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Prometo amarme: Autoconocimiento, amor propio y relaciones

Prometo amarme: Autoconocimiento, amor propio y relaciones

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Prometo amarme: Autoconocimiento, amor propio y relaciones

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
196 páginas
3 horas
Publicado:
May 1, 2021
ISBN:
9789585191075
Formato:
Libro

Descripción

Prometo amarme es un libro para mujeres que quieren sentirse dueñas de su propia vida y están convencidas de que el autoconocimiento y el amor propio las ayuda – rán a crear relaciones más auténticas con ellas mismas y con el mundo.

Está escrito para mujeres que quieren vivir su feminidad a su manera, cuestionando los es – tereotipos y haciéndose cargo de su propia aventura de vida. También es una herramienta, una terapia, un espacio de autoanálisis que te brindará ayuda para co – nectarte con tu intuición, para sanar tus heridas, para concretar tus sueños, para aumentar la energía que necesitas para abrazar o soltar algo, para hacerte car – go de tus mejores y de tus peores momentos. Este libro te ayudará a amarte, a aceptarte, a empoderarte y a ser la mejor versión de ti misma.
Publicado:
May 1, 2021
ISBN:
9789585191075
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Vista previa del libro

Prometo amarme - Daniela Méndez

ellas.

Primera parte

Conócete.

Autoconocimiento y mundo interno

Cada una de nosotras es un planeta con sus propios modos y códigos de funcionamiento: todo esto conforma nuestro mundo interno. Uno quiere conocer lo que ama, a quien ama, y esto aplica también a nosotras cuando queremos construir un amor propio profundo, práctico y honesto. Estando atentas a nuestros movimientos, sensaciones y necesidades, podremos tener una visión más clara y poderosa, a la vez empática y compasiva, no solo sobre nosotras mismas sino también con las situaciones y las personas con las que nos relacionamos en el día a día.

Conocernos nos ayuda a crear un vínculo con nuestras distintas yo y con nuestra más profunda realidad. También implica conectarnos con nuestros poderes y nuestras sombras para, de esta forma, poder tener un estilo de vida, un propósito y unos amores más amables y saludables.

Somos mujeres humanas. Ser mujeres humanas significa que desde que nacemos hasta que morimos podemos hacer cosas maravillosas y también equivocarnos, sentirnos poderosas y también vulnerables. Sentir es algo femenino, no somos estatuas de Buda, diosas del Olimpo, ni la Virgen María que vemos en los altares. Hoy en día existe una tendencia a proponernos un autocontrol tal que casi hay que medir hasta qué porcentaje del corazón debemos meter en una relación. Pero hay cosas que no podemos suprimir de nosotras porque somos de carne, hueso y alma. Por eso somos humanas y mujeres, y es muy importante aceptarlo al emprender este camino de autoconocimiento.

El camino de conocernos nos lleva a descubrir, sorprendernos y emocionarnos con los distintos rincones de nuestro mundo interno que es el espacio que ocupan todos los deseos, miedos y posibilidades conscientes e inconscientes de nuestro cuerpo, mente y corazón.

Ser mujer es una construcción de toda una vida y conocernos es un trabajo activo hasta que cerremos los ojos y nuestra respiración se detenga; sin embargo, ganar sensibilidad con y por nuestras tendencias, gustos, límites, inspiraciones y movimientos nos ayudará a vivir con mayor libertad, porque si la vida tiene algo es: ¡Energía, esperanza y posibilidad!

Un mundo llamado inconsciente

El inconsciente es como un mar inmenso que vive en cada una y es distinto en cada mujer que habita este planeta. Es un espacio vivo y profundo que nos mueve aunque no nos demos cuenta. En él se encuentra lo más auténtico de nosotras: nuestros sueños, historias, deseos, heridas y miedos. Todo lo que se escribió en nosotras, aunque lo hayamos olvidado, se repite hoy en nuestros actos a través de los movimientos que él genera. Conocer el nuestro es una fuente de poder inmenso.

Todas hemos sentido alguna vez esa fuerza interior que nos lleva hacia lugares que aparentemente no queremos. Deseos que quisiéramos no desear, palabras que quisiéramos no haber dicho, tal vez el impulso de ir a lugares o seguir tomando decisiones, haciendo cosas que evidentemente nos hacen daño, que bajo ninguna lógica podemos entender pero que aun así seguimos haciendo sin ser capaces de resolver.

