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Un Libro Sobre Drogas

Un Libro Sobre Drogas


Un Libro Sobre Drogas

Longitud:
598 páginas
6 horas
Publicado:
1 may 2017
ISBN:
9789874586643
Formato:
Libro

Descripción

Un libro sobre drogas es, en realidad, un libro sobre ciencia, política y la relación entre ellas y nosotros, las personas. Si entendemos la política como una forma de disputar poder, y ese poder como la capacidad de influenciar −ya sea para desalentar como para fomentar− actitudes y comportamientos humanos, ¿cómo logramos que esa influencia se ejecute de manera que podamos minimizar el sufrimiento y favorecer el bienestar, la salud y el respeto a la libertad de cada uno de los miembros de la sociedad?
Este libro tiene como objetivo hacernos preguntas y compartir los conocimientos de especialistas en diversas áreas a viva voz. ¿Qué sabemos sobre la historia del ser humano con relación a las sustancias psicoactivas? ¿Qué lugar tienen la moral, las costumbres y la ciencia en la generación e implementación de las leyes? ¿Es la “guerra contra las drogas” una estrategia efectiva? ¿Cómo ha afectado un siglo de rígidas políticas prohibicionistas a los consumidores de sustancias psicoactivas y a la sociedad en su conjunto? ¿Existen Estados que aborden de otra manera este desafío? ¿Cuáles son sus resultados? ¿Por qué estas preguntas no se encuentran en el ojo de la discusión pública?
La profunda disonancia entre el enfoque actual basado en la prohibición (con una gran participación de los organismos de seguridad) y el enfoque propuesto por los expertos (apoyado en la evidencia científica, que entiende que el “problema de las drogas” debe ser abordado desde la Salud Pública y contemplar los Derechos Humanos en la solución) fueron el motor de este proyecto. Queremos que todos tengan la oportunidad de conocer más sobre las sustancias psicoactivas y su relación con el ser humano, y de recorrer la historia de las políticas de drogas, esta vez a través de los ojos de la ciencia, para poder así pararse frente a esta enorme discrepancia, reflexionar sobre ella y desafiarla.
Un libro sobre drogas fue creado para desnaturalizar prejuicios, cuestionar costumbres y generar espacios de discusión. Atender el sufrimiento generado por la manera actual de abordar nuestra relación con las drogas no sólo es importante sino urgente, y requiere un cambio de abajo hacia arriba, uno donde muchas voces se unan y demanden el uso de la mejor evidencia disponible en el diseño políticas públicas con el fin de construir una sociedad más compasiva, más libre y más justa.
Publicado:
1 may 2017
ISBN:
9789874586643
Formato:
Libro

Sobre el autor

Biólogo y estudiante de doctorado de la Universidad de Buenos Aires. Cofundador de El Gato y La Caja.


Vista previa del libro

Un Libro Sobre Drogas - Pablo González

Agradecimientos

La publicación de este libro no hubiese sido posible sin la colaboración de una enorme red de personas. Aun a riesgo de omitir a alguna de ellas, no queremos dejar de intentarlo.

