A ICO L RG O CH

y char co ver de

alberto sánchez argüello

A ICO L RG O CH
y char co ver de
alberto sánchez argüello
Selección de jurado para publicación cuarto concurso nacional de literatura infantil “Libros para niños y niñas 2008" categoría cuento Fundación Libros para niños Nicaragua

PARAFERNALIA ediciones digitales

CC BY-NC-ND Alberto Sánchez Arguello Ciudad de Managua, Agosto 2012

Diseño e Ilustraciones Alberto Sánchez Arguello Edición de texto Doris Espinoza

PARAFERNALIA ediciones digitales

Esta obra está publicada bajo licencia creative commons para más información: http://creativecommons.org/licenses/

Prólogo
Era el año 2003, yo acababa de ganar la primera edición de cuento juvenil de la Fundación Libros para niños (LPN) con “La Casa del agua” y Germán Pomares me invitó a su casa para ver la película animada “Spirited away” traducida como el viaje de Chichiro del director japonés Hayao Miyazaki. La película me fascinó y cuando Germán dijo que la clave estaba en la renovación de la mitología se me ocurrió de golpe hacer mi propia historia retomando los mitos y leyendas del pacífico de mi país. Empecé entonces una investigación en la biblioteca de la Universidad Centroamericana en Managua, mi intención era volver a los orígenes nahualt y la tradición tlamatinime de Teotihuacán. Ya con una cantidad de libros tomé nota y me puse a crear Chico largo y Charco verde. Ya iba por el cuarto capítulo del cuento, cuando por diferentes razones se me bajaron las llantas y dejé de escribir. El cuento quedó archivado por cinco años. Germán siempre me instó a retomarlo pero fue hasta el 2008 que decidí hacerlo. Me senté y volví al mundo de Chico largo con ojos nuevos, no fue fácil pero finalmente fluyó. Con ánimo lúdico lo mandé a la convocatoria de LPN de ese año y resultó seleccionado por el jurado para publicación. Desde entonces continua inédito. En Abril del 2012 le pasé el cuento a Eunice Shade @eushade la que muy amablemente me lo comentó y me sugirió pulirlo. Para esto conté con el inestimable apoyo de Doris Espinoza @Dorianlex, a ellas mis agradecimientos. También agradezco a Gabriela Montiel y Miguel Ángel por sus observaciones finales a la obra y por supuesto a Germán por animarme a terminarlo. Les dejo entonces el cuento de Chico Largo, ilustrado por mí, para que siga su recorrido por este mundo y el otro. Alberto Sánchez Arguello / Managua 6 Agosto 2012

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El Tesoro de Nicarao

Cuentan que en tiempos del general Zelaya, Nicaragua era un
país con pueblos llenos de aparecidos y espíritus nocturnos. Las señoras metían a sus hijos temprano a la casa para que no se los llevara la carreta nagua y los hombres apuraban el paso en los caminos de tierra para que las micas brujas o las ceguas no los embrujaran. Fue en esos tiempos cuando don José Castellón decidió tantear suerte y se fue por los caminos, dejando a su familia al cuido de sus hermanos en el pueblito que los había visto nacer. No vayan a creer que don José era un desobligado, no señor, él solamente quería encontrar la fortuna que necesitaba para darle a su familia una vida mejor. Podría contarles muchas historias de aquella gira que hizo don José: su encuentro con Santa Casilda, su pleito con los duendes del bosque de pinos o la vez que atrapó a un brujo convertido en hormigón, pero esas son historias para otra ocasión. Al final de su viaje llegó a una isla que tenía dos volcanes y ahí tuvo un sueño que le puso la carne de gallina: soñó que a la orilla de una laguna estaba enterrado el tesoro del cacique Nicarao, un tesoro de joyas de todos los colores que lo dejaban ciego a uno de tanto brillo. Al día siguiente de su llegada a aquella isla, se levantó del petate y fue derechito a encontrar la laguna del sueño. Pasó entre varios árboles y matorrales y luego apareció ante él una laguna verde, rodeada de un bosque tupido. Don José agradeció al cielo por haberlo llevado a aquel lugar y se puso a cavar a la orilla de la laguna. Pasó el día cavando con una palita comprada a un árabe que vendía todo tipo de chunches en el puerto del gran lago. Al caer la tarde ya estaba cansado. Solo había encontrado gusanitos y muchas piedras con dibujos extraños.

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Al anochecer, don José se acostó al lado de la laguna con su cutacha al lado. No logró dormirse, sintió un hormigueo en el estómago, tenía miedo sin saber de qué. Pasaron algunas horas hasta que escuchó que alguien lo llamaba desde la laguna. “José” decía una voz ronca, “¡José!” volvía a decir cada vez más cerca. Una figura larga y oscura se formó de las sombras de la noche y a don José se le erizaron los pelos de la espalda. Agarró su cutacha y se persignó con la mano temblorosa. —¿Quién anda ahí? —preguntó con valor a la sombra que tenía enfrente. —Aquí me dicen Chico Largo —le respondió el espanto—, quiero hacer un trato con vos —agregó. Don José sintió que se le iba el alma a los pies. En la isla la gente le había contado que un demonio vivía en el charco verde y ahora lo tenía frente a frente. — ¿Qué trato? —le preguntó con voz fuerte. — Tu alma por la fortuna que has estado buscando —le respondió quedito Chico Largo. — ¿Y si no quiero? —preguntó don José. — Entonces no encontrarás el camino de regreso y jamás volverás a ver a tu familia —respondió Chico Largo, amenazante, y al acabar de hablar se hizo grande como la noche y su oscuridad se convirtió en una densa niebla que cubrió toda la laguna. Don José dio dos pasos para atrás y esperó a ver si Chico Largo volvía a hablar, pero solo se escuchó el silencio, ni los grillos cantaban. Al final, el cansancio lo venció y se acostó pensando que se había imaginado todo aquello.

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Cuando se levantó todo estaba oscuro. Don José se dijo que debían ser los nervios por el espanto y se volvió a acostar; así le pasó dos veces más hasta que el hambre en su estómago lo convenció de que debían ser pasadas las nueve de la mañana. —Esto está mal —dijo en voz baja y empezó a caminar por donde había llegado. Dicen que caminó varios días en la oscuridad y siempre regresaba al mismo lugar. A veces le parecía escuchar voces de gente pero nunca encontró a nadie, solo la noche oscura y el charco verde. Ya casi desmayado del hambre, cayó a la orilla de la laguna y se puso a llamar a Chico Largo. La sombra volvió a formarse de la oscuridad a la orilla de la laguna. —Haré el trato —le dijo don José, casi sin fuerzas. Y así dicen que pasó: Chico Largo hizo aparecer del fondo de la tierra el tesoro oculto del cacique Nicarao y las joyas, como una docena de candiles, alumbraron la noche. Don José le prometió al espanto que, después de siete años, su alma volvería a aquel lugar. Luego compró dos mulas en la isla con algunas de las joyas y ahí comenzó la leyenda de su riqueza que llegó hasta los cerros del Norte. Cuentan que a su regreso, los ladrones no se atrevieron a asaltarlo porque ya se rumoraba que había hecho tratos con el Diablo. Días después, llegó a su pueblo don José Castellón, con el tesoro de Nicarao al lomo de las mulas, con un peso en el corazón, pero contento de poder darle a su familia una vida mejor.

