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Nubes bajas (Ficción literaria)

Nubes bajas (Ficción literaria)

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Nubes bajas (Ficción literaria)

Longitud:
191 páginas
Editorial:
Publicado:
1 jun 2021
ISBN:
9781005245528
Formato:
Libro

Descripción

Gabriele es una actriz que, cuando su carrera toca a su fin, emprende un viaje a la ciudad donde pasó la adolescencia. Su repentina visita pilla algo desprevenidas a dos de sus amigas, que ven en ella un modo de escapatoria a muchos días grises y monótonos. También la actriz puede intuir a través de ellas la vida que podría haber tenido.
En vez de eso, el peso de la fama la persigue desde hace cuarenta años y solo una cosa parece evidente: este viaje despierta viejas pasiones y altera las vidas de todos los que visita.

"Lo que Núria Añó nos presenta en su libro es un pedazo de vida real, diseccionado con el fino bisturí de su escritura. Hay en la obra un gran trabajo realizado sobre el lenguaje y sobre el estilo. La novela no es fácil, ni por la temática ni por el estilo, pero es muy interesante y constituye, a mi modo de ver, una de las grandes promesas de la narrativa catalana contemporánea."—L'Ull crític

NÚRIA AÑÓ (Lleida, 1973) es una escritora y traductora catalana. Su obra ha sido traducida al español, francés, inglés, italiano, alemán, polaco, chino, letón, portugués, neerlandés y griego. Su novela "Els nens de l'Elisa" (2006) queda tercera finalista del XXIV Premio Ramon Llull. Siguen "L'escriptora morta" (2008) [La escritora muerta, 2018]; "Núvols baixos" (2009) [Nubes bajas, 2021]; "La mirada del fill" (2012) [La mirada del hijo, 2019]; y la biografía "El salón de los artistas exiliados en California" (2020). Gana el Premio Joan Fuster de Narrativa, el cuarto premio internacional de escritura 2018 Shanghai Get-Together y ha sido galardonada con las prestigiosas becas: NVL (Finlandia, 2016), SWP (China, 2016), BCTW (Suecia, 2017), IWTCR (Grecia, 2017), Cracovia UNESCO Ciudad de Literatura (Polonia, 2018), IWTH (Letonia, 2019) y IWP (China, 2020). Más información en: www.nuriaanyo.com

Editorial:
Publicado:
1 jun 2021
ISBN:
9781005245528
Formato:
Libro

Sobre el autor

Núria Añó (1973) is a Catalan/Spanish novelist and biographer. Her first novel "Els nens de l’Elisa" was third among the finalists for the 24th Ramon Llull Prize and was published in 2006. "L’escriptora morta" [The Dead Writer, 2020], in 2008; "Núvols baixos" [Lowering Clouds, 2020], in 2009, and "La mirada del fill", in 2012. Her most recent work "El salón de los artistas exiliados en California" [The Salon of Exiled Artists in California] (2020) is a biography of screenwriter Salka Viertel, a Jewish salonnière and well-known in Hollywood in the thirties as a specialist on Greta Garbo scripts.Some of her novels, short stories and articles are translated into Spanish, French, English, Italian, German, Polish, Chinese, Latvian, Portuguese, Dutch, Greek and Arabic.Añó’s writing focus on the characters’ psychology, most of them antiheroes. The characters in her books are the most important due to an introspection, a reflection, not sentimental, but feminine. Her novels cover a multitude of topics, treat actual and socially relevant problems such as injustices or poor communication between people. Frequently, the core of her stories remains unexplained. Añó asks the reader to discover the deeper meaning and to become involved in the events presented.Literary Prizes/ Awards:2020. Awarded at International Writing Program in China.2019. Awarded at International Writers’ and Translators’ House in Latvia.2018. Fourth prize of the 5th Shanghai Get-together Writing Contest.2018. Selected for a literary residence in Krakow UNESCO City of Literature, Poland.2017. Awarded at the International Writers’ and Translators’ Center of Rhodes in Greece.2017. Awarded at the Baltic Centre for Writers and Translators in Sweden.2016. Awarded at the Shanghai Writing Program, hosted by the Shanghai Writer’s Association.2016. Awarded by the Culture Association Nuoren Voiman Liitto to be a resident at Villa Sarkia in Finland.2004. Third among the finalists for the 24th Ramon Llull Prize for Catalan Literature.1997. Finalist for the 8th Mercè Rodoreda Prize for Short Stories.1996. Awarded the 18th Joan Fuster Prize for Fiction.


