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Esquizofrenia

Esquizofrenia

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Esquizofrenia

Longitud:
253 páginas
3 horas
Publicado:
10 feb 2021
ISBN:
9789585162150
Formato:
Libro

Descripción

JC es un joven habitante al parecer de la ciudad «Drogotá». Su vida desenfrenada rodeada de alcohol y drogas es un constante devenir dionisiaco. La historia oscila entre la primera y la tercera persona, ya que existe otro narrador que interviene con frecuencia. JC, un día que deambula por su ciudad, encuentra un paquete misterioso acompañado de una
Publicado:
10 feb 2021
ISBN:
9789585162150
Formato:
Libro

Sobre el autor

Bogotano. Para culminar esta novela primero tuvo que escribir un intento-remedo de novela con la que, luego de ser echado de su trabajo como operario por llevar una vida licenciosa, creía inútilmente que se volvería famoso y se taparía en plata. Este hecho puso fin a un sin número de trabajos cual factótum bukowskiano: ayudante de obra, cotero, vendedor, jíbaro fracasado, operario, nuevamente operario, ayudante (catador) de bar, empacador, operario –sí, otra vez–. Gracias a su tenacidad tocada por un ajeno «ese nunca terminará nada», logró culminar sus estudios como Licenciado en Filosofía y Lengua Castellana y una maestría en Estudios Literarios. Tiene otras dos novelas aún inéditas y un libro de cuentos con la misma desdichada suerte. Es seguidor y admirador del Realismo Sucio, de autores como Fernando Vallejo y José María Vargas Vila, y del punk en general, influencia que se refleja sin duda alguna en sus escritos, o al menos eso cree. Actualmente intenta enmendar todo el daño que causó a la sociedad a través de la orientación académica en las disciplinas propias de los estudios que culminó en una institución de cuyo nombre no quiere acordarse.


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Esquizofrenia - Javier Castellanos

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El contenido de las siguientes páginas puede herir susceptibilidades. Para evitar inconvenientes con su ego se recomienda no leerlas o al menos no leer las interpelaciones hechas en una letra distinta, aunque estas son aclaratorias y de mucha ayuda para la comprensión total de la obra –y más si sumercecitolindo es extranjero–, ya que muchas de ellas dilucidan el contexto o las características de los personajes que circundan el mismo. Fueron escritas por el cínico y cruel Yotaspelotas, un segundo narrador, en un ataque de ansiedad después de salir del psiquiátrico y tras largas horas de dejar de tomar sus medicamentos. Además de estar diagnosticado con esquizofrenia, este narrador padece del síndrome de Tourette, se observa en él una patente coprolalia que espero no los vaya a ofender.

Es importante aclarar que la obra es del todo inteligible absteniéndose de recurrir a tan soez elemento, pero si en definitiva usted quiere encontrarle el sentido completo a la obra y a su nombre, y de paso, poner a prueba su propio ego y su ego patriótico en esta ‘república democrática’, lo puede hacer como una terapia introductoria al budismo. Amén.

«Como en todos los seres humanos, en Nejludov había dos hombres:

uno, el hombre moral que buscaba su bien en el bien de los demás;

otro, el hombre animal, que buscaba tan solo su bien personal

a costa del de todos los demás».

León Tolstoi. «Resurrección».

«Hay demasiada gente con miedo a hablar contra los maricas, intelectualmente. Lo mismo que hay demasiada gente que tiene miedo a hablar contra la izquierda, intelectualmente.

No me preocupa el rumbo que tome el asunto, solo sé que hay demasiada gente con miedo».

Charles Bukowski. «Escritos de un viejo indecente».

«CUANDO DEJAS TU MÁQUINA DEJAS TU AMETRALLADORA

Y LAS RATAS INVADEN».

Charles Bukowski. «Escritos de un viejo indecente».

«Cuando hablo de tú, soy yo. Cuando él no está, estoy yo.

Él, tú y yo, somos nosotros, Eskizofrenia, eskizofrenia.

Llevamos con nosotros el engaño y la verdad

Que vosotros, pobres ratas ni siquiera os atrevéis a imaginar».