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Un zanate y tres regalos

Don José se compró la finca más grande del pueblo y la llenó de
vacas lecheras y aves de corral. Mandó traer los mejores vestidos de la capital para doña Chilo, su mujer, y le pagó al sastre del parque central para que le confeccionara a él y a sus dos hijos mayores, trajes de lino blanco para lucir en las tardes de verano. Don José y doña Chilo tenían cuatro hijos: tres varones y una mujer. Pedro y Mateo eran los mayores, el primero tenía diecisiete y el otro tenía veinte años, eran los que ayudaban a su papá en las labores de la finca. María de los Ángeles era una niña morena, de cabellos rizados, en aquel entonces tenía diez años, era alta y bonita como su mamá. Luego estaba el más chiquito, el favorito de don José, se llamaba Miguel y aunque solo tenía cinco años se sabía los nombres de todos los árboles de la zona y llamaba a cada animal de la finca por el nombre que él les había puesto. Había una gallina que se llamaba Josefa, un pato pardo era Casimiro y una vaquilla que venía corriendo cuando le decía Clotilde. Miguel quería a todos los animales como si fueran parte de su familia. Con ellos vivía también la mamá de don José, pero Miguel era el único que la podía ver, los demás solo escuchaban al niño hablar de ella. Lo extraño era que la señora había desaparecido una noche de luna llena antes de que Miguel naciera, durante una inundación que había desbordado los ríos del pueblo. . La casa de la hacienda era de madera, tenía cuatro cuartos y dos pisos. Una escalera con trece escalones iba de la sala a la planta superior donde estaban los cuartos. Abajo estaba un viejo piano que nadie sabía tocar y varias sillas mecedoras alrededor de un tapete del que la abuelita decía que había pertenecido a un rey persa siglos atrás.

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Todas las mañanas María de los Ángeles y Miguel iban a la única escuelita del pueblo. Salían de la hacienda después del ordeño y cruzaban un bosque de jiñocuabos y acacias secas que estaba siempre lleno de unas aves negras azuladas: los zanates. Un día de verano, María de los Ángeles se enfermó de varicela. Tuvieron que traer una gran pana desde los establos de don Santiago Herrera para meter a la niña en agua con manzanilla y así combatir las grandes fiebres que le trajo su enfermedad. Los niños dejaron de asistir a la escuelita hasta una mañana de domingo en que Miguel entró temprano al cuarto de sus padres y les dijo en voz alta que él ya estaba grandecito y que podía ir solo a la escuela. Sus padres se sorprendieron al comienzo pero luego se pusieron contentos por la madurez de su hijo menor. Esa noche, antes de su primera salida solo, la abuelita Castellón estaba cociendo un pantalón con hilos tan finos que parecían de tela de araña. —Cuando vayas por el bosque mañana, recordá que toda vida es sagrada —le dijo al nieto y luego le extendió un bordón de madera de guanacaste—. Este era el bastón de tu abuelo, le ayudó a andar por caminos desconocidos. El niño lo tomó con dificultad y cuando quiso darle las gracias a la abuelita ya no la vio, solo a la mecedora moviéndose con el viento que entraba por las ventanas. El lunes, Miguel salió más temprano que de costumbre. Con la emoción del viaje todo le pareció nuevo. Se fijó más en todos los detalles del camino: las flores silvestres multicolores, el movimiento suave de las ramas de las acacias y todas las formas mágicas de las nubes en el cielo matutino.

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A mitad del camino escuchó un alboroto: eran varios niños con tiradoras de madera. Miguel se asustó y se escondió entre unos matorrales. Cuando llegaron a su lado no lo vieron. Eran tres, pero solo se fijaban en las copas de los árboles. —Allá está —dijo un chavalo espigado como de diez años. Miguel miró hacia arriba desde su escondite y se quedó maravillado al ver a un zanate inmenso; cuando el sol iluminaba su plumaje, parecía como si la luz hiciera una danza en sus colores negros azulados. Los chavalos apedrearon al pájaro gigante. Dos piedras pasaron de largo pero una de ellas le dio en el centro del pecho. El ave cayó y los chavalos corrieron a rematarla. Miguel se tapó los ojos para no ver aquello, pero el sonido del zanate al caer se le metió en los oídos como una abeja enojada. De repente el temor se convirtió en furia y el niño salió de entre los matorrales con el bordón arriba de su cabeza. Aún tenía los ojos cerrados, así que solo escuchó una gritería y luego el ruido de gente corriendo. Cuando al fin abrió los ojos estaba solo y por más que buscó tampoco encontró al zanate. Se sentó en la hierba y escuchó su corazón: latía fuerte como si se fuera a salir. Así estuvo un rato hasta que se tranquilizó y partió en carrera para la escuelita porque las sombras de los árboles le decían que era tarde. En la escuelita la profesora Matilde le dio un besito por la alegría de volverlo a ver y lo mandó a sentar al lado de la niña nueva quien venía de una ciudad lejana llamada Rivas. Miguel casi no ponía atención recordando la aventura. En recreo escuchó a unos chavalos mayores hablar de una pandilla de cipotes que temprano en la mañana habían sido atacados por un duende con una espada. Miguel se puso a reír pero no contó su historia a nadie.

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Esa tarde en que Miguel llegó a su casa, contó todo sobre su viaje solo a la escuela, sin mencionar a sus padres lo que había pasado con el zanate. Tenía miedo de que se asustaran y no lo volvieran a dejar salir sin compañía. Solamente su abuelita supo la historia completa y se prometieron mutuamente que aquello sería su secreto. A las ocho Miguel se fue a dormir. Soñó con una isla de dos volcanes y un zanate inmenso como un águila que lo llevó hasta la cima de uno de ellos. Al llegar el zanate se posó delante de él y le picó la mano; de su palma cayeron tres gotas de sangre a la tierra. Tembló la tierra y tres piedras negras emergieron desde el suelo. El zanate lo miró con ojos humanos y habló sin decir palabras “estos son tus regalos usalos cuando tu corazón los necesite y ya no sepás qué hacer”. Miguel se despertó. Levantó el brazo izquierdo y al llevar la mano cerca de la cara vio una herida en el centro. Sintió un peso en las piernas y encontró las tres piedras encima de su sábana. Escuchó un crujir de madera al lado de la cama y volteó asustado: era su abuelita tejiendo en la mecedora. Ella lo miró y dijo sonriendo: —este también será nuestro secreto.

