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Texto Desarrollo Rural 2012 final.pdf

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Notas sobre Desarrollo Rural, cultura y comunicación: Una perspectiva histórica.

Javier Carou y Ramiro Coelho

Introducción El presente documento propone recorrer un itinerario histórico sobre el papel que cumplieron diferentes perspectivas teóricas y programas de comunicación en los modelos de desarrollo rural de América Latina de la segunda mitad del siglo XX y primera década del siglo XXI. En este recorrido le prestaremos particular atención a la incidencia que dichos procesos tuvieron en la cultura de los diferentes actores sociales del ámbito rural argentino, a la manera en que la extensión rural se puso en acción, a la configuración de identidades, a las formas de organización sociopolítica devenidas de ellas y a sus puntos de tensión y articulación con las políticas públicas hacia el sector. En el amplio campo de la comunicación para el desarrollo, lo rural ha sido uno de los pilares estratégicos de los programas de cooperación internacional diseñados desde los países centrales para “promover el desarrollo” de América Latina. Los modelos teóricos comunicacionales aplicados en dichos programas presentan un panorama de la visión política hegemónica respecto del rol de la cultura en el desarrollo, marcado por un discurso modernizador signado por la trasferencia de tecnologías y conocimientos bajo una matriz comunicacional difusionista, a fin de promover el crecimiento económico e industrial como fin último del desarrollo. A lo largo de las décadas, los cambios de modelos económicos del capitalismo a nivel global fueron generando diversas crisis en el discurso del desarrollo, el surgimiento de perspectivas comunicacionales críticas del modelo extensionista rural hegemónico y los consecuentes cambios en los modelos de desarrollo para el sector. Dichos cambios configuraron de una manera particular el mapa sociopolítico de los actores del ámbito rural argentino y las particularidades de las políticas públicas nacionales en este campo. ¿Por qué partimos de la relación entre lo rural y la cultura del desarrollo? La vida rural, y en particular la agricultura, han sido temas de preocupación e intervención por parte de los estados que promovieron el capitalismo desde su comienzo. El progresivo cambio de la producción artesanal de objetos a la fabricación en serie de bienes, fomentado por el incremento del comercio ultramarino europeo, requirió de la liberación de la mano de obra atada a la tierra por los antiguos vínculos feudales. Dicho cambio productivo reconfiguró radicalmente las estructuras sociales y las culturas de las sociedades llamadas “tradicionales”, generando una creciente complejización de las relaciones sociales en el marco de un vínculo interdependiente entre el mundo urbano y rural, mediado por la producción a gran escala de bienes y servicios y la necesidad de crecientes volúmenes de alimentos a poblaciones desvinculadas
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física y culturalmente de su producción. Es este el universo de sentidos bajo el cual emerge el desarrollo en el siglo XX como un discurso cultural, político y económico, fuertemente asociado a un modelo de sociedad urbana e industrial, cuyo progreso se construye a partir del aumento de la riqueza, basada en el crecimiento económico. El fin de las sociedades feudales y el uso de mano de obra “libre” para la producción agrícola y manufacturera a gran escala. El aluvión masivo de los antiguos ciervos a las ciudades europeas generó la disponibilidad de mano de obra asalariada necesaria para el desarrollo de dicha producción y, asimismo, una mayor demanda de alimentos para garantizar las condiciones mínimas de reproducción de dicha fuerza de trabajo. Este fenómeno se constituyó en el punto de partida de un modelo de desarrollo rural subsidiario del desarrollo industrial, capitalista y urbano, mediado por la lógica del crecimiento económico y la innovación tecnológica puesta al servicio de dicho crecimiento. En los siglos subsiguientes fueron incorporadas al creciente proceso de desarrollo comercial e industrial europeo las colonias de América, Asia, África y Oceanía. La necesidad de acceso a materias primas a bajo costo para la producción industrial de bienes y de una mayor cantidad de población consumidora de ellos, requería de profundos cambios culturales en las sociedades periféricas a los fines de incorporarlas como actores subsidiarios del sistema. Esto significaba generar profundos cambios en las culturas “tradicionales” cuyas identidades estaban fuertemente ancladas a la tierra a través de la agricultura doméstica, la caza y/o la recolección. Según Gustavo Cimadevilla (2007) lo que se consolidaba en este proceso es “el Estado como institución superior que daba cabida al territorio, a los hombres que lo poblaban y a las reglas que instauraban las modalidades de conducción y convivencia. El capitalismo se imponía como modo de producción dominante, contradictorio, socialmente excluyente” y culturalmente eurocéntrico. El inicio del extensionismo rural: El Estado como regulador de la producción de alimentos en favor del crecimiento económico. La política de ajuste de la producción agrícola en Estados Unidos a los fines de bajar la oferta y aumentar los precios fue el primer hito en la intervención estatal en el ámbito rural. Hasta ese momento el Estado había tendido a dejar la regulación de la actividad al libre juego de la oferta y la demanda. Sus intervenciones se habían limitado a la anulación de los vínculos feudales en Europa y a la comercialización de tierras a privados en Inglaterra con el consecuente desalojo compulsivo de sus habitantes originarios. En este caso se procuraba generar un conocimiento institucionalizado de los hábitos y