Eskizofrenia, Eskorbuto.

NOTA

La esquizofrenia es una enfermedad mental grave. Se trata de un desorden cerebral que deteriora la capacidad de las personas en muy diversos aspectos psicológicos como el pensamiento, la percepción, las emociones o la voluntad.

Precisamente por su carácter degenerativo y porque se observó que se iniciaba en edades muy tempranas, se la denominó «demencia precoz» durante un tiempo. Luego se sustituyó esta denominación por la de esquizofrenia, como la llamamos hoy en día, y que etimológicamente significa «mente escindida». Con este término, se quería subrayar las alteraciones en el pensamiento que presentan estos pacientes.

Los síntomas más característicos de la enfermedad son:

Delirios: ideas erróneas de las que el paciente está convencido. Por ejemplo, creer que todo el mundo está contra él o que tratan de perjudicarle.

Alucinaciones: percibir algo que no existe. Por ejemplo, oír voces (que le insultan o hablan de él), o ver objetos o caras que no están.

Trastornos del pensamiento: el lenguaje del paciente se hace incomprensible y se altera la fluidez.

Alteración de la sensación sobre sí mismo: la persona siente que su cuerpo está cambiando, se ve a sí mismo como raro.

Deterioro de las emociones: la afectividad se va empobreciendo. Puede llegar a la ausencia de sentimientos. Los pacientes se muestran inexpresivos y se comportan con frialdad hacia los demás.

Aislamiento: los pacientes se encierran en sí mismos y en su mundo interior.

Definición tomada de:

https://www.cun.es/enfermedades-tratamientos/enfermedades/esquizofrenia

Clínica Universidad de Navarra

PRIMERA PARTE

I

PUM… PUM… PUM! Escuché a la vuelta de la esquina cuando me dirigía por un muy respetable y ostentoso barrio de la capital de un ‘país’, cuyo nombre proviene de un tal Colón.

—¿De un tal Colón? ¡Qué pista más estúpida! ¡Pues Colombia, sin mente como el presidente! País de masoquistas, no es sino echarle una ojeadita a su historia y ver su presente y ahí es cuando uno se da cuenta de que están llevados por el Soberano Putas… «dizque un tal Colón» ... ¡Tan güevón! Dígalo sin miedo, ¿o no lo dice por temor a que la puta crítica, la oligarquía, los paracos, los guerrillos o el desgraciado clero se le vayan lanza en ristre y lo saquen de ese puto pueblo como sacaron a Vargas Vila o a Fernando Vallejo por cantarles la tabla a estos desgraciados! ¡Ja! ¡«cuyo nombre proviene de un tal Colón»!... ¡Tan güevón, mi amor!, como dicen por acá.

Uno de esos barrios en los que en cada detalle de su fachada y su antejardín pugna por demostrar cierto estado de comodidad y estatus de sus habitantes, y que, en temporada navideña, se infesta con múltiples lucecillas –no buscando el agrado de su dios, sino el deslumbre de los transeúntes–. Estaba en busca de una extraña dirección, pues en esta ciudad existen ciertos sitios en donde no opera la lógica –por no decir que en todos–.

—Yo como habito esa misma ciudad a la que se refiere el pinche autor, que en realidad es Bogotá, o Drogotá, como la prefieren llamar los múltiples mariguaneros, bazuqueros o chirretes, sé por qué hay más de una nomenclatura: porque fue un chanchullo que se inventaron para robarse la plata, eso es así, que no es por denigrar de este pueblo, pero es uno de los más corruptos de este inmenso Valle de Lágrimas, ¡segurito que sí, sumercecito, segurito que sí!

Buscaba con premura la calle octava, iba caminando sobre la séptima y de repente saltaba a la novena, por si fuera poco, en cada casa había por lo menos dos nomenclaturas y la gente no sabía a ciencia cierta cuál estaría operando en ese momento, si es que llegaban a dirigirle a uno la palabra, pues no sé qué tendría mi atuendo o el aspecto de mi rostro que sin dejar terminar mi cuestionamiento salían espantados como si hubiesen visto al mismo Diablo, o a Dios; ¡vaya uno a saber a quién hay que temerle más!