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El jinete negro

años pasaron y los hijos de don José crecieron. Los mayores se casaron y formaron sus propias familias, pero siempre siguieron trabajando con su padre. La finca ahora era tan grande que se necesitaba un día a caballo para poder recorrerla toda. María de los Ángeles se había convertido en la muchacha más linda de la región y su hermano Miguel era un muchacho alto y fuerte de doce años, la cuidaba siempre que salía a pasear. Él también ayudaba con el ganado y le dedicaba tiempo al estudio y a los libros que su abuelita le recomendaba. Ya pocos recordaban la leyenda de la fortuna de don José, solo él llevaba la cuenta de los meses y años que habían pasado de su viaje a la isla: desde entonces siempre andaba cargado de rosarios y se santiguaba todas las noches esperando que el demonio durmiese en las profundas aguas del charco verde. Pasaron los primeros meses sin que nada extraño ocurriese. Los días eran tranquilos en la inmensa casa hacienda hasta que llegó la última luna nueva del verano. Era una noche oscura y el silencio era tan grande que lastimaba los oídos, parecía que uno se había vuelto sordo de repente. Ni siquiera los grillos sacaban sus chirridos nocturnos. Los que aún recuerdan dicen que algunos pobladores lo vieron pasar, un jinete vestido de negro en un caballo grande y cenizo que corría como el viento. Doña Chepita Herrera cuenta que el jinete se apeó frente a la casa de su abuelo Santiago y preguntó con voz ronca la dirección de los Castellón. Luego montó rápido sin dar tiempo de verle la cara. —¡El Diablo! —había dicho quedito don Santiago, y doña Chepita se persignó dos veces.

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En la hacienda, Miguel vio de lejos al jinete, llevaba rato oyendo el sonido de los cascos del caballo, era lo único que se escuchaba en aquella noche de espanto. Al llegar al portón de la finca su padre ya estaba ahí para recibirlo. Nadie supo lo que hablaron pero el jinete no se quedó mucho tiempo. Después de algunos gestos de plática entre ellos el jinete tomó las riendas y se perdió por el camino, nadie lo vio regresar. —¿Quién era ese papá? —preguntó Miguel. — Un comprador de ganado que anda buscando reses de primera —respondió don José sin ver a su hijo y se metió rápido a la casa. Miguel sabía que su papá le estaba mintiendo, así que lo siguió para sacarle la verdad. En la entrada, su abuelita lo detuvo desde la mecedora: —Dejalo —le dijo con suavidad—, todos tenemos derecho a nuestros silencios —agregó, mientras lo invitaba a sentarse con un gesto de la mano. —¿Qué está pasando? —le preguntó Miguel a la anciana. Ella dejó de tejer y lo miró profundamente a los ojos mientras le respondía. — Han pasado siete años desde que tu padre viajó a Ometepe, la isla de dos volcanes, el hogar de Chico Largo, él compró el alma de tu papá a cambio de un tesoro. —Miguel se levantó del susto pero su abuelita lo tomó de las manos con las suyas que eran frías como hielo derretido—. Es tiempo de que tu padre pague lo que debe —agregó con severidad. —¿Y no hay nada que yo pueda hacer? —le dijo Miguel con desesperación. —Puede ser, puede ser que sí —le respondió la abuelita Castellón con un guiño del ojo.

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A la mañana siguiente, don José no se despertó, respiraba normal y su pecho se alzaba y bajaba pero no escuchaba, no hablaba, no se movía, solo permanecía en la cama, acostado. Llamaron al cura Juan y al farmacéutico don Tele Martínez, los dos llegaron en chinelas porque los hermanos de Miguel los habían sacado sin desayunar para traerlos a la casa. Ellos tampoco supieron qué hacer hasta que don Santiago mencionó lo del jinete y todas las señoras se pusieron a rezar. El cura bañó el cuerpo de don José en agua bendita y mandaron a llamar a los monaguillos para que quemaran incienso en toda la casa, pero al atardecer don José seguía igual de dormido. Aquel cura provenía de una familia con una historia larga en la Iglesia, un tío lejano había sido monaguillo del papa Julio II durante la época en que El Vaticano tuvo que enfrentar mil guerras contra países vecinos. Por eso, en el pueblo algunas beatas lo llamaban eminencia, como si fuera un obispo. El farmacéutico, bautizado con el nombre de Teléforo de Jesús Martínez, en realidad no había estudiado nada de química, había aprendido farmacia leyendo almanaques y la publicidad de los diarios donde se anunciaban los mejores ungüentos para las enfermedades. Ya en la noche, cuando todos estaban cansados, el farmacéutico sugirió mandar a traer a un doctor de León. Doña Chilo se molestó porque eso significaba seis días de espera ya que para el viaje a aquella ciudad se necesitaban tres días en mula y eso con buen tiempo. Al final, después de mucha discusión, mandaron a Mateo junto con el hijo mayor de don Santiago a buscar al médico. El cura les dio la bendición y salieron en la madrugada del siguiente día. Poco después de que los habían despedido, Miguel se acostó en su cuarto. En sus manos tenía un caballito de madera que su papá le había tallado dos años atrás. No le había dicho nada a su mamá ni a sus hermanos del asunto de la isla, la abuelita Castellón le había hecho jurar silencio pero a él le estaba explotando el pecho por las ganas de decirles todo.

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De repente, se abrió la puerta de su cuarto y su abuelita apareció vestida toda de blanco con un chal en la cabeza: —Ahora es tiempo de que vos también emprendás el viaje —le dijo. —¿Para dónde, para León? —preguntó el muchacho asustado y la viejita se puso a reír. —No hijo, vos si vas a encontrar la cura para tu papá —y Miguel se sintió confundido—. A tu papá le quedan seis días para que Chico Largo se quede con su alma, si pasa ese tiempo ya nadie podrá volver a despertarlo jamás —le dijo con miedo en los ojos. — ¿Y, cómo podemos despertarlo antes de que pase ese tiempo? —preguntó Miguel, y la viejita le respondió: — Pocos son los seres que saben cómo rescatar las almas del reino de Chico Largo, pero existen. —Miguel con ansiedad la zarandeó de los hombros mientras la preguntaba: —Decime abuelita, ¿quién lo sabe? —la viejita respondió con lentitud: —Las ceguas lo saben.

