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Historias de santidad en Chile: Colección Santos
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Libro electrónico214 páginas3 horas

Historias de santidad en Chile: Colección Santos

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La gloria de un país son sus santos. Hasta ahora, Chile solo tiene dos santos canonizados, San Alberto Hurtado y Santa Teresa de los Andes. Las historias de santidad que ha presenciado el país, sin embargo, son mucho más numerosas. En este libro, se presentan de forma amena las vidas de veinte católicos que tuvieron fama de santidad, desde tiempos de la conquista española hasta la época actual.

 

Difícilmente podrían encontrarse novelas más entretenidas y llenas de aventuras que estas veinte historias reales que transcurrieron o empezaron en Chile: los mártires de Elicura que murieron en Chile por anunciar el Evangelio; Andrés de Guinea, esclavo y franciscano; Pedro de Bardeci, gran devoto de la Virgen; Pedro Mayoral, misionero entre los mapuches; la famosa Beatita Benavides de Quillota; Fray Andresito, mendigo y poeta; el P. Mariano Avellana, claretiano y evangelizador infatigable; la beata Laura Vicuña, ejemplo de amor y pureza; Ceferino Namuncurá, el primer beato mapuche; Santa Teresa de Los Andes, carmelita consagrada por entero a Cristo; el beato José Agustín Fariña, mártir; San Alberto Hurtado, el jesuita alegre; el cardenal José María Caro; el P. Mateo Crawley, apóstol del Corazón de Jesús; Mario Hiriart, joven miembro de Schoenstatt; Mons. Guillermo Hartl, el obispo de todos; Mons. Francisco Valdés Subercaseaux, artista, obispo y evangelizador; y Antonio Rendic Ivanovic, el doctor que entregó su vida a los pobres.

 

Pocas cosas aumentan tanto la alegría y esperanza de los católicos como leer vidas de santos y otras personas que se han tomado en serio su vocación cristiana. Sus historias son la prueba viviente de los milagros que Dios hace en aquellos que se fían de su gracia.

IdiomaEnglish
Fecha de lanzamiento12 abr 2021
ISBN9781393994978
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    Historias de santidad en Chile - Pablo Fernández-Martos

    Historias de santidad

    La gloria de un país son sus santos. Es bueno y necesario que haya grandes presidentes o reyes, valerosos militares, magníficos artistas, sabios profesores y eximios científicos, pero, a la postre, son los santos los que reflejan lo más importante que hay en la vida de los pueblos. El ser humano es mucho más que economía, mucho más que política y mucho más que ciencia, porque ha sido creado para el cielo y para la vida eterna.

    A veces puede parecer que las naciones americanas tienen pocos santos, al menos si las comparamos con los países europeos. En el caso de Chile, casi todo el mundo conoce a San Alberto Hurtado y a Santa Teresa de los Andes, los dos únicos chilenos que han sido canonizados. Lo cierto es, sin embargo, que además de ellos muchos otros cristianos han vivido con fama de santidad a lo largo de la historia del país, aunque sean menos conocidos.

    En este libro se recogen brevemente las vidas de algunos de esos cristianos que supieron seguir a Jesucristo en tierras chilenas, entregándole completamente su vida. Muchos de ellos ya son beatos, venerables o siervos de Dios, mientras que otros simplemente murieron en olor de santidad[1].

    Pocas cosas nos animan más a tomarnos en serio la vida cristiana que leer las historias de otros cristianos que nos han precedido y han sabido ser fieles a Cristo, incluso en los momentos más difíciles. Conocer la historia de estas personas es asombrarse y alegrarse por las maravillas que la gracia hizo en ellos, porque Dios reparte siempre abundantemente sus dones a los que quieren hacer su voluntad y abren el corazón a su presencia.

    En ese sentido, los que viven o han vivido santamente son un regalo de Dios para la Iglesia y para cada uno de nosotros. Nos los da como compañeros, hermanos, ejemplos, intercesores, amigos, protectores y maestros. En ellos se nos manifiesta Cristo, de manera que nosotros, que vivimos dos mil años después de la vida terrena de Jesús, podamos contemplar humanamente a nuestro Señor en aquellos que tienen los mismos sentimientos de Cristo Jesús[2]. Ellos son los amigos de Dios, los que glorifican al Cordero en su trono celeste y los que oran incesantemente por nosotros.

