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Jacques Joset

La muerte y la gramática

Los derroteros de Fernando Vallejo

TAURUS

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De esta edición:

© © De esta edición: Bogotá, Colombia • Altea, Aguilar, Taurus, Alfaguara, S. A. • Santillana

Bogotá, Colombia

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Colombia • Altea, Aguilar, Taurus, Alfaguara, S. A. • Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V. •

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Generales, S.L. Impreso en Colombia - Printed in Colombia © Imagen de cubierta: The Death ofMarat

© Imagen de cubierta: The Death ofMarat de Jacques-Louis David The Gallery Collection/Corbis Diseño de cubierta: Ana María Sánchez B.

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Peiores morimur quam nascimur. Séneca, Cartas a Lucilio, 22, 15

A mí no me juzguen por lo que digo sino por cómo lo digo. Fernando Vallejo, Años de indulgencia

Contenido

Antes que nada… que como siempre, viene después de todo

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«San Miguel de Cervantes que desde el cielo nos está viendo»

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¿De Louis-Ferdinand a Fernando?

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Fernando vs . Gabo

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La diatriba anticolombiana por doquier

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¿Autoficciones? Sí y no

101

Dos hermanos

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La Bruja es más que una perra

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La muerte y la gramática

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Carta abierta a Fernando Vallejo

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Bibliografía

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Antes que nada… que como siempre, viene después de todo

In principio tuve la intención de escribir un ensayo que por empatía estilística y estructural se hubiera presentado como un flujo discursivo sin división ca- pitular ni respiro, sin notas de pie ni bibliografía, en primera persona con absorción de voces críticas que no me pertenecieran, de tono ora apacible ora polémico, ora sentencioso ora distendido, ora iró- nico ora malhumorado, algo, pues, que estuviera modestamente en resonancia con la prosa densa y prolija de Fernando Vallejo. Quizá ésta hubiera tenido que ser desde y para siempre la vía inmejo- rable del comentario literario que se alimenta de la escritura de alguien que sentimos —que yo siento— como digno de mímesis, es decir, de admiración a la manera ejemplar del ensayo de Julien Gracq sobre André Breton (1948) que alcanza la empatía sin re- bajarse a la beatería. Pero asumido que tal imitatio Ferdinandi era poco menos que imposible, mandé al infierno de los nonatos el proyecto del que tal vez quede alguna reliquia en la «Carta abierta» final. El prurito académico y la pedantería erudita aca- baron con mi voluntad de renovación de la crítica

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literaria. Fragmentación analítica del pensamiento y división capitular habrá, pero con una soltura de los títulos más propia del libre ensayo que del tra- tado filológico; notas al pie de páginas habrá, pero con la mayor discreción que se pueda, y bibliografía pero voluntariamente acotada. Pido disculpas anti- cipadas a todos los que piensan que hubieran me- recido figurar en ella y no están. Les doy la razón desde ahora: las lagunas son mías. Los límites bibliográficos se deben en parte al en- foque de principio o parti pris mío de concentrar mi atención y la del lector sobre lo que en mi opinión es realmente importante en la obra de Fernando Vallejo: su escritura y relaciones con la Literatura, sus reflexiones sobre la lengua y usos de la misma, su estética que incluye la temática, su inserción en los géneros literarios (post)modernos [sic] sin ex- cluir sus obsesiones hasta las más polémicas. Lo que sí quise descartar a priori es el tratado de polemo- logía de unos contra uno, el discurso fiscal (seudo) académico, que sólo ve a Vallejo como «poeta del racismo» o émulo de los «devocionarios nazis». Dejo semejantes «demoliciones de un reaccionario» a los que se refocilan en la crítica negativa. Por si fue- re necesario precaver a periodistas e investigadores de seguir confundiendo «autoficción» y adhesión personal a una ideología fascista, baste esta frase del acusado sacada de una columna de El Especta- dor del 1 de julio de 2008: «El nazismo atropelló a la humanidad durante sólo 13 años y hoy todos lo repudiamos». No obstante, tampoco quiero asumir ideológicamente todas y cada una de los opiniones

