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Té de litio
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Libro electrónico76 páginas1 hora

Té de litio

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Información de este libro electrónico

La protagonista de Té de litio pasa sus días en una monótona oficina donde fantasea con fecundar al guardia y destruir los parlantes, mientras repite mantras para faltar a terapia, ese espacio que la contiene y repele por igual. 
Frente a la doctora, elabora el relato pormenorizado de sus robos: el miedo, el shock, la victoria final al salir con la cartera de cuero o el vestido escote corazón, la culpa, el odio de sí.
Llegar a casa significa convivir con Garnet y sus caprichos, con las mellizas suicidas y con los números pares e impares, que a veces la dejan sola, conectada a su bloque de dolor.
Soledad Olguin escribió una novela que no se parece a ninguna otra y que echa luz sobre los resquicios de nuestra mente.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento3 jun 2022
ISBN9789874795786
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    Té de litio - Soledad Olguin

    Imagen de portada

    Té de litio

    Té de litio

    Soledad  Olguin

    Índice de contenido

    Portadilla

    Legales

    Té de litio

    Corrección: María Eugenia Krauss

    Diseño de tapa e interiores: @che.ca.dg

    Tipografías: ©Montserrat ©Steelfish

    ODELIA EDITORA

    odeliaeditora@gmail.com

    www.odeliaeditora.com

    Copyright © 2022 Odelia editora.

    © 2022, Soledad Olguin

    Digitalización: Proyecto451

    ISBN edición digital (ePub): 978-987-47957-8-6

    A mi madre y a mi hijo,

    mis nudos concéntricos.

    Agradecimientos

    A Marcos Herrera, Daniel Guebel y Luis Chitarroni, por la inmensa ayuda.

    Al equipo de Odelia editora, heptágono maravilloso.

    1

    Qué habré robado esa primera vez, cuando entré en el probador y arranqué la alarma de la camisa para vestirme de otra. El deseo de transfigurar mi muerte. 2014, ese pudo haber sido el año para mi muerte, pero estaba la imagen de Garnet a mi cargo, una imagen que pedía comida y vacunas y encargos por eBay. La doctora pregunta qué puse de mí en esa prenda, ella cree que deposito algo valioso en cada cosa. Pero no. Yo pienso que es un ciclo de vaciamiento y de exterminio.

    Imagino que meto una mano por mi garganta y tomo alguno de los órganos vitales, tal vez un riñón, como si lo encontrara suelto, para sacarlo y meterlo dentro de la cartera negra de cuero que llevo puesta y que robé. Imagino que me cuelgan dos sondas por las que alimento un par de botas que también robé, y entonces observo cómo se llenan de mi propia sangre.

    La doctora dice no es el objeto, es el shock de adrenalina, de manera que es eso lo que se activa y lo que el cuerpo necesita para regular esta baja en lo que podría llamar algo que se mueve entre neuronas y que no está, o que perdí o se gastó. El comprimido que tomo con el primer café de la mañana no alcanza para cubrir esa falta.

    El color de mi comprimido me hace pensar en un sistema RGB incompleto. Salir de la realidad, y esa falta no solo es el espacio vacío entre neuronas y mi sistema de colores luz incompleto, es también 2014, el año que debí haber muerto si no hubiera sido por la imagen insistente de Garnet. Me mantuve en pie, pelando papas y calabazas, moliendo hígado y sesos de vaca para los platos de esa imagen tridimensional que me llevaba a lo más hondo de mi túnel y que aullaba por su alimento con sonido a cachorro. 

    2

    Digo riñón y nombro lo que mi cuerpo pareciera conocer de antemano. La adrenalina nace ahí. Estoy de pie, parada frente al local, es el momento previo a la ebullición de los sentidos. Puede que deposite mi alma en esa cartera de cuero que miro desde afuera, para colgarla luego sobre mi hombro derecho, una cartera Lázaro con apliques de charol y remaches de acero. Cuando entro hay algo en la actitud corporal, una imposición en la mirada, la mezcla de esas condiciones hace que la vendedora no vea, no está viendo lo que hago, velo sus ojos con los míos. Me pruebo una mochila, un bolso, tomo una billetera con brillantes de fantasía, ella se distrae, suena un teléfono, me demoro esperando el instante en el que pueda girar, como si estuviera en una pista de baile, un giro armónico, un giro que me permita tomar esa cartera que ya casi es mía. 

    Ahora la llevo colgada mientras camino por Florida, pienso que se parece a esas heladeras que transportan órganos, porque llevo ahí mi riñón y mi alma. El alma es el órgano de la castración, los llevo y los cuido para que se conserven, aunque no sepa cuánto tiempo puedan vivir en el calor húmedo del cuero de novillo. Camino por Florida con esa carga sobre el hombro, tengo mi cartera que compone junto a mí un circuito de supervivencia. Me gusta mirar a las vendedoras como si estuviéramos más allá de ese espacio con percheros y sistemas de vigilancia, como si estuviéramos pasando de un plano a otro de la realidad, iluminadas por una luz blanca, juntas en eso. A veces deseo desnudarlas en el interior de mi cámara sexual, o rapar sus cabezas para guardar el cabello junto a mis pensamientos. A veces quisiera sentirme acompañada dentro de la asfixia de los probadores y enseñarles el movimiento de las prendas cuando suben y bajan, encima y fuera del cuerpo. 

    3

    Los martes voy al consultorio de la doctora, días en los que siento la dificultad de levantarme del sillón de la oficina. 15.45, hora de levantarme para cruzar la plaza, tomar el subte y caminar luego hacia la calle Moldes. Me quedo girando sobre el sillón

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