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La Casa en el Monte de Los Olivos

La Casa en el Monte de Los Olivos

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En el pueblo de San Olivier la cosas siempre fueron normales, aquella portentosa y adinerada familia nunca daba de que hablar, hasta entonces, cuando los últimos herederos de aquel gran apellido llegaron al mundo, desatando los chismes y las habladurías entre aquellos que vivían a los alrededores de la hacienda el Olival, en el Monte de los Olivos. Trayendo con ello malévolos acontecimientos que poco a poco conducirían a la verdad, pero una verdad tan siniestra y desalmada que hubiese sido mejor no develar de entre el manto de las mentiras y el suspenso. Después de todo lo que siempre decía doña Marcela: “Lo de los Olivier solo es de los Olivier”, seguiría siendo cierto...
En el pueblo de San Olivier la cosas siempre fueron normales, aquella portentosa y adinerada familia nunca daba de que hablar, hasta entonces, cuando los últimos herederos de aquel gran apellido llegaron al mundo, desatando los chismes y las habladurías entre aquellos que vivían a los alrededores de la hacienda el Olival, en el Monte de los Olivos. Trayendo con ello malévolos acontecimientos que poco a poco conducirían a la verdad, pero una verdad tan siniestra y desalmada que hubiese sido mejor no develar de entre el manto de las mentiras y el suspenso. Después de todo lo que siempre decía doña Marcela: “Lo de los Olivier solo es de los Olivier”, seguiría siendo cierto...

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05/25/2012

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Título original: La Casa en el Monte de los Olivos Edición: Irving González

Ilustración: Art-B™ D.R. © 2007. J. A. Berra Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del “copyright”, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía, el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares de la misma mediante alquiler o préstamo público. www.st-olivier.uni.cc 1a edición, octubre 13 del 2006 5a edición, agosto 05 del 2007 Prited in USA Impresión: Aviation Parkway, Suite 300 Morrisville, NC 27560

A Irasema Berra Romagnoli, mi madre.

Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos. _Jacinto Benavente (1866 – 1954).

I Un heredero imprevisto

Q

ue recuerde no había presenciado una noche así de fría y tormentosa en todo el año; los cielos cargados de nubes hacían resonar todo. Mis manos temblaban al momento de tratar de sostener aquella vela para brindarle luz a aquel parto que me ponía los pelos de punta. A mis diez cortos años de edad, recuerdo que asistí a aquel suceso que nos cambiaría la vida a todos y cada uno de los habitantes en San Olivier, un diminuto pueblo de alrededor de doscientos cincuenta y tantos habitantes, situado en el gran estado de Saincordá.

La señora Marcela Olivier, la doña, como todos sus trabajadores la llamábamos, era el ama de toda la hacienda del Olival, junto al señor Ezequiel Olivier, descendiente de aquella portentosa y antigua familia que bautizó al pueblo que rodeaba al gran monte de los olivos, el lugar donde yo, Julián Fedreira junto a mi madre, Natalia Fedreira y mi hermana, Iliana Fedreira, nos encontrábamos en el granero de la gran casa, ayudando a la doña a traer al mundo al heredero de la fortuna Olivier. No obstante y pese a mi corta edad, sabía que las cosas andaban mal, las caras de mi madre, la confidente de la doña y mi hermana, la cocinera, no mostraban ánimo alguno cuando aquel arrugado y ensangrentado bebé llegó, sino que todo lo contrario, Iliana rompió en llanto cuando
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los tres notamos que esa criatura pese a los inútiles intentos de mi madre por reanimarla no reaccionaba. Estaba muy claro para nosotros que aquel varoncito había nacido muerto y no nos imaginábamos como es que la señora Marcela actuaría, sin embargo antes que esta pudiese siquiera percatarse, las contracciones siguieron atormentándola; otro bebé venía en camino y no restaba tiempo para seguir con la atención puesta en el primer niño, que fue colocado en un moisés rápidamente por mi madre, y que en un acto desesperado me obligó a dejar la vela en suelo para asistirla a traer al mundo a aquel otro que venía con complicaciones. –¿Lo sientes? –me preguntó mi mamá entre los alaridos de la doña. –Si –tembloroso le respondí. –Trata de quitarle el cordón del cuello –me pidió. Después, casi no logro recordar como es que le salvé la vida a ese pequeño niño, que a diferencia de su gemelo pegó un grito que nos alegró tanto a mi madre como a mí y a mi hermana, al igual que a la señora Marcela, quien me lo arrebató de los brazos para contemplarlo en todo su esplendor, sin embargo, aquella alegría en el rostro de la joven doña se esfumó cuando preguntó por la otra criatura, que yacía en aquel moisés sin emitir signo vital alguno. –¿Por qué no se mueve? –sin importarle cualquier dolor que le aquejase, la señora se dirigió a gatas hacia el moisés con su otro bebé en manos–. ¿Qué es lo que tiene? – colocó al niño al lado del bebé sin vida–. Sus mejillas están azules… y está tan frío. ¿Qué tiene mi hijo? –su cara daba
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indicios de querer llorar, pero su corazón trataba de engañarla, no quería darse cuenta de la realidad, aunque ya era demasiado obvia. Mi madre rápidamente se incorporó y corrió donde la señora para levantarla; le dio sus condolencias por aquel bebé que había nacido muerto, y que al igual que el otro era un varón. –¿Qué le voy a decir a Ezequiel? –preguntó al instante que arrullaba al niño vivo. –Nada, doña Marcela, solo que tuvo a su hijo sano y salvo. No tiene porque saber que fueron dos –decidió hablar mi hermana. –Calla, Iliana. El señor Olivier debe saber –no coincidió con la idea mi mamá. –No, no, tiene razón, después de todo solo esperábamos a uno, ¿verdad, mi amor? –preguntó al momento de ver con mucha dicha a su hijo vivo. Inmediatamente la señora Marcela ordenó a mi hermana y a mi madre enrollar el cadáver en una sabana para ir a perderlo cuanto antes, sin embargo, cuando abrieron la puerta para salir, mi memoria trae a mis ojos aquella tétrica silueta bajo la lluvia y los relámpagos; una sombra se interponía en la salida y no quería dejar salir a nadie, aparentemente había estado escuchando todo desde el principio, tras la puerta, y sus negras intenciones, como es que yo me las olía, comenzaron a dejarse ver. –¡¿Tú?! ¡¿Qué haces aquí?! –indignada cuestionó doña Marcela.
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Mi madre y mi hermana cruzaban miradillas de preocupación. –Acaso, ¿quiere ocultarle algo a su marido, doña? – preguntó aquella bella mujer de tez canela y ojos verdes. –No es nada que te incumba, Minerva –terció mi hermana. –Oh, pero si me incube –aclaró. Entró, cerró la puerta y se quitó el empapado velo lila que la cubría; su cabello era negro y le llegaba hasta la cadera, pero eso no era lo que llamaba la atención de esa mujer en esos momentos; la mirada de la señora Marcela, mi madre y mi hermana se fueron directamente a lo que cargaba en sus brazos. –¡Un niño! –saltaron las tres. Corrí tras la paja y me quedé ahí, aquella mujer me inspiraba mucho miedo, muchos rumores la rondaban después de todo. –¿Qué edad tiene? ¿Es varón? –inmediatamente doña Marcela le inquirió, al parecer tenía claro lo que Minerva Invasórure quería. –Un día, y si, es varón, doña –le contestó. –Dime el trato, gitana, después de todo es lo que siempre haces. Así que supongo que tu visita es solo para eso –dijo la señora cuando trataba de arrullar a su recién nacido. –Inteligente como siempre, por eso atrapó a don Ezequiel más que por su belleza –alardeaba Minerva la
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gitana–. Yo no diré nada a cambio de que usted me cambie a su niño –dijo esta, pero al parecer lo que había dicho era tan absurdo e incoherente que doña Marcela si acaso le puso atención; solo soltó una risilla sardónica y volvió a preguntar sobre lo que en realidad buscaba aquella mujer, pero ella no se retractó, seguía firme con la idea de intercambiar niños, pero no aquel al que la señora Olivier cargaba; la gitana sorpresivamente viró al moisés para ver al bebé enrollado que mi madre y mi hermana cargaban. –¿Me quieres dar a tu hijo vivo por mi hijo muerto? – la cara de doña Marcela fue invadida por el asombro. –Yo no puedo cuidar a este bebé, y francamente el que esté vivo arruina mi vida como hasta ahora lo ha sido, pero no soy capaz de hacerle algún daño, así que yo me ofrezco a llevarme a ese niño muerto y perderlo a cambio de que usted, doña Olivier, lo cuide por mí –dijo Minerva. –¡La señora nunca aceptaría algo tan descabellado! – rugió mi madre. –Silencio, Natalia –ordenó la señora antes de acercarse a la gitana para ver al bebé–. ¡Oh! ¡Es hermoso! – anunció al verlo–. Iliana, ven para acá –le dijo a mi hermana, quien rápidamente dejó a mi madre y al bebé muerto–. Toma, sostenlo –le entregó a su propio hijo para cargar al hijo de Minerva–. Trato hecho –no lo pensó dos veces; ambas se quedaron viéndose fijamente por unos instantes. –Entonces… –dijo la gitana cuando trataba de sostener nuevamente al suyo.
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–Ah, ah… no lo veas más. Toma al niño muerto y márchate de aquí, no te quiero volver a ver, y más te vale callarte la boca o sabrás de mí. Lárgate a leer la buena fortuna a otro pueblo y nunca regreses. Los intensos ojos olivo de doña Marcela Olivier brillaban con la luz de la vela. –Descuide –aceptó Minerva al cubrirse con su velo. Después arrebató el moisés con el bebé muerto de las manos de mi madre, abrió la puerta del granero y se perdió en la tormenta. –Señora… –decidió hablar mi mamá. –Ni una palabra de esto a nadie –ordenó cuando tomaba al otro niño y pedía a mi hermana abrir nuevamente la puerta–. Vayan a casa y borren esto de su memoria –y sin otra cosa que decir, doña Marcela se fue a su casa, la cual se encontraba a solo unos pasos del granero, a mitad de la fría noche, junto a sus hijos.

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II La injusta doña Marcela

A

l día siguiente me levanté temprano; eran eso como de las seis y treinta de la mañana cuando fui a ordeñar una vaca y llenar una jarra de leche. Regresé a la casa y vi a mi madre escribiendo con una pluma de ganso y tinta negra una carta sobre su maquina de cocer. Estaba apurada y al parecer ya había llenado casi por completo la amarillenta hoja. Cuando terminó y yo apenas saqué mi tostada de pan del horno ella sopló por unos momentos para que la tinta se secara; la guardó en un sobre que sería sujetado por una cuerda que tomó de un clavo en la pared. Mi hermana apenas se levantaba cuando mi madre ya había guardado aquella carta en un jarrón sobre el estante de la cocina. Inmediatamente y como si todo hubiese estado calculado, la puerta sonó; mi madre preguntó en repetidas ocasiones, pero la puerta seguía sonando, cada vez más fuerte que la anterior, hasta que finalmente un robusto hombre terminó por tumbarla. Yo me moría de miedo; corrí de la mesa, derramé mi vaso con leche y me oculté bajo la litera en la que yo e Iliana dormíamos, dos hombres más entraron y golpearon a las mujeres de mi familia; mi madre les gritaba palabras altisonantes y mi hermana lloraba de miedo. No sabía que hacer, aunque era el hombre de la familia porque mi padre se fue al año que yo nací no pude mover mis piernas, y menos aun cuando aquel enorme
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hombre que había tumbado la puerta sacó de su cintura un enorme fusil que apuntó primero a mi mamá, quien los maldijo antes de que el desgraciado le volara la tapa de los sesos. Mi hermana, mi hermana la tuvo peor, aquellos tres infelices la torturaron y masacraron antes de darle el golpe de gracia. Únicamente me privé, no me di cuenta cuando se acercaron y me sacaron debajo de la litera para amenazarme; simplemente no lo podía creer. Después sentí el frío acero en mi mejilla; uno de ellos me cargaba mientras el otro sonreía y el infeliz del arma me la ponía en el rostro; cerré los ojos y esperé lo inevitable, sin embargo algo los detuvo, una mujer encapuchada había entrado por la puerta y enlodado el piso de la casa, ya que afuera estaba lleno de charcos. Era doña Marcela, quien les ordenó acercarme a ella; llevaba a uno de los bebés consigo. –Julián –me decía, pero yo no captaba la realidad–, Julián, mírame –me tomó de la quijada y me obligó a verla a los ojos; su cabello a diferencia de la noche anterior ahora estaba peinado; era largo, lacio y parecía estar hecho de oro. –Mi mamá y mi hermana… –le dije. –¡Ellas están muertas, Julián! Tú eres el único de los Fedreira vivos, debes entender que no tuve otra opción. No podía dejar que la verdad saliera, ustedes son los únicos que saben todo, pero haré una excepción –me dijo al momento que aquellos tres hombres no entendían a lo que se refería–. Te perdonaré la vida a cambio de que protejas a este niño con tu vida, y jamás, nunca jamás le digas la verdad a nadie sobre lo que ya sabes.
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Ella me mostró a aquel bebé de tez morena clara con cejas fuertemente marcadas a pesar de su edad y sin nada de pelo que dormía en sus brazos. –Julián, ¿me lo prometes, o prefieres morir como tu mamá y tu hermana? –me preguntó. Yo solo la pude mirar a los ojos cuando de pronto reaccioné, comencé a temblar y a tartamudeos le contesté que si, se lo prometí, le prometí que con mi propia vida yo protegería a ese niño, mi sangre corría por mis venas tan solo para cuidar de él durante el resto de nuestras vidas. Después ella me dijo cual era su nombre, Sebastián Olivier, un nombre que en mi vida olvidaría. Doña Marcela les ordenó que me soltaran al instante que se lo prometí; se fue, ellos la siguieron y yo me quedé solo con los cuerpos de mi madre y mi hermana tirados en el suelo; agarré la silla más cercana y me senté frente a la mesa. Me serví otro vaso de leche y pensé en todo lo sucedido, por mi mente pasó que hubiese sido mejor que doña Marcela se hubiera ido con el doctor del pueblo y mi hermana y mi madre no la hubieran ayudado en el parto, así las cosas prácticamente serían distintas, pero lo hecho, hecho estaba, tristemente tuve que madurar a mi corta edad. Me quedé así por un par de horas más, y con el suficiente coraje reunido me dirigí al patio a cavar un hueco lo suficientemente grande para que mi madre y mi hermana cupieran; limpié la sangre de sus rostros y las cubrí a cada una con una sabana blanca, las coloqué en su improvisada tumba y la rellene, después me serví a hacer una cruz con dos de las tablas de la cerca que rodeaba nuestro humilde
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hogar, al pie del monte de los olivos, para eso ya eran las tres y cuarenta y cinco de la tarde. No me dio tiempo de llorar, arreglé la casa y tras asearme me vestí adecuadamente para salir e ir a la gran casa sobre el monte de los olivos, pero antes de que me fuera la curiosidad me invadió por completo, me dirigí a ese jarrón en donde mi madre guardó la carta y la saqué, tenia como destinatario a don Ezequiel Olivier, pero no la leí, tuve miedo, miedo de leer lo que ya muy seguramente sabía, así que decidí ocultarla en un lugar más seguro. No me entró el valor de destruirla tampoco, ya que mi madre la había escrito con mucho ahínco. Volví a tomar la pala con la que cavé la tumba de mi familia y recordé aquel gran árbol de olivo que se le imponía a todos en el monte; caminé hacia él e hice un agujero en su base, la metí en aquel jarrón, lo tapé y lo cubrí de tierra para que algún infortunado la encontrase y revelara la verdad, después de todo yo ya no tendría nada que ver con eso si llegase a ocurrir…

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III La maldad se oculta en lugares inesperados

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cho tortuosos años transcurrieron, y mis deberes como fiel lacayo del señorito Sebastián se hacían cada vez, con el transcurrir del tiempo, más presuntuosos y descabellados. A sus ocho años ya me había pedido que hiciera por él cosas que ningún niño de su edad haría; como el mandar a golpear o casi matar a los chicos y maestros de su escuela que no le agradaban, hasta cierto punto en que a veces me obligaba a mí mismo hacerlo frente a él, pero no fue hasta ese diez de agosto que las cosas se salieron de control. La casa estaba totalmente vacía; tan solo nos encontrábamos el señorito Sebastián, doña Marcela, la abuela; doña Rebecca Olivier y yo. Prácticamente todos nos acurrucábamos en el salón principal. La señora Marcela tomaba su té de la noche como de costumbre; a las nueve y cuarto, mientras que el señorito Sebastián se encontraba dibujando y la abuela tejiendo. Todos, incluyendo a don Ezequiel, Santiago el hermano de Sebastián y la servidumbre se habían marchado, el señor y su hijo, su favorito por cierto, se habían ido de caza con los amigos de la familia, y los sirvientes tenían su día libre; era domingo, mientras que yo trataba de pasar el tiempo sentado a unos cuantos metros de aquel niño, únicamente velando por su seguridad, después de todo era todo lo que tenía en este mundo.
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–Sebastián, ¿podrías pasarme esa aguja? –le pidió su abuela al niño, apuntando a la larga aguja para tejer del numero 4 en la mesita que estaba cerca de mi protegido. –Párese usted, tiene piernas –groseramente le dijo Sebastián. Doña Marcela pareció hacer caso omiso de lo sucedido y prosiguió con su té. Recuerdo que llevaba un gran vestido gris lleno de encajes blancos. –Que mala educación, un Olivier nunca actuaría de esa forma tan baja –dijo la abuela, levantándose de su sillón y dejando por un lado su tejido, captando por primera vez la atención de la señora Marcela, quien le encajó la mirada tal cual y un buitre a un cadáver. –Perdona, Rebecca, ¿qué has dicho? –doña Marcela dejó a un lado su té. –Este niño no merece llevar el apellido Olivier –dijo la anciana Rebeca con convicción al tomar aquella aguja para tejer de la mesa. Sebastián seguía dibujando su sangriento paisaje. –Nunca vuelvas a decir eso, maldita vieja –se puso de pie la esposa de don Ezequiel. –¿Cómo te atreves a hablarme así? –se enojó Rebecca, la madre del amo. –Te hablo así porque puedo, y será mejor que te retractes de lo que has dicho –ordenó la nueva doña, pero a doña Rebecca no le pareció aquella idea, sino que peor, la anciana mujer decidió seguir hablando frente aquella gran chimenea apagada y sucia.

