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¿Qué put@$ es el amor?
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¿Qué put@$ es el amor?
Libro electrónico231 páginas4 horas

¿Qué put@$ es el amor?

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Información de este libro electrónico

«¿Se han preguntado qué es el amor? A mí me parece una palabra sin sentido. No me entiendan mal, solo hablo de la palabra. ¿A quién se le ocurrió encerrar en una palabra tan corta tantas cosas por decir, tantos sentimientos, tantas emociones? ¿Lo han notado? Solo cuatro letras que expresan lo más sublime, lo más grato, lo más loco, los más her
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento21 oct 2021
ISBN9789585162754
¿Qué put@$ es el amor?
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Autor

Esteban Palma

Esteban Palma es escritor y empresario tech (www.estebanpalma.com). Nació en Medellín, aunque recalca sus raíces de la costa caribe e influencias de la capital colombiana. Es creador de ediciones literarias como la antología «Doble filo», que ha sido leída en más de 20 países y la serie de relatos publicados con el seudónimo @museodehistorias que ha cautivado a más de 17 mil lectores. Sus cuentos y relatos se mueven entre el drama, el suspenso, la poesía y el realismo mágico. Como buen creativo, es apasionado por descubrir el porqué de las cosas, y con su libro «Qué put@$ es el amor» pretende darle forma a uno de los sentimientos más humanos.

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    No soy muy fan de los relatos cortos, pero las historias de este libro me encantaron. Sencillas y profundas, me llegaron al corazón. ?

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¿Qué put@$ es el amor? - Esteban Palma

Qué loco está el mundo

Un domingo cualquiera, en la plaza del centro de una ciudad, termina su rutina de chistes un cuentero. La gente se acerca a la funda de guitarra frente a él para dejar monedas luego de haber pasado un buen rato de risas. Algunos empiezan a irse, pero de repente, un hombre en harapos, con la cara sucia y una enorme sonrisa, se conmociona con la multitud de personas. Entonces se apodera del escenario, se acomoda la ropa y, sin dejar de sonreír, se acerca a una pareja sentada en primera fila. Después, con una voz sorprendente, le pregunta a la chica: «¿De verdad lo amas?», y señala al hombre junto a ella. Sin dejarla responder, comienza a recitar en un tono cautivante:

«¿El amor? ¿Qué es eso del amor? ¿Acaso soy yo o todo el mundo se volvió loco? Ja, ja, ja, bueno, de pronto soy yo, aunque estoy seguro de que no soy el único… Tal vez ustedes se sorprendan cuando se den cuenta de que están viviendo en un mundo en el que nosotros los locos lo tenemos todo resuelto, porque entendemos el amor, ese que tiene cara de perro, el que impulsa… El amor es lo que los trajo hoy aquí y lo que los llevará a la tumba.

»Yo no sé para qué gira el mundo, pero me gusta pensar que millones de seres lo mueven despacio desde adentro, así como las neuronas le hablan al corazón para hacer que sienta; pero qué les voy a decir de eso, si luego dirán que estoy más loco todavía, ja, ja, ja. Pero en serio, en serio, ¿se han preguntado qué es el amor? A mí me parece una palabra sin sentido. No me entiendan mal, solo hablo de la palabra. ¿A quién se le ocurrió encerrar en una palabra tan corta tantas cosas por decir, tantos sentimientos, tantas emociones? ¿Lo han notado? Solo cuatro letras que expresan lo más sublime, lo más grato, lo más loco, los más hermoso y lo más terrible de la vida. Solo cuatro letras que bien podrían describir cuatro universos».

La gente deja de mirarlo con desagrado. Las palabras de aquel hombre extravagante, llenas de emoción y rebeldía, cautivan a más de uno.

