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Piaroa Relaciones

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Emanuele Amodio Pautas de crianza de los pueblos indígenas de Venezuela Jivi, Piaroa, Ye’kuana, Añú, Wayuu y Warao UNICEF

, Caracas, 2005

Las pautas de crianza del pueblo piaroa

8. Relaciones dentro y fuera de la familia Durante la primera infancia, la relación madre-hijo es muy estrecha, tanto física como afectivamente. La madre está muy atenta al bienestar del niño o de la niña; incluso de noche, cuando siente su llanto está presta a amamantarlo, cantándoles pequeñas canciones de cuna que repiten hasta que se duerman nuevamente. Un ejemplo, reportado por Anduze (1974: 88), diferenciado según el género, es el siguiente: A’ujioooo, kuodayuuuu / Moro ku’udüiyachiooo (Duérmete mi lindo / Cuchicuchi duerme), para el niño y A’yjoooo, chittjuuuu / ‘korüna a’a / Pudi jui’ajujua (Duérmete mi hija /Duerme calladita / ¿Por qué no tienes sueño?), para la niña. En este sentido, es importante resaltar que el idioma utilizado por las madres durante toda la infancia es fundamentalmente el piaroa y solamente cuando los niños comienzan a hablar, observamos que los padres introducen también palabras en castellano, pero sobre la base del idioma local (por ejemplo, como traducción). Las relaciones de los niños piaroa dentro de la familia dependen de su edad, ya que durante los primeros años se demuestran muy afectuosas, mientras que se vuelven cada vez más formales con el crecimiento. Esta formalidad se expresa particularmente entre hermanos

y hermanas y, también, entre madres e hijos y padres e hijas. En este sentido, las relaciones de mayor apego y complicidad se dan según el género, sobre todo a partir de los tres años, cuando los niños se acercan más al padre dejando progresivamente el apego a la madre. Para indicar una buena relación con los niños, los padres se refieren a éstos con términos como «les tienen cariño» y «los tratan bien», particularmente en lo que respecta a los hijos adultos. Durante la primera infancia, la relación puede considerarse íntima y de confianza física, como se expresa, por ejemplo, en la naturalidad con la cual se sacan recíprocamente los parásitos o durante el juego. Valen aquí, sin embargo, interdicciones de género, ya que el padre raramente se ofrece para lavar a las niñas, mientras que la madre no tiene problemas con los hijos ni con las hijas. La relación entre los padres y los hijos se despliega sobre todo cuando los hijos comienzan a colaborar en las tareas de los primeros. En este sentido, la relación infantil entre la madre y los hijos, sin distinción de género, evoluciona cuando la niña comienza a ayudarla en las tareas domésticas o en el trabajo del conuco, mientras que el niño comienza a acompañar el padre a pescar o cazar al mismo conuco. Así, es durante la colaboración de trabajo que la relación futura se estructura, aunque dentro de las variaciones características de cada personalidad. Es importante resaltar que las familias donde el padre desempeña un cargo que le ha impuesto relaciones estrechas con el mundo criollo, como es el caso de los maestros o de los pastores evangélicos, la relación con los hijos está más influenciada por la cultura criolla y, en general, por como los criollos tratan a los niños.