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condiciones de vida de la población rural de los Estados Unidos a través de la creación de la Comisión de Vida Rural (1907). El extensionismo rural de la posguerra en A. Latina. No es hasta la segunda mitad del siglo XX que el desarrollo se convierte en parte de una política regional para América Latina y la cuestión rural un área estratégica de dicha política y constituida en objeto de intervención pedagógica y comunicacional. A partir de este momento comienzan a implementarse políticas de extensión rural, construidas desde un paradigma modernizador que entendía que “alcanzar el desarrollo” significaba crecer económicamente y adquirir los hábitos de vida y, particularmente, de consumo de las metrópolis industriales. La medida de dicho crecimiento comenzó a ser la cantidad de dinero generado por cada país a través de la comercialización de cada uno de los bienes producidos dentro de sus fronteras. El llamado Producto Bruto Interno (PBI) pasó a ser la medida de riqueza de una sociedad. De esta manera las diversas formas de producción e intercambio ancestrales de la comunidades campesinas e indígenas latinoamericanas fueron invisibilizadas e impulsadas hacia prácticas utilitaristas y mercantilizadas (INTA, 2008) a fin de alcanzar un mayor crecimiento económico. Este modelo económico, social y cultural, llamado desarrollista, fue el principal impulsor de las políticas de “extensión rural” durante el período comprendido entre 1948 y 1976, la cual sostenía como criterios de acción:    La transferencia tecnológica. La transferencia de conocimientos. La asistencia financiera.

Desde en el punto de vista cultural este modelo desarrollista/extensionista se basaba en los siguientes principios:     Una visión unívoca del progreso. La estigmatización de las culturas de las sociedades “tradicionales” (atrasadas). Una visión eurocéntrica de la cultura. Una sobrevalorización del conocimiento científico sobre otros saberes.