—¡Pero no sea bruto, señor narrador, no sea bestia! ¡Cómo se le ocurre cuestionar la bondad de diosito en ‘El país del Sagrado corazón de Jesús’!… yo sé que diosito no puede ser del todo bueno, eso nadie lo puede demostrar, si uno lee la Biblia se da cuenta de eso, no puede ser nada bueno quien le da por pedirle a un mancito que sacrifique a su hijo y después le dice: «¡páselas por inocente, gran pendejo!», ¡no me joda! ¡Qué escritor tan bruto!, si en realidad quiere vender tiene que escribir cosas que le gusten a la mayoría y después echarse a andar en el mar de mierda que se le viene encima. Por ahí, escribiendo pendejadas o autobiografías de policías o politiqueros, o tal vez de uno que otro actorzuelo que no ha hecho más que promover falsa conciencia, ¡ja! Además, cómo se nota que anda como por las nubes, si sigue afirmando semejantes cosas o poniendo en duda los dogmas lo que se le avecina es un tren de plomo a manos de nuestros inquisidores de ultraderecha, que como se las perdonaron con eso de la Ley de ‘justicia y paz’, están que hacen de las suyas a diestra y siniestra, pero sobre todo a diestra porque de la izquierda aquí no quedó sino un remedo, a los demás los mandaron a donde diosito, al Paraíso, a verificar si en realidad el man es bueno y les perdona que alguna vez se les hubiese ocurrido pensar al Estado sin Dios… ¡vayan a ver en qué círculo del Infierno están por su malparida herejía, jijuemadres!

El meollo del asunto radica en lo siguiente: en vista de que no encontraba dicha dirección, empecé a dar vueltas como en un confuso laberinto, y al dar una de esas vueltas hacia la esquina, me detuve de repente al escuchar los tres disparos, y, en medio de la calle, como vil zombi, solo alcancé a dar un paso hacia atrás, y apenas, rozándome el hombro, pudo pasar la intempestiva y veloz motocicleta en la que venían dos hombres, ¡como alma que lleva el Diablo!

Apenas conseguí escuchar unos improperios y advertir la mirada inquisidora y desafiante del hombre que iba como parrillero, mirada que me caló hasta los huesos y me dejo estupefacto. Caí al suelo mientras que los hombres de la motocicleta iban a parar directa y mortalmente a un sórdido y apestoso canal, al que algunos ciudadanos han osado darle el apelativo de «río».

—¡Ahí sí le pegó al marrano, como dicen por acá! No es un secreto que por estos lares no les gusta llamar a las cosas por su nombre, se la pasan inventando términos para nombrar a las cosas de otra manera porque creen que así cambian la realidad, aunque eso tiene su sentido, lo sabe don Fucó y don Alvaraco Uribélico y su marioneta. Estos últimos usan puros eufemismos, en vez de decir «marica», dicen «no heterosexual»; en vez de decir «masacre», dicen «asesinato múltiple», y así, con el lenguaje van haciendo lo que se les da la gana, igual que hacen con las leyes este par de granujitas.

No sabía cómo obrar en esos instantes. Sin razonar me dirigí a ver qué les había ocurrido a los ocupantes de la motocicleta, y sin más ni más dejé el paquete que llevaba bajo mi brazo y bajé hacia el caño, que por fortuna no estaba anegado, ya que hacía mucho tiempo que no llovía agua por la capital, lo único que llovía eran disparos y sangre.

Al llegar hasta mi objetivo me encontré con una espantosa escena: el hombre que conducía la moto yacía con los brazos partidos en posición fetal sobre la fétida orilla, su casco estaba destruido por completo y escurría por su cuello el vital líquido rojo, mezclado con una sustancia amarillenta y gelatinosa; resultaba evidente que estaba muerto. El otro tipo se arrastraba desvalido, aún consciente, hacia su compañero, pero su rostro era totalmente indescifrable, ¡no parecía un ser humano!

Alcancé a ver cierto brillo en sus ojos que pugnaban por decirme algo, pues su quijada estaba por completo desencajada y brotaban de dentro de su boca coágulos de sangre a borbotones.

