Sísifo en la smart city

Tecnologías urbanas en la impredecibilidad y complejidad de las ciudades

Manu Fernández

Este documento recoge una serie de posts publicados en el blog Ciudades a Escala Humana. En ellos podrás encontrar otros links y fuentes utilizadas: De la ciudad sostenible a la smart city. No perder la perspectiva Smart City. Más allá de la gestión energética inteligente y las tecnologías digitales Smart city. Estrategia comercial empresarial y marca de nuevos desarrollos urbanos Smart City como movilización de capacidades tecnológicas locales y oportunidades industriales Smart city. Implicaciones políticas y sociales A compilation of resources on smart cities Dónde estamos, hacia dónde vamos y hasta dónde confiar en las tecnologías urbanas Sentient City. El futuro del espacio urbano Everyware, la tecnología que ya está aquí y en todos lados Una ciudad sin personas no es un laboratorio urbano Escenas cotidianas en una ciudad inteligente La inteligencia de la ciudad está en la calle

Julio 2012

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De la ciudad sostenible a la smart city. No perder la perspectiva
Smart cities por todos lados. Ahora toca hablar de esto. Borrón y cuenta nueva, que llegan nuevos aires y nuevos generadores de discurso en torno a la ciudad. Sueños imaginarios de ciudades perfectas en un mar de ubicuidad digital donde la información fluye perfecta, la ciudadanía se conecta a los flujos de información urbana para operar en tiempo real y la web nos da otro paraíso más. Tengo la impresión de que tenemos que correr un poco menos. Que la tecnología está bien, pero en su medida y, total, siempre depende del uso que hagamos de ella. Y, según de quién venga y del control que tengamos sobre ella, la cosa tiene una pinta u otra. Si utilizamos como barómetro la presencia del tema en publicaciones no especializadas, al poner todas las referencias juntas entendemos bien que estamos ante una nueva ola. De una selección desordenada podemos destacar casos como TIME, que dedica un especial al tema, Guardian publica una sección (de nuevo con IBM de por medio) titulada Smater Cities, The Times también dedicó un suplemento al tema hace unos meses, Financial Times tiene un completísimo especial dedicado a The future of cities que, si bien, es de todos los ejemplos, el de mirada más amplia, dedica atención especial al papel de la tecnología en la transformación de las ciudades, National Building Museum (en colaboración con IBM) abre un programa de reflexión (Intelligent Cities Initiative), Institute for the Future publica un completo mapa de tecnologías que afectarán a las ciudades en el futuro, GOOD destaca entre las publicaciones digitales con Cities rethought, e incluso El País publicó un reportaje sobre el tema. Por no hablar de medios más especializados, tanto desde ámbitos de análisis urbano como desde entornos más vinculados a lo digital en sentido amplio. Mi impresión desde hace un tiempo es que todo esto es demasiado confuso, fruto de los acercamientos y disciplinas diversas que se están aproximando al tema (lo cual es bueno) y también fruto de visiones más interesadas por vincular el término a unas cuestiones más que a otras (lo cual es un poco más preocupante). Así que estos son unos apuntes más bien fragmentarios pero con los que intento al menos organizar las piezas del debate y desbrozar un poco los aspectos más críticos. Y, como ha quedado un poco largo, lo publicaré poco a poco. Este primer post es una introducción a la confusión terminológica, y después vendrán otros sobre la relación de este tema con la energía y el mundo digital, sobre su vinculación a determinados sectores industriales y la oportunidad de transformación tecnológica que puede representar y, también, una revisión de los proyectos que hoy en día se están definiendo como "smart cities". Terminaré con una revisión de las consecuencias sociales y políticas de estos planteamientos. Parto, en primer lugar, de una constatación que apuntaba Nate Berg hace unas semanas ('Smart Growth' Replaced by 'Intelligent Cities') a partir de un artículo en USA Today (Will 'intelligent cities' put an end to suburban sprawl?): smart cities como nuevo eslabón léxico en el discurso urbano que sustituye a otros que hemos utilizado en los últimos tiempos como ciudades sostenibles o smart growth, dos términos que no son sinónimos exactamente pero comparten -frente a smart cities- la exclusión de lo tecnológico como elemento central de las propuestas de mejora urbana. ¿Se acabó
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el sueño de la sostenibilidad local y empieza la utopía de la ciudad tecno-inteligente? ¿Gato por liebre? Tengo muchas dudas de que la solución a los problemas de sostenibilidad a todos los niveles -también a escala local- venga de la mano de milagrosas soluciones tecnológicas. Es una duda de principio que, después, admite que, evidentemente, la eco-innovación aplicada al funcionamiento urbano tiene mucho que ofrecer en forma de mejora de eficiencia en el metabolismo urbano pasivo, es decir, todo aquello donde el uso humano de la tecnología y los patrones de comportamiento y consumo no tengan mucho que decir. Por poner un ejemplo: las smart grids suenan bien, y generarán una gestión por parte de los propietarios de la red y de las empresas distribuidoras más eficientes, pero hasta ahí. El eslabón débil de la cadena es el consumidor final donde, se me ocurre, que es mucho más eficaz ambientalmente un sistema de precios inteligente más que contador inteligente. Además, como casi todo en esta época, la ola smart city no tiene memoria y corre el riesgo de olvidar los desarrollos teóricos y las propuestas previas. ¿No habíamos quedado en que las estrategias sostenibles eran, sobre todo, una manera inteligente de vivir? ¿Qué va a venir a enseñarnos ahora la smart city? Quizá un poco cínico pero, ojo, que no se nos olvide. Leo estas once ideas y me parecen un acercamiento mucho más inteligente a la ciudad inteligente y sostenible. No son necesariamente incompatibles, pero a veces lo parecen y, sobre todo, lo nuevo -smart city- no construye realmente sobre lo que hasta ahora parecía algo que empezaba a asentarse. Esto lo explica muy bien Brent Toderian en "Intelligent City Model" Complements Smart Growth - Doesn't Replace It!, con una anécdota en España precisamente y que comparto completamente: At a conference late last year in Spain, I found myself on panels discussing new technologies that will improve cities, surrounded by tech-company reps hard-pitching to a global audience. I likely disappointed them, by stating that in my opinion the "technologies" that will do the most good, are not new - compact, mixed-use, walkable communities; bikes, separated bike lanes and bike sharing; transit; small scale innovation like wheeled-luggage; simple techniques that we've forgotten like passive building design; or globally-understood tech like district/neighbourhood energy based on renewable resources. But those big companies weren't selling those products. They were selling smart city solutions. De lo anterior podemos constatar, en segundo lugar, puestos a pensar sólo en terminología, que tenemos dos términos que aluden a conceptos diferentes o que, entiendo, tenemos que evitar que sean sinónimos. Intelligent cities y smart cities. El segundo de ellos está bastante más extendido y es el que representa la novedad conceptual, porque es el que evoca la carga tecnológica vinculada a las smart grids, las tecnologías de la información o las infraestructuras inteligentes. La disputa terminológica no llega a más, es lo de menos. Más importante es que esté presente la inteligencia, con o sin tecnología. ¿Es Masdar una ciudad inteligente? Pues yo creo que no, por muy inteligente que sea toda la técnica puesta al servicio del modelo más completo de construcción ex-novo de una ciudad. No, no es inteligente
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construir en el desierto de esa manera. ¿Es más inteligente una ciudad por disponer de, digamos, un sistema de metro hiper-tecnológico pero no equilibra suficientemente los diferentes modos de movilidad urbana? ¿Es una ciudad más inteligente por desarrollar un nuevo barrio con todas las prestaciones de una smart city mientras dispone de solares, edificios y locales sin uso? Posiblemente cínico. O no. Simplemente, que corremos el riesgo de tener la mirada demasiado focalizada, de perder el horizonte y el objetivo. Podrían decir que no tiene nada que ver la línea de desarrollo de la sensórica aplicada, digamos, a la gestión del tráfico con la regeneración y recuperación de la ciudad ya construida. Y aquí es donde volvemos a encontrar otro riesgo de perdernos algo: una ciudad pensada inteligentemente, no una ciudad con artefactos inteligentes.