Queremos reconocer el enorme trabajo y el apoyo de los expertos que participaron en el libro desde el inicio, hace casi dos años; a Marcelo Rubinstein, Elio Campitelli, Mayra Juanatey, Guadalupe Nogués, Rocío Aybar y Maximiliano Zeller por sus valiosísimas contribuciones, que ayudaron a incrementar significativamente la calidad del contenido; a los chicos de The Negra-Fábrica Visual por el impresionante laburo en el diseño editorial; a la gente de Galt Printing por convertir esta idea en papel con paciencia y buen ojo; a Sebastián Basalo por sus consejos; a Ezequiel Calvo, Paloma Urtizberea y Florencia González por ser los encargados del orden y progreso de este proyecto; a Valeria Falczuk por ayudar en la redacción de documentos; a Juan Carlos Godoy, Carlos Damin y Juan Carlos Mansilla por asesorar en las etapas iniciales y colaborar en la construcción de la red de expertos que participaron en el libro; a Guille Navarro por el asesoramiento legal; a Sol Minoldo, Dardo Ferreiro, Ana Cantiello, Germán Rodríguez, Andrés Mateos, Sebastián Arias, Alejandra Ferreiro, Georgina Heduan, María del Rosario Moreno, Florencia Alvarez Heduan y Javier Sendra por entregar sus ojos biónicos a infinitas revisiones; a Claudia Torcomian y la gente del Centro Cultural de la Ciencia por facilitarnos los espacios para presentar el libro en Córdoba y Buenos Aires; a Rodrigo Catalano y Javier Goldschmidt por armar una tienda que conecta a las personas con el libro; a Paula Fernández y Daiana Rey por la prensa; y a la increíble comunidad Gato por bancar siempre.

Sobre este libro

Antes de empezar a recorrer estas páginas, nos pareció importante establecer de antemano algunos aspectos mínimos pero fundamentales acerca del contenido de este libro.

Lo que no es: este libro no es un set de instrucciones para drogarse ni una compilación de testimonios anecdóticos sobre experiencias con sustancias psicoactivas. Aunque eventualmente podrán encontrarse relatos de este tipo, no fueron el objetivo ni el foco del libro sino elementos necesarios para atravesar la historia del descubrimiento de una sustancia o para describir sus efectos sobre la biología humana.

Lo que sí es: este es un libro sobre ciencia y política, y la relación entre ellas y nosotros, las personas. Cuando lo pensamos originalmente, lo creíamos un libro necesario, pero durante su gestación lo entendimos como definitivamente urgente. Esperamos que, a partir de la información presentada y las opiniones de los expertos, el lector pueda experimentar un proceso similar al que atravesamos los impulsores y editores de este libro: desandar prejuicios, desnaturalizar opiniones y reconsiderar posturas.

Antes de entender si vale la pena continuar y adentrarse de lleno en estos textos, es pertinente hacerse dos preguntas:

¿Tengo una opinión formada sobre el uso, los riesgos y el estatus legal de las diferentes sustancias psicoactivas?

¿Estoy dispuesto a cambiarla si encuentro evidencia que la contradiga o información que merezca ser incorporada a mi análisis?

Si las respuestas a estas preguntas son sí y no respectivamente, corresponde de nuestra parte sugerir al lector que no pierda su tiempo.

En cualquier otro caso, lo invitamos a sumergirse a fondo en estas páginas pero, fundamentalmente, a sumarse a lo que entendimos es el objetivo principal de este libro: empezar una conversación.

Prólogo

Dr. José Francisco Cumsille

No caben dudas de que en los últimos años se ha profundizado en el análisis y el diálogo sobre las diferentes opciones con relación a las políticas de drogas. Este fenómeno –relativamente reciente– ha sido promovido no sólo por el ámbito académico, sino también por las organizaciones internacionales, los políticos, la sociedad civil y hasta los mismos gobiernos de muchos países.

Es en esta dirección –con participación plural y diversa– donde se encuentra el valor agregado de un libro como este, un libro que contiene la mejor evidencia científica disponible, que comparte un análisis crítico sobre las que han sido las políticas de drogas en el pasado reciente y discute diversas alternativas para el futuro desde diferentes ópticas asociadas al fenómeno.

Quizá como nunca antes, hoy existe un mayor acuerdo en que las políticas sobre drogas tienen que poner como prioridad a las personas y no deberían concentrar grandes esfuerzos en las sustancias mismas, con el objetivo de lograr un equilibrio en el abordaje del problema de las drogas y los recursos que sustentan a las intervenciones. Sin embargo, la transformación en las políticas sobre drogas debe ser desarrollada a partir de la realidad de cada país.

