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El capitaloceno: Una historia radical de la crisis climática

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El capitaloceno: Una historia radical de la crisis climática

valoraciones:
4/5 (1 clasificación)
Longitud:
483 páginas
10 horas
Publicado:
21 abr 2021
ISBN:
9786073043229
Formato:
Libro

Descripción

Desde que hace unas décadas sonó la alarma de la emergencia climática, se han profundizado las exploraciones sobre los orígenes y factores que han alterado irremediablemente nuestra relación con la naturaleza. Para dar sentido a esta crisis se han propuesto diversos conceptos y narrativas, entre los que destaca el de Capitaloceno. Este término considera que la devastación ambiental desatada sobre el planeta va acompañada por procesos como el colonialismo, la industrialización, la globalización, el racismo, el poder económico y las desigualdades sociales.
Esta historia radical de la crisis climática refuta la idea de que los humanos son la fuerza geofísica culpable de esa crisis y ofrece, por el contrario, un relato histórico y económico desde el siglo XVI hasta nuestros días que evidencia una correlación entre los momentos determinantes en la acumulación del capital y los de gran devastación ambiental. Francisco Serratos, a través de diversos relatos clave que abarcan desde las plantaciones de azúcar en las colonias hasta los monocultivos modernos, desde la adopción del carbón en las fábricas hasta la industria de la carne, ahonda en el surgimiento del capitalismo y las maneras en que éste ha alterado la relación entre los humanos y la naturaleza.
Publicado:
21 abr 2021
ISBN:
9786073043229
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El capitaloceno - Francisco Serratos

EL CAPITALOCENO

UNA HISTORIA RADICAL DE LA CRISIS CLIMÁTICA

FRANCISCO SERRATOS

A los animales.

Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presenten de muy distinta manera. Pudiera ser que las revoluciones sean el acto, ejecutado por la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia.

—WALTER BENJAMIN

Contenido

11:58:20 PM

-250 000 000

¿1492, 1610, 1784, 1945?

1450-1750

1780

1875

1883

1906

1648

1688

1857

1480-1520

1784

1804-1884

1909

1941

1847

1859

1839

1945

1865

1961

1876-1902

1973

1922-1991

1949-1976

FUTURO POSIBLE

AGRACEDIMIENTOS

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BIBLIOGRAFÍA

AVISO LEGAL

11:58:20 PM

En nuestro afán por historiar el Apocalipsis, hemos creado varias formas de medir el tiempo que nos queda de vida como especie. Una de esas invenciones fue el Doomsday Clock, en 1947, a raíz del miedo que experimentó el hemisferio occidental por la amenaza de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La creadora fue Martyl Langdorsf, artista y esposa de uno de los científicos que participó en el Manhattan Project para la creación de la primera bomba atómica. Su objetivo fue concientizar sobre el peligro de las nuevas fuerzas nucleares en el mundo, pero una vez mitigada la paranoia nuclear, ahora se utiliza para medir simbólicamente cualquier peligro global que amenace la vida terrestre y la paz mundial, desde conflictos bélicos hasta desastres como el cambio climático. Cuando el reloj inició, las manecillas marcaban 7 minutos antes de la medianoche y han descendido hasta los 17 minutos cuando Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron un acuerdo para reducir su armamento nuclear en 1991. Estos minutos no representan un tiempo real sino eventos históricos que hacen desplazar a sus manecillas hacia atrás o hacia delante dependiendo de la amenaza de los sucesos que marca; es decir, el reloj del fin del mundo no mide el tiempo sino los acontecimientos. En total se han movido veintidós veces desde su creación. Lo más cerca que hemos estado de la medianoche son 2 minutos antes, cuando Estados Unidos terminó de manera exitosa sus pruebas con la bomba de hidrógeno. Después, en enero de 2017, el reloj marcó 2:30 minutos antes de la medianoche: el inicio de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. En el año 2020, el reloj marca 100 segundos antes de la medianoche, el punto más cercano a la catástrofe desde su creación en 1947; la razón es la inacción de los gobiernos para ralentizar la crisis climática. El viaje al fin de la noche apenas comienza.

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Hay un periodo geológico que me obsesiona porque es un paréntesis que está fuera de la historia. No quiero decir que no haya existido, sino que se define por su total separación de lo humano, de lo que llamamos Historia, y porque dentro de este periodo el tiempo pareció detenerse y las cosas de suceder. Fue un periodo definido por un solo acontecimiento: los acontecimientos, en cierta forma, desacontecieron; todo fue desapareciendo paulatinamente sobre la superficie del planeta. La vida, en lugar de florecer en el árbol de la evolución, se fue marchitando poco a poco. Es un periodo que me apasiona porque hasta cierto punto me recuerda mucho mi presente. Vivimos tiempos de desamparo y extinción en los que nos vemos a nosotros mismos como víctimas de un proceso que parece imposible de entender y detener. A este periodo de la historia antes de la historia y que cuenta la historia de cómo desaparecieron las cosas se le conoce como «Pérmico».