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Smart City. Más allá de la gestión energética inteligente y las tecnologías digitales
Sigo con el tema, tras De la ciudad sostenible a la smart city. No perder la perspectiva, post en el que seguramente no conseguí aclarar demasiadas cosas.Toca hablar de los componentes de una smart city o, mejor, de los componentes a los que se está asociando. Aunque aquí cada uno establece diferentes clasificaciones en función de su orientación particular, básicamente tenemos dos:

Propuestas desde el mundo de la gestión energética, que proponen nuevas soluciones tecnológicas para gestionar de manera más eficiente la entrada de materiales y flujos de recursos y la salida de residuos en el metabolismo urbano. Propuestas desde el mundo de las tecnologías digitales, que promueven aplicaciones, dispositivos y lógicas propias de la red para plantear nuevas formas de gestionar la información en la ciudad y, en especial, todo lo que tiene que ver con los flujos de información que, evidentemente, se concentran en el estilo propio de la vida urbana.

¿De dónde viene la preocupación por las smart cities? O, mejor, ¿de dónde viene esta inflación de su presencia? No podría asegurarlo, pero sospecho que la emergencia del término ha corrido paralela al de smart grids, la nueva generación de redes inteligentes de gestión de la generación y distribución energética, que se beneficiarán de la aplicación de soluciones digitales para un uso más eficiente de la red y un control más integrado y en tiempo real de las demandas y los flujos energéticos a lo largo de una red distribuida de puntos de consumo y generación. Más o menos. Estas smart grids son necesariamente una cuestión urbana por razones obvias. Y ahí es donde tenemos la confusión de la parte por el todo. Puesto que tenemos un proyecto para instalar un proyecto piloto de red inteligente en la ciudad, la ciudad puede denominarse smart city. De nuevo, es fantástico poder avanzar hacia un modelo energético más distribuido, que ofrezca posibilidades reales de multiplicar los nodos de producción energética para acabar con un sistema altamente centralizado que impide el desarrollo de otras fuentes energéticas renovables. Genial también si permiten que su gestión pueda ser mucho más eficiente acompasando la producción a las diferentes necesidades de los usuarios. Y todavía mejor si esto permite el desarrollo dentro de la industria energética de nuevas posibilidades de desarrollo tecnológico e industrial más localizado. Aquí creo que está por ver qué inteligencia le ponemos los usuarios a la red. Porque esa red va a servir electricidad para mantener nuestro estilo de vida y el de una buena parte del mundo que, ahora sí, se ha subido al tren del consumo de las clases medias (China, India, etc.). Y el uso individual y colectivo que hacemos de la energía requiere de mucha inteligencia. Que esa red sea capaz de darme una lectura en tiempo real en mi contador de última generación de mi consumo no me va a llevar necesariamente a, digamos, reducir mi consumo energético. Y tampoco hará nada si el regulador no permite utilizar en toda su capacidad las posibilidades de esa red liberalizando el
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mercado energético en su totalidad y permitiendo el juego en igualdad de condiciones de los grandes y los pequeños productores de energía. O si, de nuevo, el regulador no actúa con inteligencia en la política de precios y en la fiscalidad sobre el consumo energético. Boulder, (Colorado, Estados Unidos), fue una de las primeras ciudades en abrir esta vía con un proyecto de implantación que, tres años después, parece estancado. Muchas otras se han subido al carro (Malta, Estocolmo (en el desarrollo Stockholm Royal Seaport,...) e incluso tenemos en nuestro entorno proyectos en Málaga o Bilbao en la línea de salida. El segundo componente proviene del sector digital en un sentido amplio. Aquí, frente al componente energético, dominado por una tecnología englobadora, las redes inteligentes, lo que tenemos es una amalgama de diseños, propuestas teóricas, elucubraciones, proyectos experimentales y, en general, muchas propuestas difíciles de catalogar porque van evolucionando con la velocidad propia de estos temas y la fascinación que generan por su atractivo. Dejando aparte que las smart grids, en realidad, descansan en buena medida en las posibilidades que ofrece hoy la tecnología digital, en este apartado nos encontramos aplicaciones de sensórica dirigidas a la mejora del flujo del tráfico y la gestión del aparcamiento en superficie en la ciudad a través de sensores y dispositivos de control del tráfico en tiempo real; la gestión eficiente de los sistemas de transporte público; plataformas de interacción de los datos generados por los individuos a través de dispositivos móviles; sistemas de control remoto del estado de capacidad de los contenedores de residuos sólidos urbanos; sistemas de control eficiente de las actividades logísticas en la ciudad; mecanismos de tele-asistencia ciudadana; sistemas de información al público de información práctica por parte de las autoridades; intervenciones de realidad aumentada para amplificar determinadas experiencias de la vida urbana; posibilidades de desarrollo de redes distribuidas de toma de datos para el control de la calidad del aire; y otras propuestas por el estilo. Todas ellas, también, acaban apuntando a la smart city. El discurso smart city vinculado a las tecnologías digitales se basa en conceptos como street as platform, city as civic lab,internet of things o connected city, entre otros, y en Urban Scale han escrito un buen post ordenando estas ideas. Aquí encontraremos una mezcla de propuestas que inciden en el modelo bottom-up, es decir, que las posibilidades que ofrecen actualmente las tecnologías digitales pueden favorecer la extensión de nuevas formas de acción urbana (una suerte de urbanismo 2.0 o urbanismo emergente), frente a otras propuestas directamente a impulsar por gestores públicos o privados de servicios urbanos, pasando por modelos que exploran las posibilidades del espacio híbrido fruto de la integración de los espacios físicos y los espacios digitales. En Next American City podemos leer un artículo que intenta reconducir el optimismo de pensar que la disponibilidad de más datos e información en tiempo real sobre el comportamiento de los ciudadanos y la evolución de los flujos del funcionamiento de la ciudad vaya a mejorar sustancialmente la provisión de servicios públicos de calidad. Discutible, pero necesaria la dosis de realismo. Proyectos
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constructivos como PlanIT Valley, Songdo o Masdar atraen hoy la atención como los sustitutivos del reclamo eco-ciudades, cambiando la atención hacia el "todo conectado" como nueva solución y utopía para una perfecta vida urbana. Aquí mi impresión personal se sitúa por ahora entre la sensación de que algunas propuestas excesivamente teorizantes y con una terminología excesivamente compleja para poder ser entendida por el común de los mortales -algo que, en general, observo en todo lo relacionado con la web- y el riesgo de caer en la totalización de lo digital como la nueva tabla de salvación para conseguir todo lo que la ciudad no ha conseguido hasta ahora: ser más integrador, más incluyente, más sostenible, más productiva, etc. Pero, evidentemente, es una línea de investigación emergente con múltiples derivadas y que promete alternativas para la gestión de la complejidad urbana y para entender los mecanismos de funcionamiento de la vida colectiva.

