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En el combate por la historia: La república, la guerra civil, el franquismo

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En el combate por la historia: La república, la guerra civil, el franquismo

Longitud:
1,301 páginas
20 horas
Publicado:
Jan 3, 2021
ISBN:
9788494313929
Formato:
Libro

Descripción

«Contra la manipulación, la tergiversación y el engaño respecto al pasado, solo hay una luz: la de la investigación honesta y contrastada. La presente obra encierra las claves fundamentales para comprender la evolución española desde la instauración de la República hasta la muerte de Franco, tal y como ha ido articulándola la historiografía científica y crítica.»
Publicado:
Jan 3, 2021
ISBN:
9788494313929
Formato:
Libro

Sobre el autor


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En el combate por la historia - Viñas

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Índice

Portada

Índice

Los autores

Presentación, Ángel Viñas

Entre cultura y política: ruptura y continuidad intelectuales desde 1931 a 1975, José-Carlos Mainer

LA REPÚBLICA

Cita

Esperanzas e ilusiones en un nuevo régimen: la República reformista, Paul Preston

Bajo el signo de las derechas: las reformas paralizadas, Paul Preston

El Frente Popular, Josep Fontana

Los males del latifundismo. La hora de la reforma agraria, Ricardo Robledo

Las derechas, Eduardo González Calleja

Conspiraciones. El acoso armado de las derechas a la democracia republicana, Eduardo González Calleja

Los socialistas en la Segunda República: una victoria con alto costo, Julio Aróstegui

Los anarquistas frente a la República burguesa, Julián Casanova

LA GUERRA CIVIL

Cita

La sublevación militar de julio de 1936, Juan Carlos Losada

Operaciones militares: vivencias rifeñas, lecturas de la Gran Guerra y añoranzas de Valmy, Fernando Puell de la Villa

La no intervención: una farsa política y diplomática, Enrique Moradiellos

Claves sobre la presencia militar y diplomática soviética: el Kremlin nunca quiso dominar España, Josep Puigsech

Los apoyos exteriores, palancas de la victoria y de la derrota, Ángel Viñas

Brigadas Internacionales: la solidaridad de la izquierda, Matilde Eiroa

Evolución política en la zona republicana. La difícil unidad ante una guerra adversa, José Luis Martín

La rebelión anarquista de mayo de 1937 y sus consecuencias, José Luis Martín

La evolución política de la zona sublevada, Ferran Gallego

El trágico final de la reforma agraria. La revolución «fascista» en el campo español, Carlos Barciela

El ejército franquista, Juan Carlos Losada

El Ejército Popular. Una construcción en el fragor del combate, José Andrés Rojo

El socialismo en la guerra civil, Julio Aróstegui

El sueño anarquista: guerra civil y revolución, Julián Casanova

Mosaico rojo: los comunistas en la guerra civil, Fernando Hernández Sánchez

Los nacionalismos periféricos. De zancadillas a la República a la defensa de las instituciones, Josep Sánchez Cervelló

La Iglesia, Hilari Raguer

El golpe de Casado. La puntilla a la resistencia republicana, Fernando Hernández Sánchez

La violencia y sus mitos, Francisco Espinosa y José Luis Ledesma

El exilio republicano de 1936 a 1977, Josep Sánchez Cervelló

EL FRANQUISMO

Cita

La construcción del nuevo Estado: una dictadura contra viento y marea, Glicerio Sánchez Recio

Los ejércitos del franquismo, principal puntal del Régimen hasta 1975, Fernando Puell de la Villa

El nacionalcatolicismo, Hilari Raguer

La Falange. De la revolución al acomodamiento, Joan Maria Thomàs

Venganza tras la victoria: la política represiva del franquismo (1939-1948), Gutmaro Gómez Bravo

España en la segunda guerra mundial. La «hábil prudencia» de un «neutral», Carlos Collado Seidel

El franquismo azul contra la Unión Soviética, 1941-1947, Xavier Moreno Julià

La resistencia armada. El último combate del antifascismo en España, Jorge Marco

Autarquía y mercado negro. La auténtica economía política del franquismo, Carlos Barciela

De «centinela de Occidente» a la conspiración masónica-comunista. La política exterior del franquismo, Juan Carlos Pereira Castañares

El plan de estabilización y liberalización. De la suspensión de pagos al mito, Ángel Viñas

Los felices años sesenta: la etapa del «desarrollismo», Antonio Elorza

Defenderemos nuestra victoria con uñas y dientes. El tardofranquismo, Pere Ysàs

LOS GRANDES ACTORES

José Antonio Aguirre Lekube, Ludger Mees

Manuel Azaña, Paul Preston

Lluís Companys i Jover, Josep Sánchez Cervelló

Francisco Franco, Paul Preston

Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo, Fernando Hernández Sánchez

Francisco Largo Caballero, Julio Aróstegui

El general Emilio Mola, Juan Carlos Losada

La leyenda sobre Juan Negrín y sus seis acusaciones, Ricardo Miralles

Indalecio Prieto. Un socialista reformista y pragmático, Ricardo Miralles

José Antonio Primo de Rivera, Joan Maria Thomàs

Vicente Rojo Lluch, José Andrés Rojo

Ramón Serrano Suñer, Paul Preston

EPÍLOGO

La pervivencia de los mitos franquistas, Alberto Reig Tapia

Residuos y derivaciones franquistas: unos ejemplos, Alberto Reig Tapia y Ángel Viñas

Notas

Créditos

LOS AUTORES

JULIO ARÓSTEGUI es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, de Madrid, y director de la cátedra extraordinaria Memoria Histórica del siglo XX. Entre sus obras: La historia vivida. Sobre la historia del presente, Alianza, Madrid, 2004, Por qué el 18 de julio...… y después, Flor del Viento, Barcelona, 2006, y Francisco Largo Caballero en la edad de oro del obrerismo español, Debate, Barcelona, 2012.

CARLOS BARCIELA es catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Alicante. Entre sus obras: Autarquía y mercado negro, Crítica, Barcelona, 2003, y «Ni un español sin pan». La Red Nacional de Silos y Graneros, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2007.

JULIÁN CASANOVA es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Entre sus obras: De la calle al frente. El anarcosindicalismo en España, Crítica, Barcelona, 1997, La Iglesia de Franco, Crítica, Barcelona, 2005, y República y guerra civil, Crítica, Barcelona, 2007.

CARLOS COLLADO SEIDEL es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Munich. Entre sus obras: España, refugio nazi, Temas de Hoy, Madrid, 2005, y Der Spanische Bürgerkrieg. Geschichte eines Europäischen Konflikts, C. H. Beck, Munich, 2010.

MATILDE EIROA es profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III, de Madrid. Entre sus obras: Política internacional y comunicación en España (1939-1975). Las cumbres de Franco con jefes de Estado, MAEC, Madrid, 2009, y Al lado del gobierno republicano. Los brigadistas de la Europa del Este en la guerra civil española, Ediciones de UCLM, Madrid, 2009.

ANTONIO ELORZA es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus obras: La formación del PSOE (con Michel Ralle), Crítica, Barcelona, 1989, Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España (con Marta Bizcarrondo), Planeta, Barcelona, 1999, y Un pueblo escogido. Génesis, definición y desarrollo del nacionalismo vasco, Crítica, Barcelona, 2001.

FRANCISCO ESPINOSA es doctor en Historia y director científico del proyecto «Todos los nombres». Entre sus obras: La columna de la muerte, Crítica, Barcelona, 2003, La justicia de Queipo, Crítica, Barcelona, 2005, y coordinador de Violencia roja y azul. España, 1936-1950, Crítica, Barcelona, 2010.

JOSEP FONTANA LÁZARO es catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. Entre sus obras: La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820, Ariel, Barcelona, 1971, y Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, Pasado & Presente, Barcelona, 2011.