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–No creas que yo no tengo mis dudas, Marcela. El que hayas traído a la casa a dos bebés que no tienen ningún parentesco da mucho de que hablar –dijo la señora Rebecca. –Esos chismes de pueblo no tienen ningún sentido. ¡Hay niños que nacen al mismo tiempo y no son gemelos, ni siquiera parecidos! –con la cara llena de furia se acercó a Rebecca. –Eso díselo a tu esposo, querida mía, que hasta él tiene sus dudas. ¿Por qué crees que a este niño lo ha dejado mientras se llevó a mi nieto Santiago? –Porque Santiago es un faldero –terció el señorito Sebastián, quien por primera vez dejó de ponerle atención a su dibujo. –Silencio, Sebastián, no te vuelvas a dirigir de esa manera a mí –su abuela lo apuntó con la aguja para tejer. –¡A mi hijo no lo amenaces! –doña Marcela se la quitó de las manos. Yo solo me quedé en donde estaba, no debía meterme en esas discusiones familiares, pero he de reconocer que la pobre doña Rebecca necesitaba ayuda; ambos, madre e hijo se ensañaban en insultarla y recordarle hasta de lo que se iba a morir, pero en algo ella tenia la razón, uno de esos niños no merecía llevar ese apellido y la verdad Sebastián era el que menos encajaba con el parentesco de la familia, además de ser un arrogante, presuntuoso e impertinente chico. –¡Me tienes harta, maldita anciana! –gritaba como loca doña Marcela a doña Rebecca, esta ultima recordándole de los proletarios lugares de donde provenía. –¡Mátala, madre! –de pronto el silencio comenzó, aquella petición de Sebastián había ahogado todos los gritos
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entre su madre y su abuela. Ambas estaban estupefactas; Rebecca reaccionó antes, le dijo a Sebastián que no debía haber nacido, y que lo más seguro es que él era el parásito al que la ignorante Marcela le había adjudicado el apellido Olivier. Fue en ese preciso momento que Marcela obedeció a la petición de su hijo; sin pensarlo esta empujó su mano con la aguja al estomago de la anciana, quien tan solo se le quedó mirando a los ojos, pero la mujer no quedó ahí, con una fuerza proveniente de no sé donde aquella anciana se sacó la larga aguja y se dirigió a la puerta del salón; salió manchando el piso. Doña Marcela no tenia idea de que hacer, su mano estaba ensangrentada y temía por lo que pasaría si Rebecca hablaba. –Mátala, mamá. Mata de una vez a mi abuela. Hazlo antes de que te acuse –sus infantiles palabras sonaban tan terroríficas pero a la vez con tanto sentido que la señora decidió actuar, corrió a la puerta para alcanzar a la abuela; Sebastián la siguió. –¡Espera a que mi hijo se entere de esto! Alcanzó a escuchar que Rebeca decía cuando bajaba las escaleras. –Para matarme se necesita más que eso. Tú y tu bastardo me las van a pagar –ya le faltaban los últimos diez escalones por descender para llegar al vestíbulo de la gran casa, sin embargo, la nueva doña, como también le decían, corrió lo más rápido que su vestido le permitió; llegó donde la dolida Rebecca y la tomó por los hombros para pedirle disculpas, estaba arrepentida.
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–Suéltame –dijo doña rebeca, volteándose para estar cara a cara con doña Marcela–, ni creas que te perdonaré, he estado esperando mucho tiempo por algo así para que mi hijo se de cuenta con la clase de mujer que se casó –con gran furia le soltó a su nuera, quien ahora nuevamente la miraba con gran enojo. –Pues como quieras, anciana… –le dijo doña Marcela, y la empujó por las escaleras. Sebastián estaba unos niveles más arriba, junto a mí; recuerdo que me tomó de la mano y me obligó a abrazarlo, estaba actuando como regularmente acostumbraba. Quería que yo creyera que le dolía ver como su abuela caía por las escaleras y se golpeaba la cabeza y todo su cuerpo; la mujer cayó muerta finalmente. Otra vez nos quedamos sin hacer nada, la señora Marce permanecía viendo el cadáver de su suegra mientras que Sebastián pretendía llorar aferrado a mi cintura. Yo, a mis dieciocho años solo pensaba en lo que ocurriría cuando el Sr. Ezequiel regresara a la casa. “¿Cómo le haría la doña para encubrir lo ocurrido?”, me pasaba por la mente, pero la respuesta no tardó mucho en llegar. La mujer que asesinó a mi familia actuó precipitadamente y corrió a ese nuevo aparato, el teléfono, llamó a la operadora y le pidió que la comunicara con el Dr. Ésmero Cantaral, uno de sus mejores amigos y confidentes. Como dos horas pasaron y yo ya había regresado de llevar al señorito Sebastián a asearse y dormir; me encontré con la señora y el Dr. en el vestíbulo, donde ambos construían la historia de cómo doña Rebecca había muerto, después de todo él era un respetado doctor y lo que dijera
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sería tangible, daría el veredicto de que doña Rebecca Olivier murió al caerse por las escaleras y clavarse por accidente la aguja para tejer. –¡Julián! Me llamó la doña, a lo cual yo acudí. –Ayuda al Dr. Cantaral a llevar a Rebecca a su cuarto, debe prepararla para cuando mi marido llegue –me ordenó. Yo no me pude negar, solo obedecí y ayude al doctor a cargar a la anciana, la tomé por los pies y él por la cabeza. Volví a subir las escaleras, hasta su cuarto, que estaba invadido a un olor a viejo y guardado, con las cortinas bien cerradas en aquella rosada habitación llena de estantes con vajillas muy antiguas que iban desde la más diminuta taza hasta el más grande plato nunca visto por mí, una habitación realmente extraña. –Sal de aquí –me pidió el hombre al cerrarme la puerta en la cara. –Puedes irte a descansar –escuché a mis espaldas. La patrona había llegado a la entrada del cuarto de la señora Rebecca tras haber limpiado la sangre derramada. Yo le contesté que si, caminé unos cuantos metros y ella me llamó nuevamente, yo viré, la vi y temí por lo que me pudiera decir. –Ni una palabra, Julián –me dijo. –Ni una palabra, señora –le dije. –¿Es una promesa? –me obligó a hacerle otra promesa. –Si, es una promesa –solté. –Gracias, puedes irte ahora si –y me fui, subí otros dos niveles y regresé al cuarto del señorito Sebastián; me
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cercioré de que estuviera bien y volví a subir más escaleras hasta llegar al ático, el nuevo hogar que la señora Marcela me brindó para cuidar mejor de su supuesto hijo.

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IV Y pagó por todos sus pecados con lo que más quería

E

n la mañana del once de agosto me levanté temprano. A las ocho y dieciséis yo ya estaba bajando al vestíbulo de la gran casa junto al señorito Sebastián, quien se había bañado y arreglado de acuerdo a la ocasión; llevaba una camisa blanca y un saco negro con corbata de moño y un medio pantalón color gris. Sus zapatos estaban tan pulidos que recuerdo que podía verme en su reflejo; yo me mataba limpiándoselos todo el tiempo. Tan solo estaban la señora Marcela y Santiago, el hermanito de Sebastián, él vestía de igual manera que su hermano (al parecer una idea de la señora Marcela por hacerlos lo más parecidos posible), en cambio, la doña llevaba un vestido negro con rojo y un sobrero con encaje oscuro que le cubría la mitad del rostro. Bajamos junto a ellos y nos dispusimos a salir de la casa. Afuera, a diferencia de adentro, la gente se amontonaba para tocar el ataúd de doña Rebecca; mucha gente la quería, ya que aparentemente era una mujer muy bondadosa, después de todo siempre se preocupó por los habitantes del pueblo; todos los años ofrecía fiestas en los días feriados y hacía una gran cena de Navidad junto a la servidumbre para darla en el palenque de San Olivier, todos estaban invitados. El día era gris, las nubes no dejaban pasar los rayos del sol y don Ezequiel junto a Samuel de la Soledad Patrono,

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el capataz de la hacienda, encabezaban la caravana de los restos de doña Rebecca al cementerio del pueblo, Jardines del Olival, como lo nombraron. Ya encaminado muy cerca del ataúd y los que lo cargaban, yo iba junto a la señora y sus dos hijos, pero no tardó mucho tiempo en cuanto empezamos a bajar el empedrado monte para salir de la hacienda que llegó Samuel preguntando por Santiago; don Ezequiel quería que se fuera con él, frente de todos; a doña Marcela pareció molestarle un poco y lo dejó irse con Samuel, sin embargo, la furia que recuerdo azotó mi atormentado corazón fue la que brotó del endemoniado rostro de Sebastián; miraba con tanto odio y desprecio aquella escena de Santiago tomado de la mano por el capataz para llevarlo con su padre, que parecía querer matarlos, a él lo habían dejado excluido, junto a su madre. “Los odio…”, alcancé a escuchar que Sebastián murmuró. Jardines del Olival estaba frio y húmedo, olía a pasto recién cortado y el lodo abundaba en el lugar; mi mente alcanza a recordar a doña Marcela junto a don Ezequiel y sus hijos al momento que varios hombres ponían el ataúd en su tumba. –Al menos te hubieras dignado a llevarte a Sebastián contigo –dijo doña Marcela de una manera muy seca a don Ezequiel. –¿Para qué? –cuestionó él–. Santiago es mi compañero, que Sebastián sea el tuyo –dijo tajantemente aquel alto hombre de ojos color marrón y pelo castaño, quien llamó a Santiago para entregarle una vela y encenderla en sus manos.
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–Colócala al pie de su tumba, hijo –le dijo su padre. –Tú también, Sebastián –decidió meterse doña Marcela, quien acercó a Sebastián junto a Santiago para que colocaran la vela juntos, este último no pudo hacer nada por evitar que su hermano Sebastián se la arrebatara vilmente y fuera el protagonista del momento. Mas que tristeza y remordimiento, recuerdo que el rostro de la señora, a pesar de estar cubierto por el arreglo de una rosa sobre ese sombrero cubriéndole la mirada, irradiaba enojo en contra de su marido y todos los que cuchicheaban cuando la veían a ella y a Sebastián, tenia claro de que hablaban todos los chismosos del pueblo al pie de la gran casa, la cual se lograba distinguir desde aquel lugar, muy arriba del monte de los olivos.

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V El acuerdo de sangre se rompe

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inco primaveras más habían volado, y yo ya había cumplido mis veintitrés años, el señorito Sebastián al igual que el señorito Santiago trece, y la señora Marcela tirándole a los treinta. El tapanco del granero era el refugio del inteligente Sebastián durante los juegos de guerrilla contra su hermano; y yo como siempre estaba allí. Era su primer oficial mientras que él era el comandante; dibujaba una especie de plano sobre la madera del piso para atacar a Santiago, quien como de costumbre se refugiaba en la casa del árbol, en uno de los olivos atrás de la gran casa. Así permanecimos por unos minutos más, en los cuales Sebastián me daba instrucciones de cómo llegar a la casa del árbol desde atrás, para así abrir la puerta y dejarle atrapar a Santiago en su propia base, sin embargo, en eso la puerta del granero se abrió. La luz no nos permitió distinguir a la persona que había entrado, (las rendijas del piso de madera nos permitían ver hacia abajo), después, y solo después pudimos ver a doña Marcela entrar misteriosamente al lugar, no sabía que nosotros estábamos arriba; yo tenía planeado saludarla, pero Sebastián me previno cuando otra persona llegó. Era una mujer que estaba cubierta por un largo velo color mostaza con hojas de olivo estampadas; inmediatamente me quedé paralizado, yo ya había visto a aquella mujer, la cual ahora se sentaba junto a la señora en un rincón del granero, justo en el lugar donde la señora
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Marcela dio a luz. La puerta ya había sido cerrada y las ventanas habían sido tapadas. –Cuanto tiempo, doña Marcela –dijo la mujer, antes de quitarse el velo. –Deja de aparentar, Minerva –le dijo la doña. Ambas comenzaron a hablar como si ya se conocieran muy a fondo, parecía como si hubiesen crecido juntas, se reían de la misma manera y hasta cierto punto eran muy parecidas, pero la seriedad volvió tras todo eso. –El tiempo ha llegado –repentinamente dijo doña Marcela–. Como loca he estado todos estos años tratando de protegerlo, pero cada vez es más peligroso continuar con todo esto –prosiguió–. Yo amo a mis dos hijos por igual, pero tú te debes hacer cargo de tus propias obligaciones –la cara de Minerva, la gitana, no mostraba mucho interés–. La fortuna de la familia Olivier solo debe quedársele al verdadero hijo de Ezequiel, no puedo permitir que otro tome el lugar de mi difunto hijo –aclaró la señora Marce. –Déjate de tonterías, Marcela –habló Minerva–. Por fin hemos logrado lo que los nuestros habían estado queriendo desde hace generaciones –añadió. –Si, pero… –por primera vez la señora Marcela se vio disminuida al lado de Minerva. –Los Invasórure estamos por recuperar lo que nos pertenece, nuestras tierras –se alegraba Minerva. –Eso ha quedado en el pasado, lo de los Olivier solo es de los Olivier, y por nada del mundo, ni siquiera el inmenso amor que le tengo a tu hijo, mi sobrino en realidad, me hará cambiar de parecer. No fragmentaré el patrimonio de mi sangre.
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–¡Mi hijo también es de tu sangre! –saltó Minerva. Yo, al igual que Sebastián estaba atónito por todo lo que estábamos escuchando. –¡Soy tu hermana, Marcela! –vociferó la gitana. La señora Marcela se puso de pie rápidamente y corrió hacia Minerva, tapándole la boca y ordenándole que se callara, ya que nadie debía saber aquello. –Otra palabra y me obligarás a desaparecerte como a todos los que sabían esto –nuevamente la imponente fue Marcela, quien a diferencia de la gitana era rubia y no morena–. Tres son los días que seguiré cuidando de mi sobrino, después y si tú no te haces cargo de él, yo misma tendré que envenenarlo –aclaró. –Estás traicionando a tu propia familia –le dijo Minerva. –No, solo protejo lo que es de mi verdadero hijo. La que traicionó a su familia fuiste tu al haberte enredado con ese tonto duque y no haberlo hecho responsable de su prole. –Edzaid Arciduca me engañó, jugó conmigo y cuando supo que tendría a su hijo no se atrevió a dejar a su infértil mujer. Minerva trataba de quitarse la mano de doña Marcela, la cual se había ido directo a su quijada para verla fijamente a los ojos, de la misma manera que me lo hizo a mí cuando me obligó a hacer aquella promesa. –Pues cuanto lo siento. Ahora lárgate y recuerda… Tienes tres días para venir por el niño, si no, ya sabes lo que pasará –reiteró la señora Marcela.

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–Eres una áspid, Marcela Invasórure –finalizó Minerva, soltándose de la doña y yéndose tan misteriosamente del granero como cuando entró.