    Es una alegría poder decir que Dios ha dado abundantes regalos de santidad a la Iglesia en Chile, suscitando en todas las épocas almas que no se conformaron con una vida mediocre. En este libro se recoge la historia de una veintena de ellas, aunque podrían haberse incluido muchas más. Nuestra esperanza es que leer estas historias ayude a muchos lectores a elevar los ojos a Dios y a dejarse transformar, ellos también, por su santidad y por su amor.

    1. Los mártires de Elicura, semilla de nuevos cristianos

    Por Bruno Moreno Ramos

    Al igual que sucedió en la misma Roma, la fe católica en Chile está edificada sobre la sangre de los mártires. Ya en el siglo III, Tertuliano decía que la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos y así se cumplió también en tierras chilenas: los primeros tiempos de la predicación del Evangelio estuvieron marcados por la predicación en condiciones muy difíciles y por el martirio de los que anunciaban a Cristo en tierras chilenas.

    Los primeros jesuitas llegaron al Reyno de Chile, que entonces formaba parte de la provincia jesuítica del Perú, a finales del siglo XVI. Es decir, en cierto modo habían llegado un poco tarde a la evangelización de Chile. Los frailes mercedarios, por ejemplo, se les habían adelantado casi medio siglo y tenían ya dieciocho conventos, desde Valdivia a Copiapó, cuando los primeros jesuitas pisaron tierras chilenas. Los padres de la Compañía de Jesús, sin embargo, dieron pruebas de ser misioneros infatigables y la Iglesia en Chile tiene con ellos una deuda imborrable. Inmediatamente, comenzaron la gran obra de la evangelización de Chile, sin desanimarse por su escaso número ni por las enormes distancias, la complejidad de las distintas lenguas indígenas o la belicosidad de algunos pueblos.

    Grande, en efecto, era la necesidad. Apenas había un puñado de misioneros para evangelizar a cientos de miles de indígenas. Además, esos cientos de miles de indígenas hablaban idiomas muy distintos y completamente alejados de las lenguas europeas, clásicas o modernas, que conocían los misioneros. Los jesuitas no se amilanaron ante esa dificultad y se dedicaron con gran ahínco al estudio de las lenguas indígenas. La primera gramática de la lengua mapuche, o mapudungún, fue escrita por el P. Luis de Valdivia en 1603, unida a un catecismo, un vocabulario y un libro de sermones en el mismo idioma. Para hacernos una idea de la importancia de este hecho, conviene tener en cuenta que la primera gramática de inglés de la historia se había escrito en Europa apenas veinte años antes. Es decir, los jesuitas no solo pusieron su esfuerzo y sus vidas al servicio de la evangelización, sino también las técnicas y los conocimientos más avanzados de la época.

    El mismo P. Valdivia, que estudió lenguas como el mapudungún o el allentiac y el milcayac del pueblo huarpe, fue el gran promotor de la convivencia pacífica de los españoles con los pueblos indígenas, limitando las acciones militares a la llamada guerra defensiva, un intento de solucionar de la forma más pacífica posible el conflicto en que estaban inmersas las tierras chilenas. Los españoles habían heredado del imperio inca unas relaciones turbulentas con los indios mapuches que vivían en las grandes de extensiones de terreno más allá de la frontera inca meridional. En 1546, con la batalla de Quilacura, comenzó la Guerra de Arauco, un sangriento conflicto con los mapuches, que no parecía tener fin y que fue inmortalizado en el poema La Araucana de Alonso de Ercilla.

    Los mapuches, acostumbrados a las guerras constantes con otros pueblos y entre sí, eran especialmente fieros y temidos. Aprovechando su conocimiento del terreno, consiguieron lo que no habían logrado los incas, ni los aztecas ni ningún otro pueblo americano: poner en jaque a los españoles durante décadas gracias a la incesante guerra de guerrillas. A principios del siglo XVII, uno de los toquis o grandes jefes guerreros era el cacique Anganamón, nombre que en lengua mapuche significa medio pie. Había participado en muchos enfrentamientos con los españoles, como el llamado Desastre de Curalaba, en el que había muerto el gobernador de Chile, Martín García Óñez de Loyola, un ataque a Boroa cerca de La Imperial y una batalla con el gobernador Alonso García de Ramón.

    La enemistad del toqui para con los españoles se convirtió en furia cuando, aprovechando una entrega de prisioneros españoles, tres de sus concubinas (dos mujeres indígenas que más tarde pedirían el bautismo y una española llamada Mariana de Jorquera) consiguieron escapar después de doce años de cautiverio y se refugiaron con sus hijas en el fuerte español de Paicaví.