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de Fernando Vallejo «autoficcionalizadas» y ratifi- cadas en sus ensayos u obra periodística. Que cons- te, por ejemplo, que no me parecen aceptables su misoginia ni su desdén por la «chusma», aunque sí sus imprecaciones contra la demografía desbocada de nuestros tiempos y las perversiones de la demo- cracia que se llaman demagogia y populismo. Pero de eso volveré a hablar en la «carta abierta» ya men- cionada. «Lo que ocurre es que en el mundo de lo políticamente correcto decir la verdad de uno es una provocación y puede ofender a muchos», dijo alguna vez el escritor antioqueño. La verdad de uno no es LA Verdad y vale lo que la verdad de usted y la mía, todas controvertibles. Ya Antonio Caballero había opinado en el documental de Luis Ospina so- bre Fernando Vallejo que: «Todos los buenos escri- tores —y Vallejo lo es— son siempre políticamente incorrectos», lo que tampoco nos obliga a suscribir todas las provocaciones políticamente incorrectas de todos los buenos escritores que admiramos. «Fernando Vallejo y la literatura» es, pues, el asunto de este libro, y buen título sería si no me hu- biera parecido mejor incluir en él la obsesión por la aniquilación final y las trayectorias del escritor en sus usos y abusos de la lengua: La Derrota, opinó Va- llejo, no hubiese sido mal título para la pentalogía El río del tiempo. Es así como desde un principio puse este ensayo bajo la advocación de «san Cervantes», el padre de todos los escritores de (auto)ficción de lengua española. Desde luego la devoción razonada de Vallejo por el Quijote no será motivo de enfrenta- miento con sus colegas novelistas: hasta la comparte

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el «rival» colombiano de la generación anterior, Ga- briel García Márquez, contra quien levantará una polémica poco soportable a los ojos de los incondi- cionales de Gabo. El editor de Cien años de soledad que firma estas líneas no podía sustraerse al deber de tratar de entender desde dentro la diatriba va- llejiana, aunque no de zanjarla, ya que fue (¿sigue siendo?) unidireccional. Pero a las declaraciones de guerra unos preferirán las afinidades electivas. Éstas no le faltaron a Fernan- do Vallejo. Primero cuentan las familiares, pero no por toda la familia: el amor exclusivo de Vallejo por unos pocos seres escogió a la abuela materna y a su perra Bruja y los puso en un coto intocable. Un par de hermanos, el padre y el abuelo materno forman parte de un segundo círculo. Afinidades literarias y culturales también las tiene. Ante todo con los del propio patio, Porfirio Barba Jacob, por supuesto, objeto de una linda y pormenorizada biografía suya, José María Vargas Vila, Fernando González Ochoa, Gonzalo Arango y los nadaístas antioqueños. Del pri- mero, por ejemplo, perfeccionó el encadenamiento de seudónimos: si Miguel Ángel Osorio se mudó en Ricardo Arenales y en no sé cuántos seudos hasta en- carnarse en Porfirio Barba Jacob, Fernando Vallejo firmó «autocomentarios» bajo el nombre de Margari- to Ledesma, seudónimo del poeta mexicano Leobi- no Zavala (1887-1974). Tampoco encajaría mal su obra en una tradición panfletaria colombiana que se revigorizó después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (1948) y rebrotó en el programa televisivo Quac el Noticero (1995-1997). No abordaré hoy este