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Granos de mostaza

En los tiempos antiguos se decía que las ceguas salían por las noches en los caminos polvosos. Contaban que se transformaban en animales, a veces en monos, otras en chanchos. Las beatas afirmaban que eran mujeres que embrujaban a los hombres vagos y sabían los secretos de la noche. Miguel, quien había oído esas historias, no tuvo miedo, pensaba en su papá y estaba dispuesto a atrapar a una cegua para saber cómo salvarlo. La abuelita Castellón le dio varias recomendaciones y lo mandó a buscar granos de mostaza a la cocina y llevar varias alforjas con agua y comida para su viaje. — Ahora solo te falta el bastón de tu abuelo y tus tres regalos —le dijo ya en la salida de la casa y Miguel recordó por primera vez en años el sueño con el zanate. Corrió al cuarto y recogió todo aquello. — ¿Dónde están las ceguas? —preguntó con firmeza. —Caminá hacia el sol y cuando anochezca, no importa donde estés, subite a un árbol y espera sin dormirte, cuando aparezca ya sabés qué hacer —Miguel le quiso dar un abrazo pero la abuelita lo detuvo. —A tu regreso ya no me verás, este es el adiós nieto mío —al muchacho le salieron las lágrimas y le besó la mano, pero ya no estaba ahí, no había nada, solo unas palabras que parecían murmurar al viento—: “ahora te vas niño, mañana volverás hombre”. Miguel comenzó a caminar en dirección al mismo bosque en el que se encontró a los chavalos y al zanate años atrás, siempre de cara al sol, con el bordón en la mano y las alforjas al hombro. Iba a pie porque su abuelita le había dicho que no podía usar un caballo en aquella aventura, tenía que ir solo, sintiendo la tierra a cada paso.

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Atravesó el pueblo de lado a lado y se metió a los montes donde aún cazaban venados los militares liberales. Al anochecer estaba en medio del monte, en un bosque de guanacastes y ceibas gigantes, tan espeso que a veces tenía que caminar en cuatro patas para poder pasar. Cuando al fin salió la luna, supo que era el momento de parar y se subió a un árbol alto y ahí se dispuso a esperar. En la noche todo tipo de ruidos lo sobresaltaron. Parecía que había un mundo de animales cruzando bajo de sus pies. Él espiaba hacia abajo, pero solo se veían sombras rápidas, a pesar de que era noche de luna llena. Horas más tarde, sus ojos se cerraban de sueño y cuando estaba a punto de dormirse un chasquido lo despertó. Miró hacia abajo y distinguió a alguien que caminaba. En la medida en que se fue acercando, vio que era una muchacha con una cabellera espesa negra azabache, vestida con una cotona gris que le llegaba hasta el ojo del pie; en sus manos traía un guacal y lo puso en el piso. La muchacha miró para todos lados como si esperase que alguien la hubiese seguido y cuando se sintió segura miró hacia la luna, Miguel también lo hizo, estaba exactamente en el centro del firmamento, debía ser la medianoche. La muchacha se puso de rodillas delante del guacal e inclinó la cabeza. Miguel escuchó que escupía y luego vio que se iluminaba desde abajo. Cuando la muchacha se levantó pudo ver una lucecita dentro del guacal, parecía un algodón quemándose con un color blanco intenso. “Es su alma” —pensó Miguel, porque su abuelita le había explicado que las ceguas vomitaban su alma en un guacal para poder convertir su cuerpo en animal. Y así pasó: abajo la muchacha se encogió y su vestido se convirtió en una piel peluda hasta que quedó transformada en una mona gris, una mica bruja y salió dando brincos y chillidos monte abajo hacia el camino.

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Miguel tenía las manos heladas cuando bajó del árbol. Escondió el guacal con la lucecita y se puso a esperar con los granos de mostaza en la mano. La noche se le hizo eterna. Mientras estuvo ahí vio pasar formas de animales que nunca había visto, algunos peludos y largos, otros con los ojos brillantes como el fuego, se acercaban con curiosidad pero luego escapaban cuando se daban cuenta de que era un ser humano. Tiempo después, se escuchó el barullo que armaba la mica bruja a su regreso. El muchacho estaba tan tieso que le dolía el cuello y la mica se puso igual de tensa al verlo, sus ojos se volvieron como dos carbones prendidos y empezó a correr hacia él. Cuando estaba a cuatro pasos, Miguel le lanzó los granos de mostaza y la mica bruja se detuvo. Aquella era la debilidad de las ceguas, por considerar sagrados los granos tenían que recojer los que encontrasen en su camino, no importaba cuan pequeños fueran. Mientras recogía los granos, la cegua convertida en mica bruja le habló: —¿Qué querés? —le preguntó con dulzura, y Miguel le respondió mientras tiraba más granos de mostaza: —Quiero saber cómo se puede rescatar un alma comprada por Chico Largo —la cegua se detuvo y le hizo una mueca de burla. —No me interesa decírtelo, además cuando acabe de recoger estos granos me voy a divertir con vos muchachito —Miguel no se asustó: —Si no me ayudás no te daré tu guacal y al amanecer quedarás convertida en una mona para toda tu vida —la cegua dejó caer los granos que había recogido y se puso de rodillas ante él. —No me hagás eso, te ayudo, te ayudo.

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Y así dicen que en medio de aquel monte espeso, bajo la luna llena, la cegua le contó a Miguel de la ciudad que existe bajo la laguna verde de Ometepe, la Finca del Encanto, un lugar donde los animales salvajes son mansitos y las almas compradas por Chico Largo se convierten en ganado para vendérselas a dioses antiguos venidos de otras tierras. —Y cómo lo saco de ahí —le preguntaba Miguel, pero la cegua solo le contaba de las reses con ojos humanos que se vendían en el pueblo de Moyogalpa o de los vendedores ambulantes que decían haber vendido telas en el Encanto. La cegua narraba las leyendas mientras recogía los granos de mostaza, hasta que los primeros rayos del sol empezaron a salir desde atrás de la montaña y había recogido todos los granos. Miguel sacó entonces el guacal del escondite y preguntó por última vez: —¿Y cómo lo saco de ahí? —y la cegua le respondió con furia en sus ojos: —Tenés que viajar sin cuerpo hasta la Finca del Encanto y ahí buscar el alma que querés encontrar —los primeros rayos empezaban a tocar las copas de los árboles pero a Miguel le quedaba una pregunta. —¿Y cómo puedo viajar sin cuerpo? —dijo mientras miraba hacia el cielo y la cegua se abalanzó hacia él y mientras forcejeaban le respondió: —Buscá a Chombo —y salió corriendo con el guacal.

