belleza
inmaculada que jamás se había visto por aquí, ambos se ahogaron de versos
muriendo así de amor. Cuando los encontraron ya estaban verdes e hinchados
pero aun así desprendían un suave olor a flores y mantenían la belleza de dos
amantes dormidos.- concluyó la joven enfermera poniendo en la mesa una tasa
humeante de café con leche.