En 1990, durante el auge de los estudios pérmicos, el geólogo estadounidense Curt Teichert describió la extinción de la siguiente manera: «El modo en que muchas formas de vida del Paleozoico desaparecieron hacia el final del periodo Pérmico me recuerda esa última parte de la Sinfonía de los adioses de Joseph Haydn en la que un músico tras otro músico toma su instrumento y abandona el escenario hasta que, finalmente, no queda nadie». Lo que no menciona Teichert es que, justo antes de retirarse, cada instrumento tiene un solo muy breve, un último estertor. Así me imagino a todos los animales en el periodo Pérmico: uno a uno, en su soledad, fue muriendo tal vez sin la esperanza de haber visto su descendencia evolutiva. ¿Eso mismo está sucediendo ahora?

En la historia del planeta Tierra han acontecido cinco extinciones masivas. Dos en el Paleozoico, dos en el Mesozoico y la extinción masiva del Pérmico, la más grande todas, la llamada «Madre de Todas las Extinciones» —como si un ente femenino pudiera parir la nada—, que los geólogos han situado entre el final del Paleozoico y el Mesozoico, la frontera entre dos periodos de la prehistoria, entre la nada biológica y la aparición de los organismos más grandes: los dinosaurios. Comparar las primeras cuatro extinciones con la pérmica es como comparar el tamaño de la Tierra con el del Sol. La devastación fue tan inmensa que eliminó entre 90% y 95% de la biodiversidad de la Pangea. Ocurrió hace 250 millones de años, dentro de la era Paleozoica. Y los geólogos, aún en la actualidad, debaten sobre las causas de la extinción y sobre su duración.

Pero, en la misma medida que las cifras horrorizan, también reconfortan. El 95% de la extinción total de las especies significa que el 5% sobrevivió y que, a final de cuentas, toda la vida presente del planeta proviene de ese nimio 5%. A pesar de la magnitud y del misterio de la extinción pérmica, los geólogos y científicos casi siempre se centran en la última de las extinciones, la de los dinosaurios, que fue mucho menor —50% de la biodiversidad—. Hasta cierto punto se entiende que se romantice esta última: ¿cómo esos titanes que dominaron la Tierra, tan fuertes y poderosos, pudieron sucumbir al impacto de un meteoro hace 60 millones de años? Las hipótesis sobre su extinción antes de la teoría definitiva del impacto meteórico en 1980, firmada por Luis W. Álvarez y su hijo Walter, fueron vastas —más de cien propuestas entre 1920 y 1990— y algunas incluso simpáticas. Mi favorita la cuenta el paleontólogo Michael J. Benton, quien tal vez, por proteger a un colega francés que propuso esta hipótesis en el año 2000, omite citar su nombre. Según el francés, si en una corta semana una vaca es capaz de inflar con sus gases un globo de barrera, como los que se usaron en la Primera y Segunda Guerra Mundial para contrarrestar los ataques aéreos, imaginen la cantidad de gases producida por los dinosaurios que eran, los más grandes, cincuenta veces mayores que una vaca. Millones y millones de galones de gas metano eran inyectados en la atmósfera cada año, lo que en última instancia provocó que los dinosaurios se asfixiaran con sus propios pedos.

Por supuesto, esta teoría mucho más simpática que el horrible impacto de un meteorito en la península de Yucatán, justamente en el pueblo maya llamado Chicxulub, no tuvo mayor repercusión científica a pesar de que, algunos años más tarde, el científico británico David Wilkinson calculó que en efecto, los dinosaurios, si bien no se gasearon a sí mismos, sí contribuyeron al calentamiento global durante el Mesozoico. Sin embargo, si ponemos en perspectiva la teoría de nuestro anónimo francés, nos daríamos cuenta de que en realidad no estaba tan errado: las millones de vacas que pueblan la Tierra hoy en día, criadas, alimentadas y asesinadas para su consumo, producen más gases de efecto invernadero que todos los automóviles que circulan en las carreteras del mundo. Si la glotonería carnívora continúa creciendo, es posible que los humanos, a diferencia de los dinosaurios, sí sucumbamos a los pedos de las vacas que tanto nos gusta comer, vestir y torturar.