FERRAN GALLEGO es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus obras: Ramiro Ledesma y el fascismo español, Síntesis, Madrid, 2005; Barcelona, mayo de 1937, Debate, Madrid, 2007, y El mito de la Transición¸ Crítica, Barcelona, 2008.

GUTMARO GÓMEZ BRAVO es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, de Madrid. Entre sus obras: El exilio interior. Cárcel y represión en la España franquista (1939-1950), Taurus, Madrid, 2009 y, junto con Jorge Marco, La obra del miedo. Violencia y sociedad en la España franquista 1936-1960, Península, Barcelona, 2011.

EDUARDO GONZÁLEZ CALLEJA es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III, de Madrid. Entre sus obras: Rebelión en las aulas. Movilización y protesta estudiantil en la España contemporánea (1865-2008), Alianza, Madrid, 2009, y Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República, 1931-1936, Alianza, Madrid, 2011.

FERNANDO HERNÁNDEZ SÁNCHEZ es profesor de la Universidad Autónoma, de Madrid. Entre sus obras: Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la guerra civil, disidente en el exilio, Raíces, Madrid, 2007, y Guerra o revolución: el PCE en la guerra civil, Crítica, Barcelona, 2010.

JOSÉ LUIS LEDESMA es profesor de la Universidad de Zaragoza. Entre sus obras: Los días de llamas de la revolución, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2004; es coeditor de Culturas y políticas de la violencia, Siete Mares, Madrid, 2005, y La República del Frente Popular, Fundación Rey del Corral de Investigaciones Marxistas, Zaragoza, 2009.

JUAN CARLOS LOSADA MALVÁREZ es doctor en Historia, especialista en historia militar y contemporánea de España. Entre sus obras: Ideología del ejército franquista, Istmo, Madrid, 1990, y, junto con Julio Busquets, Ruido de sables, Crítica, Barcelona, 2003.

JOSÉ-CARLOS MAINER es catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza. Entre sus obras: Falange y literatura, Labor, 1971, y Años de vísperas. La vida de la cultura en España (1931-1939), Espasa Calpe, Madrid, 2006.

JORGE MARCO es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, de Madrid. Entre sus obras: Hijos de una guerra, Comares, Granada, 2010, y Guerrilleros y vecinos de armas, Comares, Granada, 2012.

JOSÉ LUIS MARTÍN es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma, de Barcelona. Entre sus obras: Els orígens del PSUC, Curial, Barcelona, 1977, Historia de la UGT, Siglo XXI, Madrid, 2008, y Ordre públic i violència a Catalunya, Dau, Barcelona, 2011.

LUDGER MEES es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, de Bilbao. Entre sus obras: El profeta pragmático. Aguirre, el primer lehendakari, 1939-1960, Alberdania, Irún, 2006 y, junto con S. de Pablo y J. A. Rodríguez Ranz, El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco, Crítica, Barcelona, 1999.

RICARDO MIRALLES es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, de Bilbao. Entre sus obras: Juan Negrín. La República en guerra, Temas de Hoy, Madrid, 2003, Indalecio Prieto, un demócrata radical, estudio preliminar a Textos escogidos de Indalecio Prieto, Junta General del Principado de Asturias, Oviedo, 1999, pp. XI-XCII, y Los rusos en la guerra de España, Fundación Pablo Iglesias, Madrid, 2010.

ENRIQUE MORADIELLOS es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. Entre sus obras: La perfidia de Albión: el gobierno británico y la guerra civil española, Siglo XXI, Madrid, 1996, y El reñidero de Europa: las dimensiones internacionales de la guerra civil española, Península, Barcelona, 2001.

XAVIER MORENO JULIÀ es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Rovira y Virgili, de Tarragona. Entre sus obras: La División Azul. Sangre española en Rusia, 1941-1945, Crítica, Barcelona, 2004 y Hitler y Franco. Diplomacia en tiempos de guerra (1936-1945), Planeta, Barcelona, 2007.

JUAN CARLOS PEREIRA es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, de Madrid. Entre sus obras: Historia de las relaciones internacionales contemporáneas, Ariel, Barcelona, 2003, y La política exterior de España, Ariel, Barcelona, 2010.

PAUL PRESTON es catedrático emérito de la London School of Economics. Entre sus obras: Franco, caudillo de España, Grijalbo, Barcelona, 1998, Las tres Españas del 36, Plaza y Janés, Barcelona, 1999, y El holocausto español, Debate, Barcelona, 2011.

FERNANDO PUELL DE LA VILLA es profesor de Historia Militar del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado, de la UNED. Entre sus obras: Historia del Ejército en España. Atlas de la guerra civil española: antecedentes, operaciones y secuelas militares (1931-1945), Alianza, Madrid, 2003, y editor de Los ejércitos del franquismo (1939-1975), UNED, Madrid, 2010.

JOSEP PUIGSECH FARRÀS es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus obras: Entre Franco y Stalin. El difícil itinerario de los comunistas en Cataluña, 1936-1949, El Viejo Topo, Mataró, 2009, y Nosaltres, els comunistes catalans. El PSUC i la Internacional Comunista durant la guerra civil, Eumo, Vic, 2001.

HILARI RAGUER I SUÑER es doctor en Derecho, monje de Montserrat y especialista en la historia de la Iglesia española. Entre sus obras: La espada y la cruz (La Iglesia, 1936-1939), Bruguera, Barcelona, 1977, y La pólvora y el incienso: la iglesia y la guerra civil, 1936-1939, Península, Barcelona, 2008.

ALBERTO REIG TAPIA es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona. Entre sus obras: Memoria de la guerra civil. Los mitos de la tribu, Alianza, Madrid, 1999, Franco. El César superlativo, Tecnos, Madrid, 2005, y La Cruzada de 1936, Alianza, Madrid, 2006.

RICARDO ROBLEDO es catedrático de Historia Económica de la Universidad de Salamanca. Entre sus obras: Los ministros de Agricultura de la Segunda República (1931-1939), MAPA, Madrid, 2006, y, con S. López (eds.), ¿Interés particular, bienestar público? Grandes patrimonios y reformas agrarias, PUZ, Zaragoza, 2007.

JOSÉ ANDRÉS ROJO es licenciado en Sociología y periodista. Entre sus obras: Vicente Rojo. Retrato de un general republicano, Tusquets, Barcelona, 2006.

JOSEP SÁNCHEZ CERVELLÓ es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona. Entre sus obras: ¿Por qué hemos sido derrotados? Las divergencias republicanas y otras cuestiones, Flor del Viento, Barcelona, 2006, y La Segunda República en el exilio, 1939-1977, Planeta, Barcelona, 2011.

GLICERIO SÁNCHEZ RECIO es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante. Entre sus obras: Los cuadros políticos intermedios del régimen franquista, 1936-1939. Diversidad de origen e identidad de interés, Instituto Juan Gil Albert, Alicante, 1996 y Sobre todos Franco. Coalición reaccionaria y grupos políticos, Flor del Viento, Barcelona, 2008.

JOAN MARIA THOMÀS es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona. Entre sus obras: La Falange de Franco, Plaza y Janés, Barcelona, 2001, La batalla del wolframio. Estados Unidos y España de Pearl Harbor a los inicios de la guerra fría, 1941-1947¸Cátedra, Madrid, 2010, y Los fascismos españoles, Planeta, Barcelona, 2011.

ÁNGEL VIÑAS es catedrático emérito de Economía de la Universidad Complutense, de Madrid. Entre sus obras: Hitler, Franco y el estallido de la guerra civil, Alianza, Madrid, 2000, En las garras del águila, Crítica, Barcelona, 2003, La república española en guerra, Crítica, Barcelona, 2010, 3 vols., y La conspiración del general Franco, Crítica, Barcelona, 2012.

PERE YSÀS es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus obras: Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975, Crítica, Barcelona, 2004, y, en colaboración con Carme Molinero, La anatomía del franquismo. De la supervivencia a la agonía, Crítica, Barcelona, 2008.