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El señor del espejo ahumado

Al amanecer, Miguel se sentó a desayunar en un claro de aquel
monte espeso. El suelo estaba totalmente cubierto de hojas secas y los árboles eran tan altos que mareaba verlos hacia arriba. Si los escuchabas con atención parecían emitir un sonido sordo como si una enorme energía saliera de ellos, “es la fuerza de la vida” le había explicado un día su papá, “en el trópico seco los árboles necesitan mucha fuerza para crecer tan alto y si te acercás a ellos la podés sentir”. Miguel sacó la comida de la alforja y se puso a comer, trató de reconstruir en su mente los eventos de los últimos días. Tenía que descubrir quién era Chombo y dónde encontrarlo. Ya no sabía hacia dónde ir y se sentía agotado por el desvelo de la noche anterior, así que se fue quedando dormido hasta que se acostó en las hojas secas con la comida al lado. Al mediodía se despertó, el sol le hería los ojos y la comida se la había llevado algún animal del bosque. Se incorporó y sintió el corazón oprimido, se sentía descansado pero no había respuestas y gritó con fuerza hacia los árboles “¡Chombooo!” pero solo el sonido de las ramas movidas por el viento le respondió. Se incorporó un poco y miró que una de las piedras negras se había salido de la alforja, se dijo a sí mismo que aún no era el momento para usar sus regalos, que antes podía preguntar a las personas que se encontrasen cerca y así lo hizo. Miguel se fue casa por casa en la zona en la que estaba, y a todos preguntaba por Chombo pero nadie le decía lo que necesitaba. En una casa de adobe rojo, una señora grande, con tres niños, le dijo que el pulpero del pueblo se llamaba Jerónimo y que tenía fama de hierbero, pero cuando llegó a ver al hombre, este le dijo que no sabía nada de Chico Largo ni de Ometepe. Miguel siguió su búsqueda por los caseríos hasta que cayó la tarde y la luna volvió a asomarse para ver al muchacho que ya tenía las piernas cansadas de tanto ir y venir sin ningún resultado.

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Finalmente, se agotó su paciencia y las casas también, ya no había nadie a quien preguntar y Miguel se encontró otra vez solo al caer la noche. Con las últimas esperanzas, metió su mano en la alforja y acarició en su mano una de las piedras negras. La sacó despacito y murmurando una antigua plegaria que le había enseñado su abuela; la lanzó lo más fuerte que pudo hacia el Este. Miguel no estuvo seguro de lo que pasó a continuación, la noche era oscura y su cansancio profundo. Creyó ver que la piedra, a toda velocidad, iba creciendo en su trayectoria, hasta hacerse grande como un coco. Al dar con la tierra se escuchó como un retumbar y una colina blanca se formó lentamente desde la tierra. Miguel, quien se sentía como en un sueño al ver que la colina empezaba a moverse hacia él, respiró profundamente y se encomendó a las energías de la naturaleza mientras se acercaba aquella presencia enorme. Al fin lo tuvo totalmente de frente: era un ser blanco, del tamaño de un gran caballo, con cabeza y garras de coyote. Aquella aparición lo miró con ojos brillantes como brasas y le habló en una voz ronca pero suave: —Soy Tezcatlipoca, señor del espejo ahumado, protector de los chamanes, pero por estas tierras he recibido otros nombres, me llaman cadejo porque estoy en todos lados a la vez. Miguel había escuchado del cadejo, decían que había uno negro malo que atacaba a los caminantes en la noche y uno blanco bueno, que los acompañaba y protegía. Se inclinó un poco hacia el ser en señal de respeto y se presentó: —Yo soy Miguel Castellón y estoy buscando la manera de rescatar el alma de mi padre del reino de Chico Largo y una cegua me ha dicho que Chombo sabe cómo, pero yo no sé dónde está, ¿me puede ayudar?

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El cadejo resopló primero y luego se sentó, apoyándose entre sus patas delanteras como lo hacen los gatos. —Sí, te puedo ayudar, Chombo es nuestro hermanito nagual. Es el único hombre que todavía recuerda las danzas de la luz y puede hablar con las lucecitas de los seres y las cosas. Yo te llevaré a la montaña del Quilambé donde todavía vive, así que subite a mi lomo y sujetate bien porque el viaje será duro. Y así pasó que en medio de la noche, sin más testigos que la luna y los grillos que hacían sonar la música que habían aprendido de sus abuelos, Miguel se subió al lomo del cadejo y escaló a través de su espesa cabellera blanca. Aún se preguntaba cómo había pasado todo aquello, pero luego se dijo así mismo que ese era el regalo y que era mejor no hacerse muchas preguntas. Una vez arriba, el cadejo se levantó y corrió como el viento y poco a poco Miguel se fue quedando dormido encima del ser que olía a monte y sudor.

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La madre montaña

Miguel se despertó al sentir la luz del sol picándole los ojos. Se
dio cuenta que estaba acostado en medio del monte y se incorporó para quitarse semillas y ramas que tenía adheridas en toda la ropa. Miró a su alrededor: estaba en un bosque de árboles gigantes y frente a él había una montaña imponente que parecía llegar hasta el cielo, “ese debe ser el Quilambé”, pensó. No había rastros del cadejo y en silencio agradeció al señor del espejo ahumado y al gran Zanate por haberlo llevado hasta ahí. Empezó a caminar hacia la montaña y sintió el cuerpo muy adolorido, debió ser el resultado del viaje a lomos del cadejo. Tenía la sensación de haber viajado toda la noche y el olor del ser aún estaba impregnado en su ropa. Cuando el sol llegó cerca del medio del cielo, Miguel ya estaba subiendo por la montaña, tenía mucha hambre pero el recuerdo de su papá en cama lo hacía seguir sin detenerse. En la subida se encontró con todo tipo de plantitas extrañas que nunca había visto antes. De vez en cuando miraba pequeñas cuevitas y tenía la impresión de que alguien o algo lo miraba desde adentro, pero supuso que solo era su imaginación. Ya pasado mediodía, Miguel logró llegar a la cumbre y para sus ojos acostumbrados a la vida de campo fue fácil encontrar un caminito apenas visible entre los matorrales y los arbustos. Siguió las largas espirales que conducían hacia adentro de aquella gran montaña. Al tiempo se encontró unos frutos de zarzamora en medio de unos espinales, y se acercó a ellos con hambre. Se detuvo un momento recordando que su abuela una vez le había dicho que en las montañas era mejor no comer ni dañar nada de la naturaleza porque los caminos se podían cerrar. Miguel dudaba si comer o no, pero el hambre era demasiada, así que tomó un puño de zarzamoras, pero lo hizo tan apresurado que se rasguñó la mano con las filosas espinas.