¿Qué causó la más devastadora extinción de la que se tiene registro? La historia de su descubrimiento y sus causas ha durado más de un siglo, desde que recibió su nombre 1841 por el entonces jubilado hombre de armas Roderick Impey Murchison, quien después de la guerra entre Reino Unido e Irlanda, aburrido de su comodidad, se dedicó a la geología. Sus investigaciones, cuenta Benton, lo llevaron a Rusia, particularmente a los Montes Urales, el sistema montañoso que naturalmente divide Asia de Europa. En esa frontera, Murchison recopiló material suficiente para bautizar a ese periodo como «Pérmico», nombre que a su vez proviene de la ciudad homónima ubicada en las faldas montañosas, en el corazón de Rusia. Sin embargo, en ese momento no se concibió el Pérmico como una era de extinciones, pues la extinción, como concepto, aún no se formaba del todo e incluso era rechazado. Tardaron los naturalistas varias décadas en ponerse de acuerdo sobre el tema.

Partiendo de esta indeterminación, la baja posibilidad de que otro meteorito haya impactado la Tierra durante el periodo Pérmico obligó a los científicos a barajar otras posibles causas. Entre la remota probabilidad del meteoro, que no está del todo descartada, existen otras que el especialista en el tema Douglas H. Erwin resume en tres: la erupción volcánica más devastadora de la que se ha tenido registro en Siberia, la desoxigenación de los océanos que resultó en el incremento de aguas anóxicas y la suma e interacción de varios otros eventos menores que desembocó en una reacción en cadena que llevaron a la extinción masiva. No obstante, ante la falta de pruebas para confirmar una u otra, Erwin propone lo que llamó «la hipótesis del Asesinato en el Oriente Exprés», nombre tomado de la novela de Agatha Christie en la que todos los sospechosos, en realidad, participaron de una u otra manera en el crimen.

La duración de la extinción podría aclarar algunos datos no sólo para las causas sino también para las consecuencias. En 1993 Erwin propuso un periodo de entre tres y ocho millones de años, pero más tarde redujo los números a menos de un millón de años y, finalmente, en el 2011, se retractó y dijo que la extinción bien pudo durar menos de doscientos mil años, lo que equivale a aseverar que, tomando en cuenta de la magnitud de la extinción, ocurrió casi de manera instantánea. Al no confirmar las causas, no es posible determinar dónde comenzó la extinción, si en la tierra o en los océanos, mas existen fósiles que apuntan que las especies sobrevivientes fueron mayores en el agua que en la tierra. Comenta Elizabeth Kolbert en The Sixth Mass Extinction que lo cierto es que el carbono asfixió la atmósfera, las temperaturas aumentaron precipitadamente, los océanos se calentaron hasta 18 grados centígrados, lo que a su vez causó una revolución en la composición biológica de los mares que terminó en anarquía: el calentamiento marino, reza una hipótesis, permitió el surgimiento de bacterias productoras de ácido sulfhídrico —un veneno para la mayoría de la fauna— que se esparció por los mares y luego ascendió a la atmósfera con el aire, las aguas se acidificaron, los arrecifes de coral colapsaron y el oxígeno se volvió tan escaso que se calcula que miles de criaturas murieron sofocadas. El agua entera de los océanos se convirtió, en pocas palabras, en una sopa tóxica.

El problema de esta descripción apocalíptica, como dije al principio, es que resuena demasiado fuerte para nuestra época si la comparamos con la actual acidificación de los océanos contemporáneos. Kolbert advierte que ese fenómeno alteraría por completo los procesos biológicos de los organismos marinos, como su metabolismo, las dinámicas de sus enzimas y la generación de proteínas y nutrientes, entre ellos el nitrógeno y el hierro. Y no sólo eso: la acidificación alteraría también la intensidad de la luz que penetra los océanos, incluso los sonidos y su forma de propagación. Uno de los organismos crucialmente afectados son los calcificados como las estrellas de mar, algunas especies de algas, moluscos, ostras y precisamente los arrecifes de coral, tan determinantes en la salud de las aguas tropicales. El blanqueamiento (bleeching) de corales, un fenómeno preocupante ligado al calentamiento de los océanos, representa también un problema gravísimo, como han confirmado los estudios de las últimas dos décadas. En 1998 se detectó que 16% de los cinturones de coral habían sido destruidos por el blanqueamiento, principalmente en India y algunos mares del Pacífico; después, en 2005, se detectó el mismo problema en el Caribe. Para 2010, concluyen McNeill y Engelke, 70% de los corales en los océanos ya mostraba efectos de blanqueamiento.