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VI La ira de un hijo

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oña Marcela se quedó ahí parada, como si estuviese meditando con respecto a lo que había hecho, después de todo ya había amenazado a su hermana con matar a su hijo, pero que recuerde ella amaba tanto a sus dos retoños que considero le sería algo difícil. Repentinamente y sin haberme dado cuenta, Sebastián apareció tras su mamá; no supe cuando bajó del tapanco, así que solo me quedé ahí para ver lo que sucedía; tenia miedo de lo que pudiese pasar. Sebastián escuchó lo de aquella airada discusión y supuse que él también, como yo, sabía a quien se referían, después de todo lo que yo prometí no decir, al niño ya se lo habían revelado, Sebastián no era hijo de los Olivier. –Sebastián –volteó sobre su eje la señora Marcela; lagrimas le brotaron de los ojos cuando lo miró–. ¿Escuchaste todo? –preguntó. –Todo, madre… –con los dientes pegados le aclaró. Inmediatamente la doña alzó la mirada, se fijó exactamente por donde yo los estaba viendo. –Sebastián… solo quiero que sepas… En ese preciso instante Sebastián se alejó corriendo al corral de uno de los caballos, abrió la puerta y entró; la señora Marcela lo siguió y también se internó al corral. No fue mucho tiempo el que espere para escuchar aquello que me puso los pelos de punta. La señora imploraba
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a Sebastián salir de las faldas del caballo, pero este no le hizo caso y en cambio obligó a la misma doña a sacarlo de ahí, sin embargo, aquel animal y no sé la razón reaccionó bruscamente de manera inesperada; se levantó sobre sus patas traseras y calló después a la doña. Sebastián había huido al ver a la criatura enfurecida. Sin pensarlo dos veces decidí bajar para ver si el señorito Sebastián se encontraba bien, y así lo fue, pero lo que recuerdo me aterrorizó por completo fue lo que vi en sus manos; un gran clavo oxidado manchado de sangre, pero no de la señora, si no del caballo, al cual se le alcanzaba a ver una profunda hendidura en la pierna trasera. No tuve tiempo de seguir con mis deducciones y corrí a ver a la patrona, quien permanecía tirada en el suelo con un terrible golpe en la cara propiciado por las patas del animal, que había salido corriendo de su corral. –Doña Marcela –la tomé entre mis brazos; sangre le brotaba de la boca y la nariz–. ¿Le duele? –no supe que más preguntar; ella pareció hacer caso omiso a mi pregunta y me cambió de tema. –Julián… –habló–. Sebastián es el hijo de… –pero en ese momento el mismo Sebastián llegó y la obligó a callarse; le gritó, la insultó y le dijo lo mala madre que fue durante todos esos años al no haberle dicho la verdad sobre su verdadero origen y de lo que tenia pensado hacer si la gitana no iba por él dentro de los días siguientes. Lo peor de todo fue cuando la señora Marcela se convulsionó y murió en mis brazos a la vista de un atónito Sebastián, al cual aparte de vérsele satisfecho con lo que había hecho de igual manera se le notaba cierta culpa.
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–Julián –me dijo aquel niño de cabello castaño y ojos de color olivo–, ni una palabra de esto –estaba actuando de la misma forma que la señora cuando cometía un crimen y quería que yo se lo tapara. –No, ni una palabra, señor… –le dije. En ese minuto la puerta del granero se había vuelto a abrir. La silueta de Santiago se dibujaba como sombra frente a la luz; su cara denotaba terror al haber visto aquella escena. –¡Mamá! –de pronto soltó aquella pistola de juguete que tenia pensado utilizar para ganarle a su hermano y salió corriendo junto a su madre y a mí. –¿Qué le pasó? –preguntó cuando la tomaba por el cuello y me apartaba; la había recargado sobre su regazo para cuando yo me paré junto a Sebastián, quien soltó el clavo con sangre y lo metió bajo la paja, con sus pies. –¡Quería cabalgar y el caballo la golpeó cuando trataba de sacarlo del corral! –sin pensarlo mucho Sebastián le contestó su hermano. –¡Rápido, un doctor! –gritó Santiago–. ¡Traigan un doctor! –continuaba desesperado. –Es inútil, Santiago. Mi madre está muerta –sus palabras mostraban soberbia. –No… ¡No puede ser! –Santiago estalló en llanto. No sé si Sebastián hizo lo que hizo por compasión hacia su hermano o por simple repugnancia al verlo así, pero este se dirigió a él y lo apartó del cadáver de doña Olivier, le pidió que fuera un hombre y no siguiera llorando, ya que los Olivier no lloraban.
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–¿Ya lo olvidaste? Mi padre no lloró cuando la abuela se murió, entonces tú tampoco lo hagas –dijo el intenso Sebastián.

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VII Tras la muerte de la doña

ara la noche, los señoritos Sebastián y Santiago, acompañados por mí, nos hallábamos en el estudio de don Ezequiel, quien junto a Samuel llegó para comenzar un exhaustivo interrogatorio sobre lo que en realidad ocurrió en el granero. Sebastián no nos permitió ni a mí ni a su hermano Santiago hablar casi nada; siempre decía lo mismo: que la señora Marce había querido tomar un paseo a caballo y que el animal reaccionó como loco cuando esta quería colocarle la silla y montarlo, pero había algo que no cuadraba en eso. Samuel era la clave del amo Ezequiel para llegar a la verdad. –Relámpago jamás ha reaccionado de esa manera – dijo Samuel–. Es un caballo que fue domado bastante bien en los establos de los Ridiocci, los mejores domadores. Sebastián se le quedó mirando de una forma fulminante al capataz, quien sintió como si una aguja le punzara fuertemente el cuello. Me imaginé que por primera vez pudo sentir aquel miedo que yo siempre padecí con aquel perturbador niño. –Además… –le costó trabajo seguir–, la señora no llevaba las ropas adecuadas para un paseo a caballo – sudorosamente terminó su frase al seguir sintiendo la mirada de aquel Sebastián sentado frente al escritorio de su padre, justo dando la espalda a la amplia colección de armas de don Ezequiel que colgaban en la pared.
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–Gracias, Samuel –dijo el amo–. Ahora, con lo que sabemos, me agradaría que ustedes también dijeran algo… Santiago, Julián –nos pidió. –Cuando llegué al granero Julián sostenía a mi madre, papá –tristemente dijo Santiago–, yo no estuve allí cuando mi madre murió –lagrimas caían a sus ropas. Don Ezequiel me miró fijamente y esperó a que yo hablara, pero los nervios me lo negaron, no sabía si decir la verdad o seguir con el cuento de Sebastián, no quería seguir con aquella promesa que le hice, pero tampoco romperla, ya que estaría rompiendo también la de la difunta señora. Solo tartamudeé un poco y Sebastián saltó de su silla, me miró con coraje y yo entendí su mensaje; que me callara. –¡Creo que es suficiente, papá! Julián te dirá lo mismo que yo, ya que se encontraba conmigo jugando en el tapanco del granero. Mi madre entró, se dirigió al corral de ese maldito caballo y trató de montarlo, cosa que obviamente no sucedió porque la bestia esa se puso como loca… –actuaba como si estuviera indignado–. Cuando bajamos al escuchar el escándalo mi mamá ya estaba en el suelo con la marca de la herradura en su cara –golpeó el escritorio de su padre. –Bien, Sebastián, pero mejor deja que Julián hable, es imprescindible escuchar su versión, porque si no recuerdas lo primero que discutimos, es que el caballo tenia una herida que muy probablemente le hizo hacer eso –aclaró el cansado y triste don Ezequiel. –No, padre. Creo que ya es suficiente. Si, suficiente tenemos con tener que sobrellevar la repentina muerte de mi madre como para seguir soportando estos interrogatorios que no valen la pena.
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Sebastián rompió en llanto, o actuó muy bien. –O ¿qué, papá? ¿Intentas darnos a entender algo? Acaso, ¿qué mi madre fue asesinada o muerta por culpa mía y de Julián? Don Ezequiel y Samuel comenzaron a sentirse tan incómodos como nosotros tres. –No… eso no es lo que trato de hacer –le contestó su padre. –Perfecto, entonces, en vez de estar haciendo esta estupidez hay que dedicar el tiempo a llorarle a mi madre, creo que se lo merece… Y salió corriendo del estudio, nos dejó a mí y a Santiago sentados enfrente de su padre y Samuel, que estaba de pie, a su lado. –Correcto –con la mirada baja dijo el amo Ezequiel–. Pueden retirarse ustedes también, Santiago –estiró las manos y pegó sus palmas al escritorio, estaba comenzando a querer romper en llanto, no sé si por lo de su esposa o por lo que acababa de ocurrir. Santiago y yo salimos de ahí y lo dejamos hablando quien sabe que cosas con Samuel. Yo no tuve el valor suficiente como para ir detrás de Sebastián, en cambio me fui a tratar de dormir y a esperar por lo que sucedería al día siguiente, con seguridad el velorio de la difunta ama. Y así fue, aunque muchos no se presentaron como el señor Ezequiel esperaba en los funerales de la doña, quien ahora si yacía en su tan merecido ataúd a la vista del veintenar de personas que asistieron.
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Entre ellos estaba Sebastián junto a su hermano y su padre, todos de negro ante las flores. No tuve la valentía necesaria como para ir a verlo por el miedo a su reacción de mi nerviosismo el día anterior.

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VIII La nueva mucama

ebastián cabalgaba portentosamente en los patios traseros de la gran casa. Llevaba en sus manos una fusta y bromeaba junto a sus amigos de alta sociedad, yo lo vigilaba de cerca. Ya había cumplido veinte años y su manera de ser no cambiaba, sino que empeoraba con el paso del tiempo; ahora era más vanidoso, presumido y mandón. Prácticamente todos en el pueblo le temían al nuevo Sr. Olivier, quien a diferencia de su hermano, siempre salía al pueblo a hacer de las suyas y tratar mal a todo el que se le cruzase en el camino. Aquella presuntuosa reunión de chiquillos ricos fue interrumpida cuando una carreta llegó a la casa por la parte trasera, de ella bajaron dos jóvenes, quienes pudieron observar como el amo Sebastián desmontó su caballo y se les acercó, sus amigos se quedaron en aquel lugar junto a los caballos y observaron al igual que yo como se presentaba ante los recién llegados. –Sebastián Olivier –dijo al tomar la mano de la chica. –Gabriel y Giannina Ridiocci –se adelantó el joven a hablar, pero Sebastián no le hizo mucho caso, en cambio besó la mano de la cautivante y rubia Giannina. –¿Así que son Ridiocci? –preguntó Sebastián. Ellos asintieron. –Su padre envió por una mucama nueva, don Sebastián. Sentimos mucho lo de su empleada anterior –
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habló Giannina, quien no parecía muy impresionada por el porte de Sebastián. –Oh, claro, claro. La sirvienta anterior falleció hace un par de semanas, pero no me digas don, para ti solo Sebastián –hizo saber–. Pero hay algo que mi mente no alcanza a comprender –añadió al encaminarse a la casa, de la mano de Giannina. Gabriel los seguía. –¿Y qué puede ser eso, Sebastián? –le preguntó ella. –¿Por qué has llegado por la puerta trasera? Una dama tan hermosa no merece llegar a la mansión como si fuera cualquiera. Gabriel reaccionó velozmente, recuerdo que apresuró el paso y pasó por en medio de ambos; separó las manos de su hermana y Sebastián, quien paró en seco. –¿Se te ofrece algo? –preguntó el señorito a Gabriel. –Con respecto a su primera pregunta, hemos llegado por la parte trasera porque así usted lo ha predispuesto. En la carta que nos llegó de su padre se nos pidió hacer esto para evitarle problemas, ya que podríamos apenarle con sus amistades –agarró la mano de su hermana–. Ahora, si nos permite, tenemos una cita con don Ezequiel, gracias por su amabilidad, conocemos el camino –y se adentraron en la casa por la puerta trasera, donde los recibió la servidumbre. Cuando Sebastián regresaba no pude evitar sentir miedo, su siniestra mirada inclusive atemorizaba a sus amigos, quienes no tuvieron el valor de hacerle burla por lo sucedido con la muchacha en aquella grisácea tarde. Subió de nuevo a su caballo y me llamó. –Señor –le respondí.
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–Prepara todo para lo de mañana, Julián, los planes aún no han cambiado –y se fue, sus amigos lo siguieron y se perdieron entre los olivos. Eran eso como de las ocho y cuarto de la noche y yo me hallaba en la recamara del señor Sebastián, acomodaba la ropa que usaría en su viaje para el día siguiente, la coloqué sobre una silla con una postal que le acababa de llegar; traía la imagen de un castillo sobre una colina forrada de árboles con el titulo Alcabarre, pero que tan solo decía en su reverso, “Ishtari 23.87, en enero”. Me dispuse a salir de ahí para irme a descansar, sin embargo, me topé con el señorito Santiago de la mano de Giannina; al parecer ambos se agradaban y conversaban muy amenamente; no pude evitar oír de que conversaban cuando alguien me tocó el hombro por detrás. Era Sebastián, quien acababa de llegar de la cabalgata con sus amigos. –¿Escuchando conversaciones ajenas? –inquirió–. Mira a quienes tenemos aquí –susurró a mi oído al ver a su hermano y a la nueva mucama; ambos no sabían de nuestra presencia–. ¿Quién iba a pensar que el tímido Santiago no perdería el tiempo? Yo le dije que al parecer ellos dos se agradaban mucho, cosa que no debí haber hecho nunca. –¿Qué hay del impertinente hermano? –me preguntó al mirar aquella escena con desprecio. –Gabriel Ridiocci se ha marchado al pueblo, al parecer solo trajo a la señorita Giannina –le contesté. –Perfecto, ahora el único moro en la costa será mi hermanito, pero primero lo primero. Mañana temprano
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partiremos a Alcabarre, tengo asuntos de los cuales encargarme –y se retiró, no sin antes arrojarme de una manera muy brusca su fusta y sus botas enlodadas, obviamente para que se las limpiara.

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IX Santo Dios

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ran eso de las cinco y media de la madrugada y yo ya me había levantado, me hallaba acomodando las sillas de montar de los caballos que utilizaríamos en el largo viaje. Dos lámparas de aceite iluminaban el interior del granero, la mirada negra de ese caballo de ébano llamado Relámpago destellaba intensamente, ese era el corcel que había herido mortalmente a la señora Marcela siete años atrás, y que curiosamente era el animal favorito de Sebastián. Dos horas transcurrieron y mi amo no llegaba, así que me dormí sobre la paja y soporté el frio que hacia, ya casi era invierno después de todo, la estación predilecta del señorito Sebastián. De pronto, a mi mente llega como algo helado golpeó mi rostro rápidamente, abrí los ojos y pude divisar la punta filosa de la bota negra de Sebastián, quien me ordenaba que despertara una y otra vez. –Es el colmo contigo, Julián –negó con la cabeza cuando montaba a Relámpago–. Apresúrate que ya nos vamos, recuerda que son tres días de ida y tres días de regreso, no hay tiempo que perder –tomó las riendas de su corcel y salió del granero. No pude evitar mirar que en su cintura llevaba un arma de fuego, pero no cualquier arma, esa yo ya la había visto en algún lugar que no pude recordar.