Todos viven el problema pero lo viven de manera distinta. Y lo mismo ocurre con los países, para los cuales el problema se manifiesta de manera diferente según sus realidades específicas. Los niveles de desarrollo económico, las estructuras institucionales, las prioridades políticas, son diferentes en nuestros países, como también lo son los patrones de consumo de drogas, los temas de salud y los efectos de la actividad del crimen organizado asociado al problema.

Es posible afirmar que las políticas públicas que han abordado el fenómeno de drogas en el hemisferio, cuya base fue planteada hace varias décadas, no han contado con la suficiente flexibilidad para incorporar nuevos conocimientos que permitan hacerlas más efectivas, detectar costos y daños no deseados y asumir los evidentes cambios económicos y culturales sobrevenidos a lo largo del tiempo. Es preciso aplicar métodos de generación de evidencia, análisis y evaluación que permitan aprender de los éxitos y los errores, adaptar las normas a las necesidades y características de cada entorno particular y tomar en cuenta el balance de costos y beneficios.

// Organización de Estados Americanos (2013). El problema de las drogas en las Américas. Washington DC: OEA.

Es innegable que durante las últimas décadas hemos aprendido muchísimo, tanto de los aciertos como de los errores. Si bien los esfuerzos por controlar estrictamente las sustancias pudieron haber sido razonables en su momento (desde su producción hasta su comercialización), el análisis crítico expone que en esa mirada se destaca una gran ausencia: nosotros, las personas que tomamos la decisión de consumir o no una determinada sustancia. Dicha demanda no fue considerada adecuadamente en la ecuación inicial y hoy la reconocemos como una variable principal que necesita indefectiblemente ser reconsiderada.

En la actualidad, aquellos que trabajamos en el campo de la Salud Pública vemos con gran preocupación la irrupción en el mercado de una amplia variedad de sustancias, con gran participación de drogas sintéticas con componentes novedosos y desconocidos (y potencialmente peligrosos), que obviamente cambian el panorama tradicional de la producción y consumo. Es decir, los conflictos asociados a las drogas son muy distintos a lo que fueron tan solo una década atrás. Según varios reportes, tanto de la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD-OEA) como de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (ONUDD), hay un aumento de la población consumidora, una mayor variedad de sustancias disponibles en el mercado y, más preocupante aún, una disminución en la percepción de riesgo en la población frente al uso de drogas.

Es a partir de esta realidad que debemos pensar el problema de drogas. Desde allí se desprende la necesidad –y urgencia– de generar políticas públicas centradas en las personas, con un definido sustento en la evidencia científica, primordialmente con un enfoque de Salud Pública y con respeto a los Derechos Humanos. En este sentido, resulta relevante discutir por un momento sobre dos conceptos que aparecen reiteradamente en la discusión sobre políticas de drogas y ambos son abordados en el presente libro: el concepto de políticas basadas en evidencia científica y lo que entendemos por el enfoque de Salud Pública.

Por empezar, la evidencia científica es información obtenida a través de procesos metodológicos estrictos y validados por la comunidad científica internacional, así como también fomentados y apoyados fuertemente en la última década desde el Observatorio Interamericano sobre Drogas y que están plasmados en la Estrategia Hemisférica sobre Drogas 2010 de la CICAD-OEA. Por lo tanto, es necesario entender que cualquier dato no es información, que cualquier información no es evidencia y que no toda evidencia es evidencia científica. Así, cuando hablamos de políticas públicas basadas en evidencia científica, hacemos referencia a la elaboración de estrategias, programas y acciones en base a información que ha sido obtenida mediante un proceso cuidadoso y no a partir de información proveniente de meras opiniones y argumentos ideológicos. Esto último es de vital importancia, ya que la política y la evidencia científica por sí solas no son suficientes para el desarrollo de políticas basadas en evidencia.