ÁNGEL VIÑAS

PRESENTACIÓN

La literatura existente, en castellano y otros idiomas, sobre la Segunda República, la guerra civil y el franquismo es inabarcable en su variedad. Es más, no cesa de crecer. Cada mes aparecen nuevos títulos. A veces para arrojar luz sobre aspectos que siguen siendo muy debatidos. Con harta frecuencia, para refritar lo ya conocido. En los últimos años para continuar presentando visiones distorsionadas y profundamente ideologizadas. En algún caso, como se verá al final de este libro, para regurgitar auténticos dislates.

La idea de esta obra surgió a mitad de 2011. El lector recordará que, tras una auténtica primicia del diario madrileño Público, los medios se hicieron eco entonces de las discusiones que despertaron ciertas entradas del denominado Diccionario Biográfico Español, de la Real Academia de la Historia (RAH). Levantaron enorme controversia algunas de las relacionadas con el período 1931-1975. Franco apareció bajo una luz rosada, algo inimaginable en el caso de una institución comparable en cualquier país europeo con los restantes dictadores autóctonos del siglo XX. La experiencia republicana fue demonizada. La guerra civil resurgió en ocasiones como una lucha contra los «rojos». En algunas de las entradas aireadas en la prensa fue imposible desconocer el sesgo antidemocrático y a veces próximo a las querencias de la extrema derecha española. Todo ello presentado, bajo la autoridad de la augusta Institución, como si fuese la última palabra en historia.

En medio de aquella controversia, el editor Gonzalo Pontón me sugirió si no sería oportuno que, con vistas a los debates ulteriores, coordinase un «contradiccionario». No me sedujo. Tras terminar el curso, estaba enfrascado en cuatro proyectos. Los plazos eran ya perentorios para tres de ellos, de los cuales uno era europeo. Asumir otro era peligroso.

Sin embargo en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial me había comprometido a celebrar uno sobre los «Mitos del 18 de Julio, 75 años después» (cuyas ponencias confío no tarden demasiado en salir a la luz). Fue en este marco en el que me cupo el honor de presidir una mesa redonda para examinar un centenar de entradas, escogidas aleatoriamente, del diccionario de la RAH. El resultado fue patético, con frecuencia no exento de aspectos cómicos. No dejaron otra alternativa los incontables errores y equivocaciones, a veces propios de estudiantes poco avezados de escuela secundaria. Dos ejemplos: Santiago Casares Quiroga apareció como el último presidente del gobierno republicano. El no menos desconocido biógrafo del general Antonio Cordón ignoraba incluso su autobiografía, un libro de referencia del cual se han tirado no menos de tres ediciones, la última y más completa hace solo pocos años. He de confesar que muchos de los autores de aquellas entradas han quedado prendidos, para mí, en el descrédito profesional más absoluto. Incluyo entre ellos a un par de eminentísimos académicos que reescribieron biografías de dos personajes que probablemente les parecerían poco estudiados por otros historiadores: Manuel Azaña y Francisco Franco.

Simultáneamente, la revista Temas para el Debate me había propuesto que escribiese un artículo sobre las perplejidades que me suscitaba el ya famoso diccionario. Al prepararlo, las preguntas se plantearon por sí mismas. ¿Cómo la RAH había podido caer en semejante desvarío? ¿A quién o quiénes, en concreto, correspondía la responsabilidad? ¿Cómo y con qué criterios se había elegido al equipo que seleccionó los autores que debían resumir el conocimiento objetivo sobre los protagonistas del período 1931-1975? ¿Había existido algún tipo de control de calidad mínimo? ¿Quién y cómo lo había ejercido? ¿Había alguien advertido los innumerables errores?

En resumen, una mezcla de disgusto y conciencia de que el público español se merecía otra cosa me indujeron a aceptar la propuesta. Se intensificó al comprobar la paralela estupefacción de los participantes en la mesa redonda escurialense ante los fenómenos combinados de disparates, distorsión y ninguneo que, con su conocimiento de expertos, detectaron adicionalmente. Para mayor inri, uno de ellos puso de relieve que las entradas que tanto se incriminaban iban en contra de los propios preceptos metodológicos aprobados solemnemente por la RAH misma. La deriva constatable merecería un estudio analítico más detallado. Siquiera para aclarar responsabilidades porque me cuesta trabajo pensar que todos los académicos sin excepción dieran su luz verde a tamaños dislates, algunos de los cuales se airearon en los medios. El particular olor rancio y a naftalina de muchas de las entradas lo recogió muy bien, por aquella época, Joaquín Prieto, en El País (31 de julio de 2011).

No extrañarán dos cosas: que todos los miembros de la mesa figuren en esta obra y que cundiera entre nosotros la sensación de que el diccionario, a pesar de los ditirambos que se le dedicaron desde la propia Institución, no era, ni más ni menos, que una provocación. Provocación a los hechos, al conocimiento, a la historia y a los historiadores. Más aún, en último término, a la sociedad española y al prestigio de España. No he de entrar aquí a valorar la voluntad de, tras un período de enfriamiento y quizá esperando a la constitución de las nuevas Cortes en la presente legislatura, distribuir los cincuenta tomos del diccionario como si no hubiera pasado nada. .

De aquel cuestionamiento nació el germen de este libro, cuyo título está tomado prestado al de uno de los conocidísimos ensayos de Lucien Febvre, autor francés que junto con Marc Bloch más ha influido en varias generaciones de alevines de historiador. Una respuesta científica a tal provocación. No, sin embargo, en el mismo molde. Puesto que ciertos autores del diccionario de la RAH manipulaban y desvirtuaban, había que poner coto a sus ideológicas reconstrucciones. De aquí la necesidad de proceder a través de un número de temas que permitieran al lector recorrer el período comprendido entre 1931 y 1975, muchos de cuyos protagonistas tan desfigurados aparecían en el Diccionario Biográfico Español. Hemos evitado, conscientemente, la camisa de fuerza que impondría un análisis diacrónico, de los que ya existen en número abundante. El lector podrá, a su libre arbitrio, adentrarse en este libro bien por etapas, por temas o por personajes. A su aire y a su conveniencia. Quizá algunos de quienes nos hagan el honor de leerlos podrán comprobar por sí mismos que mucho de lo que han servido una parte de los autores de la RAH, bajo el manto de su autoridad y al socaire de sus entradas biográficas, es, en realidad, sopa boba, eso sí, pagada por el sufrido contribuyente.

Un enfoque como el elegido para esta obra entraña varias dificultades. En primer lugar la selección de temas. En segundo lugar, la de autores. Sobre la base de un borrador previo, numerosas discusiones obligaron a incrementar el número previsto. La decisión final se tomó teniendo en cuenta dos necesidades: la conveniencia de centrarnos de preferencia en los aspectos políticos, institucionales, culturales y militares –en los que las controversias públicas son más intensas y muchas de las entradas del diccionario de la RAH más sesgadas o erróneas– y la de cubrir en la mayor medida posible el decurso histórico. Algunas dimensiones se examinan desde perspectivas varias en diferentes artículos, pero sin que medien soluciones de continuidad demasiado amplias entre unos y otros. En tal sentido, bien puede decirse que la presente obra encierra un análisis de las claves fundamentales para comprender la evolución histórica española desde la instauración de la República hasta el fallecimiento de Franco tal y como la ha ido articulando en general la historiografía crítica.