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Nuestro viaje comenzó bien, eran eso de las ocho y cuarenta antes meridiano cuando ya nos habíamos alejado de la hacienda; llegamos a las afueras de San Olivier y nos dirigimos al noreste. Cruzamos varios poblados durante el primer día de nuestro recorrido, pasamos por Calabastre, El Limonar, Mar Tinto y San Panicci, el sitio donde se conseguía el mejor de los quesos en toda la región. No descansamos hasta mediados del segundo día, cuando pudimos arribar a la morada de Santo Dios, una vieja fortaleza que a la época solo servía para alojar a los viajeros a cambio de su dinero. Jamás me hubiese imaginado que don Sebastián pudiera haber considerado ese lugar adecuado para pasar la lluviosa noche, pero así fue. Desmontamos y dos caballeros muy amables tomaron nuestros corceles, parecía como si ya nos hubieran estado esperando; llegamos a la recepción tras pasar el desgastado muro y nos recibió un sujeto. –Bienvenido, señor Olivier –le dijo el que parecía ser el encargado del lugar–. Nos da mucho gusto haber recibido la nota de que vendría, le hemos preparado la mejor de las habitaciones –dijo amablemente. –Lo dudo –alcanzó a decir el presumido Sebastián. Los tres llegamos a la recamara de mi amo, que para su desgracia no requería con lo necesario para mantenerle a gusto, pero no había de otra, teníamos que descansar y alimentarnos, ya solo faltaba un día y medio de viaje. Tras irse el sujeto, mi amo se dispuso a quitarse las botas y acostarse en su cama, yo hice lo mismo y me dirigí a un sofá, tres minutos antes de que tocaran la puerta. –¡Adelante! –dio permiso el señorito Sebastián.
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Un hombre llegó con una bandeja llena de alimentos, la cual colocó en una mesa, después se retiró, ahí supuse que ya todo estaba planeado. Don Sebastián había mandando aquella nota de su llegada a ese lugar días antes para que lo esperaran con todo listo. –Provecho –le dije cuando se acercó a ver la comida. –No seas estúpido, Julián –se burló–. Es para ti también –me aclaró–. ¿Pensaste que me comería todo esto yo solo? –dijo al mismo tiempo de destapar una botella de vino San Olivier, el mejor de los vinos de todo el país, y que le pertenecía a los Olivier. Yo me sorprendí mucho y me acerqué al lugar cuidadosamente, tomé una silla y me senté en esa mesa, el amo Sebastián estaba frente a mí. –Come lo que quieras, necesitarás mucha energía para lo que nos espera –me dijo después de haberse llevado una copa a la boca. –Señor –le dije–, disculpe mi impertinencia, pero, ¿para qué nos dirigimos a Alcabarre? –Todo a su debido tiempo, Julián, todo a su debido tiempo… Tan solo te puedo decir que finalmente ataré cabos que se desataron hace siete años, ¿lo recuerdas? Después de eso ya nada podrá preocuparme. Una risilla malévola se le dibujaba en el rostro a la luz de la chimenea y los relámpagos, a través de las ventanas. Permanecimos en silencio por un largo rato, después de terminar mi comida le pedí permiso para recostarme y me lo dio, nunca lo había visto tan humano como aquella noche. Por primea vez me permití pensar que podría haber cambiado, que después de todo podría haber un corazón en
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aquel pecho, pero en realidad nunca me hubiera imaginado la verdadera razón del porque del viaje ni de su actitud, hasta después…

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X Kotel

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ormí como nunca había dormido. Al día siguiente, sábado para ser exacto, me desperté y me propuse despegarme de ese duro y polvoriento sofá, el señorito Sebastián ya se había bañado y se disponía a ponerse sus ropas; lucia relajado y tranquilo, no parecía que se hubiese quedado despierto toda la noche, como en realidad ocurrió, ya que durante mis rondas nocturnas al baño me pude percatar que se quedó sentado frente a la ventana, admirando la tormenta de la que tan solo quedaban los charcos, únicamente bebiendo el fino vino de su copa. –No nos volveremos a detener –me dijo al subir a su caballo. Fue muy claro que estaba desesperado por llegar a su destino, que no pudimos vislumbrar hasta pasado día y medio de cabalgata. Entramos por la parte sureste del pueblo y nos detuvimos en un concurrido bar denominado Kotel, donde tras haber dejado a nuestros caballos sujetos en un tronco, fuimos la causa de tantas miradas al cruzar las puertas. Don Sebastián se miraba demasiado elegante como para encajar en aquel “lugarzucho”, como le había llamado antes de ingresar, se sentó en una de las mesas y yo lo seguí con mi mano muy cerca de la cintura, no pensaba en vacilar al sacar mi arma si alguno de esos hombres de aspecto rudo se le acercaba para hacerle daño.
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–¿Se les ofrece algo de beber, caballeros? –se nos acercó un mesero que olía mucho a licor. –Vino tinto San Olivier, cosecha de oro, por favor – dijo don Sebastián sin siquiera mirarlo. Como si hubiese hecho algo malo, recuerdo que todos guardaron silencio y nos volvieron a voltear a ver, a mi amo pareció no importarle y en cambio cruzó la pierna, encendió un puro con su elegante encendedor y preguntó que si había dicho alguna grosería. –No, señor –dijo el cantinero–, lo que pasa es que aquí no tenemos esa clase de vino –aclaró. –Ah… ya veo –exhaló un poco de humo–. Entonces no quiero nada –dijo despectivamente. Sacudió la mano para comunicarle al mesero que se alejara de su presencia. –Recomendaría que saliéramos de este lugar, señor – le susurré pegado a la mesa, no me parecía seguro seguir estando allí. –Tú te callas, Julián. Este sitio es el adecuado para conseguir la información que necesito –argumentó. A pesar de mis recomendaciones de no continuar dentro de Kotel, el señor Sebastián permaneció otras dos horas sentado, a la espera de algo que aún no me quería revelar, mientras que afuera se nos hizo de noche. Y no fue hasta altas horas pasado meridiano que el terror Olivier, como también se le conocía, captó algo que despertó su interés. Dos sujetos sucios y mal educados llegaron y se plantaron frente a la barra.
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–Debo seguir robando para poder pagar sus servicios –dijo uno de ellos, el otro sonrió de oreja a oreja y pidió una cerveza. –¿Y cuál clase de servicios? –le preguntó al momento de quitar la tapa de la botella, con sus dientes. –Ya sabes, no los de donde te lee la mano, los otros… –le contestó. El señor Sebastián no planeó seguir escuchando, en cambio se puso de pie y caminó hasta la barra, justo tras esos hombres, yo tuve que hacer lo mismo y me quedé quieto, deseaba que no hiciera algo malo para evitarnos problemas. –Estimados caballeros –dijo don Sebastián. Ellos no parecieron hacerle mucho caso y siguieron con lo suyo, hasta que finalmente la vocecilla del amo terminó por taladrarles la cabeza. El par volteó para verlo. –Mira, nos habla uno de esos riquillos –le dijo el de la cerveza. –Sebastián Olivier, mucho gusto también –dijo en un tono hipócrita el joven a mi cuidado. Todos nuevamente se callaron y plantaron sus ojos en mi amo, quien despertó un sin fin de cuchicheos al haber dicho su nombre. –¿Un Olivier? –preguntaron los hombres–. ¿Y qué quiere un Olivier con sujetos como nosotros? –Nada en especial, se los aseguro –dijo de forma condescendiente don Sebastián–, solo que me harían muy feliz si me ayudaran con esto –y metió su mano derecha a la gabardina para sacar aquella postal y aventarla a la barra.
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Ambos leyeron lo de atrás, cosa que supuse era una fecha desde el principio, pero los dos parecieron totalmente asombrados por lo que en realidad representaba. –¿Cómo sabe de eso? –preguntaron a don Sebastián. –Lo supuse, caballeros, digamos que fue una corazonada –sonrió–. Ahora, si son tan amables, ¿me podrían ayudar? Ellos se miraron fijamente a los ojos y titubearon un poco. –¿Y nosotros qué ganamos si te ayudamos, Olivier? El amo Sebastián se volvió a llevar la mano a la gabardina y sacó una bolsita de cuero, la arrojó nuevamente a la barra y uno de ellos la tomó, todavía puedo recordar el sonido metálico que esta hizo al chocar contra la pulida madera. –¡San Olivieros! –saltaron al ver que adentro mi amo había colocado largas y ovaladas monedas de oro. Sus caras de sorpresa no me impactaron en nada, después de todo, la moneda de San Olivier era la que más valía en todo el país. –Y habrá más después, si me ayudan, por supuesto – aseguró. Volteó hacia a mí y me pasó de largo para dirigirse a la salida. Ahora todos actuaban distinto, algunos sujetos en su camino se apartaron sin siquiera pensarlo dos veces al momento que pasaba; le temían a su apellido.

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XI “Ishtari 23.87, en enero”

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o también salí de aquel lugar de mala muerte, me encontré al señorito Sebastián desatando la soga su caballo muy tranquilo. Me le acerqué y no me dijo nada, en cambio yo fui el que tuvo que decir la primera palabra, aunque con miedo. –Señor, ¿cree que aquellos hombres le vayan a ayudar? Pero no me contestó, tan solo montó a Relámpago y al cabo de unos minutos aquellos individuos salieron a la calle, por donde una impresionante maquina motorizada pasaba dejando su humo; a mi amo le pareció bastante interesante, (de seguro quería comprar alguna en cuanto estuviese en casa). –¿Y bien, caballeros? –inquirió don Sebastián desde su corcel. –Trato hecho, lo llevaremos –le dijeron antes de montarse a sus caballos. A pesar de su actitud le tuve que preguntar a mi amo si era seguro confiar en esos tipos, pero simplemente me lanzó una risilla llena de soberbia. Como media hora fue la que nos tardamos en llegar a aquel oscuro y húmedo callejón donde abundaban decenas de mujeres que al parecer daban placer por dinero. Varias se
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nos insinuaron a mí y a don Sebastián, quien tan solo las miraba con desdén. –Aquí estamos –dijo el sujeto que había tomado la cerveza en el bar–, calle Ishtari nuevo 23, antiguo 87, colonia enero. Eso escrito en la postal de Alcabarre no era una fecha, era una dirección, ya todo estaba claro para mí; durante el recorrido del bar a ese callejón me enteré de que Alcabarre se dividía en doce colonias, a las cuales las nombraron con los meses del año, estábamos en enero. Don Olivier cumplió con su palabra, sacó otra bolsa llena de San Olivieros y se la entregó a los hombres sin siquiera agradecerles, sino que todo lo contrario, les dijo que se alejaran de su presencia he hicieran como si nunca lo hubiesen visto. A ellos pareció no molestarles, prefirieron invertir sus nuevos ingresos en la mercancía local, como uno de ellos dijo, claramente refiriéndose a las prostitutas del callejón.

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XII Drabarimós

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umo de cigarro brotaba de todas partes. El señor Sebastián y yo bajamos de los caballos; me dispuse a sujetarlos a un poste, pero me lo prohibió. Me dijo que no iba ser necesario, que nuestra estancia en aquel hueco mal oliente no sería muy prolongada, y en realidad eso esperaba, mis ojos se ponían rojos y mi nariz se congestionaba. Estaba completamente extrañado, cada vez don Sebastián visitaba sitios de mal en peor; primero Santo Dios, después Kotel y ahora ese sucio callejón en la calle Ishtari. “BIENAVENTURADOS SEAN TODOS LOS QUE ME VISITAN”, decía en la entrada del lugar al que fuimos, y donde la puerta estaba cerrada. Don Sebastián no se rindió, me ordenó dar golpes a la puerta hasta recibir respuesta alguna. –¿Si? Una ventanilla en la entrada se abrió, y tras ella se mostraron unos hermosos ojos verdes. El supuesto hijo de don Ezequiel se me adelantó a contestar. –Venimos por sus servicios –dijo mi señor. –¿Drabarimós o…?

–¡Drabarimós! –se apresuró don Sebastián, yo no sabía lo que había dicho, jamás escuche tal palabra.
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Aquella mujer con un velo rosa a la que le pertenecían esos ojos nos abrió la puerta muy sonrientemente; yo me quedé paralizado al verla, no era la primera vez que la veía y ella a nosotros dos tampoco, pero al parecer no nos reconoció. –Pasen, jóvenes –nos extendió la mano a su hogar–. ¿Qué es lo que trae a tan distinguidos muchachos a mi humilde morada? –preguntó al momento de cerrar la puerta. –Sus habilidades son increíblemente famosas en toda la región, Minerva –dijo Sebastián–. Nos la recomendaron y no podíamos desaprovechar la situación, después de todo ya casi no hay gitanos en el estado –continuó sonrientemente. Minerva Invasórure se puso muy contenta, tomó asiento tras una mesita circular y nos contó varias historias sobre los gitanos y su familia despojada de las tierras en San Olivier, al parecer Sebastián estaba muy interesado, después de todo se suponía que ella era su verdadera madre. –Y bien, ¿quién será el primero? –preguntó. Yo no supe a que se refería. –Serás tú, Julián –me dijo él al empujarme. Ella me aclaró que no tuviera miedo, me senté al frente suyo y me pidió tres monedas, don Sebastián me las arrojó y yo se las di, después me dijo que extendiera la mano y la colocara sobre la mesa; yo le pregunté sobre los Drabarimós. Ella me explicó que era la costumbre gitana para obtener dinero a cambio de adivinar la suerte. –Oh, muchacho… –negó con la cabeza–. Has recorrido un tortuoso y largo camino.
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Yo supe a que se refería. –Has vivido sometido bajo la sombra de un hombre sin corazón –revelaba al ver mi mano–, pero descuida, todo ese sufrimiento tendrá su recompensa. Recuerda que después de la tormenta viene la calma –me miró a los ojos y me sonrió–. Aquí veo que tendrás un hijo. Cuando dijo eso pensé que era una charlatana a pesar de haberme dicho mi pasado. Yo jamás tendría tiempo de tener un hijo y mucho menos de casarme, como después me lo aseguró. –Debes saber, que cuando tengas a tu primogénito has de buscar un gallo y matarlo por la mañana para esparcir su sangre en la puerta de tu casa –me dijo Minerva–. Ya que si no lo haces, el señor castigará cada casa donde nazca un varón, eso se llama Ihtimya, el día del niño. Don Sebastián estaba parado a un lado, al parecer toda esa situación gitana le parecía absurda, pero no lo mostraba del todo, nuevamente estaba actuando extraño, más tolerable de lo normal. –Si deseas que continúe necesitarás darme tres monedas más –me dijo Minerva tras soltar mi mano. –¡No! –dijo don Sebastián–. Creo que ya es suficiente –aseguró al momento que me paraba. –Entonces es su turno –dijo ella, cosa que creo no le pareció mucho a mi amo Sebastián, quien tras un rato fue persuadido por la dama. El le entregó otras tres monedas.
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XIII Cabos sueltos que deben ser atados

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i amo Sebastián se sentó en el lugar donde yo había estado, ella le pidió que le mostrara la mano. El se quitó su guante negro, me lo dio y la puso en la mesa, tenia una cara con la que denotaba que nada de le sorprendería. –¿Cuál me dijo que era su nombre? –preguntó Minerva antes de comenzar. –Nunca lo dije –prefirió seguir sin revelarlo. Todavía navega en mi cabeza la imagen de la cara que hizo la gitana al ver detenidamente la mano de don Sebastián; recuerdo que lo volteó a ver a los ojos con la boca abierta. Su ya maduro rostro parecía haberse quedado paralizado al leer esa mano y averiguar a quien tenia enfrente. –¿Y no me va a decir nada? –preguntó Sebastián. –¡Usted! –saltó ella–. ¿Usted qué hace aquí? –dio varios pasos hacia atrás. –¿Te sorprende verme, madre? –también se puso de pie. –¡No me diga así! ¡No sabe lo que dice! –gritó Minerva, quien ya no pudo seguir retrocediendo debido a que una pared se lo impedía.

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–Tan irresponsable como siempre –dijo su hijo al momento de llevarse la mano nuevamente a la gabardina, pero no para sacar algo de ella principalmente, sino para apartarla y poder llegar a su cintura, donde aquella llamativa arma que le vi antes de partir estaba sujetada. –¡¿Qué le va a hacer?! –reaccioné. –Cállate, Julián –me ordenó–. Esta mujer debe pagar por haberme abandonado con su hermana –aclaró al momento de quitarle el seguro a la pistola. Minerva parecía que se iba a ahogar de la impresión. –Está cometiendo una equivocación –dijo ella. –¡Cierra la boca! –le ordenó. Los ojos de don Sebastián se encendían con la luz de las velas. –Me abandonaste por segunda ocasión cuando mi madre te amenazó con envenenarme si no ibas por mi – seguía reprochándole; lagrimas caían de su rostro, fue la primera vez que lo vi llorar con tanta sinceridad. –Sebastián, baje esa arma, por favor. Mi hermana jamás hubiese querido esto –Minerva trataba de relajarlo. –¿Tú qué sabes sobre lo que hubiera querido mi madre? –le preguntó–. Tan siquiera ella me cuidó a pesar de no haber sido el fruto de sus entrañas –continuó diciendo–. Pero aun así tuvo que pagar por sus deshonorables actos. Caminó un poco y llegó hasta donde estaba Minerva, le apuntó con la pistola a la frente.
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–Por favor, por favor, déjeme explicar. Está cometiendo una equivocación, una grave equivocación –ella también comenzó a llorar. –Maldita rata… –rugió el heredero de la fortuna más grande de todo el estado–. No haces más que mentir y mentir. Grave equivocación fue la tuya al cambiarme por un niño muerto y abandonarme inclusive cuando te amenazaron con envenenarme para seguir de loca. Me repugnas… Estaba a punto de oprimir el gatillo. Cerré los ojos, me tapé los oídos y me fui del mundo, pretendí no estar en ese lugar en ese preciso momento. Tuve miedo, mucho miedo. Jamás hubiera pensado que don Sebastián fuera capaz de matar a su propia madre a sangre fría, aunque él mismo haya sido el culpable de la muerte de doña Marcela. De pronto, regresé a la realidad, mi cara estaba salpicada con gotas de sangre al igual que la pared, el piso y todo el brazo del hijo que mató por segunda vez a su madre, y quien había quedado como en trance al haberle disparado en la cabeza. –Sebastián –me atreví a tutearlo–. Hay que irnos ya mismo –le dije al tocarle el hombro. Gritos de mujeres asustadas se oían en el callejón. –¡De prisa! –dije. Corrimos de ahí y nos subimos a los caballos.

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–¡Fueron ellos! –gritaban al vernos huir–. ¡Policía! – aún estando lejos alcanzamos a escuchar que llamaban en repetidas ocasiones.

