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Oye, hijo mío: Una guía práctica para criar a tus hijos en el Señor

Oye, hijo mío: Una guía práctica para criar a tus hijos en el Señor


Oye, hijo mío: Una guía práctica para criar a tus hijos en el Señor

valoraciones:
4.5/5 (3 valoraciones)
Longitud:
240 páginas
4 horas
Publicado:
15 feb 2022
ISBN:
9781535999403
Formato:
Libro

Descripción

La paternidad es un trabajo arduo. Piense esto: antes de tener hijos, usted probablemente tenía ilusiones y sueños sobre cómo criar a sus hijos y cómo serían ellos al crecer. Pero de algo estaba seguro, ¡usted no criaría a sus hijos como lo hicieron sus padres! No cometería los mismos errores que ellos cometieron. Luego, sucedió. Usted se convirtió en padre. Rápidamente esas ilusiones y sueños comenzaron a disiparse. En algún punto, usted quizás hasta cuestionó el tener hijos o no. En este libro, Juan y Jeanine Sanchez comparten principios bíblicos que les han ayudado a criar a sus cinco hijas. Aunque muchos han intentado proveer una guía exhaustiva de cómo criar a los hijos, este libro habla sobre verdades antiguas que lo guiarán en su crianza.

Parenting is hard work. Think about this: before you had children, you probably had hopes and dreams about how you would parent and how your children would turn out. One thing was certain! You were NOT going to parent like your parents. You weren’t going to make the same mistakes they made raising you. Then, it happened. YOU became a parent. Very quickly, those hopes and dreams began to dissipate. At some point, you may even have questioned having children. In this book, Juan and Jeanine Sanchez share biblical principles that have helped them to raise their five daughters. While many have attempted to provide a comprehensive guide on how to raise children, this book speaks of ancient truths that will guide you in your parenting.
Publicado:
15 feb 2022
ISBN:
9781535999403
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Oye, hijo mío - Juan Sánchez

Contenido

Introducción: ¡Ayuda! ¡Soy padre!

Capítulo 1: Dios desea hijos que vivan para Él

Capítulo 2: El centro del problema

Capítulo 3: Un mapa de carretera para el camino

Capítulo 4: El lugar del ejemplo parental en la crianza de hijos piadosos

Capítulo 5: El lugar de la instrucción bíblica en la crianza de hijos piadosos

Capítulo 6: La disciplina bíblica: Cómo guiar a los hijos a caminar en sabiduría

Capítulo 7: La crianza en los primeros años (0‑5 años de edad)

Capítulo 8: La crianza en los años intermedios (6‑12 años de edad)

Capítulo 9: La crianza en la adolescencia (13‑18 años de edad)

Conclusión: Palabras de ánimo

Apéndice 1: Recursos en español

Apéndice 2: Cartas de las muchachas Sánchez

Oye, hijo mío

Oye, hijo mío: Una guía práctica para criar a tus hijos en el Señor

Copyright © 2022 por Juan y Jeanine Sánchez

Todos los derechos reservados.

Derechos internacionales registrados.

B&H Publishing Group

Nashville, TN 37234

Diseño de portada: The Visual Republic / Alexis Ward

Director editorial: Giancarlo Montemayor

Editor de proyectos: Joel Rosario

Coordinadora de proyectos: Cristina O’Shee

Clasificación Decimal Dewey: 306.874

Clasifíquese: PATERNIDAD Y MATERINIDAD / CRIANZA / RELACIÓN PADRES E HIJOS

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni distribuida de manera alguna ni por ningún medio electrónico o mecánico, incluidos el fotocopiado, la grabación y cualquier otro sistema de archivo y recuperación de datos, sin el consentimiento escrito del autor.

Las citas bíblicas marcadas RVR1960 se tomaron de la versión Reina-Valera 1960® © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960; Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de las Sociedades Bíblicas Unidas y puede ser usada solo bajo licencia.

Las citas bíblicas marcadas NTV se tomaron de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados.

Las citas bíblicas marcadas NVI se tomaron de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, © 1999 por Biblica, Inc.®. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados.

Las citas bíblicas marcadas LBLA se tomaron de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS, © 1986, 1995, 1997 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

ISBN: 978-1-5359-9940-3

1 2 3 4 5 * 25 24 23 22

Introducción

¡Ayuda! ¡Soy padre!