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Nubes bajas (Ficción literaria) - Núria Añó

Nubes bajas

de Núria Añó

Copyright © 2009 Núria Añó

De la traducción © 2016 Núria Añó

De esta edición © 2021 Núria Añó

www.nuriaanyo.com

Diseño de portada © Núria Añó. Fotografía en la portada de Birgit Eilenberger. Dibujos en el interior de Gordon Johnson

Novela publicada originalmente en catalán como Núvols baixos en 2009. La presente edición fue traducida al español por Núria Añó. Dicho proyecto fue distinguido con una beca de residencia internacional Nuoren Voiman Liitto en Finlandia en febrero de 2016.

Los Gatos: Smashwords Edition, 2021.

ISBN: 9781005245528

Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita del titular del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático. Si desea compartir este libro con otras personas, por favor, compre copias adicionales. Gracias por respetar el arduo trabajo de esta autora.

Tabla de contenido

Title page

Copyright

Nubes bajas

Sobre la autora

Otros libros en español

La escritora muerta

La mirada del hijo

El salón de los artistas exiliados en California

Nubes bajas

de Núria Añó

Marianne estaba sentada en la butaca cuando ha sonado el timbre. Sus pies más lentos que de costumbre, como si llevase ya tiempo con zapatillas y apenas recordase que hoy le han puesto zapatos, los cuales tienen aspecto de lustrados; o ese tacón de tres dedos, cuántos paseos habrá dado con ese calzado, y miren, ahora ni siquiera recuerda cómo ha llegado aquí, aunque sí que el acabado en punta le aprieta en los dedos del pie. Y cómo se fija en la hora, una podría observar este reloj de pared un buen rato, hasta tener la sensación de que la mujer a quien acaban de indicar que entre, llega tarde. No sabría decirlo, pero cuarenta años sin verse… ¿Tan mal están las comunicaciones? Y qué ocurre ahora, que la visitante pierde el tiempo saludando a los demás miembros de esta familia, como si no se acordase de ella, piensa Marianne mientras encorva la espalda y baja el dobladillo de su falda. Simultáneamente, la actriz acerca una mano a la puerta y, en efecto, cualquiera advertiría que hace el gesto de entrar, solo que la retienen al otro lado del cristal. Cuántas palabras podrían ahorrarse mutuamente, que si el viaje, que si te conservas muy bien, y la palma de su mano va deslizándose por el cristal hasta llegar al pomo; de golpe, que hubiese que decidir si entrar o no. Pues la hija ya ha metido la pata, y eso que Marianne no lo quería, qué sé yo, aquí sigue sentada una mujer que esperaba por un día no escuchar el nombre de tal enfermedad; en fin, a lo hecho, pecho. Ni siquiera incorporando su cuerpo podría luchar contra esa palabra, pero cómo lo diría, el brazo de la actriz se muestra de nuevo muy próximo al cristal, pese a que la hacen retroceder con sus tonterías, que si merecía la estatuilla por no sé qué película. C’est la vie , expresa la otra cuando acerca su mano al pomo. Y que si tuviste oportunidad de tratar con los hombres más deseados, por qué esconderlo, expone la hija de esta anciana, si solo con verlos todavía me hacen tilín. ¿De veras?, a mí ya no, puntualiza la actriz. La que después de esto abre la puerta y encuentra a la otra de pie. ¡Ya era hora!, exclama Marianne dando un paso hacia adelante. Era más que hora, concluye Gabriele con un abrazo.