Benton calcula que la extinción pérmica se llevó sesenta de las sesenta y dos especies vertebradas de las que se tiene conocimiento, una pérdida de 97%, mientras que en los mares se prevé una pérdida del 75% de los vertebrados. Números desastrosos, pero, una vez más, demasiado familiares. Según un reporte de la ONU de 2019 en el que colaboraron cientos de expertos, la humanidad ha reducido la población de fauna y flora en la Tierra un 20% en tan sólo el último siglo, sobre todo en zonas tropicales que albergan la mayoría de la biodiversidad. Si no se pone un alto a las causas, entre las que mencionan la agricultura intensiva, deforestación y sobreexplotación de recursos, un millón de especies podrían desaparecer en el tiempo de una generación humana. El tiempo y la velocidad son igual de desconcertantes: tan sólo de 1980 a 2000, los bosques tropicales en Sudaméricay el Sureste de Asia perdieron cien millones de hectáreas principalmente por ganadería y cultivo palma de aceite africana. Entre las especies que corren mayor riesgo se encuentran los anfibios (40%), los coníferos (34%), los arrecifes de coral (33%), los tiburones y mantarrayas (31%), algunos crustáceos (27%), mamíferos (25%), como el orangután y el rinoceronte, y las aves (14%). Es verdad que no todos los animales, cualquiera sea su forma o tamaño, desaparecerán, porque ni siquiera durante el Pérmico fue así: hubo perdedores y ganadores, pero lejos de significar que los últimos tenían mejores capacidades de adaptación, su supervivencia se debió más a un factor de suerte que de fortaleza evolutiva. El sobreviviente más significativo del periodo geológico fue un reptil categorizado con el nombre de listrosaurio: una lagartija herbívora de aproximadamente un metro de largo que se convirtió en la reina de la Pangea entera. Restos suyos han sido encontrados en todo el globo, desde Sudamérica, China, Antártica, Sudáfrica e incluso Australia. Su supervivencia se debió a una serie de factores tal vez ajenas a su ADN, como la desaparición paulatina de cazadores, la falta de competencia por comida y por tanto el exceso de una variedad alimenticia que le permitió adaptarse sin mucho esfuerzo. De rostro compungido y colmillos medianos pendientes en su hocico, el listrosaurio representó, dentro del 5% que sobrevivió, el 95% de la fauna del planeta. La recuperación de la biodiversidad, debida en gran parte a la familia de listrosaurios —y otros organismos— que evolucionó a pierna suelta durante miles de años, también es un misterio. Los cálculos, aunque no son precisos, abarcan millones de años: la vida comenzó a florecer entre ocho y veinte millones de años después de la extinción y se alcanzaron cifras saludables hasta después de los cien millones de años. Esta lagartija contradice una las reglas de la evolución darwiniana que se ha convertido en uno de los dichos populares más pronunciados: no siempre el más fuerte sobrevive, y el listrosaurio, en suma, fue el primer estoico en habitar el mundo.

Por todas estas similitudes entre los números, los síntomas, los fenómenos, las causas y las consecuencias vivimos en un estado pérmico permanente en el que hay ganadores y perdedores: hay animales que se desvanecen y otros, como el listrosaurio, que se fortalecen. Podría decir que el homo sapiens sapiens en cierta medida es un listrosaurio, pero hacer tal aseveración es un desparpajo: no todos somos listrosaurios y no todos los humanos han contribuido de la misma manera a la debacle; de hecho, algunos humanos han sido, como los animales, llevados casi a la extinción. Nuestra época está habitada por algunos humanos con poder económico y político capaces de deshacer y rehacer biomas enteros para su supervivencia y, como el listrosaurio, vagan cómodos en su soledad, se alimentan, duermen, se reproducen y nada parece afectarles. Vive en una especie de jaula natural del confort. Sin depredadores. Sin competidores. Sin preocupaciones. Unos estoicos agresivos, violentos, hambrientos que consumen y transforman cada organismo que encuentran en el camino.

Esta historia que pretendo contar es la del sistema y época que beneficia a esos listrosaurios. Pero, más que tratarse de una historia estricta, lo que intento es contar cómo comenzó y cómo hemos llegado hasta aquí. No se trata de una historia lineal, porque para hacer la crónica de los últimos quinientos años es mejor construir un relato anacrónico y global. Así, saltaré del pasado al presente, de un continente a otro para contar las muchas historias que cuentan una historia: la llamada época del «Capitaloceno». De esta manera, esta crónica está compuesta de pequeños relatos cuyas fechas intentan ser fieles a un acontecimiento o, a veces, simplemente representan la culminación de fenómenos muy complejos. Intenté escribir una especie de narración, o metamorfosis, de la cantidad en cualidad tal y como lo explicó Hegel y luego Marx lo aplicó al mundo material; es decir, pequeños cambios acumulados que pueden alterar la naturaleza de una entidad hasta convertirla en algo completamente diferente. Así funciona la ruptura climática: no es el resultado de una acción masiva sucedida en un momento específico, sino que es un evento construido a lo largo de casi cinco siglos de historia. Talar un árbol no altera un bosque, pero talar todo un bosque hace colapsar todo un ecosistema. El cultivo del azúcar que comenzó en la costa norte de Brasil hace siglos para alentar el mercado europeo fue sólo un paso de un cambio más complejo —la deforestación de la Amazonía— que continúa aconteciendo hoy día con el cultivo de soya para alimentar reses que a su vez son usadas para alimento humano. La propuesta de este libro, por tanto, no es la de la precisión: «en este año, esta persona, en este lugar, el mundo comenzó a joderse». El Capitaloceno es un proceso que en cierta medida surgió de una crisis y a partir de ella se ha desarrollado de diferentes maneras en diferentes formas. Cada episodio y relato de esta historia es de una importancia radical para entender cómo llegamos aquí y, sobre todo, más importante aún, hacia dónde queremos ir.

