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Inquietante sensación

Inquietante sensación

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Inquietante sensación

valoraciones:
4/5 (10 valoraciones)
Longitud:
177 páginas
2 horas
Editorial:
Publicado:
31 mar 2021
ISBN:
9781071595039
Formato:
Libro

Descripción

Lana Queen y Emma Nollan son compañeras de trabajo y amigas, desde la incorporación de Emma a la sección criminal de Nueva York. Una noche, mientras Emma decide olvidar sus desengaños en una mesa de póker, todo cambia y el drama la sacude. Lana recibe un llamado de los servicios de urgencia. Emma está hospitalizada, gravemente herida de bala. Cuando Lana la interroga sobre las razones de la agresión, Emma al principio se niega a dar explicaciones pero finalmente admite que la agresora es una mujer, una ex novia, con quien había estado en pareja años atrás. Perturbada antes esta confesión, Lana está dispuesta a todo para ayudarla... hasta que la investigación termina por unirlas. En ese momento Lana comprende que los sentimientos de Emma por ella van mucho más allá de la amistad.

Editorial:
Publicado:
31 mar 2021
ISBN:
9781071595039
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Inquietante sensación - Kyrian Malone

Kyrian Malone

––––––––

Inquietante Sensación

Tomo 1 - Aceptación

~ Collection ST Éditions ~

Este es un libro de ficción. Los personajes y diálogos son producto de la imaginación de los autores. Cualquier parecido con personas existentes o que hayan existido es pura coincidencia.

Copyright © 2014

por Kyrian Malone

––––––––

Todos los derechos reservados. Cualquier reproducción, distribución o uso parcial está estrictamente prohibido sin el consentimiento previo de los autores y ST Éditions.

Toda la información en:

http://steditions.com/

––––––––

Índice

Índice...........................................4

Capítulo 1.....................................6

Capítulo 2....................................65

Capítulo 3...................................155

Capítulo 1

Algunas personas a veces elegían pasarse al otro bando. Sexualmente hablando. Un padre o una madre violenta, compañeros o compañeras demasiado invasivos, llevaban a algunos a odiar a los del sexo opuesto y a entregarse al placer de la carne con parejas del mismo sexo. Algunos hallaban explicaciones para su sexualidad, otros no. Los heterosexuales viraban a la homosexualidad por una razón u otra. Por voluntad, curiosidad o simplemente de modo natural. Algunos no se hacían preguntas y gozaban ambos bandos.

Emma Nollan no respondía a esas generalidades. Ninguno de sus amigos y compañeros de la policía criminal de Nueva York hubiera podido adivinar sus antecedentes privados, porque Emma no se abría nunca con nadie. Se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo, porque su vida fuera de la comisaría era un desastre.

Todo había cambiado dos días antes de Navidad, después de su trabajo en  Atlantic City. La habían llamado para una emergencia y ella había salido, dejando solo en casa a su hijo de siete años y al regresar, temprano por la mañana, mientras estaba de pie en la puerta, sonó un disparo. Emma jamás olvidaría esa mañana. Nunca olvidaría el clima, los olores del pasillo de su apartamento y la detonación de su arma, resonando todas las noches mientras dormía. Había entrado en su casa, temblando, se dirigió a su habitación y encontró a Timmy tirado en el suelo, bañado en un charco de sangre. Primero le habían arrebatado a su compañera, luego a su hijo y nunca se perdonaría por no haber estado más vigilante. En un principio, su refugio había sido su trabajo como inspectora de policía en la comisaría de Atlantic City. Y fuera de la oficina, había descubierto la adrenalina de los juegos clandestinos. Algo del todo normal en la segunda ciudad de Estados Unidos reputada por sus casinos y clubes de striptease. A pesar de sus extravíos, de sus tragedias, Emma se había recuperado. A lo largo de las semanas, de los meses, había hecho todo lo posible por estabilizar su vida. Incluso había conocido a una chica simpática llamada Karen. Una chica que no hacía preguntas ni rechazaba su aspecto masculino. Karen, su único sostén fuera de la sección, se había convertido en su protectora y después en su amante, pero esa noche, antes de que ella abandonara la comisaría, la había llamado para decirle que a su regreso no la encontraría... Entonces Emma no volvería a su casa, ni tampoco iría a un bar para olvidar este enésimo fracaso. Su refugio en ese momento, era el gran Casino de Nueva York, en la Quinta. Máquinas tragamonedas, mesas de póker, blackjack, ruletas, el ambiente de esos lugares inundados por el vicio y la lujuria era lo único que lograba calmar sus tormentos. Con la mente decidida a no pensar más en el futuro, cada uno era libre de destruirse como quisiera. Para Emma, no era el alcohol ni la droga, sino la adrenalina del juego, la dependencia absoluta de un placer efímero que consistía en ver las cartas volteándose sobre la mesa. El póker era una adicción destructiva que durante unos segundos la rescataba de su nada antes de volver a hundirse en sí misma una vez transcurrido ese lapso...

