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Adónde va el derecho penal

Adónde va el derecho penal

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Adónde va el derecho penal

Longitud:
255 página
3 horas
Publicado:
May 31, 2016
ISBN:
9788491358428
Formato:
Libro

Descripción

Esta obra contempla críticamente la actuación de los legisladores y de los penalistas, expuesto en tono de denuncia pero desde el razonamiento propio del pensamiento penal. En toda Europa se puede apreciar un visible endurecimiento de las leyes penales, y no solo en relación con el terrorismo. Actitudes ultradefensistas propias de otros tiempos reaparecen con indisimulada fuerza, agitando además el fantasma del miedo a todos los cambios sociológicos de nuestro tiempo, que por supuesto tienen un impacto claro en la criminalidad y merecen respuesta. Pero el uso de la maquinaria legisladora no puede ser admitido en el modo en que se ha venido haciendo en España.
En relación con los penalistas, incluso entre los más jóvenes, se percibe con frecuencia una preocupante falta de atención a lo que está sucediendo a nuestro alrededor en el derecho. La tarea de los teóricos del derecho penal parece cada vez más estéril y ajena a las demandas sociales e incluso a lo que requiere el problema penal en todas sus dimensiones, con lo que ni tan solo se reconoce la complejidad de la específica formación de los penalistas.
La admisión de este estado de cosas, en las leyes y en los estudiosos, por los propios penalistas o por los que se interesan por los problemas penales es la primera condición para cambiar una línea de evolución cuyo final por ahora no se avista.
Publicado:
May 31, 2016
ISBN:
9788491358428
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Libro


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Adónde va el derecho penal - Gonzalo Quintero Olivares


ADÓNDE VA EL DERECHO PENAL

REFLEXIONES SOBRE LOS LEGISLADORES Y LOS PENALISTAS ESPAÑOLES

Primera Edición

(Autor)

GONZALO QUINTERO OLIVARES

Catedrático de Derecho Penal



Primera edición, 2004

El editor no se hace responsable de las opiniones recogidas,comentarios y manifestaciones vertidas por los autores. La presenteobra recoge exclusivamente la opinión de su autor como manifestaciónde su derecho de libertad de expresión.

La Editorial se opone expresamente a que cualquiera de las páginasde esta obra o partes de ella sean utilizadas para la realización deresúmenes de prensa.

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© 2004 [Thomson Reuters (Legal) Gonzalo Quintero Olivares] © Portada: Thomsom Reuters (Legal) Limited

Editorial Civitas, SA

Camino de Galar, 15

31190, Cizur Menor

Teléfono: 902404047

Fax: 902400010

atencionclientes@thomsonreuters.com

www.thomsonreuters.es

Depósito Legal:

ISBN 978-84-9135-842-8

A José Miguel Prats Canut, mi inolvidable y fraternal amigo, y a María y a Julia.

Contenido

I. El desprestigio del Derecho Penal: mal natural y agravamiento temporal

II. Política penal e ideología penal

III. El crecimiento del Derecho Penal de nuestro tiempo

IV. Las reformas de las leyes penales: lo necesario, lo ideológico y lo superfluo

V. Los defectos del CP 1995

VI. El desinterés de los gobernantes por las críticas y peticiones doctrinales en el proceso de reforma penal

VII. La doctrina española y las variaciones de las ideas penales

VIII. La teoría del delito en estos tiempos

IX. Derecho Penal y Proceso penal

I

El desprestigio del Derecho Penal: mal natural y agravamiento temporal

Sumario:

1. El año de las reformas y el cambio de Gobierno

2. El problema penal y la percepción de crisis

3. El estado del principio nullum crime sine poena

4. La lentitud del proceso

1. EL AÑO DE LAS REFORMAS Y EL CAMBIO DE GOBIERNO

El año 2003 terminó con tanta agitación en lo penal como comenzó. El 7 de enero se presentaba la reforma de la Ley de enjuiciamiento criminal en materia de prisión provisional. El 7 de febrero entraba en el Congreso de los Diputados el proyecto de reforma del código penal destinado a «garantizar» el cumplimiento integro y efectivo de las penas. A este le habrían de seguir el Proyecto de ley orgánica de medidas concretas en materia de seguridad ciudadana, violencia doméstica e integración social de los extranjeros, que ha tenido entrada en el congreso de los diputados con fecha 14-3-2003, y posteriormente el Proyecto de ley orgánica por la que se modificaba la ley orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código penal, transformado en Ley 15/2003 de 25 de noviembre (BOE 283/26-11).