Determinados los temas, la selección de autores se hizo de forma natural: buscando a los expertos más destacados en cada uno. Especialistas conocidos por sus publicaciones, su orientación por la investigación y no la mera divulgación y su familiaridad con archivos, españoles y extranjeros. No todos los previstos acudieron. Dificultades de calendario, excesos de trabajo o compromisos de diversa índole llevaron a varios a declinar la invitación. De todas formas el lector puede tener la seguridad de que, si bien no están todos los que son, sí son todos los que están. Con una peculiaridad que deseo hacer explícita: siempre entendí que debía haber una representación de al menos tres generaciones. Los veteranos que llevamos publicando desde los albores de la etapa democrática e incluso antes. Los intermedios, de entre 40 y 50 años, que ya han ganado sus méritos más que sobradamente. Y los más jóvenes, que empiezan a darse a conocer con publicaciones relevantes y entre los cuales figurarán los grandes historiadores del futuro. En su conjunto el plantel reunido en este libro no tiene equivalente en ninguna otra obra en el mercado español o extranjero.

La guerra civil constituyó el gran parteaguas en nuestra historia contemporánea (no en su acepción académica que la retrotrae a la revolución francesa sino en la británica/norteamericana o en la alemana de la Zeitgeschichte). Desfigurada durante más de cuarenta años, los de la dictadura franquista, la dinámica interna a tal conflicto ha ido saliendo documentadamente a la superficie poco a poco. No es, pues, de extrañar que los temas relacionados con la guerra constituyan el meollo del presente libro. Hemos examinado casi todas sus dimensiones: desde la cultural en el largo período a las operaciones militares, desde los apoyos exteriores a la movilización interior o la evolución de las fuerzas políticas en presencia, ya sea en la zona gubernamental o en la controlada por los sublevados. No hemos esquivado problemas duros como la actitud de la Iglesia católica. También se han extraído significaciones no evidentes de hitos tales como la «unificación» o los «hechos de mayo». Sin entrar en discusiones académicas, ni mucho menos dignificar la subliteratura neo-franquista que inunda tanto la red como las grandes superficies en la España de nuestros días, en los veinte temas de esta parte creo que se desploma una buena porción de los perdurables mitos que entronizó y propagó el franquismo, incluidos los de la «revolución», el exilio y la posterior oposición armada en forma de guerrillas.

Ahora bien, no es menos imprescindible explicar cómo y porqué se llegó a la guerra y cuáles fueron sus consecuencias. La paciente investigación de muchos de nosotros, y de otros cuyas aportaciones se han reseñado siquiera someramente en las informaciones sobre bibliografía básica, ha puesto de relieve que el funcionamiento del sistema republicano entre 1931 y 1936 no conducía necesariamente a la guerra. La contraria es una tesis siempre sostenida por los autores pro-franquistas que, al fin y al cabo, se impusieron y continúan imponiéndose como primer deber el justificar la sublevación. La dinámica sí llevaba a una rebelión militar, en el surco de una estela de actividades conspiratoriales iniciadas desde el primer momento por quienes nunca quisieron aceptar el nuevo régimen. No en vano pretendieron defender la vuelta en lo posible al statu quo previo y, poco más tarde, eliminar las reformas iniciadas durante el primer bienio (1931-1933) y reanudadas en la corta experiencia del Frente Popular (febrero a julio de 1936). Se fascistizaron, deslumbrados por ejemplos foráneos que enseñaban cómo podía someterse a una rígida disciplina al movimiento obrero al servicio de una «comunidad de raza», «una comunidad nacional» o un «Estado nuevo».

El caso español no fue, sin embargo, una mímesis del italiano o del alemán. A pesar de que, en la actualidad, autores neo-franquistas y antirrepublicanos de toda laya procuran distanciar lo más posible las concepciones de la derecha española en los años treinta de lo que entonces aparecía como «modernidad» en su peculiar variante nazi-fascista, lo cierto es que constituyeron el basamento sobre el cual se construyó el «nuevo Estado» aprovechando la «feliz» circunstancia de la guerra civil. Los ocho temas que dedicamos a la República y algunos de los que figuran en la parte relativa a la contienda constituyen, en su conjunto, un análisis coherente que no busca otra cosa sino llevar al gran público los resultados de la más reciente investigación universitaria, necesariamente crítica.

Establecer como período de unidad histórica el «binomio» República-guerra civil es una falacia, por mucho que los manuales escolares sigan haciendo hincapié en ello. La unidad histórica básica es el binomio guerra civil-dictadura. Algo que apenas si aflora entre los autores encandilados con el «tranquilo» régimen impuesto en España durante cuarenta años. Años que fueron de exclusión, aunque ahora algunos pretenden retroproyectar tal experiencia a los bienios reformistas republicanos. No fue así: hemos aplicado el análisis a la tríada ideas-verbo-ejecución. En algunos temas predomina el primer aspecto. En otros, el segundo. Hay quien se decanta a favor del tercero. El resultado indica que muchos de los autores (a veces total o casi totalmente desconocidos) que han participado en el diccionario de la RAH dieron gato por liebre a sus eventuales lectores entre los cuales nosotros, ciertamente, nos contamos.

En una gran parte del público las anteriores percepciones no han calado. Para explicar las razones hay que acudir a la mitología. En las páginas de esta obra no hemos dejado de invocar al principal mitógrafo español del siglo XX: el general Francisco Franco. Cada una de las tres partes de este libro se abre con reflexiones suyas, tomadas de sus discursos de finales de año en el período 1956-1961, por tantas razones uno de los goznes históricos en torno al cual giró su largo régimen.

Traemos a colación estas reflexiones de Franco porque las mismas tesis subsisten en alguna infraliteratura, en la red y fuera de ella, en la que cuesta sangre, sudor y lágrimas reconocer el resultado de la guerra civil: una dictadura de base militar, nacionalcatólica y fascista que atrajo a todas las fuerzas que vieron en la confrontación misma la posibilidad de presentar en positivo lo que denominaron «contrarrevolución» y, a la vez, plasmar la configuración histórica del fascismo español. Como si la revolución, antes de la sublevación militar, hubiese estado a la orden del día.

A diferencia de ciertos manuales de historia de España en el siglo XX los trece temas que dedicamos al franquismo examinan sus presuntas luces y sus aspectos más sórdidos, ligados a la represión física, política, económica, social y cultural que practicó hasta el final. Se han abordado las dimensiones esenciales en las cuales se jugó su supervivencia: la construcción de un seguimiento político y social o la interacción con el exterior en donde encontró tanto apoyos (cambiados raudamente en cuanto se modificó la correlación de fuerzas externas) como también desprecio, un desprecio que duró, en varios aspectos, hasta su final. Hemos echado un vistazo a la desangelada política de la autarquía, el mercado negro y la contrarreforma agraria. Hemos ilustrado las circunstancias en que se produjeron el volantazo y cambio de rumbo de 1959 y entrado en los «felices años sesenta», con sus luces, sus sombras y la contestación que provocaron. Amén de otros ángulos de análisis. Hoy los exégetas del fenecido régimen siguen dale que te pego con el «cerco exterior» presentándolo, nada menos, como una «conjuración contra España». Otros se enzarzan en discusiones sobre la versión más actual de las querellas en torno al sexo de los ángeles. Equivalen a querer dilucidar en un solo adjetivo el carácter prístino del Régimen: más o menos «autoritario» pero no necesariamente «dictatorial» (sin olvidar a quienes se sublevan contra la categoría de «totalitario», tan querida de los politólogos de la guerra fría). Dejamos de lado, no obstante, la noción, cara al simpar generalísimo, de que su dictadura sería uno de los faros que alumbrarían el mundo del futuro, es decir, a NUESTRO mundo. En sus propias palabras:

Nuestro Movimiento ha visto en la pujanza y fuerza expansiva de las organizaciones sindicales [...] la prueba y la posibilidad práctica de fundar sobre estas entidades naturales y de vida auténtica y propia un sistema representativo y de libertad política. A medida que aquel error se reconozca en toda su entidad, cambiarán las bases más generales de pensamiento político y se descubrirán las posibilidades inmensas de las organizaciones naturales para un sistema representativo con todas las ventajas, sin ninguna de las gravísimas deficiencias del viejo sistema [...] Cuando las instituciones políticas decimonónicas se resquebrajan por todas partes, ¿cómo no pensar en reconocer su personalidad de Derecho público a las instituciones naturales y constituir políticamente la sociedad sobre ellas?