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XIV La complicidad

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on Sebastián iba delante mío; claramente Relámpago era el caballo más veloz de toda la hacienda del Olival, pero ocurría algo extraño, el joven que lo montaba no se dirigió a las salidas de Alcabarre como presuntamente debió de ser; recorrió medio pueblo y se dirigió al norte, justo a donde se erigía un enorme castillo sobre una colina atestada de arboles, a la luz de la luna. No me dio mucho trabajo reconocer aquel sitio; era el mismo catillo sobre la colina arboleada de la postal que de quien sabe donde le había llegado a mi amo Sebastián. “USTED SE ADENTRA AL BOSQUE HUMEDO”, alcancé a distinguir un letrero al comienzo del camino que Sebastián tomó para llegar a aquel castillo oprimido por la neblina. –¡Baja! –me ordenó al momento de llegar a la entrada. Olía a pino y un frío que penetraba hasta los huesos torturaba mi cuerpo, pero al parecer eso no le molestaba a mi protegido, quien sin importarle las altas horas en la madrugada golpeó sin misericordia la puerta de cedro, una y otra vez la madera crujía y resonaba bajo su mano. Me temblaban los dientes y el vaho salía de nuestras bocas para danzar con el viento y desperdigarse. –¿Se les ofrece algo tan tarde, caballeros?

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Un individuo en traje sastre con una linterna de aceite en la mano abrió la puerta. –Vaya, hasta que abren –dijo Sebastián al internarse en el castillo sin siquiera pedir permiso; lo tuve que seguir. –¿Pero cómo se atreven a irrumpir así en el hogar del duque? –decía a nuestras espaldas. –Exijo llame a Victoria Arciduca –ordenó Sebastián cuando ya habíamos llegado al vestíbulo del lugar. –La duquesa se encuentra descansando. Es bastante obvio que no pueda atender a sus absurdas exigencias –dijo aquel estirado mayordomo. Sebastián se le acercó amenazadoramente, lo tomó por el cuello de su saco y lo alzó un poco para tenerlo cara a cara. –He dicho que quiero ver a Victoria Arciduca… Y en este preciso momento tú vas a ir a despertarla para que me venga a ver, ¿entendiste? El pobre hombre no tuvo de otra y asintió. –Muéstrale esto por si acaso se rehúsa a despertar – recuerdo que dijo al momento de sacar nuevamente aquella postal de su gabardina, que seguramente había tomado al momento de pagarle a esos sucios sujetos por última vez. Como veinte minutos fueron lo que pasaron cuando una madura mujer en bata descendió de las escaleras y nos encontró sentados frente a la chimenea. –¡Tú! –dijo ella al ver a mi amo. –¡Victoria! –dijo don Sebastián al ponerse de pie.
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–Claramente te pedí que si venias a Alcabarre no te acercaras al castillo –con los dientes pegados y mirando a todas partes ella le recordó. –No seas idiota, Victoria –mordazmente dijo Sebastián–. ¿En realidad pensaste que nuestra treta para asesinarla sería tan sencilla y remota que tú no tendrías nada que ver? –le preguntó. –Se supone que yo te envié esa postal con su dirección para que hicieras lo que quisieras. ¿Sabes lo difícil que fue para mí mandar a vigilar a mi marido para averiguar su localización? ¿Sabes lo complicado que se me hizo mandar a desaparecer a los espías para que no hubiera una forma de llegar a mí en caso de que te llegasen a atrapar? –furiosa reprochaba Victoria Arciduca. –No me interesan tus melodramas, Victoria. Años fueron los que esperé por esto y finalmente lo he hecho; he vengado mi honor al matar a la madre que me abandonó, y no descansaré hasta vengarme también del padre que me negó –le dijo Sebastián. –¿Qué me estás queriendo decir con eso, Sebastián Olivier? Tú solo me dijiste en esas cartas de la venganza sobre la amante de mi esposo, no en contra de él. Don Sebastián sonrió he hizo como si hubiese olvidado comentarle eso. –¡Lárgate de aquí! –ordenó Victoria. –Primero a lo que vine –dijo don Sebastián al caminar a las escaleras.
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–…Tú no vas a ningún lado –ella le sujetó el brazo cuando pasaba por donde estaba. –Detenme –alcancé a oír que él le susurró.

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XV Edzaid Arciduca

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n ese instante una nueva voz irrumpió en el lugar, era la de un señor alto y delgado como de sesenta y tantos años que comenzó a bajar las escaleras a pesar de las peticiones de su esposa de no hacerlo. –¿Qué sucede aquí? No me dijiste que tendríamos visitas a estas horas, Victoria –dijo el que seguramente era Edzaid Arciduca, el verdadero padre de don Sebastián. –Sebastián… ¡Sebastián Olivier! –se adelantó a decir mi protegido, quien se le acercó al duque para estrecharle la mano. –Válgame dios, ¿un Olivier? –preguntó el cansado hombre–. ¿Y a qué se debe tan honorable visita? El sanguinario joven le sonrió, y la pasmada duquesa no dijo nada. Yo solo me quedé sentado ante la chimenea, contemplando un retrato del duque en su juventud; parecía que el sujeto fue todo un donjuán en sus mejores épocas. Era de pelo rubio, ojos azules y con un delgado bigote dibujándosele sobre la boca. Ambos, padre e hijo decidieron tomar asiento ante la chimenea, por lo cual yo me tuve que poner de pie junto a la duquesa. El duque Edzaid llamó al mayordomo y le pidió sirviera el mejor de los vinos, un San Olivier seguramente, y se pusieron hablar de un sin fin de cosas: de sus fortunas, de

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sus mujeres y de sus habilidades en la caza, pero no fue hasta un rato más que Sebastián decidió cambiar el rumbo de la conversación. –Y dígame, duque –dijo el artero joven al servirse una ultima copa. – ¿No tiene hijos? La duquesa vio venir lo peor, pero el duque solo negó con la cabeza, se burló de la infertilidad de su mujer y dijo que ese asunto no le interesaba en lo más mínimo. –Ah, no me diga –reaccionó Sebastián, y se paró. – ¿Y qué me dice de aquel niño que tuvo con la gitana Minerva? Edzaid Arciduca se atragantó con el vino, le preguntó que como sabía sobre eso. –No me diga que tampoco sabe que ese niño está vivo –hizo saber al dar el ultimo trago–. También me va a decir que no sabe que ese niño fue adoptado por una familia, y que actualmente es alguien muy poderoso. ¿No lo sabía, verdad? –¿De qué me está hablando, Olivier? Y si así fuera, ¿este asunto en que le compete? –espetó el duque. –Es verdad –se interpuso la duquesa–. Será mejor que se marchen –ella nos ordenó al tomar la mano de su marido. –Así que tampoco no reconocería a su propio hijo aunque lo tuviese frente a usted… ¿eh? Sebastián hizo caso omiso de las peticiones y siguió hablando. –Llegue al punto, Olivier, y márchese después – ordenó Edzaid.
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–¿No me reconoces, padre…? –preguntó Sebastián. El duque de Alcabarre no pudo seguir hablando debido a la impresión. –Eres basura como lo era ella también –rugió el terror Olivier; sacó su pistola y la apuntó a su verdadero padre; le dijo todo, todo sobre como y con quien había crecido, además de cómo asesinó a la madre que lo adoptó y que en realidad era su tía. Otra vez cerré los ojos y me tapé los oídos. Para cuando los abrí Sebastián ya había acabado con la vida del duque y su esposa, (el mayordomo no hizo más que salir corriendo). Don Olivier le apuntó con su arma, pero esta ya no tenía carga, así que me ordenó a mí hacerlo. No tuve de otra; mi bala le entró por la espalda y lo mató. –Había olvidado que solo puse tres tiros en el arma de mi padre; dos para ellos y otra para Minerva. Ya no hay nada que hacer aquí… Cuando don Sebastián dijo eso reconocí la pistola, era de la reliquias en la colección del amo Ezequiel.

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XVI El regreso y la violación

uestro viaje de regreso nos tomó casi cuatro días, esta vez estábamos muy agotados, y la desesperación del amo por dejar el menor rastro posible de su estancia en Alcabarre y aledañas le hizo detenerse en lugares desolados. Acampamos cerca de Mar Tinto, justo entre los viñedos de la familia, en plena noche; ha sido el frio más abrumador que sintió mi cuerpo, no pudimos encender una fogata por lo delicados que eran los arboles. A nuestra llegada a la gran casa, viernes en la noche si aún tengo memoria y tras haber dejado atrás también los cafetales, los únicos que supieron de nuestra llegada fueron el amo Santiago y la nueva mucama, Giannina, quienes para sorpresa de Sebastián se mantenían muy juntos y solos en la cocina. –Que marca tan interesante tienes en el pie, Santiago – dijo Giannina al descalzo don Santiago, refiriéndose al lunar en forma de pasa en su pie derecho, y al que Sebastián siempre hizo burla desde chico. –Es una marca de nacimiento –le dijo él–, la heredé de mi madre –añadió. –Dicen que doña Marcela fue muy hermosa –comentó la muchacha. –¡Si, mi madre era bellísima en realidad! –los interrumpió Sebastián, quien entró desde el oscuro pasillo
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donde los habíamos estado escuchando; yo me quedé en las sombras, pero supuse que su hermano probablemente dedujo que me hallaba ahí. –¡Sebastián! –saltaron y se separaron. –Perdona, no nos dimos cuenta. ¿Cuándo llegaste? – preguntó don Santiago con cierto susto. –Hace unos minutos, “Santi” –le contestó don Sebastián–. Veo que se llevan de maravilla ustedes dos – continuó. –Claro, “Seb” –aseguró el señorito Santiago muy feliz–. Giannina y yo iremos mañana a la cascada Olivier. –No me digas. Que tierno, los felicito –dijo Sebastián con cierta benevolencia, aplaudiéndole a su hermano por el logro que había hecho con la mucama. Santiago le preguntó como le había ido en el viaje, Sebastián le dijo que la visita a Calabastre para ver nuevas tierras le había resultado muy satisfactoria, era de esperarse que no le dijera la verdad de lo que hizo, ni a donde lo hizo. –Giannina, ¿mi recamara fue arreglada durante mi ausencia? –mi señor cambió radicalmente de tema. Giannina puso cara de espantada, dijo que sentía haber olvidado eso y se dispuso a ir a arreglarla cuanto antes, Santiago no objetó en lo más mínimo, se despidió de ella y de su hermano y les deseó buenas noches, pero Sebastián me pidió seguirlo cuando salió de la cocina para alcanzarla. Nuevamente tenía algo en mente, algo que tampoco me gustaría. La puerta de su recamara estaba entreabierta, la luz ambarina que provenía de adentro iluminaba tenuemente el oscuro corredor del ala oeste, donde solo Sebastián habitaba.
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Mi señor la empujó para entrar y me pidió cuidar para que nadie se acercara, que no importaran los gritos, no debía permitir el paso a nadie, y la cerró con seguro. Después de eso solo recuerdo que escuché a través de la puerta algunas cosas: –¿Se le ofrece algo, don Sebastián? –con mucho miedo Giannina le preguntó. –Recuerdo haberte pedido que omitieras el don –dijo él. –Lo… lo siento… Su recamara está lista, puede descansar –hizo saber Giannina con voz entrecortada. –No tengo ganas de descansar, ¿y tú? –preguntó él cuando la hebilla de su cinturón golpeaba contra el suelo. Para entonces ya se oía junto a ella, muy apartado de la puerta, de donde solo se alcanzaban a oír los ruegos de la pobre chica para que no la tocara, pero de nada sirvieron. En ese instante me sentí tan impotente y con tanta rabia que deseaba tumbar esa puerta para golpear a mi amo y sacar a la chica de allí, pero el horror que tan solo su voz me provocaba previno cualquier tipo de rescate de mi parte, su reacción podría haber resultado fatal tanto para mí como para Giannina. Permanecí afuera de la habitación toda la noche. La sangre todavía me hervía, pero nada más pude hacer. Como a es de las seis de la mañana la puerta de la recamara emitió sonidos, Giannina salió cubierta tan solo por las sabanas blancas de la cama de mi señor con el maquillaje corrido de tanto llorar, sentí pena y escalofríos cuando se me quedó viendo.
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–¡Ni una palabra de esto! ¿Entendiste? –de pronto Sebastián la sujetó del brazo. Ella tan solo lo miró aterrorizada, se soltó y se fue corriendo de aquel oscuro pasillo. El engreído de mi protegido solo llevaba su pantalón desabrochado, me vio y sonrió cínicamente, al parecer le agradaba que yo supiera que hizo eso, derramaba ego por todas partes; no era la primera vez que cometía una injusticia como esa, ya lo había hecho con un sin fin de señoritas. –Vete a descansar, en una horas iremos al pueblo –me hizo saber antes de cerrar su puerta.

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XVII La herencia

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omo no había nadie en la caza mas que los tres señores Olivier y yo, porque era fin de semana, se me ordenó preparar el desayuno para los patrones, quienes bajaron a degustar huevos revueltos, pan con mantequilla, leche recién ordeñada y jugo de naranja, (como siempre en la mesa no podía faltar la famosa salsa de olivo), por lo cual obviamente no me dio tiempo de descansar. –Muy bien hecho, Julián –me dijo el patrón Ezequiel cuando leía el matutino de San Olivier; Sebastián y Santiago estaban sentados cada uno al lado suyo. –Si, Julián, muchas gracias. Estuvo muy bueno –me agradeció don Santiago. Yo estaba parado a un lado de la mesa, por si algo se les ofrecía. –Pues yo he probado mejores, me supo muy desabrido –se quejó don Sebastián al terminarse su jugo de naranja. Don Ezequiel solo negó con la cabeza y Santiago dibujó una mueca en su cara. –Hablando de asuntos con más relevancia, padre –dijo Sebastián al limpiarse la boca con una servilleta–, ya es hora de que vayamos viendo lo de la herencia –prosiguió. Don Ezequiel pareció molestarse. –Hemos quedado que aún no es tiempo para acordar nada de eso, hijo –dijo el amo al estrujar el periódico y entregármelo.
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–Pero por supuesto que sí, papá. Ya estás envejeciendo y francamente las producciones del aceite y el vino han bajado considerablemente sus ingresos para la familia, no puedo decir lo mismo de la producción cafetalera porque ahí si me has permitido asesorarte –aseguró en un tono muy convencido Sebastián. –Eso que has dicho es hiriente, hermano, discúlpate con papá –pidió don Santiago. –No te metas, Santiago –ordenó el señorito Sebastián. –Si me meto, hermano, después de todo es asunto mío también –dijo Santiago. –Por favor, si eres un tonto –rió Sebastián. –¡Cierren el hocico! –ordenó don Ezequiel–. ¡No quiero que vuelvan a discutir sobre esto! Y gracias, Santiago, pero yo sé como cuidarme de tu hermano, no hace falta que me ayudes. En cuanto a ti, Sebastián, no he decidido si cambiar o no el testamento, por el momento las cosas se quedan como lo han estado desde que nacieron; para Santiago los viñedos, las minas de oro y una mitad de la hacienda, para ti los cafetales, la producción del aceite de oliva y la otra mitad del Olival, el resto, la mina de diamantes, la propiedad en la capital, las embarcaciones y el dinero en los bancos serán repartidos cincuenta y cincuenta –puso muy en claro su padre. –¡Inaudito! –gritó Sebastián–. ¿Cómo se te ocurre dejarle a Santiago la producción vinícola y las minas de oro? ¡Es un idiota, papá! ¡Nos va a llevar a la ruina! Una vena palpitaba en su frente. –Dame todo a mí. Sabes muy bien que yo soy el más apto para los negocios, Santiago no sabe nada de
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administración. Si te preocupa que se quede sin nada, por eso no hay problema, es mi hermano, yo me encargaré de que no le falte lo necesario. Se puso de pie, se acercó a su padre y le tocó el hombro. El líder de los Olivier pareció meditar una respuesta apropiada y guardó silencio por un rato. –Eso es imposible, hijo –contestó después–. Me pides dejar todo a tu nombre; es un insulto a tu hermano, a mí, a la familia Olivier y a la memoria de tu madre. –¡¿A la memoria de mi madre?! ¡¿Y ella qué demonios tiene que ver?! ¡Está muerta, papá, no la metas en esto! ¡Piensa, recapacita, Santiago va a destruir lo que los Olivier hemos tratado de sostener por generaciones! –decía Sebastián al dar de vueltas por todas partes. –¡Es suficiente, Sebastián, ni una palabra más o me obligarás a desheredarte! –rugió don Ezequiel. Sebastián dejó de dar vueltas y comenzó a temblar al sentir la furia del amo absoluto de la familia. –¡Ambición, ambición y más ambición, Sebastián, sigue así y no tendrás nada de lo que deseas! –terminó de decir, se puso de pie y se marchó del comedor. Santiago fue el ultimo en dejar su silla, miró a su hermano, negó con la cabeza y le dijo que dejara de pensar tan solo en sí mismo, que no era bueno y que a veces era saludable pensar en los demás y sus necesidades, después se retiró sobre los pasos de su padre y nos dejó solos. Fue de las únicas veces que pude ver que ese engreído muchacho de Sebastián tuvo miedo, miedo de perder la herencia por la que había hecho todo, pero que la verdad no le correspondía.
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–Ese infeliz de Santiago –gruñó don Sebastián–. No sabe con quien se está metiendo, le voy a quitar todo, todo… primero a su ramera y después la herencia. Temí que fuera a descargar su furia sobre la única persona en ese lugar, yo.