¿1492, 1610, 1784, 1945?

Lo irónico de escribir y reescribir nuestro propio final es que el periodo geológico en el que vivimos fue nombrado nuestra época geológica: lleva nuestra firma porque cuenta nuestra historia. El consenso científico y mediático la llama «Antropoceno». La época en la que vivimos es un constante incremento de temperaturas, donde ocurre la sexta extinción masiva de especies, la desertificación de grandes territorios antes selváticos, el abuso de combustibles fósiles, la acidificación de los océanos y la inundación de estos con toneladas de plástico, el derretimiento de los Polos y un largo y doloroso etcétera que amenaza la existencia de millones de personas alrededor del mundo. Este término se hizo famoso por primera vez en un congreso de la International Geosphere-Biosphere Program (IGPB), una asociación surgida y conformada durante la década de 1980 cuando comenzaron a surgir los primeros estudios del impacto de los gases de efecto invernadero en la atmósfera. El congreso tuvo lugar en febrero de 2000 en Cuernavaca, México, colocando en este país el inicio, o el final, de dos momentos: el periodo Cretácico y la época del Holoceno. La usó el químico-ambientalista neerlandés Paul Crutzen, Premio Nobel de 1995 compartido con el estadounidense Frank Sherwood Rowland y —curiosamente— el mexicano Mario J. Molina. Pero que haya sido escuchada y promovida en ese congreso no significa que Crutzen haya sido el primero en usarla. El concepto se le atribuye al geólogo Aleksei Pavlov, quien en 1922 definió la época presente como «sistema antropogénico» o «antropoceno». Sin embargo, la necesidad de dar un nombre a un tiempo dominado por las actividades humanas en la Tierra no es reciente, desde hace poco más de dos siglos los naturalistas y científicos, al atestiguar los dramáticos cambios en la biósfera —concepto también popularizado en la Rusia Soviética gracias al geoquímico Vladimir I. Vernadsky en 1926, y que fue un precedente definitivo para lo que hoy conocemos como «Sistema Terrestre» (Earth System)—, han propuesto distintas razones y causas para ello.

Igual con las fechas: los científicos e historiadores ambientales tampoco logran ponerse de acuerdo respecto al inicio del Antropoceno. Algunos, como el paleoclimatólogo William F. Ruddiman, aseveran que éste comenzó hace ocho mil años, cuando los niveles de dióxido de carbono incrementaron en la atmósfera y tres mil años después, con la deforestación y el surgimiento del cultivo de arroz, cuando se elevaron los niveles de metano. Otros lo sitúan más allá, durante la extinción de animales del Pleistoceno por la caza excesiva, o sea unos doce mil años antes del tiempo presente. Otros estudiosos, desde sus disciplinas, incluso niegan la llegada del Antropoceno.* Por ejemplo, la estratigrafía, basada en el estudio de las rocas, pone en duda muchos postulados porque no hay pruebas aún —es decir rocas, sedimentos, ni siquiera fósiles antropogénicos—, aunque recientemente se han encontrado residuos plásticos en rocas; esto no quiere decir que la estratigrafía niega que el impacto de los humanos, en efecto, pudiera dejar una huella ecológica, tampoco olvida que la extinción de especies es un hecho comprobado ni que a partir de 1945 las explosiones nucleares han depositado en la superficie terrestre elementos inéditos. El historiador ambientalista Gregory T. Cushman, por su lado, coloca el inicio del Antropoceno en 1830, cuando mercantes navales transportaron el primer cargamento de salitre de Atacama a Inglaterra y más tarde de guano: detonadores ambos de la agricultura industrial y las green y blue revolutions. Y aún más atrás, en 1778, Buffon sugirió que el planeta había sucumbido a la dominación humana y que esta época era, usando una comparación bíblica, como el séptimo día de la creación, es decir la última. Más tarde, otro geólogo galés llamado Thomas Jenkyn ofreció las pruebas fósiles del inicio de una nueva época que bautizó como «antropozoica», una palabra que tuvo una acogida moderada en los ambientes científicos europeos. En 1830 Charles Lyell, pionero de la geología moderna, propuso que nuestra época fuera llamada «Reciente» basado en tres pruebas: el fin de la glaciación, la emergencia de los humanos y por consiguiente las primeras civilizaciones; de este término se derivaría el «Holoceno» (del griego holos, todo, y kainos, nuevo).