Finalmente en la tercera parte, hemos seleccionado una docena de personajes de primera línea. De nuevo no son todos los que están, pero sí están todos los que son. Sus biografías merecerían más páginas. En ninguna se ha escamoteado nada relevante ni se ha eludido el juicio histórico que nos merecen. Un contrapunto al Diccionario Biográfico Español.

El lector juzgará si nuestros objetivos se han alcanzado o no. Ya dijo Luis Cernuda que «entre piedras de sombra, de ira, llanto, olvido, alienta la verdad». Quisiera, con todo, llamar la atención sobre el cuidado puesto en la redacción de los capítulos sobre la represión en y después de la guerra. Creo que se justifican ampliamente porque, de unos años a esta parte, se ha recrudecido el número de infrapublicaciones que enfatizan la violencia republicana y disminuyen o suavizan en todo lo posible la barbarie de la franquista. Incluso hay quien todavía se remite a los cálculos de mi buen amigo Ramón Salas Larrazábal, totalmente obsoletos.

En realidad, si se compara el número de víctimas de la represión franquista con las comúnmente aceptadas en el caso alemán (y nadie pretenderá que la dictadura hitleriana fuera suave) la brutalidad relativa de la primera es aparente, salvando lógicamente el período de la segunda guerra mundial. Este se encuentra ensangrentado para toda la eternidad por la Shoah, por las salvajadas cometidas en los territorios ocupados y por la hiperviolencia desatada contra todo tipo de oponentes interiores. La historia de Alemania nunca expiará tales bestialidades.

Aún así hay que andar con algo de cuidado en lo que se refiere al período 1933-1939. Comparar realidades muy distintas entraña siempre un problema pero no nos resistimos a la tentación, hecha con todo tipo de cautelas. A tenor de los datos recogidos por Richard J. Evans, en el primer año completo tras la llegada de Hitler a la Cancillería se registraron 64 condenas judiciales a muerte. En 1934, fueron 74. En 1935, 94. En 1936, 68. En 1937, 106 y en 1938, 67. En total unas 473. Calderilla en comparación con el caso franquista. Los detenidos «políticos» ascendían a 23.000 en junio de 1935 y, tras varias oscilaciones, a 11.265 en diciembre de 1938. Las muertes en Dachau entre 1936 y 1938 fueron las siguientes: 10, 69, 370 y, en Buchenwald, entre 1937 y 1939, 48, 771 y 1.235 como mínimo.[1] El total es de 2.500. No son cifras completas, pero no divergen mucho de las identificadas como finales. Según sir Ian Kershaw hacia 1939 unos 150.000 comunistas y socialistas habían pasado por campos de concentración; 12.000 habían sido condenados por alta traición y unos 40.000 habían sido detenidos por delitos políticos menores.[2]

Las cifras que conocemos del franquismo, y en este particular después de la guerra, no dejan a la dictadura española en buena situación comparativa. Antes al contrario. Las suyas son muy superiores

Naturalmente, las magnitudes alemanas que anteceden están referidas al terror «regular». Hay que tener en cuenta también el irregular. Del 30 de enero de 1933 al 30 de junio de 1934, es decir, en año y medio, durante el período de imposición de la dictadura hitleriana, se produjeron entre 800 y 1.200 asesinatos.[3] Pues bien, este último número se alcanzó, por ejemplo, en la zona controlada por el general Queipo de Llano hacia finales de julio de 1936. En menos de quince días. En ambos casos se observa que las víctimas recayeron esencialmente en compatriotas y dentro de las propias fronteras.

Cabría incluso hacer otras comparaciones, entremezclando represión y condiciones de guerra o similares. La que más prontamente se me ocurre es Francia. Nadie dirá que la ocupación alemana, entre 1940 y 1944, fue un lecho de rosas. Hubo una resistencia notable, sobre todo a partir de 1941, que dejó un legado sobre el cual se levantaron varias legitimidades: la de la Francia combatiente de De Gaulle —como muestra de que los mejores jamás renunciaron al combate— pero también la del partido comunista, que exageró notablemente las víctimas entre sus filas. Al igual que en el caso español, es preciso pues andar con tiento a la hora de clasificar las que ocasionó la represión. Se trata de una tarea en la que los historiadores franceses y algunos de otras nacionalidades han invertido mucho tiempo y esfuerzo. Como en España.

La más reciente investigación que conozco ha distinguido entre víctimas de fusilamientos tras condenas a muerte decretadas por un tribunal militar alemán o una jurisdicción francesa (del régimen de Vichy); rehenes fusilados; ejecutados sumaria o arbitrariamente sin mediar juicio alguno y los masacrados, asesinados pura y simplemente por las fuerzas de ocupación o los colaboradores con las mismas. Pues bien, en plena guerra civil entre franceses y de resistencia contra los alemanes, en circunstancias absolutamente abominables y excepcionales, el número de víctimas que pueden atribuirse a las dos primeras categorías ascienden a 3.100 y 1.434 respectivamente.[4] Muchos, desde luego, pero de nuevo bastante menos que las de la represión franquista entre 1939 y 1948 cuando, no hay que olvidarlo, seguía vigente el estado de guerra. Sin contar los muertos por enfermedad y malos cuidados, respecto a los cuales no hay estimaciones excesivamente fiables.

Si de la dictadura nazi se pasa a la italiana, la comparación es todavía peor para el franquismo. Según Bosworth, en el camino hacia su implantación en 1922 y después, Mussolini liquidó entre 2.000 y 3.000 oponentes políticos. Al final del fascismo unas 13.000 personas habían sufrido destierros y, en tiempos de paz, término de referencia que es igual que el nuestro, el tribunal especial relevante había impuesto solo nueve sentencias de muerte. De aquí que Bosworth acepte que, en lo que se refiere a la dimensión interna, el régimen mussoliniano, por otra parte tan repelente, fuera infinitamente menos sanguinario que el soviético, el hitleriano o... el franquista.[5]

A ello se añade el hecho de que, a pesar de haber llevado a cabo una acción supuestamente loable y patriótica para salvar a España, los franquistas hicieron todo lo posible para velar sus desmanes, desde el no registro de cadáveres en los cementerios durante la guerra hasta la ocultación de una gran parte de la documentación en que pudiera reflejarse lo sucedido.

El público español en general, y no hablemos de los jóvenes que no llegan a la Universidad, ignora mayoritariamente que la dictadura franquista fue, descontando las víctimas ocasionadas por la guerra mundial en los casos alemán e italiano, la segunda más sanguinaria de Europa, muy por delante de la italiana. Habrá, sin duda, gente que piense que nuestras comparaciones no son válidas, pero hay que tener en cuenta que contraponemos por lo general víctimas de procesos judiciales, aunque fuesen con garantías mínimas, como las que tuvieron lugar en la zona franquista desde antes de terminar la guerra civil y que se prolongaron hasta 1948. En estas condiciones es, creo, aceptable afirmar que a la dictadura franquista solo le sobrepasó, eso sí, a considerable distancia, la soviética. Obviamente, el terror estalinista de los años treinta, en sus variadas manifestaciones, constituye una salvajada sin paliativos, aunque hay autores, sobre todo soviéticos, que han tratado de explicarla «racionalmente». En mi opinión, el binomio Stalin-Franco o Rusia/España y sus formas respectivas de encarar el pasado sombrío ofrece amplio campo para muchas reflexiones. En ambos casos, y como en toda buena dictadura que se precie, se invirtieron medios considerables en reinterpretar a su conveniencia y según sus necesidades el pasado, ya fuese el próximo o el remoto.