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XVIII El detective

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l medio día tuve que servir la comida, pero solo dos lugares fueron los que se ocuparon en ese comedor rectangular. Don Ezequiel y don Santiago fueron los únicos que asistieron; Sebastián se marchó al pueblo desde lo de la mañana y no tenia hora de regreso, me dijo que iría a cerciorarse del silencio de la mucama, y que no lo excusara con su padre ni mucho menos con su hermano. Mis habilidades gastronómicas fueron nuevamente aplaudidas por los amos, quienes disfrutaron de pollo con tomates verdes fritos, pimienta, papas y aceitunas negras, la especialidad de mi hermana, la antigua cocinera. De tomar les serví un San Olivier cosecha de bronce de la cava. –Julián –me llamó don Ezequiel– ¿Gustas acompañarnos? –preguntó. Me sentí en una encrucijada; en primera me agradaba la idea, era un halago, pero en segunda supuse que eso no le sería nada grato al envidioso Sebastián, después de todo era su lugar el que me ofrecían. –Gracias, señor, pero así estoy bien –le dije. –Como gustes, Julián –continuó comiendo. –Papá, hoy iré a la cascada Olivier –de pronto dijo Santiago. –Perfecto, hijo. ¿Llevarás a la hija de Antonel Ridiocci?
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–Acertaste, papá. Giannina y yo iremos a caballo –le contestó Santiago, quien con seguridad no sabía que su hermano la había violado. –Me alegra, hijo –añadió el don. Su plática sobre la nueva mucama se extendió más de lo común, Santiago se veía feliz y entusiasmado; ella era la primera chica a la que invitaba a salir, todo lo contrario a Sebastián, quien las coleccionaba como trofeos. –Hasta donde he visto, esa muchacha es buena, Santiago –alcanzó a decir su padre antes de que Edgardo Simonel, el veterinario de la hacienda, llegara al comedor. –Don Ezequiel –nombró el hombre después de quitarse el sombrero, en son de respeto. –¿Sucede algo, Edgardo? –inquirió don Ezequiel con cierto extrañísimo. –Disculpe la molestia, pero allá afuera hay un sujeto que dice ser policía, quiere hablar con usted –hizo saber. Un calor recorrió toda mi columna vertebral, seguido de un frio inmediato causado por el incesante sudor que brotaba de mi cuerpo. Esa palabra, “policía”, me estresó por completo por lo que implicaba. –¿Un policía? Dile que pase, Edgardo –dio permiso el don. El veterinario del Olival no tardó en ir a dejar a ese bajito y regordete sujeto que vestía chaleco y pantalón marrón, llevaba una camisa blanca y una corbata mariposa color crema. Al igual que Edgardo, el individuo se quitó el sombrero por educación ante don Ezequiel y su hijo.
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–Puedes retirarte, Edgardo –invitó don Ezequiel a retirarse a quien por cierto era otro de los tapaderos de Sebastián–. Ezequiel Olivier, ¿a qué debemos su visita, oficial? –se adelantó el amo al ponerse de pie para invitar al policía a tomar asiento. –Detective Augusto O Del, gracias por su amabilidad, don Olivier, pero así estoy bien, gracias nuevamente – contestó de una manera muy propia. El padre de Santiago tomó asiento otra vez. –Señor Olivier, le seré franco; yo soy de esas personas que prefieren ahorrarse tecnicismos y llegar al grano de una buena vez –comenzó. –Me agrada, un hombre directo, si, prosiga –lo invitó a seguir el patrón. –Estoy aquí porque me hallo investigando cuatro asesinatos en el poblado de Alcabarre. Cuando dijo eso comencé a ponerme tan nervioso y con tanta ansiedad que el señorito Santiago pareció haberse dado cuenta. –Bien –dijo don Ezequiel–. Pero, ¿qué tiene que ver su visita a mi casa si aquellos crímenes fueron cometidos a cientos de kilómetros a la distancia? –cuestionó don Ezequiel. –A eso iba –dijo el detective–. Señor Ezequiel, ¿En donde se encontraba la madrugada del martes trece de diciembre a eso de las dos? –preguntó el hombre. –Aquí, en mi casa, descansando, oficial –contestó.
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–¿Tiene alguna prueba? –Por supuesto, tengo mi palabra, la de mi hijo Santiago y la de medio San Olivier, ya que el lunes doce a las diez de la noche yo me hallaba en el palenque de la ciudad, revisando del pre espectáculo navideño del veinticuatro de diciembre, la acostumbrada cena de San Olivier –muy tranquilo le dejó en claro–. Por lo tanto el martes trece no pude haber estado en Alcabarre, que se encuentra a tres días de viaje, y mucho menos a esa hora que usted dijo. Santiago era tan educado que prefirió no meterse en el interrogatorio a su papá, pero se veía que las ganas no le faltaban. –Dos y queda uno… –susurró el detective al momento de tachar algo en una libretilla amarilla que sacó de su pantalón. –¿Perdón, oficial? –preguntó don Santiago. – ¡No, nada! –le contestó–. Don Olivier, tengo entendido que tiene un segundo hijo –añadió sutilmente. Yo cada vez temblaba más estando al pie de la mesa, trataba de controlarme para no hacer alguna tontería que nos echara de cabeza y mí y a don Sebastián. –Si, Sebastián –aclaró el patrón. –Ah –exhaló el detective al jalar su mostacho–. ¿Y me puede decir si el señor Sebastián se hallaba junto a usted y don Santiago en el palenque del pueblo? –No –decidió decir Santiago.
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–De hecho Sebastián estaba de viaje durante esos días –argumentó don Ezequiel. –No me diga –dijo con un poco de hipocresía el detective. Santiago se lo volvió a afirmar, pero viendo las intenciones del oficial le dijo que su hermano había ido a Calabastre por unas tierras en venta, al parecer lo estaba defendiendo a pesar de su reciente pelea. –Me harían un gran favor si llamaran al señor Sebastián Olivier –nos hizo saber–. Me encantaría hacerle algunas preguntas. –Lo siento, detective, pero mi hijo salió al pueblo y dudo mucho que llegue en estos momentos, le recomendaría viniera mañana temprano –dijo don Ezequiel–. Oh, espere – llamó al detective antes de que se fuera–. Lo había olvidado. Tal vez Julián le pueda ayudar para que no tenga que molestarse en interrogar a mi hijo, no creo que le resulte una experiencia muy grata. Los escalofríos regresaron cuando don Ezequiel dijo eso. –Este muchacho acompañó a mi hijo en su viaje – terminó de aclarar el patrón. –No me diga –saltó el enano oficial–. Señor Julián, ¿sería tan amable de acompañare afuera? No tuve opción, para no despertar sospechas accedí y acompañé al hombrecillo afuera de la casa; los amos se quedaron hablando de lo sucedido y realmente se miraban indignados con esa incomoda situación.
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XIX La humillación de don Sebastián

fuera estaba helado, las nubes inundaban mi vista y un paraje gris lo cubría todo. Los Olivier siempre dieron gracias porque en la zona nunca nevó, sería catastrófico para todas las plantaciones, aunque el frio en verdad era insoportable. –Contésteme, señor Julián –comenzó el detective cuando estábamos en las escaleras del pórtico de la gran casa. –Julián Fedreira –le dije para tratar de ganar tiempo. –Claro, Julián Fedreira… ¿A dónde estuvo el martes trece de diciembre a las dos de la madrugada? –Me encontraba en Calabastre con el señorito Sebastián –respondí. –Si, claro –parloteó–. Y por mera curiosidad, ¿en dónde se alojaron? –En… en una posada –le contesté lo primero que se me vino a la mente. –Aja… ¿Me podría decir el nombre de esa posada? Sacó su libreta para apuntar lo que le dijera. Hice uso de mi memoria y recordé un lugar al que había acompañado a don Sebastián años atrás en Calabastre, y se lo dije, y tal como y lo supuse lo anotó, me dijo que eso era todo y se marchó, no sin antes recalcarme que nos volveríamos a ver.
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No perdí el tiempo y corrí a buscar mi caballo para ir en busca de Sebastián y adelantármele al detective por si lo localizaba y le preguntaba lo mismo que a mí. –¡Julián! –escuché cuando me acercaba a la salida de la gran casa. Era Samuel de la Soledad, el capataz de la hacienda, que al igual que Edgardo y yo, era uno de los únicos que no se iban del Olival durante los fines de semana, ya que allí era nuestro hogar. –¿A dónde con tanta prisa? –me gritó. –¡Al pueblo, debo hallar al señorito Sebastián! –le grité. Samuel me comentó que venía de allá, que fue por una diligencia del patrón y que había visto de reojo a Sebastián cabalgar muy cerca del cementerio, le agradecí por su ayuda y cabalgué tan rápido como pude para alertarle de lo acontecido, aunque en verdad no debería, pero yo siempre cumplía con mi palabra, y eso sería romperla al dejarlo desprotegido y solo, además de que si se hundía yo me hundiría también, para ser sincero lo estuve desde que presencié el asesinato de mi familia y me quedé callado. Peor aún lo encubrí al decirle a todo el mundo que mi desaparecido padre las había asesinado; a mi madre y a mi hermana. Se me hicieron las siete pasado meridiano y la sabana nocturna cada vez se hacia más presente. Hasta entonces no pude hallar a don Sebastián en ningún sitio, lo busqué cerca del cementerio, en el parque del pueblo y los alrededores de la propiedad de los Ridiocci, pero nada. Pregunté a varias personas si lo habían visto y solo recibí negativas, todos lucían muy raros. El señorito Sebastián estaba desaparecido
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y yo no sabía si el detective ya lo tenía. Estuve dispuesto a volver a la gran casa para ver si regresó, pero me topé con Giannina cerca del palenque, me dijo que venia de los rumbos del gran árbol de olivo, cerca de donde era mi casa. Me soltó la verdad de todo con los ojos inundados de lágrimas; me reveló que Sebastián la fue a buscar a su casa para prevenir que saliera con Santiago, pero eso no fue lo desastroso del asunto; el problema real fue que Gabriel, su hermano, los había escuchado y se había de la verdad, que Sebastián la violó. –No fue mi culpa –me dijo ella–. Sebastián quería propasarse de nuevo y Gabriel se encolerizó. Pudo escapar en su caballo, pero mi hermano y sus amigos lo siguieron. No sé si lo alcanzaron, pero cuando lo perseguían todo el mundo le lanzó piedras y le gritó –me reveló. Ahí me di cuenta que casi todos a los que les pregunté que sí lo habían visto me mintieron por lo que les podía pasar. –Debe ir a buscarlo –dijo Giannina con cierta preocupación–. No tengo idea de que puedan ser capaces mi hermano y sus amigos, pero debe detenerlos. Yo traté, pero solo pude llegar al comienzo del monte –me aclaró. Golpeé al animal con mi fusta y como si fuera halcón volé al gran árbol de olivo que se les imponía a todos en el monte, pero antes de llegar pude distinguir una silueta negra venir en mi camino. Detuve mi caballo y esperé a que estuviera a una distancia prudente para ver si era seguro, y hasta cierto punto así lo fue. Sebastián venia sobre Relámpago con el pecho y la cabeza pegados al pescuezo del animal; se veía bastante
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herido y sucio. Su corto cabello oscuro estaba despeinado y empolvado. –¡Señorito Sebastián! –le grité al momento de acercármele. –Demasiado tarde, Julián, como siempre –escupió. Para su suerte y en cierta forma mi desgracia, Gabriel Ridiocci y compañía no lo habían matado. –¿Le duele? ¿Qué fue lo que sucedió? –pregunté. Me dijo que lo golpearon con rocas en el pueblo y que fue tumbado de Relámpago por Gabriel cerca del gran olivo, donde lo apalearon y humillaron. Y sí, se hallaba sumamente adolorido; le salía sangre de la boca y la nariz, además de tener raspaduras en ambas manos y los ojos totalmente morados, signos claros de puñetazos. –Me logré escabullir porque esos malditos se emborracharon –aclaró–. Dos se fueron a ese mugriento pueblo por licor para celebrar que me tenían a su merced, para sentir que podían pisotearme y tener a alguien poderoso hincado ante sus indignos pies –parecía que deliraba cuando regresábamos lentamente a la hacienda y yo cuidaba que no se cayera del caballo. –Pero no se va a quedar así –sonrió a pesar del dolor–. Esos malnacidos la van a pagar muy cara. Ya estábamos llegando a las entradas de la gran casa. –¡Ve por Samuel y Edgardo! –repentinamente me ordenó–. Cuando los tengas diríjanse al granero, ahí espérenme. Se adelantó, dejó a Relámpago frente al pórtico y entró a su casa, no pude decirle lo del detective y en cambio fui a hacer lo que me pidió.
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XX El plan de don Sebastián

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Samuel de la Soledad Patrono, el capataz, lo hallé atrás de la gran casa acomodando costales de fertilizante para los cultivos, le avisé que su presencia era requerida en el granero por el amo Sebastián, y acudió. Con el veterinario Edgardo no fue tan sencillo, lo fui a buscar al establo de los corceles pura sangre de don Ezequiel, a los gallineros y al estanque de los cisnes, pero lo hallé descansando en la cochera; dentro de la lujosa carreta negra que le perteneció a doña Marcela. Lo reprimí y le dije que fuera de inmediato al granero, me quedé pensando allí un rato para tratar de descifrar el plan de don Sebastián, pero solo me imaginé cosas terribles. Después alcancé a los dos hombres en el lugar acordado y lo esperamos; Samuel y Edgardo estaban a la expectativa. Aguardamos cerca de una hora dentro del granero, yo me senté en un cubo de paja, Samuel se recargó en la pared de madera y Edgardo se recostó en la demás paja desperdigada. La luz de dos lámparas de aceite nos brindaba cierta calma; era un tono muy bello si mal no recuerdo, hasta cierto punto nos acurrucaba, pero toda esa paz y tranquilidad fueron truncadas por el despliegue de maldad que provenía de don Sebastián, quien llegó de una forma prepotente. –¡Samuel! –gritó al momento de lanzarle una pistola en las manos al capataz–. ¡Edgardo! –hizo lo mismo–. Tú ya

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tienes la tuya, Julián –me recordó al momento de acercársenos. –Esto le pertenece a don Ezequiel –hizo saber el capataz. Sebastián ya se había aseado y limpiado sus heridas. –Por supuesto, Samuel, pero ahora servirán más que para adorarlas en esa absurda pared –aclaró el terror Olivier. –Tienen carga –anunció Edgardo al momento de inspeccionar su pistola. –Claro, sino no sirven para matar –aclaró don Sebastián. –Yo no voy a matar a nadie –dijo Samuel, quien decidió entregar su arma a mi amo. –¿Me estás desobedeciendo, Samuel? –preguntó–. Jamás pensé tal desacato de tu parte. –De ninguna manera le quitaré la vida a alguien, es un crimen de solo pensarlo –dijo Samuel con cierta indignación. –¿Ni por dinero, Patrono? –preguntó el sádico Sebastián antes de que el capataz del Olival abandonara por completo el granero. Al escuchar eso, el hombre se detuvo en seco, se quedó allí un rato y volteó a mirarnos. –Supuse que esto arreglaría cualquier inconveniente que tuvieran, respetables caballeros –alardeó tras sacar y arrojar a Edgardo y Samuel dos bolsitas llenas de San
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Olivieros de su abrigo, lo mismo que hizo para convencer a los dos hombres en Alcabarre. –Es el tripe de lo que ganan al mes con mi padre, y habrá más si cumplen con lo que les pido. De nueva cuenta se salió con la suya; Samuel y Edgardo fueron convencidos por el dinero que les había ofrecido, era de esperarse que lo hicieran porque en realidad lo necesitaban. A mi no me tocó nada porque no tenia de otra, debía obedecer a como de lugar. Su plan fue bastante claro y conciso: deberíamos tomar los caballos más veloces, dirigirnos al gran árbol de olivo y balear sin misericordia a los cinco sujetos que de seguro seguían allí tomando.