Siguiendo a Cimadevilla (2007) era necesario desarrollar un conocimiento que facilitara el trasvase de dichos saberes técnicos y científicos, que se habían constituido en la base de la aceleración de la economía norteamericana, nación que se había consolidado, a partir de la post guerra, en la principal impulsora de la economía capitalista mundial. La inversión impulsada por la creciente potencia mundial en investigación científica y desarrollo tecnológico, aplicados a la economía y a los intereses del Estado, promovió la creación de centros e institutos de investigación en toda la
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región, tanto en el campo de las ciencias duras como en el de la psicología social, la sociología, la educación y la comunicación. En el campo de la comunicación, adquirieron un mayor impulso instituciones que habían desarrollado importantes investigaciones durante los años de la Segunda Guerra Mundial, como la Universidad de Columbia (Bureau of Applied Social Research) y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Además se crearon otros nuevos, dependientes del Estado como el Institute for Propaganda Analysis, Information and Education Division, conjuntamente a varios institutos vinculados a universidades como la Oficina de Investigación Social Aplicada y el Departamento de Psicología de la Universidad de Yale. Las investigaciones desarrolladas durante la contienda mundial por Paul Lazarsfeld, Kurt Lewin, Harold Lasswell y Carl Hovland sobre la persuasión y las funciones y los límites de los medios de comunicación de masas, el papel de los líderes de opinión y su incidencia, de las relaciones interpersonales en la divulgación de conocimiento y el cambio de actitudes fueron aplicadas intensivamente durante la segunda mitad de los 40 y gran parte de la década del 50. El aporte de la teoría de la Difusión de Innovaciones al modelo desarrollista. Hacia el comienzo de la década del 60 las mencionadas teorías mostraron sus límites en el campo de la comunicación para el desarrollo y en particular en el extensionismo rural. La utilización de las tecnologías de la comunicación y las estrategias de persuasión no lograban tener suficiente éxito en el cambio de conductas de las comunidades rurales. Luego de la “negativa experiencia de la Revolución Cubana” el proyecto geopolítico y económico norteamericano necesitaba un nuevo impulso a través de un cambio de estrategia. La Alianza para el Progreso fue el proyecto continental del presidente John F. Kennedy que buscó generar un mayor impulso al desarrollo, a través del fomento de la innovación tecnológica de los países de la región y el mejoramiento de las condiciones de vida de sus sociedades. La teoría de la Difusión de Innovaciones de Everett Rogers (1962) se convirtió en una de las de mayor influencia en la comunicación para el desarrollo rural. Su intención era entender las lógicas con las que los individuos adoptaban nuevos comportamientos. Se basaba en la premisa de que las innovaciones se difunden con el tiempo de acuerdo al cumplimiento de cinco etapas: incorporación, adopción, compra, adhesión, negación o rechazo. Las poblaciones fueron clasificadas en diferentes grupos de acuerdo con la propensión a incorporar innovaciones y el tiempo para adoptarlas realmente. Los adoptantes tempranos actuaban como modelos para imitar y generar un clima de aceptación y apetito para el cambio. Esta revisión incorporó aportes a la teoría del líder de opinión (Katz y Lazarsfeld, 1955) según la cual hay dos etapas en el flujo de información: una de los medios a los líderes de opinión y otra de los líderes de opinión a las masas. Las audiencias de los
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medios confían en las opiniones de los miembros de sus redes sociales más que únicamente en los medios de comunicación. Este descubrimiento fue incorporado en los estudios de difusión y posteriormente en la aplicación de programas para el desarrollo en los países de la región. La estrategia de aplicación consistió en la generación de redes interpersonales para difundir las innovaciones como apoyo a los medios masivos de comunicación (fundamentalmente radios rurales). De esta manera se recomendaba la aplicación de un modelo de comunicación triádico que incluía agentes, beneficiarios y comunicadores del cambio. Se concluía que la motivación para el cambio no radicaba en la economía, sino en la comunicación y la cultura. Los supuestos y principios en los que se basaba eran los siguientes:      El reconocimiento de una realidad social y productiva. La decisión política de optar por una intervención externa institucional. La necesidad de una infraestructura para la transferencia (medios de comunicación, instituciones y logística). La idea de que la transferencia es posible y deseable. La existencia de una población con conducta modificable a partir de la intervención.