La relación con los hermanos y hermanas es de confianza, aunque definida rígidamente cuando se trata de género diferente, sobre todo cuando los niños llegan a los cinco/seis años. Ya indicamos las raíces de este comportamiento, aunque es necesario añadir que se les inculca a los niños varones el respecto hacia sus hermanas y la necesidad de «cuidarlas». Por ejemplo, un padre afirma que la hija «...trata de estar con su hermano que es el varón que tengo pa´ cuidarlas, trate de estar con su hermana, y la, la pequeñita esa, como ella es sola, permanezca sola ahí jugando, mientras otro varoncitos juegan ahí y por que no es igual que uno juegue con las hembras y varones, les digo siempre, no jueguen, digo”. Fuera de la familia nuclear, la relación con los adultos como tíos y tías, abuelos y abuelas, es de respeto y cariño, aunque no parece expresarse con mucha fluidez, sobre todo en el caso de las niñas, de las cuales algunas madres afirman que se asustan fácilmente con adultos externos a la casa. Con los abuelos, sobre todo maternos, la relación es de mayor confianza, tanto que los niños los visitan diariamente y hasta llegan a dormir en sus casas. La relación con los primos y primas depende de varios factores, de los cuales el más importante se refiere a los lazos de parentesco y el género, en consideración de que las relaciones afectivas y, en futuro, sexuales, están ordenadas culturalmente según la posición ocupada en la estructura del parentesco por los varones y las hembras. Escriben Overing y Kaplan:
«...Los hermanos y hermanas juegan juntos hasta los 8 ó 9 años de edad. Después, su relación se vuelve extremadamente formal. No pueden reír ni bromear unos en presencia de las otras, pero se preocupan mucho por su bienestar. La relación entre hermano y hermana es tan formal que se les permite salir

juntos a cazar o a recolectar; no ocurre lo mismo con los hermanos y hermanas clasificatorios. La relación sexual entre verdaderos hermanos y hermanas es inconcebible; en cambio, a los «hermanos» y «hermanas» más distantes nunca se les permite estar a solas para evitar que se vean envueltos en sospechas de relaciones íntimas. En cambio, entre los primos cruzados de sexo opuesto (y los que caen bajo la categoría de «primos cruzados»), existen relaciones más libres. Pueden bromear entre ellos durante toda su vida; a pesar de esto, los «primos cruzados» jóvenes y los solteros tienden a tratarse con timidez por la simple razón de que pueden tener relaciones sexuales» (Overing y Kaplan, 1988: 369).

Lo anterior es claramente importante al momento de relacionarse los niños de una familia con otras emparentadas, aunque se trata de una atención que se produce progresivamente, hasta que se les considera en «edad peligrosa», lo que pasa hacia el final de la infancia, en esos años de transición entre los ocho/nueve años y los doce. Como dice una mujer, los jóvenes «saben que uno tiene que hacer con los primos, la familia, tiene que hacer... la costumbre de piaroa, tiene que hacer con los cuñados, cuñadas”. Por esto es que las relaciones entre los posibles futuros cuñados se vuelven de particular confianza desde la infancia. En verdad, cuando se le pregunta a los padres si los niños tienen amigos fuera de la familia, la respuesta constante es que sí y que ellos son los primos. Esta afirmación confirma que las relaciones entre los primos son prioritarias, aunque justamente se hace notar que «allí vive mi mamá, mi hermana también y lo que está ahí, es pura familia nada más”, lo que en buena parte es verdad en las pequeñas comunidades tradicionales, pero no lo es en las más grandes, sobre todo las del eje carretero. En estos casos, los padres prefieren que los hijos frecuenten más a los primos que a niños de familias no emparentadas. Sin embargo, con la penetración de la escuela esto tiende a diluirse, ya que en ese nuevo espacio y tiempo los niños y las niñas frecuentan sus

pares de la comunidad sin distinciones: “Ellos, si, ellos a veces piden permiso, mamá yo voy a salir a jugar un ratico y, tiene a sus compañeros allá, allá en la escuela ellos se comparten, y estos también tienen a sus compañeros allá, y yo, los dejamos un ratico pa´ que ellos salen, entre un rato buscamos allá y se vienen, toda la tarde”. En lo que se refiere a los adultos no parientes, los niños piaroa siguen la relación que los padres tienen con ellos, lo que implica que la desconfianza inicial puede trasformarse en aceptación explícita. De cualquier manera, se trata de relaciones circunstanciales, sin particulares pautas de comportamiento, aparte la deferencia que se le manifiesta, sobre todo cuando están en conversaciones con los padres.

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