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Smart city. Estrategia comercial empresarial y marca de nuevos desarrollos urbanos
Después de comentar en días anteriores sobre las cuestiones terminológicas y los componentes principales de eso llamado smart city, creo que es interesante ampliar algo de información revisando su clara utilización como estrategia de marketing y como emblema urbanístico. Si en el anterior capítulo relacionaba las smart grids como el componente tecnológico que más ha hecho por extender el uso del término smart city, no hay ninguna duda de que ha sido su incorporación al argumentario de grandes empresas tecnológicas el detonante principal de la actual explosión que estamos viendo. Al menos CISCO, IBM, Siemens y Philips han creado estrategias de visibilización de sus productos y soluciones tecnológicas aplicables a los servicios urbanos, sin descartar a otras más pequeñas. Pero, en buena medida, esas son las principales protagonistas de una estrategia de marketing novedosa en muchos aspectos, sobre todo por la capacidad que han tenido de penetrar en medios generalistas con herramientas comunicativas muy significativas (secciones especiales en las ediciones en papel y digitales de los principales periódicos del mundo, páginas web propias que actúan como aglutinadoras de casos y referencias, eventos patrocinados, sistemas de concursos dirigidos a ayuntamientos de todo el mundo que reciben como premio inversiones "gratuitas" en tecnologías, etc.). No es sólo una cuestión de marketing. Estas empresas, grandes corporaciones disponen de fuertes capacidades tecnológicas para renovar y transformar la gestión del tráfico, la tecnologización de las infraestructuras urbanas y de realizar inversiones masivas. Esto, en sí mismo, está bien. Siempre viene bien, pero plantea varias dudas. Agenda-setting o algo así le llaman en los círculos del análisis político. La capacidad de situar un tema en el centro del debate, un tema inesperado para distraer la atención o para crear un relato nuevo que sitúe nuevas prioridades y discursos alternativos. Es la sensación que tengo con la "explosión" del debate sobre las smart cities, que en los últimos tiempos aparece recurrentemente aunque lleva al menos diez años de recorrido y que, sin embargo, ahora estas empresas parecen estar capitalizando en una determinada dirección. No, no planteo nada relacionado con la conspiranoia. Yo no, al menos. Si alguien tiene algo que ofrecer, sin problemas. La cuestión es qué necesidades cubren, sobre todo pensando en los ayuntamientos, destinatarios últimos de este tipo de soluciones y que son siempre el eslabón más débil de la financiación pública. ¿Dónde poner el límite? ¿Son estas soluciones -en este caso, las soluciones que ofrecen estas empresas, siempre high-tech- las más adecuadas? Ya que vamos a hablar de inteligencia urbana, ¿no existirán soluciones inteligentes que no pasen por la sofisticación tecnológica de los servicios sino por una gestión más racional (soluciones low-tech o no-tech)? ¿No nos distraerán de lo importante? El segundo de los detonantes es la vinculación del concepto de smart city a nuevos desarrollos urbanos. Como mencionaba en el post anterior, PlanIT Valley, Songdo o
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Masdar son ciudades que se han presentado al mundo como smart cities, pero no son las únicas. Yokohama es el laboratorio donde Japón experimentará sus propias soluciones, Taipei ha anunciado el inicio de un nuevo desarrollo urbanístico altamente tecnologizado (FarGlory) y Shenyang (China), Sisak en Serbia o Lavasa en India toman tambien el mismo camino. Pero tenemos muchas otras, catalogadas en listados más o menos acertados de las 10 smartest cities on the planet o Top Seven Intelligent Communities of 2011, que presentan modelos de ciudades enteras, barrios determinados o acciones específicas. En realidad, todas ellas, caen en la falta de perspectiva que hemos mencionado en capítulos anteriores. Apelan a la ciudad inteligente cuando, en realidad, son aproximaciones sectoriales de contenido energético o de experimentación de la ubicuidad digital. ¿Son estas las ciudades más inteligentes del mundo? Aquí creo que nos va a pasar lo mismo que con la promesa de las eco-ciudades, que con la excusa de que necesitamos laboratorios donde experimentar nuevas soluciones constructivas y urbanísticas basadas en modelos de sostenibilidad (en nuestro caso, basadas en la tecnologización masiva de la ciudad) podemos caer en la trampa de apoyar desarrollos innecesarios o que no necesariamente nos conducen a una mejor gestión urbana ni a menores niveles de insostenibilidad urbana. En definitiva, el argumento de que se necesitan laboratorios y ciudades que sean las primeras en experimentar buscando con ello también mejorar los servicios urbanos que ofrecen a su ciudadanía, es válido pero no es absoluto. En principio, será más realista si esa no es la estrategia única para una gestión urbana inteligente y si la inteligencia de la ciudad no se circunscribe únicamente a lo tecnológico ni mucho menos a las soluciones de high-tech. En este sentido, Kaid Benfield está muy acertado en el artículo Is there a downside to "intelligent cities" or "smart cities"?: But futuristic technology won't fix many of our basic urban problems, any more than "gizmo green" add-ons to buildings will overcome the unsustainability inherent in lousy building locations or lousy architecture. Sprawl will still be sprawl; disinvestment will still be disinvestment; traffic will still be traffic; sprawl-aided obesity will still be obesity.

