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El candelabro enterrado

El candelabro enterrado

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El candelabro enterrado

Longitud:
120 páginas
3 horas
Publicado:
26 mar 2021
ISBN:
9791259712752
Formato:
Libro

Descripción

Esta novela cuenta la historia de alguien que trata de proteger este objeto sagrado, uno de los símbolos más antiguos del judaísmo. Sucesivos avatares harán que el candelabro pase de mano en mano, alejándose cada vez más de sus legítimos dueños
Publicado:
26 mar 2021
ISBN:
9791259712752
Formato:
Libro

Sobre el autor

Stefan Zweig was one of the most popular and widely translated writers of the early twentieth century. Born into an Austrian-Jewish family in 1881, he became a leading figure in Vienna's cosmopolitan cultural world and was famed for his gripping novellas and vivid psychological biographies.


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El candelabro enterrado - Stefan Zweig

ENTERRADO

EL CANDELABRO ENTERRADO

En un luminoso día de junio del año 455 acababa de definirse sangrient a- mente en el Circo máximo de Roma, la lucha de dos gigan tes hérulos contra una jauría de jabalíes hirca nos, cuando a la tercera hora de la tarde empe zó a cundir entre los miles de espectadores una cre ciente inquietud. Primero sólo observ a- ban los vecinos próximos que habían entrado a la tribuna -ricamente adornada con tapices y estatuas- en que estaba sentado el emperador Máximo rodeado por sus cortesanos, un men sajero cubierto de polvo, el cual, evidente mente, acababa de apearse al cabo de una ca balgata arrebatada, y que, apenas transmitida la nueva al emperador, éste se levantó, contra todo uso, en mitad de la agitada lucha; le si guió con la misma sugestiva prisa, toda la corte, y p ronto desocup á- ronse también los asientos destinados a los senadores y dignata rios. Tan precip i- tada partida de bía tener un motivo importante. En vano anunciaron nuevos toques estridentes de fanfarrias otra lucha con animales, y en vano azuzóse co n- tra las cortas navajas de los gladia dores a un león numídico de negra melena, que atravesó con bramidos roncos la reja levantada; la oscura nube del de sasosiego, cubierta por la espuma pálida de rostros indagadores y tímida mente agitados, se había levantado ya irresis tiblemente y se ex pandió de fila en fila. La gente saltó de sus asientos, señaló las tribunas va cías de los nobles, preguntó y metió ruido, voceó y silbó; y de pronto se divulgó, sin que se supiera quién lo había pronu n- ciado primero, el rumor confuso de que los vándalos, los temidos piratas del Mediterráneo, habían anclado su poderosa flota en Portus y ya se hallaban en camino a la despreocup ada ciudad.

¡Los vándalos!

Primero, la palabra corrió de boca en boca, como cu chicheo macilento, luego de repente fue el grito aguda mente levantado: ¡Los bárba ros, los bárbaros!, retum bando en centenares, en miles de voces por el redondel escalonado en piedra del circo, y ya se abalanzaba, como em pujada por una ráfaga de tempe s- tad, la enorme mul titud d e hombres en pánico furioso hacia la salida. De- rrumbábase todo orden. Los guar dias, los soldados en servicio abandonaban sus puestos y huían con los de más; la gente saltó las gradas, se abrió camino con los puños y espadas, pisoteó mujeres y niños que chillaban, y en las salidas form á- ronse vociferantes y arre molinados embudos de masas apretujadas. A los pocos minutos quedaba completamente barrido el amplio circo que aca baba de apretar a ochenta mil personas en un oscuro bloque sonoro. Marmóreo, mudo y vacío,

como una can tera abandonada, permanecía el óvalo esca lonado en el sol ver a- niego. Sólo quedaba en la arena -los gladiadores habían huido ya detrás de los demás- el olvidado león, agitando la me lena y bramando provocativo al repent i- no vacío.