«Yo sé muy bien cómo me llaman, pero con mis alucinaciones cuerdas me atrevo a decir: ¡Qué loco está todo el mundo! Incluso ustedes. Pero yo, un demente, lo tengo resuelto. Cu, cu, el amor se puede tocar tanto como los unicornios. ¿Han visto el mío pasar por aquí?, ja, ja, ja… Es que el amor es ese aire entre nosotros que corre y nos conecta, algo así como el wifi, ¿no? Y, amigos míos, esto no se los dice un loco cualquiera, sino uno que está seguro de que el mundo está al revés, un loco que conoce a Chopin y a Bach, incluso anoche me tomé un par de copas con ellos, ja, ja, hasta que llegó Monet a impresionarnos con sus cuentos sobre paisajes…

»¿En dónde iba? ¡Ah!, sí: amiga, ¿en serio lo amas? No me respondas aún, no es mi turno de recibir aplausos y monedas. Es momento de contarles a todos, de explicarles qué es el amor. No se trata solo de la forma en que esta chica le habla a su novio; no, señores, el amor se trata de sentir, de ir más allá de las palabras, de no saber cómo describir el sentimiento y, aun así, intentar demostrarlo con pequeñas o grandes acciones. Pero qué voy a saber yo, si ni siquiera sé si la luna sale de noche o de día… En serio, amigos míos, ¿alguna vez se han preguntado cómo se sentirían si no amaran?

»Pero, señora, tranquila, todavía no es momento de que se seque las lágrimas; y no, amigo, no crea que soy un loco cursi, aunque es cierto que estoy atormentado por amor, pero no como creen. Mi locura no se debe a que no encontré una Julieta, ja, ja, ja, sino a que perdí el amor verdadero, ese que, si defraudas, te hace terminar como yo: solo, desdichado, intentando encontrarle sentido a por qué el agua corre como lo hace. De verdad, señora, perdí al amor de mi vida: el amor por mí mismo. Y es que mi trastorno se debe a que quise ser un hombre que viera más allá y lo logré, pero solo encontré desdicha de ese lado. Así que los invito a amarse, a sentir de maneras diferentes; ámense como aman a sus hijos, como aman a sus padres, como aman a su dios; amen siempre, como si la vida dependiera de ello; ámense con sus defectos y sus cualidades; ámense en una noche fría, con pensamientos como remolinos, con dudas y miedos, con temor al futuro; ámense con ternura y con rabia, con deseo y pasión, en lo mejor y en lo peor, porque, aunque al final del día la batalla haya sido dura y no hayan salido vencedores, sabrán que lo dieron todo.

»Pero otra vez les digo: si quieren, no me hagan caso, porque qué va a saber este loco, que duerme entre su pila de libros viejos y se arropa con periódicos de ayer. Quién soy yo para decirles qué hacer; pueden tomarse una cerveza, echar en saco roto mis palabras y reírse de mí. Se los aseguro: no querrán terminar como yo, perdido en una ciudad de enamorados, sabiéndolo todo, pero sin ningún motivo para amar.

»No pasa mucho tiempo hasta que las personas se olvidan de las carcajadas. Como alumnos aplicados, escuchan con atención a aquel hombre que en poco tiempo ha aglomerado a una multitud deseosa de reflexionar sobre la vida.

»Pienso también en los pobrecitos locos perdidos, no como yo, ja, ja, yo soy un loco desdichado pero feliz; hablo de esos que, aunque cuerdos, se enamoran del exterior y no de la esencia, se pierden en la vanidad, como si fuera mejor comer una fruta de plástico brillante a una recién cortada del árbol. Pobres, están perdidos, se quedarán por siempre dando vueltas, atrapados en la casa de los espejos, encantados por la lujuria, la soberbia y la prepotencia. Pero vaya ironía: mientras marchan convencidos, el tiempo, con un cuchillo bajo la manga, los hará despertar demasiado tarde de su sueño ególatra, les hará ver en su reflejo a un viejo pasajero que nunca conocieron, que se perdió buscando lo vano y no tuvo la valentía de atreverse a romper el vidrio para buscar lo esencial, lo que va adentro, las notas musicales que viajan por las venas.