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Smart City como movilización de capacidades tecnológicas locales y oportunidades industriales
El argumento que más me interesa en todo lo relacionado con las smart cities es el que apela a las posibilidades que ofrece de dinamizar el tejido económico local para plantear soluciones a las necesidades propias de sus territorios y encontrar con ello posibilidades de disponer de soluciones, productos y servicios que sean competitivos en un mercado creciente de servicios urbanos. Málaga, Valladolid y Palencia, Barcelona o Santander son ciudades que ya se han apuntado a la corriente, cada una con proyectos de perfiles heterogéneos y que inciden en aspectos diferentes (como vimos hace unos días, bien vinculados a proyectos digitales, bien a proyectos de gestión energética), pero todas comparten la intención de conseguir que la idea sea un elemento dinamizador de las capacidades tecnológicas locales, apoyadas en empresas asentadas en el territorio y en otras empresas ajenas al mismo pero que esperan encontrar en estas ciudades las posibilidades de experimentación de sus diferentes tecnologías y soluciones a aplicar en la gestión energética o de la movilidad. Siguen así el camino iniciado por ciudades que son pioneras en este tema, que han creado o atraído centros de desarrollo tecnológico que aspiran a reunir las capacidades existentes y transformarlas en desarrollo de productos. Singapur (a través de una iniciativa conjunta de la ciudad con IBM denominada Smarter Cities Research Collaboratory), Helsinki (con Forum Virium, plataforma de innovación de la ciudad), Dublin (con el Smarter Cities Technology Centre que IBM ha abierto en colaboración con la ciudad), Estocolmo (apoyándose en Kista Science City, uno de los parques tecnológicos más exitosos del mundo) o Amsterdam (a través de la iniciativa Amsterdam Innovation Motor) llevan un tiempo de adelanto en la utilización de aproximaciones de laboratorio y experimentación en beta de diferentes aplicaciones digitales a la gestión urbana como fórmula de mejora del funcionamiento de la ciudad y de impulso de los agentes de sus respectivos ecosistemas de innovación urbana. Recientemente hemos conocido que CISCO ha acordado con el Ayuntamiento de Barcelona promover un centro de innovación urbana en la ciudad y también el alcalde Bloomberg ha creado el New York City Urban Technology Innovation Center (NYC UTIC), organismo creado en colaboración con la Universidad de Columbia, el Instituto Politécnico de New York y la Universidad de New York, dirigido a la investigación y la comercialización de soluciones de edificación sostenible. Hay dinero que ganar en un mercado de servicios urbanos aún por definir y del que no es fácil precisar (como vimos, en parte por la confusión conceptual que se está dando) sus límites ni unas previsiones realistas de dimensión. Pero, en cualquier caso, es evidente que en la aplicación de la tecnología al funcionamiento urbano hay mucho margen, tanto en nuevos desarrollos urbanos (principalmente en mercados emergentes) como en la reconversión urbana de la ciudad construida tanto en los mercados desarrollados como en los emergentes. La cuestión es hasta qué punto estos procesos de impulso de los sistemas innovadores locales realmente van a ser capaces de identificar oportunidades en este ámbito y, sobre todo, salir al exterior.

