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CENTAUROS DEL DESIERTO

(THE SEARCHERS 1956 )


PERSONAJES:

Dorothy Jordan Martha Edwards


Walter Coy Aaron Edwards
John Wayne Ethan Edwards
Lana Wood Debbie (pequeña )
Pippa Scott Lucy Edwards
Robert Leyden Ben
Jeffrey Hunter Martin Pawley
Ward Bond Cap. Rev. Samuel Clayton
Hank Worden Moss Harper
Harry Carey Jr Brad Jorgensen
John Qualen Lars Jorgensen
Ken Curtis Charlie McCorry
Henry Brandon Cicatriz
Olive Carey Mrs. Jorgensen
Vera Miles Laurie Jorgensen
Natalie Wood Debbie Edwards

El 16 de junio de 1955 comenzó el rodaje de una de las mayores epopeyas que el cine
americano haya filmado jamás, así como una de las películas más personales de su
autor; John Ford. Estamos hablando de Centauros del desierto.

Cinco años después de haber rodado su último western; Río Grande y tras la
decepcionante experiencia de Escala en Hawai, Ford se encuentra con más ganas que
nunca de regresar a Monument Valley.

A sus 62 años, Ford, acumulaba tras de si una serie de convicciones políticas y sociales
bien arraigadas, frente a ellas surge una sociedad americana que abandona la senda del
macarthysmo para introducirse de lleno en la lucha por los derechos civiles. En 1954 el
Tribunal Supremo había declarado ilegal la segregación racial en las escuelas públicas
norteamericanas, poco más tarde, en Montgomery (Alabama), Rosa Parks se niega a
ceder su asiento, en el autobús, a un hombre blanco, dando paso de este modo al
movimiento que con posterioridad liderará Martin Luther King y cuya historia es de
todos conocida…
Algo estaba cambiando en la sociedad americana y Ford era testigo de excepción de lo
que allí estaba ocurriendo, todo ello influirá de modo directo en su nuevo proyecto,
empujándolo a abordar de forma decidida los miedos interraciales que acechaban a la
sociedad blanca estadounidense.
Sería cicatero afrontar un film de tal envergadura
desde un solo ángulo, cuando críticos
cinematográficos de primer nivel lo han abordado
desde infinidad de perspectivas
-y desde esta, me imagino, también-. Lo que se
pretende en este artículo, es dar un repaso a un plano
que no nos parece menor dentro de la infinidad de
interpretaciones posibles. La actividad que proponemos a continuación se basaría en el
ejercicio mental de sustituir a todos y cada uno de los indios o mestizos presentes en la
cinta por personajes negros. Vamos allá… alea iacta est

Ford sitúa la acción en Texas en 1868, cuando Ethan Edwards regresa a casa de su
hermano, tres años después de acabada la guerra civil, contienda en la que había optado
por el bando perdedor. En el porche lo esperan su cuñada, con la que tiempo atrás
compartió algo más que parentesco, su hermano, su sobrino Ben y sus dos sobrinas
Debbie y Lucy. Ford deja para más tarde la presentación del hijo adoptivo de la familia
Edwards: Martin Pawley un joven mestizo con una octava parte de sangre cherokee y el
resto de galés e inglés, personaje fundamental en el desarrollo del film. Poco después de
la vuelta de Ethan, y en su ausencia, su hermano, su cuñada y su sobrino, son
salvajemente asesinados a manos de un grupo de comanches liderados por el jefe
Cicatriz. Los indios secuestran a las dos hijas del matrimonio, violando y asesinando
con posterioridad a Lucy, la mayor. Ethan empleará siete años de su vida en la agónica
búsqueda de su sobrina Debbie, en su deambular le acompañará un cándido e inexperto
Martin Pawley.

La primera de las reflexiones que llevaremos a cabo tiene que ver con las dos viviendas
que aparecen en la cinta. La casa de la familia Edwards la podríamos vincular con el
último refugio que le queda al nómada solitario, degradado y confuso que representa
Ethan Edwards; un hombre derrotado en guerras y amores, puesto que luchó en el
bando confederado y vio como su amada cambiaba
sus brazos por los de su hermano.
El hogar de los Edwards tiene, para el protagonista,
reminiscencias de los viejos tiempos, en el vive la
mujer a la que amó, junto con sus sobrinos a los que
quiere como a hijos propios.
Con la destrucción de la casa y el consiguiente
asesinato de sus familiares a manos de los indios, sólo
le resta la búsqueda desesperada de sus sobrinas para él “todavía blancas”.
Convirtiéndose este vagar en el clavo ardiendo al que aferrarse para no perder todo
referente vital.
Por el contrario, el hogar de los Jorgensen va a ser un espacio de concordia e
integración, no es casual que Ford nos muestre a una familia de origen nórdico si no es
para contraponerla con la sociedad predominante de extracción anglosajona. Para
acentuar todavía más esta percepción nos describe a la señora Jorgensen como una
maestra de escuela retirada, de temperamento pausado pero firme en sus convicciones y
perfecta analista de lo que sucede a su alrededor, que no tiene ni el más mínimo
reproche hacia Ethan tras el asesinato de su primogénito, y que no duda ni un segundo
en prestar las ropas de su hijo muerto al mestizo Martin, prometido de su hija.