En este contexto social, político, económico y cultural se crearon institutos estatales de desarrollo agrícola en casi toda Latinoamérica. Tales fueron los casos del IBIA de Bolivia, el IIA de Chile, INIPA de Perú y el INTA de Argentina. Organismos que se desempeñaron como coordinadores de las acciones de desarrollo rural encaradas por el Estado, aplicando las políticas de planificación agropecuaria, investigación, difusión de tecnología y asistencia de los Ministerios de Agricultura de cada país. (Cimadevilla, 2007, pág. 90). Una visión crítica desde Latinoamérica El extensionismo rural de corte desarrollista sufrió hacia finales de los 60 y comienzos de los 70 profundas críticas tanto desde el punto de vista político como comunicacional. Una de las más fuertes críticas a las teorías de la modernización y la difusión provino del paradigma de la dependencia. El análisis de la dependencia, originalmente desarrollado en Latinoamérica, fue forjado por teorías marxistas y críticas según las cuales los problemas del Tercer Mundo reflejaban la dinámica general del desarrollo capitalista. Los problemas de desarrollo respondían a la distribución desigual de los recursos creada por la expansión global del capitalismo occidental y al rol subsidiario adjudicado a los llamado “países del Tercer Mundo” en dicho sistema. Según esta corriente, el subdesarrollo no era un problema interno de los países, sino determinado por factores externos dados por la forma en que antiguas colonias habían sido integradas a la economía mundial. Por tal motivo la modernización del ámbito rural ocultaba los problemas de fondo como la concentración de la tierra y la dependencia económica y tecnológica de los países centrales. Los problemas del mundo subdesarrollado eran problemas políticos más que el resultado de la
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falta de información (Hornik, 1988). Lo que mantenía a los países del Tercer Mundo en el subdesarrollo eran factores sociales y económicos, que reproducían la posición de dependencia que esos países tenían en el orden global. Sostenían que el subdesarrollo era la otra cara y la consecuencia del desarrollo del mundo occidental. Este concentraba el poder económico y las decisiones políticas que mantenían el subdesarrollo y la dependencia. Los países del Tercer Mundo dependían política y culturalmente de occidente, especialmente de los Estados Unidos de Norteamérica. El trabajo del educador brasileño Paulo Freire (1970), con campesinos del noreste de Brasil en la década de 1960 y principios de la década de 1970 cuestionó las concepciones dominantes de la comunicación para el desarrollo y el extensionismo rural. Sostenía que los programas para el desarrollo habían fracasado en la educación de pequeños agricultores porque buscaban persuadirlos de los beneficios de adoptar ciertas innovaciones, nacionalizando conceptos extranjeros y forzando a las poblaciones locales a aceptar las ideas y prácticas occidentales sin preguntarse cómo encajaban tales prácticas en las culturas existentes. La premisa subyacente de tales programas era una concepción autoritaria de la comunicación que se contraponía a la esencia de la comunicación entendida como interacción y educación comunitaria. Freire desarrolló el concepto de liberar la educación que concebía la comunicación como diálogo y participación. El objetivo de la comunicación debía ser la concienciación, que Freire definió como el diálogo libre que daba prioridad a la identidad cultural, la confianza y el compromiso. Su enfoque ha sido llamado “pedagogía dialogal” o “pedagogía de la liberación”, la cual se sostiene en la equidad, en la distribución y en la participación activa de los sectores populares como principios fundamentales. La comunicación debía proporcionar un sentido de propiedad a los participantes cuando comparten y reconstruyen experiencias. La educación no es la transmisión de información de aquellos “que la tienen” a aquellos “que no la tienen”, de los poderosos a los que no tienen poder, sino el descubrimiento creativo del mundo. Las ideas de Freire iban contra los principios fundamentales del modelo extensionista por la herencia conductista de los modelos de persuasión norteamericanos. Freire estableció que los problemas en el Tercer Mundo eran problemas de comunicación y no de información como sugerían las teorías de persuasión. Por lo tanto, las soluciones debían tener una interpretación de comunicación que no estuviera limitada a la aplicación de ideas occidentales. Freire también cuestionó los juicios de valor en las primeras teorías del desarrollo que veían las prácticas agrarias y de salud en el Tercer Mundo como retrocesos y obstáculos para la modernización. Asimismo señalaba que el término extensión, en su «campo asociativo», tenía relación significativa con «transmisión, entrega, donación, mesianismo, mecanicismo, invasión cultural, manipulación, etc.» (Freire, 1973, 21); comunicación, en cambio, aparecía asociada a la «reciprocidad», la «coparticipación», el «diálogo» (Op. Cit, 75-76)