El segundo aspecto que es necesario fortalecer conceptualmente es el que se refiere al enfoque de Salud Pública en las políticas sobre drogas. En muchos documentos se observa una confusión que iguala este concepto con las intervenciones para reducir la demanda de drogas, principalmente prevención y tratamiento. Si bien estas intervenciones forman parte del enfoque, este es mucho más amplio. A grandes rasgos, cuando se hace referencia al enfoque de Salud Pública, se está pensando en tres grandes áreas de trabajo secuenciales: primero, el diagnóstico –estimar la magnitud del problema, sus determinantes y grupos poblacionales con mayores vulnerabilidades–; segundo, pensar en las intervenciones necesarias para enfrentar las condiciones halladas; y tercero, el monitoreo y evaluación de dichas intervenciones. Sin embargo, la primera y la última etapa –es decir, el diagnóstico y la evaluación– han sido las grandes ausentes del real enfoque de Salud Pública. Por otro lado, también es interesante notar que ambas comparten un elemento común: la investigación científica.

El profesional debe saber que, en este momento histórico, disponemos de una noción clara de evidencia científica y, por tanto, debe asumir que dejarse orientar por la evidencia científica, especialmente cuando se trabaja con personas, supone una obligación ética insoslayable.

// Domingo Comas

Comas, D. (2014). ¿Qué es la evidencia científica y cómo utilizarla? Una propuesta para profesionales de la intervención. Madrid, España: Fundación Atenea.

No es un concepto muy difícil de entender: la construcción de políticas públicas no es una cuestión abstracta o inocua; se trata de intervenciones que impactan en la vida de las personas y, por lo tanto, tenemos el deber de hacer el mayor esfuerzo posible para reducir los riesgos asociados a la ejecución de políticas públicas. Teniendo en cuenta la preocupante situación actual, es urgente la generación de ese puente tan necesario para que ambas dimensiones –la política y la ciencia– tengan un espacio de diálogo sincero y quienes están al mando en el proceso de toma de decisiones comprendan que la mejor manera de disminuir la incertidumbre de sus acciones es mediante el uso de la evidencia científica. Siguiendo esta vía, podemos estar seguros de que tendremos mejores respuestas en favor de las personas.

La política y la ciencia deben ser aliadas y trabajar juntas.

Cumsille. Estadístico, Máster en Estadística, Máster en Bioestadística y Doctor en Salud Pública por la Universidad de Carolina del Norte (Estados Unidos). Experto en temáticas de Investigación y Salud Pública sobre drogas, se desempeñó como Jefe del Observatorio Interamericano sobre Drogas de la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas de la Organización de los Estados Americanos (CICAD-OEA) desde 2004 hasta febrero de 2017. Antes de incorporarse a dicho cargo, fue Profesor en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile durante treinta años y Asesor del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes de Chile (CONACE) desde 1994 hasta 2004. Durante sus funciones en la CICAD-OEA prestó asesoría a los observatorios nacionales de drogas de los países miembros de la OEA, fomentando la investigación científica.

Sección 1

Breve historia y conceptos básicos

1.1

Evolución de las sustancias psicoactivas en la Naturaleza

Diego Gurvich - Ezequiel Arrieta

Gurvich. Biólogo y Doctor en Ciencias Biológicas. Investigador del CONICET y Profesor en la Universidad Nacional de Córdoba.

Arrieta. Médico y Becario Doctoral del CONICET en el Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (IMBIV-CONICET). Miembro de El Gato y La Caja.

Difícilmente alguien con un poco de información niegue que hay un montón de problemas asociados a las drogas, asuntos que deben ser resueltos lo antes posible por sus implicancias sociales, sanitarias y económicas. Este no es un problema de los animales que viven en el bosque, de las plantas que habitan las montañas y mucho menos de las bacterias que se regocijan en la fumarola de un géiser. Definitivamente, este es un problema de la humanidad. Pero los seres humanos no somos una entidad separada de la Naturaleza y, por lo tanto, estamos regidos por las mismas leyes biológicas que el resto de los seres vivos que habitan este planeta.

