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El uso de la puntuación en español

El uso de la puntuación en español

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El uso de la puntuación en español

Longitud:
226 páginas
2 horas
Publicado:
16 feb 2022
ISBN:
9789875998391
Formato:
Libro

Descripción

Con este libro, nos adentraremos en una gran aventura: la de saber puntuar, la de entender el significado de cada signo de puntuación, la de concienciar —como bien dice José Antonio Millán— que puntuar «es un arte, un reto: una necesidad. Su dificultad más grande proviene de que exige un desdoblamiento: el que puntúa debe ponerse en el lugar del que va a leer, sin abandonar el lugar del que está escribiendo. Y tener en cuenta al otro (que horas o décadas después vendrá sobre nuestro texto) siempre supone un esfuerzo…». Trataremos, pues, de que ese esfuerzo sea fructífero, y de que el uso de comas, comillas, guiones, rayas, puntos suspensivos, dos puntos, paréntesis o corchetes oriente nuestras palabras para que no se salgan un punto de la verdad. Y no se habrá alcanzado poco, porque escribir bien es un inmenso acto de amor sin condiciones que se hace visible en el equilibrio y la armonía del texto.
Publicado:
16 feb 2022
ISBN:
9789875998391
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El uso de la puntuación en español - Alicia Zorrilla

Alicia María Zorrilla

El uso de la puntuación

en español

Diseño de tapa: Osvaldo Gallese

© 2021. Libros del Zorzal

Buenos Aires, Argentina

© 2016. Alicia María Zorrilla

Comentarios y sugerencias: info@delzorzal.com.ar

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa de la editorial o de los titulares de los derechos.

Impreso en Argentina / Printed in Argentina

Hecho el depósito que marca la ley 11723

Índice

Prólogo | 5

La puntuación | 10

El punto | 12

La coma | 25

El punto y coma | 64

Los dos puntos | 69

Los puntos suspensivos | 82

Los signos de interrogación y de exclamación | 89

Los paréntesis | 98

Los corchetes | 109

Las comillas | 118

La raya | 134

Las dos rayas o la doble raya | 144

El guion | 146

La diéresis o crema | 155

La barra | 156

La barra doble | 162

La doble barra vertical o pleca doble | 163

La llave | 165

El asterisco | 167

El apóstrofo | 171

El párrafo | 174

El calderón | 176

La puntuación, paralenguaje emocional | 177

Bibliografía | 190

Prólogo

Bien vale que cada día nos unamos para hablar de las palabras, para indagar sus inmensos espacios y trasladarnos a través de todos sus tiempos. Una palabra no guarda un solo significado; una palabra posee muchos seres comprometidos con la vida y con otras vidas que fueron y que son. Sale al aire plena y se hace aire —la página recoge ese aire—, y crece hasta las orillas de quien la recibe para sellar un pacto de soledad, pues la palabra pertenece a todos, pero cuántas veces cada uno habla en silencio con ella y se convierte en necesario cómplice de ese silencio. La máscara tiembla y cae, y la palabra pare al hombre verdadero para que se vacíe en presentes infinitos, para que se haga raíz con sus raíces, para que crezca realmente libre en ese instante único de feliz contemplación.

La gran obra de Cervantes lo corrobora, pues es, sin duda, una reflexión abierta sobre la escritura y sobre la reescritura. Cada oración predice que la palabra debe esculpir la memoria de los hechos: «¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera!»¹. ¿Quién será aquel que buenamente pueda contar…?

Don Quijote es lector convencido y apasionado; defiende lo que ha leído y reconoce que esa literatura ha hecho posible el nacimiento de otro hombre, el que sueña hacia adentro y hacia fuera, con todo el cuerpo y en voz alta: «… lea estos libros y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos…»². Las palabras son los molinos emblemáticos y los gigantes que lo enardecen y lo vencen. Don Quijote descubre, pues, en ellas la metáfora de

la vida, un cruce infinito de senderos que ondulan hacia lo desconocido, hacia lo dulcemente desconocido.

Mientras el ávido lector goza de las aventuras del gallardo caballero, escribe, cuenta y se cuenta nuevamente la historia, y son otras las palabras que la imaginación le dicta y que anclan en su tiempo para construir puentes espirituales entre las de ayer y las de su hoy, que no serán las de para siempre. Como Cervantes, se siente padrastro de la obra y no padre o autor. Crea y hasta recrea lo que ha creado porque al penetrar en sí mismo, se derrama en la historia y es parte de ella tantas veces cuantas la lee. Las palabras no se estancan, no son piedras arrumbadas en ninguna parte, no fenecen de la vida. Por eso, Cervantes lo exime de acatar las suyas: «… y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato, todo lo cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella»³. El libro sale a la luz para decir y dice para que cada lector diga, para que se comprometa con la escritura de esa «leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina»⁴, como reza el «Prólogo» cervantino. Con gran ironía, define mediante antítesis el generoso contenido, la inmortal aventura. De esa parodia, surge también el consejo para escribir con decoro, para comunicar con diafanidad, con limpieza, para organizar bien la trama. El supuesto amigo del futuro autor, «gracioso y bien entendido», le dice: «… procurar a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y escurecerlos»⁵. Y agrega: «… llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco»⁶. Y no habrá alcanzado poco porque escribir bien es un inmenso acto de amor sin condiciones que se hace visible en la consagración del equilibrio y de la armonía del texto. Es guiar al que nos lee y acompañar al que nos escucha, y es también gozar de un estado de beatitud inefable y transformativo. Tal vez, la beatitud que sintió Cervantes cuando escribió su Don Quijote, enamorado de la palabra, porque la vio mujer y tan bella como el silencio del sol; acaso, la que vibró en don Quijote cuando leyó entusiasmado sus «falsos, mentirosos, dañadores e inútiles»⁷ libros de caballerías porque quería ser artífice de otra vida y fundar otros nombres, y vivir, morir y resucitar para vivir, morir y resucitar otras tantas veces; quizá, la que asombrados presentimos alguna vez cuando caminamos tras la voluntad de Rocinante para deslumbrarnos con otras aventuras porque el lenguaje se hacía transparencia, y esta, símbolo de la verdad que sostiene: «Salió en esto don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y arrimado a su tronco o lanzón»⁸. Las palabras cervantinas no traducen un alma, es el alma quien se hace palabras, quien se vacía en palabras, para que la tierna belleza de sus personajes no cese, y sea realidad su poética escritura, esa escritura sin tiempos que nos devuelve con nostalgia los de su autor y los del que abandonó todos sus sentidos a los pensamientos caballerescos para que sus magníficas obras quedaran escritas «en el libro de la fama por todos los venideros siglos»⁹. Y aquí, sin tomar reposo, don Quijote nos detiene: «—No más: cesen mis alabanzas […], porque soy enemigo de todo género de adulación; y aunque ésta no lo sea, todavía ofenden mis castas orejas semejantes pláticas»¹⁰.