De estas leyes casi todas han entrado en vigor, mientras que otra no lo hará hasta el 1 de octubre de 2004. Al menos, eso es lo programado con unas leyes (concretamente la 15/2003 de 25 de noviembre) que han sido promulgadas sin duda alguna, pero que no han entrado en vigor, pues tienen señalada una vacatio legis de bastantes meses. En esa situación se ha producido el cambio en la composición del Legislativo y en el Ejecutivo determinado por las elecciones generales de 14 de marzo de 2004. El nuevo Gobierno tendrá su propio programa Político-criminal que requerirá la toma de decisiones sobre esas discutibles leyes que aprobara la anterior mayoría parlamentaria.

La gran cantidad de reformas consecutivas que ha sufrido el Código hace comprensible el asombro de los que siguen de cerca las cuestiones penales. No hace falta ser un experto para comprender que, por defectos que tuviera, el Código Penal no necesitaba tantos cambios. Pero el asombro todavía tenía que aumentar, pues el Gobierno, a las postrimerías del año y a través el insólito mecanismo de introducir una disposición adicional en el Proyecto de Ley de Arbitraje cuando éste se discutía en el Senado introdujo otra propuesta de modificación del Código penal, por la que se creaba el insólito delito de «convocatoria ilegal de referéndum» No ha sido preciso esforzarse cavilando sobre la meta perseguida, que es el llamado plan Ibarretxe según expresa manifestación que en su día hicieran responsables gubernamentales.

Ni qué decir tiene que la desmesura en la producción de leyes penales es incompatible con el supuesto y obligado carácter de recurso extremo que ha de tener el Código penal. La reacción de los sectores profesionales que se suponen más interesados no ha sido particularmente vibrante, y quizás eso sea lo más grave de todo. El anuncio continuo de reformas de un texto tan importante como el Código penal no parece merecer grandes comentarios, y esa atonía es visible tanto en el ámbito de la abogacía como —o cual es mucho más preocupante— en el de la «academia», como si para el derecho penal que interesa a ésta todo eso tuviera poca importancia.

Ante esta situación doble, contemplando un visible desprecio a los principios rectores del derecho penal, al menos en la manera en que los profesores de derecho penal los presentan en las aulas (los que lo hagan), unido a una relativa apatía de los especialistas

¹)

, que prefieren dirigir sus inquietudes hacia territorios exentos del ruido de la calle, es lógico que antes o después sea conveniente reflexionar sobre lo que en nuestro tiempo sucede, y ese es el propósito de estas páginas. En ellas quiero ocuparme de las dos vertientes que en la actual situación se abren al observador: la evolución del proceso legislativo y la actitud de la doctrina penal española. Claro está que resulta muy difícil condensar en pocas páginas tantas cuestiones como suscita nuestra reciente legislación penal, así como los derroteros por donde paralelamente discurre la ciencia del derecho penal en España. El riesgo de dejar fuera de la debida atención los discursos de otros colegas

²)

es por ello evidente, pero espero que no se tenga como ofensa, sino solo como imposibilidad de resumir también todas las opiniones que se inscriben en la línea de la crítica al sistema.

Pero si de crítica hablamos bueno es comenzar por nosotros mismos. A buen seguir los juristas que observan el discurso de los penalistas pueden llegar a pensar que en el mundo penal se da una obsesión por el garantismo que puede conducir a la esclerosis del sistema penal, especialmente por lo que ese ideal (garantismo) ha generado como perversión (por ejemplo, los procesos anulados contra criminales que se sabe lo son a causa de un problema de legalidad de un acto procesal), o bien la continua resistencia de los penalistas a toda clase de aumento de la intervención penal, a pesar de que siendo cierto que en algunos casos esa intervención no tiene razón de ser, pues basta con aplicar correctamente el Código penal (p. e., los nuevos delitos de ablación de clítoris o de robo de teléfonos móviles), en otros casos, y a pesar de las críticas doctrinales que acompañaron a su introducción en el sistema, ciertas figuras penales nuevas han cumplido una importante función político-criminal (por ejemplo: la incriminación de la violencia callejera o terrorismo de «baja intensidad»)

³)

.