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XXI La venganza de don Sebastián

o me di cuenta cuando ya habíamos montado y nos dirigíamos por la parte trasera del monte al lugar indicado; tomamos el sendero de las piedras, como le llamaban. Yo iba hasta atrás, Samuel encabezándonos y Edgardo entre ambos. Las estrellas se elevaban sobre nuestras cabezas majestuosamente al igual que la enrojecida luna; el escenario perfecto para un asesinato ordenado por don Sebastián, quien prefirió quedarse en la gran casa a esperar. –El muy cobarde se largó –escuchamos los tres hombres que desmontamos tras unos arboles para que no nos vieran. –Pero recibió su merecido –dijo uno de los cinco sujetos que se encontraban tomando al pie del gran árbol. –Te equivocas –dijo el que reconocí de inmediato; Gabriel Ridiocci, el hermano de Giannina–. Al mal nacido le falta mucho por pagar –decía entre la borrachez. –Son solo unos niños… –susurró Samuel–. No entiendo porque el amo nos ordena esto –continuó. –Dime, Julián –habló Edgardo–. ¿Ellos tuvieron algo que ver con los golpes que traía el amo Sebastián? –me preguntó.
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Yo solo asentí, mas no revelé el porque de la tan merecida golpiza al amo. –Era de suponerse –sonrió. –Que dios se apiade de nuestras almas –dijo Samuel al quitarle el seguro a su arma y persignarse. –Y al mal paso darle prisa –aclaró Edgardo al hacer lo mismo, caminar a paso firme y acercarse a los cinco individuos antes que nosotros dos, con el arma apuntándoles. –¿Quién es? –preguntó uno de ellos al ver a Edgardo Simonel acercárseles. –El veterinario de la hacienda –dijo Gabriel. Samuel y yo tuvimos que seguirlo, ya no había de otra. –¿Qué es esto? –comenzaron a asustarse al vernos apuntarles. –¿Así que el collón de Sebastián los mandó a matarnos? –preguntó Gabriel, sin miedo. Los tres no dijimos nada, teníamos pena y nos sentíamos mal con nosotros mismos. –El muy cobarde –alardeó Gabriel–. Ese bastardo hijo de puta mandó a sus achichinques a hacer el trabajo sucio – seguía diciendo. –¡Silencio! –ordenó Samuel; las manos le temblaban y la voz se le escuchaba cortada y melancólica. –Vamos, Samuel, vamos Edgardo, disparen –dijo el hermano de la mucama.
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Los otros chicos se pusieron de pie a pesar de estar alcoholizados. Gabriel se dirigió principalmente a Samuel y le dijo que había caído muy bajo al obedecer las exigencias del cobarde Sebastián, le dijo que nunca lo creyó de él, quien fue el más fiel al correcto amo Ezequiel y a quien su propio padre, Antonel Ridiocci, lo veneraba como a un hermano. El capataz pareció arrepentirse y dio un paso atrás, Edgardo y yo pretendimos hacer lo mismo, pero un tiro provino atrás de nosotros. Inmediatamente nos dimos cuenta que uno de los muchachos había caído muerto con un disparo en la cabeza cuando trataba de escapar. –Todo lo tengo que hacer yo –escuchamos una voz muy familiar acercarse–. Sabía que esto pasaría –llegó Sebastián sobre Relámpago–. ¡Terminen de una buena vez, que no se escapen! –gritó al ver que el resto de ellos pretendían salir corriendo, a excepción de Gabriel, quien se quedó ahí parado. No tuvimos de otra, comenzamos a cazarlos como si fueran conejos y descargamos nuestras pistolas sobre todos ellos. –Eres patético –vi que Gabriel le dijo a Sebastián cuando este se le acercaba sobre Relámpago con el arma que usó en Alcabarre. –No –dijo mi amo–. El patético ere tú –sonreía sádicamente–. Vas a morir ante el caballo que tu estúpido padre domó para mí, ¿no es irónico? –preguntó.

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Gabriel solo se quedó ahí sin decir nada, con su botella de cerveza. –Quiero que te lleves a la tumba que tu ramera hermana fue bastante buena en la cama –y disparó sin misericordia a la sien de Gabriel Ridiocci. –¡Listo, larguemos de aquí! –se la enfundó y se alejó; Samuel y Edgardo hicieron lo mismo. Me sentí tan mal en ese momento que no pude más, los cuerpos de esos cinco muchachos tirados en el pasto mojado aclamaban justicia sobre mi cabeza, ya no podía continuar, ya no, estaba arrepentido, arrepentido de todo, de las muertes de mi madre y de mi hermana, de las promesas a la doña, de haber obedecido en todo a los caprichos de Sebastián y de haber asesinado a gente inocente con mis propias manos para complacerle, ya era suficiente, la carga sobre mis hombros me estaba matando y no podía seguir. Fue ahí, en ese momento en que vi como Samuel y Edgardo huían tras el amo que lo pensé y todo me quedó claro. Viré hacia el árbol y con una valentía como la que nunca había tenido caminé hacia él, me hinqué y enterré mis dedos en la húmeda tierra; los hundí lo más que pude y los retraje para cavar hacia la verdad, una verdad que se me presentó con un sonido; un sonido que produjo el choque de mis uñas con el jarrón que muchos años atrás, veinte exactamente, había enterrado ahí.

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XXII Una verdad mortal

Y

a era de madrugada y regresé a la gran casa, no había rastro ni de don Sebastián ni del capataz ni del veterinario, al parecer ya se habían ido a sus respectivos lugares de descanso para pretender que nada pasó. Dejé a mi caballo en el granero, caminé alrededor de la casa y me percaté que en el estudio de don Ezequiel la luz estaba encendida. No lo dudé y subí por las protecciones de la ventana de abajo, me asomé para ver si no había nadie; una vez que me cercioré, entré con mucho sigilo y coloqué sobre el escritorio la carta que había sacado del jarrón; inmediatamente salí y me quedé esperando a un lado de la ventaba, sobre una saliente de la estructura para no caerme, quería ver cual era la reacción del amo al leerla. El tiempo que me quedé esperando no fue mucho, don Ezequiel entró a su oficina con unos papeles en mano y se sentó frente a su escritorio, sobre su bello y fino asiento de piel color turquesa. Lo que me di cuenta es que no se había percatado que en su colección de armas, justo frente a sus narices, tres puestos lucían vacios, era bastante obvio quien había tomado las pistolas que los ocupaban, en cambio el amo se fijó en la carta y puso cara de extrañado; pudo leer que iba dirigida a su persona. Recuerdo que mi madre le había puesto al sobre “Para el amo del Olival”.
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El patrón decidió dejar de lado esos papeles que traía y se dispuso a desatar la cuerda que sujetaba el sobre, pero antes que hubiera podido la puerta se abrió. Sebastián había entrado al estudio con una manta blanca en las manos. Al parecer no sabía que su papá se hallaba ahí y tan solo se quedó paralizado. –Sebastián –dijo don Ezequiel al deducir que su hijo traía las armas que hacían falta en su colección. –Papá, solo traía tus… –dijo con cierto susto. –Pistolas –completó la oración el amo absoluto del Olival, quien le preguntó a su hijo sobre que era lo que había hecho con ellas. –Practiqué mi tino, padre –dijo su hijo. –¿A mitad de la noche y con tres tipos diferentes de pistolas, Sebastián? –cuestionó don Ezequiel. –Claro –reiteró don Sebastián. Su padre se puso de pie y le dijo que era algo bastante absurdo y que no lo podía creer, también le dijo que en el transcurso del día, cuando se hallaba visitando el pueblo, un sujeto que decía ser detective fue a la casa para investigar unos asesinatos. –¡¿Y eso qué demonios tiene que ver conmigo?! –se exasperó su hijo. –No lo sé, Sebastián, ¿y tú? –inquirió su padre. –Esto es inaudito. Cree lo que se te plazca –dijo Sebastián con indignación antes de retirarse corriendo y soltar la manta blanca con las pistolas. Don Ezequiel pareció querer ir tras su hijo para continuar con eso, sin embargo, nuevamente enfocó su interés en la carta; tomó asiento y terminó por abrirla. Yo
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me asomé un poco más para ver cual era su reacción al saber que Sebastián no era su hijo. Conforme la leía y se iba enterando de todo, su rostro comenzaba a mostrar incredulidad; recuerdo que con su otra mano apretó el sobre tan fuerte que lo compactó demasiado. –¡Padre! –llegó Sebastián nuevamente, yo me hice para atrás para que no me viera–. Debemos aclarar esto – dijo, pero el amo Ezequiel pareció no hacerle mucho caso, en cambio se puso de pie mientras Sebastián daba absurdas excusas. –Ya basta, Sebastián –decía don Ezequiel–. Estoy enterado de todo –cuando dijo eso Sebastián cerró la boca–. Ahora sé quien era mi esposa en realidad y que uno de ustedes no es mi hijo –aclaró el amo al agitar la carta con su mano y mostrársela al infame Sebastián. –Toda mi vida he cargado con esta duda, pero ya no más –dijo don Ezequiel, sin embargo, Sebastián no le permitió seguir; rápidamente se agachó, tomó una de las armas y le disparó a su padre, quien golpeó el suelo con tres tiros en el pecho. De pronto una voz se oyó, Santiago llamaba a su papá desde alguna parte de la casa y cada vez se oía más cerca, Sebastián no tuvo de otra, soltó el arma y se fue de ahí. No perdí el tiempo, crucé la ventana y fui directo a la carta, era mi única prueba contra Sebastián ahora que su padre había muerto, pero en eso llegó Santiago. –¡Papá! –gritó al momento de derrapar sobre el suelo hacia su papá–. ¿Fuiste tú? –me inquirió cuando ya había tomado la carta, yo no supe que hacer ni decir, su mirada era de dolor e incredulidad.
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–¡Papá! Otra voz se escuchó a espaldas de don Santiago. Era el maldito de Sebastián, quien pretendió hacer como que no sabía nada. –Tú, desdichado –ladró con tanta rabia al ver la carta entre mis dedos–. ¡Mataste a mi papa! –me gritó cuando pretendía tomar nuevamente el arma, pero corrí a la ventana y salté. Después me dirigí lo más rápido posible al granero para ir por mi caballo y huir.

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XXIII Mi traición, mi paga

A

brí la puerta del granero de una patada, no había tiempo para quitar los seguros; fui a donde estaba mi caballo y decidí sacarlo inmediatamente, tenía pensado huir a la capital, pero como si fuera una saeta, el terror Oliver llegó y se interpuso en la salida con aquella flamante pistola. Se me acercó lentamente y me amenazó, me preguntó el porque de mi traición al haberle dado a su padre aquella carta. Se veía furioso como nunca. El maldito parecía un diablo recién parido del mismísimo infierno. –¡Dame esa carta! –rugió. –No es mía, yo no la escribí, le pertenecía a su padre – le dije. –Y si no fuiste tú, ¿Quién diablos la escribió? –Mi madre –le contesté–. Yo no la he leído, pero está de más saber que aquí se dice quien no es el verdadero hijo de los Olivier –aclaré antes de correr hacia él para quitarle el arma, pero inmediatamente un calor invadió mi pierna y me tumbó al suelo, Sebastián me había disparado. –¿Me creíste tan compasivo, Julián? –me preguntó–. Tú más que nadie sabes que no lo soy, y por eso mismo, que por tu traición, te voy a matar y te voy a culpar de todo. Una vez muerto tú, ya nadie sabrá la verdad de nada, esa será tu paga –sonrió al apuntarme a la cara, directamente entre los ojos.
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–Adiós, Julián, me serviste de mucho, pero ya no te necesito –dijo antes de poder presionar el gatillo. Cerré los ojos y pretendí nada, tal y como cuando asesinó a sus padres, sin embargo, antes de hacerlo, alguien apreció en el lugar y se abalanzó hacia Sebastián, quien chocó contra el suelo y soltó la pistola, la cual se deslizó y se internó por una rejilla de metal en el drenaje. –¡No te lo voy a permitir! –gritó su hermano Santiago. –Quítateme de encima, imbécil –ordenaba Sebastián al momento de intentar golpearlo.

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XXIV Riña entre hermanos

A

mbos rodaron por el piso para acercarse lo más posible al arma. Yo únicamente trataba de ponerme de pie para huir, pero mi herida me lo evitaba y el dolor era cada vez más insoportable. Todavía tengo en la cabeza el reflejo de las lámparas en mi sangre, cosa que me aterraba y me provocaba escalofríos. Sebastián nuevamente había tomado el control, le propinó una fuerte patada a su hermano en el estomago y lo sujetó del cuello, Santiago comenzaba a verse color azul debido al apretón, estaba sintiendo la furia del terror Olivier, quien no se dio cuenta cuando dos hombres llegaron al lugar y lo sujetaron para separarlo de su hermano. El infeliz ordenaba que lo soltaran, pero ellos, Samuel y Edgardo no se lo cumplieron. Le pidieron que terminara con sus fechorías y le aclararon que nunca le permitirían tomar la vida de don Santiago, este último se pudo poner de pie y corrió hacia mí, le dije que lo sentía enormemente, pero él me pedía que no hablara, recuerdo que era una persona que transmitía mucho calor y calma a pesar de todo eso. Su rostro era muy apacible. –No sigas hablando –me dijo entre los gritos de Sebastián–. Lo he escuchado todo, Julián, tú no fuiste el que le quitó la vida al pobre de mi padre –me dijo, pero yo me sentía fatal. –Llamaremos a un doctor, después nos lo dirás todo – aseguró antes de percatarnos que el capataz y el veterinario
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habían perdido a Sebastián, quien corrió en círculo y arrojó ambas lámparas de aceite al piso. Como si fuera un huracán, la cortina de fuego se expandió con tanta rapidez entre la paja y la madera del granero que emitió un sonido aterrador. –¡Samuel, Edgardo, ayúdenme! –vociferó don Santiago–. Hay que sacarlo de aquí –continuó diciendo cuando llegaron con nosotros, sin embargo, de Sebastián ya no había rastro, se había perdido entre las llamas y el humo. –Perdónenos por favor, señorito, hemos pecado terriblemente –dijo el religioso Samuel a Santiago mientras se disponían a cargarme. –Yo no te debo perdonar de nada, Samuel, luego hablaremos de eso –aclaró el bondadoso don Santiago, quien era todo lo contrario al desalmado Sebastián. Ya faltaban unos cinco metros para llegar a la salida cuando recordé que algo me faltaba. Revisé mis bolsas y me percaté que había perdido la carta que probaba quien no era el verdadero heredero de los Olivier. Les pedí esperar y que regresáramos, pero el fuego ya había invadido casi todo el lugar. –Debemos hallarla –dije entre los relinchares de los asustados caballos. –No hay tiempo, salgamos de aquí –dijo don Santiago, pero cuando nuevamente girábamos hacia la puerta alguien se nos interpuso. –No van a ningún lado –vimos a Sebastián con la pistola en sus manos. Sin siquiera darnos aviso, Sebastián disparó dos veces el arma, el señorito Santiago y yo después nos percatábamos que Samuel y Edgardo cayeron al suelo con un tiro en el
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pecho cada uno. Santiago me sujetó antes de que yo también cayera. Sebastián se veía desquiciado y satisfecho; el muy infeliz parecía verterse de dicha cuando asesinaba a sangre fría. Su hermano y yo pudimos ver gran ansiedad por matarnos, pero yo simplemente hice lo que aprendí cuando aquellos hombres mandados por doña Marcela mataron a mi familia, me privé totalmente y esperé el final. Mi único escape de la espantosa realidad.

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XXV El mal siempre cae por su propio peso

na biga de madera sucumbió a las llamas y casi nos aplastó, don Santiago estaba cada vez más urgido por salir del lugar y su hermano por evitarlo, quería vernos sufrir lo más posible antes de aniquilarnos. De pronto, una temible explosión se emitió tras nosotros, el techo se estremeció y casi se nos vino encima por completo. Una tabla golpeó el hombro de don Santiago y nos tumbó al suelo. Sebastián se nos acercó con cuidado y se despidió de nosotros, ahora si íbamos a morir. –¡Alto! –gritó alguien atrás de él, en la entrada–. ¡Detective Augusto O Del! –aclaró el rechoncho sujeto–. ¡Está arrestado, don Sebastián, baje el arma! –le gritó, pero el mugroso Sebastián giró y le disparó al hombre. Este no sucumbió tan fácilmente, hizo lo mismo y le dio a don Sebastián en la mano con su arma. Yo me apresuré a ponerme de pie con ayuda de don Santiago para salir, sin embargo, pude ver al animal maldito dirigirse a la pistola, su hermano le dio una patada para alejarlo de ella y yo la tomé. Ambos, don Santiago y yo nos dirigimos a la salida caminando lentamente hacia atrás, teníamos muy en cuenta que no había que darle la espalda a ese desdichado. –¡Desgraciados! –nos gritó al írsenos encima. Yo estaba temblando, pero eso no me evitó hacer lo que hice, le disparé al pecho cuatro veces seguidas, cosa que lo hizo detenerse y caer antes de que el fuego llegara a donde estaba.
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U

Santiago me ayudó a salir del lugar junto al herido detective antes de que todo el granero se viniera completamente abajo.