En este sentido, habría una contradicción: si el Holoceno indica el surgimiento de los seres humanos como especie —dominante—, incluidas las alteraciones que esto conlleva, ¿para qué proponer otra época? Se podría argüir a favor de esta división lo siguiente: el evento Antropoceno tuvo implicaciones ecológicas nunca registradas en la historia del planeta y de la humanidad. Aunque el humano anteriormente haya sido capaz de manipular el espacio para ciertos fines, no alteró la totalidad del Sistema Terrestre como lo ha hecho a partir de la industrialización. Existen varios testimonios de científicos de la época que se mostraron preocupados por las innovaciones tecnológicas, incluidos personajes como Charles Babbage, inventor de la máquina analítica y en cuyo primer capítulo de On the Economy of the Machinery and Manufactures ya denuncia el peligro de las máquinas de vapor para la atmósfera. O John Tyndall, quien previó el efecto invernadero; o Svante Arrhenius, el primero en predecir el alza de la temperatura global debido al excesivo CO2 emitido por las máquinas de vapor. Actualmente, compartiendo la misma preocupación, científicos contemporáneos han sido imaginativos con los nombres de esta época. Por ejemplo, Michael Soulé, biólogo francés, ha sugerido que en lugar de Cenozoico nuestra era entera debería llamarse «Catastrofizoica», mientras que Michael Samways, entomólogo de la Universidad Stellenbosch de Sudáfrica, propone «Myxoceno» —de la palabra griega cieno—; otros grupos de estudios interdisciplinarios han soltado la palabra «Plantacionoceno» debido a la expansión de la agricultura intensiva.

El científico y viajero más célebre del siglo XIX, Alexander von Humboldt, tal vez fue el primero en entender científicamente a la naturaleza como un ecosistema en el que cada una de sus partes sostiene un equilibrio y, si una parte se elimina, todo lo demás pudiera colapsar. Esto fue lo que presenció durante su estancia en Venezuela cuando visitó el Lago Valencia en 1800. Al medir las aguas del lago, Humboldt notó que sus niveles habían decrecido. Los habitantes de la zona creían que un agujero debajo de la cama de agua estaba drenando el lago, pero Humboldt no se contentó con la explicación. Exploró la zona y vio que en la cima de algunas colinas había arena, indicio de que anteriormente habían estado sumergidas en agua. Al no tener salida al océano, el Lago Valencia se regulaba por medio de evaporación y para lograrlo era ayudado por los bosques que lo rodeaban. Sin embargo, el incremento de plantaciones y la creación de canales de riego alteraron poco a poco los ritmos vitales del lago y dañaron la capacidad de los suelos para retener agua, lo que a su vez los volvía estériles, obligando a los hacendados a extender sus dominios y llevándose con ellos la destrucción y agotamiento del Lago Valencia hacia los alrededores. Esta lectura de Humboldt, en la que correlaciona el medio ambiente, los recursos naturales, su explotación y por consiguiente la ulterior degradación de todo un ecosistema fue, según su biógrafa Andrea Wulf, inédita para su tiempo: Humboldt fundó, en el lago venezolano, la moderna ciencia de la ecología tal y como la concebimos hoy en día. Fue por esto por lo que Humboldt —al igual que Buffon— optó por el nombre de «Época del Hombre» para designar nuestra época.

El descubrimiento de Humboldt, no obstante, no fue el único durante el temprano siglo XIX. En la década de 1820, por ejemplo, el científico francés Joseph Fourier esbozó el efecto invernadero al notar que ciertos gases atmosféricos atrapan el calor del sol y luego, en 1859, el físico irlandés John Tyndall observó que el vapor de agua atmosférico y el gas dióxido de carbono tenían una función en la absorción de radiación térmica. Por esto, Tyndall se llevó el crédito de ser el primero en atisbar la crisis climática, sin embargo, en 2011 se encontró un documento científico de una tal Eunice Foot. Nacida en una granja de Connecticut, en una familia que se preciaba de culta, la joven Eunice se educó en la preparatoria Troy Female Seminary, fundada por la feminista Emma Willard en 1824 en Troy, Nueva York. Esta escuela era una de las pocas que contaba con un laboratorio en Estados Unidos y fue ahí que Eunice se apasiona por la ciencia. Más tarde, ya casada con Elisha Foot, científico que trabajaba en Smithsonian Institution investigando meteorología, Eunice continuó con sus estudios. Producto de sus investigaciones personales, escribió el artículo «Circumstances Affecting the Heat of the Sun’s Rays» en 1856, el cual fue leído en la American Association for the Advancement of Science por el jefe de su marido. En este texto, Eunice explica un experimento que comprueba la misma conclusión que Tyndall, sólo que tres años más temprano: que el dióxido de carbono absorbe mayor radiación del sol que otros gases ordinarios. Desgraciadamente, debido a su condición de mujer, su artículo no tuvo la divulgación que merecía, pero hoy se puede reconocer que fue una mujer la primera en atisbar nuestra época.