Eran los vándalos. Mensajero tras mensajero llegaron entonces excitados, y cada nueva era peor que la ante rior. Habían desembarcado de centenares de veleros y galeras, un pueblo ágil y movedizo; ya se adelantaban relampaguean tes al grueso del ejército en la carretera por tuense, los jinetes berberiscos y numíd i- cos con albor noces blancos, sobre caballos rápidos y de largo cuello; mañana, pasado mañana, las hor das de bandidos esta rían ya a las puertas de la ciudad, y nada estaba dis puesto para la de fensa. El ejército de mercenarios lu chaba en al- gún lugar distante, cerca de Ravena; las mu rallas de las fortificaciones estaban en ruinas desde que Alarico arrasara la ciudad. Nadie pensaba en una resis tencia. Los ricos y nobles disponían presurosos mulas y carros para sal var con la vida por lo menos una parte de sus bienes. Pero ya era tarde. Pues el pueblo no tol e- raba que en días de bonanza los señores lo oprimiesen y que en la desgracia lo abandona ran cobarde mente. Y cuando Máximo, el empe rador, se di sponía a escapar del palacio con su comitiva, cayeron sobre él primero maldiciones, y piedras después: finalmente se precipitó el po pulacho amargado sobre el cobarde y mató en la vía a su mísero emperador, a golpes de po rras y hachas. Cerráronse luego, por cierto, las puertas como todas las noches; pero con ello quedó el temor del todo encerrado en la ciudad; como un podrido cenagal pesaba, respirando con dificultad, el presentimiento de algo espan toso sobre las casas enmudecidas y sin luz, y como un cobertor asfi xiante, ahuecábase la os curidad sobre la perdida ciudad que perecía de horror y espanto; indiferentes y livianas, en cambio, br i- llaban las estrellas eternamente displicen tes; como todas las noches, colgaba la luna su cuer no argentino en l a bóveda azul del cielo. Desvelada y con los nervios vibrantes permanecía Roma, y esperaba a los bárbaros como un condenado, la cabeza apretada sobre el tajo, aguardando el golpe ineludible y ya inicia do.

Despacio, seguros, decididos y victoriosos acercáronse en tanto los vándalos

desde el puer to por la abandonada vía romana. Los ru bios, melenudos guerreros germáni cos, marchaban en perfecta formación, centuria tras centuria, a bien aprendido paso militar, y de lante de ellos disparaban inquietos, monta dos en pelo y dando pica dero con ágiles vueltas a sus hermosos caballos de pura sangre, los pueblos tributarios del desierto, los númidas de tez oscura y pelo de azab a- che. En el medio del cortejo jineteaba Genserico, el rey de los vánda los. Sonreía displicentemente conforme, desde la montura, so bre su pueblo en marcha. El viejo y experto guerrero sabía desde hacía mu cho tiempo, por sus espías, que no era de temer una seria resistencia, y que no se prepa raba una batalla cam pal decisiva, sino sola mente un despojo sin peligro. En efecto; no se mostraba ni n-

gún guerre ro enemigo. Sólo en la Porta Portuensis, donde la bien apla nada carretera del puerto llega al barrio céntrico de Roma, enfrentóse al Rey el Papa Leo, adornado con todas las insignias y brillantemente rodeado por todo el clero. El Papa Leo, aquel mismo anciano de barba canosa quien sólo unos pocos años atrás había incitado tan gloriosa mente al terrible Atila, a que respetase a Roma, y a cuyo ruego había cedido en ese entonces el huno pa gano en incomprensible humildad. Genserico también se apeó de in mediato al ver al majes tuoso barba blanca, y rengueó cortésmente (su pie derecho era corto), a su encuentro. Pero no besó la mano con el ani llo de San Pedro, ni dobló piadosamente la rodi lla, ya que, como hereje arriano, consideraba al Papa sólo como usurpador de la verda- dera cristiandad; y acogió con fría altanería la conjuga dora arenga latina del Papa pidiéndole que perd onase a la santa ciudad.