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Smart city. Implicaciones políticas y sociales
El último de los posts que me propuse dedicar a este tema busca sacar algunas conclusiones y, sobre todo, explorar algunas derivadas políticas y sociales, que son ahora mismo las que más me interesan. Dado que todo esto ha pasado a ser parte de la agenda urbana en muy poco tiempo pero está generando suficientes movimientos, prácticas, investigaciones y posicionamientos, seguramente estamos prestando aún poca atención a sus implicaciones. Se trata de tecnologías que no son neutras ni independientes del uso que hagamos de ellas. No nacen sin significado social ni son ajenas al mundo ni a los responsables que las diseñan y las aplican. Son, en este sentido, como cualquier otra solución que ofrece promesas demasiado elevadas y, por tanto, caen en el mismo terreno de juego. Un terreno de juego donde las tecnologías y las formas cambian, pero los conflictos siguen siendo los mismos. Lo público frente a lo privado; los poderes centralizados frente a los poderes distribuidos; el hard power y el soft power; la capacidad de las personas y colectivos para actuar y construir sus propias conexiones sin pasar por los filtros jerarquizados; etc. Este smart city skepticism, ya lo hemos ido viendo en anteriores posts, proviene de diferentes vertientes, desde aquellas que consideran que es un planteamiento excesivamente basado en la eficiencia y no tiene en cuenta la paradoja de Jevons, hasta aquellas que encuentran que no significa más que una nueva deriva hacia la producción/consumo de nuevos productos sin tener en cuenta los procesos reales que intervienen en los servicios que prestan esos productos. Esto, desde el enfoque ambiental-energético de las smart cities, donde se sustenta una especie de escepticismo sobre la eficacia de los resultados prometidos por nuevas tecnologías que suman capacidad de eficiencia a un modelo institucional y social de funcionamiento urbano y de relación con el consumo energético ineficiente. Desde el lado del enfoque digital, las implicaciones políticas parecen más importantes y apuntan a un escepticismo democrático que Adam Greenfield ha sintetizado: In fact, if there's a way to characterize the current relationship between networked informatics and metropolitan experience, it's that the former tend to cut against the ways we have historically understood city life and the things we have relied on cities to do for us. As we shall argue, the ability to trivially search the space of a city is leaching away at the constitution of a quality we have always recognized as urban savvy or savoir faire. The persistent retrievability of personal information is undermining the city's capacity to act as a chrysalis for personal reinvention. Technologies like highresolution positioning and algorithmic facial recognition are destroying any promise of anonymity we thought the metropolis offered. It is only by consciously and carefully transforming the urban landscape into a meshwork of open and available resources that we can redress this imbalance. This transformation would neither have to be directed from the top down, nor accomplished all at once. But the greater the number of resources available, the greater the extent to
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which they are described properly and are capable of being used without further configuration, the better off we'll all be. We will collectively stand that much greater a chance of winding up with networked places that reflect something of our own local values and traditions, wherever we live and whatever those values might encompass. Dicen que la ciudad se llenara de sensores y dispositivos fijos y móviles que prometen multiplicar nuestra capacidad de gestionar la información en tiempo real, los flujos de esa información, los "puntos calientes" de la ciudad, cada bit de información precisa para gestionar de manera eficaz los servicios urbanos y el funcionamiento de la ciudad a nivel colectivo, y nos darán también a los individuos la capacidad de entender lo que pasa a nuestro alrededor. La ciudad hiper-conectada del ciudadano-hiperconectado. ¿Quién establece los mecanismos, protocolos y plataformas, el sistema operativo bajo el cual funciona todo esto? Parece que ciertas aplicaciones pueden ser completamente neutras -el control automatizado y en tiempo real, por ejemplo, de los consumos energéticos- pero, ¿qué límites vamos a poner al uso de esa información? ¿Quién la va a utilizar? ¿Dónde empieza y termina la privacidad? Todo son datos pero, ¿qué datos realmente importan? ¿A quién? ¿Merece la pena controlar todos los datos? ¿Quién los seleccionará? ¿Para qué los controlará? Como decía al principio del artículo, ya que, aunque las cosas están precipitándose de manera sorprendente, estamos en el inicio de todo esto es oportuno plantearse dudas. Ramón Sangüesa recordaba hace ya unos meses los dos extremos de todo esto a partir de The street as platform que reflejan precisamente la tensión que está por resolver: 1. La ciudad híbrida (http://liftconference.com/design-hybrid-city-near-future) como una realidad tanto de información como de infrastructuras clásicas y de actividad de ciudadanos donde los éstos son capaces de crear y analizar sus propios datos o en mezcla con los de las administraciones. Los ciudadanos pasan a la toma de decisiones sobre la propia ciudad a partir de la interpretación de estos datos. Una de las referencias aquí también podría ser el proyecto Sentient City. 2. La ciudad controlada donde un actor (sea administración o empresas) centraliza y atesora la información recogida por miles de nuevos sensores, interconecta bases de datos públicas y privadas en incluso información captada desde los propios ciudadanos (nuestros móviles son una fuente inagotable de información sobre nuestros desplazamientos, preferencias y acciones). La misma Saskia Sassen ha aportado su visión particular de este tema en Talking back to your intelligent city. Desde el reconocimiento de la necesidad de los actuales proyectos que están experimentando con nuevas soluciones tecnológicas, apunta a una segunda fase donde emergerán los problemas de control político y las tensiones sobre los derechos ciudadanos. Utiliza para plantear este temor un juego de palabras un poco endeble, pero suficiente, From experimentation, discovery, and open-source urbanism, we could slide into a managed space where "sensored" becomes "censored." What stands out is the extent to which these technologies have not been sufficiently "urbanized."
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Donde, entiendo, "urbanized" apela a la integración de las tecnologías y la lógica que implican en las características locales y en las condiciones supuestas a una ciudad en cuanto a garantía de libertad, de acceso y de facilitación real de capacidades a la ciudadanía. El control de la ciudad, de su funcionamiento, de las vidas reales que tienen lugar en ella,...ahí residen las principales implicaciones de la oleada de "digitalización" urbana. Frente a la poderosa desafección democrática que sufrimos, ¿pueden estas soluciones llevarnos a una mayor concentración del poder político -a través del control informacional- y a una centralización de ese poder? Ya que estamos empezando a explorar estos temas, por una vez no viene mal mirarse en los extremos, aunque sólo sea para encontrar imágenes en las que mirarnos. En este sentido, ¿qué hay de las pesadillas que a través de la ciencia ficción hemos conocido sobre poderes centrales que controlan la ciudad? ¿Qué riesgo podemos asumir de privatización de la ciudad? ¿En manos de quién está la instalación y la gestión de este tipo de servicios? En esta entrevista, Andrew Comer es bastante explícito: When one considers the cost involved in deploying technologies and retrofitting cities-the meters, sensors, regulators, connecting systems and networks, etc.--and given that public sector funds are very low right now, the onus will naturally fall to the private sector for financing. When you have a big corporate entity offering to put all this resource-saving technology into play, they will quite rightly look to profit by taking a part of any cost savings or market opportunity. But, how much is fair for them to take? Can't the community, the individual, share in this windfall? Who is brokering these agreements? Who is making sure people get a fair deal? Who in local or regional government has the skills and the experience to negotiate these kinds of deals?