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Miró su mano ensangrentada y se la limpió un poco. Luego se comió las zarzamoras y se quedó un tiempo ahí, saboreando lo amarguito y dulce de la fruta. Al terminar, quiso reanudar su búsqueda y ya no supo por dónde seguir: no había rastros de camino por ninguna parte, ni para atrás ni para adelante. Caminó muchas horas pero no hubo manera de encontrar el camino de nuevo. Miguel se desplomó cansado, con hambre y con sed, arrepentido de haber comido las frutas y después de mucho pensar sacó la segunda piedra de la alforja y abrió un hoyo en la tierra con sus manos; enterró ahí la piedra negra como ofrenda a la montaña y así pagar por las frutas que había tomado, pidiendo que se abriera el camino para poder encontrar a Chombo. Después de haber hecho su ofrenda, el viento cambió de dirección y el camino fue visible de nuevo. Miguel se inclinó ante los cuatro puntos cardinales y agradeció en voz alta por el regalo. Siguió el camino nuevamente con el corazón ligero, mientras se decía a sí mismo que debía cuidar lo que hacía porque solo le quedaba un regalo más.

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El hermano nagual

Al atardecer, Miguel se encontró con la ceiba más grande que
había visto en su vida. Era tan gruesa que cincuenta hombres tomados de las manos no podrían abrazarla. Arriba de ella, cerca de la cumbre, vio una hamaca colgada, no entendía como alguien podía acostarse ahí sin caer. Mientras miraba para arriba una voz le habló desde la espalda: —Deberías ser más atento muchacho, cualquiera puede estar a tu espalda y no te das cuenta. —Miguel se volteó y miró a un hombre de baja estatura, moreno, vestido con cuero de animal y el pelo largo; en una de sus manos tenía un bastón de bambú y en la otra varias hierbas que parecían recién arrancadas. — Me llamo… —empezó a decir Miguel, pero el hombre lo interrumpió. —Sé quién sos y a qué viniste, si no lo supiera el camino nunca habría vuelto a abrirse y los seres de la montaña no habrían dejado que pasaras hasta el corazón del Quilambé. Soy Chombo, el hermano Nagual —Miguel estaba sorprendido pero no se tragó la curiosidad y preguntó: —¿Qué es el Nagual? —el hombre se sonrió y le respondió. —El Nagual es nuestro hermanito animal; cada ser tiene una lucecita y nosotros los humanos también. Cada luz tiene una luz hermanita; algunos tienen como hermanitos de luz los monos, los jaguares, los colibríes, para otros son las piedras, los hongos de la tierra. Nuestros hermanitos de luz nos ayudan a entender el lenguaje del Universo… pero esa es otra historia, ahora es tiempo de ayudarte a salvar la luz de tu papá, vení. Los dos se sentaron bajo la sombra de la ceiba gigante y Miguel vio cómo Chombo sacaba de una alforja que traía en su espalda un montón de ramitas y polvitos metidos en atados de hojas de platanal. Todo lo colocó encima de una tela de colores rojos, amarillos, negros y blancos que había puesto encima de la tierra.

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—Vamos a compartir un ritual vos y yo. La única manera de que llegués hasta las tierras de Chico Largo es que viajés sin cuerpo, en eso yo te puedo ayudar, pero sin cuerpo vos no vas a poder viajar solo hasta ese lugar, te perderías. Solo nosotros, los tlamatinimes, los herederos de Quetzalcóatl, podemos viajar sin cuerpo y sin perdernos. Así que vas a tener que viajar en la carreta sagrada, la que algunos llaman la carreta nagua, la que transporta almas. Yo te diré cómo. Y así inició el ritual de Chombo y Miguel: ambos saludaron al Norte, al Sur, al Este y al Oeste. Encendieron velas para las cuatro esquinas del Universo y Miguel se hizo en el centro de la tela de colores. Chombo tomó un tambor de cuero de venado y empezó a sonarlo al ritmo de palabras que se metían y salían por el cuerpo de Miguel, cada vez más rápido y más rápido; en medio de los cantos y el ritmo del tambor, Chombo explicó a Miguel cómo entrar en la carreta sagrada sin que la carretonera se diera cuenta y dónde debía bajarse para poder llegar hasta la tierra de Chico Largo. Miguel estaba entre dormido y despierto y empezó a ver todo tipo de colores y formas encima de él, escuchaba cada vez más lejos la voz de Chombo y el tambor. Sentía como si se iba, como que iba cayendo despacio, bajo la tela, bajo la tierra, bajo las raíces de la ceiba y hacia arriba miraba su cuerpo encima de la tela y a Chombo sentado al lado, cada vez más lejos, lejos, hasta que se hizo oscuridad.

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La carreta sagrada

Miguel solo miraba oscuridad, cerrada, absoluta, pero no tuvo
miedo, su abuela siempre le había dicho que no era necesario temer a la oscuridad, lo importante era sentir la luz interna y estar en paz con los seres y las cosas. Se incorporó y trató de moverse en medio de aquella nada, oscura y silenciosa. Caminó sin sentir nada bajo sus pies y movía las manos pero nada tocaba, era como caminar en el aire. De repente, a lo lejos vio algo como una lucecita, al comienzo era apenas visible, como una estrella lejana, pero se fue haciendo más y más potente hasta que vio que eran varias, eran los cuatro candiles que colgaban de la carreta sagrada. La carreta era muy larga, la jalaban tres bueyes enormes, casi tan grandes como el cadejo. Había uno rojo, uno amarillo y el otro verde y la carretonera los guiaba con fuerza. Ella estaba vestida con un chal negro que cubría su rostro. Adentro de la carreta iban varias personas en medio de las sombras, en silencio. Miguel se fue acercando por detrás, siguiendo las instrucciones de Chombo. Cuando estuvo muy cerca dejó de respirar y se impulsó con ambos pies flexionándolos, salió volando por encima de la carreta y logró entrar con las completas en la parte más trasera entre los hombres y las mujeres silenciosos. Nadie lo vio ni le habló, todos tenían la mirada perdida en la oscuridad, y sus rostros no tenían ninguna expresión, eso le dio un poco de miedo a Miguel, pero igual se sintió contento por haber logrado entrar y se mantuvo ahí agachado, a la espera de su bajada.

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La finca del Encanto

La carreta siguió su camino y al rato entró a una cueva grande
que se abrió en medio de la oscuridad. Estaba llena de raíces de árboles y se miraba todo tipo de seres colgando de las paredes, a veces parecían monos, otras veces parecían ardillas grandes, pero todos guardaban silencio cuando pasaba la carreta. Los bueyes hacían mucho ruido al caminar, sonaba como si quebraran madera o como si muchas piedras cayeran desde una cima. Finalmente, cuando Miguel pensó que nunca llegaría la hora de bajarse, salieron de la cueva y entraron a un bosque de árboles de acacia y supo que estaban llegando cerca de la Finca del Encanto. Miguel volvió a contener la respiración y saltó por encima de la carreta con la buena suerte de aterrizar en medio de un espacio abierto lleno de hojas secas. Al voltearse para ver cómo se alejaba la carreta, vio cómo la carretonera se volteaba hacia él y desde la oscuridad de su chal le decía: —tu turno también llegará—. Miguel sintió un poco de hielo en el corazón, y agradeció a las energías del Universo por haber bajado de la carreta sagrada. Puesto ahí se dio cuenta que no sabía hacia dónde ir ni qué hacer. Había logrado finalmente llegar a su destino pero estaba congelado, pensando en qué seguía después. Mientras pensaba qué hacer escuchó una gran bulla por el camino y se escondió rápidamente detrás de los árboles.