Cuando observé aquella inquietante mirada, sentí que un colosal fuego recorría todo mi interior. El joven –lo único que se podía colegir de su aspecto era eso, su juventud– metió su mano en uno de los bolsillos de la chamarra de cuero negro que tenía la cremallera ajustada hasta donde esta podía alcanzar, y me entregó trémulo, muy trémulo, con una intensidad de nueve grados en la escala de Richter, un papel ensangrentado al que le adhirió con su propia sangre y utilizando su dedo índice como pluma fuente, una especie de oración –digo especie, pues no utilizó artículos y utilizó un verbo en infinitivo, como si no pudiese ya expresar sus pensamientos y/o sentimientos de forma lógica– que rezaba así: «GRACIAS, RECOGER RECOMPENSA», y en tinta negra estaba escrita, con antelación, una dirección con números borrosos.

—Me he tomado la molestia de explicar con más detalle esto del verbo en infinitivo, pues nuestro despreocupado narrador, por no llamarle imbécil, ha colegido que cualquier mortal sabe lo que es. Sabemos bien que un país de este talante la prioridad no es la educación sino llegar al éxito por otros medios, que de paso me sirven, para explicar lo del tan mentado verbo en infinitivo y el contexto de esta obra. Algunos ejemplos son: robar, hurtar, matar, asesinar, mentir, silenciar, acallar, avasallar, corromper, esclavizar, corroer, tergiversar, engañar, vetar, desaparecer, desplazar, prostituir, torcer, corromper; no es error, acá hay mucha corrupción, o sea, los verbos en infinitivo terminan en «ar», «er», o «ir», como también pasa con: follar, fornicar, cachonear, culiar, mariquear, putiar, y por último, y para que todos quedemos a pases, rezar y empatar…

Tomé la hoja de papel y atisbé que dentro de su bolsillo llevaba un paquete. Era una bolsa plástica que intentó sacar en el último estertor de su existencia, y supuse que deseaba entregármela por lo que no vacilé en agarrarla. Yo, propenso a un ataque de nervios, comencé a sentir una especie de hormigueo en mi brazo izquierdo. ¡No sabía qué hacer! Raudo, alcé la cabeza y observé a mi alrededor, sentía una oscura fuerza que invadía mi espíritu y me parecía escuchar una vocecilla cerca de mi cabeza que retumbaba como campana. Entonces decidí escucharla y tomé con presteza y agilidad el paquete. Pensé durante un lapso corto, o mejor, se vinieron unas extrañas imágenes a mi mente, del pasado, del presente y del futuro, pero todos a un mismo tiempo –como si yo mismo participase del principal atributo que Boecio le adjudica a la divinidad–, y por una especie de instinto y aprovechando que aquel sitio aún seguía en total desolación y sin testigos, decidí subir por mis papeles, devolverme por el caño y por fin salir de él, unas seis cuadras más abajo.

—Otra vez tocó meter la cucharada, es que este señor piensa que todo el mundo debe saber las cosas que él sabe porque se cree un sabihondo, y que por supuesto todos los que lean estas pinches letras van a advertir todo lo que el mancito quiere decir. ¡Cómo se nota que no conoce mucho de la idiosincrasia de este pueblo!, si aquí lo que importa es aparentar, o como dijo Schopenhauer, vivir en el mundo de la representación, tener dinero, ser bonito, tener poder, tener éxito, dominar, etc. Este cree que aquí se lee mucho, si es bien cierto que existe mucho intelectualoide de miedo, también es cierto que la gran mayoría, o sea el puerco vulgo permanece en la ignorancia asesina, en fin… lo que el man quiere explicar es que el término «Eterno», privilegiado atributo de la Divinidad, no de mí, sino de la otra, del Dios cristiano –pues yo soy también Omnisciente, pero no muy Divino que digamos–, es la explicación de cómo debe ser «El Tiempo» para el señor dios de los cristianos, en particular, porque dioses hay muchos, y ese tiempo es… cómo decirlo… sin tiempo. A Dios no lo podemos meter en el tiempo porque él está más allá, pero no solo más allá, también más acá y, si se quiere, más acacito; es decir, el término «Eterno» quiere decir Pasado, Presente y Futuro como en uno solo, así es lo Eterno, no vaya a confundirse Eterno con Infinito porque este último es un canal de televisión donde pasaban «Mil maneras de morir». Ríanse, es un chiste, pichurrias.