Antes de arrancar con toda esta historia, es importante ponernos de acuerdo en algo: el término drogas encierra un concepto estigmatizante y extremadamente poco preciso, ya que esta palabra no sólo abarca un grupo enorme de compuestos químicos que hacen una infinidad de cosas (como los antibióticos o el ibuprofeno), sino que además su uso genera una ilusión en la población general de que el alcohol, el tabaco o la cafeína, por ejemplo, no forman parte de la abultada montaña de sustancias que identificamos como las drogas.

Lo correcto sería usar el concepto de sustancias psicoactivas, que abarca aquellos compuestos químicos que son capaces de cambiar el modo en que funciona la mente, como alterar las sensaciones de dolor y placer, el estado de ánimo, la conciencia, la percepción, la capacidad de pensar y de ser creativos, el estado de alerta y otras funciones psicológicas (HOC, 2011). Sin embargo, a lo largo de este libro vamos a utilizar ambos términos debido a la costumbre del uso de la palabra droga, aunque esperamos que el progreso en la lectura cumpla con su cometido: identificar e incluir en esa misma gran bolsa conceptual el alcohol, el tabaco, el LSD, los antidepresivos, los solventes, el paco, la marihuana, el éxtasis, la heroína, los ansiolíticos y, por qué no, las grasas o el azúcar (que también tienen poder adictivo y son causa de enfermedades que afectan a millones de personas).

Sustancias psicoactivas de acuerdo con su efecto en el cerebro:

•Depresores: alcohol, ansiolíticos, opioides, medicación para el sueño, sedantes en general.

•Estimulantes: nicotina, cafeína, cocaína, anfetaminas.

•Psiquiátricos: antipsicóticos, antidepresivos, estabilizantes del ánimo.

•Psicodélicos: LSD, psilocibina, mescalina, ayahuasca.

•Cannabis.

Basado en (HOC, 2011).

Si bien el consumo de drogas en sí mismo fue considerado oficialmente un problema hace poco más de cien años,¹ la escala de tiempo que comprende la aparición de las sustancias psicoactivas y el desarrollo de las partes del cerebro implicadas en la adicción a lo largo de la evolución del ser humano (y de los mamíferos en general), es mucho mayor. El estudio de las sustancias desde la mirada de la biología resulta extremadamente interesante, ya que observar el tema desde una perspectiva puramente antropocéntrica nos otorgaría una visión limitada de la historia de las sustancias y de la historia de la vida.

Una observación antropocéntrica puede llevarnos a asumir que estas sustancias existen en la Naturaleza y están ahí para servir al hombre. Para algunas culturas, las plantas y hongos fueron puestos por deidades para que el humano las explore y conozca nuevos mundos, como es el caso del San Pedro (algo así como el mayordomo del cielo), nombre dado a varias especies de cactus del género Trichocereus que habitan la Cordillera de los Andes de América del Sur. Sin embargo, lo que sabemos hoy sobre la historia de la vida nos aleja dramáticamente de una perspectiva teleológica (o sea que va hacia algún lugar, que tiene un propósito, un objetivo) y nos acerca a la idea de que las sustancias no están ahí para nada, sino que, a lo sumo, con el paso del tiempo podemos tratar de desenmarañar las relaciones entre esas sustancias, los organismos que las producen y los organismos con los que ellos comparten el ecosistema para intentar reconstruir la historia de las sustancias psicoactivas en la Naturaleza.

Nada en biología tiene sentido si

no es a la luz de la Evolución.

// Theodosius Dobzhansky (pionero de la genética moderna)

¿Por qué plantas, hongos e incluso otros organismos producen sustancias psicoactivas? ¿Fue el ser humano el descubridor de sus efectos?