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Por el camino apareció una gran cantidad de ganado, eran vacas de todos los colores y variedades. Al lado de estas iban dos hombres que las arreaban, o al menos eso parecían de lejos, porque cuando ya estaban cerca, Miguel se dio cuenta que no tenían cabezas humanas: uno de ellos tenía cabeza de cerdo, rosada con un gran hocico y orejas caídas, ese estaba vestido con un sombrero de yute, camisa y pantalón de tela blanca y caites en los pies; el otro tenía la cabeza de una gallina de guinea y era muy corpulento, iba vestido como capataz, con cincho y botas de cuero de esas que llegan hasta las rodillas. —¡Muévanse, más rápido, que ya estamos por llegar a la entrada del Encanto! —decía el ser con cabeza de cerdo, mientras el cabeza de gallina miraba para todos lados. —Huelo como a persona por aquí —dijo de repente, y Miguel se pegó a la tierra pidiendo a todas las energías que no lo encontraran, pero la comitiva siguió de largo y él dispuso a seguirlos, con el cuidado de dejar siempre un trecho largo entre ellos. Al rato, vio cómo llegaban al final del bosque y comenzaba una extensión de tierra tan grande que se perdía hasta donde la vista alcanzaba, eran tierras cultivadas con ríos y trochas por todos lados. La comitiva se metió por uno de los caminos y Miguel se fue tras ellos. En medio de aquel caminar Miguel se detenía de vez en cuando, tratando de descifrar de dónde venía la luz del cielo que era de un color naranja claro, no se veía el sol por ninguna parte y tampoco había una sola nube o pájaros. Finalmente, llegaron a la casa hacienda: era un sitio enorme con grandes edificios blancos, de adobe con teja. Al lado pastoreaban más cabezas de ganado que las que tenía don José Castellón y al fondo del lugar se podía distinguir un gran lago de colores verdosos. Miguel se imaginó que debía ser charco verde, pero no entendía cómo podía estar ahí si se suponía que estaban debajo de él.

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Se alejó de la comitiva y se acercó al charco, y su asombro fue mayor cuando divisó en sus orillas a cuatro venados pastando, con bellas cornamentas y de color azul oscuro. Miguel recordó de repente dónde estaba, se echó para atrás y temió ser descubierto, fue entonces cuando vio sus propias manos y las miró pequeñas, igual que el resto de su cuerpo. Se tocó el rostro y se vio en el reflejo del agua para confirmar que había vuelto a tener el cuerpo de cuando tenía cinco años, ¡era un niño otra vez! Inclinado hacia el agua escuchó una voz de mujer a su espalda: —Chombo tiene razón, tenés que ser más atento, cualquiera puede estar a tu espalda y no te das cuenta —Miguel se volteó alarmado y se encontró con el rostro de una mujer joven, de cabellera larga azul marino, con muchas florecillas enredadas en su cabellera y un huipil largo de muchos colores. Iba descalza y en las muñecas llevaba varios tipos de pulseras hechas de conchas marinas y hierbas del campo. Ella le sonrió y le dijo con suavidad—: Bienvenido Miguel, te estábamos esperando.

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La red de la vida

Miguel salió de su sorpresa y habló:
—Pero, ¿cómo?... ¿Quién sos vos? —ella lo miró con dulzura y lo invitó a sentarse en la hierba. Ambos lo hicieron y ella empezó a hablar. —Yo soy Xochipilli, príncipe flor, energía de la danza y la fiesta, señor y señora de las flores, y esta es una de mis moradas, un centro de poder que tus ancestros visitaron hace muchas lunas, también vinieron del Norte y del Sur hasta la isla de los dos volcanes, el centro sagrado ceremonial, custodiado por los venados azules y Chico Largo, como le dicen por tus tierras. Miguel, siempre curioso, la interrumpió. —¿Quién es Chico Largo, es un demonio o un fantasma? — Xochipilli se sonrío y pasando la mano por la frente de Miguel le respondió. —No Miguel, los hombres y las mujeres han perdido los ojos para ver lo sagrado y los oídos para escuchar al Universo. Primero olvidaron que las ceguas eran mujeres sabias que conocían la magia de la noche; luego convirtieron a Tezcatlipoca en un perro de leyenda; le tienen miedo y terror a la carreta sagrada, y han convertido las energías de este gran santuario en cuentos de espantos y aparecidos. Miguel volvió a interrumpir un poco molesto. —Pero yo encontré a una cegua y me quería lastimar —Xochipilli le tapó la boca con suavidad y siguió hablando. —Ella se defendió de un muchacho que le lanzó granos de mostaza y que le quería robar el alma. Si vos le hubieras pedido con suavidad su ayuda ella te la habría dado. Tu abuela es una mujer sabia Miguel pero hay cosas que ella nunca supo. Chico Largo no es un demonio ni un fantasma, es la energía de todos los árboles, plantas, animales y piedras que viven en esta isla y yo soy parte de esa energía también, y vos, tu familia, y cada uno de los seres y las cosas, todos somos la red de la vida —Miguel se quedó un tiempo en silencio sin saber qué decir y Xochipilli volvió a hablar.

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—Hace siete años tu papá irrespetó este lugar, clavó metal en esta tierra sagrada en busca de oro y joyas, como hicieron los hombres barbados quienes vinieron de otro continente hace quinientos años. La idea de darle el oro a cambio de su luz fue una idea mía, porque en el río del tiempo que avanza y retrocede en espiral yo te vi, y supe que llegarías a ser luminoso, así que preparamos tu camino hacia nosotros, y aquí estás ahora —Miguel empezó a entender todo y se sintió muy enojado. —¿Así que todo esto ha sido un engaño, una trampa para que hiciera este recorrido hasta aquí, una mentira de Chombo y tuya? —Xochipilli se puso seria y le respondió con fuerza pero con tranquilidad. —No hay mentiras, tu papá pudo haberse quedado aquí hace siete años, pero lo dejamos volver con la esperanza de que vos vinieras a nosotros. Cuando tenías siete años me transformé en un zanate y vos me salvaste, demostraste entonces tu valor, tu amor por la red de la vida. Miguel entendió todo entonces, los regalos, cómo Chombo sabía quién era él, su llegada hasta el Encanto, solo necesitaba saber una cosa: —¿Y el alma de mi papá? ¿Podré llevarla conmigo? —Xochipilli volvió a sonreír y respondió. —Sí Miguel, solo tenés que usar tu corazón para encontrarla, está en un bosque cercano, en un jardín de orquídeas, una de ellas es la luz de tu papá. Si la encontrás podrás llevarla con vos, nadie te detendrá —Miguel ya se iba retirar en busca del bosque pero se detuvo. —Y, ¿por qué querían que viniera hasta aquí? —Xochipilli se levantó y lo invitó a hacer lo mismo. Mientras lo tomaba de las manos le dijo.