¿Y por qué no se queda aquí?, indica la hija de Marianne, si en un momento podría arreglarle una habitación. Gabriele aparece sentada en una esquina cuando oye esto, su mano estrechando la de Marianne, como si sobrasen las palabras, pero en su lugar sus ojos muy atentos, se observa algo de brillo a ambos lados, aunque la actriz rompe este momento y tuerce levemente el cuello mientras informa que ya se aloja en un hotel. En un hotel, ¿y cómo es eso?, exclama la hija, ¡cuándo podría quedarse aquí los días que convengan! Asimismo Gabriele vuelve a esa mano de Marianne, la lleva hacia su rostro, una mano que besa. Si solamente voy a quedarme tres días, expresa la actriz volviendo a girarse, como sabrá siempre quedan cosas por hacer; proyectos, en definitiva. Sí, Marianne se hace una idea de lo que significa esto. A ella los proyectos se le esfumaron como el vapor de una olla a presión, algo visto y no visto. Y habla sola la hija: le preparo la habitación. O el nieto: y una mierda, le das la tuya. Y la hija: cállate, ¿no ves que nos puede oír? Si incluso la actriz cruza las piernas hacia ese lado mientras afirma que ya lo tiene pagado, el hotel. Arthur murió, dice de repente Marianne. Lo sé, sigue Gabriele, pero ya hace años de esto. Sí, en voz baja la otra, que ahora observa por la ventana y suspira. Si ves luz en el garaje, retoma al poco rato, dile a Arthur que entre, se pasa la vida allí, apenas nos vemos últimamente. Enseguida Gabriele se levanta del sofá y añade: pero ahora ya no vives en aquella casa. ¿Ah, no?, expresa la otra.

Domingo al atardecer, podría indicar Gabriele en cuanto baja de ese bloque de pisos y mira hacia arriba. Aunque en el último peldaño ha dudado por un momento, si dirigirse hacia el hotel. Luego retoma el siguiente paso en dirección opuesta. Su rostro al descubierto, como si hubiese previsto mejor tiempo del que verdaderamente hace. Probablemente porque de esta ciudad guarda recuerdos algo magnificados, como si el paso de los años lograse borrar muchos días grises del calendario, y ahora hubiese que subirse la solapa del abrigo y respirar por la nariz mientras observa esta ciudad de un modo distinto a sus recuerdos de adolescencia. No sé, probablemente donde ella esperaba casas, halla edificios muy altos y, en donde espacios abiertos, todo amontonado, como si en esta tierra no hubiese desierto de sobra para edificar. Se da por supuesto que ella no es arquitecta, y tampoco lo querría, una ha sido actriz en vez de esto, aunque hoy camine en dirección vaya usted a saber. Que se sorprenda dando vueltas o bien esperando en algún semáforo, como si esta ciudad ya no fuese la misma, pero en su lugar muchas calles nuevas. De pronto levanta una mano y ya acude algún taxista, qué más da, una no había previsto perderse en ese punto.

¡Gabriele!, expresa Silvia nada más abrir la puerta, la que a menudo habla por los codos y ahora solo recalca en mitad del abrazo: tenías que haberme avisado antes. Enseguida la actriz entra y cuelga su abrigo en el perchero de la entrada, luego se dirige hacia la sala, se frota las manos cuando dice: si lo hubiese planeado, no habría venido. Sí, en fin, Silvia la invita a sentarse y la otra se sienta, ambas muy próximas en esta mesa donde las dos cruzan los brazos al unísono, una con el rostro algo bajo. ¿Qué pasa?, interroga Gabriele alzando su mentón. Nada, responde Silvia. La misma que se levanta y ya saca dos copas del armario, luego sirve un licor sin prisa. Nadie lo diría, cuestiona la actriz bajando la mirada. Y llora Silvia, no sé, en mal momento decide llorar, aunque algún pañuelo encuentra en su delantal, acto seguido exclama: pensaba que ya no te acordabas, de mí, ¡oh!, ¿y por qué habrías de acordarte?, te has pegado la gran vida y has tenido todo cuanto has querido, casada y divorciada dos veces, ¡y con qué hombres!, le dan mil vueltas al mío, solo que aquí todo sigue igual, como un reloj parado, y tú hiciste bien marchándote, te lo dije una vez y te lo repito ahora, aquí no hay más que miseria. Yo no recuerdo esto, expresa la actriz después de un sorbo. Asimismo Silvia esboza una leve sonrisa, luego bebe. ¿Estás mejor?, pregunta Gabriele. Mejor, repite la otra, ¿tú estás bien, estás cómoda, quieres comer algo? A lo que la actriz asiente y niega con la cabeza, lo que resulta extraño que Silvia capte en el acto esta comunicación no verbal y yo me he perdido al primer movimiento de cabeza. Pero por dónde iba, ah, ¡sí!, el marido de Silvia ya aparece por algún lado, ¡y lo que ve en esta mesa!, uno jamás ha creído en milagros, pero ahora se caería de espaldas si no fuese porque ya se abraza a Gabriele. Aparenta algo nervioso, no esperaba encontrarse tan próximo a esta actriz de la gran pantalla que decía la esposa un día que vivió aquí, ¡a tres o cuatro calles más abajo de donde vivía él!, y lo que son las cosas, él no la recuerda de joven, a su vez la tiene inmortalizada por no sé qué película, él sabrá, pero en más de una ocasión le sirvió de icono para hacerse pajas mientras su mujer dormía, ¿o quizá su mujer no dormía? A su vez, un hombre como quien dice vinculado estrechamente a Gabriele. De un modo íntimo, por más que hoy la mire a un palmo de distancia y lloraría ante ella por la crueldad del paso del tiempo. Ni con una espada y mala leche se lograría tal efecto. Silvia, dice el marido, tú sigue, que ya me ocupo yo de la cena. Y enseguida se refleja la mirada sorprendida de ella, como si no diese crédito a lo que acaba de oír, y tuviese que comprobar con sus propios ojos como se abren armarios y se mueven productos, después mirando hacia otro lado, la actriz coge de nuevo su abrigo del colgador y hace una pregunta: ¿quedamos mañana? Silvia piensa unos segundos, luego indica: llámame a media mañana.