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y básicamente a la «educación» como «práctica de la libertad». Así, su preocupación como educador y su ferviente postura humanista pretendía abrir un espacio crítico para que el «técnico» extensionista advirtiera el papel transformador que podía asumir su trabajo junto a las comunidades campesinas. Desde el punto de vista socio económico, el extensionismo rural en su versión desarrollista, tiende a reproducir la lógica de las relaciones mercantiles, lo que supone la aplicación de un criterio de eficiencia basado en la valoración del crecimiento económico, solo posible a través del ejercicio desde la libre competencia. Dicha lógica, propia de la acción racional weberiana es aplicada a criterios de eficiencia cuya única variable considerada es la de obtención de beneficio económico, criterio perseguido por todos los hombres (homo económicus) sin distinción alguna. La aplicación casi exclusiva de esta lógica, a partir de la crisis del modelo de acumulación de capitalismo global hacia comienzos de la década del 70 y los de la revolución tecno biológica que experimentará la producción agrícola, marcará un cambio radical que acompañará los procesos de cambio estructural de apertura irrestricta del mercado mundial, el endeudamiento externo de los países periféricos, la desregulación económica de las economías nacionales y la reforma del Estado orientada a la descentralización, privatización y mercantilización de las relaciones sociales y, en particular de quienes viven en relación directa con la tierra. La revolución verde, el neoliberalismo y los agronegocios: sus efectos en el ámbito rural argentino y latinoamericano La agricultura de los países del sur de Latinoamérica, se encuentra en un proceso de cambio tecnológico permanente que ha permitido más que duplicar la producción de granos para su exportación. Esto permitió que se expandieran indiscriminadamente las fronteras productivas hecho que posicionó de manera privilegiada a esas naciones en términos de competitividad en el mercado mundial de materias primas (ahora más conocidas como commodities), con énfasis en la cosecha de las oleaginosas. El modelo agrícola intensivo ha generado un boom de la soja que es un hecho social, cultural, económico y político; esta nueva propuesta de la agricultura industrial está generando impactos que no pueden dejar de soslayarse. Así como en su momento la revolución verde, el paradigma del éxito de la agricultura moderna, implicó notables impactos no solo productivos sino sociales y ambientales, los actuales procesos de intensificación agrícola acarrean cambios en las estructuras sociales y en la cultura de los agricultores. El objetivo productivista del modelo desarrollista continua vigente pero, como sostiene Pengue (2003), “la distorsión y el dominio posterior de lo generado se monopoliza en muy pocas manos que no contemplan los impactos sociales y ambientales que sus prácticas generan”.
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La desregulación y liberalización de los mercados durante los noventa, sumado a cambios innovativos en los procesos de producción facilitó una expansión sin control hacia pocos cultivos, principalmente a aquellos de interés de los mercados. Mientras comenzaba el incremento de la producción de soja reemplazando a cultivos tradicionales, la población comenzaba a sentir las peores consecuencias del modelo neoliberal por un lado y por otro las exigencias de la conversión del país en un país monoproductor de soja a gran escala. El fuerte aumento de la producción de esta oleaginosa se produjo en detrimento de otros cultivos y actividades agropecuarias: los tambos en Santa Fe y Córdoba, la caña de azúcar y la horticultura en Tucumán; las yungas salteñas; los árboles frutales, las leguminosas, lentejas y arvejas, el ganado porcino en la provincia de Buenos Aires, etc. Así como en detrimento de una gran cantidad de campesinos que llevaban más de 20 años ocupando la tierra y que fueron desalojados (con actos de violencia que incluyeron la muerte de los productores) por los nuevos inversionistas sojeros con la anuencia de los funcionarios provinciales y nacionales. La situación de los pequeños y medianos productores (hasta 200 ha.) que no pudieron ingresar al nuevo “modelo sojero” implicó una degradación social en varios aspectos. Por una parte, con la rotación productiva de sus tierras cultivables, vivían dignamente, daban trabajo a su familia y a terceros, educaban a sus hijos y renovaban sus equipamientos agrarios, hecho que no volvería a suceder. Por otra parte, implicó la desaparición de poblados y ciudades intermedias que estaban rodeados por el campo y que vivían de actividades derivadas de él como son los talleres mecánicos, los pequeños comercios de insumos agropecuarios, las aseguradoras, cooperativas, etc.. Otra situación que se presenta es que muchos pequeños y medianos productores, que optaron por otra salida al modelo, ven año a año, engrosar su economía por medio de los pagos por arrendamiento pero se encuentran en una trampa de la que resulta muy difícil salir: sus propios campos, administrados por terceros, se degradan cosecha tras cosecha. Según Norma Giarraca el cambio de modelo socioeconómico incide en el ámbito rural argentino provocando la emergencia de nuevos actores sociales, antes invisibilizados por la temprana urbanización del país, tales como los movimientos campesinos y las comunidades indígenas. Varios de estos actores serán los protagonistas durante la década del 90 de nuevas resistencias, particularmente vinculadas a la oposición a los tratados de libre comercio (TLC), cuyo punto de inflexión en América Latina será el