Si prestamos atención a la estructura de las viviendas, Ford nos muestra dos casas
completamente diferentes. La de la familia Edwards a modo de fortín, construida
íntegramente en fría y sólida piedra, con ventanas a modo de saeteras, robustas puertas
claveteadas y firmes vigas. La otra cara de la moneda la representa el hogar de los
Jorgensen cuyo exterior está edificado en frágil y
cálida madera, mientras que su interior está
cimentado en firme piedra, en diáfana sintonía con el
carácter de su dueña. No es casual, por tanto, la
elección de los materiales, ni tampoco lo es que el
ataque de los indios se centre en la vivienda, en
principio, más robusta. Ya que Ford nos presenta el
hogar de los Edwards como la recreación de una
sociedad presa de sus propios conflictos y que finalmente caerá victima de sus
contradicciones, en el instante que Moss, Ethan y Martin regresan al rancho Edwards el
último refugio de los WASP está en llamas.

El protagonista de la cinta, Ethan Edarwds actúa como catalizador de la misma


convirtiéndose de este modo en hilo conductor. Pocas veces un personaje de Ford ha
tenido tantos flecos. No sabemos de donde viene ni hacia donde va. Su pátina de héroe
fordiano se irá difuminando a medida que nos adentramos en la trama, hasta tal punto
que llegado el momento no podríamos distinguir entre el heroísmo del protagonista y la
maldad absoluta del jefe Cicatriz. Su presunta heroicidad es puesta en cuestión por el
talento creativo de Ford, puesto que Ethan no alcanzará a llevar a buen puerto ninguno
de los hitos que se le plantean a lo largo del film: encontrar el rastro de su sobrina
Debbie, ya que será el “loco” Moss Harper quién lo halle, y acabar con el jefe Cicatriz,
pues será Martín Pawley el encargado de darle muerte. De tal modo que lo único que
resta a Ethan para saciar su frustración y su sed de
venganza es cortar la cabellera del muerto, un
hecho deleznable que le envía directamente al
averno de los miserables, equiparando a través de
esta acción la crueldad del héroe con la del villano;
Cicatriz.
Llegado a este punto, podríamos identificar a Ethan
Edwards y al jefe indio con un mundo tradicional
en franca retirada, en cuyo universo perviven los odios y resentimientos raciales. Donde
ambos personajes se hermanan a través de un comentario en el que Ethan reflexiona
acerca del continuo deambular de los comanches, semejante en todo al de los
protagonistas de la cinta excluyendo, eso si, la persistencia psicótica en la búsqueda,
algo impensable para los indios. Otro elemento común es que Cicatriz, al igual que
Ethan, es víctima y verdugo a la vez, puesto que ha perdido a dos de sus hijos en esa
sangrienta espiral que enfrenta a hombres blancos con pieles rojas.

Del mismo modo podríamos llevar a cabo otro paralelismo entre el resto de los
personajes y la sociedad americana emergente, donde el embrión de una mayor justicia
social está tomando forma. Pese a no existir marcha atrás en este proceso, las
convicciones, por sólidas que parezcan, a veces se tambalean. A modo de ejemplo
podemos citar el arrebato racista de la novia de Martín: Laurie, argumentando lo
siguiente acerca de Debbie.
-¿Y “qué” vas a traer? ¿Una india criada en el odio a nuestra raza y enamorada
quizás del asesino de uno de los nuestros?¿Sabes lo que hará Ethan si se le presenta la
ocasión? Meterle una bala en la cabeza. Y Martha no se lo impediría te lo aseguro.

Tras esta perorata racista se esconde una ambivalencia obvia, por un lado el
conocimiento que tiene Laurie de los pioneros, forjados a sangre y fuego, representantes
del inmovilismo y a cuyos argumentos no es ajena. Y por otra parte la aceptación
aunque probablemente inconsciente, ya que lo vive en primera persona, de que una
blanca se puede enamorar de un indio, algo impensable para la mente de Ethan Edwards
y para la sociedad americana tradicional.