    La poligamia era habitual entre los mapuches, especialmente entre los más acaudalados. Era costumbre entre ellos que, tras una batalla, los vencedores mataran a los guerreros y se quedaran con las mujeres y los niños de los enemigos. En ese sentido, las mujeres cautivas tenían un lugar intermedio entre esposas y esclavas, dependiendo si eran más lo uno o lo otro de cada caso concreto. Los jesuitas se dieron cuenta de que el esfuerzo evangelizador de los misioneros encontraba en ese punto una de las mayores resistencias: el mayor impedimento que tienen estos indios para recibir nuestra santa religión es el entender que les han de quitar sus mujeres [...] porque como los indios están hechos a no trabajar mas solo ir a la guerra y como las mujeres que tenían les labran sus chacras y les servían en todo, sentían mucho el verse sin servicio[3].

    Los misioneros encontraban problemas similares con algunos españoles, que se aprovechaban de esa situación y tomaban a las mujeres indígenas como esclavas. En ese sentido, los jesuitas hablaban del gran abuso consistente en que los indios venían a vender a los españoles sus hijas y hermanas por un sombrero o un capotillo, entendiendo que los españoles se casaban con ellas, como ellos usan entre sí, y ellos las tenían como esclavas y las vendían[4]. La injusticia y el pecado, pues, estaban presentes tanto entre los pueblos indígenas como entre los españoles, de manera que los misioneros debían esforzarse siempre por conseguir que unos y otros se volvieran a Cristo y abandonaran las costumbres contrarias a la Ley divina.

    En este ambiente, tuvo lugar un parlamento, es decir, una asamblea de caciques, en el fuerte de Paicaví. Un gran número de mapuches llegó al fuerte para tratar con los españoles los términos de un acuerdo de paz. Allí se encontraron los toquis mapuches Anganamón, Tereulipe y Ainavillú con el gobernador Alonso de Ribera y el P. Luis de Valdivia, que era el superior de los jesuitas chilenos. Los indígenas presentaron dos requisitos para hacer la paz: que se destruyera el fuerte y se entregaran las mujeres a Anganamón las mujeres huidas.

    Aunque no era posible entregar a las pobres fugitivas a Anganamón, el gobernador decidió aceptar la condición de desmantelar el fuerte y ordenar que las tropas españolas retrocedieran hacia el norte. Sin embargo, la retirada de los soldados españoles no parecía suficiente para pacificar a los mapuches, que dudaban en aceptar la paz ofrecida, temiendo que fuera un engaño. Diversos fugitivos que se habían refugiado entre ellos querían evitar por todos los medios esa paz y sembraban cizaña, asegurando que se trataba de una estratagema de los españoles.

    El P. Luis de Valdivia quería que algunos jesuitas fueran a las tierras de los indios que estaban en pie de guerra y les hablaran de la tregua que los españoles deseaban acordar con ellos, con el fin de aplacar en lo posible a Anganamón y también para predicar a Cristo en las zonas que no estaban bajo el dominio de España. Después de mucho rezar, decidió encomendar la misión a los padres Horacio y Martín, por su santidad, celo y discreción[5], además de porque hablaban la lengua de los indígenas y eran muy venerados por ellos. En nombre de ambos, el P. Horacio respondió enseguida que lo necio del mundo lo ha elegido Dios para confundir a los fuertes y agradeció sinceramente a su superior que les encomendara la misión[6].

    El P. Horacio Vecchi era italiano, oriundo de la preciosa ciudad de Siena. A su llegada a Chile, aprendió rápidamente el mapudungún en compañía del P. Diego de Torres y, a pesar de su mala salud, mostró que era un misionero infatigable, además de un verdadero místico. De él se dijo que tenía extraordinario celo de la salvación de las almas y particularmente de los indios y que confesaba más indios y españoles que ningún otro[7].

    El P. Martín de Aranda Valdivia había nacido en Chile, en Villarrica. Era hijo de dos buenos cristianos, Pedro de Aranda Valdivia y Catalina de Escabías. Soldado de profesión, llegó a ser Corregidor de Riobamba. Cuando tenía poco más de treinta años, hizo los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y, como tantos otros antes que él, decidió cambiar de vida y consagrarse a Dios. Al año siguiente, entró en la Compañía de Jesús, en el convento de Lima. Después de los largos años de estudio y de preparación comunes a todos los nuevos jesuitas, fue enviado como misionero a Quito, entre los indios chunchos, en una expedición que finalmente fracasó. Posteriormente fue destinado a Chile, junto con el P. Luis de Valdivia, su primo. Allí trabajó incansablemente con extraordinario fervor, predicando y confesando a estos indios cristianos y bautizando muchos infieles, sin que jamás, por cansado que estuviese, se haya excusado de salir a confesiones de enfermos y sanos, a cualquier hora del día y de la noche[8].