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XXVI Lo que le sigue a la tormenta

E

l alba se nos mostraba poco a poco, el fin de la oscuridad en todo el sentido de la palabra había finalizado, un nuevo día se nos hacia presente y don Sebastián ya no estaba ahí para arruinarlo. Don Santiago, el detective y yo permanecimos frente al granero para cerciorarnos de que nadie había sobrevivido, y así fue, lo único que pudimos ver fueron los escombros y el humo salir de la madera tatemada. El sereno ya se había roseado y los últimos vestigios de fuego que quedaban comenzaron a extinguirse. –La policía ya viene en camino –dijo el detective–. Usted, Julián, tiene que rendir cuentas –me dijo al momento de presionar su herida en el brazo para que no le siguiera sangrando, y se retiró. –Debemos hallar la carta –le dije a don Santiago, quien me dijo que era muy poco probable hallar algo entre toda esa destrucción. –El fuego lo devastó todo –dijo cuando nos acercábamos a las ruinas del granero–. Inclusive será poco probable hallar el cuerpo de mi pobre hermano. Se veía bastante triste a pesar de que en realidad Sebastián no era su hermano y mucho menos alguien por el que se deberían derramar lagrimas. –¿Ahora qué sucederá? –le pregunté.

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–Supongo que juicios, Julián –me aseguró–. Juicios tanto para ti como para mi –completó con cierta despreocupación. Yo le dije que él no tenia porque ir a juicio, pero él me dijo que era algo inevitable, debía ver lo del testamento y después luchar contra las demandas que la familia Olivier había acumulado al paso de tiempo. Al cabo de un rato la policía llegó; buscaron entre el destruido granero a algún sobreviviente, pero no hallaron nada, en cambio me esposaron y, a pesar de mi herida en la pierna, me colocaron de una manera ruda en una carreta para llevarme ante la justicia. Don Santiago se quedó ahí solo. Pude ver antes que se me perdiera de vista que caminó tristemente hacia su casa, estaba, al igual que yo, todo cubierto de cenizas y manchado de sangre.

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XXVII La carta de mi madre

Estimado don Olivier: Con gran pena escribo esta carta para revelarle esto que tengo tan arraigado dentro de mí, y que mi corazón no puede seguir manteniendo en secreto, ya que usted siempre ha sido una gran persona con todos nosotros y se merece la verdad y nada más que la verdad. Como bien sabe, ayer usted tuvo dos hijos, dos hermosos bebés junto a la doña, si, pero déjeme revelarle que uno de ellos nació muerto, los dos eran gemelos. Y aunque me encuentre traicionando a la doña, usted debe saber que antes de que fuéramos a perder el cadáver de su hijo llegó Minerva, la gitana, quien traía a un niño recién nacido también, y quien pretendió desde el principio cambiarlo por el bebé que su esposa perdió. Pensé que eso jamás pasaría, pero pasó, recordé que yo misma averigüé que su esposa era hermana de aquella gitana, las sorprendí hace tres años ahí mismo, en el granero, conversando sobre el regreso de las tierras a sus manos. La señora lo supo y me obligó a guardar el secreto, así como también a nunca revelar la verdad sobre ese bebé que en realidad es su sobrino. Temo por mi vida y la de mi familia, es por eso, que si algo nos llega a pasar, quiero que sepa que el bebé que esa mujer le entregó a la doña tiene un lunar en forma de pasa en el pie derecho, tal cual y como el de la patrona, pero eso no es raro, ya que Minerva es su hermana y puede que ella también lo tenga, en cambio su verdadero hijo, señor, no nació con esa marca tan característica de los Invasórure. Con dolor y pena, Natalia Fedreira.

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XXVIII El veredicto

–Y eso es todo –dije a los ocupantes de aquel salón con paredes caoba en el que me encontraba. –Señor Fedreira –dijo un hombre que estaba de pie frente al estrado donde me hallaba declarando–. Lo que nos quiso decir con toda esta historia que nos contó, ¿es que don Santiago Olivier no es hijo de don Ezequiel y Marcela Olivier? –me preguntó al señalar a don Santiago, quien estaba sentado en las butacas de aquel lugar, junto a varias personas, entre ellos Antonel Ridiocci. –Eso decía la carta –le dije cuando noté a una enigmática mujer con sombrero blanco retirarse del lugar sin siquiera llamar la atención. –¿Y nos podría decir si recuperó esa carta? –me preguntó. –Por supuesto, aquí tengo lo que ha podido ser rescatado del fuego –le dije al sacarla de mi chaqueta–. El señorito Santiago ya la ha leído y lo ha confirmado, él es el verdadero hijo de Edzaid Arciduca y Minerva Invasórure, no Sebastián, como todos creíamos –le dije al abogado de la fiscalía, quien representaba a las familias de los asesinados y a las empresas que querían apoderarse de la fortuna Olivier. El la tomó y leyó lo que quedaba en la hoja quemada, con eso era suficiente para aclarar la situación. –Eso es todo –dijo el fiscal antes de irse y tomar asiento.
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–¡Un receso de diez minutos! –gritó el juez al hacer sonar su martillo–. Después se dará paso al veredicto con todo lo que hemos escuchado de ambas partes. Recuerdo que bajé del estrado y me dirigí al abogado que me había impuesto el estado mayor para poder defenderme. Me dijo que a pesar de haber dicho todo y de mi muy aparente arrepentimiento, no era muy seguro que saliera libre, que lo más que podía hacer era conseguir una condena de veinte años por asesinato en primer grado y conspiración. Recuerdo que durante esos diez minutos pude ver al detective O Del llegar para presenciar la condena; tenia el brazo donde le dispararon vendado y se le veía enojado. Cuando el receso terminó y se me pidió ponerme de pie, mi abogado lo hizo conmigo y esperamos la decisión del jurado, quienes me veían de una manera muy rara. –Después de tanto deliberar –comenzó a decir una mujer de pelo rizado color rojo–. El jurado encuentra al acusado Julián Fedreira… –continuó. Ese instante, ese momento anterior a decir el veredicto me pareció eterno. –…inocente de los cargos que se le imputan –terminó de decir. Reproches y habladurías se desataron entre los que asistieron. –¡Inconcebible! –gritaba la fiscalía. –Sin embargo… –volvió a hablar la mujer–. El señor Fedreira deberá realizar trescientas horas de trabajo comunitario y asistir semanalmente a terapia –aclaró. La cara de mi abogado lucía igual de sorprendida que la de todos, ni siquiera él se esperaba ese resultado tan
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satisfactorio para mí. Parecía que me los había ganado con todo lo que conté, siempre procuré presentarme como una victima más del intimidante Sebastián Olivier, como mi defensor y yo lo habíamos planteado. Las puertas del juzgado se abrieron y me dejaron salir, caminé hasta la calle, por entre los insultos y las negaciones de varios y me alejé varias cuadras para disfrutar de mi libertad, ya nada podía tumbarme de mi pedestal.

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XXIX Liceo Akesios

–Bien hecho, Julián –escuché a mis espaldas cuando caminaba en la acera atestada de transeúntes que entraban y salían de todas partes. Incontables vehículos a motor y carretas se mezclaban en la encharcada calle. Giannina provenía de un lugar que se llamaba “Cafetera San Parnopio”; llevaba un hermoso abrigo café con botones crema sobre un vestido color hueso y un sombrero blanco, la verdad no era la ropa que acostumbraba usar, simplemente se miraba como una mujer de sociedad con aquellos aretes y collar de perlas. –Te vi salir antes de se que acabara el juicio –le dije. Ella me tomó del brazo y caminamos entre la gente que transitaba por la capital en aquel gris y frío lunes. –Para qué quedarme, ya sabía cual iba a ser el veredicto. Todo resultó de maravilla, fuiste espectacular contándolo todo como lo contaste –aseguró. Cuando llegamos a la calle St. Junieth esquina con Santa Gloria una carreta negra se estacionó frente a nosotros; los dos choferes ordenaron a los caballos detener el paso, uno se bajó y nos abrió la puertezuela para que subiéramos.

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–Gracias –dijo Giannina cuando la ayudé a subir, después entré y el chofer se dispuso a cerrarla, pero una persona que ya venia adentro se lo evitó. –¡No maltraten a mi caballo con esas riatas, bestias! – dijo una voz engreída y presuntuosa a los choferes, después la mano de aquella persona la cerró. La oscuridad reinaba dentro de aquella lujosa carreta, las cortinas negras tapaban las ventanillas y escondían al individuo que estaba justo en el asiento al que dábamos la cara. –No pudo haber resultado mejor –nos dijo con dicha. Giannina sonrió y se lanzó al sujeto para abrazarlo cuando la carreta ya empezaba a moverse. –Eres tan listo, mi vida –decía ella en repetidas ocasiones. –Estoy consiente, mi amor. ¿Y tú no, Julián? –me preguntó él con cierto orgullo. –Si. Hacer creerle a todos de su muerte fue lo más inteligente que pudo hacer, don Sebastián –le contesté a mi amo, quien había planeado todo junto a Giannina y a mi la noche de la supuesta violación. Y que escapó del granero junto a Relámpago por la puerta trasera antes de que el fuego lo quemara todo. Con respecto a los cuatro tiros que le di, es bastante obvio, bajo su camisa traía una red de metal. –Ah, ah… No más don Sebastián, ni mucho menos Olivier, de ahora en adelante soy Liceo, Liceo Akesios –me dijo cuando salía a la poca luz que atravesaba las cortinas.
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Se hallaba muy aseado, perfumado y elegante; vestía todo de negro y llevaba unos guantes de piel oscura. Las marcas de su golpiza se habían esfumado por completo. –Liceo Akesios, me gusta, bebé –dijo Giannina tras acurrucarse a su lado. Pasamos por donde estaban los juzgados y vimos a Santiago y a varios de los del jurado, (estos últimos sobornados), la defensa y la parte acusadora, mayormente comprendida por los abogados de las empresas que se querían adueñar de todas las propiedades de los Olivier. El rechoncho detective también salía del lugar con su brazo vendado; se lo captaba totalmente indignado, siempre quiso que se me encarcelara al menos a mí, ya que presuntamente Sebastián había muerto. –Míralos, tan apartados de la realidad. No tienen idea –se burló don Sebastián, ahora don Liceo–. Por el que más lo siento es por el pobre de Santiago, cuando sepa que se quedó sin casi nada le va a dar un ataque. –Pero, ¿qué no le dejaste algo como habíamos acordado tú y yo? –preguntó Giannina al repujar los labios para darle un pico a don Liceo Akesios. –Por supuesto, no soy tan desalmado, querida, pero ya no será lo mismo –aclaró. Me di cuenta que don Santiago se le quedó mirando a la carreta cuando pasaba cerca. Pudiera ser que la vio muy sospechosa o que reconoció a los presuntamente fallecidos Samuel y Edgardo, quienes venían como aquellos choferes a los que grandes sombreros les ocultaban las caras.
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XXX Lo de los Olivier solo es de los Olivier

on Liceo dijo que se encargó de todo el papeleo durante el periodo de investigaciones y el trascurso del juicio, ya que en ese tiempo todos pusieron su atención en averiguar los chismes de la familia Olivier. –Mientras las empresas y el gobierno se encargaban de esperar un veredicto y la resolución del testamento, me tomé la libertad de utilizar unos documentos que mi padre había guardado para el peor de los casos, ósea que tuviera que perderlo todo, así que vendí prácticamente el patrimonio de los Olivier a magnates de otros países, los pobres ilusos no tenían ni la más mínima idea que los negocios de la familia estaban por quebrar y que pasarían a formar parte del gobierno e instituciones privadas. Me dieron su dinero y firmaron los recibos a nombre de mi difunto padre, al parecer el apellido Olivier los deslumbró –platicó don Liceo, quien también dijo que depositó el dinero en múltiples bancos internacionales bajo su nuevo nombre. –¿Y qué pasará con todo eso que compraron? – preguntó Giannina. –No tengo ni la menor idea, querida. Solo sé que habrá un montón de juicios, pero lo importante es que para entonces nos encontraremos en medio oriente disfrutando de nuestra fortuna cotizada en dos billones –alardeó el que seguramente siempre sería mi amo, no había escape. –El único que podrá estar tranquilo de eso hasta cierto punto será Santiago, le dejé las plantaciones de café que
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D

estaban a mi nombre y libres de deudas, con eso le bastará – añadió. Con un valor quien sabe sacado de donde me atreví a preguntarle cuales eran sus planes. Él me dijo que tenía pensado adquirir una casa con unas cuantas decenas de habitaciones y comenzar nuevos negocios bajo el apellido Akesios, que no me preocupara, yo siempre estaría a su lado y no me faltaría nada, me lo había ganado por mi lealtad incondicional; ahora si podría tener el tiempo del mundo para casarme y tener los hijos que quisiera. –Sé que mi madre estaría contenta si me viera en estos momentos –dijo el antes llamado Sebastián al servir en tres copas un San Olivier cosecha de oro que venia bajo su asiento. –¡Brindemos por doña Marcela Olivier, quien siempre dijo con orgullo, “Lo de los Olivier solo es de los Olivier”! Y juntamos copas cuando la carreta se dirigía por el camino que finalmente nos llevaría a las afueras del país. Giannina tocaba su vientre y se la veía radiante, estaba embarazada y eso la alegraba enormemente.

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No se tome la vida demasiado en serio; nunca saldrá usted vivo de ella. _Elbert Hubbard (1856 – 1915).

I Un heredero imprevisto Pág. 11 II La injusta doña Marcela Pág. 17 III La maldad se oculta en lugares inesperados Pág. 21 IV Y pagó por todos sus pecados con lo que más quería Pág. 28 V El acuerdo de sangre se rompe Pág. 31

VI La ira de un hijo Pág. 35 VII Tras la muerte de la doña Pág. 39 VIII La nueva mucama Pág. 43 IX Santo Dios Pág. 47 X Kotel Pág. 51 XI “Ishtari 23.87, en enero” Pág. 55

XII Drabarimós Pág. 57 XIII Cabos sueltos que deben ser atados Pág. 60 XIV La complicidad Pág. 64 XV Edzaid Arciduca Pág. 68 XVI El regreso y la violación Pág. 71 XVII La herencia Pág. 75

XVIII El detective Pág. 79 XIX La humillación de don Sebastián Pág. 84 XX El plan de don Sebastián Pág. 88 XXI La venganza de don Sebastián Pág. 91 XXII Una verdad mortal Pág. 95 XXIII Mi traición, mi paga Pág. 99

XXIV Riña entre hermanos Pág. 101 XXV El mal siempre cae por su propio peso Pág. 104 XXVI Lo que le sigue a la tormenta Pág. 106 XXVII La carta de mi madre Pág. 108 XXVIII El veredicto Pág. 109 XXIX Liceo Akesios Pág. 112

XXX Lo de los Olivier solo es de los Olivier Pág. 115

Marcela Olivier, Ezequiel Olivier, Sebastián Olivier, Santiago Olivier, Rebecca Olivier, Julián Fedreira, Natalia Fedreira, Iliana Fedreira, Minerva Invasórure, Giannina Ridiocci, Gabriel Ridiocci, Antonel Ridiocci, Samuel de la Soledad Patrono, Edgardo Simonel, Dr. Ésmero Cantaral, Duque Edzaid Arciduca, Duquesa Victoria Arciduca, Detective Augusto O Del.

Akesios: (Ακεσιος, “sanador”), bajo el nombre que era adorado el dios Apolo en Elis, donde tenía un templo en el ágora Drabarimós: Es la costumbre gitana de salir a adivinar la suerte para obtener en cambio dinero o cosas. Ihtimya: «Los gitanos tienen muchas fiestas que celebran en manera especial. Una de ellas es Ihtimya, el día del niño. Quienquiera tenga un primogénito varón, debe buscar un gallo y matarlo en la mañana. Debe esparcir la sangre alrededor de toda la puerta de la casa. Este es un precepto que dejó el Señor. Él dijo que si no lo hacen, Él castigará toda casa donde un niño varón haya nacido». Invasórure: Apellido de los gitanos que poseen las condiciones socioeconómicas más precarias (andan descalzos y sus carpas y vehículos son muy antiguos). Ishtari: Astarté (en fenicio Ashtart) es la asimilación fenicia de una diosa mesopotámica conocida por los sumerios (religión mesopotámica) como Inanna e Ishtar por los acadios. Fue llamada Astaroth por los israelitas. Representaba el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la fertilidad, así como la exaltación del amor y los placeres carnales. Era virgen a pesar de ser la divinidad de la fecundidad y del amor sensual. De igual modo, era también una fuerza de marchitamiento, carestía y muerte. Con el tiempo se tornó en diosa de la

guerra y recibía cultos sanguinarios de sus devotos. Se la solía representar desnuda o apenas cubierta con velos, con una flor en una mano y una serpiente en la otra, y de pie sobre un león. Kotel: Muro Occidental (también conocido como Muro de los Lamentos, o en hebreo, Kotel Hamaaraví), en Jerusalén. – Nombre de un poblado en Bulgaria. Liceo: (Λυκειος, “luminoso”), nombre para el dios Apolo en el contexto de divinidad del sol o de la luz.

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