Antes de tener hijos, lo más probable es que tuvieras sueños y esperanzas sobre cómo criarías a tus hijos, y sobre cómo resultarían. ¡Algo era seguro! NO serías un padre igual a tus padres. No cometerías los mismos errores que ellos cometieron al criarte. Entonces, sucedió. Te transformaste en padre. Rápidamente, esas esperanzas y sueños empezaron a desvanecerse. En algún momento, tal vez incluso cuestionaste tu decisión de tener hijos. Tenías un plan. Pensabas que sabías lo que ibas a hacer. Entonces, llegaron los hijos, y nada salió como esperabas. ¡Es posible que te sientas tan frustrado que hasta hayas gritado pidiendo ayuda! Tal vez no de manera literal, pero en tu mente. A Dios. O quizás también hayas clamado literalmente pidiendo ayuda. Está bien. Nosotros también.

Sin embargo, antes de seguir avanzando, permíteme advertirte que este no es el libro «experto» sobre crianza que resolverá todos tus problemas. ¡Lo lamento! Además, no es el último libro sobre crianza que vas a leer. Seguramente, no es el primero. Entonces, ¿por qué este libro? Porque hemos aprendido que Dios ya proveyó la ayuda que necesitan los padres. Como cristianos, nos dio a Cristo y la buena noticia de la salvación. Nuestros hijos no son perfectos. Es más, nacen pecadores. Necesitan a Cristo, al igual que nosotros. Y nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan un Salvador perfecto. ¡Qué buena noticia, porque Dios ya lo proveyó en Jesús! Además, nos ha dado Su Palabra como el estándar, no solo para la crianza, sino también para toda la vida. Y nos ha dado los unos a los otros: la iglesia.

Una de las cosas que aprendí temprano en la crianza fue a pedir ayuda, con la mayor frecuencia posible y antes de que las cosas se pusieran demasiado feas. Eso empieza pidiéndole ayuda a Dios. ¡Estamos hablando de la oración! Gran parte de nuestra crianza la hicimos de rodillas… orando por salvación, seguridad, sabiduría, esposos piadosos (tenemos todas hijas mujeres), matrimonios fieles y nietos. Comprendes la idea. Además, al mirar hacia afuera, nos dimos cuenta de que había padres que ya habían recorrido más camino que nosotros. Sus hijos estaban crecidos, o al menos, eran más grandes que nuestras hijas. Nos maravillamos al ver cómo se relacionaban con sus hijos y la buena respuesta que obtenían. Queríamos saber qué habían hecho, cómo lo habían hecho y por qué funcionaba. Cuando yo (Juan) servía en un ministerio de jóvenes en una iglesia rural en Florida, Estados Unidos, nos hicimos amigos con uno de los diáconos y con su familia. Él y su esposa estaban criando tres hijas. En ese momento, Jeanine y yo estábamos recién casados, así que no teníamos hijos. ¡¿Quién habría pensado que, según la providencia divina, criaríamos cinco hijas?! Pasamos mucho tiempo en su casa. Los observamos criar. Nos hicimos amigos de sus hijas. Fue una hermosa experiencia mirar y aprender como pareja joven sin hijos.

Más adelante, empezamos a tener hijos propios… ¡todas niñas, recuerda! No teníamos idea de lo que hacíamos. Nuestra idea era que Jeanine se ocupara de todo lo que tuviera que ver con bebés, y yo me concentrara en terminar mis estudios universitarios. ¡No sabíamos nada! Se suponía que asistiéramos a clases de preparto, donde nos enseñarían algunas cuestiones básicas del cuidado de bebés, pero nuestra primera hija se adelantó. Tan solo pudimos asistir a una clase. Así que ahí estábamos, una joven pareja de veinteañeros. Llevamos una beba a casa y no teníamos idea de qué hacer. Cuando ella lloraba por la noche, yo despertaba a Jeanine y le pedía que la alimentara. Es más, cada vez que lloraba, le pedía a Jeanine que la alimentara. Era la única forma que teníamos de hacer que dejara de llorar.