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levantamiento armado del ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994.1 En este sentido surgieron dos acciones colectivas a modo de reacción:   Adaptativas: Estrategias de reciprocidad y solidaridad entre perjudicados por las políticas neoliberales. Protestas: En primer lugar a través de estructuras gremiales tradicionales (FA), posteriormente a través de nuevas formas de organización.

Los pequeños productores encuentran como única salida ante el discurso de la “modernización” un aumento de la escala de producción solo alcanzable a través de la utilización de los nuevos métodos e incorporando la tecnología agroindustrial necesaria para ello. Este tipo de explotación significó el abandono de formas de producción más diversificadas, algunas de ella destinadas al autoconsumo y/o el trueque, con el consecuente cambio en las prácticas sosioeconómicas locales y en la cultura. Quienes no se adaptaron a dicho cambio sufrirán como consecuencia el empobrecimiento, y en muchos casos la perdida de la tierra como recurso de subsistencia. Dicho proceso de exclusión devino en lo que Giarracca llama: 1992-1999 Ciclo de la protesta agrorrural  Desde el Santiagazo (1992) hasta la Marcha Federal (1999) se llevan a cabo más de seiscientas protestas en el interior a partir de la crisis de las economías regionales, transfiriéndose el conflicto hacia finales de los noventas a los sectores urbanos. Este proceso genera un cambio importante en la estructura social y la cultura de los productores agropecuarios.

Surgen como actores emergentes    Chacareros criollos: reclaman políticas públicas para las economías regionales. Pueblos originarios y campesinos: reclaman por el derecho a la tierra. Terratenientes: asociados a las privatización del ferrocarril de carga y los puertos.

Sentidos construidos en torno a la tierra

1 El 1 de enero de 1994 entra en vigencia el TLC entre los países de América de Norte (NAFTA) fecha en que el EZLN integrado por indígenas se levanta en armas como acto de resistencia.

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   

Terratenientes: se trata de una mercancía Chacareros criollos: es una herencia familiar y luchan para no perderla y conservar los lazos familiares. Movimientos campesinos: es una herramienta de trabajo. Mapuches y Kollas: es parte de ellos y piden recuperar el lugar donde descansan sus ancestros.

Pensando estas luchas en articulación con Latinoamérica Según De Sousa Santos se está produciendo una transición paradigmática tanto socio cultural como epistemológica  Desde el punto de vista socio cultural el autor plantea la existencia de una transición desde una sociedad patriarcal, de producción capitalista, de consumismo individualista, mercantilizada, de democracia autoritaria y desarrollo global desigual; a un conjunto de paradigmas aún desconocidos de vibraciones emergentes.  Desde el punto de vista epistemológico entiende que dicha transición se da desde un paradigma dominante de la ciencia moderna, hacia uno de conocimiento emergente y prudente. Tensiones y articulaciones en las políticas de desarrollo rural hoy en Argentina. Hasta aquí hemos presentado un panorama de lo que ocurre y ha ocurrido a nivel nacional en el ámbito rural. Pero qué ocurre con las acciones del Estado en los territorios. ¿Cómo se resuelve el conflicto entre una agricultura agroexportadora, un desarrollo sustentable, la pequeña agricultura familiar, los pueblos originarios y la soberanía alimentaria? Sin pretender dar una respuesta concluyente, estas son algunas de las acciones llevadas a cabo por el INTA desde donde podemos analizar las dificultades y complejidades en su implementación. Una de las herramientas de la institución es el Programa Federal de Apoyo al Desarrollo Rural Sustentado (PROFEDER). Este promueve la innovación tecnológica y organizacional de los actores del medio rural, el desarrollo de sus capacidades y el fortalecimiento de la competitividad; generando equidad social y sustentabilidad del medio ambiente, en apoyo al desarrollo territorial. El INTA tiene a su cargo en forma directa, por medio del Programa PROFEDER: a) Asistencia a Productores Minifundistas (Minifundio) b) Asistencia a Productores Familiares (PROFAM)