¿Y por qué no se ha quedado a cenar Gabriele?, pregunta el marido. ¿A ti te parece —recrimina Silvia— que a alguien como ella había que servirle un puñado de hortalizas medio crudas y escalope quemado? Aunque ella tampoco puede presentarse de la noche a la mañana, un domingo como si nada, y esperar a que la inviten a cenar. Ya ves lo que había hoy, retoma Silvia, ella estará acostumbrada a comer qué sé yo, caviar, y nosotros como matrimonio nos administramos con un único sueldo, si por lo menos me hubieses dejado trabajar cuando era el momento, ahora tendríamos dos sueldos, y podríamos haber invitado a Gabriele a cenar a algún restaurante, yo ya lo he pensado, pero en el acto he visto que nos dificultaría lo que queda de este mes. A ver cuantos días se queda, prosigue al poco rato esta mujer, aunque espero que no sean muchos días, es por su bien, no me gustaría que viera como su amiga derrocha cada día que pasa, ¡oh, pero seguro que se hará una idea cuando me vea de aquí para allá con los nietos!, no sé por qué ha venido, lo primero que me ha dicho, que si abría la cortina vería a una vieja saludando desde la cabina telefónica más cercana, ésta, decía Gabriele en el momento exacto en que yo también levantaba mi mano y pensaba: ¡tierra, trágame!, y luego va y me dice que venía de visitar a Marianne, cuando en realidad yo era su amiga, ella era mayor que nosotras, si ella ya estaba prometida cuando nosotras todavía íbamos a la escuela. Pero si quiere a Marianne, concluye mientras se aproxima un vaso de agua, aquí la tiene de cuerpo presente.

Gabriele está en la habitación del hotel, el teléfono en la mano. Quienquiera que sea no responde. Así pues tendrá que seguir con lo que hacía, una cena que decide tomarse aquí, en la intimidad de las dos luces del cabezal y los colores incesantes que emite la tele. Por más que abra o cierra los ojos, se halla en medio de esa ciudad, la cual hace mucho que no pisaba. Una eternidad. Contesta, contesta, susurra de nuevo al auricular. Y por fin aparece esa voz que ella procura mantener al otro lado sin rechistar. Te paso el teléfono de este hotel, expresa la actriz a su representante con una tarjeta en la mano, si no me encuentras te dejo el fax de recepción. ¿Cuándo te comprarás un móvil?, parece cortarla este joven. ¿Me tomarías más en serio si tuviese uno?, reprende Gabriele de pronto. Y cómo me pones cuando te enfadas. La actriz se acerca el aparato a la oreja, como si fuese importante cualquier cosa que escuche. Al mismo tiempo, ella mira hacia arriba, precisamente cuando una desearía oír tantas cosas, y ahora solo escucha, este sí y no, depende. Una mujer moderna, Gabriele, que vuelve su mirada hacia la cama y reproduce un gesto de disgusto en la comisura de los labios, como si llevase mucha rabia contenida pero, simultáneamente, alarga el hilo telefónico mientras suelta una risa coqueta, que a su vez se borra de su rostro nada más colgar. Enseguida baja un pie de la cama, coge su agenda del bolso y observa el futuro a través de un abanico de páginas en blanco. Blanco, como el camisón que alguien pone a Marianne por la cabeza. O como el algodón con que Silvia se quita dos capas de esmalte de uñas con acetona, para ganar tiempo. Un tiempo que, para Marianne, transcurre tumbada en una cama ajena, allí es atada con una correa de piel para que no se escape, ni caiga, ni tan siquiera se mueva. Una mujer que en un instante u otro de lucidez se da cuenta del ajetreo que causa y llora. Como a su vez Gabriele.