En España, con el advenimiento de la democracia, tal esfuerzo ha resultado al menos baldío en el plano historiográfico o científico. No así en los ámbitos propagandístico, marrullero o populista. La ofensiva «historietográfica» no se ha detenido nunca. Pervive, y a los compases de los cambios y pugnas políticas, sigue coleando. Dedicamos a estos aspectos el epílogo y su coda. Que cada palo aguante su vela. Nosotros pretendemos ofrecer un resumen de los análisis más exactos posible de lo que los historiadores hoy conocemos sobre los aspectos fundamentales de un pasado de sangre y coacción. No se ha rehuido ningún tema básico, por escabroso que sea.

En mi papel de coordinador me ha tocado realizar todos los esfuerzos necesarios para homogeneizar en lo posible las contribuciones, evitar solapamientos y rellenar lagunas. Me he guiado por dos principios.

El primero, la conciencia de que cuarenta años de dictadura de extrema derecha han dejado un poso indeleble en la sociedad española. Esto es, por supuesto, una constatación trivial. En pleno proceso de elaboración de esta obra, el diario El País hizo referencia, en su edición del 20 de diciembre de 2011, a la encuesta llevada a cabo por Metroscopia sobre una muestra de casi 20.000 entrevistas, un número muy amplio en este género de investigaciones. En ella se pidió a los encuestados que se posicionaran en una escala ideológica que iba desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Me llamaron la atención los resultados globales: la mayoría se consideró ideológicamente de centro (con todas las ambigüedades en las que sea dable pensar) pero, y este pero tiene su importancia, tras haber pasado una cota de edad de 65 años aumentaban significativamente quienes se autoposicionaban en la extrema derecha.

Los autores de la encuesta notaron, para explicar dicho fenómeno, que podían esgrimirse diferentes argumentos, pero subrayaron que tal grupo lo componían los nacidos antes de 1945 y que acabaron la enseñanza primaria a mitad de los años cincuenta. Es decir, personas que han pasado la mitad de sus vidas bajo el franquismo y cuyos recuerdos de infancia y juventud, así como los procesos de socialización más fundamentales en la vida de un ser humano, estuvieron expuestos a la ideología oficial que se enseñoreaba de todos los medios de comunicación y de «aculturación» política e ideológica. Este grupo de personas, y verosímilmente muchos de sus descendientes, figura entre los más reacios a aceptar los resultados del trabajo de desmitologización efectuado por los historiadores y se encuentra entre los más susceptibles a los lavados de quienes ven en la historia un arma para la lucha política e ideológica del presente.

El segundo principio es la conciencia de que en los últimos años, y en un número reducido de «alcázares», no existe el menor empacho en difundir distorsiones del proceso histórico español. Algunos se identifican en el último artículo de la presente obra. Distorsiones que, por lo general, coinciden con los mitos aducidos durante el franquismo para justificar la sublevación militar de 1936. Esto conlleva una visión maniquea y en blanco y negro de la experiencia política, económica, social previa, del todo congruente con el propósito, ya evidente antes de la sublevación, de deslegitimarla antes de subvertirla. La Universidad española no será un dechado de perfecciones, pero es la mejor que hasta ahora ha tenido España y se ha mostrado bastante impermeable a la aceptación de tales distorsiones, con la excepción de un grupito de autores que denuncian, a veces con malas maneras e insultos personales, a quienes escriben, según ellos, «historia militante». En general, ni son especialistas de la represión ni tampoco conocen demasiado experiencias extranjeras.

Al término de esta intensa y compacta aventura intelectual (por cierto, de los cuatro proyectos en paralelo culminé tres, entre ellos el europeo), me sentiría muy satisfecho como coordinador de este libro, interpretando el sentir de todos los que en él han colaborado, si el público (y los jóvenes que serán los ciudadanos que contribuyan a configurar el futuro) resultaran más conscientes de las ambigüedades insertas en toda explicación histórica. Hay quienes miran al pasado y quienes no. Hay quienes, en cumplimiento de su deber científico y ético, aspiran a mejorar el conocimiento de nuestro devenir. Hay quienes se sienten felices ante la idea de que España continúe siendo una curiosa excepción en la experiencia europea, sobre todo occidental.

Lo que ocurre en nuestro país, con la carta blanca que en él se da a cualesquiera versiones, distorsiones o plenas estupideces, es algo muy diferente de lo que ocurrió en otros de pasados no menos sombríos: la Historikerstreit —la querella de los historiadores— en Alemania, las oleadas que suscitó la «recuperación» de Mussolini en Italia de la mano de Renzo de Felice o la visión relativamente balsámica que durante años se propagó en Francia sobre el régimen de Vichy hasta que la reventó de un trallazo Robert O. Paxton.

Aquí se venden sucesivas ediciones de un librito infumable que presenta a Franco como católico ejemplar y nadie se conmueve. Quizá porque la Iglesia se ha adentrado aceleradamente en su propio proceso regresivo y porque pugna de nuevo por recuperar la preeminencia en la tutela sobre lo que deben saber y creer los sectores que le interesan de la sociedad española.

Si en Hungría o Eslovaquia, también países miembros de la Unión Europea, se observan preocupantes fenómenos de lavado del pasado fascista —todo ello para enlazar con una versión reaccionaria de sus esencias patrias—, en España habrá que seguir atentos a que universitarios de escasa fiabilidad, periodistas de medio pelo y divulgadores carentes del menor sentido del bochorno no queden sin respuesta. No sea que nos vaya a pasar lo que en Chile, donde se ha pensado con toda seriedad en edulcorar oficialmente la dictadura del general Pinochet caracterizándola como «régimen militar».

Es preciso, pues, no cejar en los esfuerzos de poner a la historiografía española a un nivel comparable al de nuestros homólogos en los países que siempre han sido nuestra referencia. En ese combate por la historia nos alineamos todos los que hemos colaborado en la presente obra y están muchos otros que en las aulas escolares y universitarias velan porque a las nuevas generaciones no se les sigan suministrando pociones mágicas e informaciones que, simplemente, no son historia.

¿Podremos romper el tradicional círculo vicioso? ¿Sentar las bases para que los historiadores del futuro miren complacidos hacia nuestro tiempo? No todo depende de la educación, pero sí en una medida muy importante. Ciudadanos conscientes del pasado de su sociedad, de todo su pasado, no son fácilmente manipulables. Tampoco bajo argumentos de autoridad vacíos.

Esta obra se concibió bajo la invocación del gran poeta Jaime Gil de Biedma cuando afirmó que «de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal». En nosotros, en todos nosotros, está que el ciclo quede definitivamente roto.

23 de febrero de 2012(XXXI aniversario de un día de infamia)

ENTRE CULTURA Y POLÍTICA

RUPTURA Y CONTINUIDAD INTELECTUALES DESDE 1931 A 1975

por

JOSÉ-CARLOS MAINER

¿UNA REPÚBLICA DE INTELECTUALES?

De forma premonitoria, un «Manifiesto» de la Agrupación al Servicio de la República —‌que firmaron intelectuales tan relevantes como José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala—‌ se publicó en El Sol el 10 de febrero de 1931 y pareció predecir el rumbo del futuro Régimen. Los signatarios obtuvieron trece escaños, pero pronto se advirtió que no eran buenos tiempos para el prestigio de los intelectuales, crucificados entre el compromiso que les exigían las izquierdas radicales y la pésima opinión de las derechas, que los consideraban engreídos, egoístas y veleidosos. A la fecha de 1931 y en plena crisis de valores del mundo occidental, el nuevo paradigma era el intelectual que no creía en la democracia liberal y confirmaba a su alrededor toda clase de decadencias: la de Occidente (famosa por el agorero y reaccionario libro de Oswald Spengler, publicado al final de la guerra de 1914), la del patriotismo convencional y militarista (Valle-Inclán lo puso en solfa al recoger en 1930 los feroces esperpentos que componen Martes de Carnaval), la de la burguesía, la de la cultura convencional y hasta la de azul celeste (como decía el título de una novelita de Federico Carlos Sáinz de Robles) y la de flauta (como anunció un ensayo de Ramón Sijé, el mentor católico y fascistoide de Miguel Hernández)...