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La inteligencia de la ciudad está en la calle
Recomiendo escuchar detenidamente esta intervención de Adam Greenfield, fundador de Urbanscale y una de las personas con las ideas más claras sobre el papel que puede jugar la tecnología en la vida urbana. Como pionero del urban computing, su libro Everyware: The dawning age of ubiquitous computing es una referencia sobre computación ubicua y su presencia en el entorno construido. Un trabajo más breve en forma de entrevista, Urban Computing and its Discontents, también cuenta entre las lecturas obligatorias de cualquiera que se acerque a estos temas para entender los dilemas de la interacción de lo digital y el espacio físico de la ciudad. Son trabajos que cuentan con suficiente tiempo como para entender que, en primer lugar, que nada de lo que cae bajo la etiqueta de smart city es nuevo (aquí tienes una buena selección de libros sobre el tema en los últimos diez años que dan algo de perspectiva) y, en segundo lugar, nos permiten tomar algo de distancia para ver cuántas de las promesas se han cumplido y cuanto ha habido y hay de exageración optimista sobre el valor de las tecnologías digitales en las ciudades. Smart City es una expresión que procuro evitar, precisamente porque su actualidad no ha hecho más que confundir las cosas. Prefiero hablar de tecnologías para el funcionamiento urbano cuando pienso en la mejora de los servicios públicos, y tecnologías de empoderamiento cívico cuando se trata de nuevas formas de intervención digital en la creación colectiva de la ciudad o simplemente de la experiencia de la vida en la ciudad. Es, además, una expresión absolutamente equívoca y que, quienes la usan más a menudo, reconocen que no saben qué significa. Hay que bajar la escala, a pie de calle, por ejemplo para comprender el valor de la tecnología en la vida cotidiana. Mirar la ciudad desde arriba tal como hace la idea genérica de smart city, nos permite ver ciertas necesidades (las redes de distribución energética, los flujos de tráfico, etc.) pero no nos da nitidez suficiente para fijarnos en la vida real de la ciudad y sus ciudadanos. Y esa vida se da en una escala más pequeña y es ahí donde sí podemos descubrir las pequeñas interacciones cotidianas entre las personas y de las personas con los servicios urbanos y encontrar nuevas innovaciones realmente necesarias y que tengan mejores perspectivas de éxito. Es la escala que nos permite comprender qué necesidades reales tenemos para usar más el transporte público, qué obstáculos reales existen para crear modelos de negocio viables para los sistemas de automatización en tiempo real de la información de aparcamiento. La calle es el espacio dinámico donde podemos encontrar aplicaciones más cotidianas que nos permitan utilizar todo el potencial de la ciudad en su interacción entre lo físico y lo digital. La calle como plataforma lo llamó Dan Hill hace ya tiempo. Tenemos a nuevos agentes hablando intensamente de la ciudad y prometiendo que será inteligente. Son recién llegados a la discusión sobre la ciudad y están actuando con un exagerado optimismo y una ausencia casi total de perspectiva sobre la ciudad a la que pretenden servir. Una retórica vanguardista a la que le suman objetivos de sostenibilidad para legitimar sus estrategias comerciales, pero sin saber apenas nada sobre ecología urbana, sobre sociología urbana o simplemente sobre la vida social de los espacios públicos. Ni tan siquiera las diferentes industrias parecen ponerse de acuerdo. Sobre esto, Anthony Townsend plantea una idea que creo que es
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fundamental a la hora de enfocar los desarrollos tecnológicos que las empresas quieren hacer en las smart cities: But have only the foggiest notions about what people might do with it. It's a vision of the city driven by a product. We've made that mistake before. In the 20th century, when we let General Motors convince us to design our cities around cars. We can't make that mistake again. Es evidente que las empresas que cuentan con productos tecnológicos que ofrecer han de centrarse en sus productos para venderlos. Pero no basta con agregar ciertas tecnologías añadidas o revestir los productos de toda la vida con una capa más sofisticada. Si de verdad queremos contribuir a un mejor desarrollo urbano, hará falta diseñar desde el origen esos productos pensando en los servicios urbanos a los que contribuyen. Ahí encontraremos variables no tecnológicas para su diseño que van a ser decisivas para que los productos sean útiles. Sí, Masdar, Incheon o Songdo son grandes proyectos que nos dan una idea de la naturaleza y la escala con la que somos capaces de intervenir en el territorio. Pero no son más que ideas contrarias al propio concepto de ciudad como lugar con memoria, con historia, de conflicto. Son sólo ejemplos de un desorbitado optimismo tecnológico y un pesimismo injusto sobre las ciudades que tenemos, y nos despistan del objetivo principal, que no es otro que disponer de mejores condiciones para la satisfacción de las oportunidades y capacidades de las personas allí donde viven. Lavasa (India) es el ejemplo perfecto para explicar la desconexión de lo smart con lo urbano, tal como se está vendiendo. En todo el 2011 he llegado a contar no menos de diez eventos de cierto nivel en España donde el lema principal era las smart cities. Y en todos ellos faltaba siempre una perspectiva integral de la ciudad, una visión amplia de la ciudad como lugar y no como mero espacio sobre el que implantar sofisticadas redes o desarrollar aplicaciones móviles. Eventos donde se repiten lemas, ejemplos y promesas, en los que se mezclan por igual aportaciones sobre la enésima reinvención de las redes sociales, las smart grids o las últimas aplicaciones de la sensórica, en un totum revolutum difícil de entender y en el que todo, cualquier cosa, puede tener la etiqueta de #smartcity. Pero apenas hay rastro de cómo enfrentar socialmente la generalización de tecnologías de videovigilancia y control facial, de cómo abordar la sostenibilidad del modelo energético más allá de las tecnologías, de cómo entender un modelo inteligente de movilidad urbana, por ejemplo. Sí, tenemos los datos. Sí, tenemos importantes desarrollos tecnológicos. Tenemos, incluso con trademark, un urban operating system. Pero nada de eso va a funcionar, puedo apostar lo que sea, sin entender la ciudad en su contexto. Igual que no funcionaron las futuristas visiones de hace años. Hablemos de ciudades, perfecto, porque en ello nos va el futuro de este mundo urbano. Pero pongamos perspectiva a las cosas antes de equivocarnos como siempre se hna equivocado las ensoñaciones sobre el futuro de la ciudad. Empiecen por Jane Jacobs. Cualquier párrafo de Vida y muerte de las grandes ciudades puede leerse hoy en día y encontrar implicaciones sobre el valor real de la tecnología en la ciudad. Porque la fascinación que producen los renders maravillosos de nuevas ciudades en recónditos rincones del mundo, el
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interés que despierta cualquier nueva app para el iphone, el potencial que tiene la liberación de los datos públicos o el carácter innovador de las smart grids no son nada sin contexto. Y el contexto es urbano y brilla por su ausencia en gran parte de los reclamos alrededor de la smart city. El mayor exponente de esto último es esa noticia que, como muchas otras, circuló acríticamente hace unas semanas. Nada menos que una ciudad sin personas en el desierto de Nuevo Mexico, construida como laboratorio de tecnologías smart para las ciudades. Aceptar este tipo de ideas es alejarse de un modelo de investigación abierta en el que las tecnologías se prueben con los usuarios. Sal a la calle, que es el principal laboratorio y encontrarás más respuestas sobre cómo orientar el desarrollo que estás haciendo. La verdadera inteligencia de la ciudad está en el casi milagroso orden inestable espontáneo en el que se da la vida en la ciudad. Son las relaciones sociales, las personas, las que generan la inteligencia del funcionamiento de las ciudades. Imperfectas, conflictivas, desastrosas a veces, mejorables siempre. La tecnología sólo facilitará ciertos procesos, y la lógica de la vida colectiva derrotará cualquier intento de implantar sistemas que sobrepasen el nivel necesario de sofisticación. La tecnología que da inteligencia a la ciudad y que hace que las cosas funcionen es invisible y tiene que ver con la diversidad, la confianza recíproca, el encuentro del otro o la capacidad de apropiarse y construir la ciudad de forma conjunta. El determinismo tecnológico chocará irremediablemente con la impredecibilidad y la complejidad de la vida urbana si se imponen las estrategias top-down de sofisticación tecnológica en un momento, además, de dificultades presupuestarias para las entidades locales.