El “positivo” del héroe lo representa Martín Pawley,


el hijo adoptivo de los Edwards, mestizo de sangre
cherooke, al que Ethan desprecia abiertamente. Su
personaje es sinónimo de los nuevos tiempos,
perfectamente integrado dentro de la familia Edwards
y dentro de la propia comunidad, no olvidemos que
Martin es el prometido de Laurie; la hija de los
Jorgensen.
Ford aborda el personaje desde la simetría que establece con su “tio”, sus apariciones
en escena son semejantes, ambos lo hacen a caballo y ambos se encuentran frente a
frente con su gente, la diferencia estriba en que Martin incluye dentro del núcleo
familiar al propio Ethan mientras que la operación no resultaría conmutativa de
aplicarse en sentido inverso.
Tras una breve imagen de Martin en el porche de la casa Edwards, reflexionando acerca
de la nueva situación familiar que le depara la llegada de su “tío”, se levanta y besa en
la frente a su tía Martha, del mismo modo que con anterioridad la besó Ethan gesto que
se volverá a repetir con los mismos protagonistas secuencias más tarde. Es este, el guiño
que propone Ford como lugar de encuentro y punto de apoyo para la homérica
búsqueda, aunque partiendo desde perspectivas diametralmente opuestas. A Ethan le
mueve el amor que profesaba a su cuñada pero su deambular lo alimentan el odio y el
racismo que siente hacia los indios.
Del mismo modo que a Martin lo impulsa el enorme cariño que le unía a su tía Martha,
similar al que le une a su única familiar viva; Debbie. Pero el elemento fundamental que
va a determinar su actitud es que se ha convertido, sin proponérselo, en el único
contrapeso factible a un ser ciego de odio y venganza, que no dudaría ni un segundo en
poner fin a la vida de su sobrina por considerarla un ser corrompido por haber
mantenido contacto físico con los indios.
En este vagar, Martin se convierte en el inseparable acompañante de Ethan y al mismo
tiempo en blanco de su ira y de sus chanzas. Su personaje irá creciendo en importancia a
medida que se va diluyendo la figura del protagonista, será el encargado de rescatar a
Debbie con vida, -frente a la iniciativa propuesta por el reverendo Clayton y apoyada
por Ethan que la condenaba a una muerte segura- como consecuencia de su acción se
verá en la obligación de dar muerte al jefe Cicatriz.
Finalizada la tarea Martin regresa al hogar de los Jorgensen, donde le espera su
prometida; Laurie, ambos atraviesan el umbral de la puerta cogidos del brazo en un
gesto que podemos considerar como la integración definitiva del diferente dentro de la
comunidad.

Semejante destino le espera a Moss Harper, personaje que representa dentro del film al
loco Shakespeariano, del cual no sabemos si se trata
de un loco profundamente sensato o por si por el
contrario se trata de un cuerdo decididamente
chiflado. Desde el primer instante se nos muestra
como el alter ego de Ethan Edwads. Sus vidas son del
todo coincidentes, ambos son seres errantes en
continuo deambular, perfectos conocedores del
mundo indio, en el caso de Moss Harper podemos
especular que su locura deriva de haber mantenido, en un pasado lejano, un contacto
traumático con los indios. Moss personifica al loco intensamente cuerdo frente al cuerdo
completamente ido que encarna Ethan. Para finalizar, señalar dos concesiones de Ford
hacia su personaje, por una parte tal y como comentamos con anterioridad Moss se
convierte en el alter ego del protagonista, pero, a diferencia de Ethan, tiene claro como
le gustaría acabar sus días y Ford se encargará de que sus deseos se hagan realidad,
concediéndole su ansiada mecedora y un lugar donde disfrutarla dentro del rancho
Jorgensen. Además le otorgará su momento de gloria dentro del film puesto que será él
quién descubra el paradero definitivo de Debbie, hito que no logra Ethan pese a llevar
siete años de larga y agónica búsqueda.
Todo ello convierte a nuestro entrañable “loco” en un personaje fundamental dentro de
la trama, cuyo devenir existencial acabará cerrando Ford, cuando una sociedad más
justa cambie las patadas e insultos por una mecedora y un hogar donde pasar sus
últimos días.

Para finalizar convendría reseñar que frente a numerosos


críticos que apuestan por una clara identificación entre el
racismo de Ethan y el pensamiento de Ford, nosotros en este
artículo proponemos una catarsis a la que es capaz de llegar el
segundo y a la cual le es imposible acercarse a Wayne. Mientras
Ford pone punto final a la cinta con la vuelta de Debbie a la
casa de los Jorgensen, para de este modo constituir un núcleo
interracial. Ethan no es capaz de entrar en la casa ni siquiera
para disfrutar de la efímera gloria, puesto que sus convicciones y
su nomadismo no se lo permiten.
Con su brazo izquierdo sujeta el derecho, gira sobre si mismo y
se marcha sin mirar atrás. La puerta de los Jorgensen
finalmente… se cierra sola.

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