*  *  *

No necesito hablar contigo, necesito un poco de aire fresco!"

Esas habían sido las últimas palabras de Emma esa tarde antes de que Lana Queen abandonara las oficinas. Nunca había visto a Emma en un estado semejante. Su compañera jamás se había comportado con ella de un modo tan frío, distante, agresivo y resentido. Sus colegas y compañeros de trabajo, Connor Morran o Somers Harris, le repetían a menudo que Emma la consideraba un ejemplo a seguir dentro de la sección, y sin embargo, su reacción había estado llena de rencor, como si Emma la considerara responsable del fracaso de la última investigación. Pete Alexander, sospechoso de asesinato, había sido declarado no culpable por los jurados en un caso en el que Emma estaba involucrada.

— ¿Vienes a la cama? preguntó Sean que volvía del baño con una toalla en la cintura.

Lana salió de su ensimismamiento. Estaba sentada en el sofá, con las piernas metidas debajo de las nalgas. Durante varios meses, Sean Lockley, su ex colega, había estado viviendo con ella. Habían sido amantes en el pasado y habían vuelto a serlo desde que una investigación conjunta los había acercado. Lana se había dejado seducir por los avances de su ex compañero que le proporcionaban ternura y seguridad.

— Voy en un momento, respondió.

Sean se inclinó sobre el sofá y la besó en la frente.

— Ok, hasta luego entonces.

Se alejó y Lana recuperó su móvil de la mesa de centro. Le había enviado a Emma varios mensajes, sin respuesta. Estaba inquieta, tensa, atormentada por un mal presentimiento. Conocía los antecedentes de Emma, ​​sabía cómo podían reaccionar algunos policías cuando las cosas iban mal. Y para Emma, ​​lo que había sucedido hoy en la corte era sin duda el colmo. Suspiró en silencio y finalmente se puso de pie. A lo mejor se estaba angustiando por nada... Quizás Emma ya estaba profundamente dormida en su cama y estaría de mejor humor mañana por la mañana en la oficina...

Se encaminaba hacia el pasillo cuando sonó su teléfono. Verificó que se trataba de un número desconocido y atendió:

— ¿Si?

# ¿Inspectora Queen?

— Sí soy yo, ¿quién habla? preguntó con tono inquieto.

# Soy la enfermera Holden, la llamo desde el hospital Mercy. Necesitamos reportar unas heridas de bala a la policía y Emma Nollan ha solicitado que la notifiquemos antes de que la lleven a la sala de operaciones.

La sangre de Lana se congeló de miedo. ¿Una agresión con balas? ¿Emma estaba siendo llevada a la sala de operaciones?

— Yo... voy enseguida, dijo sin esperar.

Colgó y corrió al dormitorio mientras se quitaba los pantalones de satén y la camiseta sin mangas de algodón.

— Emma está en el hospital, le avisó a Sean.

Sean se giró de golpe, vestido sólo con un pantalón corto de tela.

— ¿Qué? ¿Emma? ¿Estás hablando de Nollan? ¿Qué pasó?

— No sé nada, respondió Lana poniéndose a prisa un pantalón... Alguien le disparó.

Sean se levantó.

— Espera, te acompaño.

— No, dijo Lana. Me tengo que ir, te llamo más tarde.

Sean la vio abandonar la habitación mientras se abotonaba la blusa. Si Lana prefería ir sola, entonces él se resignaría a esperar su llamado...

*  *  *

Amanecía en la ciudad de Nueva York y Lana había aguardado hasta entonces en una sala de espera del quirófano. Le habían dicho que Emma había llegado sola al hospital, cubierta de sangre, y se había desplomado en el suelo después de darles su nombre y su número de teléfono. Lana no había logrado obtener ningún otro detalle de parte del personal.

Un médico se acercó y Lana preguntó:

— Doctor ¿cómo está?

— Está fuera de peligro. La bala se había alojado cerca de los pulmones y la extracción tomó más tiempo de lo previsto.

— ¿Les ha dicho algo, ha hablado?

— No, apenas alcanzó a decirnos que le avisáramos antes de perder el conocimiento. Comprobamos que tenía varias fracturas en las costillas además de múltiples heridas en la cara y en los puños. Había bebido. Los análisis de sangre revelaron un nivel de alcohol de sangre de 1,10 gramos y, evidentemente,  tuvo una pelea antes de que le dispararan.