Para un escritor joven y ya famoso, Ramón J. Sender, que vacilaba entonces entre las tentaciones del anarquismo y el comunismo, el prestigio intelectual era también una cosa del pasado, como advertimos en los incitantes ensayos de Proclamación de la sonrisa (1935), donde sustentó la superioridad del dandy. Y la narrativa inquieta del momento se pobló de héroes dubitativos y fracasados que mostraron los valores declinantes de la pequeña burguesía más o menos cultivada: Un intelectual y su carcoma, de Mario Verdaguer; La vida difícil, de Andrés Carranque de Ríos, y Luis Álvarez Petreña, de Max Aub, son símbolos —‌entre otros muchos—‌ del largo eclipse de la razón.

Sin embargo, a pesar de estos augurios iconoclastas, la República vino a significar mayoritariamente una continuidad de lo más valioso de la cultura liberal y progresista que se había fraguado en los treinta primeros años del nuevo siglo, a favor de los componentes más abiertos de la monarquía, como el conde de Romanones hizo notar en su opúsculo Las responsabilidades del antiguo Régimen (1924), una hábil autoapología escrita un año después de la proclamación de la dictadura de Primo de Rivera. No era una casualidad que el autor hubiera sido en 1901 el primer ministro de Instrucción Pública en España (cartera desgajada de la de Fomento en aquel año) y que poco después fuese el lugarteniente de José Canalejas en el empeño de modernizar el partido liberal.

En ese año y los siguientes, se expandieron las consignas que movilizaron y conformaron la opinión progresista española e hicieron pensar a muchos en una concepción más democrática del gobierno de la nación: el anticaciquismo, el antimilitarismo y el anticlericalismo exorcizaban los viejos demonios familiares del país y, de un modo u otro, junto a la esperanza de una república, fueron un programa intelectual que tuvo como referentes morales a Joaquín Costa, a Benito Pérez Galdós y a Francisco Giner de los Ríos. Sin embargo, los liberales monárquicos fracasaron en las batallas del laicismo y de la reforma escolar, en la contención del militarismo y al establecer las líneas de vinculación de la Corona y el mundo de la cultura. Y la oportunidad llegó quizá demasiado tarde en 1931...

Pero el nuevo régimen abordó la separación de Iglesia y Estado (eso y no otra cosa quería decir Manuel Azaña al anunciar que «España ha dejado de ser católica»), redujo privilegios militares y procuró, a la par, dotarse de una respetabilidad cultural en sus solemnidades públicas, buscó el reconocimiento de las grandes figuras y hasta abordó la protección de algún notable escritor en malos momentos, como fue el caso de Ramón del Valle-Inclán. Dio pasos en la creación de un «Estado cultural» inteligente, que era la pauta de la época a la vista de ejemplos tan llamativos como la Unión Soviética y el México revolucionario, la Italia fascista y los Estados Unidos del «New Deal», aunque, por supuesto, se quedó en los umbrales del delirante, agudo y provocativo panfleto del fascista Ernesto Giménez Caballero, Arte y Estado (1935), que se había publicado previamente en unos artículos de la revista monárquica Acción Española.

También dio un tono más decididamente social a la vida escolar, como se percibió en la creación de las Misiones Pedagógicas (mayo de 1931) —‌un entusiasta esfuerzo del Ministerio de Instrucción Pública, desempeñado por Fernando de los Ríos (e inspirado por Manuel Bartolomé Cossío desde la Institución Libre de Enseñanza)—‌ para reclutar jóvenes estudiantes que realizaran campañas culturales en la España rural. Poco después, Federico García Lorca y sus amigos de la FUE (Federación Universitaria Escolar) crearon el teatro ambulante «La Barraca» con objetivos muy similares. Pero, sobre todo, la obsesión educativa del Gobierno se plasmó en un ambicioso plan de construcciones escolares y el paralelo incremento de las plantillas de profesorado de las enseñanzas primaria y media. Los cursillistas —‌maestros reclutados y formados en breve plazo—‌ fueron un síntoma de aquella urgencia y luego, un objetivo del rencor y la venganza en 1936. [→ REPRESIÓN]

En esa misma tónica, lo que hizo más visible la proyección social del nuevo régimen fueron iniciativas de asociación de intelectuales republicanos que se iniciaron a finales de los veinte y que buscaban otra dimensión de su tarea más allá de lo meramente profesional: así hicieron los arquitectos fieles al racionalismo de Le Corbusier al crear un activo GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Arte Contemporáneo); los nuevos músicos que se asociaron en un «grupo de los ocho», concebido como un eco del francés «groupe des six»; los artistas y los espectadores inquietos que formaron la asociación ADLAN (Amigos de las Artes Nuevas) que promovió exposiciones, recitales, conciertos y un clima favorable a la novedad estética; las mujeres que crearon el Lyceum Club madrileño, primera asociación feminista de finalidad cultural... Sin duda, aquel matiz «republicano» del que se hablaba a menudo (como marchamo positivo por parte de sus componentes o como franca descalificación en labios de sus enemigos) estuvo precisamente en la inquietud de estos grupos decididos a actuar como fermento social. Los hubo, también, en las izquierdas radicales que, muy a menudo, despreciaban aquellos ritos burgueses y concibieron sus formaciones como un sindicato o un soviet de trabajadores de la cultura: la UEAP (Unión de Escritores y Artistas Proletarios, 1932) y la AEAR (Asociación de Artistas y Escritores Revolucionarios, 1933), creada como sección nacional de una alianza impulsada desde la Unión Soviética.

LA GUERRA CIVIL Y LA MOVILIZACIÓN DE LA CULTURA

Como en buena parte de Europa, la tensión del ambiente político y social español se había trasladado a la cultura. Y cuando estalló la guerra civil —‌en el escenario de mutuas sospechas—‌ se produjo un llamativo intercambio de violencias simbólicas, que es abordado en otras entradas del presente libro pero cuya matriz cultural conviene recordar aquí: los docentes y los profesionales progresistas fueron las víctimas predilectas de la represión franquista, mientras que los clérigos y los grandes propietarios lo fueron en la zona republicana. Nada reflejó mejor la inquina de las derechas hacia el clima —‌que tildaba de frívolo y amoral—‌ de la nueva intelectualidad que las páginas de la novela Madrid, de Corte a cheka (1938), escrita a imitación de Valle-Inclán (y no sin gracia) por un joven diplomático aristócrata, Agustín de Foxá, convertido al falangismo. Pasada la contienda, Raza (1941), el guión cinematográfico con el que el megalómano general Franco (que firmó con el pretencioso seudónimo «Jaime de Andrade») se explicó a sí mismo (y a sus fieles) las razones de su rebelión contra la legalidad y percibió la guerra civil como una amplificación de otra guerra intestina librada en el corazón mismo de las clases medias españolas: sus sectores católicos y tradicionales frente a los avanzados, laicos y extranjerizantes. Pero Franco, de añadidura, situó la primera escisión de ese cuerpo social (aquel «macizo de la raza», como luego escribiría el disidente Dionisio Ridruejo) en las jornadas de 1898, en la influencia de la masonería y en el desinterés de los progresistas por la aventura colonial africana. Con esto se culpabilizaba a toda una larga genealogía de intelectuales: desde los hombres de la Institución Libre de Enseñanza a los universitarios de la Junta para Ampliación de Estudios y los intelectuales politizados de la Liga de Educación Política (convocada por Ortega en el marco de la proyección del Partido Reformista), pasando por la recién bautizada «generación del 98» (un concepto falso de raíz, aunque expresivo, que cobró densidad académica en los tiempos republicanos, precisamente). [→ REPRESIÓN]