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Escenas cotidianas en una ciudad inteligente
Seguramente estas notas parecerán algo naif, pero no me resisto a compartirlas. Ante la abundancia de promesas sofisticadas alrededor de la idea de la ciudad inteligente, proponer hechos cotidianos como prueba de que la ciudad inteligente desborda la idea de las tecnologías puede parecer una ligereza. Pongamos el caso del transporte público. Nos esforzamos por crear soluciones que automaticen los procesos de información en tiempo real a los usuarios, ofreciendo pantallas, aplicaciones móviles para conocer el tiempo de espera, actualizando mapas para situar la flota en la ciudad, sistemas de aviso por SMS, etc. Queremos información instantánea en tiempo real para tomar la decisión de coger el autobús en una parada o en otra, acelerar el paso para intentar llegar a tiempo a su paso. Y una mujer ve el autobús en la parada y empieza a correr para tratar de alcanzarlo. ¿Llegará? ¿Corre porque ha mirado su móvil y le ha avisado de que el autobús está a punto de salir? No, simplemente, lo tiene a la vista y ha notado que todos los pasajeros que esperaban ya han subido. Son apenas 30 metros que separan la distancia temporal de tener que esperar 30 minutos al siguiente. Y alcanza a subirse al bus, gracias a dos comportamientos inteligentes: un grupo de chavales se han apartado al verla empezar a correr, facilitándole así su recorrido acalorado. Y una señora, que esperaba otro autobús, se ha acercado al bus a punto de marchar y le ha pedido al conductor que espere, señalando a la mujer a la que le quedaban apenas 10 metros cuando el autobús parecía acelerar. Un metro que llega. Las pantallas digitales anuncian que está a punto de reanudar su marcha. Pasajeros acelerados pasan sus tickets con información "invisible" sobre el tipo de billete, la estación de origen, la tarifa que han pagado. Algunos incluso acercan su tarjeta inteligente, que incluye un sistema de conexión con su banco para pagar los viajes sin preocuparse de recargarla o de comprar billetes. Cuatro puertas de salida, que sólo se abrirán si el pasajero tiene su billete válido. Son las cuatro mismas puertas disponibles para entrar. Treinta personas salen, ocupando todas las puertas, imposible entrar para las dos personas que han visto desde fuera cómo llegaba el metro. Perderán el tren, incluso ahora que tienen su tarjeta inteligente. Pero de entre los que salían, una persona se ha detenido y en lugar de validar su ticket de salida, ha decidido liberar esa puerta, hacer que los que están detrás de ella esperen, para poder dejar pasar a esas personas que querían subirse al tren. Estas dos personas, finalmente, consiguen subirse al tren, sin saber muy bien como han conseguido hacerlo. Un semáforo en rojo para los peatones. Con sus LEDs y automatizado desde un centro de control integrado del transporte de la ciudad. Un joven espera a que se ponga en verde para poder pasar, en una vía por la que circulan coches a unos 50 km/h. Espera y nota, por instinto, que un niño pequeño se acerca. Mecánicamente, casi sin pensarlo, extiende su brazo y detiene la carrera del niño, a punto de cruzar el paso de peatones. No sabe muy bien qué le ha hecho extender la mano, pero mientras lo piensa, el semáforo se pone en verde y empieza a andar, mientras los abuelos del niño se acercan y le explican al niño que no vuelva a soltarse de su mano.
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Nueve de la noche, hora de bajar la basura. El contenedor amarillo rebosa de residuos. El hombre duda: ¿dejo la bolsa al lado del contenedor? ¿La dejo en el contendor azul? Lo piensa un segundo más. Decide volver a subirla a casa y probar al día siguiente. Un parque de juegos. Un caos de gritos, bicis, balones, críos corriendo y adultos charlando en diferentes círculos. Nadie lo sabe, pero una niña llora porque no encuentra a su madre y en el otro lado del parque, un padre busca inquieto a su hija, que hace un tiempo que no la ve. Es un parque con poca iluminación, pero al menos hay cámaras de seguridad. Un chico cruza rápido el parque, tiene prisa. Pero ve a la niña y se para. Habla con ella, descubre que está perdida. Es un adulto, un extraño, hablando con una niña. Se queda con ella hasta que aparece su padre que, asustado, apenas alcanza a dar las gracias al joven mientras este se marcha mirando su reloj. Llegará un poco más tarde a su cita. En cualquiera de estas situaciones, y cada vez, la tecnología está presente. No la tecnología a la que hoy llamamos smart, sino artefactos en el sentido más amplio. Un banco en la calle también es tecnología. La promesa smart -en tiempo real, ubicua, etc.- es sólo un aditivo que podemos sumar gracias al adelanto técnico. Pero en ninguno de los casos es decisiva para resolver circunstancias cotidianas, vivencias reales de personas que comparten la vida en la ciudad y dan soluciones reales a otras personas que viven en esa misma ciudad. Cuando escribía que la inteligencia de la ciudad está en la calle, en parte hago referencia a estas situaciones. No es una contraposición a la sofisticación tecnológica. Al contrario, es el recordatorio de que esta sofisticación necesita tener en cuenta la vivencia cotidiana en la ciudad para no caer en la trampa del determinismo tecnológico ni pensar que la tecnología solucionará el día a día de la gente. Todos los días, en cada calle, miles de actos voluntarios e involuntarios facilitan (o dificultan) la vida. La actitud del cuidado y la conciencia de estar compartiendo un mismo espacio son, en todos los casos, lo más relevante del desenlace de la historia. No sé si son comportamientos inteligentes, pero sí son relevantes. Incluir estas claves en el diseño de soluciones tecnológicas para el funcionamiento urbano es clave para que estas soluciones estén orientadas al usuario, estén dimensionadas al alcance real de los límites que la solución tecnológica puede ofrecer, sean entendibles y tengan una función urbana útil. Incluir este tipo de claves en la implantación en la ciudad de proyectos tecnológicos ayudaría a entender mejor cómo funciona la ciudad, cómo se comportan los ciudadanos y cómo integrar la impredecibilidad como algo consustancial a la vida urbana.

