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Aves de invierno

Aves de invierno

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Aves de invierno

Longitud:
177 páginas
2 horas
Publicado:
22 jun 2021
ISBN:
9789585162426
Formato:
Libro

Descripción

Mientras, poco a poco, el mundo afuera se derrumba, César, un pintor en el exilio, comienza a rememorar los amores de su vida. Volver en el tiempo lo hará experimentar la soledad, el aislamiento y la nostalgia de los pequeños momentos vividos y lo llevarán a cuestionar su trabajo como artista. Su forma de amar y de entenderse se sacudirá dentro de
Publicado:
22 jun 2021
ISBN:
9789585162426
Formato:
Libro

Sobre el autor

Jorge S. Restrepo es profesional en Estudios Literarios, magíster en Medios Internacionales y cinéfilo a tiempo completo. Después de pasar su infancia y parte de su adolescencia en Medellín, se trasladó a Bogotá, donde vivió nueve años, y desde hace una década vive en Francia. Ha sido editor literario y traductor de más de treinta libros. Escribe desde su adolescencia, pero su pánico a publicar hizo desaparecer incontables manuscritos. En los últimos años, se ha dedicado a la docencia de lengua francesa y castellana. Ha sido jurado del Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse en dos ocasiones y posteriormente ha ejercido como miembro de la selección oficial. «Aves de invierno» es su segunda novela, en 2020 publicó «Una casa en el abismo» con Calixta Editores. Actualmente trabaja en su tercera novela y en su primer guion.


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Aves de invierno - Jorge S. Restrepo

Portada_plana_-_Aves_de_invierno.png

©2021 Jorge Eduardo Salgar Restrepo

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición Mayo 2021

Bogotá, Colombia

Editado por: ©Calixta Editores S.A.S

E-mail: miau@calixtaeditores.com

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-958-5162-46-4

Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado

Editor: Natalia Garzón Camacho

Corrección de estilo: Laura Tatiana Jiménez Rodríguez

Corrección de planchas: Alvaro Vanegas

Maqueta de cubierta: Juan Daniel Ramírez @Rice_Thief_

Diagramación: Juan Daniel Ramírez @Rice_Thief_

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

A quienes he amado

A quienes he abrazado

A quienes se han ido

A quienes se quedaron

¡Cómo debe ser de frío el invierno para aquellos que no tienen recuerdos cálidos!Anónimo

Los libros también se escuchan y la música hace un poco más llevadero el invierno. Puedes encontrar la playlist de Aves de invierno en los siguientes enlaces:

Observar

El viejo mendigo llegó a la plaza frente al museo de arte contemporáneo. Arrastraba un carrito de mercado cuyo interior estaba lleno de bolsas reciclables. Las bolsas se veían gordas y apretadas, cerradas con un nudo hecho con sus tirantas. Las personas que se encontraban sentadas en los muros tomando cerveza y conversando, se giraron hacia el hombre, no tanto por el sonido que despedían los rodachines del carrito al avanzar sobre los adoquines, sino por el olor que emanaba de su ser. Un olor a sudor, mugre y calle. Algunos decidieron irse y otros prefirieron ignorarlo al instante. Las únicas que se emocionaron al verlo fueron las palomas que raudas volaron hacia él. Poco a poco, se fueron agolpando alrededor del viejo, que las saludó con una mueca y un gruñido. Una se posó sobre su enorme joroba, pero el viejo pareció no darse cuenta.

El gorjeo de las palomas aumentó cuando el viejo sacó del carrito la primera bolsa y la abrió. Con su mano raquítica y mugrosa, comenzó a esparcir migas de pan que las palomas de inmediato comenzaron a picotear. El viejo lanzaba al aire las migas, como el viento del desierto levantando la arena en un día de verano. Las demás palomas, que temerosas se habían quedado en los árboles y en los techos de los edificios vecinos, quisieron unirse también al festín.

Las personas que hasta hacía un momento se habían apartado del viejo por el olor, se acercaron de nuevo, curiosas por asistir a uno de esos espectáculos que solo una gran ciudad de soledades puede ofrecer. Unos tomaban fotos, otros sacaban videos, los ciclistas se detenían, pues el viejo y su bandada de palomas obstaculizaban la vía. Cuando la primera bolsa se vació, el viejo abrió la segunda y siguió su ritual de girar sobre su eje mientras lanzaba al aire las migas de pan. Una vez terminó la segunda bolsa, abrió la tercera y luego la última. Cuando la comilona acabó, las palomas en lugar de irse se quedaron otro rato más junto al anciano, que para ese momento había recostado su joroba contra un muro y fumaba un cigarrillo.