El estallido de la guerra civil —‌consecuencia de un golpe de estado que no pudo cumplir sus previsiones—‌ fue difícilmente entendido por dos generaciones de intelectuales liberales y hasta radicales en su día que ya estaban en la cincuentena y sesentena de su edad. No se equivocaba Pío Baroja cuando le dijo a José Moreno Villa, a finales de 1936, «¡qué mal hemos quedado los del 98!», según recogió el primero en sus memorias de exilio. Los patéticos cambios de opinión de Miguel de Unamuno, antes de romper públicamente con los sublevados, y la angustia de sus últimos días contrastaron, por supuesto, con la lealtad republicana de Antonio Machado, un veterano burgués radical que buscó entender el nuevo lenguaje revolucionario y traducirlo a su experiencia vital. En la mayoría de los casos, hubo una hostilidad de principio —‌como la del propio Pío Baroja desde 1930—‌, o actitudes vacilantes que se resolvieron a la larga en apartamiento y reprobación de la República, como sucedió a Azorín, Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Marañón y Menéndez Pidal, que abandonaron el país preventivamente al estallar el conflicto. Hubo quien tardó en hacerlo —‌como Manuel de Falla—‌ pero a la postre se exilió para siempre. Alguno, como Juan Ramón Jiménez, también dejó tempranamente su patria pero siguió siendo fiel a la legitimidad republicana; otros, como Ramón Gómez de la Serna, intentaron desde su autodestierro bonaerense una precoz y fallida reconciliación con los vencedores. Y no faltó quien, como Eugenio d’Ors y los pintores Ignacio Zuloaga y José María Sert, colaborara desde el comienzo con los futuros ganadores, mientras otros, como Jacinto Benavente y José Gutiérrez Solana, se hicieron olvidar pronto sus actitudes prorrepublicanas. Salvador Dalí, siempre al margen, se mantuvo en Estados Unidos y muy tarde redescubrió su país y empezó su extemporáneo y caprichoso acercamiento al Régimen en los años cincuenta, lo que le convirtió en un fetiche pintoresco celebrado siempre por un nutrido coro de periodistas y gorrones.

Pero, con raras excepciones (y Dalí fue una de ellas), prevaleció la inflexible frontera de edad, ya aludida, que marcaba la comprensión o la incomprensión del nuevo tiempo político. Por debajo de aquella, entre los nacidos después de 1890, las actitudes prorrepublicanas fueron mayoritarias, aunque muchos también abandonaron el país en guerra con más consternación dolorosa que fervor militante: lo hicieron Pedro Salinas (que tenía una invitación previa en Estados Unidos), Jorge Guillén (atrapado en la Sevilla de Queipo de Llano), Alejandro Casona (que estaba en gira americana con su compañía teatral), Luis Cernuda (que dejó Valencia en otoño de 1937 para ir a Inglaterra), Ramón J. Sender (tras un oscuro episodio militar que ocasionó su ruptura virulenta con los mandos comunistas)...

La radicalización de las posiciones se hizo muy patente en torno a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, heredera de aquellas agrupaciones militantes de preguerra, en cuya organización estuvieron dos escritores comunistas, Rafael Alberti y María Teresa León, y un ensayista católico, José Bergamín, que la presidió. El título de su revista, El Mono Azul, declaró su vinculación del proletariado urbano al evocar su prenda de trabajo emblemática. Otros, sin embargo, apuntaron a la reconstrucción moral de una cultura más compleja, de base socialista, aunque también liberal y fuertemente nacional. Tal fue el empeño de la revista valenciana Hora de España (1937-1939), el más valioso conjunto de pensamiento y creación que ofreció la literatura de estos años, a uno y otro lado de las trincheras. Más allá de la mera y necesaria propaganda, la altura de miras de su grupo inspirador no tiene parangón; muchos de sus colaboradores dieron también el tono dominante de las sesiones del II Congreso Internacional por la Libertad de la Cultura que celebró sesiones en Valencia pero también en Barcelona y Madrid. Los asistentes de todo el mundo fueron un refrendo irrefutable del apoyo de la intelectualidad internacional más progresista a la causa republicana: entre ellos estuvieron Tristan Tzara, Stephen Spender, Ilya Ehrenburg, Alexis Tolstoi, André Malraux, Jef Last, Malcolm Cowley, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Alejo Carpentier, Octavio Paz, César Vallejo, Juan Marinello... (André Gide no acudió, temeroso de la reacción de los comunistas ante su reciente libro Retour de l’U.R.S.S., cuya mención ocasionó un desagradable incidente en el congreso). Y todo aquello encendió el entusiasmo de una generación más joven —‌cuyo símbolo puede ser el joven poeta Miguel Hernández—‌ que vivió la alianza del arte, el pensamiento y el combate, movilizados en el comisariado político de las milicias, trabajando en el Altavoz del Frente y en las Brigadas de Alfabetización, o en las Milicias de la Cultura y las Guerrillas del Teatro.

En la zona que pronto se autodenominó «nacional» la organización de la cultura nunca tuvo la importancia que adquirió en el campo de sus enemigos. Los grupos de Falange fueron, con larga diferencia, los más activos y en muchos órdenes se siguieron pautas de actuación parecidas a las protagonizadas por los militantes de izquierda en la España republicana. Hubo carteles y consignas (que aquí realzaban el carácter rural y tradicional de la «nueva España», frente a la España fabril y moderna que identificaba a sus enemigos), revistas de tono entre militante y frívolo (como Vértice) o de reflexión más sesuda (como Jerarquía), y semanarios de humor para combatientes como La Ametralladora, donde se combinaba la befa castiza y la comicidad moderna que ya apareció en revistas reaccionarias del periodo republicano, como Buen Humor y Gutiérrez. Pero los intelectuales más activos —‌el estrafalario Ernesto Giménez Caballero en Salamanca, la «escuadra de Jerarquía» en Pamplona, el grupo falangista de Burgos—‌ tuvieron mucha menos fuerza movilizadora que la que el clero y el laicado católicos proporcionaron al bando vencedor. Aunque, en muchos aspectos y prejuicios, todos coincidían. Federico de Urrutia fue autor de un divulgado libro de Poemas de la Falange eterna (1938) —‌uno de los cuales, «Leyenda del César visionario», dio título a un libro de Francisco Umbral—‌ y dos años después, fue compilador de otros Poemas de la Alemania eterna (1940), donde tirios y troyanos compitieron en sonrojantes alabanzas del nazismo. El escritor que alcanzó mayor repercusión, José María Pemán, pertenecía a ese contexto de fascistización colectiva, pero ya había sido en los años treinta el héroe literario de la derecha monárquica con estrenos teatrales como El divino impaciente (sobre la vida del misionero Francisco Javier), Cuando las Cortes de Cádiz (caricatura de la España liberal de 1812) y Cisneros (apología descarada de la dictadura de Miguel Primo de Rivera); en 1938, los versos de su Poema de la Bestia y el Ángel —‌ilustrados por los dibujos de Carlos Sáenz de Tejada—‌ acuñaron para siempre el repertorio de valores de los vencedores y el odio por sus enemigos vencidos, identificados con el internacionalismo, el marxismo y el judaísmo.

BALANCE DE LA DESTRUCCIÓN

El balance humano de la guerra fue atroz. El caso más conocido y ejemplar fue el sacrificio de Federico García Lorca, delatado, detenido y fusilado sin juicio en una ciudad donde le conocía todo el mundo y donde se sabía que no militaba en ningún partido. Pero, no muy lejos, patrullas «rojas» asesinaron al poeta malagueño José María Hinojosa, uno de los surrealistas más precoces. Al viejo testigo de 1898, periodista y novelista Manuel Ciges Aparicio le fusiló un grupo falangista cuando era gobernador civil de Ávila; las represalias anarquistas en Barcelona sacaron de su cama y asesinaron a otro escritor de su

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre En el combate por la historia

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