— Me gustaría verla si está despierta...

— Va a tener que esperar unos minutos, el tiempo que tome llevarla a una habitación, pero aún está muy débil así que le pediría que no se quede mucho tiempo.

— De acuerdo, respondió Lana.

Unos minutos más tarde, Lana entraba a la habitación de Emma. Su compañera no era la primera joven a la que visitaba en un hospital, herida tras una agresión violenta. Pero conocer a la víctima hacía la tarea mucho más difícil psicológicamente, a diferencia de las que realizaba para sus investigaciones dentro de la sección. Se acercó a la cama de Emma y notó de inmediato las heridas de la cara. Contusiones, raspaduras, enrojecimiento daban cuenta efectivamente de un fuerte enfrentamiento.

— Hola, dijo en voz baja.

Emma parpadeó suavemente volviendo la cabeza hacia la agradable voz que la llamaba. Era la segunda vez en este año que se despertaba en un hospital tras una operación. También era la segunda vez que le disparaban en tres años de servicio.

— Hola, dijo con una voz casi imperceptible.

Lana se detuvo a su lado y, con un gesto natural y tranquilizador, tomó suavemente su mano, que apretó entre las suyas. En quince años en la sección criminal, Lana había desarrollado un don natural de empatía mezclado con amabilidad con las personas que apreciaba y, a veces, incluso con las víctimas.

— ¿Cómo te sientes? le preguntó.

A pesar de la morfina, Emma estaba sufriendo. Quizás era un dolor más mental que físico, porque su orgullo había recibido un golpe la noche anterior, y no sólo uno...

— Gracias... Por haber venido... dijo con dificultad.

Lana intentó una sonrisa que, a su pesar, reveló toda su preocupación. Ver a Emma con suero, con delgados tubos saliendo por sus fosas nasales, con esas heridas en la cara, la conmovía.

— Necesito que me digas qué ha pasado esta noche. ¿Sabes quién te disparó?

Emma cerró los ojos un instante antes de reabrirlos para mirar a Lana.

— Nadie debe saberlo... Por favor...

Lana frunció el ceño ante esas palabras, ante ese pedido que no se esperaba y que tampoco podía aceptar viendo el estado de su compañera. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia un costado, trató de hacerla razonar:

— Sabes que debo informar a Becker. Fuiste agredida, tus heridas son graves, hay que abrir una investigación y encontrar al hijo de puta que te hizo esto.

Una vez más, Emma cerró los ojos como gesto de negación y añadió con dificultad:

— Te lo ruego... Lana... A Becker no...

Lana entendía que la rubia estaba demasiado debilitada como para hablar y antes de que pudiera responderle vio a Emma cerrar los ojos y quedarse dormida bajo el efecto de los analgésicos. Le soltó la mano y se apartó, pasándose una mano nerviosa por el cabello. Finalmente salió de la habitación y se dirigió a un mostrador donde había varias enfermeras:

— Buen día, soy la inspectora Queen. ¿Sabrían decirme quién me llamó anoche para notificarme la llegada de la inspectora Nollan?

— Un momento, respondió una de ellas, voy a verificarlo.

Lana la observó mientras escribía en el teclado de su ordenador. La enfermera respondió:

— Se trata de Helena Carusco, estuvo de guardia hasta las cinco de la mañana. Terminó su servicio hace dos horas.

— ¿Sabe si le avisó a alguien más? preguntó Lana.

— No, de ser así figuraría en la ficha de la paciente.

Afortunadamente, el hospital no había informado directamente a la comisaría o al 911, ya que estaban acostumbrados a verla intervenir con otros de sus compañeros. Lana reflexionó con rapidez y continuó:

— Debo ausentarme durante unas horas, ¿podrían avisarme cuando Emma Nollan se despierte? Tengo que interrogarla.

— Por supuesto, nosotros la llamamos inspectora Queen.

— Gracias.

Sin agregar nada más, Lana se alejó marcando un número en su móvil. Tenía que avisarle a Sean que la rubia estaba sana y salva, pero también tendría que decidirse a contarle a su capitán y a los demás miembros del equipo sobre el ataque, a pesar de la petición de Emma.

*  *  *

Una hora más tarde, Lana atravesó las puertas del ascensor hacia las oficinas de la sección. Había vuelto a casa para ducharse y tomar un café antes de volver a la comisaría. Como solía suceder, llegaba antes que los otros inspectores de la división.

Dejó su chaqueta en el respaldo de una silla, al igual que su bolso, antes de dirigirse hacia la puerta del capitán. Él también llegaba temprano y Lana, finalmente, había decidido hablarle. Confiaba en él sin importar lo que dijera

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