Cuando nuestra primera hija creció un poco, la pasamos a una cama pequeña. Nuestra rutina de la hora de dormir era mirar videos de Winnie the Pooh hasta que le diera sueño. Entonces, la acostábamos. Me ponía de rodillas junto a su cama, y le palmeaba la espalda hasta que se quedaba dormida. Después, intentaba salir gateando de la habitación en el mayor silencio posible. Si ella hacía algún sonido o se movía, me apuraba a volver a su lado y empezaba a palmearle la espalda otra vez. Recién a los cuatro años de edad aprendió a dormir toda la noche sola. ¡Ayuda!, pensaba. La crianza no puede ser así para siempre, ¡¿no?! Cuando Jeanine volvió a quedar embarazada, le dije que ya era suficiente. No podíamos seguir así con otro niño. Le dije: «¡Vas a tener que ver cómo hacemos, porque no podemos hacer lo mismo que antes!». Al mirar atrás, veo lo egoísta que fui. ¿VAS a tener que ver cómo hacemos? ¿No era acaso una tarea conjunta?

No hace falta decir que tuvimos que buscar ayuda. Alguien le presentó a Jeanine la idea de acostumbrar al bebé a una rutina de sueño y alimentación. ¡Imagínate! En vez de permitirle a la beba que dirigiera nuestras vidas, nosotros podíamos dirigir la de ella. ¡Qué novedoso! Este fue el principio de nuestra transformación. Bueno, de la transformación de Jeanine, para ser sincero. Yo seguía siendo el mismo Juan egoísta. Es más, durante los primeros seis años de nuestro matrimonio, tenía la idea de que Jeanine era la responsable de cuidar a las bebés y a las niñas pequeñas. En algún momento, cuando ya supieran ir al baño solas, pudieran comunicarse verbalmente y fueran más independientes, yo intervendría y me ocuparía. Evidentemente, estoy exagerando, pero no demasiado. Durante seis años, descuidé mis responsabilidades como padre. Y durante seis años, Jeanine leyó los libros sobre crianza y oró para que Dios me despertara a mis responsabilidades. Felizmente, el Señor lo hizo.

A unos seis años de casados, Jeanine me pidió que asistiera con ella a una conferencia sobre crianza. No estaba demasiado seguro, pero sabía que tenía que apoyarla. Para mi sorpresa, el Señor me tocó. Tiendo a pensar en forma teológica, y por primera vez, un pastor me mostró mis responsabilidades en la Escritura. El orador hizo un argumento teológico sobre la función de los padres en el hogar y sobre cómo debemos criar a nuestros hijos de manera que glorifique a Dios. Eso me marcó. Volví a casa como un hombre nuevo. Bueno, al menos, como un padre nuevo. Empecé a tomar en serio mi responsabilidad en la crianza. Comencé a guiar y a disciplinar a mis hijas. Me encargué de la rutina de la hora de dormir y empezamos a leer juntos en voz alta. Al recordar aquella época, doy gracias a Dios. ¡Sé que mi esposa también le da gracias! En Su misericordia, Él nos ha permitido criar cinco hijas. No son perfectas. Nosotros tampoco. Por la misericordia de Dios, todas profesan una fe en Cristo. A medida que buscamos formar a nuestras hijas para que reflejaran la imagen de Dios, el Señor las usó para formarnos también. Así que escribimos este libro juntos, no como expertos ¡sino como padres que también clamaron pidiendo ayuda!

Nos alegramos de que lo hayas empezado a leer. Considéralo una colección de lecciones que aprendimos en el camino y que deseamos transmitir a otros en esta travesía de la crianza. Tal vez ya hayas aprendido algunas de estas lecciones. ¡Genial! Nos regocijamos con aquellos que están más adelante que nosotros en este camino. Nos encanta aprender de los que van más avanzados. Pero sospecho que algunas de las lecciones que aprendimos te resultarán útiles. Por eso escribimos este libro. Antes que nada, en la primera parte, queremos afirmar nuestra conversación en la Palabra de Dios. Para aquellos que, al igual que yo, necesiten que los convenzan (o les recuerden) desde la Escritura lo que deberíamos estar haciendo y a qué deberíamos apuntar como padres, empezaremos en el capítulo 1 colocando los cimientos bíblicos y teológicos para la crianza. Nuestro deseo en la crianza debería ser el mismo que el de Dios: tener hijos piadosos. Por eso nos creó. El problema es que, debido al pecado de Adán, todos nacemos pecadores. Así que, en el capítulo 2, confrontaremos la realidad del contexto de la crianza: la caída. Somos padres pecadores que necesitan un nuevo corazón. Si no lo entendemos, gran parte de nuestra crianza será apenas una modificación de conducta. Una vez puestos los cimientos bíblicos y teológicos, pasaremos al capítulo 3 para proporcionar un marco para la crianza cristiana. Es decir, queremos hablar de lo que somos llamados a hacer (y a no hacer) como padres. Si no seguimos el camino correcto, no persistiremos fielmente en una crianza bíblica hasta el final.