Las conjeturas sobre los cambios ambientales no fueron sólo de atención científica. También el filósofo francés Henri Bergson, en su libro La evolución creadora de 1907, dice al respecto:

Ha pasado un siglo desde la invención de la máquina de vapor y apenas comenzamos a experimentar la sacudida que nos ha producido. La revolución que ha operado en la industria ha alterado las relaciones entre los hombres […] Dentro de miles de años, cuando la perspectiva del pasado no se perciba sino en grandes líneas, nuestras guerras y nuestras revoluciones contarán poco, suponiendo que exista el recuerdo de ellas; pero de la máquina de vapor, con su cortejo de invenciones de todo género, se hablará quizá como se habla del bronce o de la piedra tallada; servirá para definir una edad.

Esta es la propuesta que parece sugerir Crutzen en un artículo académico —posterior al congreso en México— cuando data el inicio del Antropoceno en 1784, año en que James Watt patentó el motor de vapor —su cuarta y mejorada propuesta, para ser exacto— y que a su vez culminaría la Revolución Industrial, o sea el inicio del capitalismo industrial. Más tarde, en 2005, el IGBP, después de revisar y generar nuevas evidencias, acordaría que una fecha más adecuada para el Antropoceno sería a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. En el reporte creado se señala que «el siglo XX pudiera ser caracterizado por procesos de cambio global de una magnitud inédita en la historia de la humanidad». A este proceso posterior a la posguerra lo llamaron «La Gran Aceleración» y luego, en el celebrado artículo «The Anthropocene: Are Humans Now Overwhelming the Great Forces of Nature?», el mismo Crutzen, acompañado de Will Steffen y John R. McNeill, propondrán dos estadios del Antropoceno: el primero es la «Era Industrial», de 1800 a 1945, cuando por primera vez el dióxido de carbono excedió las variaciones del Holoceno, y el segundo es «La Gran Aceleración» desde 1945 hasta el presente. Más tarde, se desechará esta división y, considerando el debate reciente, parece que los científicos se acercan a un consenso del inicio del Antropoceno: 1945. Los argumentos estriban en algunos datos como los que ofrecen McNeill y Engelke en The Great Acceleration: An Environmental History of the Anthropocene since 1945: en tan sólo tres generaciones, los humanos han inyectado en la atmósfera más CO2 que en toda la historia de la humanidad; el número de automóviles aumentó de cuarenta a ochocientos cincuenta millones; el crecimiento de la población mundial fue desmedido, sobre todo en las ciudades; la producción de plástico también creció: en 1950 había un millón de toneladas y para 2015 casi 300 millones; asimismo, en este mismo periodo, la cantidad de nitrógeno sintético usado principalmente para la agricultura intensiva subió de 4 millones a 85 millones, y por último, la infraestructura en países desarrollados y en desarrollo se disparó: presas, carreteras, plantas de energía de todo tipo, edificios, maquinaria de producción para extracción de recursos orgánicos —pesquerías— o minerales —minas—.

Bonneuil y Fressoz ofrecen una descripción de cada uno de los estadios propuestos por Crutzen, Steffen y Mc-Neill, incluyendo un tercero, y al tiempo que contemplan otros aspectos históricos que marcaron cambios determinantes en el sistema terrestre. El primero es el periodo que va del inicio de la Revolución Industrial a la Segunda Guerra Mundial, o sea los siglos en que la termodinámica y la industria del carbón dominaron los medios industriales de producción, inyectando en la atmósfera millones de partículas contaminantes: en el siglo XIX se pasó de 277 a 280 partes por millón (PPM) de dióxido de carbono hasta alcanzar, en la mitad del siglo XX, 311 PPM, y casi rebasar los 400 PPM en 2019; tan sólo en las décadas de vuelta de siglo se ha inyectado 85% de carbón en la atmósfera desde la Revolución Industrial. Una cifra récord si se considera que, durante todo el Holoceno, o sea en casi doce mil años, se calcula que hubo variaciones, causadas por distintas razones no necesariamente humanas, entre 260 y 285 PPM. Si la tendencia continúa, la temperatura global podría aumentar entre 2 y 4 grados centígrados, lo que desencadenaría una serie de eventos trágicos como el derretimiento de los glaciares y de la capa de hielo del Ártico, lo que llevaría a la inundación de islas y ciudades portuarias —varias las más pobladas del planeta— y acelerar el proceso de extinción ya comenzado. Asimismo, durante este periodo, el crecimiento de la población mundial fue inaudito: de mil millones creció a poco más del doble. Además de estos dos fenómenos, la aceleración de la industria y el crecimiento poblacional, los avances médicos para curar enfermedades epidémicas tuvieron otras consecuencias, como el incremento de la esperanza de vida, el consumo de bienes y la polución descontrolada.