»Ustedes creen que el infierno es como lo pinta mi buen amigo Dante, entre más profundo, más tétrico, pero es el amor lo que está enredado entre demonios hermosos; el infierno, en cambio, lo vivimos a diario con las acciones y los sentimientos blandos y vacíos. La verdad, me avergüenzo un poco de esa gente que no comprende la locura. Qué triste debe ser no entender que la vida es algo más. Y no es que aquí todo esté oscuro solo ahora, no es que ahora la vanidad sea el centro de la Tierra o que el mundo se haya tornado en penumbra; es que siempre ha sido así, la oscuridad siempre ha sido el estado natural del mundo. Lo extraño es cuando llega el sol e ilumina el día, pero para eso hay que girar. La vida nos explica todo, solo hay que estar atentos y darnos cuenta de que toda acción tiene su reacción. Pero ¿cómo saber hacia dónde se inclina la balanza cuando sabes que en el fondo las respuestas son correctas, pero las preguntas absurdas? Si la razón no me brinda una respuesta, acudiré con cordura a preguntarle a la locura.

»Y es que, así como nos inventamos la idea del alma, nos inventamos la del amor. Incluso un día me di cuenta de que el amor es como una religión: el corazón es el templo, las absoluciones se hacen en la cama, tiene ritos, hay creyentes y agnósticos, hay pecados y flagelos, es igual de invisible, es un simple acto de fe. A veces no hacen falta las palabras porque lo que queremos decir se expresa de otras maneras. Pensemos, por ejemplo, en la Capilla Sixtina, la que pintó mi amigo Miguel Ángel. Todos hablan mucho de cómo se tocan el dedo del hombre y el de Dios, dicen que los une un aire vibrante. ¿Pero quién habla de ese cerebro que está a plena vista de todos? Ahí se muestra que pensar es lo que nos hace más humanos, quizás es la representación misma del amor como un todo, como algo sublime y enigmático, como si fuera un rompecabezas viejo del que hemos perdido algunas piezas: amistad, honestidad, dicha, placer; ladrillos que terminan de armar la torre de Babel, pero una hecha de cristal o tal vez de diamantes, según el recorrido de cada uno; en todo caso, una torre brillante e ininteligible, reflejo de que somos pobres criaturas llenas de miedo, seguidores de lo absurdo, soldados en una guerra interminable con nosotros mismos. Si tuviera que elegir un color para describir la vida no sería negro ni blanco: sería rojo, esta vida se pinta de rojo como la pasión, como los labios de una mujer, como la sangre que brota lento. Pero qué sé yo, si se me olvida si el infierno queda arriba o abajo, ja, ja, ja.

»A veces, para desprendernos de la realidad, sentir y sobrevolar, buscamos entre besos, cuerpos y sexo, pero ¿cómo se desprende el alma del cuerpo? Solo hay una forma: a través del arte, que es un mundo paralelo en el que los sentidos trascienden, donde se logra escuchar sabores, sentir notas y lamer amargas palabras; ahí el hombre se vuelve sublime, aunque solo de apariencia, porque es que no hay criatura más básica que un humano. Y me refiero otra vez al amor, somos predecibles con el deseo. Si se quiere conquistar, ya sea a un hombre o un imperio, el método es el mismo: el miedo, el miedo básico e instintivo a amar. Estoy seguro de que mi amigo Poe se sentaba cada noche en la oscuridad con ganas de escribir poemas o quizás canciones, pero el mundo, sus tormentos y fantasmas convertían sus bellas letras en divinidad oscura; lo pesado de su realidad impulsaba la tiniebla de su arte y transformaba en ingenio la muerte, la agonía y la desdicha.