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entorno literario cercano que se beneficiaría con una investigación fundada en documentos que no tengo a mano. La dejaré para otra ocasión, de no ser que alguien se me adelante indagando más hondo que las generalidades que he leído hasta ahora. Demasiado generales son también, para mi gus- to y exigencias filológicas, las aproximaciones entre Vallejo y otros escritores de lengua no española. En desorden va un «chorizo» de nombres, de Voltaire a Henry Miller, pasando por Léon Bloy, Jean Genet, el marqués de Sade, Renan, Thomas Bernhard, Cio- ran, William Burroughs, Lautréamont, Gottfried Benn, Boris Vian, John Fante, y hasta Ernst Jünger. Pero por haber leído y releído a Louis-Ferdinand Céline desde la adolescencia y considerar con la ma- yor parte de los críticos y aficionados a la literatura, hasta los que abominan de su ideología, que con Vo- yage au bout de la nuit y Mort à crédit las letras france- sas han inventado una lengua nueva que tiene ecos hasta el día de hoy, reduje el chorizo a una tajada. De otra parte, algunos investigadores ubican a Fernando Vallejo en una raza de «escritores maldi- tos». La verdad es que tal adscripción no me cae del todo bien por estar demasiado vinculada a una ten- dencia de las literaturas francesa y norteamericana de la segunda mitad del siglo XIX (Baudelaire, Rim- baud, Verlaine, Poe,…), marcada por la historicidad de las condiciones de producción de esas literaturas que no tienen nada o poco que ver con las de la literatura hispanoamericana y, más específicamen- te, antioqueña de finales del siglo XX y principios del XXI. Siempre Fernando Vallejo ha denunciado

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el hecho de que fueron las circunstancias políticas colombianas que le tocó vivir las que obstaculizaron su carrera de director de cine y la difusión correcta de su obra literaria anterior a La Virgen de los sica- rios. Ahora bien, se puede conceder tal filiación a sus partidarios, con la condición de dejar de lado la «historia literaria» stricto sensu y de acudir al «mito» transhistórico y atópico del écrivain maudit. Pero me temo mucho que esta vía hermenéutica se quede en la etiqueta y que el propio Fernando Vallejo no se reconozca como tal (con perdón si me equivoco). Desde luego, de tomar la senda mítica, más vale acudir a la categoría de «escritores marginales» que no va pareja con el malditismo. Todo lo contrario:

uno puede complacerse en la marginalidad con o sin éxito de la propia obra, con o sin fascinación particular por el Mal (o el Mal por el Mal)… y recí- procamente… Admirable y personalísimo biógrafo de Barba Ja- cob (El mensajero, 1991), Vallejo lo fue también de José Asunción Silva (Almas en pena, chapolas negras, 1995), «el poeta, nuestro poeta, el más grande», receptáculo inesperado de una de sus obsesiones más polémicas e hirientes para parte de sus, por en- tonces y quizá futuros, compatriotas colombianos:

recargar con tintas negras los desastres que asuelan su país para mejor declarar su amor por Medellín y Envigado, y por su verdadera patria que, como dijo, es su idioma. En las «autoficciones», la cantaleta contra Colom- bia se integra con más naturalidad, ya que el géne- ro, por definición, acoge todas las ideas fijas de un

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yo narrador que se autoriza todas las libertades, has- ta las de «mentir» sobre sí mismo como un novelista cualquiera. En el corpus de los textos autoficciona- les que me sirvió en el capítulo dedicado al género y en los siguientes, La Virgen de los sicarios (1994) ocupa un espacio más bien discreto. Esa «novela» es la más estudiada, manoseada y manipulada por toda clase de comentaristas. Ya ha tenido y sigue teniendo suficiente protagonismo entre los lecto- res hispánicos y no hispánicos de Fernando Vallejo:

para muchos, las señas de identidad del autor y La Virgen de los sicarios es todo uno, merced, en parte, al éxito de la película de Barbet Schroeder (2000). Desde el punto de vista genético, se singulariza por ser la única obra cuya primera parte se escribió en Medellín, habiéndose redactado la segunda y las demás autoficciones en México. Desde el punto de vista genérico, La Virgen de los sicarios es la que den- tro de la autoficción se acerca más a la «novela de forma autobiográfica», que el cambio del entorno político ocurrido en la ciudad entre 1994 y 2009 avecina casi a la categoría de «novela histórica en primera persona». Esas varias «excepcionalidades» me indujeron a dejarla en la sombra teniéndola siempre presente para fines ilustrativos. Me hundí preferentemente en El río del tiempo (primera ed. 1998), pentalogía compuesta de Los días azules (1985), El fuego secreto (1986), Los cami- nos a Roma (1988), Años de indulgencia (1989) y Entre fantasmas (1993); sufrí con El desbarrancadero (2001), que, con el Premio Rómulo Gallegos que se le otorgó en 2003, sacó a Vallejo, por si aún falta

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hiciere después del éxito internacional de La Virgen de los sicarios, de la categoría de los escritores del montón sin sacarlo de la marginalidad ideológica; morí con el protagonista desdoblado de La Rambla paralela (2002) y me reí amargamente con Mi her- mano el alcalde (2004). He aquí, pues, la extensión del campo de estudio de este libro excluyendo la obra cinematográfica de Fernando Vallejo (dos do- cumentales: Un hombre y un pueblo, 1968, y Una vía hacia el desarrollo, 1969; tres largometrajes: Crónica roja, 1977; En la tormenta, 1980, y Barrio de campeones, 1981). Toqué tan sólo de vez en cuando y con alu- siones más bien superficiales los ensayos de técnicas literarias (Logoi, 1983) y «científicos» (La tautología darwinista, 1998; Manualito de imposturología física, 2005), así como el panfleto anticlerical, La puta de Babilonia (2007). Su abundante obra periodística y nada escasas entrevistas me servirán, sea de punto de arranque de los capítulos sobre Cervantes y Gar- cía Márquez, sea de apuntalamiento argumentativo en otros lugares. Huelga decir que esta segregación y selección no significan que no crea en la organi- cidad profunda de todos los géneros practicados por Fernando Vallejo: hay demasiados hilos temá- ticos, ideológicos, estructurales y formales que co- rren entre películas y autoficciones, entre ensayos científicos y panfletos, entre biografías y artículos de prensa, para que uno se atreva a poner en duda la unidad subterránea de una obra con todas sus contradicciones y aporías. Y también con el ritmo único de su prosa, que pasa de un libro a otro, con- firiéndole esa música particular que me parece ser

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la contribución de Vallejo para tratar de acercar la Literatura a la Música, el Arte supremo del que, dijo más de una vez, siempre se quedará muy por deba- jo el de escribir. Desconozco el escalón de las artes donde sitúa la pintura, pero en la reseña de una exposición antológica dedicada a Francis Bacon (1909-1992), me dejó estupefacto el comentario de la periodista sobre el pintor inglés, transferible pa- labra por palabra a Fernando Vallejo. «El mundo de Bacon», afirmó Ángeles García (2009), «estalla en forma de víscera y sangre, de sexo y violencia, de pa- pas y crucifijos, en lo que supone un tenebroso pero fascinante cruce de caminos entre la poesía y el ho- rror». Pero «junto a la violencia y el sexo, sus obras descubren un pintor que reflejó la fragilidad de la naturaleza humana. […] Y al final se conforma un mundo de pesadillas en el que la belleza acaba res- plandeciendo frente al horror». La analogía es aún más deslumbrante, si cabe, en este comentario de Antonio Muñoz Molina a la obra del pintor Francis Bacon Tres estudios para un autorretrato (1979-1980):

«Las tres caras semejantes son tres fogonazos suce- sivos, con una mirada que pasa de la aceptación al remordimiento de la desgana de confrontar los ojos con los del espejo a la angustia que hace que falte el aire y que se respire con la boca entreabierta» (2009). A Bacon se atribuye también el dicho sobre el destino humano en tres verbos: «Nacer, copular, morir». ¿No lo firmaría Fernando Vallejo, cuyas múltiples caras nos persiguen desgarrando las tapas de los volúmenes cerrados de sus autoficciones?

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