Desde el otro lado de la plaza, tomando un té, pude verlo todo y me pregunté qué debió haber hecho el viejo para llegar a esa altura de la existencia en total soledad, con las palomas a su alrededor como única compañía. No les hablaba, y puedo atreverme a decir que ni siquiera las miraba, pero el simple hecho de alimentarlas parecía darle un propósito a su vida. Quizás no estaba tan solo, tenía el agradecimiento y la lealtad de todas esas aves que le brindaban un poco de compañía y bienestar a cambio de unas migas de pan. Lo que hizo el viejo fue la mayor manifestación de libertad que había visto en mucho tiempo: su único compromiso era llegar a esa plaza llena de pequeños burgueses y lanzar al aire el alimento más noble que existe a las aves más rechazadas de las ciudades. ¿Quién podía decirle al viejo que era prisionero de algo? ¿Quién se atrevería a recriminarle semejante acto de bondad?

Me pregunté si ese viejo era un verdadero ángel, no con alas ni cabellos dorados, sino andrajoso y maloliente. ¿Y si aquello que rechazamos es solo lo que desearíamos ser? ¿Y si el hedor que despedía el viejo no existía y los únicos que apestábamos en realidad éramos quienes lo observábamos desde la comodidad de nuestras vidas llenas de vacío? El viejo era tan libre que deseé ser él. Envidié ser el viejo que alimentaba palomas. Su aparente soledad no era nada en comparación con la que sentí durante toda mi vida, rodeado de familia, parejas y amigos. Sentado en ese café, dibujando en una libreta al viejo y sus palomas, quise sentir el abrazo de ese ángel que, una vez terminado el cigarrillo, se apoyó sobre su carrito de mercado y partió. El sonido de los rodachines contra los adoquines se hizo cada vez más lejano.

Las palomas regresaron a sus árboles, a sus farolas y a sus techos.

Yo terminé el dibujo a lápiz, pagué el té y me fui a casa donde Mariana me esperaba. A partir de la medianoche, no podríamos salir de nuestras casas hasta nueva orden. Seríamos prisioneros dentro de nuestras cuatro paredes.

Hoy desperté pensando en el viejo que alimentaba palomas. Seguro está bien. Los ángeles no enferman ni mueren.

PRIMERA PARTE

Tatuaje

Se acabó la leche otra vez. El otro día tuve la suerte de encontrar una botella, pero no sé si hoy esté afortunado. Mariana no puede vivir sin leche y esta semana me toca salir a mí. Veo el calendario en nuestra nevera y solo me faltan dos días para que hagamos el relevo. El supermercado no queda lejos, solo debemos caminar tres cuadras, pero la cola para entrar puede tardar entre dos y tres horas.

—Si encuentras toallas higiénicas, trae un paquete —me dice acostada sobre la cama sin tender y con el teléfono en las manos, mientras se ríe de algún chiste que encontró.

—¿Algo más?

—No, con eso está bien.

—¿Segura? No quiero que pase lo del otro día, que olvidaste…

—Segura. Ponte la mascarilla.

—Me la pongo al salir. De acá a la puerta del edificio no me va a pasar nada.

—César, póntela de una vez. Puedes cruzarte con alguien en las escaleras —Baja el teléfono y me clava una mirada severa. Sabe que me intimida cada vez que lo hace.

Obedezco y me pongo la mascarilla, el abrigo, la bufanda, el gorro y las gafas oscuras.

—¿Contenta?

—Te ves hermoso, pareces el hombre invisible.

Le hago una mueca detrás de la mascarilla, pero ella ya está de vuelta en su teléfono.

Cierro la puerta, bajo las escaleras a toda velocidad para evitar toparme con alguien y salgo del edificio. El aire se siente fresco y el cielo de últimos días del invierno comienza a bañar los árboles que despiertan del letargo.

—¡César!

Levanto la cabeza y Mariana está asomada en la ventana, con sus gafas y su mascarilla puestas.

—¿No se te queda nada? —Me lanza una mochila negra que cae justo entre mis manos—. Ya va un mes y nada que te acuerdas de salir con el justificativo de salida y con tus papeles.

—Ahora nos vemos.