Que no se preocupase, le mandó decir por el intér prete, nada de inhumano debía temerse de él, pues él mismo era guerrero y cristiano. No incendiaría Roma ni la devastaría, a pesar de que esta ciudad, ambiciosa de imperar, había arrasado miles y miles de ciudades, nive lándolas con el suelo. Su gen erosidad respetaría tan to los bienes de la Iglesia como las mujeres, y sólo haría botín sine ferro et igne, según el derecho del más fuerte y del vencedor. Pero ahora aco n- sejaba, y eso lo decía Gense rico en tono amenazador, mientras su caballerizo ya le sostenía el estribo, que le abriesen sin la menor demora las puertas de Roma.

Se hizo según las exigencias de Genserico. No se blandió ninguna lanza, no se desenvainó ninguna es pada. Una hora más tarde, toda Roma pertenecía a los vándalos. Pero la triun fadora banda de piratas no invadió la ciudad indefensa como una horda indomada. Los al tos, fuertes y r ubios guerreros, hicieron su en- trada por la vía Triumphalis en filas compac tas, dominados por la férrea mano imperativa de Genserico, y sólo fijaban su mirada curiosa en las miles y miles de estatuas de ojos blancos que con sus labios mudos parecían prometer buena presa. Genserico mismo se dirigió de inmediato al Palatium, la abandonada residencia del emperador. Pero no recibió el pla neado homena je de los senadores que esperaban en temerosa hilera, ni hizo preparar un festín: -apenas rozó con una mirada los regalos con que los ciudadanos acaudalados esperaban aplacar su severidad -sino que de inmediato, el riguroso soldado, incli nado sobre un m apa, trazó su plan para el más rápido y al mismo tiempo más completo saqueo de la ciudad. Cada distrito fue sometido a una centuria, y cada uno de los tenientes fue hecho responsa ble de la disciplina de su gente. Pues lo que entonces se inició no fue un pillaje feroz y de sordenado, sino un robo frío, m etódico.

Primero, por orden de Genserico, cerráronse las puertas de la enorme ci u- dad, en las que se apostaron centinelas a fin de que no se escapa se ni una sola presilla o moneda. Luego sus soldados confin aron las embar caciones, los carros, los animales de carga y obligaron a miles de esclavos al servicio, con el propósito

de que a toda prisa se pudieran trasladar al nido de piratas afri cano, cuantos tesoros albergaba Ro ma. Sólo entonces comenzó el saqu eo metódico con fría y silenciosa exactitud. Despacio y me tódicamente, tal como un carnicero descua r- tiza un animal muerto, destripóse en esos trece días la ciudad viviente, arra n- cándole pedazo tras pedazo de su cuerpo, que sólo se contraía débilmente. Los distintos grupos pasaban de casa en casa, de templo en templo, conducidos por uno de los nobles vándalos y acompañados por un escribiente, y sacaron poco a poco todo lo que era valioso y movible, las vasijas de oro y plata, las presillas, las monedas, las joyas, las cadenas de ámbar traídas de los países del Norte, las pieles de Transilvania, la malaquita póntica y las dagas labradas de Persia. Obl i- garon a los obreros a quitar cuidadosa mente el mosaico de las paredes de los templos y levan tar las lozas porfídicas de los peristilos.

Todo se hizo premeditada, práctica y exac tamente. Los obreros bajaron con malacates los tiros broncíneos de los arcos de triunfo, a fin de no deteriorarlos, e hicieron le vantar por los es clavos ladrillo tras ladrillo, el techo dorado del tem- plo de Júpiter Capitolinus, luego de haber saqueado el edificio. Sólo las colu m- nas metáli cas demasiado grandiosas como para ser car gadas apresurada mente, fueron rotas a marti llazos y serruchadas por mandato de Gense rico, con ob jeto de ganar el metal. Ca lle tras calle, casa tras casa fueron cuidadosamente lim- piadas, y así que se hubieron vaciado por entero las resi dencias de los vivos, forzáronse los tumuli, las moradas de los muertos. Vio lando sarcófagos pétreos arrancaron los inva sores peines cubiertos de piedras preciosas del cabello palid e- cido de difuntas princesas, y los broches dorados de la osamenta descarnada y los anillos con sello de los cadáveres, y aun ro baron sus manos, ávidas del obulus con que se enterraban los muertos, para que pagasen al barquero por

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