En la segunda parte, queremos pasar de las bases bíblicas y teológicas de la crianza cristiana a explicar nuestras responsabilidades bíblicas: mostrar el evangelio con el ejemplo como padres (cap. 4) y enseñar el evangelio desde la Palabra de Dios (cap. 5). Por supuesto, uno de los desafíos como padres es cómo disciplinar a nuestros hijos. Así que, en el capítulo 6, dedicamos tiempo a considerar algunos proverbios y encontrar guía bíblica. Nuestro objetivo es arraigar nuestra función y nuestras responsabilidades como padres en la Escritura.

Por supuesto, si estás buscando ayuda AHORA, las preguntas para las que quieres respuestas son las preguntas sobre «cómo». Es lo que esperamos proporcionarte en la tercera parte. Es imposible decir todo en estos capítulos, y tampoco lo intentaríamos. En cambio, considéralos una conversación de una hora mientras bebemos café. En el capítulo 7, Jeanine y yo nos sentamos con padres de niños más pequeños (0-5 años) y hablamos de lo que aprendimos que era más importante en esos años. Una vez más, no podremos cubrir todo. Sin embargo, este rango de edad es tan crucial que no pudimos resumir en un solo capítulo lo que teníamos para decir. Entonces, verás dos capítulos sobre estos primeros años. Nuestra oración es que te resulten útiles. Seguimos nuestras «conversaciones de café» en los capítulos 8 (6-12 años) y 9 (13-20 años). Te animamos a reunirte con otros padres y tener conversaciones similares juntos. Tal vez puedas leer este libro con un grupo de padres de tu iglesia. Anímense unos a otros y oren unos por otros. Aprendan de los demás.

Sabemos que algunos se verán tentados a ir directo a la sección del «cómo» (capítulos 7-9). No podemos detenerte. Ahora que lo compraste, es tu libro. Así que empieza por donde quieras. Pero debemos advertirte algo. Pasar directamente a la tercera parte puede producir algunos resultados deseados de inmediato, pero dejarte frustrado a la larga. Queremos animarte a criar con la eternidad en mente. Piénsalo de esta manera. ¿Alguna vez quisiste bajar de peso? Es fácil bajar de peso rápido. Muchas dietas están diseñadas para ayudarte a ver resultados de inmediato. El problema es que esos resultados no son sostenibles. Es imposible mantener una dieta libre de carbohidratos mucho tiempo sin ver efectos adversos en tu cuerpo. También puedes bajar de peso rápidamente mediante mera fuerza de voluntad: cortando calorías o ayunando. El problema es que, en un momento de debilidad, comes algún dulce, y ese se transforma en dos y después tres. Cuando te das cuenta, estás atiborrándote de comida chatarra y recuperaste el peso que habías perdido. Eso se llama el efecto yo-yo en las dietas: arriba y abajo, arriba y abajo. Los médicos advierten que esta clase de dietas no es saludable. En cambio, si quieres bajar de peso y mantenerlo, es necesario que cambies tu forma de pensar, entendiendo lo que la comida le hace a tu cuerpo y cómo te hace sentir. Y hace falta un progreso lento. Eso te permite comprometerte con una mirada a largo plazo. Saltar a la parte 3 es como empezar una dieta libre de carbohidratos o ayunar. Tal vez veas resultados inmediatos, pero no es sostenible. Te animamos a ir despacio. Lee el libro con la Biblia a mano. Anota las preguntas que vayan surgiendo.

Al principio de cada capítulo, anunciamos el principio que enfatizaremos en todo ese capítulo. Y al final de cada capítulo, escribimos algunas preguntas para debatir que te ayudarán a seguir la conversación con tu cónyuge o con otros que te animen. Una vez más, considéranos amigos que quieren ayudar al transitar contigo este camino de la crianza. Y por último, te instamos otra vez a orar; a orar por tus hijos, para que Dios les dé un nuevo corazón y puedan seguir a Cristo todos los días de sus vidas. Y también ora por ti, para que el Señor te conceda la gracia de aprender de Su Palabra, para que puedas comunicar Su corazón y empieces a desear para tus hijos lo mismo que Dios desea: que sean piadosos y reflejen Su imagen, para Su gloria.