    Los padres Vecchi y Aranda fueron compañeros en Arauco y se dedicaron a la inmensa tarea de evangelizar a más de cuarenta mil indios, además de cuidar la fe de los españoles que allí se encontraban. Los sacerdotes viajaban incansablemente por toda la región, creando misiones en diversas poblaciones y edificando pequeñas capillas y cabañas de paja para dormir en ellas. Su labor no se limitó a Chile continental, sino que también alcanzaba a la isla de Santa María, que en aquella época tenía más de medio millar de habitantes mapuches. En una carta al Provincial de los jesuitas, el P. Horacio Vecchi explicaba la forma en que veía su misión en Chile: gracias al Señor, que me ha cumplido por medio de Vuestra Reverencia mis deseos, que era verme entre una gente tan necesitada como ésta. Lo que ruego y pido a Vuestra Reverencia por el amor que tiene a Jesucristo, es que me deje acabar todos mis días entre esta gente verdaderamente destrozada y desgarrada, que pide el pan del Evangelio y las vestiduras de Cristo, y no hay quien se lo reparta ni quien los vista[9]. Incluso en cierta ocasión llegó a decir que no se convertirían los indígenas hasta que se regase aquella tierra con sangre de mártires y que deseaba él ser el primero[10].

    Diego de Montalbán, un hermano lego jesuita, se ofreció generosamente a acompañar a los dos sacerdotes en su misión. Apenas tenemos datos sobre él y ni siquiera se sabe con certeza el lugar de su nacimiento, que algunos ponen en México y otros en Quito. Anteriormente había sido soldado, como tantos otros jesuitas, y ya en Chile decidió ingresar en la Compañía de Jesús, dejando el servicio del Rey de España para dedicarse a servir al Rey de reyes. Apenas dos meses llevaba como novicio cuando se presentó voluntario para acompañar a los dos padres.

    El gobernador, Alonso de Ribera, intentó disuadir a los jesuitas por todos los medios, por el gran riesgo que suponía ponerse así en manos de un enemigo peligroso e impredecible. Las mismas mujeres huidas del cacique, que conocían su carácter, advirtieron a los padres que probablemente tramaba alguna traición. Los dos sacerdotes, sin embargo, mostraron su deseo de derramar su sangre por Cristo si fuera necesario. Partieron, pues, los tres jesuitas, acompañados por varios caciques amigos que habían jurado protegerlos mientras estuvieran en territorio mapuche, entre los que sobresalía Utablame, cacique de Elicura. También los acompañaron las oraciones y sacrificios de los demás jesuitas, que se congregaron para despedirlos en el fuerte de Paicaví.

    Al principio, todo parecía ir bien. Los enviados pasaron por Yalicura, donde organizaron otro parlamento con los indios, en el que los caciques que acompañaban a los padres explicaron las ventajas que traía la paz con los españoles y los jesuitas predicaron sin descanso a quienes quisieron escucharlos. El P. Vecchi escribió diciendo que se encontraban en este valle con la seguridad con que se puede estar en Toledo[11]. Al día siguiente, partieron hacia Elicura, donde había de celebrarse un nuevo consejo indígena. Allí se fueron reuniendo poco a poco más de sesenta caciques y líderes mapuches, aparentemente con gran paz y armonía. Los sacerdotes se llenaron de esperanza y escribieron a sus superiores diciendo que todo iba muy bien y que confiaban plenamente en los indios que los acompañaban. Además de hablar a los caciques de los beneficios que traería la paz, los misioneros no dejaron de predicar el Evangelio durante todo el tiempo que permanecieron en Elicura.

    Unos días después, llegó Anganamón a Elicura, acompañado por el cacique Ainavillú y más de cien guerreros montados a caballo. Si bien en un inicio parecía estar movido por el deseo de concluir la paz, no tardó en revelar sus verdaderos propósitos. Acudió al lugar donde los padres jesuitas estaban preparándose para celebrar la Misa, mientras el hermano Diego colocaba el altar, e insultó a gritos a los jesuitas, llamándolos embusteros y diciendo que habían venido a sus tierras a engañarlos y a quitarles a sus mujeres, prohibiéndoles la poligamia. Pidió entonces, con grandes

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