Evolution, baby

A diferencia de quienes consideraban que los seres vivos que habitaban la Tierra habían sido creados tal cual son, los naturalistas del siglo XIX sospechaban (aun a pesar de sus creencias religiosas) que en realidad ocurrían cambios a lo largo del tiempo que iban transformando las especies. Casi en simultáneo y de manera independiente, Charles Darwin y Alfred Russel Wallace desarrollaron la Teoría de la Evolución por Selección Natural, la cual fue pulida y mejorada con el pasar de los años y la suma de evidencias científicas desde múltiples disciplinas, que le dieron solidez y contundencia.

Esta teoría plantea que cuando los organismos se reproducen, la descendencia hereda ciertos atributos o características de sus progenitores que varían al azar entre los individuos de esa nueva camada (esto incluye cualquier tipo de característica: anatómica, metabólica, comportamental, etc.). Si cierto atributo heredado les proporciona alguna ventaja en el contexto en el que se desarrollan, entonces esos individuos tienen más chances de sobrevivir y de reproducirse que aquellos que no lo presentan, y transmiten a su descendencia esa característica que los hizo más aptos en ese contexto particular. Por ejemplo, un insecto que vive en un bosque hereda una mancha verde por una mutación generada durante el proceso felizmente imperfecto que es el pasaje de genes de padres a hijos, lo cual reduce sus probabilidades de ser el almuerzo de un pájaro por estar mejor camuflado que los otros insectos sin manchas verdes. En cambio, el hermano del insecto anterior hereda una mancha color rojo rubí como la de su madre, pero mucho más grande, haciéndolo muy llamativo en el entorno del bosque, lo que convierte esa mancha roja en una variante con menor ventaja adaptativa al medio y le dará a este organismo menos chances de sobrevivir y reproducirse. De esta manera, la variante menos ventajosa se verá desfavorecida al punto de desaparecer por completo (o casi por completo), mientras que las variantes más ventajosas se establecerán y se expresarán en la mayoría de los individuos.

Claro que este proceso en general suele ser gradual y se va produciendo a lo largo no de una, sino de muchísimas generaciones. Así, cada organismo vivo actual es el último (en realidad, el más reciente) eslabón de una larga cadena de procesos selectivos y/o azarosos que comenzó hace unos tres mil ochocientos millones de años, cuando arrancó todo esto que llamamos vida.

Pero la Evolución no es un proceso premeditado ni intenta cumplir objetivos. Lejos de ser teleológica, la evolución está determinada por una mezcla de pasado, azar y selección; no es un acto de diseño deliberado y tironeado desde el futuro. Una característica actual que le brinde una ventaja a una especie, como tener plumas, de ninguna manera se originó para volar. Las plumas podrían haber surgido originalmente en algunos dinosaurios al azar y ser seleccionadas por resultar más ventajosas para retener el calor. Luego de una enorme cantidad de generaciones, de variabilidad por azar y posterior selección en manos del ambiente, eventualmente esa característica devino en un uso dramáticamente distinto del original: el vuelo. Trasladando esta idea a la producción de sustancias psicoactivas en plantas y llevándolo un poco al absurdo, el tetrahidrocannabinol (THC) no se originó para que la planta de marihuana sea un condimento cognitivo de nuestra especie, sino que se originó por azar, se mantuvo presente en la especie porque tenía características que le ofrecían una ventaja adaptativa –o, por lo menos, porque no le generaban una desventaja– y eventualmente el hombre la descubrió y empezó a utilizarla.

Cuenta la leyenda que, si Wallace no le hubiera contado en una carta sus ideas acerca de cómo se originan las nuevas variedades de seres vivos, Darwin nunca habría publicado su famoso libro El origen de las especies por medio de la Selección Natural.

A veces, un mismo atributo resulta ser tan ventajoso para las especies que se fija varias veces de manera independiente (o semiindependiente, si pensamos que pueden venir de especies cercanas). Un ejemplo de esto es la cafeína, presente en los frutos del café (Coffea arabica), las hojas del té (Camelia sinensis), la yerba mate (Ilex paraguariensis) y las flores de cítricos (Citrus spp.). A este fenómeno se lo denomina evolución convergente y es el mismo motivo por el cual, durante la historia de la vida, el concepto de alas apareció en animales de linajes totalmente diferentes (aves, insectos y mamíferos).