Tal vez hemos experimentado, de una manera u otra, que la razón y la supervivencia no siempre nos comandan, sino, ¿por qué volvemos a relaciones que nos hacen mal?, ¿por qué buscamos lugares donde no somos valoradas?, ¿por qué decimos que queremos cuidar más nuestro cuerpo, empezar una rutina de entrenamiento y mantenerla, pero no encontramos la voluntad ni la energía para ejercitarnos?, ¿qué nos frena?, ¿quién nos frena?

En el inconsciente están nuestros ángeles y demonios; eso que a veces llamamos tentaciones, porque nuestra tendencia natural es achacarle lo que no nos gusta o nos molesta a un tercero.

Pablo de Tarso, en la Biblia, lo dijo muy claro: Lo bueno que quiero hacer no lo hago, y lo malo que no quiero hacer, lo hago. Él lo definió como tentación, como pecado, porque ante la presentación inminente del inconsciente, al desear lo que se supone que no deberíamos desear, viene la religión, la espiritualidad, la civilización, a darnos una explicación: pecado, tentación, karma. Explicaciones que nos calman y que son válidas, pero que muchas veces nos quitan potestad y responsabilidad en las decisiones que tomamos, en las elecciones que hacemos y, por lo tanto, en el trabajo interno que nos llevaría a superar la tentación de una vez por todas o a bailar con ella sin que haga, o nos haga, tanto daño o nos produzca tanto sufrimiento.

Veamos otro ejemplo: el llamado para los cristianos pecado original. Adán culpa a la mujer, la mujer culpa a la serpiente... No asumimos nuestras maldades interiores y nuestras sombras con valentía, ¿por naturaleza...? ¿Por tendencia...? Tal vez porque, ante las sombras, hemos recibido castigos y sanciones. Entonces nuestra naturaleza, más que el reconocimiento de la propia responsabilidad, busca su defensa. Según la Biblia, Dios nos mandó a la Tierra como castigo, a trabajar por el pan y a parir con dolor pero, si vemos más allá, en el castigo también tenemos la oportunidad de conocernos, de crear; ¿acaso hoy en día no hemos descubierto que podemos ganar dinero haciendo lo que amamos o parir con dolor, pero también con mucha paz y placer, o ponernos la epidural si no queremos sufrir de más? Nos confesamos y nos mandan a rezar varios padrenuestros, pero aprender a convivir con nuestras sombras es algo que nadie nos soluciona ni nos va a solucionar. Allí nos toca ponernos a crear bajo nuestra absoluta responsabilidad.

El inconsciente es también la cultura, no es solo un mundo interno y oculto; es una relación que el sujeto pone en el otro, en el que busca, en el que rechaza. Es un animal político que busca las relaciones para mantenerse vivo. El inconsciente existe desde que existe el ser humano. Fue Freud el que le dio vida o más bien el que le puso nombre. Muchas veces, algo comienza a existir para nosotras o para el mundo, cuando se le pone un nombre.

Cuando uno se da cuenta de que hay un mundo más indomable, rebelde, que escapa de la moral y las buenas costumbres y que ese mundo es nuestro, está adentro, no es de la vecina, ni de la mamá, ni del demonio de turno, uno comienza a reconocerse de una manera más real y honesta; comienza a trabajar desde un lugar diferente donde se ve y aprende sobre sus reales prioridades, se escucha más atentamente cuando habla, se da cuenta cuando está diciendo algo por decirlo, incluso cuando dice algo que realmente no quiere, empieza a descubrir un mundo de deseos que estaba en secreto. Destapar ese mundo, destapar ese secreto, es una puerta a la libertad de ser, sentir, expresarse, vivir... Destapar ese mundo es dejar de actuar contra nuestra propia corriente, aprovechando nuestras mareas internas o calmándolas cuando nos piden algo, que sabemos por experiencia, que, a mediano o largo plazo, nos hará daño.

Nuestro inconsciente se manifiesta de distintas maneras, a través de:

Nuestras palabras: lo que repetimos, lo que decimos una y otra vez.

Nuestros actos: lo que hacemos una y otra vez, dándonos o no cuenta, cómo nos relacionamos, las personas que elegimos para acompañarnos, los trabajos que preferimos, los hobbies que practicamos, en lo que decidimos entregar nuestro amor y nuestro tiempo.

Nuestros sueños: en los sueños hay una sabiduría inmensa porque en los sueños la moral está más débil; en ellos de algún modo nos sentimos más libres y omnipotentes; menos vulnerables y castigables. Lo que soñamos no tiene castigo en la vida real más que el castigo que nosotras nos demos a nosotras mismas.