»Pero bueno, amigos, el amor es una mera forma de expresión. Si me lo preguntan, el amor es corto y fugaz, pero poderoso. Es como sellar un trato con un pacto de sangre, pero no es para siempre, ja, ja, no se engañen. El amor se acaba, como las palabras, como la vida o como el agua en este planeta. Hay un secreto que me sé muy bien, porque mis canas lo delatan, escuchen: el tiempo no se puede recuperar. Él es el dueño de todo, el amante del amor, y es a quien hay que rendirle tributo, aprovecharlo. Y qué mejor forma de adorarlo que amando con pasión. No dejen que la vida se les escape, no esperen a amanecer un día con el pelo gris y la cadera acartonada, llenos de arrepentimientos por lo que les faltó vivir, por lo que les faltó amar.

»Sin embargo, aquí y ahora les digo que no todos se han ganado el amor. No lo merecen esas personas que creen que tienen que casarse al cumplir los treinta ni aquellos que piensan que para ser felices hay que tener hijos, comprar una casa y un carro. No, ellos no lo merecen porque simplemente no creen en el amor: creen en la costumbre. Quienes creen en el amor se enamoran en una noche, son capaces de mudarse cientos de kilómetros por alguien y de verdad creen que el corazón puede romperse con un desengaño, porque están locos como yo. Bueno, quizás no tanto... O tal vez mucho más, ja, ja, ja.

»Pero, amigos míos, aquellos que no merecen el amor no lo saben. Lo que pasa es que todos los humanos somos puro ritual. ¿Qué seríamos sin ellos? ¿Acaso ustedes se han despertado un día decididos a hacer todo lo contrario a lo que suelen hacer? No durarían ni un par de horas. Así, tal cual, es el ritual del amor, que suele confundirse con el del deseo. En ese último somos bestias, porque los sentidos se vuelven tan primarios que entendemos que venimos de los animales. Estando al borde del éxtasis, la boca solo sirve para besar, las manos para tocar, los ojos para deleitarse, los oídos para percibir susurros y gemidos y la nariz para esperar el olor químico del final, para conectarnos con lo racional. A veces esto dura meses y a veces años, pero opaca lo importante y diluye lo que no lo es. Quizás ese elixir alquímico es lo que compone ese sentimiento elevado, porque no somos más que un costal lleno de huesos, de agua y de dudas, una mezcla delicada que, si se le agregan pizcas adicionales de magia, crea el amor.

»Y pues es que viendo a esta multitud no puedo hacer más sino pensar en El jardín de las delicias. Los veo desesperados, excitados, felices, volando, bebiendo y padeciendo; a fin de cuentas, libres, como debemos ser. ¿Han oído hablar de Vian? A pesar de que su historia es pura fantasía, el lobo-hombre no puede ser más real, así que si uno deja de lado el hecho de que el amor es pura fantasía… Me siguen, ¿cierto?».

Como si le acabaran de revelar la mayor verdad de su vida, la chica que sigue sentada en primera fila se levanta sin pensarlo. Con mucha efusividad abraza al hombre que no ha parado de hablar, observa la cantidad de personas reunidas y grita: «Sí, la vida es una locura». Después vuelve a su lugar, se arrodilla frente al hombre que la acompaña, lo mira enternecida y, con la lengüeta de una lata de cerveza en la mano, grita aún más fuerte: «¿Quieres casarte conmigo?».

Te amo, Madrid

Músico por desacierto y amante por convicción, entre notas y noches, silencios y roces, voy siendo este, un loco enamorado, y, más que eso, el convicto de una única, de una perfecta. Y no es que haya coqueteado con pocas; de hecho, tengo un don para descifrarlas y entenderlas, para desnudarlas de cuerpo y alma, para adorarlas y satisfacerlas. Pero ¿amado? Solo a una. La amo con cada uno de sus detalles, con su soledad nocturna; las curvas entre sus caminos son mi perdición, el centro de su cuerpo me llena de dicha y placer. Al recorrerla puedo pasar días y noches perdido en ella, amándola, haciéndola mía, componiendo canciones acerca de su palidez perfecta. Es magia, magia pura, es deseo y adoración. Amo su tez brillante en verano y su tono blanco en invierno; amo cómo grita por las noches en medio del caos y de copas, y cómo despierta elegante para vivir historias. Su esencia es lo que me llena, no puedo sino amar a mi hermosa Madrid.

