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Como Ganar Una Discusion

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Las dificultades que rodean el empleo del concepto de "causalidad"
pueden ser explicadas examinando su historia. La explicación más
antigua y más difundida fue la que brindó Aristóteles hace más de
dos mil años. Según Aristóteles, el concepto de "causalidad" debía
entenderse en cuatro sentidos diferentes; o sea, que había cuatro tipos
de causas:

(1) causa material
(2) causa formal
(3) causa eficiente
(4) causa final.

La causa material es aquella a partir de la cual se hace o construye
algo; la causa formal hace referencia a su estructura interna; la causa
eficiente es el agente externo del cual procede o se original el objeto; la
causa final es la meta, función o propósito de ese objeto.
Cuando Aristóteles aplicó esta explicación de las cuatro causas a los
objetos fabricados por el hombre, su análisis era el siguiente: Una mesa,
por ejemplo, está hecha de madera (causa material); tiene la forma de
una serie de rectángulos (causa formal); fue fabricada por un carpintero
(causa eficiente); y su propósito es servir de superficie para actividades
tales como comer y escribir (causa final). El mismo tipo de análisis puede
aplicarse a los objetos naturales. Por ejemplo, en el caso de una bellota,
su causa material está en las sustancias orgánicas que la componen; su
causa eficiente es el roble del que nace; su causa formal es su potencial
estructural para luego convertirse también en roble; y su causa final es
ser a la larga otro roble.
Hay un elemento interesante que, así, distingue a los objetos naturales
de las acciones humanas: que las causas formal, final y eficiente resultan

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ser idénticas. La identidad de las causas formal, final y eficiente permite
a todo aquel que aplica la teoría de Aristóteles sobre objetos naturales
volver, por inferencia, del efecto a la causa, o, también por inferencia,
avanzar de la causa al efecto. Para decirlo con mayor precisión, conocer
algo es captar su causa formal, y puesto que la causa formal es idéntica
a las causas final y eficiente, conocer algo es poder inferir de dónde vino
y hacia dónde va.

Este principio de identidad de las causas formal, eficiente y final
dominó el pensamiento de Occidente durante muy largo tiempo, y dio
base a muchas importantes argumentaciones. Para ilustrar la presencia
divina, por ejemplo, consideremos la prueba de la existencia de Dios
propuesta por Descartes. Según el filósofo, en nuestra mente existe una
idea de un ser perfecto, al que llamamos Dios. ¿De dónde proviene esta
idea, o sea, cuál es su causa? Hay tres posibilidades: (1) la idea proviene
de nuestra experiencia; (2) la idea fue inventada por el hombre; (3)
la idea fue causada por algo perfecto, que es Dios mismo. Descartes
argumentó, por proceso de eliminación, que (1) y (2) son falsos, y, por lo
tanto, (3) debe de ser cierto. Por consiguiente, hay un Dios que provoca
en nosotros la idea (efecto) de un ser perfecto.
Con el fin de poder eliminar convenientemente (1) y (2), Descartes
debe demostrar que son falsos. Eliminar a (1) es bien fácil. ¿Pero cómo
elimina Descartes a (2)? El hombre, según el filósofo, no podría inventar
(causar) la idea de algo perfecto (un efecto), porque el hombre no es en sí
mismo perfecto. La razón por la cual el hombre tendría que ser perfecto
está en que la causa eficiente debe ser idéntica a la causa formal; o sea
que no puede haber nada, ninguna propiedad en el efecto, que ya no
esté presente en la causa. Si el efecto es perfecto o tiene la propiedad de
"perfección", entonces también la causa debe poseer la propiedad de
"perfección".

Descartes, al igual que quienes lo precedieron y que sus
contemporáneos, empleaba la concepción aristotélica de causalidad.
Sin embargo, dicha concepción derivaba, en última instancia, de la
física de Aristóteles. Por ironía, uno de los más importantes avances
en la física moderna (durante los siglos XVI y XVII) se produjo con el
desplazamiento de la física aristotélica por la teoría de Isaac Newton.
Esto, como veremos, condujo a cambios fundamentales en nuestra
comprensión y empleo del término "causalidad".

La premisa básica de la física aristotélica residía en la tesis de

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que el estado de reposo es el estado natural de un objeto. En la física
newtoniana, por el contrario, el movimiento es el estado natural del
objeto. Ese solo cambio conduce, en la física de Newton, a la eliminación
de las causas formal y final. En la física newtoniana hay sólo dos causas
eficientes: así, no puede haber ninguna identidad de causas formal,
eficiente y final. Sin tal identidad, tampoco puede volverse del efecto
a la causa, por inferencia, sin una experiencia previa. David Hume fue
el primer filósofo que entendió las implicaciones filosóficas del cambio
que iba de la física aristotélica a física newtoniana y pudo demostrar
con gran claridad el empleo ilegítimo de todos los argumentos causales
basados en el análisis aristotélico de la causalidad.
Una de las razones por la cual el análisis aristotélico suena tan
extraño al lector moderno radica en que nos hemos acostumbrado
a emplear el concepto de "causalidad" en el sentido único de causa
eficiente. Sencillamente, esto refleja el triunfo de la física de Newton
por sobre la de Aristóteles.

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