Nuestros lapsus: lo que decimos sin querer, lo que se nos sale como si fuera un error, pero que en realidad puede ser una buena pista de lo que hay en nuestro interior. Por ejemplo, decimos que olvidamos a X, pero se nos sale su nombre con el nuevo novio o pareja; tal vez no lo olvidamos tanto; quizá de alguna manera está presente en nuestras vidas porque fue y es importante para nosotras. No quiere decir que queremos volver a estar con él, pero sí, probablemente, que uno no olvida tan automáticamente a la gente importante, ni olvida tan fácilmente, como a veces nos queremos convencer.

El inconsciente también nos enseña que no siempre buscamos lo que nos hace bien. Que hay algo en nosotras que busca más allá del placer; Freud lo llamó pulsión de muerte. El inconsciente nos enseña que a veces lo que deseamos es también lo que más tememos. Nos aterra la idea de aburrirnos al alcanzar lo que tanto buscábamos, nos espanta pensar que tal vez pueda no gustarnos eso que tanto anhelábamos, o que no lo queramos lo suficiente como para sobrellevar los momentos en los que las cosas se pongan difíciles: nos da miedo el ensayo y el error, la decepción... y por eso saboteamos la búsqueda una y otra vez (Por ejemplo: deseo casarme, pero cada vez que salgo con un hombre que desea compromiso —como yo—, le encuentro un defecto. Me da miedo enfrentarme a todo lo que implica hacer realidad ese deseo que llevo tantos años albergando y que tal vez ha sido hasta el motor de mi vida). Para aliviar este miedo, querida, te ayudará recordar que la vida, en su continuo movimiento, siempre nos brinda la oportunidad de inventarnos nuevos cuentos y nuevas metas: ¡Alcanzar un deseo no nos quita el permiso para desear otras cosas! La vida, la personalidad y el deseo, en realidad, están en un eterno en construcción.

Además, el inconsciente nos muestra nuestra fealdad, nuestra maldad; esto no es tan fácil aprender a verlo; menos aprender a amarlo y a abrazarlo. No queremos ser nosotras las villanas. Nos enseñaron que las princesas, las villanas o las brujas eran personajes bien separados y distintos. Queremos que sean otras las malas o las princesas, porque hoy también queremos negar muchas veces nuestros deseos de princesas, pero cuando aprendemos a ver nuestra propia maldad, nuestra propia incompletud, nuestro propio masoquismo, o nuestro propio deseo de ser princesas liberadas o salvadas, aprendemos a vivir mejor con eso o, al menos, a estar más advertidas y a sufrir un poco menos. Tal vez te funcione mucho mejor estar advertida de tus celos, de tu tendencia a la tristeza, de tu adicción a los hombres dominantes para poder transformar eso en algo que te genere menos daño; para aprender a ganar y a mantener en equilibrio tu sistema consciente e inconsciente de una nueva manera; porque te cuento que el inconsciente, además, es experto en economía, ¡nunca pierde! Entonces, si solo vemos el golpe, decimos oh, pobrecita, pero tal vez el inconsciente gana con el goce que le produce ponerse en el lugar de víctima.

El inconsciente, como está en un mundo subterráneo y a la vez evidente a través de nuestras palabras, de nuestros sueños y de lo que hacemos, ni siquiera necesita que vayamos muy atrás en el pasado. En el presente nos muestra información poderosa: repite, sueña, habla, dice, elige, con lo que es, tiene, con sus experiencias (o vivencias) e historia. Un gran desafío es aprender a mirarlo más directamente; aprender a escucharnos en él y con él, sin reprocharnos tanto. Tal vez hay cosas que no podemos decir en el trabajo o a los demás, pero sí a nosotras mismas; entonces, cuando cultivamos la intimidad, podemos aprender a escucharnos hablar desde ese mundo desconocido para hacerlo más conocido.

Conocer y estar advertidas de nuestro inconsciente, oculto y evidente, nos ayuda a camuflarnos menos, a excusarnos menos, a cuidarnos en nuestras zonas vulnerables y a potenciarnos en nuestras zonas de fuerza. Podemos empezar a navegar en él para ponerle nombre y apellido a nuestro propio mar, a los continentes, ríos, lagos e islas que en él habitan.

La relación con nuestro inconsciente nos ayuda a evitar ser manipuladas, no solo por el: todas somos así, todas hagamos esto, este es el único modo para ser feliz, sino incluso por nosotras mismas y nuestras pulsiones de muerte; nos ayuda a aprender a pensar por nosotras mismas, con la libertad y el bienestar que merecemos; nos ayuda

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