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Una ciudad sin personas no es un laboratorio urbano
Hace ya unos meses que dediqué unos párrafos a lo que por entonces era sólo un proyecto en sus primeros inicios: un laboratorio urbano sin personas en medio del desierto de Nuevo México. Entre otras cosas, ya vimos que estos mega-escenarios no son unos desconocidos en la historia. Ahora sabemos un poco más y vuelve a celebrarse acríticamente en los medios y las redes sociales, que se hacen eco de esta iniciativa. Por entonces, a falta de más detalles, ya parecía una idea bastante alejada de cómo debería enfocarse la investigación tecnológica para acertar a la hora de diseñar nuevos servicios urbanos que realmente respondan a las necesidades de la vida en la ciudad. Ahora tenemos un poco más de detalles. Esta ciudad sin habitantes se llamará Center for Innovation Testing and Evaluation y se presenta así: The Center for Innovation, Testing and Evaluation (CITE) will be the first of its kind, in scale and scope, fully integrated test, evaluation and certification facility dedicated to enabling and facilitating the commercialization of new and emerging technologies. CITE will be modeled after a mid-sized modern American city, integrating real-world urban and suburban environments along with all the typical working infrastructure elements that make up today's cities. This will provide customers the unique opportunity to test and evaluate technologies in conditions that most closely simulate real-world applications. Impulsada por el holding Pegasus, esta ciudad ofrecerá un marco de pruebas para una serie de tecnologías que podrán probarse en un marco aséptico sin interferencias de ciudadanos, usuarios, contratiempos o eventos inesperados. Con un marco de investigación tan acotado, se hacía evidente que tan sólo una serie de tecnologías tendrían sentido ser testeadas aquí: sistemas de transporte inteligente, generación de energías alternativas, smart grids, infraestructuras de telecomunicación, seguridad, etc. En este tiempo he visto cómo incluso en foros donde se trataba de impulsar temas como la innovación abierta se aplaudía este proyecto como el último gran avance del discurso de las smart cities. Pero ahora, conociendo más en detalle el proyecto, sigo en las mismas. Las tecnologías que inciden en la vida urbana van mucho más allá de las apuntadas. Pero incluso estas, que tienen un gran componente de infraestructura "dura" y aparentemente pasivas, van a depender necesariamente del uso que se haga de ellas. Podríamos pensar que quizá necesiten pruebas previas a su uso para ajustar y analizar cuestiones de diseño y de operativa. Sin embargo, ¿no debería anticiparse al máximo esta "salida a la calle"? Es otro marco metodológico muy diferente del living lab, por ejemplo, que busca, a grandes rasgos, acercar las fases de conceptualización y diseño a condiciones reales en las que los usuarios de esas tecnologías sean los protagonistas. Las instalaciones, sin embargo, apelan a su tamaño medio como el escenario ideal en el que probar tecnologías que se pretenden implantar después en la tipología típica de
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ciudades norteamericanas (de hecho, en su diseño se ha querido replicar la ciudad de Rock Hill en Carolina del Sur), utilizando CITE como un laboratorio urbano para simular escenarios y recoger datos de los ensayos en un entorno de interacción cero con usuarios. Posiblemente, disponer de condiciones asépticas de laboratorio en un aparente contexto urbano (en realidad, piénsalo, lo de hacer una ciudad es tan sólo un escenario que funciona como reclamo) puede tener cierta utilidad para investigadores y empresas que quieran implantar este tipo de tecnologías con ensayos previos sobre el terreno (y terreno no es lo mismo que calle), pero la relevancia de esos ensayos, parece, será muy limitada mientras no se enfrente a condiciones reales de uso. No podemos despistarnos mucho si realmente queremos acertar a la hora de desplegar en la ciudad la tecnología suficiente, necesaria y cercana.

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