El segundo estadio, la Gran Aceleración, Bonneuil y Fressoz coinciden con el resto de sus colegas, comienza justo después del fin de la Segunda Guerra Mundial, pero difieren en la terminación: el año 2000. El nombre «Gran Aceleración» proviene de la desmedida velocidad de todos los motores del crecimiento económico y social, como la población —sobre todo urbana—, el Producto Interno Bruto, la inversión extranjera, el uso energético, el uso de fertilizantes, la construcción de presas, el uso de agua, la producción de papel, la transportación por tierra, las telecomunicaciones, los viajes por avión y barco, tanto turísticos como de mercancías, y por supuesto la producción y consumo de alimentos. Los números en este periodo se disparan tremendamente: la población pasó de dos mil millones a casi siete mil millones, multiplicando con ello el incremento desmesurado de todos y cada uno de los factores económicos mencionados más arriba. Siendo así, la colonización humana se extendió a todos los rincones del planeta, según el científico Vaclav Smil, lo que en números se explica de la siguiente manera: si bien la masa humana ocupa 32% de la superficie terrestre, el territorio utilizado para sus actividades industriales como de energía o de alimento ocupan 67%; es decir, 97% de la biósfera es ocupada por los humanos, dejando sólo 3% para el resto de los animales y plantas. Esto explica que el ciclo de producción y consumo —sobre todo este último como motor de las economías nacionales, siendo Estados Unidos el paradigma— se aceleró hasta en un 1000% durante el segundo periodo del Antropoceno. Para alcanzar este crecimiento, la infraestructura y la tecnología bélicas —es el tiempo de la Guerra Fría— se introdujeron en la explotación natural: las formas de matar comenzaron a utilizarse en —contra de— la naturaleza, tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética.

Por último, el tercer periodo, que comienza a principio del siglo XXI, es tal vez el más arbitrario de los anteriores. Se caracteriza no por un aumento o decrecimiento de las causas, mucho menos el final del Antropoceno, sino por su concienciación, el despertar de un horror, la materialización de una verdad que parece irrefrenable: estamos viviendo la sexta extinción de las especies y esta vez, a diferencia del pérmico o el jurásico, las razones se conocen, se miden, se calculan, se sienten. No es la actividad volcánica. No es un meteorito. No es una fuerza divina. Nosotros somos la causa última del problema. Se trata del nacimiento de una sensualidad y sensibilidad en relación con las maneras con que interactuamos con nuestro medio ambiente: la confirmación de que todas nuestras actividades, desde las más superficiales por cotidianas hasta las más trascendentales tienen un impacto directo en el medio ambiente. Además de ello, este tercer periodo es el de una guerra entre los que «creen» en el cambio climático y los que no, entre los dueños del capital y los pobres, entre las corporaciones y los trabajadores, entre el individuo «moderno» y el indígena. En suma, entre los que desean perpetuar un modelo económico basado en el carbón, el petróleo y el fracking, y aquellos que buscan un modelo sustentable, renovable y solidario con todas las formas de vida terrestre y marina.

Este tercer periodo, también, es un cambio del orden geopolítico y por tanto económico: Estados Unidos e Inglaterra, que en 1900 eran, según las cifras de Bonneuil y Fressoz, responsables del 60% de las emisiones de carbono, en 1950 del 57% y en 1980 sólo del 50%, han sido superados por nuevas economías emergentes que juntas emiten la mayoría de la polución planetaria. China superó a Estados Unidos, India a Rusia; Corea del Sur a Inglaterra y Brasil e Indonesia a Alemania. Este nuevo orden macroeconómico genera conflictos desde el momento en que la producción y consumo están ligados a los procesos naturales de renovación o fabricación de recursos y, sobre todo, no hay que olvidarlo, porque una clase social dueña de megacorporaciones dependientes de este sistema financiero están dispuestos a dar la lucha por mantener su hegemonía. De esta manera, este periodo de la historia se concibe como la batalla a ganar o perder, pero lo peor de esto es que ganen unos —los ricos— o pierdan los otros —los pobres, los animales, el planeta entero—, se trata de una batalla pírrica: peleamos por algo que rebasa toda mezquindad.

Ahora bien, querer explicar el Antropoceno desde una perspectiva cronológica y numérica, como se ha demostrado, implica sólo una mínima parte de la complejidad del fenómeno. El Antropoceno es escurridizo porque sus causas y efectos no se perciben de un solo golpe, sino que son diferidos tanto en el tiempo como en el espacio. Si hoy dejáramos de emitir dióxido de carbono totalmente, los océanos seguirán creciendo debido a que este

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