Nada de todo eso justifica la detectable pasividad de muchos penalistas ante lo que sucede más allá de las puertas de sus despachos o estudios. No quiero con ello decir que viertan sus esfuerzos en cosas «inútiles» por estar alejadas en el tiempo —p. e., la situación del debate penal hace treinta años— o en el espacio —p. e., el pensamiento de cualquier penalista, incluso mediocre, por el solo hecho de estar expresado en alemán, idioma que por lo visto dota de empaque y transforma en bueno todo lo que se dice—, sino que olvidan que además tenemos el deber de ocuparnos de la política criminal española en la que el derecho penal y el procesal son solo una importante parte. Por supuesto que esa ocupación ha de hacerse sin perjuicio o demérito del dominio técnico de la ciencia en cuanto materia jurídica, pericia que desgraciadamente no encuentra para su valor el reconocimiento que en una cultura jurídica avanzada debiera recibir.

2. EL PROBLEMA PENAL Y LA PERCEPCIÓN DE CRISIS

En la historia del derecho penal, y de la imagen de los temas diversos que con el se relacionan, es cierto que nunca ha habido un momento de plenitud positiva, sino que, en el mejor de los casos, el sistema penal se ha considerado más o menos eficaz y más o menos respetable, valoración y calificación que de paso se otorga a los que lo aplican, como jueces, abogados o fiscales, y a los que mejor o peor lo enseñan. Eso se puede resumir en una idea muy simple: para un penalista la insatisfacción ha de ser su estado de ánimo natural. Las razones son tantas que en verdad se puede decir que la explicación última se comprende cuando se reconoce que el problema penal

⁴)

pertenece a la vez al derecho penal, a la filosofía del derecho, a la filosofía, a la sociología, y a la política

⁵)

.

La turbulencia —entendida como situación permanente de conflicto o insatisfacción social o tensión entre sentimientos irreconciliables— constante que rodea todo lo que se relaciona con el problema penal es en verdad la misma que puede referirse al ideal de justicia. Es difícil, por no decir imposible, encontrar una sola época de la historia de Europa en la que gobernantes, pensadores, ciudadanos, ideologías, religiones, proclamas políticas, no hayan colocado a la Justicia en el centro de sus objetivos o en la causa última de todos sus actos. Gobernarse o gobernar en nombre de ella o para ella, eso lo desean e invocan todos. Pero también es cierto que no es fácil encontrar una palabra e idea en la que convivan una cantidad mayor de significaciones; y a partir de esa incuestionable percepción se comprende con facilidad que «Justicia» es una palabra multívoca, y es multívoca precisamente por la imposibilidad de encontrar un significado aceptable para todos

⁶)

.

Conclusión de todo ello sería una simple en apariencia, y casi frívola, resumida en una sencilla reflexión: la justicia penal y con ella, arrastrado, el derecho penal

⁷)

, no gozan de reconocimiento, antes lo contrario

⁸)

, pero eso no ha de extrañar «ni preocupar» pues esa es su situación natural. ¿Y en verdad podemos resignarnos tan fácilmente cual si se tratara de una fatalidad contra la que es inútil luchar porque la causa reside en la condición humana y de las sociedades incluidas las democráticas ? No lo creo, o por lo menos creo que la resignación, aun en el negado supuesto de que eso fuera verdad, no contribuye a nada y antes al contrario, empeora todo.