Sin querer queriendo

Las sustancias psicoactivas generadas en la Naturaleza están clasificadas dentro de un gran grupo llamado metabolitos secundarios, productos naturales o fitoquímicos (Wink, 2003). El nombre de secundarios fue puesto en una época para diferenciar los compuestos que se creían los únicos esenciales para la vida (carbohidratos, proteínas, lípidos y ácidos nucleicos) de aquellos que se pensaba que no tenían un rol fundamental. Pero el tiempo y la ciencia los reivindicaron al encontrar que poseen muchísima utilidad para los organismos y además representan la fuente más abundante de potenciales fármacos, ganándose así el nombre de metabolitos especializados (químicamente se engloban en alcaloides, terpenos y flavonoides, entre otros). Existen muchísimos de estos y solamente en las plantas se estimaron unos doscientos mil, aunque es probable que el número sea bastante mayor dado que se han estudiado relativamente pocas especies y que muchos de estos compuestos no son fáciles de detectar debido a sus bajas concentraciones.

Conservar la biodiversidad mediante el uso racional de los recursos naturales y protegiendo los ecosistemas nos permitirá seguir explorando los posibles metabolitos especializados escondidos por ahí que aún no hemos encontrado. Tratemos mejor al planeta ;)

Estamos bastante convencidos de que la principal función que poseen estas sustancias es la de evitar el consumo de los predadores, algo fundamental si sos una planta o un hongo que no puede salir corriendo cuando te están comiendo. Mientras que en algunas plantas se desarrollaron estructuras que protegen los tejidos más vulnerables –como una capa dura en una hoja poco sabrosa para los herbívoros, o espinas–, en otras se seleccionó un sistema de defensa químico, aunque en muchas conviven ambos mecanismos.

La defensa con sustancias se basa en reducir o evitar que un depredador se coma alguna parte importante del organismo mediante el almacenamiento o liberación de metabolitos secundarios, y la manera en que funciona depende del tipo de compuesto y del predador, ya que mientras una misma sustancia puede ser simplemente desagradable al paladar de un herbívoro, para otros puede resultar mortal. En otros casos, la cosa se pone compleja e interesante porque algunas sustancias tienen la capacidad de interferir en el funcionamiento del cerebro y modificar el comportamiento de los depredadores.

Una misma sustancia puede tener efectos diferentes según el animal que la consume.

Defensa alcaloide

Los alcaloides son el grupo de metabolitos especializados más abundante en la Naturaleza. Entre ellos existen algunos que funcionan muy bien como espanta-predadores. La Nicotiana attenuata es una planta de tabaco salvaje de Norteamérica que puede servirnos muy bien como ejemplo. En su estado natural, es atacada por unos veinte predadores diferentes (desde mamíferos hasta insectos y parásitos intracelulares) y, como estrategia de defensa, la planta es capaz de concentrar el alcaloide nicotina en sus partes más valiosas y delicadas (como hojas jóvenes, tallos y órganos reproductivos). Al modificarla genéticamente para que produzca menos nicotina, la planta sufre un mayor ataque por parte de los herbívoros, dando como resultado una enorme pérdida de hojas y hasta su muerte. Mientras que, en un experimento inverso, el aumento de nicotina en las hojas reduce el ataque de uno de sus predadores principales (el gusano del tabaco), causando un aumento de la supervivencia de la planta.

La producción de los metabolitos secundarios no es un proceso gratuito ni barato, sino que implica un gran costo energético, lo que indica que posiblemente fue seleccionado a lo largo de la evolución porque le otorga a la planta alguna ventaja adaptativa.