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a) El programa Minifundio es un instrumento de gestión donde los proyectos son llevados a cabo por el INTA en conjunto con los productores. Los Proyectos son creados en la Región, acorde a los objetivos y actividades que se actualizan trimestralmente, y que se desarrollan en forma participativa con los productores de la zona, determinando la problemática de los distintos grupos Se busca mejorar la situación de los participantes. Por ejemplo, aumentar la productividad, mejorar la sanidad de los rebaños, la calidad de los cultivos, etc. b) En 2003 el INTA puso en marcha el Programa para Productores Familiares (Profam), destinado a integrantes de la comunidad rural con escala de producción muy reducida; deficientes recursos de estructura; falta de organización; falta de acceso al crédito; dificultad en la comercialización; bajos ingresos. Según la página web del INTA, estos productores trabajan en forma directa en su establecimiento, con la colaboración de su familia. La finalidad del Profam es asistirlos para que inicien un proceso de cambio en su organización; mejoren sus habilidades productivas, de gestión y comercialización; generen alternativas que les faciliten superar, a través de la mejora del nivel de ingresos, la situación de estancamiento en la que se encuentran y accedan a mejores condiciones de vida. Por lo tanto el PROFAM es un Programa del que participan productores familiares dispuestos a superar problemas comunes, de organización, recursos, acceso al crédito y comercialización entre otros, implementando proyectos participativos junto con el INTA y otras instituciones. Las acciones del Programa están orientadas a promover:        Diagnósticos participativos de problemas. Formas empresariales de producción y transformación. La ocupación de la mano de obra familiar y la generación de empleo local. La seguridad alimentaria de las familias. El acceso a información de mercados. La validación y adaptación de tecnologías. La organización de productores hacia formas autogestionarias, para acceder con éxito a los mercados.

Por otra parte, las acciones correspondientes al Programa Federal de Reconversión Productiva para la Pequeña y Mediana Empresa Agropecuaria (CAMBIO RURAL), el INTA las ejecuta en conjunto con el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca y consiste en: a) asistencia técnica directa a medianos y pequeños productores.

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Cambio Rural fue creado en el año 1993 y es una herramienta diseñada para colaborar con los pequeños y medianos empresarios agropecuarios (PyMEs) en la búsqueda de alternativas que permitan incrementar sus ingresos, elevar su nivel de vida, generar nuevas fuentes de empleo, retomar el proceso de inversión y posicionarse mejor en los mercados. Mediante una labor conjunta que integra a grupos de productores, un asesor técnico privado y profesionales del INTA, Cambio Rural promueve la búsqueda de alternativas que permitan incrementar los ingresos, elevar el nivel de vida, generar nuevas fuentes de empleo, retomar el proceso de inversión y posicionarse mejor en los mercados. La intervención correspondiente al Programa Pro Huerta, la lleva a cabo en conjunto con el Ministerio de Desarrollo Social y consiste en la asistencia técnica para la conformación de: a) Huertas Escolares. b) Huertas comunitarias. c) Huertas Familiares. El Pro Huerta es un programa basado en los principios de la agricultura agroecológica, con fuerte penetración territorial y valoración social, trabajando en la incorporación de técnicas de seguridad alimentaria y de alimentos frescos en la dieta de hogares en condición de vulnerabilidad social en todo el ámbito nacional. Se trata de un programa enmarcado en la seguridad y soberanía alimentaria, la capacitación progresiva, la participación solidaria y el acompañamiento sistemático de las acciones en terreno, resultando estratégicos en su operatoria la intervención activa del voluntariado (promotores) y de redes de organizaciones de la sociedad civil. Tales características dotan al programa de una fuerte penetración territorial, valoración social y la orientación a la incorporación en la dieta de alimentos frescos. Algunas cifras que hablan del alcance de estos programas:

ProFam Minifundio Cambio Rural

6.220 Productores Asistidos 14.155 Productores Asistidos 13.256 Productores Asistidos

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Pro Huerta Pro Huerta Pro Huerta