En la hora actual

⁹)

, creo, sin temor a equivocarme —basta con prestar atención a lo que se oye en cualquier círculo más allá de ideologías o de nivel social o cultural— que estamos en uno de los momentos más bajos, en la dimensión de la historia breve de nuestra democracia, en esa apreciación crítica, y no sirve de consuelo decir que hubo tiempos peores, cual si fuera suficiente alguna pequeña mejora, porque precisamente la democracia aspira a ser siempre el tiempo mejor imaginable. Pero lo preocupante no es ya solo el escepticismo con el que la ciudadanía contempla todo lo que se refiere al problema penal

¹⁰)

, sino en algo si no peor, diferente: la desmoralización ha prendido en el ánimo de los penalistas englobando en esa palabra a todos los que profesionalmente se interesan de uno u otro modo por el problema penal, en especial los que dedican sus esfuerzos a sus dimensiones estrictamente jurídicas (contenido y aplicación del derecho y proceso penales).

La situación es aun más grave cuando se comprueba que en muchos ámbitos de la «vida penal» (el foro, la abogacía, y en general, en la sociedad cuando la ciudadanía presta atención a estas cuestiones), no hay el convencimiento de que el derecho penal sea además una técnica jurídica compleja, cuyo dominio requiere estudio y dedicación. Por el contrario se reconoce una cierta «pericia» en quienes cultivan otras ramas del derecho como puedan ser el derecho civil, el administrativo o el tributario. Respecto de estos últimos (que son sólo ejemplos) se registra un comportamiento prudente entre los que no se han especializado, mientras que respecto del derecho penal es fácil comprobar que cualquier joven licenciado está dispuesto a entrar y opinar sin más equipamiento que los recuerdos de la carrera, lo que por lo general es muy poco. Esa actitud podría explicarse en nombre de la necesidad de trabajar en lo que se presente, explicación seguramente razonable y fruto de una situación de hipertrofia del número de abogados que adquieren esa condición profesional sin controles de especie alguna

¹¹)

. Pero la contradicción aparece cuando se constata que esa alegría con la que se entra en el derecho penal no se tiene si se trata de debatir un problema de servidumbres o de nulidad del acto administrativo, por ejemplo. La causa, y a la postre hay que reconocerlo, reside en la idea inconfesa de que «no hay una técnica de interpretación y aplicación del derecho penal», y que todo se reduce a que la prueba

¹²)

funcione a favor de la defensa o de la acusación. El penalista, por lo tanto, no es un «especialista que ha adquirido una particular ciencia», sino alguien que practica una parte del derecho que está al alcance de cualquiera, o, lo que es peor todavía, que en el proceso penal nunca se habrá de producir un debate auténticamente jurídico, y pensar así no sólo revela un alarmante grado de ignorancia sino un escepticismo profundo sobre el sentido del derecho.

Posiblemente esa imagen no es compartida cuando se eleva el nivel de los observadores. En la magistratura o en la fiscalía, y por supuesto entre los abogados realmente especializados en derecho penal, así como entre los docentes de derecho de cualquier área, se reconocerá a buen seguro la especial complejidad que entraña el dominio de la teoría del delito, la teoría y práctica del proceso, las fuentes del derecho penal, los límites y el contenido de cada figura delictiva, etc. Pero eso no puede ocultar el descrédito que ha alcanzado la condición de penalista, descrédito que no es una situación «personal» que afecte a los penalistas en su relación con la sociedad, sino otra cosa peor: el descrédito del propio sistema penal, cuya pérdida de respetabilidad se manifiesta tanto en la frivolidad con la que un abogado inexperto entra a opinar y debatir en un proceso penal, cuanto en la manera en que socialmente se contempla la utilidad y eficacia del sistema penal.

¿Por qué razones se ha producido ese descrédito del sistema penal? Precisamente cuando más se supone vigente el imperio del derecho bajo el techo de la Constitución

¹³)

más grande es el escepticismo sobre el derecho y la justicia penal; cual mancha de aceite se ha extendido en la sociedad española

¹⁴)

el desánimo y la convicción de que todo «lo de las leyes y los Tribunales» es un inmenso fraude, de lo que se aprovechan todos los que creen que la panacea para una sociedad inteligente es el arreglo extrajudicial

¹⁵)

, a despecho de los muchos —la mayoría— que no pueden acceder a esa vía, y de la impunidad y falta de control de futuro que ese sistema tiene

¹⁶)

; y eso sin entrar en los muchos conflictos que no son, o no debieran nunca ser, objeto de transacción, porque no se juegan sólo los intereses de las partes

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