Los alcaloides que posee el cardón del valle (Trichocereus terscheckii, pariente del San Pedro) −entre ellos, la mescalina− disminuyen el ataque de unas moscas chiquitas cuyas larvas se alimentan de los tejidos jugosos del cactus. Pero en los desiertos las moscas no son sus únicos predadores, particularmente durante la época seca, cuando algunos animales –como el guanaco y el burro salvaje– esquivan sus espinas para alimentarse y obtener agua de sus tejidos. No tenemos certeza de si estos animales quedan viendo pumas de colores por un largo rato, pero quizás este comportamiento haya servido de inspiración al hombre para incursionar en el mágico mundo de la mescalina, de la misma manera que las cabras que consumían granos de café nos llevaron hacia el líquido despertador.

La cocaína y la cafeína son otros ejemplos de alcaloides con propiedades insecticidas.

La psilocibina, otro metabolito especializado, es un alcaloide psicoactivo producido por unas doscientas especies de hongos distribuidos en todo el mundo, mayormente en las selvas tropicales y subtropicales. Esta sustancia forma parte del grupo de las triptaminas, un conjunto de compuestos con gran capacidad insecticida. Tiene sentido si nos percatamos de que las selvas y los bosques están llenos de organismos dispuestos a comerse todo lo que encuentren (Thomas y otros, 1998). Sin embargo, a pesar de que la psilocibina tenga la capacidad de inducir estados alterados de conciencia en seres humanos, ese sistema de defensa no funciona sobre nosotros por ser prácticamente inocua en términos toxicológicos.²

A pesar del uso habitual de la marihuana por parte del hombre, poco se conoce sobre el rol que poseen sus sustancias psicoactivas en la planta. Estos compuestos, que no son alcaloides, se encuentran en unas glándulas situadas principalmente en las hojas y las flores. Algunos investigadores sugieren que podrían tener la función de espantar a los herbívoros o a diferentes agentes infecciosos. (Shoyamma, 2008)

Pero como la Naturaleza es increíble y nunca deja de sorprendernos, hay algunos casos en los que la alteración del comportamiento de un animal, causada por la sustancia psicoactiva, comenzó a ser ventajosa para la planta. Las abejas que visitan las flores de cítricos (cuyo néctar posee cafeína) tienden a volver a esas flores, lo que tendría un efecto positivo sobre la planta al incrementar la polinización y, por ende, la producción de semillas (Couvillon y otros, 2015). Otro caso interesante es el del café más caro del mundo, que proviene de los frutos de café que se encuentran en las heces de la gineta que habita las selvas del Sudeste Asiático (pariente de los gatos y las mangostas). Aparentemente, la presencia de cafeína en estas plantas induce su consumo, lo cual favorece la dispersión de sus frutos y sacar su polen, al mismo tiempo que el animal obtiene su alimento.

Si bien hasta el momento la evidencia indica que las sustancias psicoactivas que se encuentran en las plantas funcionan como método antipredación, algunos estudios recientes muestran otra función. En los últimos años se ha descubierto que las plantas poseen un sistema de comunicación interno mucho más complejo de lo que se pensaba y presentan tanto señales químicas como electroquímicas. Resulta interesante que, a pesar de no poseer un sistema nervioso que les otorgue capacidades cognitivas y de sintiencia como las del reino animal, sustancias que actúan como neurotransmisores en los animales (particularmente el GABA)³ están presentes en las plantas y poseen un rol en la transmisión de la información, al igual que la auxina, una importante hormona vegetal.

Selva loca

Pero si la defensa de las plantas y los hongos hubiese sido 100% efectiva, ningún ser vivo las consumiría. Es posible que la necesidad de alimentos en períodos de escasez forzara a los animales a comer lo que sea a pesar de los efectos adversos, y los que sobrevivían a ellos iban heredando ese atributo. La producción de defensas químicas podría haber disparado una carrera armamentista entre las plantas y sus predadores, llegando en algunos casos a que los animales (principalmente los insectos, pero también otros grupos, como los mamíferos) adoptaran herramientas para especializarse en el consumo de grupos muy particulares de plantas (Sullivan y Hagen,

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