6577 Huertas Escolares 3.289 Huertas Comunitarias 586.403 Huertas Familiares

Datos relevados al 8/03/12

A modo de conclusión Sin pretender agotar la descripción de las herramientas puestas en práctica por el Estado se mencionaron algunas de las utilizadas por el INTA. Quedan como experiencias útiles para indagar el Programa Social Agropecuario (PSA) y las acciones puestas en acción por el municipio de Rosario, entre otras. Luego de los sucesos que se denominaron “el conflicto del campo”, en 2007, que incluyeron cortes de rutas y desabastecimiento de alimentos por parte de los productores rurales, se puso en la agenda pública el debate con respecto a lo que se puede denominar a simple vista como lo rural. Desde esa fecha en adelante se han implementado una serie de medidas tendientes a tratar algunas problemáticas de dicho ámbito. El ejemplo más conocido son las retenciones “al campo”, pero han existido otras instancias de intervención estatal: subsidios a diversos sectores agrarios (tamberos, pequeños productores, etc.), acceso a créditos blandos, suspensión de remates, formulación de diversos planes desde el INTA de reformulación institucional, la creación del Ministerio de Agricultura en reemplazo de la histórica Secretaría y, por último, la formulación y presentación del Plan Estratégico Alimentario (PEA). Todos estos instrumentos han sido y son puestos en práctica no sin conflictos ni negociaciones entre los diversos actores de la temática. También hay que considerar que en el terreno estas políticas son puestas en acción por personas cuyas subjetividades y porciones de poder pueden facilitar o entorpecer el desarrollo territorial. Por su parte, los vaivenes de las distintas administraciones estatales también juegan un papel decisivo. Muchas veces se presentan superposiciones de objetivos y actividades, desconexión entre los diversos niveles de intervención (nacional, provincial y municipal), discontinuidad en la aplicación en esos niveles de los instrumentos diseñados, desfinanciamiento de dichas áreas, etc. Este documento recorrió de manera sintética los conceptos de desarrollo, extensión y programas de comunicación en los modelos de desarrollo rural desde su surgimiento y hasta nuestros días. Por otra parte, planteamos las tensiones y articulaciones con las políticas públicas hacia el sector. La discusión,
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estudio e investigación con el fin de mejorar la calidad de vida y la visibilización de las problemáticas de los diversos actores así como el diseño de mejores e innovativas herramientas de gestión estatal están abiertas. Bibliografía. Cimadevilla, G. “Extensión y Comunicación. Antecedentes, articulaciones y contrastes”, en Cimadevilla y G. Carniglia E. (editores), "Comunicación, ruralidad y desarrollo. Mitos, paradigmas y dispositivos para el cambio". Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, Ediciones INTA, 2004. pp. 155-1999. De Souza Santo, Boaventura. Reinventar la Democracia, Reinventar en Estado, Clacso, 2006. Freire, P. Extensión o comunicación. Buenos Aires, Nueva Tierra-Siglo XXI Editores, 1973. Giarracca, Norma. De las fincas y las casas a las rutas y las plazas: las protestas y las organizaciones sociales en la Argentina de los mundos “rururbanos”. Una mirada desde América Latina.; Revista Sociologías, Porto Alegre, 2003. Huergo, J. “Desafíos a la extensión desde la perspectiva cultural” en revista Dialoguemos INTA, Año 8, Nº 14, Junio 2004. INTA. La comunicación en los procesos de desarrollo territorial, Documento de Trabajo Nº 3, 2008. Kaplun, G. “Proyectos, deseos y otros cuentos sobre comunicación y desarrollo”, en Cimadevilla y G. Carniglia E. (editores), "Comunicación, ruralidad y desarrollo. Mitos, paradigmas y dispositivos para el cambio". Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, Ediciones INTA, 2004. pp. 41-69. Pengue, Walter, “Mirar hacia el mercado interno”, en Le Monde Diplomatique, edición cono sur, año 5, número 52, Octubre 2003, págs. 6 y 7, Buenos Aires. Pengue, Walter, “El pez grande se comal chico… Siempre?”, en Le Monde Diplomatique, edición cono sur, número 71, Mayo 2005, págs. 7-9, Buenos Aires.

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