Bella Madrid, cúbreme de tu llanto en la madrugada y brilla junto a mí en la tarde, pero, sobre todo, acompáñame en las noches, cuando pienso en ti, mientras toco mi piano amargo, cuando las copas de vino desaparecen en tu plenitud. Solo yo puedo entenderte de esta forma, pues, aunque mis amantes pasen una a una cada noche sobre mi cama, es en ti en quien pienso.

Hace un par de años, cuando las cosas marchaban negras, el blanco de tus días se tornaba gris y la niebla se apoderaba de ti, así como de mi alma. Quizás era el reflejo de mi interior que, como espejo viejo, convertía todo en falsedad. Deseaba no haberte conocido, como un amante al romper, te odiaba, aunque te amara, quería alejarme de ti. Vaya error, vaya sonata triste que resonaba en esa hondonada de soledad. Estaba acompañado de todos, pero vacío, iba de un lado para otro sin saber a dónde pertenecía, sin identidad. Cansado de tu osadía y de lo mal que me tratabas, de vivir crujiendo entre paredes y derramando tinto sobre ti cada noche, decidí dejarte. Estaba harto de tu lujuria, de que te concentraras en lo vano, de que te codearas con la fama y la arrogancia y olvidaras la esencia de lo bello, del arte que compartíamos. Así que quise partir y convertir en algo nuevo la dualidad de tu carácter. Por eso te abandoné.

Fueron varias las amantes que me acogieron en mi aventura. Recuerdo con claridad que la apasionada París, llena de perfume y elegancia, me invitaba a hacerla mía cada noche. Y lo hice. Te fui infiel en cuerpo, mi presencia ahora le pertenecía a ella, mis nuevas notas en el Sena empezaban a tener sentido. Pero era en la noche, justo ahí, cuando la perfección de sus esquinas, la simetría de su figura y lo impecable de su historia, me hacían notar que no era para mí: los lujos con los que vestía y ese aire casi imperceptible de superioridad hacían que me sintiera más hueco. Su belleza innegable era la que me hacía recaer y amarla de nuevo al despertar, recorrerla lento entre campos, calles y museos. Intenté comprenderla, misteriosa como era, pero entre la finura de sus líneas seguía siendo distante, como si fuera mucho para mí. Quizás el recuerdo de mi antiguo amor por ti hizo que empezara a verla de otro modo, así que, contigo en mi pensamiento, las notas se apagaron, el sonar del piano blanco comenzó a confundirse con la nieve sobre París y, a pesar del buen momento y de esa adrenalina que llega del amor fugaz, la transformé en una amante de invierno. Abracé cada uno de sus bellos rincones, la besé con pasión y la amé una última vez con las gárgolas como testigos, y recorrí con suavidad la oscura escalera de caracol que lleva a su paraíso más bello. Como un mendigo, la abandoné al amanecer sin decir más, sin dejarle una última canción. En mi cabeza, su perfecta armonía me recordaba a ti, mi verdadero amor.

Deambulé por bares, tabernas y hoteles de varias otras musas, cada una hermosa a su manera, pero ninguna con tu sublimidad. Entonces, como si el destino me llevara, me dejé guiar por los jóvenes aventureros que iban en búsqueda de diversión, sexo, drogas y experiencias, y conocí a Berlín, con su extraordinaria personalidad. Por un tiempo sentí que te había olvidado, que había logrado matar el fantasma de tus curvas hermosas y lo había cambiado por pura esencia. Berlín, quizás la amante más misteriosa que tuve, me enseñó a vivir. Podía notar cómo se narraban historias de otras décadas en las cicatrices de su cuerpo, y, a pesar de que ella trababa de cubrir su imperfección con una mezcla de poesía, arte y presunción, lo

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