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—Los seres de luz como vos tienen que ser nutridos, cuidados. El mundo de los hombres y las mujeres se irá oscureciendo cada vez más. La sordera y ceguera de muchos que ya no ven su propia luz ni la de los demás seres y cosas, crecerá más. Queremos nutrirte y cuidarte, Chombo quiere compartir el conocimiento de la serpiente emplumada, Tezcatlipoca quiere enseñarte el arte de la adivinación y yo te mostraré las danzas de la luz. Necesitamos que seas luz para los tiempos de oscuridad —Miguel sintió su respiración fuerte y a través de sus manos podía ver pequeñas luces que iban y venían entre él y Xochipilli. —Seré luz entonces —respondió el muchacho, y Xochipilli lo abrazó con fuerza y se convirtió en una lluvia de flores que cayó encima de Miguel. Cuentan que Miguel entró al bosque y encontró el jardín de orquídeas. Había tantas que su olor flotaba como incienso en medio del lugar, y todo tipo de insectos volaban con alegría. Miguel siguió su corazón y encontró una orquídea blanca florecida, supo que era la luz de su papá y la tomó entre sus manos. Sacó su tercer regalo, lo apretó contra su pecho y mientras se acostaba en la hierba, pidió regresar. Dicen que cuando abrió los ojos era de mañana y estaba nuevamente en su casa. Había vuelto a ser un muchacho de doce años y tenía entre sus manos la hermosa orquídea. Corrió hacia el cuarto de su papá y la colocó cerca de su nariz para que respirara su fragancia y don José lentamente despertó con lágrimas en los ojos. La orquídea aún crece en un jardín de la casa y Miguel tuvo muchas aventuras en los mundos custodiados por los venados azules, pero esas son otras historias que tal vez otro día te pueda contar.

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Glosario
Bordón: Bastón o palo más alto que la estatura de un hombre. Cadejo: “Animal legendario de la región mesoamericana extendida entre las zonas rurales e incluso urbanas de Centroamérica. Se dice que es un mítico perro (o dos perros) que generalmente se le aparece a quienes deambulan a altas horas de la noche y al cual se le atribuyen poderes misteriosos” (wikipedia) Nota del autor: La leyenda está posiblemente originada en la leyenda nahualt que decía que Tezcatlipoca en ocasiones tomaba forma de coyote para atacar o acompañar a los caminantes de acuerdo a su ánimo. Carreta nagua: Leyenda del pacífico y occidente de Nicaragua en la que se habla de una carreta desvencijada que aparece en las noches en los pueblos, con la muerte como conductora, jalada por esqueletos de bueyes y con ánimas como pasajeras. Cegua: (del náhuatl, cihuatl, mujer) También conocida como Segua o Tzegua, es un personaje de una leyenda típica de Centroamérica, de origen mesoamericano y que habla de un ser espectral con cuerpo de mujer que se suele aparecer con una larga cabellera hecha de las crines de caballos y el rostro pintado de blanco, la cual se transforma en un ser que se dice tiene una cabeza de caballo con la apariencia como si estuviera en un estado de putrefacción (wikipedia) Chunche: Regionalismo C.A. Se dice de cualquier cosa o conjunto de cosas o artefactos. Cualquier cosa puede ser un chunche o un grupo de chunches.

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Cipote: Amér. Chiquillo, pilluelo, niño(a) Cutacha: f. Amér. Central. Cuchillo largo y recto, machete. El ojo del pie: Expresión que hace referencia al tobillo Huipil: (náhuatl: huipilli, «blusa o vestido adornado») también llamado hipil en la península de Yucatán, es una blusa o vestido adornado con motivos coloridos que suelen estar bordados. Vestimenta propia de los indígenas y mestizos de Guatemala México y Centroamérica (wikipedia) Jiñocuabo: Árbol que pertenece a la familia de los Burseraceae y su nombre científico es Burcera Simarouba, tambien conocido con otros nombres como Jiñote, Indio desnudo, Jiñicuite, Jiñocuite, Palo Santo. Mico(a): Mono con cola prensil. Sinónimos: maimón, mono. Petate: (del vocablo náhuatl petlatl) Es un tipo de alfombra tejida que se utiliza en América Central y en México, elaborada a base de fibras de la planta llamada palma de petate (Thrinax morrissi). La Real Academia Española lo define como estera (wikipedia) Tupido: adj. Que tiene sus elementos o componentes muy juntos o apretados

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Índice
EL TESORO DE NICARAO UN ZANATE Y TRES REGALOS EL JINETE NEGRO GRANOS DE MOSTAZA EL SEÑOR DEL ESPEJO AHUMADO MADRE MONTAÑA HERMANO NAGUAL LA CARRETA SAGRADA LA FINCA DEL ENCANTO LA RED DE LA VIDA GLOSARIO 7 13 21 29 37 43 49 55 59 65 72

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Alberto Sánchez Arguello (1976 Managua) Psicólogo egresado de la Universidad Centroamericana (UCA) Autor de cuentos y microficciones. Ganador del primer concurso de cuento versión juvenil de la Fundación Libros para niños en el 2003 con “La casa del agua”. Primer lugar en el VII concurso nacional “Otra relación de género es posible” categoría cuento, de CANTERA Nicaragua. Participante del taller de narrativa de ANIDE del 2011 facilitado por Isolda Rodríguez y de talleres de poesía del Banco Central facilitados por Cristian Santos en el 2011 y 2012. Colaborador del suplemento de humor político del diario La Prensa “El Azote” con “El Apolítico” 2001-2003; ilustración de “El Turismo y sus mitos” y “Crisis alimentaria” de Fundación Luciérnaga. Mención especial concurso ilustración Fundación Libros para niños 2011; parte del equipo ilustrador de “Canciones cuentos y colores de Mario Montenegro” Fundación Libros para niños 2012. Blogs: http://ofrendando.blogspot.com/ http://asailustrador.blogspot.com/ http://panopticonica.blogspot.com/ Twitter: @7tojil

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