Con el recuerdo de este inolvidable manchego —el que sin ser, sigue siendo— y en honor de su célebre creador, nos adentraremos en una nueva aventura: la de saber puntuar, la de entender el significado de cada signo de puntuación, la de concienciar —como bien dice José Antonio Millán— que puntuar «es un arte, un reto: una necesidad. Su dificultad más grande proviene de que exige un desdoblamiento: el que puntúa debe ponerse en el lugar del que va a leer, sin abandonar el lugar del que está escribiendo. Y tener en cuenta al otro (que horas o décadas después vendrá sobre nuestro texto) siempre supone un esfuerzo…»¹¹. Trataremos, pues, de que ese esfuerzo sea fructífero, y de que el uso de comas, comillas, guiones, rayas, puntos suspensivos, paréntesis o corchetes orienten nuestras palabras para que no se salgan un punto de la verdad.

Alicia María Zorrilla

La puntuación

¿Qué es la puntuación?

Puntuar significa ‘colocar adecuadamente los signos ortográficos para distinguir el valor prosódico de las palabras y el sentido de las oraciones y de cada uno de sus miembros’. Aunque muchas veces la puntuación es subjetiva (puntuación estilística), no deben dejarse a un lado las normas correspondientes (puntuación gramatical).

Puntuación es la acción y el efecto de puntuar, y también, el conjunto de los signos que sirven para puntuar.

Signos de puntuación

Signos auxiliares de puntuación

El punto

La palabra punto deriva del latín punctum, ‘punzada, picadura, punto’. Desde el punto de vista lingüístico, el punto es la mayor pausa sintáctica. Debe colocarse cuando lo que se ha escrito tiene sentido completo, y puede redactarse otro período sin que se dude acerca de la comprensión del anterior.

Su uso lingüístico y no lingüístico

1. Señala el fin de la oración y de su figura tonal:

La obra literaria no es, si mi opinión parece cierta, un fruto más o menos aberrante del tronco lingüístico común, sino un lenguaje aparte, sobre cuya independencia no puede engañarnos el hecho de que comparta muchos caracteres léxicos y gramaticales con los demás frutos del mismo árbol¹².

2. Separa oraciones:

El rostro se le disolvió. Le bulleron todas las materias del cuerpo físico, todas las esencias del cuerpo espiritual. Brazos y piernas parecían los del Inca José Gabriel Condorcanqui cuando lo descoyuntaban los cuatro caballos centrífugos. En el furor de las contorsiones perdió los zapatos y se le abrió la ropa como una vaina madura¹³.

3. Delimita párrafos:

En Castilla hay muchas lagunas cenagosas donde juegan los niños, como Juan y sus amigos, a lanzar a modo de flechas varitas de junco o de mimbre que el agua recibe y luego vomita entre inocentes apuestas de ver quién tuvo más fuerzas, quién llegó más lejos.

Parece que Juan apunta a la distancia desde el principio: tendrá que mojarse si quiere recuperar su mimbre. Es el ganador, pero al avanzar pierde el equilibrio y la espesura del barro lo atrapa fácilmente: mientras más lucha por salir más grande es la huella hacia lo hondo. Asustados, sus compañeros de juego piden ayuda mientras Juan, extrañamente quieto, contempla la imagen de una Señora que le ofrece el socorro de su mano limpia y él no se la quiere dar por no ensuciársela¹⁴.

4. Cierra las abreviaturas¹⁵; indica que un grupo de letras funciona como abreviatura de una palabra: cap. (capítulo), ed. (edición), pdo. (pasado).

Las abreviaturas terminadas en alguna letra volada deben tener punto antes de esta: art.° (artículo), Prof.ª (profesora), V.° B.° (visto bueno). Exime de punto los símbolos relativos a pesas y medidas: m, cm, l, dg, t¹⁶.

5. Forma parte de la i y de la j minúsculas (nunca de las mayúsculas).

6. Con la coma, forma el punto y coma (;).

7. Con otro punto, forma los dos puntos (:).

8. Con otro punto, ambos a la misma altura, la diéresis o crema¹⁷: antigüedad.

9. Forma parte de los signos —de apertura y de cierre— de interrogación y de exclamación: ¡Viva! ¿Cuándo regresará tu padre? Por eso, detrás de estos no ha de colocarse otro punto.

10. Tres puntos seguidos constituyen los puntos suspensivos. Si

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