Abordé un autobús. La gente que estaba en él me observaba con evidente perplejidad. Entonces advertí, gracias a un espejo, que mi mirada era escalofriante, terrorífica. ¿Ése soy yo? ¿En qué lugar he observado esta mirada? Con horror pude constatar que aquella mirada era la misma que aquel individuo había lanzado hacia mí, justo antes de fenecer.

Intenté calmarme, más como me estaba poniendo en total evidencia, pues mi paranoia era muy obvia, resolví cerrar mis ojos. Pero al cerrarlos fue aún peor. Aquella mirada se clavaba, en medio de las tinieblas, fija en mí, y una burlona e ininteligible voz se escuchaba en medio de la casi total oscuridad.

II

Desperté en el paradero. Sudaba copiosamente. El conductor –un hombre regordete, bajito, de extravagante bigote– balbuceó algo confuso. Me apeé de aquel entramado de latas al que algunos citadinos osan llamar autobús para desembocar en un barrio del todo desconocido para mí. Enseguida entré en una tienda y pedí una cerveza fría –cosa rara, pues por lo general no consumo nada que perjudique mi cuerpo–, ya que todavía podía sentir un brutal calor dentro de mí, y sin darme cuenta de lo que hacía, saqué la hoja, que para sorpresa mía ya no tenía manchas de sangre sino apenas la dirección escrita… pero esta vez… en tinta roja.

El sobresalto no fue poco. Arrojé aquel papel lo más lejos que pude y, sin embargo, el viento, un frío y aterrador viento, lo trajo de nuevo a mis pies. Consternado y ante la inquietante mirada del tendero –un tipo con una repugnante joroba y con cejas blancas superpobladas– fingí una extremada calma. Lo que me asombraba era que la podía sentir, así, de repente, y sonreí como jamás lo había hecho en la vida. Sin pensarlo más, pregunté al viejo rechoncho que me alcanzó la cerveza por la dirección que aparecía con relumbrante escarlata en el papel, y la respuesta fue:

—Sí, señor, cómo no. Esa dirección queda como a seis cuadras de acá. Coja por esta misma acera y luego en una esquina encontrará un bar de mala muerte, ‘Dionisos’ o una joda así creo que se llama, por ahí debe ser esa dirección, muchacho. Eso es de puros satánicos, borrachos y marihuaneros, así como usted… ¡Je, je!

No me atreví en principio, pero luego de otras dos cervezas –y asombrándome de la naturalidad con la cual las pedía e ingería de dos sorbos– tomé el valor suficiente para seguir las indicaciones dadas por el enigmático sujeto. Caminé muy rápido. Llegué al renombrado bar que permanecía cerrado. Sobre la puerta había un aviso: «Abierto desde las 18:00 horas hasta que nuestro dios nos lo permita. No venga a deshoras".

¿A seis cuadras? ¿Por qué otra vez ese bendito seis?, me pregunté.

En fin, seguí las indicaciones del viejo y allí llegué. Me paré en la esquina, volteé a mirar hacia el bar y en efecto allí estaba clavado el número que buscaba. Otra vez solté aquella extraña carcajada que había adoptado, pero me di cuenta de que aún era muy temprano para estar allí, por lo que concluí que volvería en otra ocasión.

III

En casa, tumbado en mi incómoda cama, pegando la inmutable mirada al marmolinado techo, circundaban por mi cabeza innumerables pensamientos e igual número de cuestiones.

Yo siempre he tenido ciertas inclinaciones, que podría llamar… hummmmmm… ‘místicas’. ¿Es posible la predestinación? ¿Será la reencarnación factible de alguna u otra forma? ¿Entonces, dónde queda el tan famoso y renombrado libre arbitrio? Me quedé dormidote como

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Lo que piensa la gente sobre Esquizofrenia

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