Ya se oye el nieto de turno, el más pequeño que, nada más llegar, ya chilla de alegría. Lo acompaña su hermana de nueve años. Por edad, ella podría hacerse cargo del pequeño; la escuela no está tan lejos. Silvia los hace pasar. Ambos desayunan en la sala de estos abuelos tan simpáticos, los cuales siempre tienen algo que contar. La hija de Silvia también entra y comenta que ha pedido cita al médico para el niño porque tose y tiene mucosidad, sobre todo dile que lo mire muy bien, ¡huy!, me voy ya o voy a llegar tarde. Sí, Silvia y su marido conocen de sobra este huy. Una que se marcha. El resto permanece en esa mesa donde se acaba otra botella de leche. Ya voy yo, dice uno u otro levantándose de la silla. Qué importa, los nietos llenan los corazones de juventud, como una primavera después de un largo estado de hibernación, en el que los brazos se alargan como los de un espantapájaros para abrazarlos. Como el marido de Silvia los alargaría para estrechar la cintura de Gabriele, si ésta se dejase coger. Un hombre que ya tuvo una oportunidad ayer, y hoy podría recoger los pedacitos con la escoba y el cogedor. No, él no es del tipo de Gabriele. Tampoco sus manos que soportan un trabajo diario duro podrían llegar a competir con las manos satinadas de esta mujer que ayer llevó una mano a su hombro, sí, mientras le daba dos besos en las mejillas. Es que si hoy lo contase en el trabajo, nadie le creería. Además, habría que añadir frases como: sí, hombre, ¡Gabriele Bates! La que hizo tal y cual película, vaya, cómo es posible que ahora no me acuerde, decidme nombres de alguna, no, de alguna no tan nueva, a ver si entre todos nos sale. Y así se quedan cuando aparece, con la boca entreabierta, como si aquel título sonase a película antigua. Y larga, añade otro. Venga, ahora a seguir, que el trabajo es muy suyo y no entiende de pausas. Ni siquiera descansa uno cuando llega agotado a casa. Siempre un nuevo turno se incorpora detrás del suyo. Pese a ello, un día el marido de Silvia levanta montones de kilos con la máquina y, de pronto, se da cuenta que prefiere esto a estar en casa.

Gabriele llega a este parque donde la ha citado Silvia, quien, nada más verla ya levanta un brazo a distancia, por más que se encuentra sola aquí, con un nieto que baja del cochecito. La actriz se aproxima a este niño y le dice algo con una sonrisa, pero por lo visto el pequeño solo espera que lo desaten y se marcha hacia algún columpio. Gabriele se acomoda en el banco, lleva una blusa de un azul intenso con una especie de cenefa en los puños, ésta aparece por debajo de un abrigo claro. Tampoco los pantalones anchos o los zapatos con un poco de tacón pueden competir con alguna de las piezas que la otra lleva puestas, piensa Silvia mientras oprime los dedos en el bolso. Éste es el más pequeño, añade como buena abuela, pero mi hija tiene dos más, una de nueve años que es muy estudiosa y el mayor de diecisiete, un sinvergüenza, criaron a los tres por partes, como si no se atreviesen a criarlos de golpe, y ya ves, éste tal como lo ves he de guardarlo todo el día, por precaución, si de hecho ya va a la guardería, pero cuando han visto

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Lo que piensa la gente sobre Nubes bajas (Ficción literaria)

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