Camino cincuenta metros y llego a la avenida principal. Pasa uno que otro carro, pero cada vez son más escasos. No hay casi nadie en la calle y me sorprende ver que en la farmacia de la esquina casi no hay fila. Ruego porque el supermercado esté igual. Camino doscientos metros y me desanimo. Mierda, la cola está larga. Seguro no habrá leche, o al menos de la barata que compramos siempre. La última vez solo encontré en polvo y me tocó pagar el doble. No sé qué va a acabar primero con nosotros, si este encierro o el costo de vida. Antes comprábamos tres paquetes de pasta con un billete de cinco, ahora solo podemos comprar uno, si tenemos suerte de encontrarlo. Pensar que debo pasar dos horas parado como un imbécil por una botella de leche… Pero Mariana no puede vivir sin leche. Su gastritis se le alborota si no toma y en estos momentos debemos evitar cualquier dolor que nos obligue a ir al hospital.

Ocupo el último lugar de la fila y tengo cuidado de dejar los dos metros de separación mínimos exigidos. Delante hay una anciana con dos mascarillas puestas en lugar de una. La maldigo en la mente. ¿Para qué necesita dos? ¿Por qué toda esta mierda ha sacado lo peor de nuestra estupidez? Ella se gira a verme para confirmar que no esté cerca y le sonrío con hipocresía, pero ella no puede ver ningún gesto mío detrás de mi mascarilla y de mis gafas. Saco el libro de bolsillo que siempre mantengo en el abrigo y comienzo a leer. Por estos días ando releyendo El beso de la mujer araña y, tal como Molina y Valentín, me sumerjo en las películas que narra Molina, añorando los días en que podía ir al cine y aislarme de todos dentro de una sala a oscuras. Ese aislamiento voluntario lo disfrutaba como nadie, podía ver dos películas seguidas solo por el placer de no tener que ver a nadie. Mariana siempre ha comprendido que ese es mi momento y que el cine es mi iglesia y, a veces, si no estaba cansada por el trabajo, me acompañaba. Cuando decidieron cerrar las salas de cine, sentí más tristeza que cuando vi el supermercado desabastecido por primera vez. No importa cuántas películas pueda ver por Internet, no tiene comparación con el placer de sentarme en un rincón de la sala sin que nadie me hable ni me joda. Ahora, debo conformarme con ver películas en un televisor y dejarme llevar por los relatos cinematográficos de Molina. Voy en la parte en la que cuenta la película de propaganda fascista donde la cantante comienza a enamorarse del oficial nazi y descubre que este ha ordenado la ejecución de un resistente. Al igual que Valentín, no siento fascinación por esa película y no logro encontrar la belleza y el romanticismo que Molina veía en la historia de amor, pero es lo que hay por ahora y solo me basta continuar con la lectura para pasar rápido esa parte.

Tras noventa minutos de cola, al fin logro entrar al supermercado y me sorprende que haya tardado tan poco tiempo. Pero una vez adentro, lo comprendo todo: no hay casi nada, la gente se lleva lo que queda y sale rápido. Logro encontrar unas toallas higiénicas y agarro dos paquetes por si acaso. Viendo lo poco que hay, es probable que en la próxima visita Mariana no las encuentre. Avanzo hacia los lácteos: solo queda una botella de leche que la anciana con doble mascarilla está tomando. Mierda. Tampoco queda en polvo. No puedo permitir que a Mariana le dé gastritis. Al ver las dos mascarillas en su cara, siento de nuevo rabia. Una rabia que hasta este día no he sentido. Me acerco a la anciana y le arranco de las manos la leche. No me importa nada, no puedo permitir que ella se lleve la leche de Mariana. No una acaparadora. No una paranoica. La mujer empieza a gritar en una lengua que nadie le entiende y que, en este momento, a nadie le interesa. La mujer se viene detrás de mí hasta la caja, pero no se atreve a golpearme con las manos. Agarra un pedazo de tabla que encuentra en el suelo y comienza a pegarme en la espalda con todas sus fuerzas, pero no siento dolor. Un guardia de seguridad se acerca a calmarla, pero no entiende lo que dice.

—Está furiosa porque llegué primero a la botella de leche —le digo al tipo.

El guardia intenta calmar a la anciana mientras pago la leche y las toallas y salgo del supermercado. Una vez afuera, la anciana camina a toda velocidad detrás de mí, pero no logra alcanzarme sino hasta el momento en que me encuentro frente a la puerta del edificio. Me grita como una loca desquiciada e imagino que me está lanzando todas las maldiciones posibles. Una vez abro la puerta, la anciana me agarra por la muñeca, olvidando toda precaución de contacto con el otro. Se da cuenta de que tengo un tatuaje de un avión de papel sobre el pulgar derecho y se lleva el dedo índice a la sien,

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Lo que piensa la gente sobre Aves de invierno

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