¡A Dios sea la gloria!

Juan y Jeanine Sánchez

1 de febrero de 2021

(el día en que nuestra hija menor cumplió 18 años)

Capítulo 1

Dios desea hijos que vivan para Él

Principio: Nuestro deseo para nuestros hijos debería ser el mismo que el de Dios: hijos que vivan para Él; hijos que reflejen la imagen de Dios y muestren Su gloria en todo lo que piensen, digan y hagan.

Antes de que Jeanine y yo nos casáramos, tuvimos las típicas conversaciones prematrimoniales. Hablamos sobre la comunicación, las finanzas, la intimidad y, por supuesto, los hijos. Me da bastante vergüenza admitir que la mayoría de estas conversaciones se dieron desde la ignorancia, la inmadurez y el idealismo. Ignorábamos lo que sería tener hijos, y ni hablar de la crianza. Y como éramos inmaduros y teníamos una opinión más elevada de nosotros mismos de la que debíamos, idealizábamos prácticamente todo: la cantidad de hijos que tendríamos, el género que tendrían, cómo los cuidaríamos y cómo resultarían. Incluso teníamos un plan ideal. Pasaríamos los primeros cinco años de nuestro matrimonio conociéndonos antes de tener hijos. Como ya dije, éramos ignorantes, inmaduros e idealistas.

El 29 de junio de 1990, por fin llegó el día de nuestra boda. Fue todo lo que esperábamos y más. Por consejo de un amigo, pospusimos la luna de miel seis meses para poder disfrutarla sin el agotamiento de un fin de semana de boda. Así que, a fines de diciembre, fuimos a la ciudad de Nueva York a celebrar la víspera de Año Nuevo en la Gran Manzana. Fue una experiencia maravillosa. Nuestro plan iba a la perfección: pasar tiempo como pareja conociéndonos, divertirnos juntos y crecer en nuestro amor mutuo. Sin embargo, todo cambió cuando volvimos a casa. Yo estaba terminando mis estudios universitarios antes de inscribirme en el seminario, cuando un día, Jeanine se encontró conmigo para almorzar en el campus. Con una amiga que la acompañaba, me informó tímidamente que estaba embarazada. Me quedé aturdido. No sabía qué decir. No era nuestro plan. Pero después de unos momentos, la abracé con torpeza y le dije: «Felicitaciones». No fue mi mejor momento, pero no sabía de qué otra manera responder. Había llegado al campus esa mañana como un joven recién casado, y me fui como un padre. No estaba listo para eso. Ella tampoco estaba lista. Nadie está nunca verdaderamente listo para ser padre. Felizmente, el Señor tuvo misericordia. A medida que el bebé crecía en el vientre de Jeanine, empecé a esperar con ansias todo lo que implicaría tener un hijo. Jeanine leía libros sobre embarazo y crianza de los hijos. Yo pensaba en nombres y me preguntaba si sería un varón o una niña. Al poco tiempo, estábamos encantados con la idea de tener un hijo.

Como todos los padres expectantes, empezamos a pensar en lo que deseábamos para el futuro de nuestro hijo. Oramos por un bebé con buena salud. Acordamos que nuestro hijo no sería rebelde ni descontrolado como algunos niños que habíamos visto. Y nos prometimos que no lo criaríamos como nuestros padres nos habían criado. En esencia, en nuestra ignorancia, inmadurez e idealismo, deseábamos un hijo perfecto y suponíamos que seríamos los padres perfectos. No es que nuestros deseos fueran malos. Lo que sucede es que eran demasiado débiles. Como padres nuevos o jóvenes, solemos conformarnos con deseos temporales como un bebé con «diez deditos en las manos y en los pies», un hijo que sea inteligente o atlético, una persona que contribuya a la sociedad. Pero el mayor deseo que un padre puede tener para sus hijos es que crezcan «en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Luc. 2:52). En otras palabras, nuestro mayor deseo debería ser que nuestros hijos vivan para el Señor; es decir, que nazcan de nuevo y sigan a Cristo todos los días de sus vidas. Nuestro deseo no debería ser tan solo que profesen una fe en Cristo, sino que reflejen la imagen de Dios y muestren Su gloria en todo lo que hagan. Y nuestro llamado supremo como padres es formarlos y modelarlos a imagen de Cristo. En

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Oye, hijo mío

4.7
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    Un libro muy bonito. El evangelio se debe vivir en el hogar.